Kitabı oxu: «Los caballos celestiales»

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Título original: Under Heaven

© Guy Gavriel Kay

© de la traducción: Francisco García lorenzana

© de esta edición digital: RBA Libros, S. A., 2013

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

CÓDIGO SAP: OEBO484

ISBN: 978-84-9006-957-8

COMPOSICIÓN DIGITAL: El Taller Editorial

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Segunda parte

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Tercera parte

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Cuarta parte

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Epílogo

Agradecimientos


PERSONAJES PRINCIPALES


La familia imperial y los mandarines del Palacio de Ta-Ming

Taizu, el Hijo del Cielo, emperador de Kitai

Shinzu, su tercer hijo y heredero

Xue, su trigésima primera hija

Wen Jian, la Querida Consorte, también llamada «Compañera Amada»

Chin Hai, antiguo primer ministro, fallecido

Wen Zhou, primer ministro de Kitai, primo de Wen Jian

La familia Shen

General Shen Gao, fallecido, en su momento comandante del Ala Izquierda del Oeste Pacificado

Shen Liu, su primogénito, consejero principal del primer ministro

Shen Tai, su segundo hijo

Shen Chao, su tercer hijo

Shen Li-Mei, su hija

El ejército

An Li («Roshan»), el gobernador militar de los Distritos Séptimo, Octavo

y Noveno

An Rong, su primogénito

An Tsao, un hijo menor

Xu Bihai, el gobernador militar de los Distritos Segundo y Tercero en Chenyao

Xu Liang, su primogénita

Lin Fong, comandante de la Fortaleza de la Puerta de Hierro

Wujen Ning, soldado de la Puerta de Hierro

Tazek Karad, oficial de la Gran Muralla

Guerreros Kanlin

Wan-si

Wei Song

Lu Chen

Ssu Tan

Zhong Ma

Artistas

Sima Zian, poeta, el Desterrado Inmortal

Chan Du, poeta

En Xinan, la capital

Lluvia de Primavera, cortesana del Distrito Noveno, después llamada Lin Chang

Chou Yan, estudiante, amigo de Shen Tai

Xin Lun, estudiante, amigo de Shen Tai

Feng, guardia al servicio de Wen Zhou

Hwan, sirviente de Wen Zhou

Pei Qin, mendigo

Ye Lao, mayordomo

Más allá de las fronteras de Kitai

Oeste

Sangrama el León, soberano del Imperio de Tagur

Cheng-wan, Princesa de Jade Blanco, una de sus esposas, decimoséptima hija del emperador Taizu

Bytsan sri Nespo, oficial del ejército taguran

Nespo sri Mgar, su padre, oficial superior

Gnam, soldado taguran

Adar, soldado taguran

Norte

Dulan, kaghan del pueblo bogü de las estepas

Hurok, el esposo de su hermana, más tarde kaghan

Meshag, primogénito de Hurok

Tarduk, segundo hijo de Hurok

PARA SYBIL, CON AMOR

Con el bronce como espejo, se puede corregir la apariencia;con la historia como espejo, se puede comprender el auge y la caída de un Estado; con hombres buenos como espejo, se puede distinguir el bien del mal.

LI SHIMIN, EMPERADOR TAIZONG DE TANG

PRIMERA PARTE


1

Rodeado de los diez mil ruidos, el jade y el oro, y los remolinos de polvo de Xinan, con frecuencia permanecía despierto toda la noche con sus amigos y las cortesanas, bebiendo vino aromatizado en el Distrito Norte.

Escuchaban música de flauta o pipa1 y recitaban poesía, se retaban los unos a los otros con pullas y citas, y a veces se adentraban en alguna habitación privada con alguna mujer perfumada y sedosa, antes de que los tambores del alba anunciaran el final del toque de queda y regresar a casa tambaleándose, para dormir durante el día en lugar de estudiar.

Aquí, en las montañas, solo, envuelto en el aire duro y limpio, junto a las aguas de Kuala Nor, muy lejos al oeste de la ciudad imperial, incluso más allá de las fronteras del imperio, Tai dormía en una estrecha cama al caer la noche, bajo el brillo de las primeras estrellas, y se despertaba al amanecer.

