Kitabı oxu: «Seis años»
Título original inglés: Six Years
© Harlan Coben, 2013.
© de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2015.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO460
ISBN: 9788490069332
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
DEDICATORIA
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2. SEIS AÑOS MÁS TARDE
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36. UN AÑO MÁS TARDE
A BRAD BRADBEER
SIN TI, AMIGO MÍO, NO HABRÍA VICTORIA
1
Me senté en el último banco y me quedé mirando cómo el amor de mi vida se casaba con otro hombre.
Natalie vestía de blanco, claro, y, por si aquello fuera poco, estaba más espléndida que nunca. Su belleza siempre había tenido algo de fragilidad y de fuerza contenida, y allá arriba parecía un ser etéreo, como de otro mundo.
Se mordió el labio inferior. Recordé aquellas mañanas en la cama, cuando hacíamos el amor y luego se ponía mi camisa azul y bajábamos. Nos sentábamos en nuestro rincón a desayunar y leíamos el periódico. Alguna vez sacaba su cuaderno y se ponía a hacer bosquejos. Mientras me dibujaba, se mordía el labio inferior, igual que ahora.
Dos manos se hundieron en mi pecho, me agarraron el corazón por los lados y lo partieron en dos con un chasquido.
¿Por qué habría ido allí?
¿Creéis en el amor a primera vista? Yo tampoco. Pero sí creo en una atracción no solo física a primera vista. Creo que en ocasiones —una vez, o quizá dos en toda la vida— te sientes atraído por alguien de un modo tan profundo, tan básico y tan inmediato que la atracción es casi magnética. Así fue con Natalie. A veces no es más que eso. Pero otras veces crece, prende y se convierte en una llama inmensa, de la que no tienes dudas y que sabes que durará para siempre.
Y a veces te engañas y piensas que lo primero es lo segundo.
Yo, en mi ingenuidad, había pensado que aquello era para siempre. Yo, que nunca había creído realmente en el compromiso y que había hecho todo lo posible por huir de él, supe de inmediato —bueno, en menos de una semana— que aquella era la mujer con la que iba a despertarme cada mañana de mi vida. Aquella era la mujer —sí, ya sé que suena cursi— sin la cual no era capaz de hacer nada, que hacía que lo más mundano se convirtiera en algo emocionante.
Ya; patético, ¿no?
El sacerdote, que llevaba la cabeza perfectamente afeitada, no dejaba de hablar, pero el flujo de sangre en mis oídos me hacía imposible distinguir lo que decía. Me quedé mirando a Natalie. Quería que fuera feliz. Lo pensaba en serio, no era la típica mentira que nos decimos porque, en realidad, si la persona a quien queremos no nos quiere, preferimos que sea desgraciada. En este caso lo sentía de verdad. Si lograba convencerme de que Natalie sería más feliz sin mí, podría dejarla marchar, por doloroso que me resultara. Pero no creía que fuera a ser más feliz, pese a todo lo que me había dicho o hecho. O quizás ese sea otro mecanismo de defensa interno, otra mentira que nos contamos.
Natalie no llegó a mirarme, pero yo vi que se le tensaban las comisuras de los labios. Sabía que yo estaba allí. No le quitaba ojo al que iba a ser su marido. Por lo que había descubierto poco antes, se llamaba Todd. Odio ese nombre. Todd. Todd. Probablemente le llamaban Toddy, o ToddMan, o Toddster.
Todd llevaba el pelo demasiado largo, y lucía esa barba de tres días que a algunos les parece tan moderna y que a otros, como a mí, les parece de puñetazo. Barrió con la mirada a los asistentes de una manera un tanto petulante, hasta que se atascó... bueno, conmigo. Se quedó allí un segundo, evaluándome, antes de decidir que no valía la pena perder más tiempo.
¿Por qué había vuelto Natalie con él?
La dama de honor era Julie, la hermana de Natalie. Estaba de pie en la tarima, con un ramo cogido entre las manos y una sonrisa inerte y robótica en los labios. No nos conocíamos personalmente, pero había visto fotos suyas y les había oído hablar por teléfono. Julie también parecía anonadada ante aquel acontecimiento. Intenté cruzar la mirada con ella, pero estaba muy concentrada y procuraba poner la clásica mirada perdida en el infinito.
Volví a fijar la vista en el rostro de Natalie, y fue como si una serie de ráfagas de explosivos detonaran en el interior de mi pecho. Bum, bum, bum. Desde luego, aquello había sido mala idea. Cuando el padrino sacó los anillos, se me empezaron a cerrar los pulmones. Me costaba respirar.
No podía más.
Supongo que había ido para verlo por mí mismo. La experiencia me había enseñado que lo necesitaba. Mi padre había muerto de un infarto cinco meses antes. Nunca había tenido problemas de corazón, y gozaba de buena salud. Recuerdo cuando esperaba en aquella sala, cuando el médico me hizo pasar a su consulta y me dio la terrible noticia, y cuando me preguntaron, tanto en el hospital como en el tanatorio, si quería ver el cadáver. Dije que no. Supongo que no quería recordarle tendido en una camilla o en un ataúd. Prefería recordarle tal como era.
Pero, con el paso del tiempo, empezó a costarme aceptar su muerte. Siempre estaba lleno de vida. Dos días antes de su muerte, habíamos ido a ver jugar a los New York Rangers —papá estaba abonado— y había habido prórroga, habíamos gritado, jaleado... Bueno, ¿cómo podía ser que estuviera muerto? Una parte de mí había empezado a preguntarse si no habrían cometido un error, o si todo aquello no sería un gran montaje y mi padre aún seguía vivo de algún modo. Sé que no tiene sentido, pero la desesperación puede acabar jugando contigo. Y, si le dejas sitio a la desesperación, esta siempre encuentra respuestas alternativas.
Otra parte de mí estaba obsesionada con el hecho de que nunca había visto el cuerpo de mi padre. En esta ocasión no quería repetir el mismo error. Pero —siguiendo con esta triste metáfora— ahora ya había visto el cadáver. No había motivo para tomarle el pulso o hurgarlo con el dedo más de lo necesario.
Intenté desaparecer de allí de la manera más discreta posible. Eso no es fácil cuando mides 1,96 y tienes la constitución «de un leñador», como solía decir Natalie. Tengo las manos grandes. A Natalie le encantaban. Las cogía con las suyas y me reseguía las palmas. Decía que eran manos de verdad, manos de hombre. También las había dibujado porque, según decía, mis manos contaban mi historia: mi educación en un barrio humilde, mis ímprobos esfuerzos para estudiar en la Universidad de Lanford hasta encontrar trabajo de gorila en una discoteca local y, de algún modo, también el hecho de que ahora fuera el profesor más joven de su departamento de Ciencias Políticas.
Salí de la pequeña capilla blanca casi a trompicones y aspiré el aire cálido del verano. Verano. ¿Habría sido eso nada más? ¿Una historia de verano? No éramos dos chavales calientes que buscaban marcha en un campamento; éramos dos adultos buscando soledad para nuestras actividades —ella para su arte, y yo para escribir mis disertaciones sobre ciencias políticas— que se habían conocido y se habían enamorado perdidamente, y ahora, que se acercaba septiembre, bueno... Todo lo bueno se acaba. Toda nuestra relación tenía ese aire irreal, ambos apartados de nuestras vidas habituales y de todas las cosas mundanas que la componían. Quizás eso fuera lo que la hacía tan estupenda. Quizás el hecho de que viviéramos en aquella burbuja alejada de la realidad hacía mejor aún nuestra relación, más intensa. O a lo mejor todo eran tonterías mías.
Al otro lado de la puerta oí vítores y aplausos. Aquello me despertó de mi estupor. El servicio había acabado. Todd y Natalie eran ya el Señor Barba de Tres Días y Señora. No tardarían en recorrer el pasillo y salir. Me preguntaba si les tirarían arroz. Seguro que a Todd no le gustaría. Le estropearía el peinado y se le pegaría a la barba.
No, no necesitaba ver más.
Me dirigí hacia la parte trasera de la capilla y desaparecí justo en el momento en que las puertas de la capilla se abrían. Miré hacia el espacio que había delante. Nada, solo..., bueno, espacio. Había árboles a lo lejos. Los bungalows estaban al otro lado de la colina. La capilla formaba parte del lugar de retiro para artistas donde se alojaba Natalie. Yo vivía en otro para escritores, más allá. Ambos establecimientos eran antiguas granjas de Vermont que aún cultivaban algunos productos ecológicos.
—Hola, Jake.
Me giré hacia la voz familiar. Allí, a apenas diez metros, estaba Natalie. La vista se me fue a su dedo anular izquierdo. Como si me leyera el pensamiento, levantó la mano y me enseñó su nueva alianza.
—Felicidades. Me alegro mucho por ti.
Pasó por alto mi comentario.
—No me puedo creer que hayas venido.
—Es que he oído que habría unos aperitivos espléndidos —respondí, abriendo los brazos—. Ya sabes que no me pierdo una ocasión así.
—Muy gracioso.
Me encogí de hombros, mientras mi corazón se convertía en polvo arrastrado por el viento.
—Todo el mundo me aseguró que no vendrías —dijo Natalie—. Pero yo sabía que lo harías.
—Te sigo queriendo.
—Lo sé.
—Y tú me sigues queriendo.
—Yo no, Jake. ¿Lo ves? —respondió, y me puso el anillo delante de las narices.
—¿Cariño? —Todd y su vello facial aparecieron por la esquina. Me miró y frunció el ceño—. ¿Y este quién es? —preguntó, aunque estaba claro que lo sabía.
