Kitabı oxu: «De la metodología a la argumentación en ciencias sociales»

Şrift:




De la metodología a la argumentación en ciencias sociales

se terminó de editar en septiembre de 2021

en las oficinas de la Editorial Universidad

de Guadalajara, José Bonifacio Andrada 2679,

Lomas de Guevara 44657 Guadalajara, Jalisco.

Índice

Prefacio

1 El problema fundamental: la disociación entre marco teórico y datos empíricos

2 ¿Qué son y para qué sirven las hipótesis en la investigación?

3 ¿Qué es una teoría?

4 ¿Qué es un modelo teórico?

5 Un ejemplo desarrollado de modelo teórico

6 ¿Cómo se argumenta en un informe de investigación?

Bibliografía

A la memoria de

Fernando Pozos y María Luisa Chavoya,

pioneros de las ciencias sociales en Guadalajara

Prefacio

Este libro es un fruto de la necesidad. En 1991 fui invitado a impartir los seminarios de metodología de la investigación programados para los dos primeros semestres del recientemente creado Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de Guadalajara en México. La invitación me tomó por sorpresa. En efecto, por aquella época yo era, junto con todos o casi todos, víctima de la pérdida o al menos transformación de sentido que la palabra “metodología” tuvo hasta bien entrado el siglo xx: de ser un término que había significado la reflexión lógica y epistemológica —de hecho, por momentos, incluso metafísica— sobre el conocimiento y su producción sistemática, la palabra había acabado por significar la instrucción técnica en procedimientos específicos de investigación.

Dado que, en materia de tales procedimientos, mi experiencia estaba limitada al trabajo de campo en lingüística, y más concretamente en sintaxis, yo no parecía ser un candidato idóneo para impartir aquella asignatura. Mis futuros alumnos eran sociólogos, antropólogos, politólogos, comunicólogos, historiadores, demógrafos, psicólogos, y tal vez algún economista o geógrafo; pero ninguno de ellos necesitaba saber cómo hacer que informantes de lenguas “exóticas” produjesen oraciones de ciertas características o las evaluasen como más o menos correctas o probables, mucho menos a construir poco a poco, a partir de tales materiales, una gramática descriptiva de la lengua del caso, todo lo cual hubiesen sido cosas que me sentía preparado, tanto teórica como prácticamente, para enseñar de manera técnica.

Sin embargo, las amables personas que me invitaban a impartir tal curso me dijeron que su interés era más bien en un profesor con formación de filósofo (que también la tenía), pues el problema que ellos habían detectado no residía tanto en el terreno de los procedimientos concretos de investigación, los cuales por lo demás —me aseguraban— se aprenden sobre la marcha, en el terreno, y con el apoyo de tutores, asesores y supervisores de proyectos doctorales, sino más bien en el más general y abstracto propio de la reflexión para la que originalmente se había inventado el término de metodología. Aparentemente, este tipo de curso no técnico había sido eliminado en otros doctorados similares, y eran los propios estudiantes los que habían protestado y seguían protestando contra su abolición, con lo cual el flamante programa en Guadalajara buscaba evitar el mismo error.

Este seminario, que impartí de manera regular de 1991 a 2011, y de allí hasta ahora solamente de manera esporádica, me ha enseñado que las mencionadas protestas de los estudiantes estaban fundadas. A pesar de que los candidatos doctorales están obviamente muy por encima de la media nacional en cuanto a inteligencia y dedicación se refiere, por razones que se me escapan padecen lagunas en aspectos elementales de la metodología en sentido estricto (es decir, filosófico). De hecho, he tenido con frecuencia la oportunidad de dar seminarios de metodología similares en otros posgrados orientados a la investigación, y siempre me he topado con los mismos problemas. Tales problemas metodológicos, por lo demás, tienen repercusiones enormes en la calidad tanto de la argumentación como de la escritura. A riesgo de ser herético, he llegado a la conclusión que no hay en rigor solución de continuidad entre las áreas de la metodología de la investigación, la escritura académica y la argumentación, si bien tanto los cursos en estas tres áreas como los libros de texto al uso mantienen una separación poco fructífera entre ellas.

Las experiencias que de manera muy apretada acabo de describir, me fueron convenciendo poco a poco del interés que tendría llevar los temas que discutía en mis cursos más allá del público limitado de los participantes. De esa manera, he ido escribiendo una serie de artículos en distintas revistas y capítulos en libros colectivos, de entre los cuales he elegido los que me consta que han sido leídos con interés, y aparentemente incluso con provecho, por estudiantes de posgrado en mi país y en otros países de habla hispana, con el fin de reunirlos ahora, con algunas correcciones puntuales, entre dos tapas. A mi edad, ya sería muy difícil encontrar el suficiente ocio y energía como para escribir un manual de metodología de investigación en forma a partir de estos y otros materiales semejantes, pero espero que la antología que el lector tiene en sus manos supla al menos una parte de las necesidades de los estudiantes de posgrado del mundo hispanohablante.

Para cerrar, quisiera hacer notar que todas las citas de autores en otras lenguas han sido traducidas por mí para comodidad de mis posibles lectores.

Ajijic, Jalisco, 7 de mayo de 2020

1 El problema fundamental: la disociación entre marco teórico y datos empíricos1

I

Una experiencia común para alguien que, como el autor de estas líneas, imparte, por un lado, cursos de metodología y, por otro, lee e incluso dictamina protocolos de proyectos, tesis de grado, reportes de investigación y artículos en revistas o libros especializados, es la de constatar que dichos textos consisten con mucha frecuencia de dos partes claramente diferenciables:2

 Por un lado, se nos presenta una serie de conceptos, acompañados a veces de algo así como definiciones más o menos adecuadas, y una serie de referencias, acompañadas con frecuencia por citas textuales a autores mucho, poco o nada compatibles entre sí.

 Por otro lado, se nos ofrece una serie de datos empíricos (cifras absolutas y relativas, correlaciones, acontecimientos, decretos, políticas, discursos) más o menos heterogénea y fiable, la cual se discute, analiza o interpreta sea independientemente de los conceptos y referencias de la primera parte, sea estableciendo apenas relaciones tenues con unos y otras.

En esta breve descripción he tratado de que cada palabra que uso tenga peso. En particular, rogaría al lector que sopesara debidamente el significado preciso de los términos técnicos de la metodología (concepto, definición, referencia, cita textual, dato empírico, heterogéneo, fiable, discutir, analizar, interpretar), así como de los modificadores adverbiales “algo así como”, “mucho, poco o nada” y “más o menos”. Esto último es importante porque de persona a persona, texto a texto, pasaje a pasaje, es posible observar gradientes notables en las bondades y déficits metodológicos de las investigaciones en ciencias sociales. En todo caso, la separación descrita puede ocurrir al interior de un mismo capítulo, sección, página o párrafo, o bien ser aún más extrema, de manera que el primer componente aparezca en un capítulo o serie de capítulos y el segundo en otro. Pero la separación está allí, ominosa, lastimosa, menesterosa de diagnóstico. Y no se trata solamente de un asunto de redacción, puesto que en la interacción oral (durante sesiones de tutoría, presentaciones en clase, discusiones en coloquios y exámenes de grado) se manifiesta también con frases como “tu hipótesis no tiene nada que ver con tu pregunta” o “no sé cómo interpretar mis datos” (ofrezco estos dos botones de muestra, confiando en que el lector conocerá otras frases similares). Tenemos, pues, no un síntoma aislado, sino un verdadero síndrome de disociación entre los datos y la teoría que supone debe ordenarlos y explicarlos, un síndrome que puede interpretarse (creo) de dos maneras muy diferentes:

1 Se trataría de una falla en las investigaciones particulares. En ese caso nos toca a nosotros los profesores de metodología corregirla, enseñando mejor a nuestros estudiantes cómo se organiza y lleva a cabo un proyecto de investigación. Este diagnóstico es el que me guía en lo personal. Por ello, mi experiencia docente ha sido la de una continua revisión de materiales, lecturas, ejercicios, tareas, presentaciones, argumentaciones, estrategias y estilos de exposición. Tal vez desde un punto de vista estrictamente práctico no sea posible adoptar un diagnóstico diferente.

2 No se trataría de una falla corregible en tal o cual texto o exposición oral, sino de una situación inevitable en el estado actual de las ciencias sociales.3 Quiero decir que el marco teórico de nuestros estudiantes consiste básicamente en listas de conceptos y colecciones de citas porque en mucho casos no disponemos de nada mejor. Y si ese es el caso, entonces la falta de relación entre marco teórico y datos empíricos es inevitable.

El segundo diagnóstico es más jugoso y audaz que el primero, y está maduro para ser refutado; por ello es que quisiera dedicar este texto a desarrollarlo un poco. Además, el segundo diagnóstico conduce a un tratamiento completamente diverso que el primero, por cuanto los autores de textos y expositores de proyectos estarían bien mientras que quienes andarían errados serían solamente quienes tanto se preocupan y atormentan a estudiantes, auxiliares y colegas con el famoso marco teórico. Pero antes de empezar la discusión, quisiera decir que todo este asunto está nublado por la presencia de tres errores metodológicos graves que se cometen de continuo.

El primer error, y el más grave, es exigir que el proyecto tenga teoría al tiempo que no se explica qué es teoría. El estudiante de ciencias sociales es por ello el que menos culpa tiene de la desconexión entre marco teórico y datos empíricos que he descrito antes, toda vez que no sabe qué es exactamente una teoría y, por lo tanto, qué puede ser un marco teórico; y no lo sabe porque no se le ha enseñado.4 Cuando el estudiante de ciencias sociales se convierte en investigador, dicha carencia se magnifica, por cuanto ahora es alguien con autoridad el que habla de teoría sin que quede claro de qué está hablando. En este primer error se centrará el resto de este trabajo.

El segundo error, en orden de gravedad, es exigir que el proyecto tenga un marco teórico al tiempo que no se exige que tenga lo que podríamos llamar por analogía un “marco empírico”. Quiero decir que con bastante frecuencia el estudiante presenta un proyecto sobre tal o cual tema (p. ej., la pobreza, la corrupción, el fracaso escolar, la contaminación ambiental, el financiamiento de las campañas electorales, el uso del suelo en las ciudades, o lo que sea) y llena muchas páginas con discusiones abstrusas y conceptualizaciones alambicadas y etéreas, mediante las cuales trata de mostrar que sabe lo que los “teóricos” dicen sobre la realidad que él quiere investigar; pero ni nos presenta ni le exigimos (con exactamente el mismo énfasis con el que le exigimos el marco teórico) que nos exponga en detalle y con la mayor exactitud posible cuáles son los hechos relevantes, que nos demuestre que ha entrado o está entrando en conocimiento de lo que sabemos ya sobre esa realidad misma (p. ej., cuál es la pobreza global, nacional, regional según se la mida con tal o cual método; cuántos tipos de corrupción hay y cuánto ha aumentado un tipo o el otro en diferentes lugares a través del tiempo; cuáles son los niveles de análisis económico, sociológico, neurocognitivo que hay que tomar en cuenta a fin de determinar si la tasa de fracaso escolar está subiendo o bajando; cómo han cambiado las leyes sobre la contaminación ambiental, el financiamiento de las campañas o el uso del suelo, y si hay diferencias asociadas a cambios políticos, diferencias regionales, fenómenos financieros o comerciales; y en general qué ha pasado, cuándo, cómo y dónde). He tenido alumnos que no solamente no sabían los hechos más elementales que hubiera debido saber, ni siquiera conocían de qué tipo podrían ser o dónde se los podría buscar.5 Algo anda mal, porque, dicho en plata, un marco teórico sin un marco empírico es pura palabrería; y el no exigir eso desde el principio seguramente influye en la disociación entre teoría y datos de que estamos hablando.

El tercer error que se comete es plantear la exigencia de marco teórico como si un proyecto de investigación tuviera un solo marco teórico, y no más bien tres. En efecto, todo proyecto de investigación consta de exactamente tres partes fundamentales: 1) la pregunta de investigación, 2) la hipótesis de trabajo que responde de modo plausible y justificable a la pregunta de investigación, y 3) el diseño de prueba que busca averiguar hasta dónde la hipótesis de trabajo es acertada, es decir, responde correctamente a la pregunta de investigación. Pues bien, a cada una de estas partes le corresponde un marco teórico especial. No darse cuenta de esto es un error que depende de la poca claridad que reina sobre la estructura de la investigación, y de la facilidad con la que se confunde esta estructura (que es intrínseca al proceso de investigación como tal) con los machotes o formatos particulares que las distintas instancias administrativas y burocráticas ponen como requisito para los protocolos de proyectos (machotes y formatos que son accidentales y muchas veces alucinantemente irreflexivos). Algún lector protestará diciendo que no puede haber tres marcos teóricos (y si me concede el punto anterior, también tres marcos empíricos), ya que eso le restaría unidad al proyecto. La respuesta es que la unidad de un proyecto reposa exclusivamente en el razonamiento que conecta sus tres partes, y no en que se usen los mismos modelos o datos para sustentar tanto la pregunta como la hipótesis y la prueba. Veamos un ejemplo concreto. Los proyectos que utilizan análisis estadístico obviamente requieren de un marco teórico para el diseño de prueba en que el cálculo de probabilidades juega un papel importante, pero es posible que el cálculo de probabilidades no haya jugado ningún papel en el planteamiento y justificación de la pregunta de la que parte el proyecto; el marco teórico del diseño de prueba no es el mismo en este caso que el marco teórico de la pregunta de investigación. Más adelante veremos otros ejemplos. Pero el hecho de que en un caso concreto u otro podamos utilizar el mismo marco teórico (y eventualmente el mismo marco empírico) para dos o incluso las tres partes de un proyecto no invalida la distinción lógica.

Como podrá verse, el problema con el marco teórico no es simple, sino triple. En este trabajo me ocuparé solamente del primer error descrito, habida cuenta de que es con mucho el más grave y básico.

II

Cuando comencé a dar clase de metodología, entre las muchas cosas que asumí es que mis estudiantes (que eran inicialmente de doctorado) sabían perfectamente lo que es una teoría. Fue al paso de los años que me di cuenta de que eso no era así; el concepto de teoría era uno de los muchos conceptos lógicos y metodológicos (otros eran, p. ej., definición, explicación, mecanismo causal, ley y probabilidades) que ellos ignoraban o sobre los que tenían las ideas más vagas imaginables.6 Uno de mis últimos empeños como maestro de metodología (moviéndome aún dentro del primer diagnóstico) es tratar de enseñar ese concepto (y sus conceptos asociados). Hasta ahora he tenido un éxito muy parcial (creo), y eso me ha llevado a preguntarme más a fondo de qué problema estamos hablando realmente aquí. De allí que me arriesgue ahora a presentar una posible interpretación extrema del asunto.

