Kitabı oxu: «Autobiografía. Contra Apión.»

Şrift:

BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 189


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por PALOMA ORTIZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO292

ISBN 9788424932213.

INTRODUCCIÓN GENERAL
I. VIDA DE JOSEFO
1. Contexto histórico

Desde el 31 a. C., o quizá más particularmente desde el 27, Roma y sus dominios estaban gobernados por un príncipe. Fue Octavio Augusto el artífice de la transición del régimen republicano al monárquico y en él se inicia la dinastía Julio-Claudia que pervivirá hasta la muerte de Nerón, ya en plena guerra judaica. Unos cien años por junto son los que suman los reinados de los emperadores julio-claudios. El segundo de ellos, tras Augusto, fue Tiberio, bajo cuyo reinado tuvieron lugar los más transcendentales proceso y ejecución de la historia, precisamente en Palestina: los de Jesús de Nazaret. Los judíos le tuvieron por blasfemo, los romanos por agitador social. Josefo, nuestro autor, no fue contemporáneo de Jesús por pocos años, pues nació al inicio del reinado del príncipe siguiente, Calígula. La vida de nuestro personaje coincidió con los mandatos de este emperador, de Claudio, de Nerón, de Vespasiano 1 , de Tito, de Domiciano y… no sabemos más. Las dinastías Julio-Claudia y Flavia, por lo tanto. El gobierno directo de Roma en Palestina, salvo el régimen especial de algunos territorios, lo atendían prefectos o procuradores desde el año 6 d. C. El más famoso de todos ellos, Poncio Pilato, había sido removido en el año 36, muy poco antes de que Josefo viniera al mundo 2 .

Los avatares de la política de Tiberio y Calígula, a veces muy antijudía, así como los excesos de Pilato en su decenio de gobierno debieron de ser bien conocidos por el Josefo niño en memoria familiar, aunque no fuera en principio el entorno de nuestro autor demasiado proclive, bien al contrario, a una enemiga activa contra los dominadores romanos. Lo que personalmente pudo conocer un Josefo en uso de razón fue el período plácido de Claudio y luego el ya un poco más problemático de Nerón. En tiempos de este emperador estalló la guerra judaica, y por finta del destino fueron los dos generales —padre e hijo, Vespasiano y Tito— que dirigieron las operaciones del ejército romano en Palestina quienes sucesivamente ocuparían el trono del Imperio 3 . Josefo, como veremos, fue primero enemigo de Roma y luego su aliado; y la guerra acabó en derrota judía: destruido el Templo; el Sanedrín y los sacerdocios, carentes de autoridad y de sentido; Palestina bajo dominación de guerra; no pocas de sus gentes, prisioneras, desterradas o muertas; fiscalidad especial pesando sobre los judíos por el hecho de serlo… Esto y lo anterior es lo que Josefo conoce y vive; y el desastre es una de las cosas sobre las que nuestro autor escribe, intentando justificar siempre su extraño itinerario personal. Porque el dirigente judío de Jerusalén acabó sus días plácidamente protegido por los domeñadores y esclavizadores de su pueblo. Algunos particulares aparecerán con cierto pormenor en las páginas que siguen.

2. Familia y formación

Nació Josefo en el primer año del reinado de Gayo César 4 , es decir, Calígula, por lo tanto en 37 ó 38 d. C. No nos consta dónde, aunque es posible que ocurriera en Jerusalén. Su padre era Matías, de casta sacerdotal, lo que hace muy probable la residencia familiar en la ciudad del Templo. Por otra parte, nos dice el propio autor que tras sus andanzas adolescentes en búsqueda de su identidad religiosa volvió «a la ciudad» 5 , lo que no se puede interpretar como no sea en referencia a Jerusalén. Si en la capital de Judea tuvo su lugar de residencia como niño y joven y en ella es lo más probable que ejerciera funciones su padre, probablemente ese fue el lugar de su nacimiento. Josefo se refiere con orgullo a sus raíces familiares por padre y madre. La familia paterna era presumiblemente saducea y pretendía gloriosos entronques primordiales; la materna estaba de cerca vinculada con la casa de los Asmoneos, que había dado sumos sacerdotes y monarcas al pueblo de Israel en época relativamente reciente 6 . Hace Josefo breve reconstrucción genealógica de la rama paterna, basándose, según nos dice, en los registros públicos para salir al paso de versiones calumniosas que rebajaban su linaje 7 . Y, aunque una de las notas características del quehacer de nuestro autor es la vanidad que destilan sus escritos y avisados especialistas han podido señalar posibles debilidades en el montaje genealógico 8 , podemos aceptar como hecho cierto la nobleza hierocrática de sus dos costados familiares, por cuanto que no hay ninguna razón que nos lleve a la afirmación de lo contrario.

