Kitabı oxu: «Secretos de Mujeres»

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Secretos de Mujeres

DIOS NO SE EQUIVOCÓ, NOS HIZO A NOSOTRAS

Pequeñas delicias de la vida cotidiana que demuestran por qué de “sexo débil” no tenemos ni un pelo

Fernanda de Alva


De Alva, Fernanda

Secretos de mujeres: pequeñas delicias de la vida cotidiana que demuestran por qué de Sexo Débil no tenemos ni un pelo / Fernanda De Alva. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tamara Herraiz, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-86-8136-8

1. Autoconocimiento. 2. Autoestima. 3. Sexualidad. I. Título.

CDD 155.3339

© 2020, Fernanda de Alva

Todos los derechos reservados

Publicado por Muiños de Vento Editorial

Soldado de la Independencia 864, Capital Federal, Buenos Aires, Argentina

@muinosdevento

muinosdeventoeditorial@gmail.com

Diseño de Cubierta e interiores: Jimena Guida para Muiños de Vento

Edición y corrección: Tamara Herraiz para Muiños de Vento

Fotos de cubierta e interiores: Diego Eidelman @eidelmanfoto www.diegoeidelman.com

1era. edición: Enero 2021

Edición en formato digital: Marzo 2021

ISBN 978-987-86-8136-8

Conversión a formato digital: Libresque

No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento o alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción es penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

A mis hijos Santino y Gianluca que son, fueron y serán el motor de mi vida.

A mí socia la Lic. Portas Esquivel que siempre quiso estar en todos mis proyectos y hoy es mi co-equiper favorita.

A todas esas personas que pasaron por mi consultorio.

A esos innumerables cursos de diversos temas y enfoques que dicté y que tanto me enseñaron.

A todas esas buenas personas que quisieron compartir partes de su vida conmigo en algún momento y que me dejaron tantas enseñanzas.

A todas esas otras personas que cuando me vieron caer, equivocarme o no saber qué hacer no me prestaron ningún tipo de ayuda. Porque, no me dejaron otra oportunidad que levantarme como pudiera y salir adelante.

Un agradecimiento especial a Diego Eidelman, un gran fotógrafo argentino, con una gran calidad creativa, que colaboró con el proyecto desinteresadamente.

Y, por último, a mí madre y a mí padre que de tan imperfectos y especiales hicieron que yo sea lo que soy.

¡Gracias a todos!


Introducción

Este es un libro dedicado a todas las mujeres… A las naturales, a las sobreactuadas, a las sencillas, a las desinhibidas, a las cohibidas. En fin, a todas aquellas que día a día buscan superarse.

Todas queremos sentirnos mejor. Todas queremos vernos mejor. Pero fundamentalmente queremos que nos quieran por lo que somos. Siempre y desde algún punto de vista aspiramos a valorarnos y a que nos valoren. Y no está de más mencionar que en muchas ocasiones llegamos casi a desfallecer en ese intento. Pero, fieles a ese ímpetu de superación tan característico del género femenino, seguimos y seguimos adelante.

El ideal sería que nos alcanzase con valorarnos y querernos a nosotras mismas, pero seamos honestas, a casi todas nos interesa eso tanto como la mirada, la valoración y el amor de los otros.

Desde pequeñas muchas queremos ser como mamá y que nuestro padre nos quiera, que nuestras amigas nos incluyan y que los niños nos miren más a nosotras que a cualquier otra. En general, para esto contamos con la inigualable ayuda de nuestras mamás, abuelas, tías, hermanas o primas mayores que ven en nosotras la posibilidad secreta de superar sus propios logros. En ocasiones, también nos pasa, que encontramos en nuestro contexto extendido mujeres que nos observan o a quienes observamos y que perciben en nosotras una chispa especial, que hace que se conviertan en seres luminosos y especiales revelándonos muchos secretos que, tal vez, de otra forma no hubiésemos podido llegar a acceder.

Así es como dedicamos gran parte del tiempo de nuestras vidas a ser lo que más podamos ser. Ser más lindas, ser más buenas, ser más inteligente, ser más sexys, ser más madres. Ser más y más de algo que muchas veces ni nosotras sabemos de qué se trata. Ser más, mejores y diferentes, muchas veces para algunas de nosotras, se convierte en el leitmotiv (tema central) de nuestras vidas.

En esta difícil carrera que nos proponemos (no digo todas, pero insisto una gran mayoría) desde pequeñas nos encontramos con diversas dificultades. En algunas oportunidades esto nos traba, nos frustra y hasta nos puede llegar a enfermar. De la desvalorización y la inseguridad pasamos a la angustia o a la ansiedad. En casos extremos, incluso podemos sufrir afecciones de la salud relacionadas con la exigencia.

Por eso, en este libro no vamos a centrarnos en lo que nos anula, sino en cómo evitar que las dificultades nos hagan daño. Encontrarás que cada capítulo se puede leer por separado y que, con la ayuda del humor y la esquematización de ejemplos, intentaremos acercarte tips y soluciones para que puedas poner en marcha, para seguir, o no, en tu increíble carrera de auto superación.

En síntesis, es nuestro deseo poder acercarte más información para que elijas quién y cómo querés ser.

Nota: Este libro en formato papel está impreso en letras grandes para aquellas que ya estén en la etapa de la presbicia o tengan algún problema en la visión. O bien para todas las que aman leer más cómodas. Si estás leyendo un ebook, recordá que podés cambiar el tamaño y estilo de la tipografía. Siempre, lo importante, es que puedas disfrutar de este camino.


Las mujeres y la peluquería

A mi fiel compañera de color, Armi, y a mi inigualable amiga Patricia, quienes cuidan que me vea tal cual yo deseo ser vista.

Acabo de leer, mientras revisaba una de las redes sociales que suelo utilizar, un tweet que decía: “En la peluquería… Ya mi cabeza no daba para más ¿Saldré más joven? ¿Mi novio me reconocerá? ¿Saldré más inteligente?”.

El impulso de contestar es casi irrefrenable: “Lo lamento darling la cabellera no nos cambia. No serás más inteligente pero seguramente, ¡saldrás más contenta!”.

La peluquería no es cualquier cosa para las mujeres, es un mundo muy especial en el cual ninguna mujer que se precie de tal ha dejado de transitar. Desde la joven que vive en el campo y que alguna vez fue a peinarse para “esa gran fiesta”, pasando por la dejada que no va nunca, a no ser que su cabellera ya no resista, hasta llegar a la obsesiva que va todas las semanas, conoce a todos por nombre de pila y mantiene sólidas amistades dentro de ese ámbito tan especial y mágico, que sólo está abierto a nosotras.

Los salones de belleza suelen ser grandes representaciones de La Hoguera de las Vanidades. Todas, y sin escapar ninguna, cuando nos sentamos en el sillón frente al gran espejo lleno de luces que nos enfocan sentimos un especial cosquilleo. ¿Qué hacemos allí? ¿Para qué estamos? ¿Qué fuimos a buscar? Son preguntas típicas que aparecen como flashes en nuestras mentes (ustedes por supuesto pueden agregar las que quieran). La verdad es que tanto la temerosa como la autosuficiente o la superada, en ese momento perciben un pequeño vértigo pues, se trata de nuestras cabelleras, el marco de nuestras caras.

En cuanto se nos acerca el estilista, el gurú de nuestra futura belleza capilar y nos dice: “Bueno, ¿qué te parece que te hagamos?”. Es inevitable, sentimos que estamos entrando en una especie de turbulencia emocional que desbarranca en diversas expresiones. A saber:

 Le decimos que hemos pensado en darle un vuelco a nuestra imagen.

 Comentamos que nos encantó el último corte de Julia Roberts y/o Emma Watson y le preguntamos qué tal se vería en nosotras.

 Somos directas. Le pedimos su opinión. Pero por las dudas le hacemos un test tipo multiple choice para saber si está en onda con las últimas tendencias.

 Arremetemos con LA pregunta: “Flequillo, ¿sí o no?”

 Siguiendo con nuestra incontinencia verbal, agregamos: “Mi cabello es muy rebelde”. Algunas lo decimos por lo llovido y pegado y otras por rizado y poco dócil. Pero eso sí, desde ya ninguna está satisfecha con lo que la madre naturaleza nos legó.

¡Ay, qué diferente hubiera sido nuestra vida si nos hubiera tocado el hermoso cabello de la tía Tita! o el de la vecina, la compañera de trabajo, la profesora de inglés, la novia del hermano y ¡hasta el de la esposa nueva de nuestro ex! Cualquier pelo menos el nuestro.

Para colmo, cuando estamos con nuestro chamán, sentadas en el sillón, con todos esos foquitos que nos sacan a relucir hasta los más mínimos detalles, arrugas, imperfecciones, vellos, puntos negros, sombras…, se sienta en el sillón contiguo ESA que sonriente le dice a su Sensei capilar de manera superada: “Haceme lo mismo de siempre que me queda regio”.

Inmediatamente, la miramos de manera incisiva y sin reparos tratando de ver qué le hizo. Si a ella le queda tan espectacular, ¿por qué a nosotras no? ¿Será que su gurú es EL gurú y nosotras nos equivocamos? ¡Qué duda! Puede ser que ya nada tenga sentido…

¡Stop! No podemos ser tan infantiles. ¡Nos tocó lo que nos tocó! Admitámoslo, nunca fuimos LA número uno, siempre la peleamos desde abajo así que, ¡a remarla! Enfoquémonos en nuestro estilista y pongámosle onda.

Están las que se animan, le conversan y se hacen las simpáticas para sacar lo mejor del Joven Manos de Tijera (Película de Tim Burton de 1990). Y las otras que se angustian o ponen cara de susto porque no pueden manejar el sólo hecho de pensar en el espanto que les podría quedar en sus cabezas, que con tanta ilusión y miedo entregaron ¿Cuál de ellas eres?

Porque, no lo vamos a negar, para nosotras las mujeres latinas o de casi cualquier lugar del mundo, el cabello lo es TODO. También porque nuestras parejas, madres, tías, primas, hermanas y amigas nos lo dicen.

¿Quién no ha tenido la sensación de que cuando no fuimos elegidas Reina de la Manzana, capitana del equipo de voley o secretaria de la maestra, fue porque nuestro pelo no había estado a la altura de las circunstancias?

En fin, todas tenemos una historia secreta con las heredadas “mechas”. Algunas porque nuestras madres o sustitutas nos cepillaban el pelo cien veces hasta dejarlo electrizado pero lacio, para luego hacernos unas lindas trencitas llenas de simpáticas hebillitas, las que nosotras supimos mantener hasta entrada nuestra adolescencia. Otras porque nos permitían usar en absoluto desarreglo nuestros hermosos pelos y hasta permitían algún habitante foráneo que picoteaba nuestro cuero cabelludo. Hecho que maestros y congéneres miraban con horror (hablamos de piojos, liendres, pequeños parásitos invasores).

Un corte y una quebrada*

*Expresión Argentina que se refiere a la danza del Tango

Todas sabemos de lo que hablamos. Estamos ahí, entregadas a ese momento sublime que representa nuestro corte de pelo. Sí, señoras y señores, de ese momento creemos que depende… ¡Ay, dependen tantas cosas!

