Kitabı oxu: «Hasta el fin del mundo»
HASTA EL FIN
DEL MUNDO
LIDERANDO LA MISIÓN EN SUDAMÉRICA
Francisco H. Westphal

Título original: Pioneering in the neglected continent
Título de esta edición: Hasta el fin del mundo. Liderando la misión en Sudamérica
Autor: Francisco Westphal
Traducción: Margarita Biaggi
Dirección editorial: Rafael Paredes, Editorial Universidad Adventista del Plata
Corrección editorial: Viviana Marsollier de Lehoux, Noely Stocco, Editorial Universidad Adventista del Plata
Diseño de portada e interior: Mauro Perasso, Editorial Universidad Adventista del Plata
Ebook: Mariel Mambretti
Es propiedad de © Editorial Universidad Adventista del Plata. Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.
Westphal, Francisco H.
Hasta el fin del mundo : liderando la misión en Sudamérica / Francisco H. Westphal. - 1a ed . - Libertador San Martín : Universidad Adventista del Plata, 2018.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
Traducción de: Margarita Biaggi.
ISBN 978-987-765-006-8
1. Misioneros. 2. Historia. 3. Libro de Historias de Viaje. I. Biaggi, Margarita, trad. II. Título.
CDD 253
Editorial Universidad Adventista del Plata
25 de Mayo 99, Libertador San Martín,
E3103XAC Entre Ríos, ARGENTINA
Teléfono: 54 343 4918000, Int. 82 1230
Fax: 54 343 4918001
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Web site: www.uap.edu.ar

Con todo respeto dedicamos este libro a nuestros hijos Carlos Edgar, Ruth Evangeline y Grace Hazel, quienes compartieron nuestro trabajo y sacrificio; y a todos los
misioneros y a aquellos que por sus oraciones, trabajo, medios e influencia,
apoyan la causa de las misiones, con el propósito de predicar el evangelio
de salvación a todo el mundo en esta generación.
Contenidos
Prólogo
Prefacio
Nuestras primeras experiencias como misioneros en el extranjero
Una visita a Brasil
La fundación del Colegio Adventista del Plata
La conversión de los Kalbermatter
Dificultades al viajar
Reminiscencias
Nuestra primera vacación larga
Un viaje a Chile
Los comienzos de nuestra obra en Chile
Mis propios primeros tiempos en Chile
A través de incendios y terremotos
Cruzando los Andes
Mi segunda visita a Punta Arenas
Años posteriores en Chile
Un viaje por Perú y Ecuador
El triunfo de la verdad
Anexo
Prólogo
¿Quién fue Frank (o Francisco) Westphal, el autor de esta obra? Sin duda que para una gran mayoría de adventistas de la actualidad es un desconocido. También es cierto que gracias a libros, videos y otros materiales producidos por la Iglesia adventista, su nombre o fotografía puede resultar familiar para algunos. “Es nuestro primer pastor en Sudamérica”, dirán.
No obstante, Hasta el fin del mundo no es una autobiografía. En palabras del autor, es el relato de los inicios de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Sudamérica, que a él le correspondió vivir personalmente. Tampoco es del todo una historia de la iglesia, sino un boceto de experiencias personales y las de otros cercanos a él. En sus propias palabras, “su objetivo es transmitir alguna idea de la manera en la cual Dios ha, por Su providencia, abierto el camino a sus siervos”, en la proclamación del mensaje del segundo advenimiento.
A medida que transcurre el tiempo, es de suma importancia poseer testimonios de primera mano de lo que fueron los inicios de la Iglesia, porque el tiempo hace olvidar y borra toda huella del pasado. En este sentido, Hasta el fin del mundo es un documento histórico de gran valor, que comunica los desafíos, las circunstancias y los logros que fueron alcanzados con mucho esfuerzo y gran dependencia en la dirección y el poder de Dios. El esfuerzo de la editorial de la Universidad Adventista del Plata por producir una nueva edición actualizada e ilustrada de esta obra es digno de felicitar.
