Kitabı oxu: «Escribe, Sirio, escribe»
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Salinas, Flavio
Escribe, Sirio, escribe / Flavio Salinas. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
ISBN 978-987-87-1266-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
Editorial Autores de Argentina
www.autoresdeargentina.com
Mail: info@autoresdeargentina.com
Para mi familia,
estrellas que brillan hasta el fin de los tiempos,
mi pasado, presente y futuro.
Para mi compañero sempiterno y guía de vida,
deseo que antaño se materializó una noche,
mi amor y admiración perpetuos.
Cuando en una familia
surge un buscador, es porque
este encarna el deseo de todo el clan,
para salir de las repeticiones
y lo conocido, e ir hacia adelante.
—Bert Hellinger
Bueno es ir a la lucha con determinación,
abrazar la vida y vivir con pasión.
—Charles Chaplin
Cada mañana nacemos de nuevo.
Lo que hacemos hoy
es lo que más importa.
—Buda
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El cosmos y las galaxias, las constelaciones y los misterios que se envuelven en el mismo polvo que cubre y viste a las estrellas, lo ínfimos que somos dentro de un mar inmenso y centellante de puntos y luces de colores, somos todo y somos poco al mismo tiempo. Cada persona, un mundo; cada familia, un universo; y así el cosmos, así el espacio y las estrellas de mayor fulgor, acompañadas por millones de iguales, pero singulares, brillando solas.
Así se encontraba, solo, como una estrella del firmamento, pero opaco y sin luz propia, tirado en el sofá, pero sin saber por cuánto tiempo más, con los ojos mirando el departamento, pero sin ver; la importancia de estar, de mirar, era invisible, y así siguió por varios minutos.
Los gatos dormían despanzurrados, si el apocalipsis en el mundo estuviese por llegar pronto, a mediano o a largo plazo, les daba igual, ellos tenían su propio cosmos en sus ojos de misterio y de auroras siderales, vivían por el simple hecho de vivir y tenían arraigadas sus propias seguridades, sus abrigos, sus refugios y sus comidas; despertaban, como una flor cuando en época de levante tiene que reventar, y dormían, como cualquier hoja de árbol que en otoño la senescencia termina por estrangular y deja que la gravedad haga su trabajo, desprendiéndola de la casa, arrastrándola y hundiéndola profundo en un letargo permanente de muerte. Así de afortunados y poéticos él percibía a sus gatos, como a sus propias vidas, porque la naturaleza de su reino les había otorgado la pasión a cambio de la sucesión de sus rutinas, plagadas de sorpresas y de magia en cada objeto desconocido que se les presentaba por delante.
Pero él no era un gato, y necesitaba vivir, apasionarse a sus días. Y de repente, venía la tormenta, su incertidumbre relampagueaba, cegándolo, y su corazón se agitaba en truenos de terror y su respiración se volvía cada vez más pesada y dolorosa, por las gruesas gotas de lluvia fría y lágrimas de impotencia que lo carcomían, como la humedad a una casa empantanada; mientras que las cuatro paredes acortaban distancias cada vez más entre ellas, arrinconándolo sin escapatoria en un núcleo de fatalidad y asfixia; entonces, el suspiro largo, el autocontrol lo devolvía al salón, a la realidad, aunque sus deseos eran cambiarla pronto; y seguía pensando, seguía imaginando; siguió mirando sin ver demasiado tiempo la estancia, ahora las cuatro paredes ya no lo aplastaban, ahora estaban cubiertas de blanco impoluto, eran un lienzo virgen, dispuesto a pintarse con trazos de destino, pero él no encontraba colores, siguió procrastinando el tesoro más preciado de todo ser humano, el tiempo.
Al día siguiente, después de cumplir con lo rutinario, cosa que no le incomodaba, pues era metódico por herencia adquirida, desayunó, limpió, ordenó y una vez más se acomodó en el sofá, dispuesto a derramar un día más de vida, entre maullidos, pelusas que volaban, aunque eso ya no importaba, se había hecho inmune al polvo crónico y a los pelos de gato, a las arañas que vivían en sus plantas, como a la ausencia de amigos; entonces otra vez sin darse cuenta y cansado de mirar su teléfono celular, por si otro libro pedido había llegado por correspondencia, para retirar a su nombre en el correo; comenzó otra vez, rendido, sin fuerzas, sin seguridades, pero con toda la disposición en el alma, así de contrariado volvió a cuestionarse tantas cosas: el sentido de vivir sin una misión que luchar, esa era la negativa que lo atosigaba, lo hundía. ¿No debía conformarse con lo que tenía?, ¿acaso no tenía todo lo necesario para ser feliz?
