Kitabı oxu: «No hables con extraños»

Şrift:

Título original: The Stranger

© Harlan Coben, 2015.

© de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2018.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO383

ISBN: 9788490569412

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

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Agradecimientos

Notas

EN MEMORIA DE MI PRIMO

STEPHEN REITER.

Y PARA SUS HIJOS

DAVID, SAMANTA Y JASON.

Oh, alma mía, prepárate para el advenimiento del Forastero,

prepárate para él, que sabe hacer preguntas

[...]

Hay uno que recuerda el camino a vuestra puerta:

podéis evadir la vida, pero no así la Muerte.*

T. S. ELIOT

1

El desconocido no arrasó de golpe el mundo de Adam Price.

Eso fue lo que Adam se diría más tarde, pero era mentira. De algún modo, Adam supo enseguida, desde la primera frase, que la vida de padre de familia burgués que había conocido hasta entonces había desaparecido para siempre. En realidad, era una frase muy sencilla, pero había algo en el tono, el tono de quien sabe y hasta se preocupa, que le dejó claro que nada volvería a ser igual.

—Podrías haberla dejado —dijo el desconocido.

Estaban en el American Legion Hall, el local de la Asociación de Veteranos de Guerra de Cedarfield, en Nueva Jersey. Cedarfield era una población rica, que contaba entre sus vecinos con gestores de fondos de cobertura, banqueros y otros magnates de las finanzas. Les gustaba reunirse para tomar cerveza en el American Legion Hall porque era una manera cómoda de fingir que eran buenos chicos, como los que aparecen en los anuncios del Dodge Ram, cuando en realidad eran todo lo contrario.

Adam estaba en la barra, que se veía algo pringosa. Tenía una diana detrás. Unos carteles de neón anunciaban la Miller Lite, pero Adam tenía una botella de Budweiser en la mano derecha. Se volvió hacia el hombre, que se acababa de situar a su lado y, aunque Adam ya sabía la respuesta, le preguntó:

—¿Está hablando conmigo?

El tipo era más joven que la mayoría de los padres, más delgado, casi flaco, y sus grandes ojos eran de un azul penetrante. Tenía los brazos blancos y huesudos; llevaba camisa de manga corta; bajo una de ellas asomaba un tatuaje. También llevaba una gorra de béisbol. No era un hípster, pero tenía pinta de empollón, como si dirigiera un departamento técnico y no viera nunca el sol.

Los ojos de un azul penetrante se clavaron en los de Adam con tanta fuerza que le dieron ganas de apartar la mirada.

—Te dijo que estaba embarazada, ¿verdad?

Adam sintió que agarraba la botella con más fuerza.

—Por eso no la dejaste. Corinne te dijo que estaba embarazada.

Fue en aquel momento cuando Adam sintió como si se le accionara un interruptor en el pecho, como si alguien hubiera activado el temporizador digital rojo de una bomba de película y hubiera empezado la cuenta atrás. Tic, tic, tic, tic.

—¿Nos conocemos?

—Ella te dijo que estaba embarazada —prosiguió el desconocido—. Corinne, quiero decir. Primero te dijo que estaba embarazada, y luego, que perdió el bebé.

El American Legion Hall estaba lleno de papás de ciudad pequeña vestidos con esas camisetas de béisbol con mangas tres cuartos y pantalones cargo holgados o vaqueros de padre de familia, perfectamente inmaculados. Muchos de ellos llevaban gorras de béisbol. Esa noche se hacían las pruebas de selección para el equipo de lacrosse de los chavales de cuarto, quinto y sexto, y para el primer equipo. Si alguien quería ver un grupo de machos alfa comportándose como tales en su hábitat natural, no tenía más que ver a ese grupo de padres implicándose en la formación de los equipos de sus hijos. Era algo digno del Discovery Channel.

—Te sentiste obligado a quedarte, ¿no es así? —preguntó el hombre.

—No tengo ni idea de quién cojones...

—Mintió, Adam. —El hombre hablaba con convicción. No solo parecía seguro de lo que decía, sino que además daba la impresión de pensar solo en lo mejor para Adam—. Corinne se lo inventó todo. Nunca estuvo embarazada.

Las palabras seguían cayendo como puñetazos, dejaban a Adam descolocado, atónito y confundido, y con sus defensas mermadas listo para rendirse. Habría querido revolverse, agarrar a aquel tipo por la camisa, arrastrarlo por toda la sala por insultar a su mujer de aquel modo. Pero no lo hizo por dos motivos.

El primero, porque de pronto estaba atónito, como si le hubiera caído una lluvia de puñetazos, y eso había mermado sus defensas.

Y el segundo, porque había algo en el modo de hablar de aquel hombre, esa seguridad al hablar, esa convicción en su voz, que hizo que Adam se plantease la conveniencia de escucharlo.

—¿Quién eres tú? —le preguntó.

—¿Acaso importa?

—Sí, importa.

—Soy el desconocido —dijo—. El desconocido que sabe cosas importantes. Te mintió, Adam. Corinne. No estaba embarazada. No era más que una treta para que volvieras con ella.

Adam sacudió la cabeza. Trató de asimilarlo, de mantener la calma y el sentido común.

—Vi la prueba de embarazo.

—Falsa.

—Vi la ecografía.

—Falsa también —repuso, y levantó una mano antes de que Adam pudiera decir nada más—. Y sí, también la barriga. O quizá debiera decir barrigas. Cuando empezó a notársele, no volviste a verla desnuda, ¿verdad? ¿Qué hacía?, ¿se inventaba algún tipo de malestar a última hora de la noche para evitar el sexo? Eso es lo que ocurre la mayoría de las veces. Así, cuando llega el aborto, uno mira atrás y se da cuenta de que el embarazo ya había presentado complicaciones desde el principio.

Una voz estentórea se hizo oír desde el otro extremo de la sala.

—Muy bien, chicos, coged una cerveza fresca y empezamos.

La voz pertenecía a Tripp Evans, exejecutivo publicitario de Madison Avenue y presidente de la liga de lacrosse, un tipo bastante legal. Los otros padres empezaron a coger sillas de aluminio, de esas que se usan para los conciertos del colegio, y las fueron poniendo en círculo por la sala. Tripp Evans miró a Adam, detectó la innegable palidez de su rostro y frunció el ceño, preocupado. Adam no hizo caso y volvió a dirigirse al desconocido.

—¿Quién demonios eres tú?

—Piensa en mí como tu salvador. O como el amigo que te acaba de sacar de la cárcel.

—Deja de decir gilipolleces.

Ya no se oía hablar a casi nadie. Las voces se habían convertido en murmullos, y el sonido de las sillas al arrastrarlas resonaba en la sala. Los padres empezaban a ponerse serios, centrados en el proceso de selección. Adam odiaba todo aquello. Ni siquiera tenía que haber acudido, porque le tocaba a Corinne. Ella era la tesorera de la comisión de lacrosse, pero le habían cambiado el horario de la convención de profesores en Atlantic City, y aunque era el día más importante del año para el lacrosse en Cedarfield (de hecho, el principal motivo por el que Corinne se había vuelto tan activa), Adam se había visto obligado a sustituirla.

—Deberías darme las gracias —le dijo el hombre.

—¿De qué me estás hablando?

Por primera vez, el hombre sonrió. Era una sonrisa bondadosa, Adam no pudo evitar observarlo, la sonrisa de un benefactor, la de un hombre que tan solo desea hacer lo correcto.

—Eres libre —dijo el desconocido.

—Y tú eres un mentiroso.

—Sabes que no, ¿verdad, Adam?

Tripp Evans lo llamó desde el otro lado de la sala.

—¿Adam?

Se volvió hacia ellos. Todo el mundo estaba sentado, salvo Adam y el desconocido.

—Ahora tengo que irme —le susurró este—. Pero si realmente necesitas pruebas, comprueba el extracto de tu tarjeta Visa. Busca un cargo a nombre de Novelty Funsy.

—Espera...

—Una cosa más. —El hombre acercó la cabeza—. Si yo fuera tú, probablemente les haría pruebas de ADN a tus dos chavales.

Tic, tic, tic... ¡Catapún!

—¿Qué?

—De eso no tengo pruebas, pero cuando una mujer está dispuesta a mentir sobre algo así... Bueno, no me extrañaría que no fuera la primera vez que lo hace.

Y entonces, mientras Adam intentaba reaccionar a esa última acusación, el desconocido salió a toda prisa por la puerta.

2

Cuando Adam consiguió recuperar el control sobre las piernas, salió tras el desconocido.

Demasiado tarde.

Estaba metiéndose en el asiento del acompañante de un Honda Accord gris. El coche se puso en marcha. Adam corrió para verlo más de cerca, quizá para ver la matrícula, pero solo pudo ver que era de su estado, Nueva Jersey. Cuando el coche giraba hacia la salida, observó algo más.

Quien conducía era una mujer.

Era joven, y tenía una larga melena rubia. Cuando la luz de las farolas le dio en el rostro, vio que le estaba mirando. Sus ojos se cruzaron por un instante. En su rostro había una mirada de preocupación, de pena.

Por él.

El coche se alejó haciendo rugir el motor. Alguien le llamó por su nombre. Adam se volvió y regresó adentro.

Empezaron a seleccionar jugadores.

Adam trató de prestar atención, pero era como oír todos los sonidos del auditorio desde el interior de una ducha. Corinne le había facilitado mucho el trabajo. Había puntuado a todos los chicos que aspiraban a ingresar en el equipo de sexto, de modo que le bastaba con seleccionar a los que estuvieran disponibles. Lo verdaderamente importante —el motivo de su presencia allí— era asegurarse de que su hijo Ryan, que ahora estaba en sexto, accediera al equipo de la liga estatal. Su hijo mayor, Thomas, que ahora estaba en el instituto, había quedado fuera del equipo de las estrellas cuando tenía la edad de Ryan porque —al menos eso era lo que pensaba Corinne, y Adam estaba más o menos de acuerdo— sus padres no se habían implicado lo suficiente. Aquella tarde había más padres allí para proteger los intereses de sus hijos que por amor al deporte.

Incluido Adam. Era patético, pero así son las cosas.

Adam intentaba olvidar lo que acababa de oír —en cualquier caso, ¿quién demonios era ese tipo?—, pero no lo conseguía. Echó un vistazo a los «informes de los candidatos», pero los veía borrosos. Su mujer era tan organizada, casi obsesiva, que había hecho una lista con los chavales, ordenados del mejor al peor. Cuando seleccionaron a uno de los chicos, Adam lo tachó con un gesto mecánico. Observó la caligrafía perfecta de su mujer, prácticamente como las letras de molde que cuelgan los profesores de tercero en lo alto de la pizarra. Así era Corinne. La chica que llegaba a clase, se lamentaba de que iba a suspender, acababa el examen y sacaba un sobresaliente. Era lista, decidida, guapa y...

¿Mentirosa?

—Vamos a pasar a los equipos para la liga estatal, amigos —propuso Tripp.

El ruido de las sillas arrastrándose por el suelo resonó por la sala de nuevo. Aún descentrado, Adam se unió al corro de cuatro hombres que completarían los equipos A y B para la liga estatal. Aquello era lo que contaba en realidad. Los de la liga escolar se quedaban en la ciudad. Los mejores jugadores pasaban a los equipos A y B y competían viajando por todo el estado.

«Novelty Funsy. ¿Por qué me suena este nombre?».

El entrenador titular del equipo se llamaba Bob Baime, pero Adam siempre lo había identificado con Gastón, el personaje animado de La Bella y la Bestia, la película de Disney. Bob era un tiarrón con una de esas sonrisas luminosas que se ven en la oscuridad. Era ostentoso, orgulloso y cretino, y cada vez que se mostraba en público, pavoneándose, sacando pecho y balanceando los brazos, era como si lo acompañase una banda sonora que dijera: «El más fuerte es Gastón. Solamente Gastón es igual que Gastón. Si dispara Gastón, nunca falla Gastón...».

«Olvídalo —se dijo Adam—. Ese tipo solo quería jugar contigo».

Escoger los equipos debía ser un mero trámite. Cada chaval tenía una puntuación del uno al diez en diversas categorías: manejo del stick, velocidad, pase... Cosas así. Se hacía la suma y se calculaba la media. En teoría, bastaba con echar un vistazo a la lista, poner a los dieciocho primeros chavales en el equipo A, a los dieciocho siguientes en el B, y eliminar a los demás. Sencillo. Pero primero todo el mundo tenía que asegurarse de que sus respectivos hijos estaban en el equipo deseado.

Vale, muy bien.

Luego se seguía el listado de clasificaciones, del primero al último. Las cosas iban bastante bien hasta que llegaron al último puesto del equipo B.

—Deberíamos poner a Jimmy Hoch —declaró Gastón. Bob Baime raramente se limitaba a hablar. La mayoría de las veces emitía dictámenes.

—Pero Jack y Logan tienen mejores puntuaciones —observó uno de sus entrenadores auxiliares, un hombrecillo gris cuyo nombre Adam no conocía.

—Sí, es cierto —declaró Gastón—. Pero conozco a ese chico, Jimmy Hoch. Es mejor jugador que esos dos. Tan solo le fueron mal las pruebas. —Tosió, tapándose la boca con el puño, antes de proseguir—. Además, Jimmy ha tenido un mal año. Sus padres se han divorciado. Deberíamos darle una oportunidad y meterlo en el equipo. De modo que si a nadie le parece mal...

Empezó a escribir el nombre de Jimmy.

—A mí sí —dijo Adam, sin darse cuenta siquiera.

Todas las miradas se volvieron hacia él.

Gastón orientó la barbilla con hoyuelo hacia Adam.

—¿Perdón?

—A mí me parece mal —repitió Adam—. Jack y Logan tienen puntuaciones más altas. ¿Quién tiene la puntuación más alta de los dos?

—Logan —respondió uno de los auxiliares.

Adam repasó la lista y vio las puntuaciones.

—Muy bien, pues es Logan quien debería estar en el equipo. Es el chaval que tiene la mejor valoración y el puesto más elevado en la lista.

Los asistentes a la reunión no emitieron ningún sonido, pero casi se oía la tensión en el ambiente. Gastón no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria. Se inclinó hacia delante y sonrió, mostrando su enorme dentadura.

—No te lo tomes a mal, pero solo has venido a sustituir a tu mujer.

Dijo la palabra «mujer» con cierto retintín, como si tener que sustituir a una mujer implicara falta de hombría.

—Ni siquiera eres entrenador auxiliar.

—Es cierto —respondió Adam—. Pero sé leer números, Bob. La puntuación total de Logan es de seis coma siete. Jimmy solo tiene un seis coma cuatro. Hasta con las matemáticas modernas, seis coma siete sigue siendo mayor que seis coma cuatro. Te puedo hacer una gráfica, si te sirve de ayuda.

Gastón no captó el sarcasmo.

—Pero como acabo de explicar, hay circunstancias atenuantes.

—¿El divorcio?

—Exactamente.

Adam miró a los entrenadores auxiliares, que de pronto habían encontrado en él un espectáculo fascinante.

—Bueno, ¿sabes cuál es la situación doméstica de Jack o de Logan?

—Sé que sus padres siguen juntos.

—Entonces ¿ese es ahora nuestro criterio de selección? —preguntó Adam—. Tu matrimonio va bastante bien, ¿no, Ga...? —Había estado a punto de llamarlo Gastón—. ¿Bob?

—¿Qué?

—Melanie y tú. Sois la pareja más feliz que conozco, ¿no?

Melanie era una rubia menuda y alegre, y parpadeó como si de pronto alguien le hubiera dado una bofetada. A Gastón le gustaba tocarle el culo en público, no tanto como gesto de cariño, ni siquiera de deseo, sino para demostrar que era de su propiedad. Se echó atrás e intentó sopesar sus palabras con cuidado.

—Nos va bien en el matrimonio, sí, pero...

—Bueno, pues eso debería restarle al menos medio punto a la valoración de tu hijo, ¿no? Eso deja a Bob júnior en... déjame ver... un seis coma tres. Equipo B. Lo que quiero decir es que si vamos a aumentar la puntuación de Jimmy porque sus padres tienen problemas, ¿no deberíamos bajar también la de tu hijo, en vista de que sus padres son tan increíblemente perfectos?

—Adam, ¿te encuentras bien? —le preguntó uno de los otros entrenadores auxiliares.

Adam se giró hacia la voz.

—Muy bien.

Gastón empezó a apretar los puños.

«Corinne se lo inventó todo. Nunca estuvo embarazada».

Adam miró fijamente a los ojos a aquel tiarrón y le sostuvo la mirada. «Venga, anímate, grandullón —pensó Adam—. Lúcete». Gastón era el clásico grandullón, todo fachada. Más allá, Adam vio que Tripp Evans los miraba con gesto de sorpresa.

—Esto no es un tribunal —dijo Gastón, luciendo sonrisa—. Se ve que no estás en tu medio.

Adam llevaba cuatro meses sin ver la sala de un tribunal, pero no se molestó en corregirle. Levantó las hojas para que todos las vieran.

—Las evaluaciones están aquí por algún motivo, Bob.

