Kitabı oxu: «Tragedias III»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 22


Asesor para la sección griega: CARLOS GARÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ALFONSO MARTÍNEZ DÍEZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.rbalibros.com

Carlos García Gual ha traducido Fenicias, Orestes, Ifigenia en Áulide y Bacantes , y Luis Alberto de Cuenca y Prado, Helena y Reso .

PRIMERA EDICIÓN , 1979.

ISBN 9788424930530.

HELENA


INTRODUCCIÓN

Por una serie de coincidencias derivables de los escolios a Aristófanes, Tesmoforiazusas , versos 1012 y 1060-1061, sabemos que la Helena se representó por vez primera en 412 a. C. La versión de Eurípides sigue fielmente las de Estesícoro (Palinodias , fragmentos 62-63 de los Lyrica Graeca Selecta de Page) y Heródoto (II 112-120).

Hermes ha trasladado a la esposa de Menelao a Egipto, junto al anciano rey Proteo, una racionalización del dios marino, tan pródigo en metamorfosis. Entre tanto, los héroes, al pie de Ilión, combaten por una imagen hecha de nube, por una falsa Helena. En Heródoto, esta fantástica visión del mito tradicional explicaba racionalmente la contienda troyana; según esa explicación, Príamo no hubiera dudado en devolver Helena y tesoros para evitar la mortandad, y no hubiese jamás prevalecido el capricho de Paris sobre el buen sentido de Héctor; pero los dánaos, cegados por un dios, se negaron a aceptar las evasivas —lógicas, pues Helena no estaba en Troya— del rey teucro, y la sangre corrió por las llanuras anatolias hasta inundar los ríos de cadáveres. En Eurípides, un espíritu inquieto, siempre en renovación, la subversión de la leyenda ya no explicaba nada, justificándose a sí misma en tanto que intriga novelesca o nuevo sesgo de una fantasía.

Pues bien, en Egipto ha muerto Proteo, y Helena es requerida de amor por Teoclímeno, hijo de aquél, por más que ella le rechaza una y otra vez, fiel al recuerdo rubio de Menelao (¡ella, la femme-objet por excelencia de la epopeya!). Hay que decir que el enamoramiento de Teoclímeno es creación de Eurípides, dando vida en el hijo de Proteo a una especie de necio ogro folklórico de cuya crueldad y torpe lascivia deben los amantes huir.

La llegada de Teucro, hermano de Ayante Telamonio (en quien los comentaristas quieren ver un trasunto del rey Evágoras de Chipre, amigo fiel de Atenas en los difíciles momentos en que fue escrita Helena ), de paso por Egipto en dirección a Chipre, teje una red de funestos presagios en torno a los regresos de los héroes victoriosos en Troya. Con todo, nada puede impedir, acto seguido, el efectista e imprevisto arribo de Menelao a las riberas del Nilo, víctima de las tempestades y, a la vez, contraste feliz con su supuesta muerte en los abismos del océano. Menelao y Helena se encuentran junto a la tumba de Proteo y, después de los años y del fraude divino, se reconocen.

Karin Alt ha estudiado, en un hermoso artículo 1 , esa anagnórisis, momento cumbre en la acción del drama. Al disponer así el reconocimiento de la pareja, Eurípides anuncia lo que va a ser la escena suprema de la novela griega, que nacería tres siglos más tarde, y preludia también la comedia nueva de Menandro.

El Náufrago y la Bella (otros dos personajes del folklore), protegidos por la potestad mántica de Teónoe, hermana de Teoclímeno, consiguen, merced a una serie de ardides y estratagemas, escapar de las inhumanas leyes de Egipto, y regresar, henchidos de vientos favorables y de felicidad, a tierra lacedemonia. Cástor y Pólux, los Dioscuros, hermanos de Helena, sancionan ex machina el happy end de la acción dramática.

Ésta es, en suma y sin detalles, la trama argumental de Helena , una tragedia sui generis que más parece una comedia fantástica o de enredo, pero con un elemento mítico muy desarrollado, lo que aproxima su contenido al de la novela helenística (Caritón, Jenofonte de Éfeso, Jámblico, Aquiles Tacio) y bizantina (Calímaco y Crisórroe ), y, por citar un ejemplo deducido del teatro clásico español, se nos antoja parangonable con el tipo de comedia que representa La Gloria de Niquea , de nuestro Villamediana, a caballo entre lo mágico, lo fantástico, lo alegórico y lo hermético.

Gilbert Murray 2 considera la Helena euripidea como una «rather brilliant failure», y, más adelante, refiriéndose a la protagonista de la pieza, afirma: «En el intento de rehabilitar a Helena, ésta queda reducida al tipo más insípido de las criaturas imaginarias: una heroína de perfecta belleza y de intachable conducta, sin el menor carácter fuera del amor a su marido…»

W. Schmid 3 insiste, por su parte, con justicia en el virtuosismo de los efectos escénicos del drama. Se diría que Eurípides, al componerlo, «estaba pensando sólo en el teatro».

Albin Lesky 4 justifica la falta de profundidad que preside la obra acudiendo al proceso de secularización que afectaba a la tragedia en época de Eurípides: el hombre es aquí juguete del azar, y lo es sin ningún género de implicaciones filosóficas o religiosas. El deus ex machina final no es más que un truco, un artificio que desempeña el papel de Azar, pero que es incapaz de someterlo a unas normas o a unos esquemas. Teónoe, la vidente, tal vez sea el personaje menos frívolo, pero tiene también ciertos perfiles que la ayudan a no desentonar dentro del marco de prestidigitación escénica impuesto por el poeta. Es, pues, la misma dimensión de pensamiento 5 que albergará más tarde a los novelistas, desde el autor ignoto de Nino y Semíramis hasta Marie de France, el Roman de Troie , nuestra novela de caballerías del siglo XVI , Cervantes, Fielding, Sterne, Stendhal o Tolkien. El mundo de lo divino retrocede así ante el mundo de lo puramente humano, regido por Fortuna, la misma diosa prepotente del universo renacentista.

C. M. Bowra 6 , por ejemplo, se siente cautivado por la vivacidad, el encanto y la inteligencia de la Helena euripidea, una de las heroínas más atrayentes diseñadas por el dramaturgo, «símbolo de lo que pueden el buen sentido y la dulzura allí donde la fuerza ya ha fracasado».

A mi parecer, Helena es una deliciosa aventura literaria tanto para el que escribe como para quien escucha o lee, una exquisita ceremonia lúdica tan lejos de la antigua problemática religiosa como de la nueva y atormentada distorsión «humanista» y existencial, un paréntesis de irrealidad y fantasía que sólo podría conducimos a las Etiópicas de Heliodoro o a la anónima Queste del Sainct Graal (y, por qué no, al Persiles y Sigismundo o al Manuscrit trouvé à Saragosse de Potocki). La psicología de los personajes no es, por supuesto, estudiada por el dramaturgo de una forma exhaustiva. Prevalecen ingenio y agudeza sobre profundidad y reflexión. Pero el sabor exótico que imprime el poeta en su narración, los numerosos elementos románticos con que se enriquece la obra, el agudo sentido del humor, la habilísima doble intención en las palabas de la heroína cuando habla con Teoclímeno, todo ello hace de Helena el comienzo —y no la decadencia— de algo. De ese modo, al concluir el drama con una breve y sentenciosa estrofa anapéstica recitada por el Coro (sistema que ya había utilizado en Alcestis , su primera tragedia, y del que se sirvió con frecuencia), un nuevo drama —nuestro teatro occidental— da comiezo, o, como dice Antonio Tovar 7 , «cuando Eurípides, al redactar en su vejez Helena , corta el cordón umbilical que aún ligaba a Esquilo, Sófocles y Aristófanes a la tierra sagrada del Ática, abre las posibilidades del teatro en todas nuestras literaturas».

Esquema de la obra

PRÓLOGO (1-163). Expuesto por Helena y, a partir del verso 68, por Teucro y Helena.

PÁRODO (164-385). Propiamente, un largo kommós entre Helena y el Coro.

EPISODIO 1.° (386-514). En realidad, un segundo Prólogo, esta vez a cargo de Menelao y de una anciana portera (versos 437-482) del palacio de Teoclímeno

EPIPÁRODO (515-527). A cargo del Coro.

EPISODIO 2.° (528-1106). Larguísimo Episodio centrado en dos cuestiones fundamentales: el encuentro y posterior anagnórisis entre Menelao y Helena, en el que se incluye un dúo de reconocimiento cantado por ambos (versos 625-697), y la elaboración de un plan arriesgado, pero con la aquiescencia de Teónoe (que aparece en el verso 865 y desaparece en el 1029), para regresar a la patria.

ESTÁSIMO 1.° (1107-1164). Tardío primer Estásimo en el que el Coro se lamenta de las desgracias de los protagonistas y de la inutilidad de la guerra de Troya.

EPISODIO 3.° (1165-1300). La estratagema da resultado: Helena engaña a Teoclímeno en presencia de Menelao, que finge ser un marinero superviviente del naufragio en el que él mismo habría perdido la vida. Para cumplir con los ritos funerarios de la Hélade, hace falta una nave que transportará las ofrendas…

ESTÁSIMO 2.° (1301-1368). Estásimo de la Gran Diosa, que aquí es Deméter, y no Cíbele-Rea. Se narra el mito del rapto de Perséfone.

EPISODIO 4° (1369-1450). Últimos preparativos de la navegación ritual. Teoclímeno ofrece a Menelao el mando de la nave, a instancias de Helena. El engaño ha surtido definitivo efecto.

ESTÁSIMO 3.° (1451-1511). Estásimo de los buenos augurios para el viaje de los esposos, y preludio del happy end en la invocación a los Dioscuros de la Antístrofa II.

ÉXODO (1512-1692). Un mensajero informa a Teoclímeno de la huida de Helena y Menelao. El rey de Egipto se enfurece y quiere dar muerte a Teónoe, su hermana, pero un servidor de ésta se interpone. Los Dioscuros, ex machina , ponen fin a la ira de Teoclímeno justificando la actuación de la vidente, y anuncian que Menelao y Helena serán divinizados.

NOTA BIBLIOGRÁFICA

Cito tan sólo las ediciones que he tenido a la vista, sean del texto original griego, bilingües o simples traducciones.

G. MURRAY Euripidis Fabulae , III, Oxford, 19132 .

L. DE LISLE , Euripides: Obras completas (versión española de G. Gómez de la Mata), IV, Valencia, s. d .

H. GRÉGOIRE , Euripide: Hélène , París, 1961.

K. ALT , Euripidis Helena , Leipzig, 1964.

A. M. DALE , Euripides: Helen. Edited with Introduction and Commentary , Oxford, 1967.

R. KANNICHT , Euripides: Helena , I (Einleitung und Text) y II (Kommentar), Heidelberg, 1969.

NOTA SOBRE LAS FUENTES

Figuran a continuación los pasajes en que no he creídooportuno seguir la edición de




1 «Zur Anagnorisis in der Helena», Hermes 90 (1962), 6-24.

2 Euripides and his Age , Londres, 1913, págs. 144-145.

3 Geschichte der griechischen Literatur , III, Múnich, 1940, pág. 516, nota 1.

4 La tragedia griega , Barcelona, 1966, págs. 204-206.

5 Cf. A. M. DALE , Euripides: Helen , Oxford, 1967, págs. xv-xvi. No es ocioso que Dale hable de piezas shakespearianas como la encantadora Twelfth Night al referirse a Helena . También ha sido comparada con A Midsummer-Night’s Dream y, sobre todo, con dos obras maestras de la última época: Measure for Measure y The Winter’s Tale .

6 Historia de la literatura griega , México, 19677 , págs. 93-94.

7 «Aspectos de la Helena de Eurípides», Estudios sobre la tragedia griega , Madrid, 1966, pág. 137.


ARGUMENTO

Con relación a Helena, Heródoto 1 dice que marchó a Egipto, y que Homero 2 confirma este hecho, haciendo que ella, en la Odisea , ofrezca a Telémaco la droga que hace olvidar las penas, la misma que le había dado Polidamna, esposa de Toón. No es esto precisamente lo que Eurípides dice. En efecto, Homero y Heródoto 3 cuentan que ella, errabunda con Menelao tras el saco de Ilión, llegó a Egipto, y que allí consiguió las antedichas drogas, mientras que Eurípides afirma que la auténtica Helena no fue jamás a Troya, sino un fantasma suyo, pues Hermes, después de haberla raptado por voluntad de Hera, la entregó a la custodia de Proteo, rey de Egipto. Muerto éste, su hijo Teoclímeno había intentado obligarla a casarse con él, pero ella fue entonces a sentarse como suplicante junto a la tumba de Proteo. Allí se le presenta Menelao, que había perdido en el mar sus naves, pero conservaba a unos pocos de sus compañeros ocultos en una caverna. Trabando conversación, ambos maquinan un ardid para engañar a Teoclímeno y, subiendo a bordo de una nave con la excusa de ofrecer un sacrificio en honor de Menelao, muerto en el mar, llegan sanos y salvos a su patria.


PERSONAJES

HELENA .

TEUCRO .

CORO .

MENELAO .

Una ANCIANA .

Un MENSAJERO .

TEÓNOE .

TEOCLÍMENO .

Otro MENSAJERO .

SERVIDOR de Teónoe.

Los DIOSCUROS .


HELENA . — He aquí las bellas ondas virginales del Nilo, que, en lugar de la divina lluvia, riega los campos y el país de Egipto cuando la blanca nieve se disuelve. Proteo, cuando [5] vivía, era el rey de esta tierra, habitaba en la isla de Faros y era soberano de Egipto. Había desposado a una de las doncellas marinas, a Psámate, después de dejar ésta el lecho de Éaco. Y engendró dos hijos en su palacio, un varón, Teoclímeno, [llamado así porque honró a los dioses todos los días [10] de su vida], y una noble doncella, Ido, delicia de su madre mientras fue niña, y a la que, una vez llegada a la edad oportuna para el matrimonio, la llamaron Teónoe, porque sabía las cosas divinas, lo que es y lo que será, prestigios heredados [15] de su abuelo Nereo.

En cuanto a mí, mi patria, Esparta, no carece de gloria, y mi padre es Tindáreo; pero es fama que Zeus, bajo la apariencia de un cisne, llegó volando hasta mi madre Leda y entró furtivamente en su lecho, fingiendo huir de la persecución [20] de un águila, si es que la historia es fidedigna. Me llamaron Helena. Los males que he sufrido, voy a decirlos.

En relación con su belleza respectiva, fueron a ver a Alejandro en lo más intrincado del Ida tres diosas, Hera, Cipris y la virgen hija de Zeus, con el deseo de que él dictaminara [25] en juicio acerca de su hermosura. Prometiendo a Alejandro que desposaría mi belleza —si bello es lo que tantas desdichas me ha causado-—, Cipris triunfó, y el ideo Paris, abandonando sus establos, llegó a Esparta, seguro de poseer [30] mi lecho. Pero Hera, ofendida por no haber vencido a sus rivales, convirtió en vano viento mi unión con Alejandro, y no fui yo lo que abrazaba el hijo del rey Príamo, sino una [35] imagen viva semejante a mí que la esposa de Zeus había fabricado con aire celeste. Y él creyó que me poseía, vana apariencia, sin poseerme.

Otros designios añadió Zeus a estos males, pues llevó la guerra al país de los helenos y a los desventurados frigios, [40] para aliviar a la madre tierra de una gran multitud de hombres y para que cobrara fama el más valiente hijo de la Hélade.

No presidía yo el esfuerzo de los frigios; no era yo, sino mi nombre, la única recompensa para la lanza de los helenos. Hermes me había conducido envuelta en una nube a través de las profundidades del éter —no me había olvidado [45] Zeus— hasta la casa de Proteo, elegido por ser el más virtuoso de todos los mortales, a fin de que yo conservase para Menelao mi lecho inviolado. Y aquí estoy, mientras que mi desdichado [50] esposo, después de reunir un ejército, persigue a mis raptores al pie de las murallas de Ilión. Muchas almas han perecido por mi culpa a orillas del Escamandro, y maldicen por ello de mí, que tanto he sufrido, y me acusan de haber [55] promovido esta terrible guerra traicionando a mi esposo.

¿Por qué estoy viva aún? Al dios Hermes le he oído decir que todavía habitaré la ilustre tierra de Esparta en compañía de mi esposo, sabedor él de que nunca fui a Ilión ni compartí el lecho con nadie.

[60] Mientras Proteo vio esta luz del sol, mi matrimonio se mantuvo intacto; pero ahora que está oculto en la oscuridad de la tierra, su hijo Teoclímeno persigue mis bodas. Y yo, siéndole fiel a mi primer esposo, he venido a postrarme [65] suplicante ante la tumba de Proteo, a fin de que conserve mi lecho para Menelao y para que, aunque mi nombre sea infame en la Hélade, al menos aquí mi cuerpo no se cubra de vergüenza.

TEUCRO . — ¿Quién es el soberano de estos fortificados recintos? Casa es digna de compararse con la de Pluto. Regios [70] son los pórticos y bien revestida la morada. ¡Ah! Oh dioses, ¿qué visión es ésta? Estoy viendo la odiosísima imagen sanguinaria de la mujer que me perdió a mí y a todos los aqueos. ¡Que los dioses te rechacen, escupiéndote, [75] por tu parecido con Helena! Si mi pie no pisara tierra extranjera, la muerte te daría con estas flechas infalibles; pagarías así tu semejanza con la hija de Zeus.

HELENA . — ¿Por qué, oh desventurado, quienquiera que seas, te diriges a mí y me odias por las calamidades de ella?

TEUCRO . —Me he equivocado. Cedí a la cólera más de [80] lo debido. Toda la Hélade odia a la hija de Zeus. Perdóname lo dicho, mujer.

HELENA . — ¿Quién eres? ¿De dónde has venido a esta tierra?

TEUCRO . — Soy, mujer, uno de los desdichados aqueos.

HELENA . — No hay que admirarse, entonces, de que odies [85] a Helena. Pero, ¿quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Quién es tu padre?

TEUCRO . — Mi nombre es Teucro. Telamón es el padre que me engendró. Salamina la patria que me ha criado.

HELENA . — ¿Qué te ha traído a estas tierras del Nilo?

TEUCRO . — Mis parientes me han expulsado de mi país [90] natal.

HELENA . — ¡Qué desgracia para ti! Y, ¿quién te ha echado de la patria?

TEUCRO . — Telamón, mi padre. ¿Hay pariente más íntimo?

HELENA . — ¿Por qué? Todo eso esconde grandes calamidades.

TEUCRO . — Mi hermano Ayante me ha perdido, al morir en Troya.

[95] HELENA . —¿Cómo? No le quitarías la vida tú con tu acero…

TEUCRO . — Él mismo se mató, precipitándose sobre su propia espada.

HELENA . — Loco estaría. ¿Qué cuerdo hubiera obrado así?

TEUCRO . — ¿Conoces a un tal Aquiles, hijo de Peleo?

HELENA . — Sí. He oído decir que en otro tiempo fue pretendiente de Helena.

[100] TEUCRO . — Después de muerto, suscitó entre sus compañeros una disputa en torno a sus armas.

HELENA . — ¿Por qué supuso eso una desgracia para Ayante?

TEUCRO . — Al ver que otro obtenía las armas, se quitó la vida.

HELENA .-— Y, sin duda, tú sufres por sus padecimientos.

TEUCRO . — Sí, porque no caí muerto al mismo tiempo que él.

[105] HELENA . — ¿Significa eso, extranjero, que fuiste a la ilustre ciudad de Ilión?

TEUCRO . — Después de haber contribuido a destruirla, me he perdido a mi vez.

HELENA . — ¿Ha sido Troya presa de las llamas?

TEUCRO . — Hasta el punto de que no queda huella alguna de sus murallas.

HELENA . — ¡Desgraciada Helena! Por tu culpa yacen muertos los frigios.

[110] TEUCRO . — Y los aqueos. Grandes males se han producido.

HELENA . — ¿Desde cuándo está destruida la ciudad?

TEUCRO . — Cerca de siete años de cosecha han pasado.

HELENA . — Y, ¿cuánto tiempo en total habéis estado en Troya?

TEUCRO . — Muchas lunas, a lo largo de diez años.

HELENA . — ¿Recuperasteis también a la mujer espartana? [115]

TEUCRO . — Menelao se la llevó, arrastrándola por los cabellos.

HELENA . — ¿Has visto tú a la desdichada, o hablas de oídas?

TEUCRO . — Con mis ojos la he visto, no menos que a ti ahora.