—Jake Fisher —me presenté—. Enhorabuena.
—¿Dónde nos hemos visto antes?
Aquella se la dejé a Natalie. Ella le puso una mano sobre el hombro y respondió:
—Jake ha hecho mucho de modelo para nosotros. Probablemente te suena de alguna de nuestras piezas.
Él seguía frunciendo el ceño. No me moví. No me eché atrás. No aparté la mirada.
—Vale —respondió, a regañadientes—. Pero no tardes.
Me echó una última mirada malcarada y regresó hacia la capilla. Natalie se giró de nuevo hacia mí. Señalé al lugar por donde había desaparecido Todd.
—Parece divertido —observé.
—¿Por qué has venido?
—Necesitaba decirte que te quiero —dije—. Necesitaba decirte que siempre te querré.
—Ya se acabó, Jake. Pasarás página. Te repondrás.
No dije nada.
—¿Jake?
—¿Qué?
Ladeó la cabeza ligeramente. Sabía el efecto que tenía ese gesto sobre mí.
—Prométeme que nos dejarás en paz.
No reaccioné.
—Prométeme que no nos seguirás, ni llamarás, ni nos mandarás correos electrónicos.
El dolor del pecho fue en aumento. Se convirtió en algo intenso y afilado.
—Prométemelo, Jake. Prométeme que nos dejarás en paz —repitió, mirándome fijamente a los ojos.
—De acuerdo —accedí—. Lo prometo.
Sin decir más, Natalie se alejó y regresó a la puerta de la capilla, junto al hombre con quien se acababa de casar. Yo me quedé allí un momento, intentando recuperar el aliento. Intenté enfadarme, quitarle hierro al asunto, no darle importancia y decirle que ella se lo perdía. Lo intenté todo, e incluso asumirlo con madurez, pero sabía que todo aquello no era más que un artificio para no afrontar el hecho de que me pasaría la vida desconsolado.
Me quedé allí, detrás de la capilla, hasta que di por hecho que todo el mundo se había ido. Entonces volví a la parte delantera. El sacerdote de la cabeza afeitada estaba de pie sobre los escalones. También Julie, la hermana de Natalie, que me puso una mano sobre el brazo.
—¿Estás bien?
—Estupendo —le respondí.
El sacerdote me sonrió.
—Un día precioso para una boda, ¿no cree?
—Supongo que sí —dije yo, parpadeando para protegerme del sol, y luego me fui.
Cumpliría lo que me había pedido Natalie. La dejaría sola. Pensaría en ella cada día, pero nunca la llamaría, ni me acercaría, ni la buscaría en internet. Mantendría mi promesa.
Seis años.
2
SEIS AÑOS MÁS TARDE
Aunque yo no podía saberlo en aquel instante, el mayor cambio de mi vida llegaría en algún momento entre las 3.29 y las 3.30 de la tarde.
Mi clase de primero sobre la política del razonamiento moral acababa de terminar. Estaba saliendo del Bard Hall. Era un día perfecto para pasarlo al aire libre. El sol brillaba con fuerza, y el aire era fresco en Massachusetts. En el patio interior iba a jugarse un partido de frisbee. Los estudiantes se habían distribuido por el campo, como si los hubiera esparcido una mano gigante. Sonaba música a todo trapo. Era como un folleto sobre la vida en el campus hecho realidad.
Me encantan los días así. Como a cualquiera, supongo.
—¿Profesor Fisher?
Me giré. Había siete estudiantes sentados en un semicírculo sobre la hierba. La chica que me hablaba estaba en el centro.
—¿Quiere sentarse con nosotros? —preguntó.
Sonreí y negué con la mano.
—Gracias, pero estoy en horario de despacho.
Seguí caminando. Tampoco me hubiera quedado, aunque me habría encantado sentarme con ellos en un día tan espléndido como aquel. Una fina línea separa a profesores de alumnos, y lo siento, pero, por insensible que pueda parecer, no quería ser ese tipo de profesor, el profesor que sale quizá demasiado con los estudiantes y que asiste de vez en cuando a una fiesta de las fraternidades, o quizás incluso invita a cervezas después del partido de fútbol. Un profesor debería mostrarse accesible y dar apoyo al alumno, pero no puede convertirse ni en un colega ni en su padre.
Cuando llegué a la Clark House, la señora Dinsmore me saludó frunciendo el ceño, como siempre. La señora Dinsmore era una mujer de armas tomar, y tal vez llevase de recepcionista en el departamento de Ciencias Políticas desde tiempos del presidente Hoover. Debía de rondar los doscientos años, pero, a juzgar por su impaciencia y su trato desagradable, bien podría pasar por la mitad.
—Buenas tardes, belleza —le dije—. ¿Algún mensaje?
—Sobre su mesa —respondió. Hasta en el tono de voz se le notaba el ceño fruncido—. Y frente a la puerta tiene una cola de alumnas, como siempre.
—Vale, gracias.
—Ni que les hiciera pruebas para coristas.
—Ya.
—Su predecesor nunca se mostró tan accesible.
—Venga ya, señora Dinsmore. Yo venía a verle constantemente, cuando era estudiante.
—Sí, pero al menos sus pantalones cortos le cubrían algo de pierna.
—Y eso siempre le decepcionó un poco, ¿no?
La señora Dinsmore hizo todo lo que pudo para contener una sonrisa.
—Quítese de en medio, ¿quiere?
—Admítalo.
—¿Quiere que le dé una patada en el culo? Salga de aquí.
Le lancé un beso y entré al despacho por la puerta de atrás para evitar la fila de alumnas que se habían apuntado a la tutoría del viernes. Tenía dos horas de visitas «abiertas», los viernes de tres a cinco de la tarde. No había lista, eran nueve minutos por alumno, sin horario ni cita previa. Solo había que presentarse: el orden de llegada era el de atención. Respetábamos estrictamente los tiempos. Nueve minutos, ni más ni menos, y un minuto para salir y dejar que el estudiante siguiente se acomodara y entrara en materia. Si alguno necesitaba más tiempo, o si yo le dirigía la tesis o lo que fuera, la señora Dinsmore le programaba una visita más prolongada.
Exactamente a las tres en punto hice pasar a la primera alumna. Quería discutir las teorías de Locke y Rousseau, dos politólogos más conocidos últimamente por sus reencarnaciones en la serie Lost que por sus teorías filosóficas. La segunda alumna no tenía otro motivo para estar ahí —si se me disculpa la crudeza— que la de hacerme la pelota. A veces me entraban ganas de ponerme en pie y decir: «Más vale que me hagas unas galletitas», pero lo entiendo. La tercera alumna había acudido para suplicarme un poco. Es decir, pensaba que su nota de notable alto debía ser más bien un sobresaliente justito, cuando en realidad probablemente tendría que haberle puesto un notable pelado.
Así era. Había quien acudía a mi despacho a aprender; otros, a impresionarme; otros, a suplicar; otros, a charlar... Todo eso me parecía bien. No hago juicios de valor basándome en esas visitas. No estaría bien. Trato a cada estudiante que pasa por esa puerta igual que a los demás, porque estamos aquí para enseñar, si no ya ciencias políticas, quizás sí algo sobre pensamiento crítico e incluso —¡glups!— sobre la vida. Si los estudiantes nos llegaran completamente formados y sin inseguridades, ¿qué sentido tendría?
—Se queda en notable alto —dije cuando acabó su alocución—. Pero estoy seguro de que en el próximo trabajo podrás sacar mejor nota.
Sonó el zumbido del reloj. Sí, como decía, soy muy estricto con los tiempos. Eran exactamente las 15.29. Por eso supe, cuando repasé todo lo sucedido, cuándo había empezado todo: entre las 15.29 y las 15.30.
—Gracias, profesor —dijo ella, mientras se ponía en pie para marcharse. Yo también me puse en pie.
Mi despacho no había cambiado un ápice desde que me nombraron jefe del departamento, cuatro años antes, momento en que ocupé el que había sido el despacho de mi predecesor y mentor, el profesor Malcolm Hume, secretario de Estado en un gobierno y jefe de gabinete en otro. Aún conservaba aquel magnífico desorden que le daba un aire nostálgico: antiguos globos terráqueos, volúmenes enormes, manuscritos amarillentos, pósteres despegándose de la pared, retratos enmarcados de hombres con barba... No había ningún escritorio, solo una gran mesa de roble a la que podían sentarse doce personas, el número exacto de mi clase de tesis de grado.
No había ni un rincón despejado. No me había molestado en redecorar la sala, y no tanto por respeto a mi mentor, como muchos pensaban, sino porque, en primer lugar, me daba pereza y no encontraba el momento; en segundo lugar, lo cierto era que no tenía un estilo personal, ni fotografías de familia que colocar, y en realidad no me importaba mucho esa tontería de que «el despacho es el reflejo del hombre» o, si me importaba, entonces es que yo era así; y en tercer lugar, porque siempre me había parecido que el desorden propiciaba la expresión individual. La esterilidad y la organización tiene algo que inhibe la espontaneidad en un estudiante. El caos parece ayudar a mis estudiantes a expresarse: «Si el entorno ya es tan caótico y desordenado —deben de pensar—, ¿qué daño pueden hacerle mis ridículas ideas?».
Pero sobre todo era porque me daba pereza y no encontraba el momento.
