Kitabı oxu: «Última oportunidad»
Título original: No Second Chance
© Harlan Coben, 2003
© Traducción de Esther Roig, 2004
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
OEBO095
ISBN: 978-84-9867-933-5
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Portada
Créditos
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
Epílogo
Notas
Otros títulos
1
Al recibir el primer tiro en el pecho, pensé en mi hija.
O al menos es lo que quiero creer. Perdí el conocimiento casi enseguida. Para ser precisos, ni siquiera recuerdo que me dispararan. Sé que perdí mucha sangre. Sé que una segunda bala me rozó la coronilla, aunque lo más probable es que ya estuviera inconsciente. Sé que se me paró el corazón. Aun así me gusta pensar que, mientras agonizaba, pensaba en Tara.
Para más información: no vi ni luz brillante ni túnel. O, si los vi, ya no me acuerdo.
Mi hija Tara tiene sólo seis meses. Estaba en la cuna. No sé si el tiroteo la asustó. Supongo que sí. Lo más probable es que se echara a llorar. No sé si el ruido familiar, aunque molesto, de su llanto se introdujo de algún modo en mi confuso cerebro, y en algún momento la oí. Pero tampoco me acuerdo de eso.
En cambio de lo que sí me acuerdo es de cuando nació Tara. Recuerdo a Monica —la madre de Tara— esforzándose en un último empujón. Recuerdo cuando apareció la cabeza. Fui el primero que vio a mi hija. Todos sabemos los giros que da la vida. Todos sabemos que cuando una puerta se cierra se abre otra, conocemos los ciclos de la vida, los cambios de estación. Pero el nacimiento de un hijo... va más allá del surrealismo. Has cruzado una especie de portal a lo Star-Trek, un transformador de la realidad en toda regla. Todo es diferente. Tú eres diferente, un simple elemento golpeado por un asombroso catalizador y metamorfoseado en algo mucho más complejo. Tu mundo desaparece; se encoge en la dimensión —al menos en este caso— de una masa de dos kilos y medio.
La paternidad me confunde. Sí, ya sé que con sólo seis meses de experiencia, únicamente soy un aficionado. Lenny, mi mejor amigo, tiene cuatro hijos. Una niña y tres niños. Marianne, la mayor, tiene diez años, y el pequeño acaba de cumplir uno. Con su expresión permanentemente preocupada y feliz al mismo tiempo, y el suelo de casa siempre manchado de comida rápida congelada, Lenny me recuerda que todavía no sé nada. Estoy de acuerdo. Pero cuando me siento gravemente perdido o aterrorizado ante la tarea de educar a mi hija, miro al indefenso bulto de la cuna, ella me mira, y no sé de que sería capaz para protegerla. Daría mi vida, sin más. Y si he de ser sincero, si me pusieran entre la espada y la pared, también daría la de otros.
Así que me gusta pensar que mientras las dos balas perforaban mi cuerpo, mientras caía en el suelo de linóleo de la cocina con una barrita de cereales a medio comer en la mano, mientras estaba inmóvil sobre mi propio charco de sangre, incluso mientras mi corazón dejaba de latir, intentaba hacer algo para proteger a mi hija.
Recuperé la conciencia en la oscuridad.
Al principio no sabía dónde estaba, pero enseguida oí un bip-bip a mi derecha. Un sonido familiar. No me moví. Me limité a escuchar el bip. Creía tener el cerebro marinado en melaza. El primer impulso que se abrió paso fue primitivo: deseaba agua. No sabía que una garganta pudiera estar tan seca. Intenté gritar, pero tenía la lengua pegada a la boca como un pastel seco.
Alguien entró en la habitación. Cuando intenté sentarme, sentí un fuerte dolor como si un cuchillo desgarrara mi cuello. Mi cabeza cayó hacia atrás. Y volvió la oscuridad.
Cuando volví a despertarme, era de día. A través de las persianas venecianas penetraban deslumbrantes haces de luz que me obligaron a parpadear. Una parte de mí deseaba levantar una mano para bloquear la luz, pero el agotamiento no me permitía mandar la orden. Mi garganta seguía increíblemente seca.
Oí un movimiento y de repente vi a una mujer de pie, a mi lado, era una enfermera. La perspectiva, tan distinta a la que estaba acostumbrado, me trastornó. Nada estaba como debía. Era yo el que debería estar de pie mirando hacia abajo, y no al revés. La enfermera llevaba una cofia blanca —pequeña y severamente triangular— como el nido de un pájaro. He pasado gran parte de mi vida trabajando en hospitales, pero no creo haber visto una cofia igual a aquélla, si exceptuamos el cine o la televisión. La enfermera era robusta y negra.
—¿Doctor Seidman?
Tenía una voz dulce como un jarabe. Logré asentir con la cabeza.
Sin duda, la enfermera sabía leer el pensamiento porque tenía un vaso de agua en la mano. Me colocó la pajita en los labios y yo sorbí ansiosamente.
—Con calma —dijo amablemente.
Quería preguntarle dónde estaba, pero era evidente. Abrí la boca para saber qué había sucedido, pero ella volvió a adelantarse.
—Voy a buscar al médico —dijo, dirigiéndose a la puerta—. Tranquilícese.
—Mi familia... —logré decir.
—Vuelvo enseguida. No se preocupe, por favor.
Eché un vistazo a la habitación. Mi visión estaba nublada por la medicación, como si tuviera una cortina de ducha delante. Aun así, había suficientes estímulos para permitirme hacer algunas deducciones. Estaba en una habitación típica de hospital. Al menos eso era evidente. Había una bolsa de suero y una sonda a mi izquierda, y el tubo bajaba hasta mi brazo. Los fluorescentes zumbaban de forma casi imperceptible. En el rincón derecho superior había un soporte con un televisor.
A poca distancia del pie de la cama había una gran ventana. Entrecerré los ojos, pero no vi nada. Supongo que me controlaban por monitor. Esto significaba que estaba en una UCI. Significaba que lo que me ocurría era grave.
Me escocía la parte superior del cráneo, y algo me tiraba del pelo. Un vendaje, probablemente. Intenté comprobarlo, pero mi cabeza no colaboraba. Se me llenó el cuerpo de un sordo dolor que no podía precisar dónde se originaba. Me pesaban las extremidades, y sentía el pecho lleno de plomo.
—¿Doctor Seidman?
Volví la cabeza hacia la puerta. Una mujer menuda con una bata quirúrgica, gorro incluido, entró en la habitación. Llevaba la parte superior de la máscara desatada y colgando del cuello. Tengo treinta y cuatro años. Ella aparentaba la misma edad.
—Soy la doctora Heller —dijo, acercándose—. Ruth Heller. —Me daba su nombre de pila. Cortesía profesional, sin duda. Ruth Heller me examinó con la mirada. Intenté concentrarme. Seguía con el cerebro desorientado, pero empezaba a sentir que funcionaba—. Está en el Hospital Saint Elizabeth —dijo con la gravedad apropiada en la voz.
Se abrió la puerta detrás de ella y entró un hombre. Me costaba verlo con claridad a través de la cortina de ducha, pero no creo que le conociera. El hombre se cruzó de brazos y se apoyó en la pared con una naturalidad estudiada. Pensé que no era médico. Cuando hace tiempo que trabajas con ellos, los distingues.
La doctora Heller miró al hombre por encima y volvió a dedicarme toda su atención.
—¿Qué ha sucedido? —pregunté.
—Le dispararon —dijo ella. Y añadió—: dos tiros.
Esperó un momento. Miré al hombre apoyado en la pared. No se había movido. Abrí la boca para decir algo, pero Ruth Heller siguió hablando:
—Una bala le rozó el cráneo. La bala le arañó literalmente el cuero cabelludo, que, como usted sabe, contiene mucha sangre.
Lo sabía, sí. Las heridas graves del cuero cabelludo sangran como una decapitación. Entendido, eso explica el picor de la cabeza. Cuando vi que Ruth Heller dudaba, insistí:
—¿Y la otra bala?
Heller soltó un poco de aire.
—Ésta fue más complicada.
Esperé.
—La bala entró en el pecho y le pinchó el saco pericardial. Esto provocó que gran cantidad de sangre se filtrara en el espacio entre su corazón y el saco. Los enfermeros tuvieron dificultades para encontrar sus signos vitales. Tuvimos que abrirle el pecho...
—¿Doctora? —interrumpió el hombre apoyado en la pared, y por un momento creí que se dirigía a mí. Ruth Heller calló, sin disimular su enojo. El hombre se apartó de la pared—. ¿Puede contarle los detalles más tarde? El tiempo es vital en este momento.
Ella le echó una mirada de pocos amigos, pero sin demasiada convicción.
—Me quedaré a observar —dijo—, si no le importa.
La doctora Heller retrocedió y el hombre se colocó delante de mí. Tenía la cabeza tan grande en proporción a sus hombros que daba la sensación de que el cuello podría partírsele con el peso. Llevaba el pelo muy corto, excepto por delante, donde un flequillo de César le llegaba hasta los ojos. Una perilla, con muy poco pelo, le marcaba la barbilla como un insecto cavando una madriguera. En conjunto, parecía un miembro de una banda juvenil reformado. Me sonrió, pero sin ningún calor.
—Soy el detective Bob Regan, del Departamento de Policía de Kasselton —dijo—. Sé que está desorientado.
—Mi familia... —empecé.
—Ya llegaremos a eso —interrumpió—. Ahora mismo necesito hacerle unas preguntas, ¿de acuerdo? Antes de entrar en detalles de lo que sucedió.
Esperó a que le respondiera. Intenté deshacerme de las telarañas y dije:
—De acuerdo.
—¿Qué es lo último que recuerda?
Rebusqué en las orillas de mi memoria. Recordaba haberme levantado aquella mañana y haberme vestido. Recordaba haber ido a ver a Tara. Recordaba haber puesto en marcha su móvil blanco y negro, un regalo de un colega que insistió en que aquello estimularía el cerebro del bebé o algo por el estilo. El móvil no se había movido ni había emitido su cancioncita. Las pilas estaban gastadas. Tomé nota mentalmente de que tenía que cambiarlas. Después de aquello bajé.
—Que comía una barrita de cereales —dije.
Regan asintió con la cabeza, como si ya se esperara aquella respuesta.
—¿Estaba en la cocina?
—Sí. Junto al fregadero.
—¿Y luego?
Intenté recordar, pero no recordaba nada. Sacudí la cabeza.
—Me desperté una vez, por la noche. Y estaba aquí, creo.
—¿Nada más?
Lo intenté de nuevo, pero sin éxito.
—No, nada.
Regan sacó un cuaderno.
—Como le ha dicho la doctora, le dispararon dos tiros. ¿No recuerda haber visto un arma o haber oído un tiro o algo parecido?
—No.
—Es comprensible, supongo. Estaba muy mal, Marc. Los de la ambulancia creían que estaba muerto.
Sentí la garganta seca otra vez.
—¿Dónde están Tara y Monica?
—Concéntrese, Marc. —Regan seguía con la vista en el cuaderno, no me miraba a mí. Sentí que el miedo empezaba a oprimirme el pecho—. ¿Oyó que se rompiera una ventana?
Estaba mareado. Intenté leer la etiqueta de la bolsa de suero para saber qué me estaban metiendo. Nada. Medicación para el dolor, como mínimo. Probablemente era morfina lo que me introducían por vía intravenosa. Intenté luchar contra sus efectos.
—No —dije.
—¿Está seguro? Encontramos una ventana rota en la parte trasera de la casa. Así es como el agresor debió de entrar en la casa.
—No recuerdo que se rompiera ninguna ventana —dije—. ¿Sabe quién...?
Regan me interrumpió.
—De momento, no. Por eso le estoy haciendo estas preguntas. Para descubrir quién fue —dijo, y levantó la vista del cuaderno—. ¿Tiene enemigos?
¿Me había preguntado realmente aquello? Intenté sentarme, intenté controlarme un poco, pero era muy improbable que lo consiguiera. No me gustaba ser el paciente, estar en el lado equivocado de la cama, por calificarlo de algún modo. Dicen que los médicos son los peores pacientes. Probablemente por ese súbito cambio de papeles.
—Quiero saber qué les ha pasado a mi esposa y a mi hija.
—Lo comprendo —dijo Regan, y había algo en su tono como un dedo helado que me rozó el corazón—. Pero ahora no debe distraerse, Marc. Todavía no. ¿Quiere ayudar? Pues tiene que concentrarse en lo que le digo —prosiguió, volvió a mirar el cuaderno—. ¿Qué me dice? ¿Tiene usted enemigos?
Seguir discutiendo me pareció inútil, incluso perjudicial, de modo que me resigné en silencio.
—¿Como para dispararme?
—Sí.
—No, ninguno.
—¿Y su esposa? —Me miró con dureza. Mi imagen favorita de Monica (su cara radiante cuando vimos las cascadas de Raymondkill por primera vez, la forma en que me abrazó simulando miedo mientras el agua caía a nuestro alrededor) se presentó ante mí como una aparición—. ¿Tiene ella enemigos?
Lo miré.
—¿Monica?
Ruth Heller se adelantó.
—Creo que es suficiente por hoy.
—¿Qué le ha pasado a Monica? —pregunté.
La doctora Heller se colocó junto al detective Regan, hombro con hombro. Los dos me miraron. Heller intentó protestar de nuevo, pero la detuve.
—No me venga con tonterías de proteger al paciente —intenté gritar, luchando con todo mi miedo y mi furia contra lo que estaba provocando aquella niebla en mi cerebro—. Dígame lo que le ha sucedido a mi esposa.
—Está muerta —dijo el detective Regan.
Así, sin más. Muerta. Mi esposa. Monica. Fue como si no le hubiera oído. La palabra no lograba llegar a mí.
—Cuando la Policía llegó a su casa, los dos estaban heridos. Lograron salvarle a usted. Pero era demasiado tarde para su esposa. Lo siento.
Tuve otra súbita aparición: Monica en Martha’s Vineyard, en la playa, en bañador, el pelo negro sobre los pómulos, sonriéndome con su sonrisa angulosa. Parpadeé para alejarla.
—¿Y Tara?
—Su hija... —empezó Regan después de aclararse rápidamente la garganta. Volvió a mirar el cuaderno, pero no creo que estuviera pensando en escribir nada—. ¿Aquella mañana estaba en casa, verdad? Me refiero al momento del incidente.
—Sí, por supuesto. ¿Dónde está?
Regan cerró el cuaderno de golpe.
—No estaba en la casa cuando llegamos.
Los pulmones se me petrificaron.
—No lo entiendo.
—Primero teníamos la esperanza de que estuviera en casa de algún familiar o amigo. Incluso una canguro, pero... —Calló.
—¿Me está diciendo que no sabe dónde está Tara?
Esta vez no vaciló.
—Sí, es lo que le estoy diciendo.
Sentí como si una mano gigante oprimiera mi pecho. Cerré los ojos con fuerza y pregunté:
—¿Desde cuándo?
—¿Desde cuándo está desaparecida?
—Sí.
La doctora Heller empezó a hablar demasiado aprisa.
—Compréndalo. Estaba gravemente herido. No teníamos muchas esperanzas de que sobreviviera. Estaba conectado a un respirador. Los pulmones no le funcionaban. Además, contrajo una septicemia. Usted es médico, de modo que no tengo que explicarle la gravedad de su situación. Intentamos ir rebajando la medicación, despertarle...
—¿Desde cuándo? —repetí.
Ella y Regan intercambiaron otra mirada, y entonces Heller dijo algo que volvió a dejarme sin aire.
—Ha estado usted doce días inconsciente.
2
—Hacemos cuanto podemos —dijo Regan con una voz que sonaba demasiado ensayada, como si hubiera estado junto a mi cama, mientras yo estaba inconsciente, practicando para el momento—. Como le he dicho, al principio no sabíamos si se trataba de una desaparición. En este sentido perdimos un tiempo precioso, pero ahora lo hemos recuperado. Hemos mandado la foto de Tara a todas las comisarías, aeropuertos, peajes, y estaciones de tren y autobús, en un radio de ciento cincuenta kilómetros. Hemos buscado antecedentes de casos de secuestros parecidos, para intentar encontrar una pauta o a un sospechoso.
—Doce días —repetí.
—Hemos pinchado todos sus teléfonos: el de casa, el de la consulta, el móvil...
—¿Por qué?
—Por si llamaba alguien pidiendo un rescate —contestó.
—¿Ha habido alguna llamada?
—No, todavía no.
Volví a apoyar la cabeza en la almohada. Doce días. Había estado doce días en aquella cama mientras mi pequeña estaba... aparté el pensamiento.
Regan se rascó la barba.
—¿Recuerda lo que Tara llevaba puesto aquel día?
Me acordaba. Tenía una cierta rutina matinal: levantarme temprano, acercarme sigilosamente a la cuna de Tara, mirarla. Un bebé no son sólo alegrías. Ya lo sé. Sé que hay momentos de aburrimiento mortal. Sé que hay noches en que su llanto te ataca los nervios como un rallador de queso. No pretendo glorificar la vida con un bebé. Pero a mí me gustaba mi nueva rutina matinal. Mirar el diminuto bulto de Tara me daba fuerzas. Más que esto, creo que era una forma de éxtasis. Algunas personas encuentran el éxtasis en una casa de culto. Yo... —y sé que suena cursi— lo encontraba en aquella cuna.
—Un pelele rosa con pingüinos negros —dije—. Monica lo compró en Baby Gap.
Lo apuntó.
—¿Y Monica?
—¿Qué?
Seguía mirando el cuaderno.
—¿Qué llevaba puesto ella?
—Vaqueros —dije, recordando la forma en que subían por las caderas de Monica—, y una blusa roja.
Regan hizo más anotaciones.
—¿Tiene... ha encontrado alguna pista? —pregunté.
—Seguimos investigando todas las posibilidades.
—No es lo que le he preguntado.
Regan se limitó a mirarme. No era una mirada muy transparente.
Mi hija. Por ahí. Sola. Desde hacía doce días. Pensé en sus ojos, en la luz cálida que sólo ve un padre, y dije algo estúpido:
—Está viva.
Regan ladeó la cabeza como un cachorrillo al oír un nuevo sonido.
—No abandone —dije.
—No abandonaré —contestó, y siguió mirándome de aquella forma curiosa.
—Es que... ¿tiene hijos, detective Regan?
—Dos niñas —dijo.
—Es una estupidez, pero lo sé —añadí. Como supe que el mundo no volvería a ser el mismo cuando Tara nació—. Lo sé —repetí.
No me contestó. Me di cuenta de que lo que estaba diciendo —especialmente viniendo de un hombre que se burla de la idea de la percepción extrasensorial, de lo sobrenatural o de los milagros— era ridículo. Sabía que aquella «sensación» procedía simplemente del deseo. Quieres creértelo con tanta fuerza que tu cerebro reorganiza lo que ve. Pero me aferré a ello de todos modos. Correcto o no, era un salvavidas.
—Necesitaremos más información —dijo Regan—. De usted, su esposa, sus amigos, su economía...
—Más tarde. —Volvió a intervenir la doctora Heller. Se adelantó como si quisiera bloquear la mirada del policía. Su voz era firme—. Necesita descansar.
—Ahora no —dije a la doctora, subiendo el regulador del suero una muesca por detrás de ella—. Ahora necesitamos encontrar a mi hija.
Habían enterrado a Monica en la parcela familiar de los Portman, en la finca de su padre. No asistí al funeral, por supuesto. No sé cómo me hacía sentir esto pero, en realidad, mis sentimientos hacia mi esposa, cuando tenía el valor de ser sincero conmigo mismo, siempre habían sido confusos. Monica poseía la belleza de los privilegiados: pómulos elegantes, pelo negro lacio y sedoso, y ese porte de club de campo que era al mismo tiempo sugerente e irritante. Nuestra boda fue al estilo antiguo: a la fuerza. Bueno, estoy exagerando. Monica estaba embarazada. Yo estaba entre la espada y la pared. La futura llegada me inclinó hacia el matrimonio.
Me enteré de los detalles del funeral por Carson Portman, tío de Monica y el único miembro de la familia que se mantenía en contacto con nosotros. Monica lo quería mucho. Carson me hizo compañía, junto a la cama del hospital con las manos sobre las rodillas. Se parecía mucho al profesor de universidad favorito que todos hemos tenido, con sus gafas de cristales gruesos, la americana de cheviot gastada, y el pelo demasiado largo a lo Albert Einstein a punto de quedarse calvo. Pero tenía los ojos brillantes cuando me contaba con su triste voz de barítono que Edgar, el padre de Monica, había procurado que el funeral de mi esposa fuera una «ceremonia discreta y de buen gusto».
Sobre esto yo no tenía duda alguna. En cuanto a lo de la discreción al menos.
