Kitabı oxu: «Inconsciente 3.0»

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Colección + Otra

Dirigida por José María Álvarez,

Juan de la Peña y Kepa Matilla

INCONSCIENTE 3.0

Lo que hacemos con las tecnologías y lo que las tecnologías hacen con nosotros

GUSTAVO DESSAL

Prólogo de Javier Peteiro Cartelle

Epílogo de Juan de la Peña


Colección + Otra

Créditos

Colección + Otra

Dirigida por José María Álvarez, Juan de la Peña y Kepa Matilla

Título original:

Inconsciente 3.0 - Lo que hacemos con las tecnologías y lo que las tecnologías hacen con nosotros

© Gustavo Dessal, 2019

© Del Prólogo: Javier Peteiro Cartelle, 2019

© Del Epílogo: Juan de la Peña, 2019

© De esta edición: Pensódromo SL, 2019

Diseño de cubierta: Lalo Quintana

Esta obra se publica bajo el sello de Xoroi Edicions.

Editor: Henry Odell

p21@pensodromo.com

ISBN print: 978-84-121166-4-9

ISBN: ebook: 978-84-121166-5-6

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Índice

1  Prólogo

2  Nota preliminar

3  Introducción

4 Capítulo I - Los lazos amorosos y familiares en el mundo digitalLa nueva alienaciónLa trascendencia digital, o cómo escapar de uno mismoReinventar la historiaEl salón de las voces perdidasGoogle, el memorioso

5  Capítulo II - Milenarismo High Tech

6  Capítulo III - Una paranoia extendida

7  Capítulo IV - Profecías de una nueva humanidad

8  Capítulo V - No hay algoritmos sin metáforas

9  Capítulo VI - ¡A la conquista de la eternidad!

10 Capítulo VII - El i-PatientUn brindis por la inmortalidadLos nuevos diosesHaz el bien, pero no dejes de mirar a quiénLos genes, unidos, jamás serán vencidosLas nuevas guerras médicas…No solo de escáneres viven los pacientes

11  Capítulo VIII - No te olvides: vas a morir

12  Capítulo IX - Tecnologías, alienación y función de desconocimiento

13  Capítulo X - Cuerpos sin almas

14  Capítulo XI - La Inteligencia Artificial en el campo del goce

15  Capítulo XII - El inconsciente en la época del yo cuantificado

16  Capítulo XIII - ¿Hay alguien al mando de algo?

17  Capítulo XIV - Las nuevas máquinas de influencia

18  Capítulo XV - Retornos de lo real

19  Capítulo XVI - Los hombres las prefieren femeninas. Muchas mujeres también

20  Capítulo XVII - El goce de ver nada también se paga

21  Capítulo XVIII - Esa cosa inasible llamada sexo

22  Capítulo XIX - ¿Cuánto cuesta mi objeto a?

23  Capítulo XX - Triunfo de la mirada, derrota de la oscuridad

24  Capítulo XXI - Sin ti no soy nada

25  Capítulo XXII - Un disfraz precario llamado oportunidad

26  Epílogo

27  Acerca del autor

Prólogo

por Javier Peteiro Cartelle

Parece que vivimos una época revolucionaria a escala global, aunque abunden grises políticas nacionales. No se trata ahora de una revolución burguesa o proletaria. Tampoco de algo parecido a la «revolución industrial». Ni siquiera estamos ante revoluciones científicas como las que acogió el siglo pasado: la mecánica relativista, la mecánica cuántica y la transición a la biología molecular que, prevista por Schrödinger, empezó, podríamos decir, en el año 1953 con el modelo del ADN.

No hay esos hitos «buscados», pero sí se han dado como efectos colaterales en el ámbito técnico que parece cada vez más acelerado con respecto al científico. Si internet es algo de anteayer, las redes sociales son de ayer, la vigilancia por reconocimiento facial es de hoy, y la edición genética de embriones, los implantes biónicos y una posible inteligencia artificial independiente son planteamientos de un futuro que se vislumbra ya muy próximo. El smartphone supone la cristalización de evoluciones técnicas convergentes; en un solo objeto de bolsillo tenemos un ordenador, una máquina de fotos y videos, un sistema de navegación por GPS (Global Positioning System), acceso a redes sociales, agenda, sensores médicos, juegos electrónicos… incluso un teléfono.

¿Vamos bien? O mejor, ¿hacia dónde vamos? Hay, como siempre, pesimistas y optimistas. Unos auguran el riesgo de ser dominados por sistemas de inteligencia artificial autónomos y replicantes o una catástrofe sanitaria nanotecnológica. Otros, en cambio, perciben que la vida mejorará y que incluso se alcanzará una singularidad tecnológica que permita la inmortalidad transhumanista, aunque no sea para todo el mundo.

Parece que estamos, como decía Norman Cohn, en pos del milenio. Otra vez. A la espera de una salvación técnica, incluyendo tintes religiosos aunque se pretendan ateos, pero salvación al fin… o condena definitiva.

La prospectiva tecnocientífica suele caracterizarse por errores de bulto. Pero ya no se trata de mirar al futuro sino al mismísimo presente que parece confundirse con él en una carrera imparable hacia el control técnico para bien médico, para el bien social y también para el mal imaginable. Somos testigos presentes de algo que creíamos futurible; suicidios por sexting, control de nuestras idas y venidas, historiales médicos informatizados y alojados, con todas las consecuencias, en eso que llamamos «la nube» y que no tiene nada de etéreo.

El poder real sigue existiendo pero, a la vez, se propicia el sentimiento de autonomía del que brotan los influencers, los empoderados, las peticiones de todo tipo en change.org, los grupos de WhatsApp que pueden arruinar la vida a un profesor…

Emerge una constelación de síntomas novedosos o acentuados; adicciones, soledades, fobias, cibercondrías. La técnica puede liberar, pero también enfermar y matar. Nos hallamos ante algo novedoso, ante algo que debe ser analizado al detalle en lo que es y lo que implica para el ser humano. Lo más generalizado tiene que ver ahora con lo más concreto, con la singularidad de cada cual, con nuestros deseos, aspiraciones, defectos; con lo mejor y lo peor del sujeto. Ante eso no basta, aunque se precise, con una filosofía de la ciencia o de la tecnociencia. Mucho menos con limitarse a construir una historia de «avances». Tampoco basta con «adaptarse al cambio», en el mito de un progreso imparable, con los ingenuos y manejables medios de la psicología conductista, o las versiones narcisistas de la tradición oriental como el yoga o mindfulness, ya asumidas como bondadosas por quienes controlan los sistemas laborales. ¿De qué se trata, entonces? Quizá pueda decirse de modo simple aunque resulte complicado. Se trata de situarnos.

Es eso lo que facilitará la lectura de un libro excelente como este ensayo de Gustavo Dessal. El título ya anuncia su originalidad y su intención, íntimamente relacionadas.

Es original no sólo por la extensa revisión crítica del desarrollo técnico habido y previsto; también por la mirada hacia su interacción con el sujeto; una mirada dirigida a través del prisma de la experiencia psicoanalítica.

El libro puede parecer osado sólo a quienes consideran impropio salirse de su particular campo de acción (incluyendo psicoanalistas), pero esa supuesta osadía es imprescindible porque se requiere el enfoque sistémico y no parcelado de una realidad que parece que nos sumerge.

La seriedad del estudio que este texto muestra lo distancia claramente tanto de nostalgias inútiles como de fantasías milenaristas. La intención del autor, no obstante, no es meramente descriptiva, ni siquiera crítica en sentido general. Su finalidad persigue mostrar cómo el contexto tecnológico en rápida evolución nos influye y puede influirnos en el futuro. Para ello, usa la mirada privilegiada que le confiere su ejercicio como psicoanalista y, en general, la sabiduría que le caracteriza. Su campo no le aísla, sino que le sirve de observatorio privilegiado desde el que contemplar, comprender y concluir enseñando.

Es desde ese saber que Dessal facilitará a lo largo de su obra que nos situemos, que sepamos un poco mejor dónde estamos, despertando la intuición de lo que somos para que quedemos algo más advertidos ante lo inminente.

Es sabido que no cabe hablar de psicoanálisis de la historia, de la ciencia, del arte o de lo que sea, así, en general, a diferencia de la reflexión filosófica, pues un psicoanálisis lo es siempre solo de alguien concreto y no de algo; se trata de una relación clínica singular. Ahora bien, sí es posible referirse a algo desde el psicoanálisis de muchos. Es precisamente desde el encuentro con el síntoma en su multiplicidad de presentaciones que un psicoanalista se halla en un buen lugar para señalar cómo algo influye en alguien e intuir hasta qué punto el síntoma mostrado, el que requiere ayuda, depende de la civilización en la que el sujeto está inmerso. Pero eso sólo será factible si, además de psicoanalista, se es inquieto y culto, cualidades que Dessal ha venido mostrando ampliamente a lo largo de su rica e ilustrada trayectoria, de la que no es excluida la creatividad literaria.

Si algo nos caracteriza como seres humanos y, por ello, como constructores biográficos y actores de la historia, es, aunque pueda parecer extraño o incluso paradójico, lo que ignoramos de nosotros mismos, lo que nos es inconsciente. El inconsciente, algo que surge desde la relación inicial con la alteridad, que requiere del habla (ser humano es ser hablante, aunque se sea sordomudo) y que puede abocarnos a lo peor. Dessal va entretejiendo su libro con luminosas pinceladas psicoanalíticas y en un lugar define el inconsciente de un modo claro y conciso: «un saber que sabe lo que yo no sé, y en el que no me encuentro, pese a que ese saber rige mi vida». Descartes estaba equivocado. Si solo dependiéramos del pensamiento, de la lógica, no repetiríamos en general lo peor, no seríamos perturbados por el síntoma, eso que apunta a lo más íntimo de nosotros. Pero no somos máquinas pensantes, sino sujetos de goce (peculiar término lacaniano que suele referirse muchas veces a lo que parece contrario, al sufrimiento anímico); tampoco somos entes biológicos emulables sino biografías que requieren a un Otro para ser factibles.