Al tercer día de ese periplo mental que lo hacía perderse dentro de sus pensamientos más pesimistas, se plantó de forma extraña, diciéndoles a sus propios fantasmas, gritando:
—¡Basta!
El gato anaranjado no se inmutó, la indiferencia era su segundo nombre, el gato gris y más peludo lo miró como al descuido, levantando una sola oreja, como diciendo que más loco ya no podía estar y volvió a cerrar los ojos sin importarle más nada; ya lo conocía desde hacía casi dos años, sabía de memoria las rutinas felinas que desempeñaba su dueño, al que él creía otro gato, lo veía como un par algo extraño e inconformista, que desvariaba casi a diario.
Sintiendo un vendaval por dentro, como una forma de expresar el espíritu y la poesía, la música y la canción, se lanzó decidido y expectante en la aventura inexorable que el destino le tenía preparada. Sin pensarlo más, se levantó de su lugar y tomó su computadora, lápiz y papeles en mano, para empezar a escribir, y así volar, escribir y liberar el volcán interno, cumplir con el compromiso propio, que había firmado en compañía de su guía, ¿tipiar el pensamiento como nunca antes lo había hecho? ¡No!, claro que no, había muchos precedentes, pero esta vez, no lo hacía para mostrar escrita aquella tristeza y agonía, en forma de poesías, como cuando tenía quince años y convertía su depresión adolescente en palabras dentro de un cuaderno azul de tapa dura, ahora lo hacía como promesa, para poner en valor, manifestar el arte y tantos pensamientos prístinos y nefastos que merodeaban su psiquis, como aves de rapiña sobre su comida.
Fue entonces cuando, en ese enero, comenzó a escribir la historia, ¿su historia?, tal vez, ¿la historia de tantos de los suyos?, tal vez no, las realidades para todos eran únicas y diversas; ese día comenzó el viaje, sin sentir premura, de forma natural, pero con tantos deseos y sueños cumplidos y por cumplir, como la presión contenida dentro de un volcán activo a punto de explotar. Sin saber el momento final del escrito, se sucedieron las páginas y fueron naciendo luceros de todo tipo de encantos y tonalidades, se hilvanó el universo de los suyos, se sacudió el hilo invisible que mantenía conectado a tantos a través de tantas generaciones, se empezó a destrabar y sanar partes desconocidas de un telar complicado de relaciones estrechas, malditas y del amor más puro y extravagante que había conocido nunca.
Así fue como pasó, así, la galaxia se dispuso, los planetas se alinearon como filas de soldados preparados para una épica batalla caligráfica; el cartel de bienvenida a aquel evento rezaba un texto largo y sin precedentes: El que alguna vez nació, lloró, rio, volvió a llorar tanto de niño, pintó sobre el papel con las yemas de sus dedos trazos de tiza pastel, que juntaría luego en una carpeta, con los pasteles al óleo de su madre, creció y juntó valor para bailar y para cantar, y sin más preámbulos ni latidos indecisos, ese sábado de un año redondo se embarcó en un largo viaje sin destino asegurado; comenzó una aventura de investigación, recuerdos, enojos viejos, memorias colmadas de felicidad; desató un remezón espiritual y sacudió su alma que se estaba durmiendo, empezó a escribir.
Escribir para cumplir con un compromiso, comprometerse escribiendo y firmando, escribir para hacer perdurar la vida, tal vez escribir un destino que ya estaba programado, forjado por las leyes superiores, sus hechos, su leyenda amalgamada en un conjunto de seres inolvidables; lecciones impregnadas de la sabiduría más avasallante lo esperaban para despertar su corazón y sus ideales. Qué eran aquellas palabras, pasado, presente y futuro, sino historias. Nació de nuevo aquel día, en esa tarde de verano sintió perfume a otoño, volviendo a la fuente y perpetuando su cuento de treinta años, en palabras grabadas con pasión.