Recibió nuestro personaje educación en consonancia con su condición de vástago de familia sacerdotal 9 . Él mismo nos dice al respecto que hizo el correspondiente aprendizaje junto con su hermano Matías y que destacó por sus generosas dotes intelectuales 10 . Sin duda no estaba ausente de esta educación el aprendizaje de la lengua griega 11 . A poco de salido de la infancia, por los catorce años según él mismo concreta, recién superada la edad de su Bat Mitzvá 12 , destacaba ya Josefo entre los doctores por sus notables conocimientos sobre la Ley y las cosas de Israel. Pero, tal vez contra lo que se podía esperar y violentando los deseos de su familia, inició, muy joven todavía, a los quince o dieciséis años, una andadura de búsqueda religiosa que le llevó fuera de casa e incluso de la ciudad. Quiso conocer las tres sectas judías y tuvo experiencia de las tres. Dado que su familia era presumiblemente saducea, supongo que buscó círculos fariseos y esenios lejos de Jerusalén. Ninguna de las tres sectas satisfizo al despierto e inquieto jovenzuelo, que acabó por seguir a un santón del desierto —al estilo de lo que había sido el Bautista evangélico—, que se llamaba Bano. Con él estuvo tres años, pero le dejó, cuando frisaba ya los diecinueve años, por tanto entre 56 y 57, para volver a Jerusalén decantado ya hacia el grupo de los fariseos. Si anduvo fuera desde más o menos los dieciséis a los diecinueve años y fue discípulo de Bano durante un trienio, su previo ensayo de las sectas, aunque penoso, debió de ser muy rápido. Compara Josefo a los fariseos con los estoicos del mundo griego 13 , lo que me impulsa a suponer que la opción final del personaje, al margen de las razones intelectuales que le movieran hacia el rabinismo, pudo basarse en el aprecio del rigor moderado que era propio del fariseísmo. No es posible descartar, de todos modos, que la elección la efectuara nuestro hombre más que por convencimiento, por puro cálculo 14 . Si, como es probable, la familia de Josefo era saducea, la elección última del joven vástago sacerdotal debió de ser duro trago para los suyos, en una época en la que todavía el saduceísmo era celoso de su ser y su papel y no había iniciado el declive y desdibujo que poco después le llevaría al descrédito y la desaparición.

3. Dirigente en Jerusalén

Si por la opción antedicha tuvo problemas en su círculo familiar y demás entorno, Josefo no lo dice, desde luego lo superó pronto, porque a no muchos años de su regreso a Jerusalén y su paso al fariseísmo le vemos representando papeles religioso-políticos de relevancia. El primer matrimonio, ocasión para institucionalizar sus aires de independencia, hubo de facilitar las cosas dentro de la familia; la capacidad de acomodación contribuiría a evitar roces con las altas esferas saduceas. Podemos deducir que Josefo contrajo nupcias a poco de la vuelta a Jerusalén del hecho de la temprana asunción de estado por los judíos de la época, puesto que eran normales en el varón las bodas a partir de dieciocho años, según indicios rabínicos expresos, y de un detalle que muy perspicazmente destaca la especialista francesa Hadas-Lebel: en un concreto paso de la Guerra leemos que la esposa y la familia del autor estaban prisioneras en la Jerusalén asediada 15 . Como no puede tratarse todavía de la mujer que le entregó Vespasiano, debemos concluir que hubo un enlace matrimonial anterior, en principio sin hijos 16 , situable en la edad aproximada en que normalmente se casaban los jóvenes judíos situados.