San Pablo nos desafía a “no ignorar” (1 Co 10,1) la experiencia del pueblo de Dios en el pasado. Esto requiere la voluntad por “recordar”, es decir, preservar esta memoria colectiva que es nuestra historia de la iglesia. A nivel individual, esto requiere conocer la historia e identificarse con estas vivencias del pasado del pueblo de Dios. San Pablo nos recuerda que las experiencias del pueblo de Dios que nos antecedió son una amonestación a estar a la altura de sus logros y a no cometer sus errores. ¡Y por sobre todo, a continuar la misión para llevarla a una conclusión feliz!
En esta época, el continente sudamericano ya no es tierra de desafío misional conducida por misioneros extranjeros de ultramar. Se ha alcanzado una cierta madurez que permite que el liderazgo y las iniciativas de la Iglesia surjan de sudamericanos formados en Sudamérica. Existe el peligro de caer en la complacencia y la autosatisfacción, lo cual sería un gran error por dos motivos. Primero, porque la tarea no ha concluido. Debemos continuar la proclamación del segundo advenimiento con la dedicación y el espíritu de sacrificio que invirtieron nuestros pioneros adventistas de fines del siglo xix e inicios del siglo xx. Segundo, porque así como recibimos el beneficio del trabajo de misioneros extranjeros en nuestras tierras, contrajimos a la vez una deuda con el resto del mundo. Sudamérica debe abrazar de lleno el desafío de continuar la tarea de la proclamación en sectores del mundo donde no se ha oído aún el mensaje de esperanza del regreso inminente de Jesucristo. Nuestro Señor nos desafió hace dos milenios a recibir el agua de vida, símbolo del evangelio transformador: “Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva” (San Juan 7,37-38). Luego de haber sido receptores del evangelio, tenemos el imperativo moral de transformarnos en canales de transmisión a otros. Este es el desafío actual de Sudamérica, que Francisco Westphal describió muy bien en el prólogo de su obra, en los siguientes términos:
Confío que [el libro] contribuya a cultivar en los que lo lean, un verdadero espíritu misionero, que ante el llamado de Dios a trabajar en este lugar o en otro, puedan ir, no con la idea de pasar momentos fáciles, sino encendidos con la fe y el propósito que los habilitará para sentirse gozosos y siempre llenos de coraje, incluso bajo pruebas y circunstancias desalentadoras.
Sergio Becerra
Profesor de Historia de la Iglesia
Director del Centro de Investigación White, Argentina
Prefacio
Desde mi retorno a los Estados Unidos, después de treinta años de trabajo misionero en América del Sur, muchos me han preguntado acerca de los comienzos de nuestra obra en ese continente. Estaban familiarizados, hasta cierto punto, con la historia de la Misión del Lago Titicaca y sus derivaciones, porque esta —una obra tan maravillosa que puede constituir realmente un milagro de las misiones modernas— ha llegado a ser mucho más conocida que el trabajo tanto más extenso logrado por las misiones adventistas del séptimo día entre los otros pueblos del continente olvidado.
Tuve el privilegio de ser el primer pastor ordenado de la Iglesia Adventista del Séptimo Día que trabajó en América del Sur; que bautizó los primeros conversos, exceptuando unos pocos bautizados en forma irregular; que organizó las primeras iglesias; y que fue testigo del establecimiento de nuestra obra en distintas partes del continente, como también su crecimiento en los años subsiguientes.
Esta narración no pretende ser una historia completa de nuestro trabajo en ese campo, sino meramente un esbozo de experiencias personales y de otras, de las cuales tuve conocimiento inmediato. El propósito es transmitir una idea de la manera en la que Dios, por medio de sus providencias, abrió el camino para sus siervos. Y confío en que ayudará a cultivar, en quienes lo lean, el verdadero espíritu misionero, para que si ellos, a su vez, fueran llamados por Dios a este o a cualquier otro campo misionero, puedan ir, no con el objetivo de pasarla bien, sino imbuidos con una fe y el propósito que les permita estar siempre alegres y llenos de valor aún bajo las circunstancias más difíciles y desalentadoras.
Francisco H. Westphal
1
Nuestras primeras experiencias como misioneros en el extranjero

Pastor Francisco Westphal y su familia
“Fue en el año 1894 que la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día nos invitó, a mi esposa y a mí, a ir como misioneros a la Argentina, América del Sur”.