Durante los días siguientes recibí algunas visitas en el hospital. Mi madre —a la que todos llaman Honey— entraba todas las mañanas como una explosión en mi habitación, igual que un chorro de combustible. Llevaba unas Reebok de un blanco deslumbrante, chándal azul con ribete dorado, como si fuera a entrenar a los Rams de Saint Louis, y el pelo, por supuesto bien peinado, estaba encrespado por los excesivos tintes; y toda ella olía ligeramente al último cigarrillo. El maquillaje de mi madre no lograba disimular su angustia por la pérdida de su única nieta. Mostraba una energía sorprendente, al acompañarme día tras día y desprender una constante corriente de histeria. No me importaba. En parte, era como si estuviera histérica por mí, y así, de algún modo, sus estallidos de emoción me ayudaban a mantener la calma.
Pese al calor que hacía en la habitación, y a mis constantes protestas, mi madre me ponía una manta de más en la cama mientras dormía. En una ocasión me desperté —con el cuerpo empapado de sudor, naturalmente— y oí como mi madre le contaba a la enfermera negra de la cofia mi estancia anterior en el Saint Elizabeth, cuando tenía siete años.
—Tuvo salmonela —afirmó Honey en un cuchicheo cons-pirador que era poco menos audible que un megáfono—. Nunca había olido una diarrea como aquélla. Le salía sin ningún control. Aquel olor casi impregnó el papel pintado.
—Ahora tampoco huele precisamente a rosas —contestó la enfermera.
Las dos mujeres se echaron a reír.
El Día Dos de mi recuperación, mi madre estaba de pie junto a la cama cuando me desperté.
—¿Te acuerdas? —dijo.
Me mostraba un Óscar Cascarrabias de felpa que alguien me había regalado durante mi recuperación de la salmonela. El verde se había descolorido convirtiéndose en un menta pálido. Miró a la enfermera.
—Es el Óscar de Marc —explicó.
—Mamá —dije.
Volvió a mirarme. Llevaba demasiado rímel y se le había introducido en las patas de gallo.
—Entonces Óscar te hizo compañía, ¿te acuerdas? Te ayudó a ponerte bien.
Entorné los ojos y luego los cerré. Me vino un recuerdo. Pillé la salmonela por unos huevos crudos. Mi padre tenía la costumbre de añadirlos al batido de leche, por las proteínas. Recuerdo el terror agudo que me atenazó cuando me dijeron que tendría que quedarme a pasar la noche en el hospital. Mi padre, que se había roto el tendón de Aquiles hacía poco jugando al tenis, estaba enyesado y con mucho dolor. Pero vio mi pánico y como siempre se sacrificó. Estuvo todo el día trabajando en la fábrica y pasó la noche en una silla junto a mi cama. Estuve diez días en el Saint Elizabeth y mi padre durmió todas las noches en aquella silla.
Mi madre se dio la vuelta de repente y me di cuenta de que se había acordado de lo mismo. La enfermera se despidió rápidamente. Puse una mano en la espalda de mi madre. Ella no se movió, pero la sentí temblar. Miraba fijamente el Óscar descolorido que tenía en la mano. Se lo quité suavemente.
—Gracias —dije.
Mi madre se secó los ojos. Esta vez mi padre no vendría al hospital, lo sabía, y aunque estoy seguro de que mi madre le había contado lo ocurrido, no podía estar seguro de que lo hubiera comprendido. Mi padre tuvo su primer infarto a los cuarenta y un años, un año después de todas aquellas noches pasadas en el hospital. Entonces yo tenía ocho años.
También tengo una hermana menor; Stacy es una «consumidora de drogas» (usando un lenguaje políticamente correcto) o una «colgada del crack» (para los más precisos). A veces miro fotos antiguas de la época anterior al infarto de mi padre, las de los cuatro miembros de una familia joven y segura de sí misma con el perro lanudo, el césped bien cortado, la canasta de baloncesto y la barbacoa repleta de carbón y líquido encendedor. Busco indicios del futuro en la sonrisa desdentada de mi hermana, su yo en la sombra quizás, una sensación de presagio. Pero no veo nada. Seguimos teniendo la casa, pero es como un accesorio de película en las últimas. Mi padre sigue vivo, pero cuando se puso enfermo, todo el estilo de cuento se hizo añicos. Sobre todo Stacy.
Stacy no había ido a verme ni me había llamado, pero nada de lo que hace Stacy puede sorprenderme ya.
Finalmente mi madre se dio la vuelta y me miró. Un nuevo pensamiento me hizo abrazar un poco más fuerte el Óscar descolorido: estábamos solos otra vez. Mi padre era apenas un vegetal. Stacy estaba vacía, perdida. Busqué la mano de mi madre, sintiendo tanto su calor como la sequedad más reciente de su piel. Nos quedamos así hasta que se abrió la puerta. La misma enfermera entró en la habitación.
Mi madre se incorporó y dijo:
—Marc también jugaba con muñecas.
—Figuras de acción —dije, corrigiéndola rápidamente—. Eran figuras de acción, no muñecas.
Lenny, mi mejor amigo, y su esposa, Cheryl, también pasaron por el hospital todos los días. Lenny Marcus es un abogado importante, aunque también lleva mis pequeños asuntos, como cuando recurrí una multa por exceso de velocidad, o la compra de nuestra casa. Al licenciarse y empezar a trabajar para el fiscal del condado, amigos y oponentes pronto bautizaron a Lenny como «el Bulldog», por su agresivo comportamiento en el tribunal. En algún momento se decidió que el mote era demasiado benevolente y ahora le llaman «Cujo».[1] Conozco a Lenny desde la escuela primaria. Soy padrino de su hijo Kevin. Y Lenny es el padrino de Tara.
No he dormido mucho. Paso las noches mirando el techo, cuento los bips, escucho los ruidos nocturnos del hospital y me esfuerzo por no pensar en mi hijita y en la infinidad de posibles situaciones. No siempre lo consigo. He descubierto que la mente es un hoyo oscuro e infestado de serpientes.
El detective Regan me visitó más tarde con una posible pista.
—Hábleme de su hermana —pidió.
—¿Por qué? —pregunté demasiado rápido. Antes de que pudiera explicarse, levanté una mano para detenerle. Lo entendía. Mi hermana era una adicta. Donde hay drogas, suele haber un cierto elemento delictivo.
—¿Nos robaron? —pregunté.
—No lo creemos. No parece que falte nada, pero la casa estaba patas arriba.
—¿Patas arriba?
—Alguien lo revolvió todo. ¿Se le ocurre por qué?
—No.
—Pues hábleme de su hermana.
—¿Tiene los antecedentes de Stacy? —pregunté.
—Los tenemos.
—No creo que pueda añadir nada.
—Están enemistados, ¿es correcto?
Enemistados. ¿Se podía decir eso de Stacy y de mí?
—La quiero —dije lentamente.
—¿Y cuándo la vio por última vez?
—Hace seis meses.
—¿Cuando nació Tara?
—Sí.
—¿Dónde?
—¿Dónde la vi?
—Sí.
—Stacy fue al hospital —dije.
—¿A ver a su sobrina?
—Sí.
—¿Qué sucedió durante la visita?
—Stacy estaba colocada. Quería coger al bebé.
—¿Se lo impidió?
—Exactamente.
—¿Se enfadó?
—Apenas reaccionó. Mi hermana se muestra bastante atontada cuando va colocada.
—Pero ¿usted la echó?
—Le dije que no podría formar parte de la vida de Tara hasta que se desintoxicara.
—Entiendo —dijo—. Esperaba forzarla con esto a rehabilitarse.
Se me escapó una risita amarga, creo.
—No, la verdad es que no.
—No sé si le comprendo.
No sabía cómo explicárselo. Pensé en la sonrisa de la foto de familia, la desdentada.
—Hemos amenazado a Stacy con cosas peores —dije—. La verdad es que mi hermana no lo dejará. Las drogas forman parte de ella.
—Entonces, ¿usted no espera que se recupere?
No tenía la menor intención de verbalizar algo así.
—No quise confiarle a mi hija —dije—. Dejémoslo ahí.
Regan se acercó a la ventana y miró fuera.
—¿Cuándo se trasladó a su casa actual?
—Monica y yo compramos la casa hace cuatro meses.
—No muy lejos de donde crecieron los dos, ¿no?
—Es cierto.
—¿Se conocían desde hacía mucho tiempo?
El rumbo que tomaba el interrogatorio me tenía desconcertado.
—No.
—¿A pesar de haber crecido en la misma ciudad?
—Nos movíamos en círculos diferentes.
—Entiendo —dijo—. Entonces, si le he entendido bien, compró la casa hace cuatro meses y no ha visto a su hermana desde hace seis meses, ¿correcto?
—Correcto.
—De modo que su hermana no les ha visitado nunca en su casa actual.
—Exacto.
Regan se volvió para mirarme.
—Encontramos huellas de Stacy en su casa.
No dije nada.
—No parece sorprendido, Marc.
—Stacy es adicta. No creo que sea capaz de pegarme un tiro y secuestrar a mi hija, pero otras veces he subestimado lo bajo que podía caer. ¿Han registrado su apartamento?
—No la ha visto nadie desde que le dispararon a usted —contestó.
Cerré los ojos.
—No creemos que su hermana hubiera podido hacer algo así sola —siguió—. Tuvo que tener un cómplice: un novio, un camello, alguien que supiera que su esposa procedía de una familia adinerada. ¿Alguna idea?
—No —dije—. Entonces, ¿qué? ¿Cree que todo esto fue un plan de secuestro?
Regan se puso a rascarse la perilla. Luego se encogió de hombros.
—Pero intentaron matarnos a los dos —continué—. ¿Cómo se cobra un rescate de unos padres muertos?
—Puede que estuvieran tan colocados que cometieran un error —dijo—. O quizá pensaron que podían sacarle dinero al abuelo de Tara.
—Entonces, ¿por qué no lo han pedido ya?
Regan no contestó. Pero yo sabía la respuesta. La situación, especialmente después del tiroteo, debió de ser demasiado para unos colgados. Los colgados no saben enfrentarse al conflicto. Por eso esnifan o se pinchan: para escapar, para evadirse, para evitar, para sumergirse en la nada. Los medios de comunicación debían de estar encima del caso. La Policía estaría haciendo preguntas. Unos colgados se asustarían ante una situación tan apremiante. Se largarían, abandonándolo todo.
Y se desharían de todas las pruebas.
Pero la petición de rescate llegó dos días después.
Una vez recuperada la conciencia, las heridas de bala mejoraban con sorprendente rapidez. Puede ser que estuviera concentrado en ponerme bien, o que estar echado en estado casi catatónico durante doce días hubiera permitido que mis heridas se curaran. O puede ser que estuviera sufriendo un dolor mucho más hondo que el físico. Pensaba en Tara, y el miedo a lo desconocido me cortaba la respiración. Pensaba en Monica, la imaginaba muerta, y unas garras de acero me destrozaban por dentro.
Quería salir de allí.
Me seguía doliendo el cuerpo, pero insistí para que Ruth Heller me diera el alta. Convencida de que estaba demostrando que los médicos son los peores pacientes, aceptó dejarme marchar con reticencia. Decidimos que un fisioterapeuta iría a visitarme todos los días. Y una enfermera pasaría a intervalos regulares, para estar seguros.
La mañana de mi salida del Saint Elizabeth, mi madre estaba en casa —la ex escena del crimen— «arreglándola» para mí, sea esto lo que sea. Es curioso, pero no me daba miedo volver allí. Una casa es ladrillo y mortero. No creía que su mera visión me conmoviera, pero tal vez me estuviera bloqueando.
Lenny me ayudó a recoger y a vestirme. Alto y huesudo, con la cara oscurecida por una sombra estilo Homer Simpson, a las cinco de la tarde, que sale cinco minutos después de afeitarse. De niño, Lenny llevaba gafas de culo de botella y pantalones de pana excesivamente gruesa, incluso en verano. El pelo rizado tendía a crecerle demasiado, hasta el punto de que parecía un poodle extraviado. Ahora lo mantiene cuidadosamente a raya con un severo corte. Se operó con láser hace dos años y ya no lleva gafas. Usa trajes caros.
—¿Seguro que no quieres quedarte con nosotros? —preguntó Lenny.
—Tienes cuatro hijos —le recordé.
—Ah. Sí, es verdad —dijo, y luego calló—. ¿Puedo quedarme yo contigo?
Intenté sonreír.
—En serio —dijo Lenny—, no deberías estar solo en casa.
—No te preocupes por mí.
—Cheryl te ha preparado algunos platos. Los ha puesto en el congelador.
—Es muy amable.
—Sigue siendo la peor cocinera del mundo —comentó Lenny.
—No he dicho que fuera a comérmelos.
Lenny apartó la mirada, y se afanó con una bolsa ya llena. Le observé. Nos conocemos desde hace mucho, desde la clase de la señorita Roberts en primer curso, de modo que no creo que se sorprendiera cuando dije:
—¿Vas a decirme qué pasa?
Había estado esperando una oportunidad y explotó inmediatamente.
—Mira, soy tu abogado, ¿no?
—Sí.
—Pues quiero darte unos consejos legales.
—Te escucho.
—Debería habértelo dicho antes. Pero sabía que no me escucharías. De todos modos, creo que ahora se trata de otra cosa.
—¿Lenny?
—¿Sí?
—¿De qué estás hablando?
A pesar de su físico, yo sigo viendo a Lenny como un niño. Por eso me costaba tomarme en serio sus consejos. Pero no hay que malinterpretar lo que digo. Sé que es muy listo. Lo celebré con él cuando le aceptaron en Princeton y luego en la Facultad de Derecho de Columbia. Pasamos el examen para entrar en la universidad juntos y estuvimos en la misma clase de química durante nuestro primer año. Pero el Lenny que veía era el que paseaba desesperadamente en las noches bochornosas de viernes y sábados. Cogíamos la familiar con paneles de madera de su padre, que no era precisamente un «imán de chicas», e intentábamos colarnos en alguna fiesta. Nos dejaban entrar, pero realmente no éramos bien recibidos; éramos miembros de la mayoría del instituto que yo llamaba los Grandes Invisibles. Nos quedábamos en los rincones, con una cerveza en la mano, moviendo la cabeza al ritmo de la música, e intentando hacernos ver por todos los medios. Nunca nos veían. Casi siempre acabábamos comiendo queso asado en el Heritage Diner; o, con suerte, en el campo de fútbol, detrás del instituto Benjamin Franklin, echados boca arriba, observando las estrellas. Era más fácil hablar, incluso con tu mejor amigo, mientras mirabas las estrellas.
—Veamos —dijo Lenny, gesticulando mucho como siempre—, se trata de esto: no quiero que hables más con la policía si no estoy yo delante.
Fruncí el entrecejo.
—¿En serio?
—Puede que no sea nada, pero he visto casos así. No como éste, pero ya sabes a qué me refiero. El primer sospechoso es siempre de la familia.
—Es decir, mi hermana.
—No; es decir, la familia próxima. O la familia más próxima, si es posible.
—¿Estás diciendo que la policía sospecha de mí?
—No lo sé, la verdad es que no. —Calló un momento y añadió—: bueno, sí, seguramente.
—Pero me dispararon, ¿recuerdas? Fue a mi hija a la que se llevaron.
—Sí, señor, y eso es un arma de dos filos.
—¿Y por qué?
—Cada día van a sospechar más de ti.
—¿Por qué? —pregunté.
—No lo sé. Pero así es como funciona. Mira, el FBI se encarga de los secuestros. Ya lo sabes, ¿no? En cuanto un niño falta más de veinticuatro horas, asume que es un caso interestatal y por lo tanto suyo.
—¿Y qué?
—Pues que durante aproximadamente los primeros diez días, tuvieron un montón de agentes aquí. Pincharon tus teléfonos y esperaron una petición de rescate, o algo parecido. Pero el otro día, cambiaron en cierto modo de rumbo. Es normal, claro. No pueden esperar indefinidamente, así que redujeron los agentes a uno o dos. Y su forma de pensar también cambió. Tara pasó de ser un posible secuestro a cambio de un rescate a ser un secuestro puro y duro. Pero yo creo que siguen teniendo tus teléfonos pinchados. No lo he preguntado todavía, pero lo haré. Dirán que los dejan por si acaso se hace una petición de rescate. Pero también esperan oírte decir algo incriminatorio.
—¿Y qué?
—Que vayas con cuidado —dijo Lenny—. Recuerda que tus teléfonos... el de casa, el de la consulta y el móvil, seguramente están pinchados.
—Y yo vuelvo a preguntar: ¿y qué? No he hecho nada —insistí.
—¿No has hecho nada...? —Lenny gesticuló con la mano como si se preparara para volar—. Mira, quiero que estés alerta. Puede que te cueste creerlo, e intenta no resoplar cuando te lo diga, pero... se sabe de casos en que la policía ha tergiversado y distorsionado pruebas.
—Me estás liando. ¿Me estás diciendo que soy sospechoso sólo por ser el padre y el marido?
—Sí —contestó Lenny—. Y no.
—Vaya, gracias, ahora sí que lo tengo claro.
Sonó el teléfono de la mesita. Yo estaba al otro lado de la cama.
—¿Lo coges? —pregunté.
Lenny descolgó.
—Habitación del doctor Seidman —contestó, y se le ensombreció el semblante.
Habló secamente:
—Espere —dijo, y me pasó el teléfono como si estuviera infectado. Lo miré desconcertado.
—¿Diga?
—Hola, Marc. Soy Edgar Portman.
El padre de Monica. Ahora entendía la reacción de Lenny. La voz de Edgar era, como siempre, demasiado formal. Hay personas que sopesan sus palabras. Un selecto puñado, como mi suegro, las coge una por una y las coloca en su sitio de la escala antes de dejarlas salir de la boca.
Por un momento me quedé de piedra.
—Hola, Edgar —dije como un tonto—. ¿Cómo estás?
—Estoy bien, gracias. Pero me siento mal por no haberte llamado antes. Carson me dijo que te estabas recuperando bien de tus heridas. Creí que sería mejor dejarte tranquilo.
—Muy amable —dije, con un leve sarcasmo.
—Bueno, me han dicho que te daban el alta hoy.
—Es verdad.
Edgar se aclaró la garganta, algo poco propio de él.
—Quería pedirte que pasaras por casa.
Por casa. Quería decir la suya.
—¿Hoy?
—Lo antes posible, sí. Y solo, por favor.
Nos quedamos callados. Lenny me miró extrañado.
—¿Sucede algo, Edgar? —pregunté.
—Te he mandado un coche, Marc. Ya hablaremos cuando llegues.
Y antes de que pudiera decir nada más, colgó.
El coche, un Lincoln Town Car negro, me estaba esperando.
Lenny empujó mi silla de ruedas y salimos del hospital. Conocía la zona, por supuesto. Había nacido a pocos kilómetros del Saint Elizabeth. Cuando tenía cinco años, mi padre me llevó corriendo a la sala de urgencias de aquel hospital (doce puntos) y cuando tenía siete... bueno, ya he contado mi asunto con la salmonela. Fui a la Facultad de Medicina e hice la residencia en lo que entonces se llamaba Columbia Presbyterian en Nueva York, pero volví al Saint Elizabeth con una beca para estudiar oftalmología de reconstrucción.
Sí, soy cirujano plástico, pero no de los que todos piensan. Hago alguna nariz de vez en cuando, pero no me verán trabajando con bolsas de silicona ni nada por el estilo. Y no es que esté juzgando a nadie. Simplemente no es lo que hago.
Trabajo en cirugía reconstructiva pediátrica con una compañera de la facultad, una bola de fuego del Bronx llamada Zia Leroux. Trabajamos para un grupo denominado Un Mundo Una Ayuda. De hecho, lo fundamos Zia y yo. Tratamos a niños, sobre todo en el extranjero, que sufren deformidades de nacimiento, o causadas por la pobreza o por un conflicto. Viajamos mucho. He trabajado con caras aplastadas en Sierra Leona, con fisuras de paladar en Mongolia, en Crouzon, en Camboya, con quemados en el Bronx... Como casi todo el mundo en mi campo, he seguido una extensa formación. He estudiado ORL —oído, nariz y garganta—, un año de reconstrucción, plástica, oral y, como he dicho antes, oftalmología. El historial de formación de Zia es similar, aunque ella ha tendido más a lo maxilofacial.
No es que seamos unos ángeles del bien. No es eso. Pude escoger. O hacía pechos y liftings de piel a los que ya eran guapísimos, o podía ayudar a los niños heridos y atrapados en la pobreza. Elegí lo último, no tanto para ayudar a los desfavorecidos sino, porque es ahí donde se encuentran los mejores casos. Los cirujanos reconstructivos suelen ser, en el fondo, amantes de los rompecabezas. Somos raros. Nos atraen las anomalías congénitas de circo y los tumores enormes. Como en esos manuales médicos que muestran deformidades faciales tan angustiosas que tienes que respirar hondo para poder mirarlas. A Zia y a mí nos chiflaba. Nos pirrábamos por dejarlos lo mejor posible, partamos de lo fragmentado para convertirlo en un todo.
El aire fresco me hizo cosquillas en los pulmones. Brillaba el sol como si fuera el primer día, burlándose de mi tristeza. Incliné la cabeza hacia el sol y dejé que me tranquilizara. A Monica le gustaba hacer aquello. Aseguraba que la «desestresaba». Las arrugas de su cara desaparecían como si los rayos fueran delicados masajistas. Mantuve los ojos cerrados. Lenny esperó en silencio, dándome tiempo.
