Kitabı oxu: «Rebelión en la granja»

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Rebelión en la granja


Rebelión en la granja (1945) George Orwell

Editorial Cõ

Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.

edicion@editorialco.com

Edición: Febrero 2022

Imagen de portada: Rawpixel

Traducción: Benito Romero

Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.

Índice

1  I

2  II

3  III

4  IV

5  V

6  VI

7  VII

8  VIII

9  IX

10  X

I

El señor Jones, de la Granja Manor, cerró los gallineros en la noche, pero estaba demasiado ebrio para acordarse de cerrar las ventanillas. Con el círculo de luz de la linterna rebotando de un lado a otro cruzó el patio, se quitó las botas frente a la puerta trasera, se sirvió una última copa de cerveza del barril que estaba en la cocina y se fue directo a la cama, donde ya roncaba la señora Jones.

Tan pronto se apagó la luz en la recámara, comenzó la agitación en todos los edificios de la granja. Durante el día se extendió el rumor de que el viejo Mayor, el cerdo que obtuvo el premio Middle White, había tenido un sueño extraño la noche anterior y quería comunicarlo a los demás animales. Habían acordado reunirse todos en el granero principal tan pronto el señor Jones estuviera fuera de combate. El viejo Mayor (así le llamaban siempre, aunque fue presentado en la exposición con el nombre de Willingdon Beauty) era tan apreciado en la granja que todos aceptaban perder una hora de sueño para oír lo que él tenía que decirles.

En un extremo del granero principal, sobre una especie de plataforma elevada, Mayor ya estaba acomodado en su lecho de paja, bajo una linterna que colgaba de una viga.

Tenía doce años de edad y últimamente se había puesto bastante obeso, pero todavía era un cerdo imponente de aspecto sensato y bondadoso, a pesar de que nunca le habían cortado los colmillos. En un breve lapso los demás animales comenzaron a llegar y a acomodarse, cada cual a su modo. Primero llegaron los tres perros, Bluebell Jessie y Pincher, y luego los cerdos, que se acostaron en la paja frente a la plataforma. Las gallinas se colgaron en el alféizar de las ventanas, las palomas revolotearon hasta los tirantes de las vigas, las ovejas y las vacas se tumbaron detrás de los cerdos y comenzaron a rumiar. Los dos caballos de tiro, Boxer y Clover, llegaron juntos, caminaban despacio y plantaban con cuidado sus enormes cascos peludos, porque algún animalito podría estar oculto en la paja. Clover era una yegua fuerte, que se acercaba a la mitad de su vida y con aspecto maternal que nunca había logrado recuperar la silueta después de su cuarto potrillo.

Boxer era una bestia enorme, de casi dieciocho palmos de altura y tan fuerte como dos caballos comunes juntos.

Una franja blanca que bajaba hasta a su hocico le daba un aspecto estúpido, y, aunque no era muy inteligente, sí era respetado por todos debido a su entereza de carácter y su tremenda fuerza para trabajar. Después de los caballos llegaron Muriel, la cabra blanca, y Benjamín, el burro.

Benjamín era el animal más viejo y de peor talante de la granja. Rara vez hablaba, y cuando lo hacía, acostumbraba hacer algún comentario cínico; por ejemplo, decía que «Dios le había dado una cola para espantar las moscas, pero que él hubiera preferido no tener ni cola ni moscas»

Era el único de los animales de la granja que nunca reía.

Si se le preguntaba la razón, replicaba que no veía nada por qué hacerlo. Sin embargo, aunque no lo admitía abiertamente, sentía afecto por Boxer; por lo general los dos pasaban el domingo en el pequeño prado detrás de la huerta, pastando juntos, sin hablar jamás.

Apenas se habían acomodado los dos caballos, cuando una nidada de patitos que habían perdido a su madre entró en el granero piando débilmente y correteando de un lado a otro tras un lugar donde no hubiera peligro de que los pisaran. Clover formó una especie de pared con su enorme pata delantera y los patitos se acurrucaron dentro y se durmieron de inmediato. En el último momento, Mollie, la bonita y tonta yegua blanca que tiraba del coche del señor Jones, entró contoneándose y mascando un terrón de azúcar. Se colocó al frente, moviendo sus blancas crines, en espera de atraer la atención hacia los lazos rojos con que había sido trenzada. Quien llegó al último fue la gata, que buscó, como de costumbre, el lugar más cálido, y por fin se acomodó entre Boxer y Clover; allí ronroneó satisfecha durante el discurso de Mayor, sin oír una sola palabra de lo que éste decía.

