Kitabı oxu: «Esta soy yo»
ESTA SOY YO
MI HISTORIA DE CÓMO LO IMPOSIBLE LO HICE POSIBLE
Gabriela A. de Sanctis

“La vida es como un juego de ajedrez, debemos aprender las estrategias para saber mover nuestras piezas.”
“Nunca dejes de perseguir tus sueños, siempre lo imposible será posible si lo deseamos desde lo más profundo de nuestro corazón.”
Esta Soy Yo es un relato emocional y real sobre las pruebas que la vida le puso a la autora y como las enfrentó y luchó para superar las mismas, hasta llegar al punto en la cual una de ellas casi le quita su vida. Es una historia de superación que intenta dejar un mensaje claro y de autoayuda para nunca bajar los brazos ante las adversidades que la vida nos presenta. Siempre debemos luchar por lo que realmente deseamos, aunque parezca imposible. Además enseña aplicar la resiliencia en todos esos momentos límites en los que sentimos que ya no podemos más.
Gabriela de Sanctis, autora de Esta Soy Yo, nació en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina. Actualmente se encuentra felizmente casada y es madre de tres maravillosos hijos. Es abogada, Paralegal, Profesora de inglés, Coach de Vida, futura Psicóloga y recientemente culminó una Maestría en Administración en Recursos Humanos.
De Sanctis, Gabriela
Esta soy yo / Gabriela De Sanctis. - 1a ed. - Villa S enz Pe¤a : Imaginante, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8447-69-8
1. Autobiografías. 2. Memoria Autobiográfica. I. Título.
CDD 808.8035
Edición: Oscar Fortuna.
Correcciones: Silvina Espósito.
Diseño de cubierta: Raquel Chanampa.
© 2021 Gabriela De Sanctis
© De esta edición:
2021 - Editorial Imaginante.
www.editorialimaginante.com.ar
www.facebook.com/editorialimaginante
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra bajo cualquier método, incluidos reprografía, la fotocopia y el tratamiento digital, sin la previa y expresa autorización por escrito del titular del copyright.
No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos sin el permiso previo y escrito del editor.
ISBN 978-987-8447-69-8
Conversión a formato digital: Libresque
Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Prólogo
Dedicatorias
Capítulo 1. El comienzo
Capítulo 2. Otra Etapa
Capítulo 3. Mis quince, viaje de estudios y graduación
Capítulo 4. Médicos, noviazgo y más
Capítulo 5. Cirugías y más (1)
Capítulo 6. Viajes y médicos
Capítulo 7. La aventura hacia la maternidad
Capítulo 8. El milagro de septiembre
Capítulo 9. La mezcla: alegría vs. tristeza
Capítulo 10. El nacimiento
Capítulo 11. Minnesota y algo más
Capítulo 12. Nacimiento y mudanza
Capítulo 13. Alegría vs. Tristeza (2) y otra sorpresa
Capítulo 14. El largo camino hacia las cirugías
Capítulo 15. Cirugías y más (2)
Capítulo 16. Sorpresas
Capítulo 17. Negocios y familia
Capítulo 18. México, allá vamos
Capítulo 19. Adiós México, hello Miami
Capítulo 20. ¡Europa aquí vamos!
Capítulo 21. Recitales, hijos
Sobre la autora
Prólogo
Con este libro, doy nacimiento, a una veta de escritora que tenía guardada dentro de mí, y que, por falta de tiempo, no había podido hacerlo.
Es el producto de muchas madrugadas de repasar una vida llena de alegrías y tristezas, de compromisos y sacrificios, para lograr hoy muchas metas propuestas. En este libro, narro las barreras, sacrificios y dolores que he tenido que romper y sobrellevar para lograr muchas metas.
Quiero con el nacimiento de esta obra, poder ayudar a todos los que, en la vida se les han cerrado sus caminos o que no creen que los sueños y las metas son posibles. Es, para todos ustedes, para que visualicen que la vida es maravillosa y todo lo que uno se propone, puede lograrse.
Dedicatorias
Quiero dedicar este libro a mi familia, especialmente, a mi esposo Gustavo que ha sido un pilar fundamental para mí. Me ha sostenido cuando sentía que me caía, cuando la vida me colocaba palos en todas las ruedas, cuando lo posible parecía imposible. Gracias por siempre darme esas fuerzas para seguir adelante, para tirar de la soga juntos, por haber formado ese «TEAM», que representa un gran ejemplo para nuestros hijos.
También, este libro va dedicado a mis «tres pollitos» como siempre los llamaré: Sofía, Paula y Franco, ya que sin ellos no hubiera podido completar el rompecabezas de mi vida, haber sido madre, y darles todo ese amor que tenía guardado dentro de mí, para que cuando llegara ese día, comenzara a dárselo infinitamente. Me divierto tanto con ustedes, a pesar de haber sufrido diversos impedimentos físicos en algunos momentos, y que, en algunas circunstancias, hacía lo imposible para no perderme ningún segundo de sus vidas. Los amo y siempre estaré para ustedes.
A mi mama, hermanas, primos, sobrinos, suegra, tíos y amigos, que han estado en las buenas y en las malas, y me han escuchado y han sido de fierro, y a todas aquellas personas que me empujaron a embarcarme en esta aventura que es la escritura de este libro. Muchas gracias.
Capítulo 1
El comienzo
Nací un once de abril de 1968, en la ciudad de Rosario, Argentina. Pesé más de cuatro kilos y fui descrita como rubia, blanca y de ojos celestes. Según me contó mi mamá, las enfermeras se turnaban para cargarme.
Mi papá se llamaba Fernando y falleció en el año 1997. Él venía de una familia como decían antes: «de apellido tradicional» y era de Rosario. Tenía dos hermanos, Jorge (Rip) y Susana (88 años). Su papá (mi abuelo paterno) había fallecido cuando ellos eran muy pequeños, dejando a mi abuela materna, Zulema (Rip), viuda a los 35 años. Ella fue una persona digna de admiración, con una sabiduría que pocas tenían en esa época, ya que fue la primera farmacéutica mujer en graduarse en el año 1921. Venía de una familia de más de diez hermanos y de un nivel económico acomodado. Al quedar viuda tan joven y con tres hijos, la vida se le complicó, pero con los años y su inteligencia, los supo sacar adelante dignamente. En el año 1965, emigró con su hija hacia Estados Unidos en busca de un mejor futuro económico.
Mi mamá creció junto a su mamá Rosa (Rip), hija de madre soltera. Sus abuelos vivían en la ciudad de Reconquista, una ciudad distante a 500 km de Rosario, de una posición económica, también, acomodada. Luego de su nacimiento, ella y su mamá emigraron hacia la provincia de Catamarca, en donde fue dejada en un internado de monjas para que su mamá (mi abuela), pudiera trabajar allí, ya que, al abandonar su hogar junto a una pequeña hija, debía buscar algún tipo de sustento para que, en un futuro pudieran reunirse y emprender juntas una nueva vida.