A veces se dice que olvidamos la historia cuando suceden catástrofes provocadas por seres humanos, pero no es cierto porque, aunque la recordemos, seguiremos repitiéndola, precisamente por la fuerza de lo inconsciente. En esa reiteración, el milenarismo resurge hoy aunque sea de un modo distinto al que se dio en otras circunstancias. También ahora se espera la salvación, pero esta vez carece de base una espera salvífica universal. Una escisión de la sociedad con una esclavitud generalizada es más probable que en épocas consideradas hoy como brutales. No se trata de que seamos esclavizados por máquinas como especie, sino de una bipolaridad extrema entre una élite de poder y una gran masa de siervos, preferiblemente voluntarios; no se precisan cadenas si uno es feliz en su estado miserable, y abundan fármacos y coaches para ello. En ese pretendido mundo feliz, en cierto modo previsto por Huxley, hay algo que puede ser elemento de salvación; es precisamente el síntoma psíquico, eso que se resiste al adiestramiento, un síntoma que puede variar con las épocas y lugares, pero síntoma al fin, que revela la necesidad inagotable de ser y que indica que el psicoanálisis no es cosa del pasado sino que seguirá siendo necesario y probablemente, más que ahora, en los tiempos que se avecinan.

No somos seres algorítmicos aunque así se nos pretenda por el neocapitalismo y la falsa ciencia. Nunca seremos equiparables a una máquina, ni siquiera en las «averías» y, como certeramente señala Dessal, las ingenierías jamás podrán «arrebatar el cuerpo» a la medicina.

François Cheng decía, en un bello juego sonoro, que «l’esprit raisonne, l’âme résonne». El espíritu cartesiano seguirá razonando, pero es esa alma, que resuena como viviente, con el cosmos del que recibe y al que otorga, quizá a veces, sentido, la que ha de resistirse a la nueva alienación algorítmica que el neocapitalismo más crudo pretende. Esa resistencia sostiene nuestra libertad real. A esa posibilidad ética se nos convoca en este hermoso libro.

Nota preliminar1

En las últimas décadas, las denominadas «nuevas tecnologías» han contribuido a cambiar de forma exponencial nuestra vida. Mientras la ciencia se mueve con la lentitud propia de su método, la técnica posee una aceleración vertiginosa y su incidencia en todos los rincones de la existencia humana es irrefutable. Aliadas incondicionales del neoliberalismo económico, de los nuevos modos de la política y de la manipulación de masas, al mismo tiempo permiten prodigios cuyos beneficios sería absurdo discutir. No obstante, los psicoanalistas —o al menos muchos de ellos— han adoptado una posición ambigua, en ocasiones moralizante, ante los avances del cambio tecnológico, y alertan contra los graves peligros a los que nos enfrentamos. No hay duda de que si tomamos en cuenta que internet tuvo su origen en una serie de investigaciones militares, esa marca está presente y no podrá borrarse nunca. Por otro lado, su expansión infinita ha cambiado la fisonomía de la vida y con ello ha contribuido también a generar nuevos síntomas, en el sentido que el psicoanálisis le confiere a este concepto: algo que posee un lado mórbido cuando nos hace obstáculo o se lo padece; pero que paradójicamente puede cumplir una función estabilizante, como anclaje de la posición de un sujeto, cuando ofrece un anudamiento que hace más tolerable o alivianada la vida. En ese sentido, los usos sintomáticos de las nuevas tecnologías son para el psicoanálisis un motivo de estudio tan importante como los efectos patológicos que en algunas ocasiones podemos comprobar. Por lo tanto, el propósito de estas páginas es investigar algunas consecuencias epistémicas y clínicas de las nuevas tecnologías en la subjetividad. El psicoanálisis sigue siendo, en un mundo que prácticamente ha quedado por completo recubierto por la técnica, una praxis excepcional, puesto que no requiere de ningún dispositivo para llevarse a cabo, salvo el que le es específico: el dispositivo de la transferencia. Tal vez esa relativa exterioridad nos proporcione una posición privilegiada para poder abordar algunos de los fenómenos contemporáneos que obedecen al crecimiento rizomático de la tecnología, sin necesidad de asumir una postura que —incluso de forma inadvertida— pueda traducir sutilmente una nostalgia del Nombre del Padre2.

A lo largo de estas páginas, habré de exponer algunos de los graves problemas que las nuevas tecnologías han introducido en nuestro mundo, teniendo en cuenta que el conocimiento al que podemos tener acceso es limitado, puesto que una gran parte de lo que sucede se mantiene celosamente oculto por un complejo entramado de intereses privados, públicos, políticos y mercantiles. Pero la exposición y análisis de dichos problemas no implica una posición «antitecnológica» por mi parte. Las tecnologías son transpolíticas, es decir, son empleadas por todas las orientaciones ideológicas, las autoridades políticas, policiales y militares. Su empleo es múltiple, así como sus fines. En tanto psicoanalista, me interesa señalar el factor sintomático implicado tanto en la creación de las tecnologías como en sus distintas aplicaciones.

La intención de este libro es poder despertar también el interés de quienes no están familiarizados con la teoría y la clínica analíticas. No estoy seguro de que ese objetivo haya sido logrado, pero al menos me sentiré satisfecho de estimular en los lectores profanos una curiosidad por lo que el psicoanálisis tiene para decir sobre este tema.

Gustavo Dessal

Agosto de 2019

Introducción

Podía darse la circunstancia de que una persona alcanzara lo que se denominaba Grado Máximo de Saturación Técnica (GMST). Un GMST era un individuo de origen humano que a consecuencia de graves accidentes civiles o de combate, ataques terroristas o sucesivas enfermedades, ya no poseía ningún elemento orgánico natural. En ese caso su constitución física era indistinguible de los individuos de fabricación industrial, concebidos para compensar el déficit creciente de la tasa de natalidad que desde hacía siglos afectaba a todo el planeta. La condición de GMST figuraba en los dispositivos de identidad para dejar constancia del origen humano del individuo, aunque a los fines sociales y legales no existían diferencias respecto de los seres de procedencia industrial. Solo en situaciones extremas el Estado Global podía hacer uso de medidas excepcionales que instauraban una línea divisoria entre humanos y máquinas, aunque en la práctica tales medidas no solían aplicarse debido a su impopularidad. Ni siquiera la Guerra del Fin de las Guerras provocó una segregación identitaria, y el espíritu igualitario fue defendido en todo momento para que nadie quedase excluido de la destrucción absoluta.

Gustavo Dessal, «El alma de las bicicletas»3.

El presente libro reúne algunos ensayos que fueron publicados en distintas revistas o expuestos en conferencias y varios capítulos escritos exprofeso para este volumen. A la dificultad de tratar el tema de la incidencia de la tecnología en la subjetividad se le añade el hecho de que el objeto de estudio se transforma a una velocidad que vuelve obsoleta toda reflexión. Por ese motivo he revisado, ampliado y actualizado en la medida de lo posible todo el material que aquí presento, aún sabiendo que pese a todo no podré evitar que en breve quede retrasado ante los vertiginosos cambios tecnológicos que Gordon Moore, cofundador de Intel, reflejara en la famosa ley que lleva su apellido4. Según dicha ley (en verdad más bien una observación empírica), el número de transistores en un microprocesador se duplica cada dos años. Esta progresión de crecimiento exponencial (que hoy en día sigue comprobándose) es también la medida de hasta qué punto todo el paradigma social contemporáneo está forjado sobre la base del valor supremo de la velocidad. La ley de Moore no solo sirve para apreciar el modo en que la tecnología se desarrolla, sino que me permito utilizarla como una suerte de metáfora de la aceleración imparable que el discurso capitalista imprime a todas las facetas del mundo actual. Si la pulsión fue definida por Freud como una fuerza constante que no conoce otoños ni primaveras, el desarrollo tecnológico es, por el contrario, una fuerza que va en aumento, retrato y al mismo tiempo vehículo de la implantación hegemónica de ese discurso, aunque como veremos, esa aceleración tenga importantes matices que deben ser explicitados.

La temporalidad propia de la tecnología va determinando una suerte de separación o independencia entre esta y la ciencia, incluso hay quienes diagnostican más bien una absorción de la ciencia por la técnica, lo que supone el sometimiento de la ciencia a las reglas exclusivamente financieras. Eso se verifica, entre otras cosas, en el hecho de que la segunda es objeto de una confianza y una fe ciegas, que hasta hace unas décadas solo se le confería a la primera. Se confía en que la tecnología podrá dar solución a todo, o a casi todo. Gracias a la tecnología, lograremos alzarnos por encima de los límites que pesan sobre la condición humana y alcanzar un estatuto inédito. Esta visión se basa, fundamentalmente, en la creencia de que las asombrosas conquistas que se han realizado en materia de telecomunicaciones pueden ser extrapoladas a otros ámbitos, como por ejemplo al de la nanotecnología aplicada a la biología humana. La intensa campaña de marketing desplegada por los profetas de la tecnología, con el apoyo sostenido de los medios de comunicación (que han sumado al sensacionalismo de los crímenes el reclamo publicitario de presuntos descubrimientos mágicos, sobre todo en materia de salud), intentan convencer a la opinión pública de que el progreso es un movimiento que se expande de forma cada vez más rápida y sin retroceso.

Aunque esto puede ser cierto en algunos ámbitos, en otros resulta al menos dudoso, cuando no completamente falso. Esta confianza ciega en la omnipotencia tecnológica no es un fenómeno nuevo, pero ha cobrado un impulso mayor en las últimas décadas, en buena medida gracias a los logros de los ingenieros informáticos pero también debido al espíritu profundamente religioso que subyace a este optimismo exaltado. El transhumanismo es quizá el mejor exponente de esta posición radical, que concibe el advenimiento de un punto de inflexión en la historia de la humanidad al que Vernon Vinge denomina singularidad tecnológica5, seriamente debatido y cuestionado, pero que cuenta entre sus filas de adherentes con personalidades extraordinariamente destacadas. Es el caso de Ray Kurzweil, un reputado ingeniero informático e inventor de fama internacional al que Larry Page (cofundador de Google) contrató para su empresa. La singularidad tecnológica es una suerte de visión posmoderna del milenarismo tradicional, que augura la llegada de un acontecimiento mesiánico bajo la forma de una inteligencia artificial que habrá de superar a la de los seres humanos. En cierto modo, podríamos decir que eso no sería realmente una gran proeza, teniendo en cuenta que los seres humanos no están particularmente dotados para la inteligencia, sino que se caracterizan más bien por su debilidad mental. Pero dejando de lado las ironías psicoanalíticas, lo serio de este discurso es el hecho de estar auspiciado y promovido por inmensas fortunas que han apostado a conquistas tales como la curación de todas las enfermedades y la realización del sueño de la inmortalidad.

