Kitabı oxu: «Cuentos selectos»
Francis Scott Fitzgerald
CUENTOS SELECTOS
Selección y prólogo de Carlos Gamerro
Traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc

En una carta a Harold Ober, su editor, Francis Scott Fitzgerald le explicaba que concebía sus relatos como si fueran novelas. No se refería a la extensión naturalmente, ni a la complejidad de la trama, sino a las emociones que debían provocar, a su capacidad de conmover a los lectores. Esta explicación quizás encierra la clave de su modo de concebir relatos. Los mejores de ellos, que son muchos, podrían haber sido novelas. Por la hondura de los personajes, por el absoluto dominio sobre la historia que se está narrando, por la capacidad de hacer visible aquello que no se narra y que el lector descubre. La insistencia en las emociones recorre toda su obra, marcada por una serie de temas en los que probablemente sea el maestro indiscutido: las ambiciones de la juventud, el miedo al fracaso, las diversas y dolorosas maneras de desperdiciar una vida, el desamor, la soledad, lo irrecuperable. No hay que olvidar que uno de sus textos más célebres se titula Bancarrota emocional.
Como tantos otros novelistas, Fitzgerald durante largo tiempo fue menospreciado como escritor de cuentos. El tiempo corrigió este desdén. Algunos de sus relatos son obras maestras y están entre lo mejor de la literatura norteamericana del siglo XX. Baste mencionar Babilonia revisitada, Un diamante tan grande como el Ritz o El curioso caso de Benjamin Button.
Esta antología preparada por Carlos Gamerro es una muestra reiterada de ese talento, de una voz distintiva. La prosa clara e iluminadora de Fitzgerald sorprende y emociona igual hoy que en su tiempo. Aquello en lo que tanto trabajó constituye su triunfo póstumo.
Fitzgerald, Francis Scott
Cuentos selectos / Francis Scott Fitzgerald ; compilado por Carlos Gamerro. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Bárbara Belloc ; Teresa Arijón.
ISBN 978-987-628-626-8
1. Narrativa Estadounidense. 2. Cuentos. I. Gamerro, Carlos, comp. II. Belloc, Bárbara, trad. III. Arijón, Teresa, trad. IV. Título.
CDD 813
Diseño de cubierta: Eduardo Ruiz
Edición en formato digital: septiembre de 2021
© Francis Scott Fitzgerald, 1920, 1922, 1929, 1931, 1936, 1939, 1940
© de la traducción Teresa Arijón y Bárbara Belloc, 2017
© del prólogo Carlos Gamerro, 2017
© de la presente edición Edhasa, 2021
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ISBN 978-987-628-626-8
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Conversión a formato digital: Libresque
Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Los cuentos de F. Scott Fitzgerald, por Carlos Gamerro
Bernice se corta el cabello
El palacio de hielo
El cusioso caso de Benjamin Button
Un diamante tan grande como el Ritz
Sueños de invierno
La última de las bellezas sureñas
Babilonia revisitada
El Crack-Up
La década perdida
Hiervan agua… mucha agua
Mano a mano con un genio
Pat Hobby y Orson Welles
Sobre el autor
Sobre Carlos Gamerro
Los cuentos de F. Scott Fitzgerald
Corría el año 1919 cuando Francis Scott Fitzgerald, rechazado por la belleza sureña Zelda Sayre con la frase que legaría a Daisy en El gran Gatsby (“Las chicas ricas no se casan con los chicos pobres”), ideó el plan más absurdo e improbable jamás concebido por enamorado alguno en situación análoga: volvería a su casa, escribiría una novela durante el verano, se haría rico con ella y volvería a Montgomery, Alabama, a tiempo para casarse con Zelda antes de que algún otro le ganara de mano (Gatsby idearía un plan parecido, aunque con mayores probabilidades de éxito: decidió hacerse gángster). La novela, A este lado del paraíso, se publicaría el 26 de marzo de 1920, vendería 41.075 ejemplares el primer año, haría famoso a su joven autor y le permitiría concretar su sueño: la novela y Francis y Zelda se casaron el 3 de abril del mismo año. En “Mi ciudad perdida”, Fitzgerald describió así las emociones del momento: “Recuerdo de aquellos tiempos un viaje en taxi, una tarde, entre edificios muy altos, bajo un cielo malva y rosa; empecé a berrear porque tenía todo lo que quería y sabía que nunca en mi vida volvería a ser tan feliz”.
La anécdota condensa muchos de los motivos característicos de la literatura del autor: el valor absoluto asignado a la juventud, asociada siempre a los cortos veranos del norte e inseparable, por eso, de la trágica conciencia de su carácter efímero; la figura de la muchacha dorada como emblema de todo lo que la vida tiene de deseable, y que se alcanzará sólo si ella es alcanzada; la fe en los sueños y en nuestra capacidad para realizarlos; la certeza de que si logramos hacerlo, nuestros errores, o la mala suerte, o apenas el tiempo, los disiparán como humo y que, por todo esto, el único refugio de los sueños está en el pasado. Como resume Dexter Green, el protagonista de “Sueños de invierno”: “Hace mucho, mucho tiempo [...] existía algo en mí, y ahora eso ha desaparecido. Ahora eso ha desaparecido. No puedo llorar. No puedo lamentarlo. Ha desaparecido y no volverá jamás”.
Los primeros cuentos de Fitzgerald, publicados en revistas de moda como The Saturday Evening Post y Esquire, y que siendo muy bien pagados les permitieron a él y a Zelda llevar el tren de vida al que aspiraban, pueden leerse como “guías para la juventud”, o más bien como “instrucciones para ser un joven moderno”; “Bernice se corta el cabello” se elaboró, de hecho, a partir de las cartas que Fitzgerald le escribía a su hermana con ese loable propósito en mente. En esta historia de la mosquita muerta pueblerina que termina triunfando sobre la sofisticada y moderna “chica Fitzgerald” aparece, también, la oposición entre la ciudad sofisticada pero perversa y el pueblo chico mediocre pero moralmente firme, que luego se replicará, bajo la forma del conflicto este/oeste (Nueva York y Chicago, East Egg y West Egg, Europa y América) en muchos de los cuentos y las novelas del autor.
Criado en el gélido clima y las rígidas normas morales del Midwest, y educado en la más sofisticadas y cosmopolitas normas de Princeton (donde las despiadadas normas morales se reescriben como despiadadas normas sociales), Fitzgerald sintió la seducción del sur, de sus aristocráticas y vaporosas mujeres en sus eternos vestidos blancos, de sus largos veranos lánguidos en los cuales es posible abrigar la ilusión de que la juventud durará para siempre. El sur de Fitzgerald se parece muy poco al duro sur de Faulkner, Carson McCullers y Flannery O’Connor; es menos un sur conocido y vivido que “un sueño del norte”, como lo siente el joven protagonista de “La última de las bellezas sureñas”. Las “Southern belles” de los cuentos situados en el poblado ficcional de Tarleton, Georgia, son parientas cercanas de la Scarlett O’Hara de Lo que el viento se llevó y de la Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo, e incluyen a Sally Carrol Happer de “El palacio de hielo” –que termina regresando a la molicie sureña tras experimentar los rigores físicos y morales del frío norteño–, a Ailie Calhoun, protagonista de “La última de las bellezas sureñas” –que durante la guerra se enamora de un patán norteño cuyo uniforme disimula las diferencias sociales, que la fatalidad del traje civil volverá flagrantes y decisivas–, y por supuesto, a la Daisy de El gran Gatsby, arquetipo platónico de todas ellas.
“Se acordó del pobre Julian y de la romántica y reverencial admiración que sentía por ellos [los ricos] y de cómo una vez había comenzado un cuento con las palabras ‘Los ricos muy ricos son diferentes de ti y de mi. Y alguien le dijo a Julian, Sí, tienen más dinero, y a Julian eso no le causó gracia. Creía que se trataba de una raza especial y glamorosa y el descubrimiento de que no era así lo destruyó tanto como todas las otras cosas que lo destruyeron.” El párrafo es de “Las nieves del Kilimanjaro” de Ernest Hemingway, y el “Julian” del cuento no es otro que Francis Scott Fitzgerald, claro. Por si quedaran dudas, la frase aparece en su cuento “Niño rico”: “Déjame contarte algo acerca de los ricos muy ricos. Ellos son diferentes de ti y de mi. Poseen y disfrutan tempranamente, y eso les hace algo, los hace blandos donde nosotros somos duros, y cínicos donde somos confiados, de modos difíciles de entender, a no ser que hayas nacido rico. En el fondo de sus corazones se creen mejores que nosotros, porque nosotros tuvimos que descubrir por nuestra cuenta los refugios y las compensaciones de la vida”. Como se ve, poco hay de admiración embobada y boquiabierta en este párrafo; sí, en cambio, un finamente calibrado equilibrio entre fascinación, rechazo y condena. Con su habitual arrogancia, más marcada cuando se aplicaba a sus viejos amigos, y sobre todo cuando eran buenos escritores, Hemingway se equivoca: Fitzgerald sabía desde un principio que los ricos lo desilusionarían; y como había descubierto a edad temprana que la desilusión era su tema, cultivó en su relación con los ricos y famosos esta figura de su destino. Como le sucedió a Balzac con la aristocracia francesa, Fitzgerald los fustigaba porque quería creer en ellos, y ellos nunca estaban a la altura de sus expectativas: el snob desencantado puede muchas veces llegar a ser un crítico más feroz que el revolucionario convencido. O, para decirlo en palabras del propio Fitzgerald, en “El Crack-up”: “Abrigaría siempre una desconfianza permanente, una cierta animosidad hacia la clase acomodada; no se trataba de la convicción de un revolucionario, sino del odio latente de un campesino”.
Tan finamente y equilibradas ambivalencias informan “Un diamante tan grande como el Ritz”, que ya desde el título combina el mundo de maravillas del cuento de hadas con el de la mundana Nueva York de los años 20; el cuento es a la vez una fábula sobre los encantos –o encantamientos– de los ricos y la riqueza, y una crítica de estos que trasciende lo social para adentrarse en lo metafísico, como bien ilustra la escena de Braddock T. Washington hablándole a Dios de igual a igual, ofreciéndose a “comprarlo” para que haga volver atrás el tiempo. “No se puede repetir el pasado”, advierte Nick Carraway a Gatsby en algún momento de la novela que los contiene, desencadenando la respuesta: “Por supuesto que se puede”. Gatsby tenía razón, sólo que equivocó la manera: no es en la realidad sino en la ficción que este milagro es posible. Como si quisiera también recurrir a la ficción para explorar las consecuencias de este anhelo, en la otra fábula incluida en este volumen, “El curioso caso de Benjamin Button”, el regreso al pasado se realiza de manera rigurosa y precisa: Benjamin nace de setenta años y va rejuveneciendo a lo largo de toda su vida, atravesando las etapas de la edad madura, la adulta, la juventud y la niñez en reverso, hasta llegar a bebé y a la nada anterior al nacimiento, procedimiento que luego recrearían, entre otros, Alejo Carpentier en “Viaje a la semilla” y Manuel Mujica Láinez en “La escalinata de mármol”. Es posible que la lectura de esta fábula aplaque el anhelo de muchos de volver atrás el tiempo, aunque la duda que a uno le queda al terminarla es si la vida vivida al revés es mucho peor que la vivida al derecho: el signo de ambas es la pérdida de todo lo que fue nuestro algún día.
Algunos escritores tienen la suerte, o la habilidad artística, de convertir su destino en una metáfora (o más bien metonimia) del país, la sociedad, la época en que vivieron. James Joyce veía en su vida una parábola de la suerte de Irlanda entera; análogamente, si los cuentos de Fitzgerald le dieron su nombre, sus costumbres y valores a una época, la “Era del Jazz”, el Crack del 29 determinaría el fin de esta y de la vida que su creador llamaba suya: en 1930 Zelda comenzaría la serie de internaciones que seguiría hasta su muerte, y el alcoholismo de Fitzgerald se agravaría. Los cuentos y las novelas de esta época son, consecuentemente, más sombríos y pesimistas: sobre ellos flota el aliento del desconcierto y la tragedia: “Babilonia revisitada” supone, como su título, indica una desangelada mirada sobre la vida pasada y también sobre la literatura que la había celebrado; no tiene ni intenta tener el encanto y la frescura de los primeros cuentos, y tal vez por eso incluye algunas de las escenas más desoladoras y mejor escritas de toda su obra. “La década perdida” es a duras penas un cuento, más bien una estampa o breve viñeta, pero cada línea es un prodigio; a través de la figura de Louis Trimble, el hombre que “vuelve” a Nueva York tras pasar diez años completamente borracho y fuera del mundo, y está ahora interesado en “El cuello... Cómo la cabeza se une al cuerpo. [...] Es una cuestión de ritmo... Cole Porter volvió a los Estados Unidos en 1928 porque intuyó que había nuevos ritmos en el aire”, es posible entrever la del propio Fitzgerald, siempre atento a las formas en que la modernidad se renueva constantemente a sí misma. “El Crack-up”, único texto de esta antología que pertenece a la forma del ensayo autobiográfico, antes que a la ficción, enuncia la finalidad de este proceso, la certeza de que ninguna recuperación, ni siquiera redención, es posible: “A veces, sin embargo, hay que conservar el plato cuarteado en la alacena [...] Nunca se lo podrá volver a calentar sobre la hornalla [...] no se lo llevará a la mesa cuando haya visitas, pero servirá para poner galletitas a la noche tarde o guardar restos de comida en la heladera...”.
