Kitabı oxu: «El sueño de Miranda»

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Herrera, Fernando

El sueño de Miranda / Fernando Herrera. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-0601-6

1. Novelas. 2. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

Editorial Autores de Argentina

www.autoresdeargentina.com

Mail: info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

A la casa de mi infancia

Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe,

y en cenizas le convierte

la muerte, ¡desdicha fuerte!

¿Qué hay quien intente reinar,

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidado le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza;

sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí

De estas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

Una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

PEDRO CALDERÓN

DE LA BARCA

(1600 – 1681)

PRÓLOGO

Son las cuatro a. m. del seis de junio del año 2027. Mi nombre es Víctor Actis. Me encuentro en mi departamento de veintiséis metros cuadrados en medio de la ciudad. Aquí dentro, casi en la justa penumbra en la que crecí de niño, en esa casa setentona que mis padres habían construido antes de casarse, el insomnio se me hizo costumbre, más por miedo que por viejo. El ambiente párvulo y casi vacío de la habitación es mágicamente cercano a esa memoria sepia que ha quedado de mi infancia. Las alfombras persas cubren tres cuartas partes del suelo y es la primera impresión al entrar; el sillón de dos cuerpos color ladrillo está de espaldas a la ventana, y una luz tenue me deja observar inquieto la oscura puerta de ingreso. Todo recrea insólito un tiempo tan lejano como ilusorio. Ya han pasado algunas horas luego del último apagón, y las ventanas que llegan hasta el suelo aún conservan el frío vapor del baño mientras, sobre la calle, un manto blanco cubre buena parte de la acera. En la Tierra, los inviernos ya son severos, con las máximas de humedad, y, en los veranos, los porcentajes de muertes ascienden año tras año; el comercio se torna a viejos métodos coloniales; en algunas regiones escasea el algodón, el gas, el petróleo; los círculos periféricos se propagan en todo el mundo; se desarrolla incesante el contrabando hasta de lo más inverosímil, y la marginalidad y la pobreza se enmascaran en un zorro hambriento que deambula por todas las naciones; el ocio es una mercancía más que se compra después de haber estado días enteros conectados, y las máquinas deciden a quién más y a quién menos.

