Kitabı oxu: «Correr con los caballos»

Şrift:

Corro por el camino de tus mandamientos, porque has ampliado mi modo de pensar.

Salmo 119:32, (NVI)


Correr con los caballos: la búsqueda de una vida mejor

© 2006 por Eugene H. Peterson

Publicado por Editorial Patmos,

Miami, FL 33166

Todos los derechos reservados.

Publicado originalmente en inglés por InterVarsity Press, Downer’s

Grove, Illinois, USA, con el título Run with the Horses: The Quest for Life

at Its Best. © 1983 por Inter-Varsity Christian Fellowship of the United

States of America

A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas han

sido tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional® NVI®.

© 1999, 2015 por Biblica, Inc.® Usada con permiso de Biblica, Inc.®

Reservados todos los derechos en todo el mundo.

Traducido al español por Marisoly Álvarez-Scarpitta

Diagramación por Wagner de Almeida

Diseño por Adrián Romano

eISBN: 978-1-58802-268-4

Categoría: Vida cristiana / Crecimiento espiritual

Impreso en Brasil | Printed in Brazil

Para Eric también hijo de un sacerdote

Contenido

1 ¿Cómo competir con los caballos?

2 Jeremías

3 Antes

4 Soy sólo un muchacho

5 No confíes en palabras de mentira

6 Desciende a casa del alfarero

7 Pasur azota a Jeremías

8 Mi herida incurable

9 Veintitrés años… sin cesar

10 Toma un rollo en blanco y escribe en él

11 La casa de los recabitas

12 Carta a los exiliados

13 Capitán… Rey… Eunuco

14 Compré el campo de Anatot

15 Contra las naciones

16 En tierra de Egipto serán exterminados

Notas

1 ¿Cómo competir con los caballos?

Si corriste con los de a pie y te cansaron, ¿cómo contenderás con los caballos? Y si en la tierra de paz no estabas seguro, ¿cómo harás en la espesura del Jordán?

Jeremías 12:5

Mi queja hacia la sociedad contemporánea es su decrepitud. Existen pocos placeres que sean lo suficientemente llamativos como para tentarme, casi no hay belleza que me hechice, nada erótico que me excite, posición o círculo intelectual que me rete o me provoque, ni filosofías o teologías florecientes o arte nuevo que capte mi atención o cautive mi mente, ningún movimiento político, social o religioso apasionante que me estimule o emocione. No hay hombre libre que me guíe, ni santo que me inspire. No hay pecadores lo suficientemente pecaminosos como para que me impresionen o que compartan mis dificultades. Nadie lo suficientemente humano como para validar el estilo de vida “vigente”. Es difícil mantenerse en un mundo tan aburrido sin terminar siéndolo también.

Confío el futuro a los pocos humildes que aman sinceramente y que buscan a Dios apasionadamente en el mundo maravilloso y desordenado de realidades redimidas y relacionadas que yacen frente a nuestras narices.

William McNamara 1

El gran misterio es por qué tantas personas viven tan pobremente. Más que pecaminosamente, neciamente. Más que cruelmente, estúpidamente. Existe poco que admirar y mucho menos que imitar en las personas destacadas de nuestra cultura. Tenemos celebridades, pero no santos. Famosos animadores entretienen a una nación de aburridos insomnes. Criminales infames llevan a cabo las agresiones de tímidas conformistas. Atletas consentidos y petulantes juegan en lugar de holgazanes y apáticos espectadores. La gente, aburrida y sin propósito, se entretiene a sí misma con basura y trivialidades. Ni la aventura de la bondad ni la búsqueda de la rectitud ocupan los titulares.

El hombre moderno es “un negocio sombrío”, dice Tom Howard. “Para disgusto nuestro hemos descubierto que la declaración de autonomía no fue emitida por una raza de hombres libres y magistrales, sino más bien por una raza que puede ser descrita por sus poetas y dramaturgos sólo como aburrida, irritada, desesperada, amargada y congestionada”.2

Esta condición ha producido un raro fenómeno: individuos que viven vidas triviales y luego se involucran en hechos malvados para darles significado. Asesinos y secuestradores que intentan dar el brinco de la oscuridad a la fama matando a una persona prominente o poniendo en peligro las vidas de quienes viajen en un avión. Con frecuencia tienen éxito. Los medios de comunicación hacen públicas sus palabras y muestran sus acciones. Los escritores compiten entre sí analizando los motivos y proveyendo perfiles psicológicos de éstos. Ninguna otra cultura ha estado tan ávida en recompensar el sinsentido y la maldad.

Si miramos, por otro lado, a nuestro alrededor para saber lo que significa ser una persona madura, íntegra y bendecida, no encontramos mucho que ver. Estas personas están a nuestro alrededor, quizás muchos más de los que hubo nunca, pero son difíciles de localizar. Ningún reportero los entrevista. Ningún show los toma en cuenta. No son admirados. No son imitados. No marcan la moda. No tienen valor monetario alguno. No se da un Oscar a la integridad. Al finalizar el año nadie elabora una lista con las diez vidas más decentes.

Sed por la integridad

De igual forma, seguimos teniendo una sed insaciable por la integridad, un hambre por la rectitud. Cuando nos disgustamos verdaderamente con los cretinos y farsantes que se nos presentan diariamente como celebridades, algunos de nosotros volvemos a las Escrituras para satisfacer nuestra necesidad de alguien a quien imitar. ¿Qué significa ser un verdadero hombre, una verdadera mujer? ¿Qué forma toma en la vida diaria la humanidad auténtica y madura?

Cuando vamos a las Escrituras en busca de ayuda en este tema, podemos sorprendernos. Una de las primeras cosas que nos impresionan sobre los hombres y mujeres de las Escrituras es que fueron decepcionantemente poco heroicos. No encontramos ejemplos morales espléndidos. No encontramos modelos virtuosos impecables. Esto es siempre algo que impresiona a los lectores novatos de la Biblia: Abraham mintió, Jacob traicionó, Moisés murmuró y se quejó, David cometió adulterio, Pedro blasfemó.

Leemos y comenzamos a sospechar una intención: una estrategia consistente para demostrar que las figuras grandes y significativas en la vida fueron creadas del mismo barro que el resto de nosotros. Encontramos que la Biblia es parca en la información que da sobre las personas mientras que es generosa en lo que nos dice sobre Dios. Se rehúsa a alimentar nuestras ansias por héroes a quienes adorar. No complacerá nuestro deseo adolescente de unirnos a club de fanáticos. La razón es, creo yo, bastante clara. Los clubes de fanáticos alientan vidas de segunda mano. Por medio de fotografías y objetos que pertenecieron a personajes famosos, autógrafos y visitas turísticas, nos asociamos con alguien cuya vida es (según nosotros) más emocionante y glamorosa que la nuestra. Encontramos diversión en nuestra propia existencia monótona a través de la vida de alguien exótico.

Lo hacemos porque estamos convencidos de que somos pocos atractivos y ordinarios. El pueblo o ciudad en que vivimos, el vecindario en el que crecimos, los amigos que frecuentamos, las familias o matrimonios que tenemos, todo parece ser tan irrelevante. No encontramos la manera de ser importantes en tales áreas, con tales compañías, entonces nos rodeamos de evidencias de alguien que sí lo es. Llenamos nuestras fantasías con imágenes de una persona que vive más aventuradamente que nosotros. Tenemos gente emprendedora a nuestro alrededor que nos provee (por un precio, por supuesto) con el material para encender el fuego de estas vidas de segunda mano. Hay algo triste y lamentable en todo este negocio, pero florece aún así.

Las Escrituras, sin embargo, no participan en este juego. Algo muy diferente sucede en la vida de la fe: cada persona descubre todos los elementos de una aventura única y original. Se nos previene acerca de seguir las huellas de alguna otra persona y se nos llama a una incomparable asociación con Cristo. La Biblia pone muy en claro que cada vez que hay una historia de fe, esta es completamente original. El genio creativo de Dios no tiene fin. Él jamás, fatigado e incapaz de sostener los rigores de la creatividad, recurre a la producción en masa. Cada vida es un lienzo nuevo en el cual usa líneas y colores, sombras y luces, texturas y proporciones que jamás había usado antes.

Vemos lo que es posible: todos y cada uno de nosotros somos capaces de vivir una vida entusiasta que sobrepase los límites de un estereotipado envase que una sociedad cohibida por el pecado provee. Este tipo de vidas unen espontaneidad y propósito y reviven un paisaje deshidratado con significado. Vemos también cómo es posible: sumergiéndose en una vida de fe, participando en lo que Dios inicia en cada vida, explorando lo que Dios está haciendo en cada evento. Las personas que vemos en cada página de las Escrituras son extraordinarias por la intensidad con la que viven siguiendo a Dios, la minuciosidad con la cual todos los detalles de sus vidas son incluidos en la palabra de Dios para ellos, en el actuar de Dios en ellos. Son estas personas, quienes son conscientes participar en lo que Dios dice y hace, quienes son más humanos, quienes están más vivos. Estas personas son evidencia de que a ninguno de nosotros se nos pide que vivamos “a este pobre y mediocre nivel” otro día más, otra hora más.

Un modelo de Hombre

Esta cualidad doble de las Escrituras –la capacidad de intensificar una pasión por la excelencia combinada con una indiferencia hacia los logros humanos como tales— me llama poderosa y particularmente la atención en el libro de Jeremías.

Cleanth Brooks escribió lo siguiente: “Uno busca un modelo de hombre, intentando en un mundo crecientemente deshumanizado identificarse a sí mismo con un hombre que actúe como un ser moralmente responsable y no que ande como si fuera un mero objeto”.3 Jeremías es, en mi opinión, un “modelo de hombre”, una vida excelencia que los griegos llamaron aretê. En Jeremías está muy claro que la excelencia viene de una vida de fe, de estar cada vez más interesado en Dios que en sí mismo, y que tiene casi nada que ver con comodidades, fama o logros personales en la historia. Jeremías estimula mi pasión por una vida plena. Al mismo tiempo, cerraba firmemente la puerta contra intentos de alcanzar esta clase de vida por medio de la autopromoción, autosatisfacción o mejoramiento propio.

