Kitabı oxu: «Bajo una luz fría»

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Título original inglés: Under the Cold Bright Lights.

Publicado originalmente en inglés por The Text Publishing Company Australia

© Garry Disher, 2017.

© de la traducción: Sergio Lledó Rando, 2021.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2021.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: noviembre de 2021.

REF.: ODBO978

ISBN: 978-84-9187-918-3

EL TALLER DEL LLIBRE • REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL

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PARA TONY Y HELEN

1

Era una mañana apacible de octubre en las inmediaciones de Pearcedale, al sureste de Melbourne. Una serpiente reptaba por el borde de un porche en un atajo hacia alguna parte. Nathan Wright, que contemplaba medio dormido su césped resecado desde la puerta de casa después del desayuno, apreció el movimiento con el rabillo del ojo: una cabeza de cobre del copón que serpenteaba sobre su porche. ¿Hacia dónde? ¿Iría a por su esposa y su hija? Jaime estaba tendiendo monos de trabajo en el césped del lateral de la casa y Serena Rae, a sus pies, reposaba sobre una manta rosa.

Tras unos segundos sin poder articular palabra, que parecieron durar semanas, Nathan señaló con el dedo y aulló:

—¡Serpiente!

Jaime se enderezó sobre el cesto de la ropa y siguió el dedo de Nathan con la mirada. Dejó caer una camisetilla minúscula de color rosa, escupió una pinza de la ropa, recogió a Serena Rae del suelo y retrocedió torpemente con un pequeño gemido de terror. La serpiente siguió reptando entre la hierba y la tierra hacia una losa de hormigón armado del tamaño de un par de tableros de madera. Nadie sabía para qué habría servido originalmente aquella losa. ¿Fue la base de una caseta de aperos que habían acabado demoliendo? ¿Un gallinero? Estaba resquebrajada y agujereada por varias partes, pero parecía sólida, y Jaime había colocado sobre una de sus esquinas un banco donde solía sentarse a leer al sol, pelar guisantes o dar el pecho a Serena Rae.

La impasible serpiente hurgó en un agujero, que a Nathan le pareció demasiado pequeño para ella, y empezó a colarse entre el hormigón con una serie de largos espasmos musculares. No tardó en introducir una cuarta parte de su cuerpo. Jaime y Nathan la observaban paralizados. Serena Rae se sacó de la boca su pulgar mojado y la señaló.

—Sí, cariño, serpiente —dijo Jaime con voz trémula.

Nathan se obligó a salir de aquella parálisis. ¿Una serpiente anidando junto a la casa? Ni de coña. Corrió hacia el cobertizo que había detrás del garaje, donde guardaba la leña y las herramientas de jardinería.

—¡Nathan! —Jaime aferró a Serena contra su pecho—. ¿Dónde has...?

—¡Hacha!

Jaime se quedó sobrecogida y después lo entendió: pensaba partir a la serpiente por la mitad. Observó cómo su marido desaparecía y volvía con el hacha para arremeter de mala manera contra la mitad visible de la serpiente.

—¡No! —gritó con pánico.

Nathan se detuvo, confundido.

—¿Qué?

—Podría estar embarazada.

Lo había leído en alguna parte, decenas de crías de serpiente que escapaban de un cuerpo desmembrado y desaparecían en todas direcciones para anidar, procrear y morder a los bebés de los humanos.

—Además —añadió, intentando calmarse. Nathan parecía más acongojado que ella—, las serpientes son especies protegidas.

—¿Qué? ¡Que les den!

—¿Y si cuando le cortes la cabeza, se revuelve y te muerde?

A Nathan aquello no le parecía muy probable, pero tampoco le hacía ninguna gracia la idea de acercarse a la serpiente desde un principio. Y ahora ya era demasiado tarde. Había desaparecido en el interior de su madriguera.

Aunque eso no arreglaba las cosas: seguían teniendo una serpiente en casa.

Nathan volvió al cobertizo y cogió un par de viejos ladrillos rojos. Se acercó a la losa de hormigón como si fuera un lecho de brasas ardiendo, pasó corriendo sobre ella, dejó caer los ladrillos sobre el agujero por el que se había metido la serpiente y retrocedió. Se frotó las manos para quitarse el polvo de los ladrillos y se reunió con su mujer, que se había refugiado en el porche.

No parecía muy convencida de que tuviera controlada la situación.