Una vez en pie, ambos nos dimos la mano junto a la gran mesa de roble. Ella sostuvo la mía un segundo más de lo necesario, así que yo la retiré rápidamente. No, eso no ocurre todo el tiempo. Pero ocurre. Ahora tengo treinta y cinco años, pero cuando empecé, con veintitantos, ocurría más a menudo. ¿Recordáis aquella escena de En busca del arca perdida en que una estudiante se escribía las palabras «Te quiero» en los párpados? Algo así me sucedió a mí el primer semestre. Solo que en ese caso la segunda parte de la primera palabra era «ME», y empezaba por «F» y no hablaba de amor. No me vanaglorio de ello. Los profesores ocupamos una posición de poder enorme. Los hombres que acceden a esas cosas o que de algún modo se creen dignos de esas atenciones (no es por ser sexista, pero casi siempre son hombres) suelen ser más inseguros y estar más desesperados que cualquier jovencita de las que hacen proposiciones a sus profesores.
Mientras esperaba sentado la llegada del siguiente alumno, le eché un vistazo al ordenador situado a la derecha de la mesa. Se había activado el salvapantallas de la facultad. Era una página típica de universidad, supongo. A la izquierda, había un pase de diapositivas de la vida en la universidad, con alumnos de diferentes sexos, razas, credos y religiones disfrutando del ambiente académico, interactuando unos con otros, con los profesores, en actividades extracurriculares, esas cosas. La cabecera de la página mostraba el logo de la facultad y sus edificios más reconocibles, como la prestigiosa Johnson Chapel, una versión ampliada de la capilla donde había visto casarse a Natalie.
A la derecha de la pantalla había un recuadro con noticias de la facultad, y en aquel momento, mientras entraba el siguiente estudiante de la lista, Barry Watkins, y saludaba con un «Eo, profe, ¿cómo va eso?», vi una necrológica en la pantalla de noticias que me dejó de piedra.
—Hola, Barry —dije, sin apartar la vista del ordenador—. Siéntate.
Lo hizo y puso los pies sobre la mesa. Sabía que no me importaba. Barry venía cada semana. Hablábamos de todo un poco, y de nada en particular. Sus visitas eran más una especie de terapia que algo académico, pero aquello tampoco me parecía mal.
Miré la pantalla más de cerca. Lo que me había sorprendido era la fotografía del fallecido, del tamaño de un sello. No lo reconocía —al menos, de lejos—, pero parecía joven. Tampoco es que aquello fuera raro en las necrológicas. Muchas veces la facultad, en lugar de ir a buscar una fotografía reciente, escaneaba la fotografía de la orla del difunto, pero en este caso, incluso a primera vista, estaba claro que no era así. El peinado no era, digamos, de los años sesenta o setenta. La fotografía tampoco era en blanco y negro, como las de los anuarios hasta 1989.
Aun así, nuestra facultad era pequeña, de unos cuatrocientos alumnos por curso. La muerte no era algo infrecuente, pero, quizá por el tamaño del centro o por mi estrecha relación con él, primero como alumno y luego como parte del profesorado, siempre sentía que la muerte de cualquier alumno o profesor me afectaba directamente.
—¡Eooo, profe!
—Un segundo, Barry.
Ahora el que estaba incumpliendo el horario era yo. Siempre llevo un cronómetro portátil de sobremesa, de esos que se ven en los gimnasios donde se juega al baloncesto, con unos números digitales rojos enormes. Un amigo me lo había regalado, quizá pensando que, por mi altura, debía de jugar al baloncesto. No jugaba, pero me encantó el reloj. Como estaba programado para hacer una cuenta atrás desde los nueve minutos, pude ver que en aquel momento estábamos en 8.49.
Hice clic en la pequeña fotografía. Cuando apareció la versión ampliada, tuve que hacer un esfuerzo para contener una exclamación.
El nombre del difunto era Todd Sanderson.
Había borrado el apellido de Todd de mi memoria —la invitación a la boda solo decía «¡Todd y Natalie se casan!»—, pero desde luego no me había olvidado de la cara. No había ni rastro de la barba de tres días. Estaba perfectamente afeitado, y llevaba el cabello casi rapado. Me pregunté si aquello habría sido cosa de Natalie —ella siempre se quejaba de que mi barba le irritaba la piel—, y luego me pregunté por qué me planteaba siquiera esas tonterías.
—El reloj está en marcha, profe.
—Un segundo, Barry. Y no me llames profe.
Allí decía que Todd tenía cuarenta y dos años. Eso era algo más de lo que me esperaba. Natalie tenía treinta y cuatro, uno menos que yo. Me imaginaba que Todd tendría una edad más próxima a la nuestra. Según la necrológica, Todd había sido un jugador destacado en el equipo de fútbol de la universidad y finalista de la beca Rhodes para estudiar en Oxford. Impresionante. Se había licenciado con honores en historia, había fundado una organización benéfica llamada Fresh Start y, en su último año de estudios, había sido presidente de mi fraternidad, la Psi U.
Todd no solo había sido alumno de mi universidad, sino que ambos habíamos pertenecido a la misma fraternidad. ¿Cómo es que yo no sabía nada de eso?
Había más, mucho más, pero me fui directo a la última línea:
El funeral se celebrará el domingo en Palmetto Bluff (Carolina del Sur), cerca de Savannah (Georgia). El señor Sanderson deja esposa y dos hijos.
¿Dos hijos?
—¿Profesor Fisher? —La voz de Barry tenía un tono extraño.
—Lo siento, estaba...
—No, hombre, no pasa nada. ¿Pero está bien?
—Sí, estoy bien.
—¿Está seguro? Parece pálido. —Barry bajó los pies al suelo y apoyó las manos en la mesa—. Puedo venir en otro momento, si quiere.
—No —respondí.
Aparté la mirada de la pantalla. Ya me ocuparía más tarde. El marido de Natalie había muerto joven. Aquello era triste, sí, quizás incluso trágico, pero no tenía nada que ver conmigo. No era motivo para cancelar compromisos laborales ni para causarles molestias a mis alumnos. Me había pillado por sorpresa, claro, no solo la muerte de Todd, sino también el hecho de que hubiera ido a mi universidad. Aquello era una casualidad muy curiosa, supongo, pero no exactamente una revelación trascendental.
A lo mejor es que a Natalie le gustaban los hombres de Lanford, nada más.
—Bueno, ¿qué hay? —le pregunté a Barry.
—¿Conoce al profesor Byrner?
—Claro.
—Es un capullo integral.
Lo era, pero yo no iba a decirlo.
—¿Cuál es el problema?
No había visto la causa de la muerte en la necrológica. En las del campus no solían publicarla. Ya investigaría más tarde. Si ahí no lo ponía, quizá podría encontrar una necrológica más completa en internet.
Por otra parte, ¿para qué iba a querer más información? ¿Qué cambiaría eso?
Más valía no meter mucho las narices.
En cualquier caso, tendría que esperar a que acabara el turno de visitas. Acabé con Barry y seguí adelante. Intenté apartar la necrológica de mis pensamientos y concentrarme en los alumnos que quedaban. Estaba distraído, pero ellos no se dieron cuenta. Los alumnos no se pueden imaginar que los profesores tengan una vida propia, del mismo modo que no se pueden imaginar que sus padres tengan relaciones sexuales. En cierto modo, mejor para mí. Por otra parte, les recordaba constantemente que miraran más allá de su propio ombligo. La condición humana supone, entre otras cosas, que todos pensamos que somos los únicos seres complejos, mientras que todos los demás tienen una interpretación más simple. Eso no es cierto, por supuesto. Todos tenemos nuestros propios sueños y esperanzas, deseos e ilusiones. Todos tenemos nuestros puntos de locura.
La cabeza me iba de una cosa a otra. Observé el lento avance del reloj como si fuera el estudiante más aburrido en la clase más aburrida. Cuando dieron las cinco, volví a fijar mi atención en la pantalla del ordenador y leí la necrológica completa de Todd Sanderson.
No, no decían la causa de la muerte.
Qué curioso. A veces se daba una pista en el apartado de donaciones sugeridas. Por ejemplo, «En lugar de enviar flores, por favor, hágase una donación a la Sociedad Estadounidense de Lucha contra el Cáncer», o algo así. Pero no se decía nada. Tampoco se mencionaba la ocupación de Todd, pero, una vez más, ¿qué más me daba?
La puerta del despacho se abrió de golpe y apareció Benedict Edwards, profesor de humanidades y mi mejor amigo. No se molestó en llamar antes, pero nunca lo había hecho, ni le parecía que hubiera motivo. Solíamos quedar los viernes a las cinco y nos íbamos a un bar donde yo había trabajado de portero en mis tiempos de estudiante. En aquellos tiempos era nuevo, estaba impecable y era lo último. Ahora era un local viejo y descuidado, y estaba tan de moda como el Betamax.
Físicamente, Benedict era más bien opuesto a mí: afroamericano, pequeño y de huesos finos. Unas gafas gigantes de Hombre Hormiga que parecían más bien las gafas de seguridad del departamento de Química le magnificaban los ojos. Tal vez Apollo Creed le había servido de inspiración para dejarse aquella cabellera afro y aquel enorme bigote. Tenía dedos finos de pianista y unos pies que serían la envidia de cualquier bailarina, y desde luego no tenía pinta de leñador.
A pesar de eso —o quizá precisamente por eso—, Benedict tenía un éxito brutal y ligaba más que un rapero tras conseguir un éxito de ventas.
—¿Qué pasa? —me preguntó.
Evité las respuestas habituales —«Nada» o «¿Por qué tiene que pasar algo?»— y fui directamente al grano:
—¿Has oído hablar de un tal Todd Sanderson?
—No creo. ¿Quién es?
—Un exalumno. Han publicado su necrológica.
