Kitabı oxu: «Una mujer con alas»

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Las mujeres siempre nos hacemos preguntas.

Leticia quiere saber qué queda del amor en su matrimonio, dónde fue a parar su pasión por la justicia, y en qué momento sus hijos crecieron tanto que ya ni siquiera parecen necesitarla.

Carolina a veces querría seguir sintiéndose una adolescente despreocupada, pero sus casi 40 años la desafían a enfrentar su deseo de maternidad y su propio lugar de hija que debe resolverlo todo en la vida de sus padres.

Lola está entusiasmada por su nuevo trabajo, donde puede ayudar a las personas más vulnerables, pero la burocracia le pone obstáculos. Tampoco sabe qué hacer con ese sentimiento nuevo que ha llegado a su corazón y que pone su vida en jaque.

Unidas pero independientes, cada una transitará un camino de aprendizaje, con alegrías, desamores y redescubrimientos.




CAPÍTULO 1
Lo que urge


LETICIA

—Mamá, me voy.

La voz de Magui suena desde la planta baja y yo bajo las escaleras a toda prisa para hacer las preguntas de rigor.

—¿A qué hora volvés?

—Calculo que a las dos, más o menos, después del partido nos quedamos en el club… Ah, Pili y Lucre se vienen a dormir acá.

—Mejor, no quiero que te vuelvas sola.

—¡Mamá! —ya empieza con ese clásico tono que los hijos suelen aplicar cuando creen que sus padres están siendo demasiado sobreprotectores. Sin embargo, su modo no me hace escarmentar y le consulto:

—¿Quieren que las busque?

—¡No, ma! Vayan a hacer algo lindo con papá. Salgan a comer o al cine…

No me da tiempo a decir nada más. Me estampa un beso y se va con su bolso y su ropa deportiva. Ella es mi debilidad. Cristian y Gabriel, los gemelos, fueron más independientes. Magui, en cambio, es mi “nena”, mi gran compañera. Vamos a comprar ropa juntas, miramos series, nos quedamos charlando en la galería durante las noches de verano…

De pronto, viéndola partir, siento un dolor punzante en el pecho. Al terminar la secundaria se tomó un año sabático, pero la cuenta regresiva ya comenzó. En pocos meses se irá de casa y de la ciudad para empezar sus estudios. La voy a extrañar demasiado…

Sin premeditarlo me miro en el espejo del recibidor. Me redescubro en este rostro de mujer madura. La imagen que tengo de mí es aún la de una persona joven y vigorosa, pero estas arrugas delatoras, esta piel gastada y este cabello, cuyo tinte cobrizo tapa con esfuerzo las canas, dicen lo contrario. O más bien dicen la verdad.

El silencio que me rodea me resulta excesivo.

Sin pensar, sonrío con nostalgia al recordar cómo me gustaba el silencio cuando mis hijos eran pequeños. Había algo de felicidad culposa cuando los dejaba en el colegio y regresaba sola a casa. Encontrarme con un café humeante entre mis manos sin tener que berrear con ellos era un deleite. Más de una vez, los fines de semana, inventaba que me dolía la cabeza o que estaba descompuesta para que Beto se llevara a los chicos a jugar a la plaza. En ese momento, me encerraba en la intimidad de mi cuarto a divagar por los canales de TV, a leer con avidez un libro o simplemente a sumergirme en la bañera y quedarme allí un largo rato sin la presión de tener que estar con la puerta semiabierta, pendiente de sus reclamos y peleas.

El tiempo pasó rápido… Cristian y Gabriel se fueron a estudiar: uno, Arquitectura; el otro, Ingeniería. Y si bien ellos aún se refieren a esta como “su casa”, sé que ya no van a volver más que para las vacaciones o para algún fin de semana largo. Magui va por el mismo camino.