—¿Y si hay otro agujero que no vemos? ¿Y si tira los ladrillos? ¿Y si excava otra salida para salir?

—Por Dios, Jaime.

Nathan era como cualquiera de los jóvenes maridos del distrito: medio cachas, con el pelo cortado a bocados, pantalones cortos holgados, camiseta surfera, un par de tatuajes inofensivos y las gafas de sol sobre la gorra de béisbol. Cuando no pillaba las cosas se ponía a la defensiva. Y esto sucedía tan a menudo que agotaba la paciencia de Jaime.

—Hay que llamar a ese cazador de serpientes —dijo esta con brusquedad, ocultando el canguelo que seguía sintiendo.

—Pero qué co...

Nathan se acordó de Serena Rae justo a tiempo para comerse sus palabras; esta lo miraba como si pensara de él lo mismo que su madre.

—El número está junto al teléfono de la cocina —continuó diciendo su mujer.

Nathan lo sabía perfectamente. Él mismo había pegado allí el teléfono con el nombre del cazador de serpientes tras leer un artículo del periódico local. Baz el cazaserpientes anunciaba a los residentes que sería una «buena» temporada para los ofidios, especialmente para las cabeza de cobre, las tigre y las serpientes negras de vientre rojo.

—Nathan... —dijo Jaime, finalizando la frase con el mero tono de su voz.

—Vale, vale.

Cruzó el porche con paso airado hasta la puerta de entrada. Dios, se la había dejado abierta. ¿Quién sabe cuántas serpientes se habrían colado? Echó una fugaz ojeada a su espalda: Jaime seguía con la mirada puesta en la losa de cemento, meciendo a Serena Rae sobre su cadera. La pequeña sí que lo miraba. La saludó forzadamente con la mano, entró en la cocina y marcó el número de teléfono. Esperó. Paseó la mirada desde su jardín hacia la valla de separación, y después hasta el pinar de su vecino y las hectáreas de praderas ondeantes que lo rodeaban. Todo ello atestado de serpientes.

Al cabo de un rato llegó Baz, vestido con un polo azul en el que se leía: «Snake Catcher Victoria», vaqueros y botas de trabajo. Una gorra le ensombrecía el rostro y blandía un largo bastón entre sus rudas manazas. Paseó la mirada de Nathan a Jaime y dijo:

—Mostradme el camino —como si el tiempo fuera oro.

Nathan le enseñó la losa forjada y Baz negó con la cabeza.

—Joder, no me lo vais a poner fácil, ¿verdad?

—Ahí es donde se ha metido.

Jaime, a su espalda, dijo:

—¿Podrás atraparla?

—Si me das un taladro y una excavadora, puede —dijo Baz.

Nathan se quedó junto a él mirando la plancha de cemento y deseó no haberle hecho caso a esa estúpida mujer y haber partido la serpiente por la mitad.

—Tendría que haberme cargado a ese puto bicho.

Baz se volvió hacia él lentamente, con calma, y le dijo:

—Haré como que no he oído eso, amigo. Y entérate, que sea la última vez que te oigo decirlo. Matar serpientes es ilegal. Te cae una multa de seis mil pavos.

—Solo digo que...

—Bueno, pues no lo digas. —Baz señaló el hacha que había dejado allí tirada—. Aunque la hubieras partido por la mitad, la sección de la cabeza puede morderte hasta un buen rato después.

—Eso es lo que yo le he dicho —dijo Jaime.

Nathan entrelazaba sus voluminosas manos nerviosamente.

—¿Entonces qué? ¿La dejamos donde está y punto?

—Colega, si no puede salir, se muere —dijo Baz—. De hecho, al bloquearle la salida, la matas. Seis mil pavos.

—¿Me denunciarías? Por el amor hermoso, ¿qué demonios quieres que hagamos? Tenemos una niña pequeña. ¿Estás diciendo que debo quitar los ladrillos para dejar que una serpiente venenosa campe a sus anchas y mi mujer y yo tengamos que encerrarnos en casa con nuestra hija hasta el fin de los días?

Baz, que no se dejaba impresionar por Nathan, era, no obstante, un hombre justo. Tenía hijos. Incluso había sufrido una mordedura de serpiente diez años atrás que provocó un ataque de pánico en su familia. Se mordió el labio inferior.

—De acuerdo. Esto es lo que vamos a hacer. ¿Necesitáis esa losa de cemento para algo? ¿Tenéis pensado construir una caseta sobre ella, por ejemplo?

