Kitabı oxu: «El techo del cielo»

Federico Storani
El techo del cielo
Conversaciones con el alma

| Storani, FedericoEl techo del cielo : conversaciones con el alma . - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book.ISBN 978-987-599-383-91. Narrativa Argentina. 2. Relatos. I. TítuloCDD A863 |
Ilustraciones de tapa e interiores: Rodolfo Zagert.
Gentileza del autor.
©Libros del Zorzal, 2011
Buenos Aires, Argentina
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la Ley 11.723
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Índice
Prólogo
Poesía
I. El techo del cielo… | 12
II. Reserva de lo que llaman locura… | 25
III. El halcón recortado en el cielo… | 33
IV. Las pausas de mirar a tu alrededor… | 42
V. Los pliegues con sus luces y sombras… | 52
VI. Los filamentos de las telas de araña… | 61
VII. Ata a los sentidos y los flagela en su prisión… | 73
VIII. La silueta imperfecta… | 82
IX. Estado de gracia, bendición, gloria y milagro… | 94
X. La lucidez del insomnio… | 105
Agradezco la colaboración
inestimable de Graciela Bordón y las
ilustraciones de Rodolfo Zagert.
Prólogo
Es probable que a los lectores de estas páginas, que solamente conocen al Federico Storani público, al militante inquebrantable, al profesor universitario dedicado, al analista político riguroso, encontrarse con este libro les resulte una sorpresa. Pero para los que compartimos gran parte de nuestra vida con él, no es más que la confirmación de una manera apasionada de vivir.
A través de un diálogo entre el cuerpo y el alma, el autor contrapone los impulsos juveniles y la inexperiencia a la sabiduría. Esta particular confrontación le permite reflexionar acerca del ser, el cómo ser, la diferencia entre la esencia y la identidad, la relación con el tiempo, la elección entre el vértigo y la vorágine, y las cuestiones metafísicas fundamentales, el arte, la ciencia, la política y el amor.
Influenciado por las lecturas de Friedrich Nietzsche, Martin Heidegger, Albert Camus, Jean-Paul Sartre y Claudio Magris, Federico Storani aborda los grandes temas de la filosofía: la vida, el sentido de la vida, su trascendencia.
Por esos desfiladeros se deslizan: los sueños, la imaginación y la fantasía, la razón y los impulsos, el encanto y el desencanto, las utopías, los deseos y las culpas, el apego y el aburrimiento, la amistad y el amor, la felicidad y el dolce far niente, a través de una escritura que recurre a imágenes y lenguaje poético.
Si tuviera que definir con una palabra a Fredi Storani, sin dudar elegiría la palabra “pasión”. Fredi es como un río de montaña, de esos que no tienen ni dan respiro; ríos en los que las preguntas y las respuestas se arremolinan con extrema vertiginosidad.
En este libro se nos abre sin ningún pudor, partiendo de su propia esencia: la poesía; poniendo en palabras lo que su accionar viene expresando desde siempre: su convicción de que el cielo no tiene techo.
Ricardo Wullicher
Buenos Aires, julio de 2010
El que abraza a este libro abraza a un hombre.
Walt Whitman, sobre su libro Hojas de hierba
Cuando estás ausente, tu figura se dilata hasta el punto de llenar el universo. Pasas al estado fluido, que es el de los fantasmas. Cuando estás presente, tu figura se condensa; alcanzas las concentraciones de los metales más pesados, del iridio, del mercurio. Muero de ese peso, cuando me cae en el corazón.
Marguerite Yourcenar, Fuegos
Despreocupados, irónicos, violentos, así nos quiere la sabiduría: es una mujer, ama siempre únicamente a un guerrero.
Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra
Poesía
De los miles matices del cielo
los del arco iris o el iris del ojo
me seduce la sangre del rojo
el que me hace hervir a su antojo
y con su arrojo me eleva del suelo.
Los grises y el gris me entristecen
siento que siempre adolecen
del envión que contagia pasión
y reducen a la tibia ilusión
lo absurdo de sobrevivir en ausencia
pudiendo extasiarse explorando la esencia.
