Kitabı oxu: «No te rindas»
Título original: Don't let go
© Harlan Coben, 2017.
© de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2019.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO638
ISBN: 9788491875314
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
NOTA DEL AUTOR
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AGRADECIMIENTOS
HARLAN COBEN MYRON BOLITAR
POUR ANNE
À MA VIE DE COER ENTIER
NOTA DEL AUTOR
Cuando yo era un chaval, en una pequeña población de Nueva Jersey, había dos leyendas sobre mi pueblo que estaban muy extendidas entre los vecinos.
Una era que un famoso capo de la mafia vivía en una gran mansión protegida por una verja de hierro y vigilantes armados, y que en la parte trasera tenía un incinerador que quizá se usara como improvisado crematorio de cadáveres.
La segunda leyenda —la que inspiró este libro— era que, junto a aquella finca y cerca de una escuela de primaria, tras una alambrada y unos carteles de PROHIBIDO PASAR, había un centro de control de misiles Nike que podían albergar cabezas nucleares.
Años más tarde me enteré de que ambas leyendas eran ciertas.
Daisy llevaba un vestido negro ceñido con un escote más profundo que un doctor en Filosofía.
Localizó a su presa sentada al final de la barra, con un traje gris de raya diplomática. Mmm. Aquel tipo era lo bastante mayor para ser su padre. Aquello puede que hiciera algo más difícil el jueguecito, pero quizá no. Nunca se sabe con los tipos maduros. Algunos de ellos, especialmente los recién divorciados, se mostraban muy dispuestos a pavonearse y a demostrar que aún tenían gancho, aunque no lo hubieran tenido nunca.
Sobre todo si no lo habían tenido nunca.
Daisy atravesó el local, sintiendo las miradas de los hombres que se pegaban como lombrices a sus piernas desnudas. Cuando llegó al final de la barra, se sentó discretamente en el taburete que había a su lado.
La presa mantenía la mirada fija en el vaso de whisky que tenía delante como si fuera una gitana con una bola de cristal. Esperó a que se volviera hacia ella. No lo hizo. Daisy dedicó un momento a estudiar su perfil. Tenía la barba tupida y gris. La nariz era protuberante y abultada, casi como si fuera un postizo de silicona para una película. Llevaba el pelo largo y desaliñado, como una fregona.
«Segundo matrimonio —pensó Daisy—. Muy posiblemente, su segundo divorcio».
Dale Miller (así se llamaba la presa) cogió su whisky con delicadeza. Lo envolvió con las manos como si fuera un pájaro herido.
—Hola —dijo Daisy, echándose atrás la melena en un gesto perfectamente estudiado.
Miller se volvió hacia ella y la miró a los ojos de frente. Ella esperaba que bajara la mirada hacia el escote —hasta las mujeres lo hacían, cuando se ponía aquel vestido—, pero no lo hizo.
—Hola —respondió. Y luego volvió al whisky.
Daisy solía dejar que fuera la presa quien moviera ficha. Aquella era su técnica habitual. Ella saludaba, sonreía, y el tipo le preguntaba si podía invitarla a una copa. Lo típico. Sin embargo, Miller no parecía estar de humor para coquetear. Le dio un buen trago a su vaso de whisky, y luego otro.
Eso estaba bien. Que bebiera. Facilitaría las cosas.
—¿Puedo hacer algo por ti? —le preguntó él.
«Cachas», pensó Daisy. Esa era la palabra que mejor lo describía. Hasta con aquel traje de ejecutivo, Miller tenía aquel aspecto cachas de motero veterano del Vietnam, y una voz áspera a juego. Era el tipo de hombre maduro que Daisy encontraba misteriosamente interesante, aunque es probable que aquello fuera consecuencia de su legendario problema psicológico con su padre. A Daisy le gustaban los hombres que le infundían seguridad.
Había pasado demasiado tiempo desde el último que había conocido.
«Es hora de probar un enfoque diferente», pensó.
—¿Te importa que me siente aquí, contigo? —Daisy se acercó un poco, sacando partido al escote, y se explicó, con un murmullo—. Hay un tipo ahí...
—¿Te está molestando?
Qué encanto. No lo dijo para hacerse el macho, como muchos otros memos que había conocido. Dale Miller lo dijo con tranquilidad, sin más, como un caballero. Como un hombre que quería protegerla.
—No, no... La verdad es que no.
Él se puso a mirar por el bar.
—¿Quién de ellos es?
Daisy le apoyó una mano en el brazo.
—No ha ocurrido nada, en realidad. De verdad. Es solo que... me siento más segura contigo aquí. ¿Te importa?
Miller volvió a mirarla a los ojos. La nariz protuberante no encajaba con el resto del rostro, pero casi no se le notaba con aquellos penetrantes ojos azules.
—Por supuesto que no —dijo él, con voz de no bajar la guardia—. ¿Puedo ofrecerte una copa?
Daisy no necesitaba mayor introducción. Se le daba bien dar conversación, y a los hombres —casados, solteros, en proceso de divorcio, lo que fuera— nunca les importaba mucho abrirle su corazón. Dale Miller tardó un poco más de lo normal —a la copa número cuatro, si no se había descontado—, pero al final llegó al divorcio en trámites con Clara, su —¡premio!— segunda mujer, dieciocho años más joven que él. («Tenía que haberme dado cuenta, ¿no? Soy un idiota».) Una copa después, le habló de sus dos hijos, Ryan y Simone, la lucha por la custodia, su trabajo en banca.
Ella también debía contarle algo. Así funcionaba la cosa. Había que alimentar el fuego. Tenía una historia a punto para aquellas ocasiones —completamente ficticia, por supuesto—, pero había algo en el modo en que respondía Miller que le hizo añadir detalles íntimos. Aun así, nunca le contaría la verdad. La verdad no la conocía nadie más que Rex. Y ni siquiera Rex lo sabía todo.
Él tomaba whisky. Ella tomó vodka. Intentó beber despacio. En dos ocasiones se llevó el vaso lleno al baño, lo vació en el lavabo y lo rellenó con agua. Aun así, Daisy se sentía algo mareada cuando llegó el mensaje de texto de Rex.
L?
L de «Listo».
—¿Todo bien? —le preguntó Miller.
—Sí, claro. Una amiga.
Respondió con una S de «Sí» y se volvió de nuevo hacia él. Aquella era la parte en la que ella solía sugerir que fueran a un lugar más tranquilo. La mayoría de los hombres se tiraban de cabeza —en eso los tíos eran de lo más predecibles—, pero no estaba segura de que la vía directa funcionara con Dale Miller. No es que no pareciera interesado. Simplemente parecía estar —no habría sabido muy bien cómo expresarlo— por encima de todo eso.
—¿Te puedo preguntar una cosa? —dijo.
Miller sonrió.
—Llevas preguntándome cosas toda la noche —respondió él, arrastrando ligeramente la lengua. Bien.
—¿Has venido en coche?
—Sí. ¿Por qué?
Ella echó una mirada por el local.
—¿Podrías...? Bueno... ¿Te importaría llevarme a casa? No vivo lejos de aquí.
—Sí, claro, no hay problema —dijo él—. Puede que necesite un rato para despejar la borrachera...
Daisy se bajó del taburete.
—Ah, bueno, no pasa nada. Ya iré a pie.
Miller levantó la cabeza.
—Un momento. ¿Qué dices?
—Es que tendría que irme ya, pero si no puedes conducir...
—No, no —dijo él, poniéndose en pie—. Ya te llevo ahora.
—Si no te va bien...
—No hay ningún problema, Daisy.
Bingo. En el momento en que se dirigían a la puerta, Daisy le envió un breve mensaje a Rex:
DC
En código «De camino».
Algunos lo calificarían de timo o de estafa, pero Rex insistía en que era dinero «limpio». Daisy no estaba tan segura de que fuera limpio, pero tampoco se sentía tan culpable. El plan era sencillo en su ejecución, y ya no digamos en sus motivos. Un hombre y una mujer están en trámites de divorcio. La batalla por la custodia se vuelve encarnizada. Ambos bandos se desesperan. La esposa —técnicamente, el marido también podía recurrir a sus servicios, solo que hasta la fecha siempre había sido la esposa— contrataba a Rex para que la ayudara a ganar la más sangrienta de las batallas. ¿Cómo lo hacía?
Pillando al marido conduciendo borracho. ¿Qué mejor modo de demostrar que el hombre no está a la altura como padre? Así era como funcionaba. Daisy tenía dos trabajos: el de asegurarse de que su presa estaba lo suficientemente borracha y el de ponerla al volante. Rex, que era policía, aparecía y detenía a la presa por conducir bajo los efectos del alcohol, y de pronto su cliente conseguía una clara ventaja en el proceso judicial. En aquel mismo momento, Rex esperaba en un coche patrulla a dos travesías. Siempre encontraba un lugar solitario muy cerca del bar en que estuviera bebiendo la presa la noche en cuestión. Cuantos menos testigos, mejor. No querían preguntas.
Se trataba de hacerle parar, detenerlo y a otra cosa.
Ambos salieron del bar trastabillando y llegaron al aparcamiento.
—Por aquí —dijo Miller—. He aparcado por aquí.
El suelo del aparcamiento era de guijarros. Miller iba levantando piedrecitas del suelo mientras avanzaba hacia un Toyota Corolla gris. Apretó el botón del mando y el coche emitió un doble pitido sordo. Cuando Miller se dirigió hacia la puerta del acompañante, Daisy no lo entendió. ¿Acaso quería que condujera ella? Dios, esperaba que no. ¿Estaba más cocido de lo que pensaba? Eso sí podía ser. Pero enseguida se dio cuenta de que no era ninguna de esas dos cosas.
Dale Miller le abría la puerta. Como un caballero de verdad. Eso le hizo darse cuenta del tiempo que hacía que no se cruzaba con un caballero de verdad. Ni siquiera había entendido qué era lo que estaba haciendo.
Le sostuvo la puerta. Daisy se metió en el coche. Dale Miller esperó a que estuviera perfectamente situada antes de cerrar la puerta con cuidado.
Daisy sintió una punzada de remordimiento.
Rex había insistido muchas veces en que no estaban haciendo nada ilegal, ni siquiera de ética dudosa. Además, el plan no siempre funcionaba. Algunos tipos no van a bares. «Si es ese el caso —le había dicho Rex—, el tipo no tiene nada que temer. Nuestro hombre ya está bebiendo, ¿no? Lo único que haces es darle un pequeño empujón, eso es todo. Pero nadie lo obliga a conducir borracho. En última instancia, es él el que decide. No es que le apuntes a la cabeza con una pistola».
Daisy se abrochó el cinturón de seguridad. Dale Miller también. Arrancó y puso la marcha atrás. Los neumáticos aplastaron los guijarros. Una vez fuera de la plaza, Miller paró el coche y se quedó mirando a Daisy un momento. Ella intentó sonreír, pero no podía.
—¿Qué es lo que escondes, Daisy?
Ella sintió un escalofrío, pero no respondió.
—Te ha pasado algo. Lo veo en tu rostro.
Daisy no sabía qué otra cosa hacer, así que intentó quitarle hierro con una carcajada.
—Ya te he contado la historia de mi vida en ese bar, Dale.
Miller esperó otro segundo, quizá dos, aunque a ella le pareció una hora. Por fin miró al frente y metió la marcha. No dijo ni una palabra más, y salieron del aparcamiento.
—A la izquierda —dijo Daisy, percibiendo la tensión en su propia voz—. Y luego es la segunda a la derecha.
Dale Miller estaba callado, marcando mucho las curvas, tal como uno hace cuando ha bebido pero no quiere que lo paren. El Toyota Corolla estaba limpio; era un coche impersonal, quizá con un exceso de ambientador. Cuando Miller tomó la segunda a la derecha, Daisy aguantó la respiración y esperó a que aparecieran las luces azules y la sirena de Rex.
Aquella era la parte que siempre le daba miedo, porque no sabía cómo iba a reaccionar el tipo. Uno había intentado huir, aunque se dio cuenta de lo inútil de su gesto antes de llegar a la siguiente esquina. Algunos tipos soltaban improperios. Algunos —demasiados— se echaban a llorar. Eso era lo peor. Hombres adultos que momentos antes habían estado haciéndose los gallitos, en algunos casos con la mano aún rozándole el vestido, de pronto se ponían a sollozar como niños de guardería.
Se daban cuenta de la gravedad de la situación al momento. Y aquello los destrozaba.
Daisy no sabía qué esperar de Dale Miller.
Rex tenía los tiempos estudiados a la perfección, y en el momento justo apareció la luz azul, seguida inmediatamente por la sirena del coche patrulla. Daisy se volvió y escrutó el rostro de Dale Miller para calibrar su reacción. Si Miller estaba consternado o sorprendido, desde luego no lo demostraba. Reaccionó sin perder la compostura, con desenvoltura incluso. Puso el intermitente antes de detenerse en el arcén, y Rex se detuvo justo detrás.
La sirena ya no sonaba, pero la luz azul seguía dando vueltas.
Dale Miller puso el coche en punto muerto y se volvió hacia ella. Daisy no sabía muy bien qué cara poner. ¿Sorpresa? ¿Solidaridad? ¿Un suspiro de «qué le vamos a hacer»?
—Bueno, bueno —dijo Miller—. Parece que el pasado nos pasa factura, ¿eh?
Sus palabras, su tono y su expresión le pusieron los nervios de punta. Habría querido gritarle a Rex que se diera prisa, pero se estaba tomando su tiempo, como habría hecho cualquier policía. Dale Miller no le quitó los ojos de encima, incluso después de que Rex golpeara el cristal con los nudillos. Miller se volvió lentamente y abrió la ventanilla.
—¿Hay algún problema, agente?
—El carné y los papeles del coche, por favor.
Dale Miller se los entregó.
—¿Ha bebido esta noche, señor Miller?
—Quizás una copa —respondió él.
Al menos aquella respuesta era idéntica a la de cualquier otra presa. Siempre mentían.
—¿Le importa salir del coche un momento?
Miller se volvió hacia Daisy, que reprimió un escalofrío y mantuvo la mirada al frente, evitando el contacto visual.
—¿Señor? —insistió Rex—. Le he pedido...
—Por supuesto, agente.
Dale Miller accionó la manija. Cuando se encendió la luz interior del coche, Daisy cerró los ojos un momento. Miller salió con un leve gruñido. Dejó la puerta abierta, pero Rex lo rodeó y la cerró de un portazo. La ventanilla seguía entreabierta, de modo que Daisy los oía.
—Señor, me gustaría hacerle unas pruebas para comprobar que está sobrio.
—Eso podríamos saltárnoslo —dijo Dale Miller.
—¿Cómo dice?
—¿Por qué no pasamos directamente al alcoholímetro? ¿No sería más fácil?
La sugerencia pilló a Rex por sorpresa. Miró detrás de Miller un momento y cruzó una mirada con Daisy, que se encogió de hombros.
—Supongo que llevará un alcoholímetro en el coche patrulla, ¿no? —preguntó Miller.
—Sí que lo llevo, claro.
—Pues así no perderá usted tiempo, ni yo, ni la encantadora señorita.
Rex vaciló.
—Muy bien. Espere aquí.
—Claro.