—Por mí puedes deshacerte de ella.

—Yo no pienso deshacerme de ella, eso lo harás tú. O al menos tendrás que llevarte los trozos cuando la rompamos. Tengo un amigo, un cementero especializado en forjados caseros, porches y cimientos. Él lo excavará, no hay problema. Empezaremos por el agujero, lo iremos agrandando poco a poco, lo suficiente para irme haciendo una idea de qué tenemos bajo vuestro forjado, si es una cavidad grande o hay un entramado de madrigueras. En cuanto vea una serpiente o serpientes, me pondré manos a la obra con mi gancho.

Serpientes, en plural. Genial.

—¿Qué harás con ella? ¿Con ellas?

—Ponerla en libertad en su entorno natural.

—Claro —dijo Nathan—. ¿Y si esa cabeza de cobre típica tuya tuviera, digamos, un instinto hogareño?

—Amigo, aquí tenemos serpientes a nuestro alrededor durante todo el verano. La mayoría de las veces no te las encuentras. Yo ahora me libro de esta serpiente y ¿quién te dice que no va a aparecer otra en tu jardín mañana?

Nathan miró a Jaime. Suspiró.

—De acuerdo, vamos a ello.

—Igual no puede ser hoy —dijo Baz, con una inquietud en su rostro que mostraba la poca gracia que le hacía pensar en una serpiente angustiada.

Pero el operario de Baz aceptó pasarse al mediodía, así que este se hizo fuerte en el porche de Nathan: café, galletas Anzac y a darle a la sin hueso mientras esperaba. El muy capullo tenía a Jaime comiendo de su mano con sus historias de serpientes.

Finalmente, entró rezongando una camioneta gris como el cemento y como el propio Mick el albañil, que era puro escombro humano en pantalones cortos, vestido con una camiseta azul y botas de faena, los años de deslomarse en el trabajo patentes en su espalda encorvada y sus piernas zambas. Estrechó la mano de Nathan con una sonrisa torcida de sabelotodo que destilaba malicia. Nathan se sonrojó, convencido de que Baz le habría contado algo al obrero para que pensara que era un gilipollas.

—Me han dicho que tienes un problema —dijo Mick, soltándole la mano.

—Podríamos llamarlo así.

—Así es como lo he llamado. —Mick echó un ojo a la losa y se frotó las manos—. Llevo haciendo forjados de cemento toda la vida. No suelo tener la oportunidad de reventarlos.

—Prepárate para retirarte si sale una cabeza —dijo Baz.

—Sí, bueno, prepárate tú para estar listo con el gancho ese —dijo el obrero.

—Tened cuidado —gritó Jaime desde detrás de la mosquitera.

Mick miró a los otros dos con los ojos entornados y fue a la camioneta a coger el martillo neumático.

—No voy a empezar por el medio —dijo—, no sea que haya un agujero debajo y caiga en un nido de cabezas de cobre. Comenzaré por uno de los bordes y excavaré, pongamos que medio metro cuadrado cada vez, miramos debajo y pasamos al siguiente tramo. ¿Qué te parece?

—Métele caña —dijo Baz.

¿Piensa sacar los fragmentos a pelo con las manos?, se preguntó Nathan. Yo ni loco.

No era a pelo: Mick utilizaba una palanca para sacarlos. Y una vez se hubo deshecho de cuatro tramos de medio metro cuadrado, se hizo patente que habían vertido gran parte del cemento directamente sobre la propia tierra. Salvo que a medida que se iban descubriendo los bordes más próximos al nido de serpiente se apreciaba cierto nivel de hundimiento de tierras bajo el centro del forjado.

—Ahí la tienes —dijo Nathan.

Baz asintió.

—Está intentando escabullirse hacia el fondo.

—Perforaré otra sección —dijo Mick.

—Sí, métele. Pero prepárate para poner la marcha atrás —dijo Baz—. Nuestra amiguita no estará para fiestas.

Esta vez Mick seccionó un pequeño fragmento de cemento y se adentró en el agujero original. Este se despedazó en terrones cuando intentó sacarlo con la palanca.

—El capullo que cementó esto no tenía ni puta idea de forjados —dijo, irritado—. Demasiada arena, y encima mal mezclada. —Reculó—. ¡Hostia puta!

