Kitabı oxu: «Moscas»
Título original: Menneskefluene
© Cappelen Damm AS, 2011.
© de la traducción: Ana Flecha Marco, 2020.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO746
ISBN: 9788491876885
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice
PORTADA
CRÉDITOS
PORTADILLA
DÍA UNO. MISTERIOSO ASESINATO EN KREBS’ GATE 25
DÍA DOS. SIETE INQUILINOS Y UN CHUBASQUERO AZUL SIN DUEÑO
DÍA TRES. LA PRINCESA DE ERLING SKJALGSSONS GATE Y SUS SENSACIONALES DESCUBRIMIENTOS
DÍA CUATRO. LOS INQUILINOS AFINAN LA MEMORIA
DÍA CINCO. UN DIARIO Y SUS SECRETOS
DÍA SEIS. UNA MUERTE MISTERIOSA
DÍA SIETE. UN TESTAMENTO Y SUS REPERCUSIONES
DÍA OCHO. UNA DESAPARICIÓN... Y UNA NUEVA PISTA
DÍA NUEVE. TRAS LA PISTA DE UN GRÁCIL FANTASMA DE GUERRA
DÍA DIEZ. UNA HISTORIA DE MOSCAS HUMANAS
EPÍLOGO. DÍA ONCE. CIERRE Y CONCLUSIONES
POSFACIO
SOBRE MI TÍA ABUELA DAGMAR LAHLUM Y MI NOVELA MOSCAS
SOBRE MIS FUENTES
HANS OLAV LAHLUM
DEDICADO A MI TÍA ABUELA, LA AGENTE DOBLE
DAGMAR LAHLUM (1923-1999), UNA MOSCA HUMANA
CUYAS EXPERIENCIAS DE GUERRA Y POSTERIOR DESTINO
HAN INSPIRADO ESTA NOVELA POLICIACA HISTÓRICA
DÍA UNO
MISTERIOSO ASESINATO EN KREBS’ GATE 25
1
El 4 de abril de 1968 fue el jueves de la semana previa a las vacaciones de Pascua. A la hora de comer, tomé un trozo de tarta para celebrar en soledad que llevaba tres meses en una oficina nueva y de mayor tamaño en la comisaría del número 19 de Møllergata. Esta fecha se suele recordar porque a Martin Luther King, el activista por los derechos civiles, lo asesinaron esa misma noche de un tiro en el balcón de un hotel en Memphis, en Tennessee, lo que desató una oleada de conflictos raciales en Estados Unidos.
Un hecho mucho menos comentado en los libros de historia, pero que influyó más en mi vida y en la de los afectados, fue un asesinato que se cometió casi al mismo tiempo en un piso de Torshov, en Oslo. El 4 de abril de 1968 fue uno de los días en los que el teléfono de mi casa en Hegdehaugen sonó por la noche, y una voz nerviosa se apresuró a preguntarme si estaba hablando con «el inspector jefe Kolbjørn Kristiansen». Eran casi las once de la noche y el agente Asbjørn Eriksen, sin resuello, me llamaba para informarme de que habían asesinado a un hombre mayor de un tiro en su piso de Krebs’ gate 25. Las circunstancias eran «de lo más extrañas», según el agitado Eriksen. Eriksen siempre me había parecido un agente sencillo y prudente. Por eso me puse nervioso antes incluso de que pronunciara el nombre de la víctima. Segundos después de que dijera: «Se trata de Harald Olesen», salí disparado hacia el coche, en medio de la noche oscura.
En 1968, Harald Olesen no era lo que hoy en día se conoce como una celebridad. Podían pasar meses entre una de sus apariciones en la prensa nacional y la siguiente. Pero para quienes fuimos niños en la posguerra, la imagen de su rostro aguileño y su cuerpo demacrado aún era el retrato de un héroe. Harald Olesen había sido un conocido político del Partido Laborista en los años treinta. El reconocimiento como uno de los héroes míticos de la Resistencia a nivel nacional no le llegó hasta que estaba a punto de cumplir los cincuenta años. El propio Olesen se había mostrado bastante reservado y reticente a compartir sus experiencias en la guerra, pero ni eso consiguió disipar las historias a menudo épicas de sus heroicidades como líder de la Resistencia en su comarca natal. Después de la guerra, se le ofreció la oportunidad de entrar a formar parte del Consejo de Ministros y desempeñó el cargo durante cuatro años. Después de ocupar dos puestos de alto nivel, Olesen se convirtió en un nombre y un rostro conocido hasta su jubilación en 1965, a los setenta años. Y ahora, tres años más tarde, el exministro y héroe de la Resistencia yacía muerto en el suelo del salón de su casa.
Cuando volví a casa sobre la una de la madrugada de esa misma noche, después de pasarme dos horas inspeccionando el escenario del crimen e interrogando a testigos, no tuve más remedio que reconocer a regañadientes que la conclusión del agente Eriksen aún se sostenía. Teníamos un cadáver, un escenario del crimen y un asesinato indiscutible. Pero no solo nos faltaban un móvil, un arma homicida y un sospechoso, sino que también teníamos pendiente comprender cómo había conseguido escaparse el asesino del apartamento de la víctima después de disparar el tiro mortal.
2
Desde fuera, el número 25 de Krebs’ gate era un edificio de ladrillo de tres pisos bastante corriente en Torshov. La esposa del conserje, que era un hombre de avanzada edad, me recibió a la entrada del edificio y me dijo que el nuevo propietario había arreglado la finca hacía tres años. Entre otras cosas, había instalado un ascensor en el hueco de la escalera y había puesto baños en todos los apartamentos. Por lo demás, el edificio seguía igual que cuando se construyó en los años veinte: gris, robusto y grande. Enseguida me di cuenta de que tanto el edificio como la mujer del conserje parecían sacados directamente de la novela de Oskar Braaten La guarida del lobo.
El dramático suceso que tuvo lugar en el número 25 de Krebs’ gate el jueves 4 de abril de 1968 comenzó a las diez y cuarto. Desde el apartamento de la derecha del segundo piso se oyó un disparo que retumbó hasta la primera planta. El vecino de Olesen del 2.º B iba de camino a su apartamento y se encontraba charlando animadamente con uno de los vecinos del bajo. Cuando oyeron el disparo en el apartamento de Olesen en el 2.º A, subieron corriendo de inmediato por las escaleras. La puerta del apartamento de Olesen estaba cerrada con llave, y no se oía ni un ruido en el interior. Dos minutos más tarde, un inquilino dejó a su mujer y a su hijo pequeño en casa y se unió a los vecinos en el rellano del segundo piso. La esposa del conserje subió a continuación. El otro vecino del bajo iba en silla de ruedas, por lo que tardó unos minutos en subir a la segunda planta en el ascensor. La última de los ocho vecinos adultos, una joven sueca que vivía en el primero, se quedó en casa, con la puerta cerrada, hasta que la policía llamó a la puerta media hora más tarde.
Los vecinos que esperaban en el rellano no pudieron abrir la puerta hasta que la mujer del conserje llevó la llave maestra. Tras un breve debate, decidieron no cruzar el umbral hasta que llegara el agente Eriksen, cosa que ocurrió media hora más tarde. No tardaron en comprobar que su temor a un posible tiroteo era infundado. En el apartamento no había señales de vida ni rastro de arma alguna. Harald Olesen yacía en el suelo, en medio del salón, con una herida de bala en el lado izquierdo del pecho. La bala lo había atravesado y había seguido su curso hasta la pared. Por lo demás, el apartamento estaba tal y como la esposa del conserje lo recordaba: sin asesino y sin arma homicida.
La ausencia de un arma descartaba la teoría de que se tratara de un suicidio. Sin embargo, no había indicios de que hubiera otra persona en el piso, ni tampoco señal alguna que desvelara cómo se las había arreglado el asesino para huir del lugar de los hechos. El de Harald Olesen era un apartamento sencillo y funcional, con dos dormitorios, salón, baño y cocina propios. No tenía balcón. La ventana, con sus nueve metros de caída libre al asfalto, era una vía de escape muy poco probable. La posibilidad de una huida por medio de sogas o equipos de escalada se descartó al ver que todas las ventanas estaban cerradas desde dentro.
La puerta de entrada parecía la única opción posible. Si el asesino o asesina había conseguido entrar, podría haber salido de la misma manera. La puerta tenía un cerrojo y la cadena no estaba echada. Sin embargo, la primera pregunta era cómo se había podido escabullir el asesino en los escasos segundos transcurridos entre el disparo y la llegada de los primeros vecinos. La segunda pregunta sería cómo había conseguido abandonar el edificio. El tercer piso era el más alto, y solo se podía bajar por el ascensor o por las escaleras. Si el asesino se hubiera valido de cualquiera de las dos opciones, se habría topado con los inquilinos que subían. Los dos primeros vecinos tenían coartada, porque estaban juntos y podían responder el uno por el otro. La posibilidad de que existiera algún tipo de conspiración entre ellos se veía desmentida por la ausencia de arma homicida y por el escaso tiempo transcurrido antes de que llegara el siguiente vecino. Todos los inquilinos afirmaron que el ascensor no se había movido de la planta baja en los minutos inmediatamente anteriores y posteriores al disparo. El ascensor estaba vacío tanto cuando la esposa del conserje pasó por delante de él como cuando el vecino del bajo, que iba en silla de ruedas, abrió la puerta unos minutos más tarde. Además, resultaba imposible que alguien hubiera conseguido huir por medio del ascensor y pasar desapercibido tanto para los vecinos que subieron por las escaleras como para la esposa del conserje, que estaba junto a la entrada del edificio.
Desde las once y media de la noche, los agentes de policía que estaban disponibles registraron con minuciosidad el piso y el resto del edificio y no encontraron ni el arma ni nada que pudiera contribuir a desvelar el misterio. A la mujer del conserje le habían pagado cuatro horas para limpiar el piso de la víctima el fin de semana anterior, y había aprovechado bien el tiempo. Sin embargo, no había limpiado sus propias huellas, las únicas que encontramos en el apartamento de Harald Olesen.
Mientras sucedía todo esto, barajé la posibilidad de que el asesino no hubiera llegado a entrar en el edificio, sino que hubiera disparado desde otro distinto. Esta teoría, a la que llegué por eliminación, no se sostenía. En primer lugar, porque todo apuntaba a que Harald Olesen estaba sentado frente a un muro grueso y sin ventanas en el momento del disparo. Y en segundo lugar, y por si no fuera todo ya bastante complicado, porque todas las ventanas de la sala estaban intactas.
Aparte del cadáver con una herida de bala en el pecho y la propia bala en la pared del fondo, no había signos de violencia en el apartamento. Harald Olesen yacía en el suelo, junto a una mesa con pasteles y café para dos. Había bebido de su taza, como mostraban las huellas que había dejado impresas en ella, mientras que la taza del otro lado de la mesa estaba intacta. Al parecer, Harald Olesen esperaba visita, pero no había forma de saber quién lo había visitado, ni si esa persona era quien lo había asesinado.
Las albóndigas que habían sobrado de la cena estaban en la encimera de la cocina, junto al fregadero. En la nevera había leche, pan, queso y embutido para el desayuno de la mañana siguiente. La radio de la mesa de la cocina estaba enchufada. En el tocadiscos había un vinilo de la Orquesta Filarmónica de Viena. Estaba claro que la muerte había llegado de forma inesperada al 2.º A de Krebs’ gate 25.
A la una de la madrugada del 5 de abril de 1968, tenía claro que no había mucho más que investigar en el escenario del crimen. Dejé a un agente haciendo guardia en el segundo y a otro, en la calle, justo a la salida del edificio. Le pedí al forense que me hiciera llegar el informe lo antes posible, y también las copias del padrón y de los antecedentes penales de todos los inquilinos de Krebs’ gate 25. Después envié a los vecinos a la cama y les rogué que se quedaran en casa, preparados para un interrogatorio que tendría lugar a la mañana siguiente.
La noche del asesinato ya tenía claro que lo más probable era que el asesino fuese uno de los vecinos de la víctima. Nada apuntaba a que alguien más hubiera estado en el edificio cuando sucedió todo. Por suerte, por entonces aún no me podía imaginar lo difícil que sería descubrir de qué apartamento había salido el asesino.
DÍA DOS
SIETE INQUILINOS Y UN CHUBASQUERO
AZUL SIN DUEÑO
1
El viernes 5 de abril de 1968 me levanté más temprano de lo habitual. A las seis y media estaba sentado a la mesa del desayuno manteniendo una fascinante conversación con mi reflejo en la cafetera. Acordamos de inmediato que no le permitiría a ningún inspector más veterano arrebatarme el caso. Eran capaces de cargarme con el trabajo sucio y llevarse todos los méritos una vez resuelto el misterio. Por suerte, mi jefe solía llegar al trabajo antes que ellos, y ese día yo llegué aún más temprano que él. A las ocho menos cuarto, cuando se disponía a entrar en su despacho de la comisaría, yo ya estaba esperándolo en el pasillo.
Mi jefe era un hombre sexagenario abierto de mente que apreciaba a los jóvenes trabajadores y con gran ambición. En varias ocasiones festivas había reconocido que él mismo había sido un joven muy ambicioso hasta que cumplió los cincuenta años. Por eso no fue de extrañar que apreciara mi entusiasmo e interés por el caso. También ayudaba el hecho de que yo hubiera sido el primer agente en personarse en el lugar de los hechos. Cuando el reloj marcó las ocho, llegamos a un acuerdo que sellamos con un apretón de manos: se me adjudicaría el caso en exclusiva y se me otorgaría la autoridad necesaria para dirigir la investigación. Asentí con la cabeza y le aseguré que buscaría su consejo y el de otros colegas más experimentados si la situación así lo requiriese. Después avancé con paso firme hacia mi primer caso de asesinato, embriagado por la idea de que me procuraría honores y gloria.
Los periódicos del viernes poco pudieron decir sobre el asesinato en Krebs’ gate 25. Dos de ellos publicaron una breve nota sobre el caso, y uno de ellos señalaba, sin mencionar su nombre, que el asesinado era «un ciudadano conocido y respetado que participó, entre otras cosas, en el movimiento de Resistencia». Durante mi breve visita a la comisaría de Møllergata 19 la mañana del 5 de abril, me confirmaron que los medios de comunicación mostraban un interés cada vez mayor por el caso. Antes de salir para Krebs’ gate redacté una apresurada nota de prensa. En primer lugar, me encargué de transmitir lo más importante: que yo era el principal responsable de la investigación. También confirmé que a quien habían asesinado por un tiro de bala en su apartamento de Krebs’ gate la tarde del 4 de abril era al exministro y antiguo miembro de la Resistencia Harald Olesen. Por último, señalé que, puesto que la investigación estaba en curso, no se facilitaría más información sobre el caso.
Cuando llegué al lugar de los hechos la mañana del 5 de abril, empecé por lo más evidente: la ordenada mesita del conserje, que se encontraba justo a la entrada. La esposa del conserje, que estaba allí sentada, se llamaba Randi Hansen y era una mujer bajita, regordeta y canosa de sesenta y pocos años. Vivía en el piso de un dormitorio del conserje, en el sótano. Era su marido quien ejercía de conserje, pero, según ella, esa semana estaba de viaje. Sus hijos se habían independizado muchos años antes, por lo que se pasaba la mayor parte del día sola en la entrada, a unos pocos escalones de distancia de los apartamentos de la planta baja. Le correspondían las porterías de los números 25 y 27 de Krebs’ gate, y alternaba entre un portal y otro. También atendía las llamadas. Daba la casualidad de que el 4 de abril lo había pasado en el número 25. Juró que se quedaría en su puesto hasta que finalizara la investigación.
Randi Hansen resultó ser una persona muy concienzuda que había apuntado todas las entradas y salidas de la tarde y de la noche. Como era la esposa del conserje, conocía bien a los inquilinos y estaba familiarizada con sus rutinas. Señaló con diligencia que solo trabajaba en ese portal un día sí y otro no, y que a veces estaba enferma o tenía que ausentarse unas cuantas horas. Aun así, pensaba que su impresión sobre los inquilinos y sus rutinas sería bastante acertada. No tenía motivos para dudar de su palabra, pero enseguida reparé en que había más de un cincuenta por ciento de probabilidades de que se le hubieran escapado algunas visitas o acontecimientos. Por si fuera poco, ni los pasillos ni las puertas de entrada a los apartamentos, incluidas las de la planta baja, se veían desde la portería.
La víctima, Harald Olesen, vivía en el segundo piso desde justo antes de que estallara la guerra. En sus tiempos de ministro, había sido uno de los hombres más conocidos del barrio, y el orgullo de la calle. Durante los últimos años había llevado una vida tranquila de jubilado, pero entraba y salía cada día a una hora diferente. La esposa del conserje lo había visto muchas veces con políticos y otros miembros conocidos de la Resistencia a lo largo de los años, algo que cada vez era menos frecuente. Las visitas familiares también habían empezado a escasear tras la muerte de su esposa, hacía cinco años. La mujer del conserje creía que enviudar había sido muy duro para Olesen, aunque tratase de guardar las apariencias. Más allá de las compras en la cooperativa de la esquina, Olesen cada vez salía menos de casa. Era un hombre amable y correcto, que siempre saludaba de viva voz y con un gesto de la cabeza al pasar. Si necesitaba ayuda con la limpieza o cualquier otra tarea, se la pedía con educación y pagaba bien. La esposa del conserje nunca había presenciado ninguna tirantez entre él y el resto de los inquilinos. De hecho, no le cabía en la cabeza que alguien pudiera querer matar a un pilar de la sociedad tan amable y respetado.
El vecino del segundo de Olesen era estadounidense y se llamaba Darrell Williams. Según la esposa del conserje, debía de tener unos cuarenta y pocos años. Se había mudado hacía ocho meses escasos y el alquiler lo pagaba la embajada de Estados Unidos. La mujer del conserje no le había preguntado en qué trabajaba exactamente, pero debía de tratarse de un alto cargo. Describió a Williams como un hombre «muy bien vestido y seguramente importante». Después de unas pocas semanas aquí, ya parecía dominar el noruego. Darrell Williams solía ir temprano al trabajo y a menudo no regresaba hasta la noche, pero nunca lo hacía acompañado.
La señorita Sara Sundqvist ocupaba el apartamento situado debajo del de Olesen. Era una joven estudiante sueca y vivía allí desde el principio del curso, en agosto. Al mudarse sorprendió a la esposa del conserje con flores y bombones. Sara Sundqvist era elegante y siempre iba bien vestida. Podía parecer distante, pero siempre saludaba y sonreía. La señorita Sundqvist era una estudiante responsable y llevaba una vida bastante ordenada. Solía salir de casa entre las ocho y las nueve de la mañana y regresaba entre las tres y las cinco de la tarde. Al principio traía de vez en cuando a algunos compañeros de clase. Siempre habían tenido un comportamiento ejemplar y se habían marchado mucho antes de las once.
