Kitabı oxu: «Vida de Apolonio de Tiana»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 18

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este obra ha sido revisada por AURELIO PÉREZ JIMÉNEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1992.
ISBN 9788424930516.
INTRODUCCIÓN
1. El renacimiento literario griego en época imperial
La Vida de Apolonio de Tiana es una de las obras más representativas, si no la más, de la literatura griega de un período poco conocido para el gran público —salvo quizá la figura de Luciano de Samósata— y con demasiada frecuencia menospreciado por la crítica: el renacimiento literario que, en las atinadas palabras de Reardon 1 , «en formación ya a finales del siglo I , se precisa en época de Adriano, se anima bajo los Antoninos, se prolonga en la corte en la que Julia Domna tiene su salón... y se debilita cuando, a mediados del siglo III , de un lado, sucede a la paz continua del Imperio Romano medio siglo de luchas intestinas, y de otro, el Cristianismo comienza a imponerse sobre la cultura pagana». Una época en la que la prosa y, dentro de ella, la retórica, predomina sobre cualquier otro género, protagonizada por el rétor no forense, el conferenciante, que en ciertos aspectos resucita el tipo del antiguo sofista. Son nombres como los de Aristides, Luciano, Alcifrón y Arriano, además del propio Filóstrato, los que encarnan estas nuevas actitudes en literatura.
Fue el propio Filóstrato quien, en sus Biografías de los Sofistas , acuñó, para denominar este movimiento, el término de «Segunda Sofística» por el que, pese a algunas discrepancias en la crítica moderna acerca de su mayor o menor propiedad, seguimos designándolo. La razón de que Filóstrato prefiriera esta denominación a la de «Nueva Sofística» nos la explica el propio autor: no es un movimiento nuevo, sino antiguo, que se inicia, según él, con Esquines, el rival de Demóstenes 2 , y opuesto desde el primer momento a la primera sofística, la de Protágoras y Gorgias, a la que Filóstrato califica de rhetorikḗ philosophoûsa ‘retórica dada a la filosofía. Frente a la afición de los primeros sofistas por los temas filosóficos, la segunda sofística, siempre según esta especie de «declaración programática» de Filóstrato, se identifica más bien con los temas históricos. Junto a este renacimiento sofístico, la segunda creación de la época es un nuevo género literario destinado a alcanzar un enorme desarrollo en el futuro: la novela.
Este fecundo período de la literatura griega se ve, no obstante, desatendido con frecuencia, cuando no despreciado, por sus historiadores, que lo tildan de oratorio, frío, libresco, artificial y pedante, y le achacan carencia de originalidad y abundancia de referencias literarias del pasado 3 . Contribuyen a fomentar esta opinión, de un lado, la existencia de todo un movimiento de la época, el aticismo, que pretende resucitar, de forma a menudo demasiado servil, la pureza del antiguo dialecto ático, de su vocabulario, morfología y sintaxis, huyendo de la auténtica lengua hablada; y de otro, la teoría formulada por entonces de que la literatura es una mímēsis o imitación de los modelos clásicos, lo que la hace parecer más dirigida al pasado que al presente. En concordancia con esta valoración, se ha tratado repetidamente de buscar motivos de esta «pérdida de vigor» de la literatura griega, en comparación con la vitalidad que dio lugar a las grandes creaciones de las épocas arcaica y clásica. No carecen, sin duda, de cierta realidad, algunos de los más frecuentemente aducidos, como por ejemplo, el cansancio espiritual de la época 4 , que se manifiesta de un lado en el abandono de la investigación científica y en una incapacidad creadora que obliga a volver la vista atrás, y de otro, en el desplazamiento de los antiguos centros literarios a la periferia.
Con todo, una serie de estudios recientes tienden a estimar de forma diferente y más justa la época que nos ocupa 5 . En ellos se manifiestan ante todo los defectos de óptica de la anterior valoración, entre los que es fundamental el prurito, tan propio de nuestra época, de considerar la originalidad como principal mérito artístico. Se trata más bien de que, frente a las épocas arcaica o clásica, épocas de pioneros literarios, épocas de creación, los autores del Imperio tratan de consolidar esa tradición creada, de prestarle al mundo el inmenso servicio de enseñarle y conservarle lo que los antiguos descubrieron, de ejercitar, por utilizar el término griego, la paideía de una antigua y fecunda cultura. De acuerdo con esta visión, no podemos concebir la mímēsis como una mera imitación servil, sino como un conjunto de referencias a un amplio patrimonio literario, al que se estima como digno de conservación.
En otras palabras: cambia la literatura porque ha cambiado profundamente la situación vital, tanto de sus cultivadores como de su público. Por fijarnos en un par de aspectos de una cuestión realmente compleja, frente al antiguo ciudadano de la pólis , el griego de época imperial se encuentra, no ya como el de época helenística, habitante de una gran comunidad griega, sino más aislado y perdido aún, si cabe, dentro de la inmensa comunidad mediterránea aglutinada por el Imperio Romano. En ese enorme ámbito la cultura griega corre el riesgo de desaparecer, de ser absorbida por la de los conquistadores, por lo que los autores literarios de la época asumen la importante responsabilidad de conservarla de forma consciente. De otro lado, frente a una vida fuertemente comunitaria, dentro del pequeño marco de la pólis , el nuevo habitante del Imperio queda alejado de los centros de poder, y no es por ello extraño que, en vez de una relación directa, inmediata, entre el literato y su público, en la que se implicaban los grandes problemas políticos, como fue posible en el siglo VI a. C. a través del canto lírico, o en el V , por medio de una manifestación tan popular como el teatro, nos hallamos ahora ante la nueva cultura del erudito, que se comunica con su público selecto a través de la conferencia o el libro.
No obstante, no todo es conservadurismo en esta época, como las líneas anteriores pudieran hacernos pensar, sino todo lo contrario, junto a estas tendencias conservadoras hallamos una intensa búsqueda en todos los sentidos. Como señala Perry 6 , el hombre griego, perdida su identidad como politēs , como ciudadano, se vuelve «un vagabundo espiritual, que rara vez sabe a dónde va o qué hace, con el resultado de que llega a casi todas partes con su mente y su cuerpo y alumbra toda clase de concepciones». Esa búsqueda desordenada de lo nuevo, en un momento de ruptura del pensamiento racional, provoca unas curiosas mezclas entre cultura y superstición, un desvanecimiento de los límites entre las escuelas filosóficas, como la platónica, la estoica y la peripatética, con su búsqueda de un dios desconocido, y la idea inefable e irracional de la divinidad, que lleva al misticismo o a manifestaciones secundarias, como la superstición, la magia o el espiritismo. El panteón olímpico se aleja progresivamente del interés de las conciencias religiosas y la religión se va volviendo más personal; asimila primero las religiones orientales, mistéricas y de salvación y acaba, andando el tiempo, por cubrir sus necesidades con el cristianismo que, surgido en principio en zonas absolutamente marginales del imperio y en capas sociales antes completamente marginadas, termina por venir a llenar las necesidades espirituales de la mayoría y por imponerse de forma casi absoluta.
Esta búsqueda se manifiesta asimismo por una insaciable curiosidad, por un deseo desmesurado por lo prodigioso, por lo exótico e inaudito, que lleva, tanto a descripciones más o menos reales de tierras o pueblos lejanos, como a fantasías de toda especie sobre maravillas increíbles. Por ello el gran género popular de la época es la novela, con sus estupendas aventuras, los largos e inacabables viajes de sus protagonistas a tierras lejanas, la primacía de lo erótico, de la aventura y del final feliz, para un hombre de la calle lo suficientemente angustiado por el clima de inseguridad física y moral entonces reinante, como para desear evadirse de la realidad. La literatura se propone ahora como fin primordial entretener: busca satisfacer la enorme avidez de su público por lo exótico y pintoresco, por lo novelesco y lo romántico.
Pero, centrándonos algo más en el momento en el que escribe Filóstrato, hemos de aproximarnos a la visión de la historia política, cultural y religiosa, que aportan al Imperio los Severos 7 . Se trata de una serie de emperadores, de origen africano y sirio, que, por serlo, no se veían ligados a la tradición romana de la vieja casta senatorial, circunstancia que permitió que salieran a flote una serie de nuevos elementos culturales, antes soterrados, y se igualaran en importancia a los tradicionales greco-romanos. Es además un momento en el que los sofistas ocuparon un papel predominante en la sociedad. Son secretarios del emperador o maestros de la juventud, y su formación se siente atraída hacia todos los temas, aunque sin profundizar en ninguno de ellos. La irreligiosidad inspira aversión, y el Imperio se abre a múltiples divinidades nuevas, desde Baal y Tanit a Sérapis, y a toda clase de supersticiones, aceptadas sin la menor crítica, mientras que la filosofía abandona cada vez más el racionalismo, para interesarse por lo sobrenatural y por la pureza moral. Un síntoma claro es que las palabras «filosofía» y «filosofar» se aplican en Filóstrato a múltiples terrenos con los que antes no tenía nada en común, como aspectos de la historia religiosa o del culto, o incluso la retórica.
2. Filóstrato y el círculo de Julia Domna
Es en esta época, pues, cuando ve la luz Filóstrato, un autor cuya investigación se ha visto desde el primer momento dificultada por la identidad de nombres de varios Filóstratos de la misma familia, así como por la escasez de nuestras fuentes y los errores que en ellas advertimos.
El testimonio más importante sobre los Filóstratos es un artículo en el Suda , léxico-enciclopedia del siglo X , que distingue tres autores del mismo nombre: uno, de Lemnos, hijo de Varo y padre del segundo, activo en época de Nerón, y autor, entre otras obras, de un Gimnástico y de un Nerón . El segundo, un sofista que floreció en la época de Septimio Severo, en cuya producción se incluyen las siguientes obras: Cartas, Biografías de los Sofistas, Vida de Apolonio de Tiana, Heroico y Cuadros . El tercero, un hijo de Nerviano, sobrino del segundo citado y autor de otros Cuadros . La imposibilidad de que un contemporáneo de Nerón sea padre de un contemporáneo de Severo, a más de que el segundo citado es en realidad el primero cronológicamente, son dos de los múltiples errores de esta fuente, errores que han viciado y complicado la investigación posterior.
Junto a este testimonio, disponemos de una mención en el Códice Vaticano , en un epítome de las Biografías de los Sofistas (recogido en la edición de Kayser de esta obra, pág. XXVIII), que identifica al autor de estas biografías con el de la Vida de Apolonio y las Cartas , y, por último, contamos asimismo con un pasaje de un rétor del siglo III a. C. llamado Menandro 8 , que afirma que el autor de los Cuadros es el mismo que el del Heroico .
Aún podemos añadir dos datos de las propias obras: el primero, es que el autor de las Biografías de los Sofistas se menciona a sí mismo como autor de la Vida de Apolonio , el segundo es que en las mismas biografías se alude a otro Filóstrato, también Lemnio, en términos amigables 9 .
El panorama no es mucho menos confuso en la investigación reciente. No sólo se discute la atribución de cada obra a uno u otro de estos tres autores, sino que incluso se discute el número de Filóstratos que, según los estudiosos, oscila de dos a cinco. No es este el lugar de ocuparnos de nuevo en tan espinosa cuestión, que, por otra parte, dista de estar resuelta definitivamente 10 .
El autor de la Vida de Apolonio , que es el que aquí nos interesa, debió nacer entre el 160 y 170 en Lemnos, ciudad a la que cita, a propósito de los sátiros, en esta obra 11 , y fue probablemente hijo de sofista, dado que tal actividad se transmitía frecuentemente en esta época de padres a hijos. Entre sus maestros se citan dos discípulos del famoso Herodes Ático: Proclo de Naucratis e Hipódromo de Larisa, a más de otros renombrados rétores, como Demiano de Éfeso y Antípatro de Hierápólis. Este último fue educador de los hijos de Septimio Severo, Geta y Caracalla, y probablemente el introductor de Filóstrato en el círculo de la esposa de Septimio, la siria Julia Domna, en cuyos trabajos debió colaborar desde comienzos del siglo III . Precisamente la redacción de la Vida de Apolonio se debe a un encargo de la emperatriz, pero, dado que Filóstrato no le dedicó la obra, parece que hemos de aceptar que esta biografía vio la luz poco después del 217, el año en el que la emperatriz puso fin a su vida.
Sobre este círculo de filósofos, científicos y sofistas, reunido en torno a Julia Domna, se ha fantaseado mucho. Se ha llegado incluso a parangonarlo con los mecenazgos del Renacimiento italiano y a dibujar un fantástico retrato de la emperatriz como una mezcla de Catalina de Médicis, Cristina de Suecia y Mesalina. De otro lado, y sin la menor razón, se incluía en el círculo a todos los autores más conocidos de la época.
En un pulcro trabajo Bowersock 12 ha vuelto las aguas a su debido cauce. En realidad es muy poco lo que sabemos de cierto sobre el círculo. Desde luego, existió, y el propio Filóstrato lo define como tal círculo (kýklos ) en la Vida de Apolonio 13 , mientras que en otro lugar, al mencionar a un tal Filisco, un sofista de Tesalia, nos dice que estaba unido a «los geómetras y filósofos que rodean a Julia» 14 . Por su parte Dión Casio 15 nos aclara que la emperatriz se había dedicado a diversiones intelectuales por la enemistad del poderoso prefecto de la guardia Fulvio Plauciano, que la excluía de las políticas. Si esto es así, el círculo se configuraría en los últimos años del siglo II . En cuanto a una carta que nos ha llegado, dirigida por Filóstrato a Julia Domna 16 , no puede servirnos de testimonio válido dado que con toda probabilidad es espuria. En todo caso, no parece que el círculo contara con figuras de gran importancia, ya que las personalidades más relevantes de la época tendían a aproximarse a las esferas de poder, de las que Julia había quedado, mal de su grado, al margen.
En cuanto a los intereses y aspiraciones del círculo, la propia Vida de Apolonio es especialmente apta para ejemplificarlos. Parece que Julia Domna trató de convertir a Apolonio en el prototipo de la fusión entre religión y filosofía que se opera en su época, y que le interesaba especialmente destacar en él su elevación de sentimientos, la pureza de su vida y su piedad hacia lo divino.
A la muerte de Julia Domna y, naturalmente, ya fuera del círculo, escribe Filóstrato sus Biografías de los Sofistas , verdadero programa de la Segunda Sofística, dedicado a Antonio Gordiano, cónsul de África. Asimismo se le atribuyen el Heroico , diálogo acerca del culto de los Héroes, unas Cartas , predominantemente amorosas, especie de poemas líricos en prosa, un Gimnástico , estudio de las competiciones gimnásticas y tipos de deportes, y unos Cuadros , descripciones de los cuadros de una colección de Nápoles. Es quizá también autor de un diálogo, el Nerón , equivocadamente introducido en el grupo de los de Luciano, y que presenta muchos puntos de contacto con las referencias a Nerón que abundan en la Vida de Apolonio .
El interés de Filóstrato abarca, como vemos, prácticamente todas las formas literarias de la época, a excepción de la novela: el diálogo, la biografía, la narración, la ékphrasis , etc., y en cuanto a la temática, se interesa por la filosofía, la moral, la religión, el arte y la temática erótica, así como por la descripción de objetos o lugares exóticos. A partir de una formación semejante a la de Luciano y Alcifrón, se asemeja mucho literariamente al autor de Samósata, si bien carece de su sentido dramático y de su inclinación a la sátira. Sobre una base retórica, crea una literatura absolutamente contraria a lo que hoy llamamos «comprometida», en la que brillan por su ausencia los problemas referentes a la sociedad de su tiempo: algo que podríamos denominar «literatura por la literatura», configurada con la mayor libertad y fantasía y un escaso escrúpulo por la verdad histórica. Su prosa, influida por el aticismo, no se deja, sin embargo, encorsetar en un excesivo artificio, sino que posee, pese a una cierta inclinación al preciosismo, una evidente frescura que, en ocasiones, plantea no pocas dificultades para su traducción 17 .
Este es, pues, a grandes rasgos, el autor de la Vida de Apolonio , pero ¿quién fue este Apolonio, que mereció la atención de los círculos cercanos a la corte imperial de Roma, como para consagrarle una biografía tan extensa como ésta?
3. Apolonio de Tiana
Debió de nacer Apolonio en Tiana, una ciudad de Capadocia, en los primeros años de la era cristiana, y morir, de acuerdo con Filóstrato, en la época de Nerva, esto es, entre los años 96 y 98. Algunas voces, sin demasiado fundamento, han dudado de esta cronología, según veremos en esta misma Introducción , § 5, pero no han conseguido ofrecer una propuesta alternativa suficientemente basada como para convencer. Poca fue la huella que debió dejar en su época Apolonio, a juzgar por el silencio de las fuentes contemporáneas. Por otra parte, fuera de la extensa biografía de Filóstrato y de las disputas que su figura suscitó luego entre los autores cristianos y paganos tardíos, a las que luego aludiré, las demás referencias a Apolonio son escasas, si bien todas tienen algo en común: unánimemente se nos presenta un Apolonio que tiene mucho más de brujo y taumaturgo que de filósofo. Por citar algún ejemplo, el historiador Dión Casio lo menciona en dos ocasiones: en una de ellas refiere cómo Apolpnio vio desde Éfeso el asesinato de Domiciano, que estaba teniendo lugar en Roma 18 ; en la otra nos cuenta cómo a Caracalla «le agradaban tanto los magos y hechiceros, que a Apolonio el capadocio, que floreció en época de Domiciano y fue un consumado hechicero y mago, lo ensalzaba y honraba, e incluso le construyó un heroon » 19 . También los escritores de la Historia Augusta se refieren a él. Así, se nos cuenta 20 que, cuando Aureliano se disponía a destruir Tiana, se le apareció Apolonio y lo convenció para que respetara su ciudad natal. Asimismo se nos informa 21 de que Severo Alejandro rendía culto en un santuario privado a la imagen de Apolonio, junto con las de Cristo, Abraham y Orfeo. No faltan alusiones más despectivas, como la de Luciano 22 quien, en su sarcàstica descripción del falso profeta Alejandro, dice que fue discípulo de Apolonio y agrega: «¡Ya ves qué clase de escuela tenía el individuo del que hablo!» Presumiblemente debía estar escrito en tonos parecidos el libro de Merágenes sobre Apolonio, del que nos habla el propio Filóstrato 23 .
Este tipo humano no carece de paralelos. Además del ya citado de Alejandro, podemos citar a Peregrino, objeto también de una obra de Luciano, Sobre la muerte de Peregrino , que presenta varias coincidencias con nuestra Vida 24 , y especialmente el propio Pitágoras o, mejor dicho, el tipo humano en el que la leyenda acabó por convertir a Pitágoras y que se refleja, por ejemplo, en sus biografías tardías, como las de Porfio y Yámblico: un taumaturgo, relacionado con la sabiduría caldea y egipcia, entre cuyos saberes se incluían nociones filosóficas, unidas a prácticas ascéticas, veneración religiosa y la capacidad de obrar maravillas. La relación es particularmente estrecha entre la Vida de Apolonio y la Vida de Pitágoras de Yámblico, entre las que se han señalado numerosas analogías. Dado que sabemos que Apolonio escribió una biografía de Pitágoras (citada, entre otros, por el propio Yámblico, Vid. Pit ., 254), se ha llegado a pensar que Filóstrato pudo usarla como fuente, atribuyéndole al Tianeo rasgos o anécdotas que Apolonio refería acerca de Pitágoras, lo que explica las coincidencias con Yámblico, que se sirvió igualmente de ella como fuente para su biografía de Pitágoras 25 .
El propósito primordial de Filóstrato es negar en su biografía que Apolonio fuera un góēs , un brujo o practicante de la magia negra, y reivindicar su figura, convirtiéndola en la de un representante excelso de la alēthinḗ sophía , la «verdadera sabiduría», a la altura de filósofos antiguos como Empédocles, Demócrito o Platón, por no hablar del propio Pitágoras. Para ello llega incluso a atacar a los brujos, tanto en su propia narración, como en boca de Apolonio 26 . No obstante, pese a sus buenos propósitos, los rasgos con los que nos presenta su figura hacen asomar aquí y allá inevitablemente la figura del taumaturgo. Apolonio hace milagros (IV 25, VI 27), resucita a una muerta o, al menos, aparentemente muerta (IV 45), hace profecías (I 10, IV 4, 34, VI 32, etc.), expulsa démones (IV 20, 25, VI 27), sana enfermos (IV 4), aparta la peste (IV 10), evoca muertos (IV 16), aparece súbitamente en un lugar apartado (IV 10, VIII 10), ve lo que sucede en lugares lejanos (VIII 26), habla lenguas sin haberlas aprendido (I 19), posee la capacidad de comprender a los animales (I 20) y un largo etcétera de poderes, algunos de ellos íntimamente relacionados con lo chamánico. De otra parte, hay aspectos más propiamente religiosos que filosóficos (si bien la distinción entre ambos, como ya he dicho, se va borrando progresivamente en esta época), como son su vida de predicador, así como sus visitas a los templos y su afán por reformar sus cultos, etc.
En realidad cabe decir que hay dos Apolonios, el filósofo y el taumaturgo, sin que el autor logre conciliar muy bien a ambos, a más de que Filóstrato, pese a sus intenciones declaradas de limpiar la figura de Apolonio de sus aspectos mágicos, no puede evitar la tentación de lo maravilloso, tan del gusto del público de la época. En suma, lo que pretende ofrecernos Filóstrato es un retrato idealizado del hombre divino, o mejor, de lo que los griegos llamaban el theîos anḗr 27 , dado que «divino» (theîos ), para los griegos de la época, tiene un sentido bastante diferente de lo que tal palabra evoca en nuestra conciencia lingüística 28 . Para las religiones politeístas «dios» es tan sólo alguien que difiere de un hombre en que no muere y posee poderes sobrenaturales, por lo que la posesión de ciertos poderes sobrehumanos hacen confundirse al hombre con la esfera de lo divino, además de que, ya Platón 29 pensaba que los filósofos se acercaban a la divinidad por su perfecta bondad.
Filóstrato, además, precisa que los poderes de Apolonio se deben a una especial ascesis (VIII 7), con lo cual no hace otra cosa que profundizar en un concepto acuñado por Juliano el teurgo, el concepto de teurgia 30 , heredado luego por Porfirio y el Neoplatonismo. La teurgia la practica un sabio que, por la ejemplaridad y pureza de su vida y por su amor a la sabiduría, goza de la comunidad con los dioses y es intermediario entre dioses y hombres. En todo caso, tenemos datos que aseguran que Apolonio llegó a recibir culto. Además del heroon que le dedicó el emperador Severo Alejandro, al que ya he aludido, sabemos que en Éfeso recibía culto bajo la advocación de Heracles Tutelar 31 , y asimismo habla de los adoradores de Apolonio, entre otros, Eunapio 32 .
Nos consta, además, que Filóstrato ha añadido rasgos de su propia cosecha en la configuración de la figura de Apolonio. Así, por ejemplo, se pueden detectar influjos socráticos en el diálogo y en varios elementos de la propia biografía 33 , se evidencia claramente que las opiniones políticas del de Tiana contienen más del punto de vista filostrateo que del atribuible a Apolonio 34 , y otro tanto cabe decir de las opiniones artísticas, estudiadas detenidamente por Birmelin 35 . En cuanto al gran interés de Apolonio por el culto al Sol, no tiene base en las creencias pitagóricas del capadocio, sino que parece deberse a un deseo del sofista de adular a Julia Domna, cuyo padre era sacerdote del Sol. Por último, respecto a sus viajes, si bien el viaje a la India es muy plausible, la estancia de Apolonio en Etiopía parece falsa, de acuerdo con los múltiples detalles geográficos sospechosos de la narración, puestos de manifiesto por Hopfner y Treloar 36 .
En cambio sí podemos atribuirle a Apolonio, porque coincide perfectamente con las creencias pitagóricas, la consideración de las prácticas del sacrificio sangriento como inapropiadas para los dioses. Un sumario de las creencias religiosas de Apolonio podemos hallarlo, además, en un fragmento del propio Apolonio, de una obra referida a los sacrificios que nos ha conservado Eusebio 37 .
Apolonio parece haber sido autor de una extensa producción literaria. El detalle de este punto podemos reconstruirlo en parte gracias a una noticia del ya citado léxico Suda, aparte de algunas menciones, principalmente en la propia Vida de Apolonio , además de los textos que se nos han conservado como suyos.
El Suda comienza por citar su obra Sobre los sacrificios , mencionada, además de por Eusebio, al recoger un fragmento de la misma, por Porfirio y por el propio Filóstrato 38 . Enumera asimismo un Testamento —al que se alude como fuente en Vida de Apolonio I 3— unos Oráculos , la ya citada Vida de Pitágoras y unas Cartas . De estas últimas se conserva una colección de setenta y siete, de las que hemos de descontar la 53, que es de Claudio al senado de Tiana; la 59, del rey babilonio Garmo a Neogindes, rey de los indios, y la 62, de los lacedemonios a Apolonio, pero a las que hemos de añadir una citada por Porfirio y varias referidas por Estobeo 39 . En la propia Vida de Apolonio 40 se menciona la existencia de una colección diferente de cartas. En todo caso, si bien la autenticidad de esta colección epistolar no es segura, tampoco hay motivos decisivos para negársela. Posiblemente hay algunas auténticas, unidas a falsificaciones. El tema ha sido objeto de un recentísimo trabajo de Lo Cascio 41 .
A este catálogo podemos aún agregar el Himno a la Memoria , su obra Acerca de la adivinación por las estrellas y las Opiniones de Pitágoras , de acuerdo con las referencias contenidas en la Vida de Apolonio 42 , pero hemos de considerar falsas las atribuciones del discurso apologético de Apolonio en VIII 7, que es claramente obra de Filóstrato, y de un tratado Sobre las horas del día y de la noche 43 .
