Kitabı oxu: «Locura en la matinée»

Locura en la Matinée
Gabriel Korenfeld
Ilustraciones:
Sebastián Barreiro

Índice de contenido
Locura en la matinée
Portada
ADVERTENCIA
Capítulo 1: Un lugar asombroso
Capítulo 2: Desconocidos
Capítulo 3: El secreto de Melvin
Capítulo 4: Baile con la muerte
Capítulo 5: La vecina
Capítulo 6: Virus
Capítulo 7: El plan macabro de Víctor Goty
Biografías
Legales
Sobre el trabajo editorial
Contratapa
advertencia
no leer el último cuento sin antes haber leído todos los anteriores.
Un lugar asombroso
Maxi empujó la puerta y descubrió que estaba todo oscuro.
—¿Qué hay? –preguntó Rama.
—Un monstruo.
—Dale.
—Una escalera.
—Fijate si hay luz –sugirió Rama.
—No creo.
—Fijate.
Maxi buscó el interruptor, movió la perilla, pero el sótano seguía completamente a oscuras.
—Te dije.
—Volvamos, entonces. Acá no vas a encontrar nada.
—No sabés, vamos a investigar –Maxi sacó su celular, lo puso en modo de linterna y comenzó a bajar lentamente. La escalera de cemento no tenía baranda y los escalones eran muy angostos. Con su teléfono iluminaba el camino e intentaba mantenerse siempre en el centro.
—No hay nada, Maxi. Está todo oscuro.
—Sacá tu celular y bajá, dale.
—No seas pesado, salgamos antes que se largue a llover.
—La lluvia es agua, no mancha.
—Entramos para que le saques una foto a las sogas. Si las quitó la policía, mala suerte. Además, te lo dije, era obvio.
—Hubiera sido una gran foto –Maxi llegó al último escalón y miró hacia arriba–. ¿Te vas a quedar ahí? ¿De qué tenés miedo?
—No tengo miedo.
—Estás muerto de miedo, Rama. Ya no existe el manicomio, no hay nadie, los únicos locos acá somos nosotros.
—Sos vos en todo caso.
—Miedoso –el chico aventurero se colocó el celular cerca de la cara e imitó a un monstruo–. ¡Grrrr!
—Sos un idiota.
De pronto, un trueno sacudió el cielo y Rama se sobresaltó.
—Fue un trueno nada más.
—Sí, ya sé.
Con mucho fastidio, Rama sacó su celular del bolsillo, iluminó el escalón más cercano y comenzó a bajar.
—Cuidado con el ratón muerto.
—Qué gracioso.
—Sos un chico muy de departamento, Rama.
—¿Qué significa eso?
—Que tu vida pasa solo por la compu y la Play.
—¿Perdón? ¿Vos no usás la compu y no jugás a la Play en tu casa?
—Sí, pero también juego al fútbol en el club y salgo a la plaza a andar en bicicleta. Con Teo siempre nos metemos en obras en construcción o en casas abandonadas. Está bueno salir a buscar aventuras.
—Para aventuras prefiero jugar al “God of War”. Además sabés que no me dejan salir a hacer esas cosas.
—Mentiles como hiciste hoy. Mi papá siempre me dice que cuando era chico se pasaba todo el día en la calle.
—Cuando tu papá era chico no había Play, y tampoco existía Internet.
Rama llegó al último escalón.
—Me rindo.
Con sus celulares de linternas, los dos chicos se alejaron de la escalera y se acercaron más al fondo del sótano.
—Tengo poca batería –avisó Rama.
—Tranquilo, no nos vamos a quedar a dormir.
Aunque la puerta del sótano estaba medio abierta, ya no entraba ningún rayo de luz. Afuera se había largado a llover y el cielo estaba completamente negro.
De repente, Rama pateó una botella vacía y el ruido retumbó en todas las paredes.
—No la vi –dijo el chico rubio.