Acá entramos en otro tópico determinante. Por qué decidimos cambiar lo que teníamos hecho en la denominada popularmente “peluca”.

Fácil y sencillo: no nos toleramos más. Nos vemos viejas, fuera de onda y aburridas de nuestra imagen. Al fin y al cabo, hace 15 años que tenemos ese corte carré, que ahora llaman bob y que creemos que en su momento nos convirtió en la Reina de Inglaterra, ¡sólo por el corte!, por favor… Entonces, le queremos poner fin.

Ese grupo de amigas pesadas e indiscretas que nos dicen permanentemente que tal vez un vuelco en nuestra imagen es lo que necesitamos para que nos veamos, ¿mejor? ¿Más como ellas? La verdad es que no estamos tan seguras, pero son tantas las insistentes -y hasta nuestras hijas nos lo dijeron- que por temor a quedar como “viejas pasadas de botox (no precisamente por el novedoso alisado)” pensamos que lo mejor es tomarlas en cuenta.

La opinión de nuestros maridos. Ellos que, como quien no quiere la cosa nos tiran en cada comentario como al pasar, pero de manera insistente un, “qué lindo te quedaría…”, “cómo te iluminaría la cara…”. O lo que es peor, nos dicen, ¡cómo nos rejuvenecería llevar el pelo rebajado como lo tiene Clarita! (Y Clarita es la mamá del nene que es el mejor amigo de nuestro tercer hijo y es, casualmente, la mujer con la que nuestro esposo está más hot que una pipa… No sé si nos queda claro.

Queremos conseguir ese trabajo soñado. Nuestra vida no funciona. O bien porque nos morimos de hambre con lo que ganamos, o porque nos acabamos de separar o sencillamente porque estamos hartas de nuestro destino. Así que decidimos que, para impactar y conseguir ese puesto tan deseado, necesitamos un nuevo corte. Algo más profesional, más actual, más que tenga que ver con este nuevo look que deseamos transmitir.

Porque todas se lo hicieron. Resulta que en mi grupo de amigas todas se cambiaron el corte. En verdad, quedaron como un grupo extendido de J Lo y Sus Bailarinas, pero todas aseguran que, a raíz de esta reciente y fabulosa transformación, sus maridos aumentaron su frecuencia sexual y todo el mundo se da vueltas en la calle para mirarlas, a su paso. Nosotras también queremos pertenecer a ese club de sensaciones. Si para entrar sólo hay que hacerse un corte de pelo, se hace. Nunca falta la hija que hace el reclamo: “¡Porque todas mis amigas se lo hicieron, Ma…! ¿Qué querés, que yo sea la ‘diferente’? Siempre buscás que pase vergüenza, que me miren por ser ‘esa’ que no lleva lo que las otras tienen… ¡Maaaaa! Yo soy feliz si soy como ellas, no si soy ‘distinta’. ¿Vos no me querés?” Y, por último, manda la frase matadora: “¡Todas las madres de mis amigas se lo permitieron hacer!”.

Me dejó. Y me dejó por esa “mocosa de porquería” de la secretaria. Esa que parecía una mosquita muerta1 y que no sabe ni cómo se limpia una cola sucia… Pero, bueno, ella sabrá el “tesorito” que se lleva. ¡Yo, gracias a Dios, libre para hacer lo que se me canta: dormir a pata suelta en la cama de dos plazas, escuchar música hasta cualquier hora y a todo volumen, tomarme todos los tragos que quiera y, por último, hacerme ese corte de pelo -que siempre quise- y él nunca me dejó ¿Cuál? Ese rapado con puntas decoloradas que me vuelve loca desde hace 20 años. ¿Qué? ¿Cómo que ya no se usa…?

Todas deseamos estar in

Otros tópicos que nos desvelan son Instagram y las revistas de moda… Cuando empieza cada cambio de temporada, las redes y estos magazines, que son el ideario de la mujer moderna, se llenan de las nuevas tendencias de ropa y por qué no, de peinados, cortes, colores y también maquillajes.

De hecho, mientras esperamos que nos atiendan en la peluquería, es el momento más usual durante el cual nos enteramos, navegando en las redes o bien hojeando las notas y producciones de estas publicaciones, lo que están haciendo los gurúes internacionales en las cabelleras de mujeres neoyorkinas, londinenses, francesas, españolas y, obviamente, de la elite hollywoodense.

Como si estuviéramos asistiendo a una verdad revelada, miramos lo hecho por las manos de estos profesionales -anónimos para la mayoría de nosotras- y, luego de observarlos con detenimiento, llegamos a la conclusión de que pocas veces podría quedarnos bien alguno de esos extraños peinados. Sin embargo, seguimos observando las imágenes, porque tal vez si le bajamos un poquito el tono del color por aquí y lo dejamos un poco más largo por allá, quizá sí podría funcionar. Todas queremos sentirnos parte, aunque más no sea por algún rasgo, de ese gran mundo donde todo se ve tan lindo y glamoroso.

Algunas de nosotras cambiamos el corte de pelo como quien cambia de ropa interior. Asegurándonos a nosotras mismas (y a todos los que nos preguntan por qué tanta inestabilidad en nuestras cabelleras) que “sólo es porque nos divierte y porque nos gusta sorprender”. Por supuesto, esto dista mucho de lo que en realidad ocurre, pero esperamos que sirva para justificarnos debidamente. La verdadera historia es que nunca podemos llegar a estar más o menos conformes, no nos sentimos identificadas con lo que nos hacemos, pensamos que no estamos proyectando adecuadamente lo que somos y nuestra insatisfacción con nosotras mismas se apodera de nuestras cabezas.

Todas pasamos por etapas de crisis y de cambios en la vida y de desconocernos en tal o cual aspecto. Pero en algunas oportunidades el desconocimiento es una parte importante de quienes somos. Es decir, nos conocemos poco, no tenemos bien armado nuestro esquema corporal en nuestro interior y, a veces, tampoco nuestro esquema emocional. Entonces nos aferramos a la búsqueda por ensayo y error para llegar a algún puerto. Pero cuando llegamos, no importa si es bueno o malo, nos parece inadecuado.

Si estamos dentro de ese grupo, por favor, amigas detengámonos y no sigamos haciendo tan evidente nuestra dificultad. Vayamos a un corte lo más clásico posible y pongámonos a trabajar en otro sentido para estar armónicas. La frustración se hace mucho más visible de lo que parece con estos cambios de look constantes.

Cuando la imagen se fija… ¡y no con aerosol!

Otro grupo importante lo constituyen esas mujeres clásicas, clásicas en el más profundo sentido de la palabra. Cuando salieron de la secundaria fueron un día a la peluquería y se hicieron su primer corte de señoritas. Y ese mismo corte las acompaña desde aquel momento inigualable. Pasan los años, pasan los momentos más importantes de su vida y siempre se ven igual. Saben que les queda bien y se sienten seguras. A veces se preguntan si su imagen no estará un poco “conservada en formol”, pero enseguida se les quita la duda y vuelven a auto convencerse de que, sin duda, es lo que mejor les queda.

En algunas ocasiones, signadas por la presión social, deciden hacerse un cambio. Todos las felicitan y las estimulan en ese sentido. Pero pronto, es decir con el primer lavado de cabeza (no sabemos cómo lo logran), ¡vuelven a verse iguales! Ellas no saben peinarse de otra manera y más aún, ¡no pueden verse distintas!

Hablamos de la “fijación de la imagen”. Nos convertimos en fotos estáticas de nosotras mismas que nos dan algo muy importante: Seguridad. ¡Estamos seguras! Sabemos que no falla, pero el tiempo pasa y quedamos atrapadas en esa forma rígida. Muchas veces también es lo que ocurre con nuestras personalidades. Y si algo cambia, es para que nada cambie. En realidad, lo que sucede es que el miedo toma el control: miedo al cambio, miedo a desconocernos, miedo a vernos distintas (y que eso implique que somos distintas), miedo a comprender que el tiempo pasa y que nosotras somos vulnerables a él. En otras oportunidades tememos vernos más sexys, más deseables y que ese sentimiento nos invada y nos haga cuestionar qué sentimos realmente.

Si te encontrás en este grupo, tenés que saber que las estructuras fijas y rígidas son peligrosas, porque por rígidas se transforman en fáciles de quebrar, como los cristales. Te propongo que te cuestiones qué pasa dentro tuyo y que de a poco te vayas animando a hacer algunos cambios pequeños pero que los sostengas. Un día te despertarás viéndote un poco distinta y te vas a dar cuenta, ¡que te gusta! Y lo que es más importante, serás menos rígida y estarás más satisfecha contigo misma.

¡Atención con el corte!

Están las mujeres que hacen cambios por efecto espasmódico. Es decir, se ponen de novias y se cortan el pelo, se pelean con el novio y se cortan el pelo, se reciben y se cortan el pelo, se casan y se cortan el pelo, tienen hijos y cada uno de ellos es un corte de pelo distinto, se divorcian y… bueno, ¡puede ser que se rapen!

A simple vista parecería que en sus cambios de cabellera ellas desean demostrar que algo importante les está pasando, pero atención porque muchas veces cometen graves errores y sus imágenes quedan francamente deterioradas. La verdad es que los que las conocemos, vemos con claridad esta tendencia de estas mujeres a expresar todo por medio de su pelo y solemos pensar que la deben estar pasando muy mal… Y en una de esas no es así. Pero si en una de esas es así, me pregunto: ¿Por qué hacerlo tan manifiesto?

¡Atención! Cuando estés frente a un evento importante de tu vida, no salgas corriendo a la peluquería. Probá con distanciar tu visita a ese lugar tan magnético. Interponé otras opciones antes de salir corriendo hacia allí, tomá un curso de yoga que te enseñe a respirar y a calmar tus emociones más primarias. También podés probar con hacer un curso de pintura que te permita expresar tus sentimientos desde otro lugar, el color es muchas veces una buena herramienta para sublimar nuestras expresiones más profundas. Y sino probá con lo que quieras, pero dejá en paz a tu pelo.

Es muy duro cuando llegamos a casa y todos nos miran con cara de estupor y nos preguntan: “¿qué te hiciste?”. Lo que es aún peor es cuando te encontrás con esa supuesta amiga o conocida que sabés que no te quiere nada y te dice: “¡Cambiaste el look! Te queda bien… ¡¿no?! Lo importante es que te sientas bien…”. Y en ese momento tenés la absoluta confirmación de que, lo que hiciste fue, sin duda, un grandísimo error.

Me atrevo a aseverar que las reacciones impulsivas no son buenas consejeras. Además, nunca falta el o la que dice que reaccionamos así porque tenemos un desequilibrio emocional o, lo que es peor, ¡un desarreglo hormonal!

Cada cual, a su juego…

Para empezar a redondear algunos conceptos básicos en los que todas deberíamos ponernos de acuerdo, la verdad es que el tiempo pasa, nuestras facciones cambian y, en la gran mayoría de los casos, nuestro peso también cambia. Por lo tanto, ese cabello que nos da marco a nuestra cara debería ir cambiando en cada etapa. La vida es dinámica y nosotras debemos acompañar también con nuestra imagen ese fenómeno natural. Las fijaciones son algo así como intentar tapar el sol con la mano. Pero bueno, siempre se debe hacer con un criterio que sea sólido y discreto, sino corremos el peligro de quedar hechas unas caricaturas de nosotras mismas.

