Kitabı oxu: «El cuaderno secreto»
Título original: The Maisky Diaries. Red Ambassador to the Court of St James’s. 1932-1943.
© Gabriel Gorodetsky, 2015.
© de la traducción: Jorge Rizzo, 2017.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO136
ISBN: 9788490568996
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
INTRODUCCIÓN
EL NACIMIENTO DE UN DIPLOMÁTICO
PRELUDIO
1934
1935
1936
1937
1938
1939
1940
1941
1942
1943
EL FIN DE UNA ERA:
EL PRECIO DE LA FAMA:
AGRADECIMIENTOS
CRÉDITOS DE LAS ILUSTRACIONES
NOTAS

1. Maiski en estado puro, con pluma y papel.
INTRODUCCIÓN
Don Diego Sarmiento de Acuña, conde de Gondomar, fue embajador español en Londres entre 1613 y 1622. A pesar de la gran hostilidad entre Gran Bretaña y España tras la guerra de 1585-1604, el conde de Gondomar consiguió cultivar numerosas amistades íntimas en la corte del rey Jaime I. Más de trescientos años después, en 1942, saltó la alarma en los pasillos del Foreign Office. «Es la primera vez desde Gondomar —advertían— que un embajador extranjero interfiere tanto en nuestros asuntos internos como Maiski /.../ No le ponen restricciones, puede hacer prácticamente lo que quiera y está haciendo un amplio uso del acceso libre a todos los ministros del Gobierno y otras personalidades».
El singular y fascinante diario de Iván Mijáilovich Maiski, embajador soviético en Londres de 1932 a 1943, es uno de los pocos libros personales escritos por un dignatario soviético en la década de 1930 y durante la Segunda Guerra Mundial. Iósif Stalin desaconsejaba a sus colaboradores que pusieran las cosas por escrito, y no dejaba que tomaran notas durante las reuniones en el Kremlin. Escribir un diario era una iniciativa arriesgada en una época en que la gente, muerta de miedo, se dedicaba a quemar papeles y archivos. Los diarios eran particularmente vulnerables, algo buscado por la policía cuando registraba las viviendas de los sospechosos de ser «enemigos del pueblo». De hecho, los diarios de Maiski acabaron en manos del Ministerio de Seguridad del Estado, junto con su vasto archivo personal, después de ser arrestado en febrero de 1953 (dos meses antes de la muerte de Stalin) acusado de espiar para Gran Bretaña. Tras su indulto en 1955, Maiski se embarcó en vano en una larga campaña para recuperarlos. Sus ruegos fueron desoídos por el Ministerio de Asuntos Exteriores, que alegaba que el diario «contenía material oficial». Se le dio solo un año de acceso limitado, mientras escribía sus memorias, pero se le negó el acceso a cualquier otro material de archivo. Durante décadas, el diario estuvo fuera del alcance de los investigadores.
A menudo los descubrimientos académicos se producen por coincidencias. En 1993, con el patrocinio de los ministerios de Asuntos Exteriores israelí y ruso, inicié un proyecto de investigación que culminó con la publicación oficial conjunta de documentos sobre las relaciones soviético-israelíes. Es difícil describir la emoción que sentí cuando, al buscar información sobre la participación de Maiski en la decisión soviética de apoyar el plan de partición de Palestina en 1947, el archivista del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso salió del archivo con el voluminoso diario de Maiski correspondiente al ajetreado año 1941. Nunca había salido de los archivos soviéticos un documento de tal envergadura, valor y dimensiones, capaz de arrojar una nueva luz sobre la Segunda Guerra Mundial y sus antecedentes. Hojeando el volumen, me sorprendió la inmediatez y franqueza de Maiski, la sagacidad y perspicacia de sus interpretaciones, y su espléndida prosa. Al final resultó que el diario tenía más de medio millón de palabras, que reflejaban de forma llana y detallada las observaciones, actividades y conversaciones del ubicuo embajador soviético en Londres. Maiski pasaba a máquina las impresiones del día al llegar la noche, aunque también hay entradas escritas a mano (algunas de las cuales, curiosamente, no figuran en la edición rusa) que en muchos casos escribió lejos del atento œil de Moscou que controlaba su despacho en la embajada.

2. Página de muestra del diario de Maiski: Eden le advierte de un posible ataque sorpresa alemán a Rusia, el 12 de junio de 1941.
En la Yale University Press valoraron la importancia del diario y accedieron generosamente a publicarlo completo, con mis comentarios, en tres volúmenes. La presente versión abreviada, editada especialmente para el público español, incluye todas las entradas que tienen que ver con España y lo esencial de los tres volúmenes. Las partes omitidas están indicadas con unos puntos suspensivos entre barras inclinadas: /.../. En los casos en que el propio Maiski usó los puntos suspensivos, aparecen sin esas barras. Cuando Maiski emplea una palabra (o una frase) en inglés, esa palabra aparece en cursiva (las normas editoriales también dictan que la cursiva se use para casos como el de los nombres de los periódicos o de los barcos); y cada vez que subraya una frase para darle mayor énfasis, hemos mantenido el subrayado.
Obviamente, resultaba tentador reducir la intervención editorial al mínimo y permitir que fuera Maiski quien contara su propio relato. No obstante, parecía indispensable añadir el contexto, teniendo en cuenta las duras condiciones en las que él debía escribir —lo que le obligaba a dejar muchos espacios en blanco en un relato que, por lo demás, era rico e informativo— cuando los vientos de tormenta empezaban a acercarse a la puerta de su propia embajada. Ante el temor de que el diario fuera confiscado, impidiendo así el acceso a futuras generaciones, Maiski conservaba al menos tres copias. Los comentarios, pues, no se limitan a la habitual práctica de aportarle al lector las herramientas de apoyo básicas. La labor editorial suponía, inevitablemente, una reconstrucción de los huecos y los elementos perdidos del diario, junto con el desarrollo del contexto histórico. Eso exigía una profunda investigación en los archivos, tanto rusos como occidentales. Los apuntes de Maiski se yuxtaponían con la voluminosa correspondencia de sus archivos privados —que yo descubrí en Moscú—, así como con los telegramas que envió al Ministerio de Asuntos Exteriores ruso (Narkomindel) y los informes de sus interlocutores en cada encuentro. Todas las referencias documentales aparecen en los tres volúmenes de la edición de Yale University Press. También tuve el privilegio de poder acceder a los álbumes de fotos personales de Maiski: algunas de las imágenes —muchas de las cuales reflejan los hechos descritos en el diario— aparecen aquí reproducidas. En numerosos casos comunican lo que no podría expresarse con miles de palabras. Estoy muy agradecido al doctor Alexéi D. Voskressenski, sobrino nieto y heredero de Maiski, por permitirme compartir con los lectores la mirada de Maiski, increíblemente personal y a veces tan íntima.
Este diario no es en absoluto el típico diario soviético, un vehículo para la «perfección personal» fomentado por el régimen como medio de educación política y transformación personal. Es un diario privado, que las autoridades soviéticas clasificarían de «inherentemente burgués», ya que trata con amplitud de la esfera personal de quien lo escribe, en lugar de ser un ejercicio de autocrítica para convertirse en un buen comunista. Es un testimonio del papel capital que desempeñaron las amistades personales, los conflictos y las rivalidades en la política soviética temprana, y va más allá de las controversias políticas e ideológicas. Confirma que la sociedad y la política soviéticas no pueden describirse sin recurrir al factor humano, que pone al descubierto vínculos personales desconocidos. Aunque proclama el compromiso de Maiski con el comunismo de forma manifiesta, sigue la tradición de los diarios escritos por los intelectuales «burgueses» occidentales. De hecho, dejando de lado las evidentes diferencias culturales, recuerda al diario de Samuel Pepys en su astuta observación de la escena política y social británica, salpicada de anécdotas y cotilleos. Al igual que Winston Churchill, Maiski sorprende al ensalzar el papel de los «grandes hombres» de la historia. Reconoce el carácter extraordinario de los acontecimientos en lugar de seguir la interpretación marxista, que somete lo individual a patrones sociales de un rango mayor. Lo más revelador son las repetidas manifestaciones evasivas en el diario: «Veremos», poderoso reconocimiento de la dinámica de la historia, en ocasiones salpicada de una visión determinista del inevitable éxito del movimiento revolucionario socialista, aunque el momento y la naturaleza de la revolución siempre quedan en un punto muy lejano e indefinido. Lejos de quitar importancia a «la “contribución personal” a la gran causa general», Maiski defendía abiertamente en una carta a Gueorgui Chicherin, comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores, que era «innegable que la “personalidad” desempeña o puede desempeñar un cierto papel en la historia. A veces, incluso uno nada desdeñable». Al describir una reunión crucial con Churchill, en septiembre de 1941, cuando el destino de Moscú pendía de un hilo, escribió:
He salido de casa un cuarto de hora antes de la hora acordada. Había una luna espléndida. Unas nubes de formas fantásticas cruzaban el cielo de oeste a este. Cuando cubrían la luna y los bordes se iluminaban de rojo y negro, todo el cielo adoptaba un aspecto lúgubre y tenebroso. Era como si el mundo estuviera en la víspera de su destrucción. Mientras recorría aquellas calles tan familiares he pensado: «Unos minutos más, y nos encontraremos en un momento de importancia histórica, quizá decisivo, del que pueden derivar profundas consecuencias. ¿Estaré a la altura de la ocasión? ¿Poseo suficiente fuerza, energía, astucia, agilidad e ingenio para interpretar mi papel y obtener el máximo beneficio para la Unión Soviética y para la humanidad?».

3. Churchill y Maiski dan forma a la historia.
El diario cubre un período dramático y crucial, y trata un amplio abanico de temas. Queda patente que fue escrito pensando en la posteridad, y con la conciencia de que Maiski ocupaba un papel central en el proceso. El diplomático ruso se encontró en una posición destacada en una serie de acontecimientos que —mucho antes que los demás— entendió que arrastrarían a Europa a una nueva conflagración mundial. Se recrea con el cambio de política exterior soviética en los primeros años treinta y en los motivos para unirse a la Sociedad de Naciones en aras de la «seguridad colectiva». Fue Maiski quien por primera vez alertó a Moscú acerca del peligro del «apaciguamiento». Intentó por todos los medios armonizar los intereses soviéticos y británicos. Su labor, no obstante, se vio dificultada en gran medida cuando Neville Chamberlain ocupó el cargo de primer ministro, en 1937, e impulsó la «política de apaciguamiento», mientras que en Moscú se llevaban a cabo feroces purgas. Las voluminosas entradas de 1938 permiten entender mejor los acontecimientos previos a la Conferencia de Múnich y sus devastadoras repercusiones para la seguridad colectiva, así como para el destino personal y político de Maiski y de Maksim Litvínov, comisario soviético para Asuntos Exteriores. El diario de 1939 revela la tremenda presión psicológica que tuvo que soportar Maiski en sus desesperados intentos por acelerar la firma de un acuerdo tripartito entre la URSS, Gran Bretaña y Francia, con el fin de frenar la deriva soviética hacia el aislamiento. Revela la frecuencia con la que se encontraba en desacuerdo con su Gobierno, lo que desembocó en una tormentosa reunión en el Kremlin el 21 de abril, en la que tanto él como Litvínov fueron duramente criti - cados y que llevaría a la destitución del segundo dos semanas más tarde. El diario también pone al descubierto la confusión que se extendió entre los diplomáticos soviéticos tras la firma del Pacto Ribbentrop-Mólotov y refleja la transición de Gran Bretaña de la paz a la guerra.
Igualmente apasionante es la descripción que hace Maiski, como forastero bien informado, de Londres durante el Blitz y de sus frecuentes encuentros privados con Churchill y Anthony Eden. Sus impresiones de la guerra revisten un gran valor. Aunque el ministro de Asuntos Exteriores británico tenía la costumbre de conservar un registro de sus reuniones con los embajadores, no hacía lo mismo el primer ministro, por lo que en los archivos británicos no hay constancia de las muchas conversaciones cruciales que tuvieron Maiski y Churchill antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Así pues, las únicas crónicas que han quedado para la posteridad son los relatos detallados e inmediatos que introducía Maiski en su diario, y sus telegramas al Ministerio de Asuntos Exteriores, más sucintos. De este modo, el diario se convierte en una fuente de información indispensable, que reemplaza los relatos retrospectivos —tendenciosos e incompletos— en los que se han basado los historiadores hasta ahora. No sería exagerado sugerir que el diario reescribe una parte de la historia que pensábamos que conocíamos.

4. Forjando la Gran Alianza. Maiski y Churchill brindan con vodka.
Maiski desempeñó un papel crucial en la definición de la política soviética en relación con España durante la Guerra Civil y fue un destacado miembro del Comité de No Intervención establecido en Londres, tal como demuestra claramente el diario. La Guerra Civil española sigue siendo un tema muy polémico. Uno de los asuntos más enigmáticos, que los historiadores tienden a interpretar según su credo político particular, es la naturaleza de la implicación soviética en la guerra. ¿Realmente apoyaba Stalin las expectativas de los revolucionarios, o su política era puramente oportunista, en defensa solo de los intereses nacionales soviéticos? La duda refleja en gran medida la inconsistente respuesta soviética a la Guerra Civil. El desafío ideológico planteado por Trotski y sus seguidores en España obligó a Stalin a mantener de cara al exterior una fachada ideológica, ocultando al mismo tiempo sus objetivos reales, que se correspondían con las premisas de la política exterior estalinista, formulada hacia el final de la década de 1920, la cual reconocía el predominio de los intereses nacionales por encima de las aspiraciones ideológicas.
Las relaciones diplomáticas establecidas a mediados de los años veinte entre Occidente y la Unión Soviética eran, en el mejor de los casos, una tregua precaria que a duras penas conseguía ocultar una hostilidad mal reprimida. Durante toda esa década, la URSS era percibida como la ciudadela de la revolución mundial, a pesar de los intentos desesperados del Kremlin por quitarse de encima esa imagen. El Foreign Office británico se mantenía escéptico con respecto al antagonismo con la Alemania nazi declarado por Stalin a partir de 1932. El vizconde Chilston, embajador británico en Rusia, quitó valor a la nueva política soviética, llamándola «no un cambio de corazón /.../ sino un cambio de táctica», y reiteraba que «la revolución mundial sigue siendo, como siempre, el objetivo final de la política de la Komintern». Del Frente Unido dijo que era «un moderno caballo de Troya». La Guerra Civil española amenazaba con potenciar la imagen revolucionaria de la Unión Soviética. El miedo a que los comunistas o incluso los anarquistas controlaran el estrecho de Gibraltar —cordón umbilical con el imperio— se impuso a cualquier preocupación que pudieran tener por los valores democráticos en una España amenazada por los generales profascistas. Incluso antes de que estallara la Guerra Civil, el Foreign Office estaba obsesionado con el miedo de que España se convirtiera en el objetivo de la revolución comunista. Hasta aquel momento, los intentos de Litvínov por movilizar las democracias habían tenido un éxito moderado. De hecho, lo último que deseaba Stalin, al intentar construir una coalición internacional de estados contra Alemania, era que estallara una revolución en Europa occidental, sobre todo una probablemente abocada al fracaso y que solo serviría para legitimar la petición de Adolf Hitler de establecer una cruzada conjunta contra el comunismo.
Ya en 1927, dando prioridad a los intereses nacionales rusos y a la Realpolitik por encima de la ideología, Stalin difícilmente podía ver en el débil, fracturado y anarcosindicalista Partido Comunista de España (PCE) el heraldo de una revolución exitosa. El material documental ahora descubierto en Moscú demuestra que desde el principio la idea de potenciar una revuelta de orientación comunista en el Marruecos español, a espaldas del general Francisco Franco, quedó anulada por orden de Moscú para no ofender a los franceses, que eran los poderosos colonialistas de la costa norte de África. El principal interés soviético era no provocar al Gobierno galo ni socavar sus esfuerzos por mantener un frente unido en Francia.
Efectivamente, las elecciones generales españolas de febrero de 1936, que llevaron a la formación de una coalición de clase media bajo el Gobierno de Manuel Azaña, jefe del Gobierno y luego presidente de la Segunda República, no hacían prever grandes reformas para la clase obrera. Al no albergar expectativas revolucionarias con un gobierno considerado «burgués», el Kremlin buscó enfriar el entusiasmo de sus camaradas españoles, a los que advirtió repetidamente que sucumbir a la provocación de los trotskistas y anarquistas precipitaría acontecimientos dañinos para el movimiento revolucionario. Aunque los rusos daban su apoyo a la reforma agraria de Azaña, sobre todo como maniobra táctica para conseguir el respaldo de los campesinos, dejaron claro que «la creación de un poder soviético no [estaba] en el orden del día». Las expectativas oportunistas soviéticas se reflejan en las instrucciones dadas al partido de subrayar la naturaleza «antifascista» de su misión. Una lectura crítica de los numerosos estudios recientes sobre la implicación soviética en la Guerra Civil confirma el veredicto que daba, con carácter retrospectivo, Maiski en sus Spanish Notebooks («Cuadernos españoles») de que el objetivo de Stalin era situar a la España republicana bajo la influencia del Kremlin y orientar sus políticas en ese sentido. Mientras la «burguesía» se mostrara comprensiva con los intereses nacionales soviéticos, gozaría del apoyo de Moscú, independientemente de su agenda social y política. El debate se centraba más en la naturaleza de la gobernabilidad política de España que en los medios para conseguirla.
En sus autobiográficas Spanish Notes («Notas sobre España»), Maiski presentaba la intervención soviética en la Guerra Civil como una conclusión inevitable del dilema en que se hallaba la República Española. Ese planteamiento era el típico intento retrospectivo de la Unión Soviética de exonerarse de las acusaciones de la izquierda por mostrarse tan vacilante, pasiva y siempre a remolque. El diario de Maiski, no obstante, revela lo mucho que tardaron los rusos en reconocer la magnitud y las repercusiones de los acontecimientos que tenían lugar en España. En sus memorias admitía abiertamente que:
En el pasado nunca había tenido ningún interés particular por España. A decir verdad, no sabía mucho sobre el país. Las pinturas de Velázquez y Goya, las figuras de Colón y Cortés, los fuegos de la Inquisición, el Don Quijote de Cervantes, las novelas de Blasco Ibáñez... eso, prácticamente, es todo lo que me viene a la cabeza al pensar en España. Y no es algo fortuito. A lo largo de los siglos, los caminos de Rusia y de España no se han cruzado en ningún momento. Los dos países nunca han tenido ningún tipo de contacto, ni amistoso ni hostil.
El golpe de Estado del general Franco sin duda pilló por sorpresa a la cúpula soviética, que ni siquiera tenía representantes diplomáticos en España. Atrapados entre la espada y la pared, no acababan de definir su posición con respecto a la Guerra Civil. En agosto de 1936, los franceses propusieron un Comité de No Intervención entre las grandes potencias. Litvínov presionó para que fuera aceptado, no solo por las limitaciones geográficas, que habrían hecho que la ayuda soviética resultara menos efectiva que la italiana o la alemana. Se temía que la intervención germana e italiana acabara contando con el apoyo anglo-francés, al presentarse como un modo de frenar el comunismo en España. Maiski esperaba que, uniéndose al comité, la URSS formara un bloque con Inglaterra y Francia. No obstante, la escalada de la ayuda militar alemana, italiana y portuguesa a los sublevados, a pesar de formar parte del comité, condujo a un cambio de postura en Moscú. El 7 de septiembre, Litvínov le rogó personalmente a Stalin que renovara los compromisos con Francia y Checoslovaquia, donde —le advirtió— se estaba extendiendo a toda velocidad el derrotismo. Aunque sin gran entusiasmo, el Politburó aprobó las recomendaciones de Litvínov; pero Stalin, animado por Maiski, intervino en pro de una acción a favor del bando republicano más decidida de lo que le habría gustado a Litvínov. En tres ocasiones, los días 7, 12 y 23 de octubre, Maiski advirtió a los miembros del Comité de No Intervención que si Alemania, Italia y Portugal seguían proporcionando armas a los sublevados, el Gobierno soviético «no se consideraría vinculado» al pacto. El 15 de octubre, Stalin envió un telegrama al PCE, publicado en Izvestia, animando a la resistencia contra «los reaccionarios fascistas».
Previamente hubo una consulta con el veterano diplomático soviético Marcel Rosenberg, como embajador en España a finales de agosto de 1936, y con Vladímir Antónov-Ovséyenko, héroe de la revolución de 1917, como cónsul general soviético en Barcelona. Buscaban influir activamente en las políticas de Francisco Largo Caballero, jefe del Gobierno de la República, y en el desarrollo de las operaciones militares. Aunque gran parte de su actividad se limitó al objetivo general de dar apoyo militar a la República, la impresión general que crearon en numerosos observadores republicanos fue claramente negativa: los acusaban de recurrir a «métodos coloniales», lo que obligó a Antónov-Ovséyenko a admitir en un despacho a Moscú que su belicosa intervención en los asuntos militares de Cataluña había provocado una «desconfianza con respecto a nuestras intenciones». A Rosenberg incluso lo expulsaron de la oficina del jefe del Gobierno. A Stalin le preocupaba que sus diplomáticos más destacados provocaran malestar en España, por lo que el 21 de diciembre de 1936 se dirigió personalmente a Largo Caballero con la propuesta de establecer medidas para «evitar que los enemigos de España la consideraran una república comunista». De hecho, poco después ambos embajadores, junto con el asesor militar, recibieron la orden de regresar a Moscú, donde se les detuvo y ejecutó. En su lugar colocaron a personajes mediocres nada relevantes. Stalin se encontraba en una posición incómoda, obligado a seguir una vía intermedia que satisficiera a los intervencionistas y a las «potencias amigas». Eso, no obstante, resultó ser contraproducente. La implicación militar inicial de los soviéticos coincidió con la impresión general, en otoño de 1936, de que la caída de Madrid, capital de los republicanos, era inminente. El Gobierno francés lanzó una dura advertencia a Litvínov, diciéndole que un mayor apoyo a los republicanos «podría afectar al pacto franco-soviético en su totalidad». Litvínov advirtió a un consternado Maiski que los envíos de armas y la asistencia soviética debían cesar gradualmente. «La cuestión española, sin duda, ha empeorado de modo significativo nuestra situación internacional —explicaba Litvínov—: ha afectado a nuestras relaciones con Inglaterra y con Francia y ha sembrado dudas en Bucarest e incluso en Praga». De forma bastante inesperada, tal como se aprecia en el diario, Maiski —habitualmente tan prudente— se posicionó firmemente a favor de la República. Desafió a las claras a Litvínov, insistiendo en que si la República vencía, sería un duro golpe para Hitler y Mussolini. El prestigio soviético crecería inconmensurablemente y Francia y Gran Bretaña se verían atraídas por la gran demostración de fuerza de Moscú. Por otra parte, si ganaban los rebeldes —argumentaba—, «el prestigio soviético se verá dañado y nuestras posibilidades de alianza con Gran Bretaña y Francia se verán muy reducidas». Mucho más preocupado por el miedo de franceses y británicos a que se instaurara un gobierno rojo en Madrid que por la intervención alemana e italiana, Litvínov apostó por la no intervención para impulsar la opción de la seguridad colectiva. Los archivos militares rusos demuestran que las ayudas militares soviéticas fueron reduciéndose cada vez más a partir de finales de 1937.
Por su parte, los británicos no tardaron mucho en decidir que «mejor Franco que Stalin», postura que en los dos años siguientes encajaría como un guante con la «política de apaciguamiento» de Neville Chamberlain. Los continuos giros de la historiografía del apaciguamiento acabaron, por fin, instaurando la visión de que las limitaciones internas y externas que debía afrontar la política exterior de Gran Bretaña en la década de 1930 justificaban en cierta medida la política de Chamberlain. Así pues, los historiadores occidentales tienden a quitar importancia al papel del apaciguamiento como factor decisivo en la derrota de la República. En realidad, la Guerra Civil española minó los planes de Maiski y Litvínov de crear una gran alianza y contribuyó al aislamiento cada vez mayor en el que se encontró la Unión Soviética tras la ascensión al poder de Chamberlain, a mediados de 1937. La Guerra Civil en España, pues, se presenta como un significativo precursor, en muchos casos pasado por alto, de lo que ocurrió en la Conferencia de Múnich un año más tarde.
El diario elimina gran parte de las sombras que envolvieron la historia de la intervención soviética en la guerra, situándola en el contexto general del apaciguamiento. Maiski refuta la pretendida racionalidad de Chamberlain, demostrando que la política anglo-francesa de estricta no intervención y el embargo de armas durante la Guerra Civil tenían como objetivo principal evitar la emergencia de una España comunista, y la extensión del movimiento bolchevique en el sudoeste de Europa. Ese, tal como manifiesta claramente el diario, no fue nunca el objetivo de la política soviética. La lección vital que extraemos de la Guerra Civil española fue la inutilidad de buscar el apoyo británico y francés para organizar una resistencia antinazi. Fue la ausencia de una estrategia alternativa la que obligó a los dos países a seguir adelante con la política de seguridad colectiva. Los apuntes del diario reconstruyen con gran dramatismo los últimos días de la República, a partir de la información de primera mano que le hicieron llegar a Maiski sus amigos Pablo de Azcárate y Juan Negrín.
El leitmotif entretejido en la narración histórica de Maiski es su lucha personal por la supervivencia física durante las feroces purgas, al final de las cuales solo él y su amiga la feminista Aleksandra Kolontái, embajadora soviética en Estocolmo, mantuvieron sus puestos en Europa. Durante el tiempo que fue embajador, Maiski tuvo que hacer juegos de manos para ser franco en las conversaciones con sus interlocutores británicos y, al mismo tiempo, no enfrentarse al Kremlin. Las tensiones internas son evidentes en todo el diario. Por miedo a que las relaciones entre los dos países se vieran intoxicadas por las sospechas mutuas, y consciente de lo precario de su propia posición, Maiski escondió, en muchos casos, información vital al Kremlin. Un ejemplo llamativo es que no comunicara el reconocimiento de Churchill en 1943 de que no podría siquiera lanzar un ataque a través del canal de la Mancha en 1944.
Las líneas discursivas entrelazadas se ven salpicadas por perspicaces —y a veces divertidas— observaciones y anécdotas sobre la sociedad británica, los políticos, la realeza, los escritores y artistas, que animan la narración histórica. El gusto de Maiski por la escritura de prosa y poesía revelaba una necesidad compulsiva de expresarse. El resultado es un híbrido entre literatura e historia. «He tenido inclinaciones literarias desde la infancia», recuerda:
Ya de niño me gustaba escribir en mi diario y mantener correspondencia con parientes y amigos /.../ Hasta donde yo recuerdo, siempre estaba componiendo o describiendo algo: un bosque tras la lluvia, una estación de ambulancias, un viaje a Chernoluchye, un pinar cerca de Omsk, etc. Cuando crecí un poco, puse a prueba mis habilidades en diarios, redacciones del colegio y artículos sobre la actualidad.
En años posteriores, Maiski le confesaría a su amiga íntima, la fabiana Beatrice Webb, quien también tenía aspiraciones literarias, que «le desagrada la profesión de la diplomacia; él y su mujer habrían sido mucho más felices en el mundo académico o profesional; en una sala de conferencias, una biblioteca o un laboratorio». De hecho, cuando lo encarcelaron, a los setenta años, escribió una interesante novela, Close and Far Away («Tan cerca y tan lejos»).
Maiski tenía además una memoria extraordinaria, que, sumada a su penetrante visión psicológica, su gran capacidad de observación y su insaciable curiosidad, le convertían en uno de los testigos más astutos de los terribles sucesos y las grandes personalidades de la década de 1930.
La práctica de la diplomacia durante tanto tiempo —explicaba— me ha entrenado la memoria para que actúe como una especie de placa fotográfica, capaz de registrar fácilmente todas las características de las personas con las que me encuentro. Su aspecto, sus palabras, sus gestos y su entonación se graban enseguida en esta placa, creando unas imágenes muy definidas y detalladas. A menudo consigo extraer una conclusión mental de una persona (positiva o negativa, con reservas o sin ellas) en el momento, justo después de nuestro primer encuentro.
«Usted solía mirarnos desde la galería, en el Parlamento —recordaba Harold Nicolson, escritor, diplomático y diarista, en una carta a Maiski—, con un interés benevolente, casi como un biólogo que examina el comportamiento de los tritones en un acuario».
Después de pasar dos años en Londres, exiliado durante la Primera Guerra Mundial, otros dos años como encargado de negocios en la embajada en la década de 1920 y once años como embajador, su círculo de conocidos era amplio. Precisamente la intimidad que tenía Maiski con los políticos y ejecutivos más destacados, así como con intelectuales y artistas, le colocaban en una posición perfecta para hacer de observador. Hay constancia de conversaciones suyas, entre otros, con cinco primeros ministros británicos —David Lloyd George, Ramsay MacDonald, Stanley Baldwin, Neville Chamberlain y Winston Churchill—, así como con los reyes Jorge V y Eduardo VIII, y con una impresionante lista de personajes notables como Anthony Eden, lord Halifax, lord Beaverbrook, lord Simon, lady Nancy Astor, Samuel John Hoare, Herbert Morrison, Clement Attlee, Sidney y Beatrice Webb, Hugh Dalton, Stafford Cripps, John Maynard Keynes, John Strachey, Robert Vansittart, Joe Kennedy, Harry Hopkins, Jan Christian Smuts, Jan Masaryk, George Bernard Shaw y H. G. Wells, por nombrar solo unos cuantos.
Para los no expertos y para quien no ha tenido acceso a los ricos y fascinantes documentos publicados por los rusos sobre los acontecimientos que condujeron a la guerra, el diario proporciona una visión privilegiada de la mentalidad soviética: sus apuntes ponen en duda muchas de las interpretaciones predominantes, a menudo tendenciosas, de la historiografía rusa y occidental. Para los expertos es un complemento a los documentos publicados en el Dokumenty vneshnei politiki, y proporciona una descripción colorista y espontánea de los interlocutores de Maiski, revelando sus propios pensamientos, emociones e ideas, que no aparecen en los documentos oficiales. Es más, resulta impresionante descubrir la franqueza con que hablaban con el embajador soviético políticos y altos cargos como Beaverbrook, Lloyd George, Eden o Vansittart, a veces mostrando más simpatía por la causa soviética de lo que pensábamos hasta ahora. Una cosa era oír a Beatrice Webb diciendo que «en su opinión al sistema capitalista solo le quedan veinte o treinta años de vida», pero la cosa cambiaba mucho si era Brendan Bracken, confidente de Churchill, quien admitía estar «inseguro sobre el futuro del capitalismo /.../ manifestando que el mundo se dirige al triunfo del socialismo, aunque no exactamente del socialismo que tenemos en la Unión Soviética». En una de sus charlas íntimas junto a la chimenea, Eden reaccionó así al comentario de Maiski de que el capitalismo era «una fuerza apagada»:
Sí, tiene razón. El sistema capitalista en su forma actual se ha quedado obsoleto. ¿Qué será lo que lo sustituya? No puedo saberlo con exactitud, pero sin duda será un sistema diferente. ¿Capitalismo de Estado? ¿Semisocialismo? ¿Socialismo a tres cuartos? ¿Socialismo completo? No lo sé. Quizá sea una forma puramente británica de «socialismo conservador».
La plétora de memorias y diarios de políticos occidentales que giran en torno a la Segunda Guerra Mundial es impresionante en comparación con la producción del lado soviético. Las únicas memorias significativas procedentes de Rusia fueron escritas por los militares en la década de 1960, en las que se permitía que los generales culparan a Stalin de la escasa preparación del Ejército Rojo en junio de 1941, como parte del proceso de «desestalinización». Con esa escasez de relatos personales, los recuerdos de Maiski —extraídos de su diario— resultaron ser una fuente indispensable para los historiadores a la hora de reconstruir la política soviética. Pese al gran interés que suscitan los escritos redactados en retrospectiva en plena Guerra Fría, no dejan de ser polémicos y engañosos, lo que hace que el diario de Maiski, intempestivo y espontáneo, adquiera un tremendo significado histórico. Las memorias presentan la política exterior soviética como una actuación correcta, tanto moral como políticamente, y pasan de puntillas por los temas que provocaban polémica, por lo que en muchos casos han llevado a los historiadores a un callejón sin salida; ahora que disponemos del diario completo, de una recopilación de impresiones inmediatas y menos sesgadas, todo eso debería ser reexaminado bajo una nueva luz.
No es de extrañar que haya discrepancia entre las memorias y el diario. A lo largo de toda su vida profesional, Maiski pagó un alto precio por haberse alineado con los mencheviques durante la revolución. A finales de la década de 1940, su estrella ya iba apagándose. Una primera señal de su ocaso fue la crítica que hizo de un cuadernillo escrito por Borís Shtein (embajador soviético en Italia durante los años treinta) sobre los orígenes de la Segunda Guerra Mundial en Bolshevik, la publicación del Partido Comunista. Las críticas al «enfoque objetivo» de Shtein se volvieron en contra del propio Maiski, que había hecho una crítica positiva del libro. En plena campaña antijudía, tras el Complot de los Médicos de 1952, Maiski fue arrestado y acusado de espionaje, traición y participación en la conspiración sionista. Aunque la muerte de Stalin, dos semanas más tarde, en marzo de 1953, le salvó la vida, su reclusión se alargó dos años más por la supuesta asociación con Lavrenti Pávlovich Beria, el antiguo colaborador de Stalin. Beria, que según parece deseaba ver a Maiski en el puesto de ministro de Asuntos Exteriores en 1953, le asignó la coordinación de actividades de inteligencia en Gran Bretaña en el Ministerio de Seguridad Nacional. No obstante, en julio de ese año el propio Beria fue detenido y, poco después, ejecutado. La supuesta asociación de Maiski con Beria y su reclusión aparentemente potenciaban el recuerdo siempre presente de su asociación con los mencheviques en el pasado.
En cuanto Stalin murió, Maiski, desde su celda, se dirigió a Gueorgui Malenkov, el recién elegido presidente del Consejo de Ministros. Le propuso compensar sus pasados errores colaborando en la elaboración de un grupo de historiadores soviéticos jóvenes y capaces que se especializarían «en combatir la falsificación burguesa de la historia contemporánea. Los aspectos prácticos podrían discutirse más adelante, en caso de que se considerara posible salvarme la vida». En 1955, a los setenta y dos años, frágil y enfermo tras dos años y medio de humillación y reclusión, Maiski se enfrentaba a una prolongada lucha frenética por reintegrarse en el partido y hacerse con una posición en la Academia de las Ciencias y, sobre todo, para asegurarse la rehabilitación completa. Nada más salir de la cárcel, Maiski se quejó a Nikita Jrushchov de que lo estaban «aislando», y prometió hacer «todo lo posible para el beneficio del partido, sirviendo al Estado soviético como académico-historiador». Se ofreció para participar en la investigación de la historiografía de la Segunda Guerra Mundial, para «evaluar de forma crítica la literatura publicada en Occidente». Asimismo, le expresó a Kliment Voroshílov, presidente del Presídium del Sóviet Supremo, su «más ardiente deseo /.../ de servir al Estado soviético de la mejor manera posible» durante los años que le quedaran de vida, convirtiéndose en el «historiador interno de la política exterior de la URSS /.../, desenmascarando a los más eminentes falsificadores burgueses de la historia contemporánea, especialmente durante el período de la Segunda Guerra Mundial».
En su presentación ante el poderoso Comité de Control del partido, en la primavera de 1957, Maiski reafirmó su objetivo fundamental de «desenmascarar las falsificaciones antisoviéticas de la historia de la Segunda Guerra Mundial, que actualmente inundan la literatura del mundo capitalista». En julio de 1958 volvió a ofrecerle a Jrushchov sus servicios para desvelar «la verdad». Incluso prometió someter sus memorias a la aprobación del partido, ya que estaba «perfectamente preparado para introducir cualquier cambio necesario». Incluso tras su muerte, cuando la Academia Soviética de las Ciencias celebró el centenario del nacimiento de Maiski, en 1984, con un simposio y un libro dedicado a su vida y obra, se ensalzaron sus memorias, entre otras cosas, como «arma en la lucha contra la historiografía reaccionaria». El valor histórico de las memorias se vio comprometido, entre otras cosas, por la severa censura a la que fueron sometidas. Y su carácter servil se acentuó aún más cuando se vio obligado a eliminar las críticas a Stalin en la última edición en ruso, en 1971.
La historia de la larga carrera de Maiski como embajador en Londres es realmente sobrecogedora. A principios del siglo XIX, el diplomático británico Stratford Canning predijo que la opinión pública acabaría convirtiéndose en «un poder mucho más tremendo del que quizá se haya empleado nunca en la historia de la humanidad». Su colega francés, Jules Cambon, diplomático experimentado, sugirió que para llegar a conocer bien un país un embajador no debía limitarse a los contactos ministeriales, y que en ocasiones observaría que «incluso la amistad de mujeres de alto nivel social podía serle de gran valor». Pero Maiski sería el verdadero pionero de un estilo revolucionario de diplomacia, que en aquella época irritaba a gran parte de sus interlocutores, pero que desde entonces se ha aplicado mucho. Sin duda fue el primer embajador que manipulaba y moldeaba sistemáticamente la opinión pública, sobre todo a través de la prensa. Un invitado a la embajada recordaba ver al primer secretario en el pasillo «reprochándole a Cummings, director político del News Chronicle, que sus artículos sobre la guerra de Finlandia habían sido “exagerados burdamente”». Maiski, espléndido «relaciones públicas» en una época en que ese concepto no existía, no se encogía a la hora de alinearse con los grupos de la oposición, con diputados sin cargo, directores de periódicos, sindicalistas, escritores, artistas e intelectuales. «Nunca he conocido a un representante de una potencia extranjera —recordaba John Rothenstein, director de la Tate Gallery— que hablara de un modo tan persuasivo, como si su interlocutor gozara de su completa confianza, ni que se molestara tanto en que cualquiera, por insignificante que fuera políticamente, comprendiera la política —real o supuesta— de su Gobierno. Y a diferencia de la mayoría de sus colegas soviéticos, se mostraba muy dispuesto a hacer amistades».
Maiski cultivó sus relaciones con un segmento significativo de la prensa británica con gran habilidad. Leía toda la prensa del país, prácticamente sin excepción, fueran diarios o semanarios. Su «percepción de los cambios que se iban produciendo en los pensamientos y las emociones y su genial pero serena contemplación de la guerra en general y de todos sus detalles» —señalaba un periodista estadounidense— lo convertían en «uno de los observadores más competentes» de Londres. Lo que tiene que buscar un embajador, le dijo Maiski a su amiga Beatrice Webb, «son relaciones íntimas con todos los contactos del país en el que está acreditado, en todos los partidos o esferas de opinión e influencia, en lugar de limitarse a los otros diplomáticos y al entorno más reducido del Gobierno o la realeza». Naturalmente, él era el agente más destacado del Gobierno soviético; pero cuando hablaba, con su típica voz tranquila y su sentido del humor, siempre daba la impresión de «hablar como individuo, más que como transmisor de la voz de su amo».
Cortejar al magnate de la prensa lord Beaverbrook, sin duda, le salió a cuenta. El Daily Express de Beaverbrook apoyaba la ascensión de Stalin como defensor de los intereses nacionales soviéticos, frente a la posibilidad de una revolución mundial. En otoño de 1936, Beaverbrook le recordó a Maiski la «actitud amistosa» de sus periódicos hacia Stalin y le prometió que «ninguno de mis periódicos hará o dirá nada que pueda alterar el ejercicio de su trabajo». En 1939, Beaverbrook le recomendó vivamente a Maiski que moviera los hilos para enviar a un joven periodista del Sunday Express a la URSS. El periodista, decía, «sigue los pasos de su jefe en todas sus opiniones políticas. Por supuesto, la gente también dice que su jefe sigue los pasos de Maiski». Con el tiempo, Beaverbrook se convertiría en el máximo defensor de la creación de un segundo frente en 1942.
En muchos casos la labor de persuasión iba acompañada de favores. «Le aseguro que cumpliré mi promesa —le escribió Maiski a Beaverbrook—, y espero que sea de su gusto la muestra de vodka ruso que le envío».
Entonces, como ahora, las numerosas ideas preconcebidas sobre Rusia y su gente —el factor más letal de las relaciones entre Gran Bretaña y Rusia desde el siglo XVIII— hacía especialmente precaria la posición de Maiski en Londres. Los grandes obstáculos a los que tuvo que enfrentarse para cumplir su misión reflejaban la larga tradición de desconfianza y sospechas que caracterizaba las relaciones anglo-rusas. Desde la emergencia de Rusia como gran potencia en el siglo XVIII, al mundo occidental le ha resultado difícil aceptarla como parte integrante de Europa. Este rechazo, elemento básico de una arraigada tradición rusofóbica, se veía potenciado en esta ocasión por la revolución bolchevique de 1917. En 1839, el marqués de Custine, cuya familia había sido guillotinada, buscó refugio en Rusia, bastión de las monarquías en Europa. Regresó horrorizado, advirtiendo a sus lectores de que los rusos eran «chinos disfrazados de europeos». Dos siglos más tarde, Churchill definió a la Unión Soviética como «un acertijo envuelto en un misterio en el interior de un enigma». Que la percepción que tenía Occidente de Rusia seguía siendo la misma se hizo evidente en la elección del término «telón de acero», que no era más que una paráfrasis del cordon sanitaire con que lord Curzon esperaba aislar la civilización occidental de la «epidemia» bolchevique tras la revolución. Tampoco eran inmunes los rusos a la xenofobia, ni se mostraban claros sobre su propia identidad y su destino. El debate, en diversas formas y presentaciones, ha acompañado a Rusia en cada giro de su historia. Desde principios de la década de 1830, los intelectuales rusos plantearon un agrio debate entre los partidarios de Occidente y los del mundo eslavo, en la discusión de la vía que debía seguir Rusia para recuperarse de su atraso político, social y económico. La revolución demonizó aún más a la burguesía occidental. Tanto desde el punto de vista occidental como desde el ruso, el resentimiento y el rencor dieron lugar a ideas preconcebidas y a sospechas mutuas, que a su vez modelaron la política, lo que contribuiría en gran medida a los catastróficos acontecimientos descritos en el diario de Maiski.
Aunque Maiski fue aclamado universalmente como quizá el más destacado e informado embajador ante la corte de St. James, fue recibido con una desconfianza que rayaba en la hostilidad. No le ayudó mucho la gran popularidad de que gozaba entre el pueblo, que se convirtió en una fuente de «irritación y desprecio» entre las clases altas, que a menudo se referían a él como «ese pequeño judío tártaro». Ni siquiera sus amigos podían evitar hacer alusión a su «complexión subfalstaffiana». «Se sienta ahí, en su feo estudio victoriano —describía la pluma venenosa de Harold Nicolson en su diario— como un pequeño gnomo en un sillón, mano sobre mano, parpadeando y dando la impresión de que los pies no le llegan al suelo». La mejor muestra de esta ambivalencia quizá fuera la observación del general Edward Spears: «De complexión robusta, evidentemente muy fuerte e inteligente, un tártaro típico, y sin duda cruel en esencia, como la gente de su raza» (ajeno al hecho de que la familia de Maiski, al menos por parte de padre, era polaca, de la Zona de Asentamiento rusa). Beatrice Webb, íntima de Maiski, se preguntaba
... qué sentirían el aristocrático Eden, el seductor fascista Grandi, el patán nazi Von Ribbentrop ante el robusto emisario soviético, feo judío tártaro, que más recuerda a un astuto hombre de negocios negociando en el mercado mundial que a un diplomático profesional maniobrando entre los gobiernos del mundo. La mitad del Gobierno y la mitad del Ministerio de Asuntos Exteriores lo consideran su enemigo n.º 1, mientras que los otros lo contemplan nerviosamente como un posible aliado que salve al Imperio británico de la codicia militar de Alemania e Italia.
A diferencia de la «escuela de diplomacia estalinista» que llegaría después, de actitud reservada y trato áspero, Maiski y su mujer, Agniya, trabajaban como un equipo, y hacían todo lo posible por influir en la opinión pública británica haciendo gala de un carácter amistoso. A sus fiestas eran igual de bienvenidos los conservadores que los laboristas. Cuando Maiski llegó a Londres le pidió a Bruce Lockhart que le introdujera en la sociedad londinense. Lockhart expresó sorpresa, y contestó que seguramente Maiski ya conocía a los socialistas del país mejor que él mismo. «Sí —replicó Maiski—, pero quiero conocer a más gente de la que dirige este país». Al principio las recepciones de Maiski estaban «llenas de izquierdistas vestidos con sus extrañas ropas. /.../ Gradualmente los invitados fueron pasando de las corbatas rojas a las camisas almidonadas y los vestidos de noche, hasta que una noche H. G. Wells, que había acudido a una gran fiesta con un traje de calle, se encontró con que era el único así vestido». De hecho, Maiski perdió a pocos de sus amigos británicos, incluso en el período más difícil, durante el pacto germano-soviético y la guerra con Finlandia. Louis Fischer, periodista internacional muy bien informado, comentaba la «diligencia y el infinito cuidado» con que Maiski «cultivaba sus numerosas relaciones con individuos importantes del mundo de la política británica», mientras «su atractiva esposa le proporcionaba una popularidad aún mayor entre la alta sociedad». Agniya estaba omnipresente en su vida, y en las raras ocasiones en que se concedía unos días de compras en París a solas, a la vuelta de una reunión de la Sociedad de Naciones en Ginebra, él parecía volverse loco.
Mi queridísima Turchik —le escribió en una de esas ocasiones—, me aburro mortalmente. No es solo estar solo, completamente solo entre estas cuatro paredes, sino el hecho de que hasta ayer ni siquiera salí a la calle /.../ Estoy leyendo mucho, escuchando la radio y los discos. Marusiya me alimenta bien y los asuntos domésticos, en general, van «bien». /.../ No veo la hora de que vuelvas. Un beso enorme para mi querida y dulce Turchik, a quien espero con impaciencia.
Mijaílichi
La imagen que proyectaban era la de unos «temperamentos en claro contraste: ella era alegre, segura de sí misma y revolucionaria convencida; él era callado, en ocasiones aprensivo y, aunque era un embajador fiel y devoto, tenía una actitud bastante liberal». Al igual que su marido, parece que Agniya acabó dejándose seducir por las comodidades y los oropeles de la vida en Londres. Herbert Morrison observaba que ella «disfrutaba de su estancia en Londres, porque admiraba a los londinenses y le gustaba su modo de vivir. Recuerdo una recepción en la embajada soviética en la que me rogó que le enseñara la canción The Lambeth Walk. Nunca la olvidó». Era una mujer de «encanto convencional y buenos modos, guapa» y «bien vestida», criticada en el Parlamento por «gastar mil quinientas guineas en un abrigo de visón» mientras los ejércitos rusos estaban «siendo apaleados por los alemanes» y ella promovía campañas en las fábricas para recaudar dinero para la Cruz Roja. A finales de la década de 1920, el Narkomindel había creado un taller de sastrería y modistería para confeccionar las prendas de los diplomáticos y sus respectivas esposas. Estaban, tal como observó Beatrice Webb —amante de la alta costura—, «diseñadas meticulosamente, siguiendo las modas dominantes en las cortes o las capitales de destino. Lo cual explica la elegancia de madame Maiski y madame Litvinoff, tan comentada en las revistas de moda». No era el caso del embajador, «bajo y fornido», que —observaba Webb— a menudo se vestía «con ropa de fiesta, prendas holgadas y ligeras con un corte y unos colores de lo más inusuales». Agniya, mucho más comprometida ideológicamente que su marido, a veces podía mostrarse belicosa y daba rienda suelta a sus emociones. En una recepción en el Palacio de Buckingham se cruzó con una de las damas de compañía de la emperadora rusa, que llevaba un medallón con el retrato de la zarina. Se rumoreaba que «escupió la imagen».

