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Arango, Gonzalo, 1931-1976

Reportajes: tomo I / Gonzalo Arango; prólogo de Jotamario Arbeláez. –Medellín: Editorial EAFIT, Corporación Otraparte, 2021.

352 p.; 20 cm.-- (Biblioteca Gonzalo Arango)

ISBN 978-958-720-731-6

ISBN 978-958-720-732-3 (Versión EPUB)

1. Arango, Gonzalo, 1391-1976 – Entrevistas. 2. Reportajes. 3. Literatura colombiana – Siglo XX. 4. Crónicas periodísticas. 5. Nadaísmo I. Arbeláez, Jotamario, pról. II. Hoyos, Juan José, epíl. III. Tít. IV. Serie

C868 cd 23 ed.

A662

Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas

REPORTAJES

TOMO I

PRIMERA EDICIÓN: OCTUBRE DE 1993, EDITORIAL UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA - BIBLIOTECA PÚBLICA PILOTO

SEGUNDA EDICIÓN: FEBRERO DE 2003, UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA

PRIMERA EDICIÓN EN LA COLECCIÓN BIBLIOTECA GONZALO ARANGO, MEDELLÍN, OCTUBRE DE 2021

De esta edición:

© Corporación Otraparte

© Editorial EAFIT

Carrera 49 # 7 Sur - 50, Medellín. Tel. 261 95 23

http://www.eafit.edu.co/fondo

Portal de libros: https://editorial.eafit.edu.co/index.php/editorial

Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co

ISBN: 978-958-720-731-6

ISBN: 978-958-720-732-3 (versión EPUB)

Edición y corrección: Cristian Suárez Giraldo y Gustavo Restrepo

Diseño y diagramación: Alina Giraldo Yepes

Imagen de carátula: intervención de una fotografía de Nereo López Meza

Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial

Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica:

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Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158 emitida el 13 de febrero de 2018

Editado en Medellín, Colombia

Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Contenido

NOTA EDITORIAL

PRENSA Y SENSACIÓN

Jotamario Arbeláez

GONZALO ARANGO: UNA ENTREVISTA DE LUCY NIETO DE SAMPER

Reportajes

1955

FERNANDO BOTERO EXPONDRÁ EN BOGOTÁ LA PRÓXIMA SEMANA

1965

FANNY, EL FESTIVAL DE ARTE DE CALI

EL CHOCÓ

TRÁILER FUGAZ DEL FESTIVAL DE CALI

GENIO Y LOCURA EN EL FESTIVAL DE ARTE DE VANGUARDIA

1966

REPORTAJE EN ONDA CORTA

EDUARDO MENDOZA VARELA

HERNANDO GIRALDO

URIEL OSPINA

LUCIANO JARAMILLO

ROSA MARÍA SMITH

EL POETA X-504: UN ARTISTA CON PLACA DE CARRO

UN MILITANTE DE LA BELIGERANCIA: JOSÉ GUTIÉRREZ

MARITZA URIBE DE URDINOLA

J. MARIO

FERNANDO SOTO APARICIO

ROGELIO ECHAVARRÍA

EDUARDO ESCOBAR

PABLUS GALLINAZO

HÉCTOR ROJAS HERAZO

ELMO VALENCIA

ALBA LUCÍA ÁNGEL

EL AUTOR DE EL TERREMOTO: GERMÁN PINZÓN

HERNÁN DÍAZ

CARNET DE ESCLAVA

HOMENAJE A BRETON

ALBERTO AGUIRRE

EL POETA MARIO RIVERO DE ENVIGADO, ANTIOQUIA

ÁLVARO BARRIOS

CHOCÓ EN LLAMAS

HUMBERTO NAVARRO

CARTAGENA PIRATA

EPÍLOGO

LOS REPORTAJES DE GONZALO ARANGO

Juan José Hoyos

NOTAS AL PIE

NOTA EDITORIAL

La presente edición de Reportajes recoge los textos que se publicaron en la edición de la Universidad de Antioquia (2003), así como la selección de artículos y la división en dos tomos de dicha versión. Para esta Colección Biblioteca Gonzalo Arango, editada por la Editorial EAFIT y la Corporación Otraparte, conservamos ese sentido de continuidad y unidad estética en las obras de Gonzalo Arango, buscando que los lectores encuentren en los textos, revisados nuevamente, la claridad y la insolencia con que él reportó su mundo.

El centro de este primer tomo son los reportajes dedicados al ambiente artístico de los sesenta, al nadaísmo y sus escritores, que también fueron sus amigos, y a algunas personalidades importantes del momento. Una especie de biografismo del interior, al que alude Gonzalo Arango para interpelar a sus entrevistados, pone en evidencia simultáneamente la conciencia histórica de la época. Una mayéutica a la inversa, donde parece ser Aliocha –seudónimo con que Arango firmó estos reportajes– quien devela las verdades de los interlocutores, va configurando auténticos relatos donde los personajes resultan ser, más bien, construcciones suyas.

Así, el carácter literario en el periodismo de Arango no queda en suspenso totalmente; en realidad, se confirma, como bien lo señala Juan José Hoyos en el epílogo que cierra esta edición.

Cristian Suárez Giraldo

Editor

Prensa y sensación


Al hombre que puso la poesía en estado de alerta, la regó por todo el país y la insufló de manera indeleble en el alma de la juventud, ahora se le quiere desconocer el título de poeta. Por fortuna para su prosa, se dice, la dedicó al periodismo. Pero creo que fue para pagar su plato de frijoles, única comida diaria que se permitía ya avanzada la noche, que tuvo que alquilar su pluma a la prensa. Era, además, la posibilidad abierta de mantenerse en contacto con su público y con sus escritores amigos.

La pasión por la creación le quitaba el sueño. Gracias a su insomnio y a su máquina de escribir de letras cuadradas dejó un caudal de literatura asombrosa expresada en todos los géneros: el poema, el cuento, la novela, el teatro, el ensayo, el panfleto, la carta. Su correspondencia se considera entre las más bellas de la tierra. Muchas de sus obras inéditas conocieron el fuego. Se encuevaba para la poesía y solo para practicar el periodismo retornaba al mundo de los humanos. Y en el periodismo hizo a su vez maravillas: reportajes, crónicas, comentarios de arte y de libros, artículos, columnas. Era un periodismo de combate, de denuncia, de hostigamiento. Pero también de un lirismo blasfemo y un tono juguetón y sarcástico.

Con la fundación del nadaísmo se le abrieron unas puertas y se le cerraron otras. Entre las siempre abiertas estuvieron las cárceles y las redacciones de los periódicos. Gonzalo sabía cómo capturar al lector, atraparlo y envolverlo. Los policías sabían hacer lo propio con él.

Todos los periódicos de Colombia y todos sus suplementos publicaron sus colaboraciones, gratis y remuneradas. Tuvo columnas en El Tiempo (Signo de Escorpión y Bolsa de Valores), en La Nueva Prensa (Todo y Nada), en El País (El Callejón de las Chuchas), en El Heraldo (Heraldo Negro), y la Última Página de Cromos. Dirigió durante ocho números su propia revista: Nadaísmo 70; y fue colaborador estelar de Esquirla, La Viga en el Ojo, El Ojo Pop y el suplemento de El Expreso, órganos nadaístas en distintas épocas. En el semanario Contrapunto de Jaime Soto publicó por entregas sus memorias de presidiario. Los periódicos se compraban para leer a Gonzalo Arango, y Gonzalo Arango muchas veces no tenía para comprar los periódicos donde escribía.

Don Camilo Restrepo, director de Cromos, lo convirtió en su pupilo. Le dio su voto de confianza y lo primero que hizo el Profeta fue presentar en una serie de entrevistas a sus compañeros de generación, mezcladitos con otros importantes personajes del mundo de la cultura. Y los altos personajes de la política comenzaron a aspirar a ser entrevistados por el insolente. Eso daba prestigio y puntaje. Gonzalo hizo unas pocas incursiones en eso tan espinoso y tiró la toalla. Entonces se dedicó a narrar sus aventuras de la errancia. Sus crónicas de Gonzalo el Simbad, en alta mar; o por los caminos de Francisco el Hombre; o en el Pacífico; en las islas de San Andrés y en el Vaupés.

Del itinerario periodístico de Gonzalo, en su primera fase, la de crónicas y entrevistas, da cuenta este libro. La segunda parte contendrá lo que fueron propiamente sus columnas. Hace diecisiete años que Gonzalo Arango leyó un periódico por última vez. Tal vez lo iba leyendo en el vehículo de servicio público cuando recibió la dentellada de un bólido. Sin embargo, lo seguimos leyendo, como si fuera un escritor de ultratumba, porque entidades generosas quieren revivirlo en el corazón de la juventud, tan necesitada hoy de paradigmas.

Jotamario Arbeláez

Bogotá, marzo de 1993

Gonzalo Arango: una entrevista de Lucy Nieto de Samper


Gonzalo Arango es mejor hablado que leído. El agresivo escritor nadaísta cuya filosofía tiende a destruir todos los mitos, todos los valores; a soltar, pudiéramos decir, todas las amarras que atan a los seres humanos a las normas establecidas, es personalmente un hombre tímido, mesurado al hablar… y hasta sencillo… Su misión, en este mundo, es vivir…, en todo el sentido de la palabra, llevándose de calle la moral, el orden, las buenas costumbres… Pero con todo y esas libertades, Gonzalo Arango no es feliz. Es un atormentado, un hombre en muchos sentidos frustrado, un solitario… “Los nadaístas somos muy desgraciados”, afirma; “además la felicidad no existe sino como un estado de plenitud anímica, que se da por oposición al dolor. Somos trágicos, pero paradójicamente podríamos llamarnos felices…, porque no nos atamos. Gozamos con irresponsabilidad. No tenemos moral”.

En el ambiente convencional en que lo entrevistamos –una pastelería–, ante una mesa con mantel almidonado y florero con rosas en el centro, parecería desubicado, ya que lo imaginamos mejor instalado en buhardillas, envueltas en humo, rodeado de hombres con pelo largo y mujeres de slacks. Pero no hay tal. Él, según nos lo confesó, ha dejado un poco de lado esa vida bohemia, para “trabajar en serio”, y a menudo se sienta ahí, ante esa misma mesa, para escribir y observar, naturalmente con ojo crítico, el mundo que lo rodea…

“LA TIMIDEZ ME HA LANZADO A LA AGRESIVIDAD”

Gonzalo Arango es, personalmente, todo lo contrario de lo que aparenta. No es el hombre agresivo, violento, escandaloso que se adivina en sus escritos… Es humilde, sencillo y habla en un tono casi dulce… “La timidez me ha lanzado a la agresividad”, explica; agresividad que para sus amigos de Cali a veces no es suficiente. Por blando, quemaron su imagen en una ceremonia que se realizó en aquella ciudad hace unos años. “Eso está bien”, afirma el padre del nadaísmo, que se encoge de hombros porque los discípulos sepan más que el maestro… “El nadaísmo no es una dictadura de conciencia. Es una posición crítica”.

Sobre la mesa hay varios ejemplares de su manifiesto al Homo sapiens. Es un manifiesto escandaloso, escrito quizás para hacer cierta la apreciación de los académicos, en un “lenguaje de alcantarilla”… ¿Cuál es la intención de ese repugnante mensaje?, le preguntamos. Afán publicitario, exhibicionismo… Él lo reconoce así. “El mejor método de persuasión es el escándalo. Somos exhibicionistas porque nos amamos mucho a nosotros mismos. Uno es más importante que todo. El espíritu hay que imponerlo con los mismos métodos con que se impone una pomada. Aspiramos a que nuestra inmortalidad nos la den por anticipado… Somos trágicos y por eso humoristas... El humor es trágico. Es el valor más alto y refinado de la inteligencia. Ser trágico es fácil: basta existir”…

“TUVE USO DE RAZÓN A LOS VEINTE AÑOS”

A pesar de que tal vez muchos lo saben, le pedimos una definición concreta del nadaísmo. Él explica: “Es la negación de todo lo muerto y la afirmación de todo lo que está vivo. Tenemos una actitud frente a la política, a la religión, a la estética. La estética nadaísta es una trampa de ratón, y hay que saber la forma de roer el queso sin quedar atrapado… No nos sometemos a ningún precepto, porque limitaríamos la libertad creadora: porque esa libertad es el valor esencial del arte”.

Gonzalo Arango interrumpe a menudo sus disertaciones para mirar al vacío… Medita sus respuestas y algunas las subraya con una sonrisa maliciosa… Se burla de todo, se ríe del mundo y de sus semejantes. A veces reconoce que es loco, pero sin embargo afirma: “He estado en contacto con psicoanalistas y he descubierto que los locos son ellos… Yo soy muy cuerdo… Ellos están llenos de complejos”…

OPINIONES PARA LUCY

¿ Qué pienso de la vida?

Que es un inventico estupendo.

De la muerte

Por desgracia existe, pero tengo fe en que los rusos inventarán la inmortalidad antes de morirme. Si la inventan prometo volverme comunista.

De las mujeres

Solo por las mujeres vale la pena vivir, y hasta escribir. Dios tuvo una idea genial al inventarlas.

Del matrimonio

Es excelente para los que no tienen nada qué hacer con su vida. Es una institución muy moral, pero va contra la naturaleza. No me gusta en absoluto. No creo que tenga mucho corazón para soportar una mujer a mi lado doce horas de día y doce de noche. Esto requiere no solo mucha paciencia sino mucho coraje.

De los hombres que se matan por las mujeres

Que son bobos. Al contrario, a mí las mujeres siempre me han servido para no matarme. Toda mi vida y todo mi pensamiento gira en torno de una mujer, de dos…, hasta de media docena. Debe ser por esto que Elena Araújo, la crítica, dice que mi literatura es frívola. Cosa que es cierta, porque yo no soy un intelectual sino un vividor.

De la fidelidad

Existe, pero no hay que creer en ella. Y es muy admirada por los fieles como todos los mitos.

De no haber fundado el nadaísmo, ¿qué habría hecho con su vida?