Luego de dar vueltas doblegando la posibilidad de adormecerme siquiera unos minutos, pude sentarme a un costado de la cama, no sin dificultad, y debo consentir que las pesadillas han vuelto después de tantos años, porfiadas e inagotables. He envejecido muy pronto y, también, he comenzado a tener problemas del corazón a una edad muy temprana, aunque hoy las únicas pastillas que tomo son solo para atenuar el miedo a dormir. Los traumas infantiles, lo que oía en mi periodo de lactancia, las voces de mis tías, mi abuela y mi madre, han hecho mella en mi personalidad huraña, arisca y poco humanitaria. Hace un tiempo he vuelto a ensimismarme, a tomar conciencia y a recordar insistentemente que solo he vivido retirado en mis sueños, y mientras las personas que me rodearon en el transcurso de mi existencia han tenido una vida real, yo he prescindido de tal sin que pudiese haber elegido. Los años de internación han quedado atrás. El doctor Montalbán falleció hace algunos años, y, si bien ahora estoy fuera, me sigo preguntando si todo esto existe, o si lo que existe, es solo una ilusión. Ahora, ya sentado en el sofá y con tan solo la luz cálida de la lámpara, mi vista se posa en la puerta sintiendo el mismo temor que me atormentaba cuando era un niño: me quedaba en esa penumbra casi total presintiendo que algún ser extraño abriría la puerta mientras mis padres dormían en el cuarto contiguo. En mi memoria han quedado muchas cosas de las que hubiese preferido carecer o liberar, pero, tal vez, poder compartirlas sea una manera de poder sacármelas de la mente y que en mis últimos días me encuentren en paz, soltar lo poco que tengo y dirigirme descansado por esas ondulaciones verdes que alguna vez transité sin saber aún si estaba vivo o muerto. Los detalles me atormentan cuando cierro los ojos, y la realidad y la fantasía parecieran juntarse de tal manera que, luego, no logro distinguir lo real de lo ficticio, si es que existe alguna realidad. Así que pecaré de extensivo para olvidar lo menos posible el relato que el doctor Montalbán me confió hace algunos años y que satisfizo, en parte, el sentido a mi vida. Todo comenzó hace algunas décadas, donde, mucho antes de haberme jubilado, mi vida transcurría en completa soledad, al menos eso es lo que yo creía. Una mañana, cerca del mediodía, cuando me dirigía al centro de la ciudad, al subir a un tren que me trasladaba en escasos minutos por un túnel debajo de la tierra, oí las conversaciones altisonantes de un grupo de adolescentes que se dirigían a festejar su día. Si bien, en esa época ya me encontraba en plena adultez, no pude dejar de contagiarme de esa energía que me acompañó casi todo el trayecto y que he tenido la experiencia de vivir tan solo un puñado de veces. Los observaba riendo y cantando, mientras el resto de los pasajeros les prestaba poca atención, y, en un momento, debo confesar que hubo algo en esa situación que comenzó a atraerme de manera muy especial. Lo recuerdo por el mismo sentimiento que me ocasionaba el observar los ojos vacíos de quien oye sin escuchar, mientras uno se pregunta si vale la pena juzgar esa situación. El grupo de estudiantes era mixto, más varones que mujeres, unos siete en total, si la memoria no me desvaría. Tenían rostros de un blanco marfil, virtuosos, perfilados como los bustos romanos; sus cabellos, lacios, serpenteantes e inquietos; sus cuerpos armoniosos apenas presentaban algún rastro de adultez, como las manos ya rústicas de los varones, sin embargo, las mujeres gozaban de unas extremidades tan finas como las pinturas de Vladimir Volegov. También parecían provenir de algún colegio católico, supongo que por las cruces rojas en un escudo que llevaban impresos en las camisas blancas. Al llegar a la estación de mi destino, observé que también ellos se disponían a bajar, así que, ya en la plataforma, los iba siguiendo casi sin querer, mientras ellos no paraban de reír. Inconscientemente, apuré tanto mis pasos que en un momento llegué a ver el perfil de uno de los adolescentes que durante el viaje solo divisaba de espaldas. Fue algo que solemos hacer casi de manera automática cuando algo nos llama la atención. En ese mismo segundo, su rostro giró hacia mí como si presintiera ser observado, y pude ver cómo sus ojos me miraban con absoluta extrañeza, para, luego, bajar la vista turbado. En ese instante, experimenté el aire más denso, un precipitado sudor en el cuerpo y la garganta cegada por la angustia. Años he pasado tratando de explicar que ese ser, tan fino por su corta edad, tan cándido e idealista, era yo. Y muchos más transcurrieron desde que comencé a dormir y a adentrarme en situaciones donde siempre corría peligro, o, simplemente, era testigo de mis propias experiencias. Todo empeoró con el correr del tiempo: desde picos de estrés hasta ataques de pánico, claustrofobia y llantos imparables. Cada noche comenzó a ser única, cada sueño, una batalla. Por las noches recorría lugares jamás transitados, presenciaba matanzas escalofriantes a lo largo de extensas regiones, y atestiguaba mi presencia en guerras nunca conocidas más que por aquellos que han sido protagonistas. Muchas veces era parte de todos esos males, siendo víctima y también victimario; algunas veces me escapaba de alguna trifulca en un país de nombre desconocido; algunas otras, me perseguían a través de los mares en barcos hechos de cañas, y, en ocasiones, mantenía esa postura omnisciente donde nada me afectaba, era simplemente un testigo contemplativo de hechos históricos. Al cerrar los ojos, siempre había violencia, huidas y lugares donde debía esconderme. Cada sueño era la presencia de un mundo en conflicto, como si ese fuese el único presente y el único fin en toda la historia de la humanidad. En pocos meses perdí mi trabajo en la oficina de correos y me aislé del entorno social que mantenía durante aquellos años. Esos ojos adolescentes que habían quedado impresos en mi mente parecían haberme hechizado con algún conjuro espaciotemporal que me afectaba al cerrar los ojos en la noche. Ese rostro taciturno era, además, el mío; esa manera de caminar, el vaivén de sus brazos y la energía que emanaba, todo era reconocible en mí. Llegué a pedir una licencia de trabajo antes de que me despidieran. Pasé por varios psicólogos tratando de explicar el miedo que comencé a tener cada vez que caía preso de otro sueño inconsciente. Una noche de otoño, luego de haber caminado hasta casa bajo una llovizna constante y molesta, sentí haber despertado en la madrugada con una lanza clavada en mi pecho; el dolor y la oscuridad de mi cuarto me provocaron un ahogo que jamás había experimentado, y pensé que moría. Tal fue el susto que, ni bien me recuperé, llamé a mi psicólogo por la mañana buscando la ayuda que nunca encontraba. Y esta vez no fue la excepción; solo recibí su preocupación en la gravedad de su rostro, y, además, el consejo de ver urgente a un psiquiatra que él conocía y se encontraba a una hora de distancia, fuera de la ciudad. Tomé su consejo muy en serio. Esa misma semana me presenté en una clínica donde atendía solo en el horario de la tarde. Al llegar, luego de una hora de viaje, me sorprendió la penuria del edificio. No había ni siquiera una recepción en planta baja dónde anunciarse. En el segundo, por la escalera, se ingresaba directamente a una sala de espera donde predominaba un blanco impoluto; había una secretaria que solo miraba la pantalla de su computadora y las persianas americanas que dejaban traspasar esos reflejos que forman figuras extrañas en la pared opuesta. Mientras ella hablaba manteniendo el teléfono pegado a su oreja, me adentré en la sala. La percibí desértica, fría y poco acogedora. En el transcurso de unos minutos, en el que me encontré solo, sin otros pacientes a quien mirar de reojo, me pregunté si estaría presentable, si mis parpados reflejarían el hábito de dormir tan solo dos horas por día y de pasar el tiempo en el encierro de esa habitación a oscuras y sin luces. El silencio de la sala me incomodó un poco, y, al inclinarme sobre una pequeña mesa para tomar unas revistas pretéritas de toda actualidad, la puerta del único consultorio se abrió apenas, haciendo llegar una voz grave que anunciaba mi apellido. Sin pensarlo, respiré hondo y, mientras iba exhalando el aire, crucé sereno la puerta con un arco vidriado. Me bastaron un par de segundos para sorprenderme, con suficiente encanto, de un mobiliario original estilo marino. Todo allí era blanco y azul, con cuadros de barcos que navegaban bajo una tormenta imponente, y el catálogo de distintos tipos de nudos hechos con soga que colgaban de las paredes; un timón de madera finamente tallado dominaba el centro de la sala, y unos catalejos antiquísimos descansaban sobre el vidrio de un escritorio. Después de que el médico se acercó para estrecharme la mano, no sin dejar de estimar que me encontraba ante un viejo capitán de barco, me sentí más sereno.

