Kitabı oxu: «Otra historia de la ópera»
OTRA HISTORIA DE LA ÓPERA

Fernando Sáez Aldana
OTRA HISTORIA DE LA ÓPERA



© 2021, Fernando Sáez Aldana
© 2021, Redbook ediciones
Diseño cubierta: Regina Richling
Diseño interior: Amanda Martínez
Fotografías: Wikimedia Commons / Archivo APG
ISBN: 978-84-9917-633-8
Producción del ePub: booqlab
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A todos los amigos de la ópera
¡Que venga la muerte!
¡Que me alcance el momento supremo
en el éxtasis de este abrazo!
Otelo en Otello, de Giuseppe Verdi
El amor es injusto...
¡La muerte es buena!
Mientras estaba viva, me maldecías...
Quizás, muerta, me perdones...
Fedora Romazoff en Fedora, de Umberto Giordano
… en el infinito hálito
del alma universal,
en el gran Todo...
perderse, sumergirse...
sin conciencia...
¡supremo deleite!
«Muerte de amor» de Isolda en Tristán e Isolda, de Richard Wagner
ÍNDICE

I. PRESENTACIÓN
II. LIBRETOS Y LIBRETISTAS
Fuentes literarias del libreto
Libretos de primera mano
Libretos de segunda mano
Libreto y teatro
Libreto y narrativa: novela, relato breve, cuento
Libreto y leyenda, mito o cuento popular
Libreto y poema
Libretos de tercera mano
El libretista relegado
Libretistas célebres
El libreto censurado
¿De qué va una ópera?
El triángulo TBS
Direttore, traditore
III. LA MUERTE EN LA ÓPERA
¿De qué muere un personaje de ópera?
Mecanismos de producción de la muerte provocada
Actos o hechos que causan la muerte
Nuestra pequeña estadística
A. Homicidio
B. Suicidio
El «suicidador» de heroínas
La agonía en la ópera
El «podio» de la muerte en el escenario
La muerte llama dos veces
Óperas sin muerte
La Muerte como personaje
La muerte burlada
Parejas de amantes que mueren
IV. PERSONAJES OPERÍSTICOS QUE MUEREN
Muerte por arma blanca
Personajes suicidados con arma blanca
Personajes matados por arma blanca
Muerte por arma de fuego
Muerte por asfixia
Muerte por ahogamiento
Muerte por ahorcamiento
Muerte por estrangulamiento
Muerte por catástrofe
Muerte por tormenta de arena
Muerte por erupción volcánica
Muerte por sepultamiento
Muerte por causas naturales
Morirse «de viejo»
Muerte por enfermedad
A. Tuberculosis, la "enfermedad romántica"
B. El cólera
C. Muerte por enfermedad cardiovascular
D. Morir de parto
E. Muerte por hipertermia (exceso de calor)
F. La locura en la ópera
Diabolus in opera
Muerte por ejecución
Muerte por decapitación
Ejecución con armas de fuego
Muerte por enterramiento en vida
Linchamiento
Muerte por emoción intensa
Muerte por combustión
La muerte en la hoguera
A. Muerte por quema
B. Muerte por inmolación
Teatros incendiados
Muerte por intoxicación
Personajes que se envenenan
Personajes a los que envenenan
Muerte por causa misteriosa o sobrenatural
Muerte por traumatismo
Muertes por traumatismo único
Muerte por traumatismos múltiples
A. Muerte por precipitación
B. Muerte por derrumbamiento
Muerte por violencia doméstica y de género
Mujeres asesinadas por varones
Varones asesinados por varones
Varones asesinados por mujeres
Parejas asesinadas
Fratricidios
Infanticidios
«Zoópera». Los animales en la ópera
V. LA ÓPERA EN LA ACTUALIDAD
Museos de óperas
La ópera en España y Latinoamérica
España
Latinoamérica
La ópera en casa
ÍNDICE DE PERSONAJES
ÍNDICE DE ÓPERAS
ÍNDICE DE COMPOSITORES
BIBLIOGRAFÍA
ESCENAS CUMBRE EN LAS QUE LA MUERTE ES PROTAGONISTA
PLAYLIST SPOTIFY
I. PRESENTACIÓN

Hace ya tiempo que el espectáculo artístico definido como «drama cantado y escenificado», es decir, la ópera, pudo sacudirse el prejuicio de distracción elitista que arrastraba. Por fortuna, la velada operística ha dejado de considerarse un evento social de minorías acomodadas para convertirse en un acontecimiento popular. En los viejos teatros decimonónicos de herradura, forrados de pan de oro y terciopelo rojo, se acomodaban unos cientos de espectadores distribuidos en plateas, palcos privados y gallineros, según su clase social. Hoy en día, el anfiteatro romano de Verona acoge hasta 22.000 amantes del mayor espectáculo del mundo que aplauden a rabiar sus arias y coros favoritos en las incómodas pero «democráticas» gradas de piedra que dos mil años después siguen ofreciendo espectáculos de masas. En el siglo XXI, las temporadas operísticas van a más y en la actualidad se representan más de veinte mil funciones de óperas compuestas solo por los cien compositores que lideran el ranking mundial. La ópera actual ya no es una atractiva oferta cultural exclusiva de Europa y Norteamérica sino también de países repartidos por los cinco continentes, como Omán, Perú, Singapur, Egipto o Nueva Zelanda, que disponen de teatros acondicionados para ofrecer el espectáculo más complejo que haya ideado el ser humano.
El viejo sambenito de «arte fosilizado» aplicado al teatro lírico tampoco se sostiene ya. Rechazar la puesta en escena de obras como Madama Butterfly, Norma o El barbero de Sevilla por considerarlas muestras obsoletas de un arte difunto es tan erróneo como dejar de admirar por superadas otras obras maestras del arte universal como el templo ateniense Partenón, el mural de Da Vinci Il Cenacolo o la novela Don Quijote de la Mancha de Cervantes. Las modernas escenografías, además, permiten reinterpretar las óperas del repertorio actualizándolas a los nuevos tiempos, una plasticidad desconocida en otros ámbitos artísticos.
La experiencia de la ópera ha sido analizada con autoridad por divulgadores, críticos y ensayistas prestigiosos, como el británico W. H. Auden, los estadounidenses Joseph Kerman y Paul Henry Lang, el alemán Joachim Kaiser o el español Roger Alier. Con tanto rigor como sentido crítico, estos y otros autores se han ocupado sobre todo de las cualidades musicales de tal ópera o cuál compositor, pero olvidando en ocasiones que una ópera es, ante todo, un texto literario, llamado libreto. Que, al contrario de lo que se pretende en la ópera de Antonio Salieri Prima la música e poi le parole, preexiste una obra literaria, original o adaptada de otra, a la que el compositor ha de poner música. Este olvido es responsable, por ejemplo, de la atribución de calificativos como sádico, lacrimógeno o manipulador a Puccini por la abundancia de muertes violentas, cuando fueron sus libretistas quienes escribieron que Butterfly se hace el harakiri, Suor Angelica se envenena y Tosca se precipita al vacío desde las almenas del castillo de Sant’Angelo.
Por tanto, el presente estudio no pretende ocuparse de analizar los aspectos musicales o vocales de unas cuantas óperas famosas, sobre los que ya existe una abundante y excelente bibliografía, sino de otros menos estudiados e incluso ausentes en la literatura especializada. Así, se abordan la importancia del libretista en el producto final operístico, la procedencia de los libretos, originales o adaptados, y los procesos por los que una obra de teatro, una novela, un poema, un cuento popular o una antigua leyenda llegan a convertirse en el libreto de una ópera.
Mas el principal objetivo de este libro es analizar los muy variados modos de recibir la muerte con la que finaliza la intervención de tantos personajes de óperas, es decir, el recurso de la muerte como inevitable desenlace trágico de la mayoría de los argumentos. Se estudian con detalle tanto los mecanismos físicos de producción de la muerte (arma blanca o de fuego, combustión, asfixia, envenenamiento, etc.) como los aspectos legales (homicidio, suicidio, duelo, ejecución, etc.) y los móviles más frecuentes (desesperación, despecho amoroso, celos, ambición de poder, etc).
Finalmente, por la importancia del fenómeno en la sociedad actual, se realiza una interpretación de los perfiles argumentales más frecuentes en la ópera desde puntos de vista tan actuales como el machismo, el acoso sexual o las llamadas violencias doméstica y de género.
Para llevar a cabo el estudio se han seleccionado 180 óperas, con referencias a más de 300. Aunque puedan parecer muchas, solo son una ínfima parte de los millares que se han compuesto desde el año 1600 hasta nuestros días, aunque suponen un alto porcentaje de las óperas incluidas en las programaciones de los teatros que las ponen en pie por todo el mundo.
A través de ellas, se analizan las circunstancias de la muerte de 230 personajes y se describen los principales estereotipos presentes en las tramas de las óperas más importantes, inevitablemente formados a partir de los dos polos fundamentales del universo humano, Eros y Tánatos. Por tanto, quedarán fuera del estudio las óperas en las que nadie muere, si bien, y esta es una de las conclusiones, son las menos programadas (solo once de las cincuenta más representadas en todo el mundo en la temporada 2018-2019).
Con ello se pretende realizar una aportación inédita al conocimiento del género operístico cuya «evolución y promoción son claves para la supervivencia de un patrimonio artístico y cultural sin fronteras» (World Opera Forum, Madrid, 2018). Se relaciona la bibliografía consultada, pero evitando las citas en prolijas notas al pie, que restarían agilidad a la lectura de un texto que no pretende ser un sesudo trabajo académico sino la amena divulgación de un arte en el que música, voz, texto, danza, decorados e iluminación se unen para alcanzar de un modo incomparable la razón de ser de todo arte: emocionar a sus destinatarios.
El reto que me impuse al emprender la tarea fue que el resultado no solo consiguiese agradar a los amigos de la ópera, a quienes he dedicado el trabajo, sino también interesar a cualquier lector profano en la materia pero dispuesto a adentrarse en un mundo maravilloso, aunque injustamente marcado a veces por rancios prejuicios.
Como complemento de la obra, se ofrece una visión de la actualidad operística en España y Latinoamérica y se propone una apuesta por el disfrute doméstico de la ópera, gracias a la abundancia de recursos tecnológicos y audiovisuales disponibles en la actualidad.
Otra historia de la ópera, en fin, pretende ser un entretenido repaso a la mortalidad operística como pretexto para adentrarse en un mundo fascinante y, desde luego, pródigo en historias trágicas.
Lardero, enero de 2021
II. LIBRETOS Y LIBRETISTAS

OLIVIER
(siempre sosegado, pero con decisión)
¡Prima le parole, dopo la musica!1
FLAMAND
(con severidad)
¡Prima la musica, e dopo le parole!
OLIVIER
El sonido y la palabra...
FLAMAND
... son hermano y hermana.
¡Es una comparación osada!
(De la ópera Capriccio, con música de Richard Strauss y libreto de Clemens Kraus y del compositor).
En la cultura occidental, las composiciones de la llamada «música clásica» o culta que incluyen canto se denominan líricas, palabra proveniente de lira, el antiguo instrumento de cuerda punteada con el que Orfeo amansaba a las fieras.
El libreto, castellanización del diminutivo italiano libretto (librito), es el texto o parte literaria de estas obras musicales donde interviene la voz humana cantando o declamando, bien sea una ópera, un drama, un oratorio o una comedia musical.
La ópera (de opera, plural latino de opus, obra) es una mezcla de composición musical y obra teatral, y por tanto precisa de un texto que comprenda todas las intervenciones vocales de los personajes y las indicaciones precisas del autor sobre cómo debe desarrollarse la acción sobre el escenario.
A simple vista, un libreto operístico es igual que una obra de teatro, con su reparto, su estructura en actos, sus cuadros y escenas, sus diálogos, sus entradas y mutis, sus acotaciones, etc. Pero posee notables diferencias que lo convierten en un texto teatral especial, entre las que podemos destacar las siguientes:

Portada de un libreto de la ópera Fausto de Charles Gounod.
• Aunque resulte obvio, el texto del libreto no se declama, se canta, y sus intérpretes son antes cantantes que actores, si bien el cantante de ópera perfecto será quien, además, resulte un buen actor (la soprano Maria Callas fue el paradigma del «animal escénico» operístico). No obstante, algunas frases declamadas interrumpiendo el canto poseen una fuerza dramática capaz de ponerle carne de gallina al espectador, como el Muori dannato! (…) E avante a lui tremava tutta Roma! de Tosca tras apuñalar a Scarpia, el E strano! (…) Cesaronno gli spasmi del dolore… de La traviata instantes antes de expirar o el Ich will nicht! de la Emperatriz en La mujer sin sombra.
• A diferencia del teatro, en la ópera tradicional es frecuente la superposición de varias voces, al unísono o de forma contrapuntística, formando dúos, tríos, cuartetos, quintetos y hasta septetos, lo que dificulta la comprensión del texto… y el trabajo de los traductores que añaden subtítulos.
• El coro desempeñaba un papel fundamental en el teatro griego antiguo, al mismo tiempo narrador y personaje, pero en épocas posteriores fue decayendo hasta desaparecer hacia el siglo XVII. El nacimiento de la ópera significó la resurrección del coro como elemento primordial de la acción, aportando unas veces lirismo, otras, dramatismo y, sobre todo, grandiosidad a multitud de escenas durante la edad dorada del género. La tendencia del siglo XX a la ópera en pequeño formato, en fin, ha conllevado la desaparición del coro en las obras más modernas.
• A menudo se descalifica al libreto operístico como subproducto de baja calidad, literaria, se entiende. Puede ser un juicio equivocado o cuando menos injusto, porque el libreto no pretende ni puede ser una joya de la literatura dramática sino un texto al servicio del buen funcionamiento escénico de una obra musical cantada. Esto explica que de la pluma de dramaturgos hoy olvidados —algunos, justamente— como Giovanni Verga, Victorien Sardou, David Belasco o Antonio García Gutiérrez, surgieran los libretos de óperas tan notables como Cavalleria rusticana, Fedora, Madama Butterfly o El trovador, respectivamente. El tradicional desprecio al libreto se debe a su ubicación en una especie de tierra de nadie como un producto tan ajeno a la música a la que sirve como a la literatura de la que procede.

El dramaturgo David Belasco escribió las obras Madama Butterfly y La Fanciulla del West en las que se basan los libretos de sendas óperas de Puccini.
• Aun aceptando que una ópera es una obra de teatro cantada, es evidente que los espectadores no acuden al teatro para disfrutar de la actuación de unos personajes declamando el texto del libreto sino de sus voces y de la música que las acompaña. Un argumento de peso a favor de esta preeminencia de la música sobre el libreto es que muchos aficionados a la ópera pueden disfrutar plenamente de una representación o de una audición, incluso sin seguir la traducción del texto ni entender ni una palabra de lo que los cantantes estén diciendo. Esta realidad es más patente aún en obras de autores como Wagner o Strauss, las cuales, más que «óperas», se podrían considerar gigantescos poemas sinfónicos con acompañamiento vocal. Buen ejemplo es el liebestod (muerte de amor) final de Tristán e Isolda, que puede interpretarse (y de hecho se hace) prescindiendo de la voz de la soprano sin que la música pierda —gana, incluso— un ápice de lirismo, intensidad dramática y, en definitiva, capacidad de emocionar al espectador u oyente.
FUENTES LITERARIAS DEL LIBRETO
Muchos libretos operísticos pueden compararse con ríos cuyo aspecto va cambiando a medida que su curso avanza desde el nacimiento a la desembocadura, aunque el agua que transporta sea la misma, si bien recibiendo las aportaciones de afluentes que van modificando su cauce.
Por la procedencia de su autoría podemos distinguir varios tipos de libretos:
• Libreto de primera mano, cuando es original del propio compositor de la música, como los de los dramas musicales de Richard Wagner.
• Libreto de segunda mano, cuando el libretista se sirve de un texto literario preexistente de otro autor, como el de La dama de picas, de Piotr Ilich Chaikovski, en este caso de su hermano Modest, basado en un relato de Alexander Pushkin. Es el caso más frecuente.
• Libreto de tres o más manos: como el de Turandot, de Giacomo Puccini, con texto de Giuseppe Adami y Renato Simoni, quienes adaptaron una fábula de Carlo Gozzi inspirada a su vez en un cuento de las Mil y una noches.
Libretos de primera mano
Son aquellos cuyo texto es totalmente original y fueron redactados íntegramente por los propios compositores.
En 1813 el escritor Johann Paul Friedrich Richter, conocido como Jean Paul, escribió en su ciudad natal:
«Hasta el momento, el buen Dios ha otorgado siempre el don de la poesía con una mano y el de la música con la otra, y esto a seres tan alejados el uno del otro que hemos de esperar todavía al hombre que sabrá a la vez componer el libreto y la música de una verdadera ópera.»
Palabras extraordinariamente proféticas, teniendo en cuenta el lugar (Bayreuth) y el año (1813) en que fueron escritas. Pues el máximo exponente del compositor de óperas autor de sus propios libretos fue Richard Wagner, que además de músico fue un prolífico autor de ensayos en los que abordó cuestiones políticas, filosóficas y de teoría musical entre los que destacan Arte y revolución, Ópera y drama y La obra de arte del futuro, además de panfletos tan reprobables como El judaísmo en música. Wagner escribió los textos de todas sus óperas, con una extensión proporcionada a su larga duración.
El proceso creativo de sus dramas comenzaba con la redacción de un esbozo en prosa del argumento, que después versificaba, y finalmente componía la música. En su obra más ambiciosa, El Anillo del Nibelungo, tan extensa que la dividió en una serie de cuatro capítulos, el proceso literario fue retroactivo, comenzando por el final (El Ocaso de los Dioses) y acabando por el principio (El Oro del Rin). Cuando completó los cuatro libretos, Wagner inició la composición en orden cronológico sin que el espectador, oyente o lector de la inmensa obra pueda percatarse de este viaje de vuelta e ida de la historia.

