Kitabı oxu: «¿Está en Netflix?»
FLORENCIA DELGADO
¿ESTÁ EN NETFLIX?
Hegemonías, spoilers y otros interrogantes de la era digital

Delgado, Florencia
¿Está en Netflix? Hegemonías, spoilers y otros interrogantes de la era digital / Florencia Delgado. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
ISBN 978-987-87-1672-5
1. Ensayo. I. Título.
CDD 302.231
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Índice de contenido
Portada
Créditos
Índice
“No spoliarás la serie de tu prójimo” Spoilers y destripes
¿Está en Netflix? Hegemonías y diversidades streaming
A. N./d. N. (Antes de Netflix y después de Netflix)
Ojos de videotape
El ojo neurótico Las series como primer contenido elegido por los espectadores
Corona time Pandemia 2020
Yendo de la butaca al sillón
Dice Scorsese que paremos un poco
No, no está en Netflix
Epílogo
Sobre la autora
Sinopsis
Este libro
Existe una pregunta que se repite como una especie de mantra en todas las reuniones, juntadas, cumpleaños o en cualquier evento que congregue seres humanos que hablen de películas o series: ¿está en Netflix? Esta interrogación sucede automáticamente luego de que alguien cuente algo sobre alguna producción audiovisual que le gustó o está mirando, y del otro lado, está un espectador que acopla mentalmente su búsqueda o localización a una sola plataforma. Aunque parezca increíble esta podría ser la frase de la década que resume nuestro quehacer cinéfilo y es, en el fondo, una invitación para profundizar y analizar cómo nos estamos vinculando con las imágenes en la actualidad.
El pasar el tiempo libre frente una pantalla no es algo nuevo, lo que antes era encender la televisión y esperar para ver la novela favorita o ir al cine, al presente se traduce en poner un capítulo de nuestra serie del momento o película desde la plataforma; es decir, la industria audiovisual vinculada con el entretenimiento existió desde siempre, independientemente de sus formatos.
Sin embargo algo que sí se modificó es cómo nos estamos relacionando con el contenido audiovisual, qué elegimos ver, cuándo, cuánto y de qué forma. Ciertamente, la irrupción del formato online las veinticuatro horas a través de los servidores streaming trasformó nuestros hábitos, modos de mirar y la manera en que gestionamos el tiempo. Esto sumado a un sinfín de transformaciones que impactaron en nuestras prácticas sociales e individuales que son imprescindibles lograr observar, para conseguir una autonomía como público.
En las siguientes páginas encontrarán algunas coordenadas para salir del piloto automático visual que obliga a la mirada a ir por un mismo camino, y comenzar a preguntarnos: ¿quiénes somos? y ¿qué miramos? los espectadores posmodernos.
Capítulos:
1 No spoliarás la serie de tu prójimo
Qué son los spoiler o destripes. Por qué lograron tener tanta relevancia en el espectador posmoderno. Investigaciones científicas sobre el tema. Construcciones y narrativas actuales que favorecen el fenómeno.
1 ¿Está en Netflix? Hegemonías y diversidades
Plataformas disponibles (gratuitas-pagas): qué ofrece cada una, servidores, administración del contenido audiovisual, políticas y dinámicas de interacción con el usuario.
1 A. N./d.N. Antes de Netflix y después de Netflix
Por qué Netflix concentra tantas miradas, su historia, evolución y revolución en el mercado. Algoritmos y la máquina de predecir espectadores.
1 Ojos de videotape
Evolución de los formatos de video. Procesos de consumo y acceso al contenido audiovisual. Del VHS al DVD-Blu-ray hasta llegar al video bajo demanda (VOD).
1 El ojo neurótico
El furor de las series como primer contenido elegido por los espectadores, historicidad del fenómeno. Formas de edición y estructuras narrativas actuales, tiempos de consumo, procesamiento de las imágenes del espectador actual.
1 Corona time. Pandemia 2020
Pandemia de covid-19: liberación y acceso de los contenidos audiovisuales, nuevas dinámicas de interacción, cambio de hábitos y herramientas. Democratización de las imágenes, tendencias, recomendaciones. Cine clásico. ¿Por qué volvimos a mirar cine clásico? Qué factores favorecieron el proceso, nuevas prerrogativas, qué películas volvieron a la escena actual.
1 Yendo de la butaca al sillón
De las salas de cines históricas a los cines comerciales: programación, procesos de distribución y circulación. Diferencias entre las experiencias sociales que crea el cine en colectivo vs. mirar películas de forma individual.
1 Dice Scorsese que paremos un poco
Binomio cine-entretenimiento: historia de la industria audiovisual, motivaciones de los espectadores posmodernos. Producciones en masa. Mainstream: qué miraba el espectador en otras décadas y qué miramos actualmente.
1 No, no está en Netflix. Filmoteca
Películas y series de acceso y dominio público.
1 Epílogo [stop-reset]
Introducción
El contenido vía streaming y su nueva modalidad cambiaron para siempre el paradigma del espectador posmoderno. La irrupción de las plataformas y el video bajo demanda (VOD) son el elixir audiovisual que transformaron las dinámicas de la industria a la par de nuestras costumbres.
Sin embargo, bien sabe el espectador de otras épocas que la comodidad de tener todo a merced de un play no fue constantemente así. Solo los más avezados recuerdan lo que era esperar a que la película anhelada esté disponible en nuestro videoclub, salir de nuestras casas para ir a alquilarla, regresar contentos, ponerla en la videocasetera (que funcione milagrosamente sin “trackinarla”) y al fin poder verla. O tal vez, la cita para encontrarla estaba afuera de casa y había que cambiarse, ponerse lindo, echarse perfume e ir a la función de matiné, no sin antes comprar caramelos y esperar a que el acomodador haga magia con su linterna. Solo el pirata del barrio intuía cuánto tiempo estábamos dispuestos a esperar para que nos grabe ese DVD de la trilogía que pretendíamos mirar, mientras suplicábamos que no sea tan trucha y la podamos ver sin que nos ardan los ojos buscando nitidez. Las preguntas como: ¿quién tendrá esa película?; ¿la podré ver este año?; me perdí un capítulo de mi novela, ¿ahora qué voy a hacer? Son todos interrogantes del pasado, ¡basta de aventuras cinéfilas! Ahora todo está a un solo clic de distancia, la comodidad es nuestra amiga y las pantuflas llegaron para quedarse junto con la joggineta manchada de lavandina.
Buenas y malas tendrá este tiempo. Por un lado debemos considerar que la digitalización del contenido audiovisual ha democratizado el panorama, ya que existe un acceso globalizado y público. Pero, por el otro, nos convertimos en huraños encerrados, mirando ininterrumpidamente capítulos de nuestra serie hasta advertir que esa claridad que proviene de afuera no es otra cosa que el mismísimo sol amaneciendo.
La actualidad nos encuentra solitarios y mirando bajo otros parámetros. La desaparición de las salas de cine históricas, juntamente con la aparición del contenido online, hizo que el encuentro con el otro se volviera infrecuente y se apartara del registro social. Además, con el cierre de las salas históricas el hábito y la educación de la mirada sufrieron un enorme declive. Lo que antes era un refugio público, que propiciaba un ejercicio de pensamiento conjunto y diversidad de películas, ahora se ha reducido a un único modo de consumo, encapsulado bajo las megaestructuras de los shoppings. Esto provocó que el acceso a la pantalla grande sea para los que puedan pagar la entrada a un precio comercial.
