Kitabı oxu: «Una obediencia larga en la misma dirección»
Una obediencia larga en la misma dirección
© 2005 por Eugene H. Peterson
Publicado por Editorial Patmos,
Miami, FL 33166
Todos los derechos reservados.
Publicado originalmente en inglés por InterVarsity Press, Downer’s Grove, Illinois, USA, con el título A Long Obedience in the Same Direction. © 2000 por Eugene H. Peterson
A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas han sido tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional® NVI®. © 1999, 2015 por Biblica, Inc.® Usada con permiso de Biblica, Inc.® Reservados todos los derechos en todo el mundo.
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Traducido al español por Silvia Cudich
Diseño por Adrián Romano
eISBN: 978-1-58802-263-9
Categoría: Vida cristiana / Crecimiento espiritual
Impreso en Brasil | Printed in Brazil
Para Lu y Peter,
compañeros aún en la
larga obediencia
CONTENIDO
Prefacio Al Vigésimo Aniversario
1.El Discipulado
2.El Arrepentimiento
3.La Providencia
4.La Adoración
5.El Servicio
6.La Ayuda
7.La Seguridad
8.El Gozo
9.El Trabajo
10.La Alegría
11.La Perseverancia
12.La Esperanza
13.La Humildad
14.La Obediencia
15.La Comunidad
16.La Bendición
Una Larga Obediencia: Un epílogo
Notas
PREFACIO AL VIGÉSIMO ANIVERSARIO
En los veinte años que han transcurrido desde que escribí este libro, han tenido lugar enormes cambios sin excepciones en todo el mundo y en la iglesia. Me han dicho constantemente y desde prácticamente todas las direcciones que corro el peligro de convertirme en algo irrelevante si no me mantengo al día con los últimos desarrollos en computadoras y aparatos eléctricos y transportes y medios de comunicación. De modo que, cuando me senté a corregir Una larga obediencia en la misma dirección para la edición de su vigésimo aniversario, estaba preparado para realizar muchos cambios.
No he realizado casi ninguno. Sucede que hay algunas cosas que no cambian. Dios no cambia: él busca y él salva. Y nuestra respuesta a Dios al revelarse a sí mismo en Jesús no cambia: escuchamos y lo seguimos. O no lo hacemos. Cuando nos ocupamos de las cosas básicas—Dios y nuestra necesidad de él—estamos sobre una roca firme. Comenzamos cada día por el principio, sin mucho revuelo.
De modo que el libro sale publicado en esta nueva edición prácticamente igual al que escribí inicialmente. Le agregué un epílogo para reafirmar la manera en que se unen las Escrituras y la oración para proporcionar energía y dirección a aquellos de nosotros que tenemos la intención de seguir a Jesús. Algunos pocos nombres de celebridades han sido reemplazados por nombres nuevos (¡las personas famosas cambian con bastante rapidez!), y he cambiado unas pocas reseñas de asuntos de actualidad. Pero eso es prácticamente todo. Me tranquiliza darme cuenta una vez más de que no tenemos que estudiar ansiosamente al mundo que nos rodea para poder mantenernos al día con Dios y su manera de relacionarse con nosotros.
De hecho, los quince cánticos de los peregrinos (Salmos 120-134), los cuales proporcionan aquí el texto para desarrollar el «discipulado en una sociedad instantánea,» proveyeron el ímpetu para embarcarme en una nueva traducción en inglés, The Message. Al principio, todo lo que tenía planeado era traducir los Salmos al lenguaje idiomático de Norteamérica que escuchaba que la gente utilizaba en las calles y en los centros de compra y en los partidos de fútbol americano. Yo sabía que seguir a Jesús no podría jamás desarrollarse en una «larga obediencia» sin una vida de oración más profunda y que los Salmos habían sido siempre la forma primordial por medio de la cual aprendieron los cristianos a orar todo lo que vivían, y a vivir todo lo que oraban a lo largo de su trayecto.
Sin embargo, la gente que yo conocía no oraba los Salmos. Eso me desconcertaba; los cristianos habían siempre orado los Salmos; ¿por qué entonces no lo hacían mis amigos y mis vecinos? Luego me di cuenta de que se debía a que el lenguaje, con cadencias y hermoso y armonioso, parecía algo remoto y alejado de sus vidas cotidianas desapacibles y desordenadas y discordantes. Pero cuando nuestros antepasados hebreos oraron y escribieron inicialmente estos Salmos, ellos eran tan desapacibles y desordenados y discordantes como lo que experimentamos hoy día. Yo deseaba traducirlos del original hebreo y transmitir la energía cruda, tosca y robusta que es tan característica de esas oraciones. Deseaba que la gente comenzara nuevamente a orarlos, no sólo admirarlos a la distancia, y por lo tanto aprender a poner en oración todo lo que experimentaban y sentían y pensaban al seguir a Jesús, y no sólo lo que pensaban que era correcto orar en la iglesia.
Y así fue que la consecuencia no intencionada de la escritura de Una larga obediencia en la misma dirección fue esta nueva traducción del Cántico de los peregrinos, y luego de todos los Salmos y del Nuevo Testamento (y finalmente, de toda la Biblia).
1
EL DISCIPULADO
“¿Cómo competirás con los caballos?”
Si los que corren a pie han hecho que te canses,
¿cómo competirás con caballos?
JEREMÍAS 12.5 NVI
Lo esencial en «el cielo y en la tierra» es… que tendría que existir una larga obediencia en la misma dirección; de ese modo el resultado sería, y ha sido siempre a la larga, algo que hace que valga la pena vivir.
FEDERICO NIETZSCHE, MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL

Este mundo no es amigo de la gracia. El individuo que se entrega a Jesucristo como su Señor y Salvador no encuentra que se reúna de inmediato una multitud de personas para aplaudir su decisión o que sus viejos amigos se congreguen espontáneamente alrededor de él para felicitarlo y ofrecerle consejos. Por lo general, a pesar de que no haya nada directamente hostil, la acumulación de censuras algo perplejas y la indiferencia agnóstica constituyen una oposición sorprendentemente formidable.
Una antigua tradición divide las dificultades que enfrentamos en la vida de fe en las categorías del mundo, la carne y el diablo.1 En la mayoría de los casos, se nos previene sobre los peligros de la carne y de las artimañas del diablo. Sus tentaciones tienen una forma determinable y mantienen una continuidad histórica. Eso no implica que sea más sencillo resistirlas; hace que sea más fácil reconocerlas.
Sin embargo, el mundo es proteico: cada generación tiene que contender con el mundo en una forma nueva. El mundo es una atmósfera, un humor.2 Al pecador le resulta tan difícil reconocer las tentaciones del mundo como a un pez descubrir las impurezas en el agua. Existe una sensación, un sentimiento de que las cosas no están bien, que el medio ambiente carece de integridad, pero saber exactamente lo que es elude nuestro análisis. Sabemos que la atmósfera espiritual en la cual vivimos erosiona la fe, disipa la esperanza y corrompe el amor, pero es difícil saber exactamente qué es lo que está mal.
Turistas y peregrinos
Un aspecto del mundo que he podido identificar como algo pernicioso para los cristianos es la suposición de que hay que adquirir de inmediato todo aquello que valga la pena. Suponemos que si existe algo que se pueda hacer, debe ser hecho rápidamente y con eficiencia. Nuestra capacidad de concentración ha sido condicionada por los avisos comerciales de treinta segundos de duración. Nuestro sentido de la realidad ha sido arrasado por las versiones condensadas de treinta páginas.
En un mundo semejante no es difícil lograr que una persona se interese en el mensaje del evangelio; lo que es terriblemente difícil es mantener su interés. Millones de personas de nuestra cultura toman la decisión de entregar su vida a Cristo, pero existe un espantoso índice de abatimiento. Muchos afirman que han vuelto a nacer, pero la evidencia de un discipulado cristiano maduro es poca. En nuestra clase de cultura todo se puede vender, incluso las nuevas sobre Dios, siempre y cuando tenga un envase fresco y novedoso; pero cuando éste pierde su frescura, va a parar a la basura. Existe un enorme mercado para la experiencia religiosa en nuestro mundo; sin embargo, hay poco entusiasmo por la adquisición paciente de virtud, y muy poco interés en inscribirse para el extenso aprendizaje de aquello que las generaciones anteriores de cristianos llamaban santidad.