Es difícil saber cómo era Apolonio en realidad, dado que la de Filóstrato es una visión parcial e interesada. Parece evidente que hemos de admitir entre sus rasgos básicos que era un pitagórico que quiso ser un retrato viviente de Pitágoras, preocupado por conservar puros sus preceptos: vegetarianismo, abstinencia sexual, uso de vestimenta de lino y calzado de corteza, etc., interesado por la moralización del culto a los dioses, y amante de la cultura griega, además de ser, como lo define Bowersock 44 , un inconformista, cuya persecución de la verdad y sinceridad lo hacían entrar en conflicto con el gobierno establecido de su época.
En cualquier caso, era Apolonio, con su aspecto exótico, su amor por lo griego, sus viajes a tierras extrañas y sus cambiantes relaciones con los emperadores, el personaje ideal para una biografía novelesca, como la que emprende Filóstrato. Para ello contó sin duda con una serie de materiales.
4. Las fuentes de la «Vida de Apolonio de Tiana» y la autenticidad del libro de Damis
Al principio de la obra (I 2-3), el propio Filóstrato enumera cuáles son sus fuentes de información para configurar la biografía de Apolonio: tradiciones orales locales, textos del propio Apolonio, concretamente sus cartas y su testamento, y diversos escritos sobre el de Tiana, entre los cuales menciona un Libro de Máximo de Egas sobre la estancia del sabio en Egas, otro de cuatro volúmenes de Merágenes, y especialmente un relato del propio Damis, el asirio compañero inseparable de Apolonio. Ninguna de estas tres obras se nos ha conservado, y en cuanto a sus autores, poco o nada es lo que sabemos. Respecto a Máximo de Egas, sabemos que ocupó el cargo de ab epistulis Graecis , una especie de secretario del emperador, con la misión de ocuparse de su correspondencia en griego. A Merágenes lo cita también Orígenes, y de su referencia parece deducirse que la visión que en su obra se daba de Apolonio era contrapuesta a la de Filóstrato, probablemente incorporando el punto de vista del gran enemigo de Apolonio, Éufrates. De ahí que el autor de la Vida le niegue toda validez como testimonio. En cuanto a Damis, se han suscitado grandes dudas y múltiples trabajos en torno al tema, sin que se haya llegado a una solución generalmente aceptada, si bien son frecuentes las posiciones dogmáticas y no discutidas respecto a si existieron o no realmente Damis y su manuscrito. Ya desde Baur, en 1832 45 , se comenzó a poner en duda la cuestión, dudas que han ido acrecentándose entre varios autores posteriores, aunque con variantes, desde quienes creen una mera ficción literaria, tanto el manuscrito como su autor 46 , hasta quienes defienden la existencia de Damis y su relato 47 , pasando por quienes creen que Filóstrato accedió a un relato anterior, pero no de Damis 48 , o creen en Damis, pero no en su texto 49 , hasta quienes se mantienen indecisos respecto al problema 50 . La desconfianza de algunos autores ha llegado incluso a negar la existencia del escrito de Máximo de Egas y a considerarlo como un texto complementario, inventada por Filóstrato por la necesidad de justificar los hechos de Apolonio en Egas, que obviamente no habrían podido ser conocidos por Damis 51 .
La argumentación para negar la existencia de Damis, sin entrar en los complejos detalles de la cuestión, se basa fundamentalmente en tres aspectos: el primero, que la referencia a un manuscrito anterior es un expediente típico de la época —y posteriormente, piénsese en la ficción novelesca de Cervantes respecto al manuscrito de Cide Hamete Benengeli, en el Quijote —, especialmente en narraciones novelescas, que daban de un tema versiones nuevas y «subversivas»; el segundo, que las coincidencias entre detalles atribuidos a Damis en la Vida de Apolonio con los expresados por Filóstrato como cosa propia en otras obras, así como la aparición, bajo el nombre de Damis, del conjunto de aspectos que son los típicos del interés de la Segunda Sofística, hacen sospechar que Filóstrato le ha atribuido a Damis múltiples cosas de su propia cosecha, y el tercero que los errores históricos, que no escasean en la Vida de Apolonio , resultan difícilmente atribuibles a un autor como Damis, al que suponemos contemporáneo de los hechos.
La verdad es que ninguno de los argumentos es concluyente. Por argumentaciones del primer tipo aquí indicado, se consideró durante años un farsante a Herenio Filón de Biblos, autor, en época de Adriano, de una Historia Fenicia , en la que invocaba como fuente a un tal Sancuniatón, que habría vivido antes de la guerra de Troya, y se consideraba que Filón se había limitado a plagiar la Teogonía de Hesíodo. La aparición en Ras Samra de textos ugaríticos fechados en el segundo milenio antes de Cristo, que presentan múltiples detalles coincidentes con los atribuidos a Sancuniatón, en una fecha asimismo coincidente con la que le asignaba Filón, obligó a reconocer la veracidad de este autor y la existencia de su fuente. Errores filológicos como éste nos hacen ser más prudentes y evitar asertos tajantes sólo sobre esta base. En cuanto a los argumentos del segundo y el tercer tipo, pierden fuerza si tenemos en cuenta la inexistencia en la época del respeto a la propiedad intelectual y de la pulcritud en el manejo de las fuentes, y consideramos que Filóstrato, como por otra parte él mismo declara, ha reelaborado ampliamente el texto de Damis, tras aludir a su mal estilo (I 3). En conclusión hay que decir que, si bien no disponemos de absolutamente ningún testimonio, fuera de Filóstrato, que garantice la existencia de Damis y de su escrito, tampoco hay ningún argumento definitivo para negarla, por lo cual el tema se convierte en una elección entre darle o no crédito al propio Filóstrato.
Dejando ya aparte la validez o no del testimonio de Damis, existe, relacionado con éste, otro problema: la Vida de Apolonio transcurre en un marco histórico concreto al que Filóstrato hace a menudo referencia, y repetidas veces se ha puesto en duda la credibilidad de las afirmaciones de Filóstrato como fuente histórica. Merece la pena decir alguna palabra sobre este tema.
5. Los elementos históricos de la «Vida de Apolonio»
La época en la que transcurre la vida de Apolonio, el siglo I d. C., es escasa en testimonios históricos. Las menciones de la obra de Filóstrato respecto a hechos ocurridos en ese tiempo son numerosas, pero con frecuencia la crítica ha negado a la Vida de Apolonio todo valor como documento histórico. Los defensores de tal postura insisten especialmente en sus errores; es el caso especialmente de Meyer, en el trabajo ya citado, pero no sólo de él. En fecha reciente Bowersock 52 señala tres equivocaciones, según él, especialmente graves y modélicas para hacernos desconfiar de su fiabilidad: en primer lugar, las referencias a Demetrio (IV 25, 42, V 19, VII 10-16, etc.) y la imposibilidad de casar las fechas de su exilio con los datos que conocemos por otras fuentes. En segundo lugar, la afirmación de que Nerón se enteró de la revuelta de Víndex cuando se hallaba en Grecia (V 10), y en tercer lugar, la mención de que Nerva fue exiliado en Tarento (VII 8), cuando la realidad es que fue Nerva, cuando era ya emperador, el que mandó allí al exilio a otro conspirador, Calpurnio Craso.
Frente a esta valoración negativa, se distingue en la defensa de la historicidad de la Vida el estudio de Grosso 53 , quien analiza uno por uno los episodios que en ella se narran y, después de compararlos con las versiones de otros autores y de examinar de un modo crítico la bibliografía respectiva, concluye que el rétor «narraba la vida de su héroe sobre la trama históricamente segura de los hechos sabidos por el gran público, que los conocía y podía, en cualquier caso, controlarlos, guiándose por las obras historiográficas mayores» 54 . Además de que, señala Grosso, Filóstrato está empeñado en hacer verosímil su nueva visión de Apolonio, y para ello necesitaba guardar el mayor respeto por los hechos conocidos como históricamente ciertos. Es más, se pueden registrar coincidencias con los historiadores, allá donde se refieren a los mismos hechos, especialmente con Dión Casio, lo cual es lógico, dado que ambos son griegos y comparten un ambiente cortesano semejante.
Lo que sí ocurre es que hay elementos en los que Filóstrato se permite las mayores libertades, especialmente en los viajes de Apolonio. Por citar algún caso, los Brahmanes aparecen totalmente helenizados, igual que la India descrita por el autor, en la que se inventa, por ejemplo, relieves con Poro y Alejandro. Perdidos los datos del verdadero viaje, Filóstrato lo rellena con retórica y con digresiones (de las que me ocuparé más adelante) sobre todo género de maravillas. Más libertades aún se permite en el viaje a Etiopía, que, como ya he indicado antes, parece una completa invención. Pero todo ello no quita para que, en líneas generales, la Vida de Apolonio pueda ser usada como testimonio histórico. No es este el momento de indicar en cuántas ocasiones Filóstrato remite a hechos históricos ciertos y en cuántas comete errores. Las notas a cada episodio irán guiando al lector en cada momento respecto a nuestros conocimientos sobre cada uno de ellos por otras vías, y le permitirán hacer por sí mismo un balance de los errores y aciertos 55 . En todo caso, el testimonio de Filóstrato no desmerece de los de los historiadores de esta época, como Suetonio o Dión Casio, pues casi siempre que podemos apoyar sus afirmaciones por otro testimonio, existe coincidencia entre ellos.
Particular atención dedica Filóstrato a la cronología, manteniendo su promesa de dar «una visión exacta de ese hombre en los momentos en los que dijo o hizo cada cosa». No obstante, varios autores han discutido la cronología ofrecida por nuestro sofista respecto a los años en los que vivió Apolonio. Así, Phillimore 56 sitúa su nacimiento entre el 37 y el 41 d. C., casi cuarenta años después de las fechas de Filóstrato. Luego, Meyer 57 , basándose en un presunto sincronismo con Éufrates y en las cronologías de Eusebio y San Jerónimo, sitúa su madurez entre el 94 y el 96 y, siguiendo al Chronicon Paschale , que menciona el año 123, sitúa la muerte de Apolonio alrededor del 120. Pero es un hecho que, después del reinado de Nerva, no se menciona para nada a Apolonio, y por ello es más probable aceptar, con Strazzeri 58 y luego Grosso 59 , las fechas que propone Filóstrato. Como guía del lector, ofrezco a continuación un cuadro en el que la cronología que suponemos de los hechos principales de Apolonio aparece en la columna de la derecha, mientras a la izquierda se sitúa la de los emperadores romanos bajo cuyo poder vivió el sabio de Tiana:
| Augusto (27 a. C.-14 d. C.) | Nacimiento de Apolonio (3-4 d. C.) |
| Tiberio (14-37) | |
| Gayo (Calígula) (37-41) | |
| Claudio (41-54) | Visita a Vardanes (45) |
| Nerón (54-68) | Apolonio en Corinto (61) |
| Apolonio en Roma (66) | |
| Galba (68-69) | |
| Otón (69) | |
| Vitelio (69) | |
| Vespasiano (69-79) | Encuentro con Vespasiano (69) |
| Entrevista con Tito en Tarso (71) | |
| Tito (79-81) | |
| Domiciano (81-16) | Estancia en Esmirna (92) |
| Proceso de Apolonio (93) | |
| Nerva (96-98) | Correspondencia con Nerva (96) |
| Muerte de Apolonio (97) |
Una vez que hemos revisado las fuentes y las referencias históricas de la obra de Filóstrato, cambiaremos nuestra óptica para ocuparnos, en los siguientes apartados, de aspectos propiamente literarios.
6. La «Vida de Apolonio», ¿novela o biografia?
La presencia en la Vida de Apolonio de una serie de elementos que aparecen también en las novelas de la época han llevado a varios autores a considerarla, también, una novela, sin mayores especificaciones. Así, ya Rohde 60 comparaba la Vida de Apolonio con una novela, las Etiópicas , de Heliodoro, y señalaba un contenido pitagórico común a ambas. Asimismo Helm 61 la incluía entre las novelas biográficas. Por la misma razón la tradujo Grimal en su selección de novelas griegas y latinas 62 . A la lista hemos de añadir, aún, a Bowersock 63 , quien, tras definirla como «una novela elaborada y romántica, picaresca, con un contexto histórico y generosamente equipada de elementos exóticos», la relaciona con la literatura contemporánea de viajes reales o imaginarios, si bien observa que su carácter apologético la pone en conexión con las llamadas Actas de los mártires paganos , que contienen discursos desafiantes de ciertas personalidades paganas contra la autoridad establecida y que, a su vez, forman parte de la tradición biográfica en el Imperio Romano, de la que son exponentes ilustres Suetonio y Plutarco. Todavía en fecha muy reciente Anderson 64 señala los puntos de contacto de la Vida con la novela y la hagiografía: confrontación con los gobernantes, escenas de juicios, rescate de un naufragio, prodigios diversos y el esquema predominante del viaje. No obstante, reconoce Anderson la dificultad de señalar relaciones específicas, porque la comparación con Heliodoro no puede resolver los problemas cronológicos, y el material pitagórico, común asimismo con Antonio Diógenes 65 , no constituye una base de comparación válida entre ambas. Piensa, por el contrario, que el conjunto está más cerca del Icaromenipo y la Nigromancia de Luciano, en cuanto al material, y de la Ciropedia de Jenofonte, en cuanto a su disposición, si bien el resultado es un genuino experimento sofístico.
Una visión diferente del problema la inicia Reardon, que, si bien comienza por señalar las concomitancias de la Vida de Apolonio con las novelas, especialmente con la de Heliodoro 66 : viajes, curiosidades pseudocientíficas, milagros, interés por la religión del Sol, etc., poniendo especialmente de manifiesto la semejanza de Apolonio con un personaje de las Etiópicas , Calasiris, observa, sin embargo, que falta un elemento fundamental para considerar una novela la Vida de Apolonio , el erótico, con todo lo que ello comporta para la propia estructura de la obra: la separación de los amantes, los peligros que deben arrostrar, el reencuentro, etc., por lo cual cree preferible no considerarla una novela, pese a la presencia de elementos novelescos en la obra. Su propuesta es considerarla obra de un escritor «de oficio», que la compuso por orden imperial.
En otro lugar de su estudio 67 relaciona la Vida con un tipo de literatura muy importante en esta época: el que se interesa por las prácticas supersticiosas o por los nuevos cultos que por entonces proliferaban, procedentes casi todos de la región oriental del Mediterráneo, tipo del que serían exponentes la Interpretación de los sueños de Artemidoro o los Discursos sagrados de Elio Aristides, y que se vería sarcásticamente criticado en el Alejandro de Luciano. Asimismo la emparenta con otra clase de literatura, la aficionada a lo maravilloso y representada por Eliano, Flegón de Tralles y la Paradoxografía en general 68 . Por todo ello concluye que en la Vida de Apolonio confluyen dos aspectos: ser una biografía de un hombre de religión, con lo que ello comporta de testimonio de las creencias de su tiempo, y una obra literaria, para divertir, que refleja el gusto de la época y de su autor, y en suma, el libro que mejor representa la cultura griega pagana de época tardía.
Una aportación fundamental a la determinación del género literario en el que hemos de encuadrar la Vida de Apolonio la constituye el excelente trabajo de Lo Cascio 69 , quien, siguiendo a Leo 70 , que la definía como «una biografía peripatética» que «gravita tan fuertemente hacia otras direcciones de la literatura narrativa que, como la Ciropedia y los Panegíricos, toca sólo la periferia de la esfera biográfica», cree que se trata primordialmente de una narración biográfica, en orden cronológico, desde el nacimiento hasta la muerte de Apolonio, pero que, de acuerdo con un procedimiento típicamente retórico, Filóstrato inserta en ella digresiones que engrosan y hacen variada la biografía, si bien tales digresiones nunca se confunden con la parte históricobiográfica de la obra, sino que constituyen elementos añadidos. Tampoco García Gual considera adecuado incluir la Vida de Apolonio entre las novelas, y de ahí que no se refiera a ella en su completo y documentado estudio sobre la novela griega 71 , además de que declara específicamente su coincidencia con Lo Cascio en este punto en la reseña que dedica a su obra 72 .
Así pues, pese a los elementos más o menos novelescos que aparecen en la obra que nos ocupa, parecen tener más peso los argumentos de quienes la consideran una biografía, aunque, eso sí, entramada de digresiones. La abundancia y variedad de las mismas hace necesario dedicar a ese aspecto un apartado de esta introducción.
7. Las digresiones y los discursos dentro de la «Vida»
El hilo conductor de la Vida de Apolonio , la biografía organizada según criterios cronológicos, se ve interrumpido aquí y allá por una serie de digresiones y discursos. Desde el punto de vista de la forma, estos pasajes constituyen, en palabras de Reardon 73 , «un verdadero pot-pourri de formas literarias de nuestro período». Además de los elementos novelescos —viajes, incidentes dramáticos, el proceso, el carácter aretalógico y la sumaria descripción de caracteres—, hay ejemplos de toda la gama de formas literarias del gusto de la época: el discurso ante el pueblo (diálexis ), como la exhortación a la concordia en Esmirna (IV 8); la declamación o discurso de escuela (melétē ), como la Apología ante Domiciano (VIII 7); la descripción (ékphrasis ), como la del Palacio de Babilonia (I 25), la del Santuario de Dionisio (II 8) o la de la estatua de Memnón (VI 4); la comparación (sýnkrisis ), como la que se establece entre el Indo y el Nilo (VI 1) o entre Apolonio y otros sabios (VII 1), o cuentos, como el de los piratas (III 24) o el, casi un chiste, de las virtudes tomadas por esclavas por el aduanero (I 20). Aún habría que añadir los rasgos típicos de la paideía de la época: las múltiples referencias a Homero o a la Historia de Grecia y sus protagonistas, así como a los filósofos o a los personajes de la mitología; basta ojear el índice de nombres para constatar la frecuencia y abundancia de tales referencias.
Desde el punto de vista del contenido, las digresiones son de carácter muy vario. Merece la pena que reproduzcamos aquí, esquemáticamente, la excelente clasificación de las mismas hecha por Lo Cascio 74 , quien distingue los siguientes tipos:
I. Descripciones geográficas , que se justifican por la naturaleza viajera de Apolonio. Naturalmente, lo que no es exótico (Grecia, Italia, Jonia) no se describe. Dentro de este apartado clasifica Lo Cascio los siguientes subgrupos:
1. Ekphráseis geográficas a comienzos de los libros: por ejemplo, el Cáucaso y el Tauro (II 2), el Hífasis (III 1), las Columnas de Heracles (V 1, 3), Gadira (V 4) y la Bética (V 6).
2. Digresiones en medio de los libros: Mesopotamia (I 20), el Indo y el Nilo (II 18-19), Etiopía (VI 1, 24-5).
3. Descripciones de ciudades: Babilonia (I 25), Taxila (II 20, 23), Bálara (III 56).
4. Descripciones de monumentos y obras de arte (I 24, II 20ss, 42, III 14, IV 28).
II. Cuestiones de historia natural y costumbres , en la mayoría de los casos más fantásticas que reales. Por citar algunos ejemplos: el parto de la leona (I 22), los elefantes (II 11-15), los dragones (III 6-8), métodos mágicos de caza (III 8), los pescadores de perlas (III 57), los repentinos amaneceres en Gadira (V 3), la teoría platónico-estóica de las mareas (V 2) o la explicación física de los volcanes (V 16-17).
III. Referencias propias de la paradoxografía . Desde el siglo III a. C. se desarrolla en Grecia una corriente de escritores, llamados paradoxógrafos, que se ocupan de lo inusitado y de lo que excita la curiosidad, como son por ejemplo Estratón de Lámpsaco y Antígono de Caristo. Un parangón más reciente y conocido de lo que podría ser este tipo de obras podría ser, como señala acertadamente Meyer, los Viajes de Gulliver de Swift. Como los paradoxógrafos, Filóstrato no muestra en las descripciones de este tipo el menor interés por la verosimilitud, sino que su afán es meramente entretener, para lo cual podía ser útil cualquier tema. Establece Lo Cascio en este apartado los siguientes subgrupos:
1. Animales: los elefantes (II 11-13, 16), el gusano del Hífasis (III 1), el unicornio (III 2), los monos recolectores de la pimienta (III 4), las piedras mágicas en la cabeza del dragón (III 8), la martícora (III 45), los grifos buscadores del oro (III 48), el fénix (III 49), los monstruos del Mar Eritreo (III 57), los toros salvajes y los cabritoros (VI 24).
2. Etnografía: los árabes (I 20), las mujeres bicolores (III 3), Paraca (III 9), los pigmeos, los esciápodos, los macrocéfalos (III 47), los Comepeces (III 55).
3. Mitología: las cadenas de Prometeo (II 3), la Nereida de Selera (III 56), la estatua de Memnón (VI 4), las Columnas de Heracles (V 5), el sátiro (VI 27).
4. Paradojas taumatúrgicas: el Pozo de la Prueba y el Fuego del Perdón, las tinajas de la lluvia y la sequía (III 14), la levitación de los Brahmanes (III 17), los escanciadores mecánicos (III 27).
5. Otras paradojas: el Asbameo (I 6), los árboles que destilan sangre y el olivo de Pigmalión (V 5), la Peña de Aorno (II 10), la colina de los Brahmanes (III 13), la pantarbe (III 46), el monstruo de tres cabezas (V 13).
La profunda divergencia existente entre el contenido de las digresiones y los datos histórico-biográficos indica que para estas cuestiones Filóstrato recurre a otras fuentes completamente distintas de las históricas, referidas ya en el § 4 de esta Introducción . Solmsen 75 nos ofrece un inventario muy completo de las mismas. En primer lugar, las obras que el propio Filóstrato cita, deseoso de mostrar su erudición. Así, la obra de Yuba de Libia sobre los elefantes (II 13, 16), la de Ortágoras, que debía titularse algo así como Acerca del Mar Rojo (III 53), el Periplo de Escílax de Carianda, cuya autoridad niega en III 47, así como el Diario de a bordo de Nearco, que le serviría de fuente para el retorno de Apolonio de la India, igual que le sirviera a Arriano para su Indikḗ .
En otros casos no cita sus fuentes, pero podemos determinarlas. Así, no da el nombre de Ctesias de Cnido, médico de cabecera de la reina Parisátide, y autor, entre otras obras, de unos Indiká , de los que conservamos un resumen de Focio, pero Solmsen ha puesto también de relieve la existencia de numerosas coincidencias entre Filóstrato y Ctesias en una serie de capítulos (por ejemplo, II 18, III 1, 2, 47, VI 37).
Hay además múltiples referencias a la historia de Grecia en sus épocas de esplendor, sin que podamos denominar propiamente «fuentes» en este caso a autores como Heródoto o Tucídides en cuestiones manidas de historia, así como a los filósofos o poetas arcaicos y clásicos. Se trata, en suma, de una colección de alusiones a la tradición griega o al acervo cultural, pero, como las demás digresiones, no se hallan incorporadas a los elementos biográficos y en ocasiones hacen que la economía de la obra se resienta, si bien hay que reconocer que, como contrapartida, le confieren a esta biografía variedad y pintoresquismo.
Un lugar aparte merecen los discursos o diálogos que le sirven al autor para profundizar en el análisis de los personajes, descritos siempre externamente, en sus acciones o en su palabras, especialmente en el del filósofo protagonista. Naturalmente que estos ejercicios retóricos, tan del gusto de la época, por otra parte, son creaciones libres del autor y poco o nada tienen que ver con el auténtico Apolonio o con los auténticos personajes que los pronuncian, pero el recurso de poner en boca de los protagonistas históricos discursos o diálogos ficticios viene de antiguo en la literatura griega —piénsese, por poner un ejemplo ilustre, en los discursos que Tucídides hace pronunciar a los personajes históricos o su Diálogo de los Melios— y se consideraba como una práctica historiográfica nada censurable, sino todo lo contrario.
Los discursos, que abundan en la obra, han sido asimismo clasificados por Lo Cascio 76 , quien establece cuatro grupos:
I. Coincidiendo con digresiones: De ellos, unos son breves (por ejemplo, los amores de los eunucos, en I 33; las costumbres de los elefantes, en II 11; el cariño por los hijos, en II 14; el orden de los elefantes para cruzar el río, en II 15), y otros de mayor entidad: la concepción de la pintura (II 22), los estudios filosóficos en la India y la historia de Fraotes (II 29-32), el coloquio con Aquiles (IV 16), las dialéxeis sobre Nerón (V 7) o Esopo (V 15), el arte de la flauta (V 21), la Apología (VIII 7) o la discusión sobre lo que es un festival (VIII 18).
II. Discursos o diálogos con función estructural , que le sirven a Filóstrato para contrastar posiciones y dejar exponer a cada uno su punto de vista. Así, la doctrina de los Brahmanes (III 20, 25, 30, 34s.), las diferentes teorías políticas de Éufrates, Dión y Apolonio (V 33-35) o la filosofía de los Gimosofistas (VI 10, 19-21).
III. Discursos que subrayan la particular situación del momento , como son el elogio a los discípulos que se atreven a acompañar a Apolonio (IV 38), la exhortación, antes de ir a Etiopía (V 43), los intentos de Demetrio y Damis de convencer a Apolonio para que no vaya a Roma (VII 12s.) y la réplica de Apolonio (VII 14).
IV. Diálogos filosóficos para sostener tesis opuestas: ejemplos de los cuales son el rechazo de la riqueza (I 34), la discusión sobre la proximidad del cielo (II 5), la fe en la coherencia del sabio (II 7), las ventajas de no beber vino (II 35-7), la metempsícosis (III 23-4), el bien común y la solidaridad (IV 3), la emulación entre los conciudadanos (IV 8-9), la decadencia de las costumbres (IV 21), la desaprobación de la vanagloria (IV 30), de la hipocresía (V 20), de la presunción (VI 36), de los locos deseos (VI 40) y de los derramamientos de sangre inútiles (V 26), o la aprobación de los que son fieles a su honestidad (VII 42).
Con estos discursos, pues, además de dar satisfacción a las aficiones retóricas de la época, se logra profundizar en determinadas situaciones y conferir variedad a la obra.
