Kitabı oxu: «Te echo de menos»

Şrift:

Título original: Missing You

© Harlan Coben, 2014.

© de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2017.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO044

ISBN: 9788490568187

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

DEDICATORIA

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AGRADECIMIENTOS

NOTAS

A RAY Y MAUREEN CLARKE

1

Kat Donovan acababa de bajarse del viejo taburete de su padre, dispuesta a dejar el O’Malley’s, cuando Stacy dijo:

—No te va a gustar lo que he hecho.

El tono de aquella frase hizo que Kat se detuviera de golpe.

—¿Qué?

El O’Malley’s había sido un bar de policías de los de toda la vida. El abuelo de Kat ya había pasado muchas tardes en él, igual que su padre y sus colegas del Departamento de Policía de Nueva York. Ahora lo habían convertido en un bar de yupis estirados, y estaba lleno de tipos engreídos con camisas blancas impecables, trajes negros y una barba de dos días cuidada al máximo para que pareciera descuidada. Eran unos tipos blandos que sonreían con petulancia y que llevaban hasta el último cabello esculpido con geles y espumas, y que bebían Ketel One en lugar de Grey Goose porque habrían visto algún anuncio en la tele donde decían que ese era el vodka que bebían los hombres de verdad.

Stacy paseó la mirada por el bar. Evitándola. A Kat eso no le gustó.

—¿Qué es lo que has hecho? —le preguntó.

—¡Vaya! —dijo Stacy.

—¿Qué?

—Capullo hostiable a las cinco en punto —dijo Stacy. Kat se giró hacia la derecha para echar un vistazo—. ¿Lo has visto?

—Sí, sí —respondió Kat.

En cuanto a decoración, el O’Malley’s no había cambiado tanto con el paso de los años. Sí, claro, los viejos televisores habían sido reemplazados por pantallas planas que mostraban una exagerada gama de partidos y deportes variados (¿a quién le importaba si los Edmonton Oilers ganaban o perdían?), pero, aparte de eso, conservaba aquel ambiente de bar de polis, y eso era lo que atraía a aquellos pretenciosos, que al invadir el bar estaban eliminando lo que le había dado ida, convirtiéndolo en una especie de versión Disney de lo que había sido en el pasado.

Kat era la única poli que aún iba al bar. Sus colegas se marchaban a casa al acabar el turno, o a sus reuniones de alcohólicos anónimos. Kat todavía seguía yendo a aquel lugar, y se sentaba en el viejo taburete de su padre con sus fantasmas, especialmente aquella noche, en que el asesinato de su padre volvía a rondarle la cabeza. Solo quería estar allí, sentir la presencia de su padre, que de algún modo —por ridículo que sonara— le diera fuerzas.

Pero aquellos idiotas no la dejarían en paz, no...

Aquel capullo hostiable en particular —expresión para llamar a cualquier tipo que se mereciera una hostia en los morros— había cometido un pecado clásico digno de hostia. Llevaba gafas de sol. A las once de la noche. En un bar mal iluminado. Otros detalles dignos de hostia incluían llevar la cartera cogida con una cadena, los pañuelos pirata, las camisas de seda desabotonadas, la profusión de tatuajes (con mención especial para los de símbolos tribales), las chapas militares (en los tíos que no habían servido en el ejército) y los relojes de pulsera blancos enormes.

Gafas de Sol sonrió con suficiencia y levantó la copa en dirección a Kat y Stacy.

—Le gustamos —dijo Stacy.

—Déjate de evasivas. ¿Qué es lo que no me iba a gustar?

Cuando Stacy se giró de nuevo hacia ella, Kat observó el gesto de decepción en el rostro hiperhidratado del capullo hostiable. Ya lo había visto muchas veces. Stacy gustaba a los hombres. No, más que eso: Stacy era un bombón, de esos que dejan a los hombres temblando, castañeteando y rabiando por dentro. Cuando se le acercaban, les fallaban las piernas y se volvían tontos. Muy tontos. Tontos de capirote.

Por eso quizá fuera un error salir por ahí con alguien con el aspecto de Stacy: los tipos llegaban a la conclusión de que no tenían ninguna posibilidad con una mujer así. Parecía inalcanzable.

Kat, en cambio, no.

Gafas de Sol fijó el objetivo en Kat e inició el ataque. Más que caminar hacia ella, se deslizó sobre su propia baba. Stacy contuvo una risita.

—Esto va a ser divertido —dijo.

Con la esperanza de desalentarlo, Kat miró al tipo de frente con expresión de desdén. Gafas de Sol no se achantó. Siguió avanzando, bamboleándose al ritmo de la música..., de alguna canción que debía de sonar solo en su cabeza.

—Hola, guapa —dijo Gafas de Sol—. ¿Te llamas wifi? —Kat esperó—. Porque siento una conexión especial...

Stacy explotó en una carcajada.

Kat siguió mirándolo. El tipo siguió adelante.

—Me gustan las mujeres menudas como tú, ¿sabes? Me pareces adorable. ¿Y sabes cómo estarías mejor aún? Conmigo.

—¿Alguna vez te funcionan esas frases tan tontas? —le preguntó Kat.

—Aún no he acabado. —Gafas de Sol tosió cubriéndose la boca con el puño, sacó su iPhone y se lo mostró a Kat—. Felicidades, cariño: acabas de pasar al primer puesto de mis tareas pendientes.

Stacy estaba disfrutando de lo lindo.

—¿Cómo te llamas? —dijo Kat.

El tipo arqueó una ceja.

—Como tú quieras que me llame, cariño.

—¿Qué tal Baboso? —Kat se abrió la americana, mostrándole el cinto con la pistola—. Voy a sacar la pistola, Baboso.

—Caray, chica, ¿eres mi nueva jefa? —dijo él señalándose la bragueta—. ¡Porque le acabas de dar un ascenso a mi compañero el calvo!

—Fuera de aquí.

—Mi amor por ti es como la diarrea —dijo Gafas de Sol—. Incontenible.

Kat se lo quedó mirando, horrorizada.

—¿Me he pasado? —preguntó él.

—¡Tío, eso es asqueroso!

—Ya, pero apuesto a que es la primera vez que lo oyes —dijo él. Aquella apuesta la habría ganado.

—Desaparece. Ya.

—¿De verdad? —insistió el tipo.

Stacy estaba casi por el suelo, partiéndose de la risa. Gafas de Sol empezó a retirarse.

—Un momento —continuó—. ¿Es una prueba? ¿Eso de Baboso no será... un cumplido o algo así?

—Lárgate.

Él se encogió de hombros, dio media vuelta, se fijó en Stacy y pensó: «¿Por qué no?». Repasó con la mirada su largo cuerpo y dijo:

—Bonitas piernas. ¿A qué hora abren?

Stacy se lo estaba pasando de cine.

—Poséeme, Baboso. Aquí mismo. Ahora mismo.

—¿De verdad?

—No.

Baboso volvió a mirar a Kat. Kat apoyó la mano en la culata de su pistola. Él levantó las manos y se apartó.

—¿Stacy? —dijo Kat.

—¿Hummm?

—¿Por qué creen estos tíos que tienen alguna oportunidad conmigo?

—Porque eres mona y tienes pinta de cachonda.

—Yo no soy cachonda.

—No, pero lo pareces.

—En serio, ¿tengo la misma pinta que ese perdedor?

—Tienes pinta de estar herida —dijo Stacy—. Odio decirlo. Pero ese sufrimiento... lo transmites, como una especie de feromona que a los capullos les resulta irresistible.

Ambas le dieron un sorbo a sus copas.

—Bueno, ¿y qué es eso que has hecho y que no me va a gustar? —preguntó Kat.

Stacy volvió a mirar hacia Baboso.

—Ahora me siento mal por él —dijo Stacy—. Quizá debería concederle un polvete rápido.

—No empieces.

—¿El qué?

Stacy cruzó sus largas piernas de modelo y le mostró una sonrisa a Baboso. El tipo puso una cara como de perro abandonado en un coche demasiado tiempo.

—¿Crees que esta falda es demasiado corta, Kat?

—¿Falda? —respondió Kat—. Yo pensaba que era un cinturón.

A Stacy le gustó la respuesta. Le encantaba que se fijaran en ella. Le encantaba ligar con tíos, porque estaba convencida de que con pasar una noche con ellos les cambiaba la vida. También era parte de su trabajo. Stacy era socia de una agencia de investigación privada junto con otras dos mujeres espléndidas. ¿Su especialidad? Pillar (atrapar, en realidad) a maridos infieles.

—¿Stacy?

—¿Hummm?

—¿Qué es eso que no me va a gustar?

—Esto.

Sin dejar de mirar a Baboso, Stacy le dio un trozo de papel a Kat. Kat miró el papel y frunció el ceño: «KD8115 SexoaTope».

—¿Qué es esto?

—KD8115 es tu nombre de usuaria. —Sus iniciales y su número de placa—. SexoaTope es tu contraseña. Ah, y distingue mayúsculas de minúsculas.

—¿Y esto para qué es?

—Para un sitio web..., EresMiTipo.com.

—¿Cómo?

—Es un servicio de citas por internet.

—Por favor, dime que es una broma —dijo Kat haciendo una mueca.

—Es un sitio exclusivo.

—Eso es lo que dicen de los clubes de estriptis.

—Te he pagado la inscripción —dijo Stacy—. Es para un año.

—Estás de broma, ¿verdad?

—No bromeo. He trabajado para esta empresa. Son buenos. Y no nos engañemos: necesitas un hombre. Quieres un hombre. Y aquí no vas a encontrarlo.

Kat suspiró, se puso en pie y le hizo un gesto al camarero, un tipo llamado Pete que parecía un personaje secundario que siempre hiciera de camarero irlandés —que era en realidad lo que era—. Pete le devolvió el gesto, indicándole que le había apuntado las copas a su cuenta.

—¿Quién sabe? —dijo Stacy—. A lo mejor encuentras a tu príncipe azul.

Kat se dirigió hacia la puerta.

—Sí, o un nuevo filón de babosos.

Kat escribió «EresMiTipo.com», apretó la tecla Enter e introdujo su nuevo nombre de usuaria y su embarazosa contraseña. Frunció el ceño cuando vio el lema que había escogido Stacy para su perfil: ¡MONA Y CACHONDA!

—Se ha dejado «y herida» —murmuró.

Era más de medianoche, pero Kat no tenía costumbre de dormir demasiado. Vivía en un barrio demasiado elegante para ella —en la calle Sesenta y siete, al oeste de Central Park, en el Atelier—. Cien años atrás, aquel edificio y los contiguos, incluido el famoso Hotel des Artistes, acogían a escritores, pintores, intelectuales..., artistas. Los amplios apartamentos de estilo europeo daban a la calle, y los estudios de artistas, más pequeños, atrás. Con el tiempo, los antiguos estudios fueron convirtiéndose en apartamentos de un dormitorio. El padre de Kat, un poli que había visto hacerse ricos a sus amigos sin hacer nada más que comprar fincas, quiso probar suerte. Un tipo al que le había salvado la vida le vendió aquel piso muy barato.

Kat se había trasladado allí en su época de estudiante en la Universidad de Columbia. Se había pagado los estudios universitarios con una beca de la policía. Según el proyecto de vida que se había trazado, se suponía que tenía que estudiar derecho y luego entrar en un gran bufete de Nueva York, renunciando por fin al maldito legado familiar de servicio en la policía.

Solo que no había ido así la cosa.

Junto al teclado tenía una copa de vino tinto. Kat bebía demasiado. Sabía que aquello era un cliché —el poli que bebe demasiado—, pero a veces los clichés tienen una razón de ser. Funcionaba bien. No bebía en el trabajo. Realmente no afectaba a su vida de un modo ostensible, pero si hacía una llamada o si tomaba decisiones a última hora de la noche, solían ser... algo torpes. Con los años había aprendido a apagar el teléfono móvil y a no responder el correo electrónico a partir de las diez de la noche.

Y, sin embargo, ahí estaba, echando un vistazo a los perfiles de unos tipos desconocidos en una página de citas.

Stacy había subido cuatro fotografías a la página de Kat. La fotografía del perfil de Kat, un primer plano de la cara, la había recortado de una foto de grupo de las damas de honor de una boda del año anterior. Kat intentó ver su propia imagen objetivamente, pero le resultó imposible. Odiaba aquella foto. La mujer de la foto parecía insegura, con una sonrisa débil, casi como si esperara que le dieran un bofetón o algo así. Cuando se decidió a afrontar el doloroso ritual de ver el resto de las fotos, vio que todas estaban recortadas a partir de fotografías de grupo, y que en todas parecía casi como si estuviera sufriendo.

Vale, ya estaba bien de mirar su perfil.

En el trabajo, los únicos hombres con los que trataba eran policías. No quería un policía. Los policías eran buenos hombres y terribles maridos. Eso lo sabía perfectamente. Cuando la abuela enfermó y entró en fase terminal, su abuelo, incapaz de afrontarlo, huyó hasta que..., bueno, hasta que fue demasiado tarde. Pops, como llamaba a su abuelo, nunca se lo perdonó a sí mismo. O al menos aquella era la teoría de Kat. Era un hombre solitario y, aunque para muchos había sido un héroe, se había encogido en el momento decisivo. Pops no podía vivir con aquel peso sobre los hombros, su pistola reglamentaria estaba allí mismo, en el mismo estante alto de la cocina donde siempre la había guardado, así que un día fue al estante, la cogió, se sentó en la mesa de la cocina y...

Bum.

El padre de Kat también cogía cogorzas, y a veces desaparecía durante días. Su madre se ponía exageradamente contenta cuando ocurría —lo cual hacía aquello más misterioso y alarmante—, fingiendo que él había ido de misión secreta, o bien, directamente, comportándose como si no hubiera desaparecido, como si no fuera cierto que no se le veía el pelo. Luego, de pronto, quizás una semana después, papá aparecía recién afeitado, con una sonrisa y una docena de rosas para mamá, y todo el mundo actuaba como si fuera normal.

EresMiTipo.com. Ella, la monísima y cachonda Kat Donovan, estaba en una página de citas por internet. Desde luego, para eso se planifica tanto uno la vida. Levantó la copa, hizo un gesto de brindis hacia la pantalla del ordenador, y le dio un buen sorbo.

Desgraciadamente, el mundo ya no ofrecía la posibilidad de encontrar una pareja para toda la vida. Sexo sí, claro. Eso era fácil. De hecho, eso era lo esperado, lo único que se podía dar por descontado en las citas, y aunque a ella le gustaban los placeres de la carne como a cualquiera, lo cierto era que cuando se iba a la cama con alguien demasiado pronto, con motivo o sin él, las probabilidades de que aquello desembocara en una relación a largo plazo descendían en picado. No hacía juicios morales al respecto. Es que era así.

El ordenador emitió un aviso. Apareció un mensaje:

¡TENEMOS PERSONAS AFINES A TI! ¡HAZ CLIC AQUÍ PARA VER A TUS CANDIDATOS!

Kat se acabó la copa de vino. Se planteó si ponerse otra, pero no: la verdad es que ya había bebido bastante. Hizo autoexamen y reconoció la verdad, evidente pero no manifiesta: querría tener a alguien en su vida. Más valía tener el valor de admitirlo, ¿no? Por mucho que se esforzara en ser independiente, Kat quería un hombre, un compañero, alguien en su cama por las noches. No es que suspirara por conseguirlo, ni forzaba la situación; ni siquiera se esforzaba mucho. Pero no estaba hecha para estar sola.

Empezó a curiosear entre los perfiles. Quien no juega no gana, ¿no?

Patético.

Algunos de aquellos hombres podía eliminarlos con solo echar un vistazo a la fotografía de su perfil. Pensándolo bien, aquello era clave: la fotografía que cada uno de ellos había escogido con tanto esmero era, sin duda, la primera impresión (perfectamente controlada) que iban a dar. Por lo que decía muchísimo de ellos.

Así pues, si alguien había escogido conscientemente ponerse un sombrero de fieltro, eso era un no automático. Si había escogido presentarse sin camisa, por cachas que estuviera, otro no automático. Si llevaba un auricular bluetooth en la oreja —Dios, ¿tan importante eres?—, no automático. Si llevaba una barbita tipo mosca o un chaleco o guiñaba un ojo o hacía gestos con las manos o había elegido una camisa de color mandarina (eso era una manía personal) o si llevaba las gafas de sol subidas y apoyadas sobre la cabeza, no, no, no automático. Si el nombre de perfil era Semental, Sonrisa Sexy, Guapetón, Sex Machine o algo así... Sí, exacto. Lo mismo.

Kat abrió unos cuantos perfiles de tipos que parecían... abordables, suponía. Todas las descripciones tenían un tono parecido, deprimente. A todos los que estaban en ese sitio web les gustaba pasear por la playa, salir a cenar, hacer ejercicio, los viajes exóticos, catar vinos, ir al teatro y a los museos, ser activos, correr riesgos y grandes aventuras; y, sin embargo, también se mostraban satisfechos quedándose en casa y viendo una película, tomando café y conversando, cocinando, leyendo un libro..., los placeres más simples de la vida. Todos decían que la cualidad que más valoraban en una mujer era el sentido del humor —sí, ya, seguro—, hasta el punto en que Kat se preguntó si «sentido del humor» no sería un eufemismo para «tetas grandes». Por supuesto, todos los tipos decían que preferían los cuerpos atléticos, delgados y con curvas.

Aquello parecía más sincero, si no ya una pura ilusión.

Los perfiles nunca reflejaban la realidad. En lugar de representar la realidad, eran un magnífico —aunque fútil— ejercicio de descripción de lo que uno cree que es o lo que quiere que su pareja potencial crea que es —o, más probablemente, los perfiles (material abonado para cualquier psicólogo con ganas de hacer prácticas) simplemente reflejaban lo que cada uno quería ser.

Había descripciones personales para dar y vender, pero si hubiera tenido que resumirlas todas con una sola palabra, probablemente sería sensiblería. La primera decía: «Cada mañana, la vida es un lienzo en blanco esperando a que lo pinten». Clic. Algunas querían comunicar honestidad a base de repetir constantemente lo honestos que eran los sujetos en cuestión. Algunas fingían sinceridad. Algunas eran presuntuosas, soberbias, inseguras o desesperadas. Pensándolo bien, como la vida misma. La mayoría de aquellos tipos se esforzaban demasiado. El hedor a desesperación atravesaba la pantalla en efluvios de colonia mala. Todas aquellas frases manidas sobre almas gemelas eran desalentadoras. En la vida real, pensó Kat, nadie encuentra a nadie con quien quiera volver a salir una segunda vez, ¿y sin embargo en EresMiTipo.com iban a encontrar a una persona con la que querer despertarse cada mañana el resto de sus vidas?

Aquello era engañarse. ¿O había que pensar que la esperanza es lo último que hay que perder?

Eso era lo malo. Resultaba fácil mostrarse cínica y burlona, pero, cuando ya se iba a echar atrás, Kat cayó en la cuenta de algo que le atravesó el corazón: cada perfil era una vida. Era una simpleza, sí, pero detrás de cada perfil cargado de clichés e inconfesable desesperación había un ser humano como ella, con sus sueños, sus aspiraciones y sus deseos. Aquella gente no se había apuntado, pagado la inscripción e introducido sus datos porque sí. Había que admitirlo: cada una de esas personas solitarias acudían a aquel sitio web —se apuntaban y revisaban un perfil tras otro— con la esperanza de que esta vez fuera diferente, esperando, contra todo pronóstico, encontrar por fin a la persona que, al final, se convirtiera en la más importante de su vida.

Vaya. Era para pensárselo un momento.