En primavera y verano le desvelaban los pájaros. Este era un lugar en el que anidaban de forma ruidosa varios miles de ejemplares: águilas pescadoras y cormoranes, gansos salvajes y grullas. Los gansos le hacían pensar en amigos que estaban muy lejos. Los gansos salvajes eran un símbolo de ausencia, en la poesía, en la vida. Las grullas representaban la fidelidad, un tema completamente diferente.

En invierno, el frío era atroz, hasta el punto de arrebatarte el aliento. El viento del norte, cuando soplaba, lo hacía con agresividad en el exterior e incluso traspasaba las paredes de la cabaña. Dormía bajo capas de pieles y lanas, y al alba no le despertaba ningún pájaro desde los helados terrenos de nidificación, en el extremo más alejado del lago.

Los fantasmas permanecían en el exterior durante todas las estaciones, en noches iluminadas por la luna y en noches oscuras, en cuanto el sol desaparecía.

Tai ya conocía algunas de sus voces, las enfadadas, las perdidas y aquellas que solo transmitían dolor en su llanto tenue e inconsolable.

No le asustaban, ahora ya no. Al principio, creyó que iba a morir de terror, solo, en aquellas noches en compañía de los muertos.

Miraba hacia el exterior a través de una ventana sin postigo en las noches de primavera, verano u otoño, pero nunca salía. Bajo la luna o las estrellas, el mundo junto al lago pertenecía a los fantasmas, o eso es lo que había llegado a comprender.

Desde el principio, había establecido una rutina para combatir la soledad y el miedo, y la enormidad de donde se encontraba. Es posible que algunos santos y ermitaños en sus montañas y bosques actúen deliberadamente de otra forma, pasando por los días como hojas que se las lleva el viento, guiados por la ausencia de voluntad o deseo, pero él era de otra naturaleza y no era un santo.

Empezaba cada mañana con las oraciones por su padre. Seguía estando en el período de luto formal y la tarea que se había impuesto en este lejano lago estaba estrechamente relacionada con el respeto a la memoria de su padre.

Después de las invocaciones, que asumía que su hermano también pronunciaba en el hogar en el que habían nacido, Tai salía al prado (de tonalidades verdes punteadas con flores silvestres, o aplastando bajo sus pies el hielo y la nieve), excepto los días de tormenta, a practicar sus ejercicios Kanlin. Primero sin espada, después solo con una y, finalmente, con las dos.

Contemplaba las frías aguas del lago, con la pequeña isla en su centro, y después los alrededores, con las pasmosas montañas cubiertas de nieve que se amontonaban una encima de otra. Más allá de las cimas septentrionales, el terreno descendía durante cientos de li 2 hacia las largas dunas de los desiertos asesinos, bordeados por las Rutas de la Seda, itinerarios que traían mucha riqueza a la corte, al Imperio de Kitai. A su pueblo.

En invierno, alimentaba y daba agua a su pequeño y lanudo caballo en el cobertizo construido junto a la cabaña. Al cambiar el tiempo y crecer la hierba, dejaba que el caballo pastase durante el día. Era tranquilo, no iba a escapar. No había ningún sitio adonde ir.

Después de sus ejercicios, dejaba que la calma lo invadiese, lo despojase del caos de la vida, la ambición y las aspiraciones, con el fin de ser digno de la tarea que había elegido.

Y, entonces, empezaba a trabajar, a enterrar a los muertos.

Desde que llegó aquí, nunca había realizado el más mínimo esfuerzo por separar a los soldados kitan de los taguran. Cráneos y huesos blancos estaban mezclados, enmarañados, apilados. La carne había vuelto a la tierra o se la habían comido los animales y las aves carroñeras hacía ya mucho tiempo, o no tanto en el caso de aquellos cuerpos que procedían de la campaña más reciente.

El último conflicto había acabado en victoria, pero se había ganado con amargura. Cuarenta mil muertos en una batalla, casi tantos kitan como taguran.

Su padre había ido a la guerra. Fue general y recibió honores con un prestigioso título, el de comandante del Ala Izquierda del Oeste Pacificado. El Hijo del Cielo lo recompensó graciosamente por la victoria con una audiencia personal en la Sala del Resplandor, en el Palacio de Ta-Ming, cuando regresó al este: la entrega del fajín púrpura, unas palabras de encomio pronunciadas personalmente y un regalo de jade entregado por la propia mano del emperador, con solo un intermediario.