8. Los milagros de Apolonio y su relación con la aretalogía y la hagiografía
Nos resta aún aludir a un importante elemento constitutivo de la Vida de Apolonio: los milagros. Semejantes a los pasajes y referencias paradoxográficas por su carácter maravilloso, se diferencian de éstos en que, como acciones que son del propio Apolonio, forman parte esencial de su biografía y no son, como los parádoxa , elementos digresivos añadidos. La presencia de milagros constituye una novedad en el género biográfico, dado que en la biografía antes cultivada los milagros no tenían cabida. El único género literario griego en el que hay precedentes de narraciones de milagros es un género menor, religioso, popular y muy localizado: la aretalogía 77 .
Llamamos aretaí a los milagros de un dios del que los sacerdotes daban cuenta al pueblo para glorificar al dios y edificar a los fieles. Aparecen en los templos de esos dioses que, en época tardía, van suplantando a los Olímpicos por su mayor implicación con la suerte personal del hombre: Asclepio, Sérapis, Isis, etc. Que Filóstrato conoce bien este tipo de literatura es algo que se pone de manifiesto en algunas de las epifanías divinas narradas en la Vida de Apolonio 78 . Lo Cascio las analiza, tomando como término comparativo una reciente recopilación de testimonios epigráficos y papirológicos de estas aretaí 79 y pone en evidencia las íntimas relaciones, formales y de contenido, entre unas y otras, para tratar posteriormente de examinar el influjo que este tipo de narraciones ejerce en las actividades del propio Apolonio y los paralelos que pueden reseñarse entre ambas, todo lo cual permite constatar el carácter típico de estas manifestaciones. Parte Lo Cascio de la base de que ser sabio en esta época significa acercarse a los dioses, lindando así con la religión o, según los puntos de vista, con la superstición, y observa cómo Filóstrato va ofreciendo actividades sobrenaturales de Apolonio en una cuidadosa gradación que, en esquema, sintetiza del siguiente modo:
I. Actividades propias de la sabiduría humana (concentradas en la primera parte del libro), entre las cuales se cuentan:
1. Interpretación de sueños (I 23).
2. Poder sobre los espectros; por ejemplo, la evocación de la sombra de Aquiles (IV 16), el sátiro y el vino (VI 27) y especialmente Menipo y la empusa (IV 25). De este último episodio hay un paralelo muy claro en la tremebunda historia de Flegón de Tralles sobre Macates y Filinion 80 , en la que se nos narra cómo Filinion, muerta seis meses antes, obtiene la posibilidad de pasar tres días con su amado y así lo hace. Aunque los padres le advierten de lo que realmente está sucediendo, Macates hace caso omiso de su advertencia. Por fin, la empusa huye, Filinion queda muerta y Macates se suicida.
3. Conocimiento de lo oculto: por ejemplo, el mercader de Cilicia (I 10), la inocencia de un condenado a muerte (V 24) y las historias de Timasión (VI 3) y el hombre de Menfis (VI 5).
4. Conocimiento del futuro, que le permite a Apolonio adivinar una serie de hechos, como la muerte del gobernador de Cilicia (I 12), el tiempo que iba a permanecer en Babilonia (I 22), la epidemia que amenazaba Éfeso (IV 4), la identidad del próximo hierofante de Eleusis (IV 18), que el Istmo de Corinto comenzaría a excavarse y las obras no se acabarían (IV 24), que surgiría una isla entre Tera y Creta (IV 34), que un rayo estaría a punto de matar a Nerón (IV 43), la efímera toma del poder de Galba, Otón y Vitelio (V 11-13), el naufragio de una nave (V 18), la reedificación del templo de Júpiter Capitolino (V 30), el destino futuro de Tito (VI 32) o la inminente muerte de Nerva (VIII 27).
II. Poderes más propiamente divinos (que ocupan la parte central de la obra), como son los siguientes:
1. Curaciones, que constituyen el milagro por excelencia, la prueba típica de santidad, en relación aquí, además, con la idea de que la enfermedad está causada por la ira de un dios ante las culpas humanas, con lo que, en palabras de Teresa Mantero 81 , la medicina se vuelve en esta época arte de obrar exorcismos. Apolonio aprende este arte con los Brahmanes, que curan a un cojo, un ciego y un paralítico (III 39), pero los supera, especialmente en dos casos particularmente relevantes:
a ) La resurrección de una muchacha (IV 45), que tiene paralelos en los Evangelios 82 y en la literatura aretalógica, en la curación de una tal Sóstrata 83 .
b ) El joven mordido por un perro (VI 43). Es de señalar que en las aretaí es frecuente que los animales, como aquí el perro, intervengan en la curación 84 , pero que, si bien el animal es el instrumento de la curación, sólo el dios (aquí, Apolonio) es el que tiene la capacidad para curar.
2. Exorcismos, no muy distintos de las curaciones según lo que antes he apuntado. Apolonio los aprende también de Yarcas (III 38), pero también en este caso supera a su maestro, en los siguientes episodios:
a ) El exorcismo de la ciudad de Éfeso (IV 10), en relación con la vieja idea del sacrificio del pharmakós , que asume todas las culpas y libera, con su inmolación a la comunidad. Un paralelo de este caso, excepcional por tratarse de un exorcismo colectivo, lo hallamos en el peán de Isilo de Epidauro 85 , según el cual, Asclepio intervino en favor de Esparta en una situación apurada.
b ) El poseso de Colofón (IV 20), episodio en el que el demon derriba una estatua, como prueba de que ha abandonado el cuerpo. El tema presenta paralelos con un milagro narrado en los Hechos de San Pedro 86 , especialmente, el estupor de la gente y la actitud del endemoniado que, una vez liberado, no recuerda nada y cambia totalmente de forma de vida.
3. Otros favores divinos que no tienen relación con la enfermedad, como son por ejemplo el encuentro de un tesoro (VI 39), comparable con un texto aretalógico 87 , en el que una tal Calicratía, al morir su marido, ignora el lugar en el que éste había escondido el dinero, hasta que el dios se lo revela.
III. Casos en los que es el propio Apolonio el beneficiario del milagro , coexistiendo así en él los planos humano y divino. Estos episodios se concentran especialmente al final de la Vida . Podemos contar los siguientes:
1. Liberación de su pierna de la cadena, para hacer una demostración a Damis (VII 38). El hecho es importante para el desarrollo de la obra, porque es entonces cuando Damis comprende por primera vez cuál es la verdadera naturaleza de Apolonio. Tenemos un paralelo en la literatura cristiana 88 , en el que un ángel libera a San Pedro de la cadena, si bien en él el milagro no presenta el carácter meramente gratuito y demostrativo que tiene en la Vida de Apolonio .
2. Traslación mágica de Apolonio desde el tribunal hasta Dicearquía, comparable a una noticia de Porfirio 89 , según la cual Pitágoras fue visto en Metaponto y Tauromenio (localidades muy distantes entre sí, Metaponto, en el fondo del Golfo de Tarento, Tauromenio, en la actual Taormina, en Sicilia) en el mismo día. La incredulidad de Demetrio, que no sabe si se halla ante un fantasma, tiene asimismo paralelos con la incredulidad de los apóstoles ante la aparición de Jesucristo 90 .
3. Visión a distancia de la muerte de Domiciano (VIII 26) que presenta asimismo semejanzas con el relato de Aristócrito cuyo hijo, salvado de un naufragio, pero perdido en las rocas, fue visto por él desde el templo de Asclepio, y con unos pasajes de Atanasio y Gregorio de Tours 91 , si bien en este último caso es muy probable un influjo directo de la obra de Filóstrato.
Concluye Lo Cascio que esta sucesión de diferentes clases de milagros no está dictada tanto por cuestiones de orden expositivo cuanto justificada por una eficaz línea de desarrollo: de las manifestaciones de Apolonio como profeta y sabio, a la curación-exorcismo o a la resurrección, hasta la superación en sí mismo de las leyes del tiempo o del espacio, se registra un claro progreso en su capacidad milagrosa que, partiendo de características de sabiduría humana, llega a una asunción por el sabio de rasgos propios de las aretalogías y de ahí a que éste adquiera las características propias del taumaturgo. La clase de milagro varía, según progresa en su perfeccionamiento la propia figura del sabio y, consecuentemente, la forma literaria se adapta a esta evolución.
Esta asimilación en la biografía de elementos aretalógicos iba a ser fundamental para el desarrollo de un género nuevo, las Vidas de Santos , la hagiografía, destinado a un largo desarrollo posterior. Ya Reitzenstein 92 observó en un tema concreto la existencia de una sola línea literaria que ligaba el mundo pagano y cristiano: el tema que denomina «del santo y la bestia», en el que tanto vale la osa de Pitágoras como el lobo de San Francisco, pasando por el perro hidrófobo de Apolonio (VI 43). Asimismo, en otra obra 93 compara los elementos comunes entre la Vida de Apolonio y la Vida de Antonio de Atanasio, a las que considera inspiradas en un modelo común. Luego Holl 94 profundiza más en el tema al analizar las influencias literarias de la Vida de Apolonio sobre la hagiografía, pero hace derivar esta línea del ideal de sabio que aparece ya en el tratamiento de la figura de Sócrates. Por su parte, List 95 examina los inicios de la hagiografía en conexión con las vidas de los filósofos paganos, pero estima más importante el influjo neoplatónico que el de las Vidas pitagóricas como lo es la de Apolonio.
En este punto es también fundamental la aportación de Lo Cascio 96 . Comienza el autor por mostrar una serie de rasgos que asocian a Apolonio con un santo: los prodigios antes de su nacimiento; la ascesis, que lo asemeja a un padre del yermo; su renuncia a la riqueza; sus formas de penitencia, como el silencio de cinco años; su parquedad en la comida; su forma de vestir, y, en general, su huida de los placeres corporales, en la idea de que el cuerpo es la cárcel del alma. Asimismo, el hecho de que tal género de vida produzca en él, como resultado, un gran equilibrio interior, una serena alegría y, en general, el disfrute del favor de la divinidad, que se manifiesta fundamentalmente en que le es conferida la capacidad de hacer milagros. Incluso hay detalles más concretos: en primer lugar, su actividad de curar animales (V 42) es comparable a la que se atribuye a santos como San Cosme y San Damián o a San Martín. En segundo lugar, como santo que es, debe sufrir proceso, casi martirio, pero su glorificación es el triunfo sobre el enemigo, aquí Domiciano. En tercer lugar, su aparición después de la muerte es un rasgo que adquirirá importancia fundamental en las vidas de los santos, si bien en la Vida de Apolonio se halla sólo apuntado. Por último, es un detalle típico de estas vidas el que su autor se asesore de un testigo importante, un colaborador directo del santo, como lo es en la Vida de Apolonio Damis 97 .
Con todo, la novedad de la Vida de Apolonio consiste precisamente en haber incorporado un elemento antiguo, pero ajeno a la alta literatura, la aretalogía, al contexto biográfico, novedad ésta que influiría decisivamente en la configuración del género hagiográfico, en el que lo típico es precisamente esa unión de la «vida y milagros» de un santo concreto. Naturalmente que esta afinidad iba a situar necesariamente a la Vida de Apolonio en una posición de competencia con el Cristianismo, pero, pese a que en un tiempo pudo pensarse de otro modo, como veremos a continuación, esta rivalidad no surge desde el principio.
9. La posteridad: Apolonio y Cristo
Fue el teólogo alemán Baur 98 el primero en afirmar que el propósito de Filóstrato al escribir la Vida de Apolonio no fue otro que contraponer un santo pagano a la figura de Cristo. La idea tuvo escaso eco, y ya Kayser 99 la rechaza, aunque algunos estudiosos se adhirieron a ella 100 . Parece más probable la opinión elaborada, entre otros, en los estudios de Chassang, Reville y De Labriolle 101 , según la cual los elementos que aproximan la Vida a las narraciones evangélicas se deben más bien, de un lado, a la existencia en la sociedad pagana de la época de la misma tendencia a la fe en el milagro que iba luego a propiciar la gran aceptación del cristianismo, y de otro, al carácter típico de las narraciones milagrosas. En efecto, la posesión demoníaca, por ejemplo, es un rasgo común en la antigüedad, y el exorcista que expulsa a los demonios era ya una figura familiar a la sociedad pagana 102 . Hay por tanto que concluir con Solmsen 103 que la idea de Baur es algo que pertenece ya al pasado. Es más, como señala Dodds 104 , se registran en época de Filóstrato diversos intentos de absorber el cristianismo en el establishment o, al menos, admitirlo en coexistencia pacífica con el paganismo, intentos de los que pueden ser ejemplo la invitación a su corte de Julia Mammea, madre del emperador Severo Alejandro, al cristiano Orígenes, o el dato, ya referido, de que el propio emperador tenía estatuas de Apolonio y de Cristo en su capilla privada 105 . Todos estos datos indican para la época más una coexistencia que una competencia entre paganismo y cristianismo.
La utilización de Apolonio como modelo para restar importancia a Cristo se produjo, sin embargo, pero posteriormente. Así, Porfirio, en su tratado Contra los Cristianos 106 admite que los cristianos realizaron maravillas, pero niega valor a tales éxitos, aduciendo que paganos como Apolonio y Apuleyo fueron capaces de obrarlas también. Más violento es aún Hierocles, gobernador de la época de Diocleciano y autor de un libro titulado Los Amantes de la Verdad , en el que se propone demostrar que Apolonio fue más sabio y milagroso y mejor exorcista que Jesucristo. A la formulación teórica de su enemistad por el cristianismo acompañó asimismo sus hechos, y así fue uno de los instigadores de la Gran Persecución de Diocleciano y Galerio contra los cristianos, y, como gobernador de provincia, un activo colaborador en la misma. Contra él escribe un tratado Eusebio 107 , en el que trata de sostener la tesis de que Apolonio era un charlatán y un mago y que sus éxitos se debían a la intervención de los malos espíritus. Curiosamente rebate avant la lettre a Baur al asegurar que antes ningún anticristiano había puesto a Apolonio como rival de Jesucristo. En esta disputa intervendrán otros ilustres teólogos antiguos, como Orígenes 108 , pero lo más curioso es que sus ecos no se apagaron hasta muy tarde. Así, por ejemplo, Bowersock 109 refiere cómo Charles Blount se propuso publicar una versión completa al inglés de la Vida de Apolonio , pero, tras la publicación en 1680 de los dos primeros libros, se le hicieron ver los peligros en contra de la religión cristiana que comportaba esta obra y se le convenció de que no continuara. Asimismo señala cómo, aún en 1809, el reverendo Edward Berwick se ve obligado a dar explicaciones de sus motivos para publicar una traducción completa de esta obra, contestando a un historiador de la época demasiado pacato en sus referencias a Apolonio.
10. El texto de la «Vida de Apolonio»: ediciones y traducciones
El único trabajo de edición serio sobre la obra que nos ocupa y que, pese a su antigüedad, aún nadie ha intentado mejorar, sigue siendo el de C. L. Kayser. Según este autor, de entre los manuscritos de que disponemos para la Vida de Apolonio , hay que distinguir una familia más fiable, encabezada por el Parisino 1801, con mucho el mejor de todos, y completada por un Escurialense, el Marciano Cl. XI 29, el Parisino 1696, el Urbinate 110 y el Vaticano 956, y otra familia menos fiable, compuesta por los Laurencianos LXIX 26, 27 y 33, el Palatino 329, un Vratislavense, el Vaticano 1016, un Schellershemiano, el Lugdunense 73 y los Marcianos 391 y 392, a más de contar con las excerpta del Palatino 129, un Darmstadino y el Laurenciano LXXIV 12.
Aparte de los manuscritos que contienen el original de la Vida , disponemos, como testimonio complementario, de dos resúmenes antiguos de la obra, debidos a Focio 110 . El primero de ellos, más breve, se centra en los rasgos más destacados de la biografía de Apolonio, mientras que el segundo es un extracto más extenso de la totalidad de la obra. Un trabajo reciente de Hägg 111 se ocupa de relacionar ambos textos con el originad de Filóstrato, no sólo en cuanto a las diferencias textuales que presentan entre sí, sino también en cuanto a la técnica que ha seguido Focio para elaborar su epítome.
Las ediciones de Filóstrato han sido escasas: a la Aldina de 1502 le siguieron las de F. Morel, París, 1608, y la de G. Oehlschläger (Olearius), Leipzig, 1709. C. L. Kayser hizo una primera edición de la obra completa de Filóstrato, Zurich, 1844-1853, a la que siguió la didotiana de A. Westermann, París, 1849. Por fin, Kayser hizo una segunda edición mejorada, en la Biblioteca Teubneriana, Leipzig, 1870-1. Lo único reseñable después de la edición de Kayser, limitándonos a la obra que nos ocupa, es la reproducción de su edición de la Vida , con ligeras variantes, por F. C. Conybeare en la Loeb Classical Library, en 1912.
En cuanto a las traducciones son asimismo muy pocas. En alemán hay que contar con las antiguas de D. C. Seybold, Lemgo, 1776-7, y la de A. H. Christian, de Stuttgart, 1828-55. En inglés, después de las antiguas traducciones de C. Blount, en 1680 (sólo dos libros), y E. Berwick, en 1809, se editan en el mismo año, 1912, las dos importantes traducciones de F. C. Conybeare, en la Loeb Classical Library, y de J. S. Phillimore, en Oxford. Luego de la de C. P. Eels, para la California University Press, de 1924, no vuelve a traducirse hasta 1970, y no completa, por C. P. Jones, en los Penguin Books. En francés, tras la antigua de A. Chassang, París, 1862, disponemos de la traducción de P. Grimal, dentro de sus Romans grecs et latins , París, 1958, y en español, de una versión de esta traducción —si bien el autor se guarda de mencionar este importante extremo— de J. B. Bergua, dentro del volumen La novela griega , Madrid, 1965. Hasta tal extremo esta traducción depende del francés y se ha hecho sin asomarse lo más mínimo al original griego, que se cometen errores tan pintorescos como en VIII 26 (pág. 612), donde la frase griega blépsas te deinòn es tḗn gên se traduce «lanzando una mirada terrible hacia el Sol», lo que sólo puede explicarse por un error mecánico, a partir de la traducción de Grimal jetant un regard terrible vers le sol , por el cual pasa a convertirse francés sol «suelo», en español «Sol». Si algún lector tiene paciencia y humor para ello, puede confrontar las traducciones de Grimal y Bergua, y hallará, incluso en las notas, cumplidas muestras de tal piratería hermenéutica, y numerosos errores de este tipo, que no merece la pena reseñar aquí.
Es ésta, por tanto, la primera traducción directa de la Vida de Apolonio que ve la luz en español. En ella he pretendido mantener la máxima fidelidad al difícil estilo de Filóstrato, pero sin rozar los límites de la ininteligibilidad en español. Asimismo he pretendido facilitar al lector no iniciado una guía en las continuas referencias a la tradición histórica, mítica o filosófica griega, o a los elementos exóticos o paradoxográficos que abundan en esta obra, dotando la traducción de un abundante número de notas aclaratorias. En muchos casos, las notas abren también al lector interesado la posibilidad de profundizar en algunos aspectos concretos, remitiéndole a la bibliografía reciente sobre cada tema. Además de ello, ofrezco a continuación una bibliografía general, sobre los más importantes trabajos dedicados a la obra que nos ocupa.
11. Bibliografía
1. El renacimiento literario griego en época imperial:
G. ALFÖLDY , «The crisis of the third century as seen by contemporaries», GRBS 15 (1974), 89-111; J . ALSINA , Introducción a su traducción de LUCIANO , Obras , Barcelona, 1962; G. W. BOWERSOCK , Greek Sophists in the Roman Empire , Oxford, 1969; E. L. BOWIE , «Greeks and their Past in the Second Sophistic», Past and Present 46 (1970), 1-41; E. R. DODDS , Pagan and Christian in an Age of Anxiety , Cambridge, 1965, (hay trad. esp. de J. Valiente, Paganos y cristianos en una época de angustia , Madrid, 1974); T. MANTERO , Ricerche sull’Heroicos di Filostrato , Génova 1966; B. E. PERRY , «Literature in the Second Century», Class. Journ . 50 (1955), 295-298; B. P. REARDON , Courants littéraires grecs des IIe et IIIe siècles après J.-C ., París, 1971; W. SCHMID , Der Attizismus in seinen Hauptvertretern , 4 vols., Stuttgart, 1887-96 (reimp. Hildesheim, 1964); W. SCHMID , O. STÄHLIN , Geschichte der griechischen Literatur , 2.2, 6.a ed., Munich, 1924; E. ZELLER , Die Philosophie der Griechen in ihrer geschichtlichen Entwicklung , Leipzig, 1903.
2. Filóstrato y el círculo de Julia Domna:
T. BERGK , Die Philostrate , Leipzig, 1883; BOWERSOCK , ob. cit.; I. FERTIG , De Philostratis sophistis , Bamberg, 1894; K. MÜNSCHER , «Die Philostrate», Philologus , Suppl. X (1907), 469-557; O. SCHÖNBERGER , Introducción a PHILOSTRATOS , Die Bilder , Munich, 1968; F. SOLMSEN , «Some Works of Philostratus the Elder», TAPhA 1940, 556-572, íd. S . V . Philostratos 10, en PAULY -WISSOWA , R. E ., XX 1, 1941, col. 147-152.
3. Apolonio de Tiana:
E. BIRMELIN , «Die kunsttheoretischen Gedanken in Philostrats Apollonios», Philologus 88 (1933), 149-180 y 392-414; A. CALDERINI , «Teoria e pratica politica nella Vita di Apollonio di Tiana», Rend. Ist. Lomb . 74 (1940-1), 213-241; B. A. VAN GRONINGEN , «Apollonius de Tyane», Bull, de la Fac. des lett. de Strassb . 30 (1951-2), 107-116; B. F. HARRIS , «Apollonius of Tyana. Fact and fiction», Journ. Rei. Hist . 5 (1969), 189-199; J. HEMPEL , «Untersuchungen zur Überlieferung von Apollonius von Tyana», Beitr. Religionswiss . 4 (1920), 3 ss.; T. HOPFNER , «Apollonius von Tyana und Philostratos», Seminarium Kondakovianum 4 (1931), 135-164; B. LATZARUS , «Un pythagoricien thaumaturge: Apollonios de Tyane», Rev. des cours et conferences , 1939, 40.2, págs. 33-47, 240-252, 516-525, y 41.1, págs. 51-64, 267-280 y 420-434; F. LO CASCIO , Sulla autenticità delle epistole di Apollonio Tianeo , Palermo, 1978; M. MEUNIER , Apollonios de Tyane ou le séjour d’un dieu parmi les hommes , París, 1936; E. MEYER , «Apollonius von Tyana und die Biographie des Philostratos», Hermes 52 (1917), 317-424, recogido en Kleine Schriften , II, Halle, 1924, 131-191; J. MILLER , S . V . Apollonios von Tyana , en PAULY -WISSOWA , R. E ., II 1, 1896, col. 146 ss.; E. MUELLER , War Apollonius von Tyana ein Weiser oder ein Betrueger oder ein Schwaermer und Fanatiker? , t. doct., Breslau, 1861; W. SPEYER , «Zum Bild des Apollonios von Tyana bei Heiden und Christen», Jahrb. Ant. Christ . 17 (1974), 47-63.
4. Las fuentes de la Vida de Apolonio de Tiana y la autenticidad del libro de Damis:
J. MESK , «Die Damisquelle des Philostratus in der Biographie des Apollonius von Tyana», Wiener Studien 41 (1919), 121-138; MEYER , ob. cit . en 3); J. MILLER , «Die Damispapiere in Philostratos’ Apolloniosbiographie», Philologus 66 (1907), 511-525; G. PETZKE , Die Traditionen über Apollonius von Tyana und das Neue Testament , Leiden, 1970; E. SCHWARTZ , Fünf Vorträge über den griechischen Roman , Berlin, 1896 (Berlín, 1943); SOLMSEN , ob. cit . en 2); REITZENSTEIN , ob. cit . en 8); GROSSO , ob. cit . en 5); HEMPEL , ob. cit . en 3); LO CASCIO , ob. cit . en 6).
5. Los elementos históricos de la Vida de Apolonio:
J. CHARPENTIER , «The Indian Travels of Apollonius of Tyana», Skrifter utgivna av Kungliga Humanistiska Vetenskapssamfundet i Uppsala 29.3 (1934), 31 ss.; P. DERCHAIN y J. HUBAUX , «Vespasien au Sérapéum», Latomus 12 (1953), 38-52; F. GROSSO , «La ‘Vita di Apollonio di Tiana’ come fonte storica», Acme 7 (1954), 333-532; íd., «Gli Eretriesi deportati in Persia», Riv. Fil. Ist. Class . 36 (1958), 350-375; G. S. KNABE , «Philostratus’ Life of Apollonius of Tyana and Cornelius Tacitus» (en ruso, con res. en inglés). Vest. Dreu. Ist . 121 (1972), 30-63; R. J. PENELLA , «Scopelianus and the Eretrians in Cissia», Athenaeum 52 (1974), 295-300; V. A. SMITH , «The Indian Travels of Apollonius of Tyana», Zeits. d. Deutsch. Morgenl. Gesell . 68 (1914), 329-344; E. STRAZZERI , Apollonio di Tiana e la cronologia dei suoi viaggi , Terranova, 1901.