—Soy el doctor Montalbán —me dijo.

La paranoia en la que me advertía me hizo preguntar una vez más si esa situación existía. El doctor me indicó que me sentara en un sofá que daba de frente a un gran ventanal con cortinas blancas, mientras que él, parado frente a mí, como estudiando mis rasgos y apariencias bajo unos lentes color gris, que le hacían levantar la cabeza y mirar con sus ojos hacia abajo, se sentó a no más de un metro y me preguntó el motivo de mi visita.

—Necesito pastillas. Pastillas para no dormir —le dije—. Tengo pesadillas de las cuales me cuesta volver a despertar.

Al parecer, mis palabras sonaron justas, sin mucho preámbulo y directas para conseguir el remedio a lo que tanto me aquejaba. En ese momento el doctor tomó una silla y la puso justo delante de mí; acercó su cara, me miró de cerca a los ojos y preguntó:

—¿Y por qué crees que no puedes despertar?

Mucho más sereno, contesté que me pasaban cosas cuando sueño, algunas veces me lo impiden y otras simplemente no puedo, es como si yo no me lo permitiera. Sin ningún tipo de pudor me termine confesando abiertamente. En ese momento supe que no habría motivo para no hacerlo, sobre todo, porque para eso había ido.

—No puedo evitar soñar situaciones violentas y acontecimientos históricos en los cuales muchas veces me encuentro conmigo mismo, con mis padres o personas que he conocido.

El doctor Montalbán dejó de mirarme y se dirigió de inmediato a correr las cortinas, encendió un pequeño velador y apagó la luz principal, sacó del cajón de su escritorio un instrumento con luz que me colocó en los ojos, y vi cómo cambiaba de color su rostro.