No se podía negar que su familia se había beneficiado de lo que había ocurrido en este lago. La madre de Tai y Segunda Madre habían quemado incienso juntas y encendido velas de acción de gracias a los ancestros y a los dioses.

Pero para el general Shen Gao, el recuerdo del combate que aquí se había librado fue, hasta su muerte hacía dos años, una fuente de orgullo y pesar entremezclados que le marcó para siempre.

Demasiados hombres habían perdido la vida por la conquista de un lago al borde de ninguna parte y que al final ninguno de los dos imperios pudo controlar.

El tratado que siguió —confirmado con elaborados intercambios y rituales, y, por primera vez, con una princesa kitan para el rey taguran— así lo había dejado establecido.

Tai, al escuchar de joven las cifras de esa batalla —cuarenta mil muertos—, había sido incapaz ni siquiera de imaginar cómo debió de ser. Ahora ya sí.

Desde hacía mucho tiempo, el lago y el prado se encontraban entre fortalezas en manos de ambos imperios: el sur para Tagur, el este para Kitai. Ahora siempre reinaba el silencio, excepto por el sonido del viento, el reclamo de los pájaros en celo y los fantasmas.

El general Shen solo había hablado de pena y culpa con sus hijos pequeños (nunca con el mayor). Semejantes sentimientos en un comandante se podían considerar vergonzosos, incluso una traición, una negación de la sabiduría del emperador, que gobernaba con el mandato del cielo, infalible, incapaz de equivocarse, o su trono y el imperio estarían en peligro.

Pero los pensamientos se habían expresado en palabras en más de una ocasión, después de que Shen Gao se retirara a las propiedades que la familia tenía junto al arroyo que fluía hacia el sur en las cercanías del río Wai. Normalmente, después de tomar algo de vino en un día tranquilo, con las hojas o las flores de loto cayendo al agua y siendo arrastradas por la corriente. El recuerdo de esas palabras era la razón principal por la que su segundo hijo se encontraba aquí durante el período de luto, en lugar de estar en casa.

Se podría argumentar que la tristeza silenciosa del general había sido un error, que no venía al caso. Que la batalla que aquí se había librado era necesaria para la defensa del imperio. Era importante recordar que los ejércitos de Kitai no siempre habían vencido a los taguran. Los reyes de Tagur, en su distante e inexpugnable meseta, eran muy ambiciosos. Las victorias y el salvajismo habían ido y venido a lo largo de ciento cincuenta años de luchas en Kuala Nor, más allá del Paso de la Puerta de Hierro, la fortaleza más aislada que tenía el imperio.

«Mil millas de luz de luna caen al este de la Puerta de Hierro», había escrito Sima Zian, el Desterrado Inmortal. Literalmente, no era cierto, pero cualquiera que hubiera estado en la Fortaleza de la Puerta de Hierro sabía lo que el poeta quería decir.

Y Tai se encontraba a muchos días a caballo al oeste del fuerte, más allá de ese puesto avanzado del imperio, con los muertos: con los perdidos llorando por la noche y los huesos de cien mil soldados yaciendo, blancos, bajo la luz de la luna o del sol. A veces, en la cama, envuelto por la oscuridad de la montaña, tardaba en darse cuenta de que una voz cuyas cadencias conocía se había quedado en silencio, y comprendía que había dado reposo a esos huesos.

Había demasiados. Terminar la labor escapaba a cualquier esperanza: era una tarea para que los dioses descendieran de los nueve cielos, no para un hombre. Pero si no lo puedes hacer todo, ¿significa eso que no debes hacer nada?

Hacía ya dos años que Shen Tai había dado lo que parecía su respuesta a la pregunta, en recuerdo de su padre, que con voz suave pedía otra copa de vino, mientras contemplaba cómo las carpas doradas, grandes y lentas, nadaban en el estanque y las flores flotaban en el agua.