6. La Vida de Apolonio , ¿novela o biografía?
G. ANDERSON , «Apollonius of Tyana as a Novel», resumen de ponencia, en Erotica Antiqua. Actes of the international conference of the ancient novel , Bangor, 1977, pág. 37; A. CHASSANG , Histoire du roman et des rapports avec l’histoire dans l’antiquité grecque et latine , París, 1862 (2.a ed.); C. GARCÍA GUAL , Los Orígenes de la Novela , Madrid, 1972; íd., reseña a LO CASCIO (cf. infra ), en Emerita 45 (1977), 224-6; R. HELM , Der antike Roman , Berlín, 1948 (Gotinga, 1956); F. LEO , Die griechisch-römische Biographie , Leipzig, 1901; F. LO CASCIO , La forma letteraria della Vita di Apollonio Tianeo , Palermo, 1974; A. PRIESSNIG , «Die literarische Form der spätantiken Philosophenromane», Byz. Zeitsch . 30 (1929-30), 23-30; íd., «Die biographische Form der Plotinvita des Porphyrios und das Antoniosleben des Athanasius», Byz. Zeitsch . 64 (1971), 1-5; REARDON , ob. cit . en 1); E. ROHDE , Der griechische Roman und seine Vorläufer , Leipzig, 1876, 3.a ed. de W. SCHMID , Leipzig, 1914 (reimp. Hildesheim, 1960).
7. Las digresiones y los discursos dentro de la Vida:
A. GIANNINI , Paradoxographorum Graecorum reliquiae , Milán, 1945; íd., «Studi sulla paradossografia greca II», Acme 17 (1964), 99-138; LO CASCIO , ob. cit . en 6); REARDON , ob. cit . en 1); H. ROMMEL , Die naturwiss.-paradoxogr. Excurse bei Philostratos, Heliodor und Achille Tatios , Stuttgart, 1923; A. TRELOAR , «Aethiopians», Prudentia 4 (1972), 42-50.
8. Los milagros de Apolonio y su relación con la aretalogía y la hagiografía:
W. ALY , S . V . Aretalogoi , en PAULY -WISSOWA , R. E ., VI, supp. 1935, col. 13-15; P. COURCELLE , «Philostrate et Grégoire de Tours», Mél. J. de Ghellinck I (1951), págs. 311-319; A. EHRHARDT ; «Emmaus, Romulus und Apollonius», Fest. Klauser, Jb. AC, Erg. Bd. I , Münster, 1964, 93-99; A. J. FESTUGIERE , «Une formule conclusive dans la prière antique», Symb. Osl . 28 (1950), 89-94; L. GIL , Therapeia. La medicina popular en el mundo clásico , Madrid, 1969; R. HERZOG , «Die Wundererheilungen von Epidauros. Ein Beitrag zur Geschichte der Medizin un der Religion», Philologus , Supp. vol. XXII (1931), 1-164; K. HOLL , «Die schriftstellerische Form des griechischen Heiligenlebens», Neue Jahrb. f. das klass. Alt . 15 (1912), 406-427; H. C. KEE , «Aretalogy and Gospel», Journ. Bibl. Lit . 92 (1973), 402-422; B. LAVAGNINI , S . V . Aretalogía , en Enciclopedia Italiana , ap. vol. I, 1938, pág. 144, luego en sus Studi sul romanzo greco , Florencia, 1950, 189 ss.; J. LIST , Das Antoniusleben des Hl. Athanasius d. Gr., eine literarhistorische Studie zu den Anfängen der byzantinischen Hagiographie , Atenas, 1930; V. LONGO , Aretalogie nel mondo greco , I, Génova, 1969; R. REITZENSTEIN , Hellenistische Wundererzählungen , Leipzig, 1906; O. WEINREICH , Antike Heiligungswunder , Giessen, 1909.
9. La posteridad: Apolonio y Cristo:
F. C. BAUR , «Apollonius von Tyana und Christus», Tüb. Zeitsch. f. Theol . 4 (1832).
1 B. P. REARDON , Courants littéraires grecs des IIe et IIIe siècles après J.-C ., París, 1971, pág. IX.
2 FILÓSTRATO , Biografías de los Sofistas , págs. 481 y 507.
3 Cf., por ejemplo, la rotunda e injusta valoración de la Vida de Apolonio que aparece en el prólogo de la Edición Aldina: nihil unquam memini me legere deterius, lectuque minus dignum .
4 J. ALSINA , Introducción a su traducción de LUCIANO , Obras , Barcelona, 1962, pág. XXIII.
5 Destaquemos, como más amplios, el ya citado de REARDON , y el estudio de C. GARCÍA GUAL , Los Orígenes de la Novela , Madrid, 1972, ambos con abundante bibliografía.
6 B. E. PERRY , «Literature in the Second Century», Class. Journ . 50 (1955), 295-298.
7 Sobre lo cual cf. T. MANTERO , Ricerche sull’Heroicos di Filostrato , Génova, 1966, págs. 21 y sigs.
8 En L. SPENGEL , Rhetores Graeci , Leipzig, 1856, vol. III, página 390.
9 Biografías de los Sofistas II 33.
10 El tema comienza a aclararse en el artículo de F. SOLMSEN , Philostratos 10 en PAULY -WISSOWA , R. E ., 1941, col. 124 y sigs. Cf. recientes estados de cuestión, con bibliografía en MANTERO , Ricerche ..., págs. 9-10, con nota 4; O. SCHÖNBERGER , en su introducción a PHILOSTRATOS , Die Bilder , Munich, 1968, págs. 10-16; G. W. BOWERSOCK , Greek Sophists in the Roman Empire , Oxford, 1969, págs. 1-4, si bien no podemos llegar a resultados universalmente aceptados.
11 Cf. Vid. Apol . VI 27.
12 BOWBRSOCK , Greek Sophists ..., págs. 101-109, donde se menciona la bibliografía anterior sobre el tema.
13 Cf. Vid. Apol . I 3: «ya mí, que pertenecía a su círculo...».
14 Biografías de los Sofistas , pág. 622.
15 DIÓN CASIO , LXXV 15, 6-7.
16 FILÓSTRATO , Carta 73.
17 Cf. la valoración de FOCIO , Biblioteca , cód. 44. 9b, 21 sigs.: «En cuanto a su estilo, es claro, gracioso, conciso y lleno de dulzura. Se complace en emplear tanto arcaísmos como giros de la mayor novedad.»
18 DIÓN CASIO , LXVII 18. Filóstrato narra esta visión en términos semejantes en Vid. Apol . VIII 25-6, y lo más probable es que Dión haya leído a Filóstrato.
19 DIÓN CASIO , LXXVIII 4.
20 El divino Aureliano 24.
21 Severo Alejandro XXIX 2.
22 LUCIANO , Alejandro o el falso profeta 5.
23 Vid. Apol . I 3. Hay otros testimonios en términos semejantes, que sería largo enumerar aquí, por ejemplo, APULEYO , Apología , 90; ORÍGENES , Contra Celso VI 41, etc. Es de suponer que ésta era también la versión del enemigo de Apolonio, Éufrates, y es asimismo verosímil que de la versión de Éufrates dependa el libro de Merágenes del que se hablará en esta misma Introducción, § 4, y de él, en época bizantina, las alusiones de Juan Tzetzes y otras. En épocas recientes es normal que tampoco los historiadores de la filosofía lo incluyan como filósofo en sus estudios, cf., por ejemplo, P. MERLAN , en A. H. ARMSTRONG (ed.), The Cambridge History of Later Greek and Early Medieval Philosophy , Cambridge, 1967, pág. 105, nota 4. De los intentos recientes de fijar la personalidad de Apolonio, destacamos los estudios de Miller, Van Groningen y Hopfner citados en la Bibliografía.
24 Cf. J. BOMPAIRE , Lucien écrivain: imitation et création , París, 1958, 615 sigs.
25 Algunas analogías señalables son, por ejemplo, el encuentro de Pitágoras y Fálaris con el que hay entre Apolonio y Domiciano, así como el nacimiento de Pitágoras y el de Apolonio, cf. F. GROSSO , «La ‘Vita di Apolonio di Tiana’ come fonte storica», Acme 7 (1954), 486-491, con abundante bibliografía, y MANTERO , Ricerche ..., pág. 38, nota 2.
26 Cf. Vid. Apol . I 26, V 12, VII 39, y especialmente la defensa de Apolonio en VIII 7.
27 L. GIL , Therapeia. La medicina popular en el mundo clásico , Madrid, 1969, pág. 470, nota 14 (con bibliografía), señala cómo están presentes en Apolonio los rasgos típicos de la actuación de los theîoi ándres , comparándolos con otros testimonios. Así, por ejemplo, las enfermedades en cuestión son largas y de suma gravedad (Vid. Apol . III 38; IV 20, y cf. las Inscripciones recogidas por V. DITTENBERGER , Sylloge inscriptionum Graecarum , 3.a ed., Leipzig, 1905-1921, con los núms. 802.95; 805.5); los médicos se ven impotentes frente a ellas (Vid. Apol . IV 18, cf. APULEYO , Metamorfosis X 2, 12; ELIANTO , Varia Historia XII 1, fr. 89); las curaciones portentosas emanan de su poder (Vid. Apol . VII 38 sigs., VI 24, IV 45) y no del empleo de artes mágicas (Vid. Apol . I 2, IV 45; VI 12, VII 39, VIII 7). Cf. la Parte 2.a , cap. 3.° (págs. 76 sigs.) de la citada obra de Gil para una caracterización de este tipo humano.
28 Además de la definición de «hombre divino» del propio FILÓSTRATO , Vid. Apol . VIII 7, cf. E. R. DODDS , Pagan and Christian in an Age of Anxiety , Cambridge, 1965, pág. 74 (hay traducción española de J. Valiente Malla, Madrid, 1974, con el título Paganos y cristianos en una época de angustia ).
29 PLATÓN , Teeteto 176b.
30 Cf. MANTERO , Ricerche ..., pág. 42.
31 Cf. HIEROCLES , en LACTANCIO , Instituciones Divinas V 3. En cuanto a los pasajes en los que Apolonio se relaciona con Heracles Tutelar, cf. Vid. Apol . IV 10, VIII 7.
32 EUNAPIO , Vida de Crisancio .
33 Cf. R. HIRZEL , Der Dialog , II, Leipzig, 1895, págs. 339 sigs.; A D. NOCK , Conversion , Oxford, 1933, pág. 195; SOLMSEN , ob. cit ., col. 148.
34 Cf. A. CALDERINI , «Teoria e pratica politica nella Vita di Apollonio di Tiana», Rend. Ist. Lomb . 74 (1940-1), 213-241.
35 E. BIRMELIN , «Die kunsttheoretischen Gedanken in Philostrats Apollonios», Philologus 88 (1933), 149-180 y 392-414.
36 T. HOPFNER , «Apollonius von Tyana und Philostratus», Seminarium Kondakovianum 4 (1931), 143, nota 31; A. TRELOAR , «Aethiopians», Prudentia 4 (1972), 42-50.
37 EUSEBIO , Preparación para el Evangelio IV 13.
38 PORFIRIO , Acerca de la Abstinencia 163.15; FILÓSTRATO , Vid. Apol . IV 19.
39 PORFIRIO , Acerca de la Éstige , en ESTOBEO , Florilegio I 3, 56; ESTOBEO , Florilegio X 64, etc. Con estos fragmentos se llega a 97 cartas, editadas por Kayser tras la Vida de Apolonio , e igualmente por Conybeare, tras la Vida , con traducción inglesa.
40 Cf. VIII 20.
41 F. LO CASCIO , Sulla autenticità delle epistole di Apollonio Tianeo , Palermo, 1978.
42 I 14, III 41 y VIII 19.
43 Recogido en la edición de F. BOLL del tomo 7 del Catalogus Codicum Astrologorum , Bruselas, 1908, págs. 175-181.
44 En su breve, pero excelente introducción al libro PHILOSTRATUS , Life of Apollonius , trad. C. P. JONES , Penguin Books, 1970, pág. 9.
45 F. C. BAUR , «Apollonius von Tyana und Christus», Tüb. Zeitsch. f. Theol . 4 (1832), 111 sigs.
46 E. SCHWARTZ , Fünf Vorträge über den griechischen Roman , Berlín, 1896, págs. 124 sigs.; J. MILLER S . V . Apollonius von Tyana , en PAULY -WISSOWA , R. E ., II 1, 1896, col. 146 sigs.; especialmente E. MEYER , «Apollonius von Tyana und die Biographie des Philostratos», Hermes 52 (1917), 372 sigs.; F. SOLMSEN S . V . Philostratos 10, en PAULY -WISSOWA , R. E ., XX 1, 1941, col. 147-152.
47 R. REITZENSTEIN , Hellenistische Wundererzählungen , Leipzig, 1906, págs. 40 sigs.; J. S. PHILLIMORE , Philostratus. In honour of Apollonius of Tyana , Oxford, 1912, pág. XXI; HOPFNER , «Apollonius...»; GROSSO , «La Vita...»; G. PETZKE , Die Traditionen über Apollonius von Tyana und das Neue Testament , Leiden, 1970; F. LO CASCIO , La forma letteraria della Vita di Apollonio Tianeo , Palermo, 1974.
48 E. ZELLER , Die Philosophie der Griechen in ihrer geschichtlichen Entwicklung , Leipzig, 1903, pág. 167, n. 1.
49 J. MILLER , «Die Damispapiere in Philostratos’ Apolloniosbiographie», Philologus 66 (1907), 511 sigs., quien identifica al Damis de Filóstrato con Damigeron de APULEYO , Apología 90, cf. E. NORDEN , Agnostos Theos , Berlín y Lepzig, 1913, pág. 37.
50 J. MESK , «Die Damisquelle des Philostratus in der Biographie des Apollonius von Tyana», Wiener Studien 41 (1919), 121 sigs.; J. HEMPEL , «Untersuchungen zur Überlieferung von Apollonius von Tyana», Beiträge z. Relig . 4 (1920), 3 sigs.
51 MEYER , art. cit ., pág. 402.
52 BOWERSOCK , en su Introducción, págs. 17-8.
53 GROSSO , «La Vita...».
54 Ibídem , pág. 512.
55 En estas notas de carácter histórico soy fundamentalmente deudor de la enorme masa de datos suministrados por GROSSO , «La Vita...», si bien, para evitar una excesiva acumulación de citas no lo menciono expresamente en cada ocasión.
56 PHILLIMORE , Philostratus ..., I, págs. CV sigs.
57 MEYER , art. cit .
58 E. STRAZZERI , Apollonio di Tiana e la cronologia dei suoi viaggi , Terranova, 1901.
59 GROSSO , «La Vita...», passim .
60 E. ROHDE , Der griechische Roman und seine Vorläufer , Leipzig, 1876 (3.a ed. W. SCHMID , Leipzig, 1974), págs. 462 sigs.
61 R. HELM , Der antike Roman , Berlín, 1948 (Gotinga, 1956), págs. 62 sigs. Cf. ya antes A. CHASSANG , Histoire du roman et des rapports avec l’histoire dans l’antiquité grecque et latine , París, 1862, págs. 6 y 210 sigs.
62 P. GRIMAL , Romans grecs et latins , París, 1958; el mismo proceder adopta J. B. BERGUA , en La Novela Griega , Madrid, 1965, que es un calco de la obra anterior.
63 BOWERSOCK , en la Introducción citada, pág. 15.
64 G. ANDERSON , «Apollonius of Tyana as a Novel», resumen de su ponencia en Erotica Antiqua, Actes of the international conference of the ancient novel , Bangor, 1977, pág. 37.
65 Autor de una novela titulada Maravillas increíbles de allende Tule , de la que sólo se conserva un fragmento y un resumen de Focio. El lector español puede leerlos excelentemente traducidos por J. MENDOZA , junto a las novelas de Caritón de Afrodisia y Jenofonte de Éfeso y otros fragmentos de novela, en esta misma colección.
66 REARDON , Courants ..., pág. 189.
67 Págs. 22-3.
68 Sobre paradoxografía cf. el apartado 7 de la Bibliografía.
69 LO CASCIO , La forma ...
70 F. LEO , Die griechisch-römische Biographie , Leipzig, 1901, págs. 261 sigs.
71 C. GARCÍA GUAL , Los Orígenes de la Novela , Madrid, 1972.
72 Emerita 45 (1977), págs. 224-226.
73 REARDON , Courants ..., 266 sigs., especialmente nota 98.
74 LO CASCIO , La forma ..., págs. 19 sigs.
75 SOLMSEN , S . V . Philostratos , col. 152.
76 LO CASCIO , La forma ..., págs. 42 sigs.
77 Para lo que diremos en este apartado, cf. fundamentalmente LO CASCIO , La forma ..., págs. 53-96. Véanse asimismo las demás obras citadas en el apartado 8 de la Bibliografía.
78 La de Proteo, en su «anunciación» a la madre de Apolonio (I 4), luego las de Asclepio al hidropésico (I 9) y a los sacerdotes, respecto al cilicio (I 10) y por fin la de Trofonio a sus sacerdotes (VIII 9). En todos los casos Apolonio se halla de una u otra forma relacionado con ellas.
79 V. LONGO , Aretalogia nel mondo greco , vol. I: Epigrafi e papiri , Génova, 1969.
80 Recogido por A. GIANNINI , Paradoxographorum Graecorum reliquiœ , Milán, 1945, págs. 170-178. Este relato sirvió asimismo de base a la obra de Goethe La novia de Corinto .
81 MANTERO , Richerche ..., págs. 92 sigs., cf. asimismo GIL , Therapeia..., passim .
82 Marcos V 40, Lucas VII 11.
83 Narrada en el núm. 25 de LONGO .
84 Así, en el núm. 26 de LONGO , un perro le cura un tumor en el cuello a un joven de Egina, lamiéndoselo. Y en el núm. 20 le cura otro perro los ojos a un tal Lisón.
85 Recogido como núm. 44 de LONGO .
86 Hechos de San Pedro 11.
87 Núm. 40 de LONGO .
88 Hechos de los Apóstoles XII 7.
89 PORFIRIO , Vida de Pitágoras 27. Apolonio el paradoxógrafo (cf. PITÁGORAS , Fr. 7 DIELS -KRANZ ) cita Crotona y Metaponto.
90 Evangelio de Lucas XXIV 37, 41-3.
91 Núm. 24 de LONGO recoge el relato del padre de Aristócrito; los otros pasajes citados son ATANASIO , Vida de Antonio 60 (en el que Dios revela a Antonio que había visto volar en el cielo el alma de Amun), y GREGORIO DE TOURS , In Gloria Confessorum , en donde el obispo Eufronio ve a distancia la muerte del rey Cariberto.
92 REITZENSTEIN , Hellenistische ..., págs. 40 sig., 43.
93 R. REITZENSTEIN , «Das Athanasius Werk über das Leben des Antonius. Ein phil. Beitrag zur Geschichte des Mönchtums», Sitz. d. Heidelb. Akad. d. Wissensch, phil-hist. Kl . 5 (1914), 68 sigs.
94 K. HOLL , «Die schriftstellerische Form des griechischen Heiligenlebens», Neue Jahrb. f. d. klass. Alt . 15 (1912), 406-427.
95 J . LIST , Das Antoniusleben des Hl. Athanasius d. Gr., eine literarhistorische Studie zu den Anfängen der byzantinischen Hagiographie , Atenas, 1930.
96 LO CASCIO , La forma ..., págs. 82-96.
97 LO CASCIO , La forma ..., pág. 85, nota 78, ofrece una larga lista de ejemplos.
98 BAUR , «Apollonius...».
99 C. L. KAYSER , en su introducción a la edición de Filóstrato (Leipzig, 1870), pág. V.
100 Cf. W. SCHMID y O. STÄHLIN , Geschichte der griechischen Literatur , Munich, 1929-34, II, pág. 776, nota 7.
101 Cf. referencias y bibliografía en MANTERO , Ricerche ..., página 44.
102 Cf. F. C. CONYBEARE en el prefacio a su traducción de la Vida ... (Londres, 1912), pág. XV.
103 SOLMSEN , S . V . Philostratos ..., col. 145.
104 DODDS , Pagan and Christian ..., pág. 107.
105 Cf. EUSEBIO , Historia de la Iglesia VI 21, 3, Severo Alejandro XXIX 2.
106 PORFIRIO , Contra los Cristianos , fr. 4.
107 Contra la Vida de Apolonio de Filóstrato, con motivo del paralelismo establecido por Hierocles entre aquél y Cristo , editado por KAYSER y CONYBEARE (este último, con traducción inglesa), en sus ediciones de la Vida de Apolonio .
108 ORÍGENES , Contra Celso 240. Cf. asimismo la despreciativa valoración de los hechos de Apolonio y, por consiguiente, del inútil esfuerzo de haber compuesto su biografía, debida a FOCIO , Biblioteca , cód. 44, 10 a 31 sig.
109 BOWERSOCK , en su Introducción, citada, pág. 20.
110 FOCIO , Biblioteca , códices 44 y 241. Una excelente edición con traducción de los mismos es la de R. HENRY , París, Les Belles Lettres, vol. I (para cód. 44), 1959; vol. V (para cód. 241), 1967.
111 T. HÄGG , Photios als Vermittler antiker Literatur , Uppsala, 1975, págs. 15-124.
DIVERGENCIAS RESPECTO A LA EDICIÓN TEUBNERIANA DE KAYSER

LIBRO I
SINOPSIS
Apolonio, un sabio pitagórico (1-2).
Fuentes de la obra (3).
Nacimiento y educación de Apolonio (4-8).
Primeras actividades y discusiones de Apolonio (9-12).
Preparación para una vida ascética (13-15).
Estancia en Antioquía (16-17).
Planea un viaje a la India (18).
Viaje por Mesopotamia: Damis (19-22).
Los eretrios deportados en Cisia (23-24).
Babilonia y los Magos (25-26).
Llegada a Babilonia (27-28).
Entrevistas de Apolonio y Vardanes (29-33).
Discusiones con Damis: los eunucos, la pobreza (33-34).
Petición sobre los eretrios (35).
El eunuco enamorado (36).
Consejos a Vardanes (37-39).
Despedida del rey (40).

Apolonio, un sabio pitagórico
Los devotos de Pitágoras de Samos 1 [1 ] dicen de él lo siguiente: que no fue realmente jonio, sino que en tiempos había sido Euforbo en Troya y había vuelto a la vida después de muerto, pero que había muerto conforme a los poemas homéricos 2 ; que los vestidos hechos de reses muertas los repudiaba y que se mantenía puro de todo alimento que hubiese estado animado y de los sacrificios cruentos; que en efecto no ensangrentaba los altares, sino que el pastel de miel, el incienso y el entonar himnos era lo que llegaba regularmente a los dioses de parte de aquel hombre; que sabía que los dioses acogían con más agrado cosas de esa índole que las hecatombes y el cuchillo sobre la cesta, y ello porque mantenía relaciones con los dioses. Asimismo, que aprendía de ellos con qué se sienten agradecidos a los hombres y con qué los aborrecen, a partir de lo cual formaba su concepto de la naturaleza; que los demás hacen conjeturas sobre la divinidad y aventuran opiniones divergentes unas con otras sobre el tema, pero que a él se le había presentado Apolo haciéndole saber que era él, además de que habían tenido relación con él, sin haber dado a conocer su identidad, Atenea, las Musas y otros dioses, cuyas figuras y nombres no son aún conocidos por los hombres.
Lo que Pitágoras reveló, lo consideraban como ley sus discípulos y lo honraban como a un emisario de Zeus, y entre ellos se guardaba silencio acerca de lo divino 3 . En efecto oían muchas cosas divinas y secretas que eran difíciles de guardar para quienes no aprendían previamente que incluso el silencio es un modo de hablar.
Dicen también que Empédocles de Acragante 4 se encaminaba por esta sabiduría, pues aquello de:
Alegraos: yo llegué a ser para vosotros un dios inmortal, ya no un mortal 5
y
Pues en tiempos yo he sido ya muchacha y muchacho 6
y el buey de Olimpia que, según dicen, hizo de pastel y sacrificó 7 , serían cosas propias de un devoto de las ideas de Pitágoras.
Muchas otras cosas se cuentan acerca de los que practican la filosofía al modo de Pitágoras, pero no es conveniente que yo las toque ahora, ansioso como estoy de proseguir la historia que me he propuesto llevar a término.
A Apolonio, en efecto, aunque se ocupaba en prácticas [2 ] hermanas de éstas y se aproximaba a la sabiduría de modo más divino que Pitágoras por su desprecio por las tiranías, y a pesar de haber nacido en tiempos ni antiguos ni tampoco recientes, los hombres no lo conocen aún por su verdadera sabiduría, que practicaba de manera filosófica y sana, sino que el uno alaba a ese hombre por una cosa, el otro, por otra; otros, por el hecho de haber tenido relación con los Magos de Babilonia, los Brahmanes de la India y los Gimnosofistas 8 de Egipto, lo consideran un mago y lo calumnian como a un intruso entre los sabios, por lo mal que lo conocen. Porque Empédocles, el propio Pitágoras y Demócrito 9 , que convivieron con magos y dijeron muchas verdades sobrenaturales, nunca se sintieron atraídos por este arte. Y Platón, que fue a Egipto 10 y que entremezcló muchas cosas de los profetas y sacerdotes de allí con sus propias teorías y que, como un pintor, dio colores a lo que ya había perfilado, jamás ha sido tomado por un mago, aun cuando se le haya envidiado más que a ningún hombre por su sabiduría.
Así tampoco el hecho de haber presentido y previsto muchas cosas podría incluir a Apolonio en este tipo de sabiduría, a no ser que incluyamos también a Sócrates por lo que preveía mediante su demon 11 y a Anaxágoras 12 por las predicciones que hacía. Efectivamente, ¿quién no sabe que Anaxágoras en Olimpia, cuando no llovía en absoluto, se presentó en el estadio cubierto por una zalea, como una predicción de lluvia, y que al predecir que una casa iba a caerse no se engañó, porque cayó, y que cuanto vaticinó: que se iba a hacer de noche en medio del día y que iban a caer piedras del cielo por la región de Egospótamos, fue cierto? 13 . Y mientras atribuyen estos hechos a la sabiduría de Anaxágoras, le restan a Apolonio la posibilidad de conocer de antemano por su sabiduría y dicen que lo que hizo fue por arte de magia.