Me cuesta transitar estos cincuenta y tantos (esa extraña edad en la que a veces se tiene la certeza de que lo mejor tal vez ya pasó) y me cuesta también aceptar una vida sin la rutina de los hijos. Se fueron emancipando sin que me diera cuenta del todo. Vivimos en un mundo demasiado veloz…

“Debería volver a terapia”, me digo. Pero después de tantos años de psicoanálisis, uno ya sabe qué esperar del diván. Varias charlas en torno a lo mismo, algunas pautas para trabajar y un gasto excesivo que bien podría invertir en un lifting o en levantarme las tetas…

Al fin de cuentas, todos sabemos que la vida es así. Períodos de estabilidad y períodos de cambios. A mí ahora me toca el de los cambios… De repente, debemos reconstruirnos en una vida nueva, diferente.

Aquello de “nuestro tiempo sin hijos” que añorábamos con Beto cuando los gemelos tenían ocho años y Magui, tres, está por hacerse realidad. Y, al menos en mi caso, no es como lo imaginaba. No me siento feliz ni libre. Me siento sola.

Me alejo de ese maldito espejo que me devuelve una imagen que no sé si quiero ver. Voy al equipo, conecto el bluetooth y busco alguna canción, de esas que me regresan a los años de la juventud… Es raro, en mi cabeza aún me veo como esa chica que abrazaba todas las causas sociales y políticas que encontraba en el camino. Mi viejo había sido un sindicalista honesto y comprometido. Nos transmitió ese espíritu de lucha. “Sos quilombera, como yo”, me solía decir. Pero, con el tiempo, pasaron dos cosas que me alejaron de aquella que fui: primero, con mis hijos me volví excesivamente temerosa y, luego, el sistema me fue ganando… Incluso cuando papá murió, fue más fácil dejarme vencer. En el fondo, los hijos hacemos muchas cosas para enorgullecer a nuestros padres, aun cuando somos adultos y ellos viejos.

“Leti, estoy saliendo para casa. Ya terminó la reunión. ¿Querés que hagamos algo a la noche?”. El mensaje de Beto me sobresalta. “Vemos…”, le respondo.

Mientras la música suena de fondo, decido que para combatir esa extraña nostalgia que me invade al atardecer no hay nada mejor que matar el tiempo en redes… Las redes, el lugar de la catarsis, de la exposición. Un sitio en el que la gente parece más feliz de lo que realmente es. Ayer, sin ir más lejos, colgué fotos del fin de semana en la casa de campo familiar. Todos sonreíamos: Beto, Magui, mi mamá, mis hermanos, mis sobrinos, yo. Sin embargo, durante el día habíamos estado apagados, preocupados por mil cosas. No…, definitivamente no nos parecíamos en nada a los de las fotos. Entro al álbum: cinco likes de gente que apenas conozco, de gente que apenas me conoce.

“¿Qué quiero?”, me pregunto… Hubo un tiempo en el que me sentía poderosa y lo quería todo. Pero luego llegaron otros tiempos y cada vez que aparecía el interrogante, respondía con evasivas. Me decía: “Quiero hacer esto, pero cuando los chicos crezcan”, “si cambio de trabajo voy a hacer tal o cual cosa”, “haré esto cuando pasen las fiestas”, “haré esto cuando Beto esté menos sobrecargado de obligaciones”… Durante muchos años mi existencia fue una carrera que siempre tenía como objetivo la frase “después de…”. Pasaron los veranos, los otoños, los inviernos, las primaveras y yo hice poco y nada de aquello que deseaba.

De manera inconsciente fui edulcorando las frustraciones. De manera inconsciente fui adormeciendo mis sueños. Ahora, con cinco décadas a cuestas, tal vez ha llegado la hora de volver a preguntarme: “¿Qué quiero?”.

Un mensaje privado de Carolina me sorprende: “Ya lo decidí, me tomo una licencia sin goce de sueldo y mando a la mierda al boludo de Ernesto. Es el cumpleaños más choto de mi vida”.