5. Agniya Maiski, anfitriona siempre encantadora.
Resulta asombroso ver en el diario de Maiski el gran margen de maniobra que se les daba a los embajadores, incluso bajo el régimen autoritario e implacable de Stalin. Muchas de sus iniciativas eran adoptadas como política, a veces incluso en contra de la visión dominante en el Kremlin (los ejemplos más llamativos son su apoyo incondicional a la negociación de una triple alianza con Occidente a principios de 1939 y la campaña a favor de un segundo frente en 1941-1943). Para salirse con la suya, en muchos casos tenía que atribuir sus propias ideas a sus interlocutores, aunque los archivos demuestran que era él quien las había iniciado. En unos cuantos de esos casos he llamado la atención del lector al respecto con mis notas. Un típico ejemplo sería la campaña de Maiski para evitar que Stalin llevara el país hacia el aislamiento, acercándolo a la Alemania nazi, tras la exasperante experiencia de los Acuerdos de Múnich. No tuvo éxito en sus intentos de evitar que Stalin y Litvínov se retiraran de España. En el apunte del diario del 1 de octubre de 1938 describe el consejo que le había dado al Gobierno para que se uniera a la seguridad colectiva, citando una conversación con Lloyd George —bien manipulado por él mismo—, que, según decía, habría exclamado: «¡Hagan lo que hagan, no abandonen a España!», aduciendo que el «aislacionismo sería una política negativa para la URSS». Fue Maiski quien advirtió, muy pronto, del impacto que estaban teniendo las purgas en la opinión pública británica, y propuso que debía hacerse justicia a través de juicios públicos. Más tarde advertiría a Moscú de la grave repercusión que tenían las purgas en el Ejército de cara a firmar una triple alianza. También organizó el viaje de Anthony Eden a Moscú, algo nunca visto, así como su reunión con Stalin en 1935. Para esa visita escogió a Eden en lugar de a lord Simon, entonces ministro de Asuntos Exteriores. A finales de 1937, Maiski ya avisó a Stalin de cómo afrontar a los apaciguadores: «Deje que las “democracias occidentales” se pongan en evidencia ante los agresores. ¿Qué sentido tiene sacarles las castañas del fuego? Luchar juntos, por todos los medios; ser carne de cañón en su beneficio, ¡nunca!». De hecho, Stalin repetiría las palabras del embajador casi literalmente en su famoso discurso de marzo de 1939. En tiempos de su máximo apogeo en Londres, tras el ataque alemán a Rusia, fue Maiski quien forjó la alianza, ante la parálisis del Kremlin, lo que dio pie al famoso discurso de Churchill y allanó el camino para la visita a Moscú de Harry Hopkins, mano derecha de Franklin D. Roosevelt, en julio de 1941, así como para la visita de Eden en diciembre, y la primera visita de Churchill a Moscú en agosto de 1943.

6. Agniya —bolchevique de pro— descubre con reverencia una placa en una casa de Londres donde vivió Lenin.

7. Té inglés en el invernadero de la embajada.
* * *
Las notas biográficas introductorias de los individuos aparecen en el momento de su primera mención. En la mayoría de los casos se hace referencia al cargo del individuo durante el período cubierto por el diario. Para ayudar al lector a entender el impacto de las purgas en el cuerpo diplomático, he intentado precisar el destino de los miembros de la embajada de Londres y del personal del Narkomindel afectado por las purgas. En esta versión en español se ha intentado transliterar los nombres rusos adaptándolos a las normas y grafías del castellano, a partir de la pronunciación más habitual en ruso. Para la transliteración del chino se ha usado el pinyin; algunos nombres que quizá son más conocidos con otro sistema de transliteración cuentan con una nota biográfica. Para ser estrictos, hasta 1946 al ministro de Asuntos Exteriores soviético se le llamaba comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores, mientras que a los embajadores soviéticos se les llamaba polpred. En esta obra hemos empleado sobre todo términos occidentales, usados indiscriminadamente por los propios embajadores en ese tiempo, y en la traducción al español hemos conservado nombres de cargos e instituciones en inglés recreando las palabras usadas por el propio Maiski.
EL NACIMIENTO DE UN DIPLOMÁTICO
SOVIÉTICO
Iván Mijáilovich Liajovetski nació el 19 de enero de 1884 en la antigua ciudad rusa de Kirilov, cerca de Nizhni Nóvgorod, en el cómodo entorno del castillo de un noble, donde su padre era tutor del hijo de la familia. Maiski («Hombre de Mayo») era el nom de plume que adoptó en 1909, durante su exilio en Alemania. Pasó la infancia en Omsk, Siberia, donde había sido destinado su padre, que había estudiado medicina en San Petersburgo, como oficial médico. El padre de Maiski era de ascendencia judío-polaca, hecho que Maiski prefería ocultar. En sus encantadoras memorias de infancia se esforzaba en subrayar el ambiente ateo de su casa, pero señalaba que «oficialmente, por supuesto, se nos consideraba ortodoxos». No obstante, le costaba sacudirse de encima la «imagen judía». Tanto en Inglaterra como en la Unión Soviética, los demás lo veían como judío. Uno de los amigos más próximos de Maiski en Gran Bretaña, el editor judío de izquierdas Victor Gollancz, recordaba que Maiski solía contar «magníficas historias judías, que él etiquetaba de armenias, y le encantaba escuchar las mías, que también llamaba armenias».

8. Jan Liajovetski (Maiski) con su hermana menor.
El «amor secreto» y el «impulso primordial» de su padre eran su «pasión por la ciencia». Fue un formidable ejemplo para Maiski y su fuente de inspiración por su insaciable talento intelectual y su curiosidad, su dedicación profesional y su ambición sin límites. La rigidez y la naturaleza algo reservada de su progenitor quedaban amortiguadas por la madre de Maiski, Nadezhda Ivanovna (Davydova de soltera), que era una profesora rural con una gran afición literaria y artística. En sus memorias, Maiski la presenta cariñosamente como una persona «de temperamento colérico: animada, contradictoria, temperamental y habladora... Tenía algo único, un encanto especial que atraía a la gente y que enseguida hacía que se convirtiera en el centro de atención».
Maiski tuvo contacto con la literatura desde muy temprana edad. Las estanterías abarrotadas de su casa contenían volúmenes lujosamente encuadernados con obras de Shakespeare, Lord Byron y Schiller, así como de los intelectuales más radicales, como Nekrásov, Dobroliúbov, Herzen o Písarev. Maiski era perfectamente consciente del debate vigente en aquella época sobre el objetivo de la literatura y el arte, y sobre el realismo y el esteticismo. Aunque años después afirmaría, por motivos obvios, haberse situado del lado de los «utilitaristas», el joven Iván devoraba «montones de libros y publicaciones periódicas» sin hacer distinciones. Le cautivaba especialmente Heinrich Heine, guía y compañero durante toda su vida, cuyo retrato acabaría colgando sobre su escritorio. A los dieciséis años apenas cumplidos ya expresaba su admiración en una carta a Elizaveta, su prima y confidente:
Nunca he visto un rostro tan bello como el de Heine. Cada día descubro más y más excelencias en él y estoy convencido de que el Aristófanes del siglo XIX, perpetuamente satírico y escéptico, es uno de los mayores genios y jueces del alma humana en general, y de la gente de nuestros tiempos en particular. Heine es la humanidad. La personifica a la perfección, como nadie lo ha hecho. En él se refleja todo lo bueno y lo malo de la humanidad, el amplio y abigarrado panorama del mercado humano, todo su sufrimiento y su dolor, toda su rabia y su indignación.
El ambiente literario de su casa refinó la aguda capacidad de observación de Maiski, potenciada por su rica imaginación y su curiosidad. Le ayudó a forjar su compleja personalidad, que, aunque romántica y artística, estaba gobernada también por la creencia en «la razón y el conocimiento, y en el derecho del hombre a ser dueño de la vida en la Tierra». Las novelas le abrieron una ventana a Europa y despertaron en Maiski el deseo de viajar y el interés por la geografía, que, una vez en el exilio, irían dando forma a su imagen cosmopolita. Esa particular curiosidad se vio enriquecida con la exposición a la animada vida del puerto de Omsk, donde Maiski pasaba todos sus momentos libres, paseando por los muelles y junto a los barcos, «mirándolo todo, escuchando y curioseando /.../ Escuchaba las historias que explicaban los capitanes y los marineros sobre su trabajo, sus aventuras y las ciudades y lugares lejanos que habían visitado».
Más adelante, al recuperar su pasado revolucionario, Maiski identificaría una tendencia rebelde en la familia: un miembro disidente del clero se descarrió y se unió a ciertos círculos revolucionarios a mediados del siglo XIX. Por otra parte, afirmaría que sus propios padres simpatizaban con el movimiento populista, que su madre incluso se había «acercado al pueblo» y que su padre se había enfrentado a las autoridades del hospital en el que trabajaba por no impedir a los jóvenes cadetes médicos que expresaran sus ideas revolucionarias en 1905. Le dio una gran importancia a la relación especial que cultivó con su tío artista, M. M. Chemodanov, que trabajó como médico del zemstvo en un pueblo perdido y que estaba implicado en cierta medida en actividades revolucionarias. No obstante, en el fondo, la educación y el entorno de Maiski eran los típicos de la clase media profesional, carentes de cualquier conciencia política.

9. Alumno modelo en secundaria (el quinto desde la derecha, en la primera fila).
Tras obtener el título de secundaria a los diecisiete años con medalla de oro, Maiski se matriculó en la Universidad de San Petersburgo, donde cursó Historia y Filología. Su talento literario destacó ya entonces, cuando su primer poema, «Quiero ser una gran tormenta», se publicó en el Sibirskaya zhizn con el pseudónimo de «Hombre Nuevo». Pero sus estudios universitarios se truncaron prematuramente al ser detenido y acusado de agitación revolucionaria. Quedó bajo el régimen de supervisión policial en Omsk, donde se unió al ala menchevique del Movimiento Socialdemócrata Ruso. En 1906 se le detuvo de nuevo por haber participado de forma activa en la revolución del año anterior y fue sentenciado al exilio en Tobolsk, donde redactó un manuscrito inspirado en La historia del sindicalismo de Sidney y Beatrice Webb. Maiski había dado con esta obra por pura casualidad mientras estudiaba en San Petersburgo. Más tarde confesaría a los Webb que «contribuyó en gran medida a mi educación política y en cierta medida me ayudó a encontrar el camino que seguiría posteriormente en mi vida». «¡Desde luego —le escribiría a su prima en 1901—, nunca he leído ninguna novela con tanta emoción como el libro de los Webb! ¡Qué pobres, míseras y ridículas me parecen ahora todas mis pasiones literarias anteriores». El flujo de la corriente fabiana, con sus fuertes connotaciones sociohumanistas, se adaptaba al temperamento de Maiski y le sirvió como faro político. Siempre le quedó un rastro cerca de la superficie, incluso cuando tuvo que romper con su pasado menchevique y mostrar su lealtad al bolchevismo. Una vez en Inglaterra cultivó una relación íntima con los Webb que duró hasta la muerte del matrimonio, tal como queda reflejado tanto en su diario como en el de Beatrice.

10. Un revolucionario en ciernes: Maiski, estudiante en la Universidad de San Petersburgo.
La sentencia de Maiski acabó siendo conmutada por la de exilio en el extranjero. En sus memorias, escritas bajo la sombra de las purgas tras el Pacto Ribbentrop-Mólotov (cuando en Moscú ya no contaba con grandes apoyos), Maiski sostiene que su deseo de emigrar se vio impulsado por el anhelo de estudiar «el socialismo y el movimiento obrero europeo». No obstante, la atracción del exilio parece haber sido más profunda, y quizá revele una tendencia cosmopolita y una curiosidad prodigiosa que pueden remitir a su infancia, cuando solía acompañar a su padre —que creía que «no hay nada que ayude más al desarrollo de un niño que viajar y conocer nuevos lugares, gente nueva, nuevas razas y costumbres»— en sus misiones a lugares lejanos por toda Siberia. Cuando la familia se fue a vivir un año a San Petersburgo, nos encontramos con un Iván de nueve años aún fascinado, «que pasa largos ratos de pie en los muelles de granito del Nevá, observando las complicadas maniobras de los barcos finlandeses, la carga de los barcos extranjeros, los minúsculos vapores finlandeses moviéndose en todas las direcciones como escarabajos de color azul oscuro». Su exilio potenció aún más la admiración por la cultura europea (en particular la alemana), tal como confesaba abiertamente en una carta a su madre: «Aún hoy, me siento extremadamente feliz de estar en el extranjero. Siento que en este lugar crezco rápido y con fuerza, en mente y en espíritu. Y, de hecho, casi debo dar gracias a las circunstancias que me obligaron a abandonar el suelo ruso». «Me gusta viajar —le confesaría a Bernard Shaw años más tarde—, y he viajado por gran parte de Europa y Asia /.../ Cuando veo a gente subiéndose a un tren, a un barco o a un avión, siento una especie de emoción romántica».
Tras una breve estancia en Suiza, Maiski se estableció en Múnich, en aquel tiempo lugar de encuentro de inmigrantes y artistas rusos, entre ellos Vasili Kandinski y su círculo. Aunque mantenía la relación con el movimiento revolucionario ruso, Maiski se implicó en las actividades del Partido Socialdemócrata Alemán y de los sindicatos. Se licenció en Economía en la Universidad de Múnich, y tenía ya avanzada su tesis doctoral cuando la amenaza de la guerra le llevó a una nueva, inesperada, pero decisiva emigración: a Londres. La vida nómada se adaptaba bien a su naturaleza:
Después de Alemania, estará muy bien entrar en contacto con la vida y la gente del Reino Unido, y a fin de cuentas no me importa si vivo en Múnich o en Londres. De camino a Inglaterra pararé una semana en París para echar un vistazo a la ciudad /.../ Y desde allí seguiré hasta la capital británica. Visitar nuevos países me despierta gran interés y grandes expectativas; veremos si estas últimas se hacen realidad. A fin de cuentas, creo que el gran placer de la vida es el cambio constante de impresiones, y nada contribuye a ello tanto como el viajar, el movimiento rápido de un lugar a otro.
No obstante, el primer encuentro de Maiski con Londres, en noviembre de 1912, fue más bien lo opuesto a la fascinación que sentiría después por Inglaterra. Su educación rusa y la vida en el entorno socialista alemán no le predisponían a la admiración ciega por el liberalismo británico que sedujo a muchos de los exiliados románticos del siglo XIX. Sentía que Londres «le engullía y le ahogaba». No conocía el idioma y se sentía perdido en aquel «océano gigante de piedra». Y esas primeras impresiones tan grises se reflejan en una carta a su madre:
Por supuesto, Londres me parece muy interesante —desde el punto de vista político y socioeconómico— y no lamento en absoluto pasar aquí este invierno. Pero no querría permanecer por aquí demasiado tiempo. Solo de pensar en la posibilidad de quedarme atascado en este lugar permanentemente me provoca un tedio paralizante. ¡No, desde luego no me gusta Londres! Es enorme, oscuro, sucio, incómodo, lleno de hileras de casitas idénticas, siempre cubierto de niebla /.../ Pasan semanas sin que se vea el sol, y eso es terriblemente deprimente. Ahora entiendo por qué se dice que el malhumor es la enfermedad de los ingleses, y también entiendo por qué le gustaba tan poco a Heine el país de los orgullosos británicos. «El océano debía haberse tragado a Inglaterra —comentó una vez—, y lo habría hecho si no temiera sufrir una indigestión». Y no estaba tan desencaminado: digerir un «ladrillo» como Inglaterra no sería tan fácil.
Sin embargo, los años en Londres y su amistad con Gueorgui Vasílievich Chicherin y Maksim Maksímovich Litvínov (quienes, durante dos décadas, como comisarios del Pueblo para Asuntos Exteriores, guiarían la política exterior soviética) tendrían un profundo impacto en la posterior carrera de Maiski. Los tres se conocieron gracias a la futura esposa de Litvínov, Ivy, nacida en Londres fruto de una improbable unión entre un intelectual judío y la hija de un coronel del ejército indio. Ivy, escritora rebelde e inconformista, huía del aburrimiento de su trabajo en una aseguradora refugiándose en la casa que tenían sus tíos, los Eder, pensadores de izquierdas, en Golders Green, donde celebraban animadas soirées intelectuales con revolucionarios, freudianos, fabianos y figuras literarias como George Bernard Shaw o H. G. Wells. Fue en casa de los Eder donde Maiski, que era asiduo, consolidó su amistad con Litvínov y Chicherin.
Los tres vivían a tiro de piedra el uno del otro, primero en Golders Green y luego en Hampstead Heath, entre una activa colonia de exiliados políticos que encontraron un vínculo mutuo entre ellos que trascendía el cisma con el movimiento socialista ruso. Chicherin, de familia aristocrática cuyos nombre y orígenes remitían a un cortesano italiano establecido en Rusia en tiempos de Iván III, había trabajado en los archivos del ministro de Asuntos Exteriores del zar. Era una especie de erudito, dotado de una memoria enciclopédica. Un hombre del Renacimiento, culto, con grandes conocimientos de literatura, buen pianista y autor de un aplaudido libro sobre las óperas de Mozart. En Londres se presentaba como un personaje excéntrico y disciplinado, y llevaba una vida más bien bohemia. Afligido, Chicherin había sido en un principio discípulo de Tolstói, para luego unirse al movimiento revolucionario ruso en el exilio, tendiendo hacia el menchevismo. Esta desviación transitoria no impidió que Vladímir Lenin lo nombrara después comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores, y como tal estampara su firma en los tratados de Brest-Litovsk y Rapallo, pilares de la diplomacia soviética.
Litvínov, que tenía una oscura ascendencia judía y no albergaba ninguna pretensión intelectual, se mostraría después meticuloso en su trabajo con el Narkomindel (Comisariado del Pueblo para Asuntos Exteriores), 1 aplicando exhaustivamente las reglas y la etiqueta del protocolo diplomático, y casi displicente con respecto a las limitaciones ideológicas que le imponían. Sorprendentemente, a pesar de la evidente baja consideración que le merecía Chicherin, los dos consiguieron trabajar en armonía casi una década.
Para cuando se encontraron en Inglaterra, Litvínov, que era ocho años mayor que Maiski, ya se había forjado una reputación como veterano revolucionario. Resultó natural, pues, que se convirtiera en el mentor de Maiski, y que se encargara de presentarlo al país, a sus instituciones políticas, culturales, y a un amplio círculo de personas. Lo que más le gustaba de Maiski a Litvínov era su carácter fuerte, así como su capacidad de quedarse con lo esencial de cualquier cuestión sin perderse por los detalles y su inclinación al sarcasmo.

11. Ivy y Maksim Litvínov bebiendo té con Iván y Agniya en la embajada soviética (1935).
Sin embargo, el estallido de la Primera Guerra Mundial provocó un distanciamiento entre los dos que afectaría a su relación futura. Mientras Litvínov adoptaba la posición de Lenin a favor del derrotismo revolucionario, Maiski se alineó con el pacifismo internacionalista de los mencheviques, que buscaba el fin de la contienda. Durante un tiempo, Maiski incluso mostró un gran interés por las ideas populares integradoras del movimiento de la Mitteleuropa, propagado por Franz Neumann, que intentaba combinar las dos fuerzas más poderosas de la historia alemana: el nacionalismo burgués y el proletariado de orientación social. También buscaba sintetizar los preceptos del cristianismo con los del idealismo alemán, el humanismo con la solidaridad entre clases, y la democracia. El pragmatismo innato de Maiski y su visión humanística, potenciada por su experiencia en Inglaterra, fueron pasando a primer plano a medida que avanzaba la guerra. Le obsesionaba especialmente el destino de la civilización occidental y los intelectuales europeos, que iban cayendo a montones en el frente, y quería situar el humanismo por delante de cualquier consideración partidista. «Fíjate —respondía a una reprimenda de Mártov, el líder de los mencheviques—,
cuanto más se alarga la guerra, más presente se hace un gravísimo peligro para las naciones beligerantes: un enorme número de intelectuales (escritores, artistas, eruditos, ingenieros, etc.) morirán en los campos de batalla. Los países están acabando con su aristocracia espiritual, sin la cual, digas lo que digas, no es posible ningún progreso mental, social o político /.../ Por supuesto, todas las pérdidas son igualmente dolorosas: la pérdida de campesinos, la pérdida de obreros, etc.; pero aun así pienso que la pérdida de intelectuales es, en términos relativos, la más dura, porque es la más difícil de compensar. Los intelectuales son un fruto que madura lentamente, y puede que haga falta toda una generación para recuperar, aunque sea parcialmente, las bajas entre sus filas.
Por eso creo que ha empezado un período en que, por su propio bien, las naciones tendrán que proteger a los intelectuales del mismo modo que protegen a los mecánicos especializados, a los químicos, a los técnicos de armamento, etc.».
Aunque Maiski se esfuerza por demostrar en su diario (y aún más en su autobiografía) la camaradería y la calidez imperantes en sus relaciones con Litvínov —que ha hecho que los historiadores los asociaran—, en ocasiones su relación fue bastante accidentada. Sus respectivos caracteres no eran muy compatibles, y Litvínov no reprimía sus reproches hacia Maiski, criticándole sus ensayos sobre las relaciones internacionales; en varias ocasiones incluso se quejó de él a Stalin. Era típico de Litvínov mantener las distancias con la gente, aunque en gran medida se debía a su arraigado desdén por los intelectuales cosmopolitas. «Litvínov no tenía amigos —recordaba Gustav Hilger, veterano asesor, siempre bien informado, de la embajada alemana en Moscú—. Había un miembro del kollegia del Comisariado del Pueblo para Asuntos Exteriores con quien yo había establecido una relación de confianza mutua. Una vez le pregunté qué tal se llevaba con Litvínov, y recibí una respuesta muy significativa: “Uno no se lleva bien con Litvínov; te limitas a trabajar con él... si no tienes otra opción”».
Es más, Litvínov detestaba a esos diplomáticos que buscaban ser el centro de atención (y Maiski, desde luego, era uno de ellos). «La dignidad —decían— era algo natural en él /.../ La adulación y el peloteo le eran absolutamente extraños. Y era algo que tampoco podía soportar en los demás». Sin embargo, compartían una visión común del panorama internacional de la década de 1930, y Litvínov no se echó atrás a la hora de dar su apoyo a Maiski e incluso de protegerle de la oleada de actos de represión que se extendió por el ministerio en 1938. Maiski seguiría cultivando la relación especial que habían forjado en el exilio. En su felicitación a Litvínov por sus negociaciones en Washington, que llevarían en 1934 al reconocimiento de la Unión Soviética por parte de Estados Unidos, Maiski escribió: «Quizá sea porque a ti y a mí nos unen una relación de veinte años y los años de emigración que compartimos en Londres, pero siempre sigo tu trabajo y tus exposiciones en el campo soviético y el internacional con un interés muy especial, y con una emoción casi de carácter personal /.../ Nuestros largos años de relación me permiten decirte cosas con una franqueza que, en otras circunstancias, quedaría sin duda fuera de lugar».
Las relaciones de Maiski con la extravagante Aleksandra M. Kolontái, militante feminista y futura embajadora soviética en Noruega y luego en Suecia, en cuya casa conoció a Litvínov, eran completamente diferentes. Con ella mantuvo una entrañable amistad personal durante toda la vida. «Estar con Maiski es interesante —anotó Kolontái en su diario—, porque no solo hablamos de negocios. Es un hombre vivaz con los ojos, la mente y los sentidos abiertos a la percepción de la vida en todas sus manifestaciones y en todos los campos. No es un tipo aburrido y estrecho de miras que no va más allá de sus asuntos».
Poco después de la Revolución de Febrero de 1917, que derrocó el régimen zarista, Maiski volvió a Rusia y Aleksandr Kérenski le pidió que se uniera al Gobierno provisional como viceministro de Trabajo. Su política iba virando rápidamente hacia la derecha del partido menchevique. Tras la disolución de la Asamblea Constituyente de los Bolcheviques, en enero de 1918, y el estallido de la Guerra Civil, Maiski no consiguió convencer a los mencheviques para que dieran apoyo al Comité de Miembros de la Asamblea Constituyente (Komuch) en su disputa contra los bolcheviques. Se dirigió a ellos, fiel a su convicción —legado de su experiencia socialdemócrata europea— de que adoptar una posición neutral en la Guerra Civil era «contrario a la naturaleza y la lógica humana», y de que el Gobierno del Komuch, compuesto por refugiados de la asamblea, era una «contrarrevolución democrática». Siguiendo sus convicciones personales, Maiski desafió al partido, y en julio de 1918 cruzó el frente para unirse al Gobierno del Komuch, ya caído en desgracia, como ministro de Trabajo, erigiéndose en paladín del único acto de insurgencia socialista armada contra el bolchevismo. Aquella acción le perseguiría el resto de su vida y sería causa de un arrepentimiento ignominioso, al que los mencheviques quitarían importancia considerándolo «el recuerdo de un renegado». El «recién bautizado» converso acabaría expulsado de las filas de los mencheviques y acogido en su iglesia de adopción, marcado para siempre con la señal de Caín.
Cuando el almirante blanco Aleksandr Kolchak se hizo con el control del Gobierno rebelde en 1919, persiguiendo a los socialistas, Maiski tuvo que huir de nuevo, esta vez a Mongolia. El año que pasó en ese país, «cruzando los antiguos dominios de Gengis Kan a lomos de caballos y camellos /.../ pasando por montañas y estepas desiertas, lejos de la lucha política, el caldeado ambiente público, la influencia de los prejuicios y tradiciones partidistas...» le hizo reflexionar sobre la naturaleza de la revolución y de su propio futuro.
En verano de 1919, los tímidos intentos de Maiski por romper con el pasado y hacer las paces con los bolcheviques —en un momento en que el destino de estos aún pendía de un hilo— fueron considerados como un acto de contrición fuera de lugar. Un año más tarde escribió al comisario del Pueblo para Educación, Anatoli V. Lunacharski, con quien había hecho amistad durante sus años en el exilio:
Ahora veo que los mencheviques son unos alumnos del pasado, virtuosos pero sin talento, tímidos imitadores de modelos hace tiempo obsoletos, anclados a viejos clichés y fórmulas de libros, pero sin esa preciosa sensibilidad por la vida, por la época /.../ Los bolcheviques, por otra parte, han hecho gala de gran osadía y originalidad, sin mostrar ninguna devoción por las exigencias del pasado o los conjuros dogmáticos. Han sido flexibles, prácticos y decididos /.../ han hablado con un nuevo lenguaje en el campo de la creatividad revolucionaria, han creado nuevas formas de Estado, de vida económica y de relaciones sociales /.../ que los otros carecían de audacia para entender.
A lo largo de toda su vida, y en particular durante los negros días del Gran Terror, la asociación de Maiski con los mencheviques en el pasado, y sobre todo el papel que desempeñó en la Guerra Civil (algo que se esforzaba por disimular en sus memorias y otros escritos), arrojaban una enorme sombra sobre su carrera y su credibilidad en Moscú. Su elaborada narración de la conversión al bolchevismo que envió a Lunacharski —para enmendarse por no haber reconocido la revolución bolchevique como legítima revolución socialista— ocultaba el tormento del examen de conciencia que implicaba la transición, y que nunca se resolvería del todo.
El conflicto interno de Maiski quedó reflejado en Las cumbres (Vershiny), drama en verso en cuatro actos que mostraba la naturaleza siempre romántica de su pensamiento, profundamente inmersa en la tradición humanista, generalizada entre los intelectuales rusos del siglo XIX y coloreada por visiones utópicas. La vocación de la clase intelectual rusa era la formación de un intelectual ruso, independiente de su origen social. La página de título de Las cumbres contenía una cita del poeta favorito de Maiski, Heinrich Heine, en alemán con su traducción al ruso: «¡Queremos crear el reino del cielo aquí, en la Tierra!». Trataba sobre el «movimiento eterno de la humanidad hacia las brillantes cumbres del conocimiento y la libertad, visibles y bellas, pero inalcanzables, porque el movimiento no tiene fin». Es difícil saber hasta qué punto era genuino el arrepentimiento de Maiski y hasta qué punto se identificaba con los bolcheviques (tal como manifestó en el primer volumen de sus memorias, escritas en circunstancias opresivas en 1939-1940). En un tono reflexivo y empático, Maiski explicaba el relato de Chicherin sobre su conversión al bolchevismo, aparentemente un reflejo exacto de lo que había sentido él:
«Aunque en otro tiempo fui un menchevique, nuestros caminos se han separado. La guerra me ha enseñado mucho y ahora mis simpatías están del lado de los jacobinos rusos». Dudó un momento y luego añadió: «Quiero decir los bolcheviques». No tengo la seguridad de que en el momento en que se produjo esta conversación Georgui Vasílievich fuera un bolchevique convencido.

12. Maiski visita a su amiga íntima e ídolo socialista fabiana Beatrice Webb en la casa de campo de esta.
Tiempo después, en su diario, Beatrice Webb, una de las amigas más íntimas y de mayor confianza de Maiski, dibujó una imagen sucinta pero precisa del carácter intelectual y político de este:
Sin duda, Maiski es uno de los marxistas de mentalidad más abierta, y es plenamente consciente de que hay dos conceptos difíciles de encajar en la terminología marxista: académico y dogmático. Pero, por otra parte, ha vivido en el extranjero, entre infieles y filisteos, y quizá su mente se haya visto levemente contaminada por la visión extranjera, sofística y agnóstica, del universo cerrado de los marxistas de Moscú.
Preocupado por los «castigos terrenales» que le esperaban en Moscú por sus «pecados políticos», Maiski intentó asegurarse a través de Lunacharski una amnistía por su pasado y una garantía de protección «contra detenciones, registros, reclutamiento, etc., durante sus desplazamientos». Lunacharski le pasó el poema y la carta a Lenin, recomendándole la rehabilitación e incluso la admisión en el Partido Bolchevique. El Politburó dio su aprobación, aunque con reservas, sugiriendo que la experiencia de Maiski en economía debería «usarse en primer lugar en las provincias». Así pues, se le encargó que se dirigiera a Omsk, donde crearía el primer plan estatal para Siberia (Gosplan). Mientras tanto, su arrepentimiento se publicó en las páginas del Pravda.
La ambición de Maiski, no obstante, era más intelectual que política, y a la mínima ocasión esta le empujaba a Moscú, donde estableció contacto inmediato con Chicherin y Litvínov —«en recuerdo del pasado», tal como diría más tarde, pero claramente con la esperanza de recuperar la credibilidad perdida por su asociación con los mencheviques—. Aceptó a regañadientes el cargo de jefe del departamento de prensa del Narkomindel, planteándoselo como un simple trampolín hacia puestos más relevantes. En el comisariado conoció a Agniya Aleksandrovna Skipina, activista socialista de convicciones férreas que acabaría convirtiéndose en su tercera esposa (un breve matrimonio anterior le había dado una hija, que vivía con su madre en San Petersburgo y con quien Maiski, que no tenía más hijos, mantenía contactos esporádicos; también había tenido un corto matrimonio de conveniencia para ayudar a una rusa varada en Londres).
Apenas se había asentado en su nuevo puesto cuando se peleó con Lev Karaján, protegido de Chicherin, quien intentó que despidieran a Maiski. No lo consiguió, pero sí logró que Viacheslav Mólotov, a la sazón secretario de organización del Comité Central del partido, lo enviara a San Petersburgo, donde durante un corto período trabajó como subdirector del Petrogradskaya Pravda. Esta etapa como segunda voz del periódico acabó con un grave enfrentamiento con el director, que, tal como le dijo a Mólotov, «se ocupaba de hacerle imposible el trabajo en el periódico». Su breve paso por la revista social y literaria Zvezda («La estrella») como director acabó del mismo modo a principios de 1925, después de un rifirrafe con el consejo editorial. En general, la vida en Leningrado no se adaptaba a Maiski (o, más bien, a su joven esposa). Se sentía, tal como explicaba a Mólotov, como un «extraño /.../ un ciudadano de segunda clase». En los días relativamente tranquilos de la Nueva Política Económica (NEP, por sus siglas en ruso), Maiski aún conseguía gestionar cómodamente su carrera, e informó a Mólotov de que «se planteaba seriamente» volver a trabajar en el Narkomindel.
Los primeros pasos en la trayectoria bolchevique de Maiski revelaban una autoestima exacerbada, marcada por una sensación de superioridad intelectual y una tozudez que no le ganaban ninguna simpatía entre sus colegas y superiores, y que a menudo le hacían enfrentarse a ellos. Aunque el instinto de supervivencia suprimió en cierta medida esos rasgos durante los opresivos años treinta, no dejaron de aflorar a lo largo de su etapa en la embajada de Londres, en particular en sus encuentros con los oficiales británicos.
De vuelta en Moscú, las relaciones fraternales de Maiski con Litvínov, que iba quitándole progresivamente el puesto a Chicherin como hombre fuerte del Narkomindel, se revelaron útiles. En 1925 fue nombrado asesor de la embajada soviética en Londres, cargo que deseaba claramente. Tal como le escribió a su madre, él y su esposa Agniya habían
cogido una casita donde no vive nadie más, tenemos doncella y llevamos nuestra casa solos /.../ Agniya está aprendiendo canto e inglés y ya parlotea un poco en inglés. Nuestra casa está en uno de los mejores barrios residenciales de Londres, junto al jardín botánico; el aire es estupendo, lástima que no tengamos más oportunidades de disfrutarlo.
Pero su estancia en Londres se vio empañada de nuevo por la mala relación con sus superiores en la embajada. Maiski optó por volver a Moscú, si bien un año más tarde Litvínov le convenció para que volviera a la embajada. Eran años de turbulentas relaciones anglo-soviéticas, tras el asunto de la «Carta Zinóviev» en 1924 y el apoyo del «oro ruso» a los mineros durante la huelga general de 1926. En Moscú se temía una ruptura de relaciones, y quizá incluso de una nueva intervención militar. La tensión se exacerbó aún más con la muerte prematura de Leonid Krasin, embajador soviético en Londres. Al ser Maiski uno de los pocos revolucionarios con un inglés fluido y versado en los asuntos británicos, enseguida solicitaron sus servicios. No es un hecho ampliamente reconocido el que, al no haber embajador en Londres, como asesor Maiski en realidad ejercía como polpred de facto. «En otros tiempos —presumía, en una carta a su padre—, un asesor figuraría en una posición muy alta en la “tabla de cargos”. Hoy en día, la tabla de cargos ha perdido todo significado para nosotros; no obstante, te puedo asegurar que el trabajo de un asesor en un lugar como Londres es extremadamente interesante e importante /.../ En las actualidad Londres es el centro de poder de la política mundial, solo comparable con Moscú».
Su partida forzada de Inglaterra, tras el cese de las relaciones diplomáticas en mayo de 1927, dejó a Maiski, tal como le confesó a C. P Scott, el director prorruso del Manchester Guardian, con «una sensación muy parecida al dolor personal». Sus años de exilio en Londres y la experiencia en la embajada le habían llevado a «comprender y respetar la cultura británica, que, pese a ser tan diferente de la cultura rusa, tiene muchas cosas valiosas y grandes».
Tras seis semanas de descanso y tratamiento «por prescripción médica» en el balneario de Kislovodsk, en el Cáucaso, Maiski fue nombrado asesor en la embajada soviética en Tokio, donde pasó los dos años siguientes. Durante un tiempo, el cargo le fue bien. «Llegué a Tokio a finales de octubre —le escribió a H. G. Wells—, y hoy en día observo lo que me rodea con el mayor interés posible, estudiando este país absolutamente extraordinario, que tanto te inspiró hace más de veinte años para escribir Una utopía moderna». En una carta a Henry Brailsford, periodista de izquierdas, Maiski ensalzaba Japón como «un país único /.../ que combina de un modo extraordinario el Medievo oriental con el americanismo más moderno /.../ Suma a esta belleza de la naturaleza la Eigentümlichkeit de la gente, de sus hábitos y costumbres /.../ No es de extrañar que hasta ahora no haya tenido ningún motivo para lamentar que nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores me haya enviado a este país».