El terroso cemento se había derrumbado sobre la serpiente, que intentó atacarlo, pero estaba atrapada entre el mortero. Baz entró rápidamente en escena e inmovilizó la cabeza con su bastón. Después, se acuclilló y usó la otra mano para apartar trozos de cemento hasta que liberó a la serpiente. La sostuvo en alto mientras mantenía controlada con su gancho la ondulante sección frontal y la metió dentro de un saco de arpillera.

—Coser y cantar —dijo, sonriendo a los otros.

Que, por lo que parecía, estaban más interesados en el agujero que había bajo la sección central del forjado.

—¿Qué pasa, tenemos a una familia entera de cabroncetes?

Miró hacia abajo. Lo que tenían era una camisa de algodón podrida sobre una caja torácica y un Rolex Oyster de pega enrollado en los huesos de un esqueleto.

2

Al sargento en funciones Alan Auhl se le estaba haciendo tarde para ir al trabajo mientras se despedía de su mujer. Pocas veces podía pasar tiempo a solas con ella. Y tampoco es que los clientes del departamento de Casos sin Resolver clamaran por su atención.

—Si hubiera sabido que te iba a hacer un cunnilingus me habría esmerado más en afeitarme.

Liz bufó, le cubrió las orejas con las manos y tiró de sus pelos rojizos entrecanos.

—Tú a lo tuyo.

Alan prestó más atención y después se acoplaron uno a otro y dormitaron hasta que Liz dijo:

—Tengo que acabar de hacer la maleta.

Dejarse llevar por los besos hasta terminar en la cama solo parecía sucederles una o dos veces al año. Tras un intercambio de miradas, algo —la costumbre, el aprecio o los remordimientos mutuos, la química, el recuerdo del amor— había tirado de ellos. Esta vez Auhl simplemente se había dejado llevar hasta la habitación de su esposa para ver si necesitaba ayuda con las maletas. Y, después del sexo, arrebujarse, hablar, el irresistible encanto del sueño.

Más tarde, cuando volvió de su cuarto de baño, que estaba en el mismo pasillo que su habitación y estudio, Auhl la encontró tumbada sobre el edredón, mirando fijamente al techo. Había vuelto a perderla.

«No es tanto que ya no esté enamorada de ti —le había dicho ella con lágrimas en los ojos tiempo atrás, cuando ya resultaba obvio que ese aire de distracción y desconexión que lo envolvía no cambiaría jamás—, sino que ahora te quiero de manera diferente».

Se inclinó sobre ella teniendo aquello presente, la besó y soltó una gracieta sobre la preciosa mujer que había acostada en su cama.

Liz parpadeó y sus ojos recobraron su implacable inteligencia.

—Que yo sepa, esta es mi cama. Y no te emociones.

No. Eso nunca. Así no lo conseguiría ni de coña.

Auhl dejó que su mujer acabara de hacer las maletas y bajó al piso de abajo. El Chateau Auhl, un edificio de tres plantas inmensas en una calle apacible de Carlton, amplificaba el ruido que hacían sus pasos en las escaleras y los pasillos. Como cualquier otro martes a media mañana, no había nadie más en casa. Su hija, sus inquilinos y las almas descarriadas a quienes daba cobijo no llegaban hasta entrada la tarde.

Su habitación estaba junto a la entrada de la casa y compartía el baño del pasillo de la planta baja con algunos de los otros. Se duchó, se vistió, hizo dos bocadillos y envolvió uno de ellos para dárselo a Liz.

No tardó en verla bajar estruendosamente las escaleras. Salió al vestíbulo justo en el momento en que ella llegaba y le ofreció el bocadillo con una mano, mientras con la otra alcanzaba la maleta más pesada. Ella asintió como si mereciera eso y más, una mujer ágil que fluía como la seda, con un atractivo peligroso: falda, camiseta, cazadora tejana y bambas. Un tren que se le había escapado. Distante, intocable, centrada, con la mente puesta ya en su otra vida. A pesar de ello, se tomó bien que le llevara la maleta al coche, casi con cariño.

No, no estaba segura de cuándo volvería a pasar la noche allí.

Ten cuidado en la carretera.

Auhl se comió su bocadillo en la mesa de madera descascarillada y llena de surcos de la cocina, sin prestar apenas atención a lo que sonaba en Radio Nacional.

«Su coche atraviesa ahora la ciudad, pasando por el puente de Westgate hasta llegar a Geelong».

Hizo todo el recorrido con ella mentalmente.