Es extremadamente difícil ilustrar la bondad de manera atractiva; es mucho más sencillo retratar a un canalla interesante. Todos nosotros tenemos mucho más experiencia en el pecado que en la bondad, por lo que un escritor tiene más material imaginario con que trabajar para crear un personaje malo que uno bueno. En novelas, poemas y obras de teatro la mayoría de los personajes memorables son villanos o victimas. La gente buena, de vidas virtuosas, parecen un poco tontas. Jeremías es una impresionante excepción. En la mayor parte de mi vida adulta me ha atraído. La complejidad e intensidad de esta persona capturó y retuvo mi atención. Lo cautivante en este hombre es su bondad, su virtud, su excelencia. Tuvo una vida plena. No tuvo una vida color de rosas, al contrario, atravesó tormentas violentas de hostilidad y la furia de la duda amarga. No hay un solo rastro de satisfacción, complacencia o ingenuidad en Jeremías. Cada músculo de su cuerpo fue presionado hasta el límite por la fatiga, cada pensamiento en su mente fue sujeto al rechazo, cada sentimiento en su corazón fue sometido al ridículo. La bondad en Jeremías no significó “ser bueno”. Fue algo más como la valentía.

Jeremías me ha ayudado a nivel personal, pero también pastoralmente, y los intereses personales y pastorales convergen entre sí. Como pastor reto a otros a vivir una vida plena y proveo guía para hacer esto. Pero, ¿cómo hacer esto sin estimular inadvertidamente el orgullo y la arrogancia? ¿Cómo estimulo el apetito por la excelencia sin alimentar al mismo tiempo la determinación egoísta de hacer caer a todo aquel que se atraviese en el camino? En todas partes encontramos voces alentadoras que abogan por una vida mejor. Es bueno tal estímulo. El consejo, sin embargo, que acompaña este estímulo ha introducido una malicia ilimitada en nuestra sociedad, y me opongo enérgicamente a él. El consejo es que podemos alcanzar nuestra plena humanidad por medio de la satisfacción de nuestros deseos. Esto ha sido una receta para la miseria para millones.4 El consejo bíblico sobre este asunto es claro: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Pero, ¿cómo puedo guiar a otras personas a que se nieguen a sí mismos sin que tengan la idea errónea de que estoy estimulándolos a ser la alfombrilla en la cual todos limpian sus zapatos? El difícil arte pastoral consiste en alentar a la gente a crecer en excelencia y a vivir de manera generosa, a perderse y encontrase a sí mismo al mismo tiempo. Es paradójico, pero no imposible. Jeremías resalta entre quienes lo han hecho: una identidad plenamente desarrollada (y, por lo tanto, extraordinariamente atractiva) y una persona completamente desinteresada (y, por lo tanto, maduramente sabia). Por medio de conversaciones, charlas, retiros, sermones, Jeremías ha sido un ejemplo y mentor para mí a lo largo de veinticinco años.

Una búsqueda por la excelencia

Vivimos en una sociedad que trata de disminuirnos hasta el nivel de zombis de tal forma que corramos mecánicamente, comprando y consumiendo. Es necesario reaccionar. Jeremías es una reacción: un ser humano bien desarrollado, maduro y robusto, viviendo por la fe. Mi procedimiento aquí es seleccionar las partes biográficas del libro de Jeremías y reflexionar en ellas en el contexto de la vida cotidiana actual. Se conoce más de la vida de Jeremías que de cualquier otro profeta, y su vida es mucho más significante que su enseñanza.5 Es digno de mención, creo yo, que cuando la gente trataba de identificar a Jesús, Jeremías era uno de los nombres que salían a relucir (Mt. 16:14). Enlistando la imaginación piadosa en el examen meditativo de estas páginas de las Escrituras, espero provocar la insatisfacción por cualquier cosa que no sea lo mejor. Deseo proveer documentación fresca de que la única manera en la que cada uno de nosotros puede tener una vida plena es a través de una vida de fe radical en Dios. Cada uno de nosotros necesita ser movido a llevar una vida plena, tomar conciencia de los hábitos morales torpes, sacudirse de las tareas banales e insignificantes. Jeremías hizo esto por mí. Y no sólo por mí. Millones de cristianos y judíos han sido motivados y guiados hacia la excelencia a medida que han atendido a la palabra de Dios dada a y por medio de Jeremías.

He ordenado los pasajes que he escogido para reflexión en orden aproximadamente cronológico. El libro de Jeremías no está ordenado en sí mismo de manera cronológica, y contiene en sí mismo algo más que biografía. Esto significa que los lectores no pocas veces son confundidos por las transiciones y luchan por encontrar el lugar apropiado para cada dicho. No he intentado resolver estos acertijos o explicar las dificultades. Tampoco he descrito el complejo trasfondo histórico internacional de la época, conocimiento que es de inmensa ayuda en la lectura del libro de Jeremías. Esto significaría escribir otro tipo de libro mucho más largo. Para los lectores que quieran ampliar su conocimiento de Jeremías y ser guiados detalladamente a través del texto, recomiendo tres libros: Jeremiah and Lamentations (Jeremías y Lamentaciones) de R.K. Harrison (InterVarsity Press) para una introducción buena e interesante al mundo y mundo de Jeremías; The Book of Jeremiah (El Libro de Jeremías) de John A. Thompson (Editorial Eerdmans) para un tratamiento más avanzado y detallado; y Jeremiah (Jeremías) de John Bright (Editorial Doubleday) para un estudio más completo del profeta y su profecía.

Compitiendo con caballos

Vitezslav Gardavsky, el filósofo y mártir checo que murió en 1978, tomó Jeremías como su “modelo de hombre” en su campaña contra una sociedad que planeaba cuidadosamente cada detalle de su existencia material eliminando el misterio y el milagro, y extrayendo toda libertad a la vida. En su libro God Is Not Yet Dead (Dios aún no está muerto), dice que la terrible amenaza contra la vida no es la muerte, ni el dolor, ni ninguna variación en los desastres de los cuales tratamos obsesivamente de protegernos por medio de nuestros sistemas sociales y estratagemas personales. La terrible amenaza es “que podemos morir antes de nuestra muerte física, antes de que la muerte sea una necesidad natural. El verdadero horror yace en esta muerte prematura, una muerte después de la cual seguiremos viviendo por muchos años”.6

Existe un memorable pasaje referente a la vida de Jeremías cuando, agobiado por la oposición y absorto en la autocompasión, estuvo a punto de rendirse a esta muerte prematura. Él estaba listo para abandonar su llamado único en Dios y ser un número estadístico más en Jerusalén. En aquel momento crítico, escuchó la reprimenda: “Si corriste con los de a pie y te cansaron, ¿cómo contenderás con los caballos? Y si en la tierra de paz no estabas seguro, ¿cómo harás en la espesura del Jordán” (Jer. 12:5). El bioquímico Edwin Chargaff actualizó las preguntas: “¿Qué quieres alcanzar? ¿Grandes riquezas? ¿Un pollo más barato? ¿Una vida más feliz, más larga? ¿Es poder sobre tus vecinos lo que buscas? ¿O buscas mayor sabiduría y una piedad más profunda?”7

La vida es difícil, Jeremías. ¿Te vas a rendir con la primera señal de oposición que se presente? ¿Te vas a retirar cuando has descubierto que la vida es mucho más que tres comidas al día y un lugar cómodo donde dormir por la noche? ¿Vas a salir corriendo en el momento en que hombres y mujeres están más interesados en mantener tibios los pies que en vivir para la gloria de Dios? ¿Vas a vivir cobarde o valientemente? Te llamé para que tuvieras una vida plena, para que buscaras la rectitud, para que fijaras tu rumbo hacia la excelencia. Es más sencillo ser neurótico, lo sé. Es más sencillo ser un parásito. Es más sencillo relajarse en los brazos tiernos de La Media. Es menos complicado, pero no mejor. Más fácil, pero no más significativo. Más sencillo, pero no más satisfactorio. Te llamé a una vida con propósito más allá de lo que crees que eres capaz de vivir y te prometí las fuerzas adecuadas para cumplir tu destino. Ahora, a la primera señal de dificultad te quieres rendir. Si estás fatigado con esta muchedumbre corriente de mediocres apáticos, ¿cómo estarás cuando la verdadera carrera comience, la carrera contra los rápidos y determinados caballos de la excelencia? ¿Qué es lo que en realidad quieres, Jeremías, arrastrarte con la multitud, o correr con los caballos?

Es comprensible que existan cosas que nos alejen de la excelencia, el riesgo, la fe. Es más sencillo definirse a sí mismo mínimanente (“un bípedo desemplumado”) y vivir de manera segura dentro de aquella definición que ser definido máximamente (“poco menos que Dios”) y vivir aventuradamente en esta realidad. Es poco probable, creo yo, que Jeremías fuera espontáneo o rápido en su respuesta a la pregunta de Dios. Los ideales extáticos de una vida nueva han sido salpicados con el cinismo del mundo. El ímpetu eufórico del entusiasmo juvenil ya no estaba más en él. Él sopesó las opciones. Evaluó el costo. La duda lo llevó de un lado al otro. Cuando la respuesta llegó, ésta no fue verbal sino biográfica. Su vida fue la respuesta: “Competiré con los caballos”.

2 Jeremías

Las palabras de Jeremías hijo de Hilcías, de los sacerdotes que residieron en Anatot, en tierra de Benjamín. Palabra de Jehová que le vino…

Jeremías 1:1-2

¿Qué hay en un nombre? La historia de la raza humana está escrita en nombres. Nuestros amigos objetivos no entienden que están en un mundo de objetos que pueden ser contados y numerados. Han reducido los grandes nombres del pasado a polvo y cenizas. Lo llaman historia científica. Sin embargo, el significado completo de la historia está en la prueba de que antes del presente vivió gente que es importante conocer.

Eugen Rosenstock-Huessy1

La primera cosa que recuerdo que quería ser cuando creciera era ser un guerrero indio. El lugar en donde crecí había sido tierra indígena hasta hacía un par de generaciones antes de que yo naciera. Podía ir caminando desde mi casa hasta las faldas de las Montañas Rocosas en veinte minutos. La mayoría de los sábados durante los años de mi infancia llevaba conmigo mi almuerzo y pasaba el día en aquellas colinas, explorando los bosques y riachuelos, imaginándome a mí mismo enfrentándome habilidosamente contra traicioneros indígenas.