13. Aprendizaje en la embajada de Tokio.
Siempre molesto cuando ocupaba una posición subordinada, Maiski recibió encantado la noticia del traslado del embajador soviético a París, ya que aquello le colocaba (al menos temporalmente) a cargo de la embajada. Su experiencia en Japón le ayudó a perfilar su visión de la diplomacia, y en particular la convicción de que los diplomáticos debían sumergirse plenamente en la cultura y el idioma del país en el que estaban destinados. Como idea para dar a conocer la cultura japonesa al público ruso, organizó una extensa visita de la compañía de kabuki más destacada a Rusia, pese a la resistencia de los círculos conservadores de Japón. De hecho, durante la primera función de la compañía al volver a Japón tras su gira triunfal por Rusia, unos matones soltaron «serpientes vivas bajo las butacas de toda la platea, justo antes de empezar el espectáculo. Durante la función, las serpientes empezaron a silbar y reptar entre el público, provocando el pánico. Los hombres gritaban, las mujeres chillaban, los niños lloraban, y hubo que bajar el telón e interrumpir la función».
Varios meses después, de nuevo en una posición subordinada, lejos de Moscú y de Europa, en una misión diplomática alejada de todo, Maiski se empezó a deprimir. Es más, tal como manifestaría una y otra vez, se dejaba arrastrar con facilidad por los antojos de su mujer, que —así se lo contó a un amigo— «se sentía insignificante: fundamentalmente desempleada». La embajada se había convertido en caldo de cultivo de intrigas y calumnias. Agniya y la esposa del representante de comercio estaban «a matar», disputándose el puesto de «primera dama» en los actos oficiales. Este antagonismo entre ambas, que llevó a una imparable correspondencia entre la embajada y el Narkomindel, no se decantó a favor de Agniya, y dividió la colonia rusa en facciones. Cuando apenas llevaba un año en el cargo, Maiski se quejó a Chicherin de que la vida en Japón resultaba «en general tediosa y pesada: hay poco trabajo político (no alcanza para dos), y cualquier cuestión de mínima importancia se trata directamente con Moscú». No obstante, por aquel entonces Chicherin sufría una diabetes grave y estaba perdiendo su poder sobre el Narkomindel.
Así las cosas, Maiski se dirigió a Litvínov solicitándole explícitamente el traslado, motivado por la enfermedad de Ménière que aquejaba a su esposa desde su estancia en Londres y que, según afirmaba, había empeorado en Tokio, dejándola sorda de un oído. También se lamentó de lo mucho que le estaba afectando a su propia salud el clima de Tokio. Aunque la decisión sobre su destino le correspondía al Narkomindel, Maiski no escatimó esfuerzos para dejar clara su preferencia de pasar un año o dos en Moscú (aunque añadiendo que «no tenía objeción ninguna en volver a Occidente»). Litvínov respondió favorablemente, proponiéndole un cargo diplomático en Kaunas, que le presentó como la cuarta misión más importante, después de Berlín, París y Varsovia. No obstante, también estaba dispuesto a buscar alternativas si el puesto no le atraía. Es curioso que, en pleno cambio de década, un diplomático soviético aún pudiera dictar las condiciones de su propio empleo.
Para Maiski fue un gran alivio recibir la decisión del Politburó de retirarlo de Tokio en enero de 1929. «Su actitud —le escribió a Litvínov en su ya habitual tono altanero pero con intención— refuerza inevitablemente mi “patriotismo por el Narkomindel” y mi deseo de trabajar en este entorno». El 4 de abril le destinaron al departamento de prensa del Narkomindel, pero una semana más tarde fue nombrado ministro plenipotenciario en Helsinki, donde pasó tres años. Su estancia allí culminó con la firma del pacto de no agresión de Helsinki en 1932. Aunque era un puesto de calado, Helsinki no le resultaba nada atractivo a Maiski, que evidentemente aspiraba a un cargo mucho más prestigioso y estimulante en Europa central u occidental. «La rusofobia y sovietofobia de este lugar —se lamentaba a H. G. Wells— son enormes. Es una especie de delirio general». No obstante, intentó mantener «un ánimo alegre y combativo».
Estaba claro que a Maiski seguía atrayéndole trabajar en Londres. Incluso tras su expulsión de Inglaterra en 1927, había seguido al tanto de la actividad política británica. Brailsford, H. G. Wells y otros le iban informando detalladamente sobre los posibles resultados de las elecciones generales de 1929, que podían suponer el restablecimiento de las relaciones diplomáticas —si no incluso su regreso a Londres—. Esas esperanzas, no obstante, se desvanecieron tras las elecciones, cuando Arthur Henderson, ministro de Asuntos Exteriores de Ramsay MacDonald, condicionó la recuperación de las relaciones con la Unión Soviética a la liquidación de la deuda zarista. Por lo que supo Maiski de sus fuentes en Londres, MacDonald «había caído de cabeza en la trampa de los tories, fuera accidentalmente o de manera orquestada, y repitió su vieja declaración sobre la identificación del Gobierno soviético con la Komintern [sic]». Los tres meses que pasó Maiski en Moscú antes de aceptar su puesto en Helsinki le convencieron de que, a pesar de la crítica situación interna, el Gobierno soviético no estaba en aquel momento «dispuesto a pagar aquel precio exorbitante». Así pues, centró su interés en Europa central.
Las perspectivas de progreso de Maiski mejoraron cuando Litvínov sustituyó al enfermo Chicherin como comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores en julio de 1930. Maiski se apresuró a felicitar a Litvínov, aunque de modo algo condescendiente, reminiscencia de la época de exilio en Londres, en que compartían sueños y esperanzas, y de las interminables veladas pasadas discutiendo los asuntos del mundo en un «piso oscuro y lúgubre en el 72 de Oakley Square». Eso no fue más que el preludio de sus repetidas solicitudes de traslado para salir de Helsinki, un «lugar perdido sin importancia política /.../ y muy aburrido», en el que «un polpred activo y energético no puede quedarse mucho tiempo». Una vez más intentaba dictar sus propias condiciones, esta vez fijando como fecha límite para su traslado el fin del año, e incluso mostrándose dispuesto a abandonar su cargo en el Narkomindel. «Mi intención de comprometerme seriamente con un puesto diplomático a largo plazo, de la que te hablé hace unos años desde Londres, no se ha debilitado en estos años, sino que más bien se ha intensificado —informó a Litvínov—, así que no querría dejar el Narkomindel. Por supuesto, si se presenta alguna ocasión concreta de traslado, te pediría que antes me lo consultaras».
Por entonces, la sólida presión de Stalin sobre el comisariado restringía el margen de maniobra de Litvínov. Ni la solicitud personal de Maiski, durante unas vacaciones en Moscú a principios de 1931, ni una petición posterior, insistiendo en la mala salud de Agniya (que, según afirmaba él, solo podía recibir tratamiento en Viena), debieron de acabar de convencer a un Litvínov cada vez más contrariado. «Tal como deberías saber —le recordó a Maiski—, este asunto no depende únicamente de mí, sino de otras autoridades nada dispuestas a valorar consideraciones personales». Maiski no se arrugó y siguió insistiendo con su plan, aunque en vano: «¿Estás seguro de que trabajar en Viena me condenaría a la pasividad diplomática? ¿Realmente te parece imposible trabajar en Hungría y los Balcanes desde Viena? ¿No podríamos hacer de Viena nuestro enlace inmediato para los tratos con la Sociedad de Naciones, etc.?».
En ausencia de respuesta, Maiski se dedicó a acumular halagos para con Litvínov, mientras esperaba atentamente la aparición de nuevas oportunidades. «Hoy no tengo ningún asunto para ti; solo quería felicitarte, aunque sea de lejos, por tus recientes éxitos en Ginebra /.../ Los diplomáticos de aquí muestran un gran interés por tu personalidad, y hablan mucho de tus éxitos en Ginebra».
Ya resignado a una estancia prolongada en Helsinki, Maiski se quedó perplejo al recibir la inesperada noticia de su nombramiento como plenipotenciario en Londres, que le fue comunicada por teléfono el 3 de septiembre de 1932. Cuando, un mes antes, el matrimonio Maiski había visitado a Aleksandra Kolontái, en Estocolmo, y le habían contado su situación, el nombramiento en el Reino Unido desde luego no estaba dentro de las posibilidades. «Tras un puesto menor como plenipotenciario en Finlandia —comentaba una asombrada Kolontái en su diario—, de pronto Londres, y en aquella época tan conflictiva». Muchos diplomáticos mostraron su sorpresa ante el cargo, recordando su pasado dudoso en el Gobierno de Samara durante la Guerra Civil. Evidentemente, la decisión se tomó con mucha prisa como reflejo de un cambio en la orientación de la política exterior soviética. Litvínov había conseguido convencer a Stalin de que la familiaridad de Maiski con Inglaterra —y en particular su capacidad para comunicar y hacer hablar a la gente— sería vital. Stalin vio en ello «una especie de experimento». Dos días más tarde, Litvínov buscó un agrément para Maiski. Las tímidas excusas que ofreció por la abrupta retirada del embajador Grigori Sokólnikov se basaban en el deseo de este de «trabajar en la Unión Soviética» y en que «el clima de Londres no le sienta bien». Como el nombre de Maiski no aparecía en la «lista negra» que tenía el Home Office con los de diplomáticos soviéticos implicados en actividades subversivas durante la crisis de 1927, el Ministerio de Asuntos Exteriores reconoció que no había «nada en el currículo del señor Maiski que pudiera convertirlo en persona non grata para el Gobierno de Su Majestad». También ayudó que su hoja de servicios en Finlandia fuera «no demasiado mala».
Maiski recibió el nombramiento, hecho a la medida de su temperamento y sus ambiciones, como un reconocimiento a su talento y su categoría, al situarlo en primera línea. «Londres —le escribiría a su padre— es uno de los centros del mundo. El otro centro del mundo es Moscú. Tengo que trabajar en la intersección de estos dos sistemas mundiales, así que no es de extrañar que tenga que dedicar todo mi tiempo y mi energía a tratar de los numerosos problemas que surgen de la existencia simultánea del mundo soviético y el capitalista». Para los británicos, el nombramiento de Maiski era señal del deseo de la Unión Soviética de quitarse de encima la imagen revolucionaria que tenía en Gran Bretaña adoptando una tendencia pragmática y gradual hacia el socialismo. Era evidente que Sokólnikov no era el más indicado para aquello. Al igual que Maiski, era hijo de un médico de provincias judío. Había firmado el Tratado de Brest-Litovsk con Alemania en 1918 y había destacado como ministro de Finanzas durante la NEP. No obstante, su asociación en 1924 con la «nueva oposición» de Lev Kámenev y Grigori Zinóviev, que pedían la dimisión de Stalin como secretario general del partido, le llevó a su exilio como embajador de Londres en 1929-1932. Mientras las relaciones con el Reino Unido no supusieran una gran actividad, Sokólnikov podía seguir en Inglaterra sin problemas. No obstante, su aislamiento fue cobrándose un precio, al minar su capacidad de reacción en las cambiantes circunstancias que hacían que en ese momento las relaciones con Gran Bretaña fueran vitales para los intereses nacionales. No hablaba inglés muy bien, e incluso la benevolente Beatrice Webb lo encontraba «diligente y austero —un verdadero puritano—, no fumador, que no se bebía el vino /.../ con una cándida fe en el comunismo, como si fuera el último gran descubrimiento científico». Se pasaba la mayor parte de su tiempo libre en la sala de lectura del Museo Británico. Era, tal como lo veía ella, «un extraño miembro del círculo diplomático /.../ un mediocre».
Maiski, por su parte, fue elegido por Litvínov precisamente por su personalidad cautivadora. Cuando sir Esmond Ovey, embajador británico en Moscú, conoció a Maiski, le encontró «afable y hablador /.../ mucho más sociable que su predecesor». Al mencionarle estas cualidades a Litvínov, la respuesta de este fue inmediata: «¡Por eso le he nombrado!». En Estocolmo, Kolontái atribuía su nombramiento al miedo creciente que había en Moscú de que el deterioro de las relaciones pudiera llevar de nuevo, como en 1927, a su interrupción. El hecho de haber recibido una marea de telegramas de Litvínov, solicitándole toda la información posible sobre la política británica, le hacía suponer que el embajador en Londres ya no era de confianza.
El momento escogido para el nombramiento fue ideal, ya que el deseo de Stalin de retirar a Sokólnikov de su puesto coincidía con el deseo de Litvínov de trasladar su acción diplomática de Berlín a Londres y abrirse un hueco en el muro de la hostilidad conservadora. El éxito de Maiski en la firma de un pacto de no agresión con Finlandia y su constante presión sin duda influyeron, sobre todo cuando Litvínov tuvo noticia de su amplia red de contactos en Inglaterra, de su dominio del idioma y de su familiaridad con el país. La militancia declarada de Sokólnikov —observó Beatrice Webb tras su primer encuentro con Maiski— dejó paso «a un mejor diplomático y un comunista menos ferviente». De hecho, el pasado menchevique de Maiski no pasó desapercibido al Foreign Office, ni tampoco las circunstancias que habían llevado a su integración «en las filas bolcheviques» tras su «retractación formal». El comunismo soviético, tal como Maiski le confesó a Beatrice Webb, estaba «en proceso de formación». Él rechazaba la «metafísica fanática» (eufemismo de «ideología») y la represión como fase de transición inevitable. Creía en «la nueva civilización» establecida en la Unión Soviética como «paso siguiente» en el progreso humano, pero no el «último», sin ser «fanático». La raza humana, le dijo, «seguiría adelante hacia el conocimiento, el amor y la belleza». Maiski se dejaba llevar por los sueños utópicos sobre una época en que el individuo «se centrara en la búsqueda de los intereses de toda la comunidad. ¡Con el avance del conocimiento el hombre conquistaría este planeta y luego seguiría adelante hasta conquistar Venus!». Al jugar con los Webb al «juego peligroso» de lo que ocurriría «tras la desaparición de Stalin», Maiski rechazaba la idea de que en su lugar apareciera otro líder «convertido en ídolo». Prescindirían de cualquier líder idolatrado y «establecerían una democracia comunista completamente libre».
El 5 de septiembre de 1932, Maiski fue informado por Litvínov de que había «presentado la decisión de su nombramiento a las altas instancias [Stalin], de modo que solo le falta la aprobación del Comité Ejecutivo Central, lo cual tendrá lugar a la recepción del nombramiento». Maiski, que ya había accedido a prescindir de sus vacaciones de verano, haría bien en dirigirse a Moscú para una semana de reuniones antes de salir hacia Londres. Las instrucciones que recibía, le aseguró Litvínov, no eran reflejo de «su punto de vista personal, sino de las órdenes de autoridades superiores». Maiski supo que el Kremlin temía que la República de Weimar viviera sus «últimos compases» y que la inminente toma del poder por parte de Adolf Hitler sin duda trajera consigo el caos al panorama internacional y amenazara la paz, tan indispensable para la transformación interior, económica y política de la Unión Soviética. Litvínov ya había comentado con ironía que en política internacional hacer planes de cinco años resultaba prácticamente imposible. El avance del nazismo exigía, pues, un giro radical de las relaciones con Gran Bretaña, hasta entonces considerada la cabeza de lanza en la cruzada contra la Revolución rusa. La política exterior, a diferencia de la interior, había desarrollado una gran capacidad de reacción y adaptación a los cambiantes desafíos del mundo.

14. Maiski intentando convertirse en bolchevique por todos los medios.
La dura realidad imponía un cambio: abandonar los intentos por movilizar la solidaridad socialista o buscar apoyos a la Revolución rusa entre los círculos laboristas, y en su lugar hacer la corte a los conservadores, que, tal como Litvínov subrayaba una y otra vez, eran «los verdaderos jefes de Gran Bretaña». A los pocos días, Maiski se presentó ante Litvínov con un plan de trabajo que caracterizaría su diplomacia nada convencional, en particular su recurso a la prensa y a la diplomacia personal, para «ampliar todo lo posible la serie de visitas que impone la etiqueta diplomática a un embajador recién nombrado, y al hacerlo incluir no solo al estrecho círculo de personas relacionadas con el Foreign Office, sino también a una serie de miembros del Gobierno, políticos prominentes, gente de la City y representantes del mundo de la cultura».
Trabajar con los conservadores suponía un desafío especial al aumentar la tensión inherente que caracterizaba el trabajo de los diplomáticos soviéticos. El dilema para el diplomático bolchevique, a menudo relegado al ostracismo, seducido por el encanto de la burguesía, consistía en adoptar una actitud conformista y un modo de vida y de confraternización (si no ya de identificación) con el «enemigo», manteniendo vivo al mismo tiempo el celo y los valores revolucionarios. Aquello entrañaba toda una prueba, especialmente tras los reveses diplomáticos sufridos por los rusos en 1927 como consecuencia de su implicación en la huelga general de 1926, que provocó el hundimiento de la táctica del Frente Unido, privó a los embajadores soviéticos del apoyo laborista y los lanzó a las fauces del león conservador.
Esta dicotomía persiguió a Maiski a lo largo de su dilatada carrera diplomática, y la afrontó con un éxito solo relativo. Con su pasado menchevique y «contrarrevolucionario», era especialmente vulnerable a las acusaciones de traición, que intentaba evitar a toda costa. La dicotomía se agudizó aún más, por supuesto, cuando las aspiraciones revolucionarias de una España en guerra civil chocaron con los prosaicos intereses nacionales soviéticos. Cuando un artículo publicado en el Pravda señaló el problema, Maiski se apresuró a disculparse en una larga carta que dejaba claro que era plenamente consciente del problema:
La gente que tenemos trabajando en el extranjero se enfrenta a una lucha interna constante entre dos elementos: el sano elemento revolucionario y proletario, que puede ayudar a valorar de forma correcta el «protocolo», y un elemento más enfermizo, oportunista, comparativamente más vulnerable a la influencia del entorno burgués /.../ El debate entre estos dos elementos sigue la regla de que «uno u otro quedan a un lado sucesivamente». En particular, se corre el peligro de que los partidarios del «protocolo» ganen cierta ventaja /.../ Es muy importante no olvidar nuestro «ámbito externo» y de vez en cuando hablar en público sobre aspectos de la vida de la diplomacia soviética fuera de la URSS. Eso ayudaría mucho a nuestros trabajadores en el extranjero que consideran que el «protocolo» no es más que un mal necesario y que por tanto intentan reducir todas las convencionalidades burguesas al mínimo indispensable. Porque, en casos de duda en que no estaba claro cuál era exactamente el mínimo indispensable, yo mismo he oído más de una vez a diplomáticos soviéticos diciendo: «Mejor demasiado que demasiado poco» o «Más vale que sobre que no que falte», etc.

15. El tentador ambiente burgués de la embajada.
Resulta muy revelador que Maiski prefiriese ser conocido en Gran Bretaña —y que de hecho así firmara sus cartas— como Jean, la variante francesa de Juan, o como Jan, en polaco, tal como le llamaba su padre en su juventud, en lugar de Iván, la clásica forma rusa.
PRELUDIO
27 de octubre de 1937 1
¡El primer «plan quinquenal» de mi destino como embajador en Inglaterra ha llegado a su fin! /.../
Recuerdo perfectamente el 27 de octubre de 1932.
Mi nombramiento como embajador en Londres fue una sorpresa absoluta para mí. Sí, en Helsingfors había leído el Manchester Guardian, que decía que Sokólnikov 2 abandonaría muy pronto el cargo, y me había preguntado quién ocuparía su lugar. Pero por algún motivo, al repasar mentalmente los candidatos al puesto, nunca me incluí en la lista. Tenía la sensación de que aún no era «digno» de un cargo de tal envergadura y responsabilidad. Sin embargo, me habían llegado rumores de que el NKID 3 me consideraba uno de sus mejores embajadores y que probablemente me trasladarían de Finlandia a algún otro lugar..., pero mi imaginación no volaba más allá de Praga o Varsovia.
Entonces, inesperadamente, el 3 de septiembre recibí una notificación de M. M. [Litvínov] 4 diciéndome que había sido nombrado embajador en Gran Bretaña. Apenas podía creérmelo. El telegrama llegó a primera hora de la mañana. Fui al dormitorio, donde aún dormía Agniya, 5 la desperté y le dije: «Tengo una noticia importante».
«¿Qué es? ¿Qué ha pasado? —me preguntó, preocupada—. Es sobre N., ¿no?».
En aquel momento teníamos dificultades con uno de nuestros empleados, y estaba a la espera de una decisión al respecto desde Moscú.
«¡Olvídate de N.! Esto es mucho más serio».
Le conté a Agniya lo del nuevo cargo, y se quedó tan atónita como yo. Allí mismo, en el dormitorio, nos pusimos a considerar la situación desde todos los ángulos posibles y a trazar planes para el futuro inmediato.
Me impresionó mucho la confianza que M. M. y las «altas instancias» [Stalin] 6 habían depositado en mí, y así lo expresé en un telegrama de respuesta. La noticia de mi traslado a Londres dejó perpleja a nuestra colonia en Helsingfors /.../ Me felicitaron, me estrecharon la mano y me desearon todo el éxito y la felicidad posibles. Hicimos fotos de la colonia entera y por grupos. Nos brindaron una cálida despedida.
Pasé por el Ministerio de Asuntos Exteriores unos días más tarde y le dije a Yrjö-Koskinen, 7 en esa época ministro de Asuntos Exteriores, que me iba de Finlandia definitivamente.
/.../ Entonces hubo que esperar el visto bueno británico. Londres se tomó su tiempo: pasaron casi tres semanas hasta que llegó la respuesta.

16. Regreso victorioso a Londres.
M. M. me escribió para decirme que como muy tarde debía estar en Londres para la segunda quincena de octubre, y me sugirió que me tomara un mes de permiso antes. Pero yo estaba acabando de editar la segunda edición de Mongolia contemporánea y era consciente de que en Inglaterra no tendría tiempo para la actividad literaria, especialmente durante los primeros seis meses, así que decliné la oferta de vacaciones para quedarme en Finlandia y acabar el trabajo /.../
Salí de Helsingfors el 2 de octubre y, tras una breve escala en Leningrado, llegué por fin a Moscú. Tengo vagos recuerdos de mi estancia en Moscú. Pasamos dos semanas en la capital y siempre íbamos con prisas. Tuve varias reu niones con M. M. y me familiaricé con el material. Antes de partir, visité a V. M., 8 que me dio la siguiente instrucción: «Haga tantos contactos como pueda, ¡a todos los niveles y en todos los círculos! Esté al corriente de todo lo que ocurra en Inglaterra y manténganos informados».
Durante mi cometido en Londres seguí su consejo. Y debo decir que con cierto éxito.
Salí para ocupar mi nuevo cargo en Londres el 20 de octubre más o menos. /.../ Agniya y yo pasamos dos días en Berlín. También paramos unos días en París, donde Agniya compró lo básico: cuando una mujer decide poner al día su vestuario, eso lleva su tiempo. Aunque para ser justo debo decir que ella es una persona bastante modesta en ese aspecto.

17. Presentación de credenciales en la corte de St. James, en Londres.
Salimos de París en dirección a Londres la mañana del 27. Había llamado antes por teléfono para pedirle a Kagan 9 que viniera a buscarnos a Dover. Nuestro viaje entre las dos capitales occidentales transcurrió sin incidentes. 10 El mar estaba bastante tranquilo. En el trayecto de Dover a Londres, Kagan me puso al día sobre los asuntos del momento. Casi toda la colonia nos esperaba en la embajada, más de trescientas personas. Monck 11 también estaba allí, en representación del Foreign Office. Había un jaleo enorme en el andén. Nuestros camaradas nos rodearon, con gritos de celebración, y la aglomeración fue tremenda. Por su parte, los fotógrafos de prensa también nos bombardeaban. /.../
Un caballeroso policía nos abrió paso desde el andén hasta la salida de la estación, con una ruidosa multitud de camaradas a nuestro alrededor. Un momento después nos encontrábamos en un elegante coche de la embajada, recorriendo las familiares calles de Londres en dirección a nuestra «casa» en el 13 de Kensington Palace Gardens, W8...
Subimos lentamente los escalones de piedra hasta la entrada... Llegamos a la primera planta... Abrimos la puerta de nuestros aposentos, con el cartel de «privado» /.../ Recorrimos las habitaciones... Miramos por las ventanas...
Una nueva casa, un nuevo país, un nuevo trabajo. Una idea me atraviesa la mente, como un destello: «¿Cuánto tiempo tendré que pasar aquí? ¿Qué veré? ¿Qué experiencias viviré? Y ¿qué me deparará el futuro?».
1934
[Maiski no empezó a escribir su diario de forma continuada hasta 1934, cuando las relaciones entre la Unión Soviética y Gran Bretaña habían tocado fondo. En julio de 1933, seis ingenieros británicos de la empresa Metro-Vickers fueron arrestados en Moscú acusados de sabotaje y espionaje. El juicio Metro-Vickers marcó el punto álgido de una batalla económica y diplomática, encendida aún más por el acuerdo comercial anglo-soviético firmado en 1930 por el Gobierno laborista, que los británicos consideraban perjudicial para sus intereses. El nuevo Gabinete conservador, que llegó al poder en 1931, obligó a los rusos a negociar un nuevo acuerdo más equitativo, pero las negociaciones se interrumpieron tras la acusación de los ingenieros británicos. La denuncia que hizo del tratado lord Simon, 1 entonces ministro de Asuntos Exteriores británico, redujo de algún modo el entusiasmo con el que emprendía Maiski su nuevo cargo.
Con Adolf Hitler ya firmemente instalado en el poder y reacio a reavivar el espíritu de Rapallo, parecía que la situación propiciaba una mejora de las relaciones con Gran Bretaña. La presencia de Litvínov en la Conferencia Económica Mundial de Londres, en junio de 1933, facilitó una reunión con Simon y el levantamiento de todas las medidas económicas punitivas impuestas a la URSS, que liberó a los ingenieros británicos. Se reiniciaron las negociaciones de un tratado comercial, y el 16 de febrero de 1934 se firmó un nuevo acuerdo que allanó el camino para la entrada de Rusia en la Sociedad de Naciones aquel mismo año.
En el ejercicio de sus tareas como embajador en Londres, Maiski siguió meticulosamente el ejemplo de Litvínov, quien ya en 1931 había advertido acerca de la amenaza nazi. No obstante, tardaría casi un año en convencer a Stalin de que la ascensión al poder de Hitler significaba que «a largo plazo la guerra en Europa sería inevitable». El giro formal de la política exterior soviética, de una posición militar aislacionista de «clase contra clase» a un sistema de seguridad colectiva en Europa y Extremo Oriente, se produjo en diciembre de 1933. Fue en respuesta a una iniciativa del ministro de Asuntos Exteriores francés, Paul-Boncour, 2 que deseaba potenciar el tratado de no agresión firmado con Moscú en 1932 con un pacto de asistencia bilateral. Fue él quien instó a la URSS a unirse a la Sociedad de Naciones (SDN). Litvínov accedió, pero presionó para que se firmara un pacto regional de defensa mutua en el marco de la SDN. Deseaba ver a la Unión Soviética, Bélgica, Francia, Checoslovaquia, Polonia, Finlandia y los estados bálticos incluidos en lo que los rusos llamaban «Locarno del Este». El objetivo del Pacto del Este era ampliar el Tratado de Locarno de 1926, que daba garantías a los países de Europa occidental pero dejaba vulnerables las fronteras del este.
Vansittart, 3 vicesecretario permanente de Asuntos Exteriores, era quien defendía esas mismas ideas en Gran Bretaña. Se había mostrado crítico con Simon, Anthony Eden 4 y Neville Chamberlain, 5 quienes defendían los acuerdos bilaterales con los países rivales como el mejor modo de preservar la paz y la estabilidad, lo que acabaría apaciguando las tensiones. El planteamiento estratégico de Vansittart, en cambio, a la vista del ascenso de Hitler al Gobierno, se basaba en la premisa de que Gran Bretaña podía mantener un equilibrio de poder tanto en Europa como en Extremo Oriente aliándose con la URSS, que a su vez podía mantener bajo control las aspiraciones expansionistas japonesas y alemanas al mismo tiempo. Criticaba la política emocional, y su aversión al comunismo no le impedía jugar la carta rusa, esencial en el juego por el poder, por lo que planteaba la seguridad europea basándola en la Triple Entente firmada antes de 1914 por Gran Bretaña, Francia y Rusia.
Así pues, Vansittart y Maiski adoptaron el papel de Casandra, dando voz a las premoniciones sobre las intenciones de Hitler. El matrimonio Vansittart conoció a Maiski y a su esposa en una recepción en el Palacio de Buckingham en 1933. Ambas parejas acabarían encontrándose con frecuencia, ya que Maiski y Vansittart no solo compartían una visión política, sino que también establecieron un vínculo literario y cultural basado en la admiración mutua por Heine, Lérmontov y Kant. Tan pronto acababan hablando de la actuación del Ballet Ruso de Vasili de Basil en el Covent Garden como de la última producción de la Santa Juana de George Bernard Shaw en la embajada rusa. 6 No obstante, lo que realmente los unió fue la clarividente convicción de que la Alemania nazi suponía una amenaza formidable para Gran Bretaña y la Unión Soviética. Ambos compartían igualmente la creencia en la importancia de las relaciones personales dentro de la diplomacia, algo manifiesto en la práctica de Vansittart, recogida en todo el diario de Maiski, de filtrar información como forma de ejercer presión pública, un método que Maiski enseguida dominaría a la perfección. «Es curioso —observaba Dalton— 7 que dos observadores tan diferentes corroboren sus planteamientos respectivos en tantos aspectos». La ascensión al poder de Chamberlain, por su parte, propició el «ascenso» de Vansittart a principios de 1938 al nuevo puesto de «primer asesor diplomático», especialmente creado para la ocasión, lo que le apartó de la política, privando a Maiski de un importante aliado en el Ministerio de Asuntos Exteriores en un momento crucial.
Su primer encuentro significativo tuvo lugar durante un almuerzo ofrecido por Vansittart en honor a Maiski el 21 de junio de 1934, al que también asistió Simon. Refiriéndose al ministro del Interior, lady Vansittart le susurró al oído a Maiski: «Creo que es mi vecino de la izquierda el que le está creando problemas. ¿Es así?... ¿Por qué no iba usted a poder tener una conversación franca con Van?». Su indiscreta intervención llevó a una serie de encuentros los días 3, 12 y 18 de julio (descritos en el diario) que propiciarían una asociación duradera y, eventualmente, el deshielo de las relaciones anglo-soviéticas, lo que facilitó a su vez que Litvínov pudiera imponer en Moscú la idea del frente común para la seguridad colectiva.]
12 de julio
Vansittart me ha llamado para informarme del resultado de la visita de Barthou. 8 Los británicos están muy satisfechos con el resultado. El Gobierno británico ha prometido apoyar el esquema del Pacto del Este, así como el proyecto de un pacto de garantía franco-soviético complementario, pero con la condición esencial de que Alemania pueda participar en el pacto en la misma medida que Francia y la URSS. Simon hablará de ello en la Cámara mañana. Los embajadores británicos en Berlín y Varsovia han recibido instrucciones de recomendar («de modo cordial») la participación en el Pacto del Este, y el embajador británico en Roma ha recibido instrucciones de pedir al Gobierno italiano que apoye la iniciativa británica.
Yo he expresado mi satisfacción por el informe de Vansittart y he prometido informar al Gobierno soviético del deseo de los británicos de incluir a Alemania en el pacto de garantías. /.../
18 de julio
Hoy he informado a Vansittart de que el Gobierno soviético está dispuesto a aceptar a Alemania como miembro del pacto de garantías franco-soviético en igualdad de condiciones. Vansittart se ha mostrado muy satisfecho y ha prometido asegurarse de que la prensa le daría una amplia cobertura al tema. Sería bueno que el Gobierno soviético también hiciera pública esta decisión. De este modo desaparece la única objeción de Alemania al Pacto del Este. Si aun así Alemania declina la propuesta, serán ellos los únicos responsables cuando otros países sospechen de sus intenciones.
He consultado sobre la recepción de las démarches británicas en Berlín y Varsovia, de las que Vansittart me informó el 12 de julio.
V. me ha respondido que Neurath 9 se mostró frío y hostil, y Beck... 10 distante. Ambos, no obstante, prometieron «estudiar el asunto». De momento no ha habido respuesta por su parte.
Luego V. me comunicó una vez más el deseo del Gobierno británico de mejorar las relaciones anglo-soviéticas. «Ya se observa cierta mejora —dijo Vansittart—, pero no veo motivo por el que este proceso no deba avanzar significativamente». A la URSS le preocupa la actitud de Gran Bretaña con respecto a Alemania y Japón, pero Simon definió la posición del Gobierno británico para con el primero en la Cámara el 13 de julio (yo asentí y dije que su discurso fue bien acogido en nuestro país). /.../
De todos modos, V. tiene una queja personal sobre la conducta de la prensa soviética, que con cierta frecuencia acusa a Gran Bretaña de poner a Japón y a Alemania contra la URSS. /.../ Pero lo deseable sería evitar acusaciones directas de que Gran Bretaña se está preparando para la guerra contra la URSS, algo que solo apoyaría la causa de los elementos hostiles al rapprochement anglo-soviético en la prensa y en el Parlamento («sobre todo porque esas sospechas son absolutamente infundadas»).
Yo respondí que, aunque simpatizaba plenamente con los sentimientos e intenciones de V., el siglo XIX sin duda había dejado un gran lastre, mientras que el período soviético se había caracterizado por la incesante lucha de Gran Bretaña contra el joven estado de los obreros y los campesinos. ¿Era de extrañarse, pues, si las masas habían acabado considerando a Gran Bretaña como su enemigo? /.../
9 de agosto
Me puse en contacto con Vansittart para despedirme antes de irme de vacaciones, y él aprovechó mi visita para que tuviéramos una charla seria sobre política.
En primer lugar, V. me anunció que en respuesta a nuestra démarche del 3 de agosto (hecha por Kagan durante mi visita a Escocia), el Gobierno británico daría apoyo de buen grado a la solicitud de admisión de la URSS a la Sociedad de Naciones, y que aceptaría la invitación de la Sociedad. /.../
«Así pues —prosiguió V.—, muy pronto seremos miembros del mismo “club”. —V. se refería a la Sociedad de Naciones—. Me alegra mucho. Ahora mismo me resulta difícil pensar en ningún problema internacional que pudiera crear serias divisiones entre Gran Bretaña y la URSS. El mismo devenir de los acontecimientos y la lógica de las cosas impulsan a nuestros países a acercarse, tanto en Europa como en Extremo Oriente. Tenemos la misma opinión sobre el lugar de origen de la amenaza que se cierne sobre el mundo, y también sobre cómo debería afrontarse el peligro, en muchos sentidos. Nuestras charlas, serias y francas (especialmente la primera, del 3 de julio) han contribuido en gran medida a definir nuestras respectivas posiciones y a un mayor entendimiento. Pero esto no es más que el principio. El hecho de que el Gobierno británico haya dado apoyo al Pacto del Este y que ahora esté dispuesto a respaldar el ingreso de la URSS en la Sociedad de Naciones es la mejor prueba del significativo cambio en las relaciones anglo-soviéticas».
/.../ «Durante sus vacaciones —me dijo V.—, sin duda verá al señor Litvínov. Dígale, por favor, que con el fin de mejorar nuestras relaciones sería deseable evitar cualquier incidente vejatorio. Piense, por ejemplo, en el caso Metro-Vickers o en la disputa por las minas de oro del Lena. 11 Estos casos quizá no sean cruciales per se, pero siempre es peligroso excitar pasiones entre las masas inglesas que mejor sería no inflamar. También es importante que la prensa de ambos países actúe con discreción. Ahora que Gran Bretaña y la URSS van a ser miembros del mismo “club”, resultaría raro que empezáramos a acusarnos mutuamente de hacer trampas o que nos apuntáramos con la pistola por debajo de la mesa». 12 /.../
Al final le pregunté a V. qué sabía del Pacto del Este. Me dijo que Alemania y Polonia guardaban silencio. Eso no puede durar mucho. Ambos gobiernos han tenido tiempo suficiente para «estudiar» el asunto del pacto. Debe exigírseles una respuesta directa. Si no llega la respuesta, Francia y la URSS deberían actuar. Sería peligroso retrasar la firma del pacto. En general, últimamente la posición de Hitler ha sido cada vez más enigmática. Tras la muerte de Hindenburg 13 se ha convertido en el dueño de Alemania. ¿Qué es lo que quiere? ¿La guerra o la paz? Austria debería ser la piedra angular. El tiempo lo dirá. Hasta ahora, Hitler se ha ajustado a la receta de Alicia en el país de las maravillas: «Mermelada mañana y mermelada ayer, pero nunca hoy». Eso es la paz para Hitler. Siempre la promete para mañana, pero nunca para hoy.
Nos despedimos cordialmente y quedamos en vernos dos meses más tarde, a mi vuelta a Londres.
[Maiski era un ávido viajero, y dejó Inglaterra para iniciar un interesante periplo de tres meses a través de la tan admirada cuna de la civilización occidental (Italia, Grecia y Constantinopla) antes de volver a la Unión Soviética. Poco antes de su regreso a Londres, Maiski tuvo dos días de charlas intensas con Stalin y Litvínov sobre la evolución futura de la política exterior soviética, que le convencieron plenamente de que Stalin «ya mostraba de manera clara la misma superioridad mental sobre sus colegas que había tenido Lenin 14 en el pasado». Ya de vuelta en Londres, intentó transmitir fervientemente el mensaje de que la URSS había abandonado su dinámica revolucionaria, aunque el Foreign Office no hizo caso a aquellas aseveraciones, que mostraban «hasta dónde estaban dispuestos a llegar (el Gobierno soviético) con el fin de ganarse su favor. /.../ Lo habrán dicho guiados por la conveniencia más que por la convicción». No obstante, el miedo a que rusos y alemanes acercaran posiciones animó al Foreign Office a responder en sentido favorable a la apertura soviética.]
4 de noviembre
En el Observer de hoy, Garvin 15 ataca duramente la exigencia de Japón de establecer la paridad naval con Gran Bretaña y Estados Unidos. Visto desde la perspectiva del imperialismo británico, su argumentación tiene mucho de cierto. Garvin saca la conclusión siguiente: si resulta imposible el acuerdo entre Japón, Estados Unidos y Gran Bretaña, debe buscarse el acuerdo entre Estados Unidos y Gran Bretaña (contra Japón). /.../
El mismo número del Observer trae noticias de Calcuta, donde Gandhi, 16 cansado y desilusionado, se retira y dice que el Congreso indio, compuesto casi exclusivamente por políticos altamente pragmáticos, está dispuesto a reconciliarse para reformar la Constitución india que preparan los británicos, y a aprovechar los cargos y los cómodos puestos de trabajo que generará. El «idealismo impracticable» de Gandhi obstaculiza a estos políticos. Por eso están encantados de ver que se retira...
/.../ ¡Gandhi! Tengo el libro Lenin und Gandhi, de Fülöp-Miller, publicado en Viena en 1927. El autor dibuja a ambos líderes con considerable talento, yuxtaponiéndolos como «dos “personajes cumbre” de nuestro tiempo, de altura similar». Hace siete años esta comparación solo les habría parecido absurda a los comunistas, y quizá a alguno de los más perspicaces representantes de la burguesía europea. Pero ¿ahora? ¿Quién de entre las filas de los intelectuales burgueses se atrevería a comparar a Lenin y Gandhi? Hoy en día, cualquier hombre, aunque sea un enemigo, ve que Lenin es un Mont Blanc que ha hecho historia, una cumbre radiante de referencia en la milenaria evolución de la humanidad; mientras que Gandhi no es más que un castillo de naipes que ha brillado con una luz de dudosa entidad durante unos diez años para luego desintegrarse rápidamente, para caer en el olvido unos años más tarde, en la papelera de la historia. Así es como el tiempo y los acontecimientos separan los metales preciosos auténticos de sus imitaciones baratas.
[En lo que hoy en día sería una práctica de rutina, pero algo bastante infrecuente en la década de 1930, Maiski se encargó de cultivar relaciones con los propietarios y directores de los periódicos más destacados, en especial los más conservadores. Su intensa correspondencia con Garvin, personaje cercano a lord y lady Astor 17 y director del Observer, es un llamativo ejemplo. Maiski informaría a Garvin, a veces de un modo sutil y otras muy directamente, sobre temas que le parecían lo bastante importantes para que se hablara de ellos en el periódico.]
10 de noviembre
Anoche asistí a la cena anual del alcalde. 18 El 9 de noviembre es un gran día en la vida de la City. Los alcaldes de Londres son nombrados este día, desde tiempos inmemoriales. /.../ El Lord Mayor Show, ceremonia medieval, se desarrolla por las calles de la ciudad, y por la noche se ofrece un suntuoso banquete para los nobles en el Guildhall, al que asisten entre quinientos y seiscientos invitados. Los jefes de las misiones diplomáticas también están incluidos en la lista de invitados, pero... en primer lugar, se los invita sin sus respectivas esposas (aunque los nobles ingleses sí acuden con sus ladies) y, en segundo lugar, no todos los jefes de misión reciben este honor; solo los embajadores y los dos jefes de misión más antiguos.
La ceremonia de la noche es de lo más curiosa. El nuevo alcalde y su esposa —el actual lord alcalde 19 es viudo, por lo que iba acompañado de su hija— están en un pequeño estrado en el extremo de la larga sala de la biblioteca del Guildhall. Una bonita alfombra de color rojo oscuro, por la que van entrando los invitados, se extiende desde la entrada de la sala hasta el estrado. Un heraldo vestido de estilo Tudor anuncia en voz alta el nombre de cada invitado, que debe recorrer toda la alfombra con paso regio, subir al estrado y darle la mano al lord alcalde y a su esposa. Luego se aparta, situándose a la derecha o a la izquierda del anfitrión, dependiendo de su posición y su rango. Poco a poco va concentrándose a ambos lados de la alfombra una gran cantidad de invitados que examinan a cada recién llegado. Siguiendo la costumbre, los invitados más destacados son recibidos con aplausos. El volumen de los aplausos varía notablemente en función del estatus y la popularidad del invitado. Una vez que han llegado los últimos invitados se forma la procesión ceremonial. Los trompeteros abren el cortejo vestidos con atuendos medievales, seguidos por el city marshal, jefe de la guardia municipal, y el confesor del lord alcalde. Luego llega el portador de la maza a la izquierda, seguido del lord alcalde, vestido con un sombrero y una túnica de cola larga; después, el primer ministro (MacDonald) con el portador de la espada a la derecha y, tras ellos, la esposa del primer ministro (en este caso su hija Ishbel) 20 y la esposa del alcalde. /.../ Toda la procesión recorre lentamente la galería pictórica del Guildhall y rodea el salón de banquetes hasta que sus miembros ocupan por fin su puesto en la mesa. Entonces empieza el «festín», que se inicia con la obligatoria sopa de tortuga, que a mí me parece bastante indigesta...
En conjunto, la escena impresiona por lo intenso de su colorido y por su solemnidad medieval. No es de extrañar: el programa y el menú del banquete llevan en la portada un grabado de la carta del rey Juan del 9 de mayo de 1215 que reconocía el derecho de los barones a elegir cada año a su acalde, que debía ser leal al rey, modesto y apto para el gobierno de la ciudad, y que debía presentarse ante el rey, o ante su juez supremo en ausencia del monarca, inmediatamente después de su elección.
* * *
En el banquete de ayer hubo algunos momentos interesantes.
/.../ Cuando, buscando mi asiento, me encontré a dos sillas de distancia de mi destino, de pronto me llamó la atención una voz que hablaba en ruso. Levanté la cabeza y vi la escena siguiente. Al otro lado de la mesa, justo enfrente de mí, una mujer alta de cabello gris con un vestido de seda gris azulado y una capa de encaje amarillento hacía gestos, muy airada. Tenía un rostro bastante agradable, pero en aquel momento estaba congestionado. A su lado había dos personas que no parecían saber qué hacer: una muchacha de verde y un respetable caballero de cabello gris con un traje de terciopelo y una estrella en la solapa. Oí que la mujer exclamaba histérica, en ruso: «¡No puedo sentarme aquí! ¡No puedo!».
El respetable caballero le susurró algo al oído en un intento por calmarla, pero sin éxito. «¡No me sentaré aquí! ¡Me voy!», seguía exclamando la obstinada dama.
La joven de verde reordenó las posiciones de la mesa y situó a la dama a dos sillas de distancia de donde estaba yo. La dama se calmó un poco, pero volvió a encenderse cuando me vio a punto de sentarme y gritó, con el rostro inflamado: «¡Tiene las manos manchadas de sangre!».
Lancé una sarcástica mirada a la agitada señora y me puse a hablar tranquilamente con mi vecina. La señora se dejó caer en su asiento y movió un jarrón con un gesto airado para que no pudiera verla al otro lado de las flores.
En el transcurso de la conversación le pregunté a mi vecina, que resultó ser la esposa del concejal Twyfold, el apellido de la señora que acababa de montar aquella escena.
«Oh —dijo—, es lady Kynaston Studd. 21 Su marido, sir Kynaston Studd (el caballero del traje de terciopelo), fue concejal, y alcalde durante un año; luego se retiró. Él es rico, y ella es una princesa rusa. Se casaron durante la guerra».
Entonces mi vecina añadió, con intención: «Lady Studd es una mujer encantadora, pero a veces propensa a la crispación».
¡Qué forma más elegante de decirlo! ¡Qué inglés! El marido de la princesa rusa, sin duda atónito por la conducta de su esposa, hizo un esfuerzo especial por mostrarse particularmente amable conmigo (también él al más puro estilo inglés) e incluso brindó a mi salud. Mientras tanto, su testaruda esposa, algo sonrojada por el vino, parecía haber alcanzado un compromiso entre «justicia y compasión». Apartó el jarrón que nos separaba y me escrutó con una insolencia nada disimulada...
15 de noviembre
Hoy he asistido a la cena ofrecida por la Worshipful Company of Stationers and Newspaper Makers, antiguo gremio de papelería e imprenta de seiscientos años de historia.
Esperaba ver en la cena algún uniforme antiquísimo, pero no fue así. Fue una cena como cualquier otra, con la inevitable sopa de tortuga, y solo los vitrales de las ventanas en arco remitían al pasado. No, miento: también estaba la Loving Cup, pero eso ya lo había visto en los banquetes del lord alcalde. Sin embargo, alguno de los invitados sí tenía ese aire que recordaba a la Edad Media. A mi derecha estaba sentado lord Marshall 22 (importante editor y exalcalde de Londres), ¡quien declaró muy orgulloso que llevaba cincuenta y cinco años en el gremio!
«¿Es hereditaria la pertenencia al gremio?», le pregunté, algo perplejo.
«No —me respondió lord Marshall—, no lo es. Me inscribí en el gremio en cuanto empecé como aprendiz en mi profesión».
Resultó que mi vecino ya tenía setenta años. A mi izquierda estaba sentado lord Wakefield, 23 gran industrial del petróleo, prominente filántropo y concejal del ayuntamiento. También tiene unos setenta años (¡compañero de escuela de Marshall!). Este venerable notable del Imperio británico me dijo que unos treinta años atrás (¡un período muy inglés!) había planeado una visita a San Petersburgo y que incluso había comprado los billetes cuando, de pronto, en el último momento, recibió un telegrama que decía: «Plaga en Rusia». Naturalmente, decidió no viajar. ¿Quizá fuera ahora el momento...? Yo le animé a que lo hiciera.
«Dígame —prosiguió, pasándose la mano por la frente, como si de pronto recordara algo—. Parece que tienen ustedes a un hombre... Lenin... ¿Realmente es tan listo?».
«Le puedo asegurar que lo era —respondí, sonriendo—, pero desgraciadamente murió en 1924».
«¿Murió? —Wakefield pareció decepcionado—. ¿De verdad...? No tenía constancia».
¡Así de bien informada está la más prominente burguesía inglesa sobre la actualidad soviética!
¡Realmente recuerda a la Edad Media...!
* * *
Desde el año pasado, el presidente (o Master) del gremio es el príncipe de Gales. 24 Nuestro «amigo» el arzobispo de Canterbury 25 hizo un brindis muy ocurrente en honor al príncipe (hay que decir que el arzobispo se convierte en un gran orador en las cenas), y el príncipe respondió como es costumbre. Entonces todo el mundo pasó a la sala de fumar. Allí, el príncipe, que consideraba que era su deber intercambiar un par de comentarios agradables con todos los diplomáticos presentes, me sorprendió bastante al iniciar una larga e inesperadamente seria conversación conmigo. En primer lugar, me preguntó si yo debía dar muchos discursos. Cuando le felicité por el suyo, él, algo incómodo, se puso a hablar de los mejores oradores ingleses, pasados y presentes. Nombró al difunto lord Birkenhead, 26 al general Smuts 27 y a Lloyd George, 28 pero no a MacDonald. Del primer ministro dijo, con una leve mueca: «Ya sabe, no es exactamente...». /.../ Luego pasó a la política exterior, extendiéndose en el tema de la amenaza de la guerra y de la complicada situación internacional, para concluir finalmente que nadie quiere la guerra, ni Inglaterra, ni Francia («¡ellos solo tienen que perder!»), ni siquiera Alemania. Yo expresé mis dudas sobre las intenciones pacíficas de esta última, así como de las de Japón. El príncipe no hizo objeciones, pero se puso a exponer con gran énfasis que Inglaterra solo busca la paz, y que las ideas militaristas son ajenas al espíritu de la nación británica. /.../ Yo, por mi parte, manifesté que la política exterior soviética era una política de paz, y que me alegraba oír de boca del príncipe de Gales que Gran Bretaña tenía el mismo objetivo. Observé, no obstante, que las fuerzas de la guerra estaban mucho mejor organizadas, especialmente los fabricantes de armas, de modo que la amenaza de un conflicto armado era realmente seria. /.../ Hacia el final de nuestra conversación me preguntó por mi pasado, así que le describí mi carrera en la diplomacia. Entonces me preguntó: «¿Dónde aprendió usted inglés?». Le respondí que durante cinco años, entre 1912 y 1917, había vivido en Inglaterra como émigré político. El príncipe se rio y exclamó: «¡Y ahora es usted el embajador! Es un ejemplo claro del tiempo en que vivimos. ¡Es una época asombrosa!». 29
Nuestra charla duró entre diez y quince minutos. El príncipe y yo estábamos de pie en el centro de la sala de fumadores, mientras un montón de más de doscientos notables británicos y diplomáticos estupefactos, con el arzobispo de Canterbury a la cabeza, nos rodeaban intercambiando miradas y murmullos.
16 de noviembre
A la vuelta de mis vacaciones visité a Eden. No pensaba discutir de asuntos serios, pero nuestra conversación se desvió por sí sola hacia temas de actualidad política. Los más importantes:
1) Eden dijo, literalmente: «En este momento no existen conflictos entre Gran Bretaña y la URSS en ningún lugar del mundo. Por el contrario, tenemos un interés común de gran importancia: el mantenimiento de la paz. Ustedes necesitan paz para completar su gran experimento, y la necesitan para el desarrollo y el crecimiento del comercio. Eso crea unas condiciones favorables para mejorar las relaciones anglo-soviéticas».
2) A Eden le agradó mucho saber que no habíamos abandonado nuestros esfuerzos por firmar el Pacto del Este. Me aseguró que hablaría del asunto con Beck en Ginebra (Eden se va a Ginebra mañana para asistir a la sesión del Consejo de la Sociedad de Naciones).
3) Las charlas entre Eden y Ribbentrop 30 tuvieron un carácter completamente superficial. Eden se muestra muy escéptico sobre la posibilidad del regreso inminente de Alemania a la Sociedad de Naciones. Es posible que Hitler no desee la guerra, pero todo lo que sucede en Alemania apunta claramente a que sí. Por eso Alemania es la principal amenaza de guerra en la actualidad.
/.../ Eden me invitó a pasar a verle a su vuelta de Ginebra.
[La descripción de la reunión con Eden es típica de los métodos subversivos que adoptaría Maiski a lo largo de todo su período como embajador para transmitir a Moscú sus propias ideas, pero atribuyéndoselas a sus interlocutores. Se convirtió en el único modo efectivo de operar a finales de la década de 1930, cuando imperaba el Terror. En este caso, aunque se la atribuyó a Eden, la idea de que Litvínov asistiera a la sesión de la Sociedad de Naciones fue una petición personal de Maiski. Esperaba así conseguir que Eden y Litvínov se reunieran y acercaran sus posturas aún más, aumentando así el distanciamiento entre Eden y Simon.]
23 de noviembre
Han empezado las «funciones» relacionadas con la boda real. Hoy nuestro decano, el brasileño Oliveira, 31 ha celebrado una recepción para que el cuerpo diplomático «conociera al duque de Kent 32 y a la princesa Marina». 33 Hacia las seis de la tarde, todos los jefes de misión se han reunido en la residencia del decano, relativamente pequeña, acompañados por sus respectivas esposas. /.../ La feliz pareja ha llegado a las 6.30, acompañada por los padres de la novia. La emoción iba en aumento en la sala. Silencio, murmullos acallados, damas que lanzaban miradas curiosas... Al final aparecieron los invitados, precedidos por el decano y su esposa. Marina me pareció encantadora, mucho más de lo que aparecía en los periódicos; tenía una exuberante melena rubia, el cutis rosado y ojos brillantes. Delgada y refinada. Un diplomático me dijo más tarde que tendrían que haber fusilado a sus fotógrafos por cómo la habían desgraciado en las fotos. ¡Y tenía razón! El duque de Kent tampoco está mal: alto, delgado, con un rostro bastante agradable. Va algo encorvado y parece muy tímido. En cualquier caso, es el más atractivo de los hijos del rey. En conjunto, desde el punto de vista físico y fisiológico, hacen una buena pareja. Los padres de la novia —el príncipe Nicolás de Grecia 34 y su esposa (una princesa rusa, 35 creo)— parecen terratenientes de provincias de pocos recursos...
El decano hizo un breve discurso de bienvenida en inglés y ofreció a los novios una gran sopera de plata y dos ensaladeras también de plata en nombre de todo el cuerpo diplomático. (Ahora recuerdo que recibí una carta del decano notificándome que el coste del regalo era de trescientas libras, de las que mi parte eran seis.) Las firmas en facsímil de todos los jefes de misión que contribuían al regalo están grabadas en el interior de la sopera, y mi nombre está entre las primeras. Llama inmediatamente la atención al mirar dentro. ¡Seguro que a Marina le hará mucha gracia! Me temo que quizá eso le quite el apetito. /.../
27 de noviembre
¡La segunda «función» de la boda real!
Una gran recepción vespertina en honor de Marina en el Palacio de Buckingham. Más de ochocientos invitados, incluidos todos los jefes de misión. Y además toda una «brigada» de miembros de la realeza: toda la familia real (el rey 36 y la reina, 37 el príncipe de Gales, el duque de York 38 y su esposa, el duque de Kent, el hijo menor, John; la llamada «princesa real», es decir, la hija del rey, con su marido; solo faltaba el duque de Gloucester, 39 que actualmente está en Australia), así como el rey de Dinamarca 40 y su esposa, el rey de Noruega 41 y su esposa, el príncipe regente Pablo de Yugoslavia, 42 la princesa Juliana de Holanda 43 (la heredera), etc. También había una gran cantidad de príncipes de diversas nacionalidades, incluido Cirilo Vladímirovich Románov 44 (¡«emperador de todas las Rusias»!), acompañado por su esposa y su hija Kira, 45 que era una de las ocho damas de honor de la novia. A eso hay que sumar un número interminable de princesas (griegas, yugoslavas, etc.)...
El procedimiento fue el siguiente: todos los embajadores y representantes de los países cuyos jefes de Estado estaban presentes en la boda formaron, de acuerdo con su antigüedad, un semicírculo en el salón redondo del palacio, mientras que al resto de representantes y chargés d’affaires los situaron en el salón alargado contiguo. Los representantes de la nobleza inglesa y de la alta burguesía se reunieron en grupos en las otras salas. Un largo y deslumbrante cortejo de miembros de la familia real emergieron de la sala de la esquina adyacente al salón redondo. En primer lugar, el rey y la reina británicos pasaron frente a una hilera de embajadores con sus respectivas esposas, estrechándoles la mano a todos ellos e intercambiando comentarios con algún invitado elegido. Entre estos últimos estaban nuestro decano (en virtud de su rango) y Matsudaira 46 (¡a los ingleses les dan miedo los japoneses!). La pareja real pasó del salón redondo a la sala contigua, donde estaban los representantes, pero no se pararon ante cada diplomático, limitándose a hacer reverencias a derecha e izquierda. Las parejas de reyes extranjeros (daneses, noruegos, etc.) siguieron su ejemplo, al igual que el resto de la familia real británica. Todos nos dieron la mano y sonrieron educadamente. /.../ De hecho, eso no es del todo cierto: hubo excepciones. La madre de Marina pasó ante Agniya y ante mí demostrando su indiferencia y sin saludarnos. ¡Bueno, sobreviviremos sin su saludo! Dos o tres viejas brujas arrugadas, feas como un pecado, salieron de la sala de la esquina y vacilaron un momento, murmurando algo entre ellas y mirando en nuestra dirección, antes de decidirse a pasar directamente a la sala de los representantes, pasando de largo ante la hilera de embajadores. ¡El embajador soviético las había asustado! También había algunas damas y algunos caballeros, con sus cintas y sus diademas, que se trabaron al verme e inmediatamente se echaron atrás. Debió de ser obra de Cirilo y su séquito. En conjunto, mi presencia en la recepción real fue una desagradable decepción para un determinado grupo de invitados. /.../
* * *
Lady Astor me agarró por banda. Llevaba un bonito vestido de terciopelo verde y estaba tan animada y llena de energía como siempre, por lo que destacaba entre tanto descuido y tanto deterioro.
«¡Acabo de tener una buena pelea con Kira!», exclamó, con gran entu - siasmo.
«¿Por qué motivo?», pregunté yo.
«¡Bueno, naturalmente, por la URSS! Intentaba demostrarle que se equivocaba y que ustedes, los malditos bolcheviques, son buena gente».
«¡Imagino cómo le habrá sentado eso a Kira!», bromeé.
«No se ría —replicó ella. Y al momento me agarró del brazo y me arrastró tras ella, diciendo—: Venga, le presentaré a Kira. ¡Quiere verle!». /.../
No me costó poco esfuerzo soltarme y desaparecer entre la multitud.
¡Qué mujer más loca!
[Las memorias de Maiski, particularmente en su edición en ruso, orientadas como estaban a reivindicar la política soviética en vísperas de la guerra, presentan un retrato siniestro y en muchos casos objetivamente impreciso de lady Astor. Sí muestran lo fascinante que le parecía a Maiski la glamurosa y ocurrente dama estadounidense que, en 1919, se convirtió en la primera mujer parlamentaria —una diputada conservadora que defendía la causa soviética (tras una visita a Rusia y una reunión con Stalin en el Kremlin en 1931)—. Era evidente que Maiski se sentía atraído —aunque no se dejaba engatusar— por la «pequeña, delgada y elegante dama con aquel cabello oscuro ligeramente ondulado, un rostro pequeño y expresivo y unos ojos animados y astutos» que la convertían en «la personificación de la constante inquietud». Maiski la visitó con frecuencia en su versallesca mansión de Cliveden (Buckinghamshire), incluso después de 1937, cuando se convirtió en una meca para defensores de la conciliación como Chamberlain, Halifax, 47 Hoare 48 y otros, que pasaban allí largos fines de semana.]
29 de noviembre
Por fin se celebró la boda real. Desde las primeras luces del alba, e incluso desde la noche anterior, Londres parecía estar inundada de gente. Hasta medio millón de personas de todas partes del país se dirigieron a la capital.
Muchos extranjeros acudieron del resto de Europa. Las calles por las que iba a pasar el cortejo real se llenaron a reventar, con una multitud que ya había salido a la calle la noche anterior para ocupar los mejores sitios. La multitud se componía sobre todo de mujeres. Por lo menos yo no vi a ningún hombre en el trayecto desde la embajada hasta la abadía de Westminster. Algunos periódicos también lo señalaron (entre ellos el Manchester Guardian). Se colocaron grandes tarimas en varios puntos de paso, con asientos que se alquilaban entre una y diez guineas. La ciudad, y en particular el centro, fue llenándose gradualmente de banderas, festones y banderolas con retratos del novio y la novia; y por la noche la ciudad se llenó de luces. En otras palabras, no se escatimó nada. La boda se convirtió en todo un acontecimiento nacional.
/.../ En esta ocasión me vi obligado a asistir a la ceremonia de la boda, en la abadía de Westminster. Así lo decidieron en Moscú. Era la primera vez que asistía a un servicio en la iglesia desde mis tiempos de estudiante, ¡hacía treinta y tres años! Es bastante tiempo.
El cuerpo diplomático se sentó a la derecha de la entrada, y los miembros del Gobierno, a la izquierda. A Simon lo tenía enfrente, en el lado opuesto. MacDonald cantó diligentemente los salmos durante el servicio, Baldwin bostezaba agotado, mientras Elliot 49 simplemente dormitaba. Churchill 50 parecía muy conmovido y en un momento determinado incluso me pareció que se secaba los ojos con un pañuelo. Henderson 51 cantó Dios salve al Rey con extraordinaria energía. Toda la realeza se reunió a la derecha y a la izquierda del púlpito, y el espacio restante quedó abarrotado con representantes de la aristocracia y grandes empresarios. Un coro vestido de blanco ocupaba un lugar destacado en lo alto, donde sonaba el órgano, llenando las altas bóvedas de la catedral con las melodías de Bach, Händel y Elgar.
Mi aspecto en la iglesia provocó un intercambio de miradas y murmullos entre los diplomáticos y los miembros del Gobierno. /.../ Mi vecino, un ministro nepalí, 52 llamaba mucho la atención: en la cabeza llevaba un tocado de oro con grandes diamantes y rubíes, y una enorme «cola de gallo» encima. El conjunto resultaba bastante divertido; pero en aquel momento el representante nepalí sin duda llevaba decenas de miles de libras sobre la cabeza.
1 de diciembre
¡Un desastre terrible! El camarada Kírov 53 ha sido asesinado en el instituto Smolny de Leningrado. ¿Quién le habrá matado? ¿Con qué motivos? ¿Quién habrá enviado al asesino?... De momento no sé nada. Por Fleet Street corren muchos rumores y versiones enfrentadas. Hay quien dice que el asesino ha sido un ingeniero que tenía una disputa con Kírov. Otros (el Daily Express) apuntan a Alfred Rosenberg, 54 el asistente de Hitler. Solo sé una cosa con seguridad: que el obituario firmado por Stalin, Mólotov, Voroshílov 55 y otros (lo he oído por la radio) afirma que «el asesino fue enviado por enemigos de la clase obrera». 56
La noticia del asesinato nos ha llegado hacia las 21.00. A las 23.30 el matrimonio Ozerski, 57 Alperovich y Kagan ya estaban reunidos en mi despacho. Nos apetecía estar juntos, nos reconfortaba sentirnos en grupo y nos ayudaba a liberar la tensión. Hablamos, intercambiamos ideas, suposiciones y conjeturas. /.../
¡Es sencillamente horrible! Un giro del todo inesperado en el camino hacia el desarrollo que lleva siguiendo nuestro país desde el año pasado. Cuanto antes me entere de los detalles, más fácil será juzgar el significado del trágico suceso del Smolny.
6 de diciembre
Hoy han colocado las cenizas del camarada Kírov en el muro del Kremlin, en la plaza Roja. Han asistido cientos de miles de personas, además de los militares, los miembros del Comité Central y del Gobierno. /.../
Aquí, en Londres, también hemos recordado a nuestro líder difunto. La bandera de la embajada ondeaba a media asta. Toda la comunidad soviética se ha reunido en la embajada. El vestíbulo estaba decorado con plantas y flores. Hemos colocado un busto de Lenin y, al lado, los retratos de Stalin y Kírov en la pared. He dado un breve discurso en memoria del difunto. Lazyan 58 (de la misión comercial) ha compartido con nosotros sus recuerdos de Kírov. Hemos cantado una marcha fúnebre con acompañamiento de piano. Luego nos hemos despedido, en silencio y apesadumbrados. /.../
No consigo digerir esta horrible tragedia, sencillamente. Hace solo seis semanas estaba sentado en el despacho de Kírov, charlando animadamente con él sobre la situación internacional, y en particular sobre las relaciones anglo-soviéticas. Kírov tenía una gran visión de los asuntos internacionales. Sus opiniones solían ser sencillas en cuanto a la forma, pero profundas y llenas de sustancia. Veía en los conservadores británicos un enemigo extremadamente peligroso. Recuerdo cuando le visité en Leningrado, de camino a Helsinki, en el otoño de 1931, después de la victoria aplastante de los conservadores en las elecciones británicas. Cuando nuestra conversación tocó el tema de las elecciones, Kírov exclamó: «Obtener una victoria así y mantener el autocontrol... ¡es la manifestación máxima del arte del gobierno! Ayer mismo se produjo un motín en la Armada. —Se refería a Invergordon—. 59 ¿Qué habría hecho Mussolini tras un triunfo como este? Habría aplastado a los amotinados, haciéndolos migas; habría fusilado a cientos de marineros... ¿Y qué han hecho los conservadores? Han mantenido el temple; no han dejado que se les suba el éxito a la cabeza. Han obtenido una victoria tremenda y les han dicho a los amotinados: “¡olvidemos el pasado! Sí, esa gente sabe cómo gobernar. Hay que tomárselos en serio”».
La voz de Kírov expresaba un profundo desprecio, combinado con un profundo respeto.
/.../ El asesinato de Kírov llega en un momento político muy malo para nosotros. Va en contra de la trayectoria general de nuestro desarrollo interno y externo. Es imposible que derive de algún proceso fundamental acontecido en las profundidades del sistema soviético. Más bien parece un residuo del pasado que aún no se ha eliminado del todo. ¡Pero ¿cuál...?!
De todos modos, el asesinato tendrá repercusiones para nosotros en Europa. Quizá ninguna complicación grave, pero complicaciones en cualquier caso. El tiempo lo dirá.
13 de diciembre
Siguiendo instrucciones de M. M. [Litvínov] he puesto a Vansittart al día acerca del protocolo franco-soviético del 5 de diciembre. 60 Obviamente, V. se ha mostrado halagado por nuestro detalle y ha confirmado una vez más que el Gobierno británico está a favor del Pacto del Este, como lo estaba en verano.
17 de diciembre
Hoy he invitado a los Cole 61 y hemos hablado seriamente sobre la Declaración de los 43. 62 /.../ Durante la conversación, ambos se han mostrado muy inquietos, empalideciendo y ruborizándose alternativamente. A la señora Cole le temblaban las manos de los nervios.
Les he dado a mis invitados una severa regañina. Les he dicho que en los últimos tres o cuatro meses las autoridades soviéticas habían comprobado la existencia de una gran conspiración terrorista contra los líderes de nuestro partido, empezando por el camarada Stalin, organizada y financiada por los «nazis» alemanes. Sus agentes son miembros de la guardia blanca rusa y de otros grupitos de descontentos que hay en la URSS. Los guardias blancos cruzan en secreto la frontera con Polonia, Letonia y Finlandia con ayuda de las autoridades de esos países y, una vez en la URSS, entran en contacto con conspiradores que tienen ciudadanía soviética. En los últimos meses se han registrado atentados contra la vida de los camaradas Stalin, Voroshílov, Mólotov, Póstishev, 63 Balitski 64 y otros. Afortunadamente, estos intentos hasta el momento han sido infructuosos, gracias a la vigilancia del NKVD. 65 Los conspiradores han tenido suerte con Kírov. La muerte de este ha sido una impactante prueba de la gravedad de la amenaza terrorista. En una situación como esta, el Gobierno soviético no ha tenido más remedio que endurecer las medidas contra los conspiradores, no solo contra los culpables de la muerte de Kírov, sino también contra todos los arrestados en diferentes momentos y lugares en los últimos meses en relación con el terrorismo. No podíamos juzgar a los terroristas en público sin provocar la reacción de Alemania y otros estados que, sin duda, están implicados en este caso. /.../ Es duro, y muy desagradable, fusilar a entre ochenta y cien personas, pero aun así es mejor que arriesgar la vida de millones de obreros y campesinos en el campo de batalla.
Es más, no habría que olvidar nunca las palabras de Mirabeau, 66 que hace más de ciento cuarenta años dijo que la revolución no se puede hacer con aceite de lavanda.
Los Cole no pusieron objeciones /.../ Les preocupaba especialmente la cuestión de qué significaban aquellas ejecuciones. ¿Un regreso al Terror Rojo del pasado o un acto excepcional aislado que perdería importancia con el paso del tiempo? Yo los tranquilicé, diciéndoles que el «nuevo camino» iniciado esta primavera no va a modificarse. El «nuevo camino» sigue adelante. Las medidas tomadas contra los terroristas han representado un hecho excepcional motivado por circunstancias excepcionales. /.../
19 de diciembre
Hoy Vansittart y yo hemos concluido la conversación iniciada el 13 de diciembre.
V. empezó por expresar su satisfacción con el resultado de nuestro «estudio» conjunto de las relaciones anglo-soviéticas. Yo también expresé mi satisfacción, pero añadí que el rapprochement entre la URSS y Gran Bretaña seguía siendo como una flor muy tierna y delicada que requería mucha atención y cuidados para que pudiera crecer normalmente y desarrollarse. /.../
Luego afrontamos la cuestión: ¿ahora qué? «El estado actual de las relaciones anglo-soviéticas —dije— hace pensar en la siguiente imagen: tras una larga sucesión de días de tormenta, por fin ha llegado la calma. Hay algo de niebla. Hace un poco de frío. El cielo está encapotado. El sol ni se ve. Por supuesto, es un gran paso adelante, en comparación con lo que había antes...».
«Pero no basta, quiere decir —exclamó V. con una carcajada—. Hace falta un poco de sol, algo de calor...».
«¿Y por qué no?», respondí.
«No podría estar más de acuerdo con usted», dijo V.
Así que empezamos a hablar de acciones prácticas para conseguir un mejor ambiente en las relaciones anglo-soviéticas. /.../ Al final de nuestra conversación analizamos la posibilidad de que algún ministro británico o personaje público de importancia hiciera una visita a la URSS. «¿Por qué —pregunté— los ingleses de alto rango viajan sin problemas y libremente por todo el mundo, con excepción de la URSS? ¿No es eso una forma de “discriminación” arraigada en el pasado? Sus visitas podrían contribuir enormemente a la demolición de la muralla china que se ha creado entre nuestros países desde la revolución».
V. intentó defender a los ministros británicos haciendo referencia a sus agendas extremadamente llenas. «Yo casi nunca salgo de Londres —señaló, a modo de argumento—. Solo he estado en Estados Unidos una vez, cuando visité a Hoover, 67 con MacDonald, en 1929».
Yo sonreí y señalé, medio en broma: «¡Pero pasó sus vacaciones en Italia! ¿Por qué no pasarlas en el Cáucaso?». /.../
20 de diciembre
Un recorte de prensa del Manchester Guardian, del 20 diciembre de 1934:
«El matrimonio de un judío con una mujer no judía debería castigarse con la muerte», dijo Herr Julius Streicher, 68 gobernador de Silesia, en un discurso ante tres mil abogados y jueces del norte de Baviera, en la reunión de la Asociación Nazi en Múnich. Y sus palabras fueron acogidas con una ovación.
«Los corpúsculos de la sangre de un judío —añadió— son completamente diferentes de los de un nórdico. Una joven no judía quedará perdida para siempre en el momento en que se case con un judío».
¡Idiotas profundos! Y sedientos de sangre, además. Pero llegará el día del Juicio, y Hitler pagará por el sufrimiento de millones de personas. 69
El jaleo por los fusilamientos no cesa. Cuando apenas he acabado con las protestas de los laboristas «de izquierdas» aparecen los de derechas en el horizonte. Es sobre todo por culpa de Citrine. 70 Hoy el Daily Herald ha publicado un editorial indignante. 71
27 de diciembre
Vansittart me mandó llamar inesperadamente, en plena temporada navideña. De camino al Foreign Office me puse algo nervioso. Pero en realidad no había causa para la preocupación. /.../
V. /.../ me informó de que había pensado mucho en nuestras últimas conversaciones y que había llegado a la conclusión de que las visitas de ministros a la URSS serían uno de los mejores modos de fomentar las relaciones entre nuestros países. /.../ Yo orienté la conversación hacia el Pacto de las Cuatro Potencias propuesto por Neurath para contrarrestar el Pacto del Este, y declaré lisa y llanamente que aquel era absolutamente inaceptable para nosotros en cualquiera de sus formas (por ejemplo, como pacto de cinco o seis potencias), porque solo serviría para socavar la autoridad de la Sociedad de Naciones. V. prometió informar al Gobierno de nuestra postura con respecto al pacto. 72
Cuando estaba a punto de marcharme, V. adoptó un tono muy íntimo y amistoso y me informó «de modo estrictamente confidencial» que si se mantenía la «interferencia» soviética en los asuntos internos de Inglaterra, todos nuestros esfuerzos por mejorar las relaciones anglo-soviéticas serían inútiles. 73 /.../
31 de diciembre
¡Acaba un año más, y me encuentro en el umbral de un nuevo año! No puedo evitar echar la mirada atrás y repasar los doce meses que han pasado...
En términos políticos y económicos, este año pasado ha sido un éxito para nosotros, aunque ha quedado empañado al final por la muerte de Kírov. Nos hemos vuelto más fuertes, hemos crecido y hemos empezado a desempeñar un papel importante a nivel global. Nuestra trayectoria no ha dejado de ascender. En particular, el año pasado ha marcado un punto de inflexión en las relaciones anglo-soviéticas: la firma del tratado de comercio, mis charlas este verano con Vansittart, la declaración del Gobierno británico a favor del Pacto del Este, los asombrosos debates en el Parlamento el 13 de julio, durante los cuales Churchill y Austen Chamberlain 74 se declararon «amigos» de la Unión Soviética e insistieron en su admisión en la Sociedad de Naciones... todo ello marca el inicio de una nueva fase en las relaciones entre la URSS y Gran Bretaña. No es que los lores ingleses de pronto nos hayan cogido afecto a los mugrientos bolcheviques —no, no es ese el caso, y nunca lo será—. Es solo que ha llegado el momento en que la habilidad de «afrontar los hechos» (sean agradables o desagradables), tan característica de los políticos británicos, por fin se ha impuesto a la enemistad que sienten hacia nosotros por motivos políticos y de clase. Ahora nos hemos convertido en una fuerza internacional tan importante y estable que, guste o no guste, ni siquiera los conservadores más recalcitrantes pueden apartar la mirada y se ven obligados a «reconocer» nuestra existencia y, como operadores políticos inveterados, sacar todo el provecho que puedan de nosotros. /.../

