Kitabı oxu: «RETOQUECITOS»

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RETOQUECITOS

Gerardo Arenas

RETOQUECITOS

Freud sin principio de placer

GRAMA EDICIONES

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Legales

Intención del lector

1 Retoquecitos

La lengua analítica

Sueños de obstinación

Rutina y aburrimiento

La contradicción

2 Nace un principio

Cuantificar cualidades

Vivencias de excitación

El inconcebible yo y la alegría del encuentro

Pensar, dormir, soñar

Primer paradigma del síntoma

3 Deseo de gozar

El sentido es el goce

Proceso primario y principio de placer

Condensación, reverso del desplazamiento

Excitación obligatoria

Goces sexuales

4 El truco del Lustgewinn

Oxímoron y pleonasmo

Buscador de goces

El hueso no real del goce

El Niño de los caballos

El Hombre de las ratas

5 Entre dos delirios

Una mujer llamada Paul

Problemas técnicos

El otro principio

Un tobogán y dos autos

Metapsicología

6 Réplica indicial

Más allá del principio de placer

Pulsiones fantásticas

La paz del cementerio

Expulsión injustificada

7 Resortes del malestar

Una concepción aristocrática

El ultimísimo Freud

La resistencia como razón

Más pulsiones fantásticas

8 Legado freudiano

Represión sin conflicto

La operación lacaniana

Escrituras del final del análisis

Tópica epistemológica

9 Consecuencias

Una doctrina más sólida

Dignificación del síntoma

Otro resorte del malestar

Agradecimientos

Epílogos

El binarismo estático del placer y el displacer

Economía, práctica, conflicto y quemadura

El mito civilizatorio del principio de placer

Referencias bibliográficas

Referencias audiovisuales

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© Gerardo Arenas, 2021


Arenas, GerardoRetoquecitos : Freud sin principio de placer / Gerardo Arenas. - 1a ed - Olivos : Grama Ediciones, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-8372-55-61. Clínica Psicoanalítica. I. Título.CDD 150.195

Diseño de tapa: Gustavo Macri

Primera edición en formato digital: febrero de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Hecho el depósito que determina la ley 11.723

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por medios gráficos, fotostáticos, electrónico o cualquier otro sin permiso del editor.

Alles in der Welt lässt sich ertragen,

Nur nicht eine Reihe von schönen Tagen.(1)

GOETHE, “Sprüche”.

1. Todo en el mundo resulta soportable, / Excepto una serie de días agradables.

Intención del lector

Freud cree que el instinto de muerte se explica por medio del desplazamiento hasta lo más bajo del umbral de tensión tolerado por el cuerpo. [Él lo] llama un más allá del principio de placer [y ése es] un pensamiento más delirante que cualquiera de los que alguna vez yo les haya comunicado.

JACQUES LACAN, “El seminario de Caracas”.

Lacan, el freudiano que no quería sobrepasar a Freud sino apenas prolongarlo, consideró que el principio de placer, con su “más allá” y la pulsión de muerte, era un delirio.(2) Ser freudiano no era, a su entender, aceptar lo que Freud había dicho, sino debatir con él. En cambio, calificar de “error atávico” la formulación freudiana del principio de placer es desacertado.(3) Ese principio tiene el carácter de un verdadero postulado de su doctrina y, en calidad de tal, no cabe considerarlo erróneo, ya que, por definición, ningún postulado lo es. Lo que sí puede resultar razonable es, a lo sumo, compr+arar esa doctrina con la que se obtendría al sustituirlo por algún otro postulado o con la que se desprendería de eliminarlo. El objetivo de estas páginas es ése: explorar las consecuencias de erradicar el principio de placer, en vez de conservarlo modificado mediante el agregado de un “más allá”, como lo hizo Freud.(4)

Los resultados de tal empeño podrán ser leídos en diversas claves. Resumamos las principales.

La más simple y desapasionada es la clave lógica. Eliminar un postulado, ¿qué puede ser sino un neutro e inocente divertimento, una suerte de pasatiempo intelectual carente de riesgos y de implicancias prácticas? Indagar el efecto que, dentro de un sistema articulado de proposiciones, tiene la omisión de uno o más de sus axiomas, es un ejercicio habitual planteado tanto al estudiante de lógica formal como al de matemáticas, sin que importe si las razones para eliminar de la axiomática tal o cual subconjunto son intuibles o no. Es cierto que los planteos freudianos no son reducibles a fórmulas, pero todos ellos han sido presentados con tal transparencia argumental que bien podrían serlo, y en consecuencia no resulta descabellado ponerlos en paralelo con la firme trama de un sistema lógico formalizado.(5)

En las antípodas de la clave lógica se sitúa la clave política. Tocar el principio de placer es aún más imprudente que tocar la hache,(6) roza lo sacrílego y hasta puede ser leído con tono secesionista.(7) ¿Qué bien podría hacerle al psicoanálisis poner en tela de juicio uno de sus pilares? ¿No será ello la avanzada de un movimiento cismático, o incluso un atentado suicida perpetrado contra el psicoanálisis mismo? Lejos de ser un divertimento desapasionado o una mera curiosidad lógica, ¡es un escándalo! Si tocar uno de los postulados de Euclides dio lugar a las geometrías no-euclidianas, ¿qué clase de monstruo podría ser engendrado por la eliminación de un postulado de Freud? ¿Un psicoanálisis no-freudiano? Esto es lisa y llanamente inadmisible. Por más que no se cuente entre los principios rectores del psicoanálisis (8) y que haya sido cuestionado y limitado por su propio impulsor, el principio de placer es inseparable de la doctrina analítica. No en vano nadie consideró seriamente la posibilidad de extirparlo de ella.

Menos ecuánime que la clave lógica pero no tan pasional como la política, la tercera clave de lectura es la que se presenta cuando nuestra atención recae en las posibles consecuencias clínicas de la empresa. Si no olvidamos que en psicoanálisis conviene pasar de los conceptos a los problemas,(9) y tomamos en cuenta que Freud mismo aclaró que absolutamente toda su doctrina había sido edificada como abordaje de un único problema clínico, el de la resistencia,(10) es plausible conjeturar que lo que llevó a proponer y mantener el principio de placer no fue otra cosa que el peculiar sesgo adoptado para afrontar ese problema, y que, por lo tanto, una reformulación de éste debería ser acompañada por una revisión crítica de aquél. Ahora bien, hace tiempo que la resistencia ha dejado de ser considerada como “el indicio más seguro de un conflicto”,(11) es decir, como el signo de un choque entre aspiraciones anímicas contrapuestas, y ha cobrado fuerza la idea de que ella refleja otro choque, el que puede producirse entre las intenciones del analista y las del analizante,(12) o incluso se ha descripto esa resistencia como un efecto carente de toda intencionalidad y proveniente de la estructura general de la relación entre el discurso y lo singular.(13) ¿No sería necesario entonces revisar en su totalidad la doctrina edificada sobre esa base, incluida la postulación del principio de placer, a fin de abordar sin incoherencias el problema clínico real y efectivo que Freud planteó en términos de resistencia? Dado que ese problema existe y debe ser afrontado una y otra vez en la experiencia analítica, ningún apego doctrinario justifica evitar la exploración de otros caminos que puedan resultar más convenientes o eficaces.

Nuestro mayor anhelo es resucitar a un Freud prematuramente embalsamado, pero si algún sentido tiene el matema lacaniano para el sentido, s(A),(14) la clave con que habrá de leerse este libro está, como siempre, en manos del Otro. La intentio lectoris habrá de imponerse.(15)

2. Lacan (1980).

3. Arenas (2017: 21-24).

4. Freud (1920).– Tomamos como base el seminario quincenal online realizado durante 2020 bajo el título Retoquecitos.

5. Cf. Arenas (1998: cap. 3).

6. Cf. Lacan (1972a: 81).

7. Según Freud (1932d), el edificio del psicoanálisis tiene una unidad y no puede tomarse de él un elemento solo, pero él considera que una secesión supone crear un nuevo todo descuidando o ignorando el resto, mientras que lo que aquí se propone es retirar con cuidado un elemento a fin de preservar el conjunto y hacer de éste algo más sólido.

