Kitabı oxu: «La guerra de los judíos. Libros I-III»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 247

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por FRANCISCO JAVIER GÓMEZ ESPELOSÍN .
© EDITORIAL GREDOS, S. A. Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1997.
www.editorialgredos.com
El apéndice final ha sido elaborado por ENRIQUE GONZÁLEZ ALONSO .
REF. GEBO339
ISBN 9788424932688.
INTRODUCCIÓN
1. HISTORIOGRAFÍA GRIEGA E HISTORIOGRAFÍA JUDÍA
Con la Guerra de los judíos de Flavio Josefo nos topamos con un auténtico clásico del judaísmo que es fruto y, en cierta medida, la culminación de una larga tradición de literatura hebrea en lengua griega. Además, es prácticamente la única fuente de que disponemos para el conocimiento de la toma de Jerusalén y la catástrofe del pueblo judío a partir del año 70. La Diáspora de los hebreos a través de las diferentes regiones del mundo helenístico dio lugar a una amplia literatura expresada en griego. Ya desde antiguo tenemos constancia de la existencia de comunidades judías plenamente asentadas y helenizadas, que a partir del siglo III y, sobre todo, del II a. C. emprenden una actividad propagandística y apologética para dar a conocer sus tradiciones ancestrales frente a los dominadores griegos y, luego, romanos 1 .
Desde el período helenístico la literatura judía muestra un gran interés por el pasado del pueblo de Israel: se seleccionan los temas, personajes, principios y momentos más destacados y gloriosos del pasado y se exponen en la lengua y forma literaria que va a alcanzar mayor difusión en estos momentos 2 . Por ello no es de extrañar que la historiografía sea uno de los géneros más fecundos del judaísmo de lengua griega. Ahora bien, este género historiográfico cambia sensiblemente con el paso del período helenístico al romano, en consonancia con los cruciales acontecimientos de esta etapa para el pueblo judío 3 . Los autores helenísticos se dedicaron a reescribir el pasado bíblico, más que a narrar la historia contemporánea, que es lo que precisamente va a ocurrir bajo la dominación romana 4 . Tal es el caso de Demetrio, que escribió sobre Jacob y José, Aristeas sobre Job, Cleodemo y Pseudo-Eupólemo sobre Abrahán y Moisés o Eupólemo sobre David y Salomón, frente a los prácticamente únicos casos de historia contemporánea, como los Libros I y II de los Macabeos , que narraban la actividad de los judíos contra los seléucidas, o Sobre los judíos de Pseudo-Hecateo, citado por Josefo 5 como fuente para el conocimiento de la situación de los hebreos en el reinado de Alejandro Magno.
La historiografía del período imperial se centrará, más bien, en los sucesos del momento, vitales para la situación posterior del judaísmo. Hay tres fechas clave, en torno a las que girarán todas las referencias literarias, que marcan los hitos del proceso de crisis del antiguo Israel: la conquista de Palestina por Pompeyo en el 63 a. C., la destrucción del Templo de Jerusalén en el 70 d. C. por Tito y la revuelta de Bar Kokba con la consiguiente represión y última destrucción del Templo y de la Ciudad Santa por parte de Adriano en 132-135. No olvidemos tampoco que esta actitud era habitual entre los historiadores de la época, que tendían a autoelogiarse como testigos fiables de su tiempo, hasta el punto de que el escritor de historia contemporánea tenía más prestigio que el de la pasada 6 . Ello no quiere decir que se dejen de lado los relatos del pasado bíblico, sino todo lo contrario. La mayoría de estos autores escribirán los dos tipos de historia y, aún más, compondrán una historia total, integrando las leyendas bíblicas con los acontecimientos presentes. Es entonces cuando la tradición bíblica se funde con la tradición historiográfica griega de una forma consciente y explícita 7 .