Giré la pantalla en su dirección. Benedict se ajustó las enormes gafotas.
—No lo reconozco. ¿Por qué?
—¿Te acuerdas de Natalie?
Una sombra le recorrió el rostro.
—No te oía pronunciar su nombre desde...
—Ya, ya. Bueno, pues este es (o era) su marido.
—¿El tío por el que te dejó?
—Sí.
—Y ahora está muerto.
—Eso parece.
—Bueno... —dijo Benedict, arqueando una ceja—. Pues vuelve a estar soltera.
—Muy delicado.
—¿Vas a llamarla?
—¿A quién?
—A Condoleezza Rice. ¿Tú qué crees? A Natalie.
—Sí, claro. Y le digo algo así: «Oye, el tío por el que me dejaste ha muerto. ¿Quieres ir al cine?».
Benedict estaba leyendo la necrológica.
—Espera.
—¿Qué?
—Dice que tiene dos hijos.
—¿Y bien?
—Eso complica las cosas.
—¿Quieres parar?
—O sea, dos hijos. Ahora quizás esté gorda. —Benedict me miró con sus ojos magnificados—. ¿Qué aspecto tendrá ahora? Tío, dos hijos. Probablemente estará rolliza, ¿no?
—¿Cómo quieres que lo sepa?
—Hummm, pues como todo el mundo. Google. Facebook, esas cosas.
Negué con la cabeza.
—Eso no lo he hecho nunca.
—¿Qué? Todo el mundo lo hace. Oye, yo lo hago con todas mis exparejas.
—¿Y la red admite todas esas búsquedas?
—La verdad es que tengo que usar mi propio servidor —dijo Benedict, con una sonrisa.
—Tío, espero que eso no sea un eufemismo.
Sin embargo, tras su sonrisa entreví alguna cosa más. Recordé aquella vez en un bar, cuando Benedict estaba especialmente mamado y le pillé contemplando una vieja fotografía que llevaba escondida en la cartera. Le pregunté quién era. «La única chica a la que querré nunca», me respondió, arrastrando las palabras. Entonces la guardó tras su tarjeta de crédito y, a pesar de mis insinuaciones, nunca más me dijo ni una palabra de ella.
Aquella vez tenía la misma sonrisa en el rostro.
—Se lo prometí a Natalie —le aclaré.
—¿El qué?
—Que les dejaría en paz. Que nunca les investigaría ni les molestaría.
Benedict se quedó pensando.
—Bueno, pues parece que has cumplido tu promesa, Jake.
Yo no dije nada. Benedict me había mentido antes. No usaba Facebook para investigar a sus exnovias o, si lo hacía, no le ponía demasiado entusiasmo. Pero una vez, al entrar en su despacho sin avisar —al igual que él, yo nunca llamaba—, le vi consultando Facebook. Eché una mirada rápida y vi que la página que estaba contemplando pertenecía a la misma mujer cuya foto llevaba en la cartera. Benedict cerró el navegador enseguida, pero habría jurado que consultaba esa página muy a menudo. Cada día, quizá. Apuesto a que miraba cada nueva fotografía de la única mujer a la que había amado. Apuesto a que en aquel mismo momento estaba pensando en su vida, en su familia, en el hombre que compartía su cama y que contemplaba todo aquello del mismo modo que solía mirar la fotografía de su cartera. No tengo pruebas de todo eso, es solo una impresión, pero no creo que vaya especialmente desencaminado.
Como decía antes, todos tenemos nuestras propias locuras.
—¿Qué intentas decirme? —le pregunté.
—Solo digo que todo ese rollo de «ellos» ya se ha acabado.
—Hace mucho tiempo que Natalie no forma parte de mi vida.
—¿De verdad crees eso? ¿También te hizo prometer que te olvidarías de tus sentimientos?
—Tú sigue así, y te quedas sin compañía para salir por ahí.
—Me buscaré a otro. Tampoco eres tan guapo.
—Cerdo asqueroso.
Se puso en pie.
—Los profesores de humanidades conocemos a la gente.
Benedict me dejó solo de nuevo. Me puse en pie y me acerqué a la ventana. Eché un vistazo al patio. Observé a los estudiantes que pasaban por allí, como solía hacer cuando me enfrentaba a una decisión importante, y me pregunté qué le aconsejaría a uno de ellos si se encontrara en mi situación. De pronto, sin aviso previo, me volvió todo a la mente: aquella capilla blanca, el tocado de su cabello, el modo en que me mostró el anillo, todo el dolor, el deseo, las emociones, el amor, la herida. Me temblaban las rodillas. Pensaba que ya la había dado por perdida. Me había destrozado el corazón, pero había recogido los pedacitos, me había recompuesto y había seguido con mi vida.
Qué estúpido pensar en aquello en aquel momento. Qué egoísta. Qué inapropiado. Aquella mujer acababa de perder a su marido, y yo, capullo de mí, me ponía a pensar en lo que implicaba para mí.
«Déjalo —me dije—. Olvídalo y olvídala. Pasa página».
Pero no podía. Sencillamente, no estaba hecho así.
La última vez que había visto a Natalie había sido en una boda. Ahora la vería en un funeral. A algunos les parecería una ironía, pero a mí no.
Volví a sentarme ante el ordenador y reservé un vuelo a Savannah.
3
La primera señal de que algo iba mal llegó durante el sermón del funeral.
Palmetto Bluff, más que una población, era una enorme urbanización cercada. El «pueblo», de reciente construcción, era un lugar bonito, limpio, bien conservado y con muchísimas referencias a su pasado histórico, y todo ello le daba un aspecto estéril y artificial, como de parque temático. La capilla, blanca y reluciente —sí, una más—, se erguía en lo alto de una loma tan pintoresca que parecía más bien un cuadro. El calor, no obstante, era muy real: una atmósfera viva y cargada de humedad, tan densa como una cortina de cuentas.
En otro momento de efímera lucidez me pregunté por qué había ido, pero enseguida aparté el pensamiento de mi mente. Estaba allí, así que la pregunta ya no tenía sentido. El bar The Inn de Palmetto Bluff parecía un decorado de cine. Me acerqué a la barra y le pedí un whisky a una camarera muy mona.
—¿Ha venido por el funeral? —me preguntó.
—Sí.
—Una tragedia.
Asentí y me quedé mirando mi copa. La camarera mona pilló el mensaje y no dijo nada más.
Me considero un hombre racional. No creo en el destino, ni en ninguna de esas tonterías y supersticiones. Sin embargo, ahí estaba yo, justificando mi conducta impulsiva precisamente con eso. «Tenía que venir», me decía. Estaba obligado a tomar aquel vuelo. No sabía por qué. Había visto con mis propios ojos cómo Natalie se casaba con otro hombre, y aun así, incluso ahora, no podía aceptarlo. Aún necesitaba poner un cierre al asunto. Seis años atrás, Natalie me había dejado con una nota en la que me decía que iba a casarse con su antiguo novio. Al día siguiente me llegó la invitación de la boda. No era de extrañar, pues, que aún me sintiera... incompleto. Y ahora estaba ahí, con la esperanza no ya de poner fin a la historia, sino al menos de cerrarla.
Me sorprenden los razonamientos que podemos hacer cuando deseamos algo de verdad.
Pero ¿qué buscaba yo, exactamente?
Me acabé la copa, le di las gracias a la camarera mona y me dirigí hacia la capilla. Manteniendo las distancias, por supuesto. Sería un monstruo desalmado y egoísta, pero no tanto como para incordiar a una viuda en el entierro de su marido. Me situé tras un gran árbol —una palmera enana, como las que daban nombre al complejo—, sin atreverme siquiera a mirar a los asistentes.
Cuando oí el himno inicial, me imaginé que el terreno estaría despejado, y así fue. Un vistazo rápido me sirvió para confirmarlo. Todo el mundo estaba en el interior de la capilla. Me encaminé hacia allí. Se oía cantar a un coro de góspel. Eran magníficos. No estaba muy seguro de qué hacer. Tanteé la puerta de la capilla, encontré que estaba abierta (sí, bueno), empujé y pasé. Agaché la cabeza al entrar, y me llevé una mano al rostro, como si me picara y necesitara rascarme.
Tampoco hacía falta.
La capilla estaba hasta los topes. Me coloqué atrás, de pie, con otros asistentes de última hora que no habían encontrado sitio. El coro acabó el sentido himno, y un hombre —una especie de sacerdote, supongo— subió al púlpito. Empezó a hablar de Todd como un «médico atento, un buen vecino, un amigo generoso y un hombre de familia magnífico». Médico. Eso no lo sabía. El hombre sacó brillo a todas las virtudes de Todd: su dedicación a obras de beneficencia, su personalidad arrolladora, su espíritu generoso, su habilidad para hacer que todo el mundo se sintiera especial, su disposición para arremangarse y echar una mano a cualquiera, amigo o extraño. Por supuesto, descarté todo aquello como la típica retórica de los funerales —tenemos una tendencia natural a ensalzar a los difuntos—, pero en los ojos de los presentes vi lágrimas mientras asentían al escuchar las palabras, como si fuera una canción que solo ellos podían oír.
Desde mi posición intenté ver a Natalie, pero había demasiadas cabezas entre los dos. No quería que se me viera demasiado, así que lo dejé. Además, había entrado en la capilla, había observado y había escuchado las palabras de elogio al fallecido. ¿No bastaba con eso? ¿Qué más podía hacer?
Era hora de marcharse.
—Nuestro primer panegírico —anunció el hombre del púlpito— lo pronunciará Eric Sanderson.