Kat se había quedado sumida en aquel pensamiento, pasando perfiles a una velocidad cada vez mayor, mirando los rostros de aquellos hombres —hombres que habían acudido a aquel sitio web con la esperanza de encontrar su mujer ideal— hasta verlos convertidos en una mancha borrosa, cuando vio aquella foto.

Por un segundo, o quizá dos, su cerebro no quiso creerse lo que habían visto sus ojos. Tardó otro segundo en detener el dedo, que seguía apretando el botón del ratón, otro más en que la sucesión de perfiles fuera frenándose y se detuvieran. Kat se sentó de nuevo y respiró hondo.

No podía ser.

Había pasado un montón de perfiles a gran velocidad, pensando en los hombres que había detrás de las fotografías, en sus vidas, sus deseos, sus esperanzas. Su mente —su gran virtud y su defecto como policía— se había puesto a pensar por su cuenta, no necesariamente concentrada en lo que tenía delante, pero registrando la imagen global. En su trabajo, eso le permitía valorar las posibilidades, las rutas de escape, los escenarios alternativos, ver las figuras acechando tras los obstáculos, las ofuscaciones, los escollos y los subterfugios.

Pero eso también significaba que, a veces, a Kat se le pasaba lo obvio.

Hizo clic repetidamente en la flecha de retroceso.

No podía ser él.

La imagen no había durado más que un instante. Todas aquellas ideas sobre el amor verdadero, el compañero, la persona con la que querría pasar el resto de su vida... No sería de extrañar que su imaginación le hubiera jugado una mala pasada. Habían pasado dieciocho años. Le había buscado en Google algunas veces, en noches de alcohol, pero no había encontrado más que algunos artículos que había escrito años atrás. Nada actual. Eso le había sorprendido, y había despertado su curiosidad —Jeff había sido un gran periodista—, pero ¿qué más podía hacer? Kat había tenido la tentación de investigarlo en mayor profundidad. En su posición, no le habría costado mucho. Pero no le gustaba usar sus contactos como agente de la ley para fines privados. También podía haberle preguntado a Stacy, pero ¿qué sentido tenía?

Jeff se había ido.

Perseguir a un examante, o incluso buscarlo en Google, era patético. Sí, vale, Jeff había sido más que patético. Mucho más. Sin pensarlo, Kat se tocó el dedo anular con el pulgar. Vacío. Pero no siempre lo había estado. Jeff se le había declarado, haciendo las cosas como se debe. Le había pedido la mano a su padre. Había hincado la rodilla en el suelo. Nada cutre. No había escondido el anillo en un postre ni habían aparecido en la pantalla del Madison Square Garden. Había sido una declaración con clase, romántica y tradicional porque él sabía que era así exactamente como lo quería ella. Los ojos empezaron a llenársele de lágrimas.

Kat clicó la flecha de retroceso, dejando atrás un popurrí de rostros y peinados, una representación multirracial de solteros disponibles, hasta que el dedo se detuvo. Se quedó mirando un momento, sin atreverse a mover un músculo, conteniendo la respiración.

Entonces un pequeño grito ahogado se le escapó por entre los labios.

El dolor de antaño volvió de golpe, atravesándole el corazón de nuevo, como si Jeff acabara de salir por aquella puerta, en aquel mismo instante, en aquel mismo segundo, y no dieciocho años antes. Con una mano temblorosa, se acercó a la pantalla y le tocó el rostro.

Jeff.

Aún estaba guapísimo, el maldito. Había envejecido un poco, las sienes se le habían teñido de gris pero, caray, qué bien le quedaba. Habría podido suponerlo. Jeff era uno de esos tipos que mejoraban con la edad. Le acarició el rostro. Una lágrima le surcó la mejilla.

«Vaya», pensó.

Kat intentó recomponerse, dar un paso atrás y ver aquello con perspectiva, pero la habitación le daba vueltas y no había manera de frenarla. Su mano, aún temblorosa, volvió a agarrar el ratón y presionó sobre la fotografía del perfil, ampliándola.

La pantalla parpadeó y apareció la página siguiente. Jeff estaba de pie, con una camisa de franela y vaqueros, las manos en los bolsillos y unos ojos tan azules que era inevitable mirar a fondo buscando en vano el perfil de una lentilla de color. Guapo. Increíblemente guapo. Estaba delgado y fuerte y a pesar de todo, después de tantos años, le había vuelto a despertar algo en lo más hondo de su ser. Por un momento, Kat tuvo la tentación de echar un vistazo al dormitorio. Cuando estuvieron juntos, ella ya vivía allí. Después de él habían pasado otros hombres por aquel dormitorio, pero ninguno le había dado la satisfacción que había experimentado con su exprometido. Sabía cómo sonaba aquello pero, cuando estaba con Jeff, vibraba de emoción. No era cuestión de técnica, de tamaño ni de nada de eso. Era —por antierótico que sonara— una cuestión de confianza. Eso era lo que hacía que el sexo fuera tan alucinante. Kat se sentía segura con él. Se sentía tranquila, guapa, despreocupada y libre. Él a veces la hacía rabiar, la controlaba, le hacía pasar por el aro, pero nunca la hacía sentir vulnerable ni insegura.

Kat nunca había podido dejarse llevar de aquel modo con otro hombre.

Tragó saliva y abrió el perfil. Su descripción personal era corta y, a juicio de Kat, perfecta: A VER QUÉ PASA.

Sin presiones. Sin planes ostentosos. Sin ideas ni condiciones previas, sin garantías ni grandes expectativas.

A ver qué pasa.

Fue a ver la ficha de «estado». En los últimos dieciocho años, Kat se había preguntado innumerables veces cómo le habría ido la vida, así que la primera pregunta era la más obvia: ¿Qué había pasado en la vida de Jeff, si ahora estaba en un sitio web para solteros?

Claro que, ¿y a ella? ¿Qué le había pasado a ella?

En el «estado» decía: VIUDO.

Otra sorpresa.

Intentó imaginárselo: Jeff casándose con una mujer, viviendo con ella, amándola, y luego viéndola morir. No podía procesarlo. Aún no. Estaba bloqueándose. Vale, no pasa nada. Asúmelo. No hay motivo para darle tantas vueltas.

Viudo.

Debajo, otra sorpresa: UN HIJO.

No se especificaba el sexo o la edad del hijo, por supuesto. Eso no importaba. Cada revelación, cada nuevo dato sobre el hombre que en otro tiempo había amado con todo su corazón, hacía que el mundo se balanceara de nuevo. Él había vivido toda una vida sin ella. ¿Por qué le sorprendía tanto? Sí, fue él quien la dejó, pero había sido culpa de ella. Él se había ido, en un abrir y cerrar de ojos, y con él la vida como la había conocido y como la había planeado.

Y ahora había vuelto, mezclado entre cien o quizá doscientos hombres cuyos perfiles había ojeado.

La pregunta era: ¿y ahora qué?

2

Gerard Remington estaba a pocas horas de declararse a Vanessa Moreau cuando su mundo se sumió de pronto en la oscuridad. La declaración, como tantas otras cosas en la vida de Gerard Remington, estaba cuidadosamente planeada. Primer paso: tras una extensa búsqueda, Gerard había comprado un anillo de compromiso de 2,93 quilates, corte princesa, claridad VVS1, color F, con una banda de platino y disposición en aureola. Lo había comprado en la tienda de un famoso joyero, en el distrito de los diamantes de Manhattan, en la calle Cuarenta y siete Oeste, y no en una de las más caras, sino en una caseta del fondo, cerca de la esquina de la Sexta Avenida. Paso dos: su vuelo, el JetBlue 267, saldría del aeropuerto Logan de Boston a las 7:30 de la mañana, y aterrizaría a las 11:31 en St. Maarten, desde donde Vanessa y él tomarían una avioneta a Anguila, donde llegarían a las 12:45. Pasos tres, cuatro, etc.: unas horas de relax en una casa dúplex en el Viceroy, con vistas a Meads Bay, un baño en la piscina infinita, hacer el amor, ducharse y vestirse, y cenar en Blanchards. La reserva de la cena era para las siete de la tarde. Gerard había llamado con antelación y había encargado una botella del vino preferido de Vanessa, un Château HautBailly Grand Cru Classé 2005, Burdeos de denominación Pessac-Léognan, para que lo tuvieran a punto. Tras la cena, Gerard y Vanessa pasearían por la playa descalzos y cogidos de la mano. Había consultado el calendario de fases lunares y sabía que la luna estaría casi llena. A 256 metros por la playa (lo había medido) había una cabaña con el tejado de paja que de día se usaba para alquilar equipo de buceo de esquí acuático. De noche no había nadie. Un florista local decoraría el porche de la cabaña con veintiún (el número de semanas que hacía que se conocían) lirios de agua blancos (la flor preferida de Vanessa). También habría un cuarteto de cuerda que, a una señal de Gerard, tocaría Somewhere Only We Know, de Keane, la que Vanessa y él habían decidido que sería siempre su canción. Entonces, como los dos en el fondo eran tradicionales, Gerard pondría una rodilla en el suelo. Gerard ya casi se imaginaba la reacción de Vanessa. Se quedaría sin habla de la sorpresa. Los ojos se le llenarían de lágrimas. Se llevaría las manos a la cara, asombrada y encantada.

—Has entrado en mi mundo y lo has cambiado para siempre —diría Gerard—. Como el catalizador más potente, has cogido este ordinario pedazo de arcilla y lo has transformado en algo mucho más fuerte, mucho más feliz y lleno de vida de lo que habría podido imaginar. Te quiero. Te quiero con todo mi ser. Quiero todo de ti. Tu sonrisa da color y forma a mi vida. Eres la mujer más bella y apasionada del mundo. ¿Quieres hacerme el hombre más feliz del mundo y casarte conmigo?

Gerard había estado estudiando hasta la última palabra —quería que fuera perfecto— cuando se hizo la oscuridad. Pero hasta la última de aquellas palabras era cierta. Quería a Vanessa. La quería con todo su corazón. Gerard nunca había sido muy romántico. A lo largo de su vida, mucha gente le había decepcionado. La ciencia no. Lo cierto es que siempre se había sentido a gusto solo, batallando contra los microbios y otros organismos, desarrollando nuevas medicinas y agentes que pudieran ganar aquellas batallas. Estaba tan a gusto en su laboratorio de Benesti Pharmaceuticals, pensando en una ecuación o una fórmula de la pizarra. Era, como solían decir sus colegas más jóvenes, de la vieja escuela. Le gustaba la pizarra. Le ayudaba a pensar —el olor de la tiza, el polvo que le ensuciaba los dedos, la facilidad para borrar— porque lo cierto era que, en cuestión de ciencia, eran muy pocas cosas las que duraban para siempre.

Sí, era allí, en aquellos momentos de soledad, donde más satisfecho se sentía Gerard. Satisfecho. Pero no feliz. Vanessa había sido la primera persona o cosa de su vida que le había hecho feliz. Gerard abrió los ojos y pensó en ella. Todo se elevaba a la décima potencia con Vanessa. Ninguna otra mujer le había estimulado mentalmente, emocionalmente y —sí, por supuesto— físicamente como Vanessa. Y sabía que ninguna otra mujer podría hacerlo.

Había abierto los ojos, y sin embargo todo seguía oscuro. Al principio se preguntó si de algún modo seguía estando en su casa, aunque hacía demasiado frío para estarlo. Él siempre tenía el termostato digital a 22 grados exactamente. Siempre. Vanessa a menudo se burlaba de su precisión. Durante su vida, algunas personas le habían planteado la posibilidad de que su obsesión por el orden se debiera a una fijación retentiva anal o incluso a un trastorno obsesivo compulsivo. Vanessa, en cambio, lo entendía y lo valoraba, y le parecía una ventaja. «Eso es lo que te convierte en un gran científico y en un hombre atento», le había dicho en una ocasión. Ella le explicó su teoría de que las personas que ahora consideramos «anómalas» en el pasado eran los genios del arte, de la ciencia y de la literatura, pero que ahora, con la medicina y los diagnósticos, los normalizan, los vuelven más uniformes, anulando su sensibilidad.

—La genialidad nace de lo insólito —le había explicado Vanessa.

—¿Y yo soy insólito?

—En el mejor sentido de la palabra, cariño.

Pero mientras el corazón se le hinchaba de orgullo con aquel recuerdo, no pudo evitar notar ese extraño olor. Algo olía a húmedo, a viejo y a mohoso, como..., como el estiércol. Como la tierra fresca. De pronto el pánico se adueñó de él. Aún rodeado de oscuridad, Gerard intentó llevarse las manos al rostro. No podía. Algo lo tenía atado por las muñecas. Parecía una cuerda o, no, algo más fino. Quizás un alambre. Intentó mover las piernas. Las tenía atadas entre sí. Apretó los músculos del vientre e intentó levantar ambas piernas juntas, pero dieron contra algo. Algo de madera. Justo por encima. Como si estuviera en...

Su cuerpo empezó a agitarse del miedo. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba Vanessa?

—¿Oiga? —gritó—. ¿Oiga?

Gerard intentó levantar la espalda, pero también estaba amarrado por el pecho. No podía moverse. Esperó a que los ojos se le adaptaran a la oscuridad, pero parecía que le costaba.

—¿Hola? ¿Hay alguien? ¡Que alguien me ayude!

Ahora sí, oyó un ruido. Justo por encima. Parecía como si algo rascara la madera, como si se deslizara por ella o... ¿Pasos? Pasos justo por encima de él. Gerard pensó en la oscuridad. Pensó en el olor a tierra fresca. La respuesta de pronto se hizo evidente, pero no tenía sentido. «Estoy bajo tierra —pensó—. Estoy bajo tierra». Y entonces empezó a gritar.

3

Más que quedarse dormida, Kat perdió la conciencia. Como cada día laborable, la alarma de su iPod la despertó con una canción al azar —esa mañana fue Bulletproof Weeks, de Matt Nathanson— a las seis. No se le pasó que estaba durmiendo en la misma cama en la que había dormido con Jeff tantos años atrás. La habitación aún conservaba los paneles de madera oscura. El dueño anterior había sido un violinista de la Filarmónica de Nueva York que había decidido decorar todo el apartamento, de cincuenta y cinco metros cuadrados, como si fuera el interior de un viejo barco. Todo era madera oscura y ojos de buey en lugar de ventanas. Jeff y ella se reían de aquello, haciendo bromas de doble sentido sobre hacer zozobrar el barco o pedir desesperadamente un salvavidas o lo que fuera.

El amor convierte lo empalagoso en conmovedor.

—Este lugar —decía Jeff— no va contigo.

Él, por supuesto, veía a su novia universitaria mucho más alegre y llena de vida que su entorno, pero ahora, dieciocho años más tarde, cualquiera que entrara en su casa pensaría que el apartamento se adaptaba a la perfección a Kat. Del mismo modo que los miembros de una pareja acaban pareciéndose entre sí con el paso de los años, ella había empezado a parecerse a su apartamento.

Kat se planteó la posibilidad de quedarse en la cama y dormir un poco más, pero la clase empezaba dentro de quince minutos. Su instructor, Aqua, un travestido minúsculo con un trastorno de personalidad esquizofrénica, nunca aceptaba ninguna excusa para faltar a clase a menos que se tratara de un peligro de muerte. Además, Stacy podía estar allí, y Kat quería ponerla al día de todas aquellas noticias sobre Jeff y ver qué decía. Kat se puso sus pantalones de yoga y su camiseta sin mangas, cogió una botella de agua y se fue hacia la puerta. Cuando pasó delante del escritorio, la vista se le fue sin querer al ordenador.

¿Qué tenía de malo echar un vistazo rápido?

La página de EresMiTipo.com aún estaba abierta, aunque el sistema la había desconectado a las dos horas de inactividad. Mostraba una «emocionante oferta de bienvenida» a los «nuevos usuarios» (¿a quién si no iban a ofrecer una oferta de bienvenida?), un mes de acceso ilimitado (a saber qué significaría eso) por solo 5,74 dólares «facturados con discreción» (¿eh?) en la tarjeta de crédito. Afortunadamente para Kat, Stacy le había pagado la inscripción por un año.Yupi.

Kat introdujo su nombre y su contraseña de nuevo y pulsó Enter. Ya tenía mensajes de varios hombres. No hizo caso. Encontró la página de Jeff —que, por supuesto, había incluido en sus marcadores.

Clicó el botón Mensaje, y se quedó con los dedos apoyados en el teclado.

¿Qué podía decirle?

Nada. Al menos de momento. Mejor pensarlo bien. Ahora se le hacía tarde. La clase estaba a punto de empezar. Kat meneó la cabeza, se puso en pie y se dirigió hacia la puerta. Tal como hacía cada lunes, miércoles y viernes, recorrió la calle Setenta y dos a la carrera y entró en Central Park. El «alcalde» de Strawberry Fields, artista callejero que vivía de las propinas de los turistas, ya estaba colocando sus flores sobre el mosaico Imagine en recuerdo de John Lennon. Lo hacía casi todos los días, pero casi nunca tan temprano.

—Eh, Kat —dijo ofreciéndole una rosa. Ella la cogió.

—Buenos días, Gary.

Siguió corriendo por la parte superior de Bethesda Terrace. El lago aún estaba tranquilo —aún no había barquitas—, pero el agua que salía de la fuente brillaba como una cortina de cuentas. Kat tomó el sendero de la izquierda, y llegó cerca de la estatua gigante de Hans Christian Andersen. Tyrell y Billy, los mismos sintecho (si es que lo eran, ya que, por lo que ella sabía, vivían en el edificio San Remo y se vestían así por gusto) que se sentaban allí cada mañana, estaban, como siempre, jugando al gin rummy.

—Bonito culo, niña —dijo Tyrell.

—El tuyo también —respondió Kat.

Tyrell parecía encantado. Se puso en pie, se contoneó como si bailara algo muy sexual y luego chocó los cinco con Billy, tirando las cartas por el camino.

—¡Recoge las cartas! —le regañó Billy gritando.

—Cálmate, ¿quieres? —dijo Y luego se dirigió a Kat—: ¿Tienes clase esta mañana?

—Sí. ¿Cuántas personas?

—Ocho.

—¿Ya ha pasado Stacy?

Al oír su nombre, ambos hombres se quitaron el gorro y se lo colocaron sobre el corazón en señal de respeto.

—Dios se apiade de nosotros —murmuró Billy.

Kat frunció el ceño.

—Aún no ha pasado —dijo Tyrell.

Kat siguió hacia la derecha y rodeó el Conservatory Water. Aquella mañana había una regata de barquitos de modelismo. Tras la Kerbs Boathouse, encontró a Aqua con las piernas cruzadas. Tenía los ojos cerrados. Aqua, de padre afroamericano y madre judía, solía describir su piel como café con leche con un toque de nata montada. Era menudo y ágil, y, en esos momentos, estaba absolutamente inmóvil, ofreciendo una imagen que entraba en serio conflicto con la del chico nervioso que ella había conocido muchos años atrás y del que se había hecho amiga.

—Llegas tarde —dijo Aqua sin abrir los ojos.

—¿Cómo haces eso?

—¿El qué? ¿Verte con los ojos cerrados?

—Sí.

—Es un secreto especial de maestro yogui —dijo Aqua—. Se llama mirar por entre los párpados. Siéntate.

Lo hizo. Un minuto más tarde, Stacy se unió al grupo. A ella, Aqua no la riñó. Antes solía dar la clase en el césped del amplio Great Lawn, pero eso fue hasta que Stacy empezó a acudir a clase y a demostrar su flexibilidad en público. De pronto, los hombres mostraron un tremendo interés por el yoga al aire libre. A Aqua, aquello no le hacía gracia, así que había decidido que aquella clase de la mañana sería solo para mujeres, y que la daría en aquel rincón oculto detrás de la caseta de los botes. El «lugar reservado» de Stacy era el más próximo a la pared, de modo que quienes quisieran mirar desde lejos no tuvieran una visión directa.