Por consiguiente, me parece que no debo ver con indiferencia la ignorancia de la gente, sino dar una visión exacta de ese hombre en los momentos en los que dijo o hizo cada cosa y las particularidades de su sabiduría por las que acabó por ser considerado sobrenatural y divino. He recogido la información, en parte de cuantas ciudades lo amaban, en parte de cuantos templos se vieron restaurados por él cuando ya habían caído en desuso sus ritos, en parte de lo que dijeron otros acerca de él, en parte de sus propias cartas 14 . Él sostuvo correspondencia con reyes, sofistas, filósofos, eleos, délficos, indios y egipcios, sobre los dioses, las costumbres, los principios morales y las leyes, y en sus cartas enmendaba aquello en lo que se erraba. Pero lo más preciso que pude reunir fue lo siguiente:
Fuentes de la obra
[3 ] Fue Damis 15 un hombre en modo alguno ignorante, que vivió en tiempos en la antigua Nínive. Éste, unido a Apolonio en su quehacer intelectual, hizo un relato de sus viajes, en los que afirma haber tomado parte él mismo, así como de sus opiniones, discursos y de cuanto dijo como profecía. Un pariente de Damis puso en conocimiento de la emperatriz Julia 16 las tablillas de estas memorias, hasta entonces desconocidas. Y a mí, que pertenecía a su círculo 17 (puesto que ella elogiaba y admiraba todos los discursos retóricos) me encargó que volviera a redactar estos ensayos y me ocupara de su publicación, pues el de Nínive había hecho su narración de un modo claro, pero desmañado. Dispuse también del libro de Máximo de Egas, que reúne todo lo de Apolonio en Egas. Además Apolonio dejó escrito un testamento por el que se puede saber cuán divinamente inspirado llegó a estar respecto a la filosofía. A Merágenes sin duda no hay que recurrir; pues aunque compuso sobre Apolonio cuatro libros, ignoró muchas cosas sobre nuestro hombre.
Por consiguiente, cómo reuní esta información dispersa y cómo me apliqué a organizarla, queda dicho. Procure mi obra gloria al hombre sobre el que hice mi composición y utilidad a los amantes de aprender, pues seguramente podrían aprender lo que aún no saben.
Nacimiento y educación, de Apolonio
Pues bien, la patria de Apolonio fue [4 ] Tiana 18 , ciudad griega en la región de los capadocios. Su padre tenía el mismo nombre; su familia era antigua y descendiente en línea directa de los fundadores; su fortuna, por encima de los de allí, y eso que la región es rica. A su madre, cuando se hallaba encinta de él, le vino la aparición de un demon egipcio; era Proteo, el que en Homero cambia de forma 19 . Ella, sin ningún temor, le preguntó qué iba a dar a luz. Y él le dijo:
—A mí.
—Y tú, ¿quién eres? —replicó ella.
—Proteo —dijo—, el dios egipcio.
De cómo llegó a ser Proteo en sabiduría, ¡qué podría explicarles yo a quienes prestan oídos a los poetas, qué versátil era, diferente cada vez y demasiado hábil para ser capturado y cómo tenía la reputación de conocerlo y preverlo todo! Es necesario conservar el recuerdo de Proteo, especialmente cuando el relato en su transcurso demuestre que este hombre era mejor profeta que Proteo y llegó a ser triunfador de muchas dificultades y situaciones irremediables en el punto en el que se hallaba más acosado.
[5 ] Se dice que le dieron el ser en un prado, cerca del que ahora se alza un fastuoso templo a él dedicado 20 . Que no se ignore tampoco el modo en que nació. A su madre, cuando llegaba al momento del parto, le vino un sueño: que fuera al prado y cogiese flores. Y al llegar allí, sus siervas se dedicaron a las flores, dispersas por el prado, y ella se entregó al sueño, tendida en la hierba. Entonces, unos cisnes a los que el prado criaba, formaron corro en torno suyo mientras dormía y, levantando las alas como tenían por costumbre, hicieron ruido a la vez, mientras corría una ligera brisa sobre el prado. Y ella se incorporó de un salto, por el canto, y parió. Capaz es cualquier susto de provocar un parto, incluso antes de tiempo. Los lugareños afirman que en el momento en que paría, un rayo que parecía que iba a caer sobre la tierra se remontó al éter y desapareció en lo alto, revelando y anunciando de antemano los dioses, creo, su esplendor por encima de todo lo terreno, su proximidad a los dioses y de qué talla iba a ser este hombre.
[6 ] Hay cerca de Tiana unas aguas consagradas a Zeus el de los Juramentos, según dicen, y las llaman el Asbameo 21 . De ellas brota un manantial frío, pero que bulle como un caldero puesto a calentar. Esa agua, para quienes mantienen sus juramentos, es grata y placentera, pero para los perjuros, un castigo inmediato, pues les ataca a los ojos, a las manos y a los pies; son presa de hidropesías y tisis y ni siquiera alejarse les es posible, sino que se quedan allí y se lamentan junto al agua, confesando lo que perjuraron. Los lugareños afirman incluso que Apolonio fue hijo de Zeus, pero él se refería a sí mismo como hijo de Apolonio.
Al llegar a la edad de las letras, mostró gran capacidad [7 ] de memoria y poder de aplicación. Su lengua era el ático y no se alteraba su acento a causa de su región de origen. Todos los ojos se volvían hacia él, pues era admirable por la flor de su edad. A los catorce años lo lleva su padre a Tarso, junto a Eutidemo de Fenicia. Eutidemo era un buen retor; le enseñaba y él apreciaba a su maestro, pero el ambiente de la ciudad 22 le parecía extravagante y no adecuado para practicar la filosofía. En ninguna parte, en efecto, son más aficionados a la molicie, todos ellos frívolos e insolentes, y se consagran más al lienzo fino que los atenienses a la sabiduría. Un río pasa a través de la ciudad, el Cidno, a cuya orilla se sientan como las aves acuáticas; por ello Apolonio les dijo en una carta eso de: «dejad de embriagaros con agua».
Cambió, pues, de maestro, autorizado por su padre, en Egas 23 , cerca de allí, donde había una tranquilidad apropiada para el que va a dedicarse a la filosofía y aficiones más propias de jóvenes, así como un templo de Asclepio y el propio Asclepio manifiesto a los hombres 24 . Allí se dedicaban con él a la filosofía platónicos, crisipianos y los del Perípato. Oyó también las doctrinas de Epicuro, pues no las menospreciaba; pero fue a las pitagóricas a las que se aplicó con una indecible sabiduría 25 .
Su maestro de las doctrinas pitagóricas, con todo, no era demasiado serio ni practicaba una filosofía activa, sino que estaba dominado por su vientre y por el sexo y se modelaba sobre Epicuro. Era Éuxeno de Heraclea 26 en el Ponto; y conocía las opiniones de Pitágoras como las aves lo que aprenden de los hombres, pues las aves te desean eso de «salud» y «que lo pases bien» y «Zeus te sea favorable» y cosas por el estilo, no por saber lo que dicen ni por simpatizar con los hombres, sino por tener adiestrada la lengua para unos movimientos fijos. Así como las crías de las águilas en el período de debilidad de sus alas vuelan junto a sus progenitores, adiestradas por ellos en el vuelo, pero cuando son capaces de remontarse sobrevuelan a sus padres, especialmente si se dan cuenta de que son glotones y vuelan cerca de tierra por el olor de la grasa, así también Apolonio atendió a Éuxeno de niño, y se dejaba guiar por él en el curso de la argumentación, pero al llegar a los dieciséis años se elevó hacia la vida de Pitágoras, dotado de alas para ello por algo más poderoso.
No obstante, no dejó de apreciar a Éuxeno, sino que, después de pedirle a su padre para él una casa en las afueras donde había suaves jardines y fuentes, le dijo:
—Tú vive a tu manera, que yo viviré como Pitágoras.
Al darse cuenta Éuxeno de que éste había emprendido [8 ] un elevado propósito y al preguntarle por dónde iba a comenzar, Apolonio dijo:
—Precisamente por donde los médicos. Pues ellos, purgando los vientres, a unos no los dejan enfermar y a otros los curan.
Dicho esto, repudió los alimentos animados, como no puros y espesadores de la mente. Tomaba frutos secos y legumbres, afirmando que es puro cuanto da la propia tierra. También el vino decía que es una bebida pura por venirles a los hombres de una planta tan bien cultivada, pero que es contrario a la composición de la mente, por oscurecer el éter que hay en el alma.
Después de realizada tal purgación de su vientre, hace del ir descalzo su adorno y se cubre con prendas de lino, rechazando las de animales. Se dejó crecer la cabellera y se fue a vivir al templo. Asombrados ante él los habitantes del templo, y habiéndole declarado un día Asclepio al sacerdote que se alegraba de curar a los enfermos teniendo a Apolonio por testigo, se congregaban en Egas para conocerlo los propios cilicios y los de los alrededores. El dicho de Cilicia «¿A dónde vas, acaso hacia el efebo?» se decía por él y alcanzó categoría de proverbio.
Primeras actividades y discusiones de Apolonio
[9 ] Merece la pena no pasar por alto lo ocurrido en el templo, dado que mi narración es acerca de la vida de un hombre que gozaba de estima entre los dioses. Pues bien, un jovencito asirio que llegó junto a Asclepio llevaba una vida desordenada, aunque estaba enfermo, y vivía, o más bien moría, en la bebida. Padecía de hidropesía y, disfrutando con la embriaguez, se despreocupaba de la sequedad. Se despreocupaba también de él Asclepio por eso mismo y no lo visitaba ni un sueño.
Una vez que se quejaba de ello, el dios, presentándosele, le dijo:
—Si hablas con Apolonio te sentirás mejor.
Llegándose, por consiguiente, a Apolonio, le dijo:
—¿En qué podría beneficiarme yo de tu sabiduría? Pues Asclepio me encarga que trate contigo.
—En lo que va a serte mucho más valioso en la presente situación —dijo él—. ¿Deseas, pues, buena salud?
—Sí, por Zeus —contestó—, la que Asclepio me promete, pero no me concede.
—¡Guarda un silencio piadoso! —dijo—. Porque se la concede a quienes la quieren, pero tú haces lo contrario de lo conveniente para tu enfermedad, pues, entregado al placer, acumulas bocados exquisitos en tus empapadas y estropeadas entrañas y encenagas el agua con barro.
Esta fue la profecía que vaticinó, más clara, según creo, que la sabiduría de Heráclito 27 , pues éste dijo, cuando le sobrevino ese mal precisamente, que necesitaba a alguien que transformara en sequedad la lluvia, con lo que decía cosas no bien comprensibles ni claras, pero éste en cambio le devolvió la salud al jovencito, ofreciéndole, de un modo claro, sabias interpretaciones.
Al ver un día una copiosa cantidad de sangre en [10 ] el altar y las víctimas que sobre el altar yacían, unos bueyes egipcios y unos grandes cerdos que habían sido sacrificados, así como a unos que las estaban desollando y a otros que las despedazaban, y dos vasos consagrados, de oro y con piedras preciosas de las más legítimas de la India y admirables, acercándose al sacerdote, le dijo:
—¿Qué es esto? Alguien en efecto quiere agradar espléndidamente al dios.
—Más te vas a asombrar —contestó—, porque vino sin haber hecho nunca una súplica aquí, ni habernos frecuentado tanto tiempo como los demás, ni haber sanado por obra del dios ni conseguido lo que había pedido. En efecto, parece que llegó ayer y hace el sacrificio con esa prodigalidad. Dice que hará más sacrificios y más ofrendas si Asclepio lo atiende. Es uno de los más ricos. Ha conseguido, en efecto, en Cilicia una fortuna mayor que todos los cilicios juntos. Le suplica al dios que le devuelva uno de sus ojos, que se le ha desgraciado.
Y Apolonio, como sería de anciano su costumbre, manteniendo los ojos fijos en tierra, preguntó:
—¿Cuál es su nombre?
Y cuando lo oyó dijo:
—Me parece, sacerdote, que a ese hombre no debe acogérsele en el templo, porque el que nos llega es un malvado y ha contraído el padecimiento por conductas no honradas. Eso mismo de hacer sacrificios espléndidos antes de haber obtenido algo del dios no es propio de quien hace un sacrificio, sino de quien trata de que se le perdonen acciones criminales y perversas.
Eso fue lo que dijo Apolonio. Y Asclepio, apareciéndosele de noche al sacerdote, le dijo:
—Que se marche Fulano con lo suyo, pues no es digno ni de conservar el otro ojo.
En efecto, según informaciones del sacerdote acerca del hombre, aquel cilicio había tenido una mujer que tenía una hija de un matrimonio anterior, pero él se había enamorado de la muchacha y mantenía relaciones con ella descaradamente y sin ocultarlo. Habiéndolos sorprendido, pues, la madre en el lecho, a ella le sacó los dos ojos, y a él uno de ellos, atravesándoselos con el alfiler de un broche.
[11 ] Respecto a que no se excediera la medida al hacer sacrificios u ofrendas, lo razonó de la siguiente forma. Una vez que había acudido bastante gente al templo, recién expulsado el cilicio, le dirigió al sacerdote las siguientes preguntas:
—¿Son los dioses justos?
—Los más justos, por supuesto —dijo.
—Muy bien, ¿y sabios?
—¿Qué podría ser más sabio que la divinidad? —contestó.
—¿Y los asuntos de los hombres? ¿Los conocen o son ignorantes acerca de ellos?
—Precisamente en eso —respondió— es en lo que más superan los dioses a los hombres. En que éstos, por su incapacidad, no saben ni siquiera lo que les concierne, mientras que a aquéllos les es dado conocer lo que les concierne a éstos y a sí mismos.
—Todo eso —dijo— es excelente, sacerdote, y muy cierto. Así pues, dado que lo saben todo, me parece que el que llega a la morada del dios y tiene buena conciencia de sí mismo debe dirigirle la siguiente plegaria: «dioses, concededme lo debido», pues debido les es seguramente a las personas puras, lo bueno, sacerdote, y a los malos, lo contrario. Y los dioses que, por supuesto, obran con rectitud, al que hallan sano y sin herir por el vicio, lo envían con seguridad por este camino, tras coronarle, no con coronas de oro, sino con todos los bienes, pero al que ven manchado y corrompido por completo, lo abandonan a su suerte, demostrándoles su irritación en tanto en cuanto se atrevieron incluso a frecuentar los templos sin estar puros.
Y mientras dirigía su mirada a Asclepio añadió:
—Practicas, Asclepio, una filosofía secreta y congénita contigo, al no permitirles a los malvados que lleguen hasta aquí, ni aunque te traigan todo lo de la India y Sardes. Pues no hacen esos sacrificios ni cuelgan sus exvotos por honrar a la divinidad, sino por comprar un castigo del que no les dispensaréis, puesto que sois los más justos.
Muchas cosas de este estilo filosofaba en el templo aún en su primera juventud.
También esto es de su estancia en Egas. Gobernaba [12 ] a los cilicios un hombre soberbio y pervertido en lo amoroso. Hasta él llegó la fama de la juvenil belleza de Apolonio, y mandando a paseo los asuntos en los que se ocupaba —estaba presidiendo una audiencia en Tarso—, se puso en camino hacia Egas, diciendo que estaba enfermo y que necesitaba a Asclepio. Así que llegándose junto a Apolonio cuando paseaba solo, le dijo:
—Recomiéndame al dios.
Y él le dijo, como contestación:
—¿Por qué necesitas de alguien que te recomiende, si eres un hombre de bien? Pues a las personas virtuosas las aprecian los dioses, incluso sin intercesores.
—¡Por Zeus, Apolonio! —dijo—. Porque el dios te ha hecho su huésped, pero a mí todavía no.
—Pero a mí —contestó— la hombría de bien me sirvió de intercesora y, practicándola en la medida en que le es posible a un joven, soy servidor de Asclepio y su compañero. Si a ti también te preocupa la hombría de bien, ve animoso junto al dios y pídele lo que quieras.
—Sí, por Zeus —contestó—, si te pido a ti primero una cosa.
—¿Y qué podrías pedirme? —le dijo.
—Lo que debe pedírseles a los muchachos hermosos —contestó—. Les pedimos que nos dejen participar de su hermosura y no nieguen su juvenil belleza —dijo, poniéndose lánguido y con la mirada húmeda y el contorneo propio de las personas tan lascivas e infames como él.
Pero Apolonio, mirándolo torvamente, le dijo:
—Estás loco, basura.
Y cuando el otro no solamente se encolerizó al oírlo, sino que incluso lo amenazó con cortarle la cabeza, Apolonio le gritó, echándose a reír:
— ¡Eso será tal día! —era precisamente tres días después de aquél en que los esclavos públicos ejecutaron junto al camino a aquel soberbio, por haber conspirado con Arquelao 28 , el rey de Capadocia, contra los romanos.
Esas y muchas cosas por el estilo han quedado narradas por Máximo de Egas, que fue juzgado digno de ser uno de los secretarios del emperador, prestigioso como era en la oratoria.
Preparación para una vida ascética
Cuando oyó decir que su padre había [13 ] muerto, fue corriendo a Tiana y lo sepultó con sus propias manos junto al sepulcro de su madre, pues también ella había muerto no hacía mucho. Su fortuna, que era considerable, la repartió con su hermano, que era un libertino y dado a la bebida. Tenía veintitrés años, una edad como para no necesitar tutor. Él, en cambio, tenía veinte y las leyes lo sometían a tutores. Así pues, tras haber pasado de nuevo una temporada en Egas y haber hecho del templo un Liceo y una Academia, pues en él se hallaba el eco de toda la filosofía, regresó a Tiana, un hombre ya y dueño de lo suyo.
Una vez que alguien le dijo que debía inculcarle sensatez a su hermano y hacerle cambiar de costumbres, dijo:
—Eso parecerá arrogante, pues ¿cómo yo, un joven, podría inculcarle sensatez a alguien mayor que yo? Pero en lo que me sea posible lo sanaré de esas pasiones.
Le da entonces la mitad de su propia parte, diciéndole que su hermano necesitaba más y él poco, así que, ganando ascendiente sobre él e instándolo hábilmente a que se dejara persuadir por quien intentaba hacerlo sensato, dijo:
—Nuestro padre, que nos educaba y nos reprendía, nos ha dejado. A mí sólo me quedas tú y por supuesto a ti sólo yo. Por tanto, si yerro en algo, sé mi consejero y cúrame de mis faltas y si tú erraras en algo déjate enseñar.
Y como los que tienen que habérselas con caballos rebeldes e indómitos, lo condujo a la persuasión y lo reformó de sus faltas que eran muchas, pues estaba dominado por los dados y el vino, rondaba a las prostitutas y se ufanaba de su cabellera, que incluso adornaba con tintes, contoneándose y caminando petulantemente.
Cuando lo de su hermano estaba arreglado, se dedicó a sus demás parientes y se ganó a los que estaban necesitados con el resto de su hacienda, dejando sólo un poco para sí. Decía que verdaderamente, cuando Anaxágoras de Clazómenas les dejó sus bienes a los bueyes y carneros 29 , había practicado una filosofía para animales más que para hombres, y que Crates de Tebas 30 , al echar su fortuna al mar, no había resultado provechoso ni a los hombres ni al ganado. Y como se elogiaba a Pitágoras por la frase que decía acerca de que no se debían tener relaciones con otra mujer que la propia, afirmaba que eso lo había dicho Pitágoras para otros, pero que él ni se casaría ni entablaría nunca relaciones sexuales, aventajando también al ejemplo de Sófocles. Porque éste dijo que se había librado al llegar a la vejez de un amo enloquecido y salvaje 31 , pero él, por su virtud y moderación, ni siquiera en la adolescencia se había dejado someter por él, sino que, incluso cuando era joven y pleno de vigor, su cuerpo vencía y dominaba la locura. Pero, no obstante, algunos lo calumniaban respecto a las relaciones sexuales en la suposición de que había sufrido un desengaño amoroso y que por ello se había desterrado por un año al país de los escitas, él que ni visitó nunca a los escitas ni se vio arrastrado a pasiones amorosas. Así pues, ni siquiera Éufrates 32 calumnió a nuestro hombre respecto a las relaciones sexuales, aunque compuso escritos falaces contra él, como demostraremos en los párrafos sobre Éufrates. Discrepaba con Apolonio porque éste se burlaba de que él lo hiciera todo por dinero y trataba de apartarlo de su afán de lucro y de su comercio con la sabiduría. Pero quede eso aplazado para su propio momento.
Preguntándole una vez Éuxeno a Apolonio por qué [14 ] no escribía, con opiniones tan nobles como las que tenía y con el uso que hacía de una forma de expresión estimable y vigorosa, dijo:
—Porque todavía no he guardado silencio.
Y a partir de entonces cosideró que debía guardar silencio y abstenerse de hablar 33 , pero sus ojos y su mente tomaban nota de muchísimas cosas y muchísimas las almacenaba en su memoria. Con respecto a la buena memoria, al llegar a los cien años conservó sus facultades incluso más que Simónides 34 , y cantaba un Himno a la Memoria en el que dice que todo se marchita por obra del tiempo, pero que el propio tiempo no envejece y es inmortal, merced a la memoria.
No carecía de encanto en el trato durante el tiempo en que guardaba silencio, sino que a lo que se decía sus ojos hacían alguna señal así como su mano y el movimiento de su cabeza, y no se mostraba serio o sombrío, pues conservaba su aprecio por los amigos y su buen talante. Dice que esta manera de vivir, que practicó cinco años enteros, fue la más penosa para él; porque, teniendo muchas cosas que decir, no las dijo, y habiendo oído muchas cosas como para irritarse, se vio obligado a no oírlas y que, al verse impulsado a increpar a muchos, se decía a sí mismo «resiste, corazón y lengua» 35 . Cuando los razonamientos estaban en desacuerdo con él, entonces posponía las refutaciones.
[15 ] Pasó esta temporada de silencio parte en Panfilia y parte en Cilicia y aunque andaba entre gentes tan amantes del placer, en ninguna parte habló ni se vio inducido a dejarse oír. Cuando se encontraba una ciudad agitada por disturbios —y muchas lo estaban por causa de espectáculos no serios 36 —, con llegar, hacer acto de presencia y manifestar con la mano o con el rostro el reproche que iba a hacerles, acababa todo el desorden y guardaban silencio como en los misterios.
Refrenar a quienes han iniciado una revuelta por bailarines o caballos no es, en efecto, gran cosa, pues los que se sublevan por tales motivos, si ven a un hombre de verdad, se ruborizan, recuperan el control de sí mismos y se avienen a razones con la mayor facilidad; pero a una ciudad atormentada por el hambre no es cosa fácil volverla al buen camino con palabras dóciles y persuasivas y hacerla cesar en su furia. Sin embargo, a Apolonio incluso el silencio le era suficiente con los que se hallaban en tal situación.
En efecto, llegó a Aspendo la de Panfilia —junto al río Eurimedonte se asienta esa ciudad, la tercera de las de allí—. Había algarrobas a la venta y era forzosamente lo único que se les daba de comer, pues el grano lo retenían los poderosos, que lo habían almacenado para venderlo fuera de la región. Naturalmente se había soliviantado por ello contra el gobernador la gente de todas las edades y habían encendido un fuego destinado a él, aunque se hallaba postrado junto a las estatutas del emperador, que eran entonces más temidas que las de Zeus en Olimpia y más inviolables, pues eran de Tiberio 37 , a propósito del cual se dice que alguien fue considerado sacrílego porque golpeó a un esclavo suyo que llevaba un dracma de plata acuñado con la imagen de Tiberio.
Así pues, presentándose ante el gobernador le preguntó con la mano qué era aquello, y cuando éste le dijo que no había cometido ninguna injusticia, sino que era objeto de ella junto con el pueblo, y que si no se le permitía hablar perecería con el pueblo, se volvió Apolonio hacia los que le rodeaban y les indicó con la cabeza que debían escucharlo. Y ellos, no sólo guardaron silencio por perplejidad ante él, sino que dejaron el fuego sobre los altares que allí había. Cobrando ánimo, el gobernador dijo:
—Fulano y Mengano —y citó a bastantes— son los responsables del hambre que ahora reina, pues ellos, que se han apoderado del grano, lo guardan, cada uno en un lugar de la región.
Cuando se urgían los de Aspendo unos a otros a marchar hacia las fincas, Apolonio les indicó con la cabeza que no lo hicieran, sino que, mejor que eso, mandaran llamar a los inculpados y consiguieran el trigo de ellos sin coacciones.
Al llegar éstos, poco le faltó para romper a hablar contra ellos, por lo que había sufrido por las lágrimas de la gente —pues se habían congregado los niños y las mujeres y gemían los viejos, como si estuvieran a punto de morir de hambre—; pero en honor a la decisión del silencio, escribe una acusación en una tablilla y se la entrega al gobernador para que la lea. Y la acusación era en estos términos:
Apolonio a los mercaderes de trigo de Aspendo .
La tierra es madre de todos, pues es justa. Pero vosotros, como injustos que sois, la habéis hecho madre de vosotros solos y si no cejáis, no os dejaré sosteneros sobre ella .
Por temor a esto, llenaron el mercado de grano y la ciudad volvió a la vida.
Estancia en Antioquía
Visitó también Antioquía la Grande 38 [16 ] cuando había dejado de guardar silencio y llegó al santuario de Apolo Dafneo, con el que los asirios ponen en relación la leyenda arcadia. Dicen, en efecto, que Dafne, la hija de Ladón, se metamorfoseó allí. Incluso les fluye un río, el Ladón, y se honra entre ellos un árbol del laurel, resultado, por supuesto, de la transformación de la muchacha 39 . Las desmesuradas alturas de unos cipreses rodean el santuario en círculo, y la tierra hace brotar veneros abundantes y plácidos con los que dicen que Apolo se rocía. Allí la tierra hizo brotar un retoño de ciprés, dicen que como sustitución de Cipariso, un efebo asirio 40 , y hace verosímil la metamorfosis la belleza del retoño. Quizá podría parecer que trato el asunto de manera demasiado pueril al narrar mitos como éste, pero no es por mitología. ¿Qué se propone mi relato? Apolonio, cuando vio un santuario encantador, pero sin ninguna seriedad en él, sino a unos hombres semibárbaros e incultos, dijo:
—Apolo transforma a los mudos en árboles para que, al menos, como cipreses, produzcan algún ruido.