Un adolescente pálido —supuse que tendría unos dieciséis años— se puso en pie y se acercó al púlpito. En un principio se me ocurrió que debía de ser el sobrino de Todd Sanderson (y, por extensión, de Natalie), pero la primera frase que dijo me demostró que estaba muy equivocado.
—Mi padre era mi héroe...
¿Padre?
Tardé unos segundos en reaccionar. La mente humana, cuando sigue una dirección, a veces no puede salirse del camino trazado. Cuando era niño, mi padre solía plantearme un acertijo que pensaba que me desconcertaría. «Un padre y un hijo tienen un accidente de coche. El padre muere. Al niño se lo llevan corriendo al hospital. La persona que debe operarle dice: “No puedo operar a este chico. Es hijo mío”. ¿Cómo puede ser?» Eso es lo que quería decir con lo del camino trazado. Para la generación de mi padre, supongo que aquel acertijo resultaba algo difícil de resolver, pero para los chicos de mi edad, la respuesta —que la cirujana en realidad es su madre— era tan evidente que recuerdo que me reí en su cara. «¿Qué más, papá? ¿Ahora vas a ponerte a escuchar música con una gramola?»
Esto era algo parecido. ¿Cómo podía ser que un hombre que solo llevaba seis años casado con Natalie tuviera un hijo adolescente? Respuesta: Eric era hijo de Todd, no de Natalie. Si Todd no había estado casado con anterioridad, por lo menos había tenido un hijo con otra mujer.
Intenté de nuevo ver a Natalie, en el primer banco. Estiré el cuello, pero la mujer que tenía al lado soltó un suspiro de exasperación por invadir su espacio. En la tarima, el hijo de Todd, Eric, estaba arrasando. Hizo un discurso precioso y conmovedor. No quedaba un ojo seco en la capilla salvo, bueno, los míos.
¿Y ahora qué? ¿Me quedaba ahí? ¿Le presentaba mis respetos a la viuda? ¿Para qué? ¿Para confundirla o para alterarla en su duelo? Y yo, viejo egoísta, ¿qué quería? ¿Quería verle de nuevo el rostro, verla llorar por la pérdida del amor de su vida?
Ni hablar. Miré el reloj. Había reservado un vuelo de regreso para aquella misma noche. Sí, acción rápida. Nada de líos, ni hoteles, ni gastos. Barato y efectivo.
Entre mis amigos había quien me solía recordar lo obvio, que yo había idealizado mi relación con Natalie de un modo irracional. Lo puedo entender. Siendo objetivos, le veo sentido al argumento. Pero el corazón no es objetivo. Yo, que rindo culto a los grandes pensadores, teóricos y filósofos de nuestro tiempo, nunca me rebajaría a usar un axioma tan tópico como el de «Simplemente lo sé». Pero es que lo sé. Sé lo que éramos Natalie y yo. Se lo veía en los ojos. No había ni el rastro de una sombra, y precisamente por eso no puedo entender lo que nos sucedió después.
En resumen, aún no lo entiendo.
Cuando Eric acabó y volvió a sentarse, lo único que se oía en la blanca capilla era el ruido de la gente limpiándose la nariz y sollozando discretamente. El sacerdote volvió al púlpito e indicó con las manos que nos pusiéramos en pie. En aquel momento aproveché la distracción general para salir. Crucé el sendero y volví a atrincherarme tras la palmera enana. Me apoyé en el tronco, lejos de la vista de cualquiera que saliese de la capilla.
—¿Está bien?
Me giré y vi a la camarera mona.
—Estoy bien, gracias.
—Un gran tipo, el doctor.
—Sí —asentí.
—¿Eran íntimos?
No respondí. Unos minutos más tarde, las puertas de la capilla se abrieron. El ataúd brillaba a la luz del sol. Cuando llegó cerca del coche fúnebre, los portadores —entre ellos Eric, el hijo— rodearon el féretro. Detrás iba una mujer con un gran sombrero negro. Rodeaba con un brazo a una niña de unos catorce años. Había un hombre alto a su lado. Ella se apoyó en él. El hombre se parecía un poco a Todd. Supuse que sería su hermano y ella, su hermana, pero no tenía la certeza. Los portadores levantaron el féretro y lo metieron en el coche fúnebre. A la mujer del sombrero negro y a la niña las condujeron al coche de acompañantes. El posible hermano alto les abrió la puerta. Eric entró tras ellas. Me quedé observando, mientras el resto de los asistentes salía de la capilla.
Aún no había ni rastro de Natalie.
Aquello no me pareció tan raro. A la luz de mi experiencia, podía tratarse de dos cosas: a veces la viuda era la primera en salir, junto al féretro, a veces incluso apoyando una mano encima. Y otras veces era la última, pues esperaba que la capilla se vaciara para recorrer el pasillo. Recuerdo que mi madre no había querido hablar con nadie en el funeral de mi padre. Llegó incluso a salir por una puerta lateral para evitar tener que atender a todos los familiares y amigos.
Vi cómo salían. Su dolor, como el calor sureño, se había convertido en algo vívido y palpitante. Era genuino y tangible. Aquellas personas no estaban ahí por pura cortesía. Le tenían cariño a aquel hombre. Estaban conmovidos por su muerte, pero... ¿Qué me esperaba? ¿O es que pensaba que Natalie me iba a cambiar por un perdedor? ¿No era mejor que me hubiera dejado por ese médico tan querido que por un indeseable?
Buena pregunta.
La camarera seguía allí de pie, a mi lado.
—¿De qué murió? —le pregunté.
—¿No lo sabe?
Meneé la cabeza. Silencio. Me giré hacia ella.
—Asesinado.
La palabra se quedó flotando en el aire húmedo, negándose a marcharse. La repetí.
—¿Asesinado?
—Sí.
Abrí la boca. La cerré. Volví a intentarlo.
—¿Cómo? ¿Por quién?
—Le pegaron un tiro, creo. No estoy segura de eso. La policía no sabe quién lo hizo. Creen que fue un robo que salió mal. Ya sabe, un tipo que entró en la casa sin saber que había alguien dentro.
Me quedé en blanco. De la capilla ya no salía más gente. Me quedé mirando la puerta, esperando que Natalie hiciera su aparición.
Pero no lo hizo.
El sacerdote salió y cerró las puertas tras de sí. Se situó frente al cortejo. El coche fúnebre se puso en marcha, con el coche de acompañantes tras él.
—¿Hay una puerta lateral? —pregunté.
—¿Qué?
—La capilla. ¿Tiene alguna otra puerta?
Ella frunció el ceño.
—No. Solo esa puerta.
El cortejo ya se había puesto en marcha. ¿Dónde demonios estaba Natalie?
—¿No va a ir al cementerio? —me preguntó la camarera.
—No.
—Me da la impresión de que no le iría mal una copa —observó, y me puso una mano en el brazo.
Aquello era difícil de rebatir. La seguí con paso vacilante hasta el bar y me dejé caer sobre el mismo taburete de antes. Me sirvió otro whisky. Yo no apartaba la vista del cortejo, de la puerta de la capilla, ni de la pequeña placita.
Ni rastro de Natalie.
—Me llamo Tess, por cierto.
—Jake.
—¿De qué conocía al doctor Sanderson?
—Fuimos a la misma universidad.
—¿De verdad?
—Sí. ¿Por qué?
—Usted parece más joven.
—Lo soy. Nos conocimos ya como exalumnos.
—Ah, vale. Eso cuadra.
—¿Tess?
—¿Sí?
—¿Conocías a la familia del doctor Sanderson?
—Su hijo, Eric, salió con mi sobrina. Un buen chaval.
—¿Cuántos años tiene?
—Dieciséis, quizá diecisiete. Qué tragedia. Eric y su padre estaban muy unidos.
No sabía cómo abordar el tema, así que lo solté tal cual:
—¿Conoces a la esposa del doctor Sanderson?
—¿Usted no?
—No —mentí—. No llegamos a coincidir. Solo nos conocíamos de unos cuantos actos celebrados en la universidad. Él iba solo.
—Pues parece muy afectado para conocerlo solo de unos cuantos actos.
A eso no sabía cómo responder, así que hice una pausa y me tomé un buen trago.
—Bueno, es que... no la he visto en el funeral.
—¿Cómo lo sabe?
—¿El qué?
—Acaba de decirme que no la conocía. ¿Cómo lo sabe?
Desde luego, aquello no se me estaba dando nada bien.
—He visto fotos.
—Pues no debían de ser muy buenas.
—¿Qué quieres decir?
—Que estaba ahí. Ha salido justo detrás del féretro, con Katie.
—¿Katie?
—Su hija. Eric era uno de los portadores. Luego salió el hermano del doctor Sanderson con Katie y Delia.
Los recordaba, por supuesto.
—¿Delia?
—La esposa del doctor Sanderson.
La cabeza empezaba a darme vueltas.
—Pensaba que se llamaba Natalie.
Ella se cruzó de brazos y frunció el ceño.
—¿Natalie? No, se llama Delia. Ella y el doctor salían desde el instituto. Creció aquí mismo. Llevaban casados una eternidad.
Me la quedé mirando, pasmado.
—¿Jake?
—¿Qué?
—¿Está seguro de que no se ha equivocado de funeral?
4
Volví al aeropuerto y cogí el vuelo siguiente de regreso. ¿Qué otra cosa podía hacer? Supongo que podría haberme acercado a la doliente viuda, en el mismo cementerio, y preguntarle por qué su difunto marido se había casado con el amor de mi vida seis años antes, pero en aquel momento me pareció poco apropiado. Y yo soy un tipo sensible.