Aqua les guio a través de una serie de asanas. Cada mañana, hiciera sol, lloviera o nevara, Aqua daba la clase en aquel mismo sitio. No cobraba una tarifa determinada. Cada uno le daba lo que le parecía justo. Era un profesor magnífico: se explicaba bien, motivaba a los alumnos, era amable, sincero y divertido. Corregía tu Perro Cabeza Abajo o tu Guerrero Dos con un mínimo contacto, y sin embargo, al hacerlo, todo tu cuerpo reaccionaba.

La mayoría de los días, Kat se concentraba en las posturas y no pensaba en nada más. Su cuerpo trabajaba duro. La respiración se le volvía más lenta. La mente se abandonaba. En su vida normal, Kat bebía, fumaba algún cigarrillo que otro, comía mal. Su trabajo podía ser un chute de toxinas puras, sin cortar. Pero allí, oyendo la voz relajante de Aqua, todo aquello solía desaparecer.

Ese día no.

Intentó soltarse, centrarse en el momento y todas esas cosas zen que sonaban a tontería a menos que las dijera Aqua, pero el rostro de Jeff —el que había conocido ella, el que acababa de ver— le perseguía. Aqua notó que estaba distraída. La miró con preocupación y dedicó algo más de tiempo a corregir sus posturas. Pero no dijo nada.

Al final de cada clase, cuando los alumnos descansaban en la postura del Cadáver, Aqua los sometía a todos con su hechizo de relajación. El cuerpo se relajaba por completo. La mente descansaba. Entonces él les daba a todos sus bendiciones y les deseaba un día especial. Se quedaban allí unos momentos más, respirando profundamente, sintiendo las cosquillas en las puntas de los dedos. Lentamente, iban abriendo los ojos —como estaba haciendo Kat en aquel momento—, y Aqua ya no estaba allí.

Kat volvió lentamente a la vida, igual que sus compañeras. Enrollaron sus esterillas en silencio, casi incapaces de hablar. Stacy acudió a su lado. Caminaron juntas unos minutos, dejando atrás el Conservatory Water.

—¿Recuerdas ese tipo con el que me he visto un par de veces? —dijo Stacy.

—¿Patrick?

—Sí, ese.

—Parecía muy agradable —dijo Kat.

—Sí, bueno, he tenido que darle puerta. He descubierto que hace algo muy chungo.

—¿El qué?

—Clases de spinning —dijo Stacy.

Kat puso los ojos en blanco.

—Que sí, Kat. El tío va a clases de spinning. ¿Qué será lo próximo? ¿Ejercicios de Kegel?

Pasear con Stacy era divertido. Al cabo de un rato, dejabas de notar las miradas y los piropos. No te ofendían ni tenías que mirar a otra parte. Simplemente dejaban de existir. Caminar junto a Stacy era lo más parecido al camuflaje que conocería Kat.

—¿Kat?

—¿Sí?

—¿Me vas a decir lo que te pasa?

Un tipo corpulento con músculos de gimnasio cubiertos de venas y el cabello engominado se paró delante de Stacy y bajó la vista hasta su pecho.

—Vaya, eso sí que es una buena delantera.

Stacy también se paró y bajó la vista hasta su entrepierna.

—Vaya, eso sí que es una polla minúscula —dijo, y volvieron a ponerse en marcha.

Sí, vale, quizá no dejaran de existir del todo. Según el tipo de acercamiento, Stacy respondía de diferentes modos. Odiaba las bravatas de los fanfarrones, los que le silbaban, los maleducados. Los tipos tímidos, los que simplemente admiraban lo que veían y lo disfrutaban... Bueno, eso también lo disfrutaba Stacy. A veces incluso les sonreía o les saludaba, casi como si fuera un personaje famoso dándose un poco a su público porque no le costaba nada y así les hacía felices.

—Anoche entré en ese sitio web —dijo Kat.

Stacy sonrió al oírlo.

—¿Ya?

—Sí.

—Vaya. No has tardado mucho. ¿Has ligado con alguien?

—No exactamente.

—¿Pues qué ha pasado?

—He visto a mi exprometido.

Stacy se detuvo, con los ojos como platos.

—¿Cómo?

—Se llama Jeff Raynes.

—Un momento. ¿Estuviste prometida?

—Hace mucho tiempo.

—Pero... ¿prometida? ¿Tú? ¿Con anillo y todo?

—¿Por qué te sorprende tanto?

—No lo sé. Quiero decir... ¿cuánto tiempo hace que somos amigas?

—Diez años.

—Pues eso. Y en todo ese tiempo, no has tenido nada mínimamente parecido a una relación amorosa.

—Yo tenía veintidós años —dijo Kat encogiéndose de hombros.

—No tengo palabras —respondió Stacy—. Tú. Prometida.

—¿Podemos saltarnos esa parte de una vez?

—Sí, vale. Lo siento. ¿Y anoche viste su perfil en ese sitio web?

—Sí.

—¿Y qué le dijiste? ¿Qué le escribiste a... Jeff?

—No lo hice.

—¿Cómo?

—No le escribí.

—¿Por qué no?

—Me dejó tirada.

—Después de prometeros —dijo Stacy meneando la cabeza de nuevo—. ¿Y nunca me lo has contado? Me siento como utilizada.

—¿Y eso por qué?

—No lo sé. Quiero decir, en cuestión de amor, siempre pensé que eras un poco cínica, como yo.

Kat siguió caminando.

—¿Y cómo crees que me convertí en una cínica?

—Touché.

Encontraron una mesa en Le Pain Quotidien de Central Park, cerca de la calle Sesenta y nueve Oeste, y pidieron café.

—Lo siento mucho —dijo Stacy. Kat le quitó importancia con un gesto de la mano—. Te he apuntado en ese sitio web para que pudieras echar un polvo en condiciones. Dios sabe que necesitas echar un polvo. Quiero decir, que necesitas un polvo urgente.

—Como disculpa no está nada mal —dijo Kat.

—No pretendía resucitar antiguos recuerdos.

—Tampoco pasa nada.

Stacy no parecía muy convencida de aquello.

—¿Quieres hablar de ello? Claro que quieres. Y yo me muero de curiosidad. Cuéntamelo todo.

De modo que Kat le contó toda la historia de Jeff. Le contó cómo se habían conocido en la universidad, cómo se habían enamorado, la sensación de que aquello sería para siempre, que todo con él era fácil, cómo se había declarado y cómo cambió todo cuando mataron a su padre, cómo se volvió más introvertida, hasta que por fin Jeff se había largado, sin que ella opusiera resistencia, por debilidad o quizá por un exceso de orgullo.

Cuando acabó, Stacy dijo:

—Guau.

Kat siguió dando sorbos a su café.

—¿Y ahora, casi veinte años más tarde, ves a tu exprometido en un sitio web?

—Sí.

—¿Está soltero?

Kat frunció el ceño.

—Habrá poca gente casada en la web.

—Sí, claro, tienes razón. ¿Y entonces? ¿Está divorciado? ¿O se ha quedado en casa todo este tiempo, languideciendo, como tú?

—Yo no estoy languideciendo —protestó Kat—. Es viudo.

—Guau.

—Deja de decir eso. «Guau». ¿Qué tienes, siete años?

Stacy no hizo caso del rapapolvo.

—Se llama Jeff, ¿no?

—Sí.

—Y cuando Jeff cortó, ¿tú le querías?

Kat tragó saliva.

—Sí, por supuesto.

—¿Y tú crees que él aún te quería?

—Se ve que no.

—Olvídate de eso. Piensa en la pregunta. Deja de pensar por un momento en que él te dejó.

—Sí, me cuesta bastante hacerlo. Soy de esas que creen que los hechos dicen más que las palabras —dijo Kat.

Stacy se le acercó antes de hablar.

—Pocas personas han visto el lado sórdido del amor y del matrimonio más claramente que una servidora. Eso lo sabemos las dos, ¿verdad?

—Sí.

—Aprendes mucho de las relaciones cuando tu trabajo, en cierta medida, consiste en romperlas. Pero lo cierto es que casi todas las relaciones tienen puntos de ruptura. Toda relación tiene fisuras y grietas. Eso no significa que sea insustancial, mala o incorrecta. Sabemos que todo en nuestra vida es complejo y gris. Y sin embargo, de algún modo, esperamos que nuestras relaciones sean siempre sencillas y puras.

—Tienes toda la razón —dijo Kat—. Pero no sé adónde quieres llegar.

Stacy se inclinó hacia ella.

—Cuando Jeff y tú cortasteis, ¿aún te quería? Y no me sueltes ese rollo de los hechos y las palabras. ¿Aún te quería?

Y entonces, sin pensarlo realmente, Kat dijo:

—Sí.

Stacy se quedó allí, mirando a su amiga sin decir nada.

—¿Kat?

—¿Qué?

—Sabes perfectamente que yo no soy religiosa, pero esto tiene pinta..., no sé..., como de algo del destino o algo así —dijo Stacy. Kat dio otro sorbo a su café—. Jeff y tú sois solteros los dos. Ambos estáis libres. Ambos habéis pasado por lo del anillo.

—Y yo he salido mal parada —dijo Kat.

Stacy se quedó pensando en aquello.

—Eso no es lo que yo... Bueno, sí, en parte sí, claro. Pero no es tanto que hayas quedado mal parada; yo diría que ahora eres más... realista. —Stacy sonrió y apartó la mirada—. Oh, Dios mío.

—¿Qué?

Stacy miró a Kat, aún sonriendo.

—Esto podría ser como un cuento de hadas, ¿sabes? —continuó Stacy. Kat no dijo nada—. Solo que aún mejor. Tú y Jeff estabais bien antes, ¿no? —Kat seguía sin decir nada—. ¿No lo ves? Esta vez ambos podéis afrontar esto con los ojos bien abiertos. Puede ser como un cuento de hadas..., pero real. Ahora veis las fisuras y las grietas. Llegáis con un bagaje y una experiencia, y con expectativas honestas. Es una compensación por lo que ambos estropeasteis hace tanto tiempo. Kat, escúchame. —Stacy alargó la mano por encima de la mesa y agarró la de Kat, que tenía lágrimas en los ojos—. Esto podría ser muy, muy bueno.

Kat seguía sin responder. Tenía miedo de que le fallara la voz. Ni siquiera se permitía pensar en ello. Pero lo sabía. Sabía exactamente lo que quería decir Stacy.

—¿Kat?

—Cuando vuelva a mi apartamento le enviaré un mensaje.

4

Mientras se duchaba, Kat pensó en lo que le diría exactamente a Jeff. Se planteó una docena de posibilidades, a cual más ñoña. Odiaba sentirse así. Odiaba tener que preocuparse de lo que le iba a escribir a un tío, como si estuvieran en el instituto y fuera a dejarle una nota en la taquilla. Ufff... ¿Es que aquello iba a durar toda la vida?

Un cuento de hadas, había dicho Stacy. Pero real.

Se puso su uniforme de poli de diario —unos vaqueros y una americana— y un par de zapatillas ligeras. Se recogió el cabello en una cola de caballo. Kat nunca había tenido valor para dejarse el pelo muy corto, pero le gustaba recogérselo hacia atrás, para no sentirlo en el rostro. A Jeff también le gustaba así. La mayoría de los hombres preferían que llevara el pelo suelto. Jeff no. «Me encanta tu rostro. Me encantan esos pómulos y esos ojos...».

Tenía que parar.

Era hora de ir a trabajar. Ya pensaría en qué escribir más tarde.

La pantalla del ordenador parecía burlarse de ella cuando pasaba por delante, retándola a irse sin más. Se detuvo. El salvapantallas mostraba su baile de líneas. Miró la hora.

«Acaba con esto de una vez», se dijo.

Se sentó y, una vez más, abrió la página EresMiTipo.com. Cuando inició sesión, vio que tenía «nuevas coincidencias interesantes». No se molestó en mirar. Encontró el perfil de Jeff, hizo clic en la foto y volvió a leer su descripción personal: A VER QUÉ PASA.

¿Cuánto tiempo habría tardado Jeff en pensar en algo tan simple, tan tentador, tan informal, tan poco comprometedor y a la vez tan sugerente? No suponía ninguna presión. Era una invitación, nada más. Kat presionó el icono para escribirle un mensaje directo. Se abrió la ventana. El cursor parpadeó, impaciente.

Kat escribió: SÍ, A VER QUÉ PASA.

Ufff...

Lo borró inmediatamente.

Probó otras cosas: ADIVINA QUIÉN ES...; HA PASADO MUCHO TIEMPO...; ¿CÓMO ESTÁS, JEFF? ES AGRADABLE VOLVER A VERTE. Borra, borra, borra. Todo lo que se le ocurría era soso hasta no poder más. Quizá, pensó, esa fuera la naturaleza de aquellas cosas: que era difícil mostrarse tranquilo y relajado cuando se está en un sitio web intentando encontrar al amor de tu vida.

Un recuerdo le trajo una sonrisa nostálgica al rostro. Jeff tenía debilidad por los vídeos musicales rancios de los años ochenta. Eso era antes de que YouTube hiciera fácil ver cualquier vídeo al momento. Había que encontrarlos cuando la VH1 emitía algún programa especial o algo así. De pronto, se imaginó lo que estaría haciendo Jeff en aquel momento, probablemente sentado en su ordenador, buscando viejos vídeos de Tears for Fears, Spandau Ballet, Paul Young o John Waite.

John Waite.

Waite tenía un antiguo éxito que ponían en la MTV, una canción pop, casi new wave, que le gustaba mucho, incluso ahora, cuando la oía por casualidad en la radio o en algún bar que pusiera éxitos de los ochenta. Cuando Kat oía a John Waite cantando Missing You, le traía recuerdos de aquel vídeo sensiblero en el que se veía a John caminando solo por la calle, exclamando una y otra vez «No te echo de menos en absoluto»,1 con una voz tan angustiosa que hacía que el verso siguiente («No puedo mentirme a mí mismo») resultara superfluo y demasiado explicativo. John Waite aparecía en un bar, ahogando en alcohol su evidente dolor, evocando recuerdos felices de la mujer que siempre amaría, al tiempo que repetía que no la echaba en absoluto de menos. Ya, pero la mentira se le ve. Se le ve a cada paso, a cada movimiento. Luego, al final del vídeo, un John solitario vuelve a casa y se pone los auriculares, ahogando esta vez sus penas en música, en lugar de en alcohol, y así, en un giro de tintes casi shakesperianos con estética de serie de televisión cutre, no oye cuando —¡oh!— su amor vuelve y llama a su puerta. Al final, la persona con la que estaba destinado a vivir hasta la eternidad llama otra vez, pega la oreja a la puerta y acaba por irse, dejando a John Waite con el corazón roto para siempre, insistiendo en que no la echa de menos, mintiéndose eternamente.

Ironías del destino.

El vídeo se había convertido en una especie de broma recurrente entre Jeff y ella. Cuando estaban lejos el uno del otro, aunque fuera por poco tiempo, él solía dejarle mensajes diciendo «No te echo de menos en absoluto», y ella quizá respondiera algo como que podía mentirse a sí mismo.

Sí, el amor no siempre es bonito.

Pero cuando Jeff quería ponerse más serio, firmaba sus notas con el título de la canción, que ahora mismo los dedos de Kat escribían en la caja de texto sin proponérselo siquiera:

TE ECHO DE MENOS.

Se lo quedó mirando un momento y se planteó si debía clicar en Enviar.

No podía hacerlo. Él se presentaba con toda sutileza, con su «a ver qué pasa», y ella va y responde con un «te echo de menos». No. Lo borró y volvió a intentarlo, esta vez transcribiendo el verso completo del estribillo:

NO TE ECHO DE MENOS EN ABSOLUTO.

Eso quedaba demasiado frívolo. Borrar de nuevo.

Vale, ya basta.

Entonces se le ocurrió una idea. Abrió otra ventana del navegador y encontró un vínculo al viejo vídeo de John Waite.

No lo había visto en... unos veinte años, quizá, pero aún tenía aquel encanto pringoso. Sí, pensó Kat, asintiendo. Perfecto. Copió y pegó el vínculo en la caja de texto. Apareció una fotografía de la escena del bar del vídeo. Kat no se lo pensó más.

Hizo clic en el botón Enviar, se puso en pie enseguida y casi salió corriendo hacia la puerta.

Kat vivía en la calle Sesenta y siete, en el Upper West Side de Nueva York. El Distrito Diecinueve, donde trabajaba, también estaba en la calle Sesenta y siete, solo que en el lado este, no muy lejos del Hunter College. Le encantaba el camino de casa al trabajo: solo tenía que atravesar Central Park. Su brigada ocupaba un edificio emblemático de la década de 1880 de un estilo que alguien le había dicho que se llamaba Neorrenacimiento. Ella era investigadora, y trabajaba en la tercera planta. En la tele, los investigadores suelen tener alguna especialidad, como los homicidios, pero la mayoría de esas especializaciones o destinos particulares han desaparecido hace tiempo. El año en que mataron a su padre había habido casi cuatrocientos homicidios. Ese año llevaban doce. Los grupos de homicidios con seis agentes cada uno habían quedado obsoletos.

En cuanto pasó por la recepción, Keith Inchierca, sargento de guardia, le dijo:

—El capitán te quiere ver ipso facto.

Keith le señaló el camino con su pulgar rechoncho, como si ella no supiera dónde estaba el despacho del capitán. Subió los escalones de dos en dos hasta el primer piso. A pesar de su buena relación personal con el capitán Stagger, casi nunca la llamaba a su despacho.

Llamó suavemente con los nudillos.

—Adelante.

Abrió la puerta. El despacho era pequeño y de color gris, como una acera mojada. El capitán estaba inclinado sobre la mesa, con la cabeza gacha.

Kat de pronto sintió que se le secaba la boca. Stagger también llevaba la cabeza gacha aquel día, dieciocho años atrás, cuando se presentó a la puerta de su apartamento. En aquel momento, Kat no lo había entendido. Al menos al principio. Siempre había pensado que, si alguien se presentaba a darle aquella noticia, ella lo sabría, que habría tenido algún presagio de algún tipo. Se había imaginado la escena un centenar de veces: sería entrada la noche, mientras llovía, unos golpes secos. Abriría la puerta, ya consciente de lo que se avecinaba. Se encontraría de frente la mirada de algún policía, negaría con la cabeza, vería el lento asentimiento del policía y luego caería al suelo gritando: «¡NO!».

Pero cuando llegó aquella llamada a su puerta, cuando Stagger se presentó para comunicarle la noticia que partiría su vida en dos —habría un antes y un después—, el sol brillaba con fuerza, ajeno a todo. Ella estaba a punto de salir hacia la biblioteca de la universidad, en el norte de Manhattan, para preparar un trabajo sobre el plan Marshall. Aún se acordaba de aquello. El maldito plan Marshall. Así que abrió la puerta, con prisa por ir a coger la línea C del metro, y ahí estaba Stagger, de pie, con la cabeza gacha, como ahora, y no entendió nada. Él no la miró a la cara. La verdad —la sobrecogedora y triste verdad— era que, la primera vez que había visto a Stagger en el rellano, Kat había pensado que quizás hubiera venido por ella. Sospechaba que Stagger tenía cierta debilidad por ella. Los policías jóvenes, especialmente los que consideraban a su padre como una figura paterna, solían encapricharse de ella. Así que cuando Stagger apareció frente a su puerta, eso fue lo que pensó: que a pesar de que sabía que estaba comprometida con Jeff, quería mover ficha con delicadeza. Nada forzado. Stagger —de nombre se llamaba Thomas, pero nadie le llamaba por el nombre— no era de esos. Más bien era un tipo dulce.

