Kitabı oxu: «Lost in Music»

Şrift:

Lost in Music. A Pop Odyssey

© 1995, Giles Smith

Todos los derechos reservados

Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho

Traducción: Silvia Guiu

Diseño: Pablo Martín y Rafa Roses

Maquetación: Endoradisseny

Primera edición en papel: Febrero de 2014

Primera edición digital: Junio de 2020

© 2020, Contraediciones, S.L.

c/ Elisenda de Pinós, 22

08034 Barcelona

contra@contraediciones.com

www.editorialcontra.com

© 2014, Silvia Guiu, de la traducción

ISBN: 978-84-18282-23-2

Composición digital: Pablo Barrio

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.

ÍNDICE

1  INTRODUCCIÓN

2  EL GRUPO SIN NOMBRE

3  LOS BEATLES

4  T. REX

5  T. REX OTRA VEZ

6  RELIC

7  FACES

8  SCOTT JOPLIN

9  10cc

10  PONY

11  FALLOUT

12  ANDREW RIDGELEY

13  ROSE ROYCE

14  STEVIE WONDER

15  PINK FLOYD

16  BOB DYLAN

17  XTC

18  THE BUZZCOCKS

19  DEAN FRIEDMAN

20  RICKIE LEE JONES

21  LOS ORPHANS OF BABYLON

22  THREE TIMES A DAY

23  QUINCY JONES

24  NIK KERSHAW

25  RANDY CRAWFORD

26  LOS ORPHANS OF BABYLON, TOMA DOS

27  SADE

28  LOS COCTEAU TWINS

29  MADONNA

30  LOS ORPHANS OF BABYLON, TOMA TRES

31  SCRITTI POLITTI

32  LOS CLEANERS FROM VENUS

33  ELVIS COSTELLO

34  LOS CLEANERS FROM VENUS, TOMA DOS

35  ARETHA FRANKLIN

36  LOS CLEANERS FROM VENUS, TOMA TRES

37  PAUL CARRACK

38  LOS CLEANERS FROM VENUS, TOMA CUATRO

39  DOS HIMNOS

40  LOS CLEANERS FROM VENUS, TOMA CINCO

41  PHIL COLLINS

42  LOS ORPHANS: TODAVÍA VIVEN

43  GRACE JONES

44  BLUR

45  SISTERS WITH VOICES

46  LOS CLEANERS FROM VENUS Y ALGO MÁS

47  TONY BLAIR

48  TODD RUNDGREN

49  LOS CLEANERS FROM VENUS…

50  EPÍLOGO. VEINTE AÑOS DESPUÉS

Para mi madre y mi padre

Agradecimientos

Gracias a Ben Cairns, Tristan Davies, Diana Eden, Georgia Garrett, Nick Hornby, Anthony Lane, Cat Ledger, Charlie Meredith, Ian Parker, Tom Sutcliffe, Andrew Watson y Richard Williams. Y gracias en especial a Sabine Durrant.

That’s a tape That we made But I’m sad to say It never made the grade That was me Third guitar I wonder where the others are.

Es una cinta Que hicimos Pero me duele Porque no estaba a la altura Ese era yo El tercer guitarrista Me pregunto dónde están los demás.

Randy Newman, «Vine Street»

INTRODUCCIÓN

En la primavera de 1989, poco después de cumplir veintisiete años y mientras esperaba bajo la aguanieve en una parada de autobús de Colchester, me di cuenta de que probablemente, no nos engañemos, había fracasado en mi misión de convertirme en Sting. Al menos por el momento. Era por la tarde, aunque ya había oscurecido, y RCA Records de Alemania acababa de dejar en la estacada a los Cleaners from Venus.

Es posible que no leyeras nada sobre el tema; por desgracia escasearon los titulares airados en la prensa y los editoriales estupefactos en las revistas del sector. A decir verdad, no hubo ni uno. Pero los Cleaners from Venus era el grupo en el que yo tocaba, y durante tres años y medio este grupo había sido el eje central de mi plan para convertirme en una estrella del pop y de mi campaña para ser el nuevo Sting. Había tocado en otros grupos antes, pero este era por el que había apostado todas mis fichas, al que había dedicado todas mis energías, desde nuestros horribles inicios en una ciudad industrial de Essex, pasando por nuestro triunfal contrato de grabación con RCA Alemania (¿por qué RCA Alemania? Porque nadie más nos quiso), hasta llegar a las 11:30 de la mañana de ese amargo día, en el que un pez gordo de Hamburgo se puso en contacto con nuestro mánager de Londres y le dijo en alemán: «Estáis despedidos».

Para ser justos con RCA, las cosas no habían ido muy bien. Las ventas del primer álbum de los Cleaners from Venus, Going to England, habían sido insignificantes. Además, por increíble que parezca, se vieron afectadas negativamente por las ventas del segundo álbum, Town & Country. La última vez que habíamos actuado en directo en Hamburgo (en la gira Town & Country de 1988), el presidente de la compañía de discos se había marchado después de la tercera canción, abatido y sacudiendo la cabeza. Es más, nuestro mánager estaba a punto de largarse, el batería iba a ser deportado a Japón y el cantante, que escribía todas las canciones y era al fin y al cabo el líder del grupo, se había pirado hacía tiempo para hacerse jardinero.

Eso me dejaba a mí, recién bajado del tren de Londres en la North Station, esperando el número 5 para que me llevara hasta el centro, a través de la carretera de sentido único hasta Crouch Street y por fin hacia el Oeste por Lexden Road, a la izquierda en el semáforo de la tienda de muebles MFI, hasta llegar a casa de mi madre.

Era una pena porque me gustaba mucho el trabajo de Sting. Estaba bien pagado; de hecho, no había otro mejor pagado. El horario era genial (porque, ¿qué hace Sting en realidad durante todos esos meses que pasan entre álbumes y giras? Supongo que holgazanea); casas en Hampstead y Nueva York y Miami y Los Ángeles (la antigua casa de Barbra Streisand, de hecho). No es que quisiera hacer un álbum que sonara como los suyos, pero estaba claro que me gustaba su estilo de vida. Conciertos, fans. Música pop. Ser una estrella del pop.

En sentido estricto, está claro que vacantes para ser el nuevo Sting no se habían anunciado, aunque, como los aspirantes a músico suelen hacer, entiendo la mera existencia de Sting como un indicio de que el mundo necesita Stings. En cualquier caso, el hecho de que nadie lo dijera, y menos que se dirigieran a mí al decirlo, era realmente el menor de los obstáculos insalvables que ignoré a propósito cuando me lancé de cabeza a mi misión.

Este libro es la historia de ese viaje; el viaje de un hombre por el mundo del rock y luego de vuelta a los brazos de mamá. Y, al mismo tiempo, es un libro sobre lo que te pasa cuando el pop te atrapa. Y, créeme, lo hace con todas sus fuerzas. Es así de avasallador. Tienes que andarte con ojo. Invitas al pop a pasarse por tu casa y, sin darte cuenta, te está diciendo qué ponerte y eligiendo a tus amigos.

A los jóvenes de la década de 1970, los mayores a menudo nos decían que no siempre estaríamos bajo el yugo tiránico del pop. Decían que el pop no era más que otra fase por la que pasabas, una especie de adolescencia. Acabaría desapareciendo, como las espinillas, al cumplir los veinte años y sería sustituido, poco a poco, por un gusto adulto hacia la música clásica: orquestas, óperas… la música de verdad, música que requería más que esos tres minutos de cabeceos espasmódicos y que (según contaban los rumores) te daba mucho más a cambio.

Sin embargo, he cumplido ya treinta y dos años y todavía no ha pasado nada. El pop ya no es solo para los jóvenes y no solo son ellos los que lo hacen. Ahora parece que la juventud fue una fase por la que pasó el pop. Yo he crecido con el pop, y el pop ha crecido conmigo. Ahora los dos somos muy diferentes a como éramos en 1970. Pero, de vez en cuando, un leve desasosiego, cuyo origen me gustaría localizar, se abre paso en nuestra relación.

Acerca de los discos y artistas que aparecen en estas páginas, me gustaría decir que el libro repasa unos veinticinco años de música pop, pero no pretende erigirse en un compendio de ningún tipo. Se trata de un relato personal y tal vez sería justo decir que se queda corto. No quiero afirmar que esas cosas fueran lo mejor que pasó en aquella época, aunque probablemente sea algo obvio desde el momento en el que hay un capítulo dedicado a Nik Kershaw. No obstante, no está de más dejarlo claro.

Tampoco quiero decir que no haya canciones cuyo valor como contribuciones a la cultura del siglo xx estaría dispuesto a defender hasta la muerte. Lo único que pasa es que, según mi experiencia, cualquier colección de discos está sujeta a fuerzas bastante arbitrarias. Incluye ese disco que compraste porque un amigo te lo recomendó, o porque pensabas que te gustaría y no fue así, o porque pensabas que era otro disco hasta que te lo llevaste a casa pero que te gustó de todas formas, o porque resulta que estaba sonando cuando sucedió alguna cosa, totalmente inconexa, así que el cariño que le tienes está relacionado con la música solo de forma tangencial. En mi colección de discos hay vacíos en los que debería haber álbumes fantásticos y fundamentales; y hay álbumes donde a menudo me gustaría que hubiera huecos, cosas que me hacen ponerme rojo como un pimiento cuando alguien viene y empieza a mirar y me dice algo del tipo: «¿De verdad has comprado esto?» o «Me cago en la puta… ¡los Wombles!».

También he tenido mis triunfos, mi pequeña cuota de momentos álgidos cuando tus gustos coinciden con el consenso general sobre lo que tiene valor y merece la pena. Sin embargo, la mayor parte de las relaciones con el pop son circunstanciales, fruto del azar, y discurren en contra del sentido común. De hecho, estoy convencido de que uno de los mayores dones del pop (y muy subestimado al escribir sobre el tema) es su capacidad de mandar al sentido común a tomar por culo.

Así pues, me parece justo advertirte de que estas páginas contienen descripciones gráficas de música realmente aberrante y, junto a tales descripciones, algunos pasajes de justificación de naturaleza claramente deplorable. Los lectores más sensibles pueden saltarse, por ejemplo, el capítulo sobre 10cc. También el que trata de Nik Kershaw. Y recomiendo que pasen con pies de plomo por los capítulos sobre Randy Crawford y Pink Floyd.

Y, sobre todo, que no se acerquen bajo ningún concepto a los capítulos sobre los grupos en los que toqué, desde Pony hasta los Cleaners from Venus, pasando por los Orphans of Babylon. Realmente pensaba que alguno de ellos podría triunfar. Incluso había empezado a pensar en lugares de Colchester en los que colgarían una placa para recordar mis inicios, una época en la que la gente no sospechaba —pero que de alguna manera sabía— en qué me convertiría. La casa de mis padres era uno de los mejores candidatos. O tal vez sobre la puerta de uno de los pubs o discotecas, escenarios de esos primeros pasos vacilantes hacia el estrellato mundial… el Oliver Twist, el Embassy Suite, el Colne Lodge (ahora asilo de ancianos). ¿Y qué tal a la entrada de ese local de ensayos de Priory Street posteriormente reconvertido en una tienda de medias?

Bueno, mejor que no. El mejor lugar sería en la pared del garaje de la casa de John Taylor (no el John Taylor que acabó siendo bajista de Duran Duran, sino otro), que es donde todo empezó y donde, en realidad, si hubiera sabido la que me venía encima, todo habría acabado.

EL GRUPO SIN NOMBRE

Estamos en 1971, T. Rex están en el número dos de las listas con «Jeepster» y yo soy el cantante y guitarra solista en el garaje de la casa de John Taylor. En realidad no tengo guitarra, pero sí tengo un ukelele de dos cuerdas, uno de los dos que encontré en el desván de casa. También tengo un par de gafas de sol de plástico y un chaleco que encontré en el baúl de los disfraces. Tengo nueve años y me parece haber visto a la madre de John Taylor asomada por una de las ventanitas cuadradas situadas en lo alto de las puertas del garaje. Estoy bastante seguro de que se estaba riendo, pero no voy a dejar que eso me desanime.

Mi primo Ian, que vive en la casa situada al otro extremo del jardín de John Taylor, está detrás de mí a la batería… o más bien al tambor, ya que está golpeando uno que encontró en la basura en el cobertizo de su padre. A un lado, Phil, que está en nuestra clase, toca el bajo, salvo que no hay bajo, así que está usando el segundo de los ukeleles. John Taylor, que es mucho más pequeño que los demás, se encarga de la percusión. Agita una especie de botella llena de arena o piedras o Dios sabe qué.

Yo estoy un poco enfadado con John Taylor porque mientras rebuscábamos entre la ropa se ha agenciado el cinturón de balas, un modelo viejo del ejército. No tiene balas, pero es muy ancho y negro y peligroso. Personalmente, creo que el cinturón de balas debería ser para el guitarra solista, pero se está malgastando con el percusionista. Porque, a ver, ¿quién repara en el percusionista?

No obstante, el problema del cinturón no es nada en comparación con lo que John Taylor está haciendo ahora mismo. De hecho, estaría dispuesto a otorgarle derechos incuestionables sobre el cinturón para siempre, desde ahora mismo, si dejara de hacer lo que está haciendo, que es andar, mientras tocamos, en grandes círculos en el sentido de las agujas del reloj pasando por detrás del tambor, luego por delante de mí (¡por delante de mí!) y luego otra vez hacia atrás para volver a pasar por detrás del tambor. Además camina con zancadas exageradas y ridículas, y cada vez que pone un pie en el suelo, sacude la botella. Paso, paso. Botella, botella.

Estoy indignado. ¿Qué cree que parece? ¿Qué piensa que es esto?

Así que a mitad de la segunda estrofa (o donde debería ir la segunda estrofa si la canción tuviera), justo después de pasar por delante de mí por tercera vez en su estúpido recorrido, dejo de tocar y me dirijo a él.

—¿Qué haces?

Porque creo que sé lo que está haciendo; creo que se lo está tomando a cachondeo. O que intenta que todo se vaya a la porra. O que se lo está tomando a cachondeo y quiere que todo se vaya a la porra. O que pretende robarme el protagonismo, igual que hizo con el cinturón… Su respuesta es ponerse a la defensiva, como era de prever.

—Es mi forma de tocar —responde.

—Así no es como lo hacen —le digo.

—Pero no sé tocar de otra forma. Así lo hago yo.

—Así no es como lo hacen —repito.

—Es mi garaje —replica de forma irrefutable.

Al final, me rindo. Agarro mi ukelele, me marcho y decido no volver nunca más. ¿Quién necesita a estos aficionados? Lo que yo quiero es un grupo de verdad.

LOS BEATLES

Siempre que alguien me pregunta cuál fue el primer disco que compré, les respondo con orgullo que el single de «Let It Be» de los Beatles, que adquirí la primera vez que salió a la venta en 1970 cuando yo tenía ocho años. Sin embargo, creo que, como a casi todos los que les hacen esta pregunta (y calculo que con una vida social normal la frecuencia es de tres a cuatro veces al año), miento como un bellaco. «Let It Be» no fue el primer single que compré.

He repasado mis discos y he comprobado que antes de tener «Let It Be» ya tenía otros en mi poder, discos que con los años he llegado a pasar por alto. Sin embargo, debo decir que la verdad me ha dejado un poco parado. Estoy tan acostumbrado a relacionarme con el himno de los Beatles que, cuando vuelve a surgir este tema de conversación y alguien pregunta cuál fue mi primer disco, ni siquiera soy consciente de estar mintiendo; nunca empiezo a decir otro nombre y luego me corrijo de forma precipitada y respondo que «Let It Be».

Soy incapaz de determinar el momento preciso en el que empecé a dejarme llevar por esta ficción, aunque estoy seguro de que debe de haber sido una decisión bien meditada. Cuando hablas de tu primer disco, estás afirmando algo sobre lo pronto que empezaste a recorrer este camino: estás marcando el momento en el que surgió el flechazo entre la música pop y tú. Y debí de darme cuenta en algún momento que no quería empezar en cualquier punto. Además, debí de pensar también que la relación entre una persona y su primer disco era demasiado importante para basarla en algo tan insustancial o arbitrario como la verdad.

Así pues, seguí adelante y jugueteé con la historia, y mediante una manipulación peculiarmente sensata del pasado, llegué al single que marcó el final de los Beatles, y no al disco de la canción infantil «A Windmill in Old Amsterdam», que era, en el sentido estricto de la palabra, el primer disco que puedo decir que me perteneció. Aunque la canción de Ronnie Hilton es dulce y alegre («He visto un ratón / ¿Dónde? / En las escaleras / ¿Dónde en las escaleras?», etc.), no era precisamente lo que quería que definiera el inicio de mi relación con el pop.

Por la misma razón, he descartado también mi disco de canciones de El libro de la selva, comprado en el Woolworths de Colchester, y asimismo adquirido unos años antes de que John y Paul empezaran a pasar olímpicamente uno del otro.

Un pequeño inciso sobre el disco de El libro de la selva: cuando lo escuché, descubrí que no era la banda sonora original de la película, sino una imitación de mala calidad de cantantes de segunda fila (un Mowgli fraudulento, un Balou falso). Era como esos discos baratos de números uno que se vendían como churros en la época y que solían incluir una selección de las canciones de moda interpretadas por imitadores que no vendían nada, salvo que en la portada de mi banda sonora de El libro de la selva no salía una mujer con un biquini de ante con flecos, sino una imagen bastante auténtica del Coronel y sus amigos pastoreando alegremente por la maleza, lo cual, en mi inocencia, tomé por una señal de que era un producto original de Disney. Tampoco es que importara mucho. Tras escucharlo una vez tras otra durante cinco días, me las arreglé para convencerme de que esa imitación barata era tan válida como el original; un efecto que volví a experimentar muchos años después, aunque con un éxito considerablemente menor, con los discos de Paul Young.

Es igual. En el tema crucial de mi primer disco, en algún momento del camino empecé a desviarme y decidí saltarme algunas compras hasta 1970, cuando los Beatles estaban a punto de desintegrarse y la ocasión quedó marcada con «Let It Be», esa canción vidriosa y balanceante en la que puedes oírles despedirse virtualmente de la década de 1960 y de todos nosotros. En aquel momento, el New Musical Express definió la canción como «una lápida de cartón», argumentando que «Let It Be» (que, cabe mencionar, contiene una alta proporción de religiosidad) no era un tributo a la altura de los Beatles, que no era una última nota adecuada para el grupo que, en tantos sentidos, lo había empezado todo. Yo entiendo lo que quieren decir. No hay una forma más sencilla de medir hasta dónde llegaron los Beatles y cuánto perdieron por el camino que marcar la distancia entre «She Loves You», en la que cada segundo parece contar sumamente más que el anterior, y el derrotismo cíclico de «Let It Be».

Una nota en falso como punto de partida, pero una nota mordaz con matices morbosos un tanto conmovedores: mi primer single y el último de los Beatles. Hay algo más —y huelga decir que es algo que me halaga, ya que de eso se trataba toda esa ilusión del «Let It Be»—: era mi manera de dejar claro que, a pesar de ser hijo de la década de 1970, tan pobre musicalmente hablando, al menos tenía un pie en la fecunda década dorada de 1960. También me permitía dejar claro de forma implícita que, si hubiera comprado discos en la década de 1960, habría conectado claramente con los Beatles y no habría sido de esa clase de tipos deprimentes que pensaban que Cliff Richard era mucho más emocionante.

No obstante, debo admitir que nunca he sido totalmente leal al single de «Let It Be» como mi primer disco. Hubo un periodo largo, que acabó no hace mucho, en el que le contaba a la gente que el primer disco que había comprado era el single de «Hey Jude». Estoy bastante seguro de que mi intención no era engañar a nadie ni intentar demostrar algo. Lo único que pasó es que, por una combinación de desmemoria y confusión, dejé de responder «Let It Be» durante un tiempo y empecé a decir que el primer disco había sido el single de «Hey Jude» (algo bastante improbable, ya que yo tenía seis años cuando salió y no creo que estuviera preparado para Sparky y su piano mágico en el programa infantil Junior Choice de Ed «Stewpot» Stewart, así que menos aún para «Hey Jude», con los berreos de McCartney y un final eterno a medida que la canción se va apagando lentamente).

El problema es que, una vez que empiezas a manipular los hechos, una vez que has visto cómo, cortando por aquí y pegando por allí, tu pasado musical adquiere importancia, no puedes parar. Por ejemplo, a principios de la década de 1970, cuando mi entrega al grupo T. Rex era total y absoluta, el primer disco que compré en la vida era el single de «Ride a White Swan».

Luego, cuando las improvisaciones en los conciertos eran lo más a finales de la década de 1970, y en un triste esfuerzo por mi parte de sugerir una admiración precoz hacia Rod Stewart, el single de «Cindy Incidentally» de los Faces pasó a ser el primer disco que compré, aunque según mi elaborado sistema numérico (luego hablaré de mi elaborado sistema numérico) se encontraba en el puesto diecinueve. Y en otra época bastante más reciente de lo que me gusta reconocer, el primer disco que compré era el single de «(Sittin’ on) The Dock of the Bay» (1968) de Otis Redding. Eso lo dije para impresionar a una chica. Menuda vergüenza, ni siquiera lo tenía (aunque sí que lo tenía mi hermano, si eso cuenta).

Sin embargo, después de cada uno de estos paréntesis, siempre volvía, avergonzado aunque con la satisfacción de quien regresa a casa, a «Let It Be».

Entonces, ¿por qué no lo encuentro por ninguna parte? He subido al desván y he rebuscado en la caja donde tengo los discos y no está. No es probable que lo haya perdido ni que me lo haya dejado en algún sitio en el transcurso de los años. Bueno, creo que es el momento de mencionar algo: no vendo ni intercambio ni regalo discos que haya comprado. Son transacciones que no puedo ni siquiera plantearme. Estoy convencido de que las responsabilidades morales y la trascendencia personal implícita que hay tras la compra de un disco son demasiado importantes para prestarme a esos juegos como hacen algunos. Reconozco que he regalado a amigos discos que, por una razón u otra, tenía por duplicado, pero incluso en esos casos lo he hecho a regañadientes y con la actitud de quien concede un préstamo que pretende ver recompensado en los siguientes cinco minutos. En todos los demás aspectos, en relación con la forma de archivar y conservar los discos en buen estado, bibliografía sobre el tema y demás objetos relacionados con el pop, soy una combinación de un archivista que teme perder su trabajo y una ardilla tremendamente paranoica.

De ahí que los diez años de Record Mirror y NME (1977-87) supongan un riesgo de incendio inminente en el desván de la casa de mi madre; de ahí también mi colección intacta de revistas Q (a punto de superar el centenar de ejemplares mensuales en el momento de escribir este libro, casi todos en un estado de conservación bastante aceptable) y la fotocopia de mala calidad que guardo con la lista de las fechas de la gira entregada en el concierto de la Tom Robinson Band al que fui en la Universidad de Essex en 1978.

Así pues, sopesando la ausencia del single de «Let It Be» y la extrema eficiencia de mi sistema de clasificación, me veo forzado a tener que plantearme la posibilidad de que no solo «Let It Be» no fuera el primer disco que compré, sino que ni siquiera llegué a comprarlo nunca. A pesar de eso, soy capaz de visualizarlo al detalle (la manzana verde en mitad de la cara A y la media manzana en la cara B), aunque también podría recordarlo por haberlo visto en cualquier disco de los Beatles publicado por la discográfica Apple. Pero, ¿qué pasa con la funda interior blanca en la que iba? ¿Y las letras negras, casi demasiado oscuras para ser legibles, en la galleta del disco? ¿Podría ser una fantasía, un mito creado por mí?

Entonces, ¿cuál fue el primer disco que compré? Me refiero a un disco que no sea de canciones infantiles, la primera obra de pop propiamente dicho. Volviendo a la caja de los discos, encuentro que el disco que está marcado con un claro número 1 en rotulador azul es «(Dance with the) Guitar Man» de Duane Eddy y las Rebelettes, pero lo descarto por dos razones: porque fue un éxito de noviembre de 1962, cuando yo tenía nueve meses, y porque se lo robé en algún momento a uno de mis hermanos. Lo sé porque los niños pequeños siempre tienen prisa por escribir su nombre en sus cosas, y en la funda de papel rojo de RCA, justo encima de donde escribí mi nombre en claras letras mayúsculas, taché, aunque no logré tapar por completo, las iniciales de mi hermano. Es un trabajo un tanto chapucero, aunque bastante mejor que el de mi hermano, como demuestran los arañazos en la galleta de la cara B, que ponen de manifiesto que intentó despegarla con las uñas, pero donde todavía es posible leer, claro como el agua, el nombre de su propietaria: «Ada Clark». (Desconozco quién es Ada Clark, pero sé que le robaron un disco.)

Cuando por fin instauré el sistema numérico, que debió de ser en torno a 1972 o 1973, justo cuando mi colección había florecido hasta el grado de necesitar un estricto control de catalogación (es decir, cuando tenía unos cuatro o cinco discos), le di a Duane Eddy el número uno porque era el más antiguo, y tal vez también el que más me costó conseguir. (Hoy en día sigue siendo el único disco del que me he apropiado de forma ilícita.) Cuando repaso toda la colección, la secuencia numérica está completa. No falta ningún número en el lugar en el que podría haber estado el single de «Let It Be». Por mucho que me aterre reconocerlo, todas las pruebas indican que el primer disco que compré fue el single de «Rosetta» de Georgie Fame y Alan Price de 1971.

Si reflexiono sobre esta cuestión, siento pena por cualquiera cuyo primer disco haya sido realmente el single de «She Loves You» o el «Heartbreak Hotel» de Elvis o «Wish It Would Rain» de los Temptations o cualquier otro increíble momento excepcional del pop, gente que de verdad estuvo en el lugar adecuado en el momento adecuado, y cuyo pulso latía al ritmo adecuado, porque todos asentiremos de forma lenta y grave cuando nos lo cuenten y responderemos algo del estilo: «¿Ah, sí? ¡Fan-tás-ti-co!». Sin embargo, ¿quién iba a creerles?

Por supuesto, ahora que los discos están tan devaluados como una moneda vieja, que han sido sustituidos por el casete y el CD, tal vez la pregunta más acertada sería: «¿Cuál fue el último single de vinilo que compraste?». ¿Lo recuerdas? El último single de siete pulgadas. El mío fue el single de «Don’t Dream It’s Over» de Crowded House, lo cual está bien porque podría afirmar que fue su mejor canción, que con ese repetitivo «Hey now» en el estribillo, la forma en la que el bajo impulsa la última estrofa y la sensación global del ritmo suspendido del batería y las palabras masculladas del cantante, toda la canción parece percibida por la primera mirada del día. Además, no hay ningún riesgo de exclusión social en declarar que «Don’t Dream It’s Over» es el último siete pulgadas que te has comprado, aquel con el que dijiste basta, ya que a la mayoría de la gente le gusta Crowded House.

Entonces, ¿cuánto tiempo pasará antes de inventarme alguna otra cosa? ¿Cuánto tiempo pasará antes de cambiar la historia según mejor convenga a la situación?

Bueno, pues no pasará mucho tiempo porque, por lo que recuerdo, cuando adquirí el single de «Don’t Dream It’s Over», también compré «Bridge to Your Heart» de Wax. Estaba en Tower Records, en Londres, a punto de tomar el metro hasta Liverpool Street para subirme al tren. Era bastante tarde y yo iba un poco borracho, estado en el que nunca deberías comprar discos a menos que estés preparado para aceptar el riesgo de que quizá salgas de la tienda con setenta libras gastadas en discos viejos de Carly Simon. O, a falta de ellos, con un disco de Wax.

Wax fue un dúo de corta vida formado por Andrew Gold (el del sublime «Never Let Her Slip Away» y el infame «Thank You for Being a Friend») y Graham Gouldman, el del pelo rizado de 10cc. Había escuchado «Bridge to Your Heart» un par de veces en la radio, y había desarrollado, no sin cierta culpa, cierto cariño hacia el estribillo. Así pues, junto con la bebida y el distanciamiento de la realidad que se produce al estar en una tienda de discos a última hora de la tarde, dicho cariño se convirtió en un impulso irrefrenable de gastar dinero. Supongo que « Bridge to Your Heart» es gratificante en cierto sentido, tal como puede serlo con tanta frecuencia la música pop sin alma. No obstante, como epílogo a la historia de mi vida como comprador de vinilos de siete pulgadas… pues no creo que tenga la sustancia o la fuerza suficientes. Así pues, prefiero decantarme por Crowded House.

Por lo tanto, mi primer disco resulta ser uno que nunca he comprado y llego al último descartando otro igualmente válido y ocultándolo debajo de la alfombra. Alucinante. No obstante, gran parte de mi relación con la música pop ha discurrido así. Las oportunidades para inventarse a uno mismo que ofrece el pop parecen casi ilimitadas. Y yo he aprovechado todas y cada una de ellas desde el primer día.

T. REX

Todos los sábados por la mañana, mientras acompañaba de mala gana a mis padres de compras por el centro de Colchester, estaba atento por si veía a Marc Bolan de T. Rex. No es que Marc Bolan viviera en Colchester. Era de Hackney y no tenía ninguna conexión que yo supiera con la ciudad ni ninguna razón para ir de compras por el centro los sábados, día de mercado, cuando el lugar es un hervidero de gente. Pero, por si acaso, yo mantenía los ojos bien abiertos.

No me importaba subir a Jacklin’s, donde tomábamos café a las once de la mañana y galletas de chocolate envueltas una a una; Jacklin’s tenía paredes oscuras, camareras de mediana edad ataviadas con almidonados uniformes blancos y negros, y un despliegue de banderines del Rotary Club de toda Gran Bretaña. En realidad no era un buen lugar para Bolan, con su pelo ensortijado, sus mejillas decoradas con purpurina, su brillante chaqueta plateada y sus pantalones de raso. (Eso es lo que llevaba en la tele, así que yo supuse que iba vestido así siempre.) Habría sido más probable encontrárselo cerca de la carnicería Wright o por las inmediaciones del Woolworths de High Street, o caminando por la calle que atraviesa la puerta de atrás de la farmacia Boots, que es donde siempre tenía que esperar de pie junto a mi padre mientras mi madre compraba sus cosas.

Semana tras semana lo buscaba, y semana tras semana no aparecería. Sin embargo, yo no perdía las esperanzas. En el verano de 1971, Marc Bolan no era ni por asomo la única estrella del pop que no había visto en High Street en Colchester. La lista incluía a Rod Stewart, a Noddy Holder de Slade y a ese tipo de las patillas de Mungo Jerry, aunque todos ellos podrían haber pasado por mi lado sin yo darme cuenta, ya que tras «Hot Love» y «Get It On», Bolan era el único al que buscaba. No tenía nada que preguntarle ni nada que necesitara contarle. Supongo que no habría estado mal pedirle un autógrafo. No iba a pedirle que se pusiera a tocar ni nada de eso, solo quería verle.

Sin embargo, Colchester no era un buen lugar para esas cosas. No era el tipo de sitio al que van las estrellas del pop ni el tipo de sitio del que proceden. Puedes consultarlo en el magnífico Rock Gazetteer of Great Britain de Pete Frame, el mejor libro de la geografía del pop y, para mí, fuente de información indispensable, donde puede leerse que Rick Astley solía trabajar en el Parkside Garden Centre, en Newton Le Willows, y que Midsomer Norton es donde nació Anita Harris. El mayor y más optimista mensaje del Gazetteer es que la arqueología del pop está por todos los rincones. Solo hay que levantar un poco la tierra y ahí aparecen… vestigios del pop. Aunque eso no vale para Colchester, Essex.

Si buscas por «Colchester», verás que Twink, quien luego fue batería de los Pretty Things, tuvo su primer grupo aquí: los Fairies. El Gazetteer incluye una fotografía de él con el pie de foto «Twink destroza una batería en televisión». También descubrirás que la funda del álbum What We Did on Our Holidays de Fairport Convention es una fotografía de un dibujo a tiza en una pizarra tomada en un vestidor de la Universidad de Essex, situada a las afueras de Colchester. El ejemplar que tengo yo se publicó en 1989, demasiado pronto para incluir a Blur. Casi todos sus miembros proceden de Colchester, aunque todos se trasladaron a Londres y empezaron a hablar con el acento de la ciudad en cuanto tuvieron edad para afeitarse. Así pues, en la tercera y última entrada, la ciudad es descrita como el «lugar de procedencia de una promesa de los ochenta, Modern English». Me encanta ese «promesa».

La cosa no mejora mucho al buscar alguna población de la zona: Kevin Rowland de Dexys Midnight Runners trabajó un verano limpiando en Butlin’s en Clacton-on-Sea. Y Clacton es donde creció Sade, aunque, tal como se cuida muy bien de mencionar el Sr. Frame, nació en Nigeria. Asimismo, «Yes debutaron lejos de la opinión pública en un club de East Mersea en 1968». La primera vez que leí esta frase, se revolvió dentro de mí una especie de proteccionismo local y pensé: «Qué soberbia. ¿Qué pasa con el público de East Mersea? ¿Es que sus opiniones no son válidas?». No obstante, luego reflexioné sobre East Mersea y entendí su punto de vista.

No pretendo ser tiquismiquis, pero el Sr. Frame se queda un poco corto con Colchester. No menciona que Steve Harley, de Cockney Rebel, trabajó un tiempo en el periódico local y vivió en un pequeño apartamento situado encima de la panadería, en Sheregate Steps (¿Se referiría a ese piso cuando cantaba «sube a verme» en la canción «Come Up and See Me (Make Me Smile)»? A mí me gusta pensar que es así.) Tampoco cuenta que el guitarrista local Steve Linton hizo las pruebas para entrar en Thin Lizzy, quienes le tuvieron esperando toda una semana antes de informarle de que le habían dado el puesto a Gary Moore.

El Sr. Frame tampoco incluye una historia que me contó uno de mis hermanos: de camino a un concierto en Ipswich a mediados de la década de 1960, los Beatles pararon a comprar chicles en el quiosco situado al final de nuestra calle. (Yo nunca me he creído esta historia, ya que me sonaba a otros cuentos que me contaban mis hermanos para hacerme rabiar. Sin embargo, yo la he contado muchas veces, señalando el quiosco a los visitantes.) Además, el Gazetteer no menciona nada sobre la vez que vi a Ray Cooper, el percusionista que ha trabajado con Elton John y Eric Clapton, entre otros, entrando en Gunton’s, la tienda de delicatessen de Crouch Street.

De todas maneras, la verdad es que no existe nada llamado «Colchester sound» o «Colne beat». Si estuviéramos un poco más al sur, podríamos haber formado parte de la explosión R&B de Canvey Island: ¡Dr. Feelgood! ¡Wilko Johnson! Un poco a la izquierda y abajo y podríamos habernos unido a la revolución del sintetizador de la década de 1980 de Basildon: ¡Depeche Mode! ¡Yazoo! Y solo cien kilómetros al oeste y habríamos estado en Londres: ¡casi todos! Pero, no, estábamos en Colchester, la ciudad votada como la más aburrida de Gran Bretaña en la década de 1980 por los oyentes del programa The Terry Wogan Show de Radio 2. Y tenían razón, ya que esa ciudad donde habían pasado tantas cosas en la época romana, no había visto mucho movimiento desde entonces, excepto la ampliación del horario comercial los jueves. Esa era la ciudad por la que caminaba yo, con nueve años, en busca de Marc Bolan.

T. Rex no tocaron nunca en Colchester, pero sí que actuaron en el festival Weeley Pop en agosto de 1971, justo cuando mi interés por Bolan se estaba avivando después de haber visto la interpretación de «Hot Love», con ese ritmo desenfadado, en el programa Top of the Pops, y después de «Get It On», que era básicamente lo mismo, tocado a un ritmo diferente y que conseguí que mi madre me comprara en el Harper’s Music Store, salvando así una de esas mañanas de sábado.

Weeley queda al este de Colchester, de camino a Calcton. No hay gran cosa allí, excepto campo abierto y alguna casita rural tranquila, lo que lo convertía en el lugar perfecto para un fin de semana de rock en directo y abuso de sustancias. «T. Rex», proclamaban los carteles de la ciudad. «Lindisfarne, The Faces, Rory Gallagher, Caravan, Colosseum, Barclay James Harvest, Mott the Hoople, Curved Air…»

Ni siquiera me molesté en preguntarles a mis padres si podía ir. Hacía muy poco que había obtenido ciertos derechos relativos a montar en bicicleta sin acompañante, así que sugerir que me dejaran pasar tres noches inciertas en compañía de 30.000 fans del rock habría sido tentar a mi suerte. Además, en aquella época un festival de rock era un festival de rock: con Ángeles del Infierno cargados con motosierras, gente desnuda por todas partes y drogas de una sorprendente mala calidad. Baso esta afirmación en recuerdos vagos de algunas historias publicadas en el periódico local la víspera de Weeley que fueron debatidas en casa. Todos los artículos hablaban de «vecinos cabreados» y tal vez fueran un pelín exagerados. Aun así, apuesto a que existen numerosas diferencias entre el ambiente de Weeley en 1971 y los festivales de Glastonbury de la actualidad, que además de ser un producto envasado y accesible, se han edulcorado hasta convertirse en un fin de semana de compras alternativo con cobertura en directo en Channel 4.

En aquel momento, ese fin de semana de Weeley fue una agonía —y los días previos también, cuando vi la guía del festival gratuita y recortable publicada en el periódico la semana anterior—. Tan cerca y tan lejos. Y, aun así, pensé que si no podía ir y ver a Bolan, al menos podía interceptarle por el camino.

—Para ir de Weeley a Londres —le pregunté a mi padre en más de una ocasión— hay que pasar por Colchester, ¿verdad?

—Sí. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada.

Tenía una imagen muy nítida del Bolan que quería ver, parado en el semáforo de London Road, de camino a Weeley. Estaba en el asiento del copiloto de una furgoneta Ford Escort, con un montón de instrumentos apiñados detrás. No había nadie más del grupo, solo Bolan (con purpurina bajo los ojos y la chaqueta de plata y los pantalones de raso). Así que, el primer día del festival, recorrí en bicicleta la carretera que antes de construir la circunvalación recibía el tráfico de Londres y lo hacía rodear la población. Dejé la bicicleta apoyada a la entrada de la sucursal del banco NatWest y esperé casi toda la tarde. No obstante, no dio señales de vida. Típico de Colchester.

En aquella época era T. Rex o Slade. Toda la historia del pop parecía haberse reducido a ese eje crucial. En realidad, la historia en sí parecía haberse reducido a este eje crucial. La agitación industrial de principios de la década de 1970 no era más que un murmullo de fondo durante la guerra de temas entre Slade y T. Rex de 1972/73; «Mama We’re All Crazy Now» contra «Children of the Revolution»; «Cum On Feel the Noize» contra «20th Century Boy»; «Skweeze Me, Please Me» contra «The Groover».

Después de la división entre chicos y chicas, Slade o T. Rex era la manera más sencilla de dividir a la gente que conocía en la escuela. Slade tenía a Noddy Holder, con unas patillas como las del dueño de una fábrica de la época victoriana, un sombrero de copa con discos reflectantes y una voz que sonaba como hacer gárgaras con azufre. Sin embargo, T. Rex tenía a Marc Bolan, con su rostro angelical, los morritos que ponía y sus preciosas «t» y «s» cantadas con la parte anterior de la boca. Noddy Holder nunca fue Slade de la forma en la que Marc Bolan era T. Rex. Las tres personas situadas detrás de Bolan en el programa Top of the Pops, tiesos como palos de manera más o menos premeditada, no llamaban la atención de nadie, mientras que Slade era un grupo, un puñado de tíos duros, juerguistas estridentes, cuyo sonido era más pesado y denso que los brillantes solos de guitarra de Bolan. La verdad es que no tragaba a Slade. Mi problema no era con Holder, sino con el otro, ese del pelo largo y liso y la sonrisa bobalicona: Dave Hill. Me parecía un imbécil. Lo mismo me pasaba con el batería, que se limitaba a permanecer sentado mascando chicle. Así pues, como había que mojarse, opté por Bolan.

Está claro que había mucho más detrás de esta elección. ¿Preferías jugar en equipo, atraído por los garrulos de Slade, o eras un individualista, embelesado por la singularidad de Bolan? ¿Te gustaban los chicos que parecían chicas o los chicos que parecían dueños de fábricas victorianas? Las chicas en general se decantaban por Bolan, así que ser un chico al que le gustaba T. Rex era ser del grupo de las chicas. Yo tuve la suerte de conocer a Karen Jones, a quien no le gustaba ninguno de los dos, así que le pareció bien cambiarme el póster en color de Bolan de su ejemplar de la revista Jackie por solo cuatro caramelos Black Jacks, lo cual me pareció un trato realmente bueno. Acabó colgado en la puerta de mi dormitorio, junto con la selección de imágenes de las revistas y periódicos de mis hermanos que conformaban mi mural de Bolan. Al final, en la puerta no cabía un alfiler: había unos treinta Marc Bolan mirándome, en unos casos poniendo morritos, otros enfurruñado y otros sonriendo.

¿Tenía que ver con el sexo? Creo que en parte no era algo tan sensual como masculino. No estaba tan interesado en acostarme con Marc Bolan como en pegar artículos recortados sobre él en mi libreta especial de T. Rex y en dibujarle intentando reproducir con exactitud la forma de su guitarra. No sentía un deseo hacia él que latiera tan fuerte como mi deseo de coleccionar sus discos, guardarlos juntos en un estado impecable y etiquetarlos con rotulador con el nombre del artista y la canción en la esquina superior izquierda de la funda, el número de disco en la esquina superior derecha, una enorme «G» mayúscula en la parte superior central, un par de paréntesis simétricos y de estilo barroco a ambos lados del agujero central de la funda y con la siguiente frase escrita alrededor del agujero en grandes letras mayúsculas: «ESTE DISCO PERTENECE A GILES SMITH». Me temo que lo que empezó con Bolan define una parte sustancial de mi relación con el pop. No hay muchas cosas tan relacionadas con la pasión y tan francas en su emotividad como la música pop; por otra parte, tampoco hay nada como ella para sacar el bibliotecario que llevo dentro.

Pero, más allá de este reflejo, nunca fui consciente de querer tener con Bolan un rollo amoroso preadolescente. La excitación que sentía en cuanto aparecía en Top of the Pops —una especie de agitación nerviosa, en la parte baja del estómago, justo al límite de lo desagradable— y que me daba energía para media o una hora de actividad frenética en la libreta de dibujo, o para poner sus discos una vez tras otra; una excitación en la que yo desaparecía por completo, o eso esperaba. En esos momentos mágicos no me imaginaba con Bolan, sino como Bolan; lo cual, bien pensado, habría complicado nuestra unión.

Mi fanatismo por Bolan tenía que soportar las burlas continuas de mis hermanos; tenía tres, y ninguno formaba parte del público objetivo de Bolan. Escuchaban a Free, Led Zeppelin y los Rolling Stones, y se creían muy listos por hacerlo. De todas formas, sus burlas solo servían para reafirmarme en mis creencias. El mayor, Nick, que tenía veinte años, se tomó la molestia de enviarme cartas desde la universidad mofándose de Bolan, con frecuencia usando el estilo de los libros de Molesworth de Geoffrey Willans. «Marc Bolan es un blandengue llorica», escribió. «Le aborrezco con toda mi alma.» Yo le escribí en respuesta: «Van Morrison es un hippie».

Mientras tanto, Jeremy y Simon, en plena adolescencia, perfeccionaron una versión exagerada y aguda del grito característico de Bolan («¡Au!»), que proferían burlones cada vez que me veían. Su campaña de desdén se intensificó cuando salió «Telegram Sam», que sonaba casi igual que «Get It On». «Todas sus canciones suenan igual», gritaban al unísono. «No vale nada.» Se equivocaban de cabo a rabo. La innovación no era algo que yo buscara tanto como la coherencia. Me gustaba «Get It On», así que cuanto más se parecieran a ella los demás singles de Bolan, mejor para mí.

Teniendo en cuenta las horas de diversión que les proporcionaba a mis hermanos mi obsesión por Bolan, estaba claro que les interesaba animarme a seguir con ella. Y si no hubiera sido por ellos, nunca habría descubierto el programa Power Play de las tardes en Radio Luxembourg, donde ponían una misma canción cada hora durante una semana. Por las tardes, Radio Luxembourg era una proporción de ocho partes de interferencias por dos partes de recepción. Parecían estar representados la mayoría de los países europeos en sus constantes charlas de fondo oídas por el cruce de líneas. De vez en cuando, la señal se disparaba y sonaba horrible por la distorsión, pero luego volvía a la normalidad. Sin embargo, yo inclinaba la cabeza hacia el transistor de mi hermano y escuchaba, antes de su lanzamiento en Gran Bretaña, «Jeepster» de T. Rex entremezclada con la previsión meteorológica marítima noruega. Luego esperaba una hora y volvía a escucharla, esta vez entorpecida por la señal horaria finesa. Se oían los riffs claros y beligerantes de Bolan. También la batería, palmadas y pataleos. Como todos los singles de T. Rex, la grabación pretendía sonar cercana y directa. A pesar del caótico ruido blanco de Radio Luxembourg, me hablaba.

Quizá es un poco raro decir que una canción de Marc Bolan «me hablaba», teniendo en cuenta lo poco que yo entendía de lo que decía. Las letras de «Metal Guru» y «Telegram Sam» no tenían ningún sentido interpretable para mí, pero eso no me impedía pensar que eran poderosamente comunicativas. Estaba claro que no ayudaba el hecho de que yo era muy inocente. Escuché mal una frase de «Get It On», creyendo entender «Es tan suya y dulce». Como Nick me aclaró más tarde, lo que cantaba en realidad Bolan era «Estás sucia y dulce». Ahora me doy cuenta de que Bolan era o extremadamente misterioso o explícitamente sexual, y no había punto medio. El estribillo de «Get It On» incitaba a la chica que estaba «sucia y dulce»: «Hagámoslo, dale fuerte, hagámoslo». «Hot Love» parecía más el título de una película para adultos que una canción pop, además de que incorporaba exhalaciones de tono subido. «Jeepster», en la que se escuchaba la desconcertante frase: «Chica, no soy más que el cachivache [jeepster] de tu amor», finalizaba con otra más explícita («Voy a chuparte»), seguida de jadeos coitales que culminaban en un penetrante gemido orgásmico. Para las adolescentes que coreaban a gritos el nombre de Bolan y se ponían histéricas cuando le veían, estas palabras y gritos primarios debían de ser de lo más emocionante y prometedor. Yo no gritaba. Era indiferente y, en cualquier caso, me encontraba demasiado ocupado archivando los discos y colgando fotografías.

Cuando salió a la venta el single de «Jeepster», yo ya tenía tocadiscos propio. Mis padres, hartos de que cada vez que querían poner sus discos siempre se veían obligados a retirar del tocadiscos el single de «A Windmill in Old Amsterdam», mi EP de Tubby la Tuba o esa abominable versión pirata de la banda sonora de El libro de la selva, me habían regalado un Murphy F4 que había pertenecido anteriormente a mi tía Eileen. Poco mayor que un LP, poseía una rudimentaria plataforma giratoria de plástico dentro de una pequeña funda de cartón rosa, todo ello aderezado con un asa anatómica y cierre con corchetes a presión metálicos. Había que poner la aguja en el disco con la mano y con bastante frecuencia acababas poniéndola por error sobre la alfombrilla de fuera del disco, donde aullaba en señal de protesta.

Se trataba de un modelo de tocadiscos portátil, aunque estaba claro que era imposible andar por ahí cargándolo mientras estaba en funcionamiento. En cualquier caso, si eras un cohibido niño de nueve años, nunca habrías permitido que te vieran en público con algo que parecía la maleta de viaje de Barbie. Para lo único que servía (y supongo que es lo que convenció a mi tía) era que, una vez que te cansabas de escuchar tus discos de Ray Conniff y Perry Como en la sala de estar, podías coger el aparato, llevártelo al dormitorio y retomarlo allí.

Una característica importante del Murphy F4 era —y estoy dispuesto a defenderlo con vehemencia ante cualquier jurado de especialistas en electrónica— su extrema amortiguación. No estoy seguro de cuál sería el término técnico para esto, aunque es posible que sea algo como «ratio de desestabilización del plato» o «parámetro de interfaz aguja/surco». Es más, sin duda existen cientos de pruebas de fábrica que recurren a túneles de viento, superficies de acero vibratorias y copias de Love Over Gold de Dire Straits para probarlo. Yo hice una prueba, una única prueba, y cuando alabo la estabilidad del Murphy F4, es decir, cuando saltaba de la cama, pegaba un brinco sobre el suelo y caía de rodillas de la forma que había perfeccionado Marc Bolan tal y como lo había visto en televisión (aunque él en lugar de una cama usaba la tarima del batería y, en lugar de en casa, estaba sobre el escenario en una sala no especificada y el suelo era brillante, en lugar de estar enmoquetado, lo cual le permitía deslizarse con la boca abierta hacia la cámara de rodillas), las vibraciones producidas al aterrizar no hacían que saltara la aguja sobre la galleta del disco —un problema que luego sí tuve con el Ferguson, ese que Jeremy me cedió precipitadamente (olvidando mencionar ese fallo de diseño)—.

Lo que no sabía del Murphy F4 era que no me lo estaba dando todo. Eso lo descubrí cuando llevé mi ejemplar del single de «Jeepster» (funda de papel, pero con una galleta a todo color en la cara B que mostraba a Bolan con una camiseta de manga larga color turquesa) a casa de mi primo Nigel. Nigel me había enseñado hacía poco la primera fotografía que había visto de una mujer desnuda (esto sucedía más o menos una semana después de ofrecerme mi primer cigarrillo) así que pensé que, a cambio, era justo compartir con él el nuevo single de T. Rex. En general, Nigel me intimidaba porque estaba muy avanzado en muchos aspectos, pero la música es muy buena para equilibrar las cosas. Es posible que Nigel tuviera un acceso precoz a revistas porno y a cigarrillos Embassy No. 6, pero hacía cola para comprarse el álbum de Lynsey de Paul, así que, en cierto modo, necesitaba toda la ayuda que pudiera recibir.

Nigel opinaba que era preferible poner el disco en la radiogramola de la familia, que era básicamente un ataúd con patas situado junto a la pared en su sala de estar. Se oyó un petardo cuando Nigel encendió el aparato y esperamos mientras unas válvulas del tamaño de botellas de leche se calentaban lentamente. Mientras yo miraba nervioso por si se le ocurría poner los dedos sobre la superficie del disco, Nigel lo colocó sobre el pequeño cilindro plateado situado en el centro del tocadiscos y lo fijó en su sitio con el soporte en forma de «L». Entonces bajó el interruptor de OFF a REJECT. El disco cayó sobre la superficie giratoria y pudimos ver cómo el enorme brazo fonocaptor, que parecía un helicóptero en miniatura unido a una varilla, sobrevolaba el disco y se posaba en el borde. En ese punto, nos dejamos caer sobre el sofá de cuero sintético situado al otro lado de la sala y nos dispusimos a escuchar.

El disco empezó a sonar; primero la batería, las palmadas y pataleos siguiendo el ritmo, y luego el riff de guitarra de Bolan. Estaba estudiando el rostro de Nigel para ver cómo reaccionaba, cuando sucedió: una segunda guitarra se oía por el altavoz derecho. Tocaba breves frases de acompañamiento bastante independientes de la guitarra que tocaba el riff, un detalle que nunca había oído al poner el disco en el tocadiscos de mi casa. En cuestión de segundos, salté del sofá y me acerqué al tocadiscos en un estado de confusión ansiosa.

Porque conocía a T. Rex: eran cuatro en el grupo —Bolan, voz y guitarra, Mickey Finn a los bongos y haciendo coros, Steve Curry al bajo y Bill Legend a la batería. No había otro guitarra en el grupo, solo Bolan. Entonces, ¿qué demonios estaba pasando? ¿Quién era esa otra persona que acababa de oír? No lo entendía. Los había contado una vez y ahora que volvía a contarlos me salían más. Sintiéndome mareado por el desconcierto, hundí la cabeza en la radiogramola e inspeccioné la aguja por si había alguna pelusilla.

A Nigel no le impresionó nada «Jeepster», aunque también es cierto que se la estropeé al levantar la aguja de forma brusca al cabo de diez segundos de empezar a sonar, luego volví a bajarla y la subí y bajé varias veces antes de rendirme y dejar que la cosa siguiera adelante mientras volvía a dejarme caer sobre el sofá, exhausto por mi propia perplejidad.

Luego Jeremy me lo explicó, de vuelta en casa: «Es una grabación multipista. No oyes solo al grupo tocando la canción en el estudio. Luego pueden añadir más trozos».

Me pareció que lo que quería decir era que todo era falso, un artificio. Yo pensaba que «Jeepster» representaba, si no un reflejo de la naturaleza, al menos un micrófono delante de T. Rex. Sin embargo, era mucho más complicado que eso. Me sentí realmente engañado. Solo faltaba que me dijera que los grupos no tocaban de verdad cuando aparecían en Top of the Pops.

No fue eso lo que hizo que dejara de buscar a Marc Bolan en Colchester, aunque en última instancia dejé de buscarle. El efecto acumulativo de las decepciones semanales, y del affair Weeley en particular, debieron de hacer mella en mí. No obstante, está claro que cuando dejas de buscar algo de forma activa es cuando tiene más probabilidades de suceder…

Una brumosa tarde de un sábado de otoño de 1975, cuando tenía trece años, estaba jugando a fútbol en el Leisure Centre de Woods, donde hay unas instalaciones deportivas en las que también se celebran pequeños conciertos de música. De repente, un automóvil largo, estilizado y negro entró en el aparcamiento. En cuestión de segundos, se agolparon alrededor de la ventana trasera un montón de personas salidas de la nada. Todos los que estaban jugando a fútbol salieron disparados también, olvidándose del partido. Abriéndote paso a empujones, podías ver la ventana bajada, un pelo crepado y una mano con un enorme anillo en uno de los dedos.

Era Alvin Stardust.

Chris Sutton (no el Chris Sutton que se convirtió durante un tiempo en el jugador de fútbol más caro de Gran Bretaña, sino otro), que era más atrevido que el resto, se decidió a hablarle.

Le dijo algo del tipo:

—Hola, Alvin, me gustan tus discos.

Y Alvin Stardust respondió algo del tipo:

—Gracias. Muchas gracias.

Al final, el automóvil se marchó —tal vez solo quería ver cómo era el sitio— y todo el mundo se quedó allí de pie, riendo y elogiando a Chris Sutton y exclamando: «¡Increíble! ¡Alvin Stardust en Colchester! ¿Quién lo habría dicho?».

Sin embargo, yo no abrí la boca. Odiaba a Alvin Stardust.

T. REX OTRA VEZ

Marc Bolan murió en un accidente de coche en Barnes Common en el sudoeste de Londres en septiembre de 1977. Iba en el asiento del copiloto de un Mini violeta conducido por su compañera, Gloria Jones. El Mini se salió de la carretera en una curva y chocó contra un árbol. Jones sobrevivió. Bolan falleció. Tenía veintinueve años.

Mi madre me contó durante el desayuno que había muerto, igual que haría tres años más tarde al despertarme con una taza de té y darme la noticia de que habían asesinado a John Lennon. Ojalá pudiera decir que me desvanecí sobre el mantel de la mesa, que subí sollozando a mi dormitorio, que lloré amargamente y que me pasé allí una semana, inconsolable y rodeado de velas. Pero eso no es lo que sucedió. Sentí ese escalofrío que se produce cuando te enteras de una muerte, pero nada más personal.

Lo que quiero decir es que en 1977 tenía muy superado lo de Bolan. Había comprado el single de «The Groover» en 1973, pero básicamente por los viejos tiempos. En realidad, no me gustaba. Peor aún, cuando falleció, yo tenía quince años y hasta cierto punto estaba en una fase de negación de mi etapa Bolan. Durante un año y medio me había comportado como si nada más importara en el mundo. Y luego, en clara contradicción, había pasado a Sweet y Mud y a muchos otros (experimentar una muerte temprana como una noticia cualquiera consiguió que floreciera mi cuota de desechables). En 1976, haciendo gala de una descarada deslealtad, incluso había sentido un leve interés por Peter Frampton, que era una especie de Bolan del pasado, con cara de bebé y cabello de ángel. En otras palabras, en lo que a Bolan se refería, había recorrido el corto camino que va de la pasión a la indiferencia y había empezado a regocijarme con la despiadada poligamia del fan del pop.

Mucho después sí que me acordé de él con cariño. En la década de 1990, algunas estrellas del pop consiguieron reencarnarse. Volvían para anunciar pantalones vaqueros. En 1991, le gustara o no, le tocó el turno a Marc Bolan. «20th Century Boy» podía oírse en un anuncio de Levi’s que formaba parte de una serie que recurría a viejos discos pop para inocularte un llamativo relato audiovisual en torno a los pantalones. Tu reacción emocional depende en gran medida del desasosiego que sientas al escuchar la banda sonora de tu pasado convertida en la banda sonora de una estrategia de ventas de otro. No obstante, ese año visité por primera vez el árbol de Bolan, el escenario del accidente de coche, del que los fans de T. Rex se han apropiado para convertirlo en una especie de templo.

No se trató de una peregrinación. Vivía a diez minutos del lugar en aquella época y fui allí para escribir un artículo para el periódico. Durante todo el año la gente decora el árbol con recuerdos, pero a medida que se acerca el aniversario de la muerte de Bolan, ponen tantos que el tronco queda totalmente cubierto y las ramas acaban envueltas en poemas, flores de papel brillante, escarapelas, dibujos, fotografías fotocopiadas y fundas de discos. El árbol está situado en un lugar en el que las luces de las casas y de la calle se extinguen en una red de carreteras que cruza el lugar. El suelo se desliza cuesta abajo a un lado del árbol y la zona está ahora delimitada por un quitamiedos por el otro. Está claro que Bolan no ha sido el único en realizar una parada inesperada en este punto.

Esa noche lloviznaba. Era una típica noche de otoño, pero ahí había unas veinte personas, sentadas como si velaran un cuerpo y conversando en voz baja mientras la lluvia mojaba los árboles y los coches circulaban por la carretera. Casi todos los presentes se habían reunido en el crematorio Golders Green durante el día para rendir tributo frente a la placa conmemorativa de Bolan y luego se habían trasladado al árbol. En el equipo de música de un coche aparcado en la carretera sonaba «Solid Gold Easy Action».

Me sentía como un impostor, un bolanista no practicante camuflado entre los que mantenían viva la llama, esas personas cuya fijación había durado veinte años más que la mía. Sin embargo, teníamos cosas en común: «Hot Love», «Get It On», «Jeepster» y el desasosiego que nos causaba el anuncio de Levi’s. Me abrí camino como pude hasta el quitamiedos y me coloqué junto al tipo que estaba más cerca del árbol. Tenía mi edad, el pelo igual de largo que Bolan y una línea de purpurina violeta debajo de cada ojo. Observaba con tristeza el mástil de la guitarra eléctrica que sostenía y dijo: «Marc ni siquiera llevaba nunca vaqueros».

Estar sentado bajo la lluvia junto a un árbol contra el que alguien chocó y encontró la muerte en un Mini resulta una ocasión perfecta para el morbo. Pensar de forma obsesiva en algo es como enterrarse en vida, lo cual queda todavía más patente si el objeto de la obsesión se encuentra ya enterrado. No obstante, me sorprendió que la solemnidad junto al árbol de Bolan se debiera más al mal tiempo y que algo alegre estaba teniendo lugar bajo esas ramas goteantes: algunas personas estaban recordando a Bolan y esos discos que les habían marcado y que les seguían marcando. Además, mientras que el anuncio de Levi’s no era fiel al espíritu de Bolan, esa reunión sí que lo era.

Se habló de revivir el espíritu verdadero de Bolan acudiendo directamente a su espíritu. Un tipo mencionó que conocía a alguien que después de un accidente casi mortal durante el que sonaba una cinta de T. Rex en el equipo de música afirmaba haberse comunicado con Bolan en una sesión de ouija. Alguien lanzó una objeción.

—Te han engañado, tío.

—¿Quién? —pregunté—. ¿Los médiums?

—No, los espíritus. Fingen ser la persona con la que quieres comunicarte: Bolan, Hendrix, quien sea. Mienten, igual que mentimos nosotros. Porque ¿hay alguien de quien te puedas fiar?

RELIC

Los inconvenientes de crecer con hermanos mayores son numerosos y variopintos. Compartes habitación con ellos y cuelgan fotografías de mujeres ligeras de ropa en la pared donde tú querías colgar una fotografía del jugador de fútbol del Chelsea Ron Harris. Te ofrecen dinero si te comes una cucharada de mostaza y luego no te pagan. Uno de ellos siempre va en el asiento de delante. Son mucho más fuertes que tú y no consigues hacerles daño si les pegas.

Sin embargo, desde el punto de vista de la música pop, es otra cosa. En relación con el pop, los hermanos mayores son una bendición. Inundan la casa de discos y tú te conviertes en beneficiario indirecto de un poder adquisitivo superior y gustos más maduros. Aunque también es verdad que odias la mayor parte de la música que escuchan precisamente porque a ellos les gusta; hasta los veinte años no conseguí superar el encaprichamiento de mi hermano mayor hacia Van Morrison. Además, no puedo decir que me sienta agradecido a alguno de ellos por haberme descubierto el Aqualung de Jethro Tull.

No obstante, conseguí escuchar Ogden’s Nut Gone Flake de los Small Faces y Surf’s Up de los Beach Boys y Can’t Buy a Thrill de Steely Dan cuando era de todas todas demasiado joven para interesarme por música tan buena como esa. Asimismo, gracias a mis hermanos mayores, llegaron a mi vida un puñado de temas esenciales del rock: «(Sittin’ on) The Dock of the Bay» de Otis Redding en 1968, cuando tenía seis años; «Honky Tonk Woman» de los Rolling Stones en 1969, cuando tenía siete años; y «Whole Lotta Love» de Led Zeppelin, ese mismo año.

Otras ventajas de tener hermanos mayores: heredar aparatos electrónicos (no solo el Ferguson, sino un buen puñado de amplificadores desechados, platos hechos polvo y altavoces maltrechos), descubrir las revistas New Musical Express y Melody Maker, en una época en la que muchos de mis amigos no tenían más remedio que obtener sus conocimientos en materia pop del Look In, y ser testigo de prototipos de sistemas de archivado (yo aprendí todo lo que sé sobre el arte de coleccionar discos observando a mi segundo hermano con sus pegajosas etiquetas y su horrible letra). Además, si tienes suerte, dos de ellos formarán un grupo de rock y te llevarán a verlos tocar.

Así es como llegué al Lexden Church Hall una noche de sábado en 1972 para la primera aparición pública de Relic. A la guitarra y cantando los coros estaba Jeremy, con el pelo que le llegaba a los hombros y que en breve se marcharía a la universidad para convertirse en maestro. A la batería estaba Simon, con más pelo aún, cuyo mayor interés en la vida era destripar los motores de los coches (solo había que verlo tocar la batería para darse cuenta). Pertenecía a la escuela de Keith Moon, aunque es posible que «escuela» no sea exactamente la palabra para lo que es sin lugar a dudas una forma de absentismo musical, basado en el principio de que, si no se conmueve, golpéalo con un palo hasta que se conmueva. En la parte delantera del bombo había escrito su apodo con cinta adhesiva negra: Sniff. La gente preguntaba si el grupo se llamaba Sniff, y él tenía que responder que no, que se llamaba Relic.

Los demás miembros procedían de su grupo de amigos, que eran una panda de tíos grandes, peludos y nada carismáticos con nombres como Nuts, Fitch y Spiney. Relic había tomado forma en el transcurso de varios ensayos ruidosos que tuvieron lugar en el salón de una casa situada en nuestra misma calle. Ahí vivía Fred; Fred se había presentado voluntario al principio para ser el roadie de Relic. Es un mito que los roadies son personas que quieren formar parte de un grupo pero son incapaces de tocar. A algunas personas les gusta ser roadies y punto. Cuando Relic ensayaban en casa de Fred, podías oírlos a trescientos metros desde nuestro jardín.

La víspera de ese concierto inaugural, tuve el privilegio de asistir a un ensayo de Relic que se celebró en la casa de su nuevo cantante. Su familia vivía en una lujosa mansión que tenía un desván con el suelo completamente revestido y una iluminación genial (sitio que, solo tal vez, habría facilitado su entrada en el grupo). Las tres cosas que puntúan más para entrar en un grupo, aparte del talento musical, son las siguientes (en orden de importancia descendiente):

1 Ser propietario de una furgoneta.

2 Ser propietario de unos altavoces.

3 Tener acceso a un lugar donde ensayar.

Relic estaba reunido en el desván del cantante intentando aprender a tocar «All Right Now» de Free. Se produjeron tensiones evidentes. El segundo guitarra, calzado con unas zapatillas deportivas, estaba enfrascado en perfeccionar un salto hacia adelante, un movimiento que, según él, quedaba genial. Sin embargo, el resto del grupo pensaba que, en ese momento, eso no era importante. Esa misma mañana, todos ellos habían posado para unas fotografías publicitarias en los asientos de un Cadillac descapotable propiedad del padre del cantante. Conviene mencionar que, incluso a una semana vista del concierto, habían pasado muchas menos horas ensayando que diseñando el logo del grupo (Relic, escrito con una florida Gothic Script).

Aun así, cuando tocaron el tema, me impresionaron. Me impresionó el ruido, que era exagerado; me impresionó que la canción pudiera reconocerse, aunque con dificultad, como «All Right Now»; me impresionó la forma en la que Simon aporreaba la batería, en apariencia decidido a abrir un agujero en el suelo; me impresionó la forma en la que el cantante se movía por el desván como si hubiera cuatro mil personas observándole, en lugar de solo Fred, el roadie, que se había quedado dormido, y yo.

Tras las negociaciones que terminaron en una hora digna de volver a casa, mis padres decretaron que podía ir al Lexden Church Hall para la gran noche de Relic. Eran los teloneros de Plod. Está claro que solo a principios de la década de 1970 podría parecerte una buena idea ponerle a un grupo un nombre tan horriblemente pedestre como Plod [«arduo camino», en inglés]. Pero Plod tenían seguidores en la zona, así que mis hermanos estaban convencidos de que acudiría un buen número de personas. La gente iría a ver a Plod.

Qué extraño eso de ir a «ver» a un grupo. Es probable que, cuando mis padres eran jóvenes, hablaran de ir a oír tocar a un grupo o ir a bailar, y no habrían reconocido ni entendido el ritual que evolucionó con el rock: una masa de gente reunida solemnemente frente a un escenario. Años después, fui testigo de cómo esto era llevado al extremo en una gira de John Peel que recalaba en la Universidad de Essex, donde casi todo el público se agolpaba a los pies de la cabina de la discoteca. Lo que miraban tan embelesados era a un disc-jockey (aunque era uno famoso y con muchos fans) poniendo discos. «No sé por qué me miráis», comentó Peel a mitad de la sesión. «No estoy haciendo nada especial.» El público se puso a reír, pero, después de tantos conciertos y como no sabían comportarse de otra manera, siguieron mirando.

Yo me moría de ganas de ver a Relic. Me había pasado toda la semana esperando ansioso. Me puse unos vaqueros y una camiseta de fútbol amarilla para la ocasión. Simon había estado ocupado en la sala casi todo el sábado, pendiente de las pruebas de sonido y colgando la sábana de telón de fondo con el nombre «Relic» pintado. Yo me dediqué a pasear arriba y abajo histérico por casa hasta que me recogió cuando quedaba poco para el concierto. Parecía nervioso, con la expresión un poco tensa. Yo también estaba poniéndome de los nervios. Recorrimos el camino en silencio hasta llegar a la puerta lateral de la sala.

Lexden Church Hall era el típico edificio municipal moderno: cortinas naranjas y verdes, un suelo chirriante y un ligero olor a hospital. Para adecuar el ambiente, se habían apagado casi todas las luces. Me colocaron en unas escaleras junto al escenario, en un sitio donde no molestaba. Mi hermano desapareció hacia el camerino. Estaban empezando a entrar adolescentes y veinteañeros que mostraban sus muñecas desnudas a la entrada para que les marcaran con un sello con la fecha. En una barra improvisada situada en una esquina se ofrecía cerveza y Pepsi en vasos de plástico. El DJ tenía los platos y las cajas de discos colocados sobre una mesa de caballete. De vez en cuando encendía una luz estroboscópica blanca, la dejaba unos segundos y luego volvía a apagarla. Por fin, todas las luces de la sala se apagaron y se oyó al DJ decir: «¡Demos la bienvenida con un aplauso a… Relic!».

De la oscuridad del escenario brotaron cuatro compases de charlestón (la insolente apertura de Relic). Luego se abrió el pesado telón y se encendió una luz, iluminando a Jeremy, que le daba al pedal de distorsión y se agitaba al tocar un riff monstruoso, apenas discernible como el arranque de «Paranoid» de Black Sabbath.

BLAN, BLAN, BLAN, DIDEL-DIDEL-DIDEL-DIDEL

BLAN, BLAN, BLAN, DIDEL-DIDEL-DIDEL-DIDEL

Luego se encendieron más luces y apareció el resto del grupo.

Yo ya me había puesto en pie cuando se abrió el telón, pero tuve que volver a sentarme porque me mareé debido a una combinación de emoción y miedo, sensación que iba a volver a experimentar no mucho después en el circuito automovilístico de Ipswich mientras veía competir a un amigo de la familia en una carrera de bólidos. No obstante, el concierto era más intenso que eso porque incluso entonces ya pensaba que te exponías mucho menos a la humillación pública y a sufrir daños personales conduciendo un Ford tuneado a gran velocidad por un circuito que tocando con Relic.

Retumbaron con «Long Train Running» de los Doobie Brothers. Retronaron con «Locomotive Breath» de Jethro Tull. La velada le ofreció a Fred algo más que una pequeña intervención. Salía a toda prisa, cada dos por tres, y se agachaba en el mejor estilo roadie para llevar a cabo reparaciones en el fatigado metal de la batería de Simon, protegiéndose con cuidado mientras trabajaba de las astillas que salían volando de las baquetas y de las esquirlas de los platillos.

Nadie tenía la confianza suficiente para moverse por el escenario durante las canciones, a excepción del cantante, que tenía confianza para dar y regalar. Llevaba una camiseta apretada y escotada y un par de pantalones blancos tan apretados en la entrepierna como holgados en los tobillos. Parecía que se había aprendido de memoria el Manual Ilustrado de Movimientos con el Pie de Micro. Levantaba del suelo la pesada base circular del pie de micro y lo movía por el escenario como si fuera una pértiga, al estilo de Rod Stewart; saltaba por el escenario arrastrándolo, lo inclinaba hacia el suelo como si bailara un tango agresivo, daba alaridos con el micrófono pegado a la boca y luego estiraba el brazo para alejarlo. El techo bajo fue lo único que le disuadió de lanzarlo al aire.

Durante los fragmentos instrumentales —sobre todo los solos de guitarra— se mantenía en su sitio en el centro del escenario, con la boca abierta, las fosas nasales ensanchadas, sacudiendo su largo pelo rubio, dando palmadas y contorsionándose en posturas desquiciadas. Era una actuación absolutamente imponente, la actuación de un hombre que sabía exactamente quién era el dueño del espectáculo. Por ello, justo al acabar el concierto, el resto del grupo acordó sustituirlo por alguien mucho más calmado, que se presentó con una bufanda de tres metros y se pasaba todo el tiempo fumando frente al micro. Perdieron el local de ensayo, pero debieron de pensar que había valido la pena.

La iluminación del escenario provenía de un grupo de cajas de conglomerado pintadas de negro y unidas con clavos por Jeremy en nuestro garaje. Un tipo se encargaba del manejo de una primitiva mesa de luces para que la iluminación siguiera el ritmo de la música —todas las luces encendidas y parpadeando como una ambulancia durante las canciones rápidas y, durante la lenta (solo había una lenta, que era «Nights in White Satin»), todas apagadas a excepción de las tenues bombillas verdes situadas detrás de la batería—.

Cada cinco segundos yo miraba hacia la sala para ver qué efecto estaba teniendo entre el público. Cabe decir que el efecto era bastante discreto. Solo se había llenado una cuarta parte del aforo y casi todos los tíos, ataviados con diversas combinaciones de cuero, tejano y borrego, se encontraban apoyados contra la pared del fondo con los pulgares engarzados en las trabillas del pantalón. Me fijé en que el puñado de personas que bailaban animadas en la parte de delante eran las novias de los miembros del grupo. Sin embargo, había otras tres o cuatro chicas que no conocía observando con atención. Miraban de forma acaramelada ese despliegue de pantalones blancos de campana y guitarras eléctricas baratas.

Casi al final de los veinte minutos de los que disponía Relic, Simon cerró «Honky Tonk Women» con una magnífica floritura final de batería. Por desgracia todavía quedaba una estrofa. Todos los demás, captando la fuerza imperativa de ese último redoble final, tuvieron que detenerse también. Se produjo una pausa, probablemente solo de unos dos segundos, pero de repente el tiempo pareció tan pesado como el plomo. Relic se intercambiaron miradas desconcertadas. Yo estuve a punto de vomitar. Pero entonces, como una reagrupación de caballería, empezaron a tocar de nuevo, consiguieron recuperar el ritmo, se abrieron paso hasta la estrofa final y volvieron a acabar. La floritura de Simon sonó un poco más tímida esta vez. Después de eso, salieron del escenario. No hubo bises.

En el breve intervalo de tiempo que discurrió entre la actuación de Relic y la llegada de Plod, la sala se llenó por arte de magia. Plod tenía más equipo, más luces, más maquillaje y más pelo. No obstante, solo vi la mitad de su actuación porque llegó uno de mis hermanos y me gritó al oído: «Tengo que llevarte a casa».

Esa noche me tumbé en la cama y me pitaban los oídos. Con los años, he llegado a pensar que Relic fue por defecto el primer grupo punk de Colchester, aunque no por méritos propios. No obstante, es algo que no pensé en ese momento. Entonces pensaba en el ruido, las luces y los saltos por el escenario. Pensaba en las chicas de mirada acaramelada. Pensaba que se abría un camino ante mí.

FACES

Mi padre, que odiaba la música pop, preguntaba: «¿Por qué tiene que estar tan alta?». En ocasiones se trataba de una reprimenda retórica, pero otras veces lo preguntaba con franca curiosidad. Porque el silencio era uno de sus proyectos. Anhelaba una vida silenciosa. Iba por la casa bajando el volumen de las cosas (la radio, la televisión, el tocadiscos) con expresión de dolor y luego cambiaba a otra de alivio exagerado cuando se erguía, exhalaba y decía: «Ahora sí, mucho mejor». (Esta manía se extendía a una determinación tenaz por eliminar cualquier ruido interno extraño del coche de la familia —traqueteos, zumbidos, chirridos—, una lucha infructuosa teniendo en cuenta la edad del vehículo. Huelga decir que mis peticiones para poner un equipo de música en el coche fueron totalmente obviadas.)

Mi padre también me decía otras cosas sobre el pop: que no entendía qué le veía, que a él todo le parecía igual, que no era más que ruido. Bueno, es posible, ¡pero qué ruido! Sobre todo si subías el volumen. Algunos temas te obligaban a ser generoso con el volumen, como «Pool Hall Richard» de los Faces, de 1973, que no tanto empieza como tropieza y luego convierte ese traspiés en una carrera. Y cuando lo oía lo bastante alto y la puerta del dormitorio estaba cerrada, podía correr con él, frente al espejo, simulando con las manos que tocaba una guitarra imaginaria, con el pulgar y el índice de la mano derecha apretados y pegados al muslo mientras le cantaba la letra a mi reflejo, si bien no era nada fiel a la realidad porque Rod Stewart, que cantaba, no tocaba la guitarra en esas canciones. Pero el disco era tan bueno que quería hacer las dos cosas a la vez, y si hubiera podido tocar también la batería al mismo tiempo, lo habría hecho. (Existe un ensayo de psicología que relaciona tocar la guitarra y fingir tocar la guitarra con la masturbación, pero creo que puedo rebatirlo con un par de frases. Tocar la guitarra no se parece en nada a masturbarse. Tocar la guitarra es mucho más difícil.)

Sin embargo, a veces necesitabas el ruido por otras razones. Necesitabas comportarte como un adolescente, así que pasabas horas en el dormitorio, tumbado boca arriba en la cama, con un disco puesto y desbordado por una aflicción inconmensurable. Esos eran tus años de Samuel Beckett. Y en ocasiones el pop conseguía sacarte de ese estado, aunque a menudo te hundía más en él, que es donde querías estar. Entonces, le dabas la vuelta al single de «Pool Hall Richard» y ponías la otra cara, que era «I Wish It Would Rain» [«ojalá lloviera», en inglés].

No hay nada como el pop para abstraerte, pero sucede al revés: no hay nada como el pop para centrarte en ti mismo. Ahí está el pop, esa fuerza positiva y extrovertida, capaz de acelerar el corazón y disparar el pulso. Así pues, era extraña la naturaleza solipsista de todos esos placeres que encontrabas en él: las horas pasadas en el dormitorio (no solo, según Roddy Frame, sino a solas), los bailes sin nadie más, las imitaciones frente al espejo y pasar el rato a oscuras con los auriculares puestos, que sigue siendo mi manera preferida de escuchar cosas, hundirme en ellas y aislarme sin distracciones. En ese momento el pop no era la banda sonora de tu vida, era tu vida.

¿Por qué tiene que estar tan alto? Porque cuando está alto, el bajo se oye latir y la batería patalea y las guitarras se deslizan por toda la habitación y el conjunto te golpea en el pecho. Porque cuando está alto, no puedes oír nada más, en especial a las personas que te preguntan por qué tiene que estar tan alto.

SCOTT JOPLIN

El destino no me sonrió cuando truncó mis planes de dominación mundial a través del rock el día que me convirtió en pianista. Y mi madre tampoco fue de gran ayuda el día que regaló mi piano a un hospital psiquiátrico de la zona, aunque de eso hablaré más tarde.

Creo que es sencillo encontrar el origen de la angustia del pianista: no eres guitarrista. Cuando quedó claro al principio de mi adolescencia que yo era lo primero y no lo segundo, entré en un periodo de negación desesperada y me abalanzaba sobre cualquier cosa que se pareciera vagamente a una guitarra: esos ukeleles casi sin cuerdas, una guitarra de juguete de los Beatles de plástico naranja encontrada por ahí y, cuando mis hermanos no estaban en casa, sus impresionantes guitarras acústicas y eléctricas de verdad. Tocaba y tocaba hasta que me sudaban y me dolían los dedos, pero nunca fui capaz de extraer nada de esos instrumentos más allá del nivel más rudimentario y básico. El riff de «Jeepster» tocado en una cuerda de ukelele habría podido ser un triunfo, pero nunca se hizo realidad. Poco después, Jeremy me enseñó los tres acordes de «Bad Moon Rising» de Creedence Clearwater Revival, de la que, tras meses de dedicación absoluta, conseguí sacar una versión bastante decente y chula (si no te importaba esperar dos minutos entre cada cambio de acorde mientras conseguía recolocar los dedos en su sitio, a veces usando incluso la mano derecha para poner los dedos donde les correspondía).

El piano parecía más plausible y debería haber estado agradecido por tener al menos eso. En muchos sentidos, el piano es el instrumento más satisfactorio de dominar; es autosuficiente y versátil y sociable. Sin embargo, ninguna de estas ventajas compensa su principal inconveniente desde una perspectiva pop: tu capacidad limitada para adoptar poses de naturaleza roquera mientras lo tocas.

En toda mi vida, nunca me he puesto delante del espejo en mi dormitorio fingiendo tocar el piano, mientras que sí he fingido tocar la guitarra alegremente en todas las habitaciones de todas las casas en las que he vivido. Al cumplir los diez años, estaba saturado de imágenes de Bolan y su guitarra Flying V, inclinándose hacia delante y hacia atrás con las rodillas dobladas, pegando brincos y deslizándose y pasándolo en grande. Gilbert O’Sullivan, con los hombros caídos frente a un enorme piano y con su jersey, no acaba de conseguir el mismo efecto.

Un amigo me confesó una vez que se pasó gran parte de los momentos íntimos de su juventud fingiendo ser Ray Manzarek de los Doors. Ponía los discos de los Doors y movía los dedos sobre un plano horizontal imaginario. A veces usaba el borde de la cama. Estaría dispuesto a afirmar que se trata de un caso aislado de deseo hacia un teclado. En los conciertos es poco frecuente que los solos de teclado produzcan la excitación con la que se reciben los solos de guitarra, el público no levanta los brazos y se da las manos, ni mueve los dedos como si tocara. No tenemos una idea clara de cómo sería fingir tocar el teclado.

Cuando cumplí doce y trece años y quedó claro que el piano era el único instrumento en el que me defendería, busqué en vano algún modelo al que imitar. Sin embargo, los teclistas parecían ser gente como Tony Banks de Genesis, quizá el hombre menos expresivo del rock, cuya idea de descontrol frente a la masa es asentir con amabilidad. Ray Charles y Stevie Wonder están geniales, meciéndose y balanceándose frente al micrófono, pero en parte sus movimientos son debidos a la ceguera, son reflejos propios de invidentes, así que imitarles es arriesgarse a caer en el mal gusto. He visto a Elton John subirse al piano con unas gafas ridículas y trajes llenos de volantes y pegar saltos sobre la tapa, aunque eso no parecía hacerle muy feliz. Siempre pensé que, si hubiera sido guitarrista, no tendría que haberse esforzado tanto.

Reparando en el vacío trágico en el centro de la vida del pianista, durante la década de 1970 unos fabricantes inventaron un teclado que podías llevar colgado al cuello con una correa, como si fuera una guitarra, forzándote a tocar las teclas como te tocarías los bolsillos, pero permitiéndote cambiar de posición y sacudir esa cosa con el resto del grupo. Se hizo bastante popular entre los miembros de Earth, Wind & Fire, pero a mí no me hizo gracia, aparte de que no podría habérmelo costeado. Este triunfo de la ingeniería técnica no conseguía que parecieras un guitarrista, sino que parecías un teclista con un caso grave de envidia instrumental.

El teclista no puede apoyarse espalda contra espalda con el bajo en una demostración de colegueo. Tampoco puede dejarse llevar y alejarse del micrófono para acometer un punteo corto o un solo. Estás atrapado, como un vendedor detrás del mostrador. Me fijé en que Rick Wakeman decidió compensarlo con un desafiante despliegue de sintetizadores y situándose en el centro de varias filas de tambaleantes teclados, muchos de los cuales no tenían utilidad alguna, pero destacaban en forma de amenaza (era la versión musical de una marcha militar). El reducido tamaño de la tecnología actual, gracias a la cual un único teclado puede hacer el trabajo de diez, te arrebata incluso esa satisfacción (a menos que seas Wakeman, que continúa apilando en el escenario teclados antiguos como en los viejos tiempos).

Como pianista, sabía que al menos podía cultivar el modelo de baladista sensible, que es la opción de Billy Joel. Tú, ese solitario un poco salvaje, inexpresivo excepto en esos momentos bien entrada la noche cuando te sientas al teclado y lo das todo. Y ella se acerca al piano, copa de vino en mano, emocionada e impresionada.

—¿Qué estás tocando?

—¿Esto? Bueno, no sé, es… estoy improvisando.

Ahora, con treinta y dos años, no me parece algo tan malo. Podría sacarle partido a algo malo al máximo. Pero de adolescente la cosa no tenía ningún atractivo para mí.

Está claro que lo mejor que puede hacerse ante el teclado es comportarse como Vince Clarke de Depeche Mode y luego Yazoo y luego Erasure, o como Chris Lowe de Pet Shop Boys. Hoy en día, los teclados son tan sofisticados que puedes generar el sonido de una orquesta entera con un solo dedo, y una de las mejores cosas de la solución de Clark y Lowe al problema de ser teclista (casi siempre sin expresión alguna y quietos como estatuas) es su honestidad sobre la cantidad de trabajo que hace la máquina. Lowe sabe que una gran parte de lo que él hace corre a cargo de un ordenador. No tiene inconveniente en reconocer que, de vez en cuando, se aburre como una ostra. Ojalá hubiera estado presente en la década de 1970 para mostrarnos el camino.

En el piano que teníamos en casa tenías que pelearte para extraer de él el sonido de un piano. Es probable que hubiera sido rechazado como atrezo para las escenas de taberna de un Western de bajo presupuesto. El instrumento había pertenecido a mi abuelo, quien, viejo y encorvado, todavía lo tocaba cuando venía a casa, aunque solo tocaba una canción, «In an English Country Garden», al tiempo que silbaba la melodía para suplir las notas que se saltaban sus dedos. Es curioso, pero siempre la tocaba de pie, como Little Richard. Solo que no era Little Richard.

Con unos adornos horrorosos, y tal vez diseñado para un Liberace decimonónico que no había conseguido colmar las expectativas, el piano poseía un par de candelabros de latón atornillados en la parte delantera, aunque las copas que habían sostenido las velas habían desaparecido hacía mucho tiempo. Si pisabas el pedal fuerte, se oía un crujido dentro, como si alguien estuviera cambiando de marcha en un motor de tracción. El mayor inconveniente era que la caja era una de esas viejas de madera que no se habían fabricado para soportar bien las presiones ambientales de una casa moderna de la década de 1970. Lo que pasaba siempre es que el afinador acudía cada seis meses más o menos, afinaba el piano para dejarlo perfecto y se marchaba. Luego se encendía la calefacción y a los cuatro minutos esa cosa sonaba como una guitarra hawaiana.

Cuando tenía siete años, mis padres decidieron que mi profesora de piano sería una anciana llamada Sra. Galley, que daba clases a domicilio como si fuera una enfermera de barrio. A menudo me he preguntado lo bueno que podría haber sido si la clase semanal del jueves por la tarde no hubiera coincidido justo con el principio de Scooby-Doo en la tele. Eso me convirtió en un alumno quisquilloso e indiferente y no solo por cómo conseguía atraparme de principio a fin Scooby-Doo, sino también porque perdérselo equivalía al ostracismo social; al día siguiente, en el patio, la gente preguntaría: «¿A que fue una pasada cuando Shaggy mordió a Velma?». ¿Y qué sabría yo si en ese momento había estado ocupado estropeando de mala gana una versión simplificada del «Himno a la alegría» de Bach?

Supongo que las clases tampoco eran un camino de rosas para la Sra. Galley, aunque no creo que estén relacionadas directamente con su muerte a mitad del segundo curso. Insisto en que era vieja. De todas formas, su muerte no ayudó a mejor las cosas en relación con mis progresos frente al teclado. Lo que sí supuso fue la llegada de un periodo de varios años en los que tuve carta blanca para aporrear sin trabas el piano, aprender siguiendo mi instinto y crear mi propio estilo interpretativo. Ya podía verme dando entrevistas en el futuro en las que mencionaría de pasada algo que había dicho Paul McCartney (o Paul o Macca, como esperaba llamarlo para entonces) sobre cómo él siempre se había alejado del aprendizaje clásico —incluso más adelante, cuando tuvo la posibilidad de hacerlo— por miedo a que conocer algunas de las reglas significara dejar de hacer lo que había estado haciendo durante todos esos años de ignorancia. Yo diría algo así: «Sí, coincido con Macca en ese aspecto».

Abandonado a mi propia suerte, desarrollé dos formas indefinidas de bugui-bugui, una a medio tiempo y la otra más rápida. También creé una versión a dos dedos de la sintonía de la serie de televisión Robinson Crusoe, una de las grandes sintonías melancólicas de la televisión. Creo que la serie estaba doblada del francés de la versión original, pero había pasado algo raro con toda la banda sonora, incluyendo la música de los créditos, haciendo que sonara apagada, un poco desorientada y triste. También saqué de oído una versión de «The Entertainer» de Scott Joplin que podría haberme granjeado la acusación pública, y con razón, de haber sucumbido a la presión popular. A mediados de la década de 1970, todo el mundo que tocaba el piano tocaba «The Entertainer» de Scott Joplin. No obstante, la mayor parte de la gente tenía acceso a las partituras, mientras que yo tenía que abrirme paso a oscuras. Aun así, elaboré una nada despreciable versión arrolladora, aunque se quedaba un poco corta de notas negras y no cambiaba ni una sola vez de tecla con la mano izquierda, ya que, después de haber dado con ese arpegio que da fuerza a la melodía —bum, ching, bum, ching—, no estaba dispuesto a perderlo.

La mayor parte de las veces, empezaba con la versión a medio tiempo y luego seguía con la más rápida. Mi madre me preguntaba nerviosa por qué no podía aprender algo que supiera tocar de principio a fin.

Sospecho que en su momento llegó a imaginarme con el pelo peinado con raya al lado y unos modales exquisitos, tal vez con un esmoquin de terciopelo, bajando de mi cuarto a última hora de la tarde para amenizar la velada y distraer a sus amigos con magníficas piezas de Mozart. Sin embargo, esa visión se había desvanecido. Ahora veía el piano como una horrible carga que ocupaba espacio en el salón, así que decidió tomar cartas en el asunto. Además, estaba bastante harta de la sintonía de Robinson Crusoe. Así pues, un día quedé con la Sra. Forbes, una profesora que me había recomendado mi cuñada, y empecé a ir a clases en la recalentada sala de estar de su casa adosada de Drury Road. La Sra. Forbes era más joven que la Sra. Galley, aunque no mucho más. Llevaba el pelo teñido de negro y sujeto en un recogido con horquillas y clips. También llevaba blusas de algodón blanco con volantes en el cuello y los puños. En la puerta de su casa me cruzaba con otra estudiante que salía, una niña de cinco años con coleta. Tal vez porque había encontrado su tono en la hora anterior y luego no podía modificarlo, la Sra. Forbes me hablaba como si yo también fuera una niña de cinco años con coleta, en lugar de un chico de diecisiete con un apetito voraz por conseguir un contrato de grabación con una discográfica.

Intentó que tocara «Trois Gymnopédies» de Satie (que era a finales de la década de 1970 lo que «The Entertainer» de Scott Joplin había sido a mediados de la misma década y que luego se devaluó mucho debido a su uso en anuncios de televisión de desodorante y mascarillas faciales). Al tocarla se me agarrotaban los dedos. Más o menos en la cuarta clase, a fin de aligerar el ambiente, le toqué una pieza que había compuesto hacía poco («…he estado trabajando en esto últimamente…»). Pensé que la disfrutaría porque se parecía al tipo de música con la que habíamos estado trabajando. En realidad, es probable que la pieza fuera más del estilo de Eric Sykes que de Erik Satie. Cuando acabé, dijo con una sonrisa: «Vaya, parece que tenemos un pequeño compositor en ciernes».

Duré un trimestre y no conseguí aprender a leer partituras, aunque me seguía consolando el hecho de que Paul McCartney tampoco supiera.

Debió de ser más o menos por aquella época cuando apareció el afinador del piano —un hombre alegre con bigote que andaba a saltitos como si acabara de salir de una fantástica sesión de cabaret— en lo que parecía otra de sus visitas rutinarias. Sin embargo, después de cinco minutos a solas con el piano, salió de la habitación con una expresión grave impropia de él. Dijo que tenía malas noticias. No había razón para alargar la agonía, iba a ir directo al grano. Se trataba de la caja: la cosa no tenía buen aspecto. Ajustar el piano al tono de concierto habría implicado tensar tanto las cuerdas que la caja se habría doblado y tensado como una trampa para animales, con el riesgo de explotar en mil pedazos letales que saldrían disparados por toda la sala. Ni que decir tiene que no me apetecía nada estar sentado al piano tocando una de mis versiones cuando eso pasara. Podía afinarlo un poco —dentro de unos límites— para mejorarlo en cierta medida. Pero, básicamente, era inoperable y no había nada que pudiéramos hacer aparte de mentalizarnos para el final que se avecinaba.

Pero, según mi madre, sí que había algo que podíamos hacer: podíamos llamar a un hospital para enfermos mentales y preguntarles si querían un instrumento desafinado. Unos días más tarde, enviaron una furgoneta para llevárselo.

Ya es bastante malo ser pianista, pero todavía es peor ser un pianista sin piano, lo cual fui durante unos tres años. Había tocado fondo.

10cc

Todo el mundo sabe que los grupos de pop no son como la familia ni como un equipo de fútbol. No permaneces a su lado en lo bueno y en lo malo. Casi siempre permaneces a su lado en los buenos tiempos sabiendo que, cuando lleguen los malos, no pasa nada por dejarlos y comprar los discos de otro. Esta es la fantástica democracia del pop: sube o baja según los votos populares. No obstante, debería decir que en mi caso mi carrera como comprador de discos se ha visto marcada por extraños vínculos prolongados con grupos cuya fecha de caducidad había pasado hacía tiempo y por episodios que solo puedo describir como de compra por lealtad.

Tomemos el ejemplo de 10cc. En su tercer año en la escuela normal de Londres, mi hermano Jeremy fue nombrado secretario de asuntos sociales y su mayor triunfo fue contratar a 10cc para la fiesta de final de trimestre. Era junio de 1974, cuando «Wall Street Shuffle» estaba en las listas de los más vendidos y justo antes de que la fama del grupo se disparara. Fue la última escuela en la que tocaron. Yo tenía doce años y mis padres no me dejaron ir, pero una de las novias de mis hermanos se aseguró de conseguirme sus autógrafos: los de Lol Creme, Graham Gouldman, Kevin Godley y Paul Burgess (el batería sustituto), pero no el de Eric Stewart, que era el que realmente quería.

Como compensación, cuando en 1975 10cc vinieron al Ipswich Gaumont, mis hermanos me llevaron a verlos. Fue el primer concierto de rock de mi vida. (El primero al que fui sin carabina fue el de la Tom Robinson Band en la Universidad de Essex en 1978, con Stiff Little Fingers como teloneros.) Recuerdo cómo Eric Stewart salió de entre bastidores con su guitarra muy lentamente, mientras el resto del grupo ya estaban colocados en su sitio, lo cual me pareció una pasada. Abrieron con «Silly Love» y cerraron con «I’m Not in Love» y mis oídos me pitaron durante todo el día siguiente.

En cierto sentido, ahí debió de ser cuando me convertí en seguidor de 10cc. Poco después celebraron en el colegio una aburrida exhibición de natación y los que no participaban se suponía que debían quedarse mirando. Sin embargo, yo me escondí con algunos amigos detrás de los vestidores, escuchando la lista de los más vendidos del martes al mediodía en Radio 1. Cuando quedó claro que «I’m Not in Love» de 10cc había llegado al número uno, agité el puño al aire en señal de victoria.

—¡Sí, sí, sí!

El tema es que no había ninguna razón para ir más allá con 10cc. Los primeros dos álbumes fueron divertidos —irritantes de vez en cuando y un poco cargantes, pero qué demonios—, los dos siguientes fueron irregulares y, cuando Godley y Creme se marcharon, el grupo perdió todo el encanto que había tenido en su momento. Pero, por alguna horrible razón, yo estaba atrapado. Seguía comprando los álbumes: Deceptive Bends, Bloody Tourists, Live and Let Live (el álbum doble en directo)…

Recuerdo un artículo de Julie Burchill en NME, muy al final de la carrera de 10cc, más o menos sobre el año 1979, en el que decía sin venir a cuento que le gustaba bastante la voz de Eric Stewart. Sentí un gran alivio y gratitud hacia ella por haber sido capaz de dar la cara y admitirlo. (También es posible que se estuviera burlando, claro.) No obstante, decidí guardarme su halago, listo para sacarlo y usarlo como arma arrojadiza en caso de ataque: «Bueno, pues Burchill opina lo mismo que yo…».

Nunca tuve que usarlo porque al final dejé incluso de fingir que mi relación con 10cc era defendible en términos de méritos. ¿Para qué molestarse? Volviendo a la escuela tras la hora de la comida con un ejemplar del álbum Look Hear? (¡1980!), me vi por desgracia obligado a sacarlo de la bolsa porque alguien quería ver la portada. Fue horrible, y también el disco lo era —no había ni una sola canción decente—, pero yo estaba hundido en aguas demasiado profundas. Un año después compré Ten Out Of 10 (su décimo álbum y el mío también), aunque estoy bastante seguro de que nunca llegué a escuchar la cara B.

Me cuesta explicarlo. Solo puedo decir que 10cc fue el primer grupo que vi en directo y supongo que nunca olvidas las primeras veces. O tal vez solo sea el ejemplo más claro entre muchos otros de que mis compras de discos no tienen nada que ver con la música o, en cualquier caso, la música es solo una parte lejana y casi olvidada de lo que las motivó.

PONY

Cuando Jeremy volvió de la escuela normal, Relic estaba acabado. No obstante, de las cenizas de Relic emergió Pony.

Pony eran Jeremy como vocalista y a la guitarra, Simon a la batería y Jeremy «Fitch» Mead al bajo. Y, más adelante, yo al teclado. Habían elegido el nombre en un pub. Mientras miraban desesperados al otro lado de la barra, uno de ellos había divisado una botella de Pony, una crema de jerez dulce. Supongo que podría haber sido peor; podríamos habernos llamado Babycham. O Gents.

No obstante, Babycham o Gents no habrían tenido el desafortunado parecido con otra palabra usada en la jerga rimada Cockney. No hay mucha gente que use la jerga rimada Cockney en Colchester, así que no supe del otro significado alternativo de la palabra «pony» hasta unos seis años más tarde durante un ingreso hospitalario. Estaba a dos camas de distancia de un londinense cachondo de mediana edad que una noche se puso en pie, se frotó las manos como si tuviera un negocio entre manos y anunció, mientras se dirigía al baño: «El tiempo justo para un poni antes de Los profesionales». A mí me costó un par de minutos pillarlo. Y es que «poni» es sinónimo de «jaca», que rima con «caca». Este pequeño detalle semántico puede explicar por qué, en la cumbre de nuestra carrera, aunque podíamos conseguir contratos para tocar en sitios del Este tan alejados como Chelmsford, Pony nunca fue capaz de abrirse paso en el área metropolitana.

Cuando me uní al grupo a los quince años para un concierto el día de la celebración del Jubileo de Plata en 1977, el grupo se acercó bastante a convertirse en un asunto de familia, como los Osmond, digamos, o los Jackson. Jeremy solía insistirle a Nick para que se uniera al grupo y completar así el conjunto familiar. Al fin y al cabo, era guitarrista y tan capacitado como músico como cualquiera de nosotros. Sin embargo, a Nick nunca le interesó tocar en público y, en cualquier caso, estaba a punto de casarse. Mantenía las distancias. «Podríais llamaros los Smiths», sugirió mi madre un día durante la comida. Nos pusimos a reír y nos burlamos de ella. Como si alguien fuera alguna vez a tener éxito con un nombre tan estúpido como los Smiths.

El concierto del día del Jubileo de Plata se celebró en la High Street de Boxford. Tocamos desde el remolque de un camión, cubierto con una lona y aparcado delante del pub. El grupo pagó para alquilarme un piano eléctrico cutre en una tienda de Colchester. No sonaba mucho como un piano; sonaba más bien como una caja de música o como un espantoso reloj austriaco. No me había aprendido todavía muchas de las canciones, así que se me presentó el dilema de qué hacer durante las canciones en las que no tocaba. Se me ocurrió que podía dar palmas y saltar con entusiasmo apoyándome alternativamente en un pie y luego en el otro, animando, haciendo gestos con la mano y guiñando el ojo al público para que bailara. No tuve el valor de hacerlo. También podía dejarme llevar por la música y bailar con los ojos cerrados, sacudiendo la cabeza. Tampoco tuve el valor de hacerlo. Así pues, opté por sentarme en el escenario, justo detrás del teclado, alejado de la vista del público. Luego me levantaba cuando llegaba el momento de tocar. Visto desde la calle, debía de parecer que estaba de pie sobre una plataforma hidráulica. Tocamos «Caroline» y «I Knew the Bride (When She Used to Rock’n’Roll)» y «Let’s Stick Together». El día del Jubileo de Plata fue cuando el movimiento punk perpetró su simbólico acto anti-institucional: mientras la Reina se paseaba en su carroza por las calles de Londres, los Sex Pistols navegaban Támesis abajo tocando su polémica «God Save the Queen». Yo me pasé el día en el remolque de un camión en un pueblo tocando «Hi Ho Silver Lining».

Jeremy decidió que debíamos ser más comerciales. Podía ganarse dinero tocando en cenas de gala y eventos sociales, y no se pagaba nada por tocar versiones anárquicas de «Paranoid» en salas desérticas. Ensayamos una serie de canciones bailables para todas las edades: «Jailhouse Rock», «One of These Nights» y «Annie’s Song», entre otras.

Un amigo nos sacó una fotografía alineados a lo largo de un lateral de la furgoneta Transit de Jeremy y la envió a Walkerprint, quienes se dedicaban a la fotografía publicitaria, que imprimió copias con un reborde blanco y la palabra PONY impresa en tipografía de Letraset en la parte inferior.

Contratamos un pequeño anuncio en la sección «Espectáculos» de los clasificados del Essex County Standard. Era el siguiente:

CONTRATE A PONY

El grupo pop más versátil

y económico de Colchester.

Aparecíamos junto a Mr Magic Man, de Frinton («Fiestas infantiles, encantador, diferente, horas de diversión»), Dick’s Disco («discos de antes, country y western y grandes éxitos») y «NELLY QUACK pato ventrílocuo, marionetas, en casa o en sala, folletos — Twinstead 449».

Jeremy compró cuatro camisas de nailon de color azul claro a juego con cuello y puños en azul marino en una tienda de ofertas del centro. Estarcimos el nombre del grupo en los laterales de la furgoneta y en la puerta trasera. Éramos el único grupo de Colchester con el nombre en la furgoneta. Simon todavía no había quitado las letras negras del bombo con su apodo «Sniff». Se negó a hacerlo. Ahora la gente preguntaría:

—Entonces, ¿el grupo se llama Sniff?

Y él tendría que responder:

—No, se llama Pony.

Así pues, decidimos que colgaríamos un enorme poni recortado de un tablero encima del escenario o que lo apoyaríamos en el fondo o donde fuera. Jeremy se pasó unas dos semanas trabajando a destajo en el garaje con la sierra.

Empezaron a llegar los conciertos. Clacton Town Football Club, Sainsbury’s en Colchester, la Grenadier Guards Association, la Colchester Police Community Unit, el Halstead Motor Cycle Club y otras salas muy iluminadas y con sillas y mesas apilables, donde algún gracioso del lugar siempre quería hacerse con el micrófono para cantar «True Love Ways» justo después de acabar. Tocábamos casi todos los sábados, y algunos fines de semana también los viernes. En poco tiempo tuvimos suficiente dinero en la hucha para comprarme un piano eléctrico, un Crumar Compact. Cobrábamos 50 libras y nos embolsábamos 10 por cabeza después de descontar los gastos.

Tocábamos «Una paloma blanca». También, con mi actuación destacada al teclado, el «Baile de los pajaritos». En ese momento la pista se llenaba de gente bailando en filas o círculos, realizando coreografías ensayadas que diferían de un sitio a otro (aleteaban con los brazos, se daban palmadas en los muslos, se tocaban la nariz unos a otros, etc.), como si cada pueblo de Essex hubiera desarrollado su propia forma de bailar los pajaritos.

Éramos como un tocadiscos humano: «Under the Moon of Love», «Write Myself a Letter», «There Goes My Everything»… También «Happy Birthday to You», «The Hokey-Cokey», «Knees up Mother Brown» y el himno nacional. Durante «Nights in White Satin», Simon, que se aburría como una ostra, golpeaba con todas sus fuerzas la caja antes del solo. Como si fuera a frotarse con una esponja, levantaba la baqueta por detrás del hombro todo lo que podía hasta llegar al final de la espalda y luego la dejaba caer con todas sus fuerzas, de forma que oías las notas del bajo descendiendo suavemente escala abajo y de repente…

¡PAM!

A veces veías que las parejas se sobresaltaban y levantaban la vista sorprendidas.

—Buenas noches —decía Jeremy al final—. Y si han venido en coche… no olviden llevárselo.

En Nochevieja, Jeremy marcaba la cuenta atrás hasta que daban las doce. Al llegar la medianoche, bajaba un globo o se producía una lluvia de serpentinas y todo el mundo se lanzaba a los brazos de los demás, se mezclaban unos con otros, se besaban y vociferaban. En el escenario esperábamos un minuto más o menos antes de empezar a tocar «Auld Lang Syne» o alguna versión animada en clave cancán, un minuto durante el que no había nada que hacer excepto observar el caos y preguntarse si, al fin y al cabo, el mejor sitio en el que estar era sobre un escenario y con ese grupo.

FALLOUT

Rick (guitarra/voz) y David (bajo) me dijeron que por fin habían conseguido el visto bueno para dar un concierto de final de trimestre (con Fallout, su grupo, durante la hora de la comida y en el salón de actos, podía ir todo el que quisiera y no había que pagar entrada) y probablemente Doug, de Codpiece, iba a acudir y hacer algo y que tal vez, como yo estaba en Pony y todo eso, a mí me gustaría ir y participar en un par de canciones. De todas formas, tenía que ser como guitarra, se apresuró a añadir, porque el teclado no acababa de encajar. (Venga, dilo, pensé, «porque el teclado es de maricas»).

Asentí con calma, miré hacia el patio y me mordisqueé las mejillas pensativo. Me pregunté si debía reservarme para tocar en un supergrupo, pero pensé que sin duda iba a hacerlo muchas veces en el futuro, cuando mi carrera despegara, así que ahora no tenía sentido ser maleducado y arisco. «Claro», le respondí, «claro que sí.»

En esos momentos sentí como si tuviera en el estómago una fila de animadoras levantando los pompones al aire y agitándolos en señal de alegría. ¡Un bolo! ¡Delante de todo el colegio! ¡A la guitarra! A partir de entonces me mirarían de otra manera, pues eso es lo que me parecía que estaba en juego. Era la oportunidad que el pop me brindaba con una amplia sonrisa, así, de repente. Era un cambio de rumbo en la historia de mi vida.

No siempre se nos presenta la oportunidad de ser rebeldes, no con tanta frecuencia como nos gustaría. En el colegio yo siempre iba con demasiado cuidado para no causar problemas. No era el que deja el gas abierto durante la clase de química. Tampoco era el que se escabulle durante el recreo de la mañana para llamar a un taxi a nombre del profesor de Historia, de forma que la secretaria de la escuela tenía que atravesar el pasillo a toda prisa para avisarle en mitad de una clase. Ojalá pudiera decir que había sido yo. De verdad. Pero no me salía. Me faltaba iniciativa.

Sin embargo, ahora sí que tenía una oportunidad de verdad. Quiero decir que si podía plantarme, aunque fuera por poco tiempo, en el escenario de la escuela (en otras palabras, justo en el centro de la vida institucional de la escuela, en el corazón mismo) con las piernas abiertas, las rodillas dobladas y la lengua provocadoramente fuera y lanzar un grito salvaje de feedback y distorsión que llegara hasta el final de la sala de actos de paredes de roble y de estudiado refinamiento, entonces lograría cambiar la forma en la que me veían, qué duda cabe. Ya podía imaginarme a toda la gente agolpada a mi alrededor al acabar, las palmadas en la espalda mientras yo intentaba contener mi sonrisa de satisfacción. «Pensábamos que eras un estirado, Smith, pero hemos visto que te va el rock. Buen trabajo.»

Unos años después, Elmore Leonard escribió una novela en la que uno de los personajes lleva una camiseta con la frase: «Tal vez me confundes con alguien a quien le importa una mierda». Mi mayor anhelo era que, en el escenario con Fallout, lanzando poderosos y estridentes acordes contra la placa que rezaba «Palmarés de éxitos de Oxbridge 1947-55», me pondría esa camiseta, metafóricamente hablando.

Fallout (influencias: Hendrix, Zeppelin, Thin Lizzy y cualquier cosa capaz de mezclar guitarras distorsionadas con una apaciguante perspectiva hippie) se parecía mucho al grupo de Rick. Rick iba un curso por delante. Llevaba el pelo largo y andaba a grandes zancadas con los hombros encorvados. Llevaba una chaqueta de pana negra raída bajo la cual iba alternando un pequeño guardarropa de jerséis de cuello alto de color marrón estropeados, de corte clásico y algunos casi sin duda no acabados. Tenía una sonrisa de ir permanentemente colocado, lo que a grandes rasgos era cierto. Acudía en coche a la escuela. Conducía un destartalado Cortina Estate gris con cintas de Hendrix, Zeppelin, etc., aullando por sus altavoces lisiados. A veces, si calculaba bien el momento de la salida, conseguía que me llevara a casa.

Eso sí, un trayecto en coche con Rick implicaba someter tus oídos a un difícil reto sónico. Hoy en día, el sonido que asociamos a los equipos de música de los coches de otras personas, el que oímos en los semáforos o cuando pasan por delante de nosotros en la calle, es un trueno que hace temblar el chasis. Los avances en tecnología acústica han permitido que sea posible generar un ruido tremendo lleno de matices usando un altavoz barato y pequeño (como esos aparatos diminutos para uso doméstico, con sus altavoces de pared virtualmente invisibles. En otra época habrías necesitado un par de cajas de madera del tamaño de cubos de basura para conseguir ese estruendo). No obstante, en la década de 1970 parecía imposible conseguir un equipo de música para el coche que pudiera gestionar las frecuencias del bajo a menos que estuvieras dispuesto a gastar el equivalente a tener un coche blindado y con tapicería de piel. En el interior del Cortina de Rick la música debía abrirse camino por encima del ruido del motor mediante una potencia bestial, haciendo que hablar fuera imposible, provocando que los tornillos sueltos temblaran, que el salpicadero retumbara, que la tapicería se levantara un poco y que el aire interior se cargara de una peligrosa electricidad estática, hasta que salías del coche al llegar a tu destino y pisabas en estado de shock la acera, ensordecido, con el pelo de punta y caminando haciendo eses como un borracho.

Sin embargo, cuando Rick conducía, parecía totalmente ajeno al ruido. De hecho, solía balancearse a un ritmo que solo él parecía oír. El mejor amigo de Rick era su compañero de grupo David, y ambos tenían un estilo único. Los dos eran grandes aficionados al pachulí, el aceite aromático que hace que huelas a porro. Y los dos creían firmemente en la increíble fuerza emocional del bálsamo de tigre, ese ungüento grasiento que se vende en latitas y que da sensación de calor cuando se aplica sobre la piel, como un Vicks para hippies.

Así pues, perfumados y aceitosos, su idea de pasarlo a lo grande era llevarse un recipiente de plástico con setas alucinógenas recogidas a mano a una proyección de Woodstock en el club de cine de la Universidad de Essex (donde se proyectaba casi todas las semanas en el mismo repertorio junt a Easy Rider). En el segundo puesto por lo que a pasarlo en grande se refiere, estaba el conducir hasta la costa de East Mersea («lejos de la opinión pública», como le gusta decir al autor de la Rock Gazetteer), fumar hasta quedarse en la parra, tumbarse en la playa y hacer volar cometas. En algunos aspectos, el hippie original de la década de 1960 no era ni de lejos tan real como su modelo derivado de mediados de la década de 1970.

El efecto combinado de los diferentes bálsamos, aceites, resinas y hongos tendía a alejar a David y a Rick de la realidad, algo que preocupaba sobremanera a las personas encargadas de su educación. No obstante, desde mi posición, un año por debajo y con uniforme escolar, me parecían una pasada. Si me vieran tocar con ellos —y además la guitarra eléctrica— aunque solo fuera una vez, aunque fuera como invitado y de forma temporal, las cosas iban a cambiar.

Los ensayos para mi aparición se limitaron a dos sesiones agotadoras. La primera fue una sesión preliminar en la sala de música, al acabar la escuela. La atrevida guitarra de color naranja brillante de Rick contrastaba insolentemente con las panderetas, los xilófonos, los tambores y los demás instrumentos infantiles de la orquesta. Yo le había pedido a mi hermano que me prestara su Gibson Les Paul de color rojo fuerte (bueno, en realidad era una copia de una Gibson Les Paul, fabricada por una empresa llamada Avon, que no creo que estuvieran relacionados con el gigante de los cosméticos, aunque podría estar equivocado). Todavía hoy en día se me llenan los ojos de lágrimas cuando pienso que mi hermano mayor era el tipo de hermano que te deja su guitarra eléctrica. Los guitarristas no prestan sus guitarras tan a la ligera. Son como sus mascotas, pero más humanas. Por supuesto el préstamo había sido duramente negociado y acordado hasta el milímetro bajo una serie de duras condiciones que incluían la promesa de prestármela siempre y cuando no le pusiese un dedo encima. Pero, incluso así, me emocioné entonces y me sigo emocionando ahora al recordarlo.

David había olvidado llevar su bajo al colegio ese día y el batería no podía llevar la batería. Además, tenía que irse en el autobús de las cinco y cuarto. De todas formas, los dos se sentaron y observaron encantados mientras Rick y yo nos dedicábamos a elegir mis dos temas como artista invitado: «Rosalie» de Thin Lizzy (elegida por su progresión de acordes de máxima potencia) y «All Along the Watchtower» de Dylan (elegida por su secuencia de acordes a prueba de idiotas).

—¡Sí! ¡Mola! —dijo Rick.

El segundo ensayo, esta vez con todo el grupo, tuvo lugar en la planta superior de un granero de una granja situada a las afueras de la ciudad. Era de unos amigos de la familia del batería que, con una considerable magnanimidad y ningún respeto por las normas rurales, nos lo dejaron un sábado por la tarde. Una vez allí, aunque nos pareció que disponíamos de todo el tiempo del mundo, las horas pasaron tan rápido que no llegamos a hacer nada. Primero, tuvimos que subir al piso de arriba toda la pesada parafernalia (amplificadores, batería, estuches de guitarra…) por unas escaleras que, aunque sin duda habían sido fabricadas a la medida de un granjero del siglo XIX que cargara con una azada, estaba claro que no habían sido diseñadas pensando en un amplificador Marshall 4x12. Pasamos una media hora refunfuñando; era una escena que iba a revivir con gran frecuencia en los años siguientes, antes y después de los conciertos (cuerpos delgaduchos y emporrados trasladando objetos nada manejables de un lado a otro).

Es increíble los falsos mitos que corren sobre los ensayos musicales. Nunca olvidaré una escena de la película de Prince Purple Rain en la que su personaje llega tarde a un ensayo con su grupo, sube de un salto al escenario, se disculpa con cuatro palabras, se cuelga la guitarra al cuello y empiezan todos a tocar. Es una visión idílica del pop, todos perfectamente sincronizados y sin apenas esfuerzo. Lo que me sorprende es que Prince se preste a promover dicho mito, teniendo en cuenta que se ha pasado casi toda la vida en locales de ensayo y debe conocer mejor que cualquier otra persona lo molesto que es para los oídos forjar un grupo. Debería darle vergüenza mostrar algo tan irreal. La verdad es que casi todos los ensayos son tan penosos que cuesta creer que cualquier grupo se tome la molestia de seguir adelante al salir del local de ensayo.

Al empezar el ensayo no hay un protocolo a seguir como si estuviéramos en una sala de juntas; nadie da un golpe sobre la mesa y dice que hay que ponerse manos a la obra. En vez de eso, hay un periodo obligatorio de arranque, que puede durar entre diez minutos y dos horas y media, conocido en el mundillo como «improvisar». Para ser justos, parte de este tiempo se ocupa en el necesario trabajo de conseguir domar los recalcitrantes aparatos electrónicos. Se oyen muchos carraspeos frente al micrófono («uno, dos, probando, probando»), un vendaval de feedback y espasmos de electricidad estática.

Del amplificador del guitarrista: Guaaaaaaarrrrrmmm.

Del altavoz del cantante: Niiiiiiiiii, siiiiiinc…

El resto es básicamente una pérdida de tiempo total y absoluta. Al guitarrista le parece completamente imposible tener una guitarra colgada del cuello y no estar tocándola. Al batería le pasa lo mismo cuando tiene las baquetas en la mano. El bajista tiene que tocar, no menos de quince veces, ese pesado fragmento de «The Chain» de Fleetwood Mac (la sintonía que da inicio a la Fórmula 1 en la BBC), etcétera, etcétera. Así sigue la cosa, cada cual sumergido en su propio mundo y haciendo lo que le da la gana.

Ante este panorama no debe sorprender que la mayor parte de los grupos que consiguen tener éxito tienen una figura de autoridad relevante, un líder sediento de poder o un ególatra, alguien con suficiente fuerza para luchar contra una panda de caóticos caprichosos y conseguir hacerse oír entre todo el jaleo. Alguien que diga: «Venga, va, gente. Vamos a tocar “Funny Farm” ahora» o algo así. Desgraciadamente, Fallout no tenía ninguna cabeza visible. Algunas cabezas emporradas, sí, pero ninguna cabeza visible.

A pesar de eso, después de todas las discrepancias, conseguimos empezar a tocar uno de los temas acordados. Era «Rosalie» de Thin Lizzy, ese enorme y corpulento monstruo del metal… al menos en las manos de Thin Lizzy.

David, Mike, el batería, y yo nos lanzamos: BLANG.

Rick empezó: CLANG, uio, uio, uio.

Los demás volvimos a tocar: BLANG.

Y entonces empezamos todos juntos más o menos: BLANG, clang, uio, uio, uio, BLANG, etc.

Creo que ya entonces me hice la siguiente pregunta: ¿Cómo era posible que unas personas tan pacíficas pudieran crear un estruendo tan horrible? Imagínate un tractor arrastrando un arado por una carretera de hormigón mientras es sobrevolado por un helicóptero a corta distancia. Pues eso. Y ahí estaba yo plantado, cubierto de paja hasta los tobillos y concentrado al máximo en poner los dedos como me había enseñado Rick, aunque siempre llegaba media estrofa tarde. De todas formas, no me importaba mucho porque, en conjunto, nos habíamos adentrado en un espacio situado más allá del tiempo en el que los conceptos de «pronto» y «tarde» pierden su validez.

En los pocos instantes en que me atreví a levantar la vista de mis aterradas manos, divisé a Rick a través del polvo que se despegaba de las vigas debido a las vibraciones y que caía como si fueran copos de nieve. Parecía sorprendentemente tranquilo a pesar de estar en el ojo de esa tormenta apocalíptica. Estaba inclinado sobre el micrófono, con los ojos cerrados y una expresión de increíble serenidad que asomaba entre los mechones de pelo que le cubrían la cara. Había que reconocerlo: hacía bien su papel. Y, por lo que sé, también cantaba bien, aunque yo era incapaz de oírlo a causa del ruido.

Tras dos minutos y medio, se escuchó una explosión ahogada cuando la vieja instalación eléctrica del granero dijo basta y el lugar se hundió en la oscuridad y el silencio, excepto por el retumbar seco de la batería, que siguió durante al menos otro minuto (el tiempo que tardó el batería en darse cuenta de que algo iba mal).

—¡Hala! —exclamó Rick.

A continuación se produjo una breve conversación durante la cual Rick decidió a regañadientes que tendríamos que dejarlo para el día del concierto. Luego cargamos todo el equipo otra vez escaleras abajo y nos largamos a casa.

Conseguir que nos dejaran montar un concierto pop en la sala de actos de la escuela había resultado ser más difícil que conseguir permiso para colocar un dispensario de cocaína en el patio. Muchos de los profesores más antiguos temblaban al oír las palabras «música pop» y temían por las almas de sus alumnos. De todas formas, en el caso de Fallout y su artista invitado estelar no me imagino nada más lejos de la realidad. Para promover la depravación moral del público o un estallido de comportamientos salvajes de cualquier tipo hay que ensayar mucho más que nosotros.

Sin embargo, no tengo ninguna duda de que unos doscientos o trescientos chavales de los que presenciarían el concierto de Fallout (o, mejor dicho, quedarían expuestos a su música) decidirían en ese preciso instante y lugar que no querían volver a escuchar música de ningún tipo nunca más. Creo que eso habría pesado sobre nuestras conciencias.

Al final, la sangre no llegó al río. Dos días antes del concierto, el Sr. Balch, profesor de inglés, murió de cáncer de manera repentina. Durante la asamblea matinal, el director anunció de forma oficial el fallecimiento a todo el colegio y justo después de pronunciar unas palabras como homenaje póstumo, añadió: «Por supuesto, el concierto de mañana de la sala de actos queda cancelado».

Mi madre, muy comprensiva, se puso de nuestro lado cuando se lo conté esa noche en casa. «Qué tontería cancelarlo», dijo realmente enfadada. «Como si esa hubiera sido la voluntad del Sr. Balch.»

Pero mi madre no había escuchado a Fallout. Y está claro que el Sr. Balch no lo habría querido. Ni muerto.

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