Quedaba claro que Sara Sundqvist se había ganado la simpatía de la esposa del conserje. Aun así, había algo en su rostro que me hacía pensar que ocultaba alguna cosa. Una expresión rígida que se mantuvo mientras hablaba del joven matrimonio formado por Kristian y Karen Lund, que vivían en el primero izquierda. Aquellos jóvenes tan agradables y serviciales parecían una exultante pareja de enamorados incluso después de que naciera su primer hijo. Los Lund habían llegado al edificio de recién casados, hacía unos dos años, y vivían ahí con su hijo de poco más de un año. La señora Lund tenía veinticinco años y era la hija del dueño de una fábrica en una de las mejores zonas de Oslo. Su marido era dos años mayor y era el encargado de una tienda de deportes en Hammersborg.
En el bajo izquierda vivía el taxista Konrad Jensen, un hombre soltero de unos cincuenta años. La esposa del conserje le había oído decir a un sobrino suyo, también taxista, que Konrad Jensen conducía uno de los taxis más antiguos de Oslo, pero que aun así se movía por los intrincados callejones de la ciudad más deprisa que la mayoría de sus colegas. Konrad Jensen trabajaba mucho y solía terminar a las tantas. Por lo demás, solo salía a ver algún que otro acontecimiento deportivo. Nunca había recibido visitas, al menos que la esposa del conserje recordara, en los casi veinte años que llevaba en el edificio.
La esposa del conserje abrió y cerró la boca un par de veces después de hablar de Konrad Jensen. Esta vez tampoco me lo había dicho todo. No me quedaba claro qué estaba omitiendo, y de momento no quería insistirle a la amable señora.
El último inquilino vivía en el bajo derecha. Era un hombre que iba en silla de ruedas y respondía al nombre de Andreas Gullestad. Tenía unos cuarenta años y, según la esposa del conserje, vivía de las rentas, o más bien de una herencia. Esta debió de ser cuantiosa, porque iba muy bien vestido y, quitando su discapacidad, llevaba una vida despreocupada. A pesar de sus tribulaciones cotidianas, Andreas Gullestad siempre estaba de buen humor y era amable y educado con todo el mundo. Se había mudado al barrio desde la zona noble de la ciudad, cuando renovaron el edificio hace tres años. Un accidente lo había dejado en silla de ruedas y estaba entusiasmado por haber encontrado un apartamento de fácil acceso en la planta baja. Gullestad fue, junto con Harald Olesen, el único que aceptó la oferta de comprarle el piso al propietario.
A Andreas Gullestad solían visitarlo su hermana y su sobrina. Por lo demás, llevaba una vida tranquila y tal vez bastante solitaria. En verano, cuando hacía buen tiempo, algunas veces se aventuraba a salir a la calle. En invierno, por el contrario, se quedaba en casa y solía pedirle a la esposa del conserje que se ocupara de hacerle la compra semanal. Le pagaba la tarea generosamente y les hacía regalos a ella y a su marido en Navidad y en sus respectivos cumpleaños. Que la mujer del conserje supiera, Andreas Gullestad era incapaz de arreglárselas sin la silla de ruedas, pero parecía tener movilidad completa en los brazos y la parte superior del cuerpo. De la cabeza estaba estupendamente. De hecho, parecía una persona dotada de una inteligencia y una cultura excepcionales.
Por suerte, la esposa del conserje, Randi Hansen, no solo se había pasado toda la tarde y la noche del asesinato en su puesto, sino que también había apuntado las salidas y llegadas de los vecinos. Harald Olesen había salido a comprar por la mañana, pero a las doce ya estaba de regreso y había pasado sus últimas diez horas de vida en casa. Nadie había llamado para preguntar por él ese día. Las únicas llamadas con un mínimo de interés que se registraron durante las semanas previas a su muerte eran varias conversaciones con su abogado del bufete Rønning, Rønning & Rønning.
En cuanto a los demás vecinos, Andreas Gullestad se había pasado todo el día en casa, como de costumbre. La señora Lund se había quedado en casa con su bebé. El señor Lund, según la lista de la esposa del conserje, había salido a las ocho de la mañana y no había regresado a casa hasta las nueve de la noche. La única llamada que recibió el matrimonio fue la del señor Lund, cuatro horas antes de volver a casa. Sara Sundqvist se había ido a clase a las nueve y media de la mañana y había regresado a las cuatro y cuarto. Darrell Williams había salido poco antes de las nueve de la mañana y no había regresado hasta las ocho de la tarde. Konrad Jensen trabajó en el turno de tarde esa semana. Salió del edificio en coche a las doce del mediodía y entró por la puerta un par de pasos después de Williams. El único inquilino que volvió a salir de casa más tarde, según los apuntes de la esposa del conserje, fue Darrell Williams. Salió a dar un paseo nocturno a las diez menos cinco y regresó un cuarto de hora más tarde.
La esposa del conserje no había visto a ningún desconocido en el edificio el día del asesinato y era poco probable que alguien se hubiera colado sin que ella lo viera. Solo ella y los inquilinos tenían la llave de la puerta trasera. El resto debía entrar por el portal y pasar por la portería. Y el jueves 4 de abril había tenido a la vista la puerta trasera durante las seis horas previas al asesinato.
Antes de irme de la portería, le pregunté a la mujer del conserje si desde su puesto había visto algo especial en las horas previas y posteriores al asesinato.
—Hay una cosa que me escama —me contestó, y se puso de pie.
Me indicó con un gesto que la siguiera hasta un cuartito. En la mesa había un chubasquero azul grande y con capucha, y una bufanda roja.
—Los encontré encima del contenedor, junto a la puerta, cuando lo vacié esta mañana. Nunca he visto a ninguno de los inquilinos con un chubasquero o una bufanda semejantes. Ambas prendas parecen nuevas. Y se diría que quien se deshizo de ellas las había lavado justo antes, porque siguen húmedas. No estaban aquí cuando bajé al cuarto de las basuras con unas sobras de comida por la tarde. Es raro, ¿no? Me pareció que merecía la pena mencionarlo.
No podía estar más de acuerdo con ella. Era raro y merecía la pena mencionar que alguien, el mismo día del asesinato, decidiera tirar un chubasquero casi nuevo y recién lavado. El chubasquero azul entró de inmediato en la lista de preguntas que les quería hacer a los vecinos.
2
En el 2.º B vivía Darrell Williams, un estadounidense corpulento de pelo oscuro y voz inesperadamente agradable. Me dio un firme apretón de manos y me presentó un pasaporte diplomático que confirmaba que tenía cuarenta y cinco años, aunque aparentaba bastantes menos. Medía al menos un metro noventa y pesaba más de cien kilos, pero no le sobraba nada de grasa. Hablaba noruego con una corrección pasmosa y muy poco acento.
Darrell Williams me contó que su nombre, tan poco frecuente, era de origen irlandés. Sus abuelos habían emigrado de Irlanda durante la hambruna de la década de 1870. Darrell nació y se crio en Nueva York. Su padre era un abogado de renombre. Él, por su parte, había abandonado la carrera de Derecho para alistarse en el ejército cuando Estados Unidos entró en la guerra, y participó en el desembarco de Normandía el verano de 1944. Un año más tarde, el entonces joven teniente se unió a la delegación de Estados Unidos que llegó a Oslo justo después de la liberación. Se echó una novia noruega, consiguió trabajo en la misión militar y se quedó en el país hasta la primavera de 1948. Aprendió el idioma, y conservaba tantos y tan buenos recuerdos de esa época que, veinte años después, se postuló como agregado en la embajada en Oslo. Entre una cosa y otra, había seguido trabajando en el ejército y obtenido el rango de sargento mayor. En 1960 ingresó en la carrera diplomática.
Cuando le pregunté por su estado civil, Darrell Williams me dedicó una sonrisa burlona y desenfadada.
—Me casé en Estados Unidos en 1951, pero lo mejor de ese matrimonio fue el momento en el que firmamos el divorcio tres años más tarde. Esa unión me supuso un sinfín de discusiones y ningún hijo. Mi esposa decía que se separó de mí porque amaba a otro hombre. Apenas le doy crédito a su explicación, porque después se casó con un tercero y tuvo un hijo con un cuarto.
El diplomático hablaba sin tapujos de su matrimonio fallido. Soltero y sin hijos, había cumplido su sueño de la infancia de conocer Asia y Europa. Durante la última década había trabajado en distintas embajadas, pero «con la mano en el corazón» diría que nunca había visto una capital tan bonita como Oslo.
Este apartamento se lo había conseguido la embajada, que además le pagaba el alquiler. Darrell Williams no tenía quejas, pero las largas jornadas de trabajo y las cenas oficiales le impedían pasar mucho tiempo en casa y por eso no conocía demasiado a los demás inquilinos. Del conserje y su esposa dijo que eran «ordenados y serviciales». Del vecino de la planta baja, el de la silla de ruedas, que era «un hombre amigable y cultivado», con un buen nivel de inglés y capaz de mantener una conversación sobre Jack London y otros de sus escritores estadounidenses favoritos. También la estudiante sueca le parecía «agradable y culta» a juzgar por las escasas conversaciones que había mantenido con ella. El taxista de la planta baja era «una persona sencilla» y discreta, pero le interesaba el fútbol y también algún que otro deporte, así que Williams había intercambiado un par de palabras con él. El día del asesinato, cuando se cruzaron en el rellano, se pararon a charlar un rato sobre los siguientes partidos de la liga.
El estadounidense apenas había hablado con el joven matrimonio del primero, pero en su opinión parecían «más felices y afortunados de lo habitual, incluso para una pareja de recién casados». La noche del asesinato, Kristian Lund había entrado en el edificio solo unos segundos antes que él. Williams se había tocado el ala del sombrero a modo de saludo, como era su costumbre, y había recibido un «que pase una buena noche» como respuesta. Ese era el tipo de contacto que mantenían: breve, pero cordial.
Darrell Williams recordaba el nombre de Harald Olesen de los años 1945 y 1946, y le había parecido emocionante vivir en el mismo portal que él. Cuando terminó la mudanza, aprovechó para llamar a la puerta de su vecino y fue bien recibido. Pero en esa visita y en conversaciones posteriores le dio la impresión de que Olesen estaba apesadumbrado por algo y no quiso entrometerse en su vida. Olesen siguió saludándolo con una amable sonrisa. Sin embargo, a Williams más de una vez le había dado la impresión de que el viejo héroe de guerra estaba cada vez más aislado, y poco a poco se estaba convirtiendo en un anciano triste.
El día del asesinato, Williams no había visto a Olesen con vida. Había llegado a casa tarde, a eso de las ocho, después de una cena oficial en la embajada. Tras su paseo nocturno había conversado durante un par de minutos con Konrad Jensen en la escalera, cuando de repente oyó el disparo del segundo piso. Williams subió corriendo por instinto. Jensen le pisaba los talones. Se reencontraron en el rellano y no vieron a nadie en el pasillo al llegar al segundo. Llamaron varias veces a la puerta de Olesen; no hubo respuesta. Un par de minutos más tarde llegó Kristian Lund, seguido de cerca por la esposa del conserje, que bajó a buscar la llave y llamó a la policía cuando comprobaron que no se oía ni un ruido dentro del piso. Mientras ella estaba ausente, Gullestad subió en el ascensor. Los cinco debatieron sobre la conveniencia de abrir la puerta, pero acordaron esperar a que llegara la policía. No había ni rastro de nadie ajeno al edificio y ni se plantearon que alguien hubiera podido escabullirse delante de sus narices escaleras abajo.
Williams no recordaba haber visto un chubasquero azul en Krebs’ gate 25 ni el día del asesinato ni en ningún otro momento. Cuando le pregunté si tenía armas de fuego, me respondió con total sinceridad.
—Cuando llegué a Noruega tenía un revólver Colt del calibre 36 y una pistola Luger del calibre 7,65. Pero aquí me sentía tan seguro que hace unas semanas las envié a mi casa en Estados Unidos.
En realidad, ni siquiera tenía permiso de armas en Noruega, pero, dadas las circunstancias, no me pareció pertinente importunar con eso a un hombre que tenía pasaporte diplomático estadounidense. El registro policial de la noche anterior había confirmado que ni Williams ni ninguno de los demás inquilinos tenían armas de fuego en el edificio durante la noche del asesinato. Aun así, no podía tacharlo de la lista de posibles sospechosos.
3
Sara Sundqvist, la vecina del 1.º A, era una mujer delgada, esbelta de brazos y piernas y extraordinariamente alta. Esperó un minuto antes de abrir la puerta y dejó echada la cadena hasta que me vio el uniforme. Pese a medir cerca del metro ochenta, dudo que pesara más de sesenta kilos. Parecía como si se le fueran a partir los brazos y las muñecas en cualquier momento, pero, a pesar de su diminuta cintura, tenía un cuerpo armónico y un porte elegante. No obstante su expresión seria y lúgubre, acorde a las circunstancias, era imposible no fijarse en su contorno, tan femenino. Su vestido de cuello alto, en apariencia recatado, resaltaba unos pechos perfectos.
Sara Sundqvist estaba seria y algo afectada por el asesinato. Aun así, me resultó sensata y me inspiró confianza. Hablaba un noruego correcto desde el punto de vista gramatical, con un ligerísimo acento sueco. Me dijo que había nacido en Gotemburgo y que tenía veinticuatro años. Había llegado a Oslo en otoño del año anterior a estudiar filología inglesa y filosofía y había encontrado el piso gracias a un anuncio por palabras que había publicado el propietario. Pagaba el alquiler con la beca de estudios que recibía del gobierno sueco y también con ayuda de sus padres. Además de estudiar, trabajaba algunas horas a la semana en la biblioteca de la universidad.
Al preguntarle más cosas sobre ella, Sara Sundqvist me respondió que dedicaba muchas horas a los estudios y que en su tiempo libre hacía teatro. Por lo demás, apenas salía por las noches. La noche del asesinato estaba sola en casa, a punto de hacerse un café, cuando sonó el disparo. Lo oyó perfectamente, pero pensó que algo se había caído al suelo. Después se asustó un poco al oír el barullo procedente de las escaleras, y consideró más seguro encerrarse con llave en su apartamento, donde permaneció hasta que la policía llamó a la puerta. Aunque no llegó a ver nada, todo aquello le resultó «una experiencia terrorífica». Se reafirmó en sus declaraciones de la noche anterior: no había salido de su piso desde que llegó a casa a las cuatro y cuarto.
Estaba convencido de que, en días más alegres, la joven sueca debía de sonreír más y no rehuir la mirada tanto como en ese momento. Era fácil comprender cuán terrorífico puede resultarle a una estudiante extranjera un asesinato en su mismo bloque.
Las estanterías del apartamento 1.º A estaban repletas de libros en noruego, sueco e inglés, pero por lo demás era el piso de una mujer joven y ordenada. Aparte de los cuchillos de cocina, no parecía haber armas de ningún tipo. Cuando le pregunté si había visto a una persona con un chubasquero azul, me miró algo confundida durante un instante y luego me contestó que no había visto a nadie así vestido ni el día anterior ni en ningún otro momento.
Sara Sundqvist declaró que solo había hablado un par de veces con el difunto Harald Olesen. Parecía un hombre agradable, si bien era callado y correcto. Se esforzaba por tener una relación más cercana con la esposa del conserje y el resto de los inquilinos y no tenía nada negativo que decir de nadie. Por otra parte, tampoco se podía decir que conociera bien a ninguno de ellos.
—Los Lund pasan la mayor parte del tiempo juntos y con su hijo, como es natural, y el resto son hombres mucho mayores que yo —me dijo.
Tanto el apartamento del 1.º A como su inquilina me parecieron muy poco dramáticos y me inspiraron cierta confianza. Me lo pensé, pero al final no taché a Sara Sundqvist de la lista de sospechosos.
4
En el 1.º B, como se podía leer en un letrero rojo en forma de corazón, vivían Kristian y Karen Lund. Eran una pareja de revista, el ideal de pareja joven y feliz cuyo hijo de trece meses dormía plácidamente en la cuna. Aunque sonreían al mirarse entre ellos y al mirar a su hijo, recordaron la gravedad del asunto nada más volver la vista hacia mí. Kristian Lund era un hombre rubio y bastante robusto que debía de medir un metro ochenta y parecía relajado y encantador. Sin embargo, se notaba que la situación le había afectado. Insistió en que un asesinato en el edificio era un motivo de honda preocupación para cualquiera que tuviese mujer e hijos, y que no sabía si podría dejarlos solos para ir a trabajar mientras no detuvieran al asesino.
Ni el señor ni la señora Lund creían que el autor de los hechos fuera un vecino. En su opinión, el asesino tenía que haber venido de fuera. De Harald Olesen solo podían decir cosas buenas. Era un jubilado viudo, y parecía un hombre solitario, y, al mismo tiempo, elegante y vital. Los Lund no habían visto armas de fuego en el edificio, y desde luego no en su propia casa. Las palabras «chubasquero azul» no les decían nada.
Sobre sí misma, Karen Lund dijo que era la única hija del dueño de una fábrica de Bærum. Había conocido a su marido «en un curso bastante aburrido del Instituto de Economía y Empresa». Después había trabajado un tiempo en una empresa de moda, hasta que se casó. Kristian Lund era de extracción social más modesta, hijo de una secretaria y madre soltera de Drammen. En un momento especialmente emotivo me confió que «mi padre podría ser cualquiera, y ya no me preocupa saber quién es». Su madre, a quien tanto le debía, había muerto de cáncer el año anterior, pocos días antes de que naciera su primer nieto. Kristian Lund era economista de formación, titulado en el Instituto de Economía y Empresa. Sonrió satisfecho un instante cuando me dijo que sus notas habían sido «mejores de lo que todo el mundo, a excepción de mí mismo, esperaba». De un tiempo a esa parte había recibido varias propuestas de trabajo «muy atractivas», pero le gustaba su puesto de encargado de una tienda de deportes. Su esposa se apresuró a añadir que los padres de ella estaban muy satisfechos tanto con su yerno como con su nieto. En general, parecía estar más tranquila y sosegada que su marido.