Cuando vio la sangre en su camisa, entrecerró los párpados, pero seguía sin entenderlo. Entonces él dijo tres palabras, tres simples palabras que se combinaron hasta detonar en su pecho, haciendo estallar el mundo en pedazos:

—Es grave, Kat.

Ahora Stagger tenía casi cincuenta años, estaba casado y tenía cuatro niños. Su mesa estaba llena de fotografías. Había una antigua de Stagger con su compañero desaparecido, el agente de homicidios Henry Donovan, el padre de Kat. Así son las cosas. Cuando mueres en servicio, tu foto acaba por todas partes. Para algunos es un bonito homenaje. Para otros, un doloroso recuerdo. En la pared, detrás de Stagger, había un póster enmarcado del hijo mayor de Stagger, de unos dieciséis años, jugando a lacrosse. Stagger y su mujer tenían una casa en Brooklyn. Debían de tener una vida agradable, o eso suponía Kat.

—¿Querías verme, capitán?

Fuera de comisaría le llamaba Stagger, pero, cuando se trataba de trabajo, no podía hacerlo. Cuando Stagger levantó la vista, Kat se sorprendió al ver su rostro lívido. Sin querer dio un paso atrás, casi esperándose oír aquellas tres palabras de nuevo, pero esta vez fue ella la que se adelantó.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Monte Leburne —dijo Stagger.

La simple mención de aquel nombre extendió un frío gélido por todo el despacho. Tras una vida perdida en la que no había provocado más que destrucción, Monte Leburne estaba cumpliendo cadena perpetua por el asesinato del agente de homicidios Henry Donovan.

—¿Qué le pasa?

—Se está muriendo.

Kat asintió, haciendo tiempo, intentando rehacerse de la impresión.

—¿De?

—Cáncer de páncreas.

—¿Cuánto tiempo hace que lo tiene?

—No lo sé.

—¿Y por qué me lo dices ahora? —dijo con más énfasis del que habría deseado. Él levantó la vista y la miró. Ella se disculpó con un gesto.

—Acabo de enterarme —dijo él.

—He intentado ir a visitarle.

—Sí, lo sé.

—Antes me dejaba. Pero últimamente...

—Eso también lo sé —dijo Stagger.

Silencio.

—¿Sigue en Clinton? —preguntó Kat.

Clinton era una prisión de máxima seguridad al norte del estado, cerca de la frontera canadiense, con pinta de ser el lugar más solitario y frío del mundo. Estaba a seis horas en coche desde la ciudad. Kat había hecho aquella deprimente excursión demasiadas veces.

—No. Lo han trasladado a Fishkill.

Bien. Aquello estaba mucho más cerca. Podía llegar en hora y media.

—¿Cuánto tiempo le queda?

—No mucho —dijo Stagger poniéndose en pie y rodeando la mesa, quizá para ofrecerle consuelo o un abrazo, pero se detuvo—. Es una buena noticia, Kat. Merece morir. Merece lo peor.

Ella sacudió la cabeza.

—No.

—Kat...

—Necesito hablar con él otra vez.

Él asintió lentamente.

—Ya me imaginé que dirías eso.

—¿Y?

—He cursado la solicitud. Leburne se niega a verte.

—Lástima —dijo ella—. Soy poli. Es un asesino convicto a punto de llevarse a la tumba un gran secreto.

—Kat.

—¿Qué?

—Aunque consiguieras hacerle hablar..., y, venga, sabemos que eso no pasará, tampoco vivirá hasta que salga el juicio.

—Podemos grabarlo. Confesión en el lecho de muerte.

Stagger parecía escéptico.

—Tengo que intentarlo.

—No querrá verte.

—¿Puedo usar un coche de la brigada?

Él cerró los ojos y no dijo nada.

—Por favor, Stagger —rogó olvidándose de pronto de llamarle capitán.

—¿Tu compañero te cubrirá?

—Claro —mintió ella—. Por supuesto.

—Tampoco parece que tenga opción —dijo él con un suspiro de resignación—. Está bien. Ve.

5

Gerard Remington vio por fin la luz del día.

No tenía ni idea de cuánto tiempo había estado a oscuras. El repentino baño de luz le había explotado en los ojos como una supernova. Se le habían cerrado solos. Habría querido protegérselos con las manos, pero aún las tenía atadas. Intentó parpadear. Los ojos le lloraban con la luz.

Había alguien justo encima de él.

—No te muevas —dijo una voz masculina.

Gerard no lo hizo. Oyó un chasquido y se dio cuenta de que el hombre estaba cortando las ataduras. Por un momento, el pecho se le llenó de esperanza. Quizás aquel hombre hubiera venido a rescatarlo.

—Levántate —dijo el hombre. Tenía un leve acento, quizá caribeño o sudamericano—. Tengo una pistola. Si haces algún movimiento, te mataremos y te enterraremos aquí mismo. ¿Lo entiendes?

Gerard tenía la boca sequísima, pero aun así consiguió decir que sí.

El hombre salió de la... ¿caja? Por primera vez, Gerard Remington vio dónde había estado metido todas aquellas... ¿horas? Era algo a medio camino entre un ataúd y una cámara pequeña, de quizás un metro y treinta de profundo y de ancho, y unos dos metros y medio de largo. Cuando se puso en pie, Gerard vio que estaba rodeado de un bosque frondoso. La cámara estaba enterrada en el suelo, como una especie de búnker. Quizá fuera un lugar donde esconderse en caso de tormenta, o para guardar el grano. Era difícil saberlo.

—Sal —dijo el hombre.

Gerard miró hacia arriba, entornando los párpados. El hombre (no, en realidad era más bien un adolescente) era grande y musculoso. Ahora le parecía que tenía un acento como portugués; quizá fuera brasileño, pero Gerard no era experto en esos temas. Tenía el cabello corto y rizado. Llevaba unos vaqueros rasgados y una camiseta ajustada que le presionaba los hinchados bíceps como un torniquete.

También llevaba una pistola.

Gerard salió de la caja y se encontró entre los árboles. A lo lejos vio un perro —un labrador, quizá, de color chocolate— corriendo por un sendero. Cuando el hombre tapó de nuevo el búnker, el habitáculo desapareció de la vista. Solo se veían dos grandes anillas de metal, una cadena y un candado, todo ello sujeto a la puerta.

A Gerard le daba vueltas la cabeza.

—¿Dónde estoy?

—Apestas —le dijo el joven—. Detrás de ese árbol hay una manguera. Lávate, haz tus necesidades y ponte esto.

El joven le dio a Gerard un mono con colores de camuflaje.

—No entiendo nada de todo esto —dijo Gerard.

El hombre de la pistola se le acercó y tensó sus musculados pectorales y sus tríceps.

—¿Quieres que te patee el culo?

—No.

—Pues haz lo que te digo.

Gerard intentó tragar saliva, pero tenía la garganta demasiado seca. Se giró hacia la manguera. Nada de lavarse, lo que necesitaba era beber agua. Corrió hacia la manguera, pero las rodillas le fallaron y a punto estuvo de caerse. Había estado demasiado tiempo en aquella caja. Consiguió mantenerse en pie lo suficiente como para llegar a la manguera. Abrió el grifo y, cuando apareció el agua, bebió con ansia. El agua sabía, bueno, a manguera vieja, pero no le importaba.

Gerard esperaba que el hombre le soltara otro bufido, pero de pronto el hombre se mostró paciente. Por algún motivo, aquello lo preocupó. Miró alrededor. ¿Dónde estaba? Giró sobre sí mismo, esperando encontrar un claro, un camino o algo. Pero no había nada. Solo bosque.

Escuchó, intentando distinguir algún ruido. Nada.

¿Dónde estaría Vanessa? ¿Esperándole en el aeropuerto, confusa pero a salvo?

¿O la habrían atrapado también a ella?

Gerard Remington salió de detrás del árbol y se quitó la ropa sucia. El hombre seguía mirándolo. Gerard se preguntó cuánto tiempo haría que no se desnudaba delante de otro hombre. En clase de educación física, en el instituto, supuso. Qué cosas para pensar en un momento como aquel, en el pudor.

¿Dónde estaría Vanessa? ¿Estaría bien?

No lo sabía, por supuesto. No sabía nada. No sabía dónde estaba, ni quién era aquel hombre, ni por qué él estaba allí. Gerard intentó calmarse, pensar racionalmente su próximo movimiento. Intentaría cooperar y mantener la cabeza despejada. Gerard era inteligente. En aquel momento tuvo que recordárselo a sí mismo. Sí, aquello le hacía sentir mejor.

Era inteligente. Aquel animal tenía una pistola, sí, pero no era rival para el intelecto de Gerard Remington.

—Date prisa —dijo el hombre por fin.

Gerard se lavó con la manguera.

—¿Hay alguna una toalla? —le preguntó.

—No.

Aún mojado, Gerard se enfundó el mono. Estaba temblando. La combinación de miedo, agotamiento, confusión y aislamiento sensorial estaba cobrándose su precio.

—¿Ves ese camino? —dijo el hombre de los músculos hinchados, y señaló hacia el claro por el que Gerard había visto correr al perro.

—Sí.

—Síguelo hasta el final. Si te desvías, te dispararé.

Gerard no se molestó en cuestionar la orden. Siguió el estrecho sendero. Huir corriendo no parecía una opción viable. Aunque el hombre no le disparara, ¿adónde iría? Quizá podría ocultarse en el bosque. Intentar darle esquinazo. Pero no tenía ni idea de en qué dirección debía ir. No tenía ni idea de si estaría corriendo hacia una carretera o si se estaría adentrando aún más en el bosque.

Era un plan de tontos.

Además, si aquella gente quisiera matarle —a estas alturas suponía que habría más de uno, ya que el gigantón había hablado en plural— ya lo habrían hecho. Así que más valía estar atento. Estar alerta. Seguir vivo.

Encontrar a Vanessa.

Gerard sabía que su zancada medía aproximadamente 81 centímetros. Contó los pasos. Cuando llegó a doscientos pasos, que sumaban 162 metros, vio que el camino quedaba cortado. Había un claro no muy lejos de allí. Doce pasos más, y Gerard se encontró fuera de la espesura del bosque. Más allá había una granja blanca. Gerard la examinó de lejos y observó que los postigos de las ventanas de arriba eran de color verde oscuro. Observó en busca de cables eléctricos que llegaran a la casa. No había ninguno.

Interesante.

En el porche de la casa había un hombre de pie, apoyado contra uno de los postes de madera. Iba arremangado y tenía los brazos cruzados. Llevaba gafas de sol y botas de trabajo. Tenía el cabello rubio oscuro y largo hasta los hombros. Cuando vio a Gerard, le hizo señas para que entrara en la casa. Luego, él mismo se metió allí y desapareció.

Gerard se acercó a la casa. Observó de nuevo los postigos verdes. A la derecha había un cobertizo. El perro —sí, sin duda era un labrador color chocolate— estaba sentado delante, observando pacientemente. Detrás del perro, Gerard vio la esquina de lo que parecía una calesa gris. Gerard también vio un molino. Tenía sentido. Eran pistas coherentes. No sabía qué conclusión sacar —o quizá sí sabía, y eso no habría hecho otra cosa que confundirle más—, pero de momento se limitó a registrar las pistas.

Subió los dos escalones del porche y vaciló antes de atravesar el umbral. Respiró hondo y pasó al recibidor. El salón quedaba a su izquierda. El hombre de pelo largo estaba sentado en un sillón. Ya no llevaba las gafas de sol. Tenía los ojos marrones, inyectados en sangre, y los brazos cubiertos de tatuajes. Gerard los estudió, intentando tomar nota mentalmente, esperando encontrar en ellos una pista de la identidad del hombre. Pero los tatuajes eran dibujos simples. No le decían nada.

—Me llamo Titus —dijo el hombre con un deje particular. Como dulzón, suave, casi frágil—. Siéntate, por favor.

Gerard entró en la habitación. El tal Titus le miró fijamente. Gerard se sentó. Otro hombre, al que cualquiera habría definido como un hippie, entró en la habitación. Llevaba una túnica africana, un gorro de punto y gafas con cristales rosados. Se sentó ante el escritorio de la esquina y abrió un MacBook Air. Todos los MacBook Air se parecen, motivo por el que Gerard había pegado un trocito de cinta adhesiva negra a la tapa del suyo.

La cinta adhesiva negra estaba ahí. Gerard frunció el ceño.

—¿Qué es lo que pasa? ¿Dónde está Vanessa...?

—Chist... —dijo Titus con un sonido que cortó el aire como una cuchilla.

Titus se volvió hacia el hippie con el portátil. El hippie asintió y dijo:

—Preparado.

«¿Preparado para qué?», habría querido preguntar Gerard, pero el sonido de aquel «chist» aún flotaba en el aire y le hizo guardar silencio.

Titus se volvió hacia Gerard y sonrió. Gerard Remington nunca había visto nada más aterrador que aquella sonrisa.

—Tenemos unas preguntas para ti, Gerard.

6

En un principio, el Centro Correccional Fishkill se había llamado Hospital Estatal Matteawan para Criminales y Enfermos Mentales. Eso había sido a finales del siglo XIX. De un modo u otro, aún había seguido funcionando como hospital para enfermos mentales hasta la década de 1970, cuando la legislación hizo más difícil internar arbitrariamente a los que consideraban locos. Ahora, Fishkill era una cárcel de seguridad media, aunque tenía de todo, desde reclusos de mínima seguridad con permisos de trabajo hasta un bloque de máxima seguridad.

El original edificio de ladrillo, localizado en Beacon, en el estado de Nueva York, y situado en un enclave pintoresco entre el río Hudson y las montañas Fishkill, aún seguía allí. Con su alambre de espino y su descuidado estado, parecía algo a medio camino entre un viejo campus universitario y Auschwitz.

Kat hizo uso de su tacto, de su profesionalidad y de su placa dorada para pasar la mayor parte de los controles de seguridad. En la policía de Nueva York, los agentes de calle tienen una placa plateada. Los investigadores la tienen dorada. Su número de placa, el 8115, había pertenecido a su padre.

Una enfermera de cierta edad, vestida completamente de blanco y con una anticuada cofia de enfermera, salió a su paso en el ala hospitalaria. Llevaba un maquillaje chillón —sombra de ojos azul intenso y pintalabios de un rojo vivo—, como si le hubieran echado pinturas de cera fundidas por la cara. Le sonrió con una dulzura exagerada, mostrando sus dientes manchados de pintalabios.

—El señor Leburne ha solicitado no recibir visitas.

Kat sacó una vez más la placa.

—Solo quiero verle... —dijo, y observó que la enfermera llevaba una placa que decía SYLVIA STEINER, ENFERMERA—, señorita Steiner.

La enfermera Steiner cogió la placa dorada, se tomó su tiempo en leerla y luego levantó la mirada para escrutar el rostro de Kat, que mantuvo su expresión neutra.

—No lo entiendo. ¿Por qué está aquí?

—Mató a mi padre.

—Ya veo. ¿Y quiere verlo sufrir?

El tono de la enfermera Steiner dejaba claro que no la estaba juzgando. Era como si fuera la cosa más natural del mundo.

—Eh..., no. He venido a hacerle unas preguntas.

La enfermera echó un último vistazo a la placa y se la devolvió.

—Por aquí, querida.

La voz era melódica, tan angelical que daba miedo. La enfermera Steiner la llevó a una sala con cuatro camas. Tres estaban vacías. En la cuarta, al fondo a la derecha, estaba tendido Monte Leburne con los ojos cerrados. En su día, Leburne había sido un matón enorme. Si hacía falta alguien para un golpe con violencia o intimidación, era a él a quien llamaban. Leburne, exboxeador de los pesos pesados que sin duda había recibido demasiados golpes en la cabeza, había usado los puños (y otras cosas) para la reclamación de deudas, la extorsión, las disputas territoriales, los ataques a sindicatos..., de todo. Después de que una familia rival le hubiera dado una paliza especialmente brutal, sus jefes —que respetaban la gran lealtad de Leburne, una lealtad que casi rayaba en la estupidez— le habían dado una pistola y le habían consignado la tarea de disparar a sus enemigos, algo menos exigente físicamente.

O sea, que Monte Leburne se había convertido en un matón de nivel medio. No era muy listo, pero, si te parabas a pensarlo, ¿cuánta inteligencia hace falta para disparar a un hombre con una pistola?

—Se despierta y se duerme a ratos —explicó la enfermera Steiner.

Kat se acercó a la cama. La enfermera Steiner se quedó unos pasos por detrás.

—¿Podría dejarnos un rato solos? —preguntó Kat.

Aquella sonrisa dulzona. Aquella voz melódica, escalofriante:

—No, querida. No puedo.

Kat miró a Leburne, y por un momento buscó en su interior algún indicio de compasión por el hombre que había matado a su padre. Si lo había, lo tenía muy bien escondido. La mayoría de los días, el odio que sentía por aquel hombre era terrible, pero otros días se daba cuenta de que era como odiar a una pistola. Él era el arma. Nada más.

Por supuesto, también habría que destruir las armas, ¿no? Kat le puso la mano en el hombro a Leburne y lo zarandeó suavemente. Leburne parpadeó y abrió los ojos.

—Hola, Monte.

El hombre tardó un momento en enfocar el rostro de Kat con la mirada. Cuando lo hizo, cuando la reconoció, se quedó rígido.

—Se supone que no tienes que estar aquí, Kat.

Kat se metió la mano en el bolsillo y sacó una fotografía.

—Era mi padre —dijo.

Cada vez que lo visitaba, llevaba esa foto consigo. No estaba segura del porqué. En parte esperaba conmoverlo con ello, pero los ejecutores raramente son vulnerables a los sentimientos de culpa. Quizá la llevara por ella, para darse fuerzas, para que su padre, de algún modo, le diera apoyo.

—¿Quién lo quería muerto? —preguntó Kat—. Era Cozone, ¿no?

Leburne tenía la nuca apoyada en la almohada.

—¿Por qué sigues haciéndome las mismas preguntas?

—Porque nunca me las respondes.

Monte Leburne le sonrió, mostrando unos dientes pequeños y puntiagudos. Incluso a aquella distancia, Kat olía su aliento putrefacto.

—¿Y qué esperas? ¿Una confesión en el lecho de muerte?

—Ya no hay motivo para no decirme la verdad, Monte.

—Claro que lo hay —respondió él.

Se refería a su familia. Aquel era su precio, por supuesto. Mantén la boca cerrada y cuidaremos de tu familia. Abre la boca y los haremos trizas.

La versión definitiva del sistema del palo y la zanahoria.

Ese había sido siempre su problema con él. No tenía nada que ofrecerle.

No hacía falta ser médico para darse cuenta de que a Monte Leburne no le quedaba mucho tiempo. La muerte ya se había instalado cómodamente e iba abriéndose paso hasta la inevitable victoria final. Monte estaba hundido en la cama, como si fuera a desaparecer en ella, y, luego, en el suelo, para después, ¡puf!, desvanecerse. Kat le miró la mano derecha —la de la pistola—, llena de venas gruesas y prominentes que parecían viejas mangueras de jardín. Tenía una vía puesta cerca de la muñeca.

Un arranque de dolor agudo hizo que Monte apretara los dientes.

—Vete —dijo no sin esfuerzo.

—No —repuso, Kat, que sentía que su última oportunidad se le escapaba de las manos—. Por favor —insistió esforzándose por evitar que la desesperación se reflejara en su voz—. Necesito saberlo.

—Vete.

Kat se le acercó.

—Escúchame, ¿quieres? Esto es solo para mí. ¿Lo entiendes? Han pasado dieciocho años. Tengo que saber la verdad. Eso es todo. Para pasar página. ¿Por qué ordenó la muerte de mi padre?

—Déjame en paz.

—Diré que has cantado.

—¿Qué?