—Y nosotros también —replicó Gastón, pasándose la mano por la negra melena—. Como entrenadores. Como personas que hemos estado observando a los chavales durante años. Nosotros somos los que decidimos en última instancia. Y yo, como jefe de entrenadores, soy quien decide. Jimmy tiene actitud. Eso también importa. No somos ordenadores. Usamos todas las herramientas de que disponemos para seleccionar a los mejores. —Abrió sus enormes manos, intentando hacer volver a Adam al redil—. Y en realidad estamos hablando del último chaval del equipo B. No creo que sea tan importante.

—Yo apuesto a que será muy importante para Logan.

—Yo soy el jefe de entrenadores. La última palabra la tengo yo.

La gente empezaba a marcharse. Adam abrió la boca para decir algo más, pero ¿de qué iba a servir? No iba a ganar aquella discusión y, a fin de cuentas, ¿por qué lo hacía? Ni siquiera sabía quién demonios era ese Logan. Solo le había servido para dejar de pensar en el lío en que lo había metido aquel desconocido. Nada más. Estaba claro. Se levantó de la silla.

—¿Adónde vas? —preguntó Gastón, estirando la barbilla tanto que parecía estar pidiendo un puñetazo.

—Ryan está en el equipo A, ¿no?

—Sí.

Para eso había ido Adam, para defender a su hijo, de ser necesario. Lo demás no importaba.

—Buenas noches a todos.

Adam volvió a la barra del bar. Saludó con un cabeceo a Len Gilman, el jefe de Policía del pueblo, a quien le gustaba trabajar detrás de la barra porque así controlaba que no bebieran demasiado. Len le devolvió el cabeceo y le colocó una botella de Bud delante. Adam le quitó el tapón con un gesto de placer quizás algo exagerado. Tripp Evans tomó asiento a su lado. Len también le colocó una Bud delante. Tripp la levantó y la hizo chocar con la de Adam. Los dos bebieron en silencio mientras se disolvía la reunión. Los demás fueron despidiéndose. Gastón se levantó con un gesto teatral —se le daba muy bien todo lo teatral— y fulminó a Adam con la mirada. Adam levantó la botella en su dirección, como si brindase con él. Gastón se fue hecho una furia.

—¿Haciendo amigos? —preguntó Tripp.

—Soy un tipo sociable —respondió Adam.

—Sabes que es el vicepresidente de la comisión, ¿verdad?

—La próxima vez que lo vea no me olvidaré de hacerle una genuflexión.

—Yo soy el presidente.

—En ese caso, más vale que me compre unas rodilleras.

Tripp asintió. Le gustó aquella ocurrencia.

—Ahora mismo Bob está pasando un mal momento.

—Bob es un capullo.

—Bueno, sí. ¿Sabes por qué sigo en el cargo de presidente?

—¿Te ayuda a ligar?

—Eso también. Y porque si lo dejo, lo asume él.

—No quiero ni pensarlo —dijo Adam, dispuesto a dejar la cerveza en la barra—. Es hora de volver a casa.

—Está sin trabajo.

—¿Quién?

—Bob. Perdió su trabajo hace más de un año.

—Lo siento mucho —lamentó Adam—. Pero eso no es excusa.

—No he dicho que lo fuera. Solo quería que lo supieras.

—Vale. Ya lo sé.

—El caso es que... —prosiguió Tripp Evans—. Ha recurrido a una importante agencia de colocación.

Adam dejó la cerveza.

—¿Y?

—Pues que esa agencia de colocación está intentando encontrarle un nuevo puesto.

—Eso ya me lo has dicho.

—Y la agencia la dirige un tal Jim Hoch.

Adam se quedó de piedra.

—¿Hoch? ¿Como Jimmy Hoch? ¿Su padre?

Tripp no dijo nada.

—¿Por eso quiere que el chaval entre en el equipo?

—¿Tú crees que a Bob le importa que sus padres estén separados?

Adam se limitó a menear la cabeza.

—¿Y a ti te parece bien?

Tripp se encogió de hombros.

—Aquí no hay nada puro. Cuando un padre se implica en el futuro deportivo de su hijo, bueno, ya sabes, es como una leona protegiendo a su cachorro. A veces escogen a un chaval porque es el vecino. A veces, porque su madre está buenísima y se viste provocativa en los partidos...

—¿Y eso lo sabes de primera mano?

—Pillado. Y a veces uno escoge a un chaval porque su padre puede ayudarle a conseguir trabajo. A mí me parece una razón tan válida como la que más.

—Tío, eres de lo más cínico, para ser publicista.

—Sí, lo sé —confesó Tripp con una risotada—. Pero es lo que solemos decir. ¿Hasta dónde llegarías para proteger a tu familiar? Nunca le harías daño a nadie. Yo nunca le haría daño a nadie. Pero si algo amenazara a tu familia, si se tratara de salvar a tu hijo...

—¿Mataríamos?

—Mira a tu alrededor, amigo mío. —Tripp abrió los brazos—. Este pueblo burgués, estos colegios, estos programas, estos chavales, estas familias... A veces me siento, miro a mi alrededor y no me puedo creer la suerte que tenemos todos nosotros. Estamos viviendo un sueño, ¿sabes?

Adam lo sabía. Más o menos. Había pasado de abogado de oficio mal pagado a socio de un bufete especializado en expropiaciones para poder pagarse el sueño. Se preguntaba si valía la pena.

—¿Y si eso es a costa de Logan?

—¿Desde cuándo es justa la vida? Mira, yo tenía unos clientes de una gran empresa de automóviles. Sí, la conoces. Y sí, has leído hace poco en el periódico cómo han tapado un problema en la dirección de sus coches. Ha habido muchos heridos, e incluso muertos. Esos tipos de la casa de coches son realmente majos. Normales. ¿Cómo pudieron permitir que sucediera? ¿Cómo pudieron decidir aumentar el margen de beneficios a riesgo de que muriera gente?

Adam veía adónde quería llegar, pero con Tripp la explicación siempre valía la pena.

—¿Porque son unos cabrones corruptos?

Tripp frunció el ceño.

—Sabes perfectamente que eso no es así. Es como los empleados de las tabacaleras. ¿Ellos también son malvados? ¿Todos? ¿O todos esos santos varones que han tapado los escándalos de la Iglesia o... no sé... que han contaminado los ríos? ¿Son todos unos cabrones corruptos, Adam?

Tripp era así: un papá filósofo de barrio residencial.

—Dímelo tú.

—Todo es cuestión de perspectiva, Adam —le respondió Tripp con una sonrisa. Se quitó la gorra, se alisó el escaso cabello y se la colocó de nuevo—. Los seres humanos no sabemos ser objetivos. Siempre hay algo que nos condiciona. Siempre protegemos nuestros propios intereses.

—Hay una cosa que observo en todos esos ejemplos... —apuntó Adam.

—¿Qué es?

—El dinero.

—Es el origen de todos los males, amigo mío.

Adam pensó en el desconocido. Pensó en sus dos hijos, que en ese momento estarían en casa, tal vez haciendo los deberes o jugando a un videojuego. Pensó en su esposa, y en la convención de profesores de Atlantic City.

—No de todos —puntualizó.

3

El aparcamiento de la American Legion estaba oscuro. Tan solo los resquicios de luz de las puertas de los coches abiertas y los destellos aún más pequeños de los teléfonos móviles contrarrestaban el negro que lo cubría todo. Adam se metió en su coche y se sentó al volante. Por unos momentos no hizo nada. Se limitó a quedarse ahí. Oía puertas de coches que se cerraban. Motores que se encendían. Adam no se movió.

«Podrías haberla dejado...».

Sintió la vibración del teléfono en el bolsillo. Sería, pensó, un mensaje de Corinne. Estaría impaciente por saber cómo había ido la selección. Adam sacó el teléfono y leyó el mensaje. Sí, era de Corinne:

Cómo ha ido??

Tal como pensaba. Adam se quedó mirando el mensaje como si contuviese algún mensaje oculto cuando oyó un golpeteo de nudillos contra el cristal que le hizo dar un respingo. La cabeza de Gastón, del tamaño de una calabaza, cubría toda la ventanilla del acompañante. Le mostró una sonrisa y le indicó con un gesto que bajara la ventanilla. Adam encendió el motor, apretó el botón y vio cómo bajaba el cristal.

—Eh, colega —dijo Gastón—. Sin rencores. Solo ha sido una diferencia de opiniones, ¿verdad?

—Verdad.

Gastón pasó la mano por la ventanilla para estrechársela. Adam le devolvió el saludo.

—Buena suerte esta temporada —dijo Gastón.

—Sí. Y buena suerte con la búsqueda de trabajo.

Gastón se quedó paralizado un segundo. Los dos se quedaron inmóviles: Gastón, imponente, junto a la ventanilla; Adam sentado en el coche, pero sin apartar la mirada. Al final, Gastón soltó la mano y se fue.

Payaso.

El teléfono vibró de nuevo. Otra vez Corinne.

Y bien?!?

Adam se la imaginaba mirando la pantalla, nerviosa, a la espera de una respuesta. No le gustaba marear la perdiz, y no vio motivo para no responder:

Ryan está en el A.

La reacción de ella fue inmediata.

Bien!!! Te llamo en media hora.

Guardó el teléfono, puso el coche en marcha y emprendió el camino a casa. Había exactamente 4,2 kilómetros: Corinne lo había medido con el cuentakilómetros una de las primeras ocasiones en que salió a correr. Adam pasó por la nueva tienda conjunta de Dunkin’ Donuts y Baskin-Robbins en South Maple y giró a la izquierda por la gasolinera Sunoco de la esquina. Cuando llegó a casa era tarde; pero, como siempre, todas las luces estaban encendidas. En los colegios de hoy en día se dedican muchos esfuerzos a hablar de conservación y energías renovables, pero sus dos hijos aún no habían aprendido a salir de una habitación sin dejar las luces encendidas.

Mientras se acercaba a la puerta y sacaba la llave oyó ladrar a su border collie, Jersey. Este le dio la bienvenida como si de un prisionero de guerra liberado se tratase. Adam observó que el cuenco del agua de la perra estaba vacío.

—¿Hola?

No hubo respuesta. A esas horas Ryan quizás estuviera ya durmiendo. Thomas estaría acabando los deberes o también en la cama. Nunca lo pillaba jugando con la consola o perdiendo el tiempo con el ordenador: siempre daba la casualidad de que estaba acabando los deberes y a punto de ponerse a jugar con la consola o a perder el tiempo con el ordenador.

Rellenó el cuenco de agua.

—¿Hola?

Thomas apareció en lo alto de las escaleras.

—Eh.

—¿Has sacado a Jersey a pasear?

—Aún no.

Lo cual, en lenguaje adolescente, significa «No».

—Pues sácala ahora.

—Primero tengo que acabar una cosa de los deberes.

En lenguaje adolescente: «No».

Adam estaba a punto de decirle «Ahora» —era el clásico tira y afloja adolescente-padre—, pero se frenó y se quedó mirando al chico. Se le humedecieron los ojos, aunque contuvo las lágrimas. Thomas se parecía a Adam. Todo el mundo lo decía. Tenía el mismo modo de caminar, la misma risa, el dedo índice de los pies más largo que el pulgar, como él.

Imposible. Era imposible que no fuera hijo suyo. Aunque el desconocido hubiera dicho que...

«¿Es que vas a escuchar lo que dice un desconocido?».

Pensó en todas las ocasiones en que él mismo y Corinne habían advertido a los chicos sobre los desconocidos, sobre el peligro que suponían, todos aquellos consejos para que no se mostraran demasiado solícitos, para no llamar demasiado la atención si se les acercaba un adulto, sobre la creación de un lenguaje de seguridad. Thomas lo había pillado enseguida. Ryan era más confiado por naturaleza. Corinne desconfiaba de esos tipos que merodeaban por los campos de la Liga Escolar, los que se pasaban allí la vida, con una necesidad casi patológica de entrenar a los chavales, aunque hiciera años que sus hijos habían dejado la escuela o, peor aún, aunque no tuvieran hijos. Adam no había hecho nunca mucho caso, aunque quizás hubiera un motivo más oscuro: quizá fuera que, cuando se trataba de sus hijos, no confiaba en nadie, no solo en los que podían despertar sospechas.

Así era más fácil, ¿no?

Thomas vio algo en el rostro de su padre. Hizo una mueca y bajó las escaleras con el típico movimiento de los adolescentes, prácticamente dejándose caer, como si una mano invisible le empujara desde atrás y a sus pies les costara mantener el ritmo.

—Ya saco a Jersey ahora. Tampoco pasa nada —dijo.

Pasó junto a su padre y agarró la correa. Jersey ya estaba pegada a la puerta, lista para salir. Siempre dispuesta, como cualquier perro. Y mostraba su intenso deseo de salir colocándose frente a la puerta, pero impidiendo así su apertura. Perros.

—¿Dónde está Ryan? —preguntó Adam.

—En la cama.

Adam echó un vistazo al reloj del microondas. Las diez y cuarto. La hora de irse a la cama de Ryan eran las diez, aunque le permitían leer en la cama hasta las diez y media. Al igual que Corinne, Ryan era muy disciplinado. Nunca tenían que recordarle que eran las diez menos cuarto. Por la mañana, se levantaba en cuanto sonaba el despertador, se duchaba, se vestía y se preparaba el desayuno él mismo. Thomas era diferente. Adam se había planteado más de una vez comprarse un bastón eléctrico para ganado para sacar a su hijo de la cama por la mañana.

«Novelty Funsy...».

Adam oyó cómo se cerraba la puerta con mosquitera al salir Thomas y Jersey. Subió y fue a ver a Ryan. Se había dormido con la luz encendida, con la última novela de Rick Riordan caída sobre el pecho. Adam entró de puntillas, cogió el libro, encontró un punto de libro, se lo puso y lo cerró. Alargó la mano hacia el interruptor de la lámpara, pero en aquel momento Ryan se movió.

—¿Papá?

—Eh.

—¿He entrado en el equipo A?

—El correo electrónico sale mañana, colega.

Una mentirijilla. Se suponía que aún no se sabía. Los entrenadores no debían decírselo a los chavales hasta que se enviaran los correos de confirmación por la mañana, para que todo el mundo lo supiera a la vez.

—Vale.

Ryan cerró los ojos y se durmió antes de tocar la almohada con la cabeza. Adam se quedó mirando a su hijo durante un momento. En el aspecto físico, Ryan se parecía a su madre. Eso hasta aquel momento no había significado gran cosa para Adam —de hecho, hasta le había gustado la idea—, pero ahora, esa noche, le hacía preguntarse cosas. A lo mejor era una tontería, pero ahí estaba. Un camino sin retorno. Ese resquemor que no le dejaría en paz, aunque... ¿qué narices? Aunque fuera cierto, no cambiaría nada. Miró a Ryan y experimentó la sensación sobrecogedora que lo asaltaba a veces al mirar a sus hijos: en parte felicidad en estado puro, en parte miedo por lo que pudiera ocurrirles en este mundo cruel, en parte deseos y esperanzas, todo ello mezclado en la única cosa de todo el planeta que le parecía completamente pura. Suena cursi, sí, pero es lo que hay. Pureza. Eso es lo que ves cuando miras a tu hijo: una pureza que solo podría derivar de un amor genuino, incondicional.

Quería muchísimo a Ryan.

Y si descubriera que Ryan no era hijo suyo, ¿se perdería todo eso? ¿Puede desaparecer algo así? ¿Acaso importaba?

Sacudió la cabeza y se volvió. Ya había tenido su buena ración de filosofía y paternidad por una noche. De momento, no había cambiado nada. Un tío raro le había soltado un rollo sobre un embarazo falso. Eso era todo. Adam llevaba suficiente tiempo trabajando en el sistema legal para saber que no se puede dar nada por seguro. Uno hace su trabajo. Investiga. La gente miente. Investiga porque sus ideas preconcebidas suelen saltar por los aires con demasiada frecuencia.

Sí, algo en su interior le decía que las palabras del desconocido tenían algo de cierto, pero el problema era ese: cuando escuchas tu voz interior, muchas veces no haces más que alimentar la incertidumbre.

«Haz tu trabajo. Investiga».

«¿Cómo?».

«Muy sencillo. Empieza con Novelty Funsy».

Tenían un ordenador de sobremesa para toda la familia en el salón. Había sido idea de Corinne. En casa no habría búsquedas secretas (léase porno). Adam y Corinne lo sabrían todo —o esa era la idea— y actuarían como padres maduros y responsables. Pero Adam no tardó en darse cuenta de que esa política era inútil o tonta. Los chicos podían buscar cosas en internet —también porno— a través de sus teléfonos. Podían ir a casa de un amigo. Podían coger uno de los portátiles o de las tabletas que había por la casa.

También era un intento por fomentar la responsabilidad de los chicos. Enseñarles a hacer lo correcto porque es lo correcto, no porque mamá o papá te estén controlando. Por supuesto, al principio todos los padres creen en esas cosas, pero muy pronto te das cuenta de que, en asuntos de educación, los atajos están ahí por algo.

El otro problema era más evidente: si querías usar el ordenador para lo que se supone que hay que usarlo —para estudiar o hacer deberes—, el ruido de la cocina y de la televisión sin duda suponían una distracción. Así que Adam había trasladado el escritorio al pequeño hueco que había bautizado, con suma generosidad, como «estudio», una salita que era demasiadas cosas para demasiadas personas. A la derecha estaban amontonados los ejercicios de los alumnos de Corinne, a la espera de recibir su calificación. Los deberes de los chavales siempre estaban desordenados, y en la impresora era fácil encontrar el borrador de una redacción abandonado como un soldado herido en el campo de batalla. Las facturas se amontonaban sobre la silla, a la espera de que Adam las pagara por internet.