8. Laurent (2004).

9. Cf. Lacan (1965a).

10. Freud (1932b: 63).

11. Freud (1932a: 14).

12. Cf. Lacan (1955: 340ss).

13. Arenas (2012: 86-91).

14. Cf. Lacan (1962b: 767ss).

15. Cf. Eco (1990: cap. 1).

1
Retoquecitos

Estudiar las consecuencias (16) de erradicar de la doctrina freudiana el principio de placer implica correr ciertos riesgos que, si bien no se reducen empleando esos barbijos tan utilizados durante la pandemia de COVID-19, suelen evitarse mediante un tipo especial de lavado de manos que ya era costumbre antes de ella y que a su vez se ha vuelto una enfermedad cuyo más llamativo síntoma es la pobreza de los textos producidos, textos lavados en los que unas fórmulas, adoptadas como palabra santa y verdad revelada, devienen clichés viralizados –valga la expresión– sin crítica ni rastro de enunciación propia. Este modo simbólico de lavarse esteriliza a la perfección: Tal como dijo Fulano, Mengano afirma que, según la expresión de Zutano… Más aún, si condimentamos esta ensalada con pizcas de enelnombredefreud y tealabamoslacan, y seguimos predicando que el goce es malo, estaremos a un paso de fundar una nueva Iglesia, formada por fieles tan limpios y estériles como castos y creyentes.

La lengua analítica

Para peor, una mirada atenta revela que la lengua analítica se parece cada vez más a una lengua sectaria, como en su momento lo fue el latín para la Iglesia cristiana, y eso debería alertarnos, ya que ello puede convertir esa lengua en una lengua muerta. ¿Estamos aún a tiempo de vivificarla mediante algunos retoquecitos?

El problema de la lengua analítica se inscribe en el de la formación del analista, ya que ésta incluye la orientación que otros colegas nos brindan en persona o a través de sus publicaciones o incluso por vías virtuales. En lugares donde aún no existe una comunidad de trabajo con orientación lacaniana, el primer paso es pasar a hablar una lengua compartida. La relación entre lengua y orientación de la comunidad analítica es crucial, y cabe compararla con la que existe entre el jinete y su caballo: así como las maniobras de un jinete serían movimientos estériles y hasta ridículos si unas fuertes riendas no enlazaran su mano con la boca del caballo, ningún efecto orientador podrá obtenerse en una comunidad analítica si ese efecto no está inscripto en (y sostenido por) un lazo discursivo –el lazo analítico–,(17) y la existencia de esa clase de lazo requiere hablar una lengua común, sin lo cual estaríamos condenados al autismo social.(18) Para eso, es preciso que esa lengua se mantenga viva, y al respecto Lacan señala lo evidente: una lengua no se mantiene viva solamente por el hecho de que haya seres que la tomen como instrumento al hacer uso de la palabra, sino que se la vivifica “en la medida en que en cualquier momento […] se le hace un retoquecito”.(19) En caso contrario, ¡kaput! Miller acuerda con él y agrega que para ello es necesario romper con los usos estandarizados y trillados, pues sólo vivificamos la lengua “con retoquecitos”.(20)

La experiencia analítica introduce en la lengua de cada analizante frecuentes retoquecitos de esta especie, y así brinda o devuelve a esa lengua su carácter vivo. Por eso, no deja de ser sorprendente y hasta inquietante que la lengua de los analistas suela perder su vitalidad fuera de los consultorios y así desfallezca por su uso repetitivo, ciego, ritualizado, como si fuera impensable decir algo que no coincida con lo ya dicho por unos pocos otros. Y no es que haya que dejarse llevar por el empuje contemporáneo hacia lo nuevo,(21) sino que, al hablar de esos retoquecitos, Lacan y Miller nos dan una suerte de instrumento para medir la vivacidad de una lengua, y cabe aplicar a la nuestra lo que ellos dicen, para mantenernos despiertos y recrearla. Si la lengua muere, el lazo se congela, la rienda se hace añicos, y la orientación se pierde. Es lo que ocurrió con Freud en la IPA.(22) Conviene evitarlo.

Sueños de obstinación

Ciertos sueños, que suelen aparecer en coyunturas específicas de la experiencia analítica, representan plásticamente el guion fantasmático en el momento mismo de esbozarse en aquélla la construcción de éste. Son sueños penosos, muchas veces angustiantes, y en este sentido han de incluirse en el conjunto de los que contradicen lo que Freud llamaba “principio de placer”. Estudiarlos nos transportará sin escalas a los problemas que ese principio plantea.

Al elucidar la desfiguración onírica, Freud reconoce de entrada que hay “sueños en los que puede reconocerse el contenido más penoso, pero ninguna huella del cumplimiento de un deseo cualquiera”.(23) Es un flanco por donde cabría atacar su tesis sobre el sueño, y concierne a algo muy conocido, pues ¿quién no ha tenido sueños desagradables, asquerosos, angustiantes o insoportables? De todos modos, él aclara que esto no impide que esos sueños al fin “se revelen, después de la interpretación, como cumplimientos de deseo”.(24) De hecho, ésa es la pieza clave que aportó para develar el enigma de la función del sueño y, desde allí, trazar las vías que conducen a su interpretación. En sueños de este tipo, tales como el famoso sueño de la bella carnicera, “el contenido penoso no apunta sino a disfrazar otro deseado”, y por eso él propone llamarlos “sueños de deseo contrario y de displacer”.(25)

Nótese que aquí, dos décadas antes de 1920, ya se presenta algo que contradice la supuesta vigencia de un principio de placer. El psicoanálisis recién nacía y Freud aún tenía todo por hacer. Habría podido dejar de lado ese principio, pero no lo hizo. Siempre buscó salvarlo, y aquí esa decisión lo obliga a hacer las mismas contorsiones argumentales que durante el resto de su vida deberá realizar con ese fin: dice que el trabajo interpretativo hace de estos sueños penosos unos cumplimientos de deseo hechos y derechos, pero que satisfacen ciertas “inclinaciones masoquistas” cuya extensión deberíamos suponer mayor aún que la de la validez del principio que ellas son llamadas a salvar, pues Freud mismo, pese a afirmar que “las pasiones fácilmente nos hacen padecer”,(26) reconoce que se deja “llevar demasiado por [sus] aficiones”.(27) ¡Ni siquiera él cumple con lo que su amado principio de placer dicta! Sin embargo, en lugar de deducir de ello su propio masoquismo o de descartar sin más, otra vez, el bendito principio, atribuye el carácter displacentero de esos sueños a la desfiguración onírica. Sólo esto le permite mantener, aunque con pequeños cambios, la fórmula general según la cual el sueño es el cumplimiento disfrazado de un deseo reprimido,(28) y justificar la hipótesis de que hay dos instancias psíquicas en conflicto, separadas entre sí por una censura.(29) Pero las contradicciones que esta solución entraña lo asaltan a la vuelta de cada esquina.

Una de las peores se encuentra hacia el final del célebre apartado relativo a los típicos sueños de muerte de seres queridos. Lacan ha puesto un gran acento en la estructura de uno de ellos: el que inaugura el séptimo capítulo de la Traumdeutung.(30) Es aquel en que el hijo reprocha al padre que no note el fuego que lo consume. Freud nos advierte que, en los sueños que figuran la muerte de quienes amamos, “el pensamiento onírico formado por el deseo reprimido escapa de toda censura y se presenta inalterado”.(31) Pero ¿cómo algo tan horrible puede burlar toda censura y presentarse sin desfiguración? ¿Y no nos habían dicho que la desfiguración era lo que tornaba penosos esos sueños? Acorralado, Freud hace una finta envidiable, un pase de manos magistral: dice que el deseo en ellos es tan enorme que la censura “está desarmada” frente a él, como si “ni en sueños” pudiera ocurrírsenos una cosa semejante. Ahora bien, ¿debemos seguirlo en esto? ¿Qué caso tiene postular una censura que se ocupa de lo pequeño y no de lo grande? ¿Qué censura tapa un escote y deja ver obscenas desnudeces? ¿Cuál impide publicitar banderas rojas y acepta en primera plana el Manifiesto Comunista? Además ¿cómo es posible postular tal inadvertencia de la censura, si la mujer que contó este sueño (que había sido soñado por otro) se apresuró a “resoñarlo”,(32) y, por lo tanto, estaba bien advertida de lo que vendría?

