Kitabı oxu: «Un mundo made in China»

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Un mundo made in china

Un mundo made in china La larga marcha hacia la creación de un nuevo orden global

Gustavo a. Girado

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Prólogo del profesor Chen Cai

Prólogo del Embajador Eduardo Zuain

Introducción

Capítulo 1. Un camino diferente. Límites y características de la dependencia tecnológica de China

Capítulo 2. La dependencia estándar

Capítulo 3. La Belt & Road Iniciative como el camino a la independencia

Capítulo 4. Una transformación en curso. De la interdependencia a la dependencia estratégica

Capítulo 5. Tensión entre potencias. Del desacople a la dependencia estratégica

Capítulo 6. Cierre ma non troppo

Bibliografía


Girado, Gustavo A.Un mundo made in China : la larga marcha hacia la creación de un nuevo orden global / Gustavo A. Girado ; coordinación general de Creusa Muñoz ; editado por Fernando Bogado.- 1a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Capital Intelectual, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-614-644-91. China. I. Muñoz, Creusa, coord. II. Bogado, Fernando, ed. III. Título.CDD 327.109

Director: José Natanson

Coordinadora de Capital Intelectual: Creusa Muñoz

Diseño de portada: Emmanuel Prado

Diagramación: Adriana Manfredi

Edición y corrección: Fernando Bogado

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Versión: 1.0

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ISBN edición digital (ePub): 978-987-614-644-9

Agradecimientos

El telón de fondo de la mayor parte de este trabajo lo constituye esta complejísima situación sanitaria mundial. Me limitaré a comentar que el distanciamiento obligatorio (primero ASPO, luego DISPO) implementado en mi país resultó funcional para cambiar el destino que habitualmente le doy al tiempo de viaje de un lugar a otro, en un día cualquiera. Fue una manera muy diferente de hacer las cosas y, del mismo modo que quienes leen esto, me fui habituando paulatinamente a otros ritos, como todos. De la misma manera, el cambio obligado de los hábitos al interior de la familia también puso a prueba varias cosas, entre ellas, la paciencia que me han tenido en casa Sandra y Nicolás (y Arthur a la distancia) para que pudiese avanzar y terminar este trabajo. A ellos dos va mi especial y eterno agradecimiento, así como a los compañeros y compañeras de las universidades donde trabajo quienes, cada uno/a a su manera y vía novedosas plataformas de comunicación virtual, colaboraron con sus opiniones y críticas, siempre bienvenidas. A Alejandro Fiorito, cuya disposición para ayudarme con materiales fue siempre muy valiosa, y va un agradecimiento especial a la Universidad Nacional de Lanús, mi lugar de trabajo y donde supieron valorar mi dedicación a temas no tan populares. A quienes aportan sus palabras para sendos prólogos, va mi especial agradecimiento también por la actitud que han mostrado para cumplir con sus promesas y porque, más allá de ser extraordinarios profesionales, tanto el embajador Eduardo Zuain como el profesor Chen Cai son maravillosas personas con quienes espero poder seguir trabajando en el futuro. Finalmente, sepa quien lee que no ha sido fácil la edición de este trabajo dadas las circunstancias que está atravesando el mercado editorial. De allí que merezca una mención especial la gente de Capital Intelectual, quienes han sido generosos a la hora de tomar su decisión respecto de mi propuesta. A todas y todos ellos va mi sincero agradecimiento.

Prólogo del profesor Chen Cai

El profesor Gustavo Alejandro Girado es director de la carrera de posgrado de Especialización en “Estudios en China Contemporánea” de la Universidad Nacional de Lanús en Argentina, y también profesor de la Universidad de Buenos Aires. También es uno de los expertos más reconocidos de Argentina en Asia Oriental y China. A lo largo de los años, el profesor Girado ha seguido observando los cambios económicos y sociales de China, ha estudiado en profundidad los problemas de desarrollo de China contemporánea y ha logrado excelentes resultados de investigación. Su trabajo ha jugado un papel importante en la comprensión de la experiencia de desarrollo de China para los argentinos, y ha realizado contribuciones sobresalientes para promover el mutuo aprendizaje y una amistosa cooperación entre nuestros países.

Desde finales de la década de 1970, la economía de China ha seguido desarrollándose rápidamente y ha alcanzado importantes logros en los campos económico y social, entre otros. Cómo comprender la experiencia de desarrollo del país es uno de los importantes temas al que muchos académicos extranjeros prestan atención y estudian. El profesor Girado coloca los problemas de desarrollo chinos en una perspectiva histórica de largo plazo para luego analizarlos. Él cree que una de las claves para comprender el desarrollo de China yace en conocer hasta qué punto puede deshacerse de su importante dependencia de los países desarrollados occidentales en términos políticos, económicos y tecnológicos. El profesor Girado señaló que “China era y es dependiente”, por lo que “China hace grandes esfuerzos políticos y materiales para abandonar esa condición [sobredependencia de Occidente]”. Él cree que en esta etapa, aunque mi país aún no se ha desprendido por completo de su dependencia de los estándares técnicos y del sistema de gobernanza global dominado por los países desarrollados occidentales, se encuentra en el camino correcto para ir desde una sobredependencia del mundo occidental hacia una forma de desarrollo de manera independiente. El profesor Girado cree que uno de los caminos más importantes que China siguió para alcanzar el desarrollo económico y la prosperidad fue el de su industrialización, el progreso científico y tecnológico y la cooperación en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que en conjunto le han permitido a China ir deshaciéndose gradualmente de aquella dependencia de los países desarrollados de Occidente, lo que es necesario y de gran importancia para el desarrollo a largo plazo de China.

Por otra parte, la Teoría de la Dependencia fue propuesta por primera vez por el famoso economista argentino sobre temas de desarrollo, Raúl Prebisch, a fines de la década de 1960. Esta teoría cree que existe una relación del tipo centro-periferia en la economía mundial, en la cual, mientras los países capitalistas desarrollados constituyen el centro económico y los países en desarrollo se encuentran en la periferia de la economía mundial, se ha ido conformado una relación de dependencia económica de la periferia respecto del centro (o sea, entre un gran número de países en desarrollo y países desarrollados), tal que los países de la periferia se ven sometidos a algún grado de explotación por parte de los países centrales. Desde entonces, académicos como Gunder Frank, Fernando Cardoso, Enzo Faletto, Samir Amin y otros, han desarrollado aún más esa Teoría. Creen que la dependencia económica de los países en desarrollo respecto de los países capitalistas avanzados perjudica tanto su desarrollo económico como también su calidad, constituyendo la fuente de su continuo atraso y dificultad para progresar. A diferencia de los estudios previos que interpretaron los fracasos económicos de los países en desarrollo con la Teoría de la Dependencia, el profesor Girado se centró en explicar la experiencia exitosa del desarrollo económico de China desde la perspectiva de tratar de deshacerse de su gran dependencia de los países desarrollados occidentales, y explicarla. Esta también es una contribución importante al desarrollo de la Teoría de la Dependencia. También es una nueva interpretación de la experiencia de desarrollo de China.

Por supuesto, existe una relación relativamente compleja entre la dependencia económica de los países en vías de desarrollo respecto de los países capitalistas desarrollados y su crecimiento económico. En circunstancias normales, la mayoría de los países en desarrollo no tienen capital suficiente. Es fácil para los países capitalistas desarrollados controlar muchos sectores económicos (incluso los principales) de los países en desarrollo con capital, lo que hace que estos últimos continúen dependiendo ya no solo del capital sino también de los mercados de los países centrales. Respecto de la tecnología y la absorción del excedente económico generado por los países en desarrollo, hay una cuestión, como lo es la frecuente dependencia de los insumos de tecnología, capital y otros factores de producción que padecen los países en vías de desarrollo de los mercados de las economías desarrolladas, que profundizarán las distorsiones estructurales en las economías de aquellos, y dañarán la sostenibilidad de su crecimiento económico. Sin embargo, el patrón que sigue actualmente la llamada globalización económica ha cobrado forma. Tanto los países en vías de desarrollo como los países capitalistas desarrollados deben abrirse y cooperar a mayor escala, ya que ningún país puede lograr un desarrollo eficiente y sostenible en completo aislamiento, sino será difícil para cualquier país en desarrollo lograr un crecimiento económico sostenido. En definitiva: podrá crecer, pero no sostenidamente.

Mirando hacia atrás en los últimos 40 años de desarrollo, la experiencia más importante del éxito económico de China ha sido su política de reforma interna y la apertura de su economía. Las reformas internas se guían principalmente por la mejora gradual del sistema de economía de mercado, ajustando y mejorando continuamente el funcionamiento del sistema económico doméstico y esforzándose por mejorar la eficiencia en la asignación de factores y recursos, promoviendo la estabilidad económica y el crecimiento sostenible. La apertura al mundo exterior se llevó a cabo principalmente para abrir el mercado interno de manera planificada y, paso a paso, alentar a las empresas extranjeras a invertir en China con capital y tecnología, entre otros factores, apoyar a las empresas chinas para integrarse en la cadena industrial global, entrar en el mercado internacional y participar en la competencia internacional, y hacerlo también activamente en el sistema de gobernanza económica mundial. Por su parte, la reforma consiste en dar espacio y permitir que los mercados nacionales tengan un rol más importante para promover el desarrollo económico. Como lo afirma la Teoría de la Dependencia, la apertura al mundo exterior ha conducido a un mayor grado de dependencia del mercado, la tecnología y el capital de los países capitalistas desarrollados. Internacionalmente, las empresas chinas tienen débil poder de negociación en los mercados de materias primas, y allí operan con bajos márgenes de beneficio. China depende en gran medida de los mercados de los países capitalistas desarrollados. En el terreno de las manufacturas de alta tecnología como chips, aviónica y equipos de precisión, enfrentan el riesgo de ser atrapados por la guerra comercial entre China y Estados Unidos, que ha revelado todos estos problemas de dependencia económica. Sin embargo, si no hay apertura al mundo exterior y no hay capital y tecnología de los países desarrollados, entonces el desarrollo económico de China ciertamente será mucho más lento.