A mediodía enjuagó los platos del almuerzo y caminó hasta la estación de tranvía de Swanston Street. Portaba consigo una ansiedad general que lo acompañó por el centro de la ciudad hasta cruzar el río y llegar a la comisaría de policía. Liz. El trabajo. Las hermanas Elphick, que lo habían llamado esa mañana como cada 14 de octubre, en el aniversario de la muerte de su padre, ellas seguían esperando unas respuestas que él no podía proporcionarles.

John Elphick, nacido en 1942, encontrado muerto por contusiones craneales en su granja de las colinas al norte de Trafalgar, Gippsland, al este de Melbourne, en 2011. Viudo, vivía solo. Su hija Erica residía en Coldstream (enfermera, casada con un médico, tres hijos); la otra hija, Rosie, profesora de primaria, vivía con su novio, profesor de instituto, en Bendigo. Todos tenían coartada. Ninguno acusaba problemas financieros. Ni apuestas, ni deudas por drogas, ni amistades sospechosas o secretos que los investigadores de la policía hubieran podido descubrir. Además, Elphick había donado su granja a la Cruz Roja con el beneplácito de sus hijas.

Sus amigos y vecinos también disponían de coartadas. Ninguno de ellos tenía motivos para querer verlo muerto. Y aunque no era el alma del barrio, John Elphick estaba bien considerado y era razonablemente activo: jugaba a la petanca, iba a la iglesia, una cerveza en el pub de vez en cuando, alguna reunión en el club de jubilados Probus. No tenía ninguna amante. Ningún asalariado que viviera en la residencia ni que la rondara. La visión que se tenía de él es que era «un vejete encantador».

Hasta ahí llegaban los recuerdos de Auhl. No le habían asignado el caso en un primer momento; se había unido al equipo cuando la investigación ya estaba avanzada, durante los días en que agonizaba su matrimonio y su periplo en el departamento de Homicidios. Y poco después de aquello se retiró. Con cincuenta años, quemado y amargado.

Pero parecía que había algo en él que a Erica y Rosie les resultaba atractivo, porque cada 14 de octubre se reunían para llamarlo. Por no perder la costumbre. ¿Alguna noticia nueva? Y hasta aquel momento, cada 14 de octubre había podido contestarles que ya no trabajaba para la policía. Lo cual no había desanimado a las hermanas. Sí, pero tienes amigos en el cuerpo, le decían, sigues en contacto con ellos. La verdad es que no, contestaba él.

Esa mañana, cuando llegó la llamada, tuvo que improvisar un nuevo diálogo. Había regresado al cuerpo de policía. De hecho, lo habían invitado a volver, después de pasar cinco años matando el tiempo: algún que otro viaje esporádico, lecturas, clases de educación para adultos, líos amorosos imposibles o desastrosos, voluntariado para diversas organizaciones benéficas.

Y no se sabe cómo, las hermanas se habían enterado de que estaba de vuelta.

—Justamente le estaba comentando a Erica —dijo Rosie mientras Auhl mascaba su muesli— que ahora estás muy bien colocado.

—Extremadamente bien colocado —dijo Erica.

En el departamento de Desaparecidos y Casos sin Resolver, para ser más precisos. Su misión era, básicamente, liberar de trabajo a detectives más jóvenes para que pudieran dedicarse a otra cosa. También valorado por sus diez años como patrullero, diez en diversas unidades especializadas y otros diez en Homicidios.

Auhl, el recauchutado, de quien se esperaba que pusiera su ojo de halcón avezado en asesinatos sin resolver, muertes accidentales, casos de desaparecidos que levantaran sospecha. Que identificara aquellos que podrían resolverse actualmente con la ayuda de las nuevas tecnologías, esos en los que no se puso suficiente interés o se actuó con negligencia, los que disponían de información nueva que había salido a la luz últimamente. Colaborar donde fuera necesario con otros departamentos, entre ellos el de Homicidios y el de Delitos Graves. Presionar para que se realizaran nuevas pruebas de ADN. Volver a intentarlo con testigos que hubieran dado fe de una coartada y ya no fueran amigos de los sospechosos. Realizar un seguimiento de los cambios a lo largo del tiempo. Por ejemplo: una escena del crimen en la que se había construido un aparcamiento. Alguna figura clave del proceso que hubiera fallecido, desaparecido en el extranjero, sufrido demencia o estuviera casada ahora con el principal sospechoso.