Puede el lector imaginarse que, dada mi condición de observador externo, incluso de “extraño” y “visitante”, por decirlo en terminología microsociológica (Schütz, 1944), muchas de las cosas de que hablaban mis alumnos en sus presentaciones e intervenciones me resultaban al principio incomprensibles. Habida cuenta del carácter interdisciplinario de algunos programas de posgrado, ellas les resultaban igualmente incomprensibles a un buen número de sus compañeros de estudios también, lo cual no me consolaba para nada. De esa manera, consideré mi deber como maestro aprender lo más que pudiera de todas las ciencias sociales representadas por mi población de alumnos.

Al principio me dediqué a explorar aquellas que me quedaban más a la mano dada mi formación previa: por el lado de mi formación lingüística obviamente la sociolingüística, la etnolingüística, la sociología del lenguaje y la antropología lingüística, y luego las que resultaban inmediatamente afines, como la antropología cultural, la antropología simbólica, la etnometodología, la microsociología y la sociología cualitativa en general; por el lado de la filosofía, la llamada teoría política y al menos buena parte de la llamada teoría social. Esto último incluía en primerísimo lugar la lectura o, en algunos casos, relectura de los “clásicos”: Tocqueville, Comte, Spencer, Morgan, Maine, Quetelet, Le Play, Marx, Durkheim, Weber, Simmel, Frazer, Malinowski, Radcliffe-Brown, Parsons, por no citar sino los más famosos. Durante todo ese trayecto inicial, debo decir que mi impresión era que, desde el punto de vista teórico en sentido estricto, todo ese caudal de información dejaba mucho que desear. Para decirlo de una manera compendiosa, lo que encontré fueron tres cosas:

 Enormes cantidades de datos empíricos de diversa índole y calidad (más precisamente de diversa validez, confiabilidad y representatividad).

 Colecciones de conceptos (unos mejor y otros peor definidos), acompañadas de especulaciones más o menos metafísicas sobre la vida en sociedad.

 Observaciones puntuales agudísimas, que se quedan a veces en meros aperçus, y a veces se desarrollan hasta constituir pequeños modelos de la realidad social.

Estas tres cosas me impresionaron de distinta manera. De entrada me sentí atraído por lo primero, los datos, y sigo pensando que el mayor título de gloria a que pueden aspirar las ciencias sociales es la gigantesca base de datos que han reunido en los aproximadamente dos siglos y medio que existen como tales.7 Cierto que hay problemas con la calidad de algunos de estos datos, pero aun así es admirable que la humanidad cuente con todo eso. Y cierto es también que hay controversias y confusiones acerca de cómo interpretar los datos, pero a pesar de ello es mejor tener datos que no tenerlos y el discurso está mejor informado si descansa en datos que en fantasías. Sin embargo, podemos dejar por ahora este primer elemento, ya que justamente los datos son sólo eso y no teorías. No faltará quien diga que necesitamos teoría para buscar y recolectar datos, aun antes de interpretarlos, o que la interpretación comienza antes de y para buscarlos y recolectarlos. Acepto que esta objeción tiene sentido, pero sólo retrasa el problema, ya que el punto no es la teoría implícita en los datos, sino la que somos capaces de explicitar. Recuerdo al amable lector: el marco teórico es, debe ser y exigimos que sea, explícito, articulado y discurrido.

Pasemos pues a los restantes dos elementos de mi lista. En cuanto al segundo elemento, me encontraba en terreno conocido: la filosofía en su ya larga historia no es justamente sino una serie de conceptos y especulaciones. Gran parte de la teoría política y la teoría social me parecía ser una mera continuación de la filosofía, y en esa medida algo muy distinto de la ciencia (cf. Leal, 2008). Lo que me llamaba la atención, y mucho, era que se dijese que todo eso era teoría. Cierto es que también nosotros los filósofos hablamos de “teorías filosóficas”, p. ej., de la teoría platónica de las ideas, la aristótelica o epicúrea del movimiento, la agustiniana, hegeliana o marxista de la historia, la cartesiana, lockiana, humeana, kantiana o russelliana del conocimiento, etc.; pero a ningún filósofo se le ocurriría pensar que esas teorías lo son en el mismo sentido que las científicas, p. ej., la teoría de la gravitación universal, la del electromagnetismo, la termodinámica, la de los enlaces químicos, la de precios, la electrodinámica cuántica, la genética, la sintaxis o la fonología. Para decirlo de una vez y sin rodeos: no puede hacerse nada científico sobre la mera base de este tipo de edificio intelectual, cuyos ladrillos son conceptos y su cemento, cuando los hay, mera especulación.8

Conviene en este punto diferenciar las cosas de manera un poco más delicada, a fin de evitar malas interpretaciones. Las clasificaciones, taxonomías, tipologías, listas de conceptos, etc. (p. ej., las numerosas distinciones de un Durkheim, un Weber, un Lévi-Strauss o un Bourdieu; las clases de un Tönnies o un Tarde; los estadios de un Vico, un Romagnosi, un Condorcet o un Comte; las tablas tetracóricas o policóricas de un Spencer, un Parsons o un Habermas) pueden ser acaso el comienzo de una teoría; pero creer que por sí solas constituyen teoría, como creen o dicen muchos, es un error bien descrito ya por Homans (véanse la nota 5 en este capítulo y el capítulo 4 de este libro). Por su parte, las especulaciones pueden en principio ser también el comienzo de la teorización, si bien los desbordes de la fantasía, y la falta de precisión en los términos que suele acompañar tales desbordes, pueden ser obstáculos insalvables. Desgraciadamente, muchas veces que se habla de teoría en ciencias sociales justo lo que se tiene en mente son estas pseudoteorías.

¿Qué pasa con el tercer elemento de mi lista, las observaciones aperçus, minimodelos? Nadie puede negarles el carácter teórico. Sin embargo, debemos tener bien claro que en todos esos casos se tratan de esquemas explicativos, unos más grandes, otros más pequeños (algunos de ellos tan pequeños que casi se confunden con datos). En cuanto tales, están todos o casi todos lógicamente sueltos, no estrechamente encadenados en teorías generales.9 Cuando hablo así, no pretendo denigrar, sólo describir. No hay nada qué denigrar en algo que es la marcha normal de la ciencia. Todas las grandes teorías científicas (véase la lista dada más arriba) comenzaron como pequeños esquemas explicativos, micromodelos parciales que describían y explicaban porciones, unas mayores que otras, de la realidad mecánica, astronómica, química, eléctrica, magnética, óptica, acústica, calórica, industrial, comercial, sintáctica, fonológica, etc.; pero con el tiempo fueron integrándose en meso- y macromodelos cada vez más poderosos hasta que de esa unión comenzaron a formarse teorías verdaderamente generales (la teoría de la gravitación universal es justamente celebrada como la primera de ellas). Esta es por cierto la verdadera lección histórica del famoso libro de Kuhn (1962), la cual no suele citarse ni comentarse: resulta más fácil repetir, con frecuencia de segunda mano, las tesis —mucho más dudosas, ambiguas y obscuras— que el celebrado autor lanzó al mundo sobre paradigmas y revoluciones. Lo que hace Kuhn magistralmente (aunque no fue el primero ni el único en hacerlo) tanto en ese libro como en sus otras dos monografías (1957 y 1978) es mostrarnos cómo los físicos construyen pequeños modelos que explican ciertos fenómenos, los cuales luego los van haciendo más grandes para que incluyan otros y otros. En el momento en que un modelo teórico se amplía de tal manera que incluimos en él fenómenos que a primera vista nada tenían que ver con aquellos que inspiraron el modelo original y reducido, en ese momento es justo cuando comenzamos a celebrar esa mayor generalidad mediante la adjudicación del título honorífico de teoría. Conforme se produce esta evolución los modelos relativamente generales (que habían surgido de la combinación y extensión de varios pequeños esquemas explicativos) se transforman en gigantescas máquinas productoras de modelos pequeños y grandes, aplicables a situaciones muchas veces no imaginadas siquiera al comienzo del proceso. Estas teorías productoras de modelos son, por supuesto, las que llevan el título con mayor derecho.

Sin embargo, trátese de modelos teóricos parciales de escasa generalidad, de modelos teóricos crecientemente generales o de teorías consolidadas de enorme generalidad y capacidad para generar modelos aplicables a situaciones imprevistas, en cada caso estamos hablando del mismo tipo de entidad lógica: un sistema de proposiciones generales, en el que cada premisa dice con un determinado grado de probabilidad que ciertas cosas están presentes siempre (o casi siempre) que otras lo están, y mejor aún que ciertas cosas aumentan o disminuyen (en cierta proporción) cuando otras incrementan o aminoran; en el que cada proposición está asociada a otras mediante cadenas argumentativas (sean ellas deductivas, inductivas o analógicas), las cuales permiten que de las proposiciones del sistema podamos derivar consecuencias observables que nos permitan verificar si algo ocurre o no ocurre, varía o no varía.

Por ser esto una teoría es que una lista de conceptos, una clasificación o una mera especulación no son ni pueden ser teoría; y llenar páginas del marco teórico con puros conceptos, clasificaciones y especulaciones es la receta más segura para luego no saber qué hacer con los datos obtenidos (o incluso no saber obtenerlos en primer lugar).10

III

De todo ello surge la pregunta histórica: ¿cómo se han ido desarrollando los modelos en el caso de las ciencias sociales? Más a cuento: ¿hasta dónde podemos hablar en ciencias sociales de modelos relativamente generales y hasta dónde incluso de generadores de modelos aplicables a situaciones nuevas y no imaginadas? Es decir, ¿hasta dónde es posible en ciencias sociales identificar teorías en algunos de los dos sentidos descritos? Lo que yo al menos encontré tratando de responder a estas preguntas no será del gusto de todos mis lectores. Dada mi condición de filósofo y lingüista, al principio pensaba que mis estudiantes y colegas sabían algo que yo no sabía: la aparente falta de marco teórico apropiado sería seguramente (me decía) efecto de mi ignorancia de la materia. Por lo tanto, tenía que ponerme a buscar y leer. No sé si mi caso se parece al niño del cuento del emperador desnudo, pero la verdad es que por un buen tiempo no encontré teorías en el sentido de modelos generales, mucho menos en el sentido de máquinas lógicas capaces de generar modelos ad libitum, que era lo que yo andaba buscando porque en eso se basaba mi concepción sobre las teorías (por la filosofía de la ciencia y por mi experiencia de la lingüística). Pero además me encontraba a menudo con la afirmación de que ni había tales modelos generales o generadores de modelos, ni falta que hacían, toda vez que las realidades (se decía) son tan diversas y cambiantes que no hay nada que pueda decirse de ellas en general. Lo curioso es que, cuando en tal guisa se discurría, no se sacaba de ello la conclusión obvia e inapelable de que en ese caso no había teoría y punto. Conclusión dura, sí, pero al menos consistente.

Con el tiempo (y gracias a haber llegado en mis lecturas a la obra sociológica de Pareto, la cual me condujo a su obra económica) descubrí que la afirmación, y su conclusión, resultaban prematuras. Me encontré, en efecto, con la economía, y en ella no solamente con muchos modelos relativamente generales (p. ej., para el comercio internacional, la moneda, las finanzas o el desempleo), sino también al menos un extraordinario generador de modelos, la llamada teoría de precios (también llamada, más confusa y acaso erróneamente, microeconomía). Aquí, en el seno de las ciencias sociales, de hecho en la primera ciencia social reconocida como tal, estaba algo que había buscado antes en otros rincones de las ciencias sociales sin éxito. Me di cuenta entonces de que por esto precisamente era que la economía fue reconocida como ciencia con tanta fuerza, y por qué sigue gozando de un prestigio incomparable entre las demás disciplinas que aspiran al estatuto de ciencia social.

Pero si esto era claro e interesante, resultaba en cambio muy oscuro que en los “marcos teóricos” de las investigaciones en ciencias sociales que me tocaba como profesor de metodología discutir y supervisar, nunca o muy rara vez se usaba el aparato analítico de la teoría de precios o de alguno de los modelos económicos producidos con su ayuda. En algunos casos se podría acaso excusar esta carencia en vista de que el tema de la tesis estaba bastante alejado de las cuestiones que más estrechamente consideramos económicas; pero la carencia se volvía enigmática cuando estas cuestiones ocupaban un lugar importante o incluso crucial en la pregunta de investigación o la hipótesis de trabajo. Al principio de mis indagaciones, en efecto, no sabía que la teoría de precios permite construir modelos incluso para situaciones sociales en que las llamadas cuestiones económicas no juegan un papel, es decir, que los conceptos y métodos de los economistas pueden extenderse y aplicarse fuera del campo estrecho de las decisiones privadas de consumo de los hogares, las decisiones privadas de producción y comercialización de productos, o las decisiones privadas de ahorro, inversión y financiamiento de proyectos industriales o comerciales. Cuando descubrí el llamado imperialismo económico (una frase acuñada por el premio nobel de economía George Stigler para designar la capacidad de exportar los modelos económicos a la ciencia política, el derecho, la sociología o la antropología), la carencia de cultura económica en la confección de “marcos teóricos” perdía toda excusa.11

Sospecho que hay dos causas por las cuales los estudiantes de ciencias sociales y sus maestros evitan la utilización de modelos económicos en sus proyectos. La primera es que el análisis económico requiere, en sus partes avanzadas, del dominio de técnicas de análisis matemático (álgebra, geometría analítica, cálculo diferencial e integral, cálculo de probabilidades), y tal dominio requiere de un trabajo intelectual importante, amén de que una buena proporción de personas ha desarrollado una verdadera fobia por las matemáticas a lo largo de los años. La buena noticia es que muchas de las aplicaciones del razonamiento económico no requieren tales técnicas. Sospecho que si hubiera mayor apertura a los principios, puramente cualitativos, de la teoría económica, la voluntad de aprender algo de análisis matemático, si ello fuera necesario para un proyecto particular, nacería espontáneamente por el mero gusto de experimentar el valor de un instrumento de análisis verdaderamente poderoso.