Richard Wagner (1813-1883)
Pero Wagner no fue un mero redactor de sus libretos. Como señala Roger Scruton en su ensayo El anillo de la verdad:
«La música dejaba de estar al servicio de las palabras: más aún, los roles de las palabras y la música se invertirían, las primeras explicadas por la segunda. La música debía introducir en el drama aquellos niveles más profundos de significación, simbolismo y emoción primordial que las palabras, por sí solas, no pueden más que insinuar».
Estas palabras serían la respuesta adecuada a la pregunta que formula la Condesa en Capriccio, de Richard Strauss: «¿Son las palabras las que conmueven mi corazón o es la música la que me habla con más fuerza?».
Además de Wagner, otros compositores optaron por escribir su propio libreto, como Ruggero Leoncavallo (Payasos), Modest Mussorgski (Jovánschina), Nicolái Rimski-Korsakov (Mozart y Salieri), Olivier Messiaen (San Francisco de Asís), Ferruccio Busoni (Doctor Fausto) o Giancarlo Menotti (La médium, El cónsul).
En algunos casos, el compositor fue el autor de su propio libreto, pero basado en otra obra. He aquí algunos ejemplos2:
• Salomé, de Richard Strauss, quien adaptó fielmente la traducción al alemán del drama de Oscar Wilde realizada por Hedwig Lachmann.
• Mefistófeles, de Arrigo Boito, basado en el Fausto de Goethe.
• Los Troyanos, de Héctor Berlioz, según La Eneida, de Virgilio.
• Wozzeck y Lulú: Alban Berg adaptó los dramas Woyzeck, de Georg Büchner y La caja de Pandora, de Franz Werdekind.
• El rey Arturo: Ernest Chausson utilizó una conocida leyenda medieval.
• Pelleas y Melisenda, de Claude Debussy sobre el drama homónimo de Mauricio Maeterlinck.
• Beatriz y Benedicto, de Héctor Berlioz, basado en Mucho ruido y pocas nueces, de William Shakespeare.
• El caso Makropulos, de Leos Janacek (de la obra teatral de Karel Čapek).
• Boris Godunov, de Modest Musorgski (del drama de Alexander Pushkin).
• El ángel de fuego, de Sergéi Prokofiev (de la novela de Valeri Briúsov).
• Moisés y Aarón: Arnold Schönberg extrajo el libreto de la Biblia.
• Los soldados, de Bernd Alois Zimmerman (del drama de J.M.R Lenz).
En raras ocasiones, el compositor y el libretista redactaron el texto a medias, como hicieron Richard Strauss y Clemens Krauss en Capriccio, Benjamin Britten y Peter Pears en Sueño de una noche de verano o Piotr Ilich Chaikovski y Viktor P. Burenin en Mazepa.
Libretos de segunda mano
La mayoría de los textos de óperas están basados en una obra literaria anterior y ajena al compositor. Aunque estos libretos proceden de todos los grandes géneros literarios (narrativa, teatro, poesía, cuento o leyenda popular e incluso ensayo), tratándose de «teatro cantado» es lógico que la mayor parte sean adaptaciones de obras teatrales.
Libreto y teatro
La lista de libretos procedentes de obras teatrales es muy larga. Como ejemplos de óperas famosas podremos citar las siguientes:
Del teatro antiguo (Grecia y Roma)
• Medea, de Luigi Cherubini, cuyo libretista François-Benoît Hoffman extrajo la historia de Corneille y éste de Eurípides.
• La «saga» de óperas basadas en los mitos labdácidos de Sófocles: Edipo de Enesco y Edmond Fleg, Edipo Rey de Stravinski y Cocteau, y las Antígonas de Karl Orff y Friedrich Hölderlin, y de Tommaso Traetta y Marco Coltellini.
• Elektra, de Strauss y Hofmannsthal, a partir de Sófocles.
Del teatro clásico (siglos XVI y XVII)
• La mayoría de las obras teatrales de esta época que inspiraron libretos operísticos son de William Shakespeare:
– Otelo inspiró la ópera homónima de Verdi y Boito (la de Rossini no procede del drama shakespeariano).
– Las alegres comadres de Windsor, el Falstaff de Verdi/Boito y el título homónimo de Otto Nicolai y Salomon Herman Mosenthal.
– Romeo y Julieta, la ópera homónima de Charles Gounod con libreto de Jules Barbier y Michel Carré (los Capuletos y Montescos de Bellini y Romani no están inspirados en este drama).
– Hamlet, la ópera de igual nombre compuesta por Ambroise Thomas con libreto de Barbier y Carré.
– Sueño de una noche de verano inspiró dos óperas de autores ingleses tan separados en el tiempo como Henry Purcell (titulada La reina de las hadas) y Benjamin Britten.
– Mucho ruido y pocas nueces inspiró Beatriz y Benedicto, con música y texto de Héctor Berlioz.
– Medida por medida proporcionó el texto a la obra de juventud La prohibición de amar de Richard Wagner.
– Macbeth daría lugar a la ópera homónima de Verdi con libreto de Francesco Maria Piave y Andrea Maffei.
– La tempestad ha inspirado la que por el momento es la última ópera «shakespeariana», con música de Thomas Adès y texto de Meredith Oaker, estrenada con ese título en 2004.
• Otras: Hipólito y Aricia de Rameau, con texto de Simon Joseph Pellegrin basado en la Fedra de Racine; Don Giovanni, de Mozart y Da Ponte, basada en El burlador de Sevilla y convidado de piedra, de Tirso de Molina.
De obras de los siglos XIX y XX
• Como veremos en cada caso, la mayor parte de los libretos de las óperas italianas del siglo XIX proceden del teatro, tanto las belcantistas (Rossini, Bellini, Donizetti) como las de Verdi, Puccini y los veristas (Mascagni, Cilea, Ponchielli, etc.).
• Ejemplos del siglo XX: La ópera de tres peniques y Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, de Kurt Weill, con libreto de Bertolt Brecht; las colaboraciones entre Richard Strauss y Hugo von Hoffmannsthal o la adaptación de los dramas de Oscar Wilde Salomé (Strauss) y Una tragedia florentina (Zemlinsky).
• Mención aparte merece la extraordinaria obra del literato ruso Alexander Pushkin como inspiradora de numerosas óperas rusas.

Aleksandr Pushkin (1799-1837)
Una vida de libreto. Pushkin y la ópera
Poeta, novelista y dramaturgo, Aleksandr Pushkin (1799-1837) fue el padre de la literatura rusa moderna. Romántico, contestatario del absolutismo zarista, mujeriego y vividor, sufrió varios destierros y murió a consecuencia de un duelo con un militar francés —amante del embajador holandés— al que retó por flirtear con su joven esposa Natalia.
Si la influencia literaria de Pushkin en los grandes escritores rusos posteriores (Tolstoi, Dostoievski, Gógol) fue grande, en los compositores sólo puede calificarse de extraordinaria. En menos de cuatro décadas (entre 1872 y 1909) subieron a los escenarios las siguientes óperas basadas en poemas, dramas o novelas de Pushkin: El convidado de piedra y Rusalka, de Alexander Dargomyzhski; Boris Godunov, de Modest Mussorgski; Eugenio Oneguin, Mazepa y La dama de picas, de Piotr Ilich Chaikovski; El gallo de oro, Mozart y Salieri y La leyenda del zar Saltán, de Nikolai Rimski-Korsakov; El prisionero del Cáucaso, Un festín en tiempo de peste y La hija del capitán, de Cesar Cui, y Aleko, de Sergéi Rachmaninov. Antes de este período, también inspiró Ruslan y Ludmila, de Mijail Glinka y después Mavra, de Igor Stravinski.
Algunas de estas óperas narran historias basadas en aspectos de la vida de Pushkin como su afición al juego (La dama de picas), sus deportaciones (El prisionero del Cáucaso), sus amoríos (El convidado de piedra), su convivencia con los zíngaros (Aleko) o, de un modo premonitorio, su muerte en duelo (Eugenio Oneguin).
Libreto y narrativa: novela, relato breve, cuento
En el último tercio del siglo XIX y en el XX el teatro fue perdiendo fuerza como fuente de libreto operístico, en favor de otros géneros literarios como la narrativa (novela, cuento), la poesía o la leyenda. Al igual que en las obras de teatro, los libretistas modificaron en mayor o menor medida los argumentos de los relatos para adaptarlos a las exigencias dramáticas de la ópera en cuestión, en muchos casos también con la intervención del compositor. La ópera con libreto basado en una novela más famosa, programada y aplaudida en todo el mundo es Carmen.
Georges Bizet compuso su gran éxito operístico sobre un libreto de Ludovic Halévy y Henri Meilhac basado en la nouvelle que Prosper Mérimée escribió, según él, porque necesitaba comprarse unos pantalones. Mérimée había traducido al francés el poema Los gitanos de Pushkin en el que se basaron otras dos óperas, Gitanos de Leoncavallo y Aleko de Rachmaninov, comentadas en otros capítulos de este estudio.
Quizá sorprenda saber que, en la novela de Merimée, este personaje paradigmático de la gitana andaluza convertida en femme fatale se entendía en vascuence con José ‘Navarro’ Lizarrabengoa (Don José) para que los demás no se enterasen, ya que ambos eran naturales del valle vasconavarro del Baztán. En la novela, Carmen está casada con un jefe bandolero, el Tuerto, al que don José mata en una pelea. Cuando Carmen lo abandona por el torero Lucas —un personaje menos importante que el Escamilllo de la ópera—, el ex militar metido a contrabandista la asesina en un ataque de celos. Como en la ópera inmediatamente cae el telón, hay que leerse la novela para conocer el triste final de José: su ajusticiamiento a garrote vil.
Otras grandes novelas generadoras de libretos operísticos son La muerte en Venecia, de Thomas Mann (Muerte en Venecia, de Britten); Billy Budd, de Herman Melville (mismo título, también de Britten); Eugenio Oneguin, de Pushkin (mismo título, de Chaikovski); El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha, de Miguel de Cervantes (Don Quijote, de Massenet); La historia del caballero Des Grieux y Manon Lescaut, del Abad Prévost (la Manon de Massenet y las Manon Lescaut de Auber y Puccini); Las penas del joven Werther, de Goethe (Werther, de Massenet); Guerra y paz, de Tolstoi (mismo título, de Prokofiev); La dama de las camelias, de Alejandro Dumas hijo (La traviata, de Verdi); Rarahu o El matrimonio, de Pierre Loti (Lakmé, de Léo Delibes), y El proceso, de Franz Kafka (Der Prozess, de Gustav von Einem, y The Trial, de Philip Glass).
Libreto y leyenda, mito o cuento popular
El compositor más importante de óperas basadas en antiguas leyendas por antonomasia fue Richard Wagner, si bien los poemas, como él denominaba a sus libretos, son recreaciones personales de su autor. El holandés errante rememora la vieja leyenda del buque fantasma; Lohengrin y Parsifal orbitan en torno al mito cristiano del Santo Grial, Tristán e Isolda en los relatos artúricos y las fuentes del monumental Anillo del Nibelungo son poemas medievales sobre leyendas germánicas (El cantar del Nibelungo) y las Eddas o sagas islandesas de la mitología nórdica.
Mitología clásica
Algunas óperas se inspiran en cuentos infantiles como Hansel y Gretel de Engelbert Humperdinck, y La luna, de Carl Orff, basadas en cuentos de los hermanos Grimm; El gato con botas, de Xavier Montsalvatge; El castillo de Barbazul, de Bartok y las Cenicienta de Rossini y Massenet, sobre cuentos recopilados por Charles Perrault. Basada en los relatos de Lewis Carroll, la ópera Alicia en el país de las maravillas, estrenada en Múnich en 2007, es una de las pocas compuestas por una mujer, en este caso la surcoreana Unsuk Chin.
Otras leyendas: germánicas (la del cazador negro en El cazador furtivo de Weber), nínficas, eslavas (Rusalka de Dvorak), nórdicas (Las Villis de Puccini), artúricas (el Tristán e Isolda de Wagner, las dos El rey Arturo de Purcell y Chausson) y orientales (Turandot, de Puccini)
Cuento
Algunos libretos de óperas basados en relatos cortos o cuentos para adultos son los de Cardillac de Hindemith (La señorita de Scuderi, de E.T.A. Hoffmann), Los cuentos de Hoffmann de Offenbach, La caída de la casa Usher de Debussy (Edgar Allan Poe), La dama de picas de Chaikovski (Pushkin), El enano de Zemlinsky (El cumpleaños de la Infanta, de Oscar Wilde) y Lady Macbeth de Mtsensk de Shostakovich (relato homónimo de Nikolài Leskov).
Libreto y poema
Quizá por su estructura literaria poco propicia para la escenificación, no son frecuentes los poemas inspiradores de libretos operísticos, aunque hay ilustres ejemplos como:
• Los Troyanos, de Berlioz, basada en la Eneida, de Virgilio.
• Las óperas fáusticas (Gounod, Berlioz, Boito, Busoni), en el mito creado por Goethe.
• La mencionada Pelleas y Melisenda de Debussy, en el poema de Maeterlinck.
• Mireille de Gounod, en el poema Mirèio, de Frédéric Mistral.
• El combate de Tancredo y Clorinda, de Monteverdi, en el poema de Torquato Tasso.
• Gianni Schicchi de Puccini y Francesca de Rímini de Riccardo Zandonai y Rachmaninov, en poemas de Dante Alighieri,
• Aleko de Rachmaninov y El gallo de oro de Rimski-Korsakov, en sendos poemas de Aleksandr Pushkin.
Libretos de tercera mano
Son aquellos que resultaron de la adaptación por terceros de obras literarias preexistentes. Ejemplos:
• Otelo, de Rossini: el libretista Francesco Maria Berio di Salsa adaptó la tragedia Otelo, o el moro de Venecia, de Jean-François Ducis, basada de un modo bastante libre en el drama de Shakespeare.
• El libreto de La violación de Lucrecia, de Benjamin Britten lo escribió el poeta y dramaturgo inglés de ascendencia alemana Ronald Duncan basándose en el drama homónimo del francés André Obey, desarrollado a partir de un poema de William Shakespeare cuyas raíces se hunden en el relato que hizo el historiador Tito Livio de la violación de Lucrecia por Sexto Tarquinio.
• Francis Poulenc escribió el libreto de Diálogos de carmelitas (1957) en colaboración con Emmet Lavery, basándose en la obra de teatro homónima de Georges Bernanos (1949), adaptación de la novela La última del patíbulo de la escritora Gertrud von Le Fort (1932), la cual se había inspirado en el manuscrito Relación del martirio de las dieciséis carmelitas de Compiègne, de sor María de la Encarnacion (Francisca-Genoveva Philippe, 1761-1836).
• Turandot, de Giacomo Puccini: los libretistas Adami y Simoni utilizaron la tragicomedia que Carlo Gozzi (s. XVIII) escribió sobre un relato de Los mil y un días, una recopilación de historias orientales realizada por François de la Croix, Las siete bellezas o Las siete princesas, tomado del gran poeta persa del siglo XII Nezamí Ganyaví.
EL LIBRETISTA RELEGADO
En el cartel anunciador del estreno de Elektra, el 25 de enero de 1909 en la Ópera Real de Dresde, bajo el título de la obra podía leerse: «Tragedia en un Acto de Hugo von Hofmannsthal», y en la línea subyacente: «Música de Richard Strauss». En el de Aida, el 24 de diciembre de 1871 en el Teatro de la Ópera de El Cairo, bajo el título figuraba «Libreto de Antonio Ghislanzoni» y debajo, «Música de Giuseppe Verdi».
En la actualidad, los nombres de los libretistas aún merecen una discreta mención en segundo plano en los carteles y los programas de mano de los teatros, pero han desaparecido por completo en la publicidad audiovisual de los espectáculos. En los cartellone de algunos escenarios para ópera de masas, como la Arena de Verona, incluso se sustituye el nombre del libretista por el del escenógrafo («Madama Butterfly, de Giacomo Puccini, dirección de Franco Zeffirelli»), dejando claro que después del compositor no importa tanto quien escribió el texto ni quien dirige la orquesta como quien la ponga en escena.
Hoy incluso la mayoría de los buenos aficionados al género desconocen la autoría de las hermosas palabras que integran sus arias favoritas, y las fuentes más populares de información no ayudan a reparar este injusto olvido. Sirva como ejemplo lo que la enciclopedia generalista de internet Wikipedia dice de la conocida aria Una furtiva lacrima:
«Es una romanza para tenor incluida en la ópera L’elisir d’amore, compuesta por Gaetano Donizetti en 1832. Constituye el aria más célebre de la ópera, y la han interpretado a través de los años tenores de la más alta talla, como…»
Sigue una larga lista de famosos intérpretes, luego un resumen del argumento de la obra y finaliza ofreciendo el texto completo del aria, en italiano y traducido al castellano. Pero ni mención al autor del poema, Felice Romani.
LIBRETISTAS CÉLEBRES
Una lista exhaustiva de libretistas sería interminable, pero entre los más ilustres de la historia de la ópera sobresalen nombres como Lorenzo da Ponte (Mozart, Salieri, Martin y Soler), Eugène Scribe (Rossini, Auber, Meyerbeer, Donizetti, Verdi) Luigi Illica (Puccini, Giordano, Catalani), Francesco Maria Piave y Arrigo Boito (Verdi) y Hugo von Hofmannsthal (Richard Strauss).
Colaboraciones fructíferas
Las relaciones entre el compositor y el libretista no siempre fueron fáciles ni cordiales. Pero en todas las etapas del género operístico se han dado casos de pleno entendimiento y compenetración artística entre el músico y el literato, cuyo resultado son obras de la categoría del Don Giovanni de Mozart, El caballero de la rosa de Richard Strauss u Otelo de Verdi.
Scribe
Eugène Scribe dominó el panorama teatral de París durante la primera mitad del siglo XIX. Escribió centenares de piezas y rara era la semana que no estrenaba alguna, siempre con buena acogida del público. Cuesta trabajo creer que hoy estaría completamente olvidado si no fuese por su contribución directa o indirecta al libreto operístico.
Scribe trabajó para autores de la categoría de Donizetti (La favorita), Rossini (El conde Ory), Auber (Fra diavolo, La muda de Portici, Manon Lescaut), Meyerbeer (Los hugonotes, El profeta, La africana y otras, todas en colaboración con Émile Deschamps) o Verdi (Un baile de máscaras, Vísperas sicilianas). Otras óperas destacadas del repertorio, como L’elisir d’amore, La sonámbula o Adriana Lecouvreur, contaron con libretos escritos por otros (Romani, Colauti) pero basados en obras de Scribe.
Da Ponte y Mozart
La ópera es un invento italiano y hasta la irrupción del drama musical wagneriano ocupó sin competencia el trono mundial —léase europeo— de la ópera. En la edad de oro del género, el siglo XIX, los teatros programaban «ópera italiana», lo cual resultaba redundante, y si no lo eran hacían que lo pareciese obligando a traducir los libretos al italiano. En los grandes coliseos europeos el Fausto de Gounod, la Carmen de Bizet y hasta el Lohengrin de Wagner se cantaba en italiano (de ahí proviene el racconto del Caballero del Cisne). Aquella hegemonía del «italianismo» en la ópera favoreció la carrera de numerosos escritores italianos convertidos en afamados libretistas.
Uno de los más célebres del siglo XVIII fue Pietro Antonio Domenico Bonaventura Trapassi, más conocido como Metastasio. A su muerte en 1782 tomó el relevo un personaje de biografía novelesca, nacido Emanuele Conegliano, aunque más conocido como Lorenzo da Ponte. Hijo de judío converso, ordenado sacerdote católico y desterrado de la Serenísima República de Venecia por «libertino» (tuvo dos hijos con una amante) se trasladó a Viena, donde gracias a su condición de masón entró en contacto con «hermanos» de la logia vienesa entre los que se encontraba Wolfgang Amadeus Mozart.

Lorenzo da Ponte (1749-1838)
Da Ponte redactó casi una treintena de libretos para varios compositores, Antonio Salieri entre ellos, pero su fama y su prestigio se lo deben sobre todo a los que escribió para Las bodas de Fígaro, Don Juan (Il dissoluto punito, ossia Don Giovannni) y Así hacen todas (Così fan tutte, ossia La scuola degli amanti), las últimas óperas «italianas» de Mozart. Nadie como él, que trató a Casanova, podía describir mejor las andanzas de un dissoluto (libertino) como Don Juan.
En aquellos tiempos, la suerte de muchos artistas iba unida a la de sus patrones, y al morir el emperador José II su poeta oficial tuvo que emigrar de nuevo, primero a Londres y finalmente en Nueva York, donde redactó sus sabrosas memorias y falleció a los 89 años. Una vida de ópera.
El dúo Illica-Giacosa y Puccini
Etimológicamente, el melodrama (de melos = música con canto, y drama) es una obra dramática con intervención de la música para intensificar la emoción del espectador. Es un recurso empleado hoy sobre todo en el cine y, menos, en el teatro. Pero el término «melodrama» no puede significar lo mismo en una obra donde la música suena de principio a fin. Una ópera adquiere la calificación de melodrama cuando busca «tocar la fibra» del espectador, es decir, conmoverlo con argumentos y sobre todo con desenlaces de un sentimentalismo exagerado. Un buen melodrama es el que acaba emocionando hasta las lágrimas al espectador predispuesto y dotado de la sensibilidad adecuada. Y el maestro indiscutible en el arte de componer música lacrimógena fue Giacomo Puccini.
Todos los aficionados que acuden a una representación más de La bohème, Madama Butterfly o Il Trittico saben perfectamente que al final de la ópera Mimí acabará apagándose víctima de la tisis, Cio-Cio-San haciéndose el harakiri ante su hijito y a sor Angélica redimida por una visión mística. Pero pocos se librarán del agarrotamiento de garganta y el humedecimiento de ojos que, una vez más, tan conmovedoras escenas desencadenarán en su sistema emocional.
Por esta capacidad de emocionar que poseen sus óperas, Puccini ha sido tachado de hábil manipulador, aunque él afirmó que deseaba «captar la emoción del público haciendo vibrar sus nervios como las cuerdas de un violonchelo». No pudo dejar más claras sus intenciones al respecto cuando pidió a los libretistas de Turandot, Giuseppe Adami y Renato Simoni: «Prepárenme algo que haga llorar a la gente». La esclava Liú sería la encargada de intentarlo, pero lo tendría difícil después del buen hacer lacrimógeno de Mimí en La bohème o Cio-Cio San en Madama Butterfly. Además de estas dos piezas maestras del melodrama pucciniano, Manon Lescaut y Tosca fueron obra del tándem de libretistas Luigi Illica y Giuseppe Giacosa (un scapigliati), cuyas relaciones con Puccini fueron con frecuencia tensas y en ocasiones tormentosas. La razón fue que el maestro solía interferir en el trabajo de sus libretistas modificando sus textos e incluso añadiendo palabras de su cosecha.