Capítulo 1

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Sirio Aldebarán vivía en una ciudad pequeña, pero pujante, de su provincia natal, Mendoza. El lugar se llamaba San Gabriel del Sol, era un centro turístico por excelencia, algo árido en el verano y en los inviernos plenos, donde las temperaturas arreciaban sin compasión alguna, era un hábitat propicio para la vegetación frondosa, pero de hojas pequeñas, para contener la mayor cantidad posible de agua como reserva; entre las especies animales que más se podían hallar se encontraban liebres maras y criollas, piches, cascarudos, perdices y aves como pitojuanes, gorriones y tordos; estos últimos vestían plumas negras y brillantes en cualquier época del año. El abuelo de Sirio, Casimiro Altaír, decía que eran mensajeros del tiempo, que, cuando uno se dejaba ver, algo quería decir; eso a Sirio le causaba mucha curiosidad porque consideraba a la idea como un final abierto, dejando lugar a dudas innumerables sobre todas las cosas que podía representar ver un ave semejante: dichas, penurias, éxitos, fracasos, ¡mejor ni pensar! Sirio era un hombre de 30 años, trigueño, algo delgado, con ojos café oscuros y un pelo que, según su padre, había heredado de su madre.
—¡Es una canasta! —dijo una vecina chismosa del barrio en donde vivían, sin dejar de mirar directamente a su cabeza.
—¿Qué canasta? —dijo Sirio mirándola con asombro.
—Tu pelo, mi amor, es bellísimo, una canasta de rulos, ya quisiera yo tener esos pelos.
—Ah, muchas gracias —respondió, riéndose por dentro, pensando que la vecina se refería al bolso de ropa que llevaba colgado en la espalda.
Trabajaba como administrativo de la municipalidad de su pueblo, había estudiado y se había graduado en una facultad estatal; en su país la educación en todos los niveles era pública, y él, por supuesto, prefirió no generar separaciones familiares por viajes a otros lares, ni problemáticas económicas a sus padres para costear su futuro, sin embargo, fue la mejor educación a su entender, porque fue provechosa y su formación para la vida al fin y al cabo; aunque pasar de la escuela secundaria a la facultad, a los 17 años, no había sido una experiencia consensuada por los duendes de la razón que gobernaban en su cabeza. Digamos que fue un hecho maquinal, marcado por el facilismo y la comodidad ostentosa de la distancia que había entre el edificio de educación terciaria y su casa. Muy adentro, escondido entre escombros de dolores solapados y montañas de memorias borrascosas e infértiles, descansaba la pasión de Sirio, la sinergia de sus manos, la vocación de su espíritu.
Era un joven extraño, en el amplio sentido de la palabra, buscando siempre lo desconocido y en otras ocasiones conformándose con lo seguro y constante de la rutina, descartando todo vestigio de cambio o alteración.
Cuando nació, vivió en un barrio alejado del centro de San Gabriel, en donde las aguas corrían tranquilas por las acequias, donde el cielo era tan celeste que se confundía con esas aguas, que de cristalinas dejaban ver las piedras y las ramas que viajaban en el fondo como una corriente anexa. La vida pasaba lenta y parsimoniosa, acompasada por el sabor dulce de la tarde, cuando en el aire sucumbía el aroma de las flores, de las facturas y manjares que se horneaban en las casas y en la panadería del barrio.
Sus padres, Absalón Aldebarán y Alba Altaír, eran dos sumados en potencia, dos personas con dobleces cóncavo y convexo, respectivamente, encajaban a la perfección como el modelo llave y cerradura del mejor cerrajero, vivían los tres felices en una casa alquilada, con un jardín redondo en el patio trasero, con un limonero en el centro, un espacio que para Sirio era la jungla de la televisión; allí se encontraba cuando era solo un crío, entre piratas imaginarios y barcos de enemigos, cuando el limonero se convertía en su propio barco, librando las batallas imaginarias más divertidas de los seres humanos: los juegos de niños.
—Venga, hijo, nos vamos a preparar para ir a ver a tu abuela —decía su mamá por lo general tres o cuatro veces a la semana.
—¡La yaya! —gritaba, a sus cuatro años, con la cabeza en el bizcochuelo, en el mate, aunque aún era pequeño para tomar mates, y en la piel suave y aceitunada de su abuela paterna.