La segunda causa es más delicada: la mayoría de las personas razona bastante bien en materia económica, y sin necesidad de estudiar, cuando se trata de disponer de sus propios recursos; en cambio, su razonamiento se nubla enseguida cuando se trata de decisiones que afectan los recursos de otras personas, y particularmente de los recursos públicos. La confusión mental que surge en este punto es en parte explicable por mecanismos ideológicos y obedece a intereses inconfesables de los sujetos que discurren; pero estos mecanismos no explican todos los casos, sino que es demostrable que los sujetos atentan a menudo contra sus propios intereses en virtud de sesgos sistemáticos. Los economistas tienen una larga tradición de intentar entender cómo funciona la confusión de quien carece del hábito de pensar económicamente en estos casos; pero el hecho mismo ha sido demostrado muchas veces.12 Mi impresión es que esta segunda causa es más poderosa que la primera, y de hecho contribuye decisivamente a que el estudiante de ciencias sociales evite siquiera abrir los textos elementales de teoría de precios que serían tan útiles para sus proyectos.

Habiendo encontrado al menos una teoría poderosa en ciencias sociales, me di cuenta de que no veía algo que tenía frente a mis narices. Para introducir al tema, debo decir que de tanto en tanto algunos de mis estudiantes me han pedido que les hable del llamado análisis del discurso.13 Se trata aquí de un campo de estudios que contiene de todo: un maremágnum de conceptos y propuestas metodológicas sin ningún orden y concierto. Mucho de lo que se ofrece bajo la etiqueta de análisis del discurso es de dudosísima calidad o siquiera coherencia, pero al discurrir sobre estas cosas he tratado de mostrar a mis estudiantes que de las tres disciplinas fundamentales que componen la lingüística, a saber la fonología, la sintaxis y el estudio del léxico, al menos las dos primeras ofrecen herramientas teóricas rigurosas para el análisis del discurso en lenguas naturales. Por cierto, la especificación “lenguas naturales” es necesaria para hacer una separación teóricamente estricta entre, por un lado, todos los lenguajes humanos —tanto los fonológicamente basados (hay cerca de seis mil lenguas conocidas que se hablan todavía y son de este tipo) como los lenguajes humanos basados en señas y utilizados por los sordos (de ellos se conocen poco más de cien en todo el mundo)— y, por otro lado, el conjunto abigarrado de códigos parciales, notaciones simbólicas y otros medios cognitivo-comunicativos que han surgido en el curso de la evolución de los organismos o han sido diseñados artificialmente para propósitos particulares. Quienes no han estudiado lingüística suelen hablar también en estos casos de “lenguaje”, aunque se trata de cosas teóricamente distintas (cf. Leal, 2000).

En todo caso, podría decirse que la fonología y la sintaxis —cuya prehistoria es larguísima, toda vez que arranca de la retórica creada en las antiguas ciudades griegas hace más de 2 500 años, pero cuya historia científica reconocible se remonta a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX— constituyen teorías en el sentido apropiado de la palabra, es decir, modelos generales de fenómenos e incluso generadores de modelos ad libitum. De esto no cabe la menor duda, y sin embargo hay un problema: la mayoría de las personas que trabajan en ciencias sociales les cuesta reconocer que la fonología o la sintaxis en particular, y la lingüística en general, son disciplinas hermanas de la sociología, la antropología o la ciencia política. Dado que el lenguaje es un fenómeno social, a mí al menos me parece que las disciplinas que estudian el lenguaje no podrían ser otra cosa que ciencias sociales; pero estoy consciente de que la peculiaridad de sus conceptos y métodos las alejan considerablemente de lo que suele llamarse así.

En vez de un argumento abstracto y estéril, voy a dar un ejemplo sencillo, pero real del poder del análisis lingüístico para las ciencias sociales. Cuando yo era estudiante de lingüística, tomé un curso de estadística para lingüistas en el que debíamos llevar a cabo un análisis estadístico de un texto cualquiera, como parte de la obtención del crédito correspondiente. Por esa época me intrigaba mucho la discusión teórica sobre la relación entre las funciones sintácticas (sujeto, objeto directo, etc.), los roles semánticos (agente, paciente, etc.) y los aspectos pragmáticos (información nueva, tópico, etc.) de los componentes del enunciado. Sin entrar en detalles demasiado técnicos, el punto era que los hablantes disponían el enunciado de tal manera que resaltaban ciertas cosas y restaban importancia a otras. Por aquel entonces, era yo un gran aficionado a la literatura feminista que en los años 70 y 80 comenzaba a estudiar el papel que el lenguaje jugaba en la opresión de género. Comulgaba con esas tesis, pero su defensa me parecía en general poco confiable desde un punto de vista científico (las autoras no parecían dominar la teoría lingüística). Junté todo esto y planteé como ejercicio parcial del seminario de estadística el análisis de los componentes sintácticos del enunciado (y sus roles semánticos y pragmáticos asociados) en una narrativa escrita por un autor “políticamente correcto” (Bertolt Brecht), la cual no contenía a primera vista ningún contenido antifeminista. Fue un trabajo laboriosísimo el identificar cada sintagma nominal y proposicional dentro del cuento (eran varios centenares), contarlos y categorizarlos apropiadamente, y luego meterlos a la maquinaria estadística apropiada (una prueba de significancia para variables no paramétricas). Todo ello había que hacerlo además con una simple calculadora portátil, ya que no había entonces computadoras personales, hojas de cálculo o paquetes estadísticos. El punto es que pude demostrar que Brecht, consciente o inconscientemente, había colocado la mayoría de sus personajes masculinos en posiciones prominentes (sujetos, agentes, portadores de información nueva e inesperada, etc.) y la mayoría de sus personajes femeninos en posiciones secundarias (objetos, pacientes, complementos circunstanciales, etc.). Ya no recuerdo los detalles, pero las diferencias no solamente eran estadísticamente significativas (p < .001), sino que eran enormes a simple vista.

No quiero exagerar la importancia de lo que fue en su momento un simple ejercicio parcial en un seminario de introducción al análisis estadístico, pero esta experiencia me enseña que, con un poco de imaginación y un mucho de diligencia, la teoría lingüística puede aplicarse fructuosamente a preguntas de investigación perfectamente reconocibles como típicas de ciencias sociales. El problema, claro está, es que requiere del investigador (estudiante o profesor) ponerse a estudiar en serio estas teorías; y hasta ahora he encontrado una enorme resistencia a explorar siquiera las posibilidades que ofrece el análisis lingüístico para las investigaciones en ciencias sociales. La cuestión general es: si alguien plantea una pregunta de investigación (o una hipótesis de trabajo que responde a una pregunta de investigación) que resulta imposible formular, justificar y poner en la base de un proyecto de investigación sin recurrir sea a la fonología o a la sintaxis, ¿pertenece esa pregunta (o esa hipótesis) todavía a las ciencias sociales? Yo creo que sí, y he tratado de ilustrarlo. Si pudiésemos vencer la resistencia a asomarse a un modo de analizar desacostumbrado, podríamos ver que hay otras teorías en sentido fuerte que pueden utilizarse en los marcos teóricos de las investigaciones en ciencias sociales. El ejemplo que di consiste justamente en usar el análisis sintáctico para demostrar una hipótesis feminista; el marco teórico relevante pertenece en este caso al diseño de prueba o cuando mucho a la hipótesis de trabajo, pero no propiamente a la pregunta de investigación (que justamente no proviene de la sintaxis).

IV

¿Hay, aparte de la economía y la lingüística (o para hablar con mayor precisión, aparte de la teoría de precios, la sintaxis y la fonología), alguna otra teoría fuerte en ciencias sociales? Para responder a esta pregunta debemos adentrarnos en una discusión más extraña que la de la sección iii. Comencemos por aceptar que existe una serie muy grande de proposiciones relativas a los pensamientos, sentimientos, inclinaciones, impulsos, motivaciones y obsesiones de los seres humanos, y que esta serie de proposiciones no se han explicitado nunca completamente, si bien son usadas por todo mundo (incluidos los científicos sociales) para interpretar las acciones y los estados de ánimo propios y ajenos. Hasta aquí creo que no hay nada que suscite controversia. Considérese, en cambio, que a esta serie de proposiciones los filósofos han dado en llamarla folk psychology y los científicos cognitivos “teoría de la mente” (theory of mind). No conozco ninguna traducción completamente satisfactoria de la primera expresión, aunque si el lector de este trabajo resultara tener una formación como antropólogo, reconocerá la estirpe etnocientífica de aquella etiqueta. En todo caso, la segunda expresión me parece muy apropiada en vista de lo que estamos discutiendo aquí, como espero que se vea con claridad a continuación.

La literatura científica reciente sobre la teoría de la mente es tan vasta como interdisciplinaria, por cuanto involucra filósofos, psicólogos experimentales cognitivos y sociales, antropólogos, expertos en educación especial, lingüistas, neurocientíficos e ingenieros dedicados al diseño de inteligencia artificial y sistemas expertos. Pero el asunto de que se trata ha sido estudiado antes bajo títulos como comprensión, interpretación y hermenéutica por filósofos y filólogos, y sus ideas han sido retomadas por algunos sociólogos y antropólogos. Por su parte, los historiadores con inclinaciones epistemológicas también discurren de esto bajo las etiquetas de imaginación histórica, narrativa, trama, re-enactment, etc. Estamos hablando, pues, de todos los dispositivos, estrategias y habilidades que empleamos para reconstruir, modelar y anticipar los pensamientos de los demás con el fin de comprenderlos, instruirlos, manipularlos, cooperar con ellos o vencerlos.

Pues bien, algunos filósofos han argumentado con gran coherencia que esta serie de proposiciones constituyen una teoría en el sentido propio de la palabra, ese que hemos venido comentando (cf. Churchland, 1988): en primer lugar, un modelo extraordinariamente general del comportamiento de los seres humanos y tal vez de algunos animales, y en segundo lugar un generador prolífico de nuevos modelos aplicables a situaciones inéditas (p. ej., al comportamiento de servomecanismos, computadoras y robots). De allí lo apropiado de la expresión “teoría de la mente”. Sabemos que, con excepción de los autistas, todos los seres humanos alrededor de los 4 años comienzan a desarrollar en alguna medida la capacidad mental de la que estamos hablando, y que en ese proceso pasan por ciertas fases o estadios, al término de los cuales podemos decir y constatar que el individuo posee y utiliza constantemente dicha capacidad para poder sobrevivir en un entorno humano cualquiera (cf. Hala, 1997; Zelazo, Astington y Olson, 1999; Mitchell y Riggs, 2000; y Repacholi y Slaughter, 2003). En este punto conviene introducir una distinción para evitar confusiones: por un lado, tenemos un saber práctico e implícito (knowing how) que permite al individuo navegar las aguas procelosas de la vida social; por el otro, y es lo que más importa aquí, tenemos un saber teórico (knowing that), relativamente explícito, por el que el individuo o el grupo puede conceptualizar, juzgar y razonar sobre la actividad mental y las acciones exteriores, sean las del propio individuo o grupo, sean las de otros individuos o grupos. Es bien sabido que las grandes obras de literatura han sido escritas por personas que destacaban en este saber teórico. Los mejores historiadores y científicos sociales cualitativos son igualmente virtuosos de este saber, y por ello los admiramos justamente. Todo eso está muy bien, excepto por una cosa: si la teoría de la mente es de verdad una teoría, si tiene una enorme importancia metodológica para al menos una parte considerable de las investigaciones en ciencias sociales, y si ha generado dilatados y sesudos debates metodológicos como el que oponía la explicación (Erklären) de las ciencias naturales a la comprensión (Verstehen) de las ciencias sociales, entonces ¿cómo es que no hablamos de ella en los términos apropiados y discutimos nuestros marcos teóricos dándole el lugar preeminente que ocupa de hecho?

Estas son aguas profundas: estamos hablando nada menos que de un dispositivo intelectual y emocional que está en la base de nuestra existencia y supervivencia como miembros de esta especie ultrasocial que es la humanidad. Pero justo por ser algo tan básico, no podemos decir quién inventó la teoría que le corresponde. De ser una teoría, se trata de una perfectamente anónima. ¿Cómo pensar en incluirla en nuestro marco teórico cuando se trata de algo que todos sabemos, un tejido de banalidades, y encima algo que no podemos, a falta de autor conocido, incluir en la bibliografía?14

Las cosas son mucho más complicadas. La base de lo que llamamos teoría de la mente se pierde, en efecto, en la bruma de los tiempos: no podemos decir quién comenzó a decir cosas del tipo de “si una persona desea algo intensamente, va a tratar de vencer los obstáculos que se le presenten para lograr obtenerlo” o “envidiamos las cualidades y posesiones de que carecemos”. Esta sabiduría está depositada en dichos, modos de hablar y proverbios populares, todos ellos rigurosamente anónimos. Pero sobre esta base antiquísima personas con nombre y apellido han añadido cosas: la doctrina de los siete pecados cardinales tiene una historia asignable, como la tiene la doctrina de los cuatro temperamentos; y sabemos cuáles son los peculiares modelos postulados por teólogos como Agustín o Schleiermacher, por poetas como Eurípides o Shakespeare, por filósofos como Platón o Hume, por psicólogos como Helmholtz o Freud, por sociólogos como Weber o Goffman. Algunos de estos modelos no anónimos se alejan poco de la teoría de la mente que todos conocemos: solamente añaden cuestiones de detalle; bordan fino donde la mayoría de nosotros bordamos tosco. Pero no todos son así, algunos modelos postulados por tal o cual autor se arriesgan a innovar de modos más vertiginosos: el simbolismo sexual de los niños, el esquema de permanencia del objeto, la distinción entre memoria a corto y a largo plazo o entre las funciones de los dos hemisferios cerebrales, introducen modos de pensar sobre nosotros mismos que contradicen la psicología ordinaria o al menos discurren sobre cosas que aquella no había nunca contemplado. Estos nuevos modelos han llevado a algunos filósofos a declarar que la teoría de la mente bien podría ser una teoría total o al menos parcialmente falsa, y que al correr del tiempo y con el progreso de la ciencia irá siendo o incluso está ya siendo substituida por una teoría mejor y más completa, de la que no sabemos cuán diferente terminará siendo a la que nuestros ancestros nos heredaron. No es posible discutir aquí las razones para pensar en la substitución total o parcial de la teoría de la mente, pero lo que sí debemos concluir es que las ciencias cognitivas están poniendo a disposición de nosotros un arsenal de conceptos, métodos, modelos, técnicas y resultados que obligan a revisar la idea de que no necesitamos preocuparnos de los modelos psicológicos a la hora de construir nuestro marco teórico.