Cuando Rex dio media vuelta para dirigirse al coche patrulla, Dale Miller sacó una pistola y le disparó dos veces en la nuca. Rex se desplomó al suelo.
Luego, Dale Miller apuntó con la pistola en dirección a Daisy.
«Han vuelto —pensó ella—. Después de tanto tiempo, me han encontrado».
1
Oculto el bate de béisbol detrás de la pierna, de modo que Trey —supongo que es Trey— no pueda verlo. El supuesto Trey se me acerca tan tranquilo, con su falso bronceado, su flequillo emo y los tatuajes tribales sin sentido que le cubren los bíceps hinchados artificialmente. Ellie me ha descrito a Trey como un «capullo bocazas». Sin duda, es él.
Aun así, tengo que estar seguro.
Al cabo de los años, he desarrollado una técnica deductiva realmente elaborada para saber si he encontrado a quien busco. Mira y aprende.
—¿Trey?
El capullo se detiene, me mira con su mejor fruncido de cejas a lo cromañón y responde:
—¿Quién quiere saberlo?
—¿Se supone que tengo que decir «Yo»?
—¿Eh?
Suspiro. ¿Ves con qué tipo de tarados tengo que tratar, Leo?
—Has respondido: «¿Quién quiere saberlo?» —añado—. Como para no soltar prenda. Si yo hubiera dicho: «¿Mike?», habrías dicho: «Te equivocas de tío, colega». Al responder: «¿Quién quiere saberlo?», ya me has dicho que eres Trey.
Deberías ver la expresión de perplejidad en la cara de este tío. Doy un paso más, con el bate escondido. Trey va disfrazado de duro, pero siento el miedo que emana. No es de extrañar. Yo soy un tipo de complexión generosa, no una de esas mujeres de metro y medio a las que puede abofetear para sentirse importante.
—¿Qué quieres? —me pregunta Trey. Doy un paso más.
—Hablar.
—¿De qué?
Golpeo agarrando el bate con una mano porque así es más rápido. El bate cae como un látigo sobre la rodilla de Trey. Grita, pero no cae al suelo. Ahora lo agarro con ambas manos. ¿Recuerdas cómo nos enseñó el entrenador Jauss a golpear en la liga juvenil, Leo? Bate atrás, codo arriba. Ese era su mantra. ¿Cuántos años teníamos? ¿Nueve?, ¿diez? No importa. Hago exactamente lo que nos enseñó el míster. Echo el bate atrás, codo arriba, y lanzo el golpe dando un paso adelante.
El grueso de la madera cae de lleno en la misma rodilla. Trey cae al suelo como si le hubiera disparado.
—Por favor...
Esta vez levanto el bate sobre la cabeza, como un hacha, y lo acompaño con todo mi peso, apuntando a la misma rodilla. Al impactar, oigo algo que se astilla. Trey suelta un aullido. Levanto el bate otra vez. A estas alturas, Trey se agarra la rodilla con ambas manos, intentando protegérsela. Qué diablos. Más vale asegurarse, ¿no?
Voy a por el tobillo. Cuando el bate impacta, el tobillo cede y se suelta. Se oye algo parecido al ruido de una bota al pisar unas ramitas secas.
—No me has visto la cara —le advierto—. Si dices una palabra, vuelvo y te mato.
No espero a que responda.
¿Te acuerdas de cuando papá nos llevó a nuestro primer partido de béisbol de primera, Leo? En el Yankee Stadium. Nos sentamos en aquella tribuna junto a la línea de tercera base. No nos quitamos el guante de béisbol en todo el partido, con la esperanza de que alguna bola nos cayera encima. Por supuesto, no sucedió. Recuerdo cómo papá dirigía el rostro hacia el sol, aquellas Ray-Ban Wayfarer que llevaba, la sonrisa apenas esbozada en su rostro. ¿No era un tipo genial? Al ser francés no conocía las normas —también era su primer partido de béisbol—, pero no le importaba. Era un día de fiesta con sus gemelos.
Aquello era más que suficiente para él.
Tres manzanas más allá, tiro el bate en un contenedor de un 7-Eleven. Me he puesto guantes, así que no habrá huellas. El bate lo compré hace años en un mercadillo de Atlantic City. No podrían relacionarlo conmigo de ningún modo. No es que me preocupe. La poli no se molestará en revolver un contenedor lleno de Slurpees de cereza para investigar una agresión a un comemierda profesional como Trey. En la tele quizá lo hagan. En el mundo real lo más fácil es que lo atribuyan a una pelea entre bandas, a un ajuste de cuentas por drogas, a una deuda de juego o a algo que haga creer que se lo merecía.
Cruzo el aparcamiento y doy un rodeo hasta llegar a mi coche. Llevo una gorra negra de los Brooklyn Nets —muy de moda urbana— y mantengo la cabeza gacha. Insisto en que no creo que nadie se tome el caso en serio, pero uno siempre puede encontrarse con un novato a quien le dé por repasar las grabaciones de circuito cerrado o algo así.
No me cuesta nada ser prudente.
Me subo al coche, tomo la interestatal 280 y voy directamente a Westbridge. Suena el móvil: una llamada de Ellie. Como si supiera lo que estoy haciendo. La señora Conciencia. De momento no lo cojo.
Westbridge es el clásico pueblo periférico de sueño americano que los medios de comunicación calificarían de «familiar», de «burgués» quizás, o incluso de «elegante», aunque en realidad no es ni «respetable». Acoge barbacoas del Rotary Club, desfiles del 4 de Julio, carnavales del Kiwanis Club y mercados de productos ecológicos los sábados por la mañana. Los partidos de fútbol americano del instituto registran una buena entrada, especialmente cuando jugamos contra nuestro rival, Livingston. La liga juvenil de béisbol sigue teniendo mucho tirón. El entrenador Jauss murió hace unos años, pero le pusieron su nombre a uno de los campos.
Sigo parándome frente a ese campo, aunque ahora en un coche patrulla. Sí, soy ese tipo de poli. Pienso en ti, Leo, plantado en el exterior derecho. Tú no querías jugar al béisbol —ahora lo sé—, pero te diste cuenta de que yo no habría querido apuntarme si tú no lo hacías. Algunos aún se acuerdan de mí, como el lanzador que en aquel partido de semifinales de la liga estatal consiguió que el equipo contrario no bateara ni una bola. Tú no estabas a la altura de aquel equipo, así que los poderes establecidos de la liga juvenil te colocaron como estadístico. Supongo que lo hicieron para tenerme contento. En aquel momento no me di cuenta.
Tú siempre has sido más listo, Leo, más maduro, así que probablemente tú sí que te darías cuenta.
Llego a casa y aparco delante. Tammy y Ned Walsh, los vecinos —mentalmente lo veo como Ned Flanders, porque tiene el mismo bigote y esos ademanes exagerados— están limpiando los canalones. Ambos me saludan con la mano.
—Hola, Nap —dice Ned.
—Hola, Ned —saludo—. Hola, Tammy.
Así de simpático soy. El típico vecino encantador. En realidad, soy un raro ejemplar en los barrios residenciales de la periferia —aquí un hombre hetero, soltero y sin hijos llama más la atención que un cigarrillo en un gimnasio—, así que trabajo duro para que me vean como un tipo normal, aburrido, de confianza.
Inofensivo.
Papá murió hace cinco años, por lo que ahora supongo que algunos de los vecinos me ven como ese tipo de soltero, el que no se ha ido de casa y merodea por ahí como Boo Radley, el de Matar a un ruiseñor. Por eso intento tener la casa cuidada. Por eso intento asegurarme de traer a mis citas a casa durante las horas de luz, aunque sepa que la cita no va a durar mucho.
Hubo un tiempo en que un tipo como yo sería considerado un excéntrico encantador, un soltero redomado. Ahora creo que a los vecinos les preocupa que sea un pedófilo o algo por el estilo. Así que hago todo lo que puedo por quitarles el miedo. La mayoría de los vecinos, además, conocen nuestra historia, por lo que les parece lógico que siga aquí.
Sigo de charla con Ned y Tammy.
—¿Cómo va el equipo de Brody? —pregunto. No me importa, pero una vez más, hay que cuidar las apariencias.
—Han ganado ocho de nueve —responde Tammy.
—Eso es fantástico.
—Tienes que venir a ver el partido del próximo miércoles.
—Me encantaría —respondo.
Y también me encantaría que me quitaran un riñón con una cuchara sopera.
Sonrío una vez más, saludo con la mano como un idiota y entro en casa. Ya no duermo en nuestra antigua habitación, Leo. Tras aquella noche —siempre la llamo «aquella noche», porque no puedo aceptar lo de «suicidio doble» o «muerte accidental», ni siquiera, aunque nadie crea realmente que fue eso, lo del «asesinato»—, no podía soportar ver nuestra vieja litera. Me fui a dormir a la planta de abajo, a la habitación que llamábamos «nuestra madriguera». Probablemente uno de los dos debía de haberlo hecho años atrás, Leo. Nuestro dormitorio no estaba mal para dos chavales, pero era pequeño para dos adolescentes varones.
Aunque nunca me importó. Y no creo que a ti tampoco te importara.
Cuando papá murió, me trasladé al dormitorio principal, en la planta de arriba. Ellie me ayudó a convertir nuestra vieja habitación en un despacho, con esos armarios empotrados de un estilo que ella llama «rústico urbano moderno». Aún no sé qué significa eso.
Me dirijo al dormitorio y empiezo a quitarme la camisa, cuando suena el timbre. Me imagino que serán los de UPS o FedEx. Son los únicos que se presentan sin avisar antes. Así que no me molesto en bajar. Cuando oigo otra vez el timbre, me pregunto si habré pedido algo que requiera una firma. No se me ocurre. Miro por la ventana del dormitorio.
Polis.
Van vestidos de paisano, pero yo siempre los distingo. No sé si será la postura o algo intangible, pero no creo que sea solo porque yo también lo soy, una cosa entre polis. Son un hombre y una mujer. Por un segundo se me ocurre que pueda tener relación con Trey —una deducción lógica, ¿no?—, pero echo una mirada rápida al coche de incógnito, que resulta tan evidente que es un coche de policía que parece que lleve las palabras «coche de policía de incógnito» escritas con pintura de bote a ambos lados, y veo que tiene matrícula de Pensilvania.
Enseguida me pongo un chándal gris y me miro al espejo. La única palabra que me viene a la mente es «rompedor». Bueno, no es la única, pero me quedo con esa. Bajo los escalones a toda prisa y giro el pomo de la puerta.
No tenía ni idea de lo que me supondría abrir esa puerta. No tenía idea, Leo, de que te traería de nuevo a mi vida.
2
Tal como he dicho, dos polis: un hombre y una mujer.
La mujer es mayor, probablemente cincuentona, y lleva una chaqueta azul, vaqueros y zapatos cómodos. Veo el bulto de la pistola bajo la chaqueta, pero no me llama la atención especialmente. El hombre debe de tener unos cuarenta años y lleva un traje color marrón parduzco más propio de un director de escuela.
La mujer esboza una sonrisa forzada y dice:
—¿Agente Dumas?
Pronuncia mi apellido Du-mas. En realidad, es francés, du-má, como el famoso escritor. Leo y yo nacimos en Marsella. Cuando nos mudamos a Estados Unidos y al pueblo de Westbridge, a los ocho años de edad, a nuestros nuevos «amigos» les pareció increíblemente inteligente pronunciar Dumas como Dumb Ass, que significa «capullo» en inglés. Algunos adultos aún lo hacen, pero bueno... No votamos al mismo partido, por decirlo así.
No me molesto en corregirla.
—¿Qué puedo hacer por ustedes?
—Soy la teniente Stacy Reynolds —dice ella—. Este es el agente Bates.
No me gusta la sensación que tengo. Sospecho que están aquí para darme una mala noticia de algún tipo, como la muerte de alguien próximo. Yo también he tenido que dar el pésame unas cuantas veces estando de servicio. No es mi fuerte. Pero por triste que parezca, no puedo imaginarme a nadie que me importe lo suficiente como para que alguien me envíe un coche patrulla a casa. La única es Ellie, y está en Westbridge, en Nueva Jersey, no en Pensilvania.
Me salto lo de «encantado» y voy directo al grano.
—¿De qué va esto?
—¿Le importa que entremos? —dice Reynolds con una sonrisa fatigada—. Ha sido un largo viaje.
—Si me permite, me gustaría usar el baño —añade Bates.
—Ya irá más tarde —respondo—. ¿Por qué están aquí?
—No hace falta que se ponga impertinente —dice Bates.
—Tampoco hace falta ir con remilgos. Soy policía, han hecho un largo viaje. No alarguemos esto aún más.
Bates me mira fijamente a los ojos. No me importa una mierda. Reynolds apoya la mano en el arma para calmar los ánimos. Sigue sin importarme una mierda.
—Tiene razón —me dice Reynolds—. Me temo que tenemos malas noticias. —Espero—. Ha habido un asesinato en nuestro distrito.
—Ha muerto un policía —añade Bates.
Eso me hace reaccionar. Están los asesinatos. Y luego, los asesinatos de policías. No es que queramos que sean cosas diferentes, una peor que la otra, pero hay muchas cosas que no queremos y nos las tragamos.
—¿Quién? —pregunto.
—Rex Canton.
Esperan a ver mi reacción, pero no hay reacción. Estoy intentando atar cabos.
—¿Conocía al sargento Canton? —pregunta ella.
—Sí —respondo—. Pero de eso hace una eternidad.
—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?
Yo sigo intentando entender por qué están aquí.
—No recuerdo. Quizás en la graduación del instituto.
—¿No ha vuelto a verlo desde entonces?
—No que yo recuerde.
—Pero ¿podría ser que sí?
Me encojo de hombros.
—Puede que viniera a alguna reunión de antiguos alumnos o algo así.
—Pero no está seguro.
—No, no estoy seguro.
—No parece que la noticia lo haya afectado mucho —observa Bates.
—Oh, sí, por dentro estoy destrozado —respondo—. Es que soy un tío superduro.
—Ese sarcasmo es innecesario —protesta Bates—. Ha muerto un agente.
—Tampoco hace falta que perdamos el tiempo de esta manera. Lo conocí en el instituto. Eso es todo. Desde entonces no lo he vuelto a ver. No sabía que viviera en Pensilvania. Ni siquiera sabía que fuera policía. ¿Cómo lo mataron?
—Le dispararon en un control de tráfico —aclara Reynolds.
Rex Canton. Lo conocí tiempo atrás, por supuesto, pero era más bien amigo tuyo, Leo. Parte de tu cuadrilla del instituto. Recuerdo la fotografía cómica que os sacasteis todos, disfrazados de una patética banda de rock para el concurso de talentos de la escuela. Rex tocaba la batería. Tenía los incisivos separados. Parecía un buen chaval.
—¿Podemos ir al grano? —pregunto.
—¿En qué sentido?
No estoy de humor para todo esto.
—¿Qué es lo que quieren de mí?
Reynolds me mira a los ojos, y su rostro quizás esconda una sonrisa.
—¿No tiene ninguna sospecha?
—Ninguna.
—Déjenos usar el baño antes de que me mee en su felpudo. Luego hablamos.