La importancia del transhumanismo no reside simplemente en que sus apuestas sobre el futuro lleguen o no a cumplirse, sino en que las metáforas que emplea ejercen un extraordinario poder, ya que construyen un modelo de pensamiento determinista según el cual la tecnología es la expresión del destino que indefectiblemente tendrá lugar, y cuya realización sigue un curso que ya no está gobernado por leyes humanas ni tampoco divinas. Esas metáforas convierten a la tecnología en un orden autónomo6, que sigue su propia trayectoria y avanza hacia su cumplimiento definitivo, diseñando un horizonte de felicidad universal gestionada por la inteligencia artificial.

El peligro de estos movimientos es que, bajo el disfraz de un presunto interés «apolítico» por el bienestar de la humanidad, lo que está en juego es un poderoso conjunto de intereses económicos aliados con las fuerzas más reaccionarias del neoconservadurismo. Max More es tal vez un buen exponente de lo que esto significa, aunque su ejemplo es uno entre muchos. En 1988 dio a conocer sus ideas sobre lo que denominó «extropianismo», una filosofía que eleva a un grado superlativo el optimismo respecto de los avances en materia de nanotecnología, ingeniería genética e inmortalidad. Es —casualmente— el CEO (Chief Executive Officer [Oficial ejecutivo en jefe]) de Alcor Life Extension Foundation, una empresa tecnoinmortalista que provee servicios de criogénesis y conservación de información de datos cerebrales a fin de resucitar los cuerpos en un futuro7. Como es de suponer, se trata de una compañía que maneja fabulosos presupuestos de incierta procedencia, aunque tal vez lo que más nos interese sea indagar en los fundamentos pseudocientíficos en los que se basa para promocionar sus productos. Si entramos en su pagina web, veremos un curioso ensayo que pretende justificar la cientificidad de los procedimientos técnicos. Según parece, tras la criogenización y posterior «resurrección» del gusano Caenorhabditis elegans, el animalito ha dado muestras de retener su memoria olfativa, lo que vendría a «demostrar» que esto mismo puede cumplirse en el caso de un ser humano. Calificar como delirantes a estos postulados es a todas luces insuficiente. En primer lugar, porque para el psicoanálisis de Jacques Lacan el delirio es una propiedad universal del ser hablante. En segundo lugar, porque la mayoría de los descubrimientos e invenciones que cambiaron el curso de la historia han sido posibles gracias a la fuerza del delirio y su certeza. Lo fundamental es el hecho de que la psicosis demuestra poseer en estos casos una funcionalidad y una capacidad de penetración real en el mercado. El extropianismo y otras formas de transhumanismo pueden ser un delirio, pero debido a la economía que generan y al discurso político que representan en su presunta neutralidad «científica», merecen ser atendidos como signos de que la fetichización de la tecnología no es un asunto de minorías extravagantes o sectas marginales, sino que obedece a grupos de poder nada desdeñables.

A la luz de la historia, muchos autores y pensadores han mostrado cómo el milenarismo es un recurso fantasmático que resurge —con nuevas vestimentas y una misma finalidad— cada vez que los seres humanos se confrontan a un cambio de paradigma. Lo más inquietante es que, según las épocas, la salvación puede llegar para todos o solo para los elegidos. El tecnomilenarismo promete un paraíso en el que nadie quedará excluido, pese a que los acontecimientos tal como se presentan en el momento actual parecen indicar todo lo contrario, que la tecnología no solo no habrá de traer la felicidad para todos, sino que más bien servirá para trazar de forma mucho más acentuada las graves diferencias sociales, económicas y políticas que hoy padecemos8. Esta es una de las razones más evidentes por las cuales debemos pluralizar el concepto y el enfoque de la tecnología, manteniendo todo el tiempo la perspectiva de su pluralidad. En efecto, la disponibilidad casi general de la telefonía móvil y el acceso a la comunicación digital pueden llevarnos a la confusión de creer que eso mismo sucede con otras formas de tecnología.

Con independencia de su verosimilitud y del auténtico desarrollo logrado, las tecnologías que apuestan a una prolongación de la vida o a la detección y erradicación de graves patologías en ningún caso estarán al alcance masivo de la población, no solo debido a su elevado coste económico, sino fundamentalmente porque el dominio de esos modos de tecnificación (como el de los medios de producción) habrá de convertirse en uno de los mayores artífices de los procedimientos de segregación social. Los debates éticos demuestran la enorme dificultad para delimitar de forma precisa y fundamentada la diferencia entre los beneficios, por ejemplo, de la manipulación genética, y la perspectiva de que estas tecnologías puedan conducir a proyectos eugenésicos que una vez más nos precipiten hacia los abismos más siniestros de la historia.

La alternativa del discurso naturalista no resulta, en el fondo, mucho menos preocupante. La idea de una naturaleza que ha sido corrompida por la acción maléfica de la tecnificación puede muy bien ser el vehículo de posiciones altamente reaccionarias. No existe ninguna naturaleza en un sentido abstracto. La naturaleza también es una construcción discursiva y, por lo tanto, un artificio de lenguaje. La idealización romántica de la naturaleza debe ser cuestionada tanto como la fetichización de la tecnología. Ello, por supuesto, no significa desatender los legítimos esfuerzos llevados a cabo por los movimientos ecologistas, que precisamente se distinguen por contextualizar el sentido de lo natural en un discurso político y no en el romanticismo reaccionario del retorno a las fuentes originarias incontaminadas.

Mientras en épocas anteriores el conservadurismo tendía a idealizar el pasado y a acentuar la nostalgia por una imaginaria Edad de Oro que era menester recobrar, las formas modernas de algunos sectores conservadores han convertido el futuro —al que presentan con la misma imaginería que antes le otorgaban al pasado— como la Tierra Prometida a la que seremos conducidos por el carro triunfante de la tecnología. Uno de los aspectos más engañosos y temibles de esta reificación de la tecnología no depende de que, desde el punto de vista empírico, muchos de sus augurios sean dudosamente realizables, sino de que la felicidad se vislumbre bajo la forma de un sistema social presuntamente apolítico y superador de todas las diferencias ideológicas. Bajo esta apariencia, sin duda se esconde el demonio de un neoliberalismo que, a fin de realizar sus designios, manipula los eternos sueños humanos induciendo en ellos el espejismo del progreso. No es muy difícil reconocer que la confianza absoluta en el misticismo tecnológico obedece a la misma lógica que subyace a la creencia en la «mano invisible» del mercado. Que el progreso se haya verificado en incontables aspectos del saber humano no significa que esa tendencia sea una ley natural ni que carezca de «efectos secundarios», en demasiadas ocasiones mucho más graves que los males presuntamente superados.

Sobre este tema vale la pena citar a John Gray quien, de una manera muy freudiana, explica:

Los que creen en el progreso —ya sean marxistas, anarquistas, socialdemócratas o neoconservadores, o positivistas tecnocráticos— conciben la ética y la política como si fuesen una ciencia, de tal modo que cada paso hacia adelante permite nuevos avances futuros. Creen que la mejora en la sociedad es acumulativa, y que la eliminación de un mal implicará la desaparición de otros en un proceso siempre abierto. Pero los asuntos humanos no muestran signo alguno de sumarse en esa forma: lo que se gana siempre puede perderse y a veces —es el caso del retorno de la tortura como técnica aceptada de guerra y de gobierno— en un abrir y cerrar de ojos. El conocimiento humano tiende a aumentar, pero los humanos no por ello se vuelven más civilizados. Siguen propensos a toda clase de barbarie y mientras el crecimiento del saber les permite incrementar las condiciones materiales, también aumenta el salvajismo de sus conflictos9.

Capítulo I Los lazos amorosos y familiares en el mundo digital

Are you on the line or on-line?10

La nueva alienación

En el mundo contemporáneo, la técnica ha ido conquistando un lugar, un dominio y un alcance sin precedentes. A pesar de que el ser humano se ha caracterizado desde sus orígenes prehistóricos por su relación con el objeto técnico, es indudable que en la actualidad esa relación ha cobrado un impulso que se aproxima a una transformación cualitativa inédita: la posibilidad de una integración plena entre el objeto técnico y el organismo. La bioingeniería médica, que ha creado asombrosas prótesis, marcapasos, estimuladores intracraneales y otros tantos dispositivos cuya implantación ha permitido mejorar —e incluso resolver— graves trastornos, se encamina hacia un nuevo desafío: la producción de seres en los que los límites entre la estructura orgánica y la mecánica sean prácticamente inexistentes. No habremos de juzgar lo que este cercano porvenir podrá depararnos. La historia nos ha demostrado que, por regla general, la opinión pública (es decir, el nivel medio de la mentalidad de cualquier sociedad) está siempre por detrás respecto de la evolución técnica. Dicho de otro modo: la técnica se mueve a una velocidad a todas luces mayor que nuestra capacidad para adaptarnos a ella, para asumir sus cambios y sus consecuencias.

Ese desfase en la comprensión subjetiva del desarrollo técnico, que es la forma actual en la que se pone de manifiesto la alienación de los seres humanos, esa distancia entre lo que la ciencia aplicada produce y nuestra posibilidad de reflexionar sobre ello, va en progresivo aumento. Aquí debemos enfatizar el hecho de que no me refiero a una complejidad en el manejo de la técnica. Por el contrario, su omnipresencia en nuestras vidas se debe, entre otras razones, al hecho de que su empleo es cada vez más sencillo.

Cuando observamos la asombrosa habilidad y soltura con la que los niños de muy corta edad, incluso antes de hablar, son capaces de manipular los dispositivos que encuentran en sus hogares, nos damos cuenta de que el problema que la técnica nos plantea no radica en su dificultad para utilizarla, sino todo lo contrario. Es la extraordinaria facilidad con la que acompaña gran parte de nuestras acciones cotidianas en donde reside la cuestión decisiva: esa sencillez y la satisfacción asociada a su disfrute es directamente proporcional a la escasa posibilidad de formularnos una pregunta sobre lo que ello supone para nuestra vida individual y social. Una pregunta que debe partir de la evidencia de que, en la actualidad, la técnica no es solo una herramienta destinada a resolver un problema práctico, sino que constituye en sí misma un instrumento de satisfacción, una satisfacción cuya naturaleza es preciso situar. Ian Bogost, en su artículo “You are already living inside a computer”11, señala cómo el afecto que la gente siente por las computadoras se transfiere a los objetos más corrientes:

La gente elige las computadoras como intermediarias por el encanto sensual de utilizarlas, no como medios prácticos y eficaces de resolver problemas.