Siempre había pensado en mí mismo como una persona excesivamente sensible. Lloro fácilmente con las películas tontas. Mis emociones son fáciles de manipular. Con mi padre no lloré nunca. Y ahora, aquel golpe terrible hacía que me sintiera... no lo sé, más allá de las lágrimas. Un mecanismo clásico de defensa, supongo. Tenía que seguir adelante. No es muy diferente de mi trabajo. Cuando aparecen las grietas, yo las remiendo antes de que se conviertan en fisuras completas.
Lenny seguía echando humo por lo de la llamada.
—¿Tienes idea de lo que quiere ese cabrón?
—Ni idea.
Se calló un momento. Sé lo que estaba pensando. Lenny culpaba a Edgar de la muerte de su padre, que había sido un mando intermedio en ProNess Foods, una de las empresas de Edgar. Se había dedicado en cuerpo y alma a la empresa durante veintiséis años y acababa de cumplir cincuenta y dos cuando Edgar organizó una importante fusión. El padre de Lenny perdió su empleo. Recuerdo haber visto al señor Marcus sentado con los hombros hundidos en la mesa de la cocina, metiendo meticulosamente su currículum en sobres. No encontró trabajo y murió dos años después de un infarto. Nada podría convencer a Lenny de que los dos hechos no estaban relacionados.
—¿Seguro que no quieres que te acompañe? —preguntó.
—No, no te preocupes.
—¿Llevas el móvil?
Se lo mostré.
—Llámame si necesitas algo.
Le di las gracias y lo dejé marchar. El chófer me abrió la puerta. Subí al coche con dificultad. El trayecto no era largo. Kasselton, Nueva Jersey. Mi ciudad natal. Pasamos por las casas de dos pisos de los sesenta, los ranchos de los setenta, los revestimientos de aluminio de los ochenta, las mansiones de los noventa. En un punto la arboleda se hizo más densa. Las casas estaban más apartadas de la carretera, protegidas por vegetación, alejadas de las personas sucias que pudieran pasar por allí. Nos acercábamos al dinero viejo, a la tierra exclusiva que siempre olía a otoño y leña ardiendo.
La familia Portman se había instalado en aquella parcela inmediatamente después de la guerra civil. Como casi todo el Jersey de las afueras, aquello había sido campo de cultivo. El tatarabuelo Portman fue vendiendo hectárea tras hectárea y amasó una fortuna. Todavía tienen siete hectáreas, y es una de las propiedades más extensas de la zona. Al entrar en el paseo, mis ojos se desviaron hacia la izquierda, donde estaba el cementerio familiar.
Pude ver un pequeño montículo de tierra fresca.
—Pare el coche —dije.
—Perdone, doctor Seidman —contestó el chófer—, pero me han pedido que lo llevara directamente a la casa grande.
Estaba a punto de protestar, pero decidí no hacerlo. Esperé a que el coche se detuviera ante la puerta principal. Bajé y volví por el paseo. Oí que el chófer me llamaba.
—¿Doctor Seidman?
Seguí caminando. Volvió a llamarme. No le hice caso. A pesar de la escasez de lluvias, la hierba era de un verde normalmente exclusivo de la selva tropical. El jardín de rosas estaba en plena floración: una explosión de color.
Intenté acelerar el paso, pero todavía sentía como si la piel se me fuera a desgarrar. Fui más despacio. Aquélla era sólo mi tercera visita a la finca de la familia Portman —en mi juventud la había visto por fuera docenas de veces— y nunca había estado en el cementerio familiar. De hecho, como tantas personas racionales, había hecho un esfuerzo por evitarlo. La idea de enterrar a tus familiares en el patio de atrás como un animal doméstico... era una de las cosas que los ricos hacen y que las personas normales no logran entender. O no desean entender.
La verja que rodeaba el cementerio tendría medio metro de alto y era de un blanco deslumbrante. Pensé que la habían pintado expresamente para la ocasión. Crucé la puerta superflua y pasé junto a las lápidas modestas sin dejar de mirar el montículo de tierra. Cuando llegué al lugar, sentí un escalofrío. Miré hacia abajo.
Sí, una tumba recientemente excavada. Todavía sin lápida. El poste, con caligrafía de invitación de boda, decía sencillamente: nuestra monica. Me quedé allí parpadeando. Monica. Mi preciosa de mirada salvaje. Nuestra relación había sido turbulenta: un caso clásico de demasiada pasión al principio e insuficiente cerca del final. No sé por qué pasa. Monica era diferente, eso está claro. Al principio, aquel chisporroteo, aquella excitación, había sido un atractivo. Después, los cambios de humor sencillamente me provocaban fatiga. No tuve paciencia para ahondar más.
Mirando el montón de tierra, me asaltó un doloroso recuerdo. Dos noches antes del ataque, vi que Monica había estado llorando cuando entré en el dormitorio. No era la primera vez. Ni mucho menos. Interpretando mi papel en el escenario que era nuestra vida, le pregunté qué le pasaba, pero sin poner el corazón en ello. Antes sabía preguntar con más interés. Monica nunca contestaba. Intentaba abrazarla. Se ponía rígida. Al cabo del tiempo, su falta de respuesta me resultaba agotadora, y tomó el aspecto del chico que grita «el lobo» y que acaba por helarte el corazón. Vivir con alguien depresivo es así. No puedes estar preocupado todo el tiempo. Llega un punto en que empiezas a enfadarte.
O al menos esto es lo que me decía a mí mismo.
Pero aquella vez había algo diferente: Monica me contestó. No fue una respuesta larga. Una frase. «No me quieres», dijo. Nada más. No lo decía con compasión. «No me quieres.» Y mientras yo emitía las consabidas protestas, me pregunté si tenía razón.
Cerré los ojos y dejé que aquellos pensamientos me empaparan. Había sido difícil, pero los últimos seis meses al menos, habíamos tenido una escapatoria, un centro de calma y calor en nuestra hija. Miré hacia el cielo, volví a parpadear, y luego miré de nuevo el montículo que cubría a mi volátil esposa.
—Monica —dije en voz alta.
Y después le hice una última promesa.
Juré sobre su tumba que encontraría a Tara.
Un criado, un mayordomo o un ayudante, o como se llamen ahora, me acompañó por el pasillo a la biblioteca. La decoración era comedida, pero inequívocamente rica: suelos oscuros de madera pulida con alfombras orientales sencillas, muebles americanos antiguos, más sólidos que ornamentales. A pesar de su riqueza y su gran extensión de terreno, Edgar no era de los que hacía ostentación. Para él la expresión «nuevo rico» era una expresión maldita, impronunciable.
Vestido con una americana azul de cachemir, Edgar se levantó de su inmensa mesa de roble. Había una pluma de oca sobre la mesa —de su bisabuelo, creo— y dos bustos de bronce, uno de Washington y otro de Jefferson. Me sorprendió encontrar allí también al tío Carson. Cuando me había visitado en el hospital, yo estaba demasiado débil para abrazarlo. Carson se resarció de ello en aquel momento. Me abrazó y yo me apoyé en él en silencio. Él también olía a otoño y a leña quemada.
No había fotografías en la habitación, ni instantáneas de vacaciones familiares, ni retratos escolares, ni fotos del hombre y su señora en una fiesta benéfica. La verdad es que no recordaba haber visto ninguna fotografía en la casa.
—¿Cómo te encuentras, Marc? —preguntó Carson.
Le dije que estaba todo lo bien que era de esperar y me volví hacia mi suegro. Edgar no salió de detrás de la mesa. No nos abrazamos. De hecho, ni siquiera nos estrechamos la mano. Me indicó una silla frente a su mesa.
No conocía muy bien a Edgar. Sólo nos habíamos visto tres veces. No sé cuánto dinero tiene, pero incluso fuera de su finca, incluso en una calle de la ciudad o en una parada de autobús, incluso desnudo, qué caramba, se veía que el dinero de los Portman venía de lejos. Monica también tenía el porte, algo que queda incrustado a lo largo de generaciones, algo que no puede enseñarse, algo que puede ser genético. La decisión de Monica de vivir en nuestra relativamente modesta casa era quizás una forma de rebeldía.
Odiaba a su padre.
Tampoco a mí me entusiasmaba, seguramente porque había conocido a algunos de su clase. Edgar se considera una persona hecha a sí misma, pero había ganado su dinero como se acostumbra: lo heredó. No conozco a muchas personas super ricas, pero he notado que cuanto más has recibido en bandeja de plata, más te quejas de la seguridad social de las madres y de los subsidios del gobierno. Es curioso. Edgar pertenece a esa clase única de los elegidos que se han engañado hasta creer que se merecen su posición porque se la han ganado trabajando duramente. Todos necesitamos justificarnos, por supuesto, y si nunca has tenido que arreglártelas por ti mismo, si vives entre lujos y no has hecho nada para merecerlos, bueno, imagino que eso agrava tus inseguridades. Pero no debería convertirte en un pedante, encima.
Me senté. Edgar me imitó. Carson se quedó de pie. Miré fijamente a Edgar. Tenía la figura rechoncha de los bien alimentados. Su cara no tenía un solo ángulo. El color rosado normal de sus mejillas, tan alejadas del hueso, había desaparecido del todo. Entrelazó los dedos y los apoyó sobre la barriga. En cierto modo me sorprendió ver lo hundido, agotado y minado que parecía.
He dicho que me sorprendió porque Edgar siempre me había parecido un egocéntrico puro, una persona cuyo propio dolor y placer triunfaban sobre todos los demás, una persona que creía que los que habitaban el espacio que le rodeaba no eran más que un escaparate para su propio entretenimiento. Edgar ya había perdido dos hijos. Su hijo, Eddie IV, había muerto en accidente conduciendo en estado de embriaguez hacía dos años. Según Monica, Eddie cruzó la línea amarilla doble y se lanzó contra la casa a propósito. Por algún motivo, ella culpaba a su padre. Le culpaba de muchas cosas.
También está la madre de Monica. Sólo la he visto una vez. «Descansa» mucho. Se toma «largas vacaciones». En resumen, entra y sale de los psiquiátricos. Cuando la vi, mi suegra estaba disfrazada para alguna reunión social, bien vestida y maquillada, preciosa y demasiado pálida, con los ojos vacíos y la lengua pesada, el paso incierto. Exceptuando al tío Carson, Monica estaba enemistada con su familia. Como es fácil imaginar, no me importaba en absoluto.
—¿Querías verme? —pregunté.
—Sí, Marc. Sí.
Esperé.
Edgar apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Querías a mi hija?
Me pilló desprevenido, aunque logré contestar sin vacilar:
—Muchísimo.
Me pareció que intuía la mentira. Me esforcé por mirarle con firmeza.
—Pero ella no era feliz.
—No creo que puedas echarme la culpa de eso —dije.
—Tienes razón —concedió asintiendo lentamente con la cabeza.
Pero mi pase de defensa no sirvió de nada. Las palabras de Edgar habían sido como un golpe seco. La culpabilidad volvía con toda su fuerza.
—¿Sabías que iba a un psiquiatra? —preguntó Edgar.
Primero miré a Carson, y después a Edgar.
—No.
—No quería que nadie lo supiera.
—¿Cómo lo descubriste?
Edgar no contestó. Se miró fijamente las manos. Luego dijo:
—Quiero mostrarte algo.
Miré de reojo al tío Carson. Tenía la mandíbula rígida. Me pareció ver que temblaba. Volvía a mirar a Edgar.
—De acuerdo.
Edgar abrió un cajón del escritorio, metió la mano y sacó una bolsa de plástico. Levantó la bolsa para que la viera, sosteniéndola por un extremo con el dedo índice y el pulgar. Tardé un poco, pero cuando comprendí lo que era, se me desencajaron los ojos.
Edgar vio mi reacción.
—¿Lo reconoces, pues?
Primero no podía hablar. Eché una mirada a Carson. Tenía los ojos rojos. Volví a mirar a Edgar y asentí torpemente. Dentro de la bolsa de plástico había un pequeño bulto de ropa, de unos seis por seis centímetros. El estampado era uno que yo había visto hacía dos semanas, momentos antes de que me dispararan.
Rosa con pingüinos negros.
Mi voz fue apenas un susurro.
—¿De dónde lo has sacado?
Edgar me alargó un gran sobre marrón, de ésos con burbujitas por dentro. Estaban protegidas con un plástico. Le di la vuelta. El nombre y la dirección de Edgar estaban impresos sobre una etiqueta blanca. No había remitente. El matasellos decía Nueva York.
—Ha llegado con el correo de hoy —dijo Edgar, y señaló el bulto—. ¿Es de Tara?
Creo que dije que sí.
—Hay más —dijo Edgar. Volvió a meter la mano en el cajón—. Me he tomado la libertad de meterlo todo en bolsas de plástico. Por si la policía necesita analizarlo.
Me alargó algo que parecía una bolsa de envasado al vacío. Esta vez más pequeña. Contenía pelos. Pequeños mechones de pelo. Cada vez más asustado, me di cuenta de lo que estaba viendo. Se me cortó la respiración.
Pelo de bebé.
De lejos, oí que Edgar preguntaba:
—¿Son suyos?
Cerré los ojos e intenté imaginarme a Tara en la cuna. Me di cuenta con horror de que la imagen de mi hija se estaba desvaneciendo ante mis ojos. ¿Cómo era posible? Ya no estaba seguro si veía un recuerdo o algo que había evocado para sustituir lo que empezaba a olvidar. Maldita sea. Las lágrimas me hacían presión en los párpados. Intenté recuperar el tacto suave de la cabecita de mi hija, la forma en que la acariciaba con el dedo.
—¿Marc?
—Podrían serlo —contesté, abriendo los ojos—. Pero no puedo estar seguro.
—Algo más —dijo Edgar.
Me pasó otra bolsa de plástico. Cautelosamente, dejé la bolsa con los pelos sobre la mesa. Cogí la otra bolsa. Dentro había una hoja de papel. Una nota impresa con impresora láser.
Si te pones en contacto con las autoridades, desapareceremos. Nunca sabrás lo que le ha sucedido. Te estaremos observando. Lo sabremos. Tenemos a un hombre dentro. Tus llamadas son escuchadas. No hables de esto por teléfono. Sabemos que tú, abuelo, eres rico. Queremos dos millones de dólares. Queremos que tú, papá, entregues el rescate. Tú, abuelo, prepararás el dinero. Adjuntamos un móvil. Es imposible de identificar. Pero si marcas o lo utilizas de algún modo, lo sabremos. Desapareceremos y nunca volverás a ver a la niña. Prepara el dinero. Dáselo a papá. Papá, guarda el dinero y el teléfono cerca de ti. Vete a casa y espera. Te llamaremos y te diremos lo que tienes que hacer. Si te desvías de lo que pedimos, no volverás a ver a tu hija. No habrá otra oportunidad.
La sintaxis era rara, por decirlo suavemente. Leí la nota tres veces y luego miré a Edgar y a Carson. Una extraña calma se apoderó de mí. Sí, era terrorífico, pero recibir aquella nota... también era un alivio. Por fin había sucedido algo. Ahora podíamos actuar. Podíamos recuperar a Tara. Había esperanza.
Edgar se puso de pie y se dirigió a un rincón de la habitación. Abrió la puerta de un armario y sacó una bolsa de deporte con el logo de Nike. Sin más preámbulo, dijo:
—Está todo aquí.
Me tiró la bolsa sobre las rodillas. La miré.
—¿Dos millones de dólares?
—Los billetes no son secuenciales, pero tenemos una lista de todos los números de serie, por si acaso.
Miré a Carson y luego a Edgar.
—¿No creéis que debamos ponernos en contacto con el FBI?
—No, francamente, no. —Edgar se sentó sobre la mesa, y cruzó los brazos delante del pecho. Olía a loción de barbero, pero percibí algo más primitivo, más rancio, por debajo. De cerca, sus ojos mostraban ojeras oscuras de agotamiento—. Tú decides, Marc. Tú eres el padre. Respetaremos tu decisión. Pero, como sabes, he tenido malas experiencias con las autoridades federales. Puede que mi punto de vista esté influido por mi convencimiento acerca de su incompetencia; o quizá me pese más saber cómo se dejan influir por sus propios intereses. Si fuera mi hija, confiaría más en mi juicio que en el suyo.
No estaba seguro de lo que debía decir o hacer. Edgar se encargó de esto. Dio una palmada y luego señaló la puerta.
—La nota dice que debes irte a casa y esperar. Creo que es mejor que obedezcas.
3
Me esperaba el mismo chófer. Subí al asiento trasero, con la bolsa Nike apretada contra el pecho. Mis emociones oscilaban entre un miedo cerval y una extraña sensación de euforia. Podía recuperar a mi hija. Podía estropearlo todo.
Pero, primero: ¿debía llamar a la policía?
Intenté calmarme, sopesarlo fríamente, a distancia, valorando los pros y los contras. Pero era imposible, evidentemente. Soy médico. He tomado decisiones de vida o muerte otras veces. Sé que la mejor forma de hacerlo es eliminando de la ecuación el peso, el exceso de ardor. Pero la vida de mi hija estaba en peligro. Mi propia hija. Repitiendo lo que había dicho al principio: mi mundo.
La casa que Monica y yo compramos está literalmente a cuatro pasos de la casa donde crecí y donde siguen viviendo mis padres. Respecto a esto me siento ambivalente. No me gusta vivir tan cerca de mis padres, pero me disgusta más la sensación de culpabilidad de tenerlos abandonados. Mi compromiso es: vivir cerca de ellos y viajar mucho.
Lenny y Cheryl viven a cuatro calles de distancia, cerca de Kasselton Mall, en la casa donde vivían los padres de Cheryl. Sus padres se mudaron a Florida hace seis años. Tienen un piso en la vecina Roseland, de modo que pueden visitar a sus nietos y huir de los calurosos veranos del Estado Soleado.
No me gusta especialmente vivir en Kasselton. La ciudad ha cambiado muy poco en los últimos treinta años. En mi juventud, nos mofábamos de nuestros padres, de su materialismo y de sus valores aparentemente inútiles. Ahora somos nuestros padres. Simplemente los hemos sustituido, hemos apartado a mamá y a papá a algún pueblo de jubilados. Y nuestros hijos nos han sustituido. Pero el Luncheonette de Maury sigue en la avenida Kasselton. El cuerpo de bomberos sigue estando formado en su mayoría por voluntarios. La Liga Juvenil se sigue jugando en el Northland Field. Los cables de alta tensión siguen pasando demasiado cerca de mi antigua escuela primaria. El bosque de detrás de la casa de los Brenner en Rockmont Terrace sigue siendo el lugar adonde van los chicos a pasar el rato y a fumar. El instituto sigue teniendo de cinco a ocho finalistas nacionales al año, sólo que cuando yo era adolescente la lista era mayoritariamente judía y hoy se inclina hacia la comunidad asiática.
Doblamos a la derecha en la avenida Monroe y pasamos delante de la casa de dos pisos donde crecí. Con su pintura blanca y sus persianas negras, con la cocina, la salita, y el comedor tres escalones a la izquierda y el estudio y la entrada del garaje dos escalones a la derecha, nuestra casa, quizás un poco más desvencijada que otras, era casi imposible de distinguir de las demás guaridas de la calle. Lo que la distinguía, de hecho lo único, era la rampa para la silla de ruedas. La pusimos después de que mi padre tuviera el tercer infarto cuando yo tenía doce años. Mis amigos y yo la usábamos para patinar. Construimos una plataforma de madera contrachapada y ladrillos de ceniza y la colocamos al pie.
El coche de la enfermera estaba en el paseo. Viene durante el día. No tenemos a nadie las veinticuatro horas. Hace casi dos décadas que mi padre está en silla de ruedas. No puede hablar. Tiene la parte izquierda de la boca torcida hacia abajo. La mitad del cuerpo totalmente paralizada y la otra mitad no está mucho mejor.
Cuando el chófer tomó el desvío de Darby Terrace, vi que mi casa —nuestra casa— parecía igual que hacía unas semanas. No sé lo que me había esperado. Tal vez cinta amarilla de la policía. O grandes manchas de sangre. Pero nada hacía sospechar lo que había ocurrido allí dos semanas antes.
Cuando compré la casa, la familia Levinsky había vivido allí durante treinta y seis años, pero nadie los conocía bien. La señora Levinsky era una mujer amable aparentemente, con un tic facial. El señor Levinsky era un ogro que siempre le gritaba desde el jardín. Le teníamos miedo. Una vez, vimos a la señora Levinsky saliendo de la casa a todo correr en camisón, y al señor Levinsky persiguiéndola con una pala. Los niños cruzábamos todos los jardines menos el suyo. Cuando acabé la universidad, corrieron rumores de que había abusado de su hija Dina, una niña desamparada de ojos tristes y pelo lacio con la que yo había ido a la escuela desde el primer curso. Viéndolo en perspectiva, recuerdo haber estado en una docena de cursos con Dina Levinsky y no recuerdo haberla oído hablar más que en susurros y esto cuando la obligaba algún profesor bien intencionado. Nunca intenté acercarme a Dina. No sé qué habría podido hacer por ella, pero aun así me gustaría haberlo intentado.