Aquí los muertos se encontraban por todas partes, incluso en la isla, donde se había alzado una fortaleza pequeña, que ahora estaba en ruinas. Había intentado imaginar cómo se debió de desarrollar el combate por ese lado. Botes construidos con rapidez sobre la orilla de guijarros con maderas de las laderas, los defensores desesperados y atrapados de un ejército o del otro, dependiendo del año, disparando flechas contra los enemigos implacables que les traían la muerte desde el otro lado del lago.

Hacía dos años que había decidido empezar allí, en un día de primavera en que el lago reflejaba el cielo azul y las montañas, remando en la barca pequeña que había encontrado y reparado. La isla era un terreno acotado, limitado, menos apabullante. En el prado de la orilla y a lo lejos en los bosques de pinos, los muertos cubrían toda la distancia que podía recorrer andando en un día.

Durante algo más de la mitad del año, bajo este cielo claro e intenso, fue capaz de cavar y enterrar armas rotas y oxidadas junto con los huesos. Era un trabajo brutalmente duro. Se curtió, desarrolló los músculos, se encalleció, por las noches estaba dolorido y caía agotado en la cama después de lavarse con agua calentada en la hoguera.

Desde finales de otoño, a lo largo del invierno y hasta principios de la primavera, el suelo estaba helado, impracticable. Podía estallarte el corazón mientras intentabas cavar una tumba.

En su primer año, el lago se heló y durante unas pocas semanas pudo ir andando hasta la isla. El segundo invierno fue más suave y no se acabó de helar. Entonces, envuelto en pieles, con la cabeza cubierta y con guantes, en un silencio blanco y vacío, viendo el vaho de su aliento mortal y sintiéndose pequeño frente a la vastedad enorme y hostil que le rodeaba, Tai sacaba el bote cuando las olas y el tiempo se lo permitían. Con una oración, ofrecía los muertos a las aguas oscuras, para que ya no yacieran perdidos, sin consagrar, sobre el suelo batido por el viento, junto a la orilla helada del Kuala Nor, en medio de animales salvajes y muy lejos de cualquier hogar.

La guerra no había sido continua. Nunca lo era, en ningún sitio, y menos aún en un valle tan remoto, donde resultaba tan difícil mantener una línea de suministros permanente desde uno de los dos países, por muy beligerantes o ambiciosos que pudieran ser los reyes y los emperadores.

En consecuencia, se habían construido cabañas para pescadores o pastores que dejaban pastar a sus ovejas y cabras en estos prados altos durante los intervalos en que no había soldados muriendo en la zona. La mayor parte de las cabañas habían sido destruidas, pero quedaban unas pocas. Tai vivía en una de ellas, situada al norte, junto a una ladera cubierta de pinos, que le ofrecía protección frente a los peores vientos. La cabaña tenía casi cien años. A su llegada, la había arreglado lo mejor que supo: techo, puerta y marcos de las ventanas, postigos y chimenea de piedra.

Después, recibió ayuda, inesperada, sin pedirla. El mundo te puede ofrecer veneno en una copa engastada de joyas o regalos sorprendentes. A veces no sabes qué es qué. Alguien que conocía había escrito un poema sobre esa idea.

Ahora estaba en la cama, despierto, en medio de una noche de primavera. Lucía la luna llena, lo cual significaba que los taguran llegarían a mediodía, una media docena le traerían suministros en una carreta tirada por bueyes, descenderían por la ladera desde el sur y rodearían la orilla del lago hasta llegar a su cabaña. Por la mañana, después de la luna nueva, llegaba su gente desde el este, a través de la quebrada, procedente de la Puerta de Hierro.

Les llevó algún tiempo, pero después de su llegada habían establecido una rutina que les permitía visitarle sin que ambos bandos tuvieran que verse. No formaba parte de su plan que murieran hombres porque él estuviera aquí. Ahora había paz, firmada, con intercambio de regalos y de una princesa, pero treguas así no prevalecen siempre cuando hay soldados jóvenes y agresivos en lugares tan remotos… Y los hombres jóvenes podían iniciar una guerra.

Las dos fortalezas trataban a Tai como un santo ermitaño o un loco que había decidido vivir entre los fantasmas. Ambos bandos libraban a través de él un combate tácito y casi divertido, compitiendo cada mes para ver quiénes eran más generosos y de más ayuda.