Como todos sabemos, Argentina y muchos otros países latinoamericanos han experimentado reformas neoliberales, y su apertura de mercado ha sido incluso mayor que la de China en el corto plazo. Sin embargo, la mayoría de los países latinoamericanos tienen dificultades para reducir su dependencia económica de los países capitalistas desarrollados. Las razones pueden ser diversas. En primer lugar, China siempre ha insistido en las reformas internas, ha mejorado continuamente la eficiencia en la asignación de recursos, y se ha esforzado por alcanzar estabilidad financiera y económica en el país, creando un buen entorno local para el desarrollo económico. Sin embargo, los países latinoamericanos no pueden lograr estabilidad sostenida en el tiempo para su economía y tampoco en sus finanzas, en particular. Esto sin duda dañará la eficiencia de su desarrollo económico. En segundo lugar, el pueblo chino cuenta con una tradicional creencia respecto de la diligencia y el ahorro. La tasa de ahorro nacional siempre se ha mantenido en un nivel muy alto y la tasa de capitalización de los dividendos generada por el crecimiento económico ha sido también relativamente alta. Por lo tanto, a medida que la economía sigue creciendo, China ha ido reduciendo gradualmente su dependencia del capital de los países desarrollados; en América Latina, en cambio, la tasa de ahorro es obviamente baja y la tasa de recapitalización de los dividendos del crecimiento económico no es alta, por lo que siempre se hace difícil disminuir la excesiva dependencia del capital extranjero.

En tercer lugar, China concede gran importancia al desarrollo de la educación, la ciencia y la tecnología. El número de mano de obra bien educada sigue creciendo y el avance de la ciencia y la tecnología también se está acelerando. Esto hace que la dependencia tecnológica de China de los países desarrollados se reduzca gradualmente; los países latinoamericanos no prestan más atención a la educación que China. La tasa de migrantes laborales altamente calificados desde los países en vías de desarrollo se ha mantenido alta durante mucho tiempo, por lo que les resulta difícil reducir la dependencia tecnológica de los países capitalistas avanzados. En cuarto lugar, China se ha dado cuenta de los riesgos potenciales de la excesiva dependencia de los mercados de los países desarrollados a principios del siglo XXI. Por lo tanto, ha promovido activamente la iniciativa internacional One Belt One Road y ha fortalecido continuamente la cooperación económica con los países en desarrollo, reduciendo así gradualmente su dependencia de los mercados de los países desarrollados. Algunos países latinoamericanos han seguido un camino diferente, reactivos a ciertos esquemas de cooperación económica con otros países en vías de desarrollo e incluso a la apertura de sus mercados, lo que según muchos ha dificultado reducir aquella dependencia del mercado de los países centrales. Además, ante su alto grado de dependencia y los muchos problemas que ello conlleva, los países latinoamericanos no han sido muy activos, mientras que China ha demostrado una firme determinación para deshacerse de su gran dependencia de los países desarrollados mediante acciones deliberadas y prácticas.

Aunque los economistas de América Latina propusieron la Teoría de la Dependencia hace más de medio siglo, previendo los problemas que acarrearía que los países en desarrollo sean muy dependientes de los países desarrollados, no lograron encontrar hasta ahora un mejor camino, una mejor solución, a estos problemas. Por lo tanto, los académicos que están preocupados por el desarrollo de los países dependientes deben explorar continuamente nuevas formas de acelerar el proceso de desarrollo de esos países. Estamos expectantes del impacto de este gran trabajo del profesor Girado: esperamos que sus ideas puedan colaborar para profundizar el conocimiento e interpretación del proceso de desarrollo de China, cómo ha reducido su dependencia tecnológica de Occidente promoviendo la generación de sus propios estándares y, además, que sirva para promover y profundizar la cooperación entre China y Argentina, logrando que el desarrollo que alcancen sea sostenible y del tipo en el que todos se vean beneficiados. También esperamos que China y Argentina prosperen, se desarrollen cada vez más y sean realmente grandes.

Chen Cai

Director Adjunto

Institute for Latin America and Caribbean Studies

Southwest University of Science and Technology

Mianyang, Sichuan, P. R. China.

Traducción: Yuxian Li

Prólogo del Embajador Eduardo Zuain

No hay dudas de que la política exterior de un país se diseña y ejecuta desde el Estado, pero hay otros actores que la sugieren, la nutren, la estudian.

Un ejemplo de ello es el mundo de las academias y las universidades. Gustavo Girado es un reconocido investigador y acompaña desde hace tiempo la maravillosa aventura del encuentro entre argentinos y chinos. Estado, investigadores, profesionales, empresarios, trabajadores, gente de la cultura y los pueblos de ambos países han ido moldeando esta relación a partir de la imprescindible etapa inicial de exploración, para darle luego contenido, definir prioridades y, por sobre todo, apostar con decisiones políticas y económicas, con capital y trabajo.

Hace décadas que el área Asia-Pacífico, y China en especial, son percibidas como un eje central de la producción, el consumo, el crecimiento y el comercio mundiales. La Argentina lo comprendió y los gobiernos del período 2003-2015 dieron el paso inicial y fundacional para una profunda alianza con lo que una vez se denominó el Estado o Nación del Centro. Ese esfuerzo se coronó con la firma de la Asociación Estratégica Integral en 2014.

Hoy, China ilusiona y entusiasma porque abre posibilidades casi infinitas para gran parte del entramado productivo argentino y este libro, con la visión que nos aporta Gustavo Girado, contribuye con datos y razones a esa esperanza. La obra describe con claridad meridiana los procesos de toma de decisiones políticas e institucionales que dispararon el crecimiento, primero, y el desarrollo, después, del gigante asiático, con especial énfasis en la importancia de la autonomía tecnológica como pilar estratégico para la construcción de una potencia que hoy disputa liderazgo en el mundo.

Este es un libro imprescindible porque nos muestra una China con la que queremos profundizar nuestra relación, pero también porque nos deja una enseñanza a los argentinos: no hay desarrollo sostenible por vía de la sumisión.

Eduardo Zuain

Embajador de Argentina

en la Federación de Rusia. Ex vicecanciller.

Nota del autor

Este no es un trabajo de teoría de las relaciones internacionales y/o de historia económica e incluso siquiera sobre teoría en cuestiones de economía política. Sin embargo, deseo advertir al lector o lectora que varias corrientes y conjuntos de ideas científicas que dan entidad a esas disciplinas, así como una cantidad importantes de categorías analíticas que esos conocimientos usan profusamente, aparecen a lo largo de todo este trabajo. No haremos teoría, pero es necesaria (como siempre) para entender lo que intentaremos describir. En esas ciencias sociales, hay corrientes de pensamiento que divergen y no ignoramos los diferentes puntos de vista. No todos son útiles para explicar lo que uno quiere decir. En suma, describiremos hechos y usaremos teorías que los explican y se ajustan a ellos, y no al revés, como varios analistas suelen hacer, forzando los hechos, entreteniéndose en culpar a la realidad cuando no se ajusta a sus principios teóricos.

Introducción (1)

Ningún cambio, ninguna transformación, se da por fuera de las condiciones establecidas por el tiempo. Mejor dicho, por la historia: ese cúmulo de acontecimientos datados que permiten leer, desde el presente, una cadena de hechos medianamente organizados. Para entender el cambio chino que nos proponemos analizar, es necesario trasladarse por un momento en el tiempo hasta el siglo XVIII, cuando la dinastía Qing (1644-1911) era la potencia dominante en Asia. Su sistema político y las instituciones de construcción del Estado se basaron en estructuras heredadas de dinastías chinas anteriores, así como en los códigos sociales y culturales de interacción entre las entidades políticas de Eurasia Central, Asia Oriental y el Sudeste Asiático. Sin interesarnos en desarrollar esos aspectos históricos en detalle, propios de otros registros, queremos detenernos solo en uno de esos episodios con consecuencias que atraviesan todo ese largo siglo. Es un tiempo marcado a sangre y fuego por múltiples motivos, en el cual los británicos, franceses y norteamericanos son protagonistas centrales.

Lo que hoy conocemos como República Popular China antes fue un imperio y, como tal, padeció un espantoso período social, político y económico que los chinos consideran “el siglo de humillación”. Hasta entonces, el comercio internacional de China se orientaba hacia el comercio marítimo intra-asiático y solo un puerto estaba abierto a los comerciantes occidentales. En las décadas previas a la Primera Guerra del Opio de 1839 a 1842, la política de comercio exterior de China hacia el comercio chino-occidental se volvió cada vez más reñida con las ambiciones británicas en Asia.

Lo que queremos contar historiográficamente comenzaría con esa primer guerra, cuando a fines de 1839 comienzan los enfrentamientos (si bien menores, del tipo de las escaramuzas) que van escalando. Luego de una media docena de batallas más serias a lo largo de la costa sureste, las cañoneras británicas terminan venciendo a las fuerzas imperiales. Las tensiones se originan en diferencias no de dos naciones, sino de dos imperios.

Cuando los comerciantes británicos se negaron a prometer que no traficarían opio, fueron expulsados de Macao de acuerdo con la ley china, al igual como lo habían sido de Cantón previamente. Como respuesta, los británicos se establecieron en la casi desierta isla rocosa de Hong Kong. Una vez instalados, no se irían por más de un siglo; primero fueron hostigados, y el enfrentamiento que da origen a la conocida como “Primera Guerra del Opio” se produce en los meses de septiembre y octubre de 1839, cuando se enfrentaron barcazas y juncos de guerra británicos y chinos en ese puerto, y también en Bogue (en las afueras de Cantón). La flota británica completa llegó a Cantón meses después (junio de 1840) y dejaron cuatro barcos para bloquear la entrada al puerto, navegando desde allí y hacia el norte con la mayor parte de su fuerza. Un mes después, bloquearon Ningbo con dos barcos y se apoderaron de la ciudad de Zhoushan, frente a la costa de Zhejiang. Dejando allí una fuerza de guarnición, la flota navegó sin oposición hasta la boca del Bei He, cerca de los fuertes de Dagu que custodiaban los accesos a la ciudad de Tianjin.