Fue en el año 1894 que la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día nos invitó, a mi esposa y a mí, a ir como misioneros a la Argentina, América del Sur. Habían llegado noticias a nuestra sede central de unos colonos ruso-alemanes que habían aceptado nuestra fe mientras estuvieron un tiempo en el estado de Kansas. Posteriormente, regresaron a la Argentina, y allí suscitaron un gran interés por la verdad entre sus vecinos compatriotas. Escribieron a la Asociación General, solicitando un pastor de habla alemana, y fue en respuesta a esta solicitud que fuimos enviados.
El 18 de julio de ese año, mi esposa, un hijo y una hija bebé nos embarcamos hacia aquel país. Esto fue muchos años antes de que el tráfico entre el norte y el sur de América fuera tal que justificara el establecimiento de líneas directas de barcos a vapor, y la única manera de llegar a Argentina era navegar a Inglaterra y reembarcar desde allí. El viaje desde Nueva York a Southampton, Inglaterra, lo realizamos a bordo del vapor París. Apenas tuvimos tiempo de hacer una rápida visita a Londres, y entonces nos vimos obligados a regresar al día siguiente a fin de comenzar nuestro viaje a Sudamérica.

Navío S. S. París
Esta parte de nuestro viaje lo realizamos a bordo del vapor Magdalena. En camino, nos detuvimos por algunas horas en La Pallice, Francia, y también en Lisboa, Portugal, y la isla árida de San Vicente, del grupo del Cabo Verde, cerca de la costa oeste de África. Tuvimos que cruzar el Atlántico antes de arribar a nuestro siguiente puerto, que fue el de Pernambuco, Brasil. Luego de una parada en Bahía, llegamos al hermoso puerto de Río de Janeiro.
Comienzos en Río de Janeiro
Hasta ese punto de nuestro viaje, habíamos gozado de la compañía del hermano de mi esposa, W. H. Thurston y su esposa, quienes habían sido enviados como misioneros de sostén propio para trabajar en Brasil. El Sr. Thurston y yo bajamos del barco el primer día que estuvimos en el puerto y caminamos por la ciudad. Regresamos luego al barco y los Thurston pasaron la noche a bordo. A la mañana siguiente, después de permanecer cuanto pudieron antes de despedirse, una de las pequeñas embarcaciones los llevó a tierra. Los saludamos con el pañuelo mientras los tuvimos a la vista. Cuando desembarcaron, trataron de encontrar un hotel adecuado donde parar, pero como no abían nada de portugués, el idioma de Brasil, no podían comunicar a nadie sus necesidades, así que esperaron allí en el muelle todo el día. El sobrecargo de nuestro buque estuvo en tierra ese día, y cuando regresó, justo antes de que partiéramos al atardecer, me dijo que los había visto parados allí todavía. Sin embargo, al fin se acercó alguien que podía hablar algunas palabras de inglés y bondadosamente los llevó a un hotel donde podían alojarse con toda confianza.

W. H. Thurston
El hermano Albert. B. Stauffer ya había vendido algunos libros en otras partes de Brasil antes de que el hermano Thurston fuera enviado a Río de Janeiro para vender nuestra literatura y de esta manera mantenerse a sí mismo. Pero como en ese tiempo no teníamos literatura en idioma portugués, tenía solo libros en inglés para ofrecer, y por supuesto, de estos podía vender unos pocos, ya que apenas había unas cincuenta familias de habla inglesa en la ciudad. Pronto había gastado toda la pequeña reserva de dinero que tenía consigo, dejándolo a él y su esposa en apuros tan serios que por varios días casi no tuvieron qué comer. En esta situación extrema, sin embargo, mientras todavía trabajaba en la ciudad de Río de Janeiro, un caballero que había asistido a una reunión donde habló el hermano Thurston, le preguntó si necesitaba dinero. Al responderle “sí”, el extraño le dio una suma considerable de dinero con la que pudo comprar alimentos. Lo hizo una segunda vez, lo cual mantuvo a los Thurston hasta que pudieron conseguir ayuda de la Junta Misionera en los Estados Unidos. El Departamento de Misiones en el Extranjero no estaba tan bien organizado entonces como ahora, así que los misioneros que iban a tierras distantes no estaban tan bien atendidos.