En algún momento de aquel año, cuando los rumores de los abusos a Dina tomaron cuerpo, los Levinsky habían hecho las maletas y se habían marchado. Nadie sabía dónde. El banco se quedó con la casa y empezó a alquilarla. Monica y yo hicimos una oferta unas semanas antes de que naciera Tara.
Cuando nos instalamos, al principio me quedaba despierto por la noche escuchando, no sé bien qué, alguna clase de sonido, señales del pasado de la casa, de la infelicidad que se había vivido allí. Intentaba imaginar cuál había sido la habitación de Dina y lo que había sufrido, lo que sentía ahora, pero no encontré ninguna pista. Como he dicho antes, una casa son ladrillos y mortero. Nada más.
Dos coches desconocidos estaban aparcados delante de mi casa. Mi madre estaba esperando en la puerta. Cuando bajé del coche, me recibió como si fuera un prisionero de guerra recién llegado. Me abrazó fuerte y me envolvió en un vaho de perfume. Todavía tenía la bolsa Nike con el dinero en la mano, de modo que no pude devolver el abrazo.
Por encima del hombro de mi madre vi al detective Bob Regan salir de la casa. Con él salió un negro corpulento con el pelo rapado, el cráneo reluciente y gafas de sol de diseño. Mi madre susurró:
—Te están esperando.
Asentí con la cabeza y me acerqué a ellos. Regan se protegió los ojos con una mano, pero sólo era una pose. El sol no era tan fuerte. El negro permaneció inmóvil.
—¿Dónde estaba? —preguntó Regan. Como no contesté enseguida, añadió—: hace más de una hora que salió del hospital.
Pensé en el móvil que llevaba en el bolsillo. Pensé en la bolsa de dinero que tenía en la mano. Por ahora, les diría sólo semiverdades.
—He ido a visitar la tumba de mi esposa —dije.
—Tenemos que hablar, Marc.
—Entremos —contesté.
Entramos todos en la casa. Me paré en el recibidor. Habían encontrado el cadáver de Monica a menos de tres metros de donde estaba yo. Desde la entrada, examiné las paredes, buscando alguna señal de violencia. Sólo había una. Y la encontré casi enseguida. Sobre la litografía de Behrens, junto a la escalera, alguien había tapado un agujero de bala, el que había hecho la única bala que no nos había dado ni a Monica ni a mí. El parche era demasiado blanco para la pared. Se necesitaba una mano de pintura.
Lo miré fijamente largo rato. Oí que alguien se aclaraba la garganta. Esto me hizo salir de mi ensimismamiento. Mi madre me acarició la espalda y luego se fue a la cocina. Acompañé a Regan y su compañero a la sala. Se sentaron en un par de butacas. Yo me senté en el sofá. Monica y yo no habíamos terminado de decorar la casa. Las butacas habían pertenecido a mi dormitorio de la universidad y se notaba. El sofá procedía del piso de Monica, y era una pieza usada que parecía salida de un almacén de Versalles. Era pesado y rígido e, incluso en sus mejores días, muy poco mullido.
—Le presento al agente especial Lloyd Tickner —empezó Regan, señalando al negro—. Es del FBI.
Tickner asintió con la cabeza. Yo le correspondí con una inclinación.
Regan intentó sonreírme.
—Veo que ya se encuentra mejor. Me alegro —empezó.
—No me encuentro mejor —dije.
Se quedó desconcertado.
—No estaré mejor hasta que recupere a mi hija.
—Claro, por supuesto. Precisamente. Queremos hacerle algunas preguntas, si no le importa.
Les comuniqué que no me importaba.
Regan tosió tapándose la boca con la mano, para ganar tiempo.
—Quiero que entienda algo. Tenemos que hacerle unas preguntas. No es que me guste y seguro que a usted tampoco, pero son preguntas necesarias. ¿Lo comprende?
No lo comprendía, pero no tenía ganas de discutir.
—Adelante —dije.
—¿Qué puede decirnos sobre su matrimonio?
Una luz de advertencia me cruzó el córtex.
—¿Qué tiene que ver mi matrimonio con todo esto?
Regan se encogió de hombros. Tickner permaneció inmóvil.
—Tenemos que encajar algunas piezas.
—Mi matrimonio no tiene nada que ver con esto.
—Seguro que tiene razón, pero mire, Marc, lo cierto es que el rastro se está enfriando. Cada día que pasa nos perjudica. Tenemos que explorar todas las vías.
—La única vía que me interesa es la que conduce a mi hija.
—Lo comprendemos. Éste es el punto central de la investigación. Descubrir qué le ha ocurrido a su hija. Y también a usted. No olvidemos que alguien también intentó matarle.
—Claro.
—Pero no podemos ignorar las otras cuestiones.
—¿Qué cuestiones?
—Su matrimonio, por ejemplo.
—¿Qué pasa?
—Cuando se casaron, Monica estaba embarazada, ¿no es cierto?
—¿Qué tiene que...? —Me detuve.
Tenía ganas de atacar con toda mi ira, pero recordé las palabras de Lenny. No hables con la policía sin que yo esté delante. Debería llamarle. Lo sabía. Pero algo en su tono y su postura... si ahora callaba y decía que quería llamar a mi abogado, me haría parecer culpable. No tenía nada que ocultar. ¿Por qué alimentar sus sospechas? Con esto sólo los distraería. Por supuesto que sabía que así era como trabajaban, como funcionaba la policía, pero yo soy médico; y lo que es peor, cirujano. A menudo cometemos el error de creernos más listos que nadie.
Me decidí por la sinceridad.
—Sí, estaba embarazada. ¿Y qué?
—Es cirujano plástico, ¿no?
El cambio de tema me descolocó.
—Sí, lo soy.
—Usted y su socia viajan al extranjero y reparan fisuras palatales, traumas faciales graves, quemaduras, cosas por el estilo.
—Más o menos, sí.
—Entonces, ¿viaja mucho?
—Bastante —dije.
—De hecho —intervino Regan— en los dos años anteriores a su matrimonio, ¿sería justo decir que estuvo más tiempo fuera del país que dentro?
—Es posible —contesté. Me revolví entre los duros cojines—. ¿Podría explicarme adónde quiere ir a parar?
Regan me dirigió su mejor sonrisa.
—Sólo queremos hacernos una idea general.
—¿Una idea de qué?
—Su socia... —echó un vistazo a sus notas—, una tal señora Zia Leroux.
—Doctora Leroux —corregí.
—Doctora Leroux, sí, gracias. ¿Dónde está ahora?
—En Camboya.
—¿Está operando a niños con deformidades?
—Sí.
Regan inclinó la cabeza, simulando confusión.
—¿No era usted el que en principio tenía que hacer este viaje?
—Hace mucho tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé si le entiendo.
—¿Cuánto tiempo hace que anuló su viaje?
—No lo sé —dije—. Ocho o nueve meses, más o menos.
—Y por eso la doctora Leroux ha ido en su lugar, ¿correcto?
—Sí, es correcto. ¿Y todo esto me lo pregunta por...?
No mordió el anzuelo.
—Le gusta su trabajo, ¿verdad, Marc?
—Sí.
—¿Le gusta viajar al extranjero? ¿Y hacer este loable trabajo?
—Claro.
Regan se rascó la cabeza con exageración, fingiendo de la manera más burda su desconcierto.
—Entonces, si le gusta viajar, ¿por qué anuló el viaje y dejó que fuera la doctora Leroux en su lugar?
Ahora veía a donde quería ir a parar.
—Intentaba limitarlos —dije.
—Se refiere a sus viajes.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tenía otras obligaciones.
—Y esas otras obligaciones eran su esposa y su hija, ¿correcto?
Me incorporé un poco y le miré a los ojos.
—La razón —dije—. ¿Todo esto tiene alguna razón?
Regan se echó hacia atrás. El silencioso Tickner hizo lo mismo.
—Sólo queremos hacernos una idea general, nada más.
—Eso ya me lo había dicho.
—Vale, espere un momento —dijo Regan, y ojeó su cuaderno—. Vaqueros y una blusa roja.
—¿Qué?
—Su esposa —añadió señalando sus notas—. Dijo que llevaba vaqueros y una blusa roja aquella mañana.
Me inundaron más imágenes de Monica. Intenté detener la marea.
—¿Y qué?
—Cuando encontramos el cuerpo —dijo Regan—, estaba desnuda.
Los temblores empezaron en el corazón. Se me esparcieron por los brazos, y me cosquillearon los dedos.
—¿No lo sabía?
Tragué saliva.
—¿La...? —Me quedé sin habla.
—No —dijo Regan—. No tenía ninguna señal, aparte de los agujeros de bala. —Contestó dedicándome de nuevo aquella inclinación de cabeza de «ayúdeme a entender»—. La encontramos muerta en esta habitación. ¿Tenía costumbre de pasearse sin ropa?
—Ya se lo he dicho —alegué abrumado. Intenté procesar aquellos nuevos datos, seguir su ritmo—. Llevaba vaqueros y una blusa roja.
—Entonces, ¿estaba vestida?
Recordé el ruido de la ducha. La recordé saliendo de ella, echándose el pelo hacia atrás, estirándose en la cama, subiéndose los vaqueros por las caderas.
—Sí.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Hemos buscado por toda la casa. No hemos encontrado ninguna blusa roja. Vaqueros sí. Tenía varios. Pero ninguna blusa roja. ¿No le parece raro?
—Espere un momento —dije—. ¿La ropa no estaba junto a su cuerpo?
—No.
Aquello no tenía sentido.
—Pues miraré en su armario —dije.
—Ya lo hemos mirado, pero si quiere, adelante. De todos modos, sigo sin entender cómo puede acabar en el armario la ropa que llevaba puesta.
No tenía respuesta.
—¿Tiene pistola, doctor Seidman?
Otro cambio de tema. Intentaba seguirle, pero la cabeza me daba vueltas.
—Sí.
—¿De qué clase?
—Una Smith & Wesson del treinta y ocho. Era de mi padre.
—¿Dónde la guarda?
—Hay un compartimento en el armario del dormitorio. Está en el estante de arriba, en una caja fuerte.
—¿Es ésta?
—Sí.
—Ábrala.
Me la tiró. La atrapé. El metal gris azulado estaba frío. Era asombrosamente ligera. Giré la combinación correcta en el disco y la abrí. Busqué entre los documentos legales —el título de propiedad del coche, la escritura de la casa, la tasación de la propiedad—, sólo lo hice para ganar tiempo. Ya lo sabía. La pistola había desaparecido.
—Usted y su esposa fueron tiroteados con una treinta y ocho —dijo Regan—. Y la suya ha desaparecido.
Me quedé mirando la caja, como si esperara que el arma apareciera de repente. Intentaba entender, pero no se me ocurría nada.
—¿Tiene idea de dónde puede estar el arma?
Negué con la cabeza.
—Y otra cosa rara —dijo Regan.
Lo miré.
—Les dispararon con diferentes treinta y ocho.
—¿Cómo dice?
—Sí —prosiguió, asintiendo con la cabeza—, a mí también me costó creerlo. Hice que en balística lo comprobaran dos veces. A usted y a su esposa les dispararon con dos armas diferentes, las dos eran treinta y ocho... y la suya ha desaparecido. —Se encogió de hombros teatralmente—. Ayúdeme a entender, Marc.
Los miré a la cara. No me gustó lo que vi. Recordé la advertencia de Lenny, esta vez con más insistencia.
—Quiero llamar a mi abogado —dije.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Adelante.
Mi madre había estado esperando ante la puerta de la cocina, retorciéndose las manos. ¿Cuánto habría oído? A juzgar por su expresión, demasiado. Mi madre me miró expectante. Yo asentí con la cabeza y ella fue a llamar a Lenny. Crucé los brazos, pero no me sentí mejor. Golpeé el suelo con los pies. Tickner se quitó las gafas. Me miró a los ojos y habló por primera vez.
—¿Qué hay en la bolsa? —preguntó.
Me limité a mirarlo.
—La bolsa de deporte que ha traído. —Siguió Tickner, y su voz contrastó con su aspecto hosco, tenía un ritmo poco convencional, era casi como un gimoteo—. ¿Qué contiene?
Había sido un error. Habría debido hacer caso a Lenny. Debería haberle llamado al principio. Ahora no sabía qué contestar. Por detrás, oí que mi madre metía prisa a Lenny. Yo estaba elaborando una respuesta que sirviera como un pretexto medio cierto, pero ninguno me parecía convincente, cuando un ruido desvió mi atención.
El móvil, el que los secuestradores habían mandado a mi suegro, empezó a sonar.
4
Tickner y Regan esperaron a que yo contestara.
Me disculpé, levantándome antes de que tuvieran tiempo de reaccionar. Busqué el teléfono con la mano mientras salía al exterior de la casa. El sol me golpeó en la cara. Parpadeé y miré el teclado. La tecla de respuesta del teléfono estaba situada en un lugar diferente del de mi móvil. Al otro lado de la calle, dos niñas con cascos pintados de colores montaban en bicis llamativas. Del manillar de una de ellas colgaban tiras de cinta rosa.
Cuando yo era pequeño, en aquel barrio vivía más de una docena de niños de mi edad. Nos reuníamos al salir de la escuela. No recuerdo a qué jugábamos —nunca nos organizamos como para jugar un partido de baloncesto por ejemplo—, pero siempre había que esconderse y buscarse y siempre añadíamos alguna clase de violencia fingida (o al borde de lo real).
La infancia en los barrios de las afueras es supuestamente una época de inocencia, pero ¿cuántos de aquellos días terminaron con lágrimas, al menos para un niño? Discutíamos, cambiábamos de aliados, hacíamos declaraciones de amistad y guerra, y como casos de memoria a corto plazo, lo habíamos olvidado todo al día siguiente. Cada tarde, borrón y cuenta nueva. Se formaban otras coaliciones. Un niño diferente volvía a casa llorando.
Por fin encontré la tecla correcta. La apreté con el pulgar y me llevé el móvil al oído, todo en un solo movimiento. Me latía fuertemente el corazón dentro de la caja torácica. Me aclaré la garganta y, sintiéndome idiota, dije simplemente:
—¿Diga?
—Contesta sí o no. —La voz tenía el tono robótico de los sistemas telefónicos de atención al cliente, los que te informan que si quieres un servicio aprietes uno, y si deseas comprobar el estado de tu encargo aprietes dos.
—¿Tienes el dinero?
—Sí.
—¿Sabes dónde está Garden State Plaza?
—En Paramus —dije.
—Exactamente dentro de dos horas quiero que aparques en el aparcamiento norte. Está cerca de Nordstrom. Sección nueve. Alguien se acercará a tu coche.
—Pero...
—Si no estás solo, desapareceremos. Si te siguen, desapareceremos. Si huelo un policía, desapareceremos. No habrá segundas oportunidades. ¿Entendido?
—Sí, pero...
Clic.
Dejé caer la mano junto al cuerpo. El atontamiento me empapó. No intenté evitarlo. Las niñas del otro lado de la calle se habían puesto a discutir. No oía bien lo que decían, pero la palabra «mi» salía mucho, una simple sílaba pronunciada con fuerza. Un SUV dobló la esquina a toda velocidad. Lo observé como si estuviera por encima de todo. Chirriaron los frenos. La puerta del conductor se abrió antes de que el coche se hubiera detenido por completo.
Era Lenny. Me echó un vistazo y se me acercó.
—¿Marc?
—Tenías razón —dije, y señalé la casa con la cabeza. Regan se había situado junto a la puerta—. Creen que estoy implicado.
La expresión de Lenny se ensombreció. Entornó los ojos, y sus pupilas se convirtieron en cabezas de aguja. En los deportes, a esto se le llama poner «cara de partido». Lenny se estaba convirtiendo en Cujo. Miró fijamente a Regan como si estuviera decidiendo qué extremidad se zamparía primero.
—¿Has hablado con ellos?
—Un poco —respondí.
—¿No les dijiste que querías un abogado?
—Al principio no.
—Por Dios, Marc, te lo dije...
—He recibido una petición de rescate.
Esto hizo que Lenny se contuviera. Miré mi reloj. Paramus estaba a una distancia de cuarenta minutos en coche. Con el tráfico, podía llegar a tardar una hora. Tenía tiempo, pero no demasiado. Empecé a poner a Lenny al corriente. Éste echó otra mirada asesina a Regan y me alejó aún más de la casa. Nos paramos en el bordillo, aquellas piedras grises tan familiares que se ponen en los límites de las propiedades a modo de dentaduras, y entonces, como dos chiquillos, nos agachamos y nos sentamos. Teníamos las rodillas en la barbilla. Veía la piel de Lenny entre el calcetín marrón y el dobladillo del pantalón. Aquella posición era incomodísima. El sol nos daba en los ojos. Los dos mirábamos hacia delante más que mirarnos el uno al otro, como hacíamos de pequeños. Era más fácil confesarse así.
Hablé rápidamente. A media explicación, Regan empezó a acercarse. Lenny se volvió hacia él y gritó:
—¡Sus pelotas!
Regan se detuvo.
—¿Qué?
—¿Va a arrestar a mi cliente?
—No.
Lenny señaló la entrepierna de Regan.
—Voy a broncearlas colgándolas de mi retrovisor. Si da un solo paso.
—Tenemos que hacer algunas preguntas a su cliente —dijo Regan poniéndose rígido.
—Muy mal. Vaya a abusar de los derechos de otro con un abogado más tonto.
Lenny hizo un gesto despreciativo y me indicó que continuara. Regan no parecía contento, pero retrocedió un par de pasos. Volví a mirar el reloj. Sólo habían transcurrido cinco minutos desde la llamada de rescate. Terminé mi relato mientras Lenny mantenía su mirada láser fija en Regan.
—¿Quieres mi opinión? —me preguntó.
—Sí.
—Creo que deberías decírselo —dijo, todavía furibundo.
—¿Estás seguro?
—Caramba, no.
—¿Tú lo harías si fuera uno de tus hijos?
Lenny se concedió unos segundos.
—No puedo ponerme en tu lugar, si es lo que me pides. Pero sí, creo que lo haría. Es una cuestión de probabilidades. Aumentan cuando se lo dices a la policía. No significa que siempre salga bien, pero ellos son los expertos. Nosotros no. —Lenny apoyó los codos en las rodillas y la barbilla en las manos, una pose de juventud—. Ésta es la opinión del Lenny amigo —siguió—. Lenny el amigo te animaría a contárselo.
—¿Y el Lenny abogado? —pregunté.
—Insistiría aún más. Te recomendaría encarecidamente que fueras sincero.
—¿Por qué?
—Si sales con dos millones de dólares y desaparecen, incluso si recuperas a Tara, sus sospechas, por decirlo suavemente, se multiplicarán.
—Eso no me importa. Sólo quiero que Tara vuelva.
—Lo comprendo. O debería decir que Lenny el amigo lo comprende.
Ahora le tocaba a Lenny mirar el reloj. Me sentía interiormente hueco, vacío, como una canoa. Casi oía el tictac. Era enloquecedor. Intenté de nuevo ser racional, y hacer una lista de pros a la derecha y contras a la izquierda, y luego compararlos. Pero el tictac no se detenía.
Lenny había hablado de probabilidades. Yo no soy jugador. No suelo asumir riesgos. Al otro lado de la calle una de las niñas gritó: «¡Te lo juro!». Se fue como una tromba. La otra niña se rió de ella y volvió a montarse en su bici. Sentí que se me humedecían los ojos. Deseé que Monica estuviera allí. Yo no debería tomar aquella decisión solo. Ella debería participar también.
Miré hacia la puerta de la casa. Ahora Regan y Tickner estaban los dos fuera. Regan tenía los brazos cruzados, y se balanceaba sobre las puntas de los pies. Tickner no se movía, con la misma expresión plácida en la cara. ¿Podía confiar a aquellos hombres la vida de mi hija? ¿Sería Tara su prioridad o, como había insinuado Edgar, seguirían sus propios intereses?
El tictac se hizo más fuerte, más insistente.
Alguien había asesinado a mi esposa. Alguien se había llevado a mi hija. En los últimos días, me había preguntado por qué —¿por qué nosotros?— intentando ser racional y sin permitirme muchos desvíos al fondo del estanque de la compasión. Pero no había llegado a ninguna conclusión. No veía ningún motivo y tal vez esto era lo que más miedo me daba. Quizá no había razón. Quizá sólo era mala suerte y basta.
Lenny miraba hacia delante y esperaba. Tic, tic, tic.
—Se lo contaremos —dije.
Su reacción me sorprendió. Les entró el pánico.
Regan y Tickner intentaron disimularlo, evidentemente, pero su lenguaje corporal de repente fue muy claro: el parpadeo, la rigidez de las comisuras de la boca, la voz mal modulada, el timbre de locutor de radio de sus voces. El tiempo disponible era sencillamente demasiado justo para ellos. Tickner llamó de inmediato al especialista en negociaciones de secuestros del FBI para que nos ayudara. Se tapó la boca con la mano mientras hablaba con él. Regan se puso en contacto con sus colegas de la policía de Paramus.