La tendencia a la computarización generalizada se extiende a todas las esferas de la existencia, al punto de que en muy poco tiempo prácticamente no existirá ni un solo resquicio de la vida que no esté de algún u otro modo intervenido por la tecnología.

La trascendencia digital, o cómo escapar de uno mismo

Oponerse a las tecnologías en nombre de una supuesta deshumanización de la existencia es un error de concepto, así como una distorsión moral. La técnica no posee una propiedad demoníaca intrínseca y los valores humanos no están definidos en el cielo de la abstracción metafísica. Como psicoanalistas, nuestro papel consiste en sumarnos a otros enfoques, filosóficos, sociológicos, económicos, políticos, con el fin de comprender cuáles son las consecuencias sintomáticas que —sin obviar los indiscutibles beneficios— nos supone esta discordancia entre la inmediata asunción de los objetos técnicos y el entendimiento de la función que cumplen en nuestra vida. Dicha incomprensión está a punto de alcanzar su grado crítico debido a un cambio que la gran mayoría de las personas ignora, ya que esta revolución se ha producido subrepticia e insidiosamente: nuestra existencia está siendo transferida por entero al mundo digital.

Hasta ahora creíamos —y estábamos en lo cierto— que existía una frontera precisa, bien delimitada, entre lo que se denomina mundo on-line, es decir, el mundo que se configura en la interconectividad telemática entre personas y cosas, y el denominado mundo off-line, o mundo que el sentido común asimila al mundo real. Pensábamos —y todavía seguimos pensando— que cruzar de un mundo a otro depende de nosotros, que conservamos la capacidad de elegir, de decidir, en cuál de los dos mundos deseamos estar en cada momento y según las circunstancias.

Eso ya ha dejado de ser así. La conectividad no depende del usuario. Nadie, aunque se refugie en el rincón más perdido de la Tierra, tiene la posibilidad de escapar al alcance de la omnipotencia que se manifiesta en la vigilancia mediante geolocalización o visión satelital. Para colmo, descubrimos con sorpresa que se incrementa el número de personas que se sienten mejor y más cómodos en el mundo virtual, un mundo que les ofrece la oportunidad de asumir formas de vida imaginarias, identidades simuladas, fabricadas con la materia de los deseos, que interactúan con otras formas de vida semejantes sin entrañar demasiados riesgos. Para mucha gente afectada en su capacidad para sostener un lazo social de cualquier índole —amistoso, amoroso, de pertenencia a un grupo, etc.— internet ha creado para ellos un espacio donde alojarse, un territorio donde encontrar a otros que sienten como sus semejantes, constituyendo así una suerte de confraternidad en la que los síntomas y otras desventuras hallan consuelo, compasión, empatía e incluso la legitimidad que a menudo se les niega en el mundo real. Allí están los ejemplos de las asociaciones de escuchadores de voces, que han proliferado por todo el mundo, o los foros de adolescentes youtubers que se intercambian información sobre las vicisitudes del mundo transexual.

De la misma manera que una sustancia adictiva o una creencia religiosa pueden ser para muchos una forma de soportar la inclemencia de la vida —que de lo contrario resultaría inmanejable— internet constituye para otros la oferta de una segunda vida, que incluso a veces se convierte en la única donde pueden habitar. De allí que cuando muchos padres me transfieren su inquietud acerca del tiempo que sus hijos pasan conectados a las distintas clases de juegos y redes sociales, y solicitan orientación e instrucciones sobre cómo poner límites a ello, mi primera respuesta es conducirlos hacia una pregunta fundamental: ¿qué sucedería si acaso internet fuese para algunos de estos niños y adolescentes algo así como una especie de insulina para la diabetes del espíritu? ¿Cómo podemos condenar como una falta en el comportamiento, el signo de una disposición viciosa o una manifestación de negligente holgazanería, que un adolescente no pueda separarse de su smartphone o su consola de videojuegos y experimente como una auténtica mutilación la posibilidad de verse separado de sus objetos?

En la creciente inmersión de los seres humanos en el universo técnico, se impone la labor preliminar de establecer diferencias, de percibir cuál es la relación singular que cada uno establece con su objeto. Talismán, fetiche, remedio que calma la angustia, refugio, conectividad, sociabilidad artificial, vínculos de bajo riesgo, los dispositivos pueden ofrecer todo eso y mucho más. En internet, son numerosas las personas que encuentran la oportunidad de vivir una ficción, pero experimentarla de manera real. Para muchos corazones rotos, Facebook es una lanzadera con la que iniciar un viaje al pasado, con el propósito de recobrar aquel amor de la adolescencia o la temprana juventud. Por lo general, el reencuentro suele ser bastante desalentador. Lo que retorna se parece bien poco a lo que se deseaba, y el ensueño virtual aggiornado con el Photoshop no tarda mucho en evaporarse, dando de nuevo paso a las arrugas de la soledad.

Second life12, es un programa informático donde el usuario se inscribe con el nombre, el género y la historia que desee. Una vez escogido el personaje, que se denomina «avatar», ingresa como tal a un inmensa cantidad de grupos, todos ellos constituidos por otros avatares. Nadie conoce la verdadera identidad de los demás. Second life, aunque funciona con la estructura audiovisual de un videojuego, no es exactamente un juego, porque no existe el propósito de conseguir un objetivo predeterminado. Uno puede inventarse allí una vida completa y es por eso que en la jerga cibernética este programa recibe el nombre de metaverse, condensación de «meta» (más allá) y universe (universo), o sea, un universo paralelo que se asienta en las estructura logarítmica del mundo virtual. En Second Life se puede formar una pareja, una familia, tener hijos, grupos de amigos, otros padres, un trabajo apasionante, adoptar un sexo distinto, el aspecto físico que se desee, todo ello en la realidad del escenario virtual. No hay límite a la fantasía. Algunas personas se entretienen con este metaverso durante unas pocas horas a la semana, del mismo modo que podrían hacerlo mirando una serie de televisión o un partido de futbol. En cambio para muchas otras, Second life es algo tan decisivo en sus vidas que la proporción acaba por invertirse. La vida imaginada alcanza una intensidad tal, su credibilidad es asumida con una convicción tan absoluta, que se convierte para el sujeto en su auténtica vida. La otra, la vida cotidiana, a menudo carente de grandes estímulos, vacía de todo deseo, o simplemente aburrida, es aquella donde no hay más remedio que transitar porque es inevitable. Pero esas personas no ansían otra cosa que ver llegar la hora en la que pueden encender el ordenador y entrar en lo que consideran su «verdadera» vida, donde encuentran satisfacción y sentido, al punto de que su autenticidad queda fuera de cualquier cuestionamiento.

Reinventar la historia

Es evidente que toda esta sofisticación digital puede funcionar hasta extremos semejantes porque se vale de la sobrexplotación de una facultad universal de la condición humana, aunque en cada uno se lleve a cabo de una forma singular. Me refiero al hecho de que el sujeto humano es el único ser viviente que habita un medio que no es en absoluto natural. Su espacio, su mundo circundante, su realidad propia, particular e irrepetible, es la ficción. Todos nosotros sentimos, pensamos y actuamos en el marco de una ficción que tomamos por real, un escenario donde desempeñamos un papel en una obra que desconocemos, porque es inconsciente. Que la ignoremos no impide que nuestro papel esté totalmente condicionado por ella, y si acaso la experiencia vital nos confronta con una circunstancia contingente, no prevista en el argumento, responderemos de modo inevitable conforme a los estrechos márgenes a los que nuestro papel nos ha destinado. Los extraordinarios recursos de simulación de estos programas introducen algo nuevo: la posibilidad de que un sujeto, de manera activa, participe en la construcción de su narrativa. Ello no significa que su libertad sea absoluta, porque su imaginación creadora estará sometida a los condicionamientos de su deseo inconsciente. Dicho de otro modo: inevitablemente escribirá un argumento «contaminado» por su propia ficción originaria, aquella en la que se encuentra inserto en función de su historia personal, las experiencias vividas y los residuos de significaciones que todo eso ha dejado en su inconsciente.

Las redes sociales se han convertido en el vehículo principal de socialización y búsqueda en el plano amoroso y sexual. Tras un período inicial en el que las páginas de citas estaban frecuentadas por personas que más bien padecían dificultades en su vida social, hoy en día las aplicaciones de contactos se han multiplicado, se dirigen a todo el espectro de edades y abarcan una amplia variedad de usuarios, al punto de ser el método por excelencia para buscar pareja. No existen estudios fiables sobre los resultados. A ciencia cierta, desconocemos qué porcentaje de contactos y citas devienen relaciones reales y continuadas. Eso no significa nada, desde luego, porque tampoco tenemos datos sobre las relaciones generadas a partir de los métodos tradicionales. Lo que sí vale la pena señalar es que la tecnología aplicada a la vida amorosa y sexual introduce —entre otras cosas— una variante cuyos efectos son visibles. Me refiero al hecho de que la posibilidad de someter la búsqueda del partenaire a un procedimiento de filtrado más o menos semejante al de cualquier producto de venta on-line (color, tamaño, año de fabricación, peso, precio, etc.) permite alimentar la fantasía de «fabricar» a alguien a la medida de nuestros sueños, de encontrar el complemento ideal, un ser que no habrá de decepcionarnos. Aunque no hay nada confiable en el plano estadístico, el psicoanálisis ha descubierto algo cuyas consecuencias son decisivas, por cuanto revelan y explican una parte fundamental de las peculiaridades humanas en materia de amor y sexo. Con independencia del curso que siga un encuentro amoroso y sexual, la cita es siempre fallida. Lo es incluso en los casos más felices, aquellos en los que parece haberse conquistado una duradera armonía. La cita es siempre fallida porque entre el sujeto y el objeto de su elección existe una fractura inevitable, una inadecuación insalvable.

Ningún objeto es capaz de restaurar por completo el mito del paraíso perdido, de la satisfacción originaria de la que hemos sido desalojados para siempre, por la sencilla razón de que en verdad nunca ha existido. Aunque dicha satisfacción sea un sueño tan antiguo como la humanidad misma, eso no impide que en cada sujeto se repita el secreto anhelo de volver a encontrarla. En ese sentido, internet es el espacio donde se promete la realización de los deseos, la versión ultramoderna de las creencias mágicas, el pozo donde arrojar la moneda de la suerte, la lámpara de la que brotará el genio que se ponga a los pies de nuestras fantasías. Más aún, es también el lugar donde muchos encuentran una «familia alternativa».