La ciudad de Río de Janeiro tenía en ese tiempo casi un millón de habitantes. Era muy común la fiebre amarilla porque no se sabía entonces que esta enfermedad se transmite por la picadura de una cierta clase de mosquito. El Sr. Thurston contrajo esta enfermedad y estuvo muy mal, pero finalmente se recuperó y fue instrumento en las manos del Señor para abrir nuestra obra en la república de Brasil.

R. B. Craig
Cómo comenzó la obra en Argentina
Mi familia y yo nos vimos obligados a dejar a los Thurston para enfrentar solos sus dificultades desconocidas mientras continuábamos nuestro viaje a Buenos Aires, la capital de la República Argentina. Desembarcamos en la ciudad de La Plata un día frío y sombrío, después de un mes de viaje continuo. Las nubes bajas oscurecían el cielo y el viento azotaba la llovizna de aquí para allá. Sin embargo, fuimos más afortunados que los Thurston en nuestra llegada, porque alguien nos estaba esperando, el hermano R. B. Craig. Era un colportor que había llegado el año anterior para ayudar con la obra de Elwin W. Snyder, Clair A. Nowlen y A. B. Stauffer, que habían llegado a Argentina en 1891. Él nos ayudó a pasar nuestro equipaje por la aduana y luego nos acompañó en el tren a Buenos Aires, donde recibimos una cálida bienvenida a su hogar.
Permanecí en Buenos Aires solamente una semana para acomodar a mi familia, y luego partí hacia el lugar desde donde habían enviado a la Junta Misionera la solicitud de un pastor.
Era medianoche cuando arribamos al puerto de Diamante, sobre el río Paraná, donde debía desembarcar. Esperaba confiadamente que algunos de los amigos a quienes había escrito anunciando mi llegada estuvieran allí para recibirme, pero en esto me llevé un chasco. Había unas pocas casas en el puerto mismo, y la ciudad estaba sobre una colina a cierta distancia, a la cual se accedía por un camino oscuro y serpenteante.

Barco de vapor Berna
No había medios para trasladar mi equipaje a la ciudad, excepto un carruaje solitario. Tomé mis maletas y me subí, pero el caballero a cargo del mismo pareció ofenderse por mi acción, y me habló con locuacidad en castellano. Por mi parte, también hablé bastante, pero él no me entendía, ni yo a él, y finalmente comenzó a subir la colina hacia la ciudad conmigo y mi equipaje. Afortunadamente, me llevó a un hotel donde pasé la noche. Más adelante descubrí que él había ido al puerto en el carro para encontrarse con su esposa e hijos, que habían arribado en el mismo vapor que yo, lo cual explica por qué no había demostrado mucho entusiasmo acerca de llevarme como su pasajero.
Al día siguiente, encontré a un hombre que hablaba alemán, con quien pude hacer algunas averiguaciones. Le pregunté si había algún adventista del séptimo día en ese vecindario.
—Oh, sí —contestó—. Hay un gran número.
(En realidad no había muchos, pero unas pocas familias de fieles guardadores del sábado ejercen tal influencia en una comunidad que parecen ser una multitud para los no adventistas. El sábado es una marca realmente.). Luego me invitó a quedarme en su casa esa noche, y al día siguiente salir a encontrar a los colonos adventistas. Acepté la invitación gustosamente, y salimos en un carro cargado de heno tirado por cuatro caballos que galoparon la mayor parte del camino. Realmente manejan con furia en aquellos lugares.
Cuando llegamos a su hogar, descubrí que vivía en una pequeña villa ruso-alemana de pequeñas chozas con techo de paja. Su casa consistía en una pieza y una cocina, y mientras conversábamos al atardecer los habitantes de toda la aldea se reunieron junto a la ventana y se turnaron para mirarme. Finalmente llegó la hora de acostarnos y me llevó a la cocina, que tenía piso de barro, y que también se usaba como gallinero y lugar de descanso para los gansos y los patos.