Tras mi visita a los Lund, una misteriosa y sencilla pregunta sobre la hora de llegada a casa de Kristian Lund se quedó sin respuesta. Su esposa estaba segura de que había llegado a las nueve en punto. Según ella, entró por la puerta justo después de que empezara The Danny Kaye Show, a las nueve menos cinco. Kristian Lund aseguró que se había tenido que quedar un rato a solas después de cerrar la tienda para ocuparse de la contabilidad, y que se había subido al coche a eso de las nueve menos cuarto. Esa declaración coincidía también con los apuntes de la esposa del conserje, según los cuales Kristian Lund había llegado a casa a las nueve.
Sin embargo, había un pequeño detalle que me confundía: Darrell Williams aseguraba haber visto a Kristian Lund entrar en el edificio a la vez que él y que Konrad Jensen, una hora antes. Cuando mencioné ese detalle, Kristian Lund se mostró inquieto. Repitió varias veces que no había llegado hasta las nueve. Si los otros dos vecinos vieron otra cosa, o bien no recordaban a qué hora habían llegado a casa, o bien lo habían confundido con otra persona. Su esposa acudió al rescate. Añadió entusiasmada que tenía el esposo más sincero del mundo y que confiaba plenamente en él, y también que había llamado unas horas antes para decir que no llegaría hasta las nueve. Después de eso maticé la pregunta y me retiré discretamente para poder seguir dándole vueltas.
De allí me fui a la portería. La mujer del conserje frunció el ceño e insistió en que «anoche, Kristian no llegó a casa hasta las nueve». Su letra lo dejaba claro, y además había apuntado el nombre de los inquilinos en el orden en el que habían llegado a casa.
—Si Kristian hubiera llegado antes que Darrell Williams y Konrad Jensen, sería un poco raro que lo hubiese anotado una línea más abajo —explicó la esposa del conserje.
No tuve más remedio que reconocer que tenía sentido. Además, la esposa del conserje había anotado el recado telefónico que mencionó Lund, con arreglo al cual su esposo le decía que llegaría a eso de las nueve.
Cuando vi la lista de la esposa del conserje, tan prolija y ordenada, me resultó difícil de imaginar que pudiera equivocarse. Pero también me pareció verosímil que Darrell Williams asegurara tanto haber visto a Kristian Lund como haberlo saludado en el portal una hora antes. Por eso tampoco taché a los Lund de mi lista de sospechosos.
5
Lo que me esperaba en el bajo izquierda fue algo más dramático. Konrad Jensen era un hombre de mediana edad y baja estatura que llevaba un jersey rojo y pantalones azules de gabardina. Me confirmó que trabajaba como taxista y me presentó los papeles que demostraban que era el dueño de un viejo Peugeot con un letrero de taxi que estaba aparcado junto a la acera. Konrad Jensen declaró que vivía en ese piso desde 1948, que era soltero, no tenía hijos y que, por lo tanto, había vivido solo durante toda su vida adulta.
Konrad Jensen estaba encaneciendo y, del mismo modo que su cabello estaba en proceso de cambiar del negro al gris, mientras hablábamos, su rostro sin afeitar parecía pasar de la frustración a la desesperación más pura. Sus respuestas a mis preguntas rutinarias cada vez eran más breves y malhumoradas. Sí, estaba seguro de que había vuelto a casa del trabajo antes de las ocho, siguiéndoles los pasos a Kristian Lund y a Darrell Williams. Sí, estaba convencido de que se trataba de Kristian Lund. Sí, se había quedado en el descansillo hablando de fútbol con Williams a las diez y cuarto, cuando oyeron un ruido en el segundo piso. Sí, los dos habían corrido escaleras arriba enseguida y se habían quedado esperando frente a la puerta. Sí, Kristian Lund, la esposa del conserje y Andreas Gullestad también habían llegado a la carrera pocos minutos más tarde. No, no había visto ningún chubasquero azul en Krebs’ gate 25.
Entonces fue capaz de reunir el valor suficiente para levantar un poco la voz.
—Te lo puedo contar yo mismo, porque tarde o temprano saldrá a la luz de todas formas. Fui miembro del NS y apoyé a los nazis durante la guerra. Por ello pasé seis meses en la cárcel, de 1945 a 1946. Me había afiliado antes de la guerra, seguí afiliado después del 9 de abril y trabajé de chófer para los alemanes. Nunca lo he negado. Pero la cosa no pasó de ahí. Nunca llegué a nada, para bien o para mal.
Como es lógico, a partir de entonces lo vi de otra manera, más crítica. No tardó en continuar con su relato.
—No conocía a Harald Olesen en la guerra y tampoco nos vimos después, y no tengo nada que ver con su muerte. Su muerte es lo peor que podría pasarme ahora.
Tras una breve pausa, prosiguió con su característico estilo lento y gruñón.
—Todo el mundo sospechará automáticamente de mí. Dentro de nada, los periódicos dirán que soy nazi y estaré en el punto de mira. Lucho contra este estado de cosas desde que salí de la cárcel. Me he cambiado dos veces de nombre, primero de Konrad Hansen a Konrad Pedersen, y más tarde a Konrad Jensen. Pero siempre hay alguien que conoce a alguien que lo sabe, y siempre me acaban llamando Konrad Quisling. Aún hay quien no se quiere subir a mi taxi porque se ha enterado de que estuve afiliado al NS, aunque cada vez menos. Ahora todo irá a peor.
Konrad Jensen se levantó despacio del sofá. Se acercó a la ventana y señaló una calle perpendicular.
—Ahí está mi coche. No es nuevo, y cuando lo era tampoco se puede decir que fuera el mejor del mundo. Pero aún funciona, y lo conozco mejor que a muchas personas. Se ha convertido en mi amigo fiel. Sé que resulta pueril, pero me gusta llamarlo Petter, por un amigo que tuve en la infancia. Petter Peugeot y Konrad Jensen son dos fósiles que envejecen juntos y conocen las calles de Oslo como nadie —dijo. Después continuó con un gesto triste—. En febrero cumplí cincuenta años, pero lo celebré solo en un restaurante. No quiero relacionarme con los antiguos miembros del NS, y es difícil hacer amigos. Mis padres fallecieron hace tiempo y no tengo mucho contacto con mis hermanos. De mi hermano no tengo noticias desde 1940, cuando pidió un préstamo con unos intereses abusivos para devolverme un dinero que le había prestado hacía tiempo. Por mi cumpleaños, mi hermana me envió una postal que constaba de siete palabras y que recibí con cinco días de retraso.
Estas frustraciones personales y familiares no me interesaban lo más mínimo. Cuando Konrad Jensen tomó aire, aproveché para preguntarle por su relación con los vecinos.
—Tampoco hay mucho que contar al respecto. Nos cruzamos por los pasillos e intercambiamos alguna que otra palabra sobre cuestiones prácticas. El conserje y su mujer están al corriente de mi pasado durante la guerra. Nunca sacan el tema, pero tampoco es que hablemos mucho en general. Olesen también lo sabía. Él ya vivía aquí cuando llegué yo, y seguro que algún amigo de la guerra se lo contó. Jamás hubo ningún conflicto entre nosotros, pero tampoco tuvimos ningún contacto. Nunca me dirigió la palabra, y yo no me atrevía a hablar con él. Cuando nos cruzábamos por el pasillo, me miraba con desprecio. Harald Olesen no me caía bien, lo admito, pero tampoco tenía motivos para matarlo. Su muerte me pone las cosas más difíciles, sobre todo si tardan en encontrar al asesino.
Guardó silencio por un instante y siguió repasando los otros apartamentos.
—El estadounidense del segundo se mudó hace relativamente poco, pero habla noruego muy bien y parece agradable. He hablado un par de veces con él de deporte y cosas así. El inválido es un hombre educado que siempre saluda y sonríe, pero no habla mucho. Siempre ha sido rico e inteligente y, como es lógico, no le intereso demasiado. En el primero vive la pareja de recién casados, pero siguen en su mundo. De vez en cuando me piden que los lleve a algún sitio cuando necesitan un taxi. A fiestas y así. Pero apenas tenemos temas de conversación. Son gente joven y les aguardan alegrías y oportunidades. Pero yo soy un anciano solitario que camina dibujando siempre el mismo círculo hacia una tumba de la que nadie se ocupará.
Cuando mencioné a Sara Sundqvist, Konrad Jensen se echó a reír. Estalló en una carcajada breve y burlona.
—Resulta irónico que yo, con el pasado que arrastro, haya acabado aquí, dos pisos por debajo de un conocido miembro de la Resistencia y un piso por debajo de una judía, ¿verdad? Hasta se podría decir que esa judía está por encima de mí. No me gusta. Pero es una judía callada y tranquila que no se hace notar en exceso.
No había oído ni visto nada que indicara que Sara Sundqvist fuera judía y de inmediato le pregunté si estaba seguro. De nuevo, Konrad Jensen me dedicó una carcajada burlona.
—Si hay algo que sé hacer además de conducir es reconocer a un judío cuando lo veo. Se les nota en la nariz, en el pelo y en los ojos. Estoy convencido de que esa chica es judía.
Konrad Jensen no estaba muy acostumbrado a que lo escucharan y parecía como si le hubieran dado cuerda. Intentó callarse durante un segundo, pero enseguida volvió a la carga.
—Sé que no es buena idea hablar abiertamente de todo esto, pero ya se ha visto que los miembros del NS teníamos razón con respecto a Stalin y sus amigos los bolcheviques. Hasta el Partido Laborista lo reconoce. Algún día nos darán la razón también con los judíos. Yo no quería que los mataran, solo quería que se fueran. Me parece muy bien que tengan su propio Estado en la otra punta del planeta, y espero que casi todos se vayan a vivir allí. Será lo mejor para todos.
Señaló el techo con un gesto de la cabeza y bajó la voz.
—A decir verdad, no hace demasiado ruido y tampoco es conflictiva. No sé yo si tendrá también algo de sangre nórdica en las venas. Eso tendrás que preguntárselo tú mismo.
Después se hizo el silencio. Saltaba a la vista que había percibido mi falta de empatía con lo que me estaba contando y retomó su tono habitual.
—Por aquí no hay mucho más que sacar en claro, a menos que busques un chivo expiatorio en vez de al asesino.
No era el caso, y ya había respondido a mis preguntas; al menos, de momento. Así pues, me despedí de Konrad Jensen con toda la educación que me fue posible. Cuando salí de su apartamento lo anoté como principal sospechoso.
Después subí de nuevo al primero y llamé a la puerta de Sara Sundqvist. Abrió tan despacio y con tanto cuidado como antes, pero esta vez sonrió algo más al verme. Me disculpé por haber olvidado preguntarle por su familia. Después de pensárselo durante un instante, me respondió que sus padres eran judíos y habían muerto en la guerra. Que ella supiera, no habían tenido más hijos y de su familia judía no sabía mucho más. Había tenido la suerte de que la adoptase un matrimonio de maestros de Gotemburgo, que la criaron junto a sus dos hijas biológicas.
No juzgué conveniente pedirle más detalles por el momento, pero hube de admitir a regañadientes que, a pesar de todo, Konrad Jensen no parecía mentir y que Sara Sundqvist no estaba exenta de interés para el caso que me ocupaba. Al mismo tiempo, el misterio de cuándo llegó a casa Kristian Lund la noche del asesinato se volvía más extraño por momentos.
6
La puerta del piso de Andreas Gullestad, en el bajo A, tardó más de un minuto en abrirse. Cuando por fin se abrió, me encontré con un hombre sonriente que me miraba desde su silla de ruedas y que enseguida me indicó que pasara al salón con un gesto de la mano. Andreas Gullestad era un hombre de pelo claro que declaró tener treinta y nueve años. Su vida sedentaria le había hecho ganar unos kilos, que reforzaban su jovialidad natural. Calculé que, de poder ponerse de pie, mediría cerca del metro setenta y cinco. Tenía una voz liviana y su léxico demostraba que era una persona cultivada. No parecía estar tan afectado por el asesinato como feliz por tener visita.
—Bienvenido a mi humilde morada, estimado inspector. Esperaba tu llegada, y con gusto contribuiré en todo lo que esté en mi mano a la resolución de este espantoso crimen. ¿Se te ofrece un café o un té?
Había puesto la mesa para dos y tenía agua caliente, así que le acepté una taza de té. La selección de bolsas de té era irreprochable y pegaba bien con el piso. El apartamento de Andreas Gullestad era un colorido oasis de paz, con cuadros en las paredes, estanterías llenas de libros, un televisor y muebles lujosos. Cómodamente sentado en su silla de ruedas, y sobre un cojín, mi anfitrión parecía conforme con su destino. Daba la impresión de ser una persona extraordinariamente reflexiva, incluso en lo relativo a la investigación de un asesinato en su mismo edificio.
Gullestad me dijo que su antigua vivienda le resultaba «poco práctica» después del «tan lamentable» accidente que había sufrido cuatro años antes y que lo había dejado paralizado de cintura para abajo. Pero, con una sonrisa socarrona, añadió lo siguiente:
—Ni en mis peores pesadillas me habría podido imaginar que acabaría viviendo al este del río.
Sin embargo, el apartamento le gustó nada más verlo, y nunca se arrepintió de haberlo comprado. Para él era importante vivir en el bajo de un edificio con ascensor y los umbrales a ras de suelo, y además le había sorprendido la amabilidad del resto de los vecinos. El difunto Harald Olesen siempre se había mostrado simpático y educado y, para alguien que había sido un niño en la guerra, era un honor poder vivir en el mismo bloque que un antiguo héroe de la Resistencia. Gullestad no concebía que el asesino de Olesen fuera un vecino del edificio, ni tampoco que nadie tuviera motivos para hacerlo. Creía que el asesino se había colado de alguna manera, aunque no consiguió explicar cómo.
También apuntó que al conserje le gustaban las bebidas fuertes, y que esa afición afectaba a su esposa. Pero cuando estaba sobrio, el conserje era un hombre diligente, al igual que su esposa, que lo era siempre. Darrell Williams era nuevo en el edificio, pero había aceptado su invitación a un café de bienvenida y le había causado una impresión «favorable». Como vivía dos pisos más abajo, Gullestad no sabía mucho de los vecinos del segundo. Con quien mejor relación tenía era con el joven matrimonio del primero.
En cuanto a Konrad Jensen, Gullestad estaba al corriente de la postura «tan desafortunada» que había defendido durante la guerra, y por supuesto renegó abiertamente de ella. Pero estaba dispuesto a perdonarle sus antiguos pecados siempre y cuando Jensen se comportase como es debido. Jensen no lo había tenido fácil después de la guerra, y parecía sentirse solo y desilusionado. Aun así, Gullestad no se lo imaginaba como un asesino a sangre fría. La señorita sueca también había aceptado su invitación de tomar café en su casa cuando llegó en otoño del año anterior, y tanto entonces como en posteriores ocasiones le resultó «verdaderamente encantadora».
Gullestad hizo una pausa y masticó pensativo un terrón de azúcar. Añadió con timidez que, «sin ánimo de resultar indiscreto», tal vez debería mencionar un detalle relativo a Sara Sundqvist que podría ser relevante para la investigación. Aunque nunca la había visto con ningún novio ni la había oído nombrar a nadie, le daba la impresión de que había un hombre en su vida. El dormitorio de Gullestad estaba justo debajo del de Sara Sundqvist y, a juzgar por los ruidos que le llegaban del piso de arriba, se podría intuir que su vecina de vez en cuando recibía «unas visitas muy agradables y animadas». Solo los había oído alguna vez, entre las cinco y las siete de la tarde. Nunca por la noche. Así pues, todo parecía indicar que Sara Sundqvist tenía un novio que la visitaba por las tardes, pero que nunca se quedaba a dormir.
Andreas Gullestad se apresuró a responder que no tenía armas en casa, y que nunca había visto ninguna en casa de nadie. Pero cuando le pregunté por el chubasquero azul, se quedó un rato pensando y me respondió muy serio.
—Estoy seguro de que no vi ningún chubasquero azul en el edificio la noche del asesinato. Pero el verano pasado vi a un desconocido en el descansillo con un chubasquero azul y una bufanda roja que le cubría el rostro.
Como es natural, me interesaron mucho estas declaraciones y le pedí que me diera más detalles. Gullestad se quedó pensando, muy concentrado, antes de contestar.
—Estoy bastante seguro de haber visto por aquí a un hombre con un chubasquero azul el año pasado. Me fijé porque ese día hacía buen tiempo y no había ni una gota de humedad, y me puse a especular sobre a quién podría visitar ese hombre tan misterioso. La fecha no la recuerdo, pero creo que fue el fin de semana de Pentecostés. Me pregunté si tendría algo que ver con una especie de carnaval o una celebración por el estilo. Por desgracia, no me acuerdo de nada más.
No pude pasar por alto este inesperado avistamiento del hombre del chubasquero y le pregunté si estaba seguro de que, en efecto, se trataba de un hombre. Gullestad se volvió a quedar pensando un instante antes de contestar. Resultó ser un testigo diligente y reflexivo.
—Eso creo, porque parecía medir alrededor de un metro ochenta. Aun así, no me atrevo a aseverarlo. Solo lo vi de pasada, y no es fácil saber qué se oculta bajo un chubasquero de ese tipo.
Andreas Gullestad me contó que había nacido en un pueblo que estaba al lado de Gjøvik, en Oppland. A pesar de la muerte temprana de su padre, había tenido una infancia privilegiada. Su madre falleció cuando él tenía veinticinco años y, tras su muerte, Andreas recibió la herencia de su padre, que resultó ser tan cuantiosa que, si la administraba con sensatez, podría vivir cómodamente durante el resto de su vida. Había ingresado la mayor parte del dinero en el banco e invertido el resto en acciones, que, por ahora, le estaban reportando unos beneficios «nada desdeñables». El accidente que lo dejó en silla de ruedas le había supuesto una conmoción y había cambiado el rumbo de su vida. Aun así, el trastorno había sido menor para él de lo que podría haber sido para mucha gente. Como no tenía la presión de conseguir un sueldo, antes del accidente había estudiado un poco de esto y otro poco de aquello y, durante la veintena, había llevado una vida tranquila y relajada. Con una sonrisa que denotaba autocrítica, Andreas Gullestad apuntó lo siguiente:
—Ahora me paso la mayor parte del tiempo aquí sentado escuchando la radio, viendo la tele y leyendo libros y prensa. Pero por desgracia hacía casi lo mismo en mi otro piso, antes del accidente. La principal diferencia en mi día a día es que ahora no tengo cargo de conciencia si pago a alguien para que me haga la compra.