Y al observar las fuentes, qué placidez tenían y que ninguna de ellas murmuraba, añadió:
—La mudez de aquí ni siquiera a las fuentes les permite hacer ruido.
Y al ver al Ladón, dijo:
—No fue tu hija la única en metamorfosearse, sino también tú, al ganarte fama de bárbaro, de griego y arcadio que eras.
Cuando decidió conversar, evitaba los lugares frecuentados y alborotados, diciendo que no eran seres humanos los que necesitaba, sino hombres de verdad. Frecuentaba, pues, lugares más serios y vivía en los templos que no se cerraban. Al salir el sol, celebraba por sí mismo ciertos ritos que sólo eran revelados a quienes se habían ejercitado en guardar silencio durante cuatro años. El resto del tiempo, si la ciudad era griega y los cultos conocidos, tras convocar a los sacerdotes, filosofaba acerca de los dioses y los corregía si se desviaban en algo de las prácticas tradicionales. Si era bárbara, y sus cultos de carácter peculiar, se informaba de quiénes habían sido sus instauradores y por qué se habían instaurado y, una vez informado de cómo se llevaba a cabo el culto y tras haber sugerido algo más sensato que lo que se hacía, si se le ocurría, se reunía con sus discípulos y les instaba a que preguntasen lo que quisieran. Afirmaba efectivamente que los que practicaban esa clase de filosofía debían, al despuntar el alba, conversar con los dioses; al avanzar el día, mantener conversaciones acerca de los dioses, y el resto del tiempo, acerca de los asuntos humanos. Tras haber contestado a sus camaradas a cuanto habían preguntado y haber considerado que bastaba de conversación, se dedicaba el resto del día a la arenga al público, pero no antes del mediodía, sino cuando la luz del día estaba en su zenit.
Tras haber hablado cuanto consideraba que era suficiente, se ungía con aceite y, tras un masaje, se metía en agua fría, pues le llamaba a los baños calientes «la vejez del hombre» 41 . Así que cuando se prohibieron en Antioquía a causa de graves inmoralidades, dijo:
—El emperador, por ser malvados, os ha dado más años de vida.
Y cuando los efesios querían apedrear al gobernador por no calentar los baños, dijo:
—Censuráis al gobernador porque os bañáis a disgusto; yo, en cambio, a vosotros, porque os bañáis.
El estilo literario que empleaba no era ditirámbico [17 ] ni hinchado con términos poéticos, ni alambicado, ni afectadamente ático, pues consideraba desagradable un ático desmedido 42 , ni se entregaba a la sutileza, ni alargaba sus discursos, ni nadie le oyó hablar irónicamente ni discutir con sus oyentes, sino que cuando conversaba decía, como desde el trípode 43 : «lo sé» y «me parece» y «¿a dónde vais a parar?» y «es preciso saber». Y sus sentencias eran concisas, aceradas; los términos, propios y acomodados a los asuntos, y lo que decía tenía un eco como las normas dictadas desde un cetro. Cuando uno de esos amigos de las discusiones sutiles se preguntó por qué no planteaba cuestiones, dijo:
—Porque cuando era jovencito planteaba cuestiones, pero ahora no tengo que plantearlas, sino enseñar lo que he descubierto.
—¿Cómo entonces, Apolonio, dialogará el sabio? —le preguntó el otro de nuevo.
—Como un legislador —contestó—, pues es obligación del legislador convertir aquello de lo que está persuadido en preceptos para la gente.
En esto se aplicaba en Antioquía, y atraía hacia él a los hombres más incultos.
Planea un viaje a la India
[18 ] Después de aquello, concibiendo la idea de un viaje más largo, se le viene a la mente el pueblo indio y sus sabios, que se llaman Brahmanes e Hircanios 44 , diciendo que le venía bien a un hombre joven viajar y salir de sus fronteras. Consideraba como un tesoro a los Magos 45 que viven en Babilonia y Susa, pues podría aprender sus artes en el curso de su viaje. Así pues, a sus discípulos, que eran siete, les reveló su decisión. Al tratar ellos de que considerara otros proyectos, por si se disuadía de su resolución, dijo:
—Ya he tomado a los dioses por consejeros y os he dicho lo que ha quedado decidido, pero os puse a prueba por si teníais valor para lo mismo que yo. Así que, como os mostráis acobardados, que os vaya bien y que filosoféis, que yo tengo que ir a donde me conducen la sabiduría y la divinidad.
Dicho esto, se marcha de Antioquía con dos servidores que habían pertenecido a su padre; el uno, un taquígrafo; el otro, calígrafo.
Viaje por Mesopotamia: Damis
Llega así a la antigua Nínive, en la [19 ] que se alza un ídolo de aspecto bárbaro; es al parecer Ío, la hija de Ínaco, y le salen de las sienes unos cuernos pequeños, como nacientes 46 . Cuando se hallaba allí y hacía más observaciones acerca de la estatua que los sacerdotes y profetas, se le unió Damis de Nínive, el que dije al principio que lo acompañó en sus andanzas, llegó a ser compañero de viaje de toda su sabiduría, y nos ha conservado muchas cosas acerca de aquel hombre. Éste, que lo admiraba y que deseaba hacer ese viaje, le dijo:
—Vayamos, Apolonio, tú siguiendo al dios, y yo a ti, pues podrías ver que puedo serte muy útil. Si bien no conozco otra cosa, lo que se refiere a Babilonia y a sus ciudades, cuantas hay, las conozco porque las he recorrido no hace mucho, y sus aldeas, en las que hay muchas cosas buenas, así como también las lenguas de los bárbaros, cuantas existen: hay una de los armenios, otra de los medos y persas, otra de los cadusios 47 . Yo las traduzco todas.
—Yo —dijo él—, amigo mío, las comprendo todas, sin haber aprendido ninguna, y ante el asombro del de Nínive, añadió: —No te extrañes si conozco todas las hablas de los hombres, pues conozco cuanto los hombres callan.
El asirio sintió veneración cuando oyó sus palabras, lo miraba como a una divinidad y lo acompañaba, acrecentando su sabiduría y recordando lo que aprendía.
El lenguaje de este asirio era mediocre, pues no tenía elegancia de estilo, educado como estaba entre bárbaros; pero para poner por escrito un discurso o una conversación, describir lo que había oído o visto y redactar un memorial de tales cosas, estaba extraordinariamente capacitado y valía para ello más que ningún hombre. El libro de apuntes tenía para Damis el siguiente propósito: Damis quería que no se ignorara nada respecto a Apolonio, sino que cualquier cosa que dijese o a la que aludiera descuidadamente, incluso eso quedara anotado. Y merece la pena referir lo que le contestó a uno que le reprochaba esta actividad. Efectivamente, cuando un individuo perezoso y malintencionado se estaba burlando de él, diciendo que hacía bien en anotar algunas cosas, cuantas eran sentencias y opiniones de Apolonio, pero que recopilando tales pequeneces obraba de manera semejante, en cierto modo, a los perros que comen las sobras de los banquetes, Damis le respondió diciendo:
—Si son banquetes propios de dioses y son dioses los que comen, tienen también naturalmente criados para preocuparse de que no se pierdan ni siquiera las sobras de la ambrosía.
[20 ] Tal fue el acompañante y admirador que encontró, en compañía del cual viajó la mayor parte de su vida.
Cuando llegaban a Mesopotamia, el aduanero que estaba a cargo del Puente 48 lo llevó ante el registro y le preguntó qué llevaba consigo. Y Apolonio le dijo:
—Llevo templanza, justicia, virtud, continencia, hombría, disciplina —así que enumeró muchos nombres femeninos. Y el otro, que miraba sólo a su ganancia, dijo:
—Inscribe, pues, en el registro a esas esclavas.
—No es posible —le contestó—, pues no son esclavas lo que traigo, sino señoras.
Configuran Mesopotamia el Tigris y el Éufrates, que fluyen desde Armenia y de las estribaciones del Tauro, abrazando una zona continental en la que hay ciudades, pero más aldeas. Sus tribus, Armenia y Arabia, a las que encierran los ríos, andan la mayoría nómadas. Están tan convencidos de que son isleños, que afirman que bajan al mar cuando se encaminan a los ríos y consideran como límite de la tierra el cerco de los ríos. En efecto, tras circundar el citado continente, desembocan en el mismo mar. Hay quienes dicen que la mayor parte del Éufrates se oculta en un pantano y que el río termina en la tierra. Pero algunos sostienen una opinión más audaz, al afirmar que, corriendo bajo tierra, reaparece en Egipto y se mezcla con el Nilo.
Pues bien, a fuer de exactitud y porque no quedara omitido por mí nada de lo escrito por Damis, habría querido referirme también a lo que constituyó el objeto de su interés mientras viajaban por entre estos bárbaros, pero me urge mi narración hacia cosas más importantes y más dignas de admiración. Pero no pasaré por alto en absoluto estas dos: el valor de que hizo gala Apolonio al atravesar por entre gentes bárbaras y facinerosas, que aún no estaban sometidas a los romanos 49 , y la sabiduría por la que llegó, por el procedimiento árabe, al conocimiento del lenguaje de los animales 50 . Eso lo aprendió cuando cruzaba por entre estos árabes que lo conocen excelentemente y lo practican. Es, en efecto, entre los árabes cosa común oír profetizar a los pájaros, lo que constituye sus oráculos. Logran entender a los irracionales comiéndose, unos dicen que el corazón, otros que el hígado de las serpientes.
[21 ] Dejó atrás Ctesifonte y llegó a las fronteras de Babilonia 51 . Había allí un puesto de guardia del rey que nadie podía atravesar sin que se le preguntara quién era, su ciudad y a qué venía. Un sátrapa estaba al frente de este puesto de guardia, un «ojo del rey» 52 , creo; pues el medo, recién llegado al poder, no se acomodaba a vivir sin temor, sino que, temeroso de lo existente y de lo inexistente, se hallaba sumido en temores y pánicos. Llevan, pues, a presencia del sátrapa a Apolonio y a los suyos. Aquél se hallaba precisamente ordenando que le pusieran el toldo a su carruaje para partir hacia alguna parte, pero al ver a nuestro hombre completamente seco, comenzó a gritar como la más cobarde de las mujeres, se cubrió y, apenas atreviéndose a mirarlo, le preguntó como a un ser sobrenatural:
—¿De dónde vienes, y enviado por quién? Y éste le contestó:
—Por mí mismo, por si acaso llegáis a convertiros en hombres de verdad, aun a pesar vuestro.
Le preguntó de nuevo quién era él para llegar a la tierra del rey, y Apolonio le contestó:
—Mía es toda la tierra y me está permitido viajar por ella.
—Te someteré a tormento si no me lo dices.
Al decirle eso, Apolonio le contestó:
—Bueno, si lo haces con tus propias manos, para que tú mismo te sometas a la piedra de toque, al tocar a un hombre de verdad.
Estupefacto el eunuco ante él, porque veía que no necesitaba intérprete, sino que entendía su lengua sin dificultades y con facilidad, le dijo:
—Por los dioses, ¿quién eres? —ya suplicante y con un cambio en su tono.
Contestándole, le dijo Apolonio:
—Puesto que me lo preguntas comedidamente y no de un modo impropio de un hombre, oye quién soy. Soy Apolonio de Tiana; mi viaje es hasta el rey de la India por curiosidad de lo de allí. Quisiera también encontrarme con tu rey, pues dicen los que lo conocen que no es un cobarde, si es ese Vardanes 53 que ha recuperado ahora el imperio perdido antes por él.
—Él es —contestó—, divino Apolonio. Hace tiempo efectivamente que oímos hablar de ti. En honor de un hombre sabio descenderá incluso de su trono de oro y os enviará a la India, a cada uno en un camello. Yo, por mi parte, te considero mi huésped y te doy como obsequio de estas riquezas —al tiempo que le enseñaba un tesoro de oro— cuantas quieras tomar, y no de una vez, sino en diez. —Y al rechazarle éste las riquezas, dijo: —Entonces, toma un ánfora de este vino de Babilonia que el rey nos regala a sus diez sátrapas, y también pedazos de carne asada de cerdo y gacela, harina, panes y lo que quieras. Que el camino después, en muchos estadios, son aldeas no demasiado bien aprovisionadas. —Pero, al caer en la cuenta, el eunuco añadió: —Pero ¿qué me pasa, por los dioses? Pues después de haber oído decir que este hombre no se alimenta de animales ni bebe vino, le invito a comer de modo grosero e ignorante.
—Me puedes invitar a comer frugalmente —dijo— si me das pan y frutos secos.
—Te daré —contestó— panes de levadura y dátiles de palmera como el ámbar y grandes. Te daré además legumbres, cuantas produce el Tigris en sus huertas.
—Pero son más agradables —repuso Apolonio— las legumbres que crecen silvestres y espontáneas que las forzadas y cultivadas.
—Más agradables, sí —dijo el sátrapa—, pero nuestra tierra hasta Babilonia está llena de ajenjo y las que hace crecer son desagradables y amargas.
Por fin, le hizo caso al sátrapa, y al marchar, dijo:
—Queridísimo amigo, no sólo debes acabar con buenas maneras, sino también empezar.
Con esto le censuraba lo de «te someteré a tormento» y las barbaridades que le oyó decir al principio.
Tras haber avanzado veinte estadios 54 , se encuentran a [22 ] una leona muerta en una cacería; era un animal grande y como nunca lo habían visto. Gritaban los de la aldea rodeándola y también, por Zeus, quienes la habían cazado, como el que veía allí un gran prodigio. Y era sencillamente un prodigio, pues al abrirla tenía ocho crías.
El parto de una leona es como sigue: las leonas gestan seis meses y paren tres veces. El número de cachorros la primera vez es de tres, la segunda, de dos y, si llega al tercer parto, pare un único cachorro, grande, creo, y más feroz de lo natural, ya que no hay que creer a los que dicen que los cachorros salen de sus entrañas tras lacerar el útero de las leonas, pues parece que la naturaleza tiene lo necesario para el parido con respecto a su madre en bien de la conservación de la especie.
Apolonio, que había fijado la vista en la fiera y mantenía en ella su atención durante largo rato, dijo:
—Damis, la duración de nuestra estancia junto al rey será de un año y ocho meses, pues ni aquél nos dejará irnos más pronto, ni para nosotros el marcharnos antes de eso nos será más ventajoso. Preciso es conjeturar los meses por los cachorros, y el año, por la leona, ya que hay que comparar enteros con enteros.
—¿Y qué querrán decir —dijo Damis— los gorriones de Homero que devoró la serpiente en Áulide 55 , que eran ocho, pero que, contando a la madre con ellos, ésta hacía el número nueve? Pues Calcante, el intérprete de esto, vaticinó que en nueve años se vencería Troya. Así que mira, no sea que de acuerdo con Homero y Calcante, se vaya a extender nuestra estancia hasta nueve años.
—Naturalmente, Damis —dijo—, Homero iguala los polluelos a los años, pues ya han nacido y existen. Yo, en cambio, a animales incompletos y aún no nacidos, y que probablemente nunca nacerían, ¿cómo iba a igualarlos a años? Pues lo contrario a la naturaleza no podría llegar a existir, y sufre una rápida destrucción, en caso de que llegue a existir. Así que, déjate guiar por mi razonamiento y vayamos dispuestos a dirigir una plegaria a los dioses que nos hacen estas revelaciones.
Los eretrios deportados en Cisia
[23 ] Cuando avanzaba hacia la región de Cisia 56 y se hallaba ya cerca de Babilonia, visitó a Apolonio la aparición de un sueño, dispuesta del siguiente modo por el dios que la manifestó: unos peces que se habían salido del mar daban boqueadas en tierra y emitían un lamento propio de seres humanos, deplorando el haber abandonado su elemento. A un delfín que nadaba cerca de tierra le suplicaban que los salvara, dignos de compasión como los hombres que lloran en tierra extraña. Sin turbarse en absoluto por el ensueño, interpreta qué significaba y de dónde procedía, pero queriendo desconcertar a Damis, pues sabía que era de los más timoratos, le da a conocer la visión, simulando miedo como por haber visto cosas malas. Damis se puso a gritar como si lo hubiera visto él mismo y trataba de disuadir a Apolonio de que siguiera adelante.
—No sea —dijo— que también nosotros, como los peces, sacados de nuestro medio perezcamos, lancemos muchos lamentos en tierra extraña y, metidos en un aprieto, supliquemos a algún soberano o a algún rey que no nos desdeñe, como los delfines a los peces.
Echándose a reír, le dijo Apolonio:
—Tú todavía no eres un filósofo si tienes esos temores. Yo te voy a explicar qué alcance tiene el ensueño. Es que los habitantes de esta región de Cisia son unos eretrios traídos desde Eubea por Darío antaño, hace quinientos años 57 y dicen, tal y como se mostró el ensueño, que se les trató como a peces respecto a su captura, pues fueron prendidos en una red y capturados todos. Los dioses, por tanto, parecen exhortarme a que, visitándolos, me ocupe de ellos en lo que pueda. Quizá también las almas de los griegos que encontraron aquí su destino me encaminan para beneficio de su tierra. Así que vayamos, apartándonos del camino real, una vez que preguntemos sólo por el pozo junto al que habitan 58 .
Se dice que éste es una mezcla de pez, aceite y agua, y que, al verterse lo que se ha sacado, se separa una cosa de otra.
De que Apolonio fue realmente a Cisia dejó testimonio él mismo en lo que le escribió al sofista de Clazómenas 59 , pues era tan noble y generoso, que cuando vio a los eretrios se acordó del sofista y le comunicó por escrito lo que vio y lo que hizo por ellos. Le exhorta también a lo largo de toda la carta a que se apiade de los eretrios y a que, cuando se ocupe de ellos en un discurso, no rehuse llorar por ellos.
[24 ] Cosas coincidentes con éstas escribió también Damis acerca de los eretrios. Pues habitan en Media 60 , a no mucha distancia de Babilonia: una jornada de un día para un buen andarín. La región no tiene ciudades. Efectivamente, Cisia son todo aldeas y en ella, una tribu de nómadas que apenas desmontan de sus caballos.
La tierra de los eretrios se halla en la parte central de éstas. Tiene dispuesto en su torno un foso del río que ellos mismos dicen que han hecho alrededor de la aldea con la idea de hacerlo servir de muro frente a los bárbaros de Cisia.
La región está empapada de asfalto y es amarga para cultivarla. Los hombres de allí tienen una vida muy corta, pues la bebida impregnada de asfalto se sedimenta en muchos lugares de sus entrañas. El sustento se lo proporciona una colina en los confines de la aldea que, alzada sobre la tierra echada a perder, siembran y consideran su tierra. Afirman que han oído decir a los lugareños que setecientos ochenta de los eretrios fueron hechos cautivos, no todos combatientes, pues había entre ellos un grupo de mujeres y ancianos y había también, supongo, algunos niños, porque la mayoría de la población de Eretria huyó al Cafereo 61 y a las zonas más altas de Eubea. Varones, fueron llevados unos cuatrocientos; mujeres, quizá diez; los demás, partidos de Jonia y Lidia, murieron en el avance. Dado que la colina les suministraba una cantera y algunos eran también conocedores de las técnicas de labrar las piedras, habían construido templos de estilo griego y una plaza para el mercado, tan grande como era razonable. Habían alzado también altares, dos a Darío, uno a Jerjes y más a Darideo 62 . Habían pasado desde la captura hasta la época de Darideo ochenta y ocho años escribiendo a la manera griega. Sus antiguos sepulcros tienen escrito: «Fulano, hijo de Mengano» y las letras son griegas, pero dicen que nunca las habían visto como aquellas. Había naves grabadas en las tumbras, de acuerdo con la vida que había llevado cada uno de ellos en Eubea; dedicado al transporte o a la púrpura, bien actuando como marino o como tintorero. También dicen que leyeron una elegía escrita sobre el sepulcro de unos marineros y armadores:
Nosotros, que antaño navegamos sobre el oleaje de profunda corriente del Egeo,
yacemos en el centro de la llanura de Egbátana.
Salud, patria antaño afamada de Eretria, salud, Atenas,
vecina de Eubea, salud, mar querida 63 .
Estos sepulcros arruinados afirma Damis que Apolonio los restauró y los cerró; que hizo libaciones y ofrendas, cuantas se acostumbra, salvo degollar o saorificar alguna víctima, y que, llorando y dominado por la emoción, dijo en medio de ellas:
—¡Eretrios, traídos aquí por un revés de la fortuna! Vosotros, aunque lejos de los vuestros, al menos quedáis enterrados. En cambio, los que os rechazaron hasta aquí perecieron en torno a vuestra isla, insepultos, diez años después, ya que los dioses les hicieron conocer el sufrimiento en la encajonada Eubea.
Apolonio, al final de la carta al sofista, dice:
También me ocupé, Escopeliano, de tus eretrios cuando era joven aún, y les ayudé en lo que pude, tanto a los muertos como a los vivos .
Así, pues, ¿en qué se ocupó de los vivos? Los bárbaros vecinos de la colina, cada vez que la sembraban los eretrios, saqueaban lo plantado, presentándose al filo del verano, y ellos tenían que pasar hambre, tras haber trabajado la tierra en beneficio de otros. No obstante, cuando Apolonio llegó a presencia del rey, encontró el modo de que sólo ellos se beneficiaran de la colina.
Babilonia y los Magos
Sobre la estancia de este hombre [25 ] en Babilonia y de cuanto conviene saber acerca de Babilonia, he encontrado lo siguiente: Babilonia está fortificada en unos cuatrocientos ochenta estadios, con tamaña extensión de circunferencia. Su muralla es de tres medios pletros 64 de altura y menos de un pletro de anchura. Se halla cortada en dos mitades de forma similar por el río Éufrates, bajo el que hay un paso secreto que une ocultamente los palacios reales de ambas orillas.
Se dice efectivamente que una mujer, Medea 65 , que reinó antaño sobre los de allí, había ponteado el río de un modo que nunca un río se había ponteado, pues tras haber amontonado junto a la orilla piedras, bronce, asfalto y cuanto los hombres han descubierto para los ensamblajes bajo el agua, desvió su corriente hacia los pantanos. Al río, ya seco, lo excavó dos brazas, haciendo un profundo túnel como los que la tierra deja ver, que desembocara en los palacios de ambas orillas, y lo techó aproximadamente al nivel del lecho del río. Los cimientos y los muros del túnel quedaron asentados y, dado que el asfalto necesita agua para petrificarse y solidificarse, se hizo pasar el Éufrates sobre el techo, aún fresco, y así quedó asegurado el paso.
Los palacios están techados con bronce y de ellos salen resplandores. Las estancias de las mujeres y las de los hombres, así como los pórticos, están adornados, unos con plata, otros con tejidos de oro, otros con oro puro, como formando dibujos. Los adornos de los tejidos proceden de temas griegos; hay Andrómedas, Amímonas y Orfeos 66 por todas partes. Les gusta mucho Orfeo, quizá porque estiman su tiara y su calzón 67 , que no su música ni sus cantos con los que cautivaba. Están también representados en los tapices Datis 68 tratando de arrebatarle Naxos al mar y Artafernes asediando Eretria, así como, de la temática de Jerjes, las victorias que afirmaba haber logrado. Están efectivamente la toma de Atenas, las Termópilas, y lo más típicamente medo: ríos arrebatados a la tierra, un puente sobre el mar y cómo fue taladrado el Atos 69 .
Dicen que encontraron una estancia para hombres cuyo techo se había construido en cúpula, representando el aspecto de un cielo, y que estaba cubierto de lapislázuli (la piedra más azul y como el cielo para la vista) 70 . Las estatuas de los dioses en los que creen se levantan en lo alto, y se ven como figuras de oro, destacándose sobre el éter. Allí precisamente es donde el rey administra justicia. Cuatro torcecuellos de oro cuelgan del techo, como recuerdo de Adrastea 71 , para que no se eleve sobre los hombres. Los Magos que frecuentan el palacio dicen que fueron ellos quienes los ajustaron, y los llaman lenguas de los dioses.
[26 ] Respecto a los Magos, Apolonio ha dicho lo suficiente: que en efecto tuvo relación con ellos, que aprendió algunas cosas y que se marchó tras haberles enseñado otras. Damis no sabe qué conversaciones tuvieron lugar entre nuestro hombre y los Magos, porque le había prohibido acompañarle cuando iba a verlos. Dice, en efecto, que visitaba a los Magos a mediodía y a medianoche, y que una vez le preguntó:
—¿Y los Magos, qué?
Y que él respondió:
—Sabios, pero no en todo.
Llegada a Babilonia
[27 ] Pero eso, más tarde. Al llegar a Babilonia, el sátrapa a cargo de las grandes puertas, como sabía que se trataba de un viaje por afán de averiguación, le tiende una imagen de oro del rey; si alguien no se prosternaba, no era lícito que pasara. En todo caso, para un embajador del emperador de Roma no había ninguna necesidad de ello, pero al que llegaba de tierra de bárbaros o para visitar el país, si no presentaba sus respetos a la imagen, se le detenía deshonrosamente. Las obligaciones de los sátrapas entre los bárbaros eran bobadas de esta clase.
Pues bien, cuando Apolonio vio la imagen, dijo:
—¿Quién es éste? —y al oír que el rey, añadió— : Ése, ante el que vosotros os prosternáis, si fuera objeto de mis alabanzas por considerarle un hombre de bien, se sentirá grandemente recompensado.
Diciendo esto, pasó por las puertas. Admirado el sátrapa, lo siguió y, tomándolo de la mano, le preguntó a Apolonio por medio de un intérprete su nombre, su patria, a lo que se dedicaba y por qué les visitaba. Tras haber tomado nota de ello en un registro, así como de su vestido y aspecto, le ordenó que aguardara allí.