—¿Has tenido ya contacto contigo mismo en esta realidad?

—Sí —le contesté dubitativo—. Pero me preocupan los sueños, que dejaron de ser normales hace mucho tiempo. Se han convertido en algo más que pesadillas, se han convertido en tormentos que mi alma padece y no logro poder explicar. Necesito que me dé alguna medicación para mantenerme despierto. Hace mucho tiempo que dejé de tener una vida normal y temo no volver a despertarme.

—Lo siento, no tengo buenas noticias para usted: no hay cura para esto y mucho menos una medicación que sin querer no lo lleve al sueño el resto de su vida. Eso, indudablemente, empeoraría las cosas, aunque, en realidad, ni siquiera se sabe de qué se trata esta patología, la ignoramos totalmente, y, hasta el momento, ha habido solo un caso que hemos podido registrar: el de una mujer, hace ya muchos años. Yo personalmente he investigado el caso con un grupo de profesionales, y para descartar cualquier otra hipótesis, en la tarea hemos incluido a teólogos, sacerdotes y científicos, pero nunca supimos de qué se trataba fehacientemente. Realmente estoy sorprendido señor Actis, pensé que nunca más iba a tener frente a mí a alguien con esos mismos síntomas.

—Por favor, deme algo para no dormir —le insistí.

—Otra vez, lo siento, no hay nada que pueda hacer por usted. Pero sí le puedo recomendar algo: si es católico, rece, por favor; y, si no lo es, rece de todas maneras.

—Soy católico —le dije—, pero hace muchos años he dejado ese hábito, no me ha funcionado más que para engañarme a mí mismo. De todas maneras, gracias por su tiempo.

—Lo siento, señor Actis. Si su situación empeora, espero que me vuelva a ver, y con su caso, podría retomar las investigaciones.

Antes de retirarme, vi unos ojos compasivos que me acompañaron al levantarme del sofá. Salí de la habitación con desgano mientras veía que la secretaria continuaba impávida con los ojos en su computadora. Sentí nuevamente el frío, la desolación del lugar, el mismo vacío interior al levantarme todas las mañanas.

—¡Señor Actis! —escuché la voz trémula y urgente a mis espaldas. El doctor Montalbán, parado bajo el arco de la puerta, miró primero a su secretaria y luego a mí—. Se olvida algo, señor Actis, entre por favor.

En silencio volví a entrar mientras la puerta se cerraba dócilmente.

—Siéntese.

Sin decir nada, solo observe actitudes absurdas, su nerviosismo, la manera en que movía su lapicera entre sus dedos. Pero, esta vez, quedó a lo lejos y sentado como en una silla monárquica detrás de su escritorio.

—Señor Actis, le contaré lo que creemos que le está pasando con la debilidad que nos da la falta de evidencias, pero temo que tampoco estemos muy cerca de hallarla. Ante todo, le propongo narrarle el único caso que presenta los mismos síntomas que usted tiene. Tal vez, le ayude a comprender mejor su situación y las rarezas que lo aquejan. Hace muchos años, una mujer nos relató con sumo detalle lo que había sucedido en su vida, en la época de su infancia, adolescencia y parte de su juventud. Llegó a nosotros pidiendo la ayuda que en ningún otro sitio había podido obtener.

Mientras el doctor hablaba, abrió un cajón a su costado; con extremo cuidado extrajo un voluminoso expediente que colocó frente a sí mientras no me sacaba la vista de encima.

—Señor Actis, le contaré el único caso que nos ha desvelado por años, un caso que nos puede dejar al borde de la locura y adentrarnos en caminos inexplorados: el caso de la señorita Miranda, Miranda Reyes. Seré sumamente cuidadoso, y con detalles transitaré por el relato que ella misma nos contó. También seré fiel a sus dichos sin exagerar ni apartarme un ápice de su historia. Señor Actis, espero que le pueda servir para saber que ya no es el único y que no está solo.