Extendió una frazada en el suelo y me dio un gran sobretodo ruso hecho de piel de carnero cubierto de lana larga. Tenía un cuello muy ancho que se extendía sobre mi cabeza. Me sentí muy agradecido por este abrigo, porque sufría de gripe; y me metí adentro esperando pasar una noche confortable y cálida. El tiempo estaba frío, porque todavía era agosto, que corresponde a febrero en el hemisferio norte, y mientras yacía allí en el suelo, envuelto con ese sobretodo, mi oración era que no resultara yo ser un lobo vestido de oveja, sino un verdadero siervo de Dios anunciando su mensaje de luz para la gente. Después de que pasaron unos momentos en tales meditaciones, me di cuenta de que no era yo el único ocupante de ese abrigo de piel de carnero. En su interior se reunía una compañía muy grande: piojos de gallina y pulgas, y otras pestes por el estilo. Me levanté de mi humilde lecho con el propósito de pasar la noche caminando de aquí para allá afuera, pero había tantos perros alrededor que tuve que volver a la cocina y caminar allí adentro. Bajo esas circunstancias, no es de extrañar que pasara una agitada noche en vela. Al día siguiente, contraté a un hombre con su carro para que me llevara a donde vivían nuestros hermanos.
La congregación que no se dispersaba
Había cuatro familias de adventistas que habían venido de Kansas, y otros ya habían aceptado la verdad por medio de sus esfuerzos. Cuando supieron de mi llegada, la anunciaron entre sus vecinos, y temprano la primera noche la gente se reunió en gran número, de todas partes. Se me notificó que habían venido esperando escucharme, y yo me sentía muy contento de que se hubieran congregado tan pronto, porque esperaba terminar la reunión temprano, cambiarme la ropa y así librarme de los bichos que me habían fastidiado durante toda la noche y el día.
Después de hablar por una hora, terminé la reunión con un himno y una oración e informé a la audiencia que nos retiraríamos todos para reunirnos nuevamente a la noche siguiente para otro servicio. Pero la congregación se postró en oración, cantó varios himnos por su propia iniciativa y luego se sentaron y me miraron con ojos hambrientos de la verdad, deseando escuchar más. Así que les hablé otra vez por una hora, y nuevamente se cantó un himno y se elevó la oración final. Pero para mi asombro total una vez más se postraron en oración, cantaron más himnos y se sentaron para escuchar más de nuestra preciosa verdad. Me sentí obligado a predicar un tercer sermón, el cual escucharon con un interés constante. Era como la una de la mañana cuando esa primera memorable reunión concluyó y la congregación consintió de mala gana: “Ahora nos retiraremos, a fin de que podamos volver nuevamente al atardecer”.
Una buena cantidad se convirtió esa primera noche, y al continuar nuestras reuniones noche tras noche, otros también se agregaron a ellos. Nuestros hermanos me llevaron a diferentes aldeas, donde tuvimos tres o cuatro reuniones cada día. La obra progresó muy rápidamente y en pocas semanas pudimos organizar una iglesia con los conversos que estaban muy bien instruidos en la verdad. Esta primera iglesia adventista del séptimo día organizada en Sudamérica tuvo una membresía inicial de treinta y seis personas; pero nuevos miembros se añadieron cada semana y la cantidad creció muy pronto a más de doscientos.
Violenta oposición
Este inspirador crecimiento de la obra no se logró sin oposición. Una tarde, mientras celebrábamos una reunión, tres hombres entraron al edificio, uno armado con un revólver, otro con un cuchillo largo y el tercero con una pesada barra de hierro de como 1,20 m de largo. Amenazaron a los presentes y nos dijeron que si no abandonábamos el lugar en diez minutos, volverían y usarían sus armas contra nosotros. Continuamos nuestra reunión hasta la hora acostumbrada de terminar. Cantamos un himno y se pronunció la oración final. Entonces, de pronto, los tres hombres irrumpieron como antes y nos amenazaron furiosamente. Todos nuestros hermanos permanecieron quietos mirándolos directamente, y pronto los tres intrusos, temblando de miedo, abandonaron la sala.
Unas pocas semanas más tarde, mientras realizábamos un servicio bautismal, el que dirigía a esos tres hombres se me acercó y caminó a mi lado hasta la orilla del agua, hablando en un tono amigable. Al principio no sabía si confiar en él o no; pero al seguir caminando, y al verlo ayudar en el servicio bautismal en lo que podía, llegué a la conclusión de que era sincero en su cambio de actitud hacia nosotros. Al concluir el servicio, me dijo que él deseaba ser bautizado, pero no inmediatamente. Había sido un hombre muy malo, dijo, adicto a insultar y maldecir, y a las bebidas fuertes, y deseaba estar seguro de un completo cambio de corazón antes de pedir el bautismo.
