Kitabı oxu: «El hombre que fue jueves»
El hombre que fue jueves

El hombre que fue jueves (1908) G. K. Chesterton
Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Edición: Enero 2021
Imagen de portada: Portrait of an unknown man with cigar (1909) print in high resolution by Samuel Jessurun de Mesquita.
Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.
Índice
1 Prólogo
2 Capítulo primero · Dos poetas se encuentran
3 Capítulo segundo · Gabriel Syme revela su secreto
4 Capítulo tercero · El hombre que fue jueves
5 Capítulo cuarto · Gabriel Syme, detective
6 Capitulo quinto · Un festín de locos
7 Capítulo sexto · Un espía descubierto
8 Capítulo séptimo · El doctor Worms se revela
9 Capítulo octavo · El profesor se explica
10 Capitulo noveno · Detrás de las gafas
11 Capítulo décimo · El duelo
12 Capítulo décimo primero · La policía es perseguida
13 Capítulo décimo segundo · Anarquía en la tierra
14 Capítulo décimo tercero · Atrapen al presidente
15 Capítulo décimo cuarto · De detectives a filósofos
16 Capítulo décimo quinto · Yo acuso
Prólogo
Atendamos a las siguientes palabras: el sinsentido y la fe “son las dos afirmaciones simbólicas supremas de la verdad”. ¿Qué nos dicen? Que en el campo de lo simbólico puede haber otras verdades, pero incapaces de competir con la grandeza de las estipuladas. Por otro lado, no niegan que en la vertiente de lo no simbólico existen y funcionan otras verdades, para quienes las prefiera. La cita incluye una paradoja: ¿cómo puede el sinsentido expresar la verdad? o si se prefiere ¿de qué modo la expresa? Cuando entramos en el terreno del sinsentido, entramos en uno de los campos literarios atendidos con especial cuidado por la literatura inglesa. Se le considera un género menor, puesto en boga sobre todo en los últimos 150 años. No hay mucha complicación en su mecanismo: con ayuda de expresiones crentes de lógica, entregar una idea que tiene mucha lógica, afirmación ya en sí paradójica. en cuanto a la fe, por su propia naturaleza convierte en verdades lo que expresa.
Pero afirmamos que había en todo esto una paradoja y entonces la inquietud brota por sí misma: ¿qué es una paradoja? Recurramos a la definición de J. A. Cuddon: “una afirmación que en apariencia se contradice a sí misma revela, tras un examen más minucioso, contener una verdad que concilia a los elementos opuestos enfrentados en conflicto”. Es uno de los mecanismos literarios de mayor eficacia cuando el texto se basa en la ironía y es, desde luego, una invitación al lector para que ejerza su inteligencia en el desentrañamiento del acertijo. En Inglaterra lo emplearon con provecho Alexander Pope (1688-1744 ), George Bernard Shaw (1856- 1950) y, desde luego, Gilbert Keith Chesterton.
Chesterton es el autor de la cita iniciadora de este prólogo y es el autor de la novela que están ustedes por leer. Mediante la cita expresó su posición ante el mundo y ante la literatura. Bien estará entresacar de dicha novela una definición de paradoja que redondee lo dicho hasta el momento: “... una paradoja puede alertar a los hombres a una verdad marginada”. Se diría que, a lo largo de su abundante obra escrita, Chesterton puso empeño en ir enfrentándonos a ciertas opiniones que eran para él sus verdades. En razón de lo mismo fue un verdadero polemista, que por décadas aprovechó ensayos y artículos periodísticos para expresar opiniones, se tratara de las personales o las expresara como desacuerdo con las ajenas. En vida, reunió parte de esta producción en tres libros: El defensor (1901), Doce tipos (1902) y Heréticos (1905), a los que se fueron agregando varios más cuando la publicación de las obras completas.
Desde luego, Chesterton no limitó su producción al periodismo. Poco se lo recordaría de haber ocurrido así. Se le considera un un crítico literario muy respetable, que en libros como Robert Browning (1903), Charles Dickens (1906) y su perceptiva La época victoriana en su literatura (1913) dejó constancia de sabiduría, de finura para deducir de las obras examinadas el sabor, el pensar, el vivir de una época. Pero acaso la religión sea el tema que con mayor asiduidad frecuentó nuestro autor. Nacido en Londres el 29 de mayo de 1874, coincide con el grupo de escritores que, desde el inicio de siglo, estableció modificaciones de importancia, por no llamarlas definitivas, en la literatura inglesa. Desde luego, al lado de creadores como Thomas Hardy, D. H.Lawrence y Virginia Woolf, la estatura de Chesterton es menor en cuanto a la narrativa se refiere, pero si la mediación se hace a partir de la totalidad de lo escrito, esta estatura crece considerablemente.
Así pues, lo religioso. Es de recordar que sus estudios iniciales los llevó a cabo en St. Paul’s School, escuela donde las cuestiones religiosas eran tema de importancia. Por tanto, examinar el significado de la presencia del espíritu cristiano en el mundo fue una de sus preocupaciones y, no lo dudemos, también aquí mostró su capacidad para la polémica. Si Ortodoxia (1909) establece ya su creencia en un cristianismo apegado a las Escrituras, su conversión al catolicismo en 1922 lo fortalece en tal posición, y a partir de esa fecha publica los libros como La iglesia católica y la conversión (1926) o Santo Tomás de Aquino (1933). No sobra el comentar que por esas fechas pasaron al catolicismo otros dos escritores ingleses: T. S. Eliot y Graham Greene. Una de las explicaciones dadas a este fenómeno es que, concluida la Primera Guerra Mundial, una sensación de fracaso y futilidad surgió en el ánimo de muchas personas, que en el catolicismo buscaron respuestas a las dudas que las sacudían. En palabras del historiador Michel Bell, el cristianismo daba “una base para creer en un destino moral lleno de significado en la sujeción a una entidad mayor”, interpretable como Dios, idea que bien pudiéramos aplicar a la novela que nos ocupa.
Porque a Chesterton le era imposible mantener esas inquietudes espirituales fuera de su narrativa, que es la otra variedad de literatura por él atendida. Sin duda lo más destacable de ella fueron sus abundantes cuentos policiacos, para los cuales ideó un atractivo protagonista: el Padre Brown, un sacerdote de fina inteligencia que aprovechaba los casos resueltos para hacer una apología del cristianismo. La visión aplicada en estos cuentos se atiene a la línea llamada “de acertijo”, inaugurada en el siglo XIX por Edgar Allan Poe y llevada a uno de sus momentos culminantes por Sir Arthur Conan Doyle. El primer volumen de la serie aparece en 1911 (La inocencia del Padre Brown) y el último en 1935 (El escándalo del Padre Brown), que están acompañados por tres volúmenes más. Sin embargo, Chesterton escribe asimismo otro libro de cuentos (El club de los oficios extraños 1905), donde no aparece su sacerdote, y dos novelas: El Napoleón de Nothing Hill (1904) y El hombre que fue jueves (1908).
Esta última conquistó de inmediato el interés de los lectores y se ha mantenido desde su aparición como uno de los libros más populares de la narrativa inglesa. Si indagamos en las razones de tal fortuna, varias encontraremos que hacen comprender lo sucedido.
Atendamos a Maise Ward, una certera biógrafa de nuestro autor. Después de mencionar que Chesterton publica en vida por encima de cien libros, agrega que esta producción es “la tranquila y decidida práctica que de la libertad hace una mente libre”. El comentario resulta iluminador porque habla de algo muy sencillo, quizás ya insinuado en nuestro prólogo: Chesterton aprovechaba la literatura para el examen de algunas cuestiones filosóficas y religiosas que le preocupan sobremanera. Por tanto, ningún riesgo hay en afirmar que su narrativa atiende al examen de dichas cuestiones. Digámoslo sin rebozo: es literatura de ideas. Así pues, no debe esperar el lector un texto donde el examen minucioso de estos o aquellos sentimientos humanos forme el hilo conductor de la historia, No hay en Chesterton la preocupación de Henry James por disecar el alma de sus protagonistas mediante un exhaustivo viaje por el interior de la misma. De aquí la inteligente observación de Graham Greene en uno de sus ensayos: las novelas de Chesterton “prueban que no es un psicólogo”.
Pensamos que no buscó serlo. La literatura es una mansión con muchas habitaciones, cada una de las cuales satisface la necesidad específica de quien llega para habitarla. Chesterton extendió su necesidad de polémica hacia la narrativa, y dejó un núcleo de cuentos y novelas dedicado a expresar su concepto de universo. El hombre que fue jueves participa de esto. Cuando se especifica que una novela es de ideas, casi inevitablemente surge en la mente del lector la sombra del aburrimiento. Cuesta trabajo unir ambos conceptos: narrar una historia y entregar un mensaje. Desde luego, si la novela de ideas se transforma en panfleto ideológico, el aburrimiento y el rechazo son consecuencias inevitables. Pero se da la bellísima paradoja de que todos los grandes libros tienen mensaje, pero lo disimulan bajo el vestido espléndido de los recursos narrativos, de modo que el lector lo absorbe sin mucho darse cuenta. Así con la obra que nos ocupa.
Hemos dicho sesgadamente que El hombre que fue jueves es una novela muy divertida. El siguiente paso nos llevará a explicar por qué le otorgamos esa naturaleza. En primer lugar, tiene como base un interesante argumento policiaco. Probablemente hecho a las exigencias del género mediante su lectura de obras, Chesterton idea un sencillo pero eficaz acertijo que la historia va desentrañando poco a poco, hasta llegar al final sorpresivo, acaso fácil de suponer para algunos lectores perspicaces. La trama no incluye como interés principal asesinato ninguno. Antes bien, pudiéramos clasificarla como perteneciente al subgénero de espías. En tal sentido, es rica en incidentes que dan movimiento a las acciones, acciones propiciadas por el descubrimiento gradual de la intriga que sirve de núcleo al argumento. Tampoco es de afirmar que el héroe sea el investigador policiaco usual en estos menesteres. Si ya el padre Brown es un detective aficionado muy sui generis, bastante singular es Gabriel Syme en tanto que miembro de Scotland Yard, la afamada policía inglesa. Porque Syme es ante todo poeta, actividad que en mucho parece oponerse de la policía. Sin embargo, la mezcla de ambas tiene su razón de ser en el tramado ideológico de la obra.
