Kitabı oxu: «Por un cambio en la economía»
© Gonzalo García Andrés, 2016.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO986
ISBN: 9788490567357
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Dedicatoria
Agradecimientos
Introducción. Humildad y cambio
Primera parte. La embriaguez del equilibrio
1. Los pioneros. De luces y monstruos
2. Una ciencia a imagen de la mecánica
3. ¿Qué fue de la revolución keynesiana?
4. La contrarrevolución de las expectativas racionales
Segunda parte. Cinco brechas en la ortodoxia
5. De pronto, la incertidumbre (primera brecha)
6. La racionalidad naufraga entre olas (segunda brecha)
7. Flotando en el vacío institucional (tercera brecha)
8. La suerte del capital y sus gestores (cuarta brecha)
9. La inestabilidad, una hipótesis con mucho peso (quinta brecha)
Tercera parte. Los mimbres de un paradigma alternativo
10. Darwin y Keynes se encuentran en Santa Fe
11. Del homo economicus al Homo sapiens
12. La empresa, la industria y el progreso tecnológico
13. Inestabilidad y riesgo sistémico en el ecosistema financiero
14. La macroeconomía se remanga
Cuarta parte. Reflexiones normativas más allá de la ortodoxia
15. El Estado asegurador y la estabilidad de la demanda
16. Embridar las finanzas, liberar la economía
17. Compartir en la empresa y trabajar mejor
18. Globalización, innovación y desarrollo sostenible
Conclusión. Un cambio hacia el pluralismo
Bibliografía
Notas
De entre las numerosas obras sobre temas económicos que aparecen hoy en día a nivel internacional, la colección ECONOMÍA de RBA tiene como objetivo seleccionar solo las mejores, las que recojan con mayor claridad las ideas más innovadoras en torno a los problemas y debates de mayor actualidad en la realidad económica mundial. Siguiendo los criterios de calidad, lucidez y modernidad, un comité editorial dirigido por ANTONI CASTELLS y formado por JOSEP MARIA BRICALL, GUILLERMO DE LA DEHESA y EMILIO ONTIVEROS seleccionará regularmente los ensayos más sobresalientes en este ámbito. Así, con la aparición de media docena de títulos anuales, RBA quiere conformar una selecta biblioteca de actualidad económica que cumplirá dos grandes objetivos: por un lado, reunir libros de un alto nivel de calidad, escritos por economistas de reconocido prestigio, y, por otro, convertir la colección en un atlas que radiografíe la realidad económica que vivimos, de un modo ameno y comprensible para quienes no estén profesionalmente familiarizados con los temas tratados.
La colección ECONOMÍA abordará los más diversos aspectos vinculados a esta ciencia social en constante evolución sin restringir los ámbitos de sus análisis, que podrán ser nacionales, europeos o globales. De este modo, el lector interesado podrá encontrar libros que luchan por acabar con ideas profundamente arraigadas en la política y el pensamiento económico actuales (como es el caso de El Estado emprendedor, de Mariana Mazzucato), trabajos que desde una interesante perspectiva histórica ofrecen una visión alternativa sobre los fundamentos del actual sistema capitalista y propuestas innovadoras (tal es el caso de El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty) o certeros estudios sobre una realidad concreta, escritos por los mejores expertos sobre cada tema (como por ejemplo Europa sin euros, de David Marsh). Una colección, en definitiva, destinada a lectores con inquietudes y con afán de comprender mejor el mundo cambiante de la economía.
A Ana
AGRADECIMIENTOS
En abril de 2006 se reunieron en la sede del Banco Central Europeo (BCE), en Frankfurt, setenta y cinco representantes de los bancos centrales, supervisores bancarios y ministerios de Finanzas de la Unión Europea (UE). Fue una de las congregaciones de burócratas más entretenidas que recuerdo. Porque el propósito era jugar. Teníamos que jugar a gestionar una crisis financiera. Había distintos grupos y países de diferentes colores. El origen del problema era la quiebra de una empresa del sector del automóvil, que luego arrastraba a bancos de diversos países. Cuando terminamos comentamos entre nosotros cómo había terminado la simulación en cada grupo y volvimos a casa tan tranquilos.
Aquel ejercicio culminaba al menos seis años de discusiones, informes, firmas de acuerdos de cooperación y otros esfuerzos para mejorar la prevención y gestión de las crisis financieras en el seno de la UE. Sin embargo, no parecía que a ninguno de los participantes en este juego de guerra se le pasara por la cabeza que en aquel mismo instante se estaba fraguando la crisis financiera más grave desde la Gran Depresión.
Estábamos mirando hacia el lugar adecuado, pero no veíamos. Este libro surge de la perplejidad ante esa incapacidad para comprender la realidad a través de la mirada de la economía establecida.
Por mi trabajo en el Ministerio de Economía español me he empapado durante años de las doctrinas dominantes: he tenido que digerir el desayuno leyendo diarios color salmón; he resumido, diseccionado y hasta casi recitado los informes del BCE, el Fondo Monetario Internacional (FMI) o la Comisión Europea con toda su panoplia de rígidas prescripciones; he tratado con banqueros, de los privados y de los centrales, ambos igualmente apegados a la ortodoxia económica, e incluso he intentado persuadirles para que compraran deuda pública cuando todas las calamidades se cernían ya sobre la economía española.
Tuve la oportunidad también de vivir en primera línea el desmoronamiento, no del sistema, sino de la idea que nos habíamos hecho de él. Y pensé entonces que la búsqueda de una idea alternativa más ajustada a la realidad se hacía más acuciante.
Desde que el profesor Rubio de Urquía nos descubrió, en el último año de carrera, que más allá del «equilibrio general» y de lo que aprendíamos en el resto de las clases, había un universo de pensamiento económico distinto, he tratado de adentrarme en otros pagos teóricos para entender mejor la realidad y buscar fundamentos más sólidos para la política económica y financiera. Una parte fundamental del libro bebe de los escritos de estos otros economistas, tanto de los viejos habitantes extramuros de la corriente central como de una nueva generación de investigadores, muchos de los cuales trabajan en universidades europeas.
He tenido la suerte de contar con varias personas que han contribuido a este proyecto en distintas facetas, a las que les estoy inmensamente agradecido.
Este libro no habría visto la luz sin el apoyo de Guillermo de la Dehesa. Guillermo es, entre otras muchas cosas, un gran divulgador de la economía en español y un activista en la labor de transmisión de los progresos en la investigación académica al ámbito de la política económica, con particular denuedo en el caso del euro y sus todavía frustradas promesas de prosperidad.
Quiero dar las gracias también a las siguientes personas que han tenido la paciencia de leer el manuscrito y de sugerirme cambios, correcciones y mejoras: Guillermo Corral, Javier Díaz Malledo, Ángel Estrada, José María García Alonso (por esto y por tantas otras cosas), Pedro Hinojo, Luis Martí, Isaac Martín, Álvaro Ortega, Álvaro Sanmartín, Carlos Tórtola y Ángel Ubide (que, con razón, siempre me pedía una alternativa). Los errores e inexactitudes que el libro pueda contener son, por supuesto, exclusiva responsabilidad del autor. Agradezco también a la «Tertulia del Tonic» que me acogiera cuando llegué a Washington D.C. y se convirtiera en un estímulo intelectual además de en un grupo de buenos amigos.
Mucho de lo que se puede leer en las páginas que siguen tiene su origen en la interacción con mis compañeros de trabajo, profesionales excelentes (economistas y no economistas) tanto en la Dirección General del Tesoro y Política Financiera, como en la extinta Dirección General de Financiación Internacional y, finalmente, en la Oficina Económica y Comercial de la Embajada de España en Washington D.C. En los años previos a la crisis y durante los tiempos duros de 2008-2011 tuve la suerte también de tener como jefes a tres personas extraordinarias, de las que aprendí mucho y que me demostraron siempre su confianza: Soledad Núñez, David Vegara y José Manuel Campa.
Ana fue la primera lectora del manuscrito. No solo no me disuadió de mi propósito de escribir este libro, recién llegados con tres niñas pequeñas a una ciudad y a un país extraños; me animó, como viene haciendo desde hace años con cualquier proyecto que me ilusione, aunque sepa que a ella le va a robar tiempo y atención. Para ella, las gracias siempre se me quedan cortas. A Manuela, Valeria y Claudia les pido que no se resignen nunca con el mundo que les toque y les recuerdo que las ideas son la clave para cambiarlo.
INTRODUCCIÓN
HUMILDAD Y CAMBIO
Que la profesión económica pudiera ganar en humildad como consecuencia de los acontecimientos recientes es algo que debería desearse de todo corazón.
AXEL LEIJONHUFVUD (2009)
El coste verdadero de la crisis financiera no es el coste fiscal de los programas. El coste verdadero se mide en el sufrimiento humano y en el daño económico que ha causado, que es enorme. Son los empleos perdidos, las viviendas ejecutadas, las carreras universitarias que no se puede sufragar, las jubilaciones que han tenido que retrasarse.
WEB DEL TESORO DE ESTADOS UNIDOS
Aquel otoño no iba a ser como los demás. El dinero estaba asustado. El viernes, al cierre de los mercados en Wall Street, se contenía el aliento a la espera del anuncio de alguna nueva baja; se cruzaban apuestas sobre si esta vez sería un banco, un fondo de inversión, una aseguradora o las agencias hipotecarias. Algunos funcionarios federales pasaban los últimos fines de semana del verano en la oficina. En Nueva York, los jefes de los grandes bancos de inversión debían estar localizables el sábado para las autoridades; podían llamarles en cualquier momento para decidir sobre una compra a precio de ganga o para informarles de la inminente quiebra de su banco.
Durante aquellas semanas de 2008, el centro de mando de las finanzas mundiales, con su sofisticación, talento y genio para la acumulación, se tambaleaba. No se trataba en esta ocasión de un pánico pasajero o de una sana corrección de precios. El daño había alcanzado órganos vitales del engranaje, desencadenando una espiral destructiva que pronto se extendió por la economía.
El crédito dejó de fluir, los hogares frenaron el gasto y comenzaron a temer por la seguridad de sus depósitos y de sus inversiones; las empresas tenían dificultad para mantener el acceso a la financiación a corto plazo para su actividad y paralizaron los proyectos de inversión. El sistema financiero dejó de cumplir en algunos momentos sus funciones económicas esenciales: la crisis era sistémica y la amenaza de una nueva depresión como la de la década de 1930 era real.
Tras algunos titubeos iniciales y dificultades en el diagnóstico, la respuesta de la política económica fue contundente. En un corto espacio de tiempo se adoptaron medidas de corte fiscal, monetario y financiero que se situaban al margen de la ortodoxia de los últimos años. Y en pocos meses se coordinaron esas medidas entre los jefes de Estado y de Gobierno en el G20, al mismo tiempo que se inyectaban recursos en las instituciones financieras multilaterales para evitar el contagio hacia los países emergentes y en desarrollo.
La respuesta política concertada de los Estados evitó la depresión. Se consiguió frenar primero el bucle destructivo y después restaurar de manera gradual la estabilidad en el sistema financiero. Aunque con menos vigor de lo habitual tras una recesión profunda, la economía retomó una senda de expansión. La zona euro ha sido una excepción, puesto que desde principios de 2010 experimentó una mutación del mismo desorden financiero-real que golpeó a ambos lados del Atlántico en 2008, cuyas consecuencias económicas y sociales han sido devastadoras.
Dado que fueron los asesores económicos y otros economistas los que idearon la respuesta política que evitó el catastrófico escenario de la depresión, estaríamos ante un nuevo éxito de la economía... ¿o no?
No conviene restar valor al acierto en la política económica de finales de 2008 y principios de 2009. Pero aquello fue acción sin teoría; y el pragmatismo del momento no parece un programa satisfactorio para una pretendida ciencia. La ausencia de correspondencia entre las recetas que se aplicaron y las que hasta entonces se consideraban deseables ya apunta al grave desgarro que para la economía ha supuesto esta crisis.
Aunque se haya evitado la depresión, la chispa que prendió en 2007 ha llevado al sistema económico del mundo desarrollado a una triple crisis de eficiencia, de equidad y de legitimidad.
Las estimaciones del coste de la crisis en términos de bienestar material para Estados Unidos oscilan entre un 40 y un 100% del PIB.1 En los países europeos que han sufrido la doble recesión, las pérdidas acumuladas de producción respecto a la tendencia previa se situarían por encima de ese rango. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el número de personas en paro ha aumentado en 28 millones en el lustro posterior a 2007, la mitad de ellos en los países desarrollados, incluyendo 4 millones en España. Si se añade el colectivo de trabajadores que han dejado de buscar trabajo, la brecha de empleo que se ha abierto alcanza a 67 millones de personas en todo el mundo. Un gran desperdicio de recursos y un empobrecimiento no solo en términos de renta sino también de oportunidades y de capacidades.
La distribución de estos enormes costes entre los diferentes estratos de la población ha sido muy desigual. En los países anglosajones, la tendencia al aumento de la desigualdad en la distribución de la renta se interrumpió en 2009 por el efecto de la crisis sobre las rentas del capital, pero se ha reanudado a partir de 2010.2 En los estados europeos continentales, donde la distribución se había mantenido más estable en las últimas tres décadas, la crisis ha producido un aumento notable de la desigualdad. Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, 2014), la renta del 10% más pobre de los hogares españoles cayó un 14% anual entre 2007 y 2010, mientras que la renta del 10% más rico lo hizo en torno al 1% anual (nótese que la peor fase de la crisis estaba por llegar).
Por último, las intervenciones públicas para restaurar la estabilidad y atenuar las consecuencias económicas de la crisis han subvertido algunos de los principios básicos del sistema de economía de mercado. El Estado ha comprometido volúmenes ingentes de recursos de la Hacienda Pública para sostener empresas privadas, ya sea mediante préstamos, adquisición de acciones o asunción de riesgos. Así, salvo escasas excepciones, no ha funcionado el principio de que quien asume los riesgos puede ganar o perder.
Nada de lo anterior es achacable a factores exógenos, como una guerra o una pérdida de población o de capital físico. Más bien al contrario, el entorno es muy favorable para la economía, puesto que a escala global asistimos a un choque positivo en la oferta agregada que amplía las posibilidades de producción. La integración en el mercado mundial de China y de otras economías emergentes con altas tasas de ahorro eleva la fuerza de trabajo y el capital, mientras la tecnología sigue progresando a un ritmo exponencial. A pesar de las admoniciones sobre un inexorable declive occidental, este cambio estructural en la economía mundial crea nuevas oportunidades de aumentar el bienestar material para los países desarrollados.