Kat asintió, intentando mantenerse firme.

—En el momento en que mueras, detendré a ese cabrón. Diré que tú le delataste. Que tengo una confesión completa.

Monte Leburne sonrió de nuevo.

—Buen intento.

—¿Crees que no lo haré?

—No sé qué harás. Lo que sí sé es que nadie se lo creerá —dijo Monte Leburne, y miró más allá, hacia la enfermera Steiner—. Y tengo un testigo, ¿verdad, Sylvia?

La enfermera Steiner asintió.

—Estoy aquí mismo, Monte.

Una nueva punzada de dolor le hizo cerrar los ojos con fuerza.

—Estoy muy cansado, Sylvia. Me duele mucho.

La enfermera Steiner enseguida se acercó a la cama.

—Estoy aquí, Monte —dijo cogiéndole la mano. Con aquel maquillaje chillón, su sonrisa parecía prácticamente pintada, como un payaso de película de terror.

—Por favor, Sylvia, haz que se vaya.

—Ya se va —respondió ella, al tiempo que accionaba la bomba, liberando algún tipo de narcótico por vena—. Tú relájate, Monte, ¿vale?

—No dejes que se quede.

—Chist..., enseguida se te pasa —le dijo la enfermera Steiner, y le soltó una mirada amenazante a Kat—. Ya se va.

Kat estaba a punto de protestar, pero la enfermera Steiner apretó unos botones de la bomba intravenosa, con lo que aquello pasó a ser un detalle irrelevante. Los párpados de Leburne temblaron hasta cerrarse. Unos momentos más tarde, estaba inconsciente.

Una pérdida de tiempo.

Pero, claro, ¿qué podía esperarse? Hasta Leburne, en plena agonía, se había mofado de la idea de que pudiera hacer una confesión en el lecho de muerte. Cozone sabía cómo tener callados a sus subordinados. Si te portas bien, cuidamos a tu familia de por vida. Si hablas, todos mueren. No había ningún incentivo posible que pudiera hacerle hablar. Nunca lo había habido. Y desde luego ahora tampoco lo había.

Kat estaba a punto de volver al coche cuando oyó aquella voz empalagosa a sus espaldas.

—Lo has llevado muy mal, querida.

Kat se giró y vio a la enfermera Steiner allí de pie, como un personaje sacado de una película de terror, con el uniforme de enfermera y el maquillaje de brocha.

—Sí, bueno, gracias por su ayuda.

—¿Te gustaría que te ayudara?

—¿Perdón?

—Él no siente muchos remordimientos, ya sabes. Quiero decir remordimientos de verdad. Si pasa un cura, dice lo que se espera que diga. Pero no lo siente. Solo intenta negociar su entrada al cielo. Al Señor no se le engaña tan fácilmente. —Sonrió de nuevo con aquella mueca escalofriante, mostrando los dientes manchados de pintalabios—. Monte ha matado a mucha gente. ¿No es cierto?

—Ha confesado tres asesinatos. Pero fueron más.

—¿Entre ellos tu padre?

—Sí.

—¿Y tu padre era agente de policía? ¿Como tú?

—Sí.

La enfermera Steiner chasqueó la lengua, en un «tch-tch» de simpatía.

—Lo siento mucho.

Kat no dijo nada.

La enfermera Steiner se mordió el labio inferior, cubierto de pintalabios, durante un momento.

—Por favor, sígueme.

—¿Qué?

—Necesitas información, ¿no es así?

—Sí.

—Tú mantente al margen. Deja que me ocupe yo.

La enfermera Steiner dio media vuelta y volvió hacia la enfermería. Kat tuvo que correr para ponerse a su altura.

—Espere, ¿qué va a hacer?

—¿Sabes algo del sueño crepuscular?

—Pues no.

—Cuando empecé como enfermera trabajaba para un obstetra, atendiendo partos. Antiguamente usábamos morfina o escopolamina como anestesia. Producían un estado seminarcótico: la madre seguía despierta, pero luego no recordaba nada. Decían que aliviaba el dolor. Quizá lo hiciera, pero no lo creo. Yo lo que creo es que la madre después se olvidaba del dolor agónico que había tenido que soportar. —Ladeó la cabeza, como un perro al oír un sonido extraño—. ¿Se puede decir que el dolor existe si luego no lo recuerdas?

Kat pensó que era una cuestión retórica, pero la enfermera Steiner se paró, a la espera de una respuesta.

—No lo sé.

—Pues piénsalo. Cualquier experiencia, sea buena o mala, si nada más pasarla la olvidas, ¿cuenta realmente?

Una vez más, se quedó esperando una respuesta. Y una vez más, Kat respondió:

—No lo sé.

—Yo tampoco. Es una cuestión interesante, ¿no?

¿Dónde demonios querría llegar con aquello?

—Supongo que lo es —dijo Kat.

—Todos queremos vivir el momento. Eso lo entiendo. Pero si no puedes recordar el momento, ¿se puede decir que ha sucedido realmente? No estoy segura. Los alemanes fueron los precursores del sueño crepuscular. Pensaban que haría el parto más soportable para las mujeres. Pero se equivocaban. Dejamos de usarlo, por supuesto. Los niños nacían drogados. Ese era el principal motivo o, al menos, eso es lo que decía el personal sanitario. —Se inclinó hacia Kat con gesto furtivo—. Pero, entre nosotras, yo no creo que fuera por eso.

—¿Y por qué, si no?

—No era por lo que les pasara a los bebés. —La enfermera Steiner se detuvo junto a la puerta—. Era por las madres.

—¿Qué les pasaba?

—El procedimiento también las afectaba a ellas. El sueño crepuscular les evitaba el dolor, sí, pero tampoco experimentaban el parto. Entraban en una sala de partos y lo siguiente que recordaban era que tenían un bebé en brazos. Se sentían desconectadas emocionalmente, apartadas del nacimiento de su propio hijo. Era desconcertante. Llevas dentro un niño durante nueve meses. Te pones de parto, y de pronto... ¡puf! —dijo la enfermera Steiner, y chasqueó los dedos para dar más énfasis a su discurso.

—Te quedas preguntándote qué es lo que ha sucedido realmente —dijo Kat acabando la frase.

—Exactamente.

—¿Y qué tiene esto que ver con Monte Leburne?

La enfermera Steiner sonrió con picardía.

—Ya sabes.

No, Kat no sabía. O quizá sí.

—¿Puede usted provocarle el sueño crepuscular?

—Sí, claro.

—¿Y cree... que podré hacerle hablar y que luego lo olvidará?

—No, no exactamente. Quiero decir..., sí, él no se acordará. Pero la morfina no es tan diferente del tiopentato de sodio. Sabes lo que es eso, ¿no?

Kat lo sabía, aunque era más conocido como pentotal sódico, el suero de la verdad.

—No funciona como se ve en las películas —prosiguió la enfermera Steiner—. Pero cuando se suministra..., bueno, las madres tendían a parlotear. Incluso a confesar cosas. En más de un parto, mientras el marido esperaba en la sala de al lado, confesaban que el bebé no era suyo. Nosotros no se lo preguntábamos, por supuesto. Lo decían ellas, sin más, y nosotros fingíamos que no lo habíamos oído. Pero, con el tiempo, me di cuenta de que se pueden alargar las conversaciones. Podías preguntarles muchas cosas y obtener muchas respuestas, y, por supuesto, luego ellas no recordaban nada.

La enfermera Steiner miró a Kat a los ojos. Kat sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. La enfermera apartó la vista y abrió la puerta.

—Tengo que señalar que se plantea un gran problema de fiabilidad. Lo he visto muchas veces con la morfina. El paciente a veces habla absolutamente convencido de algo que no puede ser cierto de ningún modo. El último hombre que murió en esta enfermería juraba y perjuraba que, cada vez que lo dejaba solo, alguien lo secuestraba y lo llevaba a funerales de gatos. Y no mentía. Él estaba convencido de que sucedía. Lo ves, ¿no?

—Sí.

—Entonces, lo entiendes. ¿Seguimos adelante?

Kat no sabía... Había crecido en una familia de polis. Había visto los peligros que suponía saltarse las normas.

Pero ¿qué opción tenía?

—¿Agente?

—Adelante —dijo Kat.

La sonrisa de la enfermera se ensanchó.

—Si Monte oye tu voz, activará sus defensas. Si dejas que me ocupe yo, puede que consigamos algo de información útil para ti.

—Muy bien.

—Voy a necesitar cierta información sobre el asesinato.

Les llevó unos veinte minutos. La enfermera Steiner añadió escopolamina a la mezcla, comprobó las constantes, hizo algún ajuste. Parecía tener mucha práctica, y Kat se preguntó si sería la primera vez que la enfermera Steiner hacía aquello por razones no puramente médicas. No pudo evitar preguntarse por las implicaciones del sueño crepuscular, por su potencial maltrato implícito. La aparentemente inocente justificación de la enfermera —si no lo recuerdas inmediatamente después de que suceda, ¿ha sucedido?— le parecía demasiado simplona.

Aquella mujer estaba un poco ida, de eso no había duda. Pero, ahora mismo, eso a Kat no le importaba mucho.

Kat se sentó en la esquina de la sala, fuera de la vista. Monte Leburne estaba despierto, agitando la cabeza sobre la almohada. A la enfermera Steiner empezó a llamarla Cassie, que era el nombre de su propia hermana, que había muerto a los dieciocho años. Comenzó a decir que quería verla cuando muriera. Kat se maravilló de la habilidad de la enfermedad Steiner para reconducirle hacia donde quería que fuera.

—Claro que me verás, Monte —dijo la enfermera Steiner—. Estaré esperándote en el otro lado. Solo que..., bueno, igual tienes algún problema con la gente que has matado.

—Hombres —dijo él.

—¿Qué?

—Solo he matado a hombres. No mataría a una mujer. Nunca. Ni a mujeres ni a niños. Nunca. Cassie. Yo he matado a hombres. Hombres malos.

La enfermera Steiner le echó una mirada a Kat.

—Pero también mataste a un agente de policía.

—El peor de todos.

—¿Qué quieres decir?

—Los polis. No son mejores que los demás. Pero tampoco importa.

—No lo entiendo, Monte. Explícamelo.

—Yo no maté a ningún poli, Cassie. Eso lo sabes.

Kat se quedó de piedra. Eso no podía ser verdad.

La enfermera Steiner se aclaró la garganta.

—Pero, Monte...

—¿Cassie? Siento no haberte defendido nunca. —Monte Leburne se echó a llorar—. Dejé que te hicieran daño, y no hice nada para ayudarte.

—No pasa nada, Monte.

—Sí, sí que pasa. Protegí a todos los demás, ¿no? Pero a ti no.

—Eso ya es agua pasada. Ahora estoy en un lugar mejor. Y quiero que vengas conmigo.

—Yo ahora protejo a mi familia. He aprendido. Papá era un mal hombre.

—Eso ya lo sé. Pero, Monte, has dicho que nunca mataste a ningún poli.

—Tú ya lo sabes.

—Pero ¿y el agente Henry Donovan?

—Chisss...

—¿Qué?

—Chisss... Te van a oír —dijo él—. Eso fue fácil. Total, ya estaba condenado. Me tenían pillado, por la muerte de Lazlow y Greene. Me habían atrapado. Iba a caerme la perpetua igualmente. ¿Qué más da, uno más, si así salgo ganando? ¿Entiendes?

Una mano helada rodeó el corazón de Kat y se lo apretó.

Hasta la enfermera Steiner tenía dificultades para mantener la tranquilidad.

—Explícamelo, Monte. ¿Por qué disparaste al agente Donovan?

—¿Es eso lo que crees? Yo simplemente me cargué el muerto. Ya había pringado. ¿No lo ves?

—¿No lo mataste tú?

Leburne no respondió.

—¿Monte? —le dijo. Estaba perdiéndolo—. Si no fuiste tú, ¿quién lo mató?

—¿Quién? —respondió él con una voz cada vez más ausente.

—¿Quién mató a Henry Donovan?

—¿Y cómo voy a saberlo? Vinieron a verme. El día después de mi detención. Me dijeron que cogiera el dinero y me cargara el muerto.

—¿Quiénes?

Monte cerró los ojos.

—Tengo mucho sueño.

—Monte, ¿quién te dijo que te cargaras el muerto?

—Nunca debí dejar que papá se saliera de rositas, Cassie. Lo que te hizo... Yo lo sabía. Mamá lo sabía. Y no hicimos nada. Lo siento.

—¿Monte?

—Tan cansado...

—¿Quién te dijo que te cargaras el muerto?

Pero Monte Leburne ya estaba dormido.

7

De vuelta a casa, Kat condujo sin separar ambas manos del volante. Se concentró en la carretera, con todas sus fuerzas; era el único modo de evitar que la cabeza le diera vueltas. Su mundo se había salido de su eje. La enfermera Steiner le había vuelto a advertir que Monte Leburne podría haberse desorientado con la medicación y que sus afirmaciones debían contemplarse con una gran dosis de escepticismo. Mientras la enfermera hablaba, Kat asentía. Todo aquello lo entendía —lo de la desorientación, que no era fiable y que incluso podían ser imaginaciones suyas—, pero en su trabajo de policía había aprendido una cosa: la verdad tiene un olor particular, característico.

Y, en aquel momento, Monte Leburne apestaba a verdad.

Encendió la radio y buscó algún debate airado. Los locutores siempre encontraban soluciones facilísimas para los problemas del mundo. A Kat le resultaba irritante ese simplismo, por lo que aquellos programas, curiosamente, le distraían muchísimo. Aquellos que tenían respuestas fáciles, fueran de derechas o de izquierdas, siempre se equivocaban. El mundo es complejo. Nunca es igual para todos.

Cuando llegó a la comisaría del Distrito Diecinueve, Kat fue directamente al despacho del capitán Stagger. No estaba allí. Podía preguntar cuándo volvería, pero no le apetecía nada atraer la atención de momento. Decidió enviarle un breve mensaje de texto:

TENEMOS QUE HABLAR.

No recibió una respuesta inmediata, pero tampoco se la esperaba. Subió un piso. Su compañero Charles («Chaz») Faircloth estaba de pie en una esquina con otros tres polis.

—Bueno, ahí estás por fin —dijo Chaz con evidente sarcasmo al verla llegar. Y, luego, como Chaz era así de gracioso, añadió—: ¡Te habría llamado, pero no quería despertarte!

Lamentablemente, los hombres que estaban con él soltaron alguna risita contenida.

—Muy buena —dijo ella.

—Gracias. Tengo una para cada ocasión.

—No sabes la envidia que me das.

Desde luego, ella no estaba de ánimo para tanta tontería.

Chaz llevaba un traje caro, de corte perfecto y muy vistoso, de esos que brillan como si estuvieran mojados, una corbata con un nudo Windsor, al que sin duda había dedicado más tiempo del necesario, y unos zapatos Ferragamo que le recordaban aquel dicho sobre que a un hombre se le conoce por el brillo de sus zapatos. Aquel dicho era una memez. Los tipos que se pasaban el día sacando el brillo a sus zapatos solían ser unos capullos egocéntricos convencidos de que la superficialidad puede resultar más convincente que el fondo.

Chaz tenía un aspecto de guapo repeinado, y ese carisma casi sobrenatural de..., bueno, de un sociópata, que era lo que Kat sospechaba que era. Era un Faircloth, sí, uno de los Faircloth, familia forrada y muy bien relacionada cuyos miembros a menudo jugaban a hacer de polis porque eso quedaba bien en el currículo a la hora de presentarse a cargos públicos. Sin quitarle la vista de encima, Chaz murmuró algún otro chistecito a sus compañeros, probablemente sobre ella, y el grupo se dispersó con una risa.

—Llegas tarde —le dijo Chaz.

—Estaba trabajando en un caso para el capitán.

Él arqueó una ceja.

—¿Así es como lo llaman ahora?

Qué imbécil. Con Chaz, todo eran dobles sentidos que rayaban, cuando no caían de pleno, en el acoso. No es que él fuera ofensivo con las mujeres. Es que toda su personalidad era ofensiva para las mujeres. Algunos hombres son así; se comunican con las mujeres como si las acabaran de conocer en un bar de solteros. No podrían hablar de lo que han tomado para desayunar sin darle un tono lisonjero, como si acabaras de acostarte con él y el desayuno se lo hubieras preparado tú.

—Bueno, ¿en qué estamos trabajando? —preguntó Kat.

—No te preocupes. Te he cubierto.

—Sí, bueno, gracias, pero ¿te importa ponerme al corriente?

Chaz señaló en dirección a la mesa de Kat, dejando a la vista unos gemelos con esmeraldas.

—Los archivos están todos ahí. Échales un vistazo —dijo, y miró la hora en su enorme y reluciente Rolex—. Tengo que irme —añadió, y se fue pavoneándose, con los hombros atrás, silbando la melodía de algún rap machista sobre niñas hambrientas.

Kat ya había hablado con Stephen Singer, su inmediato superior, para pedirle que le cambiara de compañero. Chaz, al enterarse, se había quedado pasmado; y no porque le gustara tanto Kat, sino porque no podía entender cómo aquella mujer —o cualquier otra— no caía rendida a sus pies. Reaccionó aumentando la intensidad de sus demostraciones, convencido de que no habría ninguna mujer en el mundo civilizado que pudiera resistirse a sus encantos.

Aún de espaldas, Chaz levantó una mano, saludó y dijo:

—Hasta luego, bombón.

«No vale la pena», se dijo ella.

Tenía cosas más importantes entre manos. Por ejemplo: ¿podía ser verdad lo que había dicho Monte Leburne?

¿Y si habían estado equivocados todos estos años?, ¿y si el asesino de su padre aún seguía ahí fuera?

Eso era algo tan imponente que costaba incluso planteárselo. Necesitaba soltar aquel lastre, hablar con alguien que hubiera conocido a todos los implicados y todas las situaciones, y el primer nombre que le vino a la mente, la primera persona que se le ocurrió —vaya por Dios— era Jeff Raynes.

Echó una mirada al ordenador que había sobre su mesa.

Pero lo primero era lo primero. Sacó todos los expedientes sobre Monte Leburne y sobre el asesinato de Henry Donovan. Había un quintal de papeles. Vale, no era problema. Podía leérselo por la noche, en casa. Por supuesto, ya se había leído todo aquello un centenar de veces, ¿pero lo había hecho alguna vez desde la perspectiva de que Monte Leburne pudiera ser una tapadera? No. Nueva perspectiva. Se lo leería con una nueva perspectiva.

Entonces empezó a preguntarse si Jeff habría respondido ya a su mensaje en EresMiTipo.com.

Las mesas a izquierda y derecha de la suya estaban vacías. Miró atrás. No había nadie. Bien. Si sus compañeros la veían abriendo una página de citas por internet, las burlas durarían toda la vida. Se sentó al ordenador y miró alrededor otra vez. No había moros en la costa. Escribió rápidamente «EresMiTipo.com» en el campo de dirección y apretó la tecla Enter.

SITIO BLOQUEADO. PARA ACCEDER, PÍDALE UN CÓDIGO DE ACCESO A SU SUPERIOR DIRECTO.

Oh-oh. Imposible. El departamento de policía era como otras muchas otras empresas: buscaban aumentar la productividad impidiendo que los empleados perdieran el tiempo en páginas personales o redes sociales. Eso era lo que estaba sucediendo.

Antes se había planteado descargar la aplicación de EresMiTipo.com en su teléfono móvil, pero no quería llegar a tal extremo de desesperación. Tendría que esperar. No pasaba nada... Solo que sí pasaba.