Esta producción historiográfica judía de época romana se ha perdido casi en su totalidad y, a excepción de Filón de Alejandría y Flavio Josefo, sólo quedan unos pocos fragmentos, cuya cronología no siempre es fácil de precisar 8 : la Guerra de los judíos y Contra Apión de Josefo, Contra Flaco , la Embajada a Cayo y Sobre la vida contemplativa de Filón, La historia de la guerra judía de Justo de Tiberíades, persona con la que rivalizará literaria y políticamente nuestro autor, las Memorias de Herodes y los fragmentos de Judas y Aristón de Pela reflejan la situación presente de los hebreos bajo la dominación romana. Las adversas circunstancias que ahora vive el judaísmo hacen que no sea suficiente para su apologética propagandística repetir los más destacados pasajes bíblicos, como ocurrió en la etapa helenística, sino que ahora, conscientes de hallarse ante una época clave y transcendental, hay que ir más lejos y recoger por escrito estos momentos para defenderse y justificarse ante el mundo grecorromano 9 . No obstante, la mayor parte de estos historiadores judíos han compuesto también otras obras históricas que relatan tiempos bíblicos. Tal es el caso de las Antigüedades bíblicas de Josefo, Hypothetica y las biografías de Abrahán, José y Moisés de Filón, la Crónica de los reyes judíos de Justo de Tiberíades y las Historias de Talo.
Y, aunque con ciertos matices muy personalizadores, es en Flavio Josefo en quien vemos llegar a su máximo apogeo la tradición historiográfica judía, precisamente en un autor que ha abordado tanto la historia pasada de su pueblo como la presente, integrándola de un modo magistral en sus Antigüedades . Aparte de las obras ya mencionadas, Josefo es autor de una Autobiografía , en la que relata su vida y, sobre todo, ataca y se defiende de las acusaciones de su rival Justo de Tiberíades, y del discurso Contra Apión , respuesta apologética ante los ataques antisemitas, tanto literarios como políticos, que en época romana se extiende por todo el Oriente. No nos han llegado más escritos, aunque tenemos noticias de otros. Al final de las Antigüedades , XXII 12, el propio Josefo nos menciona otras obras en proyecto: un resumen de la Guerra con la historia posterior a la toma de Jerusalén y Sobre las costumbres y las causas , título de un trabajo sobre Dios y las Leyes citado en Antigüedades IV 198. Incluso Eusebio de Cesarea 10 le atribuye, erróneamente, el Libro IV de los Macabeos y Focio 11 habla de Josefo como autor de la obra Sobre la esencia de todo o Sobre la causa de todo , que más bien pertenece al cristiano Hipólito 12 .
Como ya ocurrió en el período helenístico, los autores judíos del período romano van a seguir haciendo uso de las formas griegas en la exposición y exaltación de la historia de su pueblo, van a volver sus ojos a la propia historiografía griega para así llegar a un público más amplio, en el marco de esa propaganda y apologética señaladas más arriba.
Desde el siglo III a. C., la historiografía griega había sido aceptada por varias culturas como vehículo de expresión, el babilonio Beroso o el egipcio Manetón, son ejemplo de ello. Esta pugna entre el deseo de integración con el Helenismo y el intento de mantenerse fiel a sus tradiciones étnicas propias es una constante en estas culturas, como también lo será entre los judíos. Estos últimos contaban, además, con una tradición muy consolidada de historiografía bíblica que, en muchos casos, se fundirá con los hábitos griegos. El punto fundamental de todo ello es el público a quien van dirigidas estas historias. Tales autores buscarán ser leídos por griegos y romanos, además de por los propios compatriotas, plenamente helenizados. Por eso hay que expresarse en lengua griega y en las formas literarias tradicionales griegas, habituales y conocidas por este posible auditorio. Ello no es óbice para que durante este período sigamos asistiendo también a un prolífico desarrollo de la literatura judía de tradición bíblica. Me estoy refiriendo a obras inspiradas en forma o contenido en el Antiguo Testamento que entre los siglos II a. C. y II d. C. darán lugar a un amplio elenco de apócrifos y pseudoepígrafos. Tanto estos textos «sagrados» como los históricos ya comentados son casi los únicos testimonios escritos de la historia del judaísmo en estos momentos de destrucción del Templo y de sucesivas insurrecciones, ante la ausencia prácticamente general de fuentes directas de estos acontecimientos 13 . Ahora bien, mientras que esta literatura bíblica está orientada al fortalecimiento y consuelo de la propia comunidad judía en las adversidades del momento, la historiografía adquiere un carácter apologético de justificación e, incluso, de integración ante los dominadores romanos.