Antes de despedirse de mí, Andreas Gullestad me preguntó si consideraba «aceptable» que visitara a su hermana en Gjøvik el fin de semana, tal como había planeado. Tenían que hablar de «algunos asuntos familiares», y estaba seguro de que tanto su hermana como su sobrina estarían preocupadas por él y con ganas de saber más sobre toda la situación. Me aseguró que volvería el domingo por la tarde y me dejó un número de contacto. No vi la necesidad de prohibirle que se ausentara durante el fin de semana.
Salí del apartamento de Andreas Gullestad con la impresión de que se trataba de uno de los vecinos con menos probabilidades de estar implicado en el asesinato, pero que, de todas formas, bien podría ocultar información de manera consciente o inconsciente. Lo más interesante de nuestra conversación había sido la alusión a que había visto al hombre del chubasquero azul, sobre todo porque también mencionó la bufanda roja, sin que yo le dijera nada. También anoté dos preguntas relevantes que surgieron de nuestra conversación: quién podría ser el invitado secreto de Sara Sundqvist y cómo conseguía pasar desapercibido al entrar y salir del edificio.
Volví a la portería y le pregunté de nuevo a la esposa del conserje por el chubasquero azul. Esta vez le planteé si era posible que el año anterior hubiera visto a una persona con un chubasquero como ese dentro del edificio. La mujer del conserje se quedó pensando un par de minutos y me dijo que no estaba segura, pero que sí que era posible que hubiera visto a un hombre con un chubasquero parecido el verano anterior. En cualquier caso, de haberlo visto, habría sido solo de pasada, en el pasillo o en la escalera. Tal vez se equivocara, porque no había visto entrar ni salir del edificio a nadie que llevara ese chubasquero. Aunque, como es lógico, en ese momento tal vez estuviera haciendo recados o cualquier otra tarea.
Volví a llamar a la puerta de Sara Sundqvist. Le pedí disculpas y le dije que se me había olvidado preguntarle si solía recibir visitas. Me respondió que rara vez había llevado a amigos a casa, y que, en las semanas previas al asesinato, no había acudido nadie a verla. Durante las últimas semanas apenas había tenido contacto con sus compañeros, porque los exámenes estaban a la vuelta de la esquina. Cuando le pregunté sin rodeos si tenía novio o si estaba prometida, me dijo que no, y en voz baja añadió lo siguiente:
—En los ocho meses que llevo viviendo aquí, nunca se ha quedado nadie a dormir.
Con la información que me había dado Andreas Gullestad aún fresca, asentí con la cabeza para manifestar mi conformidad con eso último, aunque no me acabé de creer lo primero. El sospechoso visitante que algunas tardes pasaba por el apartamento de Sara Sundqvist seguía siendo todo un misterio.
7
Los informes técnicos estaban ya listos en mi escritorio de la comisaría, pero por ahora resultaban poco esclarecedores. El patólogo forense ya había descartado la teoría de que el disparo viniera de otro edificio. Harald Olesen había muerto de un disparo a menos de dos metros de distancia con una pistola Colt del calibre 45. La bala le había atravesado el corazón, lo que le produjo una muerte instantánea. No había otras señales de lesiones previas al disparo, que, según el informe del forense, se había producido entre las ocho y las once. Este dato no resultaba demasiado interesante, ya que los vecinos nos habían dado la hora exacta en sus declaraciones: las diez y cuarto.
La información censal relativa a Harald Olesen solo confirmaba lo que ya se sabía. Nació en 1895 y era el hijo de un conocido farmacéutico de Hamar. Harald Olesen se casó en 1923. El matrimonio duró hasta el fallecimiento de su mujer cuarenta años más tarde. Su esposa era la hija de un armador, tenía estudios y siempre fue ama de casa. Olesen tenía un hermano mayor y una hermana más joven, y los había sobrevivido a ambos. Como sus padres habían fallecido tiempo atrás y no tenía hijos, sus parientes más cercanos y supuestos herederos eran una sobrina y un sobrino que vivían en la zona oeste de Oslo. Olesen se había mudado de casa varias veces durante el periodo de entreguerras, pero desde 1939 vivía en Krebs’ gate 25.
El único vecino con antecedentes penales era Konrad Jensen. Había cumplido condena durante seis meses por traición a la patria de 1945 a 1946, pero eso era todo.
En el censo no constaba información alguna ni sobre Darrell Williams, el estadounidense, ni sobre Sara Sundqvist, la sueca, y la información que había sobre los inquilinos noruegos solo confirmaba lo que ellos mismos habían dicho. Sobre Konrad Jensen y Karen Lund no había nada nuevo que resultara de interés. El único dato destacable sobre Andreas Gullestad era que solo respondía a ese nombre desde hacía cuatro años; antes se llamaba Ivar A. Storskog. El resto coincidía punto por punto con su declaración. Su padre era un latifundista y propietario forestal de Oppland que había muerto a los cuarenta y ocho años, en 1941, y su madre falleció en 1953. Andreas Gullestad no se había casado ni tenido hijos, y su pariente más cercana era una hermana mayor que vivía en Gjøvik.
La revelación más interesante del censo estaba relacionada con Kristian Lund. Tal como nos había dicho, su padre constaba como «desconocido» y su madre era una secretaria de Drammen. Sin embargo, lo que Kristian Lund no me había contado o bien porque lo desconocía, o bien porque no me lo había querido decir, es que esa misma madre había sido miembro del NS de 1937 a 1945. Había desempeñado varios puestos de secretaria para las fuerzas de ocupación durante los últimos tres años de la guerra. Se adjuntaba el protocolo de su condena de ocho meses de cárcel después de la guerra, que se redujo a la mitad por buen comportamiento y por consideración hacia su hijo pequeño. Según el censo, nació en Drammen el 17 de febrero de 1941, y fue el único hijo de su madre.
Después de esto, llegué a la conclusión de que, de entre todos los vecinos de Olesen, Kristian Lund era el primero con quien tenía que volver a hablar. Ninguno de los inquilinos tenía vínculos conocidos con Harald Olesen que supusieran un motivo para asesinarlo y, para mi decepción, apenas había hecho progresos en todo el día. La impresión de Darrell Williams de que Harald Olesen estaba preocupado por algo parecía plausible, si se tenía en cuenta el asesinato, pero aún no sabíamos cuál era el motivo de dicha preocupación. A falta de mejores pistas, decidí dedicar el día siguiente a inquirir qué le preocupaba a la víctima en sus últimos años de vida.
Tras un par de llamadas telefónicas infructuosas, logré contactar con Joachim Olesen, el sobrino de Harald. Era economista de formación y trabajaba como consultor en el Ministerio de Finanzas. Estaba esperando una llamada de la policía y enseguida se ofreció a asistir a la comisaría central con su hermana a las nueve de la mañana siguiente. Le pregunté por el médico y el banco del difunto y me dio la información de inmediato. Dos llamadas más tarde, me enteré de que el médico estaba de baja y de que el banco estaba cerrado por una inspección.
Tuve que admitir que no me sentía más sabio que cuando volví solo en coche a casa la noche después del asesinato. A falta de una alternativa mejor, apunté al antiguo miembro del NS Konrad Jensen como principal sospechoso. Como sucedía con el resto de los vecinos, no solo me faltaban el móvil y el arma, sino también la oportunidad. Aún no sabía cómo encontrar ninguna de las tres cosas.
En resumen, no me enfrenté a los periódicos del sábado 6 de abril de 1968 con alegría ni con optimismo. Me empecé a dar cuenta de que, si bien las oportunidades que me ofrecía la condición de único responsable del caso de asesinato eran importantes, el batacazo también podría resultar mayúsculo. Aún ignoraba que el caso me llevaría a enfrentarme cara a cara no solo con uno de los criminales más ingeniosos que he conocido nunca, sino también con la persona más notable con la que he tenido el placer de trabajar. En mi infeliz inconsciencia, le di vueltas al caso, sin avanzar demasiado, hasta que me quedé dormido.
DÍA TRES
LA PRINCESA DE ERLING SKJALGSSONS GATE
Y SUS SENSACIONALES DESCUBRIMIENTOS
1
El sábado 6 de abril de 1968 comenzó más temprano de lo esperado. Me había puesto el despertador a las ocho, pero me desperté cuando sonó el teléfono quince minutos antes. El mío era un teléfono paciente y siguió sonando hasta que me levanté de la cama y descolgué el auricular. Del otro lado llegaba una voz masculina grave y autoritaria, que enseguida reconocí haber escuchado antes.
—Disculpe que lo moleste tan temprano un sábado, pero lo que tengo que decirle puede ser importante para usted. ¿Hablo con el inspector jefe Kolbjørn Kristiansen?
Le dije que sí mientras trataba de recordar dónde demonios había oído esa voz. Por suerte, no tuve que pensarlo durante mucho más tiempo.
—Soy el profesor Ragnar Sverre Borchmann. Enhorabuena por su reciente ascenso. Espero que podamos tutearnos y que recuerdes mis visitas a tu casa de la infancia.
Claro que lo recordaba. El profesor Ragnar Borchmann era un compañero de estudios de mi padre, un hombre ocupado y conocido. No había estado en mi casa tan a menudo, pero cuando iba se ganaba la atención de todo el mundo.
—Te llamo por el trágico caso del asesinato de Harald Olesen. No quiero crear falsas esperanzas, pero creo que podría ayudar con la investigación. Por supuesto, tú eres quien debe valorar si merece la pena dedicarle tiempo a esto, en lugar de seguir otras pistas importantes.
La verdad era que no tenía muchas otras pistas importantes, y estaba dispuesto a escuchar a todas aquellas fuentes fiables que pudieran ayudar con la investigación. Además, me interesaba todo lo que el profesor Ragnar Borchmann tuviese a bien decirme. Y, ante todo, sentía muchísima curiosidad por lo que me pudiera contar sobre ese caso. En resumen, le respondí que con gusto sacaría tiempo para reunirme con él, por ejemplo, de once a doce.
—Estupendo. Entonces, nos vemos a las once en punto. Por una serie de circunstancias, tendremos que reunirnos en mi casa, pero si quieres puedo enviar un coche para recogerte.
Decliné con educación su oferta de acudir a buscarme, comprobé que su dirección aún fuese Erling Skjalgssons gate 104-108 y le prometí que estaría allí a las once en punto.
2
Como era de esperar, los periódicos del día proporcionaban bastante más información sobre el caso. Todos incluían imágenes de Krebs’ gate 25, y la mayoría había publicado antiguas fotos de guerra de Harald Olesen en primera plana. Los titulares variaban de «Héroe de la Resistencia asesinado en su domicilio» a «Misterioso asesinato en Krebs’ gate». El nombre del responsable principal de la investigación por ahora solo aparecía en fórmulas amables del tipo «un joven investigador aparentemente muy cualificado». Uno de ellos indicaba que mis compañeros más jóvenes me conocían como «K2», y me definía como un hombre con gran capacidad para enfrentarme a grandes retos y a alturas de vértigo.
Los demás inquilinos de Krebs’ gate 25 encontraron deprimentes los periódicos. Los vecinos de la víctima eran anónimos, pero la dirección y las fotografías del edificio facilitaban su identificación, para quien estuviera interesado en conocer su identidad. La lectura fue especialmente desoladora para Konrad Jensen. Muchos periódicos mencionaron que entre los habitantes de la finca se encontraba un nazi condenado. Ninguno desveló su nombre. Sin embargo, uno de los periódicos reveló que trabajaba como taxista, y publicó una foto de su taxi aparcado.
Los sobrinos de Harald Olesen tenían cuarenta y tantos años. Me inspiraron confianza en cuanto llegaron a mi despacho a las nueve de la mañana. Además, se notaba que les iba bien en la vida. La sobrina era alta y rubia, se llamaba Cecilia Olesen y era encargada de una de las oficinas de la cooperativa de viviendas OBOS. Su hermano era de su misma estatura, algo más serio y con el pelo más oscuro. Joachim Olesen estaba casado y tenía dos hijos que aún no iban al colegio. Su hermana había estado casada y tenía una hija, pero había recuperado el apellido de soltera tras la separación. Ambos aseguraron haber tenido una buena relación con su tío, aunque apenas se veían. Se había distanciado un poco tras la muerte de su esposa, pero mantenía un contacto regular con la familia. Apenas hablaba de los vecinos.
Los sobrinos de Harald Olesen me confirmaron mi impresión de que su tío había estado más taciturno de lo habitual durante el último año, pero aclararon que existía una explicación médica al respecto. Después de la fiesta de Navidad del año anterior les había confiado que le habían diagnosticado un cáncer y que tal vez no llegara vivo a las Navidades del año siguiente. Su muerte, por lo tanto, no les había llegado por sorpresa, pero las circunstancias que la rodeaban habían conmocionado a toda la familia.
Ambos sobrinos entendían que, al ser los familiares más directos de la víctima, podrían esperar una sustanciosa herencia. Sin embargo, nunca le habían preguntado nada al respecto, y él nunca había abordado el tema directamente. Harald Olesen había heredado una gran suma de dinero de su padre y nunca había tenido grandes gastos, pese a haber disfrutado de un buen sueldo durante años. Por todo ello, la familia había dado por supuesto que era un hombre rico. Su única comunicación con el abogado de su tío había consistido en un mensaje corto y profesional en el que se les informaba de que, por deseo expreso del difunto, el testamento se leería en el bufete del abogado seis días después del fallecimiento, es decir, el miércoles 10 de abril, a mediodía.
Apunté el cáncer como la novedad más importante que me habían aportado los sobrinos de Olesen. El siguiente dato más significativo llegó más tarde, cuando me dijeron que el año anterior Harald Olesen le había pedido permiso a su familia para escribir su autobiografía. Esta idea venía motivada por una propuesta del joven historiador Bjørn Erik Svendsen. Sin necesidad de hacer demasiadas preguntas, los sobrinos comprendieron más tarde que el proceso de escritura del libro ya estaba en marcha, y que Harald Olesen había tenido varias conversaciones sinceras con el biógrafo, con quien había compartido parte de su archivo.
Los sobrinos no tenían mucho más que contarme. Me despedí de ellos a eso de las diez y les prometí que los informaría de inmediato de cualquier novedad relativa a la investigación. El historiador Bjørn Erik Svendsen se convirtió en el primero en la lista de personas con quienes tenía que contactar. Me pareció raro que dos días después del asesinato aún no hubiera oído hablar de él. Por suerte, el misterio se resolvió enseguida con una llamada de una mujer que necesitaba hablar conmigo con urgencia. Se trataba de Hanne Line Svendsen, la madre de Bjørn Erik Svendsen. Me aclaró que su hijo se había tenido que ir a un congreso de juventudes socialistas en Roma, pero que le habían informado del asesinato por teléfono y por medio de un telegrama. Se esperaba que regresase el domingo por la noche y me dijo que iría a comisaría a primera hora del lunes. En el transcurso de una llamada telefónica con problemas de conexión, Bjørn Erik Svendsen le había comunicado que tenía información importante sobre la vida anterior de Harald Olesen y que, por supuesto, quería ponerla en conocimiento del inspector jefe. A regañadientes, me resigné a no poder comunicarme con Bjørn Erik Svendsen antes del lunes y traté de verle la parte positiva: había nueva información sobre Harald Olesen en camino.
Entretanto, llamé al bufete de abogados Rønning, Rønning & Rønning. Por desgracia, el Rønning con quien quería hablar, el abogado Edvard Rønning júnior, no estaba disponible. Según su secretaria, había tomado un vuelo a Berlín Occidental un par de días antes. La secretaria se disculpó y me explicó que «todo parecía indicar» que Rønning júnior iba a reunirse con varios amigos en Europa central, pero que nadie sabía ni quiénes eran ni adónde iría desde el aeropuerto. Por supuesto, cuando llamó al bufete por otro asunto el viernes, se le informó del asesinato de Harald Olesen. Rønning júnior hizo constar enseguida que el testamento de Harald Olesen se había «reformulado» y que, con arreglo a la voluntad del fallecido, se haría público seis días después de su muerte.
El más joven de los Rønning había prometido estar presente durante la lectura del testamento en las oficinas del bufete a las doce del mediodía del miércoles 10 de abril. También se comprometió a enviar un telegrama con la lista de los invitados a la lectura «en cuanto tuviera ocasión» y rogó que se nos informara de que la última versión del testamento se hallaba en un lugar seguro junto con el resto de documentos y que estábamos invitados a la lectura del testamento. Acto seguido añadió que debía irse «a una reunión muy importante», y colgó. El testamento no estaba en su despacho y aún no habían recibido el telegrama. Por lo tanto, el bufete se limitó a disculparse por no poder contribuir más a la investigación de momento. Rønning júnior era «un joven y talentoso jurista, muy preocupado por los protocolos y la discreción por el bien de sus clientes», concluyó la secretaria a modo de disculpa. No me costó creerla y solo acerté a pedirle que Rønning júnior se pusiera en contacto conmigo de inmediato en caso de disponer de más información antes del miércoles por la mañana.
El médico de Harald Olesen seguía de baja, pero estaba dispuesto a contestar algunas preguntas por teléfono. Después de pensárselo mucho, llegó a la conclusión de que podía hacer una excepción con la policía y romper de forma extraordinaria y por puro pragmatismo el secreto profesional, ya que, además, estábamos hablando de un paciente a quien habían asesinado. Después me confirmó que casi un año antes le habían diagnosticado un cáncer de estómago. Como se le estaba extendiendo con pasmosa velocidad, le calcularon apenas unos meses de vida. Olesen se lo había tomado con una entereza admirable. Sin levantarse del asiento, agradeció la sinceridad y dijo que tenía varios asuntos importantes de los que ocuparse antes de que fuera demasiado tarde. Al médico le pareció una reacción bastante natural, y no le preguntó a qué se refería con eso.
El banco de Harald Olesen estaba cerrado. No obstante, tras el registro de su apartamento se encontró documentación que respondía algunas de las preguntas que quería plantearle al banco. Era evidente que Olesen había sido una persona muy organizada. En una carpeta de su escritorio se encontraron los extractos bancarios de los últimos cinco años, que confirmaban que Harald Olesen había muerto rico. El último databa de marzo de 1968 y mostraba un saldo de un poco más de un millón de coronas. Lo más llamativo, sin embargo, era que los extractos fechados entre 1966 y el primer semestre de 1967 mostraban una cantidad aún mayor. En los últimos seis meses, los ahorros de Harald Olesen habían disminuido en más de un cuarto de millón, pese a que su pensión como exministro debía de cubrir con creces los gastos de un jubilado viudo. Lo más raro de todo era la ausencia de documentos que explicasen adónde había ido a parar ese dinero. La suma parecía haberse dividido en tres retiradas de efectivo. Harald Olesen había sacado cien mil coronas en octubre de 1967, otras cien mil en febrero de 1968 y cincuenta mil más al cabo de un mes.