De esta manera, establecimos un circuito aislado con una dinámica automatizada, donde vemos mucho, pero nos preguntamos poco. Existe poca mediación de eso que elegimos mirar y nuestro procesamiento de las imágenes cambió al ritmo de su digitalización e inmediatez. En la actualidad, el contenido se multiplica en simultáneo, saltamos de una pantalla a la otra, de un capítulo al siguiente, de una serie a la subsiguiente, como una especie de maratón ocular que impone un mercado, sin cuestionarnos absolutamente nada de lo que decidimos ver. Tampoco dónde lo vemos.
Las siguientes páginas tienen como objetivo pausar los ojos, desenredar la mirada, y hacer el ejercicio de pensamiento individual de lo que estamos siendo los espectadores posmodernos.
“No spoliarás la serie de tu prójimo” Spoilers y destripes
“Mi nombre es Thomas Shelby
y hoy voy a matar a un hombre”.
Peaky Blinders
Salamanca, España, 2017. Un joven es apuñalado diecinueve veces por un grupo de amigos en una esquina. Luego de la feroz agresión los victimarios permanecieron en el lugar tranquilamente como si nada hubiera ocurrido, cuando un oficial de policía acudió a la zona y preguntó qué había pasado, confesaron in situ: “Le hemos apuñalado porque nos ha contado el final de Juego de tronos”.
Antártida Argentina, octubre de 2018. Dos científicos rusos vivían en el observatorio Bellingshausen donde investigaban juntos. Pero la convivencia llegó a su fin cuando Sergei Savitsky acuchilló violentamente en el corazón a Oleg Beloguzov. Tras el intempestivo ataque se especuló que Sergei podría haber tenido un brote psicótico por los días de encierro y aislamiento o bien haber sufrido alucinaciones. Sin embargo, después de varios días de misterio se supo que Savitsky en realidad se enfureció porque su compañero no dejaba de spoilearlo con las series que veían juntos y en simultáneo.
De más está aclarar que estas dos noticias no son ficción, ni corresponden a la sinopsis de ninguna película y (por suerte) no pertenecen a la lógica habitual del espectador promedio. Sin embargo, esta bestialidad habla de un síntoma, una época, un estado humano (al borde del todo) y son el puntapié para reflexionar sobre algunos fenómenos que nos atraviesan.
Pero ¿desde cuándo decir lo que uno está mirando puede transformarse en una amenaza?
Parece ser que contar lo que uno vio puede convertirse en una cosa seria en los tiempos de contenido streaming. Que se escape un detalle o un dato preciso de la historia que estamos mirando puede detonar cualquier clase de estallido, desde discusiones con amigos, rupturas de parejas, insultos, furia, enojos familiares, hasta, como vimos anteriormente, apuñalamiento de científicos.
Lógicamente, el análisis no pasa porque esté bien o mal spoliar, sino con la ponderada atención que está recibiendo el tema en este momento de la historia visual. Los espectadores tenemos todo el derecho de vivir nuestras experiencias audiovisuales como queramos. No obstante el foco está en este primer lugar de análisis, por cómo se sucede en su carácter repetitivo y frenético.
Primeramente, qué es un spoiler (o un destripe) y por qué lograron tener tanta importancia en el quehacer del espectador posmoderno. Si bien spoiler es un término en inglés (nadie usa “destripe” que es su homónimo en castellano), el anglicismo se utiliza como norma y es casi un idioma universal. La palabra suele emplearse cuando un texto o una persona anticipan algo fundamental en la trama o en la historia de una película, serie o libro. Sería algo así como una información muy relevante del desarrollo de una historia que, de saberla de antemano, nos haría perder el interés, la sorpresa o el asombro frente a eso que se narra. De hecho, la génesis de la palabra está compuesta por un sufijo er unido al verbo spoil que en inglés significa estropear, echar a perder.
Cabe aclarar que el término no es nuevo y se describió en el diccionario de la RAE en 1884, por supuesto que en relación con la narrativa literaria y no con el cine (que aparecería recién diez años después, más específicamente en 1895). Así que su inicio fue a través de la palabra escrita y referido a aquellos párrafos que contenían nudos de relatos o funciones cardinales que hacían avanzar la línea argumental.
Con respecto al cine o series, si tenemos que detallar lo que más molesta de estos famosos “destripes” son llamados nudos de tramas o los plot twist (puntos de giros). Los puntos de giro son aquellas acciones o datos que hacen que la historia dé un vuelco y avance (por ejemplo, la muerte de un personaje, un secreto revelado, un casamiento cancelado, una declaración de amor, el logro de una meta del personaje principal, la resolución de un conflicto, etc.). Podríamos decir que hay tantos nudos de tramas como historias y que son sustanciales porque le dan al espectador la cuota de asombro, van ayudando a la construcción del arco dramático y son la dosis de adrenalina esperada.
Como ya mencionamos, si bien es una palabra que fue descripta hace más de cien años, ahora es acuñada con mucho más énfasis y recelo, entonces, ¿en qué clase de espectadores nos convertimos? Dice Nuria Silva, crítica de cine, escritora e ilustradora: “Los spoilers tienen que ver con la época en que vivimos (con cierto declive cinematográfico), donde interesa más el qué que el cómo, el foco está más en qué se cuenta y no en cómo se cuenta, se perdió la noción del disfrute de la experiencia visual cinematográfica, esto está en correspondencia con lo social (entiéndase a lo que excede a la pantalla)”.
Ciertamente, la educación de la mirada ha ido cambiando a lo largo de la historia y con ella los espectadores. El lenguaje audiovisual ha transformado sus modos, sus formas de contar, sus narrativas, sus estéticas, sus recursos visuales, etc. Al mismo tiempo, variaron los formatos y las maneras en que accedemos al contenido. Mientras antes la única forma de ver cine era ir al cine y para ver una serie había que esperar con suerte una semana, hoy el contenido streaming y sus plataformas web lo hegemonizan todo. Nada (o muy poco) queda por fuera de ellas a nivel masivo, todo está disponible veinticuatro/siete y en un solo lugar. Hasta se hizo tradición escuchar la frase que titula este libro: “¿está en Netflix?”, la pregunta es una especie ritual para saber si puedo ver lo que quiero, porque parece que si no está allí mismo no existe (o no lo podemos mirar).
Por otro lado, hay que mencionar que el contenido online dio origen al fenómeno de las series, un suceso que mueve millones de miradas por todo el mundo y, también, millones de ganancias. Las series son el nicho elegido por muchos espectadores todos los días, incluso lo prefieren antes que la televisión. Desde hace unos años la fuga de televidentes de la TV abierta a las plataformas son un dolor de cabeza para el mercado, los números de baja del rating y consumo van en franca picada. Parece que la televisión se mide cada vez más, pero se reinventa menos. La interrogación pasa por si la pérdida de audiencia obedece a los cambios en el consumo de la era digital o si la oferta que propone la TV abierta está continuamente apartada de las preferencias de las grandes masas. La ecuación parece inevitable, la disminución en la audiencia televisiva dispara la proliferación de usuarios de plataformas.