Estas y otras preguntas sugieren la conveniencia de trasladar el principio de placer, junto con el “más allá” que aspira a salvarlo y con el principio de realidad que pretende ser su continuación por otros medios, a un estante del museo de las concepciones psicoanalíticas obsoletas.

Todo esto se condice con lo que el propio Freud dice en una nota agregada en 1909 a La interpretación de los sueños, donde señala algo que observamos con regularidad, a saber, que las personas que “en su infancia sufrieron atentados sexuales […] anhelan su repetición en el sueño”.(33) Es algo que se constata sobre todo en casos de abuso sexual infantil reiterado: así como suele decirse, a medias en broma, que ser paranoico no excluye estar siendo perseguido, haber sido abusado no excluye, a la inversa, que eso forme parte del propio fantasma.(34) Ahora bien, si la persona abusada anhela que el atentado se repita en sueños, el modo en que ese anhelo elude la censura no puede achacarse a la posibilidad de que ésta se encuentre mal preparada para enfrentarlo. Todos estos ejemplos contradicen, pues, la pretendida validez del principio de placer, y lo hacen mucho antes de que Freud intente rescatarlo, en 1920, mediante su “más allá”.

Rutina y aburrimiento

Nuestras primeras indicaciones relativas a los problemas planteados por la inercia conceptual que lleva a conservar en el psicoanálisis ese principio se remontan a una década atrás y atañen a las economías del encuentro y del amor.(35) A eso siguieron planteos sobre la rutina y el aburrimiento que podemos retomar aquí.(36)

El término “rutina” deriva del francés routine, forma diminutiva y peyorativa de route, que significa “ruta”. Una rutina es, entonces, una rutita de morondanga. Por otro lado, route y “ruta” vienen del latín rupta, que significa “rota”, ya que un camino simplemente se hace al andar, mientras que una ruta se abre rompiendo el terreno. En suma, una rutina es una rutita abierta una vez y recorrida hasta el hartazgo. No por ello debe concluirse que romper la rutina sea imposible porque la rutina ya esté rota (al menos etimológicamente), pero sí hay que subrayar que salirse de la ruta es el sentido originario de delirar, y eso confirma que romper la rutina siempre conlleva un grano de locura.

En informática, una rutina es una secuencia de operaciones fija, invariable. Las máquinas no se aburren de repetir una rutina; nosotros sí tenemos esa maravillosa posibilidad. Lacan hizo del aburrimiento el signo de estar habitados por el deseo de Otra cosa.(37) Y si “diversión” es lo contrario de “rutina”,(38) el aburrimiento es signo de un deseo de diversión, de un deseo de romper la rutina.

Según el planteo freudiano, estamos condenados a navegar entre dos rutinas: la de la pulsión y la del deseo. Freud concibió en términos de facilitación la huella que ciertas experiencias dejan tras de sí,(39) y “facilitación” es traducción del alemán Bahnung, que significa “abrir una ruta”. Es decir que una experiencia abre una ruta que luego podrá transitarse con más facilidad. Tal es la rutina pulsional: una ruptura inaugura una rutina que después cuesta romper –tanto que estuvo a punto de conmover la fe freudiana en el principio de placer. ¿Y la rutina del deseo? Para Freud, el deseo es ese núcleo del ser inmortal, indestructible e inconsciente que nos hace ser quien somos y nos acicatea sin cesar.(40) Su rutina hace que tengamos un estilo propio, único, en nuestros lazos libidinales –lo que llamamos “singularidad”.(41) Hay entre ambas rutinas una relación que requiere ser elucidada y sobre la cual volveremos.(42)

La novela Una semana de vacaciones cuenta la historia de un padre que inicia sexualmente a su hija.(43) El lazo entre ambos es tan rutinario como el modo de goce y la novela misma, y lo único capaz de conmover esas rutinas en tres ocasiones es alguna de las formas del deseo de la hija.(44) Una es el aburrimiento, signo de un deseo. La segunda es el anhelo de otra cosa especifica: tomarse un respiro en la rutina del sexo, para dedicarse a la lectura. La tercera se enlaza con un deseo inconsciente: un sueño que la hija cuenta al padre y que no rompe sólo la rutina, sino también el lazo.(45)

Rutina y aburrimiento nos enseñan, acerca de los seres hablantes, algo que está en franca contradicción con el planteo freudiano del principio de placer, incluido su “más allá”. ¿Por qué suponer que pueda regirnos una tendencia a evitar la excitación y a procurar su descarga, en lugar de una tendencia más bien opuesta y que nos distingue de toda otra especie, reconocible en nuestro efectivo gusto por gozar de variadas maneras y en la mayor medida posible? Si algún Lustprinzip nos caracterizara, no sería un principio de placer que busca la descarga, sino un principio de goce que reclama excitación. Si entendemos el placer como una cualidad consciente ligada a la descarga de excitación, es absurdo suponer que vivimos bajo el imperio de un principio que nos inclina a ello. En lugar de corregirlo mediante la referencia a cierto “más allá”, habría que erradicarlo de cualquier consideración seria de la economía de los modos de gozar.

Así planteábamos el problema hace pocos años,(46) apuntando a la inadecuación entre el principio de placer y el mundo humano. Pero más recientemente señalamos una razón más fuerte aún para erradicar el principio de placer, pues se trata de una contradicción interna en el sistema freudiano nacida de la ambigüedad del término “economía”,(47) y esto permite plantear la cuestión de una manera muy sencilla.

La contradicción

Esa contradicción, que recorre la obra freudiana, puede fecharse en 1895, al comienzo del “Proyecto…”. Está situada bien a la vista, pues, como la inhallable carta robada en el cuento de Poe. Freud justifica su plan de hacer un abordaje cuantitativo de los procesos psíquicos (el llamado punto de vista económico) diciendo que procesos como

estímulo, sustitución, conversión, descarga [sugirieron] la concepción de la excitación neuronal como cantidades fluyentes. [Y] se pudo formular un principio fundamental [que] enuncia que las neuronas procuran aliviarse de la cantidad.(48)

La ambigüedad y la contradicción mencionadas se presentan en dos aserciones consecutivas acerca de lo que ocurre con la excitación en las neuronas: (1º) fluye, (2º) tiende a reducirse. Ahora bien, que algo se comporte como una magnitud fluyente (sea excitación u otra cosa) significa que se redistribuye sin pérdida ni ganancia, manteniendo constante la suma total, como ocurre con el caudal de un río o con la energía de un sistema. Si fluye, esa magnitud cumple una ley de constancia: puede redistribuirse variando aquí o allá, pero su monto total no varía; en especial, si sólo tiene dos destinaciones, al reducirse en una deberá aumentar proporcionalmente en la otra. Pero la segunda proposición no consiente que, si una se alivia de cantidad, la otra tome sobre sí el remanente, pues exige que todas aligeren su cantidad, y, si es así, la suma no puede mantenerse constante, como lo requiere la hipótesis del flujo, sino que siempre se reducirá, dado que se reduce cada uno de los términos que la componen.

Freud parece haber sucumbido al equívoco que el término “economía” presenta en la lengua alemana, en la nuestra y en muchas otras: es la ley de conservación que rige los libros de caja (si algo desapareció de un rubro, debe de encontrarse en otro o haber sido repartido entre varios), y también es el ahorro, la tendencia a reducir gastos. El planteo freudiano tiene una contradicción interna porque ambas cosas no pueden cumplirse. En consecuencia, hay que elegir.

