Kitabı oxu: «Tocando el cielo»

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28001 Madrid
© 2015, 2022, Mª Carmen Latorre
© 2015, 2022, Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Tocando el cielo, n.º 2 - marzo 2022
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Fotolia.
I.S.B.N.: 978-84-1105-761-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Descubre los diferentes finales
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Capítulo 78
Capítulo 79
Capítulo 80
Capítulo 81
Capítulo 82
Capítulo 83
Capítulo 84
Capítulo 85
Capítulo 86
Capítulo 87
Capítulo 88
Capítulo 89
Capítulo 90
Capítulo 91
Capítulo 92
Capítulo 93
Capítulo 94
Capítulo 95
Capítulo 96
Capítulo 97
Capítulo 98
Capítulo 99
Capítulo 100
Capítulo 101
Capítulo 102
Capítulo 103
Capítulo 104
Capítulo 105
Capítulo 106
Capítulo 107
Capítulo 108
Capítulo 109
Capítulo 110
Capítulo 111
Capítulo 112
Capítulo 113
Capítulo 114
Capítulo 115
Capítulo 116
Capítulo 117
Capítulo 118
Capítulo 119
Capítulo 120
Capítulo 121
Capítulo 122
Capítulo 123
Capítulo 124
Capítulo 125
Capítulo 126
Capítulo 127
Capítulo 128
Capítulo 129
Capítulo 130
Capítulo 131
Capítulo 132
Capítulo 133
Capítulo 134
Capítulo 135
Capítulo 136
Capítulo 137
Capítulo 138
Capítulo 139
Capítulo 140
Capítulo 141
Capítulo 142
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Descubre los diferentes finales
El libro que vas a leer cuenta una historia que puede transformarse en muchas diferentes, en función de tus elecciones. En algunas páginas deberás tomar decisiones que marcarán el desarrollo del argumento y te llevarán a distintos tipos de conclusiones. Cada librojuego tiene su propia combinación de escenas y finales. En el caso de Tocando el cielo podrás optar a 7 finales distintos:
• El final favorito de la autora
• El final romántico
• Cuatro finales buenos
• Un final especial
¿Te atreves a encontrarlos todos? Tendrás que atreverte a probar cosas que hasta ahora no habías imaginado…
… ¿Y serás capaz de encontrar los contenidos secretos?
Tocando el cielo tiene cuatro escenas secretas y un final secreto, muy especial. Para encontrar estos contenidos deberás usar tu astucia… y prestar atención a los números.
1
Llego tarde, como siempre. Y esta vez, el tren que voy a coger rumbo a París, no va a esperarme. Por suerte, esta mañana me he decidido por un look cómodo: All Star negras, shorts tejanos ligeramente desgastados y camiseta blanca estampada, holgada y con escote generoso, que deja al descubierto mi hombro derecho. Un conjunto que dice a gritos «¡Hoy empiezo por fin mis vacaciones!» y que resulta perfecto para sobrellevar mi habitual impuntualidad.
Son las ocho menos diez de la tarde y tengo la sensación de que me he pasado el día corriendo arriba y abajo. Me quito las gafas de sol al entrar en la barcelonesa Estación de Francia, saco el billete que he impreso esta mañana en el trabajo y compruebo la hora de salida en la pantalla cerca de las vías. El tren ya está estacionado en la tres y amenaza haciendo sonidos metálicos con ponerse en marcha de un momento a otro. Apenas tengo cinco minutos para embarcar. Corro, arrastrando la maleta de mano más rápido de lo que sus pequeñas ruedas pueden procesar, mientras sujeto con la mano libre mi Canon EOS 5D. Dentro del enorme bolso que llevo cruzado, noto como dan vueltas mi kit de maquillaje de primeros auxilios, mi monedero y la acreditación a mi nombre, Alexandra Nell, como fotoperiodista de la revista juvenil Bambina.