El salón de las voces perdidas

Hay otros aspectos sobre los efectos de la tecnología de la comunicación que es importante destacar. Vivimos en una época en la que la velocidad se ha convertido en la seña de identidad histórica y global, que determina la casi totalidad de las acciones humanas. La sociedad de la impaciencia podría ser el modo de nombrar la característica de nuestro tiempo. WhatsApp, la aplicación de mensajería instantánea más utilizada en todo el mundo, hace ya tiempo que incorporó la opción de que el usuario pueda ocultar la hora a la que se ha conectado por última vez, o si ha leído los mensajes. Cuando la expectativa de respuesta inmediata no se ve cumplida, eso puede ser motivo de ofensa, sentimiento de desamor y disputa. El texto escrito va progresivamente sustituyendo a la voz. En las aplicaciones de citas los interlocutores generalmente se conectan por primera vez mediante mensajes escritos y así suelen continuar. Se seducen, se aman, se excitan, se pelean, incluso rompen por escrito.

La propia lengua inglesa ha producido un desplazamiento semántico. El sustantivo chat, que significa «charla», ha derivado su uso en el entorno cibernético al intercambio de mensajes escritos. La voz implica un compromiso mayor, en el que muchas personas —y en especial las jóvenes generaciones— no desean implicarse. La voz pone en juego no solo el significado aparente de un mensaje, sino que también revela algo mucho más esencial: da el tono emocional, modula el contenido de lo que se comunica, al punto de que puede entrar en franca contradicción. La voz nos entrega lo que se dice y el cómo se dice, pero también transmite lo que no se dice. La voz apunta a una verdad del mensaje que está más allá de las palabras, que no se capta en la literalidad del sentido. Es por ello que la tecnología, cuyas ventajas se promocionan invocando el ideal de la proximidad, puede al mismo tiempo producir el efecto contrario. Esto se percibe incluso en el empleo de sistemas más completos como la comunicación mediante videoconferencia. Desde luego que no pondremos en discusión que se trata de un prodigio técnico que ha cambiado nuestra vida y que desde un punto de vista ha acortado la distancia, ha traído a la presencia la imagen y la voz del ausente, ha hecho posible que los negocios, la educación, el amor, el sexo, las relaciones familiares, salven la dimensión del espacio-tiempo. El problema comienza cuando se desdibujan las diferencias entre la vida real y la videoconferencia, cuando la realidad empieza a funcionar como un videojuego, cuando los sujetos se deslizan subrepticiamente hacia la pérdida de sus facultades para soportar la existencia ordinaria.

Realidad virtual, realidad aumentada, realidad holográfica, ponen de manifiesto que el ser humano no ha podido ni podrá jamás soportar su vida sin el auxilio de un artificio (simbólico, imaginario o real) que lo separe de su mísera existencia, empujada hacia la deriva de la incertidumbre. James Poniewozik hacía una impactante observación en una reseña de la keynote realizada por la compañía Apple con motivo del lanzamiento de sus últimos modelos de iPhone, cuando en la gigantesca pantalla de la sede de Cupertino se mostró la fotografía de un cielo estrellado:

El cielo de ese iPhone se ve mucho mejor que el cielo corriente que veo con mis ojos humanos corrientes… Si la publicidad alguna vez nos dijo: Todo va mejor con Coca-Cola, este evento nos dice: Todo luce mejor con Apple13.

Google, el memorioso

El presente y el futuro se nos muestran bajo la perspectiva del imperio absoluto de los datos. Los seres humanos y sus vidas, mutados en algoritmos alojados en la nube, se enfrentan al desafío de una alienación nunca antes concebida. Se trata de un proceso histórico cuya fuerza y destino no está dominado por nadie, ni siquiera por aquellos que son responsables de la ciencia aplicada, ya que la evolución de ese discurso escapa al control de sus inventores y de quienes sirven a él. El adjetivo «viral», con el que se califica la propagación exponencial de una noticia, expresa muy bien el hecho de que el saber científico y sus consecuencias aplicadas constituyen un organismo proteico que se proyecta de manera imprevisible. La creación de una memoria absoluta, en la que toda nuestra biografía en sus mínimos detalles queda registrada para siempre, sin posibilidad del recurso al olvido, no es una utopía, sino una realidad palpable, que se funde con la eterna fantasía de la inmortalidad. Facebook demoró mucho tiempo antes de ceder a la presión de los usuarios para que puedan disponer de un modo de borrar las cuentas de aquellas personas que han fallecido14 y, al mismo tiempo, la plataforma Eternime15 nos ofrece la posibilidad de vivir eternamente en el recuerdo de nuestra descendencia, adquiriendo así una suerte de inmortalidad en el cielo digital.

No es una novedad que los seres humanos se lancen a la búsqueda de otra vida. El deseo, que es esencialmente el deseo de otra cosa y nos mantiene en movimiento, no ha esperado a las nuevas tecnologías para encontrar sus espejismos. Tal vez la diferencia hoy en día sea que el mundo digital es para muchas personas un lugar más habitable que aquel donde no tienen más remedio que pisar. Un sinnúmero de sujetos confiesa que una vida «mixta» es lo más preciado que posee. Incluso ya no es imprescindible disponer de tiempo para sentarse frente a un ordenador. El teléfono móvil, siempre a mano, es el portal que nos franquea «en simultáneo» el acceso a esa otra realidad. No solo nos permite desempeñar una multitarea, sino también una «multivida», y esto último es el punto más sensible de la cuestión. Aunque nos resulte difícil de concebir, lo cierto es que para muchísimas personas esa segunda vida proporcionada por el sistema Second Life es la única vida que cuenta: la que transcurre en el ciberespacio.

Hay un verbo que las redes sociales han potenciado hasta el infinito: «compartir». No es momento de debatir hasta qué punto nuestra contemporaneidad refleja un mundo más o menos solidario que el de otras épocas. Me interesa en este contexto señalar que «compartir» significa algo distinto del sentido común. Para muchos sujetos, en especial los adolescentes y los jóvenes, compartir una fotografía, un mensaje, una idea, o simplemente un fragmento mínimo y en apariencia insignificante de su vida cotidiana, es conferirle una existencia. El «momento» no cobra auténtica vida hasta que el Otro16 no lo ha validado con su mirada, o con un like. El reconocimiento del Otro es una forma de cerrar el circuito significativo de las vivencias, los pensamientos, los sentimientos, que no culminan el proceso de significación hasta que el mensaje no recibe la sanción de la lista de contactos. La lista de contactos es el conjunto de piezas de repuesto imprescindibles hoy en día para el mantenimiento de lo que llamamos el «yo ideal», que es el modo en que el yo desea ser visto por los otros.

Existe una ley inexorable que se ha demostrado válida a lo largo de la historia, que hemos mencionado, y sobre la que conviene insistir: siempre se comprueba una discordancia entre el surgimiento de una invención tecnológica que entraña una profunda alteración en la sociedad y la capacidad que los sujetos tienen para procesar ese cambio. Aunque las personas parezcan adoptar de forma inmediata las novedades técnicas, esa velocidad en el uso se anticipa respecto del tiempo que la subjetividad requiere para su comprensión. Eso implica una dificultad para apreciar correctamente el alcance y los efectos directos y colaterales de los cambios sociales.

Es evidente que un gran número de cosas que hoy nos resultan familiares y que nos acompañan de forma natural en nuestra cotidianidad, no lo eran para las generaciones previas. Cincuenta empleados de una plantilla compuesta por ochenta trabajadores de una empresa de Wisconsin se han ofrecido voluntarios para que se les implante un microchip en la mano17. De ese modo, pueden fichar automáticamente su entrada en la fábrica, pagar en la cafetería, y realizar otras acciones más. «Esto en muy pocos años va a ser normal», comenta uno de los trabajadores respecto de la ola de críticas que se expandieron por los medios cuando se conoció la noticia.

Evidentemente, antes de que se inventaran los aviones no existía la fobia a volar. A nadie se le ocurriría hoy alertar contra los peligros de la aviación porque hay un gran número de personas que son incapaces de subirse a un avión, o lo hacen soportando niveles muy altos de angustia. Es innegable que las mutaciones que la ciencia aplicada introduce en nuestras vidas traen consecuencias, algunas de ellas negativas, por cuanto se manifiestan en forma de síntomas nuevos. El aumento exponencial de los trastornos de aprendizaje, que se traduce en el diagnóstico abusivo del denominado Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), no solo debe abordarse como la invención de un trastorno que beneficia los intereses de la industria farmacéutica. Toda la información, la transmisión de mensajes y la tecnología de la comunicación en su conjunto (regida por el valor supremo de la velocidad) han hecho de lo instantáneo el modelo de la relación del sujeto moderno con el tiempo. Cada vez resulta más difícil lograr que la atención se detenga más allá de un breve lapso, en especial si el mensaje no se acompaña de un elemento visual, como lo demuestra el empleo cotidiano del PowerPoint. Crece la dificultad para que los niños y los jóvenes puedan comprender, elaborar y reflexionar sobre un texto, puesto que lo habitual es la incesante lluvia de centenares de estímulos breves, simplificados, fugaces, que son absorbidos de manera casi inconsciente.

Si el síndrome de fatiga crónica es la expresión moderna del cansancio de vivir, el déficit de atención es el signo de la expansión ilimitada de la hipertextualidad, del sujeto que se desliza sin rumbo ni propósito, cautivo en el frenesí de la multitarea: poder hablar por teléfono, ver un video, escribir un texto y responder a un mensaje, todo ello de manera simultánea. Es indudable que esta forma de alienación no puede entenderse si no se admite que la relación con los dispositivos técnicos y sus aplicaciones no es algo que solo transcurre en el plano cognitivo. Un misterioso goce se deduce del carácter adictivo que para muchos sujetos tiene lo que se denomina multitasking [multitarea]. Estas conquistas, celebradas como logros que impulsan el rendimiento de las capacidades humanas, en ocasiones entrañan consecuencias que se verifican como síntomas. Los síntomas son algo así como lo que objeta la idea falaz de que el progreso es un camino lineal. La aventura humana es un fabuloso compendio de gestas y tragedias. La labor de un psicoanalista es muy modesta, puesto que la incidencia de su voz es apenas audible en el ruido ensordecedor de la historia. No obstante, estamos ahí, atentos a lo que cae, lo que se desecha, lo que flaquea, lo que tropieza, tiembla, se escabulle, o incomoda al discurso triunfal de la razón ilustrada.