Pero dejamos a la curiosidad del lector el averiguar por qué Syme acepta el cargo de detective. A la curiosidad del lector dejamos el investigar el por qué ese mismo personaje termina enredado en un caso bastante singular e inesperado. Si la novela policiaca de las últimas décadas ocurre preferentemente en las grandes ciudades y en ámbitos fáciles de reconocer por el lector, la de Chesterton es de principio urbana, pero lentamente se va apartando de tales espacios y penetra en otros menos frecuentados por el género policiaco, de manera que si en alguno de los capítulos nos paseamos por el campo, hacia el final del libro la escenografía es ya declaradamente estrambótica y pertenece de lleno al mundo de la fantasía. Chesterton gradúa con mucho acierto la transición de lo cotidiano a lo inusitado, volviendo muy convincente el proceso. Es de agregar que la trama cierra con una explicación de por qué se dieron los hechos, situación propia del género.
En segunda instancia, nada impide clasificar a El hombre que fue jueves como una novela de aventuras. Es decir, de movimiento o si se prefiere de acción. Hay en ella elementos suficientes para sostener lo afirmado. En primer lugar, está la propuesta del ya mencionado acertijo, que si por un lado nos lleva a lo policiaco, como fue explicado, del otro nos introduce una serie de persecuciones —a pie inicialmente, a caballo más tarde, en auto poco después e incluso con la presencia de un globo aerostático— que pertenece al género de la aventura. Los personajes, por otro lado, participan en los incidentes mediante un accionar físico, rasgo perteneciente al género. La novela en ningún momento pierde ritmo, con lo cual se atiene a otras de las convenciones exigibles a las obras de este tipo. Hay momentos críticos, propiciadores de suspenso, como el enfrentamiento de la policía con los habitantes de un pueblo. Un tercer rasgo definitorio: estamos ante una novela francamente humorística, cuya base de sustentación es por un lado la ironía y, del otro, la exageración cómica. La ironía central pertenece al núcleo temático del libro: quienes resultan ser los miembros de una asociación anarquista, empeñada en modificar el mundo. Pero la serie de revelaciones que dan su ritmo al argumento pertenecen asimismo al universo irónico que comentamos, como a él pertenecen los disfraces iniciales de quienes componen el club anarquista y los disfraces finales que se ven obligados a vestir. La trama va dando una serie de sorpresas al lector, que termina por limitarse a recibirlas dado el deleite que le significan. A la vez, en la serie de diálogos que los personajes sostienen se infiltra constantemente paradojas que, afirmamos ya, son una de las formas adoptadas por la ironía. Comprobémoslo mediante un ejemplo, Syme contesta a quien lo invita a ser parte de la policía: “Su oferta es demasiado idiota como para declinarla.”
Toda literatura humorística valiosa es, en el fondo de su naturaleza, de una seriedad enorme. En otras palabras, disfraza de levedad el manejo de temas graves, Así con la novela de Chesterton que, recuérdese, clasificamos domo de ideas. En un artículo publicado el año 1936 en el periódico Illustrated London News, justo el día anterior a su muerte, Chesterton se quejaba de la interpretación dada a su novela, insistiendo a continuación en que no se perdiera de vista el subtítulo de la misma: Una pesadilla. En su sentido lato, la que tiene Syme y de la cual parece despertar en las páginas últimas, cuando descubre a la hermana de Gregory cortando lilas, escena que se abre a una posible relación amorosa. De creerse a Chesterton, todas las complicaciones descritas pertenecen al mundo de los sueños y meramente reflejan los temores ante una política de violencia como se supone que es la anarquista. Un temor al caos.
Pero a lo largo del tiempo la crítica ha encontrado en la novela de Chesterton otra vía de interpretación, que sin duda toca a las preocupaciones centrales del escritor. Expresado en breve, se la ha considerado una alegoría religiosa que bajo el manto de su aparente levedad pondera cuestiones sustanciosas. Atendamos a esa posibilidad. Tenemos de entrada al jefe de los anarquistas, Domingo. Aparte de lo simbólico del nombre (tanto en inglés como en español) está la descripción de qué se hace: un hombre gigantesco, cuyo físico representa la fortaleza espiritual del personaje. Este hombre manda sobre los seis que constituyen su cofradía. Pudiéramos referirnos a un mesías y a sus apóstoles, con la ironía de que estos se rehúsan a diseminar el evangelio. Hablando con Syme, Ratcliffe asegura-, “pocos somos, muchacho, el universo de Domingo”, haciéndolo con ello la figura dominante.
Por otro lado, en el punto preciso descubrimos que Domingo es la persona oculta en el cuarto oscuro de la policía. Así representa por un lado dicha oscuridad (igual de paradójicamente, el orden por imponer), atributos de un dios que todo lo abarca; por lo mismo, cabe tomarlo como creador del orden mencionado y a la vez representante del caos y unir todo esto a las menciones que del Génesis se hacen en la novela. ¿Es de olvidar la imagen simbólica de Domingo en el globo aerostático? Se la puede leer como la ascensión de una figura divina, cuya descripción final es la siguiente: “Vestía con sencillez, de un blanco puro y terrible; su cabello era como una llama plateada sobre su frente.” ¿No tenemos aquí a la divinidad en todo su esplendor y poderío? Agreguemos otra cita; “Soy el Sabbath... soy la paz de Dios” responde Domingo a una pregunta del secretario. ¿Se deducirá de esto que representa a la divinidad sin serla? Atrae mucho la idea de verlo como un mesías. Haga cada lector su interpretación de los hechos.
Para mayor abundancia de datos, tenemos los disfraces que identificarán a los miembros de la cofradía, disfraces que cumplen la paradoja de revelar el significado real de cada personaje. A Syme le corresponde un traje en el cual destacan el sol y la luna; según le hace ver el mayordomo, en el Génesis la Biblia aporta la explicación: el cuarto día de la semana corresponde a la creación del sol y de la luna. El lector acucioso encontrará el resto de las asociaciones, Está claro que el grupo de anarquistas representa en buena medida el proceso de creación del mundo, que de una situación inicial de caos procede a un establecimiento del orden. Pensemos que Domingo aconseja lo siguiente: “Bull, eres hombre de ciencia. Escarba en las raíces de esos árboles y descúbreles su verdad. Syme, tú eres poeta...” ¿No tenemos aquí, resumidas las dos grandes avenidas de conocimiento? ¿Y la mención de árboles no nos lleva, inevitablemente, a pensar en los del Bien y del Mal y del Conocimiento mencionado en el Génesis?
En todo esto Gregory es un personaje de importancia que, sumemos otra paradoja, se encuentra ausente la mayor parte de la novela Le habría correspondido ser el día jueves, pero la intervención de Syme lo impide. Se lo expulsa del grupo y no aparece sino hacia el final de lo relatado, Gregory es un anarquista de corazón, fiel a los principios de su credo. ¿Por qué habría el narrador de concederle pelo rojo sino con intenciones simbólicas, ya que en épocas históricas anteriores solía asociarse ese color de pelo con el Diablo?
El hombre que fue jueves cumple entonces una paradoja más; la aparente sencillez de la trama oculta un tejido denso en significados. la complejidad del libro no impide el que se hagan de él por lo menos dos lecturas. Una primera que se limitaría al seguimiento de la trama. Siendo ésta muy divertida en razón de los incidentes que relata, satisfará las expectativas de prácticamente cualquier lector. Una segunda que, sin olvidar el sucederse de los acontecimientos, a la vez desentrañe su significado. Que se llegue a esta segunda ha sido una de las instituciones de este prólogo.
Capítulo primero · Dos poetas se encuentran
El barrio de Saffron Park —Parque de Azafrán— se extendía al poniente de Londres, rojo y desgarrado como una nube del crepúsculo. Todo él era de un ladrillo brillante; se destacaba sobre el cielo fantásticamente, y aun su pavimento resultaba de lo más caprichoso: obra de un constructor especulativo y algo artista, que daba a aquella arquitectura unas veces el nombre de “estilo Isabel” y otras el de “estilo reina Ana”, acaso por figurarse que ambas reinas eran una misma.
No sin razón se hablaba de este barrio como de una colonia artística, aunque no se sabe qué tendría precisamente de artístico. Pero si sus pretensiones de centro intelectual parecían algo infundadas, sus pretensiones de lugar agradable eran justificadísimas. El extranjero que contemplaba por vez primera aquel curioso montón de casas, no podía menos de preguntarse qué clase de gente vivía allí. Y si tenía la suerte de encontrarse con uno de los vecinos del barrio, su curiosidad no quedaba defraudada. El sitio no sólo era agradable, sino perfecto, siempre que se le considerase como un sueño, y no como una superchería. Y si sus moradores no eran “artistas”, no por eso dejaba de ser artístico el conjunto. Aquel joven —los cabellos largos y castaños, la cara insolente— si no era un poeta, era ya un poema. Aquel anciano, aquel venerable charlatán de la barba blanca y enmarañada, del sombrero blanco y desgarbado, no sería un filósofo ciertamente, pero era todo un asunto de filosofía. Aquel científico sujeto —calva de cascarón de huevo, y el pescuezo muy flaco y largo— claro es que no tenía derecho a los muchos humos que gastaba: no había logrado, por ejemplo, ningún descubrimiento biológico; pero ¿qué hallazgo biológico más singular que el de su interesante persona?