Obviamente, esta migración provocó que se comenzara a producir más contenido online y toneladas de series (sí, toneladas), muchas en cada semana, cada mes y todo el tiempo. A ese fenómeno de realización en masa se sumó que cada serie que empieza con la propuesta de tres temporadas termina teniendo ocho o diez, con el resultado infalible de tramas chicles, arcos dramáticos desvirtuados, ideas reiterativas, agotamiento de recursos, etcétera. Por lo tanto, el “qué pasa u ocurre” termina siendo fundamental para mantener al espectador pegado a la plataforma.
Actualmente, las estructuras narrativas de las series requieren que los espectadores estén pegados a la pantalla el mayor tiempo posible y que no se pierda el interés (esto lo sabe muy bien la industria y funciona excelente para su rentabilidad). Para ello, los guionistas emplean herramientas para atrapar al espectador temporada tras temporada, es decir, dejan hilos sueltos, utilizan los puntos de giro, vierten información relevante en el final del capítulo, van desplegando tramas, etc. En definitiva, utilizan todos recursos para que continuemos viendo sin poder parar, hasta que tengamos los ojos en las manos literalmente. He aquí uno de los nudos de la “histeria” por los spoiler, las narrativas de las series actuales funcionan un poco como un efecto Pavlov (estímulo-respuesta), no saber lo que va a pasar hace que la campana suene porque nos atrae saber el qué pasó, pero si sabemos lo que va a pasar ya no surte el mismo efecto, porque el interés se sostiene incesantemente en ese dato clave. En cierto modo, somos presos de un sistema que nos fue condicionando la forma de mirar o, mejor dicho, el modo de cómo nos relacionamos con el lenguaje.
Por eso los spoilers se convirtieron en una especie de mandamiento que reza más que nada la comunidad “seriera”, ya que es donde mayormente se emplean las tramas que requieren una inocuidad con los datos claves. Así, el “no spoliarás la serie de tu prójimo” progresa como un mantra entre los espectadores, un mantra que nada tiene de zen, sino, por el contrario, se aplica a veces sin mediar proceso y con cierta desesperación.
Asimismo, la piedra institucional de la iglesia antispoiler tiene sus sagradas escrituras y uno de los fundamentos utilizados por los espectadores que defienden a ultranza los spoilers es que saber los datos claves opera negativamente con la capacidad de sorpresa o asombro. Es decir que se prioriza más un dato clave por sobre lo general, porque, como vimos, ese es el señuelo elemental. Pero ¿qué tanto es verdaderamente así? ¿Hasta qué punto hemos perdido nuestro niño interno?, ese que era capaz de ver su película favorita una y otra vez y disfrutar cada segundo.
Los niños ven harto sus películas o programas favoritos porque la repetición les hace comprender el lenguaje, sus funcionamientos, los ayuda a anticipar datos, y entender el tiempo ficcional, etc. Dice Javier Sánchez: “La edad destroza el placer que podemos extraer de la repetición. Ya sabemos cómo funciona el mundo y no necesitamos poder anticipar una narración conocida. El mejor ejemplo es la música: escuchar la misma canción mil veces funciona hasta que el cerebro se acostumbra y deja de darnos dopamina (felicidad) en cada escucha. Las experiencias se gastan. El sexo, el ocio, la aventura. Buscamos siempre la sensación más intensa, pero la reiteración (paradojas de nuestro cerebro) termina abotagándola, dejando en knock out el placer que extraemos de ella”. Una mala noticia pues, al parecer, de adultos solo nos es útil una sensación intensa y el mecanismo termina siendo una retroalimentación negativa que nos lleva a un profundo llano.
Entonces, ahondemos en si este rollo de los spoilers es verdaderamente una cosa seria o tan solo se trata de un espejismo del espectador en que nos convertimos, una especie de limitación disfrazada de falsa seguridad que nos hace creer que el placer está únicamente en el asombro. ¿Qué dirá la ciencia de esto? ¿Será cierto que, si sabemos un dato clave, nos quita la sorpresa y con ella el shock de dopamina tan buscado?
Por suerte, la ciencia se pregunta prácticamente por todo y estudió la cuestión de “por qué se apuñalan científicos que tienen el atrevimiento de spoilear a sus colegas”, y así se metió de lleno en el estudio del fenómeno de destripes. En 2011, los docentes Nicholas Christenfeld y Jonathan Leavitt de la Universidad de California en San Diego realizaron una experiencia científica con la finalidad de demostrar si efectivamente los spoilers disminuyen el disfrute de una ficción: “para la prueba cada voluntario recibió una pequeña historia con finales inesperados, a algunos voluntarios se les revelaron partes importantes de la trama de forma sutil (como si formaran parte de la historia) y a otros, previo preámbulo, se les anticipó los destripes”. Es decir que contaron la ficción, pero de diferentes formas. Lo que querían censar puntuablemente era qué tan molestas o graves son las anticipaciones de la trama y cómo las percibía cada grupo. Este estudio fue muy grande y participaron más de quinientas personas, además resultó ser uno de los primeros en hacerse eco del nuevo fervor.
La conclusión del experimento fue extraordinaria y asombrosa, ya que los sujetos que leyeron los spoilers disfrutaron más de la obra que los sujetos a los que no se les adelantó el final. ¡Qué! Un momento. ¿Cómo es posible esto, don Watson? Y yo insultando a mis amigos en vano.
En efecto, una de las revelaciones de esta experiencia es que históricamente nuestro cerebro está preparado para disfrutar de los relatos previsibles porque durante miles de años (desde las tragedias griegas hasta las leyendas vernáculas) estos se han ido contando sobre la base de ciertas certezas y repeticiones. Además, el hecho de trasmitirlos oralmente o por escrito siempre sugería un pasaje de información, una anáfora en el relato y oírlo más de una vez. Sin embargo, eso no implicaba no querer verlos o escucharlos, por el contrario, desde el principio de los tiempos el ser humano ha sentido placer por oír relatos.
Lo que sugiere esta investigación es que la falta de sorpresa para quienes sabían la trama fue parte del placer. Es decir que, cuando el suspenso está contenido en una fórmula y no tenemos que preocuparnos por la muerte del protagonista o el asesinato de alguien, nos relajamos y disfrutamos más de la experiencia, sin estar atados al “dato”, punto de giro o qué va a pasar.
Del mismo modo, solo porque sepamos el final o el clímax no significa que no consigamos asombrarnos, incluso si hacemos trampa y vemos la parte final de un buen thriller, todavía queda la expectativa de cómo se llega allí. Tal vez, hemos sobrevalorado el placer del impacto final a expensas de esos “pequeños asombros” que ofrece el camino narrativo. Sin ir más lejos, cada género cinematográfico es un spoiler en sí mismo y no por eso dejamos de ir al cine. Constantemente existe una antesala en lo que vamos a ver y habrá que practicar lo que señala la canción de Jorge Drexler: “amar la trama (más) o igual que el desenlace”.