En general, cada cinco o siete años, podemos evaluar cómo vamos cambiando. Nos pasaron cosas lo suficientemente importantes como para sentir que ya no somos las de antes. Tomá ese sentimiento como un buen indicador de qué es lo que está pasando en tu interior y a tu alrededor. Seguramente será un buen termómetro para hacer algo distinto con tu pelo. A veces, con sólo algunas sutilezas podés actualizar tu estilo.

Se buena contigo y, por favor, no te hagas un corte ultracorto tipo “pelito rapado” o carré con nuca despejada a no ser que:

 Tengas divinos 20 años.

 Tengas una cara perfecta, ninguna arruga y que no te importe que te den algún año de más.

 Si ya pasaste los 70, tenés razón, hacete lo que se te ocurra. ¡He dicho!

Si tenés cara pequeña y delgada, hacé un esfuerzo y no te pongas los cabellos pegados a las mejillas buscando dar volumen a tu rostro con más volumen de tu pelo… Estoy cansada de ver versiones rubias, rojizas, castañas y morenas al mejor estilo “melena de león” en las que (no importa si son bonitas o feas) las cabelleras pasan a ser el elemento más importante, los rasgos quedan escondidos y el resultado es poco elegante.

Si tus facciones son redondeadas, sé buena y en este caso, sí, acercá tu cabello a tu rostro. De esa manera, se sombreará más el contorno y dará una sensación de más pequeño. Pero cuidado que tu pelo no quede muy rizado, voluminoso o englobado con el corte, porque conseguirás el efecto contrario. Es decir, parecer algo así como un globo aerostático. En caso de necesidad de atarte el cabello, sólo hacelo para ir a tu clase de gimnasia, a no ser que tu intención sea convertirte en la representación latina de un tablao flamenco, ¡Olé!

Si tu rostro es más bien rectangular o alargado, una buena solución es acortar el largo con un interesante flequillo que puede ir desde uno discreto y peinado hacia el costado o entreabierto al medio, hasta uno tupido e importante representante del concepto. Eso sí, búscale la vuelta para que tus ojos se sigan viendo. No hay nada más desagradable que ser confundida con la hermana del Tío Cosa (espero que todas recuerden al emblemático personaje de Los Locos Adams).

Si tu cara es más triangular, es decir frente ancha y mentón pequeño, pues bien, los cortes carré un poco por debajo del mentón con puntas hacia adentro serán una opción espectacular. También unos buenos rizos en las puntas ayudarán a equilibrar el ovalo de tu cara.

Si tu frente es regular, tus pómulos también pero tu mentón es prominente, sin duda, el pelo más largo y lacio enmarcando el rostro será un excelente aliado.

Y si tenés arrugas, cara pequeña, extremadamente delgada, pero según desde el ángulo que se te vea es redondeada y también alargada y tenés cierta tendencia al ovalo en triángulo y para colmo un mentón heredado del tamaño de una carretilla. Por favor, hacé lo que puedas, pero hacelo. La verdad es que me quedé sin opciones…

Colorín, colorado

Otro iceberg dentro del inmenso mar que representa el mundo de “la peluca” es el tema coloración. ¡El Color! ¡Qué tema! ¿Quién no ha pasado grandes horas de meditación pensando: “¿Color sí? ¿Color no? ¿Reflejos sí? ¿Reflejos no? ¿El Henna me cubrirá estas canas? ¿O me dejo las canas y me hago la interesante?”.

En general, en mi país, seguimos dos grandes estereotipos: la “rubia total” y la “morocha argentina”. A partir de la adaptación de distintas variantes de estos modelos podemos encontrar las más absolutas e inimaginables derivaciones.

Respecto de las rubias, está la que se queda rubia y, a lo sumo, le agrega un poco de realce al color, porque quiere destacar que es SU color.

Luego, se encuentra la señora de tez aceitunada, que se pone un rubio color miel para verse más fina (aunque no siempre lo logra).

Sigue la vivaracha, que piensa que todo le queda bien porque es DI-VI-NA, y tiene tres capas de colores: primero el suyo, luego, un rubio subido y, para dar luz, un rubio pajizo en la capa superior. Realmente y, sin dudarlo, ella se cree, ¡súper guau! Pero ¿lo es?

Está la criolla con un hermoso pelo color azabache y una piel dorada privilegiada por naturaleza, pero a quien esto le importa poco. Entonces, como siempre quiso ser rubia, se tiñe de platinada.

Para terminar, tenemos a la rubia “desteñida”. Este es un caso especial. Sí, no nos referimos al efecto “puntas desgastadas” que hoy se usa tanto. A esta señora el rubio se le desgastó de tanto usarlo. Por efecto del tiempo y la dejadez… Es decir, un día se hizo un rojizo y, como era de esperar, se le fue lavando hasta que le quedó un amarillo color paja que, la verdad, ya no tiene mucha solución… A veces temo por la calidad de los oxidantes que se pueden llegar a usar y sus efectos.

En el otro extremo de la escala cromática tenemos a la “morocha argentina”. Debo confesar que, a mi gusto, estas muchachas suelen equivocarse bastante menos. No obstante, eso no quita que a veces veamos, ¡cada cosa! Por ejemplo, podríamos encontrarnos con lo que denomino la “morocha ébano”, quien, en su búsqueda del negro perfecto, se puso tanto tono sobre tono que, se convirtió en una “estatua de mármol negro”. Eso sí, ¡bien brillante!

Luego, tenemos la “morocha caramelo”. Esta mujer es un espécimen peculiar. Ella es la que de tanto darle al color chocolate una vez y otra vez, termina siendo la más clara expresión del Nutella. La verdad, tanta dulzura mata.

Tampoco nos olvidemos de la morocha que se llenó de canas, pero que no quiere asumirlo. Por ende, le empieza a dar al Henna (¿Lo tienen? Ese colorante de una plantita que ya se usaba allá en Egipto, miles de años antes de Cristo). Al principio, todo bien con la tintura natural. Sin embargo, con el paso del tiempo, el sucesivo aumento de los cabellos blancos y de las reiteradas aplicaciones de Henna, ¡su cabellera culmina emulando el pelaje de un caballito roano! El problema de estas seguidoras de Cleopatra es que pueden recibir motes no deseados.

Por último, llegamos a la “morocha latinoamericana” renegada, esa que piensa que el tono moreno de su pelo hace que se le note la edad o que le hace los rasgos más duros. Entonces, arremete con los claritos y de tanto entusiasmo -porque, tras los primeros regresos de la peluquería, todos le dicen que le queda bien-, se convierte en, ¡rubia! Pero bueno, ¡qué importa! En síntesis, chicas, errores cometemos todas.

Dejé para el final un grupo que es especial, diferente al resto. Se trata de las mujeres que, sin duda, desean diferenciarse sí o sí. A ellas no les importa en lo más mínimo el qué dirán, en realidad lo buscan desesperadamente… Son ELLAS, las distintas, las raritas. Son las pasionales coloradas.

¡Sí, sí, sí! No me digan lo contrario, porque en este continente tenemos a las mujeres originarias, las criollas, las españolas, las francesas, las italianas. Algunas llegadas por la inmigración sajona. Más cerca, en nuestros días, las orientales, pero ¿cuántos son los barcos que llegaron con inmigración nórdica como para tener pelirrojas? Como máximo cincuenta y de alguna de esas naves, una que otra vikinga se bajó por error en nuestros puertos, resultado de una noche de fiesta colosal a bordo. Así que las coloradas de nuestro continente son producto del colorista que las supo convencer de ser el objeto de su capricho. O bien, son víctimas de titulares como: “Esta temporada se vienen los colorados” o “Las coloradas ganan”.

Cuando tienen 20 años, son las rebeldes que se quieren dar el gusto y cuando pasan los 50 se transforman en las “rebeldes sin causa”.

Hay cabelleras cereza, rojo pasión, rojo borgoña y también, por qué no, rojo decolorado… Aunque, quizás el precio más difícil –y menos confesado- de estas temperamentales mujeres lo pagan en soledad, ya que deben luchar para que sus sábanas y toallas no queden de color rosa y parezcan todas sacadas de la casita de Barbie.

¡A no negar! Cada vez que lavan sus inigualables cabellos, van tiñendo de rojo todo lo que tocan. Y sus pertenencias más privadas van quedando inexorablemente, día a día, ¡cada vez más rosadas! Es por eso por lo que son pocas las oportunidades en las que ellas pueden mantener su rojo intacto por mucho tiempo. Admitámoslo: ¡Rita Hayworth hubo una sola! (ella también tuvo que hacer grandes esfuerzos para sostener esa cabellera roja).

Pero las coloradas existen, están ahí y cada vez que aparecen nos dejan sin palabras porque son osadas, porque son diferentes, porque se atreven a todo, porque se dieron el gusto… ¡Y a otros el disgusto! ¡Y al colorista un montón de dinero! Porque, no hay nada más difícil que mantener un rojo luminoso y con brillo.

Sin pelos en la lengua, ni en ninguna otra parte…

La depilación, otro tema intenso ¡Cómo me duele de sólo pensarlo! Todas en algún momento nos planteamos: “¿Por qué tengo que someterme a este horroroso momento si yo no soy masoquista?”, (acá pueden sentirse relevadas a las que les gustan las prácticas de tenor sado y a quienes la cerita caliente les produce placeres inigualables).

Pongámonos en el asunto. ¿Qué tenemos para hacernos? Axilas, media pierna, pierna entera, tira de cola, ano, cavado, cavado profundo, brazilian extremo, tira de pelvis, medio brazo, brazo completo, bozo, cejas. Y si a alguna se le ocurre algo más lo puede agregar a esta lista. Agreguemos todo lo que las muchachas trans tienen que hacerse -y que realmente con profunda honestidad desconocemos-.

También tenemos variedad de instrumental y materiales a elegir: cera negra, cera vegetal, cera tradicional, cera de miel con lienzo, la crema depilatoria, la máquina eléctrica de depilación casera, la “maquinita” de afeitar, ¡la pinza! Finalmente, la nunca bien ponderada depilación definitiva por láser, que después de 3500 aplicaciones nos deja el vellito tan suavecito que nos viene bien cualquiera de los otros sistemas. Pero eso sí, si no funcionó es porque desfallecimos en la 3449 oportunidad y no llegamos a la 3500 porque somos unas inconstantes, o bien no nos dio más nuestra billetera.

Ahora proyectémonos a ese momento en la camilla de “torturas”. Vos, ella, yo, la que sea, con las piernas abiertas como flor en primavera (o en otras posiciones que vos conoces y no tengo que contarte) mientras nos dicen: “Tranquilita, tranquilita, respirá profundo”. Y entonces, sentimos ese dolor/tirón inexplicable que de tantas veces repetido, nos auto convencemos de que no es nada…

Por eso cuando se da en rueda de mujeres el hablar del trauma de ir al ginecólogo y que te ponga el espéculo y te explore en tus zonas más profundas yo siempre pienso… Vamos chicas, si cada tres semanas nos depilamos sin que nadie nos lo exija. Ponemos la “señorita” y sus partes aledañas para que nos las tironeen sin decir ni “mu…”. ¡Y no se trata de nuestra salud, sólo de estética!