Giacomo Puccini (1858-1924)
Hofmannsthal y Strauss
Se diría que Richard Strauss iba al teatro en busca de óperas. Así, en 1902 asistió en Berlín a una representación de Salome, el drama que el irlandés Oscar Wilde nunca hubiera podido escribir en Londres ni estrenar en París, a pesar de haberlo escrito en francés. En el «Pequeño Teatro» de Max Reinhardt se daba la obra, traducida al alemán por Hedwig Lachmann e interpretada por Gertrud Eysoldt. Al finalizar la función alguien le dijo a Strauss que ahí tenía un buen tema para una ópera y el músico le contestó: «Ya la estoy componiendo».

Richard Strauss (1864-1949)
Salomé se estrenó en 1905 en la Semperoper de Dresde y aquel mismo año Strauss echó de nuevo las redes en otro teatro berlinés, donde de nuevo la Eysoldt representaba con mucho éxito la Elektra del dramaturgo y ensayista vienés Hugo von Hofmannsthal. El flechazo artístico entre ambos fue inmediato y, con la decisión de transformar la obra teatral en ópera, nació una de las colaboraciones entre un operista y su libretista —o viceversa— más felices y fructíferas de la historia. En los veinte años siguientes a Electra vendrían El caballero de la rosa, Ariadna en Naxos, La mujer sin sombra, Helena egipcíaca y Arabella, hasta que un accidente cerebrovascular fulminante acabó con la vida de Hofmannsthal poco después del funeral de su hijo, que se había suicidado dos días antes. Aunque Strauss siguió componiendo hasta cinco óperas más, libretísticamente hablando ya nunca levantaría cabeza.

Hugo von Hofmannsthal (1874-1929)
La abundante correspondencia entre Strauss y Hofmannsthal revela la excelente relación que los unió, en general, y el grado de compenetración y minuciosidad que alcanzó su colaboración artística:
En la página 77 de Elektra necesito una larga pausa después del primer grito de Elektra: «¡Orestes!». Intercalaré un intermedio orquestal delicado y estremecido mientras Elektra observa a Orestes, al que acaba de recuperar (…) ¿Podría usted añadirme un par de versos antes de pasar al tono sombrío que comienza con las palabras: «No, no debes tocarme», etc.?
Tres días después, Hofmannsthal remitió a Strauss ocho versos que el músico calificó de «maravillosos», y en su carta de respuesta añadió:
Es usted un libretista nato; es éste el mayor cumplido de que soy capaz, pues para mí es mucho más difícil escribir un buen texto de ópera que una buena pieza teatral.
Sin embargo, para el compositor de poemas sinfónicos Richard Strauss parece que la música no sólo debía ser prima, sino incluso sopra le parole. En un ensayo de Electra, el músico rugió desde el podio exigiendo a la mayor orquesta reunida en un foso hasta entonces que tocase todavía más fuerte, pues aún oía vociferar a Clitemnestra…
Tras el paroxismo de Electra, el músico comunicó al libretista que la próxima sería «una ópera de Mozart». En principio iba a llamarse Ochs —apellido del barón, que significa «buey»— pero al final se impuso un título que a Strauss no le gustaba, El caballero de la rosa. Pero a Pauline, su esposa, sí. Y quien manda, manda.
Boito y Verdi
Entre los estrenos de la primera ópera de Giuseppe Verdi (Oberto, Conde de San Bonifacio, 1839) y la última (Falstaff, 1893) transcurrieron 54 años. Tras el gran éxito de la tercera (Nabucco, 1842), Verdi compuso a un ritmo frenético diecinueve óperas durante dieciséis años, doce de ellos conocidos como «de galera». Tan solo en el quinquenio 1843-48 estrenó diez títulos. En cambio, en los últimos treinta y cuatro años de su carrera sólo produjo seis obras, las tres últimas (Aida, Otelo y Falstaff) en 22 años. Los motivos de esta progresiva deceleración no tuvieron que ver con un agotamiento de su inspiración lírica sino con el desahogo económico que le proporcionaron las en aquella época modernas leyes que regularon la propiedad intelectual y los derechos de autor. Como a Rossini tras el estreno de Guillermo Tell, después del de Aida (1871) al rico hacendado Verdi se le quitaron las ganas de componer más óperas. O, seguramente, la necesidad de hacerlo. El regalo de sus dos últimas obras maestras se lo debemos a dos ilustres personajes: el editor Giulio Riccordi y el compositor y poeta Arrigo Boito.

Arrigo Boito (1842-1918) y Giuseppe Verdi (1813-1901)
Boito nació el mismo año que Nabucco (1842) y por tanto perteneció a la siguiente generación de Verdi. Estudió en el conservatorio de Milán, descubrió el nuevo mundo operístico wagneriano al otro lado de los Alpes y cuando regresó al feudo de Verdi se adhirió al movimiento conocido como Scapigliatura (literalmente, «desmelenamiento»), un grupo de jóvenes que hoy denominaríamos progres. Intelectuales refinados, inconformistas e iconoclastas de la cultura imperante en Italia, los de la Scapigliatura arremetieron con osadía contra lo más sagrado, y en ópera no había nadie más consagrado que el autor de la exitosa trilogía romántica integrada por Rigoletto, El trovador y La traviata. En un exceso poético, propio del joven exaltado que era entonces, Boito proclamó en 1863 que el altar del arte lírico italiano que representaba Verdi —sin nombrarlo directamente— se encontraba «ensuciado como la pared de un burdel».
De cómo se vivía la ópera en el Milán de aquella época da buena cuenta el escándalo que produjo el estreno de Mefistófeles en la Scala en 1868. Acusada de «wagneriana», la única ópera de Boito tuvo que ser retirada por orden gubernativa tras las graves alteraciones de orden público que se produjeron en el estreno. Nadie podía imaginar entonces que Boito acabaría no solo rindiéndose de manera incondicional al arte del Maestro sino impulsando sus dos últimas óperas, para las que realizó un excelente trabajo de adaptación de sendas obras de Shakespeare. Las cerca de 400 cartas cruzadas entre Verdi y Boito que se conservan permiten conocer a fondo una de las relaciones más interesantes que han existido entre un compositor y su libretista. Más que amigos, el venerable anciano y el antiguo desmelenado que un día lo insultó acabaron siendo como un padre y un hijo.
Antes que Boito colaboraron con Verdi varios libretistas, entre los que destacan Franceso Maria Piave (Rigoletto, La Traviata, Ernani, La fuerza del destino, Simón Bocanegra), Salvatore Cammarano (El Trovador, Luisa Miller) y Temistocle Solera (Atila, Nabucco). Al tratarse de un músico con instinto teatral innato, casi todos los libretos de las óperas del maestro de Busseto proceden del teatro, con la excepción de Aida y La traviata.
EL LIBRETO CENSURADO
La censura intolerante de obras artísticas y literarias es tan antigua como la civilización occidental: ya el emperador Calígula prohibió nada menos que La Odisea de Homero por sus peligrosas ideas griegas sobre la libertad. Autores de la talla de Gustave Flaubert (Madame Bovary), James Joyce (Ulises), Charles Baudelaire (Las flores del mal), John Steinbeck (Las uvas de la ira), Henry Miller (Trópico de Cáncer), Oscar Wilde (Salome), Salman Rushdie (Los versos satánicos), George Orwell (Rebelión en la granja), Vladimir Nabokov (Lolita) y Camilo José Cela (La colmena) forman parte de una lista interminable de grandes escritores cuya obra ha sido objeto de prohibición por intolerancia política, social, sexual o religiosa.
Como espectáculo público basado en una obra literaria, la ópera no se ha librado del trabajo de los censores que, al servicio de sus amos, han intentado torcer la voluntad creativa de los compositores y sus libretistas en todas las épocas. Hoy puede sorprender que obras maestras como las mozartianas Cosí fan tutte o Las bodas de Fígaro tuviesen que vérselas con la censura imperial austríaca, pero ambas se consideraron subversivas por atentar contra los cimientos de un viejo orden social, basado en el poder absoluto del trono y el altar, que ya tocaba a su fin. Tres años después del estreno vienés de Le nozze di Figaro, estalló en París la revolución de las clases populares y la burguesía contra la aristocracia que el censor supo vislumbrar en el texto de da Ponte.
En la época belcantista, Maria Stuarda de Donizetti sufrió los rigores de la censura del reino de Nápoles, gobernado por la ultraconservadora dinastía de los Borbón-Dos Sicilias: una reina no podía ser ejecutada en un escenario, y menos aún si era católica y por orden de otra reina protestante. Veinticinco años después, quien tuvo que soportar la intransigencia de los censores napolitanos fue Giuseppe Verdi, ante el estreno de Un ballo in maschera. A Verdi le iban los argumentos derivados de obras teatrales marcadas por el escándalo, como Rigoletto (basado en El rey se divierte, de Victor Hugo, «inmoral y obsceno») o La forza del destino (del drama del Duque de Rivas Don Álvaro o la fuerza del sino). Pero ninguna ópera suya sufrió más rigor censor que el remake verdiano de Gustavo III o El baile de máscaras, ópera con música de Auber y libreto de Scribe, centrada en el asesinato histórico de este monarca durante un baile de máscaras celebrado en la Ópera de Estocolmo en 1792. Al igual que en Rigoletto, donde el rey de Francia hubo de convertirse en Duque de Mantua para poder estrenarse, el rey de Suecia se tornó nada menos que en gobernador de Boston, pero esto no fue suficiente. La censura napolitana exigió que se suprimiesen el baile de máscaras y el sorteo del verdugo (que no podía pegarle un tiro a Riccardo, sino apuñalarlo) y que Amelia apareciese como hermana de Renato, en lugar de su esposa, lo que convertía un adulterio en un incesto, chapuza que repetiría un siglo después la torpe censura franquista con el filme Mogambo.
En las décadas sucesivas, la intolerancia por atentar contra la realeza o la moralidad dio paso a la política y religiosa de regímenes totalitarios de todo signo, desde el nazi (las óperas de la «música degenerada» se abordan en otro capítulo) hasta el soviético (Stalin condenó personalmente Lady Macbeth de Mtsensk, de Shostakovich), pasando por el integrismo islámico. En 2006 la Deutsche Oper de Berlín se autocensuró suspendiendo la representación de una versión del Idomeneo de Mozart, dirigida escénicamente por el provocador Hans Neuenfels, por temor a un posible atentado islamista al mostrarse la cabeza cortada de Mahoma, junto a las de Jesucristo, Buda y Poseidón.
En 1967 el dictador argentino Juan Carlos Onganía ordenó retirar del teatro Colón de Buenos Aires la ópera Bomarzo, con música de Alberto Ginastera y libreto de Manuel Mujica Láinez, por indecente. Y en fecha tan reciente como 2009, el Palau de la Música de València censuró toda referencia a los almogávares catalanes en la reposición de la ópera Roger de Flor, de Ruperto Chapí. La censura nunca muere.
¿DE QUÉ VA UNA ÓPERA?
Existen diversas teorías acerca del número de situaciones que pueden darse en una obra de ficción dramática, tanto en los géneros clásicos (narrativa, teatro) como en modernos como el cine.
La más antigua conocida es Las 36 situaciones dramáticas, del francés Georges Polti (1895), que pueden agruparse en varias categorías:
1. Agresión (homicidio, secuestro o rapto, persecución, injusticia, deshonra)
2. Amor (lícito, adúltero, imposible), celos, remordimientos
3. Odio, rivalidad o enemistad, venganza, crueldad, injusticia, ambición, persecución, rebelión
4. Sacrificio: por un ideal, una pasión o una persona amada, rescate
5. Desastre o desgracia irreparable
6. Empresa audaz, imprudencia fatal
7. Locura
8. Conflicto religioso
Casi un siglo después (1993), el estadounidense Ronald B. Tobias publicó 20 argumentos maestros y en 2004 el inglés Cristopher Booker (2004) redujo la lista a Los siete argumentos básicos. La publicación más reciente al respecto es la de un equipo de investigadores de la Universidad de Vermont (2016) que tras analizar 1700 relatos del Proyecto Gutenberg fijaron en seis el número de modelos de tramas maestras presentes en cualquier «historia del mundo», según lo que le acaba sucediendo al protagonista:
1. De los harapos a la riqueza: subida.
2. De la riqueza a los harapos: caída.
3. Hombre en un hoyo: caer para luego levantarse.
4. Ícaro: subir y después caer.
5. Cenicienta: levantarse, caer y levantarse de nuevo.
6. Edipo: caer primero, levantarse y acabar cayendo.
En la ópera podrán aplicarse estas y otras clasificaciones, pero hay un criterio diferenciador básico tan simple como infalible, atendiendo al desenlace: unas óperas acaban bien y otras mal. Las primeras no son necesariamente las cómicas (bufas) o comedias; como veremos, muchas óperas serias de la época barroca y clásica tienen un final feliz a pesar de contener situaciones dramáticas. Por el contrario, no todas las óperas con un final trágico lo son necesariamente por causa de la muerte.
Eros y Tánatos
Aunque la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud ha sido muy cuestionada y hoy se considera superada por no tratarse de una verdadera ciencia con base biológica, es justo reconocer que buena parte del pensamiento del célebre neurólogo vienés, se non è vero, è ben pensato. Una de las ideas fundamentales de Freud fue la coexistencia en cada individuo de dos pulsiones o impulsos básicos contrapuestos, el de la vida y el de la muerte, que bautizó con los nombres de dos personajes de la mitología griega, Eros, dios del amor sensual, y Tánatos, personificación de la muerte.
Para Freud, Eros es el instinto que dirige la conducta humana hacia la supervivencia, tanto individual como de la especie, a través de la atracción sexual que garantiza la reproducción y por tanto la perpetuación de la vida, el ser. Tánatos, por el contrario, es el instinto que conduce a la destrucción del ser humano, a la muerte propia (suicidio) o de otro (homicidio), el no ser. Ambos impulsos innatos conviven en cada individuo y en cualquier momento pueden tomar las riendas de su destino. Si es Tánatos, infundiéndole los sentimientos negativos (odio, pena, frustración, culpa, celos, desesperación) que envenenan la mente y nublan el alma y si es Eros, los positivos (felicidad, alegría, empatía, amor, gratitud, compasión) que las iluminan.
Dado que el teatro es un espejo de la vida y que la ópera es una modalidad de teatro, es lógico que la mayoría de las historias de las que se ocupa oscilen entre estos polos opuestos de amor y odio, de vida y muerte, de Eros y Tánatos. Cuando Eros se impone en la trama la ópera será una comedia o aún siendo seria tendrá un lieto fine, pero si gana Tánatos inevitablemente sobrevendrá la tragedia.
Esquemáticamente, los sentimientos que conducen a los personajes hacia el triunfo de uno de ambos extremos son los siguientes:
1. Triunfo de Eros: a través del amor, la compasión, la generosidad, la bondad, etc.
2. Triunfo de Tánatos: por medio del odio, la envidia, la infidelidad, traición o deslealtad, los celos, la ambición, el deseo sexual ilícito, la desesperación, la opresión o el fanatismo, político o religioso.
EL TRIÁNGULO TBS
Una reducción al extremo de los trasfondos que encierran la mayoría de los argumentos de óperas nos llevaría a la siguiente simplificación: un personaje desea algo, o a otro, pero un tercero trata de impedirlo. El paradigma de esta ecuación es lo que denominaremos «triángulo TBS», iniciales de Tenor, Barítono —o Bajo— y Soprano.

Triángulo TBS típico (las flechas oscuras indican atracción y las más claras rechazo).
Una conocida ocurrencia en torno a la ópera —atribuida a George Bernard Shaw— reduce la mayoría de los argumentos operísticos a un tenor que quiere llevarse al huerto a una soprano predispuesta pero un barítono no les deja. La humorada pretende caricaturizar al género, pero en el fondo no le falta razón. Gran cantidad de libretos pivotan sobre un triángulo cuyos vértices son el rol protagonista masculino, generalmente un tenor; el femenino, casi siempre una soprano (o una mezzo), y el malo de la historia que se interpone entre ambos, la mayoría de las veces un barítono y las menos un bajo, y no siempre por rivalidad amorosa.
Para ilustrar la frecuencia de este esquema argumental básico sirvan los ilustres ejemplos siguientes (en negrita, los personajes que mueren):
| Título | T | B | S |
| TOSCA (Puccini) | Mario Cavaradossi | Barón Scarpia | Floria Tosca |
| OTELLO (Verdi) | Otello | Yago | Desdémona |
| LA TRAVIATA (Verdi) | Alfredo Germont | Giorgio Germont | Violeta Valéry |
| TIERRA BAJA (D’Albert) | Pedro | Sebastián | Marta |
| PELLEAS Y MELISANDA (Debussy) | Pelléas | Golaud | Mélisande |
| MANON LESCAUT (Puccini) | Renato des Grieux | Geronte de Ravoir | Manon Lescaut |
| DON PASQUALE (Donizetti) | Ernesto | Don Pasquale | Norina |
| EL BARBERO DE SEVILLA (Rossini) | Conde de Almaviva | Don Bartolo | Rosina |
| FRANCESCA DE RIMINI (Zandonai) | Paolo | Gianciotto | Francesca |
| LA VALQUIRIA (Wagner) | Siegmund | Hunding | Sieglinde |
| UN BAILE DE MÁSCARAS (Verdi) | Riccardo | Renato | Amelia |
| LA FAVORITA (Donizetti) | Fernando | Alfonso XI | Leonora |

El tenor Bradley Daley (Siegmund), la soprano Amber Wagner (Sieglinde) y el bajo Jud Arthur (Hunding) forman el triángulo TBS en La Valquiria, de R. Wagner.
• Los motivos más frecuentes del conflicto entre los tres personajes son:
– Rivalidad amorosa de T y B por S, como sucede en Tosca y Tierra baja.
– Prohibición o impedimento del amor entre T y S por B, presente en La traviata, El barbero de Sevilla o La favorita.
– Odio vengativo de B hacia T: Otello, Manon Lescaut.
– S, casada con B, le es infiel con T: Un baile de máscaras, Francesca de Rimini, La valquiria, Cavalleria rusticana.
En la pequeña muestra incluida en la tabla puede comprobarse como, salvo las óperas bufas y comedias, en casi todas las óperas pasan a mejor vida uno, dos y hasta los tres elementos que conforman el triángulo TBS.
Este trío protagonista con predominio masculino es el más frecuente en los argumentos operísticos, pero hay otros, atípicos:
• El triángulo STM: lo conforman una soprano, una mezzosoprano (u otra soprano) y un tenor, por el que ambas rivalizan. Ejemplos:
– Aída (s)-Radamés (t)-Amneris (ms), en Aida (Verdi).
– Abigail (s)-Ismael (t)-Fenena (ms), en Nabucco (Verdi).
– Medea (s)-Jasón (t)-Glauce (s), en Medea (Cherubini).
– Norma (s)-Polión (t)-Adalgisa (ms/s), en Norma (Bellini).
– Katia (s)-Thikon (t)-Marfa (ms), en Katia Kabanova (Janácek).
– Isabel (s)-Roberto (t)-Sara (ms), en Roberto Devereux (Donizetti).
Un caso peculiar de triángulo es el que forman Ben (bt), Lucy (s) y un teléfono en El teléfono o El amor a tres, de Menotti.
• También podemos encontrar en el repertorio operístico algunos cuadriláteros, como los siguientes:
– En Radamisto, de Haendel, el rey Tirídates (t), casado con Polixena (s), pretende a Zenobia (ms, papel travestido), esposa de Radamisto (ms), mientras que Tigranes (s), otro papel travestido), general de Tirídates, desea a Polixena.
– En Ernani, de Verdi, a Elvira (s) la pretenden tres protagonistas masculinos: Ernani (t), que es correspondido, Silva (bj) y el emperador Don Carlos (b).
– En Payasos, de Leoncavallo, el cuadrilátero está formado por tres hombres y una mujer: Nedda (s), su marido Canio (t), su acosador Tonio (bt) y su amante Silvio (bt).
• E incluso algún pentágono: En La Gioconda, Enzo (t) es un noble proscrito, amante de la cantante Gioconda (s) pero en realidad pretende a Laura (ms), esposa del inquisidor Alvise (b), cuyo espía Barnaba (bt) desea a Gioconda cerrando así un complejo círculo amatorio.
DIRETTORE, TRADITORE
Finalizamos el capítulo dedicado a libretos y libretistas con unas palabras a modo de advertencia sobre el artífice del espectáculo operístico que más relevancia está adquiriendo y más polémica viene generando en las últimas décadas de la historia del género: el director de escena o escenógrafo (inszenierung en alemán, metteur en scène en francés, stage director o director a secas en inglés, idioma que reserva el término conductor para el director musical o de orquesta.)
La conocida sentencia italiana traduttore, traditore expresa la dificultad de traducir un texto escrito en una lengua a otra sin «traicionar» su auténtico significado, pero en ningún caso pretende achacar al traductor la mala intención de adulterarlo. En el terreno operístico, sin embargo, la cosa es bien distinta.

