Kitabı oxu: «Cuentos selectos»
Franz Kafka
CUENTOS SELECTOS
Selección y prólogo de Diego Erlan
Traducción de Ariel Magnus

Para los lectores, hay pocas experiencias tan asombrosas e inolvidables como la primera lectura de Kafka. No importa lo que uno haya leído antes: cruzarse con una de sus novelas o cuentos, con un fragmento de sus diarios, es aprender a leer de un modo nuevo. La prosa precisa y de resonancias alegóricas; la capacidad para urdir tramas perfectas donde la lógica de la pesadilla convive con el grotesco; el modo de narrar la inapelable arbitrariedad del poder; el don único de volver verosímil lo que en principio parece imposible de alcanzar ese estatuto. Está antología preparada y prologada por Diego Erlan y traducida por Ariel Magnus es una muestra inmejorable de su talento impar. Reúne sus mejores cuentos, La condena, En la colonia penitenciaria y Un artista del hambre, entre otros; más ese relato único y capital que es La metamorfosis (que aquí se presenta con el título que Borges consideraba más apropiado: La transformación) y se cierra con la Carta al padre. Página a página, quizás como ningún autor del siglo XX, Franz Kafka funda una realidad: el mundo se piensa de otra forma, más sagaz y sospechosa, más paradójica, después de leerlo.
Kafka, Franz
Cuentos selectos / Franz Kafka. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Ariel Magnus.
ISBN 978-987-628-543-8
1. Narrativa Checa. 2. Literatura. I. Magnus, Ariel, trad. II. Título.
CDD 891.863
Diseño de cubierta: Eduardo Ruiz
Edición en formato digital: septiembre de 2021
© Franz Kafka, 1913, 1919, 1917, 1922, 1915, 1919, 1919, 1919, 1919, 1924, 1917, 1952
© de la traducción Ariel Magnus, 2018
© del prólogo Diego Erlan, 2018
© de la presente edición Edhasa, 2021
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ISBN 978-987-628-543-8
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Conversión a formato digital: Libresque
Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Prólogo
La condena
Un médico rural
Informe para la academia
Un artista del hambre
La transformación
Una vieja página
Ante la ley
Un mensaje imperial
En la colonia penitenciaria
Primer sufrimiento
Investigaciones de un perro
Carta al padre
Sobre el autor
Sobre Diego Erlan
Prólogo
Pocos días después de la noche del cometa, en mayo de 1910, Franz Kafka empezó siete veces y abandonó otras tantas un relato que suele considerarse autobiográfico. “Si me pongo a pensar, tengo que decir que, en muchos sentidos, mi educación me ha perjudicado mucho”, escribe Kafka una y otra vez, con variaciones, en uno de los cuadernos de hule negro que destina a su diario íntimo. Nunca conseguirá terminar ese texto, al que titulará “El pequeño habitante de las ruinas”. Tenía veintisiete años. Era el único hijo varón de una familia judía y acomodada de Praga. Era el empleado silencioso y responsable del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo. Era el amigo despistado, sin noción del tiempo. Era una de las cincuenta personas llamadas Franz Kafka que, en el siglo XIX, vivieron al menos un tiempo en la ciudad bohemia. Aunque no fue uno más. En ese mosaico de textos en loop se advierte ya su capacidad verbal, su dominio de las formas literarias, su renuncia a cualquier folclore urbano y una característica que, a medida que pase el tiempo, lucirá su literatura: un doble movimiento, entre la ironía y la paradoja, cuyas tensiones conviven con una estremecedora lucidez intelectual, a menudo gélida, y una saturación de imágenes extravagantes.
En estos primeros borradores de autobiografía, Kafka apunta con vehemencia a sus padres, a ciertos parientes, a maestros, a escritores, a un inspector escolar, a una cocinera, a transeúntes que “caminaban lentamente”, incluso a “algunas chicas de las clases de baile”. “Hasta el momento, mis padres y sus secuaces quedaban cubiertos y ensombrecidos por mi reproche; ahora lo echan fácilmente a un lado y sonríen, porque he apartado las manos de ellos, me las he llevado a la frente y pienso: debiera haber sido el pequeño habitante de las ruinas, a la escucha del graznido de los grajos, bajo sus sombras que me sobrevuelan, enfriándome bajo la luna, aunque al principio hubiese sido algo débil bajo el peso de mis buenas cualidades, que necesariamente habrían crecido en mí con la fuerza de las malas hierbas; tostado por el sol, el cual, entre los escombros, me habría iluminado por todas partes en mi lecho de hiedra.” Quizá pensara en ese texto la noche del 17 de mayo, recordada en la historia como la noche en que el paso del cometa Halley generó pánico y suicidios en masa por considerarlo un anuncio del apocalipsis. En ese contexto, Kafka se obligaba a “salir de su interior” para oír el gemido de un gato perdido, tal vez hambriento. Nada más. Como si del extravío interior, más allá de la psicosis generalizada, sólo el llamado de un gato pudiera traerlo de vuelta al mundo.
Ese año, Kafka tuvo un quiebre personal, un cambio psíquico que algunos interpretan como una crisis pero a la vez como una maduración. Se trató de una pérdida de coherencia interna, una fragmentación del pensamiento y de la percepción que volvía a su propio cuerpo “algo ajeno”. Por entonces se quejaba de constantes molestias de salud y dolencias espirituales difíciles de explicar, o que explicaba de manera que a los demás –entre ellos su amigo Max Brod– les resultaba incomprensible. “Todo lo que poseo se vuelve contra mí, todo lo que está en mi contra deja de ser de mi propiedad”, escribía Kafka a Brod en marzo. “Si por ejemplo –no es más que un ejemplo– me duele el estómago, ya no es más mi estómago, sino algo que no se diferencia sustancialmente de un individuo extraño que se divierte dándome una paliza.” Sólo una imaginación extravagante como la de Kafka puede concebir el propio cuerpo escindido de la persona. Acompañado por Brod, Kafka dedicaba sus tardes a leer en voz alta (y en un francés precario) La tentación de San Antonio, de Gustav Flaubert, que para algunos es “un sueño liberado” pero, para otros, un monumento de sabiduría. Nadie sabe exactamente de qué manera esta obra influyó en Kafka pero sabemos, con certeza, la profunda incidencia que tuvo en él La educación sentimental: “En cualquier momento y en cualquier lugar en que lo haya abierto me ha infundido sobresalto y miedo, se ha hecho dueño de mí, siempre me he sentido hijo espiritual de este escritor, si bien un mísero y torpe hijo”, le confesó en una carta a Felice Bauer. La influencia resulta evidente en una descripción que hace Flaubert de la vida en una calle de la ciudad, donde pueden verse mujeres y carros y caballos con el vértigo de los estribos, que Kafka retoma para el inicio de “Preparativos de boda en el campo” y su descripción del tráfico de la gran ciudad, un día de lluvia, desde la perspectiva de su protagonista, Eduard Raban. Pocas páginas después, ese mismo texto contendrá el germen para La transformación: el momento en que Raban se imagina con la forma de un gran escarabajo.
Será luego de la lectura sistemática de La tentación de San Antonio cuando se inicie, para Kafka, la fase creativa más importante de su vida, que tendrá su punto más alto entre los años 1912 y 1914. Por el diario, justamente, puede datarse la fecha precisa de escritura de “La condena”. La noche del 22 de septiembre de 1912, Kafka se encerró en su habitación. Sin dormir, agotado y con las piernas entumecidas por haber permanecido sentado tanto tiempo, amaneció con la certeza de que esa era la única manera de escribir. “Sólo así, con esa cohesión, sólo con esa apertura total de cuerpo y alma.” Poco tiempo después, entre mediados de noviembre y principios de diciembre de 1912, casi como en un trance, Kafka escribe lo que será su obra maestra: el relato “Die Verwandlung”, conocido popularmente como “La metamorfosis” pero cuya traducción, como sugería Borges, sería más precisa como “La transformación”. Los grandes cuentos tienen un comienzo demoledor como este: “Al despertar una mañana tras unos sueños intranquilos, Gregor Samsa se encontró en su cama transformado en un bicho monstruoso”. A partir de esa línea estalla todo. En la historia de la literatura se acumulan interpretaciones sobre el relato como si fueran formularios en una oficina pública. Más allá de ese detalle, hay algo en verdad sorprendente en este texto y no es tanto que alguien se despierte, una mañana entre semana, convertido en un espantoso insecto que tiene forma de escarabajo, sino otra cosa: la mayor distorsión se produce cuando la familia, al fin, se acostumbra al hijo devenido en monstruo. Como si a lo más atroz del mundo, con el tiempo, uno terminara acostumbrándose.
La originalidad de Kafka reside en que sus textos describen detalles ambientales mínimos, gestos que pasarían inadvertidos a cualquier otra persona. La mayoría de los relatos están compuestos con términos del lenguaje del derecho y de la ciencia, con estructuras de informes, procedimientos y memorias, dándole a sus narraciones una especie de precisión irónica, sin intrusiones de los sentimientos personales del autor. “Informe para la academia”, “Un artista del hambre” o “Investigaciones de un perro”, son ejemplos de esta construcción y, a la vez, ejemplos de la línea donde Kafka reflexiona, a su modo, sobre la literatura, el arte y la mala educación de la sociedad burguesa. Esa precisión irónica, que es una forma de la distancia, convierte la tragedia del mundo en una comedia de enredos. Eso es, también, El proceso, una de las novelas más desopilantes y angustiantes de todos los tiempos. Aunque se encuentre inacabada podemos decir que logra su perfección en esa singularidad y además contiene, en su interior, una de las piezas más perfectas de Kafka: “Ante la ley”. Escrita en el invierno de 1914, esa leyenda, que luego se incluye al final de El proceso, nos sigue dando vueltas, como también le ocurre a Josef K., y nos interpela en su núcleo paradojal.
“La escritura se me niega”, le escribirá Kafka a Milena Jesenská en diciembre de 1920, en otra de sus tantas lagunas creativas a pesar de las cuales, sin embargo, nunca deja de producir infinidad de textos, de novelas inacabadas, de cartas y pensamientos. Será para sortear esas lagunas que durante años continúe con la idea de un proyecto de investigaciones autobiográficas. Kafka, lector voraz de biografías y memorias, rastreaba en ellas detalles que revelaran la estructura y el núcleo de una vida entera. Algo único y particular. Como si fuera el dueño de una casa endeble –explicaba Kafka–, pretendía desechar esa construcción y edificar al lado una mucho más segura con los mismos materiales de la anterior.
En uno de los testamentos que le escribió a Max Brod, fechado entre 1919 y 1922, es decir después del diagnóstico de tuberculosis que recibió en 1917, Kafka dice que de todo lo que ha escrito sólo valen los libros La condena, El fogonero, La transformación, En la colonia penitenciaria, Un médico rural y la narración “Un artista del hambre”. “Cuando digo que estos cinco libros y la narración valen, no quiero decir con ello que desee que sean editados de nuevo y transmitidos a la posteridad, al contrario: que desaparezcan por completo es lo que responde a mi deseo. A nadie le prohíbo, puesto que ahí están, que los consiga si le interesa. Por el contrario, el resto de todo lo que he escrito, sin excepción (en periódicos, en forma de manuscrito o en forma de cartas), debe ser quemado y te pido que lo hagas a la mayor brevedad posible.” No es falsa modestia. A Kafka le resultaba inadmisible lidiar con esas fisuras. Lo que sigue será una de las traiciones más legendarias de la historia: Max Brod fue y rastreó las cartas, los diarios, los cuadernos en octavo y cada uno de los textos de Kafka aparecidos en prensa. No los quemó. Desobedeció la última voluntad de su amigo y asumió el trabajo de publicar a Kafka, de vender a Kafka, de plantar una lectura y armar un paquete de un personaje introvertido, genio místico y autor visionario de un mundo dominado por oscuras, absurdas y anónimas burocracias. Tal vez Kafka lo supiera: Brod lo traicionaría. De algún modo entendió que ese era el único final posible para su obra maestra: la construcción de su propio enigma. Si fue así, lo de Kafka se trató de una performance descabellada. Podría haber quemado sus papeles él mismo pero no lo hizo. Podría haber dejado de escribir en su diario pero no pudo. Podría haber entregado la “Carta al padre” a su destinatario, pero tampoco lo hizo quizá porque si lo hacía, ese texto, que retoma cierta intención de proyecto autobiográfico, abría un diálogo y derrumbaba la endeble construcción de lo imposible. Toda memoria es una ficción. Juan José Saer entendió que esa “carta gigante” que escribió Kafka en noviembre de 1919 en una de sus estancias en la pensión Stüdl es un ejemplo más de la “estética de la imposibilidad”, para designar de alguna manera la enigmática ambigüedad de Kafka, en quien el destino adverso de la biografía es transfigurado por la lógica férrea del arte. Dice Saer: “La identificación de su vida inacabada (sus relaciones familiares, amorosas, su enfermedad, su muerte) con su obra inacabada (textos inconclusos, impublicados, desmembrados, póstumos) es patente, y esa coincidencia perfecta permite sugerir que, consciente o no, había por encima de ella una voluntad unificadora. La total coherencia de sus fracasos transfigurados en imagen imperecedera por su literatura no es de orden psicológico o biográfico sino estético.” Una coincidencia al pasar: en 1905, Kafka empezó su novela Preparativos de boda en el campo tres veces y, sin poder continuarla, llegó a considerarla su maldición. Flaubert escribió y reescribió La tentación de San Antonio en 1849 antes de empezar Madame Bovary; en 1856, antes de Salambó; y en 1872, mientras componía Bouvard y Pécuchet. El rechazo de Flaubert a terminar el libro sugiere un impulso tan caóticamente complejo que no podía encontrar expresión en una obra de arte acabada.