Así y sólo así había que considerar aquel barrio: no taller de artistas, sino obra de arte, y obra delicada y perfecta. Entrar en aquel ambiente era como entrar en una comedia. Y sobre todo, al anochecer; cuando, acrecentado el encanto ideal, los techos extravagantes resaltaban sobre el crepúsculo, y el barrio quimérico aparecía aislado como un nube flotante. Y todavía más en las frecuentes fiestas nocturnas del lugar —iluminados los jardines, y encendidos los farolillos venecianos, que colgaban, como frutos monstruosos, en las ramas de aquellas miniaturas de árboles.
Pero nunca como cierta noche —lo recuerda todavía uno que otro vecino— en que el poeta de los cabellos castaños fue el héroe de la fiesta. Y no porque fuera aquélla la única fiesta en que nuestro poeta hacía de héroe. ¡Cuántas noches, al pasar junto a su jardincillo, se dejaba oír su voz, aguda y didáctica, dictando la ley de la vida a los hombres y singularmente a las mujeres! Por cierto, la actitud que entonces asumían las mujeres era una de las paradojas del barrio. La mayoría formaban en las filas de las “emancipadas”, y hacían profesión de protestar contra el predominio del macho. Con todo, estas mujeres a la moderna pagaban a un hombre el tributo que ninguna mujer común y corriente está dispuesta a pagarle nunca: el de oírle hablar con la mayor atención.
La verdad es que valía la pena de oír hablar a Mr. Lucian Gregory —el poeta de los cabellos rojos— aun cuando sólo fuera para reírse de él. Disertaba el hombre sobre la patraña de la anarquía del arte y el arte de la anarquía, con tan impúdica jovialidad que —no siendo para mucho tiempo— tenía su encanto. Ayudábale, en cierto modo, la extravagancia de su aspecto, de que él sacaba el mayor partido para subrayar sus palabras con el ademán y el gesto. Sus cabellos rojo-oscuros —la raya en medio—, eran como de mujer, y se rizaban suavemente cual en una virgen pre-rafaelista. Pero en aquel óvalo casi santo del rostro, su fisonomía era tosca y brutal, y la barba se adelantaba en un gesto desdeñoso de cockney, de plebe londinense; combinación atractiva y temerosa a la vez para un auditorio neurasténico; preciosa blasfemia en dos pies, donde parecían fundirse el ángel y el mono.
Si por algo hay que recordar aquella velada memorable, es por el extraño crepúsculo que la precedió. ¡El fin del mundo! Todo el cielo se reviste de un plumaje vivo y casi palpable: dijeran que está el cielo lleno de plumas, y que estas bajan hasta cosquillearles la cara. En lo alto del domo celeste parecen grises, con tintes raros de violeta y de malva, o inverosímiles toques de rosa y verde pálido; pero hacia la parte del Oeste ¿cómo decir el gris transparente y apasionado, y los últimos plumones de llamas donde el sol se esconde como demasiado hermoso para dejarse contemplar? ¡Y el cielo tan cerca de la tierra cual en una confidencia atormentadora! ¡Y el cielo mismo hecho un secreto! Expresión de aquella espléndida pequeñez que hay siempre en el alma de los patriotismos locales, el cielo parecía pequeño.
Día memorable, para muchos, aunque sea por aquel crepúsculo turbador. Día de recordación para otros, porque entonces se presentó por vez primera el segundo poeta de Saffron Park. Por mucho tiempo el pelitaheño revolucionario había reinado sin rival; pero su no disputado imperio tuvo fin en la noche que siguió a aquel crepúsculo.
El nuevo poeta, que dijo llamarse Gabriel Syme, tenía un aire excelente y manso, una linda y puntiaguda barbita, unos amarillentos cabellos. Pero se notaba al instante que era menos manso de lo que parecía. Dio la señal de su presencia enfrentándose con el poeta establecido, con Gregory, en una disputa sobre la naturaleza de la poesía. Syme declaró ser un poeta de la legalidad, un poeta del orden, y hasta un poeta de la respetabilidad. Y los vecinos de Saffron Park lo consideraban asombrados, pensando que aquel hombre acababa de caer de aquel cielo imposible.
Y en efecto, Mr. Lucían Gregory, el poeta anárquico, descubrió una relación entre ambos fenómenos.
—Bien puede ser —exclamó en su tono lírico habitual—, bien puede ser que, en esta noche de nubes fantásticas y de colores terribles, la tierra haya dado de sí semejante monstruo: un poeta de las conveniencias. Usted asegura que es un poeta de la ley, y yo le replico que es usted una contradicción en los términos. Y sólo me choca que en noche como esta no aparezcan cometas, ni sobrevengan terremotos para anunciarnos la llegada de usted.
El hombre de los dulces ojos azules, de la barbita descolorida, soportó el rayo con cierta solemnidad sumisa. Y el tercero en la discordia —Rosamunda, hermana de Gregory, que tenía los mismos cabellos bermejos de su hermano, aunque una fisonomía más amable— soltó aquella risa, mezcla de admiración y reproche, con que solía considerar al oráculo de la familia.
Gregory prosiguió en su tono grandilocuente:
—El artista es uno con el anarquista; son términos intercambiables. El anarquista es un artista. Artista es el que lanza una bomba, porque todo lo sacrifica a un supremo instante; para él es más un relámpago deslumbrador, el estruendo de una detonación perfecta, que los vulgares cuerpos de unos cuantos policías sin contorno definido. El artista niega todo gobierno, acaba con toda convención. Sólo el desorden place al poeta. De otra suerte, la cosa más poética del mundo sería nuestro tranvía subterráneo.
—Y así es, en efecto —replicó Mr. Syme.
—¡Qué absurdo! —exclamó Gregory, que era muy razonable cuando los demás arriesgaban una paradoja en su presencia—. Vamos a ver: ¿Por qué tienen ese aspecto de tristeza y cansancio todos los empleados, todos los obreros que toman el subterráneo? Pues porque saben que el tranvía anda bien; que no puede menos de llevarlos al sitio para el que han comprado billete; que después de Sloane Square tienen que llegar a la estación de Victoria y no a otra. Pero ¡oh rapto indescriptible, ojos fulgurantes como estrellas, almas reintegradas en las alegrías del Edén, si la próxima estación resultara ser Baker Street!
—¡Usted sí que es poco poético! —dijo a esto el poeta Syme—. Y si es verdad lo que usted nos cuenta de los viajeros del subterráneo, serán tan prosaicos como usted y su poesía. Lo raro y hermoso es tocar la meta; lo fácil y vulgar es fallar. Nos parece cosa de epopeya que el flechero alcance desde lejos a una ave con su dardo salvaje, ¿y no había de parecérnoslo que el hombre le acierte desde lejos a una estación con una máquina salvaje? El caos es imbécil, por lo mismo que allí el tren puede ir igualmente a Baker Street o a Bagdad. Pero el hombre es un verdadero mago, y toda su magia consiste en que dice el hombre: “¡sea Victoria!”, y hela que aparece. Guárdese usted sus libracos en verso y prosa, y a mí déjeme llorar lágrimas de orgullo ante un horario del ferrocarril. Guárdese usted su Byron, que conmemora las derrotas del hombre, y deme a mí en cambio el Bradshaw ¿entiende usted? El horario Bradshaw, que conmemora las victorias del hombre. ¡Venga el horario!
—¿Va usted muy lejos? —preguntó Gregory sarcásticamente.
—Le aseguro a usted —continuó Syme con ardor— que cada vez que un tren llega a la estación, siento como si se hubiera abierto paso por entre baterías de asaltantes; siento que el hombre ha ganado una victoria más contra el caos. Dice usted desdeñosamente que, después de Sloane Square, tiene uno que llegar por fuerza a Victoria. Y yo le contesto que bien pudiera uno ir a parar a cualquier otra parte; y que cada vez que llego a Victoria, vuelvo en mí y lanzo un suspiro de satisfacción. El conductor grita: “¡Victoria!”, y yo siento que así es verdad, y hasta me parece oír la voz del heraldo que anuncia el triunfo. Porque aquello es una victoria: la victoria de Adán.
Gregory movió la rojiza cabeza con una sonrisa amarga.
—Y en cambio —dijo— nosotros, los poetas, no cesamos de preguntarnos: “¿Y qué Victoria es esa tan suspirada?” Usted se figura que Victoria es como la nueva Jerusalén; y nosotros creemos que la nueva Jerusalén ha de ser como Victoria. Sí: el poeta tiene que andar descontento aun por las calles del cielo; el poeta es el sublevado sempiterno.
—¡Otra! —dijo irritado Syme—. ¿Y qué hay de poético en la sublevación? Ya podía usted decir que es muy poético estar mareado. La enfermedad es una sublevación. Enfermar o sublevarse puede ser la única salida en situaciones desesperadas; pero que me cuelguen si es cosa poética. En principio, la sublevación verdaderamente subleva, y no es más que un vómito.
Ante esta palabra, la muchacha torció los labios, pero Syme estaba muy enardecido para hacer caso.
—Lo poético —dijo— es que las cosas salgan bien. Nuestra digestión, por ejemplo, que camina con una normalidad muda y sagrada: he ahí el fundamento de toda poesía. No hay duda: lo más poético, más poético que las flores y más que las estrellas, es no enfermar.
—La verdad —dijo Gregory con altivez—, el ejemplo que usted escoge...
—Perdone usted —replicó Syme con acritud—. Se me olvidaba que habíamos abolido las convenciones.
Por primera vez una nube de rubor apareció en la frente de Gregory.
—No esperará usted de mí —observó— que transforme la sociedad desde este jardín.
Syme le miró directamente a los ojos y sonrió bondadosamente.
—No por cierto —dijo—. Pero creo que eso es lo que usted haría si fuera una anarquista en serio.
Brillaron a esto los enormes ojos bovinos de Gregory, como los del león iracundo, y aun dijérase que se le erizaba la roja melena. —¿De modo que usted se figura —dijo con descompuesta voz— que yo no soy un verdadero anarquista? —¿Dice usted...?
—¿Qué yo no soy un verdadero anarquista? —repitió Gregory apretando los puños.