Todos los animales estaban presentes excepto Moses, el cuervo amaestrado, que dormía sobre una percha detrás de la puerta trasera. Cuando Mayor vio que todos estaban acomodados y esperaban con atención, se aclaró la garganta y comenzó:

—Camaradas, ya se han enterado del extraño sueño que tuve anoche. Pero el sueño lo mencionaré después.

Primero tengo que decir otra cosa. No creo, camaradas, que esté con ustedes muchos meses más y antes de morir siento que es mi deber transmitirles la sabiduría que he adquirido. He vivido muchos años, he tenido tiempo suficiente para meditar mientras yacía a solas en mi pesebre y siento que puedo afirmar que entiendo el sentido de la vida en este mundo tan bien como cualquier animal viviente. De esto quiero hablarles.

»Piensen, camaradas: ¿Cuál es la naturaleza de esta vida nuestra? Aceptémoslo: nuestras vidas son miserables, laboriosas y cortas. Nacemos, nos dan la comida suficiente para mantenernos con vida y, a quienes podemos trabajar, nos obligan a hacerlo hasta el último átomo de nuestras fuerzas; y en el preciso instante en que ya no servimos, nos matan con una crueldad atroz. Ningún animal en Inglaterra conoce el significado de la felicidad o el descanso después de cumplir un año de edad. Ningún animal es libre en Inglaterra. La vida de un animal no es más que miseria y esclavitud; ésta es la pura verdad.

»Pero, ¿esto se simplemente parte del orden de la naturaleza? ¿Se debe a que nuestra tierra es tan pobre que no puede conceder una vida decente a quienes viven en ella?

No, camaradas; mil veces no. El suelo de Inglaterra es fértil, su clima es bueno, es capaz de producir comida en abundancia a muchos más animales que los que la habitan en la actualidad. Nuestra sola granja puede mantener una docena de caballos, veinte vacas, centenares de ovejas; y todos ellos viviendo con una comodidad y una dignidad que en este momento casi está más allá de nuestra imaginación. Entonces, ¿por qué seguimos en esta situación lamentable? Porque los seres humanos nos roban casi todo el fruto de nuestro trabajo. Camaradas, ahí está la respuesta a todos nuestros problemas. Todo se resume en una sola palabra: el Hombre. El hombre es el único enemigo real que tenemos. Si desaparecemos al hombre de la escena, la causa que provoca nuestra hambre y nuestro exceso de trabajo será abolida para siempre.

»El hombre es el único ser que consume sin producir.

No da leche, no pone huevos, es demasiado débil para tirar del arado y no corre lo bastante rápido para atrapar conejos. Sin embargo, es amo y señor de todos los animales. Los pone a trabajar, les da el mínimo necesario para evitar que mueran de hambre y lo demás se lo guarda para él. Nuestro trabajo labra la tierra, nuestro estiércol la abona y, no obstante, ninguno de nosotros posee algo más que su pellejo. Ustedes, vacas, que están frente a mí, ¿cuántos miles de litros de leche han dado este último año? ¿Y qué ha pasado con esa leche que debía alimentar terneros fuertes? Hasta la última gota ha ido a parar a las gargantas de nuestros enemigos. Y ustedes, gallinas, ¿cuántos huevos han puesto este año y cuántos pollitos han salido de esos huevos? Los demás han terminado en el mercado y se han convertido en dinero para Jones y su gente. Y tú, Clover, ¿donde están los cuatro potrillos que has tenido, que debían ser el apoyo y el regocijo en tu vejez? Todos fueron vendidos al cumplir un año; no volverás a verlos nunca. A cambio de tus cuatro partos y todo tu trabajo en los campos, ¿qué has conseguido, excepto tus escasas raciones y un pesebre?

»Ni siquiera nos permiten alcanzar el término natural de nuestras vidas miserables. No me quejo por mí, porque he sido afortunado. Tengo doce años y he tenido más de cuatrocientas crías. Tal es el destino natural de un cerdo.

