Kitabı oxu: «Pompas»

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POMPAS

Gabriela Mirza

ilustraciones de ca_teter

AMANUENSE ®

ÍNDICE

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 1

Es la primera vez que entro para esto.

Me convencieron los de la banda: ¡me toca!

Paso la puerta rápido, se abre, automática, cuando hociqueo.

Es como que la puerta dijera «Sí, nene, entrá, dale...».

Doy un paso adelante como para no marcar bobera.

Es la primera vez que voy a robar.

Tengo una pistola en la campera. Es de verdad, pero está sin balas. La consiguió Ecaeza.

Me la dio y me dijo que no me preocupe, que es solo para asustar. Que por más que no sepa usarla no podría pasar nada de verdad porque ellos la usan vacía, para que las cosas no se vayan de mambo.

—Vos pedí la plata mostrandolá, y la movés bastante pa que se asusten, tipo abanico. Le zumbás el chumbo, tipo moscardón. Ahí los tipos se cagan y te dan todo. ¡Dale!, andá ahora que el guardia se está cambiando. Rápido, rápido. Stiven: ¡no te cagués! Después salís rajando y te subís en la moto, te esperamos en la puerta. Dale, gil, no arrugués.

Ágata es el nombre más lindo que se puede tener.

—Me llamo Ágata —me dijo el día que la conocí, y con sus trenzas me ató, me dejó metido en ese nudo que le sale por la voz y que se te vuelve casa.

No lo puedo creer. Justo hoy, ¿justo ahora me la tengo que encontrar?

El frío del aire acondicionado me da en la nuca, como una guillotina. La parte de atrás del cuello de mi remera tiembla por el vientito que sale del aparato, y toca, de a milésimas de segundo, mi nuca.

Justo ahora tenía que ser, en el mismo momento en el que tengo que pasar la prueba de la banda, después de años sin verla.

Es ella. Sí. Crecida, claro, pero ella.

El nombre me viene de adentro como si me lo dijeran los huesos. Ella levantó los ojos hacia adelante y la palabra Ágata me rebotó dentro del cuerpo.

La voz de micrófono que sale por unos parlantes metálicos le pregunta a una vieja si va a pagar todo o en cuotas. La vieja no escucha, pone la mano como campana en la oreja para ayudarse. El cajero sube el volumen:

—¿Paga todo o lo hace en cuotas, señora?

La vieja no escucha. El cajero vuelve a subir el volumen. Un hombre de la misma fila le saca a la vieja la mano del oído y le grita la pregunta a un centímetro de la oreja.

Ella dice que sí, que sí con la cabeza. Quiere pagar. Saca todo lo que tiene. No le alcanza. Supongo que no entendió lo que le dijeron. No le da ni para pagar la mitad. La vieja saca un monedero, revuelve, revuelve. Dice que no, que no con la cabeza, guarda todo y se va.

Avanzan las filas.

Me pica la nuca, me pica, me eriza.

Es ella, Ágata, no hay dudas.

Me cosquillea el cuerpo, ahora abajo. Todavía no me vio.

Se me fue a los tobillos —el vértigo es esto, lo entiendo en este segundo—, de los pies a los omóplatos, a la cabeza, a las yemas de los dedos otra vez, después a las orejas —como miniagujas que me pinchan—, por último a los pelos.

Una pantalla muestra a una muchacha ganando plata en un sorteo, al lado de ella, un señor de traje negro le entrega dinero, todos con cara feliz. La muchacha salta con los brazos para arriba, llevando los talones a la cola como medio en diagonal. Todos ríen brillantes, como aviso de dentista.

Ágata está ahí parada, delante de mí. No es que me olvidé de que ella existe, pero hace años que no la veía.

La miro. Pasa lo mismo que antes, ella ocupa el mismo lugar que siempre: toda mi espalda.

Como un respaldo, a veces caliente, a veces de nervios que pinchan como cama de clavos. Mi espalda le pertenece, ella es mi cuerpo completo. Cuando está Ágata dejo de ser frente, dejo de ser solo lo que ven mis ojos y paso a ser un frente con revés, soy entero.

La veo, a ella y a todo el conjunto: las tres cajas con sus filas de gente embolada, con ganas de no pagar nada e irse; un asiento de guardia vacío porque se fue para adentro. Vidrio, mucho vidrio: vidrio en las puertas que se abren solas, vidrio en lugar de las paredes de afuera y vidrio en las ventanillas; todo puesto en vidriera.

Lo voy a hacer, estoy llegando a la caja.

La veo, y ella me ve cuando ya estoy sacando la pistola. Sus ojos se abren, enormes. Yo le hago un no con la cabeza, bien chiquito; que no, que no me salude. Le hago un gesto hacia abajo. Ella baja los ojos y la ve. Ve que tengo un arma y los ojos se le abren más.

El cajero ni se da cuenta que lo quiero robar, todavía no. Ella sí.

Años que no la veo, muchos.

Ahora estoy viviendo un tiempo burbuja, de esos tiempos que no tienen pasado, de los que flotan sin rumbo, y el pinchazo y su ¡ploc! son la amenaza a toda hora.