F. Scott Fitzgerald ha sido denominado “el último romántico” (no por nada nombró una de su novelas más ambiciosas, Suave es la noche, a partir de la “Oda a un ruiseñor” de John Keats), y el romántico que había en él, y que nunca terminó de morir, hallaría su expresión en la inconclusa El último magnate, la historia de uno de los “fabricantes de sueños” de Hollywood, el productor Monroe Stahr, y que necesariamente engendraría su contracara en el mercenario autor de guiones que protagoniza el volumen Historias de Pat Hobby. Fitzgerald abandona en esta colección los acentos del drama romántico, la tragedia y las tentaciones de la autocompasión, y asume las formas amorales y gozosas de la picaresca; en el último de esta antología, “Pat Hobby y Orson Welles”, Fitzgerald pone lado a lado a un hombre de talla heroica, el más grande director de cine del momento, con uno de esos eternos buscavidas de Hollywood, como haría años después Tim Burton en una memorable escena de su Ed Wood.
Carlos Gamerro
Bernice se corta el cabello
I
Los sábados, cuando caía la noche, desde el primer tee del campo de golf se veían las ventanas del club como una línea amarilla sobre un océano negro y ondulante. Las olas de ese océano, por así decirlo, eran las cabezas de una multitud de caddies curiosos, de algunos choferes ingeniosos y de la hermana sorda del instructor; y también había olas extraviadas y tímidas que, de haberlo querido, habrían podido entrar en el club. Eran la galería.
El palco estaba adentro. Consistía en un círculo de sillas de mimbre alineadas a lo largo de la pared del salón que funcionaba como lugar de reuniones y pista de baile. En los bailes de los sábados por la noche predominaba el público femenino; una numerosa Babel de damas maduras, de ojos impúdicos y corazones gélidos tras los impertinentes y los amplios escotes. La función principal del palco era criticar. Ocasionalmente expresaba cierta admiración reticente, pero jamás aprobación; porque las damas mayores de treinta y cinco años saben muy bien que cuando los jóvenes organizan un baile en verano lo hacen con las peores intenciones del mundo, y que si no fuese por el bombardeo de las miradas glaciales alguna pareja perdida bailaría extraños interludios bárbaros por los rincones, y las chicas más solicitadas, más peligrosas, se dejarían besar en las limusinas estacionadas de las viudas incautas.
Al fin y al cabo, este círculo de críticas no está lo suficientemente cerca del escenario como para ver las caras de los actores y captar los apartes más sutiles. Sólo pueden fruncir el ceño y ladear la cabeza, formular preguntas y extraer conclusiones satisfactorias a partir de un conjunto de hipótesis, como aquella que postula que todo joven acaudalado lleva una vida de perdiz perseguida por los cazadores. Pero nunca llegan a comprender el drama del cambiante y a medias cruel mundo de la adolescencia.
No; los palcos, el foso de la orquesta, los protagonistas y el coro están representados por una mezcla de rostros y voces que giran al quejumbroso ritmo africano de Dyer y su orquesta de baile.
Desde Otis Ormonde, de dieciséis años, a quien todavía le faltan dos años más en Hill School, hasta G. Reece Stoddard, sobre cuyo escritorio cuelga un diploma de abogado de Harvard; desde la pequeña Madeleine Hogue, que se siente rara e incómoda con el cabello recogido en un rodete, hasta Bessie MacRae, que ha sido el alma de la fiesta quizá durante demasiado tiempo —ya van más de diez años—, el grupo no sólo es el centro de la escena, sino que reúne a las únicas personas que tienen una visión completa y despejada del escenario.
La música termina con un toque de trompeta y un golpe seco, rotundo. Las parejas intercambian sonrisas fáciles, artificiales, y repiten jocosamente “la-di-da-da-dum-dum” hasta que la estridencia de las jóvenes voces femeninas se destaca sobre el estallido de aplausos.
Algunos muchachos, decepcionados, sorprendidos cuando estaban a punto de entrar en la pista, regresaron de mala gana a las paredes. Porque esto no se parecía en nada a los bulliciosos bailes de Navidad; estos bailes de verano eran agradablemente cálidos y excitantes, y hasta los matrimonios más jóvenes se atrevían a bailar antiguos valses y extenuantes foxtrots bajo la mirada tolerante y divertida de sus hermanos y hermanas menores.
Warren McIntyre, que estudiaba en Yale sin tomárselo muy en serio, uno de los muchachos sin suerte, buscó un cigarrillo en el bolsillo de su chaqueta y salió a la amplia terraza en penumbra, donde las parejas distribuidas en las mesas bajo la luz de los faroles llenaban la noche de palabras vagas y risas confusas. Saludó con la cabeza a los menos absortos. Al pasar junto a cada pareja, recordaba algún fragmento semiolvidado de una historia, porque la ciudad era pequeña y todos conocían a la perfección el pasado ajeno. Allí estaban, por ejemplo, Jim Strain y Ethel Demorest, comprometidos en secreto desde hacía tres años. Todos sabían que en cuanto Jim se las ingeniara para conservar un trabajo más de dos meses Ethel se casaría con él. Pero qué aburridos parecían, y con cuánto hastío miraba Ethel a Jim algunas veces, como si se preguntara por qué había dejado crecer la vid de su cariño sobre aquel álamo frágil sacudido por el viento.
Warren tenía diecinueve años y casi sentía lástima de sus amigos que no habían ido al Este, a la universidad. Pero, como la mayoría de los jóvenes, se jactaba de las chicas de su ciudad cuando estaba lejos. Chicas como Genevieve Ormonde, que asistía a todos los bailes, fiestas familiares y partidos de béisbol en Princeton, Yale, Williams y Cornell; o como Roberta Dillon, de ojos negros, tan célebre entre su generación como Hiram Johnson o Ty Cobb; y, por supuesto, como Marjorie Harvey, que además de tener cara de hada y una lengua deslumbrante y que provocaba desconcierto era celebrada con toda justicia por haber hecho tres piruetas seguidas en el último baile oficial de New Haven.
Warren, que se había criado en la misma calle que Marjorie, en la casa de enfrente, estaba “loco por ella” desde hacía mucho tiempo. Y aunque a veces Marjorie parecía retribuir su sentimiento con lánguida gratitud, lo había sometido a su prueba infalible y le había informado con toda seriedad que no lo amaba. La prueba era simple e indiscutible: cuando Marjorie estaba lejos de él, lo olvidaba y tenía aventuras con otros muchachos. Esto desalentaba a Warren, sobre todo porque Marjorie hacía viajes cortos durante todo el verano y cuando regresaba, durante los dos o tres primeros días, se acumulaban grandes pilas de cartas sobre la mesa del vestíbulo de los Harvey, todas dirigidas a Marjorie, con distintas caligrafías masculinas. Para empeorar todavía más las cosas, durante todo el mes de agosto recibió la visita de su prima Bernice, de Eau Claire, y se volvió imposible verla a solas. Siempre había que buscar a alguien que se ocupara de Bernice. Y con el correr del verano eso se volvía cada vez más difícil.
Por mucho que Warren venerara a Marjorie, tenía que admitir que su prima Bernice era bastante insulsa. Era bonita, tenía pelo negro y semblante saludable, pero no era divertida en las fiestas.
Cada sábado, por obligación, Warren bailaba una larga y esforzada pieza con Bernice para complacer a Marjorie, pero lo único que conseguía era aburrirse.
—Warren…
Una voz suave a sus espaldas interrumpió sus pensamientos; al darse vuelta vio a Marjorie, sonrosada y radiante como de costumbre. Cuando ella le puso la mano sobre el hombro, lo envolvió un resplandor casi imperceptible.
—Warren —murmuró—, hazme un favor: baila con Bernice. Hace casi una hora que está clavada con ese chiquilín de Otis Ormonde.
El resplandor que envolvía a Warren se esfumó por completo.
—Bueno, está bien —respondió sin mucho entusiasmo.
—No te importa, ¿verdad? Procuraré que tampoco quedes clavado.
—No te preocupes por eso.
Marjorie sonrió… y su sonrisa fue el mejor agradecimiento.
—Eres un ángel, estoy en deuda contigo.
Con un suspiro, el ángel miró en dirección a la terraza, pero Bernice y Otis no estaban a la vista. Regresó al salón y frente al baño de damas encontró a Otis, en el centro de un grupo de muchachos que se retorcían de risa. Otis blandía un palo de madera que había tomado de algún sitio y no paraba de hablar.
—Fue a retocarse el peinado —anunció furibundo—. La estoy esperando para bailar con ella otra hora seguida.
Volvieron a reírse a carcajadas.
—¿Por qué no me reemplaza alguno de ustedes? —se lamentó con resentimiento—. A ella le gusta la variedad.
—Pero, Otis —sugirió un amigo—. Justo ahora que te estabas acostumbrando…
—¿Y ese palo, Otis? —preguntó Warren, sonriendo.
—¿Qué palo? Ah, ¿esto? Es un palo de golf. En cuanto salga del baño, la golpeo en la cabeza y vuelvo a embocarla en el hoyo.
Aullando de risa, Warren se dejó caer en un sofá.
—No te preocupes, Otis —consiguió decir por fin—. Yo te sustituiré ahora.
Otis simuló un desmayo repentino y le entregó el palo a Warren.
—Por si llegaras a necesitarlo, viejo —dijo con voz ronca.
Por muy bella y brillante que sea una chica, si los bailarines no se disputan sus encantos en la pista, sus acciones estarán en baja. Es probable que algunos muchachos prefieran su compañía a la de esas mariposas que bailan doce piezas seguidas una misma noche; pero los jóvenes de esta generación alimentada a jazz son inquietos por naturaleza y la idea de bailar más de un foxtrot entero con la misma chica les resulta desagradable, por no decir odiosa. Y si la cosa se prolonga unos cuantos bailes y varios intervalos, la chica puede estar segura de que el joven, una vez liberado, no volverá a pisar sus caprichosos pies.
Warren bailó toda la pieza siguiente con Bernice, y por fin, aprovechando una pausa, la condujo a una mesa en la terraza. Hubo un momento de silencio, Bernice movía sin gracia el abanico.
—Hace más calor aquí que en Eau Claire —dijo.
Warren reprimió un suspiro y asintió. Seguramente era cierto, pero no lo sabía ni le importaba. Se preguntó distraído si Bernice tenía poca conversación porque nadie le prestaba atención, o si nadie le prestaba atención porque tenía poca conversación.
—¿Vas a quedarte mucho tiempo? —le preguntó, y enseguida se puso colorado. Bernice seguramente sospecharía las razones de su pregunta.
—Una semana más —respondió, y lo miró como esperando abalanzarse sobre la próxima frase en cuanto saliera de sus labios.
Warren empezó a ponerse nervioso. Presa de un repentino impulso caritativo, decidió probar con Bernice una de sus especialidades. Se dio vuelta y la miró a los ojos.
—Tu boca es para comerla a besos —murmuró en voz muy baja.
Era la frase que solía decirles a las chicas en los bailes de la universidad mientras conversaban a media luz. Bernice se sobresaltó visiblemente al escucharla. Se puso roja como un tomate y agitó con torpeza su abanico. Nadie le había dicho jamás una frase subida de tono.
—¡Atrevido! —La palabra se le escapó sin darse cuenta, y se mordió el labio. Intentó componer el error y ser simpática, y esbozó una sonrisa nerviosa. Demasiado tarde.
Warren se enojó. Aunque ninguna chica se la tomaba en serio, la frase casi siempre provocaba risas o alguna clase de despliegue sentimental. Y además no soportaba que lo llamaran atrevido, salvo en broma. El impulso caritativo se esfumó, y cambió abruptamente de tema.
—Jim Strain y Ethel Demorest siguen juntos como siempre —comentó.
Eso combinaba mejor con su estilo, pero una punzada de dolor ensombreció el alivio que le causaba cambiar de tema. Los hombres no hablaban de bocas besables con Bernice, pero ella sabía que les decían cosas así a las otras chicas.
—Ah, sí —dijo Bernice, y se rio—. Escuché decir que llevan años perdiendo el tiempo, sin un centavo para poder casarse. ¿No es una imbecilidad?
El disgusto de Warren aumentó. Jim Strain era amigo de su hermano y, además y en cualquier caso, le parecía de pésima educación burlarse de alguien porque no tenía dinero. Pero Bernice no había querido burlarse de nadie. Sólo estaba nerviosa.
II
Eran más de las doce cuando Marjorie y Bernice llegaron a casa y se dieron las buenas noches en el rellano de la escalera. Aunque eran primas, no eran íntimas. En realidad, Marjorie no tenía amigas íntimas: las chicas le parecían estúpidas. Bernice, por el contrario, añoraba intercambiar esas confidencias matizadas con risas y lágrimas —que a su entender eran un elemento indispensable en cualquier relación entre mujeres— durante la visita organizada por sus padres. Pero en este aspecto Marjorie le resultaba bastante fría; cuando hablaba con ella sentía, en cierto modo, la misma dificultad que cuando hablaba con los varones. Marjorie nunca se reía sin motivo, jamás se asustaba, rara vez se sonrojaba, y de hecho tenía muy pocas de esas cualidades que Bernice consideraba adecuada y dichosamente femeninas.