Durante el primer verano, los compatriotas de Tai habían reparado el suelo de su cabaña con tablas cortadas y pulidas que transportaron en un carro. Los taguran se habían encargado de arreglar la chimenea. Tinta, plumas y papel (que tuvieron que pedir) llegaron de la Puerta de Hierro; el vino procedía por primera vez del sur. Ambas fortalezas ordenaban a sus hombres que cortaran leña siempre que estuvieran aquí. Habían traído mantas de invierno y pieles de oveja para la cama y para abrigarse. Durante el primer otoño, le habían dado una cabra para que obtuviera leche, después llegó una más desde el otro lado, y un gorro taguran de aspecto muy excéntrico pero muy caliente, con orejeras y un cordel para poder atarlo bajo la barbilla. Los soldados de la Puerta de Hierro le construyeron un pequeño cobertizo para su caballo.

Él había intentado detener aquella situación, pero no había conseguido persuadir a nadie y, al final, lo comprendió: no se trataba de mostrar amabilidad hacia el loco, ni siquiera de ver quién superaba a quién. Cuanto menos tiempo perdiera él con la comida, la leña, el mantenimiento de la cabaña, más podría dedicarse a su tarea, esa que nadie antes había llevado a cabo y que, cuando aceptaron por fin la razón de su presencia, parecía importar tanto a los taguran como a su propio pueblo.

Tai pensaba con frecuencia en lo irónico que resultaba todo. Incluso ahora eran capaces de atacarse y matarse si, por casualidad, llegaban al mismo tiempo. Solo un loco de verdad podía pensar que las batallas se habían acabado para siempre en el oeste, pero los dos imperios honraban que diera descanso a los muertos… Hasta que hubiera más.

En la cama, en una noche tranquila, escuchaba el viento y los fantasmas; ni uno ni otros lo habían despertado (ahora ya no), lo había hecho la blancura brillante del resplandor de la luna. Ya no se veía la estrella de la Tejedora, exiliada de su amor mortal al extremo más alejado del Río Celestial. En otro momento, había sido lo suficientemente brillante para mostrarse con claridad del otro lado de la ventana, incluso con luna llena. Recordaba un poema que le había gustado cuando era joven, inspirado en la imagen de la luna como mensajera entre unos amantes a ambos lados del río.

Si lo analizaba ahora, le parecía artificioso, extravagante y engreído. Muchos versos famosos de los inicios de esta Novena Dinastía eran así si se analizaban de cerca, con sus elaborados brocados verbales. Tai pensó que había cierta tristeza en que algo así pudiera ocurrir: desenamorarse de algo que te había dado forma. ¿O incluso de alguien? Pero si uno no cambiaba al menos un poco, ¿qué sentido tenían las etapas de la vida? Aprender, cambiar, ¿no significaba a veces que había que abandonar lo que antes se creía cierto?

Entraba mucha luz en la habitación. Casi la suficiente para arrastrarlo desde la cama hasta la ventana para mirar la hierba alta en el exterior y contemplar lo que el plata le hacía al verde, pero estaba cansado. Siempre estaba cansado al final del día y nunca salía de la cabaña por las noches. Ya no temía a los fantasmas —había decidido que lo veían como un emisario, no como un intruso del mundo de los vivos—, pero les dejaba el mundo después de la puesta de sol.

Durante el invierno, tenía que cerrar los postigos reconstruidos y tapar las grietas en las paredes lo mejor que podía con telas y pieles de oveja para que el viento y la nieve no se colaran. La cabaña se llenaba de humo, alumbrada por el fuego y las velas, o una de sus dos lámparas si intentaba escribir poesía, o cuando calentaba vino en un brasero (proporcionado también por los taguran).

Cuando llegaba la primavera, abría los postigos, dejaba entrar el sol, o el brillo de las estrellas y la luna, y después, el sonido de los pájaros al amanecer.

Se despertó en plena madrugada, desorientado, confuso, enredado en el último sueño. Creía que aún era invierno, que la plata brillante que veía era el resplandor del hielo o la escarcha. Sonrió después de un momento y volvió a la realidad, con gesto irónico y divertido. Tenía un amigo en Xinan que habría apreciado ese instante. No ocurría con frecuencia que pudieras vivir lo imaginado en unos versos muy conocidos:

Ante mi cama, la luz es tan brillante

que parece una capa de escarcha.