—Colocaremos agentes en el centro comercial —me comentó Tickner después de colgar—. Discretamente, por supuesto. Intentaremos poner a hombres en coches cerca de todas las entradas y en la autopista diecisiete en las dos direcciones. Tendremos agentes dentro del centro en todas las entradas. Pero quiero que me escuche atentamente, doctor Seidman. Nuestro especialista dice que deberíamos intentar darles largas. Quizá podamos conseguir que el secuestrador aplace...
—No —le interrumpí.
—No desaparecerán —dijo Tickner—. Quieren el dinero.
—Hace casi tres semanas que tienen a mi hija —insistí—. No quiero aplazarlo.
Asintió con la cabeza, insatisfecho, pero intentando mantener la calma.
—Entonces quiero que vaya un hombre en el coche con usted.
—No.
—Puede esconderse detrás.
—No —repetí.
—O aún mejor —Tickner intentó otra vía—, porque lo hemos hecho otras veces: decimos al secuestrador que no está en condiciones de conducir. Demonios, acaba de salir del hospital. Conducirá uno de nuestros hombres. Diremos que es su primo.
—¿No me dijo que creía que mi hermana estaba implicada? —pregunté mirando a Regan, ceñudo.
—Es posible, sí.
—¿No cree que ella sabría si el hombre es mi primo o no?
Tickner y Regan dudaron y luego asintieron al unísono.
—Tiene razón —dijo Regan.
Lenny y yo intercambiamos una mirada. A aquellos profesionales les iba a confiar la vida de Tara. La idea no era reconfortante. Me fui hacia la puerta.
—¿Adónde va? —Tickner me puso una mano en el hombro.
—¿Adónde cree usted?
—Siéntese, doctor Seidman.
—No tengo tiempo —contesté a la defensiva—. Tengo que ponerme en marcha. Podría haber tráfico.
—Podemos despejar el tráfico.
—Y eso no parecerá sospechoso, claro —dije.
—Dudo mucho que le sigan desde aquí.
—¿Y está dispuesto —le pregunté volviéndome hacia él— a arriesgar la vida de un niño basándose en eso?
Se quedó sin palabras.
—Usted no lo entiende —seguí, muy cerca de su cara—. No me importa el dinero, ni si se salen con la suya. Sólo quiero recuperar a mi hija.
—Lo comprendemos —dijo Tickner—, pero está olvidando algo.
—¿Qué?
—Por favor —insistió—. Siéntese.
—Mire, hágame un favor. Quiero estar de pie. Soy médico. Conozco el método para dar malas noticias mejor que nadie. No intente manipularme.
Tickner levantó las palmas de la mano y dijo:
—De acuerdo.
Luego respiró profunda y lentamente. Táctica de evasiva. Y yo no estaba de humor.
—¿De qué se trata? —pregunté.
—El que hizo esto —empezó—, les disparó. Mató a su esposa.
—Soy consciente de ello.
—No, no creo que lo sea. Piénselo un momento. No podemos dejarle ir solo. El que lo hizo intentó matarle. Le disparó dos veces y lo dio por muerto.
—Marc —dijo Regan, acercándose—, antes le hemos lanzado algunas teorías al azar. El problema es que sólo son eso. Teorías. No sabemos qué es lo que buscan realmente estas personas. Puede que se trate de un simple secuestro, pero si es así, no se parece a ninguno de los que hayamos visto. —Su expresión ya no era inquisitiva, sino que tenía las cejas arqueadas y los ojos muy abiertos como para transmitir sinceridad—. Lo que sabemos con certeza es que intentaron matarle. Nadie intenta matar a los padres, si lo que quiere es un rescate.
—Tal vez pensaban sacarle el dinero a mi suegro —dije.
—¿Entonces por qué han esperado tanto?
No tenía la respuesta a eso.
—Puede que... —continuó Tickner—, esto no tenga nada que ver con un secuestro. Al menos, en principio. Tal vez sea un efecto secundario. Tal vez usted y su esposa eran los objetivos desde el principio. Y puede que quieran terminar el trabajo.
—¿Cree que se trata de una trampa?
—Es una posibilidad, sí.
—¿Y qué me aconseja?
Tickner se aferró a esto.
—No vaya solo. Consiga un poco de tiempo para que podamos prepararlo bien. Deje que vuelva a llamarle.
Miré a Lenny. Él lo miró e inclinó la cabeza.
—No es posible —dijo Lenny.
—Con el debido respeto —Tickner lo miró duramente—, su cliente corre un grave peligro.
—Igual que mi hija —dije. Palabras sencillas. La decisión no requería mucha reflexión si se planteaba con sencillez. Me volví y me dirigí hacia el coche—. Mantenga a sus hombres a distancia.
5
No había tráfico, de modo que llegué al centro comercial con tiempo de sobra. Apagué el motor y esperé sentado en el coche. Eché un vistazo a mi alrededor. Me imaginaba que los federales y la policía me seguían, pero yo no podía verlos. Suponía que era una buena señal.
¿Y ahora qué?
Ni idea. Esperé un poco más. Jugué con el dial de la radio, pero nada me llamaba la atención. Encendí el reproductor de cedés y casetes. Cuando Donald Fagan de Steely Dan se puso a cantar Black Cow, tuve un ligero sobresalto. No oía aquella cinta desde... no sé, mis días de universidad. ¿Por qué la tenía Monica? Y entonces, con una nueva punzada de dolor, me di cuenta de que Monica había sido la última que había utilizado el coche, y que aquélla podía ser la última canción que había escuchado.
Observé a los clientes que se preparaban para entrar en el centro comercial. Me concentré en las madres jóvenes; la forma en que abrían la puerta trasera del monovolumen; cómo desplegaban el cochecito del niño en el aire con un gesto mágico; la forma en que desabrochaban los cinturones de seguridad de sus retoños, me recordó a Buzz Aldrin en el Apolo 11; cómo se apartaban del coche, con la cabeza alta, y apretaban diestramente el control remoto que cerraba la puerta del monovolumen.
Las madres, todas ellas, parecían hastiadas. Tenían a sus hijos. Su seguridad, que con la clasificación de cinco estrellas a prueba de colisión lateral y las sillitas de coche de la NASA, estaba fuera de duda. Y en cambio allí me encontraba yo, sentado con una bolsa de dinero para pagar un rescate, con la esperanza de recuperar a mi hija. La línea fina. Me dieron ganas de bajar la ventanilla y gritar una advertencia.
Se acercaba el momento de la entrega. El sol daba de lleno en mi parabrisas. Busqué las gafas de sol, pero luego lo pensé mejor. No sé por qué. ¿Que me pusiera las gafas de sol incomodaría al secuestrador? No, no lo creo. O quizá sí. Mejor dejarlo. No correr riesgos.
Los hombros se me pusieron tensos. No paraba de mirar a mi alrededor intentando, no sé por qué, que no se notara mucho. Cada vez que alguien aparcaba cerca de mí o caminaba cerca de mi coche, el estómago se me contraía y me preguntaba: «¿Estará Tara cerca?».
Habían pasado justo las dos horas ordenadas. Quería acabar de una vez. Los siguientes minutos decidirían todo. Lo sabía. Calma. Tenía que mantener la calma. La advertencia de Tickner resonaba en mi cabeza. ¿Se acercaría alguien a mi coche y me volaría los sesos sin más?
Era consciente de que era una posibilidad.
Cuando sonó el móvil, me sobresaltó. Me lo llevé al oído y solté un «diga» demasiado rápido.
—Sal por la salida oeste —dijo la voz robótica.
—¿Cuál es la oeste? —contesté, desorientado.
—Sigue las indicaciones de la Ruta Cuatro. Coge la salida. Te estamos vigilando. Si te sigue alguien, desapareceremos. Deja el móvil junto al oído.
Obedecí de buena gana; con la mano derecha me apreté tanto el teléfono contra la oreja que casi se me corta la circulación. Con la izquierda agarraba el volante como si me dispusiera a arrancarlo.
—Toma la Ruta Cuatro en dirección oeste.
Doblé a la derecha y me metí en la autopista. Miré por el retrovisor para ver si me seguía alguien. Era difícil poder saberlo.
—Ves un centro comercial —dijo la voz robótica.
—Hay millones de centros comerciales —dije.
—Está a tu derecha, junto a una tienda de cunas. Frente a la salida de Paramus Road.
—De acuerdo —contesté cuando lo vi.
—Para allí. Verás una calle a la derecha. Cógela, hasta detrás del edificio y apaga el motor. Ten el dinero a punto.
Comprendí inmediatamente por qué el secuestrador había elegido aquel lugar. Sólo tenía una entrada y todas las tiendas estaban por alquilar, excepto la de cunas. Ésta estaba a la derecha. En otras palabras, era un recinto cerrado al que se accedía directamente de la autopista. No había forma de que nadie entrara por detrás o pudiera pasar siquiera a marcha lenta sin ser visto.
Esperé a que los federales se dieran cuenta.
Cuando llegué a la parte trasera del edificio, vi a un hombre de pie junto a una furgoneta. Llevaba una camisa de franela negra y roja con vaqueros negros, gafas de sol, y una gorra de béisbol de los Yankees. Intenté encontrar algo que lo distinguiera, pero la palabra que se me ocurrió fue «corriente». Altura media, constitución media. Lo único llamativo era su nariz. Incluso a aquella distancia noté que estaba torcida, como la de un ex boxeador. Pero ¿sería real o una especie de disfraz? No lo sabía.
Me fijé en la furgoneta. Llevaba escrito «B & T Electricistas» de Ridgewood, Nueva Jersey. Sin teléfono ni dirección. La matrícula era de Nueva Jersey. La memoricé.
El hombre se acercó el móvil a los labios al estilo walkie-talkie, y oí la voz mecánica que decía:
—Voy a acercarme. Pásame el dinero por la ventanilla. No salgas del coche. No me digas nada. Cuando me haya alejado con el dinero, te llamaré y te diré dónde puedes recoger a tu hija.
El hombre de la camisa de franela y los vaqueros bajó el teléfono y se acercó. Llevaba la camisa desabrochada. ¿Llevaba pistola? No estaba seguro. Y aunque lo hubiera estado, ¿qué habría podido hacer? Apreté el botón para bajar la ventanilla. No se movió. Había que encender el contacto. El hombre estaba más cerca. Llevaba la gorra de los Yankees bajada de modo que la visera le tocaba las gafas de sol. Busqué la llave y le di un pequeño giro. Las luces del tablero cobraron vida. Apreté el botón otra vez. La ventanilla bajó.
Intenté encontrar de nuevo algo distintivo en el hombre. Su paso era ligeramente desequilibrado, como si hubiera bebido una o dos copas, pero no parecía nervioso. No se había afeitado y tenía manchas en la cara. Las manos, sucias, los vaqueros negros estaban rasgados en la rodilla derecha. Las deportivas de lona, de caña alta, marca Converse, habían vivido épocas mejores.
Cuando el hombre estaba a sólo un par de pasos del coche, empujé la bolsa por la ventanilla y respiré hondo. Aguanté la respiración. Sin romper el paso, el hombre cogió el dinero y se volvió hacia la furgoneta. Aceleró el paso. Las puertas traseras de la furgoneta se abrieron y él saltó dentro; la puerta se cerró inmediatamente detrás de él. Fue como si la furgoneta se lo hubiera tragado.
El conductor puso en marcha el motor. El vehículo aceleró y, por primera vez, me di cuenta de que había una entrada trasera en una calle lateral. La furgoneta la tomó y desapareció.
Estaba solo.
Me quedé donde estaba y esperé a que sonara el móvil. El corazón me latía aceleradamente. Tenía la camisa empapada de sudor. No entró ningún otro coche. El asfalto estaba agrietado. Del contenedor sobresalían cajas de cartón. Había botellas rotas por el suelo. Miré fijamente al suelo, intentando distinguir las palabras de las etiquetas descoloridas de cerveza.
Pasaron quince minutos.
No paraba de imaginarme el reencuentro con mi hija, cómo la encontraría y la cogería y la acunaría y la calmaría con palabras tiernas. El móvil. El móvil tenía que sonar. Era parte de lo que me estaba imaginando. Sonaba el teléfono y la voz robótica me daba instrucciones. Éstas eran las partes uno y dos. ¿Por qué el maldito teléfono no colaboraba?
Un Buick Le Sabre estacionó en el aparcamiento, manteniéndose a una distancia prudente de mí. No reconocí al conductor, pero Tickner estaba en el asiento del pasajero. Nuestros ojos se encontraron. Intenté descubrir algo en su expresión, pero era la impasibilidad pura. Entonces me puse a mirar fijamente el móvil, sin atreverme a apartar la vista. El tictac había vuelto, esta vez más lento y sordo.
Pasaron diez minutos más antes de que el teléfono emitiera su latosa tonadilla, de mala gana. Me lo coloqué en la oreja sin darle al sonido tiempo de viajar.
—¿Diga? —respondí.
Nada.
Tickner me observaba atentamente. Me hizo una señal con la cabeza aunque no entendí por qué. Su chófer seguía con las manos en el volante a las diez y dos.
—¿Diga? —repetí.
—Te advertí que no hablaras con la policía —dijo la voz robótica.
Las venas se me inundaron de hielo.
—No habrá otra oportunidad.
Y colgó.
6
No había escapatoria.
Añoraba el entumecimiento. Añoraba el estado comatoso del hospital. Añoraba aquella bolsa de suero y el flujo continuo de la anestesia. Me habían arrancado la piel. Tenía las terminaciones nerviosas al aire. Lo sentía todo.
El miedo y la angustia me atenazaban. El miedo me encerró en una habitación, mientras que la angustia —la terrible convicción de que lo había estropeado todo y no podía hacer nada para aliviar el tormento de mi hija— me envolvió en una camisa de fuerza y apagó las luces. Podía muy bien estar perdiendo la cabeza.
Pasaron los días en una niebla pegajosa. Me pasaba el tiempo sentado junto al teléfono; varios teléfonos, en realidad. El teléfono de mi casa, mi móvil, y el móvil del secuestrador. Compré un cargador para el móvil del secuestrador, para que siguiera funcionando. Me sentaba en el sofá. Los teléfonos estaban a mi derecha. Intenté apartar la vista de ellos, incluso mirar la televisión, porque recordaba aquel viejo dicho de que cuando miras un hervidor el agua nunca hierve. Pero seguía mirando de reojo los condenados teléfonos, con miedo a que pudieran salir volando, deseando que sonaran.
Intenté echar mano de aquella conexión sobrenatural padre-hija otra vez, la que antes había insistido en que Tara estaba viva. El pulso seguía allí, pensé (o al menos me obligué a creerlo), latiendo débilmente, la conexión ahora, a lo sumo, era tenue.
«No habrá otra oportunidad...»
Para aumentar mi culpabilidad, la noche anterior había soñado con una mujer que no era Monica, sino Rachel, mi antiguo amor. Fue uno de aquellos sueños en que se mezclan tiempo y realidad, donde el mundo es totalmente extraño e incluso contradictorio y, sin embargo, nada te parece raro. Rachel y yo estábamos juntos. Nunca habíamos roto a pesar de que habíamos estado separados todos aquellos años. Yo tenía treinta y cuatro años, pero ella no había envejecido ni un día desde que me dejó. Tara seguía siendo mi hija en el sueño —de hecho, nunca la habían secuestrado—, pero de algún modo también era hija de Rachel, aunque Rachel no era la madre. Todos hemos tenido esta clase de sueños. Nada tiene lógica, pero no te cuestionas nada de lo que ves. Cuando me desperté, el sueño se esfumó como suelen hacer los sueños. Me quedé con un mal sabor y una añoranza que tiraba de mí con una fuerza inesperada.
Mi madre pasaba demasiado tiempo conmigo. En aquel momento acababa de colocar otra bandeja de comida delante de mí. La ignoré y, por millonésima vez, mi madre repitió su mantra:
—Tienes que estar fuerte para Tara.
—Claro, mamá, la clave de todo esto es estar fuerte. A lo mejor si hago muchas flexiones, Tara volverá.
Mamá negó con la cabeza, sin dejarse provocar. Lo que le había dicho era una crueldad. Ella también sufría. Su nieta había desaparecido y su hijo estaba en un estado lamentable. La vi suspirar y volver a la cocina. No me disculpé.
Tickner y Regan me visitaban a menudo. Me recordaban que el sonido y la furia de Shakespeare no significan nada.[2] Me hablaban de todas las maravillas tecnológicas que se estaban utilizando en la búsqueda de Tara: cosas que tenían que ver con el ADN y las huellas dactilares, con cámaras de seguridad y aeropuertos, peajes, estaciones de tren, localizadores, vigilancias y laboratorios. Soltaban los manidos tópicos de poli como «no dejaremos ninguna piedra sin remover» o «todas las vías posibles». Yo asentía con la cabeza. Me hicieron mirar fotografías, pero el hombre de la bolsa con la camisa de franela no estaba en ninguno de los libros.
—Hemos comprobado si existía B & T Electricistas —me dijo Regan la primera noche—. La empresa existe, pero utilizan letreros magnéticos de los que se pueden arrancar del camión. Alguien les robó uno hace dos meses. Pensaron que no valía la pena denunciarlo.
—¿Qué me dice de la matrícula? —pregunté.
—El número que nos dio no existe.
—¿Cómo puede ser?
—Utilizaron dos matrículas viejas —explicó Regan—. Mire, lo que hicieron es cortar las matrículas por la mitad y luego juntaron la parte izquierda de una con la mitad derecha de la otra.
Me limité a mirarle.
—Esto tiene una parte buena —añadió Regan.
—¿Ah, sí?
—Significa que tratamos con profesionales. Sabían que si usted se ponía en contacto con nosotros, estaríamos apostados en el centro. Encontraron un lugar para la entrega donde no podíamos entrar sin ser vistos. Nos han hecho seguir pistas inútiles con el rótulo falso y las matrículas mezcladas. Como he dicho, son profesionales.
—¿Y esto es bueno por...?
—Los profesionales no suelen ser sanguinarios.
—¿Entonces qué están haciendo?
—Nuestra teoría —dijo Regan—, es que le están ablandando, para poder pedirle más dinero.
Ablandándome. Estaba funcionando.
Mi suegro llamó después del fracaso de la entrega. Noté la decepción en la voz de Edgar. No quiero parecer desagradecido —Edgar era el que había puesto el dinero y dejó claro que lo haría otra vez—, pero la decepción parecía más causada por mí, porque no había seguido su consejo en lo de no hablar con la policía, que por el resultado final.
Por supuesto, tenía toda la razón. Yo lo había estropeado todo, lo había echado a perder.
Intenté participar en la investigación, pero la policía no me daba precisamente alas. En las películas las autoridades cooperan y dan información a la víctima. Naturalmente hice muchas preguntas a Tickner y a Regan sobre el caso. No me respondieron a ninguna. Nunca hablaban de detalles conmigo. Afrontaban mis interrogatorios casi con desprecio. Por ejemplo, quería saber más sobre cómo habían encontrado a mi esposa, por qué estaba desnuda. Se cerraron en banda.
Lenny venía mucho por casa. Tenía dificultades para mirarme a los ojos porque él también se culpaba de haberme animado a hablar. (Las caras de Regan y Tickner fluctuaban entre la culpabilidad porque todo había salido mal y una culpabilidad de otra clase, como si quizá yo, el apenado marido y padre, hubiera estado detrás de todo.) Querían saber detalles de mi frágil matrimonio con Monica. Querían saber más de mi arma desaparecida. Era exactamente como lo había predicho Lenny. Cuanto más tiempo pasaba, más apuntaban las autoridades sus miradas sobre el único sospechoso disponible.
Atentamente suyo.
Cuando se cumplió el hito de una semana, la presencia de la policía y el FBI empezó a disminuir. Tickner y Regan apenas venían. Miraban el reloj más a menudo. Se disculpaban para hablar por teléfono de otros casos. Yo lo comprendía, por supuesto. No se habían presentado pistas nuevas. La situación se iba calmando. Una parte de mí agradecía el respiro.
Y de pronto, al noveno día, todo cambió.
A las diez, empezaba a desnudarme para meterme en la cama. Estaba solo. Quiero a mi familia y a mis amigos, pero ellos se habían dado cuenta de que necesitaba tiempo para estar solo. Se habían marchado todos antes de cenar. Encargué comida a Hunan Garden y, siguiendo las instrucciones previas de mi madre, comí para recuperar las fuerzas.
Miré el despertador de la mesita. Por esto supe que eran exactamente las 22:18. Miré por la ventana, sólo una mirada general. En la oscuridad, estuve a punto de pasarlo por alto —al menos no lo reconocí de forma consciente—, pero algo llamó mi atención. Me paré y miré de nuevo.
De pie en el paseo de mi casa, una mujer miraba hacia la casa, inmóvil como una piedra. Me pareció que estaba mirando. No estaba del todo seguro. Su cara estaba a la sombra. Tenía el pelo largo —esto pude deducirlo de su silueta— y llevaba un abrigo largo. Tenía las manos metidas en los bolsillos.
Estaba allí quieta.