En nuestra época, la religión ha sido capturada por la mentalidad del turista. Se piensa que la religión es como la visita que realizamos a un sitio atractivo cuando tenemos el suficiente tiempo libre para hacerlo. Para algunos es una excursión semanal a la iglesia; para otros, visitas ocasionales a cultos especiales. Algunos, con una inclinación hacia el entretenimiento religioso y la diversión sagrada, planifican sus vidas alrededor de eventos especiales tales como los retiros espirituales, concentraciones y conferencias. Acudimos para ver a una nueva personalidad, para escuchar una verdad nueva, para tener una experiencia y de esa manera expandir nuestras vidas que de lo contrario son bastante monótonas. La vida religiosa se define como lo último y lo más novedoso: Zen, curaciones milagrosas, potencial humano, parapsicología, vida exitosa, coreografía en el coro y presbiterio, Armagedón. Lo probamos todo—hasta que aparece algo nuevo.
Yo no sé cómo ha sido para los pastores de otras culturas y en siglos anteriores, pero estoy bastante seguro de que para un pastor en la cultura occidental en los albores del siglo veintiuno, el aspecto del mundo que hace que la tarea de llevar a los cristianos por la senda de la fe sea muy difícil es lo que Gore Vidal ha analizado como «la pasión actual por lo inmediato y lo fortuito.»3 Todo el mundo anda a las corridas. Las personas que lidero en oración, entre las que aconsejo, visito, oro, predico y enseño, desean atajos. Sólo desean que las ayude a completar el formulario que les dará crédito instantáneo (en la eternidad). Están impacientes por ver los resultados. Han adoptado el estilo de vida de un turista y sólo quieren los puntos más destacados. Pero un pastor no es un guía de turismo. Yo no tengo ningún interés en contar historias religiosas apócrifas en y alrededor de lugares dudosamente identificados como sagrados. La vida cristiana no puede madurar bajo tales condiciones y en semejantes maneras.
Federico Nietzsche, quien percibió al menos esta área de verdad espiritual con gran claridad, escribió: «Lo esencial ‘en el cielo y en la tierra’ es… que tendría que existir una larga obediencia en la misma dirección; de ese modo el resultado sería ser, y ha sido siempre a la larga, algo que hace que valga la pena vivir.»4 Es esta «larga obediencia en la misma dirección» lo que el temperamento del mundo trata por todos los medios de disuadir.
Para que las personas de fe puedan reconocer y resistir la corriente de lo mundanal, existen dos designaciones bíblicas que son extremadamente útiles: discípulo y peregrino. La palabra discípulo (mathetes) nos dice que somos personas que nos pasamos la vida como aprendices de nuestro maestro, Jesucristo. Estamos siempre en una relación de aprendizaje progresivo. Un discípulo es alguien que aprende, pero no en el ambiente académico de un aula de clases, sino más bien en el lugar de trabajo de un artesano. No adquirimos información sobre Dios sino conocimientos prácticos de la fe.
La palabra peregrino (parepidemos) nos indica que somos personas que nos pasamos toda la vida yendo a algún sitio, yendo hacia Dios, y cuyo sendero para llegar a ese punto es el camino, Cristo Jesús. Nos damos cuenta de que «este mundo no es nuestro hogar» y partimos hacia «la casa de nuestro Padre.» Abraham, quien «partió,» es nuestro modelo. Jesús, respondiendo a la pregunta de Tomás: «Señor, si no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?,» nos da direcciones: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Sin mí, nadie puede llegar a Dios el Padre» (Juan 14.5-6). La carta a los Hebreos define nuestro programa: «¡Todas esas personas están a nuestro alrededor como testigos! Por eso, en los años que nos quedan de vida debemos dejar de pecar, y dejar también de lado lo que nos estorba para vivir confiando totalmente en Dios. Porque la vida es como una carrera, y el pecado es como un estorbo que se nos enreda en los pies y no nos deja correr. Pongamos toda nuestra atención en Jesús, pues de él viene nuestra confianza, y es él quien hace que confiemos cada vez más y mejor» (Hebreos 12.1-2).
Un cancionero con la esquina de una de sus páginas doblada
En la labor pastoral de capacitar a las personas en el discipulado y acompañarlas en su peregrinaje, he descubierto, oculto en el salterio hebreo, un antiguo cancionero con la esquina de una de sus páginas doblada. Lo he utilizado para darles continuidad a la guía de los demás por la senda cristiana y a la dirección de las personas de fe en su esfuerzo consciente y continuo hacia la madurez en Cristo. El antiguo cancionero se llama, en hebreo, shiray hammaloth: Canciones de ascenso (Cántico de los peregrinos). Las canciones son los Salmos 120 al 134 en el libro de los Salmos. Quizás estos quince salmos eran cantados, probablemente en cadena, por los peregrinos hebreos a medida que ascendían a Jerusalén para las grandes fiestas de adoración. Topográficamente, Jerusalén era la ciudad más elevada en Palestina, de modo que aquellos que viajaban a ella se pasaban la mayor parte del tiempo ascendiendo.5 Pero el ascenso no era sólo literal, sino que era también una metáfora: el viaje a Jerusalén representaba una vida orientada hacia lo alto, en dirección a Dios, una existencia que pasaba de un nivel a otro, hasta alcanzar la madurez—lo que Pablo describe como «la meta»: «Así que sigo adelante, hacia la meta, para llevarme el premio que Dios nos llama a recibir por medio de Jesucristo» (Filipenses 3.14).
Los fieles hebreos realizaban ese viaje tres veces al año (Éxodo 23.14-17; 34.22-24). Los hebreos eran un pueblo cuya salvación se había llevado a cabo en el éxodo, cuya identidad había sido definida en el Sinaí y cuya preservación había sido garantizada durante los cuarenta años que anduvieron por el desierto. En la primavera, en la fiesta del Pan sin levadura (la Pascua), rememoraban la manera en que Dios los había salvado; a principios del verano, en la fiesta de Pentecostés, renovaban sus compromisos como el pueblo del pacto con Dios; en el otoño, en la fiesta de las Enramadas, respondían como comunidad bendecida a lo mejor que tenía Dios para ellos. Eran un pueblo redimido, un pueblo gobernado, un pueblo bendecido. Estas realidades fundamentales se predicaban y enseñaban y alababan en las fiestas anuales. Entre las fiestas, el pueblo vivía estas realidades en el discipulado diario hasta que llegaba el momento de ascender a la ciudad de la montaña como peregrinos para renovar el pacto.
La imagen de los hebreos cantando estos quince salmos cuando dejaban atrás sus rutinas de discipulado y viajaban desde sus poblados y aldeas, sus granjas y ciudades, como peregrinos para ascender a Jerusalén, ha quedado grabada en la devota imaginación cristiana. Es el mejor antecedente que poseemos para comprender la vida como un trayecto de fe.
Sabemos que nuestro Señor, desde muy pequeño, viajaba a Jerusalén para las fiestas anuales (Lucas 2.41-42). Continuamos identificándonos con los primeros discípulos, quienes «iban confundidos, mientras Jesús caminaba delante de ellos hacia Jerusalén. Por su parte, los otros seguidores, estaban llenos de miedo» (Marcos 10.32). Nosotros también estamos confundidos y un poco asustados, porque en el camino hay un milagro inesperado tras otro, y nos toparemos con espectros aterradores. El cantar los quince salmos es una manera de expresar la asombrosa gracia y a la misma vez, acallar los ansiosos temores que nos aquejan.
No hay mejores «canciones para el camino» para aquellos que viajan por el camino de la fe en Cristo, un camino que tiene tantos encadenamientos con el camino de Israel. Dado que muchos (aunque no todos) los aspectos esenciales del discipulado cristiano están incorporados en estas canciones, ellas nos ofrecen una manera de recordar quiénes somos y a dónde nos dirigimos. Mi intención no es la de producir una exposición erudita de estos salmos, sino la de ofrecer meditaciones prácticas que utilizan estas tonadas como estímulo, aliento y guía. Si aprendemos a cantarlas bien, ellas pueden llegar a ser algo así como el vade mecum para el diario andar del cristiano.