A primera vista solo encontré dos posibilidades: o bien Olesen había dedicado sus últimos años al juego o a las inversiones arriesgadas, o bien durante los últimos seis meses había pagado grandes cantidades de dinero a una o varias personas. La última opción parecía más probable, y cabía suponer que una posible extorsión guardase alguna relación con el asesinato.
Me ofuscaba recibir información importante sin que ello redundara en beneficio de la investigación. Pero eran las diez y media pasadas y ya era hora de desvelar el único misterio que iba a poder resolver ese día: las aportaciones del profesor y empresario Ragnar Borchmann al esclarecimiento del asesinato de Harald Olesen. No dejé de darle vueltas mientras me dirigía en coche a Erling Skjalgssons gate 104-108, pero tampoco conseguí sacar nada en claro de ese tema.
3
Con sus dos metros de altura y sus ciento veinte kilos de peso, Ragnar Borchmann era una de las personas más imponentes que jamás hubiese conocido. Aun así, lo que más imponía de él no era su físico, sino su personalidad y su capacidad intelectual. Ragnar Borchmann era el único hijo de un cónsul y director de empresa y procedía de una de las familias más conocidas de Oslo. Había heredado el imperio empresarial de su padre, pero lo dirigía casi como si de un pasatiempo se tratara. Trabajaba como profesor de economía, y gozaba de muy buena reputación, y de una larga lista de publicaciones. A sus sesenta y cuatro años, Ragnar Borchmann era uno de los hombres más ricos de Oslo y uno de los intelectuales mejor valorados de Noruega.
Pero Ragnar Borchmann arrastraba una gran pena desde hacía varios años. Lo supe por primera vez a los diez años. Era sábado por la tarde y vivíamos el alivio de la liberación. Ragmar Borchmann y su mujer estuvieron un buen rato conmigo y con mis padres. Parecían muy interesados en mí, en mis estudios y en lo que iba a hacer con mi vida. Antes de acostarme esa noche, mi padre me dijo lo siguiente: «Hay muchas cosas que envidio de Ragnar Bochmann, pero yo soy el más rico de los dos, porque te tengo a ti». Ragnar Borchmann se había casado a los veintipocos años con una mujer de muy buena familia que también estaba haciendo carrera académica. Vistos desde fuera, parecían un matrimonio feliz y bien avenido, pero no tenían hijos, algo que les pesaba a los dos y de manera muy especial a él. A los cuarenta y cuatro años, en 1948, Ragnar Borchmann se había hecho con un patrimonio espectacular de libros, bienes inmuebles y dinero, pero no tenía herederos, y esa situación no tenía visos de cambiar.
Crecí en un hogar de clase alta donde rara vez se exteriorizaban los sentimientos en público. Solo recuerdo haber visto llorar a mis padres en una ocasión, y fue de alegría. Un día de primavera de 1949, cuando volví del colegio, escuché la noticia de que la señora Caroline Borchmann, de cuarenta y tres años, estaba embarazada. Solo entonces comprendí qué tremenda tristeza les había supuesto a los Borchmann y a su círculo la incapacidad de tener hijos. Nunca he visto tanta alegría y emoción como las que emanaban de aquel matrimonio de mediana edad durante ese verano. En enero de 1950 asistí al bautizo de la niña con mis padres y alrededor de trescientos cincuenta «amigos cercanos» de la élite económica, cultural e intelectual de la ciudad. Medio en broma medio en serio, se decía que era el bautizo más caro que se había celebrado en Oslo desde el del príncipe heredero en 1937, pero tenía sentido, ya que nos hallábamos ante la hija de un emperador. Elegir un nombre para la única hija de unos padres con tan rancio abolengo no fue tarea fácil. Al final se decidieron por Patricia Louise Isabelle Elizabeth Borchmann.
«La niña de los Borchmann» leía libros desde los cuatro años, o al menos eso aseguraban mis padres. A los ocho años, leyó su primera obra de Ibsen. A los diez, sin buscarlo, apareció en la portada de uno de los periódicos de tirada nacional, con el siguiente titular: «La hija superinteligente de un empresario hace que se cuestione la división por cursos del sistema escolar». El problema era que el director del colegio, con el apoyo del Ministerio de Educación, solo quería permitirle adelantar un curso, mientras que tanto sus padres como los profesores veían más lógico que adelantara tres. Un año más tarde, Patricia Louise I. E. Borchmann volvió a salir en los periódicos, esta vez en la sección de deportes, en el apartado de patinaje, con titulares del estilo «¿La nueva Sonja Heine?». El reportaje añadía que, además, era una de las tiradoras más prometedoras del país, y que había obtenido unos resultados óptimos en los campeonatos nacionales juveniles.
Conocí a Patricia Louise con mis padres un día de invierno en 1963, al volver de la pista de patinaje sobre hielo. Como siempre, el profesor Borchmann acaparó la conversación. Sin embargo, mientras analizaba el asunto del día —las perspectivas del nuevo gobierno de Gerhardsen después del caso Kings Bay—, sucedió algo inaudito. La niña no solo le corrigió su presentación de los hechos, sino que además le cuestionó su análisis. Aún más increíble fue el buen humor con el que él se lo tomó todo, la manera en que reconoció sus imprecisiones y le dio unas palmaditas en la cabeza a su crítica. Mi madre y yo nos quedamos atónitos. «Esta chica va a dar que hablar», dijo mi madre cuando se marcharon.
Por desgracia, recuerdo ese episodio y las palabras de mi madre debido a la tragedia que los mancharía para siempre. Esa fue la última vez que vi a la señora Borchmann con vida, y Patricia abandonó la práctica del patinaje. Unos días más tarde, uno de los coches de Borchmann se salió de la carretera en un cruce, lo que produjo un choque frontal con un camión articulado que giraba sin control. El chófer y la señora Borchmann iban delante y fallecieron en el acto, mientras que Patricia Louise, que iba en el asiento trasero, seguía en coma, luchando por su vida, cuatro días más tarde. Con posterioridad supe que los médicos habían dicho dos noches seguidas que no llegaría a la mañana siguiente. Diez días después del accidente, los periódicos publicaron que estaba fuera de peligro pero que seguramente le quedarían secuelas. Esa fue la última información que se publicó sobre Patricia Louise I. E. Borchmann.
Fue mi madre quien me contó que Patricia estaba paralizada de cintura para abajo y que la habían sacado de la escuela. Sin esperanza, su padre había buscado el consejo de varios médicos de referencia y, llevado por la desesperación, había llevado a su hija a un viejo curandero a las afueras de Lillehammer y a otro más joven en Snåsa. No había esperanzas de mejora. Es más, Patricia tendría que vivir con el miedo a empeorar durante el resto de su vida. Desde entonces, no volví a oír hablar ni de ella ni de su padre hasta que, de forma inesperada, él me llamó la mañana del 6 de abril de 1968 y me ofreció ayuda para resolver el misterioso asesinato que me ocupaba.
La fachada de Erling Skjalgssons 104-108, donde Ragnar Borchmann tenía tanto su casa como la sede de su negocio, todavía era tan imponente como la recordaba. El enorme edificio estaba pintado de blanco de arriba abajo, lo que en el círculo de los Borchmann le había valido el sobrenombre de la Casa Blanca. Que los tres números se hubieran unido en uno solo se lo debía Ragnar Borchmann a su abuelo paterno, que ahora estaba en un pedestal bajo un techo de cuatro metros de altura en el exterior del despacho de su nieto. Para mí, entrar en la casa de los Borchmann era como regresar a los años treinta.
La secretaria del profesor Borchmann me mostró el camino más rápido a su despacho. La escalera, con sus veintitrés escalones, era casi tan larga como en mis recuerdos de infancia. Cuando por fin llegué arriba, vi que Ragnar Borchmann también seguía siendo prácticamente el mismo. Aparte de un aire serio en la mirada que no me resultaba familiar, mantenía la espalda igual de recta, la barba y el pelo igual de oscuros, el pulso igual de firme y la voz tan potente como recordaba.
—Bienvenido. Y enhorabuena de nuevo por tu reciente ascenso. Estoy segurísimo de que serás capaz de enfrentarte a este reto. ¿Quieres que te llame Kolbjørn o debería llamarte inspector Kristiansen?
Le aseguré que me tomaría como un halago que siguiera llamándome Kolbjørn, pero, por si acaso, yo seguí llamándolo «profesor Borchmann». Me sonrió, pero no me corrigió.
—Antes que nada, me gustaría disculparme si te he hecho venir hasta aquí con falsos motivos, pero quiero que quede claro que lo he hecho con la mejor de las intenciones. Por desgracia, yo no tengo mucho que aportar. Coincidí con Harald Olesen en distintas ocasiones a lo largo de varias décadas, pero apenas lo vi en los últimos años. Si no lo has hecho ya, deberías hablar sobre la guerra con un abogado del Tribunal Supremo, Jesper Christopher Haraldsen, y con el secretario del partido, Haavard Linde, sobre política y sobre el partido. Más allá de eso, no puedo darte muchos más consejos sobre el caso.
Aún no había hablado con ninguno de esos ilustres señores, pero estaba claro que debería hacerlo. Qué estaba haciendo yo ahí sentado en ese momento, seguía siendo un misterio sin resolver. Borchmann vio la confusión reflejada en mi rostro y se apresuró a continuar.
—Ya sé que esto no es ni ortodoxo ni lo más correcto, pero con quien tienes que hablar de todo esto no es conmigo, sino con Patricia.
Mi desconcierto no disminuyó con el siguiente comentario de mi interlocutor, que fue una pregunta completamente inesperada.
—¿Alguna vez has conocido a alguien que piense más, más rápido y mejor que tú? Encontrarse cara a cara con una persona que simplemente es más inteligente de lo que serás en toda tu vida es una experiencia fascinante y aterradora al mismo tiempo. Te hace sentir seguro y desvalido a la vez.
Asentí con un cabeceo casi imperceptible. No quería confirmárselo con palabras, pero sí que me había sentido así. Cada vez que hablaba con el profesor Borchmann, por ejemplo.
—Seguro que sí. A mí no me pasa tan a menudo como a la mayoría de la gente, pero alguna vez me he visto en una situación parecida. A menos que hablemos de mis áreas de especialidad, me ocurre cada vez que hablo con mi hija de dieciocho años. No solo lee el doble de rápido que yo, tanto en noruego como en inglés, alemán y francés, sino que además supera en velocidad y calidad mis comentarios acerca de la lectura que nos ocupe. Me asusta un poco, pero, al mismo tiempo, me llena de orgullo.
No supe qué decir ni cómo decirlo, así que no dije nada. El profesor prosiguió su charla infatigable.
—En los últimos años, nada le ha interesado más a Patricia que los asesinatos misteriosos sin resolver. Ha leído decenas de libros de historia criminal y al menos cien novelas policiacas. Más de una vez ha conseguido resolver grandes casos solo con la información que dan los medios. El asesinato de Krebs’ gate le interesa de una manera muy especial, en parte porque Harald Olesen era un conocido de la familia, y en parte por las extrañas circunstancias que rodean el caso. Tiene preguntas y comentarios que yo no puedo responder, e incluso una solución bastante verosímil que explica cómo se las arregló el asesino para huir del apartamento. Aunque, claro, es más que probable que tus colegas y tú hayáis resuelto el misterio y estéis a punto de detener al asesino.
Me miró expectante. Traté de negar con la cabeza sin parecer desesperado.
—En ese caso, te agradecería enormemente que dedicaras unos minutos a hablar del tema con Patricia; por supuesto, con total confidencialidad. No debería llevaros más de un cuarto de hora, y podría serte de gran ayuda.
Pensé que debería haber un límite legal a la hora de poner a un hijo por las nubes. Pero la pequeña Patricia y su mundo me intrigaban, como también lo hacía su respuesta a la misteriosa desaparición del asesino, ya que yo no tenía ninguna. Sonreí amablemente y le respondí que con total confidencialidad le dedicaría un cuarto de hora de mi tiempo a su hija.
El profesor Borchmann me devolvió la sonrisa, me estrechó la mano y tocó la campana sin más dilación. Apenas unos segundos más tarde, apareció una joven sirvienta rubia de unos veinte años.
—Haz el favor de conducir a mi invitado a la biblioteca, en presencia de la señorita Patricia Louise —dispuso el profesor. Después, volvió a concentrarse en los papeles del escritorio, con su eficiencia habitual.
4
A unos cinco metros de altura y diez de distancia de una transitada calle de Oslo, Patricia Louise Isabelle Elizabeth Borchmann tenía su armonioso y tranquilo reino. Allí me esperaba sola, junto a una mesa puesta para dos, en medio de una sala más grande que muchos gimnasios y rodeada de un número de libros mayor que el de cualquier biblioteca privada que hubiera visto en mi vida.
La joven Patricia no imponía por su físico. No creo que midiera más de metro cincuenta y cinco de haber podido ponerse de pie, y era tan delgada que no pesaría más de cuarenta y cinco kilos. Era el vivo retrato de su padre. Se veía en el pelo, tan negro, y, sobre todo, en los rasgos poderosos y la mirada firme. Igual que él, exudaba una autoridad natural y atraía toda la atención. No recordaba haber visto tanta fuerza en alguien tan joven ni en ninguna otra mujer.
Como si hubiera un acuerdo tácito, no nos saludamos con un apretón de manos. Me limité a asentir con la cabeza y Patricia se apresuró a señalar una butaca justo enfrente de ella. La joven estaba en su silla de ruedas, con el televisor, la radio y el equipo de música al alcance de la mano. La mesa que nos separaba era grande, y así parecía que tenía que ser. A su izquierda había un teléfono de último modelo. Delante tenía tres bolígrafos, un cuaderno y una pila con al menos seis periódicos de ese día. A juzgar por los periódicos, Patricia Louise I. E. Borchmann era una persona con la mente abierta y una visión transversal de la política. Leía de todo, desde el reaccionario Morgenbladet hasta el diario comunista Friheten. En el lado derecho de la mesa había tres libros con sendos marcapáginas. El de arriba estaba en francés y no entendí el título; el del medio parecía ser un libro de texto universitario, de sociología; el de abajo era una recopilación de novelas cortas en inglés de un autor que me resultaba desconocido: Stanley Ellin. En el centro de la mesa había una jarra de agua, otra de café y una tercera de té.
—Bienvenido. Valoro mucho que me haya concedido unos minutos de su tiempo. ¿Le apetecería tomar algo en particular?
Me apresuré a responder que no y a darle las gracias.
—En ese caso, puedes retirarte, Benedikte. Te llamaré de nuevo cuando volvamos a necesitar de tus servicios.
La criada hizo una reverencia y se retiró enseguida. Patricia Louise I. E. Borchmann era una mujer discreta y con principios. Se mantuvo en silencio hasta que estuvimos solos en la habitación. Entonces, como su padre, fue directa al grano.
—No le haré perder su valioso tiempo más de lo estrictamente necesario. La imagen que da la prensa de los residentes del edificio es bastante incompleta, así que, antes de aventurar comentarios que tengan cierto valor, necesito algo más de información. Todos los periódicos hablan del misterio sin resolver que supone la manera en la que el asesino consiguió escapar del edificio. Las ventanas estaban cerradas por dentro y no hay cristales rotos que hagan indicar que el disparo vino de fuera. La puerta se bloquea al cerrarla, lo que significa que el asesino podría haber salido del piso y cerrado la puerta tras de sí. Pero los vecinos llegaron tan rápido que es imposible que nadie huyese por las escaleras. ¿Dirías que este es un buen resumen del misterio y de cómo se llevó a cabo el asesinato? ¿Todavía supone un problema para ti y para la investigación?
Asentí de inmediato. Dos veces. La familia Borchmann tenía un talento claro para expresarse con concisión y para resolver problemas con un enfoque crítico.
Me pareció que la pequeña Patricia se había hecho mayor en la silla de ruedas. Se mordió los carrillos por dentro, pensativa, y después continuó.
—Se trata de una variante del misterio de la habitación cerrada, pero no es de los peores, porque la cadena de la puerta no estaba echada. Como dice Sherlock Holmes: «Cuando se elimina lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad». Al parecer, el asesino huyó por la puerta. En realidad, solo nos quedan dos posibles soluciones para esclarecer los hechos.
Escuché fascinado su voz firme y segura. Estaba claro que le emocionaba el caso. Aprovechó para dar un par de sorbos de agua fría antes de seguir.
—La primera posibilidad es una solución al estilo de las novelas más conocidas de Agatha Christie, en las que todos los demás personajes, por varios motivos, se han confabulado para acabar con la vida de la víctima. En ese caso, como es lógico, no cabe dar crédito alguno a las declaraciones de los testigos.
Esperaba algo más realista y se me notaba, así que se apresuró a continuar sin pararse a beber más agua.
—Pero este tipo de conspiraciones funciona mejor en las novelas británicas que en la realidad noruega, y resulta poco probable en este caso. Además, el riesgo aumentaría con tantas personas implicadas, y los vecinos parecen un grupo bastante dispar. Si dejamos a un lado la paranoia y aparcamos la teoría de una gran conspiración vecinal, lo cierto es que solo nos queda una posibilidad.
La miré con renovado interés. La cabeza me iba a mil por hora cuando se sirvió y se bebió medio vaso de agua. Aun así, no estaba preparado para su siguiente pregunta.
—¿Se han quejado mucho los vecinos del ruido que hace el bebé del primero?
Patricia sonrió al verme tan confundido y me lanzó una mirada condescendiente.
—Dicho de otro modo, ¿es el número 25 de Krebs’ gate un edificio excepcionalmente ruidoso, con paredes más finas de lo normal y muy buena acústica?
Empecé a entender por dónde iban los tiros, pero no tenía muy claro adónde quería ir a parar con todo eso. Medité por un rato y negué con la cabeza. Ninguno de los vecinos se había quejado del bebé.
—Entonces, ¿cómo me explica que, hasta en los apartamentos del piso bajo, se oyera un disparo en el segundo con tanta precisión?
Era una buena pregunta. Una pregunta excelente, de hecho, que me tendría que haber hecho yo mismo. Pero antes de comprender todas sus implicaciones, volví a escuchar su voz.
—Los vecinos, la prensa e incluso la policía han llegado a una típica e instructiva conclusión lógica errónea. Si uno oye un disparo y después se encuentra a un hombre muerto, es lógico pensar que murió por el disparo que acaba de oír. Es lógico, pero no necesariamente correcto. Harald Olesen no murió por el disparo que oyeron los vecinos a las diez y cuarto. Murió esa misma noche por un disparo que no sonó tan fuerte, probablemente realizado con silenciador. ¿Tú no usarías un silenciador si quisieras disparar a alguien y luego pasar desapercibido?