Si alguien me hubiera presionado para explicar lo que hacía en aquellos paseos, no estoy seguro de que lo habría hecho, pero los sentimientos son aún fuertes y vívidos en mi memoria: un sentimiento de aventura en el desierto en contraste con la vida segura y prosaica del pueblo; un sentimiento de bondad en lucha con el mal, ya que en aquellos días las únicas historias sobre indígenas que yo había oído los presentaban arrancando la cabellera a inocentes viajeros.

Todas las grandes historias del mundo tratan sobre uno de estos dos temas: que toda la vida es una exploración como aquella de la Odisea o que toda la vida es una batalla como aquella de la Iliada. Las historias de Odisea y Aquiles son arquetípicas. La infancia de cada uno provee la materia prima que es moldeada por gracia en la vida de una fe madura.

La mayoría de mis suposiciones aquellos maravillosos sábados eran incorrectas. El desierto que yo pensaba estaba explorando era propiedad de la Ferroviaria Great Northern y su destrucción ya había sido tramada por ejecutivos en algún rascacielos de la ciudad de Nueva York; los indígenas que yo creía eran oscuros asesinos, eran en realidad, como supe luego, nobles y generosos, victimas de la rapacidad de los primeros colonos. Mis supuestos eran incorrectos; aunque dos cosas fueron esencialmente ciertas en cuanto a lo que experimenté. Primero, la vida era mucho más allá de lo que yo había conocido hasta entonces en mi hogar y en la escuela, en las calles y callejones de mi pueblo, y era importante saber que era, ir fuera y explorar. Segundo, la vida era una lucha del bien contra el mal y la batalla era por los más altos intereses: la victoria del bien sobre el mal, de la bondad sobre la maldad. La vida es una continua exploración de una mayor realidad. La vida es una constante batalla contra todo aquel o todo aquello que corrompa o minimice su realidad.

Luego de unos cuantos años recorriendo aquellas colinas sin encontrar nunca indígenas, me di cuenta que el mercado laboral para guerreros indígenas había cesado. Me vi forzado a abandonar aquella fantasía, y lo hice de muy buena gana cuando llegó el momento, porque he creído siempre que la realidad es mucho mejor que la fantasía. Al mismo tiempo me encontré a mí mismo bajo la presión de abandonar la opinión que siempre había tenido que la vida es una aventura y es también una competencia. No lo hice entonces, y no lo haré ahora.

Algunas personas a medida que crecen se vuelven menos. Cuando eran niños tenían gloriosas ideas de quienes eran y de lo que la vida tenía para ellos. Treinta años después nos encontramos con que se han dedicado a algo sucio y estúpido. ¿Qué hace que las aspiraciones de la infancia se transformen en anemia adulta?

Otras personas a medida que crecen se vuelven más. La vida no es un declive inevitable hacia la estupidez; para algunos es un ascenso a la excelencia. Lo fue para Jeremías. Jeremías vivió alrededor de sesenta años. A lo largo de su vida no hubo signo alguno de deterioro o marchitamiento. Siempre presionó los límites de la realidad, explorando nuevos territorios. Siempre fue vigoroso en la batalla, retando y probando al mezquino, al falso, al infame.

¿Cómo lo hizo? ¿Cómo lo hago yo? ¿Cómo me deshago de las fantasías de la infancia y, al mismo tiempo, aumento mi presencia en la realidad de la vida? ¿Cómo abandono lo infantil manteniendo la percepción profundamente acertada del niño de que la vida es una aventura, de que la vida es una competencia?

¿Qué hay en un nombre?

El libro de Jeremías comienza con un nombre propio, Jeremías. Otros siete nombres propios le siguen: Hilcías, Benjamín, Josías, Amón, Judá, Joacim, Sedequías. El nombre propio es la parte más importante de la oración en nuestro idioma. El grupo de nombres propios que da inicio al libro de Jeremías hace alusión exactamente a lo que es más característico de Jeremías: el rol personal en contraposición con el rol estereotipado, lo individual en contraste con la borrosa multitud, el espíritu único en contraste con el humor cultural generalizado. El libro en el cual encontramos el más memorable registro de lo que es ser humano en el sentido más completo y desarrollado, comienza con nombres propios.

El dar nombre se refiere a lo esencial. Este acto, un acto que ocurre al comienzo de la vida de cada uno, tiene un enorme significado. Todos hemos recibido un nombre. Desde entonces el curso de la vida es trazado en el océano de la realidad en búsqueda de la rectitud. Eugen Rosenstock-Huessy ha extraído el significado de dar nombre: “El nombre es el estado del habla en el cual no hablamos de la gente, las cosas o los valores, sino en el cual hablamos a las personas, las cosas, los valores… El nombre es la manera correcta de llamar a una persona para que ella responda. El significado original del lenguaje fue este mismo hecho, que pudiera ser usado para hacer que las personas respondan”.2

Al nacer recibimos un nombre, no un número. El nombre es la parte de la oración por medio del cual somos reconocidos como personas. No somos clasificados como una especie animal. No somos etiquetados como un componente químico. No somos valuados por nuestro potencial económico ni recibimos un valor en dinero. Recibimos un nombre. El nombre que recibimos no es tan importante como el acto de recibirlo.

La estatura impresionante de Jeremías como ser humano – Ewald lo llama “el profeta más humano”3— y la creciente vitalidad de aquella humanidad por sesenta años tiene su origen en haber recibido un nombre, junto con la centrada seriedad con la que tomó su nombre y el nombre de otros. “Ser llamado por su verdadero nombre es parte del proceso de convertirse en sí mismo de todo oyente. Debemos recibir de otros un nombre; esto es parte de nacer completamente”.4 Jeremías recibió un nombre y estuvo inmerso en nombres. Nunca fue reducido a una función o absorbido por una moda sociológica, ni capituló ante una crisis histórica. Su identidad e importancia se desarrollaron a partir del acto de recibir un nombre y su respuesta a él. El mundo de Jeremías no comienza con la descripción del escenario o un esbozo de la cultura, sino con ocho nombres propios.

Cada vez que pasamos de nombres propios a etiquetas abstractas, gráficos o datos estadísticos, estamos menos en contacto con la realidad y disminuimos nuestra capacidad de tratar con lo que es mejor y en el centro de la vida. Somos siempre, no obstante, estimulados a hacer esto. En muchas áreas de la vida la transmisión adecuada de nuestro número de carné de identidad es más importante que la integridad con la que vivimos. En muchos sectores de la economía el título que ostentamos es más importante que nuestra habilidad para hacer cierto trabajo. En muchas situaciones la imagen pública que la gente tiene de nosotros es más importante que las relaciones personales que desarrollemos con ellos. Cada vez que nos plegamos a este movimiento de lo personal a lo impersonal, de lo inmediato a lo remoto, de lo concreto a lo abstracto, somos disminuidos, somos menos. Se requiere resistencia si deseamos mantener nuestra humanidad.

“Es un desastre espiritual”, advierte Thomas Merton, “que un hombre se conforme con su identidad exterior, con la fotografía tipo pasaporte de sí mismo. ¿Acaso su vida se reduce a sus huellas digitales?5 Pero las fotos tipo pasaporte, normalmente, son preferidas, incluso exigidas, en la mayoría de nuestras relaciones en el mundo.

Haciendo los preparativos para viajar a otro continente, solicité un pasaporte. Presenté mi certificado de nacimiento junto con la planilla de solicitud. El empleado de la oficina postal al cual entregué el documento era un hombre al cual había conocido personalmente por diecinueve años. Éste rechazó la solicitud: Yo no había presentado el certificado original de nacimiento, sino una fotocopia. Le traje entonces el documento original que también fue rechazado porque debía estar en relieve. Escribí al estado en donde había nacido y pagué por una copia grabada. Todo aquel tiempo había estado tratando con una persona que sabía mi nombre y había visto mi vida en la comunidad por diecinueve años. Este conocimiento personal de primera mano había sido rechazado a favor de un documento impersonal.

Creo que puedo reconstruir los hechos que justifican tal procedimiento. Existe el peligro de espionaje extranjero. Nuestro gobierno tiene la responsabilidad de mantener a nuestro país seguro. No sería confiable depender de la lealtad del personal y el conocimiento de un trabajador de la oficina postal para determinar la identidad de nadie. Insistir en un certificado de nacimiento grabado es una forma de evitar falsificaciones.

En mi situación el procedimiento fue más divertido que frustrante, pero el incidente en sí mismo, un inconveniente menor, es síntoma de un mayor peligro a nuestra humanidad: si soy tratado frecuente y autoritativamente de manera impersonal, comienzo a pensar en mí mismo de la misma forma. Me considero a mí mismo en términos de cómo encajo dentro de las normas estadísticas; me evalúo a mí mismo en términos de mi utilidad; hago un avalúo de mí mismo en relación a lo mucho o lo poco que otros me quieren. En el proceso de seguir estos procedimientos me encuentro a mí mismo definido por una etiqueta, restringido a una función, funcionando al nivel de mi número de carné de identidad. Se requiere de un esfuerzo firme y sostenido para mantener nuestros nombres al frente. Nuestros nombres son más importantes que el devenir en la economía, mucho más importantes que las crisis de las ciudades, mucho más importantes que un gran paso adelante en la exploración espacial. Esto es así porque un nombre se dirige exclusivamente a la criatura humana. Un nombre reconoce que soy esta persona y no otra distinta.

Nadie puede valuar mi importancia examinando el trabajo que hago. Nadie puede determinar mi valor decidiendo el salario que me pagarán. Nadie puede saber que es lo que hay en mi mente examinando mis calificaciones escolares. Nadie puede conocerme midiéndome, pesándome o analizándome. Llámenme por mi nombre.

Un camino de esperanza

Los nombre no sólo hacen referencia a lo que somos, irremplazablemente humano, también anticipa lo que seré. Los nombres nos llevan a ser lo que seremos. Una vida de crecimiento y desarrollo es anunciado por un nombre. Los nombres significan algo. Un nombre propio designa lo que es irreductiblemente personal, y también nos llama a ser lo que todavía no somos.

El significado de un nombre no se descubre por medio de etimología experta o mediante introspección meditativa. No es validado tampoco mediante aprobación burocrática, y ciertamente tampoco es revelado a través de la vanidad de las relaciones públicas. El significado de un nombre no se encuentra en el diccionario, ni en la inconciencia, ni en el tamaño de la letra. Su significado lo encontramos en relación con Dios. Fue el Jeremías al que le vino “palabra de Jehová” el que se dio cuenta de cuál era su auténtico y eterno ser.