Los brabanzones, convertidos en ratas en la ópera Lohengrin dirigida por Hans Neuenfels.
Por principio, no es justo acusar de traditore al libretista adattatore de una obra preexistente. Para empezar, los libretistas debían obtener el permiso de los autores o de los herederos de sus derechos de autor si los hubiese. En segundo lugar, nunca ocultaban las fuentes de sus libretos, que eran de sobra conocidos. Pero no sucede lo mismo con los actuales directores de escena de numerosos montajes operísticos, a quienes se puede acusar de traidores con todas las consecuencias, pues las licencias que se permiten alterando acotaciones escénicas a su antojo solo merecen la calificación de alta traición, no solo al texto sino al espectáculo operístico concebido por sus autores.
Ya no hablemos de cambios de ambientación de las historias en tiempo y lugar, tan frecuentes en las actuales producciones operísticas. Muchas son inteligentes, oportunas y resultan convincentes porque revalidan la actualidad de los conflictos humanos que subyacen en situaciones dramáticas concebidas en épocas pretéritas.
Pero otra cosa muy distinta son los caprichos, extravagancias y presuntas «genialidades» de directores de escena que entran a saco en los libretos y los alteran sin ningún sentido, como situando en escena a personajes cuando no deben —luego no saben qué hacer con ellos, ya que no pueden ni cantar ni intervenir en la acción— o, peor todavía, cambiar su destino final, incluida la muerte. Sin entrar a valorar el gusto por la provocación de algunos escenógrafos con sus montajes escabrosos, cruentos o simplemente desagradables a la vista, cada vez es más frecuente asistir a versiones de óperas donde personajes que deben morir no lo hacen, o viceversa.
Un escandaloso ejemplo de adulteración grave de un libreto, perpetrada impunemente por un director de escena (con el beneplácito de la dirección del teatro), tuvo lugar en una reciente producción de Carmen por el Maggio Musicale Fiorentino. En esta versión “feminista” de la ópera, es Carmen quien mata a Don José, y además a tiros.
Huelga decir que en este trabajo se han respetado fielmente los libretos de todas las óperas analizadas. Con la muerte no se juega.
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1 En el libro Prima la musica, dopo le parole (Westend, 2018, editado en alemán) los legendarios críticos Marcel Reich-Ranicki (literario) y Joachim Kaiser (musical) discuten sobre el controvertido tema de la relación entre música y texto en la ópera, en un debate moderado por el director de escena August Everding en 1995.
2 Se ha optado por escribir los títulos de las óperas principalmente en castellano, aunque en cada capítulo dedicado a un personaje se cita el título original y los Apéndices incluyen un listado de todas las obras con sus títulos en idioma original y traducido.
III. LA MUERTE EN LA ÓPERA

La muerte es el destino de todos los seres vivos, incluidos los humanos. Nos acompaña a lo largo de toda la vida cuando, de forma prematura o tras una colmada existencia, se van agotando los plazos vitales de nuestros familiares, amigos, conocidos y convecinos. Más que un misterio, la muerte es el punto final del misterio de la vida y a la vez principio de las creencias religiosas en otra, eterna y dichosa, invención humana que pretende la trascendencia del espíritu tras el «escándalo de la muerte». La muerte nos preocupa, nos fascina y nos atemoriza e incluso aterroriza, aunque sea la única experiencia humana que nunca viviremos. Dicho con mejores palabras:
Es más fácil soportar la muerte sin pensar en ella, que soportar el pensamiento de la muerte. (Blas Pascal)
La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos. (Antonio Machado)
El acontecimiento de la muerte está presente en las representaciones artísticas de todas las civilizaciones de la historia de la Humanidad. En la occidental, ocupa el centro de interés de infinidad de relatos, poemas, cuadros, obras teatrales, esculturas, filmes y, naturalmente, óperas. Según las estadísticas de Operabase3, en 71 de los 100 títulos más representados en todo el mundo durante la temporada 2018-2019 muere algún personaje, casi siempre de forma violenta. El desenlace funesto es una constante en la historia de los espectáculos escénicos de todos los tiempos, a menudo basados en la misma historia, como la de Agamenón, sobre la que Esquilo basó su Orestíada en el siglo V a. C. y que inspiró La muerte de Agamenón, una ópera del barítono y compositor mexicano Roberto Bañuelas estrenada en 2007.
Como regla definitoria, en la ópera cómica y en la comedia o dramma giocoso per musica nunca muere nadie y menos de forma trágica (en esa joya tardía de la ópera bufa que es el pucciniano Gianni Schicchi, el cadáver que aparece en escena ya ha fallecido de muerte natural antes de iniciarse la acción). La mayoría de las 29 óperas sin muerte de los top 100 mencionados son de Mozart y de autores barrocos como Haendel o belcantistas como Rossini y Donizetti.
En la ópera no bufa (que no es lo mismo que seria4), en cambio, abundan los acontecimientos funestos que ocasionan la muerte trágica de algún personaje. Cuando quien perece es uno de los protagonistas, el telón no tardará en caer porque la muerte es un punto y final inapelable de la historia. Después del Liebestod de Isolda, la precipitación de Tosca al vacío o la autolisis por apuñalamiento de Otelo, nada más puede suceder sobre el escenario. La muerte es la conclusión inevitable de numerosas situaciones en las que las pulsiones, pasiones y tensiones desplegadas por los libretistas colocan a los personajes tan al límite que no existe otra salida posible que el fin de su existencia, el Tánatos. La muerte, además, es un juez implacable que imparte una justicia, no siempre acertada, pero sin apelación posible.
Existe una última y poderosa razón para matar a los protagonistas de un drama musical: nada nos conmueve más que ser espectadores de la muerte. Desde luego, nuestra emoción será máxima, de una intensidad casi insoportable, cuando asistimos personalmente a la pérdida definitiva de alguno de nuestros seres más queridos. Pero también puede emocionarnos la muerte de personas menos allegadas si nos toca vivirla de cerca. Lo asombroso es que podamos llorar de conmiseración asistiendo a la muerte «en directo» de un personaje de ficción sobre el escenario, más aún si la escena viene acompañada de una música tan cargada de emotividad que por sí sola sea capaz de expresar e infundir una gran emoción en el espectador. Esta es la razón por la que una buena representación de la escena final de La bohème puede acongojar hasta el llanto al espectador, una y todas las veces que la vea y escuche. Un argumento irrefutable contra la acusación a la ópera de espectáculo inverosímil y artificioso.
Ahora bien, supongamos que Mimí supera la crisis y, en lugar de fallecer, se recupera, y la ópera acaba con boda celebrada con los amigos bohemios en el café Momus. O, sin salir de Puccini, que Pinkerton, divorciado de Kate, regresa a tiempo para llevarse a Butterfly y al hijo de ambos cuando se entera de su existencia; o que la orden de Scarpia de simular el fusilamiento de Cavaradossi era auténtica y la pareja escapa por Civitavechia a una nueva vida. ¿Verdad que, desde el punto de vista dramático, no sería lo mismo? Dotar de la máxima intensidad teatral a estas tres óperas —y a tantas otras— exige que Mimí, Butterfly y Tosca mueran. La muerte, en la ópera, proporciona el sumun de dramatismo al que una obra escénica puede aspirar. Y no perdamos de vista que la ópera también es teatro.

La muerte de Mimí (Ailyn Perez) pone un trágico punto final a La Bohème de Giacomo Puccini.
¿DE QUÉ MUERE UN PERSONAJE DE ÓPERA?
Básicamente, los personajes operísticos pueden expirar sobre el escenario víctimas de dos tipos de muerte: natural o provocada. Aunque resulte de lo más natural que quien reciba un disparo o una puñalada, se precipite desde una altura o ingiera un veneno fallezca como consecuencia, por «muerte natural» se entiende la que no está ocasionada por causas violentas o intencionadas sino fisiológicas, como la vejez, la enfermedad o la exposición a circunstancias ambientales extremas. Es este un tipo de muerte que, dada su escasa fuerza dramática, no abunda en el repertorio operístico, si se exceptúa la tuberculosis que trunca las vidas de heroínas de la talla de Violeta Valéry (La traviata) o Mimí (La bohème). Y, aunque la vejez es la causa más natural de un deceso, veremos cómo entre centenares de muertos en escena solo unos pocos personajes fallecen porque alguno de sus órganos o sistemas vitales deja de funcionar de puro agotamiento.
En cuanto a la muerte provocada, existen dos maneras principales de perecer los personajes de una ópera: el homicidio y el suicidio. Aproximadamente en dos tercios de las óperas más representadas en la actualidad, alguno de los protagonistas o se mata o lo matan. El otro tercio se lo reparten causas menos frecuentes como el accidente, la mencionada muerte natural u otras aún más raras. Mención aparte merece la defunción por «desfallecimiento», un recurso tan socorrido como inverosímil ya que, como veremos, la mayoría de las defunciones por esa especie de desmayo irrecuperable ocurren sobre todo en mujeres jóvenes y sanas. Es el caso de Isolda (Tristán e Isolda), Leonor (La favorita), Salud (La vida breve), Margarita (Faust), Elektra o Thaïs, aunque también puede afectar a varones como Boris Godunov e incluso a la pareja, como en el caso de Tannhäuser y Elisabeth.
Mecanismos de producción de la muerte provocada
Desde un punto de vista físico, un cuerpo humano puede dejar de funcionar por varios tipos de agresiones físicas externas de las que no están libres los protagonistas de una ópera, que exponemos a continuación de manera esquemática, con algunos ejemplos:
• Combustión, por incineración, generalmente en una hoguera:
– Cuando es voluntaria, se denomina inmolación (Dido, Brunilda)
– Si es involuntaria, ejecución (Juana de Arco, Renata)
• Asfixia o anoxia: la muerte por falta de oxígeno se puede deber a:
– Constricción mecánica, por
◊ ahorcamiento (Billy Budd)
◊ estrangulamiento (Desdémona)
– Sumersión o ahogamiento (Lisa)
• Herida, por:
– Arma blanca
◊ Cortante: la navaja de afeitar con la que se degüella El Pintor de Lulú.
◊ Perforante: la lanza que Hagen clava en la espalda de Sigfrido.
◊ Cortopunzante: el tantô con el que Cio-Cio San se hace el harakiri.
◊ Contusa: decapitación, por
» Espada (Jokanaán)
» Hacha (Roberto Devereux)
» Guillotina (Andrea Chénier)
– Arma de fuego:
◊ Pistola (Lenski)
◊ Fusil (Mario Cavaradossi)
• Intoxicación, a causa de un veneno:
– Ingerido (Fedora, Luisa Miller)
– Aspirado natural (plantas) (Sélika, Lakmé)
– Aspirado artificial (gas) (Magda)
• Traumatismo, único o múltiple, por:
– Precipitación al vacío (Floria Tosca)
– Aplastamiento (Sansón)
– Contusión directa (Cyrano)
Actos o hechos que causan la muerte
Desde un punto de vista médico-legal, son los siguientes:
• Homicidio y sus variedades, según a quién se mate:
– Infanticidio: a un niño (hijos de Jenufa, Medea y Margarita)
– Parricidio: a los padres o el esposo (Clitemnestra)
– Uxoricidio: a la esposa (Marie)
– Fratricidio: al hermano (Fasolt)
– Magnicidio: a un gobernante (Simón Bocanegra)
– Tiranicidio: a un tirano (Gessler de Guillermo Tell)
– Pasional o de género: (Carmen, Nedda)
• Suicidio, que en la ópera se ejecuta de tres maneras sobre todo:
– Inmolación en hoguera (Norma, Dido, Brunilda)
– Con arma blanca (Butterfly, Edgardo, Gioconda)
– Con arma de fuego (Werther)
• Ejecución (Blanche de la Force), Linchamiento (Cardillac) o Duelo (Siegmund, Turiddu)
• Masacre (El ejército del Faraón, los filisteos en el templo de Dagon)
• Natural, a causa de:
– Enfermedad (Violeta, Aschenbach)
– Vejez (Don Quijote, Emilia Marty)
– Fallo cardíaco (El enano)
– Parto (Sieglinde)
– Accidente montañero (Hagenbach)
– Sed o insolación (Manon, Mireille)
• Emoción intensa (Isolda, Kundry, Boris Godunov).
• Causas sobrenaturales, como la condenación (Fausto, Don Giovanni), la desaparición (Don Carlos) o la asunción al cielo (Margarita).
• Causas insólitas, como la del Rey Dodón por la picadura de El Gallo de oro o la del pastor Acis, aplastado por el pedrusco que le lanza el iracundo Polifemo (Acis y Galatea).
Nuestra pequeña estadística
De los 230 personajes operísticos muertos analizados en esta obra, la gran mayoría perecen de forma violenta (81,2%), con predominio de los homicidios (56,6%, incluyendo las ejecuciones y los duelos) y seguido de los suicidios (23,2%), de claro predominio femenino (64%). El tercer lugar lo ocupa la muerte por causas naturales o enfermedad (8,7%), el cuarto la desaparición (6%) y el quinto las muertes por «desfallecimiento» (2,7%). El 2,8% restante se reparte entre una miscelánea de causas infrecuentes.
A continuación, analizaremos brevemente las características de las dos principales causas de fallecimiento en la ópera: matar y matarse.
A. Homicidio
La vida, definida por filósofos y académicos de la Lengua como «fuerza o actividad esencial mediante la que obra el ser que la posee», es, además de un fenómeno biológico, un bien jurídico, «el más valioso», al que todo humano tiene derecho, aunque nadie esté obligado legalmente a vivir (los intentos frustrados de suicidio no son delictivos). Dejando de lado dos cuestiones tan polémicas como el aborto y la pena de muerte, el homicidio o acción de matar a una persona es socialmente rechazable, moralmente reprobable y legalmente punible. Mas, dependiendo de las circunstancias, en Derecho se distinguen dos tipos básicos de homicidio:
• Homicidio simple, cuando no concurren circunstancias como premeditación o alevosía, y la muerte se puede producir accidentalmente o por exceso en el uso de una violencia que no pretendía matar.
• Homicidio doloso o asesinato, cuando el homicida tiene la intención de matar a su víctima y posee competencia moral para entender la ilicitud de tal acto y sus consecuencias.

Riccardo (Gregory Kunde) cae asesinado en Un ballo in maschera de Giuseppe Verdi.
En el homicidio doloso pueden concurrir las llamadas circunstancias agravantes, a saber:
– Premeditación: planificación del acto homicida por el autor.
– Nocturnidad u ocultación: el homicida actúa de noche o provisto de un disfraz.
– Alevosía: cuando la víctima no puede defenderse.
– Ensañamiento: producción de sufrimiento añadido innecesario a la víctima.
– Abuso de la confianza existente entre el homicida y su víctima.
– Recompensa: el homicida actúa por encargo remunerado.
En estos casos, el homicidio se convierte en asesinato.
En algunos ordenamientos jurídicos se contempla igualmente la concurrencia de circunstancias atenuantes e incluso eximentes de responsabilidad, como:
– Arrebato por alteración psíquica debida a enfermedad mental o por efecto de sustancias psicoactivas como las drogas o el alcohol.
– Miedo insuperable.
– Estado de necesidad.
– Cumplimiento de la ley o de una sentencia.
En el teatro, y por ende en la ópera, el homicidio es un recurso dramático muy frecuente, además de la primera causa de muerte provocada o violenta, como hemos señalado. Atendiendo a las circunstancias aludidas, he aquí algunos ejemplos de óperas en las que se producen diferentes tipos de homicidio:
Homicidio involuntario
En La dama de picas de Chaikovski, Herman sólo pretende asustar a la Condesa amenazándola con una pistola —descargada— para que le revele el secreto de las tres cartas que siempre ganan, pero la anciana sufre tal impresión que en el acto segundo muere súbitamente llevándose el secreto a la tumba… pero solo hasta el tercero.
En Billy Budd de Britten, cuando el malvado Claggart acusa injustamente a Billy de amotinamiento ante el capitán del barco, el pobre marinero, nervioso e incapaz de articular palabra por su tartamudez, le propina un puñetazo al maestro de armas con tan mala suerte que se desnuca al caer al suelo y muere.
Homicidio doloso
En Cavalleria rusticana de Mascagni, Alfio desea matar a Turiddu y lo reta a una lucha ilegal cuerpo a cuerpo en la que Turiddu no sólo no está indefenso, sino que pudo haber matado en igualdad de condiciones al marido de su amante.
Por el contrario, en Macbeth de Verdi la muerte del rey Duncan es un asesinato en toda regla a manos del matrimonio Macbeth con varios agravantes: nocturnidad, abuso de confianza, alevosía, premeditación y ensañamiento.
Homicidios «justificados»
Desde un punto de vista bioético, quitar la vida un ser humano a otro es un acto contrario a la moral y por tanto reprobable, pero no siempre punible. La Ley contempla circunstancias eximentes de responsabilidad en algunos homicidios, empezando por los que ella misma impone como castigo legal. El mayor homicida en serie de la historia, Charles-Henri Sanson, murió en su cama después de matar a 2.918 personas. Fue el verdugo de París durante cuarenta años y en la nómina de sus guillotinados figuran el rey Luis XVI, un poeta llamado André Chénier y las dieciséis monjas carmelitas de Compiègne.
Las ejecuciones de sentencias de muerte
Si la vida es el don más preciado del ser humano, arrebatársela constituye el mayor de los castigos. La pena de muerte o «capital» es un homicidio legal que todavía es legal en una veintena de países, todos ellos gobernados por regímenes autoritarios con las excepciones de Japón y de algunos Estados Unidos de Norteamérica.
En el repertorio operístico abundan los casos de ejecución, casi todos motivados por represiones políticas, intolerancia religiosa o superstición, y realizados de diversos modos.
• Quema en hoguera: el «fuego purificador» era el método preferido para acabar con herejes y brujas. La lista de víctimas operísticas de la Inquisición es larga: Rachel (La judía), Juana de Arco, Renata (El ángel de fuego), Silvana (La llama), El prisionero, Grandier (Los demonios de Loudun)…
• Decapitación: el modo de ejecutar a un reo «separando la cabeza del cuerpo» fue evolucionando desde la espada y el hacha, que exigían la destreza del verdugo, hasta la infalible guillotina. Entre los personajes decapitados a espada destacan Jokanaán (Salomé) y el príncipe de Persia (Turandot). El hacha fue la preferida en las «óperas Tudor», en las que Ana Bolena, María Estuardo y Roberto Devereux acaban perdiendo la cabeza. La guillotina, un invento de la Revolución Francesa, se llevó por delante a Danton (La muerte de Danton), a Andrea Chénier y Magdalena y a Blanche de la Force y sus quince compañeras monjas (Diálogos de carmelitas).