HELENA . — Piensa que pudo ser un fantasma creado por los dioses.

TEUCRO . — Háblame de otra cosa, no de esa mujer. [120]

HELENA . — Así, pues, ¿crees que tu visión fue verdadera?

TEUCRO . — La he visto con mis ojos, y el espíritu ve 4 .

HELENA . — Y Menelao, ¿ya está con su esposa en la patria?

TEUCRO . — En Argos no está, ni a orillas del Eurotas.

HELENA . — ¡Ay! Malas noticias son para aquellos a [125] quienes concierne la desgracia.

TEUCRO . — Dicen que él y su esposa han desaparecido.

HELENA . — ¿No siguieron todos los argivos el mismo trayecto?

TEUCRO . — Sí, pero una tormenta los dispersó en todas acciones.

HELENA . — ¿En qué punto del mar salado?

TEUCRO . — Cuando se encontraban en medio del mar [130] Egeo.

HELENA . — ¿Y, desde entonces, nadie ha visto a Menelao en ninguna parte?

TEUCRO . — Nadie. En la Hélade dicen que ha muerto.

HELENA . — ¡Estoy perdida! ¿Existe aún la hija de Testio?

TEUCRO . — ¿Te refieres a Leda? Ya le llegó su hora.

[135] HELENA . — No la habrá matado la vergonzosa fama de Helena…

TEUCRO . — Eso dicen. Ella misma se ajustó un lazo al noble cuello.

HELENA . — Y los hijos de Tindáreo, ¿viven o no?

TEUCRO . — Están muertos y no lo están. Hay dos versiones.

HELENA . — ¿Cuál es la más creíble? ¡Me consumo en desgracias!

[140] TEUCRO . —Dicen que ambos son dioses convertidos en astros.

HELENA . — Bien está eso. ¿Y la otra versión?

TEUCRO . — Cuenta que el hierro ha dado fin a sus días a causa de su hermana. Pero basta de palabras, que no quiero gemir por partida doble. He venido a estas regias moradas [145] porque necesito ver a la profetisa Teónoe. Sirveme tú de mediadora para obtener de ella los oráculos que dirigirán, con viento favorable, las alas de mi nave hacia el país marítimo de Chipre, donde Apolo me predijo que fundaría una [150] ciudad a la que pondría el nombre insular de Salamina, en recuerdo de mi patria de origen.

HELENA . — La propia navegación te orientará, extranjero. Pero abandona esta tierra, huye antes de que te vea el hijo de Proteo, dueño de este país. Ahora está ausente, y caza [155] con sus perros animales salvajes. No te detengas, pues mata a todo heleno extranjero que cae en sus manos. El porqué, no me lo preguntes; prefiero callar. ¿De qué te serviría saberlo?

TEUCRO . — Has dicho bien, mujer. Los dioses te concedan [160] sus favores a cambio de tus buenos oficios. Tienes el cuerpo igual que Helena, pero tu corazón no es como el suyo, sino muy diferente. ¡Perezca ella de manera vil y no regrese jamás a las orillas del Eurotas! En cuanto a ti, mujer, que seas siempre muy feliz.

HELENA . — ¡Ay! Para empezar con la queja adecuada a mis grandes dolores, ¿de qué lamento me serviré? ¿Qué [165] canto entonaré con lágrimas, sollozos o gemidos? ¡Ay, ay!

Estrofa 1.a

Jóvenes aladas, doncellas hijas de la Tierra, Sirenas 5 , ojalá pudierais venir a acompañar mis lamentos con la flauta [170] libia de loto, con la siringa o con la lira, respondiendo con lágrimas a mis deplorables desgracias, con sufrimientos a mis sufrimientos, con cantos a mis cantos. Que Perséfone se [175] una a mis sollozos enviándome vuestra fúnebre música, y recibirá de mí a cambio, allá en sus moradas nocturnas, el peán regado con lágrimas que dedico a muertos y difuntos .

CORO .

Antístrofa 1.a

Estaba yo junto al agua azul, secando sobre la rizada [180] hierba y sobre el tallo de los juncos los peplos de púrpura al resplandor de oro del sol, cuando un lamento ha llenado el aire, y he podido oír un clamor, un canto de dolor no apto [185] para la lira que mi dueña exhalaba entre gemidos y sollozos, semejante a una Ninfa o a una Náyade que, mientras huye por los montes, deja oír tristes melodías, y, junto a las grutas de piedra, denuncia con sus gritos los amores de Pan . [190]

HELENA .

Estrofa 2.a

¡Ay, ay! Botín de naves bárbaras, vírgenes helénides, un [195] navegante aqueo ha venido, ha venido aquí a traerme llanto y más llanto. Ilión no es ya más que una ruina al cuidado del fuego destructor, y ello por culpa mía, que a tantos he matado por culpa de mi nombre, manantial de desastres . [200] Leda buscó la muerte en un lazo axfixiante, a causa del dolor que mi deshonra le produjo. Mi esposo, extraviado [205] largo tiempo en el mar, ha perecido; y Cástor y su hermano, honor gemelo de la patria, han desaparecido, han desaparecido abandonando la tierra que temblaba bajo los cascos [210] de sus caballos, y los gimnasios a orillas del Eurotas, rico en juncos, escenario de esfuerzos juveniles .

CORO .

Antístrofa 2.a

¡Ay, ay! ¡Cuán lamentables son tu destino y tu suerte, mujer! Infortunada vida has llevado desde el día en que [215] Zeus te engendró de tu madre, brillando por el éter bajo el plumaje de un cisne blanco como la nieve. Pues, ¿qué desgracia se ha alejado de ti? ¿Qué no has sufrido a lo largo [220] de tu existencia? Tu madre ha muerto; los queridos hijos gemelos de Zeus tampoco son felices; tú, mi señora, no puedes [225] ver el suelo de la patria, y corre por las ciudades el rumor de que compartes el lecho de un bárbaro; tu esposo abandonó la vida en las olas del mar: ya nunca más verás feliz las moradas de tu padre ni a la Diosa que habita casa de bronce 6 .

HELENA .

Epodo.

[230] ¡Ay, ay! ¿Qué frigio o quién de tierra helénica cortó el pino que iba a inundar de llanto Ilión? De ese pino construyó el Priámida su funesto bajel y, con tripulación bárbara, navegó hasta mi hogar, en pos de mi belleza desdichadísima , [235] a fin de poseer mi lecho. Viajaba con él Cipris, amiga siempre del engaño y del crimen, y llevaba la muerte a los dánaos. ¡Desgraciada de mí entre tantos males! Hera , [240] la augusta diosa a la que Zeus abraza en su dorado trono, envió a Hermes, el veloz hijo de Maya, quien, mientras en mi peplo recogía yo rosas frescas para ir a ofrecérselas [245] más tarde a la Diosa que habita casa de bronce, me arrebató a través del éter y me condujo a esta desventurada tierra, convirtiéndome en causa de la contienda —de la contienda, ¡pobre de mí!— entre la Hélade y los Priámidas. Desde [250] entonces mi nombre arrastra, a orillas del Simunte, una mala fama ficticia .

CORIFEO . — Sé que estás sufriendo, pero hay que soportar con resignación las fatalidades de la vida.

HELENA . — Amigas, ¿a qué destino estoy uncida? ¿Me [255] ha parido mi madre para ser un prodigio ante los mortales? Pues ninguna mujer, helénide o bárbara, ha alumbrado a sus hijos poniendo un huevo blanco, como dicen que Leda me parió a mí de Zeus. Un prodigio es también toda mi vida, y [260] ello por culpa de Hera y a causa de mi belleza. ¡Ojalá esta belleza pudiera borrarse como se borra una pintura, y los rasgos de mi cara se volvieran horrendos en vez de hermosos! ¡Ojalá los helenos olvidaran la mala fama que ahora tengo, y recordasen lo que no es malo como recuerdan ahora [265] lo malo!

Cuando uno está pendiente de un suceso feliz, y los dioses convierten su esperanza en desgracia, el caso, aunque no deja de ser duro, se puede soportar. Pero a mí no me abruma una, sino muchas calamidades. Para empezar, soy inocente, [270] y se me considera una infame. Mucho peor es que te acusen de males que no has cometido, que la realidad misma del mal. Además, fui expulsada de mi patria por los dioses y enviada a estas gentes bárbaras, donde, privada de los seres [275] queridos, soy esclava yo, que procedo de hombres libres: pues todos los bárbaros son esclavos, a excepción de uno 7 . Un áncora, tan sólo una, mantenía aún mi esperanza: que un día volvería mi esposo y pondría fin a mis males; pero mi [280] esposo ha muerto, ya no existe. Murió también mi madre, y yo soy su asesino: aunque no sea justo acusarme por ello, la culpa es sólo mía. Mi hija 8 , la que fuera mi orgullo y el de mi casa, virgen y sin marido verá cómo blanquean sus cabellos. [285] Y los hijos de Zeus, los famosos Dioscuros, ya no existen. Por todo ello perezco yo en medio de tantas desgracias, aunque de hecho no esté muerta. [Lo último y peor es que, si volviera a la patria, me prohibirían el acceso, pensando que, si era la Helena que fue a Troya, debería haber [290] vuelto con Menelao. Porque, si viviera mi esposo, nos reconoceríamos recurriendo a señales que sólo él y yo sabemos. Pero eso no es posible ahora, y él ya nunca regresará.]

¿Por qué estoy viva aún? ¿Qué esperanza me queda? ¿Contraer nuevo matrimonio para remediar mis desgracias, [295] vivir en compañía de un bárbaro sentándome a su opulenta mesa? Pero cuando un marido es odioso a su mujer, también el propio cuerpo 9 se hace odioso, y mejor es morir. ¿Cómo [300] no va a estar bien la muerte para mí? [Vergonzoso es colgarse de un lazo, y parece inconveniente incluso para los esclavos. Degollarse es más noble y hermoso, y ¡es tan breve el instante que nos libera de la vida!] ¡A qué abismo de males he venido a parar! ¡La misma belleza que hace felices a las demás mujeres, a mí me ha perdido! [305]

CORIFEO . — Helena, no creas que el extranjero que ha venido, quienquiera que sea, ha dicho sólo verdades.

HELENA . — Por lo menos dijo a las claras que mi marido había muerto.

CORIFEO . — Muchos relatos se construyen a base de mentiras.

HELENA . — Y, al contrario, otros muchos son verdad. [310]

CORIFEO . — Te inclinas a dar crédito a lo malo antes que a lo bueno.

HELENA . — El propio miedo me conduce hacia aquello que temo.

CORIFEO . — ¿Con qué simpatías cuentas en este palacio?

HELENA . — Todos son mis amigos, a excepción del que intenta desposarme.

CORIFEO . — ¿Sabes lo que tienes que hacer? Abandona [315] esta tumba.

HELENA . — ¿A qué consejo quieres llegar hablando así?

CORIFEO . — Entra en la casa y pregunta a Teónoe, la hija de la Nereida póntica, la que todo lo sabe, si todavía existe tu esposo o si ha perdido ya la luz del sol. Cuando conozcas [320] la verdad, entrégate al gozo o al llanto. ¿De qué vale penar antes de saberlo todo a ciencia cierta? Hazme caso: deja esta tumba y ve en busca de la doncella por quien has de salir de tu ignorancia. Si en esta misma casa puedes obtener [325] información veraz, ¿para qué buscarla más lejos? Quiero acompañarte yo también al palacio y escuchar contigo los oráculos de la virgen. Una mujer debe compartir las fatigas de otra mujer.

HELENA . —Acepto, amigas, vuestro consejo. Venid, venid [330] al palacio para que, dentro de la casa, conozcáis la verdad acerca de mis sufrimientos .

CORO . — Llamas a quien te sigue de buena gana .

[335] HELENA . — ¡Ay, día infortunado! ¿Qué nuevas lamentables voy a oír, desdichada de mí?

CORO . — No anticipes lamentos, oh querida, profetizando males .

[340] HELENA . — ¿Qué habrá sufrido mi infortunado esposo? ¿ Ve la luz, la cuadriga de Helio, el curso de los astros, o , [345] entre los muertos, bajo tierra, sufre duradero destino?

CORO . — Piensa en el porvenir mejor, cualquiera que sea .

HELENA . — Yo te invoco, húmedo Eurotas de verdes juncos [350] y te juro que, si es cierto el rumor de la muerte de mi esposo …

CORO . — ¿Por qué esas palabras ininteligibles?

HELENA . — …suspenderé mi cuello de una cuerda asesina, o me introduciré una espada en embestida de hierro frío [355] a través de la carne, mortal persecución del degüello que hace brotar la sangre de la garganta, ofreciéndome en sacrificio a las tres diosas y al Priámida que las celebró antaño con el canto de su siringa junto a los pastoriles establos . [360] CORO . — ¡Váyanse esas desgracias a otra parte y seas tú muy feliz!

HELENA . — ¡Ay, Troya desdichada! Por hechos nunca cometidos has sido destruida y has soportado tantas desgracias. Los dones con que Cipris me adornó han engendrado [365] mucha sangre, mucho llanto; han traído dolor sobre dolor, lágrimas sobre lágrimas, sufrimientos. Las madres han perdido a sus hijos; las doncellas, hermanas de los muertos, han depositado sus cabelleras junto al cauce del [370] frigio Escamandro. La Hélade ha lanzado un grito, un grito de dolor, y se ha deshecho en llanto, se ha golpeado la cabeza con las manos, y con las uñas ha surcado de heridas sangrientas sus delicadas mejillas .

Oh tú, afortunada Calisto, doncella de la Arcadia de [375] antaño, que subiste al lecho de Zeus bajo la forma de un cuadrúpedo, ¡cuánto mejor te fue a ti que a mi madre!, pues, transformada en fiera de miembros velludos —por más que la ternura de tus ojos suavizara tu aspecto externo—, abandonaste el fardo de la pena. Afortunada tú también, la cierva [380] de cuernos de oro que Ártemis expulsó de sus coros antaño, la Titánide , hija de Mérope, castigada por tu belleza . ¡Mi cuerpo ha arruinado, ha arruinado la ciudadela de [385] Dardania y ha sembrado la muerte entre los aqueos!

MENELAO . — ¡Oh Pélope, tú que en Pisa rivalizaste otrora con Enómao en el certamen de cuadrigas! ¡Ojalá entonces, [cuando fuiste persuadido a formar parte de un festín ante los dioses], hubieras muerto, antes de engendrar a mi padre [390] Atreo, quien, a su vez, del lecho de Aérope engendró a Agamenón y a mí, Menelao, ilustre pareja! Glorioso me parece —y digo esto sin vanidad— trasladar por medio del remo todo un ejército hasta Troya, sin que, como un tirano, hubiera [395] de reunirlo por la fuerza, pues la juventud de la Hélade se puso de buen grado bajo mis órdenes. De los que me siguieron, unos ya no se cuentan entre los vivos; otros, felizmente escapados de los peligros marinos, llevaron a sus casas, de regreso, los nombres de los muertos. Pero yo, desdichado, [400] no he dejado de errar sobre las ondas del glauco mar desde que derribé las torres de Ilión, y, aunque deseo ardientemente volver a mi patria, los dioses no me consideran digno de hacerlo. Tengo navegadas todas las costas, desiertas e inhospitalarias, [405] de Libia. En cuanto me acerco a mi casa, el viento me hace retroceder, y jamás una brisa favorable ha henchido mis velas de modo que pudiese regresar a mi país.

Y he aquí que ahora yo, náufrago miserable, he venido a caer en esta tierra, después de haber perdido a mis amigos. [410] Mi nave se ha roto en mil pedazos contra las rocas. De los diversos elementos que la componían, sólo ha quedado intacta la quilla, sobre la cual logré, a duras penas y por un azar inesperado, salvarme a mí y a Helena, mi esposa, a quien traigo conmigo desde Troya. Cuál sea el nombre de [415] este país y cuál el pueblo que lo habita, lo ignoro. Y me da vergüenza presentarme ante la gente, no sea que me vayan a interrogar acerca de mis harapos, pues quiero ocultar por pudor mi desgracia. Cuando a un hombre que está muy alto le ruedan mal las cosas, la falta de costumbre le mortifica [420] más que al que ha sido siempre un desgraciado. Pero la necesidad me consume, no tengo pan, ni vestidos con que cubrir mi piel; puede verse que son sólo restos del naufragio los jirones que llevo puestos. El mar me ha arrebatado los peplos de antaño, mis magníficas vestiduras, todo mi esplendor. [425] A la que fue el origen de todos mi males, a mi esposa, la he ocultado en el interior de una gruta, y he venido, dejando como encargados de su custodia a aquellos de mis compañeros que han sobrevivido. Y aquí estoy, solo, buscando con afán poder hacerme con lo que urgentemente [430] necesitan mis amigos de allá. A la vista de este palacio cernido de murallas, de estas puertas soberbias propiedad de algún hombre opulento, me he acercado. De una rica mansión es lógico esperar que unos náufragos obtengan algo, mientras que de gentes que no tienen recursos para vivir nada podríamos obtener, por más ayuda que quisieran prestarnos.

[435] ¡Ohé! ¿No va a salir de la casa un portero que transmita dentro, de mi parte, el mensaje de mis miserias?

ANCIANA . — ¿Quién hay a las puertas? ¿No te alejarás del palacio? Si sigues ahí parado, en el umbral de entrada, [440] importunarás a mis amos. O morirás, pues eres heleno, y para ellos no hay hospitalidad en esta tierra.

MENELAO . — Esas mismas palabras pueden decirse en otro tono, pues pienso obedecerte. Pero depón tu cólera.

ANCIANA . — Vete. Mi misión, extranjero, consiste en que ningún heleno se acerque a este palacio.

MENELAO . — ¡Ah! No me empujes, no me eches a la [445] fuerza.

ANCIANA . — Tú tienes la culpa. No haces caso de lo que te digo.

MENELAO . — Ve dentro y anúnciame a tus amos.

ANCIANA . — ¡Bien lo purgaría, créeme, si llevase tu mensaje!

MENELAO . — Vengo como náufrago, como extranjero. Soy, por tanto, inviolable.

ANCIANA . — Dirígete, entonces, a cualquier otra casa. [450]

MENELAO . — No, voy a entrar en ésta. Hazme caso ahora tú.

ANCIANA . — Eres un obstinado. En seguida serás expulsado a la fuerza.

MENELAO . — ¡Ay! ¿Dónde está mi glorioso ejército?

ANCIANA . — En otra parte fuiste un gran personaje. Aquí no lo eres.

MENELAO . — ¡Ah, demon 10 mío! ¡Qué tratamiento tan [455] indigno padecemos tú y yo!

ANCIANA . — ¿Por qué bañas tus párpados con lágrimas? ¿A quién diriges tus lamentos?

MENELAO . — A mi feliz destino de otro tiempo.

ANCIANA . — Y, ¿por qué no te vas a ofrecer ese llanto a tus amigos?

MENELAO . — ¿Qué país es éste? ¿De quién son estas regias moradas?

[460] ANCIANA . — Proteo habita esta morada, y esta tierra es Egipto.

MENELAO . — ¿Egipto? ¡Desdichado de mí, adónde he ido a parar!

ANCIANA . — ¿Qué puedes reprocharle al esplendor del Nilo?

MENELAO . — No le reprocho nada. Lamento mi destino.

ANCIANA . — A muchos les va mal, no eres tú el único.

[465] MENELAO . — ¿Está en palacio aquel a quien tú llamas soberano?

ANCIANA . — Ésa es su tumba. En esta tierra reina su hijo.

MENELAO . — Y, dime, ¿dónde está? ¿Fuera o en la morada?

ANCIANA . — Dentro no está. Pero es el mayor enemigo de los helenos.

MENELAO . — ¿Cuál es la causa de esa hostilidad cuyos beneficios recojo?

[470] ANCIANA . — Helena, la hija de Zeus, está en este palacio.

MENELAO . — ¿Cómo dices? ¿Qué palabra has dicho? Repítemela.

ANCIANA . — La hija de Tindáreo, la que antaño vivía en Esparta

MENELAO . — ¿De dónde ha venido? ¿Qué significa esto?

ANCIANA . —Desde tierra lacedemonia llegó hasta aquí.