Luego de varios años, finalmente, se encontraron y juntas se fueron hacia la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe. Mi mamá estudió y finalizó sus estudios primarios y secundarios con muchos sacrificios y comenzó a trabajar en una concesionaria de autos muy conocida en el centro como asistente administrativa. Le fue muy bien, llegó a cumplir las funciones propias de un contador público. Había comenzado a estudiar la carrera de Escribanía, pero se le hacía muy difícil, ya que debía viajar a la ciudad de Santa Fe a presentar sus exámenes, y por su trabajo, no le daban los tiempos. Fue una gran pena, porque le habían prometido ser la titular de una escribanía el día en que ella se graduara.
Unos años más tarde, mi mamá conoció a un hombre, quien era divorciado (tengo entendido unos de los primeros divorcios de la época) y tenía dos hijas llamadas Mariana y Carolina de dos y cuatro años respectivamente. En ese momento aceptar a un hombre divorciado y con hijas no era bien visto por la sociedad, pero a pesar de ello, se enamoraron y mi mamá quedó encantada con las nenas. Así que a los seis meses se casaron por poder, vía México.

Mis hermanas Mariana y Carolina junto a mi papá, Rosario, Argentina, 1963.
La pena que siempre llevó mi mamá dentro de sí fue que una de sus futuras cuñada, nunca la aceptó completamente en el círculo familiar, ya que cuando se conocieron, ella le aclaró que la única cuñada que iba a tener sería la exesposa de mi papá. Muy triste, y por eso hago hincapié en este tema, porque en mi opinión esa clase de actitudes ejercidas por personas en esa época las considero una especie de lo que hoy se llama: «bullyng», o tal vez alguna forma de discriminación. ¿Sería porque mi papá era divorciado y mi mamá no era de «apellido tradicional»? Desgraciadamente, hoy siguen sucediendo estas actitudes en distintas clases sociales en todas partes del mundo.

Mi mamá y mi papá junto a mí en Fisherton, Rosario, Argentina, 1968.
Al año y medio de mi nacimiento, mi familia decidió emigrar hacia los Estados Unidos, en donde residían mi abuela y mi tía paterna. Fue una decisión dura según contaba mi mamá, ya que mi abuela Rosa, su mamá, no quería irse. Era mayor y tenía sus amistades y su vida en Rosario, y para mi mamá dejar el trabajo que tenía, con un buen sueldo y puesto, fue muy dura la decisión. Fueron años de lucha, mucho trabajo, pero todo sacrificio en algún momento da sus frutos. En 1972, nació mi hermana Jorgelina, y de repente nos convertimos en una familia de cinco, y como dice el dicho: «vino con un pan debajo del brazo».
Hice toda la primaria (K-5) en una escuela pública cerca de casa y sexto grado en una escuelacatólica. En esa escuela, me hice de muchas amistades, especialmente de dos: Patrik y Lisa. Quienes han estado siempre presentes en mi vida hasta el día de hoy. Aprendí a tocar flauta traversa y piano, de hecho, mi papá me compró uno, que al día de hoy sigo conservando. Recuerdo el sacrificio que hizo para comprarlo. También mi mamá nos mandó a mi hermana y a mí a una academia de danzas para aprender ballet, zapateo americano y jazz, además de ir varios veranos a la piscina municipal de la ciudad en la que vivíamos para aprender a nadar y acudir al curso de resucitación impartido por la Cruz Roja. Mi mamá nos mantenía activas a pesar de que trabajaba bastante.

En la casa de West Covina, California, con mi hermana menor Jorgelina, mamá y papá, 1977.

Junto a mi papá con el piano que me regaló, 1978.
Hubo un par de eventos desafortunados mientras fui creciendo. Uno de ellos, fue cuando tuve que quedar internada una noche en el hospital porque comencé con lo que parecía una especie de picadura en el dedo anular de una de mis manos. Solo me picaba, entonces, no le presté atención. Lo peor de todo fue que mis padres habían viajado a Las Vegas, porque estaban emprendiendo su segundo negocio allí, y quedamos al cuidado de mi abuela materna, quien vivía con nosotros. Al día siguiente, noté que estaba todo hinchado y se visualizaba una raya roja que cada vez ascendía más y sentía mucho dolor. Así que procedí a llamar a mis padres para informarles lo que estaba sucediendo, y regresaron. Me llevaron a emergencias y quedé internada de inmediato. Tendría unos once años. Fue horrible, ya que me colocaron suero y, a cada rato me colocaban el dedo en una solución de Betadine o una especie de Merthiolate. Mis padres no pudieron quedarse conmigo. No sé bien hasta el día de hoy la razón ya que era menor de edad, pero recuerdo que comprendí que, si esa raya que tenía hubiera llegado más arriba, quizás, la infección se hubiera disparado por el cuerpo provocando hasta la muerte.
Otro de esos eventos, fue cuando fuimos al aeropuerto de Los Ángeles a buscar a mi papá, íbamos mi abuela materna, mi hermana y yo cruzando una de las calles internas del mismo. En un momento dado, mi abuela quedó atrás y un auto la atropelló. Fue espantoso verla tendida en el piso sin saber si estaba viva o muerta. Gracias a Dios vino una ambulancia, la revisaron, pero no quiso ir al hospital, así que volvimos a casa en donde hizo reposo. Quedó dolorida por bastante tiempo, pero era una mujer muy fuerte.
Mi papá había logrado emprender su negocio de decoración de interiores (Interiors by Fernando), con productos de primera calidad. Le iba muy bien, logró tener casa y autos propios. En 1980, participé en un concurso en donde había que escribir un ensayo. Participaban todas las escuelas de la ciudad en la que vivíamos, West Covina. Y por esas cosas de la vida, ¡lo gané! Me dieron una placa con mi nombre y tuve que leer mi ensayo enfrente del Consejo de Mujeres de la ciudad de West Covina. ¡Qué emoción! Todo muy lindo, pero como todo, esas cosas lindas no duran para siempre. Surgen planteos y decisiones que hacen que, a veces, lo bonito se transforme en algo desagradable.