Así que, teniendo en cuenta lo caro que me había costado el billete, que no admitía cambios y que al día siguiente tenía clases y citas con mis alumnos, me metí a regañadientes en uno de esos aviones de bajo coste, demasiado pequeños para tipos de mi tamaño, doblando las piernas hasta el punto de que las rodillas casi me tocaban la barbilla, y volé de regreso a Lanford. Vivo en una residencia impersonal del campus, hecha toda de ladrillo. Siendo generoso, la decoración podría calificarse de «funcional». Era limpia y confortable, supongo, con uno de esos sofás con chaise longue que se ven anunciados en los centros comerciales de carretera por seiscientos noventa y nueve dólares. El efecto general es, supongo, más anodino que desagradable, pero quizás eso sea lo que me digo yo para consolarme. La pequeña cocina tiene un microondas y un hornillo eléctrico auxiliar —también tiene un horno de verdad, pero no creo que lo haya usado nunca—, y el lavavajillas se avería a menudo. Como habréis supuesto, no recibo muchas visitas.
Eso no quiere decir que no saliera con mujeres, o que no tuviera relaciones sentimentales. Las tenía, aunque la mayoría de ellas tenían fecha de caducidad de tres meses. Algunos lo atribuían al hecho de que Natalie y yo hubiéramos durado poco más de tres meses, pero yo no. No, no sigo sufriendo por ello. No me duermo cada noche entre lágrimas, ni nada de eso. Lo he superado, o eso me digo a mí mismo. Pero sí siento un vacío, por cursi que suene eso. Y —me guste o no— aún pienso en ella todos los días.
¿Ahora, qué?
El hombre que se había casado con la mujer de mis sueños aparentemente estaba casado con otra mujer, por no mencionar que estaba..., bueno, muerto. Por decirlo de otro modo, Natalie no estaba en el funeral de su marido. Eso parecía legitimar algún tipo de respuesta por mi parte, ¿no?
Recordé mi promesa de seis años atrás. Natalie me había dicho: «Prométeme que nos dejarás en paz». A nosotros. No a él o a ella. A riesgo de parecer frío o quizás estricto, ese «nosotros» ya no existía. Todd estaba muerto. Eso significaba —yo al menos lo creía firmemente— que la promesa, en caso de que mantuviera la vigencia, dado que el «nosotros» ya no existía, debía considerarse nula y carente de valor.
Encendí el ordenador, esperé a que arrancara —sí, era viejo— e introduje «Natalie Avery» en el buscador. Apareció una lista de enlaces. Empecé a examinarlos, pero enseguida me desanimé. La página de su antigua galería aún presentaba alguna de sus pinturas. Pero no habían añadido nada en..., bueno, seis años. Encontré algunos artículos sobre inauguraciones de exposiciones y cosas así, pero también eran viejos. Apreté el botón de «Más resultados». Había dos enlaces a las páginas blancas, pero en uno la tal Natalie Avery tenía setenta y nueve años y estaba casada con un hombre llamado Harrison. La otra tenía sesenta y seis y estaba casada con un tal Thomas. Luego estaban las típicas páginas que salen con cualquier nombre: sitios de genealogía, redes sociales de exalumnos de instituto y de universidad, ese tipo de cosas.
Pero lo cierto es que nada de eso parecía relevante.
¿Qué le había pasado a mi Natalie?
Decidí buscar a Todd Sanderson, a ver qué encontraba. En efecto, era médico (y, en concreto, cirujano). Impresionante. Tenía la consulta en Savannah (Georgia), y estaba afiliado al Memorial University Medical Center. Su especialidad era la cirugía estética. Eso podía significar tanto que rectificara paladares como que pusiese tetas. Tampoco me parecía que aquello fuera una información relevante. El doctor Sanderson no estaba muy metido en las redes sociales. No tenía cuenta de Facebook, de LinkedIn ni de Twitter. Nada de eso.
Había unas cuantas referencias a Todd Sanderson y su esposa, Delia, en varias funciones benéficas para una organización llamada Fresh Start, pero tampoco aquello explicaba nada nuevo. Intenté combinar su nombre con el de Natalie. Cero. Me tumbé y pensé un momento. Luego volví a acercarme a la pantalla y probé con su hijo, Eric Sanderson. Era solo un chaval, así que no esperaba encontrar mucho, pero me imaginaba que tendría perfil en Facebook. Empecé por ahí. Los padres a menudo deciden no tener página de Facebook, pero no conocía a ningún estudiante que no la tuviera.
Unos minutos más tarde, obtuve premio. Eric Sanderson, de Savannah (Georgia).
La fotografía del perfil resultaba emotiva: era Eric con su difunto padre, Todd. Ambos sonreían sosteniendo un gran pescado de algún tipo, no sin esfuerzo, pero encantados. Una excursión de pesca con padre e hijo, pensé, con la comezón de un hombre que desea ser padre. El sol se ponía tras ellos, tenían el rostro a la sombra, pero irradiaban una satisfacción que atravesaba el monitor de mi ordenador. Me sacudió un pensamiento extraño.
Todd Sanderson era un buen hombre.
Sí, no era más que una fotografía y, sí, era consciente de que la gente puede fingir una sonrisa o toda una vida, pero en este caso percibía la bondad.
Eché un vistazo al resto de las fotografías de Eric. La mayoría eran de Eric y sus amigos —al fin y al cabo era un adolescente— en el colegio, en fiestas y en acontecimientos deportivos. Lo normal. ¿Por qué todo el mundo pone morritos o hace gestos con las manos en las fotos últimamente? ¿Qué significa? Pensar en eso carecía de interés en aquel momento, pero la mente va donde va.
Había un álbum titulado simplemente «Familia», con fotos de diferentes años. En algunas Eric era un bebé. Luego aparecía su hermana. Luego estaba el viaje a Disney World, otras vacaciones de pesca, cenas en familia, la confirmación en la iglesia y partidos de fútbol. Las repasé todas.
Todd no llevaba el cabello largo. En ninguna. Y en todas estaba perfectamente afeitado.
¿Qué significaba eso?
Ni idea.
Hice clic en el muro de Eric, o lo que sea que se llame la página inicial. Había decenas de mensajes de condolencia.
«Tu padre era el mejor. Lo siento un montón».
«Si puedo hacer algo, ya sabes».
«RIP, Dr. S. Molaba mogollón».
«Nunca olvidaré cuando tu padre ayudó a mi hermana».
Entonces vi uno que me hizo detenerme:
«Una tragedia sin sentido. Nunca comprenderé la crueldad de los seres humanos».
Seleccioné «Posts antiguos». Allí, seis más abajo, encontré otro que me llamó la atención:
«Espero que pillen al &&brón que lo ha hecho y lo frían».
Abrí una página de búsqueda e intenté encontrar algo más. No tardé mucho en dar con un artículo:
HOMICIDIO EN SAVANNAH
Cirujano asesinato
Todd Sanderson, conocido cirujano involucrado en labores humanitarias, fue asesinado anoche en su casa en lo que la policía cree que debió de ser un intento de robo fallido.
Alguien intentó abrir la puerta de mi habitación, pero estaba cerrada con llave. Oí que arrastraban el felpudo —en un alarde de originalidad, escondía la llave de repuesto debajo— y entonces que metían la llave en la cerradura. La puerta se abrió y entró Benedict.
—¡Eh! —dijo—. ¿Surfeando en busca de porno?
—Ya nadie dice «surfear» —respondí, frunciendo el ceño.
—Soy de la vieja escuela. —Benedict se fue hasta la nevera y sacó una cerveza—. ¿Qué tal el viaje?
—Sorprendente.
—Cuenta.
Lo hice. A Benedict se le daba muy bien escuchar. Era uno de esos tipos que escuchan cada palabra de lo que dices y que mantienen la atención, sin ponerse a hablar de otras cosas. Eso tampoco es fingido, y no lo hace solo con sus mejores amigos. Le fascina la gente. Yo diría que es su mayor virtud como profesor, pero probablemente sería más acertado decir que es su mayor virtud como donjuán. Las mujeres solteras tienen defensas contra casi todas las técnicas de ligue, pero ¿un tío que se preocupa de verdad por lo que dicen? Aprendices de gigoló, tomad nota.
Cuando acabé, Benedict echó un trago a su cerveza.
—Caray. O sea..., caray. Es todo lo que puedo decir.
—¿Caray?
—Sí.
—¿Estás seguro de que no eres profesor de lengua?
—Ya sabes —dijo, lentamente— que tal vez haya una explicación lógica para todo esto, ¿no?
—¿Como cuál?
Se frotó la barbilla.
—Quizá Todd sea uno de esos tíos con varias familias, solo que unos no saben de los otros.
—¿Eh?
—Mujeriegos que tienen varias mujeres, e incluso niños, y unos viven en Denver, pongamos por caso, y los otros en Seattle, y él reparte su tiempo entre unos y otros, y ellos no saben nada del asunto. En Dateline salen casos así continuamente. Son bígamos. O polígamos. Y mantienen esa situación durante años.
Hice una mueca.
—Si esa es tu explicación lógica, me gustaría oír tu explicación descabellada.
—Me parece bien. ¿Qué tal si te doy la más obvia?
—¿La explicación más obvia?
—Sí.
—Adelante.
Benedict abrió los brazos.
—No es el mismo Todd.
No dije nada.
—Tú no recuerdas el apellido del tipo, ¿no?
—No.