Escena de Diálogos de carmelitas, de Francis Poulenc.
• Horca: por motivos bien distintos, Billy Budd y Jim Mahoney (Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny) acaban sus días colgados del cuello en un patíbulo. Como veremos, Dick Johnson (La chica del Oeste) tiene mejor suerte y se libra de la muerte en el último momento.
• Disparo de arma de fuego: Mario Cavaradossi (Tosca) muere ante un pelotón de fusilamiento y Leon Klinghofer (La muerte de Klinghofer) víctima de un atentado terrorista histórico.
• Otras formas de ejecución menos frecuentes son el enterramiento vivo de Radamés (al que se suma voluntariamente Aida) o el linchamiento de Cardillac, el orfebre que asesinaba a sus clientes.
Otros homicidios «justificados» son los que ocurren como consecuencia de un duelo o bajo circunstancias atenuantes o eximentes:
El duelo
El combate a muerte entre dos personas que previamente se han retado es una modalidad de homicidio no legal pero aceptado en ciertas épocas y sociedades como medio de dirimir de forma trágicamente absurda cuestiones de honor entre caballeros. Es así como Eugenio Oneguin mata a su mejor amigo Lenski, Alfio al amante de su mujer, Turiddu (Cavalleria rusticana) o el torero Paquiro a Fernando en Goyescas.
La defensa propia
Lohengrin no desea la muerte de Telramund y lo demuestra perdonándole la vida cuando lo vence en el juicio de Dios del primer acto. Pero en el tercero el recalcitrante Conde ataca al caballero desconocido en su alcoba nupcial y a éste no le queda más remedio que defenderse, y en la refriega lo mata.
El estado de necesidad
En Tosca, la protagonista apuñala a Scarpia cuando el sádico barón se abalanza sobre ella para violarla como cobro no consentido del perdón de Cavaradossi que, además, es falso. En Tiefland, Pedro estrangula a Sebastián cuando éste pretende forzar a su esposa Marta. En Sigfrido, éste mata al enano Mime cuando el pájaro del bosque le revela que pretende envenenarlo.
Enajenación mental súbita
Quizás el rapto de locura más famoso de la historia de la ópera sea el de Lucía de Lammermoor cuando mata a Arturo en la noche de bodas.

Escena de La médium, de Gian Carlo Menotti.
Miedo insuperable
Aterrorizada por lo que cree un fantasma, Madame Flora (La médium) dispara su pistola contra el teatro de marionetas tras el cual se esconde el gitanillo mudo Toby.
B. Suicidio
Desde un punto de vista dramático, el suicidio es un modo de morir más noble, elevado y trágico que el homicidio. Sobre el escenario operístico, matarse da más juego teatral que sufrir una humillación, asumir un resto de existencia desdichado e incluso que ser asesinado. Lo más preciado que tiene el ser humano es su vida y para quitársela por su propia mano se necesita una poderosa razón que pueda llegar a justificarlo.
Así que, antes que caer en manos de los griegos, sin duda para deshonrarlas antes de asesinarlas, Casandra y una parte de las mujeres troyanas (Los Troyanos) prefieren quitarse la vida apuñalándose en masa. Antes que sufrir la tortura de la pérdida de su hijito durante el resto de su vida, Madama Butterfly se hace el harakiri y Suor Angélica ingiere un brebaje letal. Y antes que vivir atormentadas por el remordimiento, la desesperación, el desamor o la vergüenza, Abigaille (Nabucco), Lakmé, Magda (El cónsul) o Lucrecia (La violación de Lucrecia) prefieren quitarse de en medio con dignidad y, por qué no decirlo, con grandeza, porque renunciar a la vida para evitar la infelicidad engrandece al personaje. Se comprende que personajes operísticos de la talla de Julieta, Dido, Hermann, Fedora, Otelo o Brunilda prefieran morir con dignidad a sobrevivir en la amargura.

La soprano Karah Son como Cio-Cio San en Madama Butterfly, de Giacomo Puccini.
En las óperas más importantes en las que ocurre un suicidio, la proporción de mujeres casi duplica a la de hombres. Dado que la autolisis responde siempre a un estado psicológico de malestar crónico insoportable, se explica que los libretistas y compositores de óperas de todas las épocas, casi todos varones, hayan creado o adaptado muchos más personajes femeninos que masculinos desgraciados o desesperados.
Como veremos en los casos particulares, los métodos preferidos para el suicidio operístico son el veneno, el arma blanca y el fuego, seguidos por el ahogamiento, la precipitación y el ahorcamiento.
El «suicidador» de heroínas
A Giacomo Antonio Domenico Michele Secondo Maria Puccini (Lucca, 1858 – Bruselas, 1924) le pusieron tantos nombres como generaciones de músicos había regalado la familia al Duomo de su ciudad natal. Como su padre, su abuelo y su bisabuelo, el adolescente Giacomo estaba predestinado a tocar el órgano de la catedral, pero pronto dio síntomas de descarrío como aporrear el piano en tascucias y robar cañerías de plomo para comprar tabaco, hasta que el 11 de mayo de 1876 su vida se encauzó. Representaban la Aida de Verdi en Pisa y Puccini recorrió a pie los veinte kilómetros que lo separaban de la revelación de su destino: componer óperas. Tras la prometedora Le Villi y el fiasco de Edgar, el apoteósico estreno de Manon Lescaut lo entronizó como nuevo rey de la ópera italiana, es decir, de la Ópera, cuando contaba los 35 años que vivió Mozart.
Como la de su colega Chaikovski, la música de Puccini sigue debatiéndose entre el indiscutible éxito popular y el desdén esnob de presuntos intelectuales musicales que rebajan los «sensibleros» melodramas puccinianos por excitar conscientemente los instintos menos refinados del oyente. Pero ahí están La Bohème, Tosca y Madama Butterfly entre las diez óperas más representadas año tras año en todo el mundo, y ahí siguen generación tras generación millones de espectadores dispuestos a llorar una vez más con la muerte de Mimí, a romperse las manos tras otro Vissi d’arte, a embelesarse de nuevo con el Oh mio babbino caro o a enronquecer de tanto bravo al Nessun dorma, a sabiendas de que el mago de las emociones Puccini se la está jugando una vez más con sus viejos trucos.
Las heroínas puccinianas (Manon, Mimí, Cio-Cio San, Floria Tosca, Suor Angelica, Liú) son «mujercitas que solo saben amar y sufrir», casi siempre hasta la muerte y mayormente suicidándose. Solo tras el escándalo del suicidio real de la criada Doria Manfredi, injustamente acusada por Elvira5 —quien había dejado a su marido por Puccini— de mantener relaciones íntimas con el músico, el «poderoso cazador de aves silvestres, libretos operísticos y mujeres atractivas» compuso una ópera-western (La fanciulla del West) cuya protagonista Minnie no sólo no se mata sino que ni se muere.
Pero, pasado el mal trago, Puccini volvió a las andadas suicidando a la fiel esclava Liú tras dejarle cantar la bellísima aria Tu che di gel sei cinta («Tú, que estás rodeada de hielo») Sería su último suicidio porque el maestro, fumador empedernido, falleció sin acabar Turandot víctima de un cáncer de laringe.
Además del homicidio y el suicidio son menos frecuentes otras causas de muerte como las naturales (vejez, enfermedad), las catástrofes naturales, las emociones intensas, el «desfallecimiento» y las que calificamos de misteriosas o sobrenaturales (desaparición, condenación, ascenso al cielo, etc).
La agonía en la ópera
Aunque no todas, la gran mayoría de las muertes de personajes operísticos —hablamos de protagonistas principales— pertenecen a una de estas dos clases: fulminante o interminable.
Como es obvio, la muerte será más inmediata cuanto más violenta y cotundente lo sea el mecanismo que la produce: Ana Bolena, Jokanaán o Roberto Devereux, por ejemplo, no pueden permanecer vivos ni un instante tras su decapitación, lo que priva a estos personajes de la posibilidad de seguir cantando ni en pianissimo. Pero algunos personajes perecen nada más recibir su merecido, incluso con la cabeza en su sitio, casi sin decir ni palabra, como Melot tras caer fulminado por la espada de Kurwenal o Pelleas por la de su hermanastro Golaud. Otros tienen tiempo de lanzar algún alarido antes de expirar, como Clitemnestra a manos de su hijo Orestes, e incluso de articular alguna frase, como Atila cuando descubre que su asesina es su prometida, o varias, como el barón Scarpia después que Tosca le hinque el cuchillo de la cena en su pecho inflamado de lujuria. Y otros, en fin, han de seguir cantando todavía un buen rato —y con qué bríos— aunque estén desangrándose, como Werther y Tristán, éste último durante un largo tercer acto entero.
El «podio» de la muerte en el escenario
Resulta significativo que las tres óperas más representadas en todo el mundo finalicen con la muerte de sus protagonistas femeninas, dos de la misma enfermedad infecciosa (tuberculosis pulmonar) y la tercera asesinada por un amante despechado. Si existiera una competición por el número de veces que fallecen todos los años sobre los escenarios, el podio estaría ocupado del siguiente modo inalterable:
1º. Violeta (La traviata, de Verdi)
2º. Mimí (La bohème, de Puccini)
3º. Carmen (Carmen, de Bizet)
En los tres casos, el óbito de la protagonista se produce al final del último acto como clímax dramático sobre un acorde de toda la orquesta en modo menor tras el cual ya no cabe más acción que la bajada del telón. Parafraseando las últimas palabras de Tonio6 en Payasos, con la muerte de la protagonista, la tragedia è finita!
LA MUERTE LLAMA DOS VECES
Eurídice
En la mitología griega, la ninfa Eurídice es la esposa de Orfeo, el cantante hijo de Apolo que calmaba a los animales y sosegaba a los humanos con su lira. Huyendo de otro pretendiente, Eurídice pisa una serpiente venenosa cuya mordedura le produce la muerte. Hondamente apenado, Orfeo desciende al inframundo y con su emotivo canto logra que Hades devuelva a su amada a la vida, a condición de que camine delante de ella y no le dirija la mirada hasta que la luz del sol cubra su cuerpo. Pero el impaciente Orfeo no soporta la espera, se vuelve para mirar a su amada y ésta desaparece para siempre.

Escena de Orfeo y Eurídice, de Ch. W. Gluck.
Un final triste que el compositor Cristoph Willibald Gluck, con ayuda del libretista Raniero de Calzabigi —compañero de correrías, como da Ponte, del polifacético libertino Giacomo Casanova— se encargó de rectificar en su versión operística del mito. Otros compositores, como Jacopo Peri (Euridice, 1600), Giulio Caccini (L’Euridice, 1602) y Claudio Monteverdi (Orfeo, 1607) habían tratado el mito en los albores de un período barroco operístico que justamente se considera finiquitado por la versión de Gluck.
Orfeo y Eurídice fue una ópera revolucionaria con la que Gluck inició una profunda reforma del género al abandonar las viejas convenciones de la ópera seria (recitativo secco7, aria da capo8, etc.) y los excesos vocales de los divos y castrati barrocos, que enlentecían y encorsetaban la acción, a favor de un estilo más ágil y dotado de mayor fuerza dramática. También impuso la obertura y otorgó protagonismo al coro.
En la ópera de Gluck, cuando Eurídice muere por segunda vez debido a la impaciencia de Orfeo, éste decide suicidarse para reunirse con ella pero Cupido, deus ex machina9, les consigue una segunda oportunidad y Eurídice regresa por segunda vez del reino de los muertos para quedarse definitivamente en el de los vivos con su Orfeo. Una convención de la ópera seria, el lieto fine (final feliz) que, para satisfacción del público, Gluck no logró sacudirse. Esta Eurídice clásica es el único personaje de ópera que no sólo está muerta cuando se alza el telón y viva cuando cae sino que por el medio muere otra vez y resucita dos.
Pero hay una versión actualizada del personaje en la que muere de una vez por todas. Se trata de la ópera de cámara Las desgracias de Orfeo, de Darius Milhaud, estrenada en 1926, en la que intervienen Orfeo (barítono), Eurídice (soprano) y tres coros: de artesanos, de gitanos y de fieras. En el libreto, de Armand Lunel, Orfeo es un boticario que se enamora de la gitana Eurídice. Los amantes huyen al bosque, donde confraternizan con un oso, un lobo, un jabalí y un zorro, pero ante la impotencia del boticario Eurídice muere de una extraña enfermedad y Orfeo acaba asesinado por los gitanos.
Alcestes
Aunque Beethoven subtituló su ópera Fidelio «El amor conyugal», si hay otra que merece tal sobrenombre es la conmovedora historia de Alcestes y Admeto que de nuevo Calzabigi extrajo y modificó del Alcestis de Eurípides para elaborar el libreto de Alceste, de Cristoph Willibald Gluck. En esta obra, fundamental en la reforma del género operístico que emprendió el compositor, éste y su libretista repiten el tema del rescate de la muerte a las puertas del inframundo, ya tratado en su anterior colaboración, Orfeo y Eurídice.
Como prólogo a su obra, Gluck escribió:
Me he esforzado por restringir la música a su verdadero oficio de servir a la poesía por medio de la expresión y siguiendo las situaciones de la historia, sin interrumpir la acción ni ahogarla con una inútil superfluidad de adornos... No quería arrestar a un actor en el mayor calor del diálogo para esperar a un ritornello (repetición) tedioso, ni retenerlo en medio de una palabra en una vocal favorable a su voz.... He buscado abolir todos los abusos contra los que el sentido común y la razón han gritado en vano...
Una primera versión de Alceste se estrenó en Viena cantada en italiano, pero años más tarde Gluck presentó la definitiva en París cantada en francés. En la versión italiana el deus ex machina que acaba librando de la muerte a los protagonistas es Apolo, pero en la francesa lo consigue un amigo de la familia tan influyente como Hércules.
Admeto, rey de Tesalia, está gravemente enfermo, y el oráculo vaticina que morirá salvo que alguien lo haga por él. Nadie está por la labor y será su amada esposa Alcestes quien ofrezca su vida («Morir por lo que amamos es un esfuerzo demasiado suave»). Los dioses del infierno (las «Divinités du Styx» de la célebre aria) aceptan el trato y Alcestes se dispone a ingresar en él pero Admeto, súbitamente recuperado, se entera y corre a impedirlo. A las puertas del reino de la Muerte, los esposos pugnan por sacrificarse el uno por el otro hasta que Hércules les monta una bronca a los dioses infernales y logra que Apolo los devuelva a los dos a una vida de felicidad… hasta que algún día, ya sin remedio posible, la muerte los separe para siempre.
ÓPERAS SIN MUERTE
Naturalmente, no todas las óperas acaban con la muerte de algún personaje, aunque constituyen la minoría del repertorio (un 30% de las top 100).
En la temporada 2018/19 sólo en cinco de las veinte más representadas no hay muertes:
– La flauta mágica (Mozart)
– El barbero de Sevilla (Rossini)
– Las bodas de Fígaro (Mozart)
– Cosí fan tutte (Mozart)
– El elixir de amor (Donizetti)
Otros grandes títulos de óperas de todos los tiempos en las que no fallece nadie son:
– Armida, de Jean-Baptiste Lully
– Rinaldo, de Georg Friedrich Händel
– La serva padrona, de Giovanni Battista Pergolesi
– Fidelio, de Ludwig van Beethoven
– La vestal, de Gasparo Spontini
– La italiana en Argel y La cenicienta, de Gioacchino Rossini
– Los puritanos, de Vincenzo Bellini
– Don Pasquale y La hija del regimiento de Gaetano Donizetti
– Falstaff, de Giuseppe Verdi.
– Mignon, de Ambroise Thomas
– La novia vendida, de Bedrich Smetana
– Los maestros cantores de Núremberg, de Richard Wagner
– El príncipe Igor, de Alexander Borodin
– Sadko, de Nicolai Rimski-Korsakov
– Iolanta, de Piotr Ilich Chaikovski
– La chica del Oeste, de Giacomo Puccini
– Las excursiones del señor Broucek, de Leos Janacek
– El caballero de la rosa, Ariadna en Naxos y La mujer sin sombra, de Richard Strauss
– Palestrina, de Hans Pfitzner
– El amor de las tres naranjas, de Sergéi Prokofiev
– Matías el pintor, de Paul Hindemith
– El sueño de una noche de verano, de Benjamin Britten
– La nariz, de Dimitri Shostakovich
La mitad de estás óperas son cómicas (bufas) o comedias, lo que significa que hay pocas grandes óperas serias en el repertorio que finalicen sin personajes fallecidos, es decir, que escasean los dramas sin muerte, como si ésta fuese un desenlace difícilmente evitable
La Muerte como personaje
Existe una ópera sin muerte cuya protagonista, paradójicamente, es la mismísima Muerte. Formando parte de su campaña contra el «arte degenerado», el diabólico régimen nazi calificó de «música degenerada» (Entartete Musik) a la que compusieron músicos que fueron perseguidos por su origen judío o sus simpatías por el marxismo, o por las nuevas corrientes musicales como el jazz.
Algunos, como Erich W. Korngold (La ciudad muerta), Arnold Schönberg (Moisés y Aarón), Berthold Goldschmidt (El cornudo formidable) o Ernst Krenek (Jonny empieza a tocar) salvaron la vida escapando de Alemania. Walter Braunfels (Los pájaros) fue prohibido pero conservó la vida; Franz Schreker (Los estigmatizados) murió antes de que lo mataran pero Hans Krása y Viktor Ullmann, no tuvieron esa suerte. Ambos fueron internados primero en el campo de concentración de Theresienstadt (hoy Terezín, en la República Checa), donde compusieron sendas óperas. Krása logró estrenar en aquel lugar su ópera para niños Brundibár, pero a Ullmann le prohibieron representar El emperador de la Atlántida porque olía a caricatura del mismísimo Hitler. Ambos morirían en el campo de exterminio de Auschwitz en octubre de 1944, con un día de diferencia.
En El emperador de la Atlántida, subtitulada «La abdicación de la Muerte», el personaje principal es la Muerte, que se declara en huelga cuando el Emperador Overall («Por encima de todo») ordena una guerra en la que todos deben matarse hasta no quedar supervivientes. Ofendida por lo que considera una usurpación de competencias, la Muerte —papel encomendado, cómo no, a un bajo— deja de «arrancar las hierbas marchitas» y el resultado de su huelga de brazos caídos es que los soldados no mueren ni siquiera después de ahorcarlos o fusilarlos. Incluso surge una tierna historia de amor entre un soldado y una doncella enemigos. Pero los sufrientes no encuentran el consuelo liberador de la defunción y el Emperador acaba claudicando ofreciéndose a la Muerte como su primera víctima si empuña de nuevo la guadaña para que «salve a millones de la agonía de la vida». ¿Hubiese compuesto Ullmann una obra parecida fuera de un campo de exterminio nazi?
El emperador de la Atlántida se estrenó en Ámsterdam en 1975.
La muerte burlada
En algunas de estas óperas, sin embargo, la amenaza de muerte se cierne sobre algunos personajes que finalmente se libran de ella gracias al triunfo final de Eros sobre Tánatos.
Este final feliz es característico de las óperas barrocas y clásicas, ya que en el galante siglo XVIII y hasta el advenimiento del Romanticismo en el XIX la muerte como desenlace trágico no estaba bien vista, aunque hubiese merodeado por el escenario. Así sucede en títulos como Tamerlán, Agripina y Radamisto de Händel, en Alcestes e Ifigenia en Áulida de Gluck, Castor y Pólux de Rameau, Idomeneo y La clemencia de Tito de Mozart, Orlando Paladino de Haydn, Fidelio de Beethoven y La vestal de Spontini. Detengámonos en algunos casos.
Radamisto
El rey de Armenia Tirídates, casado con Polixena, pretende a Zenobia, esposa de Radamisto, rey de Tracia y hermano de Polixena. El cuadrilátero se complica con Tigranes, general de Tirídates que desea a Polixena. Para conseguir a Zenobia, Tirídates ataca a Tracia, captura a Radamisto y a su padre Farasmane y los condena a muerte, pero Tigranes desobedece la orden. Zenobia se arroja al río y Radamisto cree que ha muerto, pero Tigranes la rescata. Más tarde, Polixena se interpone entre su marido y su hermano para evitar que se maten y Radamisto propaga la falsa noticia de su fallecimiento. Después de tanta amenaza de muerte sobre el escenario durante las tres horas que dura la representación, resulta que al final no perece nadie y los matrimonios de los reyes de Tracia y Armenia acaban arreglándose felizmente.
Agripina
Pocas óperas pueden presumir de libreto escrito por un cardenal que fue embajador del Papa ante el Sacro Imperio y virrey de Nápoles. Tal fue el caso de Agrippina, con música de Georg Friedrich Händel y un texto de Vincenzo Grimani, repleto de falsedades históricas que, al parecer, reflejaba las maquinaciones del propio príncipe de la Iglesia y de su jefe, el papa Clemente XI. Sin embargo, el libreto, «repleto de intriga, cinismo y humor negro» está considerado como el mejor de cuantos Haendel musicó.
Agripina es la esposa del emperador Claudio y madre de Nerón, fruto de un matrimonio anterior. Se difunde la falsa noticia de que Claudio se ha ahogado en el mar y Agripina se apresura a coronar a su hijo, pero resulta que el emperador fue salvado por el militar Otón, a quien en agradecimiento Claudio nombra sucesor. Para más lío, tanto Otón como Claudio aman a la misma mujer, Popea. Agripina se las apaña para que Popea rechace a Otón despertando a la vez los celos de Claudio, que acaba nombrando sucesor a Nerón. Al final Otón renuncia por amor a Popea y Claudio bendice a la pareja.
Pero la historia real no fue tan amable: Nerón ordenó asesinar a su madre —la cual envenenó a su esposo Claudio con un plato de setas— porque se oponía a su unión con Popea, que era la esposa de Otón. Nerón acabó suicidándose con la ayuda de su asistente Epafrodito, el cual, por no haber impedido el suicidio, sería ejecutado por orden del emperador Domiciano, que fue asesinado en un complot palaciego… Demasiada muerte real silenciada en la ficción de esta ópera.
La clemencia de Tito
Buena muestra de la ingente cantidad de óperas olvidadas que existen son las ¡cuarenta y cuatro! compuestas con el título de La clemencia de Tito en menos de un siglo (1734-1832) por músicos como Niccolò Jommelli, autor de unas sesenta óperas tan olvidadas como el propio compositor. Pero se dice que de la cantidad sale la calidad y para corroborarlo está la versión de Wolfgang Amadeus Mozart del dramma per musica de Pietro Metastasio que posiblemente haya inspirado más libretos en la historia de la ópera.
El lío argumental de esta opera seria mozartiana es muy enrevesado. A pesar de que el emperador Tito Vespasiano depuso a su antecesor Vitelio, la hija de éste (Vitelia) está enamorada de él. Pero resulta que Tito pretende a Servilia, hermana de su amigo Sexto, la cual mantiene una relación con Annio, amigo también de Sexto, el cual, para complicar más las cosas, está colado por Vitelia. Loca de celos, Vitelia insta a Sexto a asesinar al emperador, al que dan por muerto cuando arde el Capitolio. El Senado condena a Sexto a morir devorado por las fieras y Vitelia sucumbe a los remordimientos confesando su participación en la conjura, pero en un gesto tan magnánimo como inverosímil, el emperador supera su consternación y los perdona a todos.
Fidelio
Los llamados «compositores de una sola ópera» en realidad crearon más de una e incluso muchas en algunos casos, pero actualmente solo se les recuerda por el único título que ha logrado mantenerse en el repertorio. Son los casos de Leoncavallo (Payasos), Mascagni (Cavalleria rusticana), Flotow (Martha), Thomas (Mignon), Humperdinck (Hansel y Gretel), Charpentier (Louise), Ponchielli (La Gioconda) o Weber (El cazador furtivo). Pero, en el caso de Beethoven, el calificativo es exacto, pues en verdad solo compuso una ópera, Fidelio o el amor conyugal (que siempre ansió, pero nunca pudo disfrutar).
Beethoven, que nunca mantuvo una relación estable con una mujer a pesar de haberla perseguido toda su vida, compuso su ópera imbuido de los ideales de justicia y libertad frente a la tiranía, tan afines a su personalidad. Florestán es lo que hoy llamaríamos un preso político, víctima del rencor de un vengativo gobernante despótico que planea matarlo en la tenebrosa mazmorra de la prisión sevillana donde languidece. Pero su valerosa mujer, Leonora, se disfraza de hombre y con el nombre de Fidelio (fiel) se las apaña para entrar al servicio del penal, ganarse la confianza del carcelero —y el amor equívoco de su hija— y liberar a Florestán amenazando con una pistola al malvado Pizarro cuando se dispone a ejecutarlo. Es la hermosa historia de un condenado a muerte y liberado por la fuerza del amor de una esposa capaz de todo. La debilidad argumental reside en lo inverosímil que resulta no solo que una mujer se haga pasar por hombre en estrecha convivencia con una familia, sino que Marcelina, la hija del carcelero Rocco, se enamore de él/ella. Menuda cara se le pone cuando se descubre el pastel. ¿Seguirá insistiendo Jaquino en cortejarla después del chasco? Hay óperas en las que nos gustaría saber qué fue de los personajes tras la caída del telón. Pero si a Beethoven le costó Dios y ayuda crear su ópera, para rato iba a embarcarse en un Fidelio 2.
La Vestal
De las veintitantas óperas que compuso Gaspare Spontini sólo queda el recuerdo de La Vestale y ello gracias a que fue «resucitada» por Maria Callas en la inauguración de la temporada de la Scala de Milán en 1954.
La ópera cuenta la historia de Julia, enamorada del general romano Licinio, quien a su triunfal regreso de una campaña se la encuentra convertida en una sacerdotisa sometida al voto de castidad. Licinio no se resigna y entra en el templo dispuesto a raptar a Julia, la cual se resiste, pero no impide que se apague el fuego sagrado y la vestal, que se niega a denunciar al intruso, es condenada a ser enterrada viva. La confesión de Licinio no la salva, pero en cambio un rayo prende el velo de Julia depositado sobre el altar, con lo que la llama sagrada se reaviva, prueba de que la diosa Vesta la ha perdonado, y la feliz pareja puede unirse en matrimonio.
El final feliz sin muerte de protagonista gracias al recurso del deus ex machina no es exclusivo de la ópera barroca o clásica. Como veremos a continuación, en pleno siglo XX, Giacomo Puccini estrenó su única ópera —si exceptuamos la semi-opereta La rondine— en la que no muere nadie aunque el protagonista está a punto de ser linchado (no obstante hay que decir que Puccini hizo tres versiones de esta «prima pobre» de sus óperas y en una de ellas Magda se suicida, aunque no se representa nunca).
La chica del Oeste
El filme mudo The Great Train Robbery, de Edwin S. Porter (1903), está considerado como la primera «película del oeste» de la historia del cine. En diez minutos, sus doce planos fijos narran el asalto a un tren por una banda de facinerosos que acaban muertos a tiros por sus perseguidores mientras se reparten el botín. Sin embargo, el primer wéstern como es debido, con su cantina —y su cantinera—, sus buscadores de oro, su sheriff, su partida de póker con trampa y consiguiente pelea incluidas, su bandido, sus indios y su horca de linchar, no fue un filme sino una ópera, La fanciulla del West de Puccini. Estrenada en el Metropolitan Opera de Nueva York en 1910 bajo la batuta de Arturo Toscanini y con Enrico Caruso en el papel de Dick Johnson, alias Ramerrez, tuvo mejor acogida en Estados Unidos que en Europa.