Supongo que lo peor, como casarme, o haberme suicidado. Todo parecía indicar que iba a ser abogado, pero afortunadamente cierta inclinación a torcerlo todo me desvió del Derecho.

¿Cree en el horóscopo?

Creo que la línea de mi vida, según los astros, es una línea curva, difícil y que conduce a la gloria.

¿Qué métodos o sistemas usa para escribir?

Ninguno. Yo soy un desordenado, un antimétodo, un anti-todo. Trabajo toda la noche porque nunca puedo dormir. Escribo, fumo, medito, hago infinidad de carras, y cuando me siento estúpido me emborracho. Luego me acuesto a las ocho de la mañana y duermo hasta que despierto. He deseado vivir libremente como los pájaros. Me encanta no tener dinero, sufrir, y no tener que trabajar en una oficina. Por lo demás, soy el escritor que más trabaja en Colombia. En cierto sentido, soy un santo.

¿Se casaría?

No, nunca, los santos no nos casamos. Sinceramente me considero el peor partido para una mujer. Y algo muy terrible: soy un solitario. Las mujeres me agradan mucho por un rato, pero no para toda la vida. La estupidez humana me ofende, me escandaliza.

A duras penas me soporto a mí mismo. Además, soy psicópata.

La gente tiene la opinión de que usted es loco. ¿Usted qué piensa?

Pienso que la gente es muy estúpida y se mete en lo que no entiende, ni le importa. Y además sí soy loco.

¿Se siente un gran escritor?

No, en absoluto, me siento limitado, infinitamente insignificante. Cuando pienso en lo poco que valgo, me da mucha lástima.

Pero ¿está orgulloso de sus libros?

No, todos los que he publicado me parecen basura, ni siquiera siento remordimiento por ellos, a lo sumo desprecio.

¿Para los nadaístas existe la inspiración?

Sí, porque a pesar de todo los nadaístas también tenemos un alma. Pero no creo en la inspiración al estilo romántico. Es más bien ciertas condiciones especiales que hacen posible la creación. No le puedo decir cuáles son esas condiciones, porque son un misterio, y aunque las poseo, no las conozco. Por ejemplo, yo sé que escribí mi novela Punta de Cielo en un mes de delirante embriaguez… Estaba abonado para el milagro. Y, sin embargo, sé que bajo otro estado diferente, esa misma obra no la habría podido escribir en dos años. La verdad es que yo no soy un escritor profesional, ni un intelectual de uso corriente, yo me siento un instintivo, un pasionario. Me agrada definirme con una frase de Lawrence, esa de que la obra nace por pasión en mí como los besos.

¿Qué le parecen las intervenciones políticas del Padre Camilo Torres?

No me parecen políticas, sino muy cristianas y humanitarias. El mismo Cristo, para demostrar que era Dios, tuvo que venir a este mundo a predicar su doctrina de amor. Camilo no hace otra cosa que recordarnos la doctrina de Cristo con palabras nuevas, pero con idénticas ideas a las que tuvo el cristianismo primitivo. No hay que olvidar que también Jesús era un político de este mundo, que era un antioligarca, un antiimperialista, y un revolucionario como Camilo, y que por eso los van a crucificar a los dos. Este curita es formidable y me encanta porque se volvió nadaísta, por lo cual yo estoy pensando volverme cristiano, para que juntos luchemos por aquello que decía Camus: los que luchan por la justicia, luchan, en última instancia, por la belleza.

¿En qué trabaja actualmente?

Acabo de grabar un long play con textos nadaístas para los Almacenes Bambuco, creo que será un éxito. A pesar de que yo no me admiro mucho, la juventud me quiere. Pero no me gusta que se ponga tanta fe en mí porque eso me crea compromisos. Detesto sentirme responsable, eso limita mi vida y mi libertad. No quiero responder a nadie de mis actos, ni a Dios ni a los hombres.

El fundador del nadaísmo es el decimotercero hijo de una familia antioqueña. Se ha desligado completamente de todos sus parientes… “No quisiera molestarlos”, afirma… “Ellos no están de acuerdo con mis ideas”… Nació en Andes, un pueblecito pequeño, y empezó a estudiar abogacía en la Universidad de Antioquia. “Iba en segundo año de Derecho (en 1952), cuando me di cuenta de que la justicia colombiana era letra muerta. Me decepcioné… En esos días había perdido los valores religiosos… y entonces se operó en mí una gran crisis… Empecé a buscar nuevos valores que justificaran mi vida. Ese valor fue el arte. Descubrí una vocación literaria… Nunca pensé en ser escritor”.

“Yo tuve uso de razón a los veinte años… Antes no había meditado en los valores… Cuando lo hice, los encontré deleznables… No resistían el análisis ni la crítica… Me volví racionalista a través de la cultura… La razón destruye la fe...”. Gonzalo Arango es el resultado natural de las sociedades fanáticas… “Una sociedad necesita equilibrarse produciendo locos… Es el caso de Fernando González… Nosotros somos sus discípulos… Y los herederos de su inconformismo”.

“LA LITERATURA ES UN OCIO”

La ocupación de Gonzalo Arango aparte de vivir es escribir, aunque en verdad tratándose de un nadaísta esa no es ocupación alguna. Considerarla como tal sería desconocer la filosofía. Y ya lo dijo Jotamario: “Para nosotros, la literatura no es un oficio sino un ocio”… Y en ese ocio han conquistado posiciones. Hace un año, en el Festival de Cali, las obras nadaístas se llevaron todos los premios. Y Gonzalo Arango anota: “El nadaísmo es la generación de vanguardia más importante de América… La filosofía de la juventud es el nadaísmo… Si no existiera el nadaísmo, no existiría literatura colombiana nueva”.

Para sacar a Arango de su nadaísmo, para ubicarlo en una órbita diferente, le hacemos preguntas idiotas. Por ejemplo: “Defina el esnobismo”… Después de pensarlo, responde, siempre con su sonrisa burlona, apretando los ojos: “El esnobista es un ser que se asoma al espejo y le di ce a su imagen: hoy sí que estás inteligente”… La definición de burgués se queda entre el tintero… Nos responde con una pregunta: “¿Usted es burguesa?”. (¿Seremos burguesas? No lo sabemos. Le pedimos a Arango que defina la burguesía para saberlo…). Pero él pasa a otro tema, no sin antes advertirnos… “Yo soy un burgués…, pero no sé cómo soy”…

Los nadaístas, dice Gonzalo Arango, son reacios a militar en ningún partido político, pero el nadaísmo representa una porción revolucionaria en el campo de la literatura que es afín a la revolución política y social. “Nos conservamos al margen de la política para ser más revolucionarios”… Y cuenta una anécdota quizás ya conocida: cuando Alfonso López Michelsen lanzó aquella frase de combate que decía: “Pasajeros de la revolución, subid a bordo”, Arango y sus amigos le pusieron un telegrama que decía: “Nosotros somos pasajeros de la revolución, pero gracias: no viajamos en tercera”.

“EL PENSAMIENTO ES UNA ENFERMEDAD DE LA VIDA”

Las cosas que dice el escritor nadaísta nos hacen meditar y nos hacen reír. Realmente, una mente organizada como la nuestra no alcanza a comprender muchas de esas genialidades… o locuras. No nos cabe en la cabeza que la razón de vivir de los nadaístas se reduzca a sensaciones físicas, a vivir la vida irresponsablemente. ¿Actuarán así acaso por cobardía…?

Gonzalo Arango continúa: “El pensamiento es una enfermedad de la vida... Uno termina por comprender que todo es absurdo, y como los nadaístas amamos la vida en forma frenética, nos atormenta tremendamente la muerte”…

Y ahora pasemos en serio a la literatura. ¿Qué fue el escándalo con el Premio Esso? Gonzalo Arango, acompañado por un grupo de intelectuales de distintas tendencias, publicó un manifiesto en el que protestaba por el fallo, proferido por distinguidos miembros de la Academia Colombiana. “La Academia tradicional se opone a toda tentativa de renovación”, afirma Gonzalo Arango. “Es una institución conservadora y el arte siempre es revolucionario, cambiando la realidad, superándose a sí mismo. Consideramos peligroso que la literatura esté sometida al yugo de la Academia, que está invadiendo terrenos absolutamente privativos de los escritores, puesto que el escritor puede llegar a ser académico, pero un académico no necesariamente es escritor. Los escritores colombianos nos sentimos ofendidos y humillados con la negativa de la Academia de aceptar los puntos de vista que les pusimos de manifiesto. La Esso piensa que por el hecho de tener la plata puede desconocer los derechos de los escritores. En vista de que se ha negado a aceptar las modificaciones al concurso, haremos una campaña de solidaridad para negarnos a participar en los futuros certámenes del Premio Esso, pues si ellos tienen la plata nosotros tenemos la literatura. Y yo pregunto: entonces, ¿con quién van a hacer el concurso? Todos los escritores del país nos vamos a comprometer a no colaborar, y quien lo haga será considerado por nosotros como traidor y mercenario”… Qué beligerantes, afirmamos… ¿No es absurdo que los mismos beneficiados se echen cuchillo en su propio pescuezo? “Sobre las bases actuales no aceptamos nada”. ¿No habrá posibilidades de acordar entre los interesados las bases? “Ellos se opusieron”.

EL SOLITARIO SE DESPIDE

El tiempo se acaba y debemos poner final a esta entrevista. Antes de despedirnos pensamos: ¿Qué estamos haciendo nosotras, católicas, en cierto modo conformistas, conscientes, responsables, escuchando a quien predica la destrucción de todo lo que para nosotras vale? ¿Estamos tratando de encauzarlo por el “buen camino”? ¿Tratamos de aprender su filosofía? Nada de eso… Son gajes del oficio, de este oficio de periodistas que nos lleva a veces a escuchar al ministro, al gerente, al sacerdote, a la señora importante, y otras veces nos coloca ante el discutido nadaísta Gonzalo Arango.

Con su melena revuelta, vestido con una chaqueta deportiva sobre un suéter de lana que lo aprisiona hasta el cuello, Gonzalo vuelve a sonreír burlonamente. En el ojal de la solapa lleva un clavel chino, que resalta agresivo sobre el tono café de la chaqueta desteñida.

Son las doce del día y el sol calienta, pero Gonzalo Arango tiene frío… Se levanta el cuello de la chaqueta, tratando de encontrar el calor que no siente… Se va a descansar, justamente cuando los otros hombres despiertan… No duerme de noche porque no puede… Cuando la actividad de la ciudad está a punto, Gonzalo Arango duerme, de espaldas al mundo. Él es un hombre solo con su talento, su inconformismo, su tragedia… Antes de despedirse nos alarga unos papeles en donde nos da su opinión sobre el amor, el matrimonio, la muerte…, y se aleja. No mira el hermoso cielo azul que recortan las montañas. No aspira la brisa fresca que nos azota los cabellos, no ve las plantas, que mezclan sus colores en los surcos del parque… Para él no se hicieron esos pequeños goces. Él no siente la alegría de la naturaleza. Recordando lo que minutos antes nos dijo, nos conformamos mejor con nuestra suerte. Es bueno tener fe, y creer en Dios, y esperar para después una vida… De cara a las montañas, respiramos alegres el aire puro.

Cromos, n.° 2.498, pp. 16-20. Bogotá, 26 de julio de 1965.

Reportajes

1955


FERNANDO BOTERO EXPONDRÁ EN BOGOTÁ LA PRÓXIMA SEMANA

Yo no soy literato sino pintor –dijo Fernando Botero cuando íbamos por una calle de Bogotá en dirección a su estudio donde preparaba los cuadros para la exposición que en el mes de mayo abrirá en la Biblioteca Nacional de su más reciente obra realizada en Europa–. Con esta aclaración, Botero quería entrar de lleno en el campo de su predilección: ¡la pintura!

El cielo frío parecía derrumbarse sobre la ciudad indefensa que se tornaría muy pronto sola y triste por la lluvia. Fernando Botero me habla sobre el espíritu de la juventud europea, de los intelectuales y pintores que trató en Madrid, Florencia y París.

—Es una juventud muy valiosa que afronta el hecho doloroso de trabajar sin porvenir, sin ilusiones. Entre cinco mil pintores jóvenes, trabajadores infatigables de su arte, muy pocos logran una realización verdadera. La miseria y la urgencia de subsistir los desplaza a otras actividades, frustrando sus valiosos talentos. En mi caso, después de trabajar y estudiar intensamente durante dos años, mi regreso a Colombia lo encuentro como una recompensa merecida, significa el reencuentro con la libertad de la naturaleza americana.

Antes de entrar en su estudio, el pintor habla con un entusiasmo desbordante, con un perfecto dominio de sus ideas, con la conciencia de que el sentimiento creador ha sido sometido a la reflexión intelectiva. Pero esta emoción no es en vano, porque en realidad Fernando Botero se ha encontrado a sí mismo en su pintura. Ya no queda en su espíritu ninguna nostalgia de esa angustia bohemia y cafetinesca de sus primeros años en Medellín, cuando se iniciaba en el manejo de los colores por el año 1950, en composiciones de un dramatismo literario que violentaba la pintura misma en busca del predominio de temas alucinantes, trágicos, expresión de su caos espiritual.

Al penetrar en su estudio yo tenía la inquietud de la sorpresa que me esperaba al presentir la pintura de este artista que después de dos años de investigación y estudio en Europa venía dispuesto con sus nuevas obras a rectificar la primera etapa de su pintura. Aquella época de la creación de Fernando Botero estaba marcada por un fatalismo sombrío donde se sentía una asfixiante soledad, testimonio de la cual quedaron una serie de entierros, pintados bajo la obsesión de la muerte, de la desesperación creadora. Era natural si estimamos el medio social, épocas depresivas en que su psicología era violentada por el impacto de fuerzas destructoras, denigrantes de la justicia, de la dignidad y de la vida. Como respuesta a esa búsqueda insatisfecha quedaron temas sombríos, tratados con tonos grises y oscuros exasperantes, muy sinceros por el sentimiento desolador que los inspiró, pero carentes de una expresión auténticamente personal, que dejaba entrever reminiscencias de Picasso y de los impresionistas franceses. Faltaba aún en su pintura el dominio y la serenidad racional, aquella que ahora ha asimilado a su propio espíritu, como un eco perdurable del Renacimiento, de augusta sobriedad y que es la superación feliz de sus primeros impulsos románticos y literarios.