Esa primera guerra concluye con la firma de un acuerdo (Tratado de Nanjing, agosto de 1842), que es el primero de varios tratados que va firmando el emperador en la medida que, paulatinamente, China es derrotada, cede y paga. Esos tratados tuvieron tremendas consecuencias para lo que hoy es China. En agosto de 1842, los términos del Tratado de Nanjing, ya traducidos al chino, fueron firmados por los comisionados manchúes y el gobernador general de Liangjiang. El emperador aceptó el tratado en septiembre, y la reina Victoria (reina del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, y desde 1877 también emperatriz de la India) lo ratificó a fines de diciembre.

Se los conoce como tratados “desiguales”, y es desde allí que esa experiencia y cruce de intereses con las potencias de entonces que China moldea una apreciación sobre Occidente. Perspectiva que aún hoy salpica la relación con este lado del mundo. Lo que pasó entonces, hoy, sigue presente en la memoria histórica del país. De otra manera, pero presente al fin.

Desde la Revolución Industrial y durante algo más de cien años queda contenido el siglo de la pax británica, como lo caracterizó Eric Hobsbawm (el siglo largo que llega hasta la Revolución bolchevique). Es el momento de los barcos de vapor, los ferrocarriles y el telégrafo, que aceleran el comercio mundial junto con la industrialización y la producción en masa. Inglaterra se convierte en el primer país en adoptar formalmente el patrón oro, lo que significa que las monedas son convertibles en una cantidad específica de oro, creando estabilidad en los tipos de cambio y facilitando el comercio y la inversión (las naciones más desarrolladas hacen lo mismo). Occidente capitaliza los recursos naturales de las colonias y los mercados extranjeros, utilizando la fuerza y la presión económica para abrir los mercados de China y Japón, particularmente.

Desde entonces, se va medrando el poder militar y político del emperador tanto por revueltas locales (la principal es la Rebelión Taiping, que comienza en 1850) como en luchas con otros imperios (en la Segunda Guerra del Opio, de 1856 a 1860, contra Gran Bretaña y Francia, quedando ratificada la superioridad bélica de Occidente). Estos enfrentamientos incluyeron la pérdida de partes del territorio, que más que vastos eran estratégicamente importantes (las islas de lo que hoy conocemos como Taiwán y Hong Kong, las penínsulas de Corea y Kowloon, regiones de la Manchuria Interior, etc.). Los principios incorporados en el mencionado Tratado de Nanjing no fueron completamente aceptados en el lado chino, y los privilegios que surgían de él parecieron no conformar a los ganadores. En consecuencia, el sistema de tratados no se estableció realmente hasta que los británicos y franceses libraron esa segunda guerra contra el emperador Qing: el nuevo orden no fue reconocido por la renuente dinastía hasta que una expedición anglo-francesa ocupó el propio Beijing en 1860.

Fue en plena rebelión Taiping que Gran Bretaña aprovecha para pedir al emperador revisar el tratado de 1842, porque el acuerdo que había alcanzado China con Estados Unidos después incluyó una cláusula mediante la cual los acuerdos podrían revisarse cada 12 años. Por aplicación de la cláusula de la nación más favorecida (según la cual todos los poderes extranjeros compartían los privilegios que cualquiera de ellos pudiera obtener de sus negociaciones con China), la corona británica embate para conseguir más prerrogativas, que a la postre llevan a la Segunda Guerra del Opio.

En suma, en ese período los chinos cruzaron armas contra lo que hoy es Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Japón y varios otros países de hoy y recortes geográficos que ya no existen. Aunque los tratados de China con Gran Bretaña (1842-1843), con Estados Unidos y Francia (ambos de 1844), y con todos ellos más Rusia en 1858 fueron firmados entre poderes soberanos iguales, en realidad la historia (y el ascenso chino más reciente) los trata como lo que objetivamente constituyeron: capitulaciones del emperador chino de turno para detener el deterioro político, militar y económico del imperio.

Pero el oprobio para la corte china no devino simplemente por firmar acuerdos desventajosos.

Antes de las guerras del opio, ya los británicos y estadounidenses en Guangzhou exigieron el tratamiento de extraterritorialidad porque se habían acostumbrado a la protección de sus propias leyes en sus relaciones con los Estados musulmanes del norte de África y el Imperio Otomano, y habían sufrido los intentos chinos de aplicar su Derecho penal a los occidentales, sin considerar, según Occidente, las normas que usaban los occidentales como criterio de evidencia o el mismo aborrecimiento que les ocasionaban los métodos de la tortura. Esa doctrina de la extraterritorialidad fue un sistema por el cual los ciudadanos de países extranjeros que viven en China estaban sujetos a las leyes de su país de origen. La cláusula de la nación más favorecida en virtud de los tratados aseguró a otros países los privilegios otorgados a Gran Bretaña, y pronto muchas naciones, incluido Estados Unidos, operaron barcos mercantes y barcos de guerra en las vías fluviales de China.

Comerciantes al fin, los extranjeros necesitaban su propia ley de contratos, elemento esencial que aparece en los tratados que se firman esos años. La Primera Guerra del Opio fue el punto de inflexión que suspendió efectivamente el control de la dinastía Qing sobre su política de comercio exterior, y así las potencias extranjeras, en particular las occidentales, tomaron un mayor control sobre las instituciones económicas y políticas clave. Más aún, por el Tratado de Tianjin de 1858 firmado con Gran Bretaña, no solamente se abren más puertos para el comercio británico (y el río Yangtze), sino que se permitió la radicación del representante de la corona (embajador) en la mismísima Beijing, lo que permitía la presencia de embajadores extranjeros allí donde reside el emperador. Por otra parte y más allá del comercio, se establecieron oficinas consulares y tribunales extranjeros en China, eximiendo a los ciudadanos extranjeros que residían allí de la jurisdicción de la ley local. De allí, también, lo del siglo de la humillación. Extraterritorialidad bajo la cual los extranjeros y sus actividades en China se mantuvieron responsables solo ante la ley extranjera y no ante la ley china.

Las ambiciones de ultramar del Imperio Británico cobraron un nuevo y contundente ímpetu con la Revolución Industrial británica, y durante el siglo XIX, las mejoras tecnológicas en el transporte impulsaron un renovado esfuerzo de Occidente para expandir el comercio mundial. Después de 1842, los puertos chinos que anteriormente habían estado cerrados a los comerciantes occidentales se vieron obligados a abrir al comercio y la inversión; en estos llamados “puertos de los tratados”, los aranceles de importación en China eran de tasas reducidas.

La historia nos muestra que el despliegue de las fuerzas británicas estaba vinculado a esa necesidad material de un sistema de relaciones sociales naciente, el capitalismo, que aparecía y se consolidaba en su territorio insular, esto es la aparición de una burguesía industrial que requería de insumos para su revolución manufacturera. No se trata solamente, claro, de ir por territorios e imponerse sobre los residentes locales y sus gobiernos, sino de crear las condiciones para que el capitalismo pueda hacerse de lo mismo que requiere en cualquier lugar, para lo cual también necesita de otro tipo de fuerzas que hagan dependientes a los lugares donde consigue imponerse o someter.

Y es en ese devenir que se produce la aparición de buques de guerra extranjeros sobre el río Yangtze, un elemento vital en China. Ancho y de canal profundo, es el más grande del país. Por allí, los cargueros oceánicos pueden fluir hasta Wuhan, y las embarcaciones más pequeñas pueden incluso llegar a Chongqing. La presencia de barcos de guerra extranjeros en ese río se remonta al final de la Segunda Guerra del Opio.

El Tratado de Nanjing estipulaba que el gobierno del emperador Qing debía abrir cinco puertos costeros a lo largo del Yangtsé (Ningbo, Xiamen, Shanghai, Fuzhou y Guangzhou), para que los extranjeros residan y lleven a cabo actividades comerciales (básicamente, para que los británicos pudiesen comerciar, pero en los hechos abarca a todos los habitantes de origen occidental), y dándole la posibilidad de contar con derechos legales extraterritoriales especiales en favor de los buques foráneos para transitar y controlar libremente el río.

Los puertos de los diferentes tratados se convirtieron rápidamente en ciudades sino-extranjeras donde el foráneo jugó un papel cada vez más importante en la urbanización de China. Cada puerto de cada tratado era dominado por un asta con una bandera blanca del consulado de Su Majestad (británica). Las instituciones extranjeras del lugar, incluido el club, el hipódromo y la iglesia, eran gobernadas por un cónsul británico secundado por los colegas de otras naciones, todos protegidos por cañoneras amarradas en el puerto. En Guangzhou, Xiamen y Fuzhou, la comunidad extranjera consiguió algún grado mayor de protección al establecerse en una isla. En otros (como Ningbo y Shanghai) los extranjeros ocupaban un área separada de la ciudad china por un río, canal, arroyo u otro tipo de camino acuático; estos enclaves costeros comenzaron como ramificaciones de la cultura occidental, como ciudades con colonias europeas. En definitiva, hacían las veces de puestos de avanzada del Imperio. Pero desde el principio tenían un componente chino, porque los extranjeros necesitaban sirvientes y comerciantes locales, tanto como la misma clase alta china.