Otorgar nombre es una forma de esperanza. Asignamos un nombre a un niño en memoria de alguien o en base a alguna cualidad que esperamos que ella o él tenga en el futuro: un santo, un héroe, un antecesor admirado. Algunos padres trivializar esto dando a sus hijos los nombres de alguna estrella de cine o alguien millonario. ¿Inofensivo? ¿Lindo? Pero tenemos una forma de tomar las identidades que nos son asignadas. Millones viven el engaño superficial del artista y la codicia explotadora del millonario porque, en parte, gente importante en sus vidas les asignaron un papel o fantasearon una ilusión y fallaron en esperar un futuro humano para ellos.

Cuando tome un infante en mis brazos ante la pila bautismal, le pregunto a los padres, “¿Cuál es el nombre cristiano de este niño?” No les pregunto solamente, “¿Quién es el niño al que estoy sosteniendo?”, sino también, “¿Qué desean que llegue a ser este niño? ¿Qué visión tienen para esta vida?” George Herbert sabía del poder evocativo de dar nombre cuando dijo a sus compañeros pastores en la Inglaterra del siglo dieciséis que en el bautismo “no admitían nombres vanos o frívolos”.6

El condado de Yoknapatawpha, en Mississippi, es la región creada por el novelista William Faulkner para demostrar la condición moral y espiritual de la vida en nuestros tiempos. Un examen de los hombres y mujeres que viven allí es un incentivo poderoso para la imaginación para darnos cuenta tanto de los aspectos cómicos como trágicos de lo que está sucediendo entre nosotros avanzamos (o no) en la vida. Unos de los niños se llama Montgomery Ward. Montgomery Ward Snopes.7 Es el nombre perfecto para un niño que es entrenado para ser un exitoso consumidor. Si desea que su hijo crezca comprando y gastando, haciendo uso de las diversiones disponibles en los centros comerciales, probando su virilidad comprando cosas, entonces usted tiene el nombre correcto: Montgomery Ward Snopes, santo patrono de las persona para quien el ritual de compras es el nuevo culto, la tienda por departamentos la nueva catedral, y las páginas publicitarias la Escritura infalible.

Una de las tareas supremas de la comunidad de fe es anunciarnos claramente y lo más pronto posible el tipo de vida dentro de la cual podemos crecer, ayudarnos a fijar nuestra vista en lo que significa ser un ser humano completo. Ninguno de nosotros, por el momento, está completo. Dentro de una hora, dentro de un día, habremos cambiado. Estamos en el proceso de transformarnos en más o en menos. Hay un millón de intercambios químicos y eléctricos sucediendo en cada uno de nosotros en este preciso instante. Transacciones espirituales e intrincadas decisiones morales y están teniendo lugar. ¿En qué nos estamos transformando? ¿En más o en menos?

Juan, escribiendo a la primera comunidad de cristianos, dijo: “Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es” (1 Jn. 3:2). Somos niños; seremos adultos. Aún no vemos los resultados de lo que nos estamos transformando, pero conocemos cuál es la meta, ser como Cristo, o en palabras de Pablo, llegar a ser un “hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:13). No nos deterioramos. No nos desintegramos. Nos transformamos.

Una vez se le preguntó a William Stafford en una entrevista lo siguiente: “¿Cuándo decidió ser un poeta?” Respondió que la pregunta era incorrecta: todos nacemos siendo poetas, toda persona descubre la forma en que las palabras suenan y funcionan entre sí, cuidado y disfrute en palabras. Yo sólo he seguido haciendo, dijo, lo que todos comienzan a hacer. “La verdadera pregunta es por qué las demás personas dejaron de hacerlo”.8

Jeremías continuó haciendo lo que todos los demás comienzan a hacer, ser humano. Y nunca se detuvo. Durante más de sesenta años continuó viviendo dentro del significado de su nombre. El significado exacto de Jeremías no es seguro: puede significar “El SEÑOR exalta” o “el SEÑOR arroja”. Lo que sí es cierto es que “el SEÑOR”, el nombre propio de Dios, está en su nombre.

El día en que su hijo nació, Hilcías y su esposa le dieron nombre tomando en cuanta la manera en que Dios actuaría en su vida. Por la esperanza de que verían los años transcurrir y a su hijo como uno en quien el Señor se alzaría: Jeremías –el Señor es exaltado. O, por la esperanza que vieron en el futuro de que su hijo sería una persona que Dios lanzaría a la comunidad como una jabalina representativa de Dios, penetrando las defensas del egoísmo con justicia divina y misericordia: Jeremías –el Señor arroja. De cualquier forma, está claro que Dios está en el nombre. La vida de Jeremías fue compuesta con la acción de Dios. Los padres de Jeremías vieron a su hijo como un espacio viviente en el cual lo humano y lo divino se integrarían. La vida de Dios, de una u otra forma (¿exaltando?, ¿arrojando?), encontrarían un medio de expresión en el hijo de ellos. Dar nombre no es un capricho; es un medidor de esperanza en relación con el futuro. Y “la esperanza no es un sueño sino una forma de hacer los sueños realidad” (Cardenal L. J. Suenens).

Ningún niño es sólo un niño. Cada uno es una criatura en la cual Dios intenta hacer algo grande y glorioso. Ninguno es sólo el producto de los genes aportados por los padres. Quienes somos y quienes seremos guarda relación con lo que Dios es y con lo que él hace. El amor de Dios, su providencia y salvación, están incluidos en la realidad de nuestra experiencia junto con nuestro metabolismo, tipo sanguíneo y huellas digitales.

La mayoría de los nombres en la historia de Israel estuvieron compuestos con el nombre de Dios. Los nombres anticipaban lo que cada quien sería en su adultez. Josías, el Señor sana; Joacim, el Señor levantará; Sedequías, el Señor es justo; Jeremías, el Señor exalta, o el Señor arroja. Algunas de estas personas vivieron según el significado de sus nombres. Jeremías y Josías lo hicieron. Otros, como Joacim y Sedequías, fueron una vergüenza para sus nombres, parodiando con sus vidas la gran promesa de sus nombres. Sedequías tenía un nombre glorioso, pero lo traicionó. Joacim tenía un nombre maravilloso, pero lo abandonó.

Existen al menos tres categorías dentro de las cuales Jeremías pudo haber caído tranquilamente, tomando su lugar entre los profesionales religiosos de su época: profeta, sacerdote u hombre sabio. Estos eran los roles aceptados para las personas que se preocupaban por las cosas de Dios y el camino de la humanidad. La negativa de Jeremías de aceptar cualquiera de los roles disponibles y su excéntrica insistencia en vivir la identidad de su nombre lo colocó en evidente contraste con la desgastada suavidad de aquellos que se habían adaptado a las expectativas de la opinión personal y quienes habían conseguido el contenido de sus mensajes no preguntando “¿Qué hay para comer?” sino “¿Qué se tragará José?” Su angular integridad expuso la autocomplacencia superficial en la que vivían. Fueron provocados y se enfurecieron: “Venid y preparemos un plan contra Jeremías, porque la instrucción no le faltará al sacerdote ni el consejo al sabio ni la palabra al profeta. Venid calumniémoslo y no atendamos a ninguna de sus palabras” (Jer. 18:18). Sacerdotes, sabios, profetas y afines sintieron que su bienestar profesional estaba siendo amenazado por la singularidad de Jeremías. Presas del pánico, tramaron su desgracia. Su “instrucción”, “consejo” y “palabra” estaban en peligro de ser expuestos como fraudes piadosos por la honestidad y vida apasionada de Jeremías.

Los franceses acuñaron la frase deformation professionelle – deformación profesional- la propensión o tendencia a errar que es inherente al rol que uno haya asumido, vale decir, médico o abogado. La deformación a la cual los profetas, sacerdotes y sabios estaban sujetos era promocionar a Dios como una comodidad, usar a Dios para legitimar sus propios intereses. Esto es algo sencillo y frecuente. Sucede sin que se le busque deliberadamente.

Lo que no había previsto

Fue el día gradual

Debilitando la voluntad

Perdiendo su claridad… 9

Un nombre propio, no un papel asignado, es nuestro es nuestra libreta de ahorros dentro de la realidad. Es también nuestra constante orientación dentro de la realidad. Cualquier otra cosa que no es nuestro nombre –título, oficio, número, rol— es menos que un nombre. Separados del nombre que nos marca como creados de manera única y nos refiere de manera personal, podemos caer en fantasías que están fuera del alcance del mundo real que nos hacen vivir de manera inefectiva e irresponsable. En otros casos, vivimos según el estereotipo que otras personas nos han asignado y que se encuentran fuera del alcance del carácter único con el cual Dios nos creó, y por tanto vivimos reducidos al aburrimiento, perdiendo nuestra claridad.

Jeremías, un nombre unido al nombre y actuar de Dios. La única cosa más importante para Jeremías que su propio ser, era el ser de Dios. Él lucho en el nombre del Señor y exploró la realidad de Dios, y en el proceso creció y se desarrolló, floreció y maduró. Siempre estuvo extendiéndose, encontrando cada vez más la verdad, entrando en contacto más con Dios, haciéndose más él mismo, más humano.

3 Antes

Antes que te formara en el vientre, te conocí, y antes que nacieras, te santifiqué, te di por profeta a las naciones.

Jeremías 1:5

¿Qué ciencia podrá algún día ser capaz de revelar al hombre el origen, naturaleza y carácter de aquel poder conciente para desear y amar lo que constituye su vida? Ciertamente no es nuestro esfuerzo, ni el de nadie más alrededor nuestro lo que pone a andar tal corriente. Y ciertamente tampoco es nuestra solicitud, ni la de nuestro amigo, la que impide su flujo o controla su turbulencia. Podemos, por supuesto, trazar a los largo de las generaciones algunos de los antecedentes de la corriente que nos lleva; y podemos también, por medio de ciertas disciplinas y estímulos morales y físicos, regularizar o aumentar la apertura a través de la cual la corriente es liberada en nosotros. Pero ni la geografía ni los artificios nos ayudaran en la teoría ni en la práctica a canalizar las fuentes de la vida. Mi propio ser es dado a mí más de lo que es formado por mí. El hombre, dice la Escritura, no puede añadir un codo a su estatura. Mucho menos aún añadir una unidad al potencial de su amor, o acelerar en otra unidad el ritmo fundamental que regula la madurez de su mente y de su corazón. En último caso la vida profunda, la vida de la fuente, la vida recién nacida, escapa completamente a nuestra comprensión.

