Kitabı oxu: «Gritos lejanos»

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Gritos lejanos

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EL CÍRCULO DE ALEXOV

EL HIJO ETERNO

PLANTA BAJA

TIERRA VIRGEN

QUIZÁS UN GRITO LEJANO

MAMUSHKA

EL REEMPLAZO

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Gritos lejanos

Guillermo Barrantes

Ilustraciones:

Patricio Oliver


EL CRÍCULO DE ALEXOV

El olor se hizo insoportable. Comprendió que el engendro no tardaría en alcanzarlo. Estalló un violento crujido detrás de él. Alexov giró la cabeza... y vio al monstruo en el umbral. Él corrió escaleras abajo y alcanzó la puerta del sótano. Jadeante, sacó de su bolsillo un juego de llaves. La mano temblorosa logró introducir una en la cerradura, pero Alexov no pudo abrir. Oyó un chapoteo en la escalera. Eligió otra llave, al azar. Esta, por favor, que sea esta. Tampoco. No se atrevió a darse vuelta, pero pudo verlo de reojo: un caos de tentáculos deformes y chorros de baba pegajosa. Alexov empujó la puerta con el hombro y... cedió inmediatamente. ¡Estaba sin llave! Claro, tenía que ser así, tenía que estar abierta. Corrió hacia Hyperion. Y a punto de alcanzar el panel de controles, un palpo gelatinoso le atrapó el tobillo. Consiguió zafarse, consciente de que su pie ya no existía. Sintió el calor, la efusión de la sangre. Se dejó caer sobre Hyperion y tomó la palanca. Lo último que vio antes de bajarla fue aquella masa de putrefacción viniéndosele encima.

Al profesor Rudolph Alexov solo le faltaba liberar un par de hierros para que cayera la tapa de aquel enorme tubo. Adentro, descansaba su obra más perfecta, el Prometeo Moderno que Mary Shelley había soñado siglos atrás. En su ansiosa adoración, el profesor besó un eslabón oxidado.

Y entonces golpearon a la puerta de la sala.

Era imposible, él vivía como un eremita en aquella mansión, aislado de la comunidad científica. Miró el hacha en la pared. La puerta volvió a sonar.

—¿Quién anda ahí? –preguntó Alexov.

—¡Abre, imbécil! –ordenó una voz desesperada–. ¡Abre ya!

El tono le resultó familiar. Demasiado familiar. Incluso podría asegurar que la voz se parecía a la suya.

Abrió la puerta y quedó paralizado. La primera impresión fue que se hallaba frente a un espejo, frente a su propia imagen. Era él, el eminente profesor Rudolph Alexov, en todo detalle. Salvo por el pie derecho de su doble, que ahora era un muñón de sangre.

—¡Rápido! –dijo aquel reflejo–. ¡Destruye esa aberración! –y señaló hacia el gran tubo en donde se incubaba su criatura.

En su desconcierto, el profesor no atinaba a moverse. Y sucedió que, de pronto, un ruido absurdo brotó del sótano, como un burbujeo amplificado. Un hedor espantoso inundó el laboratorio.

—¡Me siguió! –gritó el otro Alexov–. ¡Destrúyelo, destrúyelo ahora!

Y el ruido aumentó y aumentó, hasta que una masa chorreante y glutinosa apareció subiendo por las escaleras del sótano. Con asombrosa velocidad aquella… cosa viviente se deformó en un espeso fluido, y se lanzó hacia ellos. El profesor se dejo caer, esquivándola. Pero su réplica no tuvo la misma suerte: el pobre quiso correr, olvidó su reciente mutilación, y perdió el equilibrio. En su caída giró la cabeza, como si quisiera mirar al abominable perseguidor por última vez. Y entonces la bestia informe penetró por la boca de su víctima, abierta en un grito que nunca fue. Su doble se hinchaba y el blando cuerpo comenzó a agrietarse mientras que los pseudópodos del monstruo aún se asomaban por la boca. Los huesos de su réplica empezaron a descoyuntarse, a desprenderse. Y Alexov vio esos ojos, sus propios ojos, que le pedían piedad. Sin pensarlo arrancó el hacha de la pared y la descargó sobre aquel ser desgraciado, sobre su propia imagen corrompida, profanada.