—¡Vamos, hombre! —Y Syme dio algunos pasos para rehuir la disputa.
Con sorpresa, pero también con cierta complacencia, vio que Rosamunda le seguía.
—Mr. Syme —dijo ella—. La gente que habla como hablan usted y mi hermano, ¿se da cuenta realmente de lo que dice? ¿Usted pensaba realmente en lo que estaba diciendo?
Y Syme, sonriendo:
—¿Y usted?
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó la joven poniéndose seria.
—Mi querida Miss Gregory, hay muchas maneras de sinceridad y de insinceridad. Cuando, por ejemplo, da usted las gracias al que le acerca el salero, ¿piensa usted en lo que dice? No. Cuando dice usted que el mundo es redondo ¿lo piensa usted? Tampoco. No es que deje de ser verdad, pero usted no lo está pensando. A veces, sin embargo, los hombres, como su hermano hace un instante, dicen algo en que realmente están pensando, y entonces lo que dicen puede que sea una media, un tercio, un cuarto y hasta un décimo de verdad; pero el caso es que dicen más de lo que piensan, a fuerza de pensar realmente lo que dicen.
Ella lo miraba fijamente. En su cara seria y franca había aparecido aquel sentimiento de vaga responsabilidad que anida hasta en el corazón de la mujer más frívola, aquel sentimiento maternal tan viejo como el mundo.
—Entonces —anheló— ¿es un verdadero anarquista?...
—Sólo en ese limitado sentido, o si usted prefiere: sólo en ese desatinado sentido que acabo de explicar. Ella frunció el ceño, y dijo bruscamente:
—Bueno; no llegará hasta arrojar bombas, o cosas por el estilo ¿verdad?
A esto soltó Syme una risotada que parecía excesiva para su frágil personita de dandy.
—¡No por Dios! —exclamó—. Eso sólo se hace bajo el disfraz del anónimo.
En la boca de Rosamunda se dibujó una sonrisa de satisfacción, al pensar que Gregory no era más que un loco y que, en todo caso, no había temor de que se comprometiera nunca.
Syme la condujo a un banco en el rincón del jardín, y siguió exponiendo sus opiniones con facundia. Era un hombre sincero, y, a pesar de sus gracias y aires superficiales, en el fondo era muy humilde. Y ya se sabe: los humildes siempre hablan mucho; los orgullosos se vigilan siempre de muy cerca.
Syme defendía el sentido de la respetabilidad con exageración y violencia, y elogiaba apasionadamente la corrección, la sencillez.
En el ambiente, a su alrededor, flotaba el aroma de las lilas. Desde la calle, llegaba hasta él la música de un organillo lejano, y él se figuraba inconsciente de que sus heroicas palabras se desarrollaban al compás de un ritmo misterioso y extraterreno.
Hacía, a su parecer, algunos minutos que hablaba así, complaciéndose en contemplar los cabellos rojos de Rosamunda, cuando se levantó del banco recordando que en sitio como aquel no era conveniente que las parejas se apartasen.
Con gran sorpresa suya se encontró con que el jardín estaba solo. Todos se habían ido ya. Se despidió presurosamente pidiendo mil perdones, y se marchó.
La cabeza le pesaba como si hubiera bebido champaña, cosa que no pudo explicarse nunca. En los increíbles acontecimientos que habían de suceder a este instante, la joven no tendría la menor participación. Syme no volvió a verla hasta el desenlace final. Y sin embargo, por entre sus locas aventuras, la imagen de ella había de reaparecer de alguna manera indefinible, como un leit-motiv musical, y la gloria de su extraña cabellera leonada había de correr como un hilo rojo a través de los tenebrosos y mal urdidos tapices de su noche. Porque es tan inverosímil lo que desde entonces le sucedió, que muy bien pudo ser un sueño.
La calle, iluminada de estrellas, se extendía solitaria. A poco, Syme se dio cuenta, con inexplicable percepción, de que aquel silencio era un silencio vivo, no muerto. Brillaba frente a la puerta un farol, y a su reflejo parecían doradas las hojas de los árboles que desbordaban la reja. Junto al farol había una figura humana tan rígida como el poste mismo del farol. Negro era el sombrero de copa, negra era la larga levita, y la cara resultaba negra en la sombra. Pero unos mechones rojizos que la luz hacía brillar, y algo agresivo en la actitud de aquel hombre, denunciaban al poeta Gregory. Parecía un bravo enmascarado que espera, sable en mano, la llegada de su enemigo.
Esbozó un saludo, y Syme lo contestó en toda forma.
—Estaba esperándole a usted —dijo Gregory—. ¿Podemos cambiar dos palabras?
—Con mil amores. ¿De qué se trata? —preguntó Syme algo inquieto.
Gregory dio con el bastón en el poste del farolillo, y después, señalando el árbol, dijo:
—De esto y de esto: del orden y de la anarquía. Aquí tiene usted su dichoso orden, aquí en esta miserable lámpara de hierro, fea y estéril; y mire usted en cambio la anarquía, rica, viviente, productiva, en aquel espléndido árbol de oro.
—Sin embargo —replicó Syme pacientemente—, note usted que, gracias a la luz del farol, puede usted ver ahora mismo el árbol. No estoy seguro de que pudiera usted ver el farol a la luz del árbol.
Y tras una pausa:
—Pero, permítame usted que le pregunte: ¿ha estado usted esperándome aquí con el único fin de que reanudemos la discusión? —No —gritó Gregory, y su voz rodó por la calle—. No estoy aquí para reanudar la discusión, sino para acabar de una vez con ella.
Silencio. Syme, aunque no entendió, sospechó que la cosa iba en serio. Y Gregory comenzó a decir con una voz muy suave y una sonrisa poco tranquilizadora.
—Amigo Syme, esta noche ha logrado usted algo verdaderamente notable; ha logrado usted de mí algo que ningún hijo de mujer ha logrado nunca.
—¿Es posible?
—No; espere usted, ahora recuerdo —reflexionó Gregory—, otro lo había logrado antes: si no me engaño, el capitán de una barca de Southend. En suma: ha logrado usted irritarme.
—Crea usted que lo lamento profundamente —contestó Syme con gravedad.
—Pero temo —añadió Gregory con mucha calma— que mi furia y el daño que usted me ha hecho sean demasiado fuertes para deshacerlos con una simple excusa. Por otra parte, tampoco los borraría un duelo: ni matándole yo a usted los podría borrar. Sólo queda un medio para hacer desaparecer la mancha de la injuria, y es el que escojo. A riesgo de sacrificar mi vida y mi honor, voy a probarle a usted que se ha equivocado en sus afirmaciones.
—¿En mis afirmaciones?
—Sí; usted ha dicho que yo no era un anarquista en serio. —Mire usted que en esto de la seriedad hay grados —advirtió
Syme—. Yo nunca he puesto en duda la perfecta sinceridad de usted, en cuanto a que usted haya dicho lo que a usted le parece que se debe decir; al hablar así, sin duda exageradamente, consideraba usted que una paradoja puede despertar en los hombres la curiosidad por una verdad olvidada.
Gregory lo observaba fijamente, penosamente.
—Y en otro sentido ¿no me cree usted sincero? —preguntó—. ¿Me toma usted por un vagabundo del pensamiento que deja caer una que otra verdad casual? Entonces no me cree usted serio en un sentido más profundo, más fatal...
Syme exclamó, pegando en el suelo con su bastón:
—¡Serio, Dios mío! ¿Es seria esta calle? ¿Son serios los farolillos venecianos del jardín, y toda esta faramalla? Viene uno aquí, dice uno dos o tres majaderías y tal vez dos o tres aciertos... Pero, francamente, me merecería muy pobre opinión un hombre que no tuviera, en el fondo de su ser, alguna cosa más seria que toda esta charlatanería que dice uno: así sea la preocupación religiosa, o siquiera la afición al vino.
—¡Muy bien dicho! —exclamó Gregory, y su rostro se ensombreció—. Ahora va usted a ver algo más serio que el vino y que la religión. .
Syme esperaba, con su bondadoso aire habitual. Gregory desplegó los labios de nuevo.
—Acaba usted de hablar de religión. ¿Es usted religioso?
—¡Hombre! —dijo Syme sonriendo—. En estos tiempos todos somos católicos.
—Bien. ¿Puedo pedirle a usted que jure por todos los dioses y todos los santos de su creencia, que no revelará usted lo que ahora voy a comunicarle a, ningún hijo de Adán, y, sobre todo, a ningún policía? ¿Lo jura usted? Si acepta usted este solemne compromiso, si usted acepta cargar su alma con el peso de un juramento que más le valiera no pronunciar, y con el conocimiento de cosas en que usted no ha soñado siquiera, entonces yo le prometo en cambio...
—¿Qué me promete usted? apretó Syme, viendo que el otro vacilaba.
—Le prometo a usted una noche muy divertida. Syme se descubrió al instante, y dijo:
—Ofrecimiento excelente para que pudiera yo rehusarlo. Usted afirma que un poeta es necesariamente un anarquista, y yo difiero de su opinión; pero confío al menos en que el poeta es siempre un hombre de mundo y gran compañía para una noche. Aquí mismo le juro a usted como cristiano, y ofrezco como buen camarada y compañero, que no contaré nada a la policía, sea lo que fuere. Y ahora, en nombre del manicomio de Colney Hatch, dígame usted de qué se trata.
—Creo que lo mejor es tomar un coche —contestó Gregory con plácido disimulo.
Dio dos grandes silbidos y no tardó en aparecer un coche, sonando sobre el empedrado. Subieron. Gregory dio al cochero la dirección de una oscura taberna que hay junto al río, a la parte de Chiswick.
Partió el coche, y en él nuestros dos fantásticos sujetos se alejaban de su fantástico barrio.