Sin perjuicio de la incisiva pregunta de la reina Isabel de Inglaterra en su visita a la London School of Economics, el problema no es que la ciencia económica no predijera la calamidad. Aunque circulan listas de economistas «listos» que mostraron su presciencia, es poco probable que incluso los más lúcidos de entre ellos imaginaran una debacle del sistema de tales proporciones. Es dudoso, en todo caso, que la predicción forme parte de las razones de ser de una ciencia social como la economía. El problema es la incapacidad del paradigma económico dominante de entender y explicar el comportamiento de la economía y del sistema financiero en estos años.
Sin entrar en las disquisiciones sobre las causas y los culpables de la crisis, las ideas económicas dominantes han sido determinantes. La visión del funcionamiento agregado del sistema económico que encarnan ha inspirado muchas de las decisiones individuales y las políticas aplicadas en los veinticinco años previos. Detrás de fenómenos como la reducción de la tributación de las rentas del capital, la debilidad de la regulación de los mercados financieros o la gestión de la crisis del euro hay siempre una teoría o modelo económicos. La influencia de los intereses, en particular los de la plutocracia financiera y corporativa, en el proceso que nos ha llevado hasta donde estamos hoy ha sido probablemente alta. Pero haciendo caso a la advertencia de Keynes sobre el poder de las ideas, quedémonos con la economía.
La crisis es lo más cercano a una refutación empírica del paradigma dominante que permite una ciencia social. La responsabilidad derivada de este fallo es enorme.
Una primera reacción aconsejable hacia fuera es la humildad. Debemos asumir que no entendemos bien cómo funcionan la economía y el sistema financiero. Admitir los errores y la limitación de nuestro conocimiento parece lo mínimo que merece el resto de la sociedad, que viene soportando desde hace años el tono arrogante con el que muchos economistas prescriben recetas a políticos democráticamente elegidos, trabajadores y empresas, así como la falta de explicación o de juicio crítico cuando las recetas fracasan.
Pero hacia dentro de la economía, la actitud debe ser muy diferente. Hay que trabajar por un cambio profundo en la disciplina. El debate actual se centra en el alcance de este cambio. Hay quien, como Paul Krugman, considera que no nos enfrentamos a un fallo conceptual, sino solo a un problema de miopía (los economistas no estábamos mirando al sitio adecuado), y a la adopción de políticas exóticas como la austeridad expansiva, alejadas de las recetas de la economía convencional.
Al contrario, la tesis central de este libro es que el fallo tiene raíces profundas y no se podrá remediar con reformas y refinamientos del paradigma vigente. Requiere una visión nueva que quizá precise de una revolución científica, en el sentido kuhniano, que alumbre un nuevo paradigma capaz de explicar el funcionamiento del sistema económico y financiero actual.
Las bases para este «paradigma alternativo» ya existen, asentadas en la sorprendente riqueza y lucidez de gran parte del pensamiento económico que no pertenece a la corriente central de la ciencia y que se nutre también de otras disciplinas como la psicología, la sociología o la biología.
Hay además algunos signos alentadores de cambio. Se aprecian síntomas que apuntan a que la economía puede haber entrado en un período de ciencia extraordinaria. Varios de los rasgos que Thomas Kuhn atribuía a este estado previo a una revolución se empiezan a observar: discusiones sobre el método, críticas explícitas al paradigma vigente, disposición a introducir cambios en los modelos convencionales...3 incluso los estudiantes universitarios están reclamando una aproximación distinta a la enseñanza de la economía.4
No obstante, el riesgo de inmovilismo es elevado. Tras el paréntesis de heterodoxia pragmática de los momentos más críticos, la visión dominante vuelve a inspirar los análisis y las recomendaciones, aunque ahora se vistan de otra manera para que no chirríen en exceso. La crisis del euro ha vuelto a evidenciar hasta qué punto las recetas derivadas de la ortodoxia chocan con la realidad de las economías y el daño que puede generar su aplicación.
El paradigma dominante es muy resistente y ejerce una gran capacidad de atracción.
El resultado de esta confrontación de ideas depende de los economistas, así como de la presión del resto de los ciudadanos para que la economía cumpla su función, entienda mejor su objeto y evite desastres como el que hemos vivido.
PRIMERA PARTE
LA EMBRIAGUEZ DEL EQUILIBRIO
En los debates públicos sobre cuestiones económicas suelen identificarse siempre dos partes: una con tendencia al laissez faire y otra más proclive a la intervención pública. La primera se asocia con la economía neoclásica y la segunda con la economía keynesiana. ¿A cuál de estas dos habría que destronar? Si se atiende a las recetas que reinaban en los años previos a la crisis, parecería claro que se trata de la economía neoclásica. No, dirían otros; recuerden el activismo de las políticas monetarias o el elevado nivel medio de gasto público en los países desarrollados y llegarán a la conclusión de que es la economía keynesiana la que estaba al mando.
En realidad, el paradigma dominante es una síntesis de elementos neoclásicos y keynesianos. Para entenderla es imprescindible mirar hacia atrás. La historia del pensamiento económico apenas figura en los programas con los que se forman hoy los economistas. Una triste rémora del positivismo, que tiende a considerar el progreso científico como un proceso lineal y acumulativo.1 Un viaje, aunque sea fugaz, a través de la historia de las ideas económicas permite conocer el origen de las grandes cuestiones que tiene que afrontar la economía e interpretarlas en un contexto más amplio.
1
LOS PIONEROS DE LUCES Y MONSTRUOS
Los primeros cien años de vida de la economía fueron brillantes. Nació con la Ilustración,1 de la mano de un filósofo moral escocés que había escrito acerca de la ética y la jurisprudencia antes de dedicarse a la economía política. Su objeto era dilucidar la naturaleza y la causa de la riqueza de los Estados, lo que llevó a Adam Smith y a los que le sucedieron a centrar la atención en la esfera de la producción, estudiando el crecimiento y su relación con la distribución de la renta.
Los economistas clásicos utilizaron un método ecléctico, basado en la observación concienzuda de la realidad, combinando inducción y deducción en diversas proporciones según el autor. Elaboraron una teoría partiendo de una formación variada y completa marcada por el derecho natural, y la plasmaron sin más formalismos que una prosa concisa. Les animaba el afán de mejorar las condiciones materiales en que vivían sus conciudadanos, lo que les llevó a incidir en las implicaciones normativas de su teoría, adentrándose en el funcionamiento de las instituciones y en la necesidad de reformarlas.
Construyeron un sólido edificio teórico sobre dos bases: el trabajo y el intercambio voluntario en el mercado. El trabajo constituye la esencia de una visión física o material del mundo que lo convierte en el determinante del valor de los bienes. Y el valor crece con el comercio, el intercambio de iguales cantidades de trabajo, que rige la evolución de las fuerzas productivas.
EL SECRETO: EL TRABAJO Y EL INTERCAMBIO
La riqueza depende pues de la capacidad productiva del trabajo. Y la clave para acrecentarla es la división del trabajo, que permite la especialización y, con ella, el ahorro de tiempo y la mejora en la destreza de los trabajadores. Esta vinculación que hace Adam Smith entre la riqueza y la complejidad del sistema económico asociada al alcance de la división del trabajo es una idea innovadora que revela una visión dinámica del crecimiento como proceso de cambio.
La profundización de la división del trabajo requiere dos ingredientes: la acumulación de capital y el aumento del tamaño del mercado. Y así aparece otro de los actores principales de la economía moderna, el más críptico, poliédrico, inefable y conflictivo: el capital. En su acepción circulante, el capital es el adelanto a los factores de producción durante la duración del proceso productivo; los trabajadores necesitan comer para arar las tierras, aun antes de haber cosechado un grano. En la acepción fija, el capital es trabajo acumulado en bienes de producción, que sirve para producir otros bienes elevando la productividad del trabajo.
El crecimiento tiende a agotarse cuando se frena la división del trabajo y entran en acción los rendimientos decrecientes en la producción. La acumulación de capital y el comercio son el antídoto para retrasar la llegada del estado estacionario, son la savia que alimenta el proceso de expansión de la riqueza. La política económica es en gran parte una batalla constante contra la extinción del crecimiento.
Smith comienza La riqueza de las naciones con esta teoría dinámica del crecimiento, la acumulación y el cambio económico, para introducir después el mecanismo de coordinación estática a través del mercado.
En el corto plazo, el precio viene determinado por la oferta y la demanda; pero las fuerzas del mercado hacen gravitar el precio hacia su «nivel natural», que viene determinado por el coste de producción. Aunque no se ignora la influencia de la demanda y a pesar de que hay casi tantas teorías del valor como autores, la economía política clásica entiende que el valor responde a un elemento objetivo, que viene dado por la remuneración de la tierra, el capital y el trabajo necesarios para producir el bien y llevarlo al mercado. Y las remuneraciones de los factores se determinan de la misma forma que los precios de los bienes; el coste de producción es la suma de los niveles naturales de la renta de la tierra, el salario y la tasa de beneficio.
Esta teoría del valor no resuelve la paradoja derivada de obviar la influencia de la demanda en el precio natural (¿por qué es el agua más barata que los diamantes, aun siendo mucho más útil?). Y deja abierto un frente importante respecto al proceso de determinación de las remuneraciones de los factores, en particular las del trabajo y del capital. ¿Por qué la tasa de beneficio es de un 10% y no de un 5%?, ¿porque lo dice la naturaleza? No obstante, dicha teoría no deja de ser coherente con su visión física del mundo y la preeminencia del trabajo.
En los Principios de economía política y tributación (1817), David Ricardo pretendía precisamente profundizar en las leyes de la distribución de la renta utilizando un modelo agrícola, en el cual la renta de la tierra desempeña un papel esencial. Una de sus aportaciones más brillantes fue el principio de la ventaja comparativa, que demostraba que el comercio podía ser mutuamente beneficioso incluso cuando un país producía todos los bienes utilizando menor cantidad de trabajo que su socio comercial. Las diferencias en los precios relativos de los bienes entre países son causa suficiente para que la especialización mejore las posibilidades de consumo de todos.
Los clásicos pusieron tanto empeño en demoler la querencia mercantilista por la acumulación de metales que acabaron relegando el dinero al papel de velo. ¡Qué absurda confusión, confundir riqueza con dinero! Reconocieron los servicios que el dinero proporcionaba para engrasar el tráfico económico y hacer posible el comercio y la división del trabajo, pero lo despojaron de cualquier potencial efecto real. Con el fundamento de esta concepción decorativa del dinero, idearon la teoría cuantitativa, desarrollando la idea ya expresada por David Hume en 1752: si cuatro quintas partes del dinero de Inglaterra desaparecieran en una noche... no pasaría nada; los precios de los bienes bajarían en la misma proporción, aumentando las ventas al exterior hasta que las entradas de oro volvieran a su nivel inicial...; los ciudadanos ingleses y los del resto de los países podrían dormir tranquilos, el dinero no sería problema.
En parte acuciados por la eficacia de su crítica al mercantilismo, y en parte exaltados por la perfección de sus leyes naturales, llegaron a la problemática conclusión de que el volumen de producción real en el corto plazo es fijo y no depende de la demanda. La oferta crea su propia demanda, reza la Ley de Say.2 Thomas R. Malthus ya advirtió acerca de la existencia de situaciones en las que la debilidad de la demanda limita la producción. Pero resultó una voz aislada, que no impidió la convalidación de la teoría cuantitativa y de la concepción del dinero como un velo sin efectos reales como parte del acervo clásico.
Adam Smith no fue el primero en reparar en la sorprendente capacidad de los mercados para coordinar los planes y actividades económicas de la sociedad. Coordinar en el sentido de hacerlos mutuamente compatibles y de permitir su realización simultánea al llegar al equilibrio. Pero su metáfora fue imbatible. La «mano invisible» dio a la economía política clásica el pulso optimista propio de la Ilustración. La libertad económica era el secreto de la riqueza de las naciones. Pero además, cuando pueden funcionar sin trabas, las leyes naturales de la economía (mediante la competencia y la persecución del propio interés) tienden a armonizar el interés privado egoísta y el interés colectivo. El sistema está en equilibrio y es justo, porque se basa en el intercambio voluntario y en precios que reflejan las cantidades de trabajo requeridas para producir los bienes.
Libertad, riqueza, justicia, orden natural... ¿Quién se resiste a la economía política?
Con la ventaja que da un par de siglos de retraso, y con los desórdenes y abusos recientes todavía impresos en la retina, la economía clásica podría aparecer como una ilusión ingenua de un grupo de iluminados. Pero si se valora en relación a su tiempo y a su influencia posterior, los Clásicos siguen ocupando una posición más que digna como iniciadores de la ciencia económica.
Hasta 1750, la renta per cápita mundial progresó muy lentamente, como se puede observar en el gráfico de esta página, siguiendo las estimaciones de Angus Maddison. En términos de bienestar material, la vida de un ciudadano medio de principios del siglo XVIII no era muy distinta de la de su ancestro de la antigua Roma. Sin embargo, la Revolución industrial supuso el inicio de una transformación económica extraordinaria que inauguró una nueva era respecto a la capacidad de creación y multiplicación de riqueza, reflejada en la elevación de la tasa media de crecimiento de la renta per cápita. La acumulación de capital, el progreso técnico y científico y la extensión del comercio profundizaron la división del trabajo, elevando su productividad.

Fuente: Maddison (2003).
La economía clásica no fue la causa de este proceso. Pero sí proporcionó una visión del mundo que contribuyó a desencadenarlo y ampliarlo. En una sociedad en la que el espacio del mercado era muy limitado, los clásicos clamaron por ampliarlo como fórmula para la prosperidad. Y no se equivocaron en ese punto. Tampoco en la existencia de mecanismos autónomos de coordinación espontánea a través del mercado.
EL REVERSO OSCURO DE LA LEY NATURAL
En apenas unas décadas de industrialización, los fantasmas empezaron a acechar a la natural armonía de la visión clásica. El crecimiento se veía interrumpido de manera periódica por crisis. Y los supremos bienes de la libertad y la justicia parecían no estar al alcance de una gran mayoría de la población, aquella que solo poseía su trabajo para participar en el mercado; surgía una nueva clase: el proletariado. Y pronto apareció un sesudo defensor de sus intereses; un barbudo analítico que dio forma a los monstruos que habitaban bajo la ley natural.