Recordamos que su pintura antes de viajar a Europa expresaba un afán por la exageración casi monstruosa de las formas, que quebraba contra toda ley la armonía anatómica de los cuerpos humanos.

—Es cierto –dice el pintor–, la primera etapa de mi pintura estaba acosada por un romanticismo destructor de las formas, influida por alguna tendencia expresionista. Lo que he producido en Europa es la rectificación de todo aquello. Domina ahora en mi producción pictórica una suprema calma dentro de formas rigurosamente racionales e inflexibles. Estas obras que expondré en Bogotá nacieron de una serie de problemas que se venían planteando en mi obra desde el comienzo. Mis inquietudes surgieron de la detenida observación del arte de los museos que me presentaron la única definición verdadera y silenciosa de lo que es el arte. En medio del mar de definiciones y de tentativas para definir la esencia artística y el procedimiento para llegar a ella, el museo permanece como la única realidad poderosa e inmóvil de la verdad artística.

Cuando el pintor ha terminado de hablar me pongo a recorrer detenidamente los cuadros, en silencio, con el temor de emitir un juicio precipitado sobre esta pintura tan variada en los temas y el color: retratos, paisajes urbanos de Florencia y París, y sobre todo una serie de caballos que me llama la atención porque se nota la especial preferencia que el pintor ha manifestado en la pintura de caballos –que se destacan por su calidad y número en el conjunto general de su obra–. A mi pregunta sobre el motivo de esta preferencia el pintor responde:

—La serie de cuadros de caballos, figuras y espacios surgieron de una inmensa nostalgia de las zonas de América y de la alucinante presencia de la soledad. La forma como he tratado el espacio en estos cuadros la considero como uno de mis hallazgos plásticos más afortunados, pues por una sutil división de la línea del horizonte, el espacio ha quedado limitado parcialmente, dando posibilidades a regiones infinitas. Al mismo tiempo, he querido dar a los vanos la misma fuerza plástica de los llenos, haciendo del aire, del espacio, algo palpable, sensible.

Admiro en estos cuadros una fuerza de expresión, de vitalidad y comunico este asombro al pintor sobre el viraje de su pintura hacia el realismo, hacia la pintura como tal, sin sujeción al tema, que en estos cuadros es completamente ajeno a lo literario. Este realismo en la pintura de Fernando Botero no es en ningún caso ni fotográfico ni político y no podría explicarse como una fidelidad entre el objeto pintado y el dato sensible, sino como una derivación del sentimiento subjetivo y del pensamiento que determina el objeto exterior.

Noto que Fernando Botero no quiere comprometer su pintura en las luchas políticas, y solamente quiere pintar. Nuestro tiempo y la responsabilidad que en él tenemos que aceptar, le digo, no nos permite una actitud de evasión, ni negar en el hombre su voluntad de lucha por los valores supremos del espíritu y de la humanidad. Estamos de actores y de testigos en un momento crítico de la historia y los escritores, pintores y artistas debemos responder con nuestros actos. Y no será, naturalmente, como el postulado nihilista de André Breton que predicaba como el acto más digno del superrealismo bajar a la calle revólver en mano y disparar al azar contra la multitud.

—Tengo la convicción –dice el pintor– de que el realismo es la única solución en el caos de nuestra época y queda, en última instancia, como la única posible reacción en pintura frente al arte standard de París. Pero no necesariamente como un realismo socializante a la manera mexicana, pues no creo en obras con tesis políticas, o por lo menos en cuanto tienen de política. Ni abstraccionismo, ni política, solo pintura, producto de un compromiso entre lo que vemos y lo que sabemos, como ha sido en todas las épocas, y no el conceptualismo caligráfico de nuestros días. Tenemos un sagrado compromiso con la pintura, y para cumplirlo solo tenemos que estudiar y trabajar incansablemente.

Cuando Fernando Botero empezó a pintar no pensaba lo mismo, por eso, al comprobar los grandes alcances de su evolución, me alegra oírle confiar el éxito de su obra a la investigación y el trabajo. En sus primeros impulsos creadores en Medellín, Botero se había dado ingenuamente a la inspiración y a la espontaneidad, seguro de su disposición natural para la pintura, de su gran talento. Hoy, dominado por la serenidad que da el espíritu reflexivo y la investigación paciente de las formas, el color y la técnica, me confiesa:

—Por parte de los artistas existe una notable ignorancia del arte del pasado, con excepción del movimiento impresionista y de la producción contemporánea. Y no se estudia por el prejuicio que producen las obras perfectas en los adolescentes mentales del arte, que temen volverse académicos. Hoy que está tan de moda la espontaneidad, cualquier imperfección es elogiada y el artista teme la ejecución perfecta de sus obras. Creo que lo que nos puede dar independencia artística es el estudio de las grandes épocas del arte para volver con concepto libre y nuevo sobre nuestros temas.

—¿Qué calidad pictórica conceden en Europa a la pintura de América? –pregunto.

—Son pocos en América los auténticos pintores. Hay un vehemente deseo por parte de nuestros pintores de estar al día en la moda artística, para lo cual se sirven de los modelos de la revista Arte de Hoy y se abandonan al inmenso caudal colorístico y temático que ofrece América, para vivir una doméstica nostalgia de París. Yo creo que la única solución para un pintor americano es la de hacer pintura eminentemente americana. Quienes han logrado hacer obra importante han sido americanistas como Rivera, Siqueiros, Orozco, Portinari, pero naturalmente desde una posición estética diversa. No quiero significar, desde luego, hacer pintura a lo Rivera.

—¿Y particularmente en Colombia hay presencia y porvenir para la pintura?

—A pesar de todo, Colombia es uno de los países con un futuro artístico más definido. El progreso que se ha manifestado últimamente es notabilísimo. Han surgido artistas que bien podrían ser figuras de importancia fuera del territorio nacional. Es lamentable la falta de oportunidades y la escasa difusión de la actividad artística de Colombia en el exterior. Por ejemplo, en la última Bienal Veneciana, países menos importantes como Guatemala y Bolivia estaban representados. Sin embargo, aquí tenemos pintores que pueden representar dignamente a Colombia en estos certámenes y esperamos que así ocurra en la próxima Bienal.

—¿Su proyecto para el futuro?

—¡La pintura mural! Esta ha sido mi preocupación constante desde el comienzo de mi carrera artística, habiéndose manifestado en mis obras desde el principio un cierto sentido de primeros planos y un vigor constructivo, características estas del pintor muralista. Creo que el pintor se da plenamente en este género de pintura, pues esta es la forma, pudiéramos decir sinfónica, ya que son tantos y tan variados los problemas que atender y que constituyen un mundo aparte dentro del arte, al cual no todo pintor tiene libre acceso. En Colombia los muralistas sufren de mejicanismo. Todos llegan con el afán de efectuar la reforma agraria con un mural; todos tienen un sentido político, pero no un orden estético. En Florencia vi algo diferente. El tema fue para ellos un pretexto poético para sorprendernos luego con su poesía en la sucesión maravillosa de imágenes que hoy, perdida su leyenda y su nombre, permanecen como esencia absoluta de lo impenetrable, de lo metafísico. Es el reflejo poético de su tiempo, pero un reflejo sin tesis. Yo espero tener oportunidad de hacer pintura mural en Colombia y para eso he regresado. Afortunadamente el gobierno comienza a auspiciar una serie de obras, en un país en donde jamás ha existido el arte.

Súbitamente y a golpes empezamos a oír la caída de la lluvia: silencio. Posiblemente el pintor se ha dado a recordar con nostalgia alguna calle de Florencia, su estudio en París, un museo de arte. “Estaré siempre de regreso a Europa…”, dice al fin. Lo más valioso de mi vida y de mi pintura nació allá, y uno solo nace cuando crea.

Fernando Botero expondrá en este mes de mayo en la Biblioteca Nacional. Los que saludaron en 1951 y 1952 a un talento indudable de la pintura colombiana, confirmarán en esta oportunidad que las posibilidades de este pintor han sido realizadas excediendo en mucho los pronósticos más optimistas. Admiro ahora en él, además del pintor, al hombre que ha indagado en los secretos más hondos de este arte para llegar al secreto misterio, a la última luz del descubrimiento de sí mismo por medio de la pintura, a su independencia artística, a su independencia espiritual, y que me hace pensar en la gran verdad hegeliana del hombre que reivindica en la pintura su independencia frente a la naturaleza y a los hombres.

El Colombiano, “Dominical”, pp. 6-7. Medellín, 28 de mayo de 1989.

(Publicado originalmente en 1955).

1965


FANNY, EL FESTIVAL DE ARTE DE CALI

Si Cali no fuera Cali, sería el cielo, o una mujer. Entonces se llamaría Fanny, Sixta, Marta o Maritza.

Que Dios me perdone, pero no puedo separar nada de lo que amo de un rostro de mujer. Por ejemplo, cuando era creyente, pensaba que la Virgen era Dios, y mi complejo de Edipo teológico era para la Inmaculada. Mi nostalgia del Paraíso es una Eva desvestida a la última moda, inventando trucos para vestirse con Adán. Y cuando pienso en el Festival de Arte de Cali, ¿en quién voy a pensar sino en Fanny?

Esta artista se ha vuelto un símbolo, un imperativo de la acción, un dínamo que mueve mil cosas y personas con el pensamiento, una hecatombe, una Biblia, una filosofía del método para llevar a la práctica esa pesadilla de la imaginación que es el Festival de Arte de Cali.

Para que sea posible esa aventura espiritual ha sacrificado el sueño, la identidad, su pertenencia, y a su marido, quien desde el día en que Fanny es elegida “coordinadora” –desde luego unánimemente–, se resigna a dormir solo, comer solo, hablar solo, aburrirse solo, y todo solo, excepto ciertas cosas que solo se pueden hacer entre dos.

Pues el pobre marido entra a casa cuando Fanny sale; o sale cuando Fanny entra. Al fin vuelve a “capturar” a su mujer cuando ella ya no existe, o está desintegrada en el nirvana, es decir, cuando el Festival termina. Entonces, de la cabecera de su cama cuelga un diploma que bien podría ser un epitafio. Reza cariñosamente:

“La ciudad de Cali, a Fanny, en gratitud”.

Fanny solamente, amorosamente, a secas, como la verdad. Pues esta mujer a quien el Gobernador le dice Fanny, el obispo le dice Fanny, y solo Pedro le dice mi amor, ha terminado por perder su apellido como Desquite, como Rasputín, como X-504. Se ha vuelto un símbolo de lo más puramente caleño como el TEC, o La Manuelita.

Fanny es de esos seres tan vitales que uno olvida que de repente se pueda morir. Con su energía, Colombia podría mandar su primer cohete a la luna. Incluso uno puede imaginarse perfectamente que Dios después de hacer de la nada a ese monumento de Fanny, se acostó a hacer la siesta, se durmió sobre los laureles, y se olvidó de nosotros.

Un esfuerzo tan colosal está bien en Dios que es inmortal. Pero no en Fanny que hace de la nada un festival de arte nacional olvidándose de que solo es una mujer como Dios manda, pero no tan divina ni tan inmortal como Dios Padre.

Y por olvidarlo, una tarde casi se muere en Bogotá: la fulminó un ataque. El abogado Gustavo Vasco, su afortunado anfitrión capitalino, sin saber qué hacer ni qué rezar, confundió un ataque al corazón con la crisis de la poesía, y llamó al poeta Bonilla-Naar para que la salvara. El galeno muy ofuscado se presentó con su estetoscopio lírico, y empezó a pulsar las lánguidas palpitaciones de la adorable moribunda.

El poeta, finalmente, profetizó que se trataba de un ataque, de una desgracia para la cultura, que Fanny se iba a morir, con sus cuarenta grados de fiebre, tan desfigurada que no se parecía a Fanny, la fatalidad misma. Entonces ella como que abrió una pestaña y susurró que llamaran a Gonzalo Arango a ver si se me ocurría alguna brujería para conjurar el peligro, pues yo había estudiado algo de magia negra con los jaibanás (brujos) en las selvas del Atrato.

El poeta Bonilla, mi rival en concursos literarios, se puso muy celoso de su ministerio, pero no tuvo más remedio que telefonearme al Bar Caruso para darme la noticia. Sinceramente yo no creí en el tal ataque de Fanny, aunque mi colega juraba y gemía por el teléfono, diciendo que era algo espantoso, inminente, y que la última voluntad de la artista exigía mi presencia. En cuanto a él –agregó–, ya había hecho todo lo poéticamente posible para salvarla, y solo quedaba por intentar un milagro. ¿Yo qué pensaba? Entonces dije:

—Vea, doctor Bonilla, lo que Fanny tiene es un guayabo bogotano, dele un Alka-Seltzer, puede que eso le haga el milagrito.

El poeta trinó de ira, me acusó de charlatán, y colgó el teléfono. ¡Diablos!, me dije con remordimiento, ¿y si fuera en serio? Salí disparado como una bala. En el camino robé una rosa del jardín de una inspección de policía, y con una flor roja en la mano me presenté a exorcizar la muerte.

Evidentemente, la pobre Fanny estaba más blanca que un querubín, y yo le apliqué mi estetoscopio florecido en la nariz. Leve mejoría. El doctor Bonilla se deshizo en elogios a mis dotes de taumaturgo, me pidió permiso para respirar el aroma de la flor, y en pleno éxtasis declaró que ese perfume era el olor de la poesía misma. Yo le dije:

—Usted no conoce una verdadera rosa, doctor. Esta es una rosa subdesarrollada, una col. Si usted quiere conocer una rosa de verdad, una rosa caleña, tendría que ir a Cali en junio, más o menos en el verano, por la época del Festival de Arte; entonces usted podrá ver rosas que con solo olerlas resucitarían un muerto.