Durante el trayecto
Paul Tournier, en su libro A Place for You, describe la experiencia de estar entremedio—entre el momento en que dejamos nuestro hogar y el momento en que llegamos a destino; entre el momento en que dejamos atrás la adolescencia y llegamos a la vida adulta; entre el momento en que abandonamos las dudas y llegamos a la fe.6 Es como el momento en que un trapecista suelta la barra del trapecio y permanece como suspendido en el aire, listo para agarrarse de otro soporte; es un momento de peligro, de expectativa, de incertidumbre, de entusiasmo, de extraordinaria vitalidad.
Los cristianos reconocerán cuán apropiadamente se pueden entonar estos salmos en medio de diversos momentos: entre el momento en que dejamos el ambiente mundanal y llegamos a la asamblea del Espíritu; entre el momento en que dejamos el pecado y llegamos a la santidad; entre el momento en que dejamos nuestro hogar los domingos a la mañana y llegamos a la iglesia adonde nos reunimos con el pueblo de Dios; entre el momento en que dejamos las obras de la ley y llegamos a la justificación por fe. Son canciones de transición, himnos breves que nos aportan valentía, apoyo y guía interior para ayudarnos a llegar al lugar hacia donde nos está guiando Dios en Cristo Jesús.
Entretanto, el mundo susurra: «¿Para qué te molestas? Existe a tu disposición una gran cantidad de diversiones sin tener que meterte en todo esto. El pasado es un cementerio: ignóralo; el futuro es un holocausto: evítalo. No hay ninguna compensación para el discipulado, no hay ningún destino para la peregrinación. Obtén a Dios de una manera rápida; por medio del carisma instantáneo.» Pero hablan otras voces—aunque no tan atractivas, por lo menos más verdaderas. Thomas Szasz, en su terapia y escritos, ha intentado revivir el respeto por aquello que él llama «las verdades humanas más simples y antiguas: es decir, que la vida es una lucha ardua y trágica; que lo que llamamos «cordura,» lo que queremos decir por medio de «no ser esquizofrénicos,» tiene mucho que ver con la capacidad, ganada por medio de la lucha por la excelencia; con la compasión, ganada duramente por medio de los conflictos de confrontación; y con la modestia y la paciencia, adquiridas a través del silencio y el sufrimiento.»7 Su testimonio ratifica la decisión de aquellos que se comprometen a explorar el mundo del Cántico de los peregrinos, que lo excavan para encontrar sabiduría, y lo entonan para alegrarse.
Estos salmos eran sin duda utilizados de esa manera por las multitudes que, según nos relata Isaías, decían: «Subamos al monte de Sión, al templo del Dios de Israel, para que él mismo nos enseñe y obedezcamos sus mandamientos» (Isaías 2.3). Son también evidencia de lo que Isaías prometió cuando dijo: «Ustedes, en cambio, escucharán canciones como en una noche de fiesta; irán con el corazón alegre, como los que caminan al ritmo de las flautas. Irán al monte de Dios, pues él es nuestro refugio» (Isaías 30.29).
Todos aquellos que viajamos por el camino de la fe necesitamos, de vez en cuando, ayuda. Necesitamos que nos den aliento cuando nuestro espíritu flaquea; necesitamos dirección cuando el camino es incierto. Una de las «pequeñas oraciones» de Paul Goodman expresa nuestras necesidades:
En el camino hacia la muerte
Marchando penosamente, sin anhelo de llegar
A esa ciudad, sin embargo el sendero es
Todavía demasiado extenso para mi paciencia.
—enséñame una canción para la marcha,
Maestro, para caminar juntos
Como solíamos exclamar los niños
Cuando era un joven boy scout (explorador).8
Para los que eligen vivir como peregrinos y no ya como turistas, el Cántico de los peregrinos combina toda la alegría de las canciones para la marcha con la practicidad de una guía y un mapa. Su brevedad sin pretensiones está excelentemente descrita por William Faulkner. «No hay monumentos, sino huellas de pisadas. Un monumento sólo dice: ‘Por fin llegué hasta aquí’, mientras que una huella dice: ‘Aquí me encontraba cuando comencé nuevamente a avanzar.’»9
2
EL ARREPENTIMIENTO
“¡Ay de mí, que soy extranjero en Mésec!”
1 En mi angustia invoqué al Señor,
y él me respondió.
2 Señor, líbrame de los labios mentirosos
y de las lenguas embusteras.
3 ¡Ah, lengua embustera!
¿Qué se te habrá de dar?
¿Qué se te habrá de añadir?
4 ¡Puntiagudas flechas de guerrero,
con ardientes brasas de retama!
5 ¡Ay de mí, que soy extranjero en Mésec,
que he acampado entre las tiendas de Cedar!
6 ¡Ya es mucho el tiempo que he acampado
entre los que aborrecen la paz!
7 Yo amo la paz,
pero si hablo de paz,
ellos hablan de guerra.
SALMO 120 NVI
Antes de que un hombre pueda hacer cosas, debe haber cosas que él no hará.
MENCIUS

Las gentes sumergidas en una cultura que está llena de mentiras y de maldad sienten que se están ahogando en ella; no pueden confiar en nada de lo que escuchan, no pueden depender de nadie que conozcan. Dicha insatisfacción con el mundo tal como es, es la preparación para viajar por la senda del discipulado cristiano. La insatisfacción, unida a un anhelo de paz y verdad, puede emplazarnos en un camino de peregrinación hacia la integridad en Dios.
La persona tiene que estar totalmente disgustada con el estado en que está todo antes de poder encontrar la motivación necesaria para emprender el camino cristiano. Mientras que pensemos que la siguiente elección podría eliminar el delito y establecer la justicia o que un nuevo avance científico podría salvar el medio ambiente o que otro aumento de sueldo nos podría poner a salvo de la ansiedad y llevarnos a una vida de tranquilidad, no estaremos listos para arriesgarnos a vivir las trabajosas incertidumbres propias de la vida de fe. La persona tiene que estar harta de la manera de hacer las cosas del mundo antes de que ella adquiera un apetito por el mundo de la gracia.
El Salmo 120 es la canción de semejante persona, cansada de las mentiras y paralizada por el odio, una persona doblada en dos por el dolor que siente por lo que está ocurriendo en el mundo que la rodea. Pero no es un simple clamor, es un dolor que penetra a través de la desesperación y estimula un nuevo comienzo: un viaje hacia Dios que se convierte en una vida de paz.
Los quince cánticos de los peregrinos describen elementos comunes a todos aquellos que se colocan a sí mismos de aprendices con el Señor Jesucristo y que viajan por la senda cristiana. El primero de ellos es el que los empuja a marchar. No es un cántico bonito—no hay nada ni inquietantemente melancólico ni líricamente feliz en él. Es duro. Es discordante. Pero logra que las cosas empiecen.
Las mentiras sin errores
En mi angustia invoqué al Señor es la primera frase. La última palabra es guerra. No es una canción feliz, pero es honesta y necesaria.
Los hombres están enemistados entre sí. Las mujeres están como perros y gatos. Desde el vientre de nuestra madre, se nos enseña a tener rivalidad. El mundo anda revuelto, siempre buscando pelea. Nadie parece saber cómo vivir en una relación sana. Insistimos en convertir a cada comunidad en una secta, cada iniciativa en una guerra. Nos damos cuenta, en momentos fugaces, que fuimos creados para algo diferente y mejor—«yo estoy totalmente a favor de la paz»—pero no hay ninguna confirmación de esa comprensión en nuestro medio ambiente, ningún estímulo en nuestra experiencia. «Yo estoy totalmente a favor de la paz; pero no bien se los digo, ¡van a la guerra!»
La angustia que abre y cierra al salmo es el doloroso despertar a la realidad inevitable de que se nos ha mentido. El mundo, de hecho, no es como nos lo habían representado. Las cosas no están bien, y no están tampoco mejorando.
Desde que tenemos memoria, se nos ha mentido: los seres humanos son básicamente amables y buenos. Todos nacemos iguales e inocentes y autosuficientes. El mundo es un lugar placentero e inofensivo. Nacemos libres. Si estamos ahora encadenados, es por culpa de alguien y, con sólo un poco más de inteligencia o esfuerzo o tiempo, lo podremos corregir.