La pandemia de aburrimiento que acompaña a la del COVID-19 es la demostración práctica, a escala global, de que ningún principio de placer se aplica a los seres hablantes y de que ese principio ni siquiera puede ser salvado invocando un “más allá” regido por la compulsión de repetir, ya que justamente la repetición es lo que el aburrimiento pretende romper. Gracias a esta pandemia, escuchamos con claridad la voz con que el parlêtre interpela a Freud: Vater, siehst du denn nicht, dass ich verbrenne? Padre, ¿no ves que ardo? ¡Ardo de pasión, de amor, de deseos! Ich verbrenne vor Leidenschaft, vor Liebe, vor Begierden!

¿Cuáles son las implicancias? Si no hay principio de placer ni “más allá” que lo complete ni principio de realidad que lo prosiga, el proceso primario deberá ser otra cosa, como observa Lacan,(49) y entonces también lo serán el inconsciente mismo, el sueño y hasta el despertar; la pulsión perderá su carácter molesto, y la noción de defensa, sus principales derechos; la vivencia de satisfacción cambiará de signo, pues no nos colmará por cancelar una excitación perturbadora, sino por prodigar inéditos e inolvidables modos de gozar; el trauma y el síntoma deberán igualmente ser reformulados, y vacilará nuestra idea de la represión; la constitución del yo requerirá, como mínimo, ser fundamentada de otro modo, y habrá que revisar con lupa tanto la metapsicología como la compulsión de repetir; la pulsión de muerte carecerá de justificación, y las fuentes de la angustia y del fantasma volverán a sernos enigmáticas; el masoquismo no planteará problemas económicos, explicar el malestar en la cultura requerirá razones nuevas,(50) y si, al ser que goza, el superyó le ordena gozar, su función puede resultar superflua. Como cada una de estas consecuencias tendrá, a su vez, una serie de derivaciones, el programa de trabajo que esto prefigura se parece al de un efecto dominó en el que la caída de ciertas fichas inaugura la de dos o más series nuevas. No obstante, plantearlo así podría hacer que con horror nos preguntemos qué quedará en pie, pese a que en verdad la propuesta no es demoler, sino reconfigurar; no es tirar abajo una columna, sino sustituirla por una más firme; es mandar al museo el principio de placer, remplazarlo por un fundamento no contradictorio y más adecuado al mundo humano, y forjar así una herramienta más idónea para tratar el sufrimiento de los cuerpos hablantes y para interpretar el malestar en la cultura.

16. Partes de este capítulo fueron presentadas en las XXVIII Jornadas de la Escuela de la Orientación Lacaniana el 1º de diciembre de 2019; otras, en la sede madrileña de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, dos semanas después.

17. Cf. Arenas (2020a).

18. Cf. Lacan (1977).

19. Lacan (1976: 131).

20. Miller (2007: 86).

21. Cf. Miller (1998a).

22. Cf. Arenas (2015a).

23. Freud (1900: 153).

24. Ibíd., p. 154.– El subrayado es nuestro.

25. Ibíd., pp. 164, 176.– Volveremos sobre ese sueño infra, pp. 43s.

26. Ibíd., p. 189.– La lengua alemana posibilita aquí un juego de palabras.

27. Ibídem.– El hipotético cumplimiento de deseo se consuma dando un lugar muy comprobable a cierto goce –quizá penoso, pero goce al fin.

28. Ibíd., p. 177.– Causar displacer es el precio pagado por disfrazar el cumplimiento supuestamente placentero, como si disimuláramos la droga que queremos pasar por la frontera mediante un disfraz más caro que la droga misma.

29. Ibíd., pp. 163s, 247.

30. Cf. Lacan (1964b: 42s, 66, 76s; 1969: 182).

31. Freud (1900: 275).

32. Ibíd., p. 504.

33. Ibíd., p. 200n.

34. Lo sugiere, además, el caso de Emma, que Freud (1895: 400-404) presenta como paradigma de la proton pseudos histérica.– Cf. Arenas (2020b: 34-40, 70).

35. Arenas (2012: caps. 22-23).

36. Cf. Arenas (2014b).

37. Cf. Lacan (1958b: 181s).

38. El latín divertere significa “llevar por varios lados”.

39. Freud (1895: 344).

40. Freud (1900: 546, 593, 608).

41. Arenas (2012: cap. 1).

42. Véase infra, cap. 3.

43. Angot (2012).

44. Miller (2013) comenta la tercera.

45. Un deseo no siempre tiene tal poder de conmoción, pero jamás es un instrumento desdeñable.

46. Arenas (2017: 23).

47. Arenas (2020b: 60).

48. Freud (1895: 340).

49. Lacan (1972b: 32s).

50. Cf. Bauman y Dessal (2014), Arenas (2018a).

2
Nace un principio

El “Proyecto de psicología”, velozmente escrito en 1895, no es sólo la base de todos los modelos freudianos, como Lacan dijo alguna vez; es también la cuna del principio de placer, que en sus primeros ocho apartados nace, crece y se consolida. Al revisar cómo luce el aparato propuesto por Freud si suprimimos ese principio, mantendremos la concepción cuantitativa, económica en el sentido de cierta ley de conservación compatible con el flujo de cantidades, no en el sentido de que éstas tiendan a reducirse. Por otro lado, si bien poco después (en La interpretación de los sueños) Freud remplazará las neuronas por representaciones y, en alguna medida, intentará separar su aparato de la supuesta anatomía nerviosa,(51) no olvidaremos que la construcción planteada se apoya por completo en la arquitectura del arco reflejo.

Ahora bien, si no suponemos la obligatoriedad de la descarga como función primaria del aparato, no hay por qué admitir que éste prefiera huir de todo estímulo (la observación de cualquier lactante muestra lo contrario), los estímulos endógenos (pulsionales) no quebrantan ley alguna, y es innecesario imaginar que deba ponérseles fin mediante una “acción específica”, ya que sabemos hasta qué punto es posible y habitual realizar acciones que incrementen esa excitación. El apremio de la vida –problema biológico– no es algo que el aparato psíquico esté obligado a resolver. Las representaciones pueden ser investidas con cantidad, pero no tienen por qué procurar descargarla. La noción de unas barreras-contacto que inhiben la descarga no es afectada por esto, sino favorecida; lo mismo ocurre con la distinción entre los caracteres pasadero y no-pasadero de dichas barreras(52) y con la noción de una facilitación de éstas. Y, como las facilitaciones no sólo permiten reducir sino también aumentar la excitación, no hará falta asociarlas a una hipotética función primaria de descargar cantidad.

El punto de vista biológico nos tendrá sin cuidado hasta nuevo aviso, en la medida en que se relaciona con una anatomía que no incumbe al aparato psíquico, y también el problema de la cantidad, que sólo responde al intento de armonizar el supuesto afán de descarga con la arquitectura del sistema nervioso. Debemos, sí, detenernos en la teoría del dolor, que es una de las primeras alteradas por la supresión del principio de placer. Freud equipara la inclinación a huir del dolor con la inclinación a evitar excitaciones, entendiendo que ambas son signos de esa tendencia primaria del aparato que aquí dejamos de hipotetizar. Luego, si no postulamos que deba eliminarse toda excitación, el dolor pierde el carácter de fracaso del aparato y adquiere, más bien, el de una señal de que ha sido superado el límite de la excitación (la soportable o la buscada). En cualquier caso, atravesar esa experiencia abre facilitaciones duraderas.

Cuantificar cualidades

El llamado “problema de la cualidad” intenta explicar las sensaciones. Que los procesos psíquicos puedan ser inconscientes no depende del principio de placer, de modo que nuestra discusión no afecta a ese problema. Lo mismo ocurre con las sensaciones y con los caracteres del sistema de la conciencia: si las cualidades son, en última instancia, función de la frecuencia (o periodo) de la cantidad circulante, ello será así con cantidades grandes o pequeñas, ya sea que procuren descargarse o no. Si dejamos de lado los esfuerzos por dar a esta construcción correlatos anatómicos, el problema central abordado en relación con la conciencia es el del placer y el displacer, de modo que aquí deberemos calibrar las cosas con mayor detalle.