2. LA PALESTINA ROMANA DE FLAVIO JOSEFO
Flavio Josefo no sólo es testigo de uno de los momentos más importantes del pueblo judío, sino que además es auténtico protagonista de algunos de sus acontecimientos 14 . Mucho había cambiado la situación desde que los Asmoneos se habían librado del poder seléucida y habían creado un estado y una dinastía nacionales. Los hebreos, que a lo largo de su devenir histórico han tenido que soportar la sumisión a dominios extranjeros, disfrutaron entonces de un auténtico florecimiento. Pero la ambición de sus dirigentes y el enfrentamiento interno entre las diferentes facciones políticas, religiosas y sociales fue minando la estabilidad de este estado judío y facilitó la irrupción de Roma en Palestina. Pompeyo invade el país en el año 63 a. C. y lo anexiona a la provincia romana de Siria. No es propiamente una anexión, pues Israel mantendrá un cierto status independiente, aunque, eso sí, sometida a la supervisión del gobernador de Siria 15 . De ahí que los reyes asmoneos y, luego, los de la familia de Herodes permanezcan aún con determinadas prerrogativas políticas y, sobre todo, religiosas: Hircano II y Antígono son los últimos monarcas de la dinastía de los Asmoneos. Entre el 37 y el 5 a. C. permanece en el trono judío Herodes el Grande, a cuya muerte se producen disturbios populares y la división del reino en tres territorios, uno para cada hijo, Arquelao, Herodes Antipas y Filipo. A su muerte Roma fue incorporando, ahora de una forma real y efectiva, a su provincia de Siria los reinos de Arquelao y Filipo. Sólo el territorio de Herodes Antipas tiene cierta continuidad con Agripa I, que gobernará hasta el 44 d. C. Tras este rey el emperador Claudio convierte la totalidad de Palestina en territorio romano a las órdenes de un procurador. Un poco más tarde este mismo emperador concedió un pequeño reino a Agripa II, personaje que siempre mostrará una sumisión total a Roma, en especial durante la revuelta judía, lo que le acarreará la ampliación de sus dominios después de la guerra 16 .
La política de los nuevos mandatarios romanos no acaba con los problemas internos judíos. La provincia de Judea es en este siglo I de nuestra era extremadamente heterogénea. Se detecta un notable contraste entre las ciudades helenizadas de la costa y las del interior, que no hace sino reproducir la eterna oposición entre los judíos de Palestina y los de la Diáspora, entre el apego a las tradiciones ancestrales y la apertura a nuevas culturas. A ello hay que añadir el tema de las sectas y de las fuertes desigualdades sociales. Todo ello dio lugar a movimientos ideológicos, revolucionarios, sectarios, etc… que van a desembocar en la insurrección antirromana.