Alzando la cabeza contemplo la luna,

recostándome de nuevo, pienso en mi hogar.

Pero quizá estaba equivocado. Quizá si un poema era lo suficientemente veraz, entonces antes o después alguien que lo leyera viviría dicha imagen como él la estaba viviendo ahora. O quizá algunos de los lectores han visualizado la imagen antes de llegar al poema y descubrir que les estaba esperando como una afirmación. De manera que el poeta les ha ofrecido palabras para pensamientos que ellos ya habían tenido.

Otras veces, la poesía nos obsequia con ideas nuevas y peligrosas. A veces los hombres eran exiliados o asesinados por lo que escribían. Hacía centenares de años, podías enmascarar un comentario peligroso ambientando el poema en la Primera o en la Tercera Dinastía. Y aunque en ocasiones esa convención surtía efecto, no siempre era así. Los superiores mandarines del servicio civil no eran idiotas.

«Recostándome de nuevo, pienso en mi hogar». Su hogar era la propiedad cercana al Wai, donde estaba enterrado su padre, en el huerto, al lado de sus padres y de los tres hijos que no habían sobrevivido a la mayoría de edad. Donde la madre de Tai y la concubina de Shen Gao, la mujer a la que llamaban Segunda Madre, seguían viviendo, donde sus dos hermanos también se estaban acercando al final del luto, y el mayor regresaría muy pronto a la capital.

No estaba seguro de dónde se encontraba su hermana. Las mujeres solo observaban noventa días de luto. Lo más probable era que Li-Mei hubiera regresado con la emperatriz, allí donde se encontrase. Y que la emperatriz no estuviera en la corte. Incluso dos años atrás ya se rumoreaba que su tiempo en el Ta-Ming había llegado a su fin. Ahora había alguien más en palacio, al lado del emperador Taizu. Alguien que brillaba como una joya.

Muchos lo desaprobaban. Pero por lo que sabía Tai, nadie lo había expresado públicamente antes de que este volviera a casa y después viniera aquí.

Descubrió que sus pensamientos regresaban a Xinan por los recuerdos que tenía del recinto familiar junto al río, donde año tras año, en una noche de otoño, las hojas de paulonia caían todas a la vez sobre el sendero que partía de la puerta principal. Donde en el huerto crecían melocotones, ciruelas y albaricoques (con las flores rojas en primavera), y donde podías oler el carbón vegetal ardiendo en la linde del bosque y contemplar el humo de los hogares de las aldeas, más allá de los almendros y las moreras.

No, ahora, en cambio, estaba recordando la capital: todo brillo, color y ruido, donde la violencia de la vida brotaba y se expandía, en todo su polvo y furia mundanos, incluso estaría entrando en erupción en ese mismo instante, en medio de la noche, asaltando los sentidos a cada momento. Dos millones de personas. El centro del mundo, bajo el cielo.

Allí no estaría oscuro. En Xinan, no. Las luces de los hombres casi ocultaban el brillo de la luna. Habría antorchas y faroles, fijos o transportados en armazones de bambú, o suspendidos en los bastidores de las literas que llevaban a los de alta cuna y a los poderosos a tra-vés de las calles. Habría lámparas rojas en las ventanas superiores y lámparas colgadas de los balcones cubiertos de flores en el Distrito Norte. Luces blancas en el palacio y lámparas de aceite anchas y poco profundas en los patios, en pilares de la altura de dos hombres, ardiendo toda la noche.

Habría música y gloria, corazones rotos y recompuestos, y a veces, cuchillos y espadas que relucían en callejuelas y callejones. Y al llegar la mañana, de nuevo poder, pasión y muerte, empujándose entre ellos en los dos grandes y ensordecedores mercados, en vinaterías y salas de estudio, en calles retorcidas (diseñadas para el amor furtivo o el asesinato) y avenidas sorprendentemente anchas. En dormitorios y patios, en elaborados jardines privados y en parques públicos cubiertos de flores, donde los sauces se derramaban sobre corrientes de agua y lagos artificiales profundamente dragados.