Me hago a un lado y los invito a pasar. Reynolds entra primero. Bates espera, cambiando de postura a menudo. Me suena el móvil. Ellie otra vez. Corto la llamada y le mando un mensaje diciéndole que la llamaré en cuanto pueda. Oigo el agua del grifo; Reynolds se está lavando las manos. Sale; entra Bates. El muchacho se deja oír. Parece que estaba realmente apurado.
Pasamos al salón y nos acomodamos. Ellie también arregló esta estancia. Quiso darle un estilo «masculino pero agradable para las mujeres»: paneles de madera y una gran pantalla de televisión, pero con una barra acrílica y divanes de polipiel en un tono malva indefinido.
—¿Y bien? —pregunto.
Reynolds mira a Bates. Él asiente, y ella vuelve a mirarme a mí.
—Hemos encontrado huellas.
—¿Dónde fue? —pregunto.
—¿Cómo dice?
—Han dicho que a Rex le dispararon en un control de tráfico.
—Así es.
—¿Y dónde encontraron su cuerpo? ¿En el coche patrulla? ¿En la calle?
—En la calle.
—¿Y dónde encontraron esas huellas, exactamente? ¿En la calle?
—El lugar no es importante —responde Reynolds—. Lo importante es de quién son.
Espero. Nadie dice nada, así que hablo yo:
—¿Y de quién son las huellas?
—Bueno, en parte ese es el problema —dice ella—. No hemos encontrado coincidencias en ninguna base de datos de detenidos. La persona no tiene antecedentes. Pero aun así estaban en el sistema.
Siempre he oído la expresión «se me ha erizado el vello de la nuca», pero no creo haber sabido bien lo que era hasta este momento. Reynolds espera, pero no le doy la satisfacción. La pelota está en su campo. Dejaré que sea ella la que la lleve hasta la línea de meta.
—Las huellas dieron una coincidencia —prosigue ella— porque hace diez años usted, agente Dumas, las introdujo en el sistema, con la descripción «persona de interés». Hace diez años, cuando ingresó en el cuerpo, pidió que se lo notificáramos si se producía una coincidencia algún día.
Intento no demostrar mi asombro, pero no tengo la impresión de conseguirlo. Estoy volviendo al pasado, Leo. Estoy retrocediendo quince años. Estoy volviendo a aquellas noches de verano cuando ella y yo paseábamos bajo la luz de la luna hasta aquel claro de Riker Hill y extendíamos una manta sobre la hierba. Retrocedo y siento de nuevo aquella pasión, la exquisitez y la pureza de aquel deseo, pero sobre todo rememoro el después, yo estirado boca arriba, recuperando el aliento, con la mirada fija en el cielo nocturno, su cabeza en mi pecho, su mano en mi vientre, y los primeros minutos que pasábamos en silencio, para empezar luego a hablar en un modo que me dejaba claro —lo sabía— que nunca me cansaría de hablar con ella.
Tú habrías sido el padrino de bodas.
Tú me conoces. Nunca he necesitado tener muchos amigos. Te tenía a ti, Leo. Y la tenía a ella. Luego te perdí a ti. Y luego la perdí a ella.
Reynolds y Bates me están mirando, escrutándome.
—¿Agente Dumas?
Vuelvo de golpe a la realidad.
—¿Me están diciendo que las huellas pertenecen a Maura?
—Sí, así es.
—Pero aún no la han encontrado.
—No, todavía no —responde Reynolds—. ¿Quiere explicárnoslo?
—Lo haré de camino —dijo, agarrando mi cartera y las llaves de casa—. Vamos.
3
Reynolds y Bates quieren interrogarme ahora mismo.
—En el coche —insisto—. Quiero ver el escenario.
Los tres recorremos el camino de ladrillo que construyó mi padre con sus propias manos hace veinte años. Yo voy delante. Tienen que darse prisa para seguirme.
—Suponga que no queramos llevarlo —dice Reynolds.
Me detengo de pronto y me despido haciendo un gesto infantil con la mano.
—Pues adiós. Que tengan buen viaje de regreso.
—Podemos obligarlo a responder —replica Bates.
Está claro que no le gusto.
—¿Eso cree? Muy bien. —Me doy media vuelta para regresar a casa—. Ya me tendrán al corriente.
Reynolds se me pone delante, cortándome el paso.
—Estamos intentando encontrar a alguien que ha matado a un poli.
—Yo también.
Soy muy buen investigador —lo soy, no hay motivo para la falsa modestia—, pero tengo que ver el escenario personalmente. Conozco a los actores. Quizá pueda ayudar. En cualquier caso, si Maura ha vuelto, no voy a dejar pasar este asunto de ningún modo.
Pero todo esto no se lo quiero explicar a Reynolds y a Bates.
—¿Cuánto tardaríamos en llegar? —pregunto.
—Dos horas, si nos damos prisa.
Abro los brazos, como dándoles la bienvenida.
—Van a tenerme en el coche solo para ustedes durante todo ese tiempo. Imaginen todas las preguntas que me pueden hacer.
Bates frunce el ceño. No le gusta la idea, o quizás es que está tan acostumbrado a hacer el papel del poli malo con Reynolds que le sale en automático. Cederán. Todos lo sabemos. Es solo cuestión de cómo y cuándo.
—¿Cómo volverá aquí? —pregunta Reynolds.
—Porque nosotros no somos Uber —añade Bates.
—Sí, ya, el transporte para la vuelta —respondo yo—. Eso es en lo que deberíamos concentrar toda nuestra atención.
Vuelven a fruncir el ceño, pero ya está hecho. Reynolds se pone al volante; Bates, en el lugar del acompañante.
—¿Es que nadie va a abrirme la puerta? —pregunto.
No es que haga falta, pero qué demonios: antes de subir, saco el teléfono y busco en mis «Favoritos». Desde el asiento del conductor, Reynolds me mira con cara de «a ti qué te pasa ahora». Le levanto el dedo del medio para indicarle que solo va a ser un momento.
—Eh —responde Ellie.
—Tengo que cancelar lo de esta noche.
Los domingos por la noche colaboro como voluntario en el refugio de Ellie para mujeres maltratadas.
—¿Qué ocurre? —pregunta.
—¿Te acuerdas de Rex Canton?
—¿Del instituto? Sí, claro.
Ellie está felizmente casada y tiene dos hijas. Soy padrino de ambas, lo cual es algo raro, pero funciona. Ellie es la mejor persona que conozco.
—Era poli en Pensilvania —le digo.
—Creo que oí algo al respecto.
—Nunca me dijiste nada.
—¿Y por qué iba a decírtelo?
—Bien pensado.
—Bueno, ¿y qué le pasa?
—Lo han matado durante el servicio. Alguien le disparó durante un control de tráfico.
—Oh, eso es terrible. Lo siento mucho. —Hay personas que lo dicen, y no son más que palabras. Con Ellie, sentías la empatía—. ¿Y qué tiene que ver contigo?
—Ya te lo contaré luego.
Ellie no era de las que pierden el tiempo pidiendo detalles. Entiende que, si quiero contarle algo más, lo haré.
—Vale. Llámame si necesitas algo.
—Cuida a Brenda por mí —le digo.
Se produce una breve pausa. Brenda es madre de dos hijos y una de las mujeres maltratadas del refugio que vive una pesadilla continua por culpa de un hijo de perra violento. Hace dos semanas, Brenda llegó al refugio de Ellie huyendo en plena noche con una conmoción cerebral, un par de costillas rotas y ninguna pertenencia. Desde entonces vive tan asustada que no sale, ni siquiera para tomar el aire al patio cercado del refugio. Dejó tras de sí todo, menos sus hijos. Tiembla mucho. Vive encogida, crispada, como si se esperara un puñetazo en cualquier momento.
Quiero decirle a Ellie que esta noche Brenda podría ir a casa y recoger por fin sus cosas, que el abusador —un cretino apodado Trey— no volverá a casa en unos cuantos días, pero incluso con Ellie mantengo cierta discreción.
Lo deducirían. Siempre lo hacen.
—Dile a Brenda que volveré —le digo.
—Se lo diré —responde Ellie, y luego cuelga.
Estoy solo en el asiento posterior del coche patrulla. Huele a coche patrulla, lo cual quiere decir a sudor, a desesperación y a miedo. Reynolds y Bates están delante, como si fueran mis padres. No empiezan a hacerme preguntas enseguida. Están completamente en silencio. ¿De verdad? ¿Es que se han olvidado de que yo también soy poli? Intentan hacerme hablar, que les revele algo, que suelte la lengua. Es el equivalente a la espera intencionada en la sala de interrogatorios, pero sobre ruedas.
No entro al trapo. Cierro los ojos e intento dormir. Reynolds me despierta.
—¿De verdad te llamas Napoleon de nombre?
—Pues sí —respondo. Mi padre, francés, odiaba ese nombre, pero mi madre, la americana en París, había insistido.
—¿Napoleon Dumas?
—Todo el mundo me llama Nap.
—Qué nombre tan estúpido —dice Bates.
— ¿Y a ti, Bates... —digo—, te llaman Norman?
—¿Eh?
A Reynolds casi se le escapa la risa. Por lo visto, Bates nunca ha oído hablar de Psicosis. De hecho, se queda pensando, con cara de tonto, pero al final se rinde.
—Eres un capullo, Dumas.
Esta vez pronuncia mi apellido correctamente.
—¿Qué? ¿Entramos en materia, Nap? —pregunta Reynolds.
—Adelante.
—Fuiste tú quien introdujiste a Maura Wells en el AFIS, ¿verdad?
AFIS. El sistema de identificación automática de huellas dactilares.
—Supongamos que la respuesta es sí.
—¿Cuándo?
Eso ya lo saben.
—Hace diez años.
—¿Por qué?
—Desapareció.
—Lo hemos comprobado —interviene Bates—. Su familia nunca denunció su desaparición.
No respondo. Dejamos que el silencio se prolongue un poco. Reynolds lo rompe:
—¿Nap?
No les va a gustar mucho. Lo sé, pero no puedo evitarlo.
—Maura Wells era mi novia en el instituto. En el último año, rompió conmigo con un mensaje de texto. Perdí el contacto con ella por completo. Se mudó. La busqué, pero nunca la encontré.
Reynolds y Bates cruzan una mirada.
—¿Hablaste con sus padres? —pregunta Reynolds.
—Con su madre, sí.
—¿Y?
—Y me dijo que el paradero de Maura no era asunto mío y que dejara de fisgonear en la vida de los demás.
—Un buen consejo —apunta Bates.
No pico el anzuelo.
—¿Y qué edad teníais? —pregunta Reynolds.
—Dieciocho.
—Así que buscaste a Maura, no la encontraste...
—Exacto.
—¿Y qué hiciste?
No quiero decirlo, pero Rex ha muerto y puede que Maura haya vuelto, y hay que ceder un poco para obtener algo.
—Cuando entré en el cuerpo, introduje sus huellas en el AFIS. Hice un informe de desaparición.
—En realidad, no estabas autorizado para hacer eso —señala Bates.
—Eso es cuestionable. Pero ¿habéis venido a trincarme por un asunto de protocolo?
—No —responde Reynolds.
—No sé... —reflexiona Bates, fingiendo incredulidad—. Una chica te deja tirado. Cinco años más tarde te saltas el protocolo introduciéndola en el sistema para... ¿qué? ¿Para intentar volver a ligar con ella? —Se encoge de hombros—. Suena a acoso.
—Como conducta es bastante inquietante, Nap —añade Reynolds.
Apuesto a que saben algo de mi pasado. Pero no lo suficiente.
—Supongo que buscarías a Maura Wells por tu cuenta, ¿no? —pregunta Reynolds.
—Un poco.
—Y supongo que no la encontraste.
—Exacto.
—¿Alguna idea de dónde haya podido estar los últimos quince años?
Ya estamos en la autopista, dirigiéndonos al oeste. Aún intento entender todo esto. Intento reubicar mis recuerdos de Maura pensando en Rex. Pienso en ti, Leo. Tú eras amigo de los dos. ¿Significa eso algo? Quizá, quizá no. Todos íbamos a la misma clase, así que nos conocíamos. Pero ¿qué relación tenían Maura y Rex? ¿La habría reconocido Rex por casualidad? Y si es así, ¿significa eso que lo ha matado ella?
—No —respondo—. Ni idea.
—Es curioso —observa Reynolds—. No se ha registrado ninguna actividad reciente de Maura Wells. Ninguna tarjeta de crédito, ninguna cuenta, ninguna declaración de impuestos. Aún estamos comprobando su rastro documental...
—No encontraréis nada.
—Ya lo has comprobado.
No es una pregunta.
—¿Cuándo desapareció del radar Maura Wells? —me pregunta ella.
—Por lo que yo sé —respondo—, hace quince años.
4
La escena del crimen es un corto tramo de una especie de calle secundaria de esas que se encuentran cerca de un aeropuerto o una terminal de ferrocarril. Sin vecinos. Un parque industrial que ha vivido mejores tiempos, con algunos almacenes dispersos, abandonados o en proceso de abandono.
Salimos del coche patrulla. Unas vallas de madera improvisadas bloquean el paso a la escena del crimen, pero un vehículo podría esquivarlas. Hasta ahora no he visto ninguno que lo hiciera. No dejo de pensar en ello: la ausencia de tráfico. Aún no han limpiado la sangre. Alguien ha trazado con tiza la silueta de Rex en el lugar donde cayó. No recuerdo la última vez que vi una; una silueta trazada en tiza.
—Decidles que me dejen pasar.
—No estás aquí como investigador —me espeta Bates.
—¿Tú lo que quieres es una competición, a ver quién mea más lejos —le pregunto—, o pillar al asesino de un poli?
Bates me mira fijamente, entrecerrando los ojos.
—¿Aunque la asesina sea una antigua novia tuya?
Especialmente si lo es. Pero eso no lo digo en voz alta.
Se toman un minuto más para que parezca que es algo complicado, y luego Reynolds entra.
—El agente Rex Canton detiene un Toyota Corolla en esta zona aproximadamente a la una y cuarto de la noche, según parece, para una prueba de alcoholemia.
—Supongo que Rex lo comunicaría por radio.
—Lo hizo, sí.
Es el protocolo. Si das el alto a un coche, lo comunicas por radio para comprobar la matrícula, ver si el coche es robado, si hay algún antecedente, ese tipo de cosas. También te dan el nombre del dueño del coche.
—¿Y quién era el propietario del coche? —pregunto.
—Era de alquiler.
Eso no me gusta, pero hay muchas cosas en todo esto que no me gustan.
—No sería de una gran cadena, ¿verdad? —digo.
—¿Cómo?
—La compañía de alquiler. No sería de las grandes, como Hertz o Avis.
—No, era una agencia pequeña, llamada Sal’s.
—Dejadme adivinar —digo yo—. Ha sido cerca de un aeropuerto. Sin reserva previa.
Reynolds y Bates cruzan una mirada.
—¿Eso cómo lo sabes? —pregunta Bates.
No le hago caso y miro a Reynolds.
—Lo alquiló un tipo llamado Dale Miller, de Portland, Maine —explica Reynolds.
—El carné —pregunto—. ¿Era falso o robado?
Otro cruce de miradas.
—Robado.
Toco la sangre.