Freud considera obvia la tendencia a evitar displacer, y se confiesa tentado a identificarla con el principio de inercia, que es un mero principio de descarga. Hay aquí una brecha que él se apura a cerrar y que por el momento conviene mantener abierta. Ante todo, porque carga y descarga son funciones cuantitativas, mientras que placer y displacer son cualidades. Más aún, él mismo se arrepentirá de tal equiparación treinta años después cuando, por primera y única vez, diga que “placer y displacer no pueden ser referidos al aumento o la disminución de una cantidad”.(53)

¿Cómo entender el placer? Antes de responder, recordemos que, según Lacan, el sedimento, el “aluvión” resultante del manejo, en un grupo lingüístico, de su experiencia inconsciente, es lo que mantiene viva lalengua, hecha del goce mismo.(54) En otras palabras, lalengua es una suerte de precipitado de las experiencias inconscientes de goce en una comunidad lingüística, y por eso conviene apoyarse en ella cuando de esas experiencias se trata. Pues bien, si procedemos así, debemos aceptar que el placer se enlaza con el gusto y que, a diferencia de lo que Freud sostuvo siempre excepto en 1924, no hay principio cuantitativo que regule el placer universalmente. Además, ¿quién no lo sabe? Un mismo plato ofrecido a tres personas puede parecerle delicioso a una, indiferente a otra, y repulsivo a la tercera, de modo que la cualidad (placentera o displacentera) no depende del objeto ni del sensorio, sino de un encuentro contingente. El placer no tiene ley. El displacer tampoco.

Sin embargo, desde 1895 Freud se deja llevar por el afán de enlazar el displacer con una elevación de nivel y el placer con una descarga. Su retractación de 1924 es muy pasajera, por desgracia, ya que sólo un año después insistirá en restaurar esa correlación, cuando se muestre sorprendido de que una descarga produzca un displacer que sólo una excitación debería provocar.(55) Que esa posición suya no sea estable, pues, alienta a no seguirlo en este asunto.

El apartado del “Proyecto…” dedicado a las conducciones ψ toca la cuestión de las pulsiones. Sorteando las analogías neurológicas, cabe sostener, con Freud, que el mecanismo psíquico tiene un resorte pulsional continuo, y también suscribir su conclusión, a saber, que de allí nace la voluntad,(56) pero es necesario evitar de entrada el espejismo de basar la noción de pulsión en la de necesidad –trátese del hambre, la sed o lo que sea. Mantener esa distinción resultará crucial a la hora de concebir lo que allí se inscribe bajo el título de “vivencia de satisfacción”. Y ésta adquiere un carácter radicalmente distinto si se la aprecia apagando la engañosa luz del principio de placer.

Vivencias de excitación

Las necesidades provocan sensaciones que molestan a la criatura hasta el punto de hacerla llorar y berrear, y eso suele mover a otro a realizar la acción específica que le dará el auxilio indispensable. Pero ¿cómo entender lo que entonces ocurre y que Freud llama “vivencia de satisfacción”? Según él, la provisión del alimento o de lo que haga falta cancela el estímulo perturbador, y eso queda enlazado, por medio de una facilitación, a la imagen del objeto y al modo en que se provocó la acción específica.

La excitación molesta es así suprimida por un tiempo. Ahora bien, a cambio la criatura recibe un cúmulo de estímulos tales como los nacidos de mamar, de chupetear, de tragar, de recibir caricias o de ser mirado con dulzura. En síntesis, le han canjeado una excitación desagradable por varias acaso deliciosas,(57) y sin duda esto tiene, como dice Freud, “las más hondas consecuencias”, pero ¿acaso ellas se deben a la satisfacción causada por haber sido aliviado el estímulo perturbador, o bien al contemporáneo descubrimiento de una multitud insospechada de goces?

La depresión anaclítica descripta por Spitz es elocuente al respecto.(58) La cancelación de las excitaciones nacidas de las necesidades no responde al “resorte pulsional” requerido para poner en marcha el mecanismo psíquico, y por eso el destino de las criaturas que pasan cierto tiempo en las condiciones del llamado “hospitalismo” oscila entre la idiotez y la muerte. La explicación que Spitz propone para este conocido fenómeno, basada en la de Freud, no es convincente. ¿Cómo no ver que esas desgraciadas criaturas afrontan una larga, espantosa y generalizada privación de aquellos goces “cuya falta [hace] vano el universo”? (59)

Por lo demás, para convencerse de que la cancelación de estímulos molestos no es, en sí, apta para satisfacer nada, basta observar en cualquier criatura el inagotable afán por mamar o chupetear el pezón o la tetina tras haber saciado su apetito, o incluso el empeño con que se resiste a dormir aunque se le cierren los ojos. En síntesis, aquí no tiene lugar la vivencia de una satisfacción debida al cese de cierta molestia, sino el encuentro con uno o varios goces desconocidos hasta entonces, y esta vivencia de excitación no tiene por qué ser considerada una experiencia inaugural y privativa del infans, ya que bien puede tener lugar en cualquier momento de la vida.(60)

Freud concluye el apartado que dedica a este asunto diciendo que el estado de esfuerzo o de deseo provocará, cuando resurja, una suerte de alucinación, precursora del desengaño. Luego veremos en qué medida y cómo se sostiene esta conjetura suya, pero convengamos que, bajo esta perspectiva, la animación del deseo no depende de que reaparezca la excitación perturbadora ni coincide con tal reaparición.

El dolor pierde así el carácter contrario a la satisfacción impuesto por el planteo freudiano. De las consideraciones acerca de la vivencia de dolor, poco se sostiene. Ante todo, porque Freud yerra al enlazar dolor y displacer, que carecen de correlación necesaria. Que pueda gozarse del dolor sólo es un misterio para quien no tiene ese gusto. Por otro lado, hay algo inexplicable para el modelo freudiano, debido a que éste supone erróneamente que la cantidad responsable del dolor proviene del exterior del cuerpo, a saber, la posibilidad de que un proceso de pensamiento produzca dolor. ¿Por qué algo es capaz de causarnos dolor de sólo pensarlo? Finalmente, si nada impide que un dolor guste, no habrá cómo distinguir, con estos elementos, entre la vivencia de dolor y la de excitación gozosa.

Los afectos y estados de deseo contienen elevaciones de tensión y dejan secuelas compulsivas, dice Freud, y en esto no podemos menos que acordar con él, dado que nos topamos con ellas en la clínica más cotidiana, pero a eso añade dos cosas muy llamativas ligadas al deseo y la defensa (o represión) resultantes. En el caso del deseo, la compulsión toma la forma de esa atracción hacia el objeto (o más bien hacia su huella mnémica) evocada por la canción No hago otra cosa que pensar en ti. Ello provoca un estado de excitación e investidura incesantes que no sólo contradice el supuesto principio de placer, sino que además no se aniquila mediante satisfacción alguna. El deseo, por lo tanto, contradice ese principio, y su “más allá” tampoco lo explica. Por su parte, la vivencia de dolor crearía, según Freud, una inclinación a no investir la imagen mnémica del objeto hostil, lo cual implicaría una reacción de avestruz, hacer como si el objeto no existiera, cuando en verdad eso se opone a lo que él mismo había dicho antes acerca de esta secuela compulsiva, y también contradice las más conocidas y generalizadas formas que esa secuela toma y que van del resquemor al odio e incluso al afán de venganza –No hago otra cosa que pensar en ti con aversión. Por lo tanto, no podemos acompañar a Freud en su idea de la defensa primaria, que es, a su vez, la primera imagen de la represión y que llega a requerirle el agregado de un principio explicativo nuevo… y biológico.