En concreto, surgen brotes nacionalistas muy activos que chocan con actitudes favorables a Roma. El resultado de todo ello ya es conocido. La población judía se levanta el año 66 d. C. contra las autoridades romanas y empieza la guerra que culminará con la destrucción del Templo y de la ciudad de Jerusalén. La chispa que encendió el conflicto fue la actitud del procurador romano Gesio Floro que se atrevió a tocar el Tesoro del Templo. Esto, junto con otras acciones criminales, levantó los ánimos del pueblo. Tras un primer momento de división en la población entre los rebeldes y los partidarios de la paz, son las clases altas sacerdotales y los fariseos los que se ponen a la cabeza de la revuelta: José, hijo de Gorión, Anano, Jesús, hijo de Safias, Eleazar, hijo de Ananías, y nuestro Josefo. A partir de aquí sería muy largo relatar todos los incidentes, intrigas y batallas que jalonan esta guerra judía contra Roma. Tras la sumisión de Galilea en el 67 por parte de Vespasiano, los ojos de las legiones están puestos en Jerusalén, donde ante el asedio surgen facciones internas enfrentadas. En el 70 la ciudad cae por fin en manos de Tito, mientras Vespasiano acababa de ser nombrado emperador.
Pero la contienda bélica no acaba ahí: toda Palestina quedó bajo el poder de la legión X Fretensis, a las órdenes de Sexto Lucilio Baso y luego de Lucio Flavio Silva, que se dedicarán a la toma de los tres reductos judíos que quedaban, Herodion, Maqueronte y Masadá. Incluso, tras la caída de estos enclaves, se produce una nueva revuelta en Egipto y Cirene que también se convierte en un fracaso y una derrota para los judíos. En definitiva, en esta obra de Josefo asistimos a los últimos momentos de la existencia nacional del pueblo judío, antes de dispersarse por gran parte del mundo conocido.
En este contexto histórico nuestro autor participa activamente de los acontecimientos de antes, durante y de después de la guerra. Él mismo fue uno de los comandantes del ejército judío sublevado en el frente septentrional de Galilea. Fue hecho prisionero en el asedio de Jotapata en el 67, y en el campamento romano tuvo lugar uno de los hechos más curiosos de la biografía de Josefo. Profetizó a Vespasiano que sería nombrado emperador, tanto él como su hijo Tito. Como consecuencia de esta predicción, que realmente se cumplió, Josefo no sólo fue liberado, sino que llegó a ser amigo y consejero de Tito hasta que acabó la contienda. Desde entonces no se separó de la familia de los Flavios, bajo cuya protección vivió en Roma alrededor de 30 años, desde que acabó la guerra hasta finales del siglo I .
Resulta paradógico este cambio de actitud. Un personaje que procedía de la alta nobleza de Jerusalén, cuyo nombre originario era Joseph ben Matthias, un sacerdote que pretendió ser fariseo, se convierte en miembro de la corte imperial romana y adopta los tria nomina de la ciudadanía romana 17 . Esto le ha hecho merecedor del apelativo de «tránsfuga» y de «traidor». Un estudio más profundo de los hechos y escritos de Josefo, inmerso en los avatares de la Palestina de su tiempo, perfila esta simplista y precipitada calificación.
Josefo, incluso en Roma, continúa fiel a su pueblo y a su Dios. Su integración en la vida social y cultural del mundo greco-romano no es incompatible con el judaísmo. La Diáspora hebrea es, desde hace tiempo, un claro ejemplo de ello, y ahora, fuera de Palestina, nuestro autor es un miembro más de ese grupo de judíos desplazados de su tierra. Flavio Josefo fue un judío romano, un intermediario que trató de armonizar ambos mundos. Su actitud hacia Roma es positiva, ya que ve en ella una garantía de libertad y de independencia para Palestina. Su postura demuestra un convencido realismo político que distingue entre el Imperio Romano y sus representantes. Elogia a Julio César, Augusto, Vespasiano y Tito, mientras que recrimina de corruptos y criminales a Calígula, Nerón y Gesio Floro, el último procurador de Judea durante los años 64 y 65. Como veremos con detalle después, tal actitud llevará a Josefo a exculpar a Roma de la responsabilidad en este conflicto e imputarla a una minoría nacionalista de su pueblo, dado que, a su juicio, la población judía era en general favorable a la presencia romana. En este sentido la obra de Josefo permite estudiar la relación del pueblo judío con Roma durante un período histórico fundamental para Roma y Palestina, es decir, para la Palestina romana 18 .