Es difícil entender cómo podemos seguir creyendo esto después de tantos siglos de evidencia que prueban lo contrario, pero nada de lo que hagamos y nada que puedan hacer los demás parece desencantarnos del hechizo de la mentira. Seguimos aguardando que, de alguna manera, las cosas van a mejorar. Y cuando no lo hacen, lloriqueamos como niños malcriados que no obtienen lo que quieren. Anidamos un resentimiento que se va acumulando como una ira que desemboca en violencia. Convencidos por la mentira de que lo que estamos experimentando no es natural, que es una excepción, concebimos maneras de escapar a la influencia de lo que nos hacen los demás, yéndonos de vacaciones lo más frecuentemente posible. Cuando se terminan las vacaciones, volvemos una vez más al flujo de los acontecimientos, con nuestra inocencia renovada, creyendo que todo va a funcionar bien—para vernos una vez más sorprendidos, heridos, apabullados cuando eso no ocurre. La mentira («todo está bien») tapa y perpetúa el profundo mal, disfraza la violencia, la guerra, la rapacidad.
La conciencia cristiana comienza con la comprensión dolorosa de que lo que nosotros habíamos supuesto que era la verdad es en realidad una mentira. La oración es inmediata: «SEÑOR, líbrame de los labios mentirosos y de las lenguas embusteras.» Rescátame de las mentiras de los anunciantes que afirman saber lo que necesito y deseo, desde las mentiras de los animadores que prometen una forma económica de hacerme feliz, desde las mentiras de los políticos que pretenden instruirme en cuestiones de poder y de moralidad, desde las mentiras de los psicólogos que ofrecen moldear mi conducta y mi ética de manera que pueda vivir por mucho tiempo con felicidad y éxito, desde las mentiras de los religiosos que «sanan las heridas de este pueblo superficialmente,» desde las mentiras de los moralistas que pretenden promoverme al cargo de capitán de mi destino, desde las mentiras de los pastores que «desobedecen los mandamientos de Dios para poder seguir enseñanzas humanas» (Marcos 7.8). Rescátame de la persona que me habla de la vida y omite a Cristo, que tiene sabiduría según la forma de ser del mundo, pero que ignora los movimientos del Espíritu.
Las mentiras se atienen de manera impecable a los hechos. No contienen errores. No hay distorsiones ni datos falsificados. Pero son, de igual forma, mentiras, porque afirman que ellas son las que nos dicen quiénes somos y omiten todo lo relacionado a nuestro origen en Dios y nuestro destino en Dios. Hablan del mundo sin decirnos que Dios lo ha creado. Nos platican acerca de nuestro cuerpo sin decirnos que es el templo del Espíritu Santo. Nos instruyen en amor sin decirnos que Dios nos ama y que entregó su vida por nosotros.
La luz que ilumina las encrucijadas
En este salmo, la palabra SEÑOR aparece sólo dos veces. Es, no obstante, la clave para el resto del salmo. Dios, una vez que lo admitimos en nuestra conciencia, llena todo el horizonte. Dios, revelado en su obra creativa y redentora, expone todas las mentiras. En el momento en que pronunciamos la palabra SEÑOR, la imponente falsedad del mundo queda al descubierto: vemos la verdad. La verdad acerca de mí es que Dios me ha creado y me ama. La verdad acerca de aquellos que están sentados junto a mí es que Dios los ha creado y los ama, y cada uno de ellos es, por consiguiente, mi semejante. La verdad acerca del mundo es que Dios gobierna y suministra todo lo necesario. La verdad sobre lo que está mal en el mundo es que yo y la persona que está sentada junto a mí hemos pecado al impedir que Dios esté con nosotros, sobre nosotros y dentro de nosotros. La verdad sobre lo que se encuentra en el centro de nuestras vidas y de nuestra historia es que Jesucristo fue clavado en la cruz por nuestros pecados y resucitado de la tumba para nuestra salvación, y que nosotros podemos participar en la vida nueva cuando creemos en él, aceptamos su misericordia, respondemos a su amor y prestamos atención a sus mandamientos.
John Baillie escribió: «Estoy seguro de que la parte del camino que más requiere iluminación es el punto donde se bifurca.»10 El SEÑOR del salmista es un haz de luz que ilumina dicha bifurcación. El Salmo 120 es la decisión de tomar un camino y no el otro. Es el momento crucial que marca la transición desde la nostalgia que sueña en una mejor vida a la peregrinación escabrosa del discipulado de fe, desde el quejarse sobre lo mal que anda todo a la búsqueda de todo lo bueno.
Se dice y se canta esta decisión en todos los continentes y en todos los idiomas. Esta decisión se ha llevado a cabo en toda clase de vida, durante todos los siglos de la extensa historia de la humanidad. La decisión es calladamente (y a veces no tan calladamente) anunciada desde miles de púlpitos cristianos por todo el mundo cada domingo en la mañana. La decisión es testimoniada por millones de personas en hogares, fábricas, escuelas, negocios, oficinas y campos cada día de cada semana. La gente que toma la decisión y se deleita en ella es la llamada cristiana.
Un no que es un sí
El primer paso hacia Dios es un paso para alejarse de las mentiras del mundo. Es la renuncia a las mentiras que se nos han dicho sobre nosotros mismos y nuestros semejantes y nuestro universo. «¡Ay de mí, que soy extranjero en Mésec, que he acampado entre las tiendas de Cedar! ¡Ya es mucho el tiempo que he acampado entre los que aborrecen la paz!» Mésec y Cedar son nombres de lugares: Mésec es una tribu lejana, a miles de millas de Palestina en el sur de Rusia; Cedar es una tribu errante de reputación salvaje a lo largo de las fronteras de Israel. Ellas representan lo extraño y hostil. Si lo parafraseamos, el clamor es: «Vivo en medio de matones y bárbaros violentos; este mundo no es mi hogar y yo me quiero ir.»
La palabra bíblica que se utiliza generalmente para describir el no que les expresamos a las mentiras del mundo y el sí que le pronunciamos a la verdad de Dios es arrepentimiento. Es, en todo momento y en todo lugar, la primera palabra de la vida cristiana. La predicación de Juan el Bautista era: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 3.2 RVR60). La primera predicación de Jesús fue igual a la de Juan: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 4.17 RVR60). Pedro puso fin a su primer sermón con las palabras: «Arrepentíos, y bautícese cada uno» (Hechos 2.38 RVR60). En el último libro de la Biblia, el mensaje a la séptima iglesia fue «sé fervoroso y arrepiéntete» (Apocalipsis 3.19 RVR60).
El arrepentimiento no es una emoción. No es el lamentar nuestros pecados. Es una decisión. Es decidir que nos hemos equivocado al suponer que podíamos manejar nuestra propia vida y ser nuestro propio dios; es decidir que nos hemos equivocado al pensar que poseíamos, o que podíamos obtener, la fuerza, educación y capacitación necesarias para arreglárnoslas solos; es decidir que se nos ha dicho una sarta de mentiras sobre nosotros mismos, nuestros semejantes y nuestro mundo. Y es decidir que Dios en Cristo Jesús nos está diciendo la verdad. El arrepentimiento es darnos cuenta de que lo que Dios desea de nosotros y lo que nosotros deseamos de Dios no lo vamos a lograr haciendo lo mismo de siempre, pensando de la misma manera que antes. El arrepentimiento es seguir a Jesucristo y convertirnos en peregrinos en la senda de la paz.