El inconcebible yo y la alegría del encuentro

Llegamos al sitio donde se define el yo como un grupo de neuronas (representaciones) constantemente investido que, entre sus funciones, tiene la de inhibir la repetición. En las coordenadas propias del modelo freudiano, esta definición hace del yo un engendro inconcebible, ya que, si siempre está investido, no se descarga y, por lo tanto, en él no rige el principio de placer, y si además inhibe la repetición, sus excitaciones no pueden ser ligadas por obra y gracia de la compulsión de repetir, lo cual significa que tampoco lo explica el “más allá” de ese principio. En el casi medio siglo de desarrollos ulteriores, Freud no logrará borrar del yo esta monstruosidad inicial.(61)

Que en ese grupo investido inhibitorio haya una parte variable y otra constante es algo que además nos pone sobre la pista del carácter lingüístico de las representaciones que lo componen, como veremos en un momento. Freud dice que esa investidura está al servicio de la función secundaria, es decir, la de no descargar toda excitación, la de conservar una cuota de energía disponible para hacer todo aquello que la vida requiere, como si el principio de placer nos impeliera a la inactividad y el yo debiera movernos a comer para no morir, por ejemplo, función para cuyo cumplimiento debe hacer uso de la energía que ha acopiado y mantenido en forma de unas investiduras permanentes. Sin embargo, bien sabemos que una elevada investidura yoica puede, muy por el contrario, tener un efecto contrario y aun mortífero, como bien lo ilustra el mito de Narciso.

Luego se plantea la distinción entre los procesos primario y secundario, requerida para que la percepción no se confunda con el recuerdo. La idea de Freud es que, si cada vez que deseáramos o temiésemos algo lo alucináramos, habría un gasto inútil y excesivo. Notemos que esto depende, a su vez, de la suposición de que el saldo de la vivencia de satisfacción es la inclinación del aparato a alucinar lo deseado, y no sólo no hay nada que justifique esta hipótesis,(62) sino que además el sentido de esa vivencia cambia si borramos del mapa el principio de placer. Esto último pone en tela de juicio, por lo tanto, el papel inhibidor del yo y el paso del proceso primario al secundario.

Algo muy distinto ocurre con lo que Freud llama “el discernir y el pensar reproductor”, donde entran en juego el lenguaje (ausente hasta aquí) y la Cosa (das Ding).(63) La clave es entender que el objeto investido por el deseo es una multiplicidad (un “complejo”, no una unidad) y que en ella cabe distinguir una parte constante, a, y otra variable, b, mientras que la percepción inviste otra multiplicidad que incluye esa parte constante, a, y otra distinta, c. ¿Cómo hacer para que la parte distinta deje de serlo? El lenguaje, según Freud, hará de a la Cosa y de b (o c) su predicado, lo que de la Cosa se dice. Como ésta es aquello acerca de lo cual se habla, es indecible.(64)

Podemos acordar con lo aquí planteado, pero no con la afirmación de que, una vez alcanzada la identidad, sobrevenga la descarga que dicta el principio de placer,(65) ya que, cuando encontramos el objeto, nuestra tensión, lejos de descargarse, estalla: nos invade la alegría, temblamos de regocijo y excitación, y esto no significa aligerarla por el polo motor, en la medida en que ese estado suele ser duradero e interrumpirse únicamente debido al agotamiento de nuestras fuerzas. Por otro lado, el goce de ese encuentro no es único y puntual como el flechazo o como el hallazgo del objeto (que es siempre un rencuentro, según Freud), sino que forma parte de nuestra vida cotidiana, aunque no lo descubramos más que cuando nos falta: la cólera que surge cuando las clavijas dejan de entrar en los agujeritos, como decía Lacan parafraseando a Péguy,(66) muestra que del encastre –o sea, de hacer que c coincida con b– gozamos todo el tiempo.(67)

Pensar, dormir, soñar

Podemos descartar la sugerencia freudiana de que el pensar tenga una finalidad práctica, ya que su practicidad es sólo una posible isla en un mar de inutilidades; lo evidencia su función en la neurosis obsesiva y en la paranoia. En cambio, debemos retener la definición del proceso primario como aquel que transcurre por asociación automática, sin meta; pero aun si aceptamos que se detenga en la identificación, no necesitamos suponer que culmine por medio de descarga alguna.

Los tres apartados finales de la primera parte del “Proyecto…” abordan el sueño y temas afines. Conviene tratarlos en conjunto.

Freud plantea que en el dormir hay procesos primarios similares a los de las formaciones de síntomas psiconeuróticos, cosa que podemos aceptar sin más, pero a eso agrega una ficción ideada a la medida del principio de placer y que por eso mismo merece una mirada atenta. Dice que el niño se duerme cuando ninguna necesidad o estímulo exterior lo molesta, o sea, una vez que se encuentra satisfecho, así como el adulto lo hace con más facilidad después de la cena y el sexo.

Mil contraejemplos se oponen a esta falsa regla. Destaquemos tres paradigmáticos. Una pareja con varios hijos pequeños, agotada por no poder dormirlos, decide pasearlos en automóvil, y en un par de cuadras los niños caen rendidos; tal recurso, que resultará infalible, no cancela necesidades insatisfechas y aun agrega estímulos molestos (traslado al vehículo incluso en invierno, encendido del motor, cierre de puertas, etcétera). Un joven, luego de cenar y hacer el amor con su pareja, aguarda que ésta se duerma para levantarse a escribir, porque ése es el momento en que más despierto se siente. El homeless y el refugiado duermen en deplorables condiciones, por más hambre, frío y ruido que los incomoden.

La ficción de Freud parece reflejar cierto ideal, de orden o de clase, que veremos reaparecer en otros momentos de su obra.(68) Dejar de suscribirla facilita la crítica del planteo de que la “condición del dormir es el descenso de la carga endógena […], que vuelve superflua la función secundaria”.(69) ¿Cómo no ver ahora que esa desexcitación no es la condición del dormir sino, a lo sumo, su consecuencia? ¡Esto cambia mucho las cosas! Freud hace del dormir el premio recibido por haber cumplido con el principio de placer, mientras que ahora podemos ver en el dormir la condena que el cansancio del organismo impone. Y esa condena puede llegar a la pena de muerte: alguien con hambre, sed, dolor muscular y ganas de orinar puede dormirse al volante. Freud supone que la descarga del yo condiciona los procesos primarios y el dormir, pero éste parece más bien forzar una descarga del yo que deja el aparato presa del proceso primario y sin recurso al secundario. Además, despertar requiere volver a investir, algo que sin duda contradice el principio de placer –aunque él diga que no y, para salvarlo, deba pensar que la economía sólo es regida por la ley de conservación.(70) Por otro lado, Freud reconduce la parálisis motriz propia del dormir a una parálisis de la voluntad por descarga global, pero la desesperación que nos embarga en los sueños de impotencia prueba, en cambio, que la voluntad sigue viva, y en tal medida que en ocasiones puede llevarnos hasta el sonambulismo.

Del resto de la primera parte del “Proyecto…” no necesitamos hacer ningún comentario aquí, ya que lo que dice sobre los sueños y su sentido es inmejorable, o será corregido y mejorado en La interpretación de los sueños, o le caben las mismas críticas que ya hemos hecho y que no vale la pena repetir. Por lo tanto, podemos ya pasar a la segunda parte, dedicada a la psicopatología.

Primer paradigma del síntoma

Aquí nuestro camino se allana, dado que la compulsión histérica es pensada como una representación hiperintensa (71) cuyas consecuencias no pueden sofocarse ni comprenderse, o sea que les faltan descarga y sentido, y claramente son contrarias al principio de placer. El defecto de sentido sería condición de su carácter compulsivo, en la medida en que, una vez subsanado, la compulsión cesa.(72) Semejante descripción del síntoma y de su tratamiento, pues, no depende del principio de placer e incluso se simplifica si no lo postulamos; sólo requiere una economía de cantidades que se redistribuyen sin pérdida ni ganancia. La clave de la compulsión y del sinsentido es una asociación simbólica y un desplazamiento cuantitativo que adjudica a uno de los elementos asociados lo sustraído a otro, y esto, compatible con el punto de vista económico (suma constante con redistribución), refuta el principio de placer, pues cuando una cantidad baja, la otra necesariamente sube. Rencontramos la contradicción, indicada al comienzo, entre los dos sentidos de “economía”: conservación y ahorro. Entre ambos, hay que elegir, y conviene descartar el segundo, clave del principio de placer.