Escena de La fanciulla del West, de Giacomo Puccini.
Minnie, «la chica del Oeste», regenta el bar «La Polka» donde los afectados por la fiebre del oro californiano se reponen bebiendo y jugando. Todos quieren a su Minnie pero sobre todo el sheriff Jack Rance, quien anda tras el bandido Ramerrez (pronunciado en inglés suena parecido a «Ramírez»), identificado por la orquesta con un leit motiv de aroma español. Éste se presenta con el seudónimo de Dick Johnson y el antiguo conocimiento que existía entre él y Minnie se convierte en mutuo amor, para rabia del sheriff. Aunque se descubre que Johnson es Ramerrez, Minnie lo acoge en su cabaña cuando lo hieren de un disparo. Rance lo descubre y exige su entrega, pero ella le propone jugárselo al póker: si ella gana, Johnson se queda. Minnie gana con trampas pero al final Ramerrez es apresado y conducido al patíbulo. Con la soga ya al cuello acepta su destino y suplica a los mineros que no se lo cuenten a Minnie para «que ella me crea libre». Como en las películas, justo antes de la ejecución aparece deus ex machina Minnie empuñando un pistolón, dispuesta a impedir el linchamiento. Los mineros aprecian tanto a su chica de la cantina que no son capaces de amargarle la vida matando al hombre al que ama, y lo perdonan aunque ello signifique perderla, porque Minnie y Ramerrez/Johnson se van de California en pos de una nueva vida.
(Dick Johnson no es el único personaje que salva el pellejo cuando ya está con la soga al cuello: el ladrón Macheath, alias Mackie el Navaja, goza de la misma buena suerte cuando le llega el indulto en el último momento de La ópera de los tres peniques, con música de Kurt Weill y letra de Bertolt Brecht.)
PAREJAS DE AMANTES QUE MUEREN
Antes de adentrarnos en los casos particulares, finalizaremos esta visión general de la muerte en la ópera mencionando varios ejemplos de célebres parejas de enamorados —lícita o ilícitamente— en los que perecen ambos, y cómo:
– Norma y Polión (Norma), inmolándose en la hoguera.
– Romeo y Julieta, envenenándose él y apuñalándose ella.
– Toni y Elisabeth (Elegía para jóvenes amantes), sepultados por un alud.
– Wally y Hagenbach (La Wally), arrojándose ella al vacío cuando él muere sepultado por otra avalancha de nieve.
– Pelleas y Melisenda, él asesinado por su hermanastro y ella de parto.
– Chenier y Magdalena (Andrea Chénier), guillotinados.
– Tosca y Cavaradossi, él fusilado y ella precipitándose.
– Aida y Radamés, enterrados vivos (ella voluntariamente).
– Sigfrido y Brunilda (El ocaso de los dioses): el héroe asesinado y la valquiria inmolándose en la hoguera.
– Nedda y Silvio (Payasos), asesinados por el marido de ella.
– Paolo y Francesca (Francesca de Rímini), asesinados por el hermano de aquél y marido de ésta.
– Tristán e Isolda, él por herida de arma blanca y ella de amor.

Peter Seiffert (Tristán) y Anja Kampe (Isolda) en el acto primero de Tristán e Isolda, de Richard Wagner.
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3 Base de datos en red que ofrece información sobre la actividad de todos los géneros musicales escénicos en el mundo por países, ciudades, teatros, títulos y compositores.
4 La «ópera seria» no es la contraposición de la cómica sino un estilo que se desarrolló en el siglo XVIII a partir del dramma per musica de la ópera barroca.
5 El informe de la autopsia declaró virgen a la muchacha y Elvira eludió la cárcel indemnizando a la familia.
6 En el libreto es Canio quien pronuncia La comedia é finita!, aunque generalmente es Tonio quien lo hace en las representaciones, reforzando así la importancia del personaje.
7 «Recitado monologado dentro de la ópera en la que el intérprete ejecuta una monodia con pocas inflexiones y con un escueto acompañamiento instrumental»
8 (Da capo: desde el principio). Aria estructurada en tres secciones; la segunda en un tiempo más lento y la tercera es una repetición de la primera.
9 Con esta expresión latina (que significa «dios desde la máquina») se denominaba al recurso de introducir inesperadamente en el escenario con ayuda de una polea a una deidad que proporcionaba un giro inesperado a la trama.
IV. PERSONAJES OPERÍSTICOS QUE MUEREN