—Hacé pasos cortos, si la pisabas te matabas.
Con la esperanza de encontrar alguna soga, Maxi iluminó el techo, pero solo vio un cielo raso lleno de hongos y humedad.
—Vamos, Maxi, ¿desde cuándo te convertiste en detective?
—¿A vos no te parece raro lo que pasó acá?
—Sí, pero se lo dejo a la policía –Rama paró de caminar y suspiró fastidiado.
—¿Por qué se ahorcaron cuatro personas?
—Porque estaban locos, era un manicomio.
—¿Y eso qué tiene que ver? En ningún manicomio se ahorcan cuatro pacientes.
—En este, sí.
Maxi iluminó una tabla pequeña manchada de varios colores de pintura. La madera se encontraba apoyada contra la pared, al lado de un bulto tapado por una lona.
—Escuché que dos pacientes desaparecieron. Se los tragó la tierra.
—Sí, mi mamá me dijo que uno era dueño del laboratorio “Gotymedic” –le contó Rama.
—El antibiótico que tomé por la hepatitis era de ese laboratorio.
—No hay nada, Maxi, es una tabla de esas que usan los pintores, ¿nos podemos ir?
—Esperá, dejame ver que hay debajo de esa lona.
Rama meneó la cabeza y se mordió el labio inferior. En ese momento, juró que no se iba a dejar convencer por su amigo nunca más.
Maxi caminó unos pasos hasta la lona y la quitó de su sitio.
—¿Qué hay? –preguntó Rama desde atrás.
—Pinturas, cuadros sin marcos –dijo sacándose el polvo de las manos.
—Genial, vamos.
—No, acercate.
—¿Para? Me aburren las pinturas.
—¿Te podés acercar por favor?
Rama se dirigió hacia su amigo con el celular levantado, y cuando vio la primera pintura de la pila, su cara se desfiguró. En ella, había tres hombres y una mujer ahorcados en el salón principal de la clínica. El dibujo estaba hecho con acuarelas, y se veía temiblemente real.
—Los cuatro muertos… –murmuró Rama.
—¿Quién lo habrá pintado?
—Uno de los dos pacientes que escaparon.
—Es mejor que Leonardo da Vinci.
—¿Conocés alguna pintura de Leonardo da Vinci?
—No.
—Dios mío.
Maxi y Rama siguieron observando la recreación en silencio. A unos metros de los cuerpos, había una mesa larga que aparentemente usaron para subirse encima y colocarse el aro de la soga.
Maxi levantó la pintura con las dos manos, la apoyó contra la pared y vio la que estaba abajo.
—¿Qué es esto?
Rama retrocedió asustado.
En la tela de lienzo había otro dibujo que les resultó escalofriante. Allí se veía cómo un chico rubio caía en un pozo y un amigo agachado intentaba agarrarlo. Alrededor de ellos todo estaba pintado de negro.
—Parece que se está cayendo y el otro no lo puede agarrar… –dijo Maxi en voz baja.
—La ropa…
—¿Qué pasa con la ropa?
—Están vestidos como nosotros…
Maxi hizo una pausa y tragó saliva.
—Una coincidencia…
—El chico que cae soy yo –dijo Rama aterrado.
—No digas estupideces…
—Vos sos morocho. ¡El chico que cae soy yo!
En ese momento, se apagó el celular de Rama. El sótano solo quedó iluminado por la poca luz del teléfono de Maxi.
—Vamos, subí la escalera conmigo.
—Esperá, dejame ver el cuadro que sigue.
—Chau.
—Aguantá.
Maxi agarró la pintura, la levantó y la apoyó en el piso junto a la otra.
—¿Y esto? Vení, mirá.
—¡Estamos a oscuras! ¡No quiero ver nada! Me voy.