Por supuesto que sí. Resultaba tan evidente cuando me lo explicó de esa forma tan clara y sencilla que me dio rabia no haberlo visto antes. Sin embargo, enseguida me planteé una pregunta.
—Pero entonces, ¿de dónde demonios venía el disparo que escucharon? Registramos con lupa tanto su apartamento como los de los demás, y no encontramos ni rastro de radiotransmisores o equipos de vigilancia.
Patricia volvió a sonreír.
—Ya me lo imaginaba. Y eso demuestra que nos encontramos frente a un asesinato muy bien planeado que ha perpetrado un asesino especialmente calculador. Pero ¿no habría por casualidad un tocadiscos en casa de Harald Olesen?
Me sentí como si acabara de recibir un puñetazo en el plexo solar. Había visto el tocadiscos y tomado nota, incapaz de entender qué hacía allí. Asentí con la cabeza y me enjugué el sudor de la frente. Me avergonzaba por todo lo que Patricia había visto desde su habitación y a mí se me había escapado pese a haber inspeccionado el lugar de los hechos. Y, al parecer, ahora también había desarrollado la capacidad de leerme el pensamiento.
—Es extraño cómo suele resultar más fácil ver este tipo de conexiones cuando se observan los factores tranquilamente y de forma ordenada en un despacho, sin dejarse influir por los estímulos del lugar de los hechos. Pero eso de usar grabaciones para modificar la hora de un asesinato es bastante conocido, sobre todo si tenemos en cuenta que aparece en una de las primeras novelas de Agatha Christie. Si vuelves a Krebs’ gate 25 y enciendes el tocadiscos del piso de Harald Olesen, me apuesto la silla de ruedas y la mitad de la herencia de mi padre a que oirás un nuevo disparo.
Yo no me aposté nada. Por suerte, no necesitaba la silla de ruedas y, por desgracia, nunca tendría una cantidad de dinero equiparable a la mitad de la herencia de su padre. Además, no dudé ni por un segundo de que estaba en lo cierto. Le di las gracias casi con un murmullo y me levanté para marcharme. Ella llamó al servicio. Mientras esperábamos, Patricia apuntó un número en un trozo de papel y después me lo dio.
—Este es mi número de teléfono. Te agradecería que me llamaras cuando compruebes lo del tocadiscos. Entonces veremos si te puedo ayudar en algo más.
Apenas había reparado en que nos estábamos tuteando y, a pesar del ambiente anticuado de la casa de los Borchmann, me resultó de lo más natural. Asentí con la cabeza. Me guardé con cuidado el papel en la cartera y me dejé acompañar por la criada, obediente y en silencio, hasta la puerta. Ya en el coche, aún me sentía casi hipnotizado, pero comprendí, sin lugar a dudas, que me encontraba mucho más cerca de descifrar el misterio aparentemente irresoluble que me ocupaba.
5
Cuando llegué a Krebs’ gate 25 a las dos de la tarde, todo parecía estar tan tranquilo como antes. La esposa del conserje estaba en su puesto, en la entrada, y enseguida me abrió la puerta del apartamento de Harald Olesen. No había ni rastro del resto de los vecinos. Tenía nuevas preguntas que hacerles a cada uno de ellos, pero en ese momento solo podía pensar en el tocadiscos de Harald Olesen.
El aparato seguía ahí, y también el disco de la Orquesta Sinfónica de Viena. Con el corazón desbocado y la mano temblorosa, coloqué la aguja. Me esperaba que la etiqueta fuera falsa y que el disco estuviera vacío al principio. Me llevé una nueva sorpresa cuando las notas de un vals inundaron la estancia. El volumen estaba casi al máximo, pero el disco parecía de verdad. Ahora esperaba que la música dejara de sonar y se oyera un disparo al final del disco. Bajé el volumen y, cada vez más nervioso, esperé ese disparo que no terminaba de llegar. Al acabar la última estrofa, la aguja volvió en silencio y sin dramatismos a su sitio.
Al principio me quedé decepcionado. Después, a pesar de la decepción, me eché a reír al ver que la infalible teoría creativa de Patricia no se sostenía. Puse el disco y subí el volumen. Después me acerqué hasta el teléfono de Harald Olesen y marqué el número del papel que llevaba en la cartera.
Patricia contestó antes de que sonara el segundo tono. Percibí su sorpresa al oír la música y hablé más alto de lo habitual para que pudiera oírme.
—Estoy en el apartamento de Harald Olesen, he puesto el tocadiscos y he escuchado el disco completo y, como puedes oír, nos hallamos ante una pista falsa.
Durante un instante se hizo el silencio al otro lado de la línea. Patricia le dio vueltas a su teoría para sus adentros unos segundos, no demasiados.
—Tiene que ser así. Es la única solución realista. ¿Solo está el tocadiscos o forma parte de uno de estos equipos modernos con pletina?
Le eché un vistazo al tocadiscos y me asaltó una duda. En efecto, formaba parte de un equipo nuevo con pletina, y dentro había una cinta. Cuando se lo dije, Patricia respondió a la velocidad del rayo.
—Entonces está claro. La clave está en la cinta. Ponla, pero baja el volumen para no asustar a todo el vecindario; cuando suene el disparo, quiero decir. Llámame en cuanto la hayas escuchado. Por supuesto, si contra todo pronóstico no suena un disparo en la cinta, no tienes por qué perder más tiempo hablando conmigo —dijo Patricia Louise I. E. Borchmann sin pararse ni siquiera a respirar, y acto seguido colgó sin despedirse.
Miré no muy convencido el equipo de música, pero apagué el tocadiscos y rebobiné la cinta, que parecía auténtica y tenía un texto en alemán que anunciaba su contenido: la Novena sinfonía de Beethoven. Me pareció que tardaba una eternidad en rebobinar. Cuando por fin llegó al principio, bajé el volumen y me senté a esperar que la cinta empezara a sonar. Como cabía suponer, era la Novena sinfonía de Beethoven. Me pregunté si de verdad tenía sentido dedicarle un solo segundo más a todo aquello. Pero la música se detuvo con un chasquido a los pocos minutos. La cinta avanzó a paso de tortuga durante los veinticinco minutos siguientes. Al principio me paseé por la habitación, pero cuando la cinta llegaba a su fin, me acerqué a los enormes altavoces del equipo de música.
Esperaba que la cinta se detuviera de un momento a otro cuando, de repente, oí un nuevo chasquido, seguido de un violento disparo.
A pesar de que el volumen estaba bastante bajo, el disparo me resonó como una bomba atómica en los oídos. Di un brinco y me quedé paralizado mientras miraba cómo se detenía la cinta. Me mantuve ahí de pie durante cinco minutos más, preguntándome de quién sería la mano que puso la cinta la última vez que sonó.
Cuando conseguí reponerme para llamar, Patricia respondió al primer tono.
—¿Había un disparo al final? —me preguntó.
Susurré un sí y le di la enhorabuena, más bajito todavía. Después, un poco más alto, le expliqué que el disparo estaba al final del todo de una cinta con la Novena sinfonía de Beethoven. Sentí que me temblaba el teléfono cuando suspiró aliviada.
—Menos mal, ya me estaba empezando a preocupar. Recuerda que debes comprobar si hay huellas en la cinta y en el equipo de música, pero no te lleves ninguna decepción si no las encuentran. Nos hallamos ante un asesino especialmente astuto.
Le respondí que eso parecía, pero que teníamos a nuestro favor el haber descubierto cómo se las había arreglado para escapar y el haber establecido que el asesinato se produjo unos veinticinco minutos antes de que el asesino abandonara el apartamento. Esto pareció confundirla.
—Espera un momento. En primer lugar, no estoy segura de que el asesino sea un hombre. Y en segundo lugar, ¿de dónde has sacado lo de los veinticinco minutos?
Sonreí para mis adentros por haber pensado más deprisa que ella en esa ocasión y le señalé que la cinta duraba más o menos veinticinco minutos. Esperaba un «¡claro!», pero solo escuché un suspiro de alivio y un nuevo comentario demoledor.
—Pero no tenemos ningún motivo para pensar que el asesino o la asesina pusiera la cinta justo después de llevar a cabo el asesinato.
Reconocí que tenía razón. En teoría, el asesino —o asesina— podría haber esperado un rato en el apartamento antes de poner la cinta y marcharse. O podría haberla pasado hacia delante, de modo que el asesinato se hubiera producido pocos minutos antes del sonido del disparo. De repente, el hecho de que el forense solo hubiera conseguido establecer la hora de la muerte con un margen tan amplio, de ocho a once, se había vuelto más interesante. Patricia y yo coincidimos enseguida en que todos los vecinos que no tuvieran una coartada incuestionable para la franja horaria de ocho a diez eran sospechosos del asesinato. También acordamos que me acercaría a verla para hablar con ella de la situación antes de hacer una nueva ronda de preguntas a los habitantes del edificio.
6
Media hora más tarde me encontraba de nuevo en la biblioteca de la Casa Blanca, frente a la princesa Patricia. Como un conejillo satisfecho, mordisqueaba alegre una zanahoria que sostenía con la mano izquierda. Con la derecha, anotaba palabras clave a una velocidad impresionante mientras yo le daba sorbos a mi taza de té y reproducía las declaraciones de los vecinos. No dejaba de pensar que aquello era una infracción del procedimiento habitual de investigación y que, de salir a la luz, podría acarrearme problemas. Pero también me resultaba impensable que el padre o la hija pudieran irse de la lengua. La confianza que tenía en los Borchmann desde la infancia se mantenía intacta. Además, estaba convencido de que todo aquello me podría seguir siendo de ayuda. Por último, tenía que admitir que tal vez necesitara ayuda para detener al ingenioso asesino de Harald Olesen.
Por primera vez, Patricia demostró tener una gran capacidad de escucha. Con paciencia, prestó atención a mi relato de lo que había descubierto hasta el momento. Vi cómo le brillaban los ojos en varias ocasiones, y, cada vez que amagaba con detenerme, me indicaba que continuara.
—Toda esta información es interesante y algunos aspectos concretos resultan reveladores —dijo cuando acabé, a eso de las cuatro de la tarde.
Decidí tomármelo como un enorme cumplido.
—Entonces, ¿quién mató a Harald Olesen? —pregunté con convicción.
Ella sonrió con cautela y negó con la cabeza a modo de disculpa.
—Investigar un asesinato con un perpetrador desconocido es, en muchos aspectos, como pintar un retrato. El jueves teníamos un lienzo en blanco, pero, desde entonces, hemos esbozado algunas líneas de las que saldrán otras. Aunque puede que no tardemos en dibujar una imagen clara, es posible que tengamos que seguir trabajando un tiempo antes de plasmar un rostro reconocible en el lienzo. El periodo en el que se enmarca la muerte de la víctima aún no nos permite saber cómo consiguió entrar y salir el asesino y, además, pasar desapercibido en el proceso. A juzgar por la información de que disponemos, solo puede tratarse de uno de los vecinos. Pero tenemos que estar abiertos a todas las posibilidades. Dado que el asesinato tuvo lugar entre las ocho y las diez y diez, todos los que se encontraban en el edificio, a excepción del bebé, son sospechosos.
La miré y titubeé, pero finalmente hice una objeción.
—¿Quieres decir que ni siquiera podemos descartar al inválido?
Negó con la cabeza, muy segura de sí misma, y retrocedió con la silla de ruedas.
—Ni por asomo. Nada de lo que sabemos hasta ahora nos permite descartar la posibilidad de que un hombre que va en silla de ruedas, pero que por lo demás está sano, haya cometido el asesinato, solo o en compañía de otros. Deberías preguntarle cómo acabó en una silla de ruedas y cuán grave es su situación. Hasta la esposa del conserje es, mientras no se demuestre lo contrario, una asesina en potencia.
Patricia estaba verdaderamente inspirada, y siguió hablando sin pausa.
—Si nos basamos en las novelas de Agatha Christie, la siguiente pregunta debería ser: ¿quién tenía tanto que ganar con la muerte de Harald Olesen que decidió asesinarlo? Y, en esa misma línea, ¿por qué corría tanta prisa acabar con su vida si le quedaba tan poco tiempo?
—Tal vez el asesino no supiera nada de la enfermedad —observé.
Patricia asintió, pero enseguida negó con la cabeza.
—Por supuesto, cabe esa posibilidad. Pero insisto en que es más probable que el asesino supiera de la enfermedad y que, por paradójico que resulte, eso explicara por qué todo sucedió tan deprisa.
No pude evitar preguntar por qué. No sé qué tipo de respuesta esperaba, pero lo que sí sé es que no era la que recibí.
—Porque no hay arma homicida en el lugar de los hechos.
De nuevo, mi confusión la hizo sonreír. Esa sonrisa me parecía un rasgo arrogante y antipático de su personalidad, pero lo que tenía que decirme me interesaba demasiado para fijarme en esos detalles.
—Debo admitir que mis conclusiones no son más que mera especulación. Aún hay demasiadas incógnitas que resolver. Pero es raro. Si se hubiera encontrado un arma junto al cadáver, seguramente lo habrían interpretado como un claro caso de suicidio. Dejar allí el arma habría sido una opción más lógica que esta idea tan sofisticada del equipo de música. El hecho de que el asesino no dejara allí el arma demuestra que perpetró el asesinato antes de lo planeado. Solo se me ocurre otra explicación: que el asesino tuviera la necesidad de demostrar que no se trataba de un suicidio sino de un asesinato. En cualquier caso, no podemos cuestionarnos por qué ha ocurrido esto ahora sin preguntarnos a continuación por qué ha ocurrido en general. Tanto el testamento como el dinero desaparecido de la cuenta resultan de extraordinario interés. Deberías hacer un seguimiento de ambos asuntos cuanto antes, durante el fin de semana. Mientras tanto, te recomiendo que les preguntes a los vecinos si están dispuestos a facilitarte sus extractos bancarios para la investigación. Sus respuestas, tanto las positivas como las negativas, pueden ser interesantes por sí mismas.
Asentí con un cabeceo y a continuación le formulé otra pregunta.
—¿Crees que, al final, todo esto se reduce a una cuestión de dinero?
Patricia masticó pensativa la zanahoria durante unos minutos.
—El dinero siempre puede resultar decisivo. Pero creo que en este caso se trata más de una pista que de una solución, y que la respuesta es más seria y más importante. En cualquier caso, ya tenemos varios indicios que apuntan a los años de la guerra.
Volví a pensar que la gente que, por el motivo que sea, dice que el dinero no es importante no suele andar falta de él. Pero antes de decidir si exteriorizaba esta reflexión o no, la conversación alcanzó nuevas cotas.
—En resumen: creo que no estamos buscando a una persona que actúe de forma normal. Creo que estamos tras la pista de una mosca humana.
A pesar de mi cultura general en el campo de la zoología, hube de admitir que ese tipo de insecto me era desconocido, y que no le veía ningún sentido en ese contexto. Después de devanarme los sesos durante unos minutos, no tuve más remedio que preguntarle a qué se refería. Esbozó un conato de sonrisa, a modo de disculpa.
—Lo siento. He usado un concepto de mi propia creación. Como suelo pensar en él, a veces no soy consciente de que a los demás no les dice nada. Pero creo que resulta relevante en este caso. Hay muchas personas que alguna que otra vez han vivido algún trance tan complicado y doloroso que nunca lo han superado. Se convierten en moscas humanas y se pasan el resto de su existencia volando en círculos alrededor de lo sucedido. Como las moscas que sobrevuelan un montón de basura, para que me entiendas. Creo que el propio Harald Olesen, debajo del traje y detrás de la máscara, era una mosca humana. Y albergo algo más que una mera sospecha de que quien lo asesinó también lo es.
En ese momento entendí a lo que se refería, y traté de relacionarlo con mis propias teorías.
—Lo que nos llevaría a sospechar de Konrad Jensen, ¿verdad?
Patricia inclinó la cabeza, pensativa.
—Sí y no —me respondió—. Es cierto que, por el momento, Konrad Jensen es la mosca humana más clara de entre todos los vecinos. Pero mucho me temo que no sea la única, y no termino de ver claro que sea la persona que buscamos. Podríamos demostrar que es el asesino si encontrásemos una relación directa entre su experiencia en la guerra y la de Harald Olesen.
Estaba de acuerdo con todo lo que había dicho hasta ese momento. Y de repente pensé que debería preguntarle sobre el chubasquero azul. Cuando lo mencioné, se le iluminaron los ojos y me comentó algo que esperaba desde hacía tiempo.
—Tienes toda la razón. El chubasquero puede ser bastante importante. Cuando descubramos quién lo tiró, creo que le estaremos pisando los talones al asesino. El problema es que lo encontraron el viernes por la mañana. Y estoy segura de que el jueves por la noche no revisaste los armarios de los vecinos en busca de un chubasquero azul, ¿verdad?
Por fin había llegado la oportunidad que tanto deseaba.
—Pues claro que no registramos ningún armario en busca de un chubasquero de cuya existencia no sabíamos nada. Pero podemos afirmar casi con total seguridad que el chubasquero no estaba en casa de ninguno de los vecinos el jueves por la noche. Le pedí a mi equipo que inventariase toda la ropa de abrigo que hubiera en los apartamentos. Nadie apuntó un chubasquero grande azul, y una prenda así no es fácil de esconder en un registro policial.
Por un instante me pareció que Patricia iba a levantarse de la silla de ruedas. Durante unos segundos se le tensó el cuerpo. Los ojos casi le echaban chispas.
—Estupendo —respondió Patricia casi en un susurro—. Aún no es decisivo, pero podría serlo más adelante.
Esperaba una explicación más detallada, pero enseguida comprendí que me iba a quedar con las ganas. Entonces le pregunté qué pensaba de las declaraciones de los vecinos. La respuesta no se hizo esperar.
—Aún hay demasiados secretos en ese lugar. Bastante sospechoso resulta ya que ese grupo de personas haya acabado viviendo en el mismo edificio. El del diplomático estadounidense es el caso más extraño de todos, pero en ese lugar tampoco pintan nada ni la estudiante sueca ni el jubilado de Oppland ni la hija del millonario de Bærum. Seguro que algunos han acabado allí por casualidad, claro, pero no todos. De hecho, sospecho que solo uno de los vecinos ha sido completamente sincero hasta ahora.
