Kitabı oxu: «Ser docente»

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Schujman, Gustavo

Ser docente : dimensiones éticas, filosóficas y políticas / Gustavo Schujman. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tilde Editora, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-48175-9-4

1. Filosofía de la Educación. I. Título.

CDD 371.10201

© Gustavo Schujman, 2021

© Tilde editora, 2021

Edición cuidada por Nicolás Scheines

Corrección: Julieta Krawinkel

Diseño de cubierta: Julieta Vela

Maquetación: Adriana Llano

Conversión a formato digital: Libresque

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Para Vera y Lara

Índice

  Cubierta

  Portada

  Créditos

  Dedicatoria

  Introducción. ¿Por qué elegimos ser docentes?

  Primera parte. Dimensión filosófica del ser docente Educar para la “mayoría de edad” La mayoría de edad como capacidad de decir Habilitar el decir a través del diálogo El diálogo, un legado socrático El diálogo como camino entre emociones y razones El diálogo y los sentimientos morales Entre la filosofía y el filosofar

  Segunda parte. Dimensiones ética y política del ser docente De la conducta a la acción La necesidad de reconocimiento La respuesta al llamado del Otro El derecho del niño a ser escuchado Distintos modos de escuchar La función adulta: intermediar y sostener La ética como estética de la existencia La acción educativa como acción política Proyectos colectivos y constitución de subjetividades políticas

  Tercera parte. Dimensiones existencial y cultural del ser docente El auténtico preguntar La cultura como mediadora Los recursos que ofrece la cultura para abordar las preguntas Los objetos culturales como objetos provocadores La filosofía y el tango: parecidos de familia El paraíso perdido y la nostalgia Modos de entender el amor Nuestra relación con la muerte En busca del sentido La apuesta por el sentido

  Palabras finales

  Bibliografía

  Sobre este libro

  Sobre el autor

INTRODUCCIÓN ¿POR QUÉ ELEGIMOS SER DOCENTES?

“Y yo me hice en tangos”

“Por qué canto así”, Celedonio FLORES

Al principio fue la voz. Voz cantada antes que hablada. Canto de mi madre mientras me da de mamar: “porque cuando pibe me acunaba en tangos la canción materna que llamaba al sueño”. Luego, pero sin solución de continuidad, la voz y el canto de mi padre. Que sería, con el paso de los años, mi propia voz y mi propio canto.

Curiosamente, en el final de sus días y ya perdida en gran parte su memoria, mi madre me pedía que le cantara. Por supuesto, que le cantara tangos. Ella no sabía (porque no recordaba) que al cantarle esos tangos yo le devolvía (le reconocía, le agradecía) lo que me había dado. Y ella, sin recordar mi antigua voz, valoraba y apreciaba mi voz en forma de canto. Y sin recordar casi nada, recordaba esos tangos.

La voz. Siempre la voz. Al inicio y al final. Lo primordial viene a través de la voz… y se recibe en la infancia.

Al principio, la voz que se siente, no la que se piensa. El canto que conmueve aunque no se comprenda su contenido. El sentir antes que el pensar. Como el sentir del niño Jean Jacques Rousseau al oír las canciones que entonaba “con voz dulcísima” su tía, quien fue como una madre para ese pequeño. Voz que transmite el sentir y que constituye a un ser, a un sujeto. Seguramente, el amor de Rousseau por la música vocal se origina en aquella voz dulcísima escuchada en su infancia. Y conjeturo que esa misma voz es también el fundamento último (profundo, recóndito) de la filosofía de Rousseau sobre el origen de las lenguas.