El chico del celular intentó comprender de qué se trataba el nuevo dibujo. Allí había una fila de adolescentes entrando a un lugar llamado: Madness. Maxi creyó que era una especie de parque de diversiones, ya que por encima de la puerta, salía una montaña rusa por un hueco.
De pronto, desconcentrándolo por completo, se escuchó el ruido de otra botella y el grito de su amigo.
—Sos torpe, Rama… –le dijo sin dejar de ver la pintura.
—Maxi…
—Veo un cuadro más y voy.
—Ayudame por favor… –le rogó su amigo con un hilo de voz.
Al escuchar el pedido de auxilio, Maxi se dio vuelta rápido y comenzó a buscarlo.
—¿Dónde estás?
—Apurate… No aguanto…
En el medio de la oscuridad, la escasa luz de su teléfono encontró la caballera rubia. Rama había caído en un pozo y apenas estaba agarrado con los dedos de una mano.
—¡Rama!
Maxi se tiró al piso, se acercó al pozo y lo agarró de la muñeca.
—¡Intentá subir el otro brazo!
—No puedo –el cuerpo de Rama estaba inclinado y sus pies se movían en el aire. La oscuridad no le permitía ver cuán profundo era el hueco.
Maxi tiró hacia atrás con fuerza, pero el peso de su amigo era mucho para él.
—¡Sacame! ¡No me quiero caer! –los ojos de Rama estaban inyectados en sangre, su cara expresaba el pánico que sentía.
—No puedo levantarte –le dijo Maxi con los dientes apretados–. Ayudate con los pies.
Rama descendió unos centímetros y su compañero se acercó más al pozo.
—Nos vamos a caer los dos, ¿no tenés algo para agarrarte?
Maxi miró hacia atrás pero no veía nada. El sudor por los nervios hacía que el contacto entre ellos fuera cada vez más inseguro.
—No hay nada, nos tenemos que arriesgar. Cuando cuente hasta tres, yo tiro hacia atrás y vos usá los pies para escalar.
Rama lo miró muerto de miedo, no podía sacarse la pintura de la cabeza.
—Está bien.
—Uno… Dos… –las manos de Maxi se convirtieron en una pinza–. ¡Tres! ¡Aaah!
Rama sintió fuerte el tirón, intentó caminar por la pared del hueco, pero sus pies se resbalaron y perdió el control. Maxi no logró resistir el peso y quedó prácticamente con medio cuerpo dentro del pozo.
—No me sueltes… –le rogó Rama.
—Te tengo…
Los dos chicos se miraron fijo a los ojos. El terror era insostenible y la transpiración de las manos seguía en aumento.
—¡Auxiliooo! –gritó Maxi con toda su fuerza.
—Me voy a caer –vaticinó Rama sin poder contener las lágrimas.
Cuando nada parecía que podía empeorar la situación, de repente se acercó un ratón blanco a la orilla y le tocó el brazo a Maxi. Apenas sintió el contacto, el chico giró la cabeza y sus ojos aumentaron notablemente de tamaño.
—No lo mires, ya se va a ir –le rogó Rama desesperado.
Su amigo asintió con la cabeza y se convirtió en una estatua. Hasta ese momento, no sabía que un ratón le podía producir tanta repulsión junta.
—Se me resbala la mano, voy a intentar subir la otra.
—Dale… –Maxi seguía paralizado.
—No me dejes caer.
Su compañero negó con la cabeza. Su frente estaba llena de sudor.
—¿Preparado? –preguntó Rama cada vez más abajo.
Maxi no pudo evitarlo y miró al ratón de reojo. Este tenía sus patas delanteras encima de su brazo.
—¡Maxi! ¡Mirame a mí!
El roedor se subió al brazo del chico morocho y se quedó allí. Sus pequeños ojos brillaban en la oscuridad.
—Me resbalo… –dijo Rama enloquecido–. ¡Maxi! ¡¿Me escuchás?!
Pero su amigo estaba en otra galaxia. Cuando el ratón comenzó a caminar por su brazo, no lo soportó más y lo sacudió con fuerza.