JUAN

Llevo más de diez minutos juntando fuerzas para levantarme de esta cama. Cada 31 de diciembre me pasa lo mismo. Es como si quisiera que ese día, solo ese día, el mundo quedara detenido, y yo, libre de todo lo que hace a esta fecha de mierda. Mi vieja murió el 31 de diciembre, hace tres años. En el primer aniversario hice guardia, luego, cuando me vine a La Colonia, fue todo un poco más sencillo. No tenía que dar excusas a nadie y me permitía quedarme solo, abrirme un vino, comer algo hecho a la parrilla, sentir el calor y el crepitar del fuego y esperar la medianoche mirando las estrellas o escuchando algunas de esas canciones que a ambos nos gustaban: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés… El típico programa que mi hermano definiría como “un bajón total”. Lo que él no entiende es que para mí es más triste y agotador caretear la felicidad del Año Nuevo cuando todavía me pesa la tristeza. He superado el duelo, he encontrado las razones suficientes para sentirme bien y útil. Pero es hoy, y solo hoy, cuando necesito unos minutos más para levantarme de la cama. Requiero una energía extra para ponerme en movimiento.

Logro levantarme, pongo el agua, preparo el mate y empiezo el día tarareando “Al final de este viaje en la vida quedarán / nuestros cuerpos hinchados de ir / a la muerte, al odio, al borde del mar”.

“Qué tipo tan pelotudo y sentimental que soy a veces”, me digo.

Suena el WhatsApp. Leo el mensaje: “Esta noche te venís a comer con nosotros. No acepto excusa. Además Lucio compró un champancito y vamos a brindar por la Gaby, mi amiga del alma”… Mariana, esa sí que le cumplió a mi vieja. Eran amigas de la infancia y estuvo cerca de nosotros siempre, una de esas tías que nos heredan las amistades de nuestros padres. El día que me llamó y me contó del puesto de médico en La Colonia, no lo dudé. Fue una locura, pero fue y sigue siendo la mejor aventura de mi vida.

Abro las ventanas, me voy al patio, empiezo a cebar y de pronto me concentro en ese jazminero que ya venía con el jardín de esta casa que alquilé. Está lleno de flores, el aroma es exquisito… Sonrío. Mi vieja amaba los jazmines, siempre cuando empezaban a crecer los botones me decía: “Mirá, Juanse, qué lindo están creciendo”. Yo le respondía: “Sí, lindo, pero no me empecés a hablar de plantas que para mí un jazmín o un cardo son lo mismo, vieja”.

Y entonces con picardía sentenciaba: “Bueno, el día que te des cuenta de que crecieron los jazmines, ojo… Mirá que tu abuela decía: ‘Hombre que se da cuenta de las flores a su alrededor, hombre al que se le viene el tiempo del amor’”.


CAROLINA

Después de los treinta viví cada cumpleaños como un peso y este no es la excepción.

En el trabajo tuve que aguantarme los chistes obvios sobre la edad y alguna otra que trató de atemperar el tema con la típica frase: “Lo llevás muy bien, parecés menos”. Me dieron ganas de preguntarle cuánto menos. Solo para escuchar respuestas boludas como “treinta y tres, treinta y cuatro”… Como si uno cambiara mucho entre los treinta y cuatro y los treinta y ocho.

Incluso, un técnico al que he cruzado no más de cinco veces se le ocurrió largar la típica: “¿Ya treinta y ocho y con el pescado sin vender?”. No podía creer que un tipo de mediana edad, en estos tiempos, dijera semejante huevada. “¿Y el pescado qué simbolizaría?”, consultó Leticia con malestar. Silencio total. Ella, siempre tan dispuesta a incomodar, volvió a la carga: “¿Sería la vagina?”. Silencio doblemente incómodo. “Porque nosotras no tenemos que andar vendiendo nada por ahí, querido. Te lo dejo pasar porque creo que todavía te falta bastante para deconstruirte, pero empezá de una vez; si no, vas a terminar llevando a tu mujer de los pelos arrastrándola por todo el barrio, muy a lo cavernícola”. Su tono fue cortante, pero a mí me sacó una sonrisa. La miré y le agradecí la intervención. El técnico salió espantado. “Sos tremenda”, le dije. “Pero no, qué desubicado. Es para darle una buena patada en el culo, de esas que te hacen volar tan alto que pasás hambre en el aire”, respondió. Largué una carcajada, las ocurrencias de Leticia podían transformar una tragedia en comedia.