A la construcción rousseoniana del estado de naturaleza en que el ser humano es puro e inocente, le sucede una segunda construcción imaginaria, un segundo mito propuesto por Rousseau, según el cual la forma estética de la primera sociedad familiar estuvo compuesta por la música y el baile, por el canto y la danza1. En ese tiempo mítico, las artes no estaban separadas. Música y poesía no eran distintas ni distinguibles. La poesía y la música, unidas al canto, eran la lengua misma. “Los primeros discursos fueron las primeras canciones”, y la música cantada constituía la unidad y la transparencia de esa sociedad primera y feliz. Las primeras historias, las primeras arengas, las primeras leyes, fueron en verso. Así, la poesía surgió antes que la prosa “porque las pasiones hablaron antes que la razón” y “arrancaron las primeras voces”. En su origen la lengua fue metafórica, expresiva y poética. Pero no solo fue poética: también fue musical. Al principio, decir y cantar eran la misma cosa. Y el regreso a esa sociabilidad feliz es solo posible (aunque de modo siempre imperfecto) si se vuelve al canto, a la música vocal, es decir, a la lengua originaria.

¿No expresa esta concepción sobre el origen de las lenguas el profundo deseo de Rousseau de volver a oír la dulce voz que lo acunaba, de regresar a su paraíso perdido?

Primero he sentido, luego he razonado. Primero he cantado, luego he pensado en el sentido de mi canto. Aprendí los tangos absorbiendo el canto de mi viejo y escuchando una y otra vez los discos que él escuchaba. Y canté esos tangos antes de hacer uso de mi razón. Conmovido y emocionado mientras cantaba no por comprender el sentido de las letras sino por percibir el ánimo de esas canciones.

Primero el sentir, después el pensar. Del tango a la filosofía. Y así como quise cantar aquellas canciones escuchadas, también quise transmitir la filosofía aprendida y pensada. De la filosofía a la docencia.

En definitiva, la docencia también está cruzada por la voz, ya que el buen docente es el buen dicente, el que tiene algo para decir y sabe cómo decirlo. El docente es el que bien dice (¿el que bendice?). Y bien dice porque dice con claridad y porque su compromiso es con la transmisión. Un decir claro, aunque exprese algo difícil.

En mi biografía hay, entonces, un orden: primero el tango, después la filosofía, más tarde la docencia. No creo que haya una lógica ni una prioridad. En lo que escribo aquí la filosofía atraviesa todo, pero tal vez sea solo porque me da letra para componer este texto.

Concibo este pequeño libro como una muestra de reconocimiento y gratitud. La gratitud entendida como el placer, la satisfacción de haber recibido, el reconocimiento de una deuda, y la devolución. Gratitud a lo que fue, en tanto lo que fue permanece.

Esa gratitud deriva de mi convencimiento de que no soy causa de mí mismo. Los otros son mi causa. “Soy lo que se me ha hecho antes de hacer lo que soy”, dice Comte Sponville (Sobre el cuerpo). Soy el efecto de una historia y me sé deudor. Y es la gratitud la que me permite el reencuentro y la reconciliación con esa historia.

Mi deseo, en clave rousseoniana, es que quienes accedan a esta obrita escuchen la voz no impostada de un docente que dice y canta su filosofía.

1. Rousseau es consciente de la construcción imaginaria que supone la descripción de ese estado de naturaleza. Se trata, como dice en el Prefacio al Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, de “un estado que ya no existe, que ha podido no existir, que probablemente no existirá jamás, y del cual, sin embargo, es necesario tener nociones justas para juzgar bien de nuestro estado presente”.

PRIMERA PARTE DIMENSIÓN FILOSÓFICA DEL SER DOCENTE

“No debe ser nada bueno si… en vez de batirlo en criollo te lo baten en francés”

“Audacia”, Celedonio FLORES

Preguntarse por las dimensiones del ser docente supone preguntarse por el sentido último de la educación. Seguramente, en algún momento de nuestras vidas nos hemos hecho esta pregunta: “¿para qué educamos?”. Y sabemos que esa pregunta va más allá de una interrogación por el sentido de lo que específicamente enseñamos desde nuestro saber o especialidad (matemática, lengua, ciencias sociales, ciencias naturales, filosofía, artes, educación corporal o lo que sea). No es una pregunta por el lugar que ocupa o debiera ocupar la transmisión de los saberes socialmente legitimados que pertenecen a las disciplinas que hemos estudiado o que más nos interesan. La pregunta “¿Para qué educamos?” interroga sobre la finalidad última de la transmisión adulta dirigida a niños y adolescentes.