La tenue brisa descubrirá tu cima
si el vendaval del espíritu que te anima
es el huracán que te conduce al cielo
sabiendo que en ese azaroso vuelo
sortearás un universo de terciopelo
solo si eres capaz de descorrer el velo
que el miedo impone a la agonía
aferrándote a la eternidad de la utopía
dejándote inundar por una pizca de sabiduría
sin que te asfixie el exceso de razón
porque siempre tendrás perdón
si aprendes que esa enfermedad tiene cura
si le aplicas una buena dosis de locura.
Y despertarás…
...a todo lo que te produzca ardor
aunque esa escalada esté plagada de dolor
siempre será menor que la pena de sucumbir
ante la tentación de dejarte morir
si tienes la osadía de saber
que el único líquido que te hace vivir
es el que solo puedes beber
cuando te empuja el misterioso valor
de abrirte con el rocío de la flor
al insondable abismo del amor.
Y entonces…
...el cielo no tendrá techo
será solo un cálido lecho
donde embriagado de calma
descanse tu aguerrida alma.
I
El techo del cielo…
—¡Toma esa flor entre las páginas!
—Pero si es un simple señalador...
—¡Tómala!… Está en su lugar.
—Por obedecerte, me clavé una espina y se está manchando.
—Ya estaba manchada. Ahora… ¡Lee la poesía con la voz que salga!
—“De los miles matices del cielo…”, un momento..., ¿tiene techo el cielo?
—Se dice que la curiosidad mata, pero, esta vez, salva. En cuanto al cielo, no tiene techo, pero lo sabrás después de haber subido. Lo hermoso y misterioso es que nuestra cima no es la cima, esta última no existe, igual que el techo del cielo.
—Y entonces, ¿para qué subir hacia lo que no existe?
—Porque me gusta más que bajar, imagino que la belleza del misterio está en subir. Me atemorizan los abismos.
—También hay misterio en los abismos.
—El que nunca elegimos ni elegiríamos.
—¿Cómo lo sabes? ¿Por qué tanta seguridad, si es mi elección?
—Por lo que vivimos o estamos viviendo y no podemos negar porque todavía sangramos.
—Viviendo o… padeciendo con mi ayuda inevitable.
—Viviendo, con los riesgos de siempre, y tu ayuda me abrumó con las intensas relaciones de la juventud. Después hice mi parte y aprendí.
—¿Qué?
—La belleza del recuerdo, la nostalgia de la flor que se abría y me impregnaba de su olor cuando exploraba balbuceante las zonas de un cuerpo que desataban en mí una catarata de estremecimientos, hasta estallar como un volcán…
—... el placer fue fácil de aprender, lo difícil…
—... mientras lentamente recuperaba la paz al sentir el terciopelo de los labios posados sobre mi cuello, como si fueran las ramas de un árbol que brinda refugio a un pájaro agitado por el vértigo del vuelo.
—... lo difícil es aprender a olvidar. Y aunque suene poético, o tal vez por eso, no creo que alivie.
—¿No es acaso la poesía lo que amas?
—Amo y he amado tanto y a tantas cosas… que ahora no sé si es la búsqueda de la bendita belleza o una maldición.
—Todo nace de la belleza, nosotros, las cosas y las causas, nada se le escapa. Por eso nunca tuve la certeza de que la poesía fluya de lo que los sentidos nos transmiten, y luego los recuerdos, con el auxilio de la imaginación y la fantasía, nos ayudan a expresar en palabras.
—Pero buscamos paz…, cierta armonía.
—La comezón, que pica y arde, supera el deseo de armonía o la sencilla musicalidad poética. Suponer que la belleza se abarca reduciéndola a una expresión estética es tan ingenuo como pretender que los sentimientos que inspiran la poesía sean armónicos y que el caos que con frecuencia desata pueda entenderse. Me acostumbré a navegar sobre las aguas turbulentas que son las mismas que cuando las invade la quietud me permiten contemplar, recordar y conmoverme.
—Mirar, tocar, oler, es mi territorio…, el dominio de mi reino.
—Tu territorio precario, sí…, tu dominio, dudo. Es el reino que no tolera el dominio de los límites, por el que aprendí a contemplar e influir sin lograr determinar siempre el curso de los hechos…, aunque, conociéndote, debería. El que me enseñó a percibir las pasiones como lágrimas de mar, como medusas que arden. Así, entendí que nada de lo vivido carece de ellas, hasta que mis células se convirtieron en la suma de las pasiones vividas: un organismo sin forma que en la dimensión del tiempo y del espacio no está lejos ni cerca, pero está, y no sería quien soy sin él.