Entraron nuevos casos. Kat los gestionó. Un taxista denunciaba que un miembro de la jet set se había negado a pagar una carrera. Una mujer se quejaba de que un vecino estaba cultivando marihuana. Asuntos menores. Echó un vistazo a su teléfono móvil. No había respuesta de Stagger. No sabía qué pensar. Le envió otro mensaje:

NECESITO HABLAR CONTIGO URGENTEMENTE.

Estaba a punto de meterse de nuevo el teléfono en el bolsillo cuando notó la vibración. Acababa de llegar la respuesta de Stagger:

¿TIENE QUE VER CON LA VISITA A LA PRISIÓN?

La respuesta fue: SÍ.

Esta vez la pausa fue más larga.

OCUPADO HASTA LAS OCHO. PODRÍA PASAR A VERTE ESTA NOCHE O ESPERAMOS A MAÑANA.

La respuesta de Kat no se hizo esperar:

PÁSATE ESTA NOCHE.

Kat no intentó disimular su impaciencia por ver si Jeff había respondido.

Al final de su turno, se puso la ropa de deporte, atravesó el parque a la carrera, pasó a toda prisa por delante del portero, saludándolo con una sonrisa y un gesto de la cabeza, subió los escalones de dos en dos (el ascensor podía ser más lento) y abrió la puerta de su casa sin detenerse.

El ordenador estaba en modo de reposo. Kat agitó el ratón y esperó. Apareció un pequeño reloj de arena y se puso a dar vueltas. Desde luego, necesitaba comprarse un ordenador nuevo. La carrera le había dado sed; quería ir a por un vaso de agua, pero entonces el reloj de arena se paró.

Cargó la página EresMiTipo.com. Habían pasado demasiadas horas desde su última visita, así que la página la había desconectado. Volvió a introducir su nombre de usuaria, y clicó en Continuar. Apareció la página de inicio, con seis palabras bien grandes, en un verde intenso:

¡TIENES UNA RESPUESTA EN TU BUZÓN DE CORREO!

El corazón le golpeaba contra el pecho. Lo notaba, el lento y rítmico golpeteo que estaba segura que sería visible desde el exterior. Hizo clic en las letras verdes y se abrió el mensaje, con una pequeña fotografía del perfil de Jeff al lado.

Era ahora o nunca.

La línea de asunto estaba en blanco. Pasó el cursor por encima y apretó para abrir el mensaje de Jeff:

¡JA! ¡QUÉ VÍDEO MÁS CHULO! SIEMPRE ME ENCANTÓ. SÉ QUE LOS HOMBRES SIEMPRE DICEN QUE LES ENCANTAN LAS MUJERES CON SENTIDO DEL HUMOR, PERO HA SIDO UN MODO MUY INTELIGENTE DE INICIAR LA CONVERSACIÓN. TUS FOTOGRAFÍAS ME HAN LLAMADO LA ATENCIÓN. TIENES UNA CARA BONITA, POR SUPUESTO, PERO... HAY ALGO MÁS. ¡ENCANTADO DE CONOCERTE!

Ya estaba. Sin firma. Sin nombre.

Nada.

Un momento... ¿Cómo?

La verdad le cayó de pronto como una bofetada. Jeff no se acordaba de ella.

¿Era posible? ¿Cómo podía no acordarse de ella? Calma. Mejor no perder los nervios. Respiró hondo e intentó pensarlo bien. Vale, en el mejor de los casos, Jeff no la había reconocido. ¿Tanto había cambiado? Seguramente sí. Ahora llevaba el cabello más oscuro y más corto. Había envejecido. Los hombres tienen más suerte, por supuesto. El gris de las sienes de Jeff solo le hacía más atractivo, al muy condenado. Siendo objetivos, quizás a ella los años no le hubieran tratado tan bien. Eso era todo. Kat se puso en pie, dio unos pasos y se miró al espejo. Eso uno mismo no lo ve, por supuesto. Uno no ve los cambios que traen los años. Pero ahora, mientras abría cajones en busca de antiguas fotos suyas —con el pelo a lo loco, las mejillas más llenas, el brillo de la juventud— empezaba a entenderlo. La última vez que la había visto era una chica de veintidós años de ojos brillantes y corazón destrozado. Ahora tenía cuarenta, nada menos. Su perfil no revelaba ninguna información personal. Ni su dirección, ni su licenciatura en Columbia ni nada que pudiera dar a entender que era Kat.

Así que, en cierto modo, tenía sentido que Jeff no la hubiera reconocido.

Por supuesto, cuando empezó a pensarlo con más calma, su justificación empezaba a fallar. No estrepitosamente, pero tampoco encajaba mucho. Habían estado enamorados. Comprometidos. Aquella canción —aquel vídeo— había sido para ellos algo más que algo «chulo», algo más que un detalle que se te olvida, o pasas por alto o...

Algo le llamó de pronto la atención.

Kat se acercó más a la pantalla del ordenador y vio un corazón latiendo junto a la fotografía de perfil de Jeff. Según la leyenda de la parte inferior, eso significaba que estaba en línea y que aceptaría mensajes instantáneos «de las personas que hubieran comunicado previamente» con él.

Se sentó, abrió la ventana de mensajes instantáneos y escribió:

SOY KAT.

Para enviar el mensaje, tenía que pulsar la tecla Enter. No perdió un instante, ni se dio tiempo para pensárselo dos veces Pulsó la tecla. Mensaje enviado.

El cursor parpadeó. Kat se quedó allí sentada, esperando su respuesta. Su pierna derecha empezó a dar botecitos de impaciencia. Nunca le habían diagnosticado el síndrome de piernas inquietas, pero suponía que su caso rozaba lo patológico. Su padre también solía hacer botar la pierna. Mucho. Se puso una mano sobre la rodilla e hizo un esfuerzo por parar, sin despegar los ojos de la pantalla.

El cursor que parpadeaba desapareció. Apareció una nubecita.

Eso significaba que Jeff estaba escribiendo su respuesta. Un momento más tarde, apareció en la pantalla:

NADA DE NOMBRES. AL MENOS, DE MOMENTO.

Kat frunció el ceño. ¿Qué narices significaba eso? Entonces recordó vagamente que, durante su sesión de «introducción» a EresMiTipo.com, advertían a los usuarios que no usaran sus nombres reales hasta que estuvieran seguros de que querían conocer en persona a su interlocutor.

¿Así que no estaba seguro? ¿Qué estaba pasando? Volvió a poner los dedos en el teclado y empezó a escribir:

¿JEFF? ¿ERES TÚ? SOY KAT.

El curso parpadeó exactamente doce veces —las contó— y luego el corazón rojo que latía desapareció.

Jeff se había desconectado.

8

En el caso de que fuera de verdad Jeff...

Esa fue la otra duda que se le planteó de pronto. Quizás el viudo del perfil no fuera Jeff. Quizá fuera otro tipo que se parecía a su exnovio. Las fotografías, ahora que las examinaba de nuevo, tenían grano. La mayoría eran al aire libre, a cierta distancia. Había una en el bosque, otra en alguna playa desierta con una valla rota, y otra en lo que podía ser un campo de golf. En algunas llevaba una gorra de béisbol. En otras también llevaba gafas de sol (nunca bajo techo, gracias a Dios). Al igual que en las fotografías de Kat, el «posible» Jeff nunca parecía completamente cómodo, casi como si se estuviera escondiendo, como si le hubieran pillado desprevenido o hubiera querido evitar al fotógrafo.

Como policía, Kat había aprendido de primera mano lo fácil que resulta engañarse a uno mismo cuando se quiere ver algo, creer algo..., y lo poco fiables que son los ojos en casos de autosugestión. Había visto testigos que señalaban a un sospechoso en una rueda de reconocimiento solo porque los polis querían que señalaran a esa persona. Al cerebro se le puede engañar con estímulos muy simples.

¿Cómo no iba a engañarse bajo aquella presión?

La noche anterior había hecho una búsqueda rápida por un sitio web en busca de un compañero para toda la vida. ¿Qué era más probable: que se hubiera imaginado que daba con el hombre que más cerca había estado de ese puesto en su vida o que lo hubiera encontrado realmente?

Sonó el intercomunicador con la portería. Apretó el botón.

—¿Sí, Frank?

—Está aquí su capitán.

—Dígale que suba.

Kat dejó la puerta abierta para que Stagger pudiera entrar sin llamar —lo último que quería era revivir recuerdos de dieciocho años atrás—. Salió de la página EresMiTipo.com y, para mayor seguridad, limpió el historial del explorador.

Stagger rezumaba agotamiento. Tenía los ojos rojos y hundidos. Su sombra habitual de las cinco se había oscurecido, convirtiéndose más bien en una sombra de medianoche. Tenía los hombros caídos como un ratonero demasiado cansado como para perseguir a su presa.

—¿Estás bien? —le preguntó Kat.

—Ha sido un día muy largo.

—¿Te pongo algo de beber?

Él negó con la cabeza.

—¿Qué pasa? —dijo él.

Kat decidió abordar el tema de frente.

—¿Hasta qué punto estás seguro de que Monte Leburne mató a Henry?

Fuera lo que fuera lo que Stagger se esperaba que dijera Kat, o el motivo por el que ella tenía tanta prisa por hablar con él, no podría haberse imaginado que fuera aquello.

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

—Así que supongo que has conseguido verle.

—Sí.

—¿Y qué? ¿De pronto ha negado que disparara a tu padre?

—No exactamente.

—¿Entonces?

Kat tenía que ir con cuidado. Stagger no solo seguía la ley al pie de la letra: él mismo era la ley, impresa, encuadernada y lista para su uso. Si se enteraba de lo de la enfermera Steiner y el sueño crepuscular, se pondría como una moto.

—Mira, quiero que me escuches un segundo —dijo ella—. Pero con la mente abierta, ¿vale?

—Kat, ¿te parece que estoy de ánimo para juegos?

—No, desde luego que no.

—Pues dime qué pasa.

—Voy, pero espera un momento. Volvamos al principio.

—Kat...

Ella prosiguió:

—Aquí tenemos a Monte Leburne, ¿vale? Los federales lo enchironan por matar a dos personas a tiros. Intentan usarlo para llegar a Cozone. Pero no suelta prenda. No es de esos. Demasiado tonto, a lo mejor. O quizá piensa que harán daño a su familia. Sea como fuere, Leburne cierra el pico. —Hizo una pausa, esperando que él le dijera que fuera al grano. No lo hizo—. Mientras tanto, vosotros estáis buscando al asesino de mi padre. No tenéis mucho, solo rumores y algunas pistas sueltas, y, de pronto, voilà, Leburne confiesa.

—No fue así —dijo Stagger.

—Sí, sí que lo fue.

—Teníamos pistas.

—Pero nada sólido. Así que dime: ¿por qué confesó de pronto?

Stagger hizo una mueca antes de hablar.

—Lo sabes muy bien. Mató a un poli. Nuestra investigación estaba sometiendo a Cozone a una gran presión. Tenía que darnos algo.

—Exactamente. Así que Monte Leburne se carga el muerto. Y así Cozone se libra. Muy práctico. A un tipo que ya está condenado a cadena perpetua le cae otra perpetua.

—Durante años intentamos pillar a Cozone. Lo sabes.

—Pero nunca pudimos. ¿No lo ves? Nunca pudimos relacionar a Cozone y a Leburne en ese caso. ¿Sabes por qué?

Stagger suspiró.

—No vas a caer en una paranoia conspiratoria ahora, ¿verdad, Kat?

—No.

—El motivo por el que no pudimos relacionarlos es simple: así funciona el mundo. No es un sistema perfecto.

—O quizás —propuso Kat intentando mantener la calma— no pudimos relacionarlos porque Monte Leburne no disparó a mi padre. Sí pudimos relacionar a Leburne con los otros dos asesinatos. Pero nunca pudimos relacionarlo con el de mi padre. ¿Y qué hay de esas huellas que nunca pudimos identificar? ¿No te has preguntado quién más estaba en la escena del crimen?

—¿Qué ha pasado en Fishkill? —dijo Stagger mirándola a los ojos.

Kat sabía que tenía que ir con cuidado.

—Está muy grave.

—¿Leburne?

Ella asintió.

—No creo que le queden más de una o dos semanas.

—Así que fuiste. Y él accedió a verte.

—Más o menos.

Él la miró con desconfianza.

—¿Qué significa eso?

—Estaba en la enfermería. Conseguí que me dejaran entrar. No hice nada raro, no te preocupes. Enseñé la placa y no dije nada comprometedor.

—Vale. ¿Y?

—Pues que cuando llegué hasta la cama de Leburne, estaba en unas condiciones bastante malas. Le habían drogado con una dosis enorme de analgésicos. Morfina, supongo.

Stagger entrecerró los párpados.

—Vale. ¿Y?

—Pues que empezó a balbucir. Yo no le interrogué ni nada. Estaba demasiado ido como para eso. Pero empezó a delirar. Pensaba que la enfermera era su hermana muerta, Cassie. Se disculpó por haber permitido que su padre abusara de ella o algo así. Se echó a llorar y le dijo que muy pronto estaría con ella. Cosas así.

Stagger la atravesó con la mirada. Kat no estaba muy segura de que se lo estuviera tragando, pero tampoco sabía si lo estaba vendiendo muy bien.

—Sigue.

—Y dijo que nunca había matado a ningún poli.

Los ojos hundidos de Stagger se abrieron un poco de pronto. No era exactamente la verdad, pero Kat pensó que más valía así.

—Dijo que era inocente —prosiguió. Stagger parecía incrédulo—. ¿De todo?

—No, exactamente lo contrario. Dijo que ya le habían pillado por dos asesinatos, así que no tenía nada de malo confesar un tercero, si así salía ganando.

—¿Salía ganando?

—Esas fueron sus palabras.

Stagger meneó la cabeza.

—Esto es una locura. Te das cuenta, ¿no?

—No lo es. De hecho encaja perfectamente. Ya iba a cumplir cadena perpetua. ¿Qué más le daba una acusación de asesinato más? —Kat dio un paso hacia el capitán—. Pongamos que os estabais acercando al asesino. A lo mejor estabais a días, o incluso a horas, de atar cabos. De pronto, un tipo que ya está en la cárcel, condenado a cadena perpetua, confiesa. ¿No lo ves?

—¿Y quién, exactamente, organizaría algo así?

—No lo sé. Cozone, probablemente.

—¿Utilizaría a su propio hombre?

—¿A un hombre que sabía, y que nosotros sabíamos, que nunca hablaría? Claro. ¿Por qué no?

—Tenemos el arma del delito, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo.

—El arma con que dispararon a tu padre. La encontramos exactamente donde Monte Leburne dijo que estaría.

—Leburne lo sabía, claro. El asesino se lo dijo. Piénsalo. ¿Desde cuándo un matón a sueldo como Leburne guarda la pistola? Se libra de ella. Nunca encontramos las armas de los otros dos asesinatos, ¿no? De pronto, mata a un poli y decide guardarla. ¿Como qué? ¿Como recuerdo? Y una vez más, ¿qué hay de esas huellas? ¿Tenía un cómplice? ¿Fue él solo?

Stagger le apoyó las manos en los hombros.

—Kat, escúchame.

Kat sabía lo que venía ahora. Era parte del juego. Tenía que capearlo.

—Has dicho que Leburne estaba drogado, ¿no? —dijo el capitán—. ¿Con morfina?

—Sí.

—Así que estaba delirando. Son tus palabras. Balbució tonterías, cosas imaginarias. Eso es todo.

—No me trates como a una niña, Stagger.

—No lo hago.

—Sí, sí que lo haces. Tú sabes que yo no me trago cosas como lo de «pasar página» —dijo haciendo el gesto de comillas con los dedos—. Creo que todo eso son memeces. Aunque metiéramos en la cárcel a todos los que hayan participado en este asesinato, mi padre sigue muerto. Eso no cambiará. Así que lo de pasar página..., no sé, es casi un insulto a su memoria. ¿Me entiendes?

Él asintió lentamente.

—Pero esta detención... —continuó ella—. A mí nunca me convenció. Siempre sospeché que había algo más.

—Y ahora lo estás convirtiendo en eso.

—¿En qué?

—Venga, Kat. Es Monte Leburne. ¿Tú crees que no sabía que estabas ahí? Está jugando contigo. Sabe que has tenido dudas desde el principio. Querías ver algo que no existe. Y ahora te lo ha dado.

Kat abrió la boca para protestar, pero de pronto pensó en el «posible» Jeff del ordenador. La voluntad puede alterar la percepción. ¿Sería eso? ¿Tendría tantas ganas de encontrar una solución —de «pasar página»— que se estaba creando escenarios alternativos?

—Eso no es así —dijo Kat, pero su voz denotaba un nivel de convicción menor.

—¿Estás segura?

—Tienes que entenderlo. No puedo dejarlo así.

—Lo entiendo —dijo él asintiendo lentamente.

—Estás volviendo a tratarme como a una niña.

Él esbozó una sonrisa fatigada.

—Monte Leburne mató a tu padre. No es una buena solución, ni siquiera es una solución. Nunca lo es. Eso ya lo sabes. Las dudas sobre el caso, todas normales, rutinarias y fácilmente explicables, te consumen. Pero en un momento dado hay que aflojar. O te volverás loca. Si dejas que te afecte así, acabarás deprimida y...

Stagger no acabó la frase.

—¿Como mi abuelo? —saltó ella.

—Yo no he dicho eso.

—No hacía falta.

Stagger la miró a los ojos, y se quedó mirándola un buen rato.

—Tu padre querría que siguieras con tu vida.

Ella no dijo nada.

—Sabes que te digo la verdad.

—Lo sé —dijo ella.

—¿Pero?

—Pero no puedo hacerlo. Eso también lo sabría mi padre.

Kat se llenó otro vaso de chupito de Jack Daniel’s y mandó a imprimir el viejo dosier del asesinato de su padre.

No era el informe oficial de la policía. Ese, por supuesto, ya lo había leído muchas veces. Este era uno creado por ella, que incluía todo lo que había en el dosier oficial —los investigadores que habían cerrado el caso de su padre eran ambos amigos de la familia— y muchas otras cosas, incluidos los rumores, los cuales había recogido por su cuenta. La conclusión del caso era bastante sólida, basada en dos elementos claves: la confesión del propio Leburne y el hallazgo del arma del delito, escondida en casa de Leburne. La mayoría de los cabos sueltos se habían atado bastante bien, con una notable excepción, la cual siempre le había hecho dudar a Kat: en la escena del crimen se habían encontrado huellas sin identificar. Los tipos del laboratorio habían encontrado una huella completa en el cinturón de su padre y la habían introducido en el sistema, pero no habían hallado coincidencias.

Kat nunca se había quedado satisfecha con la explicación oficial, pero todo el mundo, incluida ella, lo habían achacado a su conexión personal. Aqua lo había definido como nadie en uno de sus días más lúcidos, al encontrarse ambos en el parque: «En este caso estás buscando algo que nunca encontrarás».

Aqua.

Aquello era algo raro. Podía hablar con Stacy sobre el asesinato de su padre, pero Stacy no lo había conocido. Stacy no conocía a la «antigua Kat», la Kat de antes, la que salía con Jeff, sonreía despreocupadamente y existía antes de la muerte de Henry Donovan. Pero el primer nombre que le había venido a la cabeza —la persona que entendería más que nadie lo que estaba pasando— era, bueno, Jeff.

Aunque eso no parecía una buena idea, ¿no?

No. Al menos, no lo sería a las seis de la mañana o a las diez de la noche. Pero, en aquel momento, a las tres de la madrugada, con unas rondas de Jack corriéndole por las venas, le pareció la idea más brillante de la historia del mundo. Miró por la ventana de su apartamento. Dicen que Nueva York es la ciudad que nunca duerme. Aquello era una tontería. Cuando había estado en otras ciudades, incluso algunas más pequeñas, como San Luis o Indianápolis, daba la impresión de que la gente estaba despierta hasta más tarde, aunque quizá más por desesperación que por otra cosa. «No estamos en Nueva York, así que tenemos que esforzarnos más para pasárnoslo bien». Algo así.