Pero ningún animal escapa de la cruel navaja final. Ustedes, los cerdos jóvenes sentados frente a mí, dentro de un año cada uno gritará mientras le arrancan la vida en el matadero. A ese horror llegaremos todos: vacas, cerdos, gallinas, ovejas; todos. Ni siquiera los caballos y los perros tienen mejor destino. Tú, Boxer, el mismo día que tus grandes músculos se debiliten, Jones te venderá al descuartizador, quien te cortará el pescuezo y te cocerá para los perros de caza. En cuanto a los perros, cuando envejecen y se quedan sin dientes, Jones les amarra un ladrillo en el pescuezo y los ahoga en el estanque más cercano.

»Entonces, ¿no es tan claro como el cristal, camaradas, que todos los males de esta vida provienen de la tiranía de los seres humanos? Con sólo eliminar al Hombre nos pertenecerá el producto de nuestro trabajo. Casi de la noche a la mañana, podríamos volvernos ricos y libres.

Entonces, ¿qué debemos hacer? Trabajar noche y día, con cuerpo y alma, para derrocar a la raza humana! Ese es mi mensaje, camaradas: Rebelión! No sé cuándo ocurrirá esa rebelión; quizá dentro de una semana o dentro de cien años; pero lo que sí sé, con la misma seguridad de que veo esta paja bajo mis patas, que tarde o temprano se hará justicia. Fijen su mirada en eso, camaradas, durante los pocos años que les quedan de vida! Y, sobre todo, transmitan este mensaje a quienes vengan después, para que las generaciones futuras sigan en la lucha hasta vencer.

»Y recuerden, camaradas: su determinación jamás debe fallar. Ningún argumento los debe desviar. Nunca escuchen cuando les digan que el Hombre y los animales tienen intereses comunes, que la prosperidad de uno también es la de los otros. Sólo son mentiras. El Hombre no atiende los intereses de ningún ser, excepto los propios. Y entre nosotros los animales, la unidad debe ser absoluta, debe haber una perfecta camaradería en la lucha. Todos los hombres son enemigos. Todos los animales son camaradas.»

En ese momento se produjo un tremenda alboroto.

Mientras Mayor hablaba, cuatro grandes ratas habían salido de sus madrigueras y se habían sentado sobre sus cuartos traseros; escuchándolo. De repente, los perros las vieron y las ratas salvaron sus vidas sólo gracias a una desbocada carrera hasta sus agujeros. Mayor levantó su pata para pedir silencio.

—Camaradas —dijo—, aquí hay un punto que debe aclararse. Los animales salvajes, como los ratones y los conejos, ¿son nuestros amigos o nuestros enemigos? Pongámoslo a votación. Planteo esta pregunta a la asamblea:

¿Son camaradas las ratas?

Se pasó a votación de inmediato y se decidió por una mayoría abrumadora que las ratas eran camaradas. Sólo cuatro votantes discreparon: los tres perros y la gata, que, como se descubrió después, había votado por ambos lados.

Mayor prosiguió:

—Falta decir muy poco. Simplemente repito que nunca deben olvidar su deber de enemistad hacia el Hombre y sus costumbres. Todo lo que camine sobre dos pies es un enemigo. Lo que use cuatro patas, o tenga alas, es un amigo. Y también recuerden que en la lucha contra el Hombre no debemos llegar a parecernos a él. Incluso cuando lo hayan vencido, no adopten sus vicios. Ningún animal debe vivir en una casa, dormir en una cama, vestir ropas, beber alcohol, fumar tabaco, tocar dinero ni dedicarse al comercio. Todas las costumbres del Hombre son malas. Y, sobre todas las cosas, ningún animal debe abusar de los de su propia especie. Débiles o fuertes, inteligentes o sencillos, todos somos hermanos. Ningún animal debe matar a otro animal. Todos los animales son iguales.

»Y ahora, camaradas, les contaré mi sueño de anoche.

No soy capaz de describirlo. Era un ensueño de cómo será la tierra cuando el Hombre haya desaparecido. Pero me hizo recordar algo que había olvidado hace mucho tiempo. Hace muchos años, cuando yo era un lechoncito, mi madre y las otras cerdas solían tararear una vieja canción de la que sólo sabían la tonada y las tres primeras palabras. Conocí esa canción cuando era pequeño, pero la había olvidado desde hace mucho tiempo. Sin embargo, anoche regresó en el sueño. Y además, también regresaron las palabras de la canción; estoy seguro que animales de épocas lejanas cantaron esas palabras y luego se olvidaron durante muchas generaciones. Ahora les cantaré esa canción, camaradas. Soy viejo y mi voz es ronca, pero cuando les haya enseñado la tonada ustedes mismos la cantarán mejor que yo. Se llama «Bestias de Inglaterra».