—Pero soy yo el que mira, toca, huele, provocando las pasiones.
—Y es a mí a quien emocionan las miradas que queman, cuando los ojos que las disparan tienen el poder de hacer desaparecer el mundo, aunque solo sea por unos instantes que se me ocurren eternos por el deseo que los cautiva. Y soy yo el que crea un mundo propio que solo puede existir si lo exploro a través de ellos.
—¡Tanto empeño en arder cuando preferiría ser una planta!… un vegetal creciendo sin sobresaltos.
—Cándida preferencia, si las plantas también sienten… sufren.
—Mucho menos, están protegidas y defendidas por la sencillez de la ignorancia.
—¡Ojalá la ignorancia fuera sencilla! Sería un remedio para el sufrimiento, pero es tan compleja o simple como la sabiduría, y no juzgaría con ligereza a los vegetales. ¿Qué poesía conoces que no mencione a las flores, su aroma; las plantas, su capacidad de trepar, de enredar… de enredarnos?
—Casi todas las mencionan, pero no son ellas las que hablan, somos nosotros y las usamos para crear, porque son mudas y no protestan ante los caprichos.
—Hablan por los caprichos de su vida y por los nuestros.
—¿Quiénes?, ¿las plantas o las poesías?
—Las dos. Su ingenio se ha desarrollado en millones de años para que sigamos viviendo. Aguardan con estoicismo el agua e imploran por el sol en armónico rito. Se contornean sin músculos girando en procura de luz y calor. Utilizan los vientos y la brisa para crear su propio lenguaje. Además, son capaces de devorar, carnívoras al fin, se nos parecen bastante. Oxigenan la sangre y se nutren de savia. ¿Te imaginas qué bueno sería un baño de savia? Bastante más saludable y sabio que un baño de sangre, ¿no?
—¿Quiénes?, ¿las poesías o las plantas?
—Las dos. Las poesías devoran por dentro cuando la sangre hierve, y a veces logran resucitarnos.
—Lindo juego de palabras, pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre: al pan, pan y al vino, vino.
—No llegaste a estas alturas, desde donde se ve mejor, por arrebatos de realismo... felizmente. Quienes inducen a pensar con realismo lo confunden con conformismo y tienen la manía de ponerle nombre a las cosas encasillándolas en prisiones. Creen que su deber es ahorrarnos el trabajo de pensar, convencidos de que las cosas son tal cual las vemos. ¿Qué tiene de malo jugar con las palabras y especular con sus diferentes significados o interpretaciones? ¿No es la poesía un juego de palabras que puede tener tantos significados como se le antoje a quien la lea o escuche?
—De malo, nada; salvo que puede resultar una pérdida de tiempo y eliminar toda certeza. Entonces, ¿con qué seguridad me dices que el cielo no tiene techo?

—Con ninguna, y confieso que no me produce inquietud alguna. La experiencia me dice que no hay nada menos excitante y aburrido que lo previsible. ¿Por qué te preocupas por el tiempo si estás a punto de acabar con el que te pertenece?
—También te refugias en la ignorancia.
—No, me refugio en la sabiduría de los sueños que no tienen ninguna certeza, pero me animan. Son lo contrario a poner los pies sobre la tierra. Siempre quisimos saber qué hay más allá del horizonte sin que importe el próximo paso.
—Mi próximo paso sería saltar al vacío y terminar. He abandonado la ilusión de saber qué hay más allá del horizonte saboreando el gusto amargo de la frustración.
—¿Dónde quedó la preocupación por el tiempo? ¿Qué hacemos con lo aprendido?
—Ni siquiera tengo en claro las enseñanzas. Siento que todo gira a la velocidad que uniforma los colores. Lo único nítido que veo es la aparición de su figura, y cuando quiero tocarla solo compruebo su ausencia. ¿Hay algo más frustrante y desesperante?
—Quienes hemos saboreado el gusto dulce de los logros somos los únicos dueños de dimensionar las pérdidas, aun cuando signifiquen frustraciones.