Capítulo segundo · Gabriel Syme revela su secreto
Paró el coche frente a un bar de aspecto miserable, y Gregory invitó a entrar a su compañero. Sentáronse en una especie de trastienda estrecha y oscura, ante una pobre mesa que tenía una sola pata en el centro. El cuarto era tan pequeño, tan sombrío, que apenas se podía distinguir al camarero, en la vaga sensación de bulto barbado que producía su presencia.
—¿Quiere usted que le sirvan algo? —preguntó Gregory cortésmente—. El pâté de foie-gras que dan aquí no es bueno, pero le recomiendo la liebre.
Syme creyó que era una broma, y, aceptándola con una naturalidad de buen gusto, contestó:
—Prefiero que me traigan una langosta a la mayonesa. Con gran asombro, oyó que el camarero le contestaba:
—Muy bien, señor.
Y sintió que se alejaba para cumplir sus órdenes.
—¿Qué quiere usted beber? —añadió Gregory con el mismo tono—. Yo voy a pedir crême de menthe: he cenado ya. Me va usted a permitir que le obsequie con una media botella de Pommery: ya verá usted.
—Gracias; es usted muy amable —dijo Syme impasible.
Pero sus intentos, algo torpes, para reanudar la conversación, quedaron cortados como por un rayo, ante la llegada de la langosta. Probóla Syme, la encontró muy buena, y se puso a comer de prisa y con apetito.
—Perdóneme si no disimulo mi placer —le decía sonriendo a Gregory—. No todas las noches tiene uno sueños tan agradables. Esto de que una pesadilla acabe en langosta es, para mí, de una novedad encantadora. Lo que muchas veces me ha sucedido es lo contrario.
—No está usted soñando, se lo aseguro. Antes está usted próximo al momento más real y conmovedor de su vida... Pero aquí está el champaña, verá usted. Confieso que hay alguna desproporción entre las interioridades de este excelente hotel y su aspecto exterior tan sencillo y humilde. Es que somos muy modestos... Sí, nosotros somos los hombres más modestos que ha habido en el mundo.
—¿Y quiénes son nosotros? —preguntó Syme apurando la copa de champaña.
—¡Casi nadie! —repuso Gregory—. Nosotros somos los anarquistas serios en que usted no cree.
—¡Ah! —dijo Syme—. Tienen ustedes muy buenos vinos. Hubo una pausa. Y después habló Gregory:
—Si nota usted dentro de un momento que la mesa empieza a girar, no culpe usted a su champaña, que sería una injusticia.
—La verdad es —dijo Syme con una calma perfecta— que, si no estoy ebrio, estoy loco; pero creo que en todo caso me conduciré como debo. ¿Se puede fumar?
—¡Sí, hombre! —y, sacando su cigarrera—. Pruebe usted de los míos.
Escogió Syme un cigarro, sacó del chaleco un cortacigarros, cortó el cabo, llevó el cigarro a la boca, lo encendió con toda lentitud, y después echó una bocanada de humo. Y no le abonaba poco el ser capaz de ejecutar todos estos ritos con tal compostura, porque, apenas había comenzado, cuando ya la mesa estaba girando frente a ellos, al principio de modo casi imperceptible, y después con rapidez, como en una sesión de espiritismo.
—No haga usted caso —explicó Gregory—. Es una especie de sacacorchos.
—Es verdad —dijo Syme plácidamente—, una especie de sacacorchos: ¡Qué sencillo!
Y un instante después, el humo del tabaco, que hasta entonces había flotado dibujando serpentines en el aire de la estancia, subió recto como por el tubo de una fábrica; y los dos, con su mesa y su silla, se hundieron como si se los tragara la tierra. Fueron descendiendo entre rechinidos a través de una chimenea rugiente, con la rigidez de una caída. De pronto pararon de golpe. Y cuando Gregory abrió dos puertas, y llegó hasta ellos una roja luz subterránea, vio que Syme continuaba fumando tranquilamente, cruzada la pierna, y ni siquiera un cabello trastornado.
Gregory lo condujo a través de un túnel bajo y abovedado, en cuyo término se veía la luz roja. Era una enorme linterna escarlata, grande como boca de horno, que colgaba de una puerta de hierro pesada y pequeña. En la puerta había una mirilla enrejada. Gregory dio cinco golpes. Una voz robusta y de marcado acento extranjero le preguntó quién era. La respuesta fue inesperada:
—Soy Mr. Joseph Chamberlain.
El nombre era tal vez un santo y seña. Rechinaron los goznes y la puerta comenzó a abrirse.
Adentro, el túnel resplandecía como si estuviera blindado. Examinándolo mejor, Syme pudo advertir que el muro resplandeciente estaba formado de pistolas y fusiles ordenados y entrelazados en hileras inacabables.
—Perdone usted tantas formalidades —dijo Gregory—. Ya comprenderá usted que aquí necesitamos andar con mucho cuidado.
—No se disculpe usted —dijo Syme—. Ya conozco el amor que tienen ustedes al orden y a la ley.
Y se adelantó por el túnel recubierto de armas de acero. Con sus largos cabellos rubios y su presuntuosa levita, su silueta frágil y fantástica se deslizaba por la deslumbrante avenida de la muerte.
Pasaron varios galerías semejantes, y al fin llegaron a una estancia, casi esférica, de muros de acero combado, a la que daban cierto aire dé anfiteatro científico varias filas de bancos. Aquí no había fusiles ni pistolas, pero, a lo largo de los muros, colgaban unos objetos de aspecto todavía más extraño y temeroso: bulbos de plantas metálicas o huevos de pájaros de hierro. ¡Eran bombas! Y el cuarto mismo parecía una bomba vista por dentro.
Syme le quitó la ceniza al cigarro, dando en el muro, y entró.
—Y ahora, querido Mr. Syme —dijo Gregory dejándose caer con expansión en el banco que estaba debajo de la bomba más grande—, ahora que estamos en sitio cómodo, hay que hablar claro. No hay palabras para descubrir el impulso que me ha hecho arrastrarle a usted hasta aquí: fue una de esas emociones arbitrarias, como la que impele a saltar de una roca o a enamorarse. Baste decir que era usted, y hagámosle la justicia de confesar que todavía lo es usted, una persona de lo más irritante. Quebrantaría yo veinte juramentos, con tal de darle a usted en la cabeza. Ese modo que tiene usted de encender el cigarro, por ejemplo, basta para hacer que un sacerdote quebrante el secreto de la confesión. Pero vamos al punto: usted decía que estaba seguro de que yo no era un anarquista en serio. ¿Le parece a usted serio el lugar en que estamos?
—Efectivamente —asintió Syme— parece que esconde alguna moralidad seria bajo sus apariencias alegres. Pero quiero preguntarle a usted dos cosas; no vacile usted en contestarme: recuerde usted que me exhortó muy cautamente a prometerle que no diría nada a la policía, y que estoy dispuesto a mantener mi promesa. Mis preguntas sólo obedecen a la curiosidad. En primer lugar ¿qué significa todo esto? ¿qué se proponen ustedes? ¿quieren ustedes abolir los gobiernos?
—¡Queremos abolir a Dios! —declaró Gregory abriendo los ojos con fanatismo—. No nos basta aniquilar algunos déspotas y uno que otro reglamento de policía. Hay una clase de anarquismo que sólo eso pretende; pero no es más que una rama del no conformismo. Nosotros minamos más hondo, y les haremos volar más alto. Queremos abolir esas distinciones arbitrarias entre el vicio y la virtud, el honor y el deshonor en que se fundan los simples rebeldes. Los estúpidos sentimentales de la Revolución Francesa hablaban de los derechos del Hombre. Pero nosotros odiamos tanto los derechos como los tuertos, y a unos y a otros los abolimos.
—¿Y el lado derecho y el lado izquierdo? —dijo Syme con sincera simplicidad—. Creo que también los abolirán ustedes. Son mucho más molestos, para mí al menos.
—Me anunció usted una segunda pregunta —cortó Gregory secamente.
—A ella voy con el mayor gusto. En todos sus actos y sus cosas advierto en ustedes un intento metódico de rodearse de misterio. Yo tuve una tía que vivía sobre un almacén, pero esta es la primera vez que veo gente que prefiere vivir debajo de un establecimiento público. Tienen ustedes unas pesadísimas puertas de hierro, por las cuales no se puede pasar sin someterse a la humillación de llamarse Mr. Chamberlain. Se rodean ustedes de instrumentos de acero, que hacen de esta morada, para decirlo todo, algo más imponente “que hospitalario. Y yo pregunto ahora ¿por qué, tras de tomarse tantos trabajos para esconderse en las entrañas de la tierra, anda usted esparciendo sus secretos y hablando de anarquismo a todos los marimachos de Saffron Park?
Gregory sonrió y dijo:
—Muy sencillo: yo le dije a usted que yo era un verdadero anarquista, y usted no lo creyó. Tampoco lo creen los demás. No lo creerán mientras no los conduzca yo a esta cámara infernal.
Syme fumaba, pensativo, y lo contemplaba con interés. Gregory prosiguió:
—Óigame usted. Voy a contarle algo que le divertirá. Cuando me hice neo-anarquista, intenté todos los disfraces respetables: por ejemplo, me vestía yo de obispo. Leí todo lo que dicen nuestras publicaciones anarquistas sobre los obispos, desde El Vampiro de la Superstición hasta Sacerdotes de Presa. De aquí saqué la noción de que los obispos son unos seres extraños y terribles que ocultan a la humanidad unos crueles secretos. Pero yo me engañaba. La primera vez que pisé un salón con mis botas episcopales y exclamé con voz de trueno: “¡Humíllate, humíllate, oh presuntuosa razón humana!” todos adivinaron no sé cómo, que yo no tenía nada de obispo, y fui atrapado. Entonces me disfracé de millonario, pero me puse a defender el capital con tanto talento, que todos se dieron cuenta de que yo era un pobre diablo. Intenté el disfraz de comandante. Yo soy humanitario, pero tengo bastante capacidad mental para entender la posición de los que, con Nietzsche, admiran la violencia, el orgullo, la guerra feroz de la naturaleza, y todo eso que usted ya sabe. Me convertí, pues, en comandante. Y todo el día desenvainaba la espada y gritaba: “¡Sangre!” como quien pide vino. Repetía yo frecuentemente: “¡Perezcan los débiles: es la Ley!” Pero parece que los comandantes no hacen nada de eso. Y, claro, me cogieron otra vez. Entonces, desesperado, acudí al presidente del Consejo Central Anarquista, que es el hombre más notable de Europa.