[28 ] Tras acudir corriendo junto a los hombres que se consideraban los «oídos del Rey», les describe a Apolonio, una vez que los puso en antecedentes de que ni quería prosternarse ni parecía un hombre corriente. Ellos le ordenan que lo traiga con respeto y sin hacerle violencia de ninguna clase.
Cuando llegó, el de más edad le preguntó en qué se basaba para menospreciar al rey. Y él dijo:
—Aún no lo he menospreciado.
—¿Y lo menospreciarías? —le preguntó de nuevo.
—Sí, por Zeus, si al tratar con él no lo hallo un hombre de bien.
—¿Llevas contigo entonces algún regalo para él? —y al decir Apolonio otra vez que el valor, la justicia y cosas por el estilo, dijo—: ¿Acaso en la idea de que no los tiene?
—No, por Zeus —dijo—, sino en la idea de que aprenda a usarlos, si los tiene.
—Pero fue usando de ellos —contestó— como recuperó para sí el reino que una vez perdió, y como restauró esta morada, no sin esfuerzo ni negligentemente.
—¿Y cuántos años hace que se volvió a instaurar en el poder?
—Hace ya dos meses —dijo— que comenzamos el tercer año 72 .
Así pues, sosteniendo su opinión, como tenía por costumbre, dijo:
—Guardia de corps, o como quiera que deba llamársete. Darío, el padre de Ciro y Artajerjes, que conservó estos reinos creo que setenta años, se dice que al sospechar el final de su vida hizo un sacrificio a la Justicia y dijo: «Señora, quienquiera que seas», como quien ha deseado a la Justicia largo tiempo sin conocerla aún y sin creer que la poseía. Y a sus dos hijos los educó con tanta ignorancia que levantaron sus armas el uno contra el otro: el uno fue herido, el otro muerto por su hermano 73 . Tú, en cambio, piensas que ése, que probablemente no sabe aún ni sentarse en el trono real, ha reunido en sí todas las virtudes a la vez, y lo ensalzas, cuando eres tú, y no yo, el que recibes la ganancia si llega a ser mejor.
Mirando, pues, el bárbaro al que estaba junto a él, le dijo:
—Como un gran hallazgo nos trae aquí a este hombre alguno de los dioses, pues al tratar un buen hombre con otro bueno, nos hará al rey mucho mejor, más moderado y suave. Eso, efectivamente, se pone de manifiesto en este hombre.
Corrieron, pues, anunciándoles a todos la buena nueva de que ante las puertas del rey se hallaba un hombre sabio, griego y buen consejero.
Entrevistas de Apolonio y Vardanes
Cuando le fueron comunicadas al rey [29 ] estas nuevas, se hallaba celebrando un sacrificio en presencia de los Magos, pues los ritos religiosos se llevan a cabo bajo su supervisión. Tras llamar a uno de ellos, le dijo:
—Se cumple el sueño que te conté hoy cuando me atendías en el lecho.
El sueño, que en efecto se le había presentado al rey, era el siguiente: le pareció que era Artajerjes, el hijo de Jerjes, y que había cambiado su figura en la de él. Estaba muy asustado, no fuera que sus asuntos abocaran ya a un cambio, interpretando así el cambio de figura. Pero cuando oyó decir que el que había llegado era griego y sabio, le vino a la memoria Temístocles el ateniense que, venido de Grecia en tiempos, llegó a convivir con Artajerjes y lo hizo muy digno de su estima y se hizo merecedor del mismo trato 74 . Así que, alzando su diestra, dijo:
—Llámalo, pues sería el mejor de los comienzos si me acompañara en el sacrificio y en la súplica.
Entró, pues, escoltado por una muchedumbre, pues [30 ] pensaban que esto también agradaría al rey, enterados de que se alegraba de su llegada. Al atravesar el palacio, no se fijó en ninguna de sus maravillas, sino que lo atravesaba como quien va de camino. Incluso llamando a Damis, le dijo:
—Me preguntabas ayer cuál era el nombre de la mujer panfilia que se dice que trató a Safo y compuso los himnos que cantan en honor de Ártemis de Perga 75 , al modo eolio y panfilio.
—Te lo pregunté —dijo—, pero no me dijiste su nombre.
—No te lo dije, amigo, pero te expliqué las melodías de los himnos y sus nombres y cómo traspuso lo eolio a las claves más altas y a lo propiamente panfilio. Luego de eso pasamos a otra cosa y no me preguntaste ya el nombre. Pues bien, esa diestra mujer se llama Damófila 76 y se dice que a la manera de Safo tuvo como amiga a dos muchachas y compuso poemas eróticos e himnos. El de Ártemis fue también compuesto por ella y el canto deriva de las odas sáficas.
Efectivamente, hasta qué extremo distaba de sentirse intimidado por el rey y su fausto lo evidenciaba al no considerar tales cosas dignas de sus ojos, sino hablar de otras cosas y no pensar en ver aquellas en absoluto.
[31 ] Al verlo el rey cuando se le acercaba, pues el vestíbulo del templo tenía una longitud considerable, comentaba con sus allegados como si reconociera a nuestro hombre, y cuando ya se hallaba cerca, dijo en voz muy alta:
—Ése es Apolonio, al que Megábates 77 , mi hermano, dice que vio en Antioquía, admirado y venerado por las personas virtuosas. Me lo describió entonces tal como viene.
Cuando se acercó y lo saludó, el rey le habló en lengua griega y le invitó a que celebrara el sacrificio en su compañía. Un caballo blanco, niseo legítimo 78 , era lo que se disponía a sacrificar al Sol, enjaezado con testeras como para una procesión. Y él, en respuesta, le dijo:
—Celebra tú el sacrificio, rey, a tu manera, y a mí permíteme celebrarlo a la mía.
Y, tomando un puñado de incienso, dijo:
—Sol, envíame a un lugar de la tierra tan distante como a ti y a mí nos parezca, y que llegue a conocer hombres de bien; a los malvados, en cambio, que no llegue a conocerlos, ni ellos a mí.
Tras decir esto, echó el incienso al fuego, observando cómo se levantaba, cómo se enturbiaba y cuántas crestas lanzaba. Captando en cierto modo el sentido del fuego, cómo aparecía de buen agüero y puro, dijo:
—Celebra el resto del sacrificio, rey, de acuerdo con tus propias tradiciones, pues mis tradiciones son éstas.
Se alejó del sacrificio para no participar en el derramamiento [32 ] de sangre. Después del sacrificio, se acercó y dijo:
—Rey, ¿conoces la lengua griega por entero o un poco de ella, para hacerte entender más o menos y no parecer descortés si llega algún griego?
—Por entero —contestó—, igual que la de mi país. Habla de lo que quieras, pues seguramente por eso lo preguntas.
—Por eso —dijo—. Escucha, pues. El objeto de mi viaje es la India, pero no tenía la intención de pasar de largo por aquí, ya que he oído decir de ti que eras un hombre de verdad, como veo ya de primeras, además de que estaba deseoso de examinar la sabiduría propia de vuestro país practicada por los Magos, si es que respecto a lo divino son sabios, como dicen. Mi sabiduría es la de Pitágoras, un hombre de Samos, que me ha enseñado a honrar a los dioses de este modo y a estar en su compañía, visibles o no visibles, a frecuentar la conversación de los dioses y a vestirme con esta lana de la tierra, pues no la ha llevado encima un animal, sino que nace pura y de cosas puras, don del agua y de la tierra, el lino. Esto mismo de dejarme crecer la cabellera, lo practico por Pitágoras, y el mantenerme puro del alimento de animal me viene también de la sabiduría de aquél. Por tanto, no podría ser ni acompañante de la bebida ni compañero en la ociosidad o la molicie, ni tuyo, ni de ningún otro, pero a tus preocupaciones arduas y difíciles de aclarar podría darte soluciones, ya que no sólo conozco lo que hay que hacer, sino también lo preveo.
Esta es la conversación que Damis afirma que mantuvo nuestro hombre, y Apolonio nos la ha dejado en forma de carta, además de que resumió también otras cosas en sus cartas de lo dicho por él en la conversación.
[33 ] Como el rey le dijo que se alegraba y sentía más satisfacción por su llegada que si se hubiera ganado los bienes de los persas y de los indios además de los suyos, y que lo hacía su huésped y partícipe del techo real, le dijo:
—Si yo, rey, te pidiera a ti al venir a mi patria, a Tiana, que vivieras donde yo, ¿querrías vivir allí?
—No, por Zeus —dijo—, a no ser que fuera a vivir en una casa lo suficientemente grande como para acoger de un modo fastuoso a mis lanceros y guardias de corps y a mí mismo.
—Pues el mismo —repuso— es el argumento por mi parte, pues si voy a vivir de un modo superior al mío, lo pasaré mal, pues lo excesivo aflige a los sabios más que a vosotros lo escaso. Que me albergue, pues, un particular que tenga lo que yo, y yo te visitaré cuanto quieras.
Consintió el rey, no fuera a hacerle algo desagradable sin darse cuenta, así que él se fue a vivir con un hombre de Babilonia honrado y por demás noble.
Cuando aún se hallaba comiendo, se presenta un eunuco de los que llevan los mensajes, y dirigiéndole la palabra a nuestro hombre, le dijo:
—El rey te obsequia con diez regalos y te concede la facultad de decirle cuáles; pero requiere que no le pidas cosas pequeñas, pues desea demostrar su generosidad contigo y con nosotros.
Tras elogiar el mensaje, le preguntó:
—¿Cuándo tengo que pedirlos, pues?
—Mañana —le contestó, y enseguida fue a visitar a todos los amigos y allegados del rey, encargándoles que estuvieran presentes cuando nuestro hombre hiciera la petición y fuera gratificado.
Discusiones con Damis: los eunucos, la pobreza
Damis dice que pensaba que no pediría nada, dado que había estudiado su carácter y que sabía que suplicaba a los dioses la siguiente súplica: «dioses, concededme tener poco y no necesitar nada». Sin embargo, al verlo preocupado y semejante a quien está reflexionando, pensaba que iba a hacer una petición, pero sopesaba lo que iba a pedir. Y ya a la caída de la tarde, dijo:
—Damis, estoy considerando conmigo mismo por qué los bárbaros consideran a los eunucos castos y los dejan entrar en los gineceos.
—Pero eso, Apolonio —contestó—, incluso para un niño es evidente, pues dado que la amputación les impide tener relaciones sexuales, les están abiertos los gineceos, incluso en el caso de que quisieran acostarse con las mujeres.
—¿Y crees —dijo— que se les ha amputado el amar o el tener relaciones con las mujeres?
—Ambas cosas —replicó—, pues si se extirpa el miembro por el que el cuerpo se ve acicateado, el amar ni siquiera se le ocurrirá a ninguno.
Y él, después de una breve pausa, dijo:
—Mañana, Damis, podrás aprender que incluso los eunucos aman, y el deseo que precisamente les penetra por los ojos no se extingue en ellos, sino que permanece cálido y ardiente. En efecto, tiene que ocurrir algo que refutará tu aserto. Además, si existiese un medio humano tiránico y capaz de expulsar tales cosas de la voluntad, me parece que a los eunucos nunca habría que añadirlos a la lista de caracteres propios de los castos, obligados como están a la castidad y forzados por un medio violento a no amar. Pues castidad es que lo que está deseoso e impulsado no ceda al sexo, sino que lo rechace y se muestre más poderoso que esta locura.
Respondiéndole, pues, Damis le dijo:
—Eso ya lo examinaremos en otra ocasión, Apolonio. Es lo que es preciso responder mañana al ofrecimiento del rey, que es espléndido, lo que conviene considerar. Quizás no te propongas pedir nada, mas debes tener cuidado y velar por que no parezca que declinas lo que el rey te dé por otra clase de eso que llaman humos, considerando en qué lugar de la tierra estás y que nos hallamos en sus manos. Es necesario guardarse de las acusaciones de que te dejas llevar por el menosprecio y comprender que ahora tenemos medios suficientes como para llegar hasta la India, pero que para volver de allí no serían suficientes, y no tendríamos otros.
Y por estos medios trataba de halagarlo para que no [34 ] rehusara tomar lo que se le diera. Y Apolonio, como por ayudarlo en su argumentación, le dijo:
—¿Vas a omitir unos ejemplos, Damis? Entre los que son posibles: que Esquines, hijo de Lisanias, fue a Sicilia junto a Dionisio a por dinero. Platón, se dice que recorrió tres veces Caribdis a por la riqueza de Sicilia. Aristipo de Cirene, Helicón de Cízico y Fitón de Region 79 , cuando estaba en el exilio, tanto se hundieron en los tesoros de Dionisio, que a duras penas pudieron arrancar de allí. Es más, también dicen que Eudoxo de Cnido 80 , que llegó en tiempos a Egipto, reconoció que había ido a por dinero y que conversó con el rey al respecto. Para no calumniar a más: dicen que Espeusipo 81 , el ateniense, llegó a ser tan codicioso, que se fue de jarana a Macedonia a la boda de Casandro, tras haber compuesto unos poemas fríos, y que los cantó en público por dinero. Yo pienso, Damis, que el hombre sabio se arriesga más que los navegantes y los combastientes en armas, pues la envidia avanza contra él, callado o hablando, esforzado o perezoso, tanto si pasa por alto algo como si se acerca a alguien, le dirija la palabra o no se la dirija. Es preciso que el hombre en cuestión se atrinchere y comprenda que el sabio vencido por la pereza, la ira, el amor o la afición a la bebida, o el que obra de forma más resuelta que la oportuna, quizá pudiera obtener perdón, pero si se entrega a las riquezas, no podría obtener perdón, sino que sería odiado como si hubiese combinado todas las maldades a la vez, pues no habría sido dominado por el dinero si no hubiese sido dominado por el vientre, por el vestido de moda, por el vino y por el dejarse llevar con prostitutas. Tú quizá pienses que el pecar en Babilonia es menos grave que en Atenas, en Olimpia o en Pito 82 , y no consideras que para un hombre sabio todo es Grecia y que el sabio no considerará ni estimará ningún país ni desierto ni bárbaro, viviendo bajo los ojos de la virtud. Él mira a pocos hombres, pero es mirado por diez mil ojos. Si tú, Damis, trataras con un atleta de esos que se ejercitan en el pugilato y en el pancracio, ¿le pedirías que fuera noble y bueno si compitiera en los Juegos Olímpicos o, si fuera a Arcadia y también, por Zeus, si fuera a los Píticos o a los Nemeos 83 , que ejercitara su cuerpo porque son unos juegos famosos y sus estadios atraen la atención de Grecia, y si en cambio Filipo celebrara unos sacrificios olímpicos después de haber tomado unas ciudades, o su hijo Alejandro, en honor de sus propias victorias, celebrara una competición, le pedirías que ejercitara su cuerpo ya de peor manera y que no tuviese afán de victoria porque va a competir en Olinto, en Macedonia o en Egipto y no en Grecia y en los estadios de allí?
Por estas palabras Damis afirma que quedó tan impresionado como para taparse la cara por lo que se le había ocurrido decir, y pedirle a Apolonio que le perdonara si por no conocerlo aún le impulsó a tal consejo y convencimiento. Y él, interrumpiéndole, le dijo:
—Ánimo, pues no te he dicho esto por reprenderte, sino por darte mi propia versión.
Petición sobre los eretrios
Al llegar el eunuco e invitarle a ir [35 ] a presencia del rey, le dijo:
—Iré tan pronto como haya cumplido mis obligaciones con los dioses.
Tras haber efectuado un sacrificio y formulado una plegaria, partió, atrayendo hacia sí las miradas y la admiración por su aspecto. Cuando entró, el rey le dijo:
—Te doy diez obsequios, por considerarte un hombre como nunca llegó aquí ninguno desde Grecia.
Y él, como respuesta, le dijo:
—No te los voy a rehusar todos, rey, sino que te pediré ardientemente uno sólo que prefiero a muchas decenas —y enseguida le contó el asunto de los eretrios 84 , comenzando por Datis. Y añadió—: Te suplico, pues, que esos infelices no se vean privados de sus límites y de la colina, sino que cultiven el pedazo de tierra que Darío les asignó, pues es terrible que, expulsados de la suya, no vayan a tener ni la que tienen en su lugar.
Así pues, consintiendo en ello, dijo el rey:
—Los eretrios, hasta el día de ayer, eran mis enemigos y los de mis padres, porque una vez alzaron sus armas contra nosotros, y no nos preocupábamos porque su raza desapareciera. Pero en el futuro constarán en la lista de mis amigos y será su sátrapa un hombre de bien que hará justicia a la región. Pero —añadió— ¿por qué no vas a tomar los otros nueve obsequios?
—Porque aún no he adquirido amigos aquí, rey —contestó.
Y al decirle el rey:
—¿Y tú mismo no necesitas nada?
—Frutos secos —contestó— y panes, para darme un grato y espléndido banquete.
El eunuco enamorado
[36 ] Mientras charlaban de estas cosas el uno con el otro, se extendió por el palacio un griterío de eunucos y mujeres a la vez. Había sido sorprendido, en efecto, un eunuco con una de las concubinas del rey, acostado con ella y actuando como los adúlteros, así que lo llevaban a rastras los guardianes del gineceo tirándole del cabello, al modo en que son arrastrados los esclavos del rey. Cuando el más viejo de los eunucos dijo que se había dado cuenta hacía tiempo de que estaba enamorado de la mujer y que le había prohibido que hablara con ella, que le tocara el cuello o una mano, así como que la ayudara a arreglarse —sólo a aquélla de las de dentro—, pero que ahora se le había hallado acostado con ella y comportándose como un verdadero varón con la mujer, Apolonio miró a Damis, dado que había quedado demostrado el tema que habían estado tratando acerca de que incluso los eunucos realmente se enamoran. Y el rey dijo a los presentes:
—Sería vergonzoso, varones, que en presencia de Apolonio nos opinase acerca de la castidad otro que no él. ¿Qué nos recomiendas, Apolonio, que hagamos con él?
—¿Qué otra cosa, sino que viva? —dijo, respondiendo contra lo que todos se esperaban.
Enrojecido, el rey le dijo:
—¿Acaso no es digno de muchas muertes, al deslizarse de ese modo en mi propio lecho?
—No por perdón, rey, he dicho eso —contestó—, sino como castigo que lo consumirá, pues si va a seguir con vida, enfermo y deseoso de imposibles, no le darán placer ni alimentos ni bebidas, ni los espectáculos que te divierten a ti y a los que conviven contigo. Y le dará vuelcos el corazón a menudo, despertándose de su sueño, eso que dicen que les ocurre con la mayor frecuencia a los amantes. ¿Qué tisis lo consumirá tanto, qué hambre le debilitará tanto las entrañas? Y si no es uno de los aferrados a la vida, rey, te pedirá alguna vez que lo mates o se dará muerte a sí mismo, lamentando profundamente este día de hoy en el que no murió enseguida.
Tal fue la respuesta de Apolonio, y tan sabia y humana, que el rev libró de la muerte al eunuco.
Consejos a Vardanes
Una vez que el rey se disponía a ir [37 ] a una cacería de los animales de los parques en los que los bárbaros tienen leones, osos y panteras 85 , invitó a Apolonio a que lo acompañara en la caza, pero él dijo:
—¿Te has olvidado, rey, de que no te acompaño a los sacrificios? Con mayor razón no me es grato atacar a animales maltratados y sometidos a esclavitud contra su propia naturaleza.
Y preguntándole el rey cómo podría gobernar de forma estable y segura, le dijo:
—Estimando a muchos, pero confiando en pocos.
En una ocasión llegó una delegación del gobernador de Siria 86 acerca de unas aldeas, creo que dos, vecinas del Puente, y afirmaba que habían estado sometidas antaño a Antíoco y Seleuco 87 , pero que ahora, bajo su gobierno, pertenecían a los romanos, y que los árabes y los armenios no molestaban a las aldeas, pero que él, tras recorrer una distancia tan larga, les cobraba tributo como si fuesen suyas más que de los romanos 88 . El rey, tras hacer salir a los delegados, le dijo:
—Esas aldeas, Apolonio, las otorgaron a nuestros antepasados los reyes que han mencionado, para el sustento de las fieras que, cazadas por nosotros, les enviamos a través del Éufrates. Pero ellos, como si se hubieran olvidado de ello, reclaman alteraciones y además, injustas. Así pues, ¿cuál te parece que es el propósito de la delegación?
—Uno moderado —contestó— y lógico, rey, si eso que pueden obtener incluso contra tu voluntad, ya que se halla en su territorio, quieren obtenerlo mejor con tu consentimiento—. Y añadía que por unas aldeas, más grandes que las cuales las poseían seguramente incluso particulares, no debía disputar con los romanos e iniciar una guerra, ni siquiera por motivos mayores.
Otra vez que fue a visitar al rey enfermo, le expuso tantos y tan divinos discursos acerca del alma, que el rey se recobró y les dijo a los que le rodeaban:
—Apolonio no sólo ha conseguido que desprecie la realeza, sino incluso la muerte.
En una ocasión, el rey le estaba enseñando el túnel [38 ] bajo el Éufrates y le dijo:
—¿Qué te parece este prodigio?
Apolonio, mostrando su desprecio por la portentosa obra, le contestó:
—El prodigio habría sido, rey, si a través de un río tan profundo e invadeable caminaseis a pie.
Y cuando le enseñaba los muros de Egbátana y afirmaba que eran una residencia propia de dioses, contestó:
—No es en absoluto residencia propia de dioses, y no sé si de hombres, pues los lacedemonios, rey, habitan una ciudad sin murallas.
Otra vez que el rey había juzgado un proceso entre unas ciudades y se vanagloriaba ante Apolonio de que había atendido al proceso durante dos días, éste le dijo:
—Tarde encontraste lo justo.
Y en una ocasión en que los tributos del país sometido llegaron en gran cantidad, tras abrir sus tesoros, le mostró al sabio su dinero, tratando de inducirlo al deseo de la riqueza. Pero él, sin admirarse por nada de lo que vio, dijo:
—Para ti, rey, eso es dinero, pero para mí, paja.
—Entonces, ¿qué es lo que tengo que hacer para hacer buen uso de él?
—Gastarlo —dijo—, pues eres rey.
Después de haberle dicho al rey muchas cosas de [39 ] este estilo y cuando lo halló dispuesto a llevar a la práctica lo que le había aconsejado, y además teniendo ya por suficiente la relación con los Magos, dijo:
—Ea, Damis, vayamos a la India, pues los que llegaron en su travesía junto a los Lotófagos 89 se vieron apartados de sus hábitos nativos por culpa de la comida, y nosotros, que no hemos gustado de nada de lo de aquí, llevamos más tiempo del lógico y adecuado.
—También a mí —dijo Damis— me lo parece, incluso más que a ti. Y puesto que tenía presente el tiempo que observaste en la leona 90 , esperaba a que llegara a término. Pero todavía no ha transcurrido por entero, pues llevamos sólo un año y cuatro meses. Si nos pusiéramos ya en camino, ¿estaría bien?
—El rey no nos dejará, Damis —contestó—, antes de que haya pasado el octavo mes, pues ya ves seguramente que es un hombre de bien y demasiado bueno para gobernar a bárbaros.
Despedida del rey
[40 ] Cuando decidió, por fin, partir y el rey les permitió que se marcharan, se acordó Apolonio de los obsequios que había dejado para cuando llegara a tener amigos, y dijo:
—Rey excelente. Aún no he hecho nada en beneficio de mi huésped y les debo una recompensa a los Magos. Así pues, atiéndelos tú y muéstrate generoso en mi nombre con varones sabios y muy leales a ti.
Así que el rey, más que contento, dijo:
—Mañana te los mostraré envidiables y cubiertos de grandes honores. Y puesto que tú no necesitas nada mío, deja que ellos —señalando a los que estaban con Damis— obtengan de mí dinero y lo que quieran.
Así que, cuando ellos rehusaron la proposición, Apolonio dijo:
—¿Ves, rey, cuántas son mis manos y qué semejantes unas a otras?
—Pero por lo menos llévate un guía —dijo el rey— y camellos en que montaros, pues la longitud del camino es demasiada para hacerlo todo a pie.
—Eso, sea, rey —contestó—, pues dicen que el camino es intransitable si no se va montado así. Además, ese animal es de buen comer y fácil de apacentar donde no hay hierba. También hará falta, creo, abastecerse de agua y llevarla en odres, como el vino.
—En tres días —dijo el rey— la región no tiene agua. Luego hay gran abundancia de ríos y fuentes. Pero tendrás que tomar el camino hacia el Cáucaso; allí los recursos son abundantes, y la región, amiga.
Y al preguntarle el rey qué iba a traerse de allí, dijo:
—Un grato obsequio, rey, pues si la convivencia con esos hombres me hace más sabio, volveré mejor de lo que soy ahora.
El rey lo abrazó cuando dijo eso, y le contestó:
—Ojalá vuelvas, pues ese sí sería un gran obsequio.

1 Creador de la escuela pitagórica, cuya vida se sitúa en el siglo VI a. C., aun cuando aparece, ya desde los mismos orígenes del pitagoreísmo, envuelta en leyendas. Cf. la introducción de C. EGGERS LAN , en Los filósofos presocráticos , I, «Bibl. Clás. Gredos», Madrid, 1978, págs. 147 sigs.
2 La muerte de Euforbo se narra en Ilíada XVII 43-60. Filóstrato alude a la teoría pitagórica de la transmigración de las almas. A este respecto, Heráclides del Ponto (en DIÓGENES LAERCIO , VIII 4-5, recogido en H. DIELS y W. KRANZ , Die Fragmente der Vorsokratiker , Berlín, 19345 , 14.8) refiere que Pitágoras, por un don de Hermes, recordaba las cuatro encarnaciones que habían precedido a la suya: Etálidas, Euforbo, Hermotimo y Pirro.