El navegador estaba abierto, y mostraba la página web de un museo. Uno de los chicos debía de haber estado estudiando la antigua Grecia. Adam repasó el historial de búsquedas para comprobar qué había estado viendo, aunque los chavales habían aprendido lo suficiente como para dejar algún rastro incriminatorio. Aunque nunca se sabía. Una vez, Thomas había dejado su perfil de Facebook abierto por error. Adam se había sentado al ordenador y se había quedado mirando la página de inicio, intentando combatir la tentación de echar un vistazo al historial de mensajes de su hijo.

Había perdido aquella batalla.

Tras unos cuantos mensajes, lo había dejado. Su hijo estaba seguro —eso era lo importante—, pero la intrusión en la intimidad de su hijo le había afectado. Se había enterado de cosas que se suponía que no debía saber. Nada terrible. Nada estrepitoso. Pero cosas de las que quizás un padre debiera hablar a su hijo. Y ahora ¿qué se suponía que debía hacer con esa información? Si hablaba de ello a Thomas, tendría que admitir que había curioseado en su vida privada. ¿Valía la pena? Se planteó contárselo a Corinne, pero dejó que pasara un tiempo y, ya más relajado, se dio cuenta de que los mensajes que había leído no eran anormales, que él mismo había hecho cosas durante su adolescencia que no habría querido compartir con sus padres, que tan solo las había superado al madurar y que, si sus padres le hubieran espiado y le hubieran hecho hablar de ellas, probablemente habría sido peor.

Así que lo dejó estar.

Desde luego, criar a un hijo no es para flojos.

«Estás desviando el tema, Adam».

Sí, era consciente de ello. Así que a centrarse. Aquella noche no había nada espectacular en el historial. Uno de los chicos —tal vez Ryan— estaba estudiando, efectivamente, la antigua Grecia, o quizás estuviera profundizando en su libro de Riordan. Había enlaces que llevaban a Zeus, Hades, Hera e Ícaro. Así que, de manera más específica, la mitología griega. Retrocedió en el historial hasta el día anterior. Vio una búsqueda de indicaciones para llegar al Borgata Hotel Casino & Spa de Atlantic City. Tenía sentido. Ahí era donde se alojaba Corinne. También había buscado el programa de la convención y lo había examinado.

Prácticamente no había nada más.

Ya estaba bien de posponerlo.

Abrió la página web de su banco. Corinne y él tenían dos cuentas Visa. Entre ellos, las llamaban «personal» y «negocios», pero solo a efectos de contabilidad. Usaban la tarjeta de «negocios» para lo que consideraban un gasto profesional; por ejemplo, la convención de profesores en Atlantic City. Para todo lo demás usaban la tarjeta personal, y por eso fue la primera que consultó.

Tenían una herramienta de búsqueda universal. Introdujo la palabra novelty. No apareció nada. Pues bueno, pues vale. Se desconectó e hizo la misma búsqueda con la Visa de negocios.

Y ahí estaba.

Había un cargo de algo más de dos años antes, a una empresa llamada Novelty Funsy, por valor de 387,83 dólares. En el silencio, Adam oía incluso el murmullo del ordenador.

¿Cómo? ¿Cómo podía saber de ese cargo el desconocido? Ni idea.

Adam había visto el cargo en su momento, ¿no? Sí, estaba seguro. Buscó en lo más profundo de su cerebro, combinando recuerdos. Había estado ahí sentado, comprobando los cargos de la Visa. Le había preguntado por ese a Corinne. Ella se lo había aclarado. Había dicho algo sobre elementos de decoración para el aula. Le había sorprendido el importe, recordó. Le había parecido alto. Corinne había dicho que el colegio iba a reembolsárselo.

Novelty Funsy. No sonaba a nada perverso, ¿no?

Adam abrió otra ventana del navegador y buscó en Google «Novelty Funsy». Google respondió:

Mostrando resultados para Novelty Fancy No hay resultados para Novelty Funsy

Vaya. Eso sí que era raro. Google lo encontraba todo. Adam se apoyó en el respaldo de la silla y se replanteó sus opciones. ¿Por qué no iba a haber ni una coincidencia para Novelty Funsy? La empresa era real. El cargo de la Visa lo dejaba claro. Supuso que venderían algún tipo de elemento decorativo o..., bueno, artículos de fiesta divertidos.

Adam se mordió el labio inferior. No lo entendía. Un desconocido se le acerca y le dice que su mujer le ha mentido —durante mucho tiempo, según parecía— sobre su embarazo. ¿Y él quién era? ¿Por qué iba a hacerlo?

Vale, de momento podía dejar de lado esas dos preguntas y centrarse en la que más le importaba: ¿era cierto?

Adam habría querido limitarse a decir que no y seguir a lo suyo. Pese a todos sus posibles problemas, cicatrices lógicas tras dieciocho años de matrimonio, confiaba en ella. Muchas cosas se perdían con el tiempo, desaparecían, se disolvían o —siendo optimistas— cambiaban, pero lo único que permanece en cualquier caso y adquiere mayor cohesión es el vínculo de protección familiar: tu cónyuge y tú sois un equipo. Estáis en el mismo bando, estáis juntos en esto, y os cubrís las espaldas. Tus victorias son las suyas. Y también tus fracasos.

Adam confiaba en Corinne al máximo. Y sin embargo...

Lo había visto un millón de veces en su trabajo. En pocas palabras: la gente te engaña. Corinne y él podían ser una unidad cohesionada, pero también eran individuos. Sería bonito confiar de manera incondicional y olvidarse de la aparición del desconocido —y justo eso era lo que se sentía tentado de hacer—, pero aquello se acercaba demasiado a la imagen proverbial de quien mete la cabeza en la arena. La vocecilla que sembraba la duda en el fondo de la mente quizá se callara del todo un día, pero nunca desaparecería.

Al menos, hasta que estuviera seguro.

El desconocido había dicho que la prueba era ese cargo de Visa aparentemente inocuo. Tenía que comprobarlo, por sí mismo y —sí— por Corinne. Ella tampoco querría que la vocecilla les acompañara toda la vida, ¿no? Así que llamó al número gratuito de Visa. Una voz grabada le pidió que introdujera el número de tarjeta, la fecha de caducidad y el código CVV del dorso. Intentó darle la información de forma automática, pero al final la grabación le preguntó si quería hablar con un agente. Un agente. Como si estuviera llamando al FBI. Contestó «sí» y oyó el tono de llamada del teléfono.

Cuando se puso la agente, le hizo repetir la misma información exactamente —¿por qué hacen siempre eso?—, junto con las cuatro últimas cifras de su número de la seguridad social y su dirección.

—¿En qué puedo ayudarle, señor Price?

—Hay un cargo a mi tarjeta Visa de una empresa llamada Novelty Funsy.

Ella le pidió que le deletreara «Funsy». Luego:

—¿Tiene el importe y la fecha de la transacción?

Adam le dio la información. Se esperaba algún problema al comunicar la fecha —el cargo tenía más de dos años de antigüedad—, pero la agente no hizo ningún comentario al respecto.

—¿Qué información necesita, señor Price?

—No recuerdo haber comprado nada de una empresa llamada Novelty Funsy.

—Hum —dijo la agente.

—¿Hum?

—Hum. Algunas compañías no facturan con su nombre real. Ya sabe, por discreción. Como cuando va a un hotel y le dicen que el título de la película de pago no aparecerá en su cuenta de gastos.

Estaba hablando de pornografía o de algo relacionado con el sexo.

—No es este el caso.

—Bueno, pues vamos a ver qué es, entonces. —Por el teléfono se oyó cómo tecleaba en su ordenador—. Novelty Funsy aparece como un negocio detallista. Eso suele indicar que es una empresa que valora la privacidad. ¿Eso le sirve de ayuda?

Sí y no.

—¿Hay algún modo de pedirles un recibo detallado?

—Por supuesto. Puede que tarde unas horas.

—No es ningún problema.

—Tenemos una dirección de correo electrónico en su ficha. —Se la leyó—. ¿Se lo enviamos allí?

—Sí, perfecto.

La agente le preguntó si podía ayudarle con alguna otra cosa. Él dijo que no, gracias. Ella le deseó que pasara buena noche. Él colgó el teléfono y se quedó mirando al listado de cargos en la pantalla. Novelty Funsy. Ahora que lo pensaba, también podía ser un nombre de un sex shop.

—¿Papá?

Era Thomas. Adam se apresuró a apagar la pantalla como..., bueno, como habría hecho uno de sus hijos si estuviera viendo porno.

—Eh —dijo Adam, como si nada—. ¿Qué hay?

Si su hijo había notado algo raro, no lo demostró. Los adolescentes eran increíblemente despistados y egocéntricos. Y en aquel momento, Adam lo agradeció. A Thomas no le interesaba lo más mínimo lo que pudiera estar haciendo su padre en internet.

—¿Me puedes llevar a casa de Justin?

—¿Ahora?

—Tiene mis pantalones.

—¿Qué pantalones?

—Los pantalones de deporte. Para el entrenamiento de mañana.

—¿Y no puedes ponerte otros?

Thomas miró a su padre como si le hubiera salido un cuerno en la frente.

—El entrenador dice que tenemos que llevar los pantalones reglamentarios al entrenamiento.

—¿Y Justin no te los puede llevar al colegio mañana?

—Se suponía que tenía que traérmelos hoy. Se le va la cabeza.

—¿Y qué has usado hoy?

—A Kevin le sobraba un par. De su hermano. Pero me iban grandes.

—¿Y no le puedes decir a Justin que los meta en la mochila ahora mismo?

—Sí que podría, pero no lo hará. Solo son cuatro manzanas. Y no me iría mal practicar con el coche.

Thomas acababa de sacarse el carné la semana anterior, el equivalente a una prueba de estrés para padres sin necesidad de electrocardiograma.

—Vale, bajo en un momento.

Adam limpió el historial de navegación y bajó. Jersey esperaba que contaran con ella para otro paseo y les puso aquellos ojos de «no puedo creerme que me dejéis aquí» al verlos pasar de largo. Thomas cogió las llaves y se puso al volante.

Adam conseguía mantener la calma en el asiento del acompañante. Corinne era una controladora obsesiva, y no dejaba de dar instrucciones y advertencias. Casi se le iba el pie a un pedal de freno imaginario. Cuando Thomas puso el coche en marcha, Adam se volvió y estudió el perfil de su hijo. Le estaba apareciendo algo de acné en las mejillas, y también empezaba a salirle algo de vello, al estilo de las patillas de Lincoln, no por el volumen, pero sí por la silueta. El caso era que su hijo ya tenía que afeitarse. No todos los días. No más de una vez por semana, pero lo hacía. Thomas llevaba pantalones cortos de corte militar. Tenía las piernas peludas. Y unos ojos azules muy bonitos. Todo el mundo lo decía. Tenían ese azul brillante del hielo.

Thomas se detuvo frente a la casa de su amigo. Tal vez se pegó demasiado al bordillo derecho.

—Serán dos segundos —dijo.

—Vale.

Thomas echó el freno y salió corriendo hacia la puerta principal.

Para su sorpresa, abrió la madre de Justin, Kristin Hoy. Adam la reconoció por el brillo de su rubia melena. Kristin daba clase en el mismo instituto que Corinne. Las dos se habían hecho bastante amigas. Adam había supuesto que estaría en Atlantic City, pero luego recordó que la convención era de profesores de historia y lenguas. Kristin daba clase de matemáticas.

Kristin sonrió y le saludó desde lejos. Él le devolvió el saludo. Thomas desapareció en el interior de la casa, y Kristin aprovechó para acercarse al coche. Sería políticamente incorrecto pensarlo, sí, pero Kristin Hoy era una de esas MILF. Adam se lo había oído decir a muchos amigos de Thomas, aunque se lo habría podido imaginar él mismo. En ese momento se le acercaba contoneándose con sus vaqueros pintados y un top blanco ajustado. Participaba en competiciones de culturismo o algo así. Adam no sabía muy bien qué era, pero había alcanzado el nivel pro, fuera lo que fuese eso. Él nunca había sido un gran admirador de las culturistas tradicionales, y, en efecto, Kristin aparecía excesivamente fibrosa en alguna de sus fotos de competición. Su cabello también era de un rubio casi exagerado; su sonrisa, quizá demasiado blanca, y su bronceado, tal vez anaranjado en exceso, pero en persona tenía un aspecto sensacional.

—Hola, Adam.

Adam no estaba seguro de si debía salir del coche. Decidió quedarse dentro.

—Eh, Kristin.

—¿Corinne sigue fuera?

—Sí.

—Pero vuelve mañana, ¿verdad?

—Eso.

—Muy bien. Ya le diré algo. Tenemos que entrenar. Tengo los estatales en dos semanas.

En su página de Facebook afirmaba ser una «modelo de fitness» y «WBFF Pro». Corinne la envidiaba por su cuerpo. De un tiempo a esa parte habían empezado a entrenar juntas. Como suele ocurrir con la mayoría de las cosas buenas, un hábito potencialmente positivo se estaba convirtiendo en una especie de obsesión.

Thomas ya había regresado con los pantalones.

—Adiós, Thomas.

—Adiós, señora Hoy.

—Buenas noches, chicos. No os divirtáis demasiado ahora que no está mamá —dijo, y volvió contoneándose hacia la casa.

—Es un poco pesada —sentenció Thomas.

—No digas eso. No está bien.

—Deberías ver su cocina.

—¿Por qué? ¿Qué le pasa a su cocina?

—Tiene fotos suyas en bikini en la nevera —contestó Thomas—. Es desagradable.

Para eso no tenía respuesta. Pero en el momento en que el coche se puso en marcha, vio que Thomas sonreía.

—¿Qué pasa? —preguntó Adam.

—Kyle la llama «la Gamba» —respondió Thomas.

—¿A quién?

—A la señora Hoy.

Adam se preguntó si aquello tenía connotaciones sexuales, como MILF, o algo así.

—¿La Gamba?

—Bueno, es lo que se dice de una que no es guapa de cara... pero tiene un buen cuerpo.

—No te sigo.

—Como las gambas —se explicó Thomas—. Que les quitas la cabeza, y el cuerpo está riquísimo.

Adam intentó contener una sonrisa mientras meneaba la cabeza en señal de desaprobación. Iba a reñirle a su hijo (al tiempo que se preguntaba cómo hacerlo sin que le diera la risa tonta) cuando sonó el teléfono. Miró la pantalla.

Era Corinne.

Apretó el botón de rechazar. Tenía que prestar atención a la conducción de su hijo. Corinne lo entendería. Estaba a punto de meterse el teléfono en el bolsillo cuando sintió que vibraba. No podía ser el mensaje del contestador: demasiado rápido. Era un correo electrónico de su banco. Lo abrió. Había enlaces para ver el detalle de sus compras, pero Adam apenas los vio.

—¿Papá? ¿Todo bien?

—No apartes la vista de la calzada, Thomas.

Ya lo miraría de arriba abajo cuando llegara a casa; pero, en ese momento, la primera línea del email le decía más de lo que quería saber.

Novelty Funsy es el nombre de facturación del siguiente detallista online:

Fake-A-Pregnancy.com*

4

Ya en casa, en su pequeño estudio, Adam hizo clic sobre el enlace del mensaje y vio aparecer la página web en la pantalla.

Fake-A-Pregnancy.com.

Adam intentó no reaccionar. Sabía que internet ofrecía soluciones para todos los gustos y caprichos, incluso los que desafiaban a la imaginación, pero el hecho de que hubiera toda una página web dedicada a fingir embarazos era una de esas cosas que hace que a un ser humano racional le vengan ganas de bajar los brazos, echarse a llorar y admitir la victoria de nuestros instintos más bajos.

Bajo el gran rótulo de color rosa, en un tamaño de letra algo menor, decía: ¡LOS MEJORES ARTÍCULOS DE BROMA!

¿Artículos de broma?

Seleccionó el enlace de «tu cesta de la compra». El primero de la lista era un «¡NUEVO falso test de embarazo!». Adam sacudió la cabeza. El precio habitual, de 34,95 dólares, estaba tachado en rojo, y a su lado aparecía el nuevo: 19,99 dólares, y en letra cursiva, debajo, «¡Ahorras 15 dólares!».

«Bueno, gracias por el ahorro. Espero que mi mujer aprovechara el descuento».

El artículo se enviaba en veinticuatro horas, con un «embalaje discreto». Siguió leyendo:

¡Úsalo del mismo modo en que usarías un test de embarazo normal!

Orina sobre la tira y lee el resultado.

¡Da positivo siempre!

Adam sintió la boca seca.

¡Asusta de muerte a tu novio, a tus suegros, a tu prima o a tu profesor!

¿La prima? ¿El profesor? ¿Quién demonios quiere asustar a la prima o al profesor haciéndoles creer...? No quería ni pensarlo.