¿Las calles de Manhattan a las tres de la madrugada? Muertas.

Con paso incierto, Kat se dirigió al ordenador. Tuvo que intentarlo tres veces para conectarse a EresMiTipo.com porque, al igual que la lengua, tenía los dedos torpes a causa de la bebida. Miró si por casualidad Jeff estaba conectado. Bueno, era una pena, ¿no? Apretó el vínculo para enviarle un mensaje directo.

JEFF,

¿PODEMOS HABLAR? ME HA PASADO ALGO Y ME GUSTARÍA MUCHO HABLAR DE ELLO CONTIGO.

KAT

Parte de su cerebro se daba cuenta de que era una muy mala idea; era el equivalente a los SMS de borrachera, pero en versión página de citas. Los SMS de borrachera nunca funcionaban. Nunca jamás.

Envió el mensaje y se medio durmió, medio perdió la conciencia. Cuando sonó el despertador, a las seis de la mañana, Kat se odió a sí misma antes incluso de sentir el efecto de la resaca, atravesándole el cerebro con punzadas de dolor.

Comprobó los mensajes. Nada de Jeff. O del «posible» Jeff. Vale, ¿es que no se había dado cuenta ya de que quizá no fuera Jeff, sino un tipo que se le parecía? No importaba. ¿A quién le importa? ¿Dónde demonios estaba el paracetamol extrafuerte?

La clase de yoga de Aqua. Ni hablar. Esta vez no. Su cabeza no lo soportaría. Además, ya había ido el día anterior. No tenía que ir.

Solo que...

Un momento, espera un segundo. Volvió corriendo al ordenador y recuperó el perfil de Jeff. Aparte de Stagger, la única persona que seguía en su vida, que la había conocido con Jeff y con su padre, que conocía la Kat de antes era..., bueno, era Aqua. Aqua y Jeff se habían conocido a través de ella, incluso habían compartido vivienda todos juntos en un miserable piso de dos habitaciones en la calle Ciento setenta y ocho. Clicó Imprimir, se puso la ropa, corrió hasta el lado este del parque y llegó, como siempre, cuando todo el mundo estaba ya meditando, con los ojos cerrados.

—Tarde —dijo Aqua.

—Lo siento.

Aqua frunció el ceño y abrió los ojos, sorprendido. Era la primera vez que Kat se disculpaba. Sabía que pasaba algo.

Dos décadas antes, Aqua y Kat habían ido juntos a clase en Columbia. Allí es donde se habían conocido, en su primer año. Aqua era, sencillamente, la persona más brillante que había conocido Kat. Sus notas eran impresionantes. Tenía el cerebro siempre al límite de revoluciones, trabajaba a destajo, acabando en minutos trabajos de clase que a otros les llevaban toda la noche. Aqua consumía conocimientos como otros consumen comida rápida. Se había apuntado a asignaturas extras, hacía dos trabajos, practicaba atletismo, pero no había nada que pudiera detener aquella ansia.

Con el tiempo, el motor de Aqua se recalentó. Así lo veía Kat. Se rompió, aunque lo cierto era que simplemente enfermó. Mentalmente. En realidad no era diferente a contraer un cáncer, lupus o algo así. Desde entonces, Aqua había estado entrando y saliendo de diversos centros de salud. Los médicos lo habían intentado todo para curarle, pero su enfermedad mental, como las físicas, era, si no ya terminal, crónica. Kat no sabía dónde vivía ahora exactamente. En algún lugar del parque, supuso. A veces, Kat se lo encontraba fuera de las clases de yoga, cuando su manía se volvía más febril. A veces Aqua iba vestido de hombre. Otras —sí, bueno, la mayoría de las veces— iba vestido de mujer. A veces, ni siquiera reconocía a Kat.

Al final de la clase, cuando los demás cerraron los ojos y adoptaron la postura del Cadáver, Kat se quedó sentada mirando a Aqua. Él —o ella; resultaba muy confuso tratar con un travestido a tiempo parcial— le devolvió la mirada, con rabia. En aquellas clases había unas normas. Y ella estaba rompiendo una de ellas.

—Quiero que relajéis el rostro —dijo Aqua con aquella voz reconfortante—. Relajad los ojos. Sentid cómo se hunden. Relajad la boca...

No apartó la mirada de la de Kat. Al final, cedió y se levantó, pasando de la posición del Loto a estar de pie en un movimiento suave y silencioso, sin esfuerzo aparente. Kat también se puso en pie. Le siguió por un sendero en dirección norte.

—Así que aquí es donde vienes después de clase —dijo Kat.

—No.

—¿No?

—No voy a enseñarte adónde voy. ¿Qué es lo que quieres?

—Necesito un favor.

—Yo no hago favores —dijo Aqua sin dejar de caminar—. Yo enseño yoga.

—Eso ya lo sé.

—Entonces ¿por qué me molestas? —Sus manos se cerraron en dos puños, como un niño pequeño al borde de la pataleta—. El yoga es rutina. A mí me va bien la rutina. Que me saques de la clase para hablar, así, no es parte de la rutina. No me conviene apartarme de la rutina.

—Necesito tu ayuda.

—Yo ayudo enseñándote yoga.

—Eso ya lo sé.

—Soy un buen profesor, ¿no?

—El mejor.

—Pues déjame hacer lo que hago. Así es como ayudo yo. Así es como me mantengo centrado. Así es como contribuyo a la sociedad.

Kat de pronto se sintió abrumada. Mucho tiempo atrás habían sido amigos. Buenos amigos. Amigos íntimos. Se sentaban en la biblioteca y hablaban de cualquier cosa. Las horas se les pasaban volando; así de amigos eran.

Tras su primera cita con Jeff, había hablado con Aqua. Él lo entendió enseguida. Aqua y Jeff también se habían hecho amigos. Habían compartido habitación fuera del campus, aunque Jeff acababa pasando la mayor parte del tiempo en casa de Kat. Ahora, viendo el gesto perplejo en el rostro de Aqua, se dio cuenta de lo mucho que había perdido. Había perdido a su padre. Eso era obvio. Había perdido a su prometido. También era obvio. Pero quizás —aunque no fuera tan obvio— había perdido algo más, algo real y profundo, al venirse abajo Aqua.

—¡Dios!, te echo tanto de menos —dijo Kat, y Aqua empezó a acelerar el paso.

—Esto no ayuda en absoluto —repuso él.

—Lo sé. Lo siento.

—Tengo que irme. Tengo cosas que hacer.

—Vale, pero antes ¿quieres echar un vistazo a esto? —dijo ella poniéndole la mano sobre el brazo para frenarlo.

Él frunció el ceño, sin reducir mucho el paso. Ella le mostró las copias impresas del perfil de Jeff en EresMiTipo.com.

—¿Qué es esto? —preguntó Aqua.

—Dímelo tú.

A Aqua aquello no le gustaba. Era evidente. Toda aquella ruptura de su rutina le estaba poniendo nervioso. No era lo que pretendía Kat. Sabía que alterarlo era un peligro.

—¿Aqua? Tú solo echa un vistazo, ¿vale?

Lo hizo. Miró las hojas de papel. Intentó leerlas. Su expresión no cambió, pero a Kat le pareció ver un brillo en sus ojos.

—¿Aqua?

—¿Por qué me enseñas esto? —dijo él con un hilo de temor en la voz.

—¿Se parece a alguien que conozcas?

—No —dijo él.

Kat sintió que el corazón se le encogía. Aqua se dispuso a marcharse.

—No se parece a Jeff, Kat. Es Jeff.

9

Kat acababa de colgar el teléfono, recordando mentalmente las palabras de Monte Leburne por enésima vez, cuando el ordenador emitió un sonido y en la pantalla apareció una ventana emergente con la notificación de un mensaje instantáneo de EresMiTipo.com.

El mensaje instantáneo era de Jeff; se veía su minúscula foto de perfil. Por un momento, Kat se quedó allí sentada, casi con miedo a moverse o a clicar el botón Leer, porque aquel contacto, aquella conexión, quizá fuera tan frágil y tenue que cualquier acto repentino por su parte podía quebrar el fino hilo que le unía a él.

El icono del corazón junto a su fotografía presentaba un interrogante, a la espera de que ella diera su aprobación para iniciar la conversación. Kat se había pasado las últimas tres horas trabajando en el caso de su padre. El dosier no decía nada nuevo, y todos los problemas de siempre seguían allí. A Henry Donovan le habían disparado en el pecho a bocajarro con una Smith & Wesson pequeña. Eso también le había inquietado desde el principio a Kat. ¿Por qué no en la cabeza? ¿No sería más fácil presentarse por detrás, ponerle la pistola en la nuca y disparar un par de veces? Ese había sido el modus operandi de Monte Leburne. ¿Por qué cambiarlo? ¿Por qué dispararle al pecho?

No cuadraba.

Como tampoco encajaba algo que Monte Leburne le había dicho a la enfermera Steiner cuando le preguntó quién había matado a Henry Donovan: «¿Y cómo voy a saberlo? Vinieron a verme. El día después de mi detención. Me dijeron que cogiera el dinero y me cargara el muerto».

Pregunta obvia: ¿quiénes eran «ellos»?

Pero quizá Monte le hubiera dado la respuesta. «Ellos» habían ido a verle a la cárcel. No solo eso, sino que habían ido a verle el día después de su detención.

Hummm...

Kat había cogido el teléfono y había llamado a un viejo amigo, Chris Harrop, que trabajaba en el Departamento de Prisiones.

—Kat, qué alegría saber de ti. ¿Qué hay?

—Necesito un favor —dijo Kat.

—Qué sorpresa. Yo que pensaba que me llamabas para ofrecerme una sesión de sexo caliente y sudoroso.

—Yo me lo pierdo, Chris. ¿Puedes conseguirme el registro de visitas de un recluso?

—No debería ser un problema —dijo Harrop—. ¿Quién es el prisionero y dónde cumple condena?

—Monte Leburne. Estaba en Clinton.

—¿Qué fecha quieres?

—Bueno..., el 27 de marzo.

—Vale, déjame que lo mire.

—De hace dieciocho años.

—¿Cómo?

—Necesito su registro de visitas... de hace dieciocho años.

—Estás de broma, ¿no?

—Pues no.

—Vaya.

—Ya.

—Mira, llevará un tiempo —dijo Harrop—. La informatización se inició en 2004. Creo que los registros antiguos están en los almacenes de Albany. ¿Es muy importante?

—Más que una sesión de sexo caliente y sudoroso —dijo Kat.

—Estoy en ello.

En el momento en que colgó el teléfono, en la pantalla apareció el globo de mensaje de EresMiTipo.com. Con la mano temblorosa, hizo clic en el interrogante, dijo que sí, y luego, tras un instante de espera, aparecieron las palabras de Jeff:

EH, KAT. HE RECIBIDO TU MENSAJE. ¿CÓMO ESTÁS?

El corazón se le detuvo de golpe.

Kat leyó el mensaje de Jeff dos veces más, quizá tres, no podría decirlo. Vio el corazón palpitante junto a su nombre: estaba en línea, en aquel mismo momento, esperando su respuesta. Las yemas de sus dedos encontraron el teclado.

EH, JEFF...

Se detuvo, intentando decidir qué más poner antes de apretar el botón Enviar—. Decidió optar por lo que tenía en la mente en aquel momento:

EH, JEFF. SUPONGO QUE NO ME HABÍAS RECONOCIDO.

Kat esperó su respuesta, quizás alguna explicación que probablemente iría unida a algún tipo de cumplido defensivo, como «ahora estás aún más guapa» o «tu nuevo corte de pelo te sienta estupendo», algo así, lo que fuera. Tampoco le importaba. ¿Por qué pensaba siquiera en eso? Menuda tontería.

Pero su respuesta le sorprendió:

NO... TE RECONOCÍ ENSEGUIDA.

El corazón junto a la foto de su perfil seguía palpitando. Se quedó pensando en aquel pequeño icono, avatar o comoquiera que le llamaran. Un corazoncito rojo palpitante, un símbolo de romance y de amor; un corazón que, si Jeff se iba en aquel momento, si decidía desconectar, dejaba de latir y desaparecía. Y tú, la usuaria y pareja potencial, no quieres que eso suceda.

Kat escribió: ¿Y POR QUÉ NO ME LO DIJISTE?

El corazón seguía palpitando: TÚ SABES POR QUÉ.

Ella frunció el ceño, se quedó pensando un momento y escribió: EN REALIDAD NO LO SÉ. Pero luego se lo pensó mejor y añadió: ¿POR QUÉ NO DIJISTE NADA DEL VÍDEO DE MISSING YOU?

Corazón. Parpadeo. Corazón. Parpadeo.

ES QUE AHORA SOY VIUDO.

Vaya. ¿Y a eso qué se le podía responder?

LO HE VISTO. LO SIENTO.

Quería hacerle un millón de preguntas: dónde vivía, cómo se llamaba su hijo, cuándo y cómo había muerto su esposa, si aún pensaba en ella en algún momento... Pero en lugar de eso se quedó allí sentada, casi paralizada, esperando la respuesta de Jeff.

Él: ESTAR EN ESTE CHAT ME RESULTA RARO.

Ella: A MÍ TAMBIÉN.

Él: ME HACE MÁS PRECAVIDO Y DESCONFIADO. ¿TIENE SENTIDO ESO?

Por una parte, ella habría querido responder: «Sí, claro. Tiene todo el sentido del mundo». Pero, por otra, sentía el impulso, mucho más fuerte, de escribir: «¿Precavido? ¿De quién tienes que protegerte? ¿De mí?».

Pero se contuvo: SUPONGO.

El corazoncito palpitante la tenía hipnotizada. Casi tenía la sensación de que su corazón latía al ritmo del que había junto a la fotografía de perfil de Jeff. Aguardó. La respuesta tardó más de lo que se esperaba.

Él: NO CREO QUE SEA BUENA IDEA QUE SIGAMOS HABLANDO.

Las palabras le cayeron encima como una ola que te moja por sorpresa en la playa.

Él: TENGO LA IMPRESIÓN DE QUE VOLVER ATRÁS SERÍA UN ERROR. NECESITO EMPEZAR DE CERO. ¿LO ENTIENDES?

Por un momento, odió profundamente a Stacy por liar las cosas y apuntarla a aquella estúpida página web. Intentó reaccionar, recordar que todo aquello era una fantasía ridícula, que Jeff ya la había dejado antes, le había hecho daño, le había roto el corazón, y que desde luego no iba a permitir que eso volviera a suceder.

Ella: SÍ, CLARO, LO ENTIENDO.

Él: CUÍDATE, KAT.

Parpadeo. Corazón. Parpadeo. Corazón.

Se le escapó una lágrima que cayó rodando por su mejilla. «Por favor, no te vayas», pensó, mientras escribía: TÚ TAMBIÉN.

El corazón de la pantalla dejó de palpitar. Pasó del rojo al gris antes de desaparecer para siempre.

10

Gerard Remington estaba volviéndose loco.

Casi sentía cómo se le desprendía el tejido cerebral, como si estuviera sometido a alguna extraña fuerza centrífuga. La mayor parte del tiempo estaba a oscuras y sentía el dolor, y, sin embargo, pese a la confusión reinante, de pronto tuvo una potente sensación de claridad. Quizá «claridad» no fuera la palabra idónea. «Iluminación» podría ser más apropiada.

El hombre musculoso con acento le señaló el camino.

—Ya sabes por dónde.

Se puso en marcha. Iba a ser el cuarto viaje de Gerard a la granja. Titus le estaría esperando. Una vez más, Gerard se planteó huir corriendo, pero sabía que no llegaría muy lejos. Le daban de comer lo justo para mantenerlo vivo, no más. Aunque no hacía nada en todo el día, encerrado en aquella maldita caja bajo tierra, estaba exhausto y debilitado. La caminata por aquel camino le costaba un esfuerzo supremo. No le quedaban más fuerzas.

Sería inútil.

Aún mantenía su fe en algún rescate milagroso. Su cuerpo, sí, le había fallado. Pero su cerebro era otra cosa. Mantenía los ojos bien abiertos y había empezado a recopilar algunos datos básicos sobre su situación.

Le retenían en una zona rural de Pensilvania, a unas seis horas por carretera del aeropuerto Logan, el lugar donde le habían secuestrado.

¿Cómo lo sabía?

La simple arquitectura de la granja, la falta de cableado eléctrico (Titus tenía su propio generador), el viejo molino, la calesa, las contraventanas de color verde hoja..., todo eso daba a entender que aquello era territorio amish. Además, Gerard sabía que las calesas de determinados colores eran propias de ciertas zonas. Las grises, por ejemplo, solían corresponder al condado de Lancaster, en Pensilvania, así que aquello le daba una idea del lugar donde se encontraba.

No tenía sentido. O quizá sí.

El sol brillaba a través de las ramas de los árboles. El cielo era de un azul que solo una deidad podría pintar. La belleza siempre encontraba refugio en la fealdad. Aunque, a decir verdad, la belleza realmente no podría existir sin la fealdad. ¿Cómo puede haber luz si no hay oscuridad?

Gerard estaba a punto de entrar en el claro del bosque cuando oyó el ruido de la camioneta.

Por un momento, quiso creer que alguien había venido en su rescate. Luego llegarían los coches de policía. Se oirían sirenas. El musculoso sacaría el arma, pero un agente le abatiría de un disparo. Casi se imaginaba la escena: Titus detenido, la policía peinando el terreno, aquella horrible pesadilla expuesta a los ojos de la gente, para que todo el mundo la viera, aunque no fuera fácil de entender.

Porque ni siquiera Gerard conseguía comprenderla.

Pero la camioneta, una pick-up, no había venido a rescatar a nadie. Más bien lo contrario.

Desde la distancia, distinguió a una mujer en la parte trasera. Llevaba un vestido sin mangas amarillo intenso. Era lo único que veía. Aquel vestido veraniego estaba tan fuera de lugar entre todo aquel horror que Gerard llegó incluso a notar cómo una lágrima le asomó en su ojo. Se imaginó a Vanessa vestida con un vestido amarillo sin mangas como aquel. La veía poniéndoselo, girándose hacia él, sonriéndole de un modo que le aceleraba el corazón. Veía a Vanessa con aquel vestido amarillo chillón, y aquello le hacía pensar en todo lo demás que hay de bello en el mundo. Pensaba en su infancia en Vermont. En lo mucho que le gustaba a su padre llevarlo a pescar en el hielo cuando era pequeño. Pensaba en la muerte de su padre, cuando Gerard tenía solo ocho años de edad, y en cómo había cambiado todo en aquel momento, pero, sobre todo, pensaba en cómo destrozó aquello a su madre. Pensó en sus novios, hombres sucios y horribles que trataban a Gerard como si fuera un rarito o algo peor. Pensó en las burlas que había recibido en el colegio, donde era el último que escogían para los partidos del recreo, las risas, las tomaduras de pelo y los abusos. Pensó en su habitación del desván, convertida en refugio, en cuando se encerraba allí, a oscuras, y simplemente se tendía en la cama, y en que aquella caja bajo tierra en ocasiones no le parecía tan diferente; en el laboratorio de ciencias que, al crecer, empezó a ejercer la misma función. Pensó en su madre, que envejeció y empezó a perder su atractivo, lo que hizo que los hombres desaparecieran y que ella acabara yéndose a vivir con él, cocinándole, mimándolo, convirtiéndose en una parte importante de su vida. Pensó en cuando ella murió de cáncer, dos años atrás, dejándole solo, y en cuando Vanessa le había encontrado, llenando su vida de belleza, de color —como el de aquel vestido amarillo chillón—, de todo lo que ahora estaba a punto de desaparecer.