Ignoramos cuáles fueron los menesteres desempeñados por Josefo en sus años de juventud adulta, aunque sin duda se trató de altas funciones relacionadas con el servicio del Templo, cual correspondía a su casta sacerdotal. De Josefo echan mano las autoridades judías para una misión en Roma, cuando los problemas del prefecto Félix con algunos importantes sacerdotes. Ese viaje, cuya finalidad era sacar de prisión a los detenidos por el gobernador y luego enviados a la capital del Imperio, tuvo lugar en tiempos de Nerón, quizá en el año 63 ó en el 64, a los veintiséis de edad del futuro escritor 17 . Josefo presenta como propia y personal la iniciativa de tal viaje, pero encaja en el talante del personaje la magnificación de sí mismo y parece poco probable que la gestión particular de un muy joven sacerdote judío de la perdida Palestina tuviera la virtud de abrir las puertas de la corte imperial y lograr la liberación de los presos, aunque fuera por la intermediación de algunos afortunados lazos de amistad cuyo estrechamiento le deparó el viaje 18 . Aunque Josefo lo cele, tal vez llevara misión oficial del Sanedrín jerosolimitano. Conocemos algún que otro caso de este tipo de embajadas, cual es el caso de la que el mismo Josefo narra en el último libro de Antigüedades 19 y otras a que se hace referencia en el relato de la guerra judaica. La aludida de Antigüedades , embajada institucional sin duda, tuvo lugar en una circunstancia remotamente similar producida por una dura arremetida del gobernador Festo, y aunque por lo general los autores tienden a negarlo o lo ponen en duda 20 , ha tentado a veces la consideración de que Josefo se refiere en la Autobiografía al mismo acontecimiento de Antigüedades , confundiendo a los sucesivos gobernadores Félix y Festo 21 . Si esta identificación estuviera en lo cierto, habría una razón de más para afirmar que el memorialista ha convertido en personal lo que fuera misión oficial judía.

Si el Sanedrín encomendó a Josefo la responsabilidad de abogar en Roma por los sacerdotes, fuera solo o acompañado, en este último caso fuera o no la cabeza de la embajada, es porque se le consideraba con la suficiente habilidad y el requerido bagaje instrumental como para que la misión tuviera unos mínimos de posible eficacia. Debía de ser brillante, negociador y capaz de hacerse entender. Incluso cabría decir que tal vez tuviera el joven sacerdote fariseo una cierta popularidad a distancia entre los judíos de la comunidad romana. Es claro que éstos, peregrinos a Jerusalén con frecuencia, tenían conocimiento bastante sobre lo que ocurría en los aledaños del Templo y sobre las personalidades de la hierocracia de la ciudad davídica. No en latín, lo más seguro, pero es innegable que Josefo se manejaba en griego. Aunque no lo diga en sus anotaciones autobiográficas, debió de comenzar su aprendizaje todavía niño, como ha quedado señalado páginas atrás. La lengua helénica era la generalmente utilizada en la parte oriental del Imperio Romano. Todas las personas de cierta cultura con pretensiones de modernidad y las llamadas a una vida de relaciones adquirían en Oriente, cuando no era su lengua materna, el conocimiento siquiera instrumental del griego. En griego funcionaban los dominadores romanos en las regiones mediterráneo-orientales y asiáticas. Para un israelita, además, la helénica era la lengua primera de muchos judíos de la dispersión, lo que la hacía más importante aún que para cualquier otro asiático semítico-hablante 22 . Josefo, pues, hablaba griego ya en la época, lo que no desmiente el que años después necesitara ayuda para redactar en aceptable griego la versión helénica de su Guerra . Todos sabemos que no es la misma posesión de una lengua la requerida para hacerse entender bien y para escribir correctamente.