[475] MENELAO . — ¿Cuándo? No me habrán arrebatado de la gruta a mi esposa…

ANCIANA . — Antes de que marchasen a Troya los aqueos, extranjero. Pero vete de este palacio. Las cosas han tomado [480] aquí un giro inquietante para la casa del tirano. No llegaste oportunamente. Si el amo te descubre, la muerte será tu regalo de hospitalidad. Mi ánimo está a favor de los helenos, a pesar de las duras palabras que te he dicho, dictadas por el miedo

MENELAO . — ¿Qué diré? Nuevas calamidades acabo de oír, mayores que las primeras, si es que he llegado aquí, trayendo [485] desde Troya a la esposa que me habían arrebatado, a quien he puesto a salvo en una gruta, y me encuentro con que otra mujer que tiene su mismo nombre, el mismo, vive en éste palacio. ¡Y me ha dicho que es hija de Zeus! ¿Acaso [490] puede encontrarse un hombre a orillas del Nilo que se llame Zeus? Sólo un Zeus hay, y está en el cielo. Y Esparta, ¿dónde va a haber otra que no sea la que riegan las aguas del Eurotas de bellos juncos? Una sola vez se ha llamado Tindáreo alguien. ¿Hay otra tierra que se llame Lacedemonia o Troya? [495] En realidad, no sé qué decir…, pues, según parece, se encuentran en el ancho mundo muchas ciudades y mujeres que llevan el mismo nombre, y nadie se asombra por ello. Por otra parte, no pienso darme a la fuga por las amenazas [500] de una esclava. Ningún hombre tiene el alma tan bárbara como para atreverse a negarme el alimento después de oír mi nombre. Famoso es el incendio de Troya, y yo, Menelao, fui quien lo hizo arder: en todas partes soy conocido. Esperaré [505] al dueño del palacio. Tengo ante mí dos posibilidades: si veo que es un hombre sin entrañas, me ocultaré e iré junto a los restos del naufragio; si se muestra benévolo, le pediré lo que necesito para remediar la triste situación actual. El [510] mayor infortunio para mí, que soy rey, es mendigar de otros reyes lo que hace falta para vivir. Sin embargo, estoy obligado a hacerlo. No soy yo quien lo dice, sino un sabio proverbio: nada hay más poderoso que la necesidad.

CORO . — Por la virgen profética he sabido —lo anunció [515] claramente en la mansión real— que Menelao no ha ido al negro Érebo ni yace oculto bajo tierra, sino que, desdichado [520] y sin amigos, se consume errabundo por las olas del mar, sin alcanzar los puertos y costas de su patria, y sin desembarcar , [525] a golpes de su remo marino, sino en país extrano, desde que abandonó la Tróade 11 .

HELENA . — He aquí que vuelvo junto a esta tumba, después de haber oído el gratísimo oráculo de Teónoe, la que [530] todo lo sabe. Dice que mi esposo está vivo, que puede ver la luz del sol; que navega sin rumbo por mares infinitos, por aquí y por allá, en largo y errabundo peregrinaje; que un día volverá, cuando sus desventuras en el mar hayan terminado. [535] Una cosa sólo no ha dicho, y es si conseguirá salvarse cuando venga. Me he abstenido de preguntarle a ese respecto, pues me sentía feliz sabiendo que se encontraba sano y salvo. También me ha dicho que estaba cerca de este país, víctima de un naufragio en compañía de unos pocos amigos. [540] ¡Ay de mí! ¿Cuándo llegarás? ¡Cómo deseo que llegue ese momento!

¡Ah! ¿Quién es éste? ¿Habré caído en una emboscada urdida por el impío hijo de Proteo? Como yegua veloz, como [545] bacante movida por su dios, correré hacia la tumba. ¡Qué aspecto tan salvaje tiene el hombre que intenta cogerme!

MENELAO . — Oh tú que, en admirable impulso de tus miembros, corres hacia las gradas de esa tumba, y a sus columnas donde arden fuegos sacrificiales, ¡detente! ¿Por qué huyes? A la vista de tu cuerpo, el estupor y la extrañeza me dominan.

[550] HELENA . — ¡Injusticia sufro, mujeres! Este hombre trata de impedir que llegue a la tumba, quiere cogerme y entregarme al tirano cuyas bodas rehúyo.

MENELAO . —No soy ningún ladrón, ni el esbirro de un malvado.

HELENA . — Los vestidos que llevas son ya bastante deshonrosos.

MENELAO . — Detén tu pie ligero, abandona todo temor. [555]

HELENA . — Me detengo, ahora que toco ya esta tumba.

MENELAO . — ¿Quién eres? ¿Qué es lo que tengo ante mis ojos, mujer?

HELENA . — Y tú, ¿quién eres? Te devuelvo la misma pregunta.

MENELAO . — Jamás vi un parecido tan asombroso.

HELENA . — ¡Oh dioses! Pues un don de los dioses es el [560] reconocimiento de los seres queridos.

MENELAO . — ¿Eres helénide o nativa de este país?

HELENA . — Helénide. Pero, ¿y tú? Quiero saber quién eres tú.

MENELAO . — Mujer, te pareces extraordinariamente a Helena.

HELENA . — Y tú a Menelao. No sé qué decir.

MENELAO . — Has reconocido en mí al hombre más desdichado [565] de todos.

HELENA . — ¡Oh, qué tarde has llegado a los brazos de tu esposa!

MENELAO . — ¿De qué esposa? No toques mis vestidos.

HELENA . — De la que obtuviste de Tindáreo, mi padre.

MENELAO . — ¡Oh Hécate, portadora de antorchas, envíame visiones favorables!

HELENA . — No soy un fantasma nocturno al servicio de [570] Enedia 11bis .

MENELAO . — Pero yo no puedo ser el esposo de dos mujeres.

HELENA . — ¿Y de qué otra mujer eres señor?

MENELAO . — De la que he traído de Frigia y he ocultado en el interior de una gruta.

HELENA . — Sólo yo he sido tuya: ninguna otra mujer.

[575] MENELAO . — ¿Puede ser que esté sana mi razón y mis ojos enfermos?

HELENA . — Al verme, ¿no crees ver a tu esposa?

MENELAO . — Tu cuerpo es igual, pero la certeza me impide…

HELENA . — Mírame. ¿Qué más quieres? ¿Quién me conoce mejor que tú?

MENELAO . — Mucho te pareces. Eso no lo puedo negar.

[580] HELENA . — ¿Quién te lo hará saber mejor que tus ojos?

MENELAO . — Mi problema es que tengo otra esposa.

HELENA . — Yo nunca fui a la Tróade; era mi imagen.

MENELAO . — Pero, ¿quién puede producir imágenes vivas?

HELENA . — El éter, del que un dios formó a la mujer que posees.

[585] MENELAO . — ¿Cuál de los dioses? Dices cosas increíbles.

HELENA . — Hera, sustituyéndome para que Paris no me poseyese.

MENELAO . — ¿Cómo, pues, estabas aquí y en Troya al mismo tiempo?

HELENA . — El nombre puede estar en muchos lugares; el cuerpo, no.

MENELAO . — Déjame, que bastantes desgracias tengo.

[590] HELENA . — ¿Me vas a abandonar a mí para llevarte el espectro de tu esposa?

MENELAO . — Adiós a ti, mujer, tan semejante a Helena.

HELENA . — ¡Perezco! ¡He encontrado a mi esposo y ya no lo tengo!

MENELAO . — Mis muchas fatigas en Troya me convencen de que no puedes tener razón.

HELENA . — ¡Ay de mí! ¿Quién ha sufrido más que yo? [595] Los seres más queridos me abandonan, y nunca más volveré a ver a los helenos ni regresaré a mi patria.

MENSAJERO . — Por fin te encuentro, Menelao, después de haber errado en tu busca por toda esta tierra bárbara, enviado por los compañeros a quienes dejaste.

MENELAO . — ¿Qué ocure? ¿Es que os han despojado los [600] bárbaros?

MENSAJERO . — Un prodigio, y es inferior la palabra al hecho.

MENELAO . — Habla, pues tu apresuramiento indica nuevas insólitas.

MENSAJERO . — Digo que has padecido en vano innumerables fatigas.

MENELAO . — Deploras males antiguos. ¿Qué anuncias [605] de nuevo?

MENSAJERO . — Tu esposa ha desaparecido en las profundidades del éter. El cielo la mantiene oculta, después que hubo dejado la sagrada caverna donde la guardábamos. Tan sólo dijo: «Desventurados frigios y vosotros, aqueos todos, por mi causa, y merced a las maquinaciones de Hera, habéis [610] muerto a orillas del Escamandro, creyendo que Paris poseía a Helena, a quien nunca ha poseído. Ahora que ya ha pasado el tiempo prescrito y he cumplido fielmente lo fijado por el destino, debo volver al cielo, mi padre. Pero la desdichada Tindáride ha padecido injustamente una funesta reputación.» [615]

Salud, hija de Leda. ¿Estabas aquí? ¡Y yo que anunciaba que te habías marchado a las estrellas, sin saber que tuvieses un cuerpo alado! No consentiré que te burles una segunda vez de nosotros; ya nos proporcionaste suficientes fatigas en [620] Ilión a tu esposo y a sus compañeros de armas.

MENELAO . — ¡Eso es! Tus palabras coinciden con las de ella. ¡Oh día deseado que te trae de nuevo a mis brazos!

HELENA . — ¡Oh Menelao, el más querido de los hombres! [625] Larga ha sido la ausencia, pero el placer me ha sido devuelto. Amigas, soy feliz, tengo ante mí a mi esposo y puedo rodearle con amorosos brazos, después de tantos soles .

[630] MENELAO . —Y yo a ti. Tantas cosas quiero decirte que no sé por dónde empezar.

HELENA . — Se me erizan de gozo los cabellos, vierto lágrimas [635] y te abrazo para obtener mi dicha, esposo mío .

MENELAO . — ¡Oh visión queridísima! Nada me falta, pues te tengo a ti, hija de Zeus y Leda, a quien felicitaron [640] antaño los jóvenes hermanos de los blancos corceles 12 ; a ti, a quien un dios alejó de mi lado para conducirte a un destino más alto . Una afortunada desgracia nos ha reunido a ti [645] y a mí, tu esposo, después de mucho tiempo, pero, al fin, ojalá gocemos de una buena fortuna .

CORIFEO . — Ojalá. Hago mío tu voto, pues de nosotros dos no puede uno ser desgraciado y el otro no.

HELENA . — Amigas, amigas, ya no me quejo, ya no gimo [650] por los males de antaño. Tengo a mi esposo, cuyo regreso desde Troya tantos años he esperado .

MENELAO . — Me tienes, y yo a ti. Innumerables soles han pasado hasta que, al fin, he comprendido los engaños de la diosa. Mis lágrimas son de alegría: hay en ellas placer y [655] no tristeza .

HELENA . — ¿Qué diré? ¿Qué mortal hubiera soñado esto nunca? Inesperadamente te estrecho contra mi corazón .

MENELAO . — ¡Y creí yo que fuiste a la ciudad del Ida y [660] a las inútiles murallas de Ilión! Por los dioses, ¿cómo te arrebataron de mi morada?

HELENA . — ¡Ay, ay! A crueles comienzos te remontas. ¡Ay, ay! Cruel es el relato que solicitas .

MENELAO . — Habla, pues hay que oír todos los dones de los dioses.

HELENA . — Me horroriza lo que voy a decir .

MENELAO . —Dilo, sin embargo. Es dulce oír hablar de [665] males pasados.

HELENA . — No me llevó ningún remo alado hacia el lecho de un joven bárbaro, ni las alas de un deseo adúltero .

MENELAO . — ¿Qué dios, o qué destino, te arrebató, pues, de la patria?

HELENA . — El hijo de Zeus 13 , de Zeus, ¡oh esposo!, me [670] condujo al Nilo .

MENELAO . — ¡Prodigioso! Y, ¿quién le enviaba? ¡Extrañas palabras!

HELENA . — Lloro, y mis párpados se humedecen de lágrimas. La esposa de Zeus fue la responsable de mi ruina .

MENELAO . — ¿Hera? ¿Por qué querría causarnos daño? [675]

HELENA . — ¡Ay de los baños y las fuentes, terribles para mí, en que las diosas hicieron resplandecer su cuerpo, lo que fue origen de aquel juicio!

MENELAO . — ¿Y, a causa de aquel juicio, Hera te hizo sufrir?

HELENA . — Para desposeer a Paris … [680]

MENELAO . — ¿Cómo? Explícate .

HELENA . —… a quien Cipris me había prometido .

MENELAO . — ¡Desventurada!

HELENA . — ¡Desventurada y triste de mí! Por eso me trajo a Egipto .

MENELAO . —Y le dio en tu lugar un fantasma, según me has dicho.

HELENA . — ¡Cuántas calamidades, cuántas calamidades en tu palacio, madre mía! ¡Ay de mí! [685]

MENELAO . — ¿Qué dices?

HELENA . — Ya no existe mi madre. Se estranguló con un lazo por vergüenza de mi adulterio .

MENELAO . — ¡Ay! ¿Y vive Hermíone, nuestra hija?

[690] HELENA . — Sin esposo, sin hijos, lamenta mi funesta unión .

MENELAO . — ¡Oh tú, Paris, que destruiste por completo, de arriba a abajo, mi morada! también tú te has perdido, y millares de dánaos armados de bronce .

HELENA . — Y a mí un dios me ha arrojado, desdichada [695] y maldita, lejos de la patria, de mi ciudad y de ti, el día en que dejé tu palacio y tu lecho, pero no en busca de una unión deshonrosa .

CORIFEO . — Si en el porvenir obtenéis una fortuna dichosa, ello os compensará de las desgracias pasadas.

[700] MENSAJERO . — Menelao, hazme partícipe de esa felicidad que estoy viendo, pero cuya razón de ser desconozco.

MENELAO . — ¡Oh anciano! Ven a tomar parte en estos diálogos.

MENSAJERO . — ¿No es ésta la causante de nuestras fatigas en Ilión?

[705] MENELAO . — No lo es. Los dioses nos han engañado. No tuvimos sino una imagen hecha de nube entre las manos.

MENSAJERO . — ¿Qué dices? ¿Por una simple nube sufrimos tanto?

MENELAO . —Fue obra de Hera y fruto de la discordia de las tres diosas.

MENSAJERO . —Y esta que tiene existencia real, ¿es tu esposa?

[710] MENELAO . —Lo es. Confía en mis palabras.

MENSAJERO . —¡Oh hija, qué inconstante y difícil de entender es la divinidad! ¡Con qué facilidad lo cambia todo y lo trae y lo lleva de un lado a otro! Un hombre sufre; otro, que ha empezado por no sufrir, muere más tarde miserablemente, sin haber podido gozar de una buena fortuna estable. [715] Tú y tu esposo habéis padecido mucho; tú por los rumores y habladurías, él en el esfuerzo de la lanza. Nada obtuvo de lo que deseaba cuando lo buscó con ahínco, y he aquí que ahora, por sí mismo, el bien que colma su felicidad le ha salido al paso. No has deshonrado, entonces, a tu anciano padre, ni [720] a los Dioscuros; nada has hecho de cuanto te atribuyen. Recuerdo todavía tu himeneo, las antorchas que yo llevaba, corriendo junto a tu cuadriga; recuerdo cómo, sentada en el [725] carro con Menelao, abandonaste recién casada la feliz morada paterna. Mal siervo es el que no respeta a sus amos y no participa de sus alegrías ni de sus desgracias. En cuanto a mí, aunque esclavo por nacimiento, ¡ojalá se me cuente [730] entre los siervos bien nacidos, libres de corazón aunque no lo sean de nombre! Mejor es esto que padecer, siendo una sola persona, el doble infortunio de tener un mal corazón y obedecer a los demás como un esclavo.

MENELAO . — ¡Oh anciano! Muchas fatigas has sufrido por mí junto al escudo, y ahora tomas parte en mi felicidad. [735] Ve y anuncia a los compañeros supervivientes dónde estamos y en qué estado de buena fortuna nos has encontrado. Diles que esperen en la costa, atentos a los combates que, según creo, nos aguardan, y que estén listos, si por acaso [740] conseguimos sacar a Helena de esta tierra, a correr nuestra misma suerte y escapar, si podemos, todos juntos de estos bárbaros.

MENSAJERO . — Así se hará, ¡oh rey! Ahora veo qué falso y lleno de mentiras es el arte de los adivinos. Ninguna [745] sensatez hay en la llama que arde, ni en los cantos de los seres alados. Necedad es pensar que los pájaros tienen deudas con los mortales. Pues Calcante, que veía a los suyos morir por un fantasma, nada dijo, ni lo comunicó al ejército. Tampoco [750] lo hizo Héleno, y la ciudad fue destruida inútilmente. ¿Se dirá, acaso, que un dios así lo había querido? ¿Por qué, entonces, consultamos los oráculos? Hay que sacrificar en honor de los dioses, implorar sus beneficios y dejarse de [755] adivinaciones, que no son más que un señuelo para los humanos. Nadie, sin trabajar, se ha enriquecido con los fuegos sacrificiales; la razón y la prudencia son los mejores adivinos.

CORIFEO . — Por lo que hace a los adivinos, pienso lo mismo que este anciano. Quien tiene la amistad de los dioses [760] posee en su hogar el mejor oráculo.

HELENA . — En fin, todo va bien, al menos por ahora. Pero, ¿cómo has podido llegar a salvo aquí, infeliz, desde Troya? Saberlo no me reporta ganancia, pero quien ama siempre desea oír el relato de las desgracias del ser amado.

[765] MENELAO . — Por muchas cosas me preguntas en una sola palabra y de una sola vez. ¿Te hablaré de nuestro desastre en el Egeo, de los fuegos eubeos de Nauplio 14 , de Creta, de Libia, de las ciudades que he recorrido y del observatorio [770] de Perseo 15 ? No llegarían a satisfacerte mis palabras, y, al contarte mis males, volvería a vivir todos mi sufrimientos y experimentaría una pena doble.

HELENA . — Has hablado mejor de lo que yo lo hice al preguntarte. Dejando a un lado todo lo demás, dime sólo una cosa: ¿cuánto tiempo te has consumido sobre las espaldas del mar, errante a merced de las olas?

MENELAO . — Después de los diez años transcurridos en [775] Troya, he vivido otros siete en mis naves.

HELENA . — ¡Ay, ay! Largo tiempo dices, oh desdichado, y, tras salvarte allí, llegas aquí en busca del degüello.

MENELAO . — ¿Cómo dices? ¿Qué hablas? Mujer, tú me destruyes.

HELENA . — ¡Huye lo más rápidamente posible de esta tierra [780] y aléjate de ella! Te matará el hombre que vive en este palacio.

MENELAO . — ¿Qué he hecho yo que merezca ese castigo?

HELENA . — Tu inesperada llegada es un obstáculo para mis bodas.

MENELAO . — ¿Quiere, pues, alguien casarse con mi esposa?

HELENA . — Y ultrajarme. He tenido que sufrirlo. [785]

MENELAO . — ¿Es algún particular poderoso, o el soberano de esta tierra?

HELENA . — Es el rey del país, el hijo de Proteo.

MENELAO . — ¡Ya está claro el enigma que escuché a la anciana portera!

HELENA . — ¿A qué bárbaras puertas te has dirigido?

MENELAO . — A éstas, de donde fui expulsado como un [790] mendigo.

HELENA . —No mendigarías tu pan… ¡Desgraciada de mí!

MENELAO . — Eso hacía, pero no me di el nombre de mendigo.

HELENA . — Entonces debes estar al tanto de lo concerniente a mis bodas.

MENELAO . — Lo estoy, pero ignoro si has podido evitarlas.

HELENA . —Sabe que he conservado para ti mi lecho intacto. [795]

MENELAO . — ¿Cómo estaré seguro de ello? Gratas son tus palabras, si son ciertas.

HELENA . — ¿Ves mi morada miserable junto a este sepulcro?

MENELAO . — Veo un lecho de hojas. ¿Qué tiene que ver eso contigo, desdichada?

HELENA . — Aquí vengo a suplicar, huyendo de esas bodas.

[800] MENELAO . — ¿A falta de un altar, o es ésa la costumbre bárbara?

HELENA . — Esta tumba me ha protegido como el templo de un dios.

MENELAO . — ¿No me es posible entonces llevarte a nuestra casa?

HELENA . — Te espera la espada antes que mi lecho.

MENELAO . — ¡ Soy el más desgraciado de los hombres!

[805] HELENA . — No te avergüences y huye de esta tierra.

MENELAO . — ¿Abandonándote? He destruido Troya por ti.

HELENA . — Mejor es eso que morir por mi amor.

MENELAO . — Sería una cobardía indigna del vencedor de Ilión.

HELENA . — Si has pensado matar al rey, es imposible.

[810] MENELAO . — ¿Su cuerpo no es vulnerable al hierro?

HELENA . — Ya lo sabrás. Atreverse a lo imposible no es propio de hombre cuerdo.