—Está seca. ¿Había cámaras de vídeo en la agencia de alquiler?
—Debería llegarnos la grabación muy pronto, pero el tipo del mostrador ha dicho que Dale Miller era un hombre mayor, de sesenta y pico, quizá setenta.
—¿Dónde ha aparecido el coche de alquiler?
—A menos de un kilómetro del aeropuerto de Filadelfia.
—¿Cuántas huellas diferentes?
—¿En el asiento delantero? Solo las de Maura Wells. La agencia de alquiler hace una limpieza bastante a fondo entre cliente y cliente.
Asiento con la cabeza.
Una camioneta toma la curva y nos pasa por delante. Es el primer vehículo que he visto en esta calle.
—Asiento delantero —repito.
—¿Cómo?
—Has dicho que había huellas en el asiento delantero. ¿De qué lado?, ¿del pasajero o del conductor?
Otro intercambio de miradas.
—En ambos.
Estudio la calle, la posición del cuerpo pintado con tiza, intento combinar las piezas. Luego me vuelvo hacia ellos.
—¿Teorías? —pregunto.
—En el coche hay dos personas, un hombre y tu ex, Maura —dice Reynolds—. El agente Canton los hace parar para efectuar una prueba de alcoholemia. Algo los asusta. Les entra el pánico, disparan dos veces al agente Canton en la nuca y se largan.
—Probablemente el que dispara es el hombre —añade Bates—. Está fuera del coche. Dispara, tu ex se pasa al sitio del conductor y él ocupa el del acompañante. Eso explicaría que haya huellas de ella en ambos lados.
—Tal como hemos dicho antes, el coche se alquiló con un carné robado —prosigue Reynolds—. Así que suponemos que el hombre tenía algo que ocultar. Canton les hace parar, descubre algo raro y eso le cuesta la vida.
Asiento con la cabeza, como si admirara su trabajo de deducción. Su teoría es errónea, pero como aún no tengo ninguna respuesta mejor, no hay motivo para llevarles la contraria. Me esconden algo. Yo probablemente haría lo mismo si los papeles estuvieran invertidos. Necesito descubrir qué es exactamente lo que no me están contando, y el único modo de hacerlo es ser agradable.
—¿Puedo ver la cámara del salpicadero? —pregunto, luciendo mi sonrisa más encantadora.
Esa sería la clave, por supuesto. No siempre lo muestran todo, pero en este caso desvelaría lo suficiente. Espero a que respondan —tendrían todo el derecho a dejar de cooperar en este momento—, pero esta vez cuando cruzan las miradas detecto algo diferente.
Parecen incómodos.
—¿Por qué no dejas de marear la perdiz? —pregunta Bates.
La sonrisa encantadora no ha colado.
—Yo tenía dieciocho años —respondo—. Estaba en el último curso del instituto. Maura era mi novia.
—Y te dejó —dice Bates—. Eso ya nos lo has contado.
—¿Qué pasó, Nap? —interviene Reynolds, haciéndolo callar con un movimiento de la mano.
—La madre de Maura —contesto—. Ya la habréis localizado. ¿Qué os ha dicho?
—Nosotros somos los que preguntamos, Dumas —responde Bates.
Pero una vez más, Reynolds se da cuenta de que quiero ayudar.
—Encontramos a la madre, sí.
—¿Y?
—Y asegura que hace años que no habla con su hija. Que no tiene ni idea de dónde está.
—¿Habéis hablado con la señora Wells en persona?
Reynolds niega con la cabeza.
—No quiso hablar con nosotros. Nos envió su declaración a través de un abogado.
Así que la señora Wells ha contratado a un abogado.
—¿Y os tragáis su historia?
—¿Tú no?
—No.
Aún no estoy listo para contarles esta parte. Después de que Maura me dejara, me colé en su casa. Sí, estúpido, impulsivo. O quizá no. Me sentía perdido y confundido, con el doble palo de perder a un hermano y luego al amor de mi vida. Así que quizás eso lo explicara.
¿Por qué me metí en su casa? Buscaba pistas sobre el paradero de Maura. Yo, un chaval de dieciocho años, jugando a los detectives. No encontré gran cosa, pero robé dos objetos de su baño: un cepillo de dientes y un vaso. En aquel momento no tenía ni idea de que acabaría siendo poli, pero los guardé, por si acaso. No me preguntéis por qué. Pero así es como conseguí las huellas y el ADN de Maura, que introduje en el sistema en cuanto pude.
Ah, y me pillaron.
La policía. Concretamente, el capitán Augie Styles.
A ti te gustaba Augie, ¿verdad, Leo?
A partir de aquella noche, Augie se convirtió para mí en algo parecido a un mentor. Él es el motivo de que ahora sea poli. Papá y él se hicieron amigos. Colegas de bar, podríamos llamarlos. Todos nos unimos en la tragedia. Eso acerca a las personas —contar con alguien que entiende por lo que estás pasando—, proporciona cierta satisfacción, y, sin embargo, el dolor sigue ahí. La mejor definición de «agridulce».
—¿Por qué no crees a la madre? —pregunta Reynolds.
—Seguí controlándola.
—¿A la madre de tu ex? —Bates no se lo cree—. ¡Por Dios, Dumas, eres un acosador de tomo y lomo!
Hago como si Bates no existiera y sigo:
—La madre recibe llamadas de móviles desechables. O, al menos, las recibía.
—¿Y eso cómo lo sabes? —pregunta Bates.
No respondo.
—¿Tenías una orden judicial para poder controlarle el teléfono?
Tampoco respondo. Miro fijamente a Reynolds.
—¿Tú crees que era Maura la que la llamaba? —pregunta.
Me encojo de hombros.
—¿Y por qué se toma tantas molestias tu ex para permanecer oculta?
Vuelvo a encogerme de hombros.
—Tienes que tener alguna idea —afirma Reynolds.
La tengo. Pero aún no estoy listo para exponerla, porque a primera vista es obvia y, al mismo tiempo, imposible. Me llevó mucho tiempo aceptarla. Se la he expuesto a dos personas —Augie y Ellie— y ambas creen que estoy pirado.
—Enseñadme la grabación de la cámara —le digo a ella.
—Aún estamos haciéndote preguntas —responde Bates.
—Enseñadme la grabación —repito—, y creo que podré daros una respuesta.
Reynolds y Bates cruzan otra mirada incómoda. Reynolds da un paso, acercándose.
—No la hay.
Eso me sorprende. Y está claro que a ellos también.
—No estaba encendida —añade Bates, como si eso lo explicara—. Canton no estaba de servicio.
—Suponemos que el agente Canton la apagó —dice Reynolds— porque regresaba a la comisaría.
—¿A qué hora acababa el turno? —pregunto.
—A medianoche.
—¿Y a qué distancia está de aquí?
—Cinco kilómetros.
—¿Y qué estaba haciendo Rex desde la medianoche hasta la una y cuarto?
—Aún estamos intentando recopilar información de las últimas horas —explica Reynolds—. Por lo que parece, simplemente se quedó el coche.
—Eso no es tan raro —se apresura a añadir Bates—. Ya sabes. Si tienes turno de día, te llevas el coche patrulla a casa.
—Y aunque apagar la cámara del salpicadero se sale del protocolo —añade Reynolds—, es algo que se hace.
No me lo creo, pero tampoco están esforzándose mucho en hacérmelo creer. El teléfono que Bates lleva colgado del cinturón suena. Lo coge y se retira unos pasos. Dos segundos más tarde, dice:
—¿Dónde?
Se produce una pausa. Cuelga y vuelve junto a Reynolds, agitado.
—Tenemos que irnos.
Me dejan en una estación de autobuses tan desierta que espero que en cualquier momento pase alguna de esas plantas rodadoras propias de las zonas áridas arrastrada por el viento. No hay nadie en la taquilla. No creo ni que tengan taquilla.
Dos travesías más allá encuentro un motel sórdido que promete todo el glamur y los lujos de un herpes genital. El cartel anuncia tarifas por horas, «TV en color» —¿aún hay moteles con tele en blanco y negro?— y «habitaciones temáticas».
—Me quedaré la suite gonorrea —decido.
El tipo del mostrador me tira la llave con tanta prisa que sospecho que voy a conseguir realmente la suite solicitada. La gama cromática de la habitación podría decirse que ronda en torno al «amarillo apagado», aunque se acerca sospechosamente al tono de la orina. Levanto la colcha, me recuerdo a mí mismo que estoy al día con las vacunas del tétanos, y me arriesgo a tumbarme.
El capitán Augie no vino más a casa después de que yo me colara en la de Maura.
Supongo que temía que a papá le diera un ataque si veía el coche patrulla parándose frente a nuestra casa otra vez. Nunca olvidaré esa imagen: el coche patrulla doblando la esquina como en cámara lenta, Augie abriendo la puerta del lado del conductor, su gesto de dolor al caminar hasta la puerta. Le habían destrozado la vida unas horas antes, y ahí estaba, consciente de que su visita nos la destrozaría a nosotros.
En cualquier caso, aquel era el motivo por el que Augie me había salido al paso de camino al instituto para hablarme de mi incursión en casa de Maura, en lugar de ir a hablar con mi padre.
—No quiero causarte problemas —me dijo—, pero no puedes hacer ese tipo de cosas.
—Ella sabe algo —aseguré.
—No sabe nada —replicó él—. Maura no es más que una niña asustada.
—¿Ha hablado con ella?
—Confía en mí, hijo. Tienes que olvidarla.
Confié en él, y no he dejado de hacerlo. No la olvidé, y aún no lo hecho.
Me pongo las manos tras la cabeza y me quedo mirando las manchas del techo. Intento no especular sobre cómo pueden haberlas hecho. Ahora mismo, Augie está en la playa, en el Sea Pine Resort de Hilton Head, con una mujer que conoció en una de esas páginas de citas por internet para mayores. No quiero interrumpir sus vacaciones de ningún modo. Augie se divorció hace ocho años. Su matrimonio con Audrey recibió un golpe mortal «aquella noche», pero siguió arrastrándose otros siete años hasta que lo finiquitaron por fin. Augie tardó mucho tiempo en volver a salir con mujeres, así que no quiero reventarle el plan con mis especulaciones.
Augie estaría de vuelta en uno o dos días. Podía esperar.
Me planteo llamar a Ellie y soltarle mis alocadas hipótesis, pero de pronto golpean a la puerta con insistencia. Bajo los pies de la cama. Hay dos policías de uniforme en la puerta. Ambos con cara de pocos amigos. Dicen que hay quien acaba pareciéndose a su pareja. Supongo que lo mismo ocurre con la pareja de patrulla. En este caso, ambos son blancos, muy musculosos y con la frente prominente. Si volviera a encontrármelos, me costaría recordar quién era quién.
—¿Le importa que entremos? —dice Poli Uno, torciendo la boca.
—¿Tienen una orden?
—No.
—Sí —respondo.
—¿Sí, qué?
—Sí que me importa que entren.
—Lástima —dice Poli Dos, pasándome por delante.
Los dejo pasar. Entran y cierran la puerta.
—Bonito estercolero —comenta Poli Uno, torciendo la boca otra vez.
Supongo que pretende ser algún tipo de insulto inteligente. Como si la decoración fuera cosa mía.
—Hemos oído que nos escondes información —añade—. Rex era amigo nuestro.
—Y policía.
—Y tú nos escondes información.
La verdad es que no tengo paciencia para esto, así que saco la pistola y apunto entre los dos. Ambos abren la boca, estupefactos.
—¿Qué diablos...?
—Habéis entrado en mi habitación sin una orden —señalo—. Apunto a uno, luego al otro, y luego otra vez al centro—. Sería fácil mataros a los dos, poneros el arma en las manos y declarar que los disparos han sido justificados.
—¿Estás loco o qué? —pregunta Poli Uno. Percibo el miedo en su voz, así que me acerco. Le pongo mi mejor cara de pirado. Se me da bien poner cara de pirado. Tú eso lo sabes, Leo.
—¿Quieres que hagamos una lucha de orejas? —le pregunto.
—¿Una qué?
—Tu colega —señalo al Poli Dos con un gesto de la cabeza— se va. Cerramos la puerta. Dejamos las armas. Y uno de los dos sale de la habitación con la oreja del otro en la boca. ¿Qué dices?
Me acerco un poco más y lanzo un bocado al aire.
—Estás como un puto cencerro —dice Poli Uno.
—No tienes ni idea. —Estoy tan metido en el papel que casi espero que acepte—. ¿Te apuntas, grandullón? ¿Qué dices?
Alguien llama a la puerta. Poli Uno prácticamente se lanza al pomo para abrir.
Es Stacy Reynolds. Oculto la pistola tras la pierna. Está claro que Reynolds no se alegra de ver a sus colegas. Les echa una mirada gélida. Ambos bajan la cabeza como escolares a los que un profesor ha pillado metiéndose con otro.
—¿Qué hacéis aquí vosotros, payasos?
—Nosotros... —responde Poli Dos, pero se encoge de hombros.
—Sabe cosas —dice Poli Uno—. Solo estábamos haciendo parte del trabajo de calle.
—Fuera de aquí. Ahora.
Salen. Reynolds observa mi pistola pegada a la pierna.
—¿Qué narices es eso, Nap?
—No te preocupes —respondo, enfundándola.
Ella menea la cabeza, incrédula.
—Los polis harían mejor su trabajo si Dios les diera una polla más grande.
—Tú eres poli —le recuerdo.
—Yo sobre todo. Ven. Necesito enseñarte algo.
5
Hal, el barman del Larry and Craig Bar and Grille pone una mirada nostálgica.
—Estaba buenísima —recuerda Hal. Luego frunce levemente el ceño—. Demasiado buena para ese viejo, eso está claro.
Lo que también está claro es que el Larry and Craig Bar and Grille tiene un nombre muy largo para lo poco que ofrece. El suelo, pegajoso, está cubierto de serrín y cáscaras de cacahuete, y desprende un hedor a cerveza rancia y vómito que te llena la nariz. No necesito ir al baño, pero si tuviera que hacerlo sé que el urinario no tendría agua, aunque estaría lleno de cubitos de hielo.
Reynolds me mira y asiente. Me deja llevar la iniciativa.
—¿Qué aspecto tenía? —pregunto.
Hal sigue frunciendo el ceño.
—¿Qué parte de «buenísima» no he pronunciado bien?
—¿Pelirroja, castaña, rubia?
—Castaña es marrón, ¿verdad?
Miro a Reynolds.
—Sí, Hal. Castaña es marrón.
—Pues castaña.
—¿Algo más?
—Estaba buenísima.
—Sí, eso ya lo hemos pillado.
—Un cuerpazo —insiste Hal.
Reynolds suspira.
—Y estaba con un tipo, ¿verdad?
—Desde luego, él no estaba a su altura, eso se lo puedo decir.
—Ya lo ha hecho —le recuerdo—. ¿Entraron juntos?
—No.
—¿Quién entró primero? —pregunta Reynolds.
—El viejo. —Hal me señala con un gesto—. Se sentó justo donde está usted ahora.
—¿Qué aspecto tenía?
—Sesenta y pico, pelo largo, barba descuidada, nariz grande. Por la cara podía trabajar en una pocilga, pero iba vestido con un traje gris, camisa blanca y corbata azul.