Pierre Teilhard de Chardin 1

Me encontraba sentado en el mostrador de una charcutería en Brooklyn, comiendo un emparedado de pastrami con pan de centeno y teniendo una conversación ligera con el dueño del establecimiento. Después de unos quince minutos de conversación desordenada, sin que ninguno de los dos dijera al otro nada de interés, el hombre se puso en pie delante de mí adoptando una postura de intensa concentración y dijo: “No me lo diga, usted es de… déjeme ver… usted viene de… Nebraska”.

“No”, le dije, “Soy de Montana”.

El hombre se desilusionó, “Normalmente no me equivoco tanto”.

El ritmo de la conversación mejoró. Supe que mi interlocutor estaba muy orgulloso de su habilidad para reconocer los acentos regionales. Personas de todas partes del país, de todas partes del mundo, venían a su negocio. Él tenía un buen oído. Desarrolló una magnífica destreza para descubrir el origen de las personas escuchando las variaciones dialectales en el habla.

Me sentí halagado de ser el objeto de su curiosidad. El único interés previo que puedo recordar haya mostrado en mí un dependiente fue tomar mi orden correctamente y asegurarse de que yo hubiera entendido bien el precio.

“¿Qué te cobro?”

“Un pastrami con centeno. ¿Cuánto es?”

“Un verde y setenta y cinco”

El lenguaje es informativo y utilitario. Cuando ha terminado su trabajo o se detiene o se transforma en chisme. Pero por aquellos breves momentos en aquel lugar de Brooklyn, alguien escuchaba mis palabras por algo más que simple información; aquel hombre buscaba conocimiento. Aquella persona deseaba saber de donde venía y lo que había experimentado que había dado como resultado mi manera de pronunciar las palabras de la manera en que lo hice. No fui reducido a ser un consumidor hambriento al que se le podía sacar provecho económico. Yo tenía particularidades geográficas, una idiosincrasia lingüística. En mí había más que necesidades biológicas y potencial económico, y él estaba interesado en ello o, al menos, en una parte de ello.

En una época periodística en la cual las únicas cosas que califican como merecedoras de atención son lo inmediato y lo extraordinario, no estoy acostumbrado a ser considerado de esta forma. En una era comercial en la que cada persona es evaluada como una unidad económica y el tiempo es dinero, no estoy acostumbrado a tan relajada consideración. Pero sólo esta clase de atención es la que me permite expresar las muchas facetas de la humanidad y el complejo significado que tienen para quién soy. Separado del antes, el ahora tiene poco significado. El ahora es sólo una delgada porción de lo que soy; aislado del rico depósito del antes, no puede ser entendido.

Así los biógrafos investigan en los archivos familiares. Los psiquiatras recuperan recuerdos reprimidos e indagan sobre las impresiones de la infancia. Los amantes hurgan en los álbumes de fotografía buscando saber todo lo posible el uno del otro, sabiendo que cada detalle profundiza la comprensión y, por ende, el amor. El antes son las raíces del ahora visible. Nuestras vidas no pueden ser leídas como si fueran un periódico sobre las noticias de última hora; son novelas íntegras que incluyen el desarrollo del personaje y de la trama, siendo cada párrafo esencial para su madura apreciación.

Sabiendo que la humanidad completamente apasionada y desarrollada de Jeremías tenía necesariamente un complicado e intrincado trasfondo, nos preparamos para examinarla. Hasta ahora sólo hemos echado un vistazo. Hasta ahora tenemos esto: tres escuetos e inexpresivos datos: el nombre de su padre, Hilcías; el oficio de su padre, sacerdote; su lugar de nacimiento, Anatot. Queremos saber más. Sin información adicional, ¿cómo podremos obtener una adecuada comprensión de la humanidad de Jeremías? Necesitamos saber las condiciones sociales y económicas de Anatot para poder trazar las primeras influencias en la pasión de Jeremías por la justicia. Necesitamos saber si su padre fue pasivo o enérgico para así evaluar la compleja vida emocional del hijo. Necesitamos saber si su madre fue sobre protectora y cuándo destetó a su hijo si deseamos explicar la increíble tenacidad del profeta en su adultez. Necesitamos conocer los métodos de enseñanza usados por los sabios locales para distinguir lo original de lo convencional en la enseñanza y predicación de Jeremías. Las preguntas aumentan. La falta de evidencia es frustrante. Lo que necesitamos es un avance significativo en el descubrimiento de manuscritos del Anatot del siglo séptimo antes de Cristo, manuscritos que contengan anécdotas, datos estadísticos y cartas, la materia prima para la reconstrucción del mundo en el cual nació Jeremías.

Fantaseamos con una primicia arqueológica. Mientras tanto lo que tenemos al alcance de nosotros es mucho más útil: la investigación teológica. En lugar de hablar sobre lo que los padres de Jeremías hicieron, hablaremos sobre lo que Dios hizo: “Antes que te formara en el vientre, te conocí, y antes que nacieras, te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (Jer. 1:5).

El primer movimiento

Antes de que Jeremías conociera Dios, Dios ya lo conocía a él: “Antes que te formara en el vientre, te conocí”. Esto cambia todo lo que hayamos pensado jamás sobre Dios. Creemos que Dios es un objeto sobre el cual tenemos preguntas. Tenemos curiosidad sobre Dios. Nos hacemos preguntas sobre Dios. Leemos libros sobre Dios. Participamos en largas sesiones de estudio nocturno sobre Dios. Vamos de vez en cuando a la iglesia para saber cómo van las cosas con Dios. Reflexionamos sobre el amanecer o una sinfonía para cultivar un sentimiento de reverencia hacia Dios.

Pero esta no es la realidad de nuestras vidas con Dios. Mucho antes de que si quiere se nos hubiera ocurrido la idea de hacernos preguntas sobre Dios, Dios ya se hacía preguntas sobre nosotros. Mucho antes de que nos interesáramos en el tema de Dios, Dios nos sometió al más intensivo y exhaustivo conocimiento. Antes de que si quiera cruzara por nuestras mentes que Dios pudiera ser importante, Dios nos señaló como importantes. Antes de que fuésemos formados en el vientre, Dios nos conocía. Fuimos conocidos antes de conocer.

Esta verdad tiene un resultado práctico: ya no vamos de aquí para allá, ansiosos y llenos de pánico, buscando una razón para nuestra existencia. Nuestras vidas no son rompecabezas que deben ser armados. Más bien, vamos a Dios, quien nos conoce y nos revela la verdad de nuestras vidas. El error fundamental es comenzar con nosotros mismos y no con Dios. Dios es el centro a partir del cual la vida se desarrolla. Si utilizamos nuestro ego como el centro del cual se desarrolla la geometría de nuestras vidas, viviremos excéntricamente.

Toda sabia reflexión es corroborada por la Biblia. Entramos a un mundo que no creamos. Crecemos en una vida que fue provista para nosotros. Llegamos a un complejo de relaciones con otras voluntades y destinos que ya están plenamente operativos antes de que seamos incluidos en ellas. Si vamos a vivir apropiadamente, debemos estar concientes de que estamos viviendo en el medio de una historia que ya fue comenzada y que será concluida por otra persona. Esta otra persona es Dios.

Mi identidad no comienza cuando comienzo a entenderme a mí mismo. Existe algo previo a lo que pienso de mí mismo, y eso es lo que Dios piensa de mí. Esto significa que todo lo que pienso y siento es por naturaleza una respuesta, y a aquel a quien estoy respondiendo es Dios. Nunca digo la primera palabra. Nunca hago la primera movida.

La vida de Jeremías no comenzó con Jeremías. La salvación de Jeremías no comenzó con Jeremías. La verdad de Jeremías no comenzó con Jeremías. Él entró a un mundo en el cual las partes esenciales de su existencia ya eran historia antigua. Y con nosotros es igual.

Algunas veces cuando conversamos de manera cercana y profunda con otras tres o cuatro personas, otra persona se añade al grupo y comienza abruptamente a decir cosas, discutir posiciones y a hacer preguntas ignorando completamente lo que fue dicho durante las dos horas anteriores, ignorante del delicado balance que había sido alcanzado en la conversación. Cuando esto sucede, siempre quiero decir: “¿Sería mucha molestia que cerraras la boca por un momento? Sólo siéntate y escucha hasta que te pongas al corriente de lo que estamos hablando. Sinfonízate primero con lo que está sucediendo, y entonces serás bienvenido a nuestra conversación”.

Dios es más paciente. Él soporta nuestras interrupciones, vuelve atrás y nos pone al día sobre las viejas historias, repitiendo la información primordial. Pero sería muchísimo mejor si nos tomáramos el tiempo para entender el sentido de las cosas, para encontrar nuestro lugar. La historia en la cual la vida calza ha avanzado bastante cuando entramos en escena. Es una conversación emocionante, brillante, llena de muchas voces. La clave está en descubrir la identidad detrás de las voces y familiarizarse con el contexto en el cual las palabras son usadas. Entonces, poco a poco, aventuramos una declaración, hacemos una reflexión, hacemos una pregunta o dos, incluso nos atrevemos a hacer una objeción. No es mucho antes que nos volvemos participantes regulares en la conversación en la cual, a medida que se desarrolla, llegamos a conocernos a nosotros mismos incluso mientras somos conocidos.

Eligiendo equipo

El segundo punto de información que tenemos del trasfondo de Jeremías es este: “antes que nacieras, te santifiqué”. Santificar significa apartar para Dios. Significa que el humano no es una rueda de la suerte. Significa que una persona no es el teclado de un piano en el cual las circunstancias tocan los tonos de moda.2 Significa que somos escogidos de la corriente irreflexiva de la circunstancialidad para algo más importante que Dios está haciendo.

¿Qué es lo que Dios está haciendo? El está salvando, rescatando, bendiciendo, proveyendo, juzgando, sanando, iluminando. Hay una guerra espiritual en progreso, una batalla moral suprema. Existe la maldad y la crueldad, la infelicidad y la enfermedad. Existe la superstición y la ignorancia, la brutalidad y el dolor. Dios está en una continua y sostenida batalla contra todo esto. Dios es a favor de la vida y en contra de la muerte. Dios es a favor del amor y en contra del odio. Dios es a favor de la esperanza y en contra de la desesperación. Dios es a favor del cielo y en contra del infierno. No existe un terreno neutral en el universo. Cada metro cuadrado es un espacio en guerra.