Completando el lío, los directores de estas experiencias (Christenfeld y Leavitt) especulan con que saber el final podría incluso aumentar la tensión narrativa: “conocer el final de Edipo, por ejemplo, puede aumentar la tensión placentera dada por la disparidad de conocimiento entre el lector omnisciente y el personaje marchando hacia su destino”. Dicho de otra forma, nosotros sabemos la resolución de la tragedia griega, pero el personaje no, por lo tanto, la incertidumbre irá en aumento y la emoción del relato estará puesta en cómo el personaje llega a ese final.
Uno de los directores que al parecer está de acuerdo con estos científicos es el maestro del suspenso Alfred Hitchcock. Aun cuando este género sea el que más necesite salvaguardar los datos claves de una historia, el director decía lo siguiente sobre su creación en una entrevista con François Truffaut (que se encuentra en el libro El cine según Hitchcock): “La diferencia entre el suspense y la sorpresa es muy simple. […] Nosotros estamos hablando, acaso hay una bomba debajo de esta mesa y nuestra conversación es muy anodina, no sucede nada especial y de repente: bum, explosión. […] Examinemos ahora el suspense. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que el anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y sabe que es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa en la escena. […] En el primer caso, se han ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión. En el segundo caso, le hemos ofrecido quince minutos de suspense”. Con este ejemplo ilustrativo, el gran Hitchcock expone al director francés cuán natural es hacer del lenguaje cinematográfico una herramienta para transmitir emociones, mediante el cambio de un pequeño detalle. En este caso ese pequeño “pormenor” parece una maniobra que se asemeja a un spoiler, donde un punto de giro es revelado anticipadamente para aumentar la tensión.
Las técnicas de Hitchcock para guiar el desarrollo argumental se basan en la planificación de lenguaje mediante las imágenes e información que recibe el espectador, pero no todas ocultan información o hacen elipsis. En muchas de sus películas Hitchcock decide premeditadamente brindar datos al público, para colocarlo en una posición privilegiada respecto a la de los protagonistas y lo que les vaya a suceder. Por ejemplo, en El hombre que sabía demasiado (1934-1956), no se preocupe que leyó bien, hay dos años diferentes, pasa que a Hitchcock le gustaba tanto este guion que filmó la película dos veces. En este filme, el espectador sabe de antemano que en el momento de la actuación de la orquesta, mientras el músico hace chocar los platillos, el asesino disparará contra su víctima para pasar desapercibido con el estruendo y lograr su objetivo de forma impune. Esta utilización del recurso sonoro anticipando la acción previa con los músicos, se convierte en la tensa espera de un clímax que está por explotar. De esta manera, la antelación amplifica el disfrute.
No obstante y a favor del club antispoiler, existen muchas películas que sí necesitan que se resguarden datos claves, porque son importantes en la cuota de intensidad. De hecho, hay una anécdota con Psicosis en un diario de la Argentina donde los directores del Teatro Austral sacan una solicitada en 1960 pidiendo que “por favor no cuente a sus relaciones y amigos el final de Psicosis, se lo agradecerán ellos y nosotros”. Evidentemente, ya en esa época hubo espectadores enojados que concurrieron a la sala a reclamar por sus derechos inalienables de ¡ALERTA! ¡AVISO DE SPOILER!
Esta es la frase que hace un tiempo se instauró cuando leemos alguna crítica de cine, vemos avances de alguna serie o nos encontramos con una publicación en una red social. La expresión significa una advertencia que protege a los espectadores que no quieren saber datos con anterioridad, porque de esta manera su interés cinéfilo o seriero se vería afectado.
Cabe mencionar que la dinámica digital ha puesto todo este asunto en un peligro inminente, porque la información y los anuncios circulan harto por todos los frentes. Lo que antes era el vecino del barrio chismeando que la madre de Norman estaba muerta, ahora son las redes sociales e internet que se han convertido en un campo minado para los que esperan (casi ingenuamente) llegar a ver una producción audiovisual sin antes contaminarse de información. Al parecer se vuelve una tarea frenética esquivar toda la artillería online, mientras apretamos los ojos y ponemos play, antes que algún pandemónium aparezca. Por ello, la iglesia antispoilers tiene sus recomendaciones al respecto. Por ejemplo, si ustedes quieren llegar lo menos contaminados posible es conveniente que no naveguen por internet los días previos, también silenciar las palabras claves sobre la serie o película y comentarios en redes, no ver los avances, no cliquear en los hashtag, etcétera. La recomendación es que, si todo esto les parece muy engorroso y no pueden llegar a taparse los oídos cada vez que escuchen algo, empiecen a aflojar un poco.
Y para contribuir con ese relajo ocular, vamos a recordar algunas películas de culto que a base de repetir el spoiler o saber una información determinante dejaron de serlo y, definitivamente, los espectadores las ven igual porque son obras maestras del cine. Algunas son:
El club de la pelea (1999): en esta película de David Fincher, un oficinista insomne, cansado de la rutina y su vida, se cruza con un vendedor bastante particular. Ambos crean un club de lucha clandestino como forma de terapia y, de a poco, la organización crece mientras sus objetivos toman otro rumbo. Sin embargo, al final de la película se descubre que el personaje interpretado por Brad Pitt no existe, porque Edward Norton y él son la misma persona. Sobre este film se han hecho memes, chistes e infinidades de posteos que son un spoiler tras otro.
Los otros (2001): tras la Segunda Guerra Mundial el marido de Grace (Nicole Kidman) no vuelve. La señora se encuentra sola con sus hijos en un aislado caserón victoriano de la isla de Jersey, qué conveniente para la trama, ¿no? Los niños sufren una extraña enfermedad: no pueden recibir directamente la luz del día. Tres nuevos sirvientes se incorporan a la vida familiar y deben aprender las dos reglas vitales: la casa estará siempre en penumbra y nunca se abrirá una puerta si no se ha cerrado la anterior. Bueno, ya deben intuir lo que pasa, no solo el personaje principal está muerto, sino todos los protagonistas lo están desde el principio del filme.
Seven (1995): otra obra maestra de Fincher donde el veterano teniente Somerset (Morgan Freeman) está a punto de jubilarse y ser reemplazado por el detective de homicidios David Mills (Brad Pitt). Los dos tendrán que colaborar en la resolución de una serie de asesinatos cometidos por un psicópata que toma como fuente de inspiración los siete pecados capitales. Los cuerpos de las víctimas se convertirán en un enigma que les obligará a viajar al horror y la crueldad más absolutos. Cuando están por atrapar al homicida, este le hace llegar un “cajita” que contiene la cabeza de Gwyneth Paltrow (novia de Mills) y completa su plan macabro incitando la ira en el detective. La frase “qué hay en la caja, qué hay en la caja”, que grita Brad Pitt al final es un ícono del cine.
Psicosis (1960): Marion Crane es una joven secretaria que, tras cometer el robo de una importante suma de dinero en su empresa huye de la ciudad refugiándose en un pequeño y apartado motel de carretera regenteado por el tímido Norman Bates (que vive en la casa de al lado con su madre). Llega el histórico momento de la ducha, ella muere, pero en la silueta se ve que es una mujer, pensamos que es la madre de Norman, pero no, porque la madre de Norman está muerta y el asesino es el mismo joven travestido.