—De él se acuerda —digo.
—¿Eh?
—De él se acuerda. Pero ¿y de ella?
—Si usted viera lo ceñido que le quedaba ese vestido negro, tampoco recordaría mucho más.
—Así que el tipo está ahí sentado, solo, bebiendo —dice Reynolds, intentando recuperar el hilo—. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí cuando entró la mujer?
—No lo sé. Veinte, treinta minutos.
—¿Entonces ella entra y...?
—Todo el mundo se la queda mirando. ¿Entiende lo que digo?
—Todos lo entendemos —contesto yo.
—Va directamente a donde está él —relata Hal con los ojos abiertos como platos, como si describiera el aterrizaje de un OVNI—, y empieza a darle conversación al tipo.
—¿Cabe la posibilidad de que se conocieran de antes?
—No lo creo. No lo parecía.
—¿Y qué es lo que parecía?
Hal se encoge de hombros.
—A mí me pareció que era una profesional. Eso es lo que yo habría dicho, si quieren saber la verdad.
—¿Pasan muchas profesionales por aquí? —pregunto.
Hal se pone en guardia.
—No nos importa una mierda la prostitución, Hal —le dice Reynolds para tranquilizarlo—. Estamos investigando la muerte de un poli.
—A veces sí. Hay dos clubs de estriptis a un kilómetro de aquí. A veces las chicas buscan algún cliente fuera de su local.
Miro a Reynolds, pero ella responde enseguida con un gesto de la cabeza.
—He mandado a Bates a investigar eso.
—¿La había visto aquí alguna otra vez? —pregunto.
—Dos.
—¿Se acuerda?
Hal abre los brazos, desesperado.
—¿Cuántas veces tengo que decírselo?
—Buenísima —digo yo por él.
Sé aceptar mis errores. Esa tía «buenísima» podría no ser Maura, aunque la descripción, por vaga que sea, encaja.
—Esas dos otras veces, ¿se fue con hombres?
—Sí.
Me lo imagino. Tres veces en este antro. Tres veces yéndose con hombres. Maura. Trago saliva. Duele.
—Aunque, pensándolo bien, quizá no sea una profesional —dice Hal, frotándose la barbilla.
—¿Qué le hace pensar eso?
—No es el tipo.
—¿Y cuál es el tipo?
—Es como lo que dijo aquel juez sobre el porno: sabes que lo es cuando lo ves. Bueno, podría serlo. Probablemente lo sea. Pero también podría ser otra cosa. También podría ser una tía rara. ¿Saben? A veces pasan por aquí mujeres adultas, felizmente casadas, con tres niños en casa. Vienen, ligan y se llevan algún tío a la cama y..., no sé. Tías raras. Quizá sea una de esas.
Qué tranquilizador.
Reynolds se impacienta. Me ha traído aquí por un motivo específico, y no es para seguir esta línea de interrogatorio.
Hay que ir al grano. La miro y asiento. Ya es hora.
—Vale —le dice Reynolds a Hal—. Enséñele la grabación de vídeo.
La pantalla es un viejo monitor. Hal lo ha apoyado sobre la barra. Se ven dos clientes en la barra, pero ambos parecen enamorados de los vasos que tienen delante, ajenos a todo lo demás. Hal aprieta el botón. La pantalla cobra vida, primero en forma de punto azul y luego, treinta segundos más tarde, en forma de rabiosa electricidad estática. Hal echa un vistazo a la parte trasera del monitor.
—Se ha soltado el cable —dice, y vuelve a enchufarlo. El otro extremo del frágil cable está conectado a un reproductor de vídeo Zenith. Tiene la tapa de la ranura rota, así que se ve la vieja casete dentro.
El botón de puesta en marcha baja con un sonoro clic. La calidad de la imagen es un asco: amarilla, granulada, desenfocada. La cámara está situada sobre el aparcamiento para cubrirlo todo y, precisamente por eso, casi no cubre nada. Distingo algún modelo de coche, quizás, y algún color, pero no hay modo de leer ninguna matrícula.
—El jefe usa las cintas una y otra vez hasta que se rompen —explica Hal.
Ya me conozco la historia. Probablemente la compañía de seguros exige que haya cámaras de vídeo, así que el jefe cumple con la normativa del modo más barato posible. La cinta avanza renqueando. Reynolds señala un coche en el rincón superior derecho.
—Creemos que ese es el coche de alquiler.
Asiento con la cabeza.
—¿Podemos acelerar la imagen?
Hal le da al botón. Acelera al viejo estilo, de modo que se ve todo, pero más rápido. Suelta el botón en el momento en que salen dos personas. Dan la espalda a la cámara. Están a cierta distancia, demasiado lejos, y la imagen es borrosa.
Pero veo cómo camina la mujer.
El tiempo se detiene. Algo en mi pecho hace tictac lentamente. Y luego siento el bum en el momento en que el corazón me estalla en mil pedazos.
Recuerdo la primera vez que vi aquel modo de caminar. A mi padre le encantaba una canción de Alejandro Escovedo titulada Castanets. ¿La recuerdas, Leo? Por supuesto que sí. Un verso habla de una mujer increíblemente sexi: «Cuando más me gusta es cuando se va». Nunca estuve de acuerdo: a mí me gustaba más cuando Maura caminaba hacia mí —con los hombros atrás, atravesándome con la mirada—, pero desde luego lo comprendía perfectamente.
El último año de instituto ambos gemelos Dumas se enamoraron. Yo te presenté a Diana Styles, la hija de Augie y Audrey, y una semana más tarde tú me presentaste a Maura Wells. Incluso en eso —ligar, salir con chicas, enamorarnos— teníamos que ir sincronizados, ¿no, Leo? Maura era la guapa que no pegaba nada con tu pandilla de cerebritos. Diana era la buena chica, animadora y vicepresidenta del consejo escolar. Su padre, Augie, era capitán de policía y mi entrenador de fútbol. Recuerdo que bromeaba diciendo que su hija salía con «el Dumas bueno».
Yo, al menos, creo que era broma.
Lo sé, es una tontería, pero aún me pregunto qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes. Nunca hablamos de cómo sería la vida después del instituto, ¿no? ¿Habríamos ido los dos a la misma universidad? ¿Habría seguido con Maura? ¿Y tú con Diana...?
Qué tontería.
—¿Y bien? —dice Reynolds.
—Esa es Maura.
—¿Estás seguro?
No me molesto en responder. Sigo observando la grabación. El tipo de cabello gris le abre la puerta del coche, y Maura se deja caer en el asiento del acompañante. Le veo dar la vuelta al coche y ponerse al volante. Hace marcha atrás y luego se dirige hacia la salida. Observo atentamente hasta que desaparece.
—¿Cuánto bebieron? —le pregunto a Hal.
Hal vuelve a mostrarse desconfiado.
Reynolds le recuerda la gravedad del caso del mismo modo que antes:
—No nos importa la cantidad de alcohol que les haya servido, Hal. Se trata del asesinato de un poli.
—Sí, bebieron bastante.
Lo pienso e intento buscarle un sentido.
—Por otra parte... —dice Hal—, no se llamaba Maura. Vamos, que no es ese el nombre que usó.
—¿Y qué nombre usó? —pregunta Reynolds.
—Daisy.
Reynolds me mira con un gesto de sincera preocupación.
—¿Estás bien?
Sé lo que piensa. Mi gran amor, la persona que me ha tenido obsesionado durante quince años, ha estado rondando por esta letrina, usando un nombre falso, saliendo con hombres desconocidos. El hedor de este lugar empieza a afectarme. Me pongo en pie, le doy las gracias a Hal y me dirijo a la puerta a toda prisa. La abro y salgo al mismo aparcamiento que acabo de ver en el vídeo. Aspiro una bocanada de aire fresco. Pero no es por eso por lo que estoy aquí.
Miro hacia el lugar donde estaba aparcado el coche de alquiler. Reynolds aparece detrás de mí.
—¿Qué piensas?
—El tipo le abrió la puerta del coche.
—¿Y qué?
—No se tambaleaba. No le costó encontrar la llave. No perdió los modales.
—Eso no significa nada.
Echo a caminar por la calle.
—¿Adónde vas? —me pregunta.
Sigo caminando. Reynolds me sigue.
—¿Cuánta distancia hay hasta el desvío?
Ella duda un momento; supongo que ya ve adónde quiero llegar.
—Es la segunda a la derecha.
Es lo que me suponía. A pie, desde el bar hasta la escena del crimen, tardamos menos de cinco minutos. Cuando llego, me vuelvo a mirar en dirección al bar y luego el lugar donde cayó Rex.
No le encuentro sentido. Aún no. Pero me estoy acercando.
—Rex no tardó nada en pararlos —observo.
—Probablemente estaba acechando a los que salían del bar.
—Apuesto a que si repasamos todo el vídeo veremos tipos mucho más borrachos saliendo.
—¿Por qué ellos, entonces? —cuestiona Reynolds, encogiéndose de hombros.
—Quizá los otros fueran de la zona. Este tipo llevaba matrícula de coche de alquiler.
—¿Pillar al forastero?
—Claro.
—¿Que curiosamente iba en un coche con una chica que Rex conocía del instituto?
El viento está arreciando. Reynolds se aparta unos mechones de pelo que le cubren el rostro.
—He visto mayores coincidencias —dice.
—Yo también.
Pero esta no es una de ellas. Intento imaginármelo. Empiezo por lo que sé: Maura y el viejo en el bar, saliendo juntos, él le abre la puerta, se ponen en marcha, Rex los para.
—¿Nap?
—Necesito que compruebes una cosa.
6
La grabación de seguridad de la agencia de alquiler de vehículos Sal’s es de mejor calidad. Observo el vídeo en silencio. Tal como suele ocurrir con las grabaciones de seguridad, la cámara también está situada en lo alto. Cualquier delincuente lo sabe, y recurren a trucos muy simples para pasar desapercibidos. En este caso, el tipo con el carné robado a nombre de Dale Miller lleva una gorra de béisbol bien calada. Mantiene la cabeza gacha para que resulte imposible verle los rasgos con claridad. Me parece adivinar una barba incipiente. Cojea.
—Un profesional —le digo a Reynolds.
—¿Y eso?
—La gorra calada, la cabeza gacha, la falsa cojera.
—¿Cómo sabes que la cojera es falsa?
—Del mismo modo que reconozco el caminar de Maura. El modo de caminar puede ser característico de cada persona. ¿Cuál es el mejor modo de ocultarlo y hacer que te fijes en algo que no lleva a ninguna parte?
—Fingir una cojera —concluye Reynolds.
Salimos del barracón donde está la oficina de Sal’s y respiramos el aire fresco de la noche. A lo lejos veo a un hombre que enciende un cigarrillo. Levanta la cabeza y exhala un largo penacho de humo, igual que solía hacer papá. Yo empecé a fumar después de que papá muriera, y seguí fumando durante más de un año. Ya sé que es una locura. Papá murió de cáncer de pulmón después de fumar toda la vida, y, sin embargo, mi reacción a aquella muerte horrible fue empezar a fumar. Me gustaba salir de la casa y fumar a solas, como hace este tipo. Quizá fuera ese el atractivo que le encontraba yo: cuando me encendía un cigarrillo, la gente se mantenía alejada.
—Tampoco podemos fiarnos del dato de la edad —apunto—. El pelo largo, la barba... podría ser todo un disfraz. Muchos tipos fingen ser mayores para que los infravaloremos. Rex paró a un viejo para hacerle la prueba de alcoholemia: quizás eso hiciera que bajara la guardia.
Reynolds asiente.
—Aun así, mandaré la cinta a los expertos para que la examinen a fondo. Tal vez saquen algo.
—Muy bien.
—¿Tienes una teoría, Nap?
—No exactamente.
—¿Pero?
Observo al tipo que da una calada profunda a su cigarrillo y saca el aire por la nariz. Ahora soy un francófilo: vino, queso, hablo francés fluidamente..., todo eso, lo cual también podría explicar que dejara de fumar tan pronto. Los franceses fuman. Mucho. A decir verdad, yo adopté mi francofilia, por llamarla así, por el hecho de haber nacido en Marsella y pasar los ocho primeros años de vida en Lyon. En mi caso, no es pura fachada, a diferencia de esos pretenciosos que no saben nada de vino pero que, de pronto, necesitan una maleta para sus botellas y tratan el corcho que han sacado como si fuera la lengua de su amante.
—¿Nap?
—¿Tú crees en las corazonadas, Reynolds? ¿Crees en la intuición del poli?
—Joder, no, qué va —responde ella—. Cada error estúpido que he visto hacer a polis se debe a esa confianza en las —traza unas comillas en el aire con los dedos— «corazonadas» y la «intuición».
Me gusta Reynolds. Me gusta mucho.
—Eso es exactamente lo que pienso yo.
Ha sido un día muy largo. Es como si la paliza a Trey se la hubiera dado hace un mes. Llevo mucho tiempo aguantando a base de adrenalina, y estoy agotado. Pero tal como he dicho antes, me gusta Reynolds. Quizá se lo deba, así que pienso: «¿Por qué no?».
—Yo tenía un gemelo. Se llamaba Leo. —Ella no dice nada—. ¿Sabes algo de esto?
—No. ¿Debería?
Niego con la cabeza.
—Leo tenía una novia. Se llamaba Diana Styles. Nos criamos los tres en Westbridge, donde me recogisteis.
—Bonito lugar —comenta Reynolds.
—Sí que lo es, sí. —No sé cómo contarle esto. No tiene sentido, así que no dejo de divagar—. El caso es que el último año de instituto mi hermano, Leo, sale con Diana. Una noche se van por ahí. Yo no estoy. Tengo un partido de hockey en otro pueblo. Jugábamos contra los Parsippany Hills. Es curioso que me acuerde de eso. Marqué dos goles e hice dos asistencias.
—Impresionante.
Casi me vienen ganas de sonreír ante ese pensamiento nostálgico. Si cierro los ojos, aún recuerdo cada momento de aquel partido. Mi segundo gol fue el que nos hizo ganar. Estábamos en inferioridad numérica. Robé el disco justo antes de la línea azul, salí volando por el lado izquierdo, le hice una finta al portero y se la colé de revés por encima del hombro. Una vida antes, otra después.
De pronto, para junto a la puerta de la agencia un microbús lanzadera procedente del aeropuerto con el rótulo «Sal’s Rent-A-Vehicle». Unos viajeros de aspecto cansado —todo el mundo parece cansado cuando alquila un coche— salen del interior y se van poniendo en fila.
—Así que tenías un partido de hockey en otro pueblo —insiste Reynolds.
—Y aquella noche, Leo y Diana murieron arrollados por un tren. Murieron en el acto.
Reynolds se lleva la mano a la boca en un movimiento instintivo.
—Lo siento mucho —añade, y yo no digo nada—. ¿Fue un accidente? ¿Un suicidio?
Me encojo de hombros.
—Nadie lo sabe. O al menos yo no lo sé.
El último en bajar del microbús es un ejecutivo con sobrepeso que arrastra una maleta de mano enorme con una rueda rota. Está rojo como un tomate.
—¿Hubo una investigación oficial? —pregunta Reynolds.