18. De viaje por Escocia.
¿Cómo ha sido el año para mí en lo personal? Reflexiono, recuerdo, ordeno hechos y fechas. Agniya y yo estamos bastante bien. Feka 75 vino a visitarnos un mes a Londres y juntos hicimos un viaje muy agradable por Inglaterra y Escocia /.../ Luego nos fuimos de vacaciones dos meses y medio a la URSS, con parada en Berlín tanto a la ida como a la vuelta. Estuvimos en Moscú, Leningrado (solo yo, Agniya no se vino conmigo), Kislovodsk, Sochi, Sujumi, Gagra y Novi Afon. Ganamos algo de peso y nos quitamos las telarañas. Yo salí del balneario con sesenta y nueve kilos. /.../ Y yo diría que eso es todo. No es gran cosa, y tampoco tan interesante. Nada comparado con los grandes acontecimientos que ha traído 1934 en la vida política, social y económica de la URSS. /.../ Pero ¿por qué iba a compararlo? Así es como debe ser: para los comunistas, lo personal debe disolverse en lo general o, por lo menos, perderse en un segundo plano. /.../

19. Agniya en la casa de reposo de Sochi.

20. Visita obligada a un koljós, cerca de Sochi.
1935
18 de enero
Mijaíl Shólojov 1 se ha ido. Ha pasado dos semanas en Londres con su esposa. Se han alojado en la embajada. Le organicé dos recepciones: una para que los periodistas lo entrevistaran (aunque la entrevista no ha tenido mucha cobertura en la prensa) y la otra para escritores. /.../ Me ha gustado mucho Shólojov. Es joven (veintinueve años) y está lleno de joie de vivre. Apasionado cazador y pescador. A pesar de su fama, no se ha echado a perder. Es modesto y franco. ¿Durará? Veremos. Su esposa es inteligente, positiva y agradable, lo cual es muy bueno para él. Una mujer así le mantendrá alejado de las muchas locuras a las que suelen tender nuestros jóvenes escritores. Shólojov tiene un aspecto muy atractivo: es un hombre bien proporcionado, de ojos azules, rubio y altura media, con rasgos delicados, un flequillo ondulado sobre la frente limpia y una pipa siempre pegada a la boca. Justo lo que uno se imagina de un poeta. Qué lastima que haya visto tan poco de Inglaterra. Ha pasado la mayor parte del tiempo en encuentros literarios, asistiendo a fiestas y de compras (tenía mucho dinero, de los royalties que ha cobrado por la publicación de The Quiet Don 2 en el extranjero).
4 de febrero
Me he enterado de los siguientes detalles sobre la reunión entre los ministros ingleses y franceses. 3
MacDonald y Simon siempre han sido defensores de Hitler, especialmente MacDonald. Baldwin y Eden apoyaban a los franceses con prevención. Vansittart subrayaba la especial importancia de la participación de Italia en cualquier combinación europea. MacDonald se ha esforzado mucho en convencer a los franceses acerca de la imposibilidad del Pacto del Este («Alemania no lo quiere, y es imposible imponerle nada a Alemania»), y les ha recomendado que no insistieran en ello, y que en su lugar se limitaran a la organización de la seguridad de Occidente, dejando que en Europa del Este los acontecimientos se desarrollaran de forma natural.
MacDonald y Simon se han encontrado con una dura oposición por parte de los franceses. Es cierto, Flandin mantuvo silencio la mayor parte del tiempo, pero Laval habló mucho. /.../ Los franceses /.../ estaban a favor de progresar en el Pacto del Este. Los ingleses se resistían, pero por fin llegaron a un acuerdo: todos los problemas incluidos en el comunicado se resolverían «simultáneamente». No obstante, este método no deja nada claro. Alemania no está presente en Ginebra, pero ¿dónde, si no en Ginebra, podría encontrarse un lugar adecuado para llevar a cabo unas negociaciones tan complicadas con la participación de tantas potencias? Los ingleses parecen querer desempeñar el papel del intermediario honesto en las negociaciones entre Alemania y otros estados, pero a los franceses no les gusta nada esa idea. Veremos. /.../
6 de febrero
Hoy Masaryk 4 (el emisario checo) me ha informado de que ayer tuvo una charla de tú a tú con Vansittart. M. no le escondió su preocupación por la reunión de los ministros ingleses y franceses. /.../ Pero V. le aseguró que Checoslovaquia no tenía ningún motivo para temer por su futuro. Le dijo que Inglaterra estaba muy interesada en la integridad y el bienestar de Checoslovaquia. V. se muestra bastante escéptico sobre las futuras charlas con Alemania y no tiene confianza en obtener ningún resultado positivo. Sin embargo, es un paso que habría que dar, aunque solo fuera por ilustrar a la opinión pública británica. /.../
Por una fuente periodística de confianza he descubierto que Hoesch (el embajador alemán), con el consentimiento de Simon, ha recomendado a Hitler que, en su respuesta a la propuesta conjunta inglesa y francesa, situara el asunto del Pacto del Este en el último lugar de su agenda de negociaciones. Si llegaran primero a un acuerdo sobre todos los puntos anteriores, el Pacto del Este podría quedar «enterrado en la arena». ¡Hábil movimiento! Pero ¿será Hitler lo suficientemente listo para seguir el consejo de su embajador?
10 de febrero
MacDonald y Simon /.../ están llevando a cabo una campaña sistemática para que se deje de hablar del Pacto del Este y se desvíe la atención hacia asuntos de «seguridad de Occidente». En otras palabras, le están diciendo a Hitler: «Deja en paz a Francia y a Inglaterra y, como compensación, puedes hacer lo que quieras con Europa del Este». Tengo la impresión de que Baldwin, Eden y Vansittart son conscientes de que una política de instigación y complicidad es imposible, y además muy arriesgada; sin embargo, de momento le están dando a MD. y a S. carte blanche. /.../
Ahora la actividad soviética es un factor importante en la escena internacional. Creo que ha llegado el momento de aclarar la actitud soviética ante el comunicado del 3 de febrero. 5
21 de febrero
/.../ Simon me ha recibido en el Parlamento. Eden ha estado presente durante toda la reunión, pero ha hablado poco. Simon empezó refiriéndose a mi discurso en la League of Nations Union, 6 me felicitó y me pidió que le explicara diversos puntos. Luego le leí nuestra evaluación del comunicado en voz alta y puse el documento sobre el escritorio del secretario de Asuntos Exteriores. /.../ Le planteé a S. la cuestión que le había planteado a Vansittart unos días antes; es decir, ¿qué haría el Gobierno británico si Alemania aceptaba todos los puntos del programa de Londres salvo el del Pacto del Este? Mi pregunta azoró a mi interlocutor, que empezó a hablar improvisando, con frases rimbombantes pero incoherentes. La conclusión, parecía ser, era que si Alemania ponía pegas a nuestra demanda, el pacto quedaría «castrado»: en lugar de asistencia mutua, lo que tendríamos sería un pacto de no agresión, sin más.
Yo me opuse con vehemencia; confieso que no medí mis palabras. Le recordé que la esencia del pacto era la asistencia militar mutua, que no podíamos hacer concesiones en ese punto, y que sin un Pacto del Este de asistencia mutua tampoco habría desarme ni seguridad europea, ni siquiera en el entorno limitado de Occidente.
Era evidente que S. estaba preocupado. Frotándose el puente de la nariz, me preguntó cínicamente: «¿Qué están dispuestos a proponer ustedes para comprar el consentimiento de Alemania al Pacto del Este?». Yo le respondí que la garantía de seguridad que recibiría Alemania, como las otras potencias, si se firmaba el pacto, sería suficiente recompensa. S. miró hacia el techo y se encogió de hombros en un gesto bastante ambiguo.
Me fui de allí con la clara impresión de que Simon por fin había entendido que el intento de excluir a la URSS del «apaciguamiento europeo» había fracasado. Si se quiere conseguir algo en ese aspecto, la URSS tiene que participar en igualdad de condiciones con las otras grandes potencias. 7
28 de febrero
Esta última semana me he encontrado en una situación muy difícil.
Nunca he tenido la mínima duda de que los informes publicados en The Times y en el Daily Telegraph sobre la próxima visita de un ministro británico a Moscú eran obra del Foreign Office y de Vansittart en particular. A lo largo de la semana siguiente, la prensa hinchó persistente y sistemáticamente esta cuestión de todos los modos posibles. /.../ Vansittart me dijo, más o menos cuando le presenté a Putna, 8 que aunque el Foreign Office no tenía nada que ver con la campaña de prensa relativa a la visita de un ministro, la idea le parecía muy interesante. En pocas palabras, estaba absolutamente claro que el Gobierno británico, consciente de que sería imposible improvisar una «seguridad europea» con nosotros, había decidido que al menos podría sacar provecho de la participación de la URSS en la organización de la seguridad, en particular interpretando el papel del «intermediario honesto» (papel que a los ingleses siempre les ha gustado) en la búsqueda de un compromiso entre Berlín y Moscú en relación con el Pacto del Este. /.../
Pero en Moscú eso no gustó. Cuando consulté por primera vez qué posición debía adoptar, justo después de las primeras comunicaciones aparecidas en la prensa, recibí la respuesta de que los informes de los periódicos carecen de autoridad, que debía mantener la calma e informar a Moscú si el Foreign Office se ponía en contacto conmigo. Parece ser que en un principio el NKID incluso tenía la impresión de que la visita de Simon a Moscú serviría para camuflar su visita a Varsovia (la prensa dijo que el ministro británico iría de Berlín a Varsovia, y luego a Moscú). Yo presenté mis objeciones, remitiéndome al material a mi disposición, y pregunté si la prensa soviética podría mostrar, siempre con prudencia, que acogía bien la visita de Simon. Pero en el NKID no estuvieron de acuerdo, y me recordaron que no estaba claro que Simon quisiera ir realmente. En cualquier caso, el 26 de febrero conseguí que me dieran permiso al menos para fomentar la idea de la visita de Simon en el caso de que en el Foreign Office, o en algún círculo cercano, me plantearan la cuestión. /.../ El 25 de febrero, en respuesta a una pregunta en la Cámara de los Comunes, Simon dijo que el Gobierno estaba considerando la posibilidad de que visitara Moscú. Yo le insistí a M. M. otra vez y hoy por fin recibí instrucciones para decirle a Vansittart que estaba autorizado a extender una invitación oficial a Simon en cuanto el Gobierno británico hubiera resuelto definitivamente la cuestión de la visita de un ministro inglés a la URSS. Pero el NKID quiere ver a Simon, y a nadie más... ¡Hum! Sin duda, en ello influyen consideraciones de prestigio: si Simon va a Berlín, tiene que ser él también quien vaya a Moscú. Está claro. Aun así, yo no daría ese ultimátum sobre Simon. De hecho, probablemente saldría más a cuenta que fuera Eden. Pero, en cualquier caso, ha sido todo un alivio...
29 de febrero
Ayer almorzaron con nosotros la familia de Lloyd George y casi toda su «comitiva»: el viejo George, su esposa, Gwilym, 9 y Megan. 10 También estaban presentes Maitland 11 (un prominente conservador), Jarvie (un banquero), 12 el laborista «independiente» Josiah Wedgwood, 13 y otros.
No pude evitar admirar a Lloyd George. Tiene setenta y dos años y está lleno de vida. Tenía un aspecto magnífico tras sus recientes vacaciones: un rostro fuerte, fresco y bronceado bajo un espeso cabello de un blanco radiante. El anciano estaba muy animado. No bebió vino en la mesa, pero aceptó un vodka y tras la primera copa se bebió una o dos más.
L. G. dijo que ahora no le interesa especialmente la cuestión alemana. Los temores provocados por la beligerancia alemana están muy exagerados. Alemania necesita al menos diez años más para recuperar su potencia militar, económica y financiera. Hasta entonces, Europa puede dormir tranquila.
A L. G. le preocupan mucho más los asuntos de Extremo Oriente. /.../ Está claro que Japón, con el uso generalizado del palo y la zanahoria, está decidido a extender un poderoso imperio «amarillo» por el continente asiático.
/.../ L. G. se encendió y dirigió un chorro de críticas al Gobierno. Parecía encontrarse en su elemento, y flageló al Ejecutivo con encono, llamándolos zoquetes sin la más mínima imaginación, sin políticas que merecieran llamarse así. Acusó en particular a MacDonald y [Neville] Chamberlain por sus abusos.
4 de marzo
Como invitada de mayor categoría, lady Vansittart se sentó a mi lado en la cena en la embajada y me describió con la mayor franqueza las dificultades a las que se enfrenta actualmente su marido. /.../ La cuestión de la visita de Simon a varias capitales europeas en relación con el acuerdo anglo-francés ha convertido la vida de Vansittart en un infierno. Los problemas derivan de los diferentes puntos de vista que tienen Vansittart y Simon sobre diversos asuntos. Es más, Simon le dedica poco tiempo al Foreign Office y vuelca todo el trabajo rutinario sobre Vansittart, que está hasta el cuello de trabajo desde la mañana hasta la noche, mientras que Simon se va a su casa del campo cada fin de semana y juega al golf. /.../ Desde que le dije a Vansittart que el Gobierno soviético acogía de buen grado la visita de Simon, sintió la necesidad imperiosa de darle carácter de urgencia. Pero pasaron varios días antes de que pudiera ponerse en contacto con Simon, ya que, tras su conferencia en París, Simon ni siquiera se pasó por el Foreign Office, sino que se fue directamente a su casa del campo a jugar a golf. Vansittart intentó salir a su encuentro, pero estaba claro que Simon hacía todo lo posible por evitarlo. El domingo 3 de marzo, con la paciencia agotada, Vansittart decidió ir a ver a Baldwin y luego a MacDonald. Mantuvo largas charlas con ambos y consiguió la aprobación para la visita de Simon a Moscú. La decisión final se tomará, muy probablemente, en la próxima sesión del Gobierno, el 6 de marzo. Pero todo ello ha supuesto una tensión extraordinaria para el marido de lady Vansittart y le ha crispado los nervios terriblemente. /.../ Le pregunté si Simon iría a Berlín solo o con Eden. Ella me respondió con un gesto de alivio: «Por suerte, con Eden. Simon puede ceder fácilmente ante la adulación, y es probable que Hitler se muestre generoso en ese aspecto. Eso podría llevarle a hacer alguna declaración descuidada en Berlín. Eden le tendrá controlado y le llevará bien recto».
5 de marzo
Vansittart y su esposa cenaron con nosotros en la embajada. Tras la cena tuve una charla con V. /.../ Le señalé el obsequioso servilismo para con Hitler que mostraban la prensa británica y algunos miembros del Gobierno, entre ellos Simon. Esa es una mala táctica, que no hace más que aumentar el apetito del Führer y volverle más implacable. Simon aún no ha cruzado la frontera alemana, pero en su charla con Laval en París, el 28 de febrero, ya ha propuesto sustituir el Pacto del Este de asistencia mutua por una serie de pactos bilaterales de no agresión entre Alemania y sus vecinos. ¿De qué servirá eso? He añadido que no podíamos hacer concesiones sobre el asunto del Pacto del Este.
/.../ Qué desgraciada coincidencia: Simon en Inglaterra y Laval en Francia. Desde nuestro punto de vista, no podría haber peores ministros de Asuntos Exteriores, ¡y en un momento tan complicado!
7 de marzo
¡Se ha tomado la decisión!
Vansittart me ha llamado hoy por teléfono y me ha dicho que el Gobierno ha decidido enviar a Eden a Moscú. Simon hará el anuncio tras la cena en el Parlamento.
/.../ Yo le he hecho algunas observaciones elogiosas sobre Eden, pero he añadido que me habían autorizado a invitar oficialmente a Simon o a Simon y a Eden. Ahora que la situación había cambiado, tendría que pedir instrucciones a Moscú otra vez. Vansittart no puso objeciones. Al final hizo una observación muy significativa: me ruega que le crea, que la decisión de enviar a Eden es lo mejor que nos podía pasar en este estado de cosas. Lo entiendo.
¡Así que va a ir Eden! ¡Muy bien! No hay duda de que es un paso histórico.
8 de marzo
Sin duda, la decisión de enviar a Eden y no a Simon es una leve forma de discriminación antisoviética por parte del Gobierno británico. /.../
Lo cierto es que para nosotros es mejor Eden que Simon, ya que Eden es una figura al alza, mientras que Simon va de baja. Eden ha sido nombrado por Baldwin, un conservador influyente, mientras que Simon en realidad no representa a nadie. Es un político criticado en su tierra, que no gusta ni a conservadores, ni a liberales, ni a laboristas. Por último, Eden adopta una actitud tolerante con respecto a la URSS, mientras que a Simon siempre lo tenemos en contra. ¡Sí, Eden es mucho mejor!
/.../ Hoy he enviado un largo telegrama a Moscú solicitando que Eden fuera recibido cortésmente. Esperaremos a ver la reacción. 14
[La idea de que un ministro visitara Moscú la sugirió Maiski por primera vez en otoño de 1934. El plan lo había trazado con Vansittart, a espaldas de Litvínov y Simon, mucho antes de que se plantearan la visita del ministro de Asuntos Exteriores a Berlín. Sin embargo, Maiski no recibió mucho apoyo de Litvínov, quien se temía que cualquier iniciativa rusa pudiera ser recibida con un desaire por los británicos o usada como una carta a su favor en las negociaciones con los alemanes.
Maiski, que tenía una gran fe en su capacidad para dar la campanada con Vansittart y Eden, no cejó en su empeño. El 11 de febrero presionó a Litvínov para que le diera las líneas de referencia para una futura reunión, que él afirmaba que había propuesto Vansittart, cuando en realidad la había sugerido él. Litvínov le dio permiso de mala gana para que comprobara cuál era la actitud de los británicos, pero se mostró muy escéptico con respecto al resultado, quejándose de que hasta los alemanes creían que los británicos «no tenían el mínimo interés en el “Locarno del Este”». Maiski no se amilanó y siguió buscando respaldo en lugares insospechados: se dirigió a Mólotov, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo y mano derecha de Stalin. Cuando salió a la luz la intención de Simon de visitar a Hitler en Berlín, Litvínov por fin cedió a la presión ejercida por Maiski y le dio vía libre para que decidiera cuándo era el mejor momento para hacer la invitación.]
9 de marzo
¡Hurra! Moscú parece ver con buenos ojos a Eden. M. M. me ha pedido que le extienda una invitación formal y sugiere que Eden venga a Moscú lo antes posible /.../ en coincidencia con el viaje de Simon a Berlín o tras las conversaciones de Berlín. /.../ He llamado a Moscú para preguntar si debería acompañar a Eden. Estaría muy bien que la respuesta fuera afirmativa.
11 de marzo
/.../ Ribbentrop se ha reunido con François-Poncet 15 en Berlín y le ha dicho algo al respecto: «Resolvamos todas las polémicas entre nosotros. Olvídese de Rusia: es una potencia asiática. ¿Por qué deberíamos dejar los europeos que tomara parte en Europa?». François-Poncet respondió que, de acuerdo con la geografía física y política, Rusia está situada en Europa.
¡Un gran ejemplo de torpeza alemana!
12 de marzo
El Foreign Office está preocupado y perplejo al no observar ninguna respuesta a la decisión de la visita de Eden en la prensa soviética. De hecho, no está bien. Tendré que presionar a Moscú. /.../ Veremos lo que consigo. Es un riesgo, pero vale la pena. /.../ M. M. sigue mostrándose escéptico ante la visita de Eden. Incluso piensa que quizá no se produzca en absoluto, o al menos no durante mucho tiempo. Por ese motivo ha pospuesto la decisión de si yo debería acompañar a Eden o no. Sus reservas tienen otro motivo: Eden no es ministro de Asuntos Exteriores. Pero aun así iré. Lo arreglaré.
13 de marzo
Seguramente como resultado de la conversación telefónica de ayer con Eden, Simon y Eden me han invitado hoy al Parlamento. He llegado a las 15.00. Hemos hablado más de cuarenta minutos. El tema de la conversación era cuándo debía producirse la visita de Eden a Moscú. Casi todo el rato hablaba Simon, poniéndose medallas y usando hábiles juegos de palabras. Eden ha hablado poco. /.../ En un momento dado, S. puso una mirada lánguida, alzó la vista al techo y de pronto preguntó: «Perdóneme que le haga esta pregunta, que quizá le parezca extraña, pero ¿se celebrará una charla entre el lord del Sello Privado y el señor Stalin?».
Yo esperaba esa pregunta y respondí con calma: «No lo sé. El señor Stalin no es miembro del Consejo de Comisarios del Pueblo y no suele reunirse con ministros de Asuntos Exteriores y diplomáticos».
Una vez más, S. intentó convencerme. Oh, naturalmente no pone la reunión con Stalin como condición indispensable para la visita de Eden a Moscú. Conoce muy bien a Litvínov y lo respeta y valora. Aun así, para el público británico Stalin es la gran figura soviética. El Gobierno británico le da una enorme importancia a la visita de Eden a Moscú, y le gustaría organizarla de modo que creara la mejor impresión posible en la opinión pública nacional. Como yo debía saber ya, no todo el mundo en Gran Bretaña aprobaba la decisión del Gobierno de enviar un ministro a la URSS; en algunos círculos influyentes la decisión ha provocado más de una mueca de desconfianza. Es importante, pues, aprovechar esta visita para provocar un cambio radical en la opinión pública. Por eso sería muy deseable que Stalin recibiera a Eden.
Prometí que haría las consultas necesarias a Moscú. /.../ En aquel momento entró a toda prisa en la sala el secretario de S. y le dijo que le esperaban en la Cámara. /.../ Eden y yo nos quedamos solos. Eden añadió, en un tono muy peculiar: «Yo debería estar siempre cerca de sir John, tanto durante los trabajos preparatorios como durante las negociaciones con Alemania».
Eso se puede entender así: el Partido Conservador se opone frontalmente a que Simon vaya a Berlín solo. El «comisario del partido» —Eden— debe acompañarlo en calidad de asistente.
14 de marzo
M. M. me llamó desde Moscú a las 13.00, tal como le había solicitado en el telegrama que envié ayer. Hablaba directamente desde el despacho del camarada Stalin. La respuesta fue la siguiente: que Eden venga a Moscú el 28 de marzo; el camarada Stalin lo recibirá; yo debía acompañar a Eden, de Berlín en adelante; Simon debería hacer una declaración pública sobre lo importantes que son las visitas a Berlín y a Moscú, ambas por igual. /.../
Estuve de vuelta en el Parlamento a las 15.00, esta vez en el despacho de Eden. Me preguntó, algo impaciente: «¿Y bien? ¿Qué noticias hay?». Le comuniqué la respuesta de Moscú. Eden se mostró muy satisfecho. Sobre la reunión con Stalin, comentó: «Usted entenderá, por supuesto, que yo insista en ello, pero no por voluntad propia. Pero para el público británico, para el hombre de la calle, esa reunión es muy importante». 16 Le emocionó profundamente saber que yo le acompañaría.
/.../ ¡Hurra! M. M. se ha mostrado comprensivo: tengo permiso para ir a Moscú con Eden, o un día antes, pero con la condición de que este se ponga en marcha pronto. No entiendo esta condición, pero lo más importante ya se ha resuelto. Aunque Eden no se ponga en marcha tan pronto, iré con él. ¡Seguro!
17 de marzo
Una fecha para la historia. Hitler ayer promulgó una nueva ley: se introduce el servicio militar obligatorio en Alemania, y su ejército alcanzará los quinientos mil efectivos.
¡Un gran paso en el camino hacia una nueva guerra mundial!
De modo que las cartas están sobre la mesa. El Tratado de Versalles ha sido roto en pedazos, con toda ceremonia y a cara descubierta. La Alemania nazi se está convirtiendo en una formidable potencia militar. Ahora su ejército superará al francés en número. La plataforma anglo-francesa del 3 de febrero ha quedado liquidada. No tiene sentido que Simon vaya a Berlín. ¿Qué puede negociar ahora, en estas circunstancias?
Las consecuencias de este último movimiento alemán serán incalculables. El intento de acercamiento franco-germano soñado por Flandin y Laval ha quedado truncado. Lo siguiente será la firma del Pacto del Este sin Alemania y quizá sin Polonia. Los franceses han vacilado y le han dado rodeos a este asunto desde el principio, pero ahora hay que poner fin a toda incertidumbre. Las noticias de la noche anuncian la próxima visita de Laval a Moscú. Muy bien. El Pacto del Este podría firmarse perfectamente en Moscú. Los ingleses, por supuesto, demorarán la cosa y jugarán en ambos campos, pero la lógica de la situación no les permitirá hacerlo durante mucho tiempo. /.../
El sello de la muerte asoma su rostro más claramente que nunca en el mundo capitalista. El cruel e idiota Tratado de Versalles, la política idiota de posguerra de Francia y Gran Bretaña para con Alemania, la conducta provocativa de Hitler, igualmente idiota... ¡El resultado es que el mundo avanza a toda prisa y más incontroladamente que nunca hacia una catástrofe militar, en cuyo seno ha nacido la revolución del proletariado!
19 de marzo
/.../ M. M. está muy enfadado —y con motivo— por la nota enviada por Inglaterra a Hitler con respecto al decreto del 16 de marzo. 17 La considera una capitulación sin reservas ante Alemania.
Yo añadiré unos cuantos detalles humillantes. La nota fue entregada por Phipps 18 (embajador británico en Berlín) hacia las cuatro de la tarde del día 18. La respuesta llegó hacia las siete el mismo día, y se envió a Londres por teléfono de inmediato. A las 21.00 se interrumpió la sesión parlamentaria (¡un hecho sin precedentes en la historia!) para comunicar a Simon la feliz noticia: ¡Al final Hitler está dispuesto a conceder a los ministros británicos una audiencia!
¡Qué vergüenza! ¡Qué degradante! Hasta ahí puede llevar el odio a la Unión Soviética...
20 de marzo
/.../ Hoy Vansittart me ha invitado a su despacho. Tenía un aire algo melancólico, incluso ligeramente abatido, como si hubiera estado enfermo el día anterior y aún no estuviera recuperado del todo. Me ha hablado de lo extremadamente importante que es mejorar las relaciones anglo-soviéticas, de lo que ha luchado él mismo por conseguirlo, y de lo contento que está con la próxima visita de Eden a Moscú. Sí, él considera la visita de Eden como un hecho histórico, y es esencial que su visita tenga grandes consecuencias históricas. /.../ Con una voz casi temblorosa, V. ha añadido: «Hemos estado trabajando juntos muchos meses en la causa del acercamiento anglo-soviético, y he llevado el asunto a su fase actual, en la que ustedes han iniciado comunicaciones directas entre ministros. Llegados a este punto, naturalmente, yo debo desaparecer de escena y dar un paso atrás...».
Yo me he quedado mirándole algo sorprendido, y mi sorpresa no ha hecho más que crecer: era evidente que estaba celoso de mis contactos con Eden o del hecho de que el proceso de acercamiento anglo-soviético iba progresando a pesar de que él desempeñaba un papel menos activo que antes...
22 de marzo
Hoy hemos tenido conversaciones a tres bandas: Eden, Vansittart y yo. /.../ Eden y Vansittart me han asegurado que no teníamos nada de que preocuparnos [con respecto a la reunión de Berlín]. Los ministros británicos no están autorizados a decidir o a acordar nada; su tarea es la de elucidar e investigar. Entienden perfectamente el papel de la seguridad en el este. Se mostrarán firmes con Hitler. Yo he pensado para mis adentros: «Ojalá sea cierto. Veamos en qué queda todo esto...».
A las 16.00 me he despedido de Eden en el aeródromo de Croydon. Conmigo estaba Kagan. Strang 19 y Hankey 20 acompañaban a Eden. La esposa de este, una mujer alta y guapa, también estaba allí. Como la mujer de Hankey. Nos han hecho fotografías en varias poses y combinaciones. /.../ Simon volverá a Londres la mañana del día 27, mientras que Eden vendrá a buscarme a la estación de ferrocarril de Berlín la noche del 26, y de ahí viajaremos a Moscú por Polonia. /.../
En el momento en que el avión de Eden se elevaba pesadamente —rugiendo, zumbando y generando furiosas ráfagas de viento— no he podido evitar pensar: «Este es el inicio de un vuelo importante que podría acabar siendo histórico... ¿Lo será?». /.../
[Maiski acompañó a Eden en el viaje en tren de Berlín a Moscú. Tras una reunión preliminar con Litvínov, Eden tuvo que acceder a ver la prodigiosa colección de impresionismo —«arte burgués»— del Museo Pushkin, cerrada al gran público. Desde allí lo llevaron a la dacha de Litvínov. Tras un paseo sobre el hielo por los bosques de los alrededores se ofreció un banquete para almorzar. La mantequilla la sirvieron con forma de escarapelas, en la base de las cuales aparecía el famoso lema de Litvínov: «La paz es indivisible». Eso provocó una ocurrencia de Strang, que cuando Maiski estaba a punto de untársela le dijo: «¡Cuidado, a ver cómo corta eso!». El último día llevaron a Eden a hacer un recorrido en la primera línea del espectacular metro subterráneo, recién inaugurada. Él no sabía, por supuesto, que había sido construida por reclusos de campos de trabajo forzado.