Había una advertencia en letra pequeña al fondo:

ADVERTENCIA: Este artículo podría ser usado de forma irresponsable. Al rellenar y enviar el siguiente formulario, el comprador se compromete a no usar este producto con fines que puedan ser ilegales, inmorales, fraudulentos o lesivos para otros.

Increíble. Hizo clic en la imagen y amplió el envoltorio. El test era una tira blanca con una cruz roja que indicaba el embarazo. Adam se devanó los sesos. ¿Era ese el test que había usado Corinne? No lo recordaba. ¿Se había molestado él en verlo? No estaba seguro. Todos se parecían, ¿no?

Pero en ese momento recordó que Corinne se había hecho el test cuando él estaba en casa.

Aquello era nuevo para ella. Con Thomas y Ryan, Corinne se había limitado a recibirlo en la puerta de casa con una gran sonrisa y le había disparado la noticia. Pero esa última vez ella había insistido en que él estuviera presente. Eso lo recordaba. Él estaba tendido en la cama, viendo la tele, zapeando. Ella había entrado en el baño. Él pensaba que el test llevaría unos minutos, pero no había sido así. Corinne había salido corriendo del baño con el test en la mano.

«¡Adam, mira! ¡Estoy embarazada!».

¿El test tenía ese aspecto?

No lo recordaba.

Adam seleccionó el segundo enlace y hundió la cabeza entre las manos.

¡BARRIGAS DE SILICONA!

Las había de diversos tamaños: primer trimestre (semanas 1-12), segundo trimestre (semanas 13-27) y tercer trimestre (semanas 28-40). También había un tamaño extragrande y uno para gemelos, trillizos e incluso cuatrillizos. Había una foto de una bella mujer mirando con ternura su vientre «de embarazada». Llevaba un vestido de novia blanco y un ramo de lirios en la mano.

El reclamo en la parte superior decía:

¡Nada como estar embarazada para ser el centro de atención!

Y, debajo, un subtítulo menos sutil:

¡Verás qué regalos te hacen!

El producto estaba hecho de «silicona de uso médico», descrita como «¡lo más parecido a la piel que se ha inventado nunca!». En la parte inferior había testimonios de «clientes reales de Fake-A-Pregnancy». Adam abrió uno. Una guapa morena sonreía a la cámara y decía: «¡Hola! Me encanta mi barriga de silicona. ¡Es muy natural!». Luego explicaba que le había llegado solo en dos días hábiles (no tan rápido como el test de embarazo, pero tampoco es algo que necesites con tanta prisa, ¿no?) y que ella y su marido iban a adoptar un niño y no querían que sus amigos lo supieran. La segunda mujer —esta vez una pelirroja delgada— explicaba que ella y su marido habían contratado un vientre de alquiler y no querían que sus amigos se enteraran. (Adam esperaba por su propio bien que sus amigos no fueran tan raritos como para frecuentar aquella página web de vez en cuando.) El último testimonio era de una mujer que había usado el vientre falso para jugarles «una mal pasada» a sus amigos.

Debía de tener unos amigos bastante curiosos.

Adam volvió a la página del carrito de la compra. El último artículo era... oh, Dios... unas ecografías falsas.

¡En 2-D o 3-D! ¡Tú eliges!

Las falsas ecografías estaban a la venta por 29,99 dólares. En brillante, mate, o incluso transparencia. Había campos que podías rellenar, poniendo el nombre del médico, el nombre de un hospital o una clínica, y la fecha de la ecografía. Se podía escoger el sexo del feto o la probabilidad («Varón: 80 % de posibilidades»), por no hablar del tiempo de gestación, de fetos gemelos... Lo que fuera. Por 4,99 dólares más se podía «añadir un holograma a la ecografía falsa para darle un aspecto más auténtico».

La cabeza le daba vueltas. Corinne no habría escatimado en gastos con la ecografía, ¿no? No lo recordaba.

Una vez más, la página web lo presentaba como si la gente comprara ese tipo de cosas para gastar bromas.

¡Perfecto para despedidas de soltero!

Sí, para partirse de la risa.

¡Perfecto para fiestas de cumpleaños e incluso bromas de Navidad!

¿Bromas de Navidad? ¿Empaquetar de regalo un test de embarazo y dejarlo bajo el árbol para papá y mamá? Sí, risas garantizadas.

Por supuesto, presentar todo aquello como «artículo de broma» no era más que una protección contra posibles denuncias. Era imposible que los dueños de la página web no supieran que la gente lo usaba para engañar.

«Eso es, Adam. Sigue indignándote. Sigue sin asumir lo evidente».

Volvía a sentir aquella sensación de aturdimiento. De momento, no podía hacer nada más. Se iría a la cama. Se estiraría y pensaría en ello. «No hagas nada precipitado. Hay demasiado en juego. Mantén la calma. Bloquea tus reacciones, si es necesario».

Pasó junto a los dormitorios de tus hijos en dirección al suyo. Sus habitaciones, toda aquella casa, de pronto le parecieron de lo más frágiles, un cascarón de huevo, y sentía que, si no iba con cuidado, lo que le había dicho el desconocido podía llegar a aplastarlos a todos.

Entró en el dormitorio que compartía con su esposa. En la mesilla de noche de Corinne había una novela en rústica; era el debut literario de una mujer paquistaní. A su lado, un ejemplar de la revista Real Simple con las esquinas dobladas para marcar las páginas. También había unas gafas de cerca. La graduación era muy baja, y a Corinne no le gustaba llevarlas en público. El radio-despertador era también un punto de recarga para su iPhone. Adam y Corinne tenían gustos musicales similares. Bruce Springsteen era uno de sus favoritos. Habían asistido a una docena de conciertos. En algún momento, Adam siempre se dejaba llevar por la música hasta perder el control. Corinne siempre escuchaba concentrada. A veces se movía un poco, pero tenía la mirada puesta en el escenario casi todo el rato.

Adam, mientras tanto, bailaba como un idiota.

Entró en el baño y se cepilló los dientes. Corinne usaba un nuevo cepillo de dientes eléctrico supersónico de última tecnología que parecía un artilugio de la NASA. Adam usaba un cepillo clásico. Había una cajita de una crema L’Oréal. En el aire aún flotaba un rastro del olor químico del tinte. Probablemente, Corinne se había retocado algún pelo gris antes de salir para Atlantic City. Decía que le salían de uno en uno, y se daba cuenta cuando estaban largos. En tiempos se los arrancaba y se los quedaba mirando. Luego fruncía el ceño, los levantaba y decía: «Tiene la textura y el color de la lana de acero».

Le sonó el móvil. Miró la pantalla, pero ya sabía quién era. Escupió la pasta de dientes, se aclaró a toda prisa y lo cogió.

—Eh —dijo.

—¿Adam?

Por supuesto, era Corinne.

—Sí.

—He llamado antes —dijo. Adam detectó un atisbo de miedo en su voz—. ¿Por qué no has respondido?

—Thomas estaba al volante. No quería distraerme.

—Oh. —Al fondo se oían música y risas. Probablemente estuviera en el bar con sus colegas—. ¿Y qué tal ha ido la noche?

—Bien. Está en el equipo.

—¿Qué tal Bob?

—¿Qué quieres decir con eso de qué tal Bob? Ha hecho el payaso. Como siempre.

—Tienes que ser más agradable con él, Adam.

—No, no tengo por qué.

—Quiere pasar a Ryan al equipo B para que no le haga competencia a Bob júnior. No le des una excusa.

—¿Corinne?

—¿Sí?

—Es tarde y mañana tengo un día muy cargado. ¿Podemos hablar mañana?

Entre el ruido de fondo se oyó a alguien —un hombre— que se partía de la risa.

—¿Va todo bien? —preguntó ella.

—Bien —respondió él, y colgó.

Limpió el cepillo de dientes y se lavó la cara. Dos años atrás, cuando Thomas tenía catorce años, y Ryan, diez, Corinne se había quedado embarazada. Había sido una sorpresa. Con la edad, a Adam le habían detectado una baja cantidad de espermatozoides, así que habían acabado por prescindir `de métodos anticonceptivos; se limitaban a rezar en silencio por que no ocurriera. Por supuesto, aquello era una irresponsabilidad por su parte. No es que hubieran decidido juntos que no querían más hijos. Tan solo parecía —al menos hasta aquel momento— que ese era el acuerdo tácito entre los dos.

Adam se miró al espejo. La vocecita en lo hondo de su cerebro seguía insistiendo. Recorrió el pasillo de puntillas. Encendió el ordenador, abrió el navegador y buscó «Test de ADN». El primero lo vendían en Walgreens. Estaba a punto de realizar el pedido, pero se lo pensó mejor. Corría el riesgo de que alguien abriera la caja. Lo recogería en mano al día siguiente.

Adam volvió a su habitación y se sentó en la cama. El olor de Corinne, sus intensas feromonas, pese al paso de los años, seguía flotando en el ambiente, o quizá fuera su imaginación desbocada.

Le volvió a la mente la voz del desconocido.

«Podrías haberla dejado».

Adam apoyó la cabeza en la almohada y parpadeó, mirando al techo, abrumado por el concierto de sonidos casi imperceptibles de su casa en silencio.

5

Adam se despertó a las siete. Ryan estaba esperando junto a la puerta de su dormitorio.

—¿Papá...?

—Sí.

—¿Puedes mirar el correo y comprobar si el entrenador Baime ya ha enviado los resultados?

—Ya lo he hecho. Estás en el equipo A.

Ryan no lo celebró de manera ostentosa. Él no era así. Asintió e intentó contener la sonrisa.

—¿Puedo ir a casa de Max después de clase?

—¿Y qué vais a hacer, con el día tan bonito que hace?

—Sentarnos a oscuras a jugar con videojuegos —respondió Ryan. Adam frunció el ceño, pero sabía que Ryan le estaba tomando el pelo—. También vienen Jack y Colin. Vamos a jugar al lacrosse.

—Vale. —Adam sacó las piernas de la cama—. ¿Ya has desayunado?

—Aún no.

—¿Quieres que te haga mis «huevos a la papá»?

—Solo si prometes no llamarlos «huevos a la papá».

Adam sonrió.

—Trato hecho.

Por un momento, Adam se olvidó de la noche anterior, del desconocido, de Novelty Funsy y de Fake-A-Pregnancy. com. Todo eso le parecía un sueño, casi como si de imaginaciones suyas se tratara. Pero, por supuesto, sabía que no lo eran. Estaba bloqueándolo. De hecho, había dormido bastante bien. Si había soñado algo, no lo recordaba. Adam solía dormir bien. Era Corinne quien pasaba horas despierta, preocupada por todo. En algún momento de su vida, Adam había aprendido a no preocuparse por lo que no podía controlar, a relajarse. Ahora se preguntaba si lo que hacía era desconectar o tan solo bloquear.

Bajó las escaleras y preparó el desayuno. Los «huevos a la papá» eran huevos revueltos con leche, mostaza y parmesano. Cuando Ryan tenía seis años le encantaban, pero tal como suele ocurrir con los niños, creció y un día decidió que eran «tontos». Después de eso decidió que no volvería a tocarlos. Su nuevo entrenador acababa de decirle que debía empezar el día con un desayuno rico en proteínas, con lo que los «huevos a la papá» habían recuperado su protagonismo, como un musical clásico de reestreno.

Al ver a su hijo atacar el plato como si este le hubiera ofendido, intentó evocar la imagen de Ryan a los seis años comiéndose esos mismos huevos en esa misma cocina. No conseguía recuperar la imagen.

Thomas había ido a clase con un compañero, así que Adam llevó a Ryan en coche, en un cómodo silencio. Pasaron por un Baby Gap y por una escuela de kárate Tiger Schulmann. Habían abierto un Subway en aquel local «muerto» de la esquina, ese rincón del pueblo donde parece que no funciona ningún negocio. Ya había sido una tienda de bagels, una joyería, una tienda de una cadena de colchones caros y un Blimpie, que Adam siempre había considerado lo mismo que un Subway.

—Adiós, papá. Gracias.

Ryan saltó del coche sin darle un beso en la mejilla. ¿Cuándo había dejado de darle besos? No lo recordaba.

Dio la vuelta en Oak Street, pasó por el 7-Eleven y vio el Walgreens. Soltó un suspiro. Aparcó y se quedó sentado en el coche unos minutos. Un anciano pasó a su lado aferrando su bolsa de medicinas entre la mano nudosa y el manillar de su andador. Le echó una mirada desconfiada a Adam, aunque quizá fuera el único tipo de mirada que tenía.

Adam entró y cogió un pequeño cesto para la compra. Necesitaban pasta de dientes y jabón antibacteriano, pero todo eso era una excusa. Recordó sus tiempos de juventud, cuando echaba algunos cuantos artículos de tocador en la cesta para que no se notara mucho que en realidad quería comprar preservativos, que permanecerían sin usar en su cartera hasta que el tiempo los cuartease.

Las pruebas de ADN estaban junto al mostrador. Adam se acercó, haciendo todo lo posible por parecer tranquilo. Miró a la izquierda. Miró a la derecha. Cogió la caja y leyó el dorso:

EL 30 % DE LOS «PADRES» QUE HACEN ESTA PRUEBA DESCUBREN QUE EL HIJO QUE ESTÁN CRIANDO NO ES SUYO.

Dejó la caja en el estante y se alejó a toda prisa, como si la caja pudiera hacerlo volver atrás. No. Eso no lo haría. Al menos, no de momento.

Llevó el resto de los artículos a la caja, cogió un paquete de chicles y pagó. Cogió la carretera 17, dejó atrás unas cuantas tiendas más de colchones (¿a qué se debería esa afición por los colchones en el norte de Nueva Jersey?) y se fue al gimnasio. Se cambió y se fue a la sala de pesas. Adam se había pasado toda la vida adulta explorando un batiburrillo de actividades físicas tales como yoga (le faltaba de flexibilidad), pilates (le resultó extraño), boot camp (para eso era preferible alistarse), zumba (mejor no hacer preguntas), aquagym (por poco se ahoga) o spinning (vaya dolor de culo), pero al final siempre volvía a las pesas. A veces lo asaltaban las ganas de tensar los músculos y no veía la hora de llegar al gimnasio. Otros días no le apetecía nada, y solo quería levantar el batido de proteínas de mantequilla de cacahuete de después del ejercicio.

Fue haciendo su rutina, intentando recordar que debía contraer el músculo y aguantar al final del recorrido. Había aprendido que esa era la clave. No solo levantar pesas. Levantarlas, aguantar un segundo tensando el bíceps y luego bajar. Se duchó, se vistió para el trabajo y se dirigió a su oficina, en Midland Avenue, en Paramus. El edificio tenía cuatro plantas y era de cristal, y solo destacaba por ser el clásico edificio de oficinas. Nadie pensaría que pudiera contener otra cosa.

—Eh, Adam. ¿Tienes un segundo?

Era Andy Gribbel, el mejor paralegal del despacho. Cuando llegó, todo el mundo le llamaba «el Nota» por su aspecto desaliñado similar al del personaje de Jeff Bridges. Era mayor que casi todos los paralegales —de hecho, era mayor que Adam— y no le habría costado nada cursar la carrera de Derecho y sacarse el título, pero, tal como lo planteaba Gribbel, «no es lo mío, colega».

Sí, así es justo como lo había dicho.

—¿Qué hay? —preguntó Adam.

—El viejo Rinsky.

La especialidad de Adam eran las expropiaciones, los casos en los que el gobierno intenta arrebatar a alguien su terreno para construir una carretera, una escuela o algo así. En este caso, el municipio de Kasselton trataba de quedarse con la casa de Rinsky para reurbanizar la zona. Traducido, eso quería decir que habían calificado aquel barrio de «poco deseable» o, en un lenguaje más pedestre, de «estercolero», y que los órganos de gobierno habían encontrado a un constructor dispuesto a demoler todas las casas y construir un nuevo barrio con atractivos edificios, tiendas y restaurantes.

—¿Qué le pasa?

—Vamos a verlo a su casa.

—Vale, muy bien.

—¿Debería llevar a los... pistoleros?

Era una de las opciones.

—Aún no —respondió Adam—. ¿Algo más?

Gribbel se recostó en la silla y apoyó las botas de trabajo en la mesa.

—Esta noche tocamos. ¿Quieres venir?

Adam meneó la cabeza. Andy Gribbel tocaba en una banda de versiones de los años setenta que había actuado en alguno de los antros más prestigiosos del norte de Nueva Jersey.

—No puedo.

—Nada de tocar a los Eagles, te lo prometo.

—Vosotros nunca tocáis canciones de los Eagles.

—No es lo que más me gusta —repuso Gribbel—. Pero vamos a tocar Please Come to Boston por primera vez. ¿Recuerdas esa canción?

—Claro.

—¿Y qué te parece?

—No es de mis preferidas —confesó Adam.

—¿De verdad? Es un gran éxito de la canción romántica. A ti te encantan las canciones románticas.

—No es un éxito de la canción romántica —le corrigió Adam.

—Hey ramblin’ boy, why don’t you settle down? —cantó Gribbel.

—Probablemente la chica de la canción sea una pesada —respondió Adam—. El tío no deja de pedirle que le acompañe a una nueva ciudad. Ella le dice que no una y otra vez, y ella lloriquea pidiéndole que se quede en Tennessee.

—Eso es porque ella es la fan número uno del hombre de Tennessee.