Salieron caminando por unas calles rodeadas de árboles, con veredas empedradas, algunas rotas y descuidadas, por las que había que transitar mirando para abajo, como pidiendo piedad a cada santo del cielo, si no querías tener una muerte segura al tropezar y caer de bruces; y otras rojas, brillantes y perfumadas, recién enceradas y enfurecidas por el sol de la siesta tarde, esas pertenecían a las casas de los más afortunados del barrio Rubíes, el barrio que a Sirio lo vio crecer y lo acompañó hasta los 13 años. Luego de seis o siete cuadras de distancia llegaron a la casa de la yaya.
—¡Permiso, suegra! Acá llegó la alegría del hogar.
A toda voz y jolgorio, Alba anunciaba su llegada con su hijo de la mano, y en su vientre una pequeña que ya tenía nombre, Perla, y sería hermosa como una piedra preciosa. Su llegada estaba acercándose y en menos de dos meses Sirio tendría una hermana, sin saber que se convertiría en una compañera aliada incondicional.
—Pasen por acá, ya tengo el mate listo y la torta enfriándose. Termino de arreglarme las uñas y empiezo a cebar.
La abuela paterna de Sirio era Jesusa Alfahindi, la número 10 de 14 hermanos, tenía una historia trágica y, al mismo tiempo, cargada de la resiliencia más noble e intachable que cupiese en la cabeza de ningún ser humano. La mujer había nacido en el distrito de Bendito Cuartos, uno de los lugares más pobres y desolados del departamento, en los años treinta, 1930 para ser exactos, años en los cuales, en todos los distritos más alejados y arcaicos del centro, creían en cualquier tipo de leyenda, mito o mal presagio que pudiese cruzar por la esquina de la calle y atraer la perdición absoluta, así de extremos. Para colmo de males se sumaban la impotencia y la desesperación de una familia pobre, su familia, cristiana en demasía, adepta a creencias ortodoxas y dudosas, que en muchas ocasiones no podían llevar a cabo por la falta de dinero.
El país en aquel entonces era un torpedo en ignición, una avalancha de nieve que comenzaba sus vueltas de forma progresiva y devastadora al mismo tiempo, digamos que no ayudaba en lo más mínimo a ese tipo de familias más carenciadas. El 6 de septiembre de 1930 un golpe de Estado militar, que dirigía José Félix Uriburu, derrocando la presidencia existente, generaba el inicio de una seguidilla de golpes, hasta mucho tiempo después, cuando la base de la República Argentina presentara de forma definitiva la palabra “democracia”.
Y así, en ese tiempo antiguo fue su nacimiento, pobre como el del niño Dios, como el del nazareno, envuelta en paños blancos, entibiados con agua caliente, en una casa de paredes de barro y con fuego en una esquina cualquiera, para ponerle un poco de temple a una primavera rebelde que ese mismo día empezaba a asomar. Su madre paría y la partera atendía, así se sucedían los años de esa mujer, la que fue su madre, la bisabuela paterna de Sirio; entre la comida y las ropas para lavar, los años para dar existencia a sus 14 hijos.
Pero la vida, como misterio arcano y como ruleta ancestral, le dio a su abuela un destino no tan malo, comparado con el de los demás hermanos; a los 14 años partió para el centro del departamento, para el pueblo, como lo llamaban ellos, para diferenciarlo del campo, del distrito y la miseria, y se casó y al mismo tiempo la casaron, y a la vez la situaron dentro de una función, la de ama de casa; la única escapatoria posible, la única redención alcanzable para las hijas de una familia de escasos recursos y separada de la urbanización más privilegiada. Se consagró en matrimonio con un hombre 20 años mayor, don Calixto Aldebarán, un hombre con sangre india y con el trabajo marcado a fuego como corona de espinas en el corazón, un hombre fuerte y robusto, según su padre; un hombre bien parecido, según su madre, ¡un hombre a mano!, según la gente y las habladurías del barrio del centro al que fue a parar. Ese barrio en donde Jesusa trabajó, vivió y tuvo tres hijos, esa casa en donde las caricias y las medidas de vino se medían con diferentes varas, más ternura y menos grados etílicos hubiese preferido ese domicilio ,con tres habitaciones, en donde más de una vez experimentó el dolor en las mejillas, de forma fortuita y despreocupada por parte de su esposo, cuando este lo consideraba apropiado; aun así, la mujer de alma de acero y voluntad erguida frente a la cotidianidad salía adelante, trabajando en la fábrica horas extras para juntar el dinero necesario para la vida, porque el trabajo de Calixto no era suficiente. Este se encargaba de transportar querosén y lavandina, desde el centro a diferentes distritos y parajes cercanos y en ocasiones no tan cercanos; la demanda de dichos productos no había sido la mejor, por eso Jesusa debía colaborar incansablemente. Su marido partía, montado a caballo o en un burro, según lo que consiguiese, por aquellas calles antiguas de piedra y tierra hecha polvo, la dejaba semanas enteras y hasta meses sola con su prole, pero el amor y la bonhomía de madre eran tan grandes que cualquier rémora se desvanecía como la llama de una vela consumida, como esas que prendía Jesusa, para rezarles a los santos, o a la Virgen Desatanudos o a la de Fátima; larga lista de santos y mártires acompañaban su noche en la cabecera de su cama y en la de sus niños.