El viejo Mayor se aclaró la garganta y comenzó a cantar. Tal como había dicho, su voz era ronca, pero cantó bastante bien; era una tonada conmovedora, una combinación de «Clementina» y «La cucaracha». La letra decía así:

¡Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda!

¡Bestias de toda tierra y clima!

¡Escuchen mis noticias jubilosas de un futuro extraordinario!

Tarde o temprano llegará el día, la tiranía del Hombre será derrocada y sólo las bestias pisarán los fértiles prados de Inglaterra.

Ya no usaremos argollas en el hocico, ni arneses en el lomo. Los bocados y las espuelas se oxidarán para siempre y ya no restallarán los crueles látigos.

Más riquezas de las que podamos imaginar, el trigo, la cebada, la avena, el heno, el trébol, las habichuelas y la remolacha serán nuestras ese día.

Lucirán radiantes los campos de Inglaterra y más puras serán sus aguas; la brisa soplará más suave el día en que seamos libres.

Por ese día todos debemos trabajar aunque fallezcamos antes de que suceda; Caballos y vacas, gansos y pavos, ¡todos deben luchar por la libertad!

¡Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda!

¡Bestias de todo país y clima!

¡Escuchen mis noticias jubilosas de un futuro extraordinario!

Al entonar esta canción los animales alcanzaron la más salvaje excitación. Poco antes de que Mayor terminara, todos habían comenzado a cantarla. Hasta el más estúpido había captado la melodía y algunas frase y, los más inteligentes, como los cerdos y los perros, aprendieron la canción en pocos minutos. Más tarde, después de varios ensayos previos, toda la granja comenzó a cantar estruendosamente «Bestias de Inglaterra» al unísono. Las vacas la mugían, los perros la ladraban, las ovejas la balaban, los caballos la relinchaban y los patos la graznaban. Estaban tan encantados con la canción que la repitieron cinco veces seguidas y hubieran seguido cantando toda la noche si no los interrumpen.

Por desgracia, el escándalo despertó al señor Jones, que saltó de la cama con la certeza de que había un zorro rondando en el patio. Tomó la escopeta, que siempre estaba en un rincón de la habitación, y disparó una carga en la oscuridad. Los perdigones se incrustaron en la pared del granero y la reunión se deshizo con rapidez. Todos escaparon a su lugar de dormir. Las aves saltaron a sus perchas, los animales se acostaron en la paja y en un momento toda la granja estaba durmiendo.

II

Tres noches después, el viejo Mayor murió en paz mientras dormía. Su cuerpo fue enterrado al pie de la huerta.

Esto sucedió a principios de marzo. Durante los tres meses siguientes hubo mucha actividad secreta. El discurso de Mayor había hecho que los animales más inteligentes de la granja vieran la vida desde una perspectiva completamente nueva. Ellos no sabían cuándo ocurriría la Rebelión que predijo Mayor; ni tenían razones para pensar que sucediera durante sus propias vidas, pero percibieron con claridad que era su deber prepararse para ella. Fue natural que el trabajo de enseñar y organizar a los demás recayera en los cerdos, pues se les reconocía en general como los animales más inteligentes. Entre ellos destacaban dos cerdos jóvenes llamados Snowball y Napoleón, a quienes el señor Jones estaba criando para vender. Napoleón era un verraco grande de aspecto bastante feroz, el único de raza Berkshire en la granja; era de pocas palabras y tenía fama de siempre hacer su voluntad. Snowball era más vivaz que Napoleón, hablaba con mayor facilidad y era más imaginativo, pero los demás pensaban que le faltaba carácter. Los demás puercos machos de la granja eran jóvenes. El más conocido entre ellos era uno pequeño y obeso llamado Squealer, de mejillas muy brillantes, ojos vivaces, movimientos ágiles y voz estridente. Era un orador brillante, y cuando debatía algún tema difícil, saltaba de un lado a otro y movía la cola de un modo muy persuasivo. Los demás decían que Squealer era capaz de convertir lo negro en blanco.