21. Maiski y la esposa de Eden despidiéndose del ministro, que va al encuentro de Hitler en Berlín y de Stalin en Moscú.

22. Litvínov y Chilston, embajador británico, dan la bienvenida a Eden en la estación de Moscú.

23. Eden tiene el honor de hacer el primer viaje en el nuevo metro de Moscú.
Pero el momento álgido de su visita fue, sin duda, la reunión con Stalin el 29 de marzo. Las conversaciones preliminares con Litvínov les habían dado a los rusos una imagen precisa y detallada del triste resultado de las charlas de Berlín. Efectivamente, de camino a Moscú. Eden ya había transmitido por cable a su Gobierno la impresión de que difícilmente volvería Alemania a la Sociedad de Naciones, pero su recomendación de crear un sistema de seguridad colectiva bajo el paraguas de la Sociedad cayó en saco roto. La reunión duró una hora y cuarto. Eden recurrió a adulaciones retóricas que Stalin interrumpió con bastante brusquedad. Resultó ser, tal como Eden tuvo que admitir a instancias de Litvínov, que la principal diferencia entre los puntos de vista británico y soviético era que «los primeros no creían en la agresividad de la política alemana». «En comparación, digamos, con 1913 —desafió Stalin a Eden—, ¿la situación es mejor o peor?». Eden le aseguró que era mejor; pero aquello a Stalin no le convenció. Las posturas agresivas de Japón y Alemania, sostenía Stalin, planteaban una grave amenaza de guerra que solo podía atajarse con un pacto de asistencia muderecha: Eden, Stalin, Mólotov, Maiski, Chilston y Litvínov). tua. Desde luego, a Maiski no le haría gracia la metáfora usada por Stalin para ilustrar este punto, después de quitar valor a la defensa que hacía Eden de los acuerdos bilaterales:

24. El golpe de Maiski: Eden en el despacho de Stalin en el Kremlin (de izquierda a
Piense en los seis que estamos presentes en esta sala. Suponga que firmamos un pacto de asistencia mutua y suponga que el camarada Maiski quisiera atacar a uno de nosotros, ¿qué ocurriría? Con nuestra fuerza combinada, le daríamos al camarada Maiski una buena paliza.
cam[arada] mólotov (divertido): Por eso el camarada Maiski se muestra tan comedido.
eden (riendo): Sí, ya entiendo su metáfora.
A pesar de los esfuerzos desplegados por Maiski y Litvínov, la visita no consiguió progresar en la idea de un Pacto del Este; ni tampoco alteró en gran medida los puntos de vista de Eden. Observó que Stalin era «un hombre de marcados rasgos de carácter oriental, firme, seguro y con gran control, cuyos gestos de cortesía no ocultaban en absoluto su implacable crueldad».
En sus memorias, tanto Maiski como Eden recordaban la visita a Moscú como el punto álgido de sus esfuerzos diplomáticos por dar un impulso a las relaciones anglo-soviéticas y poner los cimientos para una coalición antinazi efectiva. No obstante, está claro que Maiski había puesto demasiadas expectativas en Eden. No era el primero, ni sería el último, en quedar hechizado por la grandilocuencia de Eden, su encanto y el respeto que parecía imponer, así como su capacidad para mostrar autoridad y poder (del que carecía por completo). El «mago galés», Lloyd George, que antes había demostrado una gran fe en Eden y su arrojo, le consideraba, según Maiski, «un fiasco». Su veredicto fue duro: «¡A todos les parece un encanto, dicen que tiene muy buenas intenciones, pero dudo de que tenga la misma entereza!».
Mientras tenían lugar las negociaciones en el Kremlin, Litvínov fue informado de que los británicos habían sugerido a los franceses que no mostraran ningún compromiso tangible en su pacto de asistencia mutua (firmado con los rusos el 2 de mayo de 1935), lo que dejó la naturaleza de la asistencia militar abierta a interpretaciones. Las sospechas en Moscú fueron a más con la exclusión de la URSS de la reunión de Stresa a mediados de abril, en la que Italia, Francia y Gran Bretaña debatieron sobre las medidas necesarias para mantener controlada a Alemania. Una sesión extraordinaria del Consejo de la Sociedad de Naciones celebrada el 17 de abril de 1935 acabó con una débil denuncia de la renuncia unilateral de Alemania a sus obligaciones internacionales. Maiski no escribió en su diario hasta principios de junio.
En lugar de ir en contra de Alemania (como había previsto Maiski), los políticos de la línea dura del Foreign Office estaban consiguiendo imponerse al Gobierno y seguían haciendo concesiones a Alemania. En su discurso ante el Reichstag el 21 de mayo, Hitler rechazó las propuestas anglo-francesas de desarme y un bloque del este. Durante la reunión del Consejo General de la Sociedad de Naciones en Ginebra, Eden evitó deliberadamente a Litvínov, que se dio cuenta del éxito de la estridente y persistente campaña nazi con respecto al «peligro bolchevique».]

25. Visita a Litvínov en su modesta oficina en el Narkomindel.
5 de junio
Un vecino bastante curioso se ha mudado a la casa n.º 12a (nuestra embajada ocupa el n.º 13), el general sir Bahadur Shamsher Jung Bahadur Rana, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario nepalí, junto con su equipo. He leído en los periódicos que este tal Bahadur había llegado a Londres con una misión especial, la de otorgar al rey la orden más distinguida de su país, y que había llevado a cabo su misión con éxito y con toda solemnidad. Más tarde, absorbido por la rutina diaria, dejé de pensar en Bahadur; incluso pensaba que habría regresado a su montañoso país.
¡Luego, de pronto, resulta que Bahadur era vecino mío! Teniendo en cuenta la particular sensibilidad de los ingleses con respecto a los «asuntos indios», di instrucciones al personal de la embajada para que fueran reservados, o incluso fríos, con los vecinos, y que no entablaran amistad con ellos. No obstante, un día claro de verano el propio Bahadur me hizo una visita. Aunque nuestros edificios están uno al lado del otro, llegó en un coche (¡oh, el Oriente!). Llevaba el traje típico nacional: un gorro redondo de piel de cordero, un largo caftán negro (algo a medio camino entre una levita y un lapserdak) que le cubría el cuerpo chato y gordo, pantalones negros ajustados a las pantorrillas y unos zapatos blancos flexibles abiertos por detrás. Bahadur no se quitó el gorro negro ni siquiera al entrar. Era la hora del té de la tarde. La doncella trajo una bandeja con dos tazas, una tetera, agua caliente y el resto de ingredientes necesarios. Con un gesto cordial le invité a tomar el té conmigo... ¡Y entonces...! Entonces puso un gesto horrorizado y agitó las manos, temblorosas, como si quisiera defenderse de un mazazo. Yo me quedé mirando a mi invitado, atónito. Él dijo, con tono de disculpa: «La ley de mi país me prohíbe compartir ninguna comida con extraños».
/.../ Me quedé mirando a Bahadur, sorprendido, y le pregunté: «¿Cómo espera trabajar en Londres? Aquí la gente siempre se reúne a la hora del almuerzo, la cena o el té».
«Sí, soy consciente de ello —respondió mi invitado—. Pero no puedo hacer nada».
La doncella se fue y yo cerré la puerta tras ella. Bahadur miró alrededor con gesto precavido y dijo: «No se imagina lo duro que es para mí estar aquí en Londres. Comprendo perfectamente que aquí no puedo conseguir nada si no comparto comidas con extraños pero ¿qué puedo hacer? Es la ley de mi país. Ya me he dirigido a Su Majestad, mi soberano, con una carta explicándole estas dificultades, y estoy esperando impacientemente que él me resuelva este grave problema».
¡Los problemas que pueden darse en los tiempos de la revolución socialista y en el decimoctavo año de gobierno soviético en la URSS! Comer o no comer... ¡esa es la cuestión!
Simpaticé con Bahadur y él, algo conmovido quizá, o pensando en mi origen soviético, me dijo casi en un murmullo, echando una mirada desconfiada hacia la puerta: «Aquí, en privado, puedo hacer una pequeña excepción, pero que quede estrictamente entre nosotros...».
Tomó tímidamente una taza de té de mis manos, pero rechazó inmediatamente las pastitas que le ofrecí. Tras beberse media taza, volvió a ponerla en la mesa y me dijo, con tono de súplica: «Esto debe quedar estrictamente entre nosotros». Yo juré solemnemente mantener el secreto.
Luego la conversación se centró en otras cuestiones. Hablamos de nuestras casas, de las condiciones de vida en Londres, del tiempo, etc. Por algún motivo mi invitado estaba terriblemente interesado en saber si yo tenía una vaqueriza. Desconcertado, respondí que tenía un garaje, pero no una vaqueriza.
«Pero a mí lo que me interesa en particular es una vaqueriza», repetía Bahadur, con misteriosa insistencia.
Yo no entendía qué quería decir. ¿Por qué iba a necesitar de repente alguien una vaqueriza en Londres? Tras interrogarle con la máxima delicadeza, descubrí que Bahadur realmente necesitaba una vaqueriza. De acuerdo con las costumbres de su país y las leyes de su religión, se había traído de Nepal no solo su vestido típico, elementos de decoración y el servicio, sino también su vaca nepalí. Y el cuidado de la vaca le había causado a mi vecino no pocas dificultades. Sin un establo en casa, había tenido que alquilar un espacio separado para su amiga cuadrúpeda, y eso le había resultado extremadamente incómodo. Por eso tenía tanto interés en saber si yo tenía o no una vaqueriza.
/.../ A la esposa de Bahadur le pasó algo misterioso. Llegó casado a Londres. Su esposa enfermó y murió, pero no sé de qué. Solo sé que enfermó durante la visita de su marido a Italia, donde otorgó la máxima distinción de su país a Mussolini y al rey de Italia. Viendo que la mujer iba a morir, los sirvientes se la llevaron al campo, a un claro en el bosque, y allí murió. Aparentemente, lo hicieron porque, según las leyes hindúes, cuando alguien muere es malo que su cuerpo se encuentre entre paredes de piedra. Preocupados por su señora, los sirvientes se la llevaron de las piedras de Londres con antelación. Cuando pasé a visitar a Bahadur me lo encontré de duelo. Me recibió vestido con lo que parecía ser un pijama blanco y una chaqueta larga ligera, zapatos blancos sin talón y una gorrita blanca. Daba una imagen bastante graciosa (como si el hombre acabara de levantarse de la cama a media noche), pero resultó que era el atuendo típico nepalí para el luto.
Unos meses más tarde, Bahadur se fue de Londres y volvió con una nueva esposa, que nunca sale de casa. Ni siquiera al jardín de la embajada.
6 de junio
He ido a ver a Vansittart. Me ha recibido con cordialidad, pero parecía algo fatigado y disgustado. Más pálido de lo normal. Me hizo pasar y me informó de modo absolutamente confidencial (¡pero pidiéndome que avisara al Gobierno soviético!) que Samuel Hoare había sido nombrado ministro de Asuntos Exteriores. Él esperaba un candidato mejor, pero tampoco había ido tan mal. /.../ El temor de Vansittart era que el nombre de Hoare creara una impresión desfavorable en Moscú, y que la prensa soviética le recibiera con hostilidad. No hay que sacar conclusiones... Yo respondí que nosotros vemos la restructuración del Gobierno británico con ecuanimidad, y que juzgaremos al nuevo Foreign Office, como al resto del nuevo Gobierno, no por sus palabras, sino por sus acciones.
* * *
Esta noche se ha celebrado una cena de gala en honor de Eden. Había veintisiete invitados. El ambiente no era malo, aunque Hoare hubiera sido nombrado ministro de Asuntos Exteriores. Eden y lord Cecil 21 me han asegurado que Hoare era un defensor convencido de la seguridad colectiva y que sería un buen ministro de Exteriores. ¡Veremos!
[Vansittart ayudó a Maiski a crearse un poderoso lobby en el seno del círculo conservador. Presentándolo a Beaverbrook, 22 magnate de Fleet Street, consiguió que apareciera la primera mención favorable a Moscú en el Daily Express, que, según Maiski, hasta el momento no había publicado más que «evidentes libelos». Posteriormente, Maiski fue invitado a una cena en familia en casa de Vansittart, donde conoció a Churchill. «Le hago una recomendación muy importante con ese caballero —le escribió Beaverbrook a Maiski—. Su carácter no tiene rival en la política británica. Conozco todos sus prejuicios. Pero un hombre de carácter que dice la verdad es un gran valor para la nación». Efectivamente, Churchill le dijo a Maiski que a la vista del ascenso del nazismo, que amenazaba con reducir Inglaterra a «un juguete en manos del imperialismo alemán», estaba abandonando su tradicional oposición a la Unión Soviética, que ya no le parecía que supusiera ninguna amenaza para Inglaterra, al menos en los diez años siguientes. Compartía plenamente la idea de la seguridad colectiva como única estrategia posible para frustrar los planes de la Alemania nazi. Pero el curso de los acontecimientos iba cambiando, y con ello la tendencia de acercamiento que habían emprendido Maiski y Vansittart en 1934. El pacto franco-soviético sirvió a los alemanes de excusa para enterrar definitivamente la idea de un Pacto del Este. En esas circunstancias, el Foreign Office rechazó tanto la «política de deriva» (esperar a los acontecimientos) como la política de «envolvimiento» (la creación de una alianza militar antialemana con Francia, Rusia y la Pequeña Entente), optando en su lugar por la tercera opción: «llegar a un acuerdo con Alemania», política que determinaría la transición hacia el «apaciguamiento».]
12 de junio
Acabo de regresar de mi primer encuentro con S. Hoare. Me ha invitado siguiendo la costumbre de recibir a todos los representantes diplomáticos acreditados en Londres, pero nuestra conversación, que duró más de cuarenta minutos, ha superado con mucho los límites de la simple etiqueta. ¿Qué impresión me ha dado «mi» nuevo ministro de Asuntos Exteriores?
Primero, los detalles externos. La mesa del despacho ha cambiado de sitio: ministro nuevo, vida nueva. ¿Qué será lo siguiente? ¿Se limitará H. a la redistribución de muebles...? El tiempo lo dirá.
H. es un tipo seco, elegante y bastante bajo. Tiene rasgos angulosos, aspecto inteligente y muy vivo. Es muy cortés y atento, pero prudente. Aún debe de sentirse inseguro en su nuevo cargo, los problemas actuales no le resultan familiares, y tiene miedo sobre todo a comprometerse con nadie en ningún modo. Quiere tener las manos libres y margen de maniobra en todas las direcciones.
/.../ Le he preguntado a H. qué pensaba que podría hacerse para asegurar la paz en Europa. H. demostró que no lo sabía con un gesto y evitó responder, subrayando que solo hacía tres días que era ministro de Asuntos Exteriores. /.../ Luego empezó a «pensar en voz alta» y muy pronto me di cuenta de que mis recelos no eran infundados. Los «pensamientos» de H. se reducían a lo siguiente: los ingleses están cansados de interminables conversaciones fútiles. Quieren acción, no charla. Un pequeño éxito práctico es mejor que un montón de palabras elocuentes. La conferencia para el desarme fracasó porque se había fijado metas demasiado amplias y globales. Si hace quince años las potencias se hubieran planteado la limitación armamentística por diferentes categorías y no en términos generales, la situación actualmente sería muy diferente. Ahora el público británico quiere «que se haga algo, de algún modo, en algún lugar».
Le respondí que su teoría me parecía muy peligrosa. El desarme no se puede conseguir de forma fragmentada, y eso de «en algún lugar» podría interpretarse al estilo hitleriano: «seguridad» en Occidente y mano libre en Europa del Este. ¿Apoya H. esas ideas? ¿Piensa que la paz es divisible? H. me respondió que, por supuesto, el Gobierno británico tendría en cuenta nuestro punto de vista a la hora de desarrollar su política exterior, pero una vez más evitó mi pregunta directa. /.../
¿Cuáles son mis conclusiones?
Estoy algo alarmado. Aunque Vansittart me ha asegurado que en esencia los puntos de vista de H. coinciden con los suyos, creo que H. puede resultar más peligroso que Simon en los próximos meses. Es un novato, subestima las dificultades y tiene tendencia a experimentar. Quiere éxitos rápidos, concretos y demostrables para justificar su nombramiento a los ojos de la opinión pública inglesa. Quiere presentar sus políticas «sobrias», «concretas» y «prácticas» como oposición a las políticas «nebulosas», «vacías» y «sin contenido» de Simon. Eso es peligroso. Simon, pese a todos sus rasgos negativos, tenía algo de experiencia. Había salido escaldado más de una vez, y había recibido muchos golpes en sus intentos por afrontar los diversos problemas internacionales. /.../ Evidentemente, H. quiere experimentar en la esfera de las relaciones anglo-germanas: ¿qué saldrá de todo esto? H. aprenderá, por supuesto, pero esperemos que el precio no sea excesivo. 23
¡Tenemos que doblar la vigilancia! ¡Francia, la Pequeña Entente y la URSS deben demostrar una actividad máxima!
19 de junio
Me he enterado (debo admitir que por terceros) de algunos detalles sobre la reunión de Stalin con Laval.
Tras saludarse, L. declaró, con la clásica cortesía francesa, que estaba encantado con la reciente firma del pacto franco-soviético, que, según dijo, no iba dirigido contra ningún país en particular. S. respondió: «¿Qué quiere decir? Va claramente dirigido contra un país en particular: Alemania».
L. se quedó algo pasmado, pero al momento intentó reaccionar y, con la misma cortesía exquisita, expresó su satisfacción por la franqueza de S. Solo los amigos de verdad podían hablarse de aquella manera.
Entonces, S. le preguntó: «Acaba de venir de Polonia. ¿Qué está pasando allí?». En respuesta, L. se extendió en largas, educadas y artificiosas explicaciones sobre cómo, a pesar de que la actitud proalemana sigue muy extendida en Polonia, hay señales de mejora que con el tiempo llevarán a un cambio en la política polaca, etc. S. le interrumpió, declarando lacónicamente: «¡Por lo que yo sé, no hay ninguna señal! —Luego añadió—: Ustedes son amigos de los polacos, así que intenten convencerlos de que están jugando a un juego que les supondrá el desastre. Los alemanes los engañarán y luego harán lo que quieran con ellos. Meterán a Polonia en alguna aventura y, cuando se debilite, se harán con ella o se la repartirán con alguna otra potencia. ¿Es eso lo que necesitan los polacos?». 24 L. volvió a quedarse pasmado con aquella exposición franca y sin rodeos.
Durante su conversación, al hablar del poder y la influencia de la Iglesia católica, L. le preguntó a S. si no podía buscarse la reconciliación entre la URSS y el Papa, 25 quizá firmando un pacto con el Vaticano... S. sonrió y dijo: «¿Un pacto? ¿Un pacto con el Papa? ¡No, eso no ocurrirá! Nosotros firmamos pactos solo con quienes tienen ejércitos y, por lo que yo sé, el Papa de Roma no tiene ningún ejército».
2 de julio
Hoy el centro de atención es Abisinia. 26 Los ingleses están algo apurados. La sesión parlamentaria de ayer fue interesante. ¡El proyecto de ceder a Abisinia un pedacito minúsculo de la Somalia británica, incluido el puerto de Zeila, generó un gran alboroto en el Parlamento! ¡Hubo gritos desde los escaños cuando Hoare dijo que el Parlamento debía «confiar» en el Ejecutivo! Alguien incluso gritó: «¡Hitler!».
No sé cómo conseguirá salir el Gobierno británico de esta difícil situación, pero si la diplomacia británica no ha perdido su genio, Baldwin, basándose en la política imperialista a distancia, debería haber puesto en marcha un plan más o menos así: /.../ Gran Bretaña acuerda formar un frente unido con Francia y la URSS. Luego los tres gobiernos le comunican inmediatamente a Mussolini (ahora que aún no ha empezado la guerra en África) que si la Sociedad de Naciones declara agresora a Italia, se verán obligados a imponerle sanciones económicas. /.../ Si Gran Bretaña y Francia tuvieran la fuerza y el arrojo para poner en marcha un plan así, no solo quedaría resuelto por muchos años el problema abisinio, y no solo aumentaría considerablemente el prestigio de la Sociedad de Naciones, sino que se consolidaría el frente unido de Gran Bretaña, Francia, Italia y la URSS contra la amenaza alemana. ¿Encontrarán Gran Bretaña y Francia la fuerza y la determinación necesarias? Lo dudo. Pero el tiempo lo dirá.
9 de julio
Vansittart me pidió una reunión para «plantearme su caso». /.../ Naturalmente, defendió el tratado naval. 27 Subrayó, de pasada, que él también estaba a favor de firmarlo. ¿Los motivos? Hay dos: 1) Más vale poco que nada /.../ 2) Si el Gobierno británico, impulsado por la inevitable carrera armamentística naval, tuviera que subir los impuestos en un año o dos, habría fuertes protestas en Inglaterra, y le acusarían de haber rechazado la prometedora propuesta de Alemania solo por dar gusto a Francia. /.../
En mi opinión /.../ 1) los conservadores y los laboristas están buscando desesperadamente el voto pacifista, y el tratado naval se le puede presentar al electorado como el primer paso real de cara a recortar o limitar las armas en una esfera tan importante para Inglaterra como es la de la Marina; 2) la cada vez menor convicción en la efectividad de la seguridad colectiva y el consiguiente deseo de «aprovechar el momento» firmando ventajosos acuerdos bilaterales /.../ 3) el factor antisoviético: ¿por qué no reforzar la presencia alemana en el Báltico, por si acaso? ¿Por qué no tener maniatados a los «soviéticos» en Europa? ¿Quién sabe? ¿Quizá un día quieran extender el Manifiesto comunista a los pueblos de Occidente a punta de bayoneta?...
[Antes de iniciar unas largas vacaciones de verano en un balneario de Kislovodsk, Maiski se despidió de Samuel Hoare. Su conversación le dejó la funesta impresión de que Hoare estaba «perfectamente dispuesto a alcanzar un acuerdo con Alemania para la seguridad europea». Ya en Moscú, Maiski comprobó que el Kremlin estaba «muy inquieto» por los rumores sobre los intentos de reconciliación con Alemania de franceses y británicos. Estaba convencido de que Alemania estaba decidida a dividir Checoslovaquia y a alcanzar el Anschluss con Austria. Maiski se temía que las circunstancias estuvieran impulsando a Rusia a una posición aislacionista. Tenía la sensación de que el terreno iba moviéndose rápidamente bajo sus pies. En una carta estrictamente personal a Litvínov le expresó el temor de que le pidieran hacerse cargo de la embajada de Washington, y presentó vehementes argumentos profesionales y personales contra su traslado:
Desde el punto de vista profesional sería completamente irracional que dejara Inglaterra. Conozco bien el país, la gente, sus tradiciones y costumbres. Tengo contactos de todo tipo, que he ido acumulando durante diez años. /.../ Por lo que yo sé y puedo juzgar, he conseguido hacerme una buena posición en los círculos de Gobierno, públicos y políticos. /.../ Ahora, como plenipotenciario en Inglaterra, estoy en mi elemento /.../ y en posición de dar los máximos beneficios diplomáticos a la URSS. /.../ Desde el punto de vista personal, prefiero Inglaterra a cualquier otro país, salvo la URSS. /.../ No querría ir a Estados Unidos: nunca he sentido ninguna simpatía por ese país, la política exterior de Washington es de escaso interés, es muy provinciana y no nos promete nada de positivo para el futuro cercano.]
6 de noviembre
Tras ausentarme casi tres meses de Inglaterra, he visitado a Hoare para retomar el contacto. Hoare ha sido tan educado que casi me he sentido incómodo. Esta civilización es demasiado azucarada y formal. Te hace estar en guardia aunque no quieras...
Hablamos, por supuesto, del conflicto italo-abisinio.
Hoare empezó quejándose de los franceses: son demasiado optimistas al pensar que el conflicto se zanjará en un santiamén. Desgraciadamente, deshacer el nudo africano llevará un tiempo, a juzgar por lo que se ve. Las exigencias italianas son absolutamente inaceptables para Abisinia, igual que para la Sociedad de Naciones e Inglaterra. Lo mejor sería acabar la guerra sin ganadores ni perdedores; la paz futura sería más estable.
/.../ He informado a H. de nuestra posición. Nosotros no tenemos disputas con Italia. Las relaciones políticas y económicas entre la URSS e Italia durante los últimos diez años han sido buenas. No tenemos intereses en África. Si ahora nos manifestamos en contra de Italia es solo como miembro leal de la Sociedad de Naciones, y porque queremos darle una lección que sirva de advertencia a futuros agresores. Italia no es un agresor muy temible, pero hay candidatos más peligrosos en el mundo, en particular en Europa. Si hay que establecer un precedente adecuado es por ellos.
H. me aseguró que la posición británica es exactamente la misma. Inglaterra no tiene ningún interés en el conflicto. Se mueve —afirmó— puramente por lealtad a la Sociedad de Naciones y por el deseo de advertir a un potencial agresor más peligroso que pudiera aparecer en tres, cinco o diez años (H., como yo, no considera a Italia un agresor temible). H. formuló su planteamiento de forma que quedaba claro que tenía en mente a Alemania.
15 de noviembre
Anoche los cinco (Agniya, yo, los Kagan y Mironov) estuvimos sentados en el Royal Automobile Club escuchando en la radio la transmisión de los resultados electorales hasta las 2.00. Caminamos un buen rato por calles que estaban insólitamente tranquilas para ser noche de elecciones. Hoy hemos sabido los resultados aproximados de las votaciones de ayer. Bueno, los resultados no son malos, aunque no son lo que yo me esperaba. /.../ El Gobierno Nacional tendrá que llevar a cabo una política más cuidadosa con respecto a la URSS y tendrá que subrayar su lealtad a la Sociedad de Naciones. Será más difícil que se implique en cualquier intriga antisoviética. Las posibilidades de mejorar las relaciones anglo-soviéticas aumentan. ¡Esperemos que los laboristas no lo estropeen todo con su absurda germanofilia! Ya veremos. 28
14 de diciembre
La situación es cada vez más misteriosa.
El 11 de septiembre, Hoare dio su famoso discurso en Ginebra en el que afirmó con decisión que a partir de ahora la política exterior británica sería la política de la Sociedad de Naciones. Su discurso fue recibido aquí y en el extranjero como una gran —casi histórica— piedra de toque en la esfera de la política internacional. Los dos meses siguientes, Baldwin, Hoare, Eden y el resto de miembros del Gobierno británico declararon, subrayaron y proclamaron su lealtad a la promesa hecha el 11 de septiembre.
/.../ Yo había supuesto que la lealtad a la Sociedad de Naciones seguía siendo de gran interés para el Gobierno británico. ¡Y, de pronto, aparece en París el «plan de paz» Hoare-Laval! 29 ¡Un plan que supone la más descarada, la más imprudente traición de los principios de la Sociedad de Naciones! ¿Y cuándo? ¡Tres semanas después de las elecciones! ¿Y en qué momento preciso? ¡En el momento del manifiesto fracaso del ejército italiano en Abisinia y de los crecientes problemas de Mussolini en su país!
¡Esto no hay quien lo entienda! ¿A qué responde? ¿De quién es la culpa?
Conociendo las costumbres políticas y diplomáticas de este lugar, puedo imaginarme fácilmente la siguiente sucesión de acontecimientos... Tras las elecciones contactaron con Laval; /.../ la poción se iba cociendo en la cocina infernal de los imperialistas. Cuando Hoare se fue a Suiza «de vacaciones», le dieron solo instrucciones generales: haz lo que puedas para poner fin al conflicto lo antes posible, aunque sea «corrigiendo» las fronteras abisinias y ofreciéndole a Italia algún privilegio económico sobre el imperio del Negus 30 (¡después de todo, algo hay que darle a Mussolini!). Hoare llegó a París. Laval le presionó, dejando claro que Inglaterra no podía contar con Francia en un conflicto armado contra Italia. Rechazó categóricamente dar apoyo a las sanciones petroleras... ¿Qué iba a hacer? Hoare sintió un arrebato imperialista (algo muy natural en él) y decidió demostrar que no era Simon ni nada parecido, alguien capaz solo de parlotear. Podía ser el Alejandro Magno de la política exterior británica.
/.../ Mientras tanto, ha estallado una verdadera crisis política en Inglaterra. Los periódicos de hoy informan de que Hoare vuelve a casa a toda prisa y que hablará en la Cámara el 19 de diciembre. Hoare se ha roto la nariz patinando en Inglaterra, por lo que no saldrá de casa en unos días. ¡Qué simbólico! Sí, Hoare se ha dado de morros políticamente, además de físicamente. ¿Sacarán el Gobierno y él mismo las debidas conclusiones? ¿Dimitirá Hoare? Veremos. A decir verdad, lo dudo.
1936
20 de enero
He almorzado con Wickham Steed. 1 /.../ Hemos hablado de la enfermedad del rey, y Steed me ha contado algunos detalles interesantes sobre Jorge V y sus predecesores. /.../ Del rey Eduardo VII: Steed una vez estuvo entre el séquito real en Karlsbad, donde había ido el monarca para una cura. Eduardo tenía que enviar un telegrama de felicitación a los Boy Scouts de Inglaterra. El secretario del rey le pidió a Steed si podía escribir el borrador. Steed lo hizo. Al día siguiente el secretario informó a Steed, disculpándose: «Nada que hacer, me temo. El rey ha leído su borrador y ha dicho que: estas no son las palabras de un rey-padre a sus hijos, sino un editorial de The Times. No me sirve». Eduardo escribió el telegrama personalmente; según Steed, era mucho mejor que el que había escrito él.
El rey Jorge también ha escrito la mayoría de sus discursos a la nación. Hace unos años, cuando Steed aún trabajaba en The Times, el secretario del monarca le pidió que le enviara a alguien para redactar sus discursos. Steed envió a un periodista brillante. Un mes más tarde el periodista fue a verle de nuevo, decepcionado, y dijo: «No me necesitan en absoluto. Cada vez que escribo un borrador, el rey lo reescribe entero y apenas deja ni una de mis frases. He dejado mi puesto en el palacio». Steed afirma que en 1928, poco antes de su enfermedad, el rey estaba muy deprimido. Tenía la impresión de no estar cumpliendo con sus deberes y que iba perdiendo la autoridad y el respeto de sus súbditos. Incluso se planteó la abdicación. Baldwin, que era primer ministro en aquella época, intentó tranquilizar al rey y se opuso firmemente a la abdicación. En diciembre de 1928, Jorge enfermó gravemente. La simpatía general mostrada por el público durante su enfermedad le impresionó profundamente. Se tranquilizó, y decidió que el imperio lo necesitaba; se hizo evidente su voluntad de vivir. Ese estado psicológico facilitó en gran medida la recuperación del rey, casi milagrosa, hace siete años. «Quizá esas mismas ganas de vivir salven de nuevo al rey —concluyó Steed—. Quién sabe...».
21 de enero
El rey Jorge V murió ayer.
Ya corrían rumores sobre su enfermedad en Navidad. Fueron desmentidos de manera oficial. El rey incluso emitió su mensaje navideño al imperio y muchos, entre ellos Bernard Shaw, felicitaron públicamente al monarca por su habilidad como orador en la radio. Todos los rumores se desvanecieron, y hasta la noche del 17 de enero no se emitió un informe médico sobre el estado de salud del rey, que informaba de que el debilitamiento de su actividad cardíaca «genera inquietud». Era un síntoma muy grave y una advertencia muy seria. Las cosas fueron de mal en peor. Llevaron a Sandringham a un cardiólogo de gran reputación, empezaron a emitirse informes más a menudo, con un contenido cada vez más inquietante. El domingo 19 de enero notifiqué por telegrama a Moscú la posibilidad de que el rey muriera y solicité que en ese caso Kalinin 2 enviara telegramas de condolencias a la reina y a la familia real, y que Mólotov hiciera lo propio con Baldwin. El 20 de enero Agniya y yo fuimos al cine. Al salir del cine, hacia las 23.00, vimos en los carteles de los periódicos: «El rey se muere». Cuando llegamos a casa encendimos la radio y escuchamos. Había un informe cada cuarto de hora. Los Kagan vinieron a escuchar con nosotros. A las 00.15 el locutor dijo, emocionado: «Con infinito dolor...». Estaba claro. El rey había muerto a las 23.55 del 20 de enero.
Despertamos a Falin (nuestro chófer) 3 y /.../ fuimos a la ciudad para ver qué estaba pasando. El tráfico estaba insólitamente cargado. Había una larga cola negra cerca del Palacio de Buckingham, que iba avanzando lentamente y entrando por la verja, donde colgaba un cartel que notificaba la muerte del rey. La plaza frente al palacio y las calles adyacentes estaban atestadas de coches. Un gran cuerpo policial hacía esfuerzos por mantener el orden. Había un silencio contenido, cargado, pero no había llantos ni histeria, o quizá quedaban ocultos tras la oscuridad. Tomamos Fleet Street, que estaba muy animada. Los vendedores de periódicos, cargados con enormes pilas de diarios recién impresos, corrían en todas las direcciones, gritando: «¡El rey ha muerto!». Los transeúntes los paraban y se apresuraban a comprar periódicos que aún olían a tinta. Nosotros también compramos varios. Era el número del día siguiente de los principales periódicos (Daily Herald, Daily Express, Daily Mail y otros) y estaban dedicados prácticamente en su totalidad a la muerte del rey. Ya llevaban editoriales sobre el asunto, largos repasos a su reinado, perfiles de Jorge V como monarca y como hombre, y comentarios de bienvenida al nuevo rey, Eduardo VIII. Eché un vistazo al reloj: aún no era la 1.00. El corazón del rey había dejado de latir apenas una hora antes. ¡Los periódicos de Londres trabajan rápido! No hay duda de que los editoriales, los reportajes y los mensajes al nuevo rey han sido escritos antes, y que las rotativas esperaban simplemente la señal para sacar millones de copias a la luz, pero aun así...
He enviado un telegrama a Moscú sugiriendo que Litvínov, que está cerca, en Ginebra, asista al funeral del rey Jorge. ¿Accederán? Veremos. Deberían, o parecerá una demostración deliberada de frialdad por nuestra parte, lo cual no sería en absoluto deseable en este momento.
[La primera vez que Maiski se encontró con el rey Jorge, en noviembre de 1932, le asombró el parecido del monarca con su primo, el zar Nicolás II. 4 «Pensé que me miraría como a un /.../ asesino —confesó—, pero fue muy diferente de lo que me esperaba». A Maiski no le gustaba que se hiciera aquel tipo de insinuaciones. «Al fin y al cabo, si nosotros somos regicidas —le dijo a lady Vansittart—, si matamos al zar Nicolás, ustedes mataron al rey Carlos y los franceses mandaron a Luis XVI a la guillotina». «Sí —replicó lady Vansittart—, pero eso fue hace más de dos siglos, y ustedes mataron a toda la familia real». Tal como lo recordaba Maiski, ella añadió, con la típica reacción inglesa: «¡Si hasta mataron a su perro!». Lady Vansittart, tan observadora como siempre, vio lágrimas en los ojos de Maiski al pasar tras el ataúd del primo del zar.]

26. Maiski da la bienvenida a Litvínov a la embajada soviética en Londres.
26 de enero
M. M. [Litvínov] acaba de llegar. He ido a Dover a buscarlo.
Además de mi telegrama del 21 de enero, al que acompañó otro el día siguiente, M. M. envió uno él mismo, aconsejando a Moscú que mandaran una delegación especial al funeral, compuesta por él y alguna personalidad destacada del Ejército Rojo. Hemos tenido la misma idea...
Agniya está muy ocupada con la corona que pondremos sobre el ataúd del rey. Es una corona muy fina: con lirios blancos y lirios del valle, y orquídeas rojas en el centro. La cinta, negra y roja, lleva la inscripción. «Del Comité Ejecutivo Central de la URSS». Los periódicos han destacado la belleza de la corona y el hecho de que vayamos a ofrecerla. /.../
28 de enero
Hoy por fin se ha celebrado el funeral del rey. Ha sido de lo más solemne e imponente, pero no haré una descripción detallada de la ceremonia, que se puede encontrar en los periódicos. Querría escribir otra cosa, que no se ha mencionado en la prensa y probablemente no se mencione nunca.
¡Los últimos ocho días ha habido aquí un gran jaleo!
El rey murió la noche del 20 de enero. Yo esperaba que el Foreign Office y el decano del cuerpo diplomático informaran a todos los diplomáticos la mañana siguiente sobre qué hacer. ¡Nada de eso! Nadie nos ha dicho nada. /.../ Luego estaba la cuestión de la bandera de la embajada: ¿cuánto tiempo debíamos mantenerla a media asta? Una vez más, ni el Foreign Office ni el decano nos han sabido dar una respuesta exacta. Decidí mantenerla así hasta el día del funeral, y ha resultado ser lo correcto; los otros diplomáticos han hecho lo mismo. El 23 de enero llevaron el cuerpo del rey de Sandringham a Londres y colocaron el ataúd en el Westminster Hall, en el Parlamento. Cientos de miles de personas han pasado por allí. ¿Deberían tomar parte en la procesión también los diplomáticos? Ni el Foreign Office ni el decano lo sabían.
/.../ Hemos llegado a Windsor a las 12.05. El funeral debía empezar a las 13.15, por lo que quedaba una hora de espera. ¿Por qué? ¿Para qué? Desde la estación hemos caminado directamente hasta la capilla de San Jorge, nos hemos sentado en los bancos ante el altar y hemos esperado. Hacía frío y era incómodo. Las señoras se han sentado encogidas, tiritando, envueltas en sus abrigos y capas. Hemos hablado entre susurros con nuestros vecinos /.../ El órgano sonaba, y de vez en cuando aparecían unas figuras femeninas oscuras con largos velos, e iban ocupando sus asientos en los bancos. Como espectros del otro mundo. Ha resultado tedioso. El tiempo pasaba insoportablemente lento. He examinado los rostros que tenía delante, de los miembros del Gobierno y sus respectivas esposas. Estaban Baldwin, Simon, Halifax, Duff Cooper, 5 Elliot, Stanley 6 y otros. Eden estaba sentado en algún lugar por detrás de mí, y no podía verle. El reloj dio las 13.00, luego 13.15. El ataúd no llegaba. Las 13.30, las 13.34... Seguía sin llegar. ¿Qué pasaba? Empezamos a sentirnos intranquilos. Al cabo de un buen rato, hacia las dos en punto, se oyó el sonoro caminar de miles de personas, el ruido de las trompetas y las órdenes de mando, y por fin entró en la capilla el ataúd del rey, cubierto de un terciopelo violeta. ¿Por qué el retraso? Resultó que de camino a Paddington la multitud había atravesado el cordón policial y había llenado las calles y las plazas. Tardaron unos cuarenta minutos en despejar el camino. /.../
Colocaron el ataúd en un pedestal frente al altar. La realeza ocupó sus puestos tras el ataúd, y después de ellos, los militares, el personal de la corte y muchos otros. Las últimas oraciones, las palabras de despedida, y se acabó. Empezaron a bajar lentamente el pedestal. El ataúd se hundió cada vez más en la cripta. Ahora ya estaba al fondo. La reina (a la que podía ver claramente desde mi sitio) se estremeció y se encogió, pero mantuvo la compostura. Ni una lágrima. Pero la duquesa de Athlone 7 lloraba sin ocultarlo. El nuevo rey lanzó tres puñados de tierra a la cripta abierta, tres veces. Luego la familia real inició una lenta procesión junto a la cripta. Los diplomáticos y el Gobierno no los siguieron; dieron media vuelta y salieron por otra puerta. El diplomático español vino a mi encuentro y me preguntó: «¿Me puede decir por qué nos han tenido pasando ese frío dos horas?». Exactamente lo mismo que pensaba yo.
Luego hemos vuelto a la estación de tren. Ha salido un tren, luego otro, luego un tercero... Tras cuarenta minutos de espera hemos subido al tren diplomático, en el que nos habían prometido un almuerzo (para entonces todos teníamos hambre). Pero el «almuerzo» ha consistido únicamente en té y sándwiches. Hemos llegado a Londres a las 16.00 y a casa, media hora más tarde.