Yo junto al segundo local de Interiors by Fernando, 1978
En 1979, mi papá se replanteó la posibilidad de volver a vivir a la Argentina, ya que su «íntimo amigo» de la infancia le había prometido un trabajo que, según él, iba a ser el trabajo maravilla. Como mi papá tenía a sus dos hijas viviendo allí y por mi edad, doce años y medio, y a un paso de la adolescencia, lo visualizó como una oportunidad para vivir todos como una gran familia, utilizó el pretexto de drogas que había en las escuelas, y que no quería que nos expusiéramos a las mismas, así que comenzaron con todos los trámites lógicos que toda mudanza internacional implicaba. Este proyecto sería para junio de 1980, pues para esa época culminaba el curso escolar. Yo comencé a sentir una mezcla de felicidad y tristeza, ya que nunca había estado en Argentina y para mí iba a ser una experiencia totalmente desconocida.
Mi mamá comenzó el embalaje de muebles varios meses antes, mientras yo disfrutaba de la escuela, mis compañeros y amigos, hasta que llegó el día en el que recuerdo que se realizó el «open house» de mi casa y debimos irnos toda la tarde. Al volver, observé un cartel que decía: «Just Sold». Me dio una tristeza, ya que, a esa edad, lo primero que pensás es: «Uy, alguien más va a vivir en mi casa», pero tenía que tomar esto como una aventura. Así que recuerdo que unas semanas después, nos fuimos a vivir a lo de mi abuela y mi tía hasta que el día más esperado por mi papá llegó, el volver a vivir en ¡Argentina! Era un sueño que anheló durante todos los años vividos en los Estados Unidos. Creo que desde el primer día que pisó tierra estadounidense, ya estaba pensando en cómo sería su regreso, ya que nuevamente su sueño era que todos viviéramos juntos en armonía en el mismo país, sin que nos faltara nada y que las cuatro hermanas viviéramos unidas para siempre. Pero a veces como dice el dicho: «el hombre propone y Dios dispone», no siempre el deseo se cumple tal como lo quisiéramos.

El agente de bienes raíces colocando el cartel de vendido a la casa de West Covina, 1980.
Este «señor» y otros amigos de mi papá nos esperarían en el aeropuerto en Buenos Aires, pasaríamos la noche en un hotel y al día siguiente viajaríamos en tren a Rosario. Mi papá quería que experimentáramos la emoción de viajar en tren.
Llegamos por fin a la Argentina tan anhelada por mi querido padre, y no nos pudo recibir mejor que con un robo. Apenas pasamos aduana, cuando salíamos al encuentro de las amistades, según mi mamá, mi papá se adelantó, y mi abuela que venía más atrás con un carrito lleno de valijas y ese «famoso bolso» que se lo sacaron sin que ella se diera cuenta. Digo desgraciadamente, porque allí adentro iba la máquina de fotos con todos los últimos recuerdos de la casa, de mi fiesta, joyas, papeles importantes, etc. Un comienzo no muy feliz. Luego de hacer la denuncia correspondiente, nos fuimos al hotel en donde pernoctamos y al otro día iríamos a la terminal de trenes para partir de allí a la ciudad de Rosario, en donde nos esperarían mis hermanas y otros amigos de mi papá. Esa noche fue espantosa. Mis padres salieron a cenar, obviamente con sus amigos, y mi hermana y yo nos quedamos al cuidado de mi abuela en el hotel. Recuerdo al día de hoy como lloré durante horas para que mi mamá volviera porque era demasiado lo que extrañaba, en un lugar diferente y con todo lo sucedido en el aeropuerto, comencé a pensar que, si así era el comienzo de esta novela soñada y anhelada por mi papá, no me quería imaginar como seguiría.
Al otro día llegamos a Rosario. Para colmo de malas el tren llegó de noche y de allí teníamos media hora de viaje hacia la casa que «este señor» tenía preparada para que los cinco habitáramos hasta que la casa de mi padre se desalquilara, y se pudieran realizar las renovaciones necesarias. Recuerdo, por sobre todas las cosas, que la misma se encontraba ubicada en una calle paralela a la principal, junto a las vías del tren, oscura y de tierra. Imagínense viniendo del primer mundo en donde nunca había visto una calle de tierra y acá era la calle principal de mi casa y con una luz sostenida por un cable que se movía por el viento en varias direcciones y que parecía que en cualquier momento se iba a caer. Hacía frío y estaba ventoso. Parecía una película de terror. Si ya había llorado en el hotel, imagínense lo que lloré luego de ver estas escenas.
Mi mamá y mi abuela volvían a su barrio después de doce años, ya que esta propiedad estaba situada a solo seis cuadras de donde habían habitado durante años. Para ellas era un déjà vu, poder salir a recorrer sus calles, ver amistades, etc. Para mí fue como un pueblo de fantasmas, ya que la gente pasaba de vez en cuando en bicicleta y otros en auto. Acostumbraban diariamente a dormir la «siesta» de aproximadamente dos horas, horario en el cual cerraban todos los comercios.
A mí personalmente no me gustaba dormir siesta, ya que no estaba acostumbrada. Como tenía una radio en forma de perro, me disponía a escuchar de la audición de la estación de radio LT8, llamada, «El Expreso de Pili Ponce y Poli Román», si mal no recuerdo. Tocaban música internacional y nacional, pero especialmente internacional y eso me trasladaba, aunque sea un par de horas por día a mi California querida.
Hacia octubre, llegó la mudanza. Recuerdo que mis padres tuvieron que viajar a Buenos Aires al reconocimiento de los conteiners que luego llegarían a Rosario con toda nuestra casa, así que nos quedamos como dos días solas con mi abuela. Para variar, el día que llegó la mudanza, muchas cosas llegaron dañadas o directamente «no» llegaron. Los amigos de lo ajeno hicieron de las suyas. Y por supuesto no faltaron los chismosos que se la pasaron mirando todo como si fuera un show inédito.
Mi adaptación a esta nueva vida, se tornaba cada día más difícil. Los fines de semana venían mis hermanas con sus novios «a tomar el té» o «merendar» y encima, aparecía este «señor», junto a su familia. Al principio todo era lindo, pero luego conforme iban pasando las semanas, queríamos algo más familiar, íntimo. Nos daba la sensación de que se presentaba junto a su familia a inspeccionar toda la casa y a comprobar que nadie les había roto algo, etc. No era la visita típica. Así que apenas pudimos tener un auto, comenzamos a salir todos los fines de semanas. Al principio, este «señor» nos prestó un automóvil marca Estanciera, que parecía del siglo pasado. Como sería, que la primera vez que salimos con el auto, mi papá tuvo que frenar de golpe y no frenó. Casi atropellamos a una persona. Una porquería. Hacía un ruido a lata tremendo. Gracias a Dios, al poco tiempo mi padre pudo adquirir un automóvil Ford Falcón que nunca olvidaré, ya que era usado y por el que abonó aproximadamente doce mil dólares. La cotización del dólar en Argentina no nos favoreció ese año. El dinero que mi padre había logrado reunir entre la venta de nuestra casa en Estados Unidos y su negocio de decoración de interiores y algunos ahorros le duró menos de un año. Si Dios nos hubiera guiado en retrasar nuestro regreso, volver un año después, otra hubiera sido la historia.