La obra de Karl Marx y su influjo trascienden con mucho la economía. La suya fue una teoría de la historia y de la sociedad, que incluía además un análisis prospectivo del capitalismo. Marx se formó en la filosofía alemana de su época y se hizo periodista por necesidad y revolucionario por vocación, participando en la primera convulsión en la que la burguesía y el proletariado se convirtieron en antagonistas. En su exilio en Londres pasó años estudiando la economía política clásica, a la que dedicó un libro crítico antes de publicar el primer volumen de El capital en 1867.
El meollo de la teoría de Marx es su disección del modo de producción capitalista; de cómo las relaciones de producción sociales determinan la distribución del producto entre capital y trabajo. Partiendo de este análisis y utilizando como método el materialismo histórico, se remonta hacia atrás, y después proyecta hacia el futuro. Comparte con los clásicos la concepción del trabajo como causa y esencia de todo valor y también muchos de los conceptos empleados (como la distinción entre valor de cambio y valor de uso, o entre relaciones de producción y fuerzas productivas).
La principal ruptura respecto a la concepción clásica es la quiebra de la igualdad de valores en el mercado de trabajo. Los trabajadores reciben un salario igual a la cantidad de trabajo necesaria para adquirir los bienes que precisan para su reproducción o subsistencia; este es el valor de cambio del trabajo. Pero el trabajo produce un valor superior a su remuneración, su valor de uso. La diferencia es la plusvalía, que es el excedente social que en el capitalismo revierte a los propietarios de los medios de producción.
Todo el mecanismo de generación de riqueza del capitalismo se asienta, según Marx, en una relación abusiva e injusta entre capital y trabajo. Sí, los trabajadores son libres de vender su trabajo... o de morirse de hambre. En el otro lado, el propietario de los medios de producción puede retrasar la inversión, contratar menos trabajadores o cerrar y seguir disfrutando de las rentas. El capitalista es libre porque dispone de tiempo más allá de la cobertura de sus necesidades vitales; el trabajador no tiene más tiempo que el que se ve forzado a dedicar a obtener el sustento para su supervivencia y la de sus hijos. El resultado es que el beneficio es trabajo no pagado... un robo, vamos.
El análisis de la dinámica del capitalismo en la visión marxiana no es sino una aplicación de la competencia entre las empresas por la apropiación de la plusvalía. El capital se concentra, y la producción se hace más intensiva en capital y en tecnología para poder producir más y realizar, en la esfera de la circulación, más plusvalía. El capital busca nuevos yacimientos de fuerza de trabajo, internacionalizándose, y trata de mantener a raya los salarios. Pero esta dinámica engendra su propia deriva, pues la acumulación de capital y el agotamiento de la plusvalía producen una tendencia decreciente en la tasa de beneficios. La trayectoria del capitalismo es inestable, ya sea porque la demanda es insuficiente para realizar la plusvalía, ya sea porque la subida de los salarios reduce la tasa de beneficio por debajo de lo que los capitalistas consideran necesario para seguir expandiendo la producción.
¿Dónde está la contradicción? ¿Dónde se han quedado la armonía y la justicia clásicas? Marx supone que el capital fijo no produce nada más que lo necesario para su reproducción, no genera valor añadido; es solo un instrumento para la extracción de la plusvalía. Este supuesto le creó un problema técnico dentro de su propio sistema, que intentó resolver en el tercer volumen de El capital, publicado ya después de su muerte.3
Pero más allá de estas dificultades, que suelen aparecer al tratar de conciliar una teoría del valor trabajo con la teoría del capital, la hipótesis de Marx de un capital fijo superfluo es problemática, sin dejar de ser coherente con su filosofía. ¿Produce lo mismo un trabajador manual en una herrería con un martillo que en una cadena de montaje de automóviles? ¿La acumulación y el perfeccionamiento del capital fijo no elevan la capacidad productiva del trabajo? No parece muy intuitivo.
Para la economía, el elemento más valioso del pensamiento de Marx ha sido probablemente su cuestionamiento de la ley natural en la distribución del producto entre capital y trabajo. Las relaciones sociales y las instituciones relacionadas con ellas son elementos determinantes de la remuneración del trabajo y de la tasa de beneficios del capital. El 10, el 15 o el 20% de tasa de beneficios no están escritos en la naturaleza. Y el alcance de los factores sociales respecto a los factores objetivos, sean estos naturales o técnicos, ha sido y sigue siendo objeto de análisis y controversia.
Muchos otros aspectos de las ideas económicas de Marx interesan menos a nuestro propósito; en la mayoría de los casos han sido desmentidas por la evolución del capitalismo o desacreditadas por la miseria material y la opresión que han acabado sufriendo los propios trabajadores en aquellos lugares en los que se han experimentado.
2
UNA CIENCIA A IMAGEN DE LA MECÁNICA
Una tarde de verano de 1858, durante un paseo por la vereda de un río en el sur de Francia, Marie-Esprit-Léon Walras le hizo una promesa a Auguste, su padre, que cambiaría el curso de la economía. Después de sus intentos fallidos por entrar en la Escuela Politécnica y en la Escuela de Minas, sus devaneos literarios y sus incursiones en el mundo cooperativista, Walras decidió aquella tarde dedicar el resto de su vida al empeño de construir la ciencia social, continuando así los esfuerzos baldíos de su progenitor.1
Dieciséis años más tarde, tras acceder a la cátedra de Economía Política creada en la Universidad de Lausana, Walras publicó los Elementos de economía política pura, una obra que junto con la Teoría de la economía política (1871), de William Stanley Jevons, alumbraría la revolución marginalista, embrión de la Escuela Neoclásica y del paradigma que ha dominado la economía hasta hoy.
La innovación principal de ambas obras fue una teoría del valor basada en la utilidad en la que el equilibrio se expresa con un sistema de ecuaciones que relaciona precios y utilidades marginales de los bienes.2 Se ofrecía así una perspectiva nueva sobre el problema del valor y se hacía con un método distinto.
Además, Walras formuló por primera vez un modelo del funcionamiento simultáneo de todos los mercados. Introdujo la parábola del subastador para ilustrar la coordinación espontánea en el ajuste de los precios relativos;3 el precio de los bienes con exceso de demanda subía y el precio de los bienes con exceso de oferta bajaba. Este proceso de tanteo (tâtonnement) continuaba hasta que el subastador llegaba a anunciar un vector de precios para el que los excesos de demanda de todos los bienes fueran nulos. Solo al final del proceso, cuando el mercado alcanza un vector de precios de equilibrio, se producen los intercambios. Mientras tanto solo hay un juego virtual de precios y de ofertas y demandas a esos precios.
Los trabajos de Jevons y Walras iniciaron un nuevo programa de investigación que atrajo a partir de entonces a los economistas más brillantes educados en la tradición clásica: Alfred Marshall (que publicó su influyente trabajo Principios de economía política en 1890), Vilfredo Pareto e Irving Fisher, entre otros. Los historiadores del pensamiento económico han sido en general reticentes a considerar el cambio que se operó durante aquellos años como una revolución en el sentido de Kuhn. Blaug (1972) recordaba que el nuevo enfoque de la teoría del valor a partir del principio de la utilidad marginal decreciente ya lo había esbozado Hermann Heinrich Gossen unos años antes; también llamaba la atención sobre la continuidad entre el pensamiento clásico y la incipiente teoría neoclásica. Joseph A. Schumpeter consideraba que la aportación del «equilibrio general» de Walras lo convertía en uno de los más grandes economistas de la historia.
Es cierto que faltaban varios de los rasgos que definen una revolución científica, como la inconmensurabilidad y la confrontación entre lo establecido y lo nuevo. También es cierto que las implicaciones normativas de la teoría apenas variaron. Pero sí que concurría el que quizá sea el rasgo más importante de una revolución científica: una visión nueva, producto de un nuevo método. Conviene explorar la génesis de esta visión neoclásica de la economía y su relación directa con la innovación en el método, porque sigue siendo hasta hoy el prisma a través del que la gran mayoría de economistas mira el mundo.
EN BUSCA DE UNA FÍSICA SOCIAL
¿Qué animaba a aquellos ilustres decimonónicos? ¿Por qué querían ser recordados? Pues bien, su misión era convertir la economía en ciencia; elevar su rango y su prestigio, para poder así apoyar sus afanes reformadores.4 La vía más inmediata para tener éxito en esta empresa era asomarse a aquellos saberes cuyo carácter científico estaba más asentado. Y así toparon con la física.
Las cinco décadas anteriores a la revolución marginalista fueron de gran ebullición en el conocimiento físico. El siglo había empezado bajo el influjo de la mecánica newtoniana y con los avances recientes en los métodos matemáticos para explicar el movimiento mediante el cálculo de variaciones. Todavía se consideraba mayoritariamente que el calor estaba relacionado con una sustancia, a pesar de que había quien, desde hacía tiempo, trataba de relacionar el calor con el movimiento. Durante aquellos primeros años del siglo, la invención y el posterior desarrollo del motor de vapor constituyeron el ámbito en el que se fue incubando una nueva concepción del calor, de su transmisión y de su conversión en trabajo mecánico desligada de cualquier sustancia. Desde 1824 hasta finales de la década de 1860 se gestó la termodinámica con el concepto de energía y el principio de su conservación en sistemas mecánicos cerrados.
La energía no era un fluido, ni ninguna otra sustancia; era un campo de fuerzas conservativo, una variable de estado cuya conservación permitía completar la mecánica, aplicando los métodos matemáticos de Joseph-Louis de Lagrange y, posteriormente, de William R. Hamilton. La constancia de la suma de la energía cinética y de la energía potencial permitía obtener el equilibrio del sistema. Y el carácter conservativo del campo de fuerzas suponía la reversibilidad del movimiento y la independencia del tiempo; lo importante eran los puntos de equilibrio, no la trayectoria de un punto a otro del sistema.
El principio de conservación de la energía, al que llegaron distintos físicos por aproximación y partiendo de la experiencia, se convirtió en una idea de gran potencia. Su generalidad y universalidad permitió durante años albergar la hipótesis de que conduciría a la unidad de las ciencias físicas. A ello contribuyó la aplicación de las ecuaciones diferenciales al estudio de múltiples problemas físicos.
Esa idea de una propiedad inmutable expresada en términos matemáticos, pero aplicable a cualquier sistema cerrado, contribuyó de manera decisiva a la conformación de la física clásica. Purrington (1997) sostiene que el principio de conservación de la energía supuso el establecimiento final de la visión mecánica del mundo que caracterizó este período.
La concepción determinista del mundo, regido por leyes estables y permanentes, recibió un gran espaldarazo con el nacimiento de la termodinámica. Y los economistas de la época no fueron ajenos a este impulso. Esta filosofía era la que había inspirado en gran medida a los clásicos; pero el método de los economistas neoclásicos suponía una ruptura. Las matemáticas pasaban a ser el lenguaje esencial de la economía; y la utilización de los instrumentos matemáticos de la física de mediados del siglo XIX llevaba aparejada la visión mecánica del funcionamiento del mecanismo de mercado.
Los primeros neoclásicos dejaron constancia escrita de la semejanza buscada de su método con el de la física. Su propósito era elaborar una mecánica social, que descubriera las leyes de la economía y las expresara con el mismo rigor matemático que el de la mecánica natural. Irving Fisher, cuya tesis de 1892 contiene la versión quizá más depurada del modelo neoclásico de determinación de los precios, incluso incluyó una tabla de correspondencias explícitas entre los elementos de su teoría de la demanda y los de un sistema mecánico cerrado.5
Como señala Mirowski (1989), no se trata simplemente de un recurso a la física como inspiración o como metáfora aproximada. Estamos ante una aplicación consciente y explícita de los métodos y leyes de la física a la economía. Lástima que esta voluntad de importación se quedara anclada en la primera ley de la termodinámica.
Porque lo más fascinante de esta historia es que, algunos años antes de que Walras y Jevons construyeran las bases de la teoría económica neoclásica con la vista puesta en la mecánica y la conservación de la energía, la física ya había iniciado un camino que la conduciría a una revolución que demolería el edificio determinista durante las siguientes décadas.6 Y este camino empezó con la observación de que el calor siempre fluye en una sola dirección, del cuerpo caliente al frío. Algo cambiaba junto al movimiento, haciéndolo irreversible.
La generalización de esta observación la realizó Rudolf Clausius acuñando el concepto de entropía, que puede entenderse como la proporción de energía limitada o no disponible (que no puede generar trabajo) respecto a la energía libre o disponible (que sí puede transformarse en trabajo) en una estructura. La segunda ley de la termodinámica señala que el universo tiende a la máxima entropía, experimentando un continuo proceso de degradación cualitativa irreversible. Este proceso puede entenderse también como la transformación del orden en desorden.
Cien años después, Georgescu-Roegen (1971) sostenía que la ley de la entropía es indispensable para entender el proceso económico y su naturaleza ligada al cambio cualitativo. Se extrañaba también de que nadie entre los economistas neoclásicos, ni entre los pioneros ni entre sus seguidores, reparara en la necesidad de asimilar el cambio de visión sobre el mundo que se estaba gestando en la física.
EL DESARROLLO Y LA CONSOLIDACIÓN DEL PARADIGMA NEOCLÁSICO
En las seis décadas que mediaron desde la publicación de las obras marginalistas hasta la irrupción de la Gran Depresión, la teoría neoclásica se desarrolló y consolidó, convirtiéndose en un sólido paradigma. El inicio de esta fase coincidió con la creación de las primeras cátedras, que pronto abandonaron el adjetivo «político» para quedarse en economía a secas, una ciencia mayor de edad.
La teoría neoclásica fue creciendo en tres planos distintos.
El primero es el del equilibrio parcial, el análisis de un único mercado siguiendo el método de Marshall, que permite mayor flexibilidad y aproximación a la realidad. El segundo es el del equilibrio general, que conlleva un grado mayor de formalización y también de simplificación en los supuestos. El último plano es el macroeconómico, que durante años resultó ser el más incómodo para los economistas neoclásicos. También es el plano donde antes se evidenciaron algunas de las carencias del paradigma y el que ha generado mayor discusión.
Una vez establecida la teoría de la demanda del consumidor como determinante fundamental del valor, el primer desafío para la incipiente escuela neoclásica era el tratamiento adecuado de la producción. La herencia clásica era rica y sólida, pero había que reemplazarla, porque se fundaba en una concepción material del valor que no parecía fácilmente reconciliable con la utilidad. Al mismo tiempo, la crítica de Marx a la economía clásica cobró fuerza, y su refutación exigía una explicación de los mecanismos de distribución de la renta tan rigurosa como la teoría del consumo.