—¡Oh, no! –exclamó el galeno con escepticismo cartesiano.

—Si no cree pregúntele a Fanny, ¿verdad, cariño? (había olvidado que Fanny estaba en pleno apogeo de surmenage). No obstante, abrió la pupila, me vio, y dijo arrastrando las letras:

—Hola, ca-ri-ño…, ¿qué ho-ras son…?

—Las seis.

—¿Las seis? Demonios, a las siete tengo que estar en el grill del Hotel Cordillera exhibiendo el documental del Festival de Arte. –Y diciendo esto a velocidades de rayo se desembarazó del afiebrado sudario, lamentándose de que ya era muy tarde para ir a la peluquería, y se esfumó al baño a tirarse las mechas sobre la frente.

El poeta Bonilla no salía del asombro, del milagro, y no sabía dónde meter su inútil y estúpido estetoscopio, protestando por la evidencia.

—Es imposible, no puedo creerlo, esta mujer estaba más muerta que el Frente Nacional.

—Doctor, eso le pasa por olvidar que Fanny es Fanny, que Fanny es un milagro, que Fanny es un Festival.

Desde entonces, el escéptico e inspirado poeta doctor Bonilla juró dejar la medicina para dedicarse a la magia negra, a pesar de lo cual este año tampoco nos ganamos el Premio Esso.

ESTA MUJER INOLVIDABLE

A Fanny le gustaría que la olvidaran, que la dejaran hacer sus cosas en silencio, sin bulla, sin ostentación. Pero desgraciadamente, ella es inolvidable. Por ejemplo, en su estatura, a la que hay que llegar en ascensor, o como llegó el inspirado aeda Camacho Ramírez, quien para poderla admirar tuvo que hacerle el poema más largo y más caro de la literatura colombiana (“La vida pública”). O como Nereo, que para retratarla de cuerpo entero se tuvo que subir en el trípode. O como yo, que para llegar al hombro de Fanny me encaramé sobre mi complejo de superioridad.

Esto en cuanto a cantidad, porque en cuanto a calidad… Hace años estaba por escribirle a Fanny algo que ella se merece como mujer, como artista, y como Festival. Cada año me lo proponía y cada año fracasaba. La razón de este fracaso me parece radica en que Fanny se volvió un mito, una institución, un fenómeno colectivo, una peste sagrada. Eso me desalentaba: que ya no era una persona sino un símbolo, una maravillosa abstracción, algo como don Quijote, don Juan o nuestro Señor Jesucristo. Por esa misma razón de símbolos de la humanidad nunca he podido escribir sobre estos tres señores.

Sin embargo, este año he perdido la inhibición por una causa: resulta que ella me ha hecho víctima de una hecatombe de amistosos afectos y homenajes, y yo me sentía muy idiota para agradecerle todo eso indecible con algo tan estúpido como un artículo. Cada año yo era el invitado infalible del Festival de Fanny en Cali, y me había acostumbrado a él como a una primavera después de agotarme un año en los atroces inviernos de la mente. Esperaba junio con la excitación de unas bodas, con un anhelo vehemente de resurrección. Cali y el Festival eran para mí como una medalla al guerrero y al mártir. Nada más ideal para mi hedonismo estético: las mujeres más bellas, el sol más luz, la cultura más viva, la amistad más devota, y la pandilla genial del nadaísmo caleño.

Ahora la pobre Fanny me escribe con lágrimas que este año suprimieron las “invitaciones de honor”, lo que significa que los intelectuales de honor caímos en desgracia. Pero como Fanny es invencible, amenaza que de todos modos se comprará un pasaje de honor con su sueldo de actriz para que yo vaya, y que mi dormida no es problema pues ella se piensa ir para el sofá para que yo ocupe su lugar en el rincón del señor director Pedro I. Martínez. Una idea muy cariñosa y surrealista que por supuesto debe tener a su desapacible marido tramitando el divorcio.

Este año, pues, el Festival de Fanny en Cali no me invitará, supongo que por estas tres razones:

a) Porque los azucareros se pusieron muy amargos con el hecho de que los nadaístas nos ganamos el año pasado todos los concursos de literatura: Fanny Buitrago, El Monje Loco y yo (J. Mario quedó fuera de concurso, pero se resignó con dos pecas y una trenza de Raquel Jodorowsky, lo otro no nos consta).

b) Porque algún mercenario de linotipo dijo que los nadaístas éramos “una caterva de piojosos y comuñangas” (y los caleños como que se están muriendo de miedo con la dictadura de la imbecilidad despatriada).

c) Porque yo declaré en un reportaje que en mi concepto lo mejor del Festival era la comida del Aristi (lo cual es cierto si se tiene en cuenta que mi salario de escritor nadaísta solo alcanza para dos píldoras de vitamina y un par de huevos fritos al día, hasta que aterrizo en “Cali Puerto” harto de literatura y más descarnado que una virtud).

Pero por Dios, ¿por qué los intelectuales caleños no tienen un poco de humor y toman las cosas a lo trágico, como si mi par de huevos fritos fueran los suyos? Por eso la noticia de Fanny me cayó como una patada en… En fin, en la cacerola. En vista de mi posible y trágica ausencia, J. Mario, Elmo, Alcántara, Norman Mejía y Melchor decidieron aprovechar el verano de junio y las muchedumbres del V Festival para facturar un modestico –pero a la medida de nuestro genio– Primer Festival de Arte de Vanguardia, con sede en la Galería La Nacional. Este festivalito será algo así como el hijo natural pero revoltoso del acaudalado y tradicional gran Festival de Cali, lo que equivale a los refranes populares de lo que abunda no sobra, y al que no quiere caldo se le dan dos tazas.

En vista de lo cual los nadaístas caleños me ofrecen una noche de gloria para que turbe el orden público poético de La Sultana con una conferencia que ya titulé “El striptease de lo prohibido”.

No vacilé en aceptar pensando en Cali, en sus masas burguesas y obreras ávidas de cultura, en las caleñas, en cambiar mis zapatos rotos por otros de cortesía donde Alonso, y en última instancia en mi modesto aporte al arte de vanguardia (o a la barbarie, según se mire).

Todo esto me parece magnífico y solo tendré nostalgia de los desayunos a domicilio a las tres de la tarde en el Hotel Aristi, con papaya, dos jugos de naranja (¡oh, Maiakovsky, tu hijo tiene incendio en el corazón, decid a los bomberos que suban al corazón ardiendo con un par de caricias, que yo arrancaré a mis ojos toneles de lágrimas!). Y, en fin, todo lo demás, sin olvidar las hostias sacramentales para devolver a mi alma su respectivo, ebrio y trasnochado cuerpo, quiero decir, los dos Alka-Seltzer de rigor. Allá me sentía poeta excéntrico y millonario cuando aparecía un carrito que rodaba hasta mi cabecera, lo que me hacía sentir muy embarazado, o mejor dicho como en dieta. El mesero me daba las “Buenas tardes, ilustre poeta” y me dejaba con el suculento desayuno. Pero yo lo llamaba y le decía: “Maître, voilà votre pouvoir, vous êtes très aimable, merci”. Esto me salía en un impecable francés de Marsellesa, pero en caleño era más o menos esto: “Oiga, vea, compañero, agarre este pesito de propina, y que Dios lo bendiga”.

Bueno, ya no habrá jugo de naranja a domicilio, ni chateaubriand, ni francés a la Marsellesa. Que todo sea por el festivalito de vanguardia, tan proletario él.

J. Mario, para animarme, me dice que puedo ir a dormir al barrio popular en la casa de Elmo Valencia, que no me preocupe, pues hay buses hasta las diez y media, pero que de todas maneras: “Profeta, vente como puedas, en bicicleta, como sea, las chicas preguntan por ti, preguntan por el beso anual de tu autógrafo desvalorizado, y, como si fuera poco, las chinches de La Casa del Viajero enviaron a la sede de este Festival (el de vanguardia) una comisión de alto nivel a preguntar si este año iban a tener el placer de hospedarte, de chuparte, y se volvieron locas, se alzaron la bata, se volvieron nadaístas con la noticia de tu venida. Pero, por favor, te mandan a decir que no escribas con sangre tu conferencia como predica Nietzsche porque entonces qué decepción. ¿No te parece maravilloso, Profeta maravilloso? Desde ya entrarnos en huelga de hambre para esperarte, para abrazarte, para devorarte” (Fdo. Las Pulgas).

¿Qué más podía decir sino que sí? Pues con tal de ir a Cali, voy como poeta o como boxeador, y sería hasta capaz de arriesgar mi integridad de escritor de peso pluma con Cassius Clay. Incluso, hacer cola en el paradero de buses del barrio popular para ir a dormir con Elmo Valencia (lo que por desgracia es lo que va a suceder).

LOS NADAÍSTAS SE DIVIERTEN EN JUANCHITO

La anécdota más pintoresca del pasado IV Festival nos sucedió en Juanchito, un bailadero sobre el río Cauca. Estábamos los nadaístas con la poeta peruana1 Raquel Jodorowsky, completamente peludos, felices y borrachos. Hacíamos un alboroto de mil demonios. Elmo se reía frenéticamente como un chachachá, trepidaba como una locomotora enseñando los primeros gateos del twist a J. Mario. En una mesa vecina dos parejas nos contemplaban con cara desafiante, haciéndonos sentir la adiposa sensación de que les caíamos “gordos”. Era una tensión insoportable. Al fin uno de los tipos me llamó, era muy fornido. Yo pensé que iba a hacer bronca, y aunque los nadaístas no presumimos de machos, me armé de valor, me encomendé a las ánimas, y me levanté.

—A la orden –dije con la voz más viril que pude.

—Oiga, amigazo –dijo el negrote sin esfuerzo, con una voz que sonaba a trompada–, perdone una pregunta.

—Diga –dije secamente para que no me adivinara el temblequeo.

—Perdone la indiscreta… ¿Ustedes son Los Chaparrines?

Quedé desconcertado. Yo no sabía qué diablos o qué cosas eran Los Chaparrines, ni si ser eso era bueno o malo. Me resbalé en el terror. De pronto recordé que algo semejante había oído en la radio, imaginé que serían cantantes. Mientras meditaba una respuesta adecuada, pensé que tal vez a los tipos les agradaría que nosotros fuéramos Los Chaparrines, con lo cual quedaría cancelado el lío. Hice un tanteo y pregunté:

—¿Por qué creen que somos Los Chaparrines?

—Bueno, vea, ustedes son raros, ese pelero, y cómo se ríen de sabroso.

Entonces se me ocurrió una idea genial:

—Desgraciadamente no somos Los Chaparrines, esos son otros, pero nosotros también somos artistas.

—¿Son cantantes?

—No, escritores.

—¿Escritores? Ah, qué “chévery”… Pero ustedes no son de este lado. ¿Son extranjeros?

—Bueno, sí, la señorita de trenzas es peruana; estamos aquí invitados por el Festival de Arte de Cali.

—Hombre, vea –explicó el negrazo a sus camaradas–, estos artistas “cheverengos” son invitados del Festival de Cali, vienen de las Europas.

—Oye, vea –dice el otro camarada–, ¿y cómo se sienten “vacilando” el ambiente, están contentos?

—Sí, felices, estamos locos, ya lo ven…

Mientras le explicaba que Raquel era un genio, una bruja, y que mañana íbamos a dictar conferencias en La Tertulia, me hicieron tomar dos tragos, di las gracias y me despedí. Enviaron conmigo saludos a los artistas del Festival, y que la próxima tanda era por su cuenta, “porque en Cali la movida es chévery”. Lo cual nadie lo discute, ni siquiera un nadaísta cuando los areneros del Cauca lo confunden con un Chaparrín.

LA PROCLAMA

¡Poetas…, artistas…, nadaístas…! ¡Busquen al agiotista…, empeñen el honor…, hipotequen la conciencia…, escriban un soneto, un cuento comprometido, una radionovela Palmolive, gánense el Premio Esso! ¡Todos los medios son lícitos para ir a Cali! ¡El Festival de Arte nos hará olvidar nuestra mala literatura pasada!

¡Compatriotas! Si se quieren sentir orgullosos de ser colombianos, si quieren tener idea de lo que es una patria con majestad, con cultura y con un gran pueblo, vayan a Cali y verán que Colombia puede ser, que Colombia es la mejor de las patrias posibles.

Y si se aburren, yo pago sus gastos con mi cabeza. De todos modos, yo siempre pierdo la cabeza en Cali, y hasta el corazón. ¡Felizmente!

Cromos, n.° 2.494, pp. 10-13. Bogotá, 28 de junio de 1965.

EL CHOCÓ

Fui al Chocó y me quedé como buscando dioses. Para un psicópata que no cree en el psicoanálisis, el Chocó es la tierra prometida. Luego de aterrizar en un potrero y pasar una noche de tormentas en la selva, llegué a Quibdó, capital de este paraíso tropical.

Desde mi cuarto, de día, veo un sol áspero mojado de lluvia. De noche, un jardín de estrellas, cantos salvajes, y el Atrato, río para soñar.

Allá lejos donde se pierde la mirada y empieza la otra orilla, el infinito es verde: ¡su majestad la selva! Al borde de esta selva se detuvo la civilización. Lo que sigue es leyenda, magia negra, restos de un paraíso perdido. Los indios detestan la carne humana, igual la blanca que la negra, y ni siquiera se comen a los misioneros. Ignoro si la ciencia conoce los peligros que oculta esta selva tenebrosa, pero una imaginación cobarde puede suponer sus terrores.

Olvidé cuántas horas duró el vuelo. Solo recuerdo un mar verde sin orillas, y un zancudo de aluminio que navega por un cielo de tormentas, entre nubes densas y electrizadas como hongos atómicos. La nave corcovea como un potro, el tiempo deja de contar, la carne se paraliza de miedo, uno está suspendido en la eternidad.