—¡Nooo!
El ratón pegó un salto y escapó, pero el movimiento brusco hizo que Rama se resbalara.
Maxi vio cómo caía su amigo y su corazón se detuvo. La espantosa imagen lo acompañaría para siempre.
Recién a los diez segundos se escuchó el impacto. El pozo tenía unos seis metros de profundidad.
—¡¿Rama?! ¡¿Rama estás bien?!
Pero no hubo respuesta.
—Voy a pedir ayuda, tranquilo, te vamos a sacar –con la mano temblando agarró su celular y descubrió que allí no tenía señal–. ¡Ya vengo, Rama! ¡No tengo señal! ¡No te preocupes! ¡Aguantá un poquito!

Maxi hizo silencio para oír una palabra de su amigo, pero solo se escuchó un nuevo trueno.
Con movimientos torpes, y asfixiado por la culpa, corrió casi a ciegas hasta la escalera, y la subió lo más rápido que pudo. Una vez encima de la pequeña plataforma, miró hacia abajo y se largó a llorar. Lo hizo con fuerza, por todos los años que no había llorado.
Sin poder controlar el temblor, se fijó si tenía señal y desesperado llamó a su papá.
Los bomberos tardaron en llegar unos quince minutos y al ver la gravedad del caso se pusieron a trabajar. El operativo de rescate no fue nada sencillo, pero finalmente sacaron a Ramiro con vida.
Maxi se alegró al verlo y respiró aliviado. En ese momento, nunca imaginó la noticia que le darían horas más tarde: según los estudios médicos, el chico de departamento no podría volver a caminar nunca más.
Un año más tarde
El pronóstico anunció lluvia desde temprano, pero una vez más se equivocó. El sol de diciembre pegaba fuerte y la mayoría de la gente caminaba con una botella de líquido en la mano.
Maxi y Teo no eran la excepción, los dos chicos de catorce años, regresaban a sus casas después de haber jugado un intenso partido de fútbol.
Maxi con la remera de Argentina y Teo con la del Barcelona, avanzaron por la calle Donato Álvarez, hasta que se detuvieron en la vereda del viejo manicomio.
—¿Y esto? –preguntó Teo.
Maxi sintió un escalofrío en la espalda, por fin iban a hacer algo en ese lugar.
—Era hora.
—¿Qué pondrán? –preguntó Teo.
Maxi subió sus hombros, todo lo relacionado a ese edificio le traía pésimos recuerdos.
El chico con la remera de Messi, se acercó a unos de los tantos albañiles que estaban trabajando y se quitó la duda:
—¡Disculpe, maestro! ¿Sabe qué van a poner?
El hombre de gorra dejó la bolsa de arena en el piso y le contestó con amabilidad:
—Un lugar para bailar.
—¿Para bailar?
—Sí, así nos dijeron. Música y baile.
Otro albañil que estaba cerca, hizo un paso de baile gracioso y todos rieron menos Maxi.
—Vamos.
El jugador de Argentina siguió caminando sumergido en sus recuerdos. Teo apresuró su paso y lo alcanzó.
—Qué raro, ¿no? Un boliche en este lugar…
—Madness…
—¿Qué dijiste?
—Que pongan cualquier cosa, no me importa.
—¿Sabés si encontraron a los dos pacientes que desaparecieron esa noche?
—No –contestó Maxi seco.
—A uno le decían “Da Vinci” –le comentó Teo.
Su amigo dejó de caminar y lo miró fijo.
—¿Cómo sabés?
—Lo escuché en los noticieros.
—Increíble.
—¿Por?
—Por nada.
—Y el otro era uno de los dueños del labora…
—Sí, ya sé –lo interrumpió Maxi volviendo a caminar.
—Bueno, perdón.
Teo se dio cuenta de que se estaba metiendo en un zona peligrosa. El accidente de Rama había dejado muchas heridas abiertas en su compañero de colegio.