Después de unas pocas semanas fue bautizado, y mientras estábamos en el agua, mientras yo levantaba mis manos para pronunciar las palabras sagradas propias de ese solemne rito, otro de los tres hombres, el que había portado un revólver, se paró al borde del agua y, levantando una botella de licor, dijo: “¡Adiós, camarada!”. Entonces se llevó la botella a los labios y bebió el licor. Este hombre murió poco después, un pobre borracho, mientras que su camarada convertido llevó una vida cristiana fiel y vivió hasta la avanzada edad de ochenta y tres años. En esa parte del país, muchos hombres de igual mal carácter aceptaron la verdad y fueron transformados por el poder del evangelio.
Abandonar las bebidas alcohólicas
En los primeros tiempos de nuestra obra entre esos colonos ruso-alemanes, supimos que aun después de abrazar el mensaje del evangelio, continuaban usando un poquito de licor. Conservaban un jarro de licor en sus hogares con la excusa de que lo necesitaban para sus peones. Pero yo los reuní y les presenté la seriedad de la situación. Había muchos entre los interesados que habían sido borrachos, y no podíamos esperar que ellos renunciaran a su vicio hasta que nuestros hermanos lo descartaran por completo. En respuesta a estas palabras francas, todos se comprometieron a abandonar completamente el alcohol y a suprimirlo de sus hogares. Dieron este paso con mucha aprensión temiendo que sus peones se ofendieran y los dejaran solos con todo el trabajo en sus chacras. Sin embargo, para gran sorpresa de ellos, descubrieron a muchos hombres ansiosos de encontrar hogares y lugares para trabajar donde no estuvieran tentados por el licor. Muchos de los que se habían interesado en la verdad, cuando supieron que nuestros hermanos se abstenían completamente del uso de alcohol, lloraron de gozo. Dijeron que estaban inmensamente agradecidos de encontrar una asociación cristiana y una iglesia cristiana donde no estarían tentados por el licor.
Aplauden y confían en los adventistas
En cierta ocasión, cuando realizábamos una reunión en la ciudad de Diamante y estaban presentes algunos ciudadanos destacados del lugar, uno de nuestros hermanos relató lo que el Señor había hecho por él, cómo había sido salvado de la borrachera y otros malos hábitos. Estos destacados hombres y sus esposas aplaudieron y vitorearon, diciendo que verdaderamente felicitaban a nuestro hermano que había sido rescatado de la esclavitud de la bebida fuerte.
Este último mensaje evangélico producía un maravilloso efecto sobre las vidas de aquellos que lo aceptaban. En una ocasión, la langosta había destruido sus cosechas y la mayor parte de la comunidad sufría necesidad. La única manera en que podían obtener las provisiones necesarias era a crédito. Pero nuestros hermanos gozaban de la plena confianza de los hombres de negocio de esa ciudad, como lo muestra la siguiente instancia.
Un chacarero entró a la tienda de cierto hombre de negocios y pidió provisiones a crédito. El negociante contestó que ya había extendido tanto crédito a otros que sentía que no podía otorgarle su pedido. El hombre respondió que estaba tratando de vivir honestamente, porque era un adventista del séptimo día.
—Ah, bueno —dijo el negociante—. Si es un adventista del séptimo día voy a confiar en usted por la madera y otra mercadería que desee.
El hombre cargó su carro y estaba por alejarse cuando paró y sacó su pipa y la encendió. El dueño del negocio justo levantó la vista y miró por la ventana en ese momento e inmediatamente corrió a la puerta y llamó al hombre para que se detuviera.
—Usted me dijo que era adventista del séptimo día —dijo el comerciante— pero veo que no lo es. Debe descargar la madera y los demás bienes que acaba de obtener y devolverlos.
El hombre nuevamente afirmó que era realmente un adventista del séptimo día, pero el comerciante contestó:
—No, no lo es. Los adventistas del séptimo día no fuman. Usted me ha engañado, no puedo confiar en usted. Debe descargar esa mercadería de inmediato.
Y el hombre se vio obligado a hacerlo.