Freud procura explicar la génesis de la compulsión histérica en términos de la represión de una representación sexual penosa para el yo y que no suscita la defensa normal (cuya justificación no pudimos aceptar), sino una patológica debida a la asociación simbólica, si bien la naturaleza de esa represión le resulta enigmática. Llegamos así a uno de los pasajes cruciales del “Proyecto…”: la elucidación de la fobia de Emma.(73) Si nos desentendemos del principio de placer, el síntoma conserva tanto su doble causación como la temporalidad retroactiva del trauma que lo determina y su origen significante, pero la represión puede ser descripta como la sustitución de un significante por otro, no en función de la defensa o de la evitación de displacer.

Por el momento, suponer el principio de placer parece, pues, incidir y lastrar de manera negativa casi exclusivamente la caracterización del funcionamiento normal del aparato, no la del síntoma, su causación y su cura. Omitirlo incluso favorece la descripción de estas tres cosas. En consecuencia, podemos dar por terminada nuestra discusión del “Proyecto…”, que en lo sucesivo sólo se ocupa de la normalidad.

51. Nunca lo separará por completo; véase infra, pp. 77-96.

52. Freud atribuye esos caracteres a la neurona, no a la barrera.

53. Freud (1924: 166).

54. Lacan (1974a: 19).

55. Freud (1925b: 89).

56. Sobre su relación con el núcleo del ser, véase Arenas (2012: cap. 1).

57. El gusto no admite prejuicios. Una caricia puede ser insoportable, como bien lo muestra el film Lars and the Real Girl (Gillespie, 2007). No es improbable que esta insondable decisión esté en el origen de ciertas formas autísticas de ser.

58. Spitz (1965: cap. XII).

59. Lacan (1962b: 780).

60. Piénsese en la experiencia del Hombre de las ratas al escuchar la descripción del tormento (Freud, 1909b: 132ss).

61. Lacan (1974b: 101s) llega a sugerir que no hay yo.

62. Lacan (1957: 16; 1960: 40) la acepta sin discusión.

63. Puede sustituirse “descarga” por cualquier proceso que tenga carácter de señal, aun por “carga”, sin alterar la lógica aquí desplegada. Lo mismo ocurre con lo referente al complejo del prójimo. En ambos casos, pues, suponer el principio de placer es innecesario. Véase Arenas (2012: cap. 9), Lacan (1960: 95).

64. Éste es el más claro antecedente del objeto a, “siempre enmascarado detrás de sus atributos”, según Lacan (1961: 438).

65. Al hallar el objeto, la descarga nos volvería títeres inertes con los hilos cortados.

66. Lacan (1959: 159).

67. Cf. Arenas (2013a; 2015b).

68. Véase infra, pp. 102-105.

69. Freud (1895: 381).

70. Esta operación se reitera a lo largo de la obra de Freud: cuando la economía en el sentido del ahorro no funciona, la economía entendida como redistribución aparenta resolver el problema.

71. De esto nace la concepción económica, cuantitativa; véase Freud (1895: 339s).

72. Hay pocos síntomas que respondan así.

73. La hemos comentado con detalle en otro lugar (Arenas, 2020b: 34-43).

3
Deseo de gozar

Leer a Freud es muy distinto de leer a Lacan. Los estilos de uno y otro son muy diferentes, sin duda, y ello tiene consecuencias en cuanto al efecto que causan en el lector. Lacan nos exige estar muy despiertos, atentos a todo para no sucumbir a su pícara astucia, esforzarnos para descifrarlo, volver una y otra vez sobre cada detalle de cada frase para hallar algún rayo de luz en esa oscuridad (no caótica, sino lógica). Freud, en cambio, permite otra soltura. Podemos disfrutar de la belleza y de la levedad de su pluma, dejarnos arrullar por la gracia y sencillez de su argumentación, admirar su juego limpio y acompañar su ritmo envolvente como si fuera nuestro partenaire en un vals vienés, seguir la corriente mansa de sus palabras, entrar en esa suerte de ensoñación que suelen inducir las buenas narrativas, y así perder todo sentido crítico, hasta ingresar en un verdadero trance hipnótico que nos vuelva dóciles y crédulos como los enamorados. Es difícil mantener así esa distancia crítica indispensable para que el brillo del otro no anule nuestra luz interior. En síntesis, Lacan despierta porque es difícil de entender, y Freud adormece porque es difícil no entenderlo. La diferencia entre dormir y despertar está ligada a la que hay entre comprender y descifrar.

Si, durante nuestra revisión crítica de la obra freudiana con miras a extraer las consecuencias de erradicar el principio de placer, nos esforzamos por mantener los ojos bien abiertos, veremos con colores vivos ciertas nociones anquilosadas y se erigirán ante nosotros nuevas concepciones cuyo demorado surgimiento parece inexplicable. Este capítulo se ocupará de una de ellas.

Hemos comenzado hablando de unos sueños que plasman el guion fantasmático a la hora de esbozarse la construcción del fantasma en el análisis. Por materializar sin velos la escena imaginaria responsable de un goce displacentero, parecen afirmar una obstinación: ni en sueños el sujeto renunciará a él. Contradicen el principio de placer, pues, como tantos otros que Freud estudia en La interpretación de los sueños y que no tienen ni trazas del cumplimiento de un deseo. Si bien él argumenta que éstos son cumplimientos de deseo pero después de la interpretación (de modo que causar displacer es el precio pagado por disfrazar ese cumplimiento, supuestamente placentero), vimos que ése es un mal negocio y que tal argumento no sirve para toda una clase de sueños –incluidos los de obstinación, carentes de deformación onírica. Su deseo parece simplemente ser el de perseverar en un modo de goce, a pesar de que éste sea más o menos penoso. ¿Por qué no llamarlo “deseo de gozar”? No hay en ellos censura a la cual achacar deformación alguna, ni principio de placer que sea en ellos violentado (aunque puedan causar angustia). La interpretación irónica y de aceptación (Ni en sueños dejaré de gozar así) les calza como anillo al dedo,(74) y no hace falta suponer en ellos esas inclinaciones masoquistas que Freud debió hipotetizar para conciliar su fórmula sobre la función de los sueños con el carácter displacentero de la mayoría de éstos, incluidos los más típicos.

Cuando en el “Proyecto…” discutimos el estado de deseo –aumento de tensión que deja secuelas compulsivas–, vimos que esa excitación incesante es extraña al principio de placer, no se explica por su “más allá” ni se aniquila mediante satisfacción. ¿Qué nos impide ver que el deseo en cuestión no es otro que el deseo de gozar? ¿No es lógico y hasta esperable que tras una vivencia de satisfacción (o más bien de excitación) surja el inextinguible deseo de gozar como se gozó en ella?

También vimos que, según Freud, la vivencia de dolor provoca una reacción de avestruz (es su primer modelo de la represión),(75) pero en verdad cabe poner sus secuelas (resquemor, odio, afán de venganza) a cuenta de un deseo de gozar, y por eso no suscribimos tal forma de la defensa primaria. Asimismo, descubrimos que el dormir no es el efecto de la descarga del yo, sino su causa, y, si bien interrumpe toda forma de gozar, el aparato, a merced de los procesos primarios, se las arregla para recuperar algunos de esos goces en el sueño. Así se torna más coherente la concepción del despertar.

El sentido es el goce

Es en verdad llamativo el hecho de que luego de comentar a Burdach, Novalis y Scherner, que caracterizan la actividad onírica por su vitalidad, por su diversión gozosa y por su notorio juego con los estímulos, Freud no arroje por la borda su principio de placer. Lo que sí toma de Griesinger es la teoría del sueño como cumplimiento de deseo, aunque aclara que, para poder leer el sueño así, es preciso interpretarlo.(76) A mostrar cómo se halla su sentido dedica el segundo capítulo de su libro, centrado en el sueño de la inyección de Irma.