—Muerte accidental —respondo—. Dos chavales de instituto, con mucho alcohol en el cuerpo, también algo de droga. La gente solía pasear por esas vías del tren, a veces haciendo imprudencias. En los años setenta ya había muerto otro chaval al intentar saltar por delante del tren. El caso es que todo el instituto quedó conmocionado, todos fueron al funeral. Sus muertes atrajeron a muchos medios que hicieron un discurso mojigato, presentándolo como una advertencia: dos jóvenes atractivos, drogas, alcohol, qué le pasa a nuestra sociedad... Ya sabes.
—Sí, ya sé —responde Reynolds—. Has dicho que era el último año de instituto.
Asiento con la cabeza.
—Era cuando tú salías con Maura Wells.
Es buena en lo suyo.
—¿Y cuándo desapareció exactamente Maura?
Vuelvo a asentir. Reynolds lo entiende.
—Mierda. ¿Cuánto tiempo después?
—Unos días. Su madre decía que yo era una mala influencia para ella. Quería sacar a su hija de aquel lugar horrible en el que los adolescentes bebían, se colocaban y luego se ponían a caminar por donde pasaba el tren. En teoría, Maura ingresó en un internado.
—Esas cosas pasan —dice Reynolds.
—Ya.
—Pero ¿tú no te lo creíste?
—No.
—¿Dónde estaba Maura la noche en que murieron tu hermano y su novia?
—No lo sé.
Ahora Reynolds lo entiende todo.
—Por eso sigues buscándola. No es solo por su irresistible escote.
—Aunque podría muy bien serlo.
—Hombres... —murmura Reynolds. Luego se acerca—. ¿Tú crees...?
—¿Qué?
—¿Que Maura sabe algo sobre la muerte de tu hermano? No digo nada.
—¿Por qué crees eso, Nap?
Uso los dedos para trazar unas comillas en el aire:
—«Un presentimiento —respondo—. Intuición».
7
Tengo vida propia y tengo un trabajo, así que les digo que me pidan un coche para volver a casa.
Ellie me llama y me pide que la ponga al día, pero yo le digo que eso puede esperar. Quedamos para desayunar en el Armstrong Diner a la mañana siguiente. Desconecto el teléfono, cierro los ojos y duermo el resto del viaje. Pago al conductor y le digo que si quiere algo más para que pueda buscarse un motel y pasar la noche.
—No, tengo que volver —me dice.
Le doy una buena propina. Para ser poli, voy bastante bien de dinero. ¿Por qué no iba a ser así? Soy el único heredero de papá. Hay quien dice que el dinero es el origen de todos los males. Podría ser. Otros dicen que no sirve para comprar la felicidad. Quizá sea cierto. Pero si uno lo maneja bien, el dinero proporciona libertad y tiempo, y eso es algo mucho más tangible que la felicidad.
Es más de medianoche, pero aun así me subo al coche y me dirijo al Clara Maass Medical Center de Belleville. Enseño la placa y subo a la planta de Trey. Echo un vistazo dentro desde la puerta. Trey está dormido, con la pierna levantada, colgando del soporte, envuelta en un yeso enorme. Le enseño la placa a la enfermera y le digo que estoy investigando la agresión. Ella me dice que Trey no volverá a caminar en al menos seis meses. Le doy las gracias y me voy.
Regreso a casa y me la encuentro vacía; me meto en la cama y me quedo mirando al techo. A veces se me olvida lo raro que resulta para este barrio que haya un tipo soltero viviendo en una casa solo, pero a estas alturas ya me he acostumbrado. Pienso en lo bien que había empezado aquella noche. Volví a casa pletórico después de la victoria contra los de Parsippany Hills. Aquella noche había ojeadores de las grandes universidades. Dos de ellos me hicieron ofertas allí mismo. No veía el momento de contártelo, Leo. Me senté en la cocina con papá y esperamos a que volvieras. Una buena noticia nunca lo era del todo hasta que la compartía contigo. Por tanto, papá y yo charlamos y esperamos, pero ambos teníamos el oído puesto en la calle, a la espera de escuchar el motor de tu coche. La mayoría de los chavales del pueblo tenían una hora límite, pero papá nunca nos la puso. Algunos padres decían que eso era malcriar a los hijos, pero al oír eso papá se encogía de hombros y decía que confiaba en nosotros.
Así que no llegaste a las diez, Leo. Ni a las once, ni a las doce. Y cuando por fin paró un coche junto a la puerta, casi a las dos de la madrugada, salí corriendo a la puerta.
Solo que no eras tú, claro. Era Augie, en un coche patrulla.
Al día siguiente me levanto y me doy una larga ducha de agua caliente. Intento mantener la mente despejada. No hay novedades sobre Rex, y no quiero perder más tiempo especulando. Me subo al coche y me dirijo al Armstrong Diner. Si queréis saber cuáles son los mejores diners de un pueblo, preguntad a un poli. El Armstrong es una especie de híbrido. Tiene el aspecto de un clásico diner de Nueva Jersey, con cromados y neones en el exterior, un gran cartel con letras rojas en el tejado, una barra con varios dispensadores de refrescos, una pizarra con los platos del día escritos a mano y asientos de piel sintética. Sin embargo, en la cocina son modernos y tienen conciencia social. El café es de «comercio justo». Y los ingredientes, según dicen, van «de la granja a la mesa», aunque no sé qué otro camino podrían tomar los huevos.
Ellie me espera en la mesa de la esquina. Quedemos a la hora que quedemos, ella siempre llega antes. Me siento al otro lado de la mesa.
—¡Buenos días! —saluda, con su habitual alegría desbocada.
Hago una mueca. Eso le encanta. Desliza un pie por debajo del otro muslo y se sienta encima, para poder estar algo más alta.
Ellie es como un resorte. Da la impresión de que se está moviendo aunque esté sentada. Nunca le he tomado las pulsaciones, pero apuesto a que está a más de cien en estado de reposo.
—¿Por quién empezamos? —pregunta—. ¿Rex o Trey?
—¿Quién?
Ellie frunce el ceño.
—Trey.
Pongo cara de póquer.
—Trey es el novio maltratador de Brenda.
—Ah, vale. ¿Y qué?
—Alguien lo ha atacado con un bate de béisbol. No podrá caminar en mucho tiempo.
—Vaya, qué lástima.
—Sí, ya veo que estás destrozado.
«Destrozado como la pierna de Trey», estoy a punto de decir, pero me contengo.
—Lo bueno —prosigue Ellie— es que Brenda ha podido volver a su casa. Ha cogido sus cosas y las cosas de los chavales y por fin puede dormir tranquila. Así que podemos dar gracias.
Ellie me mira un segundo más de lo que sería normal.
Asiento con la cabeza. Luego digo:
—Rex.
—¿Qué?
—Me has preguntado si quería empezar por Rex o por Trey.
—Estábamos hablando de Trey.
Ahora soy yo el que la mira.
—¿Así que ya podemos dejar el tema?
—Exacto.
—Vale.
Bunny, la camarera de toda la vida, con su lápiz ensartado en el moño teñido de rubio platino, se acerca y nos sirve café de comercio justo.
—¿Lo de siempre, chicos?
Asiento con la cabeza. Ellie también. Venimos mucho a este lugar. La mayoría de las veces pedimos sándwiches de huevo. Ellie prefiere el «sencillo»: dos huevos poco hechos en un panecillo de masa madre con cheddar blanco y aguacate. A mí me gusta lo mismo, pero con beicon.
—Bueno, cuéntame lo de Rex —dice Ellie.
—Encontraron huellas en el escenario del crimen —le explico—. Pertenecen a Maura.
Ellie parpadea y abre los ojos como platos. Supongo que la vida me ha asestado unos cuantos golpes: no tengo familia, ni novia, ni grandes expectativas, ni muchos amigos. Pero esta persona fantástica, esta mujer de una bondad absoluta que deslumbraría hasta en la más oscura de las noches, es mi mejor amiga. Es para pensárselo. Ellie me eligió precisamente a mí para ese papel —el de mejor amigo—, y eso significa que, por muchos jaleos en los que me pueda meter, algo debo de estar haciendo bien.
Se lo cuento todo.
Cuando llego a la parte de lo que hace Maura con los tipos del bar, Ellie arruga la nariz.
—Vaya, Nap.
—No pasa nada, no te preocupes —digo.
Me mira con una mueca de escepticismo que ya he visto muchas veces.
—No creo que estuviera prostituyéndose.
—¿Entonces?
—Podría ser algo peor.
—¿Cómo puede ser?
Meneo la cabeza, como para alejar la idea de la mente. No tiene sentido especular hasta que Reynolds me dé más información.
—Hablamos ayer —dijo Ellie—. Sabías lo de las huellas de Maura, ¿no?
Asiento con la cabeza.
—Te lo noté en la voz. O sea... Que haya muerto uno de nuestros amigos del instituto, sí, claro, es algo gordo, pero parecías... Bueno, el caso es que decidí tomar la iniciativa. —Ellie echa mano a un bolso del tamaño de un petate del ejército y saca un gran libro—. He encontrado algo.
—¿Eso qué es?
—Tu almanaque del curso —dice, colocándolo sobre la mesa de fórmica—. Lo solicitaste al inicio del último año de instituto, pero nunca lo recogiste, por motivos obvios. Así que te lo he guardado yo.
—¿Durante quince años?
Ahora es Ellie la que se encoge de hombros.
—Era jefa del comité del almanaque.
—Cómo no.
La Ellie del instituto era una chica ejemplar, correcta y formal, de las que llevaban jerséis y collares de perlas. Era la primera de la clase, la típica que siempre sufre porque va a suspender un examen, y luego lo acaba la primera, saca un sobresaliente y se pasa el resto de la hora haciendo los deberes. Llevaba varios lápices del número 2 perfectamente afilados en todo momento, por si acaso, y su cuaderno siempre tenía el aspecto que otros perdían el segundo día de clase.
—¿Y por qué me lo das ahora?
—Tengo que enseñarte algo.
Observo que algunas páginas están marcadas con notas en pósits de color rosa.
Ellie se humedece el dedo y lo abre por una página, hacia el final.
—¿Alguna vez te preguntaste cómo resolvimos lo de Leo y Diana?
—¿Qué había que resolver?
—En el almanaque. El comité no se ponía de acuerdo. ¿Dejamos sus fotos en su sitio normal, en orden alfabético, como el resto de la clase, como cualquier otro alumno de último año, o las destacamos y hacemos algún tipo de homenaje hacia el final?
Tomo un sorbo de agua.
—¿De verdad hablasteis de eso?
—Probablemente no te acuerdes, ya que entonces tampoco nos conocíamos tan bien, pero yo te pregunté qué te parecía.
—Lo recuerdo.
Le había soltado que no me importaba un comino, aunque probablemente con palabras más duras. Leo estaba muerto. ¿A quién le importaba una mierda lo que hicieran con el almanaque del curso?
—Al final, el comité decidió darles visibilidad y crear un apartado para recordarlos. La secretaria de la clase... ¿Recuerdas a Cindy Monroe?
—Sí.
—A veces se ponía muy quisquillosa.
—Querrás decir que era una pesada de narices.
Ellie echa el cuerpo adelante.
—¿No es eso lo que significa «quisquillosa»? El caso es que Cindy Monroe nos recordó que, técnicamente, el listado principal de nombres y fotos era para alumnos que se graduaran.
—Y Leo y Diana murieron antes de graduarse.
—Exacto.
—¿Ellie?
—¿Sí?
—¿Podrías ir al grano?
—Dos sándwiches de huevo —anuncia Bunny, sirviéndonos los platos—. Que aproveche.
El olor que desprenden me impregna las fosas nasales y se me instala en el estómago. Agarro el sándwich con ambas manos, con delicadeza, y le doy un bocado. La yema se revienta y empieza a empapar el pan.
Ambrosía. Maná. Néctar de los dioses. Cada uno que le ponga el nombre que quiera.
—No quiero estropearte el desayuno —dice Ellie.
—Ellie...
—Vale.
Abre el libro por esa página de la parte de atrás. Y ahí estás, Leo. Llevas mi americana porque, aunque éramos gemelos, yo siempre había sido algo más grande. Recuerdo cuando compré aquella chaqueta, en octavo. La corbata es de papá. Se te daba fatal hacerte el nudo. Papá siempre te lo hacía, y lo hacía con mucha gracia. Alguien ha intentado peinarte ese pelo rebelde, pero no lo ha conseguido. Sonríes, Leo, y no puedo evitar devolverte la sonrisa.
No soy la primera persona que pierde a un hermano aún joven. No soy el primero que pierde un gemelo. Tu muerte tuvo un efecto catastrófico, sin duda, pero no me quitó la vida. Me recuperé. Volví a clase dos semanas después de «aquella noche». Incluso jugué en el partido de hockey del sábado siguiente contra los de Morris Knolls; me fue bien para distraerme, aunque probablemente estuve demasiado agresivo. Me pitaron una sanción de diez minutos por estampar a un chaval contra el cristal. Te habría encantado. Sí, en clase estaba un poco taciturno. Durante unas semanas todos me colmaron de atenciones, pero aquello fue pasando. Cuando suspendí en historia, recuerdo que la señora Freedman me dijo, con delicadeza pero muy firme, que tu muerte no era excusa. Tenía razón. La vida sigue, como no puede ser de otro modo, pero por otra parte es una atrocidad. Cuando alguien tiene un dolor así, al menos tiene algo. Pero cuando desaparece el duelo, ¿qué le queda? Sigue adelante, y yo no quería seguir adelante.
Augie dice que ese es el motivo por el que me obsesiono con los detalles y no acepto lo que es tan obvio para los demás.
Me quedo mirando esa foto tuya. Cuando hablo por fin, la voz me tiembla un poco.
—¿Por qué me enseñas esto?
—Mira la solapa de Leo.
Ellie alarga la mano sobre la mesa y con el dedo señala una pequeña insignia plateada. Vuelvo a sonreír.
—Son las dos ces cruzadas.
—¿Ces cruzadas?
Sigo sonriendo, recordando esa tontería tuya.
—Se llamaba Club de la Conspiración.
—En Westbridge High no había un Club de la Conspiración.
—Oficialmente no. Se suponía que era una especie de sociedad secreta.
—¿Y tú lo conocías?
—Claro.
Ellie coge el libro y lo abre por otra página más hacia delante. Le da la vuelta para que lo vea. Ahí está mi foto. Tengo una postura forzada y una sonrisa tensa. Parezco más bien una marioneta. Ellie señala la solapa de mi americana, vacía.
—Yo no pertenecía al club.
—¿Y quién más pertenecía al club?
—Ya te he dicho que se suponía que era una sociedad secreta. En teoría, nadie sabía nada. No era más que un grupito de empollones con las mismas ideas...
Vuelve a cambiar de página, y voy bajando el volumen hasta quedarme sin voz.
Es la foto de Rex Canton. Lleva un corte de pelo militar y sonríe con sus dientes separados. Tiene la cabeza algo ladeada, como si la foto lo hubiera pillado por sorpresa.
—Bueno, pues esto es lo curioso —dice Ellie—. Cuando mencionaste a Rex, lo busqué en el almanaque. Y vi esto.
Vuelve a señalar. Rex lleva esas minúsculas letras en la solapa, CC.