La camioneta no paró. Desapareció entre una nube de polvo.

—¿Gerard?

Titus nunca levantaba la voz. Nunca se enfadaba ni amenazaba con la violencia. No necesitaba hacerlo. Gerard había conocido a hombres que inspiraban respeto, que entraban en una sala e inmediatamente se hacían con el control de la situación. Titus era así. Su tono mesurado, de algún modo, te agarraba por las solapas y te obligaba a obedecer.

Gerard se giró hacia él.

—Ven —dijo Titus, y desapareció de nuevo en el interior de la granja.

Gerard le siguió.

Una hora más tarde, Gerard volvía a recorrer el camino de vuelta con paso vacilante. Se puso a temblar. No quería que volvieran a meterle en aquella caja maldita. Le habían hecho promesas, desde luego. El modo de volver con Vanessa, según Titus, era cooperar. Él no sabía ya qué creer, pero ¿importaba eso realmente?

Gerard se planteó una vez más salir corriendo. Pero volvió a descartar la opción, considerándola una tontería.

Cuando llegó al claro, el musculoso dejó de jugar con su labrador color chocolate y le dio una orden en un idioma que a Gerard le pareció portugués. El perro salió corriendo por el camino y desapareció. El musculoso apuntó a Gerard con la pistola. Ya habían pasado por aquella rutina antes. El musculoso le apuntaría mientras él entraba en la caja. Luego cerraría la puerta y echaría el candado.

La oscuridad volvería a engullirle.

Pero esta vez había algo diferente. Gerard podía verlo en los ojos del hombre.

«Vanessa», se dijo Gerard en voz baja, para sí. Había cogido la costumbre de repetir su nombre, casi como un mantra, algo que le calmara y le tranquilizara, como hacía su madre en los últimos tiempos con las cuentas del rosario.

—Por aquí —dijo el musculoso señalando con la pistola hacia la derecha.

—¿Adónde vamos?

—Por aquí.

—¿Adónde vamos? —repitió Gerard.

El musculoso se le acercó y le apoyó la pistola en la cabeza.

—Por. Aquí.

Se puso en marcha hacia la derecha. Ya había estado allí antes. Era el lugar donde se había lavado con la manguera y se había puesto aquel mono.

—Sigue adelante.

—Vanessa...

—Sí. Sigue adelante.

Gerard siguió, más allá de la manguera. El musculoso le seguía a dos pasos de distancia, apuntándole con la pistola a la espalda.

—No te pares. Ya casi estás.

Más adelante, Gerard vio otro calvero más pequeño. Frunció el ceño, confundido. Dio un paso más, lo vio, y se quedó paralizado.

—Sigue adelante.

No lo hizo. No se movió. No parpadeó. Ni siquiera respiró. A su izquierda —junto a un enorme roble— había un montón de ropa. Mucha ropa, como si alguien se dispusiera a hacer la colada. Era difícil calcular cuantas mudas completas había allí. Diez. O quizá más. Incluso vio el traje gris que él mismo llevaba de camino al aeropuerto Logan.

¿A cuántos de nosotros...?

Pero no fue su traje gris lo que le llamó la atención; ni siquiera el gran tamaño del montón. Aquello no fue lo que le hizo acercarse, detenerse y ver por fin la verdad. No, no era la cantidad de ropa. Fue una prenda, situada en lo alto de la pila, como la guinda del pastel, lo que hizo que el mundo se le rompiera en mil pedazos.

Un vestido sin mangas, amarillo chillón.

Gerard cerró los ojos. Toda su vida pasó ante sus ojos —la vida que había vivido, y la que a punto había estado de vivir— antes de que un estallido volviera a sumirlo en la oscuridad, esta vez para siempre.

11

Dos semanas más tarde, Kat estaba acabando con el papeleo en la comisaría cuando Stacy entró de pronto haciendo que muchos se giraran, que algunos babearan y que la actividad cerebral superior de la mayoría cesara de golpe. Básicamente, no hay nada que rebaje más el cociente intelectual de un hombre que una mujer con buenas curvas. Chaz Faircloth, que desgraciadamente seguía siendo compañero de patrulla de Kat, se alisó la corbata, ya perfectamente lisa de por sí. Se le acercó, pero Stacy le echó una mirada que le hizo dar un paso atrás.

—Almuerzo en el Carlyle —dijo Stacy—. Invito yo.

—Vale —dijo Kat disponiéndose a cerrar la sesión en su ordenador.

—¿Cómo fue la cita de anoche? —preguntó Stacy.

—Te odio.

—Ya, pero aun así tienes que venirte a almorzar conmigo.

—Has dicho que invitabas tú.

Los tres primeros hombres de EresMiTipo.com con que había salido Kat habían sido tipos educados, bien vestidos y, bueno, sosos. Sin gracia, sin gancho, sin... nada. La última noche —la cuarta en las dos semanas desde que Jeff la había medio abandonado de nuevo—, le había hecho albergar esperanzas. Ella y Stan No-se-qué —no había motivo para que memorizara el apellido hasta que llegaran a la hasta ahora casi inalcanzable Segunda Cita— iban caminando por la calle Sesenta y nueve Oeste, en dirección al restaurante Telepan, cuando Stan le preguntó:

—¿Te gusta Woody Allen?

Kat sintió un soplo de esperanza en su interior. Le encantaba Woody Allen.

—Mucho.

—¿Qué tal Annie Hall? ¿Has visto Annie Hall?

Era una de sus películas favoritas de todos los tiempos.

—Claro.

Stan se rio y se paró.

—¿Recuerdas esa escena en que Alvy va a su primera cita con Annie y dice algo así como que se den un beso antes de empezar, para que luego puedan estar más relajados?

Kat se quedó impresionada. Woody Allen se para antes de que él y Diane Keaton lleguen al restaurante, como ella y Stan en aquel momento, y le dice: «Escucha. Dame un beso». Diane Keaton responde: «¿Ahora?». Woody dice: «Sí, ¿por qué no? Luego iremos a casa, ¿no? Y como es lógico habrá cierta tensión porque es la primera vez, y yo no sabré cómo seguir. Así que ahora nos besamos, acabamos con eso y luego nos vamos a cenar. ¿De acuerdo? Digeriremos mejor la comida».

Ah, cómo le gustaba aquella escena. Sonrió a Stan y se quedó esperando.

—Escucha —dijo Stan haciendo una mediocre imitación de Woody—, echemos un polvo antes de cenar.

Kat abrió bien los ojos y parpadeó.

—¿Perdona?

—Sí, ya sé que no es el guion exacto, pero piénsalo. Luego no sabré cuándo plantear el tema, ni cuántas veces tendremos que quedar antes de acabar en la cama y, si lo piensas bien, podríamos empezar por el mambo horizontal, porque si no nos va bien en la cama..., bueno, ¿qué sentido tiene? ¿No?

Se lo quedó mirando, esperando que se echara a reír. No lo hizo.

—Un momento. ¿Lo dices en serio?

—Claro. Digeriremos mejor la comida, ¿no?

—Ahora mismo siento que mi última comida me está volviendo a la boca —dijo Kat.

Durante la cena, intentó hablar de las películas de Woody Allen para no arriesgar. Muy pronto se hizo evidente que Stan no era un gran fan, pero sí que había visto Annie Hall.

—¿Sabes? Esto es lo que yo hago —le confesó Stan, bajando la voz—. Busco en el sitio web a mujeres que les encante esa película. Esa frase contigo no ha funcionado, pero la mayor parte de fans de Woody inmediatamente se me abren de piernas.

Genial.

Stacy escuchó atentamente la historia de Kat sobre Stan, haciendo un esfuerzo para no reírse.

—Vaya, parece todo un cretino.

—Pues sí.

—Pero, aun así, me parece que eres demasiado escrupulosa. Ese tipo con el que saliste dos veces. Parecía agradable.

—Sí, es verdad. Quiero decir, que no se cargó ninguna de mis películas favoritas.

—Me ha parecido oír un «pero».

—Pero pidió una Dasani. No una botella de agua, no. Una Dasani.

—Perdona —dijo Stacy frunciendo el ceño—, digámoslo de otro modo: ¡puaj...! ¡Qué tipo más insufrible!

Kat soltó un sonoro gruñido.

—Estás siendo demasiado exigente, Kat.

—Probablemente necesite más tiempo.

—¿Para superar lo de Jeff?

Kat no dijo nada.

—¿Para sobreponerte al hecho de que un tipo te dejó? ¿Hace cuánto? ¿Veinte años?

—Cállate, por favor —dijo Kat. Y luego añadió—: Dieciocho años.

Estaban a punto de salir cuando Kat oyó a sus espaldas una voz que la llamaba por su nombre. Ambas se pararon y se volvieron. Era Chaz.

—Te necesito un segundo —dijo él.

—Nos vamos a comer.

Chaz le pidió que se acercara con un dedo, sin apartar la vista de Stacy. Kat suspiró y fue a ver qué quería. Chaz se dio la vuelta y señaló con el pulgar hacia Stacy.

—¿Quién es ese bombón, calidad superior, selección del chef?

—No es de tu estilo.

—Pues parece de mi estilo.

—Es que ella tiene la capacidad de pensar.

—¿Cómo?

—¿Qué es lo que quieres, Chaz?

—Tienes una visita.

—Es mi hora del almuerzo.

—Eso le he dicho al chico. Le he dicho que le atendería yo, pero me ha dicho que prefería esperar.

—¿Chico? ¿Qué chico?

—¿Tengo pinta de ser tu secretaria? —replicó Chaz encogiéndose de hombros—. Pregúntaselo tú misma. Está sentado junto a tu mesa.

Kat le indicó a Stacy con un gesto que esperara un minuto y se dirigió al piso de arriba. Había un adolescente sentado en una silla junto a su mesa. Estaba sentado, bueno, como un adolescente, tan repantigado que casi parecía estar fundido, como si alguien le hubiera quitado los huesos y lo hubiera depositado allí encima. Tenía el brazo pasado por encima del respaldo de la silla, como si no fuera un miembro suyo. Llevaba el cabello demasiado largo, como si quisiera entrar en una banda juvenil de músicos o de delincuentes, y le tapaba el rostro como una cortina con flecos. Kat se le acercó.

—¿Puedo ayudarte?

Él se enderezo y se apartó la cortina del rostro.

—Es la agente Donovan —dijo más afirmando que preguntando.

—Así es. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Me llamo Brandon —se presentó tendiéndole la mano.

—Encantada de conocerte, Brandon.

—Lo mismo digo.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti?

—Vengo por mi madre.

—¿Qué le pasa?

—Ha desaparecido. Creo que usted me puede ayudar a encontrarla.

Kat canceló el almuerzo con Stacy, volvió a su mesa y se sentó frente a Brandon Phelps. Le preguntó lo primero que le vino a la cabeza.

—¿Por qué yo?

—¿Eh?

—¿Por qué has venido precisamente a verme a mí? Mi compañero me ha dicho que querías hablar conmigo, aunque tuvieras que esperar.

—Sí.

—¿Por qué?

Brandon paseó la mirada por la comisaría.

—He oído que es la mejor —mintió.

—¿Quién te lo ha dicho?

Brandon se encogió de hombros como hacen los adolescentes, de un modo entre perezoso y melodramático.

—¿Eso importa? Quería que fuera usted, no ese otro tipo.

—Esto no funciona así. Uno no escoge quién investiga su caso —dijo, y de pronto dio la impresión de que el chico fuera a echarse a llorar.

—¿No va a ayudarme?

—Yo no he dicho eso. —Kat no lo entendía muy bien, pero había algo extraño en todo aquello—. ¿Por qué no me cuentas qué ha pasado?

—Es mi madre.

—Ya.

—Ha desaparecido.

—Vale, primero lo primero —dijo Kat cogiendo papel y bolígrafo—. ¿Te llamas Brandon Phelps?

—Sí.

—¿Y tu madre?

—Dana.

—¿Phelps?

—Sí.

—¿Está casada?

—No —dijo él, y empezó a morderse la uña de un dedo—. Mi padre murió hace tres años.

—Lo siento —dijo ella, porque..., bueno, porque eso es lo que se dice—. ¿Tienes hermanos?

—No.

—¿Así que estáis solos tú y tu madre?

—Sí.

—¿Cuántos años tienes, Brandon?

—Diecinueve.

—¿Dónde vives?

—1279, Tercera Avenida.

—¿Número de apartamento?

—Eh... 8J.

—¿Teléfono?

Brandon le dio su número de móvil. Ella tomó nota de unos cuantos detalles más y luego, viéndolo cada vez más impaciente, preguntó:

—¿Y cuál es el problema?

—Que ha desaparecido.

—Cuando dices que ha desaparecido, no estoy muy segura de saber qué quieres decir.

Brandon levantó las cejas.

—¿No sabe qué significa «desaparecido»?

—No, quiero decir... —Meneó la cabeza—. Vale, empecemos por aquí: ¿cuánto tiempo lleva desaparecida?

—Tres días.

—¿Y por qué no me cuentas qué ha pasado?

—Mamá me dijo que se iba de viaje con su novio.

—Bien.

—Pero no creo que lo haya hecho. La he llamado al móvil. No contesta.

Kat intentó no fruncir el ceño. ¿Por eso se estaba perdiendo un almuerzo en el Carlyle?

—¿Adónde iba de viaje?

—A algún lugar en el Caribe.

—¿Adónde?

—Dijo que iba a ser una sorpresa.

—A lo mejor la conexión telefónica es mala.

—No creo —dijo él frunciendo el ceño.

—O a lo mejor está ocupada.

—Dijo que al menos me enviaría un mensaje cada día. —Luego, al ver la expresión en su rostro, Brandon añadió—: No es algo que hagamos normalmente. Pero era la primera vez que se iba desde la muerte de papá.

—¿Has intentado llamar al hotel?

—Ya se lo he dicho. No me dijo dónde iba a alojarse.

—¿Y tú no se lo preguntaste?

Él volvió a encogerse de hombros.

—Me imaginé que nos enviaríamos mensajes, o lo que fuera.

—¿Has intentado contactar con su novio?

—No.

—¿Por qué no?

—No lo conozco. Empezaron a salir cuando yo iba a la universidad.

—¿Dónde estudias?

—En la Universidad de Connecticut. ¿Y eso qué importa?

Bien pensado.

—Solo estoy intentando hacerme una composición de lugar, ¿vale? ¿Cuándo empezó a salir tu madre con ese tipo?

—No lo sé. No habla de esas cosas conmigo.

—¿Pero sí te dijo que se iba de viaje con él?

—Sí.

—¿Cuándo?

—¿Cuándo me dijo que se iban a ir de viaje?

—Sí.

—No lo sé. Hace una semana, supongo. Oiga, ¿podría mirar qué puede hacer? ¿Por favor?

Kat se lo quedó mirando. Él se encogió un poco.

—¿Brandon?

—¿Sí?

—¿Qué está pasando aquí?

La respuesta del chico le sorprendió:

—¿De verdad no lo sabe?

—No.

Brandon la miró con escepticismo.

—¡Eh, Donovan! —dijo por detrás una voz.

Kat se giró hacia aquella voz familiar. El capitán Stagger estaba de pie junto a la escalera.

—A mi despacho —dijo.

—Ahora mismo estoy...

—Será un momento —insistió el capitán.

Su tono no dejaba lugar a debates. Kat miró a Brandon.

—Espera aquí un segundo, ¿vale?

Brandon asintió y apartó la mirada.

Kat se puso en pie. Stagger no la había esperado. Kat bajó corriendo las escaleras y le siguió hasta su despacho. Stagger cerró la puerta tras ella. No rodeó la mesa para sentarse en su sitio ni esperó un segundo:

—Monte Leburne ha muerto esta mañana.

—Mierda —dijo ella dejándose caer contra la pared.

—Bueno, esa no ha sido exactamente mi reacción, pero pensé que querrías saberlo.

Las dos semanas anteriores, Kat había intentado repetidamente ir a verle una vez más. No había habido modo. Ahora se había quedado sin tiempo.

—Gracias. —Los dos se quedaron allí unos momentos incómodos—. ¿Algo más?

—No. Solo pensé que querrías saberlo.

—Te lo agradezco.

—Supongo que habrás estado investigando lo que dijo.

—Sí que lo he hecho.

—¿Y?

—Y nada, capitán —dijo Kat—. No he encontrado nada.

Él asintió lentamente.

—Bueno, ya te puedes ir.

Kat se dirigió hacia la puerta. Se paró y se volvió.

—¿Va a haber un funeral?

—¿Por quién? ¿Por Leburne?

—Sí.

—No lo sé. ¿Por qué motivo?

—No, por ninguno.

O quizá sí había un motivo. Leburne tenía familia. Habían cambiado de nombres y se habían mudado a otro estado, pero quizá tuvieran algún interés en los restos. Quizá supieran algo. Quizás, ahora que su querido Monte estaba muerto, querrían demostrar su inocencia, al menos en un caso.

Estaba muy cogido por los pelos, pero era una posibilidad.

Kat salió del despacho de Stagger, intentando poner orden en sus sentimientos. Estaba como atontada. Tenía la impresión de que gran parte de su vida estaba llena de preguntas sin respuesta. Era policía. Le gustaba cerrar casos. Ocurría algo malo, pensabas quién podía haberlo hecho y por qué. No obtenías todas las respuestas, pero sí las suficientes.

De pronto, su vida le pareció un enorme caso abierto. Y odiaba aquella sensación.

No importaba. Ya encontraría lugar para la autocompasión más tarde. Ahora mismo tenía que volver y atender a Brandon y su caso de la madre desaparecida. Pero cuando volvió a su planta, la silla que había frente a su mesa estaba vacía. Se sentó, pensando que quizás el chico hubiera ido al baño, cuando vio de pronto la nota:

HE TENIDO QUE IRME. POR FAVOR ENCUENTRE A MI MADRE. TIENE MI NÚMERO POR SI ME NECESITA. BRANDON

Volvió a leer la nota. Había algo en todo aquello —la madre desaparecida, el hecho de que el muchacho hubiera ido a buscarla a ella precisamente..., todo, en realidad— que le daba mala espina. Se le estaba pasando algo por alto. Kat echó un vistazo a sus notas.

Dana Phelps.

¿Qué mal habría en echar un vistazo rápido a la base de datos? En aquel momento sonó el teléfono de su mesa.

—Donovan —dijo cogiéndolo.

—Eh, Kat. —Era Chris Harrop, del Departamento de Prisiones—. Siento haber tardado tanto en responderte, pero ya te dije que el registro no está informatizado y tuve que enviar a un hombre al almacén de Albany. Y luego, bueno, tuve que esperar.

—¿Esperar qué?

—A que tu chico, Monte Leburne, muriera. Es complicado de explicar, pero, básicamente, enseñarte este dosier podía haber supuesto una violación de sus derechos, a menos que él te hubiera dado poderes o hubieras conseguido una orden judicial y todo eso... Así es como va, ya sabes. Pero ahora que está muerto...

—¿Tienes la lista?

—Sí.

—¿Puedes enviármela por fax?

—¿Fax? ¿En qué año estamos? ¿1996? ¿Qué tal si te la envío por télex? Te la acabo de enviar por correo electrónico. Además, ahí no hay nada que te vaya a ser de ayuda.

—¿Qué quieres decir?

—El día por el que preguntaste, la única persona que lo visitó fue su abogado, un tipo llamado Alex Khowaylo.

—¿Y ya está?

—Ya está... Ah, y dos federales. Ahí están sus nombres. Y un poli del departamento de Nueva York llamado Thomas Stagger.

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Litresdə buraxılış tarixi:
14 noyabr 2024
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401 səh. 2 illustrasiyalar
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9788490568187
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