El arrepentimiento es la más práctica de todas las palabras y la más práctica de todas las acciones. Es una clase de palabra que tiene los pies sobre la tierra. Pone a la persona en contacto con la realidad creada por Dios. Elie Wiesel, refiriéndose a las historias de los hasídicos, dice que en los relatos de Israel de Rizhim, hay un tema que se repite una y otra vez: Un viajante se pierde en el bosque; está oscuro y él tiene miedo. El peligro se oculta detrás de cada árbol. Una tormenta rompe el silencio. El necio mira el relámpago; el hombre sabio mira el camino que yace—iluminado—delante de él.11
Cada vez que le decimos que no a un modo de vida al que estamos muy acostumbrados, hay dolor. Pero cuando la forma en que vivimos es un sendero que conduce a la muerte, a la guerra, cuanto más rápido nos alejemos de él mejor. Existe una enfermedad que se desarrolla a veces en el cuerpo llamada adhesiones—parte de nuestros órganos internos se adhieren a otras partes del cuerpo. Es posible corregir esta enfermedad por medio de un procedimiento quirúrgico: una intervención decisiva. El procedimiento duele, pero los resultados son beneficiosos. Como dice la versión de Reina Valera 1960: «Libra mi alma, oh Jehová, del labio mentiroso, y de la lengua fraudulenta. ¿Qué te dará, o qué te aprovechará, oh lengua engañosa? Agudas saetas de valiente, con brasas de enebro.» La oración duplicada de Emily Dickinson es un epígrafe: «Repudio, ¡la virtud hiriente!»
Las saetas de Dios son las sentencias que apuntan a provocar el arrepentimiento. El dolor del fallo convocado sobre los malvados podría al mismo tiempo lograr que abandonen sus caminos engañosos y violentos para unirse a nuestra peregrinación por el camino de la paz. Todo dolor vale la pena si nos coloca en el sendero de la paz, dándonos libertad para ir, en Cristo, tras la vida eterna. Es la acción que viene tras la comprensión de que la historia no es un callejón sin salida, que la culpa no es un abismo. Es el descubrimiento de que siempre existe un camino que nos saca de la desesperación—un camino que comienza con el arrepentimiento, o el regreso a Dios. Cada vez que encontramos al pueblo de Dios viviendo en medio de la desesperación, siempre hay alguien que proporciona esta palabra cargada de esperanza, mostrando la realidad de un día diferente: «En ese tiempo habrá un camino entre Egipto y Asiria. Los egipcios irán a Asiria, y los asirios a Egipto, y ambos pueblos adorarán a Dios» (Isaías 19.23). Todo Israel sabía que Asiria estaba en guerra—la visión los muestra en adoración. El arrepentimiento es el agente catalizador para el cambio. La consternación se transforma en lo que un profeta posterior describiría como evangelio.
Toda la historia de Israel se pone en marcha por medio de dos de dichos actos de rechazo del mundo, lo cual libera a la gente para que afirmen a Dios: «el rechazo de Mesopotamia en la época de Abraham y el rechazo de Egipto en la época de Moisés.»12 Toda la sabiduría y la fortaleza del mundo antiguo se encontraban en Mesopotamia y Egipto. Pero Israel les dijo que no. A pesar de su prestigio, de la grandeza ensalzada e indiscutible que poseían ambos, había algo fundamentalmente ajeno y falso en esas culturas: «Yo amo la paz, pero si hablo de paz, ellos hablan de guerra.» El poder mesopotámico y la sabiduría egipcia eran la fuerza y la inteligencia divorciadas de Dios, dirigidas hacia fines equivocados y produciendo resultados desacertados.
Las interpretaciones modernas de la historia son variaciones acerca de las mentiras de los habitantes de Mesopotamia y Egipto, en los cuales, como los describe Abraham Heschel, «el hombre reina supremo, con las fuerzas de la naturaleza como sus únicos enemigos posibles. El hombre está solo, libre, y cada vez más fuerte. Dios o no existe o es indiferente. La iniciativa humana es la que forja la historia, y es principalmente por medio de la fuerza que las constelaciones varían. El hombre puede obtener su propia salvación.»13
De manera que Israel dijo que no y se convirtió en un pueblo peregrino, escogiendo un camino de paz y de justicia a través de los campos de batalla de la falsedad y la violencia, encontrando un sendero a Dios a través del laberinto del pecado.
Sabemos que Israel, al decir que no, no regresó milagrosamente al Edén y vivió en una inocencia primitiva, o habitó místicamente en una ciudad celestial y vivió en un éxtasis sobrenatural. Ellos trabajaron y jugaron, sufrieron y pecaron en el mundo como todos los demás, y cómo aún lo hacen los cristianos. Pero ahora se dirigían hacia un lugar—iban en dirección hacia Dios. La verdad de Dios explicaba sus vidas, la gracia de Dios satisfacía sus vidas, el perdón de Dios renovaba sus vidas, el amor de Dios bendecía sus vidas. El no los lanzó a una libertad que era diversa y gloriosa. La sentencia de Dios invocada en contra de los pueblos de Mésec y Cedar era, de hecho, una invitación agudamente expresada al arrepentimiento, pidiéndoles que se unieran a la marcha.
Entre las páginas más fascinantes de la historia de los Estados Unidos se encuentran aquellas que relatan las historias de los inmigrantes a estas orillas en el siglo diecinueve. Miles y miles de personas, cuyas vidas en Europa habían pasado a ser mezquinas y pobres, perseguidas y desgraciadas, se fueron. Habían escuchado hablar acerca de un lugar donde se podía comenzar de nuevo. Habían recibido informes de una tierra donde el ambiente era un desafío en vez de una opresión. En muchas familias se continúan relatando las historias, manteniendo viva la memoria del acontecimiento que convirtió en un americano a aquél que era un alemán, o un italiano, o un escocés.
Mi abuelo dejó Noruega hace cien años en el medio de una hambruna. Su esposa y sus diez hijos se quedaron atrás esperando que él regresara o que los buscara. Él vino a Pittsburgh y trabajó en una fundición de acero durante dos años, hasta que tuvo el dinero suficiente para volver y buscar a su familia. Cuando regresó con ellos, no se quedó en Pittsburgh, a pesar de que ésta había servido sus propósitos bastante bien la primera vez; continuó viajando hacia Montana, lanzándose a la tierra nueva, buscando un mejor lugar.
En todas estas historias de inmigrantes hay partes mixtas de evasión y aventura: la evasión de una situación no placentera, la aventura de una forma de vida mucho mejor, libres para hacer cosas nuevas, abiertos para crecer y crear. Todos los cristianos tienen, en mayor o menor medida, alguna variante de este cuento de inmigrantes. «¡Ay de mí, que soy extranjero en Mésec, que he acampado entre las tiendas de Cedar!» Pero no tenemos que vivir allí más. El arrepentimiento, la primera palabra en la inmigración cristiana, nos coloca en el camino para viajar en la luz. Es un rechazo que es también una aceptación; un irse que se transforma en una llegada; un no al mundo que es un sí a Dios.
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LA PROVIDENCIA
“El SEÑOR te protegerá; de todo mal protegerá tu vida”
1 A las montañas levanto mis ojos;
¿de dónde ha de venir mi ayuda?
2 Mi ayuda proviene del Señor,
creador del cielo y de la tierra.
3 No permitirá que tu pie resbale;
jamás duerme el que te cuida.
4 Jamás duerme ni se adormece
el que cuida de Israel.
5 El Señor es quien te cuida,
el Señor es tu sombra protectora.
6 De día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.
7 El Señor te protegerá;
de todo mal protegerá tu vida.
8 El Señor te cuidará en el hogar y en el camino,
desde ahora y para siempre.
SALMO 121 NVI
Sin embargo, el desviarse de la verdad por el bien de alguna posibilidad de esperanza propia no puede ser jamás algo sabio, no importa cuán pequeña sea la desviación.
No es nuestro juicio de la situación lo que nos puede mostrar lo que es sabio, sino únicamente la verdad de la Palabra de Dios. Solamente aquí yace la promesa de la fidelidad y ayuda de Dios. Será siempre verdad que el itinerario más sabio para el discípulo es atenerse siempre a la Palabra de Dios en toda su sencillez.
DIETRICH BONHOEFFER

En el momento en que le decimos no al mundo y sí a Dios, se solucionan todos nuestros problemas, todas nuestras preguntas encuentran respuesta, y se terminan todas nuestras dificultades. Nada puede perturbar la tranquilidad de un alma en paz con Dios. Nada puede interferir con la bendita seguridad de que todo está bien entre mí y mi Salvador. Nada ni nadie puede contrariar la deliciosa relación que se ha establecido por medio de la fe en Jesucristo. Nosotros, los cristianos, nos encontramos entre esa compañía privilegiada de personas que no tienen accidentes, nunca se pelean con su esposo o esposa, cuyos camaradas jamás los malentienden, cuyos hijos siempre obedecen.