CAPÍTULO I

Año 2023

A pesar de la furia de los truenos y del largo aguacero de la mañana, esos primeros días de otoño presentaban resabios de un verano tan húmedo y caluroso como las últimas vacaciones en Corrientes, donde el sol abrasador del mediodía, que parecía empeñarse solo en ese lugar de la tierra, ya resquebrajaba las primeras hojas al pie de los ceibos y lapachos. Esa mañana, Miranda intuía que ellos se acercaban; observó por la ventana que las calles atoradas de gente podrían socorrerla, tomó las llaves y salió perturbada rumbo a la estación de tren. Con pasos apresurados sobre los baldosines de la calle San Martín, se encontró con ella misma en uno de los asientos de fundición que poblaban el andén, recibió su recado como todas las semanas y, sin mediar palabra alguna, volvió por otro camino del que tenía por costumbre. Su mente se convertía en una catarata de pensamientos tremendistas. Mientras cruzaba la calle, pensaba que en pocos días se mudaría a un lugar más seguro, allí muchos la conocían. A lo lejos, pudo divisar el paso ligero de las mismas viejas de siempre saliendo del casino, todas convertidas en viudas, separadas o casadas paranoicas; la ruleta y las tragamonedas atendían las veinticuatro horas, sin embargo, allí dentro el tiempo se detenía dominado por el juego endiablado del azar. Mientras las aborrecía recordando a su abuela que cargaba las bolsas del mercado, solo atinaba a la compasión luego de un segundo de conciencia. Sus pasos por esa cuadra después de haber llovido un desquicio, le carcomían los recuerdos mientras sorteaba a esas viejas apolilladas inmersas en la humareda del tabaco. Estas salían del casino con sus ojos desorbitados y sus bocas agrietadas a causa de los cigarros; algunas se cruzaban a la casa de empeño con nombres arabescos, tiritando de frío en invierno y de nervios en verano; otras zarandeaban la puerta vaivén maldiciendo esos números ladinos que les traumaban la conciencia. La vergüenza y el vacío de una adicción las forzaba a recuperar las apuestas mal venidas, y la pretensión de ganarle al destino las hacia volver apresuradas. A media cuadra de allí, durante las últimas horas de la tarde, la parroquia cobijaba a las hermanas luego de la semana de pascuas. Las miradas circunspectas de las monjas al pasar por la esquina se preguntaban a qué santo extorsionaban con volver a la costura. Algunas salían del casino con la cabeza tan baja que se llevaban por delante los postes de paradas, a las gentes que pasaban y a los cuidacoches que, mal juntados, se peleaban por dos mangos.

En ese trayecto de pocos metros, Miranda apenas alzó la vista, y el resplandor se convirtió en oscuridad propia de los malentendidos. Siguió caminando con su recado entre las manos y los pies aceleraban tanto que se aproximaba el momento de girar, a diez metros de su esquina. Un hombre, desde enfrente, la observó de manera inquieta. Luego la vista se volvió más oscura y ya no había resplandor. La negrura cerrada le impidió siquiera chapucear en el local de objetos impúdicos que su madre frecuentaba. “Podrá ser un nubarrón pasajero”, pensó, al quedar un aura desierta que la inquietaba hasta los huesos. Con dificultad, divisó el umbral del edificio, a solo un paso de la entrada y la frialdad a sus espaldas. Todo se volvió un malentendido. La puerta metálica y de barrotes estaba violentada con los mismos cañones pendencieros del siglo XVIII. A través de vidrios esparcidos, del olor químico del sueño y de un fatídico silencio, entró a tientas mientras veía el resto de las puertas tiradas por los pasillos, arrancadas de los marcos. Las piernas le contorneaban con sus pasos, el olor se transformaba en recuerdos de familia, como si lo reconociera desde siempre, y, tanteando las paredes, casi llegaba con sus manos temblorosas y su aliento entrecortado. En los últimos escalones no se atrevía a alzar la vista; estaba tan oscuro como el día en que se escondió debajo de los trastos de su cama, creyéndose a salvo de su madre pese a que esta lo sabía. Recorrió con el interior de sus manos las paredes porosas y sintió la suavidad de la madera de su puerta protectora. Allí estaba, sana y salva, y no podía con sus manos, sus nervios y el sudor de su alma.