Si eres religioso, te aconsejo reces el “Yo Pecador”, pues sientes que la hora de tu muerte ha llegado. Si eres panteísta, abrázate al dios de las tormentas y espera un milagro del azar. Si estás enamorado, piensa en las dulzuras del amor, evoca su rostro, y una voz de tu carne se subleva, te recuerda que la vida es bella, y que es imposible morir. Pero si no crees en nada, lo más seguro es que te lleve el diablo. Para no perecer en este pánico irracional, hay que tener fe en algo, en lo que sea. La gloria en aquel cielo de temblores se resume en un deseo humilde: volver a ser un peatón.

Si he de creer a los brujos viviré una larga vida. Pero si creo en mi “estrella”, mi destino se confunde con la tragedia. Soy supersticioso. Sobre la selva nos abatió la tempestad. En El Dorado había jugado a mi muerte despidiéndome de Sandra, autorizándola para que reclamara mi calavera y se fabricara un cenicero de recuerdo. Ya en el aire, en aquel cielo electrizado, me arrepentí. Esa nota era un presagio, y las leyes ciegas del cielo nos iban a precipitar en la nada. El frágil zancudo de aluminio giraba como un pájaro loco sacudido por el viento. Pasaron horas. Al fin, mareados y aterrados, descendimos en picada a ras de árboles corpulentos y aterrizamos en un potrero: era el fin del mundo. Pero me alegré de que el fin del mundo fuera de barro. Con el puño borré el vapor que empañaba la ventanilla, y miré al exterior: selva, lluvia, un rancho de paja. Mi cuerpo se sacudía de escalofrío y esperanza. Los pasajeros negros evacuaron el avión. Sequé frías gotas de sudor que rodaban por la nuca. Luego salió de la cabina un capitán con cara de entierro. ¿Capitán eso? A lo sumo un sargento. Juro que no tenía aires de capitán, quiero decir, esa dignidad limpia y orgullosa que exhiben los que comandan grandes naves continentales. Este parecía irritado y sucio como un chofer de bus. Pero yo estaba tan feliz de llegar a tierra con vida que sentí el impulso incontenible de arrodillarme y besarle la mano. Solo dije: “Espantoso vuelo, señor capitán”. Él dijo: “Maldita lluvia, cerró los aeropuertos del litoral, no quedaba sino este potrero infeliz”.

—Entonces, ¿esto no es Quibdó?

—Es Condoto, la selva, aquí se muere un payaso.

Se me escapó una maldición, me recosté en la silla desamparado; eran las cuatro de la tarde. Como nada había qué hacer, salvo esperar, me dormí. A las cinco desperté sofocado. La chatarra ardía con un calor sucio, pegajoso: me sentí asado como un pez. Quería fumar. Salí a buscar un cigarrillo. La lluvia chapoteaba en los charcos del potrero, salté sobre el barro hacia la choza.

Los pasajeros apretados en un banco miraban caer la lluvia con ojos vacíos, melancólicos. Ya no protestaban ni esperaban nada. Todo era inútil. Daban la impresión de haberse reunido para un entierro. Pero ¿protestar contra quién? El Chocó era así, una fatalidad cósmica. Ellos habían nacido en la fatalidad y aceptaban su destino. Pero yo, desintegrado por el miedo y la cólera, era arrojado en los brazos de una aventura andrajosa, arrastrado por aquel viento de negritud.

En la oficinita, un mecánico con cara de gorila aporreaba mensajes en clave sobre máquinas mohosas. Creo que pedía socorro. El capitán, sentado a su lado en un cajón, lo contemplaba con angustia resignada. Eran mensajes para Quibdó, Buenaventura, Bahía de Solano, pidiendo pista para nuestra nave. Nadie contestó. Por último, el potrero se cubrió con una niebla de ceniza y el avión desapareció bajo un sudario. Era el fin.

Caía la noche. Nadie hablaba. Lo terrible era la mirada. En todas partes la selva, y sobre la selva la lluvia. Cuando la mirada intentaba volverse humana, fracasaba. Los rostros eran mudos como piedras, prisioneros. Pero no prisioneros vivos que esperan la libertad, el día, el cuerpo de la amada. Perdidos entre la lluvia y la selva, estábamos muertos.

Para no enloquecer escapé entre los árboles. Un guayabo ofrecía sus frutos verdes. Salté para tomar uno, pero fracasé. Por fortuna bajé la mirada a la raíz antes de trepar, y allí esperaba enroscada una fatídica cascabel con su venenosa bienvenida. La aplasté con un palo y volví a la “prisión”.

Más tarde frenó con gran estrépito de latas un trasto de carro y se llevó al capitán por un camino fangoso que se internaba en la selva rumbo a Andagoya, a un campamento extranjero que explota las minas de platino. Esto significaba noche de whisky, jazz, carne de diablo, revista Playboy, y colchón de plumas.

Pregunté al cara de gorila si podía poner un mensaje postal. Dijo que sí, pero advirtió que se iría en el mismo avión en que viajaba. Me era igual que se demorara la eternidad, lo que importaba era que alguien en alguna parte pensara en mí. Toda mi nostalgia era para el cuerpo de Sandra. Fui al guayabo y recuperé la cascabel. Sobre una envoltura de cigarrillos escribí: “Te mando un ‘cascabel’ de besos”. Metí la nota y el bicho en un sobre y lo dirigí a Sandra.

“Magnífico –pensé con alegre venganza–, mañana amanecerá podrida”.

Media hora después regresó la chatarra y nos ordenaron meternos dentro como en una tumba. Arrancó estrepitosamente, rodando por una trocha sinuosa rumbo a la noche por entre el diluvio, ladeándose, saltando, estrujándonos como queriendo vomitarnos de aquel vientre pestilente, hediondo a gasolina y a tripas que reventaban de hambre.

Para consolarnos, el chofer de la maniobra dijo que íbamos a dormir en Condoto. Diez minutos después el cacharro se atascó, patinó en el barro, y allí se quedó. Por lo cual saltamos, hundimos los pies en el arroyo, nos arrastramos en la oscuridad rumbo a lo que fuera, pues si lo que habría más allá del barro y el diluvio se llamaba Condoto, eso tenía que ser el infierno.

Una calleja enfangada por entre tinieblas y ranchos de paja nos condujo al infierno. Los negros se habían despojado de zapatos y pantalones para no embarrarlos. A la luz de los faroles aquello parecía una macabra procesión de fantasmas resucitados de la esclavitud. Escampamos en una tienda donde oscilaban mechas de petróleo. Con un aguardiente y un tabaco me volvió el gusto de vivir. Un negrito vino y me ofreció negritas para pasar la noche, pero yo no era impaciente y además estaba embarrado como un cerdo.

Los negros habían hecho mesas redondas y hablaban de política. Con la lengua desatada por el aguardiente empezaron a alborotar, me invitaron a participar en su cháchara, pero esto me parecía un sacrilegio en plena selva. Uno de ellos, lector de Platón, el que más eructaba imbecilidades, citó una frase de La República en tono oratorio, con la cual se postuló de candidato a redentor de aquella mísera negritud.

Sentí horror de estos intelectuales de la selva, pagué mis copas y furtivamente me deslicé en la oscuridad. En alguna parte del caserío ardía una llama, y entré. Con un vaso de aguardiente en la mano contemplé el paisaje: selva, lluvia, el rugiente río Condoto. Tenía la sensación de que el mundo no existía, que solo existían las tinieblas, que yo mismo era una molécula de oscuridad perdida en la noche. Me hundí en ese éxtasis feliz de no-ser, y bebí…, bebí…, be… bí…

Una luz tísica desnudó el rostro anegado de Condoto y amaneció. El alba liberaba el caserío de las frías tinieblas: ranchos miserables, calles enfangadas, rostros silentes, harapientos. Una raza oprimida que sigue fiel a la esclavitud por la miseria y esa naturaleza hosca e insumisa que parece no tener más sentido que tiranizar a los hombres por toda la eternidad.

La iglesia era una tumba helada, desapacible: muros leprosos corroídos por la feroz humedad. Pobre Dios, con denado a morir entre aquellos muros. No templo sino caverna o prisión. Cautivo en aquel desierto de soledad inhumana, testigo de una raza oprimida, envilecida por el sufrimiento. Para aquella raza no vi salvación posible, pues allí, a causa de un dolor tan bruto, no hay conciencia de vida y los hombres sin esperanzas en este inframundo hacen su propia extinción.

Busqué a Dios entre esos muros tétricos, mas no lo encontré. Es posible que, loco de piedad, desesperado de sí mismo y de la Redención, haya decidido abandonar a Condoto en manos del demonio. Y si fue así, pienso que el diablo, arrepentido y sin ambiciones sobre aquellas almas piadosas, se convirtió en el más devoto feligrés para rogar a Dios que lo mandara de nuevo a los infiernos.

Luego de un frugal desayuno callejero, el jefe de la maniobra pregonó la partida. Había madrugado a rescatar la chatarra del barro. Subimos a la jaula como reses y, rumiando los recuerdos de la noche, volvimos al potrero.

Sol avaro y neblinoso, aún caía sobre la selva una llovizna inclemente. El capitán calentó los motores, bramaron las hélices, las llantas chapotearon en el barro, se arrastraron penosamente, y la nave remontó un cielo melancólico entre nubes diseminadas rumbo a Quibdó.

Allá nos esperaba un sol de resurrección.

En Condoto quedaba toda la tristeza del mundo. Juré volver algún día, si algún día yo fuera Dios para redimirlos, pero como ser Dios no está en mis planes, por eso nunca volveré. Por desgracia, a diez kilómetros de su miseria hay una mina que podría redimirlos: ¡su mina! Pero las dragas de La Chocó Pacífico escarban día y noche en busca de las esquivas chispas del infierno: el platino. Y mientras los negros tosen tuberculosis y se entierran vivos en los socavones, el amo se despereza, desayuna con un vaso de whisky, y arroja tres maldiciones en inglés: una contra la lluvia, otra contra los zancudos, y la otra contra el negro maldito de su destino.

Poco antes de que Dios hiciera el sol y la luna, era ya de noche y llovía sobre el Atrato. Río caudaloso que cruza la selva, uno de los más hondos del mundo. Arrastra en su cauce la belleza más fabulosa y la miseria más horripilante: paisajes paradisíacos, leyendas de dioses muertos, razas sumergidas en la noche inmemorial.

El Atrato se hace caudaloso en Lloró, donde se le derrama un río de lágrimas: el Andágueda. De allí hacia el norte, el río antropófago se devora con una sed insaciable la vida de medio país, mil afluentes que multiplican sus aguas, para desembocar exhausto y torrentoso en el Caribe, preñando de agua dulce la bahía de Colombia en el golfo del Darién, esa violación profunda y azul del Atlántico que, muerto de sed de tierra, se traga un vasto territorio de selva virgen con el insaciable lamido de sus olas.

Sentado en un balcón que da sobre el río, a media noche, oigo su silencio. El Espíritu de Dios baja sobre las aguas, o tal vez canta. Cuando el Espíritu de Dios duerme, sobre el río se desliza furtivamente el silencio. Sobre este silencio, aumentado por la quietud aterradora de la selva, como un ferrocarril de agua, susurra el remo solitario de una piragua piloteada por un pescador negro, o por un cholo ebrio de chicha perdido en la noche, sin saber si la corriente baja o sube, o se estancó. Tal es la quietud. Pero el cholo se orientará por el latido de su sangre, por la memoria casi borrosa del lejano y milenario imperio de donde vino, aguas oscuras, aguas al fondo de la prehistoria, hacia el origen remoto y olvidado de sí mismo.

La vida del Chocó está formada de oscuridad y tormentas como en el Génesis. El soplo luminoso de Dios no ha maldecido aún el barro del que engendró el espíritu. Por eso, este terrón tenebroso de selva es un vestigio del paraíso que sobrevive a la maldición divina, y conserva su primitiva inocencia.

Fieros rayos acuchillan el cielo y cae la lluvia. El aguacero puede durar días y noches o no terminar nunca. Da la sensación de que el cielo aplastará la tierra, y uno se pregunta: “Dios mío, ¿de qué misterio vengo, será acaso del misterio de tu olvido? Y ¿hacia qué región del misterio va mi ser?, ¿será también hacia la nada de tu olvido cósmico?”.

Me incliné sobre la baranda podrida que da al río, y miré al fondo. Tal vez allá encontraría la respuesta, o tal vez no. Nada era verdad: el río y yo éramos parte del misterio de Dios.

La lluvia silencia el dolor de los hombres y ahoga su sueño. En la orilla lejana, como un fuego fantasma, titila la luz de un pescador. O ¿será un pez estrella que salta hacia su origen divino? Súbitamente la luz desaparece en las aguas.

Llega la mañana, mezcla de perfume de selva y avara luz de sol. Entonces la orilla se convierte en un alegre festival sobre el barro: piraguas de cholos que se embarcaron en la selva hace días y noches navegando aguas abajo, bajo un torrente de lluvias o un torrente de estrellas, y ahora atracan en la orilla pestilente con sus racimos de frutas, jaulas de pájaros, micos salvajes, collares de finas almendras, amuletos de dioses, arcos y flechas envenenadas, calabazas de chicha, y fuera de venta, hermosas cholas semidesnudas que cubren sus senos con collares, y se maquillan con tinturas vegetales. Por su parte, la negramenta aporta al mercado enormes racimos de plátanos, plateados manojos de peces que chapotean agonizantes en las canoas.

A medida que el sol se despliega en el cielo y brilla nítido entre las nubes, en el mercado acuático los negros despliegan sus sonrisas blancas en un alegre alboroto de ofertas y demandas, con un pie en las canoas y otro en el barro. Y tres razas que viven del río se mezclan en la orilla en busca de alimento, como animales anfibios.