No estaba seguro de qué significaba. Evidentemente habíamos salido en los medios. Pasaban periodistas a todas horas. Miré arriba y abajo de la calle. No había coches, ni furgonetas de prensa, nada. Había venido a pie. Esto tampoco era raro. Vivo en un barrio de las afueras. La gente pasea a todas horas, normalmente con un perro, con un cónyuge, o con ambos, pero tampoco era asombroso que una mujer caminara sola.
Entonces, ¿por qué se había detenido?
«Curiosidad morbosa», pensé.
Parecía alta desde allí, pero esto era pura conjetura. No sabía qué hacer. Una sensación de inquietud me recorrió la columna. Cogí una chaqueta de chándal y me la puse encima del pijama. Hice lo mismo con unos pantalones y unas zapatillas. Volví a mirar por la ventana. La mujer se puso rígida.
Me había visto.
La mujer se volvió y se alejó apresuradamente. Se me encogió el pecho. Intenté abrir la ventana. Estaba atrancada. Golpeé los lados para soltarla y lo intenté de nuevo. Se abrió un par de centímetros de mala gana. Acerqué la boca a la abertura.
—¡Espere!
Ella aceleró el paso.
—Espere un momento, por favor.
La mujer echó a correr. Maldita sea. Me volví y eché a correr tras ella. No tenía ni idea de dónde tenía las zapatillas y no tenía tiempo para ponerme los zapatos. Salí corriendo de la casa. La hierba me cosquilleó los pies. Corrí en la dirección que había tomado la mujer. Intenté seguirla, pero la había perdido.
Cuando volví a entrar en casa, llamé a Regan y le conté lo que había pasado. Mientras lo hacía me di cuenta de lo tonto que sonaba. Una mujer había estado mirando mi casa. Vaya cosa. Regan tampoco parecía muy impresionado. Me convencí a mí mismo de que no era nadie, sólo una vecina curiosa. Me metí en la cama, puse la televisión, y finalmente cerré los ojos.
Sin embargo, la noche no había terminado.
Eran las cuatro de la madrugada cuando sonó el teléfono. Estaba sumido en el estado que ahora es para mí el sueño. Ya no duermo de verdad. Estoy por encima del sueño con los ojos cerrados. Las noches pasan arrastrándose como los días. La separación entre las unas y los otros es una cortina finísima. Por la noche, mi cuerpo logra descansar, pero mi mente se niega a dejar de funcionar.
Con los ojos cerrados, estaba repasando la mañana del ataque por milésima vez, con la esperanza de recordar algo nuevo. Empezaba por donde estaba entonces: en el dormitorio. Recordaba que había sonado el despertador. Lenny y yo íbamos a jugar al tenis aquella mañana. Hacía un año que habíamos empezado a jugar todos los miércoles, y habíamos progresado hasta el punto de que nuestros partidos habían pasado de «lamentables» a «casi terapéuticos». Monica estaba ya despierta, duchándose. Yo tenía que operar a las once. Me levanté y fui a ver a Tara. Volví al dormitorio. Monica había salido de la ducha y se estaba poniendo los vaqueros. Bajé a la cocina, todavía en pijama, abrí el armario de la derecha de la nevera Westinghouse, elegí la barrita de cereales de frambuesa (le había contado este detalle a Regan hacía poco, como si pudiera tener importancia), y me incliné sobre el fregadero mientras me la comía...
Bang, y ya está. Nada más hasta el hospital.
Sonó el teléfono. Abrí los ojos.
Busqué el teléfono con la mano. Lo descolgué y dije:
—¿Diga?
—Soy el detective Regan. Estoy con el agente Tickner. Estaremos en su casa dentro de dos minutos.
Tragué saliva.
—¿Qué pasa?
—Dos minutos.
Colgó.
Salté de la cama. Miré por la ventana, casi esperando volver a ver a aquella mujer. No había nadie. Mis vaqueros del día anterior estaban tirados en el suelo. Me los puse. Me pasé una camiseta por la cabeza y bajé por la escalera. Abrí la puerta de la casa y miré hacia fuera. Un coche de la policía dobló la esquina. Conducía Regan. Tickner iba a su lado. No creo haberlos visto llegar nunca en el mismo coche.
Sabía que no podían traer buenas noticias.
Los dos hombres bajaron del coche. Me entraron náuseas. Me había preparado para aquella visita desde que la entrega del rescate había salido mal. Incluso había llegado a ensayar mentalmente cómo sucedería: cómo me soltarían el golpe de martillo y cómo asentiría yo con la cabeza, les daría las gracias y me disculparía. Practiqué mi reacción. Sabía con precisión cómo sucedería todo.
Pero ahora, mientras observaba cómo se acercaban Regan y Tickner, mis defensas se desmontaron. Me entró el pánico. Mi cuerpo se puso a temblar. Apenas me sostenía en pie. Las rodillas me fallaban, y tuve que apoyarme en el marco de la puerta. Los dos hombres caminaron hacia mí. Me recordaba una vieja película de guerra, la escena en que los oficiales van a casa de la madre con caras solemnes. Negué con la cabeza, deseando que se fueran.
Cuando llegaron a la puerta, los dos hombres me hicieron entrar en casa.
—Tenemos que mostrarle algo —dijo Regan.
Me volví y les seguí. Regan encendió una lámpara, pero no daba mucha luz. Tickner fue hacia el sofá. Abrió su ordenador portátil. La pantalla se encendió, bañándole de luz azul.
—Ha surgido algo —explicó Regan.
Me acerqué más.
—Su suegro nos dio una lista de los números de serie de los billetes del rescate, ¿recuerda?
—Sí.
—Uno de los billetes se utilizó ayer por la tarde en un banco. El agente Tickner le va a mostrar una imagen de vídeo.
—¿Del banco? —pregunté.
—Sí. Descargamos el vídeo en su portátil. Hace doce horas, alguien llevó un billete de cien dólares al banco para cambiarlo por billetes pequeños. Queremos que eche un vistazo al vídeo.
Me senté junto a Tickner. Él apretó una tecla. El vídeo empezó inmediatamente. Yo lo esperaba en blanco y negro, o de mala calidad, con grano. Aquel vídeo no era así para nada. El ángulo estaba tomado desde arriba y en un color casi brillante. Un hombre calvo hablaba con el cajero. No tenía sonido.
—No le conozco —dije.
—Espere.
El calvo hablaba con el cajero. Parecía que intercambiaran unas palabras jocosas. Recogía un papel y se despedía. El cajero también le hacía un gesto de despedida. Otra persona de la fila se acercaba a la caja. Me oí gemir.
Era mi hermana, Stacy.
El entumecimiento que tanto había deseado se apoderó de mí. No sé por qué. Tal vez porque dos emociones contrapuestas tiraban de mí al mismo tiempo. Una, el miedo. Lo había hecho mi propia hermana. Mi propia hermana, a la que tanto amaba, me había traicionado. Pero, la otra, era de esperanza: ahora teníamos esperanza. Teníamos una pista. Y si había sido Stacy, no podía creer que le hiciera daño a Tara.
—¿Es su hermana? —preguntó Regan, señalándola en la imagen con el dedo.
—Sí. —Le miré—. ¿Dónde la tomaron?
—El Catskills —dijo—. Un pueblo llamado...
—Montague —terminé yo por él.
Tickner y Regan se miraron.
—¿Cómo lo sabe?
Pero yo ya me dirigía a la puerta.
—Sé dónde está.
7
A mi abuelo le encantaba cazar. Siempre me extrañó, porque era una persona amable y sensible. Nunca hablaba de su pasión. No colgaba cabezas de ciervo sobre la chimenea. No guardaba fotos de sus trofeos o cuernos de recuerdo, o lo que sea que hagan los cazadores con sus presas. No cazaba con amigos ni parientes. Cazar era una actividad solitaria para él; no la explicaba, no la defendía, ni la compartía con nadie.
En 1956, mi abuelo compró una pequeña cabaña en el bosque de Montague, en Nueva York. Le costó, o eso me dijeron, menos de tres mil dólares. Dudo que actualmente valga mucho más. Sólo tenía un dormitorio. La estructura era rústica, sin nada del encanto asociado a este término. Era casi imposible llegar hasta allí porque la pista terminaba unos doscientos metros antes de la cabaña. Hay que caminar por un sendero infestado de raíces para llegar a ella.
Cuando murió hace cuatro años, mi abuela la heredó. Al menos es lo que yo creía. Nadie pensó mucho en ella. Hacía casi una década que mis abuelos se habían trasladado a Florida. Mi abuela ha caído en las lóbregas garras del Alzheimer. Yo creía que la cabaña formaba parte de su herencia. En cuestión de impuestos y gastos varios, probablemente estaba muy atrasada.
Cuando éramos niños, mi hermana y yo pasábamos cada verano una semana con los abuelos en la cabaña. No me gustaba. Para mí la naturaleza era un aburrimiento, agravado de vez en cuando por una embestida de picaduras de mosquito. No había televisor. Nos íbamos a la cama demasiado temprano y con demasiada oscuridad. Durante el día, a menudo, el profundo silencio sólo lo perturbaban los encantadores ecos de los disparos de escopeta. Pasábamos el tiempo caminando, una actividad que incluso hoy me parece tediosa. Un año, mi madre sólo metió en mi maleta ropa de color caqui. Estuve dos días aterrorizado de que un cazador pudiera confundirme con un ciervo.
Stacy, en cambio, encontraba paz en aquel lugar. Ya de pequeña parecía disfrutar con la huida de nuestro laberinto de ratas suburbano de escuela y actividades extraescolares, de equipos deportivos y popularidad. Paseaba durante horas. Recogía hojas de los árboles y guardaba gusanos diminutos en frascos. Arrastraba los pies por las alfombras de pinaza.
Conté a Tickner y a Regan lo de la cabaña mientras corríamos por la Ruta 87. Tickner habló por radio con la policía de Montague. Todavía recordaba cómo llegar a la cabaña, pero me resultaba difícil describirlo. Hice lo que pude. Regan apretaba el acelerador. Eran las cuatro y media de la madrugada. No había tráfico y no había necesidad de utilizar la sirena. Llegamos a la salida 16 de la autopista de Nueva York y sobrepasamos a toda velocidad el centro comercial de Woodbury.
El bosque se veía difuminado. Ya no estábamos lejos. Le dije dónde tenía que doblar. El coche fue cogiendo caminos que no habían cambiado en absoluto en los últimos treinta años.
Llegamos quince minutos después.
Stacy.
Mi hermana nunca había sido guapa. Esto pudo haber sido parte del problema. Sí, ya sé que parece absurdo. Es una tontería, en realidad. Pero lo cuento de todos modos. Nadie invitaba a Stacy a una fiesta. Los chicos no la llamaban. Tenía pocos amigos. Evidentemente, muchos adolescentes pasan estos apuros. La adolescencia es siempre una guerra; nadie sale de ella sin cicatrices. Y encima la enfermedad de mi padre fue una carga tremenda para nosotros. Pero esto no lo explica todo.
En definitiva, después de todas las teorías y psicoanálisis, después de repasar todos sus traumas infantiles, creo que lo que se torció en mi hermana fue algo más básico. Tenía alguna clase de desequilibrio químico en su cerebro. Demasiada cantidad de un componente fluyendo por un lado, y demasiado poco de otro fluyendo por el lado opuesto. Stacy estaba deprimida en una época en que tal comportamiento se calificaba de hosquedad. O quizá sea verdad que aprovecho esta especie de racionalización complicada para justificar mi propia indiferencia respecto a ella. Stacy era sólo mi hermana pequeña rara. Yo ya tenía bastantes problemas. Era un adolescente egoísta, una descripción redundante donde las haya.
Sea como fuere, tanto si el origen de la infelicidad de mi hermana era fisiológico, como psicológico, o un plan combinado de lujo, el viaje destructivo de Stacy había terminado.
Mi hermana pequeña estaba muerta.
La encontramos en el suelo, enroscada en una posición fetal. Era así como dormía cuando era niña, con las rodillas pegadas al pecho, y la barbilla encima. Pero aunque no tuviera ninguna señal, me di cuenta de que no dormía. Me agaché. Stacy tenía los ojos abiertos. Me miraba directamente, sin parpadear, interrogativamente. Seguía pareciendo muy perdida. No debería haber sido así. Se supone que la muerte te da soledad. Se supone que la muerte debía darle la paz que tanto la había esquivado en vida. ¿Por qué Stacy parecía tan terriblemente perdida?
En el suelo, a su lado, había una aguja hipodérmica, su compañera en la muerte como en la vida. Drogas, por supuesto. Intencionadamente o no, todavía no estaba seguro. Tampoco tenía tiempo de reflexionar sobre esto. La policía se desplegó. Aparté los ojos de ella.
Tara.
La casa estaba patas arriba. Habían entrado mapaches y se habían instalado. El sofá donde mi abuelo hacía la siesta, siempre con los brazos cruzados, estaba desgarrado. El relleno estaba esparcido por el suelo. Sobresalían los muelles como si buscaran a alguien a quien pinchar. El lugar olía a orina y a animales muertos.
Intente oír el llanto de un bebé. No oí nada. Allí no había nadie. Sólo había un dormitorio. Entré en él detrás de un policía. La habitación estaba oscura. Pulsé el interruptor de la luz. No pasó nada. Luces de linternas cortaban la negrura como sables. Mis ojos escudriñaron la habitación. Cuando lo vi, casi me echo a llorar.
Había un parque infantil.
Era uno moderno, de Pack N’Plays, de los que se pliegan para transportar. Monica y yo teníamos uno. No conozco a nadie con un bebé que no tenga uno. La etiqueta colgaba por un lado. Debía de ser nuevo.
Se me saltaron las lágrimas. La luz de la linterna pasó de largo el parque, haciendo un efecto de luces estroboscópicas. Parecía vacío. Se me encogió el corazón. Me acerqué corriendo de todos modos, por si la luz había causado una ilusión óptica, por si Tara estuviera tan acurrucada que... no sé, fuera sólo un bultito.
Pero dentro sólo había una manta.
Una voz suave —una voz de una pesadilla susurrante y persistente— flotó por la habitación.
—Dios mío.
Volví la cabeza hacia el sonido. La voz sonó otra vez, esta vez más débil.
—Aquí —dijo un policía—. En el armario.
Tickner y Regan ya estaban allí. Los dos miraron dentro. Aunque la luz era escasa, noté que sus caras palidecían.
Me acerqué tambaleándome. Crucé la habitación, casi cayéndome, agarrando el pomo del armario en el último momento para recuperar el equilibrio. Miré dentro y lo vi. Y entonces, al observar la tela ajada, sentí que se me reventaban las entrañas y se convertían en ceniza.
En el suelo, desgarrado, había un pelele rosa con pingüinos negros.
dieciocho meses después
Lydia vio a la viuda sentada sola en Starbucks.
La viuda estaba en un taburete, observando distraídamente el goteo tranquilo de peatones. Su café estaba cerca de la ventana, y el vapor formaba un círculo en el vidrio. Lydia la observó un rato. La devastación seguía allí: las cicatrices de la batalla, la mirada perdida, la postura de los derrotados, el pelo sin brillo, el temblor de las manos.
Lydia pidió un café con leche grande largo de café. El camarero, un jovencito vestido de negro demasiado delgado y con barba de chivo, no le cobró el extra de café. Los hombres hacían estas cosas por Lydia, incluso los jovencitos. Ella se bajó las gafas de sol y le dio las gracias. Él casi se meó en los pantalones. Hombres.
Lydia se acercó a la mesa de los condimentos, consciente de que el chico le miraba el trasero. También estaba acostumbrada a aquello.
Añadió un sobre de edulcorante a su bebida. El Starbucks estaba casi vacío —había muchos asientos vacíos—, pero Lydia se sentó en el taburete contiguo a la ventana. Notando su presencia, la viuda salió de su ensimismamiento.
—¿Wendy? —dijo Lydia.
Wendy Burnet, la viuda, se volvió hacia la voz amable.
—Te acompaño en el sentimiento —dijo Lydia.
Lydia le sonrió. Sabía que tenía una sonrisa simpática. Llevaba un traje gris sobre su pequeño y turgente cuerpo. La falda era ligeramente corta. Sensualidad en el trabajo. Sus ojos tenían aquel brillo húmedo, la nariz pequeña y algo respingona. El pelo era ondulado y castaño rojizo, aunque podía, y lo hacía a menudo, cambiar.
Wendy Burnet la miró tanto rato que Lydia creyó que la había reconocido. Lydia había visto aquella mirada muchas veces, aquella expresión de «te conozco, pero no sé de qué», aunque no había salido por televisión desde que tenía trece años. Algunas personas incluso le decían: «¿Sabes a quién te pareces?», pero Lydia se encogía de hombros; entonces la llamaban Larissa Dane.
Pero, desgraciadamente, esta vacilación no tenía nada que ver con aquello. Wendy Burnet todavía estaba trastornada por la horrible muerte de su amado. Simplemente le costaba captar y asimilar los datos poco habituales. Lo más probable es que no supiera exactamente cómo reaccionar, si debía fingir que conocía a Lydia o no.
Tras unos segundos, Wendy Burnet optó por algo poco comprometedor:
—Gracias.
—Pobre Jimmy —siguió Lydia—. Fue una forma horrible de morir.
Wendy buscó el vaso de café de papel y tomó un buen trago. Lydia miró los sobres junto al vaso y vio que la viuda Wendy también había pedido un café con leche, aunque ella lo había elegido descafeinado y con leche de soja. Lydia se le acercó un poco más.
—No sabes quién soy, ¿verdad?
—Lo siento —contestó Wendy con una triste sonrisa de disculpa.
—No tienes por qué. No creo que nos conozcamos.
Wendy esperó a que Lydia se presentara. Como no lo hacía, le preguntó:
—¿Conocías a mi marido?
—Oh, sí.
—¿También trabajas en seguros?
—No, la verdad es que no.
Wendy frunció el entrecejo. Lydia tomó un sorbo de café. La sensación de incomodidad aumentó, al menos para Wendy. Lydia estaba a sus anchas. Cuando se le hizo insoportable, Wendy se levantó para marcharse.
—Bueno —dijo—, encantada de haberte conocido.
—Yo... —empezó Lydia, dudando hasta estar segura de tener toda la atención de Wendy— ...fui la última persona que vio a Jimmy con vida.
Wendy se quedó helada. Lydia tomó otro sorbo y cerró los ojos.
—Fuerte, como me gusta —dijo, señalando el vaso—. El café de aquí me encanta, ¿a ti no?
—¿Has dicho que...?
—Por favor —dijo Lydia con un pequeño gesto del brazo—. Siéntate para que pueda explicártelo como es debido.
Wendy echó una ojeada a los camareros. Estaban ocupados gesticulando y quejándose de lo que consideraban una gran conspiración mundial para mantenerlos apartados de unas vidas asombrosas. Wendy volvió a sentarse en el taburete. Lydia la miró un buen rato. Wendy intentó sostenerle la mirada.
—¿Sabes qué? —empezó Lydia, ofreciendo una sonrisa cálida y natural y ladeando la cabeza—, soy la que mató a tu marido.
—No tiene gracia —dijo Wendy empalideciendo.
—Cierto, sí, en eso estamos de acuerdo, Wendy. Pero la verdad es que no pretendía ser graciosa. ¿Prefieres que te cuente un chiste? Estoy en una de esas listas de chistes de Internet. La mayoría son malísimos, pero de vez en cuando llega una perla.
Wendy estaba petrificada.
—¿Se puede saber quién eres?
—Cálmate un poco, Wendy.
—Quiero saber...
—¡Chist! —Lydia puso el dedo sobre los labios de Wendy con excesiva ternura—. Deja que te explique.
A Wendy le temblaban los labios. Lydia mantuvo allí su dedo un momento más.
—Estás desorientada. Lo comprendo. Deja que yo te aclare cuatro cosas. Primero, sí, soy la que metí la bala en la cabeza de Jimmy. Pero Heshy... —Lydia señaló la ventana en dirección a un hombre enorme, con la cabeza deforme—, él fue el que le hizo los daños previos. Personalmente, cuando maté a Jimmy, la verdad, me pareció que le estaba haciendo un favor.
Wendy sólo la miraba.
—Quieres saber por qué, ¿verdad que sí? Por supuesto. Pero en el fondo, Wendy, me parece que ya lo sabes. Somos mujeres de mundo, ¿o no? Conocemos a nuestros hombres.
Wendy no dijo nada.
—Wendy, ¿sabes de qué estoy hablando?
—No.
—Ya lo creo que lo sabes, pero te lo diré de todos modos. Jimmy, tu amado y difunto esposo, debía una gran suma de dinero a unas personas muy desagradables. En este momento, la cantidad es casi doscientos mil dólares. —Lydia sonrió—. Wendy, no pretenderás que no sabes nada de los infortunios de tu marido con el juego, ¿verdad que no?
—No entiendo... —Wendy tenía dificultades para formar las palabras en la boca.
—Espero que tu confusión no tenga nada que ver con mi género.
—¿Qué?
—Eso sería demasiado feo y sexista por tu parte. Estamos en el siglo veintiuno. Las mujeres pueden hacer lo que quieran.
—¿Tú... —Wendy calló; lo volvió a intentar— ...mataste a mi marido?