La técnica nos ha situado en un estado que la autora norteamericana Sherry Turkle sintetiza muy bien en el nombre de uno de sus libros más importantes: Alone together [Juntos en soledad]18. La hiperconectividad, que ha inaugurado innumerables comunidades a lo largo y ancho del planeta, reunidas en torno a toda clase de signos identitarios, y que ha permitido a sujetos aislados de cualquier vínculo encontrar un alojamiento en la magia de las redes sociales, es —paradójicamente— lo que también nos separa, crea una barrera invisible, un filtro difícil de atravesar. La presencia real va convirtiéndose en algo extraño, invasivo. Mandamos un mensaje de texto a alguien que está en la habitación de al lado y muchas parejas encuentran normal comunicarse por WhatsApp estando uno junto al otro. La palabra es mucho más que significado. Los emoticonos, que se han inventado para dotar a lo escrito de esa cualidad insustituible de la palabra viva, no pueden suplir la progresiva evanescencia del sujeto hablante en el universo digital. Se trata de una impactante transmutación. Por una parte, la presencia se vuelve innecesaria. Al mismo tiempo, el cuerpo va siendo colonizado por los mecanismos técnicos. El futuro inmediato es la progresiva «internalización» de los dispositivos, esto es, su desaparición en el mundo periférico y su ingreso en el interior del organismo viviente.

La cultura de internet, el universo en el que pronto dejará de distinguirse entre lo virtual y lo real, ha llegado para cambiar de manera definitiva el curso de la historia de la humanidad. Para muchos, es la oportunidad de encontrar una salida de emergencia por la que escapar de sí mismos. Para otros, es el lugar donde construir una red social que en ocasiones puede sustituir a la familia de la que se carece, o mejorar la que se tiene. Hay quienes usan la interconectividad como refugio del hastío de la vida y otros para crear proyectos que mejoran la vida de miles de personas. Del mismo modo que un simple palo pudo servir para alcanzar frutos de un árbol, cavar un surco, cazar un animal o romper el cráneo de un semejante, la técnica es y seguirá formando parte de la condición humana, sirviendo a fines diferentes, algunos a favor del deseo de vida, otros en beneficio de intereses letales. Al igual que en cualquier otra esfera de lo humano, siempre tropezaremos con el síntoma, con lo que no funciona. Será precisamente allí, en eso que no anda según lo que los algoritmos han previsto, donde lo más propiamente humano seguirá resistiendo. Si alguna visión positiva podemos aportar los psicoanalistas respecto del futuro, es que siempre habrá algo que no funcione, aunque esto pueda sonar extraño. Mientras eso continúe sucediendo, mientras algo de nosotros se niegue a la automatización y a la completa absorción de la existencia en la economía del cálculo y la programación, podremos confiar en que nos mantendremos vivos.

Capítulo II Milenarismo19 High Tech

En un corto lapso hemos pasado de las metáforas del cerebro concebido como un sistema operativo de altísima sofisticación, a las metáforas de los superordenadores capaces de replicar un cerebro humano o de «cargar» la «mente» de una persona y alojarla en una especie de vida digital eterna. Las unas y las otras son metáforas que rebosan un optimismo fraudulento, enunciadas con asertividad performativa, responsables a su vez de la expansión global del cientificismo. Su principal peligro reside en que su carácter ficcional se confunda con una literalidad empírica, distorsionando así tanto las expectativas respecto de la tecnología como las necesidades que vendría a satisfacer. Es el caso, por ejemplo, de creer que la memoria en el sentido informático del término es equivalente a la memoria en el plano del ser hablante. Una vez más, nos encontramos ante el terrible y demiúrgico poder del lenguaje: no solo en lo que respecta a lo que se dice, sino también al lugar desde donde se habla.

Por ese motivo, parece acertado rehusarse al concepto de «la tecnología», bajo el que hemos sido educados con el fin de hacernos creer que el bien y el progreso son aliados naturales, y pensar por el contrario en términos que reconozcan la pluralidad. Existen diversas tecnologías, y la distorsión promovida por el discurso mercantil consiste en convencernos de que la aceleración en el campo de las telecomunicaciones y el procesamiento de datos posee un correlato semejante en otros aspectos, tales como los avances en materia de salud o de recursos energéticos. Resulta evidente que en estos últimos dos ejemplos el optimismo tecnomilenarista se da de bruces contra la realidad, y que ese mundo onírico donde las máquinas habrán de librarnos de nuestras pesadumbres y miserias es en verdad una débil cortina de humo que no alcanza a disimular la creciente acumulación de riqueza y poder en manos de una minoría que no solo no es abstracta, sino que está constituida por nombres propios, por seres reales motivados por intereses reales, muy alejados del altruismo que intentan transmitir.

En un breve pero clarificador ensayo20, Richard Jones analiza con rigor lo que implica tomar el concepto de tecnología en un sentido unificado. Lo considera un error decisivo, y a fin de despejar un poco la confusión reinante nos recuerda que existen tres áreas distintas de innovación tecnológica: el área de la información, el área de la materia y el de la biología. Cada una de ellas tiene sus respectivos condicionantes y restricciones, así como distintos requerimientos. Es cierto que el área de la información avanza a una gran velocidad, puesto que entre otras razones no exige una gran infraestructura. En al área de la materia, las cosas llevan más tiempo y son mucho más caras. El área de la biomedicina y la biotecnología supone una serie de problemas muy concretos y diferentes, puesto que los entes vivos son mucho más difíciles de someter a los procedimientos de la ingeniería. El objeto vivo reacciona y en ocasiones lo hace de forma imprevisible, desafiando las expectativas de los ingenieros y los biólogos. Sucede, por ejemplo, en el terreno de las células madres y la producción de tejidos, cuyo desarrollo es muchísimo más lento de lo que se había anunciado. Transferir las ventajas y los avances del mundo informático a la nanotecnología y a la biología sintética puede resultar decepcionante, y hasta fraudulento21. Silicon Valley no solo es el centro estratégico de las revoluciones tecnológicas. Es también, y con demasiada frecuencia, el reservorio de ambiciones enloquecidas, deseos ciegos y embriagados por la euforia de un delirio performativo, el impulso que confunde la retórica desiderativa con las conquistas logradas.

El psicoanálisis —o más específicamente los psicoanalistas, que a menudo no parecen orientarse demasiado bien en su percepción de la época y adoptan posiciones moralizantes— debe salir rápidamente del absurdo debate entre defensores y detractores de la tecnología. Como cuestión preliminar a todo análisis que atraviese el nivel del sentido y, por ende, del fantasma22, es preciso participar de forma decidida en todo aquello que contribuya a perforar, borrar, tachar, inconsistir, la noción monolítica de «la tecnología».

Aunque la imagen del desarrollo tecnológico como un orden supremo que no obedece a una dirección central resulta hasta cierto punto atractiva, incluso cierta, puesto que con desagradable frecuencia algunas criaturas técnicas escapan de las manos de sus creadores y parecen adquirir una vida propia e independiente, es preciso refutar con absoluta energía la religión transhumanista que pretende convencernos de un destino que está escrito en el libro de la historia. Las tecnologías no evolucionan por sí mismas: son el resultado de acciones, decisiones y reacciones que involucran a numerosos actores e inversores. No constituyen un bien per se, ni tampoco son la encarnación de un poder diabólico. Están sujetas a los avatares del discurso y su papel depende en gran medida no solo de los fines con los que se las emplea, sino fundamentalmente de las metáforas con las que se venden. Lejos de ser la expresión de una conquista posideológica, son el vehículo de toda clase de ideologías que pueden servirse de ellas con las mejores o peores intenciones. No solo compramos dispositivos técnicos por los indiscutibles servicios que nos prestan: lo hacemos, ante todo, porque somos consumidores de las metáforas que conforman su packaging.

Esas metáforas —le cabe aquí al psicoanálisis el mérito de haber podido sondear en su fundamento— deben su éxito planetario a la capacidad de evocar, provocar, incluso desbocar, el goce y su íntima relación con el cuerpo. De allí que en nuestra perspectiva, y a diferencia de los enfoques sociológicos o económicos, nos interesa particularmente no tanto los fines para los que se emplean las tecnologías, en abstracto, sino el uso sintomático que cada ser hablante, uno por uno, hace de los recursos tecnológicos a su alcance. Esto implica proceder, en cada caso, a localizar lo tecnológico en el contexto de una narratividad que lo desprende de los significantes transmitidos por el discurso del amo y lo enlaza a la historicidad propia, alejándolo de la pura alienación.

Aunque los fantasmas agitados por el tecno-futurismo sean en definitiva tan antiguos como la condición humana misma, lo cierto es que su discurso ha logrado aumentar aún más el terror a la finitud y la mortalidad. Lo ha hecho valiéndose de las coordenadas mentales de una época en la que el sentido de la trascendencia se apoya en la moda de los selfies por Instagram o en la tragedia de los fanatismos terroristas. La idea de que el futuro debe diseñarse y que ese diseño no puede estar en mejores manos que las de una tecnocracia, conduce paradójicamente a posiciones retrógradas. Las inversiones y apuestas al futuro son al mismo tiempo maniobras para distraernos de los problemas del presente, y para proyectar un campo de utopía a la medida del pensamiento mágico.

El Future of Life Institute es un proyecto situado en Boston, que reúne a científicos, ingenieros, filósofos y personalidades de la cultura con el propósito de fomentar un buen uso de la tecnología y prevenir sus riesgos. El 24 de mayo de 2014 realizó un coloquio bajo el título “The future of Technology: Benefits and Risks”, en el que participaron reputados panelistas23. Es interesante observar cómo en algunos momentos de la discusión se introduce con toda naturalidad la idea de que en algún momento tendremos que abandonar el planeta y que será conveniente que los humanos nos preparemos ya genéticamente para afrontar los desafíos de un viaje semejante24. La lectura de la transcripción de este evento pone de manifiesto, por una parte, que incluso en una institución de estas características, en la que participan premios Nobel y académicos de inmenso prestigio, el pensamiento transhumanista y el milenarismo tecnogenético están presentes, y constituyen una fuerza impulsora de numerosas investigaciones. Por otra parte, esa confianza en las posibilidades de una tecnología bondadosa y beneficiosa para la humanidad se sostiene, entre otros fundamentos, en la creencia de que el mal puede erradicarse mediante los intercambios de información con las comunidades y sus agentes.