Volvamos. Toda carta representa un intento, consciente o inconsciente, de construcción del yo, incluso cuando se escribe para construir al otro. El escribiente intenta verse a sí mismo o lo que describe con sus propios ojos y, a la vez, con los ojos del receptor, cuya reacción imagina. ¿De qué manera se veía Kafka? La “Carta al padre” brinda algunas claves, pero una traducción de esas sensaciones también se observa en los pocos dibujos que quedaron de Kafka entre los papeles póstumos de Brod. Kafka consideraba que de chico había sido un “gran dibujante” que lamentablemente aprendió a dibujar con “sistemas escolares, bajo la dirección de una pintora mediocre” que echó a perder, según decía, la totalidad de sus talentos. Sin embargo, los que pudieron rescatarse poseen una carga expresiva alucinante. En pocas líneas, esos dibujos logran escorzos que parecen gritos, inquietantes sombras de bastón y sombrero que deambulan en los rincones, espectros atribulados que exhiben las vacilaciones de Kafka durante el proceso creativo. De algún modo son los escombros de unas ruinas: o el retrato brutal de aquel pequeño habitante que prefigura un mundo destruido. A pesar de que hoy, en retrospectiva, esos dibujos puedan encontrar su linaje junto al Alfred Kubin de Der Letzte König o los primeros trazos de Paul Klee, Kafka los menospreciaba con hostilidad: “No son dibujos para mostrar a nadie. Tan sólo son jeroglíficos muy personales y, por tanto, ilegibles. (...) Mis figuras carecen de las proporciones espaciales adecuadas. No tienen un verdadero horizonte”, le dijo a Gustav Janouch en 1922. Algo que no podía entender Kafka en ese momento sería que su virtud, justamente, estaba en la articulación de ese jeroglífico, en la composición de ciertos paisajes sin horizonte.
El elemento de la carta, entonces, articula toda esta antología. Desde “La condena” pasando por “Un mensaje imperial” hasta la “Carta al padre”, las epístolas sin enviar (es decir, esos diálogos inconclusos) abren un arco donde se manifiestan los múltiples Kafkas. El escritor Luis Gusmán entendió que ese uso del plural convierte a la figura de Kafka en una sala de espejos donde el reflejo y su distorsión se multiplican hasta el infinito. Y su literatura, en tanto, se manifiesta amorfa y con una aspiración inesperada. Algunos cuentos de Kafka parecen una analogía biográfica (“La condena”, “La transformación”, explícitamente “Carta al padre”), mientras que otros funcionan como una velada reflexión sobre el arte, la escritura y el extenuante camino del artista hasta llegar a la perfección (“Un artista del hambre, “Primer sufrimiento”, “En la colonia penitenciaria”). Esta selección incluye todos los textos que Kafka consideraba valiosos salvo “El fogonero”, por entenderlo como primer capítulo de la novela América, pero suma otros, más breves, que dan cuenta de las diferentes obsesiones kafkianas y las tradiciones que lo influyeron como el relato de temática japonesa. Tiene sentido. Una de las primeras certezas estéticas de Kafka surgió a partir de la obra de artistas japoneses del siglo XIX: en las pinturas y los grabados de Hokusai, Utamaro y Hiroshige, Kafka advirtió que no eran pintores espontáneos sino creadores de una producción ardua y compleja pero de una perturbadora sencillez. En ellos, la dimensión técnica del arte parecía abolida: un solo movimiento parecía bastarles para conseguir una figura o un paisaje. A esa sencillez del trazo (tanto en sus dibujos como en sus textos), Kafka le agrega un nuevo movimiento que desplaza la estructura habitual de pensamiento, formateada por el sistema educativo. Algunos ejemplos de este desplazamiento: En “Un médico rural”, un joven quiere morir deslumbrado por la vida de su herida; en “En la colonia penitenciaria”, la escritura se vuelve tatuaje, la literatura como una máquina de tortura que se clava en el cuerpo. Estos textos actúan en un doble movimiento que encuentra su virtud en lo múltiple, hasta arriesgaría en la contradicción. Por eso quizá uno de los aforismos más perturbadores de Kafka sea aquel que dice, con reminiscencias al T. S. Eliot de los Cuatro cuartetos: “Hay una meta, pero no hay camino, lo que llamamos camino es vacilación”. Esa vacilación es el extravío permanente donde se encuentra una forma de pensar alternativa. Toda antología es una especie de retrato de la obra del autor. Y cada obra, para un autor, es el retrato distorsionado de sí mismo.
Entre las páginas de su diario, Kafka intentó relacionar “La condena” con su vida mientras que al final de sus días pretendió desmarcarse de Samsa diciendo que, de ninguna manera, como sugería Janouch, se trataba de un relato en clave autobiográfica aunque aceptaba que, tal vez, fuera sólo una indiscreción. Otra vez el autorretrato distorsionado. K., Josef K., Samsa, el artista del hambre: los nombres cambian y aceptan sus propias metamorfosis. Quizá sea por eso que pensar la literatura de Kafka pueda extraviarnos y llevarnos a pensar en las pinturas de Francis Bacon. Veamos. La rotunda intensidad de esas pinturas procedía de una conjugación paradójica de dos factores: la distorsión de las figuras y el tratamiento aceptablemente naturalista del entorno. En “Tres estudios de cabeza humana”, por ejemplo, la mano del pintor se apodera con un gesto brutal de un cuerpo, de una cara, con la esperanza de encontrar en ella, detrás de ella quizá, algo que se oculta. Ese mecanismo paradójico funciona también en Kafka. Sus personajes están envueltos en una niebla difusa, son sujetos radicales, extremos, delirantes, que se degradan o confunden, que saltan al vacío ante lo absurdo del mundo o mueren frente a la apatía del entorno; son personajes que se disuelven, se mezclan y enrarecen hasta convertirse en una sustancia gris, extraña y deforme. Al igual que Bacon con sus pinturas, Kafka pretende distorsionar el relato desde el detalle mínimo, cotidiano, intrascendente, y de ese modo asumir el sinsentido de un sistema y exhibir la paradoja, avanzar hacia lo inesperado, hacia el caos ordenado de la pesadilla.
La condena
Para la señorita Felice B.
Ocurrió una mañana de domingo en lo mejor de la primavera. Georg Bendemann, un joven comerciante, estaba sentado en su habitación del primer piso de una de las casas bajas, de estructura liviana, que se extendían en una larga hilera a lo largo del río y se diferenciaban entre sí casi únicamente por su altura y color. Acababa de terminar de escribir una carta dirigida a un amigo de juventud que se encontraba en el extranjero, la cerró con juguetona lentitud y apoyando los codos en el escritorio de madera se puso luego a mirar por la ventana hacia el río, el puente y las elevaciones tenuemente verdosas al otro lado de la orilla.
Pensaba en que este amigo, insatisfecho con cómo le iba en su país, casi que había escapado a Rusia años atrás. Ahora tenía un negocio en San Petersburgo, que al principio había marchado muy bien, pero que hacía tiempo parecía haberse estancado, tal como se había venido quejando en visitas cada vez más esporádicas. De modo que se mataba trabajando para nada, con esa exótica barba que le cubría malamente el rostro bien conocido desde la infancia, cuya piel amarillenta parecía indicar una enfermedad en curso. Según contaba, no había establecido un verdadero lazo con la comunidad de sus compatriotas asentados allí, y como tampoco tenía casi relación social con las familias del lugar, se aprestaba para una soltería definitiva.
¿Qué escribirle a un hombre así, que evidentemente se había metido en un callejón sin salida, y por el cual se podía sentir pena, pero no ayudarlo? ¿Había que aconsejarle acaso que volviera a su país, que trasladara su existencia hacia aquí y retomara las viejas relaciones de amistad –para lo cual no había obstáculo– y que en general confiara en la ayuda de los amigos? Pero eso no significaba otra cosa que decirle al mismo tiempo –y cuanto más cuidado se pusiera, mayor sería la ofensa– que sus intentos hasta el momento habían fracasado, que debía renunciar a ellos de una vez por todas, regresar y dejar que todo el mundo lo contemplara con grandes ojos como a un regresado para siempre. Era como decirle que sólo sus amigos entendían algo y que era un niño viejo que simplemente debía seguir a los amigos exitosos que se habían quedado en su casa. ¿Y estaba uno seguro de que todos estos tormentos a los que habría que someterlo tendrían una finalidad? Quizá ni se lograba traerlo de nuevo a casa –él mismo decía que ya no entendía el estado de cosas en su país– y entonces se quedaría pese a todo en el extranjero, amargado por los consejos y un poco más distanciado aún de sus amigos. Y si realmente seguía el consejo y aquí –por supuesto que no adrede, sino por los hechos– se deprimía, no lograba sentirse bien con sus amigos ni sin ellos, se sentía avergonzado y dejaba realmente de tener patria y amigos, ¿no era entonces mucho mejor para él quedarse en el extranjero tal como estaba? ¿Podía pensarse, en esas circunstancias, que aquí podría llevar sus cosas efectivamente adelante?
Por estas razones, si se quería al menos sostener el intercambio epistolar, no le podía contar nada en serio, como haría uno sin reservas hasta con el conocido más lejano. Hacía más de tres años que el amigo no regresaba al país y lo explicaba de manera muy precaria diciendo que la inseguridad de la situación política en Rusia no permitía ni la más breve ausencia de un pequeño comerciante, mientras que cientos de miles de rusos daban vueltas por el mundo con toda tranquilidad. En el curso de estos tres años era mucho lo que había cambiado para Georg. El amigo había llegado a enterarse del fallecimiento de la madre de Georg, sucedido hacía dos años y desde el cual él vivía junto a su anciano padre bajo un mismo techo, y había expresado sus condolencias en una carta con una sequedad que sólo podía tener su fundamento en que la tristeza por un acontecimiento semejante resulta del todo inconcebible estando en el extranjero. Desde aquel momento, Georg se había abocado, como a todo lo otro, también a su negocio con mayor resolución. Este se había desarrollado en los últimos dos años de manera muy inesperada, tal vez porque mientras su madre estaba viva, su padre, por querer que en el negocio sólo valiera su opinión, le había impedido a Georg desarrollar una verdadera tarea propia, o tal vez porque su padre se había vuelto más reservado desde la muerte de la madre, a pesar de seguir trabajando en el negocio, o tal vez por el papel mucho más prominente que habían jugado casualidades favorables –cosa que era incluso muy posible–; como fuera, habían tenido que duplicar la cantidad de empleados, los ingresos se habían quintuplicado y sin duda tenían más progresos aún por delante.
El amigo no tenía ni idea de este cambio. Antes, por última vez quizá en aquella carta de condolencias, había querido convencer a Georg de que se mudara a Rusia, explayándose sobre las perspectivas que había para el rubro comercial de Georg en San Petersburgo. Las cifras eran diminutas respecto al volumen que el negocio de Georg había adquirido ahora. Pero Georg no había tenido ganas de escribirle a su amigo acerca de sus éxitos comerciales, y si lo hubiese hecho ahora en retrospectiva, habría dado una impresión muy extraña.