—¿Vamos a tu casa o la mía? –le preguntó Maxi.
—Vamos a la mía. Hoy vino mi abuela y trajo cosas ricas.
—Como quieras.
Los chicos caminaron unos metros más en silencio, hasta que Teo no pudo evitar volver al tema.
—Cuando lo abran podríamos venir alguna vez a bailar. Pablo y Fede ya empezaron a ir a la matinée.
—No me gusta bailar, y ni loco vendría acá.
—¿Por qué?
—¿Hace falta explicarte?
—No fue tu culpa, Maxi, hiciste lo que pudiste. Ya pasó como un año. ¿Y si viniera alguna chica que te gusta? Por ejemplo: Paula.
—No vendría.
—¿Seguro?
Maxi se mordió el labio inferior y no le contestó.
—Tranquilo, solo preguntaba…
Diez meses más tarde
Teo observó impaciente el reloj que colgaba junto a la campana. Ya había utilizado los primeros minutos para volver a convencer a su amigo, y no quería dejar la invitación para el último recreo.
—Queda un minuto, Maxi.
—No me apures, ¿y qué película les decimos?
—Cualquiera, las invitamos al cine, que elijan ellas.
—¿Y si dicen que no?
—Decimos: no hay problema, y nos vamos al aula.
—Y ahí nos pegamos un tiro.
—Te lo pegás vos. Es una invitación al cine, no exageremos.
—A las dos chicas más lindas del colegio…
—Basta, voy solo.
Teo comenzó a caminar hacia sus compañeras, Maxi suspiró y se apuró hasta alcanzarlo.
Paula le estaba contando a Morena algunos defectos de la novia de su hermano. Al parecer la chica estaba harta de las costumbres de su cuñada en la mesa.
—Hola, chicas –las interrumpió Teo.
—Hola, chicos –le contestó Morena con una sonrisa.
—Les queríamos hacer una pregunta…
—Sí, decinos –lo alentó Paula.
Un paso más atrás, Maxi las miraba con una sonrisa nerviosa. Su pie derecho se movía como si siguiera el ritmo de una melodía.
—Bueno… –prosiguió Teo–. Las queríamos invitar el sábado al cine.
—Pagamos nosotros –agregó Maxi y se arrepintió un segundo después de su estúpido comentario.
Paula y Morena se miraron de reojo y Paula le respondió sin consultar:
—Este sábado vamos a ir a la inauguración de una matinée nueva en la calle Donato Álvarez.
—Sí –se sumó Morena–. Hace mucho que estamos esperando que abra.
Maxi y Teo intentaron ocultar la desilusión, pero no lo lograron.
—Creo que se llama… –empezó diciendo Paula.
—Madness –murmuró Maxi.
—¡Sí, Madness! “Locura” en inglés.
—Locura… –repitió Maxi mirando el piso.
—Bueno… Lo dejamos para otra vez, entonces –les dijo Teo con una sonrisa falsa.
—Sí, claro, otro día vamos –contestó Morena como si fuera importante.
—Seguro.
Maxi se iba a dar vuelta pero Paula los sorprendió:
—¿No quieren ir con nosotras? La vamos a pasar genial.
Teo abrió bien grande los ojos y su piel recuperó el color.
—Sí, claro. A nosotros nos encanta ir a bailar.
A Maxi se le desfiguró la cara.
—Buenísimo, entonces –dijo Paula.
—¿Qué pasa, Maxi? –le preguntó Morena–. No te noto muy entusiasmado.
—Bueno… Lo que pasa es que…
En ese momento, sonó el timbre para entrar a clases.
—Le encanta ir a bailar –lo interrumpió Teo–. La vamos a pasar genial.
—Sin dudas –agregó Morena.
Teo lo agarró del brazo a su amigo y prácti-camente lo empujó hacia el aula.