Entro en el primer vagón, intentando coger algo de aire. El revisor me mira divertido. No sé qué le divierte tanto, si mi cara roja como un tomate, mi ropa sudada o mi falta de aliento. En cualquier caso se ríe más aún cuando le enseño mi billete y me advierte de que me he equivocado, que esa no es la clase turista, que tengo que ir hasta el último vagón. Y de que no puedo pasar por el interior del tren, porque el siguiente vagón, el Gran Clase, está cerrado. Que tendré que bajarme e ir por el andén. ¿Será posible? Sin duda este hombre me ha visto joven, en forma y me va a hacer sudar la camiseta. Sin tiempo para discutir, vuelvo al andén. ¡Me quedan solo un par de minutos! Me coloco las gafas de sol en la cabeza a modo de diadema, me recojo la larga melena rubia y rizada y me preparo para un esprín final. Pero enseguida aparecen más problemas: un grupo de adolescentes desatadas, con pancartas y fotografías, se amontona ruidosamente frente al siguiente vagón, el de Gran Clase. Empiezo a sudar aún más, ya no solo por el esfuerzo y el calor de julio, sino por el cabreo que me produce la idea de llegar a perder el tren por culpa de unas hormonas mal llevadas. Veo que entre ellas y el tren hay dos hombres vestidos de negro, altos y musculosos, con pinganillos en las orejas. No me hace falta recurrir a mi experiencia como fotoperiodista, (por otra parte, a mis veinticuatro aún un poco escasa, hace solo un par de años que acabé la carrera de periodismo y aún estoy formándome como fotógrafa), para darme cuenta de que son la seguridad de algún famosete. Me acerco un poco más al grupo y oigo como las chicas corean un nombre: «Triiiistáaan, Triiiistáaan.» Entre eso y las fotografías que llevan no hay lugar a dudas, se trata del cantante del momento: Tristán Lago. ¡Con lo que odio yo a los cantantes de moda de turno! Decido que ya pensaré en eso luego, ahora, ¡tengo que subirme a este tren y llegar al último vagón como sea! Pero, ¿cómo?
• Luchando contra las fans y recorriendo todo el andén en un último esfuerzo titánico. ¡Ánimo Álex, que tú puedes! (Ve a "2").
• Subiéndome otra vez al primer vagón e intentando llegar por dentro (ve a "3").
2
Cuanto más tiempo tardo en decidir qué hacer, menos tiempo tengo para hacerlo, así que armándome de valor busco un camino para pasar entre las fans histéricas que gritan como posesas. En cuanto me meto en el barullo comprendo lo desacertado de mi idea. Sufro por la cámara y la protejo como puedo de los empujones de tanta loca de remate. ¡Dejadme pasar, por favor!
Grito sin demasiado éxito, hasta que una de ellas se da cuenta de que estoy allí y se me pone en medio.
—¡Oye, tía, no te cueles! ¡Qué fuerte! ¡Ey, esta tía está intentando colarse!
Al momento, decenas de fans se agolpan en torno a mí y me siento más apretujada todavía. Me están inmovilizando en medio de una locura que amenaza con dejarme sin aliento del todo.
—¡Tengo que subir al tren, idiotas! ¡Soy una pasajera del tren!
Grito desesperada. Ellas por supuesto no me hacen ni caso, pero el jaleo alerta a uno de los seguratas que se acerca hasta donde estoy, justo antes de que me sienta desmayar por la falta de aire.
—Ayúdeme, soy pasajera del tren tengo que subir al tren…
Le digo con un hilo de voz, mostrándole mi billete. Él aparta a las chicas y subimos por la puerta de Gran Clase. Justo en ese momento, la locomotora se queja una última vez y el tren cierra sus puertas. El segurata me sienta en el suelo del vagón y me pregunta si estoy bien. Y yo solo puedo asentir con la cabeza antes de desmayarme.
Cuando recobro el sentido, estoy tumbada en una litera increíblemente cómoda. Pienso en lo genial que es la clase turista hasta que recuerdo lo ocurrido: me desmayé en el vagón de Gran Clase y cabe la posibilidad de que aún siga en él. Aún no es del todo de noche y pese a que no hay ninguna luz encendida puedo ver perfectamente el compartimento. En el suelo, frente a mí, están mi maleta, mi cámara y mi bolso… pero también hay una funda de guitarra, una maleta marrón enorme y un par de baúles negros, de esos que llevan los técnicos de sonido y los músicos. Tengo un escalofrío y me incorporo en la cama, aún mareada. Un hormigueo me recorre la sien, cierro los ojos esperando a que pase. Y entonces oigo gente hablando fuera del compartimento. Me levanto, cojo mis cosas y abro la puerta. En el pasillo hay una luz encendida y dos seguratas que se callan cuando salgo. Me miran de arriba abajo. ¿Qué le ha dado a todo el mundo por mirarme hoy así? Agacho la cabeza e intento pasar entre ellos.
—¿Ya te encuentras mejor? —me preguntan.
—Sí, gracias —digo sin levantar la vista.
—¿Quieres que te ayudemos con eso?
Niego con la cabeza y con un movimiento rápido tiro de mi maleta. Mala idea, al instante siento un calambre en el brazo que me recuerda que necesito azúcar con urgencia.
—No, gracias. Muchas gracias por todo. Quizás vaya a comer algo.