Si revisamos los diseños curriculares y otros documentos, podemos encontrar que las finalidades que se le adjudican a la educación son, en general, tres. Según estos documentos, la educación está al servicio de: a) la formación para la continuidad de los estudios; b) la formación para el trabajo (para la inserción en el mundo laboral); y c) la formación ciudadana.

Pero si vamos más allá de lo que dicen estos documentos, aunque sin desconocer estas funciones que en ellos se exponen, podemos seguir sosteniendo la pregunta “para qué educamos”, y ensayar otras respuestas.

EDUCAR PARA LA “MAYORÍA DE EDAD”

Mi propuesta es responder a la pregunta “para qué educamos” de la siguiente manera: educamos para ayudar a los niños/niñas y adolescentes a que alcancen la mayoría de edad. Esta respuesta puede parecer extraña ya que uno llega a la mayoría de edad yendo o no yendo a la escuela, siendo o no siendo educado, pues no depende de la escuela ni de la educación llegar a los dieciocho o veintiún años. Pensar que la mayoría de edad se relaciona con una determinada edad es entenderla en su sentido biológico y jurídico. Desde la perspectiva jurídica, hasta hace poco la mayoría de edad comenzaba a los veintiún años; ahora comienza a los dieciocho. Llegar a esa mayoría de edad depende más de la salud y la suerte que de la educación.

Cuando digo que educamos para que niños y niñas alcancen la mayoría de edad, me refiero a la mayoría de edad en sentido kantiano.

En el famoso ¿Qué es la Ilustración?, de Immanuel Kant, el autor relaciona la mayoría de edad con la capacidad de pensar por sí mismo. Propongo llevar esta idea hacia el terreno no solo del pensar sino también del sentir, del hacer, del pensarse, es decir, de ser uno mismo.

Lo que uno intenta, entonces, a través de la educación es ayudar a que los sujetos piensen por sí mismos. Lo que uno intenta es ayudar a constituir o ayudar a construir subjetividades éticas, subjetividades autónomas, sujetos que puedan pensar, sentir y hacer por sí mismos.

Desde esta perspectiva kantiana podemos encontrarnos con personas que tienen más de veinte o treinta años, a quienes, sin embargo, no los consideraríamos “mayores de edad”, porque no son sujetos capaces de pensar por sí mismos. Dice Kant:

La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración (Kant, I., ¿Qué es la ilustración?).

LA MAYORÍA DE EDAD COMO CAPACIDAD DE DECIR

Lo que trato de destacar del pensamiento de Kant es que el sujeto mayor de edad es alguien capaz de decir. Es alguien capaz no de repetir, sino de decir. Señalo aquí una diferencia entre quien dice y quien repite, ya que podemos encontrar muchos sujetos que repiten pero que no dicen. Esta es una idea que también aparece en Heidegger, como “existencia inauténtica”, es decir, la existencia del sujeto que se deja llevar por lo que “se dice”, por lo que “se piensa”, por lo que “se hace”, y que no es capaz de hablar por sí mismo. La existencia inauténtica es la de alguien que está repitiendo lo que otros dicen y que, en definitiva, no termina de constituirse como sujeto autónomo.