De modo que se había limitado a escribirle al amigo sólo sobre acontecimientos insignificantes, tal como se acumulan desordenadamente en la memoria cuando uno se pone a reflexionar un domingo tranquilo. No quería más que dejar intacta la idea que el amigo se había hecho de su ciudad natal y con la que se había conformado en ese largo intervalo. Le ocurrió así a Georg que en tres cartas bastante espaciadas le anunció al amigo el compromiso de un hombre que le era indiferente con una muchacha que le era indiferente, hasta que de pronto el amigo, muy en contra de la intención de Georg, empezó a interesarse por esta rareza.
Georg prefería mucho más escribirle sobre estas cosas que confesarle que él mismo se había comprometido hacía un mes con la señorita Frieda Brandenfeld, una muchacha de una familia pudiente. A menudo hablaba con su prometida sobre este amigo y sobre la especial relación epistolar que mantenía con él.
—Entonces no va a venir a nuestro casamiento —dijo ella finalmente—, y yo tengo derecho a conocer a todos tus amigos.
—No quiero molestarlo —contestó Georg—. Entiéndeme, es probable que viniera, al menos eso creo yo, pero se sentiría obligado y perjudicado, tal vez me envidiaría y, sin duda frustrado e incapaz de sacarse de encima esta frustración nunca más, se volvería solo. Solo, ¿sabes lo que es eso?
—¿Y no podría enterarse de nuestro casamiento por otra vía?
—Eso no lo puedo evitar, aunque por la vida que lleva es más bien improbable.
—Si tienes ese tipo de amigos, no deberías haberte comprometido nunca.
—Bueno, en eso tenemos ambos la culpa; pero ahora no me gustaría que fuera diferente.
Y cuando ella, respirando agitada bajo los besos de él, agregó que en el fondo la ofendía, él estimó que era realmente de lo más natural contarle todo a su amigo por escrito. “Así soy y así debe tomarme —se dijo—. No puedo recortarme para formar una persona que acaso sea más apropiada para la amistad con él que la persona que soy.”
Y efectivamente, en una larga carta que había escrito ese domingo por la mañana, le comunicó al amigo el compromiso adquirido con las siguientes palabras: “La mejor novedad me la guardé para el final. Me he comprometido con la señorita Frieda Brandenfeld, una muchacha de una familia pudiente que se estableció aquí mucho tiempo después de tu partida, por lo que difícilmente la conozcas. Ya se dará la oportunidad de contarte más cosas sobre mi prometida, por hoy confórmate con saber que estoy muy feliz y que en nuestra relación mutua lo único que cambiará es que ahora, en vez de tener en mí a un amigo normal, tendrás a un amigo feliz. Además ganarás con mi prometida –que te manda saludos cordiales, y que en breve te escribirá por su cuenta– a una amiga sincera, lo que para un soltero no carece de importancia. Sé que son muchas las circunstancias que te retienen de visitarnos, pero ¿no sería justamente mi boda la oportunidad correcta para por una vez arrojar por la borda todos los obstáculos? Más allá de cómo resulte esto, actúa sin consideración alguna y sólo siguiendo tu mejor parecer”.
Largo tiempo pasó Georg con esta carta en la mano, sentado en su escritorio con la cara vuelta hacia la ventana. A un conocido que lo saludó desde la callecita al pasar apenas si le respondió con una sonrisa ausente.
Por fin se metió la carta en el bolsillo, salió de la habitación y cruzó en diagonal un pequeño pasillo hasta la pieza de su padre, a la que no entraba hacía meses. Tampoco había tenido necesidad, pues estaba todo el tiempo en contacto con él en el negocio, almorzaban juntos en un restaurante y si bien por la noche cada uno se las arreglaba por su lado, más tarde, si es que Georg, como sucedía con frecuencia, no estaba con amigos o visitaba ahora a su prometida, solían quedarse sentados un ratito, cada cual con su periódico, en la sala de estar que compartían.
Georg quedó asombrado por lo oscura que estaba la habitación del padre incluso en una mañana de sol. Tanta era la sombra que arrojaba el alto muro que se elevaba al otro lado del patio. El padre estaba sentado junto a la ventana, en un rincón adornado con varios recuerdos de la santa madre, y leía el periódico, que sostenía de costado ante los ojos, buscando compensar alguna debilidad visual. Sobre la mesa estaban los restos del desayuno, del que no parecía haber consumido mucho.
—¡Ah, Georg! —dijo el padre, yendo enseguida a su encuentro.
Su pesado salto de cama se abrió al caminar, las puntas revolotearon a su alrededor. “Mi padre sigue siendo un gigante”, se dijo Georg.
—La oscuridad aquí es intolerable —dijo luego el hijo.
—Sí, está oscuro —respondió el padre.
—¿Tienes la ventana cerrada, además?
—Prefiero así.
—Hace mucho calor afuera —dijo Georg, como complemento de lo anterior, y tomó asiento.
El padre recogió la vajilla del desayuno y la colocó sobre una cómoda.
—En realidad, sólo quería decirte —continuó Georg, siguiendo abstraídamente los movimientos del viejo— que al final anuncié mi compromiso a San Petersburgo.
Extrajo la carta un poco del bolsillo y volvió a dejar que se deslizara adentro.
—¿Por qué a San Petersburgo? —preguntó el padre.
—A mi amigo —dijo Georg, buscando los ojos del padre.
“En el negocio es completamente distinto —pensó— a cómo está sentado aquí a sus anchas, con los brazos cruzados delante del pecho.”
—Sí. Tu amigo —dijo el padre con énfasis.
—Ya sabes, padre, que al principio quería ocultarle mi compromiso. Por consideración a él y por ningún otro motivo. Tú mismo estás enterado de que es una persona difícil. Yo me decía que bien podía llegarle lo de mi compromiso por otro lado, aunque con la vida solitaria que lleva es muy poco probable (eso yo no lo puedo evitar), pero que no se iba a enterar de mi boca.
—¿Y ahora cambiaste de opinión? —preguntó el padre, dejó el periódico de grandes dimensiones sobre el borde de la ventana, y sobre el periódico los anteojos, que cubrió con la mano.
—Sí, ahora cambié de opinión. Si es un buen amigo, me dije, entonces mi feliz compromiso tiene que ser una felicidad para él también. Y por eso no vacilé más en anunciárselo. Pero antes de enviar la carta, quería decírtelo.
—Georg —dijo el padre y ensanchó su boca desdentada—, ¡escúchame! Has venido a verme por este asunto para discutirlo conmigo. Eso te honra, sin duda. Pero no significa nada, es peor que nada, si no me dices ahora la verdad. No quiero remover cuestiones que aquí están fuera de sitio. Desde la muerte de nuestra querida madre han ocurrido ciertas cosas nada bonitas. Tal vez llegue el tiempo también para ellas y tal vez llegue antes de lo que pensamos. En el negocio se me escapan algunos asuntos, quizá no me oculten nada –no quiero suponer que me ocultan algo–, sino que ya no tengo la fuerza suficiente, mi memoria flaquea, no conservo el panorama de tantos asuntos. Esto se debe en primer término a un proceso natural, y segundo a que la muerte de nuestra madrecita me ha golpeado mucho más que a ti. Pero ya que nos detenemos en la cuestión de esta carta, te pido, Georg, que no me engañes. Es una pequeñez, no es digna de gastar saliva en ella, así que no me engañes. ¿Realmente tienes ese amigo en San Petersburgo?
Georg se puso de pie, desconcertado.
—Dejemos a un lado a mis amigos. Mil amigos no me reemplazan a mi padre. ¿Sabes lo que creo? Que no te cuidas lo suficiente. Pero la edad exige sus derechos. Eres imprescindible para mí en el negocio, lo sabes perfectamente, pero si el negocio va a poner en riesgo tu salud, lo cierro mañana mismo para siempre. Esto no va. Tenemos que establecer otro tipo de vida para ti. Pero desde la raíz. Estás sentado aquí a oscuras, y en la sala de estar tendrías una hermosa luz. Picoteas del desayuno en lugar de nutrirte correctamente. Estás sentado con las ventanas cerradas cuando el aire te haría tan bien. ¡No, padre mío! Voy a buscar al médico y vamos a seguir sus prescripciones. Cambiaremos de piezas, te mudarás al cuarto del frente y yo vendré aquí. No será ningún cambio para ti, todo se mudará contigo. Pero para eso hay tiempo, ahora recuéstate un poco más en la cama, precisas sin falta descansar. Ven, te ayudaré a desvestirte, verás que puedo. ¿O quieres ir ya mismo al cuarto del frente y acostarte por el momento en mi cama? La verdad es que sería algo muy sensato.
Georg estaba parado muy cerca del padre, que había dejado caer sobre el pecho su cabeza de hirsutos cabellos blancos.
—Georg —dijo el padre bajito, sin moverse.
Georg se arrodilló de inmediato junto al padre y en su cara cansada vio las pupilas enormes dirigiéndose a él desde las comisuras de los ojos.
—No tienes ningún amigo en San Petersburgo. Siempre has sido un bromista y tampoco te has privado de serlo frente a mí. ¡Cómo vas a tener un amigo justo allí! Es algo que no puedo creer.
—Piénsalo una vez más, padre —dijo Georg, levantó al padre del sillón y, como se quedó parado ahí muy débil, le quitó el salto de cama—, pronto van a ser tres años de cuando mi amigo nos vino a visitar. Me acuerdo de que no te cayó especialmente bien. Al menos dos veces te negué su presencia, a pesar de que estaba conmigo en la pieza. Podía entender muy bien tu rechazo, mi amigo tiene sus peculiaridades. Pero luego pudiste conversar con él de la mejor manera. Me puso tan orgulloso que lo escucharas, asintiendo y haciéndole preguntas. Si reflexionas tienes que acordarte. Nos contó historias increíbles de la Revolución rusa. Como por ejemplo la vez que durante un viaje de negocios a Kiev vio en medio de un tumulto a un clérigo en un balcón que se talló con una botella una amplia cruz de sangre en la palma de la mano, la levantó y le gritó a la multitud. Tú mismo volviste a contar esa historia en esta o la otra oportunidad.
Mientras tanto, Georg había logrado volver a sentar al padre y sacarle con cuidado los pantalones de punto que llevaba puestos encima de los calzoncillos de lino, así como también las medias. Al ver que las ropas no estaban especialmente limpias se hizo reproches por tenerlo descuidado. Seguro que era también su deber controlar que se cambiara de ropa. Aún no había hablado expresamente con su prometida sobre cómo querían organizar el futuro del padre, pues habían asumido de manera tácita que se quedaría solo en el antiguo departamento. Pero ahora decidió de pronto con toda determinación llevárselo a su futuro hogar. Casi parecía, si se lo miraba con atención, que los cuidados que allí se le fueran a dispensar podrían llegar demasiado tarde.
Lo llevó en brazos hasta la cama. Durante el par de pasos lo invadió una sensación horrible al notar que el padre jugaba con la cadena del reloj que colgaba sobre su pecho. No podía acostarlo enseguida en la cama, de lo firme que se aferraba a esta cadena del reloj.
No bien se acomodó en la cama, todo pareció estar bien. Se metió entre las sábanas por su cuenta y luego tiró de la frazada hasta bastante más allá de los hombros. Miró a Georg sin descortesía.
—¿Verdad que ya te acuerdas de él? —preguntó Georg, asintiendo como para darle ánimo.
—¿Estoy ahora bien tapado? —dijo el padre, como si no pudiera mirar si los pies estaban lo suficientemente cubiertos.
—Te gusta entonces estar en la cama —dijo Georg, acomodándole mejor la frazada.
—¿Estoy bien tapado? —preguntó el padre otra vez y pareció prestarle especial atención a la respuesta.
—Quédate tranquilo, estás bien tapado.
—¡No! —gritó el padre, haciendo que la respuesta se estrellara contra la pregunta, arrojó la frazada con tal fuerza que por un momento se desplegó por completo en el aire y se paró sobre la cama, con sólo una mano apoyada ligeramente en el cielorraso—. Querías cubrirme, ya lo sé, pequeño retoño mío, pero aún no estoy cubierto. Y aunque sean mis últimas fuerzas, son suficientes para ti, demasiadas para ti. Claro que conozco a tu amigo. Sería un hijo de mi agrado. Por eso es que lo has estado engañando todos estos años. ¿Por qué si no? ¿Crees que no he llorado por él? Es por eso que te encierras en tu oficina, nadie debe molestar, el jefe está ocupado: sólo para que tú puedas escribir tus falsas cartitas a Rusia. Pero por suerte el padre no necesita que nadie le enseñe a adivinarle las intenciones al hijo. Como ahora creíste que lo habías avasallado, tan avasallado que podías sentarte encima de él con tu trasero y él no se movería, ¡ahí fue que mi señor hijo se decidió a casarse!