Pero, volvamos al tema. Estamos allí, como vacas entregadas al matadero y después de que la flagelación llega a su fin, nos retiramos con la sensación del deber cumplido. Con todo enrojecido y varios gramos menos por la piel perdida. ¡Ahhh…! Sin embargo, ¡qué bien que nos sentimos ahora que estamos “limpitas”! No lo podemos negar: estamos prolijas y, además, ¡como Dios manda!

Nunca falta una aventurera, una experimentada que nos pase la información de primera mano… Esa amiga que todas queremos tener. En mi caso, se llama Marcela, una periodista súper cool. Ella me adentró en las innovaciones de la depilación actual. Me dijo:

- A que no sabés? Te podés hacer cosas re divertidas.

Yo miraba atentamente y con mis oídos bien abiertos… Así que le pregunté:

- Ah… ¿Sí? ¿Cómo cuáles?

-Y… ¡Cosas divertidas!

Como no daba más de la intriga, insistí:

-Dale nena, ¡largá! No te hagas la difícil…

-Hoy se usa hacerse figuritas, por ejemplo, corazones, arbolitos, signos de pregunta, ¡Hello Kitty!

En estado casi catatónico le dije:

- ¿Y arbolitos de Navidad?

Entonces, Marcela, muy seria me contestó:

- ¿Y para qué arbolitos de Navidad?

-Para que cuando te vea desnuda, él se pueda reír con vos, pero con sentido.

No sé si mi amiga se quedó muy feliz con mi humorada, pero lo cierto es que las mujeres somos capaces de hacernos, cada cosa… Y cada cosa sin retorno…

Hablando de no haber retorno, hay mujeres que se decoloran el vello en “esas zonas” (ya se imaginan cuáles…) para evitar algunos de los terribles momentos ya detallados. De sólo pensar en ponerme una crema con amoníaco ahí, ¡se me erizan los pelos!

La verdad es que en muchas oportunidades las mujeres hacemos “cosas de locos”. Y tengamos, por favor, amigas, mucho cuidado, porque más son las oportunidades en las que nos podemos lastimar, quemar o producir daños irreparables en nuestra piel, de las que estamos dispuestas a reconocer.

Después de todo, ¿ellos no nos gustan con todos sus pelos? No, la verdad es que no, pero los toleramos.

En definitiva, las mujeres seamos rubias, castañas, gordas, flacas, altas, bajas, niñas, jóvenes, adultas o viejas, ponemos un acento muy particular sobre nuestros aditamentos pilosos. De todos ellos, construimos casi una telenovela que vivenciamos, día a día, para sentirnos más hermosas, más deseables o ¿por qué no? más elegibles para nosotras mismas y para los otros.

En la literatura de la historia del mundo se hacen largas narraciones sobre nuestros cabellos como complemento inigualable de la identidad femenina y nosotras, todas, somos fieles seguidoras de dicha creencia. Ponemos atención, intención, amor e inventiva en el cuidado de estos aspectos que definen nuestra identidad.

Reflexionemos, ¿seríamos las maravillosas mujeres que somos si no le pusiéramos todo este foco y valor a nuestras preciadas y adorables cabelleras? ¡SEGURÍSIMO QUE NO!

1 - Frase del lunfardo argentino que significa “no darse cuenta”


Entre amigas

A todas mis amigas, compañeras de ruta que han sabido estar al lado mío, les dedico este capítulo para reírnos, llorar y reflexionar juntas.

Mi vida no sería lo que es si no estuviese sembrada de bellas e increíbles anécdotas junto a esas mujeres especiales que son mis amigas. Ellas se fueron sumando en el camino para nutrirme y hacerme ser quien soy.

La amistad entre mujeres, ¡qué tema si los hay! Juntas nos acompañamos, nos sostenemos y hasta tomamos decisiones para nuestra vida. Todas, en mayor o menor medida, tenemos una, dos o tres amigas que son pilares de nuestra existencia, y otras, que forman parte de nuestros grupos de pertenencia y que hacen que nuestro día a día sea realmente más llevadero.

Pensemos: ¿Hay algo más divertido que juntarse a tomar un té, un café o un mate y pasar revista a las actualidades de cada una para estar “en la cresta de la ola”? O, ¿quién no ha salido de una cita con ese hombre que tanto le gustaba y lo primero que ha hecho es tomar al teléfono para contárselo a esa amiga del alma, confidente y compinche como pocas? Claro que hay que contárselo al instante porque si lo posponemos hasta mañana, tal vez se nos escapen “esos” detalles.

También sabemos que no hay nada mejor que pasar una tarde de compras con esa amiga divertida que puede convertir una escapada al shopping en una salida inigualable.

Ante situaciones difíciles... ellas son comprometidas, incondicionales, “de fierro”. Muchas veces son las únicas que pueden contenernos y levantarnos del suelo emocional en el que caemos cuando no podemos con nuestras almas. Están ahí para socorrernos, prestarnos una mano, ropa, dinero y hasta el auto. O para transformar un verano en una experiencia única que llevaremos por siempre en el corazón, en gran parte, porque ellas estaban a nuestro lado.

El inicio de esta historia

¿Alguna vez te preguntaste cómo nace la amistad entre las mujeres? Para mí siempre empieza en la niñez, en la plaza, en el patio de nuestra escuela o en la cuadra de nuestras casas, cuando salíamos a jugar y comenzábamos a relacionarnos con las otras nenas. Generalmente entrábamos en simpatía con una o dos más que con las otras, con quienes jugábamos siempre juntas. Con ellas nos sentíamos contentas y divertidas. Y, algo muy importante, más protegidas de las que tanto no nos gustaban.

Solíamos hablar de temas “interesantes” como, la última muñeca que nos había regalado mamá o el vestidito rosa bordado en punto smock que nos había hecho la abuela y que íbamos a estrenar para el próximo cumple. También tomábamos juntas nuestras primeras decisiones como, qué le íbamos a pedir a papá para el próximo Día del Niño: ¿La bicicleta que tanto nos gustaba -y que la otra ya la tenía-, o los patines?

Compartíamos nuestras galletitas, caramelos y pastillitas para demostrarnos cariño y compañerismo. Algo muy frecuente que solíamos hacer era caminar del brazo para sentirnos seguras y en grupo o hacíamos rondas sentadas en el piso para conversar a nuestras anchas.

¡Qué tiempos aquellos! Tan lejanos, tan cercanos… Tan formadores de las conductas futuras. Mientras hacíamos las primeras experiencias de amistad, también observábamos cómo nuestras madres se aferraban al teléfono por horas para contarle a su prima algo importantísimo e impostergable que aseguraban, sólo ella podía saber. Veíamos como algo usual, al llegar a casa, encontrarlas con la vecina, revistas en mano, hablando sobre ese vestido maravilloso que se querían comprar o hacer. Otras tardes, la actividad consistía en acompañarla a visitar a una amiga que, ¡oh, casualidad!, tenía una hija con la que podíamos jugar.

Las mujercitas, desde muy pequeñas, nos iniciamos en el aprendizaje de esa trama compleja e inigualable que es la amistad entre mujeres, primero guiadas por nuestras madres y, luego, por nuestro propio instinto.

Las féminas somos, por condición, más suaves y comunicativas que los hombres, así que la acción de la palabra se vuelve un condimento irremplazable y todo se va tejiendo desde su uso como una red eterna de confidencia, complicidades, coincidencias, encuentros y desencuentros con nuestras compañeras de género y de camino.

Todo nos sirve para comentar, para explicar algo más de nuestras propias vidas o para demostrar lo que sentimos. Y, por sobre todas las cosas, para charlar entre nosotras... ¡Nada en el mundo nos gusta más!

Quién no ha vivido la siguiente situación:

- Salgo.

- ¿A dónde vas?

- Voy a ver a Luciana, tenemos que hablar…

Entonces, nos responde nuestra pareja:

- Pero, decime, ¿qué tanto tenés que hablar con Luciana? Si hablaste ayer, antes de ayer y antes de antes de ayer.

¿Qué sucede entonces? ¡Gran Portazo Gran! Salida teatral y… ¡Grrrrrrrr! Nos marchamos ofendidas al encuentro de nuestra amiga. Porque lo que no entienden ellos es la simple respuesta: ¡COSAS NUESTRAS!

La amistad suele ser un bálsamo de construcción emocional que ninguna mujer se quiere perder de vivir. ¿Hay algo más doloroso que un momento de angustia en soledad sin el cariño incondicional de una amiga? A veces las circunstancias de la vida nos pueden llevar a perder estas relaciones tan fundamentales. Por ejemplo, por exceso de trabajo, responsabilidades de familia o alejamientos por mudanza o enfermedades. Nada nos hace sentir más doloridas o desorientadas que la pérdida de esos vínculos tan preciados. No hay maridos, ni hijos, ni desafíos próximos, ni terapias que nos hagan olvidar ese vacío, como una daga en nuestro corazón. Aunque todo lo demás esté de mil maravillas y nosotras estemos haciendo algo importante para nuestras vidas, sentirnos acompañadas y comprendidas por otras mujeres hace a nuestro bienestar.

Pero no todo es color de rosa en las relaciones entre mujeres, porque nosotras, además de ser conversadoras y “simpáticonas”, también podemos encontrarles un uso poco elegante y bastante más agresivo a nuestras uñas esculpidas y/o barnizadas… Y darle más de una razón a Dios por haber echado a Eva del Jardín del Edén.

Entre amigas, ¿todo se perdona?

¿Puede una amiga ser envidiosa? ¿Competitiva? ¿Existe el “te lo digo por tu bien” o esconde una intención algo alejada de un verdadero sentimiento de amistad? ¿Dónde está el límite? Repasemos algunas situaciones con amistades difíciles –de esas que todas tenemos o hemos tenido- y aprendamos a reconocerlas.

Lo tuyo es mío y lo mío es… mío

¿Quién no ha tenido esa amiga que todo el tiempo quiere acercarse para pedirte o “tomar” algo de tu persona? A este tipo de mujeres les encanta pensar que, si pasan mucho tiempo a tu lado, como en un proceso de mágica clonación celular, podrían convertir en una copia tuya.

Primero, se presenta como una mujer excelente que quiere hablar y hacerte algunas preguntas, luego te pasa a contar que está “medio sola”, porque tuvo varios problemas. Te da pena y te decís: “¡Pobre, parece buena! y aunque es medio ‘collar de melones’, tal vez es cierto que tuvo mala suerte”. Así que la sumás a alguna salida. Le decís que pase por tu casa a buscarte para ir juntas al cine. Toca el timbre de tu edificio y le avisás por el portero eléctrico que ya bajás, pero cuando estás diciendo “ya voy…”, escuchás una voz desde la puerta que dice: “No, abrime, estoy aquí arriba”. Sorprendida abrís, pasa y mientras te terminás de vestir, ella te va preguntando por cada sillón, cuadro, platito y mantelería de la casa… ¿Dónde lo compraste? ¿Cuánto te salió? ¿Qué tal te resultó? Después de un rato, cuando lográs sacarla de tu casa y llegan finalmente al cine, ella te invita con las entradas y con la cena. Entonces, te arrepentís de haberla querido mandar al diablo, te da culpa y pensás que sos una malvada. Así que cuando te vuelve a llamar, a los dos o tres días, aceptás salir nuevamente y, al poco tiempo, no sabés cómo, pero esta nueva amiga está metida en cada cosa de tu vida.