La diferencia entre repetir y decir aparece de manera magistral en un bello libro de Italo Calvino. Me refiero a Las ciudades invisibles. En ese libro, Calvino construye metáforas a partir de la descripción de ciudades ficcionales, donde cada una puede significar algo para nosotros, puede decirnos algo acerca de nuestra propia sociedad o de nuestra propia ciudad. En las ciudades invisibles, el personaje central es Marco Polo, quien viaja por distintos lugares y luego narra al emperador lo que ha visto. Una de esas ciudades es Aglaura, donde lo que ve Marco Polo es que todos los habitantes dicen lo mismo de esa ciudad. Y si todos dicen lo mismo es porque todos repiten lo mismo. Y él, desde su mirada extranjera, no reconoce lo que los habitantes dicen de la ciudad de Aglaura, no encuentra relación entre lo que dicen esas palabras proferidas por los sujetos que viven ahí y lo que él va viendo. Pero Marco Polo entiende que los habitantes de Aglaura están a gusto, que están satisfechos con ese discurso, que esa Aglaura relatada les alcanza para vivir. Uno podría pensar que Aglaura es una metáfora del discurso dominante, en tanto relato sobre la realidad que logra imponerse, y que todos repiten sin pensar, transformándose en la misma realidad.

Dice Marco Polo sobre Aglaura:

A ciertas horas, en ciertos escorzos de camino, ves abrirse la sospecha de algo inconfundible, raro, acaso magnífico; quisieras decir qué es, pero todo lo que se ha dicho de Aglaura, hasta ahora, aprisiona las palabras y te obliga a repetir antes que a decir (Calvino, 1986: 31).

Imagino a Marco Polo entrando en una escuela de Aglaura y sosteniendo una conversación con docentes de esa escuela. Seguramente, algunos de ellos le dirían que “en estas condiciones no se puede enseñar”, “los chicos ya no se interesan por nada”, “la violencia entre los alumnos es cotidiana e impide el normal desarrollo de una clase”. Mientras Marco Polo escucha estas afirmaciones mira a través de las ventanas que dan a las aulas y ve a docentes dando sus clases, a niños o adolescentes atendiendo (o haciendo como que atienden), tomando nota, pasando al frente y escribiendo en el pizarrón. Es decir, la realidad que ve Marco Polo desmiente (aunque sea en parte) lo que en ese mismo momento está escuchando. Tiene derecho Marco Polo a preguntarse, entonces: “¿De dónde viene este discurso? ¿Por qué no veo que sucede aquello que me están contando que sucede?”. Y si nuestro personaje se encuentra con maestros/as jóvenes de esta ciudad de Aglaura, que recién ingresan a la docencia, es probable que escuche decirles lo mismo que ya ha escuchado decir a maestros/as que están ejerciendo su profesión desde hace muchos años. ¡Qué pena que estos jóvenes hayan preferido repetir lo dicho por otros en lugar de construir sus propios discursos a medida que discurren sus propias experiencias! Porque, en definitiva, el problema no es el discurso mismo. El problema es que este discurso es tomado por la realidad, vale por la realidad misma. Y la realidad deja de importar.

Hablamos de una diferencia entre repetir y decir. Repetir parece venir de otro. Cuando repetimos somos hablados por otros. Si miramos actualmente lo que pasa con las campañas políticas, podemos aplicar esta idea de la minoría de edad, podemos pensar que hay un infantilismo en esas campañas, hay un repetir, un no decir, o un no querer decir. Aparece como lugar común aquello que se espera que estos candidatos digan, y no un sujeto que dice lo que piensa y lo que quiere hacer. Ese infantilismo se traslada incluso a spots publicitarios donde aparecen niños hablando y diciendo lo que habría que hacer. Hay una “minoría de edad” en sentido kantiano, en estas propuestas. También puede ser que haya un “no decir” estratégico, es decir, ciertas campañas que se basan en un no decir, justamente, porque es una forma de poder generar la adhesión, sin generar conflicto. Pero, en general, cuando uno escucha algunos discursos de la política puede sospechar que ese “no decir” no es una estrategia, sino que pareciera ser un vacío, un vacío de ideas, de proyectos.