Se detuvo de repente, sin duda porque sabía que le iba a preguntar a quién se refería. Cuando lo hice, me sonrió y arrancó una hoja de su bloc de notas. Se tapó con la mano izquierda, escribió un par de palabras y dobló el papel por el medio. Llamó a la criada con una campana. Mientras esperábamos, Patricia me dedicó su sonrisa más inocente y arrebatadora.
—Disculpa esta excentricidad, pero estoy dando palos de ciego y podría equivocarme. De ser así, mis especulaciones no deberían influirte en lo que queda de la investigación.
Cuando llamaron a la puerta, interrumpió la conversación y estiró la hoja doblada hacia la sirvienta.
—Mete este papel en un sobre, ciérralo y envíalo a la comisaría de Oslo, a la atención del inspector jefe Kolbjørn Kristiansen. La dirección está en el listín telefónico. Envía la carta esta noche, de camino a tu casa.
Benedikte miró confundida a Patricia y después me miró a mí.
—Benedikte, no intentes pensar por ti misma, que eso nunca ha salido bien. Limítate a hacer lo que se te pida, que eso siempre sale mucho mejor —dijo Patricia en un tono autoritario.
Benedikte asintió en silencio a modo de disculpa, agarró el papel y se retiró con premura. Ese episodio me resultó bastante incómodo, aunque es posible que esa fuera su forma de comunicarse. Además, ya tenía suficientes problemas como para meterme en las rutinas de comunicación interna de la residencia de los Borchmann.
Patricia volvió a esperar con la boca abierta a que la puerta se cerrara tras Benedikte.
—Hoy ya se ha recogido el correo, así que la carta no saldrá hasta el lunes, por lo que la recibirás a partir del martes. Puede que me confunda, pero será interesante ver si mis teorías de hoy concuerdan con lo que se descubra de aquí al martes. Me sorprendería si los vecinos no decidieran cambiar sus declaraciones de aquí a entonces.
Recordé uno de los cabos sueltos que me estaba costando atar, y lo saqué a colación.
—Kristian Lund entre ellos, ¿no? ¿Qué te parece ese desacuerdo sobre la hora en la que llegó a casa la noche del asesinato? Son tres contra dos y, si te soy sincero, no sé a quién creer.
Patricia estalló en una carcajada burlona.
—No debería reírme. Esta historia es un capítulo en sí misma, pero puede ser lo suficientemente grave. Si lo piensas, son tres contra dos, sí, pero a favor de Kristian Lund. Que su esposa confirme que llegó a casa a las nueve no contradice a los otros dos testigos, que afirman que llegó al edificio una hora antes. La única otra persona que apoya la teoría de que llegó a las nueve es la esposa del conserje, que, como dices, parecía preocupada por la situación. Creo que deberías hablar en serio con ella sobre este asunto. Sospecho que esa conversación podría aclarar las cosas.
Le prometí que lo haría, aunque no le veía mucho sentido.
—Pero ¿dónde estaba Kristian Lund mientras tanto? Es imposible que haya tardado una hora entera en llegar a su casa, una vez en el portal.
Patricia volvió a reírse, al menos al mismo volumen y con la misma socarronería que la última vez.
—De ser así, tendría más problemas en las piernas que Andreas Gullestad y yo juntos. Si Kristian Lund llegó a las ocho, en teoría pudo haber estado en cualquier otro apartamento del edificio. En la práctica, se me ocurren dos posibilidades. Una de ellas es bastante grave, y la otra, bastante embarazosa, y ambas pueden ser muy importantes para la investigación.
Miré a Patricia más fascinado que nunca. Me dedicó una sonrisa de lo más retorcida y masticó con fruición y a un ritmo moderado el resto de la zanahoria antes de continuar.
—La primera explicación, y la más grave, es que Kristian Lund se encontraba en el segundo, en el apartamento de Harald Olesen, por motivos que no puede o no se atreve a explicarnos. Es muy posible que eso sea lo que ocurrió, aunque hay una segunda teoría que resulta aún más probable.
La paciencia se me iba a acabar de un momento a otro. Y se me acabó del todo cuando aprovechó la oportunidad para sacar otra zanahoria y darle un par de mordiscos mientras pensaba. De repente tuve una regresión a mi etapa escolar, cuando los niños más inteligentes se burlaban de mí.
—¿Dónde estaba el señor Kristian Lund de ocho a nueve según la segunda y más embarazosa teoría? ¿Tendría a bien la señorita Borchmann compartir esta información con el jefe de la investigación?
Patricia frunció el ceño ante mi tono incisivo. Después me mostró una sonrisa encantadora, pero pícara. De repente, se había convertido en una joven de dieciocho años cualquiera, chismorreando en una excursión del colegio.
—Según esa segunda y más embarazosa teoría, se encontraba, por supuesto, en el primero. Más en concreto, en el dormitorio del primero A y, más en concreto aún, encima de la señorita Sara Sundqvist.
Se rio de nuevo, lo más seguro era que de la mueca que puse.
—Encaja sospechosamente bien, ¿verdad? Aclara el asunto del amante misterioso, ya que es difícil creer que, de ser otra persona, ni la mujer del conserje ni ningún otro vecino lo hubieran visto nunca. Además, explica por qué Kristian Lund negaba con tanta obstinación haber llegado antes a casa en presencia de su esposa.
En efecto, encajaba sospechosamente bien. Y también con las reacciones de la esposa del conserje, ahora que lo pensaba. Ya solo faltaba aclarar cómo no se me había ocurrido antes esta posibilidad. Y por qué me había mentido la esposa del conserje. Kristian Lund cada vez tenía más cosas que aclarar, aunque aún no me imaginaba a ese joven y responsable padre de familia como un asesino frío y calculador.
A modo de conclusión, Patricia y yo acordamos que convendría comunicarle a la prensa la hora del asesinato el domingo, después de haber hablado con los vecinos. Me dio la razón en que probablemente sería mejor presionar al asesino que crear una falsa impresión de seguridad. En mi fuero interno, lo que más me preocupaba era lo que la gente y los medios pudieran pensar si pasaban más días sin que se produjeran avances visibles de la investigación.
No me fui de la Casa Blanca hasta las seis de la tarde del sábado 6 de abril de 1968. Al contrario que hacía veinticuatro horas, esta vez volví a casa convencido de que, tarde o temprano, detendríamos al asesino de Harald Olesen y le haríamos cumplir su condena.
Justo antes de marcharme, cometí una metedura de pata en la que no pude dejar de pensar el resto de la noche. Cuando me levanté para irme, me pareció que tal vez debería enfatizar la seriedad del asunto.
—He sido completamente sincero y confío en que no harás un mal uso de la información que he compartido contigo. Pero no debes hablar de nuestras conversaciones con nadie en absoluto, a excepción, quizá, de tu padre, si fuera necesario.
Me lanzó la mirada más ofendida que jamás hubiera recibido de una mujer. Una mirada que por sí sola, y por desgracia, ya era lo suficientemente elocuente.
—Pero, querido inspector, ¿a quién demonios le iba a contar yo todo esto? —respondió seria y molesta.
Avergonzado, eché un vistazo a la sala en la que estaba ella sola, rodeada de libros. Entonces murmuré una disculpa, le di las gracias y salí acompañado por la criada, que sufría de mutismo crónico. Cuando crucé el umbral, Patricia ya había sacado el marcapáginas del libro que estaba arriba de la pila y masticaba con ganas la zanahoria, sin dedicarme ni una sola palabra más.
Cuando me acosté después del tercer día de investigación, influido por mis conversaciones con Patricia, me sentía mucho más optimista por el futuro del caso, pero, al mismo tiempo, sentía que estábamos tras la pista de un asesino particularmente ingenioso, y que podría pasar mucho tiempo hasta que lo detuviéramos por fin. Entonces no tenía ni idea de que me aguardaban seis días cargados de dramatismo en los que se desarrollaría una especie de extraña partida de ajedrez entre Patricia y el asesino, sin que estuvieran en la misma habitación ni existiera ningún tipo de contacto directo entre ellos.
DÍA CUATRO
LOS INQUILINOS AFINAN LA MEMORIA
1
El domingo 7 de abril, mi jornada laboral empezó en Krebs’ gate 25 a eso de las diez. Sin embargo, ya había avisado por teléfono de mi llegada y le había dicho a la esposa del conserje que tenía que hablar con ella. Y allí estaba, diligente en su puesto pese a ser la primera hora de la mañana de un domingo. Me saludó con la mano y sonrió al verme llegar, pero desde lejos ya intuí cierta inseguridad y cierto temor en sus movimientos. Como tenía planeado, fui directo al grano.
—Dar falsos testimonios en casos penales se llama «perjurio» y es un delito grave que puede acarrear multas sustanciosas e incluso penas de cárcel.
Sin duda, había dado en el clavo. La esposa del conserje me miró paralizada, con la cara blanca como la tiza y la mandíbula temblorosa. Me apresuré a continuar.
—Pero como en este caso no se ha dejado constancia por escrito de los testimonios y entiendo que nos encontramos ante una situación delicada para usted, podemos pasar por alto la confusión inicial, siempre y cuando ahora me ofrezcas un testimonio completo y fidedigno de las horas de llegada de los vecinos la noche del asesinato.
La esposa del conserje se recompuso a una velocidad pasmosa y las palabras le brotaron de la boca como un torrente.
—Muchas gracias. He estado muy inquieta y me he arrepentido día y noche de no haberle dicho la verdad a la primera. Pero, como usted mismo ha dicho, no era una situación fácil para mí, ya que había escrito en la lista que Kristian había llegado a las nueve y le había prometido que, en caso de que alguien me preguntara, diría que así fue. Nadie se imaginaba que la policía vendría a preguntarnos. Y yo estaba completamente segura de que Kristian no tenía nada que ver con el asesinato. Entonces me hice un lío y juzgué más conveniente atenerme a mi promesa. Al fin y al cabo, el que Kristian llegara un poco antes en ciertas ocasiones solo les concernía a él y a su mujer.
No dejé pasar la oportunidad de presionar un poco más.
—A ellos y a la señorita Sundqvist, claro.
La mujer del conserje ya se había recuperado del susto inicial y me sonrió antes de responder a mi pregunta.
—Es increíble todo lo que el inspector jefe ha conseguido sacar en claro. Sí, así es, pero la señorita Sara es una joven amable y encantadora. Tampoco tiene nada que ver con el asesinato. No me cabe la menor duda de ello.
La sonrisa se le ensanchó antes de continuar. Aún sin oír lo que iba a decirme, me imaginé que estaba fantaseando con su propia juventud.
—Me di cuenta antes de saberlo. Sara iba como flotando por los pasillos, caminaba más recta y sonreía más que de costumbre. Estaba claro, incluso para una abuela como yo, que tenía que haber un hombre joven y guapo en su vida. Me olí algo por primera vez una mañana en que ella bajó corriendo justo después de que saliera él. A la mañana siguiente, pasó por aquí más temprano de lo habitual, pero se quedó de pie esperando en la acera hasta que llegó él. Al día siguiente volvió a bajar ella primero y él un par de minutos más tarde. Entonces entendí que allí pasaba algo. Como se imaginará, no les dije nada ni a ellos ni a la señora Lund. No es de mi incumbencia y no quería meter a nadie en un lío.
Asentí para mostrar que comprendía lo que me decía.
—Hasta aquí no hay ningún problema. Pero luego empezaste a falsificar listas y a mentir a la policía. Supongo que no era tu intención.
La mujer del conserje negó con la cabeza.
—No, no. Jamás se me habría ocurrido hacer nada semejante. Fue Kristian quien vino a hablar conmigo a principios de la semana siguiente. Me contó sin rodeos y de una forma bastante emotiva que estaba enamorado hasta la médula de la señorita Sara, y que tenía una relación secreta con ella. Era complicado y aún no sabía qué hacer, me dijo. Mientras tanto, me pidió que no le dijera nada de lo que viera u oyera ni a la señora Lund ni a nadie más. Se lo prometí. Pero entonces me pidió que mintiera si alguien me preguntaba directamente si había visto algo sospechoso, y que apuntara que había llegado una hora más tarde en la lista los días que había llamado y le había dicho a su mujer que llegaría tarde. Y a eso ya me negué. Una cosa es no entrometerse en asuntos que no son de la incumbencia de uno, pero de ahí a mentir...
Se hizo el silencio entre nosotros.
—Pero entonces... —le dije.
Ella asintió con la cabeza.
—Entonces sacó la cartera y me aseguró que me compensaría por mi ayuda. En su opinión, cien coronas al mes con un adelanto de doscientas coronas antes de Navidad podrían servir. Y sacó cuatro billetes de cincuenta.
La esposa del conserje se quedó en silencio, pensativa. Un par de lágrimas le rodaron por las mejillas surcadas de arrugas. Entonces se levantó despacio y me indicó con un gesto que esperase.
—Hay un par de fotos que me gustaría mostrarle —murmuró mientras pasaba a mi lado.
Al cabo de unos minutos regresó con dos fotografías enmarcadas. La primera, antigua y amarillenta, mostraba en blanco y negro la boda de una pareja sonriente. El hombre era alto y moreno y le sacaba una cabeza a la mujer, que tenía unas formas mucho más redondeadas.
—Era la primavera de 1928 —dijo en voz queda, como si eso lo aclarase todo—. El Partido Laborista había formado gobierno por primera vez y nos prometíamos un futuro espléndido. Me preguntaron muchas veces, tanto entonces como años más tarde, cómo había conseguido encontrar a un hombre tan estupendo como Anton. Así era entonces: bueno, trabajador y paciente con todo lo que hacía. Todo fue bien durante los siguientes doce años. Tenía trabajo y nuestros hijos se libraron de la tuberculosis y crecieron sanos. Nunca nos quejamos de nada, a pesar de las largas jornadas de trabajo.
—Pero entonces... —le dije, aunque aún no tenía claro adónde quería ir a parar con todo aquello.
Ella asintió de nuevo, esta vez con pesadumbre.
—Entonces llegó la guerra y Anton se unió a la Resistencia. Me consultó antes, pero no pude decirle que no, porque era lo que quería y el futuro del país estaba en juego. Más de una vez y más de dos me he preguntado cómo habría sido nuestra vida de haberme plantado y haberle dicho que no. Pero no lo hice, y la guerra le partió la vida en dos, aunque en su momento no fuimos capaces de comprenderlo. Mi Anton sobrevivió a la guerra, pero no fue capaz de vivir con los recuerdos cuando llegó la paz. Todo empezó con pesadillas y trastornos del sueño y continuó con cada vez más cigarrillos y cada vez más alcohol. Le dije que no estaba y no me preguntó nada más. Pero está en el hospital, y de ahí saldrá con los pies por delante. Llevaba años diciéndoselo, que si seguía fumando y bebiendo así no llegaría a los sesenta años. Acaba de cumplir sesenta y dos, pero ya solo le quedan unas pocas semanas de vida, lo que le duren el hígado y los pulmones. Si tiene que hablar con él, mejor será que no lo postergue más de lo estrictamente necesario. —Bajó la vista un instante, pero enseguida continuó—. Sé lo que está pensando: ¿qué hago aquí mientras mi marido está en el hospital? En parte se debe a que nunca me han gustado los hospitales, pero lo cierto es que no puedo verlo. Ya no es ni la sombra de lo que fue, y lo único que le queda en la vida es el dolor. Por supuesto, acudo de inmediato si me llaman y me dicen que quiere verme. Pero eso no sucede a menudo y, cuando sucede, no nos hace ningún bien a ninguno. Uno de los dos tiene que seguir adelante, tanto por los niños como por los vecinos. Y por eso estoy aquí sentada con esta foto antigua. Quiero recordarlo como era antaño, no como es ahora.
Las lágrimas le corrían por las mejillas y yo no sabía qué decirle para que dejara de llorar. Dejé pasar unos minutos y señalé con cuidado la segunda foto. Era actual y mostraba a una mujer mayor que no me costó reconocer, con cuatro niños vestidos de fiesta y sentados en el suelo, sonrientes, frente a un árbol de Navidad con regalos envueltos.
—La guerra le destrozó la vida a Anton, y también nos la destrozó a mi familia y a mí. Durante los últimos años, la lucha ha sido cada vez más dura. Le costaba ocuparse de su trabajo y se gastaba cada corona que caía en sus manos en tabaco y alcohol. Los momentos culminantes del año son la Navidad y la Nochevieja. Vienen nuestros hijos y nuestros nietos y, por respeto a ellos, se las arreglaba para mantenerse relativamente sobrio. Pero en otoño del año pasado estaba desesperada. Teníamos deudas y ya no me quedaban amigos a quienes pedirles dinero prestado. Necesitaba con urgencia ochenta coronas para pagar a los acreedores más agresivos antes de Navidad, y cien coronas más para la comida de Navidad y los regalos. No se me ocurría cómo podría conseguir ni siquiera cincuenta coronas. No me quedaba ningún objeto de valor que empeñar. Pero entonces, como si fuera un milagro, Kristian apareció un día y me puso delante cuatro billetes de cincuenta. Me tragué mis principios y los acepté. Vender una mentira por Navidad no me hacía sentir orgullosa. Durante varias noches lloré hasta quedarme dormida. Pero los nietos tuvieron su fiesta en la última Navidad de Anton y la comida fue mejor y los regalos más abundantes que nunca. Creo que mucha gente ha cobrado dinero más sucio para peores fines que este.
Miré la foto de la mujer del conserje y sus nietos y enseguida me di cuenta de que estaba en lo cierto. Mucha gente aceptaba dinero mucho más sucio con mucho peores propósitos. Así que le dije la verdad: que como humano era fácil ponerse en su lugar, y que podríamos hacer la vista gorda a lo jurídico, siempre y cuando cambiara su declaración enseguida, y con la condición de que en lo sucesivo nos contara toda la verdad y nada más que la verdad. Aliviada, la esposa del conserje me prometió solemnemente que así sería.
—Ahora me entero de que tu marido fue un miembro de la Resistencia. ¿Crees que estuvo en contacto con Harald Olesen?
A la esposa del conserje se le iluminó la cara al pensar en los viejos tiempos y sonrió satisfecha antes de responder.
—¡Ya lo creo que sí! Fue Harald Olesen quien le pidió a mi marido que se uniera. Todavía recuerdo cuando cerraron el trato con un apretón de manos. Fue en nuestra cocina. Yo también contribuí un poco. Varias veces escondimos a refugiados en el sótano, hasta que Olesen encontrara la ocasión para ayudarlos a cruzar la frontera con Suecia. Pero Anton era solo un ayudante más. Harald Olesen era muy activo y no tardó en formar una red de colaboradores en el este del país. A veces pienso que debía de ser un hombre dotado de una fuerza extraordinaria, no solo por la responsabilidad que desempeñaba durante la guerra, sino también porque consiguió vivir con los recuerdos de todo lo que había pasado.