Esa noche, entretenida con el cepillo de dientes y el dentífrico, Bernice se preguntó por centésima vez por qué nadie le prestaba atención cuando estaba lejos de su casa. Nunca se le había ocurrido pensar que el éxito social del que disfrutaba en su ciudad natal se debía a que su familia era la más rica de Eau Claire, a que su madre no paraba de invitar gente y ofrecer meriendas en honor de su hija antes de cada baile, y al hecho de que le hubiera comprado un automóvil para dar vueltas por ahí. Como la mayoría de las chicas, Bernice se había criado con leche caliente preparada por Annie Fellows Johnston y con esas novelas donde la mujer es amada debido a ciertas cualidades femeninas misteriosas, siempre mencionadas pero nunca explicadas con detalle.
Bernice se sentía levemente herida por no ser solicitada. No sabía que, de no ser por la exhaustiva campaña que Marjorie había llevado a cabo, habría bailado toda la noche con el mismo galán; pero sí sabía que, incluso en Eau Claire, otras chicas en peor posición social y con menos atributos eran mucho más populares que ella. Bernice atribuía el éxito al hecho de que esas chicas, en cierto modo sutil, no tenían escrúpulos. Eso nunca le había quitado el sueño, pero de haber ocurrido, su madre le habría asegurado que las otras no se valoraban a sí mismas y que los hombres sólo respetaban a mujeres como Bernice.
Apagó la luz del baño y tuvo el impulso de ir a charlar un rato con su tía Josephine, que tenía la luz encendida. Las chinelas mullidas la llevaron sin hacer ruido por la alfombra del corredor, pero escuchó voces en la habitación y se detuvo delante de la puerta entreabierta. Entonces oyó su nombre, y aunque no tenía la clara intención de escuchar a escondidas, se quedó inmóvil, indecisa, mientras el hilo de la conversación atravesaba su conciencia como enhebrado en una aguja.
—¡Es un caso perdido! —Era la voz de Marjorie—. ¡Ah, ya sé lo que vas a decir! ¡Mucha gente comenta lo linda y lo dulce que es, y lo bien que cocina! ¿Y con eso qué? Es más aburrida que una ostra. No les gusta a los hombres.
—¿Y qué importancia tiene la popularidad barata?
La señora Harvey sonaba disgustada.
—Es lo más importante del mundo cuando tienes dieciocho años —respondió Marjorie con énfasis—. Yo hice todo lo que pude. Fui amable y convencí a unos cuantos para que bailaran con ella, pero los hombres no soportan aburrirse. ¡Cuando pienso en ese cutis deslumbrante desperdiciado en semejante tonta, y en cómo lo aprovecharía Martha Carey, me dan ganas de…!
—La amabilidad es cosa del pasado.
La voz de la señora Harvey dejaba traslucir que las situaciones de la vida moderna la superaban. Cuando ella era joven, todas las señoritas de buena familia lo pasaban divinamente bien.
—Bueno —dijo Marjorie—, ninguna chica puede hacerse cargo todo el tiempo de una invitada estúpida y pesada, porque en esta época de la vida lo único que te importa es tu propia persona. Incluso intenté darle algunas pistas sobre ropa y otras cosas, pero se puso furiosa. Me miró mal… Tiene sensibilidad suficiente para comprender que no le va demasiado bien, pero apuesto que se consuela pensando que es virtuosa, y que yo soy demasiado alegre y voluble y voy a terminar mal. Eso piensan todas las chicas a las que nadie presta atención. ¡Son unas amargadas! ¡Sarah Hopkins anda diciendo por ahí que Genevieve, Roberta y yo somos como gardenias: flores de un día! Apuesto a que daría diez años de su vida y su educación europea por ser flor de un día y tener a tres o cuatro hombres enamorados de ella, y que se la arrebataran unos a otros de los brazos después de unos pocos pasos de baile.
—Me parece —interrumpió la señora Harvey con cansancio— que podrías hacer algo por Bernice. Sé que no es una chica particularmente vivaz.
Marjorie resopló.
—¡Vivaz! ¡Dios mío! Jamás la escuché decirle nada a un chico excepto que hace calor, o que la pista está atestada de gente, o que el año que viene irá a estudiar a Nueva York. A veces les pregunta qué automóvil tienen y les dice la marca del suyo. ¡Apasionante!
Después de un breve silencio, la señora Harvey retomó su cantilena.
—Lo único que sé es que otras chicas que no son ni la mitad de dulces y atractivas consiguen pareja. Martha Carey, por ejemplo, es gorda y malhablada y tiene una madre inconfundiblemente vulgar. Roberta Dillon está tan delgada este año como para recomendarle que pase una temporada en Arizona. Y encima baila hasta caerse muerta.
—Pero, mamá —objetó Marjorie con impaciencia—, Martha es alegre e ingeniosa y es una chica tremendamente seductora, y Roberta es una bailarina excepcional. ¡Hace siglos que es la preferida de todos!
La señora Harvey bostezó.
—Creo que la culpa de todo la tiene esa loca sangre india de Bernice —continuó Marjorie—. Quizá está volviendo a sus orígenes. Las mujeres indias se quedaban sentadas, tiesas como postes, y nunca decían nada.
—Vete a la cama, niña tonta —rio la señora Harvey—. Jamás te lo habría contado de haber sabido que ibas a recordarlo. Y pienso que la mayoría de tus ideas son idioteces consumadas —concluyó soñolienta.
Hubo otro silencio: Marjorie se preguntaba si valía o no la pena convencer a su madre. Era casi imposible convencer de nada a las personas mayores de cuarenta años. A los dieciocho nuestras convicciones son montañas desde donde oteamos el horizonte; a los cuarenta y cinco son cuevas donde nos escondemos.
Habiendo llegado a esa conclusión, Marjorie le dio las buenas noches a su madre. Cuando salió de la habitación, el pasillo estaba vacío.
III
A la mañana siguiente, tarde, Marjorie estaba desayunando. Bernice entró, la saludó con un buenos días más bien formal, se sentó frente a ella, la miró fijo y se humedeció ligeramente los labios.
—¿Qué te pasa? —preguntó Marjorie, desconcertada. Bernice hizo una pausa antes de arrojar la bomba.
—Anoche te escuché hablar de mí con tu madre.
Marjorie se sorprendió, pero apenas se sonrojó un poco y, cuando habló, su voz no temblaba.
—¿Dónde estabas?
—En el pasillo. No era mi intención escuchar… al principio.
Después de una involuntaria mirada de desprecio, Marjorie bajó los ojos y se concentró en mantener un copo de maíz en perfecto equilibrio sobre su dedo índice.
—Creo que será mejor que vuelva a Eau Claire, si tanto te molesto. —El labio inferior le temblaba con violencia, y prosiguió con voz indecisa—: Yo intenté ser amable pero… al principio nadie me prestaba la más mínima atención y después me insultaron. Nunca traté así a mis invitados.
Marjorie se quedó callada.
—Pero soy un estorbo, ya lo sé. Soy un peso para ti. No les gusto a tus amigos. —Hizo una pausa, y entonces recordó otro agravio—. Por supuesto que me enfurecí la semana pasada cuando insinuaste que ese vestido no me quedaba bien. ¿Piensas que no sé vestirme sola?
—No —murmuró Marjorie, a media voz.
—¿Qué?
—Yo no te insinué nada —dijo Marjorie sucintamente—. Dije, si no recuerdo mal, que era preferible ponerse tres veces seguidas un vestido que queda bien que alternarlo con dos mamarrachos.
—¿Te parece que es amable decir una cosa así?
—Yo no quería ser amable. —Después de una pausa, añadió—: ¿Cuándo quieres irte?
Bernice suspiró hondo.
—¡Ay! —Fue casi un sollozo.
Marjorie levantó la vista, sorprendida.
—¿No dijiste que te ibas?
—Sí, pero…
—Ah, ¡entonces era una amenaza!
Se miraron fijamente sobre la mesa del desayuno. Olas brumosas cruzaban los ojos de Bernice, pero la cara de Marjorie tenía esa expresión dura que ponía cuando los estudiantes, un poco borrachos, intentaban seducirla.
—Así que estabas amenazando —repitió, como si fuera lo único que cabía esperar.
Bernice lo admitió rompiendo en llanto. Los ojos de Marjorie tenían una expresión de aburrimiento.
—Eres mi prima —sollozó Bernice—. Soy tu invitada. Iba a quedarme un mes, y si vuelvo a casa ahora mi madre se dará cuenta de que algo pasó y pensará que…
Marjorie esperó que el torrente de palabras entrecortadas se disipara en pequeños hipos.
—Te daré mi mensualidad —dijo fríamente— para que puedas pasar esta última semana donde se te antoje. Hay un hotel muy lindo en…
Los sollozos de Bernice se elevaron hasta alcanzar una nota altisonante, aflautada, y después se levantó y salió corriendo.
Una hora más tarde, cuando Marjorie estaba en la biblioteca, absorta en la redacción de una de esas cartas maravillosamente evasivas y nada comprometedoras que sólo una adolescente es capaz de escribir, Bernice reapareció, con los ojos enrojecidos y calculadamente tranquila. Sin mirar a Marjorie tomó al azar un libro de un estante y se sentó como para leer. Marjorie daba la impresión de estar totalmente concentrada en su carta y continuó escribiendo. Cuando el reloj dio las doce, Bernice cerró el libro de un golpe.
—Supongo que tendría que ir a comprar el pasaje.
No era el comienzo del discurso que había ensayado arriba pero, ya que Marjorie no captaba sus indirectas y no la instaba a ser razonable diciéndole que todo había sido un malentendido, fue el mejor comienzo que pudo pergeñar.
—Espera que termine esta carta —dijo Marjorie sin levantar la vista del papel—. Quiero que salga en el próximo correo.
Durante un minuto entero la lapicera continuó arañando el papel afanosamente; después Marjorie se dio vuelta y levantó la vista con el aire relajado de quien dice: “A tus órdenes”. Bernice tuvo que volver a hablar.
—¿Quieres que me vaya?
—Bueno —dijo Marjorie, reflexionando—, supongo que, si no la estás pasando bien, es mejor que te vayas. Para qué ser infeliz estando…
—¿No crees que la amabilidad más elemental…?
—¡Ah, por favor, no cites Mujercitas! —exclamó Marjorie con impaciencia—. No está de moda.
—¿Tú crees?
—Por Dios, ¡sí! ¿Qué chica moderna podría vivir como esas cuatro insulsas?
—Fueron los modelos de nuestras madres.
Marjorie soltó una carcajada.
—¡Jamás fueron modelo de nada! Nuestras madres eran perfectas a su manera, pero no entienden nada de los problemas de sus hijas.
Bernice se levantó.
—Por favor, no hables de mi madre.
Marjorie volvió a reír.
—No creo haberla mencionado.
Bernice sintió que le estaban cambiando de tema.
—¿Piensas que me has tratado muy bien?
—Hice todo lo posible. Eres un hueso duro de roer.
Los bordes de los párpados de Bernice enrojecieron.
—Tú sí que eres dura y egoísta. Y no tienes ninguna cualidad femenina.
—¡Por Dios! —exclamó Marjorie, desesperada—. Eres una idiota. Las chicas como tú son responsables de todos esos matrimonios aburridos e insípidos, de todas esas taras detestables que pasan por virtudes femeninas. Qué golpe debe ser para un hombre imaginativo casarse con un hermoso montón de ropa en torno al cual ha estado construyendo ideales y descubrir que su mujer no es más que una débil, quejosa y cobarde montaña de remilgos y amaneramientos.
Bernice estaba boquiabierta.
—¡La mujer femenina! —continuó Marjorie—. Desperdicia su juventud lloriqueando y criticando a las chicas como yo, que saben pasarla bien.
La mandíbula de Bernice bajaba más de lo que subía la voz de Marjorie.
—Las chicas feas sí tienen motivos para quejarse. Si yo hubiera sido irremediablemente fea, jamás habría perdonado a mis padres por traerme al mundo. Pero tú estás empezando la vida sin desventaja. —Marjorie cerró el puño—. Si esperas que llore contigo, te vas a decepcionar. Quédate o vete, como quieras. —Recogió sus cartas y salió.
Bernice pretextó un dolor de cabeza y no apareció a la hora de almorzar. Esa tarde tenían una cita pero, como la jaqueca continuaba, Marjorie tuvo que darle explicaciones a un chico que no se mostró precisamente decepcionado. Sin embargo, cuando regresó a última hora de la tarde, encontró a Bernice esperándola en su dormitorio con una expresión extrañamente decidida.
—Estuve pensando —dijo Bernice sin preliminares— que quizá tengas razón sobre ciertas cosas… posiblemente no. Pero si me dices por qué tus amigos no… no tienen interés en mí, intentaré hacer lo que me sugieras que haga.
Marjorie estaba frente al espejo, cepillándose el pelo.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
—¿Sin reservas? ¿Harás exactamente lo que yo diga?