En marzo de 1981, luego de casi seis meses de arduo estudio y gracias al esfuerzo de una profesora particular muy conocida en el barrio por sus habilidades de ayudar a los estudiantes en sus tareas, ya que ninguno de ellos se llevaba materias, pasé el examen de ingreso del colegio con notas entre diez y nueve.
Un año escolar «desafiante», sorteando muchos obstáculos con los que hoy día se conocen como «bullying» de parte de algunos, compañeros y compañeras de la escuela, que usaban esos poderes creyendo que se sentían intocables. Yo hablaba el idioma castellano o español muy atravesado. Era lógico, pues me había criado en los Estados Unidos hablando en inglés, y el tener que aprender a hablar y a escribir en el idioma castellano o español en siete meses fue un desafío enorme que no cualquiera lo logra. Recuerdo cuando iba a particular seis días a la semana, la profesora me hacía recortar de revistas palabras y sus figuras correspondientes para luego pegarlas, para así poder aprender más rápido el idioma, lo pienso y no puedo creer todo lo que he conseguido en la vida gracias a las enseñanzas y paciencia de esa mujer, y encima tener que aguantar a estos compañeros burlarse de la manera en que hablaba, no tiene palabras. Una pena realmente por ellos, pero más por tener padres que les inculcaron esa cultura, y ese estilo de vida. Lo peor de todo, es que varios de los que se burlaban de mí, concurrían a las clases que daba esta profesora y la misma los regañaba porque nunca entendían ni hacían sus tareas. Pero Dios es tan grande y piadoso que siempre me supo guiar y rodearme de gente buena, simple y honesta que no comulgaban con ese otro estilo de vida, y conforme fue transcurriendo el año escolar, finalicé séptimo grado. Y así comenzaba a cerrarse esa etapa, que para mi mamá y abuela habrá sido muy linda, pero para mí, no lo fue. En un momento mis padres me plantearon la posibilidad de regresar a vivir a California debido a que no lograba adaptarme a este cambio tan brusco. En un punto hasta con engaños me llevaron a una sesión con una psicóloga para ver si con terapia podía ayudarme a adaptarme mejor. Desgraciadamente, con terapias no lograron su objetivo, solo con mi fuerza de voluntad y superación lo pude lograr.
Capítulo 2
Otra Etapa
Comencé la escuela secundaria en una escuela religiosa en la ciudad de Rosario, Argentina. Éramos veintitantas señoritas que iniciamos juntas esa aventura en marzo de 1982, en primer año comercial, con muchos sueños y ambiciones.
Cada una al entrar escogía un lugar en donde sentarse. Yo me senté al lado de Verónica, una chica muy dulce y con carita bonita. Eran bancos de a dos, con más o menos tres a cuatro filas. Teníamos siete materias diarias, lo cual significaban siete profesoras, todas del sexo femenino, con una duración aproximada de cuarenta minutos cada clase.
Comenzaré con la profesora de Castellano, una señora muy prolija y estricta. Era descendiente de familia de alemanes, así que obviamente sabía hablar alemán a la perfección, y en la clase justamente teníamos una compañera cuyo apellido lo era, entonces, cada vez que tomaba asistencia o la llamaba a dar lección, se lo pronunciaba con todas las de la ley. Se preocupaba mucho por el aspecto de nuestros uniformes, si la falda era muy corta o si había o no utilizado desodorante, o incluso yo, que usaba el cabello recogido con una colita o a veces en dos. En una ocasión se enojó porque la bolita de la colita era azul y su elástico marrón, el cual, según ella, no cumplía con los estándares requeridos por la escuela para el uniforme. Que ¡todo debía ser azul! Imagínense a la hora de tomar un examen o dar una lección delante de ella lo qué era.
Otra de las maestras era la de Música, una señora, quizás en ese momento tendría unos cincuenta a la que todas la veíamos mayor. Era de pocas palabras, no explicaba demasiado y había que estudiar.
Luego teníamos a la de Biología, ella sí era como la «mujer perfecta», siempre maquillada y su piel tan blanca como la nieve y esos labiales que utilizaba de colores fuertes. Delgada como un palo, tenía una hermana melliza. Muy buena profesora y muy dada con sus alumnas. Sus exámenes eran fáciles.
¡Seguimos con la de Matemáticas! Dios mío, acá comenzó uno de mis calvarios. Era una señora alta, delgada, rubia, pero muy nerviosa. Le daba alergia, según ella, tocar la tiza cuando tenía que escribir en el pizarrón. Y cuando lo hacía, nos daba por reírnos o hablar, y como consecuencia, levantaba uno de sus pies y lo pegaba contra el piso en forma irritable. A mí me ponía nerviosa y de mal humor, ya que nunca logré entender su clase. Es más, la tuvimos cuatro años, y durante esos años, me la llevé varias veces. Después supe que, además, daba clases a nivel universitario y que allí se comportaba con un poco más de paciencia que con nosotras.
La de Historia, bueno, esta mujer era bastante entrada en edad. Alta, robusta, gruesa, soltera y por lo que supe, dedicada toda su vida a su mamá y a leer historia. Sabía mucho y recuerdo el libro de historia que era grueso, con más de doscientas páginas, y cada vez que la teníamos había que estudiar como diez páginas para después sufrir con su método particular que poseía de llamar a las alumnas al frente y dar la lección. Tenía un cuaderno con los nombres y apellidos de cada una de las mismas, ordenado alfabéticamente. Con el correr de las semanas, ya sabíamos en qué página cada una se encontraba. Así que, cuando uno sabía que estaba en su primera página, y su dedo la recorría y la daba vuelta, visualizabas las caras de alivio de unas cuantas. Pero a veces retrocedía en su «cuaderno», y a las mismas con caras de alivio se les transformaba en terror. Daban ganas de salir corriendo al baño de los nervios. Llamaba tu nombre, por ejemplo, si tu apellido era Pérez decía: «Sita Pérez, pase», en vez de: «Señorita Pérez, pase», se tragaba la «eñor». Lo mejor que podía sucederte era que te llamara al pizarrón a desarrollar un tema mientras tu otra compañera daba la lección oral. Al menos la alumna del pizarrón volteaba a ver a las demás y así poder captar a alguna dictándole la lección. Encima yo no sabía cómo estudiar e intentaba memorizar. Venía de los Estados Unidos en donde jamás había dado una lección frente a una profesora. Allí todo es opción múltiple. Cómo sería mi frustración con eso, que mi abuela que vivía en Estados Unidos, ese año había viajado en abril para mi cumpleaños y me resumió de su puño y letra todo el libro de historia, el cual lamentablemente como lo llevaba a la escuela los días de dicha materia, misteriosamente desapareció y nunca lo volví a ver. Lo lamenté y lloré mucho, ya que mi abuela puso mucho esfuerzo y empeño a sus setenta y ocho años para hacerlo.