El planeta de los simios (1968): aquí hay un spoiler incluso en la contratapa que traía el DVD. George Taylor es un astronauta que forma parte de la tripulación de una nave espacial que se estrella en un planeta desconocido en el que, al parecer, no hay vida inteligente. Prontamente, se dará cuenta de que está gobernado por una raza de simios muy desarrollados mentalmente que esclavizan a seres humanos. Cuando su líder, el doctor Zaius, descubre horrorizado que Taylor posee el don de la palabra, decide que hay que eliminarlo. Efectivamente, el planeta de los simios no es otro que la tierra.
El ciudadano Kane: un importante magnate estadounidense, Charles Foster Kane, es dueño de una importante cadena de periódicos, una red de emisoras, y de una inimaginable colección de obras de arte, pero muere en Xanadú, un castillo de su propiedad. La palabra que pronuncia en la última expiración es “Rosebud”, cuyo significado es un enigma y comienza a despertar una enorme curiosidad en la prensa y la población. Así, un grupo de periodistas comienza una investigación para esclarecer el misterio. Después de muchos recorridos, “Rosebud” resulta ser el nombre del trineo de Charles Foster Kane.
Titanic (1997): Jack (Leo DiCaprio) es un artista que gana (en una partida de cartas) un pasaje para viajar en el Titanic, el transatlántico más grande del mundo. A bordo conoce a Rose (Kate Winslet), una joven burguesa venida a menos que va a contraer matrimonio por conveniencia.
Jack y Rose se enamoran, trabas, celos, encuentros en camarotes, ya saben, “soy el rey del mundo” en la popa y etcéteras de amor. Viene el iceberg, se hunde el coloso y Kate Winslet no le deja un lugarcito en la puerta al bueno de Leo DiCaprio, por lo que el galán termina en el fondo del mar gélido. “I love you, Rose”. Demás está decir que el fotograma final es otro ícono cinematográfico que circula por todos lados.
El sexto sentido (1999): la obra maestra de Night Shyamalan tiene uno de los puntos de giros más conocidos de la historia del cine. Luego de sufrir el brutal ataque de un paciente, el psicólogo infantil Malcolm Crowe vive obsesionado por el doloroso recuerdo y la culpa de no haber podido ayudarlo. Cuando conoce a Cole Sear, un niño de ocho años que necesita tratamiento y vive aterrorizado, el doctor siente una nueva oportunidad para poder redimirse y asistirlo psicológicamente. Sin embargo, el doctor Crowe no está preparado para conocer el terrible secreto del don sobrenatural del niño: ve gente muerta. Luego de pensar y pensar se da cuenta de que él también es un espíritu. Entonces, descubrimos que en realidad Bruce Willis sí muere luego de la primera escena, solo que hay una elipsis donde creemos que sobrevivió al ataque del paciente (que de paso les comento que era el actor Donnie Wahlberg, uno de los New Kids on the Block).
Bien, después de tantos spoilers espero que hayan podido desensibilizar los ojos y les sugiero que, si no miraron algunas de estas maravillosas películas, lo hagan igual porque las van a disfrutar mucho.
También, tengan al corriente que la mente humana es una máquina de predicciones, lo que significa que en realidad sí registra la mayoría de las “sorpresas” o “destripes”, pero las traduce como un fallo cognitivo (es decir, las pasa a un segundo plano de forma inconsciente). Siguiendo con el ejemplo de El sexto sentido, Malcolm Crowe está muerto y lo sabemos desde cuando el niño dice “I see death people”. Pero hacemos nuestra propia elipsis mental para no autospoilearnos, de tal manera que nuestra primera reacción es siempre: “¡qué genial!, ¡nunca lo vi venir!”, pero en el fondo nuestro cerebro omitió hábilmente todos los datos. Por este motivo, nos sentimos avergonzados si nuestra credulidad se ve afectada por la antelación. Como dice el genialísimo Mark Twain: “Es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados”, y en este arte del engaño, el cine es el mentiroso perfecto.
Finalmente, ahora que sabemos un poco más sobre cómo funciona esta novela de los spoilers que tanta efervescencia ha creado, la idea de este capítulo no es plantear un conflicto sobre si spoilear está bien o mal y que ustedes se peleen con su vecino, amigo o pareja. Sino que nos relajemos como espectadores y pongamos más el foco en la experiencia audiovisual general y no solamente en los datos claves de la historia; además, el valor cultural de una película o serie va más allá de sorprenderse con la trama. Después de todo, tengan presente que espectador no se nace, se hace, y por suerte es una especie de deconstrucción constante, donde lo principal es salir del piloto automático ocular. De igual modo, no se hagan los chistosos y traten de NO spoilear a su prójimo porque ya saben: hay tabla.
¿Está en Netflix? Hegemonías y diversidades streaming.
“Lo que llamas amor
fue inventado por tipos como yo
para vender medias”.
Don Draper, Mad Men
Si hay algo que las plataformas streaming han sabido capitalizar en la era digital fue el tiempo de ocio de gran parte de la población. Solamente el tanque Netflix carga con la bicoca de 170 millones de suscriptores a nivel mundial (y para cuando ustedes lean esto seguramente haya aumentado la cifra). Esto quiere decir que una sola plataforma concentra muchas miradas y que esas miradas se relacionan con un contenido determinado casi de manera exclusiva. Luego debatiremos si el contenido es o no heterogéneo, qué concentra y de qué forma.
Lógicamente, que el pasar el tiempo libre frente una pantalla no es algo nuevo. Desde la aparición de la televisión hasta hoy, lo que antes era prender la tele para ver un programa o una novela, ahora se traduce a poner un capítulo de nuestra serie del momento desde la plataforma. Y si bien antes íbamos más al cine y salíamos de la cueva, el grueso de la dinámica que implica prender un dispositivo como forma de entretención no cambió, es decir, seguimos mirando pantallas.
De igual manera, y sin lugar a duda, algo que sí varió es cómo nos estamos relacionando con el contenido audiovisual, qué elegimos ver, cuándo y cuánto. La irrupción del contenido online las veinticuatro horas los sietes días de la semana hizo que nuestra dinámica como espectadores fuera cambiando a la par de este nuevo formato y sus posibilidades. La nueva realidad nos puso una prueba difícil como espectadores: tenemos todo a nuestra disposición todo el tiempo.
La demanda del contenido online hizo que el mercado sea más grande y desigual. Los nombres como Netflix, HBO, FOX, Qubit, Cablevisión Flow, MUBI o Amazon Prime ya son moneda corriente y su aparición cambió la forma de pensar y el hábito de los consumidores. Mientras hace unos años la piratería era una forma común de acceder a contenidos como series y películas, hoy los espectadores están dispuestos a suscribirse y pagar una cuota mensual para mirar su serie favorita. Así, el imperio se volvió enorme y expansivo. Contando únicamente a las plataformas streaming que hay en Iberoamérica, suman más de ciento noventa, más las trescientas señales que emiten contenido online. Además, sus catálogos disponibles son monumentales y cuentan con aproximadamente 234.000 películas y 49.000 series.
Tanto las plataformas pagas como las gratuitas ponen a nuestra disposición un sinfín de producciones audiovisuales de acceso inmediato. No obstante, el tema central sigue rondando en ¿cómo nos estamos relacionando con tener este “todo”?