—¿Y cómo estás seguro de que es el mismo tío? Todd no es el nombre más raro del mundo. Piénsalo, Jake. Ves una foto seis años más tarde, tu mente te juega una mala pasada y, ¡voilà!, piensas que es tu archienemigo.
—No es mi archienemigo.
—No era tu archienemigo. Está muerto, ¿recuerdas? Eso lo pone en pasado. Ahora en serio, ¿quieres la explicación más evidente? —Se acercó—. Es un simple caso de identificación errónea.
Eso, por supuesto, ya me lo había planteado. Incluso había considerado la posibilidad de que fuera un farsante bígamo. Ambas tenían más sentido que... ¿que qué? ¿Qué otra opción había? ¿Qué otra explicación —obvia, lógica o descabellada— podía tener aquello?
—¿Y bien? —preguntó Benedict.
—Tiene sentido.
—¿Lo ves?
—Este Todd (el doctor Todd Sanderson) tenía un aspecto diferente del Todd de Natalie. Tenía el cabello más corto. E iba bien afeitado.
—Pues ahí lo tienes.
Aparté la mirada.
—¿Qué?
—No estoy muy convencido.
—¿Por qué no?
—Primero, porque al hombre lo han asesinado.
—¿Y qué? Si acaso, eso refuerza mi teoría del polígamo. No sabía con quién se la jugaba, y ¡zasca!
—Venga, hombre. Ni tú te lo crees.
Benedict se reclinó en la silla y empezó a tirarse del labio inferior con dos dedos.
—Te dejó por otro hombre.
Esperé a que dijera algo más. No lo hizo, y respondí:
—Oh, sí, Capitán Obvio. Ya lo sé.
—Fue duro para ti. —Ahora sonaba triste, melancólico—. Lo entiendo. Lo entiendo más de lo que tú te crees. —Pensé en la fotografía, en el amor que había perdido, en la cantidad de personas que vamos por ahí con algún dolor en el corazón que nunca mostramos en público—. Estabas enamorado. Así que no puedes aceptarlo: ¿cómo iba a dejarte por otro hombre?
Fruncí el ceño de nuevo, pero sentía una punzada en el pecho.
—¿Estás seguro de que no eres profesor de psicología?
—Lo deseas tanto, deseas tanto esta segunda oportunidad, esta oportunidad de redención, que te niegas a ver la verdad.
—¿Y cuál es la verdad, Benedict?
—Que se ha ido —dijo, simple y llanamente—. Que te dejó tirado. Nada de esto cambia esos hechos.
Tragué saliva e intenté afrontar aquella realidad cristalina.
—Creo que hay algo más.
—¿Como qué?
—No lo sé —reconocí.
Benedict se lo pensó un momento.
—Pero no vas a cejar en tu empeño y querrás descubrirlo, ¿verdad?
—Exacto —respondí—. Pero no hoy. Ni, probablemente, mañana.
Benedict se encogió de hombros, se puso en pie y cogió otra cerveza.
—De acuerdo. ¿Cuál es el paso siguiente?
5
Para eso no tenía respuesta, y se estaba haciendo tarde. Benedict sugirió ir a un bar y luego de marcha. A mí me parecía un plan estupendo, pero tenía ejercicios que corregir, así que tuve que declinar la oferta. Conseguí corregir unos tres antes de darme cuenta de que no estaba concentrado y de que puntuar ejercicios en aquel estado no sería justo para mis estudiantes.
Me hice un bocadillo e intenté buscar de nuevo el nombre de Natalie, esta vez haciendo una búsqueda en «Imágenes». Vi una vieja fotografía suya de un currículo. La imagen me impresionó tanto que tuve que cerrarla. Encontré algunas de sus antiguas pinturas. Varias de ellas representaban mis manos y mi torso. Aquello no solo me trajo recuerdos dolorosos, sino que además me los plantó delante como una bofetada. El modo en que ladeaba la cabeza, la luz del sol que entraba por la claraboya de su estudio, aquella mirada concentrada en su rostro, la sonrisa juguetona cuando hacía una pausa. Los recuerdos casi me hicieron doblarme en dos del dolor. La echaba muchísimo de menos. La echaba de menos con un dolor que era físico y algo más. Lo había bloqueado de manera intermitente durante seis años, pero de pronto la nostalgia había vuelto como una marea, tan intensa como el último día que hicimos el amor en la cabaña de aquel refugio.
A la mierda todo.
Quería verla, y no me importaban las consecuencias. Si Natalie podía mirarme a los ojos de nuevo y darme puerta otra vez, ya lo afrontaría llegado el momento. Pero no en ese momento. No esa noche. Lo único que quería en ese instante era encontrarla.
Vale, poco a poco. Las cosas hay que pensarlas. ¿Qué iba a tener que hacer? Primero, tendría que descubrir si Todd Sanderson era el Todd de Natalie. Había muchos indicios que hacían pensar, tal como había planteado Benedict, que aquello no era más que un caso de identificación errónea.
¿Cómo podría demostrar una cosa o la otra?
Tenía que descubrir algo más de él. Por ejemplo, ¿qué podía estar haciendo el doctor Todd Sanderson, felizmente casado y padre de dos hijos en Savannah, en un refugio de artistas de Vermont seis años antes? Tenía que encontrar más fotos suyas. Tenía que buscar más información de fondo, empezando...
Empezando por allí mismo. Por Lanford.
Eso era. La universidad conservaba los archivos de todos los alumnos, aunque solo eran accesibles para el alumno, o con permiso del alumno. Yo había visto los míos hacía unos años. En general no había encontrado nada digno de mención, salvo que mi profesor de español de primero, asignatura que acabé dejando colgada, sospechaba que yo tenía problemas de «adaptación» y quizá me fuera bien ver al psicólogo de la universidad. Aquello era una gilipollez, por supuesto. Se me daba fatal el español —las lenguas extranjeras eran mi talón de Aquiles—, y en primero se puede dejar una asignatura sin que ello afecte a la media académica. La nota estaba escrita a mano por el profesor, y de algún modo aquello lo empeoraba todo.
¿De qué serviría?
Podía ser que hubiera algo en la ficha de Todd —si es que encontraba el modo de llegar a ella— que me dijera algo de él. Alguien podría preguntar: «¿Como qué?», a lo que yo respondería: «No tengo ni la menor idea». Aun así, me pareció un punto de partida.
¿Y qué más?
Lo evidente: investigar a Natalie. Si descubría que seguía felizmente casada con Todd, dejaría todo eso de inmediato. Aquel era el camino más directo, ¿no? La pregunta era: ¿cómo?
Seguí con mi búsqueda por internet, esperando dar con una dirección o alguna pista, pero no había absolutamente nada. Sé que hoy en día se supone que vivimos toda nuestra vida en línea, pero resultó no ser el caso. Si una persona quería mantenerse en la sombra, podía hacerlo. Le costaría lo suyo, pero la verdad es que se podía vivir fuera de la red.
La pregunta, más bien, era: ¿merecía la pena el esfuerzo?
Me planteé llamar a su hermana, si es que podía encontrar su número, pero... ¿qué le diría exactamente? «Eh, hola... Soy Jake Fisher, el antiguo..., esto..., rollo de tu hermana. Hum. ¿Sabes si ha muerto el marido de Natalie?»
Quizá fuera una táctica poco diplomática.
Recordé haber oído una conversación telefónica entre las dos hermanas en la que Natalie, emocionada, le decía a Julie: «Espera a conocer a mi novio...». Y sí, por fin nos conocimos. Más o menos. En la boda de Natalie con otro hombre.
Su padre estaba muerto. Su madre... Bueno, el problema sería el mismo que con su hermana. Los amigos de Natalie... Eso también sería complicado. Natalie y yo habíamos vivido juntos en sendos refugios en Kraftboro, en Vermont. Yo estaba en uno para escribir mi tesis de ciencias políticas. Natalie hacía sus piezas en una granja-refugio cercana. Se suponía que yo tenía que quedarme seis semanas. Al final me quedé el doble: en primer lugar, porque conocí a Natalie, y en segundo lugar, porque no me concentraba en mi tesis después de conocerla. Nunca había visitado su ciudad natal, en el norte de Nueva Jersey, y ella solo había acudido al campus en una visita breve. Nuestra relación se había desarrollado en aquella burbuja de Vermont.
Casi puedo ver vuestras cabezas asintiendo. Ah, pensaréis, eso lo explica todo. Era un romance de verano, construido en un mundo irreal, sin responsabilidades ni contacto con la realidad. En esas condiciones es fácil que nazcan el amor y la obsesión, pero sin que arraiguen, marchitándose y muriendo después, con la llegada del frío en septiembre. Natalie, que era la más sensata de los dos, veía y aceptaba aquella verdad. Yo no.
Entiendo ese planteamiento. Lo único que puedo decir es que es erróneo.
La hermana de Natalie se llamaba Julie Pottham. Hacía seis años, Julie estaba casada y tenía un bebé. La busqué por internet. Esta vez no me llevó mucho tiempo. Julie vivía en Ramsey, en Nueva Jersey. Apunté el número de teléfono en un papel —al igual que Benedict, también tengo cosas de la vieja escuela— y me lo quedé mirando. Al otro lado de la ventana oía las risas de los estudiantes. Era medianoche. Demasiado tarde para llamar. Además, quizá fuera mejor consultar una decisión así con la almohada. Mientras tanto, tenía exámenes que corregir. Y una clase que preparar para el día siguiente. Tenía una vida que vivir.