En el malecón alquilo una canoa y subo por el río rumbo a la selva. Avanzo algunos kilómetros bajo un sol de candela y atraco en “Pueblo Mugre”. Paso el día charlando con bellas nativas y soy feliz. El sol se pone en la curva de la selva, cae la noche. Como hemos bebido dos calabazas de chicha que compramos a los cholos, me siento un poco borracho y sin ganas de regresar. Uno de los nativos me ofrece una estera para dormir, y en la cocina huele a pescado. Me quedo. Asoman las primeras estrellas. Purifico mi alma de racionalismos amargos, mis últimos gusanos de ciudad. Morirán en mí, poco a poco, mientras yo resucito. Ya mueren, los oigo morir, pues no soportan esta dicha. Mi cuerpo será un templo y en él preparo los altares de los nuevos dioses. La noche será un dios. Libre de la servidumbre mental, me desnudo como una fruta y reclamo un sitio bajo las estrellas, entre los árboles. Florezco de amor al mundo, a los reinos eternos de la naturaleza. Soy súbdito de esos reinos. Me tiendo sobre la tierra y la oigo germinar como un vientre. Es el amor de Dios quien la fecunda. Soy hijo natural de ese amor. De cara al cielo celebro mi vida como un milagro. Los últimos pájaros emigran a sus nidos en la selva. También ellos celebran con sus cantos la gloria de Dios. Mi corazón, como un petardo, estalla de dicha. Rezo en silencio a los dioses que ignoro. Dios debe ser este himno de adoración que sale del corazón de todo lo viviente.

Dios, tú existes en esta selva. Te pido perdón si en las ciudades te niego. No sé quién eres, ni qué eres. Yo soy mortal y razonable. Pero creo en el misterio de este universo que amo sin comprender. ¡Oh, Dios mío! Tú eres también un misterio, pero ¡existes!

Cromos, n.° 2.495, pp. 12-16. Bogotá, 5 de julio de 1965.

TRÁILER FUGAZ DEL FESTIVAL DE CALI

Festival viene de fiesta. Ni Atenas ni París conocieron semejante esplendor. Cali es hoy la Atenas americana. Nadie le dio ese título por decreto. Ella se lo ganó. Tampoco vamos a disputárselo a Bogotá. Cali no lo reclama, ni lo necesita. Le basta y le sobra ser simplemente la capital cultural del Nuevo Mundo.

CALI ERA UN ÉXTASIS

Después de doce días de delirante pasión por la cultura, la ciudad más alegre queda devastada, convaleciente, como después de una fiebre. El derroche de energía deja en el aire de la ciudad una sensación de melancolía, de agotamiento. Los que fuimos felices tenemos que huir antes de que se apague la última candileja, porque la nostalgia es mortal.

Huyendo del cielo caleño vine a Medellín a redactar estas notas que don Camilo espera en su escritorio de la revista Cromos. Era imposible hacerlo en Cali, pues allá hasta la metafísica es sensual. Y además soy de esos que dejan el “deber” por irse tras la túnica de una mujer. Cali era el éxtasis de mi cuerpo hasta la locura, la derrota de la mente, algo así como un triunfal: ¡No pienso, luego soy feliz!

Aquí estoy en “Todaspartes” bajo un naranjo en flor, en una clara y suave mañana medellinense, haciendo las paces con el espíritu. Aquí entre las cúpulas de la Catedral y de la Andi, símbolos de ascetismo y de orden, confío mi enamorado recuerdo a mi vagabunda y olvidada Olivetti. Ahora recuerdo que el tiempo de vivir es una estación de luz, y que el tiempo de pensar es el olvido de mí mismo.

EL FESTIVAL DE VANGUARDIA NACIÓ BARBADO

Al aterrizar en el aeropuerto de Medellín, un paisa me preguntó:

—¿Qué tal el Festival de Arte?

—¿Cuál de los dos?

—Pues el de Cali.

Para contestar la pregunta tuve que explicar que en Cali había dos Festivales de Arte: el “oficial”, y el de “vanguardia”. Porque Cali es la única ciudad en que la cultura se suma, se multiplica. Este año al tradicional Festival de Arte le nació un “un hijo calavera” que fundaron los nadaístas. Algunos lo llamaron “el festivalito”, pero otros dijeron que había nacido tan grande, que hasta le salieron barbas (casi todos los artistas nadaístas usan barbas).

Este Primer Festival de Arte de Vanguardia, por su importancia, y por su carácter subversivo, merece un tratamiento especial que dejaremos para la segunda crónica en la próxima semana. Los separo para evitar confusiones, y para que estos dos radiantes planetas de la cultura no se eclipsen mutuamente.

Por ahora deseo destacar el mérito de sus fundadores, J. Mario, Elmo Valencia, Pedro Alcántara, Alfredo Sánchez, y los otros satélites del nadaísmo caleño, quienes inconformes con aquello de que nadie es profeta en su tierra, y al sentirse desplazados y rechazados en su propia ciudad, se lanzaron en la aventura de hacer su propio festival, afirmados en su rebeldía y en sus indiscutibles valores, que son los valores de la nueva generación. El éxito y la acogida que tuvo el Festival de Vanguardia demostró que tal aventura no era un idealismo, sino una necesidad real exigida por la sensibilidad de los nuevos tiempos.

SE LEVANTA EL TELÓN DEL FESTIVAL

El viernes 18 de junio, a las siete de la noche, se levantó el telón en la Sala Antonio María Valencia. El escenario, muy suntuoso: en él aparecían Mr. Oliver, embajador de Estados Unidos; Gustavo Balcázar Monzón, minagricultura; Humberto González Narváez, gobernador del Valle; Artemo Franco, alcalde de Cali, y Fanny Mickey, la eminencia gris del Festival.

En tono solemne, con las grandes frases que caracterizan la cultura oficial, el gobernador González leyó el discurso de inauguración del importante certamen. Dijo: “La popularización de conocimientos, que son patrimonio perdurable de la especie, convencerá a nuestras gentes de que la ética es la estética de la conducta. Entonces habrá llegado el imperio definitivo de la paz, traducido en el respeto a todos los derechos y en el goce de una libertad tranquila. Solo el clima de la libertad es propicio a la búsqueda de la libertad del hombre”.

El público aplaudió. Se ofreció un coctel. El gentío se derramó por los pasillos para admirar las exposiciones. Ríos de espectadores. Todo el arte de América colgaba en los muros. A las diez de la noche los poetas y los pintores, muy felices y muy ebrios, se susurraban entre sí: “Esto se acabó…, y ahora, ¿dónde sigue la fiesta?”.

LO MÁS EXTRAORDINARIO: ¡EL PUEBLO!

Sin el pueblo caleño, el Festival no sería nada. El pueblo mismo hace el Festival, es el alma del Festival. Los artistas solo ponemos el arte. Este pueblo no es una clase social, según lo dividen los conceptos económicos. Es el pueblo en su totalidad, como condición humana, como “espíritu”. En Cali se quebró el mito de que la cultura es privilegio de minorías, esas que generalmente degradan el arte en ostentación, en esnobismo. Vi espectáculos al aire libre en el Teatro Los Cristales: había cuarenta mil espectadores. Asistí al Gimnasio Olímpico: parecía una llegada de ciclistas. Aquello era una epopeya, evocación del mundo griego, la apoteosis de un pueblo que se humaniza, que toma conciencia de sus valores, de sus derechos. Era la naturaleza de un pueblo olvidado que se recuerda, y se lanza en la aventura de lo sobrenatural. Para decirlo sencillamente: era bello hasta las lágrimas.

Era el pueblo glorificando al arte. Era el arte glorificando al pueblo. Ya no será posible hacer cultura sin su participación. Inocente Palacios, el intelectual venezolano que se mezcló conmigo una de esas noches multitudinarias, me dijo que este acontecimiento de un pueblo congregado en torno de un escenario no se veía desde el teatro griego, que Colombia y América deberían sentirse orgullosas del pueblo caleño.

Por su parte, Sonia Sanoja contempló desde los reflectores el impresionante y silencioso espectáculo humano de Los Cristales, y lloró de emoción. Me dijo: “Si algún día hago mis danzas frente a un público de estos, me sentiré inmortal”.

PANORAMA DESDE EL PUENTE

El TEC se presentó en el Municipal con esta obra de Miller. La dirigió Pedro I. Martínez, con escenografía de Manolo Lago, actuación del destacado elenco del Teatro de Cali. Dejó en el público, en los mismos actores, y en la crítica, una sensación de fracaso, de improvisación, que dejó mal parado el prestigio tradicional del TEC, y puso de relieve la crisis que padece, y que exige una solución inminente cuya otra alternativa es su liquidación. Es por lo menos una irresponsabilidad imperdonable que un conjunto profesional se presente a estreno de una obra sin ensayo general. Es falla de ética, de respeto al público y de consideración hacia los actores.

POESÍA CRISTONADAÍSTA

Un excelente recital fue protagonizado en la Biblioteca Departamental por el cura-poeta Luis Enrique Sendoya (La soledad guerrera), alternando los honores líricos con el boxeador y extrapecista Mario Rivera. El intelectual Álvaro Bejarano los coronó en su presentación con rosas místicas y luciferinas. Pero no se sabía si las místicas eran para la cabezota de Mario, y las satánicas para la inmaculada del padre Sendoya, pues ambos son poetas humanistas, de este mundo. Ambos son profanos al rechazar los dogmas de la retórica por un ateísmo estético que busca su salvación en la libertad. El padre Sendoya hizo satanismo en un hermoso poema libre dedicado a Mario Rivera. Este, a su turno, hizo misticismo en un maravilloso poema dedicado “a un amigo que se llama Dios”. El éxito de este recital místiconadaísta demostró que en cuestiones líricas el diablo es Dios, y Dios es la Poesía.

UN TAL REYNALDO D’AMORE

Nadie sabía quién era, ni siquiera los detectives de extranjería. En el catálogo del Festival lo acreditaban como “director del club de teatro de Lima”. De todos modos, fuimos a ver qué decía. No dijo nada. Sí, dijo un sartal de tonterías sin importancia para nadie, ni para nada. Fue otro error haber invitado a este personaje anónimo. El tipo le dio una cita en el Hotel Aristi a nuestro gran director Santiago García, dizque para hablar de teatro. Le dijo una pila de simplezas, y luego, con un suspiro, le confesó antes de dormirse: “Che, Santiago, el teatro es mi drama”. Se durmió como un justo. Afortunadamente, al otro día tomó sus maletas y regresó a su sede, sin pena ni gloria. Feliz viaje, D’Amore, y que no vuelva. ¡Chau!

INOCENTE PALACIOS Y PICASSO

También en La Tertulia, el intelectual y crítico venezolano disertó sobre “Tres momentos en la pintura de Picasso”. Resultó improvisada y superficial. Sin duda Palacios es un profundo conocedor de Picasso, pero la profundidad se esfumó en la “espontaneidad”. Para ser objetivo, el crítico debió complementar su exposición con proyecciones de los cuadros que iban definiendo la evolución del pintor. Sin esas ilustraciones el público se iba quedando al margen, naufragando en un mar de abstracciones. Fuera de su conferencia tuve el placer de compartir la amistad y la inteligencia y la pasión de este hombre por la cultura de su país.

Habría sido admirable si en vez de Picasso el inmortal, el tema de su conferencia hubiera sido la pintura y la literatura de Venezuela, que nos es tan afín y tan ajena.

¡Feliz viaje, Inocente, y que vuelvas!

EL PREMIO NADAL

Manuel Mejía Vallejo, el consagrado escritor antioqueño, habló sobre “La novela y el novelista”. No estuvo a la altura de lo que se esperaba de él. En esta decepción tiene la culpa el propio Mejía Vallejo, que se lanzó en una aventurada improvisación sobre temas tan complejos, aunque en su vida íntima le sean tan cotidianos. Su público era inteligente, exigente, insobornable, y fue a escucharlo con una admiración limitante en el mito de su premio internacional. Ni Mejía se portó como un mito, ni el público se lo perdonó. De todos modos, el novelista antioqueño fue una atracción intelectual y social del Festival, y en privado demostró lo que es y lo que vale, más allá del mito, como uno de los más grandes hombres colombianos de nuestra literatura.

JAIME MEJÍA DUQUE

Este invitado póstumo del Festival hizo en La Tertulia la más lúcida y consciente exposición sobre “La evolución del lenguaje en la poesía colombiana”. Mejía Duque hizo el análisis estético y social de los más importantes movimientos poéticos y de los poetas más representativos de nuestra literatura, desde el romanticismo del siglo XIX hasta el nadaísmo de 1965, terminando con el último de nuestros grandes poetas, Eduardo Escobar, de veinte años.

Fue una penetrante visión dialéctica de nuestra poesía, con derroche de síntesis, relación entre la obra de arte y los fenómenos sociales que la condicionan. Lo mejor de todo fue su análisis crítico del movimiento nadaísta. Creo que es lo único sensato que se ha dicho sobre lo que somos, y por qué somos.

PRIMER SALÓN PANAMERICANO DE PINTURA

Participaron sesenta y dos pintores americanos, con ciento veinticuatro cuadros; era todo un museo de arte contemporáneo, con todas las tendencias y estilos, y de diversa calidad. La visión panorámica era irremisiblemente mediocre. Extraordinariamente pobre la muestra del Brasil. En comparación con las de otros países, lo colombiano era lo mejor, pero en particular tampoco estuvieron a la altura de ellos mismos. Como no tengo ojo crítico, sino ojo de corazón, creo que Colombia ya tiene diez pintores de talla americana para exponer en cualquier certamen internacional. Los dibujos de Pedro Alcántara, en concepto de Inocente Palacios, podrán salir a conquistar los museos de todo el mundo dentro de algunos años.

El Salón Panamericano fue visitado diariamente, mínimo por cinco mil personas, lo que equivale a que durante el Festival desfilaron sesenta mil espectadores por la sede del Panamericano. A toda hora, de día y de noche, aquello no parecía una exposición de arte, sino una galería de plaza de mercado.

ALEJANDRO OBREGÓN EN LA TERTULIA

El maestro Obregón hizo la única exposición individual del Festival con el título de “Mangles y jardines barrocos”. La crítica sentimental fue elogiosa hasta lo desmesurado. La crítica objetiva, representada por la implacable y justiciera Marta Traba, lo condenó.