—¿Estás loco? Quieren ir a bailar con nosotros. Lo ibas a arruinar.
—No me gusta bailar y no quiero volver a entrar a ese lugar. La idea era salir los cuatro solos. Le hubieras dicho de ir al cine otro día.
—Le hubieras dicho vos –le contestó Teo con bronca–. Ahí atrás como un tonto lo único que dijiste es: “Pagamos nosotros”. No había que aclarar nada.
—No importa lo que dije, al final no vamos a ir al cine.
—Vamos a ir a bailar, mucho mejor. Me dijo mi primo que hay un lugar oscuro lleno de sillones que le dicen: los reservados.
—¿Y?
—¿Cómo “y”? Es para que las parejas se besen. Ahí voy a llevar a Morena.
—Yo no pienso volver a entrar a ese lugar. Ahí se cayó Rama.
—Y dale con lo de Rama, no fue tu culpa, cortala.
Maxi se detuvo antes de cruzar la puerta del aula. Ni él, ni Rama, contaron con detalles lo sucedido esa tarde. Y aunque era verdad que ya habían pasado casi dos años, la culpa seguía fresca y ardiente como el primer día. Desde aquel trágico accidente de la clínica, siempre un ratón blanco se cruzaba en sus sueños.
Mientras el cielo oscurecía y se avecinaba otra hermosa noche de octubre, el sábado a las ocho y media, Maxi y Teo llegaron a la puerta de Madness. A Teo le costó tres días convencerlo, pero gracias a un trabajo arduo y desgastante, logró que lo acompañara.
—Esto es increíble… –murmuró Teo.
Los amigos se quedaron clavados en el lugar. La entrada era impactante. Por encima de la puerta de ingreso, un cartel luminoso con letras torcidas anunciaba el nombre del lugar: MADNESS. Y más al centro, en el medio de la fachada, por un hueco enorme de cuatro metros de diámetro, salía el riel de una montaña rusa que ascendía hasta la terraza y se volvía a meter dentro de la disco.
—Viste que valía la pena venir –le dijo su amigo mirándolo de reojo.
Maxi tenía la piel de gallina. Su cabeza estaba puesta en la pintura. Ahora entendía todo. Era exactamente igual a como la recordaba.
—¿Hacemos la fila? –preguntó Teo.
—Dale.
De repente, provocándoles un sobresalto, tres carritos llenos de chicos, salieron por el hueco de la pared, y se elevaron hasta la terraza donde desaparecieron.
Toda la juventud que estaba en la puerta, quedó fascinada por la atracción. Enseguida, la ansiedad se multiplicó y nadie quiso perder más tiempo en la calle.
—¡¿Viste eso?! –preguntó Teo enloquecido.
—Tendría que estar ciego para no verlo.
—Vamos ya a hacer la fila.
Teo comenzó a caminar hacia la esquina y Maxi fue detrás de él.
—Espero que avance rápido.
—¿Te dijo Morena en qué parte nos esperan adentro? –quiso saber Maxi.
—No, si no las encontramos, las llamamos por teléfono.
—No creo que lo escuchen con la música tan fuerte.
—Qué pesimista que sos, Maximiliano.
—Sí, tomo mucha Pepsi.
—Y malo para los chistes también.
Los chicos se ubicaron al final de la fila y comenzaron a avanzar muy lentamente.
—Mirá esa ventana –le dijo Teo–. La de la casa celeste.
Maxi prestó atención a la indicación de su amigo. Allí había una joven de su edad vestida con un pijama rayado. La chica miraba fijo la entrada como si se muriera de ganas por entrar. A sus pies dormía un gato blanco.
—Es muy linda –comentó Maxi.
—Sí, debe querer venir, seguro –comentó Teo.
—No a todos les gusta ir a bailar.
—Este lugar es mucho más que eso, parece un parque de diversiones.