La pena se convertía en lucha y el dolor del cuerpo y la desesperanza en miradas de bondad y calidez de niño, por eso y por carácter de madre misericordiosa, Jesusa ponderaba, lidiaba y salía ilesa, con pies y manos ágiles de los golpes de la vida, con una sonrisa ancha de mujer tierna; pero por dentro, con cicatrices gruesas de alma quebrada y esencia debilitada por las embestidas de un destino hiriente. En ese clima de desarraigo familiar, de turbulencias a nivel nacional y desamparo de sus ancestros, la mujer tuvo tres hijos, uno cada diez años, exactamente cada diez años, eso Alba no lo entendía y mucho menos le preguntaba a Absalón sobre el asunto. Él era muy reservado con su familia. Agnes, la mayor; Ambrosio, el varón del medio; y Absalón, el pequeño escuálido y pobrecillo que había nacido con hermanos que se convertirían en padres más que en hermanos para él. En ese orden habían nacido, y en ese orden colmaban la vida de Jesusa y un tanto menos la de Calixto, quien no compartió tanto tiempo con los niños. A la edad de 6 años, Absalón perdió a su padre, de una úlcera pulmonar, por eso las anécdotas de la abuela Jesusa para Sirio, sobre su abuelo Calixto, eran escasas y teñidas de dudosa bondad por parte del caballero, envueltas por un manto de piedad, propio de las mujeres que en esa época solían confundir los golpes y el maltrato con equivocaciones pasajeras y deslices naturales del género masculino. No existían en su realidad palabras tales como “feminismo” y “empoderamiento”; aquellas conductas eran las normalidades de los machos, adosados a ellos como sanguijuelas chupasangre; mientras que la única memoria de Absalón, que en ciertas ocasiones, escasas por cierto, solía compartir con su hijo, era cuando su padre lo encerraba en el cuarto de madera del fondo, a oscuras y solo, para que dejara de llorar.
—¿Eso es un recuerdo feo, papá?
Le preguntó un día Sirio levantando la cabeza para mirar más directo a su padre.
—Es un recuerdo, Sirio. Nada más.
Así contestó su padre, con la mirada sin ver, esa que le había heredado al muchacho, además de su color de piel y de ojos.
Fue entonces cuando Jesusa se encontró en una gran casa, con tres hijos, llena de amor y devoción por ellos y repleta de una soledad conocida gracias a la presencia ausente de su esposo, soledad compañera y viejo tormento de hacía años, un fantasma que impregnaba el aire de olor a nostalgia, sobre todo a la noche, antes de acostarse sola en su cuarto, mirando al cielo y con la espalda protegida por un cuadro de género cristiano.
En esa gran casa se encontraban Alba y Sirio, esperando, cada uno algo distinto.
—Suegra, deme un mate y suelte el esmalte de una vez, antes que llegue su hijo, porque siempre que llega, usted se empieza a confundir y le da todos a él.
—Bueno, Alba, lo preparo bien y te cebo. Lo que pasa es que hoy casi no llego a hacer todo lo que tenía que hacer.
Su nuera la miró de costado, con el gesto típico de sarcasmo que la caracterizaba, antes de preguntar algo sobre lo que ya sabía la respuesta, y le dijo como al pasar:
—¿A qué hora se levantó, suegra?