Pero no todos los problemas de Judea residían en su enfrentamiento con Roma. El pueblo hebreo presentaba entonces una serie de conflictos sociales, en parte definidos por la guerra y sus hechos concomitantes, que habían dado lugar a un sinfin de esperanzas políticas y religiosas de tipo mesiánico, como lo demuestra la literatura apocalíptica apócrifa, en especial algunos de los Oráculos Sibilinos, Jubileos, Henoc , el Testamento de los doce Patriarcas y los Salmos de Salomón , concretamente el XVII 19 . Estos movimientos de masas fueron el caldo de cultivo de la insurrección contra Roma y no hay que perderlos de vista para poder entender de una forma completa las claves del conflicto. Nuestro autor no es una buena fuente de información para esta realidad, a pesar de que su relato presenta toda una gama de movimientos sociales, que van desde el bandolerismo tradicional de carácter rural al mesianismo auténtico 20 . Su inclinación filorromana es totalmente partidista y no lo disimula. Únicamente su obra deja entrever parte de este conflicto interno judío en la polémica política y literaria que Josefo mantiene con el historiador Justo de Tiberíades. Este personaje, activista también en la guerra, compuso otra Historia de la guerra judía , conocida también con el título de Contra Vespasiano 21 . Esta obra es una importante fuente complementaria de la Josefo para reconstruir los acontecimientos de Galilea y es quizá una de las pocas voces discordantes del judaísmo antirromano que ha podido traspasar la barrera de la historia oficial impuesta por Flavio Josefo 22 . Por lo poco que sabemos, la historia se centraba en la campaña de esta región anterior a la llegada de Vespasiano 23 , aunque lamentablemente no nos ha llegado más que un pequeño fragmento conservado por los copistas cristianos por hacer referencia a Jesucristo 24 . Seguramente en esta obra Justo atacaría a Josefo por esa actitud «poco definida», entre judío y romano, en la contienda bélica, lo que provocaría la airada reacción que se materializa en la Autobiografía . Josefo le acusa de agitador y extremista, y le responsabiliza de la insurrección de su ciudad contra los romanos 25 . El hecho de no tener ante nuestras manos esta otra versión escrita del mismo asunto nos impide llegar a saber la auténtica verdad sobre la guerra de los judíos contra Roma. Hemos de ser plenamente conscientes de ello a la hora de enfrentamos al texto de Josefo, que sin lugar a duda constituye la más importante fuente para la historia del pueblo judío durante el siglo I , durante los años precedentes a la revuelta, la propia guerra contra Roma y los años inmediatamente posteriores, cuando el judaísmo pasa por un momento de reconstrucción.
3. LA COMPOSICIÓN DE «LA GUERRA DE LOS JUDÍOS »
El primer problema que se nos plantea al enfrentarnos a esta obra de Josefo es el del título de la misma. La mayoría de los manuscritos y la tradición cristiana, sobre todo los autores más tardíos, hablan de la Destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén, Perì halṓseōs 26 , mientras que las ediciones modernas van encabezadas habitualmente por Historia de la guerra judía o simplemente La guerra judía, Perí toû Ioudaïkoû polémou 27 . No tenemos testimonios feacientes de cuál es el epígrafe que se remonta al propio autor, ya que Josefo emplea uno u otro término, hálōsis y pólemos , para referirse a los momentos clave de su relato 28 , aunque hay que reconocer que el segundo de ellos se acomoda más al relato original, que abarca toda la guerra contra Roma, y no sólo la toma de Jerusalén 29 .