—¿Cómo se llama? —dijo Syme.
—Inútil; no lo conoce usted. En esto consiste su grandeza. César y Napoleón agotaron su genio para que se hablara de ellos, y lo han logrado. Pero este aplica su genio a que no se hable de él, y también lo ha conseguido. Pero no puede usted estar a su lado cinco minutos sin sentir que César y Napoleón son unos niños comparados con él.
Calló un instante. Estaba pálido. Continuó:
—Sus consejos, con toda la sal de un epigrama, son a la vez tan prácticos como el Banco de Inglaterra. Le pregunté: “¿Qué disfraz debo adoptar? ¿Dónde encontrar personajes más respetables que los obispos y los comandantes?” Él me miró con su cara enorme, indescifrable. “¿Quieres un disfraz seguro? ¿Un traje que te haga aparecer como inofensivo? ¿Un traje en el que nadie pueda adivinar que llevas escondida una bomba?” Asentí. Entonces, exaltando su voz de león: “¡Pues disfrázate de anarquista, torpe!”, rugió haciendo retemblar la estancia. “Y no habrá quien tenga miedo de ti”. Y sin decirme nada, me volvió la espalda corpulenta. Seguí su consejo, y nunca tuve que arrepentirme. Y he predicado día y noche sangre y matanzas a esas pobres mujeres, y bien sabe Dios que me confiarían los cochecitos en que sacan a paseo a sus nenes. Con sus grandes ojos azules, Syme lo consideraba ahora de un modo respetuoso.
—En verdad —dijo—, es una buena trampa. Ya ve usted que yo caí en ella—. Y poco después: ¿Cómo llaman ustedes a su tremebundo presidente?
—Le llamamos Domingo —contestó Gregory—. Vea usted: el Consejo Central Anarquista consta de siete miembros, y cada uno recibe el nombre de un día de la semana. Al jefe le llamamos Domingo, y algunos de sus admiradores le llaman también Domingo de Sangre, como quien dice “Domingo de Ramos”. Y es curioso que me hable usted de eso, porque se da la coincidencia de que esta misma noche que usted, por decirlo así, nos ha caído del cielo, la sección de Londres, que se reúne en esta sala, debe elegir su diputado para llenar una vacante del Consejo. Ha muerto súbitamente el que desempeñó, por algún tiempo, con aplauso general, las funciones de Jueves, y hemos convocado un mitin para esta noche, con el fin de nombrarle sucesor.
Se levantó y se puso a pasear por la estancia con una sonrisa de inquietud; después prosiguió, como al acaso:
—Syme: siento como si fuera usted mi madre. Siento que puedo confiarme a usted, puesto que usted me ha prometido callar. Quiero decirle a usted una cosa que no lo diría yo a los anarquistas que estarán aquí dentro de diez minutos. Ya sabe usted que vamos a hacer una elección, en cuanto a la forma al menos; pero inútil añadir que el resultado está ya previsto.
Y bajando modestamente los ojos:
—Es casi seguro que yo voy a ser el Jueves.
—¡Mi querido amigo! —exclamó Syme efusivamente—. ¡Mi enhorabuena más cordial!
¡Qué brillante carrera!
Gregory declinó las cortesías con una sonrisa. Atravesando a grandes pasos la estancia, dijo con precipitación:
—Mire usted: todo está preparado para mí en esta mesa, y la ceremonia será brevísima.
Acercóse Syme a la mesa, y vio una bastón de verduguillo, un gran revólver Colt, una lata de sandwich y una formidable botella de Brandy. Sobre la silla próxima había una capa.
—No tengo más que esperar el fin del escrutinio —continuó Gregory animándose—, y entonces me cuelgo la capa, empuño la estaca, me guardo todo lo demás en los bolsillos, y salgo de esta catacumba por una puerta que da sobre el río. Allí estará una lanchita de vapor esperándome, y después... después... ¡Oh loca alegría de sentirse Jueves!
Y palmeteaba de entusiasmo.
Syme, que se había sentado, reasumiendo su insolente languidez habitual, se levantó con cierta inquietud.
—¿Por qué será —preguntó después con tono divagador—, por qué será, Gregory; que me parece usted un excelente muchacho? ¿Por qué sentiré tanta simpatía por usted?
Una pausa, y luego, con ingenua curiosidad:
—¿Será porque es usted un formidable asno? Enmudeció, pensativo. Y a poco:
—¡Demonio! —exclamó—. En mi vida me he visto en una situación más absurda, y no hay más remedio que afrontarla con recursos adecuados. Oiga usted, Gregory: yo le he hecho a usted una promesa antes de entrar aquí, y estoy dispuesto a mantenerla aun bajo el tormento de las tenazas al rojo blanco. ¿Quiere usted, para mi propia seguridad, hacerme la misma promesa?
—¿Una promesa? —preguntó Gregory asombrado.
—Sí, hombre, una promesa —dijo Syme muy serio—. Yo juré por Dios no revelar sus secretos a la policía. ¿Quiere usted jurarme, en nombre de la Humanidad, o en nombre de cualquier necedad en que usted crea, que usted no revelará mi secreto a los anarquistas?
—¿El secreto de usted? —dijo Gregory cada vez más asombrado— Pero ¿usted tiene un secreto?
—Sí, tengo un secreto. ¿Quiere usted jurar, sí o no? Gregory lo contempló gravemente, y luego exclamó:
—Yo creo que usted me ha embrujado. ¡Qué manera irresistible de excitar mi curiosidad! Y bien, sí: juro a usted no decir a los anarquistas una palabra de lo que usted me confíe. Pero ¡andando! Porque ellos estarán aquí antes de dos minutos.
Syme, que se había vuelto a sentar, se levantó lentamente, hundió sus largas manos blancas en los bolsillos del pantalón. Al mismo tiempo, cinco golpes en la mirilla de la puerta anunciaron la llegada del primer conspirador.
—Bien —dijo Syme conservando su parsimonia—. Se lo diré a usted todo en pocas palabras: sepa usted que su recurso de disfrazarse de poeta anarquista no es exclusivo de usted o de su Presidente. También lo conocemos y practicamos desde hace algún tiempo en Scotland Yard, en el Palacio de la Policía.
Tres veces quiso saltar Gregory, y tres veces desfalleció.
—¿Qué dice usted? —preguntó con una voz que no era humana.
—Lo que usted ha oído —repuso Syme—. Que soy un policía, un detective. Pero chitón que sus compañeros se acercan.
Por la galería llegaba un vago murmullo de “Mr. Joseph Chamberlain, Mr. Joseph Chamberlain”, dos, tres, treinta veces repetido. A lo largo del corredor subterráneo, se dejaban ya oír los pasos, cada vez más próximos —¡oh solemne imagen!—, de aquella multitud de Joseph Chamberlains.
Capítulo tercero · El hombre que fue jueves
Antes de que penetrase en la estancia ninguno de los recién llegados, Gregory se había repuesto de su sorpresa. De un salto, y con un rugido de fiera, se acercó a la mesa, cogió el revólver y apuntó a Syme.
Syme, sin conmoverse, levantó su mano pálida y elegante.
—No sea usted ridículo, Gregory —dijo con una dignidad afeminada de eclesiástico—.
¿No ve usted que es inútil? ¿No ve usted que nos hemos embarcado juntos y juntos hemos de aguantar el mareo?
Nada pudo responderle Gregory, pero tampoco acertó a disparar; sólo interrogaba con los ojos.
—¿No ve usted que los dos estamos en jaque? —continuó Syme—. Yo no puedo decir a la policía que usted es anarquista, y usted no puede decir a los anarquistas que yo soy policía. Lo único que puedo hacer, ya conociéndolo, es vigilarlo. Y usted, conociéndome, tampoco puede hacer conmigo otra cosa. Aquí se trata de un duelo intelectual y singular: mi cabeza contra la de usted. Yo soy un policía desprovisto del auxilio de la policía, y usted, pobre amigo mío, un anarquista desprovisto de toda esa complicada organización tan esencial para la buena marcha de la anarquía. Aquí, si alguno lleva ventaja, es usted: a usted no le rodea la mirada inquisitiva de los guardias, y yo voy a estar rodeado de la desconfiada muchedumbre anarquista. No puedo traicionarlo a usted, pero puedo traicionarme a mí mismo al menor descuido. Paciencia, pues: espere usted a ver cómo me traiciono. Ya verá usted qué bien lo hago.
Gregory dejó la pistola, y miraba con asombrados ojos a Syme, como si fuera un monstruo marino.
—No creo en la inmortalidad —dijo al fin—. Pero si, después de todo esto, falta usted a su palabra, creo que Dios haría un infierno para usted solo, para hacerle aullar eternamente.
—¡Oh! —dijo Syme, orgulloso— yo no falto nunca a mi palabra. Haga usted como yo.
Aquí están sus amigotes.
La multitud de anarquistas entró en el cuarto pesadamente, con aire fatigoso. Un hombrecillo de gafas y barbilla negra, que llevaba unos papeles en la mano —un tipo parecido a Mr. Tim Healy— se desprendió del grupo, y acercándose, dijo:
—Camarada Gregory, supongo que este señor es un delegado foráneo.
Cogido de repente, Gregory bajó los ojos y balbuceó el nombre de Syme, pero Syme, con un tono casi impertinente, respondió:
—Me complazco en reconocer que esta puerta está lo bastante bien custodiada, para que sea imposible a un extraño entrar hasta aquí, si no es delegado foráneo.