—Bueno, yo…
—¡Bueno nada! ¿Harás exactamente lo que yo diga?
—Si son cosas razonables.
—¡No lo son! Tú no estás para cosas razonables…
—¿Me harás hacer…? ¿Me aconsejarás…?
—Sí, todo. Si te digo que aprendas a boxear, tendrás que hacerlo. Escribe a tu casa y dile a tu madre que te vas a quedar otras dos semanas.
—Si primero me dijeras…
—Muy bien. Ahora mismo te daré algunos ejemplos. Primero, te falta naturalidad. ¿Por qué? Porque nunca te sientes segura de tu aspecto. Cuando una chica sabe que está perfectamente maquillada, peinada y vestida, puede olvidarse de su aspecto. Eso es encanto. Cuantas más partes de tu persona puedes darte el lujo de olvidar, más encanto tienes.
—¿No me veo bien?
—No. Por ejemplo, jamás te preocupas por tus cejas. Son negras y lustrosas, sí; pero si las dejas crecer tal como salen se transforman en un defecto. Serían divinas si las cuidaras la décima parte del tiempo que pierdes en no hacer nada. Debes peinártelas para que crezcan derechas.
Bernice enarcó las cejas, interrogante.
—¿Estás diciendo que los hombres se fijan en las cejas?
—Sí… inconscientemente. Y cuando vuelvas a casa, debes pedir que te enderecen un poco los dientes. Es casi imperceptible, pero…
—Pero yo creía —la interrumpió Bernice, perpleja— que despreciabas esas pequeñas delicadezas femeninas.
—Odio las mentes delicadas —contestó Marjorie—. Pero una chica debe ser la delicadeza en persona. Si su aspecto es deslumbrante puede hablar de Rusia, de ping-pong o de la Liga de Naciones, y salirse con la suya.
—¿Qué más?
—Esto es sólo el comienzo. También está tu manera de bailar.
—¿No bailo bien?
—No, por supuesto que no: te apoyas en el hombre; sí, lo haces, aunque casi no se note. Me di cuenta ayer, cuando bailamos juntas. Y además bailas tiesa, en vez de inclinarte un poco. Seguramente alguna vieja, de esas que se sientan al costado de la pista, te habrá dicho que así parecías más digna. Pero salvo que seas muy baja, es mucho más difícil para el hombre bailar así, y el hombre es lo único que importa.
—Sigue, sigue. —La cabeza de Bernice era un remolino.
—Bueno. Tienes que aprender a ser simpática con esos hombres que son como pájaros tristes. Das la impresión de sentirte insultada cuando te saca a bailar alguno de los chicos menos solicitados. ¿Por qué crees, Bernice, que en cuanto empiezo a bailar vienen a arrancarme de los brazos de mi pareja? ¿Y quién viene casi siempre? Uno de esos pájaros tristes. Ninguna chica puede darse el lujo de ignorarlos. Son mayoría. Los chicos jóvenes que son demasiado tímidos para hablar son ideales para practicar conversación. Los chicos torpes son los mejores para practicar baile. Si puedes seguirles el tren, y a pesar de eso lucir encantadora, serás capaz de seguir a un tanque de artillería a través de un alambrado más alto que un rascacielos.
Bernice exhaló un hondo suspiro, pero Marjorie no había terminado.
—Si vas a bailar y consigues entretener, digamos, a tres de esos pájaros solitarios, si sabes darles conversación para que olviden que quizá pasaron demasiado tiempo bailando contigo, habrás conseguido algo muy importante. Volverán la próxima vez, y poco a poco serán tantos los pájaros tristes que bailen contigo que los chicos atractivos verán que no corren peligro de quedar atrapados… y entonces te sacarán a bailar.
—Sí —asintió Bernice, lánguida—. Creo que estoy empezando a comprender.
—Y al final —concluyó Marjorie—, la naturalidad y el encanto vendrán solos. Una mañana te despertarás sabiendo que lo has conseguido, y los hombres también lo sabrán.
Bernice se levantó.
—Has sido sumamente amable, pero nadie me había hablado así antes y me siento un poco desconcertada.
Marjorie no respondió: contemplaba pensativa su propia imagen en el espejo.
—Eres un tesoro, gracias por ayudarme —prosiguió Bernice.
Marjorie tampoco respondió esta vez y Bernice pensó que estaba mostrando demasiada gratitud.
—Sé que no te gustan los sentimentalismos —dijo tímidamente.
Marjorie la miró.
—Oh, no estaba pensando en eso. Pensaba si no convendría que te cortáramos el pelo.
Bernice cayó boca arriba en la cama.
IV
La tarde del miércoles siguiente había una fiesta en el club de campo. Cuando entraron los invitados, Bernice descubrió, con algo de fastidio, el lugar que le habían asignado en la mesa. Aunque a su derecha se sentaría G. Reece Stoddard, el soltero más codiciado, el importantísimo puesto a su izquierda estaba reservado a Charley Paulson. A Charley le faltaba altura, belleza y desenvoltura social, y a la luz de sus nuevos conocimientos, Bernice pensó que su único mérito para ser su pareja era que nunca la había sacado a bailar. Pero el fastidio desapareció con el último plato y Bernice recordó las instrucciones de Marjorie. Tragándose el orgullo, miró a Charley Paulson y se lanzó al ruedo.
—¿Crees que debería cortarme el pelo, estimado Charley Paulson?
Charley levantó los ojos sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque lo estoy pensando. Es una manera fácil y segura de llamar la atención.
Charley sonrió, complacido. No podía saber que todo era premeditado. Contestó que no sabía nada sobre cortes de pelo. Pero Bernice estaba allí para esclarecerlo.
—Quiero ser una vampiresa de la alta sociedad, ¿sabes? —anunció con desparpajo, y enseguida procedió a informarle que el corte de pelo era el preludio necesario. Agregó que quería pedirle consejo porque había escuchado decir que era muy exigente en lo que respecta a las chicas.
Charley, que sabía tanto de psicología femenina como de los estados mentales de los monjes budistas, se sintió vagamente halagado.
—Así que he decidido —continuó Bernice, alzando un poco la voz— que a principios de la próxima semana iré a la peluquería del Hotel Sevier, me sentaré en el primer sillón y me haré cortar el pelo.
Titubeó al notar que los que estaban cerca habían dejado de hablar para escucharla, pero tras un instante de confusión, recordó los consejos de Marjorie y concluyó la frase dirigiéndose a todos sus posibles oyentes.
—Por supuesto que cobraré entrada, pero si quieren venir a alentarme les reservaré la primera fila.
Se oyeron unas cuantas risas de aprobación y, aprovechando la oportunidad, G. Reece Stoddard se inclinó hacia ella y le dijo al oído:
—Reservo un palco ahora mismo.
Bernice lo miró a los ojos y le sonrió como si hubiera dicho algo excepcionalmente brillante.
—¿Qué piensas del cabello corto? —le preguntó G. Reece en voz baja.
—Creo que es inmoral —afirmó Bernice, muy seria—. Pero ya se sabe: hay que entretener o alimentar o escandalizar a la gente.
Marjorie había copiado la frase de Oscar Wilde. Los hombres la recibieron con risas y las chicas con miradas rápidas y penetrantes. Y enseguida, como si no hubiese dicho nada ingenioso ni extraordinario, Bernice miró a Charley y le habló confidencialmente al oído.
—Quiero saber tu opinión sobre algunas personas. Imagino que eres un gran conocedor de la naturaleza humana.
Charley se estremeció ligeramente y le dedicó un sutil cumplido… derramando su vaso de agua.
Dos horas después, Warren McIntyre miraba abstraído desde afuera de la pista a los que bailaban, rodeado de su grupo de varones. Se preguntaba hacia dónde y con quién había desaparecido Marjorie. Poco a poco, de modo inconexo, una idea comenzó a adueñarse de él: la impresión de que Bernice, la prima de Marjorie, había cambiado de pareja varias veces en los últimos cinco minutos. Cerró los ojos, los abrió, y volvió a mirar. Minutos antes Bernice estaba bailando con un chico que estaba de paso por la ciudad, cosa que podía explicarse fácilmente: un chico de paso no podría haber hecho otra cosa. Pero ahora bailaba con otro, y Charley Paulson avanzaba hacia ella con mirada entusiasta y decidida. Qué curioso: Charley rara vez bailaba con más de tres chicas en una misma noche.
Warren quedó absolutamente perplejo cuando, concretado el intercambio de parejas, el bailarín sustituido resultó ser, ni más ni menos, que G. Reece Stoddard. Y G. Reece no parecía para nada contento de que lo hubieran relevado. Cuando Bernice pasó cerca de él, bailando, Warren la observó con atención. Sí, era bonita, notablemente bonita, y esta noche estaba radiante. Tenía esa expresión que ninguna mujer, aunque sea una excelente actriz, puede fingir con éxito: parecía estar divirtiéndose. A Warren le gustaba su peinado; se preguntó si el brillo del cabello se debía a la brillantina. Y el vestido le quedaba muy bien: un rojo oscuro que resaltaba el color de la piel y las sombras de los ojos. Recordó que le había parecido bonita cuando llegó a la ciudad, antes de darse cuenta de que era aburrida. Qué pena que fuera aburrida: las chicas aburridas son insoportables. Pero sí, era bonita.
Su pensamiento volvió, zigzagueando, a Marjorie. Esta desaparición sería igual que las otras. Cuando reapareciera, él le preguntaría dónde había estado y ella le respondería tajante que eso no era asunto suyo. Era una lástima que estuviera tan segura de tenerlo en su poder. Marjorie disfrutaba sabiendo que a él no le interesaba ninguna otra chica; lo desafiaba a enamorarse de Genevieve o de Roberta.
Warren suspiró. El camino hacia el corazón de Marjorie era un laberinto. Levantó la vista. Bernice bailaba otra vez con el chico que estaba de paso. Casi sin pensarlo, se apartó del grupo de los que no bailaban y fue hacia ella. Pero se detuvo a mitad de camino y se dijo a sí mismo que lo hacía por lástima. Volvió a avanzar y se chocó con G. Reece Stoddard.
—Perdón —dijo Warren.
Pero G. Reece no perdió tiempo en disculparse: ya estaba bailando de nuevo con Bernice.
Esa noche, a la una, Marjorie, con una mano en el interruptor de la lámpara del vestíbulo, se dio vuelta para mirar por última vez los ojos radiantes de Bernice.
—Así que funcionó, ¿eh?
—Sí, Marjorie, ¡sí! —exclamó Bernice.
—Vi que lo pasaste muy bien.
—¡Es verdad! El único problema fue que hacia la medianoche me quedé sin tema de conversación. Tuve que repetirme… con hombres diferentes, por supuesto. Espero que no comparen las versiones.
—Los hombres no comparan —dijo Marjorie, bostezando—, y si lo hicieran no tendría la menor importancia: te encontrarían aún más interesante.
Apagó la luz y, mientras subían las escaleras, Bernice se apoyó con alivio en la baranda. Era la primera vez en su vida que se cansaba de tanto bailar.
—Ya viste —dijo Marjorie en lo alto de la escalera—, cuando un hombre ve que otro te saca a bailar mientras aún estás bailando con él, piensa que debes tener algo especial. Bueno, mañana aprenderemos otras cosas. Buenas noches.
—Buenas noches.
Mientras se deshacía el peinado, Bernice pasó revista a la noche. Había seguido las instrucciones de Marjorie al pie de la letra. Incluso había simulado placer cuando Charley Paulson la invitó a bailar por octava vez, mostrándose a la vez interesada y halagada. No había hablado del tiempo, ni de Eau Claire, ni de automóviles, ni de sus estudios; en cambio, se había limitado a tres temas de conversación: yo, tú, nosotros.
Pocos minutos antes de dormirse, un pensamiento rebelde cruzó su cabeza soñolienta: después de todo, el mérito era suyo. Era verdad que Marjorie le había sugerido los temas de conversación, pero Marjorie extraía sus temas de conversación de sus lecturas. Ella, Bernice, había elegido el vestido rojo, aunque era cierto que no le gustaba demasiado hasta que Marjorie lo sacó del baúl… Pero ella, con su propia voz, había pronunciado las palabras, y había sonreído con sus labios, y había bailado con sus pies. Marjorie era simpática… pero presumida. Simpática noche… Chicos simpáticos… Como Warren… Warren… Warren… ¿cómo se llamaba…? Warren…
Se quedó dormida.
V
La semana siguiente fue una revelación para Bernice. La sensación de que la gente disfrutaba mirándola y escuchándola cimentó su confianza en sí misma. Por supuesto que al principio cometió muchísimos errores. Por ejemplo, no sabía que Draycott Deyo era seminarista, ni tampoco que la había invitado a bailar porque la creía una chica discreta y reservada. De haberlo sabido, no habría empleado la táctica de empezar con un “¡Hola, bombón!” ni continuado con la historia de la bañera: “Me requiere muchísima energía peinarme en verano: tengo el cabello muy largo; así que primero me peino, luego me maquillo y me pongo el sombrero y después me meto en la bañera… y al final me visto. ¿No te parece el mejor método?”.