—A las seis y media —respondió Jesusa, seria y como si nada.
—Madre mía, y ¿no le alcanzó el tiempo? ¡Dios mío, suegra!—respondió Alba llevándose la mano a la frente en señal de exageración, un gesto que la caracterizaba de forma ineludible.
—Es que me levanté y me saqué los ruleros, me pinté un poquito, mientras puse el agua para unos mates, antes de que se enfriara la concina ya la estaba refregando, me di cuenta de eso porque me quemé bastantito las manos; después, me fui al patio a regar las plantas, en eso puse a hervir el agua para hacer los ñoquis, y entre que cosí la costura de unas servilletas para la mesa y amasé, no me dio tiempo de pintarme las uñas.
Terminó el relato con una sonrisa franca, esa sonrisa de las abuelas buenas, de esas que se extrañan con los cinco sentidos y con tantos saudades más, con la sonrisa y la bondad de sus manos esculpidas y suaves, aunque deformadas por la artrosis incipiente y por el trabajo constante de descarozar la fruta de temporada. Alba la miró con tibieza de madre en el rostro y no dijo nada, y así lo dijo todo. Porque las mujeres son tan superiores a los hombres en el plano emocional, y en tantas otras cuestiones, que se conectan con las miradas.
Esa era Jesusa, una mujer dolida, pero luchadora y guerrera al mismo tiempo, coqueta por excelencia y medida en sus palabras, decorosa y modosita, y esa era Alba, su nuera, el polo opuesto, extravagante, con voz resonante y poderosa y no tan producida y cuidada. Era una relación muy amable, de madre e hija quizás, y sentida por el lazo del hombre que las había hecho combinar en sus vidas. Absalón llegó a la casa, luego de un extenuante día de trabajo en la panadería y verdulería que administraba y trabajaba al mismo tiempo.
—Ser jefe tiene su precio, Sirio.
Le decía a su hijo cuando solía llegar a la casa resoplando y con gesto cansado, se despeinaba la cabeza de cabello negro azabache, como la noche sin luna más oscura y surreal, y se quedaba mirando a su hijo, que por aquel entonces ya tenía 10 años y una hermanita de 6, que era preciosa como el clavel del aire más fino visto nunca por los ojos del hombre. Elio lo miraba dudoso de la pregunta y le decía.
—¿Qué precio, papá?, ¿muy caro?
—Precio de esclavo, Sirio, ¿has visto a los esclavos de las películas, esos que no pueden dejar de trabajar, que viven sin descanso? Bueno... ¡ese precio!, el de la esclavitud.
Sirio abría los ojos grandes y se ponía muy serio con esas respuestas que solían dejarlo cavilando, los grandes eran complicados para hablar, la experiencia refinaba el lenguaje, pero al mismo tiempo entumecía el carácter. Con esas charlas formaba argumentos sólidos acerca de su futuro, días venideros que no quería pasar de ninguna manera en esa despensa de alimentos. Trabajar en el comercio era una tarea ardua y prolongada que se extendía por horas, era el momento en que su padre tenía para vender y al mismo tiempo socializar con y sin ganas, dependiendo del día, con vecinos amables, inquisitivos y alguno que otro detestable en el sentido amplio de la palabra. Lo peor eran las viejas chusmas, como decía cada tanto Absalón en la mesa, en alguna comida, compartiendo con su familia.
—Si fuera yo, Absalón, les digo, yo les digo y les contesto sin problemas, y ¿qué te importa?, así de clarito. ¡A mí no!, a mí no me agarran para husmear, es algo que me enferma. ¡Dios mío, qué cosa que me enferma! —Alba se llevaba la mano a la frente en señal de grandilocuencia y decía “¡puuu!”. Esa era una onomatopeya que traía anquilosaba en el lenguaje cotidiano como los lunares que compartía con su padre, abuelo y bisabuelo, era parte de su exageración según el punto de vista de muchos y su forma natural de expresar a la enésima potencia todo lo que pensaba. Era un sonido agudo entre sirena de ambulancia y aullido de lobo castigado por la luz de la luna que una noche no quiso salir. Alba era intensa, hablaba y gesticulaba con señas de manos y moviendo casi al mismo tiempo los 43 músculos faciales. Era el modelo para seguir de Sirio, su madre, su inspiración.