Antes de siquiera haber nacido, Jeremías fue enlistado en bando de Dios en esta guerra. No le fue dado un par de años para mirar alrededor y decidir en qué lado estaría, o si se decidiría a escoger alguno. Él ya había sido escogido como combatiente del lado de Dios. Y todos lo somos. Nadie existe como un simple espectador. O asumimos la vida a la cual hemos sido consagrados o nos apartamos traicioneramente de ella. No podemos decir: “¡Espera un momento! Todavía no estoy listo. Espera hasta que haya evaluado todas las posibilidades.”3

Por mucho tiempo los cristianos se llamaron los unos a los otros “santos”. Todos eran santos sin importar si sus vidas eran fáciles o difíciles, o lo experimentados o inexperimentados que fueran. La palabra santo no se refería a la cualidad o virtud de sus actos, sino a la tipo de vida para la cual habían sido escogidos, la vida en el campo de batalla. No era un título dado después de alguna obra espectacular, sino la marca de aquel en cuyo lado estaban. La palabra santo es la forma nominal del verbo santificar que dio forma espiritual a Jeremías aún antes de que tuviera forma biológica.

En el vecindario en el cual viví cuando estaba en primer grado todos los demás niños eran mayores que yo. Cuando teníamos juegos entre los vecinos y había que formar los equipos, yo era siempre el último en ser elegido. En una ocasión –probablemente más de una, pero esta quedo grabada en mi memoria— después que todos los demás habían sido elegidos, me quede solo parado en medio de los dos equipos. Los capitanes discutían entre sí sobre quien tendría que elegirme. De repente me di cuenta que tenerme era una desventaja. A medida que avanzaba la discusión entre ellos pasé de ser un cero a ser un número negativo.

Con Dios no sucede así. Ni un cero ni un número negativo. Tengo un lugar apartado el cual sólo yo puedo llenar. Nadie puede substituirme. Nadie puede reemplazarme. Antes de que fuera buena para cualquier cosa, Dios decidió que era bueno para lo que él estaba haciendo. Mi lugar en la vida no depende de lo bien que salga en el examen de admisión. Mi lugar en la vida no es determinado por el mercado disponible para mi tipo de personalidad.

Dios está fuera para ganar al mundo con amor y cada persona ha sido seleccionada de la misma forma que lo fue Jeremías, para ser apartados y ganar al mundo con él. Dios no espera a ver cómo nos desenvolvemos para decidir si nos elegirá o no. Antes de que naciéramos nos escogió para ser parte de su equipo, nos santificó.

El Gran Dador

La tercera cosa que Dios hizo con Jeremías antes de que Jeremías hiciera nada por sí mismo fue esto: “te di por profeta a las naciones”. Dios da. Él es generoso. Él es tremendamente generoso. Antes de que Jeremías siquiera existiera ya había sido dado.

Esta es la forma en que Dios obra. Él hizo esto mismo con su propio hijo, Jesús. Él lo dio. Lo dio a las naciones. No lo ostentó. No lo mantuvo en un museo. No lo exhibió como un trofeo. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

Dios dio a Jeremías. Puedo escuchar a Jeremías quejándose: “espera un momento. No te des tanta prisa en darme. Tengo algo que decir al respecto. Tengo mis derechos humanos. Tengo unas cuantas decisiones que tomar por mí mismo sobre mi vida”. Y me imagino la respuesta de Dios: “Lo siento, pero ya lo había decidido antes de que nacieras. Ya está hecho, serás dado”.

Tenemos poder de decisión sobre algunas cosas y sobre otras no. En esta, no. Es la clase de mundo en el cual nacimos. Dios lo creó. Dios lo sustenta. Dar es el estilo del universo. Dar es el tejido en la tela de la existencia. Si tratamos de vivir tomando en lugar de dando, vamos contra la dirección de las fibras. Es como tratar de ir contra la ley de la gravedad, la consecuencia serán huesos rotos y moretones. De hecho, vemos muchas vidas lisiadas, deformes, distorsionadas entre quienes desafían el hecho de que toda vida es dada y debe seguir siendo dada para que pueda ser fiel a su propia naturaleza.

Hay un acantilado rocoso a la orilla del lago de Montana en donde pasaba parte de cada verano. Hay grietas en la superficie de la roca en las cuales las golondrinas hacen sus nidos. En un verano observé durante varias semanas a las golondrinas en veloz vuelo recolectando insectos por sobre la superficie del agua y luego descender en picada dentro de las cavidades del acantilado, alimentando primero a sus parejas y luego a sus polluelos recién empollados. Cerca de una de las grietas del acantilado una rama muerta se extendía poco más de un metro sobre el agua. Un día estuve encantado al ver tres pequeñas golondrinas sentadas una junto a la otra sobre la rama. Sus padres amplios y dramáticos circuitos de caza de insectos sobre el agua y luego volvieron a las enormes cavidades que aquellas pequeñas aves transformaron a medida que abrían sus picos para alimentarse.

Esta escena se repitió por un par de horas hasta que los padres decidieron que sus polluelos ya habían comido lo suficiente. Una golondrina adulta tomo consigo los polluelos y comenzó a empujarlos hasta el final de la rama, más, más y más. Uno de los polluelos cayó. En algún lugar entre la rama y el agua, poco más de un metro más abajo, sus alas comenzaron a funcionar y el polluelo fue libre de volar por sí mismo. Luego, el segundo. El tercero no se dejaría intimidar. En el último momento se resbaló de la rama lo suficiente como para balancearse hacia abajo, luego volvió a asirse fuertemente, cual tenaz buldog. El padre ni se inmutó. Lo picoteó en la desesperadamente aferrada garra hasta que fue más doloroso para el pobre polluelo mantenerse colgando que arriesgarse a las inseguridades del vuelo. El polluelo se soltó y las inexpertas alas comenzaron a agitarse. La golondrina adulta sabía lo que el polluelo no sabía –que podía volar— y que no habría peligro alguno en hacer aquello para lo cual estaba perfectamente diseñado para hacer.

Las aves tienen patas y pueden caminar. También tienen garras y puede asirse con seguridad a las ramas. Pueden caminar y pueden aferrarse. Sin embargo, volar es su actividad característica, y no es sino hasta que vuelan que tienen una vida plena bella y grácil.

Dar es lo que mejor hacemos. Es nuestra naturaleza. Fue la acción diseñada dentro de nosotros aún antes de nuestro nacimiento. Dar es lo que define al mundo. Dios se da a sí mismo. También da todo lo que existe. No hace excepción alguna con nosotros. Somos dados a nuestras familias, a nuestros vecinos, a nuestros amigos, a nuestros enemigos, a las naciones. Nuestra vida es para otros. Esta es la manera en la que la creación trabaja. Algunos de nosotros tratamos desesperadamente de mantenernos para nosotros mismos, de vivir para nosotros mismos. Lucimos tan descuidados y patéticos haciendo esto, aferrándonos a la rama muerta de una cuenta bancaria para nuestra querida vida, temerosos de arriesgarnos a confiar en las alas sin probar del dar. Creemos que no podemos vivir generosamente porque nunca hemos tratado de hacerlo. Pero mientras más pronto comencemos a hacerlo, mucho mejor, porque al final tendremos que dar nuestras propias vidas, y mientras más tiempo esperemos menos tiempo tendremos para el rápido ascenso y descenso de la vida de gracia.

Jeremías pudo haberse mantenido aferrado al callejón sin salida en donde nació en Anatot. Puedo haberse apegado a los hábitos sosos de su cultura. Pero no lo hizo. Él creyó en lo que le fue dicho sobre su trasfondo, que Dios mucho antes lo había dado, y que él participaba en el dar por medio de su vocación.

Dignidad y disposición

Muchos hechos críticos suceden antes de mi concepción y nacimiento que predeterminan la realidad que experimento: hechos biológicos que me hacen ser un bípedo que camina y no un pez que nada; hechos geográficos que me proveen un clima agradable en lugar de la era del hielo; hechos científicos que permiten que los médicos nos visiten cuando estamos enfermos y no curanderos brujos; hechos políticos que me hacen ser un ciudadano en una democracia y no un siervo en un estado feudal. Pero los hechos más importantes de todos son los que Dios hizo antes de que fuera concebido, antes de que naciera. Él me conocía, por lo tanto no soy un accidente; él me escogió, por lo tanto no puede ser un cero; él me dio, por lo tanto no debo ser un consumidor.

Existen esfuerzos frenéticos en nuestra cultura para rescatar arruinadas autoestimas reforzando a la gente por medio de palabras alentadoras y de afirmación, que les dicen que son espectaculares, que son el número uno, y que recibirán algo muy bueno en el momento justo. El resultado no consiste en personas grandes sino pequeñas, en egos pigmeos. Pero, ¿cómo logramos tener un sentido de importancia sin inflar el ego? ¿Cómo nos hacemos importantes sin volvernos auto-importantes, seguros sin ser arrogantes, dignificados sin lucir ridículos?

Jeremías fijó el modelo. ¿Alguna vez vivió alguien tan bien sin estos reservorios profundos de dignidad y disposición –sin rastros de superficialidad— como lo hizo Jeremías? Lo hizo partiendo de la meditación en el maravilloso antes de su vida, y vivió este trasfondo sin ir contra él. Esto, y no Anatot, era de donde venía Jeremías, y el acento en su hablar delataría su origen a cualquiera con un oído sensible.

Es difícil cultivar este tipo de profunda conciencia en la memoria. No recibimos ayuda de nuestros contemporáneos quienes raramente se remontan más allá de los minutos de su anterior encuentro en un intento por comprender la agenda de su humanidad. Estamos tan acostumbrados a considerar todo a través del prisma de nuestros sentimientos actuales y de nuestras más recientes adquisiciones que es un cambio radical considerar al vasto antes. Pero si hemos de vivir bien, es necesario que lo hagamos. De otra forma, tendremos una vida débil e insegura, ignorantes de la gloria que nos conoce, elegidos y dados a otros por Dios.

4 Soy sólo un muchacho

Yo dije: “¡Ah, ah, Señor Jehová! ¡Yo no sé hablar, porque soy un muchacho!”. Me dijo Jehová: “No digas: ‘Soy un muchacho’, porque a todo lo que te envíe irás, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová… Porque yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muro de bronce contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes y el pueblo de la tierra.”