La ficción de la economía de intercambios, con las dotaciones de los bienes como variable exógena no podía ser el fundamento para la teoría de la oferta, ni desde una perspectiva microeconómica ni, mucho menos, desde una perspectiva agregada. La ley de los rendimientos marginales decrecientes del factor variable podía apoyar una curva de oferta microeconómica con pendiente positiva por su efecto sobre el coste marginal. Pero no todo se podía reducir a la tecnología; había que considerar también el tiempo y su efecto sobre la posibilidad de variar la cantidad de distintos factores, en particular, el capital.
Hubo algunos intentos iniciales de vincular el mundo de la producción con la utilidad. Una opción era imputar los cambios en la utilidad del consumo a los factores y los incrementos en la producción que generaban. Otra era aplicar el anverso de la teoría del consumidor a la oferta de trabajo suponiendo que este provocaba desutilidad al individuo.
Finalmente tomó cuerpo un enfoque similar al adoptado en el consumo, con empresas que maximizaban beneficios en un entorno competitivo y cuyo fundamento analítico era la función de producción. Esta se concebía como una representación de las posibilidades técnicas de producción mediante la combinación de distintas cantidades de factores. En principio relacionaba la cantidad máxima de producto de un bien con cada combinación de cantidad de capital y de trabajo empleados.7
Entre las propiedades básicas atribuidas a la representación de la tecnología mediante la función de producción, los economistas neoclásicos destacaron la no convexidad, que expresaba la inexistencia de rendimientos crecientes.8 Suponiendo mercados de bienes y de factores perfectamente competitivos, la maximización de beneficios por parte de las empresas exige la igualación de las remuneraciones reales de los factores con su productividad marginal. Así se llegaba al resultado de que la demanda de factores de las empresas era su curva de productividad marginal.
Para el factor trabajo, este resultado parecía relativamente intuitivo, aunque tenía una gran trascendencia como refutación de la teoría marxista de la plusvalía. La remuneración que recibe el trabajo es su productividad marginal, y el propietario del capital obtiene como beneficio la diferencia acumulada entre la productividad de cada hora de trabajo y el salario real. La oferta de trabajo dependía del crecimiento de la población, que se podía suponer constante en el corto plazo, así como de la desutilidad marginal del trabajo, que se suponía creciente y derivada de la elección entre la renta y el ocio. Los trabajadores solo estaban dispuestos a trabajar más horas a cambio de un mayor salario real.
Integrar el capital en el análisis era más peliagudo, pero se consiguió aplicando el mismo método.
Las empresas demandan bienes físicos, los cuales, combinados con trabajo y otros factores, les permiten aumentar la producción durante varios períodos. Incluso para una misma empresa, estos bienes que componen el capital son heterogéneos: máquinas, almacenes, medios de transporte, tiendas, etc. Cada uno tiene su precio, que es distinto del precio del capital como factor o de su coste de utilización, que incluye el interés que se paga a los propietarios de los fondos que han pagado la adquisición de los bienes, así como la depreciación.
La teoría neoclásica supone que la productividad del capital tiene las mismas propiedades que la del trabajo: es positiva y decreciente, porque cuando se combinan cantidades adicionales de capital con la misma cantidad de trabajo, el incremento en la producción es cada vez menor.
La oferta de capital deriva del ahorro de los hogares, la parte de su renta que no consumen. Irving Fisher aplicó la teoría del consumo a un marco con varios períodos, en el que los individuos maximizan su utilidad intertemporal, que depende del consumo presente y del consumo futuro. En este caso, su restricción presupuestaria viene dada por la igualdad entre el valor actual del consumo y el valor actual de sus rentas. La hipótesis básica aquí es la preferencia por el consumo presente; los agentes prefieren consumir hoy a consumir en el futuro; esperar tiene un precio, que es el tipo de interés, la recompensa por posponer el consumo presente. Para aumentar la cantidad de ahorro ofrecida es preciso que el tipo de interés aumente.
El precio del tiempo se determina así en un mercado de recursos financieros en el que las empresas demandan fondos para invertir (ampliar su stock de capital) y los hogares ofrecen su ahorro. Así, el tipo de interés real de equilibrio es el que iguala el ahorro y la inversión.
Este análisis de la esfera de la producción permitió ofrecer un fundamento sólido tanto a la ley de Say como a la justicia de la distribución de la renta en el sistema capitalista. Se pudo demostrar además que un equilibrio general que cumpla las propiedades neoclásicas de las funciones de oferta y demanda sería un óptimo social de acuerdo al criterio de Pareto.9 Para razonar en términos macroeconómicos se desarrolló la función de producción agregada, que expresaba la producción total asociada a distintas cantidades de trabajo y de capital agregados.
El supuesto de rendimientos constantes a escala permitía concluir que la retribución al trabajo y al capital de acuerdo a su productividad marginal agotaba el producto. En situación de equilibrio, por tanto, no había cabida para los beneficios extraordinarios (superiores al tipo de interés), puesto que la competencia tendería a eliminarlos. El residuo para el empresario (entendido como aquel que pone en marcha el proceso de producción, asume un alto riesgo y se queda con el beneficio residual) era transitorio. El reparto de la renta entre capital y trabajo no solo es justo, ya que corresponde con su aportación marginal al producto; además, el crecimiento mediante la acumulación de capital eleva los salarios reales. Marx tenía razón en predecir el decrecimiento de la tasa de beneficios; pero esta dinámica acabaría beneficiando a los trabajadores.
Por otra parte, siempre que se deje al mercado de trabajo funcionar sin trabas, la producción será la máxima compatible con las restricciones en las dotaciones de factores, las preferencias y la tecnología. La flexibilidad del salario real igualará siempre la demanda y la oferta de trabajo; las horas de trabajo que correspondan a ese equilibrio determinarán el volumen de producción real. Y siempre habrá demanda para ese nivel de producción a los precios adecuados. La economía siempre estaría produciendo con plena utilización de los recursos y no existirían trabajadores desempleados, en el sentido de estar dispuestos a trabajar al salario real de mercado y no poder encontrar trabajo.
El dinero no interviene para nada en el proceso de coordinación temporal de los planes de producción y consumo. Las versiones neoclásicas de la formulación de la teoría cuantitativa del dinero admitieron cierta sensibilidad al tipo de interés al incorporar la demanda por motivo de precaución. Pero en aquellos años de florecimiento del patrón oro, la conclusión de la teoría seguía separando el mundo real del mundo monetario. Después de crisis recurrentes cada diez años a lo largo del siglo, el último cuarto del siglo XIX y el primero del siglo XX fueron relativamente estables, ya que los episodios de crisis (1873, 1907 y 1921) se espaciaron de manera notable. Los neoclásicos entendían estos fenómenos como anomalías temporales, cuya superación requería dejar que el mecanismo de mercado se ajustara con la menor intervención posible.
En definitiva, el paradigma dominante actual en economía se formó entre 1870 y 1929 adoptando el método y la visión mecánica del mundo de la física clásica, ya en sus estertores. El equilibrio y su caracterización matemática partiendo de la optimización individual se convirtieron en las bases fundamentales de la ciencia económica, aplicándose tanto a la demanda como a la producción.
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¿QUÉ FUE DE LA REVOLUCIÓN KEYNESIANA?
Los años más convulsos del siglo XX fueron testigos de la segunda revolución que ha afrontado la economía desde su nacimiento. En esta ocasión el detonante fue empírico: un descalabro económico de tal magnitud que llegó a cuestionar la viabilidad del sistema capitalista.
En apenas cuatro años, entre 1929 y 1933, las principales economías del planeta se desplomaron. La producción cayó casi un 30% en Estados Unidos y un 16% en Alemania. La tasa de paro estadounidense pasó del 3% al 24%, mientras que al final del período en algunos países el porcentaje de la población activa desocupada llegaba al 30%.
El desencadenante de este cataclismo real fue el desorden monetario y financiero que fue prendiendo en el frágil entramado fraguado tras la Primera Guerra Mundial por los vencedores. Cuando la Bolsa de Nueva York inició su vuelta a la realidad en octubre de 1929, después de una manía especulativa severa, la producción industrial ya estaba en retroceso. Durante algo más de un año, muchos pensaron que asistían a una saludable corrección de los excesos, como sucedió también entre el verano de 2007 y el otoño de 2008.
Sin embargo, a finales de 1930 se produjo una fuga de depósitos en el Banco de Estados Unidos, una entidad privada con sede en Nueva York. Y, cuando en la primavera de 1931 el primer banco austríaco quebró, la llama del pánico bancario ya no se detuvo. Después de dar la puntilla a una Alemania exhausta, la desconfianza llegó hasta Londres, el corazón de las finanzas mundiales, y arrasó durante los meses siguientes el fragmentado paisaje bancario estadounidense. Las retiradas de depósitos aceleraron la contracción del crédito y la deflación en los precios de los activos, multiplicando las quiebras. El sistema del patrón oro, que se había asentado en los flujos de financiación internacionales, se desmoronó a partir de la salida de la libra esterlina, en septiembre de ese mismo año. Durante el cuatrienio fatídico, la cantidad de dinero y el nivel de precios en Estados Unidos se redujeron en un tercio; el índice de la Bolsa neoyorquina se contrajo un 90% y no volvió a su nivel previo a la crisis... ¡hasta 1954!
Esta disfunción generalizada en la economía y sus instituciones, así como el empobrecimiento súbito que produjo, no fueron causados por una calamidad exógena. La Gran Guerra había terminado hacía más de diez años, y la década de 1920 fue próspera. La investigación posterior ha tendido a resaltar los errores de política económica que se cometieron en aquellos años, con particular atención a la política monetaria;1 pero no fue la estulticia de las autoridades económicas la que provocó la Gran Depresión.
La debacle de la década de 1930 fue la consecuencia de un proceso endógeno, una manifestación elocuente del (des) equilibrio general, de la interdependencia de los distintos engranajes del sistema. Pero el mecanismo no funcionó de acuerdo a la ley natural. No era la primera vez que una manía especulativa daba paso a un pánico financiero que acababa en un crac que deprimía la demanda nominal y la producción de manera temporal. Los precios bajaron, los salarios bajaron, la cantidad de dinero cayó drásticamente..., pero el proceso esta vez no se detuvo, sino que se agravó. El velo se convirtió en soga, la «mano invisible» tiró de ella y la demanda menguante diezmó la producción.
El funcionamiento autónomo del sistema degeneró en una enfermedad grave para la que los mecanismos inmunes de defensa no parecían tener cura. Los cuatro años que siguieron a 1933 fueron testigos de una recuperación de la actividad. Pero tras la recaída que produjo la desafortunada contracción monetaria y fiscal de 1937, la depresión solo se acabó de superar con el rearme y la movilización de la Segunda Guerra Mundial.
LA «TEORÍA GENERAL»
La refutación empírica es siempre escurridiza en el ámbito de las ciencias sociales. Pero la Gran Depresión refutó la concepción neoclásica del funcionamiento de la economía agregada, basada en la ley de Say y la teoría cuantitativa del dinero. Fueron varios los economistas que trataron durante aquellos años de pergeñar una teoría alternativa que explicara la realidad y orientara sobre cómo recuperar la estabilidad y el pleno empleo. Uno de ellos se elevó por encima de los demás, y su nombre ha dominado la ciencia económica desde la publicación de su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero el 4 de febrero de 1936.
John Maynard Keynes se hallaba en una posición ideal para liderar una revolución. Keynes era un economista de formación neoclásica y ética hedonista; discípulo de Alfred Marshall en la Universidad de Cambridge; funcionario en el Tesoro de su Majestad y participante en la Conferencia de Paz de París (1919); fundador y editor de The Economic Journal, gran polemista; especulador en los mercados e ideólogo del Partido Liberal del Reino Unido. Su pensamiento estuvo siempre pegado a los problemas reales del capitalismo de su tiempo con la idea de salvarlo de sus propias patologías.
Su Teoría general es un libro de estilo más clásico que neoclásico; los números y las ecuaciones escasean (a pesar de que su autor era un avezado matemático). Desde la «Introducción», el propósito está claro: refutar los postulados básicos de aquellos que él denominaba todavía clásicos: la ley de Say, la igualdad ex ante del ahorro y la inversión y la oferta de trabajo basada en el salario real. La teoría neoclásica solo era aplicable a un caso particular y más bien poco probable. Keynes quiso elaborar una «teoría general», en el sentido de explicar cómo se determinan los niveles de producción y de empleo.
Las empresas producen de acuerdo a la demanda que perciben (la «demanda efectiva»). Dado que una parte de los incrementos de renta se ahorran, la dinámica de la demanda efectiva viene dada por la inversión. La identidad entre ahorro e inversión se cumple siempre ex post, pero no ex ante.2 El problema macroeconómico esencial es conseguir que la inversión sea lo suficientemente alta para que la producción permita llegar al pleno empleo. El análisis del incentivo a invertir concluye que la inversión es una variable muy volátil, porque depende de la expectativa de rentabilidad futura que tienen los empresarios en un mundo incierto (la llamada «eficiencia marginal del capital») y el tipo de interés, que se determina en el mercado de dinero.
La Teoría general de Keynes se asienta en dos innovaciones fundamentales respecto a la visión neoclásica.
La primera se refiere al mercado de trabajo; la demanda de trabajo sigue siendo la curva de productividad marginal decreciente, pero Keynes considera que los salarios monetarios no se ajustan para alcanzar un salario real de equilibrio que garantice el pleno empleo. No solo existe, en el seno de las economías modernas y democráticas, una gran resistencia por parte de los trabajadores y sus representantes a la reducción del salario en dinero. Sino que en términos agregados y en una economía poco abierta al exterior, los descensos de salarios no conseguirán en general restablecer el equilibrio. El efecto positivo sobre los beneficios quedará más que compensado por el descenso en la demanda efectiva derivado de la menor renta disponible de los hogares, así como por el aumento en la carga real de las deudas.
Esta idea es esencial para la tesis central de que es la demanda efectiva la que determina la producción y el empleo. Cuando aumenta la demanda nominal crecen los precios, cae el salario real y sube la producción.
La segunda innovación tiene que ver con la incertidumbre y el vínculo que crea entre el dinero y la producción (el título preliminar de la obra era la «Teoría monetaria de la producción»). Keynes considera que el rasgo definitorio de la mayoría de las decisiones económicas es que se toman bajo incertidumbre. Elaboró una teoría de la probabilidad que exploraba la formación de creencias racionales respecto al futuro con distintos niveles de conocimiento. Consideró la probabilidad como una relación lógica, no estadística, llegando a la conclusión de que en muchos casos simplemente no sabemos cuál es la probabilidad (Keynes, 1921). Su concepción fue evolucionando, de manera que, cuando escribió la Teoría general, la probabilidad tenía para él un componente intersubjetivo (los individuos la forman en interacción con el grupo) que condicionaba la toma de decisiones sobre el futuro.