Primero Estados Unidos, Gran Bretaña y algunos países europeos enviaron buques para patrullar el Yangtze y proteger sus intereses; así es que, desde 1854 y durante 95 años, una pequeña flota de la Marina de Estados Unidos patrulló entre los puertos de ese gran río para proteger a mercaderes, misioneros y propiedades de sus connacionales. Se la conoció como “Fuerza de Patrulla del Río Yangtze”, pero también simplemente como “Patrulla del Río Yangtze”, “YangPat” y “ComYangPat”. Inicialmente, la patrulla se formó a partir de barcos de la Armada de Estados Unidos y se asignó al Escuadrón de las Indias Orientales. En 1868 las tareas de patrulla fueron realizadas por el Escuadrón Asiático de la Armada del mismo país y al comienzo de las operaciones las lanchas patrulleras iban río abajo, sin exceder a Wuhan, y solo podían llegar a Hankou en el extremo. El primer cañonero estadounidense (el USS Ashuelot) llegó a Yichang luego de veinte años del comienzo del patrullaje, en 1874, y avanzó río arriba hasta el pie de las gargantas de Yangtze, a 1.569 km. del mar.

A medida que la situación en China se volvió más complicada (por las mencionadas revueltas domésticas y las guerras con las potencias), el ejército norteamericano fortaleció las inspecciones y, cuando a finales de la dinastía Qing la situación en China se deterioró profundamente, la Marina de Estados Unidos incrementó su patrullaje en ese río. Diversas lecturas dejan saber que muchas personas de la Dinastía Qing creían que la derrota en las Guerras del Opio había obedecido precisamente a que esa Dinastía no contaba con su propia armada.

Según los tratados desiguales a Estados Unidos, Japón y varias potencias europeas, en particular al Reino Unido, se les permitió navegar por los ríos de China. Hasta aquí, este siglo caracterizado por esos tratados fue dominado por los británicos al imponer su política imperial para conseguir liberar el comercio, requerimiento de su industria naciente. Recién después de 1880, la producción de opio nativo de China comenzó a suplantar el producto indio, cuya importación cesó en 1917. Ese comercio de opio de India a China, entonces, había cumplido un siglo bajo los auspicios británicos. Luego y hasta inicios del siglo XX, la invasión del territorio del emperador Qing ya no fue de su exclusividad sino que la compartió con otros poderes con quienes, a veces, fue rival (Rusia, Francia, Alemania y Japón). De alguna manera, la geografía china es escenario de una rivalidad imperial que se manifestaba en el resto de Asia y Africa y que haría eclosión en la Primera Guerra Mundial.

La Armada de Estados Unidos reorganizó la flota de patrulla del Yangtze en 1901 con cuatro cañoneras españolas capturadas en Filipinas (2) y también envió varios botes con cañones que, después de desmantelarlos y trasladarlos, fueron ensamblados nuevamente en Shanghai y puestos a patrullar el río Yangtze, y desde entonces también algunos afluentes. El USS Palos y Monocacy fueron los primeros cañoneros estadounidenses construidos específicamente para el servicio en el río Yangtze; en California se los construyó en 1913, y la Marina de Estados Unidos los desarmó y envió a China a bordo del Mongolia. El Astillero Kiangnan en Shanghai los volvió a montar y los puso en servicio en 1914, y ese año ambos buques demostraron su capacidad para manejar los rápidos del río superior cuando llegaron a Chongqing, que estaba a más de 2.100 km del mar, y luego más lejos, hasta Kiating, en el río Min.

En ese mismo año, 1901, los buques mercantes con bandera estadounidense regresaron al Yangtze cuando Standard Oil Company puso en servicio un buque tanque a vapor en el río bajo. Los japoneses tomaron el control de gran parte del sector medio e inferior del río en la década de 1930, y las hostilidades alcanzaron su climax en 1937 con la violación de Nanking y el hundimiento del Panay por parte de los japoneses, incidente que se constituyó en la primera pérdida de un buque de la Marina de Estados Unidos, en un conflicto que pronto se convertiría en la Segunda Guerra Mundial. Esta guerra puso una pausa y provocó cambios de poder relativo en tanto la ocupación japonesa en China dio cuenta no solamente de las fuerzas locales, sino también de las embarcaciones occidentales que se encontraban allí. Justo antes del ataque japonés a Pearl Harbor, episodio que marca la incorporación de Estados Unidos a la contienda mundial, la mayoría de los barcos de la Patrulla del Río Yangtze fueron traídos de China.

Esos cambios fueron favorables a China, si se puede encontrar algo favorable en medio de la contienda y de ser escenario de disputa mundial mientras a su vez se libra una guerra civil, porque Estados Unidos y Gran Bretaña renunciaron formalmente a la extraterritorialidad que constituía el eje del sistema de tratados (desiguales) en 1943. Estuvo vigente 101 años.

Luego de la rendición de Japón en 1945, la flota de patrulla del río Yangtze se activó nuevamente, cuando el Almirante de la Marina de Estados Unidos, Kinkade, dirigió la 73º Fuerza de Tarea a Shanghai. En suma, en 1922 esa Patrulla se estableció como un componente formal de la Marina de Estados Unidos en China; se disolvió el 5 de diciembre de 1941 y cesó sus operaciones en China, debido a los pocos recursos de la Armada norteamericana, que necesitaba a los equipos de patrulla y sus barcos en otros lugares para luchar contra los japoneses en todo el Pacífico. Reanudó sus funciones en 1945, pero de manera más limitada y con menos barcos –durante la Guerra Civil china–.

Con la victoria comunista en China, y después que el Ejército Popular de Liberación (EPL) ocupara ese río, la flota estadounidense que lo había patrullado durante 95 años se disolvió en 1949. En esos años de pobreza y debilidad político-militar creciente del Imperio primero y de la República después, los buques de guerra y cañoneras extranjeras navegaron libremente en los ríos del interior de China sin ninguna restricción debido a aquellos tratados desiguales, beneficiados por la jurisdicción extraterritorial. Con la fundación de la República Popular, los días en que los buques de guerra extranjeros eran los dueños de los ríos del interior de China terminaron.

Levantarse en la mañana y observar el río, mientras transitan barcos de guerra con la bandera de Estados Unidos hacia un lado, y a la tarde observarlos en su regreso y así durante casi un siglo, es una marca a fuego en cualquier sociedad, y esa imagen que se va impresionando en la retina, también se llama dependencia. Desde la mirada norteamericana, Lyle Goldstein (profesor-investigador en el China Maritime Studies Institute de la Escuela de Guerra Naval de Estados Unidos) expresa lo mismo, pero con otras palabras: “piensa en esto, ¿cómo te sentirías si supieras que la marina china estuvo patrullando el Mississippi durante casi un siglo de historia estadounidense? Te haría ver el mundo de manera diferente”.

El tiempo ha pasado, y sin embargo los poderes establecidos y que diseñaron ese entramado de poder y dependencia no van a conceder gratuitamente el espacio conquistado a fuerza de contrabando, sangre e intervenciones militares. En mayo de 2020 tiene otra forma de manifestarse. En referencia a la nueva ley de seguridad en Hong Kong, el académico español director del Observatorio de la Política China, escribió el 24 de mayo de 2020 que “el foco principal de la iniciativa china radica en ‘impedir la interferencia extranjera’. La ley, que en buena medida es también una respuesta a la previamente adoptada en Estados Unidos en apoyo de la oposición hongkonesa en diciembre pasado […] tendrá un efecto inmediato sobre la red de ONGs y fundaciones, muchas de ellas apadrinadas por instituciones conservadoras de Estados Unidos y Reino Unido, que han apoyado activamente los movimientos de protesta. La imagen de los manifestantes portando banderas estadounidenses y británicas, las peticiones al entonces presidente para que ‘liberara’ Hong Kong o mismo las apelaciones al regreso de la autoridad colonial, provocaron no solo irritación entre las autoridades sino vergüenza ajena entre amplios sectores de la población continental”.

China fue y es dependiente. Pero no necesariamente lo es ahora de las mismas cosas que lo era antes, sean propuestas políticas, personas y/o recursos. Su carácter de dependiente marca a fuego su devenir, y a tal punto es importante esta observación que realiza grandes esfuerzos políticos y materiales para abandonar esa condición. Ese aspecto fue el detonante de este trabajo, que va desde la dependencia de China al largo camino que la lleva a la independencia, la que tiene una manifestación reveladora en la mayor iniciativa de infraestructura que tiene lugar en este momento en el mundo, y que China diseñó, promueve y financia. Me refiero a la Nueva Ruta de la Seda, que ahora se la conoce como Belt & Road Iniciative (BRI).

Sobre ese camino se pronuncia con formatos novedosos, con los que planea involucrar a sus vecinos, primero, y luego a todo el resto del mundo posible, para comprometerlos en una trayectoria que cree venturosa para todos (win win). Así la presenta. Sin embargo, hay otro plano paralelo, que está dado por los caminos de la interdependencia, que le resultan obligados, pues lo que ahora es China no podría serlo si no hubiese abrevado antes en el conocimiento de aquellos que avanzaron primero. En otras palabras, la dependencia está marcada por la ausencia de conocimiento: se es dependiente cuando no se es dueño del saber, cuando no se puede crear porque la llave del conocimiento no está disponible. Decimos que China se encamina a independizarse porque hasta aquí solo ha sido testigo de cómo los poderosos han establecido los estándares, patrones y normas que tienen que usar cotidianamente, tanto quienes las establecieron como aquellos que son (somos) usuarios obligados.

Si China no participa en la definición de esas pautas, estándares, no tiene otro camino posible que seguir la huella ya trazada por los otros poderes. Por eso trabaja para independizarse y establecer los suyos propios, intentando eventualmente que prevalezcan, tratando de internacionalizarlos sobre la base de aquella iniciativa de proyección global. En definitiva, se despliega con sus propias normas sobre un camino que está creando.

Pero el derrotero que planea seguir para alcanzar una sociedad “modestamente acomodada” (tal cual su pretensión explícita), no termina allí. Hay un último plano del que nos toca ser contemporáneos, testigos. Es uno de disputa hegemónica sobre el que se está escribiendo abundantemente en este momento, y que sólo presentaremos dada su contemporaneidad. Y es en este punto donde juntamos todo: se están disputando los espacios de hegemonía en la producción de aquella tecnología (conocimiento, saberes históricos) que va a regir gran parte de nuestra vida cotidiana, y para poder convertirse en quien establece las normas, estándares y procedimientos para hacer las cosas en el sector de las tecnologías de la información y comunicaciones (TIC’s), hay que patentar los inventos primero, convertirlos en innovación y luego estandarizar los procesos, mundializar los formatos y alcanzar (antes) el lugar que pretenden todas las empresas de países poderosos (y no necesariamente grandes).