V

Una vez que nos ponemos en serio a considerar que no es posible hacer investigación en ciencias sociales sin tomar ciertas decisiones teóricas sobre cómo comprender e interpretar los pensamientos y acciones de los individuos y grupos humanos, surge la pregunta del estado de la teoría en las ciencias cognitivas. Y aquí debemos decir que, a diferencia de la economía y la lingüística, no hay a la vista todavía ninguna perspectiva de unificación. Lo que encontramos al explorar las diversas áreas de estudio relevantes es una proliferación de modelos particulares, bastante semejante a la que Kuhn reporta que era el caso en física antes de la unificación newtoniana o cuántica. Así, p. ej., si tomamos una sola área, la psicología social experimental, siendo como es la más cercana por sus conceptos y problemas a las demás ciencias sociales, entonces habría que decir que sus propios expertos reconocen que están aún muy lejos de unificar sus resultados en modelos suficientemente generales, ya no se diga en una macroteoría generadora de modelos aplicables a fenómenos nuevos. Otro tanto pasa con la psicología de la personalidad, la psicología de la inteligencia, la psicología del desarrollo o la neuropsicología. Algunos biólogos y fisiólogos sostienen que la teoría de la evolución, que ha hecho inmensos progresos en años recientes, tiene el potencial de unir tanto las ciencias cognitivas como las ciencias sociales, y aun las neurociencias, en una sola macroteoría (Barkow, Cosmides y Tooby, 1992; Wilson, 1998; y Buss, 2005); pero eso es hasta ahora una mera promesa, y debemos todavía contentarnos con el uso de modelos parciales.

La alternativa es, pues, clara: o bien construimos marcos teóricos (para nuestra pregunta de investigación, nuestra hipótesis de trabajo o nuestro diseño de prueba) sobre la base de una teoría fuerte, y entonces —si lo dicho antes se acepta— ella tendrá que ser la teoría de precios, la fonología, la sintaxis o la teoría ancestral de la mente (si es que es una teoría), o bien los construimos sobre la base de uno o varios modelos teóricos parciales, los cuales pueden ser económicos, lingüísticos o psicológicos (y por tanto asociados a o incluso derivados de teorías fuertes), o tener su origen en las colecciones de modelos teóricos parciales e inconexos que encontramos en disciplinas más familiarmente científico-sociales, como la sociología, la antropología o la politología.

De acuerdo con mi observación y experiencia, la primera opción no es aceptable para la mayoría de mis colegas en ciencias sociales. He dicho ya lo que he podido en su defensa; no entretengo más al lector. La segunda opción es más prometedora, pero tiene un costo; si no aceptamos usar teorías fuertes, debemos entonces reconocer que:

 Lo que hay en ciencias sociales son meros modelos parciales de aspectos de la realidad social.

 Unos son mejores que otros según diversos criterios, p. ej., claridad, precisión, simplicidad o alcance.

 Para cualquier proyecto necesitamos casi siempre de combinar dos o más de ellos.

Tal operación combinatoria, sin embargo, requiere una gran delicadeza y un gran conocimiento. Y el mayor obstáculo para todo ello es la facilidad con la que una y otra vez volvemos a caer en la trampa de las pseudoteorías (colecciones de conceptos con o sin especulaciones metafísicas). Los marcos teóricos separados que encontramos en anteproyectos, proyectos, informes y tesis de investigación en ciencias sociales suelen ser, en efecto, una mezcla abigarrada de pedazos de pseudoteoría con un poco o mucho de teoría de la mente no explicitada, y en todo caso a veces (menos de la que yo al menos quisiera) fragmentos de modelos teóricos o de teoría fuerte en sentido estricto.15 De hecho esas mezclas aparecen incluso en los autores originales que nuestros estudiantes citan: desde Spencer hasta Lévi-Strauss y desde Durkheim hasta Bourdieu, los autores más famosos nos presentan modelos teóricos parciales, muchas veces de gran interés a pesar de su relativamente corto alcance, en confuso contubernio con grandes y dudosísimas especulaciones. Semejantes mezclas no pueden jamás conectar bien con los datos empíricos. De allí el resultado espeluznante que describí al principio de este trabajo.

Para ser francos, no creo que vaya a cambiar pronto esta situación, en la que se combinan un gran recelo por la teoría económica, un desinterés profundo por la lingüística, un uso abundante pero selectivo y muchas veces paranoico de la teoría de la mente, y una ignorancia abismal de los numerosos aunque parciales modelos teóricos que los mejores sociólogos, antropólogos y demás científicos sociales han pergeñado. Si volvemos entonces a la alternativa diagnóstica con que comencé este artículo, podríamos apresurar la conclusión retomando cada opción, ahora en forma de proposiciones condicionales:

1 Si se está de acuerdo en que las opciones teóricas dignas de atención son las que he esbozado, entonces la disociación entre marco teórico y datos empíricos es remediable, como habíamos dicho al principio, si bien la remediación es difícil y tal vez incluso dolorosa. En la medida en que los estudiantes no sepan qué es una teoría, serán incapaces de identificar una teoría cuando se les ponga enfrente. Supongamos por un momento que sí lo saben: todavía faltaría que tuvieran la posibilidad de acceder a las opciones teóricas a su alcance. Imaginemos ahora que sí tienen tal acceso: todavía podría ocurrir que no alcance el tiempo, escaso en los posgrados, para que el estudiante adquiera los conocimientos que le permitieran aplicar tales opciones teóricas a sus proyectos. Supongamos para terminar que el tiempo sí alcanza: todavía podría el estudiante sucumbir a la tentación de que el enorme gasto de tiempo y esfuerzo es superfluo, ya que en vista de la confusión reinante resulta más fácil y eficiente contentarse con listas de conceptos, citas textuales y especulaciones salvajes. Son, pues, varios obstáculos, y no menores, los que se opondrían a la remediación del problema.

2 Si no se está de acuerdo en que las opciones teóricas son las que he dicho, sino que más bien se está convencido de que lo único que hay como teoría en ciencias sociales son listas de conceptos, autores citables (clásicos o de moda) y especulaciones incontroladas, entonces la disociación entre marco teórico y datos empíricos es inevitable y no tiene caso andarle buscando remedio alguno.

Invito al lector a que considere estas dos opciones. Tómese todo el tiempo que desee; después de todo no se trata de una decisión sencilla. Lo que sí es sencillo es cuál debería ser su conclusión en el caso de que se inclinara por la segunda opción o al menos por la impractibilidad de la primera. La conclusión, insisto sencilla, es que no es correcto ni honesto ni decente seguir presionando y amargando a los estudiantes con la exigencia de un “marco teórico” imposible de conectar con datos empíricos. Con otras palabras, deberíamos en ese caso conformarnos con que nuestros alumnos hagan las mejores colecciones de datos empíricos que puedan. Podremos ser pobres, pero seamos al menos también honrados.

1 Publicación original: “Sobre la disociación entre marco teórico y datos empíricos”. Espiral: Estudios de Estado y Sociedad xv(45), 9-41, mayo-agosto de 2009.

2 El autor de estas líneas ha enseñado metodología de la investigación en varios posgrados de ciencias sociales y ciencias cognitivas a lo largo de los últimos diecisiete años. Su formación (o deformación) profesional es en filosofía, lingüística general y filología clásica. Este texto, como todo el libro de que forma parte, constituye un esfuerzo por destilar lo que el autor ha aprendido de esta experiencia.

3 Estaría preparado para defender la hipótesis de que las ciencias sociales en el mundo anglosajón y en partes de Europa tienen tradiciones teórico-empíricas que en América Latina han corrido con poca suerte, y que tal circunstancia hace de las ciencias sociales latinoamericanas algo más endeble; pero ni tengo el espacio para presentar mis argumentos ni creo que la diferencia relativa de las ciencias sociales cambie demasiado el diagnóstico que aquí interesa comentar. Por lo demás, aun en las tradiciones más robustas de los países avanzados, la falta de integración de teoría y datos se considera un “escándalo” (Goldthorpe, 1997); pero advierto al lector que no es mi propósito el navegar aguas tan procelosas: no pretendo hablar de la investigación social en general y en todos sus niveles, sino sólo de la incipiente que en el marco de posgrados en ciencias sociales se exhibe en anteproyectos, proyectos, avances, tesis y publicaciones basadas sobre tesis. Pido a todos mis lectores que no pierdan nunca de vista este modesto foco de atención. Si alguno de ellos creyere por su cuenta que lo que digo tiene un rango de aplicación mayor, bien lo haya y con su pan se lo coma, siempre y cuando no me adjudique a mí afirmaciones que no hago.

4 En el capítulo 3 de este libro vuelvo sobre el tema e intento explicar qué es una teoría de la manera más sencilla que me ha sido posible.

5 Tal vez no fuera demasiado aventurado decir que el famoso “problema teórico” de muchos proyectos de investigación en nuestro medio no es justamente un problema teórico, sino un problema empírico: una falta de conocimiento de los datos requeridos para iniciar y continuar la investigación en ciencias sociales (¿cómo, en efecto, se podría teorizar sobre fenómenos que no se conocen?). Digo “en nuestro medio” porque si de algo disponen las ciencias sociales a nivel global es datos, datos, datos. Los hay por cientos y miles. Dicho sea de paso, a veces se les echa en cara a nuestros historiadores la falta de “teoría”; pero lo que nunca podrán echarle en cara a esta disciplina, la más avanzada y prestigiosa que nuestro país ha generado en materia de ciencias sociales, es la falta de datos. Tal vez la historia mexicana es todavía baconiana, pero el resto de las ciencias sociales podría muy bien ser prebaconiana.

6 Fue con gran regocijo que descubrí hace algunos años que el gran sociólogo norteamericano George Caspar Homans había observado esta falla, primero en sí mismo y luego en sus colegas (comenzando por el mismísimo Talcott Parsons), y luego había procedido a describirla y denunciarla con insuperable elocuencia y fina ironía. Véase Homans (1961 cap. 1, 1964a, 1964b, 1967, 1968, 1979, 1982, 1983, 1984 cap. 20, 1986, 1990). Doy la lista completa de textos relevantes para enfatizar lo curioso del hecho de que un sociólogo se haya sentido obligado a repetir lo mismo durante treinta años. Como dice Homans una y otra vez, los que presenta no son sino lugares comunes en la filosofía de la ciencia, y es más llamativo que haya que repetirlas tantas veces y con tan poco éxito.

7 Homans (1967) utiliza la palabra “hallazgo” en lugar de la palabra “dato”, y por varias razones aquella palabra es más feliz que esta. La principal razón por la que insisto, acaso tercamente, en retener la palabra “dato” es porque forma parte de expresiones como “bases de datos” o “series de datos”. En efecto, los hallazgos científicos no están nunca aislados, sino que constituyen acervos más o menos conexos, y son las conexiones entre los hallazgos las que los hacen científicamente valiosos. En todo caso, reitero algo que dije antes: los datos se expresan siempre en proposiciones que nos dicen, p. ej., qué ocurrió, cuándo y dónde, quién dijo qué en qué contexto, o qué magnitud se correlaciona con cuál otra y de qué tamaño es la correlación; por no mencionar sino un ejemplo que conozco profesionalmente: lo que sabemos hoy día sobre las reglas fonológicas y sintácticas de las lenguas que han existido y existen en el mundo es sencillamente apabullante, y habría llenado de admiración a los filólogos y antropólogos que iniciaron la investigación comparada a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX.

8 No obstante, hay un componente del cemento metafísico que merece mención especial, no solamente por la ubicuidad de uso en ciencias sociales, sino porque su estatuto teórico ha sido objeto merecido de mucha atención reciente, a saber, la psicología ordinaria con la que interpretamos las acciones de los seres humanos. Sobre este tema peliagudo vuelvo en la sección iv de este trabajo.

9 De tanto en tanto autores meritorios hacen un esfuerzo por reunir algunos de estos minimodelos entre las dos tapas de un libro (p. ej., Berelson y Steiner, 1964; Brown, 1991; y Gilovich, 1991). Son libros muy útiles, que entre otras cosas nos permiten darnos cuenta de que la línea entre un dato o hallazgo y un modelo o miniteoría es delgada. La pregunta que debemos hacernos frente a cualquier proposición que se nos presente es ¿qué tan general es?, o dicho de otra manera, ¿a cuántos y cuáles objetos se aplica?

10 La justificación completa de este aserto requeriría una incursión en la historia de la lógica que no puedo emprender aquí. Para los entendidos digo solamente que la razón por la que los esquemas conceptuales (con o sin metafísica) son concebidos y manejados como teorías tiene que ver con la naturalidad de la lógica aristotélica y su insuficiencia demostrada para el razonamiento científico (con otras palabras, tiene que ver con la dificultad para la mente humana de entender y manejar las técnicas de razonamiento introducidas por el álgebra, la geometría analítica, el cálculo infinitesimal, el cálculo de probabilidades y los cálculos proposicional y cuantificacional).

11 El lector curioso podría tener interés en una lista selecta de la discusión de los últimos cuarenta años sobre la aplicación de la economía a materias no económicas en sentido estricto. Héla aquí: Buchanan (1966), Becker (1976 y 1993), Coase (1978), Brenner (1980), Hirshleifer (1985), Radnitzky (1987 y 1992), McKenzie y Tullock (1994), Lazear (2000), Olson y Kähkönen (2000), Sandler (2001), Grossbard-Shechtman y Clague (2002), Skousen (2002), Gintis (2004 y 2007), Levitt y Dubner (2005), Tullock (2006), Coyle (2007) y Harford (2008). Desde la publicación de este texto se han seguido publicando obras como estas, pero el lector curioso podrá informarse fácilmente a través de internet.

12 La literatura es inmensa y data ya del siglo XVIII; aquí cito solamente algunos textos recientes especialmente incisivos: Bazerman, Baron y Shonk (2001), Binmore (2005), Baron (2006) y Caplan (2007). Una vez más, cabe decir que esta literatura ha continuado expandiéndose sin ningún efecto visible sobre el público general.