Tomado prisionero
Poco tiempo después celebramos un congreso. Los hermanos y hermanas se habían congregado, y esperábamos tener una buena reunión. Pero justo cuando estábamos por dar inicio a la reunión, entraron un oficial y dos soldados, y me entregaron una notificación escrita del juez, diciendo que se nos prohibía celebrar la reunión. El oficial y sus dos soldados permanecían en guardia. Unos pocos minutos más tarde llegó un amigo con una nota de un comerciante invitándome a enviarle dos hombres representativos de nuestra obra, para que pudiera llevarlos al juez, explicarle el carácter de nuestra obra, y solicitar permiso para celebrar nuestras reuniones. Inmediatamente accedí a su amable sugerencia, y el negociante llevó ante el juez a los dos hermanos elegidos. Estos le explicaron que nuestras reuniones eran pacíficas y de carácter religioso, y que tratábamos de beneficiar a la gente. El juez quedó impresionado favorablemente con sus presentaciones y emitió un decreto permitiéndonos realizar el congreso, y al día siguiente el oficial vino y trajo una orden a los efectos de que pudiéramos realizar las reuniones, pero se nos prohibía expresamente celebrar algún bautismo.

Jean Vuilleumier
Realizamos reuniones diariamente durante una semana completa, y cuando llegó el segundo sábado había siete almas para ser bautizadas. Después de la reunión matutina toda la congregación se dirigió en sus vehículos hacia el lugar señalado para el bautismo. Yo me quedé con los hermanos N. Z. Town y Jean Vuilleumier para asegurar la carpa en la cual se realizaban las reuniones, porque los fuertes vientos vespertinos que prevalecen en ese lugar podrían de otro modo derribarla. Noté que el oficial se mostraba alterado y que él y sus dos soldados tomaron su posición junto al portón por donde debíamos pasar al salir del lugar donde se encontraba la carpa. Al salir, nos preguntó a dónde íbamos. Le dijimos que íbamos al río para realizar un bautismo. Nos informó que eso estaba prohibido, y que si llevábamos adelante nuestro propósito, se vería obligado a arrestarnos. Estuvimos de acuerdo con esto y lo invitamos a que nos acompañara al bautismo, después de lo cual le prometimos regresar con él para ver al juez. Entonces nos amenazó con tomarnos prisioneros inmediatamente, pero se dio cuenta de que no podía presentar cargos contra nosotros hasta que el bautismo fuera un hecho consumado. Finalmente, consintió con nuestro plan y nos acompañó al agua. Allí, en presencia del oficial con su espada y sus dos soldados con sus rifles, bautizamos a siete candidatos. El siguiente lunes comparecimos ante el juez.
El juez pide perdón
Este caballero cortés nos pidió disculpas por verse obligado a molestarnos, pero dijo que había recibido una gran cantidad de cartas (las cuales nos mostró) de sacerdotes, pastores protestantes y religiosos de diferentes confesiones, en las cuales nos acusaban de llevar a cabo nuestras reuniones de una manera que constituía un escándalo público, y, en particular, de conducir nuestros bautismos de un modo muy inapropiado. Por esta razón había prohibido, en primer lugar, nuestro congreso, solo dando su consentimiento cuando se le presentaron evidencias de que nuestras reuniones no eran de carácter incorrecto. Aun entonces había prohibido la celebración de cualquier bautismo.
—Pero ahora que ustedes han realizado un servicio bautismal, y el comisario ha presentado su informe del mismo, encuentro que los hechos son muy diferentes de lo que representaban las cartas. El informe del comisario de su servicio bautismal me muestra que los cargos presentados contra ustedes en este respecto son muy infundados, las personas bautizadas estaban decentemente vestidas para el rito, y el servicio fue ordenado y muy impresionante. Ahora tengo una pregunta que hacerle —continuó, dirigiéndose a mí—. ¿Está usted dispuesto a obedecer las leyes del país?
—Por supuesto —le contesté—. Nosotros oramos por los jueces y gobernantes y aquellos señalados para mantener la paz, el orden y la justicia, y pagamos fielmente nuestros impuestos. En todos los asuntos civiles nos encontrará leales a las autoridades civiles, pero en los asuntos religiosos debemos obedecer a Dios.