El establecimiento de los patrones de producción manufacturera es el trasfondo de lo que mediáticamente se presenta como “guerra comercial” ente Estados Unidos y China la cual, es cierto, se manifiesta en una disputa con los aranceles y los cupos comerciales de una y otra economía. Nosotros creemos que esa es solamente la parte visible del problema, la punta del iceberg. Problema inevitable, por cierto. En este momento no sabemos cómo va a terminar dirimiéndose esa lucha, y la historia aquí hace un giro caprichoso: varias veces esas disputas entre un hegemón y un pretendiente a ocupar ese lugar, se resolvió por la vía armada. Otras veces, las menos, no. Este trabajo pretende recorrer el camino que marca la dependencia en origen que tiene China del conocimiento ajeno, creado y estandarizado por las empresas de los países que ganaron la última gran guerra. También contar cómo China está tratando de sortear esa dependencia a través de iniciativas como la BRI, y de qué manera (qué caminos) quiere seguir, y qué lugares ocupar en esos espacios de decisión tal que la gestión global del mundo, en un futuro mediato, considere sus intereses, los tenga en cuenta. En suma, que la contenga.

El mundo post Bretton Woods tambalea, y China entiende que es el momento de participar en la redacción de las reglas (otras y nuevas) para los dados en llamar esquemas de “gobernanza global”. En este libro, trataremos de recuperar el tipo de estrategias, políticas y operaciones llevadas adelante por la China contemporánea para pasar de la dependencia tout court a la dependencia estratégica, con escalas previas en la independencia y la interdependencia. En el tránsito, hablaremos de estándares, patrones y normas. Esa es la propuesta para las próximas secciones, a sabiendas que no siempre la dependencia se presenta de la misma manera. La pregunta, como todas las de relevancia, tiene una respuesta depositada en el futuro: ¿qué transformaciones podrá producir la política de China en un mundo tan integrado?

1- Para esta Introducción se utilizaron las siguientes fuentes: Eugenio Anguiano Roch, “De la Dinastía Qing en el Siglo XIX hasta el fin de la República de China”, en Historia Mínima de China, Flora Botton Beja (coord.), Colegio de México, México, 2016; Jonathan D. Spence, The Search for Modern China, Nueva York, W. W. Nortonn & Company, 1990; John K. Fairbank y Merle Goldman, China. A New Story, The Belknap Press of Harvard University Press, Londres, 2006; Michael Dillon, History of China. From Earliest Times to the last Emperor, China Translation & Publishing House, 2017; Wolfgang Keller y Carol H. Shiue, “China’s Foreign Trade and Investment, 1800-1950”, Working Paper 27558, National Bureau of Economic Research, 2020.

2- La guerra hispano-estadounidense comenzó en 1898 y culmina con Estados Unidos victorioso, haciéndose de las Filipinas, Cuba –que, se supone, consigue su independencia–, Puerto Rico y Guam. Cuando terminan los enfrentamientos, los puertos de Filipinas se convierten en amarraderos de las embarcaciones españolas tomadas por quienes ganaron, y de allí partieron a China, pero carecían de poder suficiente para ir más allá de Yichang, en los tramos más difíciles del río.

Capítulo 1 Un camino diferente. Límites y características de la dependencia tecnológica de China

“En su proceso de reforma, aún en curso, China ha evolucionado tanto desechando como conservando e innovando estructuras y políticas de forma constante en un ejercicio de soberanía que atiende, en primer lugar, a sus propias dinámicas y objetivos. Y probablemente, el hecho de estar tan centrada en sí misma, aunque más atenta a su entorno que en otros períodos históricos, ha evitado la ruina subsiguiente de tantos consejos o ultimátums externos, tantas veces resultantes en agravamientos de dependencias y eternización de crisis.”

Xulio Ríos, prólogo del libro ¿Cómo lo

hicieron los chinos? Algunas de las causas del gran

desarrollo del gigante asiático (2017).

En trabajo citado como epígrafe, se intentó desarrollar una explicación, seguramente parcial y hasta quizás mínima, sobre los mecanismos que utilizó y usa China para convertir su extraordinario crecimiento en desarrollo. De manera tal que su sociedad pudiese ascender en la escala de bienestar y dar cabida, en términos colectivos, a lo que el Politburó pretende alcanzar: una sociedad modestamente acomodada. De hecho, en ese libro prologado por Xulio Ríos culminábamos con esa sentencia.

Allí, tratamos de describir uno de los tantos vectores por los cuales se despliegan las políticas del gobierno chino para alcanzar sus objetivos, ya que dentro de la gran cantidad de reformas llevadas a cabo en China desde el ascenso de Deng Xiaoping, algunas se destacaban por recibir un enorme caudal de recursos técnicos, políticos y económicos. Las políticas de desarrollo científico y tecnológico que China había llevado adelante desde 1978 en adelante constituían el centro de ese análisis.

Nos referíamos entonces a las cuestiones legales, institucionales y políticas que hacen a la capacidad de un país para desarrollar su tecnología, lo que constituye una condición esencial para el desarrollo futuro. Ello requirió previamente desplegarnos sobre algunos aspectos puntuales del desarrollo chino post revolución, e inmediatamente después avanzar sobre lo que consideramos central para comprender el proceso, como lo fue la participación de los capitales chinos en las cadenas globales de valor (CGV), pensadas y estructuradas por las casas matrices de las transnacionales que, para entonces, se concentraban en el Hemisferio Norte Occidental. La cuestión consistió (si bien sigue siendo un verdadero desafío) en entender sobre elementos que sirviesen para explicar cómo el Ingreso Nacional Bruto de una economía campesina y empobrecida, había conseguido multiplicarse por 35 entre 1990 y 2018, y el ingreso per cápita explotara –en el mismo período–, transformando a China de un país de “bajos ingresos” en un país de “ingresos medios altos” (1). Si bien el trabajo constituyó una mirada sobre un aspecto particular de la política china, intentamos dejar en claro que no solamente la mirada era parcial, sino que se limitaba a los aspectos que resultaran allanables y comprensibles, como para poder presentarlos ordenada y criteriosamente.

Nuestra idea es que aquí transitemos otro vector diferente, pero estrechamente relacionado con el despliegue científico y tecnológico, de manera de ganar masa crítica y conseguir más densidad en la explicación que buscamos sobre el extraordinario desarrollo alcanzado por la República Popular China. Porqué China había tomado cierto tipo de decisiones, y era el motivo por el cual éstas tenían un “norte” determinado, constituye un eje importante sobre el que se imbrica el rumbo de su política con sus decisiones económicas, su despliegue internacional y la manera de ver el mundo, ya no a través de los ojos de otros, sino de los propios y usando sus propias categorías analíticas.

China usa sus instrumentos, ve el mundo a su manera y se nutre, ahora más que antes, de su creciente relación con el resto de las economías lo cual, por cierto, ya tiene muchos canales: de los naturales originados en su comercio –que no deja de aumentar– y la multiplicación de las inversiones (de entrada y salida, in y out), el espectro ya se amplía para incluir sus posiciones en los organismos multilaterales, su intento de cambiar muchas de las reglas que ordenan el mundo desde la segunda posguerra y, mucho más aún, la representación que tiene en aquellas entidades globales que fueron diseñadas al calor del interés de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial (2GM) y forjadores del mundo “post Bretton Woods” (2). Ahora allí trata China de incidir, mientras cuestiona y debate el orden que se estableció oportunamente.

Las consecuencias de esas inquietudes son variadas y algunas muy visibles, como la creación de entidades que sí tengan en cuenta el creciente peso relativo chino: el AIIB (sigla en inglés del Banco Asiático de Inversión e Infraestructura), el que se conociera como Banco de los BRICS (ahora Banco de Desarrollo), la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), la misma Iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda (hoy Belt & Road Iniciative o BRI) (3), por señalar algunas de las más renombradas.

Pero antes de alcanzar ese estadío, China se nos presenta como una economía en vías de desarrollo y, como tal, dependiente. El/la lector/a encontrará que en estas páginas se reitera esa palabra “dependencia” la cual denota una condición, lo que nos requiere aclarar desde aquí bajo cuál prisma leerla, ya que aquella dependencia a la que se refiere Xulio Ríos en el epígrafe, tiene connotaciones. La dependencia como concepto es popular y está muy difundida claro, y a nivel teórico recibe diferentes tratamientos y abordajes. Eso no impide comprender qué se quiere decir al utilizar el concepto, siempre que se defina a cuál acepción uno se está refiriendo. Genéricamente, la idea de dependencia nos habla de la relación de alguna cosa o alguien con respecto a otro elemento o persona; de alguna manera, es natural asociarlo con la falta de autonomía, en el sentido que quien tiene esta condición (la cosa o persona que sea dependiente) no puede o no se le permite tomar ciertas decisiones, ya que no cuenta con la libertad suficiente para hacerlo por algún motivo.

El valor analítico de un concepto depende (valga la redundancia), no tanto de su rigor teórico, como de su riqueza explicativa (Monza, 1972). Pero justamente por esa dificultad que se presenta al trabajar un concepto relativamente abierto ya que se puede aplicar a situaciones diversas, en el agregado podemos subsumirlo solamente a dos tipos de situaciones diferentes: la dependencia que relacionamos con las personas (más allanable conceptualmente con lo mencionado sobre la incapacidad, propia o que le provocan, de contar con libertad) o aquella dependencia que tiene dimensión política, que es la que nos interesa aquí. Se trata entonces de una situación (digamos, de sujeción) en la que una nación tiene a otra (o a un ente o una comunidad) a su merced, de tal modo que su voluntad se encuentra anulada o limitada para tomar decisiones fundamentales. Las propias determinaciones se encuentran sujetas, a veces también anuladas o se les impide de alguna forma que se desarrollen. No se tiene la suficiente autonomía, porque se es dependiente. No se cuentan con los grados de libertad que se requieren para aquellas propias determinaciones.