Jeremías 1:6-8, 18

“No estoy hecho para empresas peligrosas –exclamó Frodo-. Hubiese preferido no haberlo visto nunca. ¿Por qué vino a mí? ¿Por qué fui elegido?

- Preguntas que nadie puede responder –dijo Gandalf-. De lo que puedes estar seguro es de que no fue por ningún mérito que otros no tengan. Ni por poder ni por sabiduría, a lo menos. Pero has sido elegido y necesitarás de todos tus recursos: fuerza, ánimo, inteligencia.”

J. R. R. Tolkien 1

Dios le pidió a Jeremías hacer algo que él no podía. Por supuesto, se negó. Si se nos pidiera hacer algo que sabemos no podemos hacer, sería una tontería aceptar la tarea, porque pronto nos veríamos avergonzados delante de todos.

El trabajo que Jeremías había rechazado era el de ser profeta. Hay dos convecciones entrelazadas que caracterizan a un profeta. La primera convicción es que Dios es personal, vivo y activo. La segunda convicción es que lo que sucede justo ahora, en este mundo en este momento en la historia, es crítico. Un profeta está obsesionado con Dios, y un profeta está inmerso en el ahora. Dios es tan real para un profeta como lo es su vecino de al lado, y su vecino de al lado es un vórtice en el cual el propósito de Dios se cumple.

El trabajo del profeta es llamar a la gente a vivir bien, a vivir correctamente, a ser humanos. Pero es más que un llamado a decir algo, es un llamado a vivir el mensaje. El profeta debe ser lo que dice. Tanto la persona como el mensaje del profeta nos retan a estar a la altura de nuestra creación, de vivir dentro de nuestra salvación, a ser todo lo que fuimos destinados a ser.

No podemos ser humanos si no estamos en relación con Dios. Podemos ser animales y no tener conciencia de Dios. Podemos ser un conglomerado de minerales y no tener conciencia de Dios. Ser humanos, sin embargo, exige como prerrequisito una relación con Dios. “Como decían los escolásticos: Homo non proprie humanus sed superhumanus est— lo que significa que para ser verdaderamente humano, se debe ir más allá de lo meramente humano”.2

Una relación con Dios no es algo que se añade después que completamos nuestro crecimiento básico, es el núcleo esencial del crecimiento. Elimina este núcleo, y no habrá humanidad alguna sino tan sólo una cáscara, la apariencia pero no la sustancia de lo humano. Tampoco podemos ser humanos si no existimos en el presente, porque el presente es donde Dios nos encuentra. Si evitamos los detalles del presente actual, renunciamos a un gran trozo de nuestra humanidad. Soren Kierkegaard parodia nuestra falta de atención a nuestra realidad inmediata cuando escribe sobre el hombre que se vio envuelto en cosas, proyectos y causas tan abstractas para él mismo que un día se despertó y se encontró a sí mismo muerto.3

Un profeta hace saber a la gente quién es Dios y cómo es, qué es lo que dice y qué es lo que hace. Un profeta nos despierta de nuestra soñolienta complacencia para que podamos ver el gran e impresionante drama que es nuestra existencia, y luego nos empuja al escenario para que presentemos nuestra parte ya sea que creamos o no que estemos listo para hacerlo. Un profeta nos disgusta cuando rechaza nuestros eufemismos y arranca nuestros disfraces, exponiendo luego nuestros motivos egoístas y actitudes inhumanas donde todo el mundo pueda verlos como son en realidad. Un profeta hacer que todo y todos luzcan significantes e importantes –importante porque Dios lo hizo a él, a ella, o a aquello; significante porque Dios lo usa justo ahora de manera activa a él, a ella, o a aquello. Un profeta hace difícil continuar con una vida descuidada y egoísta.

Súplica inadecuada

Ningún trabajo es más importante que el de profeta, porque ¿qué cosa puede ser más importante que la presentación persuasiva de la invisible pero viviente realidad de Dios? Y, ¿qué es más importante que una demostración convincente del significado eterno de las cosas ordinarias y visibles de la vida diaria? Pero importante o no, Jeremías se rehusó a hacerlo. No estaba calificado para hacerlo. No había salido bien en el curso sobre Dios en la escuela. No había vivido lo suficiente como para saber cómo funciona el mundo. “¡Ah, ah, Señor Jehová! ¡Yo no sé hablar, porque soy un muchacho!”.

Tenemos mucha práctica en hacer súplicas inadecuadas para evitar tener la vida plena a la cual Dios nos llama. ¡Qué excusa tan trillada! Soy sólo un muchacho; Soy sólo una ama de casa; Soy tan sólo un laico; Soy sólo un pobre predicador; Sólo llegué al octavo grado; No tengo suficiente tiempo; No tengo la suficiente preparación; No tengo la seguridad necesaria; o siguiendo el ejemplo bíblico: “¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra” (Ex. 4:10). Se nos pide demasiado. No podremos arreglárnoslas. No podremos con la carga.

Si miramos a nosotros mismos y somos completamente honestos, nunca seremos adecuados. Por supuesto, no siempre somos honestos. Evadimos y copiamos en los exámenes. Disimulamos un poco acá; y mentimos un poco allá. Pretendemos ser más seguros de lo que en realidad somos.

Nuestra raza jamás hubiera llegado lejos,

Si no hubiéramos aprendido a mentir

Y a lucir más confiados de lo que somos

Cuando se trata de fingir.4

La vida es, de hecho, demasiado para nosotros. Este asunto de vivir teniendo conciencia de Dios, relación con él, amor sincero hacia el prójimo, y reverente apreciación del mundo alrededor excede nuestras capacidades. No somos lo suficientemente listos; no tenemos la energía suficiente; no podemos concentrarnos adecuadamente. Somos apáticos, haraganes y descuidados. No todo el tiempo, es verdad. Tenemos rachas de amor, arranques apasionados de fe, episodios impresionantes de valiente compasión. Pero luego volvemos a la indolencia o la avaricia. Pronto volvemos a las viejas costumbres, repartiendo la palabrería simplista que lleva a pensar a otros tontamente que somos mejores de lo que en realidad somos. Algunas veces incluso nos mentimos a nosotros mismos pensando que somos muy buenas personas, de hecho. Jeremías conocía el problema desde adentro: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9).

Pero la honestidad despiadada siempre nos dejará destrozados por nuestra incompetencia. El mundo es un lugar aterrador. Si no sentimos un poquito de miedo, simplemente no tenemos idea de la realidad. Si estamos conformes con nosotros mismos, o no tenemos estándares muy altos o sufrimos amnesia en relación con la realidad central, porque “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!”(He. 10:31). Pascal dijo; “No temas, lucha contra el miedo; pero si no temes, entonces ten temor”.5

Existe una enorme diferencia entre lo que creemos que somos capaces de hacer y aquello a lo que Dios nos llama a hacer. Nuestras ideas acerca de lo que podemos o queremos hacer son triviales; las ideas de Dios para nosotros son grandiosas. El llamado de Dios a Jeremías para ser profeta es equivalente al llamado que nos hace a nosotros de ser personas. Las excusas que damos son razonables; frecuentemente tienen que ver con la realidad, pero son sólo excusas y son rechazadas por el Señor, quien dice: “No digas: ‘Soy un muchacho’, porque a todo lo que te envíe irás, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová”. El Señor extendió luego su mano y tocó la boca de Jeremías, diciendo: “He puesto mis palabras en tu boca. Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y destruir, para arruinar y derribar, para edificar y plantar” (Jer. 1:7-10).

Los tres pares de verbos (arrancar/destruir, arruinar/derribar, edificar/plantar) son todos incluyentes. En el camino de la fe no podemos escapar porque es demasiado para nosotros. Nos sumergimos en ella porque se nos ha ordenado y estamos equipados para ello. No son nuestros sentimientos los que determinan nuestro nivel de participación en la vida, tampoco es nuestra experiencia la que nos califica para lo que haremos y seremos; es lo que Dios decide sobre nosotros. Dios no nos envía a la vida emocionante y peligrosa de la fe porque estemos calificados; nos escoge para calificarnos para aquello que él quiere que seamos y hagamos: “He puesto mis palabras en tu boca… te he puesto en este día sobre naciones”.

Ocho versículos más abajo Jeremías ya no es inadecuado para el trabajo. “Porque yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muro de bronce contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes y el pueblo de la tierra. Pelearán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte” (Jer. 1:18-19). Todo lo que sabemos de Jeremías demuestra que, de hecho, esto fue lo que sucedió. En los cuarenta años de su ministerio público en las décadas más confusas y caóticas en toda la historia de Israel, Jeremías fue invencible. Aunque internamente estuvo en agonía muchas veces, nunca se apartó de su camino. Se burlaron de él cruelmente y fue perseguido severamente, pero nunca se desvió de su posición. Hubo mucha presión sobre él para que cambiara, para que cediera, se rindiera y se escondiera. Nunca lo hizo. Él fue un “muro de bronce”.

¿Cómo hizo Jeremías pasar de ser el reticente hacedor de excusas “¡Ah, ah, Señor Jehová! Soy un muchacho” a ser la “columna de hierro” y aceptar el trabajo de profeta? Dios equipó a Jeremías para la vida mostrándole dos visiones. Estas dos visiones llevaron a Jeremías de la debilitante incompetencia a la energética obediencia.

Una vara de almendro

La primera visión fue de una vara de almendro: “La palabra de Jehová vino a mí, diciendo: ‘¿Qué ves tú, Jeremías?’. Yo respondí: ‘Veo una vara de almendro’. Me dijo Jehová: ‘Bien has visto, porque yo vigilo sobre mi palabra para ponerla por obra’” (Jer. 1:11-12).

El árbol de almendro es el primer árbol en florecer en Palestina. Antes de tener hojas nuevas, da flores blancas como la nieve. Mientras que la tierra aún está congelada por el invierno, las cálidas flores, libres y descuidadas nos sorprenden con la promesa de la primavera. Cada primavera sucede otra vez: la aparición de las flores en los bosques y jardines antes que las hojas, antes de que el pasto sea verde de nuevo. Y sabemos lo que viene luego: aves migratorias llenaran pronto los aires con su canto; las hojas adornarán los árboles con su verdor; las frutas comenzarán a desarrollarse. El florecimiento es una delicia en sí mismo, hermoso de ver, fragante de oler. Pero es más que eso. Es anticipación. Es una promesa. Es como las palabras. “Porque yo vigilo sobre mi palabra para ponerla por obra”. Las palabras, como el florecer del almendro, son promesas, la anticipación de lo que está por suceder. Se transforman en algo. “El verbo se hizo carne”.