Un día decidís presentársela al resto de tu grupo. Salen todas juntas y notás que a las chicas ella no les cae bien, y que tu amiga sólo quiere seguir a tu lado y si habla con las otras, es de temas tuyos. Al día siguiente recogés comentarios de las otras féminas y te dicen que “Está ‘chica’ vive colgada de tu cuello, que es un plomo y que está dispuesta a tomar cualquier cosa que se caiga de tus manos”. Una piensa que las amigas de siempre tal vez estén un poco celosas y vuelve a sentir pena por esta nueva compañera. Todo sigue igual. Ella al lado tuyo y vos negociando con las demás para que te la dejen llevar a alguna de las salidas. Hasta que un día te invita a cenar a su casa y cuando llegás te llevás la sorpresa de tu vida. ¡Su casa es como una fotocopia de la tuya! Cuando le preguntás dónde compró esto o lo otro, te cuenta contenta que siguió todas tus indicaciones o que las compró luego de haberlas visto con vos. Esa noche salís despavorida pensando que las brujas de tus amigas, ¡tenían razón!, ¡te habías topado con una “tomadora”!

Yo, la más linda, la más viva, la más… divina de todas

Aquí otro caso de amistades difíciles. Empezás a incluirte en un grupo nuevo. Todas son agradables, pero no sabés muy bien cómo hacer, no das con los códigos ya instalados… En fin, te cuesta. En eso, se te acerca ELLA, la mujer más cool y guapa. No lo podés creer, le estás tan agradecida… Además, es súper divertida y pega con tu humor a las mil maravillas. Al poco tiempo, son “carne y uña”. Te gusta tener una amiga tan compinche. Esta mujer actúa como la mayor de las dos y la seguís porque te está enseñando. Pero pronto te empezás a sentir algo presionada… Siempre hay que hacer lo que a ella le parece. Después empieza a ayudarte con tu ropa (está bueno porque te guía a estar más en onda), sin embargo, un día uno de tus hijos te dice que te le estás pareciendo mucho y eso ya no te gusta. Otro día te pide que la apoyes diciendo tal o cual cosa en el grupo, como si fueras ella. Aceptás, por todo lo agradecida que estás, no obstante, la situación te va gustando cada vez menos. Por último, un día en una conversación, como quien no quiere la cosa, te explica que “sos divina, linda, buena y sexy”. Pero ella es más linda, más viva y mucho más… brava, y para rematarla dice que siempre logra que todos hagan lo que ella quiere, demostrándote todo lo manipuladora que puede ser. Ese día decidís que puede ser una buena amiga para algunas ocasiones y que le estás profundamente agradecida por todo lo que hizo, pero que es una mujer muy competitiva y digitadora a quien es mejor mantener a una distancia prudencial.

Pensar que éramos amigas…

Son amigas desde la infancia, se criaron prácticamente juntas. Luego con los años se separaron, ella se fue a vivir al exterior. En tanto, te casaste, tuviste hijos y, por último, te divorciaste. Después de años se vuelven a encontrar. Estás feliz, tu amiga de la infancia se ha convertido en una mujer mundana y exitosa. Ella te dice: “Nada es porque sí”. Sentís que la historia vuelve a comenzar y así empiezan a salir de nuevo.

Ella es liberal, atrevida y se come el mundo. Vas detrás aprendiendo todo lo que hace, mientras se integran a un grupo y la pasan genial. A veces te enseña, otras, te corrige y en algunas oportunidades te das cuenta de que te deja de lado. Pero, bueno, no te fijás porque tenés muchas obligaciones y no vas a pretender estar en todas...

Un día llega al grupo de amigos un nuevo hombre que está bárbaro. Te encanta y a ella también, pero él se fija en ti y eso hace que te encante todavía más. Empiezan a salir y la pasan bárbaro. En eso, tomás nota de que tu amiga te deja de llamar o que cuando tratás de ubicarla, siempre está muy ocupada. Te sorprende, pero como están dentro de un grupo y la seguís viendo, suponés que son ideas tuyas. Después de salir con este hombre por espacio de un año, rompés con él y un día, estando con tus amigos, uno te pregunta qué paso y cómo estás. Empezás a contar que “él es un tipo divino, pero que, bueno, había cosas que no funcionaron: los chicos, los ritmos de vida y algunos otros temitas…”. ¡Para qué! TU amiga, salta adelante de todos, y te dice que te conoce más que el resto de los presentes, que siempre fuiste una de esas mujeres pretenciosas. Es decir, te está diciendo mosquita muerta (en lunfardo “que fingís no entender qué pasa”), que nunca estuviste satisfecha con lo que le ha tocado en suerte, que conoció a tu exmarido, un tipo irreprochable y a este otro galán, ¡hombre interesante si los hay! Entonces te pregunta si realmente te detuviste a pensar cómo eras y qué tenías para ofrecer. Y si ya estuviste mirándote al espejo, para saber quién eras y si habías notado, además, que tu cabello necesitaba un arreglo urgente…

Salís como podés de esa situación, sentís que te sube y te baja la presión. Con tu último aliento terminás la noche de la manera más elegante posible y cuando llegás a tu casa, rompés en un largo y duro llanto. ¿Pudo TU amiga agredirte y, además, envidiarte tanto sin que vos te dieses cuenta? ¡Si ella era LA exitosa!

S.O.S. ¡Me siento mal!

Tenés una amiga de toda la vida, la conocés desde la secundaria. Siempre estuvo en las buenas y en las malas, la querés como a nadie porque es “especial”. Es compañera y gentil. Y cada vez que tuviste un problema de salud, estuvo a tu lado... Bah, especialmente cuando tuviste un problema de salud, porque es hipocondríaca y si hay un problema de salud nunca le va a sacar el pecho a las balas ¡Al contrario¡, se lo va a poner…

Es irreprochable en ese sentido, el asunto es cuando no hay de qué quejarse y todo está bien. Cuando las cosas están más que bien, siempre está dispuesta a que no lo estén tanto logrando hacer de un gran momento una tragedia casi inexplicablemente donde no había nada. Por ejemplo, van todas a bailar salsa. Están más que felices, el ambiente está bárbaro, la están pasando genial y tu amiga brilla entre todos por la cadencia de sus movimientos. En medio del candombe se para, casi violeta, empieza a mirar con cara de “me muero” y todas salen a socorrerla. Se para la música. Ella con ¡broncoespasmo!, que curiosamente termina cuando llegan a su casa.

En otra oportunidad, las dos parten hacia una quinta. El día es espléndido y en el recreo estarán el Príncipe Azul ¿o desteñido? que “te parte la cabeza” y su amigo, al que tu amiga tiene muchas expectativas de conocer. Llegan y la están pasando súper, comen la parrillada y todo va en “patines”. Se ponen alrededor de la piscina a charlar y bailar. En eso ella se te acerca y te dice que se tiene que ir, que se está poniendo mal, que el cuerpo le pica y que no sabe si es por el sol, la comida o algún bicho que la picó, pero que se está muriendo otra vez. Y agrega que, si no la acompañás se va sola, porque de esta no pasa… Hacés 50 kilómetros de vuelta por la vía rápida, vas a la guardia de la clínica a la que, desde su punto de vista, hay que ir y… ¿a qué no sabés que pasa? ¡No tiene nada! Te agradece por ser ¡tan buena amiga!

Todo está preparado. Se van a pasar un fin de semana largo al mar. El solcito ya calienta y sabés que hay muchas posibilidades de “pique”. Te prometió portarse bien y confiás… Después de todo, es tu amiga de toda la vida. Llegan a la playa, tu look: mallita y pantalla solar. El suyo: sombrero, pantalones de algodón largos (eso sí, blancos), remera de mangas largas, pantalla solar en una mano y libro en la otra. Hacés como si nada pasara, tu compañera es sólo un poco excéntrica… Te metés al mar y ella lee, volvés, le charlás un rato y vas de nuevo al mar. En eso ves que un montón de gente se amontona en la playa, pero, claro, desde adentro del agua no podés ver bien, así que salís de puro “chismosa” y cuando llegás la ves tirada en el piso con la boca abierta y sacando espuma. Y sí, es tu amiga… Parece que el desayuno no le cayó bien con el sol y además algo la picó… Bueno, muy bien no te supieron decir en la guardia, pero, eso sí, tiene prohibido por los próximos 5 años pisar la playa.

Última oportunidad, final de año, fiesta top, fiestón. Estás bailando con ese divino que te vuelve loca desde hace tres años. ¡Estás feliz! Este hombre te propone ir a un lugar más tranquilo y te la jugás, es “ahora o nunca…”, aceptás. Él te está abriendo la puerta del auto y por tu parte, como quien no quiere la cosa, te estás arreglando la ropa interior para la próxima situación. En eso llega tu amiga de toda la vida y te dice que no te podés ir. Le preguntás, “¡¿POR QUÉ?!”. Y te relata que algo extraño le está pasando, que supone que es una aneurisma o algo así… Tal vez un ACV, pero que tiene un cosquilleo en los brazos y que no los puede levantar bien. Bueno, te despedís de tu conquista y la acompañás hasta la guardia. Ahí, luego de tomografías y centellogramas computarizados, sólo le recomiendan un tranquilizante. La dejás en su casa y, después de que ella se deshace en disculpas, le decís: “Bueno, ¡está bien! Pero, por un buen rato, no me llamés más, ¿dale?”. Y enfatizás: “Pero por un buen rato, largo, largo…”.

Ay, disculpen, ¡se me complicó!

¿Quién no ha tenido a esa amiga que sabe ser confidente y compañera en la intimidad, pero que en cuanto hay terceros involucrados se encarga de boicotear y dejarte mal parada en todo aquello que hayas organizado? A ver si te suena esta situación:

Salen al cine, ella eligió la película, el complejo que le quedaba más cerca y el horario que más le gustaba. Pero cuando estás en la cola para entrar con los tickets en la mano, te manda mensaje diciendo: “Mejor lo dejamos para otro día; tengo problemas con Guille y no puedo salir. Mañana te cuento”. Con las entradas en la mano, tomás el teléfono y empezás a llamar al directorio entero a ver si alguien te quiere acompañar.

Días después la invitás a ir, junto a un grupo grande de amigos, a conocer una disco nueva. Ella confirma su presencia. No estás muy segura de que ella vaya a asistir, pero hasta sumó a otra de sus amigas en común… La reserva se hace con tres semanas de anticipación. Cuando llega el día, unas horas antes, cambia de idea y te envía el siguiente mensaje: “No te enojes, pero: ¿por qué no vamos al bar al que vamos siempre? Me dijeron que hoy va a estar bueno”. La mandás a pasear y salís corriendo a buscar un reemplazo para las entradas que ya habían señado.