MENELAO . — ¿Presentaré en silencio las manos para que me las aten?

HELENA . — Tu situación es desesperada. Hay que recurrir a la astucia.

MENELAO . — Mejor es morir haciendo algo que no intentar nada.

[815] HELENA . — Una sola esperanza tenemos de salvarnos.

MENELAO . — ¿El soborno, la audacia, o la elocuencia?

HELENA . — Que el tirano no sepa que has venido.

MENELAO . — ¿Quién va a decírselo? No puede saber quién soy yo.

HELENA . — Tiene dentro una aliada semejante a los dioses.

MENELAO . — ¿Habita una voz inspirada en lo más hondo [820] de su casa?

HELENA . — No. Es la hermana del rey, la que llaman Teónoe.

MENELAO . — Un nombre profético. Dime qué es lo que hace.

HELENA . — Lo sabe todo. Dirá a su hermano que estás aquí.

MENELAO . — En ese caso moriré, pues no puedo ocultarme.

HELENA . — Quizá pudiéramos convencerla suplicándole… [825]

MENELAO . — ¿Hacer qué? ¿A qué esperanza me conduces?

HELENA . —… que no dijera a su hermano que estás aquí.

MENELAO . — Si la persuadiéramos, ¿cómo podríamos escapar de esta tierra?

HELENA . — Fácilmente, si nos ayuda; a sus espaldas, nunca.

MENELAO . — Eso es tarea tuya. Las mujeres se entienden [830] entre sí.

HELENA . — Ten por seguro que mis manos abrazarán sus rodillas.

MENELAO . — Bien; pero, ¿y si no atiende a nuestra súplica?

HELENA . — Morirás. Y yo, desdichada, tendré que casarme por la fuerza.

MENELAO . — ¡Eres una traidora! Esa violencia no es más que un pretexto.

HELENA . — No, por tu cabeza te lo juro con sagrado juramento. [835]

MENELAO . — ¿Qué dices? ¿Morirás? ¿No cambiarás nunca de lecho?

HELENA . — Moriré con tu misma espada y caeré junto a ti.

MENELAO . — Toma, entonces, mi diestra en señal de fe.

HELENA . — La toco. Muerto tú, renunciaré a la luz del sol.

[840] MENELAO . — Y yo, si es que te pierdo, dejaré de vivir.

HELENA . — Pero, ¿qué hemos de hacer para morir con gloria?

MENELAO . — Después de matarte sobre este sepulcro, me mataré. Pero antes entablaré un gran combate por tu posesión. [845]¡Que se acerque quien quiera! No deshonraré mi gloria troyana, ni volveré a la Hélade en busca de reproches yo, que he privado a Tetis de Aquiles, que contemplé la muerte de Ayante Telamonio y dejé sin hijo al Nelida 16 . [850] ¿No voy a estimar justo morir por mi mujer? Desde luego que sí, porque, si los dioses son sabios, cubren con tierra leve la tumba del valiente muerto en combate por sus enemigos, y en cambio a los cobardes los arrojan bajo pesados túmulos de piedra 17 .

[855] CORIFEO . — ¡Oh dioses, que el linaje de Tántalo pueda verse algún día feliz y libre de infortunios!

HELENA . — ¡Desdichada de mí! La suerte me es adversa. Se acabó, Menelao: la profetisa Teónoe sale del palacio. [860] Rechina al abrirse la cerradura. ¡Huye! Pero, ¿para qué huir? Esté ausente o presente, ella sabe que estás aquí. ¡Estoy perdida, pobre de mí! ¡Te salvaste de Troya y de una tierra bárbara, pero has vuelto a caer bajo bárbaros filos!

TEÓNOE . — Ve tú delante, llevando el sagrado fulgor de [865] las antorchas, y purifica —rito solemne— los rincones del éter, a fin de que podamos recibir el aire limpio del cielo. Y tú derrama fuego purificador en el camino, por si algún pie impío lo ha hollado, y sacude a mi paso el hachón de pino [870] llameante. Cuando hayáis honrado a los dioses con el culto por mí prescrito, conducid al palacio la llama del hogar…

Helena, ¿qué te parecen mis oráculos? Visible tienes ante ti a tu esposo Menelao, que ha venido hasta aquí privado de sus naves y de tu espectro. ¡Desventurado! Llegaste [875] después de sortear grandes peligros, y no sabes si podrás regresar a tu casa o si habrás de quedarte aquí. La discordia reina entre los dioses: en este día se reúne ante Zeus una asamblea para decidir sobre ti. Hera, que antaño fuera tu [880] enemiga, ahora te es favorable y quiere que regreses sano y salvo a la patria en compañía de ésta, a fin de que la Hélade conozca que las bodas de Alejandro, don de Cipris, no fueron más que una mentira. Pero Cipris quiere impedir tu regreso, con objeto de no verse al descubierto y de que no parezca [885] que obtuvo su título de belleza en virtud de unas falsas bodas de Helena. De mí depende el desenlace, tanto si, como quiere Cipris, te pierdo diciéndole a mi hermano que estás aquí, como si, de acuerdo con Hera, te salvo la vida [890] ocultándoselo a mi hermano, que me ha ordenado que le diga cuándo llegas a este país. ¿Quién quiere ir a informar a mi hermano de tu presencia, para mi propia seguridad?

HELENA . — ¡Oh virgen, a tus rodillas caigo suplicante y elijo el asiento menos feliz para rogarte por mí misma y por [895] éste, a quien a duras penas he recobrado y voy a verle ya en peligro de muerte! ¡No digas a tu hermano, te lo ruego, que mi esposo ha llegado a mis brazos amantísimos, y sálvale, [900] te lo suplico! No sacrifiques tu piedad a tu hermano, comprando así una gratitud injusta y perversa. Odia el dios la violencia, y ordena a los mortales que no adquieran sus bienes [905] mediante la rapiña. [Debemos renunciar a la riqueza injusta.] Bien común es el cielo para todos los hombres, y lo es también la tierra, en la que nadie debe enriquecer su casa con lo ajeno, ni arrebatar nada por la fuerza. Felizmente para [910] mí en un sentido, y desgraciadamente en otro, Hermes me entregó a tu padre, a fin de que me conservara para mi esposo, que está aquí y quiere recuperarme. ¿Cómo, si muere, va a poder recobrarme? Y, ¿cómo van a devolverme viva a un muerto? Ahora recapacita en la orden divina y en la responsabilidad [915] de Proteo: la divinidad y tu padre muerto, ¿querrían o no querrían devolver un bien ajeno? Desde luego que sí, y es por ello por lo que no debes optar por un hermano insolente en detrimento de un padre honrado. Pues si, [920] siendo adivinadora y creyendo en los dioses, pervirtieras la justicia paterna y abrazaras la causa de tu injusto hermano, sería vergonzoso que, conociendo todo lo divino, lo que es y lo que será, no conocieses lo que es justo. Sálvame a mí, [925] infeliz entre tantas desgracias, concédeme una tregua en medio de mis infortunios. Nadie hay de los mortales que no aborrezca a Helena: en la Hélade dicen que traicioné a mi esposo y que me fui a vivir a las casas ricas en oro de los frigios. Si regreso a la Hélade y pongo el pie de nuevo en [930] Esparta, podrán oír y ver que murieron por intrigas divinas, y que yo jamás traicioné a los míos; entonces me restituirán la virtud perdida y casaré a mi hija, con quien nadie quiere [935] ahora casarse, y, poniendo fin a esta odiosa miseria, gozaré de las riquezas que no faltan en mi morada. Si hubiera muerto Menelao consumido en la hoguera, no ahorraría yo lágrimas de ternura por el ausente; pero ahora que está aquí, sano y salvo, ¿voy a verme privada de él? No, no hagas eso, [940] virgen, te lo suplico. Concédeme esta gracia e imita la conducta de tu virtuoso padre, pues la gloria más hermosa para los hijos, cuando se tiene un padre honrado, es poseer sus mismas pautas morales.

TEÓNOE . — Dignas de piedad son las palabras que has pronunciado, y también tú eres digna de piedad. Pero deseo [945] oír los argumentos de Menelao en defensa de su vida.

MENELAO . — Yo no soportaría arrojarme a tus rodillas ni humedecer con lágrimas mis párpados, pues, si me mostrase cobarde, desfiguraría no poco mis hazañas troyanas. No obstante, dicen que es propio del varón bien nacido verter [950] lágrimas en la adversidad, pero yo prefiero la entereza de ánimo a la belleza del llanto, si es que la hay. Si te parece bien salvar a un extranjero que reclama con todo derecho a su esposa, devuélvemela y sálvame; si no te parece bien, yo [955] no sería más que por enésima vez desdichado, mientras que tú serías considerada en lo sucesivo como una mujer malvada. Pero lo que estimo justo y digno de mí, lo que más puede [960] hacer vibrar tu corazón, quiero decirlo sobre este sepulcro, lamentando la ausencia de tu padre:

¡Oh anciano que habitas esta tumba de piedra! Devuélveme, te lo ruego, a mi esposa, a quien Zeus te envió para que me la conservases. Ya sé que, estando muerto, nunca [965] podrás devolvérmela; pero tu hija, invocado su padre desde el mundo inferior, no permitirá que se hable mal de ti, en otro tiempo tan glorioso: todo depende de ella ahora.

¡Oh subterráneo Hades, también te invoco a ti como aliado, a ti que recibiste, por causa de Helena, tantos cuerpos [970] caídos bajo mi espada, y obtuviste con ello cumplida recompensa! Devuélveles a todos ahora la vida, u obliga a ésta a ir más allá que su piadoso padre, devolviéndome a mi mujer. Pero si me la arrebatáis, te diré lo que ella omitió en [975] sus palabras. Has de saber, oh virgen, que estoy obligado por juramento a combatir primero con tu hermano. Es preciso [980] que él o yo muramos: el asunto es bien simple. Si se niega al combate cuerpo a cuerpo e intenta rendimos por hambre a nosotros dos, suplicantes junto a la tumba, he resuelto matar a Helena y clavarme en el hígado después esta espada de doble filo sobre este mismo sepulcro, para que nuestra [985] sangre, en arroyos, resbale por su superficie. Y yaceremos juntos los dos, muertos sobre esta tumba bien pulida, para dolor eterno tuyo y deshonor para tu padre. Jamás tu hermano, pues, desposará a Helena, ni él ni ningún otro. Soy yo [990] quien me la llevaré, si no a mi casa, sí a la de los muertos.

Pero, ¿a qué todo esto? Hubiera conseguido más piedad derramando lágrimas como una mujer, que mostrándome resuelto. Mátanos, si quieres: no nos matarás deshonrados. [995] Pero no, mejor es que te dejes guiar por mis palabras, y, así, tú serás justa y yo recobraré a mi esposa.

CORIFEO . — En tu mano está decidir, doncella, sobre estos discursos. Juzga, pues, de manera que nos complazca a todos.

[1000] TEÓNOE . — Nací piadosa y quiero seguir siéndolo. Me respeto a mí misma y no podría manchar la gloria de mi padre, ni caería en deshonra por favorecer a mi hermano. Dentro de mí se alza, desde mi nacimiento, un magno santuario de la justicia; por ese sentido de la equidad, que he recibido de [1005] Nereo, intentaré salvar a Menelao. Mi voto se lo daré a Hera, puesto que desea tu bien. Y que Cipris me sea favorable, por más que no haya habido trato entre ella y yo, pues aspiro a ser siempre virgen. En relación con los reproches que [1010] has dirigido a mi padre delante de su tumba 18 , convengo contigo en que sería injusta si no te devolviese a tu esposa, pues, si Proteo estuviera vivo, ya tendrías a Helena y ella a ti.

No hay duda de que existe una sanción punitiva para los muertos, como para todos los hombres vivos. El espíritu de los difuntos ya no vive, pero conserva una consciencia inmortal [1015] al verse sumergido en el inmortal éter 18bis .

Pero no quiero alargar mi discurso: callaré lo que me habéis rogado que calle. Me niego a colaborar en la locura de mi hermano. Le estoy haciendo un favor, aunque no lo [1020] parezca, si le vuelvo piadoso a él, que es impío. En cuanto a vosotros, debéis encontrar alguna forma de escapar. Yo me mantendré al margen y guardaré silencio. Comenzad por los [1025] dioses: rogad a Cipris que os permita regresar a la patria, y suplicad a Hera que persista en la idea de salvaros a ti y a tu esposo. Y tú, padre mío difunto, puedes estar seguro de que, en la medida de mis fuerzas, jamás te llamarán impío a ti, que fuiste tan piadoso.

CORIFEO . — Ningún hombre injusto ha conseguido [1030] ser feliz. La esperanza de salvación reside en una causa justa.

HELENA . — Menelao, por parte de esta virgen estamos salvados. Ahora te toca a ti encontrar el medio de nuestra salvación definitiva. [1035]

MENELAO . — Escucha, pues. Hace mucho tiempo que vives en esta casa: tienen que serte familiares los sirvientes del rey.

HELENA . — ¿Por qué dices eso? Me infundes esperanza, como si fueras a hacer algo bueno para los dos.

MENELAO . — ¿Podrías convencer a alguno de los que [1040] están a cargo de las cuadrigas, para que nos diese uno de sus carros?

HELENA . — Podría hacerlo. Pero, ¿cómo huir, si desconocemos los caminos de este país bárbaro?

MENELAO . — Es imposible, tienes razón. ¿Y si, oculto dentro del palacio, doy muerte al rey con esta espada de doble filo?

[1045] HELENA . — La hermana no soportaría en silencio que tuvieses tú la intención de matar a su hermano.

MENELAO . — No tenemos tampoco nave en la que huir: bajo el mar está la que teníamos.

HELENA . — Escúchame, si es que una mujer puede hablar [1050] con sensatez: ¿quieres pasar por muerto sin estarlo?

MENELAO . — Mal presagio es ése. Pero, si en ello gano, no tengo inconveniente en morir de palabra, estando de hecho vivo.

HELENA . — Te lloraré delante de ese impío con el pelo cortado y con lamentos fúnebres, como hacen las mujeres. [1055]

MENELAO . — ¿Y ése va a ser el medio de nuestra salvación? Parece un truco muy gastado.

HELENA . — Fingiré que has muerto en el mar y pediré al tirano de esta tierra el favor de dedicarte un cenotafio.

MENELAO . — Supón que te lo concede. ¿Cómo nos pondremos [1060] a salvo sin nave, una vez consagrado el cenotafio?

HELENA . — Haré que me proporcione una embarcación, desde la cual dejaré caer mi ofrenda funeraria en los brazos del mar.

MENELAO . — Has dicho bien, salvo en un punto: si te ordenase llevar a cabo mis exequias en tierra firme, todo tu plan se vendría abajo.

[1065] HELENA . — Diré que no es costumbre en la Hélade sepultar en tierra a quienes han muerto en el mar.

MENELAO . — Me has convencido. Después me embarcaré contigo y depositaré en tu misma nave las ofrendas fúnebres.

HELENA . — Es imprescindible que vengáis tú y tus marineros, los que escaparon del naufragio. [1070]

MENELAO . — Y si puedo llegar a la nave aún anclada, haré que mis hombres formen en filas, cada uno con su espada.

HELENA . — Tú debes dirigirlo todo: basta con que nos sean favorables los vientos en las velas y el recorrido de la nave.

MENELAO . — Así será. Los dioses pondrán fin a mis penas. [1075] Pero, ¿por quién dirás que te has enterado de mi muerte?

HELENA . — Por ti. Declararás que, navegando con el hijo de Atreo, eres el único que escapó a la muerte, y que le has visto morir.

MENELAO . — Por lo demás, estos harapos que me cubren serán testigos probatorios del naufragio. [1080]

HELENA . — A propósito vienen, aunque en el momento del desastre fueran inoportunos. Lo que fue una desgracia es ahora una suerte.

MENELAO . — ¿Debo acompañarte al palacio, o es mejor que me quede tranquilamente junto a esta tumba?

HELENA . — Quédate aquí, pues, si intentan algo contra [1085] ti, esta tumba y tu espada te protegerán. Yo, por mi parte, iré al palacio, y allí me cortaré los bucles, cambiaré mis vestidos blancos por otros negros y trazaré surcos sangrantes con las uñas en mis mejillas. Terrible se presenta la lucha, y [1090] veo dos alternativas: o tengo que morir, si me sorprenden en mi intriga, o regreso a la patria y consigo salvarte.

¡Augusta Hera, tú que yaces en el lecho de Zeus, alivia las fatigas de dos mortales dignos de lástima! Te lo rogamos [1095] levantando nuestros brazos tendidos al cielo, donde habitas entre los astros multicolores. Y tú, que por mis bodas recibiste el galardón de la belleza, Cipris, hija de Dione, no [1100] consientas mi ruina. Bastante daño me has causado hasta aquí, entregando mi nombre, no mi cuerpo, a los bárbaros. Y, si quieres que muera, permíteme morir en la tierra de mis padres. ¿Por qué eres insaciable de males y no dejas de fabricar amores engañosos, invenciones falaces y filtros que [1105] ensangrientan las moradas? Si fueses mesurada, serías de las diosas la más dulce para los hombres: no lo niego.

CORO .

Estrofa 1.a

A ti que bajo espesos follajes construyes tus moradas musicales quiero invocar, a ti, ave melodiosa de dulcísimo canto , [1110] ruiseñor lacrimoso. Ven, y que tu vibrante garganta acompañe mis quejas con sus trinos, pues canto las fatigas de la [1115] infeliz Helena y el dolor lamentable de las ilíades por causa de las lanzas de los aqueos, desde que, atravesando las ruidosas llanuras del océano a bordo de su nave bárbara, condujo [1120] tu funesto lecho, Helena, a los Priámidas, desde que vino Paris, nefasto enamorado por inspiración de Afrodita .

Antístrofa 1.a

Muchos de los aqueos, muertos bajo las lanzas y bajo el peso de las piedras, se encuentran en el Hades miserable; y sus desdichadas esposas han de cortarse los cabellos, y en [1125] las moradas ya no hay hombres. Y a muchos hizo perecer el solitario remador 19 que, encendiendo una hoguera resplandeciente en la costa de Eubea rodeada por el mar, arrojó a [1130] los aqueos contra las rocas Cafereas y el litoral egeo, haciendo que una luz engañosa brillara. Inhospitalarios fueron también los promontorios de Málea, cuando, zarandeado lejos de su patria por el soplo de las tempestades, traía [1135] Menelao en sus naves el botín tomado a los bárbaros —o, mejor que botín, discordia entre los dánaos—, el sagrado fantasma hecho por Hera .

Estrofa 2.a

¿Qué mortal podrá distinguir, después de interminables búsquedas, qué es dios y qué no es dios, o qué está en medio de ambos términos, cuando ve que los dioses obran primero [1140] en un sentido, y luego en el contrario, sin que en ningún momento encarnen otra cosa que capricho, siempre imprevistos y contradictorios? Tú eres hija de Zeus, Helena; tu alado [1145] padre te engendró en el seno de Leda. Después, tu nombre ha sido en tierra helénide símbolo de traición y de infidelidad, de falta de justicia y de dios. Ignoro lo que es certidumbre, al menos entre los humanos; sólo encuentro [1150] veraz la palabra del dios .

Antístrofa 2.a

Insensatos vosotros que aspiráis a la gloria en el combate, y que, por medio de la lanza y del venablo belicoso, creéis poner fin, en vuestra ignorancia, a las fatigas de los mortales. Pues si el único juez es la efusión de sangre, jamás [1155] terminará la discordia entre las ciudades de los hombres. Así es como tantos obtuvieron su sepultura en la tierra de Príamo, cuando hubieran podido las palabras arreglar tu querella, oh Helena. Pero ahora es Hades quien los guarda [1160] allá abajo, mientras que el fuego, ardiente como el rayo de Zeus, ha consumido las murallas. Llueven desgracias sobre desgracias, y el atroz espectáculo despierta los lamentos fúnebres .

TEOCLÍMENO . — ¡Salud, sepulcro de mi padre! En mis [1165] umbrales te he enterrado, Proteo, para poder así saludarte; pues, siempre que entra o sale del palacio, te habla, oh padre, [1170] tu hijo Teoclímeno. Vosotros, esclavos, llevad los perros y las redes de caza a la morada regia. En cuanto a mí, tengo mucho que reprocharme: ¿por qué no he castigado con la muerte a los malvados? Pues acabo de enterarme de que un heleno ha llegado a esta tierra y ha conseguido eludir [1175] la vigilancia de los centinelas. Se trata de un espía, o de alguien que quiere arrebatarme a Helena; pero morirá, si le prenden.