27. Duelo por la muerte del rey Jorge V, primo del zar Nicolás II.
¡Qué jaleo y qué confusión! Estoy seguro de que los alemanes, en una situación similar, habrían organizado todo infinitamente mejor. Hasta nosotros, en Moscú, probablemente habríamos evitado muchas de las gaffes cometidas por los ingleses...
29 de enero
Día de citas y reuniones.
Ayer por la tarde, Eden nos invitó a Litvínov, a Agniya y a mí para que hoy fuéramos a almorzar con él a las 13.30. Esta mañana el mariscal del cuerpo diplomático (sir Sidney Clive) 8 me ha informado de que el rey le concedía a Litvínov una audiencia privada a las 14.30. Luego ha llamado el secretario de Baldwin para decirnos que el primer ministro esperaba a Litvínov a las 15.30. He tenido que llamar a Eden y pedirle que cambiara la hora del almuerzo a la una.
Hemos almorzado en el apartamento privado de Eden. Era mi primera visita a su casa. Nada especial o espléndido. Una casa inglesa de clase media como cualquier otra, bastante fría, con muebles de segunda mano y un leve aire bohemio. En el suelo del estudio había un montón de discos para gramófono: valses, foxtrots y polcas. En las paredes, unos cuantos cuadros de calidad, y un par de grabados de Vigeland 9 en el comedor. Hemos llegado algo pronto: Eden aún estaba en una reunión del Gabinete, y su señora estaba atareada. Eden llegó con Duff Cooper, el ministro de Guerra. Nos sentamos en un pequeño comedor de la planta baja, en una mesa en la que no cabrían más de diez personas. Por algún motivo me he encontrado a la derecha de la señora de la casa, y Litvínov, a su izquierda. La esposa de Duff Cooper, una señora excepcionalmente bella e impresionante, se ha presentado media hora tarde. No ha habido conversaciones serias. /.../ Al marcharnos, hemos quedado con Duff Cooper para almorzar un día en la embajada, donde podrá conocer a Tujachevski. 10 Al despedirse desde la escalera, Eden le ha dicho a Litvínov: «Si quiere que hablemos, estoy a su disposición».
Litvínov se ha dirigido directamente al palacio, mientras que Agniya y yo nos hemos ido a casa. La recepción ofrecida por el rey ha sido muy cortés y amistosa. /.../ Han hablado cincuenta minutos, en lugar de los quince o veinte habituales, por voluntad del monarca. La conversación ha tocado muchos temas. Eduardo pasaba de uno al otro, haciendo preguntas y esperando a que Litvínov se las respondiera. Algunas eran muy delicadas. Por ejemplo, Eduardo ha preguntado por qué y en qué circunstancias mataron a Nicolás II. ¿No sería porque los revolucionarios se temían que retomara el poder? /.../ Luego ha mencionado a Trotski 11 y ha preguntado por qué había sido deportado de la URSS. M. M. le ha dado una vez más la explicación solicitada, insistiendo en el debate sobre la posibilidad o no de implantar el socialismo en un país. El rey le ha escuchado atentamente y luego ha dicho, como si nada: «Así que Trotski es un comunista internacional, mientras que ustedes son comunistas nacionales». En la esfera internacional, al monarca le interesaban nuestras relaciones con Alemania y Polonia. M. M. le ha dicho que queríamos mantener buenas relaciones con ambos países y que trabajamos en esa dirección, aunque desgraciadamente hasta ahora no hemos tenido mucho éxito. La política de la URSS es una política de paz. «Sí —ha respondido Eduardo—. Todas las naciones quieren la paz, nadie quiere la guerra». En el transcurso de la conversación también ha señalado: «Alemania e Italia no tienen nada en absoluto. Están insatisfechas. Habría que hacer algo para mejorar su situación en cuanto a materias primas, comercio, etc.». /.../ En referencia a la Sociedad de Naciones, Eduardo tenía algunas dudas: temía que la propia acción de la Sociedad pudiera extender la guerra por toda Europa. Se notaba que Eduardo lamentaba el fracaso del Plan Hoare-Laval.
/.../ En general, el rey le ha dado a M. M. la impresión de ser un hombre muy animado, e interesado en los asuntos del mundo.
Tras su charla con el rey, Litvínov ha ido a ver a Baldwin. Han tenido una conversación breve, de quince o veinte minutos, y bastante trivial. Litvínov luego la ha calificado de charla inocente. Baldwin le ha dicho a M. M. /.../ que había estudiado ruso al principio de la guerra, que le gustaba la literatura rusa. /.../ Por la noche hemos ido al cine. Mala idea. Hemos visto Sombrero de copa, 12 una comedia muy tonta que a M. M. no le ha gustado. Después del cine hemos cenado en Scotts, un restaurante abierto desde la década de 1850.
30 de enero
/.../ Antes de la llegada de Litvínov a Londres, le insinué a Vansittart que quizá estuviera bien que se viera con él en privado. Le propuse un almuerzo en la embajada. V. declinó mi oferta e insistió en almorzar en su casa. No puse objeciones. /.../ El almuerzo ha sido como un asunto familiar. /.../ Toda la conversación ha estado dominada por el espectro de Hitler. Hablando del peligro alemán y de cómo frenarlo /.../ he mencionado mi reciente conversación con Austen Chamberlain y su idea de que solo se puede mantener la paz con «una Sociedad de Naciones fuerte», y que esta solo puede ser fuerte si las grandes potencias —Gran Bretaña, Francia y la URSS— mantienen una política uniforme y trabajan en estrecha colaboración. /.../ «Suscribo enteramente la propuesta de Chamberlain», ha comentado M. M.
/.../ A las 17.30, M. M. ha ido al Foreign Office a hablar con Eden. /.../ Su impresión general tras la reunión es la siguiente: Eden estaba bastante satisfecho con la línea política planteada por M. M., pero no quería sacar ninguna conclusión concreta de la valoración de la situación, en la que estaban de acuerdo.
[Si Maiski esperaba ganarse a Eden con su visita a Moscú, quedaría decepcionado. «No me da ninguna lástima el señor Maiski —señaló Eden—. La próxima vez que M. Maiski tenga quejas, espero que le digan que nuestra buena voluntad depende del comportamiento de su Gobierno; es decir, de que no meta baza en nuestra política interior. Últimamente he sido testigo de las consecuencias que eso tiene. /.../ No quiero nada más con los moscovitas como él».
El nombramiento de Eden como ministro de Asuntos Exteriores pondría a prueba las expectativas de Maiski, en particular con la rápida adopción de la «política de apaciguamiento» por parte de los británicos. El 6 de enero Maiski tuvo una breve charla con Eden, parte de la ronda de reuniones de presentación con los embajadores extranjeros. Al informar a su Gobierno, Maiski subrayó el compromiso de Eden con la posición que había tomado en Moscú y su fidelidad al Pacto del Este. La imagen que se desprende de los registros británicos es muy diferente, y muestra lo desesperado que estaba Maiski por dar un impulso a sus relaciones. No le ocultó a Eden que «sería una pena, para él personalmente, /.../ y una desgracia para Europa» si dejaran pasar aquella oportunidad. Eden, no obstante, informó a sus trabajadores del Foreign Office que «aunque quiero tener buenas relaciones con el oso, tampoco quiero acercarme tanto como para abrazarlo. No confío en él, y estoy seguro de que en su corazón hay odio por todo lo que representamos».
Cada vez se hacía más evidente que la seguridad personal de Maiski estaba vinculada al éxito de la seguridad colectiva. No podía permitirse la pasividad. El 11 de febrero pasó a la ofensiva, y se presentó ante Eden para hacer un largo repaso del panorama internacional. Muy a pesar suyo, se encontró con que este estaba decidido a no adquirir ningún compromiso más con respecto a Europa central y sudoriental, ya que esperaba que fuera Francia quien hiciera «el trabajo sucio». Si Maiski albergaba esperanzas de detener la deriva hacia el apaciguamiento, desaparecieron cuando Eden advirtió, siguiendo la línea de actuación del Foreign Office: «Hay que tener cuidado con el señor Maiski, que es un propagandista infatigable». El momento de la verdad llegó el 7 de marzo, cuando Hitler abrogó el Tratado de Locarno y avanzó en la desmilitarizada Renania, justificando la acción con la supuesta incompatibilidad del Tratado de Locarno y el pacto franco-soviético, ratificado el 27 de febrero. Baldwin admitió en el Gobierno que, con la ayuda soviética, Francia posiblemente podría derrotar a Alemania, pero se temía que eso desembocaría en la bolchevización de Alemania. Tampoco se le partiría el corazón, dijo, si Hitler se dirigiera hacia el este.]
8 de marzo
No me gusta la respuesta británica al coup de Hitler en Renania. Es asombroso lo que dice hoy la prensa del domingo. En el Observer, Garvin regaña levemente a Hitler por sus malos modos, pero luego insiste en la necesidad de prestar atención a las «brillantes y oportunas propuestas del Führer» y de hacerlo «con simpatía y buena voluntad». /.../ No he visto a ningún personaje influyente con quien hablar de esto (¡es fin de semana!), pero percibo un nuevo giro muy peligroso de la política británica hacia la germanofilia. /.../
9 de marzo
No he podido ver a Eden, que salía en avión hacia Francia a las cuatro, así que he hablado con su subsecretario, Cranborne. 13 ¿El ánimo de los ingleses? El de negociar, por supuesto. Es evidente que es una enfermedad nacional inglesa: negociaciones, negociaciones, negociaciones... Así que el Gobierno británico está dispuesto a iniciar la exploración (¡qué bonita palabra!) /.../
10 de marzo
Han llegado las directrices de M. M. Coinciden del todo con lo que le dije ayer a Cranborne. M. M. sostiene que la postura británica supone una recompensa para el agresor, la ruptura del sistema de seguridad colectiva y el fin de la Sociedad de Naciones. Hablar con Hitler el día después de su declaración acarreará unas consecuencias más perjudiciales que las del Plan Hoare-Laval. Se perderá para siempre la confianza en Gran Bretaña. La Sociedad de Naciones perderá su importancia como instrumento de paz. La URSS está dispuesta a apoyar cualquier acción que se adopte de forma colectiva en la Sociedad. ¡Muy bien...!
/.../ Eden y Halifax han invitado a representantes de las potencias de Locarno a Londres el 12 de marzo y, el día 14, a todo el Consejo de la Sociedad de Naciones. Así que muy pronto veré a M. M. aquí, en Londres. Salió de Moscú ayer.
3 de abril
¡Un nuevo memorando de Hitler, traído por Ribbentrop desde Berlín! La respuesta británica es algo mejor. /.../ Casi toda la prensa está a favor de la negociación, pero con un espíritu mucho más tranquilo que antes. /.../ Está claro que Eden está ganando tiempo. Hoy mismo le ha dicho a Ribbentrop que las propuestas de Hitler requerían un período de «deliberación tranquila».
/.../ Personalmente opino que el aislamiento temporal de Alemania es un requisito mínimo, al igual que la elaboración de un «plan de paz» (sea en el seno de la Sociedad de Naciones o fuera de ella) para todo el continente por parte de las otras potencias europeas. Luego se le puede plantear a Hitler. En Moscú piensan igual.
8 de abril
Agniya y yo hemos almorzado con los Vansittart. Pensaba que podría charlar con V. sobre la situación actual, pero parece que quiere evitarlo. /.../ V. está de mal humor. Da la impresión de que no se reconoce a sí mismo. /.../ Cree que es imposible evitar las negociaciones: la opinión pública británica no comprendería que se negaran a hablar. Las negociaciones deberían usarse para poner a Hitler en evidencia. Ese es el modo más fácil de educar a la opinión pública.
/.../ Mañana nos vamos a Francia diez días: Pascua. Es hora de sacudirse las telarañas.
[En una carta estrictamente personal del 24 de abril, Maiski apremiaba a Litvínov a que tomara la iniciativa en la conciliación europea, corrigiendo lo que reconocía como agravios justificados de Alemania. «Si no queremos debilitar gravemente nuestra autoridad y nuestra influencia entre los elementos democráticos de Europa —sugería inter alia—, además de ofrecer la crítica más severa posible a los métodos de política exterior de Hitler deberíamos promover /.../ nuestro propio “plan de paz”, bajo cuyos auspicios podamos iniciar la movilización de los elementos democráticos y pacifistas del este y del oeste». «A mí me parece —le escribió a Bernard Shaw— que el mayor pecado de los estadistas modernos es la indecisión y la ambigüedad de pensamiento y de acción. Esa es la debilidad que puede conducirnos en breve a la guerra. ¡Por suerte, Stalin está ampliamente dotado de las cualidades opuestas!».
Paradójicamente, los únicos que le reconfortaban eran los paladines del Imperio británico, Beaverbrook y Churchill. Maiski invitó a Churchill a un «almuerzo à deux», y observó que compartía el punto de vista soviético de que la paz era «indivisible» y de que el peligro alemán era inmediato. «Seríamos unos idiotas redomados —le dijo Churchill— si ahora le negáramos la ayuda a la Unión Soviética por el hipotético peligro que pueda suponer el socialismo para nuestros hijos y nietos».]
3 de mayo
Ayer el Negus abisinio abandonó la capital. /.../ Piensa irse a Palestina. /.../ La guerra ha acabado, Abisinia ha sido conquistada, Mussolini triunfa. También es el primer clavo en el ataúd de la Sociedad de Naciones; y Europa se encuentra en la encrucijada. ¡Ya se huele a pólvora! ¡Se acerca una terrible tormenta a toda velocidad!
Me he pasado toda la mañana en el jardín pensando cómo y cuándo construir un refugio antigás bajo la embajada. Muy pronto lo necesitaremos. Tendré que pedir financiación especial e instrucciones al comisariado.
10 de mayo
El 5 de mayo le presenté mis credenciales al nuevo rey. La ceremonia se simplificó y se ejecutó de acuerdo con los precedentes /.../ y, sin duda, con el precedente instaurado por el difunto Jorge V. No me enviaron ningún coche oficial, ni me acompañó mi «séquito»: simplemente me presenté en palacio en mi propio coche. Todos los jefes de misión se congregaron en la Bow Room y, por orden de antigüedad, presentaron sus credenciales al rey, que estaba en la sala contigua. Las puertas estaban abiertas y los que esperaban su turno podían oír fragmentos de la conversación del monarca con el jefe de misión que estaba presentando sus credenciales.
/.../ Entré en la sala y le entregué el sobre con mis credenciales a Eden, que estaba de pie a un lado y que lo situó sobre una pila de paquetes similares ya colocados en una cestita. Mientras tanto, Eduardo me estrechó la mano y empezó a hacerme preguntas acordes con la ocasión. /.../ Al final, el rey dijo: «En enero tuve una larga e interesante conversación con el señor Litvínov». Respondí que había sabido de la conversación y que el señor Litvínov estaba encantado con su reunión con el rey. Eso fue todo. Me pareció que el monarca se mostraba más frío conmigo que durante nuestras reuniones anteriores, cuando aún era príncipe de Gales. ¿Por qué? ¿Sería a causa del emborronamiento general de la política exterior británica? ¿O producto de la creciente germanofilia que se le atribuía a Eduardo? ¿O quizá me equivoque y los modos del rey no reflejen una frialdad especial?
Al salir del palacio me encontré con Monck, jefe de protocolo del Foreign Office, y le dije que le presentaría a los nuevos miembros de mi cuerpo diplomático al rey en la próxima recepción.
«¡Por supuesto!», respondió Monck.
«Pero ya sabe —añadí— que uno de los nuevos miembros es una mujer: la subencargada de comercio, Mosina».
La expresión del rostro de Monck cambió. Intentando esconder su apuro con una carcajada, exclamó: «¡Oh, ese es un asunto muy diferente!».
Vaciló un momento y luego prosiguió: «Quizá sería mejor presentar a la dama no en la recepción, sino en la fiesta de verano en el jardín? ¿Qué le parece?» /.../
Esa conversación /.../ me recordó la historia de Kolontái 14 sobre la conmoción que había causado su nombramiento en la corte sueca y sobre el protocolo. /.../ La presentación de credenciales tiene lugar por la mañana. Los embajadores que no tienen uniforme suelen llevar frac, es decir, traje de tarde. ¿Cómo debía vestirse ella? ¿Con un vestido de noche? El jefe de protocolo estaba asustado. Entonces A. M. tomó la responsabilidad y anunció: «Llevaré un vestido negro de manga larga con el cuello blanco de encaje». El jefe de protocolo frunció el ceño pero dio su consentimiento.
Es más, según la etiqueta sueca nadie puede presentarse ante el rey con la cabeza cubierta. Los hombres presentan sus credenciales con la cabeza descubierta. ¿Qué debía hacer A. M.? Ella es una dama, y las damas llevan sombrero durante el día. Aquello provocó una discusión encendida y prolongada. A. M. estaba a favor del sombrero, y el jefe de protocolo, en contra. Por fin el pobre jefe de protocolo preguntó, agotado: «¿Qué tipo de sombrero tiene?». A. M. dijo: «Uno negro, pequeño y sin alas». El jefe de protocolo levantó las manos y exclamó: «¡De acuerdo, de acuerdo! Un pequeño sombrero negro sin alas. ¡Pero que sea muy pequeño, por favor!». De modo que también se llegó a un acuerdo en este asunto de importancia mundial.
/.../ Un «problema» más. Tras la presentación de credenciales, el rey conversa con el diplomático. Ambos deben estar de pie. Pero en la sociedad sueca, cuando un hombre conversa con una dama, le ofrece asiento. ¿Qué debían hacer en el caso de A. M.? Ante la insistencia del jefe de protocolo, se decidió que A. M. conversaría de pie, como un diplomático varón.
A la hora del evento, nada salió como lo habían planeado. Cuando A. M. apareció en el umbral con sus credenciales, el rey, evidentemente azorado, dio un par de pasos vacilantes en su dirección. Se encontraron a medio camino. Tras presentarle las credenciales e iniciar la conversación, el monarca volvió a vacilar y dijo, algo confundido: «Ahora, según creo, debería ofrecerle asiento». A. M. se sentó y el rey se sentó a su lado, y desde sus sillones siguieron el resto de la conversación. /.../ De modo que el caballero se impuso al hombre de la corte...
26 de mayo
J. Cummings 15 me ha hablado de su conversación con Churchill. Este último está rabiando por la debilidad y la indecisión del Gobierno, y le echa la culpa a Baldwin. Cummings le preguntó cuándo se retiraría Baldwin, y Churchill exclamó, irritado: «¡No se retirará nunca por voluntad propia! Quiere quedarse no solo hasta la coronación, sino también después, si puede. A Baldwin hay que echarlo: es el único modo de librarse de él». Luego añadió: «Baldwin me recuerda a un hombre agarrado a la cesta de un globo que se eleva. Si se suelta mientras el globo está a solo cinco o seis metros del suelo, caerá pero no se romperá los huesos. Cuanto más tiempo pase agarrado, más seguro es que morirá cuando, inevitablemente, caiga».
Con buenas palabras, al estilo de Churchill. Me recordó que, hace unos tres meses, Churchill respondió a la pregunta de un colega sobre si Baldwin había retrasado el nombramiento de un ministro de Defensa con la siguiente ocurrencia devastadora: «Bueno, es que Baldwin busca un hombre que sea peor aún que él como ministro de Defensa, y no es fácil encontrarlo». /.../
28 de mayo
Ayer sir Edward Grigg 16 y el general Spears 17 vinieron a almorzar a la embajada, donde despotricaron y soltaron exabruptos (en la medida en que se puede en inglés y a la mesa de un embajador de una gran potencia) dirigidos a Baldwin y al Gobierno. El Gabinete no tiene carácter, es incapaz de tomar decisiones sobre asuntos serios, carece de una política definida, en especial de una política exterior. Ha perdido el rumbo a la luz del día y está llevando al país al desastre a toda velocidad, y a Europa a la guerra. Pero cuando intenté descubrir la línea política de mis invitados, se mostraron incómodos: ellos también estaban confundidos y se mostraban incapaces de hacer declaraciones claras. En palabras de Grigg, las masas /.../ necesitan la guía del Gobierno. Y no la hay. Por este motivo, si Hitler ataca Checoslovaquia, «Inglaterra será incapaz de hacer nada... a menos que quizá la URSS la ayude, ¿no?». /.../
[Aquí aparece un gran salto en el diario, en un momento crucial, marcado por el rápido deterioro en las relaciones entre los dos países tras el estallido de la Guerra Civil en España y el inicio de los juicios políticos y del terror en Moscú. La incapacidad de ingleses y franceses para controlar a Mussolini, lamentaba Maiski, hacía dudar al Gobierno soviético de «si valía la pena vincularse con un socio tan poco decidido como es el Gobierno británico». A pesar de los continuos reveses, Maiski, a diferencia de Litvínov, siguió convencido —hasta el estallido de la guerra— de que los intereses anglo-soviéticos coincidían y de que los británicos acabarían pidiéndole ayuda a los soviéticos. De momento, no obstante, tenía que seguir las directrices del Kremlin, aunque intentaría repetidamente preparar el terreno para un acercamiento por parte de Gran Bretaña.
Sin embargo, la rápida evolución de los acontecimientos hacía que a la Unión Soviética le resultara difícil quedarse mirando mientras Hitler cortejaba a los políticos británicos, sobre todo recurriendo al «miedo rojo». A pesar de la virulenta respuesta de Hitler a los intentos soviéticos de tantear el terreno, Stalin optó por prolongar las fútiles conversaciones con Berlín. Moscú tardaría en darse cuenta de las repercusiones de la terrible Guerra Civil española, que estalló el 17 de julio, cuando el general Francisco Franco 18 encabezó un alzamiento militar contra el Gobierno del Frente Popular. Al igual que el resto de estadistas europeos, Stalin supuso que la rebelión no era más que una lucha interna que acabaría en unas semanas y que no tendría repercusiones graves en el panorama internacional. Maiski se sentía lo suficientemente tranquilo como para dejar Londres a mediados de agosto y emprender sus largas vacaciones anuales en Sochi, coincidiendo con el cierre del Parlamento durante el verano.
La Guerra Civil española minó los esfuerzos de Litvínov por recuperar la coalición de la Primera Guerra Mundial contra Alemania. Cada vez recibía más críticas, coincidiendo con las turbulencias de su vida personal. A finales de julio de 1936, su decisión de llevarse a Zina, una chica de diecisiete años —descrita (por la esposa de Litvínov) como «núbil /.../ decididamente vulgar, muy sexy, desde luego»— al balneario de Kislovodsk presentándola como su hija provocó que Ivy 19 hiciera las maletas, pusiera tierra de por medio y se fuera a Sverdlovsk. Allí, hizo caso omiso de las súplicas desesperadas de su marido y pasó tres años enseñando inglés en una escuela, hasta la destitución de Litvínov. Una gran parte de la melancolía y de la apatía de este —a menudo achacada al fracaso de la seguridad colectiva y a las terribles purgas en su ministerio— deberían atribuirse, claramente, a vicisitudes personales. 20
En Kislovodsk, Litvínov animó a Maiski a que tomara sus vacaciones antes, pero seguía esquivando cualquier intento de este por recuperar la intimidad de sus días en el exilio, reafirmando su posición como primus inter pares. «Sería difícil —le dijo a Maiski, en respuesta a sus súplicas para que lo llevara a la Asamblea de la Sociedad de Naciones en septiembre— situarle en lugar de Potemkin 21 o Shtein 22 sin motivo, ya que allí ellos han trabado muy buenos contactos personales». Maiski salió de Inglaterra el 11 de agosto para dirigirse primero a Sochi y luego realizar un delicioso recorrido por el Cáucaso, alejado del mundanal ruido.

28. Ivy y Maksim Litvínov han vivido días mejores.
El 8 de octubre le llamaron por fin con urgencia de Moscú e informó al Narkomindel por primera vez sobre la guerra, en particular sobre las vanas actividades del Comité de No Intervención. «Nuestro deber —le dijeron— es dar apoyo a los demócratas españoles. Si se hacen con la victoria los fascistas españoles, con Alemania e Italia a sus espaldas, el peligro de una guerra europea aumentará /.../ Es extremadamente importante contrarrestar por todos los medios posibles las peligrosas maquinaciones contra la República Española que se están forjando actualmente en el Comité de No Intervención de Londres». Casi a medianoche le recibió Stalin en el Kremlin y le dio instrucciones de volver a Londres y dedicarse a desenmascarar la duplicidad que, en opinión de los rusos, caracterizaba la acción del comité. Las potencias occidentales, deduciría luego Maiski, esperaban que el comité fuera «como la esposa japonesa ideal, que no ve nada, no oye nada y no dice nada». Al día siguiente, Maiski se subió a un tren de vuelta a Londres, viaje que le llevaría dos días y tres noches, vía Berlín y París.
En Londres, Maiski se encontró con una situación desalentadora, que le perturbaría los tres años siguientes. De pronto, la guerra española le había despojado del limitado éxito que había conseguido en Inglaterra. Durante su ausencia, Gran Bretaña y Francia habían formado un comité de «no intervención», al que la Unión Soviética se unió el 23 de agosto. La enorme cantidad de reuniones del comité en los tres años siguientes no solo le consumieron mucha energía, sino que dejaron aún más al descubierto la impotencia de Rusia, que se vio cada vez más distanciada de Occidente, en gran parte debido al éxito de la maniobra de Hitler para envolver la Guerra Civil en un manto ideológico y sacando partido del miedo de los británicos a que el comunismo se extendiera de España a Francia, donde Léon Blum, el primer ministro, encabezaba un Gobierno del Frente Popular. El prolongado conflicto no hizo más que reforzar las sospechas sobre las intenciones soviéticas, y esas sospechas se vieron alimentadas por las purgas de Moscú.
El 12 de agosto, sir Orme Sargent, subsecretario segundo de Estado y jefe del Departamento Central del Foreign Office, temía que hubiera un peligro real de que Francia «“se volviera bolchevique” bajo la influencia de la Guerra Civil española». También alertó sobre «la posibilidad de una Francia debilitada o paralizada por la infección comunista» estuviera «llevando a Alemania y a Italia a cooperar». En lugar de simplemente «esperar que se produzca esta peligrosa escisión», urgía a Whitehall a que ayudara al régimen de Blum a «liberarse del dominio comunista, tanto nacional como moscovita», animando al Quai d’Orsay a poner en marcha un sistema más amplio de no intervención en España. El único oficial británico que criticó abiertamente las bases anticomunistas de la política de no intervención durante el otoño de 1936 fue sir Laurence Collier, el principal especialista de Whitehall en asuntos rusos y jefe de su Departamento del Norte. Collier interpretaba la intervención soviética en España, no como una prueba más de la implacable campaña para bolchevizar Europa, sino como una reacción a las cada vez más flagrantes violaciones del pacto de no intervención por parte de Hitler y Mussolini. La advertencia de Collier de que Alemania e Italia estaban «usando el anticomunismo como una cobertura para sus agresivos planes», que «eran mucho más peligrosos para los intereses británicos de lo que podría llegar a ser el comunismo», se pasó bastante por alto. Y todo eso tendría desastrosas consecuencias en aquellos años cruciales, previos a la guerra.
La hostilidad de Eden, hasta entonces escondida, quedó patente durante la primer reunión con Maiski, poco después de su regreso de Rusia. Maiski no conseguía convencerle de que la Unión Soviética no estaba aprovechando la guerra en España para extender el comunismo. Quitó toda importancia a las dimensiones ideológicas del conflicto, insistiendo en que el auxilio soviético estaba motivado únicamente por el miedo a que la victoria de Franco decantara la balanza del poder en Europa y animara a Hitler a expandirse aún más. «En el Gobierno ruso no hay nadie —insistió— que piense que pudiéramos llegar a conseguirlo (el comunismo) en nuestras vidas».
Churchill también mostró señales de vacilación. Aunque seguía comprometido con la idea de la seguridad colectiva, y aunque reconocía la creciente fuerza de la Unión Soviética y su deseo de que «la dejaran en paz» deploró en el Parlamento sus «oscuras maniobras de doble cara, tan cambiantes». «Rusia está en grave peligro —concluyó—, y es extremadamente sorprendente que un estado tan amenazado actúe de un modo tan insensato». Maiski quedó muy decepcionado cuando vio que Lloyd George reprendía a la URSS en público por enviar voluntarios a España.
Litvínov veía en la Guerra Civil española una gran amenaza para la «seguridad colectiva», que socavaba las relaciones con Gran Bretaña, al tiempo que reforzaba los vínculos entre Italia y Alemania, vínculos que culminarían poco después, efectivamente, en el Pacto anti-Komintern. Litvínov, mucho menos optimista que Maiski sobre el posible éxito de los republicanos, estaba dispuesto a contener el conflicto y evitar que se desequilibrara la balanza del poder en el continente cooperando con el Comité de No Intervención en Londres.
No obstante, el comité no consiguió evitar que alemanes e italianos ayudaran directamente a Franco. Tal como ha revelado el material de archivo hace poco publicado, la decisión de Stalin de ayudar militarmente a los republicanos se vio motivada sobre todo por consideraciones políticas y de Realpolitik. No obstante, cada vez se encontraba en una situación más similar a la que había tenido que afrontar durante la huelga general británica de 1926, cuando su apoyo a los mineros, por tibio que fuera, llevó a la ruptura de relaciones en 1927. Ahora la presión de los ideólogos de su partido y del exterior para que interviniera en ayuda de la izquierda española era prácticamente irresistible. La revolución social en España no había sido provocada por los rusos, y muy pronto se volvería en contra de los intereses nacionales soviéticos. Sin embargo, la pasividad solo habría hecho que Stalin se volviera vulnerable ante los suyos, en particular porque los trotskistas intentaban hacerse con el control en el bando republicano. La política interna e internacional se complicó aún más con las maniobras de represión, que tuvieron como ejemplo destacado el juicio de los veteranos líderes bolcheviques Zinóviev y Kámenev. En septiembre Stalin aprobó el envío de material bélico a los republicanos españoles y a regañadientes dio el visto bueno a la idea de las «brigadas internacionales» propuesta por los comunistas franceses.
Alarmado por la dura reacción británica y la amenaza francesa de abrogar el pacto de asistencia mutua, Litvínov consiguió por fin superar la oposición de Stalin (con el que se reunió seis veces en octubre y noviembre) y de Maiski y detener los intentos socialistas por mantener el equilibrio militar. No era la primera vez en la historia soviética que, en caso de conflicto entre la ideología y los intereses del Estado, se imponía en el Kremlin la Realpolitik. En noviembre, cuando el destino de Madrid pendía de un hilo, Litvínov informó a Maiski que la asistencia soviética cesaría de manera gradual. «La cuestión española sin duda ha afectado negativamente a nuestra posición internacional —le explicó—. Ha deteriorado nuestras relaciones con Inglaterra y Francia y ha sembrado dudas en Bucarest e incluso en Praga».] 23
1 de diciembre
Hoy he almorzado con Lothian. A pesar de que hemos tenido algunos altibajos, nos vemos y charlamos de vez en cuando. Es interesante. Es un brillante representante e ideólogo del ala imperialista de la burguesía inglesa par excellence, y sus declaraciones suelen ser reflejo de su estado de ánimo del momento...
Hoy estaba confuso y alarmado. La germanofilia de lord Lothian ha desaparecido, en particular por las exigencias coloniales de Hitler. «He advertido claramente a mis amigos alemanes que no planteen esta cuestión, porque solo puede sembrar discordia entre Alemania e Inglaterra, pero no se dan por aludidos», ha dicho. L. ha criticado el pacto germano-japonés, y también el pacto franco-soviético, diciendo que el segundo ha provocado el primero. /.../ En cuanto a la cuestión española, L. parece estar más cercano a nosotros de lo que yo pensaba. Respecto a los intereses imperiales de Gran Bretaña, prefiere una victoria del Gobierno español. Por ese motivo ha criticado duramente la posición del Gabinete británico. «Cualquier persona inteligente entiende —ha dicho— que actualmente vemos en España el primer duelo serio entre la URSS, por un lado, y Alemania e Italia, por otro. Del resultado de esta prueba fuerza dependen muchas cosas, entre ellas la orientación de la política británica en un futuro. Los ingleses siempre gravitan hacia el vencedor. Si los poderes fascistas se imponen en este conflicto, puede que Inglaterra acabe uniéndose a ellos, aunque sea de mala gana. Si gana la URSS, la alianza anglo-franco-soviética será un fait accompli en un futuro cercano».
1937
10 de enero
Durante los últimos dos o tres meses se han producido unos cambios evidentes en la política exterior británica. En primer lugar, por los cuatro discursos de Eden en noviembre y diciembre pasado, y en segundo lugar, por el cambio de actitud del Gobierno británico con respecto a la cuestión española.
Empezaré por los discursos. Pero primero debería decir unas palabras sobre mi conversación con Eden del 3 de noviembre. Tuvimos una larga charla dedicada sobre todo al tema de España, pero en la que también tratamos otros asuntos internacionales. En cuanto a la cuestión española, yo critiqué la postura británica abiertamente, para luego decirle a Eden que sí, que existen graves desacuerdos entre nosotros. Pero no deberíamos darles más importancia de la que tienen. Deberíamos hacer lo posible por localizarlos, para que estos desacuerdos específicos tengan el menor efecto posible sobre las relaciones anglo-soviéticas en otras partes del mundo y en otras cuestiones importantes de la política internacional. No deberíamos olvidar que más allá de España existe todo un mundo: Europa, Oriente Medio, Extremo Oriente, la Sociedad de Naciones, etc. Hagamos todos los esfuerzos necesarios para asegurarnos de que se sigue la trayectoria señalada por el comunicado de Moscú, entregado a Eden al final de su visita a la Unión Soviética, ajustándonos lo más posible a ella en todas las esferas y con todos los problemas, teniendo en cuenta que se basa en el hecho de que no existe ningún conflicto de intereses entre la URSS y el Imperio británico en ningún lugar del mundo. Mientras tanto, ya se resolverá la cuestión española de un modo u otro.
Eden se mostró de acuerdo y prometió contribuir a que aquello se hiciera realidad. Luego hablamos de Alemania, de Italia, de la Sociedad de Naciones, etc. Fue entonces cuando me dijo que el Gobierno británico —en gran medida gracias a su insistencia— había decidido hacer un último intento por reavivar la Sociedad de Naciones y que últimamente había estado muy ocupado poniendo en marcha diversas iniciativas en dicha dirección. Yo respondí que todo eso estaba muy bien, pero que el factor más importante para contener las tendencias agresivas en Europa era una posición firme por parte de Inglaterra y Francia, y en particular de Inglaterra, frente a Berlín y Roma. Con una mueca de fingido horror, Eden exclamó: «No querrá que sea tan imprudente como Hitler, ¿no?».
«No hablo de imprudencia; hablo de firmeza», me defendí.
Seguimos discutiendo de asuntos de política general durante un rato. Observé que su mente no se detenía, que estaba buscando, si no ya soluciones, al menos recursos con los que poder llevar a término sus políticas.
/.../ Y luego llegaron los cuatro discursos que dio el ministro de Asuntos Exteriores. Analizando los discursos de Eden, definiría la actual posición del Gobierno británico así: la prolongada pasividad de Inglaterra frente a la agresión se ha acabado, al menos si se mantienen las líneas de actuación anunciadas por Eden; pero de momento no ha habido ninguna contraofensiva dirigida a los agresores. Hasta ahora se trata solo de una declaración de intenciones. En otras palabras, el Gobierno británico ha emitido un «pagaré» de gran relevancia a través de los discursos de Eden. El futuro dirá cómo van a liquidar ese pagaré.
Ahora unas palabras sobre la cuestión de España. A finales de octubre el Gobierno británico apostó claramente por la victoria de Franco. Esto se hizo evidente en el infame Comité de No Intervención. Es más, el propio Eden se atrevió a lanzar una temeraria declaración contra la URSS en el Parlamento. En respuesta a los ataques de la oposición por el hecho de que Alemania e Italia no observaran el principio de no intervención, perdió los nervios y dijo que esos dos países no eran los que más había que culpar en ese aspecto. Era evidente que la flecha apuntaba a la URSS. Se dice que esas palabras se le escaparon en un momento de enfado extremo, de acoso por parte de los diputados laboristas, y que después lamentaría amargamente su falta de contención... Quizá. Pero los hechos son esos.
Desde luego, la actitud del Gobierno británico ha cambiado a mejor. Ya en su discurso en Bradford (15 de diciembre), Eden declaró que «Inglaterra está muy interesada en la integridad y la inviolabilidad de España y de las posesiones españolas», mientras que en nuestra conversación del 21 de diciembre admitió sin más que la guerra española era «internacional», en referencia al desembarco alemán en Cádiz. Unos días más tarde, el 30 de diciembre, Burgin (viceministro de Comercio) me dijo abiertamente que Inglaterra en realidad debería estarle muy agradecida a la URSS por lo que estaba haciendo en España. En las últimas semanas he podido oír muchos comentarios similares. La conducta de Plymouth 1 en el comité también ha cambiado. Yo definiría la posición actual del Gobierno británico con respecto a España más o menos así: no respaldan a los republicanos, pero por otra parte han dejado de dar apoyo a Franco. Su posición se acerca a la de una neutralidad genuina, quizá con una cierta inclinación hacia Valencia. El Gobierno británico no quiere apoyar directamente a la República, pero está preparado para simpatizar con ellos si alguien más lo hace. ¡Algo es algo!

29. Maiski y su número 2, Kagan, saliendo del Foreign Office tras la reunión del Comité de No Intervención (23 de octubre de 1936).
¿Cuáles son los motivos de este cambio en la política exterior británica?
Yo señalaría cuatro elementos principales:
1) La cada vez mayor eficiencia militar británica, en particular en el campo de la aviación.
2) El acercamiento anglo-francés que, con la llegada al poder del Gobierno de Blum en Francia, se ha ido convirtiendo de hecho en una alianza anglo-francesa.
3) La actividad de la Unión Soviética en España, que demuestra que podemos ser un factor de peso en Europa occidental y que las fuerzas por la paz en esta parte del globo pueden contar con la URSS.
4) La creciente «impertinencia» de Alemania, que se toma la libertad no solo de mofarse abiertamente de Locarno, sino también de aumentar sus exigencias coloniales.
Por supuesto, sería peligroso hacerse ilusiones. Los ingleses están infectados hasta la médula con el veneno de la «conciliación» y la «política del equilibrio de poderes». Además, el odio de clase hacia la URSS sigue inamovible. Por otra parte, la situación actual impide que la City haga cualquier cambio drástico en la esfera política o económica. No sé si la política británica se mantendrá en el nivel actual (o en uno mejor), pero los cambios mencionados sin duda son interesantes, y no se pueden pasar por alto.
[En su empeño por presentar una imagen halagüeña, Maiski ocultó en su informe a Moscú lo contrariado que seguía Eden con la subversión comunista en España. De hecho, Eden había elogiado a Vansittart por su «excelente lenguaje directo» cuando Maiski le fue a ver el 6 de enero, quejándose de que este tendía a «suponer demasiadas cosas». No obstante, Maiski comunicó a Moscú por cable que Vansittart era del mismo parecer que él.]
16 de enero
El embajador japonés, Shigeru Yoshida, 2 me ha hecho una visita inesperada. /.../ Evidentemente, ha venido a tranquilizarme con respecto al impacto del pacto germano-japonés y, de paso, a demostrarme que no pertenecía a la escuela de pensamiento japonés más agresiva. Desde luego, ha sido muy franco. Se ha mostrado muy crítico con respecto a las acciones emprendidas por el Ejército y la Marina de su país, y me ha dicho que el pueblo japonés pagaría muy caras sus «estupideces». /.../
12 de marzo
El 4 de marzo, todos los jefes de misión diplomática presentaron sus credenciales al nuevo rey, Jorge VI. 3 El procedimiento fue simplificado y se realizó en masse. Todos los embajadores y enviados estaban alineados en orden de antigüedad en la Bow Room del Palacio de Buckingham. Se les hizo pasar uno por uno a la sala contigua, donde el rey los esperaba, le entregaban sus credenciales, intercambiaban unas breves consideraciones tal como exigía el protocolo y salían, dando paso a los que esperaban. El monarca dedicó dos o tres minutos a cada diplomático. Eden estaba presente en la ceremonia y prestó cierta asistencia, ya que el rey es taciturno y se azora fácilmente. También tartamudea. Toda la ceremonia discurrió sin incidentes. La única sorpresa, que causó cierto revuelo entre la prensa y entre la sociedad, fue el «saludo nazi» de Ribbentrop. Cuando el embajador alemán entró en la sala para saludar al monarca, levantó la mano derecha a modo de saludo, en lugar de hacer la reverencia habitual. Esta «novedad» ofendió profundamente a los ingleses y provocó una reacción adversa en los círculos conservadores. Acusaron a Ribbentrop de falta de tacto y lo compararon conmigo, un «buen chico» que saluda al rey como se debe, sin levantar un puño cerrado sobre la cabeza. 4
Para conocer a las respectivas esposas de los diplomáticos, el rey y la reina también han organizado un encuentro para el té de las cinco de hoy, al que han invitado a los jefes de misión y sus señoras. Ribbentrop ha vuelto a saludar al monarca levantando la mano, pero se ha inclinado ante la reina como es habitual. Las princesitas también estaban presentes: Elizabeth 5 y Margaret Rose, 6 ambas con vestidos rosa pálido y —era evidente— terriblemente emocionadas por estar presentes en una ceremonia tan «importante». Pero también mostraban una curiosidad infantil por todo lo que les rodeaba. Se apoyaban en un pie y luego en el otro, soltaban risitas nerviosas y perdían la compostura, para la evidente consternación de la reina. Lord Cromer 7 nos ha llevado a mi esposa y a mí ante la pareja real y hemos mantenido una charla bastante larga —yo con el rey y Agniya con la reina—. Las damas han charlado sobre todo de niños, mientras que el monarca me ha preguntado por el estado de nuestra Marina y del canal entre el mar Blanco y el Báltico. El rey ha expresado gran satisfacción cuando le he informado de que el acorazado Marat llegaría para la coronación.