Mientras estás en la burbuja subís, subís como nunca, y mientras está entera se ve real, porque es real. Lo débil también es real.

Aunque sea frágil, una burbuja mientras existe es, y nos gusta porque flota como desentendida. Incluso tiene destellos y disimula con su disfraz de vidrio. También se hace la linda, y, como hacen todas las lindas, ignora la mugre de la de al lado.

Esta burbuja me hace sentir protegido, es un lugar solo para uno, para mí. Es una cárcel y una casa, es una vidriera para mostrarme y una cápsula para esconderme.

La burbuja sube ahora, siento que sube, y me cuesta pensar.

CAPÍTULO 2

Mi tiempo burbuja empezó el día que en lugar de cruzar la puerta de lo de mi padrino, seguí de largo. Yo llegué a la puerta. Llegar llegué, pero no entré. Mi burbuja empezó a inflarse con ese «no» que me dije a sacar las llaves de la mochila. Llegué a la esquina, ahí sí las saqué y las tiré en un contenedor.

Caminé sin rumbo hasta la rambla. Me fui hasta cerca de la escollera, a esos lugares donde nadie te jode. Me gusta la escollera: esa línea negra, larga y de piedra que entra en el agua. Parece un límite de algo. Como si decidiera de qué lado estás: de este lado los que fueron, del otro los que todavía siguen.

Estuve un rato quieto, en silencio, mirando la línea.

—Hola, ¿qué hacés? —me dijo un pibe que apareció de atrás de una roca.

—Nada, muto —dije sin darle mucha bola.

—¿Vivís por acá?

Solo pude hacer un gesto mezclado de «no tengo idea» con «no me importa».

—Bué, ya veo que no vas ni venís. ¿Estás medio perdido en la vida? Acá no te sirve andar solo, te complicás, no da. Me dicen Ecaeza. Estoy con la banda que está allá, atrás de la canchita. Tenemos un lugar, vivimos ahí. Si querés ir más tarde, preguntá por mí, todo bien. Podés quedarte ahí, con la banda.

Me había ido de lo del padrino sin más expectativas que las de hacer calle. No estaba pensando en ser de una banda o algo así, pero se dio solo. Me quedé con ellos.

Yo ya estaba acostumbrado a andar de acá para allá. Cuando empecé el liceo, el padrino me cambió de una escuela con cama a un liceo con cama. Se ve que la cama que tenía para darme los fines de semana, se la alquilaba entre semana a alguien más. Por ahí tenía más ahijados y entre todos nos turnábamos en esa camita de sillón de living.

Pobre tipo mi padrino. Le caí de rebote y no tuvo otra que bancarme. Me bancó, un poco, lo que pudo.

Los fines de semana con él eran un embole, aparte me había dicho que justo este no iba a estar porque tenía que ir a ver a su madre que estaba muy enferma.

O sea, ni siquiera se iba a dar cuenta si me había ido a la calle o no, si había tirado las llaves en un contenedor como para no volver más, o si estaba en mi cama mirando la tele.

Tenía como una semana entera para hacer lo que quisiera y eso no iba a ser volver al liceo; ese liceo de mierda lleno de tipos que no me interesan.

Mis compañeros no me interesan. Aparte, me está yendo horrible, tengo pila de bajas y exámenes que dar, y estoy lejos de poderlos salvar. Los profesores me deprimen con sus vidas al pedo, son terribles nabos.

—¡Amarrete! —le dijo un viejo al mozo del bar en el que estábamos. Protestaba en la barra porque no le «lloraba» la botella en su vaso de wiski. El mozo no le daba ni bola.

Eso fue cuando yo tenía seis años y no me olvido de la cara del viejo, su pesadumbre y su quejido de «justicia». Mi padrino no lo miraba, estaba como ido en sus pensamientos, no me miraba a mí tampoco. Quedó colgado en un televisor que pasaba un chusmerío argentino.

Yo devoraba una media luna grasosa con café con leche.

—Ahora vamos a tener que arreglarnos —me dijo depositando los ojos de tele en unas servilletas que retorcía sin pensar—, vos no te preocupés que alguna solución vamos a encontrar. Me pedí unos días en el trabajo para organizarnos, para ordenarnos. Vas a ver que vamos a estar bien.

Obvio que nada estaba bien. Él no tenía hijos, ni espacio, ni tiempo, ni ganas. No tuvo opción, a mí ya no me quedaba otra.

Me dio lástima darle lástima. Es un buen tipo.

Tengo recuerdos buenos de él antes de mudarme a su casa. Siempre llegaba a mi cumpleaños, traía un regalo bien envuelto, una caja de masitas y un refresco. Mi cumpleaños se resumía a eso: esperar al padrino. Me daba emoción, él se preparaba para ese día y nunca se olvidó.

Después de comer las masitas, nos sacábamos una foto en el frente con el regalo en la mano y un vaso de refresco en la otra. En el siguiente cumpleaños me daba la foto del año anterior. Yo las tenía todas en una caja de zapatos. Ahora las pasé a la mochila que rescaté de casa.

Pulsuz fraqment bitdi.

23,64 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
04 aprel 2025
Həcm:
36 səh. 5 illustrasiyalar
ISBN:
9789974883291
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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