“Creo que Obregón pasa en estos momentos por una de sus crisis pictóricas, pintando formas acartonadas, muertas. Han desaparecido de su pintura la poesía y el misterio. Después de diez años de ser promotora de Obregón en todo el mundo me ha llegado la hora de darle por la cabeza” (declaración de Marta a Alegre Levy).

A pesar de Marta, los compradores no se inmutaron. El maestro Obregón dejó en los muros de la burguesía caleña diez “flores” de sus jardines barrocos, a quince mil pesos cada uno, con lo cual pudo financiar su juerga de ocho días y ocho noches, la más alucinada del Festival.

EL SALÓN DE ESCULTURA

Nada había para ver, y lo poco que había era de una falsificación y mediocridad lamentables. La montonera de tarros en chatarra; otros bloques de cemento rígido con pretensiones vanguardistas, todo eso acusando una pobreza de creación en contenido y en formas. Igual que en la pintura, en la escultura se impone un retorno a lo figurativo para superar su crisis actual. Sobrado de razón estuvo el jurado al declarar desierto el primer premio.

SALÓN DE CERÁMICA

Acusó notable calidad. La cerámica es una de las artes en ascenso. Sin duda va a desplazar la importancia de la escultura y tomar su lugar. Los ceramistas demostraron que tienen mucho qué hacer y qué decir con el barro. Y lo dijeron con profusión de belleza. Con dignidad estética. Este lenguaje del barro que canta, que se expresa, ingresó ya en las altas manifestaciones de la cultura. La mejor muestra y la que se conquistó todos los premios, correspondió al grupo de ceramistas de Medellín, que cada año retiene su preeminencia en el género, en competencia con grandes creadores de otras ciudades. El equipo medellinense es dirigido por Rodrigo Callejas (primer premio por sus Cráteres de Venus, la Luna y Marte), y Argemiro Gómez, autor de un búho metafísico cuya belleza volaba más alto que el águila, forjadores de esta generación de ceramistas antioqueños que ya conquistaron para su arte una jerarquía.

EL REALISMO SOCIALISTA DE NEREO

Nereo, artista de la cámara, hace con sus fotos arte social. En ellas hay en primer plano una realidad que denuncia y da testimonio. Hace con el lente un arte dramático. Su lirismo enternecedor descubre al fondo de sus imágenes la injusticia social, la brutalidad, la miseria. Nereo olvida la naturaleza como paisaje romántico, para enfocar al hombre dentro de una “situación”, para enmarcarlo en el paisaje humano. La fotografía de Nereo tiene un sentido, es intencional, y es “política” en cuanto es combativa, y es revolucionaria porque nos presenta una sociedad podrida, de clases sociales oprimidas, de seres humanos víctimas de un orden económico injusto y humillante. Su exposición era conmovedora hasta la protesta, hasta la indignación. La cámara de Nereo es combatiente y está al servicio de la revolución nacional. Sus fotos, en un país con sensibilidad, podrían producir un golpe de Estado. Del lente de Nereo a la mirilla de un fusil, no hay sino un punto de vista para disparar al próximo blanco cuando estalle la revolución.

DOLMETSCH O LA ESTÉTICA DEL EROTISMO

Dolmetsch es la antinomia de Nereo. Si este encarna el realismo, Dolmetsch es el apologista del cuerpo humano. Su cámara “crea” la belleza del cuerpo en su espléndida desnudez, como un milagro de la naturaleza. Sus fotografías son poemas, himnos de adoración, el erotismo elevado a su expresión más alta y más lírica. Para lograr el milagro de convertir la desnudez en erotismo, Dolmetsch toma por modelos mujeres negras, donde lo sensual, por virtud de su mágico lente de artista, se torna estético. En este fotógrafo me ha admirado siempre una búsqueda incesante y maravillosa de las posibilidades de su arte. La realidad de esos cuerpos negros que USA de modelos: parecen desvanecerse más allá de sí mismos hacia imágenes de sueños, fantasías, un universo abstracto poblado de visiones surrealistas.

Dolmetsch no solo es un fotógrafo, sino también un poeta, y además un metafísico de la imagen.

LAS DANZAS DE PAUL TAYLOR

Los conjuntos de danzas fueron los espectáculos más atractivos del Festival, no solamente por su calidad estética, sino por la atracción que ejercían sobre las multitudes, lo que más o menos nos recuerda que todo pueblo vivo quiere bailar y cantar.

El triunfo de las danzas modernas de Paul Taylor fue apoteósico por su belleza plástica, el ritmo, el esplendor de sus trajes. El Municipal se colmó dos noches de “gala”. Hicieron una final presentación en Los Cristales ante cuarenta mil personas. Era un espectáculo impresionante de comunicación entre los artistas norteamericanos y el pueblo. Por desgracia, el comunista de San Pedro saboteó el hermoso conjunto gringo con un aguacero en que cayeron hasta barbas castristas, rayos, astronautas rusos…

Nos dijeron: “Si usted ama la danza con su corazón y con su alma; si ama la juventud y la libertad al mismo tiempo, el orden y la claridad, vaya a ver el grupo de danzas de Paul Taylor”.

Recibimos el consejo, ¡fuimos, vimos y nos maravillamos!

SONIA SANOJA, UN ÁNGEL QUE SE ARRASTRA

Una artista extraordinaria de la danza contemporánea. Más para la contemplación que para el deslumbramiento. Más para el éxtasis que para el delirio. De una sobriedad, de un rigor, donde la pureza no excluía la pasión. Su cuerpo era un poema matemático en movimiento. Se ajustaba filosóficamente a la poesía del ritmo interior. Sonia danzaba como quien ha inventado el reino del movimiento, su reino. Su danza me evocaba ritos religiosos bajo las estrellas, tal su pureza, su religiosidad. No se parecía a nadie, ni a nada de lo que antes vi moverse en un escenario. Era la inventora de un lenguaje nuevo para comunicar su alma al mundo. De la cabeza a los pies era un ángel terrestre. La tierra era el cielo de su vuelo. Se arrastraba como un ángel cuyas alas son su cuerpo. Fiel a la gravedad, fiel a la belleza del barro que es, del barro que pisa para emprender el vuelo hacia sí misma. Sonia no presume en sus danzas de ser un ángel, su vuelo es terrestre, y por eso se arrastra, para recordarnos, para revelarnos que somos carne que gira en la órbita del espíritu, que la danza es un lenguaje de salvación, que el movimiento no es huida, ni evasión, sino identificación de ser.

Sola con su cuerpo, la artista venezolana realizó una danza sin música (con música de silencio), que quitaba la respiración, el tiempo se detuvo, la eternidad se hizo movimiento puro, finalidad sin fin. Esta danza nos arrastró a un éxtasis en que la más alta manifestación del espíritu era un cuerpo que se arrastraba en el polvo; un cuerpo en busca de su alma, siendo alma.

“Sobre una tierra sola –dice Sonia– necesito inventar un sortilegio para salir de mí misma, necesito inventar un sortilegio para acercarme al mundo, y me entrego íntegra al ritmo vertiginoso”.

Mercedes Pardo, con sus decorados discretos y muy funcionales, defendía los movimientos de la bailarina, le abría el sésamo de espacios infinitos para que ella, entre sombras y luces mágicas, realizara el milagro de su arte. Puro, inolvidable, bello, místico, glorificador el arte de Sonia Sanoja. Que la bendiga esta tierra que tanto ama, y en la que tanto se arrastra.

LOS RUSOS SE TOMARON A CALI

Los rusos del Ballet de Ucrania nos conquistaron con sus danzas folclóricas. Unos verdaderos magos. Ahora sí queda desvirtuada la teoría de los Opus Dei políticos, de que los rusos tienen cola y huelen a azufre. Sencillamente eran unos artistas geniales. Las bailarinas eran bellas como cualquier burguesa caleña. Qué ritmo prodigioso en escena. Ciento veinte bailarines en el gigantesco escenario del Gimnasio Olímpico, y no se notaban.

El vestuario fabuloso como de Las mil y una noches, cosa de leyenda. El ritmo dinámico, viril, frenético en el grupo de los bailarines y sus danzas guerreras. En las bailarinas era la ensoñación, la poesía, la exactitud en sus idilios campesinos o en sus danzas de tejedoras.

Por tres noches consecutivas colmaron las graderías del Gimnasio Olímpico con un éxito delirante. Todo Cali se derramó a fraternizar con los rusos en la belleza de su arte, donde todos somos comunistas.

El director artístico de las danzas de Ucrania, Pavlo Virsky (artista del pueblo de la Unión Soviética, por supuesto), declaró: “Somos dichosos cuando vemos que los bailes por nosotros creados alegran a la gente, les hacen sonreír, cuando vemos que los ojos brillan llenos de agradecimiento, y en un arrebato de buenos sentimientos nos aplauden, expresando su aprobación a nuestro arte. Nosotros tratamos de mostrar con la mayor sinceridad y de cantar la gran fuerza, belleza e inagotable optimismo de nuestro pueblo ucraniano, amante de la libertad”.

Todo eso lo sentimos en Cali, y su mensaje de belleza y de libertad expresado en su arte popular nos hizo felices. ¡Gracias, queridos camaradas!

LOS PREMIOS

Salón panamericano de pintura. Primer premio, treinta mil pesos, al venezolano Jesús Rafael Soto. Segundo premio, quince mil pesos, a María Teresa Negreiros. Mención honorífica al nadaísta Pedro Alcántara Herrán.

Salón de escultura. Desierto.

Salón de cerámica. Primer premio, tres mil pesos, a Rodrigo Callejas. Segundo premio, mil quinientos pesos, a Roxana Mejía Vallejo.

Teatro. Primer premio, desierto (cinco mil pesos). Segundo premio, dos mil quinientos pesos, a Carlos Duplat (los cinco mil del primer premio se destinarán al montaje del segundo premio).

Cuento. Primer premio, mil quinientos pesos, a Óscar Collazos. Segundo premio, ochocientos pesos, a Eutiquio Leal.

Cine. Primer premio, cuatro mil pesos, a Jorge Pinto.

Premio especial. Los diez mil pesos del premio desierto de escultura, adjudicados a Alejandro Obregón.

Premio de la eterna gratitud. Del pueblo de Cali y de Colombia, a la maravillosa argentina Fanny Mickey, por el triunfo del V Festival Nacional de Arte. Amén.

Cromos, n.° 2.499, pp. 48-53. Bogotá, 2 de agosto de 1965.

GENIO Y LOCURA EN EL FESTIVAL DE ARTE DE VANGUARDIA
EN CALI LOS NADAÍSTAS HICIERON TOLDA APARTE

Los nadaístas se salieron este año con la suya. Cansados de no hacer nada; de recibirme cada año en Cali Puerto a nombre del Festival de Arte; cansados de tener paciencia, resolvieron mandarlo todo al diablo y fundaron su propio Festival. Con razón. Ellos que son profetas nunca fueron invitados al festín de la cultura. Y tenían apetito, ganas de decir sus cosas, de decir ¡noooo!, y de decir ¡basta!

Soportaron estoicamente durante cuatro años que les dijeran al verlos en los bares y en las avenidas:

“Miren esos ‘lagartos’ que van con Gonzalo Arango”.

Este año Cristo se cambió de cruz. Al vernos vagar por las mismas avenidas, los caleños nos preguntaron:

“¿Quién será ese ‘lagarto’ que va con los barbudos del Festival de Vanguardia?”.

Pues ese “lagarto” era yo. Con sus propios méritos, los nadaístas se habían conquistado la ciudad.

Al margen de ese orgullo herido que los hizo reaccionar, los nadaístas fundaron su “festivalito” por otra razón más esencial: porque había que hacer con el arte no solo una pasión estética, sino una pasión humana. Que la poesía no fuera solo bella sino además combatiente. Que la palabra, en esta época de claudicaciones y silencios, sirviera para algo más que para hacer pactos secretos, pactos de complicidad, pactos en la cumbre. Que sirviera entonces para hablar, protestar, testimoniar. Para hacer, en definitiva, arte comprometido.

El Festival de Arte de Vanguardia nació por eso: por un imperativo de la acción para convocar una audiencia en torno a la necesidad de cambiar la vida y la sociedad.

J. MARIO LEVANTA EL TELÓN

A la misma hora en que el gobernador, rodeado de Mr. Oliver, el embajador norteamericano, y otros ministros de Estado, inauguraba solemnemente el fastuoso Festival de Arte de Cali, en la Galería La Nacional se levantó el telón, y apareció un joven fantasma de veintitrés años, pálido, paranoico, de aspecto romántico, pero poéticamente el Atila del romanticismo. Era el nadaísta J. Mario. Antes de decir nada tronaron fervorosos aplausos. Luego se aflojó la corbata, que era el remedo de un cordón de zapatos con dos borlas de lana que jugaban carambolas sobre su ombligo. El poeta tomó aliento. Apenas se oía chorrear el sudor de los espectadores. Su voz quebró el silencio con el discurso más breve del mundo. Solo dijo:

“Amigos y enemigos: en nombre de los zapatos de Charles Chaplin, de su paraguas, de sus amores, de sus bigotes, declaro inaugurado el Primer Festival de Arte de Vanguardia” (hubo aplausos, pero no hubo coctel).

PINTURA DE PARTICIPACIÓN

Acto seguido, dos pintores nadaístas, Pedro Alcántara Herrán y Norman Mejía, abrieron sus exposiciones en forma original. Tomaron sus pinceles, y a cuatro manos, frente al público, empezaron a embadurnar una enorme tela blanca, a medida que iban explicando su “inexplicable” pintura. El desconcertado auditorio que asistía a ese striptease de la creación hizo preguntas. Los pintores respondieron con palabra ambigua, imposible. Como los dos eran barbudos, dijeron: “El misterio de nuestra pintura radica en los pelos de los pinceles. Si quieren respuestas objetivas busquen a los literatos. Nuestro lenguaje es mágico y no literario, somos mágicos como Dios. Dios hizo el mundo, y sin embargo nadie le ha hecho un reportaje. Amén”.