Como el concepto de dependencia tiene en el de independencia a su opuesto, la versión política de la idea de dependencia cobra fuerza. Si los pueblos, los Estados-nacionales y otras organizaciones sociales que son más modernas tratan de ser dueños/as de su futuro, de determinarse por sí mismos/as (suele tratarse en el agregado como “derecho a la autodeterminación”), interesa identificar algunos aspectos de la dependencia en esa versión que, en este caso, son necesarias para el análisis del avance tecnológico en ciertas economías. Porque de ella hablamos, de la dependencia tecnológica.

Sábato (2011) aborda ese tipo de dependencia con el mismo sentido que le daremos aquí: “Además de su valor mercantil, es bien sabido que la tecnología posee valor estratégico, y cada vez mayor, como lo prueba el hecho de que en los últimos años se usen con frecuencia creciente expresiones tales como ‘dependencia tecnológica’, ‘neo-colonialismo tecnológico’, ‘autonomía tecnológica’, etc., que dan cuenta de la existencia de naciones que poseen tecnología y de naciones que no la tienen, y que por lo tanto dependen de las otras para el abastecimiento de elemento tan importante. Por eso, tanto para los países como para las empresas, tener o no tener tecnología, that is the question […]”.

El contar o no con tecnología propia fue uno de los debates institucionales en China cuando modificaron las estructuras ministeriales para jerarquizar el desarrollo científico y tecnológico. Esa discusión, a su vez, tiene origen en el debate previo sobre cómo transitar el sendero del desarrollo cuando la economía china crecía ya a tasas importantes. Los reiterados intentos chinos de llevar a cabo procesos innovadores de cosecha propia (“innovación indígena”), que no se basan (exclusivamente) en transferencia de tecnología extranjera, habían sido limitados hasta comienzos del siglo XXI, y recibieron especial atención e impulso con el programa Antorcha de 1998, cuando “[…] las prioridades de I+D en todo el país estaban controladas por las instituciones de planificación, […] los trazos gruesos de la política innovativa encerrados en el Antorcha, […] manifiestan fuertes elementos de descentralización institucional y experimentación política, y esto lo ha convertido en señero. La reorientación funcional que implicó […] fue impulsada por iniciativas locales y los intereses de las diversas zonas donde se fueron instalando las empresas de alta tecnología” (Girado, 2017); el corazón del programa consiste en crear la infraestructura y los ecosistemas necesarios para respaldar la innovación y las nuevas empresas, incluidas legiones de incubadoras de tecnología empresarial y espacios de creadores en masa (Ma, 2019).

Comenzaban a diseñarse los primeros bocetos de los caminos que eventualmente conducirían a la independencia tecnológica. El hito que pretendió ser un punto de inflexión para comenzar a romper la dependencia tecnológica fue el “Plan de Mediano y Largo Plazo para el Desarrollo de la Ciencia y la Tecnología (2006-2020)”, que terminaría visibilizando todo el diseño de la política que vuelca los recursos del Estado chino alrededor de cuatro palabras: “innovación indígena” y “desarrollo armónico”. Como sugiere Dieter Ernst (2011), desde aquel Plan los responsables políticos de China se muestran comprometidos con el proyecto de creación y estímulo a la “innovación indígena”, porque la ven como la clave para reducir la pobreza primero, y acabar con ella después, acelerando el proceso de convergencia de China con las economías más desarrolladas en términos de ingreso. Más aún, la eliminación de la pobreza extrema en China a comienzos de 2021 no hizo más que reafirmar las convicciones políticas acerca del camino elegido.

La forma presentada en el Plan para estimular la innovación se considera esencial no solo para ir más allá del viejo modelo de crecimiento orientado a la exportación (4), sino porque entienden que está en juego la supervivencia misma del sistema. Los líderes chinos entienden que el modelo de crecimiento impulsado por las exportaciones ya no puede garantizar los beneficios de entonces, y por eso apuestan a la innovación indígena como un catalizador para la mejora industrial. Resulta muy instructivo observar cómo China alcanzó un punto de convergencia con las economías avanzadas en numerosos frentes tecnológicos.

Muchos factores impulsaron a China a desarrollar sus propias tecnologías, el principal de los cuales es el poderoso papel del Estado como impulsor/promotor (y no tanto como diseñador); uno de los programas impulsados que no ha recibido la atención que consideramos suficiente es el mencionado programa Antorcha, que desde 1998 se ejecuta en el Ministerio de Ciencia y Tecnología (MOST), sobre el que volveremos más adelante. En su momento, la campaña de “innovación indígena” se consagró como la estrategia nacional china que pondría el desarrollo de la ciencia y la tecnología (CyT) en el centro del modelo de desarrollo del país (Cassiolato y von Bochkor Podcademi, 2015). Es uno de los planes para el desarrollo de la CyT más importantes que están vigentes en el mundo, y está llamado a configurar un nuevo mapa tecnológico a un nivel que excede ampliamente su alcance nacional. En ese entonces se hizo un diagnóstico del estado en que se encontraban los programas, el alcance de sus metas y objetivos, concluyéndose que hay limitaciones importantes si es que se tienen pretensiones (dentro de estas líneas de desarrollo) de reducir, por ejemplo, la dependencia energética y de recursos (y de insumos en general) que trae serias e inconvenientes consecuencias ambientales. La declaración del Consejo de Estado menciona la dependencia agrícola, la pobreza del sector servicios y la ausencia de industrias propias de alta tecnología, todo lo cual colabora para tener una pobre estructura para generar innovación endógena.

Desde entonces y frente a ese diagnóstico, el discurso público del Politburó se asentó en la necesidad de convertir a la sociedad china, hacia 2020, en una sociedad orientada a la innovación, por el dominio de aspectos clave de CyT y que le permita, para el 2050, ser líder mundial en este campo. De acuerdo con este nuevo énfasis, hubo un auge de la inversión china en Investigación y Desarrollo (I+D) que es una medida estándar de inversiones innovadoras. Si bien China invirtió apenas el 1% de su PIB en la década de 1990, las inversiones en I+D aumentaron al 2,12% del PIB en 2017 y crecieron al 2,23% en 2019, o sea una porción mayor en un PIB que no deja de crecer (5). Con la “innovación indígena” como elemento estratégico de crecimiento impulsado por la innovación y el desarrollo económico basado en el aprendizaje, la política de CyT vuelve al centro de la escena, como eje medular del patrón de desarrollo chino. Este plan presenta metas pensando en un horizonte para el 2020, articulando investigación básica y aplicada en áreas clave y para una decena de grandes proyectos nacionales, que incluye la reforma institucional del sistema nacional de CyT y de las políticas de promoción de la innovación (Gu y Lundvall, 2006). Aquí es cuando explícitamente deciden desarrollar tecnologías centrales, pero propias, dominar aquellas que se necesitan en áreas críticas, y fundamentalmente tener o hacer que sus empresas tengan (sean dueñas) de sus derechos de propiedad intelectual para conseguir contar con un número de empresas chinas internacionalmente competitivas. Claramente, estas definiciones están en línea y articuladas con las decisiones que ya describimos (políticas del Go West y Go Out) y provenientes del plan quinquenal anterior.

Por ejemplo, en el amplio sector de la tecnología más avanzada (high tech) y su espacio de acción, los avatares a su alrededor y las relaciones entre capitales en su interior, así como su relación con el poder político, le otorgan una importancia especial. Muy especial. El control de los actores, así como las políticas, regulaciones y reglamentaciones nacionales y mundiales que rigen sus relaciones de poder, hacen a la definición de los destinos de las manufacturas del futuro y los servicios. Aquellos actores, y en especial los que tienen presencia internacional, son protagonistas centrales en el diseño de las políticas de autonomía e independencia que lleva a cabo el gobierno, a tal punto que sus opiniones siempre fueron consideradas a nivel ministerial. Por caso, al momento de diseñarse la estrategia de “campeones nacionales”, hubo un planteo por parte de grandes tecnológicas chinas para poder acceder e incorporar estándares internacionales para tener acceso a los mercados globales, y luego poder participar en su definición. Esas influencias en las definiciones políticas, Hui Liu (2017) las llama “domésticas”; dentro de las que presenta como externas sobresalen las de la Organización Mundial de Comercio (OMC), ya que sus normas también han demostrado ser influyentes, pues penalizan el uso proteccionista de las normas como barreras técnicas al comercio, que están sujetas a arbitraje; la entidad multilateral también facilita la difusión de las normas con origen en la Organización Internacional de Estandarización (ISO, por su sigla en inglés) y la Comisión Electrotécnica Internacional (IEC, por su sigla en inglés) tomándolas como referencia.

Saltando al presente un instante, el hecho que muchas empresas de capitales chinos sean ahora transnacionales muy influyentes es el resultado de una política cuya parte visible y tangible la constituyen los productos que China vende al mundo, o las partes y piezas que empresas de China engarzan en los productos de las multinacionales (dueños de las marcas, de las licencias y/o de las patentes), productos que consiguen su forma final dentro del territorio chino, y desde allí son enviados a los principales mercados del mundo. Esto no era así antes de 1978, ya que la inversión extranjera tenía vedado el ingreso a China, y esta nación tenía poco comercio con el resto del mundo. Desde entonces, las decisiones que ha tomado han tenido el sentido de reducir sus grados de dependencia de Occidente, en particular.