Georg alzó la mirada hacia la figura fantasmal de su padre. El amigo de San Petersburgo, que el padre de pronto conocía tan bien, se apoderó de él como nunca. Lo vio perdido en la extensa Rusia. Lo vio en la puerta de la tienda vacía y saqueada. Parado a duras penas entre las ruinas de las estanterías, las mercaderías destrozadas, los soportes de las lámparas de gas caídos. ¡¿Por qué había tenido que irse tan lejos?!
—¡Pero mírame! —exclamó el padre, y Georg caminó, casi abstraído, hacia la cama, para entenderlo todo, aunque se quedó paralizado a medio camino.
—Porque ella se levantó la falda —empezó a decir el padre con voz meliflua—, porque se levantó así la falda, la cretina asquerosa —y a fin de representarlo se levantó el camisón tan alto que quedó a la vista la cicatriz que tenía en el muslo de sus años en la guerra—. Te le fuiste encima porque se levantó la falda así y así y así. Para poder satisfacerte en ella sin molestias has profanado el recuerdo de nuestra madre, has traicionado al amigo y metido a tu padre en la cama, de modo que no pueda moverse. Pero ¿puede moverse o no?
Se quedó parado sin agarrarse de ningún lado y levantando las piernas. Irradiaba perspicacia.
Georg se había retirado a un rincón, lo más lejos posible del padre. Hacía un largo rato que había tomado la firme decisión de observar todo con la mayor de las precisiones, para no poder ser sorprendido por medio de rodeos, desde atrás, desde arriba. Ahora recordó otra vez esa decisión olvidada hacía mucho y la olvidó, como se atraviesa un hilo corto por el ojo de una aguja.
—¡Pero el amigo no ha sido traicionado! —exclamó el padre, moviendo el dedo índice de un lado al otro a modo de refuerzo—. Yo soy su representante en este lugar.
—¡Comediante! —Georg no pudo contenerse de gritar, reconoció enseguida el perjuicio y se mordió, demasiado tarde (los ojos petrificados), la lengua, hasta doblarse de dolor.
—¡Sí, claro que he hecho una comedia! ¡Comedia! ¡Buena palabra! ¿Qué otro consuelo le quedaba al viejo padre enviudado? Dilo (y por el instante en que dure la respuesta sé aún mi hijo vivo): ¿qué otra cosa me quedaba, en mi cuarto trasero, perseguido por empleados desleales, viejo hasta la médula? ¡Y mi hijo que iba jolgorioso por el mundo, cerrando negocios que yo había allanado, saltando de contento y huyendo de su padre con la cara circunspecta de un hombre de honor! ¿Crees que yo no te hubiera querido, yo, de quien has salido?
“Ahora se va a inclinar hacia adelante —pensó Georg—, ¡si cayera y se hiciera trizas!” Esta última palabra atravesó silbando su cabeza.
El padre se inclinó hacia adelante, pero no cayó. Puesto que Georg no se acercó como había esperado, volvió a erguirse.
—¡Quédate donde estás, no te necesito! Tú crees que aún tienes las fuerzas para venir hasta aquí y sólo te refrenas porque así lo quieres. ¡Cuidado con no equivocarte! Yo sigo siendo el más fuerte. ¡Si estuviera solo tal vez habría tenido que recular, pero ahora la madre me ha dado su fuerza, me he aliado con tu amigo de manera maravillosa, a tu clientela la tengo aquí en el bolsillo!
“¡Hasta en el camisón tiene bolsillos!”, se dijo Georg, y creyó que con esa observación podía dejarlo en ridículo frente a todo el mundo.
Sólo lo pensó un instante, porque continuamente se olvidaba de todo.
—¡Cuélgate del brazo de tu prometida y ven con ella hacia mí! ¡Yo te la barro de al lado, no sabes cómo!
Georg hizo muecas de no creerle. El padre sólo asentía en dirección a la esquina de Georg, reafirmando la verdad de lo que decía.
—Cómo me entretuviste hoy al venir y preguntarme si debías escribirle a tu amigo sobre el compromiso. ¡Si lo sabe todo, tontito, lo sabe todo! Era yo el que le escribía, porque te olvidaste de quitarme las cosas para escribir. Por eso es que hace años que no viene, sabe todo cien veces mejor que tú, a tus cartas las estruja con la mano izquierda sin leerlas mientras en la derecha se pone delante las mías para leerlas.
Bamboleaba el brazo con entusiasmo sobre su cabeza.
—¡Sabe todo mil veces mejor! —gritó.
—¡Diez mil veces! —dijo Georg, para reírse del padre, pero ya en su boca las palabras adquirieron un tono de seriedad mortal.
—Hace años espero que me vengas con esta pregunta. ¿Crees que hay alguna otra cosa que me preocupe? ¿Crees que leo los periódicos? ¡Ahí tienes!
Y le arrojó a Georg una hoja de periódico, que de alguna manera había llegado hasta la cama. Un viejo periódico con un nombre ya completamente desconocido para Georg.
—¡Cuánto que has vacilado antes de madurar! Madre tuvo que morirse, no pudo vivir ese día de júbilo, el amigo se va a pique en Rusia, ya hace tres años estaba amarillo como para tirarlo a la basura, y yo, ya ves cuál es mi situación. ¡Para eso tienes los ojos!
—¡Así que me estuviste espiando! —exclamó Georg.
El padre dijo compasivo y como al pasar:
—Probablemente querías decir eso antes. Ahora ya está por completo fuera de sitio. —Y agregó más fuerte—: Ahora sabes entonces qué hay además de ti, hasta ahora sólo sabías sobre ti. En el fondo eras un niño inocente, ¡pero mucho más en el fondo eras una persona diabólica! Por eso, sábelo: ¡te condeno ahora a morir ahogado!
Georg se sintió expulsado de la habitación, el golpe a sus espaldas con el que su padre se desplomó sobre la cama sólo lo alcanzó a pescar con los oídos. En la escalera, por cuyos escalones voló como sobre una superficie inclinada, sorprendió a su criada, que estaba a punto de subir para limpiar el departamento después de la noche.
—¡Jesús! —exclamó ella y se tapó la cara con el delantal, pero él ya se había ido.
Cruzó de un salto el portón, sintiéndose arrastrado hacia el agua al otro lado de la calle. Ya se aferraba a la baranda, como un hambriento a la comida. Se balanceó por encima, como el excelente gimnasta que había sido en sus años de juventud, para orgullo de sus padres. Aún seguía sosteniéndose con manos cada vez más débiles, atisbó entre las barras de la baranda un ómnibus que taparía con facilidad el ruido de su caída, y exclamó bajito: “Queridos padres, yo, sin embargo, siempre los he querido”. Y se dejó caer.
En ese instante cruzaba por el puente un tráfico realmente infinito.
Un médico rural
Estaba en un gran apuro: tenía por delante un viaje urgente; un enfermo de gravedad me esperaba en un pueblo a diez millas de distancia; fuertes ráfagas de nieve llenaban el espacio entre él y yo; tenía un coche, liviano, de ruedas grandes, que servía perfectamente para nuestras carreteras; parado en el patio dentro de mi tapado de piel, el maletín con el instrumental en la mano, estaba listo para el viaje; pero el caballo faltaba, el caballo. Mi propio caballo había perecido la noche anterior como consecuencia de los esfuerzos excesivos de este invierno gélido; mi criada daba vueltas en este momento por el pueblo para conseguir uno prestado; pero era inútil, yo lo sabía, y cada vez más cubierto de nieve, cada vez más inmóvil, estaba parado ahí sin sentido. La muchacha apareció en el portón, sola, balanceando la lámpara; por supuesto, ¿quién va a prestar su caballo para semejante viaje? Volví a recorrer el patio; no encontré ninguna posibilidad; abstraído, atormentado, golpeé con el pie la puerta resquebrajada de la porqueriza que ya no se usaba hacía años. Se abrió y quedó batiendo de las bisagras. Salió un calor y un olor como de caballos. Una mortecina lámpara de acero oscilaba adentro colgando de una cuerda. Un hombre, acurrucado en su cobertizo de techo bajo, mostró una cara franca de ojos azules.
—¿Engancho los caballos? —preguntó, arrastrándose en cuatro patas.
No supe qué decir y me limité a inclinarme, para ver qué más había en el establo. La criada estaba junto a mí.
—Uno no sabe lo que tiene como provisión en la propia casa —dijo, y los dos nos reímos.
—¡Ea, Hermano, ea, Hermana! —exclamó el mozo de cuadra, y dos caballos, poderosos animales de fuertes ancas, las piernas pegadas al cuerpo, agachando como camellos las cabezas bien proporcionadas, asomaron uno después del otro, gracias únicamente a la fuerza de los giros de sus troncos, por el agujero de la puerta, que llenaron por completo. Pero enseguida se enderezaron, con sus patas largas y sus cuerpos exhalando denso vapor.
—Ayúdalo —dije, y la servicial muchacha se apresuró a alcanzarle al peón los arreos del coche.
No bien estuvo a su lado, el peón la rodeó con sus brazos y pegó su cara a la de ella. Ella gritó y huyó hacia mí; en las mejillas de la muchacha hay impresas dos rojas hileras de dientes.
—¡Bestia! —grito furioso—, ¿quieres látigo?
Pero enseguida recuerdo que es un extraño, que no sé de dónde viene y que me está ayudando voluntariamente en algo en lo que todos los otros han fallado. Como si supiera lo que estoy pensando, no se toma a mal mi amenaza, sino que se vuelve hacia mí una sola vez, siempre ocupado con los caballos.
—Sube —me dice, y en efecto: todo está listo.
Nunca he viajado con una yunta tan bonita, lo noto, y me subo contento.
—Pero yo seré quien maneje las riendas, tú no conoces el camino —le digo.
—Sin duda —dice él—, yo ni voy a viajar, me quedo con Rosa.
—¡No! —grita Rosa y corre hacia la casa, en el certero sentimiento de que su destino es inevitable; oigo rechinar la cadena de la puerta cuando la corre; oigo la cerradura cuando cierra; veo además cómo apaga las luces del pasillo y a toda velocidad las de las habitaciones, para volverse inhallable.
—Tú vienes conmigo o desisto del viaje, por muy urgente que sea —le digo al peón—. Ni se me ocurre entregarte a la muchacha como precio por viajar.
—¡Arre! —dice él; aplaude con las manos; el coche es arrastrado como troncos por la corriente; aún llego a escuchar cómo la puerta de mi casa revienta y se astilla ante el asalto del peón, luego los ojos y los oídos se me llenan de un zumbido que se abre paso de manera uniforme por todos mis sentidos. Pero también eso dura nada más que un momento, pues, como si frente al portón de mi patio se abriera inmediatamente el patio de mi enfermo, ya estoy allí; los caballos están quietos y tranquilos; cesó la nevada; luz de luna alrededor; los padres del enfermo se precipitan fuera de la casa; la hermana detrás de ellos; casi que me alzan del coche; de lo que me dicen confusamente no deduzco nada; en la pieza del enfermo el aire apenas si se puede respirar; el hogar descuidado humea; voy a abrir la ventana de un tirón, pero primero quiero ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, sin frío, sin calor, con ojos vacíos, sin camisa, el joven se yergue bajo el plumón, se me cuelga del cuello, me susurra al oído:
—Doctor, déjame morir.
Miro en derredor; nadie lo ha oído; los padres están mudos e inclinados hacia adelante esperando mi veredicto; la hermana ha traído una silla para mi maletín. Abro el bolso y busco entre mis instrumentos; el joven me busca tanteando todo el tiempo desde la cama, haciéndome recordar su ruego; tomo unas pinzas, las examino a la luz de la vela y vuelvo a dejarlas.
“Sí —pienso blasfemamente—, en estos casos los dioses ayudan, envían el caballo faltante, agregan un segundo por la urgencia, donan para colmo un mozo de cuadra.”