Sus recursos aparte, trabajaron a favor de Josefo como embajador de Jerusalén en Roma circunstancias favorables cuales la vitalidad del núcleo judío de Roma, algún encuentro afortunado durante el camino, que le facilitó el acceso extraoficial, el difuso ambiente judiófilo que se respiraba en la Urbe, las altas relaciones de los sucesivos Herodes Agripa y las veleidades y exotismos de la emperatriz Popea. La misión logró lo fundamental de sus objetivos. Fuera o no el presidente de la embajada, Josefo debió de regresar a Jerusalén con su prestigio recrecido, aunque unas circunstancias políticas cada vez más preocupantes, que abocarían a la rebelión y crudelísima guerra, no permitieron a nuestro hombre sacar de su éxito el partido esperable, de haber sido más normal la situación de Palestina. Ignoramos cuánto pudo dilatarse la estancia de Josefo en Roma y cuándo exactamente volvió a Jerusalén. Pudo ser en el 64 ó 65, a la vuelta de la esquina del estallido bélico en cualquier caso. El enrarecimiento de las relaciones entre Roma y los judíos palestinenses no era lo que más podía ilusionar a quien venía deslumbrado de la capital del Imperio, de la Corte y de sus fáciles andanzas por los salones palaciegos. No era el estado de ánimo del joven embajador exitoso el más propio para desear la ruptura de hostilidades con los dominadores. Y, sin embargo, tuvo que afrontar la irreversible situación y amoldarse a ella.

4. Contra Roma

Aunque, cual ha quedado dicho, Josefo era personalmente contrario a cualquier clase de ruptura de hostilidades entre los judíos y los romanos, el imparable estallido revolucionario 23 le puso necesariamente en la alternativa de tomar partido, y lo hizo por los suyos. Josefo era dirigente de judíos y, en guerra los judíos, nuestro hombre asumió sus correspondientes responsabilidades. Ello no quiere decir que no intentara todo, aunque inútilmente, desde la plataforma de su popularidad, para aquietar a sus paisanos y evitar lo que podía acabar en desastre, que no en balde Roma era la invencible gran potencia del mundo conocido. El autor nos habla en la Autobiografía de sus esfuerzos y de sus razones, así como del escaso éxito de sus iniciativas ante los partidarios de la revuelta 24 , y una y otra vez va a llamar bandidos a los más decididos revolucionarios 25 . No hay razones para pensar que tengamos en esto una más de las autojustificaciones de Josefo. Es verdad que, entregado a Roma cuando escribe, pudo tener necesidad de compensar, pretextando resistencias iniciales, el haber sido dirigente militar destacado al frente de los judíos sublevados; y cabe que las razones que dice haber esgrimido entonces puedan responder a un análisis posterior, a hechos pasados. Quizás haya algo de esto, pero tal cosa no quita que fuera cierta la inicial actitud contraria del personaje a la aventura de provocar una guerra que no podía dejar de ser trágica. Téngase en cuenta que acababa de pasearse con éxito por las salas romanas en las que se cocía el poder y que volvía más deslumbrado y halagado que molesto y resentido. El fracaso a la hora de convencer a los suyos, sazonado con una cierta dosis de miedo a que le tuvieran por connivente con el dominador 26 , le hizo plegarse y asumir lo que viniera. La cara siniestra del Imperio, el gobernador Floro, pudo facilitar la resignación de Josefo ante una guerra que no quería y temía, y su traición a los influyentes amigos que dejara en Roma, al rey Agripa II, que movió tropas contra los insurrectos, y al sumo sacerdote Ananías, asesinado por los radicales alzados.

Lo que vino y asumió nuestro personaje fue el gobierno y el mando militar supremo de Galilea, en los que no le escasearon las dificultades. La guerra había comenzado mal, por un conato de enfrentamiento civil entre los insurrectos. Un zelota, de bien conocidas raíces revolucionarias, de nombre Menahem, había dado con los suyos un eficaz golpe de mano en la fortaleza de Masada, arrebatándosela a la guarnición romana, y había hecho acto de presencia en Jerusalén sin disimular sus pretensiones reales. El dirigente sublevado de la ciudad santa, Eleazar, se deshizo del atrevido y ambicioso personaje 27 . Estos gérmenes de desunión y la euforia enloquecida de los éxitos iniciales acabarían marcando el sino de la guerra 28 . Josefo advirtió sin duda la falta de sentido de la realidad que derrochaban sus paisanos. El poder supremo que ejercía sobre la administración independiente y las tropas de Galilea le tenía atrapado. Enemigo declarado, ahora, de Roma, con difícil marcha atrás, distaba mucho de ver horizonte claro y de estar convencido de su propia causa.