La Profesora de Contabilidad, una señora bajita y que recuerdo que vivía a dos cuadras de mi casa, explicaba los temas de una manera que en algunas ocasiones no se entendían. Pero bueno, gracias a Dios tenía una hermana y un tío contador, que cuando eso sucedía, me lo explicaban y hasta llegamos a ir en una ocasión con mi tío a su casa a consultarle dudas que teníamos, ya que, según él, había temas que enseñaba que a veces ni él los entendía. Tampoco esa materia fue mi fuerte.
Para Geografía, teníamos una señora muy habladora que explicaba muy bien, y su materia era bastante interesante.
La de inglés era todo un personaje. Una señora alta, delgada, muy elegante siempre con sus pantalones de vestir negros, grises, blancos y sus blusas o pulóveres finos. Cuando escuchó por primera vez mi pronunciación y manera de hablar, se dio cuenta de que el idioma no lo había aprendido en Argentina. Así que le conté todo y bueno, a veces, me usaba de modelo de pronunciación, aunque el inglés que enseñaba era británico y yo hablaba el americano.
Lo cómico de ella era que, a la hora de los exámenes, ella me revisaba la mochila y la cartuchera pensando que me macheteaba o copiaba. Nunca entendí para qué lo necesitaba hacer, si me había criado hablando ese idioma, además de mirarme de manera fija durante todo el examen para que no le dictara a nadie.
Y por último la profesora de Formación Moral y Cívica. Era una señora muy mayor, de apellido tradicional en la ciudad, con la característica particular que tenía un parche en uno de sus ojos. Me hizo acordar a la novela «Cuna de Lobos» en donde la protagonista también lo tenía. Nunca supe que le había sucedido. Era muy buena y me gustaba pasar a dar la lección con ella. Yo creo que ahí iba perfilando mi gusto por las leyes y el gobierno. No en vano seguí la carrera de abogacía.
Ese año quise organizar una fiesta mixta en lo que hoy es la casa de mi mamá en la calle Santiago, una casa antigua, de dos patios, más de cinco habitaciones y techos de aproximadamente cinco metros de altura. A ella no le gustaba la idea de traer varones a la casa. Los mismos serían mis excompañeros de un prestigioso colegio de la ciudad, al cual asistí en séptimo grado. No entiendo hasta el día de hoy el por qué los quise invitar, luego de que algunos me habían hecho bullyng, pero creo que como soy de esas personas que perdonan casi todo en la vida, y a los catorce años uno solo quería divertirse, así que hice borrón y cuenta nueva. Fue tanta la lucha y el poder de convencimiento de mi abuela hacia mi mamá para realizar dicha fiesta con varones, que mi deseo fue concedido. Pero qué sucedió, el dos de abril de 1982 estalló la Guerra de Malvinas y yo los cumplía el once, y muchos pensaban que no quedaba bien andar de festejos. Sin embargo, finalmente, luego de mucho debatir, llegamos a la idea de hacer algo tranquilo y que no durara hasta tan tarde.
Se juntaron más de veinte invitados en el patio de la casa. La D.J. fue una de mis hermanas mayores y eran L.P.S en los antiguos toca discos, cuyo sonido salía de esos parlantes negros que no se ponían muy fuertes para que no saltaran los subwoofers, según mi entender. Se armó tanto escándalo, que los invitados varones en particular comenzaron a arrojar maníes al D.J. (mi hermana). La casa solo tenía un baño en el que mi mamá conservaba un frasco de vidrio con varios jabones de color en diferentes formas. Varios ingresaron allí, y arrojaron dichos jabones al inodoro y dentro de la bañera, además de porciones de torta arrojadas al piso del pasillo en donde había otros departamentos con distintas familias viviendo allí, les ensuciaron sus entradas. Aún recuerdo, un tarro plástico redondo lleno de papas fritas grasosas que terminaron en el piso de madera del comedor, que en esa época ni siquiera estaba barnizado, pues hacía dos meses que nos habíamos mudado, y como consecuencia, la grasa de las mismas, se impregnó en esos pisos vírgenes, tuve que pasarle viruta a toda esa habitación para eliminar las manchas y luego proceder al encerado.
En resumidas cuentas, todos esos «niños bien» que acudieron a mi fiesta resultaron ser unos maleducados, ya que ingresaron a mi hogar, provocaron desmanes y luego se retiraron sin hacerse cargo de lo sucedido a un restaurante a cenar, situado en la esquina de la casa, alegando que en la fiesta no hubo comida suficiente. Por otra parte, mis amigas y compañeras de la escuela nueva, quedaron muy sorprendidas ante tales actitudes. Ese día fue el principio y el fin de lo que pensaba que podía llegar a ser nuevamente una amistad con ellos.
Durante el año hubo un par de «asaltos», fiestas o bailes como le decíamos en la casa de una de las chicas. Recuerdo que su casa era de dos plantas, muy espaciosa, con una escalera de mármol. Sus padres y ella habitaban la planta baja, y la planta alta estaba vacía. Allí mismo realizaba sus fiestas. En una de ellas, un grupo de chicas fueron con sus novios, se posicionaron en un rincón y «chaparon» (abrazarse y besarse) durante todos los lentos. Lo más cómico era que su papá daba vueltas constantemente y dejaba las luces encendidas, pero en cuanto se daba vuelta, las chicas las apagaban. ¡Las demás nos asombrábamos de ver ese espectáculo! Imagínense, hoy es una tontería, en cambio en esa época de los ochenta llamaba la atención o por lo menos a nuestro curso. Pero dentro de tantos acontecimientos que sucedían, éramos felices y nos conformábamos con lo que había. Recuerdo que esa noche terminó violenta, ya que existía la famosa: «Barra del Centro», que llegó hasta allí y querían entrar a la fiesta. Como era un segundo piso y con un balcón enorme, todas nos paramos ahí hasta que uno de ellos lanzó un piedrazo al vidrio de la puerta de entrada y lo rajó de lado a lado. Fue terrible, hasta la policía tuvo que intervenir.
Y, finalmente, llegó diciembre. Fue un año escolar de desafíos, pero lo logré. Solo me llevé a rendir tres materias. Obviamente, matemáticas top of the list, ja, ja. En general fue un año divertido, con muchos aprendizajes y adaptaciones a un sistema distinto al de la escuela primaria.

En el patio de la escuela secundaria, 1982.