—A lo mejor él no necesita una fan. A lo mejor necesita una compañera y una amante.

—Ya entiendo adónde quieres ir a parar —concedió Gribbel, mesándose la barba.

—Y lo único que dice el pobre hombre es «Por favor, ven a Boston a pasar la primavera». La primavera. Tampoco es que le esté pidiendo que deje Tennessee para siempre. ¿Y qué responde ella? Que ni hablar. ¿Qué actitud es esa? Nada de diálogo, nada de escucharlo... No es no, y no se hable más. Luego, él le sugiere Denver, o incluso Los Ángeles. La misma respuesta. No, no, no. Caray, ábrete un poco, chica. ¡Vive un poco!

Gribbel sonrió.

—Estás colgado, colega.

—Y además —prosiguió Adam, dejándose llevar—, luego afirma que en esas enormes ciudades (Boston, Denver y Los Ángeles) no hay nadie como ella. Un poco sobrada, ¿no?

—¿Adam?

—¿Qué?

—Quizá le estés dando demasiadas vueltas, hermano.

Adam asintió.

—Cierto.

—Le das demasiadas vueltas a demasiadas cosas, Adam.

—Tienes razón.

—Por eso eres el mejor abogado que conozco.

—Gracias —dijo Adam—. Y no, no puedes salir antes para preparar el concierto.

—Venga, tío, no seas así.

—Lo siento.

—¿Adam?

—¿Qué?

—¿Sabes el tipo de la canción? ¿El trotamundos que le pide que lo acompañe a Boston?

—¿Qué le pasa?

—Tienes que ser justo con la chica.

—¿Y eso?

—Le dice a la chica que podría vender sus cuadros en la acera, frente al café donde espera encontrar trabajo él. —Gribbel extendió los brazos—. Desde luego, ¿qué plan de futuro es ese?

—Touché —reconoció Adam, con media sonrisa—. Parece que harían mejor en dejarlo.

—Qué va. Tienen buen rollo. Se oye en su voz.

Adam se encogió de hombros y se metió en su despacho. Aquella digresión le había ido bien. Volvía a estar solo ante sus pensamientos. Y no era muy agradable. Hizo unas llamadas, vio a un par de clientes, hizo consultas a sus auxiliares y comprobó que se hubieran seguido los pasos correctos en un par de casos. El mundo sigue girando, pase lo que pase. Adam lo había aprendido a los catorce años, al morir su padre de un ataque al corazón. Sentado en el gran coche negro, junto a su madre, miró por la ventanilla y observó cómo los demás seguían adelante con sus vidas. Los niños seguían yendo al colegio. Los padres seguían yendo al trabajo. Los conductores hacían sonar las bocinas. El sol seguía brillando. Su padre se había ido. Y no había cambiado nada.

Una vez más, la situación le recordaba lo obvio: al mundo no le importamos lo más mínimo, ni nosotros ni nuestros pequeños problemas. Eso no va a pasar. Pueden destrozarnos la vida, ¿es que alguien se va a dar cuenta? No. Para el mundo exterior, Adam era el mismo, actuaba igual, sentía lo mismo. Nos cabreamos como bestias cuando alguien nos bloquea el paso con el coche, o cuando el café tarda demasiado en el Starbucks, o cuando alguien no nos responde exactamente como nos esperamos, y no tenemos ni idea de que detrás de esa fachada quizá se estén enfrentando a una situación de mierda a escala industrial. Quizás estén destrozados. Quizás estén en medio de una tragedia de proporciones inimaginables, con su salud mental colgando de un hilo.

Pero no nos importa. No lo vemos. Seguimos adelante.

En el camino de vuelta a casa fue cambiando de emisora hasta dar con una deportiva en la que discutían de tonterías. El mundo estaba siempre dividido, siempre en conflicto, así que resultaba agradable oír que un grupo de personas pudiera discutir por algo tan intrascendente como el baloncesto profesional.

Cuando llegó a su calle, le sorprendió un poco encontrar el Honda Odyssey de Corinne en la entrada de la casa. El vendedor de coches había definido el color como «cereza perlada oscuro», sin inmutarse siquiera. En la quinta puerta tenía una calcomanía ovalada con el nombre de su población en letras negras a modo de tatuaje tribal burgués. También había un adhesivo redondo con dos sticks de lacrosse cruzados y la inscripción «Panther Lacrosse», el nombre de la mascota del equipo del pueblo, y otro con una W verde enorme de la Willard Middle School, el colegio de Ryan.

Corinne había llegado de Atlantic City antes de lo esperado.

Eso le alteraba un poco los planes. Adam llevaba todo el día ensayando para sí la discusión que les esperaba. La había repasado en bucle durante las últimas horas. Había probado diferentes enfoques, pero ninguno le parecía del todo adecuado. Sabía que era algo que no podía planificar. Hablar de lo que le había dicho el desconocido —exponerle lo que ahora veía claro que era cierto— sería como quitarle la anilla a la granada. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar.

¿Lo negaría?

Quizás. Aún quedaba la posibilidad de que hubiera una explicación inocente para todo aquello. Adam trataba de ser abierto de miras, aunque le parecía que, más que evitar los prejuicios, se estaba dando falsas esperanzas. Aparcó junto al coche de ella, en la entrada del garaje. Tenían un garaje de dos plazas, pero estaba lleno de muebles viejos, equipo deportivo y otros trastos viejos. Por eso Corinne y él solían aparcar en la entrada.

Adam salió del coche y fue hasta la puerta. La hierba tenía unas cuantas calvas. Corinne lo notaría y se quejaría. No era capaz de disfrutar sin más, olvidándose de todo. Le gustaba corregir y arreglar las cosas. Adam se consideraba más despreocupado, pero había quien pensaba que en realidad era un perezoso. La familia Bauer, que vivía justo al lado, tenía un jardín que parecía siempre estar listo para acoger un torneo de golf profesional. Corinne no podía evitar hacer comparaciones. A Adam no le importaba un comino.

Se abrió la puerta principal y salió Thomas con su bolsa de lacrosse sobre el hombro. Llevaba su uniforme de visitante. Sonrió a su padre, y el protector dental le bailó en la boca. Adam sintió una agradable sensación en el pecho.

—Eh, papá.

—Hola. ¿Qué pasa?

—Tengo partido, ¿recuerdas?

Como era lógico, Adam lo había olvidado, aunque eso explicaba por qué Corinne había hecho un esfuerzo por llegar a tiempo.

—Ya. ¿Contra quién jugáis?

—Glen Rock. Mamá va a llevarme. ¿Vienes más tarde?

—Claro.

Cuando Corinne apareció en la puerta, Adam sintió que el corazón se le caía a los pies. Seguía siendo guapa. Sí, le costaba visualizar a sus hijos con menos años, pero con Corinne le pasaba prácticamente lo contrario. Aún la veía como la belleza de veintitrés años de la que se había enamorado. Desde luego, si miraba con detalle, veía las patas de gallo y que los tejidos se habían ablandado algo con la edad, pero ya fuera por amor o porque al verla a diario los cambios graduales no se hacían evidentes, no tenía la impresión de que hubiera envejecido en absoluto.

Corinne aún tenía el pelo húmedo de la ducha.

—Hola, cariño.

Adam no se movió.

—Hola.

Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla. El cabello le olía maravillosamente, a lilas.

—¿Podrás pasar a recoger a Ryan?

—¿Dónde está?

—Jugando con sus amiguitos en casa de Max.

Thomas hizo una mueca.

—No digas eso, mamá.

—¿El qué?

—Lo de los amiguitos. Ryan está en secundaria. Vas a jugar a casa de los amiguitos cuando tienes seis años.

Corinne suspiró, pero con una sonrisa.

—Vale, lo que tú digas. Está teniendo una reunión muy madura en casa de Max. —Miró a Adam—. ¿Puedes pasar a recogerlo antes de ir al partido?

Adam supo que estaba asintiendo, pero no recordaba haberse dado la orden mental para hacerlo.

—Claro. Nos vemos en el partido. ¿Qué tal ha ido en Atlantic City?

—Bien.

—Esto... ¿Papá? ¿Mamá? —los interrumpió Thomas—. ¿Podéis dejar la charla para más tarde? El entrenador se mosquea si no llegamos al menos una hora antes de que comience el partido.

—Vale —convino Adam. Luego se volvió hacia Corinne e intentó mantener el tono informal—. Podemos..., bueno, ya charlaremos más tarde.

Corinne vaciló medio segundo. Fue un momento, pero suficiente.

—Vale, no hay problema.

Adam se quedó en el umbral, observando cómo caminaban hasta el coche. Corinne apretó el mando a distancia y el portón trasero se abrió como una boca gigante. Thomas tiró la bolsa en el interior y se sentó en el asiento del acompañante. La enorme boca se cerró, tragándose el equipo. Corinne le saludó con la mano. Él le devolvió el saludo.

Corinne y Adam se habían conocido en Atlanta, durante el período de formación de cinco semanas para colaborar con LitWorld, una organización sin ánimo de lucro que enviaba profesores a zonas desfavorecidas del mundo para enseñar a leer a la gente. Eso fue antes de que todo el mundo decidiera viajar a Zambia a construir cabañas para ponerlo en el apartado de méritos de la solicitud de la universidad. En este caso, todos los voluntarios habían acabado la universidad. Eran chavales honrados, quizá demasiado honrados, pero todos ellos de buen corazón.

Corinne y él no se conocieron en el campus de la Universidad de Emory, donde tenía lugar la instrucción, sino en un bar cercano, donde los estudiantes mayores de veintiún años podían beber y ligar en paz oyendo música country cutre. Ella estaba con un grupo de amigas; él, con un grupo de amigos. Adam buscaba temita. Corinne buscaba algo más. Los dos grupos se conocieron poco a poco, los chicos acercándose a las chicas como en una clásica escena de baile de una película cutre. Adam le preguntó a Corinne si podía invitarla a una copa. Ella dijo que de acuerdo, pero que con eso no iba a conseguir nada. Él la invitó de todos modos y, en un alarde de increíble originalidad, declaró que la noche era joven.

Llegaron las copas. Se pusieron a hablar. Fue bien. En algún momento, avanzada la noche, casi cuando el bar estaba a punto de cerrar, Corinne le dijo que había perdido a su padre cuando era joven, y entonces, Adam, que no había hablado nunca del tema con nadie, le contó la historia de la muerte de su padre y de que al mundo no le había importado en absoluto.

Los unieron sus tragedias paternas. Y así empezó.

Cuando se casaron, se fueron a vivir a un tranquilo bloque de apartamentos junto a la interestatal 78. Él aún intentaba ayudar a la gente como abogado de oficio. Ella daba clase en los barrios más difíciles de Newark. Cuando nació Thomas, llegó la hora de mudarse a una casa de verdad. Daba la impresión de que así tenía que ser. A Adam no le importaba mucho la casa. No le preocupaba si era moderna o algo más clásica, como la que al final se quedaron. Quería que Corinne fuera feliz, no por pura bondad, sino porque aquello tampoco le importaba demasiado. Así que Corinne escogió aquella casa por motivos obvios.

Quizás habría tenido que parar en aquel momento, pero no veía motivo para hacerlo. Le dejó escoger aquella casa en particular, porque era lo que quería. El pueblo. La casa. El garaje. Los coches. Los niños.

¿Y qué era lo que quería Adam?

No lo sabía, pero aquella casa —aquel barrio— les había supuesto un esfuerzo económico. Adam acabó dejando su trabajo en el turno de oficio por un puesto mucho mejor pagado en el bufete Bachmann Simpson Feagles. No tanto porque fuera lo que deseaba, sino porque era el camino fácil que tomaban los hombres como él: un lugar seguro para criar a sus hijos, una casa preciosa con cuatro dormitorios, un garaje de dos plazas, un aro de baloncesto en el patio, una barbacoa de gas en la terraza de madera, con vistas al jardín trasero.

Bonito, ¿no?

Tripp Evans lo había llamado «vivir el sueño». El sueño americano. Corinne habría estado de acuerdo.

«Podrías haberla dejado».

Pero, por supuesto, aquello no era cierto. El sueño se compone de elementos sutiles pero impagables. Uno no puede destruirlo así, sin más. Había que ser muy ingrato, muy egoísta, muy retorcido para no reconocer la suerte que se tiene cuando se ha alcanzado.

Abrió la puerta y entró en la cocina. La mesa de la cocina estaba hecha un asco, cubierta de deberes. Había un trabajo sobre los americanos nativos. El libro de álgebra de Thomas estaba abierto y mostraba un problema que le pedía que dibujara la gráfica de la ecuación 2x2 – 6x = 4. Había un lápiz del número dos en el hueco entre las páginas, y hojas milimetradas dispersas por doquier. Algunas habían caído al suelo.

Adam se agachó, las recogió y las puso otra vez sobre la mesa. Se quedó mirando los deberes un momento.

«Ve con cuidado», se recordó a sí mismo. Lo que se estaba jugando no era solo el sueño de ellos dos.

6

Cuando Adam y Ryan llegaron el partido de Thomas estaba justo empezando.

Ryan se despidió enseguida con un «Hasta luego, papá», para situarse con los amigos de su edad y no correr así el riesgo de que le vieran con su padre en persona. Adam se dirigió al lado izquierdo del campo, a la grada de los visitantes, para reunirse con los otros padres de Cedarfield.

No había gradas metálicas, pero algunos padres habían llevado sillas plegables para sentarse. Corinne tenía cuatro sillas de malla en el coche, cada una con sendos posavasos en los brazos (¿quién podía necesitar dos vasos por silla?) y un toldillo para el sol sobre la cabeza. La mayoría de las veces (como en ese momento) prefería estar de pie. Kristin Hoy estaba a su lado, con un top sin mangas tan minúsculo que atraía las miradas de más de un padre.

Adam saludó con gestos a unos cuantos padres de camino al lugar donde se hallaba su mujer. Tripp Evans estaba en la esquina con otras familias, todos ellos con los brazos cruzados y gafas de sol. Tenían más aspecto de miembros del servicio secreto que de espectadores. A la derecha, un sonriente Gastón charlaba con su primo Daz (sí, todo el mundo le llamaba así), propietario de la CBW Inc., una empresa de investigación corporativa especializada en hurgar en el pasado de los empleados. El primo Daz también hacía estudios en profundidad de todos los entrenadores de la liga para asegurarse de que ninguno tuviera antecedentes penales o cosas así. Gastón había insistido a la comisión de lacrosse para que contratara los caros servicios de la CBW Inc. para esa labor aparentemente sencilla, que se podría hacer con una búsqueda por internet porque, claro, ¿para qué está la familia?

Corinne vio llegar a Adam y se apartó un poco de Kristin. Cuando lo tuvo más cerca, le susurró al oído, alterada:

—Thomas no ha salido de titular.

—El entrenador siempre hace rotaciones —dijo Adam—. Yo no me preocuparía.

Pero Corinne sí se preocupaba.

—Ha puesto a Pete Baime en su lugar. —El hijo de Gastón. Eso explicaba la sonrisa de Gastón—. Ni siquiera está completamente recuperado de su lesión. ¿Cómo puede haberlo puesto en el campo?

—No soy su médico, Corinne. ¿Y yo qué sé?

—¡Venga, Tony! —gritó una mujer—. ¡Al contraataque!

No hacía falta que nadie le dijera que la mujer que gritaba era la madre del tal Tony. Tenía que serlo. Cuando un padre o una madre se dirigen a su hijo en el campo, son inconfundibles. Siempre hay un punto de decepción y exasperación en su voz. Ningún padre o madre se da cuenta de ello, pero todos lo hacen. Todos lo oímos. Todos creemos que los demás padres lo hacen pero que, por arte de magia, nosotros somos inmunes.

Todos vemos la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el nuestro.

Pasaron tres minutos. Thomas aún no había entrado. Adam miró a Corinne de reojo. Tenía la mandíbula tensa. No dejaba de mirar al otro lado del campo, al entrenador, como si el poder de su mirada fuera a convencerlo de sacar a Thomas al campo.

—Ya saldrá —dijo Adam.

—Nunca ha tardado tanto en salir. ¿Qué crees que habrá pasado?

—No lo sé.

—Pete no debería jugar.

Adam no se molestó en responder. Pete cogió la bola y se la pasó a un compañero en la combinación más rutinaria imaginable. Desde el otro lado del campo, Gastón gritó:

—¡Guau! ¡Gran jugada, Pete!

Y chocó la mano con su primo Daz.

—¿Qué hombre adulto haría que lo llamaran Daz? —murmuró Adam.

—¿Qué?

—Nada.

Corinne se mordió el labio inferior.

—Hemos llegado uno o dos minutos tarde, supongo. Quiero decir, que estábamos aquí cincuenta y cinco minutos antes de que empezara el partido, pero el entrenador dijo una hora.

—Dudo que sea eso.

—Tendría que haber salido de casa antes.

Adam sintió la tentación de decir que tenían otros problemas más graves, pero quizá de momento aquello les fuera bien como distracción. El otro equipo marcó. Los padres se lamentaron en voz alta y empezaron a diseccionar los errores de la defensa que habían provocado el gol.

Thomas saltó al campo.

Adam percibió el alivio de su mujer casi físicamente. El rostro de Corinne se relajó. Le sonrió y dijo:

—¿Qué tal te ha ido el trabajo?