¡Hola! Según parece, ha logrado su propósito, pues la hija de Tindáreo ha dejado vacío su lugar junto a la tumba y [1180] se ha hecho transportar lejos de este país. ¡Ohé! ¡Abrid las puertas de las caballerizas, servidores, y preparad los carros! No escatimaré esfuerzo para evitar que huya de esta tierra la esposa que me está destinada.

¡Esperad! Estoy viendo a la que íbamos a perseguir delante [1185] del palacio. No ha huido.

Mujer, ¿por qué te cubres la piel con peplos negros, no con vestidos blancos? ¿Por qué el hierro ha segado los cabellos de tu noble cabeza? ¿Por qué con frescas lágrimas riegas, [1190] llorando, tus mejillas? ¿Acaso te lamentas por un sueño nocturno en el que crees, o es que has oído algún rumor doméstico que te ha deshecho el corazón?

HELENA . — Señor, pues es el nombre que debo darte ahora, estoy perdida. Lo mío ya no existe. Nada soy yo.

[1195] TEOCLÍMENO . — ¿Qué desgracia te aflige? ¿Qué te sucede?

HELENA . — Menelao… ¡ay de mí!, ¿cómo lo diré?… ha muerto.

TEOCLÍMENO . — No me alegran tus palabras y, sin embargo, me hacen feliz. ¿Cómo lo sabes? ¿Es Teónoe quien te lo ha dicho?

HELENA . — Sí, y también este hombre, que fue testigo de su muerte.

TEOCLÍMENO . — ¿Ha venido, pues, alguien a confirmarte [1200] la noticia?

HELENA . — Ha venido, y ojalá pueda ir adonde yo necesito que vaya.

TEOCLÍMENO . — ¿Quién es y dónde está? Quiero saberlo con certeza.

HELENA . — Ése es, el que está agazapado al pie de esa tumba.

TEOCLÍMENO . — ¡Por Apolo, qué ajados lleva los vestidos!

HELENA . — ¡Ay de mí! Mi esposo también debe encontrarse [1205] así.

TEOCLÍMENO . — ¿De qué país es este hombre? ¿Desde dónde ha llegado aquí?

HELENA . —Es heleno, uno de los aqueos que navegaban con mi esposo.

TEOCLÍMENO . — Y, ¿de qué muerte afirma que murió Menelao?

HELENA . — De la más lamentable: en medio de las olas del mar.

TEOCLÍMENO . — ¿Por qué punto del mar bárbaro navegaba? [1210]

HELENA . — Fue arrojado contra las rocas inhospitalarias de Libia.

TEOCLÍMENO . — ¿Y cómo éste, que iba en la misma nave, no ha perecido?

HELENA . — A veces los de baja cuna son más afortunados que los nobles.

TEOCLÍMENO . — ¿Dónde ha dejado los despojos de su embarcación?

HELENA . —Donde hubiera debido perecer él, y no Menelao. [1215]

TEOCLÍMENO . — ¡Menelao está muerto! Pero éste, ¿en qué nave vino?

HELENA . — Dice que unos marinos le han encontrado y le han recogido.

TEOCLÍMENO . — Y, ¿dónde está el desastre enviado a Troya en tu lugar?

HELENA . — ¿Hablas de la imagen hecha de nube? Se disipó en el éter.

[1220] TEOCLÍMENO . — ¡Oh Príamo y tierra troyana, qué inútil ha sido vuestra ruina!

HELENA . —Yo he tenido también mi parte en la desgracia de los Priámidas.

TEOCLÍMENO . — ¿Dejó insepulto a tu esposo, o le dio tierra?

HELENA . — Insepulto. ¡Desdichada de mí entre tantos males!

TEOCLÍMENO . — ¿Por eso te has cortado los bucles de tu rubia cabellera?

[1225] HELENA . —Me es muy querido, dondequiera que esté.

TEOCLÍMENO . — Con razón te lamentas ante la adversidad…

HELENA . — Sería fácil ocultarse de tu hermana…

TEOCLÍMENO . — Desde luego que no. Pero, ¿cómo? ¿Vas a permanecer todavía junto a la tumba?

HELENA . — ¿Por qué te burlas de mí y no dejas tranquilo al muerto?

[1230] TEOCLÍMENO . — Eres fiel a tu esposo huyendo de mí 20 .

HELENA . —No huiré ya más. Dispón tú de mis bodas.

TEOCLÍMENO . — Mucho has tardado en acceder, pero me felicito por ello.

HELENA . —¿Sabes lo que debes hacer? Olvidémonos del pasado.

TEOCLÍMENO . — ¿A condición de qué? Un favor reclama otro favor.

HELENA . — Hagamos las paces. Reconcíliate conmigo. [1235]

TEOCLÍMENO . — Renuncio a mi querella. ¡Vuele lejos de mí!

HELENA . — Por tus rodillas te lo pido, si es que me amas…

TEOCLÍMENO . — ¿Qué quieres conseguir suplicándome así?

HELENA . — Quiero que mi difunto esposo sea enterrado.

TEOCLÍMENO . — ¿Cómo? ¿Es que hay sepulcro para un [1240] ausente? ¿Se da tierra a una sombra?

HELENA . — Es costumbre entre los helenos, cuando muere alguien en el mar…

TEOCLÍMENO . — ¿Hacer qué? En esto los Pelópidas son expertos.

HELENA . — Sepultar un peplo vacío.

TEOCLÍMENO . — Cumple con el rito. Erígele una tumba donde desees.

HELENA . — No sepultamos de ese modo a los náufragos. [1245]

TEOCLÍMENO . — Entonces, ¿cómo? Desconozco las costumbres de los helenos.

HELENA . — Arrojamos al mar todo lo necesario para los muertos.

TEOCLÍMENO . — ¿Qué debo, pues, suministrarte para el difunto?

HELENA . — Éste lo sabe. Yo soy nueva en estas desgracias.

TEOCLÍMENO . — Extranjero, me has traído un grato mensaje. [1250]

MENELAO . — Para mí, al menos, no lo es, ni para el muerto.

TEOCLÍMENO . — ¿Cómo enterráis a los que mueren en el mar?

MENELAO . — Según los bienes de los que cada cual disponga.

TEOCLÍMENO . — En lo que se refiere a dinero, pide lo que quieras por amor de ésta.

[1255] MENELAO . — Primero se ofrece una libación de sangre a los de abajo.

TEOCLÍMENO . — ¿De quién? Señálamelo y te obedeceré.

MENELAO . — Decídelo tú mismo. Lo que des estará bien.

TEOCLÍMENO . — Entre los bárbaros es costumbre que sea de un caballo o de un toro.

MENELAO . — Ya que das, no vayas a dar algo de mala raza.

[1260] TEOCLÍMENO . — Lo bueno no escasea en nuestros ricos rebaños.

MENELAO . — También se llevan lechos vacíos de cuerpos.

TEOCLÍMENO . — Los tendrás. ¿Qué otra cosa es costumbre ofrecer?

MENELAO . — Armas de bronce, dado que él era amigo de la lanza.

TEOCLÍMENO . — Las que te voy a dar serán dignas de los Pelópidas.

[1265] MENELAO . — Y también los frutos más bellos que produce la tierra.

TEOCLÍMENO . — Pero, ¿cómo? ¿De qué manera pensáis arrojar todo eso al mar?

MENELAO . — Es preciso disponer de una nave y de remeros.

TEOCLÍMENO . — ¿Ya qué distancia de la tierra debe situarse esa embarcación?

MENELAO . — Cuando apenas se vean desde el continente los surcos de sus remos sobre las olas.

[1270] TEOCLÍMENO . — ¿Con qué motivo? ¿Por qué la Hélade prescribe semejante costumbre?

MENELAO . — Para que la marea no devuelva a la orilla las impurezas.

TEOCLÍMENO . — Tendrás un veloz banco de remeros fenicios.

MENELAO . — Bien está, y a completa satisfacción de Menelao.

TEOCLÍMENO . — ¿No podrías hacer todo eso tú, sin ella?

MENELAO . — Tarea es propia de una madre, de una esposa [1275] o de unos hijos.

TEOCLÍMENO . — Debo entender que es incumbencia suya sepultar a su esposo.

MENELAO . — Resulta impío no respetar las leyes de los muertos.

TEOCLÍMENO . — Sea, pues me conviene tener una mujer piadosa. Ve a palacio y elige las ofrendas para el difunto. Ten [1280] por seguro que no te despediré con las manos vacías, después de haber hecho esto por ella. Y, como me has traído la feliz noticia, en lugar de esos harapos recibirás vestidos y alimentos para regresar a tu patria, que en miserable estado te veo ahora.

En cuanto a ti, desventurada, no te aflijas con penas irremediables. [1285] Menelao sufre su destino. Tu esposo ha muerto, y no es posible que vuelva a la vida.

MENELAO . — Cumple con tu deber, joven Helena. Tienes que amar a tu presente esposo y olvidar al que ya no existe. En la ocasión en que te encuentras, eso es lo mejor [1290] para ti. Cuando regrese a la Hélade sano y salvo, pondré fin a tu mala fama anterior, si te comportas como debes con tu compañero de lecho.

HELENA . — Así lo haré. Jamás mi esposo me reprochará nada, y tú mismo estarás lo suficientemente cerca como [1295] para poder atestiguarlo.

Vamos, infortunado, entra, báñate y cambia de vestidos. No tardaré en recompensarte. Si soy contigo como debo ser, [1300] mayor diligencia pondrás en rendir las honras debidas a mi queridísimo Menelao.

CORO .

Estrofa 1.a

Hace tiempo, la Madre 21 montaraz de los dioses con pie ligero se precipitó por boscosas cañadas, siguiendo el curso [1305] de los ríos y por la onda marina que truena sordamente, en busca de su hija lejana, la doncella de nombre impronunciable 22 . Los crótalos ruidosos producían un estridor [1310] agudo, cuando se reunieron con la diosa, a quien un carro transportaba arrastrado por fieras, las de los pies tan rápidos como el huracán, Ártemis con su arco y la inmortal de mirada terrible, completamente armada y con lanza, las [1315] tres en pos de la doncella que fuera arrebatada de las danzas en rueda virginales 23 . Pero Zeus, que todo lo contempla desde su trono celestial, otro destino había decretado .

Antístrofa 1.a

[1320] Cuando la Madre quiso poner fin al cansancio de sus carreras y a su vagabundeo, después de haber buscado en vano al falaz raptor de su hija, atravesó las níveas atalayas de las [1325] ninfas ideas y, en su dolor, se dejó caer sobre la espesura de rocas cubierta por la nieve. No fertiliza ya con la labranza, para provecho de los hombres, las llanuras estériles de la tierra, hace que perezca el linaje de los mortales y no deja [1330] que crezca para el ganado el alimento fresco y verde de hojas rizadas. La vida ha abandonado las ciudades; no hay sacrificios en honor de los dioses, ni se queman ofrendas en los altares. Y, perseguida siempre por la pena de su hija, no permite [1335] siquiera que las fuentes manen sus aguas frescas y claras .

Estrofa 2.a

Una vez que ella suprimió los festines para los dioses y para el género humano, Zeus, intentando apaciguar la nefasta cólera de la Madre, dijo: «Andad, augustas Gracias , [1340] id a calmar el dolor de Deo, tan irritada a causa de su hija, con vuestro alalá jubiloso, y vosotras, Musas, con los himnos [1345] de vuestros coros.» Entonces Cipris, la más bella de los bienaventurados, por vez primera hizo sonar la infernal voz del bronce y los tambores de tenso cuero; y la diosa rió y [1350] tomó en sus manos, divertida con sus acentos jubilosos, la flauta de profundo sonido .

Antístrofa 2.a

Cosas prohibidas por la ley y por la piedad quemaste en la morada de los dioses, y te atrajiste la ira de la Gran Madre , [1355] oh hija, al no venerar los sacrificios divinos. Es, sin duda, grande el poder de las pieles bordadas de cervatillo, y el de la verde hiedra que corona las férulas sagradas, y el [1360] de la sacudida circular del timbal que da vueltas por el aire, y el de la cabellera báquica flotando para Bromio, y el de [1365] las fiestas nocturnas en honor de la diosa . […] Y tú te gloriabas solamente de tu belleza 24 .

HELENA . — La suerte nos ha sido favorable en el palacio, amigas. La hija de Proteo secunda nuestro engaño: interrogada [1370] en presencia de mi marido, no reveló nada a su hermano, e incluso dijo, en favor mío, que Menelao, cadáver bajo tierra, no podía ver ya la luz del sol. Mi esposo ha aprovechado [1375] maravillosamente su fortuna. En efecto, las armas que debiera arrojar al mar, él mismo es quien las lleva, y, embrazando vigorosamente el escudo, empuña con su diestra la lanza, como ayudándome a cumplir mis deberes con el difunto. Todo su cuerpo está cumplidamente armado para [1380] el combate, dispuesto a levantar con su mano trofeos sobre miles de bárbaros, cuando embarquemos en la nave provista de remos. Yo misma le he cambiado sus harapos de náufrago y le he vestido con ropas nuevas; yo misma he bañado su piel con aguas fluviales largo tiempo esperadas.

[1385] Pero veo salir de la casa a quien piensa tener decididas mis bodas. Debo guardar silencio. Y a vosotras os pido que seáis benévolas conmigo y mantengáis cerrada la boca. Si nosotros logramos salvarnos, podríamos salvaros también a vosotras algún día. [1390]

TEOCLÍMENO . — Avanzad, siervos, en el orden prescrito por el extranjero, llevando las ofrendas destinadas al mar. En cuanto a ti, Helena, si crees que no te hablo sin razón, hazme caso, quédate aquí. Presente o no, rendirás los mismos [1395] honores a tu esposo. Temo, además, que el dolor te mueva a arrojar tu cuerpo a la onda marina, fuera de ti por el recuerdo de tu anterior marido, pues por él, aunque ausente, te lamentas en demasía.

HELENA . — ¡Oh esposo nuevo para mí! Es necesario [1400] que yo honre mi primer lecho nupcial, al que fui joven y doncella. Mi amor por mi marido es tal, que me hubiese gustado morir con él; pero, ¿de qué le serviría mi muerte a quien ya no existe? Déjame, pues, ir en persona a celebrar [1405] las honras fúnebres en honor del difunto. Que los dioses te concedan cuanto yo deseo, así como a este extranjero que colabora en la tarea. Ya que has sido benévolo con Menelao y conmigo, tendrás en mí una esposa como es debido dentro de tu morada. Se diría que todo marcha camino de un buen fin. Ordena que nos den una nave en la que embarcar las [1410] ofrendas, y tu favor será completo.

TEOCLÍMENO . — Ve tú y prepárales una nave sidonia de cincuenta remos con sus remeros.

HELENA . — ¿Gobernará la nave el que dirige los funerales?

TEOCLÍMENO . — Desde luego. Mis marineros deben obedecerle. [1415]

HELENA . — Ordénalo de nuevo, para que todos lo entiendan bien.

TEOCLÍMENO . — Dos y tres veces lo repetiré, si ello te place.

HELENA . — ¡Prosperidad para ti y para mis designios!

TEOCLÍMENO . — Ojalá el llanto no marchite tus mejillas.

HELENA . — Hoy te demostraré mi agradecimiento. [1420]

TEOCLÍMENO . — Todo lo que concierne a los muertos no es otra cosa que trabajo inútil.

HELENA . — Los muertos que a mí me interesan están aquí y también allá.

TEOCLÍMENO . — No seré para ti un esposo peor que Menelao.

HELENA . — No te reprocho nada. Tan sólo me hace falta suerte.

TEOCLÍMENO . — En tus manos está, si me otorgas tu afecto. [1425]

HELENA . — No he aprendido hoy a amar a mis amigos.

TEOCLÍMENO . — ¿Quieres que tome parte en la travesía para ayudarte?

HELENA . — ¡De ningún modo! No sirvas a tus siervos, ¡oh rey!

TEOCLÍMENO . — Ea, prescindo de los ritos de los Pelópidas. [1430] Mi morada está pura, pues Menelao no entregó el alma aquí. Que alguien vaya a decir a mis auxiliares que lleven los presentes nupciales a palacio. Es preciso que en todo el [1435] país se celebre, con alegres canciones, mi matrimonio con Helena, y que todos lo envidien.

En cuanto a ti, extranjero, vete a depositar en brazos del mar esas ofrendas en honor del que, en otro tiempo, fue esposo de ésta, y apresúrate a regresar a palacio con mi mujer, para que, después de asistir a nuestro banquete de bodas, [1440] vuelvas a tu patria o te quedes y vivas aquí feliz.

MENELAO . — ¡Oh Zeus!, pues que te llaman dios padre y sabio, dirige tu mirada hacia nosotros y líbranos de males. No dejes de ayudar a quienes arrastramos por caminos rocosos [1445] nuestras calamidades. Rózanos solamente con el dedo, y alcanzaremos la felicidad que deseamos. Muchas han sido las fatigas que hemos tenido que sufrir hasta hoy. Me habéis oído llamaros con muchos nombres buenos, dioses, pero también con muchos ofensivos. No va a ser siempre, sin embargo, mi situación desesperada: alguna vez conseguiré [1450] marchar con pie derecho. Concededme un solo favor y haréis de mí un hombre feliz en lo sucesivo.

CORO .

Estrofa 1.a

¡Oh nave de Sidón la fenicia, veloz sobre la onda sonora, madre querida del batir de remos, rectora de las bellas [1455] danzas de los delfines, cuando el mar está en calma y sopla la brisa, y cuando Galanea 25 , la glauca hija de Ponto, dice [1460] así: «Desplegad velas y dejad que soplen las brisas marinas; y empuñad los remos de abeto, oh marineros, marineros, que conducís a Helena a las costas con bellos puertos donde están las moradas de Perseo.»

Antístrofa 1.a

Acaso allí, a la orilla del río o ante el templo de Palas , [1465] encuentres a las vírgenes Leucípides, y te unas a los cantos y a las danzas en el festín nocturno de Jacinto, a quien [1470] Febo mató con el disco redondo, habiéndole retado a ver quién lo lanzaba más lejos, y en ese día, a partir de entonces, se celebran sacrificios de bueyes en tierra laconia: el [1475] vástago de Zeus prescribió el rito. Y encontrarás también a Hermíone, tu hija, a quien dejaste en el hogar, y para la que no han ardido aún las antorchas nupciales 26 .

Estrofa 2.a

Ojalá tuviésemos alas para surcar el aire, como las aves de Libia que, en formación, dejan atrás las lluvias del [1480] invierno y, en su marcha, obedecen el silbido de la más vieja, que las guía y chilla, sobrevolando las llanuras sedientas [1485] pero fértiles de la tierra. Aves de largo cuello, rivales en carrera de las nubes, pasad bajo las Pléyades en el centro del día, en ruta hacia el nocturno Orión, y, deteniéndoos [1490] en las márgenes del Eurotas, anunciad la noticia de que Menelao vuelve a casa después de haber tomado la ciudad de Dárdano 27 .

Antístrofa 2.a

[1495] Venid también vosotros, cabalgando a través del éter, Tindáridas, entre los torbellinos de las resplandecientes [1500] estrellas. Habitantes del cielo, salvadores de Helena, bajad sobre la onda glauca, sobre la piel oscura de las olas, sobre [1505] los remolinos blancos del mar, y enviad de parte de Zeus soplos propicios de vientos para los marineros. Borrad, en fin, de vuestra hermana el deshonor de un lecho bárbaro, la [1510] mala fama con que, a raíz de la querella idea, fue castigada ella, que nunca estuvo en tierra de Ilión ni en las torres construidas por Febo 28 .

MENSAJERO . — Rey, para tu desgracia te encuentro en la morada, pues voy a referirte males inesperados.

TEOCLÍMENO . — ¿Qué ocurre?

[1515] MENSAJERO . — Búscate otra mujer para la boda. Helena se ha marchado de esta tierra.

TEOCLÍMENO . — ¿Volando por el aire o pisando el suelo?

MENSAJERO . — Se la ha llevado en una nave Menelao. Vino él mismo a anunciarte su propia muerte.

TEOCLÍMENO . — ¡Extrañas cosas dices! Y, ¿qué nave le [1520] ha conducido fuera de este país? ¡Parece increíble!

MENSAJERO . — La que tú mismo diste al extranjero. Ha huido con tus marineros, por decirlo en pocas palabras.

TEOCLÍMENO . — ¿Cómo? Estoy decidido a saberlo todo. Pues no consigo comprender cómo un solo hombre ha sido [1525] capaz de vencer a tantos marinos, entre los que tú te encontrabas.