Asienten con la cabeza ante mi respuesta y, con la mejor sonrisa que puedo esbozar, paso entre ellos y me dirijo al bar.
Cuando planifiqué mis vacaciones en París, aparte de asistir al seminario de fotografía de retrato de Eolo Pérfido, no tuve en cuenta ningún extra como que comería algo en el tren, pero la salud es lo primero. Así que pienso en tomarme el mejor bocadillo de jamón que puedan venderme.
Paso por la clase preferente y el restaurante, donde están en pleno turno de cenas, y voy al bar. Son casi las nueve de la noche y solo hay una persona en la barra. Un hombre alto, atlético, de unos treinta y pocos, de pelo castaño, un poco largo. Está pensativo, tomando lo que parece una cerveza negra y escribiendo compulsivamente en una pequeña moleskine. Es el guapísimo y exitoso Tristán Lago.
Ni siquiera ha levantado la vista cuando he entrado, creo que ni se ha dado cuenta. En ese momento me suena el teléfono, es mi jefa. ¡Dios, qué pesada!, ahora mismo no tengo ganas de hablar con ella así que lo pongo en silencio y lo guardo en mi bolsillo. Me siento en el otro extremo de la barra y apoyo las manos sobre el mostrador. Miro de reojo a Tristán. Teniendo en cuenta que he estado desmayada en la que seguramente era su litera, ¿no debería decirle algo? ¿O quizás debería hacerme la tonta y esperar a que él levante la vista y me vea?
Mi teléfono vibra, tengo un mensaje de mi jefa: «Tristán Lago está en tu tren. Ya sabes lo que te toca.» Hago una mueca de disgusto, ¿no se supone que estoy de vacaciones? Además, ¿cómo se supone que voy a hacerlo? ¿Cómo voy a abordarle, sin más, y decirle que me conceda una entrevista y además una sesión de fotos? No me gustaría que pensara que soy una de esas periodistas pesadas, que no descansan nunca, que no respetan la intimidad de los famosos
Observo su perfil pensativo. Parece un tópico pero gana en persona. Esos pantalones tejanos ajustados, esa camiseta blanca con rayas azul marino que se pega tan bien a sus anchos hombros, las All Star desgastadas, parecidas a las mías incluso desde esta distancia noto que es increíblemente magnético y atractivo, y por una vez no me da ninguna vergüenza admitir que me encanta el ídolo del momento.
• ¿Por qué esperar? Iniciaré yo la conversación (ve a "6").
• No quiero molestarle. Esperaré a ver si se da cuenta de que le estoy repasando con la mirada (ve a "7").
3
No hay tiempo. Y no me importa lo que me haya dicho el revisor, es mi única oportunidad. La barrera de fans es, a todas luces, infranqueable y a mí ya no me quedan demasiadas fuerzas, así que decido emplearlas en driblar al revisor, cruzar el vagón de las butacas reclinables, el de Gran Clase, el de cafetería y restaurante y llegar por fin a mi vagón, la clase turista.
Cojo la maleta y me la cuelgo en la espalda por dos asas que tiene en la parte trasera, me cruzo la cámara por el pecho hacia la derecha, el bolso hacia la izquierda y observo al revisor por el interior del vagón. Tiene la cabeza agachada y mira no sé qué. Pienso en cómo hacerlo y finalmente decido que, como diría mi mejor amiga Daniela: la mejor manera de hacer algo que no deberías hacer es hacerlo de una vez.
Subo rápidamente los dos escalones justo en el momento en que se oye la señal acústica y las puertas se cierran y corro entre las butacas reclinables hasta la puerta del fondo, la que comunica con el siguiente vagón. No escucho al revisor cuando me ordena que me detenga e intento abrirla. Para mi sorpresa, enseguida cede y entro en el vagón de Gran Clase. Corro por el pasillo intentando no atascarme con la maleta, sin mirar atrás. Sé que el revisor aún me persigue porque le oigo gritarme que pare, pero estoy a punto de alcanzar la puerta del fondo y siento que gracias a la adrenalina de la carrera nadie puede pararme. Pero estoy equivocada, los gritos del revisor han hecho que uno de los seguratas que antes vi en el andén salga de uno de los compartimentos del tren y bloquee el pasillo. También asoma otra cabeza curiosa, que reconozco enseguida: Tristán Lago. ¡Realmente estaba en el tren! Me mira con sus ojos increíblemente azules, levantando mucho las cejas, como si no acabara de creerse lo que ve. ¿Qué pasa, es que nunca ha visto a una chica con pinta de haber corrido la maratón de Nueva York en un cuarto de hora? El segurata no se mueve del pasillo y sé que tengo que inventarme algo.