Al entrar, se dirigió hacia el ropero de perillas con piedras engarzadas; juntó lo que pudo en el bolso escocés que guardaba de su infancia: coraje, miedo, valentía y desapego; llegó a meter algo de odio y trastornos de mentiras, un poco de tristeza y mucho de aventura. Tiritó de frío blanco, sin tanto sudor ni olor a vino del fino. Acomodó su bolso sobre sus espaldas y recorrió el aposento con soltura temiendo olvidar algo. Y en una fracción de tiempo terrestre, todo comenzó a dar vueltas: la explosión la transportó al inconsciente más hondo y se dejó caer de cuclillas. El humo, el polvo y los olores de la maquinaria determinaban que aún no había muerto. Despertó de los sucesos con el frío de un cilindro apoyado detrás de su cuello. Notó que las botas de los sujetos, bien lustradas, no coincidían con el potrero revuelto de tantas armas. Alzó las manos. El de las botas, sin pudor, se inclinó ante ella; se acercó mientras desenfundaba sus protectores oculares. Con una mano, la tomó del cuello y acercó su boca al oído de Miranda, quien sintió más intenso el frío del cilindro y el dolor de otras manos que le retorcían su cabello, y la necesidad, imperiosa y urgente, de morir en ese instante.

Buenos Aires, marzo de 1981

Parecía una especie de viaje solo si permanecían con la mirada perdida, disoluta en el espacio celeste. Allí, tumbadas en el suelo sobre una vereda con mosaicos turquesa y bordes húmedos de rocío moribundo, en una mañana con densas nubes y claros de un azul intenso, Miranda y Clara observaban creyendo que el cielo giraba sobre ellas, esa ilusión que provoca nuestra mente, sobre todo, en los años de nuestra infancia. En esas nubes veían insectos, anillos gigantescos, cascadas de agua, remolinos de algodón y muchas caras extrañas, pero había que imaginárselas rápido, pues esas nubes iban a gran velocidad. Ahí tiradas boca arriba, en ese otoño que mostraba días más frescos y donde las tardes eran más plomizas ayudadas por el recuerdo, solo les importaba esa sensación de dar vueltas y vueltas mientras permanecían en un mismo lugar.

Era en ese barrio tan sombrío, supongo que por sus casas de paredes despintadas y las calles aún de tierra, por los postes de madera envejecida y el tendido de cables que cruzaban las esquinas y las manzanas, donde se aguardaban las mañanas de feria para conseguir las verduras y las especias a precios rebajados, y donde las mujeres mayores traían verdurita de regalo en los bolsos de arpillera; donde algunas tardes zopencas con la madre en su labor, solía acercarse una joven de los fondos para tener a las niñas bajo el cuidado de la siesta ociosa; pocos confiaban en esas mocosas panchas que no sabían de conductas ni temores. Una de esas tardes soleadas en la que quedaron a merced del pobre lazarillo, se le ocurrió a Miranda treparse a su bicicleta que tenía prohibida, pero la tentación era tan grande y mezquina, que ni bien terminó la ligustrina que rodeaba al colegio de palomas enanas, enfiló sin detenerse por esas cuadras y bloques de manzana todavía extrañas en su vida. Recorrió veredas intransitables, descubrió plazas inhóspitas y levitaba entre los aromas de jazmín y de las rudas; cabalgó a mayor velocidad para sacarse de encima esa perruna sarnosa que tanto dolor le causaba y pudo ver gentes nuevas, otros rostros, otras casas con puertas de tronco tallado y jardines como los de su abuela, vio cielos de otro color y se embriagaba con tanto olor a tierra. Cuando se detuvo, la vista se le inundó de campo, ya quedaban pocas casas; veía alambrados a lo lejos, gigantes tanques de leche, una junta de vacas y la pérdida en la noción del tiempo. Llegó a lo que parecía ser una tranquera solitaria: los hongos cubrían buena parte de la madera, y los herrajes carcomidos y ya casi inutilizados se dejaban ver entre los pastizales.