MENSAJERO . — Después de abandonar estas regias moradas, la hija de Zeus se dirigió al mar, caminando con paso desalentado y lamentándose, lo más astutamente que podía, por su esposo, quien, lejos de estar muerto, junto a ella estaba. Cuando llegamos al recinto de tus arsenales, botamos [1530] una nave sidonia sin estrenar, que tenía cincuenta bancos de remeros. El trabajo sucedió entonces al trabajo: uno endereza el mástil, otro dispone en orden los remos; se izan las [1535] blancas velas y se deja caer al agua la parte plana del timón, sujeta con correas.

En estos trabajos nos hallábamos, cuando unos helenos, compañeros de Menelao, se acercaron a la playa, vestidos con harapos como los náufragos, bien formados de aspecto, [1540] aunque muy sucios. En cuanto advirtió su presencia, el hijo de Atreo les dijo, haciendo pública y engañosa ostentación de piedad: «¡Desventurados! ¿Cómo y a bordo de qué nave aquea habéis naufragado para llegar aquí? ¿Nos acompañaréis [1545] a sepultar al difunto hijo de Atreo, a quien, aunque en ausencia de su cuerpo, la hija de Tindáreo, aquí presente, tributa honores fúnebres?»

Derramando fingidas lágrimas, entraron ellos en la nave, y traían ofrendas para arrojar al mar en honor de Menelao. Esto nos parecía sospechoso, y nos extrañaba también el [1550] gran número de aquellos pasajeros inesperados. Pero tus propias palabras nos hicieron guardar silencio; y es que lo echaste todo a perder, nombrando al extranjero capitán de la embarcación.

Ya habíamos colocado dentro de la nave todo lo demás, [1555] que era ligero; pero las pezuñas del toro no querían subir a cubierta, y el animal mugía mirando a todas partes, encorvaba el lomo y, mirando de soslayo a sus cuernos, impedía que lo tocáramos. Entonces el esposo de Helena exclamó: «¡Vosotros que destruisteis la ciudad de Ilión! ¡Ea, coged [1560] sobre vuestros jóvenes hombros ese toro, a la usanza de los helenos, y dejadlo caer en proa, que muy pronto mi espada [1565] se teñirá en su sangre en honor del difunto!» Y ellos obedecieron su mandato, se apoderaron de la bestia y la depositaron en cubierta. En cuanto al caballo, Menelao, acariciándole el cuello y la frente, consiguió que subiese a bordo.

Por fin, después de que se hubo embarcado todo, Helena, [1570] con sus propios pies de hermosos tobillos, ascendió por la escala y se sentó en medio de los bancos. Se encontraba a su lado el presunto muerto, Menelao, y sus compañeros, en grupos iguales a babor y a estribor, situados hombro con [1575] hombro, tenían las espadas ocultas bajo los vestidos. El ruido de las olas se disipó ante nuestros gritos, cuando oímos la voz de mando del cómitre.

Una vez que estuvimos ni demasiado lejos ni demasiado [1580] cerca de tierra, le preguntó el timonel a Menelao: «¿Debemos seguir adelante, extranjero, o éste es buen sitio? Tú eres quien tiene el mando de la nave.» Menelao dijo: «Basta.» Luego, desenvainando su espada con la diestra, se dirigió a proa y, puesto en pie junto a la víctima taurina, no mencionó a ningún difunto, y, mientras degollaba al toro, ésta fue [1585] su oración: «Oh tú que el mar habitas, Posidón, y vosotras, sagradas hijas de Nereo, conducidnos sanos y salvos a las costas de Nauplia, lejos de Egipto, a mi esposa y a mí.» La sangre fluyó entonces en chorros hacia el mar, como un presagio favorable para el extranjero. Uno de los nuestros exclamó: [1590] «Esta navegación es un engaño. Regresemos. Vira tú a la derecha. Cambia de rumbo, timonel.» Desde donde se hallaba al degollar al toro, se levantó el hijo de Atreo y gritó de este modo a sus compañeros: «¿A qué esperáis, oh flor de la Hélade? Degollad, matad a estos bárbaros y arrojadlos al [1595] mar desde la nave.» Por su parte, el jefe de tus remeros arengó a tus marinos con estas palabras: «¡Valor! Que el uno esgrima una botavara como lanza, el otro un banco roto, y que otro arranque un remo del tolete, pero que todos hagan correr la sangre de la cabeza de estos extranjeros enemigos.»

Se pusieron todos en pie, los unos con garrotes marinos [1600] en las manos, los otros con espadas. La nave chorreaba sangre. Desde la popa, Helena los alentaba así: «¿Dónde está vuestra gloria troyana? Mostrádsela a estos bárbaros.» En el [1605] ardor de la lucha caían unos, otros lograban mantenerse erguidos, otros yacían muertos en el suelo. Menelao, con todas sus armas, acudía, espada en mano, allí donde flaqueaban sus compañeros, obligando a tus hombres a escapar a nado del barco. Consiguió, por fin, vaciar los bancos de tus [1610] marineros, y, dirigiéndose al timón, ordenó al piloto que pusiera rumbo a la Hélade. Largaron velas en seguida, ayudados por vientos favorables.

Así se alejaron de tierra firme. Para evitar la muerte, yo me había lanzado al mar por el lado del ancla. Desfallecía [1615] ya, cuando un pescador me recogió y me condujo a tierra para anunciarte esto. Y es que no hay nada, créeme, más útil a los hombres que una prudente desconfianza.

CORIFEO . — Nunca hubiera creído que Menelao pudiese engañamos como nos ha engañado, oh rey, y ante nuestra [1620] vista.

TEOCLÍMENO . — ¡Ay de mí, desdichado, presa de astucias femeniles! Se han desvanecido mis bodas. Si todavía estuviese a tiempo de perseguir la nave, no ahorraría esfuerzos para apoderarme de esos extranjeros. Me vengaré, al menos, de mi hermana, que me ha traicionado, pues, viendo [1625] a Menelao en palacio, me ocultó su presencia. Ya nunca más embaucará a nadie con sus adivinaciones.

SERVIDOR DE TEÓNOE . — ¿Adónde te diriges, señor? ¿En pos de qué homicidio?

TEOCLÍMENO . — Adonde la justicia me ordena ir. Apártate de mi camino.

SERVIDOR DE TEÓNOE . — No soltaré tu peplo. Te apresuras en busca de grandes males.

[1630] TEOCLÍMENO . — ¿Vas a mandar en tu señor tú, que eres esclavo?

SERVIDOR DE TEÓNOE . — Me asiste toda la razón.

TEOCLÍMENO . — No pienso yo lo mismo, si no me dejas…

SERVIDOR DE TEÓNOE . — Desde luego que no te dejaré.

TEOCLÍMENO . — …dar muerte a la peor de las hermanas…

SERVIDOR DE TEÓNOE . — La más piadosa, por el contrario.

TEOCLÍMENO . — …que me ha traicionado…

SERVIDOR DE TEÓNOE . — Noble traición es obrar lo justo.

TEOCLÍMENO . — …entregando mi esposa a otro.

SERVIDOR DE TEÓNOE . — A quien tiene sobre ella más derechos que tú.

[1635] TEOCLÍMENO . — ¿Quién puede ser el dueño de lo que es mío?

SERVIDOR DE TEÓNOE . — El que la obtuvo de su padre.

TEOCLÍMENO . — El azar me la había entregado…

SERVIDOR DE TEÓNOE . — Y el deber te la ha arrebatado.

TEOCLÍMENO . — No eres quién para juzgar mis acciones.

SERVIDOR DE TEÓNOE . — ¿Aunque hable con más sensatez que tú?

TEOCLÍMENO . — De hecho estoy sometido. He perdido el mando.

SERVIDOR DE TEÓNOE . — Tienes poder para obrar el bien, pero no para la injusticia.

TEOCLÍMENO . — Se diría que quieres morir.

SERVIDOR DE TEÓNOE . — Mátame. Pero no consentiré [1640] que mates a tu hermana. Déjame ocupar su lugar. Pues los esclavos de noble corazón obtienen el mayor timbre de gloria dando la vida por sus amos.

DIOSCUROS . — Depon la cólera que te extravía, Teoclímeno, rey de esta tierra. Te llamamos nosotros, los Dioscuros, a quienes dio a luz Leda en otro tiempo, así como a Helena, [1645] la que acaba de huir de tu palacio. Pues te irritas por unas bodas que no te estaban destinadas, y tu hermana Teónoe, la doncella descendiente de una Nereida, no te ha agraviado al respetar la ley de los dioses y los justos preceptos de tu padre.

Era preciso que hasta el día de hoy ella habitase en tus [1650] moradas. Ahora que los cimientos de Troya han sido destruidos, y que no debe ya prestar su nombre a los dioses, Helena tiene que volver al yugo de sus primeras bodas, regresar a su casa y vivir con su esposo. Por todo ello, aparta [1655] esa negra espada de tu hermana y convéncete de que ha obrado prudentemente. Hace tiempo que hubiésemos protegido a nuestra hermana, ya que Zeus nos ha hecho dioses; pero estamos sometidos al destino y a las divinidades que [1660] dispusieron así las cosas.

A ti te he hablado, Teoclímeno. Y a mi hermana le digo: navega con tu esposo. Tendréis un viento favorable. Nosotros, [1665] tus hermanos salvadores, cabalgando a tu lado sobre el mar, te llevaremos hasta tu patria. Y cuando el fin se acerque y tu vida termine, serás llamada diosa, y participarás de los sacrificios ofrecidos a los Dioscuros y de cuanto los hombres nos ofrezcan. Ésa es la voluntad de Zeus. Y el lugar [1670] donde se detuvo por vez primera el hijo de Maya en su viaje contigo a través del cielo, cuando te arrebató de Esparta para evitar tus bodas con Paris —me refiero a esa isla que, enfrente del Ática, se yergue como guardiana de sus costas—, en adelante se llamará Helena entre los mortales, ya que te recibió robada 29 furtivamente de tu hogar. En cuanto [1675] al errabundo Menelao, los dioses han decidido que habitará también la isla de los bienaventurados. Porque no es cierto que los inmortales odien a los varones de noble estirpe, pero sí que éstos tienen que soportar más fatigas que los que no cuentan para nada.

[1680] TEOCLÍMENO . — ¡Oh hijos de Leda y Zeus! Olvidaré mi antigua querella en relación con vuestra hermana, y no mataré ya a la mía. Que vuelva Helena a casa, si ello place a [1685] los dioses. Podéis jactaros de que ella, que tiene vuestra misma sangre, es la mejor y la más casta de las mujeres. Felicitaos por su nobleza de corazón, algo que no se encuentra fácilmente entre las de su sexo.

CORO . — De múltiples maneras se manifiesta lo divino, y los dioses dan cumplimiento a muchas cosas imprevistas . [1690] Y mientras lo esperado no se realiza, el dios encuentra un cauce para lo inesperado. Así ha ocurrido con la historia que ahora termina .


1 II 113-119.

2 Odisea IV 221-230.

3 Heródoto no dice que Helena llegara a Egipto tras asistir con Menelao al saco de Ilión, sino que afirma, por el contrario, que la heroína nunca estuvo en Troya.

4 Podría ser una alusión al conocido verso de Epicarno: «El espíritu ve y el espíritu oye; lo demás permanece sordo y ciego», pero tal vez no sea más que una simple coincidencia.

5 Genios marinos, mitad mujer, mitad ave. Aquí no se identifican ya con las bellas cantoras de la epopeya (Odisea XII 1-200), sino con divinidades del más allá, que cantaban para los bienaventurados en las Islas Dichosas. Pasaron a representar las armonías celestiales, y como tales aparecen a menudo en los sarcófagos.

6 Es la Atena Chalkíoikos venerada en Esparta.

7 Hermoso proverbio sobre la inferioridad de los bárbaros ante los griegos, basada en la condición servil de los súbditos que entraña toda monarquía.

8 Hermíone, hija única de Helena y Menelao.

9 La propia vida.

10 El ineludible destino personal que acompaña a cada hombre como su propia sombra.

11 Pasaje textualmente corrupto.

11bis Epíteto de Hécate, en cuanto diosa de los caminos y las encrucijadas.

12 Los gemelos Dioscuros Cástor y Pólux, hermanos de Helena.

13 Hermes

14 Para vengarse de la muerte por lapidación de su hijo Palamedes en Troya, Nauplio comenzó por engañar, una por una, a las esposas de los héroes ausentes, induciéndolas a tomar amantes. Más tarde, cuando el grueso del ejército griego regresaba de Ilión, cerca del cabo Cafereo, al sur de Eubea, encendió una gran hoguera nocturna entre los arrecifes; los aqueos, al ver la luz, creyeron que se trataba de un puerto, y se estrellaron contra las rocas; en tal naufragio perdió la vida Ayante, hijo de Oileo.

15 HERÓDOTO , II 15, lo sitúa en el extremo occidental del delta del Nilo.

16 Néstor, hijo de Neleo. Se refiere a la pérdida de su hijo Antíloco en la contienda troyana (Odisea III 111-112).

17 El tema del sit tibi terra leuis es muy común. Lo que ya no lo es tanto es la maldición contraria.

18 Pintoresca manera de interpretar los versos 965 y siguientes.

18bis Esta doctrina de una relativa inmortalidad personal, puesta en labios de Teónoe, responde al vago misticismo de la profetisa, rasgo fundamental de su carácter como personaje. Quien quiera ir más allá y ver filosofía preplatónica y muchas cosas más en el pasaje, que lo haga. A mí no me seduce lo más mínimo.

19 Nauplio. Cf. nota 14.

20 Los versos 1225-1230 constituyen un locus desperatus dentro del texto de la pieza. Numerosas conjeturas han intentado solventar los problemas, pero sin éxito.

21 Deméter, aquí identificada con Rea Cíbele, la Gran Madre, en curioso y audaz sincretismo religioso, ya que el ritual descrito es dionisíaco. Cf. DALE , notas ad locum .

22 Perséfone. Helena sí pronunció su inefable nombre en el verso 175.

23 Que Ártenis y Palas Atena colaboraron con Deméter en la búsqueda de la raptada Perséfone lo atestigua también CLAUDIANO , en su De raptu Proserpinae II 204-208: Diffugiunt Nymphae: rapitur Proserpina curru / imploratque deas. iam Gorgonis ora reuelat / Pallas et intento festinat Delia telo / nec patruo cedunt: stimulat communis in arma / uirginitas crimenque feri raptoris acerbat .

24 Bromio es un sobrenombre de Dioniso. Toda esta antístrofa II está muy corrompida textualmente.

25 Es la personificatión de la bonanza, del mar calmo y tranquilo. Galene (un nombre muy cercano en su forma a Galanea) es una de las Nereidas en el catálogo de HESÍODO , Teogonía 244.

26 Las Leucípides o hijas de Leucipo son Hilaíra y Febe, novias de los Dioscuros Cástor y Pólux. En cuanto a Jacinto, este texto es el más antiguo que nos refiere su leyenda; en su honor se celebraban anualmente en Esparta unas fiestas Jacintias muy renombradas.

27 Aunque el viaje de las grullas evocado aquí es el de regreso, en primavera, hacia el norte, Eurípides utiliza en su descripción un rasgo característico de la migración invernal de dichas aves hacia el sur: «…dejan atrás las lluvias del invierno…»

28 Otra vez los hijos de Tindáreo, aludidos por vez primera en el verso 137, preparándose ya su aparición final ex machina para arreglarlo todo. La «querella idea» es el juicio de Paris, que tuvo lugar en el monte Ida.

29 La raíz hel - del nombre Helénē se relaciona con la forma verbal heleîn , que está conectada semánticamente con «robar», «arrebatar», «coger», etc. Así, Helena sería «la robada», «la raptada», «la arrebatada», lo que explicaría el nombre de la isla y, en suma, todo el aítion euripideo.

FENICIAS


INTRODUCCIÓN

1. — La fecha de la primera representación de Fenicias la conocemos sólo por aproximación. Un escolio al verso 53 de las Ranas de Aristófanes alude a que fue posterior a la de Andrómeda (pieza hoy perdida que Eurípides presentó junto a Helena en 412), y por otra parte sabemos que precede a Orestes (del 408) y al exilio de Eurípides en Mecedonia, en los últimos años de su vida.

La hypóthesis de Aristófanes de Bizancio, que nos ha llegado lamentablemente incompleta, señala que se presentó «en el arcontado de Nausícrates». Pero no conocemos a ningún arconte de tal nombre en esas fechas, por lo que se ha supuesto que ha habido una confusión en este dato. Así, p. e., Wilamowitz sugirió que el nombre del corego habría remplazado al del arconte; Méridier supone que tal vez fuera Nausícrates el didáskalos (algo así como el director de escena); y Pearson, que pudiera tratarse de un arconte que sustituyó a otro que murió en el año de su cargo, por lo que otras fuentes históricas no han recogido el nombre de este sustituto ocasional. Otros estudiosos han pretendido relacionar con sucesos históricos concretos algunas alusiones del drama, para fecharlo con mayor precisión. Ninguna de ellas nos parece, sin embargo, decisiva para poder establecer algo más exacto que el hecho de que la obra refleja el ambiente de los años 411 a 409, en los que Atenas sufría las angustias de una guerra prolongada, las amenazas repetidas de asedio y los reveses y vaivenes motivados por la ambición de de algunos políticos sin escrúpulos (de los que Alcibíades era el ejemplo más feroz).

La conciencia doliente de Eurípides se refleja, en éste como en otros dramas, en su insistencia en los desastres de la guerra, causados por las pasiones individuales, y en un ansia de evasión lírica, con un cierto desengaño y desesperanza en lo político 1 .

La mención de otras dos tragedias, Enómao y Crisipo , en una frase truncada del mismo texto, se ha solido interpretar en el sentido de que serían piezas representadas en la misma ocasión, acaso como una trilogía engarzada de algún modo laxo. Pearson postuló que el fundamento del gramático Aristófanes para evocar esos otros dos títulos euripideos pudo ser sencillamente el que en ellos aparecía como motivo trágico una maldición, como la que Edipo lanzara contra sus hijos, sin que tal mención suponga la coetaneidad de estas piezas.

El nombre de la obra procede de las fenicias que componen el coro. A diferencia de otros, como el de las Suplicantes o el de las Troyanas , el formado por estas esclavas, enviadas de Fenicia a Delfos para el servicio de Apolo, no siente su destino comprometido en la catástrofe que amenaza a la ciudad de Tebas. Son unas extranjeras, unidas por lejano parentesco a los pobladores de la ciudadela fundada por el fenicio Cadmo, quienes evocan en sus cantos las leyendas de gloria y de sangre que rodean la historia de la polis asediada. A este distanciamiento del coro Eurípides le saca un buen partido dramático. De un lado queda la innovación frente al angustiado coro de tebanas de Los Siete contra Tebas de Esquilo, donde el coro expresaba el patetismo desesperado en contraste con la fírme figura de Eteocles, el protagonista y gobernante magnánimo. De otro lado, esa distancia sentimental le permite al coro de mujeres expresar, a la vez que su cordial temor por la suerte de la ciudad querida, su simpatía por la causa del agraviado Polinices, y lanzarse a pintorescas evocaciones míticas en tomo a las figuras famosas de Cadmo el matador del Dragón, de Edipo el vencedor de la Esfinge, de Ares y Dioniso, etc. Como ya observaron los comentaristas antiguos, los líricos parlamentos del coro se alejan de la acción dramática. Aunque se podría destacar, en favor de Eurípides, que estos intermedios líricos proyectan sobre las escenas del drama un trasfondo legendario que amplía su significación. A la acción trágica se le superpone una panorámica que no sólo incluye en su halo fatídico a Edipo y sus hijos, sino que evoca a los dioses patrios y al mismo fundador de la estirpe, a Cadmo. Si los motivos y los caracteres son más realistas, más humanos, como señalan todos los estudiosos de la tragedia de Eurípides, estas digresiones líricas sirven para contrapesar esa tendencia hacia el análisis psicológico con la brillante y colorista evocación de ese segundo plano, con sus figuras fantasmagóricas de héroes y dioses. Desde luego el alejamiento de la acción es un riesgo y así tal proceder preludia la desaparición del coro trágico como elemento irrelevante en el drama posteuripideo.