—Ay, Alba, si fuera como vos tendría dos clientes y ningún otro ser vivo en el negocio, ¡vos y tu madre, nada más!, no se puede ser agrio con la gente que compra, hay que cuidar al comprador y tener un poquito más de amabilidad. Ese es el meollo de la cuestión.
—¡Vaya! —respondía su esposa torciendo la cabeza levemente en señal de exageración, tan conocida y típica de ella.
La relación entre ellos era genial desde el punto de vista infantil de Sirio, eran los papás perfectos y mejores compañeros de vida que había encontrado en el mundo, o mejor dicho, compañeros que lo habían encontrado a él. Divertidos y serios al mismo tiempo, seguros de su capacidad para resolver los problemas y remando en equipo si es que la vida se venía a contracorriente. Aparentaban mucha menos edad de la que tenían y sonreían felices a menudo con sus dos hijos.
Alba era una mujer castaña, de rulos marcados y costumbres españolas arraigadas como koala en el bambú, era de esas típicas nietas de españoles, con estridentes cuerdas vocales y formas de expresar la vida a los cuatro vientos, de baja estatura, fuerte de carácter y con soñada aplicación por su profesión. Ella era docente casi a tiempo completo, porque viajaba a un distrito que quedaba a unos 95 km del centro de San Gabriel del Sol, eso demandaba toda la mañana y parte del mediodía, hasta volver a la casa a ver y cuidar a sus hijos, sin dejar de preparar las planificaciones y secuencias didácticas para las jornadas siguientes. Sirio pensaba que su mamá nunca fue solo su mamá, era mamá/maestra, de esas madres que se comparten con otros niños, ella le contaba que entre sus alumnos había chicos muy desprotegidos y humildes, a los que debía acompañar y aconsejar, no solo enseñar lengua y matemáticas. Por eso Sirio no se enojaba tanto cuando tardaba en llegar el transporte que la traía de vuelta, sabía que tenía que cuidar a otros niños; por eso él, desde el fondo de la casa en donde vivían, acercándose la hora del regreso, esperaba expectante y al llegar la camioneta cargada de mamás/maestras, de guardapolvos blancos perfectamente pulcros, salía corriendo a abrazar a su madre, la tomaba a la altura de la sus caderas, queriendo abarcar el amor del mundo con un cinturón de brazos, que, por ser pequeños y cortos, no alcanzaban a cerrarse para envolver a esa mujer fuerte de mirada clara y con aroma a perfume mezclado con tiza y madera de pupitre antiguo.
Pero si existía una persona fuera de lo normal y con un amor obsecuente y exagerado para con Sirio, esa era su abuela materna, Angustia Canopus. Uno de los personajes principales que se llevaba todos los galardones del planeta y de otros mundos sagrados de sus pensamientos. Era esa persona completa que, sin dejar de ser humana, representaba todo la ternura que su nieto había experimentado en sus años de vida, una ternura que atraía la magia de un abrazo perpetuo, una caricia que marcó el alma desde el nacimiento y que viviría como el fuego de una antorcha perenne a través de los tiempos.
Angustia Canopus, Sirio soñaba dormido y despierto con ese nombre, el nombre de su abuela, su ser preferido, su madre, hermana, amiga y todas las representaciones femeninas necesarias para un pequeño de diez años, era la tarde y el alba en su vida, era la finca y el campo abierto, era las conservas de duraznos recién cosechados en noviembre y era el ocaso del sol al poniente. Al pensar en su nombre Sirio se emocionaba.
Angustia era hija de españoles, había nacido en la Argentina, pero su madre y su padre eran oriundos de ese país, almidonado en los ajustes de los tacones de las flamencas, eran de allí, en donde las polleras de las gitanas volaban libres y a lunares con el viento sentimental de las plazas y los tablaos, quizás por eso ella traía consigo la furia y las costumbres arraigadas de las cincuenta provincias juntas. Era una mujer fuerte y débil al mismo tiempo, insegura en muchas aristas de su vida, con una mirada excéntricamente fatalista sobre los asuntos de la vida, no conocía de reparos a la hora de hablar con la gente y muy poca era la vergüenza que experimentaba si de sonsacar información de estilo chismerío se trataba.