Capítulo 3
Mis quince, viaje de estudios y graduación
En el año 1983 cumplí mis quince, pero debido a la situación económica no tan buena en casa, lamentablemente, no tuve la posibilidad de realizar una fiesta como las que se acostumbraba en esa época, que simulaban una fiesta de casamiento. Mi mamá me organizó una reunión en casa, muy sencilla, pero con mucho amor y sacrificio. Recuerdo que mi vestido era una solera rosa con dibujos de rosas. Me la hizo una amiga de mi mamá, que en sus épocas había sido modista. La torta era una muñeca con su vestido largo en rosa, espectacular. A veces en la vida no es necesario algo grande y fastuoso para sentirse feliz.

Mis quince, abril de 1983.
Se acostumbraba que la quinceañera usara un vestido largo blanco y entrara al salón del brazo de su padre o el que escogiese, al son de su canción favorita. Recuerdo que el salón de moda en esa época se llamaba: 901. Tenía dos salones, uno arriba y otro abajo y se destacaba por tener un ascensor de vidrio, el cual subía (si la fiesta era arriba) o bajaba (si la fiesta era abajo) y es allí dentro en donde hacían su entrada triunfal. Ese momento era el que más me emocionaba y durante un tiempo me imaginé a mí misma entrando con esos vestidos blancos y del brazo de mi papá al son de una canción de Peter Gabriel, Air Supply o del mismo César Banana Pueyrredón, a quien admiro muchísimo, viendo a todas mis amistades y familia. Pero gracias a Dios se dio cuando me casé, y luego cuando festejé mis cuarenta en Rosario, en un salón rodeada de mi familia y amistades.
Por fin, llegó el año más querido por cualquier estudiante: ¡quinto, el último! Mi familia venía muy golpeada económicamente, ya que mi papá no encontraba un trabajo estable y lamentablemente no tenía la mejor de las suertes. Trabajó casi tres años con su «amigo» en su empresa hasta que un día tuvo una discusión con un empleado, pues él era el apoderado de la compañía y era visto como el malo de la película que, además, de funciones administrativas, se encargaba de la contratación y el despido de los empleados, una especie de gerente de Recursos Humanos. Luego de la discusión, ese empleado fue despedido. Y en represalia se le dio por amenazarnos, especialmente diciendo que a mi hermana y a mí nos iban a secuestrar, etc. Así que, solo recuerdo que hubo un período en que siempre nos llevaban al colegio en auto a pesar de que estábamos a tres cuadras y nos buscaban. Al final, mi papá no pudo más y renunció a la empresa de «su amigo», quien le vendió un trabajo maravilloso que finalizó en forma abrupta, en el que sería el principio de un final anunciado para mi pobre padre, ya que los años que siguieron fueron de mucha lucha y sacrificio para poder a su edad, más de cincuenta años, conseguir otro empleo en la ciudad que lo vio nacer. Recuerdo en una ocasión, llegaron tanto mi mamá como él, a emprender un pequeño negocio de verdulería en un coqueto supermercado de la ciudad por un tiempo para poder sobrevivir. Mi mamá recuerda como una clienta le dijo: «Que linda y elegante se vino vestida la verdulerita». Imagínense tener que aguantar esos comentarios estilo «bullyng», con todo lo que estaban sufriendo, que hoy en día en Estados Unidos, no son tolerados. Esas actitudes de cierta «élite de personas», que se creían muy superiores a otras, porque eran portadoras de un «apellido tradicional», vivían en mansiones o simplemente por ser miembros de un prestigioso «country club». Lamentablemente, aún existen esas personas y existirán, mientras no haya un cambio radical en la mente de las mismas. Por sobre todas las cosas, destaco la valentía de mis padres, que SIEMPRE se ganaron su sueldo dignamente y no como otros que se lo ganaban «de otras maneras».
Además de la situación económica inestable, estaba la salud muy delicada de mi abuela materna, que además de sus problemas cardíacos, sufría de diabetes y pobre circulación venosa. Ya había estado internada un par de veces, y esas cuentas médicas los dejaron a mis pobres padres, al borde del abismo. Así que mi viaje de estudios a Bariloche peligraba, porque era un gasto demasiado elevado y no quería seguir endeudándolos, aunque a sabiendas iba a ser un golpe muy duro para mí. Ya venía de tantos y del solo hecho de haber dejado todo en los Estados Unidos, pensando en un futuro mejor, en familia, etc., y que hasta ese momento solo iba de mal en peor.
El día en que mis amigas y compañeras del colegio se fueron de viaje de estudio a Bariloche, provincia de Río Negro, las fui a despedir a la terminal del bus de Rosario, ya que mi mamá insistía en que debía despedirlas a pesar de que eso me iba a dejar un vacío muy grande. Fue triste, pero no me quedé angustiada llorando y traumada. Yo sabía que, en el fondo, les hice un favor a mi familia económicamente, ya que de nada servía que me pusiera mal o rebelde, algún día sé que iré, aunque no sea de viaje de estudios.
Otro de los eventos que peligraba era mi graduación. Hacía varios meses que a mi abuela materna le habían amputado una de sus piernas a la altura de la rodilla, a causa de su insuficiencia venosa. Fue un evento funesto porque justamente el médico que tuvo que realizar esa intervención era uno de los íntimos amigos de mi padre, que salían con mi madre en pareja o venían a casa a cenar junto con otras más, y me imagino que después de eso, la relación de amistad entre ellos, ya no fue igual, por más que tuvo que ser médicamente necesario. Así que, para el día de mi graduación, mi mamá no pudo estar presente en la ceremonia religiosa y entregarme la medalla de plata que la escuela le daba a cada madre para que se la colocara a su hija, fue mi hermana mayor, Mariana, quien lo hizo. Ella se tuvo que quedar cuidando a mi abuela, porque no alcanzaba el dinero para contratar a una persona. Mi mamá la bañaba, le cambiaba sus pañales, lavaba sus sábanas en el patio con una manguera, ya que el lavarropas no era lo suficiente grande para lavar sábanas y que luego se secaran, ya que más de dos juegos para ese tipo de cama ortopédica no había.