Si llegara a suceder alguna de esas cosas: una duda aplastante, un arranque de ira, una soledad desesperada, un accidente que nos envía al hospital, una rencilla que nos mete en problemas, una rebeldía que nos coloca a la defensiva, un malentendido que nos hace aparecer como que hicimos algo malo, es una señal de que algo anda mal con nuestra relación con Dios. Hemos, consciente o inconscientemente, retirado nuestro sí a Dios; y Dios, impaciente con nuestra fe tan voluble, se ha marchado para ocuparse de alguien que merece más su atención.
¿Es acaso eso lo que creen? Si lo es, tengo fantásticas noticias para ustedes. Están equivocados.
A veces, que nos digan que estamos equivocados nos avergüenza, hasta nos humilla. Deseamos correr y esconder la cara de tanta vergüenza que sentimos. Pero hay veces en que descubrir que estábamos equivocados nos brinda un alivio repentino e inmediato, y podemos levantar nuestro rostro con esperanza. Ya no tenemos que seguir tratando obstinadamente de hacer algo que no funciona.
Hace algunos años atrás, me encontraba en el jardín del fondo de mi casa con la cortadora de césped volteada de lado. Estaba intentando quitarle la cuchilla para poder afilarla. Con la llave inglesa más grande que tenía, estaba tratando de aflojar una tuerca, pero no podía. Tomé un tubo de cuatro pies de largo y lo deslicé sobre la manija de la llave inglesa para poder hacer palanca; me apoyé sobre ella, pero nada. Luego tomé una roca grande y comencé a golpear el tubo. A esta altura de los acontecimientos, estaba comenzando a involucrarme emocionalmente con mi cortadora de césped.
Luego se acercó mi vecino y me dijo que él solía tener una cortadora de césped igual a la mía y que, si se recordaba correctamente, los filetes del perno iban hacia el otro lado. Revertí mis esfuerzos y, efectivamente, la tuerca giró sin ningún problema.
Me alegré al descubrir que estaba equivocado. Me salvó de mi frustración y fracaso. Jamás podría haber realizado ese trabajo, aún poniendo todo mi esfuerzo, si lo hubiera intentado hacer a mí manera.
El Salmo 121 es una voz callada que nos dice con dulzura y gracia que es posible que estemos equivocados en la forma en que encaramos la vida cristiana y, luego, muy sencillamente, nos enseña la forma correcta de hacerlo. Como tal es la secuela necesaria al salmo anterior, el cual nos inicia en el camino cristiano. Le puso nombre a los sentimientos confusos y desconcertantes de alienación y desconfianza que nos llevaban a estar insatisfechos e intranquilos en medio de una forma de vida que ignora o rechaza a Dios, y nos empujaba al arrepentimiento que renuncia al «diablo y todas sus obras» y que afirma el camino de la fe en Jesucristo.
Pero apenas nos zambullimos, con expectativa y entusiasmo, en el río de la fe cristiana, se nos llena la nariz de agua y salimos tosiendo y ahogándonos a la superficie. No bien comenzamos a caminar con confianza por el camino de la fe, nos tropezamos con un obstáculo y nos caemos sobre la superficie dura, lastimándonos las rodillas y los codos. Para muchos, la primera gran sorpresa de la vida cristiana se presenta bajo el aspecto de los problemas que encontramos en ella. De alguna manera, no es lo que habíamos imaginado: habíamos esperado algo muy diferente; teníamos la mente puesta en el Edén o en la Nueva Jerusalén. Pero somos conscientes de repente que se trata de algo muy diferente, y buscamos ayuda a nuestro alrededor, soslayando el horizonte para ver si encontramos a alguien que nos pueda prestar ayuda: «A las montañas levanto mis ojos; ¿de dónde ha de venir mi ayuda?»
El Salmo 121 es el vecino que se acerca y nos dice que la forma en que lo estamos haciendo no es la correcta, y que estamos buscando ayuda en el lugar equivocado. El Salmo 121 se dirige a aquellos de nosotros quienes «haciendo caso omiso de Dios, miran fijamente a la distancia a su alrededor, y dan vueltas largas y sinuosas en búsqueda de remedios para sus problemas.»14
Asesoramiento de viajeros
En el salmo se mencionan tres posibles peligros para los viajeros. Una persona que viaja a pie puede, en cualquier momento, pisar sobre una piedra suelta y torcerse el tobillo. Una persona que viaja a pie bajo una prolongada exposición al calor del sol, puede sentirse mareada debido a una insolación. Y una persona que viaja una larga distancia a pie, bajo las presiones de la fatiga y la ansiedad, puede enfermarse emocionalmente, lo cual describían los antiguos escritores como locura (lunático, o sea, afectado por la luna). Podemos actualizar la lista de peligros. Las disposiciones para guardar el orden público pueden venirse abajo con una facilidad alarmante: un loco con una pistola o con un artefacto explosivo puede, al instante, convertir los planes computarizados de viaje de trescientos pasajeros de avión en una completa anarquía. La enfermedad puede abrirse paso a través de nuestras defensas farmacéuticas e invadir nuestros cuerpos con un dolor paralizante y muerte. Un accidente—en un automóvil, desde una escalera, en un campo de deportes—puede, sin ninguna advertencia, interrumpir nuestros planes cuidadosamente explayados. Nosotros intentamos tomar precauciones por medio del aprendizaje de las reglas de seguridad, colocándonos el cinturón de seguridad y tomando pólizas de seguro. Pero es imposible garantizar la seguridad.
Con relación a estos peligros, el salmo dice: «No permitirá que tu pie resbale;… El SEÑOR es quien te cuida… de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche.» ¿Debemos sacar la conclusión entonces que los cristianos nunca se tuercen el tobillo, nunca padecen insolación, nunca tienen problemas emocionales? Así es como suena. Sin embargo, conocemos muchos casos que prueban lo contrario. Algunos de los mejores cristianos que he conocido se han torcido el tobillo, se han desmayado, han estado llenos de ansiedad. Dicho de esa manera, o estoy equivocado (esas personas que pensaba que eran cristianas, en realidad no lo eran y por consiguiente el salmo no se aplica a ellas) o el salmo está equivocado (Dios no hace lo que afirma el salmo)
¿Ayuda de las montañas?
No es tan fácil deshacerse ni del salmo ni de nuestra experiencia. Un salmo que ha disfrutado de tanta estima entre los cristianos durante tanto tiempo debe poseer cierta verdad en él que puede ser verificada en la vida cristiana. Regresemos al salmo: La persona que se encuentra en el camino de la fe se mete en problemas, mira a su alrededor para buscar ayuda («A las montañas levanto mis ojos») y hace la pregunta: «¿De dónde ha de venir mi ayuda?» Cuando esta persona de fe dirige la mirada a las montañas para pedir ayuda, ¿qué es lo que él, o ella, habrá de ver?
Por empezar, un paisaje maravilloso. ¿O acaso existe algo que sea más hermoso que la cresta de las montañas perfiladas en el cielo? ¿Acaso existe alguna parte de esta tierra que prometa más en cuanto a majestad y fortaleza, firmeza y solidez, que las montañas? Pero un hebreo vería otra cosa diferente. Durante la época que fue escrito y cantado este salmo, Palestina estaba invadida por el culto pagano popular. Gran parte de esta religión se practicaba en las cumbres de las colinas. Se establecían los santuarios, se plantaban arboledas, se proporcionaban prostitutas sagradas, que podían ser tanto hombres como mujeres; las personas eran atraídas a los santuarios para que se dedicaran a los actos de adoración que mejorarían la fertilidad de la tierra, que los harían sentirse bien, que los protegerían del mal. Había panaceas, protecciones, hechizos y encantos contra todos los peligros del camino. ¿Temen al calor del sol? Vayan al sacerdote del sol y paguen para que los proteja del dios sol. ¿Tienen miedo de la influencia maligna de la luz de la luna? Vayan a la sacerdotisa de la luna y compren un amuleto. ¿Están acosados por los demonios que pueden usar cualquier piedrita debajo de sus pies para que se tropiecen? Vayan al santuario y aprendan la fórmula mágica que los protege de todo daño. ¿De dónde ha de venir mi ayuda? ¿De Baal? ¿De Aserá? ¿Del sacerdote del sol? ¿De la sacerdotisa de la luna?15
Deben haber sido un grupo bastante harapiento: inmoral, enfermo, ebrio—llenos de fraudes y engaños. Las leyendas de Baal están repletas de relatos de sus orgías, de la dificultad de levantarlo de su sueño de borracho para obtener su atención. Elías, burlándose de los sacerdotes de Baal («¡Tal vez esté dormido y tienen que despertarlo!» 1 Reyes 18.27), es la evidencia. Pero andrajosos o no, ellos prometían ayuda. Un viajero en problemas escucharía sus ofertas.