Estos tres habían convertido las enseñanzas del viejo Mayor en un sistema completo de ideas al que llamaron Animalismo. Varias noches por semana, despues que el señor Jones se dormía, efectuaban reuniones secretas en el granero y exponían a los demás los principios del Animalismo. Al comienzo encontraron mucha estupidez y apatía.

Algunos animales hablaban de lealtad al señor Jones, a quien llamaban «Amo», o hacían observaciones burdas como: «El señor Jones nos da de comer, si él no estuviera nos moriríamos de hambre». Otros formulaban preguntas tales como: «¿ Qué nos importa lo que va a suceder cuando estemos muertos?», o bien: «Si la rebelión se va a producir de todos modos, ¿qué diferencia hay si colaboramos en ella o no?», y a los cerdos les costaba mucho trabajo hacerles ver que eso era contrario al espíritu del Animalismo. La la yegua blanca, Mollie, hacía las preguntas más estúpidas. La primera que planteó a Snowball fue: «¿ Habrá azúcar después de la rebelión?»

—No —respondió Snowball con firmeza—. No tenemos medios para fabricar azúcar en esta granja. Además, tú no necesitas azúcar. Tendrás toda la avena y el heno que quieras.

—¿Y podré seguir usando cintas en la crin? —insistió Mollie.

—Camarada —dijo Snowball—, esas cintas que tanto te gustan son el símbolo de la esclavitud. ¿No entiendes que la libertad vale más que unas cintas?

Mollie asintió, pero no parecía muy convencida.

A los cerdos les costaba todavía más trabajo refutar las mentiras de Moses, el cuervo amaestrado. Moses, que era la mascota preferida del señor Jones, era un espía y chismoso, pero también un orador inteligente. Decía que conocía la existencia de un país misterioso llamado Monte Dulce, a donde iban todos los animales cuando morían.

Se ubicaba en algún lugar del cielo, «un poco más allá de las nubes», decía Moses. En Monte Dulce era domingo siete veces a la semana, el trébol florecía todo el año y en los setos crecían terrones de azúcar y tortas de linaza. Los animales odiaban a Moses porque era chismoso y no trabajaba, pero algunos creían lo de Monte Dulce y los cerdos debían exponer muchos argumentos para convencerlos que no existía tal lugar.

Sus discípulos más fieles eran los dos caballos de tiro, Boxer y Clover. A ambos les costaba analizar algo por sí mismos, pero una vez que aceptaron a los cerdos como maestros, absorbieron todo lo que se les decía y lo transmitían a los demás animales con argumentos sencillos.

Nunca faltaban a las citas secretas en el granero y siempre eran los primeros en entonar «Bestias de Inglaterra», al finalizar las reuniones.

Lo sorprendente fue que la rebelión se efectuara mucho antes y con más facilidad de lo que nadie esperaba. Los años anteriores el señor Jones, a pesar de ser un amo duro, había sido un agricultor competente, pero últimamente había tenido malos días. Se había desanimado mucho después de perder bastante dinero por una demanda, y comenzó a beber más de la cuenta. Durante días enteros permanecía en su mecedora en la cocina, leyendo los periódicos, bebiendo y, de vez en cuando, alimentando a Moses con cortezas de pan remojadas en cerveza. Sus hombres se habían vuelto perezosos y descuidados, los campos estaban llenos de malas hierbas, los techos necesitaban arreglos, los setos estaban descuidados, y los animales estaban mal alimentados.

Llegó junio y el heno estaba casi listo para ser cosechado. La víspera del día de San Juan, que era sábado, el señor Jones fue a Willingdon y se emborrachó tanto en «El León Rojo», que no volvió a la granja hasta el mediodía del domingo. Temprano, los hombres habían ordeñado las vacas y luego se fueron a cazar conejos, sin molestarse en dar de comer a los animales. A su regreso, el señor Jones se quedó dormido de inmediato en el sofá de la sala, con el periódico sobre la cara, de modo que al anochecer los animales todavía no comían. Por fin los animales se desesperaron.