Aunque Draycott Deyo tenía sus reservas con el bautismo por inmersión y podría haber encontrado alguna conexión entre ambas cosas, cabe señalar que no la encontró. El baño de inmersión femenino le parecía un asunto inmoral, y acto seguido le expuso a Bernice algunas de sus ideas sobre la depravación de la sociedad moderna.
Pero, para compensar el desafortunado episodio, Bernice tenía varios puntos a su favor. El pequeño Otis Ormonde había renunciado a un viaje a la costa este para seguirla con devoción de cachorro, para diversión de sus amigos e irritación de G. Reece Stoddard: Otis arruinaba sus visitas vespertinas con la ternura nauseabunda de las miradas que dirigía a Bernice. Incluso le contó la historia del palo y el baño para explicarle cómo se habían equivocado él y todos los demás al juzgarla. Bernice se rio del incidente, pero una sombra de abatimiento pasó por sus ojos.
Quizá el más conocido y universalmente celebrado de los temas de conversación de Bernice era el corte de pelo.
—Bernice, ¿cuándo te vas a cortar el pelo?
—Pasado mañana, quizá —contestaba riéndose—. ¿Vendrán a verme? Ya saben que cuento con ustedes.
—¡Por supuesto que iremos! En cuanto te decidas.
Bernice, cuyas intenciones de ir a la peluquería eran rigurosamente falsas, volvía a reírse.
—Ya falta poco. Les daré una sorpresa.
Pero quizá el más significativo símbolo de su éxito arrasador fue el automóvil gris del hipercrítico Warren McIntyre estacionado todos los días frente a la casa de los Harvey. Al principio, la mucama quedó perpleja cuando Warren preguntó por Bernice en lugar de Marjorie; una semana después, le dijo a la cocinera que Bernice le había robado a Marjorie su mejor pretendiente.
Y Bernice se lo había robado. Quizá todo empezó porque Warren quería darle celos a Marjorie; quizá se debiera al sello familiar, aunque irreconocible, que el estilo de Marjorie había impreso en las conversaciones de Bernice; quizá fueron ambas cosas y un poco de sincera atracción. Pero de cualquier modo, una semana después, los jóvenes del grupo opinaban que el más constante entre los pretendientes de Marjorie había dado un giro imprevisible y se lanzaba a la conquista de su invitada. La pregunta del millón era cómo lo tomaría ella. Warren llamaba por teléfono a Bernice dos veces al día, le mandaba cartas, y se los veía frecuentemente en el descapotable, obviamente embarcados en una de esas tensas e importantísimas conversaciones acerca de la sinceridad de Warren.
Cuando le tomaban el pelo, Marjorie se limitaba a reír. Decía que estaba contentísima de que Warren hubiese encontrado por fin alguien capaz de valorarlo. Así que los demás también se reían y, creyendo que a Marjorie no le importaba, finalmente se olvidaron del asunto.
Una tarde, cuando sólo faltaban tres días para su partida, Bernice esperaba en el vestíbulo a Warren para ir a jugar al bridge. Estaba de excelente humor, y cuando Marjorie —que también era de la partida— apareció de pronto y empezó a acomodarse el sombrero frente al espejo, Bernice no estaba preparada para ninguna clase de enfrentamiento. Marjorie, con absoluta frialdad y concisión, sólo dijo tres frases.
—Será mejor que te saques a Warren de la cabeza.
—¿Qué? —Bernice estaba estupefacta.
—Llegó el momento de que dejes de hacerte la tonta con Warren McIntyre. Le importas un bledo.
Se miraron tensas: Marjorie, burlona y distante; Bernice azorada, a mitad de camino entre el enojo y el miedo. Dos automóviles se detuvieron frente a la casa con un gran estruendo de bocinas. Las primas se sobresaltaron y salieron corriendo juntas.
Mientras jugaba al bridge, Bernice luchaba en vano por dominar su creciente inquietud. Había ofendido a Marjorie, la esfinge de las esfinges. Con las intenciones más honestas e inocentes del mundo, había robado algo que le pertenecía. Se sintió repentina y horriblemente culpable. Después de la partida, cuando charlaban entre amigos y todos intervenían en la conversación, la tormenta se fue formando de a poco. Sin darse cuenta, el pequeño Otis Ormonde la precipitó.
—¿Cuándo vuelves al jardín de infantes, Otis? —le había preguntado alguien.
—¿Yo? El día que Bernice se corte el pelo.
—Entonces ya terminaste los estudios —dijo Marjorie rápidamente—. Sólo era una amenaza. Creí que ya te habías dado cuenta.
—¿Es verdad lo que dice Marjorie? —preguntó Otis, mirando a Bernice con reproche.
A Bernice le ardían las orejas mientras buscaba una respuesta eficaz. Pero el ataque directo había paralizado su imaginación.
—Hay muchas amenazas en el mundo —continuó Marjorie, disfrutando como nunca—. Creí que estabas en edad de saberlo, Otis.
—Bueno —dijo Otis—, tal vez sea así, pero… con lo divertida que es Bernice…
—¿Seguro? —bostezó Marjorie—. ¿Cuál fue su último chiste?
Nadie parecía saberlo. A decir verdad, Bernice, entretenida con el pretendiente de su musa, no había dicho nada memorable últimamente.
—¿De verdad era todo una broma? —preguntó Roberta con curiosidad.
Bernice titubeó. Sabía que todos esperaban un golpe de efecto pero, bajo la mirada súbitamente gélida de su prima, se sentía absolutamente incapacitada.
—No lo sé —balbuceó.
—¡Era mentira! —exclamó Marjorie—. ¡Admítelo!
Bernice vio que Warren había dejado el ukelele con el que estaba jugueteando y la miraba interrogante.
—¡No lo sé! —repitió, obcecada. Tenía las mejillas encendidas.
—¡Mentira! —insistió Marjorie.
—Vamos, Bernice —la animó Otis—. Dile que se calle.
Bernice volvió a mirar a su alrededor, incapaz de evitar la mirada de Warren.
—Me gusta el pelo bien corto —se apresuró a decir, como si él se lo hubiera preguntado— y así me lo pienso cortar.
—¿Cuándo? —preguntó Marjorie.
—Un día de estos.
—Hoy es el mejor día —sugirió Roberta.
Otis se levantó de un salto.
—¡Magnífico! —exclamó—. Vamos a organizar la fiesta del corte de pelo. Te lo vas a cortar en la peluquería del Hotel Sevier, creo que dijiste.
Todos se habían puesto de pie. El corazón de Bernice latía con violencia.
—¿Qué? —balbuceó.
La voz de Marjorie se destacó en el grupo, muy clara y despectiva.
—No se preocupen: se echará atrás.
—¡Vamos, Bernice! —exclamó Otis, yendo hacia la puerta.
Cuatro ojos —los de Warren y los de Marjorie— la miraban fijamente, la juzgaban, la desafiaban. Dudó, espantada, un segundo más.
—Está bien —dijo de pronto—, qué más da.
Al anochecer, una eternidad de minutos más tarde, rumbo al centro en el descapotable de Warren, seguido por el coche de Roberta con todo el grupo, Bernice experimentó las mismas sensaciones que María Antonieta habrá experimentado cuando la trasladaban en un carro hacia la guillotina. Se preguntaba confundida por qué no gritaba que todo había sido un malentendido. Le costaba no llevarse las manos al pelo para defenderlo de un mundo repentinamente hostil. No hizo ninguna de las dos cosas. Ni siquiera el recuerdo de su madre podía detenerla. Esta era la prueba suprema de su don de gentes: así conquistaría su derecho a caminar sin que nadie la desafiara en el firmamento estelar de las chicas admiradas por todos.
Warren estaba callado, de mal humor; cuando llegaron al hotel, frenó junto al cordón y con un gesto de la cabeza invitó a Bernice a que lo precediera. El coche de Roberta descargó una multitud risueña en la peluquería, que tenía dos enormes vidrieras.
Parada junto al cordón, Bernice miraba el cartel de la Peluquería Sevier. Sí, era la guillotina, y el verdugo era el peluquero, que con bata blanca y fumando un cigarrillo, se apoyaba indolente en el primer sillón. Seguramente estaba al tanto; seguramente la había esperado toda la semana, fumando eternos cigarrillos junto a ese portentoso y demasiadas veces nombrado primer sillón. ¿Le vendaría los ojos? No, pero le pondría una toalla blanca alrededor del cuello para que la sangre —qué tontería, el pelo— no le manchara el vestido.
—Ánimo, Bernice —dijo Warren.
Con el mentón en alto atravesó la vereda, empujó la puerta vaivén y, sin mirar al grupo bullicioso, escandaloso, que ocupaba el banco de espera, se acercó al peluquero.
—Quiero cortarme el pelo.
El peluquero quedó boquiabierto. El cigarrillo se le cayó al suelo.
—¿Eh?
—¡Quiero que me corte el pelo!
Harta de preámbulos, Bernice se encaramó en el sillón. Un tipo que ocupaba el sillón vecino la miró de reojo, entre la espuma y el estupor. Otro peluquero se sobresaltó y arruinó el corte de cabello mensual del pequeño Willy Schuneman. El viejo O’Reilly, en el último sillón, gruñó y maldijo musicalmente en antiguo gaélico cuando la navaja del barbero le cortó la mejilla. Dos limpiabotas abrieron bien grandes los ojos y se abalanzaron a los pies de Bernice. No, Bernice no quería que le lustraran los zapatos.
En la calle, un transeúnte se detuvo a mirar, asombrado; una pareja lo imitó; media docena de narices infantiles se aplastaron contra la vidriera; fragmentos de conversación llegaban a la peluquería arrastrados por la brisa estival.
—¡Miren, un muchacho de pelo largo!
—¿Qué es esa cosa? Están afeitando a la mujer barbuda.
Pero Bernice no veía nada, no oía nada. El único sentido que todavía le funcionaba le decía que el hombre de la bata blanca había tomado un peine de carey y luego otro; que sus dedos tropezaban con las horquillas que no le resultaban familiares; que estaba a punto de perder su pelo, su maravilloso cabello: no volvería a sentir su peso voluptuoso y lánguido cuando le caía por la espalda como un resplandor castaño oscuro. Estuvo a punto de arrepentirse, pero con precisión inmediata y mecánica una imagen se presentó ante sus ojos: la boca de Marjorie curvándose en una leve sonrisa irónica, como diciendo: “¡Ríndete y baja del sillón! Me jugaste sucio y descubrí tu estafa. Ya ves que no tienes nada que hacer”.
Y una última reserva de energía animó a Bernice, que apretó los puños bajo la toalla blanca y entrecerró los ojos de una manera muy rara, de la que Marjorie le hablaría a alguien mucho tiempo después.
Veinte minutos más tarde, el peluquero giró el sillón hacia el espejo y Bernice se estremeció al ver el desastre en todo su esplendor. Su pelo ya no era rizado: ahora caía en dos bloques lacios y sin vida a ambos lados de su cara, de repente pálida. Era una cara fea como el pecado. Ella ya lo sabía de antemano: sabía que iba a quedar fea, más fea que el pecado. El mayor atractivo de su cara había sido una sencillez de Virgen María. Ahora que esa sencillez virginal había desaparecido, Bernice era una chica… bueno… terriblemente mediocre. Ni siquiera histriónica, sólo ridícula: como un intelectual de Greenwich Village que olvidó los anteojos en su casa.
Mientras se bajaba del sillón intentó sonreír, y fracasó estrepitosamente. Vio que dos de las chicas intercambiaban miradas, notó que los labios de Marjorie se curvaban en un gesto de burla reprimida, que los ojos de Warren de repente eran muy fríos.
—Ya está. —Sus palabras cayeron en un silencio incómodo—. Lo hice.
—Sí, lo has… Lo hiciste —admitió Warren.
—¿Les gusta?
Dos o tres voces murmuraron de mala gana un “sí” y se creó un silencio incómodo. Y entonces Marjorie miró a Warren con intensidad de serpiente.
—¿Me acompañas a la tintorería? —preguntó—. Tengo que recoger un vestido antes de la cena. Roberta irá directo a casa y puede llevar a los otros.
Warren miro absorto un punto en el infinito a través de la vidriera. Luego, durante apenas un instante, sus ojos se detuvieron fríamente en Bernice antes de volver a Marjorie.
—Encantado —dijo en voz baja.
VI
Bernice no comprendió la perversidad de la trampa que le habían tendido hasta que no vio la mirada estupefacta de su tía antes de la cena.
—¡Bernice! ¡Por Dios!
—Me corté el pelo como un varón, tía Josephine.
—Pero, hija…
—¿No te gusta?
—¡Pero, Bernice!
—Creo que te impresioné.
—No. Pero ¿qué pensará mañana por la noche la señora Deyo? Bernice, tendrías que haber esperado hasta después de la fiesta de los Deyo. Deberías haber esperado para hacer una cosa así.
—Se me ocurrió de pronto, tía Josephine. Y además ¿por qué habría de importarle a la señora Deyo?
—Porque, hija —exclamó la señora Harvey—, en su artículo sobre “Las debilidades de la nueva generación”, que leyó en la última reunión del Club de los Jueves, le dedicó quince minutos al cabello corto. Es su abominación preferida. ¡Y el baile es en tu honor y en honor de Marjorie!