13 De manera independiente al análisis del discurso ha surgido también otro campo variopinto de estudios bajo el nombre de “teoría de la argumentación”, el cual se basa en parte en tradiciones más sólidas, como son la lógica, la retórica clásica y la filología; ello lo hace potencialmente más útil a la metodología de la investigación en ciencias sociales. Véase el capítulo 6 de este libro.

14 Ruego al lector trate de representarse el problema con claridad. Digamos que he planteado una pregunta de investigación tal como ¿por qué tantos plomeros, carpinteros, albañiles, etc., que contratamos para hacer un trabajo en casa, son impuntuales, informales e incompetentes? Al simplemente hacer un planteamiento como este supongo muchísimas cosas acerca de las motivaciones de los actores involucrados, de las relaciones sociales, de la división del trabajo, de los tratos y contratos formales e informales, de los precios, de los criterios para juzgar un trabajo bien hecho, de los distintos registros lingüísticos en que se producen las interacciones verbales asociadas, etc. Al menos algunas de estas cosas que supongo corresponden a la teoría de la mente, a la construcción de modelos mentales tanto de quien contrata como de quien es contratado. ¿Cómo formular la parte del marco teórico que corresponde a tales supuestos sin ser acusado enseguida de trivialidad?

15 Un ejemplo valga por muchos que podría contar. Un estudiante plantea un proyecto sobre cambio cultural y de repente, en el curso de su avance de investigación, afirma que ciertos acontecimientos ocurren “debido a las condiciones macroeconómicas imperantes”. Le pregunto de qué está hablando; balbucea algo incoherente sobre las políticas del gobierno: es claro que no sabe qué es macroeconomía ni cómo construir al menos un argumento macroeconómico elemental; repite frases que ha oído y que no entiende realmente, pero como los demás también las repiten y tampoco las entienden, la cosa no tiene consecuencias (hasta que llega el amargo final de redactar la tesis e interpretar los datos). Elegí un ejemplo en que el fragmento al que se recurre pertenece a un modelo teórico económico, pero hubiera podido elegir afirmaciones lingüísticas igualmente poco comprendidas y fundadas.

2 ¿Qué son y para qué sirven las hipótesis en la investigación?16

Formular y elaborar una hipótesis es la cuestión más delicada y peor comprendida, al menos en mi experiencia, que es doble: por un lado, la de exponer, explicar y discutir el lugar de la hipótesis en mi calidad de docente de la materia de metodología durante más de quince años en diversos programas de posgrado; y, por otro lado, la de plantear, justificar y utilizar hipótesis en mi calidad de investigador. El primer tipo de experiencia explica tal vez el tono didáctico, inevitablemente árido, de muchas de las cosas que diré en este capítulo; pero confío en que ese tono se vea algo dulcificado por las narrativas que he intercalado sobre el segundo tipo de experiencia. Los títulos de los apartados en que se divide este capítulo resumen lo que en mi opinión son las cinco proposiciones nucleares de aquella parte de la metodología de la investigación que trata de las hipótesis.17 El propósito del texto que sigue es explicarlas e ilustrarlas con algún detalle.

1. Toda hipótesis es la respuesta a una pregunta

Toda hipótesis es la respuesta a una pregunta, pero no toda respuesta a una pregunta es ya ipso facto una hipótesis. De hecho, la pregunta misma, si es que vamos a poder buscar una respuesta a ella que constituya propiamente una hipótesis, debe llenar ciertos requisitos. Para empezar, no toda pregunta que se nos ocurra es una pregunta de investigación. Como bien observó el premio nobel sir Peter Medawar, la ciencia es el arte de lo soluble; es decir, no se trata de preguntar cualquier cosa, sino sólo aquello que podamos responder. ¿De qué sirve una pregunta que no tiene respuesta? Tal vez el primer defecto que tienen la mayoría de los anteproyectos de investigación de nuestros estudiantes de posgrado es justamente que o no plantean pregunta alguna, o bien la que plantean es insoluble. A veces, en efecto, el candidato al posgrado se parece a la persona que asiste a una conferencia y llegada la hora de las preguntas se levanta y afirma una serie de cosas más o menos relacionadas con el contenido de lo dicho, pero que literalmente no contienen ninguna interrogante. Todos hemos estado en conferencias donde esto se produce y hemos compadecido al conferencista: ¿cómo va a responder a una pregunta que no se ha planteado? Otras veces lo que ocurre es más sutil, por cuanto el candidato parece estarse preguntando algo, es decir, que su forma de expresión tiene efectivamente la forma de una pregunta; pero los términos que emplea son tan obscuros, tan vagos, tan ambiguos o tan vacíos que no podemos realmente entender de qué está hablando. Finalmente, en ocasiones hay claridad relativa en la formulación, y justo por eso podemos decirle al estudiante que la pregunta es inteligible y hasta interesante, pero el estado del conocimiento no nos permite responderla o incluso imaginar de qué tipo pudiera ser una respuesta posible.

1.1 La claridad y precisión de la hipótesis depende de la claridad y precisión de la pregunta

De hecho, hasta una pregunta que parece clara puede encerrar problemas insospechados a primera vista. Pongamos un ejemplo: ¿por qué hay tantos pobres en México? A primera vista es claro lo que se está preguntando, pero un poco de reflexión enseña que no lo es tanto. Para empezar, la palabra “tantos” tiene una cierta carga moral: quien plantea la pregunta probablemente piensa que hay demasiados pobres, que debería haber menos e incluso que no debería haber ninguno. Todo esto puede expresar sentimientos admirables, pero no es ciencia. Para que podamos hablar de investigación necesitaríamos al menos asignar a esa palabra “tantos” un sentido más preciso, p. ej., ¿por qué hay treinta millones de pobres en México?, o mejor aún, ¿por qué el 30% de la población mexicana es pobre? Digo mejor, porque si bien treinta millones de pobres pueden ser algo indeseable de cualquier manera, no es lo mismo treinta de cien millones que treinta de sesenta millones o treinta de mil millones; lo segundo es más indeseable que lo primero y lo tercero es menos terrible que uno y otro.

En este punto es importante decir que no se trata nada más de hablar con precisión, sino que esta precisión podría tener implicaciones teóricas: la explicación de la pobreza podría depender de su magnitud relativa. Después de todo, sabemos que la pobreza fue la condición normal de la inmensa mayoría de la humanidad desde los orígenes hasta la segunda mitad del siglo XVIII, que es cuando comienza a revertirse la tendencia, primero muy despacio y no sin recaídas, luego cada vez de manera más rápida y sostenida.18 Existen teorías que explican al menos parte de este proceso, y algunas de ellas van acompañadas de ciertos cálculos cuantitativos, los cuales podrían ser relevantes para discutir con seriedad las diferencias porcentuales.19

Esto nos lleva a otro asunto. Cuando preguntamos por qué hay tantos pobres en México, este complemento circunstancial que acabo de señalar podría simplemente indicar el lugar donde el candidato planea llevar a cabo su investigación, y en ese sentido no tener mucha importancia para la pregunta como tal.20 Por otra parte, el complemento circunstancial “en México” podría más bien indicar la voluntad de comparar el caso de México con algún otro, y entonces podemos decir que pertenece por pleno derecho a la pregunta (si bien por lo mismo esta se ha formulado de manera incompleta). Digamos que interesa contrastar a México, país donde hay 30% de pobres respecto de la población total, con Costa Rica, país donde los pobres son el 15%, o con Haití, donde son el 80%. Y aquí comienzan de nuevo las dificultades: ¿quién midió la pobreza en cada uno de estos lugares? ¿Se midió de igual manera en todos los lugares? ¿Cuántas y cuáles maneras hay de medir la pobreza? ¿Significa lo mismo ser pobre aquí, allá y acullá? Estas y parecidas preguntas nos llevan finalmente al corazón del asunto: ¿qué es la pobreza? A poco que se piense en esto, se verá que la pregunta de la que partimos no es tan clara ni tan precisa como nos pudo parecer a primera vista.21

Y eso que no hemos siquiera comenzado a analizar las dos palabras que hacen de esta pregunta lo que es, a saber: ¿por qué? Cuando alguien pregunta por qué hay tantos pobres en México, o incluso por qué hay el doble de pobres en México de los que hay en Costa Rica, no sabemos todavía qué es lo que esa persona quiere saber exactamente. Piénsese, p. ej., en el siguiente hecho: muchísimas personas (líderes políticos, religiosos e intelectuales) antes que nosotros se han preocupado en nuestro país por la pobreza de sus habitantes. Algunas de estas personas investigaron al respecto, propusieron planes, leyes, políticas, las cuales al menos en parte se implementaron. ¿Qué tan exitosas fueron? La pobreza de los mexicanos durante los últimos cien años ha disminuido (si bien, otra vez, con recaídas de todas índoles y magnitudes). ¿Se debió a esas ideas y acciones? ¿O tal vez podemos hablar de un fracaso? Piénsese que la pregunta inicial podría significar: ¿por qué hay tantos pobres en México a pesar de tanto esfuerzo por resolver el problema? Aquí el complemento circunstancial adopta otro cariz: podríamos comparar a México consigo mismo a través de su historia, o incluso comparar esa historia con otras posibles (razonamiento contrafactual) o efectivas (países que tuvieron más pobres que nosotros y ahora tienen menos, al haber seguido otras políticas).

1.2 De la detección de un problema al planteamiento de preguntas

Los párrafos anteriores nos plantean una serie de preguntas que son más precisas que la pregunta inicial. Mientras más precisa es una pregunta de investigación, hay mayores probabilidades de que sea posible plantear una hipótesis que constituya una respuesta posible a esa pregunta. El grado de precisión de la hipótesis de trabajo depende, más que de ninguna otra cosa, de la precisión de la pregunta de investigación.

Voy ahora a ilustrar estas ideas con un ejemplo de hipótesis en cuyo estudio he participado. Utilizaré este ejemplo un par de veces más, por lo que en esta primera aparición debo dar algunos antecedentes que permitan su comprensión a quien no conozca el problema.

Cuando un maestro detecta que ciertos niños tienen problemas para aprender los contenidos escolares que se transmiten mediante la lectura, es en principio capaz de observar algunas fallas específicas en la lectura de algunos de estos niños que son distintas de las de otros. Pongamos por caso que observa que algunos de tales niños cometen muchos errores al leer o que leen notablemente más despacio que sus compañeros. Podríamos entonces imaginar preguntas como ¿por qué cometen estos niños tantos errores al leer?, o bien, ¿por qué leen estos niños tan despacio? Hasta aquí llega a lo sumo la pregunta que puede plantear un maestro o tal vez un padre de familia. Es una pregunta muy importante, sobre todo porque, en tanto pregunta teórica, está asociada a una pregunta práctica: ¿cómo podríamos ayudar a estos niños a superar estos problemas? Los maestros de educación especial y los psicólogos y educadores que se especializan en problemas del lenguaje y la lectura tratan de responder a esa pregunta práctica combinando su capacidad de observación, usualmente más fina que la de los maestros ordinarios, con sus conocimientos y talentos pedagógicos, y mediante ensayo, error y reflexión constantes logran a veces notables resultados. De tales resultados prácticos se desprende una nueva pregunta: ¿por qué funcionan tales métodos con tales niños?

Como sabemos que todos los niños leen muy despacio (quiero decir, mucho más despacio que los adultos que aprendieron a leer sin problemas), y que esa velocidad va aumentando con el tiempo hasta alcanzar una cierta normalidad (justo la de los adultos antes mencionados), el primer paso debería ser averiguar la velocidad inicial en ese proceso, la velocidad final alcanzada, así como los aumentos progresivos (asociados a los procesos de desarrollo y aprendizaje) que llevan. Sobre la base de estos datos numéricos será posible establecer modelos teóricos que asocien la velocidad de lectura con otros procedimientos cognitivos y neurológicos (para los que contamos también con datos numéricos). De esta manera, la pregunta podría elaborarse mucho más y dar por resultado, p. ej., ¿por qué los niños con las características a, b, c… leen solamente una palabra por segundo cuando los niños con las características a, d, e… leen ya dos palabras por segundo?

Por otro lado, los maestros podrían haberse fijado en otras características y haber observado entonces que ciertos niños leen con mayor torpeza. Tratando de precisar en qué consiste la torpeza, el maestro podría decir que cometen muchos errores al leer. ¿Qué errores, cuántos y comparados con qué? Estas preguntas sucesivas podrían ir haciendo más y más precisa la pregunta.

1.3 De la pregunta a la hipótesis

Hasta aquí dejo los antecedentes que necesitaba para introducir el ejemplo. Pues bien, cuando un niño lee lentamente y con torpeza, y eso tiene efectos en su rendimiento escolar, pero no se detectan problemas genéticos, neurológicos o conductuales, entonces se suele dar el diagnóstico inicial de dislexia infantil o dislexia del desarrollo.22 Este diagnóstico pertenece a la semiología médica, y constituye por ello un síndrome, es decir, un conjunto de síntomas observables para los que se ha descartado una etiología conocida. El reto es entonces formular una hipótesis que explique los procesos cognitivos subyacentes a estos síntomas. Actualmente existen varias hipótesis al respecto, y no hay consenso completo entre los investigadores acerca de cuál es la correcta, o bien de si se requiere de otra hipótesis mejor y más englobante. Uno de los problemas es que podría haber varios tipos de dislexia, y cada una ser explicada, al menos parcialmente, por una hipótesis distinta.