En ese momento me di cuenta de que allí podría haber una pista interesante capaz de llevarnos al móvil del asesinato.
—Y teniendo en cuenta lo que ocurrió después, ¿le guardabais algún rencor a Olesen?
La esposa del conserje negó con la cabeza.
—Nunca hemos albergado malos sentimientos hacia él, claro que no. Estábamos en guerra. ¿Cómo podíamos saber lo que le pasaría a Anton más adelante? Nos enorgullecía vivir en el mismo bloque que Harald Olesen, aunque viviéramos en el sótano, tres pisos por debajo de él. Incluso en los últimos años, a Anton le subía el ánimo hablar con su antiguo héroe, y durante un tiempo hasta bebía menos. Olesen nunca llegó a comprender hasta qué punto las cosas le iban mal a Anton, pero se daba cuenta de que no era fácil vivir en el sótano. Así que cada vez nos hacía regalos más generosos en Navidad y cuando cumplíamos años. Harald Olesen era un buen hombre, siempre lo fue. No puedo decir nada malo de él, y de verdad no puedo entender quién querría asesinarlo. Durante la guerra siempre temimos por su vida, pero ahora, después de tantos años... No, es incomprensible. No se me ocurre nadie de esos años que pueda haber perpetrado el asesinato, pero tal vez mi marido sepa algo más.
Asentí con la cabeza. Debía hablar lo antes posible con el conserje Anton Hansen, que se encontraba ingresado en el hospital. En cuanto a su mujer, solo me quedaba una pregunta crítica que plantearle.
—¿Y qué hay de la señora Lund? ¿Nunca pensaste en ella?
La esposa del conserje asintió con la cabeza y una expresión de pesadumbre volvió a ensombrecerle el rostro. No obstante, me respondió con voz clara y firme.
—Por supuesto que pensé en ella, y también en el bebé, y más de una vez comprendí que su marido la estaba traicionando. Pero Kristian es un buen hombre y se ha hecho a sí mismo. Se mata a trabajar y le cuesta cumplir las expectativas de su familia política. La única vez que vinieron, los padres de ella nos miraron con asco tanto a mí como al edificio. Y Kristian cuidó mucho a su madre enferma. La última vez que vino, solo le faltaba llevarla en brazos. Nunca tuvo padre. Su vida no ha sido fácil. Su mujer no tiene nada de malo y es muy cariñosa con el bebé. Pero nunca le ha faltado de nada y no tiene ni idea de lo que supone tener un marido alcohólico o criarse sin padre. Algo muy malo tendría que hacer Kristian para que yo me pusiera de parte de ella. En ocasiones me da por pensar que le iría mejor con esa estudiante sueca tan trabajadora que con la muñequita consentida con la que se casó.
Constaté que la lucha de clases seguía presente, al menos en el sótano de Torshov. Y también que las relaciones en este edificio resultaban ser menos armónicas cuanto más conocía a los inquilinos. La esposa del conserje y su marido ausente podrían ser más relevantes para esclarecer el caso de lo que había creído en un principio.
La esposa del conserje sonrió con tristeza cuando le expuse que, como mero formalismo, todos los residentes debían enseñarme la cartilla bancaria, y que no podía hacer una excepción con ella. Se levantó con esfuerzo, rebuscó en un cajón de la cómoda, sacó una cartilla roja y desgastada de la caja postal de ahorros y me la dio.
—No es nada de lo que presumir, después de toda una vida, pero es mucho más de lo que tenía cuando Anton estaba en casa —me dijo con una sonrisa cansada.
Le eché un vistazo rápido. Tuve que darle la razón. Según la cartilla de la caja postal de ahorros, la esposa del conserje tenía cuarenta y ocho coronas. Lo cierto era que ese saldo no era como para presumir de él, tras toda una vida. Aun así, se había afanado de un tiempo a esa parte. Cinco meses antes apenas tenía cuatro coronas en la cuenta. Estaba claro que las doscientas cincuenta mil coronas que habían desaparecido de la cuenta de Harald Olesen no habían ido a parar a la de la esposa del conserje.
Había pensado ir a hablar con el matrimonio Lund primero y más tarde con Sara Sundqvist, pero la esposa del conserje había apuntado que, aunque fuera domingo, Kristian Lund había ido al trabajo a eso de las nueve, después de llamar a su secretaria y pedirle que fuera a la oficina. Al salir, había comentado que llevaba retraso con el inventario y que, además, necesitaba salir a despejarse y a pensar un poco. Tras una fugaz consulta conmigo mismo, decidí que Kristian Lund sería la siguiente persona con la que hablaría. Le pedí a la esposa del conserje que lo llamara al trabajo. Le comuniqué que tenía que hablar con él lo antes posible y que tal vez lo más fácil sería que nos viéramos en la tienda de deportes. Se hizo el silencio hasta que pilló la indirecta y me respondió que de acuerdo. Le dije que estaría allí en un cuarto de hora, y me aseguró que su secretaria estaría pendiente y me abriría la puerta.
2
La tienda de deportes que regentaba Kristian Lund era grande y moderna, con una puerta doble y al menos diez metros cuadrados de escaparate que daba a una calle muy concurrida. Pensé que el trabajo de encargado debía de estar bien pagado, además de ser un buen trampolín para trabajar en el sector de los deportes, pero no tuve tiempo de profundizar en esa reflexión. La secretaria de Kristian Lund era una mujer bajita y rubia de unos veinticinco años que acudió a abrirme la puerta en cuanto me vio llegar. Estaba delgada y firme, y firme fue también el apretón de manos que nos dimos mientras me decía con voz cantarina que se llamaba Elise Remmen y que «nuestro querido jefe» me esperaba en su despacho. Seguí su silueta por el pasillo, entre puertas y más puertas de despachos. Elise Remmen me explicó emocionada que su cadena encabezaba la competición por hacerse con el mercado de los productos deportivos, por lo que varias tiendas habían llevado allí su administración.
Ese domingo la puerta solo estaba abierta y la luz solo estaba encendida en el despacho del encargado, Kristian Lund, que me esperaba de pie y con la mano extendida frente al escritorio. Me costó reconocerlo. En la seguridad de su entorno de trabajo, y transcurridos varios días desde el asesinato, me pareció un hombre fuerte, relajado y seguro en quien podía confiar. Pero ya nos habíamos visto antes y, de hecho, había ido a hablar con él porque había descubierto que me había mentido.
Kristian Lund conservó la máscara con una maestría admirable en presencia de su secretaria. Era tan encantadora que llegaba a causar rechazo. Me preguntó si quería un té o un café y me sonrió con tanta amabilidad que estuve a punto de decirle que sí. Entonces, Kristian Lund le indicó con un tono de voz alto y claro que solo serían unas preguntas rutinarias sobre el asesinato de su vecino, y le pidió que cerrara la puerta al salir y que prosiguiera con el inventario. Ella accedió con una voz parecida al trino de un pájaro. Entonces, salió volando de la habitación y cerró la puerta con cuidado tras de sí.
En cuanto nos quedamos solos, la actitud de Kristian Lund cambió por completo. Se le endureció el gesto y sus movimientos se volvieron más bruscos. Era un camaleón y, como tal, sabía cambiar de aspecto para adaptarse a distintas circunstancias.
Ninguno de los dos quería romper el hielo, así que nos quedamos ahí sentados durante un par de minutos, mirándonos fijamente. Kristian Lund sacó un cigarrillo y lo encendió. La situación parecía un duelo de esgrima, en el que ninguno de los dos se animaba a atacar, aunque uno de los dos tendría que hacerlo.
—Bueno, ¿en qué puedo ayudarlo hoy? —me preguntó al fin.
Aproveché la oportunidad para lanzar un ataque frontal.
—Antes que nada, me gustaría saber por qué mintió sobre su madre la última vez que hablamos.
Se le ensombreció el rostro y negó un par de veces con la cabeza.
—Bueno, mentir, lo que se dice mentir... Tal vez no le contara todo lo que habría debido. Lo estuve pensando después. Debí haberle contado que fue miembro del NS y que lo juzgaron después de la guerra. Estaba claro que un inspector tan bueno como usted lo descubriría. Pero no me pareció que los actos de mi difunta madre durante la guerra guardasen relación alguna con el asesinato, que ya me parecía lo bastante complicado. Además, estoy harto de tener que responder una y otra vez por lo que mi madre hizo de joven aun después de su muerte. He tratado de vivir mi vida al margen de todo eso, y la verdad es que no ha sido nada fácil.
La voz de Kristian Lund se tiñó de la misma amargura que había escuchado en la de Konrad Jensen.
—No niego que mi madre fuera nazi en otra época ni que trabajara en favor de una ideología inhumana que rechazo profundamente, pero para mí no fue una nazi, solo era mi madre. Conozco a muy poca gente que tenga una madre mejor y más buena, máxime teniendo en cuenta todo lo que tuvo que pasar después de la guerra. Vivimos tres años con mis abuelos, hasta que mi madre consiguió un trabajo de limpiadora muy mal pagado. Me faltan dedos para contar las veces que oí a la gente gritarle cosas por la calle. Y yo, que nací en 1940, no conseguí que dejaran a ninguno de mis amigos venir a casa hasta los once años. Las cosas mejoraron con el tiempo. Cuando cumplí doce, a mi cumpleaños vinieron dos amigos; cinco a los trece y nueve cuando cumplí catorce, pero siempre había algo de lo que mi madre no pudo librarse. Cuando me confirmé y ella se puso de pie en la iglesia, varios padres la abuchearon —dijo, y negó con la cabeza—, lo que desencadenó nuevos odios y despertó viejas rencillas. Juré que nunca me vendría abajo, y que le mostraría a todo el mundo de qué pasta estaba hecho. Y lo he conseguido. Y ese éxito fue el único triunfo de mi madre tras la guerra. Durante todos esos años había tenido que enfrentarse a varios complejos. Cuando por fin pasó lo peor, tanto para ella como para mí, vino el cáncer, sin duda causado por el tabaco: crecí rodeado de una nube de humo.
De repente miró el cigarrillo, asqueado, y lo apagó con violencia en el cenicero del escritorio.
—Estoy intentando dejarlo, pero no es fácil. Discúlpanos si estamos algo nerviosos. Ha sido un invierno complicado. Las cosas aún no han vuelto a su cauce después del entierro de mi madre y el bautizo del niño, y ahora, para colmo, se produce este asesinato. Mi madre luchó hasta el final, pero no tuvo suerte. Su último deseo fue vivir lo suficiente para tener en brazos a su primer nieto. Vivió cinco semanas más de lo que había vaticinado el médico, pero el niño llegó una semana más tarde de lo previsto. Tres días de diferencia. Fue un periodo doloroso y agotador.
Esa parte de la historia me resultó interesante y quise saber más sobre la situación de Kristian Lund, que, sin duda, no era sencilla.
—¿Saben tus suegros lo de tu madre?
A Kristian Lund le dio la risa, una carcajada breve y llena de amargura.
—Durante un tiempo tuve miedo de decírselo, pero no supuso ningún problema, como era de esperar. Mi suegro tiene una fortuna de más de cuatro millones, y al menos tres de ellos los ganó comerciando con las fuerzas de ocupación durante la guerra. Sus empresas batieron todos los récords de facturación. ¿Crees que recibió algún comentario después de la guerra? ¡Claro que no! Nadie se atrevió a meterse con el dueño de la fábrica de Bærum. Por otro lado, una madre soltera de Drammen era presa fácil. Pero de verdad que no entiendo qué relación guarda el triste destino de mi madre con el asesinato de mi vecino.
Asentí con la cabeza. Con ello buscaba mostrar empatía.
—Yo tampoco. Pero me gustaría que me hablaras más de tu padre, para asegurarme de que no tiene nada que ver con el caso.
Kristian Lund volvió a reírse, y negó con la cabeza con ganas.
—No será fácil. Ahora que mi madre ya no está entre nosotros, nadie sabe ni siquiera el nombre de mi padre. Ese era el único conflicto que existía entre mi madre y yo. En cierta ocasión me dio a entender que se trataba de alguien con quien tuvo una relación, y que no podría ser otra persona. Pero nunca me dijo cómo se llamaba. Le insistí una y otra vez en mi adolescencia. Incluso me pasé un mes entero sin hablar con ella porque no quería decírmelo. Pero nunca cedió. La única respuesta que recibí fue que él la había traicionado y que nunca se había preocupado por mí, y que si me decía quién era solo empeoraría las cosas. Una vez, cuando tenía dieciocho o diecinueve años, le dije que tenía razón, y apenas le volví a sacar el tema. Traté de pensar que, para tener un padre así, era preferible no tenerlo. Aun así, la identidad de mi padre era una incógnita que siempre llevaba conmigo, sobre todo cuando era el único de la clase del Instituto de Economía y Empresa que no tenía padre al que pedirle dinero.
La cosa se iba poniendo cada vez más interesante. La identidad del padre de Kristian Lund se había convertido en un misterio que tenía muchas ganas de desvelar.
—¿No sospechas de nadie en concreto?
Kristian Lund negó con la cabeza.
—Le di muchas vueltas durante mi adolescencia. He heredado la piel clara y las facciones de mi madre, así que no tengo mucho de él. Pero, en cierta ocasión, un profesor de ciencias naturales me dijo que con esa cabeza que tenía, mi padre debía de ser un fuera de serie. Pensé mucho en ese halago, y era verdad. Mi madre había sido guapa de joven, y era muy buena, pero no era muy inteligente. Me ayudaba con los deberes de pequeño, pero cuando terminé la primaria ya no podía recurrir a ella. Era el mejor de la clase en casi todas las asignaturas, al menos en secundaria. Así que estaba claro que mi padre era (o fue) un hombre inteligente. Pero eso es lo único que sé de él. Me concibieron entre mayo y junio de 1940, así que hay muchas posibilidades. Pudo haber sido un soldado alemán, un simpatizante del NS o cualquier otro noruego. Ni mi madre ni mis abuelos solían hablar de esa época, así que no tengo mucho a lo que aferrarme. Ahora intento pensar en ello lo menos posible. Y espero que resulte irrelevante para el caso.
Asentí con la cabeza.
—Yo también lo espero. Pero también tenemos que hablar de una mujer joven que vive en el edificio y que estaba allí cuando se produjo el asesinato, y de quien mentiste la primera vez que hablamos.
La reacción no se hizo esperar. A Kristian Lund le brillaron los ojos. Se encendió otro cigarro con el pulso tembloroso y dio un par de caladas antes de responder.
—Entiendo adónde quieres ir a parar. ¿Te lo ha contado la esposa del conserje o ha sido la propia Sara?
—Ninguna de las dos. Saqué mis propias conclusiones basándome en las declaraciones de los vecinos y en la probabilidad.
Kristian Lund asintió con la cabeza.
—Me tranquiliza y me impresiona a partes iguales. Empiezo a creer que serás capaz de encontrar al asesino. Esto tampoco tiene nada que ver con el asesinato, pero podría ser relevante a la hora de comprobar las coartadas. Te pido disculpas por haberte mentido, pero estaba en una situación muy delicada. Mi esposa no tiene por qué saber nada de esto, ¿verdad?
Le dije que no, pero enseguida añadí una aclaración.
—Siempre y cuando no tenga nada que ver con el asesinato, y siempre que me des una explicación sincera ahora mismo. Y ya puede ser mejor que la de la otra vez.
Asintió con vehemencia. Parecía que Kristian Lund no tenía reparo en hablar de temas personales. En mi fuero interno se afianzaba la impresión de hallarme frente a una persona egocéntrica, pero también inteligente y con habilidades sociales.
—Soy consciente de que el hecho de que tenga una relación extramatrimonial con una mujer que, además, es mi vecina no inspira confianza, sobre todo si tenemos en cuenta que estoy casado con una mujer guapa y buena con la que tengo un niño maravilloso. Me temo que la explicación nos llevará un rato.
Le indiqué con un gesto que no tenía prisa. La historia de Kristian Lund me interesaba cada vez más. Asintió agradecido y se reclinó pensativo en la silla durante unos segundos antes de empezar a hablar.
—Todo empezó el año pasado, con una buena dosis de atracción física de la de toda la vida.
Se quedó en silencio un instante y se le torció el gesto antes de retomar el camino de la autocompasión.
—Pero en realidad todo esto también tiene que ver con mi madre y con todo lo que viví en mi infancia. Durante muchos años, fui el chico a quien ninguna chica quería o el chico que ninguna chica se atrevía a admitir que le gustaba. A los diecisiete años aún no había besado a nadie. Una experiencia en particular se me quedó grabada, aunque no pudo ser más inocente. Estaba de campamento a los catorce años y una chica les dio un abrazo de buenas noches a todos los chicos de la clase. A todos menos a mí. «Hay que tener unos límites. Hasta para dar abrazos», me dijo con una sonrisa fría y sarcástica. Todo el mundo se rio. Me pasé la noche llorando y me prometí a mí mismo que algún día tendría éxito. Y el éxito me llegó a los dieciocho años. Tocaba en un grupo y era el jugador estrella de un equipo de fútbol. Había sufrido tantos rechazos que no dejé escapar ninguna oportunidad. La chica que no me quiso dar un abrazo de buenas noches a los catorce años fue una de las muchas que tanto gemían conmigo encima a los diecinueve.
De repente, sonrió. Era evidente que ese episodio se encontraba entre sus mejores recuerdos de juventud.
—Estoy seguro de que me movía una necesidad de reafirmación y venganza, pero también había atracción física. Era un joven activo con un fuerte deseo sexual. Las chicas me gustaban todavía más que jugar al fútbol. Pero entonces me hice mayor y más sabio y los ánimos se calmaron un poco. En el Instituto de Economía y Empresa, el ambiente era más serio, y cuando conocí a Karen nunca volví a estar con otra mujer. Hasta... —Esa última palabra se quedó flotando en el aire un instante—. Hasta que Sara apareció un día, radiante, en el descansillo y nos contó que se acababa de mudar. Y me embargaron un deseo y una emoción que no había sentido en mi vida. —Se inclinó hacia mí sobre el escritorio—. Dejé atrás la juventud hace menos tiempo que tú, pero estoy seguro de que alguna vez has estado demasiado cerca de una de esas chicas insultantemente guapas de entre diecisiete y veintitrés años. De esas que parecen haberse apretado el cinturón más de lo normal y que tienen tres botones de la blusa desabrochados y se acercan a uno demasiado, como sin querer. Con una sonrisa burlona que parece decir que la gente puede mirar todo lo que quiera, pero nada más.
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