Una de las vacas rompió la puerta del depósito de forrajes con los cuernos y los animales comenzaron a servirse solos de los depósitos. En ese momento se despertó el señor Jones. Poco después él y sus cuatro peones estaban en el depósito con látigos en la mano, tirando azotes a diestra y siniestra. Esto era más de lo que los hambrientos animales podían soportar. Todos a un tiempo, aunque nada se había planeado con anticipación, cargaron contra sus torturadores. De repente, Jones y sus hombres recibían empujones y patadas de todos lados. La situación se había vuelto incontrolable. Nunca habían visto a los animales portarse de ese modo y esa sorpresiva insurrección de bestias a las que estaban acostumbrados a golpear y maltratar a su antojo, los aterrorizó hasta casi enloquecerlos. En pocos segundos ya ni siquiera intentaron defenderse y se dieron a la fuga. Un minuto después, los cinco corrían a toda velocidad por el sendero que conducía al camino principal, con los animales persiguiéndoles triunfalmente.

La señora Jones se asomó por la ventana del dormitorio, vio lo que sucedía, metió aprisa algunas cosas en un bolso y escapó de la granja por otro camino. Moses saltó de su percha y voló tras ella, graznando con fuerza. Mientras tanto, los animales habían perseguido a Jones y sus peones hasta el camino principal y pusieron las cinco trancas del portón en cuanto salieron. De ese modo, casi sin darse cuenta de lo ocurrido, la rebelión se había efectuado como debía suceder: Jones fue expulsado y la «Granja Manor» era de ellos.

Durante los primeros minutos los animales apenas podían creer en su suerte. Su primera acción fue recorrer juntos toda la granja hasta sus límites, como si quisieran corroborar que ningún ser humano se escondía en ella; después regresaron corriendo a los edificios para borrar todas las huellas del odioso reinado de Jones. Entraron a la fuerza en el cobertizo para guarniciones que estaba en un extremo de los establos; los bocados, las argollas, las cadenas de los perros, las despiadadas navajas con los que el señor Jones acostumbraba a castrar a los cerdos y corderos, todos fueron arrojados al pozo. Las riendas, las cabezadas, las anteojeras, los degradantes morrales fueron lanzados a la basura que se quemaba en el fuego en el patio. Le ocurrió lo mismo a los látigos. Todos los animales saltaron de alegría cuando vieron arder los látigos. Snowball también tiró al fuego las cintas que normalmente adornaban las colas y crines de los caballos en las ocasiones que salían.

—Las cintas —dijo— deben considerarse como prendas, que son señales de los seres humanos. Todos los animales deben ir desnudos.

Cuando Boxer oyó esto, fue a buscar el sombrero de paja que usaba en verano para guardar sus orejas de las moscas y lo tiró al fuego con lo demás.

Al poco rato los animales habían destruido todo lo que les hacía recordar al señor Jones. Napoleón los llevó de nuevo al depósito de forrajes y sirvió una doble ración de maíz a cada uno, con dos bizcochos para cada perro. Luego cantaron «Bestias de Inglaterra» de principio a fin siete veces seguidas, y después de eso se acomodaron para pasar la noche y durmieron como nunca lo habían hecho antes.

Pero, como de costumbre, se despertaron al amanecer y al recordar de repente el glorioso suceso, se fueron todos juntos a la pradera. A poca distancia de allí había una loma desde donde se dominaba casi toda la granja. Los animales subieron de prisa y admiraron la vista, a la clara luz de la mañana. Sí, era de ellos; hasta donde alcanzaba su mirada todo era suyo! Con la emoción de esa idea, brincaban por todos lados alegremente. Se revolcaban en el rocío, comían bocados de la dulce hierba del verano, coceaban levantando terrones de tierra húmeda y aspiraban su intenso aroma. Luego hicieron un recorrido de inspección por toda la granja y miraron con muda admiración la tierra de labranza, el campo de heno, la huerta, el estanque y el bosquecillo. Era como si nunca hubieran visto estas cosas antes, y apenas podían creer que todo fuera de ellos.

Volvieron después a los edificios de la granja y, vacilantes, se detuvieron en silencio ante la puerta de la casa.