—¿Ves la televisión, Wendy?
—¿Qué?
—La televisión. Ya sabes, en la tele siempre que alguien como tu marido debe dinero a alguien como yo, ¿qué pasa?
Lydia calló como si realmente esperara una respuesta. Finalmente, Wendy dijo:
—No lo sé.
—Por supuesto que lo sabes, pero responderé de nuevo por ti. Mandan a alguien como yo, bueno alguien como yo varón, a amenazarlo. Luego, tal vez mi compañero Heshy, que está allí fuera, le daría una paliza o le partiría las piernas, algo así. Pero nunca le matan. Ésa es una de las normas de los malos de la televisión. «No se puede cobrar a un muerto.» Te suena, ¿verdad?, Wendy.
Esperó. Finalmente Wendy dijo:
—Supongo.
—Pero no funciona así. Pongamos por caso a Jimmy. Tu marido tenía una enfermedad. El juego. ¿Me equivoco? Te costó perderlo todo. La compañía de seguros. Había sido de tu padre. Jimmy se encargaba de ella. Ya no existe. Desaparecida. El banco estaba a punto de quedarse tu casa. Tú y tus hijos apenas teníais dinero para comer. Y ni así paraba Jimmy —Lydia negó con la cabeza—. Hombres. ¿Tengo razón?
Los ojos de Wendy estaban llenos de lágrimas. Su voz, cuando fue capaz de hablar, era muy débil:
—¿Así que lo mataste?
Lydia levantó la mirada, negando con la cabeza suavemente.
—Realmente, creo que no estoy explicándolo bien —dijo, y bajó la mirada; lo intentó de nuevo—: ¿Has oído alguna vez la expresión de que no se puede hacer sangrar una piedra?
De nuevo Lydia esperó una respuesta. Wendy finalmente asintió. Lydia pareció complacida.
—Bueno, pues de eso se trata. Me refiero a Jimmy. Podía dejar que nuestro Heshy le diera una paliza, se le da bien, pero ¿qué habría sacado con ello? Jimmy no tenía el dinero. Nunca habría podido reunir tanto dinero. —Lydia se sentó más erguida y levantó las manos—. Veamos, Wendy, quiero que pienses como un hombre de negocios, bueno, no, como una persona de negocios. No hace falta que nos pongamos feministas radicales, pero creo que al menos estamos obligadas a defender la igualdad.
Lydia dedicó otra sonrisa a Wendy. Ésta se estremeció.
—Bueno, ¿qué se supone que tengo que hacer yo, como persona de negocios? No puedo dejar pasar la deuda sin cobrarla, por supuesto. En mi oficio, esto es un suicidio profesional. Alguien debe dinero a mi jefe, y tiene que pagarse. No hay otra solución. El problema en este caso es que Jimmy no tiene un solo centavo a su nombre, pero... —Lydia calló y amplió su sonrisa— ...pero tiene esposa y tres hijos. Y trabajaba en seguros. ¿Ves adónde quiero ir a parar?
Wendy tenía miedo de respirar.
—Oh, creo que sí, pero lo diré otra vez por ti. Un seguro. Más concretamente, un seguro de vida. Jimmy tenía una póliza. No lo admitió enseguida, pero al fin... ya se sabe, Heshy puede ser convincente. —Los ojos de Wendy fueron hacia la ventana. Lydia vio el estremecimiento y disimuló una sonrisa—. Jimmy nos dijo que tenía dos pólizas, de hecho, de un total de casi un millón de dólares.
—O sea que... —Wendy se esforzaba por comprender— ...le matasteis por el dinero del seguro.
Lydia hizo chasquear los dedos.
—Acertaste, querida.
Wendy abrió la boca, pero no le salió nada.
—Bueno, Wendy. Deja que lo exprese claramente. Las deudas de Jimmy no mueren con él. Las dos lo sabemos. El banco sigue queriendo que pagues la hipoteca, ¿o no? Las empresas de crédito siguen acumulando los intereses de sus tarjetas. —Lydia encogió sus hombros pequeños, levantando las palmas de las manos hacia el cielo—. ¿Por qué tendría que ser de otro modo para mi jefe?
—No puedes hablar en serio.
—El primer cheque del seguro te llegará dentro de una semana. Para entonces, la deuda de tu marido será de doscientos ochenta mil dólares. Espero un cheque por esa cantidad ese día.
—Pero sólo con las facturas que dejó...
—¡Chist! —Lydia la silenció de nuevo con un dedo sobre los labios. Su voz se convirtió en un susurro íntimo—. A mí eso no me concierne, Wendy. Te he ofrecido la oportunidad de salvarte. Declárate en quiebra si hace falta. Vives en una zona lujosa. Múdate. Que Jack... es el que tiene once años, ¿verdad?
Wendy se sobresaltó al oír el nombre de su hijo.
—Bueno, que Jack se quede sin campamento de verano este año. Que trabaje después de la escuela. Lo que sea. Nada de esto me concierne. Tú, Wendy, pagarás lo que debes, y éste será el fin de la historia. No volverás a verme ni a saber de mí. En cambio, si no pagas..., mira bien a Heshy... —Hizo una pausa, observando como Wendy obedecía. Obtuvo el efecto deseado.
»Primero mataremos al pequeño Jack. Dos días después, mataremos a Lila. Si informas de esta conversación a la policía, mataremos a Jack, a Lila y a Darlene. A los tres, por orden de edad. Y cuando hayas enterrado a tus hijos..., escúchame bien, Wendy, porque esto es crucial, te obligaré a pagar.
Wendy no podía hablar.
Lydia dio un sorbo al café con un «ah» de satisfacción.
—Buenísimo —dijo, levantándose del asiento—. Lo he pasado bien charlando contigo, Wendy. Pronto volveremos a vernos. ¿Quedamos en tu casa, a mediodía, el viernes 16?
Wendy mantuvo la cabeza baja.
—¿Me has comprendido?
—Sí.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a pagar la deuda —contestó Wendy.
—Repito mi pésame más sincero —dijo Lydia con una sonrisa.
Lydia salió y respiró el aire fresco. Miró hacia atrás. Wendy Burnet no se había movido. Lydia la saludó con la mano y se reunió con Heshy. Él medía casi dos metros. Ella poco más de metro y medio. Él pesaba 125 kilos. Ella, 50. Él tenía la cabeza como una calabaza deforme. Los rasgos de ella parecían cincelados en Oriente sobre porcelana.
—¿Problemas? —preguntó Heshy.
—Por favor —dijo ella con un gesto de desprecio—. Pasemos a negocios más provechosos. ¿Has encontrado a nuestro hombre?
—Sí.
—¿Y el paquete ya ha salido?
—Claro, Lydia.
—Perfecto —dijo ceñuda; tuvo un presentimiento.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—Tengo una sensación rara.
—¿Quieres dejarlo?
—Ni muerta, Oso —contestó Lydia con una sonrisa.
—Entonces, ¿qué quieres hacer?
—Veamos cómo reacciona el doctor Seidman —dijo ella tras meditarlo.
8
—No bebas más zumo de manzana —dijo Cheryl a su hijo Conner, de dos años.
Yo estaba en la línea de banda con los brazos cruzados. Hacía un poco de frío, con el frescor helado y húmedo de finales de otoño en Nueva Jersey, de modo que me puse la capucha del jersey de los Yankees sobre la gorra. También llevaba puestas unas gafas de sol Ray-Ban y capucha. Me parecía mucho al retrato policial de Unabomber.
Estábamos en un partido de fútbol de niños de ocho años. Lenny era el entrenador. Necesitaba un ayudante y me había reclutado, supongo que porque soy la única persona que conoce que sabe menos de fútbol que él. Aun así nuestro equipo iba ganando. Creo que el marcador estaba en ochenta y tres a dos, pero no estoy seguro.
—¿Por qué no puedo beber más zumo? —le preguntó Conner.
—Porque el zumo de manzana te da diarrea —explicó Cheryl con la paciencia de una madre.
—¿Ah, sí?
—Sí.
A mi derecha, Lenny ahogaba a los niños en una constante corriente de ánimo.
—Eres el mejor, Ricky. Adelante, Petey. A eso le llamo yo empuje, Davey.
Siempre añadía una «y» al final de sus nombres. Y sí, era irritante. Una vez, llevado por el entusiasmo, me llamó Marky. Una vez.
—¿Tío Marc?
Sentí un tirón en el pantalón. Miré a Conner, que tiene veintiséis meses.
—¿Qué pasa, chico?
—El zumo de manzana me da diarrea.
—Me alegro de saberlo —dije.
—Tío Marc.
—¿Sí?
Conner me miró con seriedad.
—La diarrea no es mi amiga —dijo.
Miré a Cheryl. Ella intentó sonreír, pero también parecía preocupada. Volví a mirar a Conner.
—Bien dicho, chico.
Conner asintió, satisfecho de mi respuesta. Lo quiero. Me rompe el corazón y me alegra la vida en la misma medida y exactamente al mismo tiempo. Veintiséis meses. Dos meses más que Tara. Observo cómo crece con adoración, y con una añoranza que podría calentar un horno.
El niño volvió con su madre. Desparramado alrededor de Cheryl estaba el producto de su cosecha de mani-mula. Había cartones de zumo Minute Maid y barritas Nutri-Grain. Había pañales Bebé Seco (¿en oposición a Bebé Mojado?) y toallitas húmedas de aloe vera para nalgas delicadas. Había biberones anatómicos de Evenflo. Había panecillos de canela y zanahorias pequeñas bien limpias, y naranjas y pomelos cortados (a lo largo, a prueba de atragantamientos), y dados de lo que yo esperaba que fuera queso, todo ello herméticamente sellado en bolsitas individuales cerradas al vacío.
Lenny, el entrenador jefe, estaba gritando la estrategia del partido a nuestros jugadores. Cuando atacamos, les dice: «¡Golead!». Cuando defendemos, les aconseja: «¡Detenedlos!». Y a veces, como en ese momento, ofrecía agudas relaciones sobre las sutilezas del juego: «¡A chutar!».
Lenny me miró después de gritar aquella frase cuatro veces seguidas. Le hice una señal de ánimo con el pulgar y una inclinación de cabeza. Quiso hacerme un corte de mangas, pero había demasiados testigos menores. Volví a cruzar los brazos y miré el campo con los ojos entornados. Los chicos estaban equipados como profesionales. Llevaban protecciones y los calcetines subidos por encima de los refuerzos de las espinillas. La mayoría llevaba grasa negra bajo los ojos, a pesar de que apenas brillaba el sol. Había dos que incluso llevaban tiritas para abrir las fosas nasales. Miré a Kevin, mi ahijado, intentando chutar la pelota, como había ordenado su padre. Y entonces me atacó como un puñetazo.
Me tambaleé hacia atrás.
Era así como sucedía siempre. Estaba mirando un partido o cenando con unos amigos u operando a un paciente o escuchando una canción por la radio. Estaba haciendo algo normal y corriente, me encontraba bastante bien, y de repente, pam, me quedaba ciego.
Se me humedecieron los ojos. Antes del asesinato y el secuestro esto no me había sucedido nunca. Soy médico. Sé cómo interpretar el papel, tanto en la vida profesional como personal. Pero ahora siempre llevo gafas de sol, igual que las estrellas de serie B egocéntricas. Cheryl me miró y volví a notar su preocupación. Hice un esfuerzo por sonreírle. Cheryl se estaba volviendo guapa. Esto pasa a veces. A algunas mujeres les favorece la maternidad. Había dado a su aspecto físico una profundidad y riqueza que rozaba lo celestial.
No quiero ser malinterpretado. No me paso el día llorando. Sigo viviendo mi vida. Estoy afligido, claro, pero no a todas horas. No estoy paralizado. Trabajo, aunque todavía no he tenido valor para viajar al extranjero. Sigo pensando que debo permanecer cerca, por si surge alguna pista. Sé que esta forma de pensar no es racional y quizás es engañosa. Pero todavía no estoy preparado.
Lo que me pasa —lo que me provoca ese sobresalto repentino— es la forma en que la pena parece disfrutar pillándome desprevenido. La pena, cuando la ves venir, si no se puede controlar, al menos se puede manipular, refinar, ocultar. Pero a la pena le gusta ocultarse en los matorrales. Disfruta saliendo de repente de la nada, sobresaltándote, burlándose de ti, despojándote de tu fingida normalidad. La pena te adormece, lo que hace el ataque de ceguera mucho más chocante.
—Tío Marc.
Era Conner otra vez. Hablaba muy bien para su edad. Pensé en cómo habría sonado la voz de Tara, y tras las gafas de sol, se me cerraron los ojos. Presintiéndolo, Cheryl se levantó para llevarse al niño. Pero la aparté con un gesto.
—¿Qué hay?
—¿Y la caca?
—¿Qué le pasa?
Me miró y cerró un ojo para concentrarse.
—¿La caca es mi amiga?
Menuda pregunta.
—No sé, chico. ¿Tú qué crees?
Conner sopesó su pregunta con tanta intensidad que parecía a punto de explotar. Finalmente, contestó:
—Es más amiga que la diarrea.
Asentí gravemente con la cabeza. Nuestro equipo metió otro gol. Lenny levantó los puños y gritó «¡Bien!». Casi dio una voltereta para felicitar a Craig (o debería decir Craigy), el goleador. Los jugadores se unieron a él. Se dieron muchas palmaditas. Yo no me apunté. Mi misión, creía, era ser el compañero impasible para compensar el histrionismo de Lenny: el Tonto y el Llanero Solitario, Abbott y Costello, Rowan y Martin, el Capitán y Tenille. Equilibrio.
Miré a los padres en las bandas. Las mujeres se unen en grupitos. Hablan de sus hijos, de los logros de sus hijos y de actividades extraescolares, y nadie escucha mucho porque los hijos de los demás son aburridos. Los padres ofrecían más variedad. Algunos grababan en vídeo. Otros daban ánimos a gritos. Otros tiranizaban a sus hijos de una forma que se acercaba a la locura. Otros hablaban por los móviles y jugaban constantemente con aparatos electrónicos portátiles de algún tipo, para superar el mono de toda una semana inmersos en el trabajo.
¿Por qué acudí a la policía?
Desde aquel día me han dicho infinidad de veces que lo que pasó no es culpa mía. Hasta cierto punto, soy consciente de que mis acciones es posible que no hubieran cambiado nada. Probablemente, nunca habían tenido ninguna intención de dejar que Tara volviera a casa. Podría ser que estuviera muerta incluso antes de la primera llamada de rescate. Podría haber muerto de forma accidental. Quizá les entró el pánico o estaban colocados. ¿Quién sabe? Yo seguro que no.
Y, bueno, ahí está el problema.
Por supuesto, no puedo asegurar que no tengo la culpa. Elemental: toda acción tiene una reacción.
No sueño con Tara, o, si lo hago, los dioses son lo bastante generosos para no permitir que lo recuerde. Pero esto probablemente es otorgarles mucho mérito. Lo diré de otro modo, quizá no sueñe concretamente con Tara, pero sí sueño con la furgoneta blanca con la placa de matrícula mezclada y el rótulo magnético robado. En mis sueños oigo un ruido, sofocado, pero estoy casi convencido de que es el llanto de un bebé. Ahora sé que Tara estaba en la furgoneta, pero en mi sueño no me acerco a la furgoneta. Tengo las piernas profundamente enterradas en el barro de la pesadilla. No puedo moverme. Cuando al final me despierto, no puedo evitar preguntarme lo más obvio. ¿Estaba Tara tan cerca de mí? Y, lo más importante: ¿de haber sido más valiente, habría podido salvarla allí mismo?
El árbitro, un chico de instituto larguirucho de sonrisa bonachona, tocó el silbato y gesticuló con la mano por encima de la cabeza. Fin del partido. Lenny gritó: «¡Hurra!». Los niños de ocho años se miraron unos a otros desorientados. Uno preguntó a un compañero: «¿Quién ha ganado?», y el compañero se encogió de hombros. Se pusieron en fila, al estilo de la Copa Stanley de hockey, para los apretones de manos finales.
Cheryl se levantó y me puso una mano en la espalda.
—Bien hecho, entrenador.
—Sí, es todo mérito mío —dije.
Ella sonrió. Los chicos empezaban a acercarse. Los felicité con mi inclinación de cabeza estoica. La madre de Craig había llevado una caja de cincuenta Dunkin’ Donuts con un dibujo de Halloween. La madre de Dave tenía cajas de algo llamado Yoo-Hoo, una excusa perversa para comer chocolate con leche con sabor a tiza. Me metí un bollo en la boca y me sacudí el azúcar.
—¿De qué es? —preguntó Cheryl.
—¿Los hay de diferentes sabores? —dije encogiéndome de hombros.
Observé a los padres comunicándose con sus hijos y me sentí espantosamente fuera de lugar. Lenny vino hacia mí.
—Una gran victoria, ¿a que sí?
—Sí —contesté—. Somos los mejores.
Me hizo un gesto para que le siguiera. Obedecí. Cuando estuvimos donde no podían oírnos, Lenny dijo:
—La herencia de Monica está casi resuelta. Ya no creo que tarde mucho.
—Vale —dije, porque tanto me daba.
—También he redactado tu testamento. Tienes que firmarlo.
Ni Monica ni yo habíamos hecho testamento. Lenny me había advertido que lo hiciéramos. Tienes que poner por escrito quién se queda tu dinero, me recordaba, quién tiene que educar a tu hija, quién va a ocuparse de tus padres, bla, bla, bla. Pero no le hicimos caso. Íbamos a vivir para siempre. Las últimas voluntades y los testamentos eran para..., bueno, para los muertos.
Lenny cambió de tema rápidamente.
—¿Te vienes a casa a hacer una partida de futbolín?
El futbolín, para los que carezcan de una educación básica, es un juego de sobremesa con figurillas de jugadores de fútbol pegadas a un palo.
—Ya soy el campeón del mundo —le recordé.
—Eso era ayer.
—¿No puedo disfrutar un poco más de mi título? Todavía no tengo ganas de soltarlo.
—Entendido.
Lenny volvió con su familia. Vi que su hija, Marianne, lo acorralaba. Gesticulaba como una loca. Lenny bajó los hombros, sacó la cartera y cogió un billete. Marianne lo cogió, besó a su padre en la mejilla y salió corriendo. Lenny la miró desaparecer, negando con la cabeza. Sonreía. Me volví.
Lo peor de todo —o debería decir lo mejor— era que tenía esperanzas.
Lo que encontramos aquella noche en la cabaña de mi abuelo: el cadáver de mi hermana, cabellos que pertenecían a Tara en el parque (el ADN lo confirmó) y un pelele rosa con pingüinos negros como el de Tara.
Lo que no encontramos y, de hecho, todavía no hemos encontrado: el dinero del rescate, la identidad de los cómplices de Stacy, si existían, y a Tara.
Exacto. No encontramos a mi hija.
El bosque es grande y ancho, ya lo sé. La tumba sería pequeña y fácil de esconder. Podrían haber puesto rocas encima. Un animal podría haberla encontrado y arrastrado su contenido más adentro. El contenido podría estar a kilómetros de distancia de la cabaña de mi abuelo. Podría estar en cualquier otra parte.
O podría ser —aunque esta idea me la guardaba para mí— que no hubiera ninguna tumba.
Así que todavía tenía esperanzas. Como la pena, la esperanza se oculta, aparece y se burla de ti, y no te deja nunca. No sé cuál de las dos es la más cruel.
La policía y el FBI piensan que mi hermana tal vez actuó en connivencia con personas muy perversas. Aunque nadie está seguro de si la intención original fue el secuestro o el robo, casi todos están de acuerdo en que a alguien le entró miedo. Quizá creían que Monica y yo no estaríamos en casa. Quizá creían que sólo se encontrarían a una canguro. En todo caso, nos vieron, y actuaron en un estado inducido por las drogas, y alguien disparó. Después otra persona disparó, por eso las pruebas de balística muestran que Monica y yo fuimos atacados con dos 38 diferentes. Luego se llevaron al bebé. En algún momento traicionaron a Stacy y la mataron con una sobredosis de heroína.
Siempre hablo en tercera persona del plural porque las autoridades también creen que Stacy tenía al menos dos cómplices. Uno sería el profesional, el calculador que sabía cómo cobrar el rescate, mezclar las dos matrículas y desaparecer sin dejar rastro. El otro cómplice sería el «nervioso», por así decirlo, el que nos había disparado y debía de haber causado la muerte de Tara.
Evidentemente algunos no creen en esta teoría. Algunos creen que sólo hubo un cómplice —el profesional frío— y que la que tuvo miedo fue Stacy. Según esta teoría, ella fue la que disparó la primera bala, probablemente a mí, ya que no recuerdo haber oído disparos, y luego el profesional mató a Monica para tapar el error. Esta teoría se basa en una de las pocas pistas que tuvimos después de la noche en la cabaña: un traficante de drogas que, como parte de un extraño trato por otro cargo, admitió ante las autoridades que Stacy le había comprado un arma, una 38, una semana antes del asesinato-secuestro. Esta teoría se apoya también en el hecho de que los únicos cabellos y huellas encontrados en la escena del crimen eran de Stacy. El profesional habría sido cuidadoso y habría usado guantes mientras que un cómplice drogado no lo habría hecho.