EL CUENTO DEL ZOOLÓGICO

Invitado por el Festival de Vanguardia, al fin el público caleño pudo admirar al gran director y actor Santiago García, en mi concepto el más íntegro hombre del teatro de la escena nacional. Santiago presentó cinco veces la obra de Edward Albee, El cuento del zoológico, con su compañero de actuación Kepa Amuchastegui, ante los más diversos y asombrados auditorios. Ante ellos impuso su teatro del absurdo y el desarraigo.

En vista de la acogida, Santiago aclaró que se declaraba “invitado vitalicio de los festivales de vanguardia”, y que traería sus obras para presentarlas ante el público de Cali, “donde la gente va al teatro como a la lucha libre”. En este fenómeno, justo es reconocerlo, el TEC merece los honores de haber despertado una vocación en la gente por el teatro. Pero ya era hora de que ese público, un poco aletargado por la monotonía del TEC, despertara con el impacto de nuevas experiencias. Y la obra de Albee, como la extraordinaria actuación de Santiago y Kepa, constituyó una sacudida de cataclismo que intranquilizó esa noche el sueño y la conciencia de los espectadores. Fue una lección amarga, después de la cual era imposible sentirnos inocentes. Todos éramos culpables, tramposos y asesinos. Cuando Peter, el pequeño burgués conformista, mata al vagabundo Jerry por la aparente razón baladí de defender “su” banca en el parque, somos todos los insignificantes idiotas conformistas del mundo quienes empuñamos la navaja y la hundimos en el vientre del inconforme que también exige “su” banca, su lugar en la sociedad humana que todos le negamos.

UN NADAÍSTA CON BARBAS DE NAZARENO

La revelación en poesía fue Eduardo Escobar, el más joven de los viejos nadaístas. Viene militando en el movimiento desde los quince años; por entonces le decíamos en Medellín el Nieto. Eduardo ha sido y ha hecho de todo: seminarista, presidiario, pero sobre todo poeta puro, nato. Era el amor del maestro Fernando González, quien lo llamaba místicamente el Diosecito. Apareció en Cali con su barba nazarena, sin un centavo, como siempre, y con su novia Amparo, “mi poema más revolucionario”, según dijo. El recital de Eduardo fue religioso hasta el éxtasis. Un poeta que por su edad y su frescura y su lirismo sin intelectualismo evoca relativamente el prodigio de Arthur Rimbaud, aunque su maestro más amado sea Maiakovski.

LA APASIONANTE Y APASIONADA MARTA TRABA

La combatida y combatiente crítica de arte inició el ciclo de conferencias del Festival de Vanguardia con el tema “La cultura de la incultura en Colombia”. No dejó mito sin desmitificar. Pocos ídolos de nuestras iglesias culturales resistieron su examen y su avara devoción. Ni siquiera el nadaísmo, que era el anfitrión.

Marta distribuyó porrazos a la derecha y a la izquierda, al conformismo, al folclorismo, a la inautenticidad, a la vanidad, a la soberbia del pavo del realismo americano, al nacionalismo como ceguera del más allá, a lo sublime y a lo inverosímil, a Alejandro Obregón, a las comisiones a alto nivel, al “popurrí del festival oficial”, al horripilante Guayacán del Premio Esso que calificó de “esperpento del reaccionarismo literario”. Solo Dios se salvó de la embestida trabista.

SOBRE OBREGÓN Y GUAYACÁN

“En Colombia el público está muy lejos de tener criterios de juicio coherentes. Un año aplaude la premiación de una verdadera novela como La mala hora de Gabriel García Márquez, y al año siguiente, con igual entusiasmo, defiende un adefesio increíble como Guayacán.

(No, querida Marta, estás en un error; nadie, fuera del padre Félix Restrepo y de los tres empleados de la Academia que hicieron de jurado, estuvo de acuerdo con el premio concedido a Guayacán; ni siquiera la Gran Prensa. No hay que perder de vista la claridad).

POLÉMICA CON LOS NADAÍSTAS

“El título de mi conferencia ‘La cultura de la incultura en Colombia’ parece un juego de palabras lo suficientemente espectacular como para no desentonar con el Festival de Vanguardia organizado por los escritores nadaístas. Sin embargo, no se trata de un calembour para molestar a la gente. Por el contrario, mi diferencia constante con los nadaístas es que creo profundamente en los valores de la cultura, creo en la inteligencia, y mis combates a muerte con la mediocridad, las mentiras y ficciones culturales, los falsos mitos, y las apologías ridículas y lugareñas de nombres inexistentes, siempre tienen el mismo fin: preservar los verdaderos valores postulados por la verdadera inteligencia”.

EL MONJE LOCO

Con fondo de una misteriosa música electrónica, el escritor nadaísta Elmo Valencia disertó noventa minutos durante su conferencia titulada “Inseminación artificial en Marte”. Fue una conspiración matizada de humor negro, ciencia y ficción, afirmación de un nadaísmo como literatura revolucionaria.

Dijo Elmo, entre tantas verdades, estas locuras:

“Yo creo más en la poesía que en un cheque girado para comprar conciencias, y encuentro más belleza en un grillo cantando el himno nacional que en el sonido dodecafónico de una fábrica de tornillos”.

DIÁLOGO ENTRE EL POETA Y EL POLICÍA

“¿Cómo era Colombia antes del nadaísmo? Tímida, colonial, indiferente, clerical. Colombia, la de las esmeraldas y el pan amargo. A pesar de todas las locuras que hemos hecho, si hay alguien a quien juzgar es a ti. ¿Te acuerdas del incidente que me pasó en Bogotá antes de partir para Islanada? Estaba frente a una vitrina cuando oí una voz que me dijo:

—¿Qué hace usted ahí?

Me sabía de memoria la pregunta. Para esa pregunta no había respuesta valedera. Luego sentí unos pasos a los cuales también estaba acostumbrado. El tacón hacía unos ruidos secos mientras los pasos se arrastraban. Miré las botas. Apareció después la punta del revólver, luego el kepis.

—¿Qué hace usted allí? –volvió a decirme el policía.

—Estoy mirando –dije.

—¿Hacia dónde? –preguntó.

—Hacia adelante –contesté.

—No le creo –dijo el policía.

—Está bien –dije yo.

—He dicho que no le creo –repitió.

—He dicho que está bien –le respondí.

—Usted miraba hacia atrás, ¿no es cierto?

—No, señor, miraba hacia adelante.

—Allí está lo grave, que usted miraba hacia adelante –dijo el policía.

Terminé por comprender que mi modo de mirar hacia adelante, hacia el futuro, atentaba contra el orden establecido y contra la moral, porque para decir la verdad lo que estaba mirando en la vitrina no era otra cosa que un maniquí exhibiendo un brasier”.

SEÑOR PRESIDENTE: YO EXIJO PARA EL NADAÍSMO LA CRUZ DE BOYACÁ

Para terminar su desabrochada conferencia, El Monje Loco declaró: “Ya no estamos tan locos como antes. Han llegado hasta a invitarnos a Cuba, y no a cortar caña, ni a poner nuestras barbas en remojo, sino como representantes del nadaísmo en la vanguardia literaria de América. Por lo cual le vamos a exigir muy comedidamente al señor Presidente de la República que nos otorgue la Cruz de Boyacá. Pues si a esos peludos trovadores que llaman Los Beatles la Reina Isabel les otorgó la flamante Orden del Imperio Británico, nosotros los nadaístas de Colombia merecemos la Cruz de Boyacá, no porque nuestro movimiento le haya traído divisas al país, sino para que al sentirse insultados, ciertos caballeros de la ‘Orden del Bramadero’ devuelvan sus condecoraciones, y el Banco de la República, en una prueba más de su espíritu devaluador, las convierta en chatarra y la entronice como arte de vanguardia en el Museo del Oro”.

J. MARIO: EL NADAÍSMO A LA LUZ DE LAS EXPLOSIONES

Este gran joven es un predestinado al dulce nombre de Jesús. Cristiano por la gracia de Jesús Nazareno. Vino al mundo por la gracia de don Jesús Arbeláez, sastre. Y ahora es el benemérito director de la Galería La Nacional, gracias a ese mecenas de la cultura caleña, don Jesús Ordóñez, quien ha fundado dos librerías “nacionales”, únicas en su género en Suramérica. Jotica, como tiernamente le dicen los nadaístas, fue codirector del Festival de Vanguardia, que tuvo su sede en la galería que dirige. La noche de su conferencia atestó el sótano, los pasillos, los rincones de la inmensa librería. Su voz insurrecta tronó por un parlante hasta las estrellas del cielo raso sobre el parque Caicedo.

Ni sí… ni no... “El nadaísmo nació en medio de una sociedad que, si no había muerto, apestaba. Apestaba a cachuchas sudadas de regimiento; apestaba a factorías que lanzaban por sus chimeneas el alma de los obreros; apestaba al pésimo aliento de sus discursos; apestaba al incienso de las alabanzas pagadas; apestaba a las más sucias maquinaciones políticas; apestaba a cultura de universidad, a literatura rosa, a genocidios, a miseria, a torturas, a explosiones, a plebiscitos, a pactos, ¡apestaba a peste!”.

“Entonces un grupo de jóvenes dejó su Coca-Cola a medio tomar para gritar: ¡Basta!… Basta de trampas, de suciedades, de asesinatos, de cultura sanforizada, de academismo sagrado, Jesucristo tenía más madera de Dios que la Cruz, no nos vengan con fusiles para servir a la patria. Napoleón era un enano, la cultura no es dos más dos cuatro, ni Cristóbal Colón descubrió a América, ni el átomo se parte en dos de la tristeza, ni las cataratas del Niágara son una maravilla, ni Cuba capital La Habana, ni H2O es la fórmula del agua tibia, ni Colombia es una tierra de ‘leones’. ¡Ni sí… ni no!”.

EL STRIPTEASE DE LO PROHIBIDO

De la conferencia de Gonzalo Arango –modestia aparte–, mejor callar. Son testigos más de mil caleños, el batallón de policías que acudió a preservar el orden público poético, y los vidrios de La Nacional que tuvo que reponer el señor Ordóñez. Mejor que el silencio, que hablen las palabras…

SOMOS PROFETAS PLANETARIOS

“El nadaísmo es la Ilíada de la era atómica. Somos Ulises navegando en cohetes. Somos profetas respirando los aires radiactivos de las revoluciones nucleares. Se nos critica que no estamos parados en la tierra, y tienen razón: nosotros estamos parados en el cosmos. Nuestras barbas son antenas detectando planetas, conspiraciones de dioses. Somos los héroes del celeste imperio. Hemos abierto para el hombre nuevo los dominios de una nueva era en el cosmos de la conciencia. Este dominio del hombre en el infinito es un milagro. El hombre ya no es un animal terrestre, sino un astro planetario. Se instala en la Luna, en Júpiter, tales sus conquistas colosales. Y a la hora de la Tierra, que es la hora del amor, abdica su celeste poder en los cielos azules de dos ojos de mujer”.

LA ESSO REABRIÓ SU CONCURSO SIN MODIFICACIONES

“Queremos hacer un llamado a todos los escritores nacionales para que se abstengan de participar en los futuros certámenes de novela, pues bajo estas presiones ya no será un honor ganar un premio que equivale a un vergonzoso salario de humillación y de infamia. Si la Academia se vende en dólares a la Esso, nosotros, que somos la literatura, no nos vendemos. Que sigan reeditando las babas del folclor, del romanticismo y la literatura para ángeles. Nosotros seguiremos sumergidos en nuestras alcantarillas haciendo un arte subterráneo, en las cloacas donde la vida se gesta como en un vientre, en esa oscuridad donde se forjan las conspiraciones. Entonces sí vamos a barrer con las sombras, porque la luz será cegadora”.

“Apelamos a una solidaridad total entre los escritores para demostrar con nuestra ausencia en el concurso una protesta que significaría una afirmación de nuestra dignidad estética y nuestra dignidad moral; un respeto insobornable por la libertad, y un orgullo de ser lo que somos: ¡escritores, y no papeles negociables! Quienes colaboren bajo esas condiciones degradantes serán juzgados como traidores y mercenarios, y sentenciados implacablemente. En las manos de cada escritor quedará la decisión de mojar su pluma en la tinta de la libertad, o en la gasolina del servilismo remunerado”.

¡BUENAS NOCHES, Y HASTA EL SEGUNDO FESTIVAL!

Con un agitado “Proceso de guerra verbal al arte contemporáneo”, donde intervinieron todos los artistas barbados y sin barbas del Festival de Vanguardia, a manera de despedida yo propuse que cada grupo nadaísta en cada ciudad del país organizara su propio Festival, y que el Segundo podía tener como sede a Bogotá.

Elmo Valencia protestó para decir:

—Con perdón del Profeta, este festivalito no lo dejamos salir de Cali (el público rio y aplaudió frenéticamente).

Un joven pidió la palabra para decir:

—Mi amigo y yo hemos venido todas las noches desde Buga a los actos del Festival de Vanguardia, y regresamos en el último bus de “Trejos”. También en Buga nos gustaría hacer un festivalito...

—Bueno –aceptó el Monje Loco–, hagan en Buga su festivalito, pero eso sí, no se olviden de invitar a los nadaístas de Cali (muchos aplausos y cayó el telón).

Cromos, n.° 2.501, pp. 27-29. Bogotá, 16 de agosto de 1965.

1966


REPORTAJE EN ONDA CORTA

Iniciamos hoy una serie de reportajes con cuestionarios fijos, los cuales serán sometidos a los personajes más importantes del país, bien sean escritores, artistas, boxeadores, reinas de belleza o toreros.

Estos reportajes han sido encomendados a Gonzalo Arango, nuestro ilustre colaborador, quien en lo sucesivo firmará con el seudónimo de Aliocha.

Esta primera entrega, como para dar ejemplo, es un autorreportaje. Los cuestionarios serán de cuatro tipos distintos, según la condición del personaje entrevistado.

Se trata de preguntas de mucha sugerencia y estímulo, que seguramente nos darán oportunidad de presentar a nuestros lectores un aspecto nuevo de los personajes que por esta sección desfilen.

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9789587207323
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