Josefo hizo lo que pudo: unificar, organizar, administrar, subvenir y aprestarse a la defensa, porque un levantamiento independentista contra Roma debía abocar necesariamente a una guerra defensiva. Sus esfuerzos, de todos modos, no le liberaron de la sospecha de los más radicales, sin duda porque nuestro personaje no había conseguido hacer olvidar las reticencias de antes y ocultar las dudas del momento. Además tuvo gestos concretos que podían presentarle como claudicante y traidor a la causa. De hecho, queda muy pronto abierto un abismo de incomprensión entre el gobernador y el líder radical zelota Juan de Giscala, lo que comporta nuevas fisuras en el bando de los insurrectos 29 . El de Giscala y Josefo quedan pendientes en sus querellas de la actitud que asuman las autoridades de Jerusalén. Envían éstas, con misión de investigar, a un fariseo llamado Jonatán, a quien Josefo, que no carecía de partidarios, recibe con desplantes. Parapetado en la fortaleza de Jotapata, nuestro personaje aparenta estar decidido a seguir su propia guerra al margen de zancadillas provenientes de su mismo bando, no sin dejar de anotarse significados éxitos y sensibles fracasos en una circunstancia particular cada vez más ambigua, que al final no se sabe si combate contra Roma, a favor o en contra de Agripa, o a sus propios compañeros de sublevación. Quizás está luchando sólo por la paz interior, ante la incomprensión de quienes le tienen por blando e irresoluto 30 . Cuando Roma pone al correoso general Vespasiano al frente de las operaciones y éste hace acto de presencia con sus tropas en la Palestina del norte, Josefo se encuentra metido entre dos guerras: la intestina, complicada, y la que lleva contra Roma, ahora convertida en auténticas palabras mayores 31 . Y, tras la resolución del asedio de Jotapata por los romanos, acabado en derrota para Josefo, nuestro personaje encuentra la para él más beneficiosa salida: pasarse descaradamente al enemigo.

No era éste, el de pasarse a Roma, designio preconcebido de Josefo, quien, una vez abiertas las hostilidades, pese a sus reticencias iniciales, seguramente pensó siempre llegar hasta el final, incluso cuando comenzó a tener problemas con facciones de los suyos, como se desprende de la enconada y ocurrente defensa que hizo de Jotapata contra los sitiadores romanos y de su intento, poco gallardo, de esconderse en una cisterna cuando las cosas estaban perdidas 32 . Fue una vez descubierto, cuando se las arregló para hacerse perdonar y sentar las bases de una amistad con el vencedor que sería de por vida. Quien tiene la intención de echarse en manos del enemigo no lo exaspera como hizo Josefo con los romanos en la defensa de Jotapata. Pese a las dificultades múltiples, entre las que la falta de agua no era la menor, Josefo, con denuedo e inteligencia, hizo lo posible por poner difíciles las cosas a los romanos. Los defensores se emplearon a fondo y los atacantes hubieron de hacer lo mismo. Josefo nos habla de la dureza de un asedio del que ahora comenzamos a tener apoyatura arqueológica significativa 33 . Sólo muy al final pretendió el personaje romper el cerco so pretexto de conseguir ayuda exterior, lo que a la postre no le permitieron hacer las circunstancias. Buscaba sin duda su propia seguridad, pero no entre los romanos, como lo prueba el hecho de que pretendiera zafarse de ellos, inútilmente, procurándose un escondite. Su cambio de bando fue una finta in extremis tan oportuna como habilidosa, de efectos duraderos ulteriores como es bien sabido 34 . Labor por la que no estuvo Josefo fue la del suicidio, solución por la que optaron tantos de los suyos.

19,68 ₼