3 Pitágoras fundó en Crotona una especie de comunidad de carácter religioso-político, a la vez que filosófico, cuyos discípulos se veían obligados a una serie de reglas de comportamiento (entre las cuales se cuentan las aquí reseñadas), siendo la obligación de guardar secreto sobre las enseñanzas de la comunidad una de las más severas (cf. PORFIRIO , Vida de Pitágoras 19, en DIELS -KRANZ 14.8a), razón por la cual no existen escritos claramente pitagóricos de fecha antigua y estamos mal informados sobre las actividades y primitivo carácter de dicha comunidad.
4 Poeta filósofo del siglo V a. C., autor de dos poemas en hexámetros de los que conservamos fragmentos extensos.
5 Fragmento 112 DIELS -KRANZ .
6 Fragmento 117 DIELS -KRANZ . Está muy claro por estos y otros fragmentos conservados que Empédocles creía en la existencia de una serie de estadios en la transmigración de las almas, cf. G. S. KIRK y J. E. RAVEN , Los filósofos presocráticos , trad, de J. GARCÍA FERNANDEZ , Madrid, 1969, págs. 490-6.
7 DIÓGENES LAERCIO , VIII 53, citando como fuente las Memorabilia de FAVORINO , nos cuenta que Empédocles, tras haber vencido en una prueba de los Juegos Olímpicos, en lugar de inmolar el acostumbrado buey, ofreció a los delegados de la ciudad una figurilla de miel y harina en forma de buey. ATENEO , 3e, nos ofrece otra variante, según la cual, como Empédocles era pitagórico y, por tanto, se abstenía de los sacrificios cruentos, ofreció un buey de incienso y especias.
8 Con este nombre (que quiere decir «sabios desnudos») conocen los griegos a los faquires hindúes, cuyo ascetismo fue muy celebrado por ellos a partir de las informaciones de Onesicrito y Nearco, cf. las referencias de ARRIANO , Anábasis VII 1, 5; PSEUDO -CALÍSTENES , Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia III 5, etc., y modernamente, G. ZUNTZ , «ZU Alexanders Gespräch mit den Gymnosophisten», Hermes 87 (1959), 436-440, y F. PFISTER , «Das Nachleben der Überlieferung von Alexander und den Brahmanen», Hermes 76 (1941), 143-168, Der Kleine Pauly , S . V . Gymnosophisten . Sabemos asimismo que en Etiopía había también ascetas, cuya sabiduría se estimaba que había inspirado a Pitágoras.
9 Demócrito de Abdera, filósofo del siglo V a. C., que continuó y desarrolló la teoría atomista de Leucipo y autor de un gran número de obras filosóficas sobre los más variados temas, de las que nos quedan escasos fragmentos, predominantemente de los escritos de ética.
10 Los testimonios de este supuesto viaje de Platón son numerosos, pero tardíos, siendo los primeros de CICERÓN , De la República I 16, Definiciones del bien y del mal en sí V 87, razón por la que, con excepción de algunos autores, como U. VON WILAMOWITZ en su Platón , 2 vols., Berlín, 1920, se considera esta tradición, de igual modo que otra de un viaje suyo a la India, como intentos posteriores de relacionar la filosofía platónica con Oriente. El propio Platón, en su autobiográfica Carta Séptima no dice una palabra respecto a este viaje, lo cual es altamente significativo.
11 Sócrates asegura repetidas veces en la Apología y el Critón platónicos tener contacto con lo divino a través de un demon que le advertía de lo que no debía hacer, a modo de una «voz de la conciencia»; cf. el excelente análisis del tema debido a A. TOVAR , Vida de Sócrates , Madrid, 1947, págs. 223-236.
12 Anaxágoras de Clazómenas, filósofo del siglo V a. C.
13 Este testimonio de Filóstrato está recogido por DIELS -KRANZ entre los de Anaxágoras, como A 6. Las «piedras» (meteoritos) cayeron sobre Egospótamos, según el Marmor Parium , en el año 468/7 a. C. DIÓGENES LAERCIO , II 10, menciona, además de la caída de las piedras, la zalea de Olimpia. Todo lo referido por Filóstrato aquí forma parte, por tanto, del anecdotario tradicional y típico del filósofo.
14 Sobre las Cartas atribuidas a Apolonio de Tiana, cf. la Introducción § 3.
15 Sobre Damis y las discusiones sobre su existencia y autenticidad de su escrito, cf. la Introducción § 4.
16 Julia Domna, esposa de Septimio Severo, emperador desde el 193 al 211 d. C. La emperatriz se suicidó en el 217, probablemente antes de que Filóstrato diera fin a su obra.
17 Sobre el círculo de Julia Domna, cf. Introducción § 2; asimismo, sobre Máximo de Egas y Merágenes, citados a continuación como fuentes, cf. § 4.
18 Tiana es una ciudad de Capadocia, al pie del Tauro, en la ruta de Tarso, la actual Kilissa-Hissar, cerca de Niǧde.
19 Proteo es una deidad marina de escasa resonancia en la mitología griega, cuyo nombre deriva de la alteración del egipcio Pir-o-iti «su majestad, el rey». La capacidad de cambiar de forma es en esta mitología atributo corriente de las criaturas del mar, como por ejemplo Nereo y Tetis. La referencia a Homero lo es a Odisea IV 417-8, en donde Menelao dice a Telémaco que Proteo «intentará tornarse en todos los reptiles que hay sobre la tierra, así como en agua y en violento fuego». Pese a la importancia concedida a Proteo en esta especie de «anunciación» que nos presenta Filóstrato, no se vuelve a hablar de este tema en todo el resto de la obra.
20 Efectivamente, en el año 215 el emperador Caracalla, de paso por Capadocia, se detuvo en Tiana y ordenó erigir un templo en honor de Apolonio, cf. DIÓN CASIO , LXXVIII 18, 4.
21 Todo este capítulo 6 es una repetición casi textual de la referencia al Asbameo que encontramos en ARISTÓTELES , Maravillas 152 (845b33 sigs.).
22 Sobre Eutidemo estamos escasamente informados. En cuanto al ambiente de la ciudad, ESTRABÓN , Geografía XIV 5, 13, describe Tarso como un centro de educación, superior incluso en escuelas filosóficas a Atenas y Alejandría en su tiempo, pero añade que no resultaba frecuente que permanecieran mucho tiempo allí los foráneos, ni tampoco los propios habitantes, una vez acabada su educación.
23 Puerto de mar de Cilicia en el que se alzaba un templo de Asclepio que probablemente era un centro de instrucción de sofistas. La ciudad fue cuna de algunos de ellos, como Antíoco y Máximo, citado éste en I 3.
24 Lo que quiere decir Filóstrato es que, como en los demás santuarios de Asclepio (el más famoso de los cuales fue en la antigüedad el de Epidauro), el propio dios se aparecía en sueños a quienes acudían al templo en busca de curación o solución a sus males.
25 El párrafo anterior es un verdadero catálogo de las escuelas filosóficas vivas en la época: los neoplatónicos, los estoicos (llamados aquí crisipianos, esto es, discípulos de Crisipo, filósofo de Cilicia, del siglo III a. C., y director de la Estoa a la muerte de su maestro, Cleantes); el Perípato, escuela derivada de Aristóteles y Teofrasto, llamada así por la columnata en la que los filósofos discutían; los discípulos de Epicuro, filósofo ateniense de los siglos IV -III a. C., y los pitagóricos. Pese a que es esta última doctrina la que Apolonio practica, no dejan de observarse en su filosofía algunos ecos de estoicismo.
26 Sabemos poquísimo de Éuxeno de Heraclea, cf. E. WELLMANN en PAULY -WISSOWA , R. E ., S . V . Euxenos .
27 Filósofo de Éfeso, de finales del siglo VI y principios del V a. C., en torno al cual se tejió una enmarañada ficción biográfica, basada en su mayoría en sus propias expresiones, ridiculizadas c malentendidas (a lo cual contribuyó no poco la oscuridad de sus formulaciones). La anécdota aquí referida tiene su origen en el fragmento 36 DIELS -KRANZ , en el que dice que «para las almas es muerte convertirse en agua», idea que se basa en su creencia de que la naturaleza del alma es ígnea. De ahí surgió la peregrina afirmación de que Heráclito murió de hidropesía, y así ya DIÓGENES LAERCIO , IX 3, cuenta que, convertido en hidrópico, le preguntaba a los médicos en enigmas si podían transformar en sequedad la lluvia, con lo que no logró que lo entendieran y acabó muriendo de la enfermedad.
28 Nombrado rey por Marco Antonio, Arquelao se congració con Octavio después de la batalla de Accio, y éste lo confirmó en el cargo, pese a lo cual no dejó de provocar conflictos con el imperio en época de Augusto y luego con Tiberio, hasta su muerte, en el 17 d. C., tras la que Capadocia se convirtió en provincia romana.
29 PLUTARCO , en Pericles 16 y Moralia 831f, refiere que Anaxágoras, llevado por su entusiasmo por la filosofía, había dejado su heredad sin cultivar, por lo que acabó por convertirse en pastos. Este y otros testimonios coinciden en darnos una imagen de Anaxágoras como cultivador de un bíos theōrētikós , una vida despreocupada de los bienes terrenos, cf. por ejemplo PLATÓN , Hipias Mayor 283a.
30 Filósofo cínico del siglo IV a. C. Hay testimonios de que entregó sus bienes, según DIÓGENES LAERCIO , VI 87, a sus conciudadanos, y según el Suda , S . V . Krates , a un banquero, para que lo diera al pueblo, si sus hijos eran filósofos, y si no, a sus hijos. El Suda recoge asimismo la versión de Filóstrato, según la cual arrojó su fortuna al mar.
31 La frase atribuida a Sófocles aparece citada por PLATÓN , República 329c, y CICERÓN , De la Vejez 47. Filóstrato vuelve a aludir a ella asimismo en esta misma obra (VII 31).
32 Filósofo estoico, muerto en el siglo II d. C., citado por PLINIO EL JOVEN , Epístolas I 10, enemigo declarado de Apolonio, razón por la cual Filóstrato lo describe siempre con los tintes más negros. Cf. P. GRIMAL , «Deux figures de la Correspondance de Pline», Latomus 14 (1955), 370-383; F. GROSSO , «La Vita...», esp. 319 sigs.
33 El voto de silencio formaba parte del «noviciado» de los Pitagóricos, según nos informa YÁMBLICO , Vida de Pitágoras 72, 94, y fue admirado por algunos cristianos, como EUSEBIO , Contra Hierocles , pág. 381 KAYSER .
34 Se trata del poeta lírico coral Simónides de Ceos (556-468 a. C.), que desarrolló su actividad poética hasta edad muy avanzada. La noticia de que Apolonio llegó a vivir cien años se considera controvertida por el propio Filóstrato en VIII 29.
35 Eco del «resiste, corazón mío», de Ulises en Odisea XX 18.
36 Alude a las numerosas rivalidades suscitadas por los espectáculos del circo, que frecuentemente tenían consecuencias violentas.
37 Tiberio fue emperador de Roma desde el año 14 al 37 d. C. El emperador tenía entonces carácter divino, por lo que un atentado contra su imagen constituía un sacrilegio.
38 Antioquía la Grande se hallaba en la provincia romana de Siria. En ella se alzaba el santuario de Apolo Dafneo, que fue visitado por Filóstrato, según nos cuenta al comienzo de sus Biografías de los Sofistas .
39 La Ninfa Dafne, nombre que en griego significa «laurel», era una hija del río Peneo, de la que se enamoró el dios Apolo. Perseguida por él, la Ninfa rogó a su padre que la librara de su enamorado agresor, y quedó así convertida en laurel, árbol que desde entonces pertenece a Apolo. La leyenda es originalmente arcadia, pero Antioquía la reivindicaba para su región, haciendo a Dafne hija del río Ladón, en lugar de del Peneo. El santuario al que aquí se hace referencia fue enriquecido por Seleuco Nicátor con baños y columnatas, además de con un espléndido templo que albergaba una gran estatua de Apolo.
40 Cipariso (en griego «ciprés») es otro de los amados de Apolo. Hijo de Télefo, hirió por error a un ciervo que lo acompañaba continuamente, por lo que pidió estar eternamente triste y fue metamorfoseado en el árbol que lleva su nombre. La designación «asirio» es una más de las múltiples ocasiones en las que los griegos designaban así a los sirios.
41 En esta reprobación de los baños calientes coinciden con Apolonio algunos cristianos, como por ejemplo CLEMENTE DE ALEJANDRÍA , Pedagogo III 9, 46-8.
42 Por este «ático desmedido» se alude al aticismo, movimiento de los círculos literarios que pretendían una vuelta artificial al ático antiguo, frente al uso de la koinḗ .
43 Esto es, el trípode de Delfos, lo que es tanto como decir que Apolonio hablaba con la misma autoridad que el oráculo de Apolo.
44 Brahmanes es el nombre de la casta sacerdotal india, préstamo del ai. brahmán «sacerdote», conocidos por los griegos a través de las mismas fuentes que los Gimnosofistas (con los cuales son frecuentemente confundidos), cf. nota 8 y TOMASCHEK , en PAULY -WISSOWA , R. E ., S . V . Brachmanes . En cuanto a los hircanios, es un étnico (los Varkāna ) de un pueblo que lindaba con los partos.
45 Mágos es la forma griega del persa maga , mencionados por HERÓDOTO , I 101, como una de las tribus que componían el pueblo medo. Asimismo se citan en la inscripción irania de Behistun como un étnico. Posteriormente el nombre designa a la casta sacerdotal.
46 Ío es una de las numerosas amadas de Zeus, quien, para ocultarla a los ojos de la celosa Hera, la convirtió en vaca. Por este mito explicaban los griegos todas las representaciones orientales que, en realidad, correspondían a cultos a animales.
47 Los cadusios son un pueblo ribereño del Mar Caspio, cf. JENOFONTE , Ciropedia V 2, 25.
48 El Puente (Zeugma ) es la ciudad sobre el Éufrates fundada por los Seleúcidas en el paso de las caravanas y que servía de frontera entre el Imperio Romano y el reino de los Partos. La pregunta del aduanero obedece al pago de un impuesto, semejante al portorium romano, por las mercancías en tránsito.
49 No fueron sometidas hasta que Trajano las incorporó al Imperio, si bien por poco tiempo.
50 El conocimiento del lenguaje de los animales, así como, antes, el de todas las lenguas humanas, sin previo aprendizaje, son rasgos chamánicos de Apolonio, cf. Introducción § 3.
51 Por los datos que nos da Filóstrato, es verosímil que Apolonio y Damis hicieran su viaje por la antigua Via Regia de los persas.
52 «Ojo del rey» (también «oído del rey») es la forma popular de designar a una serie de personas de confianza del Gran Rey, que se hallaban por todas las satrapías, con una misión semejante a la de los missi dominici de Carlomagno: informar al monarca de todo lo notable que ocurriera.
53 Vardanes es un rey parto, citado por FLAVIO JOSEFO , Arqueología Judía XX 69 sigs., y por TÁCITO , Anales XI 8. La época de su reinado oscila, según los autores, pero la numismática parece apuntar a los años 41-45 d. C. La recuperación del reinado a la que se alude es su victoria contra su hermano Gotarces. El reino parto estuvo un tiempo dividido en dos por las luchas entre ambos hermanos. Obsérvese que se evita cuidadosamente la mención de que se trata de partos, siguiendo la tendencia de la Segunda Sofística de sustituir los nombres «modernos» corrientes por otros arcaicos; cf. BOWIE , «Greeks and their past...», págs. 33-34.
54 Un estadio equivale a 177,6 m., esto es, avanzaron unos tres kilómetros y medio.
55 Se refiere Damis al episodio narrado en Ilíada II 311 sigs. en el que el adivino Calcante, al ver un dragón devorar a ocho crías de gorrión y a su madre, vaticina que la guerra de Troya habría de durar nueve años.
56 Otro nombre de Susiana, la región al fondo del Golfo Pérsico y efectivamente próxima a Babilonia.
57 HERÓDOTO , VI 98 sigs., refiere que Datis y Artafernes, al recordar la ayuda que prestaron en tiempos los eretrios a los milesios, cuando la revuelta antipersa del 398, atacaron Eubea con su flota. Los eretrios acudieron a los atenienses en demanda de ayuda, pero por indecisiones de éstos se vieron abandonados a su suerte. Así, los persas, rastrillando la zona «como los pescadores con la barredera» (HERÓDOTO , VI 31), capturaron a los eretrios y los llevaron a Susa, estableciéndolos en una propiedad llamada Arderica en Cisia (HERÓDOTO , VI 119, 2), ciudad a unos cuarenta kilómetros de Susa y a unos siete de un pozo de asfalto. Los eretrios fueron usados allí como mano de obra y, según Heródoto, conservaban su lengua en su época, es decir, en un probable viaje del historiador a esa zona hacia el 440 a. C. Filóstrato evidentemente amplía la noticia de Heródoto, salvo que omite el nombre de Arderica. Una inscripción bustrofedon de comienzos del siglo VI a. C., en un astràgalo de bronce encontrado en las ruinas de Susa, atestigua la ofrenda del diezmo a Apolo Didimeo de Mileto y era parte del botín que los persas se llevaron el 494 a Susa con los prisioneros de Mileto. Sobre todo este pasaje, cf. el excelente y documentado estudio de F. GROSSO , «Gil Eretriesi deportati in Persia», Riv. Fil. Ist. Class. N. S . 36 (1958), págs. 350-375, del que proceden todas las informaciones que damos aquí al respecto.
58 En Mesopotamia y Oriente Próximo abundaban estos yacimientos de asfalto, cf. R. J. FORGES , Bitumen and Petroleum in Antiquity , Leiden, 1936, quien se refiere a este pasaje en la página 27.
59 Se trata de Escopeliano, según vemos por la referencia a la carta en I 24, carta que, por otra parte, no se conserva en el epistolario de Apolonio que nos ha llegado. Sí en cambio disponemos de otra, la número 19, que se dirige a Escopeliano tratando sobre las facultades humanas. Escopeliano, maestro de Herodes Ático, vivió a fines del siglo I d. C. y principios del II, siendo las Biografías de los Sofistas de Filóstrato (514-521) nuestra única fuente de información sobre él. Es imposible que Apolonio hubiera podido escribirle una carta cuando pasó por la región, porque Escopeliano por entonces no había nacido o tendría en todo caso muy pocos años. Así pues, ni el documento es verdadero, ni el viaje a Cisia de Apolonio, probablemente tampoco, cf. R. J. PENELLA , «Scopelianus and the Eretrians in Cissia», Athenaeum 52 (1974), 295-300, quien apunta la posibilidad de que Escopeliano hubiera compuesto una declamación (una melétē ) sobre la deportación de los eretrios. Por tanto, cuando en la carta citada en I 24 Apolonio dice «tus eretrios» utilizaría el pasivo en sentido de «los eretrios tratados en tu obra».
60 Es la región que tiene por capital Egbátana y está a bastante distancia de Babilonia, imposible de recorrer en un día, por buen andarín que se sea. Lo que ocurre es que Filóstrato confunde Cisia con la región de los Coseos, montañeses nómadas habitantes en el Zagros. La colocación aquí (en lugar de en Arderica) de los eretrios se debe a que el sofista ha contaminado la noticia de Heródoto con el epigrama pseudoplatónico que se cita luego.
61 El Cafereo es un promontorio al sur de la isla de Eubea (hoy Cabo de Oro), llamado también Xilóphagos , esto es «devorador de madera», por la frecuencia de los naufragios en sus proximidades.
62 Darideo es en realidad un patronímico persa que quiere decir «hijo de Darío», tomado como nombre equivocadamente por Filóstrato. Debe tratarse de Artajerjes II.
63 Este epigrama se ha conservado en la Antología Palatina VII 256, atribuido a Platón, autor que además se refiere al tema en Menéxeno 240 a, b, Leyes 698 c y al que se le atribuye asimismo otro epigrama sobre la misma cuestión (Antología Palatina VII 259). En el texto de la antología varía el primer verso, que presenta lipóntes , «nosotros que antaño abandonamos», en vez de pléontes , «nosotros que antaño navegamos». Es de este epigrama —cuya atribución a Platón es evidentemente fantástica— de donde parte el error de Filóstrato de situar a los eretrios en Egbátana, en plena Media, a cientos de kilómetros de Susa.
64 Un pletro equivale a 29,6 m. Las medidas de perímetro y grueso son muy próximas a las que nos da HERÓDOTO , I 178: 480 estadios para el perímetro y 50 codos reales (unos 25 m.) de grueso, pero la altura que da Heródoto, 200 codos reales (unos 100 m.) es más del doble de la que da Filóstrato aquí. Sobre la adecuación de estas proporciones con las reales, el lector puede ver la extensa y documentada nota al pasaje de Heródoto de C. SCHRADER , en el libro de esta misma colección HERÓDOTO , Historia, Libros I-II , Madrid, 1977, pág. 236, nota 449.
65 Cf. JENOFONTE , Anábasis III 4, 11, que cita una reina del mismo nombre, si bien es probable que el nombre signifique «La Meda» y no sea un nombre propio.
66 Las tres representaciones tienen de común que se trata en todos los casos de episodios situados en paisajes rocosos. Andrómeda es la muchacha salvada por Perseo del monstruo enviado por Posidón para devorarla, cuando estaba atada a una roca. Amímona es una hija de Dánao, amada por Posidón, que hizo brotar para ella una fuente de una peña. La representación de Orfeo es probablemente la más típica: Orfeo sentado en una roca, encantando a plantas y animales con su música.
67 La tiara es un símbolo del carácter divino, usado también por los reyes persas, y el calzón es propio del vestuario persa y escita. A Orfeo, como tracio que es, se le representa con él.
68 Sobre el saqueo de Naxos por Datis, general de Darío, cf. HERÓDOTO , VI 96 sigs.
69 Se refiere a las complicadas obras de ingeniería de Jerjes en su expedición contra Grecia: cortar el istmo que unía el monte Atos a tierra y un puente de barcas sobre el Helesponto.
70 GRIMAL , Romans ..., pág. 1.509, con bibliografía, señala cómo el edificio aquí descrito corresponde a un tipo arquitectónico bien conocido por los persas e imitado por Nerón en su Domus aurea . La sala cupular pretendía ser una reproducción del universo, en cuyo centro se situaba el rey.
71 Adrastea es la divinidad del destino; en cuanto a los torcecuellos, probablemente es una forma de designar a los grifos, que forman frecuentemente parte de la decoración persa.
72 Esta referencia implicaría que nos hallamos en agosto del año 45 d. C. Los datos de Filóstrato respecto a Vardanes, con todo, no coinciden bien con los históricos, pues parece que hemos de aceptar el 45 d. C. como fecha de la muerte del rey, y en cambio Filóstrato nos dice que Apolonio, después de pasar con él un año y dos meses, y emplear en la visita a los Brahmanes unos quince años (su regreso, cf. III 58, debió producirse en una fecha próxima al 61 d. C. en el que se fecha la profecía del Istmo de Corinto a la que se alude en IV 24), se lo encuentra a su regreso. GROSSO , «La Vita...», pág. 366, nota 2, observa que, después del primer encuentro, suele aludirse a Vardanes simplemente como «el rey», y piensa que Filóstrato debió sustituir mecánicamente este «rey» de su fuente por Vardanes, en II 17 y en III 58. Con toda seguridad, a la vuelta de Apolonio reinaba ya Gotarces, el hermano de Vardanes.
73 En la batalla de Cunaxa, narrada por Jenofonte en la Anábasis .
74 Efectivamente, al ser condenado al ostracismo y desterrado de Atenas en el año 471 a. C., Temístocles se dirigió primero a Argos y al Peloponeso; pero, perseguido por los atenienses y los espartanos, acabó por marchar a la corte de Susa, donde, tras la muerte de Jerjes, en el 465, reinaba Artajerjes. Temístocles entabló gran amistad con Artajerjes, quien llegó a regalarle la renta de tres ciudades: Magnesia, Lámpsaco y Miunte.
75 Perga es una ciudad de Panfilia, en la costa meridional de Asia Menor.
76 Es esta la única referencia que poseemos de esta poetisa. Cf. PAULY -WISSOWA , R. E ., S . V . Damophila .
77 Megábates es, con toda probabilidad, una invención de Filóstrato. El único hermano conocido del rey Vardanes fue Gotarces, al que, por cierto, nunca se menciona en esta obra.
78 HERÓDOTO , III 106, nos menciona también estos caballos niseos, esto es, de la ciudad de Nisea (identificable con la Nicaya de la inscripción de Behistun), situada en la Media sudoccidental, en una extensa llanura en la que aún hoy pastan manadas de caballos semejantes a aquéllos. Los caballos niseos eran muy afamados por su potencia, resistencia y velocidad. Por otra parte, el sacrificio de caballos al Sol es una práctica religiosa persa tópicamente aludida por los griegos.
79 Menciona Filóstrato una serie de casos de griegos famosos atraídos por la fortuna de los tiranos de Sicilia. Esquines fue un discípulo de Sócrates, que fue acogido por Dionisio, el tirano de Siracusa. La aventura de Platón aquí mencionada es su intento de llevar a la práctica su República de Filósofos en Sicilia, narrado en la platónica Carta Séptima (sobre Caribdis, cf. nota 329 a V 11). Aristipo de Cirene fue el fundador del hedonismo, también acogido y agasajado por Dionisio, y Helicón de Cízico fue un matemático y astrónomo de la escuela de Eudoxo, gratificado por Dionisio el joven por su predicción de un eclipse de sol en mayo del 361 a. C. En cuanto a Fitón de Region, cf. lo que el propio Filóstrato dice de él en VII 2.
80 Eudoxo de Cnido es un filósofo de la Academia antigua, discípulo de Platón y especializado en astronomía y ciencias de la naturaleza, que residió muchos años en Egipto.
81 Espeusipo fue un filósofo ateniense, sobrino y discípulo de Platón y su sucesor en la dirección de la Academia. Casandro fue uno de los generales de Alejandro Magno, que participó activamente en las guerras que enfrentaron a aquéllos por la herencia territorial del Macedonio.
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