Entonces decíamos que la minoría de edad de Kant se parece bastante a la existencia inauténtica de la que habla Heidegger en El ser y el tiempo. Allí, Heidegger se refiere a la disolución del “yo” en el “se”, la disolución de lo personal en el impersonal, la disolución del “yo pienso, yo deseo, yo hago”, en el “se piensa, se desea, se hace”… Finalmente terminamos haciendo lo que “se hace”; pensando lo que “se piensa”; sintiendo lo que “se siente”. Dejamos de ser nosotros mismos para ser transmisores de algo que está por supuesto vigente en la sociedad, y que nosotros reiteramos, repetimos.

Ese impersonal se caracteriza por dos aspectos fundamentales: uno es la habladuría, en términos heideggerianos (que incluye la escribiduría), que sería la transmisión y reproducción de lo que se habla. Por ejemplo, podemos escuchar a sujetos que repiten lo que uno ya ha escuchado en la radio o que ha sido publicado en el diario.

¿No nos pasa a menudo que escuchamos a alguien opinar sobre un asunto y sabemos lo que va a decir? Si lo interrumpiéramos y le dijéramos: “No hace falta que usted continúe hablando; ya sé lo que me va a decir”, sería posible que esta persona se sorprenda y nos pregunte: “¿Pero cómo sabe lo que yo le voy a decir si aún no lo dije?”. Ahí nos daría la oportunidad de responder heideggerianamente: “Porque usted no está hablando: el que habla es otro, y usted es un transmisor de otro que habla. Usted no está hablando, está repitiendo, está siendo hablado por otro. Está repitiendo, por ejemplo, lo que dice tal periodista en tal programa de radio que usted escucha todos los días y que le ‘está comiendo el coco’”.

Esa es la diferencia entre decir y repetir. Cuando lo único que hacemos es repetir, estamos formateados por otros, y no somos capaces de pensar eso que nos es dado. Por supuesto, no se trata de rechazar aquello que nos es dado dentro del contexto en el que estamos viviendo, sino que habría que ver qué traducción hacemos, qué apropiación hacemos de aquello que recibimos. Tampoco se trata de ser originales (nadie es enteramente original ya que nuestras ideas se construyen a partir de lo dado por los otros). Se trata de ser genuinos.

Decía que una característica de ese impersonal es la habladuría. La otra es la avidez de novedades, es decir, el vivir atado a la novedad, querer todo el tiempo obtener la primicia. Aquí tenemos un problema para la educación. Heidegger lo decía a principios del siglo XX, pero uno podría pensarlo para la actualidad: se trata de pensar cómo los medios terminan haciéndonos sujetos atados permanentemente a la novedad. Nosotros vamos conformando nuestra visión de la realidad según lo que nos transmiten los medios; entonces esa visión que tenemos es una visión muy fragmentada porque está siempre atada a lo que va sucediendo cada vez. Hoy estamos preocupados por la crisis económica en Brasil, pero mañana vamos a estar preocupados por alguna guerra y pasado mañana por alguna inundación, y vamos olvidando aquello que nos preocupaba ayer o anteayer. Estamos totalmente sujetos a un presente, pero sin poder construir una historia, sin poder ver procesos. Entonces esa conciencia que se va conformando allí, tan fragmentada, tan atada a lo que sucede aquí y ahora, no logra construir una idea sobre las razones por las cuales algo sucede. No logra historizar.

Entonces eso nos conforma a nosotros como ciudadanos en una sociedad mediatizada. La educación debiera reponer aquello que los medios no brindan, y que no van a brindar, porque no está en su lógica. Debe reponer procesos, debe reponer historia. La educación no tiene que estar sujeta a la novedad, tiene que salir de esa lógica mediática que necesita siempre de la primicia.

Recapitulando, entonces, decimos que es menor de edad aquel que vive inauténticamente porque no logra decir, porque no logra pensar por sí mismo, porque no logra armar su propia visión del mundo, ni tampoco armar su propio proyecto y hacerse cargo de ese proyecto.

11,83 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
09 iyul 2025
Həcm:
121 səh. 3 illustrasiyalar
ISBN:
9789874817594
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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