El hacha bajó y subió, una y otra y otra vez, hasta que su doble quedó convertido en una especie de rompecabezas. Un rompecabezas fallado, claro, porque ya venía sin la pieza correspondiente al pie derecho.

El profesor no pudo evitar seguir mirando fascinado: un horrendo tentáculo aún reptaba en el piso, como queriendo escapar. Alexov, gritando el grito que no llegó a concretar su doble, golpeó aquella inmundicia con el hacha hasta que solo quedó un hediondo charco de pulpa.

Un sonido metálico chirrió en la sala. El profesor, aún con el hacha sangrante en la mano, vio la larga tubería sin tapa, con las cadenas en el suelo. ¡Su creación! El enorme cilindro comenzó a agrietarse. Alexov recordó la última mirada de su otro yo. Y entonces, sabiendo el infierno que se avecinaba, encontró la única opción. El sótano. Allí, su otro gran trabajo aguardaba la gloria. Hyperion, la máquina que lo llevaría al pasado, a componer las cosas: quizás ahora sí lo lograría. Solo debía alcanzar la palanca. El profesor tiró el hacha y corrió.

El olor se hizo insoportable. Comprendió que el engendro no tardaría en alcanzarlo. Estalló un violento crujido detrás de él. Alexov giró la cabeza... y vio al monstruo aparecer en el umbral. Huyó escaleras abajo y alcanzó la puerta del sótano. Jadeante, sacó de su bolsillo un juego de llaves…


EL HIJO ETERNO

Un grito me despertó. Salté de la cama y salí corriendo al living. Encontré a Silvia temblando y llorando. Pálida, señalaba algo en el suelo.

—Carlitos –repetía– Carlitos...

Me acerqué a ella, aturdido.

—Se fue –me dijo–. Estábamos hablando y, de repente se fue, se convirtió en... eso.

Sentí un escalofrío, pensé que se había vuelto loca.

En ese mismo instante escuché aquel sonido por primera vez. Parecía entrar por la ventana abierta. Era como un zumbido, como un enjambre de avispas.

Entonces Silvia me abrazó.

—Dios mío –decía mientras me mojaba la remera con sus lágrimas–, desapareció, desapareció.

—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo que desapareció?

—Estaba ahí –y otra vez señaló el suelo.

—¡¿Dónde está mi hijo?! –grité exigiendo una respuesta lógica.

Silvia se sumergió en su llanto, y yo empecé a buscar por toda la casa. Llamaba a Carlitos en cada una de las habitaciones que revolvía, hasta que mi voz fue una súplica, un ruego. Fui decidido a interrogar a Silvia, pero en el living me recibió lo que ella señalaba con tanta desesperación. Cáscaras de sangre, escamas de piel seca. Y también había algo más. Casi cubierto por las costras, asomaba un papel o una tela. Me agaché a recoger aquello. Era un sobre. Estaba amarillo de viejo. Silvia se había acercado, podía sentir su respiración agitada. Abrí el sobre y saqué un papel doblado. Lo desplegué. Antes de empezar a leerlo volví a ser consciente de aquel extraño zumbido que llegaba del exterior.

Si están leyendo esto, ya todo habrá pasado. Quizás lo que escribo consiga aclarar algo, al menos para ustedes.

Aún recuerdo estar hablando con vos, mamá, y de pronto el tiempo se detuvo. Quedaste con el gesto paralizado.

—Mamá, mamá –te decía–, ¿qué pasa?

Te tocaba, y nada. Parecías de piedra.

—¡Papá, vení rápido! –grité–, ¡algo le pasa a mamá!

Pero vos nunca viniste, papá. Corrí hasta la pieza y ahí estabas, dormido. Te sacudí.