30. Salida a una «fiesta de tarde» en el Palacio de Buckingham.
10 de abril
Repasando las relaciones anglo-italianas desde el final de la guerra de Abisinia, podemos distinguir dos períodos.
El primero, que ocupó prácticamente la segunda mitad de 1936, estuvo marcado por los intensos esfuerzos de ambas partes por recuperar la normalidad en las relaciones. Y había motivo para ello. Italia tenía interés en que Gran Bretaña «reconociera» sus conquistas africanas, en asegurarse la ayuda financiera de la City (esperanza que aún alberga) y en firmar un acuerdo con Gran Bretaña para la reducción de la presencia militar de esta última en el Mediterráneo. Londres, por su parte, tenía interés en ganar tiempo para rearmarse, mejorar su posición en el Mediterráneo, encajar una cuña en el emergente eje germano-italiano y, por último, ejercer cierta presión sobre Italia con respecto a la cuestión española.
En consecuencia, la prensa italiana ha cambiado considerablemente el tono con Gran Bretaña tras la guerra de Abisinia, y Mussolini incluso ha declarado solemnemente el 18 de junio de 1936 que «no hay ningún contencioso pendiente entre Italia y Gran Bretaña». La política italiana se mantuvo fiel a esa línea a lo largo de la segunda mitad del año pasado, y prueba de ello fue la conducta de Grandi 8 en el Comité de No Intervención. Siempre se ha mostrado incisivo e irascible con respecto a la URSS, pero comedido y considerado con Inglaterra.
Al mismo tiempo, algunos sectores del Gobierno británico han promovido enérgicamente una política de apaciguamiento con respecto a Italia (hasta donde se lo han permitido las circunstancias, y en especial la hostilidad de la oposición hacia Mussolini). El Gobierno británico se ha encontrado con muchas dificultades internas, pero Vansittart ha estado muy activo, y la costumbre de los ingleses de aceptar los faits accomplis ha facilitado el avance del Gabinete hacia la «normalización» de las relaciones.
Las tendencias y los esfuerzos de ambos bandos desembocaron en un acuerdo de caballeros firmado el 2 de enero de 1937.
No obstante, los tres meses siguientes, que podrían considerarse el segundo período, trajeron consigo una amarga decepción a los partidarios del acercamiento anglo-italiano, por diversos motivos. El primero fue que, al tiempo que firmaban el acuerdo de caballeros, los italianos desembarcaron con su «cuerpo de voluntarios» en Cádiz, una fuerza que alcanzó entre ochenta mil y cien mil efectivos a finales de marzo. Aunque el acuerdo no mencionaba directamente la guerra de España, la iniciativa italiana fue percibida en Ingla - terra como un engaño. Eso socavó de inmediato los ya precarios cimientos de la «normalización».
/.../ En resumen, las relaciones anglo-italianas ahora están tan tensas que hablar de «normalización» sería una broma de mal gusto. El último mes, el Gobierno italiano protestó en cuatro ocasiones al británico por la conducta de la prensa inglesa.
En conjunto, teniendo en cuenta las relaciones de Gran Bretaña con Alemania y con Italia, la actual política exterior británica está más cerca de nuestras posiciones que nunca. Pero ¿durará? Es difícil de pronosticar. Por supuesto, Eden está dispuesto a avanzar en esa dirección, pero ¿tendrá la posibilidad de hacerlo? No estoy seguro. No estoy seguro siquiera de que pueda conservar su actual posición mucho tiempo, ya que difícilmente podrá considerar a Baldwin y a Chamberlain como aliados en una lucha decidida contra el fascismo y la agresión.
16 de abril
Eden nos ha invitado a mi esposa y a mí a almorzar en el Savoy. Los comensales eran un grupo variopinto: el ministro de Coordinación de la Defensa Inskip, 9 el mariscal del cuerpo diplomático Clive, el embajador chino, el austríaco y otros; en total veinticinco personas. Yo era el invitado de honor.
En el almuerzo, la esposa de Eden no ha dejado de quejarse de lo ocupada que estaba y, sobre todo, de las prisas con las que había que hacerlo todo. Ni un momento para reflexionar, o para tomar aliento. Todo se mueve a una velocidad de vértigo, y te encuentras atrapado en una vorágine de la que no hay escapatoria. ¡Cierto, nuestros padres y abuelos vivieron tiempos mejores! Todo era más tranquilo y reposado. Había tiempo para dar un paseo, leer un libro o para pensar. «¿Por qué no nacería yo en esa época?», suspiraba la señora Eden.
Después del almuerzo he hablado con su esposo. Nuestra conversación se ha centrado en España. Entre otras cosas, Eden me ha dicho que en septiembre y octubre del pasado año el Gobierno británico ya acariciaba la idea de conceder derechos de beligerante a ambos bandos. El Almirantazgo insistía particularmente en ese punto. Eden se oponía porque no quería llevar la contraria a Francia, que no lo aceptaría nunca por motivos de política nacional. Da un gran valor a los estrechos vínculos que han establecido con París. Después de que Alemania e Italia reconocieran a Franco, se hizo aún más difícil conceder el reconocimiento de beligerancia, ya que parecería un reconocimiento parcial de Franco y tendría graves repercusiones en Inglaterra. De momento, Eden está consiguiendo mantener la posición actual del Gobierno, que no reconoce derechos de beligerante a Franco.
Con respecto a la cuestión española, Eden se encuentra en una posición muy complicada: a juzgar por las apariencias, a Inglaterra no le importa qué bando venza, porque, al final de la Guerra Civil, España estará extremadamente debilitada y tendrá que empezar a buscar dinero, que solo puede encontrar en Londres o en París. La libra es más poderosa que los cañones. Por eso, al Gobierno británico no le preocupa demasiado el resultado de la guerra española. Por otra parte, Eden tiene un miedo terrible a que Inglaterra se pille los dedos con España, ya que, según él, es una trampa mortal para cualquiera que quiera meter la nariz en sus asuntos. Les pasó a Napoleón, a Wellington y ahora a Mussolini. El prestigio de Mussolini era mucho mayor antes de su aventura española que en la actualidad. Y a menos que se apresure a salir de España, acabará mal.
En este punto, Eden ha añadido, con una sonrisa pícara. «Ustedes están llevando su campaña con respecto a España brillantemente: hacen lo que consideran necesario sin meterse en líos. Incluso mantienen esa imagen de completa inocencia». Yo he respondido en el mismo tono: «Ahora hasta Ribbentrop ha dejado de quejarse a gritos por la presencia de un gran ejército soviético en España». «¿Un ejército, dice usted? —ha exclamado él—. Les han dado a los españoles algo mucho más importante que un ejército, especialmente que un ejército como el italiano». Yo he sonreído socarronamente y he añadido: «El Comité de No Intervención ha declarado que la participación de la URSS en la guerra de España no está demostrada».
18 de abril
Los Vansittart han venido a almorzar. Ha sido un almuerzo à quatre, con una conversación bastante franca. Vansittart está convencido de que, tras la coronación, se reestructurará el Gobierno, Baldwin dimitirá, Chamberlain ocupará su puesto y, probablemente, Simon se convertirá en el canciller de la Hacienda Pública. Eden conservará su puesto. Cuando le he preguntado por la política exterior de Chamberlain, V. ha dicho que en general no cambiará, pero que de algún modo quedará mejor definida. En cuanto a la posición frente a Alemania, se considera que Chamberlain está bien. Bueno, ya veremos. Soy algo escéptico con respecto a las afirmaciones de V. Recuerdo que en la primavera de 1935 también intentó tranquilizarme con respecto a Hoare, y ya sabemos cómo acabó...
Según V., está creciendo en Inglaterra el sentimiento anti-Alemania y anti-Italia. En este aspecto, el cambio de postura de The Times es bastante revelador. Hasta Lothian se muestra cada vez más desconfiado con respecto a Alemania. Parece que las probabilidades de que se firme un nuevo Pacto de Locarno son muy escasas. /.../
21 de abril
Eden y su esposa han venido a cenar a la embajada. Había muchos diplomáticos, personajes públicos y otros invitados. En conjunto, todo ha salido bien.
Tras la cena he mantenido una larga conversación con Eden sobre la comisión para la resolución del conflicto sirio (entre Francia y Turquía), la actuación de Inglaterra en la agencia para la conferencia de desarme convocada para mayo, y la próxima coronación. España, naturalmente, ha ocupado la mayor parte de nuestra discusión, y Eden, a mi modo de ver, ha mostrado un optimismo injustificado. Estos son mis argumentos:
Alemania está cada vez más decidida a abandonar España. Esa misma tendencia crece en Italia, donde la «guerra española» es cada vez menos popular. Es más, Abisinia les está costando una gran cantidad de dinero y esfuerzo. Según informaciones británicas, la situación interna en Italia es cada vez más difícil. Mientras tanto, «la aventura española» (palabras literales de Eden) sigue requiriendo nuevas y mayores inversiones por parte de Mussolini en dinero, armas y hombres, lo cual le resulta inaceptable. De ahí la conclusión: Mussolini busca un «puente de oro» para salir de España, y alguien tiene que construirle ese puente. Esa es la misión actual del Comité de No Intervención. Si Alemania e Italia abandonan España, podría esperarse que la guerra española acabara en otoño. ¿Cómo? Es difícil de decir. Eden está a favor de un acuerdo entre los dos bandos españoles y de la formación de un gobierno interino con Franco y Largo Caballero. 10 Hablaba con simpatía, aunque con ciertas reservas, sobre la ensoñación planteada por Churchill en la sesión de la Cámara de los Comunes del 13 de abril.
Si las expectativas de Eden se materializaran (y eso espera), quedaría expedito el camino para tratar los grandes asuntos europeos a principios de invierno. Sobre todo porque el armamento británico habrá aumentado considerablemente para entonces, mientras que las dificultades internas de Alemania e Italia se habrán incrementado.
Yo le he mostrado mi desacuerdo y he criticado su idea. En particular, le he expresado mi convicción de que Mussolini no va a marcharse de España tan fácilmente. Es algo que percibo en cada una de las sesiones del Comité de No Intervención. Eden se ha mantenido en sus trece y al final ha dicho: «Ustedes los soviéticos, siempre tan pesimistas. Ven peligro por todas partes, incluso donde no lo hay».
«Pero ¿no observa que de cada diez veces solemos acertar en nueve?», he replicado.
Eden se ha reído, pero en ese momento ha venido su esposa a despe - dirse.
[Maiski no hace referencia en el diario a los enfrentamientos armados en Barcelona, entre el 3 y el 7 de mayo, que condujeron a la destitución de Francisco Largo Caballero y al nombramiento del procomunista Juan Negrín como jefe del Gobierno. Aunque tenía ciertas reservas sobre el nuevo Ejecutivo, Maiski acabaría hablando bien de él en sus memorias. En su opinión, «demostró ser mucho más efectivo en el seguimiento de la guerra, y mostró una estabilidad poco habitual en aquellos tiempos tan agitados». No obstante, afirma que su afinidad con la Unión Soviética fue el principal motivo que llevó a Hitler y a Mussolini a decidir «acabar con todos los sistemas de control de un plumazo», mientras que el bombardeo del Deutschland simplemente les sirvió de excusa para hacerlo.] 11
9 de junio
He ido a ver a Vansittart. /.../ Le he dicho que últimamente he observado un giro en las relaciones anglo-germánicas. Le he señalado una serie de hechos: el traslado de Phipps de Berlín a París; el nombramiento de sir Nevile Henderson, 12 ferviente germanófilo, como embajador en Berlín en lugar de Phipps, que no es del agrado de Hitler; la amplia cobertura que ha hecho la prensa inglesa del envío de personal médico a Gibraltar en avión para prestar ayuda a los marineros heridos del Deutschland; y por último, los discursos de Henderson en Berlín durante la presentación de credenciales y especialmente en la cena organizada por la Anglo-German Society. 13 Todo ello daba que pensar. Le he hecho notar, en particular, que el último discurso de Henderson ha causado «estupor» en Moscú, por no mencionar otras emociones más concretas. V., por supuesto, ha intentado persuadirme de que no ha cambiado nada, de que todo está como antes. Pero eso no es más que «correr sin moverse del sitio». /.../
[El giro hacia «la política de apaciguamiento» se convirtió en motivo de valoraciones enfrentadas en el Narkomindel y en la embajada en Londres. Particularmente cuando Chamberlain se mostró decidido a gobernar el Foreign Office (FO). Hoare endureció su postura, quejándose de que «el FO tiene tantos prejuicios contra Alemania (e Italia y Japón) que inconscientemente imposibilitan, una y otra vez, cualquier conciliación europea». Aquello parecía confirmar la creciente opinión de que el Gobierno británico tenía intención de lavarse las manos con respecto a España, permitiendo que Alemania e Italia derrotaran a los republicanos. Consciente de la decepción cada vez mayor que suscitaba la política británica en Moscú, Maiski admitió que ya no le tranquilizaban tanto las afirmaciones de Eden acerca de que «mientras ocupara su puesto» no habría cambio de política.
Maiski advirtió a Moscú el 3 de junio que los británicos estaban intentando saltarse el Comité de No Intervención buscando cerrar acuerdos con Alemania, Italia y Francia por separado, un «pacto de cuatro potencias en la práctica». Atribuyó los cambios en Gran Bretaña a su incapacidad de apartar a Italia del recién establecido «eje» germano-italiano tras la guerra en Abisinia. Por tanto, «no se sentía inclinado a dar mucho valor» a los gestos de apertura mostrados a Berlín, ya que esperaba que Hitler se inventara «nuevos trucos» en España o en otros lugares de Europa, lo que pondría fin al acercamiento anglo-germánico. Stalin, no obstante, fue más cauto que su embajador en Londres. Frente a un Hitler enfurecido, tras el bombardeo del crucero Deutschland por los republicanos el 29 de mayo de 1937, les comunicó a los comunistas españoles que era «inaceptable que los aviones bombardearan barcos italianos o alemanes, y que debían prohibirlo».
Ahora Maiski seguía la línea de Moscú y buscaba poner fin a la «supuesta» neutralidad de los estados democráticos, y se inclinaba por usar la retirada temporal de Alemania e Italia (tras el incidente del Deutschland) como medio para que «el comité quedara enterrado en los archivos históricos con el mínimo jaleo y las mínimas discusiones». No obstante, a diferencia del Kremlin, siguió siendo un firme defensor de prestar ayuda directa y efectiva a los republicanos.]
16 de junio
Hoy he llamado a Titulescu, 14 que se aloja, como siempre, en el Hotel Ritz, y que está igual de deslumbrante, escandaloso, seguro de sí mismo e imprudente como siempre.
Titulescu lleva más o menos una semana en Londres. Ha conseguido ver a Chamberlain, Eden, Vansittart, Churchill y a muchos otros altos cargos.
/.../ Titulescu va diciendo más o menos las mismas cosas a todos: la paz en Europa y la integridad del Imperio británico dependen de si se consigue formar a tiempo un frente de paz encabezado por Inglaterra, Francia y la URSS. Si se hace, todo irá bien. Si no, la humanidad en general y Gran Bretaña en particular tendrán que asistir a una tragedia en dos actos: el acto 1 es la creación de una Mitteleuropa por parte de Alemania, y el acto 2 es la destrucción del Imperio británico por parte de la Mitteleuropa. Los británicos deberían decidir qué quieren y hacerlo de forma urgente.
/.../ Titulescu también ha observado que en Inglaterra han aumentado considerablemente los sentimientos germanófilos desde su última visita a Londres en marzo de 1936.
1 de julio
CONVERSACIÓN CON LLOYD GEORGE
Mi conversación con Lloyd George (en su casa de campo) ha empezado por España. Me ha preguntado por las últimas noticias del Comité de No Intervención. Yo le he hecho una descripción detallada de la situación que se ha creado tras la reunión del subcomité el 29 de junio. Los gobiernos británico y francés propusieron rellenar el hueco creado en el órgano de control con la retirada de Alemania e Italia con una fuerza conjunta anglo-francesa. Ribbentrop y Grandi accedieron a comunicar la propuesta a sus gobiernos para que la considerasen, aunque con sus «comentarios preliminares» ambos delegados dejaron muy claro que el plan franco-británico era inaceptable para Alemania e Italia. La siguiente reunión del subcomité tendrá lugar el 2 de julio, y se espera que Ribbentrop y Grandi traigan las respuestas definitivas de sus gobiernos a la propuesta franco-británica. A juzgar por la reacción de los delegados alemán e italiano en la reunión del 29 de junio, y teniendo en cuenta los comentarios de la prensa germana e italiana tras el encuentro, estoy seguro de que ni Alemania ni Italia aceptarán las propuestas hechas por Gran Bretaña y Francia. La situación puede llevar a un punto muerto y al fracaso de todo el sistema de no intervención. Para valorar correctamente la situación, no habría que olvidar que Hitler y Mussolini ya han llegado a la conclusión de que la guerra de España, que tanto se ha prolongado, debe acabar lo antes posible. Con esa idea en mente, quieren lanzar un órdago en un futuro cercano para asegurar la victoria de Franco. Tras la eliminación del frente vasco, Franco debería concentrar sus fuerzas y sus aviones en la ofensiva sobre Madrid. Al mismo tiempo, los barcos italianos y alemanes que recorren el litoral, controlado por los republicanos, podrían orquestar un nuevo «incidente» e iniciar las hostilidades contra el Gobierno español como represalia. Así, oprimiendo la República por tierra y por mar, alemanes e italianos esperan acabar aplastando al Gobierno español y derrotar a su ejército. A la vista de este plan, el comportamiento de Ribbentrop y Grandi en la última reunión del subcomité queda absolutamente claro. Alemania e Italia intentan conseguir abolir el control naval para tener las manos libres en sus acciones contra los republicanos. Ahí es donde radica el mayor peligro de la situación.
Lloyd George ha escuchado atentamente la información que le he transmitido, y enseguida ha estado de acuerdo en que el plan germano-italiano que le he señalado parecía perfectamente realista. «Se ha alcanzado un momento crítico en el transcurso de la guerra española —ha añadido Lloyd George—. Los próximos días asistiremos al final de toda la campaña en España. ¿Qué se puede hacer para evitar la derrota de los republicanos?». Se ha quedado pensando y luego, como si le llegara de pronto la inspiración, ha empezado a trazar su plan. Toda la oposición (tanto laborista como liberal) debería dejar claro al Gobierno que lucharán hasta el final para no reconocer derechos de beligerante a Franco. Está seguro de que eso es factible. Pretendía quedarse unos días más en su casa del campo, pero a la vista de lo extraordinario de la situación se marchará a Londres mañana y se reunirá con los líderes de los otros partidos de la oposición para concretar los pasos que hay que tomar. «Me disgusta profundamente —ha dicho Lloyd George— que el Partido Laborista, al hacer campaña a favor del Gobierno español, parta de los intereses de la “democracia” y apele a los instintos liberales de la población británica. Están pasando por alto lo más importante. Son los conservadores quienes están en el poder, y por mucho que griten a los cuatro vientos el peligro que supondría para la “democracia” la victoria de Franco, a los conservadores no les va a afectar. ¡Seamos serios! A los conservadores les importa un bledo la democracia. Tendría más sentido y sería más efectivo apelar a sus intereses imperiales. Esos argumentos convencerían hasta a los más recalcitrantes. Por ejemplo, ayer hablé en un mitin en Walton, donde la abrumadora mayoría del público era conservadora. Al principio se mostraron muy hostiles cuando ataqué al Gobierno por la cuestión española. Gritaron, silbaron e intentaron hacerme callar. Entonces les pregunté: “¿Son ustedes patriotas o no lo son?”. Eso produjo un efecto inmediato. Proseguí: “¿Quieren que gane Franco? ¿Quieren que los alemanes y los italianos se hagan con España? Díganme, ¿queda algo en ustedes del espíritu de Canning, 15 Palmerston, 16 Disraeli 17 y Gladstone 18 cuando crearon nuestro imperio?”. Cuanto más hablaba yo, más callado se quedaba el público. Cuando acabé hubo un gran aplauso. Creo que toda la oposición, en su campaña en apoyo del Gobierno español, debería subrayar concretamente los cruciales intereses imperiales británicos».
/.../ Luego he recuperado el asunto de la posible reacción del Gobierno británico. En cuanto he mencionado la palabra «gobierno», Lloyd George prácticamente ha dado un brinco en su asiento. «¿Gobierno? —ha preguntado, sarcástico—. ¿De verdad es un Gobierno? Es más bien un conjunto de mediocridades, un grupo de afeminados desesperados. ¿Tienen voluntad? ¿O arrojo? ¿Pueden proteger nuestros intereses? Han heredado un rico legado de sus antepasados, pero lo están gestionando muy mal, y me temo que lo despilfarrarán. Son unos malditos cobardes. ¡No es cobardía sino arrojo lo que hace falta para construir y proteger nuestro Gran Imperio!».
He observado que en el horizonte democrático europeo ahora mismo no se ven muchos personajes de gran talla.
«Tiene usted toda la razón —ha exclamado Lloyd George—. ¿Dónde están las grandes figuras? La democracia europea está en época de carestía. /.../ No tiene sentido mirar a Inglaterra o a Francia. Baldwin, Chamberlain, Blum o Chautemps... 19 ¿para qué sirven? Tienen que enfrentarse a unos individuos realmente relevantes y poderosos: Hitler y Mussolini. Esos dictadores fascistas no son tontos. Son tipos duros y usan métodos duros: fuerza, impertinencia e intimidación. Pero actúan, son vigorosos y enérgicos, y sus países los siguen. ¿Son lo suficientemente buenos nuestros ministros como para defender nuestros intereses frente a los dictadores? ¿Son capaces de eso? ¡En absoluto! Si Winston Churchill fuera primer ministro, sabría cómo lidiar con los dictadores, pero a los conservadores les aterra admitir a Churchill en el Gobierno. De modo que tenemos a unos afeminados tratando con hombres de acción como Hitler y Mussolini. Qué lástima que ambos sean fascistas y opuestos a la democracia. Pero hay que admitir que son hombres con fuerza. ¿Se imagina lo que podría ocurrir si, por ejemplo, Eden negociara con Mussolini? Sin duda, Mussolini lo dejaría como un felpudo. Eso es exactamente lo que ocurrió con ocasión de la guerra de Abisinia. Su Stalin es otra cosa. Es un hombre grande y decidido. Tiene un puño de hierro, puede impresionar a los dictadores y es perfectamente capaz de plantar cara a Hitler y a Mussolini. Los nuestros son una verdadera desgracia. Fíjese en Chamberlain: un individuo estrecho de miras, limitado y sin nada que ofrecer. Un pescado tieso, así es como lo describí durante los recientes debates en el Parlamento. /.../ El “plan maestro” de Chamberlain se reduce a lo siguiente: hacer las paces con Alemania e Italia durante el año que viene y firmar un pacto a cuatro. En cuanto a Europa central y sudoriental, Chamberlain está dispuesto a conformarse con las vagas promesas de no agresión de los dictadores. A su país lo dejan fuera de la combinación europea, a su suerte. Si consigue todo eso, Eden querrá elecciones. Les dirá a los votantes: “Mi Gobierno y yo mismo hemos resuelto el problema insoluble del apaciguamiento europeo. Ahora todo va bien. ¡Voten tory!”. Después de ganar las elecciones, se asegurará el control de su partido cinco años más. La invitación a Neurath para que visitara Londres fue cosa suya». /.../
«No obstante —ha añadido Lloyd George—, le diré con franqueza que nuestra oposición, la laborista en particular, no es mucho mejor que el Gobierno. De hecho, es peor y más débil. La oposición no tiene ni líderes ni programa, ni energía, ni espíritu de lucha».
/.../ Le he preguntado a Lloyd George qué impresión había sacado de su visita a Alemania el año pasado. Él se ha animado y me ha dicho: «Fui a ver a Hitler y tuve una larga charla con él. Me sorprendió ver que era un hombre nada pretencioso, modesto y bastante bien educado. Se puede debatir con él e intercambiar opiniones tranquilamente. Sin embargo, tiene un punto sensible: el comunismo. Cada vez que Hitler mencionaba el comunismo o a los comunistas de inmediato se alteraba y le cambiaba de pronto la expresión: los ojos se le encendían con un fuego siniestro y los labios empezaban a temblarle convulsivamente. Varias veces intenté hacerle entender que estar en malas relaciones con la URSS solo podía poner a Alemania en desventaja. Pero eso no le impresionaba. Volvía a gritar, sacando espuma por la boca, sobre el comunismo y la amenaza comunista. Realmente cree que ha sido llamado a este mundo para cumplir una misión especial: salvar la civilización occidental y aplastar la hidra del comunismo. Después de todo lo que vi en aquella reunión, estoy completamente convencido de que nunca accederá a firmar ningún tipo de tratado con la Unión Soviética, ni estampará su nombre junto a la firma de Stalin en un documento internacional».
/.../ Ese fue el fin de nuestra conversación, y regresé a Londres.
[En la reunión del Comité de No Intervención del 2 de julio, Ribbentrop propuso que se reconocieran derechos de beligerante a «ambos bandos» de la guerra de España. Luego planteó que ambos beligerantes tuvieran el derecho a establecer un bloqueo marítimo de su enemigo. Maiski criticó duramente esta propuesta. «Darle derechos de beligerante al general Franco —afirmó— significaría poner al Gobierno legítimo de la República Española y al general rebelde /.../ al mismo nivel de legalidad». Finalmente se llegó a una solución de compromiso, impulsada por los británicos, a pesar de las propuestas soviéticas, que pese a no conceder derechos de beligerante, eliminaba las patrullas marítimas que realizaban hasta aquel momento Gran Bretaña y Francia.]
27 de julio
CONVERSACIÓN CON EDEN
Tiempo atrás, Eden me había propuesto que fuera a verlo a la Cámara de los Comunes. Me había dicho que estaba a punto de tomarse unas vacaciones de tres semanas (pero sin salir del país). Lord Halifax actuaría en su nombre durante su ausencia.
/.../ Eden ha empezado con Extremo Oriente. Esta misma mañana ha recibido noticias alarmantes de Pekín. Parece que su optimismo inicial era injustificado. Los acontecimientos en China están dando un giro muy serio y los japoneses podrían entrar en Pekín en cualquier momento.
/.../ Luego Eden ha pasado al tema de España. Ha dejado claro que de ningún modo quería imponer su opinión a la URSS, pero aun así ha anunciado que le gustaría compartir su punto de vista sobre la última sesión del subcomité (26 de julio). En esa sesión, yo había afirmado de manera categórica que al Gobierno soviético le resultaba imposible reconocer los derechos de beligerante de Franco. Eden entiende nuestros motivos perfectamente bien, igual que entiende que todo el movimiento de no intervención pende ahora de un hilo. Plymouth, por su parte, cayó en un profundo pesimismo tras la sesión de ayer y prácticamente ya no cree que sea posible llegar a algún acuerdo. Es muy probable que la no intervención se quede en nada. No obstante, a Eden le parece que sería mejor, en todos los aspectos, que la ruptura de las negociaciones se produjera como resultado de la negativa de Italia y Alemania a evacuar los «voluntarios», y no por la rotunda negativa de la URSS a conceder derechos de beligerante a Franco. De hecho, Ribbentrop y Grandi declararon ayer que en principio estaban dispuestos a discutir la evacuación de los «voluntarios». Nosotros declaramos que, por principio, no podíamos reconocer los derechos de beligerante a Franco. Si la no intervención se viene abajo, será a nosotros a quienes se culpe, no a los alemanes ni a los italianos, aunque Eden no está seguro en absoluto de que germanos e italianos estén dispuestos a retirar a sus «voluntarios» de España. No entiende muy bien por qué deberíamos ponerles las cosas fáciles a Italia y a Alemania. ¿No sería mejor para nosotros, para Gran Bretaña y para Francia que el Gobierno soviético accediera a la segunda fórmula británica? Y si no nos gusta demasiado la fórmula británica, ¿por qué no podríamos decir al menos que evacúen a todos los voluntarios primero y luego veremos? Si los italianos y los alemanes —tal como creemos firmemente— no van a retirar sus tropas de España de ningún modo, ¿para qué arriesgarnos? El asunto no progresará hasta el tema de los derechos de beligerante. Por otra parte, si la cuestión de los «voluntarios» se queda en nada, la responsabilidad no recaerá ya en la URSS, sino en Alemania e Italia, que de hecho son las responsables de las dificultades con que nos encon - tramos.
/.../ Eden me ha hablado con su habitual tono de gran sinceridad, pero su gran preocupación por proteger nuestra imagen me resulta algo sospechosa. Así que he empezado a discutirle animadamente. He desarrollado nuestra postura de base sobre el asunto de los derechos de beligerante y le he explicado que no estamos dispuestos a concedérselos a Franco. He subrayado que durante los últimos diez meses hemos estado intentando coordinar nuestras acciones con las de Gran Bretaña y Francia para la no intervención. No siempre ha sido fácil, pero hemos aceptado hacer ciertos sacrificios a la vista tanto de la situación española como de otras consideraciones políticas generales. Pero todo tiene su límite, y en este caso el Gobierno soviético ha llegado a una frontera que no puede cruzar. Eden me ha escuchado con mucha atención y me ha dicho que entendía nuestra postura perfectamente, pero me ha pedido de todos modos que le transmita el contenido de nuestra conversación al camarada Litvínov. Yo le he prometido hacerlo.
Mientras le planteaba mi postura a Eden, le he mencionado que al menos están luchando unos cien mil extranjeros en el bando de Franco, entre ellos ochenta mil italianos y entre diez mil y quince mil alemanes, junto a un mínimo de treinta mil a cuarenta mil marroquíes. Ha fingido sorpresa al oír esas cifras. Por lo que él sabe, había cincuenta mil italianos a principios de marzo, de los cuales entre diez mil y quince mil han vuelto a su país, heridos o enfermos. Por tanto, según sus cálculos, actualmente el número de italianos no supera los treinta y cinco mil o cuarenta mil. No es una cifra decisiva para Franco, y Eden argumenta que si presionáramos un poco a los italianos, quizá accederían a retirar a los «voluntarios». Yo le he respondido con algunas consideraciones irónicas sobre las fuentes de su información. ¿No son las mismas fuentes que no han conseguido determinar el calibre de los cañones que amenazan actualmente a Gibraltar? (El día anterior, Churchill, Lloyd George y otros habían criticado duramente a Eden por el hecho de que alemanes e italianos hubieran llevado baterías de doce pulgadas a las proximidades de Gibraltar, desde donde dominaban tanto la fortaleza como el Estrecho. En respuesta a tales acusaciones, lord Cranborne afirmó que las baterías en cuestión no suponían peligro para Gibraltar, y que no se sabía el calibre exacto de las piezas de artillería.) He insistido en que las cifras que le he dado son las más bajas que tengo, y que me han llegado otros cálculos, según los cuales el número de «voluntarios» en el bando de Franco era mucho mayor. Eden parecía bastante confundido, y me ha dicho que pediría que comprobaran de nuevo las cifras para estar seguro. Al final ha añadido: «Si sus cifras son correctas, gran parte de lo que no estaba claro, ahora sí lo está. En ese caso, estoy de acuerdo con usted en que, desde luego, italianos y alemanes no retirarán a sus “voluntarios” de España».
Cuando hemos concluido nuestra conversación sobre la última reunión del subcomité, yo le he preguntado a Eden qué haría Gran Bretaña si las negociaciones de no intervención terminaran en nada. Primero ha dudado, pero luego ha recuperado la compostura y ha respondido que, en ese caso, a su modo de ver (ha subrayado que era su opinión personal), el Gobierno británico tendría tres opciones: 1) Mantener la política de no intervención independientemente de lo que hagan otros países. Eso significaría que Gran Bretaña no le vendería armas ni al Gobierno español ni a Franco. Esta decisión tendría sus pros y sus contras. La ventaja sería que así Inglaterra se acercaría a Estados Unidos en materia de exportación de armas, y eso caería muy bien en el país. La desventaja sería el desacuerdo con Francia, y lo que menos desearía él, Eden, sería poner en peligro las excelentes relaciones que hay ahora entre Londres y París. Él valora mucho estas relaciones y las considera una prioridad. Es más, esta decisión sin duda implicaría dificultades internas para el Gobierno, dado que la prolongación de la no intervención sería mejor para Franco que para el Gobierno español. Por tanto, los ataques de la oposición se prolongarían y se intensificarían. 2) El Gobierno británico reanuda el libre comercio de armas y se las vende exclusivamente al Gobierno español, como gobierno legítimo del país. La oposición estaría contenta, pero los conservadores no lo aceptarían, ya que en ese caso la Armada británica tendría que organizar convoyes para proteger los barcos británicos en ruta a los puertos republicanos. Estas acciones parecerían a todas luces una intervención a favor del Gobierno español. 3) El Gobierno británico retoma el libre comercio de armas y se las vende a ambos bandos, reconociéndoles a ambos derechos de beligerante.
Eden no lo dijo con tantas palabras, pero por su tono, sus gestos, etc., era evidente que la tercera opción le parecía la más práctica y deseable. Le pregunté por qué era tan importante vincular la recuperación del libre comercio de armas con la concesión de derechos de beligerante al Gobierno español y a los sublevados. Eden hizo referencia a diversos precedentes históricos, pero estaba claro que el principal motivo era otro: el Gobierno británico no quería hacer ningún movimiento que favoreciera solo a Valencia. Si las circunstancias obligaran al Gobierno a permitir las exportaciones de armas a los republicanos, Franco debía ser compensado por ello con el reconocimiento como beligerante. Eden intentó endulzar la píldora argumentando que en todo caso la tercera opción sería buena para el Gobierno español: Franco no tiene dinero y no está en disposición de comprarle armas a Inglaterra, pero el Ejecutivo español tiene dinero y puede comprar lo que quiera. Es cierto que, al obtener derechos de beligerante, Franco podría atacar Valencia más de lo que puede ahora, pero eso no tendría gran importancia porque, con el fin de la no intervención, la frontera franco-española se abriría y la entrega de armas a los republicanos se haría desde Francia o a través de ella.
[Tras su nombramiento como primer ministro en mayo de 1937, Chamberlain se apresuró a quitarle la iniciativa a Eden y siguió su propia política exterior. Esperaba recuperar las buenas relaciones con Italia integrándola en un pacto a cuatro con Alemania y Francia. Maiski se había reunido por vez primera con Neville Chamberlain, entonces canciller de la Hacienda Pública, el 16 de noviembre de 1932. Aunque este se mofaba del «pequeño judío repugnante pero listo», los primeros contactos de Chamberlain con Maiski no dieron muestra de la animosidad que se instalaría entre ambos más tarde. El contraste entre la actitud de Chamberlain con el embajador italiano, Grandi, y con Maiski —a los que vio el mismo día—, reflejado en una carta a su hermana, es de lo más revelador: «Mi entrevista con Grandi parece haber dejado una buena impresión en Italia y veo que ahora han “revelado” que le envié una carta personal a Mussolini /.../ Mi entrevista con Maiski fue a petición suya y sin duda lo hizo como reacción, para que quedara constancia. Pero en realidad no tenía nada que decir».]
29 de julio
CONVERSACIÓN CON CHAMBERLAIN
Hacía tiempo que tenía pensado hacer una visita oficial al nuevo primer ministro, 20 siguiendo la costumbre inglesa. /.../ Me ha recibido en su despacho de la Cámara de los Comunes hoy, 29 de julio. Consciente de que estaba muy ocupado, he decidido no perder tiempo y coger el toro por los cuernos. Antes de visitarle ya tenía información de que las líneas generales de su política exterior se basarían en un pacto a cuatro bandas, y especialmente en la mejora de las relaciones entre Gran Bretaña y Alemania. Quería comprobar si era cierto y preguntarle directamente cuáles eran, en su opinión, los mejores métodos para alcanzar el «apaciguamiento» de Europa.
Chamberlain, que evidentemente no se esperaba una pregunta así, ha vacilado y me ha mirado sorprendido o azorado. Luego ha dado inicio a su respuesta, articulando las palabras lentamente y quedándose sin habla en alguna ocasión. «No puedo sugerir un atajo para alcanzar ese resultado. El apaciguamiento de Europa es una misión complicada y lenta. Exige mucha paciencia. Cualquier medio y cualquier método que se demuestren efectivos son buenos. Cualquier oportunidad disponible hay que explotarla». El primer ministro ha hecho una pausa, ha reflexionado y ha continuado: «Creo que resolver satisfactoriamente la cuestión española podría ser el primer paso en dirección hacia el apaciguamiento de Europa. España es ahora mismo el centro de atención. Lo que allí suceda puede generar muchas complicaciones y conflictos en Europa. Si la guerra española no acaba pronto o al menos no se localiza, cabe esperar perturbaciones más graves en Europa en un futuro próximo. Hay que afrontar el tema de España: es un requisito previo para el apaciguamiento de Europa». Le he preguntado a Chamberlain qué quería decir con la expresión «resolver la cuestión española». Chamberlain ha hecho otra pausa, ha reflexionado y ha respondido: «A mi modo de ver, la resolución de la cuestión española quiere decir convertir el enfrentamiento que tiene lugar en España en algo exclusivamente español. Espero que consigamos que sea así. ¿Con su ayuda, puedo suponer?». Yo acepté el desafío y le dije que la misma idea es la que prevalece en la política del Gobierno soviético en relación con España. Pero ¿cómo va a alcanzarse ese objetivo? No es ningún secreto que hay un gran ejército italiano y numerosos destacamentos de especialistas alemanes —pilotos de aviación, artilleros, pilotos de tanques, etc.— luchando en el bando de Franco. ¿Cree Chamberlain que los italianos y los alemanes están dispuestos a retirar a sus «voluntarios» de España? Yo lo dudo. La labor desarrollada en el Comité de No Intervención durante once meses me hace ser escéptico. Mientras tanto, es precisamente la evacuación de los «voluntarios» lo que está ahora mismo en el centro del problema de la no intervención.
Chamberlain no ha respondido enseguida. Primero ha mirado por la ventana, y luego, al techo, antes de arrancar, lentamente: «No hay duda de que Mussolini tiene muchas ganas de ver una España fascista. Hace solo dos días, Grandi me transmitió un mensaje personal de Mussolini en el que me aseguraba que Italia no tenía ninguna ambición territorial con respecto a España, pero al mismo tiempo afirmaba que Franco tiene que ganar. En opinión de Mussolini, la victoria de Franco es necesaria para evitar que España se convierta en un “Estado bolchevique”. Si Franco pierde, el triunfo del comunismo en España es, según dice, inevitable, y eso es algo que Italia no puede aceptar. Yo no estoy de acuerdo con la apreciación de Mussolini. No creo que los comunistas pudieran imponerse en España ahora mismo, cualesquiera que sean las condiciones. Pero eso es lo que piensa Mussolini. No obstante, no pierdo la esperanza. No creo que el jefe del Estado italiano haya dicho su última palabra. Tenemos que actuar con prudencia y paciencia. Abandonará su posición actual y luego podremos persuadirlo para que retire a los legionarios italianos de España». Yo le he dicho: «Ojalá tenga razón. Mi Gobierno estaría encantado si su previsión se hiciera realidad. Desgraciadamente, aún no he visto ningún indicio alentador en esa dirección». A pesar de todo, Chamberlain se ha mantenido en sus trece, y me ha repetido que debemos ser prudentes y pacientes.
Luego el primer ministro me ha preguntado qué pensamos nosotros sobre el conflicto español y cuál es la postura de la Unión Soviética. Yo le he dado las explicaciones correspondientes y he subrayado nuestro deseo de eliminar la intervención y convertir el conflicto español en un asunto puramente español. Fieles a nuestros principios, nosotros también deseamos asegurar «el derecho de la autodeterminación nacional» para el pueblo español. Nuestra intención no es instaurar el sistema comunista, ni ningún otro, en España. El pueblo español debe decidir por sí mismo su forma de gobierno. Pero intentamos, en la medida de lo posible, evitar cualquier tipo de intervención extranjera en los asuntos internos españoles. En nuestra lucha por asegurar el derecho español a decidir su destino de forma independiente, siempre hemos intentado coordinar nuestras acciones con las de Gran Bretaña y Francia. En los últimos once meses ha habido desacuerdos en algunos asuntos prácticos relacionados con el problema español, y habrá más desacuerdos en el futuro. Espero, no obstante, que estas diferencias no se exageren y que no entorpezcan los esfuerzos conjuntos de la URSS y de Gran Bretaña para reforzar la paz. Chamberlain ha escuchado mi exposición con gran atención y evidente simpatía, pero después ha quedado claro que él la había entendido a su manera. El primer ministro ha dicho: «Mussolini quiere establecer un Estado fascista en España, y ustedes no quieren que eso ocurra. Nos encontramos con dos extremos. Gran Bretaña intenta mantener una posición intermedia entre ustedes y Mussolini». Yo he objetado que estaba dando una imagen falsa del estado real de las cosas. De hecho, Mussolini quiere establecer un régimen muy determinado en España —fascista—, mientras que la URSS no espera establecer ningún tipo de régimen particular, sea socialista, comunista o de cualquier otro tipo. Lo único que desea la URSS es que todas las demás potencias dejen a España sola y le den la oportunidad de establecer de forma independiente el régimen que deseen las masas populares del país. Hay una gran diferencia entre la postura de Italia y la de la URSS. En ese punto, Chamberlain ha tenido que aceptar que, efectivamente, había una diferencia, y que esta era notable. Ha expresado su aprobación a nuestra posición y ha añadido que, en esencia, es muy próxima a la de Gran Bretaña. «Desgraciadamente —ha continuado—, me temo que no podremos resolver el problema español muy pronto, y sin eso es difícil pensar en cualquier medida seria que nos acerque al apaciguamiento real de Europa».
/.../ Luego el primer ministro ha hecho una pausa y ha pasado a otro tema. «Me inquieta una idea en particular: la Europa de hoy está llena de miedos y sospechas. Los países y los estados no confían unos en otros. En cuanto una potencia empieza a armarse, otra empieza a sospechar que esas armas van dirigidas en su contra y también se rearma para combatir la amenaza, real o imaginaria. /.../ Harán falta muchos años para apaciguar Europa. Pero al menos podríamos dar el primer paso hacia la creación de una atmósfera más benevolente en nuestra parte del globo, ¿no cree?». Le he preguntado a Chamberlain qué tenía en mente exactamente. El primer ministro ha respondido. «Junto con la cuestión española, hay una segunda cuestión, primordial y urgente: la alemana. Yo considero que es muy importante conseguir que los alemanes pasen de frases generalistas sobre “tener” o “no tener”, cuyo significado real nadie entiende, a una discusión práctica y formal de sus deseos. Si pudiéramos sentar a los alemanes a la mesa de negociaciones y, lápiz en mano, repasar todas sus quejas, sus pretensiones y sus deseos, sería mucho más fácil eliminar tensiones, o al menos aclarar la situación actual. Entonces sabríamos qué es lo que quieren los alemanes, y también sabríamos si es posible satisfacer sus demandas. Si fuera posible, haríamos un esfuerzo para conseguirlo; si no, tomaríamos otras decisiones».
/.../ La conversación me ha dejado con la impresión general de que Chamberlain baraja seriamente la idea de un pacto de cuatro potencias y organizar la seguridad occidental, y que está preparado para hacer considerables concesiones a Alemania e Italia a fin de conseguir su objetivo. No obstante, si en el transcurso de los acontecimientos se hiciera evidente que el acuerdo con esos dos países resulta imposible o que el precio que Inglaterra tendría que pagar por ese acuerdo es inaceptable, adoptaría una postura mucho más firme frente a las potencias fascistas de la que tenía Baldwin. 21
1 de agosto
Extremo Oriente está que arde. Es difícil prever las consecuencias, pero pueden ser inmensas.
En cuanto los japoneses lanzaron una ofensiva cerca de Pekín, a mediados de julio, el embajador chino en Moscú preguntó qué pensábamos hacer. Estaba particularmente interesado en saber si estábamos dispuestos a intervenir por separado o junto con las otras potencias. M. M. [Litvínov] respondió que no intervendríamos separadamente, pero que si se nos proponía una démarche conjunta, lo discutiríamos.
/.../ El ministro chino de Economía, K’ung, 22 que ha llegado hace poco a Inglaterra desde Estados Unidos, me visitó el 23 de julio, acompañado de Quo Tai-chi. 23 K’ung, un tipo robusto y vigoroso de unos cincuenta años, con gestos decididos y modales toscos, no perdió tiempo pidiéndonos que ayudáramos a China: señaló, con bastante torpeza, que la toma de Pekín por parte de los japoneses no sería más que el preludio del ataque a la URSS. /.../ K’ung también me dijo que en Alemania, antes de su visita a Estados Unidos, habló con los líderes del régimen y observó que Göring era claramente antisoviético, mientras que Schacht, 24 en cambio, era un «sovietófilo», y que Hitler, según decía a causa de la charla de dos horas con K’ung, empezaba a acariciar la idea de que quizá fuera posible la normalización de relaciones entre Alemania y la URSS.
/.../ Hoy he recibido la visita de Quo Tai-chi. Me ha dicho que ha visto dos veces a Eden y que ha insistido en la participación de la URSS en una acción conjunta en Extremo Oriente. Eden, no obstante, ha declinado su petición, argumentando que eso solo complicaría la situación. Quo tiene la impresión de que Eden simplemente tiene miedo de Alemania e Italia. /.../ Según Quo, Henderson, embajador británico en Berlín, está intentando convencer a Dodd, 25 embajador estadounidense en Alemania, para hacerle un préstamo conjunto anglo-americano a Hitler. Por otra parte, en las conversaciones que ha mantenido con los líderes nazis, ha expresado su opinión de que Gran Bretaña acabaría aceptando la anexión de Austria y Checoslovaquia por parte de Alemania con un «planteamiento federal». ¡Hijo de perra!
10 de agosto
Ha venido a verme Masaryk. De lo que me ha contado, señalaré lo siguiente. 1) El otro día le preguntó directamente a Vansittart cuál es la actitud británica con respecto a la «política rusa» de Checoslovaquia, y en particular frente al pacto checo-soviético. En Europa está extendida la opinión de que Inglaterra desaprueba esa política y, en particular, el pacto. ¿Es eso cierto? Vansittart le respondió que era absolutamente falso. Teniendo en consideración la situación actual en Europa, Gran Bretaña entiende, e incluso aprueba, las relaciones actuales entre Checoslovaquia y la URSS. 2) Masaryk define la actitud británica frente a Checoslovaquia de este modo: Gran Bretaña no es indiferente al destino de Checoslovaquia; incluso simpatiza con Checoslovaquia como bastión de la democracia en Europa central; pero su simpatía es tibia y no cabe esperar una respuesta enérgica por parte de Londres si Checoslovaquia se viera en peligro. A mí me parece que la descripción que hace Masaryk de la situación es correcta. 3) Vansittart y el Foreign Office en general están descontentos con el flirteo del primer ministro con Mussolini. Creen que el terreno no está listo aún para un acuerdo y, sobre todo, les molesta que Chamberlain haya dejado completamente de lado al Foreign Office en sus intentos por alcanzar un entendimiento con Italia.
23 de agosto
He visitado a Vansittart /.../ En general, V. estaba muy pesimista, en particular en lo relacionado con Extremo Oriente y el Mediterráneo. Las cosas empeoran cada vez más, el peligro está cada vez más cerca, y sin embargo no se están tomando medidas reales para combatirlo. ¿Hacia dónde se dirige el mundo?
V. me ha hablado con amargura sobre el hecho de que las complicaciones internacionales les han estropeado las vacaciones a todos este año. Él mismo tiene que quedarse en Londres permanentemente. Eden sí está de vacaciones, pero en Inglaterra, y solo tres semanas, haciendo viajes a la capital de vez en cuando. Hasta el primer ministro ha tenido que interrumpir sus vacaciones y convocar una reunión extraordinaria del Gobierno.
Esta es la primera vez desde el inicio de la guerra que el primer ministro no ha podido disfrutar de sus vacaciones en paz. 26 ¡A esto hemos llegado!
He escuchado a V. y me he sonreído por dentro: ¡ojalá el único problema fuera quedarse sin vacaciones!
12 de septiembre
Gran Bretaña y Francia, sobre todo, patrullarán el Mediterráneo... La inseguridad de las rutas navales del Mediterráneo se debe sobre todo a una circunstancia: la negación de los derechos de beligerancia... El evidente sinsentido de seguir hablando de Valencia como «el Gobierno de España» se ha convertido en una amenaza para la paz en Europa. (Observer, 12 de septiembre de 1937)
El Observer de hoy ha dado cuenta de la «conferencia antipiratería» de Nyon. El artículo no es en absoluto preciso. No obstante, una cosa es cierta: hemos jugado bien esta ronda. Hemos jugado al enroque en el ajedrez de Europa. La preocupación del Observer demuestra que nuestra flecha hizo diana.
[Al recibir información del NKID sobre los ataques piratas a barcos soviéticos, Maiski presentó una propuesta al Comité de No Intervención el 5 de mayo, para que nombrara una comisión de expertos especial destinada a tomar medidas prácticas contra la piratería. En septiembre de 1937, Gran Bretaña y Francia convocaron una conferencia en Nyon (Suiza), a la que asistieron Gran Bretaña, Francia, la URSS, Turquía, Bulgaria, Grecia, Yugoslavia, Rumania y Egipto. La conferencia acabó con un acuerdo firmado el 14 de septiembre en el que se encomendaba a Gran Bretaña y Francia la vigilancia del Mediterráneo. Una victoria temporal para los rusos que, a finales de 1937, se encontraban cada vez más aislados en el comité y en la escena internacional en general.]
27 de octubre 27
¡El primer «plan quinquenal» de mi destino como embajador en Inglaterra ha llegado a su fin! /.../
Desde entonces han pasado cinco años. ¡Y qué años! /.../ Una idea me atraviesa la mente, como un rayo: ¿cuánto tiempo pasaré aquí? ¿Qué veré? ¿Qué viviré? ¿Y qué me deparará el futuro? /.../
16 de noviembre
Hoy Agniya y yo hemos asistido al «banquete de Estado» ofrecido por Jorge VI en honor del rey Leopoldo de Bélgica, que ha venido para una visita de cuatro días. Ha sido un banquete como cualquier otro: ciento ochenta invitados, toda la familia real, miembros del Gobierno, embajadores (pero no enviados diplomáticos) y varios notables británicos. Hemos comido en platos de oro, con cubiertos de oro. La cena, a diferencia de la mayoría de las cenas inglesas, estaba muy buena (se dice que el rey tiene un cocinero francés). Dos docenas de gaiteros escoceses han entrado en el comedor durante la cena y han rodeado las mesas varias veces, llenando las bóvedas del palacio con su música semibárbara. Me gusta esa música. Tiene algo de las montañas y los bosques de Escocia, de tiempos seculares, del pasado primordial del hombre. La música de gaita siempre ha tenido un extraño efecto excitante sobre mí, arrastrándome a algún lugar lejano, a campos abiertos y vastas estepas donde no hay ni personas ni animales, y donde uno se siente joven y valiente. Pero he visto que la música no ha sido del gusto de muchos invitados, que la han encontrado dura, penetrante e indecentemente fuerte para ese ambiente de solemnidad y refinamiento palaciego. Leopoldo ha sido uno de los comensales contrariados...
Tras los discursos de Jorge VI y Leopoldo, que han proclamado la inquebrantable amistad entre sus estados, los invitados han pasado a los salones contiguos y nosotros, los embajadores, nos hemos reunido en la que llaman «Bow Room», donde se encontraban los dos reyes, ministros y algunos altos funcionarios de la corte. Las damas estaban en una sala vecina con la joven reina y la anciana reina madre. Aquí, una vez más, todo ha sido como siempre en los «banquetes de Estado»: primero los reyes han hablado entre ellos, mientras los embajadores cubrían las paredes como caros «muebles diplomáticos». Luego lord Cromer y otros cortesanos han empezado a revolotear entre los invitados y han guiado a los «pocos afortunados» que iban a tener el privilegio de contar con la «mayor atención» de un rey u otro. Leopoldo ha conversado con Chamberlain, Hoare, Montagu Norman (gobernador del Banco de Inglaterra) y, de entre los embajadores, con Grandi, Ribbentrop y Corbin. 28 Había una evidente complicidad con el «agresor» y el colaborador del agresor.
Naturalmente, yo no tuve ese honor: hoy en día la URSS no está de moda, especialmente en las más altas instancias del Partido Conservador. Al embajador japonés Yoshida, que merodeaba por un rincón, tampoco le han invitado a presentar sus respetos. No es de extrañar: ¡actualmente los cañones japoneses disparan sobre el capital y el prestigio británicos en China...!
Al final me he cansado de ese aburrido espectáculo y estaba ya pensando en escabullirme a los otros salones, donde podía ver a muchas personas interesantes que conozco. Pero en ese momento se ha producido una gran conmoción en la Bow Room. He levantado la vista y he podido ver lo que ocurría.