En una economía moderna, la producción y el empleo fluctúan dependiendo de esa tensión entre el dinero y la inversión, la especulación y la empresa, una tensión marcada por la incertidumbre.
Todo el meollo de la acción de invertir está en conseguir domeñar las fuerzas de la ignorancia sobre el futuro.3 No hay productividad marginal física del capital; la función de producción queda amputada. La eficiencia marginal del capital es una medida subjetiva; es también decreciente respecto al volumen de inversión, pero es frágil y cambia con los ánimos del empresario (los denominados animal spirits).
El dinero se demanda por sí mismo; forma parte de la riqueza de los agentes por los servicios que presta, que son un antídoto contra la incertidumbre. Ya no se puede sostener que todo lo que se ahorra se invierte; parte del ahorro se puede mantener en dinero, haciendo que el tipo de interés sea superior al que permite que la inversión alcance su nivel de pleno empleo. Y la preferencia por la liquidez puede llegar a ser tan extrema que los intentos de reducir el tipo de interés aumentando la cantidad de dinero sean infructuosos, lo que da lugar a la trampa de la liquidez.
Las dos innovaciones están inextricablemente ligadas, y ambas son imprescindibles para la Teoría general. La inestabilidad de la inversión y de la demanda no sería un problema si la oferta fuera perfectamente flexible. Tampoco sería preocupante que el mercado de trabajo no permitiera ajustar el salario real al de pleno empleo si la demanda fuera muy estable.
LA REVOLUCIÓN QUE SE DISIPÓ
La Teoría general tuvo un impacto casi inmediato en la ciencia económica.
Enfureció a muchos de los más provectos, entusiasmó a la mayoría de los jóvenes e inspiró a los de mediana edad, que fueron los que lideraron su difusión y consolidación. Produjo una llamada a la acción. Consiguió que las autoridades económicas asumieran la responsabilidad sobre la estabilidad macroeconómica y el nivel de empleo. Y alumbró la macroeconomía como disciplina cuantitativa, impulsando las investigaciones estadísticas sobre la renta nacional y sus componentes. El siguiente paso fue la elaboración de modelos econométricos para estimar de forma empírica la naturaleza precisa de las relaciones básicas entre las macromagnitudes y para que sirvieran en la evaluación de las políticas fiscal y monetaria.
Pero en el sentido teórico, la revolución keynesiana ha acabado siendo una revolución inacabada, incluso fallida (Passinetti, 2007).
El legado que mejor ha resistido el paso del tiempo ha sido la incorporación plena del dinero al análisis sobre el funcionamiento de una economía moderna. A partir de Keynes, el dinero se ha considerado parte de la riqueza de los agentes como otro activo. Y sus ideas contribuyeron a romper de manera definitiva las cadenas del patrón oro, dejando paso de manera gradual a un sistema monetario puramente fiduciario.4 Fue un precursor también de la estabilidad de precios como objetivo básico de la política monetaria, aunque a veces parezca un invento reciente.
Por el contrario, sus dos innovaciones teóricas fundamentales no se han asumido y apenas se han desarrollado. El paradigma neoclásico las fagocitó, excluyéndolas de la «Síntesis» que comenzó a fraguarse meses después de la publicación de la Teoría general. La exégesis de Hicks (1937) ya advertía de que la teoría de Keynes era en realidad el caso especial, esbozando el célebre modelo IS/LM (denominación de las curvas de equilibrio en los mercados de bienes y de dinero, respectivamente) que ha servido a miles de estudiantes como representación de la macroeconomía.
La tentación de una síntesis en clave neoclásica era hasta cierto punto lógica. La Teoría general es una obra escrita en circunstancias económicas muy convulsas con el propósito claro de galvanizar una acción eficaz para sacar al mundo del marasmo en el que había caído. Se esbozaba un modelo y se analizaban en profundidad los puntos de fricción con la ortodoxia vigente. Pero Keynes no articuló de manera explícita el cambio en la microeconomía que su visión agregada implicaba; sus leyes psicológicas (la propensión marginal a consumir, la preferencia por la liquidez, el incentivo a invertir) tenían una explicación razonada pero no una deducción completa.
En Estados Unidos, el protagonista principal de la Síntesis fue Paul Samuelson, quien en 19475 publicó sus Fundamentos del análisis económico y apenas un año después, un célebre manual que se ha utilizado en universidades de todo el mundo durante décadas. Desde el Massachusetts Institute of Technology (MIT), Samuelson ha sido una de las figuras más influyentes en la esfera de la economía en la segunda mitad del siglo XX, tanto por sus numerosas contribuciones a los más diversos campos (comercio, teoría del consumo, teoría del capital, teoría del ciclo y teoría financiera) como por que entre sus alumnos se cuentan muchos de los más renombrados economistas actuales.
La economía keynesiana se popularizó así como una síntesis abigarrada entre una macroeconomía que mostraba una cierta incapacidad para alcanzar el equilibrio con plena utilización de recursos sin ayuda de las políticas de demanda y la microeconomía heredada de los neoclásicos. Una de las explicaciones para reconciliar esta aparente paradoja recurría de nuevo al tiempo, en clave genuinamente marshalliana: en el corto plazo existen rigideces en algunos precios clave que dificultan mantener el pleno empleo de manera autónoma y provocan ajustes vía cantidades; a medida que va pasando el tiempo, los ajustes en precios se completan y las imperfecciones se diluyen, de manera que en el largo plazo el comportamiento de la economía no difiere mucho del equilibrio general de Walras.
En la década de 1950 se publicaron dos trabajos que ejemplifican esta coherencia entre macro keynesiana y micro walrasiana.
En 1954, Kenneth Arrow y Gérard Debreu publicaron un artículo sobre la existencia de equilibrio en una economía competitiva. Su modelo es el del «equilibrio general» de Walras, pero con noventa años más de rigor matemático embelleciendo el mecanismo, e incluyendo la producción. Su propósito es investigar en qué condiciones el sistema de ecuaciones de Walras tiene solución; y su alentadora conclusión es que probar la existencia del equilibrio exige solo algunas condiciones relativamente poco exigentes.6
En 1957, los artículos de Robert Solow y de Trevor Swan desarrollaron el modelo de crecimiento neoclásico, formalizando las relaciones y los instrumentos acuñados en las décadas anteriores. La renta per cápita crecía gracias a la acumulación del capital de que disponía cada trabajador y la tasa de crecimiento iba descendiendo por acción de la productividad marginal decreciente del capital en una función de producción agregada, hasta llegar al estado estacionario, donde la renta per cápita se estancaría. Cuanto mayor fuera la tasa de ahorro, mayor sería el nivel de renta per cápita y el salario real en el estado estacionario. Por último, para explicar el crecimiento de la renta per cápita a largo plazo observado en la realidad había que recurrir a un progreso tecnológico generado de manera exógena.
Tres años más tarde, el propio Solow y Samuelson trataron de poner la pieza final del modelo keynesiano, la ecuación perdida que debería determinar la pendiente de la curva de oferta agregada. No era razonable pensar que, en el entorno de fuerte crecimiento de finales de los años cincuenta, la producción y el empleo se podrían aumentar sin límite a corto plazo con políticas expansivas monetarias o fiscales. Era esencial refinar y ampliar el estudio del mercado de trabajo y su relación con la fijación de precios por las empresas para poder determinar, dado un incremento en la demanda nominal, qué parte se satisfaría con un aumento de la producción y qué parte supondría un aumento del nivel general de precios.
Con la relación estadística hallada por William Phillips unos años antes entre variaciones de la demanda de trabajo y variaciones de salarios monetarios para el caso británico, y suponiendo una función de producción con productividad marginal del trabajo constante, Solow y Samuelson obtuvieron la curva de Phillips, que pretendía expresar una relación estable entre la inflación y el desempleo (o entre la inflación y la producción).
No sospechaban entonces que aquel intento de culminar el modelo keynesiano sería su caballo de Troya. Pero la Síntesis tuvo que librar antes otra batalla por el otro flanco.
CAMBRIDGE CONTRA CAMBRIDGE
Algunos resistieron el empuje de la gran ola de la Síntesis. Un grupo de irreductibles, discípulos directos de Keynes en el viejo Cambridge británico, todavía influidos por la economía clásica y activos participantes en la crítica a la ortodoxia neoclásica que dio lugar a la Teoría general, no comulgaban con la asimilación. Se trataba de teóricos brillantes y originales como Joan Robinson, Piero Sraffa, Richard Kahn y Nicholas Kaldor. Aunque sus fuertes personalidades dificultaban su consideración como grupo, pronto pasaron a ser conocidos como los poskeynesianos.
Después de años de asistir impotentes a la imparable influencia y consolidación de la Síntesis, en la década de 1960 les llegó su oportunidad para ajustar cuentas con sus colegas del otro lado del Atlántico.
El objeto de la batalla teórica era la naturaleza del capital, nada menos. El modelo de Solow parecía dar una respuesta casi definitiva a las preocupaciones sobre la dinámica del capitalismo y la justicia en la distribución. Y la función de producción agregada era el principal concepto analítico en que se sustentaba el modelo. La producción per cápita era igual a la tasa de beneficios por el capital per cápita más el salario. Y las leyes técnicas de los rendimientos decrecientes hacían que la tasa de beneficios disminuyera a medida que aumentaba la renta per cápita mientras subía el salario. El tiempo del capitalismo jugaba a favor de los trabajadores.
Los teóricos ingleses cuestionaron la consistencia analítica de la agregación del capital en una masa uniforme independiente de la tasa de beneficios. En el caso del trabajo, sí podría tener sentido agregarlo, porque a pesar de las diferencias que puedan existir en su calidad, se suman horas de trabajo. Sin embargo, el capital está compuesto por bienes con características físicas distintas y perfiles temporales dispares tanto en su origen como en la duración de su aportación al proceso de producción. ¿Cómo homogeneizar este conjunto de bienes?
Los teóricos estadounidenses pensaban que bastaba con utilizar los precios de los bienes de capital. Los ingleses insistían en que era necesario utilizar una tasa de beneficios dada para expresar de manera homogénea los bienes de capital. Lo cual era incompatible con la tesis neoclásica de que la determinación de la tasa de beneficios era posterior a la función de producción. No existía, así, una relación monótona decreciente entre cantidad de capital y tasa de beneficios, que era la clave de la visión optimista sobre el devenir de los trabajadores bajo el capitalismo.
La base analítica para la argumentación inglesa fue desarrollada por Piero Sraffa (1960), quien incidía en que los bienes de producción habían sido producidos por otros bienes en distintos momentos del tiempo.7 Las variaciones del valor del capital con respecto a la tasa de beneficios no tenían por qué ser lineales, dándose casos en los que bajadas adicionales de la tasa de beneficios podían producir descensos en el valor del capital. A su juicio, la distribución de la renta no dependía de la productividad marginal y la oferta de los factores, sino de elementos institucionales.
Los estadounidenses trataron de responder, pero suponiendo que la relación entre capital y trabajo era la misma en toda la economía (vieja tentación para simplificar los quebraderos de cabeza de pensar el capital).
La Síntesis neoclásica no salió triunfante en la discusión teórica sobre el capital, a pesar de contar con la proverbial capacidad dialéctica y matemática de Paul Samuelson. Y la controversia coincidió con dos contribuciones que cuestionaban abiertamente y con gran lucidez la interpretación dominante de la Teoría general, esbozando algunos elementos básicos de la concepción microeconómica subyacente8 (Leijonhufvud, 1968; y Clower, 1965).
Pero las aguas de la corriente central de la economía no fluían hacia esta interpretación más heterodoxa del significado de la Teoría general; por el contrario, se estaba gestando una contrarrevolución cuya influencia ha llegado hasta nuestros días.
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LA CONTRARREVOLUCIÓN DE LAS EXPECTATIVAS RACIONALES
QNo se encuentran buenos economistas menores de cuarenta años que se identifiquen como keynesianos. En efecto, la gente se ofende cuando se le denomina keynesiano. En los seminarios de investigación, la teoría keynesiana ya no se toma en serio; la audiencia empieza a murmurar y a reír por lo bajo.
ROBERT LUCAS
Todos los economistas modernos somos, en algún grado, clásicos. Todos enseñamos a nuestros alumnos la optimización, el equilibrio y la eficiencia de los mercados.
GREGORY MANKIW
LA LABOR DE ZAPA DEL MONETARISMO
Mientras los paladines de la Síntesis libraban batallas con los críticos del paradigma neoclásico, había quien ya empezaba a cuestionar el modelo macroeconómico keynesiano convencional y su utilización para la formulación de políticas. El capitán de esta columna neoclásica con residencia en la Universidad de Chicago era Milton Friedman.
Durante la década de 1960, Friedman y sus seguidores empezaron a cuestionar los supuestos sobre las principales leyes psicológicas del modelo IS-LM de la corriente keynesiana. Se trataba de minar el modelo desde dentro, cambiando los parámetros estructurales de cada función de oferta y de- manda, lo que modificaba las conclusiones sobre la eficacia relativa de las políticas fiscal y monetaria.
Su propuesta equivalía a adelantar el largo plazo con el que funcionaba la esquizofrenia de la Síntesis. A medida que se sucedían los años de crecimiento y estabilidad, el marco de incertidumbre, alta preferencia por la liquidez e inestabilidad de la inversión parecía quedar desfasado. Y Friedman y los monetaristas empezaron a socavar los componentes de la teoría de la demanda agregada y de la concepción del mercado de dinero keynesianos con trabajos de base empírica. Sus conclusiones apuntaban a una demanda agregada mucho más estable de lo que Keynes había dejado entrever. Y destacaban también la primacía de la cantidad de dinero a la hora de determinar la renta nominal, considerando que la función de demanda de dinero era una función estable de las variables de las que dependía (la renta, la riqueza y los precios de los activos, incluidos los tipos de interés). Aun así, Friedman no hizo sino generalizar el enfoque de cartera de Keynes en su teoría de la demanda de dinero, incluyendo un conjunto amplio de activos financieros y reales.