Esa es la clase de cosa que un hebreo, que se encontrara en el camino de la fe hace dos mil quinientos años atrás, hubiera visto en las colinas. Es lo que aún ven los discípulos. Una persona de fe se topa con una prueba o tribulación y clama: «¡Socorro!» Levantamos la mirada hacia las montañas, y aparecen las ofertas de ayuda, instantáneas y numerosas. «¿Viene mi ayuda de las montañas?» No. «Mi ayuda proviene del SEÑOR, creador del cielo, y de la tierra, y de las montañas.»
Una mirada alzada a las montañas para buscar ayuda termina en decepción. A pesar de toda su majestad y belleza, de su callada fortaleza y firmeza, son finalmente sólo montañas. Y a pesar de todas sus promesas de seguridad en contra de los peligros del camino, de todos los encantos de sus sacerdotes y sacerdotisas son, a la larga, todas mentiras. Como lo dice Jeremías: «Ciertamente son un engaño las colinas, y una mentira el estruendo sobre las montañas» (Jeremías 3.23 NVI).16
Por lo tanto, el Salmo 121 dice que no. Rechaza la adoración de la naturaleza, una religión de estrellas y de flores, una religión que ensalza lo que encuentra en las montañas; dirige, en cambio, la mirada hacia el Señor, quien creó el cielo y la tierra. La ayuda proviene del Creador, no de la creación. El Creador está siempre despierto; él nunca se adormece ni duerme. Baal toma largas siestas y, una de las tareas de los sacerdotes era despertarlo cada vez que alguien necesitaba su atención—y no siempre lo lograban. El Creador es el Señor del tiempo: él «te cuidará en el hogar y en el camino,» en los principios y en los finales. Está con nosotros cuando emprendemos nuestro viaje; está aún con nosotros cuando llegamos a nuestro destino. Entretanto, no necesitamos obtener ayuda suplementaria ni del sol ni de la luna. El Creador es Señor sobre todas las fuerzas naturales y sobrenaturales; él las creó. El sol, la luna y las rocas no tienen poder espiritual. No son capaces de causarnos ningún daño: no necesitamos temer ningún asalto sobrenatural de ninguno de ellos. «El SEÑOR te protegerá; de todo mal protegerá tu vida.»
La promesa del salmo—y tanto los hebreos como los cristianos lo han leído siempre de esta manera—no es que nunca nos golpearemos los dedos del pie, sino que ninguna lesión, ninguna enfermedad, ningún accidente, ninguna aflicción tendrá jamás poder maligno sobre nosotros, o sea, que nada podrá jamás separarnos de los propósitos de Dios en nosotros.
Ninguna literatura es más realista y honesta cuando se enfrenta a los duros hechos de la vida que la Biblia. Jamás existe ni la más mínima sugerencia de que la vida de fe nos exima de las dificultades. Lo que promete es que nos preservará de todo mal en ellas. En cada una de las páginas de la Biblia, hallamos el reconocimiento de que la fe se tropieza con problemas. El sexto pedido en el Padrenuestro es «y no nos metas en tentación, más líbranos del mal.» La oración recibe a diario respuesta, a veces, muchas veces por día, en la vida de aquellos que andan por el camino de la fe. San Pablo escribe: «Ustedes no han pasado por ninguna tentación que otros no hayan tenido. Y pueden confiar en Dios, pues él no va a permitir que sufran más tentaciones de las que pueden soportar. Además, cuando vengan las tentaciones, Dios mismo les mostrará cómo vencerlas, y así podrán resistir» (1 Corintios 10.13).
En el Salmo 121 se alude tres veces a Dios por medio del nombre personal Jehová, traducido como SEÑOR. Se lo describe ocho veces como el guardián, o el que nos cuida. Él no es un ejecutivo impersonal que da órdenes desde las alturas; él es la ayuda presente en cada uno de los pasos del camino que transitamos. ¿Piensan ustedes que la forma de relatar la historia del camino cristiano es describiendo sus pruebas y tribulaciones? No lo es. Es nombrando y describiendo al Dios que nos resguarda, acompaña y gobierna.
Toda el agua de los océanos no puede hundir un barco a menos que penetre en su interior. Tampoco pueden todas las dificultades del mundo dañarnos a menos que penetren dentro de nosotros. Esa es la promesa del salmo: «El SEÑOR te protegerá; de todo mal protegerá tu vida.» Ni los demonios en la piedra floja, ni el feroz ataque del dios sol, ni la influencia maligna de la diosa luna—ninguna de esas cosas pueden separarnos del llamado y propósito de Dios. Desde el momento de nuestro arrepentimiento que nos sacó de Cedar y de Mésec hasta el momento de nuestra glorificación junto con los santos en el cielo, estamos a salvo: «El SEÑOR te protegerá; de todo mal protegerá tu vida.» Nada de lo que nos ocurra, ninguno de los problemas que encontremos, tendrán poder alguno para interponerse entre nosotros y Dios, para diluir su gracia, o para desviar su voluntad de nosotros (véase Romanos 8.28, 31-32).
El único error serio que podemos cometer cuando nos sobreviene una enfermedad, cuando nos amenaza la ansiedad, cuando los conflictos enturbian nuestras relaciones con los demás es sacar la conclusión de que Dios se ha aburrido de cuidarnos y ha volcado toda su atención en un cristiano más interesante, o que Dios se ha disgustado con nuestra obediencia fluctuante y ha decidido que nos cuidemos a nosotros mismos por un tiempo, o que Dios está demasiado ocupado cumpliendo la profecía en el Medio Oriente como para tomarse ahora el tiempo de resolver el complicado embrollo en el que nos hemos metido. Ese es el único error serio que podemos cometer. Es el error que previene el Salmo 121: el error de suponer que el interés de Dios en nosotros sube y baja en respuesta a nuestra temperatura espiritual.
El gran peligro del discipulado cristiano es creer que deberíamos tener dos religiones: un evangelio glorioso y bíblico de los domingos que nos libera del mundo, que en la cruz y la resurrección de Cristo hace que la eternidad cobre vida en nosotros, un magnífico evangelio de Génesis y Romanos y Apocalipsis; y, luego, una religión cotidiana que llevamos a cabo durante la semana entre el momento que dejamos el mundo y llegamos al cielo. Guardamos el evangelio de los domingos para las grandes crisis de nuestra existencia. Para las trivialidades mundanas—los momentos en que nuestro pie se resbala sobre la piedra floja, o que el calor del sol nos calcina, o que la influencia de la luna nos tira abajo—usamos la religión diaria de una reimpresión de la revista Reader’s Digest, el consejo de un amigo, los artículos del consejero de moda, y la sabiduría charlatana de una celebridad en su programa de entrevistas. Practicamos la religión de la medicina patentada. Sabemos que Dios creó el universo y que ha logrado nuestra salvación eterna. Pero no podemos creer que él se digne a mirar la telenovela de nuestras pruebas y tribulaciones diarias; de manera que adquirimos nuestros propios medicamentos para ello. El pedirle que se ocupe de aquellas cosas que nos afligen a diario sería como pedirle a un famoso cirujano que le ponga yodo a un rasguño.
Sin embargo, el Salmo 121 dice que la misma fe que obra en las grandes cosas, lo hace en las pequeñas. El Dios de Génesis 1 que creó la luz a partir de la oscuridad es el mismo Dios que este día nos guarda de todo mal.