Recordaba el Parque del Lago Largo, al sur de las murallas de adobe de la ciudad; recordaba con quién había estado allí por última vez, en la época en que brotaban las flores del melocotonero, antes de la muerte de su padre, en uno de los tres días del mes que ella tenía permiso para salir del Distrito Norte. Ocho, dieciocho, veintiocho. Ella estaba ahora muy lejos.

Los gansos salvajes eran el símbolo de la separación.

Pensó en el Ta-Ming, el enorme complejo palaciego al norte de las murallas de la ciudad, en el Hijo del Cielo, que ya no era joven, y en todos los que se encontraban con él y a su alrededor: eunucos y nueve grados de mandarines, entre ellos el hermano mayor de Tai, príncipes, alquimistas y jefes del ejército, y la que seguramente yacía con él esta noche bajo esta misma luna, joven y de una belleza casi insoportable, la que había cambiado el imperio.

Tai había aspirado a ser uno de esos funcionarios civiles con acceso al palacio y a la corte, nadando «en el sentido de la corriente», como se solía decir. Había estudiado todo un año en la capital (entre encuentros con cortesanas y amigos de borrachera) y estuvo a punto de presentarse a los tres días de exámenes para el servicio imperial, la prueba que determinaba tu futuro.

Entonces, su padre murió junto al río tranquilo, y los dos años y medio de luto oficial llegaron y se alejaron, arrastrados por el río como el viento que trae la lluvia.

Un hombre fue azotado —veinte latigazos con la fusta pesada— por no cumplir con el retiro y los rituales que se deben a los padres cuando mueren.

Se podría decir (algunos podrían decir) que él no había cumplido con los ritos al encontrarse aquí en las montañas y no en casa, pero había hablado con el subprefecto antes de recorrer a caballo el largo camino hacia el oeste, y había recibido el permiso. También se encontraba —abrumadoramente— retirado de la sociedad, de cualquier cosa que se pudiera llamar «ambición» o «mundanidad».

Lo que había hecho era un poco arriesgado. Siempre cabía el peligro de lo que se pudiera rumorear en el Ministerio de los Ritos, que supervisaba los exámenes. Eliminar a un rival, de una forma o de otra, era una táctica básica, pero Tai pensaba que se había protegido.

Por supuesto, nunca se podía estar seguro del todo. En Xinan, no. Los ministros eran nombrados y exiliados, los generales y los gobernadores militares, promocionados y después destituidos con la orden de suicidarse, y la corte había ido cambiando con rapidez en la época anterior a su partida. Pero Tai aún no ocupaba ninguna posición. No había arriesgado nada en cuanto a rango y oficio. Y creía que podría sobrevivir a los azotes, si es que estos llegaban.

En una cabaña iluminada por la luna, envuelto en la soledad como un gusano de seda en su cuarto sueño, intentó decidir hasta qué punto extrañaba la capital. Si estaba listo para regresar y retomarlo todo, como antes. O si había llegado el momento de otro cambio más.

Sabía lo que diría la gente si cambiaba, lo que ya se estaba diciendo sobre el segundo hijo del general Shen. El primogénito, Shen Liu, era conocido y comprendido, su ambición y sus logros se ajustaban a un patrón. El tercer hijo era aún demasiado joven, poco más que un niño. Era Tai, el segundo, quien suscitaba más interrogantes.

El luto se cumpliría formalmente con la luna llena del séptimo mes. Habría completado los ritos, a su manera. Podía retomar sus estudios, prepararse para los siguientes exámenes. Eso era lo que hacían los hombres. Los estudiosos se presentaban a los exámenes del servicio civil cinco veces, diez veces o más. Algunos morían sin aprobarlos. Cada año los pasaban entre cuarenta y sesenta hombres, de los miles que empezaban el proceso con los exámenes preliminares en sus prefecturas. El examen final se iniciaba en presencia del propio emperador, con su túnica blanca y su sombrero negro, y el fajín amarillo de las ceremonias más importantes: un rito de iniciación muy elaborado… con sobornos y corrupción incluidos en el proceso, como siempre en Xinan. ¿Acaso podría ser de otra forma?

19,66 ₼
Yaş həddi:
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722 səh. 4 illustrasiyalar
ISBN:
9788490069578
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