Es imposible resistir la tentación de interpolar aquí lo que Lacan dice al respecto en su Seminario 21: el sentido de la interpretación es el goce.(77) En efecto, si un sueño interpretado tiene el sentido de un cumplimiento de deseo, y el sentido es el goce, ese deseo no puede ser otro que ese deseo de gozar que habíamos deducido de los sueños de displacer (incluidos los de obstinación) y de la vivencia de satisfacción (o excitación). Y, en la medida en que Freud valida la hipótesis de Griesinger aplicando al sueño el mismo método empleado para interpretar síntomas, también la fobia de Emma puede ser leída en términos de ese deseo de gozar.

Por otro lado, él reconoce en los sueños un ombligo insondable que señala el límite de lo interpretable,(78) y eso matiza el final de este capítulo, donde dice que el sueño es cumplimiento de deseo después de un trabajo de interpretación “completo”.(79) ¿Qué hay en ese ombligo? Si el deseo del sueño es el deseo de gozar, es lógico que la cadena interpretativa encuentre en ese goce un límite estructural.(80)

Volvamos al cuarto capítulo, del que ya hemos hablado, donde se aborda la desfiguración onírica. Suponer que ésta existe es necesario para sostener la tesis del sueño como cumplimiento de deseo cuando su contenido es penoso, como ocurre en la mayoría de los casos.(81) La idea es simple: los sueños agradables cumplen un deseo y los desagradables también, sólo que bajo un disfraz penoso que la interpretación puede quitar. La desfiguración es achacada a la censura impuesta por un sistema que, en conflicto, rechaza el deseo surgido en otra instancia; ella sirve de velo a lo deseado.

Esta bonita historia es seductora, pues los conflictos son la sal de toda narración. Aquí el héroe es un deseo que, astuto como Ulises cuando accede a Penélope con ropas de mendigo, logra burlar la censura y se abre paso, si bien al precio de cierta formación de compromiso. Pero esta dinámica de lucha, ¿no es acaso un bello mito, es decir, aquello que Lacan caracteriza como “el intento de dar forma épica a lo que se opera a partir de la estructura”?(82) Ya desde “Los complejos familiares…” él afirmaba, en vida de Freud, que “el defecto más notorio de la doctrina analítica [es] descuidar la estructura a favor del dinamismo”.(83) ¿Lograremos entonces pensar el sueño sin recurrir al mito del conflicto entre instancias? Nos alienta en esa dirección recordar que ese conflicto es invocado para explicar la represión y que Lacan, con las herramientas de la estructura, pudo dar cuenta de ella sin tener que apelar al dinamismo. ¿Por dónde empezar?

Como paradigma de esta desfiguración onírica responsable, según Freud, de que el cumplimiento de deseo dé lugar a un sueño penoso, se nos propone el célebre sueño en que la mujer de un carnicero quiere dar una comida y, como para ello sólo cuenta con un poco de salmón ahumado, su deseo queda incumplido.(84) Él y Lacan ven allí la clave de la identificación al síntoma y del deseo en la histeria. Repasémoslo.

Esta mujer ama a su marido, que decide adelgazar. Por otro lado, ella le ha rogado que no le regale caviar, y bromea con él sobre esa privación autoimpuesta que deja su deseo incumplido… como en el sueño. Además, está celosa de una amiga delgada a la que él alaba pese a que le gustan las redondeces, y esa amiga, que desea engordar, le pide que la invite a su casa, donde se come muy bien. El sueño le responde entonces: ¡Ni soñando te engordaré, pues así le gustarías a mi esposo! De ese modo realiza un deseo. ¡Y el salmón ahumado es el plato predilecto de esta amiga, que se priva de él como la soñante se priva del caviar! Más claro, imposible. Ahora bien, ¿hay desfiguración aquí? ¿Cómo no ver en la privación de un goce (propio o ajeno) el goce de una privación? Sólo hay en el sueño un displacer de mentira, mientras la soñante extrae de él innumerables goces: el de arruinar el plan de engorde de su amiga, el de privarla de la cena que quiere, el de privarla del goce de privarse del salmón, y, por identificación con ella, el de privarse de todo aquello que dice anhelar, mientras asegura para sí el gozar del deseo de su esposo carnicero. Todo esto aparece condensado en la historia de la cena imposible, sin mayor disfraz que la omisión del nombre de la amiga y la sustitución del caviar por el salmón ahumado en virtud de la identificación. Aquí no cabe invocar censura alguna que obligue a desfigurar el contenido latente, ya que éste no aparece desfigurado, y tampoco se trata de una censura que haya sido burlada debido al carácter enorme del deseo que está en juego. La conclusión es que no hay aquí conflicto entre instancias ni censura entre ellas, pese a lo cual se han producido condensaciones y desplazamientos, y sólo después de la interpretación la soñante se entera de que ha soñado algo que desea. Teníamos razón, entonces, en rechazar la explicación freudiana de los “sueños de deseo contrario”.(85)

Pero el hecho de que Freud equipare el cumplimiento de deseo con la satisfacción masoquista lleva a pensar que el sueño está al servicio de procurar una ganancia de goce, y de hecho él mismo acepta, en ediciones ulteriores de su libro, que este asunto “no está finiquitado”.(86) El displacer de los sueños –concluye– no contradice el cumplimiento de deseo: surge de la desfiguración suscitada por la repugnancia ante ese deseo. Sin embargo, el sueño de la bella carnicera nos reveló que ello no ocurre así. Por lo tanto, algo debe ser reformulado en todo esto.(87)

Proceso primario y principio de placer

Ante todo, revisaremos una pieza clave de la desfiguración onírica y del proceso primario: el desplazamiento.(88) Éste parece ser el proceso por el cual cierta cantidad (llámese carga o investidura) pasa de una representación a otra. Pero lo que está en juego no es exactamente eso, sino que una representación poco investida “toma para sí la carga de otras” que estaban más investidas, y, habiendo acumulado de ese modo una gran suma de excitaciones, alcanza la carga necesaria para “imponer su acceso a la conciencia”.


Lo curioso es que este proceso, perfectamente compatible con la noción de una economía entendida como redistribución de cargas cuya suma no varía, contradice el principio de placer (la tendencia al ahorro) en el nivel del proceso primario, pues la representación que recibe la carga de las otras incrementa su investidura en vez de reducirla (que es lo que se esperaría en función de ese principio). Muchas cosas se modifican en consecuencia.

Por ejemplo, a lo ya comentado sobre los sueños que repiten atentados sexuales sufridos en la infancia,(89) agreguemos que cabe incluirlo en la noción de que lo infantil que excita el sueño son unos impulsos inextinguibles. Esto rubrica la impresión de que el deseo que está en juego es un deseo de gozar, no de dormir. Así volvemos al delicado problema de la relación entre sueño y dormir. Freud hace del sueño el guardián del dormir, no su perturbador, y llega a postular un “deseo universal de dormir”.(90) Lacan, sin embargo, muestra que no es universal, pues sus propios sueños están animados por “el deseo de despertar”.(91) Ahora bien, sin apelar a ese hipotético deseo, ¿cómo definir la función del sueño? ¿No estará al servicio de un universal deseo de gozar? Incluso podría tratarse de un goce que Freud halla en el dormir y Lacan en el despertar, por ejemplo.

A esto también se llega por otro rodeo. La primera mención de los pensamientos inconscientes surge en referencia a los sueños típicos, displacenteros y de significado universal, en los que falla el método freudiano;(92) en algunos, como los de desnudez, la voluntad de goce que los anima resulta evidente, al igual que en los de muerte de seres queridos, que dan pie a postular el complejo de Edipo. El hecho de que semejantes deseos burlen la censura recibe aquí una explicación cuya insuficiencia ya hemos indicado,(93) y que podría ser remplazada con ventaja alegando un deseo de gozar que no afronta censura alguna.

Mención aparte merece el comentario sobre el juego en los niños, ya que Freud subraya el goce que provoca su incansable repetición, sobre todo cuando el displacer causado es extremo (como en el susto y el vértigo), y agrega que ese goce displacentero también se recupera en sueños.(94) ¿Hay acaso algo más alejado del principio de placer que este planteo? No en vano el “más allá” de ese principio se apoyará en un juego infantil.

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181 səh. 2 illustrasiyalar
ISBN:
9789878372556
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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