Friedman y el monetarismo iniciaron un programa de investigación nuevo cuyo objeto era la reconciliación de la teoría microeconómica neoclásica con la explicación de los fenómenos macroeconómicos básicos: el ciclo, los efectos reales del dinero y la posibilidad de desempleo involuntario. A pesar de su concentración en la relación entre el dinero y la renta nominal y en la demanda agregada, el meollo del programa de investigación era el mercado de trabajo. Tras la experiencia de la Gran Depresión y la destrucción en la economía real causada por la debacle financiera y monetaria, resultaba mucho más difícil fundamentar la teoría cuantitativa del dinero y la dicotomía entre lo real y lo monetario.
El monetarismo de hecho se fundó sobre una relación estable y directa, revelada por el trabajo histórico empírico de Friedman y Anna J. Schwartz, entre la cantidad de dinero y el PIB nominal. Se aceptaba, por tanto, que el aumento de la cantidad de dinero generaba un incremento en la demanda nominal, una parte de la cual se satisfacía con aumentos de la producción real si existía capacidad ociosa. Por eso, la clave de la reconciliación de la visión neoclásica con la macroeconomía residía en la oferta agregada. La vía para restaurar las tesis neoclásicas era demostrar que la curva de oferta agregada tendía a ser perfectamente inelástica (con pendiente próxima a infinito).
Había que refutar la curva de Phillips como relación estable en el corto plazo entre inflación y desempleo. En su discurso ante la American Economic Association de 1968, Milton Friedman empezó a socavar los cimientos de la oferta agregada keynesiana con el concepto de la tasa natural de paro y la introducción de expectativas adaptativas sobre la inflación (Edmund S. Phelps había publicado un artículo con un análisis similar un año antes). El razonamiento era sencillo: los trabajadores no admitirían reducciones del salario real de manera permanente. La producción y el empleo solo se podrían aumentar por encima de sus niveles de equilibrio de manera temporal, engañando a los trabajadores y a costa de acelerar la inflación. El aprendizaje de los trabajadores respecto a la dinámica del nivel de precios podía hacer que los intentos de las autoridades económicas por reducir el desempleo acabaran disparando la inflación sin conseguir mejoras duraderas en el paro.
EL ARMA DECISIVA DE LA RESTAURACIÓN NEOCLÁSICA
Los años setenta fueron testigos del triunfo de una suerte de contrarrevolución teórica gracias a dos elementos decisivos.
El primero fue el empeoramiento de la coyuntura macroeconómica. Desde la segunda mitad de la década de 1960, la inflación comenzó a aumentar, superando primero el 5 % y, como consecuencia de los choques del precio del petróleo, llegando a superar el 10% en Estados Unidos y en otras economías avanzadas. Pero ni bajó el paro ni se mantuvo el ritmo de crecimiento de la primera mitad de aquel decenio; las políticas keynesianas solo consiguieron moderar el impacto real de los choques externos, y a costa de arraigar una inflación demasiado elevada.
El segundo elemento, el golpe de mano definitivo contra la revolución keynesiana, llegó con la «hipótesis de expectativas racionales», que permitió a estos «nuevos clásicos» retomar una posición dominante en la ciencia económica.
Robert Lucas, de la Universidad de Chicago, y Thomas Sargent, entonces en la Universidad de Minnesota, rescataron la noción de expectativas racionales que había empleado John Muth (1961) para convertirla en la base de un nuevo concepto de equilibrio que reconciliaría de manera definitiva la microeconomía neoclásica con la explicación de los fenómenos macroeconómicos. Se trataba de combinar la versión sofisticada del modelo de equilibrio general con el azar y la información incompleta.
La hipótesis de expectativas racionales (HER) es una forma de entender cómo los agentes económicos se enfrentan con el carácter imprevisible (aleatorio, estocástico) de la vida económica. Después de la Teoría general ya no parecía posible pensar la economía sin introducir el azar. Y la manera en la que la economía neoclásica acabó integrando el azar en su visión del mundo es esencial para entender la evolución del paradigma dominante en las últimas décadas y su incapacidad para hacer inteligible la crisis financiera.
En 1944, John von Neumann y Oskar Morgenstern introdujeron el riesgo en la teoría de la elección del consumidor. Supusieron que los agentes se enfrentaban a un conjunto de loterías o juegos, que les permitían consumir distintas cantidades de la misma mercancía con probabilidades que variaban según el «estado de la naturaleza» que se produjera.1 Con una axiomática sobre las preferencias sobre loterías, construyeron una teoría de la elección según la cual el consumidor elegiría maximizando su utilidad esperada (el producto de las probabilidades por la utilidad del consumo en cada estado de la naturaleza).
La irrupción del riesgo era perturbadora para la visión mecánica de la economía. La gran mayoría de los agentes se podía considerar aversa al riesgo y, por tanto, estaba dispuesta a pagar para eliminarlo. ¿De dónde provenía? ¿Quién debía soportarlo? ¿Cuáles eran sus implicaciones normativas?
Durante las tres décadas siguientes, quedó claro que el riesgo no era un impedimento para el buen funcionamiento de la coordinación de los planes de transacción a través del mercado, siempre que la infraestructura de los mercados se expandiera lo suficiente. La diversidad de preferencias respecto al riesgo permite la creación y desarrollo de mercados donde se intercambian riesgos, de manera directa o incorporados a activos financieros.2
Lucas y Sargent intentaban construir modelos macroeconómicos basados en un modelo de equilibrio general dinámico y estocástico pero con agentes neutrales al riesgo. Para convertirlo en un modelo macroeconómico, necesitaban un supuesto acerca de la manera en que los agentes formaban sus expectativas sobre las variables estocásticas del modelo. Siguiendo la intuición inicial de Muth, concluyeron que los agentes forman sus expectativas utilizando toda la información a su alcance de forma eficiente. En términos matemáticos, esta hipótesis supone que la expectativa racional de una variable es la esperanza matemática de la variable condicionada a la información disponible.
Este concepto, que suena casi trivial, encerraba un potencial extraordinario.
Se acercaba a la realidad porque no excluía los errores en la predicción; pero de manera lógica excluía que esos errores fueran sistemáticos, en el sentido de que estuvieran correlacionados con la información disponible al formar la expectativa. Y mantenía intacta la capacidad de coordinación del mercado ante los choques estocásticos, porque los errores en la predicción se compensaban en agregado. El riesgo era solo ruido.... «ruido blanco».
Al mismo tiempo, la HER permitía construir modelos macroeconométricos basados en premisas microeconómicas neoclásicas, dejando en evidencia los modelos keynesianos. Lucas y Sargent (1979) señalaron que la forma de estimar los parámetros de las principales ecuaciones en los modelos keynesianos típicos era inadecuada.3 Los supuestos para facilitar la estimación (reducción del número de variables, determinación ex ante del carácter endógeno o exógeno de una variable) impedían que los parámetros fueran verdaderamente estructurales. El ejemplo más claro era que no se tomaba en cuenta la reacción de los agentes ante las políticas económicas. Si un trabajador anticipaba una inflación del 10% cuando la autoridad monetaria anunciaba un aumento de la cantidad de dinero del 10%, no incrementaría su oferta de trabajo y, por tanto, la política no tendría efecto.
Las conclusiones eran devastadoras. Estos modelos no servían para evaluar los efectos de distintas políticas, lo cual era su objetivo primordial. Su fracaso empírico durante la década de 1970 lo atestiguaba. Habían perdido su carácter científico. El futuro era la «macroeconomía del equilibrio», que volvía a los agentes racionales y al supuesto de mercados que se vacían con ajustes vía precios. Lucas, el menos templado de la pareja, se dejó llevar por el entusiasmo y declaró muerta la economía keynesiana.4
La HER se convirtió en pocos años en un componente básico del acervo del paradigma dominante. Y no fue por la relevancia empírica de los modelos macroeconómicos de sus principales proponentes. A pesar de los esfuerzos por calibrar los modelos para ajustarlos a las series temporales, la explicación del ciclo con un enfoque de equilibrio continuo en que las fluctuaciones de la actividad y el desempleo son producto de decisiones óptimas de los agentes, resulta poco plausible.5 Y las tesis sobre la inefectividad de las políticas macroeconómicas, ya sean en forma de ineficacia de la política monetaria sistemática (la vuelta a la neutralidad del dinero) o de la equivalencia ricardiana para la política fiscal,6 han sido profusamente refutadas por la experiencia.
Aun así, la HER ha tenido una gran influencia en la conducción de las políticas macroeconómicas, en particular en la política monetaria. Suministró el fundamento para la independencia de los bancos centrales y para la importancia de la credibilidad a la hora de alcanzar el objetivo de estabilidad de precios. En efecto, la HER subraya que la tarea del banco central es mucho más sencilla si los agentes se creen sus objetivos y conocen su función de reacción ante variaciones en la tasa de inflación.
La preeminencia de la HER tiene raíces metodológicas y epistemológicas. Como si se tratara de una nueva revolución marginalista, se extendió la idea de que, para hacer teoría macroeconómica científica, los modelos tenían que incorporar expectativas racionales.
¿TIENEN MEMORIA LOS PRECIOS DE LAS ACCIONES?
Durante la década de 1960, la extensión del análisis microeconómico neoclásico alcanzó también a la bolsa, que recuperaba algo de lustre después de su infausto protagonismo en la debacle acaecida en los años treinta. Los primeros trabajos se centraban en estudiar los elementos de las decisiones individuales sobre activos financieros: cómo definir el conjunto de elección (las carteras posibles de combinaciones de activos) y cómo caracterizar las preferencias en función de la rentabilidad y el riesgo.
En 1965 se acuñó una idea potente, que en cierto sentido anticipaba ya la HER, que derivaba de una cuestión práctica con gran trascendencia pecuniaria: ¿pueden predecirse los cambios en los precios de las acciones? Siguiendo un patrón frecuente en la historia del pensamiento económico, se trataba de una idea que un francés había avanzado de manera discreta, pero que no se había popularizado hasta que un par de anglosajones le dieron un contenido formal concreto. En este caso, el francés era Louis Bachelier, quien, en 1900, se había lanzado a escribir una Teoría de la especulación en la que concluía que las probabilidades de pérdida y de ganancia se igualarían, de manera que los precios fluctuarían aleatoriamente.
Y los anglosajones eran Eugene Fama y Paul Samuelson, quienes llegaron a la idea de que los precios de los activos no se pueden predecir, si bien por vías distintas. El primero trataba de dilucidar entre las pretensiones de los analistas técnicos, que aspiran a predecir los precios de las acciones en función de su comportamiento pasado, y los defensores del modelo de paseo aleatorio, que consideraban que no es posible ganar dinero de forma sistemática analizando las series históricas de precios.
Fama encontró apoyo empírico para la hipótesis de que los precios de las acciones no tienen memoria, que sus cambios son independientes. Al mismo tiempo, destacó que la distribución de probabilidad que genera los cambios en los precios no parece ser normal, sino que los cambios más pronunciados tienen una frecuencia notable, lo que dota a la distribución de «colas gordas» (una advertencia para inversores audaces). Interpretó, además, que la independencia en los cambios de los precios era el resultado de la eficiencia del mercado, en el sentido de que, dada la información disponible, los precios eran una buena estimación de los valores intrínsecos fundamentales.
En aquel momento, la hipótesis de eficiencia en los mercados financieros no tuvo una trascendencia enorme sobre el debate teórico, aunque sí generó una serie inacabable de estudios empíricos que contribuyeron a mejorar el conocimiento sobre el comportamiento de los precios de los activos financieros. Pero, con el tiempo, la noción razonable de que es muy difícil hacer dinero de manera sistemática en un mercado financiero se transformó en la idea de que los mercados financieros siempre reflejan la información fundamental disponible..., siempre tienen razón. Y el fundamento era el mismo que el de la HER: los inversores forman las expectativas para tomar sus decisiones utilizando toda la información disponible, con un único modelo de la economía.
NUEVA ECONOMÍA KEYNESIANA, NUEVA SÍNTESIS NEOCLÁSICA
En el verano de 1970, justo después de cumplir treinta años, George A. Akerlof publicó un artículo en el Quarterly Journal of Economics con el que comenzaba a cumplir su sueño: desarrollar una teoría microeconómica acorde con el espíritu de la Teoría general. Trabajando en la elaboración de un modelo macroeconómico, Akerlof se detuvo en el estudio de las ventas de automóviles usados, tratando de entender su volatilidad. Se dio cuenta de que la iliquidez del mercado de automóviles de segunda mano podía explicarse por la asimetría de información entre el comprador y el vendedor.
La incertidumbre sobre la calidad y la utilización del precio como señal de la calidad media de los bienes ofrecidos en el mercado atrofiaba el funcionamiento del mecanismo de mercado. En algunos casos, la reputación o las marcas podían solucionar el problema; en otros, incluyendo los referidos a los mercados de trabajo y crédito, el efecto negativo sobre la asignación podía tener implicaciones macroeconómicas significativas.
El artículo sobre el mercado de «limones» (así se llaman los coches de segunda mano defectuosos en Estados Unidos, lemons) muestra que la insatisfacción con la ausencia de una base microeconómica sólida en la Síntesis no era patrimonio exclusivo de los nuevos clásicos. Hacia finales de los años setenta, el ímpetu de aquellos en la defensa de las viejas ideas y su afán por derrocar al keynesianismo espolearon a los jóvenes discípulos de Samuelson y Solow que iniciaban sus carreras investigadoras en las universidades de ambas costas de Estados Unidos.
Durante la década de 1980, este numeroso grupo de economistas, del que forman parte figuras como Ben Bernanke, Janet Yellen, Joseph Stiglitz y Olivier Blanchard, realizó un conjunto de aportaciones que indagaban en los fundamentos microeconómicos de la macroeconomía keynesiana. Mankiw y Romer (1991) consideran que los dos rasgos comunes de esta «nueva economía keynesiana» (NEK) son: el rechazo a la neutralidad del dinero y la creencia en que las imperfecciones reales son esenciales para entender los ciclos y el paro.
Una primera línea de trabajo fue la explicación de la rigidez nominal (de los precios y salarios en dinero) como resultado de las decisiones de las empresas y los trabajadores. Ya fuera por la existencia de pequeños costes derivados de variar los precios, porque el beneficio de ajustar los precios fuera de segundo orden o porque se distribuyera entre todas las empresas creando una externalidad, el resultado era una respuesta lenta de los precios y salarios a cambios en la demanda nominal, lo cual permitía que variaran también la producción y el empleo.
Una segunda línea de trabajo se centró en las implicaciones de la competencia imperfecta. En efecto, cuando las empresas tienen cierto poder de mercado (lo más habitual en la realidad), el precio que maximiza el beneficio es superior al coste marginal de producción, de manera que las empresas siempre querrían vender más al precio de mercado. Si además existe exceso de capacidad y las empresas operan en un tramo en el que su coste marginal tiende a ser constante, la producción estará indeterminada y las empresas no tendrán incentivo en aumentarla hasta el nivel correspondiente al pleno empleo (Hall, 1986).