Mi investigación está dirigida a una de esas hipótesis, aquella que dice que los niños diagnosticados con dislexia padecerían un déficit en la formación y manejo de las representaciones fonológicas del lenguaje.23 El concepto de “representaciones fonológicas” pertenece a la lingüística, y es por mi formación como lingüista que consideré que podría aportar algo a la discusión. Pero dichas representaciones son de muy diverso tipo, y al menos hacia fines de los 90 la literatura sobre la hipótesis fonológica de la dislexia contemplaba fundamentalmente sólo representaciones fonémicas, es decir, referentes a los segmentos del habla que representamos por letras individuales (p. ej., la letra p), por letras dotadas de una marca especial (la letra ñ que es igual a la letra n más una tilde) o por grafías complejas (las grafías rr o qu). No quiero con ello decir que la evidencia de alteraciones que se había observado era solamente de tipo fonémico, sino que el modo de analizar esa evidencia se concentraba de manera consistente en el nivel del fonema.24 Tanto la facilidad intuitiva del principio alfabético como el hecho de que la fonología elemental comienza con el fonema explican bastante bien esa tendencia analítica. Así nació la idea de que los niños con dislexia padecían un trastorno en la llamada conciencia fonológica, una frase por la cual no quiere decirse otra cosa que “capacidad para discernir y manipular fonemas”. Sin embargo, dado que el análisis fonológico contemporáneo no considera ya el fonema como una unidad útil de análisis, me pareció que plantearse una revisión de la hipótesis fonológica de la dislexia infantil en términos de otras unidades de análisis podría ser de alguna utilidad.25

Uno de los principales problemas del análisis puramente fonémico de los errores y alteraciones de los niños con problemas específicos de la lectura es que no permite discernir patrones suficientemente claros. La lectura de un artículo donde se comprobaba que los errores aparentemente inconexos en el habla de un niño no disléxico se ordenaban y aclaraban en términos de la alteración de dos reglas de construcción de sílabas (Harris, Watson y Bates, 1999), me persuadió que valía la pena investigar este tipo de fenómenos en el caso de la dislexia. Con el tiempo he podido comprobar que este enfoque pertenece al futuro próximo. Así, p. ej., la gran investigadora de la dislexia Usha Goswami conjetura que los problemas en las representaciones fonémicas se podrían deber a déficits previos en las representaciones silábicas e intrasilábicas (Goswami, 2002: 154; véase más recientemente Ziegler y Goswami, 2005), y que los niños disléxicos podrían tener un problema de base en la percepción del ritmo del habla, lo cual dificulta el discernimiento de las partes de la sílaba (Goswami et al., 2002). Se trata aquí de dos nuevas hipótesis que extienden y modifican la hipótesis fonológica básica de la dislexia infantil.26

Por otra parte, otro conocido investigador de la dislexia, Franck Ramus, publicó en 2001 un artículo donde sugería que era tiempo de salir de la conciencia fonológica (es decir, conciencia fonémica) y considerar la posibilidad de analizar los errores de estos niños en términos de las unidades de análisis que la fonología contemporánea favorece: los rasgos distintivos, las reglas fonotácticas, la estructura silábica, la distribución de acentos, moras y tonos, la construcción de pies métricos y palabras o frases fonológicas y la modulación entonacional. Hasta ahora, sin embargo, no han aparecido los resultados de sus intentos por explorar esta riqueza (para un informe provisional véase Ramus y Szenkovits, 2008). En mi investigación he conseguido mostrar en dos estudios de caso que los errores que cometen al leer los niños disléxicos en estos niveles fonológicos son mucho más considerables, frecuentes e interesantes que los que puede detectar, identificar y clasificar el análisis fonémico (Leal y Suro, 2004). Si estos resultados se confirmasen en una muestra estadísticamente representativa de la población de niños disléxicos, podríamos decir que ha llegado el tiempo de reformular la hipótesis fonológica de la dislexia infantil en términos suprafonémicos.

Con lo anterior he querido ilustrar el principio de que una hipótesis tiene grados de precisión variables, y esos grados de precisión dependen de la teoría que se utilice. En sus primeras formulaciones, la hipótesis fonológica de la dislexia se basaba en un marco teórico excesivamente simple, a saber, aquel que descansa sobre el concepto de fonema (y sus conceptos auxiliares, p. ej., el de par mínimo). Un marco teórico más extenso, mejor desarrollado y más acorde al estado del arte, como el que he esbozado, tiene el potencial de aumentar la precisión de la hipótesis.

1.4 Otras observaciones para mejorar la hipótesis

Toda hipótesis es la respuesta a una pregunta, pero no toda hipótesis se presenta subjetivamente al investigador como tal. Eso se debe sencillamente a que no siempre somos conscientes de por qué pensamos lo que pensamos. Si hay una pregunta “en el aire”, es posible que seamos tan ciegos a su existencia como en efecto lo somos a la presencia del aire. En principio, esta pregunta es de otros que nos han precedido en la investigación, y es ella, consciente o (más a menudo) inconscientemente, la que ha logrado inquietarnos a nosotros. Cuando el proceso es inconsciente, la hipótesis se nos presenta como una nuda afirmación, y no como la respuesta a una pregunta. De hecho, a menudo va acompañada de sentimientos de certeza: nos parece que tiene que ser verdad eso que afirmamos. A pesar de ello, la hipótesis no es otra cosa, ni puede ser otra cosa, que la respuesta a una pregunta, y este carácter es el que tarde o temprano debemos identificar y explicitar. Con otras palabras, la pregunta es siempre objetivamente lo primero y la hipótesis lo segundo, aunque a veces no lo sintamos así.

Con todo, en otras ocasiones la pregunta es subjetivamente lo primero. Esto puede ocurrir porque los otros (p. ej., los autores que leemos) nos lo dicen y nos lo remachan con toda explicitud: necesitamos responder a esta pregunta. No podemos entonces no tener conciencia de ella. También puede ocurrir que la pregunta se nos ocurrió a nosotros.27 Ahora bien, eso no significa todavía que se trate de una pregunta clara. La claridad depende de muchos factores, pero uno de ellos es otra vez externo: ¿cuál es el estado del arte (de los datos, de la teoría, de los métodos)? Hay preguntas que son claras porque hay claridad general (colectiva) sobre ella. Las hipótesis que valen son parte de un trabajo teórico colectivo. El investigador se sitúa (debe situarse) en este trabajo. Aunque al principio pueda parecer una mera conjetura personal (una ocurrencia), no puede quedarse aquí. De hecho, cuando no pasa de esto, cuando no somos capaces de conectar lo que pensamos con un cuerpo preexistente de pensamiento e investigación, y por decirlo de una vez con toda explicitud: un cuerpo preexistente de preguntas y respuestas, porque eso y sólo eso es la investigación, entonces podemos decir que nuestra hipótesis es un aborto, algo que nació muerto. Con otras palabras, una hipótesis puede ser, o bien una respuesta sólida, debidamente establecida y con credenciales científicas impecables, o bien una hipótesis nueva, que debe ganarse todavía el respeto de los demás investigadores. Y su origen puede ser una teoría, un modelo teórico o una serie de datos empíricos. En el primer caso podemos decir que la formulación de la hipótesis es teoría en busca de datos empíricos que corroboren o desechen la respuesta; en el segundo caso podemos decir que son los datos empíricos los que buscan un marco teórico que los cobije y permita mejor tanto su interpretación como su extensión a otros datos empíricos. Todo esto quedará más claro (espero) en los siguientes apartados.

Pero antes de continuar quisiera decir solamente que tal vez el error más frecuente en un proyecto de investigación consiste en no empatar la hipótesis de trabajo con la pregunta de investigación. Esto es en parte un artefacto de la manera como se suelen presentar los proyectos de investigación. Se exige a los estudiantes que escriban un apartado de antecedentes que permita situar y tal vez justificar el planteamiento del problema a investigar. Por separado se les pide que escriban un apartado sobre la hipótesis. Esta separación física entre la pregunta de investigación y la hipótesis de trabajo que debe ser la respuesta a aquella pregunta crea una distancia artificial que puede ser de diez o hasta veinte páginas, con lo que se favorece que el estudiante no perciba ya la discrepancia que hay entre pregunta e hipótesis. El efecto puede ser cómico, como cuando a la pregunta ¿por qué se produce X?, donde X puede ser la pobreza o la dislexia, se responde planteando la hipótesis de que hay muchos casos de X. Cuando un proyecto tiene tal grado de confusión para empezar, no debe sorprendernos que la investigación misma se atore. Un consejo fácil de seguir sería obligar al estudiante a que repita la pregunta de investigación antes de formular su hipótesis: tal vez al verlas juntas se percate de la incongruencia entre una y otra.

Desgraciadamente este remedio no siempre es suficiente, y ello se debe a que el estudiante verdaderamente no ve que su hipótesis es en todo caso una respuesta a una pregunta distinta a la que él mismo dice ser su pregunta de investigación. Para entender mejor esto necesitamos hablar de los tipos de hipótesis, y esto se puede hacer mejor en el contexto del siguiente tema.

2. Toda investigación y todo proyecto de investigación tienen por fuerza una hipótesis

La hipótesis no es en todos los casos explícita, y no siempre es fácil la tarea de explicitarla. Los estudiantes de posgrado con alguna frecuencia sienten y expresan malestar ante la petición de formular la hipótesis de su proyecto de investigación. Y cuando oyen o leen que alguien dice que no toda investigación tiene una hipótesis, se sienten aliviados y buscan desesperadamente que se confirme que la que ellos proyectan sea una de esas, de tal manera que se vean ellos dispensados de tan pesada carga. En este contexto se acude con frecuencia a una excusa interesante: “Mi investigación es meramente exploratoria, o bien meramente descriptiva; por lo tanto no tiene (o no puede tener o no necesita tener) hipótesis”. En general, se prefiere decir lo primero a decir lo segundo, ya que circula entre nosotros la idea de que una investigación descriptiva es insuficiente. Nunca se dice con claridad y precisión por qué o en qué sentido sería insuficiente.28 Si la tesis es de maestría, se insinúa que en licenciatura es aceptable que se haga una tesis descriptiva; y si se está en un doctorado, entonces se dice que lo descriptivo vale para la maestría, pero que para aspirar a ser doctor se requiere de algo más. Todo esto son disparates, pero, como en Hamlet, también aquí la locura tiene método. Por un lado, es cierto que a donde quiere llegar la ciencia es a la explicación; y en ese sentido por supuesto que una investigación explicativa es mejor que una investigación descriptiva vista desde la perspectiva de la acumulación de conocimiento. Sin embargo, para llegar a la explicación hay que pasar por la descripción. Newton no habría podido explicar las trayectorias de los planetas alrededor del sol si los grandes astrónomos anteriores a él no hubiesen registrado las observaciones (igual a descripciones) con todo el amoroso cuidado que sabemos. Decir, pues, que las investigaciones descriptivas son insuficientes en posgrado equivale a decir que el gran Tycho Brahe no habría podido obtener la maestría o el doctorado. Puede una tesis de posgrado ser una magnífica tesis y contener solamente una descripción. Sobre la base de tal descripción, si está bien hecha, vendrán otros a construir explicaciones. Sin la descripción, o con una descripción mal hecha, nadie vendrá ni explicará nada.

2.1 La clasificación usual de las hipótesis

¿Cuántos tipos de hipótesis hay? Al menos tantos cuantos tipos de preguntas haya y en último término cuanto tipos de investigación existan (o queramos distinguir). Es claro, en efecto, que p. ej., una investigación de tipo explicativo debe tener una pregunta explicativa y una hipótesis igualmente explicativa. ¿Cuántos tipos de pregunta y por ende de investigación hay? Aunque la respuesta es necesariamente arbitraria (tal es el caso de toda taxonomía), las distinciones más utilizadas son dos: investigaciones cuantitativas versus investigaciones cualitativas, e investigaciones explicativas versus investigaciones descriptivas. Más adelante trataré de mostrar que al menos una de estas dos dicotomías debe ampliarse, pero por lo pronto podemos contentarnos con ellas como están, y proceder a combinarlas para dar lugar a cuatro tipos principales. La distinción entre investigaciones explicativas y descriptivas no es, en efecto, la misma que la distinción entre investigaciones cuantitativas y cualitativas. Antes, al contrario, las dos distinciones se pueden combinar para dar lugar a cuatro grandes tipos de investigación. Ya este ejercicio combinatorio nos muestra el error bastante común de suponer que una investigación cuantitativa es eo ipso explicativa, o bien que una investigación cualitativa tiene por fuerza que ser descriptiva. Nada más lejos de la verdad. En el siguiente cuadro presento la forma general que tienen los cuatro tipos de pregunta de investigación y sus correspondientes hipótesis de trabajo (en cursiva) que las dos dicotomías mencionadas nos permiten hacer:


PreguntasCualitativasCuantitativas
Descriptivas¿Cuáles son las propiedades de este fenómeno?—Esas propiedades son tales.¿Cuán grande es la asociación entre este fenómeno y este otro?—Esa asociación es de tanto.
Explicativas¿Cuál es el mecanismo causal por el que este fenómeno produce o altera este otro?—Ese mecanismo causal es tal.¿Cuán grande es el impacto causal de este fenómeno sobre este otro?—Ese impacto causal es de tanto.

En negritas he puesto las palabras o frases metodológicamente clave (“propiedades”, “asociación”, “mecanismo causal” e “impacto causal”). En estas palabras o frases se encierra todo un modo de pensar que debe ser muy preciso, pero que a menudo no lo es. El discurso metodológico es un discurso preciso o no es nada. En efecto, la necesidad de parsimonia propia de un cuadro como este me obliga a elegir una palabra o frase particular, aunque a veces conviene alguna otra parcialmente equivalente, pero más precisa y adecuada a las condiciones del proyecto de investigación. Así, p. ej., en vez de “propiedades” podríamos en ciertos contextos hablar de “variables” o de “valores de la variable”, de “notas definitorias”, de “atributos”, de “características” o de “rasgos distintivos”. Igualmente, en vez de “asociación” podríamos hablar de “correlación” o incluso de medidas estadísticas específicas (χ2, F, t, U) que correspondan a propiedades de la muestra estudiada. A su vez, en vez de “mecanismo causal”, podemos hablar de “modelos”, de “cadenas causales”, de “sistemas de retroalimentación (positiva o negativa)” o incluso de “leyes (de la naturaleza)”, siempre y cuando se entienda que estamos hablando de leyes cualitativas. Finalmente, en vez de “impacto causal”, podemos hablar de “constantes” o de “leyes cuantitativas”. Por cierto, algunos estudiantes prefieren no utilizar el verbo “causar”, sino que lo substituyen por “incidir”, “provocar”, “impactar”, “contribuir”, “afectar”, “ocasionar”, etc. El motivo de este pudor es comprensible: hablar de “causa” implica una responsabilidad y además parece implicar que los fenómenos tienen causas únicas. No voy a entrar ahora en este tema, baste decir que ninguna de estas substituciones es por sí mismo una mejor manera de expresarse, y sí con mucha frecuencia una peor, por cuanto menos precisa.