Recuerdo que los sábados, la ayudaba a mi mamá a llevar las sábanas de la cama de mi abuela a un lavadero automático situado a dos cuadras de la casa, debido a que los artefactos que poseía mi mamá no funcionaban bien y el secarropa, en especial, como utilizaba gas en su secado, generaba un alto costo a la hora de tener que abonarlo. Primeramente, mi mamá las enjuagaba con la manguera, les quitaba las heces, las embolsaba y mi papá las llevaba en el auto y las dejaba. Cuando no estaba o no podía, recuerdo llevándolas a cuestas caminando. Un par de horas después, las retiraba ya limpias. ¡Qué trabajo para mi mamá!, que además de dormir en una camita al lado de su madre, se levantaba como a las cinco de la mañana y cocinaba tortas, galletas para afuera para así poder abonar las facturas de remedios y gastos médicos que se generaban, ya que mi papá en esa época era viajante de agroquímicos y a veces vendía y a veces no. Así que gracias a mi abuela paterna que viajó para estar para mi graduación, nos abonó las entradas de la cena y mi hermana Mariana me sacó las fotos. Siempre les estaré agradecida, pues sin la ayuda de ellas dos, no hubiese tenido una graduación. Asimismo, a la semana siguiente fue el baile o prom y también fueron todos menos mi mamá, pero Dios me ha dado una fortaleza enorme para aceptar todas estas situaciones y no quedar marcada. Y así, di por finalizado el año 1986.

Ceremonia de graduación, 1986.

Baile de graduación con mi papá, 1986.
El año 1987 me encontró estudiando Contabilidad, ya que además de ella, me llevé Matemáticas. Matemáticas la había aprobado, pero quedó Contabilidad. También andaba con los trámites de inscripción para la Facultad de Derecho, que por suerte quedaba a cuatro cuadras de casa. Fue un verano movido, pero feliz de poder en marzo comenzar la universidad. Logré conseguir un trabajo en esa fecha por dos semanas en una librería y tener mi primer sueldito.
En abril logré rendir Contabilidad y terminar definitivamente con la escuela secundaria, y por fin, obtener mi certificado analítico, ya que si pasaba de Junio, quedaba afuera de la universidad.
Logre hacerme de nuevas amistades. Lo pasaba muy bien, a pesar de que las cosas en mi casa iban más o menos en lo que se refería a la salud de mi abuela y el trabajo de mi papá. Ya la situación se estaba volviendo caótica económicamente hablando y mi padre debía encontrar una solución definitiva a su trabajo, y lo único que se miraba como viable era la de volver a los Estados Unidos a trabajar, lo que significaba vivir con mi abuela y mi tía. Así que las llamó y les planteó la situación y estuvieron de acuerdo con que él se fuera un tiempo allí. En un punto mi mamá ya no daba más del cansancio y estaba teniendo problemas en sus piernas (erisipela) de tanto estar parada cocinando para afuera, atendiendo a mi abuela, la familia, etc., y tuvo que internar a mi abuela, con toda la pena del mundo, en el geriátrico que había enfrente de casa. Como siempre mi abuela materna seguía siendo generosa, le hizo un préstamo para que pudiera pagar el geriátrico en tanto mi papá pudiera comenzar a trabajar y generar dinero y enviarlo y así ir saldando las deudas. Fue triste, pero la salud de mi mamá también estaba en peligro. Mas como sigo sosteniendo, Dios aprieta, pero no ahorca y sus tiempos siempre son perfectos.
Lamentablemente mi abuela materna falleció en octubre y a los diez días mi papá se fue a trabajar a los Estados Unidos. Una vez más la tristeza tocaba las puertas de mi casa y de mi vida. Ahora éramos tres las que teníamos que luchar solas para salir adelante. Era el primer familiar cercano que se moría. Recuerdo que se la veló en casa porque no alcanzaba el dinero para pagar una casa mortuoria y mi papá no podía seguir endeudándose.
En diciembre mi abuela paterna, como había hecho con todos sus nietos, me invitó a pasar dos meses a su casa, y de paso estar con mi papá. Yo estaba feliz. La condición era que aprobara las cuatro materias de primer año de la carrera que cursaba. Así fue, y el doce de diciembre viajé. Mis amigas del colegio me hicieron una despedida. Mi abuela me pagó un boleto en avión desde Rosario al aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires, ya que era un vuelo directo a Los Ángeles. Ella le quiso pagar el mismo boleto a mi mamá para que fuéramos juntas, pero como era su costumbre de no querer generar gastos, y dada la situación que se vivía, decidió tomarse un bus a Buenos Aires y encontrarme allí. Salió aproximadamente a las siete de la mañana desde la terminal de buses de Rosario y el vuelo mío salía en la tarde. Fueron a despedirme familiares y amigos al aeropuerto de Rosario. Yo estaba muy feliz de ir y también era bueno para despejarme de tanta tristeza por la muerte de mi otra abuela, el sufrimiento, el trabajo de ayudar a mi mamá con la limpieza de la casa, las sábanas que había que llevar a lavar, estudiar, etc. Fue un año en el que se suponía debía disfrutar de la universidad como cualquier otra persona de dieciocho años, pero a su vez sentía que el haber pasado por todas esas situaciones, me había hecho madurar de golpe. Sentía que estaba preparada para vivir sola o formar un hogar, pero también era consciente de que tenía que estudiar y tener un título para lograr esas metas.
Una vez en el aeropuerto una situación increíble me sucedió cuando fui a hacer el check in. Tenía que abonar una tasa de aeropuerto, que creo que eran dieciséis dólares. Yo viajaba sin dinero en efectivo ni tenía tarjetas de crédito, ya que, al llegar a Los Ángeles, mi papá se hacía cargo económicamente de mis gastos. Y, además, como era mi primer viaje y pensando que todo estaba pago, cuando me tocó abonarlo le avisé a mi mamá y me dijo que ella no tenía más que veinte dólares y algunos pesos argentinos, y si me los daba se quedaba sin nada, y ella se tenía que volver en bus a su casa, y necesitaba el efectivo para abonar el taxi que la llevaría a la estación de autobuses que, por cierto, quedaba como a cuarenta y cinco minutos de allí. Así que no sabíamos qué hacer. Entonces, mi mamá me dijo que me daba diez dólares y se quedaba con el resto y que debía pedir prestado seis. En eso, junto a mí había un señor. Él escuchó lo que me estaba sucediendo y no me quedó otra que pedirle a él prestado el dinero. Yo no sabía en dónde meterme, pero si no pagaba esa tasa, me quedaba sin el viaje. Fue muy atento y los pagó. Mi mamá y yo, obviamente, le dijimos que le devolveríamos el mismo, una vez que yo llegara a Los Ángeles, ya que él iba a New York. Así que le pedimos sus datos para mandarle un cheque. Cuando llegué a Los Ángeles, allí me esperaban mi abuela, tía y mi papá. ¡Una alegría enorme! Les conté lo sucedido, y al otro día mi papá le envió su cheque.

En el aeroparque con mi mamá, diciembre, 1987.
Mientras tanto, la estadía de los dos meses fue espectacular. Era la primera vez que volvía a los Estados Unidos desde ese día de agosto de 1980 en que me fui. Fue una mezcla de tristeza y alegría, pero sobre todo muy ilusionada de volver a recordar mi infancia feliz allí. Lo único que lamenté en aquel momento fue no haber tenido a mi mamá y hermana para hacerlo juntas.