Ese impulso original vino dado por el sector estimulado: el exportador. Por eso, el crear riqueza se transformó en una meta, un target del régimen, y así como el elemento constitutivo y esencial del desarrollo económico no es la creación de riqueza, sino la capacidad de crearla, no bastaba con fomentar el progreso técnico sino que pasó a ser necesario sentar las bases para crearlo, generar progreso técnico. Y también se debatió si era posible conseguir mayores niveles de cambio técnico en una situación de dependencia tecnológica, porque lo más probable es que si no se conseguían grados de independencia, sólo se iba a poder replicar una situación en la cual el capital extranjero iba seguir siendo el responsable de lo que sucediera con y dentro de la República Popular China. Puesto de otra manera: las necesidades tecnológicas pueden ser atendidas por el sistema científico y técnico doméstico o por las fuentes externas proveedoras de conocimiento tecnológico, pero reducir la política tecnológica a una regulación de la transferencia de la tecnología implicaría aceptar esa condición de “dependencia” tecnológica, lo que supone un juicio de valor sobre la incapacidad de las economías en desarrollo de encontrar soluciones tecnológicas a sus propios problemas. Una admisión del hecho que sería imposible crear para progresar.

En McGregor (2010) se ve que apenas luego de la aparición del “Plan de Mediano y Largo Plazo […]” mencionado, el Consejero de Estado Liu Yandong (funcionario y fundamental contribuyente al diseño de la política tecnológica de China) argumentaba en 2007 (revalidando la importancia del Plan), que “ […] la mayoría del mercado está controlado por compañías extranjeras, la mayoría de la tecnología central depende de las importaciones, […] la situación es extremadamente grave ya que los países desarrollados nos presionan con bloqueos y controles tecnológicos: si no somos capaces de resolver estos problemas, siempre estaremos bajo el control de otros”. Naturalmente, en los países en vías de desarrollo (en general) existe una gran desproporción entre los componentes internos y externos de oferta de tecnología, que lleva al sistema productivo a depender para su desarrollo de la importación de tecnologías. Por eso es que las interrelaciones entre el desarrollo industrial y la tecnología en esas economías dependientes (en el sentido ya comentado) se caracterizan por la dependencia tecnológica de la industria de las fuentes externas del conocimiento (know-how), y cuando no se tiene el poder de decisión sobre el proceso de desarrollo técnico, existe una dependencia técnica, o sea cuando sólo queda el camino de la copia de tecnología. La dependencia tecnológica es la falta de libertad para optar entre diferentes alternativas de importación y la creación propia (Máximo Halty Carrere, 1974).

La dependencia de China y su imperiosa necesidad de desarrollarse obligó al Politburó a indagar no solamente en cómo reducir los grados de dependencia, sino también en cómo hacerlo mientras se gana en competitividad, debido a que ese era uno de los desafíos que enfrentaban las empresas chinas, y de allí que el gobierno tuvo que reconsiderar la importancia y el papel de las normas técnicas. Desde la perspectiva china, la reducción de los grados de dependencia de las exportaciones manufacturadas solo iba a ser posible si el país lograba fortalecer su capacidad innovadora interna, para lo cual debía actualizar su sistema de estándares para reducir aquel “control de los otros países más desarrollados sobre China”, especialmente en el área de alta y nueva tecnología. En previsión de estos nuevos desafíos, el Ministerio de Ciencia y Tecnología (MoST, por su sigla en inglés) realizó dos importantes estudios: uno en el año 2002 sobre la estrategia de desarrollo de normas técnicas, que fue seguido por otro en 2006, que es el esquema de la Administración de Normalización de China (SAC, por su sigla en inglés) del 11º Plan Quinquenal de desarrollo para la estandarización. Este esfuerzo sistémico no se agotaba con el diseño o configuración al interior de China del sistema científico y tecnológico, sino que muchas de esas iniciativas tenían por fundamento (reiteramos) reducir la dependencia tecnológica de China, que a los ojos del Politburó debilitaba (y debilita) sus capacidades mientras se convertía en un país con mayores responsabilidades globales. Como se ve, innovación y estándares son conceptos vinculados. Esa vinculación aparecerá a lo largo de esta obra.

Entonces, habiendo acordado al interior de los espacios de decisión política en China que esa dependencia debía reducirse, se comenzó a trabajar para encontrar las herramientas más útiles para la tarea, y es desde allí que se observa que los estándares pasan a ser una herramienta importante para disminuir la dependencia tecnológica y desarrollar las capacidades de innovación indígena dentro de las industrias más desarrolladas hasta entonces, las que no eran otras que las vinculadas con las exportaciones (dado que era el modelo que imperaba en China desde la creación de las Zonas Económicas Exclusivas, o ZEE) y, en menor medida, las tecnológicas de industria nacional que exportaban (pocas). El Ejército y el mismo Partido Comunista de China (PCCh) fueron actores relevantes en estas decisiones, y por eso de esta coalición de intereses es que a continuación aparecen las políticas sobre el patentamiento de los estándares que se generasen dentro de China. Esto es así ya que había plena consciencia del alto precio que se pagaba por las patentes de origen extranjero utilizadas hasta entonces, tal como se incorpora inicialmente en el Proyecto de Reglas sobre Patentes Incluidas en los Estándares, emitido por la Administración de Normalización de China (SAC,) en 2009.

China había considerado las normas técnicas como un medio para facilitar el comercio mundial, pero resultó que la primera barrera que encontró cuando sus productos ingresaron al mercado internacional fueron las regulaciones técnicas y las normas. Diversos trabajos consultados coinciden en que en el sistema de estándares de China –que comienza a ser trabajado desde entonces– todavía se apreciaba el legado de la economía planificada, cuando cada ministerio relacionado con las actividades industriales era responsable de la estandarización dentro de las grandes empresas estatales bajo su jurisdicción; las normas nacionales y ministeriales eran obligatorias y aplicadas por el gobierno. Ese sistema se vio presionado una vez que las reformas de Deng Xiaoping cobraron impulso, culminando con la solicitud de China para ingresar a la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Por eso, desde que se inicia el proceso de apertura y reforma luego de la muerte de Mao Zedong, se produjeron cambios sustanciales en la estrategia de estandarización y sus instituciones; en poco tiempo China mejoró su capacidad para desarrollar e implementar estándares, y comenzó a participar en las organizaciones internacionales que definen su desarrollo (esta cuestión se trata adelante en una sección específica).

Es conocido que desde que China se incorpora como miembro pleno de la OMC en diciembre de 2001, comienza un período de rápido crecimiento (alcanzando a veces sorprendentes tasas de dos dígitos) y desarrollo económico, en el cual fue muy efectiva la política de promoción de la innovación indígena a través del uso de estándares (si bien todavía sólo de alcance nacional). Hoy la situación es diferente. Según Ziegler (2010) “el sistema de estandarización de China ha madurado considerablemente, y hoy China tiene más estándares que Europa, cubriendo más aspectos de las operaciones económicas que cualquier país industrializado”.

De allí que el crecimiento en China debía convertirse en desarrollo, a partir del uso de criterios independientes (que, en términos políticos, era más sencillo contar desde el punto de vista del Politburó) para impulsar por sí mismos un progreso técnico que estuviese engarzado en una política industrial y a su vez dentro de un programa de desarrollo económico. De aquellos estudios y de consultas realizadas entre especialistas (a los ya mencionados se añadieron los institutos de investigación surgidos al calor de las políticas de promoción en CyT), en Ernst (2011) se encuentran una suerte de prioridades a partir de ese intercambio, entre las que se destaca el hecho que el Estado seguirá desempeñando un papel importante como promotor y coordinador de una política integrada de estándares e innovación, y fundamentalmente el hecho de ver la estrategia de estandarización como una plataforma para la innovación indígena. En ese consenso sobresalen dos importantes vectores de trabajo que, en nuestra opinión, son definitorios en la política de “campeones nacionales”, política que ayudó, a su vez, a cimentar el progreso y consolidación de grandes corporaciones chinas bajo cuya sombra aparecieron y se desarrollaron gran cantidad de empresas chinas de menor porte, como proveedores de las primeras, elevando el nivel tecnológico promedio del sector, y que hoy se encuentra en el centro del debate sobre la disputa hegemónica con Estados Unidos, como desarrollaremos en otra sección de este trabajo.

De esos vectores, el primero está justificado por los pagos que hacen las empresas chinas por las patentes y licencias extranjeras. Desarrollar las normas chinas, debería ser la tarea prioritaria para reducirlos; para ello el plan consiste en que las empresas extranjeras que deseen participar en las organizaciones que van a desarrollar las normas chinas, que hagan una contribución a cambio de ello, como por ejemplo contribuciones técnicas (con un criterio amplio, tal que incluya la divulgación de patentes esenciales). El otro que destacamos se encuentra trabajado en Wang et al. (2010) desde el cual se alienta a las empresas a convertirse en los “principales actores en la formulación de normas”. En ese entonces, China no tenía experiencia en el entramado institucional dentro de los esquemas de estandarización, y en el debate se consensuó que China debía seguir una estrategia de doble vía que combinase la adopción de estándares internacionales con la inserción de innovaciones indígenas en estándares nacionales (en el marco de la institucionalidad recientemente creada) e internacionales (en la medida que China va ganando espacio dentro de los organismos internacionales de fijación de normas y patrones).

Los conductores de la política en China estaban (y están) convencidos que allí, en ausencia de conocimiento propio (que no se había generado hasta entonces en China), se jugaba parte importante de la reforma de la economía del país, y por eso decidieron que fuera acompañada de un gran esfuerzo para elevar el nivel del aparato científico y tecnológico. El “Plan de Mediano y Largo Plazo 2006-2020” resulta la consecuencia de un cúmulo de acciones que, a lo largo de los años y desde el inicio del período de reformas, han configurado una política de crecimiento científico y tecnológico cuyos resultados impresionan. Ese Plan tuvo un efecto catalizador en la estrategia de estandarización de China, mientras que el 11º Plan Quinquenal para el Desarrollo de la Estandarización (de la SAC, en 2006) presenta detalladamente cómo las agencias deben implementar el proyecto de innovación indígena. Hasta allí, había un historial de innovación bastante pobre y no había un cauce institucional que la promoviese.