Pero el hombrecillo arrugaba el entrecejo con cierta desconfianza.
—¿Qué sección representa usted? —preguntó—. ¿Qué rama?
—¡Hombre! Tanto como rama... —dijo Syme riendo—. Más bien la llamaría yo raíz.
—¿Qué quiere usted decir con eso?
—Quiero decir —contestó Syme parsimoniosamente— que soy un sabatino, y qué he sido enviado aquí especialmente para ver si se guarda el debido respeto al Domingo.
El hombrecillo soltó uno de los papeles que traía. Un estremecimiento de espanto recorrió la asistencia. Por lo visto, el temible Presidente que respondía al nombre de Domingo tenía la costumbre de enviar a estas juntas algunos embajadores irregulares.
—Muy bien camarada —dijo el de los papeles—. Creo que debemos darle a usted sitio en nuestra sesión.
—Si me lo pregunta usted como amigo —dijo Syme con severidad—, creo que eso es lo mejor.
Cuando vio terminado el peligrosísimo diálogo con la inesperada salida de su rival, Gregory se puso a pasear la estancia, pensativo.
Presa de todas las agonías diplomáticas, se daba cuenta de que Syme saldría airoso de cualquier trance, gracias a su inteligencia y su audacia. Nada había, pues, que esperar por este lado. Él, personalmente, tampoco podía traicionarlo, ante todo por el punto de honor; pero, además, porque si Syme, traicionado, lograba escapar, quedaría libre de su juramento y se encaminaría al próximo cuartel de gendarmes. Y después de todo ¿qué más daba que un solo policía presenciara una sola de sus reuniones nocturnas? A lo sumo, podría sorprender una parte pequeñísima de sus planes. Después de lo cual se largaría, y asunto concluido.
Pasó por entre los grupos que estaban discutiendo acaloradamente en los bancos, y dijo:
—Creo que es tiempo de comenzar. La lancha estará ya dispuesta en el río. Propongo que el camarada Buttons ocupe la presidencia.
Todos aprobaron alzando la mano, y el hombrecito de los papeles se hundió en el sillón presidencial. Con voz que parecía un pistoletazo, comenzó a hablar:
—¡Camaradas! Este mitin es de gran importancia, aunque conviene que no sea largo. A nuestra sección le ha correspondido siempre el honor de elegir Jueves para el Consejo Central Europeo. Hemos elegido ya muchos Jueves, famosos en nuestros fastos. Lamentamos todos la triste muerte del heroico obrero que ocupó este sitio hasta hace unos cuantos días. Ya saben cuán importantes han sido sus servicios para la causa. Fue él quien organizó el gran golpe dinamitero de Brighton que, de haber ayudado las circunstancias habría hecho perecer a cuantos se encontraban en el muelle. Saben asimismo que su muerte fue tan altruista como su vida, pues murió mártir de la fe que tenía en una mezcla higiénica de la cal y del agua, como sustitutivo de la leche, bebida que consideraba como propia de bárbaros, por la crueldad que supone para con las vacas. La crueldad y cuanto de cerca o de lejos se le pareciera, lo ponían fuera de sí... Pero no nos hemos reunido para hacer el elogio de sus virtudes, sino para más difícil tarea. Si difícil es elogiarlo como él se merece, más difícil es reemplazarlo, A ustedes camaradas, toca el elegir esta noche, de entre el concurso de los presentes, el que ha de ser Jueves. Pondré a voto las candidaturas que salgan. Si nadie propone candidatura, entonces no me quedará más remedio que decir que aquel querido dinamitero se llevó consigo a la tumba todos los secretos de la virtud y de la inocencia. A esto sucedió un movimiento de aprobación, discreto y unos imperceptibles aplausos, como a veces se oyen en las iglesias. Después, un anciano de larga y venerable barba, que tal vez era el único obrero positivo entre toda aquella gente, se levantó trabajosamente y dijo:
—Propongo para Jueves al camarada Gregory.
—¿Hay quien secunde esta candidatura? —interrogó el presidente.
Otro, pequeñín, barbado, de cazadora aterciopelada, se adhirió al instante.
—Antes de abrir la votación —dijo el presidente— invito al camarada Gregory a que exponga su profesión de fe a la asamblea. Gregory se levantó entre una ola de aplausos. Mortalmente pálido, sus cabellos, por contraste, parecían de viva escarlata. Pero sonreía y estaba seguro de sí mismo. Ya había tomado su partido, y la línea que había de seguir se extendía ante sus ojos como una carretera blanca. Lo mejor era hacer un discurso suave y ambiguo, a fin de convencer al policía presente de que la fraternidad anarquista era, después de todo, una bobería sin peligro. Confiaba para esto en sus dotes literarias, su capacidad para sugerir finos matices y caer sobre las palabras insustituibles. Dándose maña, y sin perder su fuerza ante el auditorio, podría provocar en la mente de su rival una representación del anarquismo sutil y delicadamente falsa.
¿No había dicho Syme que los anarquistas, bajo su disfraz de matones, se pasaban la vida haciendo el tonto? ¿No sería fácil, a la hora del peligro, hacerle volver otra vez a su primera noción?
—Camaradas —comenzó, pues, con voz moderada y penetrante—. Inútil decirles cuál es mi conducta, porque es asimismo la suya. Nuestro credo ha sido calumniado, desfigurado, muy confundido y también muy disimulado, pero nadie ha logrado por eso alterarlo en nada. Los que hablan del anarquismo y sus peligros, sacan sus informaciones de todas partes, menos de aquí, menos de la fuente. En los novelones de a seis peniques aprenden todo lo que saben del anarquismo, o bien en los periódicos de los tenderos: en el Ally Sloper’s Half-Holiday, en el Sporting Times. Nunca acuden a los anarquistas. Y así, no tenemos nunca ocasión de destruir esa montaña de calumnias que pesa sobre nuestras cabezas de uno a otro término de Europa. El que oye decir que somos una plaga viviente, no oye en cambio nuestra respuesta. Y esta misma noche, en que quisiera mi pasión que mi voz atravesara ese techo, tampoco nos darán oídos. Porque sólo en las profundidades y bajo la tierra pueden reunirse los perseguidos, como en las Catacumbas los antiguos cristianos. Pero si, por algún caso extraordinario, estuviera aquí presente uno de esos hombres que nos desconocen a tal extremo, entonces yo le preguntaría: ¿Qué reputación moral tenían los cristianos de las Catacumbas? ¿Qué atrocidades no se contaban sobre sus crueldades entre los romanos de las clases más educadas? ¡Pues figúrense ahora —le diría yo—, figúrense que estamos puntualmente repitiendo esa paradoja de la historia! ¡Se nos persigue como a los cristianos, porque somos tan inofensivos como ellos; y si como a ellos se nos toma por locos furiosos, es que somos, en el fondo, tan mansos como ellos!
Los aplausos que habían saludado el preámbulo fueron apagándose gradualmente, y pararon de súbito al llegar a la última frase. En aquel incómodo silencio, el de la cazadora chilló:
—¡Yo no soy manso!
—Nos asegura el camarada Witherspoon —prosiguió Gregory— que él no es manso. ¡Ah, señores, y cuan difícil es conocerse! Verdad es que habla de un modo extravagante, que tiene un aspecto feroz y, para un gusto ordinario, poco atractivo. Pero el ojo experto de un amigo, como yo lo soy de él, puede adivinar la profunda mansedumbre de su corazón, demasiado profunda hasta para que él la perciba. Repito que somos los primeros cristianos, aunque hemos llegado muy tarde. Como ellos, somos simples: vean, si no, al camarada Witherspoon; como ellos, modestos: véanme a mí. También somos misericordiosos ...
—¡No! ¡No! —aulló Mr. Witherspoon desde su cazadora aterciopelada.
He dicho que somos misericordiosos —repitió Gregory furibundo— como los cristianos lo fueron. Lo cual no impidió que se les acusara de comer carne humana....
—¡Oh vergüenza! —interrumpe Witherspoon—. ¿Y por qué no habíamos de comer carne humana?
—El camarada Witherspoon —dijo Gregory con sonrisa febril— se pregunta ansiosamente que por qué no se lo comió a él nadie (risas). Por lo menos aquí, en el seno de nuestra sociedad, que lo estima sinceramente, que está fundada en el mutuo amor...
—¡No! ¡No! —gritó Witherspoon—. ¡Abajo el amor!
—...Que está fundada en el mutuo amor —hilvanó Gregory apretando los dientes— no puede haber disidencia respecto a los fines que se ha de proponer la corporación, o que yo me he de proponer, si es que se me elige para representarla. Con un altivo desdén para los calumniadores que nos quieren hacer pasar por asesinos y enemigos de la sociedad humana, persistiremos, con tranquilo valor moral, y valiéndonos de la persuasión, en los ideales inconmovibles de la fraternidad y de la virtud!
Gregory volvió a su asiento; se pasó las manos por la frente. Había un silencio penosísimo. El presidente se levantó como un autómata, y dijo con voz descolorida:
—¿No hay quien se oponga a la candidatura del camarada Gregory?
La asamblea estaba desconcertada, y el camarada Witherspoon se agitaba en su asiento y balbuceaba desde sus espesas barbicas. Sin embargo, la fuerza de la rutina hubiera hecho aprobar la candidatura. Pero, al tiempo en que el presidente iba a abrir la boca para declararla aprobada, Syme se puso de pie y dijo suavemente:
—Sí, señor Presidente, yo me opongo.
Un cambio inesperado de voz es de mucho efecto en la oratoria. Evidentemente Mr. Syme entendía algo de oratoria. Habiendo pronunciado las anteriores palabras con suavidad y sencillez, hinchó ahora la voz de manera que la bóveda resonó como si hubieran descargado un fusil.
—¡Camaradas! —gritó, y todos saltaron en los bancos—. ¿Y para oír esto hemos venido aquí? ¿Para eso tenemos que vivir debajo de la tierra como unos ratones? Para oír eso bastaría ir a las comidas de las escuelas dominicales.