—¿Ves que es preferible la ignorancia?
—No, porque a ese tipo de ignorancia se llega por no vivir.
—No me sirve de consuelo. No le puedo decir a mis dedos que no extrañen su piel, no puedo cerrar los ojos sin que aparezca, no me puedo quitar su olor sumergiéndome en otros. Deambular como autómata no me conduce a ninguna cima, ni siquiera a una colina leve que me ponga a resguardo de los vientos helados de la tristeza que me empujan al vacío.
—¿Quién suena poético ahora?
—Es la poesía de la frustración…, el desafinado canto de la tristeza.
—La poesía contiene la ira y no es desafinada. Es la ira la que estalla y nos arroja al vacío. La tristeza no estalla, a veces riega el rostro con lágrimas que dejan huellas, como las líneas de los pentagramas en donde se derrama una melodía, y entre esos surcos crecen enseñanzas. Es mejor asomarse al abismo con la excitación del vértigo, ese que pone el estómago en la garganta, hasta ver cómo el semblante va adquiriendo la serenidad que se refleja en las aguas azules y verdes del lago, o adivinarlo entre los destellos amarillos de la luz.
—¿No era que nunca elegiríamos el abismo? No encuentro diferencia con el abismo cuando solo veo y siento el tajo rojo en ebullición.
—Mil veces me asomaría si valiera la pena, pero no me arrojaría. Cuando la herida todavía palpita es que vale la pena, y aunque tiña la visión con la marea roja que intoxica, siempre habrá playas y orillas que absorban las olas saladas.
—Tal vez encuentre el alivio en el salto.
—No hay poesía de la tragedia que dé testimonio de heroísmo. Lo único poético es que rima con egoísmo. Se parece más a la actitud patética de llamar la atención… su atención.
—Es mucho más simple: quiero terminar con el dolor. Presiento que ahora la ira estalla en tu rostro invisible y te aleja de la sabiduría. ¿No es acaso la pregunta de siempre, saber si la travesía vale la pena?
—Sí.
—Bueno…, estoy próximo a averiguarlo y acabar con el misterio.
—El misterio es insondable, y prefiero eludir los caminos sin retorno.
—¿Cuáles? Si igual llegué al estado sin retorno.
—El de las ideas aproximadas, las que me descubren ante el desafío de exprimir al máximo el conocimiento sabiendo por anticipado que saldré derrotado, pero que el solo hecho de intentarlo vale la pena. Por eso el escalamiento es una aproximación, una idea, que puede ser expresada de mil modos diferentes.
—¡Por favor! No vengas con eso del sacrificado esfuerzo, porque por más que lo haga no me acerca a lo que quiero.
—No creo en el sacrificio saturado de connotaciones místicas que me llena de desconfianza hacia quienes lo invocan y dicen practicarlo. Tampoco me seduce el esfuerzo a secas, cada vez que lo pienso se me representa el noble buey tirando del arado.
—Entonces, ¿qué?
—La vocación, las inclinaciones, las tendencias, esas que necesitan cierto esfuerzo, que de no realizarse produciría una sensación infinitamente peor, como la frustración. ¿No te suena parecido a castración? Y en ese caso, ¿dónde quedaríamos?
—Frustrado, castrado y sin certeza no es promisorio.
—Porque nunca fue promesa, fue elección.
—¿Qué?… ¿La frustración y la falta de certeza?
—No, la elección fue la actitud de intentar eludir la frustración y cómo acercarme a la verdad. Por eso, elegí los músculos tensos que me han conducido a la pasión. Tensos los necesité para subir la cuesta suave, y más tensos cuando fue escarpada. Cada nervio y músculo fue dispuesto en el campo de batalla como el más disciplinado ejército. Di el mando al mariscal: el corazón, el que hace la diferencia, el que, sin perder iniciativa, improvisa y regula la intensidad de la pasión, o más que regular simplemente la expone conquistando el plano inclinado de los objetivos. Cuando se abrió, el tiempo no transcurrió arrastrado por la inercia, descubrió que en lo más simple se ofrece el universo desafiante, y con el flanco cubierto por el espíritu se arrojó a la pelea con miedos o sin ellos, intuyendo que esa decisión aproximaba a la felicidad.