Mi tía se tomó días de su trabajo y me llevó a conocer lugares nuevos. Con mi papá salía una vez que regresaba de su trabajo, y con mi abuela nos quedábamos solas todo el día y lo pasábamos divino, charlando y jugando a las cartas. La ayudaba con la casa y, hasta un día nos atrevimos a tomarnos un colectivo hacia un mall y pasar la tarde allí. Pero como todo viaje, todo tiene un comienzo y un fin, y el doce de febrero emprendí retirada, no sin antes que un temblor pequeño me diera la despedida de mi amada West Covina. ¡Qué susto! Recuerdo que había salido de la ducha y me estaba terminando de secar el cabello. En eso sentí como un estruendo, un rayo o trueno y miré hacia afuera, y vi el marco de la ventana torcido. Salí corriendo de ahí. Hasta creo que lloré un minuto de los nervios.

Año Nuevo con mi papá en California, 1988.
A mi regreso a Rosario, me esperaban mi mamá y amigos. Había sacado muchas fotos, ya que mi tía me había regalado una de sus cámaras fotográficas. Había comprado dos álbumes con una capacidad de doscientas fotos cada una. Con su máquina de escribir les hice cartelitos con los nombres de los lugares que correspondía a cada foto. Al día de hoy los sigo conservando, pero hace varios años las pude digitalizar, ante cualquier circunstancia que surgiese que pudieran perderse o deteriorarse.
En marzo de 1989, llegó mi papá a Rosario al casamiento de mi hermana Carolina. Así que mi mamá estaba contenta. Se casó solo por civil. Fue muy divertido y una vez más, ese tipo de fiestas unía mucho a la familia. Mi papá estaba muy emocionado y feliz por estar en su Rosario querida, rodeado de su familia. Pero comenzaron los roces con mi mamá, ya que él venía de estar varios meses en otro país, tener su auto, su independencia tanto económica como familiar.
Era el consentido de los tres hijos que tuvo mi abuela, dicho por mi tía, su propia hermana.
Él llegaba a la casa después de trabajar, tenía la comida servida, su ropa planchada y lavada, sin malas caras, sin hijos, sin preocupaciones, etc. En cambio, en Rosario tenía que adaptarse a los horarios y a las demandas familiares, y llegó un momento en el que mi mamá se sintió desplazada, quizás porque ella siempre se sacrificó por él y la familia y de repente sintió que él venía con otra actitud y que no le daba la atención que merecía, etc. Además, insistía constantemente en que había que ahorrar y no malgastar y mi papá, justamente, quería que saliéramos a cenar afuera, pedir take out, llevarla al cine, por tantos años de no poder hacerlo. Pero el carácter de mi mamá toda la vida fue así, una mujer fuerte, de vivir siempre de manera austera porque nunca le sobró.
Mi mamá trabajó duro desde que salió del colegio secundario en una concesionaria de automotores en Rosario. Era muy inteligente, ya que llevaba la contabilidad sin ser contadora. Su sueño siempre fue el de estudiar la carrera de escribanía, pero tenía que viajar a Santa Fe, ya que tanto abogacía como escribanía se estudiaban en la Universidad de Santa Fe. Pudo cursar un solo año y luego dejó, pues el trabajo en ese momento era la prioridad. Ojo, mi abuela también trabajaba, ya que ellas vivían en una casa enorme, a medio hora del centro de Rosario. Ella era el ama de llaves de allí y a mi mamá le permitieron que viviera con ella desde la adolescencia. Sus patrones las querían mucho a las dos y como el dueño era escribano siempre le había dicho a mi mamá, que cuando ella finalizara su escuela secundaria le gustaría que estudiara escribanía, para pasarle su registro.
Mi papá se volvió a los Estados Unidos unos días después del casamiento. Se fue muy triste, ya que dejaba a los que más quería y a su país, pero sabía que cada dólar que ganaba, era para saldar deudas y para hacer mejoras en la casa, especialmente, la cocina nueva para mi mamá. Al mes de estar allí, aparentemente tuvo una discusión con un cliente. Sufría de sobrepeso, presión alta y angina de pecho. Llegó a la casa de mi abuela y, según lo que él le contó a mi mamá, al estacionar el auto, sintió que se le dormía la parte izquierda de su cuerpo y apenas llegó a la puerta de la casa, sintió que ya no podía caminar, y su habla era como el de una persona que estuviese embriagado. De inmediato, mi tía y mi abuela llamaron al 911 y una ambulancia se lo llevó al hospital. Recuerdo ese día con claridad porque el teléfono fijo de la vecina de mi mamá, Chochi, se encontraba situado del otro lado de la pared que lindaba con el comedor de mi mamá en donde mirábamos televisión y cada vez que alguien la llamaba, escuchábamos el sonido del mismo. Todavia no poseíamos una línea telefónica. Estabamos pagando las cuotas de un famoso plan ofrecido por la compañía telefónica de la ciudad. Ese día, mi tía la llamó y le dijo lo sucedido y que debíamos ir por la noche a la casa de mi tía Ema, que vivía a seis cuadras, porque la iba a llamar más tarde, que mi papá estaba internado en el hospital, pero sin mayores detalles. El motivo del traslado a la casa de mi tía Ema era a los efectos de poder allí hablar más tranquilos y tener privacidad. Así que nos fuimos, mi hermana Jorgelina, mi mamá y yo para allá y recuerdo que, al llegar, mi tía Ema estaba en el medio de una cena con una prima segunda mía y su esposo, que justamente era cardiólogo. ¡Qué coincidencia!
Esa hora de espera se hizo eterna, encima tener que disimular ante terceros y no llorar o alterarse. No quiero ni pensar lo que se le pasaba a mi mamá por su cabeza. Ese día me dio mucha pena. Sentía tanta angustia por ella y por el futuro que se le avecinaba y la incertidumbre de no saber en qué condiciones se encontraba mi papá.
Finalmente, la fatídica llamada llegó y el parte médico era poco alentador. Había sufrido una hemiplejia o stroke de la parte izquierda de su cuerpo por un pico altísimo de presión,y como consecuencia, debía quedarse internado hasta que lograran estabilizarlo. Además, el pronóstico auguraba meses de rehabilitación y terapia, ya que prácticamente estaba inmovilizado, y apenas hablaba. Un cuadro desgarrador, pero mi mamá con una gran entereza finalizó su llamada, se despidió de los comensales y regresamos a casa caminando tranquilamente las tres. Yo hubiera salido corriendo.
Pulsuz fraqment bitdi.