Al tiempo, otra amiga intercede y te dice que no lo hace queriendo, que las “re quiere” y que hay que comprenderla. Te apiadás y pensás que sos terrible, así que decidís darle una nueva oportunidad. Entonces, armás un viaje de solteras y la invitás junto con otra amiga más (la que te convenció de que no lo hace a propósito). Averiguás todo, sacás presupuestos, conseguís las mejores condiciones, tenés todo, sólo falta dar el OK. Sacas tu ticket y tu otra amiga también. Cuando le toca a quien ya sabés, manda otro mensaje vía celular: “Chicas, disculpen, si puedo me sumo después… Vemos, pero tengo problemas con los chicos y no voy a poder. Además, me voy a Europa y creo que no me van a dar los tiempos. Pásenlo ‘re lindo’. ¡Las quiero!”.

¿Comentarios? Seguramente coincidirás en que, en el futuro, irás a lo que te proponga, pero por supuesto si no tenés nada más que hacer…

Mi amiga, ¿mi mayor enemiga?

Somos muy buenas compañeras, ella tiene muchas condiciones, es buena persona y, además, buena confidente. Sin embargo, hay un pequeño detalle: DUDA. Duda de todo. La acompañás a comprarse ropa (porque sola no se anima). Durante cinco horas entran aproximadamente en 25 negocios, se prueba 300 prendas, pero no sabe, no se decide y salen sólo con un pantalón. No importa, estás contenta, porque, ¡pudo elegir algo! Al día siguiente, te enterás que lo devolvió, porque no le terminó de “cerrar”.

En otro momento, como es tu amiga de la vida, le confesás que vas a dejar a tu marido, con el cual hace rato ya no vas ni para atrás ni para adelante. Durante años, sutilmente te mostró que era un bueno para nada, pero lo disculpabas por los chicos, por tu familia y por el “qué dirán”. Cuando, decidida y entendiendo que no hay nada más qué hacer, le contás a tu amiga que te separás. Ella te empieza a explicar que “¡OJO!”; que no tenés idea lo que es criar a tus hijos sola porque “yo ya estuve ahí”, que al final de cuentas, él no es tan malo…, “no mató a nadie”, que no es tan fácil conseguir a otro que sea tan perfecto (parece que ella ya se dio cuenta) y que ese otro que tenés “el nuevo”, ¿cómo podés asegurar que te vaya a querer y a elegir? (léase: ¡Si vos no tenés nada tan especial como para que éste mande todo al diablo por vos!). Entonces, te quedás pensando y te perdés en el limbo de tu indecisión (en realidad, la de ella, ¡pero te la contagió!) y lo peor es que nunca podrás saber si es tu mejor amiga o tu mayor enemiga…

Con amigas así… las otras quedan chicas

Alguna vez llegó a mis oídos la historia de esa piba más joven, divina, que siempre era divertida y la seguía a “la flaca” en todas… Siempre que salían estaba dispuesta, la pasaban genial. Tan buena onda era que cuando “la flaca” armaba programa con su marido, se quedaba con los chicos. Cerca de sus 40, cuando “la flaca” tuvo la crisis de “la edad”, la impulsó a que haga terapia y a que luego estudiase. Un fenómeno la chiquita. Es más, tan buena era que le iba a buscar a los nenes al cole cuando no llegaba de la facu a tiempo… La verdad, ¡una gran amiga!

Algunos le decían que desconfiara; que tal vez tenía otras intenciones. Para ella, todos eran unos tremendos exagerados, sin embargo, tuvo que admitirlo, no hay peor ciego que el que no quiere ver… En este caso la ciega era “la flaca”.

La gran amiga era, más que todo, ¡la amiguita de su marido! Pero la sigue queriendo, porque gracias a ella hoy tiene una profesión, tiene a sus hijos y…, ¡su exmarido se convirtió en el marido de la “muchachita”! ¡Más que una gran amiga, fue una gran ayuda! ¡¿Por qué negarlo?!

Aunque la mona se vista de seda, mona queda

Una gran filósofa popular me dijo una vez que ella prefería a un “mal bicho” que a una “mosquita muerta”, porque con la primera una siempre sabe qué se puede esperar de ella. En cambio, con la segunda, una siempre la subestima y cuando menos lo esperás, te destroza.

Este comentario me hizo recordar que, en la época en que iba a la universidad, había una compañera que era media especial y ahora voy a contarles por qué. Ella, para demostrar su personalidad, se vestía toda de rosa. Sí, como han leído, toda de rosa: botitas de agua o de calle color rosa, zapatillas color rosa, pantalones rosas, remeras rosas, camperas rosas y hasta carteras color rosa. Así que todos la teníamos como una “gran mosquita muerta”.

El punto es que, si bien parecía pertenecer al segundo grupo mencionado por la filósofa, siempre encontraba la forma de desquitarse con nosotros. Por ejemplo, si estábamos todos en clase, hablando sin parar sobre algún tema que nos molestaba -como podía ser la toma de los trabajos prácticos- cuando todos nos callábamos, esta linda persona decía a voz en cuello: “Vamos, chicos, no se quejen tanto, a ver si el profesor se da cuenta que se copiaron”.

En otra oportunidad a una de las chicas se le ocurrió presentarle a su novio, que se llamaba Mariano. Lo saluda atentamente y cuando la primera se está por ir con su novio, esta personita le dice: “Chau, ¡Marcelo! ¡Ay, no! ¡Me equivoqué! ¡Perdón! ¡Ese era el otro con el que salías, el ayudante de los teóricos!”

Otra anécdota que la pinta de cuerpo entero la vivimos una vez, cuando estábamos por presentar un trabajo final que se hacía en equipo. Había que defenderlo. Ya estaba todo preparado y éramos los próximos en pasar. En eso, la chica color de rosa, nos dice que la disculpemos, que no es nada personal con nadie pero que no se sentía a gusto con lo que le tocaba defender. Le dijimos que eso no era posible, que habíamos trabajado cuatro meses y que lo podía haber dicho antes. Replicó que lo sabía, pero que no lo había podido decir así que… “¡Mil disculpas!” Tuvimos que desprenderle las manos de otra compañera de su cuello para que pudiese seguir respirando y pudiera partir. Eso sí, esta vez, para no volver.

Moraleja: ¡No subestimes nunca a un “mal bicho” vestido de “mosquita muerta”!

¿Quiénes somos en grupo?

¿Nunca les pasó reunirse con sus amigas de siempre y, al darse cuenta en medio de la velada de que una no había asistido, encontrarse en medio de un despiadado “despellejamiento” de la pobre ausente digna de un matadero? A tal punto de pensar… ¡Yo de acá no me muevo hasta que la última de estas brujas se haya ido! Algo que, de hecho, terminamos haciendo por el susto que nos damos a nosotras mismas con nuestra actitud.

Las mujeres somos capaces de acompañarnos tanto en buenos como en malos momentos y de compartir nuestras alegrías y tristezas, lo que termina siendo el motivo por el cual los grupos son tan valiosos. Nos contienen y sostienen a través del tiempo en múltiples episodios de nuestras vidas.

En salidas y reuniones, a menudo hay una amiga que se convierte en ese personaje especial y diferenciador, que acapara gran parte del tiempo, contándonos, por ejemplo, todas las cosas de su oficina, a tal punto que las demás ya tenemos una opinión formada de su jefe, sus compañeros y hasta del desarrollo de carrera que le convendría a cada uno. Cuando se agota ese tema y alguna comienza a hablar de los hijos, vuelve a la carga, para darte consejos, poniéndose siempre como ejemplo con su experiencia con los suyos y hace que todo vuelva a girar en torno a sí.

Luego, cuando finalmente se separa de su marido, ¿qué hace? Habla, habla y habla… ¡De su ex! Pero, como la queremos y sabemos que nos necesita, le tenemos paciencia…Total, ¿qué son seis meses de charla ininterrumpida sobre su duelo? ¿Qué le hace una mancha más al tigre?

Esto no sería tan terrible si cuando se termina el duelo por la finalización del matrimonio, no empezara una etapa de rememoración. Entonces, ingresamos en el período: “Todo me hace recordar a Cacho”. Cada situación, la hace comparar a Cacho (su ex) con cada cosa que suceda y cada cosa que se plantea en el grupo a ella la lleva a una nueva reflexión del tipo: “¿Qué hubiese hecho Cacho en esta situación?”. Bueno, en fin, el grupo funciona así, desde hace varios años: nosotras, ella y Cacho…

Lo que importa es… ¡competir!

En “dulce montón”, las mujeres también solemos ser más competitivas. En realidad, hacemos lo mismo que los hombres, pero en otro sentido. Ellos miran sus autos y ven quién “la tiene más larga”. Nosotras medimos todo y, en síntesis, vemos quién la tiene “más lustrosa”.

Por ejemplo, competimos con el peso para ver quién está más flaca y quién más gorda. Nos pasamos tips de dietas. Sin embargo, cuando estamos juntas, las flacas comen como locas y las gorditas tratan de contener sus manos todo el tiempo ante los manjares que tienen frente a sus narices.

También competimos por la ropa. Ante una salida con amigas, es muy usual que nos vistamos para y por las otras. Somos capaces de estar hechas unas diosas, y hasta de estrenar prendas nuevas, cada vez que nos vemos con ellas. Siempre hay una que se destaca en el métier de los trapos y cuando toma el micrófono, critica a las otras sin parar. Las deja como lentejas aplastadas en medio de la alfombra del living de la casa en la que se encuentren. La verdad es que a veces podemos ser muy crueles.

Otro personaje que suele aparecer es el de la potentada, quien gracias a haber heredado (o a haberse conseguido un señor con dinero) demuestra todo su poderío económico a fuerza de alhajas, carteras y zapatos, de dudoso gusto, pero de claro valor económico. Cada vez que abre su boca empieza diciendo: “Porque yo tengo…”, o, lo que es peor, “lo importante es lo que una es, no lo que una tiene”, mientras sacude sus manos repletas de joyas.

Los hijos son también otro gran punto de competencia entre mujeres. Generalmente pasa por establecer quién es la mejor o mayor madre. Ellas se destacan llevando cadenas de dijes con diseños de niños (pesan tanto que les hace inclinar levemente su cuello hacia adelante). Siempre están algo desarregladas, pero felices de haber dado tanta vida con su vientre, al punto de hacer sentir desgraciadas a las más coqueta.

Otro grupo digno de destacar son las grandes trabajadoras: las exitosas. Esas mujeres que sobresalen en su trabajo, por sus puestos, sus viajes de negocios y sus agendas llenas de compromisos laborales. Cuando llegan a la reunión de amigas, sacan sus tres teléfonos y los ponen en la mesa. Ellas nunca están en onda con lo que hablan las otras y siempre piden que les extiendan los temas porque están “fuera de frecuencia”. Se disculpan diciendo que viven “en otro planeta”. Eso sí, cada vez que alguna intenta regresarlas a la órbita, interrumpen porque tienen que atender un llamadito “urgente” de alguno de los tres teléfonos que han sacado, cuales armas mortales.

Por último, no nos podemos olvidar de las más sexuales. ¡Son puro erotismo! Llegan y todas pueden sentir su olor a sexo. Tienen siempre colgada una gran sonrisa que dice: “Lo hice hace 20 minutos”, y cuando les toca abrir la boca pasan a relatar su última experiencia que obviamente fue INOLVIDABLE y dejan a todas más calientes que una pipa, pensando, “¿qué tendrá ésta tan fascinante allá abajo?”.