Una vez hablando con una persona sobre películas me dijo algo que cambió mis elecciones cinéfilas definitivamente: “La cantidad de filmes que uno puede ver en la vida es limitado, no podemos ver todo”, tampoco leer todo (aplica a los libros también). A partir de allí hice algunos cálculos, por ejemplo, si elegimos mirar una serie de 4 temporadas (que es lo mínimo a esta altura de la industria), esto promedia un total de cincuenta horas frente a la pantalla. Traducido en películas: son veinte filmes que puedo ver en el mismo tiempo (equivalentes a la filmografía entera de Tarantino o Wertmüller y gran parte de la de Kurosawa, Mizoguchi, Fellini, Hitchcock, etc.), podemos continuar y elaborar una lista interminable sobre lo que podemos ver en cincuenta horas. En suma, la cuestión es que vemos mucho, aunque nuestra percepción se sienta alterada por cómo están dispuestos o fraccionados los contenidos.
De esta forma, el tiempo que estamos frente a la pantalla es cada vez mayor, pero dirigido a una sola propuesta. Como vimos en el capítulo anterior, si vemos cuatro horas de una serie por día es lógico que nos interese más el qué, y nuestro foco esté puesto en qué pasó con el protagonista, qué nuevo problema aparece, qué se resuelve en la trama, qué no, etcétera; y para saberlo necesitamos estar con los ojos pegados a la plataforma en piloto automático.
Tiempo atrás corríamos con ciertas ventajas, si veíamos por televisión novelas o series teníamos que ver un capítulo por semana o por día, ya que no había otra opción más que esperar. Eso indefectiblemente estimulaba otro tipo de procesamiento. Las pausas servían para comentar con el vecino sobre cómo marchaba el amor prohibido del culebrón, uno se iba a dormir pensando en lo que había visto; también, los días posteriores al visionado podíamos comentar el avance de la trama con amigos o compañeros del trabajo. Podríamos decir que se construía un tiempo más amable con otros detenimientos y dinámicas.
Por el contrario, en este momento de ansiedad ocular y con las plataformas gestionando casi todo el contenido, la espera parece cosa del pasado. Algo que fue tan común y habitual como “aguardar” hoy parece impensado o hasta incluso una pesadilla.
Sin embargo, la industria que todo lo sabe ya está anoticiada de nuestra “ansiedad ocular” y como habrán notado ahora algunas series suben un capítulo por semana o tan solo algunos pocos.
Indudablemente Netflix (que no es ningún sonso) está probando en introducir cambios temporales en la emisión del contenido, como ya lo hacen HBO, FOX y tantos más. El propósito de esto no es justamente que ustedes puedan descansar los ojos y no emprendan esos maratones bestiales hasta las cinco de la mañana, sino probar de qué manera pueden retener a los usuarios por más tiempo en sus moradas digitales. Qué esperaban: ¡Time is money, baby!
Como deducirán el comportamiento de las plataformas es fundamentalmente comercial. Las empresas hacen cálculos todo el tiempo y especulan, por ejemplo: que nueve capítulos de Black Mirror repartidos semanalmente garantizan como mínimo dos o tres meses de suscripción por cada usuario, o como el caso de Netflix, que comenzó a notar que muchos de sus usuarios se “salteaban” capítulos con tal de ver el final lo antes posible, dato que le hizo pensar en otras tácticas de emisión. Quien corroboró este hecho de ansiedad ocular fue el sistema de audiencia Nielsen (de Estados Unidos), que registró en Stranger Things 3 que un millón de personas no vieron el penúltimo episodio de dicha temporada para ir directamente al final. ¡Ay, si serán ansiosos!
Este pequeño “problemita” pasó con un montón de series, entonces, las plataformas comenzaron a evaluar y cuestionarse la dosificación de su contenido implementando estrategias como las que señalamos, para evitar que los espectadores glotones cometieran ilícitos en el tiempo ficcional de la trama (que serían penados por la misma ley de los spoileros, bueno, no, basta de exageraciones).
En definitiva, como lo mencionamos, los cambios en la dinámica de interacción de los usuarios son evaluados constantemente con el objetivo de que ustedes vean sin parar hasta proponerle casamiento a su plataforma, tal como lo hace Joaquin Phoenix con el sistema operativo de su celular en Her. Así, los propósitos comerciales son deliberados y tendientes a aumentar el número de reproducciones.
La intención de que profundicemos el vínculo amoroso con la pantalla llegó a estratos muy serios, tanto que también se metieron con nuestro descanso. El 17 de abril de 2017 Netflix tuiteaba inocentemente: “Sleep is my greatest enemy” (dormir es mi mayor enemigo). Esto, lejos de ser una simple frase marketinera, nos estaba avisando que iban a meterse en nuestras camas y más precisamente con las horas de sueño.
La explicación de este tuit es hegemónica, como no hay otro servicio de streaming que pueda hacerles competencia efectiva, para el CEO de Netflix Reed Hastings, el verdadero enemigo de la empresa es el sueño. Y no lo dijo en broma, exactamente declaró: “Si lo piensas bien, cuando ves Netflix y te enganchas con una serie, te quedas despierto hasta tarde viendo capítulos. De verdad, nuestro verdadero competidor para que la gente siga viéndonos es el sueño”. Bueno, Reed, no te preocupes que nosotros lo estamos manejamos re bien y jamás trasnochamos por ver un capítulo más. No obstante, y por las dudas, hicimos las siguientes investigaciones para saber si estamos yendo en pantuflas a trabajar.
Para comprender mejor este fenómeno y lograr cuantificar y cualificar las consecuencias del “tener todo ya”, realizamos varias preguntas en las redes sociales. En ellas, más de mil personas respondieron una serie de interrogantes destinados a averiguar cuál es el impacto de las plataformas en sus vidas y descanso.
La primera pregunta que efectuamos (tal vez la más significativa) fue si quitaron horas de sueño nocturno por terminar de ver un capítulo o temporada de una serie. El noventa y tres por ciento contestó afirmativamente. Es decir que la mayoría de las personas sacaron horas de sueño reparador, bajando el promedio de horas necesarias para llevar una vida saludable, solo para terminar de ver un capítulo más. El chupete posmoderno funcionaría así: cada vez que apretamos play en una temporada de alguna serie, comienza un efecto dominó imparable imposible de calcular, la hipnosis puede durar desde horas hasta madrugadas enteras, uno pierde la noción del tiempo y la opción de convertirse en vampiro se encuentra cada vez más cerca.
Continuando con la encuesta, también preguntamos el promedio de capítulos que ven por día. La mayoría dijo que miraba más de tres, esto convertido a horas (dependiendo de la serie) son dos y media aproximadamente. No obstante, hubo un treinta por ciento de espectadores que aumentó la cifra a cinco capítulos por día. Los números cambian el fin de semana, el ritmo se amplifica y los maratones oculares se agrandan conforme al tiempo libre.