El mensaje de optimismo es «hablando se entiende la gente», incluso en materias tales como qué sería necesario eliminar de la dotación genética y qué habría que añadírsele para la eventualidad de una emigración planetaria. Esa positividad característica del pragmatismo americano y que se ha extendido especialmente en el ámbito de las nuevas tecnologías, arroja la evidencia de una especie de ley que puede describirse más o menos así: existe una proporción invertida entre la magnitud de sofisticación del saber alcanzado por los protagonistas del mundo científico y técnico, y su comprensión sobre la condición humana. Se percibe aquí con cristalina claridad la tesis de Lacan del sujeto del psicoanálisis como aquello rechazado y excluido por el discurso de la ciencia y que ahora verificamos en el discurso de la técnica. Sorprende la ingenuidad de los argumentos con los que algunos científicos creen que podrán evitarse los efectos indeseables de las tecnologías, como si pudiésemos tutelar su trayectoria más allá de los intereses económicos y políticos que dominan el campo de la investigación y el desarrollo.

Básicamente —dice uno de los panelistas— si conversamos más entre nosotros [se refiere a la comunidad humana], contando con información, esa puede ser una de las mejores cosas que hagamos para maximizar nuestra capacidad de beneficiarnos de algunas de las ideas y tecnologías que promovemos y protegernos de decisiones de las que más tarde podríamos arrepentirnos25.

El contraste entre el currículo académico del panelista, por un lado, y su creencia en las buenas intenciones y la discusión «democrática» sobre los usos adecuados de las tecnologías por otro, no puede ser más asombroso. No obstante, como en última instancia los científicos y los ingenieros también son seres hablantes, la anécdota que relata un especialista en manipulación genética no tiene desperdicio. Tras escuchar en la escuela una charla sobre usos de la genética en la reproducción asistida y prediagnóstico embrionario, un niño exclamó: «Todo este asunto no me interesa en absoluto. Lo único que yo quiero saber es si mis padres seguirán queriéndome»26. ¿Qué quiere saber el niño? Su comentario apela a lo que está verdaderamente en juego: lo que él es para el deseo del Otro. Sería absurdo —más aún, propio de una mentalidad retrógrada— desconocer los inmensos beneficios que la ingeniería genética nos aporta y todo lo que aún cabe esperar en materia de prevención y curación de enfermedades. Pero tampoco puede omitirse el hecho de que la genética discurre por un peligroso borde, que la abisma hacia el deseo de un Otro capaz de encarnar lo más atroz. Ese precipicio no puede ser evitado con medidas pedagógicas.

Es posible que el punto más crucial de ese apasionante coloquio haya sido el debate generado a partir del tema de la Inteligencia Artificial (IA). Desde que Isaac Asimov estableciera sus célebres leyes de la robótica27, la idea de que la IA es uno de los desarrollos tecnológicos que implica terribles riesgos puede comprobarse echando un vistazo a los incontables organismos, públicos y privados, creados a partir de la preocupación por el denominado «riesgo existencial»28, así como los miles de artículos, debates y disputas que esto ha suscitado. La polémica es sumamente compleja y resulta difícil orientarse entre las diversas opiniones. El coloquio mencionado alcanza su clímax cuando se admite que las leyes de Asimov difícilmente puedan cumplirse. ¿Debería incorporarse un kill button [botón de eliminación] en todos los dispositivos dirigidos por la IA? De ese modo se podría intervenir rápidamente en el caso de que dicho dispositivo iniciase una acción indeseada. ¿Pero eso no podría ser al mismo tiempo el punto débil de dicho dispositivo, fácilmente hackeable por agentes enemigos con el fin de anularlo? Por supuesto, en todo el debate se parte de la idea de que los enemigos, los malos, los que pueden poner en peligro nuestra seguridad son siempre los otros. Los usos militares de la inteligencia artificial son la principal fuente de inquietud en la comunidad tecnocientífica, que implícitamente asume que el ejército «malo» es el del enemigo, jamás el propio.

Capítulo III Una paranoia extendida

Una de las características más peculiares de la vida contemporánea es la paradoja de que la obsesión por la prevención de los riesgos no ha contribuido a mejorar las condiciones de vida, ni a satisfacer las expectativas ni a proporcionar seguridad a los ciudadanos, sino más bien a lo contrario. No pretendo de entrada darle al término «paranoia» su estricto carácter clínico, sino que me valdré de él para describir un estado de la civilización en el cual todo sujeto es potencialmente sospechoso. A partir del momento en que Occidente decide una política general que abarca todos los aspectos humanos y que emplea una inmensa dotación de dispositivos de saber, la vigilancia se convierte en una acción prioritaria. Cuando me refiero a dispositivos de saber, incluyo a todas aquellas disciplinas científico-técnicas que se arrogan la capacidad de evaluar, anticipar y prevenir el surgimiento de acontecimientos que pongan en peligro la estabilidad de los sistemas políticos, legales, económicos, sanitarios y culturales. La vigilancia de la que Michel Foucault se ocupó en su extraordinaria obra Vigilar y castigar29, cobra una actualidad indiscutible, a pesar de que por entonces no podía aún preverse la transformación social que habríamos de experimentar hoy en día. Esa transformación consiste, entre otras cosas, en el hecho subrayado por Zygmunt Bauman de que la manipulación política ha alcanzado actualmente la facultad de lograr que inmensos sectores de la población se muestren plenamente dispuestos a dejarse arrebatar una parte sustanciosa de la libertad en beneficio de la supuesta seguridad que con ello habrían de conseguir30. La vigilancia, que sin duda tiene su expresión más notoria en la expansión creciente del número de cámaras que filman diariamente nuestra vida en la calle, oficinas, bancos, edificios y toda suerte de lugares públicos y privados, no se limita a esta dimensión de control visual. Si Freud aventuró en el año 1915 la tesis de que existe en nuestro interior una instancia interna por la que nos sentimos observados, escrutados, evaluados, y a la que en esa época denominó Ideal del Yo (para más tarde trasladar esa función a la figura del superyó), fue con el propósito de demostrar, entre otras cosas, que el sujeto tal como el psicoanálisis lo concibe no puede ocultarse, y que sus deseos más íntimos y secretos son conocidos por un dispositivo de control y vigilancia del que no hay escapatoria posible. En esa instancia que puede alcanzar una magnitud persecutoria se encuentra el germen larvado de la paranoia, solo que el enfermo paranoico experimenta la severidad de esa conciencia moral como una manifestación hostil que proviene del mundo exterior. Lo que entonces solo formaba parte del mundo psíquico, se ha convertido en una forma de control que se sustenta fundamentalmente en la recolección abrumadora de datos. La sociedad de la información es una maquinaria de colosales dimensiones que constituye una verdadera amenaza para uno de los fundamentos de la subjetividad: la dimensión del secreto.

En su estudio sobre la construcción del sujeto humano, tanto Freud como Lacan acentuaron el paso decisivo que supone en el niño el descubrimiento de que los otros, en particular las figuras parentales, no poseen el don omnipotente de conocer sus pensamientos. Esa revelación tiene una función decisiva, puesto que inaugura un salto cualitativo en la vivencia del sujeto, quien a partir de entonces dispondrá de la posibilidad de mentir. Las primeras mentiras infantiles son correlativas al hecho de que el niño es capaz de percibir que puede resguardar en su interior un espacio privado, inaccesible al saber del otro. El sujeto se constituye de este modo como algo no sabido por los otros, pero al mismo tiempo se mantiene en una posición de no saber sobre una parte de sí mismo, que llamamos el inconsciente. En la psicosis, las relaciones con el saber se muestran alteradas, de tal modo que el sujeto experimenta el saber inconsciente como algo que le vuelve desde el exterior y que retorna desde los otros, a los que restituye la primitiva omnipotencia, es decir, la facultad de conocer sus pensamientos e influir sobre ellos.

En la actualidad, mantener un secreto es algo sumamente complejo y que se sustrae por completo al control de los sujetos. Cuando comprendemos que aquello que se denomina globalización se traduce en el hecho de que el mundo virtual va colonizando progresivamente el espacio hasta anular la dimensión de un punto exterior a él, nos damos cuenta de que eso se expresa en la transformación de la vida humana en un conjunto de datos que abarcan todo el espectro imaginable: su dimensión económica, social, política, sanitaria, sus hábitos de vida, sus valores biológicos, su comportamiento, etc. Es prácticamente imposible que alguien pueda mantenerse fuera de ese dispositivo de saber. La complejidad de las vías de obtención de datos y su tratamiento no permiten una existencia aislada. Si acaso sucede que alguien no está aún registrado en la Gran Lista, si por ventura un individuo no es localizable en el mundo que cada vez va constituyéndose como el verdadero mundo real, entonces ese individuo o bien no tiene una auténtica existencia, o bien es sospechoso.

La compañía Google, tras un largo debate con asociaciones ciudadanas, pero en particular con el Senado norteamericano, ha inaugurado una política para solicitar lo que se denomina la «retirada de la identidad digital». Es un proceso lento, y en muchos casos tan complejo y costoso que —dependiendo de las personas y de su importancia mediática— puede ser prácticamente imposible, a menos que se disponga del suficiente dinero como para contratar los servicios de subcompañías especializadas. Brad Pitt no debió sudar mucho al desembolsar los diez millones de dólares que aseguraron la retirada de la web de algunas fotos de su esposa que podían perturbar la armonía familiar.

Cómo desaparecer, un libro que ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo y cuyo autor es Frank Ahearn31, uno de los mayores expertos en materia de contravigilancia informática, explica con todo detalle y asombrosa información la infinita cantidad de datos que se disponen sobre los ciudadanos de gran parte del planeta. Ahearn, a quien el FBI contrató en su momento para dar con el paradero de Mónica Lewinsky cuando la joven intentó huir tras el escándalo de su affair con Clinton, está considerado como la única persona en el mundo capaz de hacer desaparecer a alguien, emplazarlo en un lugar remoto del mundo y dotarlo de una nueva identidad. Su empresa, dedicada a la venta de privacidad, es una de las compañías más lucrativas que existen en los Estados Unidos. En un mundo que cada vez se lleva peor con el inconsciente, la privacidad se ha convertido en un negocio multimillonario.