La tercera línea de trabajo estudió los fallos de coordinación, entendidos como aquellas situaciones en las que, existiendo equilibrios múltiples, los agentes no son capaces de alcanzar de manera descentralizada el equilibrio más favorable. Asumiendo que la demanda agregada determina la producción, hay distintos equilibrios con niveles de actividad y de empleo diferentes. Cambios en las expectativas (incluso no relacionados con las variables fundamentales) o interrelaciones entre los agentes que no se reflejan en los precios pueden dar lugar a fallos de coordinación.
Por último, el trabajo pionero de Akerlof fue seguido de numerosos trabajos que empleaban la información asimétrica para explicar fenómenos como el racionamiento del crédito o la persistencia de salarios reales superiores a los de equilibrio en el mercado de trabajo.
La NEK supuso un avance científico notable, adentrándose en la complejidad de la realidad económica con lucidez. A pesar de la sensación inicial de excesiva heterogeneidad, la integración de la rigidez nominal, la competencia imperfecta, la rigidez real y los fallos de coordinación constituía el embrión de una teoría coherente de las imperfecciones en el funcionamiento de los mercados. Pero la tendencia a la síntesis volvió a cruzarse en el camino, probablemente favorecida por el buen desempeño relativo de las economías desarrolladas desde principios de la década de 1990.
Asumiendo que el instrumento más riguroso para representar el funcionamiento de una economía agregada era el modelo de equilibrio general dinámico estocástico de los nuevos clásicos, la «Nueva Síntesis» (Goodfriend y King, 1997) se realizó introduciendo una curva de Phillips novedosa derivada de la rigidez nominal y la competencia imperfecta. Si la autoridad monetaria tenía suficiente credibilidad para mantener estables las expectativas de inflación, volvía a existir una relación positiva entre producción, empleo e inflación. Se conseguía así mantener la no neutralidad del dinero; de hecho el uso básico de este tipo de modelos ha sido la evaluación de la política monetaria. La inflación quedaba como la síntesis de los desequilibrios macroeconómicos; mientras no se descontrolara, no había motivo para la preocupación.
Pero el resto del sustrato teórico es clásico: optimización intertemporal por agente representativo, ajustes vía precios, expectativas racionales, perturbaciones exógenas como fuente de las fluctuaciones cíclicas..., equilibrio, en fin. En una de las exposiciones más completas de esta Nueva Síntesis, Woodford (2003) reconoce en varias ocasiones la importancia de las ideas neoclásicas, incluyendo el concepto de tasa natural de paro como referencia para el análisis de la política monetaria y la importancia del uso de reglas frente a discrecionalidad en la política monetaria.
En definitiva, los modernos keynesianos aceptaron dejar gran parte del terreno científico a Robert Lucas y compañía. En esta ocasión, el error fue más grave que en los años cuarenta y cincuenta, porque contaban con instrumentos microeconómicos sólidos, cuya profundización y aplicación generalizada podría haber dado lugar a un paradigma nuevo. Los nuevos keynesianos prefirieron quedarse en el papel de sofisticados ingenieros (Mankiw, 2006). Sus figuras más destacadas saltaron a la arena para mojarse en el día a día de la política económica. A ellos se debe, en gran parte, la respuesta firme ante la amenaza de una nueva depresión.7 Al mismo tiempo, la crisis es una muestra del fracaso de su programa de investigación, que no fue capaz de desarrollar sus elementos más innovadores para entender las raíces de la inestabilidad y del desequilibrio.
SEGUNDA PARTE
CINCO BRECHAS EN LA ORTODOXIA
Tanto la teoría neoclásica como la Síntesis posterior han sido objeto de profusas y bien fundamentadas críticas desde distintas perspectivas. Sin embargo, su dominio de la corriente central de la economía, evidente en la enseñanza universitaria, en las políticas económicas y en las discusiones académicas, ha sido inmune a cualquier cuestionamiento teórico.
La tendencia a la Síntesis ha actuado como un cinturón protector de la teoría, en el sentido de Imre Lakatos. Aunque la vertiente neoclásica y la keynesiana se hayan enfrentado, en ocasiones con acritud, su pugna ha tenido como resultado el reforzamiento de la Síntesis. Ha servido para detectar las inconsistencias analíticas y los problemas de relevancia empírica de ambos lados, haciendo más robustas las fórmulas de convergencia.
Por si fuera poco, la historia se puso del lado del paradigma dominante en los treinta y cinco años que median desde 1971 hasta el comienzo de la crisis financiera global.
El fin del sistema de tipos de cambio fijos ajustables de Bretton Woods marcó el inicio de un proceso de transformación estructural en el sistema financiero.1 El levantamiento progresivo de las restricciones a los movimientos de capital y a los pagos, así como la supresión de barreras a la intermediación, sentaron las bases de la globalización financiera. La industria financiera ha sido un gran baluarte del paradigma de los mercados eficientes y las expectativas racionales.
La expansión desbridada de las finanzas coincidió y se acentuó con la revolución conservadora, que aplicó en Estados Unidos y Reino Unido las recetas del monetarismo y de los nuevos clásicos. La caída de los regímenes del llamado «socialismo real» ahondó en esta corriente politicoeconómica, pues evidenció la quiebra del sistema que siempre se presentó como alternativo al capitalismo liberal democrático.
Durante la década de 1990, el viento arreció en la misma dirección, inspirando incluso a gobiernos demócratas o socialdemócratas a ambos lados del Atlántico y calando en las políticas de la Unión Europea, que combinaban el interesado entusiasmo británico por el laissez faire en el sistema financiero con la preeminencia de la visión dogmática de la «economía social de mercado» del Bundesbank en el diseño de las instituciones de la futura unión monetaria.
Durante estos años, el componente keynesiano de la Nueva Síntesis quedaba cada vez más arrinconado en la política monetaria y en sus objetivos directos de inflación, mientras la política fiscal discrecional era arrumbada. El colofón de esta ola imparable de adhesión a la ortodoxia económica fue la llamada Gran Moderación. En efecto, pocos años antes de que estallara la crisis, en los grandes templos de discusión académica sobre política económica el tema más en boga era cómo explicar la reducción en la volatilidad del crecimiento del PIB y en el nivel y la volatilidad de las tasas de inflación en los países desarrollados observada desde principios de la década de 1980.2 Uno de los factores explicativos citados era la profundización financiera y el aumento de la eficiencia que había generado en la valoración y el reparto de los riesgos.
Las debilidades, inconsistencias e incapacidades del paradigma dominante para explicar el funcionamiento de la economía de la globalización financiera han quedado al descubierto con la crisis. En los siguientes capítulos se analizan «cinco brechas» abiertas en la ortodoxia asociadas con: la incertidumbre, las limitaciones de la racionalidad, el vacío institucional, la distribución de la renta y la inestabilidad.
Son brechas en el edificio teórico ortodoxo, en el sentido de «resquicios por los que algo empieza a perder su seguridad». Son, al mismo tiempo, brechas entre la teoría y la realidad. Afectan a supuestos esenciales en la forma de interpretar el mundo del paradigma dominante: la reducción de la incertidumbre a riesgo, la racionalidad, la ausencia de costes de transacción, la función de producción y la tendencia a la estabilidad. Durante años se ha asumido que su falta de realismo era inocua, puesto que no comprometía la capacidad explicativa de la teoría.
Tras la crisis se diría más bien que la falta de realismo constituye un problema estructural para la economía ortodoxa, cuya superación exigirá algo más que un apuntalamiento o una reforma parcial. La visión de la economía como un sistema mecánico con tendencia al equilibrio choca con lo que hemos vivido durante estos años.
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DE PRONTO, LA INCERTIDUMBRE (PRIMERA BRECHA)
Q… Estoy usando el término [conocimiento incierto] en el sentido de que la perspectiva de una guerra en Europa es incierta, o el precio del cobre y el tipo de interés dentro de veinte años, o la obsolescencia de una invención, o la posición social de los propietarios de la riqueza en 1970 son inciertos. Sobre estas cuestiones no existe una base científica sobre la que se pueda calcular una probabilidad. Simplemente no sabemos.
JOHN MAYNARD KEYNES
El «riesgo» no existe «ahí fuera», independiente de nuestras mentes y cultura, esperando a ser medido. Los seres humanos han inventado el concepto de «riesgo» para ayudarles a entender y a hacer frente a los peligros e incertidumbres de la vida. Aunque estos peligros son reales, no existe tal cosa como el «riesgo real» o el «riesgo objetivo».
PAUL SLOVIC
Encontré un error en el modelo que percibía como la estructura crítica que define cómo funciona el mundo.
ALAN GREENSPAN, testimonio ante el Congreso
DECISIONES CRUCIALES E IMAGINACIÓN
Hay algunas decisiones económicas cuyo resultado es casi siempre cierto: tomar una caña en el bar habitual, comprar el periódico, invertir en una letra del Tesoro (siempre que se mantenga hasta el vencimiento)... Pero la mayoría de las decisiones económicas, incluso las más cotidianas, tienen un componente no cierto en su resultado: ir a un restaurante que no se conoce, ver una película..., y no digamos ya aventurarse a visitar la peluquería.
La experiencia de la vida económica real está íntimamente ligada al tiempo y a la ausencia de certidumbre. Y es en las decisiones de inversión de los individuos y de las empresas en las que este rasgo esencial se manifiesta de una manera más intensa.
Los individuos deciden primero sobre la inversión en capital humano, eligiendo el contenido y la duración de sus períodos de estudio, valorando la rentabilidad de más formación (en forma de mayores salarios futuros) y el coste (en forma de coste de oportunidad o renuncia al salario del trabajo con menor formación). Posteriormente, cuando el individuo trabaja y dedica una parte de su renta al ahorro, deberá decidir en qué invertir su patrimonio. Podrá optar por mantenerlo en activos líquidos, comprar deuda pública, deuda privada, acciones, participaciones en fondos de inversión, planes de pensiones... Otra opción, muy popular en España hasta hace muy poco, es invertir en una vivienda.
Las empresas tienen que decidir cuánto invierten sin conocer la demanda y el precio que tendrán que afrontar en el futuro. El resultado de su decisión depende de la demanda agregada, del comportamiento de la competencia, de la calidad de sus productos, de la aparición de productos sustitutivos.
Todas estas decisiones pertenecen a la categoría que George Shackle (1958) considera cruciales, en el sentido de que no se pueden repetir porque cambian la realidad para siempre. En estas condiciones, sigue el razonamiento de este economista inglés que profundizó el análisis de Keynes sobre la incertidumbre, los agentes tienen que imaginarse las consecuencias de sus decisiones manteniendo el sentido de la realidad y creando expectativas.1
Cuando Alan Greenspan dejó la Reserva Federal en 2006, ilustres economistas neoclásicos y keynesianos lo despidieron como el más hábil y lúcido hacedor de política económica del último cuarto del siglo XX. Tras la crisis, Greenspan reconoció un fallo en su modelo mental de la economía. ¿Es que el sagaz presidente de la Reserva Federal estadounidense prefería obviar la omnipresencia de la incertidumbre en la vida económica?
Tanto Greenspan como una mayoría de economistas ortodoxos eran plenamente conscientes del marco incierto en el que los agentes toman sus decisiones. Los economistas de la escuela austríaca, Joseph A. Schumpeter y Friedrich Hayek en particular, habían destacado la incertidumbre asociada a la innovación tecnológica y la limitación del conocimiento de los individuos respecto al futuro, respectivamente.2 Pero todos tenían una inquebrantable confianza en la capacidad del mercado para convertir la incertidumbre en riesgo y mantener la coordinación de la actividad económica.
No concebían que la incertidumbre generada dentro del propio sistema de mercado pudiera desbaratar su capacidad de coordinación.
EL ENGAÑOSO SUPUESTO DE UNA ECONOMÍA ERGÓDICA
La forma en que una teoría del funcionamiento de la economía trata la ausencia de certidumbre es trascendental. Los nuevos clásicos dieron con la fórmula ingeniosa de la HER y la hipótesis de eficiencia de los mercados financieros.
El supuesto básico sobre el que se asienta esta hipótesis es que el componente aleatorio del resultado de las decisiones económicas puede reducirse a una estructura cognoscible para los agentes. Siguiendo la distinción de Knight (1921), la incertidumbre siempre puede reducirse a riesgo, es decir, a una distribución con probabilidades objetivas. Se supone que la información histórica sobre el comportamiento de las variables aleatorias y la capacidad de procesamiento, asimilación y análisis de la información que tiene el mercado permitirán que los individuos y las empresas tomen las decisiones con distribuciones de probabilidad ajustadas a la realidad.
Esta concepción equivale a suponer que existe una única realidad objetiva, cuyo conocimiento acaba siendo accesible para todos los individuos y empresas. No se niega que exista incertidumbre; pero se trata de incertidumbre epistemológica, que desaparece con el aprendizaje y la adquisición de conocimiento. Acabaremos sabiendo la probabilidad de que el peluquero tenga un mal día o de que no nos guste la comida de un nuevo restaurante.
No es que todos los agentes tengan en la cabeza réplicas exactas del modelo real con las que formen sus expectativas para tomar sus decisiones. La única realidad objetiva funciona como un ancla al que las percepciones subjetivas de los agentes convergen en un proceso de aprendizaje que la HER supone ya realizado. Partiendo de un equilibrio, las expectativas sobre el futuro fluctúan solo debido a nueva información sobre los fundamentos de la variable estimada, no porque el modelo cambie. Al menos en el corto plazo, la realidad del modelo es inmutable y viene definida por las preferencias, la tecnología y las dotaciones de factores. Hogares y empresas tienen incentivos para acceder cuanto antes al conocimiento del modelo verdadero y único de la economía.
Esta concepción platónica implica que no hay diferencias en la forma en que los agentes interpretan el mundo y que las decisiones de estos no afectan a la realidad. En ambos casos, se trata de supuestos que facilitan mucho la coordinación de los planes de transacción a través del mecanismo de mercado.
Los procesos económicos y financieros de esta naturaleza se denominan «ergódicos».3 Técnicamente, esta propiedad equivale a la convergencia entre la media de una variable a lo largo del tiempo y la media de varias realizaciones de esa variable en un determinado momento del tiempo. El lanzamiento de un dado es un proceso ergódico; la frecuencia relativa de sacar un seis tenderá a un sexto tanto si cien personas tiran el dado al mismo tiempo como si una sola persona tira el dado cien veces consecutivas.