El mecanismo que tienen las series en relación con el tiempo total que uno mira pantallas es engañoso. A veces, cuando llegamos a casa después de un día largo, abrimos las plataformas y no elegimos ver películas simplemente porque creemos que duran bastante tiempo y queremos ver algo que nos distienda en menos minutos. Entonces, optamos por mirar una serie con la ilusión de que un solo capítulo (que dura entre cuarenta y cincuenta minutos) nos relaje del trajinar del día. Paso siguiente, luego de la farsa “un capítulo más y basta”, estamos mirando la misma cantidad de horas equivalente al tiempo promedio que dura un filme o incluso más. Podría decirse que, si hacemos un paralelismo, vemos los ciento ochenta minutos que dura Danza con lobos (1996) todos los días. Para los que no la vieron, les puedo asegurar que es bastante larga, Kevin Costner se esmeró mucho.
En su favor, tanto las series como las novelas y unitarios tienen un estar más fluido frente a la pantalla. Varias causas explican el cambio de paradigma: son más espontáneas, tienen estructuras que garantizan el éxito, sus narrativas permiten introducir otras historias, poseen personajes que se desarrollan durante toda la trama, coexisten mecanismos de identificación con el espectador, y un sinfín de etcéteras que hace que pegarse a ellas sea inevitable. Asimismo, el magnetismo que adquieren va más allá del procesamiento individual y son el leitmotiv de muchas conversaciones sociales. Pocos son los que se quieren quedar fuera de este pasatiempo visual que provoca un efecto en masa. Cuántas veces nos pasó de estar en una reunión y que alguien pregunté: ¿qué serie están viendo?, para que se dispare un sinnúmero de conversaciones, recomendaciones e intercambios. Sin duda, el compartir la mirada sigue siendo significativo y una razón para socializar.
Otras de las cuestiones que sondeamos (juntamente con la gestión del tiempo) es cómo y de qué manera realizamos la búsqueda del contenido audiovisual. Este es un tema central en el quehacer de los espectadores posmodernos, como ya advertimos, tenemos una gran pista en el recurrente ¿está en Netflix?
Los espectadores nos fuimos adaptando gradualmente a lo que sucede en el entorno digital, que con sus términos y condiciones transformó radicalmente nuestras rutinas. La verdad es que todavía nos estamos adecuando a este nuevo escenario, por eso a la hora de elegir qué vamos a ver nos remitimos a la primera plataforma con la que tuvimos contacto (ya sabemos cuál: la vedette que titula este libro). Algunos tienen establecida esta acción de modo inconsciente, algo así como otrora era prender el televisor y poner el mismo canal. Bien sabe el mercado que quien da el puntapié inicial se queda con la legitimación de su nombre.
Por ende, preguntamos en redes sociales si utilizaban una sola plataforma, o más de una; y si buscaban a partir de lo que querían ver o de lo que se les proponía. Es decir: iniciamos la búsqueda según lo que pretendemos mirar sin importar dónde esté o solo vemos lo que nos sugiere la plataforma a la que estamos suscriptos. Aquí el público estuvo bastante dividido, la mayoría de las personas lo primero que hace es abrir su plataforma de cabecera y buscar lo que le sugiere el predictivo o continuar con su serie del momento. Obviamente, existe un grupo de espectadores más eclécticos (que ronda el cuarenta por ciento de la investigación), que busca por donde le pica el ojo y curiosean otros sitios, apuntando a la diversidad de propuestas y contenidos. Al parecer es posible construir un nuevo ejercicio como público y esto se está transformando en una opción favorable.
Sin embargo, ¿en qué medida somos libres de hacer nuestras elecciones?, ¿cómo nos estamos organizando?, ¿por qué concentramos las búsquedas en un solo lugar? O, mejor dicho, ¿una sola plataforma es necesaria?
Por empezar, si decidimos explorar una sola plataforma, lo que debemos conocer es que cada una de ellas cuenta con algoritmos personalizados que cambian cada veinticuatro horas, para asegurarse que los usuarios reciban exactamente lo que quieren ver, ni una cosa más. O sea que la mirada va a estar condicionada hacia un mismo contenido o temática, porque no hay demasiada diversidad en eso que va a sugerirnos.
Los algoritmos informáticos son una secuencia de instrucciones que representan un modelo de solución para un determinado tipo de problema. En este caso, ayudan a las plataformas a saber qué película o serie funciona mejor según el perfil del usuario que está mirando. Además, les aportan datos acerca de cómo es su forma de consumo y preferencias. Los algoritmos son útiles para filtrar el contenido audiovisual que nos interesa, porque entre tantas películas y series en los catálogos, la pérdida de interés o las búsquedas fallidas están a la orden del día. De esta manera, por medio de una serie de códigos de programación, consiguen “toparnos” con lo que nos gusta repetida y redundantemente.
La dinámica está tan bien estudiada que cada plataforma sabe que tiene solamente noventa segundos para convencer a los usuarios de que se calcen las pantuflas, antes de que abandonen el servicio y pasen a otra cosa. Entonces, están al corriente de que la personalización es clave para conseguir que se acomoden plácidamente en los sillones a la espera de la próxima serie y la hipnosis les funciona a la perfección a través de este mecanismo que tiene nombre de Transformers: algoritmos.
Sin embargo, habrán notado que cada tanto aparece como sugerencia algo que nada tiene que ver con nuestras elecciones habituales. Supongamos que venimos viendo todos los capítulos de Walter White sintetizando y comercializando metanfetaminas en su laboratorio y, de repente, aparece la recomendación de Maggie Smith tomando el té de las cinco de la tarde en Downton Abbey. No se preocupen, el algoritmo de su plataforma lo sabe, pero de vez en cuando les pondrá en su camino un contenido nuevo para medir su grado interés. Simplemente porque quiere que ustedes sigan mirando e intenta ampliar sus gustos.
Cabe remarcar que, frente a la situación que implica tener todo a merced de un clic, sumado a este eficaz servicio que nos indica qué ver y cómo (cual all inclusive visual), resulta bastante difícil salirse de la comodidad que proponen las nuevas pantallas. No obstante, debemos tomar conciencia de que dichas dinámicas van restringiendo y diezmando nuestras conductas visuales, y para no caer en la abulia que indefectiblemente causan estos mecanismos estancos, resulta necesario establecer rutinas que nos aporten diversidad. Si lo que pretendemos es profundizar la mirada, cultivarla y experimentar sus potenciales, el desafío estará en estimularla con otros formatos, contenidos e imágenes
Por consiguiente, aparte de la conciencia del tiempo, el segundo propósito como espectadores será entender que si buscamos variedad y no aburrirnos, hay que salir de este “modo avión” impuesto por el mercado y, para ello, con tener una sola plataforma no basta.
Dentro las averiguaciones que estuvimos haciendo, preguntamos al público si estaban conformes con el contenido que les ofrecía su plataforma de cabecera y, oh, sorpresa, el sesenta por ciento contestó negativamente. Debemos asumir que este descontento generalizado no es responsabilidad de las plataformas únicamente, que ya hacen demasiado para que tengamos todo en la punta de los ojos sin movernos del sillón como Homero Simpson. También es necesario “deschipiarnos” como espectadores, comenzar otra clase de búsquedas, tener varias perspectivas, informarnos y abrir nuevos horizontes.
