Kitabı oxu: «Club de máscaras»

Colección La Puerta Secreta
Realización: Letra Impresa
AUTOR: Franco Vaccarini
Edición: Katherine Martínez Enciso
Diseño: Gaby Falgione COMUNICACIÓN VISUAL
Ilustraciones: Martín Morón
Vaccarini, Franco
Club de máscaras / Franco Vaccarini ; editado por Katherine Martínez Enciso ; ilustrado por Martín Morón. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Letra Impresa Grupo Editor, 2020.
Libro digital, EPUB - (La puerta secreta)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4419-15-6
1. Narrativa Infantil y Juvenil Argentina. I. Martínez Enciso, Katherine, ed. II. Morón, Martín, ilus. III. Título.
CDD A863.9282
© Letra Impresa Grupo Editor, 2020
Guaminí 5007, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
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Esta colección se llama La Puerta Secreta y queremos invitarlos a abrirla.
Una puerta entreabierta siempre despierta curiosidad. Y más aun si se trata de una puerta secreta: el misterio hará que la curiosidad se multiplique.
Ustedes saben lo necesario para encontrar la puerta y para usar la llave que la abre. Con ella podrán conocer muchas historias, algunas divertidas, otras inquietantes, largas y cortas, antiguas o muy recientes. Cada una encierra un mundo desconocido dispuesto a mostrarse a los ojos inquietos.
Con espíritu aventurero, van a recorrer cada página como si fuera un camino, un reino, u órbitas estelares. Encontrarán, a primera vista, lo que se dice en ellas. Más adelante, descubrirán lo que no es tan evidente, aquellos “secretos” que, si son develados, vuelven más interesantes las historias.
Y por último, hallarán la puerta que le abre paso a la imaginación. Dejarla volar, luego atraparla, crear nuevas historias, representar escenas, y mucho, mucho más es el desafío que les proponemos.
Entonces, a leer se ha dicho, con mente abierta, y siempre dispuestos a jugar el juego.
La llave maestra
Una nueva novela de Franco Vaccarini es siempre un motivo de festejo. Desde hace mucho tiempo soy su lectora; por eso los conozco bien: a él, a su escritura y a su modo de ver el mundo. Entonces, antes de empezar a leer Club de máscaras ya sé lo siguiente: que me va a atrapar, que me va a despertar sonrisas y que me va a dejar pensando en muchas cosas. Y mientras lo leo a la velocidad de la luz (los libros de Franco me duran poco, porque no puedo dejar de leerlos) lo confirmo.
¿En qué me quedé pensando esta vez? Club de máscaras es una novela que habla de lo que pasa si nos escondemos detrás de una máscara. ¿Se puede ser feliz ocultando nuestro verdadero rostro? ¿Qué nos obliga a no poder ser tal como somos? Preguntas y más preguntas. ¿Por qué Gustavo debe practicar natación si su deseo es pintar cuadros? ¿Por qué su mamá no deja que se dedique a su verdadera pasión en lugar de sufrir y aburrirse haciendo cosas que no le gustan? ¿Podrá Gustavo sacarse finalmente todas las máscaras que lo recubren y tapan sus sentimientos?
Como todos los protagonistas de las novelas de Franco Vaccarini, Gustavo es “real”, un chico que puede ser como ustedes, que se alegra, sufre, se equivoca, acierta. Es por eso quizás que nos provoca inmediatamente empatía, tanta que es difícil no ponerse en su lugar. Queremos que le vaya bien. Queremos que sea feliz. ¿Pero cómo?
Las preguntas que Gustavo irá haciéndose a lo largo del libro (preguntas acerca de qué le gusta, de lo que no le gusta, qué siente y cómo explicarles eso a los demás) van a definir qué es para él la esencia de la felicidad. Sin máscaras. Con la cara y el corazón descubiertos.
Te propongo que, como yo, lo acompañes desde el inicio de la novela, esa tarde en el club, hasta el final, que no es otra cosa que un nuevo comienzo. La salida del sol.
Adela Basch

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Pelotazo en la cara
No sé si estaba pensando en Sol y me había olvidado de la vida o qué, pero no vi cuando la pelota se acercó, no vi cuando estaba a punto de golpearme la cabeza y sí la vi justo antes de explotar en mi cara como una bomba. Caí sobre la arena, entre los juegos de los más chiquitos, retorciéndome, con las manos en mi nariz con algo tibio que comenzaba a salir.

Unos minutos antes, me había apoyado sobre una hamaca, esperando que llegara la hora de mi clase de natación y mientras me balanceaba no había en mi cerebro más que la nada misma, o Sol y la nada. Ahora, tenía vergüenza, la vergüenza de un pelotazo mientras estaba distraído. Sí, estaba distraído de los pelotazos, pero no de otras cosas, porque a mí me gusta pintar, me lo paso imaginando cuadros que después pinto en mi cuarto, de día y con las ventanas abiertas “para no intoxicarte con la trementina” como dice mamá; porque pinto al óleo, sobre lienzo. Jamás me cortaría una oreja como Van Gogh, jamás; pero sí que me gustaría pintar como él. A mí manera, pero con esa magia. Qué sé yo. Que un tulipán pareciera eso, un tulipán. Que una estrella resultara ser, nomás, una estrella, pero viva. Me gustaría pintar como él, cosas vivas.
Mamá dice que voy a tener tiempo para pintar cuando sea mayor. ¿No tenés nada para estudiar?, me pregunta, apenas me ve frente al atril, pincel en mano. Es un atril casi de juguete, me lo regaló para un cumpleaños, pensando que lo mío era un entusiasmo pasajero.
Según ella, el club es fundamental para mí. “El deporte es formativo”, sentencia. Le faltaría decir que cuando pinto me deformo. No sé de dónde me vino lo de la pintura, no hay pintores en la familia. A Van Gogh lo descubrí en un libro, en la biblioteca de la escuela; el libro tenía las reproducciones de sus cuadros más famosos. Después supe el asunto de la oreja, que todo el mundo conoce, si hasta hay un grupo de pop español, que se llama, justamente, La oreja de Van Gogh. ¡Pobre!, si los escuchara, se cortaría la otra oreja. Igual, no quiero hacer chistes con la desgracia ajena, yo lo quiero a Van Gogh como si fuera mi hermano, no es por confianzudo, en serio. Solo que me da melancolía que ahora hablemos tanto de él y él no fue feliz cuando vivió. ¿O habrá sido más feliz que nadie cuando pintaba ese cuadro de la noche estrellada? Pero ¡qué iba ser feliz!, si estaba internado en un manicomio. Y… a lo mejor sí. Era feliz al pintar, infeliz al no pintar. Yo creo que hay que revivirlo a Van Gogh, se merece otra vida. O no dejar morir a los que ahora son como él, también se merecen otra vida. En serio.
Pulsuz fraqment bitdi.