Ya los antiguos señalaron que este drama tiene muchos personajes y es de variados efectos escénicos, incluso con el peligro de que algunas escenas parezcan rebuscadas y superfluas. (El autor del Argumento I la califica de polyprósōpon y de paraplērōmatikón , es decir, «con muchos personajes» y «recargado».) Por otra parte, no existe un protagonista trágico cuyos sufrimientos y catástrofe final concentren los sucesos, a no ser que tomemos como tal a toda la familia de Edipo. Éste es uno de los contrastes más notorios entre ésta y la tragedia esquílea de Los Siete contra Tebas , cuya trama atiende al mismo material mítico. Junto a Yocasta y Antígona, desfilan Polinices, Eteocles, Creonte, Meneceo, y el lamentable y quejumbroso Edipo, todos ellos patéticos. «El drama en su conclusión deja en muchos lectores más la impresión de una serie de brillantes episodios que la de una creación artística unitaria» observó Pearson, como otros. Tal vez no estemos de acuerdo con el autor del Argumento I sobre lo superfluo de la teichoscopia , de la entrada de Polinices, o del acto final. Pero la discusión sobre la defensa de la ciudad entre Eteocles y Creonte, con sus detalles estratégicos, o el episodio entre Creonte y Meneceo, son muestras de que a Eurípides no le interesaba la estructura sencilla del encuentro fatal entre los dos hijos de Edipo. Por el contrario, esa riqueza de escenas y motivos es algo buscado por el viejo dramaturgo, a quien sería injusto medir por el patrón trágico de los dramas de Esquilo o de Sófocles. Como comenta Kitto con agudeza 2 , las Fenicias pertenecen a otro tipo dramático, que pretende una amplitud casi épica, y sustituye el sentido trágico de sus precursores por uno nuevo, de un patetismo más efectista y espectacular.

Por todo ello Fenicias gozó de cierta predilección entre las piezas de Eurípides más representadas y estudiadas en la Antigüedad, y formó con Hécuba y el Orestes la tríada estudiada y comentada en Bizancio hasta el final del humanismo bizantino. Además ofrecía a los actores algunos pasajes muy apropiados para un lucimiento personal. Lo más difícil lo constituirían seguramente sus estásimos, con la sobrecarga de adjetivos ornamentales característica de la última etapa de nuestro dramaturgo.

2. — Por su extensión Fenicias es el drama más largo de Eurípides, y de todas las tragedias conservadas sólo la aventaja en número de versos Edipo en Colono . Es probable, sin embargo, que su extensión original fuera algo menor; ya que la mayoría de estudiosos de la obra coinciden en considerar añadidos numerosos pasajes de la última parte de la pieza, si bien la concordancia sobre el número preciso de versos interpolados es mucho menos general 3 . Con todo, el considerar espúreos algunos pasajes explicaría la extraordinaria longitud del éxodo, así como algunas deficiencias de su construcción. Estos añadidos, no extraños en una obra muy representada luego, serían concesiones a la tentación de enlazar la trama con las de otros dramas famosos sobre el tema, con la Antígona y el Edipo en Colono de Sófocles; añadidos poco posteriores a la muerte de Eurípides, en general. Estas tiradas intercaladas son, fundamentalmente, según la razonada exposición de E. Fraenkel, las siguientes: versos 869 a 880 y 886 a 890 (en el parlamento de Tiresias), vv. 1104 a 1140 (en el largo relato del mensajero), vv. 1242 a 1258 (en otro relato de mensajero), vv. 1307-1334 (entrada de Creonte y diálogo con el corifeo), vv. 1597-1614 (quejas de Edipo), vv. 1645 a 1682 (diálogo esticomítico entre Creonte y Antígona), vv. 1704 a 1707, y todo el final, desde el verso 1737 a 1766. Al atetizar como interpolaciones estos pasajes, quedan eliminados algunos rasgos anómalos, como, p. e., el largo silencio de Creonte entre los vv. 1356 a 1584, que sería muy singular en una tragedia. Pero es fácil suponer que el presentar en escena a Creonte portador del cadáver de su hijo Meneceo fue una tentación de un poeta deseoso de reparar un descuido del dramaturgo y añadir otra escena patética a la trama, y que este mismo interpolador refirió a Creonte los versos del diálogo con el mensajero de 1336 a 1355, que el texto original debía adjudicar al Corifeo. También es clara la presión que el famoso agón entre Creonte y Antígona en la tragedia de Sófocles ha ejercido en la creación del paralelo en versos 1645 y sigs. De aceptar estas tiradas de versos como interpolaciones se modifica la presentación de dos personajes, la de Creonte y la de Antígona; que, de lo contrario, quedan vistos de modo muy próximo al enfoque de Sófocles. (Y un tanto en disonancia con su presentación en otras escenas anteriores de Fenicias .)

Además de estos pasajes citados existen algunos versos sueltos que casi todos los editores del texto coinciden en atetizar como espúreos. En la edición de Murray son 28 versos rechazados como tales. Tanto estas interpolaciones menores como las más extensas son el producto de la estima que gozó la obra, durante siglos, con la incorporación al texto de pequeñas glosas y aclaraciones marginales. (En nuestra versión castellana ofrecemos entre paréntesis cuadrados tan sólo aquellos versos sueltos que atetizan la mayoría de estudiosos, y no los pasajes ya citados más amplios, cuya inautenticidad es objeto de consideraciones más subjetivas.)

3. — El tema de las Fenicias coincide con el de Los Siete contra Tebas: el asedio de la ciudadela Cadmea por los argivos y el duelo fatal entre los dos hermanos, condenados por la maldición del airado Edipo. Pero mientras en Esquilo la tragedia forma parte de una trilogía de tema tebano como tercera pieza, y así cuenta con las dos anteriores para exponer los antecedentes de la saga de los Labdácidas, en Eurípides es una pieza suelta, que ha de recurrir a otros medios para evocar todo el contenido de la fatídica historia familiar. Porque, como ya hemos dicho, Eurípides no renuncia a exponer con la mayor amplitud el cúmulo de desdichas que envuelven a la estirpe de Layo a través de las generaciones contaminadas por su delito. En ese sentido es toda la familia la que se precipita en la catástrofe trágica. No en vano es la enlutada Yocasta, abrumada por los desastres del pasado y angustiada por el amenazador presente, la que dice el prólogo; y es el lastimero Edipo el que da tono patético al final, partiendo al destierro, ciego y miserable, sin hijos y sin esposa. Son ellos, Yocasta y Edipo, quienes han sufrido todos los males, arruinados por la cadena implacable de dolores, los más apropiados para enmarcar esta suma trágica de varios episodios.

Innovación de Eurípides es presentarnos a Yocasta en vida, habitando el palacio a la par que el viejo y cegado Edipo; puesto que en la versión más tradicional del mito, la seguida por Sófocles, ella se suicidaba al enterarse de la personalidad real de Edipo, su hijo y esposo. Y también el que Edipo haya permanecido hasta la muerte de sus hijos en Tebas es una innovación.

Es cierto que ninguno de los caracteres de la obra asume el primer papel de héroe trágico; pero la ausencia de un protagonista central está compensada por la presencia de varias figuras de rasgos admirablemente dibujados. La escena del encuentro de Polinices con su madre y luego con Eteocles es otra de las innovaciones del poeta. El agón entre los dos hermanos resulta una de las mejores escenas del drama. Eurípides pinta a Eteocles como el tirano ávido del poder, dispuesto a cualquier crimen y violación para mantener su tiranía, como confiesa sin escrúpulos. Muy diferente, pues, del Eteocles esquíleo, preocupado de proteger a su pueblo; es un egoísta dominado por la ambición, un ejemplo del político que no vacila en someter a peligros terribles a la polis con tal de mantenerse en el poder sin cuidarse de la justicia. Frente a él, Polinices es el exiliado que acude a reclamar su derecho al trono heredado y a la tierra patria. Tanto el coro como otros personajes insisten en la razón de las reclamaciones de Polinices. (Tal vez en la versión épica de la Tebaida se subrayaba ya este rasgo, que la versión de Esquilo desestimó, y Eurípides aquí recupera.) Pero también él antepone su ambición a la suerte de Tebas.

En contraste con uno y otro, e incluso en contraste con la figura de Creonte, otro político, está Meneceo, el joven dispuesto al sacrificio para salvar a la ciudad. Es una de esas figuras de jóvenes heroicos —como Macaria en Los Heraclidas o Ifigenia en Ifigenia en Áulide — que el dramaturgo nos ofrece en oposición a los poderosos, movidos por la ambición política personal. Eteocles llega a exclamar: «¡Que se hunda toda la casa!» (v. 624), y Creonte: «¡No me importa la ciudad en sí!» (v. 919), mientras Meneceo se suicida dando su sangre al suelo ávido de compensación por la muerte del Dragón indígena. Antígona —aun si dejamos de lado su enfrentamiento a Creonte en la esticomitia que creemos añadida— es también una joven dispuesta a ofrecer su vida al acompañar a su padre en el exilio y la indigencia, en una decisión tanto más valiente cuanto que es una doncella tímida y recatada. Edipo, como él mismo reconoce, es una especie de sombra del héroe pasado, una figura fantasmal, víctima de un demon implacable.

Todos estos personajes forman un conjunto patético bien conocido a los espectadores. Su psicología está claramente trazada en las escenas del drama. El destino que aniquila la casa de Edipo se halla fatalmente ínsito en los propios caracteres.

4. — El tema tratado por Eurípides estaba ya poetizado épicamente en la Tebaida (s. VIII a. C.), que sólo conocemos por resúmenes y breves fragmentos 4 . Luego Esquilo en sus Siete contra Tebas ofreció una versión trágica del asedio de la ciudad por los siete jefes argivos y del duelo fatídico entre los dos hermanos. Pero antes del tratamiento trágico existió uno lírico, que ahora conocemos en parte por un papiro de Lille (P. Lille 76) descubierto en 1974 y editado en 1976 por G. P. Ancher y C. Meiller. Con el título de «La réplica de Yocasta» aparece reeditado y comentado por J. Bollack, P. Judet y H. Wismann en Cahiers de Philologie , 2, 1977. La mayoría de los estudiosos lo atribuyen a Estesícoro como fragmento de un amplio poema, mientras Bollack y colaboradores prefieren no pronunciarse por un autor lírico determinado. En las líneas conservadas tenemos una propuesta de Yocasta para la reconciliación de Eteocles y Polinices, frente al funesto augurio de Tiresias que dice que perecerán los dos hermanos o la ciudad de Tebas. Es muy interesante que Yocasta juegue este papel que recuerda su intervención dramática en Fenicias , y que el viejo adivino cumpla su ya típica función dramática de agorero de desgracias. Bollack y otros destacan las diferencias entre el tratamiento lírico y el trágico (en especial, frente a Fenicias , cf. pág. 85). En su reciente artículo 5 sobre este fragmento F. R. Adrados opina que pertenece al poema de Estesícoro Erífila .

Estructura del drama

El PRÓLOGO (1-201) está compuesto por dos escenas: el recitado inicial de Yocasta (vv. 1-87) que expone los antecedentes de la situación trágica, como es muy frecuente en otros prólogos de Eurípides; y el diálogo entre el Pedagogo y Antígona (vv. 88-201) en lo alto de los muros, mientras observan el movimiento de tropas enemigas que atacan la ciudad, una brillante escena con precedente épico en la teichoscopia del canto III de la Ilíada .

PÁRODO (202-260), en que el coro formado por mujeres fenicias explica su presencia en Tebas (enviadas desde Tiro al templo de Apolo en Delfos, de paso por Tebas se han visto detenidas por el asedio guerrero) y su interés afectivo en los destinos de la ciudad (por ser descendientes de la misma familia que a través del antiguo Cadmo dio origen a Tebas).

EPISODIO 1.° (261-637). Entra Polinices, receloso, en la ciudad. Encuentro y coloquio con su madre Yocasta. Se presenta luego Eteocles (v. 446). Diálogo entre los hermanos y su madre, que no logra reconciliarlos. El enfrentamiento, en forma de típico agón, entre los dos hijos de Edipo sirve para definir mejor sus caracteres, y mostrarnos lo imposible de una solución pacífica al conflicto, como quería Yocasta, llevada por su afecto materno.

ESTÁSIMO 1.° (638-696). El coro recuerda la leyenda de la fundación de Tebas: la muerte del dragón indígena apedreado por Cadmo y el origen de los Espartos.

EPISODIO 2.° (697-783). Diálogo entre Eteocles y su tío Creonte, donde éste con sus consejos prudentes rectifica la impaciente estrategia del joven monarca, quien le confía el gobierno de la ciudad y el matrimonio de Antígona con Hemón en caso de perecer en el combate próximo.

ESTÁSIMO 2.° (784-833). El coro evoca en su canto la oposición entre el dios de la guerra, el feroz Ares, y Dioniso, con sus gozos pacíficos y armoniosos. Alude a los prestigios y glorias pasadas de Tebas, ahora amenazada por el asedio.

EPISODIO 3.° (834-1018). El viejo adivino Tiresias acude a dialogar, conducido por Meneceo, con Creonte. Tras un corto intento de evasión, Tiresias profetiza que la salvación depende del sacrificio de Meneceo. Creonte rehúsa ofrecer la vida de su hijo por la victoria de la ciudad. Mientras éste se retira, Meneceo informa al Coro de su decisión de suicidarse en beneficio de Tebas.

ESTÁSIMO 3.° (1019-1066). El coro elogia la heroica determinación del joven, y alude de nuevo a la crueldad de la Esfinge y al fatídico destino de Edipo y su familia.

EPISODIO 4.° (1067-1283). Un mensajero acude ante Yocasta para informarla de la muerte de Meneceo y del desarrollo posterior de la batalla al pie de los muros. Como Yocasta insiste en conocer hasta el fin la suerte de sus hijos, el Mensajero, a su pesar, cuenta que ambos van a enfrentarse en combate cuerpo a cuerpo. Yocasta llama a toda prisa a Antígona para que la acompañe, en un intento de detener la lucha mortífera entre los dos hermanos.

ESTÁSIMO 4.° (1284-1307). El coro expresa en un patético y agitado canto su angustiado presentimiento y su compasión ante la catástrofe.

ÉXODO (1308-1766). Es el más largo de todos los de Eurípides —excediendo en longitud incluso al del Heracles — y contiene varias escenas distintas. La extraordinaria extensión ha podido resultar de los añadidos e interpolaciones de que ha sido objeto esta sección. (Prácticamente todos los estudiosos de la pieza lo han destacado, aunque difieran el número, mayor o menor, de los versos que consideran añadidos a la redacción original de Eurípides.) En cuanto a la falta de unidad de este éxodo —que, de acuerdo con la definición aristotélica es sencillamente la sección que va desde el último canto del coro al final del drama— puede explicarse, en cierto modo, por esas mismas interpolaciones. Podemos distinguir tres escenas: la entrada en escena de Creonte con el cadáver de Meneceo (vv. 1306-1334) (escena que algunos estudiosos consideran espúrea), el relato del Mensajero (1335-1484), y el diálogo, en parte lírico y en parte recitado, entre Antígona, Creonte y Edipo (1485-1766), que concluye la obra.

Esta última escena está separada de la anterior por la patética monodia de Antígona (1485-1538), a la que sigue la entrada en escena de Edipo (v. 1539). Si se acepta la atétesis de los vv. 1306-1334, Creonte vuelve a aparecer con los versos 1584 y sigs., para enfrentarse con Edipo y, sobre todo, con Antígona en un agón esticomítico (que recuerda el más célebre de la tragedia sofoclea), que queda enmarcado por los lamentos líricos anteriores y los posteriores (1710-1766), en los que el viejo sufridor Edipo y la joven princesa se disponen a partir al exilio.

NOTA BIBLIOGRÁFICA

Ediciones comentadas:

DOS SANTOS ALVES , M., As Fenicias , Coimbra, 1975.

PEARSON, A. C., Euripidis Phoenissae , Cambridge, 1909.

SCARCELLA, A. M., Le Fenicie , Roma, 1957.

El texto crítico adoptado como base de la traducción es el de G. MURRAY, en Euripidis Fabulae III, de los Oxford Classical Texts, 1.a ed. 1909, reimp. 1963.

Por su importancia para la crítica del texto, merece citarse el estudio de E. FRAENKEL , Zu den Phoenissen des Euripides , Múnich, 1963.

(El ya citado volumen de Dos Santos Alves recoge muy bien la discusión anterior de los pasajes filológicamente más tratados y, en general, se adhiere a las conclusiones de E. Fraenkel, tras una reflexión crítica muy razonable. Para nuestras notas nos han sido muy útiles algunas de las de Pearson y Dos Santos.)

VARIANTES TEXTUALES



1 Esta melancólica desesperanza del poeta ha sido subrayada por varios estudiosos. Por citar sólo a uno de los más recientes, remito al claro libro de V. DI BENEDETTO , Euripide: teatro e società , Turín, 1971. Cf., sobre el final de Fenicias , pág. 319.

2 En su Greek Tragedy , Londres, 1971, 3.a ed., págs. 351-62.

3 Cabe, sin embargo, subrayar el hecho de que las tragedias de Eurípides más cercanas a Fenicias , la Helena y el Orestes rondan los 1700 versos. De aceptar las interpolaciones que sugerimos, de acuerdo con E. Fraenkel y otros estudiosos, que abarcan unos doscientos versos en conjunto, la extensión de Fenicias se reduciría bastante, a un número de versos como el que pudo tener la versión original de la Ifigenia en Áulide , y tal vez las Bacantes . La extraordinaria longitud (1779 versos) del Edipo en Colono de Sófocles es una de las peculiares características de esa tragedia, la última de las obras del viejo dramaturgo.

4 Sobre estos fragmentos remito al lector a la versión de A. BERNABÉ , Fragmentos de la épica griega arcaica , Madrid, 1979, en esta misma colección, págs. 57-70.

5 Publ. en la rev. Emerita . XLVI (1978), págs. 251 y sigs.


ARGUMENTO

Eteocles, una vez que tomó el poder monárquico en Tebas, despoja de su turno a su hermano Polinices. Exiliado, éste se presentó en Argos y desposó allí a la hija del rey Adrasto, atesorando la ambición de regresar a su patria. Y, persuadiendo a su suegro, congregó un considerable ejército para llevarlo contra su hermano en Tebas. Su madre, Yocasta, le convenció para que, con un salvoconducto de tregua, entrara en la ciudad y dialogara antes sobre el poder. Al mostrarse furioso Eteocles en defensa de su tiranía, Yocasta no logró reconducir a la amistad a sus hijos, y Polinices abandonó la ciudad, dispuesto a presentarse en adelante como contendiente en la guerra.

Vaticinó Tiresias que la victoria sería para los tebanos, si el hijo de Creonte, Meneceo, se ofrecía como víctima en un sacrificio a Ares. Entonces Creonte se negó a ofrecer a la ciudad a su hijo, pero el joven tomó la decisión, aun cuando su padre le facilitaba la huida con dineros, de sacrificarse. Y así lo hizo. Luego los tebanos mataron a los jefes de los argivos. Eteocles y Polinices en combate personal se dieron muerte uno a otro. Entonces su madre, al encontrar muertos a sus hijos, se degolló, y el hermano de ella, Creonte, heredó el poder real.

Los argivos, derrotados, se retiraron de la batalla. Pero Creonte, rencorosamente, no devolvió los cadáveres de los enemigos caídos al pie de la muralla Cadmea para su sepultura, arrojó sin honras fúnebres a Polinices, y expulsó a Edipo como desterrado de su tierra patria, sin acatar en un caso la ley humana, y dejándose llevar en otro por la indignación y sin apiadarse ante el infortunio.

Son muy emocionantes las Fenicias por su carácter trágico. Pues queda muerto el hijo de Creonte que se suicida en la muralla en favor de la ciudad, mueren también los dos hermanos a manos el uno del otro, y Yocasta, su madre, se quita la vida sobre sus cadáveres; y perecen los argivos que hacían campaña contra Tebas; también queda expuesto sin tumba Polinices, y Edipo es desterrado de su patria y junto con él su hija Antígona. Además el drama tiene muchos personajes y está lleno de sentencias, numerosas y bellas.

ORÁCULO

Labdácida Layo, próspera progenie de hijos imploras.

Engendrarás un hijo, pero esto te será a ti fatal:

dejar la vida a manos de tal hijo. Así lo asintió

Zeus Cronida, atendiendo a las funestas maldiciones de Pélope,

cuyo hijo raptaste. Él contra ti lanzó todas estas imprecaciones.

EL ENIGMA DE LA ESFINGE

Hay sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, con una sola voz,

que es también trípode. Es el único que cambia de natural de cuantos

vivientes habitan en tierra, por el aire y bajo el mar.

Pero cuando camina apoyándose en más pies,

es cuando el vigor de sus miembros resulta más débil.