El lector atento habrá notado, por otra parte, que solamente en el caso del primer tipo de investigación hago explícito el hecho de que los fenómenos que nos interesan tienen ciertas propiedades. Esto por supuesto no es sino otro efecto de parsimonia, es decir, del modo abreviado como un cuadro comunica información. En los otros tres tipos de investigación se sobreentiende la frase “o sus propiedades” inmediatamente después de cada mención del término “fenómeno”. Así, p. ej., las investigaciones descriptivo-cuantitativas preguntan cuán grande es la asociación entre un fenómeno (o sus propiedades) y otro (o sus propiedades). Con esto vemos de paso algo importante, a saber que el cuadro anterior representa un cierto orden lógico: para poder preguntarnos por la asociación entre dos fenómenos o por la relación causal entre un fenómeno y otro, necesitamos primero saber las propiedades de ambos.

2.2 Algunas confusiones relativas a la clasificación usual de las hipótesis

Ahora bien, en ocasiones la formulación de la pregunta o la hipótesis que se elige es ligeramente distinta —aunque, como veremos enseguida, no mejor, sino peor— de la que acabo de proponer. Así, en el caso del fenómeno de la dislexia, preguntamos a menudo: ¿por qué se produce la dislexia? ¿Qué causa la dislexia? ¿Cuál es la causa de la dislexia? Pero un poco de cuidado muestra que este modo de preguntar que parece unívoco en realidad no lo es, ya que podemos fácilmente confundirnos entre una pregunta cuantitativa descriptiva (p. ej., ¿cuán grande es la asociación entre la dislexia y una conciencia fonémica deficitaria?) y una pregunta cualitativa explicativa (¿cuál es el mecanismo causal por el que un déficit en la conciencia fonémica produce dislexia?). Se trata obviamente de cuestiones muy diferentes y todo proyecto gana en claridad cuanta más tengamos acerca del tipo de pregunta e hipótesis que nos guía.

La confusión que acabo de ilustrar es probablemente el motivo más o menos implícito o inconsciente que hace pensar que las investigaciones cuantitativas son eo ipso explicativas. No lo son; antes en general al contrario. En efecto, la mayoría de las investigaciones cuantitativas son precisamente sólo descriptivas: lo que hacen es describir cuantitativamente las relaciones entre ciertas variables, pero no son capaces de explicar qué causa qué. Cualquier libro elemental de estadística expone en sus primeras páginas la falacia de creer que si la variable dependiente está fuertemente asociada con la variable independiente, entonces esta explica aquella. Este modo de razonar es incorrecto, ya que cuando dos variables (x e y) están asociadas estadísticamente, entonces las opciones explicativas son en realidad tres: 1) cambios en x causan cambios en y, 2) cambios en y causan cambios en x, y 3) cambios en una tercera variable (z) causan tanto cambios en x como en y. Si a partir de una correlación entre x e y, el investigador concluye que x explica y, eso se debe a que dispone de un modelo teórico (mejor o peor) que permite concluir esto; pero la mera correlación estadística no justifica por sí sola semejante conclusión.

Muchas investigaciones cuantitativas se basan en un modelo teórico más o menos sólido, por donde resulta que una parte del proyecto es explicativo-cualitativa y otra descriptivo-cuantitativa, y hay dentro del proyecto un movimiento de la primera parte a la segunda. Ello no quita que debamos tener cuidado en distinguir los dos momentos. La mejor manera de hacerlo es pensar en el tipo de investigación en el último cuadrante: la explicativo-cuantitativa. Las investigaciones más importantes que existen de este tipo se encuentran en las ciencias naturales, por la sencilla razón de que sólo en física ha sido posible encontrar 1) cantidades constantes, 2) leyes de conservación de cantidades a través de transformaciones, o 3) proporciones constantes en la combinación de substancias. Hasta ahora no ha sido posible encontrar este tipo de cosas en las ciencias sociales.29

2.3 Hipótesis exploratorias

Concentrémonos ahora en el primer cuadrante, que es característico de muchas investigaciones en ciencias sociales: las preguntas e hipótesis descriptivo-cualitativas. Es con respecto a este tipo de investigación que algunos autores han dicho que el planteamiento de un proyecto no requiere de hipótesis. Si toda hipótesis es la respuesta (tentativa o conjetural) a una pregunta de investigación, eso significaría que ciertos proyectos plantean una pregunta, pero no una respuesta posible a esa pregunta. ¿En qué condiciones tendría sentido hacer eso? Un poco de reflexión muestra que sólo en condiciones de abismal ignorancia respecto de la pregunta planteada, es decir, cuando sabemos tan poco del asunto en cuestión que ni siquiera nos podemos imaginar una respuesta posible.30 Pero entonces no nos las habemos con una investigación descriptiva, sino con una investigación exploratoria. Este tipo de investigación, del que no habíamos hablado antes, muestra que la disyunción explicativo/descriptivo con la que veníamos trabajando hasta ahora es incompleta. Pero ¿qué es lo que podemos legítimamente preguntarnos sobre un fenómeno si no sabemos prácticamente nada de él? ¿Qué significa no saber nada de algo para lo que tenemos un nombre? Pues justamente eso: que nos hemos dado cuenta (por las razones que sean) que todo lo que tenemos es un mero nombre, una etiqueta, y que ni siquiera sabemos si lo que esa etiqueta nombra existe realmente.

Me explico con un ejemplo que ya mencioné antes. La pobreza se nos aparece como un hecho obvio: ¿cómo negar que existe? Así parece, hasta que tratamos de definir las cosas con un poco de mayor precisión. Nos damos cuenta muy pronto de que podemos conceptualizar y medir la pobreza de maneras muy distintas. De hecho, las investigaciones mundiales sobre este tema suelen utilizar tres criterios que producen resultados muy diferentes: los ingresos, las posesiones y las capacidades. Una persona puede no tener muchos ingresos, pero sí muchas posesiones, o tener poco de ambas al tiempo que tiene grandes capacidades.31 Por no dar sino un ejemplo de esto último, un joven becario que acaba de egresar de una universidad prestigiosa con un grado o posgrado muy demandado por la industria de su país, sería pobre en términos de cualquiera de los dos primeros criterios, pero no en términos del tercero. Y a poco que piense el lector en la cuestión o que lea sobre ella, se dará cuenta de que estas no son sino algunas de las muchas maneras en que podemos entender la pobreza y establecer parámetros de medición para una ciudad, una región, un país o el mundo entero. Al establecer los parámetros para tal o cual tipo de pobreza podemos entonces proceder a estudiar su prevalencia o difusión; estaríamos entonces haciendo una investigación exploratoria y cuantitativa.32

Otro tanto ocurre en el caso de la dislexia: identificada primero por ciertas observaciones conductuales (fase exploratorio-cualitativa), se procedió a examinar cuál era su prevalencia (fase exploratorio-cuantitativa), cuáles eran sus propiedades (fase descriptivo-cualitativa), hasta dónde había correlaciones entre ellas o de ellas con otros fenómenos (fase descriptivo-cuantitativa) y qué mecanismos causales podrían explicarla (fase explicativo-cualitativa), y tal vez algún día se procederá incluso a medir el impacto de dichos mecanismos (fase explicativo-cuantitativa). Lo interesante es que el proceso es circular, ya que podemos llegar a un punto en que los avances en las investigaciones explicativas nos lleven a poner en duda que la dislexia sea una sola cosa. De hecho, mi impresión de esta área de estudios es que estamos llegando a este punto. Tal vez algún día reconozcamos que lo que se manifiesta a un nivel observacional muy simple (problemas de aprendizaje de la lectura y la escritura) corresponde a dos, tres o hasta cuatro trastornos diferentes, cada uno con su propia prevalencia y etiología.

A veces se piensa que una investigación exploratoria es una que se lleva a cabo “a ver qué encontramos”. En principio no estoy en contra de ello, siempre y cuando no se crea tener una licencia para proceder al buen tuntún y sin ningún modelo teórico. Muchas investigaciones exploratorias son extremadamente sofisticadas tanto desde el punto de vista teórico como empírico. Esto puede parecer paradójico hasta que observamos que el avance en ambos niveles puede llevarnos a cuestionar supuestos que parecían plausibles o inocentes. Creíamos entender un fenómeno que de repente se nos antoja dudoso o hasta imposible. Un ejemplo clásico de esto fue la investigación de Gary Becker (1957) sobre la economía de la discriminación: su tesis de doctorado sobre este tema tiene un carácter exploratorio por cuanto la teoría económica estándar no era compatible con los datos sociológicos sobre la discriminación. Dado que se trataba de dos disciplinas establecidas e independientes, resultaba fácil ignorar este choque entre datos y teoría; pero enfrentarlo y producir un modelo teórico que mostrara su compatibilidad fue un gran hallazgo.

2.4 Otra vez las hipótesis descriptivas

Cuando se objeta a un proyecto de investigación que es “meramente descriptivo” y que esto no es aceptable (para un posgrado, para el nivel de doctorado o para los evaluadores de Conacyt), lo que se está queriendo decir es que es “ateórico” o “preteórico”. En efecto, que una investigación sea descriptiva no tiene nada de condenable; si la descripción se hace bien, se trata de una fase necesaria en el proceso cíclico de las investigaciones, y no se puede construir una buena explicación sin datos descriptivos. Lo que sí es condenable es tratar de hacer una descripción (o una exploración) sin elementos teóricos.

El lector podría preguntarse cómo se formula una hipótesis descriptivo-cualitativa (como respuesta a una pregunta descriptivo-cualitativa dentro de un proyecto de investigación igualmente descriptivo-cualitativa). La respuesta es igual que en el caso de una hipótesis explicativo-cualitativa, o sea atendiendo a la pregunta planteada. En el último caso hipotetizo una causa (tal variable produce o altera la cosa que me interesa) o un efecto (la cosa que me interesa produce o altera tales variables). En el primer caso conjeturo propiedades. Mi propia investigación sobre la hipótesis fonológica de la dislexia proporciona un ejemplo y de paso ilumina el hecho de que es el modelo teórico el que permite formular la conjetura. Como dije antes, al momento de interesarme por la dislexia y entrar en contacto con la llamada hipótesis fonológica, me llamó la atención que el modo de analizar los síntomas observados era prácticamente siempre en términos de fonemas. En mi calidad de lingüista, es decir, sabiendo que los fonemas habían perdido interés teórico para la fonología, y que esta se ocupaba crecientemente de fenómenos suprafonémicos, me nació la idea de que los niños disléxicos podrían tener problemas de procesamiento en este nivel. El modelo teórico me permitía entonces buscar de manera concentrada el tipo de errores que debían producirse si tal fuera el caso. Yo no tenía idea de cuál podría ser la magnitud de esos errores, pero sí de las características que cabría esperar de ellos. No era pues una investigación estrictamente cuantitativa, sino cualitativa.

En particular conjeturé dos cosas: que se presentarían errores en la construcción silábica y acentual de palabras y frases, y que estos errores serían tanto más probables cuanto mayor fuera la dificultad fonotáctica de las sílabas y más grande fuera la unidad fonológica. Dado el carácter cualitativo de esta investigación, tomé solamente dos casos de niños con diagnóstico previo de dislexia y comparé su lectura de un texto relativamente corto y sencillo con la de un niño normal y con la de un adulto normal. El análisis así guiado por la teoría corroboró las características conjeturadas de los errores (Leal y Suro, 2004), y un primer conteo de los mismos sugirió nuevas hipótesis cuantitativas para futuras investigaciones (p. ej., que por cada error fonémico un niño disléxico comete hasta diez errores de acentuación léxica y hasta treinta errores de entonación oracional).

En todo lo anterior la teoría o los modelos teóricos han aparecido de manera cada vez más insistente. Las tres últimas propiedades de las hipótesis van a mostrar desde diferentes ángulos el papel de la teoría en su formulación y elaboración.

3. Toda hipótesis tiene carácter general

Toda hipótesis tiene carácter general, y por ello debemos tratar de formularla en términos generales. Esto podría parecer trivial, pero no lo es, y explorar el punto tiene gran interés metodológico.

3.1 Las hipótesis son teóricas, no históricas (aunque se apliquen a situaciones históricas)

Una de las cosas que distingue la investigación educativa que se hace desde la sociología o la antropología de aquella que se hace desde la psicología o las neurociencias, es el hecho curioso de que los sujetos de estudio parecen formar parte integral del objeto estudiado en el caso de la primera, mientras que en la segunda permanecen como dos cosas completamente diferentes. Para seguir con el ejemplo anterior, mi investigación sobre la dislexia no podría jamás describirse como versando sobre los errores que cometieron ciertos niños de Guadalajara en textos que leyeron en 2002. No porque no se haya basado dicha investigación en lecturas de textos por niños jaliscienses en ese año, sino porque esa descripción no tiene ninguna importancia teórica.

Veamos. Decir que uno estudia negociaciones salariales en el sector educativo en México de 1994 a 2000 parece perfectamente normal. ¿Es porque esta segunda investigación sobre negociaciones salariales es más específica, particular o situada que la otra sobre la dislexia? No. Ambas están situadas histórica y geográficamente. ¿Por qué entonces se formulan de maneras tan curiosamente diferentes? Aunque no puedo demostrar esto, sospecho que la causa de fondo es que en las investigaciones de psicología y neuropsicología educativa se tiene la confianza de que es posible formular una teoría general de los fenómenos estudiados y se trabaja en el entendido de que algún día llegaremos a formularla. En cambio, en las investigaciones de sociología y antropología educativa se tienen serias dudas de que tal objetivo sea deseable o siquiera posible, y no se aspira a formular teorías generales.33 Puedo perfectamente equivocarme en este diagnóstico, pero lo que me parece innegable es que la actitud de los estudiantes al formular así sus proyectos conlleva a menudo que no se aprecie el verdadero alcance de las hipótesis planteadas. Creo comprender el motivo (loable) que tienen los tutores, supervisores de tesis y profesores de posgrado en insistir en que todo proyecto debe situarse en el tiempo y en el espacio; y no me opongo a ese motivo. El punto que me interesa aquí es el efecto en la estructura lógica de los proyectos en general y de la hipótesis en particular.