Pero hay otros que no se tragan tampoco esta teoría, que es por lo que ciertos miembros del Departamento de Policía y el FBI se aferran a un tercer escenario más obvio.
Yo era el cerebro.
La teoría es más o menos ésta: en primer lugar, el marido es siempre el principal sospechoso. Segundo, mi Smith & Wesson del 38 no ha aparecido. No dejan de marearme con esta pregunta. Ojalá tuviera una respuesta. Tercero, yo no quería tener hijos. El nacimiento de Tara me obligó a un matrimonio sin amor. Creen que tienen pruebas de que yo estaba pensando en divorciarme (algo que sí, ciertamente, yo había considerado) y por eso lo planeé todo, de arriba abajo. Invité a mi hermana a mi casa y quizá la convencí para que me ayudara y así cargara con la culpa. Tengo el dinero del rescate escondido. Maté y enterré a mi propia hija.
Es horrible, sí, pero ya no puedo enfadarme. Estoy demasiado agotado. Ya no sé ni dónde estoy.
El principal problema de esta hipótesis es, por supuesto, que es difícil de encajar que me dieran por muerto. ¿Maté yo a Stacy? ¿Me disparó ella? O —que suenen los tambores— ¿existe una tercera posibilidad, una mezcla que une las dos teorías en una? Algunos creen que sí: yo estaba detrás de todo, pero tenía otro cómplice además de Stacy. Este cómplice mató a Stacy, quizá contra mi voluntad, quizá como parte de mi gran plan para desviar mi culpabilidad y vengarme por haberme tiroteado. O algo por el estilo.
Y así sucesivamente.
En suma, hablando claro, no tienen nada y yo tampoco. Ni el dinero del rescate. Ni idea de quién lo hizo. Ni idea de por qué. Y lo más importante: ningún cadáver pequeño.
Así estamos ahora, un año y medio después del secuestro. Teóricamente el caso sigue abierto, pero Regan y Tickner se dedican a otros casos. No he sabido nada de ellos desde hace casi seis meses. Los medios nos dieron la lata durante algunas semanas, pero como no surgió nada nuevo, también traspasaron su atención a comederos más jugosos.
Los Dunkin’ Donuts se habían acabado. Todos fueron hacia el aparcamiento repleto de monovolúmenes. Después de los partidos, los entrenadores llevamos a nuestros atletas al Schrafft’s Ice Cream Parlor, una institución en nuestra ciudad. Todos los entrenadores de todas las ligas de todas las edades siguen la misma tradición. El local estaba a tope. Nada como un cucurucho de helado en el gélido otoño para que el frío penetre hasta los huesos.
Me puse a contemplar la escena mientras lamía mi cucurucho de cookies-n-cream. Hijos y padres. Aquello era demasiado para mí. Miré el reloj. De todos modos tenía que irme. Busqué la mirada de Lenny y le indiqué que me marchaba. Con los labios formó las palabras «tu testamento». Por si no me había enterado, hizo el gesto de firmar con la mano. Le indiqué que lo había entendido. Subí al coche de nuevo y encendí la radio.
Me quedé un rato quieto mirando el ir y venir de familias. Sobre todo observaba a los padres. Calibraba sus reacciones con las actividades más domésticas, esperando ver una chispa de duda, algo en sus ojos que me consolara. Pero no lo vi.
No estoy seguro de cuánto tiempo estuve así. No más de diez minutos, supongo. Pusieron una vieja canción de James Taylor que me devolvió a la realidad. Sonreí, puse el coche en marcha, y me fui al hospital.
Una hora después, me estaba lavando para comenzar la operación de un niño de ocho años con un —en terminología familiar tanto para los legos como para los profesionales— accidente facial. También estaba Zia Leroux, mi socia.
No sé por qué decidí hacerme cirujano plástico. No fue ni la canción de los dólares fáciles ni la idea de ayudar a la humanidad. Había querido ser cirujano prácticamente desde el principio, aunque me veía más en el campo vascular o cardíaco. Pero la vida da vueltas de una forma curiosa. Durante mi segundo año de residencia, el cirujano cardíaco que dirigía nuestra rotación era un necio, por decirlo de algún modo. En cambio, el médico encargado de cirugía reconstructiva, Liam Reese, era increíble. El doctor Reese tenía aquella aura envidiable, aquella combinación de atractivo físico, seguridad en sí mismo y calidez interior que atraía a los demás de forma natural. Tenías ganas de agradarle. Querías ser como él.
El doctor Reese se convirtió en mi mentor. Nos mostró la parte creativa de la cirugía reconstructiva, un proceso de rompecabezas que te obligaba a encontrar nuevas formas de volver a unir lo que estaba destruido. Los huesos de la cara y el cráneo son la parte más compleja del paisaje esquelético del cuerpo humano. Los que los reparamos somos unos artistas. Somos músicos de jazz. Si hablamos con cirujanos ortopédicos o torácicos, pueden explicar de forma bastante concreta sus procedimientos. Nuestro trabajo —la reconstrucción— nunca es exactamente igual. Improvisamos. El doctor Reese me lo enseñó. Apeló a mi atracción por la técnica con charlas sobre microcirugía, injertos óseos y piel sintética. Recuerdo haberle visitado en Scarsdale. Su esposa era una mujer hermosa de piernas largas. Su hija era la primera de la escuela. Su hijo era capitán de un equipo de baloncesto y el chico más simpático que he conocido en mi vida. A los cuarenta y nueve años, el doctor Reese murió en un accidente de coche en la Ruta 684, cuando iba a Connecticut. Hay quien vería en esto algo siniestro, pero yo no.
Cuando estaba terminando la residencia, me dieron una beca de un año para formarme en cirugía oral en el extranjero. No la pedí para ser un benefactor; la pedí porque parecía interesante. Pensé que aquel viaje sería mi versión del viaje en mochila por Europa. No lo fue. Todo fue mal desde el principio. Nos quedamos atrapados en una guerra civil en Sierra Leona. Tuve que tratar heridas tan horribles, tan inimaginables, que costaba creer que la mente humana pudiera recabar la crueldad suficiente para infligirlas. Pero incluso en medio de toda aquella destrucción, me sentía extrañamente exaltado. No he intentado discernir por qué. Como he dicho antes, me estimula. Tal vez en parte fuera la satisfacción de ayudar a personas que lo necesitaban mucho. O quizás este trabajo me atrajo como a otras personas les atraen los deportes de riesgo, ya que necesitan sentir el peligro de la muerte para sentirse completas.
Cuando volví, Zia y yo fundamos Un Mundo, y nos pusimos a trabajar. Me encanta lo que hago. Quizá nuestro trabajo sea como un deporte de riesgo, pero también tiene —y me disculpo por el juego de palabras— su cara humana. Me gusta. Me gustan mis pacientes y también me gusta la distancia calculada, la frialdad necesaria de lo que hago. Me preocupo por mis pacientes, pero luego se va... la intensidad del afecto mezclada con un compromiso pasajero.
El paciente del día nos presentaba un reto bastante complicado. Mi santo patrón —el santo patrón de muchos en cirugía reconstructiva— es el investigador francés René Le Fort, quien lanzaba cadáveres desde el tejado de una taberna para ver cuáles eran las pautas de las fracturas naturales de la cara. Seguro que impresionaba a las damas. Sus experimentos también incluían dejar caer pesos cada vez mayores sobre cráneos de cadáveres para mesurar hasta qué punto eran graves las fracturas maxilares. Actualmente, algunas fracturas llevan su nombre: más concretamente, Le Fort tipo I, Le Fort tipo II, Le Fort tipo III. Zia y yo miramos otra vez las películas. La visión Water era la mejor, pero la Caldwell y la lateral la reforzaban.
Hablando en términos sencillos, la línea de la fractura de aquel niño de ocho años era un LeFort tipo III, que había causado una separación completa de los huesos faciales y el cráneo. De haber querido habría podido arrancar la cara del chico como si fuera una máscara.
—¿Accidente de coche? —pregunté.
—El padre estaba borracho —contestó Zia asintiendo.
—No me lo digas. Él está estupendamente, ¿a que sí?
—Hasta se acordó de ponerse el cinturón.
—Pero no de ponérselo a su hijo.
—Ya sería pedir demasiado. Con lo cansado que estaría de levantar el vaso tantas veces...
Zia y yo empezamos nuestras vidas en dos lugares muy diferentes. Como la canción clásica de los setenta, de Stories, Brother Louie, Zia es negra como la noche mientras yo soy más blanco que blanco (mi tono de piel, descrito por Zia: «panza de pez bajo el agua»). Yo nací en el Beth Israel Hospital, en Newark, y crecí en las calles de las afueras de Kasselton, en Nueva Jersey. Zia nació en una cabaña fangosa de un pueblo cercano a Port-au-Prince, Haití. Durante el reinado de Papa Doc, sus padres fueron encarcelados por razones políticas. Nadie sabe muchos detalles. Su padre fue ejecutado. Su madre estaba destrozada, cuando la soltaron. Cogió a su hija y escapó en lo que podría calificarse vagamente de balsa. Tres pasajeros murieron en el trayecto. Zia y su madre sobrevivieron. Llegaron al Bronx, donde se pusieron a vivir en el sótano de una peluquería. Se pasaban el día barriendo cabellos. Según Zia, no había forma de librarse de los pelos. Los tenían en la ropa, pegados a la piel, en la garganta, en los pulmones. Viviría para siempre con la sensación de tener un pelo en la boca y no poder arrancárselo. Aún hoy, cuando Zia está nerviosa, se toca la lengua con los dedos, como si quisiera arrancarse un recuerdo del pasado.
Cuando terminamos la operación, Zia y yo nos sentamos a descansar en un banco. Zia se desató la mascarilla y se la dejó caer sobre el pecho.
—Coser y cantar —dijo.
—Amén —contesté—. ¿Cómo te fue anoche?
—De vómito —comentó—. Y no es una descripción precisa.
—Lo siento.
—Los hombres son un asco.
—Como si no lo supiera.
—Empiezo a desesperarme —dijo ella—. Estoy pensando en volver a acostarme contigo.
—Me asombras —dije—. ¿Es que no tenéis criterio las mujeres?
Su sonrisa era cegadora, el blanco brillante contrastaba con su piel oscura. Medía casi un metro ochenta, era musculosa y tenía unos pómulos tan altos y angulosos que parecía que fueran a rasgarle la piel.
—¿Cuándo vas a empezar a salir con chicas? —preguntó.
—Ya salgo.
—Me refiero el tiempo suficiente para tener una relación sexual.
—No todas las mujeres son tan fáciles como tú, Zia.
—Qué pena —dijo ella, dándome un cariñoso codazo.
Zia y yo nos acostamos una vez, y los dos supimos que no se repetiría. Así nos conocimos. Ligamos en mi primer año de Medicina. Sí, un ligue de una noche. He tenido mi ración de ligues de una noche, pero sólo dos han sido memorables. El primero acabó en desastre. El segundo —éste— acabó en una relación que valoraré siempre.
Eran las ocho de la noche cuando nos quitamos las batas. Fuimos con el coche de Zia, una cosita diminuta llamada BMW Mini, al Stop-n-Shop de la avenida Northwood y compramos algo de comer. Zia charló sin parar mientras empujábamos los carritos por los pasillos. Me gustaba que Zia hablara. Me transmitía energía. En la charcutería, Zia cogió número. Miró el tablero y frunció el entrecejo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Embutido de cabeza de jabalí de oferta.
—¿Qué le pasa?
—Cabeza de jabalí —repitió ella—. ¿Qué genio del marketing se ha inventado este nombre? Oye, tengo una idea. ¿Por qué no ponemos a nuestros mejores cortes nombres de los animales más asquerosos. No, espera. Los nombres de sus cabezas.
—Pues tú siempre lo pides —dije.
Se quedó pensativa.
—Sí, tienes razón.
Fuimos a la caja. Zia puso primero sus cosas. Coloqué la barrita divisoria y descargué mi carrito. Una cajera corpulenta empezó a pasar nuestros productos.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
Me encogí de hombros.
—No me importaría comer algo en Garbo’s.
—Pues vamos. —Zia echó un vistazo por encima de mi hombro y se quedó con la mirada fija. Entornó los ojos y una expresión rara cruzó su cara—. ¿Marc?
—¿Sí?
Ella hizo una mueca.
—No, no puede ser.
—¿Qué?
Todavía mirando por encima de mi hombro, Zia hizo un gesto con la barbilla. Me volví lentamente y cuando la vi, sentí una puñalada en el pecho.
—Sólo la he visto en fotos —dijo Zia—, pero ¿no es...?
Logré asentir con la cabeza.
Era Rachel.
El mundo se cerró a mi alrededor. No tendría por qué sentirme así. Lo sabía. Hacía años que habíamos roto. Después de tanto tiempo, debería sonreír. Debería tener una sensación de añoranza, de nostalgia, un recuerdo doloroso de un tiempo en que era joven e ingenuo. Pero no, no era eso lo que sentía. Rachel estaba a diez metros de mí y todo volvió de golpe. Lo que noté fue un anhelo demasiado fuerte, un deseo que me desgarró, que hizo que reviviera intensamente el amor y el desamor.
—¿Estás bien? —preguntó Zia.
Asentí de nuevo.
¿Alguien cree que todos tenemos una sola alma gemela, un solo amor predestinado? Allí, a tres cajas de distancia en el Stop-n-Shop y bajo un rótulo que decía caja rápida - máximo 15 artículos, estaba el mío.
—Creía que se había casado —dijo Zia.
—Se casó —dije yo.
—No lleva anillo. —Zia me dio un codazo—. Vaya, esto es emocionante.
—Sí —dije—. Ésta es una ciudad excitante.
—Eh, ¿sabes lo que parece? —siguió Zia chasqueando los dedos—. Aquel disco horroroso que tú ponías. La canción que iba de encontrarse al viejo amor en el colmado. ¿Cómo se titulaba?
La primera vez que había visto a Rachel, cuando era un chico de diecinueve años, el efecto fue relativamente apacible. No hubo ninguna explosión. Ni siquiera creo que la encontrara atractiva. Pero como descubriría poco después, me gustan las mujeres cuyo atractivo crece con el tiempo. Empiezas pensando «vale, es bastante guapa» y al cabo de unos días, dice algo o inclina la cabeza de una determinada manera cuando lo dice, y, patapam, es como si te hubiera atropellado un autobús.
Volví a sentirme así en aquel momento. Rachel había cambiado, pero no demasiado. Los años tal vez habían endurecido su escurridiza belleza, ahora más marcada y angulosa. Estaba más delgada. Llevaba el pelo negro recogido en una cola. A los hombres les suele gustar el pelo suelto. A mí siempre me ha gustado recogido, por todo lo que expone, supongo, sobre todo con los pómulos y el cuello de Rachel. Llevaba vaqueros y una blusa gris. Sus ojos garzos estaban bajos, la cabeza inclinada en aquella pose de concentración que yo conocía tan bien. Todavía no me había visto.
—Same Old Lang Syne —dijo Zia.
—¿Qué?
—La canción de los amantes del supermercado. De un tal Dan Nosecuántos. Se llamaba así, Same Old Lang Syne —y luego añadió—: creo que se llamaba así.
Rachel buscó su cartera y sacó un billete de veinte. Iba a dárselo a la cajera. Levantó la mirada y fue entonces cuando me vio.
No puedo precisar exactamente qué cruzó por su cara. No pareció sorprendida. Nuestros ojos se encontraron, pero no vi en ellos alegría. Miedo, tal vez. Quizá resignación. No lo sé. Tampoco sé cuánto rato estuvimos así.
—Creo que es mejor que os deje —susurró Zia.
—¿Eh?
—Si cree que estás con una chica tan guapa como yo, pensará que no tiene posibilidades.
Creo que sonreí.
—¿Marc?
—Sí.
—La forma en que te has quedado. Con la boca abierta como un tonto. Das un poco de miedo.
—Gracias.
—Ve a saludarla —dijo Zia, y sentí que me empujaba con la mano.
Mis pies empezaron a moverse, pero no recuerdo que el cerebro les mandara ninguna orden. Rachel dejó que la cajera le guardara las cosas en bolsas. Dio unos pasos hacia mí e intentó sonreír. Su sonrisa siempre había sido espectacular, de las que te hacen pensar en poesía y lluvias primaverales, un deslumbramiento que puede cambiarte el día. Pero aquella sonrisa no fue así. Era más tensa. Era dolorida. Y me pregunté si se contenía o si ya no podía sonreír como antes, si algo había apagado su voltaje permanentemente.
Nos paramos a un metro de distancia, sin saber si el protocolo exigía que nos diéramos un abrazo, un beso o un apretón de manos. Y no hicimos ninguna de las tres cosas. Me quedé allí y sentí el dolor por todas partes.
—Hola —dije.
—Me alegro de ver que te acuerdas de cómo ligar —contestó Rachel.
Simulé una sonrisa desenvuelta.
—¿Eh, nena, cómo va eso?
—Mejor —dijo ella.
—¿Vienes mucho por aquí?
—Bien. Ahora toca decir: «¿No nos conocemos de algo?».
—No —arqueé una ceja—. No podría haber olvidado a una chica tan guapa como tú.
Nos reímos. Lo estábamos intentando de verdad. Los dos éramos conscientes de ello.
—Estás guapa —dije.
—Tú también.
Un breve silencio.
—Vale —dije—. Se me han acabado los tópicos y las bromitas forzadas.
—Guau —dijo Rachel.
—¿Por qué estás aquí?
—Para comprar comida.
—No, quiero decir...
—Sé lo que quieres decir —interrumpió—. Mi madre se mudó a un piso en una urbanización de West Orange.
Algunos mechones se le habían escapado de la cola y le caían sobre la cara. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no apartárselos.
Rachel miró a otro lado y luego a mí.
—Me enteré de lo de tu esposa y tu hija —comentó—. Lo siento.
—Gracias.
—Quise llamarte o escribirte, pero...
—Me dijeron que te habías casado —dije.
—Se acabó —dijo moviendo con rapidez los dedos de la mano izquierda.
—Y que eras agente del FBI.
—También se acabó. —Rachel bajó la mano.
Más silencio. Tampoco sé cuánto rato estuvimos así. La cajera estaba atendiendo al siguiente cliente. Zia se colocó detrás de nosotros. Se aclaró la garganta y alargó la mano a Rachel.
—Hola, soy Zia Leroux —dijo.
—Rachel Mills.
—Me alegro de conocerte, Rachel. Soy socia de Marc en la consulta. —Luego lo pensó mejor y añadió—: sólo somos amigos.
—Zia —dije.
—Ah, bueno, perdona. Oye, Rachel, me gustaría quedarme a charlar, pero tengo prisa. —Señaló la salida como para dar más fuerza a su argumento—. Quedaos charlando. Marc, te recojo aquí más tarde. Mucho gusto, Rachel.
—Lo mismo digo.
Zia se fue a toda prisa. Yo me encogí de hombros.
—Es una doctora estupenda.
—Estoy segura. —Rachel agarró su carro—. Me esperan en el coche, Marc. Me he alegrado de verte.
—Yo también —dije.
Pero con todo lo que había perdido, había aprendido algo, ¿no? No podía dejarla marchar. Me aclaré la garganta y añadí:
—Deberíamos volver a vernos.
—Sigo viviendo en Washington. Vuelvo mañana.
Silencio. Mis entrañas se convirtieron en gelatina. Mi respiración era forzada.
—Adiós, Marc —dijo Rachel. Pero aquellos ojos garzos estaban húmedos.
—No te vayas todavía.
Intenté no parecer suplicante, pero no creo que lo consiguiera. Rachel me miró, y lo vio todo.
—¿Qué quieres que te diga, Marc?
—Que tú también quieres que nos veamos.
—¿Sólo eso?
—Tú sabes que eso no es todo —respondí con un gesto de negación.
—Ya no tengo veintiún años.
—Yo tampoco.
—La chica que amabas está muerta y desaparecida.
—No —dije—. Está frente a mí.
—Ya no me conoces.
—Pues volvamos a conocernos. No tengo prisa.
—¿Así de fácil?
—Sí —intenté sonreír.
—Yo vivo en Washington. Tú vives en Nueva Jersey.
—Pues me mudaré —insistí.
Pero incluso mientras estaba diciendo estas palabras impetuosas, Rachel hizo una mueca y reconocí mi fanfarronada. No podía dejar a mis padres ni romper mi sociedad con Zia ni... ni abandonar mis fantasmas. En algún punto entre mis labios y sus oídos el sentimiento se estrelló y se quemó.
Rachel se volvió para marcharse. No se despidió de nuevo. Miré cómo empujaba el carrito hacia la puerta. Vi cómo la puerta se abría automáticamente por algún mecanismo electrónico. Vi a Rachel, el amor de mi vida, desaparecer otra vez sin mirar atrás. Me quedé quieto. No la seguí. Sentí que mi corazón caía y se agrietaba, pero no hice nada para detenerla.
Es posible que, después de todo, no hubiera aprendido ninguna cosa.
Pulsuz fraqment bitdi.