Pero algo debe quedar claro: no se trata de una sencilla y simple incorporación de tecnología para alcanzar el desarrollo económico, porque así planteado podría aumentar los grados de dependencia. Como sostiene Halty Carrere en el trabajo citado, se trata de una política de desarrollo que asegure el control del poder de decisión para el progreso técnico. Si no fuese así, se caería en el error señalado por Alejandro Nadal Egea (6), esto es de concebir la debilidad del sistema científico y tecnológico como un simple retraso coyuntural originado en que la economía en vías de desarrollo arrancó tardíamente su intento de independizarse. La utilización del concepto de “brecha” ha provocado que se descuide (por ponerlo de manera “políticamente correcta”) la idea de la dependencia tecnológica como instrumento analítico de una situación estructural. Aquí habría seguramente autores que hagan referencia a la dependencia mental (“colonialismo cultural”) que ayuda a estratificar la dependencia en otro orden. Esa ambición es central para el PCCh.

Dijimos que la idea subyacente era intentar explicar uno de los tantos vectores por los cuales China intentaba convertir su crecimiento en desarrollo y reducir su fuerte grado de dependencia de Occidente, a grandes rasgos. Esto obliga necesariamente a analizar la interacción entre el desarrollo y la demanda de tecnología, no sólo a los efectos de definir las necesidades de la tecnología de un sector –por caso, la industria– sino también para hacer que las demandas de ciertas técnicas tengan respuesta institucional para que se pueda sostener un proceso de desarrollo técnico, que reduzca aquella dependencia tecnológica. La política llevada a cabo por China para innovar, no le deja otro camino que competir en terrenos que no le resultaban conocidos, por no haber formado parte del grupo de economías que les dieron forma. Consolidar su desarrollo implica hacer un gran esfuerzo (como en el caso de cualquier otra economía que pretenda subir su nivel de ingreso promedio) para elevar el nivel de vida promedio de su población, lo que va de la mano de una fuerte mejora en la competitividad sistémica de la economía, si es que se pretende dejar de ser dependiente. Se puede aumentar la competitividad siendo más productivo, claro, y no necesariamente esa economía será autónoma para tomar decisiones. Tendrá eventualmente éxito económico, pero no soberanía política para decidir sobre su futuro.

Como todos los planes que contemplan algún grado de desarrollo independiente, incluye características nacionalistas y de autosuficiencia, actitud que expresa el objetivo del Politburó de reducir la dependencia de China de la propiedad intelectual de los capitales transnacionales y, claro, de los altos precios que le imponen para usar las patentes que les resultan ajenas.

El Plan original pretendía que para el momento en el que escribo esta obra, China debía haber reducido su dependencia de la tecnología de otros países al 30% o menos. Algunas partes del Plan son muy claras al expresar su temor y preocupación del hecho que depender de otros países (siempre la sombra toma la forma de Estados Unidos y Japón), podría ser una amenaza para la seguridad nacional y económica de China (tan importante resulta la cuestión para nosotros, que nos explayaremos ampliamente adelante), de la misma forma que ese argumento hoy es enarbolado por Estados Unidos para discutir con China en múltiples espacios en los cuales se siente amenazado. De allí que, para limar asperezas potenciales, en su diseño contempla que el crecimiento económico requiere que haya un adecuado equilibrio entre la innovación nacional y el uso de tecnología importada.

Lo importante para el éxito del Plan es no comprar tecnologías centrales en campos clave tal que afecten el alma de la economía y la seguridad nacional (tecnologías de Internet de próxima generación; máquinas herramientas de alta gama y control numérico; y sistemas de observación de la tierra de alta resolución, etc.). En Ernst se lee que en agosto de 2006 y para los semiconductores, el Ministerio de Información e Industria de China declaró que “[...] aumentaremos significativamente la relación de autosuficiencia a más del 70% para los circuitos integrados utilizados para la información y la seguridad de la defensa nacional, y a más del 30% para los circuitos integrados utilizados en las comunicaciones y los hogares digitales electrodomésticos [...] básicamente, deberíamos lograr la autosuficiencia en el suministro de productos clave”.

Hasta hace poco tiempo, la mirada de China hacia la innovación y la estandarización apenas si tenía un mínimo grado de entidad en la diplomacia económica internacional. Pero con el poder económico de China en crecimiento, esa evaluación sobre las cuestiones normativas ha cambiado drásticamente. Hoy, la política de innovación de China es percibida como una amenaza para la innovación y la competitividad de EE.UU. y hacen al core de lo más candente en sus relaciones bilaterales. Más aún, también acusa a China porque esta usa esa política como una estrategia que distorsiona (“discriminatoria”, en términos de la OMC) el comercio global para desafiar la supremacía estadounidense en la economía del conocimiento. Esa percepción, claro, no hace referencia exclusiva al eventual padecimiento de las corporaciones estadounidenses que se encuentran con que ahora hay competencia china que daña sus intereses, sino que incluye a las respuestas institucionales que expresan esos capitales. Como reseñara D. Ernst (2011), la Cámara de Comercio de los Estados Unidos argumentó que la política de innovación de China “... restringe la capacidad de las empresas estadounidenses para acceder al mercado y competir en China y en todo el mundo, creando ventajas para las empresas estatales y los campeones influenciados por el Estado de China ... [y tiene] ... el potencial de socavar significativamente la capacidad innovadora de la economía estadounidense en sectores clave y, en consecuencia, dañar la competitividad y el sustento de las empresas estadounidenses y los trabajadores que emplean” (7). Con su política de innovación indígena, China ingresa luego en el juego de los estándares globales y crece como un novedoso contendiente de Estados Unidos, que naturalmente reacciona frente a la erosión de su liderazgo. Por eso colabora sensiblemente con su eventual declive.

El papel de la estandarización y el de los derechos sobre la propiedad intelectual aparecen en el centro de este conflicto. Más aún, tanto en las CGVs como las redes de producción internacionales y las mismas cadenas de abastecimiento, los principales dispositivos normativos para garantizar la calidad y seguridad de un producto son los estándares del producto, que deben juntarse con los derechos de propiedad intelectual y las normas de origen. De ahí la continua presión de los actores e intereses favorables al comercio para la estandarización internacional, la armonización de las diferentes normas nacionales o al menos el reconocimiento mutuo de equivalencia (de allí, entonces, los acuerdos bilaterales, regionales o los mismos Tratados de Libre Comercio –TLC’s–); todas son respuestas normativas alternativas típicas a las demandas políticas y económicas de la globalización e integración económica, ya sea regional o internacional, que cada país o región debe equilibrar con sus propias prioridades e intereses nacionales.

Por eso es necesario comprender el deseo de China de convertirse en una superpotencia tecnológica. Conseguir reducir aquella dependencia constituye el corazón del proyecto del Politburó, y la traducción del “Sueño Chino” que, como una suerte de réplica oriental del “Sueño Americano” –pero no individual, sino colectivo–, pretende construir una sociedad “modestamente acomodada” (mejorar el nivel de vida del pueblo chino) para este año 2021 (coincidente con los cien años de la fundación del PCCh) y “plenamente desarrollada” en el 2049 (en el centenario de la fundación de la República Popular China), alcanzando la que llaman “revitalización nacional”. Los caminos seguidos por sus políticas científicas y tecnológicas ya fueron tratados (8), y en esta ocasión pretendemos transitar otras rutas, que dan sentido a lo anterior.

1- Espen Beer Prydz y Divyanshi Wadhwa, “Classifying countries by income”, The World Bank, septiembre de 2019, Disponible en: https://datatopics.worldbank.org/world-development-indicators/stories/the-classification-of-countries-by-income.html. Hace un año, en The Economist se presentó otra comparación impactante: desde 1995, la participación de China en el PIB mundial a precios de mercado aumentó del 2% al 16%.

2- Antes que termine la 2GM, en 1944, Estados Unidos y los aliados (que pronto saldrían victoriosos) fueron los anfitriones en un encuentro en Bretton Woods, momento y lugar donde se establecieron nuevas reglas e instituciones de posguerra para liberalizar el comercio y revivir el crecimiento económico; para entonces, el dólar y su vinculación al oro dominaban el marco monetario global.

3- En el trabajo de Jan P. Voon y Xinpeng Xu (“Impact of the Belt and Road Initiative on China’s soft power: preliminary evidence”, aparecido en el Asia-Pacific Journal of Accounting & Economics 2020, Vol. XXVII, Nº 1), la iniciativa se considera como “el paso más importante que ha tomado la diplomacia pública de China en lo que va del siglo”.

4- Así como no nos detendremos a explicar todas las políticas chinas desde 1978 en adelante, tampoco lo haremos con el modelo de desarrollo asiático, de tanta fama académica y ya suficientemente analizado. Se sugiere a tal efecto ver Kaname Akamatsu, “A Historical Pattern of Economic Growth in Developing Countries”, The Developing Economies, Preliminary Issue, N° 1, Instituto de Temas Económicos de Asia, Tokio, marzo-agosto de 1962.

5- El gasto total en I+D de China por parte de sus institutos gubernamentales, universidades y empresas, creció a tasas de dos dígitos durante cuatro años consecutivos, hasta 319.000 millones de dólares en 2019. Ese gasto fue el segundo más alto del mundo, posición que China ocupa desde 2013, cerrando más la brecha con Estados Unidos.

6- Alejandro Nadal Egea, “Planificación normativa y esfuerzo científico y tecnológico”, Comercio Exterior, México, 1973.

7- En ese trabajo de Ernst se rescata este testimonio que brindara Jeremy Waterman, Senior Director de “Greater China”, el 15-6-10 en la Investigación Nº 332 sobre los supuestos delitos de China en materia de propiedad intelectual y las políticas de innovación indígena, ante su posible efecto nocivo sobre la economía norteamericana, ante la US International Trade Commission Hearing.

8- Se recomienda ver el trabajo de Zhuan Xie y Xiaobo Zhang, “The Patterns of Patents in China”, International Food Policy Research Institute, Development Strategy and Governance Division, Discussion Paper 01385, Washington, 2014.

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