Ante esta doble denominación se ha llegado a hablar de dos redacciones de la obra: una versión más antigua y simple, La destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén , y otra posterior más elaborada, La guerra de los judíos 30 . No obstante, no se puede demostrar esta hipótesis, por lo que más bien habrá que considerar una doble tradición: el cristianismo, que fijó su atención en la conquista de Jerusalén como lo más destacado de la obra de Josefo, y una línea menos confesional, que ha transmitido una denominación más acorde con los hábitos de la historiografía clásica, similar, por ejemplo, a la Guerra de las Galias de Julio César o la Guerra de Yugurta de Salustio, entre otras.
El tema de la fecha de composición, en cambio, parece más definido. La fecha post quem hay que situarla en la dedicación del Templo flaviano de la Paz en el 75, en el sexto año del consulado de Vespasiano y el cuarto de Tito 31 . Este acontecimiento se cita en el último libro de la obra (VII 158). Por otra parte en la Autobiografía (359-361) y en el Contra Apión (I 50-51) Josefo manifiesta que ha entregado una copia de la Guerra al emperador Vespasiano, que muere en el 79. Por tanto las coordenadas cronológicas hay que situarlas entre el 75 y 79, aunque algunos autores las hacen llegar hasta el 81 32 , ya en el reinado de Tito. S. J. D. Cohen 33 ha propuesto dos fechas distintas de publicación, una para los seis primeros libros, en los límites temporales antes señalados, y otra para el libro VII, una adición de la época de Domiciano, de un estilo literario notablemente distinto e inferior. Las diferencias estilísticas, en todo caso inferiores, de esta parte, así como la preeminencia dada a este emperador, hacen pensar en una composición posterior del libro, si bien hay que hacer notar que en el proemio de la obra Josefo nos habla ya de él.
Otra cuestión, no exenta de discusión, pero fundamental para clarificar la composición de la obra es el de la lengua de su redacción. El texto que nos ha llegado está en griego, que se remonta al propio Josefo, aunque no es el originario de la primera versión. Ya en el comienzo de la obra se indica que nos hallamos ante una traducción del arameo: «Por este motivo he decidido relatar con detalle, en lengua griega, a los habitantes del Imperio Romano lo que antes había escrito en mi lengua materna 34 para los bárbaros de las regiones superiores» (I 3).
En realidad no es una simple traducción, sino una reescritura, una paráfrasis, de un relato anterior 35 , sobre todo si se tiene en cuenta el concepto de Josefo sobre la traducción, de que hace un abundante uso en sus Antigüedades . Según él, esta última obra es una traducción de las Sagradas Escrituras 36 .
El pasar del arameo al griego supone un cambio de mentalidad y de óptica por parte de nuestro autor. Josefo, que hablaba y escribía en arameo, se dirige en un primer momento sólo a los judíos no helenizados de Oriente. Cuando se traslada a Roma y se convierte en un protegido de la familia imperial pasa a ser un escritor de lengua griega que se dirige a la clase dominante del momento y también a los judíos de la Diáspora helenística, el grupo más numeroso de sus compatriotas desplazados de su tierra. Flavio Josefo podría haber compuesto su obra en latín, que sin duda aprendería durante su estancia en Roma, aunque era consciente de que el griego era la lengua «oficial» o, al menos, culta del Oriente, donde estaba dispersa la mayor parte de la población judía 37 . El haber optado por el griego y no por el latín para «internacionalizar» su obra es indicio de que, a pesar de su conversión en ciudadano romano, Josefo nunca perdió de vista sus raíces hebreas, sin que ello suponga menospreciar las motivaciones políticas que también guiaron a Josefo en la composición de su Guerra 38 .
En cualquier caso, sea cual sea el texto original, el texto arameo ha desaparecido por completo 39 , tanto directa como indirectamente, aunque ha habido intentos de ver rastros de ella en las versiones siríaca y eslava 40 . Como se dirá más adelante, todas las versiones conservadas derivan del griego.