La chica de la ventana dirigió su mirada hacia ellos y levantó la mano para saludarlos. Maxi y Teo sonrieron y devolvieron el saludo.
—Parece que le gusté –dijo Teo sorprendido.
—¿Le gusté? A mí me está mirando, le gusté yo.
—A vos no te mira ni el gato.
—Paula me mira.
—Sí, solo cuando te pide algo.
La cola comenzó a avanzar y en quince minutos llegaron a la puerta. Allí los dejó pasar un hombre grandote vestido con traje negro.
Un poco nerviosos, ingresaron en un hall alfombrado de estrellas y se arrimaron a la caja a sacar las entradas.
—Por ser el día de inauguración, la bebida es libre y gratis –les dijo la cajera.
—Excelente –comentó Teo.
Maxi estaba muy disperso mirando hacia todos lados. Le parecía extraño que ese lugar tan sorprendente fuera la clínica psiquiátrica donde una vez había entrado.
—Bebida gratis.
—Sí, escuché.
—Ahora nos vamos a encontrar con las chicas, así que levantá el ánimo.
Maxi lo miró a los ojos y sonrió.
—Así, perfecto. Te deseo suerte con Paula.
—Lo mismo con Morena.
—¿Preparado?
—Sí.
—Entremos.
Los dos chicos pasaron la cortina negra y se quedaron paralizados en el lugar. Delante de ellos había un espectáculo visualmente sorprendente, una fiesta como nunca habían imaginado. La pista tenía unos cuarenta metros de largo y rebalsaba de chicos que no paraban de bailar.
Entre las distintas atracciones que había, en el fondo contra la pared, giraba y se sacudía el clásico juego del “Samba”. También, en el lateral izquierdo, un laberinto de espejos no paraba de atraer chicos. Y en el lateral derecho, custodiado por un hombre de seguridad, se encontraba el misterioso VIP.
—Es una locura… –murmuró Teo.
—Su nombre lo dice.
—No parecía que había tanta gente adentro.
—La verdad que no. Vamos a buscar a las…
—¡Cuidado!
Tras el grito de Teo, los dos agacharon las cabezas, y vieron como los tres carritos de la montaña rusa pasaban a unos pocos metros por encima de ellos. Esta atravesaba todo el largo del salón, llegaba hasta el “Samba” y subía por un hueco hasta la terraza. Allí tenía su estación, donde la fila de chicos se moría por subir.
—Increíble –Teo siguió el recorrido con la boca abierta–. Después nos tenemos que subir.
—Primero vayamos a buscar a las chicas.
—Tranquilo, desesperado.
—No estoy desesperado, pero con tanta gente no va a ser fácil encontrarlas.
—Está bien.
Los chicos comenzaron a caminar por el pasillo que bordeaba la pista. Se sentían abrumados por la imponente parafernalia. Las luces, los láseres, la música que estallaba en los parlantes, la montaña rusa, todo les generaba asombro y adrenalina.
—¿Las ves? –preguntó Maxi.
—No.
—¿Por qué no las llamás?
—Está bien.
Teo sacó su celular, y al marcar el número de Morena le agarró el contestador.
—Nada.
—¿Y ahora?
—Quizás están en el laberinto o en el VIP.
—Intentemos entrar al VIP.
Los amigos se acercaron a la puerta custodiada y miraron el cartel dorado. Maxi había escuchado que a los sectores VIP solo entraban las personas importantes y famosas, pero a su edad, no entendía quienes cumplían ese requisito.
Teo observó al guardián de la entrada, y ya no le pareció tan buena idea buscar allí adentro. El hombre de traje gris oscuro, medía casi dos metros, era pelado, y en su cabeza tenía tatuada la palabra: POWER.
—Disculpe, señor –le preguntó Maxi–. ¿Se puede pasar?
El mastodonte se bajó un poco los lentes negros y los miró con desprecio.
—¿Son famosos?
Pulsuz fraqment bitdi.