Una perita en dulce.

Liz había insistido en que aceptara el trabajo.

«Ese puesto está hecho para ti, corazón mío». Todavía lo llamaba así de vez en cuando. Probablemente fuera por la fuerza de la costumbre. Le recordó su actitud ante los casos que se enquistaban cuando trabajaba en Homicidios: «Obsesivo, pero para bien».

Lo que quería decir era que se mortificaba cuando pensaba que se le había pasado algo. Que algún mentiroso se la había colado. Que el asesino se ocultaba entre las decenas de nombres que había recopilado durante la investigación.

—Confiamos plenamente en ti —le había dicho Rosie Elphick esa mañana mientras Auhl se acababa el café del desayuno.

—No puedo prometerles nada.

—Lo sabemos.

—El forense dictaminó que había sido un accidente, según creo recordar.

Pero en realidad no era cierto. Lo único que recordaba era que no se había dictaminado que el caso Elphick fuera un asesinato.

Se produjo un largo silencio al otro lado de la línea, una manera sutil de comunicar su decepción.

—Error —lo reprendió Erica educadamente—. El forense se mostró bastante ambiguo al respecto.

Y Rosie añadió con vehemencia:

—Alan, te lo ruego, revisa la investigación de nuevo.

Auhl se dirigió directamente al archivo en cuanto llegó a la comisaría. Odiaba aquella sala. Le parecía que algún día encontrarían allí su cuerpo, emparedado entre las enormes estanterías móviles. O yaciendo sobre los azulejos con una mano estirada y la puerta llena de marcas de arañazos de la desesperación. Cuando trabajaba en Homicidios rara vez necesitaba consultar expedientes de casos sin resolver. Los suyos eran candentes, o cuanto menos estaban tibios. Los resolvías dejándote los pies planos, con llamadas telefónicas, búsquedas en el sistema informático e interrogatorios. Ahora parecía que pasaba la mitad del tiempo sacando archivos, y encima se trataba de informes en papel que databan de la prehistoria. Había doscientos ochenta asesinatos sin resolver desde la década de 1950 en los registros del departamento de policía de Victoria. Y mil casos de personas desaparecidas, de entre los cuales probablemente un tercio de ellos fueran asesinatos.

Aquella mañana, en busca del archivo del caso Elphick, J., 2011, apartó cuatro feos bloques de estanterías de color beis a la izquierda y creó un estrecho pasillo. Se adentró en él, cogió la caja del expediente y salió de allí sin más demora, casi esperando que las estanterías siguieran la ley del horror vacui. ¿Oiría siquiera algún ruido que se lo advirtiera?

Se llevó consigo el caso Elphick, J. a la pequeña sala de la décima planta que albergaba el departamento de Desaparecidos y Casos sin Resolver. Su jefa estaba hablando por teléfono al final de aquella sala de planta abierta en su cubículo acristalado con la puerta cerrada. Uno de los investigadores del departamento había ido a los juzgados. La otra, Claire Pascal, de espaldas a él, estaba inclinada sobre una pantalla. Auhl se conformó con ese orden de cosas. La primera vez que trabajaron juntos —en una revisión de la declaración de un testigo—, nada más entrar en el coche, Claire lo había amenazado con dejarlo ciego con espray de pimienta si le ponía las manos encima.

Soltó la caja con el expediente Elphick sobre su escritorio y vació el contenido artículo por artículo, perfumando el aire con un rancio olor a cerrado. Un voluminoso informe atado con una gomilla, un sobre con fotografías del lugar de los hechos, un vídeo del mismo. Intentó quitar la goma. Se rompió.

Las panorámicas de la escena del posible crimen mostraban a John Elphick tumbado boca arriba sobre la espesa hierba de la primavera detrás de su camioneta Holden, aparcada junto a una valla metálica. El fallecido era un hombre corpulento con una buena mata de pelo cano, vaqueros gastados, una camisa de franela de algodón y botas con cobertura elástica. Presentaba incisiones en la cabeza y sangre en la frente, mejillas, cuello y por toda la camisa. Auhl reflexionó sobre esto: ¿estaba Elphick de pie cuando sufrió las lesiones?