“¿Hemos revestido de armas estos muros, hemos puesto la muerte tras esa puerta para impedir que venga cualquiera a oír que el camarada Gregory nos aconseje: Sean buenos y serán felices, la honradez es la mejor política, la virtud tiene en sí misma su recompensa? En el discurso del camarada Gregory no ha habido una sola palabra que no hubiera regocijado a un cura. (Muy bien, muy bien). Pero como yo no soy cura (risas), no me han hecho ni mucha ni poca gracia (risotadas), y un hombre capaz de ser un buen cura, no es capaz de ser un Jueves enérgico, duro e implacable (¡Muy bien, bravo!). El camarada Gregory nos ha dicho, como pidiendo indulgencia, que no somos enemigos de la sociedad. Pero yo les digo que somos enemigos de la sociedad, y tanto peor para la sociedad. Somos enemigos de la sociedad, porque la sociedad es la enemiga de la Humanidad: su más antigua y despiadada enemiga (¡Bravo!). El camarada Gregory nos dice, como solicitando perdón, que no somos aquí asesinos. Concedido. No somos asesinos, sino ejecutores.” (Alaridos.)
Desde que Syme se levantó, Gregory lo había estado oyendo con un asombro que se reflejaba casi en una expresión de imbecilidad. Al fin, aprovechando una pausa, sus labios inmóviles se abrieron para dejar salir, con una precisión automática, esta condenación:
—¡Hipócrita abominable!
Syme clavó su mirada azul en los temibles ojos de su adversario, y dijo con altivez:
—El camarada Gregory me llama hipócrita. Sabe él tan bien como yo que estoy cumpliendo puntualmente mis juramentos y haciendo lo que debo. Yo no me ando con atenciones ni las quiero. He dicho que el camarada Gregory no sería un buen Jueves, a pesar de sus amables cualidades. Es inepto para ser Jueves, en razón de sus amables cualidades. No queremos que el Supremo Consejo de la Anarquía se contamine de conmiseración lacrimosa. (¡Muy bien!). Aquí no hay tiempo que gastar en cortesías ni en modestias. Presento yo mismo mi candidatura contra la del camarada Gregory, como me propondría yo mismo contra todos los Gobiernos de Europa. Porque el anarquista que ha dado su corazón a la anarquía, ese no se acuerda de la modestia, como tampoco se acuerda del orgullo (Gritos prolongados). Yo aquí no soy un hombre: soy una causa. (¡Bravooo!). Me propongo contra el camarada Gregory con la misma impersonalidad, con la misma naturalidad con que preferiría, en ese muro, una pistola a otra pistola. Y digo, en suma, que antes de tener a Gregory y sus dulzonerías en el Consejo Supremo, ofrezco mi candidatura, y...
El final quedó ahogado en una catarata de aplausos. Todos los rostros, que se habían ido enfureciendo de aprobación a medida que las palabras de Syme eran más violentas, ahora se torcían con gestos de esperanza o se abrían con gritos de entusiasmo. Cuando Syme anunció que estaba dispuesto a ser Jueves, un rugido de asentimiento le contestó, que no fue ya posible aplacar. Y aunque Gregory, de pie, mascando espuma, clamaba a plenos pulmones contra el clamor general, nadie le escuchaba.
—Deténganse, insensatos —gritaba—. ¡Deténganse! Pero por sobre sus gritos y sobre aquella tempestad de alaridos, se dejó todavía oír Syme, con voz de trueno:
—Yo no iré al Consejo a refutar las calumnias de los que nos llaman asesinos: iré a merecer yo mismo esas calumnias (largos y prolongados aplausos). Al sacerdote que dice: “estos son los enemigos de la religión”, al juez que dice “he aquí los enemigos de la ley”, al obeso parlamentario que exclama: “ahí tienen a los enemigos del orden público y de la moral pública”, a todos esos yo les diré: “Son falsos reyes, pero son profetas verídicos. Porque heme aquí venido para destruirlos y para cumplir sus augurios”.
El inmenso clamor se fue lentamente apaciguando. Antes de que hubiera cesado del todo, Witherspoon se había puesto de pie, el pelo y la barba erizados, y había dicho:
—Propongo, como enmienda, que el camarada Syme sea designado para el puesto.
—¡Alto! ¡Deténganse, repito! —gritaba Gregory frenético—. ¡Todo es una...! La fría voz del presidente vino a cortar sus protestas:
—¿Hay quien secunde la enmienda propuesta?
Un sujeto alto, y flaco, de ojos melancólicos y barba a la americana, hizo ademán de levantarse entre los últimos bancos. Gregory, que había estado aullando hasta entonces, habló ahora con una voz más extraña que sus aullidos.
—¡Acabemos! —dijo, y su voz cayó como una piedra—. Este hombre no puede ser electo, porque es un...
—¿Sí? —dijo Syme imperturbable—. ¿Qué es? Gregory gesticuló sin articular palabra.
Un leve sonrojo sucedió a su lividez anterior.
—Porque es un hombre —dijo— que carece casi por completo de la experiencia necesaria.
Y se dejó caer en el banco.
Pero ya el hombre alto y flaco de la barba americana estaba de pie, diciendo con un monótono acento americano:
—Me adhiero a la candidatura del camarada Syme.
—Según la costumbre —dijo Mr. Buttons, el presidente, con mecánica rapidez— será presentada al sufragio la enmienda Syme. Ahora hay que saber si el camarada Syme...
Gregory estaba otra vez de pie, jadeante:
—¡Camaradas! —suplicó—. Yo no soy un loco...
—¡Oh! ¡Oh! —protestó Witherspoon.
—Yo no soy un loco —insistía Gregory con una sinceridad angustiosa que suspendió la asamblea por un instante—. Les voy a dar un consejo, y llámenme loco si quieren. No: tampoco es un consejo, porque no voy a darles ninguna razón para apoyarlo. Es una orden: si se empeñan, digan que es una locura, pero obedézcanla. “Pega, pero escucha”. Mátenme, pero obedézcanme. ¡No elijan a ese hombre!
La verdad, aun encadenada, es tan terrible, que por un instante pareció que la efímera victoria de Syme iba a doblarse como un junco bajo la tempestad. Pero quien hubiera visto los tranquilos ojos azules de Syme nada habría temido. Contentóse con decir:
—El camarada Gregory ordena... Esto bastó para romper el encantamiento. Al punto gritó un anarquista:
—¿Y quién es usted para mandar? Usted no es el Domingo. Y otro, con un vozarrón:
—Usted no es el Jueves.
—Camaradas —gritó Gregory con la voz del mártir que, en el éxtasis del dolor, acaba por sobreponerse al dolor—. Poco me importa que me detesten como un tirano o como un esclavo. Si no escuchan mis órdenes, reciban al menos mi humillación. Me arrodillo ante ustedes, me echo a sus pies, les imploro: no elijan a ese hombre.
—Camarada Gregory —observó el presidente—, realmente la actitud de usted no me parece muy digna.
Por primera vez desde el principio de la discusión, hubo un corto silencio. Gregory se volvió a sentar. No era un hombre, sino un pálido despojo humano.
El presidente soltó la frase ritual como un reloj de repetición:
—Se trata de saber si el camarada Syme debe ser electo para desempeñar el cargo de Jueves en el Consejo General.
Rumor semejante al del mar. Todas las manos se levantan formando un bosque de ramas. Tres minutos después, Mr. Gabriel Syme, del servicio de la Policía Secreta, era elegido para desempeñar el cargo de Jueves en el Consejo General del Anarquismo Europeo.
Toda la asamblea parecía estar pensando en la lancha que esperaba en el río, en el bastón de verduguillo y el revólver que estaban sobre la mesa. En cuanto la elección se dio por irrevocablemente concluida y Syme recibió sus credenciales, todos se pusieron de pie y se mezclaron en la estancia. Syme, sin saber cómo, se encontró de manos a boca con Gregory, que lo contemplaba con asombro y con odio. Ambos callaron. Al fin Gregory pudo articular:
—¡Es usted un demonio!
—Y usted —contestó el otro— es todo un caballero. —Usted —decía Gregory temblando—. Usted me ha metido en esto; usted fue el que...
—Sea usted razonable —dijo Syme—. Si a eso vamos, ¿quién me trajo a mí a este parlamento de demonios? Usted me hizo jurar, antes que yo a usted. Yo creo que los dos hemos hecho lo que creíamos que estaba bien. Pero diferimos de tal modo en nuestro concepto del bien, que entre nosotros no puede haber la menor concesión. Entre nosotros no puede haber más que el honor y la muerte.
Después se cubrió con la capa y se embolsó la botella.
—El bote espera —dijo Mr. Buttons interponiéndose—. Tenga usted la bondad de seguirme.
Con pasos de guarda nocturno de almacén, Mr. Buttons condujo a Syme por un pasadizo estrecho y blindado. El agonizante Gregory les seguía, pisándoles los talones.
Al cabo del pasadizo, Buttons abrió una puerta que dejó ver, bajo la luna, la plata y azul del río, como en un escenario de teatro. Muy cerca de la salida esperaba el bote de vapor, masa oscura y pequeña que parecía un dragoncito con un ojo rojo encendido.
Ya a punto de subir, Gabriel Syme se volvió al ensimismado Gregory.
—Ha cumplido usted su palabra —le dijo cortésmente, la cara escondida en la sombra—. Es usted un hombre de honor. Le quedo a usted muy agradecido. Y ha cumplido usted su palabra hasta en un sentido muy especial. Me prometió usted una cosa al principio de todo esto, que también me ha cumplido usted.
—¿Qué cosa? —preguntó Gregory, que tenía un caos en el alma—. ¿Qué cosa le prometí a usted?
—Una noche muy divertida —dijo Syme. Y subió en el bote, que al instante se puso a andar. Syme hizo un saludo militar con el bastón.
Pulsuz fraqment bitdi.