—Lo lamento.
—Ay, Bernice, ¿qué dirá tu madre? Pensará que yo te di permiso.
—Lo siento.
La cena fue una tortura. Había hecho un desesperado intento con los rizadores y se había quemado los dedos y un buen manojo de pelo. Se daba cuenta de que su tía estaba preocupada y apenada a la vez, y de que su tío no dejaba de repetir “¡maldición!” una y otra vez, con un tono herido y levemente hostil. Y Marjorie, muy tranquila, se atrincheraba detrás de una vaga sonrisa, una sonrisa vagamente burlona.
Pero la cena terminó. Llegaron tres chicos; Marjorie desapareció con uno de ellos, y Bernice, después de intentar sin ganas ni éxito entretener a los otros dos, suspiró de alivio cuando a las diez y media por fin pudo subir las escaleras hacia su dormitorio. ¡Qué día!
Cuando ya se había desvestido para acostarse, la puerta se abrió y entró Marjorie.
—Bernice —dijo—, lamento mucho lo de la fiesta de los Deyo. Te doy mi palabra de honor de que lo había olvidado por completo.
—Está bien —fue lo único que respondió Bernice. Parada frente al espejo, se pasaba lentamente el peine por el pelo corto.
—Mañana te acompañaré al centro —prometió Marjorie— y la peluquera te lo arreglará. Nunca imaginé que llegarías hasta el final. Lo siento muchísimo, de verdad.
—¡Está bien!
—Pero dado que será tu última noche aquí, tampoco importa demasiado.
Bernice entrecerró los ojos cuando Marjorie se soltó el cabello sobre los hombros y empezó a enhebrarlo lentamente en dos largas trenzas rubias. Con su enagua color crema, evocaba el delicado retrato de una princesa sajona. Fascinada, Bernice observaba cómo crecían las trenzas. Eran pesadas, opulentas, y se movían entre los ágiles dedos como serpientes inquietas. En cambio, a Bernice apenas le quedaban unas reliquias y los rizadores y todas las miradas que la atormentarían en el futuro. Imaginaba a G. Reece Stoddard, a quien ella le gustaba, diciéndole con modales de Harvard a su vecina de mesa que a Bernice tendrían que haberle prohibido ver tantas películas; imaginaba a Draycott Deyo intercambiando miradas con su madre y luego mostrándose condescendiente con ella. Pero quizá mañana las noticias ya habrían llegado a la señora Deyo, que mandaría una escueta esquela pidiéndole que no se presentara en la fiesta. Y todos se reirían a sus espaldas y sabrían que Marjorie la había hecho quedar como una estúpida, que sus posibilidades de ser una belleza habían sido sacrificadas al capricho celoso de una chiquilina egoísta. Se sentó delante del espejo, mordiéndose el interior de las mejillas.
—Me gusta el pelo así —dijo con esfuerzo—. Creo que me queda bien.
Marjorie sonrió.
—Está muy bien. Por Dios, no te preocupes más por eso.
—No me preocupo.
—Buenas noches, Bernice.
Pero cuando la puerta se cerró, algo estalló dentro de Bernice. Se levantó de un salto, retorciéndose las manos, y rápida y silenciosa corrió a sacar la valija de debajo de la cama. Arrojó adentro algunos artículos de tocador y una muda de ropa. Después vació en el baúl dos cajones enteros de ropa interior y vestidos de verano. Se movía despacio, pero con absoluta eficacia. Tres cuartos de hora más tarde el baúl estaba cerrado con llave y con la correa puesta, y Bernice vestía el nuevo y sentador conjunto de viaje que Marjorie le había ayudado a elegir.
Sentada al escritorio, redactó una nota para la señora Harvey en la que brevemente explicaba los motivos de su partida. Cerró el sobre, escribió el nombre de la destinataria, y lo dejó sobre la almohada. Miró el reloj. El tren salía a la una y sabía que si iba caminando hasta el Hotel Marborough, a dos cuadras de distancia, encontraría fácilmente un taxi.
Respiró hondo, y en sus ojos relampagueó una expresión que un experto en temperamentos humanos habría relacionado vagamente con el gesto de obstinación inflexible que había mostrado en el sillón del peluquero: quizá una fase más extrema de aquel mismo gesto. Bernice nunca había mirado así, y esa mirada tenía consecuencias.
Se acercó sigilosa al escritorio, tomó algo que había allí y, después de apagar todas las luces, permaneció inmóvil hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. Abrió con suavidad la puerta del dormitorio de Marjorie. Oyó la respiración serena y regular de quien duerme con la conciencia tranquila.
Pocos segundos después estaba junto a la cabecera de la cama, muy decidida, calma. Actuó con rapidez. Inclinándose, palpó una de las trenzas de Marjorie, la siguió con la mano hasta llegar al nacimiento en la cabeza y luego, muy despacio, para que la durmiente no sintiera el tirón, preparó las tijeras y cortó. Con la trenza en la mano, contuvo la respiración. Marjorie había murmurado algo en sueños. Bernice amputó hábilmente la segunda trenza, esperó un instante y regresó, veloz y silenciosa, a su dormitorio.
Una vez abajo, abrió la puerta principal, la cerró con cuidado al salir y, sintiéndose extrañamente feliz y eufórica, bajó de la galería a la luz de la luna balanceando la pesada valija como si fuera la bolsa de las compras. Unos pasos más adelante se dio cuenta de que aún tenía las dos trenzas rubias en la mano izquierda. Se puso a reír inesperadamente. Tuvo que apretar la boca con fuerza para no soltar una carcajada. Al pasar frente a la casa de Warren, presa de un impulso, apoyó la valija en el suelo, y revoleando las trenzas como si fueran sogas las arrojó al porche de madera, donde aterrizaron con un ruido sordo. Volvió a reír, ya no tenía por qué aguantarse las ganas.
—¡Ja! —reía frenética—. Le arranqué el cuero cabelludo a esa miserable.
Después levantó la valija y bajó casi corriendo la calle iluminada por la luna.
El palacio de hielo
I
La luz del sol se derramaba sobre la casa como pintura dorada sobre un jarrón ornamental, y las manchas de sombra, intermitentes, sólo contribuían a intensificar el baño de luz. Las casas de los Butterworth y los Larkin, colindantes, se atrincheraban detrás de grupos de árboles grandes y frondosos; sólo la casa de los Happer recibía el sol a pleno, y durante todo el día miraba la calle polvorienta con paciencia tolerante y amable. Era una tarde de septiembre en la ciudad de Tarleton, en el extremo más meridional de Georgia.
En la ventana de su dormitorio, Sally Carrol Happer apoyó su joven mentón de diecinueve años en el viejo alféizar de cincuenta y dos, y observó cómo el viejo Ford de Clark Darrow doblaba la esquina. El automóvil quemaba, dado que, por tener carrocería de metal, retenía todo el calor que absorbía y producía. Clark Darrow, sentado rígido al volante, tenía el semblante sufrido y tenso, como si pensara que él era una parte más del vehículo con peculiar propensión a romperse. Esquivó con dificultad dos baches polvorientos, y entre los chirridos de las ruedas indignadas por la maniobra, con una mueca de terror dio un último volantazo y estacionó frente a la escalinata de los Happer. Se oyó un ruido ahogado y quejumbroso, como un estertor de muerte, seguido por un breve silencio; unos segundos después, un silbido penetrante rasgó el aire.
Sally Carrol miraba todo con ojos soñolientos. Empezó a bostezar, pero dándose cuenta de que era absolutamente imposible a menos que levantara el mentón del alféizar, cambió de idea y siguió mirando en silencio el automóvil, cuyo propietario continuaba sentado en posición de firme, esperando una respuesta a su señal. Un instante después, el silbido volvió a atravesar el aire lleno de polvo.
—Buen día.
Con esfuerzo, Clark giró su largo cuerpo y miró de reojo por la ventanilla.
—Ya son buenas tardes, Sally Carrol.
—¿De verdad? ¿Estás seguro?
—¿Qué estás haciendo?
—Como una manzana.
—Voy a nadar, ¿quieres venir?
—Creo que sí.
—¿Puedes apurarte?
—Claro.
Sally Carrol lanzó un enorme suspiro y se levantó con manifiesta inercia del suelo, donde se había dedicado alternativamente a trozar una manzana verde y a pintar muñecas de papel para su hermana menor. Se acercó al espejo, evaluó su aspecto con satisfecha y satisfactoria languidez, se retocó el color de los labios, se puso una pizca de polvo en la nariz, y cubrió con un sombrero con guirnalda de rosas su cabello corto, color maíz. Pateó sin querer las acuarelas, murmuró “maldita sea” y, sin agacharse a recoger las pinturas, salió.
—¿Cómo te va, Clark? —preguntó un minuto después, subiendo ágilmente al coche.
—Mejor imposible, Sally Carrol.
—¿Adónde vamos a nadar?
—A la piscina de Walley. Le dije a Marilyn que pasaríamos a buscarlos, está con Joe Ewing.
Clark era moreno y delgado, y tendía a andar encorvado. Sus ojos eran maliciosos y tenía una expresión petulante, salvo cuando una de sus frecuentes sonrisas iluminaba por sorpresa su cara. Clark tenía “una renta” —apenas le alcanzaba para sobrevivir sin dificultad y ponerle nafta al coche— y había pasado los dos años siguientes a su graduación en la Escuela Técnica de Georgia, vagando por las perezosas calles de su ciudad natal y debatiendo sobre la mejor manera de invertir su capital para hacerse rico de la noche a la mañana.
No le resultaba difícil dar vueltas por ahí sin hacer nada; muchas niñas se habían transformado en chicas hermosas, la deslumbrante Sally Carrol más que ninguna otra, y todas disfrutaban si uno las llevaba a nadar y bailaba con ellas y les hacía el amor en las noches de verano con aroma a flores; y a todas les gustaba Clark con locura. Y cuando uno empezaba a cansarse de la compañía femenina, siempre había media docena de muchachos dispuestos a hacer cualquier cosa, desde jugar unos hoyos de golf con Clark, o un partido de billar, hasta beberse medio litro de whisky sin parpadear. De vez en cuando uno de estos coetáneos hacía varias llamadas de despedida antes de marcharse a Nueva York o Filadelfia o Pittsburgh para entrar en el mundo de los negocios; pero, en su inmensa mayoría, se quedaban en ese lánguido desfile de cielos de ensueño, noches de luciérnagas, ferias ruidosas llenas de negros y, sobre todo, chicas bellísimas de voz suave, educadas a base de recuerdos más que con dinero.
Después de infundirle al Ford un soplo de vida resentida y turbulenta, Clark y Sally Carrol bajaron con estrépito por Valley Avenue hasta Jefferson Street, donde la calle de tierra se convirtió en asfalto, atravesaron la narcotizada Millicent Place, con su media docena de mansiones prósperas e imponentes, y desembocaron por fin en el centro de la ciudad. Era peligroso conducir allí a esa hora, precisamente porque era la hora de las compras: la gente deambulaba por las calles y una manada de bueyes que mugían mansos se resistía a dejarle el camino libre a un plácido tranvía; hasta las tiendas parecían abrir sus puertas con un bostezo mientras sus vidrieras parpadeaban bajo la luz del sol antes de hundirse en un absoluto y definitivo estado de coma.
—Sally Carrol —dijo Clark de pronto—, ¿es cierto que estás comprometida?
Sally Carrol lo miró de reojo.
—¿Dónde escuchaste eso?
—Es cierto, ¿no? ¿Estás comprometida?
—¡Bonita pregunta!
—Una chica me dijo que estás de novia con un yanqui que conociste en Asheville el verano pasado.
Sally Carrol suspiró.
—No conozco una ciudad más chismosa que esta.
—No te cases con un yanqui, Sally Carrol. Te necesitamos aquí.
Sally Carrol se quedó callada.
—Clark —preguntó de repente—, ¿con quién diablos voy a casarme entonces?
—Yo te ofrezco humildemente mis servicios.
—Querido, tú no estás en condiciones de mantener a una esposa —respondió muerta de risa—. Además, te conozco demasiado para enamorarme de ti.
—Eso no significa que tengas que casarte con un yanqui —insistió él.
—¿Y si me hubiera enamorado?
Clark negó con la cabeza.
—No. Tiene que ser totalmente distinto de nosotros, en todos los sentidos.
Se interrumpió. Había estacionado el coche frente a una casa en ruinas: Marilyn Wade y Joe Ewing aparecieron en la puerta.
—Hola, Sally Carrol.
—Hola.
—¿Qué tal?
—Sally Carrol —preguntó Marilyn en cuanto volvieron a arrancar—, ¿estás comprometida?
—¿Pero de dónde sacaron eso? ¿No puedo mirar a un hombre sin que digan que es mi novio?
Clark miraba hacia adelante, los ojos fijos en un tornillo del trepidante parabrisas.
—Sally Carrol —dijo con curiosa intensidad—, ¿acaso no te caemos bien?
—¿Cómo?
—Sí, nosotros.
—Sabes perfectamente bien que sí, Clark. Los adoro a todos.
—Entonces, ¿por qué buscaste un novio yanqui?