Con un poco de ayuda, todas somos más divinas

Si hay un tema que suele revelar nuestras actitudes y reservas más insospechadas es el de las cirugías estéticas. Esta escena es típica:

Una amiga anuncia que se va a hacer las lolas (o sea se va a operar el busto, aclaramos por si dudan de la expresión). Algunas la felicitan y otras la miran con cara de ¿para qué? Entre las que la apoyan empiezan a preguntarle cuánto se va a poner y si ya sabe con quién se las va a hacer. Una declara que ella ya se las hizo y las demás la miran fascinadas. Así que ésta toma la batuta y comienza a compartir su sabiduría: “Mejor es si te las ponés por detrás del músculo y si te animás, que sean grandes, para que se te noten”. Entonces, las demás le preguntan si le dolió. Ella dice que “nooo”, que “nada que ver”, que quizás, las dos primeras semanas estuvo dolorida, “pero nada que no se vaya con un analgésico”. Así que luego le preguntan cuánto tiempo estuvo sin hacer actividad física y ella afirma que “no mucho, más o menos un mes y medio o dos. Lo más difícil era no levantar los brazos”, y el interrogatorio sigue.

De repente, cuando están en lo mejor de la charla, una le dice: “Están re naturales”, y otra más osada aún pregunta: “¿Podemos tocar?”. A lo cual, la dueña de las lolas, contesta, feliz de la vida, que “sí”, y todo se convierte en un testeo in situ de la cirugía realizada.

Cuando ya la mayoría está convencida de partir en tándem a “hacérselas”, sucede que emerge un clon de Uma Thurman en la película Kill Bill y dice: “¡Cuidado! Que esto no es joda. ¿Acaso no saben todas las cosas terribles que les pueden pasar? Rechazos, siliconas estalladas, infecciones, mujeres que no pueden volver a dormir boca abajo, encapsulamientos…”.

Todas la miran azoradas y, como si hiciera falta, esta asesina serial de ilusiones inicia un rosario de anécdotas negativas sobre implantes que las deja a todas de cama y agarrándose las tetas del pánico que les produjo.

Así que pasan a otro tema menos conflictivo, otra de las amigas presentes arranca: “¿Saben lo que me hice? Me puse Botox”. Todas la felicitan y luego pasan a examinar el trabajo. Se asombran de lo bien que le quedó y ella acepta contenta que ve su cara mucho mejor, como más fresca y relajada. Las otras asienten y le preguntan con quién se lo hizo y cómo es el procedimiento. La nueva experta en Botox cuenta que primero estuvo averiguando a través de revistas y programas televisivos e Internet, que luego charló con varias conocidas y que, por último, fue a lo de una doctora que le recomendó una amiga (que de esto sabe un montón y a la que le había quedado bárbaro).

Todas felices ya estaban sacando sus agendas nuevamente para anotar el teléfono de la doctora, cuando… ¡Zas! otro embate de Kill Bill: “¡Cuidado que eso no es para todas! ¿Acaso no conocen esos casos de mujeres a las que les produjo alergia? ¡Hay algunas, incluso, a las que se les cayó la mitad de la cara! Ni qué decirles de las que quedan con gesto de espantadas…”. Como si con eso no fuera suficiente, lanza una lista de actrices nacionales e internacionales a quienes, según ella, “con sólo mirarlas por la tele, una se da cuenta que tienen la cara como planchas y son absolutamente inexpresivas”.

Como acto reflejo, todas las amigas presentes se empiezan a tocar la cara y a imaginarse como si fueran una versión recargada de Frankenstein con faldas y, simplemente, se quedan sin palabras. Así que una, para romper el hielo del susto, propone: “¿Abrimos otro vinito?”.

Después del cuarto vino, una corajuda respira hondo y larga: “Chicas, yo no quise decir nada porque es bastante inocuo, pero, mañana me pongo ácido hialurónico”.

Silencio. “Es algo que te rellena los surquitos gestuales que nos marcan y nos envejecen sin necesidad. No tiene ningún efecto colateral”, agrega, como para aclarar. Entonces, todas se aflojan, se animan otra vez y empiezan a preguntar: “Pero ¿qué es el ácido hialurónico? ¿Cómo se pone? ¿Cuánto dura?”.

La consultada está explicando que es una especie de relleno y que, además de éste, una se puede poner otros rellenos naturales (es decir, por ejemplo, pequeñas cantidades de tu propia grasita para rellenar pómulos), cuando adivinen qué pasa. Kill Bill grita: “¡Paren! ¡Ustedes están locas! ¡Los rellenos son peligrosísimos! ¿Acaso quieren quedar con bocas como toronjas, entrecejos como después de una pelea de box o pómulos como pelotas de ping pong?”. Antes de que la interrumpan, pasa a relatar la historia de una mujer que ella conoce a quien que se le cayó el relleno de los pómulos y le quedó estacionado en los mofletes, quedando finalmente más parecida al perro Pluto que a la Marilyn Monroe que pretendía.

Aun estando destrozadas, tiradas en los sillones y mudas, ante el peso de semejantes argumentos negativos, Kill Bill decide rematarlas: “La verdad, amigas, me da vergüenza que no se quiera cada una como es… Son mujeres de edad, a las que la vida las atravesó y su belleza está en ser ustedes mismas, si no, ¡mírenme a mí”.

Así que todas la miraron y ¿qué vieron? Una Kill Bill llena de arrugas, con un ojo levemente más alto que el otro, porque un párpado se le cayó, con su cara llena de manchas por efecto de los embarazos, que usa anteojos (¡para qué se iba a operar!), ¡con mofletes de bulldog y tetas que le tocan el ombligo! Entonces pasó algo que nadie esperaba... La que se hizo las lolas comenzó a ponerse colorada hasta que a voz en cuello le gritó: “¡Por qué no te vas un poquito a la mierda!”

Duro, ¿no? Pero esto también es parte de la amistad, aunque pocas veces nos atrevamos a confesarlo.

De eso no se habla

Las mujeres somos “apoyadoras” las unas de las otras, y siempre buscamos decirle a nuestra amiga algo que le levante el ánimo, a veces corriendo el riesgo de ser unas grandes hipócritas.

Una vez íbamos caminando con una amiga por el barrio de Belgrano cuando creímos ver a otra amiga en común, pero no estábamos seguras, hasta que ella se acercó y nos dijo con dudosa felicidad:

-Hola Chicas, ¿cómo están?

Nosotras nos habíamos dado cuenta de que se había hecho algo terrible en el cabello al punto de no reconocerla. Pensamos que le iba a ser difícil salir de ahí, pero no se lo íbamos a decir…

-Carla, ¿sos vos? Estás distinta. ¿Qué te hiciste?

-Fui a la pelu y Johnny me convenció para que me hiciera este corte rebajado y unas mechitas azules y otras violetas ¡para que le den más vuelo!

-Sí, se nota que estás divertida, y además diferente…, le dice mi otra amiga.

Ella se va contenta, y yo le pregunto a mi compañera:

-¿Por qué le dijiste terrible pavada?

Mi amiga me responde:

-¿Qué querías que le dijese? ¿Que parecía la Torre de Pizza con bengalas de colores?

En otra oportunidad, me vi involucrada en una situación algo parecida. Estábamos entre mujeres hablando de la vida, una de ellas se había separado recientemente. Todo marchaba a las mil maravillas hasta que esta pobre mujer ve entrar al bar en el que estábamos, a otra amiga (de esas del estilo de las que se creen ganadoras). La infeliz sale como eyectada de su asiento para contarle a la otra lo que le pasó. Como puedo, trato de involucrarme en el intercambio menos imaginado que podía darse esa tarde porque la que tiene más calle que la vía pública, después de haber asimilado la historia le contesta:

-Bueno, pero vos bien, ¿no? Digo, no se te ve mal…

-Sí, bien, ¿vos me ves bien?

-Sí, sí… Bueno, ¡por lo menos lo podés hablar!

Nuestra amiga se va contenta y entonces, la mujer de mundo, la que sabe qué decir, cómo, dónde y a quién, me comenta:

-Está muy mal esta pobre chica, ¿no?

Le digo:

-Sí, pero, la verdad, no supe cómo hacer para que no abra la boca.

Ella, muy superada, me explica:

-¡Es que eso ni con anestesia general lo hubieses logrado!

Este relato se trata de un grupo de amigas que se reúnen a cenar una vez por semana. En uno de esos encuentros notan a una de ellas está un poco alicaída. Dice no querer hablar de lo que le pasa, pero insisten. Tiene a todo el auditorio a su merced, así que empieza a desembuchar…

Que tiene a su mamá con una enfermedad terminal que la está dejando “piel y hueso”, que su papá (como todas saben) está con Alzheimer desde hace 5 años, que el “hijo de su buena madre” de su marido como se sentía “desatendido”, se enganchó con la personal trainner, pero afirma que sólo fue una aventura pasajera, que su hijo mayor la hizo abuela y que su hijo menor le acaba de confesar sus dudas sobre lo que estaba estudiando y que como no sabe qué hacer de su vida, se va a tomar un año sabático y ya sacó pasaje para Europa.

En eso, en nuestra mesa, se escucha la típica frase que solemos odiar:

-Bueno… ¡YA TODO VA A PASAR!

¡¿Qué va a pasar?¡ ¡Por Dios! El padre está perdido, la madre se está muriendo, el marido le fue infiel, su hijo mayor acaba de tirarle un balde de hielo encima y el menor tiene “un corso a contramano en la cabeza”.

Pero, en fin, a veces las mujeres somos así. Cuando no sabemos qué decir, solemos recurrir a la frase con menos consuelo de la historia: “YA VA A PASAR”.

Tal vez es lo que nos enseñaron nuestras madres, quizás es lo que vemos en tantas reuniones y relaciones entre mujeres o simplemente es la salida más fácil. Sea porque es una salida simplista o de compromiso, porque no queremos involucrarnos -dado que en muchas oportunidades la realidad de la otra nos hace espejo con nuestra propia realidad- las mujeres recurrimos a escapes superficiales para aligerar los momentos duros de la vida.

Facebook, Instagram, Twitter… ¿Tejemos redes o telarañas?

En el mundo que vivimos, no podemos dejar de hablar de amistad sin referirnos a aquellas que establecemos en las redes sociales. ¿Quién no participa de Facebook, Instagram, Twitter u otra de estas redes? Todas hemos hecho amigas allí, nos hemos reencontrado con compañeras de la escuela primaria, secundaria, de la universidad… Usamos estas herramientas para arreglar salidas, publicar fotos de nuestras vacaciones, cumpleaños, de aquellos momentos que consideramos extraordinarios. En estas redes solemos contar historias magníficas ¿Serán verdad? Supongamos que todas tenemos una vida así de buena: salimos, nos divertimos y hacemos cosas fantásticas. Parece que siempre tenemos situaciones insólitas que relatar y nuestras vidas son súper apasionadas. Hasta nuestras más grandes desdichas son deseables de ser vividas por cualquiera. ¡Qué suerte que tenemos las que estamos en las redes! Ahora, yo me pregunto, ¿por qué perdemos tantas horas, conectándonos, subiendo fotos y relatando nuestras vidas o estableciendo encuentros? Pensemos, por un momento, ¿qué pasaría si el tiempo que le dedicamos a contarlo lo usásemos en seguir pasándola bien? ¡Sería casi imposible de soportar! ¡Vamos! ¡A mamá mona con bananas verdes, no!