Sólo entonces vuelvo a pensar en Rosa; ¿qué hacer, cómo salvarla, cómo sacársela a ese mozo de cuadra, a diez millas de distancia, con caballos inmanejables delante de mi coche? Los caballos, que ahora han aflojado de alguna manera las riendas; que abren la ventana, no sé cómo, ¿de un golpe desde afuera?, que meten cada cual la cabeza por una de las ventanas y que, impávidos ante el griterío de la familia, observan al enfermo. “Me vuelvo enseguida”, pienso, como si los caballos me instaran al viaje, pero tolero que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el tapado de piel. Me preparan un vaso con ron, el viejo me golpea un hombro, la entrega de su tesoro justifica esta confianza. Sacudo la cabeza; para el estrecho pensamiento del viejo lo que pasa es que me siento mal; sólo por esa razón rechazo beber. La madre está parada junto a la cama y me insta a acercarme; obedezco y, mientras un caballo relincha fuerte hacia el techo de la habitación, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que sé: el joven está sano, con la circulación sanguínea algo baja, saturado de café por la preocupada madre, pero sano, lo mejor sería sacarlo de la cama de un empujón. Yo no soy de los que quieren cambiar el mundo y lo dejo donde está. Trabajo para el distrito y cumplo con mi deber hasta el límite, hasta donde es casi demasiado. Mal pago, soy generoso y solícito con los pobres. Aún tengo que ocuparme de Rosa, luego el joven puede que tenga razón y también yo quiera morir. ¡Qué hago aquí en este invierno interminable! Mi caballo ha perecido, y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Tengo que sacar mi yunta de la porqueriza; si no fueran casualmente caballos, tendría que viajar con cerdos. Así es. Y asiento en dirección a la familia. No saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Escribir recetas es fácil, pero más allá de eso es difícil entenderse con la gente. Pues bien, aquí terminaría entonces mi visita, una vez más me han llamado sin necesidad, es algo a lo que estoy acostumbrado, con ayuda de mi campanilla nocturna me martiriza todo el distrito, pero que esta vez haya tenido que entregar también a Rosa, esa bella muchacha que vivió durante años en mi casa casi sin que yo le prestara atención, ese sacrificio es demasiado grande, y yo debo explicármelo de alguna manera en mi cabeza provisoriamente con sofisterías para no arremeter contra esta familia, que ni con la mejor voluntad podría devolverme a Rosa. Pero al cerrar mi maletín y señalar mi tapado, con la familia toda junta, el padre olisqueando el vaso de ron en su mano, la madre –probablemente decepcionada de mí, pero bueno, ¿qué es lo que espera la gente?– mordiéndose llorosa los labios y la hermana agitando un pañuelo empapado en sangre, estoy de alguna forma dispuesto a admitir eventualmente que el joven quizá sí esté enfermo. Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera la sopa más vigorizante –ay, ahora relinchan ambos caballos; es probable que el ruido, mandado desde regiones superiores, facilite el examen–, y entonces creo: sí, el joven está enfermo. En su costado derecho, en la zona de la cadera, se ha abierto una herida del tamaño de la palma de una mano. Es rosada, con varios tipos de sombras, oscura en la parte profunda, clareando hacia los bordes, delicadamente granulada, con sangre acumulándose de manera irregular, desplegada como una mina a cielo abierto. Así, a la distancia. De cerca queda a la vista una complicación más. ¿Quién puede mirar esto sin soltar un silbido por lo bajo? Gusanos, de fuerza y tamaño similares a mi dedo meñique, rosados de por sí y además salpicados de sangre, se retuercen a la luz, atrapados en el interior de la herida, con cabecitas blancas y muchas patitas. Pobre jovencito, no tienes remedio. Tu gran herida he encontrado; por esta flor a tu costado estás sentenciado. La familia está feliz, me ven activo; la hermana se lo dice a la madre, la madre al padre, el padre a algunos huéspedes que entran en puntas de pie, haciendo equilibrio con los brazos extendidos, a través de la luz de luna de la puerta abierta.
—¿Me vas a salvar? —susurra el joven sollozando, completamente encandilado por la vida en su herida.
Así es la gente en mi región. Siempre exigiendo lo imposible del médico. Han perdido la antigua fe; el cura está sentado en su casa, despedazando las casullas, una tras otra; pero el médico debe lograrlo todo con su delicada mano quirúrgica. Pues bien, como quieran: yo no me he ofrecido; si me quieren usar con fines sagrados, dejo que me ocurra también eso; ¡qué más puedo querer, viejo médico rural, despojado de su criada! Y ellos vienen, la familia y los ancianos del pueblo, y me desnudan; delante de la casa hay un coro escolar con el maestro a la cabeza y canta una melodía extremadamente simple con esta letra:
Desnúdenlo, que entonces curará,
y si no cura, ¡pues mátenlo!
Es sólo un médico, es sólo un médico.
Estoy entonces desnudo y con los dedos en la barba miro tranquilamente a la gente, la cabeza inclinada. Me encuentro absolutamente sereno y superior a todos y así permanezco también, pese a que de nada me sirve, porque ahora me toman por la cabeza y por los pies y me llevan a la cama. Me acuestan contra la pared, al lado de la herida. Luego todos se van de la pieza; se cierra la puerta; el canto cesa; las nubes tapan la luna; la ropa de cama me rodea con su calidez, las cabezas de los caballos se balancean vagamente en los huecos de la ventana.
—¿Sabes? —escucho que me dicen al oído—. Te tengo muy poca confianza. Tan sólo te han arrojado de alguna parte, no vienes por tus propios medios. En lugar de ayudar, me limitas mi lecho de muerto. Lo que más me gustaría es arrancarte los ojos de un arañazo.
—Correcto —digo—, es una vergüenza. Pero sucede que soy médico. ¿Qué debo hacer? Créeme, tampoco para mí se hace fácil.
—¿Y con esa disculpa debo conformarme? Ay, sí que debo. Siempre tengo que conformarme. Con una bella herida llegué al mundo; ese fue todo mi equipamiento.
—Joven amigo —digo—, tu error está en no tener una visión de conjunto. Yo, que ya he estado en todas las habitaciones de enfermos, a lo ancho y a lo largo, te digo: tu herida no es tan grave. Hecha en ángulo agudo con dos golpes de azada. Muchos dejan expuesto su costado y casi no oyen la azada en el bosque, menos aún que se les acerca.
—¿De verdad es así o me engañas en mi fiebre?
—De verdad es así, acepta la palabra de honor de un médico oficial.
Y él la aceptó y se quedó en silencio. Pero ahora era tiempo de pensar en mi salvación. Los caballos seguían lealmente parados en sus lugares. Rápido recogí la ropa, el tapado y el maletín; no quise demorar en vestirme; si los caballos se apuraban como en el viaje de ida, era de alguna manera como saltar de esta cama a la mía. Un caballo se retiró obediente de la ventana; lancé el fardo al coche; el tapado voló demasiado lejos, apenas si quedó aferrado por una manga a un gancho. Suficiente. Me subí al caballo. Las riendas arrastrándose flojas, un caballo apenas unido al otro, el coche errante detrás, el tapado a lo último sobre la nieve.
—¡Arre! —dije, pero el arreo nada tuvo de arrobo; lentos como hombres viejos nos arrastramos por el desierto de nieve; largo rato resonó detrás de nosotros el canto nuevo pero equívoco de los niños:
¡Alégrense, pacientes,
les acostaron al médico en su cama!
Así no voy a llegar nunca a casa; mi floreciente consultorio está perdido; un sucesor me roba, pero sin provecho, porque no me puede reemplazar; en mi casa hace estragos el repugnante mozo de cuadra; Rosa es su víctima; no quiero ni pensarlo. Desnudo, entregado a la helada de la más desgraciada de las épocas, con un coche terrenal, caballos sobrenaturales, voy yo, un hombre viejo, a la deriva. Mi tapado de piel cuelga detrás del carro, pero no lo puedo alcanzar, y nadie de la cambiante chusma de los pacientes mueve un dedo. ¡Engañado! ¡Engañado! Una vez que sigues el falso llamado de la campanilla nocturna, jamás lo puedes subsanar.
Informe para la academia
Distinguidos señores de la academia:
Me han hecho ustedes el honor de invitarme a brindarle a la academia un informe sobre mi vida anterior como mono.
Lamentablemente, no puedo cumplir con la petición en ese sentido. Son casi cinco años los que me separan del estadio simiesco, un tiempo que acaso sea corto medido según el calendario, pero que resulta infinitamente largo para ser galopado como lo he hecho yo, de a tramos acompañado por personas magníficas, consejos, aplausos y música de orquesta, pero en el fondo en soledad, pues todas las compañías permanecieron, por seguir con la metáfora, del otro lado de la baranda. Este desempeño habría sido imposible si me hubiera querido aferrar obstinadamente a mi origen, a los recuerdos de juventud. Prescindir de cualquier obstinación fue precisamente el mandato supremo que me impuse; yo, un mono libre, me sometí a ese yugo. Pero eso hizo que los recuerdos se me fueran sustrayendo cada vez más. Si al principio, en caso de que los humanos hubieran querido, mi regreso se hallaba franqueado por todo el portal que forma el cielo sobre la tierra, ese portal se fue volviendo a la vez más bajito y estrecho a medida que avanzaba mi progreso a latigazos; me sentía más cómodo e incluido en el mundo humano; la tempestad que soplaba desde mi pasado se apaciguó; hoy es sólo una brisa que me refresca los talones; y el lejano agujero del que proviene ese pasado, y del cual alguna vez provine yo, se ha hecho tan pequeño que si me alcanzaran las fuerzas y la voluntad como para volver hasta allí, tendría que desollarme la piel a fin de atravesarlo. Para decirlo con franqueza, por mucho que me guste elegir metáforas para estas cosas, para decirlo con franqueza: su estado simiesco, señores, si es que tienen un pasado semejante, no podría estar más alejado de ustedes de lo que está el mío para mí. Pero a todos los que andan sobre la tierra les cosquillean los talones: tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles.
En un sentido restringido, puedo, sin embargo, responder a su requerimiento, y lo hago incluso con gran regocijo.
Lo primero que aprendí fue a dar la mano; dar la mano demuestra franqueza; aunque puede que hoy, en el cenit de mi carrera, se agregue a cada primer apretón de manos también la palabra franca. Lo que diga no le va a aportar nada esencialmente nuevo a la academia y quedará muy por detrás de lo que se me ha pedido y de lo que con la mejor voluntad no podría decir, pero de todos modos expondrá las pautas en base a las cuales un ex mono se incorporó al mundo humano para allí establecerse. Con todo, no me permitiría decir ni lo poco que sigue si no estuviera por completo seguro, y si mi posición no se hubiera afianzado hasta lo inconmovible en todos los grandes teatros de variedades del mundo civilizado.
Provengo de la Costa de Oro. De cómo fui cazado me enteré por informes ajenos. Una expedición de caza de la empresa Hagenbeck1 –con cuyo director ya hemos vaciado desde entonces algunas buenas botellas de vino tinto– estaba al acecho entre los arbustos de la orilla cuando bajé a beber por la tarde en medio de una manada. Dispararon; fui el único al que le dieron; recibí dos tiros.
Uno en la mejilla; aunque leve, me dejó una roja cicatriz grande y pelada que me valió el repugnante nombre de Pedro el Rojo, absolutamente desacertado, casi parece inventado por un mono, como si sólo por la mancha roja en la mejilla yo me distinguiera del mono vestido llamado Pedro, conocido aquí y allí y que espichó hace poco. Esto dicho al margen.
El segundo tiro me dio debajo de la cadera. Fue de gravedad, a él le debo la cojera que aún tengo hoy. No hace mucho leí en un artículo de alguno de los diez mil charlatanes que se despachan sobre mí en los periódicos que mi naturaleza simiesca no está del todo suprimida aún; la prueba de esto sería que cuando vienen a visitarme me bajo con gusto los pantalones para mostrar el orificio de entrada de aquel disparo. Al tipo ese le deberían arrancar a tiros uno por uno cada dedito de la mano con la que escribe. Yo, yo tengo permitido bajarme los pantalones delante de quien se me dé la gana; no se encontrará allí más que una piel bien cuidada y la cicatriz remanente –elijamos aquí para un fin determinado una palabra determinada, pero que no busca malentendidos–, la cicatriz remanente de un tiro criminal. Todo está a la vista; no hay nada que esconder; si se trata de la verdad, cualquier persona de buena voluntad deja de lado los modales más finos. Ahora bien, si aquel articulista se bajara los pantalones cuando tiene visita, eso ya tendría otra aspecto, y acepto como signo de sensatez que no lo haga. Pero entonces que se mantenga alejado de mí con sus sensibilidades.