—Clark, no lo sé. No sé lo que haré, pero… bueno, quiero viajar y conocer gente. Quiero desarrollar mi inteligencia. Quiero vivir donde todo sucede a gran escala.
—¿Qué quieres decir?
—Oh, Clark, yo te quiero, y quiero a Joe, y a Ben Arrot, y a todos ustedes, pero todos serán… todos serán…
—¿Todos seremos un fracaso?
—Sí. Y no sólo en lo que se refiere al dinero, sino algo más, algo torpe y triste y… ¿cómo decirlo?
—¿Lo dices porque nos quedamos aquí, en Tarleton?
—Sí, Clark; y porque les gusta vivir así y jamás quieren modificar las cosas ni pensar en el cambio ni progresar.
Clark asintió, y Sally Carrol le tomó la mano.
—Clark —dijo con ternura—, yo no te cambiaría por nada del mundo. Eres maravilloso así como eres. Y siempre voy a amar esas mismas cosas que hacen que fracases: vivir en el pasado, tus noches y tus días de pereza, y tu despreocupación y tu generosidad.
—Pero ¿igual te vas?
—Sí, porque nunca podría casarme contigo. Ocupas un lugar en mi corazón que nadie ocupará jamás, pero estando aquí varada me desespero. Si me quedara, me sentiría… desperdiciada. En mí conviven dos aspectos, ¿sabes? Ese pasado soñoliento que tanto amas y una especie de energía… una exaltación del ánimo que me obliga a hacer locuras. Esa es la parte de mí que me será útil en cualquier lugar, esté donde esté, y que perdurará incluso cuando ya no sea hermosa.
Con su brusquedad característica, interrumpió lo que venía diciendo, suspiró: “¡Ay, bomboncito!”… y ya había cambiado de humor.
Con los ojos entrecerrados, echando hacia atrás la cabeza hasta apoyarla en el respaldo del asiento, dejó que la brisa áspera acariciara sus ojos y enredara los rizos vaporosos de su melena. Ya habían llegado al campo y ahora atravesaban un bosque verde y brillante, entre pastos y árboles altísimos cuyo follaje se derramaba sobre el camino como si quisiera darles la bienvenida. Pasaron frente a una cabaña de negros semiderruida y vieron al más viejo de sus habitantes, con el pelo blanco, fumando en la puerta una pipa hecha con una mazorca de maíz; enfrente, entre el pastizal salvaje, media docena de niños semidesnudos sacudían frenéticamente unos muñecos andrajosos. A lo lejos se extendían adormilados campos de algodón, donde hasta los cosechadores parecían sombras intangibles que el sol proyectaba sobre la tierra, no para que trabajaran sino para que cumplieran una antigua tradición en los dorados campos de septiembre. Y en torno al paisaje pintoresco y adormecido, sobre los árboles y las chozas y los ríos fangosos, fluía el calor, nunca hostil, siempre reconfortante, como un pecho cálido y nutritivo para la tierra infante.
—Sally Carrol, ¡ya llegamos!
—La pobre se quedó dormida como un tronco.
—Al final se murió de tanto dormir.
—¡Al agua, Sally Carrol! ¡El agua fresca te está esperando!
Los ojos de Sally Carrol se abrieron muy lentamente.
—¡Hola! —murmuró sonriendo.
II
En noviembre Harry Bellamy —un individuo alto, fuerte y dinámico— bajó de su ciudad en el Norte para pasar cuatro días en Tarleton. Tenía la intención de resolver un asunto que había quedado pendiente desde que había conocido a Sally Carrol en Asheville, Carolina del Norte, a mediados del verano. Para resolverlo bastaron una tarde tranquila y una noche frente al fuego, porque Harry Bellamy tenía todo lo que Sally Carrol deseaba; y además lo amaba: lo amaba con esa parte de sí misma que reservaba especialmente para el amor. Sally Carrol estaba dividida en partes perfectamente definidas.
Mientras paseaban durante su última tarde juntos, ella se dio cuenta de que, casi sin pensarlo, dirigían sus pasos hacia uno de sus refugios preferidos: el cementerio. Cuando estuvo ante sus ojos, blanco grisáceo y verde dorado bajo el alegre sol del atardecer, Sally Carrol se detuvo indecisa junto al portón de hierro.
—¿Eres melancólico por naturaleza, Harry? —preguntó con una sonrisa tenue.
—¿Melancólico? Para nada.
—Entremos entonces. Este lugar deprime a mucha gente, pero a mí me gusta.
Cruzaron el portón y tomaron un sendero que atravesaba un ondulado valle de tumbas: tumbas grises cubiertas de polvo de moho para los muertos de los años cincuenta; esculpidas caprichosamente con motivos florales y ánforas para los muertos de los setenta; excesivamente adornadas, horribles, para los muertos de los años noventa, con gordos querubines de mármol sumergidos en un sueño profundo sobre almohadas de piedra y una exuberante e imposible vegetación de anónimas flores de granito. De vez en cuando veían una figura arrodillada que depositaba una ofrenda de flores, pero sobre la mayoría de las tumbas sólo había silencio y hojas secas, y la fragancia que sus sombríos recuerdos podían despertar en la imaginación de los vivos.
Alcanzaron la cima de una colina y se encontraron frente a una lápida alta y redonda, punteada por manchas oscuras de humedad y casi por completo cubierta de hiedra.
—“Margery Lee” —leyó Sally Carrol—. “1844-1873.” Era linda, ¿no? Murió a los veintinueve años. Querida Margery Lee —añadió en voz baja—. ¿Te la puedes imaginar, Harry?
—Sí que puedo, Sally Carrol.
Harry sintió una mano pequeña dentro de la suya.
—Era morena, me parece, y siempre llevaba una cinta en el pelo y hermosas polleras acampanadas de color celeste y rosa viejo.
—Sí.
—¡Era tan dulce, Harry! Y era de esas chicas que nacieron para esperar a los invitados en una galería ancha, llena de columnas. Me parece que muchos hombres fueron a la guerra pensando volver para casarse con ella, y quizá ninguno volvió.
Harry se acercó a la lápida para buscar una fecha de matrimonio.
—Aquí no dice nada.
—Por supuesto que no. ¿Qué podría ser más elocuente que ese nombre, Margery Lee, y esas dos fechas?
Se acercó a Harry y él sintió un inesperado nudo en la garganta cuando ella le rozó la mejilla con su cabello rubio.
—La estás viendo, ¿verdad, Harry?
—La estoy viendo —asintió con ternura—. La veo a través de tus bellos ojos. Estás hermosa ahora, y por eso sé que ella también lo era.
Estaban parados muy juntos y en silencio, y Harry sentía el temblor de los hombros de Sally Carrol. Una brisa pasajera barrió la colina y agitó el ala de su sombrero de paja.
—¡Bajemos!
Sally Carrol señaló con el dedo una llanura al otro lado de la colina: mil cruces blancas, grisáceas, se extendían sobre el césped verde en ordenadas filas interminables, como los fusiles de un batallón.
—Son los confederados muertos —dijo Sally Carrol escuetamente.
Iban paseando y leyendo las inscripciones, siempre un nombre y dos fechas, a veces casi ilegibles.
—La última hilera es la más triste… Mira, allá. Cada cruz lleva una sola fecha y una palabra: “Desconocido”.
Lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—No puedo explicarte lo real que todo esto es para mí, querido…, si es que ya no lo sabes.
—Lo que sientes es hermoso para mí.
—No, no, no soy yo. Son ellos, es ese tiempo pasado que intento mantener vivo en mí. Ellos solo fueron hombres, evidentemente insignificantes, o no serían “desconocidos”, pero murieron por lo más hermoso del mundo: por el muerto Sur. Ya sabes —agregó con la voz aún velada y los ojos brillantes de lágrimas—, la gente tiene sueños que la atan a las cosas, y yo he crecido con ese sueño. No fue difícil, porque son cosas muertas que no pueden desilusionarme. Creo que intenté vivir según los criterios de “nobleza” obliga del pasado, pero sólo quedan los últimos vestigios, como las rosas de un antiguo jardín marchitándose a nuestro alrededor, la insinuación, en algún joven, de una cortesía y una caballerosidad extraordinarias, las historias que me contaron tantas veces algunos negros muy viejos y un soldado confederado que vivía al lado de mi casa. Oh, Harry… ¡había algo! Nunca supe explicártelo bien, pero había algo.
—Te entiendo —volvió a asegurarle con dulzura.
Sally Carrol sonrió y se secó las lágrimas con la punta del pañuelo que asomaba del bolsillo superior de Harry.
—No estás triste, ¿verdad, amor mío? Hasta cuando lloro soy feliz aquí: este lugar me da una especie de fuerza.
Tomados de la mano, se alejaron despacio. Cuando llegaron a un recodo donde el pasto era blando, Sally Carrol le pidió a Harry que se sentara a su lado, con las espaldas apoyadas en los restos de un muro en ruinas.
—Me gustaría que aquellas tres viejas se fueran —se quejó Harry—. Quiero besarte, Sally Carrol.
—Yo también quiero.
Esperaron impacientes a que las tres siluetas encorvadas se alejaran, y entonces Sally Carrol lo besó hasta que el cielo pareció apagarse poco a poco, y todas sus sonrisas y sus lágrimas se esfumaron en el éxtasis de un minuto eterno.
Luego regresaron a paso lento, mientras el crepúsculo jugaba somnoliento a las damas —negras contra blancas— en cada esquina.
—Tienes que ir al Norte a mediados de enero —dijo Harry— y quedarte al menos un mes. Será magnífico. Es el carnaval de invierno, y si no has visto nunca la nieve, será como si estuvieras en el país de las hadas. Habrá patinaje y esquí, y toboganes y trineos, y desfiles a la luz de las antorchas con raquetas de nieve. Hace años que no se celebra el carnaval de invierno, así que van a tirar la casa por la ventana.
—¿Pasaré frío, Harry? —preguntó Sally Carrol de pronto.
—Por supuesto que no. Quizá se te congele un poco la nariz, pero no tiritarás de frío. El del Norte es un frío duro y seco, ¿sabes?
—Creo que estoy hecha para el verano. Jamás me ha gustado el frío.
Se quedaron callados unos segundos.
—Sally Carrol —dijo Harry muy despacio—, ¿qué dices de venir en… marzo?
—Digo que te amo.
—¿Marzo?
—Marzo, Harry.
III
En el coche-cama hizo mucho frío durante toda la noche. Sally Carrol llamó al guarda para pedirle otra manta, y como el tipo no pudo conseguírsela, intentó en vano, acurrucándose en el fondo de su litera y doblando varias veces las cobijas, dormir por lo menos unas horas: quería estar radiante cuando llegara la mañana.
Se levantó a las seis y, después de vestirse con dificultad, fue dando tumbos hasta el vagón restaurante para tomar un café. La nieve se había filtrado en los pasillos y cubría el piso con una capa resbaladiza. El frío que invadía todos los rincones era un misterio. El aliento de Sally Carrol era un halo perfectamente visible, y lo soplaba al aire con placer infantil. Sentada en el vagón restaurante, miraba por la ventanilla las colinas blancas y los valles y los pinos dispersos, cuyas ramas semejaban fuentes verdes para un buffet froid de nieve. De vez en cuando dejaban atrás una granja solitaria, fea, inhóspita y desierta en aquel páramo blanco y baldío. Cada casa le provocaba un escalofrío de compasión por las almas que, encerradas entre sus cuatro paredes, esperaban la primavera.
Al salir del vagón restaurante y volver tambaleándose al coche-cama sintió una oleada de energía y se preguntó si sería un efecto de ese aire vivificante del que Harry tanto le había hablado. Estaban en el Norte, en el Norte: ¡y ahora era su tierra!
—¡Soplen, vientos, soplen! Vagabunda seré —canturreaba exultante entre dientes.
—¿Cómo dijo? —preguntó educadamente el guarda.
—Dije: “Déjeme en paz”.
Los interminables cables del telégrafo se duplicaron; otros dos rieles corrían junto al tren… después tres… cuatro; después una serie de casas de techos blancos, un tranvía con las ventanas empañadas, calles… más calles… la ciudad.
Permaneció inmóvil y aturdida un momento, en la estación cubierta de escarcha, antes de ver a las tres figuras arrebujadas en pieles que se le acercaban.
—¡Allá está!
—¡Eh, Sally Carrol!
Sally Carrol dejó caer la valija.
—¡Hola!
Un rostro vagamente familiar y frío como el hielo la besó, y de pronto se encontró rodeada de caras que parecían arrojar grandes nubes de humo espeso. Hubo apretones de manos. Eran Gordon, un hombre bajo y entusiasta, de unos treinta años, que parecía una copia tosca e imperfecta de Harry, y su mujer, Myra, una mujer madura y bastante lánguida de cabello muy rubio bajo una gorra de piel. Menos de dos segundos después de haberla visto, Sally Carrol pensó que sus rasgos eran vagamente escandinavos. Un chofer entusiasta recogió su equipaje y entre un ida y vuelta de frases a medio terminar, exclamaciones varias y superficiales y lánguidos “querida mía” de Myra, se fueron empujando unos a otros hacia la salida de la estación.
Ya en el automóvil, cruzaron una tortuosa sucesión de calles nevadas, donde los niños se divertían atando trineos a los camiones de reparto.