—¿Tú sabías que él pertenecía al club?
Niego con la cabeza.
—Pero nunca se lo pregunté. Era una cosa secreta entre chavales. Nunca hice mucho caso.
—¿Conoces a algún otro miembro?
—Se suponía que no debían hablar de ello, pero... —Nos miramos a los ojos—. ¿Maura sale en el almanaque?
—No. Cuando se mudó, eliminamos su foto. ¿Ella pertenecía al club...?
Asiento con la cabeza. Maura había llegado al pueblo hacia finales del curso anterior. Era un misterio para todos nosotros, una tía buenísima que no parecía tener el menor interés en ninguna de las actividades del instituto. Solía ir a Manhattan los fines de semana. Había ido por toda Europa con la mochila al hombro. Era un personaje oscuro y misterioso, la atraía el peligro, la típica chica que uno se imaginaba saliendo con universitarios o con profesores. Todos nosotros le pareceríamos unos mojigatos. ¿Cómo hiciste amistad con ella, Leo? Eso nunca me lo contaste. Recuerdo que un día llegué a casa y los dos estabais haciendo deberes en la mesa de la cocina. No me lo podía creer. Tú con Maura Wells.
—También... he comprobado la foto de Diana —añade Ellie, y esta vez es ella la que tiene que tragar saliva. Ellie había sido la mejor amiga de Diana desde primaria. Esa es una de las cosas que nos unió: el dolor. Yo te perdí a ti, Leo. Ella perdió a Diana—. Diana no lleva la insignia. Supongo que me habría hablado de ese club, si hubiera pertenecido a él.
—Ella no se habría apuntado —digo—, al menos antes de salir con Leo.
Ellie agarra su sándwich.
—Vale, ¿y de qué va ese Club de la Conspiración?
—¿Tienes unos minutos, cuando hayamos acabado de desayunar?
—Sí.
—Pues demos un paseo. Quizás así sea más fácil de explicar.
Ellie da un bocado, se mancha las manos de yema, se limpia las manos y la cara.
—¿Tú crees que hay alguna relación entre esto y...?
—¿Lo que les pasó a Leo y a Diana? Quizá. ¿Tú qué crees?
Ellie coge un tenedor y pincha la yema de su huevo.
—Yo siempre creí que la muerte de Leo y de Diana había sido un accidente —sostiene, y levanta la vista—. Tus otras hipótesis siempre me parecieron..., bueno..., poco creíbles.
—Eso nunca me lo dijiste.
Se encoge de hombros.
—También me pareció que te iría bien tener una aliada, en lugar de una amiga que te dijera que estabas loco.
No estoy muy seguro de cómo responder a eso, así que opto por lo único que se me ocurre:
—Gracias.
—Pero ahora... —Ellie frunce el ceño, como concentrándose.
—¿Ahora qué?
—Conocemos el destino de al menos tres miembros del club.
Asiento con la cabeza.
—Leo y Rex están muertos.
—Y resulta que Maura, que desapareció hace quince años, estaba en el escenario donde mataron a Rex.
—Por otra parte —añado—, quizá Diana también se uniera al club después de la fecha en que tomaron esa foto. ¿Quién sabe?
—Eso sumaría tres muertos. En cualquier caso, creer que es una coincidencia, que sus destinos no están conectados de algún modo... Bueno, eso sí que es poco creíble.
Cojo mi bocadillo y le doy otro bocado. No levanto la vista, pero sé que Ellie me está mirando.
—¿Nap?
—¿Qué?
—Me he repasado todo el almanaque con una lupa. He examinado todas las solapas en busca de esa insignia.
—¿Y has encontrado alguna otra?
Ellie hace un movimiento afirmativo con la cabeza.
—Dos más. Otros dos compañeros de clase la llevaban.
8
Tomamos el viejo camino de detrás de la escuela de secundaria Benjamin Franklin. Cuando íbamos a clase, a este camino lo llamábamos el Camino. Muy creativos, ¿no?
—Aún no me puedo creer que el Camino siga aquí —comenta Ellie.
Arqueo una ceja.
—¿Tú solías venir por aquí?
—¿Yo? Nunca. Aquí venían los alborotadores.
—¿Alborotadores?
—No quería decir «gamberros» o «rebeldes» —puntualiza, cogiéndome del brazo—. Tú solías venir por aquí, ¿no?
—El último año, sobre todo.
—¿Alcohol? ¿Drogas? ¿Sexo?
—Las tres cosas —confieso. Y con una sonrisa triste añado algo que solo le diría a ella—: Pero a mí lo del alcohol y las drogas no me interesaba demasiado.
—Maura.
No tengo que responder. La arboleda que había detrás de la escuela de secundaria era el lugar donde los chavales íbamos a fumar, a beber, a colocarnos o a ligar. Hay un lugar así en cada pueblo. Westbridge no es diferente de los demás. Empezamos a subir la colina. El bosque es largo y estrecho, pero no profundo. Uno se siente como si estuviera a kilómetros de la civilización, pero en realidad en ningún momento está a más de unos cientos de metros de un barrio residencial.
—El lugar donde se ligaba —señala Ellie.
—Pues sí.
—Solo que aquí se hacía mucho más que ligar.
No hace falta que responda. No me gusta estar aquí. No he vuelto a este lugar desde «aquella noche», Leo. No es por ti. En realidad, no es eso. A vosotros os mataron en esas vías de tren del otro extremo del pueblo. Westbridge es bastante grande. Tiene treinta mil vecinos. Seis escuelas de primaria, dos escuelas de secundaria y un instituto. El pueblo tiene casi cuarenta kilómetros cuadrados. Tardaría al menos diez minutos en ir en coche desde aquí hasta el lugar en que moristeis Diana y tú, y eso si tengo suerte con los semáforos.
Este bosquecillo me hace pensar en Maura. Me recuerda cómo me hacía sentir. Me recuerda que, después de ella, nadie —y sí, ya sé cómo suena eso— me ha hecho sentir así.
¿Estoy hablando de lo físico?
Pues sí, seré un cerdo, pero sí. Lo único que puedo decir en mi defensa es que creo que lo físico está ligado a lo emocional, que el increíble placer sexual que este chico de dieciocho años alcanzó con ella no era una simple cuestión de técnica, de novedad, de experimentación o de nostalgia, sino de algo más profundo.
Aunque tampoco soy tan tonto como para no reconocer que quizá todo eso no sean más que tonterías.
—La verdad es que no conocía bien a Maura —confiesa Ellie—. Llegó... ¿Cuándo? ¿Hacia finales del penúltimo año?
—Ese verano, sí.
—Me intimidaba un poco.
Asiento con la cabeza. Tal como he dicho, Ellie era la primera de la clase. En el almanaque hay una fotografía mía y de Ellie porque nos votaron como «Los más prometedores» de la promoción. Curioso, ¿no? Nos conocíamos un poco antes de posar para aquella foto, pero yo siempre había pensado que Ellie era una mojigata. ¿Qué podíamos tener en común? Probablemente podría trazar una cronología mental y describir los pasos que llevaron a nuestra amistad después de que se hiciera esa foto, cómo fuimos intimando después de perder a Leo y a Diana, cómo mantuvimos la amistad mientras ella estudiaba en la Universidad de Princeton y yo me quedaba en casa, todo eso. Pero a bote pronto no recuerdo los detalles, qué vimos el uno en el otro aparte del dolor, cuáles fueron las señales. De todos modos, agradezco que sucediera.
—Parecía mayor —recuerda Ellie—. Maura, quiero decir. Más experimentada. Era, no sé, como... sexi.
Eso no se lo voy a discutir.
—Algunas chicas tienen eso, ¿sabes? Todo lo que hacen parece insinuante, quieran o no. Eso sonará sexista, ¿no?
—Un poco.
—Pero entiendes lo que quiero decir.
—Sí, claro.
—Bueno, los otros dos miembros del Club de la Conspiración —prosigue— eran Beth Lashley y Hank Stroud. ¿Los recuerdas?
Los recuerdo.
—Eran amigos de Leo. ¿Tú los conocías?
—Hank era un genio de las matemáticas. Recuerdo que estaba en mi clase de cálculo de primer año y que tuvieron que hacerle un programa adaptado a sus capacidades. Acabó yendo al MIT, creo.
—Sí, fue al MIT.
—¿Sabes qué fue de él? —pregunta Ellie, adoptando un tono más serio.
—En parte. Por lo que sé, aún sigue por aquí. Juega algún que otro partido de baloncesto improvisado en las pistas municipales.
—Lo vi hace unos seis meses cerca de la estación de tren —añade Ellie, meneando la cabeza—. Hablando solo, mascullando. Fue terrible. Una historia muy triste, ¿no crees?
—Desde luego.
Se detiene y se apoya en un árbol.
—Pensemos por un momento en los miembros del club. Supongamos por un momento que Diana también lo era, ¿vale?
—Vale.
—Pues tenemos seis miembros en total. Leo, Diana, Maura, Rex, Hank y Beth.
Echo a caminar otra vez. Ellie viene a mi lado y sigue hablando.
—Leo está muerto. Diana está muerta. Rex está muerto. Maura está desaparecida. Hank, bueno, es... ¿Cómo debería decirlo? ¿Un sintecho?
—No —la corrijo—. Es paciente externo del Essex Pines.
—O sea, ¿que tiene una enfermedad mental?
—Digámoslo así.
—Eso nos deja a Beth.
—¿Qué sabes de ella?
—Nada. Se fue a la universidad y no volvió por aquí. Como coordinadora del comité de exalumnos la he buscado, he intentado conseguir una dirección de correo, ya sabes, para invitarla a las reuniones y fiestas de aniversario. Nada.
—¿Qué hay de sus padres?
—Lo último que supe era que se habían trasladado a Florida. También les escribí, pero no me respondieron.
Hank y Beth. Tendría que hablar con ellos. ¿Y qué les iba a decir exactamente?
—¿Adónde vamos, Nap?
—No falta mucho —respondo.
Quiero enseñárselo, o quizás es que quiero verlo yo mismo. Estoy resucitando viejos fantasmas. El olor de los pinos flota en el aire. De vez en cuando vemos una botella de alcohol rota o un paquete vacío de cigarrillos por el suelo.
Ya estamos cerca. Será mi imaginación, seguro, pero de pronto parece que el aire se queda inmóvil. Es como si hubiera alguien ahí, mirándonos, aguantando la respiración. Me detengo junto a un árbol y paso la mano por la corteza. Encuentro un viejo clavo oxidado. Paso al árbol siguiente, toco la corteza y encuentro otro clavo oxidado. Por un momento me entran dudas.
—¿Qué pasa? —pregunta Ellie.
—Nunca he ido más allá.
—¿Por qué?
—Estaba prohibido. ¿Ves estos clavos? Aquí antes había carteles.
—¿De «Prohibido pasar»?
—No, decían: «Zona de acceso restringido» en unas grandes letras rojas. Debajo había un texto larguísimo en letra pequeña que daba miedo. Decía que la zona había sido declarada de acceso restringido en virtud de algún código, y que podían confiscarte cualquier cosa que llevaras, que no se podían hacer fotos, que te registrarían, y bla, bla, bla. La última frase, en negrita, decía: «En caso de infracción está autorizado el uso de armas. Peligro de muerte».
—¿De verdad decía eso? ¿Lo de peligro de muerte?
Asiento con la cabeza.
—Tienes buena memoria —comenta, y sonrío.
—Maura robó uno de los carteles y se lo colgó en el dormitorio.
—Estarás de broma.
Me encojo de hombros.
—Te gustaban las chicas malas —dice Ellie, para chincharme.
—Quizás.
—Y siguen gustándote. Ese es tu problema.
Seguimos caminando. Resulta raro rebasar el lugar donde estaban los carteles, como si un campo de fuerza invisible hubiera cedido por fin y nos dejara avanzar. A los cincuenta metros vemos los restos de una alambrada. Al acercarnos, distinguimos las ruinas de unos barracones entre la maleza.
—Yo hice un trabajo sobre esto el penúltimo año de instituto —me cuenta.
—¿Sobre qué?
—Tú sabes lo que había aquí, ¿no?
Lo sé, pero quiero que sea ella quien lo diga.
—Una base de misiles Nike. Mucha gente no se lo cree, pero eso es lo que fue en un principio. Durante la guerra fría, y hablo de los años cincuenta, el ejército escondía estas bases en poblaciones de segundo orden como la nuestra. Las ocultaban en granjas o en zonas de bosque como esta. La gente pensaba que eso no era más que una leyenda, pero era de verdad.
No se oye una mosca. Nos acercamos más. Veo lo que debieron de ser viejos barracones. Intento imaginarme la escena: los soldados, los vehículos, las bases de lanzamiento.
—Desde aquí podían lanzar misiles Nike de trece metros con cabezas nucleares —recuerda Ellie, entornando los ojos y mirando hacia delante como si aún los viera—. Probablemente, este lugar esté a menos de cien metros de casa de los Carlino, en Downing Road. Se suponía que los Nike estaban para proteger Nueva York de un eventual ataque aéreo soviético o de la llegada de algún misil.
Me va bien que me refresque la memoria.
—¿Sabes cuándo abandonaron el programa de misiles Nike?
—Principios de los setenta, creo —dice ella.
Asiento con la cabeza.
—Este centro lo cerraron en 1974.
—Un cuarto de siglo antes de que fuéramos al instituto.
—Exacto.
—¿Y qué?
—Pues que si preguntas a los viejos del lugar, la mayoría te dirán que si estas bases eran secretas, eran el secreto peor guardado del norte de Nueva Jersey. Todo el mundo sabía que estaban aquí. Un tipo me dijo que una vez hasta habían puesto un misil en una carroza para el desfile del 4 de Julio. No sé si será cierto o no.
Seguimos caminando. Quiero entrar en la vieja base —no sé por qué—, pero la verja oxidada sigue cerrada y se niega a ceder, como un soldado veterano. Nos quedamos mirando a través de la cadena.
—La base Nike de Livingston ahora es un parque —dice Ellie—. Para artistas. Los viejos barracones se han convertido en estudios. La base de lanzamiento de East Hanover se demolió y en su lugar se construyeron viviendas. Hay otra base en Sandy Hook, convertida en museo sobre la guerra fría.
Nos inclinamos hacia delante. El bosque está en completo silencio. No hay cantos de pájaros ni murmullo de hojas. Solo oigo mi propia respiración. El pasado no desaparece sin más. Fuera lo que fuera lo que pasara aquí, aún flota en el ambiente. Esas cosas a veces se perciben, cuando alguien visita ruinas antiguas o viejas granjas, o cuando está solo en el bosque, como ahora. Los sonidos van menguando, los ecos desaparecen, pero no acaba de hacerse el silencio.
—¿Y qué fue de esta base Nike después de que cerrara? —me pregunta Ellie.
—Eso es lo que quería descubrir el Club de la Conspiración —respondo yo.
9
Volvemos al coche de Ellie. Se detiene junto a la puerta del conductor y me rodea la cara con las manos. Es un contacto maternal, algo que no recuerdo haber experimentado con nadie más que con Ellie, y sí, sé lo raro que suena eso. Me mira realmente preocupada.
—No sé muy bien qué decir, Nap.