Tras aquellos tiros me desperté –y aquí empiezan de a poco mis propios recuerdos– dentro de una jaula en el entrepuente del vapor de Hagenbeck. No era una jaula de barrotes con cuatro lados; más bien eran tres lados de barrotes sujetos a una caja; es decir que la caja formaba la cuarta pared. El conjunto era demasiado bajo para estar de pie y demasiado estrecho para sentarse. Estuve por eso acuclillado, con rodillas eternamente temblorosas y vuelto hacia la caja, posiblemente porque en principio no quería ver a nadie y sólo quería mirar hacia la oscuridad, mientras que atrás los barrotes de la jaula se me clavaban en la carne. Se estima que este tipo de reclusión para animales salvajes es ventajosa durante los primeros momentos, y hoy, después de mi experiencia, no puedo negar que este sea el caso, desde el punto de vista de los humanos.
Pero no pensaba en eso en aquel entonces. Por primera vez me hallaba sin salida; al menos el camino recto resultaba impracticable; delante de mí estaba la caja, con las tablas ensambladas firmemente entre sí. Si bien corría entre ellas una ranura, que al principio yo saludé, al descubrirla, con el llanto feliz de la irreflexión, no alcanzaba ni por lejos para sacar la cola; tampoco se la podía ensanchar ni con toda la fuerza simiesca.
Según me dijeron más tarde, yo hice inusualmente poco ruido, de lo que dedujeron que en breve moriría o que, si lograba sobrevivir a la primera etapa crítica, sería muy capaz de ser amaestrado. Sobreviví a esa etapa. Sollozar contenidamente, espulgarme hasta el dolor, lamer cansinamente un coco, golpearme el cráneo contra la pared de la caja, sacar la lengua cuando se me acercaba alguien: esas fueron las primeras ocupaciones de mi nueva vida. Pero entre todo eso un solo sentimiento: no hay salida. Claro que hoy sólo puedo explicar con palabras humanas lo que entonces sentí como mono, y acorde a eso es que lo dejo registrado, pero aun sin poder alcanzar la antigua verdad simiesca, la misma se encuentra al menos en la dirección de mi relato, de eso no cabe duda.
Hasta ahora había tenido tantas salidas y de pronto no tenía ninguna. Estaba atrapado. Si me hubieran sujetado con clavos, mi libertad de movimiento no se habría visto disminuida. ¿Y eso por qué? Puedes rascarte entre los dedos gordos del pie hasta dejar el sitio en carne viva que no encontrarás el motivo. Apriétate el lomo contra la reja hasta casi partírtelo en dos que no encontrarás el motivo. No tenía salida, pero tenía que conseguirme alguna, pues sin ella no podía vivir. Siempre vuelto hacia la pared de esta caja, inevitablemente habría reventado. Y como en Hagenbeck a los monos les corresponde la pared de la caja, lo que hice fue dejar de ser un mono. Un razonamiento claro y bello que de alguna manera me debe haber salido del estómago, puesto que los monos piensan con el estómago.
Temo que no se comprenda con exactitud lo que entiendo por salida. Uso la palabra en su sentido más normal y pleno. Es adrede que no hablo de libertad. Porque no me estoy refiriendo a esa gran sensación de libertad hacia todos lados. Como mono tal vez la conocía, y me he topado con hombres que la anhelaban. En lo que a mí se refiere, no exigía libertad, ni en aquel entonces ni ahora. Al margen: con la libertad los hombres se engañan entre sí con demasiada frecuencia. Y así como la libertad se cuenta entre las sensaciones más elevadas, así también la correspondiente decepción es de las más elevadas. Antes de salir a escena en los teatros de variedades he observado a menudo a diversas parejas de artistas trabajando en los trapecios junto al techo. Se balanceaban, se hamacaban, saltaban, se colgaban mutuamente de los brazos, uno sostenía al otro de los pelos con los dientes. “También eso es libertad humana —pensaba yo—, movimiento soberano.” ¡Qué burla de la sagrada naturaleza! Ninguna construcción resistiría las risotadas de la monada ante este espectáculo.
No, no quería libertad. Sólo una salida; hacia la derecha, hacia la izquierda, donde fuera; no pedía nada más; aun si la salida resultaba ser sólo un engaño, el pedido era pequeño, y la decepción no hubiera sido mayor. ¡Seguir adelante, seguir! Todo menos estar quieto con los brazos alzados, oprimido contra la pared de una caja.
Hoy lo veo claro: sin la máxima tranquilidad interior no hubiera podido huir. En efecto, todo lo que he llegado a ser se lo agradezco tal vez a la tranquilidad que me invadió allí en el barco después de los primeros días. Y a la tranquilidad se la agradezco por su parte a la gente del barco.
Son buena gente, pese a todo. Con gusto rememoro aún hoy el sonido de sus pesados pasos, que por entonces resonaban en mi duermevela. Tenían la costumbre de abocarse a las cosas con extrema lentitud. Si alguno quería frotarse los ojos, alzaba la mano como si fuera una pesa. Sus bromas eran groseras, pero afables. Sus risas siempre venían mezcladas con una tos que sonaba peligrosa pero que no significaba nada. En sus bocas tenían constantemente algo que escupir, y les daba lo mismo dónde lo escupían. Todo el tiempo se quejaban de que mis pulgas les saltaban encima; pero nunca se enojaron conmigo en serio por eso; sabían que las pulgas se criaban en mi piel y que son saltarinas, con eso se conformaban. Cuando tenían franco, algunos se sentaban a veces en semicírculo a mi alrededor; no hablaban casi, sólo mascullaban entre sí; fumaban sus pipas, tendidos sobre cajas; se palmeaban las rodillas no bien yo hacía el menor movimiento; y de vez en cuando alguno tomaba un palito y me hacía cosquillas en el lugar que me resultaba placentero. Si hoy me invitaran a hacer un viaje con ese barco, seguro que rechazaría la invitación, pero igual de seguro es que tampoco son sólo recuerdos horribles los que podría rememorar de aquella entrecubierta.
La tranquilidad que adquirí en el círculo de estas personas me mantuvo a distancia de cualquier intento de fuga. Visto desde la actualidad me parece como si al menos hubiera intuido que debía encontrar una salida si quería vivir, pero que no se podía alcanzar esa salida por medio de la fuga. Ya no sé si era posible una fuga, pero lo creo; para un mono la fuga siempre debería ser una posibilidad. Con mis dientes actuales debo cuidarme hasta al abrir normalmente un coco, pero en aquel entonces debería haber logrado con el tiempo romper a dentelladas el candado. No lo hice. ¿Qué hubiera ganado con eso, a fin de cuentas? No bien asomara la cabeza, me habrían atrapado de nuevo y encerrado en una jaula aún peor; o podría haberme escapado sin ser visto hacia otros animales, por ejemplo hacia las serpientes gigantes que tenía enfrente, y expirar entre sus abrazos; incluso si hubiera logrado llegar hasta cubierta y saltar fuera de borda, me habría mecido un ratito en el océano y me habría ahogado. Actos de desesperación. No hacía cálculos tan humanos, pero bajo el influjo de mi entorno me comporté como si los hubiera hecho.
No hacía cálculos, pero sí observaba con toda tranquilidad. Veía a esa gente subir y bajar, siempre las mismas caras, los mismos movimientos, a menudo me parecía como si fueran sólo uno. El hombre o esos hombres andaban sin que los molestaran. Un gran objetivo se despertó en mí. Nadie me prometía que, si yo me volvía como ellos, me levantarían las rejas. No se hacen promesas semejantes por cosas aparentemente imposibles de realizar. Pero si se realizan, también las promesas aparecen retrospectivamente justo ahí donde antes se las buscó en vano. Ahora bien, esta gente en sí no tenía nada que me sedujera mucho. Si hubiera sido un adepto de la mencionada libertad, seguro que el océano hubiera sido preferible a la salida que se me presentaba en la turbia mirada de estas personas. Como sea, ya los venía observando desde hacía mucho, antes de empezar a pensar en estas cosas; de hecho, fue el cúmulo de observaciones lo que me impulsó en la dirección certera.
Era tan fácil imitar a las personas. Escupir es algo que logré hacer ya en los primeros días. Nos escupíamos mutuamente a la cara; la única diferencia era que después yo me la limpiaba con la lengua y ellos no hacían lo mismo con la suya. Pipa fumé en breve como un viejo; si además metía el pulgar en la cabeza de la pipa, toda la entrecubierta gritaba de júbilo; sólo que durante mucho tiempo no entendí la diferencia entre la pipa vacía y la llena.
Lo que más trabajo me costó fue la botella de aguardiente. El olor me atormentaba; me obligué con todas las fuerzas, pero pasaron semanas antes de que pudiera sobreponerme. Curiosamente, la gente se tomaba estas luchas internas con mayor seriedad que cualquier otra cosa en mí. En mi recuerdo no los distingo, pero había uno que siempre volvía, solo o con camaradas, de día, de noche, a las horas más diversas; se paraba con la botella delante de mí y me daba clases. No me entendía, quería resolver el enigma de mi ser. Descorchaba despacio la botella y luego me miraba, para probar si yo había entendido; confieso que lo miraba siempre con una atención salvaje, arrebatada; ningún maestro de hombres en toda la tierra encontraría un alumno de hombres igual; una vez destapada la botella, se la llevaba a la boca; yo siguiéndolo con mis miradas hasta el gaznate; él asiente, satisfecho conmigo, y la coloca sobre los labios; yo, encantado con mi conocimiento paulatino, me rasco chillando todo a lo largo y a lo ancho, donde sea; él se alegra, coloca la botella en posición y bebe un trago; yo, impaciente y desesperado por imitarlo, me ensucio en mi jaula, lo que vuelve a provocarle una gran satisfacción; y ahora, alejando bien la botella de sí y llevándola de nuevo hacia arriba con el mismo envión, la vacía de un trago, echado hacia atrás con didáctica exageración. Yo, agotado por el excesivo deseo, ya no lo puedo seguir y cuelgo débilmente de las rejas, en tanto que él da por finalizada la clase teórica acariciándose la panza y sonriendo. Sólo entonces empieza el ejercicio práctico. ¿No quedé ya demasiado cansado con la parte teórica? En efecto, demasiado cansado. Es parte de mi destino. De todas maneras, tomo lo mejor que puedo la botella que me alcanza; la descorcho entre temblores; al lograrlo, surgen poco a poco nuevas fuerzas; levanto la botella, indistinguible ya del modelo original; la pongo en posición y... y la arrojo con asco, con asco, a pesar de que está vacía y sólo la llena el olor, la arrojo con asco al suelo. Para tristeza de mi maestro, para mayor tristeza de mí mismo; ni a él ni a mí apaciguo por no olvidarme, aun después de arrojar la botella, de acariciar perfectamente mi panza, al tiempo que sonrío.
La clase se desarrollaba de esta manera con demasiada frecuencia. Y en honor a mi maestro: no se enojaba conmigo; es cierto que a veces me apoyaba la pipa ardiente contra la piel hasta que empezaba a arder en algún sitio al que me costaba llegar, pero luego lo volvía a apagar él mismo con su mano gigantesca y buena; no estaba enojado conmigo, se daba cuenta de que estábamos del mismo lado en nuestra lucha contra la naturaleza simiesca, y que yo llevaba la parte más difícil.
Qué triunfo que fue, tanto para él como para mí, cuando una tarde, delante de un amplio público –quizá era una fiesta, sonaba un gramófono, un oficial se paseaba entre la gente–, justo cuando nadie me veía, tomé una botella de aguardiente que habían dejado por error delante de mi jaula, la descorché de la debida forma ante la creciente atención de la compañía, me la puse en la boca y sin vacilar, sin torcer la boca, como un bebedor profesional, con los ojos girando en redondo, el gaznate subiendo y bajando, me la vacié real y verdaderamente; luego arrojé la botella, no ya como un desesperado, sino como un artista; me olvidé de acariciarme la panza; pero a cambio, porque no pude evitarlo, porque me urgía, por la embriaguez de los sentidos, exclamé sin rodeos “¡Hola!”, prorrumpí con voz humana, salté con este grito hacia la comunidad de los hombres y su eco –“¡Oigan, está hablando!”– me cubrió como un beso todo mi cuerpo empapado de sudor.