El compañero de viajes
La vida cristiana no es un escape silencioso a un jardín donde podemos caminar y hablar sin interrupciones con nuestro Señor, ni es un viaje de fantasía a una ciudad celestial donde podemos comparar nuestros galardones y medallas de oro con los de los demás que hayan logrado entrar en el círculo de ganadores. El suponer lo anterior, o esperarlo, es dar vuelta el tornillo hacia el lado equivocado. La vida cristiana es dirigirnos hacia Dios. Al dirigirse hacia Dios, los cristianos viajan sobre el mismo suelo que todos los demás, respiran el mismo aire, beben la misma agua, hacen las compras en las mismas tiendas, leen los mismos periódicos, son ciudadanos bajo los mismos gobiernos, pagan los mismos precios por los comestibles y la gasolina, temen los mismos peligros, están sujetos a las mismas presiones, tienen las mismas aflicciones, son enterrados en el mismo suelo.
La diferencia es que cada paso que damos, cada respiro que inhalamos, sabemos que somos resguardados por Dios, que él nos acompaña, que él nos gobierna; y por lo tanto, no importa qué dudas soportemos o qué accidentes experimentemos, el Señor nos guarda de todo mal, cuida nuestra vida misma. Sabemos esta verdad del himno de Lutero:
Y aunque este mundo, de demonios lleno
Amenazara con destruirnos,
No temeremos, porque Dios ha dispuesto
Que triunfe en nosotros su verdad.
Ante el príncipe de la inexorable oscuridad,
No temblamos;
Su ira soportamos,
Porque, ¡he aquí! su fin es certero;
Y nuestro pequeño mundo, sobre él caerá.
Nosotros, los cristianos, creemos que la vida es creada y moldeada por Dios, y que la vida de la fe es una exploración diaria de las constantes e innumerables maneras en que experimentamos la gracia y el amor de Dios.
El Salmo 121, cuando lo aprendemos temprano y lo cantamos repetidas veces al caminar con Cristo, define claramente las condiciones bajo las cuales expresamos nuestro discipulado—el cual, en breves palabras, es Dios. Una vez que incorporamos este salmo a nuestro corazón, nos será imposible suponer con desaliento que ser un cristiano es una batalla incesante en contra de fuerzas siniestras que en cualquier momento pueden irrumpir y vencernos. La fe no es un asunto precario de un escape fortuito de los asaltos satánicos. Es la experiencia de Dios, sólida, masiva y segura, que evita que el mal penetre a nuestro interior, que guarda nuestra vida, que nos cuida cuando salimos y cuando regresamos, que nos guarda ahora mismo, que nos cuida siempre.
4
LA ADORACIÓN
“Vamos a la casa del Señor”
1 Yo me alegro cuando me dicen:
«Vamos a la casa del Señor.»
2 *¡Jerusalén, ya nuestros pies
se han plantado ante tus portones!
3 ¡Jerusalén, ciudad edificada
para que en ella todos se congreguen!
4 A ella suben las tribus,
las tribus del Señor,
para alabar su nombre
conforme a la ordenanza que recibió Israel.
5 Allí están los tribunales de justicia,
los tribunales de la dinastía de David.
6 Pidamos por la paz de Jerusalén:
«Que vivan en paz los que te aman.
7 Que haya paz dentro de tus murallas,
seguridad en tus fortalezas.»
8 Y ahora, por mis hermanos y amigos te digo:
«¡Deseo que tengas paz!»
9 Por la casa del Señor nuestro Dios
procuraré tu bienestar.
SALMO 122 NVI
Existe algo moralmente repugnante sobre las teorías activistas modernas que niegan la contemplación y no reconocen nada más que la lucha. Para ellos, ningún momento tiene valor en sí, sino que es sólo un medio para llegar a lo que le sigue.
NICOLÁS BERDYAEV

Una de las aflicciones de la obra pastoral ha sido escuchar, con cara seria, a todas las excusas que dan las personas para no ir a la iglesia:
«Mi madre me obligaba a hacerlo cuando era pequeño/a.»
«Hay demasiados hipócritas en la iglesia.»
«Es el único día que tengo para dormir hasta tarde.»
Hubo una época en mi vida en la que respondía a dichas afirmaciones con argumentos sencillos que las exponían como excusas tontas. Luego noté que no hacía ninguna diferencia. Si les mostraba lo inadecuado de la excusa, automáticamente saltaban tres más en su reemplazo. De modo que ya no respondo más. Escucho (con cara seria) y me voy a casa a pedir en oración que esa persona encuentre algún día la única razón suficiente para ir a la iglesia, la cual es Dios. Sigo con mi trabajo con la esperanza de que lo que hago y digo pueda ser utilizado por el Espíritu Santo para crear en esa persona la determinación de adorar a Dios en una comunidad cristiana.
Muchas personas lo hacen: ellas deciden adorar a Dios, fiel y devotamente. Es uno de los actos más importantes de la vida de discipulado. Y lo que es mucho más interesante que las razones (excusas) que da la gente para no adorar es descubrir las razones por las cuales lo hacen.
El Salmo 122 es el cántico de una persona que decide ir a la iglesia y adorar a Dios. Es una muestra del fenómeno complejo, diverso y mundial de la adoración que es común a todos los cristianos. Es un excelente ejemplo de lo que ocurre cuando una persona adora.
El Salmo 122 se encuentra en el tercer lugar en la secuencia del Cántico de los peregrinos. El Salmo 120 es el salmo de arrepentimiento—el que nos saca de un ambiente de engaño y hostilidad y nos coloca en el sendero que va en dirección a Dios. El Salmo 121 es el salmo de confianza—una demostración de cómo la fe resiste los remedios de la medicina patentada para las pruebas y tribulaciones y confía con determinación en que Dios llevará a cabo su voluntad y nos «guardará de todo mal» en medio de las dificultades. El Salmo 122 es el salmo de adoración—una demostración de lo que realiza la gente de fe en todas partes y en todas las épocas: se reúne en un lugar asignado y adora a su Dios.
Un ejemplo de lo típico
El primer verso sorprende a muchos: «Yo me alegro cuando me dicen: ‘Vamos a la casa del SEÑOR’.» Sin embargo, no debería ser así. La adoración es la cosa más popular que realizan los cristianos. Gran parte de lo que denominamos conducta cristiana se ha convertido en parte de nuestro sistema legal y está arraigada en nuestras expectativas sociales, poseyendo ambos un fuerte poder de coacción. Si quitáramos todas las leyes de la sociedad y elimináramos todas las consecuencias de los actos antisociales, no sabemos cuántos asesinatos, cuántos robos, cuánto perjurio y falsificación tendrían lugar. Pero sabemos que gran parte de lo que describimos comúnmente como conducta cristiana no es por voluntad propia sino que es algo impuesto.
Sin embargo, la adoración no es forzada. Toda persona que adora, lo hace porque él o ella así lo desean. Existen, por supuesto, algunas coacciones temporarias—hijos y cónyuges que asisten a la iglesia porque la otra persona ha decidido que deben hacerlo. Pero estas coacciones tienen corta vida, unos pocos años a lo sumo. La mayor parte de la adoración cristiana es voluntaria.
Una manera excelente de probar los valores de la gente es observando lo que hacen cuando no tienen nada que hacer, cómo pasamos nuestros momentos de ocio, cómo gastamos nuestro dinero extra. Aun cuando no se considera que la asistencia a la iglesia esté en aumento en los Estados Unidos, las cifras son impresionantes. Por ejemplo, en cualquier domingo del año, hay más personas asistiendo a un culto que las que hay en todos los partidos de fútbol americano, o en las canchas de golf, o pescando, o caminando por los bosques. La adoración es el acto más popular en esta tierra.
De modo que, cuando escuchamos que el salmista dice: «Yo me alegro cuando me dicen: ‘Vamos a la casa del SEÑOR’,» no estamos escuchando el entusiasmo falso de un propagandista que está intentando conseguir negocios para la adoración; estamos presenciando lo que es típico de la mayoría de los cristianos en la mayoría de los lugares, la mayor parte del tiempo. Ésta no es una excepción a la cual aspiramos; es un ejemplo de lo típico.
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