31. Ha nacido una amistad, pese a las reticencias de Chamberlain.
Lord Cromer ha aparecido procedente de una sala vecina, llevando a Churchill hasta Leopoldo y presentándolo al rey. Jorge enseguida se ha unido al grupo. Los tres han charlado animada y prolongadamente; Churchill gesticulaba ostentosamente y los reyes se han reído a carcajadas. Luego la audiencia ha llegado a su fin. Churchill se ha apartado de los reyes y se ha cruzado con Ribbentrop, que se ha puesto a charlar con el famoso «come-alemanes». Al momento se ha formado un grupo a su alrededor. Yo no he oído lo que decían, pero desde la distancia he visto que Ribbentrop, como siempre, estaba pontificando con suficiencia sobre algún tema, y que Churchill respondía con bromas, provocando las risas de la gente que los rodeaba. Luego ha sucedido lo siguiente: ante la mirada de todos los presentes, y en presencia de ambos reyes, Churchill ha cruzado la sala, ha llegado hasta mí y me ha estrechado la mano con decisión. Hemos iniciado una conversación animada y larga, en cuyo transcurso el rey Jorge se nos ha acercado y le ha hecho un comentario a Churchill. Ha dado la impresión de que Jorge, preocupado por la inexplicable proximidad de Churchill al «embajador bolchevique», ha decidido rescatarlo del «demonio de Moscú». Yo me he hecho a un lado y he esperado a ver qué pasaba después. Churchill ha terminado su conversación con Jorge y ha vuelto a mi lado para continuar con el diálogo interrumpido. Los encopetados aristócratas que nos rodeaban estaban atónitos.
¿Qué tenía que decirme Churchill?
Me ha dicho enseguida que considera que el «pacto anticomunista» va dirigido en primer lugar contra el Imperio británico y contra la URSS solo en segunda instancia. Le otorga gran importancia a este acuerdo entre los agresores, no tanto por el presente como por el futuro. Alemania es el principal enemigo. «La principal tarea para los que defendemos la causa de la paz —ha añadido— es mantenernos unidos. Si no, estamos condenados. Una Rusia débil supondría el peor peligro para la causa de la paz y para la inviolabilidad de nuestro imperio. Necesitamos una Rusia fuerte, muy fuerte». En ese momento, bajando la voz y como si quisiera mantener el secreto, Churchill empezó a preguntarme qué pasaba en la URSS. ¿No habían debilitado nuestro ejército los últimos acontecimientos? ¿No habían mermado nuestra capacidad para soportar las presiones de Japón y de Alemania?
«¿Puedo responder con una pregunta? —le he dicho—. Si un general desleal al mando de un ejército es sustituido por un general honesto y de confianza, ¿supone eso debilitar o reforzar un ejército? Si el director de una gran fábrica de armas resulta estar implicado en un sabotaje y es sustituido por un director honesto y fiable, ¿supone eso debilitar o reforzar nuestra industria militar?». He seguido en esa línea, desmantelando los cuentos de viejas que tan populares se han hecho aquí sobre el efecto de la «purga» en la situación general de la URSS.
Churchill me ha escuchado con la máxima atención, aunque de vez en cuando meneaba la cabeza en señal de desconfianza. Cuando he acabado, ha dicho: «Es muy reconfortante oír todo eso. Si Rusia se vuelve más fuerte, y no más débil, todo va bien. Repito: necesitamos una Rusia fuerte, ¡la necesitamos mucho!». Luego, tras un momento de pausa, ha añadido: «Ese Trotski es todo un demonio. Es una fuerza destructiva, y no creativa. Yo estoy firmemente con Stalin».
Le he preguntado a Churchill qué pensaba sobre la próxima visita de Halifax a Berlín. Churchill ha esbozado una sonrisa burlona y ha dicho que consideraba que el viaje era un error. De ahí no saldrá nada; los alemanes se limitarán a arrugar la nariz aún más y considerarán la visita como una señal de la debilidad de Inglaterra. No es útil ni para Inglaterra ni para la causa de la paz. Pero al menos Halifax es un hombre honesto y no sucumbirá a cualquier plan «desgraciado», como traicionar a Checoslovaquia o darle vía libre a Alemania en el este. ¡De todos modos, no debían haberse tomado la molestia ni de hacer la visita!
Churchill me ha estrechado la mano y me ha propuesto que nos veamos más a menudo.
[Halifax aceptó una invitación de Alemania como «Maestro de Caza de Middleton» para asistir a una exposición internacional de caza en Berlín, en el transcurso de la cual mantuvo una larga conversación con Hitler. Mientras tanto, Maiski se enteró por Lloyd George, el 21 de noviembre, de que la reconciliación con Alemania se había convertido en el principal objetivo de Chamberlain, aunque ello supusiera sacrificar España, Austria y Checoslovaquia, y aunque fuera contra la voluntad declarada de Eden. No obstante, la popularidad de Eden le impidió a Chamberlain retirarlo del cargo, ya que seguramente se convertiría en el núcleo de una potente oposición.]
18 de noviembre
[Maiski incluyó en su diario un borrador de una carta sin fecha dirigida a Litvínov, de la que reproducimos unos fragmentos.]
Aunque la reacción al pacto anticomunista en Inglaterra ha sido claramente negativa, eso no significa que las conclusiones prácticas inmediatas extraídas por la élite del Partido Conservador en el Gobierno sigan un recorrido próximo al de nuestra política. Más de una vez le he informado de los planes de política exterior de Chamberlain: quiere alcanzar a toda costa un acuerdo con Alemania e Italia para conseguir algún tipo de «seguridad en Occidente» y luego presentarse a las elecciones como el «apaciguador de Europa», para consolidar el poder de su partido los próximos cinco años. Eden está en contra de esta política, a la que atribuye poca visión de futuro y que considera una afrenta a todos los principios de la Sociedad de Naciones. Que hay una discordancia entre el primer ministro y el ministro de Asuntos Exteriores sobre la línea general de la política británica está fuera de duda. No obstante, Eden no es un personaje de suficiente peso, con la independencia y determinación necesarias como para oponerse a la línea de Chamberlain. /.../ A pesar de sus desacuerdos con el ministro de Asuntos Exteriores, el primer ministro sabe bien que Eden quiere hacer carrera y que, en último extremo, podría «aguantar» con él. Eden no es de piedra, sino más bien de fina arcilla, que cede fácilmente entre los dedos de un hábil artesano.
Volviendo a los planes de Chamberlain, cada vez estoy más convencido de que está dispuesto a llegar muy lejos para llevarlos a cabo. Está dispuesto, por ejemplo, a sacrificar España. Está dispuesto a aceptar la hegemonía alemana en Europa central y sudoriental, siempre que no tome una forma demasiado odiosa. Huelga decir que no movería un dedo para ayudar a la URSS en caso de ataque por parte del bloque fascista. En general, Chamberlain aceptaría pagar un precio muy alto en Europa a cambio de la «seguridad occidental». Solo dos asuntos, me parece a mí, podrían hacer que Chamberlain dejara de ceder ante los agresores y que reaccionara: las colonias y el dominio inglés de los mares; pero incluso en el caso de las colonias estaría dispuesto, parece, a buscar un acuerdo con Hitler. (No he mencionado un ataque directo a Gran Bretaña —o el problema de Bélgica y Holanda—, porque la actitud de cualquier hombre de Estado británico ante una amenaza así sería obvia.) La posición de Chamberlain también ha afectado a la respuesta del Gobierno británico respecto al pacto anticomunista. En lugar de adoptar una postura tranquila y expectante, si no una oposición activa, el Gobierno de Londres ha decidido enviar a Halifax a Berlín apenas cuatro días después de la firma del protocolo de Roma. /.../
[Las tres nuevas oleadas de purgas del Narkomindel empezaron a finales de 1937, adquirieron fuerza tras la Conferencia de Múnich y alcanzaron su apogeo con la destitución de Litvínov a principios de mayo de 1939 y la posterior limpieza del Comisariado del Pueblo para Asuntos Exteriores. El despliegue del terror de Estado tenía el objetivo de infundir miedo a la población y asegurar la obediencia a través de la violencia. Los historiadores aún están muy divididos en cuanto a los motivos del terror. Puede que se debiera a la predisposición ideológica de una «utopía en el poder», y que supusiera la continuidad de las percepciones leninista y estalinista del terror como útil herramienta de control; habría sido una reacción espontánea a las cambiantes circunstancias históricas, que pusieron en primer plano, naturalmente, la personalidad de Stalin como instigador y acosador; o, en un plano más amplio, podría atribuirse al miedo de los líderes a perder su posición dominante o incluso la vida.
El factor constante en los episodios de terror, tal como ha demostrado de forma convincente el historiador ruso Oleg Khlevniuk, era el miedo de Stalin a la formación de una «Quinta Columna» ante un probable estallido de la guerra con la escalada del nazismo. La intensificación del terror coincidió con la creciente tensión internacional y la amenaza de la guerra, y se vio amplificada con las experiencias de la Guerra Civil española. Las lecciones que se desprendían de ese conflicto eran que la agitación social causada por la guerra podía generar traiciones en casa, algo que había que cortar de raíz.
Stalin estaba decidido a acabar con las viejas camarillas y, sobre todo, a eliminar las lealtades a dos bandas: para con él y con otras figuras destacadas de las diversas instituciones del partido y del Estado. El Comisariado del Pueblo para Asuntos Exteriores era especialmente vulnerable, ya que el reclutamiento de personal destacado lo efectuaban en persona Chicherin y Litvínov de entre una comitiva de cosmopolitas políglotas y de mentalidad independiente, en muchos casos intelectuales revolucionarios de tiempos de los zares. El cosmopolitismo, en particular, suponía la contaminación a través del contacto directo con el seductor ambiente burgués. Los viejos cuadros debían ser sustituidos por una nueva generación de líderes, carentes de «una conciencia exacerbada de su propio valor, entregados al servicio revolucionario», que debían su ascenso a Stalin personalmente.
Al menos el 62 % de diplomáticos y altos cargos de la vieja guardia del comisariado fueron eliminados, mientras que solo el 16 % conservó su puesto, ya que el Narkomindel estaba plagado de agentes del NKVD infiltrados. La tremenda purga y los instintos básicos de supervivencia enfrentaron a unos diplomáticos con otros, tanto secreta como públicamente. Por otra parte, estaba la terrible imagen del Terror en el extranjero, nada desdeñable. Maiski estaba alarmado por la ejecución del segundo de Litvínov, Krestinski, 29 que fue reemplazado por Potemkin, astuto y ambicioso diplomático que se mostraba «adulador y complaciente» en presencia de Litvínov, pero que cuando este no miraba dejaba claro ante cualquiera que sería capaz de ser al menos tan buen comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores como él.
«El invierno pasado y este verano —se lamentaba Maiski a su hermano— han sido muy movidos en el plano de los asuntos internacionales, y eso me ha afectado significativamente a la salud. Es más, este año he estado de media un 50 % más ocupado que el anterior. /.../ Con el tiempo eso me ha ido haciendo mella en los nervios, en la capacidad de atención y —en conjunto— en mi trabajo diario». Esta referencia indirecta a la tensa situación es típica del estado de depresión contenida extendido por el cuerpo diplomático soviético de toda Europa en un momento en que la represión empezaba a extenderse al Narkomindel. La cautela estaba claramente a la orden del día, como refleja perfectamente la escasez de entradas en el diario de Maiski durante la segunda mitad de 1937. Un comentario indiscreto o un arrebato emocional podría ser fatal para un diplomático en caso de que se le imputara; sin embargo, la necesidad de expresarse y de manifestar su empatía le resultaban prácticamente irresistibles. Una carta de amor escrita por Maiski a Agniya en su aniversario de bodas aparece llena de alusiones a la fragilidad del futuro y a la necesidad de disfrutar del fugaz momento... y sobre todo del pasado. A modo de prólogo lleva dos versos del portentoso poema «Un año nuevo», de Anatoli Nekrásov:
... Y lo que una vez tomamos de la vida el destino no puede arrebatárnoslo. ¡Querida, amada y siempre algo loca Agneshechka! El poeta tiene razón. No sé qué nos deparará el futuro, pero los quince años que hemos pasado juntos son nuestros, y eso nadie lo puede cambiar. En memoria de estos quince años que, a pesar de alguna sombra ocasional, han sido años de amor, vida, lucha y movimiento /.../ acepta por favor este modesto regalo de mi parte. En cuanto al futuro /.../ sigamos adelante, con amistad y buen humor, hacia nuestras «bodas de plata».
No es de extrañar, pues, que cuando llegó el momento de sus vacaciones de verano, Maiski estuviera decidido a evitar pasar por Moscú de camino al balneario. Litvínov también estaba viniéndose abajo por la presión: disfrutó la cura que se concedió en Checoslovaquia, y aún más los cinco días libres que pudo tomarse antes de la reunión de la asamblea de la Sociedad, cuando recorrió Austria y Suiza intentando no pensar en las nubes de tormenta que se iban formando en el panorama internacional y en «otras cosas desagradables». Ahora protegía a sus embajadores reuniéndose con ellos en Ginebra. Maiski, al que un año antes no le había permitido asistir a la asamblea, fue esta vez bienvenido, pero al mismo tiempo recibió instrucciones de retrasar sus vacaciones en Rusia y de permanecer en su puesto. Dos destacados miembros de la delegación soviética en Londres, el agregado militar Putna y Ozerski, jefe de la delegación de comercio, habían sido retirados de sus puestos y ejecutados. El veterano primer secretario de la embajada, Kagan, también había sido llamado a Moscú, como muchos otros diplomáticos experimentados, claramente para evitar que «se aclimataran demasiado a determinados países». En la prensa de Londres corrían abundantes rumores sobre la inminente retirada del propio Maiski.
Ya era bastante duro seguir una política equilibrada en tiempo de purgas; pero igual de duras le resultaban a Maiski las constantes peticiones de explicaciones por parte de amigos y enemigos. Tal como observó Beatrice Webb, «se muestra reservado sobre los arrestos y los rumores de arrestos; justifica algunos, niega otros». Observó que Agniya, cuyo cuñado acababa de ser arrestado y enviado a un gulag, estaba «cansada y, creo yo, deprimida», y se preguntaba «si Maiski durará mucho como embajador en Inglaterra /.../ Los pobres Maiski, qué vida deben de estar llevando!». Agniya, en efecto, sufrió una crisis de nervios, de la que no se recuperó parcialmente hasta inicios de 1938.]
1 de diciembre
En octubre, el «Cliveden Set» se mostró especialmente animado y activo. Se reúnen en el salón de lady Astor y tienen el Times y el Observer como portavoces. Las figuras clave en esta camarilla son lady Astor, Garvin, Geoffrey Dawson 30 (director de The Times) y Lothian. Este último parece haber tenido vacilaciones últimamente, pero aún no ha roto con el Cliveden Set. Dawson se muestra particularmente activo.
El grupo de lady Astor tiene una potente representación en el Gobierno: la mayoría de «los viejos», incluidos Hoare, Simon, Halifax, Kingsley Wood 31 y Hailsham. 32 Hoare es el ministro de «Cliveden» con un papel más activo. Odia a Eden y quiere ocupar su lugar. Chamberlain, como primer ministro, intenta ser neutral, pero básicamente comparte las actitudes y puntos de vista de «los viejos».
El programa de «los viejos» prácticamente se resume en esto:
Un acuerdo con Alemania e Italia (al menos en forma de un pacto a cuatro), incluso a costa de grandes sacrificios: Alemania tendrá vía libre en Europa central, oriental y sudoriental; España saldrá perdiendo; a Hitler se le concederán ciertas compensaciones coloniales.
/.../ Luego viene lo que muchos llaman, con una sonrisa, la Conspiración de Cliveden.
Estas son las fases de la «conspiración».
Los «conspiradores» se reúnen en la casa de campo de lady Astor, en Cliveden, durante todo el mes de octubre. Elaboran un «plan» de acción general para cambiar las líneas generales de la política británica de un modo decisivo, orientándola hacia el Pacto de las Cuatro Potencias y hacia el acercamiento con Alemania. Hoare desempeña un papel destacado. Halifax y Kingsley Wood son participantes activos.
El periódico The Field le envía a Halifax una invitación para que asista a la feria de caza mundial que se celebrará en Berlín en noviembre. Los «conspiradores» deciden aprovechar la ocasión y organizan una «reunión privada» entre Halifax y Hitler. Simon y Hailsham están de acuerdo. Chamberlain da su visto bueno sin implicarse personalmente. Nevile Henderson (el embajador en Berlín) comprueba el terreno yendo a ver a Hitler. Y Hitler accede a reunirse con Halifax. Eden y Vansittart se oponen frontalmente desde el principio, pero no pueden evitarlo.
A principios de noviembre, antes de la firma del pacto tripartito anticomunista en Roma (el día 6), llega desde Berlín un programa preliminar para las discusiones, evidentemente preparado por Göring, a través de Henderson. Lo que sigue es la esencia del «programa».
[Adjunto a esto hay un artículo publicado en el Manchester Guardian del 24 de noviembre de 1937 que muestra la esencia del «programa de orientación» propuesta por Göring. Gran Bretaña consentiría la reforma del Estado checoslovaco siguiendo el modelo federal suizo; los Sudetes adquirirían un estatus similar al de un cantón suizo y se comprometerían a no dar ninguna ayuda diplomática, política o militar a Austria.]
Una vez más, Eden y Vansittart se oponen categóricamente al viaje de Halifax, especialmente a la luz del «programa». Chamberlain observa que las demandas alemanas «van demasiado lejos», pero piensa que aun así Halifax debería ir. ¿Por qué no hablar con Hitler igualmente? Eso no puede hacer ningún daño. Se produce un largo tira y afloja en el Gobierno. Eden, que se ha ido a la conferencia de Bruselas el 1 de noviembre, regresa el día 5 para el fin de semana e intenta impedir una vez más la visita de Halifax. Vuelve a Bruselas el día 8. La cuestión de la visita de Halifax queda sin resolver.
El 10 de noviembre, en ausencia de Eden, los «cuatro grandes» (Chamberlain, Halifax, Hoare y Simon) aceleran la decisión de la visita de Halifax a través del Gobierno, y Halifax viaja a Alemania el 16 de noviembre. Eden protesta y amenaza con dimitir (pero no dimite).
/.../ Hitler y Halifax se reúnen en Berchtesgaden. Hitler le da un discurso a Halifax y este escucha, haciendo únicamente preguntas o acotaciones ocasionales. Hitler habla en términos generales y relativamente modestos. Pide el reconocimiento del derecho de Alemania a tener colonias sin ninguna compensación y el derecho a resolver sus relaciones con los países de Europa central de forma bilateral, y sugiere que estaría dispuesto a volver a una Sociedad de Naciones «reformada» con ciertas condiciones. Halifax manifiesta que el Gobierno británico no siente animadversión hacia Alemania y que admite la posibilidad de ciertos cambios en Europa central, pero solo por medios pacíficos y con el consentimiento de Francia. En la conversación prácticamente no se hace ninguna mención a la URSS y al comunismo.
Halifax regresa a Londres el 22 de noviembre, bastante desanimado. Chamberlain también está decepcionado. Pero Eden se alegra y organiza una cena para algunos de sus amigos en un restaurante el día 22 (tal como me contó Masaryk). La señora Eden está encantada y anuncia alegremente que los nubarrones que se cernían sobre su esposo se han dispersado. En nuestra conversación del 26 de noviembre, Harold Nicolson 33 confirma que el desenlace de la visita de Halifax ha reforzado la posición de Eden. No obstante, el peligro no ha pasado, ya que Chamberlain sin duda intentará llegar a un entendimiento con Alemania otra vez.
/.../ ¿Cuáles son mis conclusiones? Las siguientes:
La «Conspiración de Cliveden» evidentemente ha sufrido una derrota. El intento de cambiar la dirección de la política exterior británica ha fallado. La política sigue siendo la que era; es decir, una retirada ante el agresor, débil, vacilante y zigzagueante; pero al menos no una política de alianza con el agresor a expensas de terceros países.
Chamberlain ha aprendido una buena lección. Eden ha reforzado mucho su posición. Evidentemente, el primer ministro tendrá que «reforzar» su postura en un futuro próximo.
/.../ Conclusión final: ¡tenemos que estar alerta!
[En septiembre de 1937, el Gobierno de la Segunda República se trasladó de Valencia a Barcelona. El traslado le permitió ganar fuerza sobre los anarcosindicalistas de Cataluña. Stalin, no obstante, fue advertido por sus agentes de que en las masas de Barcelona imperaba el derrotismo y que solo deseaban la paz. Los asesores aconsejaban adoptar una línea pragmática y alejarse del fervor revolucionario.
Con las feroces purgas, la supervivencia personal de Maiski había quedado vinculada al éxito de la seguridad colectiva, para la cual eran vitales los extraordinarios contactos que había hecho en Londres. Era un ejercicio de equilibrio extremadamente delicado: tenía que maniobrar entre la necesidad de proporcionar a Moscú una evaluación objetiva de los hechos y la necesidad de mantener viva la perspectiva de una alianza con Occidente. Maiski no compartía en absoluto la idea de que a la Unión Soviética le estaban imponiendo el aislamiento por la fuerza. Le rogó a Litvínov que buscara un acuerdo. Intimidado por Stalin o —más probablemente— siguiendo sus propias convicciones, el desafiante Litvínov hizo caso omiso a los ruegos de Maiski, argumentando que «a veces preferimos estar aislados que aceptar las malas acciones de otros, así que no nos asusta el aislamiento». No obstante, cuando Maiski recurrió a la carta del «aislamiento» para despertar la preocupación en Londres por el proyecto de un pacto de cuatro potencias, fue severamente reprendido por provocar «un nerviosismo y una angustia innecesarios». Por el momento, Maiski siguió perseverando para intentar conseguir la colaboración con Eden, e incluso obtuvo la aprobación personal de Stalin.]
12 de diciembre
Hemos pasado el fin de semana con los Webb.
/.../ Beatrice nos ha contado la divertida historia del matrimonio de Bernard Shaw.

32. Bernard Shaw es recibido en la embajada.
Corría el año 1908. Shaw no ganaba más de seis libras a la semana y vivía en el campo, con los Webb. Era un libertino, siempre tenía líos de faldas, y las «novias» del escritor montaban escenas que creaban continuos problemas a los Webb. Por ejemplo, algunas de las novias abandonadas de Shaw culpaban a Beatrice de las frívolas traiciones de su amante. Estaban celosas de ella y le montaban escenas de indignación y desesperación. Al final, Beatrice se cansó de todo aquello y decidió que Bernard tenía que casarse.
En aquel momento crítico, Beatrice recibió la visita de su vieja amiga de estudios Charlotte Townsend. Charlotte no estaba casada y desde la muerte de su padre tenía una renta anual de cinco mil libras. Charlotte decidió instalarse con los Webb. Beatrice le advirtió de los dos hombres que allí vivían, Shaw y Graham Wallas 34 (el conocido escritor fabiano). Charlotte no tenía nada en contra. Beatrice, al hablarle de sus proyectos de matrimonio a Sidney, su marido, le dijo que le parecía que Charlotte, por su carácter y sus gustos, se llevaría mejor con Wallas (también él era soltero) que con Shaw. Para su sorpresa y alegría, Charlotte y Bernard se hicieron grandes amigos en tres días. Tuvieron una historia tempestuosa y vertiginosa, pero Shaw no quería casarse porque, ¿cómo iba a casarse él, un pobre, con una mujer acaudalada?
En aquel tiempo, los Webb estaban a punto de ir a Estados Unidos. Beatrice fue a hablar con Shaw y le dijo, llanamente: «O te casas inmediatamente o te vas de mi casa. Si te quedas aquí mientras nosotros no estamos, tu relación será demasiado evidente para todo el mundo y nos acarreará grandes pro blemas».
Shaw se negó a casarse, se fue al día siguiente y se instaló en una buhar dilla en Londres. Charlotte también se marchó. Se fue a ver Roma. Los Webb partieron a Estados Unidos.
Un tiempo más tarde, cuando ya estaban en Estados Unidos, los Webb recibieron un telegrama de Wallas diciendo que Shaw se estaba muriendo (Shaw tenía tuberculosis y la vida en la buhardilla se estaba cobrando su precio). La noticia alarmó a los Webb, y a punto estuvieron de volver a Inglaterra. No obstante, al día siguiente recibieron un segundo telegrama de Wallas que los sorprendió enormemente: Bernard se había casado con Charlotte.
Los Webb estaban perplejos. La aclaración llegó más tarde. Wallas, primero, le había enviado un telegrama a Charlotte, notificándole que Shaw estaba enfermo. Charlotte volvió corriendo a Inglaterra e instaló a Shaw en una villa espléndida. Hizo venir a los médicos e inició un tratamiento a conciencia. Entonces Bernard le dijo a Charlotte: «Si esto es así, tenemos que casarnos. Debe de ser el destino». Se casaron aquel mismo día. Bernard y Charlotte siguen viviendo juntos. Shaw tiene ochenta años, y Charlotte, ochenta y dos.
1938
4 de enero
He encontrado el nombre de Vansittart en la Lista de Honores de Año Nuevo. Pero ¿qué tipo de «honor» es ese? De momento no lo sé muy bien.
Para empezar le han dado un sustancioso premio y un nuevo cargo: deja de ser el subsecretario permanente (puesto de gran importancia como jefe efectivo de todo el personal del Foreign Office y, por tanto, prácticamente jefe del propio FO) y se convierte en «primer asesor diplomático» del ministerio. ¿Qué significa eso? /.../ Si V. consigue abrirse paso hasta el entorno del primer ministro (como Horace Wilson, 1 primer asesor sobre industria del Gobierno británico) y se gana su confianza, el nuevo nombramiento supondrá un gran ascenso para él, y aumentará su influencia. Si, en cambio, V. no lo consigue y se mantiene como «asesor» únicamente del FO, el nuevo nombramiento tendrá que considerarse una degradación, o más bien un billete para la jubilación, solo que con uniforme, condecoraciones y una pensión. Veremos qué pasa. /.../
[Tal como Maiski les reveló a los Webb, el Gobierno soviético «tendía hacia el aislamiento y, aunque no abandonaría la Sociedad de Naciones, dejaría de mostrar interés por ella. El concepto de “seguridad colectiva” debía aplicarse en todas partes o en ninguna parte: tanto en Alemania —en Occidente— como en Japón —en Oriente—». Obviamente, seguía atento el ataque frontal de Zhdánov 2 contra Litvínov, durante el cual había criticado las políticas del Narkomindel. Zhdánov entonces era presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Sóviet Supremo, que poco a poco iba modificando la política exterior de los menguados Politburó y Narkomindel. Desesperado, Litvínov había escrito —pero no enviado— una carta de renuncia dirigida a Stalin.
El 24 de enero, Maiski le rogó a Litvínov confidencialmente que le permitiera ir a Ginebra al cabo de unos días para tratar «una cuestión personal de gran importancia». Si no podía justificarlo como un viaje de negocios, estaba preparado incluso para convertir el viaje en «privado». Aunque no había ninguna noticia de lo que pasaba en Ginebra, hay pruebas que confirman la creciente preocupación de Maiski por el futuro de Litvínov, su protector y mentor, así como el temor por su permanencia en Londres. La vida se había vuelto insoportable con los rumores de su inminente destitución circulando por la prensa y con la intrusión del NKVD en la embajada.]
7 de febrero
¡De modo que Hitler le ha dado un buen golpe a su ejército! 3 La «oposición» legal al dominio del «partido», que se agrupaba en torno al Reichswehr e incluía a grandes industriales, terratenientes, diplomáticos de la vieja escuela, etc., se ha roto definitivamente. La eliminación de Schacht ha sido una señal de que se acerca el clímax. La boda de Blomberg 4 con una plebeya fue la gota que colmó el vaso. ¿Ha acabado ya la «purga»? Es difícil saberlo. Me inclino a pensar que el desacreditado ejército sufrirá más exilios, arrestos, etc. Hay que reconocer que Hitler ha llevado a cabo la operación con gran habilidad, y a la velocidad del rayo. Aunque no sea más que una victoria del 75 %, es una victoria al fin y al cabo. /.../ En general, el Ejército era un factor de contención en la política alemana: se oponía a la ocupación de Renania y no se mostraba muy entusiasta con respecto a la aventura española. El Ejército creía que Alemania no estaba preparada para una gran guerra y que, por tanto, no debía correr riesgos excesivos.
¿Qué podemos esperar ahora, tras este golpe al Ejército? La agresividad cada vez mayor de la política alemana (no es casualidad que Ribbentrop haya sido nombrado ministro de Asuntos Exteriores), el reforzamiento del Eje y el bloque anticomunista y, en consecuencia, la formación acelerada de dos frentes, aunque este último proceso no sea lineal. Es muy probable que asistamos a intentos más decididos para hacerse con Austria y, quizá, con Checoslovaquia, y a un enfoque más beligerante en el asunto de las colonias y un apoyo más activo a Japón en Extremo Oriente y a Italia en España.
Los hechos del 4 de febrero han impresionado mucho a los ingleses. /.../ No tengo dudas de que la primera respuesta del Gobierno británico será la de acelerar las negociaciones anglo-germanas. Chamberlain y compañía argumentarán que hay que aprovechar la última oportunidad de evitar una guerra. ¡Esos eternos apaciguadores! ¿Es que su estrechez de miras y su cobardía no tienen fin?
/.../ Si Hitler consigue no comportarse como un elefante en una cacharrería, y sobre todo si dice alguna palabra de ánimo en su charla del 20 de febrero, 5 Chamberlain estaría encantado de llegar a un acuerdo a medio camino. Entonces, el ritmo lento de las charlas anglo-germanas, de las que me habló recientemente Vansittart, se acelerará y se delineará en el horizonte la silueta de un pacto de cuatro potencias a costa de la Europa central, oriental y sudoriental.
11 de febrero
He ido a ver a Eden. /.../ Apenas había pasado el umbral de la puerta cuando Eden ha empezado a dispararme preguntas: ¿qué me parecen los acontecimientos en Alemania? ¿Qué efecto tendrá la dimisión de Goga? 6 ¿Realmente se va a retirar Mussolini de España?, etc. Eden estaba tan animado, incluso excitado, que tuve que preguntarle qué era lo que tanto le agradaba.
Eden confesó que hacía tiempo que no estaba tan contento. /.../ Alemania iba a debilitarse durante un tiempo con los últimos acontecimientos. Sí, el partido se ha impuesto a los elementos «moderados», pero el «equilibrio» recién conseguido no es en absoluto inamovible y podrían ocurrir diversas cosas inesperadas. A continuación enumeró los distintos terrenos en los que se había movido el Gobierno en Alemania y, después de señalar los cambios de personal registrados desde el 4 de febrero en el Ejército, la economía, el Ministerio de Asuntos Exteriores, etc., concluyó que habían situado a hombres de poca relevancia, menos experimentados, en lugar de figuras de mayor peso. Es inevitable que eso afecte a la eficiencia de la maquinaria del Estado. Cuando Eden mencionó el Ministerio de Asuntos Exteriores, hizo un gesto cómico de sorpresa, como si ahuyentara un fantasma que le acabara de aparecer frente a él, y exclamó con una risa: «¡Por motivos de etiqueta diplomática debo callar, pero usted ya sabe lo que pienso!». Yo me reí en voz alta. La sombra de Ribbentrop se cernía sobre nosotros en aquel momento. Rechacé el optimismo de Eden frontalmente y dije que, al contrario, yo me esperaba una intensificación de las agresiones alemanas en varias direcciones. En particular, ¿qué les ocurriría a Austria y Checoslovaquia? Eden intentó defender su postura, pero no lo consiguió demasiado. Al final dijo que probablemente Alemania tuviera un comportamiento más escandaloso que nunca, pero que en realidad se volvería menos peligrosa. Yo sacudí la cabeza, nada convencido.
Ha llegado la hora de que Italia «eche el freno». Mussolini, en opinión de Eden, tiene muchos frentes abiertos —Abisinia, España y Austria—, y además tiene serias dificultades financieras y económicas. Tendrá que reducir su campo de acción muy pronto, pero ¿dónde exactamente? ¡En todas partes! Él cree que ocurrirá en España. En cualquier caso, tenemos que hacer lo posible para que suceda en España. Eden hace lo que puede. La semana pasada, después de anunciar el consentimiento de Italia para reforzar la lucha contra la piratería en el Mediterráneo, Grandi añadió que Italia estaría dispuesta a resolver todas las disputas entre los dos países. Insistió, no obstante, en que debería excluirse la cuestión española de las futuras charlas.
Eden respondió diciendo que España era el principal obstáculo y que no podía pensarse en un debate constructivo sobre los demás asuntos sin dar primero una solución satisfactoria a este problema. También añadió, bastante deliberadamente, que el Gobierno compartía su punto de vista. Unos días más tarde, Grandi informó a Eden de que los italianos estaban dispuestos a hablar también de la situación de España. Es más, el Gobierno italiano se inclinaba («como siempre») por buscar la forma de acelerar la evacuación de los «voluntarios». Ayer, Eden le entregó a Grandi la última fórmula de Plymouth para definir la «evacuación sustancial» y ahora está a la espera de una respuesta de Roma. La respuesta de Grandi fue bastante curiosa: «Hace solo unos días habría descartado esta fórmula sin más deliberación, pero hoy estoy dispuesto a enviársela a mi Gobierno para que la considere». Eden cree que la respuesta de Mussolini a la fórmula también representará una respuesta a la pregunta de si Mussolini está haciéndoles chantaje o si realmente pretende retirarse de España. Eden cree que se retirará.
He criticado a Eden una vez más por su complacencia. Me gustaría que tuviera razón, pero no veo motivos suficientes para creer que vaya a ser así. Efectivamente, Mussolini tiene muchos frentes abiertos, pero creo que es más fácil que se retire de Austria que de España. Bien pensado, Mussolini ya no tiene nada que hacer en Austria: si no es ahora, en seis meses, un año o dos años, Hitler la tomará y Mussolini no podrá hacer nada por evitarlo. Probablemente, ya se haya resignado a la pérdida de Austria y simplemente quiera «vendérsela» a su socio a un precio elevado. ¿Qué precio? Muy probablemente, España. Por eso me temo que en un futuro cercano presenciaremos otro intento desesperado por parte de Italia para darle la victoria en la guerra a Franco, con una ayuda más activa que antes por parte de Alemania. Y por eso creo que Mussolini engaña a Gran Bretaña con respecto a la retirada de voluntarios, y que no tiene ninguna intención de cumplir sus promesas. No sería de extrañar que el Gobierno británico quedara como un tonto otra vez, como ha ocurrido en más de una ocasión en el pasado. Eden me escuchó con mucha atención, y es evidente que mis palabras calaron en él, porque me respondió precisamente así: «A mí no me bastan las palabras y las promesas de Italia. Solo entraré en negociaciones con Roma cuando se haya zanjado de manera favorable el tema de la retirada de los voluntarios. E Italia no recibirá ni una concesión hasta que todos los voluntarios abandonen el territorio español. Pero si lo hacen, ¿no valdrá la pena pagar algo por España?».
Y ha añadido, con intención: «Espero que el señor Litvínov no ponga objeciones a este planteamiento».
¡Está claro que Eden está compitiendo con M. M.! O, más precisamente, a cada giro de la política quiere mantener el contacto con la URSS. Eso me da mucha confianza. Es esa nueva cualidad que he observado en él recientemente y que expresó con tanta vehemencia justo antes de Año Nuevo.
Pero las relaciones entre Eden y Chamberlain no mejoran en absoluto. He sabido por varias fuentes que Eden se plantea hacer de la cuestión española un requisito previo indispensable para un acuerdo con Italia, mientras que Chamberlain está dispuesto a dejar a España como último recurso. Hasta ahora es evidente que Eden ha conseguido convencer al Gobierno de que respalde su punto de vista, pero no hay garantías de que mañana Chamberlain no consiga desquitarse.
[Eden firmó un tratado condicionado a la retirada de Mussolini de España. No obstante, la evacuación de los «voluntarios» extranjeros siguió siendo un tema espinoso. El 4 de noviembre de 1937, el Comité de No Intervención adoptó una resolución que estipulaba que debían respetarse los derechos de beligerante a ambos bandos en conflicto en España, siempre que se hicieran progresos sustanciales en la evacuación de los voluntarios. No obstante, los miembros del comité no consiguieron determinar qué constituía una «evacuación sustancial». Las negociaciones se alargaron hasta el 16 de abril de 1938, y para entonces Eden ya había sido sustituido por Halifax. La decisión de Chamberlain de mantener negociaciones con Mussolini a espaldas de Eden llevó a la dimisión de este último el 20 de febrero. Chamberlain le contó a su hermana que había llegado gradualmente a la conclusión de que «en el fondo Anthony no quería hablar ni con Hitler ni con Mussolini, y como yo sí lo hice, hizo bien en marcharse».]
25 de febrero
Tras el alboroto y las preocupaciones de los últimos días, la vida vuelve a su curso normal. Chamberlain se ha salido con la suya al final y Halifax ha sido nombrado ministro de Asuntos Exteriores, pero es el primer ministro el que hablará en la Cámara de los Comunes sobre los principales asuntos de política exterior. Un tal Butler, 7 parlamentario y exasistente del ministro de Trabajo, ha sustituido a Cranborne. /.../
[Maiski hizo una completa descripción de Halifax tras su nombramiento, en la que lo calificaba de «típico representante de la antigua generación de conservadores». Aunque ensalzaba sus capacidades intelectuales y administrativas, a Maiski no le gustaba el enfoque que daba a la política exterior, orientada a conseguir un «equilibrio de poder y la seguridad en Occidente /.../, indiferente a la cooperación anglo-francesa y proclive a un acercamiento a Alemania e Italia. Su actitud con respecto a la Unión Soviética es hostil, pero hasta ahora no ha hecho ninguna declaración antisoviética». Una vez en el cargo, Halifax, que era «particularmente contrario a las conversaciones con rusos y japoneses», solía delegar esas reuniones en Rab Butler, su subsecretario de Estado.]
27 de febrero
He hecho una visita a Vansittart y le he preguntado por su nuevo cargo y sus nuevas obligaciones.
A juzgar por lo que me ha dicho, las cosas están así: sigue en el Foreign Office, conserva su viejo despacho y lee toda la correspondencia, pero ya no participa de los asuntos administrativos (reuniones, personal, finanzas, etc.) ni toma parte en la gestión diaria del personal del FO en Londres ni en ningún otro sitio. Estas últimas dos tareas debe asumirlas Cadogan, el nuevo subsecretario permanente. V. se concentrará en trazar las líneas de actuación y dar asesoramiento sobre las principales cuestiones de la política exterior.
/.../ Hemos hablado sobre España, Alemania e Italia. V. cree que ahora, después de Teruel, habrá que revisar la extendida convicción de la inevitabilidad de una victoria inminente de Franco. Los republicanos han mostrado una gran fuerza y vitalidad. Pese a la intervención extranjera con que cuenta ahora, es difícil que Franco consiga derrocar la República por sí solo. Le he expresado mi temor de que Italia y Alemania puedan ampliar el alcance de su intervención. Pero V. ha expresado sus dudas al respecto. Actualmente, el Gobierno británico está siguiendo una sabia política de esperar a ver qué sucede en Italia: tras los acontecimientos de Abisinia, España y Austria, la posición de Mussolini se está debilitando a cada mes que pasa. ¿Qué motivo puede haber, pues, para acelerar las conversaciones en Roma? Cuanto más tiempo mantenga la compostura Gran Bretaña, más fácil le será llegar a un acuerdo con Italia.
1 de marzo
Hoy Halifax ha recibido a todos los embajadores, uno tras otro. Monck ha salido al encuentro de cada uno en el vestíbulo y ha supervisado las visitas, notificando a cada embajador que tendría de diez a quince minutos con Halifax.
«Bueno, eso bastará —he respondido, bromeando— para plantearle al ministro unas cuantas cuestiones que le amarguen el día».
«¡Pues sí! —ha contestado Monck, con un aire melancólico—. En los viejos tiempos, no era de rigor tratar asuntos serios durante la primera visita a un ministro de Asuntos Exteriores recién nombrado». /.../ Consciente del poco tiempo de que disponía, solo le he hecho dos preguntas a Halifax:
1) ¿Cuál es la postura de Gran Bretaña con respecto a Europa central? La respuesta ha sido prácticamente ininteligible: Gran Bretaña se considera parte interesada en esta región, pero no puede aceptar compromisos por adelantado. Todo dependerá de las circunstancias. Esta actitud parece casi diseñada deliberadamente para alimentar el apetito de Hitler y provocarle para la agresión.
2) ¿Cuál es la postura de Gran Bretaña con respecto a España? Más específicamente, ¿puede llegar a haber algún acuerdo entre Londres y Roma que pase por alto la «resolución» de la cuestión española en cuanto a la evacuación de las tropas extranjeras de España? La respuesta, una vez más, ha sido vaga y evasiva. Halifax ha declarado en primer lugar que el Gobierno británico considera la «resolución» del problema español como parte de un acuerdo general con Italia. Pero cuando le he insistido con preguntas más incisivas, ha cedido y ha admitido que depende en gran parte de si Mussolini es o no el responsable de que no pueda retirarse rápidamente a los «voluntarios» de España. No hay duda de que mis preguntas le han amargado el día a Halifax, pero al menos ahora ya sé qué terreno pisamos. Los nuevos líderes de la política exterior británica no moverán un dedo ni con respecto a Europa central ni con respecto a España. Incluso tengo la sensación de que, en su fuero interior, Chamberlain ya ha decidido «vender» España a Mussolini por el precio que considere justo.
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