La visión es acentuada con un juego de palabras. La palabra almendro y la palabra vigilar son casi idénticas en hebreo. “¿Qué ves Jeremías? Veo una vara de shaqed (“almendro”). “¡Bien! Así es, porque yo shoqed (“vigilo”) sobre mi palabra para cumplirla. Estoy vigilando mi palabra como un pastor vigila su rebaño. Ninguna de las palabras que has oído se disipará. Ninguna se perderá. Traeré cada palabra a algún tipo de conclusión viviente”.

El método fue audiovisual: una imagen visual junto con un juego de palabras auditivo enseñó esperanza a Jeremías. Cada primavera por el resto de su vida el florecer del almendro, shaqed, le traería shoqed (“vigilar”) a la memoria (“Porque yo vigilo sobre mi palabra para ponerla por obra”) y por el resto de su vida cada vez que escuchara pronunciar la palabra cotidiana shoqed (“vigilar”) –y no serían muchos los días en los cuales no la escucharía—la imagen visual del shaqed (“almendro”) liberaría todas las asociaciones enriquecedoras y energéticas de la primavera.

No es posible vivir la vida de fe, ya sea por un profeta o una persona común, sin algún tipo de visión sustentadora como esta. Muy en el fondo necesitamos ser convencidos, y de una forma u otra necesitamos recordatorios periódicos de que las palabras no son sólo palabras. En particular, las palabras de Dios no son sólo palabras. Son promesas que se cumplen. Dios hace lo que promete. Dios hace lo que dice.

Una olla hirviendo

La segunda visión fue de una olla hirviendo: “Vino a mí la palabra de Jehová por segunda vez, diciendo: ‘¿Qué ves tú?’. Yo dije: ‘Veo una olla hirviendo, que se vierte desde el norte’” (Jer. 1:13). La olla estaba inclinada de manera que el agua hirviendo se derramara hacia el sur. La villa de Anatot y las calles y patios de Jerusalén estaban directamente en el camino de esta corriente.

El agua hirviendo cayendo sobre Israel es idéntica a los ejércitos enemigos listos para una invasión (Jer. 1:14-16). Las naciones del norte estaban hirviendo una olla de guerra que inundaría la tierra con maldad: muerte, violaciones y pillaje. La agitada turbulencia en el horizonte se iba derramar sobre las tranquilas colinas de Judea. Los oficiales y reyes enemigos, audaces y burlones, acamparían justo en frente de las puertas de la ciudad y alrededor de sus murallas. Esta guerra inminente estaba ligada al juicio de Dios. El agua hirviendo lavaría la tierra. “Creo que es bueno bañarse en agua caliente”, decía G K. Chesterton, “te mantiene limpio”.6 El juicio candente vendría porque la gente había abandonado su relación de amor con Dios e iniciado ritualitos religiosos e insignificantes idolatrías (Jer. 1:16). La guerra interrumpiría sus tontas, necias, distraídas y sucias vidas y los obligaría a poner atención en aquello que es esencial y eterno: la vida y la muerte, Dios y la humanidad, la fe y la fidelidad, el compromiso y la obediencia.

El tema de la visión es negativo (en contraste con la visión del almendro), pero el mensaje es positivo, porque el efecto es contener el mal. La olla hirviendo es un contenedor, localizado en un lugar específico en el mapa.

Ni Jeremías ni el pueblo necesitaban una visión para saber que el peligro aguardaba por ellos en el norte. Todos lo sabían.7 El ejército neobabilónico estaba en movimiento y toda persona medianamente inteligente lo sabía. Sin embargo, la visión les avisaba que el mal tiene límites. La visión de la olla hirviendo localizaba y limitaba el mal que afligía a todos con un tipo de metafísica paranoia.

Ignorantes e inexpertos permitimos que el mal se filtre como la niebla en la atmósfera y en nuestras emociones, oscureciendo la silueta delgada de la realidad y absorbiéndolo todo en su gris húmedo y siniestro. En una atmósfera como esta nos aterrorizamos por cualquier rumor, saltamos al menor ruido, nerviosos y ansiosos. Es realmente cierto que existe el mal en el mundo, y gran cantidad. Esto es aterrador. Si vivimos realistamente, con nuestros ojos abiertos, vemos mucho mal en el mundo. Viendo todo este mal, ¿cómo podemos estar tranquilos? ¿Cómo podemos hacer uso de prácticas despreocupadas como dar un vaso de agua fría a un extranjero sediento? La visión responde esta interrogante: el mal no lo es todo ni está en todas partes. Es decir, tiene un origen y un final. El mal que tiene su control paralizante sobre todos no es un mal salvaje e incontrolable; es un juicio cuidadosamente ordenado, con Dios como comandante. La olla hirviendo reduce el mal a un lugar y un propósito. No podemos permitirnos ser ingenuos en relación al mal, debe ser enfrentado. Pero no debemos dejarnos intimidar por él. Éste será utilizado por Dios para traer el bien. Uno de los aspectos más extraordinarios de las buenas noticias es que Dios usa a los malvados para cumplir sus buenos propósitos. La gran paradoja del juicio es que el mal se transforma en combustible en el horno de la salvación.

Sin la ayuda de una visión como esta, perdemos nuestro sentido de la proporción y estamos incapacitados para responder de manera valiente y abierta a cualquier situación que se nos presente en el día. Si nos olvidamos de que los periódicos son los “pie de página” de las Escrituras y no una interpretación alternativa, al final tendremos miedo de levantarnos de la cama cada mañana. Demasiados de nosotros gastamos tiempo excesivo leyendo la página editorial y muy poco leyendo las visiones proféticas. Sacamos nuestras interpretaciones de los asuntos políticos, económicos y morales de los periodistas cuando sólo deberíamos estar obteniendo información; podemos tener un mejor significado del mundo en la Palabra de Dios.

Las dos visiones, la rama de almendro floreciente y la olla de agua hirviendo fueron las Harvard y Yale de Jeremías. Las imágenes singulares de las visiones se grabaron en lo profundo de la retina de su fe. Por medio de estas visiones mantuvo su equilibrio, sanidad y pasión en el teatro de la gloria de Dios y en medio del holocausto del pecado humano. Ya fuera que estuviera extasiado por el esplendor o asqueado por el hedor del mal, mantuvo los pies en la tierra, sin jamás retirarse a la cueva de la autocompasión, sin jamás cerrar sus ojos al horrible mal que le rodeaba, sin jamás rechazar cínicamente el estallido de la gloria alrededor suyo.

La primera visión convenció a Jeremías que la palabra de Dios abunda en maravillas y que sus maravillas no son ilusiones. La segunda visión convenció a Jeremías de que el mundo es muy peligroso, pero de que el peligro no es catastrófico.

Para estar equipados para lo que Dios nos llama a ser –profeta, persona— y no estar limitados todas nuestras vidas por la incompetencia, necesitamos conocer supremamente estos dos temas, Dios y el mundo, y ser instruidos profundamente en ellos. En ambos temas las primeras impresiones y apariencias superficiales son engañosas. Subestimamos a Dios y sobrestimamos al mal. No vemos lo que Dios hace y llegamos a la conclusión de que él está haciendo nada. Vemos todo lo que hace el mal y pensamos que tiene bajo su control a todos. Las visiones van más allá de las apariencias. Por medio del almendro y de la olla hirviendo aprendemos a vivir con esperanza y a nunca ser intimidados por el mal. Si vamos a vivir a imagen de Dios, concientes de todo lo que es Dios, abiertos y atentos a todo lo que él está haciendo, debemos confiar en su palabra, confiar en lo que no vemos. Si vamos a vivir en el mundo, atentos a cada particularidad, amando en todos los malos momentos sin sentirnos repugnados o atemorizados por ellos, ni conformarnos a ellos, tendremos que enfrentar un mal inmenso, pero al mismo tiempo este será un mal limitado y controlado.

Moldeado por las visiones

¿Funcionaron las visiones? ¿Lo hicieron? La vida de Jeremías es evidencia de que las visiones fueron el pénsum de estudios que lo transformó directamente de ser un muchacho inseguro a un adulto sólido y maduro. Jeremías fue moldeado por las visiones, no por las modas de su época ni por los sentimientos sobre sí mismo. Sabemos que con frecuencia se sentía terrible y que fue amenazado terriblemente. Con frecuencia se sintió débil; casi completamente desesperado. Pero, de hecho, siempre fue fuerte. Sus emociones frecuentemente le fallaron; pero su fe siempre lo sostuvo rápidamente.

Su fuerza no fue alcanzada por crecientes callos en su altamente sensible espíritu. A lo largo de su vida Jeremías experimentó un rango asombroso de emociones. Su espíritu registró, según parece, todo. Él fue uno de esas personas finamente entonadas que recogían y respondían al menor temblor alrededor suyo. Al mismo tiempo, fue también completamente insensible a las agresiones y burlas, a la persecución y la oposición.

La integración profunda de fuerza y sensibilidad, de firmeza y sentimiento, es rara. Vemos algunas veces personas sensibles que son inestables la mayor parte del tiempo. Entran en pánico a la menor señal de peligro. Su sensibilidad los incapacita para actuar frente a las duras crueldades del mundo. En contraste, otros son rígidos moralistas, con una rectitud severa. No existe duda alguna sobre su correcta posición dogmática, pero sus principios son martillos que fracturan los huesos y maltratan la carne. El mundo forma un enorme circuito alrededor de estas personas. Es peligroso estar en su compañía por mucho tiempo porque si llegan a detectar cualquier debilidad mental o moral en nosotros, tendremos suerte en escapar con tan sólo un dolor de cabeza.

Pero Jeremías no fue así. Educado por la rama de almendro, su respuesta a lo personal, fuera Dios o los seres humanos, se profundizó y desarrolló. Educado por la olla hirviendo, sus capacidades externas para tratar con el mal deshumanizante y resistir intimidación despersonalizadora lo hicieron invencible: fue “como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muro de bronce”. Nada mal para alguien que comenzó siendo sólo “un muchacho”.

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22 oktyabr 2025
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9781646910892
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