La guerra de los judíos está compuesta en siete libros que se corresponden con el plan de la obra trazado por Josefo en el proemio de la misma 41 . El relato de la guerra propiamente dicha ocupa los libros III al VI, mientras que el I y II es un resumen de los acontecimientos anteriores y el VII es un añadido con las últimas operaciones militares en Palestina, Egipto y Cirene y los honores recibidos por los Flavios en Roma. Tras el proemio (1-30), la historia parte de la sublevación de los Macabeos y, a través de los reyes asmoneos, llega al final del libro I con la muerte de Herodes, abarcando desde el 167 al 4 a. C. (31-673). En esta sucesión de luchas y maquinaciones entre Hircano II y Aristobulo II, Alejandro, Antípatro, etc… Josefo sólo detalla el reinado de Herodes el Grande. Como ya hizo Tucídides, a quien Flavio Josefo sigue muy de cerca, se intentan buscar las causas y los antecedentes del enfrentamiento bélico en el análisis de la historia anterior, desde el conflicto de los judíos con el monarca seléucida Antíoco IV Epífanes. En el libro II, que abarca desde el 4 a. C. al 66 d. C., se describen los sucesores de Herodes, Arquelao, Antipas, Filipo, Agripa I y Agripa II, y los primeros procuradores romanos (1-270). Con las actividades de los últimos procuradores se entra en las primeras llamaradas de la revuelta, como es el caso del conflicto de Cesarea (271-565) y las primeras actuaciones de Josefo en Galilea (566-646). La historia previa de la guerra, desde Judas Macabeo hasta el estallido de la misma, se corresponde con los libros XIII al XX de sus Antigüedades judías , y resulta de un gran interés, tanto histórico como de crítica textual, comparar los pasajes superpuestos y coincidentes. El libro III se centra en al campaña de los romanos en Galilea hasta el otoño del 67, con la llegada de Vespasiano a la región (1-34), la toma de Jotapata (106-339) y la captura de Josefo (340-408) como hechos más destacados. El IV recoge las visicitudes de finales del 67 hasta el otoño del 69: las últimas operaciones en Galilea (1-120), la toma de Gamala, la situación interna de Jerusalén con Juan de Giscala a la cabeza (121-409), los cambios políticos en Roma por la muerte de Nerón y la ascensión al trono de Vespasiano que, después de conquistar la mayor parte de Judea, marcha a Alejandría (410-663). El asedio de Jerusalén a las órdenes de Tito ocupa todo el libro V, desde la primavera hasta junio del 70. En el VI, hasta septiembre de ese mismo año, se narra la caída de Jerusalén y la quema del Templo. Con el libro VII se abordan los epílogos de la guerra, del año 70 al 74: el retorno triunfal de Tito a Roma (1-62), la toma de los últimos reductos judíos como Maqueronte (163-215) y Masadá (252-406), así como los nuevos brotes revolucionarios de Egipto y Cirene (407-453).
A lo largo del relato de todos los incidentes, intrigas y batallas de la guerra y de su historia precedente el autor desarrolla una serie de excursus sobre aspectos geográficos, institucionales, religiosos, filosóficos, etc…, del mundo judío y romano. Así vemos en la descripción geográfica 42 de Ptolemaida (II 188-191), Galilea (III 35-58), Gennesar (III 506-521), Jericó (IV 451-475), el Mar Muerto (IV 476-485), Hebrón (IV 530-533), Egipto (IV 607-615), Jerusalén y el Templo (V 136-247), Maqueronte (VII 164-189) y Masadá (VII 280-303), la digresión sobre el ejército romano (III 70-109), que nos recuerda a las observaciones de Polibio en las guerras púnicas, y las sectas judías, en especial, sobre los esenios (II 119-166).
Como ya hemos dicho, al final de las Antigüedades judías (XXII 267-268) Josefo anuncia una nueva síntesis de la guerra y un relato de los hechos acaecidos hasta el año 94, fecha probable de composición de esta obra. Sin embargo nuestro autor nunca llevó a cabo tal empresa.