La cuestión es, con otras palabras, que toda hipótesis tiene carácter general por la sencilla razón de que es parte de un modelo teórico, y todo modelo teórico tiene carácter general. Cuando investigo la dislexia, ella es mi objeto de estudio, y mi aspiración al estudiarla es que mis resultados valgan para todos los sujetos, no nada más para los que yo he podido estudiar. El modelo teórico que trato de construir está basado en una teoría general, la fonología, que pretende validez universal. ¿Significa eso que no hay diferencias entre las lenguas o entre los sistemas de escritura asociados culturalmente a las comunidades que hablan aquellas lenguas? No. Esas diferencias existen y son también el objeto de estudio de la fonología, pero los modelos teóricos que construimos para tal o cual lengua (o sistema de escritura) son parte de la gran teoría de los patrones sonoros del lenguaje que la fonología aspira a ser. ¿Es pues importante que los niños estudiados por mí hablen español y estén tratando de aprender a leer y a escribir en el sistema de escritura asociado a la lengua española? Sí, es muy importante, ya que el español tiene ciertas propiedades fonológicas que lo distinguen del inglés o del chino; y su sistema de escritura tiene también ciertas propiedades semióticas peculiares: es, como el del inglés, un sistema alfabético y no morfosemántico como el del chino, pero como sistema alfabético es mucho más transparente que el del inglés. Estas características fonológicas y semiográficas deben tomarse en cuenta al construir el modelo teórico con el que vamos a analizar la ejecución lectora de niños hispanohablantes; pero el modelo teórico se construye sobre la base de teorías más generales. De esa manera, podría decir que estudio la dislexia no en niños jaliscienses (que eso no tiene importancia teórica), sino de niños que intentan aprender un sistema alfabético bastante transparente que representa una lengua con características fonológicas tales y cuales. Y también puede decirse que, como tal, mi investigación contribuye a la teoría general de la dislexia.

En cambio, cuando alguien dice que pretende investigar las negociaciones salariales en México de 1994 a 2000, lo que no se entiende es cuál es el estatuto teórico de esas características que parece necesario mencionar como parte del título mismo del proyecto. ¿En qué se distinguen las negociaciones salariales en México de 1994 a 2000 aparte de que ocurrieron allí y entonces?34 Con otras palabras, ¿en qué se distinguen en general o teóricamente? Mientras no podamos decirlo, no habrá claridad ni en la pregunta de investigación ni en la hipótesis. El lector atento a este ejemplo podrá decir: “el periodo mencionado es un sexenio y los sexenios son importantes para un régimen presidencial sexenal como el mexicano”. Lo concedo, pero me parece obvio que con esto apenas hemos empezado el trabajo teórico como tal.

Tomemos otra vez el caso de la pobreza. Sin duda puede alguien pretender investigar la pobreza en México de 1994 a 2000. Pero la ambición de una hipótesis debería ser la de guiar la investigación de tal manera que los datos que encontremos para ese lugar y ese periodo iluminen en general sea la unidad o diversidad de este fenómeno (si la investigación es exploratorio-cualitativa), la difusión del mismo (si es exploratorio-cuantitativa), sus propiedades generales o las de sus distintas manifestaciones (si es descriptivo-cualitativa), el grado de intensidad de la asociación estadística entre la pobreza en general o tal tipo de pobreza con tales o cuales otros procesos, acontecimientos, políticas, actitudes, conductas, estructuras sociales, leyes y reglamentos, las instituciones (si es descriptivo-cuantitativa), los mecanismos causales que producen tal o cual tipo de pobreza (si es explicativo-cualitativa) o incluso, de ser posible y la teoría lo permitiera, la magnitud de la acción de dichos mecanismos causales bajo distintas condiciones. Para todo eso necesitamos proposiciones teóricas con las que podamos construir hipótesis generales que sean dignas del enorme esfuerzo de ponerlas a prueba a la luz de los datos empíricos. Para no dar sino algunos ejemplos, ¿en el lugar y periodo estudiados ha operado una “trampa de la pobreza” (poverty trap)? Si ha operado, ¿es del tipo clásico teorizado hace más de medio siglo por los economistas suecos o deben tratarse con las ideas modernas de los efectos de red y la dependencia de ruta?, ¿han sido inducidas más por factores tecnológicos o más por factores demográficos?, ¿corresponde más a las fallas del mercado que ha detectado la nueva economía de la información o más a fallas gubernamentales como se desprende de la teoría de la elección pública o de las ideas de la escuela austriaca?, ¿o tal vez tienen que ver con factores peculiares como la presencia de conflictos en torno a recursos naturales abundantes y en gran demanda? Todo esto y más “está en el aire” en las investigaciones contemporáneas sobre un aspecto del fenómeno de la pobreza en el mundo (las llamadas trampas); y debería ser parte de cualquier proyecto de investigación que aspire a ser parte de las ciencias sociales. No basta pues con decir que “vamos a investigar la pobreza en tal lugar y tal periodo a ver qué encontramos”. Esa es la salida fácil, sin hipótesis, sin aspiración a la generalidad que pretende la ciencia.

La investigación previa contiene siempre muchas hipótesis, y rara vez necesitamos inventar una por nuestra cuenta; lo que sí es necesario es hacerlas más precisas. Es frecuente que al exigirle al estudiante que plantee su hipótesis, este abra mucho los ojos y no sepa bien qué decir. Arreciando la exigencia, ocurre con bastante frecuencia que el estudiante piense que se le está pidiendo que invente algo, que se saque de la manga una hipótesis. Improvisa entonces y expresa la primera (o tal vez la segunda) idea que se le viene a la cabeza. Así no es como funciona la ciencia. El mundo de las ciencias en general y de las ciencias sociales en particular ya está lleno de hipótesis preexistentes. No importa qué cosa pretenda uno investigar, lo más probable es que ya existan teorías, o al menos modelos teóricos, con cuya ayuda se han formulado hipótesis más o menos plausibles e interesantes, en muchos casos acompañados ya de datos empíricos que las apoyan o cuestionan. Hay que hacerse cargo de todo esto antes de lanzarse a formular una hipótesis; y lo más sensato es sin duda partir de una de esas hipótesis preexistentes e idear nuevas maneras de ponerla a prueba o modificaciones a ella. Inventar una hipótesis como si fuera uno Adán en el paraíso, con nada que lo preceda, es un recurso desesperado que en la mayoría de los casos lo que indica es que no se ha hecho el trabajo de revisión de la literatura que un proyecto requiere.

Por lo tanto, está bien que pidamos a nuestros estudiantes que “aterricen” sus proyectos, que nos señalen con qué población van a trabajar y en qué periodo, cómo van a seleccionar la muestra y por qué; pero debemos pedirles también que, a la hora de formular su hipótesis de trabajo, tengan en cuenta que se trata de formular una proposición general, diciendo en todo caso que la teoría (el modelo teórico) indica cuál será el comportamiento de los agentes en las situaciones que se encuentran y bajo las condiciones elegidas para la observación o intervención programada.

Otra trampa de las hipótesis es el hacerlas insuficientemente precisas. Aquí el ejemplo más notable corresponde a las investigaciones descriptivo-cuantitativas. Es en efecto muy frecuente encontrar formulaciones que dicen simplemente que existe una asociación entre dos variables (o, p. ej., que existe una diferencia entre dos grupos). Planteado así, todo lo que importa entonces es que la prueba estadística produzca un resultado estadísticamente significativo; esto demuestra que efectivamente existe tal asociación o tal diferencia en la población elegida. Este resultado está muy bien, pero es puramente estadístico. Para los propósitos de una investigación educativa en particular o de ciencias sociales en general deberíamos preguntarnos si esa asociación o esa diferencia estadísticamente significativa es también importante, sea desde el punto de vista de la teoría, sea desde el punto de vista de la práctica a la que la teoría pretende servir.35 Rara vez estamos en posesión de un modelo teórico tan preciso como para que podamos predecir la magnitud de una asociación (no se diga de un efecto); pero vale la pena que contemplemos al menos la posibilidad de formular una teoría mejor. Para volver al ejemplo que mencioné hacia el final del último apartado, si un estudio de caso arroja que un niño disléxico se equivocará diez veces más en la tarea de asignación del acento léxico de una palabra que en la tarea de pronunciar un segmento, surge la pregunta para la teoría de por qué esta enorme diferencia: ¿se trata de casos aislados (sólo examinamos dos niños con dislexia) o de un patrón general? A fin de pasar a la siguiente fase de la investigación es necesario interrogarse sobre estas cosas, hacer un examen teórico de los datos obtenidos. Con otras palabras, si las hipótesis son generales, eso no quita que deban ser lo más precisas (cualitativa o cuantitativamente) que sea posible.

4. Toda hipótesis forma parte de un espacio de hipótesis posibles

En mi trabajo como docente de la materia de metodología suelo decirles a mis estudiantes que es importante que junto a su hipótesis de trabajo contemplen siempre al menos una hipótesis rival a ella. Es muy difícil poner a prueba cualquier hipótesis, y mucho más dos hipótesis que contrastan. No he pretendido como regla que esto último se haga en cada proyecto. Un conocido investigador sobre la dislexia, Franck Ramus, narra lo que le ocurrió cuando intentó hacerlo: su proyecto original se le multiplicó varias veces y sólo la paciencia de su supervisora y los recursos a que pudo tener acceso le han permitido poner a prueba todas las hipótesis alternativas que encontró (Ramus y Szenkovits, 2008). Lo que sí me parece recomendable es que no se olvide un hecho fundamental de la ciencia: para cualquier hipótesis que se respete (sea ella exploratoria, descriptiva o explicativa, y sea cualitativa o cuantitativa) existe al menos una hipótesis alternativa, y muchas veces más de una. Tener presente este hecho duro mantiene la honestidad de cualquier investigador y le permite al menos preguntarse si los hechos que él interpreta como favorables a su hipótesis pudieran ser igualmente interpretables desde perspectivas teóricas diferentes (Chamberlin, 1890; Platt, 1964).

4.1 No rechazar ni ignorar a nuestros adversarios, sino aprender de ellos

Uno de los lugares comunes que se oyen con mayor frecuencia es que las ciencias sociales se distinguen de las ciencias naturales porque despiertan pasiones más intensas. Esta es una visión muy miope. Basta recordar el juicio que la Inquisición hizo a Galileo para darse cuenta de que una hipótesis como la copernicana, que nos deja hoy fríos, hizo hervir la sangre a muchas personas en otra época. Igualmente, en el siglo XIX hubo disputas muy agrias sobre la hipótesis de que los seres humanos teníamos un ancestro común con los monos y simios del presente; y de hecho, esa misma hipótesis provocó incontables problemas y hasta litigios en el sistema educativo norteamericano durante el siglo XX y los sigue provocando en el actual. Hasta en nuestro país, avances de la biología, como los anticonceptivos, la experimentación en fetos, la clonación o la ingeniería genética, encienden los ánimos y forman el contenido de innumerables discusiones en los medios de comunicación y las cámaras de representantes. Las ciencias naturales pueden despertar pasiones tan intensas como las sociales.

Sin embargo, eso no quita que muchísimas cuestiones que las ciencias sociales tratan de explorar, describir y explicar, tanto cualitativa como cuantitativamente, y haciendo comparaciones sincrónicas y diacrónicas, van acompañadas de fortísimos sentimientos y potentes ideologías. De allí no nada más la tendencia a forzar los hechos para que corroboren nuestros prejuicios favoritos, sino también a seleccionarlos de tal manera que nuestros adversarios aparezcan como no teniendo la razón. El lector estará de acuerdo conmigo en que eso es muy humano y muy comprensible, pero que va contra el espíritu de la ciencia. Lo que yo propongo entonces puede formularse diciendo que se trata de utilizar al adversario a fin de que me ayude a razonar mejor, a hacer mejores investigaciones. Veamos cómo.

Para empezar, si tomo mi hipótesis favorita, me debo enseguida preguntar: ¿de qué tipo y/o tamaño debe ser la evidencia contraria para que yo me convenza de que mi hipótesis es falsa? Con otras palabras, se trata de aceptar que, si mi rival me demuestra que tal cosa ocurre, o bien de que ocurre con tal magnitud, entonces yo voy a considerarme equivocado. Es claro que esto lo dicto y decido yo, no mi rival (mi rival probablemente dictaría y eligiría un efecto más pequeño). Lo que importa es esto: que el fenómeno, sus propiedades, magnitudes, etc., debo fijarlas de antemano y no ponerme a manipularlas posteriormente.

¿Por qué fijarla de antemano? Porque si, por ejemplo, resulta que la evidencia contraria es más grande de lo que me imaginaba que era antes de echar a andar la prueba, voy a sentirme enormemente tentado a cambiar las reglas del juego. Pero he aquí que si cambio las reglas del juego una vez y otra vez, entonces la prueba para la hipótesis de mi rival se vuelve prácticamente impasable. Y entonces, ¿qué aprendí de la prueba? Nada. Al menos nada que no “supiera” ya antes, a saber: que yo tengo la razón, y que siempre la tuve, digan los demás lo que quieran. Con otras palabras: vencieron mis prejuicios. Todo lo cual es muy satisfactorio para mis sentimientos, pero —insisto— no es ciencia.

4.2 Cómo aprender de nuestros adversarios: primer nivel

Importa aquí reconocer que el nivel de sofisticación (y audacia) con el que puedo utilizar a mi adversario es múltiple. Partamos del supuesto de que toda puesta a prueba de una hipótesis lo único que consigue es hacer más probable o menos probable que la hipótesis de trabajo sea verdadera (en las ciencias empíricas no hay demostración como en matemáticas). Y no nos preocupemos por ahora de los detalles técnicos que nos permitan definir las probabilidades correspondientes a los distintos tipos de hipótesis. En efecto, no es tarea fácil decir, p. ej., cuándo tal descripción de las propiedades de un fenómeno (como el modo de comportarse de personas de bajos ingresos para enfrentar un accidente de trabajo tal como aparece en entrevistas, los errores en la lectura que permite analizar la teoría de la asignación de acento léxico) abona a favor de mi hipótesis y cuándo detracta de ella; y tanto más difícil es decir esto cuanto menos precisa fue la formulación de la hipótesis para empezar. Pero insisto en que podemos dejar de lado por ahora estos detalles técnicos. Supongamos que se pueden resolver, y de hecho se deben resolver en el marco de cada proyecto de investigación. ¿Cuántos niveles de utilización del adversario son posibles? En mi opinión podemos distinguir tres niveles como sigue.

Pulsuz fraqment bitdi.

Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
12 noyabr 2024
Həcm:
329 səh. 16 illustrasiyalar
ISBN:
9786075712253
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar