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Una mujer en pedazos

Una mujer en pedazos

Giselle Rumeau

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Giselle

I

II

III

IV

Clara

V

Giselle

VI

VII

VIII

IX

Nadia

X

Giselle

XI

XII

Valeria

XIII

Giselle

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

Epílogo

Agradecimientos


Rumeau, GiselleUna mujer en pedazos / Giselle Rumeau. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2020.Archivo Digital: descargaISBN 978-950-556-770-61. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.CDD A863

Corrección: Ignacio Merlo

Diseño de tapa e interior: Margarita Monjardín

©2020, Giselle Rumeau

©2020, Queleer S.A.

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-950-556-770-6

A Josefina y Ricardo, mis queridos viejos, por su ejemplo.

A mi hermana Clarisa, por su amor incondicional.

A Tiago, Gonzalo y Julieta, por ser todo.

A Luis López, por sacarme del infierno.

GISELLE

I

Tapate las tetas, me dice Pato, tapátelas porque no voy a poder irme, dice, y se ríe enloquecido porque no sabe, no entiende cómo puede ser que le gusten tanto, vuelve a explorar las causas con su lengua caliente rozando mis pezones duros, despacio, lentamente, lame, besa, saca su mano de mi sexo húmedo, moja la areola con ese jugo y vuelve a lamer, pero esta vez me mira asustado porque no puede controlarse, porque desde que se despierta ya tiene ganas de chuparme las tetas, lo sé, podría pasarse horas devorándome o simplemente contemplándolas porque son lindas, me dice, por qué son tan lindas, pregunta, y le cuento que son así redondas y pulposas desde que tenía once años cuando salieron de golpe, sin avisar, con furia, yo no sabía qué hacer con esos globos incómodos y pesados como el portafolio del colegio esa mañana frente al espejo en la que se revelaron, lloraba, maldecía, me quejaba por su tamaño y las tapé avergonzada, las tapé durante toda mi adolescencia en las que nadie las tocó porque no caminaba derecha y los chicos no me miraban ni yo los miraba a los ojos, a Pato le cuesta creerlo, no, no puedo imaginarte encorvada, ocultándolas, y recuerda cuando me vio la primera vez en la revista, fascinado con la forma en que mis pechos se movían mientras caminaba apurada hacia él para saludarlo, supo en ese preciso instante en que me conoció que iba a tener problemas, cuenta, porque el sexo es eso para él, un problema, con su cabeza repleta de fantasías culposas, y quizá por eso le sorprende que me guste tanto hacerlo, ahora mismo me lo dice, cómo te gusta coger, mientras pego mi nuca a su boca, mi espalda a su pecho para hamacarme sobre su cuerpo y me pregunto si hay alguien en este mundo a quien no le guste, mientras le digo que sí, que es cierto, que me gusta pero me gusta con él, que solo quiero con él, que con él sí es fácil sentir, mojarse, enloquecer, no como las noches de otros amantes, en las que se entrega solo el cuerpo y no la cabeza o el alma, no quiero estar con nadie más, solo con vos, le digo cuando ya no puedo respirar de placer pero no entiende o no quiere saberlo porque en cuanto recupera el aliento prefiere lastimarme al decirme por favor salí con otro, alguien que me detenga, yo no puedo, no tengo voluntad ni fuerza para no buscarte, Pato cree que sería más fácil si yo le dijera que no cuando le aparecen las ganas desenfrenadas frente a mi escote, pero no está seguro, duda, se sienta en mi cama, se toma la cabeza, pierde sus manos en su pelo enmarañado y dice esto está mal, está muy mal, será porque esta vez no es como cuando veía a Sandra, con ella se trataba solo de sexo, en cambio conmigo es distinto, jura, porque con vos me río, me río mucho, hasta morir, de cualquier cosa, podría estar horas enteras con vos, no pararía nunca, repite, pero se acuerda de Ema, de que ella lo está esperando, de que ya lo llamó dos veces, papá cuando vas a venir, te hice un dibujo, y entonces se viste rápido, cierra los ojos para no mirarme y me quedo sola, sola y desnuda, sola con mis tetas redondas y pulposas, que esta vez no alcanzan para detenerlo.

II

El primer diagnóstico de mi cáncer de mama lo hizo una bruja una tarde pegajosa de diciembre, aunque recién lo supe ahora, tres meses más tarde. “Hay un bicho feo dentro tuyo que te puede matar”, me dijo sin anestesia. La psíquica, que se llamaba Marta y tenía los ojos de hielo, no fue exacta en su clarividencia. No habló de células rebeldes, malignas y silenciosas parasitando mi cuerpo; tampoco mencionó calamidad o condena alguna que me tuviera agarrada del cuello. El demonio que se me había metido era resultado de un rito de magia negra. “Un trabajo de cementerio”, lo llamó. “Una persona que no te quiere encargó este ritual umbanda que consiste en sepultar una foto tuya con tu nombre en tierra de cementerio”, me dijo con una sequedad asfixiante. No fue eso lo peor. La mae no tuvo empacho en ir a fondo hasta perturbar mis pensamientos y dejarme dura como una estatua. “Si no deshacemos este trabajo macabro te vas a morir en poco tiempo”, me explicó con la misma tranquilidad con la que se propone limpiar la mugre del sótano de su casa. Nunca creí en esta clase de supersticiones. Si llegué hasta la casa de la mujer de las pupilas grises fue arrastrada por Clara, mi hermana menor. ¡Qué no haría yo por ella! Cuando éramos chicas solíamos pelearnos sin piedad con la agresividad de las fieras pero éramos inseparables. Nuestra comunión era tal que si alguien conocido me ofrecía un caramelo y ella no estaba conmigo, lo rechazaba enérgicamente. ¿Cómo podía disfrutar de algo sin Clara? Solíamos pasarnos horas cantando en el garaje de casa o atrapando bichitos de luz en las noches de verano en Quilmes. Teníamos un acuerdo tácito: yo la cuidaba de día y ella me dejaba dormir en su cama cuando el miedo a no sé qué fantasma interrumpía mi sueño.

Lo más gracioso es que éramos muy distintas. De tan larga y flaca, a mí se me veía el esternón. Ella era bajita y redonda, con unos cachetes colorados adorables. Recuerdo que cuando íbamos al colegio se enojaba conmigo porque sus piernas cortas no lograban ir a la par de mis zancadas, y cada tres de mis pasos se veía obligada a tomar una carrerita ligera para alcanzarme. ¡No corras!, me decía entre gemidos.

Siempre anduve así, apurada, con unas atolondradas e inexplicables ganas de llegar rápido a cualquier parte. Tengo serios problemas para esperar o para tolerar lo que no hay. Soy de esas personas que no creen en las segundas oportunidades. Si el tren pasó y no subiste, no habrá forma de alcanzarlo. El próximo será definitivamente otro y no ese. Quizá por eso siempre he salido a buscar aquello que necesito. Salvo el cáncer, nada me ha caído de arriba.

No fue el caso de la bruja, no llegué a ella por mi voluntad, sino a pedido de Clara. Yo estaba desganada y con una depresión espantosa por culpa de Pato, o mejor dicho, por su falta. Podría contar infinitas cosas sobre él. Que se reía como un loco de mis caprichos y vanidades; que no podía dejar de besarme esa noche en el asiento trasero del taxi que corría solo por la Avenida 9 de julio, o que le encantaba hacerme rabiar. Podría hablar de sus extraordinarias ocurrencias o de la fascinación que me provocaba su boca. Pero no. Solo diré que es un cobarde. Alguien que no se animó a cambiar, a explorar lo nuevo, a escribir sin papel rayado. “No quiero que me explote la vida”, me dijo la última vez que nos vimos. Y eligió su felicidad burguesa de hombre casado, segura y sin sobresaltos.

Clara estaba convencida de que mi angustia excedía la neurosis. Ella siempre ha tenido estas ideas retorcidas sobre el mal de ojo y otros rituales y se le había metido en la cabeza que la esposa de Pato podría estar implicada.

—Vamos a ver a Marta, dale —me propuso una tarde en la que yo no podía parar de llorar. Me dijo que era una persona de confianza, amiga de su suegra, y me contó para convencerme lo perspicaz que había sido con un secreto familiar. Algo que solo mi padre sabía.

—Marta me contó que una mujer muy importante había marcado la vida de papá en el conventillo donde vivía antes de conocer a mamá.

—Si claro, la abuela —le dije con sorna.

—Por favor. ¡Tenés que tomártelo en serio! —me retó. Me animé y le pregunté a papá hace unos días. ¿Y sabés lo que me dijo? Que tenía una novia con la que estaba a punto de casarse y que murió en un accidente.

No se me ocurrió otra cosa que lanzar una risita histérica. Suele pasarme cuando me pongo nerviosa pero no fue eso lo que me erizó la piel. Esta señora de mirada gélida evitó con sus predicciones una tragedia en la fábrica donde trabaja Julián, el marido de mi hermana.

—Ella lo alertó por teléfono. Lo llamó y le dijo: “Detrás tuyo hay un cable pelado que está tirando chispazos, no lo pises”. Mirá, todavía se me pone la piel de gallina.

—¿Por qué nunca me lo contaste? —pregunté a Clara.

—Porque no estabas lista para eso. Ahora sí —me respondió.

Qué más da, me dije. No tenía nada que perder más que mi reputación.

Fuimos juntas hasta el departamento de la clarividente quince días después de haber escuchado estas revelaciones. Nos abrió la puerta un asistente y apenas ingresé al vestíbulo oscuro me dieron unas ganas imperiosas de salir corriendo. No puedo explicar las razones con certeza pero una sensación fría me recorrió la espalda. Solo eso, porque no vi nada de lo que esperaba. Ni bola de cristal, ni búho embalsamado. Aún con la penumbra y las paredes un tanto descascaradas por la humedad, todo parecía normal. Todo menos la mirada implacable de la adivina. Sentí sus ojos escrutadores y filosos cuando entró a la sala. Se acercó con una media sonrisa indescifrable y saludó con un beso.

—Es muy bonita —le dijo a mi hermana.

Pura demagogia, pensé pero agradecí y devolví la gentileza. Mientras me invitaba a sentarme frente a su escritorio, la observé detenidamente. Era un mujer de baja estatura, sencilla pero bella, con la tez blanca casi translúcida y los ojos clarísimos. No tendría más de 60 años. Lo que me impresionó, además de sus pupilas de hielo, fue su calma prodigiosa.

—Contame que te está pasando —me dijo.

Comencé a relatarle mis penurias amorosas con Pato y a hablarle del desgano y la tristeza que me invadían todas las mañanas al levantarme. En un momento me asusté porque sentí que su mirada iba a perforarme los sesos. Lo hacía con una intensidad brutal, como si quisiera adueñarse de mi cabeza. Me interrumpió para decir algo que me confundió aún más. Pero le habló a Clara.

—Mirale los ojos, fijate su mirada. Por momentos no es ella —le dijo.

Fue entonces cuando mencionó al bicho feo que podía matarme debido al trabajo de cementerio realizado por alguien que no me quiere.

—¿Quién es? —pregunté.

—Un exnovio que aún no puedo identificar —respondió.

La miré atontada. A esta altura ya estaba medio perdida y no sabía qué decir. Ella siguió hablando. Me explicó que iba a deshacer el trabajo, que sería difícil pero no imposible, lo que me hizo presuponer que me costaría caro.

Lo más delirante fue cuando se puso a relatar el proceso en el que adquiere la clarividencia y el poder para contrarrestar el hechizo. Dijo que en la ceremonia, en la que ella y sus asistentes se visten de blanco, la diosa Oximar baja de no sé bien dónde para tomar posesión de su cuerpo. Para demostrar el poder de esta divinidad, nos contó que podía tomar cantidades monstruosas de champagne y quedar fresca como una lechuga. Debo haber entrado en una suerte de furor místico porque mi preocupación a esta altura de la entrevista pasaba por estar en manos de una diosa alcohólica.

Al final, Marta me hizo escribir en un papel blanco mis principales deseos. También me preguntó si tenía en mi departamento velas negras. Asentí con la cabeza y me pidió que me deshiciera de ellas lo más rápido posible. Pese a que me habían salido carísimas en un local de decoración de Palermo Soho, al día siguiente las tiré a la basura. Pero nunca más volví a ese lugar. No soy una persona sugestionable. Como la eficacia de la magia reside en la creencia y yo no creía, me convencí de estar a salvo. Ahora no sé bien qué pensar. Hace unos días, en un chequeo de rutina, mi médica ginecóloga descubrió un tumor de casi dos centímetros en mi teta izquierda. Una célula rebelde que decidió no morir y me puede matar. Que era capaz de crecer sin control y correr tan de prisa como la niña que fui. Con la biopsia en la mano, la doctora Alejandra Thompson usó la misma expresión pavorosa que la bruja: “Es un bicho feo, muy agresivo”, me dijo. Y prosiguió: “El tratamiento va a ser duro. Preparate. Te vamos a dar con todo”.

III

Soy una teta. Una teta gigante andando sin rumbo por la ciudad. Una ubre rabiosa, asustada, pálida, aturdida, rodando sin tiempo, mirando sin ver, gimiendo sin voz. Sola en la sombra del día.

Soy un pezón rojo morado furioso. Urgido y seco. Como si quisiera salir leche y no hubiera más que sangre.

Soy mi teta izquierda. Una glándula única, narcisista y fálica. Con sus pequeños seudópodos ella me fagocitó lentamente, tironeándome la piel, lacerándome la carne hasta comerme el alma.

Afuera no hay nada. No existe mundo exterior. Solo el aire gris apretando con fuerza. Nada me importa. No quiero nada. Soy solo una teta. Soy mi teta.

IV

He estado dándole vueltas toda la noche a este asunto pero aún no logro ver la salida. ¿Cómo se le dice a las personas queridas que uno se enfermó? “Hola, cómo están, que loco está el tiempo, va a seguir lloviendo y yo tengo cáncer”. O tal vez sea mejor: “Tengo algo importante que decirles pero no se asusten, solo es un tumor maligno”. Ya pasó una semana desde que mi médica descubrió el crecimiento alocado de mis células y no he podido aún enfrentar a mis padres. En estos días apenas tuve fuerzas para levantarme a la mañana. No sé si me subleva tanto el temor a la muerte como que se haya invertido el orden natural de las cosas. Debería estar yo preparándome para cuidarlos, para estar cerca, para verlos morir.

Tampoco se lo he contado a mi adorada Clara. Ni a Mariano, mi hermano menor. No encuentro la forma de hacerlo sin afligirlos. Cuando era una adolescente solía inventarme historias fantásticas para conjurar el enojo de mis padres ante un aplazo. Confieso, con algo de pudor, que llegué a pensar en inventar un embarazo para que las amonestaciones que ligué a los 16 años por escaparme del colegio saltando por la ventana del aula resultaran luego una estupidez sin importancia. Pero, por más que me esfuerzo, no encuentro ahora nada peor que esto. Ni siquiera puedo conformarme con la popularidad romántica del cáncer y convertirme en una heroína bella, joven y moribunda. Eso solo funciona en Hollywood y la verdad es que tampoco tengo al lado al Keanu Reeves de Dulce Noviembre, dispuesto a sufrir en mi lecho de muerte.

He estado pensando seriamente sobre el propósito de mi cáncer. Ya no me pregunto por qué me ha caído esto a mí por la cabeza; no me lleva a ningún lado más que a la angustia. Pero tengo la inequívoca sensación de que hay en él un mensaje subrepticio, velado. Esta certeza ha derivado en una excesiva búsqueda de significados. Me devano los sesos para descubrir por qué los dioses me lo mandaron, cuál es el mandato oculto, si hay una misión para mí o qué cosas debo cambiar. Sospecho que algo me quieren decir y yo no logro darme cuenta.

Quizá sea simplemente que tengo que morir joven.

O quizá, tan solo por un designio caprichoso, deba morir a cambio de alguien. Morir para que pueda vivir otro. Un ser querido, tal vez. Eso es algo que me tranquiliza y consuela. No dudaría un instante en dejarme matar por mis sobrinos o por mi amada Clara. Dar la vida por el ser amado siempre tiene sentido.

Creo que voy a esperar unos días más antes de hablar con mi familia. Tengo que prepararme para contenerlos. Se lo dije a mis amigas y no fue una buena experiencia. Me di cuenta de que las personas sanas son infinitamente cobardes. Lo vi en los ojos de Nadia hace dos días cuando la invité a comer a casa para darle la noticia. Nadia es una locutora brillante y exitosa pero algo inmadura y terriblemente culposa. Ya pasó los cuarenta años y aún es bella, con un rostro entre aniñado y trágico. Será porque le atrae el sufrimiento como a otros el peligro. Eso me enoja pero está en sus venas. Se convenció de que la felicidad no es para ella. O sí, pero cree que tiene que pagar un precio. Si cumple con su deseo, automáticamente siente que cometió una herejía. Como aquel día en que decidió quedarse a pasar las fiestas de fin de año con el noviecito del momento y no acompañar a su madre a Uruguay para visitar a su hermana. Durante una semana se consumió en la hoguera de su cegada culpa. Nunca sabe lo que quiere y cuando finalmente se decide no hay una vez que no se arrepienta. En estos días, su dilema extraordinario consiste en optar entre gastar sus ahorros para hacerse una inseminación artificial y convertirse en madre o cambiar el modelo del auto.

Lo mejor es que siempre es divertida. Acaba de terminar una relación amorosa con un médico de emergencias, con el que salió durante un año y por quién llegó a situaciones desopilantes: para poder verlo, lo acompañaba en la ambulancia del Same los sábados a la noche durante su recorrido por la Ciudad. Es capaz de cometer cualquier exceso en nombre del amor. Para ella no hay nada peor que la soledad. Al menos hasta hace dos días, cuando la palabra cáncer no la había perturbado.

—Tengo algo que decirte que no es nada agradable —le dije apenas se acomodó en el sillón de mi casa.

—No me asustes. ¿Qué pasa? —preguntó.

—Me hice una mamografía de control y me encontraron un tumor en la teta izquierda de casi dos centímetros. Es malo. Me tienen que operar y...

—¡Ay no! ¿Te van a sacar la teta? —me interrumpió con un alarido.

—No, no es necesario porque no hay metástasis. Pero es muy agresivo, Nadia. Con una alta posibilidad de que se repita. Voy a tener que hacer un tratamiento feroz, demoledor —le respondí.

Se quedó muda. Su mirada se escapó hacia la ventana. Estaba pálida como si hubiera visto a un muerto levantándose de la tumba. Si hasta pude oler su pánico. Se agarró su teta izquierda con la mano derecha, se paró y se puso a dar vueltas por toda la habitación, sollozando. De pronto me encontré consolándola a ella, sin saber bien qué decir.

—No pasa nada, voy a estar bien —le dije con una incredulidad espantosa.

Con Vicky y Sofía las cosas no fueron mejor. Junto con Nadia, las cuatros hemos sido inseparables en los últimos tres años. No ha pasado un solo día en el que no habláramos por teléfono para contarnos nuestras penurias. En especial con Vicky, una arquitecta que conozco desde hace una década. Que hayamos congeniado a primera vista, resulta por lo menos infrecuente para una mujer como ella. Vicky es de esas personas que caen mal de entrada. Será porque tiene una mirada rara, que incomoda hasta al más vanidoso. Primero te examina con un celo descarado, de arriba hacia abajo, sin ningún pudor. Y luego, se queda mirándote fijamente como si no estuviera ahí, como si su cabeza se disparara cuando uno le habla hacia mil lugares a la vez. Después, a medida que se la va conociendo uno se encariña con ella, porque no tiene maldad.

A Sofía la conocí por Vicky pero nunca llegamos a intimar. Conseguir un marido millonario y dejar de trabajar son dos ideas tormentosas que suelen asaltarla con tenaz persistencia. El martes aproveché la invitación de Sofía, que quería mostrarnos sus nuevos sillones traídos de la India, y me fui hasta su casa al salir de la revista. Cuando terminamos de comer, me apuré a hablar porque Vicky ya estaba planeando las vacaciones y organizando la vida de las cuatro.

—Me encontraron un tumor maligno en la teta izquierda —les dije sin vueltas.

Vicky me echó una mirada asesina. Como si mi teta fuera el mismo demonio. Como si hubiera contraído cáncer a propósito tan solo para arruinarle el verano. No pude ver en ella la menor emoción. Tras un interminable silencio, minimizó la situación con una desaprensión tal que me heló la sangre. Cruzó las piernas, comenzó a balancear un pie en el aire y me respondió:

—Bueno, no pasa nada. Conozco miles de personas que pasaron por lo mismo y se curaron. No es tan grave.

—Sí, es grave, Vicky. Voy a tener que hacer quimioterapia para evitar que el cáncer reaparezca después de la operación. Se me va a caer todo el pelo —le dije.

Fue ahí cuando se paró, se tomó sus cabellos con ambas manos y caminó hacia el baño gritando:

—¡Yo tengo que hacerme un baño de queratina! ¡Miren mi pelo, está horrible!

Tuve que coagular mis emociones para evitar que emanen con la fuerza de una hemorragia. Conozco a Vicky, es tan liviana como bella e inteligente, pero su negación, su falta de registro, me estaban destrozando.

Sofía reaccionó de una manera más sensata aunque tampoco pudo disimular su incomodidad. Primero cerró los ojos —me he convertido en un espejo siniestro en el que nadie se quiere mirar, pensé— y enseguida salió con las estupideces que siempre se dicen en estos casos. No la culpo demasiado. Es vocera de un diputado nacional y sus comentarios suelen ser siempre políticamente correctos.

—¡Qué fuerte, Gi! Pero vas a salir adelante. Estoy segura, no te preocupes —dijo.

Así y todo no pudo evitar culparme por la enfermedad o por no haber sabido manejar mi vida. Enseguida se puso a buscar la dirección de un nutricionista especializado en cáncer para que mejore mi alimentación.

—¿Te dijeron si pudo haber influido tu depresión por Pato en todo esto? —me preguntó desde su dormitorio, mientras revolvía un cajón.

—No. Tanto mi mastóloga como el oncólogo dicen que el cáncer puede ser producto de una combinación de factores, ambientales, genéticos o hereditarios, pero que aún no saben bien qué lo origina. Es una célula que se vuelve loca, que no quiere morir y por eso no para de crecer, así de simple —respondí sola en el comedor.

Vicky dejó de mirarse en el espejo del baño y volvió para hacer una propuesta absurda.

—¿Vamos a bailar mañana a la City?

—¿Vicky, vos estás escuchando lo que estoy diciendo? —le pregunté.

No recuerdo el tono de mi voz en ese instante. Sentí un impulso rabioso pero lo contuve. No quería discutir, no tenía fuerzas. Solo quería irme a mi casa. Les dije que no me sentía bien y me pedí un taxi. En el camino me acordé de Valeria, una gran amiga con quien me distancié hace un año por una discusión política. Ella es una periodista militante del kirchnerismo y yo siempre fue crítica de ese gobierno. Se enojó conmigo cuando rechacé una buena oferta económica para trabajar con ella como editora en un diario K. Dejamos de vernos para no criticar nuestros respectivos trabajos, para no lastimar nuestra profunda amistad. Sentí una pena infinita. Ella siempre tenía una respuesta certera, tranquilizadora, convincente. De repente me di cuenta de cuanto la extrañaba.

10,81 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
130 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9789505567706
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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