—Papá, papá, despertate.

Estabas como mamá, inmóvil.

Desesperado, salí a buscar un médico, pero lo que vi en la calle me dejó sin respiración. Todos estaban quietos. La gente, los autos, todo. Por un momento, fui uno más en aquel siniestro cuadro.

Me desesperé. Corrí y grité tratando de hacer reaccionar a las personas. Los escupía, los pateaba, pero nada. El tiempo parecía haberse detenido para todos, menos para mí.

Traté de tranquilizarme. Confié en que habría otros como yo. Recorrí cada rincón de la ciudad buscándolos. Entré a casas, a hoteles, a escuelas, a supermercados. Una estatua humana tras otra. Una interminable colección de momentos suspendidos para siempre.

No tardé en darme cuenta que incluso el sol se había detenido en el cielo. Su calor, uniforme e invariable, calentaba eternamente a la ciudad congelada.

Supongo que pasaron días, meses, años. Aunque, en realidad, siempre era el mismo día, la misma hora. Siempre. Ya sin esperanzas de encontrar a un hermano “temporal”, a otra persona para la que el tiempo no se hubiera muerto, traté de acostumbrarme a vivir en este reino de escenas perpetuas.

Tenía mis favoritas, por supuesto.

Estaba aquel niño riéndose. Su gesto era tan maravilloso que pasaba horas mirándolo.

Y el chorro de agua detenido a milímetros de la flor que nunca refrescó.

Y ese pintor que se había caído del andamio del décimo piso y quedó flotando sobre la reja donde debió terminar incrustado. Una de las puntas metálicas había llegado a perforarle la camisa de trabajo, apenas apoyándose en la piel, aún sin herirla. Con la brocha todavía en la mano y un grito mudo dibujado en su boca, un instante antes de morirse, se había ganado la vida eterna.

Y aquella bala en el momento exacto de salir del arma de un policía.

Y el ovejero alemán detenido en el aire, saltando, con la lengua afuera y un collar de saliva alrededor.

Y ustedes, claro.

A sus figuras inmutables las visitaba muy a menudo. Como en este mismo instante en el que escribo esta carta.

Viejo y cansado, volví a casa. Seguís con aquel gesto, mamá. Te acaricio y lloro. Todavía parece que me estuvieras hablando.

Vos, papá, dormís tu sueño infinito.

Quizás algún día el tiempo "real" continúe también para ustedes, cuando de mí quede solo un montón de huesos o, simplemente, cáscara. Por eso decido morir enfrente de vos, mamá, para dejar esta nota, este testimonio.

Y, además, estará mi gran obra. Sobre todo, mi gran obra… oh, de esa sí que oirán hablar.

Piénsenlo.

¿Qué hice yo para sufrir semejante tortura, para obligarme a pasar casi toda mi vida en este callado y sedentario Apocalipsis, en este mundo de muñecos de carne?

Si hasta el niño parece estar riéndose de mí.

¿Saben cuál fue mi conclusión, luego de tantos años en un mismo día? Fui castigado por algo que aún no había hecho. Entonces, poco a poco, con la paciencia que solo se consigue en la locura, fui creando mi gran obra, mi delito, mi culpa.

Y claro, el crimen tenía que estar a la altura de la pena.

Estoy seguro de haberlo conseguido. Es que para realizarlo dispuse de todo el tiempo del mundo.

Los quiero.

Carlitos


Dejé caer el papel y miré a Silvia. Ella me devolvió algo parecido a una mirada. Ahora fui yo quien la abrazó.

El zumbido.

Por la ventana abierta seguía entrando aquel sonido. Aquel sonido que eran muchos sonidos.

Gritos. No eran avispas. El enjambre era de gritos. Un clamor de alaridos desesperados como solo el infierno puede concebir.

Allí afuera, en la ciudad, la gran obra de Carlitos hacía delirar a su público.

Pulsuz fraqment bitdi.

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