—¡Tristán Lago! ¡Aaaahhh!
Grito corriendo hacia él. Quiero simular que soy una de las fans locas que vi en el andén y ¿qué haría una fan en este caso? ¡Lanzarse a su cuello, está claro!, así que eso es lo que hago. Consigo rodear su cuello con mis brazos pero entonces una parte de mi plan se trunca: no contaba con la electricidad, la que recorre mi cuerpo cuando me roza la cintura y me mira fijamente a los ojos. Ahora entiendo por qué tanto revuelo, este hombre de poco más de treinta años, además de tener un cuerpo de escándalo, unos brazos fornidos y unos labios para comérselos, tiene algo magnético, algo que se nota con tan solo estar a su lado. Nuestro encuentro dura un segundo, quizás menos, pero una descarga me recorre de los pies a la cabeza. El segurata hace entonces su trabajo e intenta sujetarme por un brazo, apartarme de Tristán, y yo doy un paso atrás y hago una nueva finta con la que consigo superarle. Satisfecha de mí misma y de los casi diez años como delantera en el equipo de fútbol de mi barrio, dedico una sonrisa al revisor, al segurata y sobre todo a Tristán Lago que, por su mirada, aún está procesando lo que acaba de pasar, y entro en el siguiente vagón.
Más tranquila, y tras comprobar que no me siguen, cruzo la clase preferente, el restaurante y el bar y busco mi compartimento.
Con la certeza de que he batido el récord en recorrer el tren de una punta a la otra, me deshago de todo mi equipaje y me tomo un segundo para tumbarme en la cama. Parece que en el compartimento no hay nadie más que yo, así que me pongo cómoda e intento procesar esta última media hora de prisas y de emociones.
• Tengo una sed… Creo que voy a ir a la cafetería (ve a "4").
• Necesito, antes que nada, arreglarme. Voy a asearme un poco (ve a "5").
4
Aún con algo de miedo en el cuerpo, por si me encuentro con el revisor, cojo mi monedero y mi móvil y voy a la cafetería. Es casi la hora de la cena y se nota porque al entrar solo veo a una persona en la barra: Tristán Lago.
Un escalofrío me recorre la nuca y eriza mi vello rubio al recordar sus ojos claros en los míos. Cierro la puerta y justo cuando voy a sentarme en uno de los taburetes me suena el teléfono, ¡mierda, es mi jefa! ¿No se ha enterado aún de que estoy de vacaciones? Sé que es una pesada y que si no lo cojo ahora no parará hasta que pueda hablar conmigo, así que descuelgo sin dejar que suene demasiado.
—Alexandra, ¿estás en el tren nocturno?
—Pues sí, de camino a mis más que bien merecidas vacaciones.
Tristán, que hasta el momento parecía distraído anotando cosas en una moleskine de tapas oscuras, levanta la vista al oír mi voz. ¿Le habré molestado?
—¡Perfecto! Oye quiero que me averigües si en ese tren viaja también el cantante Tristán Lago, ¿sabes quién es?
—Sí y sí.
¡Por supuesto que está en el tren y por supuesto que sé quién es! Es el hombre que, con una sonrisilla en los labios, parece querer desnudarme ahora mismo con sus penetrantes ojos azules. Al pensarlo me pongo nerviosa y no puedo evitar enroscarme el pelo de la nuca entre los dedos, un gesto inconsciente que me delata por completo. ¿Cómo estaría él sin esos tejanos desgastados, que tan bien se adaptan a su trasero y esa camiseta blanca de rayas azul marino?
—¿Le has visto?
—Sí.
—Alexandra, tienes que conseguirme algo por favor, ¿crees que podrías sacarle alguna fotografía?
—Sí.
—Y si me consigues una entrevista te doblo las vacaciones.
—¿Solo eso?
—Está bien, y te pago las horas extras.
—No sé.
—Alexandra, no tientes a la suerte.
—Está bien, está bien. Veré qué puedo hacer teniendo en cuenta que estoy en mi tiempo de vacaciones.
—Vale, vale… En cuanto tengas algo me lo mandas. Lo estaré esperando. ¡Ciao!
Cuelgo el teléfono y por fin me siento frente a la barra. No me atrevo a mirarle, noto aún sus ojos clavados en mí. ¿Cómo se supone que tengo que conseguir una entrevista con él si ni siquiera puedo hablarle directamente? Quizás, ahora que vuelve a estar enfrascado en sus cosas…
• Está bien, iniciaré yo la conversación (ve a "6").