Repasemos brevemente qué es lo que Lacan dijo cuando expuso su concepto del sujeto del inconsciente. En primer lugar, sostuvo la premisa de que el sujeto no es una persona ni un ser, sino una entidad que solo tiene su existencia en el campo del discurso. El sujeto es aquello que se insinúa en un discurso que él no pronuncia, sino que es el discurso del Otro, si entendemos que el Otro tampoco es una persona real, sino el conjunto de los significantes que preceden la existencia de un ser humano, pero que de algún modo lo prefiguran, lo anticipan, lo representan. En tanto representado en ese discurso por las palabras que son enunciadas incluso antes de que advenga como un ente real en el mundo, yo soy como sujeto algo que no está presente. Soy un vacío, una pérdida, una falta de identidad y de ser. Soy lo que falta en el discurso que habla de mí, y que para colmo desconozco lo que dice. Es lo que llamamos el inconsciente: un saber que sabe lo que yo no sé, y en el que no me encuentro, pese a que ese saber rige mi vida. Durante muchos años, esta teoría del sujeto fue un eje rector en la enseñanza de Lacan y en su concepción de la cura, una cura cuyo propósito fundamental consistía en capturar aquellos elementos del discurso, aquellos significantes claves que cifraban lo esencial de mi destino como sujeto. Pero esta teoría hubo de ser complementada y reelaborada para que pudiera albergar un aspecto fundamental: el hecho de que el sujeto es sexuado, y que el sexo, en el sentido psíquico y no biológico, no es enteramente susceptible de reducirse al lenguaje, aunque el lenguaje lo determine. De tal modo que si en el inconsciente el sujeto es una ausencia, tiene la posibilidad de recobrarse parcialmente como existencia en la satisfacción que obtiene en su cuerpo, y que Freud postuló como fundamentalmente sexual, en un sentido amplio que no se reduce al sentido común del término. Con independencia de que el saber es una cualidad humana por excelencia, es importante tener en cuenta que el psicoanálisis no lo aborda desde la perspectiva racionalista. Nos ocupamos del saber no en tanto actividad intelectual, sino como un nombre del inconsciente. El inconsciente es el saber que no sabemos que sabemos.

¿Por qué hago este rodeo? Porque vivimos en la era de la descomposición de la subjetividad en el océano de los datos. Hay una diferencia esencial entre el saber inconsciente y los datos que registran lo que se denomina una identidad digital. El sujeto del inconsciente carece de identidad, de allí que deba realizar un considerable esfuerzo y valerse de distintos artificios psíquicos para fabricarse lo que llamamos un semblante, es decir, una apariencia de identidad, siempre frágil y fundamentalmente asida a alguna modalidad de síntoma que le proporciona un referente, un punto de apoyo donde consigue conjugar algunos fragmentos de su historia, las huellas simbólicas que se trazaron en su cuerpo, y las reverberaciones que eso produjo en el modo en que se afana por perseguir la satisfacción de sus pulsiones. Cada ser hablante constituye en cierto modo un objeto cuya singularidad lo convierte en algo que falta en el mundo. El inconsciente no solo es una instancia psíquica. Es también un modo de nombrar el hecho de que el sujeto es una excepción a los objetos que la ciencia puede abordar, puesto que su lógica no admite una reducción a los algoritmos del universo físico matemático, ni a los datos secuenciales estudiados por la biología. No es una metáfora ni una ficción literaria o poética que la relación entre el deseo y el hombre requiera del misterio. Por el contrario, la poesía y la literatura constituyen el más auténtico y legítimo discurso donde el deseo encuentra su reflejo, y el psicoanálisis le ha dado una forma teórica y se ha servido de él, de ese misterio, para crear un método clínico que hace del agujero en el saber la esencia misma del sujeto. Por lo tanto, el saber del inconsciente y el saber de los datos no solo se distinguen, sino que se oponen, en tanto estos últimos aspiran a obtener un relevamiento completo del sujeto, reducido de este modo a un ente contabilizable y medible como un mero fenómeno natural.

Aproximémonos un poco más a la paranoia, pero en el sentido más estrictamente clínico. ¿Qué es la paranoia? Una estructura psicótica caracterizada por un delirio consistente y bien estructurado, de carácter fundamentalmente persecutorio. El paranoico se experimenta como objeto de una acción exterior, que ejerce sobre él un efecto pernicioso y que abarca un espectro muy rico y variado. Desde la injuria, la malevolencia, hasta el complot que procura su degradación o su eliminación física, pasando por una amplia gama de perjuicios de toda índole. Esa acción exterior, esa intención maligna, obedece a la construcción que el paranoico ha hecho del mundo, y que el psicoanálisis escribe con la letra A mayúscula, el lugar del Otro, que significa varias cosas. Por una parte, el Otro es el lugar de la palabra, del saber, de la verdad. Es el lugar donde el sujeto se constituye y a la vez del que está excluido, por ser el inconsciente. El neurótico ignora esta dimensión del Otro, y solo la experimenta en momentos determinados (el sueño, el lapsus, el acto fallido, un síntoma, que supone la emergencia en su vida de algo que viene de otra parte que no reconoce como propia). El neurótico está separado del Otro por lo que llamamos la represión. El paranoico, en cambio, está inmerso en su relación con el Otro. Padece su tormento, su proximidad, advierte su presencia, adivina su intención, percibe su influencia, padece sus intrigas, sufre la ignominia de sus ataques, insultos, alusiones. Se siente burlado, injuriado, difamado por ese Otro que no lo abandona, y que se manifiesta bajo la forma de voces, susurros, cuchicheos, risas, mensajes insinuantes, órdenes explícitas o confusas. El Otro sabe todo sobre él. Lo vigila, penetra en sus pensamientos más íntimos. El Otro es absoluto, compacto, inatacable. Es, en verdad, la acción feroz del lenguaje como intrusión no regulada por la represión, y que el paranoico encarna en un agente exterior. Un agente que no presenta fisura alguna que permita eludir su presencia. Es un Otro que no duerme, no descansa, no se apaga, está siempre alerta, lo cual exige por parte del paranoico una contraofensiva, es decir, una contravigilancia, un estado de perpetua atención. La totalidad del mundo se convierte en un territorio poblado de signos que es preciso observar, descifrar, descodificar. Nada sucede por azar. La contingencia está por definición descartada, puesto que los sucesos obedecen a una lógica implacable, rigurosa, que sigue un orden establecido por la maldad del Otro, y que el paranoico reconstruye en todos sus detalles, empleando para ello toda su energía psíquica. El psicoanálisis tiene un concepto que de forma muy sintética logra expresar el fenómeno: el Otro no está castrado, es decir, es un saber tan compacto que si pudiéramos observarlo al microscopio revelaría una densidad indivisible. La omnipresencia del Otro es un rasgo fundamental de la paranoia. En algunos casos, el sujeto se identifica a ese Otro, y asume sus intenciones y su voluntad. Se considera a sí mismo apóstol del Otro, entregado a propagar su mensaje o ejecutar sus órdenes. Es frecuente que en esas circunstancias el Otro se desdoble en dos figuras o instancias. Una que encarna el mal del que el sujeto debe protegerse y en ocasiones proteger a la humanidad, y otra que encarna al héroe que lidera la salvación, y emplea al paranoico como instrumento de lucha.

Existen numerosas aplicaciones que con distintos propósitos permiten conocer la localización de personas conocidas o desconocidas que poseen inclinaciones sexuales afines o deseos comunes. El término «compartir», como ya señalamos, ha devenido en uno de los verbos más utilizados en el mundo virtual. Lo que subyace a esta hermosa idea de una comunidad que comparte sus experiencias, sus emociones y la posibilidad de encuentros, es en verdad una compleja trama de algoritmos matemáticos que permiten establecer un intercambio instantáneo de datos. Yo puedo localizar a otros en la medida en que soy a su vez localizado y, todos juntos —los otros y yo— quedamos constituidos en el objeto de esa mirada absoluta que carece de toda intención, es una mirada vacía, una mirada que nos reduce a puro cálculo, volcado en bases de datos que almacenan nuestra vida deconstruida en trazos, rasgos, marcas, huellas, que son analizadas para extraer una esencia fundamental: la singularidad de nuestro goce, nuestro modo inconsciente de satisfacción. ¿A quién le interesa eso? A muchos. Tengamos en cuenta que nuestro goce no solo consiste en la clase de satisfacción sexual que podemos obtener por medios autoeróticos o sirviéndonos del vínculo con otro cuerpo. Nuestro goce está presente en lo que consumimos, lo que leemos, aquello en lo que trabajamos, en nuestras ideas políticas, nuestros juicios y prejuicios. No hay aspecto alguno de nuestra vida en la que el goce no deje su huella. O quizás sea más correcto decir que el goce que nos singulariza se expande y se infiltra en nuestro pensamiento, nuestro cuerpo y nuestros actos. Es evidente que —al menos de momento— no existe un modo de traducir el goce al cálculo. A pesar de que el neurótico obsesivo realiza ingentes esfuerzos para intentarlo y dedica gran parte de su tiempo a esa labor, las cuentas nunca le cierran bien y un incómodo y a menudo desesperante resto que no encaja lo obliga a reiniciar de nuevo el proceso de contabilidad. Los ingenieros informáticos trabajan de manera más racional, aleccionados por expertos que saben muy bien lo que buscan, aunque no empleen exactamente nuestros recursos teóricos. El hecho señalado por Lacan de que a la clásica distinción entre valor de uso y valor de cambio hay que añadirle el concepto de valor de goce ya es bien conocida por aquellos que trabajan en la industria emocional. Quora es un boletín de noticias elaborado por Google, y que envía de forma personalizada a cada uno de los usuarios que emplean su famoso navegador. Cada vez que realizamos una búsqueda en internet, esa acción queda registrada en una base de datos. Al cabo de un tiempo, los sistemas informáticos son capaces de agrupar esos datos y extraer de ellos un perfil acorde con las preferencias del usuario. A continuación, y apoyándose en los resultados, se diseña un boletín de noticias que puede interesar a esa persona, no solo desde el punto de vista intelectual, sino que incluye lo que podríamos denominar un perfil fantasmático del lector. No quiero con esto trazar un diseño apocalíptico del mundo contemporáneo, siguiendo el estilo milenarista de un Paul Virilio —pensador extraordinario pero demasiado capturado para mi gusto en la visión catastrofista— sino señalar los innumerables usos que de todo esto puede hacerse.

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