Repito: no me atraía imitar a las personas; las imité porque buscaba una salida, por ningún otro motivo. Y tampoco es que se hubiera logrado mucho con aquella victoria. La voz volvió a fallarme enseguida; se recompuso sólo meses más tarde; la repugnancia frente a la botella de aguardiente incluso se redobló. Pero había encontrado el rumbo de una vez y para siempre.
Cuando me entregaron en Hamburgo al primer amaestrador, reconocí rápidamente las dos posibilidades que se me presentaban: jardín zoológico o teatro de variedades. No lo dudé. Me dije: pon todas tus fuerzas para entrar en las varietés, esa es la salida; el jardín zoológico no es más que una nueva jaula con barrotes; si entras en él, estás perdido.
Y aprendí, señores. Ay, uno aprende lo que tiene que aprender; uno aprende cuando quiere una salida; uno aprende sin miramientos. Se vigila a sí mismo con el látigo, lacerándose ante la menor resistencia. La naturaleza de mono salió de mí dando tumbos y se fue, a tal punto que mi primer maestro casi se volvió simiesco él mismo, al rato tuvo que renunciar a las clases y ser internado en un manicomio. Por suerte volvió a salir poco después.
Pero yo agoté muchos maestros, algunos incluso en simultáneo. Cuando me sentí más seguro de mis capacidades, con la opinión pública siguiendo mis progresos y mi futuro que empezaba a brillar, yo mismo elegía a los maestros, los sentaba en cinco habitaciones contiguas y aprendía con todos al mismo tiempo, saltando ininterrumpidamente de una habitación a la otra.
¡Qué progresos! ¡Qué penetración de los rayos del conocimiento desde todos lados en el cerebro que empieza a despertar! No lo niego: me hizo feliz. Pero también admito: no lo sobrestimaba, en aquel entonces ya no, así que cuánto menos ahora. Por medio de un esfuerzo que hasta el día de hoy no se ha repetido sobre la tierra, alcancé la educación media de un europeo. Tal vez eso no sería nada en sí, pero es algo en tanto que me ayudó a mí a salir de la jaula, procurándome esta salida especial, esta salida humana. Existe en alemán una expresión excelente: escabullirse entre los arbustos; eso es lo que hice, me escabullí entre los arbustos. No tenía otro camino, siempre presuponiendo que no se podía elegir la libertad.
Al echar una mirada retrospectiva a mi desarrollo y a la meta alcanzada hasta ahora, ni me quejo ni estoy satisfecho. Las manos en los bolsillos, la botella de vino sobre la mesa, a medias recostado y a medias sentado en la mecedora, miro por la ventana. Si viene visita, la recibo como corresponde. Mi agente está sentado en la antesala; si toco el timbre, viene y escucha lo que tengo para decir. Por la noche casi siempre hay función, y prácticamente no puedo ya superar mis éxitos. Si regreso tarde a casa de los banquetes, de sociedades científicas, de reuniones acogedoras, me espera una pequeña chimpancé semiamaestrada y me la paso bien con ella, a la manera de los monos. De día no la quiero ver; tiene en la mirada la locura del animal amaestrado y confundido; es algo que sólo yo reconozco, y que no puedo soportar.
En suma, he alcanzado lo que quería alcanzar. Que no se diga que no valió el esfuerzo. Por lo demás, no quiero la opinión de ninguna persona, sólo quiero difundir conocimientos, yo sólo informo, también a ustedes, distinguidos señores de la academia, sólo los he informado.
1 Zoológico de Hamburgo, fundado por el zoólogo (de animales y humanos) y traficante de animales Carl Hagenbeck. [Todas las notas son del traductor.]
Un artista del hambre
En las últimas décadas, el interés por los artistas del hambre ha disminuido mucho. Mientras que antes valía la pena organizar por cuenta propia grandes representaciones de ese tipo, hoy resulta completamente imposible. Eran otros tiempos. En aquel entonces, la ciudad entera se ocupaba de los artistas del hambre, la convocatoria aumentaba con cada día de ayuno. Todos querían ver al ayunador al menos una vez por día y en los últimos había abonados que se pasaban sentados jornadas completas delante de la pequeña jaula. Las visitas tenían lugar también de noche, a la luz de las antorchas para acrecentar el efecto. Cuando el clima era bueno, sacaban la jaula al aire libre y le mostraban el ayunador a los niños. Mientras que para los adultos solía ser no más que un entretenimiento, del que participaban porque estaba de moda, los niños miraban asombrados y con la boca abierta, tomados por las dudas de la mano entre ellos, al hombre pálido de camiseta negra y costillas muy sobresalientes sentado sobre la paja desparramada, pues rehusaba incluso la silla. Asentía amablemente o respondía preguntas con una sonrisa forzada, sacando tal vez un brazo a través de la reja para que pudieran sentir su delgadez; luego se ensimismaba por completo y, sin prestarle atención a nadie, ni siquiera al paso de las horas, tan importante para él, en su reloj, único mobiliario de la jaula, se quedaba mirando al vacío con los ojos casi cerrados y sorbiendo de vez en cuando agua de un vasito diminuto para humedecerse los labios.
Aparte de los cambiantes espectadores, había también guardias permanentes elegidos por el público, curiosamente carniceros por lo general, que tenían la tarea, siempre de a tres en simultáneo, de observar día y noche al ayunador, no sea cosa que consumiera alimento a escondidas. Pero se trataba sólo de una formalidad, implementada para tranquilizar a las multitudes, pues los iniciados sabían bien que bajo ningún concepto un ayunador habría comido jamás lo más mínimo durante su ayuno, ni siquiera a la fuerza: el honor de su arte se lo prohibía. Claro que no todos los guardianes entendían esto. A veces se reunían grupos de guardianes nocturnos que mantenían sus guardias de manera muy laxa. Adrede se sentaban todos juntos en un rincón alejado y se sumergían en su juego de naipes con el evidente propósito de concederle al ayunador un pequeño refresco, que en su opinión el otro podía extraer de algunas provisiones secretas. Nada atormentaba más al ayunador que esta clase de guardias; lo ponían melancólico, le dificultaban espantosamente el ayuno; a veces superaba su debilidad y cantaba durante este turno de guardia tanto como podía, a fin de mostrarles a esas personas cuán injustas eran al sospechar de él. Pero no servía de mucho, pues ellos sólo se asombraban de su habilidad para comer incluso mientras cantaba. Prefería mucho más a los guardianes que se sentaban pegados a la jaula y, no conformes con la brumosa iluminación nocturna de la sala, lo alumbraban con las linternas eléctricas que el empresario ponía a su disposición. La luz enceguecedora no le molestaba en absoluto, dormir igual no podía nunca y dormitar un poco es algo que podía siempre, con cualquier iluminación y a toda hora, también con la sala repleta y alborotada. Con esos guardias estaba más que dispuesto a pasar la noche entera sin dormir; con ellos estaba dispuesto a bromear, a contarles historias sobre su vida itinerante y a cambio escuchar sus historias, todo por mantenerlos despiertos y poder mostrarles que no tenía nada comestible en la jaula y que ayunaba como no hubiera podido hacerlo ninguno de ellos. Lo que más feliz lo ponía era cuando llegaba la mañana y les traían un opíparo desayuno, pagado por él, sobre el que se abalanzaban con el apetito de hombres sanos tras una noche de esforzada vigilia. Había gente que consideraba este desayuno como una forma improcedente de influir en los guardias, pero exageraban y, cuando se les preguntaba si ellos querían hacerse cargo de la guardia sólo por amor al arte, sin desayuno, se echaban atrás, aunque manteniendo sus sospechas.
Esto formaba parte, sin embargo, de las desconfianzas imposibles ya de separar del ayuno. Nadie estaba en condiciones de pasar todos los días y noches de manera ininterrumpida junto al ayunador como guardián, es decir que nadie podía saber por experiencia propia si el ayuno había sido realmente continuo y sin tacha. El único que podía saberlo era el propio ayunador, sólo él podía ser al mismo tiempo el espectador totalmente satisfecho por su ayuno. A su vez, él nunca estaba satisfecho, por otra razón. Quizá no era el ayuno lo que lo tenía tan delgado que algunos debían abstenerse, a pesar suyo, de presenciar el espectáculo, por no tolerar su aspecto, sino que estaba así de delgado sólo por insatisfacción consigo mismo. Es que él era el único que sabía (ni los iniciados lo sabían) lo fácil que era ayunar. Era la cosa más fácil del mundo. Tampoco lo callaba, sólo que nadie se lo creía, tomándolo en el mejor de los casos por humilde, aunque por lo general se lo creía ávido de publicidad o directamente un charlatán al que ayunar le resultaba fácil porque sabía hacérselo fácil y todavía le daba la cara para confesarlo a medias. Todo esto debía aguantar él y, con el correr de los años, se había acostumbrado a ello, pero la insatisfacción lo seguía corroyendo por dentro y nunca hasta ahora, después de ningún período de ayuno –este era un diploma que debía concedérsele–, había dejado la jaula de manera voluntaria. Como tiempo máximo de ayuno, el empresario había establecido cuarenta días; más allá de eso no lo dejaba ayunar, tampoco en las metrópolis, y con buena razón. La experiencia indicaba que por más o menos cuarenta días se podía ir azuzando cada vez más el interés de una ciudad por medio de un paulatino incremento de la publicidad, pero que luego de eso el público empezaba a fallarles y se podía comprobar una disminución considerable de la concurrencia. Claro que en este sentido había pequeñas diferencias entre las ciudades y los países, pero por regla cuarenta días constituía el tiempo máximo. De modo que el día cuarenta se abría la puerta de la jaula coronada de flores, un entusiasmado público llenaba el anfiteatro, tocaba una banda militar, dos médicos ingresaban a la jaula para practicarle al ayunador las mediciones necesarias, por medio de un megáfono se comunicaban los resultados a la sala y por último se acercaban dos jóvenes damas, felices de haber salido sorteadas, que procuraban sacar al ayunador de la jaula y conducirlo un par de escalones hacia abajo, donde estaban servidos sobre una pequeña mesita unos alimentos para enfermos cuidadosamente seleccionados. Y en ese momento el ayunador siempre se resistía. Aunque apoyaba voluntariamente sus brazos raquíticos sobre las serviciales manos que le extendían las damas inclinadas hacia él, no quería ponerse de pie. ¿Por qué acabar justo ahora, después de cuarenta días? Él podría haber aguantado más, ilimitadamente más. ¿Por qué acabar justo ahora, que estaba en el mejor momento y ni siquiera en el mejor momento del ayuno? ¿Por qué querían hurtarle la gloria de seguir ayunando y convertirse no sólo en el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya era, sino también superarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues sentía que su capacidad de ayuno no tenía límites? ¿Por qué esa multitud que tanto aparentaba admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si él aguantaba seguir ayunando, ¿por qué no aguantaba también ella? Además estaba cansado, bien acomodado en la paja, y debía ahora levantarse cuan largo era e ir a comer, lo que de sólo imaginarlo le daba unas náuseas que sólo con mucho esfuerzo lograba no exteriorizar, por consideración hacia las damas. Alzaba la vista hacia esas damas, tan amables en apariencia pero en realidad tan crueles, y sacudía la cabeza demasiado pesada para su débil cuello. Pero luego ocurría lo de siempre. Venía el empresario y, en silencio –la música no dejaba hablar–, alzaba los brazos sobre el ayunador, como si invitara al cielo a echarle un vistazo a su obra aquí sobre la paja, ese mártir digno de misericordia, cosa que el ayunador era verdaderamente, sólo que en un sentido muy distinto. Luego tomaba al ayunador de su delgada cintura, buscando que la exagerada precaución hiciera creíble lo frágil que resultaba la cosa con la que debía vérselas aquí y se lo entregaba –no sin sacudirlo un poco de manera subrepticia, para que el ayunador oscilara de un lado al otro con las piernas y el tronco sin poder dominarse– a las damas que entretanto se habían puesto lívidas como cadáveres. El ayunador pasaba entonces a tolerarlo todo, con la cabeza sobre el pecho, que parecía como que hubiera llegado rodando y se hubiese detenido allí de manera inexplicable. Tenía el cuerpo ahuecado, con las piernas que en su afán por mantenerse por sí solas se apretaban firmemente a la altura de las rodillas, frotando el piso como si ese no fuera el verdadero y lo estuvieran buscando. Todo el peso del cuerpo, aunque muy pequeño, cargaba sobre una de las damas, que buscando ayuda con la respiración revoloteante –no era así como se había imaginado esta tarea honorífica–, primero estiraba el cuello todo lo posible, para al menos resguardar la cara del contacto con el ayunador, pero luego, al no conseguirlo, y puesto que su compañera más afortunada no acudía en su ayuda, sino que se contentaba con llevar temblando delante suyo la mano del ayunador, ese pequeño manojo de huesos, estallaba en llanto bajo las encantadas risas de la sala y debía ser suplantada por un criado, hacía rato preparado para ello. Luego venía la comida, de la que el empresario le administraba un poco al ayunador en medio de su duermevela, parecida a un desmayo, conversando animadamente para distraer la atención del estado del ayunador. Se pronunciaba un brindis por el público, que el empresario hacía como que se lo había susurrado el ayunador al oído, la orquesta confirmaba todo esto mediante un gran toque de trompetas, la gente se iba y nadie tenía derecho a quedar disconforme con lo sucedido, nadie salvo el ayunador, siempre sólo él.