—Tu bélico entusiasmo es contagioso, pero si se trata de objetivos, de resultados, no es demasiado el tiempo que disponemos para alcanzarlos, y el mariscal es el más vulnerable soldado en esta guerra. Abrí el corazón, la dejé entrar, y ahora desfallezco por su ausencia, agoté todo el arsenal y solo veo huir la felicidad cobarde. Si somos juzgados por el éxito obtenido, soy un fracaso, y lo peor es que parece que solo a mí me importa.
—Sin el coraje de abrirte, hubieras fracasado antes de existir, o no hubieras existido. ¿Por qué tanto miedo a ser juzgado? ¿Quién lo hace? ¿Qué es el éxito? Carece de interés saberlo si son solo ideas aproximadas. No hay nada que nos haya colmado más que haber sido fieles a nosotros mismos, aunque el resultado no haya sido exitoso.
—Esta vez el disparo no puede ser aproximado, debe impactar de lleno y derrumbar las defensas que esconden a su mariscal y exponerlo nuevamente ante mí, desnudo. Así valdrá la pena la batalla, sobre las otras escaramuzas solo tengo sensaciones.
—Igual vale la pena, aunque en esta contienda sientas que el parte de las bajas no es equivalente, y aunque la cantidad ofrendada sea mayor a la recibida. Si tu herida es auténtica, evitará más inmolaciones inútiles, porque no solo depende de tu decisión. Para el resto de las escaramuzas plagadas de revoluciones, catástrofes, amores livianos y cataclismos varios, nos alcanza con sabernos regados de sangre, surcados por músculos y nervios y dotados de sentidos y razón que brindan señales claras si vamos en la dirección de respetar la esencia y enfermamos cuando vamos en sentido contrario. El efecto es igual si somos jóvenes, bellos, viejos o gastados.
—No es una regla si muchos llegan a viejos felices de su éxito.
—Quienes coexisten con el éxito vacío han sucumbido sin saberlo, sobreviven a la destrucción por mano propia.
Tal vez una aproximación al éxito sea escaparle a la prisión del tiempo de una vida y trascender por lo que hacemos durante la vida. Conscientes de que es la única que tenemos, podemos pasearla como la tea ardiente de posta en posta peinando su llamarada de vértigo hasta alcanzar de nuevo la alborada. Así, seremos juzgados por otras vidas que tomarán nuestro legado en una sucesión infinita.
—Esa viva imagen es la del caballero andante con su melena azotada por los vientos, galopando al rescate de su amada e intentando con arrojado valor vencer los muros que encierran la ciudadela, pero el tiempo es el que conocemos y no alcanza.
—O es el que elegimos para ser y cómo ser.
—En otras palabras, el que elegimos para soñar, pero he dejado de soñar, porque ya fui rescatado de algo muy parecido al abismo imaginado cuando quería que me rescatara, y lo hizo sin proponérselo. Por eso ahora que está ausente, sigo percibiendo su presencia, que se parece a la condena de Sísifo en su ascenso y descenso interminable atado a la roca de la pasión.
—Transitar con belleza y poesía es una elección. Cada vez que subo la cuesta elijo la saliente en la que apoyo el pie, y no hay dudas de que tengo opciones. No temo equivocarme, porque tropezar es lo natural; desbarrancarse, no. La diferencia no es física, es lo que somos, lo que hacemos de nosotros. Lo que queda atrás es como un inmenso espejo en el cual podemos mirarnos, reconocernos, pero no modificar. Si podemos mirar la imagen que proyecta el espejo, y quizá sonreír con indulgencia, la esencia está preservada; si no podemos mantener la vista, y se dibuja un rictus de desagrado, la esencia está sufriendo, aunque ensordezcan los aplausos del éxito efímero.
II
Reserva de lo que llaman locura…
—Y entonces, ¿qué hago parado en la altura de la montaña a punto de saltar al precipicio para hundirme en las aguas heladas? ¿Cuál es la señal? ¿Qué dice nuestra esencia? ¿Adónde fue la belleza perdida?
—No sé, pero intuyo que si todavía tenemos capacidad de conmovernos es que hay tiempo… o no es el tiempo, o tal vez el tiempo traiga una respuesta.
—Es débil y peligroso depender de la intuición.
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