SOLUCIÓN DEL ENIGMA

Escucha, aunque no quieras, malhadada musa de los muertos,

mi voz, término de tus crímenes.

Al hombre te referiste, quien, cuando se arrastra por el suelo,

a poco de salir del vientre materno es niño cuadrúpedo,

y al hacerse viejo apoya como tercer pie su bastón,

mientras se encorva su cuello, abrumado por la edad.

Layo, que venía de Tebas, por el camino contempló a Crisipo, el hijo de Pélope. Enamorado de él pensó en llevárselo consigo a Tebas. Como éste se negaba a seguirle, Layo lo raptó, a escondidas de su padre. Después de mucho lamentarse por la pérdida de su hijo, él se enteró y al enterarse lanzó contra el raptor la maldición de que no engendrara hijos, o, si tal sucedía, que fuera asesinado por su descendiente.

ARGUMENTO DEL GRAMÁTICO ARISTÓFANES

Expedición de Polinices con los argivos contra Tebas y destrucción de los hermanos Polinices y Eteocles y muerte de Yocasta. El tema mítico está en Esquilo, en Los Siete contra Tebas , excepto la figura de Yocasta… siendo arconte Nausícrates… segundo fue Eurípides… dejó una pieza sobre este asunto. Respecto a eso también Enómao y Crisipo y… se conserva. El coro está formado por mujeres fenicias. Recita el prólogo Yocasta. El drama es hermoso también por sus cuadros escénicos, aun cuando resulta recargado. La escena de Antígona oteando [el campo enemigo] desde la muralla no forma parte de la acción dramática; y la de Polinices que viene a parlamentar para en nada; y la del final, de una lírica verbosa, de Edipo al partir al destierro, está añadida como un remiendo superfluo.


PERSONAJES

YOCASTA .

PEDAGOGO .

ANTÍGONA .

CORO de Fenicias.

POLINICES .

ETEOCLES .

CREONTE .

TIRESIAS .

MENECEO .

MENSAJERO .

Otro MENSAJERO.

EDIPO .

La acción transcurre en Tebas, ante el Palacio Real.


(Enlutada, con el cabello rapado, la vieja Yocasta recita el prólogo .)

YOCASTA . — ¡Oh tú que, entre los astros, por el cielo trazas tu senda, y montado en tu carro de planchas de oro, tras los raudos caballos volteas tu llama, Helios! 1 . ¡Cuán infortunado rayo dejaste caer sobre Tebas el día aquel en que Cadmo llegó [5] a este país al haber abandonado la marina tierra de Fenicia!

Él fue quien, antaño, tras haber desposado a una hija de Cipris, a Harmonía, engendró a Polidoro, del que dicen nació Lábdaco, y de éste, Layo.

Yo me tengo por hija de Meneceo, y Creonte es mi hermano, [10] y de la misma madre; y me llaman Yocasta, pues este nombre me impuso mi padre 2 .

Layo me toma por mujer. Y cuando, tras largo tiempo de matrimonio, al encontrarse sin hijos en nuestro palacio, [15] va a interrogar a Febo y a pedirle la compañía de hijos varones para nuestro hogar, el dios le respondió:

«¡Oh, soberano de Tebas de buenos caballos, no siembres el surco de hijos a despecho de los dioses! Porque, si [20]engendras un hijo, el que nazca te matará, y toda tu familia se cubrirá de sangre.»

Pero él, dándose al placer y cayendo en la embriaguez 3 , dejó en mí la simiente de un hijo. Luego de haberlo engendrado, al ser consciente de su falta y de la profecía del dios, [25] entrega el recién nacido a unos pastores a fin de que lo expusieran en el prado de Hera entre las peñas del Citerón, habiéndole atravesado los talones con unos punzones de hierro 4 . Por ese motivo Grecia lo denominó Edipo 5 .

Pero unos pastores de caballos del rey Pólibo lo recogieron, lo llevaron a su palacio y lo entregaron en manos de su [30] señora. Ésta acogió en su regazo al fruto de mis dolores y convenció a su esposo de que lo había dado a luz.

Cuando ya se hizo hombre, y aparecía en su mentón la rubia barba, bien porque se enterara él o informado por alguien, se puso en camino hacia la mansión de Febo, con la [35] intención de indagar quiénes eran sus padres, al tiempo que Layo, mi esposo, quien deseaba conocer si el niño expuesto vivía todavía. Y coincidieron ambos a la vez en Fócida, en la encrucijada del camino 6 .

Entonces le ordena el cochero de Layo:

«¡Extranjero, échate a un lado y cede el paso a un rey!» [40]

Mas él avanzaba caminando en silencio, orgulloso. Los caballos con sus cascos le tiñeron de sangre sus piernas. Por eso —¿por qué he de relatar lo que excede a mis desgracias?— el hijo mata al padre y, apoderándose de su carro, lo entrega a Pólibo, su padre adoptivo. [45]

Como la Esfinge con sus depredaciones asolaba la ciudad y mi esposo ya no vivía, mi hermano Creonte hace proclamar mi matrimonio. Quien resolviera el enigma de la astuta doncella, ése obtendría mi lecho. Sucede entonces que [50] mi hijo Edipo acierta las adivinanzas de la Esfinge, por lo que se instala como soberano de este país y recibe el cetro de esta tierra como premio a su victoria. Y toma por esposa a su madre, sin saberlo ¡infeliz!, como tampoco la que lo dio a luz sabe que se acuesta con su hijo.

Doy a luz, de mi hijo, a dos varones: a Eteocles y al [55] ilustre y valiente Polinices; y a dos niñas: a una su padre le dio el nombre de Ismene, y a la otra, la mayor, la llamé yo Antígona.

Pero, al enterarse de que su enlace conmigo había sido [60] una boda con su madre, Edipo, que había soportado todos los padecimientos, asesta a sus propios ojos un horrible aniquilamiento, ensangrentando con los dorados punzones de una fíbula sus pupilas.

Y, apenas se sombreó de barba el mentón de nuestros hijos, ellos ocultaron bajo cerrojos a su padre, para que su [65] infortunio quedara olvidado, lo que requiere muchos trucos. Aún vive en el interior del palacio. Desvariando a causa de la desdicha, invoca sobre sus hijos las más impías maldiciones: que con el afilado hierro desgarren esta casa.

[70] A ambos les invadió el temor de que los dioses dieran cumplimiento a las maldiciones, en caso de convivir juntamente, y de común acuerdo establecieron que el más joven, Polinices, se exiliara primero, voluntariamente, de esta tierra, y que Eteocles se quedara para detentar el cetro del país, [75] cambiando sus posiciones al pasar un año. Pero una vez que se estableció junto al timón de mando, él no abandona el trono, y expulsa, como desterrado de este país, a Polinices.

Éste se fue a Argos, emparentó políticamente con Adrasto, y, habiendo reunido un numeroso ejército de argivos, lo guía; y, presentándose ante estos mismos muros de siete [80] puertas 7 , reclama el cetro paterno y su parte de tierras. Yo, tratando de resolver la discordia, he convencido a mi hijo de que acuda, bajo tregua, ante su hermano antes de apelar a la lanza. El mensajero enviado asegura que él vendrá.

Con que, ¡oh tú, que habitas los luminosos repliegues del cielo, Zeus!, sálvanos, y permite el acuerdo entre mis hijos. [85] No vas a consentir, ya que 8 eres sabio, que un mismo mortal persista siempre en la desdicha.

(Se retira hacia el interior del palacio. Aparece subiendo a la terraza el pedagogo, y, tras él, la princesa Antígona .)

PEDAGOGO 9 . —Antígona, glorioso retoño para este palacio de tu padre, ya que tu madre te ha permitido abandonar las habitaciones de las doncellas para subir al piso superior [90] de la casa a fin de que contemples el ejército de los argivos a ruegos tuyos, aguarda, para que escrute el terreno, no vaya a ser que nos suija en el sendero alguno de los ciudadanos, [95] y se suscite un ruin reproche contra mí como esclavo y contra ti como princesa. Bien enterado voy a contarte todo cuanto vi y escuché de los argivos cuando fui a llevar las treguas a tu hermano de aquí allá y a traerlas de nuevo acá de su parte.

Ahora ningún ciudadano se aproxima a este palacio. [100] Avanza paso a paso por la vieja escala de cedro. Observa el llano, a lo largo del curso del Ismeno y el manantial de Dirce. ¡Qué numeroso es el contingente de los enemigos!

ANTÍGONA . — Tiende, pues, tiende tu anciana mano [105] hacia la joven mía, desde esos escalones, ayudándome a alzar mis pies .

PEDAGOGO . — Toma, agárrate, muchacha. Has llegado en el momento justo. Porque se pone en movimiento el ejército pelásgico 10 y se separan unos de otros en escuadrones.

[110] ANTÍGONA . — ¡Ah, soberana hija de Leto, Hécate! 11 ¡Toda la llanura refulge cubierta de bronce!

PEDAGOGO . — Desde luego que no ha vuelto ruinmente a su tierra Polinices, sino con el fragor de numerosos corceles e innúmeras armas.

ANTÍGONA . — ¿Estarán los portones con cerrojos…? ¿Están las barras ligadas con bronce bien ajustadas a las construcciones pétreas de la muralla de Anfión? [115]

PEDAGOGO . — No temas. La ciudad mantiene con firmeza sus defensas. Con que mira quién es el primero del que quieres informarte.

ANTÍGONA . — ¿Quién es ése del penacho blanco, que [120] avanza al frente del ejército blandiendo con ligereza en su brazo un escudo todo de bronce? 12 .

PEDAGOGO . — Un jefe de escuadrón, señora…

ANTÍGONA . — ¿Quién, de dónde procede? Aclárame, anciano, cómo se llama .

PEDAGOGO . — Ése se estima micénico por su linaje, pero [125] habita los pantanos de Lema, el soberano Hipomedonte.

ANTÍGONA . — ¡Ah, ah! ¡Qué soberbio, qué espantoso es su aspecto, parecido a un gigante nacido de la tierra; de ojos centelleantes, como en las pinturas, no semejante a la [130] raza de los efimeros!

PEDAGOGO . — ¿No ves al que vadea el agua de Dirce?

ANTÍGONA . — Distinto, distinto es el estilo de su armamento. ¿Quién es ése?

PEDAGOGO . — Es el hijo de Eneo, Tideo, y alberga en su pecho el ardor guerrero de los etolios.

[135] ANTÍGONA . — ¿Ése es el que, en una boda paralela, se ha casado, anciano, con una hermana de la esposa de Polinices? ¡Qué extraño el color de su armadura, semibárbaro!

PEDAGOGO . — Es que todos los etolios llevan el escudo [140] largo y son habilísimos lanzadores de sus picas.

ANTÍGONA . — ¿Y tú, anciano, cómo sabes eso tan claramente?

PEDAGOGO . — He conocido los emblemas de sus escudos, que vi entonces, cuando fui a llevar las propuestas de tregua a tu hermano, y al contemplarlos reconozco a los que llevan tal armadura.

[145] ANTÍGONA . — ¿Quién es ése que cruza junto a la tumba de Zeto, de melena con bucles, de aterradora mirada, joven de aspecto, un jefe de tropas, porque le rodea una multitud armada en pos de él?

[150] PEDAGOGO . — Ése es Partenopeo, de la estirpe de Atalanta.

ANTÍGONA . — ¡Entonces, ojalá que Ártemis, que por los montes en compañía de su madre corre, le haga morir hiriéndole con sus flechas, a él que vino a destruir mi ciudad!

PEDAGOGO . —Que así sea, hija. Pero acuden a este país [155] con justicia. Lo que temo que, rectamente, tengan en cuenta los dioses.

ANTÍGONA . — ¿Dónde está el que nació de la misma madre que yo, en un aciago destino? Ah, queridísimo anciano, dime, ¿dónde está Polinices?

PEDAGOGO . —Aquél de allí, junto a la tumba de las [160] siete hijas de Níobe. Está colocado al lado de Adrasto 13 . ¿Lo ves?

ANTÍGONA . — Le veo desde luego; no claramente, pero veo de algún modo la silueta de una figura y un talle que parecen los suyos. ¡Ojalá que, como en la carrera de una volandera nube, pudiera con mis pies a través del aire llegar hasta mi hermano, y echarle mis brazos alrededor del [165] cuello queridísimo, después de tanto tiempo, al infeliz desterrado! ¡Cuán magnífico está con sus armas de oro, anciano, relumbrando como los rayos del sol en el alba!

PEDAGOGO . — Vendrá a este palacio, con el salvoconducto [170] de la tregua, para llenar tu corazón de júbilo.

ANTÍGONA . — Y ése, anciano, ¿quién es? El que dirige con las riendas desde lo alto un carro blanco .

PEDAGOGO . — Ése es el adivino Anfíarao, señora. Con él van las víctimas sacrificiales, torrentes de sangre gratos a la tierra 14 .

ANTÍGONA. — ¡Oh, hija de Helios de refulgente halo 15 , Selene, resplandor de áureo circulo, qué serena y prudentemente maneja la vara al dirigir a los corceles! ¿ Y dónde está el que lanza contra esta ciudad las terribles insolencias?

[180] PEDAGOGO . — ¿Capaneo? Aquél maquina las escaladas a las torres, calculando de arriba y abajo la altura de las murallas.

ANTÍGONA . — ¡Aaoh! ¡Némesis y truenos de Zeus de [185] hondo bramido, y calcinante resplandor de los rayos! Tú, en efecto, derribas la arrogancia humana. Ahí está ése, que con su lanza quiere ofrecer a las tebanas, como cautivas de guerra, a las micénicas, y a Lerna, donde con su tridente Posidón hizo brotar el agua para Amímona, envolviéndonos con la [190] esclavitud. ¡Que jamás, jamás, oh soberana, vástago de Zeus, la de rizos de oro, Ártemis, haya de sufrir la servidumbre!

PEDAGOGO . — ¡Eh, hija, entra en la casa y quédate bajo su [195] techo en las habitaciones de las doncellas, en las tuyas, puesto que ya has satisfecho el anhelo de lo que deseabas contemplar! Que un tropel de mujeres, al insinuarse la confusión en la ciudad, avanza hacia el palacio real. El género femenino es de natural amante del chismorreo, y en cuanto consiguen mínimos [200] pretextos a sus charlas los aumentan mucho. Es un placer para las mujeres el no decir nada bueno unas de otras.

(Antígona y el Pedagogo descienden y desaparecen de escena, mientras entran en la «orquestra» las Fenicias del coro .)

CORO .

Estrofa 1.a

Dejando atrás la costa de Tiro he venido, desde la isla fenicia, como primicia del botín consagrada a Loxias, esclava [205] del templo de Febo, que se estableció allá al pie de las gargantas nevadas del Parnaso. A través del mar Jonio [210] he navegado mientras el remo batía las estériles llanuras en torno a Sicilia 16 , cuando el Céfiro cabalgaba con sus ráfagas en el cielo, con primoroso rumor .

Antístrofa 1.a

Escogida en mi ciudad como el más hermoso presente [215] para Loxias, he llegado al país de los Cadmeos, enviada aquí, a estas torres det reino de Layo, de los ilustres Agenóridas 17 , de mi misma raza. Igual que las estatuas trabajadas [220] en oro vine a parar en esclava al servicio de Febo. Pero aún me aguarda el agua Castalia para bañar la gala virginal de mis cabellos en las ceremonias rituales del dios . [225]

Epodo.

¡Aaoh! ¡Resplandeciente peña, fulgor de doble cresta de fuego sobre tas cimas báquicas de Dioniso, y tú, cepa que cada día derramas en continua eclosión la uva arracimada , [230] divinas cavernas del Dragón y montaraces atalayas de los dioses, y sagrada montaña que cubre la nieve! ¡Ojalá que, libre de temores llegue a formar el coro que da vueltas en honor del dios inmortal, junto a las cavidades del ombligo [235] terrestre, en dominios de Febo, dejando atrás la fontana de Dirce!

Estrofa 2.a

Pero ahora, frente a mí, ante estos muros se presenta un furioso Ares para incendiar en sangre y llamas —¡lo que [240] ojalá no consiga!— esta ciudad. Porque común es la congoja [245] de los parientes, y si algo sufre esta tierra de las siete puertas, alcanzará también al país de Fenicia. ¡Ay! ¡Ay! ¡Común es la sangre, comunes los hijos nacidos de la cornuda lo! Sus penas me afectan a mí .

Antístrofa 2.a

[250] En torno a la ciudad una nube densa de escudos destella, una imagen del combate mortífero, que pronto Ares decidirá , [255] aportando a los hijos de Edipo el castigo de las Erinias. ¡Oh Argos Pelásgico! Temo tu impulso guerrero y la decisión de los dioses. Pues no avanza a una injusta contienda [260] el hijo que por las armas viene a recuperar su hogar .

(Por la izquierda entra, vestido con toda su armadura, Polinices .)

POLINICES . — Los cerrojos de los vigilantes de los portones se me abrieron sin dificultad para que viniera al interior de la muralla. Temo sin embargo, que, una vez que me tengan atrapado dentro de sus redes, no me dejen escapar [265] sin cubrirme de sangre. Por eso he de dirigir mi mirada a todas partes, por allí y por aquí, no sea que haya alguna emboscada. Con mi armadura y el puño en la espada voy a procurarme a mí mismo la garantía de mi audacia.

¡Eh! ¿Quién está ahí? ¿Es que vamos a asustarnos de un [270] ruido? Cualquier cosa, desde luego, se les hace temible a los audaces, cuando ponen pie en tierra enemiga. Confío, no obstante, en mí madre, y a la vez desconfío de ella que me [275] persuadió a acudir aquí bajo tregua. Pero ahí tengo un refugio: que ahí al lado están los hogares de un altar, y no está desierto el palacio. ¡Vamos! Dejaré en su sombría vaina mi espada y preguntaré a esas mujeres que están delante de la casa.

Extranjeras, decidme: ¿de qué patria habéis acudido a las viviendas de la Hélade?

CORIFEO . — Fenicia es la tierra patria que me crió, y los [280] hijos de los hijos de Agenor me enviaron aquí como ofrenda escogida del botín de guerra de Febo. Estaba a punto de remitirme el ilustre vástago de Edipo hacia el venerable oráculo y altar de Loxias, y en ese momento asediaron los argivos la [285] ciudad. Contéstame a cambio tú: ¿quién eres para penetrar así en la fortaleza de siete puertas de la tierra tebana?

POLINICES . — Mi padre es Edipo, el hijo de Layo, y me dio a luz Yocasta, hija de Meneceo. El pueblo de Tebas me [290] llama Polinices.

CORIFEO . — ¡Ah, pariente de los descendientes de Agenor, de mis reyes, por quienes fui enviada! De rodillas prosternándome te saludo, soberano, acatando la costumbre de mi patria. ¡Llegaste, al fin, a la tierra de tus padres! [295]

¡Aoh! ¡Aoh! ¡Acude, reina, ante la casa! ¡Haz abrir las puertas! ¿No escuchas, madre, que tu hijo está aquí? ¿Por qué tardas en atravesar las salas techadas y en echarle los [300] brazos a tu hijo?

YOCASTA . — Al oír vuestro grito fenicio, jóvenes, arrastro con mis ancianos pies un tembloroso paso .

¡Ay, hijo, por fin, al cabo de incontables días vuelvo a [305] ver tu rostro! Rodea mi pecho con tus brazos, dame la caricia de tus mejillas, y que el mechón negro de los rizos de tu melena venga a sombrear mi cuello. ¡Ay! ¡Ay! A duras [310] penas, contra toda previsión y de modo inesperado hete aquí entre los brazos de tu madre. ¿Qué voy a decirte? ¿Cómo recoger del todo, con mis manos y palabras la arremolinada alegría, danzando a tu alrededor por el gozo de conseguir [315] mis antiguos anhelos de felicidad? ¡Ay, hijo, vacía la casa paterna dejaste, al marcharte desterrado por la injuria de tu hermano! ¡Cuán anhelado por tus amigos, cuán anhelado [320] por Tebas! Por ese motivo he cortado mi cabello gris, llorando he cedido en señal de luto mi cabellera despojándome [325] de peplos blancos, hijo mío, y los he trocado por estos andrajos oscuros y lúgubres. Y el anciano, desde que la pareja [330] fraterna se desgajó del hogar alberga sin cesar el arrepentimiento cubierto de lágrimas. Se arrojó tras una espada para un golpe suicida, y trató de ahorcarse de una viga , [335] deplorando sus maldiciones sobre sus hijos. Entre incesantes aullidos de desesperación se esconde en las tinieblas .

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