Tratando de condensar esta visión de la falta de certidumbre, podría decirse que supone la abolición del tiempo histórico e irreversible en el que la economía se desenvuelve.
El comportamiento de la economía y del sistema financiero durante la crisis ha demolido la concepción ergódica de la HER (García Andrés, 2009).
EL MODELO SE DERRITE
En la segunda mitad de 2006, un año de exuberancia económica y financiera a escala global, se produjo en Estados Unidos una brusca desaceleración de los precios de la vivienda y una subida notable en la tasa de morosidad de las hipotecas de baja calidad crediticia (o subprime). Aunque se había expandido con rapidez hasta suponer el 20% de los nuevos préstamos hipotecarios en 2006, el mercado subprime era todavía un segmento relativamente pequeño del sistema financiero estadounidense (alrededor de 1,3 billones de dólares). Durante casi dos años, tanto las autoridades como la mayoría de los agentes económicos interpretaron los efectos de este deterioro del mercado subprime de acuerdo con el «modelo».
Se estimaba como lógico un ajuste en precios, transacciones y viviendas iniciadas, pero se consideraba que el impacto macroeconómico se limitaría a una desaceleración temporal del PIB. Parecía razonable pensar que, con una economía fuerte, pleno empleo en Estados Unidos y la inflación controlada, las consecuencias sería manejables. Incluso podría ser beneficioso un aumento de los diferenciales de riesgo de crédito en el modelo, para así permitir captar mejor la naturaleza de la perturbación.
Los agentes mejor informados y con mayor capacidad de estimación supusieron, por lo general, que la morosidad hipotecaria estadounidense no comprometería la dinámica reciente de expansión de la economía mundial. Y eso incluso después del primer síntoma de contagio sistémico, en julio de 2007, cuando, después de que dos fondos de un banco francés en Estados Unidos que invertían en valores de renta fija respaldados por préstamos subprime tuvieran que suspender los reembolsos, se produjo una crisis de liquidez en el mercado interbancario que golpeó fuerte también al otro lado del Atlántico. Los bancos conocían la información fundamental sobre el aumento de la morosidad hipotecaria desde hacía meses, pero en ese momento elevaron de manera drástica y simultánea su demanda de activos líquidos.
Y comenzaron las dislocaciones de precios sin relación aparente con nueva información fundamental.
Los precios de los bonos respaldados con activos subprime se hundieron, lo que en principio tenía cierta lógica. No obstante, esa fuerte variación del valor de estos activos no era acorde con el modelo que se había utilizado hasta entonces para valorarlos. Quedó claro que las probabilidades de una caída de precios de la vivienda y sus implicaciones sobre las pérdidas esperadas no eran ajustadas. Y nadie sabía entonces cómo reformular el modelo.
La reacción excesiva de los precios habría sido de corta duración si la credibilidad del modelo se hubiera mantenido. Simplemente hubiera habido inversores que habrían aprovechado el momento de pánico de los demás para comprar a un precio más bajo y obtener así una ganancia esperada mayor. No obstante, en lo que se convirtió en una constante durante toda la crisis, los descensos de precios de los activos no alimentaron la demanda, sino al contrario. La inestabilidad comenzó a dominar el comportamiento de los mercados financieros. Los inversores dejaron de pensar en los fundamentales y pasaron a reclasificar los activos en función de su cercanía, directa e incluso solo lejana, con los activos subprime. El ancla de la realidad objetiva única e inmutable se desvaneció.
En pocos días, la mayoría de los activos de renta fija con subyacente hipotecario sufrió también caídas de precios. Entre los bancos, la actividad se redujo de manera abrupta, ya que no se conocía la exposición exacta de cada entidad a los riesgos y pérdidas derivados de la debacle de las subprime. Los departamentos de riesgos de los bancos no tenían información suficiente para estimar las probabilidades de impago de las distintas entidades. El resultado fue una restricción generalizada en las transacciones y en la asunción de riesgos.
Aunque el clímax de la crisis tardaría todavía más de un año desde aquel verano de 2007, la alteración en el funcionamiento normal del sistema financiero fue inmediata e inesperada. La fuga de depósitos en el banco británico Northern Rock fue un episodio muy elocuente a ambos efectos (Shin, 2009). Se trataba de una entidad volcada en el negocio hipotecario que había expandido su balance recurriendo a la financiación a través del mercado, en particular mediante la conversión en valores de renta fija negociables de sus carteras de préstamos (titulización).
Los gestores de Northern Rock habían hecho dos supuestos que podrían haber sido compartidos por casi cualquier gestor de la época, e incluso ser validados por su supervisor. El primero es que la diversificación de las fuentes de financiación les protegería ante un deterioro de las condiciones de los mercados financieros. Pensaban que la probabilidad de que se secara el mercado europeo, el mercado estadounidense e incluso el asiático, todos a la vez, era próxima a cero. Fue un primer indicio de que las correlaciones iban a ser mucho más elevadas de lo que suponían los modelos. El segundo supuesto era que mientras contaran con una cartera de préstamos de alta calidad, siempre podrían financiarla en el mercado. Ellos no daban préstamos subprime. Se entiende la perplejidad de estos directivos cuando desde principios de agosto vieron cerrado su acceso a la financiación a través del mercado.
El Banco de Inglaterra, una de las instituciones públicas del ámbito económico más venerables, pegó un buen resbalón a cuenta de Northern Rock, y eso que no era la autoridad supervisora competente. El gobernador Mervyn King era de los que pensaba que la dinámica causada por los problemas en el mercado hipotecario estadounidense podía tener un efecto saludable sobre los mercados financieros y la economía. Confiaba en la estabilidad en el mecanismo de fijación de los precios de los activos de renta fija y el mismo mes de agosto loó la titulización como uno de los elementos sobre los que se asentaba la solidez del sistema financiero.4
El martes 12 de septiembre, el gobernador King remitió un documento al Comité del Tesoro de la Cámara de los Comunes en el que advertía contra la relajación en las condiciones de provisión de liquidez al sistema bancario. Se trataba de una crítica apenas velada a la actuación del Banco Central Europeo (BCE), que desde principios de agosto había flexibilizado las condiciones de plazo y de tipos de activos de garantía de las operaciones de política monetaria. El argumento esgrimido era la necesidad de conjurar el riesgo moral, dejando que cada agente sufriera las consecuencias de sus acciones; este principio que parece de sana y simple rectitud ha inspirado grandes estropicios en materia de política económica. El jueves 14, la BBC anunció que el Banco de Inglaterra había concedido a Northern Rock un préstamo en calidad de liquidez de emergencia. Y el viernes 15 de septiembre, las sucursales del banco se llenaron de gente que quería retirar su dinero.
Tan solo un mes de crisis de liquidez produjo una fuga de depósitos en un banco británico; la primera en más de ciento veinticinco años. ¿Qué probabilidad tenía en el modelo un acontecimiento de esta naturaleza? Probablemente cero. ¿Por qué retiraban los clientes de Northern Rock su dinero tras conocer que la entidad había recibido apoyo del Banco de Inglaterra? ¿No les debería haber tranquilizado?
El modelo se estaba derritiendo, engendrando un proceso endógeno de fallos de coordinación en cadena. Estos fallos, estudiados por los «nuevos keynesianos» pero ausentes del modelo de la Síntesis, fueron el mecanismo esencial de propagación y ampliación de la crisis financiera. Los fallos no tenían que ver con rigideces en los precios; más bien al contrario, operaban con fuertes movimientos en los precios. Las expectativas sobre el comportamiento del precio de los activos o el riesgo de las entidades quedaban desmentidas por la realidad y los agentes se esforzaban para buscar mecanismos de interpretación alternativos. Mientras, sus decisiones ante la incertidumbre estaban provocando una restricción generalizada de la financiación; un estrangulamiento que amenazaba a las entidades financieras (bancos, fondos, aseguradoras) más dependientes de la financiación de mercado y más endeudadas. El efecto llegaría tarde o temprano a la economía.
Pero lo que ocurrió los meses siguientes no fue una muestra fiel del impacto que se habría producido si se hubiera dejado a la economía funcionar de manera autónoma, siguiendo el principio del laissez faire. Desde agosto de 2007, la inestabilidad financiera provocó una respuesta de creciente magnitud en las autoridades económicas. Hoy sabemos que a pesar de la contundencia, el «todo lo que sea necesario» estuvo a punto de no ser suficiente. No conviene adentrarse en el terreno de qué hubiera pasado si se hubiera vuelto a caer en los errores de la década de 1930. Pero vale la pena recordar que la inestabilidad y sus consecuencias pudieron contenerse gracias a acciones continuas y poco ortodoxas de política económica, lo cual da la medida de la fragilidad del sistema ante una espiral de incertidumbre endógena.
LAS PALABRAS MÁGICAS DE DRAGHI
En el otoño de 2008, cuando la inestabilidad condujo a un riesgo de paralización y colapso del sistema financiero y de la economía mundial, la respuesta de las autoridades económicas alcanzó una nueva dimensión. Desbordando todas las recetas de la ortodoxia de las tres décadas precedentes, se movilizaron todos los recursos fiscales y monetarios para frenar el desplome de la actividad y proveer un seguro frente a la amenaza de una depresión. La ofensiva política iniciada en octubre de 2008 con las medidas del gobierno británico y la cumbre de la zona euro culminó en una primera fase en la segunda cumbre del G20 en Londres, en la que se añadió a la expansión coordinada de las políticas macroeconómicas domésticas, una expansión de los mecanismos de financiación y de aseguramiento globales a través del Fondo Monetario Internacional (FMI) y los bancos multilaterales de desarrollo.
El resultado de la ofensiva coordinada fue afortunadamente muy exitoso. El aseguramiento del conjunto de medidas adoptado permitió estabilizar el sistema financiero y frenar la caída del PIB. Al limitar la magnitud de las pérdidas, los agentes pudieron volver a pensar en los fundamentales, y los mecanismos de mercado comenzaron a recuperar su funcionamiento.
No obstante, en la zona euro, la crisis mutó y se ha prolongado durante años con consecuencias devastadoras. Según las interpretaciones más extendidas, la recaída del área del euro poco tiene que ver con la crisis financiera y sus mecanismos; se trataría de una enfermedad muy particular y característica de las carencias institucionales y las divergencias reales dentro de la unión económica y monetaria. En la primera fase de la crisis del euro, las causas eran la indisciplina fiscal y la pérdida de competitividad acumulada en los países mediterráneos más Irlanda. Después, la tesis se sofisticó, y el diagnóstico fue esencialmente el de un problema bancario, que se retroalimentaba con el problema de sostenibilidad fiscal.
Y es cierto que dentro del área del euro abundaban los desequilibrios entre unas economías y otras, y que solo era necesario que la marea financiera cambiara para que muchos problemas estructurales de calado quedaran al descubierto. Aun así, ni los desequilibrios internos ni las carencias seculares de varios países miembros explican el mecanismo esencial que convirtió una calamidad manejable (la crisis fiscal de una economía como la griega, que suponía el 4% del PIB del área) en una espiral centrífuga que ha amenazado la supervivencia del euro y ha causado estragos económicos en varios países.
El bucle entre el sistema financiero y la economía real que ha sacudido la zona euro es de naturaleza muy similar a la de la crisis financiera global, aunque sus mecanismos difieran y a pesar de que sus implicaciones políticas e institucionales sean muy distintas. La causa es de nuevo la incertidumbre y sus efectos sobre las condiciones de financiación del sector privado, la demanda agregada y el PIB.
El desmoronamiento de la solvencia del Estado griego en unas pocas semanas, junto con la posición política de Alemania al negociar la asistencia financiera, evidenció a ojos de una parte del mercado que la deuda soberana dentro del euro era una activo potencialmente frágil (Ubide, 2012). Tras años en los que las diferencias en las probabilidades de impago eran mínimas entre los activos de deuda pública dentro del área, se produjo una bifurcación con tendencia explosiva, que llevaba a la pérdida de acceso al mercado para varios de los emisores soberanos en euros.
Diversos estudios han tratado de estimar la relación de las variaciones en los diferenciales con la información fundamental.5 En general, las conclusiones apuntan a que la bifurcación en las percepciones del riesgo de crédito no se puede explicar en términos de probabilidades de impago de acuerdo a variables como la deuda, el déficit o la carga de intereses respecto a los ingresos fiscales.
Se generaba así una dinámica perversa de la deuda: subida de diferenciales, contracción fiscal, restricción en la financiación para el sector bancario, racionamiento de la financiación al sector privado, reducción de la demanda y del PIB, mayor contracción fiscal necesaria en términos nominales... En esta ocasión, la respuesta de política económica adoptada fue un rotundo fracaso. A pesar de haber desarrollado ex novo varios mecanismos de aseguramiento, estos se aplicaron siempre tarde y con alcance restringido, porque la lógica de la política aplicada no fue el aseguramiento, sino la penitencia. Se dejó campar a sus anchas al contagio y a la incertidumbre, y en algunos casos hasta se los alentó.
Tras varios programas de asistencia financiera, tras olas de inestabilidad desencadenadas por consejos europeos o, simplemente, por declaraciones de la canciller alemana Angela Merkel o de su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, y tras un aumento de más de un billón de euros en el balance del BCE, en el verano de 2012 todo parecía a punto de estallar. La causa esencial de la crisis, la incertidumbre masiva, alcanzaba cotas máximas y no parecía figurar en el modelo de los responsables de la gestión de la crisis.
El 25 de julio, durante un discurso en Londres, Mario Draghi pronunció las siguientes palabras: «Dentro de nuestro mandato, el BCE está dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para preservar el euro». Nada muy distinto de la letanía que salía de la boca de los dirigentes europeos desde el principio de la crisis. Pero, entonces, Draghi hizo una pausa y añadió: «Y créanme, será suficiente». En la conferencia de prensa celebrada unos días después tras el Consejo de Gobierno, diagnosticó por primera vez con tino la raíz del problema como la ruptura de la integración financiera, el riesgo de irreversibilidad del euro y la ausencia de transmisión uniforme de la política monetaria. Y anunció como respuesta un programa de compra ilimitada de activos de deuda pública de vencimiento no superior a tres años en los mercados secundarios para los países que lo solicitaran y se sometieran a una estricta condicionalidad en política macroeconómica (el denominado Outright Monetary Transactions, OMT).
La medida fue muy eficaz, porque consiguió estabilizar los mercados de deuda pública. La razón es que actuó como un seguro contra la incertidumbre.
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