Miranda dejó su bicicleta acostada con el verde alrededor y trepó a uno de los postes que aún sostenía el alambrado; se sentó sobre este y observó la lejanía, el infinito terreno que se perdía bajo el cielo; inhalaba el aire ventoso que se incrustaba en su cara y exhalaba paz con el entrecierro de sus ojos. Por un momento, sentía elevarse en el aire como panaderos voladores, su cuerpo al balancearse le hacía sujetarse con más fuerza, y sus cabellos tomaban el impulso de colas de barrilete. Sin saberlo, o, por lo menos, sin tener conciencia de ello, se adentraba en un estado de meditación que la dejaba por algunos minutos en un eterno presente. Luego, desensilló. Le apresuró la sed para volver, pero no el miedo a la lejanía, ni a los extraños, ni a su madre por su ausencia. Volteó con sus dos ruedas y puso marcha a su regreso. El mismo camino, pero teñido de una tarde más gris y atemporal, donde llegó a divisar a lo lejos los tejados rojizos de la escuela, los mismos que habían sido donados por el corralón del pueblo que el intendente perseguía, y, dando más empeño a sus piernas para llegar hasta aquel, le hacían percibir que las vueltas eran inesperadamente más veloces que las idas.

Miranda y Clara crecieron en la soledad de la infancia. Junto a otras niñas dominaban las tardes que languidecían de repente entre el verano y el otoño en la plaza de Rafael Castillo, un pueblo donde la gente joven nace con rasgos de una madurez sufrida y los ancianos se resisten a morir en la puerta de sus casas. Allí, apetecían las mismas ganas de besar a los niños en una iglesia soberbia, un domingo de misa. Al terminar el sacramento que el padre Tommasi dirigía, corrían hasta la despensa complaciente, como parte de la liturgia religiosa, y, al entrar, de sus bolsillos sacaban a tientas lo único que tenían: algunos centavos de pesos, un botón y un par de hebillas. Don Manuel las miraba con sorna en los labios, mientras Miranda y Clara, ebrias de inocencia, extendían su palma por un alfajor y algunas gollerías. Como desatadas de una prisión, volvían corriendo a pedir permiso para jugar en la casa de Paula, que tenía en los fondos extensos yuyales y algunos claros de tierra, una hilera de plantas extrañas y muchas macetas con fresas que su madre mezquinaba. Paula, cuyas únicas amigas eran ellas, les contaba de su madre y les hablaba del tiempo, de un secreto o de alguna novela que había visto por la tarde. Algunos años después, una de esas tardes de siesta que olía la proximidad de una llovizna, fueron a buscar a Ana que vivía con su abuela, su tía y una mujer que las cuidaba. Algunas gotas ya caían y, si se largaba el chubasco, no tendrían lugar dónde jugar que no fuera dentro de la casa. Mientras volvían tuvieron una idea. Las cuatro tenían todo decidido: con la medianera, un níspero y un limonero, armaron un escondite, que consistía en un techo de hojas de parral, una lona de arpillera que cubría todos los costados, una puerta de madera apoyada entre unas ramas y unas latas de durazno, atadas entre ellas, que sonaban como alarma por si alguien espiaba. En esa cueva oportuna y soñadora planearon pasar a la clandestinidad, vigilar a los hampones y construir un mundo justo y hasta casi medieval; consultaban mapas y recorridos; leían las últimas noticias de tragedias y mentiras; hacían anotaciones sobre el clima, las caras de la luna y el ruido de cigarras; contaban los pasos hasta llegar a la casa, los vecinos que pasaban y las contraseñas que cambiaban. Juraron un protocolo de vida que no debían traicionar. La sangre, la nobleza en los valores, el socorro mutuo y la eterna fidelidad las unía.

Una noche extrañamente glacial de un septiembre mustio, enviaron a Miranda a la casa del señor Ortiz, el sastre y padre de José, el monaguillo de la Parroquia el Sagrado Corazón. Tenía contextura mediana y muy delgada, prominente calvicie y dedos tentaculares; destacaba un aire elegante en su ser y en su labor, que ejercía con amplia pericia. El saco de su madre ya estaba listo y la costura nueva, pero tuvo que esperar a que tomara detalles de terminación y en las medidas. Ahí sentada en una silla de paja y sobre un almohadón de folia remendada, sus piernas se balanceaban y colgaban con retorcido aburrimiento. Sus ojos revoleaban los objetos del cuarto, y sus manos hurgueteaban las cajitas de alfileres. Había retratos de todos sus parientes con marcos ajados y pilas de telas sobre tarimas tapizadas del color de las paredes.

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241 səh. 2 illustrasiyalar
ISBN:
9789878706016
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Bookwire
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