Auhl leyó todos los informes y declaraciones y se detuvo en los resultados de la autopsia. La muerte de Elphick había sido provocada por una enorme contusión craneoencefálica. Habían encontrado sangre y tejido cutáneo en el parachoques delantero del vehículo, lo que parecía contradecir la teoría del asesinato. Pero el patólogo también había señalado el patrón que seguía la sangre al derramarse desde la cabeza hacia el torso y la presencia de restos sanguíneos en la cabina de la camioneta: no podía descartarse que sufriera una agresión.

Y las hijas de la víctima llevaban años intentando convencerlo educadamente de que no trabajó bien el caso en su momento. «Voy a tener que darles la razón», murmuró Auhl.

—Hablando solo —dijo Claire Pascal, todavía dándole la espalda—. Pobre vejestorio bastardo.

Auhl no le prestó atención. No pensaba dejarse ofender por los insultos de la juventud. Lo habían contratado para hacer un trabajo y lo haría.

Después, introdujo en su portátil el DVD del escenario del crimen. Las fotografías servían para captar los detalles, pero con el vídeo te metías en los hechos. Atravesabas la escena de la mano del cámara. Cuando tratabas con un caso sin resolver, el vídeo suponía la mejor alternativa a haber estado presente.

Auhl vio un cerro tapizado con un tupido manto de hierba a cuyo pie había un embalse a media capacidad y cuatro árboles del caucho. Al norte las colinas formaban una cadena montañosa a lo lejos y un ancho valle hacia el sur: una panorámica de cuadrados, franjas, puntos y rayas que formaban las carreteras, prados, setos y tejados. Y ahora veía la valla metálica, la camioneta y el cadáver. En cierto punto, el cámara se había subido a la caja de carga del vehículo, dándole a Auhl una impresión más clara del cuerpo en relación con la valla y la plataforma. «Espero que hablara con los técnicos para despejar la zona antes de subirse», pensó. Presionó el botón de pausa.

Otra ventaja de la elevación: podía ver el rastro de dos juegos de neumáticos en la hierba. El Holden de Elphick entró en la escena tras pasar por la verja que había junto al embalse situado al fondo del prado. Las otras huellas de ruedas corrían paralelas a las de Elphick, pero desde el otro lado de la valla metálica. El vehículo al que correspondían había dado un giro en cierto punto y había vuelto a bajar por el cerro.

Auhl realizó una anotación: «Comprobar a quién pertenece o pertenecía el terreno colindante».

Volvió a poner en marcha la grabación. Las imágenes se detenían ahora sobre el cuerpo, de la cabeza a los pies, las suelas de las botas, los pantalones, las manos, la cabeza y el torso ensangrentados. Después se dirigían a la cabina del Holden. Asiento del conductor de vinilo, abombado, un par de rajas tapadas con cinta aislante negra. Salpicadero polvoriento, resquebrajado también por varias partes. Alfombrillas gastadas. Cinturones de seguridad mugrientos y hechos jirones. Burbujas de aire en la pegatina de identificación, en el lateral inferior izquierdo del parabrisas rayado. El cenicero abierto y dentro un clavo de los de techumbre, un clip y varias monedas. El manual de usuario, un recibo del teléfono del año 2010, cerillas, un gorro de felpa y unos alicates en la guantera. En la consola que hay entre los asientos: más monedas, unas gafas de sol Cancer Council, una libreta de anillas minúscula, un lápiz de carpintero mordido.

Auhl releyó los informes. Los detectives de la investigación no mencionaban ninguna libreta. El encargado de la escena del posible crimen sí. Elphick la usaba para anotar datos sobre precipitaciones, listas de la compra o recordatorios: «comprar leña», «reparar el cortacésped», «recolocar la verja de entrada».

Auhl volvió a ver el vídeo: la libreta estaba cerrada, la cubierta arrugada, gastada, se salía ya de las anillas. Presionó el botón de pausa y aumentó la imagen. Elphick había escrito algo en la cubierta de la libreta. Unas letras ilegibles. ¿Un número de teléfono? Los trazos del lápiz no se distinguían bien sobre la brillante superficie.

Era vagamente consciente de que Claire Pascal hablaba por teléfono con alguien en su escritorio. Esta murmuró algo y acabó por darse la vuelta con la silla.

—¡Tú, recauchutado!

—¿Qué?

—La jefa quiere que hagamos una escapadita al campo.

—¿Por?

—Vamos —dijo con impaciencia—. Ya te lo contaré en el coche.

Auhl se levantó, se puso la chaqueta y se aseguró de que llevaba el teléfono y la cartera.

Pascal no había acabado todavía con él.

19,60 ₼

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