Así vivió, con pequeñas pausas regulares de descanso, durante muchos años, en aparente esplendor y estimado por el mundo, pero en medio de todo eso casi siempre con el ánimo abatido y que se abatía cada vez más por el hecho de que nadie se lo tomase en serio. ¿Con qué habrían de consolarlo, por lo demás? ¿Qué más podía pedir? Y si de pronto aparecía un ser benevolente que se compadecía de él e intentaba explicarle que su tristeza provenía posiblemente del hambre, podía ocurrir, sobre todo si estaba en un momento avanzado del ayuno, que el artista respondiera con un ataque de ira y, para espanto de todos, empezara a sacudir las rejas. Contra esos estados el empresario tenía un castigo que implementaba con gusto. Disculpaba al ayunador ante el público reunido, admitía que su conducta sólo podía excusarse por la irritabilidad propia del ayuno, difícil de entender para las personas bien comidas, pasaba luego a hablar en ese contexto de la afirmación de este artista del hambre, también ella necesitada de explicación, de que podía ayunar mucho más tiempo del que lo hacía, elogiaba las altas ambiciones, la buena voluntad y la gran abnegación que sin duda también estaban contenidas en esta aseveración, pero luego buscaba refutarla mostrando fotografías, que estaban al mismo tiempo a la venta, donde se veía al ayunador en el día cuarenta de ayuno, en la cama, casi extinguido por el debilitamiento. Esta tergiversación de la verdad colmaba la paciencia del ayunador, pues por muy conocida que fuera siempre lograba enervarlo de nuevo. ¡Lo que constituía la consecuencia de la finalización anticipada del ayuno se presentaba ahí como su causa! Era imposible luchar contra esta insensatez, contra este mundo insensato. Una y otra vez escuchaba al empresario junto a la reja, ansioso y de buena fe, pero cuando aparecía la fotografía soltaba la reja, se hundía entre suspiros en la paja y el público ya aplacado podía volver a acercarse para contemplarlo.
Cuando los testigos de estas escenas pensaban en eso algunos años más tarde, dejaban con frecuencia de entenderse a sí mismos. Pues entretanto había tenido lugar el cambio antedicho, que ocurrió casi de súbito. Tal vez tuviera motivos más profundos, pero a quién le interesaba ya encontrarlos. Como sea, el consentido ayunador se vio un día abandonado por la multitud ávida de divertimento, que prefirió acudir en masa hacia otros espectáculos. El empresario volvió a recorrer con él media Europa para ver si volvían a encontrar aquí y allí el viejo interés, pero todo en vano. Como si se hubieran puesto de acuerdo en secreto, en todas partes se había desarrollado un verdadero rechazo hacia el arte de ayunar en público. Por supuesto que en realidad esto no podía haber ocurrido de manera tan repentina y ahora, en retrospectiva, recordaban algunos indicios a los que, en su momento, durante la embriaguez de los éxitos, no les habían prestado la suficiente atención, no los habían coartado lo suficiente y ahora era tarde para hacer algo en su contra. Aunque seguro volverían los tiempos de ayuno, no era consuelo para los que vivían ahora. ¿Qué podía hacer entonces el ayunador? Ese mismo que había sido festejado por miles a su alrededor no podía mostrarse dentro de casetas en pequeñas ferias y, para tomar otro oficio, no sólo era demasiado viejo, sino que se hallaba fanáticamente entregado al ayuno. De modo que despidió al empresario, compañero de una carrera sin igual, y se hizo contratar rápidamente por un gran circo; a fin de proteger su sensibilidad, ni miró las condiciones del contrato.
Un gran circo con un sinnúmero de personas, animales y artefactos que todo el tiempo se están compensando y complementando entre sí puede necesitar a cualquiera en cualquier momento, incluido a un ayunador, claro que de pretensiones correspondientemente modestas. En este caso en especial, se contrataba además no sólo al propio artista del hambre, sino también a su antiguo y conocido nombre y, por la peculiaridad de su arte, que no decrecía con el incremento de la edad, ni siquiera se le podía espetar que era un artista ya inservible que al pasar el pico de sus capacidades busca refugio en un tranquilo puesto de circo. Por el contrario, el ayunador aseguraba que él, lo cual era completamente creíble, ayunaba igual de bien que antes. Incluso afirmaba que, si lo dejaban hacer lo que él quería, cosa que le concedieron de buenas a primeras, provocaría recién ahora el justificado asombro del mundo, una aseveración que considerando el gusto de los tiempos, que el ayunador olvidaba fácilmente en su afán, sólo había suscitado una sonrisa entre los expertos.
En el fondo, tampoco el ayunador había perdido la perspectiva de las circunstancias reales y asumía como algo natural que él y su jaula no fueran la atracción estelar en medio de la pista, sino que lo pusieran afuera en la cercanía de los establos, en un lugar por cierto que de muy fácil acceso. Grandes y coloridas pancartas rodeaban la jaula, anunciando lo que se podía ver en ella. Durante las pausas, cuando el público se agolpaba en los establos para observar a los animales, resultaba casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se detuvieran allí un poco. Tal vez se habrían quedado un rato más si los que empujaban desde atrás en el angosto pasillo, que no entendían esta parada camino a los ansiados establos, no hubieran imposibilitado una observación más extendida y serena. Esto explicaba por qué estos horarios de visita hacían temblar al artista del hambre, aun cuando naturalmente los deseaba, por constituir el sentido de su vida. En los primeros tiempos, esperaba con ansias las pausas de la función y miraba encantado la multitud que rodaba hacia él, pero muy pronto se convenció –ni el autoengaño más tozudo y casi consciente pudo vencer a la experiencia– de que generalmente sólo se trataba, sin excepciones, de gente con intención de visitar los establos. Verlos a la distancia seguía siendo lo más bello. Pues cuando se aproximaban, enseguida empezaba a rugir en torno suyo el griterío y los insultos de los grupos que se renovaban constantemente, el de aquellos que querían acomodarse para mirarlo, no por simpatía, sino por antojo y obstinación –y que pronto se volvió el grupo más embarazoso para el artista del hambre–, y el segundo, formado por los que en principio sólo buscaban los establos. Una vez pasado el gran amontonamiento, venían los rezagados y también estos, a los que ya no les estaba vedado detenerse todo el tiempo que quisieran, pasaban presurosos a grandes pasos, casi sin mirar de reojo, para llegar a tiempo a los animales. Y no era un golpe de suerte demasiado frecuente que viniera un padre de familia con sus hijos y señalando al ayunador con el dedo explicara en detalle de qué se trataba y contara de tiempos pasados, de cuando había asistido a espectáculos similares a este, aunque incomparablemente más grandiosos, a lo que los niños, debido a su preparación insuficiente en la escuela y en la vida, si bien seguían parados ahí sin comprender –¿qué significaba para ellos el ayuno?–, auguraban con el brillo de sus ojos escrutadores algo de los nuevos y más benignos tiempos por venir. Quizá, como se decía de vez en cuando el ayunador, todo hubiera sido un poco mejor si no hubiese estado ubicado tan cerca de los establos. A la gente esto le facilitaba demasiado la elección, por no hablar del profundo daño y la continua congoja que le provocaban las emanaciones de las cuadras, la inquietud de los animales por la noche, el paso de los trozos de carne cruda para las fieras y los rugidos mientras eran alimentadas. Pero no se animaba a presentarse ante la dirección, pues a fin de cuentas era gracias a los animales que tenía una multitud de espectadores, entre los que de vez en cuando se hallaba uno para él, y quién sabía dónde lo esconderían si les recordaba su existencia y con ello también que, bien mirado, no era más que un obstáculo camino a los establos.
Un obstáculo pequeño, de todos modos, un obstáculo que se iba empequeñeciendo. El público se acostumbró a la rareza que comportaba pretender atención hoy en día para un artista del hambre y esa costumbre ya constituía su condena. Aunque ayunara lo mejor que pudiera, cosa que también hacía, nada lo salvaría ya, la gente pasaba de largo. ¡Prueben de explicarle a alguien el arte de ayunar! El que no lo siente tampoco lo va a entender. Las bellas inscripciones se ensuciaron y se volvieron ilegibles, las tiraron abajo y a nadie se le ocurrió reemplazarlas. La pizarrita con el número de los días de ayuno cumplidos, que en un principio se ponía cuidado en renovar a diario, hacía tiempo ya que estaba igual, pues tras las primeras semanas el personal se hartó incluso de este pequeño trabajo. Ahí el ayunador siguió ayunando tal como lo soñara algún día, y lo logró sin esfuerzo, tal como lo había vaticinado en aquel entonces, sólo que nadie contaba los días, nadie sabía cuán grande era ya su marca, ni siquiera el propio artista del hambre, y su corazón se llenó de pesadumbre. Una vez se detuvo un pasante y riéndose de la vieja cifra habló de estafa, pero se trataba de la mentira más tonta que pudiera idear la indiferencia y la maldad congénita, pues el ayunador no engañaba, él trabajaba honestamente, era el mundo quien lo engañaba a él, negándole su remuneración.
Volvieron a pasar muchos días, y aun eso llegó a su fin. Una vez, un vigilante se percató de la jaula y le preguntó al criado por qué dejaban ahí sin usar esa jaula buena y útil con la paja podrida dentro. Nadie lo sabía, hasta que con ayuda de la pizarra con el número alguien se acordó del artista del hambre. Removieron el heno con palos y lo encontraron adentro.
—¿Sigues ayunando? —preguntó el vigilante—. ¿Cuándo vas a terminar de una buena vez?
—Sepan disculparme todos —susurró el ayunador, al que sólo lo entendió el vigilante, que tenía el oído pegado a la reja.
—Claro, te disculpamos —dijo el vigilante, y se puso un dedo en la sien, señalándole al personal cuál era el estado del artista.
—Todo el tiempo quise que admiraran mi ayuno —dijo el ayunador.
—Y lo admiramos —dijo el vigilante solícitamente.
—Pero no deben admirarlo.
—Pues bien, entonces no lo admiramos. ¿Por qué no debemos admirarlo?
—Porque yo tengo que ayunar, no puedo hacer otra cosa.
—Vaya, vaya —dijo el vigilante—. ¿Y por qué no puedes hacer otra cosa?
—Porque yo —dijo el ayunador, levantó la cabecita un poco y con labios en punta, como para dar un beso, le habló al vigilante directo en la oreja, a fin de que no se perdiera nada—, porque yo no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiese encontrado, créeme que no habría armado revuelo y me habría hastiado con ella como tú y como todos.
Estas fueron las últimas palabras, pero en sus ojos afligidos estaba aún la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguía ayunando.
—¡Hagan orden ahora! —dijo el vigilante, y enterraron al ayunador junto con la paja.
En la jaula pusieron una pantera joven. Hasta para el sentido más obtuso resultó un perceptible descanso ver revolcarse al animal salvaje dentro de esa jaula tanto tiempo desierta. No le faltaba nada. Los vigilantes le traían el alimento que le gustaba sin pensarlo demasiado. Ni siquiera daba la sensación de extrañar la libertad. Ese cuerpo noble, provisto de todo lo necesario hasta casi estallar, parecía transportar a la libertad en sí mismo, como metida en algún lugar de su dentadura. La alegría de vivir emanaba con tan fuerte ardor desde sus fauces que para los espectadores no resultaba fácil hacerle frente. Pero se sobreponían, se apretaban alrededor de la jaula y no querían moverse del lugar.
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