—Estoy bien.
—Quizás esto sea lo mejor para ti.
—¿Y eso?
—No quiero sonar melodramática, pero aún llevas dentro los fantasmas de aquella noche. Quizá la verdad te ayude a liberarlos.
Asiento con la cabeza, sube y le cierro la puerta. Me quedo mirando cómo se aleja. Mientras me dirijo a mi coche, suena el móvil. Es Reynolds.
—¿Cómo lo has sabido? —me pregunta. Me quedo esperando—. El agente Rex Canton había multado a otros tres conductores borrachos en aquel mismo lugar anteriormente.
Sigo esperando. Reynolds podía haber descubierto eso en minutos. Me querrá decir algo más, y tengo bastante claro qué es.
—¿Nap?
Parece que quiere seguir con el juego.
—Todas las multas por alcoholemia fueron a hombres, ¿verdad?
—Exacto.
—¿Y todos eran tipos en proceso de divorcio o de asignación de custodia de los hijos?
—Asignaciones de custodia —confirma Reynolds—. Los tres.
—Dudo de que sean solo tres. Probablemente usó otros lugares.
—Estoy repasando todas las multas que puso Rex por alcoholemia. Puede llevar un tiempo —dice. Me subo al coche y lo pongo en marcha—. ¿Cómo lo supiste? Y no me digas que fue un presentimiento o una intuición.
—No estaba seguro, pero Rex paró ese coche justo después de que saliera del bar.
—Podía estar de ronda por ahí.
—Pero vimos la cinta. Aunque la calidad era malísima, se veía claro que el coche no hacía eses ni movimientos extraños. ¿Por qué iba a detenerlo Rex? Y luego está la coincidencia de que la mujer del coche había ido al instituto con Rex: era demasiado. Tenía que ser una trampa.
—Aún no lo pillo —confiesa Reynolds—. ¿El tipo se presentó allí para ejecutar a Rex?
—Probablemente.
—¿Y tu ex lo ayudó?
—No lo creo.
—¿Eso lo dices desde el corazón?
—No, desde la lógica.
—Explícate.
—Ya has oído al barman. Ella entró, se tomó unas copas con él, lo emborrachó y lo hizo subir al coche. Se podría haber ahorrado todos esos pasos si trabajara en colaboración con el asesino.
—Podría ser parte de la puesta en escena.
—Podría —señalo.
—Pero tal como lo dices tú tiene sentido. ¿Crees que Maura trabajaba en colaboración con Rex?
—Es lo que me parece.
—Eso tampoco quiere decir que no pudiera tenderle una trampa a Rex.
—Correcto.
—Pero si no tuvo que ver con el asesinato, ¿dónde está ahora?
—No lo sé.
—El asesino podría haberla apuntado con el arma. Podría haberla obligado a ocupar el sitio del conductor. Podría haberla obligado a conducir hasta un aeropuerto o algo parecido.
—Es posible.
—Y luego, ¿qué?
—Estamos yendo demasiado lejos —le advierto—. Tenemos que hacer más trabajo de calle. Dudo que las esposas de esos casos de asignación de custodia de pronto fueran a Rex y le dijeran: «Eh, me iría bien cargarme la reputación de mi marido».
—Vale, ¿entonces cómo lo contrataban?
—Apuesto a que lo hacían a través de un abogado de familia. Eso es lo primero que tendríamos que comprobar, Reynolds. Probablemente las tres mujeres tengan el mismo abogado. Descubre quién es y podremos preguntarle por Rex y Maura.
—El abogado, o la abogada, no nos pongamos sexistas, se acogerá al secreto profesional.
—Paso a paso.
—Entendido —dice Reynolds—. ¿Así que quizás el asesino fuera uno de los maridos víctimas de la encerrona, que ha buscado venganza?
Eso es lo que más sentido tiene, pero le recuerdo que aún no lo sabemos. No entro en lo del Club de la Conspiración porque sus descubrimientos parecen ir en sentido contrario. Sigo aferrándome a la vana esperanza de que el asesinato de Rex me permita, de algún modo, resolver el misterio de tu muerte, Leo. No hay motivo para que eso sea así, supongo. Reynolds seguirá la pista de las multas por alcoholemia. Yo puedo seguir trabajando en lo del Club de la Conspiración. Eso significa localizar a Hank Stroud y a Beth Lashley.
Pero, sobre todo, supone contactar con Augie.
Podría esperar un poco. No hay motivo para abrir esta herida de nuevo, especialmente si Augie está dando pasos adelante en su vida personal. No obstante, no es mi estilo esconderle cosas a Augie. No querría que él decidiera por mí lo que puedo asumir y lo que no. Y tengo que mostrarle el mismo respeto que espero de él.
Aun así, Augie es el padre de Diana. No será fácil.
En el momento que llego a la carretera 80, aprieto el botón del volante y le indico a mi teléfono que llame a Augie. Responde al tercer tono.
—Eh, Nap.
Augie es un tiarrón con un pecho como un tonel. Oír su voz áspera resulta reconfortante.
—¿Ya habéis vuelto de Hilton Head?
—Regresamos anoche a última hora.
—Entonces, ¿estás en casa?
—Sí, estoy en casa. ¿Qué sucede?
—¿Puedo pasar un momento después de mi turno?
Vacila un momento.
—Sí, claro.
—Vale. ¿Y cómo ha ido el viaje?
—Nos vemos luego —dice Augie, y cuelga.
Me pregunto si estaba solo o si sigue con su última novia. Eso estaría bien, pienso, y en el mismo momento pienso también que no es asunto mío.
Augie vive en un piso en un bloque de ladrillo ajardinado de Oak Street, en una urbanización que muy bien podría llamarse El rincón del divorciado. Se fue a vivir allí temporalmente hace ocho años, dejándole a Audrey, la madre de Diana, la casa donde habían criado a su única hija. Unos meses más tarde, Audrey vendió la casa sin informar a Augie.
Audrey lo hizo, según me dijo una vez, más por Augie que por ella misma.
Cuando Augie abre la puerta, veo sus palos de golf en el vestíbulo.
—¿Qué tal fue en Hilton Head? —le pregunto.
—Bien.
—¿Te llevaste los palos de golf? —digo, señalando a sus espaldas.
—Vaya, eres todo un detective.
—No me gusta presumir.
—Me los llevé —dice Augie—. Pero no jugué.
Eso me hace sonreír.
—¿Así que fuiste con...?
—Yvonne.
—Yvonne —repito, arqueando una ceja—. Un nombre estupendo.
—No creo que lo nuestro vaya a funcionar —dice, mientras se echa a un lado para hacerme pasar.
El corazón se me encoge en el pecho. No conozco a Yvonne, pero por algún motivo me imagino a una mujer segura de sí misma, con una risa sonora y profunda, de trato fácil, divertida, agradecida, que habrá disfrutado paseando por la playa junto al hotel cogida del brazo de Augie. Es como si echara de menos a alguien que ni siquiera he conocido.
Lo miro, y él se encoge de hombros.
—Ya llegará otra —dice.
—Hay muchos peces en el océano, sí.
Cabría esperar que el piso por dentro fuera un espacio sin mucha personalidad y algo caótico, pero no lo es. A Augie le encanta visitar ferias de arte y comprarse cuadros. Los va cambiando; nunca los tiene en el mismo sitio más de un par de meses. La librería de madera de roble con puertas de cristal está atestada de libros. Augie es el lector más voraz que conozco. Tiene los libros separados en dos categorías —ficción y no ficción—, pero no ordenados por autor, ni nada parecido.
Me siento.
—¿No estás de servicio? —me pregunta.
—No. ¿Y tú?
—Tampoco.
Augie sigue siendo capitán del Departamento de Policía de Westbridge. Se jubila dentro de un año. Yo me hice poli por lo que te pasó a ti, Leo, pero no estoy seguro de que hubiera podido conseguirlo sin el asesoramiento de Augie. Me siento en la misma butaca mullida de siempre. Veo el trofeo del campeonato estatal de fútbol escolar —en el que jugué, en el que él entrenaba— en la estantería, haciendo de sujetalibros. Aparte de eso no hay nada personal en la sala: ni fotografías, ni certificados, ni diplomas, nada de eso.
Me pasa una botella de vino. Es un Chateau Haut-Bailly de 2009. Se vende por unos doscientos dólares.
—Buen vino —comento.
—Ábrelo.
—Deberías guardarlo para una ocasión especial.
Augie me quita la botella de las manos y le clava el sacacorchos.
—¿Es eso lo que nos diría tu padre?
Sonrío.
—No.
Mi bisabuelo, solía contarnos papá, guardaba sus mejores vinos para alguna ocasión especial. Murió cuando los nazis invadieron París. Y su vino se lo acabaron bebiendo los nazis. Moraleja: nunca esperes. Cuando yo era niño usábamos solo la vajilla buena. Los mejores manteles. Bebíamos en copas de cristal Waterford. Cuando mi padre murió, su bodega estaba prácticamente vacía.
—Tu padre usaba palabras más elegantes —recuerda Augie—. Yo prefiero una cita de Groucho Marx.
—¿Cuál?
—No beberé vino hasta que sea el momento. Muy bien, es el momento.
Augie sirve una copa, y luego la otra. Me la da. Brindamos. Le doy unas vueltas al vino y lo huelo. Nada muy elaborado.
Percibo aromas a moras, ciruela, grosella y —esta es buena— virutas de lápiz. Le doy un sorbo: suculento, maduro, afrutado, fresco, brioso, ya os hacéis una idea. El sabor que deja dura un minuto entero. Espectacular.
Augie espera mi reacción. Mi modo de asentir lo dice todo. Los dos nos quedamos mirando al sitio en el que estaría sentado papá si estuviera aquí, con nosotros. Siento un temblor de nostalgia en el pecho. Le habría encantado este momento. Habría disfrutado tanto del vino como de la compañía.
Papá era la definición de lo que los franceses llaman joie de vivre, que prácticamente quiere decir disfrutar la vida al máximo, aunque no estoy muy seguro. Por lo que he visto, a los franceses les encanta sentir. Afrontan cada experiencia, los grandes amores y las grandes tragedias, sin echarse atrás ni adoptar una posición de defensa. Si la vida va a darles un puñetazo en la cara, echan la barbilla adelante y saborean el momento. Eso es vivir la vida al máximo.
Papá era así.
Y por eso yo sería una gran decepción para él, Leo.
Así que quizá, para las cosas realmente importantes, yo no sea un francófilo en absoluto.
—Bueno, ¿qué es eso que tienes que decirme, Nap?
Empiezo por el asesinato de Rex y luego le suelto lo de las huellas de Maura. Augie se bebe el vino con una ceremonia algo excesiva. Acabo la historia.
Espero. Espera. Los polis saben esperar. Hablo por fin:
—¿Qué te dice todo esto?
Augie se levanta de su butaca.
—No es mi caso. Así que no me corresponde a mí sacar conclusiones. Pero al menos ahora ya sabes algo.
—¿Qué es lo que sé?
—Algo de Maura.
—No es mucho.
—No, no es mucho.
No digo nada; doy un sorbo al vino.
—Déjame adivinar —dice Augie—. Por algún extraño motivo, crees que este asesinato tiene algo que ver con Diana y Leo.
—De momento, no sé si quiero llegar tan lejos —respondo.
Augie suspira.
—¿Qué es lo que tienes?
—Rex conocía a Leo.
—Probablemente también conocía a Diana. Ibais todos a la misma clase, ¿no? El pueblo no es tan grande.
—Hay algo más. —Echo mano a mi bolsa y saco el almanaque. Augie me lo coge de la mano.
—¿Pósits de color rosa?
—Ellie.
—Debí habérmelo imaginado. ¿Y por qué me enseñas esto?
Le explico lo de las insignias en la solapa y el Club de la Conspiración, y veo que aflora una sonrisa divertida en sus labios. Me deja acabar.
—¿Y cuál es tu teoría, Nap?
No digo nada. Su sonrisa aumenta de tamaño.
—¿Tú crees que ese Club de la Conspiración desveló un terrible secreto sobre esa base militar? —plantea, y se pone a mover los dedos en el aire, como si formulara un hechizo—. ¿Un secreto tan terrible que había que silenciar a Diana y a Leo? ¿Va por ahí, Nap?
Le doy otro sorbo al vino. Comienza a caminar de un lado a otro, pasando las páginas del almanaque y deteniéndose en las que están marcadas con notas adhesivas.
—Y ahora, quince años más tarde, por algún extraño motivo hay que silenciar también a Rex. Qué curioso que no hubiera que silenciarlo antes, pero en fin. De pronto envían a algún agente secreto a que se lo cargue.
Augie se detiene y me mira.
—¿Te lo estás pasando bien? —le pregunto.
—Un poco, supongo.
Abre otra página marcada con un pósit rosa.
—Beth Lashley. ¿También está muerta?
—No, no lo creo. Aún no he descubierto nada sobre ella.
Augie pasa rápidamente a otra página.
—Oh, y Hank Stroud. Bueno, sabemos que sigue por aquí. No está muy entero, debo decir, pero los hombres del saco aún no se lo han llevado.
Pasa la página de nuevo, pero esta vez se queda helado. El salón queda en silencio. Lo miro a los ojos y me pregunto si he hecho bien en venir. No veo qué página es la que tiene abierta, pero sí que está hacia el final. Así que está claro. Su expresión no cambia, pero todo lo demás sí. El rostro se le tensa del dolor. La mano le tiembla un poco. Quiero decir algo que lo reconforte, pero sé que es uno de esos momentos en que las palabras son como un apéndice: superfluas y dolorosas.
Por tanto, me quedo callado.
Espero mientras Augie contempla la fotografía de su hija a los diecisiete años, la que no regresó a casa aquella noche. Cuando vuelve a hablar, es como si tuviera un peso en el pecho.
—No eran más que chavales, Nap —dice, y noto que agarro la copa con más fuerza—. Unos chavales tontos, sin experiencia. Bebieron demasiado. Mezclaron pastillas y alcohol. Estaba oscuro. Era tarde. ¿Estaban en las vías, por casualidad? ¿Estaban corriendo por ellas, riéndose, colocados, y no se dieron cuenta? ¿Estarían haciendo bravatas, intentando saltar las vías antes de que pasara el tren? En 1973 ya había muerto Jimmy Riccio haciendo ese jueguecito. No sé, Nap. Ojalá supiera. Ojalá supiera qué ocurrió exactamente. Quiero saber si Diana sufrió o si fue rápido. Quiero saber si se volvió en el último segundo y supo que estaba a punto de morir o si no se dio cuenta siquiera. ¿Sabes? Mi única misión, la única que tenía en la vida, era protegerla, y la dejé salir aquella noche, así que me pregunto si pasó miedo. Me pregunto si sabía que iba a morir, y si así fue, ¿me llamó pidiendo ayuda? ¿Gritó llamando a su padre? ¿Esperaba de algún modo que yo pudiera salvarla?
No me muevo. No puedo moverme.
—Vas a investigar esto, ¿verdad?
Me cuesta reaccionar, pero asiento con la cabeza. Luego hago otro esfuerzo y respondo:
—Sí.
Me entrega el almanaque y se dispone a salir del salón.
—Quizá deberías hacerlo por tu cuenta.
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