—¿Ahora quieres saberlo?

—Lo siento. Ya sabes cómo me pongo.

—Sí que lo sé.

—Forma parte de mis encantos.

—Será.

—Eso —dijo ella—, y mi culo.

—Eso sí que es verdad.

—Aún tengo un culo estupendo, ¿no?

—De clase A, categoría internacional, cien por cien solomillo de primera categoría, sin aditivos.

—Y listo para comer...

Cómo le gustaban a Adam esos momentos tan poco frecuentes en que Corinne se dejaba llevar y se ponía hasta un poco pícara. Por unas décimas de segundo, se olvidó del desconocido. Unas décimas de segundo, nada más. «¿Por qué ahora?», se preguntó. Ella hacía comentarios así dos o tres veces al año. ¿Por qué ahora?

Volvió a mirarla. Corinne llevaba los pendientes de diamante que le había comprado en aquella tienda de la calle Cuarenta y siete. Adam se los había regalado para su decimoquinto aniversario, en el restaurante chino Bamboo House. Su idea inicial había sido meterlos de algún modo en una galletita de la suerte —a Corinne le encantaba abrir las galletitas de la suerte, aunque no comérselas—, pero aquella idea no había llegado a prosperar. Al final, el camarero se los llevó en una de esas bandejas con una tapa de acero. Cursi, manido y poco original, pero a Corinne le encantó. Lloró, lo rodeó con sus brazos y lo apretó tan fuerte que Adam se preguntó si alguien habría abrazado alguna vez así a algún hombre en todo el mundo.

Ahora solo se los quitaba de noche, y también para nadar, pues le daba miedo que el cloro se comiera el engaste. Sus otros pendientes habían quedado arrinconados en el pequeño joyero del armario, como si ponérselos en lugar de los de diamante fuese algún tipo de traición. Significaban mucho para ella. Significaban compromiso, amor y respeto. Pensándolo bien, ¿una mujer así fingiría un embarazo?

Corinne tenía la vista puesta en el campo. La pelota estaba en la zona de ataque, donde jugaba Thomas. Adam notaba cómo se ponía rígida cada vez que la pelota se acercaba a la posición de su hijo.

Entonces Thomas hizo una jugada bonita: levantó la pelota del stick de un defensor, la recogió y se dirigió a la portería.

Decimos que no es así, pero solo tenemos ojos para nuestros hijos. Cuando Adam era un padre inexperto, ese sesgo parental le emocionaba. Uno va a un partido o a un concierto o a lo que sea, y sí, lo mira todo y a todos, pero en realidad solo ve a su propio hijo. Todo lo demás, todos los demás, se convierten en relleno, en decorado. Mira a su hijo y es como si hubiera un foco que lo pone en evidencia, solo a él, y como si el resto del escenario o del campo se oscureciera y uno sintiera ese calor, el mismo que había sentido Adam en el pecho al ver que su hijo le sonreía, e incluso en un entorno repleto de padres e hijos, Adam notaba que todos los padres tenían exactamente la misma sensación, que cada padre y cada madre tenía su foco personal dirigido hacia su hijo, y de algún modo aquello le resultaba reconfortante. Así debía ser.

Pero ese hijocentrismo ya no le emocionaba tanto. Ahora le parecía que esa atención desmesurada no era tanto producto del amor como de la obsesión, que aquel sesgo en la visión y la mentalidad era insano, poco realista e incluso potencialmente dañino.

Thomas hizo un corte rápido y le pasó la bola a Paul Williams. Terry Zobel estaba abierto y en posición de marcar; pero antes de que pudiera disparar, el árbitro silbó y tiró el pañuelo amarillo, señalando un minuto de penalización para Freddie Friednash, centrocampista del equipo de Thomas. Los padres de la esquina se rebelaron en grupo.

—¿Estás de broma, árbitro? ¡Qué dices! ¡Tienes que estar ciego! ¡Y una mierda! ¡Pita las de ambos equipos, árbitro!

Los entrenadores se animaron y también entraron al trapo. Hasta Freddie, que estaba saliendo del campo a paso ligero, redujo la marcha y le hizo que no con la cabeza al árbitro. Al coro de quejas se sumaron otros padres: el rebaño en acción.

—¿Has visto la entrada? —preguntó Corinne.

—No estaba mirando ahí.

Becky Evans, la mujer de Tripp, se acercó a saludar.

—Hola, Adam. Hola, Corinne.

Con la falta, ahora la pelota estaba en la zona de defensa, lejos de Thomas, así que ambos tuvieron un momento para volverse hacia ella y devolverle la sonrisa. Becky Evans, madre de cinco hijos, era una mujer de una alegría sobrenatural, siempre sonriente y amable. Adam recelaba de la gente como ella. Le gustaba observar a esas mamás felices cuando bajaban la guardia, esperando pillarlas cuando la sonrisa desaparecía o se volvía forzada, y la mayoría de las veces lo conseguía. Pero no con Becky. Siempre se la veía paseando a sus hijos en su Dodge Durango, luciendo sonrisa, con el asiento trasero lleno de niños y trastos. Aunque aquellas tareas mundanas acababan afectando a la mayoría de las madres, Becky Evans parecía disfrutar con ellas, e incluso recargarse de energía.

—Hola, Becky —la saludó Corinne.

—Hace un día estupendo para jugar, ¿no?

—Desde luego —respondió Adam, porque eso es lo que se dice.

El silbato volvió a sonar: otra falta del equipo visitante. Los padres volvieron a ponerse furiosos, e incluso a insultar al árbitro. Adam frunció el ceño, molesto, pero no dijo nada. ¿Lo convertía eso en parte del problema? Le sorprendió ver que quien dirigía el abucheo era Cal Gottesman, un tipo con gafas. Su hijo Eric era defensa, y estaba mejorando mucho en muy poco tiempo. Cal trabajaba como agente de seguros en Parsippany. A Adam siempre le había parecido un tipo educado y bienintencionado, a veces algo lapidario y tedioso, pero también había notado que últimamente mostraba un carácter cada vez más imprevisible, en proporción directa con la mejoría de su hijo. Eric había crecido quince centímetros el último año y ahora era un defensa de primera línea. Alguna universidad había empezado a interesarse por él, y ahora Cal, que siempre se había mostrado muy reservado en los flancos, se dejaba ver caminando arriba y abajo y hablando solo.

Becky se acercó un poco más.

—¿Habéis oído lo de Richard Fee?

Richard Fee era el portero del equipo.

—Ha firmado con el Boston College.

—Pero si aún le quedan tres años para la universidad —dijo Corinne.

—¿Qué te parece? ¡Algún día empezarán a fichar a los niños en el vientre materno!

—Es ridículo. ¿Cómo saben cómo le van a ir los estudios? Acaba de empezar el instituto.

Becky y Corinne siguieron con su charla, pero Adam ya había empezado a desconectar. No parecía que a ellas les importara, así que Adam lo interpretó como una señal para dejar a las señoras a lo suyo y quizás alejarse un poco. Le dio un beso rápido en la mejilla a Becky y se puso en marcha. Becky y Corinne se conocían desde la infancia. Ambas habían nacido en Cedarfield. Becky no había vivido en ningún otro sitio.

Corinne no había tenido tanta suerte.

Adam se situó a medio camino entre las mamás y los papás de la esquina, con la esperanza de encontrar un sitio donde quedarse solo. Echó un vistazo al grupo de padres. Tripp Evans le miró y asintió, para hacerle entender que lo comprendía. Tal vez a Tripp tampoco le gustasen las multitudes, pero era él quien las atraía.

«La celebridad del lugar —pensó Adam—. Pues aguanta».

Cuando sonó la bocina que ponía fin al primer cuarto, Adam volvió a mirar a su mujer. Estaba charlando animadamente con Becky. Se la quedó mirando un momento, perdido y asustado. Conocía a Corinne a la perfección. Lo sabía todo sobre ella. Y se daba la paradoja de que, como la conocía tan bien, sabía que en lo que le había contado el desconocido había algo de verdad.

¿Qué no haríamos por proteger a nuestra familia?

Sonó otra vez la bocina, y los jugadores salieron al campo. Padres y madres se apresuraron a comprobar si sus hijos seguían en el terreno de juego. Thomas seguía allí. Becky reanudó la charla. Ahora, Corinne estaba callada, asintiendo, pero no perdía a Thomas de vista. Corinne sabía centrarse en lo importante. Aquella cualidad de su esposa le había resultado muy atractiva. Corinne sabía lo que quería, y podía concentrar todos los esfuerzos en los objetivos que la ayudarían a conseguirlo. Al principio, Adam tenía unos planes de futuro bastante poco definidos (quería trabajar en algo que ayudara a los más desfavorecidos), pero no tenía una idea clara sobre dónde quería vivir o qué estilo de vida quería llevar, ni sobre cómo crearse esa vida o ese núcleo familiar. Todo eran conceptos amplios y vagos; pero contaba con aquella mujer, espectacular, bella e inteligente, que sabía exactamente lo que debían hacer los dos.

Rendirse a ella había sido un acto de libertad.

Fue en aquel momento, mientras pensaba en las decisiones que había tomado (o que había dejado de tomar) para llegar a aquel punto de su vida, cuando Thomas se hizo con la bola detrás de la portería, fintó un pase al centro, se dirigió a la derecha, echó atrás el stick y lanzó un disparo bajo a la esquina.

Gol.

Los padres y las madres lo ovacionaron. Los compañeros de equipo se acercaron a felicitarlo, dándole afectuosas palmadas en el casco. Su hijo mantuvo la calma, siguiendo el viejo proverbio: «Actúa como si no fuera la primera vez». Pero incluso a aquella distancia, pese al gesto contenido de su hijo, pese a la protección bucal, Adam sabía que Thomas, su hijo mayor, estaba sonriendo, que estaba contento, que la misión de Adam como padre, la primera y principal como padre, era encargarse de que aquel chico y su hermano siguieran sonriendo, contentos y protegidos.

¿Qué haría para asegurar la felicidad y la seguridad de sus hijos?

Cualquier cosa.

Pero no se trataba de lo que haces o de lo que sacrificas, ¿no? La vida también era cuestión de suerte, de casualidad, de caos. Así que haría todo lo posible para proteger a sus hijos. Pero de algún modo tenía la (absoluta) certeza de que eso no bastaría, de que la suerte, la casualidad y el caos tenían otros planes, y la felicidad y la seguridad se disolverían en el aire fresco de la primavera.

7

Thomas marcó su segundo gol (¡el de la victoria!) cuando apenas faltaban veinte segundos para el final.

Aquella era la hipocresía del cinismo de Adam sobre la exagerada intensidad del mundo del deporte: a pesar de todo, cuando Thomas marcó aquel último gol, Adam dio un salto en el aire, agitó el puño y gritó: «¡Sí!». Le gustara o no, aquello fue una inyección de alegría, pura y genuina. Podría decirse que no era algo estrictamente personal, que era un sentimiento natural y sano de un padre hacia su hijo. Adam se recordó a sí mismo que no era uno de esos padres que vivían a través de sus hijos o que veían el lacrosse como un billete de entrada a una universidad mejor. Le gustaba el deporte por una sencilla razón: a sus hijos les encantaba jugar.

Pero todos los padres se dicen muchas cosas a sí mismos. Lo de la paja en ojo ajeno.

Cuando acabó el partido, Corinne se llevó a Ryan a casa en su coche. Iba a preparar la cena. Adam esperó a Thomas en el aparcamiento del instituto de Cedarfield. Por supuesto, habría sido mucho más fácil llevárselo a casa directamente después del partido, pero los chavales tenían que tomar el autobús del equipo por exigencias de la aseguradora. Así que Adam y los demás padres del equipo siguieron al autobús hasta Cedarfield y esperaron a que bajaran sus hijos. Salió del coche y enfiló hacia la entrada trasera de la escuela.

—Eh, Adam.

Se le acercó Cal Gottesman. Adam le saludó y se dieron la mano.

—Gran victoria —dijo Cal.

—Desde luego.

—Thomas ha jugado un partidazo.

—Eric también.

Daba la impresión de que las gafas de Cal nunca ajustaban bien. Se le iban deslizando por la nariz y tenía que subírselas con el dedo índice, pero al momento iniciaban de nuevo su descenso nasal.

—Parecías... distraído.

—¿Cómo?

—Durante el partido —dijo Cal. Tenía una de esas voces que hacen que todo parezca un lloriqueo—. Parecías..., no sé, preocupado.

—¿De verdad?

—Sí. —Se subió las gafas—. Tampoco he podido evitar ver tu mirada de..., digamos..., repulsa.

—No estoy muy seguro de qué...

—Cuando he corregido a los árbitros.

«Corregido», pensó Adam. Pero no quiso entrar en eso.

—Ni me he dado cuenta.

—Pues deberías. El árbitro iba a pitarle un cross-check a Thomas cuando tenía la bola en la X.

—No te sigo —dijo Adam, poniendo una mueca.

—Yo marco a los árbitros —explicó Cal en tono conspiratorio— con un objetivo. Deberías darte cuenta. Hoy he beneficiado a tu hijo.

—Vale —concedió Adam. Pero luego, pensando que quién narices era ese tipo para soltarle todo aquello, añadió—: ¿Y por qué firmamos esa declaración de juego limpio al inicio de la temporada?

—¿Cuál?

—Esa en la que prometemos no increpar a ningún jugador, entrenador o árbitro —dijo Adam—. Esa.

—No seas cándido —respondió Cal—. ¿Sabes quién es Moskowitz?

—¿Vive en Spenser Place? ¿El agente de bolsa?

—No, no —replicó Cal con un gesto impaciente—. El profesor Tobias Moskowitz, de la Universidad de Chicago.

—Eh... No.

—El cincuenta y siete por ciento.

—¿Qué?

—Los estudios demuestran que, en una competición deportiva, el cincuenta y siete por ciento de las veces gana el equipo local. Es lo que llamamos el factor campo.

—¿Y?

—Pues que la ventaja que da jugar en casa es real. Existe. Existe en todos los deportes, en todo momento, en todas las geografías. El profesor Moskowitz ha observado que se da de manera sistemática.

—¿Y? —preguntó Adam una vez más.

—Bueno, probablemente ya habrás oído muchos de los motivos habituales que se dan para explicar esta ventaja. La fatiga del viaje (el equipo visitante tiene que ir en autobús o en avión o lo que sea), o quizás habrás oído que porque el terreno de juego resulta familiar. O que algunos equipos están acostumbrados al frío o al calor...

—Vivimos en pueblos vecinos —dijo Adam.

—Exacto, y eso refuerza mi tesis.

Desde luego, Adam no estaba de humor. ¿Dónde demonios estaba Thomas?

—Bueno —prosiguió Cal—. ¿Qué crees que descubrió Moskowitz?

—¿Cómo dices?

—¿Qué es lo que crees que explica la ventaja de jugar en casa, Adam?

—No lo sé —respondió—. Quizás el apoyo de la grada.

Se hizo evidente que a Cal Gottesman le gustaba aquella respuesta.

—Sí y no. —Adam intentó no suspirar—. El profesor Moskowitz y otros como él han realizado estudios sobre las ventajas de jugar en casa. No dicen que no influyan cosas como la fatiga, pero prácticamente no hay datos que confirmen esas teoría, tan solo algunas pruebas anecdóticas. No, el hecho es que solo hay un motivo, uno, confirmado por datos objetivos. —Y levantó el dedo índice, por si Adam no sabía qué quería decir «uno». Luego, por si aquella pista era demasiado sutil, insistió—: Solo uno.

—¿Que sería...?

Cal bajó el dedo apretando el puño.

—El sesgo del árbitro. Eso es. Al equipo que juega en casa le pitan más faltas a favor.

—Así pues, ¿me estás diciendo que los árbitros deciden el partido?

—No, no. Y esa es la clave del estudio. No es que los árbitros favorezcan al equipo de casa a propósito. El sesgo se produce de forma completamente involuntaria. Todo tiene que ver con la conformidad social. —El genio científico de Cal se había desatado por completo—. En pocas palabras, todos queremos gustarles a los demás. Los árbitros, como cualquier ser humano, son criaturas sociales y asimilan las emociones del público. De vez en cuando, y de manera inconsciente, un árbitro pitará alguna falta que haga feliz al público. ¿Has visto algún partido de baloncesto? Todos los entrenadores presionan a los árbitros porque comprenden la naturaleza humana mejor que nadie. ¿Lo ves?

Adam asintió lentamente.

—Lo veo.

—Pues es eso, Adam —resumió Cal, abriendo los brazos—. En eso radica la ventaja de jugar en casa: en el deseo humano de encajar y de gustarles a los demás.

—Así que les gritas a los árbitros...

—En los partidos que jugamos fuera —le interrumpió—. En casa, por supuesto, necesitamos mantener la ventaja. Pero en los partidos que jugamos de visitantes, está demostrado científicamente que debemos hacerlo para equilibrar las cosas. En realidad, estar callados podría perjudicarnos.

Adam apartó la mirada.

—¿Qué?

—Nada.

—No, quiero oírlo. Tú eres abogado, ¿no? En tu trabajo hay bandos enfrentados.

—Sí.

—Y haces lo que puedes para influir en el juez o en el abogado rival.