También era suya, pero estaban temerosos de entrar. Sin embargo, un momento después Snowball y Napoleón empujaron la puerta con el hombro y los animales entraron en una sola fila y caminaban con mucho cuidado por temor a estropear algo. Fueron de puntillas de una habitación a la. otra, temerosos de levantar la voz, observaban con una especie de temor reverencial el increíble lujo: las camas con sus colchones de plumas, los espejos, el sofá de crin de caballo, la alfombra de Bruselas, la litografía de la Reina Victoria colgada sobre la repisa de la chimenea de la sala. Bajaban ansiosos la escalera cuando se dieron cuenta de que faltaba Mollie. Al volver sobre sus pasos descubrieron que la yegua se había quedado en el dormitorio principal. Había tomado un trozo de cinta azul del tocador de la señora Jones y, sosteniéndola contra el hombro, se admiraba en el espejo de una manera bastante ridícula. Los demás se lo reprocharon con severidad y salieron. Sacaron unos jamones que colgaban en la cocina y los enterraron, y el barril de cerveza de la cocina fue destrozado con una coz de Boxer; aparte de eso no se tocó nada más de la casa. Allí mismo se resolvió por unanimidad que la casa sería conservada como museo. Todos acordaron que ningún animal debería vivir allí jamás.

Los animales desayunaron y después Snowball y Napoleón los reunieron a todos de nuevo.

—Camaradas —dijo Snowball—, son las seis y media y nos espera un largo día. Hoy comenzamos la cosecha del heno. Pero primero hay otro asunto que debemos resolver.

Los cerdos revelaron entonces que, durante los últimos tres meses, habían aprendido a leer y escribir mediante un libro de ortografía que perteneció a los hijos de la señora Jones y que, después, fue tirado a la basura. Napoleón mandó traer unos botes de pintura blanca y negra y los llevó hasta el portón que daba al camino principal. Entonces Snowball (que era el que mejor escribía) tomó un pincel entre los dos nudillos de su pata delantera, borró «Granja Manor» de la barra superior del portón y en su lugar pintó «Granja de los animales». Ese iba a ser el nombre de la granja, a partir de entonces. Después volvieron a los edificios, donde Snowball y Napoleón pidieron una escalera que hicieron colocar contra la pared trasera del granero principal. Entonces explicaron que, por sus estudios de los últimos tres meses, habían logrado reducir los principios de Animalismo a siete Mandamientos.

Estos Siete Mandamientos se inscribirían en la pared; formarían una ley inalterable por la que deberían regirse en lo sucesivo, todos los animales de la «Granja de los animales». Con cierta dificultad (porque no es fácil para un cerdo mantener el equilibrio sobre una escalera), Snowball trepó y se puso a trabajar, mientras Squealer, unos peldaños más abajo, sostenía el bote de pintura. Los Mandamientos fueron escritos sobre la pared alquitranada con letras blancas, y tan grandes, que podían leerse a treinta yardas de distancia. Este era el mensaje:

LOS SIETE MANDAMIENTOS

1. Todo lo que camine en dos pies es un enemigo.

2. Todo lo que camine sobre cuatro patas, o tenga alas, es un amigo.

3. Ningún animal usará prendas de vestir.

4. Ningún animal dormirá en una cama.

5. Ningún animal beberá alcohol.

6. Ningún animal matará a otro animal.

7. Todos los animales son iguales.

Estaba escrito muy claramente y excepto porque donde debía decir «amigo», se leía «amigo» y que una de las «S» estaba al revés, la redacción era correcta. Snowball lo leyó en voz alta para los demás. Todos los animales asintieron con lo que mostraron su total conformidad y los más inteligentes en ese momento comenzaron a aprenderse de memoria los Mandamientos.

—Ahora, camaradas— gritó Snowball tirando el pincel—, al henar! Comprometamos nuestro honor para terminar la cosecha en menos tiempo del que tardaban Jones y sus hombres.

Pero en ese momento, las tres vacas, que desde hacía un rato parecían intranquilas, empezaron a mugir con fuerza. No habían sido ordeñadas desde hacía veinticuatro horas y sus ubres estaban a punto de reventar. Después de pensarlo un momento, los cerdos mandaron traer unos baldes y ordeñaron a las vacas bastante bien, pues sus patas se adaptaban para esa tarea. Muy pronto se llenaron cinco baldes de leche cremosa y espumosa, a la que muchos de los animales miraban con gran interés.

—¿Qué va a pasar con toda esa leche? —inquirió alguien.

—Jones a veces mezclaba una parte en nuestra comida —dijo una de las gallinas.

—iNo se preocupen por la leche, camaradas! —gritó Napoleón, mientras se colocaba frente a los baldes—. Eso ya se arreglará. La cosecha es más importante. El camarada Snowball nos mostrará el camino. Yo los seguiré en unos minutos. ¡Adelante, camaradas! El heno espera.

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