MUERTE POR ARMA BLANCA
SIGFRIDO (a Mime)
¡Y tú, charlatán repugnante,
prueba mi espada!
(con un rápido golpe lo mata)
(Acto II de Sigfrido, de R. Wagner)
| Personaje | Ópera | Muerte |
| Atila | Atila | Homicidio |
| Casandra | Los Troyanos | Suicidio colectivo |
| Cio-Cio San | Madama Butterfly | Suicidio |
| Condesa Geschwitz | Lulú | Asesinato |
| Dálibor | Dálibor | Suicidio |
| Dido | Los Troyanos | Suicidio |
| Duncan | Macbeth | Asesinato |
| Edgardo | Lucía de Lammermoor | Suicidio |
| El Pintor | Lulú | Suicidio |
| Ernani | Ernani | Suicidio |
| Esposa | La vida con un idiota | Asesinato |
| Gessler | Guillermo Tell | Homicidio |
| Gioconda | La Gioconda | Suicidio |
| Julieta | Romeo y Julieta | Suicidio |
| Liú | Turandot | Suicidio |
| Lucrecia | La violación de Lucrecia | Suicidio |
| Lulú | Lulú | Asesinato |
| Mime | Sigfrido | Homicidio |
| Mitrídates | Mitrídates rey de Ponto | Suicidio |
| Otelo | Otelo | Suicidio |
| Saúl | Saúl y David | Suicidio |
| Siegmund | La Valquiria | Lucha |
| Sigfrido | Sigfrido | Asesinato |
| Telramund | Lohengrin | Lucha |
| Tristán | Tristán e Isolda | Lucha |
| Zurga | Los pescadores de perlas | Asesinato |
La modalidad de homicidio o suicidio más socorrida en un escenario es con un arma blanca. Las reducidas dimensiones de un puñal o una daga permiten tenerlo a mano sin que se vea o esconderlo inadvertido entre el ropaje. En ocasiones el arma es incluso un utensilio tan cotidiano y accesible como el cuchillo de mesa con el que Tosca mata a Scarpia.
En los tratados clásicos de Medicina Forense se describe el arma blanca como cualquier instrumento mecánico que manejado manualmente sea capaz de causar lesiones perforando, cortando, dislacerando o contundiendo por medio de un filo, una punta o ambos la vez. Si el instrumento fue diseñado con tal fin, como un puñal o un cuchillo, se denomina típico, y atípico en caso contrario, como las tijeras con las que Yo decapita a su Esposa en La vida con un idiota o la navaja de afeitar con la que el Pintor se degüella por Lulú. Si el arma blanca se construyó para utilizarla en el combate cuerpo a cuerpo (una espada, por ejemplo) se califica de convencional, y si fue con otros fines (cortar viandas o podar, por ejemplo), no convencional.
El origen del calificativo «blanca» parece residir en la brillantez de las hojas metálicas, realzada por el cromado que se aplicaba antiguamente y que las hacía brillar a la luz de la luna, la preferida por los asesinos. Atendiendo a las características de las heridas que ocasionan, se distinguen varias clases de armas blancas:
• Cortantes: logran su objetivo a través de una afilada hoja triangular que produce un tajo en la parte del cuerpo donde se aplica. Es el caso de la mencionada navaja de afeitar con la que se suicida el segundo marido de Lulú.
• Punzantes o perforantes: su elemento lesivo principal es la afilada punta que produce heridas pequeñas aunque potencialmente profundas, como la de la lanza que Hagen clava en la espalda de Sigfrido o la de la famosa segunda flecha con la que Guillermo Tell acaba con el tirano Gessler.
• Corto-punzantes: mezcla de ambos mecanismos de acción, son las más utilizadas en homicidios y, en el caso de la ópera, más frecuentemente en suicidios como las dagas o espadas de Dido, Otelo o Saúl.
• Inciso-contusas: son las producidas por el filo de un arma pesada que actúa de arriba abajo, típicas de decapitaciones, por medio de sable (Jokanaán en Salomé), hacha (María Estuardo) o guillotina (Andrea Chénier).
La gravedad clínica de una herida por arma blanca depende de varios factores, sobre todo la parte del cuerpo afectada, el tipo de arma y la extensión y profundidad del corte. Una perforación que interese al corazón o los grandes vasos torácicos o cervicales puede ocasionar la muerte en segundos —con alguna excepción, como pronto veremos—, mientras que las heridas en al abdomen o las extremidades en general ofrecen mejor pronóstico, sobre todo si se actúa con rapidez para detener la hemorragia, reponer la sangre perdida y reparar quirúrgicamente los tejidos desgarrados.
A continuación, se comentan 26 casos de muerte por arma blanca en la ópera, de los cuales 14 son suicidios, 6 asesinatos, 3 caídos luchando y 3 homicidios justicieros o en defensa propia.
Personajes suicidados con arma blanca
Casandra y mujeres troyanas (Los Troyanos)
En la mitología griega, Casandra era hija de los reyes de Troya, Príamo y Hécuba. Fue consagrada al dios Apolo, quien le otorgó el don de la profecía a cambio de favores sexuales, pero cuando ella se negó a satisfacerlos el dios la condenó a sufrir la incredulidad de los demás ante sus visiones. El terrible castigo se ejecuta cuando Casandra advierte a los troyanos del peligro que encierra el célebre caballo, aparentemente abandonado por los griegos ante las murallas de la ciudad en su retirada, pero nadie la cree y la tragedia de Troya se consuma.
Berlioz, bautizado Héctor en honor al héroe troyano, heredó de su padre la fascinación por la Eneida de Virgilio, sobre la cual compuso su monumental Les Troyens en formato grand opéra. El primer acto finaliza con la suicida introducción triunfal del caballo en la ciudad. En el segundo, las mujeres troyanas ruegan protección a la diosa Cibeles en el templo mientras la ciudad es pasto de la destrucción. Casandra las anima a quitarse la vida antes de caer en manos de los griegos. Una parte del grupo se resiste a morir, pero la otra lo prefiere a la deshonra y cuando los griegos entran a saquear el templo asisten horrorizados a un espantoso suicidio colectivo. La primera en matarse es ella:
(a los soldados griegos)
Despreciamos vuestra cobarde amenaza,
¡monstruos ebrios de sangre, inmundos y rapaces!
¿Nunca apagaréis, canallas, vuestra sed de oro?
(Se apuñala y tiende el puñal a Polixena.)
¡Toma! ¡El dolor no es nada!
(Polixena se apuñala a su vez. Casandra apenas
se sostiene durante el resto de escena.)
y sus seguidoras se matan como pueden: «Algunas se lanzan al vacío por la balconada, otras se ahorcan y otras se apuñalan», indica la tremenda acotación de Berlioz, autor también del libreto. Una auténtica masacre por suicidio colectivo con arma blanca.
Cio-cio San (Madama Butterfly)
El sepukku, más conocido como harakiri («tajo en el vientre») es el suicidio ritual japonés por desentrañamiento, atroz modo de morir que también aplicaba a sus víctimas Jack el Destripador. Los japoneses lo ejecutaban como reparación voluntaria de una deshonra o como cumplimiento de una condena. Para ello se arrodillaban y, previos lingotazos de sake para darse ánimos, se hundían en el abdomen el tantō, un cuchillo envuelto en papel de arroz, practicándose un corte en forma de “T” invertida que desde el flanco izquierdo llega al derecho, luego retrocede hasta la zona umbilical y finalmente asciende hasta la punta del esternón. Salvo que el corte alcance la aorta u otro gran vaso sanguíneo, el resultado es una desagradable evisceración segida de una terrible agonía que podía durar días. Para humanizar la barbarie, el oficiante podía contar con la colaboración de un asistente (kaishaku) que a una señal suya lo decapitaba en un santiamén.
Si se trataba de un varón, el seppuku era una ceremonia casi religiosa que demostraba sus elevados niveles de valor y dignidad. Lo de las mujeres que se clavaban el cuchillo, en cambio, era simplemente un suicidio (jigai), desprovisto del aura noble que envolvía al sacrificio masculino. Además, no podían clavarse el tantō en el abdomen, como los varones, sino un cuchillo más pequeño y fino (kaiken) con el que se degollaban seccionándose la carótida.
La geisha Cio-cio San, alias Madama Butterfly, sufre la deshonra de ser abandonada embarazada por un oficial americano con el que cree haberse casado, el cual al cabo de unos años regresa con su «verdadera esposa americana» para hacerse cargo del niño.
Resignada a entregarlo, Madama Butterfly pone en las manos de su hijito un muñeco y una banderita yanqui, luego le venda los ojos y tras cantar su conmovedora despedida del pequeño («¡Adiós, amor!, ¡Adiós, pequeño amor!») se rebana el cuello detrás de un biombo, así que no sabemos si utiliza un kaiken o, más probablemente, el tantō que ya había utilizado su padre por orden del Mikado y que, como sabemos desde el primer acto, guardaba con celo, por si acaso. En el estuche lacado que lo contenía figuraba una inscripción: «Con honor muere quien no puede conservar la vida con honor».
Dálibor (Dálibor)
Hubo dos coincidencias en la vida y obra del renano Ludwig van Beethoven y el bohemio Bedrich Smetana. La primera, que ambos sufrieron el peor padecimiento físico que puede cebarse en un compositor, la sordera. La segunda se refiere a sus respectivas óperas Fidelio y Dálibor.
Como hemos visto, Beethoven sólo compuso una ópera, cuyo proceso creativo y cuya puesta en escena le acarrearon más quebraderos de cabeza que ninguna otra de sus obras: «Te aseguro, querido Treitschke, que esta ópera me conseguirá la corona del martirio», escribió el titán a uno de sus libretistas. Fueron necesarias varias revisiones y versiones para las que compuso nada menos que cuatro oberturas conocidas como Leonora 1, 2, 3 y 4. En el capítulo de las óperas sin muerte comentamos que esta valerosa mujer se introduce en el penal donde su esposo, un preso político, languidece en una oscura mazmorra aguardando la muerte, y consigue liberarlo.
De las ocho óperas que compuso Smetana sólo una cómica, La novia vendida, goza de reconocimiento internacional. Cuando estrenó Dálibor, el autor de la colección de poemas sinfónicos Ma vlást (Mi patria) fue acusado de wagnerianismo, a lo que replicó que él era «smetanista».
Praga, finales del siglo XV. El rey Ladislao II condena al guerrero Dálibor a cadena perpetua por haber vengado la cruel muerte de un amigo del alma matando al Burgrave de Ploškovice, cuya hermana Milada, conmovida por la aceptación de su suerte, se apiada de Dálibor y planea su liberación entrando al servicio del carcelero. Ambos acaban enamorándose y cuando Dálibor es condenado a muerte, sus partidarios asaltan la prisión. En la lucha Milada cae herida y muere. Deseoso de reunirse de nuevo con ella y con su amigo del alma en el más allá, Dálibor exclama «¡Qué dulce será mi fin!» y se abalanza desarmado sobre Budivoj, el capitán de la guardia, para que lo atraviese con su espada y así reunirse con Milada. Un suicidio disfrazado de combate cuerpo a cuerpo.
Smetana falleció a los 60 años en un manicomio, posiblemente víctima de neurosífilis. La tarde de su entierro el Teatro Nacional de Praga había programado de antemano una ópera suya que no se suspendió, aunque el escenario se cubrió de negro por completo. La obra representada fue, por supuesto, La novia vendida.
Dido (Los Troyanos)
Los dos amores literarios de Héctor Berlioz fueron Publio Virgilio Marón y William Shakespeare. Frutos de la admiración por el inglés son la sinfonía dramática Romeo y Julieta y la ópera Beatriz y Benedicto, basada en Mucho ruido y pocas nueces. Y a su devoción por el romano debemos su gran ópera Los Troyanos, basada en su epopeya Eneida. Deseoso de atribuir un origen divino a Roma, su primer emperador, Augusto, encargó a Virgilio un poema propagandístico que narrara la posverdad de la fundación de Roma por los supervivientes de Troya, destruida por los griegos al introducir un caballo repleto de guerreros a pesar de las advertencias de la vidente Casandra. Estos, a través de su líder Eneas, reciben de Júpiter la misión de fundar una nueva Troya en la península itálica. En la travesía por el Mediterráneo, una tormenta les obliga a atracar en Cartago, cuya reina viuda Dido les acoge con generosidad. El flechazo entre Dido y Eneas —también viudo— es inevitable y el héroe troyano se convierte en rey consorte de los cartagineses. Pero Júpiter le recuerda a Eneas su misión y éste acaba partiendo hacia la futura Roma. Dido maldice a los romanos y se inmola.
Berlioz nunca pudo ver representada completa su opus magnum operístico. Sus compatriotas la consideraron irrepresentable y demasiado larga y la trocearon en dos partes: La toma de Troya y Los troyanos en Cartago, que tampoco se daban completas. Hubo que esperar al centenario de su muerte (1969) para la primera representación completa de la obra, que no tuvo lugar en Francia sino en el Covent Garden de Londres.
La primera parte (actos I y II) finaliza con un suicidio colectivo del que ya nos hemos ocupado en otro capítulo y la segunda (actos III al V) con la inmolación de Dido. Despechada por la marcha de su amado héroe, ordena preparar una enorme pira coronada por su lecho junto al que colocan un busto y las armas de Eneas. Antes de prenderle fuego, Dido toma la espada y se hiere mortalmente. Sus últimas palabras son para anunciar al futuro enemigo eterno de Roma, el héroe cartaginés Aníbal.
Edgardo (Lucía de Lammermoor)
El 7 de septiembre de 1896 un jardinero alemán de 22 años recibió una cuchillada en el pecho que le produjo una herida en el miocardio. Lo trasladaron a un hospital de Frankfurt, donde tras aplicarle hielo lo desahuciaron. Pero dos días después el moribundo continuaba vivo y cuando el doctor Ludwig Rehn regresó de un viaje y se lo encontró, decidió intentar lo que entonces se consideraba impensable: suturar una herida del corazón. Tras abrir el tórax a través del cuarto espacio intercostal izquierdo y drenar un gran hematoma almacenado en la cavidad pleural, encontró la herida en el ventrículo derecho, que suturó con tres puntos de seda. Había nacido la cirugía cardíaca. El jardinero sobrevivió.
«Un libreto de ópera es bueno si carece de sentido», dicen que dijo el mismo Bellini que le hizo el siguiente encargo a su libretista, Felice Romani: «Dadme buenos versos y os daré buena música». De acuerdo con la primera afirmación, libretos tan absurdos como el de El trovador de Verdi o Lucía de Lammermoor de Donizetti, ambos de Salvatore Cammarano, son buenísimos. El trabajo de estos libretistas consistía en tomar un asunto histórico o literario y convertirlo en una sucesión de lugares comunes estereotipados, en los que personajes tan de cartón piedra como los decorados lucían sus habilidades vocales, sostenidas por bellas melodías, aunque sin relación con el estado psicológico de los protagonistas.
Un buen ejemplo es el celebérrimo sexteto de Lucía de Lammermoor que comienza con las palabras «Chi mi frena in tal momento». Un bellísimo concertante en el que el chico (Edgardo), la chica (Lucía), el hermano de ésta y enemigo de aquél (Enrico), el novio oficial de ella (Arturo), el capellán del castillo (Raimondo) y la dama de compañía de Lucía (Alisa) manifiestan sentimientos tan diferentes como amor, odio, furia o compasión pero entrelazados por la misma sublime armonía.
El embrollo acaba resolviéndose con la muerte de la mitad del sexteto: en un rapto de locura, Lucía mata a Arturo la noche de su boda y a continuación ella también fallece, no se sabe bien de qué, y finalmente Edgardo, siguiendo una acotación insólita en un libreto, se clava un puñal «en el corazón». Sin conocimientos anatómicos no es fácil acertarle al músculo cardíaco. Hay que palparse el hemitórax izquierdo, contar los espacios entre las costillas empezando por arriba y hundir la hoja en el cuarto. En este caso, sí resulta verosímil que, aun atinándole al ventrículo izquierdo, Edgardo sea capaz de cantar su última intervención, ya que incluso con el corazón herido —por arma blanca, además de por la muerte de su amada— se puede permanecer hemodinámicamente estable horas e incluso, como aquel jardinero con suerte, días enteros.
Ernani (Ernani)
Además de uno de los escritores en lengua francesa más notables del siglo XIX, Victor Hugo (1802-1885) fue también el padre literario de un centenar de óperas, aunque en la actualidad apenas tres siguen en cartel: Lucrezia Borgia (de Donizetti), Ernani y Rigoletto (ambas de Verdi).
Ernani es un ejemplo de éxito teatral adaptado como libreto de una ópera. Francesco Maria Piave tomó el drama romántico Hernani, le quitó la H de Hugo —lo que no bastó para contener el enfado del dramaturgo por la adaptación— y lo convirtió en Ernani, un dramón en cuatro actos al que un joven Verdi demostró su extraordinaria calidad dotándolo de una música arrolladora que llevó a la consumación el bel canto de sus ilustres predecesores Rossini, Bellini y Donizetti.
Los reyes españoles Carlos I y su hijo Felipe II han ocupado en sendas óperas verdianas el vértice «B» de nuestro triángulo operístico TBS: Ernani y Don Carlo. En la primera, los otros dos son el rival del poderoso Carlos, un noble proscrito (Ernani) y Elvira, sobrina del noble Rui Gómez de Silva, que también la pretende convirtiendo el triángulo en cuadrado. En la segunda, el triángulo lo completan la esposa del emperador, Isabel, y su hijo Carlos, enamorado de su madrastra.
La trama de esta ópera no puede ser más enrevesada y su absurdo desenlace da sentido al subtítulo de la obra: El honor castellano. Cuando Silva le perdona la vida a Ernani éste la pone en sus manos entregándole un cuerno —de tocar, se entiende— con la promesa de matarse si el conde lo hiciera sonar tres veces. Una vez proclamado emperador, Carlos se muestra magnánimo y no solo perdona también a Ernani sino que bendice su unión con Elvira. En plena ceremonia nupcial, el resentido Silva sale al jardín y hace sonar por tres veces el cuerno. Y Ernani, en lugar de hacer oídos sordos, cumple su palabra literalmente a rajatabla, sacando un puñal y clavándoselo en el pecho. Antes de la boda, Silva había ofrecido a Ernani el puñal y un veneno para que escogiera cómo suicidarse. La duda ofende: un verdadero caballero castellano nunca salvaguardaría su honor sumiéndose a solas en el plácido sueño de la muerte pudiendo hundirse un cuchillo en el pecho delante de todos.
Gioconda (La Gioconda)
Además de la modelo de enigmática sonrisa retratada por Leonardo da Vinci, Gioconda es también la protagonista de una ópera con música de Amilcare Ponchielli y libreto de Tobia Gorrio, seudónimo tras el que Arrigo Boito se escondió después del fracaso inicial de su Mefistófeles.
Estrenada en la Scala de Milán en 1876, recordemos que, más que un triángulo, en La Gioconda encontramos un pentágono amoroso: Enzo es un noble proscrito, amante de la cantante Gioconda, pero en realidad pretende a Laura, esposa del inquisidor Alvise, cuyo espía Barnaba desea a Gioconda. La acción se desarrolla en Venecia durante el siglo XVII.

Iréne Theorin en La Gioconda, de Amilcare Ponchielli.
Gioconda rechaza a Barnaba y éste se venga, primero acusando de brujería a su madre, la Ciega y, cuando Laura intercede por la vieja y la salva, contándole a su jefe que Laura le engaña con Enzo. Alvise obliga a su mujer a beber un veneno que Gioconda sustituye por un somnífero. Para salvar a Enzo, Gioconda le promete a Barnaba que la hará suya pero antes, a diferencia de Tosca, es aquella la que se apuñala en el pecho. Al menos Gioconda ya no puede oír al malvado Barnaba cuando le susurra al oído que ha estrangulado a la Ciega.
Ponchielli es uno de esos «compositores de una ópera», pues aunque creó una docena, sólo es conocido por La Gioconda, aunque la página más popular de esta notable ópera a caballo entre el verdismo y el verismo no es vocal sino instrumental: la celebérrima Danza de las horas, un ballet-miniatura con el que el inquisidor agasaja a los invitados a su fiesta en Ca’ d’Oro mientras en la cámara continua pretende obligar a suicidarse a su infiel esposa.
Sin embargo, la ópera incluye un número vocal rescatado de la compleja trama por divas como la Callas y la Tebaldi, el «aria del suicidio»:
(Gioconda sola. Mira un puñal, lo deja;
después toma un frasco de veneno)
¡Suicidio...!
En este momento de desesperación
sólo tú me quedas,
y tientas mi corazón.
Última voz de mi destino,
última cruz de mi camino.
Finalmente, como Ernani, Gioconda se decide por el puñal. Más teatral.
Julieta (Romeo y Julieta)
William Shakespeare es, de lejos, el escritor cuyas obras han originado más libretos de ópera. The New Grove Dictionary of Opera (1992), editado por Stanley Sadie en cuatro tomos, es como la biblia del género operístico que debería presidir la biblioteca de todo buen aficionado que además sepa el suficiente inglés. Según esta obra enciclopédica, nada menos que 339 óperas han basado su texto en dramas de Shakespeare. Veintitrés de las treinta y seis obras atribuidas a Shakespeare han originado libretos operísticos, con un claro predominio de las comedias (217 óperas) sobre las tragedias (115). Pero en el repertorio actual solo han sobrevivido: Las alegres comadres de Windsor de Otto Nicolai; el Otelo de Verdi; los Macbeth de Verdi y de Bloch; Beatriz y Benedicto de Berlioz; Hamlet de Ambroise Thomas; Falstaff de Verdi; El sueño de una noche de verano de Britten y tres basadas en el drama de Romeo y Julieta: Capuletos y Montescos de Bellini, Romeo y Julieta de Charles Gounod y, en versión libérrima, West Side Story de Leonard Bernstein.
El éxito dramático de las obras de Shakespeare reside en que sus protagonistas son arquetipos poseídos por las pasiones más primitivas y auténticas del ser humano: el ansia de poder, la ambición, los celos, la codicia, el odio, la venganza y, desde luego, el amor. El de Julieta y Romeo es un amor auténtico, absoluto y puro, no contaminado por pasiones negativas, y también milagroso y prohibido, porque surge entre los miembros de dos familias que se odian a muerte. Lo de Romeo y Julieta podría haber sido el triunfo del amor sobre el odio, de Eros sobre Tánatos, pero la amarga conclusión del drama es que la muerte, única salida viable para los amantes, acaba triunfando sobre el amor.
El trágico desenlace de Romeo y Julieta se debe a un fatal equívoco: Romeo cree que Julieta ha muerto y apura un frasco de veneno para reunirse con ella en el más allá. Pero Julieta sólo estaba drogada y, cuando al despertar descubre que su amado sí ha muerto, le arranca la daga del cinto y se la clava. La verdad es que el recurso dramático del dormido que parece muerto es poco verosímil. No es posible que cuando Romeo abraza desesperado el presunto cadáver de su novia no se dé cuenta de que continúa viva. Cuando desciende a la tumba donde Fray Lorenzo —el culpable de todo— lo ha depositado, el cuerpo de Julieta lleva muchas horas aletargado. Al cabo de ese tiempo, un cadáver está rígido, frío y, desee luego, no respira. Pero nada de esto advierte Romeo cuando estrecha el cuerpo de Julieta contra el suyo. Se comprende que no le tomara el pulso radial ni le practicara las pruebas del hilo o del vaso10, casera pero infalible. Pero un simple beso en la frente hubiera bastado para desechar el diagnóstico fatal. No hay en el mundo nada más espantosamente frío que la frente de un ser amado muerto.
Liú (Turandot)
La verdadera heroína de Turandot no es la «princesa de hielo» que da nombre a la obra póstuma de Puccini sino Liú, la esclava secretamente enamorada de Calaf. Liú es el ejemplo perfecto de esas «mujercitas que solo saben amar y sufrir» que protagonizan las óperas del maestro de Lucca.
Calaf es hijo de Timur, rey tártaro que desde su derrota arrastra su miseria y su ceguera guiado y atendido por la fiel Liú. Tal lealtad se debe a que un día, en palacio, Calaf le sonrió. Pero el príncipe ha puesto sus ojos en la andrófoba y cruel hija del emperador de China, Turandot, que venga la ofensa a una antepasada decapitando a los pretendientes que no acierten sus tres enigmas. Para su desesperación, Calaf los acierta, pero le da la oportunidad de cobrarse su cabeza si averigua su nombre antes del amanecer. Los soldados detienen a Timur como sospechoso de saber el nombre del «príncipe desconocido» y Liú se declara única conocedora del secreto. La sanguinaria Turandot ordena que la torturen hasta arrancárselo, pero Liú le arrebata un puñal a un soldado, se lo clava y muere. Es una acción súbita, inesperada, inevitable. La muerte es tan rápida que después de clavarse el puñal Liú ya no pronuncia ni una palabra más mientras el populacho, que un minuto antes llamaba al verdugo, dedica ahora una tierna despedida a la desdichada esclava:
Liú, bondad, Liú, dulzura,
¡duerme! ¡Olvida! ¡Liù! ¡Poesía!
Es difícil encontrar una foto o una filmación del músico sin el eterno cigarrillo en la mano o los labios. Puccini murió de un cáncer de laringe relacionado con el hábito de fumar, dejando inconclusa su última obra maestra. El compositor Franco Alfano la acabó como pudo y Arturo Toscanini dirigió su estreno año y medio después de morir el maestro. Nada más suicidarse Liú, Toscanini detuvo la representación, se volvió al público, dijo «Aquí terminó el maestro» y abandonó el podio dando por finalizada la función. Aquella velada memorable, la muerte verdadera de Giacomo Puccini debió de emocionar a los acongojados espectadores de la Scala mucho más que las ficticias de sus heroínas.