—¡Oh! —exclamó Sally Carrol—. Yo también quiero hacer eso. ¿Podemos hacerlo, Harry?
—Es cosa de niños. Pero sí, podríamos hacerlo…
—Esto parece un circo —se lamentó.
La casa era una construcción irregular sobre un lecho de nieve. Allí conoció a un hombre corpulento, de cabello gris, que le cayó simpático, y a una señora que parecía un huevo y que le dio un beso: eran los padres de Harry. Luego transcurrió una hora indescriptible y sin respiro, llena de frases pronunciadas a medias, agua caliente, huevos con tocino y confusión; después se quedó sola con Harry en la biblioteca y le preguntó si podía fumar.
Era una habitación amplia con una Virgen sobre la estufa a leña e interminables hileras de libros encuadernados en oro y rojo brillante. Todas las sillas tenían carpetas de encaje para apoyar la cabeza, el sofá era un poco incómodo, y algunos libros, sólo algunos, parecían haber sido leídos: Sally Carrol volvió a ver por un instante la vieja y destartalada biblioteca de su casa, con los enormes libros de medicina de su padre y los retratos al óleo de sus tres tíos abuelos, y el viejo sofá remendado que aguantaba desde hacía cuarenta y cinco años y seguía siendo el mejor lugar para soñar. De pronto le pareció que aquella habitación no era ni agradable ni nada en particular. Sólo era una habitación con un montón de cosas caras que parecían tener menos de quince años.
—¿Qué te parece todo esto? —le preguntó Harry con ansiedad—. ¿Te sorprende? Quiero decir si era lo que esperabas.
—Tú eres lo que yo esperaba, Harry —respondió apaciguada, y lo abrazó.
Después de un beso breve, Harry se empeñó en sacarle a la fuerza alguna muestra de entusiasmo.
—La ciudad, digo. ¿Te gusta? ¿Sientes la energía en el aire?
—Ay, Harry —dijo riendo—, dame un poco de tiempo. No me acribilles a preguntas.
Aspiró el humo del cigarrillo con un suspiro de satisfacción.
—Sólo quiero pedirte una cosa —comenzó él, casi en tono de disculpa—: ustedes, los del Sur, hacen mucho hincapié en la familia y todo eso… No me parece mal, para nada, pero las cosas aquí son diferentes. Quiero decir que… descubrirás un montón de cosas que al principio te parecerán el colmo de la vulgaridad, Sally Carrol; pero no olvides que esta es una ciudad de sólo tres generaciones de antigüedad. Todos tienen padre nacido aquí, y más o menos la mitad tenemos abuelos. Pero no llegamos más atrás.
—Por supuesto —murmuró Sally Carrol.
—Verás, nuestros abuelos fundaron la ciudad y muchos de ellos tuvieron que adaptarse a los trabajos más insólitos mientras la construían. Por ejemplo, hay una mujer que actualmente es un modelo de la alta sociedad para todos, pero bueno, su padre fue el primer recolector de basura que tuvimos en la ciudad… Aquí pasan cosas así.
—Pero ¿por qué pensaste —preguntó Sally Carrol, confundida— que yo iba a criticar a la gente?
—No es eso —la interrumpió Harry—, y tampoco quiero defender a nadie. Es sólo que… bueno, el verano pasado vino una chica del Sur y dijo algunas cosas bastante subidas de tono y… bueno… pensé que debía decírtelo.
Sally Carrol se sintió indignada —como si la hubieran abofeteado injustamente—, pero era evidente que Harry consideraba terminado el asunto, porque prosiguió diciendo con entusiasmo:
—Estamos en carnaval: el primero después de diez años. Y están construyendo un palacio de hielo, el primero desde 1885. Lo hacen con los bloques de hielo más transparentes que pueden encontrar y es inmenso.
Sally Carrol se levantó, fue a la ventana, corrió las pesadas cortinas y miró la calle.
—¡Ah! —exclamó de repente—. ¡Allá afuera hay dos niños haciendo un muñeco de nieve! ¿Puedo salir a ayudarlos, Harry?
—¡Ni se te ocurra! Mejor ven a darme un beso.
De mala gana, Sally Carrol se apartó de la ventana.
—No creo que este clima sea el más adecuado para besarse, ¿no te parece? Se ve que no te gusta quedarte quieto sin hacer nada, ¿verdad?
—No vamos a quedarnos quietos. Tengo libre esta primera semana que vas a pasar aquí, y esta misma noche iremos a cenar y a bailar.
—Ay, Harry —Sally Carrol se dejó caer en el hueco que formaban sus piernas y unos almohadones—, me siento confundida, de verdad. No tengo la menor idea de si me gustará o no este lugar, y no sé lo que se espera de mí, ni nada de nada. Tendrás que ayudarme, querido.
—Te voy a ayudar —dijo el aludido con ternura— si me dices que estás contenta de haber venido.
—Por supuesto que estoy contenta, ¡loca de contenta! —murmuró Sally Carrol, acurrucándose entre los brazos de Harry como sólo ella sabía hacerlo—. Donde estás tú, está mi casa, querido.
Cuando lo dijo tuvo la sensación, quizá por primera vez en su vida, de que estaba representando un papel.
Esa noche, a la luz de las velas, durante una cena en la que los hombres llevaban el peso de la conversación y las chicas mantenían una arrogante y costosa frialdad, ni siquiera la presencia de Harry sentado a su izquierda consiguió hacerla sentir cómoda.
—Son buena gente, ¿no crees? —le preguntó Harry—. Mira un poco a tu alrededor. Aquel es Spud Hubbard, defensa del equipo de Princeton el año pasado, y el otro es Junie Morton. Junie y el pelirrojo que está a su izquierda fueron capitanes del equipo de hockey de Yale, y además Junie es de mi promoción. Sí, los mejores atletas del mundo son de nuestros estados. Esta es una tierra de hombres, te lo aseguro. ¡Acuérdate de John J. Fishburn!
—¿De quién? —preguntó Sally Carrol inocentemente.
—¿No conoces a John J. Fishburn?
—Lo escuché nombrar.
—Es el mayor productor de trigo del Noroeste y uno de los financistas más importantes del país.
Sally Carrol se dio vuelta al escuchar una voz a su derecha:
—Creo que olvidaron presentarnos. Me llamo Roger Patton.
—Yo soy Sally Carrol Happer —respondió con simpatía.
—Sí, lo sé. Harry dijo que ibas a venir.
—¿Eres pariente suyo?
—No, soy profesor.
—Ah —se rio.
—Doy clases en la universidad. Tú eres del Sur, ¿no?
—Sí, de Tarleton, Georgia.
Le gustó inmediatamente: bigote entre castaño y pelirrojo, y ojos celestes y húmedos que tenían algo que les faltaba a otros ojos: la capacidad de apreciar las cosas. Durante la cena intercambiaron una que otra frase, y Sally Carrol decidió volver a verlo.
Después del café le presentaron a muchos jóvenes atractivos que bailaban con calculada afectación y parecían dar por sentado que ella no quería hablar de otra cosa que no fuera Harry.
“¡Dios mío! —pensó—, me hablan como si, por el solo hecho de estar comprometida, yo fuera mucho más vieja que ellos… ¡como si fuera a delatarlos con sus madres!”
En el Sur, una chica comprometida, incluso una joven casada, amerita las mismas bromas y los mismos cumplidos afectuosos que una debutante en sociedad; pero allí parecía estar prohibido. Un joven que había empezado bien la conversación, hablándole a Sally Carrol de sus ojos, de cómo lo habían cautivado desde que había llegado, quedó perplejo al enterarse de que ella estaba visitando a los Bellamy… y era la novia de Harry. Parecía tener la sensación de haber metido la pata de una manera soez e imperdonable; enseguida adoptó una actitud formal y, en cuanto se presentó la primera oportunidad, la dejó sola.
Sally Carrol se alegró cuando en uno de los cambios de pareja, mientras bailaba con otro, Roger Patton la invitó a descansar un rato.
—Bueno —preguntó con un guiño risueño—, ¿y cómo anda nuestra Carmen* del Sur?
—Mejor imposible. Y digo yo, ¿cómo… cómo se encuentra Dangerous Dan McGrew?** Lo siento, pero es el único norteño que conozco, aunque sea de oídas.
El comentario pareció divertir a Roger.
—Debo confesarte —le confesó— que, como profesor de literatura, se supone que no he leído nada de Dangerous Dan McGrew.
—¿Eres de aquí?
—No, soy de Filadelfia. Importado de Harvard para enseñar francés. Pero ya llevo diez años en este lugar.
—Nueve años y trescientos sesenta y cuatro días más que yo.
—¿Te gusta el Norte?
—Ajá… ¡Cómo no!
—¿En serio?
—Bueno, ¿por qué no? ¿No tengo cara de estar pasándolo bien?
—Te vi mirar por la ventana hace un minuto… Estabas temblando.
—Sólo es mi imaginación. —Sally Carrol rio al decir eso—. Estoy acostumbrada a que nada se mueva afuera, y a veces, cuando miro por la ventana y veo los copos de nieve, parece que se moviera algo muerto.
Él asintió, como si la entendiera.
—¿Nunca habías estado en el Norte?
—Pasé dos veces el mes de julio en Asheville, Carolina del Norte.
—Parece buena gente, ¿no? —dijo Patton, señalando el remolino de la pista de baile.
Sally Carrol dudó. Era exactamente lo mismo que le había dicho Harry.
—¡Claro que sí! Son… caninos.
—¿Cómo?
Sally Carrol se sonrojó.
—Perdón, lo que dije sonó peor de lo que esperaba. ¿Sabes? Cuando pienso en las personas, las divido en caninos y felinos, perros y gatos, independientemente del sexo.
—¿Tú qué eres?
—Yo soy felino. Y tú también. La mayoría de los hombres del Sur y la mayoría de las chicas del Norte son felinos.
—¿Y Harry qué es?
—Harry es inconfundiblemente canino. Todos los hombres que conocí esta noche son caninos.
—¿Qué implica ser canino? ¿Cierta masculinidad deliberada, opuesta a la sutileza?
—Quizá. Nunca lo analicé a fondo. Yo sólo observo a las personas y digo de pronto: canino o felino, perro o gato. Es absurdo, supongo.
—En absoluto. Me parece muy interesante. Yo había esbozado una teoría sobre esta gente. Me parece que están congelándose.
—¿Cómo?
—Creo que se están convirtiendo en suecos… Ya sabes: ibsenianos. Poco a poco se están volviendo pesimistas y melancólicos. Es por los inviernos largos. ¿Leíste a Ibsen?
Sally Carrol negó con la cabeza.
—Bueno, todos sus personajes tienen una especie de severidad taciturna. Son virtuosos, intolerantes, sombríos, sin demasiada capacidad para sufrir grandes dolores ni disfrutar grandes alegrías.
—¿Sin sonrisas y sin lágrimas?
—Exactamente. Esa es mi teoría. Aquí verás montones de suecos. Supongo que vienen porque el clima es muy similar al suyo, y de a poco se van mezclando. Es probable que esta noche, aquí, no sumen ni media docena… pero tuvimos cuatro gobernadores suecos. ¿Te aburro?
—Me interesa el tema.
—Tu futura cuñada es mitad sueca. Personalmente, me cae bien, pero tengo la teoría de que los suecos, en líneas generales, ejercen una influencia negativa sobre nosotros. No sé si lo sabes, pero los escandinavos tienen el índice de suicidios más alto del mundo.
—¿Por qué vives aquí, si es tan deprimente?
—Ah, a mí no me afecta para nada. Llevo vida de ermitaño y, para serte franco, me importan más los libros que las personas.
—Pero todos los escritores dicen que el Sur es trágico. Ya sabes: mujeres españolas, cabello negro, puñales y músicas embrujadoras.
Él negó con la cabeza.
—No, las razas nórdicas son las razas trágicas: no se permiten el consuelo de las lágrimas.
Sally Carrol se acordó del cementerio: pensó que, en cierto sentido muy vago, eso era lo que ella quería expresar cuando decía que no la ponía triste.
—Los italianos quizá sean el pueblo más alegre del mundo. Pero es un tema aburrido. —Se interrumpió—. De todas maneras, quiero que sepas que vas a casarte con un hombre con todas las letras.
Sally Carrol sintió la tentación de hacerle una confidencia.
—Lo sé. Soy de esas personas que necesitan que las cuiden, y estoy segura de que él va a cuidarme.
—¿Bailamos? Es alentador —continuó diciendo mientras se levantaban— encontrar a una chica que sabe por qué se casa. Nueve de cada diez jovencitas imaginan que el matrimonio es como entrar en un paisaje de película.
Sally Carrol se rio: Roger Patton le resultaba tremendamente simpático.
Dos horas después, de regreso a casa, se acurrucó junto a Harry en el asiento trasero del coche.
—Ay, Harry —musitó—, ¡hace tanto fríooooo!
—Pero aquí estamos calientes, querida.
—Pero afuera hace frío, y ese viento que aúlla…
Enterró la cara en el abrigo de piel de Harry, y tembló involuntariamente cuando él le besó el lóbulo de la oreja con sus labios helados.
Pulsuz fraqment bitdi.