—Es cierto.

—¿Entonces?

—Nada. Entiendo lo que dices.

—Pero no estás de acuerdo.

—La verdad es que no quiero entrar en eso.

—Pero los datos no dejan lugar a dudas.

—De acuerdo.

—Entonces ¿cuál es el problema?

Adam dudó un momento y luego pensó: «¿Por qué no?»

—No es más que un partido, Cal. La ventaja del factor campo es parte del juego. Por eso jugamos la mitad de los partidos en casa y la mitad fuera. De modo que se equilibre. Tal como lo veo yo (y oye, es solo mi punto de vista), estás justificando un comportamiento poco deseable. Juguemos y ya está, con faltas en contra y con lo que sea. Daremos un mejor ejemplo a los muchachos que si les gritamos a los árbitros. Y si perdemos un partido o dos más de los que deberíamos al año, que lo dudo, es un precio mínimo a cambio del decoro y la dignidad, ¿no te parece?

Cal Gottesman estaba ya preparándose a replicar cuando Thomas salió del vestuario. Adam lo frenó levantando una mano.

—No hagas caso, Cal, es solo mi opinión. Discúlpame.

Adam volvió al coche a paso ligero y vio a su hijo cruzando el campo. Hay un modo de caminar característico que adopta la gente cuando se siente a gusto por haber ganado. Thomas iba más erguido, y botaba ligeramente a cada paso. Tenía una media sonrisa en el rostro. Adam sabía que Thomas no quería hacer evidente aquella alegría hasta llegar al coche. Saludó con la mano a unos cuantos amigos, siempre tan diplomático. Ryan era más bien tranquilo, pero, en ese aspecto, Thomas era el rey.

Echó la bolsa de lacrosse sobre el asiento trasero. La peste de la ropa, empapada de sudor, empezó a dispersarse por el coche. Adam abrió las ventanillas. Eso arregló un poco la cosa, pero en días de partido tan cálidos nunca era suficiente.

Thomas esperó a que estuvieran a una travesía más o menos antes de dar rienda suelta a su alegría.

—¿Has visto el primer gol?

Adam sonrió.

—Brutal.

—Sí. Es el segundo que marco con la izquierda.

—El movimiento estuvo muy bien. Y el gol del desempate también.

Siguieron así un buen rato. Podría haber parecido algo pretencioso, pero en realidad era lo contrario. Con sus compañeros de equipo y entrenadores, Thomas era modesto y generoso. Siempre le daba el mérito a algún otro —al que le había dado el pase, al que había robado la pelota— y se avergonzaba cuando lo convertían en el centro de atención en el campo. Pero a solas, con su familia, Thomas se sentía cómodo dejándose llevar. Le encantaba hablar de los detalles del partido, no solo de sus goles, sino también de todo el juego, de lo que decían los otros chicos, de quién había jugado bien y quién no. La familia era un refugio seguro para todo eso; un lugar para la franqueza, por decirlo así. Eso era lo que se esperaba de la familia, por manido que pudiera sonar. No tenía que preocuparse de que lo tildaran de fanfarrón, de chulo, ni nada por el estilo. Podía hablar libremente.

—¡Ya ha llegado! —gritó Corinne cuando vio entrar a Thomas por la puerta. Él soltó la bolsa que llevaba al hombro, la dejó en el recibidor y dejó que su madre lo abrazara.

—Qué gran partido, cariño.

—Gracias.

Ryan chocó el puño con su hermano a modo de felicitación.

—¿Qué hay para cenar? —preguntó Thomas.

—He comprado unos filetes de ternera marinados para hacer a la parrilla.

—Qué guay.

Los filetes de ternera eran el plato favorito de Thomas. Adam no quiso alterar la armonía del momento y le dio un beso a su esposa. Todos se lavaron las manos. Ryan puso la mesa, lo que significaba que Thomas tendría que recogerla. Había agua para todos. Corinne había puesto dos copas de vino para los adultos. Dispuso la comida en la isla de la cocina. Cada uno cogió un plato y se sirvió.

Era una cena familiar de lo más ordinaria, y, quizá por eso, un momento valioso, pero a Adam le pareció como si hubiera una bomba bajo la mesa comenzando la cuenta atrás. Ahora era solo cuestión de tiempo. La cena acabaría y los chicos se irían a hacer los deberes, a ver la tele o a jugar con el ordenador o con algún videojuego. ¿Esperaría a que Thomas y Ryan se hubieran ido a la cama? Probablemente. Solo que de un tiempo a esa parte era habitual que Corinne o él se durmieran antes que Thomas. Así que tendría que asegurarse de que Thomas estaba en su cuarto, con la puerta cerrada, antes de exponerle a su mujer lo que había descubierto.

Tic tac, tic tac...

Durante la mayor parte de la cena fue Thomas quien llevó la voz cantante. Ryan escuchaba, absorto. Corinne contó que una de las profesoras se había emborrachado en Atlantic City y que había vomitado en el casino. A los chavales les encantó la historia.

—¿Ganaste algo? —preguntó Thomas.

—Yo nunca apuesto —dijo Corinne, perfecta en su papel de mamá—. Y vosotros tampoco deberíais.

Ambos pusieron los ojos en blanco.

—Lo digo en serio. Es un vicio terrible.

Ahora los dos chavales meneaban la cabeza.

—¿Qué pasa?

—A veces eres de lo más sosa —se quejó Thomas.

—No lo soy.

—Siempre con ese rollo de las lecciones para la vida —añadió Ryan, y se rio.

—Ya está bien. —Corinne miró a Adam en busca de ayuda—. ¿No oyes a tus hijos?

Adam se limitó a encogerse de hombros y cambió el tema de conversación. No recordaba de qué hablaron después. Le costaba concentrarse. Era como si estuviera viendo un montaje sobre su propia vida: la familia feliz que habían creado Corinne y él, cenando, disfrutando de la compañía. Casi veía la cámara rodeando la mesa en círculo, enfocando el rostro de cada uno, mostrando la espalda. Era una escena típica, estereotipada, perfecta.

Tic tac, tic tac...

Media hora más tarde, la cocina ya estaba despejada. Los chicos subieron a sus habitaciones. En cuanto desaparecieron, la sonrisa de Corinne se borró. Se volvió hacia Adam.

—¿Qué es lo que pasa?

Pensándolo bien, era increíble. Había vivido dieciocho años con Corinne. La había visto con todos los estados de ánimo posibles, había experimentado todas sus emociones. Sabía cuándo acercarse, cuándo mantenerse a distancia, cuándo necesitaba un abrazo, cuándo necesitaba una palabra amable. La conocía tanto que sería capaz de acabar sus frases, e incluso sus pensamientos. Lo sabía todo de ella.

No había habido espacio para la sorpresa. La conocía hasta el punto de saber que, en efecto, lo que le había dicho el desconocido era posible.

Sin embargo, no había pensado en aquello. No había caído en que Corinne también podía leerle el rostro; en que, pese a sus ímprobos esfuerzos por ocultarlo, habría reparado en que había algo grave que lo tenía intranquilo; en que no era algo normal, sin más; en que era algo gordo, quizás algo que pudiera cambiarles la vida.

Corinne se quedó inmóvil, esperando la noticia. Así que se la soltó.

—¿Fingiste tu embarazo?

8

El desconocido estaba sentado a una mesa de la esquina del Red Lobster de Beachwood, en Ohio, a las afueras de Cleveland.

Sostenía con delicadeza el «cóctel del día» del Red Lobster, un mai tai de mango. La salsa de sus gambas al ajo había empezado a solidificarse, convertida en una especie de engrudo. El camarero había intentado llevarse el plato dos veces, pero el desconocido se lo había quitado de encima con un gesto de la mano. Ingrid estaba sentada enfrente. Suspiró y consultó el reloj.

—Este debe de ser el almuerzo más largo de la historia.

El desconocido asintió.

—Casi dos horas.

Estaban observando una mesa con cuatro mujeres que iban por su tercer «cóctel del día» pese a que aún no eran ni las dos y media. Dos de ellas se habían pedido el Crabfest, un plato de la casa servido en una bandeja con el diámetro aproximado de una tapa de alcantarilla. La tercera había pedido linguini con langostinos Alfredo. La salsa cremosa del plato se le quedaba pegada en las comisuras de los labios pintados de rosa.

La cuarta mujer, que se llamaba Heidi Dann, era el motivo por el que estaban allí. Heidi había pedido el salmón a la brasa. Tenía cuarenta y nueve años, y era una mujer grande y animada, con el cabello pajizo. Llevaba un top con rayas de tigre y un escote bastante pronunciado. Heidi tenía una risa estentórea pero melódica. El desconocido la llevaba escuchando dos horas. Había algo hipnótico en aquel sonido.

—Le he cogido cariño —dijo el desconocido.

—Yo también. —Ingrid se echó la rubia melena hacia atrás con ambas manos, formando una cola imaginaria, y luego la soltó. Era un gesto recurrente. Llevaba la clásica melena lacia, y el pelo le caía una y otra vez sobre los ojos—. Tiene una vitalidad especial, ¿sabes?

Sabía exactamente lo que quería decir Ingrid.

—A fin de cuentas —añadió ella—, le estamos haciendo un favor.

Aquella era la justificación. El desconocido estaba de acuerdo. Si los cimientos están podridos, entonces hay que demoler toda la casa. No se puede arreglar con una capa de pintura y unos tablones de madera. Eso lo sabía. Lo entendía. Lo había vivido.

Estaba convencido.

Pero eso no significaba que disfrutara siendo quien accionaba los explosivos. Y así era como se veía. Él era quien hacía volar la casa de los cimientos podridos por los aires; pero nunca se quedaba para comprobar si la reconstruían, ni cómo.

Ni siquiera se quedaba para asegurarse de que no había nadie dentro de la casa en el momento de hacerla saltar por los aires.

La camarera se acercó y les llevó la cuenta a las señoritas. Todas echaron mano del monedero y sacaron dinero. La mujer de los linguini hizo números, dividiendo la cuenta con precisión. Las dos que habían comido el Crabfest sacaron sus billetes a la vez. Luego abrieron los portamonedas como si fueran sendos cinturones de castidad oxidados.

Heidi puso unos billetes de veinte dólares sobre la mesa.

Lo hizo de un modo —con delicadeza y desenvoltura a la vez— que le llegó al alma. Supuso que los Dann no tenían problemas de dinero, pero ¿quién sabe hoy en día? Heidi y su marido, Marty, llevaban casados veinte años. Tenían tres hijos. La hija mayor, Kimberly, estaba en primer curso en la Universidad de Nueva York, en Manhattan. Los dos chicos, Charlie y John, aún estaban en el instituto. Heidi trabajaba en la sección de cosmética del Macy’s de University Heights. Marty Dann era subdirector de ventas y marketing de la TTI Floor Care, en Glenwillow. La TTI se dedicaba a las aspiradoras. Eran propietarios de Hoover, Oreck, Royal y la marca en la que había trabajado Marty los últimos once años, Dirt Devil. Viajaba mucho por trabajo, sobre todo a Bentonville, en Arkansas, porque allí estaba la dirección operativa de Walmart.

Ingrid escrutó el rostro del desconocido.

—Puedo encargarme de esto sola, si lo prefieres.

Él meneó la cabeza. Era su trabajo. Ingrid estaba allí porque tenía que acercarse a una mujer, y si iba solo podía quedar raro. ¿Una pareja, hombre y mujer, que se acercan a alguien? Nadie se preocupa. ¿Un hombre que se acerca a otro, pongamos en un bar o en un local de la American Legion? Tampoco. Pero ¿un hombre de veintisiete años que se acerca a una mujer de cuarenta y nueve, por ejemplo, en un Red Lobster?

Eso podía complicarse.

Ingrid ya había pagado la cuenta, así que actuaron con rapidez. Heidi había acudido sola, en un Nissan Sentra gris. Ingrid y el desconocido habían aparcado su coche de alquiler a dos plazas de distancia. Esperaron junto al coche, con la llave en la mano, haciendo ver que estaban a punto de subirse y ponerse en marcha.

No querían llamar la atención.

Cinco minutos más tarde, las cuatro mujeres salieron del restaurante. Esperaban que Heidi se quedara sola, pero no tenían modo de saber con seguridad cuándo ocurriría. Cabía la posibilidad de que una de sus amigas la acompañara al coche, en cuyo caso tendrían que seguir a Heidi hasta su casa e intentar salirle al encuentro allí (nunca es buena idea enfrentarse a una víctima en su propiedad; eso las pone a la defensiva) o esperar a que saliera de nuevo.

Las mujeres se despidieron abrazándose. Por lo que parecía, a Heidi se le daban muy bien los abrazos. Abrazaba con sentimiento. Cuando lo hacía, cerraba los ojos y la persona abrazada también los cerraba. Era ese tipo de abrazo.

Las otras tres mujeres se fueron en dirección contraria. Perfecto.

Heidi se encaminó a su coche. Llevaba unos pantalones piratas. Los tacones altos la hacían tambalearse ligeramente después de tanto beber, pero lo controlaba con un aplomo fruto de años de práctica. Sonreía. Ingrid asintió, dándole la señal al desconocido. Ambos hacían todo lo posible por parecer inofensivos.

—¿Heidi Dann?

El desconocido intentó mantener una expresión amistosa, o al menos neutra. Heidi se volvió y le miró a los ojos. Pero la sonrisa se le cayó al suelo, como si alguien le hubiera atado un ancla.

Lo sabía.

A él no le sorprendió. Muchos lo reconocían, aunque también era frecuente la negación. Pero en ella veía fuerza e inteligencia. Heidi ya sabía que lo que le iba a decir lo cambiaría todo.

—¿Sí?

—Existe una página web llamada FindYourSugarBaby. com —comenzó el desconocido: había aprendido que lo mejor era ir al grano.

No le preguntas a la víctima si tiene un momento, o si quiere sentarse o ir a algún sitio tranquilo. Te lanzas.

—¿Qué?

—Se presenta como un moderno servicio de citas por internet. Pero no lo es. Los hombres (supuestamente hombres de gran poder adquisitivo) se apuntan para quedar..., bueno, con jovencitas. ¿Ha oído hablar de ello?

Heidi lo miró durante un segundo más. Luego se volvió hacia Ingrid. Esta le sonrió para infundirle confianza.

—¿Quiénes son ustedes dos?

—Eso es lo de menos —respondió él.

Hay quien ofrece resistencia. Otras personas piensan que, en conjunto, eso no es más que una pérdida de tiempo superflua. Heidi era de estas últimas.

—No, nunca he oído hablar de él. Por lo que dicen, parece uno de esos sitios que usan las personas casadas para tener aventuras.

El desconocido hizo un gesto de sí y no a la vez con la cabeza.

—No exactamente. Esa página web propone más bien una transacción económica, no sé si me entiende.

—No le entiendo en absoluto —dijo Heidi.

—Debería leer el material si tiene ocasión. La página web explica que cada relación es en realidad una transacción, y lo importante que es definir el papel de cada uno, saber lo que se espera de uno y de su amante.

Heidi estaba cada vez más pálida.

—¿Amante?

—Bueno, eso funciona así —prosiguió el desconocido—. Un hombre se apunta, por ejemplo. Ojea un listado de mujeres, por lo general mucho más jóvenes. Encuentra una que le gusta. Si ella acepta, empiezan a negociar.

—¿Negociar?

—Él busca una sugar baby. La página web define una sugar baby como una mujer a quien él puede llevar a cenar fuera o como acompañante a un congreso o cosas así.

—Pero seguro que no es eso lo que ocurre en realidad —dijo Heidi.

—No —añadió el extraño—. No es eso lo que pasa.

Heidi soltó aire y apoyó las manos en las caderas.

—Siga.

—Negocian.

—El tipo rico y su sugar baby.

—Exacto. La página web le dice a la chica todo tipo de tonterías. Que todo está definido. Que las citas no son ningún juego. Que los hombres son ricos y sofisticados y que las tratarán bien, les comprarán regalos y las llevarán de vacaciones a sitios exóticos.

Heidi meneó la cabeza.

—¿Y las chicas realmente se lo creen?

—Algunas, quizá. Pero dudo de que sean muchas. La mayoría entiende de qué va la cosa.

Era como si Heidi le hubiera estado esperando, como si se esperara aquella noticia. Ahora estaba tranquila, aunque seguía notándose que por dentro estaba tocada.

—¿Así que negocian?

—Exacto. Al final alcanzan un acuerdo. Se firma un contrato en línea. En un caso, por ejemplo, la joven accede a estar con el hombre cinco veces al mes. Establecen los días de la semana posibles. Él le ofrece ochocientos dólares.

—¿Cada vez?

—Al mes.

—Es barato.

—Bueno, así es como empieza. Pero ella igual pide dos mil dólares. Regatean.

—¿Y alcanzan un acuerdo? —preguntó Heidi, que ya tenía los ojos húmedos.

El desconocido asintió.

—En este caso, quedaron en mil doscientos dólares al mes.

—Eso son catorce mil cuatrocientos dólares al año —dijo Heidi con una sonrisa triste—. Se me dan bien las matemáticas.

—Exacto.

—Y la chica... ¿qué le dice al hombre que es? Espere, no me lo diga. Le dice que es estudiante universitaria y que necesita costearse la carrera.