Escena de la muerte de Liú en una representación de Turandot, de Giacomo Puccini.
Lucrecia (La violación de Lucrecia)
El episodio de la violación y suicidio de Lucrecia es un tema recurrente en la literatura de todos los tiempos. La historia surgió en el siglo I de la pluma de Tito Livio, luego pasó a Ovidio y a Virgilio, en el XV la dramatizó en alemán el meistersinger (maestro cantor) Hans Sachs, en el XVI Shakespeare en inglés, en el XVII Pierre du Ryer en francés, y en el XVIII Nicolás Fernández de Moratín en español, hasta que en el XX Ronald Duncan escribió el libreto para The rape of Lucretia de Benjamin Britten.
La historia es atroz. En el siglo V a.C. los etruscos dominan Roma, convertida en «un burdel» bajo el tiránico mando de Tarquino «el Soberbio». Su hijo Sexto Tarquino y otros militares luchan contra los griegos y cierta noche, sobrados de alcohol, deciden abandonar el campamento para sorprender a sus esposas. A todas las encuentran con amantes salvo a Lucrecia, la virtuosa mujer de Colatino. Atraído por su honestidad, Tarquino se cuela otra noche en su alcoba con el fin de seducirla, pero la fiel Lucrecia lo rechaza. Tarquino la amenaza con matarla y abandonar junto a su cadáver el de un esclavo desnudo degollado para que parezca un adulterio y así consigue violarla. Cuando Lucrecia le cuenta lo sucedido a Colatino la exculpa por haber sido forzada, pero Lucrecia no puede soportar la vergüenza. Ajena a la comprensión de su esposo, extrae un puñal de su ropaje, se hiere y antes de expirar exclama:
Ahora ya seré para siempre casta,
sólo la muerte podrá violarme.
¡Mira cómo mi sangre desbocada
lava por completo mi vergüenza!
La violación de Lucrecia es una muestra de la resurrección en el siglo XX de la «ópera de cámara», sobre cuya definición no existe consenso, aunque se acepta que es una ópera de formato breve y exiguo en voces e instrumentos. Con este criterio, la obra que más se ajusta al modelo es sin duda la ópera más breve del repertorio (dura unos diez minutos): Una mano de bridge, de Samuel Barber. Dos matrimonios (barítono-soprano y tenor-contralto) juegan una partida de cartas y, en cuatro apartes, cada uno canta una arietta que expresa sus deseos, temores y fantasías. Por pocos intérpretes, instrumentos o minutos, La voz humana de Francis Poulenc (un personaje, cuarenta minutos), El teléfono de Gian Carlo Menotti (dos personajes, 25 minutos) o Savitri de Gustav Holst (3 personajes, doce instrumentos) son otras óperas de cámara del siglo XX.
Aunque dura casi dos horas, La violación de Lucrecia está considerada de cámara por su orquesta reducida a trece intérpretes. Los «coros» masculino y femenino se limitan a un tenor y una soprano. Todo en esta ópera es reducido salvo la inmensa vergüenza de una mujer violada que se quita la vida para mostrar que después de esa terrible experiencia no puede seguir viviendo.
Mitrídates (Mitrídates, rey de Ponto)
En todas las óperas de Wolfgang Amadeus Mozart sólo mueren tres personajes, dos si se considera que pasar de la superficie terráquea a las profundidades del averno, como Don Giovanni, no es morir sino transitar a peor vida. Uno de ellos da nombre a la primera ópera seria que compuso el genio a los catorce años, Mitrídates, rey de Ponto, estrenada con gran éxito en Milán en 1770.
Las guerras mitridáticas no son tan conocidas como las púnicas, pero fueron igualmente tres las disputadas entre el rey Mitrídates VI Eupator y Roma. La ópera Mitridate, Re di Ponto comienza cuando al rey se le da por muerto en combate, quedando sus hijos Sifare y Farnace a cargo de su prometida Aspasia, de la que se enamoran ambos, aunque ella sólo de Sifare. Un día reaparece Mitrídates vivo y con Ismene, hija del rey de los partos, que ofrece a Farnace como esposa, pero cuando le cuentan que éste pretende a su Aspasia jura vengarse de su hijo y ofrece Ismene a Sifares mientras pide a su novia acelerar la boda. Para más lío, Farnace se une a los romanos contra su padre, que acaba condenando a muerte a sus hijos, a uno por traidor y al otro por robarle su chica, y de paso también a ésta, que intenta envenenarse.
El embrollo se resuelve con el suicidio del rey a lo Saúl, clavándose su espada cuando se ve perdido en el campo de batalla, tras perdonarlos a todos. Al final Sifare se hace con Aspasia, Farnace se conforma con Ismene y la obra concluye con una soflama antiimperialista que recuerda a la maldición que Dido lanza a la futura Roma desde su pira cuando Eneas la abandona:
Siempre guerra y nunca paz
tendrá de nosotros el genio altivo
que pretende al mundo entero
privar de su libertad.
Pero existe otra versión operística de esta historia, la de Mitrídates Eupátor, de Alessandro Scarlatti, estrenada más de sesenta años antes que la de Mozart, cuya trama argumental guarda un extraordinario paralelismo con la Electra de Richard Strauss. El libreto, del libretista y arquitecto Gerolamo Frigimelica, difiere bastante del de Cigna-Santi: Farnace y Stratonica (Egisto y Clitemnestra) matan al esposo de ésta y rey de Ponto, Mitrídates V (Agamenón) pero su hijo Mitrídates (Orestes) huye y al tiempo regresa de incógnito para matar a su madre y su amante y ocupar el trono que legítimamente le correspondía.
El personaje histórico, Mitrídates VI el Grande fue uno de los grandes enemigos de Roma. Se casó con su hermana Laodicea y logró elaborar un antídoto que le protegería del envenenamiento, pero que al final se volvió contra él: antes de ser capturado por los romanos trató de envenenarse, pero el antídoto funcionó y, al igual que en la versión de Mozart, tuvo que matarlo un soldado con su espada. La muerte siempre tiene un plan B.
Otelo (Otelo)
Hay dos Otelos operísticos, el de Rossini y el de Verdi, pero sólo éste continúa activo, y mucho, en los teatros de ópera de todo el mundo.
Trece días después del estreno en la Scala de Nabucco, la ópera que consagró a Giuseppe Verdi, Arrigo Boito venía al mundo en Padua. En 1863 el maestro de Busetto ya había estrenado veinticuatro óperas y además del rey de la ópera italiana era un ídolo del Risorgimento y diputado del primer Parlamento de la Italia unificada. Aquel año, un joven contestatario desgreñado11 llamado Boito se atrevió a ofender al maestro indiscutible del modo ya explicado en el capítulo dedicado a los libretistas.
Sin embargo, veinte años más tarde las relaciones entre el autor de la triunfal Aida y el irregular Mefistófeles no sólo se recompusieron, sino que Boito le escribió a Verdi unos de los mejores libretos no sólo de sus óperas sino de todo el repertorio, basados en obras de Shakespeare: «La tragedia de Otelo, el moro de Venecia» (Otello), y «Las alegres comadres de Windsor» y «El rey Enrique IV» (Falstaff).
El trabajo de Boito en Otelo fue un prodigio de inteligencia y concentración dramática: eliminó personajes secundarios, suprimió un acto completo, redujo el número de escenas y a pesar de dejar el texto original en la cuarta parte la obra, lejos de perder fuerza dramática, la incrementa. La fusión entre libreto y música es perfecta.
Yago es uno de los mayores villanos de la historia operística, si no el mayor de todos. Envidioso, artero, resentido y xenófobo, en su odio africano hacia su jefe no repara en maldades para acabar con él manejando con demoníaca habilidad su punto más débil: los celos.
El resultado de tanta intriga, tanta calumnia y tanta alevosía no podía ser otro que la muerte, acaecida de forma diferente en los dos Otelos. En el verdiano, el moro estrangula a su inocente Desdémona —quien a pesar de tener destrozada la garganta aún es capaz de pronunciar unas frases— y cuando descubre su inocencia se apuñala. En el rossiniano, en cambio, Otelo se mata con la misma daga con la que acaba de apuñalar a Desdémona. En este drama, por tanto, el uxoricidio es premeditado, pero no el suicidio.
A propósito del trágico final de este matrimonio interracial, el excelente libreto de Boito admite un reproche: no es verosímil que, después de haber sido estrangulada, Desdémona aún sea capaz de entonar su última intervención. Ni que Otelo, tras hincarse la daga, se despida de su esposa y del mundo con estas tiernas palabras:
Antes de matarte… esposa mía… te besé.
Ahora, antes de morir… en la sombra donde yazgo…
otro beso… otro beso…
¡ah!... un último beso….
En Rossini, a ninguno de los dos les quedan ganas de cantar después de matarse. Ni de besarse siquiera.
Personajes matados por arma blanca
Lulú (Lulú)
Alban Berg escribió el libreto de Lulu extrayéndolo de dos obras del polémico dramaturgo Franz Wedekind, El espíritu de la tierra y La caja de Pandora, en las que abordó la sexualidad femenina como no se conocía a finales del siglo XIX. Berg murió sin terminar la ópera, que Friedrich Cerha completó y cuya versión definitiva se estrenó en 1979, más de cuarenta años después de la incompleta. Se trata de una ópera inmensa y compleja escrita en lenguaje dodecafónico y protagonizada por más de treinta personajes.
Lulú es uno de los personajes más mortíferos que pueden encontrarse en una ópera. Prostituida en la infancia, deseada por todos los hombres que la conocen —y por alguna mujer—, Lulú acaba su vida como prostituta cuando un cliente conocido como Jack el Destripador (barítono) la acuchilla en un sórdido burdel londinense. Esta es la relación de víctimas mortales de haberse cruzado sus vidas con la de Lulú, por orden de defunción:
• El Inspector de Sanidad: el primer esposo de Lulú cae fulminado por un infarto agudo de miocardio cuando la sorprende haciendo el amor con el Pintor para el que posa.
• El Pintor: su segundo marido, se degüella con una navaja de afeitar cuando descubre que su matrimonio con Lulú es la tapadera de su relación con el Doctor Schön, editor de un periódico.
• El Dr. Schön: Lulú mata accidentalmente a su tercer marido cuando se dispara la pistola que él, enloquecido por los celos, le entrega para que se suicide. Lulú es condenada a veinte años de prisión.
• La Condesa Geschwitz: la amante lesbiana de Lulú perece junto a ella a manos de un psicópata asesino en serie, cuyas palabras antes de caer el telón resumen la atmósfera de degradación moral que respiran todos los personajes de esta ópera capital del siglo más mortífero de la historia de la humanidad:
¡Ha sido un buen trabajo!
(lavándose las manos en una palangana que está debajo de la ventana)
Pero no soy un tipo con suerte… (busca una toalla alrededor)
¡Nunca encuentro una toalla cuando la necesito!
Saúl (Saúl y David)
La Biblia ha sido una fuente inagotable de inspiración para los artistas del mundo cristiano. Las pinturas, esculturas y obras literarias de tema tanto paleo como neotestamentario son incontables. Con respecto a la música, numerosos compositores de los últimos cuatro siglos se han interesado también por estos temas, originando todo un género musical, el oratorio religioso. Al igual que la ópera, en este tipo de obra musical dramática hay una partitura, un texto o libreto, unos personajes y una historia, pero sin escenificación, es decir, sin decorados, vestuario y actuación teatral de los intérpretes. Puede afirmarse por tanto que un oratorio es como una ópera interpretada en concierto.
Los oratorios más notables se compusieron durante el período barroco. Schütz, Scarlatti, J.S. Bach y sobre todo Händel —cuando la crisis económica obligó a abaratar los costes de representación de óperas— cultivaron el oratorio con profusión. Más tarde, grandes maestros como, Mozart, Mendelssohn, Berlioz, Gounod, Liszt, Elgar, Honneger o Penderecki continuaron una tradición del oratorio que continúa en el siglo XXI con los evangelios de Abel Azrie y John Adams. Sin embargo, las óperas de tema bíblico son raras, en buena parte por la censura que lo prohibía.
Sólo la Salomé de Richard Strauss se basa en un episodio del Nuevo Testamento. Resulta cuando menos curioso que de un personaje de la categoría de Jesucristo nadie haya osado componer una ópera, aunque Wagner llegó a escribir el esbozo en prosa de una extensa obra en cinco actos que se iba a titular Jesús de Nazaret y que ojalá hubiera compuesto.
Sobre episodios del Antiguo Testamento hoy solo subsisten en los teatros cinco títulos: Nabucco (Verdi), Sansón y Dalila (Saint-Säens), Moisés en Egipto (Rossini), Moisés y Aarón (Schönberg) y Saúl y David, del músico danés Carl Nielsen.
La historia del primer rey de Israel y de su sucesor es bien conocida por el libro de Samuel. De este texto bíblico, el libretista Einar Christiansen extrajo el libreto de la ópera Saúl y David, compuesta por Nielsen y estrenada en 1902. Se trata de una historia de celos triangular pero atípica: en esta ocasión, el barítono-bajo (Saúl) está celoso del novio de la soprano (su hija Michal), el tenor (David), por los éxitos del joven pastor y excelente arpista contra el enemigo filisteo. Cuando Saúl cae en desgracia ante Yahvé, por desobedecer su orden de exterminar a los amalecitas, el rey trata de rehabilitarse luchando contra los filisteos, pero es alcanzado por varias flechas. Antes que dejarse apresar, el rey ordena a su escudero que lo remate, pero se niega y Saúl se quita la poca vida que le queda apoyando la empuñadura de su espada en el suelo y dejándose caer sobre la punta. Otro ejemplo de suicidio «asistido» como los de Dálibor y Mitrídates (y como veremos más adelante, de Juanillo).
Atila (Attila)
A muchos wagnerianos les sorprenderá descubrir que la primera mención al dios Wotan y su Valhalla en un libreto de ópera no aparezca en el acto segundo de Lohengrin, cuando la pérfida Ortrud invoca sus divinidades paganas, sino ¡en una ópera de Verdi! Aunque el tengrianismo (o tengrismo) era la religión animista de pueblos nómadas euroasiáticos como los hunos, Temistocle Solera llenó el libreto de Attila de alusiones al dios protagonista del Anillo del Nibelungo.
La historia describe al huno Atila (395-453) como el poderoso caudillo de un vasto imperio que quiso rematar al moribundo Imperio romano de Occidente. Tras saquear ciudades como Aquilea, la leyenda pretende que, cuando avanzaba a conquistar Roma, una comitiva presidida por el papa León I le paró los pies en la orilla del río Po. En esta ópera juvenil de Verdi, Odabella, hija del señor de Aquilea asesinado por los bárbaros, jura vengarlo matando personalmente a su jefe. Al igual que Dalila con Sansón, como estrategia para acercarse lo suficiente al «azote de Dios», lo enamora primero ante el espanto de su prometido Foresto. Atila queda tan prendado de su futura ejecutora que le regala su espada cuando ella se la pide sin preguntarle, ni desde luego imaginar, para qué la querría. El ánimo de venganza de Odabella es tan fuerte que en un banquete le impide a Foresto envenenar a Atila: lo matará ella y nadie más.
En la escena final, en plenos preparativos nupciales, Odabella, Foresto y el general romano Aecio se conjuran para asesinar a Atila, pero es ella quien, tras revelarle el motivo, le clava primero su propia espada y, mientras los otros rematan la faena, el huno se lo reprocha a lo Julio César con un «¿Tú también, Odabella?».
Al no morir en el campo de batalla, Atila no podrá ingresar en el Valhalla como miembro del ejército de élite de Odín/Wotan. Todo un oprobio para el mayor de los guerreros.
Duncan (Macbeth)
La siguiente ópera de Verdi tras Atila, Macbeth, fue la primera que compuso sobre un libreto basado en una obra teatral de Shakespeare, en este caso un tremendo dramón que profundiza en el fondo más oscuro de la naturaleza humana; una historia de ambición criminal sin límites por el cumplimiento de un destino.
El origen de la trama, sin embargo, no puede ser más simple, ni más inverosímil: unas brujas vaticinan al general Macbeth que será rey, aunque sin sucesión, pero hay un inconveniente: ya hay un rey, Duncan, que además goza de buena salud. Para que la profecía se cumpla, a Macbeth no le queda otra que matar a su señor, con la colaboración de lady Macbeth. Aprovechando la estancia del rey en su castillo, la pareja de asesinos perpetra su crimen con alevosía y nocturnidad. Es el inicio de una escalada criminal para eliminar obstáculos al trono: luego matan a Banco y después a la esposa e hijos del descubridor del crimen, Macduff. El final de la tragedia es bien conocido: el bosque de Birnam cobra vida y Macduff, «no nacido de mujer», completa el cumplimiento de las predicciones de las brujas ejecutando a Macbeth.
Desde el punto de vista que más nos interesa, la muerte en la ópera, Macbeth presenta varias particularidades: (1) es un magnicidio (2) perpetrado por un matrimonio en el que (3) la víctima es un personaje al que no vemos, ya que lo matan mientras duerme en una estancia contigua al escenario.
La moraleja del drama, proclamada por la malvada lady Macbeth, es tan tremenda como su plena validez en la actualidad:
¡El camino que conduce hasta el poder
está lleno de crímenes, y pobre del que avanza
con pie dudoso y retrocede!
Macbeth es una de las muchas óperas que fueron objeto de revisión y un ejemplo de que no siempre mejoran. La versión original (Florencia, 1847) supuso un gran éxito pero para el estreno en el Teatro Lírico de París, Verdi añadió más música, el ballet que le exigían (como a Wagner con Tannhäuser) y un apoteósico coro final. El resultado fue «un fiasco» y la ópera desapareció de los teatros hasta bien entrado el siglo XX.

Anna Netrebko y Zeljko Lucic en Macbeth, de Verdi.
Esposa (La vida con un idiota)
En la extensa producción musical del compositor germanosoviético Alfred Schnittke («Soy un compositor alemán de Rusia», afirmó), autor de abundante música incidental para el cine y la televisión, hubo poco espacio para la ópera, pues tan sólo compuso cuatro entre sus más de trescientas composiciones, entre las que destaca Life with an idiot.
Con libreto de Viktor Erofeyev, Schnittke creó una sátira del régimen soviético que a sus compatriotas no les pareció tan absurda como a los espectadores de su estreno mundial en Ámsterdam, tres años después de la caída del Muro de Berlín, bajo la baturta de Mtsislav Rostropóvich. El famoso violoncelista había ayudado a Schnittke a finalizar la obra tras sufrir éste un accidente cerebral vascular.
Denunciado por sus compañeros de trabajo ante el Partido, Yo es condenado a acoger a un «idiota» en la casa donde vive con su Esposa. Entre los internados en un manicomio, Yo escoge a Vova —apodo de Vladimiro Lenin, al que pretende caricaturizar—. Al principio la cosa funciona, pero un día Vova se torna violento, se pasea desnudo, ensucia las paredes con sus heces y rompe cosas, entre ellas los libros de Proust tan apreciados por la Esposa. El matrimonio se refugia en la habitación de huéspedes, pero la mujer acaba enamorándose del idiota y echando a Yo de su cama. La Esposa se queda embarazada, aborta y entonces el idiota se lía con Yo tras vencer éste sus reparos.
El extraño triángulo se desarma del modo más dramático, cuando la Esposa le dice al idiota que si vuelve con ella concebirá otro hijo suyo y cuando éste percibe la desafección de Yo decapita a la Esposa con unas tijeras de podar, fabricadas en la República Democrática Alemana, y huye. Yo acaba ocupando el lugar del idiota en el manicomio, donde escucha «el canto de cisne de mi revolución».
El clamoroso éxito de esta ópera, a pesar de su argumento absurdo y grotesco y de su duro lenguaje musical —aunque incluye un agradable tango— hacen pensar en la coyuntura favorable que le brindó a la obra la caída del régimen que la obra satiriza. Schnittke murió en 1998 a los 63 años.
Sigfrido (El ocaso de los dioses)
La lanza es un símbolo fundamental en la mitología operística de Richard Wagner. Símbolo de poder, político en El Anillo y espiritual en Parsifal, la lanza es de las pocas cosas escritas en el libreto que, por «rompedor» que sea, un director de escena no le puede quitar a Wotan de las manos, porque en ella reside su poderío y están grabadas las runas que lo mantienen rehén de sus propios pactos. Claro que, llegado el caso, también le sirve al dios como el arma blanca punzante que es.
Así, en virtud de un acuerdo conyugal aceptado a regañadientes, en el primer acto de La Valquiria él y Hunding lancean al alimón a su amado hijo Siegmund. En el tercero de Siegfried, el hijo del velsungo se venga haciendo pedazos la lanza de su abuelo con la espada que éste a su vez le rompió a su padre cuando lo mató. Y en el tercero de El Ocaso de los Dioses, el maligno Hagen, el hijo engendrado sin amor por el Nibelungo, asesina vilmente al héroe para arrebatarle el omnímodo poder del anillo.
Para desencadenar dos de sus grandes tragedias, El Ocaso y Tristán, Wagner echó mano de un recurso tan artificioso como la ingestión de un filtro o bebida con poderes mágicos que trastorna la mente de quien lo toma. En el caso de Tristán e Isolda es el filtro del amor que los enloquece hasta la muerte. En El Ocaso de los Dioses, el cóctel de bienvenida que Hagen le ofrece a Sigfrido es un filtro del olvido, tan efectivo que no duda en conquistar a su Brunilda para entregársela a Gunther a cambio de casarse con su hermana Gutrune. Despechada, la valquiria le revela a Hagen el secreto de la vulnerabilidad de Sigfrido: ella misma protegió el cuerpo del amado con su magia, pero como nunca le daba la espalda al enemigo, no consideró necesario blindar su región dorsal.
Con esta información privilegiada, Hagen organiza una cacería en la que proporciona a Sigfrido un antídoto al filtro del olvido tan eficaz que al instante canta su amor por Brunilda. Hagen lo distrae con el vuelo de los cuervos espías de Wotan y al girarse expone su espalda a la lanza de Hagen cuya punta lo atraviesa y lo mata… o eso parece. Porque, cuando acompañado por la marcha fúnebre más impresionante que se ha compuesto, el cadáver del héroe llega al palacio de los guibichungos y Hagen intenta arrancarle el anillo del dedo, Sigfrido eleva el brazo a lo saludo romano —y más tarde, fascista—, para espanto de los presentes. ¿Qué quiso decir Wagner con este absurdo gesto que ningún difunto puede realizar? ¿Acaso Sigfrido no estaba muerto, sino en un estado cataléptico similar al de los pacientes aparentemente anestesiados pero que se enteran de todo, y extrajo fuerzas de donde no se sabe para evitar que le arrebataran el anillo? En ese caso, ¿fue arrojado a la pira funeraria vivo? En caso afirmativo, ¿aquello fue la venganza de Wotan por haberlo humillado en el tercer acto de Sigfrido?
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