Igual, y pese a las risas, a mí los treinta y ocho me pesan… Más aún, los siento como si ya fueran cuarenta y más.

Después del trabajo me fui a lo de mis viejos, a los que adoro, pero que tienen todas las ñañas propias de la edad. Los achaques, las anécdotas repetidas sobre mi nacimiento y esa especie de penumbra en la que habitan los mayores. Me los traje hace cuatro años del pueblo en el que crecí y en el que ellos vivieron siempre. Con dos hermanas en el exterior, era imposible resolver todo a la distancia. Tras muchas discusiones, y gracias a mi persistencia, logré que aceptaran la proposición de instalarse en la ciudad y dejar la casa intacta para que regresaran al pueblo cada vez que quisieran. Me da culpa admitirlo, pero juro que descanso cada vez que se van para allá. Más de una vez detesto a mis hermanas, cuya misión es solo enviar dinero para pagar gastos altísimos de empleadas, dos propiedades y una pila interminable de remedios.

Me volví la hija-enfermera, la hija-banquera, la hija que inventa programas para que tengan un día diferente, la hija que debe resolverlo todo: “Caro, el celular suena muy bajo”, “Caro, el techo de la pieza se llueve”, “Caro, me duele el hombro… ¿será el corazón?”, “Caro, no me acuerdo dónde dejé la tarjeta de débito”, “Caro, ¿me acompañás al cajero que no sé cómo se hace?”... Caro, Caro, Caro.

Soy algo así como una especie de hija única, lo que encima me vuelve el blanco de sus críticas: “Te dedicaste mucho a la profesión y poco a tu vida personal, por eso te quedaste soltera”, repite Yolita, mi madre, con ese tono imperativo que la caracteriza. Habitualmente no respondo. ¿Qué le voy a decir? ¿Que hace varios años mantengo una relación clandestina con un tipo casado? ¿Que el tipo en cuestión es además mi jefe y que no tiene ni tendrá jamás las pelotas de dejar a su esposa por mí?

“Ajá, puede ser”, respondo. He aprendido a no discutir. Digo “ajá” y pienso y hago lo que se me canta. Es una buena forma de sobrevivir.


Ya son más de las nueve de la noche. Para matar el tiempo abro el Face (una antigüedad de la que no logro desprenderme) y veo que tengo muchos saludos de cumpleaños. ¡Qué locura! Montones de mensajes que dicen cosas así como “feliz cumple, que la pases lindo”, “feliz cumple, bendiciones”, “feliz cumple y que tengas un gran festejo con tus seres amados”, “feliz cumple y…”.

“¡La puta que los parió!”, me digo. Tantos mensajes y aquí estoy, sola en el living, a medio vestir y esperando que Ernesto me responda a qué hora nos encontramos en el restaurante.

Veo que Leticia también anda navegando, estoy a punto de escribirle, pero me llega un mensaje por WhatsApp. “Perdón, Caro, no puedo hoy, tengo que resolver problemas en casa. No te enojes”. Como siempre, un mensaje seco, breve, de los que no pueden despertar demasiadas sospechas. Aunque suele borrar audios y mensajes, intenta ser cuidadoso a la hora de escribir… Estoy por romper la diplomacia y mandar a la mierda a Ernesto, pero me detengo. Prefiero no decirle nada.

Mi indignación me empuja a regresar al Face y contabilizar cuántos mensajes de cumpleaños tengo. Son setenta y seis; setenta y seis… y estoy sin nadie alrededor. ¡¿Qué hice para llegar a esto?! Tal vez fui demasiado intolerante con cada relación que tuve y “patológicamente” tolerante con Ernesto.

Hace unos cuantos años empezamos a salir, luego, la enfermedad de su único hijo instaló un intervalo. Cuando el niño se recuperó, regresamos. Entre nosotros hay algo fuerte, profundo, que va más allá del sexo. Pero en momentos como este me siento una infeliz.

Si a eso le sumo que dediqué mi vida a estudiar no una sino dos carreras, y a trabajar y a cuidar de otros y que tengo ese aire de mujer que todo lo puede y…

Trato de callar mi mente, esconder los motivos. Me permito lloriquear como una estúpida. Mi mente, con su habitual mecanismo de defensa, se traslada a un recuerdo feliz, a aquel cumple de diecisiete con mis amigos del pueblo, con Diego y los chicos de la banda tocando en un bar de mala muerte… El grupo se llamaba Los Orson Welles y hacíamos covers. No sé si éramos buenos, pero nos divertíamos.

Era la época del frenesí, los años de las ilusiones, los tiempos en los que se sueña con cambiar el mundo. Por eso estudié Trabajo Social y luego seguí con Psicopedagogía. Trabajé en cada sitio en el que sentí que podía hacer grandes cosas. Pero visto en perspectiva, no fueron tan grandes, ni tantas cosas.

“Todavía estoy a tiempo, puedo ir por algún sueño”, me repito. Sueno como esas estúpidas comedias norteamericanas y me avergüenzo de esa reflexión naïf que se instala en mi cabeza.

Yo, que siempre me burlé de la cursilería, quisiera que alguien me tocara el timbre con un ramo de flores, una caja de bombones… “Cosas que solo pasan en la ficción”, me reprendo.

El timbre no suena. No hay bombones, ni flores. Ni siquiera hay alguien. Estoy sola, con un par de zapatos altísimos que me interpelan desde el costado del sillón.

Con una convicción de esas que suenan a locura y a escaso sentido común, le escribo a Leticia: “Ya lo decidí, me tomo una licencia sin goce de sueldo y mando a la mierda al boludo de Ernesto. Es el cumpleaños más choto de mi vida”.

Una cosa es pensarlo, otra escribirlo…, más difícil será ejecutarlo.

Abro una cerveza y brindo por esos setenta y seis mensajes sin alma, por esta soledad que a veces sirve para decir basta. En YouTube la voz de Lila Downs suena a ruego: “Urge, una persona que me arrulle entre sus brazos / a quien contarle de mis triunfos y fracasos / que me consuele y que me quite de sufrir”.


LOLA

¡Al fin voy a comenzar a trabajar! Necesitaba volver a sentirme útil, ganar mi propio dinero. No fue fácil convencer a Pablo, pero al verme tan cabizbaja, claudicó.

Hace algunos meses estábamos en Córdoba, buscando una casa cerca de la de mis padres y, de pronto, él apareció con la idea de irnos a vivir a su ciudad.

—Mi primo, el que es ministro de Gobierno, me consiguió un puesto de asesor en el área de Comunicación. Es una gran oportunidad y el sueldo es muy bueno. Le quedan dos años y medio de gestión, pero podemos hacer una buena diferencia de guita y después vemos si podemos volvernos para acá o irnos al exterior.

Me costó asimilar la propuesta. En primer lugar, porque yo no soy de las que le dan demasiada importancia al dinero y, por otra parte, porque eso de irnos un tiempo para luego volver me sonaba a excusa para hacer menos doloroso el desarraigo.

Llevábamos tres años de novios y estábamos proyectando vivir juntos. Pero una cosa era dejar la casa paterna y otra muy distinta instalarnos a tantos kilómetros de mi hogar, de mi mundo. Me costó horrores asimilar la idea de alejarme de mis viejos, de mis abuelos, de mis hermanos, de mis amigos. Soy una persona sociable por naturaleza; en realidad, habría sido imposible no serlo en una casa con seis hijos, en la que siempre hay gente desparramada por los rincones.

—¿Qué voy a hacer yo allá? —le pregunté.

—Lo que quieras. No vas a necesitar trabajar, así que vas a poder viajar para acá cuando quieras.

—Trabajo desde que tengo veinte y me encanta —repliqué. Siempre me gustó trabajar, incluso más que estudiar.

—Bueno, entonces trabajá allá. No vas a decirme ahora que vas a extrañar tu puesto en el hospital. Volvés llorando todos los días, quejándote de la burocracia, angustiada por las enfermedades graves, por la indigencia, por la ignorancia. ¡Ni te digo cuando se muere un chico!

—Una cosa es llorar todos los días y otra es dejar de trabajar.

—Podés ejercer tu profesión donde sea. Encima, lo de acá es un contrato, algo que puede terminarse en cualquier momento.

—Igual, es mi laburo.

Me miró con firmeza y me advirtió:

—Bueno, no sé, yo me voy.

Sabía que entre nosotros no funcionaría una relación a distancia. Al menos no para mí.

Sabía también que Pablo ya tenía su decisión tomada.

No le respondí en ese momento y le pedí unos días para pensarlo.

Cuando se lo conté a mis padres, no ocultaron la sorpresa. En el fondo, ya les dolía un poco que me fuera de casa y ahora además venía con esto de instalarme en otra ciudad. Igualmente ellos son de los que apoyan las decisiones de sus hijos. Ni siquiera era una situación extraña. Benjamín vivía en España hacía ya unos cuantos meses y Carla se había ido hacía dos años a vivir con su pareja. En casa solo quedábamos Vico, Matías y Lautaro, y yo.

—Si es bueno para los dos, vayan. No estamos tan lejos, vamos a poder vernos seguido —dijo mi mamá. Mi papá no agregó mucho más.

Mis hermanos hicieron chistes como: “¡Qué bueno! Nos queda un cuarto libre”, “nadie va a estar molestándonos para que ordenemos”, “por fin Dios escuchó nuestro ruego” y ese tipo de cosas. Pero lo cierto es que no paraban de abrazarme y besuquearme. Sobre todo Vico; es dos años mayor que yo, pero siempre hemos sido muy unidas.

Cinco días me tomé para pensar. En ese tiempo no me encontré ni hablé con Pablo. Nos mandamos algunos mensajes, a los que yo simplemente respondía: “Necesito un poco de distancia para decidir”. Finalmente opté por irme con él. No porque estuviera tan convencida, sino porque en esas pocas jornadas de lejanía me di cuenta de que lo extrañaba y lo quería.

Nos habíamos conocido algunos años atrás, en un congreso de la universidad. Yo jamás escuché lo que explicaba el disertante, solo me dediqué a mirarlo. Era perfecto: sus ojos claros, su piel tostada, su cuerpo torneado… Estaba impecable y tenía un perfume exquisito. Cuando se organizaron los grupos de trabajo rogué al cielo que me tocara con él. Y así fue. Éramos cinco en el equipo. En ese momento no me prestó demasiada atención. Su inteligencia y esa capacidad de comunicar me dejaron encantada. Días después armamos una salida nocturna entre todos los participantes. Recuerdo que dejé atrás mis pollerones coloridos y mis musculosas claras, para ponerme un vestido negro y ceñido que me marcaba las curvas. Me maquillé, me planché el pelo y utilicé todos los artilugios necesarios para que me mirara. Finalmente lo logré. A las tres semanas estábamos saliendo. No tenemos demasiado en común, pero nos gustamos, nos amamos y respetamos. Tres años juntos no es poca cosa.


El 3 de enero. Esa fue la fecha de la partida. Era una mañana lluviosa y eso le imprimió más dramatismo a la despedida. Igualmente me mantuve estoica y sonriente; recién cuando tomamos la ruta me permití soltar alguna lágrima. Pablo manejaba con una mano y con la otra me acariciaba la cabeza, mientras me repetía una y otra vez: “Vamos a estar bien”.

Puse lo mejor de mí para adaptarme a un departamento caluroso en el corazón de la ciudad. Traté de vincularme a algunos de sus viejos amigos (cuyas mujeres no hacían grandes esfuerzos por integrarme) y sobrellevé de la mejor manera esa primera etapa. Llegué a llamar hasta tres veces al día a mi casa, y cuando de fondo escuchaba a mis hermanos y a sus amigos en la pileta o me contaban que eran un montón y que iban a preparar un asadito porque la noche estaba divina, sentía que mi soledad era inconmensurable. Colgaba y lloraba.

La familia de Pablo es pequeña y distante. Su hermana Virginia siempre está ocupada, mi suegra es más bien fría y mi suegro habla lo justo y necesario. No hay abuelos vivos y el vínculo entre tíos y primos no es muy cercano, así que por ese lado tampoco recibía contención.

Además, Pablo salía a trabajar cerca de las siete de la mañana y volvía a las ocho de la noche. “Este es un mes clave para ponerme al día con todo. Pero te prometo que desde febrero van a ser solo ocho horas, así que cerca de las cuatro y media voy a estar en casa”. Era obvio que sentía culpa, porque, aunque yo trataba de mostrarme animada, mi tristeza era evidente.

“Enero es un mal mes, las ciudades están desiertas”, comentaba como para alentarme.

En febrero mis padres vinieron a visitarnos. La pasamos muy bien, pero se me hizo tan breve… En cuanto se marcharon, volví a sentir ese vacío de la soledad. Casi sin querer, me empecé a transformar en una voyerista de las redes. Daba vueltas y vueltas, “stalkeando” las cuentas de amigos y conocidos. Cosa horrenda, eso de andar metiéndome en cuentas ajenas era casi lo mismo que mirar por la ventana del vecino. Pero se me hacía inevitable. Instagram estaba sacando lo peor de mí: las fotos de mis amigas reunidas en las clásicas noches de jueves de mujeres solas y cosas por el estilo me despertaban envidia, bronca, angustia… Me estaba volviendo una persona odiosa. Tenía que hacer algo al respecto.

Los primeros días de marzo empecé a buscar opciones de cursos o deportes, pero nada me entusiasmaba. Encima todo representaba gastos y, aunque Pablo es un tipo generoso, yo no estaba dispuesta a hacerle pagar ninguna acti­vidad recreativa. Lo que necesitaba era trabajar, no tenía dudas. Se lo expuse a Pablo una noche, en medio de un brote de angustia. Seguramente aquello lo movilizó, porque cinco días después llegó con la noticia. “Mi primo te consiguió un puesto en el área de Desarrollo Social. Es una suplencia, pero creo que te va a gustar. Están buscando a alguien con tu perfil”. Me le colgué del cuello gratificada.

“Te voy a pedir un favor, no hables de tu vida personal. Podés decir que estás en pareja, pero evitá los detalles, ni se te ocurra decir que tu novio es el primo del ministro de Gobierno, porque, si no, todo el mundo va a empezar a manguearte cosas”, me recomendó.

Y acá estoy yo ahora. Mirando mi pantalón oscuro, mi camisa blanca, mi cabello ondulado amordazado con una trenza larga y mi alma llena de entusiasmo.

A punto de salir de casa, me llega un WhatsApp de mi mamá: “Buen comienzo, hija”. Ese mensaje me anima para salir desafiante por la calle, dispuesta a comerme el mundo. Estoy segura de que allí, en ese “puesto piola”, como lo calificó Pablo, está mi lugar. Mi espíritu romántico agrega: “Seguramente hay mucho para hacer”.

Llueve, pero nada puede quitarme la sonrisa de los labios. Salgo caminando con mi paraguas, feliz como una loca. Me calzo los auriculares y pongo a Rod Stewart con un tema que mis viejos solían cantar en un pésimo inglés y que a mí me encanta: “I want to know, have you ever seen the rain?”.


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Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
27 mart 2025
Həcm:
376 səh. 11 illustrasiyalar
ISBN:
9789500211970
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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