—En este caso sí.

—Vaya —dijo Heidi.

—Y en este caso —precisó el desconocido—, la chica le está diciendo la verdad.

—¿Es estudiante? —Heidi meneó la cabeza—. Genial.

—Pero la chica, en este caso, no se para ahí —prosiguió él—. Se cita con otros señores otros días de la semana.

—Qué desagradable.

—Así que con un tipo queda siempre los martes. Otro es el de los jueves. A otro le tocan los fines de semana.

—Eso va sumando. El dinero, quiero decir.

—Así es.

—Por no hablar de las enfermedades venéreas —añadió Heidi.

—De eso no podemos hablar.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos si usa condones o no. No tenemos ningún informe médico. Ni siquiera sabemos qué es lo que hace exactamente con todos esos hombres.

—Dudo de que jueguen a las cartas.

—Yo también lo dudo.

—¿Por qué me está contando todo esto?

El desconocido miró a Ingrid. Esta habló por primera vez.

—Porque merece saberlo.

—¿Y ya está?

—Eso es todo lo que podemos contarle, sí —añadió el desconocido.

—Veinte años. —Heidi meneó la cabeza y apretó los dientes, conteniendo las lágrimas—. Ese cabrón.

—¿Perdón?

—Marty. Ese cabrón.

—Oh, no estamos hablando de Marty —dijo el desconocido, y, por primera vez, Heidi se quedó completamente perpleja.

—¿Qué? Entonces ¿de quién?

—Estamos hablando de su hija, Kimberly.

9

Corinne recibió el golpe, dio un paso atrás y se mantuvo en pie.

—¿De qué demonios estás hablando?

—¿Podemos saltarnos esta parte? —preguntó Adam.

—¿Cuál?

—La parte en la que finges no tener ni idea de lo que estoy hablando. Saltémonos la fase de negación, ¿vale? Sé que fingiste el embarazo.

Ella intentó recomponerse, recoger los pedacitos uno por uno.

—Si lo sabes, ¿por qué me lo preguntas?

—¿Qué hay de los chicos?

—¿Qué les pasa? —respondió ella, atónita.

—¿Son míos?

Corinne puso los ojos como platos.

—¿Estás mal de la cabeza?

—Fingiste un embarazo. Quién sabe de qué puedes ser capaz.

Corinne no reaccionó.

—¿Y bien?

—Por Dios, Adam, míralos. —Él no dijo nada—. Claro que son tuyos.

—Hay pruebas, ya lo sabes. De ADN. Las venden en Walgreens, sin ir más lejos.

—Pues cómpralas —replicó ella—. Esos chicos son tus hijos. Y lo sabes.

Se quedaron uno a cada lado de la isla de la cocina. Incluso en un momento como aquel, en medio de tanta rabia y confusión, no podía evitar reconocer lo guapa que era. No podía creerse que, con todos los tíos que la habían deseado, le hubiera escogido a él. Corinne era el tipo de chica con la que deseaban casarse los hombres. Así era como miraban los tíos a las mujeres en su época de juventud. Las dividían en dos clases. Una era la de las que hacían pensar en noches de lujuria y piernas abiertas. La segunda clase era la de las que hacían pensar en paseos a la luz de la luna y promesas de matrimonio. Corinne era sin duda de la segunda clase.

La madre de Adam había sido una mujer excéntrica hasta la bipolaridad. Aquello era lo que había atraído a su padre y lo había vuelto loco. «Su chisporroteo», le había explicado papá. Pero con el paso del tiempo, aquel chisporroteo se había convertido más bien en una serie de manías. El chisporroteo era divertido y espontáneo, pero su carácter imprevisible agotaba a su padre, lo hacía envejecer. Le daba grandes subidones, pero al final los grandes bajones habían acabado por no compensarle. Adam no había cometido aquel error. La vida es una serie de reacciones. Su reacción al error de su padre había sido casarse con una mujer a quien consideraba estable, constante, controlada, como si la gente fuera así de sencilla.

—Cuéntamelo —dijo Adam.

—¿Qué es lo que te hace pensar que fingí el embarazo?

—El cargo de la Visa a nombre de Novelty Funsy. Me dijiste que eran artículos para la decoración de la escuela. No era cierto. Es el nombre con el que factura sus productos Fake-A-Pregnancy.com.

—No lo entiendo —dijo ella, confusa—. ¿Qué es lo que te hizo repasar un cargo de hace dos años?

—Eso no importa.

—A mí sí. Uno no decide ponerse a comprobar cuentas antiguas así, de pronto.

—¿Lo hiciste, Corinne?

Ella bajó la cabeza, fijando la mirada en la encimera de granito. Corinne había dedicado una eternidad a buscar aquel tono de granito, hasta dar por fin con algo llamado marrón Ontario. Localizó un resto de comida que había quedado pegado y se puso a rascarlo con la uña.

—¿Corinne?

—¿Recuerdas aquella época en que tuve la hora del almuerzo libre durante dos evaluaciones enteras?

El cambio de tema descolocó a Adam por un momento.

—¿Qué tiene eso que ver?

El resto de la comida cedió. Corinne paró.

—Fue el único momento en mi carrera como profesora en el que tuve todo aquel tiempo libre en medio de la jornada. Me dieron permiso para salir de la escuela y almorzar fuera.

—Lo recuerdo.

—Solía ir a aquella cafetería del Bookends. Hacían un bocadillo italiano estupendo; me pedía uno y un té helado casero o un café. Me sentaba a una mesa en la esquina y leía un libro. —En el rostro le afloró una sonrisa tímida—. Era una bendición.

Adam asintió.

—Una historia preciosa, Corinne.

—No seas sarcástico.

—No, no, en serio. Es conmovedora, y muy relevante. O sea, yo quería que me hablaras de un embarazo fingido, pero desde luego esta historia es mucho mejor. ¿Qué tipo de bocadillo era el que más te gustaba, por cierto? A mí me gusta el de pavo y queso suizo.

Corinne cerró los ojos.

—Siempre has usado el sarcasmo como mecanismo de defensa.

—Sí, claro, y a ti siempre se te ha dado estupendamente controlar los tiempos. Como ahora, Corinne. Ahora es el momento ideal para psicoanalizarme.

—Estoy intentando contarte algo, ¿vale? —dijo ella, y el tono de su voz en ese momento era de súplica.

Adam se encogió de hombros.

—Pues cuéntamelo.

Tras unos segundos necesarios para recuperar la compostura, Corinne volvió a hablar. Cuando lo hizo, su voz adoptó un tono distante.

—Iba al Bookends prácticamente cada día, y al cabo de un tiempo te conviertes, no sé, en cliente habitual. Te encuentras siempre a la misma gente. Era como una comunidad. Como Cheers. Estaba Jerry, que estaba en el paro. Y Eddie, que asistía a terapia en Bergen Pines. Debbie llevaba el ordenador portátil y escribía...

—Corinne...

Ella levantó la mano.

—Y luego estaba Suzanne, que estaba embarazada, como de ocho meses.

Silencio.

Corinne se volvió.

—¿Dónde está esa botella de vino?

—No sé adónde quieres ir a parar con todo esto.

—Necesito otra copa de vino.

—Lo he metido en el armario, sobre el fregadero.

Corinne fue hacia allí, abrió la puerta y sacó la botella. Cogió su copa y se sirvió.

—Suzanne Hope tendría unos veinticinco años. Era su primer bebé. Ya sabes cómo se ponen las madres jóvenes: radiantes, pletóricas, como si fueran las primeras del mundo en quedarse embarazadas. Suzanne era muy agradable. Todos hablábamos con ella sobre el embarazo y sobre el bebé. Ya sabes. Ella nos hablaba de las vitaminas que le prescribían. Nos decía los nombres que se le iban ocurriendo. No quería saber si era niño o niña. Quería que fuera una sorpresa. Le caía bien a todo el mundo.

Adam quiso hacer algún comentario sarcástico, pero se contuvo, y en su lugar optó por una observación obvia.

—Pensaba que ibas allí para leer y estar tranquila.

—Así es. O sea, en principio sí. Pero en algún momento empecé a sentirme bien en aquel círculo social. Sé que suena patético, pero no veía la hora de estar con aquella gente. Y era como si solo existieran en ese tiempo y en ese espacio, ¿sabes? Es como cuando jugabas al baloncesto en la calle. Estabas muy bien con aquellos tipos en la cancha, pero no sabías nada de lo que hacían fuera de allí. Uno de ellos era el dueño de aquel restaurante al que fuimos y tú ni lo sabías. ¿Recuerdas?

—Lo recuerdo, Corinne. Pero no veo la relación.

—Solo intento explicártelo. Hice amistades. Aparecía y desaparecía gente de pronto. Como Jerry. Un día, Jerry desapareció. Supusimos que había encontrado trabajo, pero tampoco fue para contárnoslo. Tan solo dejó de ir. Suzanne también. Supusimos que había tenido el bebé. Había salido de cuentas, desde luego. Y después, por desgracia, cuando empezó el semestre siguiente, me quedé sin esas horas libres para almorzar, así que supongo que yo también desaparecí. Así era la cosa. Algo cíclico. Como una rotación de personal.

Adam no tenía ni idea de adónde quería ir a parar con todo aquello, pero tampoco tenía motivo para presionarla. En cierto modo, habría querido frenar todo aquello. Quería plantearse todas las opciones. Se volvió y miró hacia la mesa de la cocina, donde Thomas y Ryan acababan de comer, riendo, sintiéndose seguros.

Corinne dio un buen trago a su vino. Para avanzar en la conversación, Adam preguntó:

—¿Volviste a ver a alguno de ellos?

Corinne casi sonrió.

—Esa es la cuestión.

—¿Cuál?

—Volví a ver a Suzanne. Quizá tres meses más tarde.

—¿En el Bookends?

—No —dijo ella, meneando la cabeza—. Fue en el Starbucks de Ramsey.

—¿Había tenido un niño o una niña?

Una sonrisa triste asomó entre los labios de Corinne.

—Ni lo uno ni lo otro.

Adam no sabía qué pensar ni cómo responder a aquello, así que se limitó a decir:

—Ah.

Corinne lo miró.

—Estaba embarazada.

—¿Suzanne?

—Sí.

—¿Cuando la viste en el Starbucks?

—Sí. Solo que eso era tres meses después de la última vez. Y seguía teniendo el aspecto de una embarazada de ocho meses.

Adam asintió. Por fin veía adónde conducía todo aquello.

—Lo cual, por supuesto, es imposible.

—Por supuesto.

—Era fingido.

—Sí. Yo había tenido que ir a Ramsey a echar un vistazo al nuevo libro de texto. Era la hora del almuerzo. Suzanne debió de juzgar improbable que alguno de los que íbamos al Bookends apareciéramos por allí. Ese Starbucks está a... ¿cuánto? ¿Un cuarto de hora en coche del Bookends?

—Al menos.

—Así que ahí estaba yo, en la barra, pidiendo un café con leche, cuando oí aquella voz, y ahí estaba ella, sentada en una esquina, hablándoles a un grupo de clientes de la cafetería sobre su régimen de vitaminas para el embarazo.

—No lo pillo.

Corinne ladeó la cabeza.

—¿De verdad?

—¿Tú sí?

—Por supuesto. Lo entendí enseguida. Suzanne disfrutaba siendo el objeto de tantas atenciones, en una esquina. Me acerqué a ella. Cuando me vio, aquel gesto radiante desapareció de golpe. Te lo puedes imaginar. ¿Cómo explicas que llevas medio año embarazada de ocho meses? Me quedé ahí de pie, esperando. Supongo que ella estaría deseando que me fuera. Pero no lo hice. Se suponía que tenía que volver al colegio, pero al volver les dije que había pinchado. Kristin me cubrió.

—¿Suzanne y tú hablasteis?

—Sí.

—¿Y?

—Me dijo que en realidad vive en Nyack, en Nueva York.

Eso estaba a una media hora del Bookends y de ese Starbucks, pensó Adam.

—Me contó una historia sobre un bebé que le había nacido muerto. No creo que fuera cierta, pero podría serlo. En realidad, la historia de Suzanne es más sencilla. A algunas mujeres les encanta estar embarazadas. No por el subidón hormonal o por la sensación de tener un bebé creciendo en su interior. Sus motivaciones son mucho más sencillas. Es el único momento de su vida en que se sienten especiales. La gente les abre la puerta. Les preguntan cómo les ha ido el día. Les preguntan cuándo salen de cuentas y cómo se encuentran. Vamos, que reciben atención. Es, en cierto modo, como ser famoso. Suzanne no tenía nada de especial. No me llamó la atención porque fuera especialmente lista o interesante. Pero estar embarazada la hacía sentir importante. Era como una droga.

Adam meneó la cabeza. Recordó el reclamo en la página web de Fake-A-Pregnancy: «¡Nada como estar embarazada para ser el centro de atención!».

—¿Así que fingió el embarazo para mantener ese nivel de atención?

—Sí. Se ponía el vientre falso e iba a la cafetería. Atención inmediata.

—Pero eso solo podía mantenerlo un tiempo —dijo él—. No puedes estar embarazada de ocho meses más que..., bueno, uno o dos meses.

—Exacto. Así que iba cambiando de sitio para el almuerzo. Quién sabe cuánto tiempo llevaba haciéndolo, o si aún lo hace. Me dijo que su marido no le prestaba atención. Llegaba a casa y se ponía directamente frente a la tele, o se quedaba en el bar con los colegas. Tampoco sé si eso es verdad o no. No importa. Ah, y Suzanne también lo hacía en otros lugares. Por ejemplo, en lugar de ir al supermercado en su pueblo, iba a otros más alejados, le sonreía a la gente y la gente siempre le devolvía la sonrisa. Si iba al cine y quería un buen sitio, lo tenía. Y lo mismo para volar en avión.

—Vaya —dijo Adam—. Es bastante retorcido.

—Pero ¿no lo entiendes?

—Lo entiendo. Debería ir a un psiquiatra.

—No sé. A mí me parece algo bastante inofensivo.

—¿Colgarse una barriga falsa para llamar la atención?

Corinne se encogió de hombros.

—Admito que es una medida extrema, pero hay personas que reciben atención porque son guapas. Algunas, porque han heredado dinero o porque tienen un trabajo interesante.

—Y otras lo consiguen mintiendo y fingiéndose embarazadas —sentenció Adam.

Silencio.

—Así que supongo que tu amiga Suzanne te habló de la página web de Fake-A-Pregnancy.

Ella le dio la espalda.

—¿Corinne?

—Eso es todo lo que te puedo contar ahora mismo.

—Estás de broma, ¿no?

—No.

—Un momento. ¿Me estás diciendo que necesitas ser objeto de más atenciones, como esa Suzanne? Eso... no es una conducta normal. Lo ves, ¿no? Tiene que ser un trastorno mental de algún tipo.

—Tengo que pensar en ello.

—¿Pensar en qué?

—Es tarde. Estoy cansada.

—¿Te has vuelto loca?

—Basta.

—¿Qué?

Corinne se volvió hacia él.

—Tú también lo sientes, ¿no, Adam?

—¿De qué estás hablando?

—Estamos en un campo de minas —respondió ella—. Como si nos hubieran dejado justo en medio y, si nos movemos demasiado rápido en cualquier dirección, vamos a pisar un explosivo y a volar por los aires.

Ella le miró a él. Él la miró a ella.

—Yo no he creado este campo de minas —dijo él, apretando los dientes—. Lo has creado tú.

—Me voy a la cama. Hablaremos de esto por la mañana.

—Tú no vas a ninguna parte —dijo Adam mientras le cortaba el paso.

—¿Qué vas a hacer, Adam? ¿Pegarme hasta que te lo cuente?

—Me debes una explicación.

Ella meneó la cabeza.

—No lo entiendes.

—¿Qué es lo que no entiendo?

Corinne le miró a los ojos.

—¿Cómo lo has descubierto, Adam?

—Eso no importa.

—No tienes ni idea de lo mucho que importa —susurró ella—. ¿Quién te dijo que buscaras ese cargo en la cuenta de la Visa?

—Un desconocido —dijo él.

Corinne dio un paso atrás.

—¿Quién?

—No lo sé. Un tipo. No lo había visto nunca. Se me acercó en la American Legion y me dijo lo que habías hecho.

Ella sacudió la cabeza como si intentara liberarse de algo.

—No lo entiendo. ¿Qué tipo?

—Te lo acabo de decir. Un desconocido.

—Tenemos que pensar en esto —dijo ella.

—No, tú tienes que contarme qué pasa.

—Esta noche no —respondió Corinne, apoyándole las manos en los hombros. Adam dio un paso atrás, como si el contacto le quemara—. No es lo que crees, Adam. Esto es más complicado.

—¿Mamá?

Adam se volvió hacia la voz. Ryan estaba en el rellano, escaleras arriba.

—¿Podéis ayudarme uno de los dos con los ejercicios de mates?

Corinne no lo dudó. La sonrisa volvió a su sitio.

—Ahora subo, cariño —dijo, y se volvió hacia Adam—. Mañana —le susurró. Su voz tenía un tono de súplica—. Hay mucho en juego. Por favor. Dame hasta mañana.

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Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
14 noyabr 2024
Həcm:
320 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9788491872160
Naşir:
Tərcüməçi:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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