Primero están las twitteras. Ellas están en todo. Es decir, Twitter es para decir “qué estás haciendo” o “qué estás pensando”. Ahí me maravillo cada día más: están las que hablan de la nada misma, las que critican todo, las que te relatan hechos indescifrables y las súper exitosas que sólo te comunican logros pluscuamperfectos.

Varias veces me quedé pensando en el fantástico humor demostrado en Twitter, lo bien que nos va en la vida y, aún más, cómo entendemos los mensajes llenos de signos, emoticones, abreviaturas y cuanta información “fundamental” nos mandamos por este medio. ¡Qué solidarios podemos ser “los miembros del sexo débil” en muy pocos caracteres!! ¡Hasta los presidentes de todo el mundo, nos dan las buenas nuevas por este medio!

No es por maldad, pero, leyendo lo que publicamos en las redes, parece que casi nunca nos duele un callo, jamás nos descomponemos y nunca, nunca lloramos. Nos acompañamos, eso sí, ¡en nuestros gloriosos éxitos! Nos contamos las buenas nuevas pero buenas y siempre estamos presentes, en reducida cantidad de caracteres.

Twitter se ha convertido también en el lugar por excelencia en donde nos enteramos más rápido de las noticias. Todo se pone ahí, lo verdadero y lo falso. Un universo de verdades y una gran lupa de lo que ocurre en el mundo, tanto de las cosas más maravillosas como de las más terribles. Se la ha llegado a denominar hasta como “la cloaca” de las redes, porque cualquiera desde el anonimato puede decir lo que se le ocurra sobre cualquiera y cualquier cosa.

Luego está Instagram, es visual, bella y siempre exitosa. En los últimos tiempos también se ha vuelto en una gran red para la venta y la comercialización de objetos y servicios porque todos están o quieren estar allí.

Algo que siempre me genera mucha gracia dentro de esta red es la existencia de las “stories eternas” las personas sienten que los 15 segundos no les alcanzan para decir algo y entonces van sumando y sumando material hasta que casi convierten ese pequeño espacio en lugares de largas producciones casi cinematográficas.

Por último, nos queda Facebook, tal vez la red más tradicional y antigua. De hecho, muchos analistas de redes la habían dado casi por extinguida, porque había quedado para un público más añoso y que sólo compartía eventos familiares. Estos últimos tiempos de la pandemia han vuelto a demostrar que Facebook sigue teniendo una enorme fuerza e importancia de comunicación y que continúa siendo la madre de todas las redes sociales.

Tenemos que hacer una mención especial para Messenger y WhatsApp que permiten la mensajería instantánea uno a uno y grupales alrededor del mundo. Hoy por hoy son las más dinámicas y poderosas formas de comunicación entre las personas de todo el planeta. No solo eso, sino que nos permiten además establecer relaciones íntimas, compartir información política e ideológica y construir profundos vínculos humanos entre las personas, cosa que las otras redes no permiten.

Un estudio reciente ha demostrado que 6 de cada 10 parejas construidas en la actualidad en el mundo se han iniciado de alguna forma a través de todas las redes sociales que existen.

Por supuesto, en estas redes también tenemos usuarios extremos, hay personas que directamente ya no se comunican de otra manera que no sea a través de un mensaje escrito, para ellos mantener una comunicación verbal de interacción directa les parece estar perdiendo su tiempo. Tenemos a los que graban mensajes de audio larguísimos -que más que mensajes son monólogos, casi stand ups- que tenemos que parar hasta 3 ó 4 veces para poder terminar de escucharlo completo.

Sabemos que existen también otras redes sociales como LinkedIn y Tik Tok pero sobre ellas no vamos a hacer un apartado en este momento. Por otro lado, sabemos que hay muchas más en otros lugares del mundo, especialmente en China, pero por ser occidentales carecemos de información suficiente para comentarlas.

Las mujeres somos compañeras, solidarias y, además, nos necesitamos. Sí, nos necesitamos para reírnos de nosotras mismas, para comprendernos -aunque no siempre podamos ser 100% honestas-, para hacer las peores porquerías o para sentirnos acompañadas por otra que sea como nosotras y que nos entienda en lo más profundo de nuestra esencia.

La amistad es un vínculo absolutamente único e irrepetible que significa compartir junto a otra persona las vivencias, los momentos, las experiencias y crear nuevas posibilidades o alternativas de estas. Esto implica, a su vez las corrientes afectivas cálidas, sensuales, de competencia, de envidia y de culpa que hacen que las amistades sean tan necesarias y vitales para la vida, como a veces conflictivas.

Me retiro. ¿A qué no saben por qué? ¡Tengo que hacer unos llamaditos a Lu, Pao y Clau!

¿Después la seguimos? ¿Dale?


Vestimenta

A mi madre, a mi abuela y a todas las revistas y películas que me enseñaron a ser quien soy.

Cuando me senté frente a la hoja en blanco, me enfrenté a la típica pregunta: “¿Y ahora qué?” Así que entré como en una búsqueda interna para ver cómo iba a expresar lo que quería decir y pronto me encontré rodeada de recuerdos infantiles.

Me crié en una casa de los suburbios bonaerenses de la Argentina con una herencia españolísima, una extraña mezcla de andaluces y vascos, así que en mi casa todo era laborioso, un rasgo del cual se hacía objeto de culto.

Tenía una abuela que cosía a las mil maravillas, otra que ya no estaba pero que había dejado un guardarropa lleno de exquisiteces. Una madre que bordaba y tejía, y un par de hermanas tan interesadas como yo en todo eso.

Mi padre valoraba e incentivaba el buen gusto femenino y cuando nos quería agasajar nos regalaba flores, ropa y zapatos. A mí alrededor, todos tenían similares conductas. Tanto en la familia de mis primas como de mis amigos. Cada vez que se iba alguna visita de mi casa, se ponderaba su buen gusto y la dedicación en su arreglo.

Tanto mis vestidos como los de mis hermanas eran cortados y cocidos con dedicación por mi abuela. Mi madre los bordaba y confeccionaba dándole las terminaciones de realce.

Las revistas de moda y las películas ocupaban a menudo el centro de nuestras conversaciones. Pasaban por el análisis de las integrantes femeninas de la familia y hasta no ser exprimidas por todas nosotras, incluidas tías y primas, no las dejábamos. Creo que pocos modelos quedaban sin hacerse. ¡Y hasta teníamos cuenta corriente en la tienda de telas Casa José! Pero cuando necesitábamos, recurríamos a otros materiales como hilados, manteles de organza y, si hacía falta, hasta las cortinas se usaban (bellas y en desuso). Así que la inventiva era un punto que desarrollábamos.

Mi madre siempre encontraba la forma de meter moños y volados. Yo diseñaba y me había convertido en una gran tejedora. Mi hermana era una precursora de la moda. Decía que era genial “mezclar todo con todo”, otra de mis hermanas se dedicaba a ponerse lo de las demás y mi abuela era capaz hasta de hacerme el disfraz de Batichica en cuerina para que me sienta una reina en cada fiesta de disfraces.

La parroquia de la vuelta de mi casa se convertía, sábados y domingos, en un desfile de buen gusto. Todas, créanme, todas esperábamos cada fin de semana para ver cuán lindas estaban las otras…

¿Por qué contar todo esto? Porque esto que me pasó a mí, en mi infancia, les ha pasado a muchas mujeres que me rodean. Para nosotras, la ropa, los arreglos y la estética, han formado parte de nuestra más tierna constitución femenina.

Las latinoamericanas somos mujeres de buen gusto, en la mayoría de los casos no con mucho dinero, pero, eso sí, bellas y dedicadas. Conozco las provincias de mi país y siempre me ha sorprendido ver cómo se arreglan las mujeres de cada lugar: en las grandes ciudades, son más actuales y chic, en los pueblos, son más sobrias y recatadas, aunque siempre resalta la estética. Pero cuando tuve la oportunidad de recorrer otros países de Latinoamérica he podido comprobar que esto también se repite ahí. Si alguien quiere ver cómo somos las latinas, sólo debe concurrir un fin de semana a una plaza o centro comercial, así podrá ver cómo pasan mujeres, de mucho o poco dinero, perfectamente arregladas. Tenemos una conexión especial con la indumentaria. Nuestro origen europeo nos marca y todas, en mayor o menos medida, estamos pendientes de qué se usa.

Las prendas que llevemos a un evento, reunión familiar, fiesta o sencillamente, a una reunión de madres en el colegio es un punto de análisis y observación, tanto nuestro como de nuestras congéneres. Esto es tan así que nuestro humor puede depender de cuán seguras nos sintamos con lo que llevemos puesto. ¡Sí! ¡Sí! ¡No me digan que no es así! A ver, levante la mano, ¿quién alguna vez en su vida, al llegar a una reunión y al ver que se había equivocado con el arreglo adecuado para la ocasión, no deseó meterse debajo de una mesa y no asomar su nariz durante toda la velada?

Todo lo que nos ponemos es observado, pensado y analizado. Los equipos que son para trabajar, los que son para el fin de semana, los que usamos en las salidas con amigas, los que destinamos a las salidas con novios/maridos amantes y/o pretendientes, los que utilizamos para sacar de paseo a los chicos, para hacer los mandados, ¡hasta los que son para las grandes ocasiones!

Somos detallistas, dedicadas…, y algo obsesivas en esta materia. Seguimos las tendencias como si fueran una regla y no queremos que nada se nos escape.

Cuando vemos a nuestras jovencitas tan desalineadas con sus medias caídas y sus pelos atados con el estilo “rodete despeinado”, ¡nos queremos morir! Lo que a veces no podemos terminar de entender es que ellas están siguiendo una estética. Se llama… ¡Ser cool! Es como si llevaran en su frente un letrero que le dice al mundo: “¡He! Soy moderna y mi desarreglo no es dejadez ¡Mírenme!” Todo está cuidado hasta el más mínimo de los detalles. Para que luzca: ¡descuidado!¡Sí, señoras! Cuando se ponen el sweater rosa con la pollera amarilla y los jeans por debajo, ¡lo pensaron! Todo tiene un por qué; que nosotras no lo entendamos, es otra cosa.

Sí, nuestras jóvenes floggers, visual, emos, geeks, -agreguen las tribus que quieran- estudian su estética hasta el hartazgo. Se autodefinen por su atuendo y accesorios como parte de un determinado grupo social. Aunque a veces nos horroricen sus estilos, son las nuevas generaciones de latinas, tan dedicadas a su imagen como nosotras, tan puntillosas como nosotras y tan pendientes de la mirada del otro como nosotras… Es sólo que participan de una estética diferente y, al fin y al cabo, ¿quién no cometió “pecados” de juventud en este aspecto que hoy quisiera olvidar?

Ya se abandonó la idea del acceso único a la moda a través de las revistas y los desfiles como lo conocíamos. Hoy son los influencer, esos personajes icónicos que a través de su imagen y de lo que llevan puesto van generando la tendencia de lo que se usa o está en boga. Una vez más, son las redes sociales las que no permiten universalizar la información y por ende darle vida, en este caso, a las tendencias y luces y sombras de la moda.

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