Para contribuir con este reseteo, debemos reconocer que dentro de internet existen montones de plataformas gratuitas y pagas, que irrumpieron en el escenario virtual y están dispuestas a compartir su contenido. Por supuesto, hasta ahora ninguna dominó a Netflix, que como ya sabemos tiene como competidor directo a Morfeo, el dios del sueño. No obstante, tenemos a nuestra disposición miles de opciones que pueden brindarnos experiencias visuales mucho más heterogéneas. Como la cantidad de plataformas disponibles es considerable vamos a empezar a desglosar el tema entre gratuitas y pagas. La sugerencia estará en que retengan los nombres a fin de lograr nuevos mapas de búsqueda, y descubrir películas y series que no están en “ya sabemos dónde”. Comenzaremos a navegar por las alternativas y dividiremos las propiedades de cada una según qué ofrecen, variedad en el catálogo, si sus servidores son estables, etc.
Será cuestión de conocer qué hay debajo de la punta de este iceberg que nada tiene que envidiarle al que se llevó puesto el Titanic.
Las gratuitas:
Internet Archive: cuenta con tres millones de videos. Tiene películas, series y contenido de dominio público. Como su nombre lo indica es una especie de gran archivo digital. Además de contenido audiovisual, tiene libros y miles de programas de software. Es una auténtica biblioteca digital para consultar, explorar con tiempo y sin costo.
YouTube: si bien es un sitio web que tiene videos de toda clase (musicales, amateurs, tutoriales, etc.). Cuenta con un apartado bastante extenso de películas de dominio público (las que perdieron el derecho de autor y también otras con parche en el ojo). Es muy completo y está al alcance de todos. Sus servidores son estables y su carga es rápida dependiendo de la calidad del video. También cuenta con una versión paga que se llama YouTube Movies donde se pueden comprar o alquilar películas.
Vimeo: se pueden ver una gran cantidad de cortos y largometrajes, es una plataforma de cine con muchas producciones independientes y comerciales. Asimismo posee una sección on demand (paga) que permite el acceso a una mayor variedad de películas. Su servidor es algo inestable según el día.
Tubi: cuenta con una amplia variedad de películas y series de televisión. Se financia con publicidad como lo hacen muchas plataformas, razón por la cual se emiten comerciales durante los videos que estemos mirando. Esto entorpece la fluidez de las reproducciones.
Zoowoman: es una de las filmotecas online de culto para muchos cinéfilos. Pensada sin fines de lucro, solo con el ánimo de compartir material. Posee un enorme archivo fílmico excelentemente organizado por género o director que buscamos. Sus servidores son estables, además brinda la opción de enlace para poder bajar la película en caso de querer verla de otro modo. No tiene cine comercial y “se limita a hacer accesible cine poco convencional, a reunir obras maestras del cine, a conseguir filmografías de directores tanto conocidos como infravalorados o malditos”. Sin dudas una joyita gratuita.
Open cultura: al igual que Internet Archive es un sitio web donde podemos toparnos con una gran cantidad de películas, libros y audiolibros de forma gratuita y fácil acceso. Tiene un catálogo amplio de películas de diversos géneros y períodos cinematográficos, desde Hitchcock hasta hermanos Lumière.
Cine.ar: CINE.AR PLAY es la plataforma argentina de video por demanda de contenido audiovisual que depende del INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales). Tiene largometrajes, documentales, series y cortometrajes producidos o coproducidos en el territorio nacional. Su acceso es libre y gratuito para toda Latinoamérica. Posee un amplio catálogo de cine nacional tanto clásico como contemporáneo. Además, se pueden ver los estrenos en simultáneo a la par de las salas cinematográficas. La plataforma es dinámica y su servidor mejoró muchísimo. Es el sitio emblema para el cine argentino y tiene una gran cantidad de usuarios, se puede acceder por todos los dispositivos móviles, la TDA (Televisión Digital Argentina) y canales de cable.
Onda media: es una plataforma de contenido por demanda del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile. Se pueden ver películas, documentales y cortometrajes chilenos. Su acceso es libre y gratuito para toda Latinoamérica, pero hay contenido que solo puede verse si estás en territorio chileno. Su servidor funciona bien, es estable y fácil de navegar. Además, permite descargar películas de su amplio catálogo audiovisual de cine contemporáneo y clásico.
Puentes de cine: es la plataforma de la Asociación de Directores de Cine (Argentina). Tiene como objetivo fomentar la educación audiovisual en la Argentina, apoyar y mejorar la distribución, difusión y exhibición de películas en salas de cine de nuestro país. A través de sus actividades busca el encuentro de las películas con sus públicos. Su acceso es libre y gratuito, tiene películas liberadas y otras que hay que pagar.
Cuevanas (2/3): ambas son plataformas dedicadas a la distribución de producciones de cine y televisión a través de la web. En 2011 la página fue uno de los veinte sitios web más visitados de la Argentina, con más de medio millón de visitas diarias. Tuvo problemas legales porque es un gran pirata de contenidos audiovisuales, tanto estrenos como series y documentales. La página estuvo dada de baja por mucho tiempo, pero hace unos años atrás volvió al ruedo y sigue siendo la preferida por muchos espectadores. Tiene la opción de elegir entre muchos servidores para seleccionar la película que querés ver.
Retina Latina: es el archivo de cine latinoamericano contemporáneo más importante hasta el momento. Una plataforma digital de difusión, promoción y distribución de cine latinoamericano de acceso público y gratuito. “El proyecto surgió de la iniciativa de seis países (Bolivia, Ecuador, Perú, México, Uruguay y Colombia) para responder a tres problemas: la inexistencia de un mercado regional de cine consolidado, la concentración de obras nacionales exitosas en el mercado local que no se exhiben en países vecinos y la insuficiencia de mecanismos de coordinación regional para la distribución de las películas”.
Filmin latino: es la plataforma digital del Instituto Mexicano de Cinematografía, en colaboración con la Secretaría de Cultura, que tiene disponibles miles de títulos con lo mejor de la cinematografía mexicana e internacional. Surgió en 2015 con el objetivo de ofrecer una manera diferente de disfrutar del séptimo arte en México. Actualmente, se ha posicionado como una de las plataformas OTT (Over The Top, por sus siglas en inglés) mejor aceptadas en el país.
Con suscripción paga
Netflix: es el “rey del mundo” y lo grita en la popa del mercado como Leonardo DiCaprio en Titanic. Tiene aproximadamente 170 millones de suscriptores en todo el mundo, lidera el formato de las series tanto es su producción como reproducción. Su servidor es estable, dinámico y de fácil acceso. Combina muy bien el cine con el entretenimiento en todo su catálogo, donde también podemos encontrar películas clásicas y documentales. Además, tiene contenido para niños sectorizado y clasificado.
Hulu: es un servicio de suscripción de video por demanda de Hulu LLC, Disney-ABC, Fox Entertainment, NBCUniversal y Turner Broadcasting System. Está orientado principalmente a series y programas de entretenimiento como realities, talk shows, pero también incluye películas y documentales. Se hizo conocida cuando la serie The Handmaid’s Tale (basada en el libro El cuento de la criada de Margaret Atwood) saltó a la fama y fue un boom en todo el mundo, arrasando con premios y el visto bueno de la crítica especializada a nivel internacional.
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