No tenía sentido intentar dormir. Me concentré en los trabajos de mis alumnos. La mayoría eran aburridísimos y previsibles, escritos como para cumplir las instrucciones de un profesor de instituto. Eran estudiantes modelo que sabían escribir redacciones de matrícula de honor para el instituto, con su párrafo de presentación, sus frases introductorias, su desarrollo y todas esas cosas que hacen que una exposición sea sólida y absolutamente tediosa. Tal como he mencionado antes, mi trabajo consiste en que desarrollen un pensamiento crítico. Yo siempre le había dado más importancia a eso que al hecho de que recordaran las doctrinas filosóficas específicas de Hobbes o Locke, por ejemplo. Eso siempre se podía consultar. Lo que yo esperaba era que mis estudiantes aprendieran al mismo tiempo a respetar y a mandar al carajo a Hobbes y a Locke. Quería no solo que salieran de la caja para pensar, sino también que al salir de la caja la hicieran añicos.
Algunos lo iban consiguiendo. La mayoría, aún no. Pero por otra parte, si todos lo consiguieran a la primera, ¿qué sentido tendría mi trabajo?
A eso de las cuatro de la mañana me fui a la cama con la esperanza de conciliar el sueño. No fue así. Hacia las siete ya estaba decidido: llamaría a la hermana de Natalie. Recordé la sonrisa de autómata en la capilla blanca, el rostro pálido, el modo en que me preguntó si estaba bien, como si me entendiera de verdad. Quizás encontrara en ella una aliada.
En cualquier caso, ¿qué podía perder?
La noche anterior había sido demasiado tarde para llamar. Ahora era demasiado pronto. Me di una ducha y me preparé para mi clase sobre el imperio de la ley, a las ocho en el Vitale Hall. Llamaría a la hermana de Natalie en cuanto acabara la clase.
Yo me esperaba una clase fácil. Obviamente yo estaba distraído y, afrontémoslo, las ocho de la mañana era demasiado pronto para la mayoría de los estudiantes. Pero no ese día. Ese día los alumnos estaban de lo más animados, levantando la mano y haciendo planteamientos y contraplanteamientos con energía, pero sin animosidad. Yo, por supuesto, no me alineé con ninguna posición. Hice de moderador, y me quedé maravillado. La clase estaba enchufadísima. Por lo general, en la primera clase del día, el minutero del reloj se movía como si estuviera untado de melaza. Esta vez me daban ganas de levantar la mano, agarrar esa estúpida manija y pararla para que no avanzara tan rápido. Disfruté de cada momento. Los noventa minutos me pasaron volando, y me di cuenta, una vez más, de lo afortunado que era por tener aquel trabajo.
Afortunado en el trabajo, desgraciado en amores. O algo parecido.
Me dirigí a mi despacho en la Clark House para hacer la llamada. Me paré junto a la mesa de la señora Dinsmore y le regalé mi sonrisa más irresistible. Ella frunció el ceño y dijo:
—¿Hoy en día eso funciona con las solteras?
—¿El qué? ¿La sonrisa encantadora?
—Sí.
—A veces.
Ella sacudió la cabeza.
—Y dicen que no hay que preocuparse por el futuro... —dijo la señora Dinsmore, con un suspiro, mientras ordenaba unos papeles—. Vale, finja que me ha puesto caliente y nerviosísima. ¿Qué quiere?
Intenté quitarme de la mente la imagen de aquella mujer caliente y nerviosísima. No era fácil.
—Necesito encontrar la ficha de un alumno.
—¿Tiene el permiso del alumno?
—No.
—De ahí la sonrisa encantadora.
—Exacto.
—¿Es uno de sus alumnos actuales?
Recuperé la sonrisa.
—No. Nunca ha sido alumno mío.
Ella arqueó una ceja.
—De hecho, se licenció hace veinte años.
—Está de broma, ¿no?
—¿Tengo pinta de estar de broma?
—De hecho, con esa sonrisa, tiene pinta de estar estreñido. ¿Cómo se llama el alumno?
—Todd Sanderson.
Se recostó en la silla y se cruzó de brazos.
—¿No acabo de leer su obituario en la página de exalumnos?
—Exactamente.
La señora Dinsmore me escrutó el rostro. La sonrisa había desaparecido. Unos segundos más tarde, volvió a ponerse las gafas de leer y dijo:
—Veré qué puedo hacer.
—Gracias.
Entré en mi despacho y cerré la puerta. Se habían acabado las excusas. Eran casi las diez. Saqué el papel y miré el número que había apuntado la noche anterior. Cogí el teléfono, apreté el botón de la línea exterior y marqué.
Había ensayado lo que iba a decir, pero no había encontrado nada que pudiera sonar juicioso, así que pensé que más valía improvisar. El teléfono sonó dos veces, luego tres. Probablemente Julie no respondería. En realidad, ya nadie responde al teléfono, sobre todo cuando la llamada procede de un número desconocido. La identificación de llamada diría «Lanford College». No sabía si eso animaría a responder o no.
Lo cogieron al cuarto tono. Apreté el auricular con fuerza y esperé.
—¿Diga? —respondió la voz de una mujer.
—¿Julie?
—¿Quién es, por favor?
—Soy Jake Fisher.
Nada.
—Salía con tu hermana.
—¿Cómo dice que se llama?
—Jake Fisher.
—¿Nos conocemos?
—Más o menos. Quiero decir que ambos estábamos en la boda de Natalie...
—No entiendo. ¿Quién es usted, exactamente?
—Antes de que Natalie se casara con Todd, esto..., salíamos juntos.
Silencio.
—¿Oye?
—¿Es una broma?
—¿Qué? No. En Vermont. Tu hermana y yo...
—No sé quién es usted.
—Hablabas mucho con tu hermana por teléfono. Incluso os oí a las dos hablando de mí. Después de la boda, me pusiste la mano en el brazo y me preguntaste si estaba bien.
—No tengo ni idea de qué está hablando.
Tenía el auricular agarrado con tanta fuerza que temí que pudiera romperlo en pedazos.
—Como te decía, Natalie y yo salíamos...
—¿Qué es lo que quiere? ¿Por qué me llama?
Vaya, esa era una buena pregunta.
—Quería hablar con Natalie.
—¿Qué?
—Solo quería asegurarme de que está bien. He visto la necrológica de Todd, y pensé en llamar para, no sé, darle mi pésame.
Más silencio. Lo aguanté todo lo que pude.
—¿Julie?
—No sé quién es usted ni de qué está hablando, pero no vuelva a llamar a este número. ¿Me entiende? Nunca.
Y colgó.
6
Volví a llamar, pero Julie no respondió.
No lo entendía. ¿De verdad se había olvidado de mí? Me resultaba difícil de creer. ¿La había asustado con mi llamada inesperada? No lo sabía. Toda la conversación había sido surrealista y algo misteriosa. Una cosa habría sido que me dijera que Natalie no quería saber nada de mí o que me equivocaba, que Todd seguía vivo. Lo que fuera. Pero es que ni siquiera sabía quién era yo.
¿Cómo podía ser?
¿Y ahora qué? En primer lugar, tenía que calmarme inmediatamente. Respirar hondo. Y seguir con mi ataque por dos flancos: en primer lugar descubrir el misterio del difunto Todd Sanderson y después encontrar a Natalie. Lo segundo, por supuesto, resolvería la primera duda: en cuanto encontrara a Natalie, lo descubriría todo. Lo que no sabía era cómo hacerlo. La había buscado en internet y no había encontrado nada. Con su hermana parecía que también había llegado a un callejón sin salida. ¿Qué podía hacer ahora? No lo sabía, pero tampoco podía ser tan difícil encontrar datos de ella, ¿no?
Se me ocurrió una idea. Entré en la página web del campus y comprobé los horarios de los profesores. La profesora Shanta Newlin tenía clase en una hora.
Llamé a la señora Dinsmore por el citófono.
—¿Qué? No esperará que consiga esa ficha con tanta rapidez, ¿no?
—No, no es eso. Me preguntaba si conocía a la profesora Newlin.
—Bueno, bueno. El día se va animando cada vez más. Ya sabe que está prometida, ¿verdad?
Una respuesta así era de esperar.
—Señora Dinsmore...
—Tranquilo, no se lance. Está desayunando con sus alumnos de tesis en Valentine.
Valentine era la cafetería del campus. Crucé el patio interior a la carrera, algo raro en mí. Un profesor universitario siempre tiene que estar atento. Tienes que tener la cabeza bien alta y sonreír o saludar a cada alumno que te encuentras. Tienes que recordar cada nombre. Pasear por el campus era como cobrar cierto protagonismo. Yo sostenía que no me importaba en absoluto, pero confieso que me gustaba la atención recibida y que me lo tomaba bastante en serio. Así que incluso en aquel momento, mientras corría, con los nervios y la cabeza en otra parte, me aseguré de que ningún alumno se sintiera ignorado.
Evité los dos comedores principales. Eran para alumnos. Los profesores que en ocasiones decidían unirse a ellos me parecían algo desesperados. Había líneas, y admito que a veces son demasiado estrictas y arbitrarias, pero yo seguía trazándolas y me mantenía en mi lado. La profesora Newlin, siempre impecable, hacía lo mismo, motivo por el que estaba convencido de que la encontraría en uno de los comedores privados de atrás, reservados para esa interacción entre profesorado y alumnado.
Estaba en el comedor Bradbeer. En el campus, cada edificio, sala, silla, mesa, estante o azulejo lleva el nombre de alguien que ha dado dinero. A algunos eso les pone de los nervios. A mí me gusta. Esta institución cubierta de hiedra ya está lo suficientemente aislada. No le hace ningún daño ponerla en contacto con la fría realidad del mundo y del dinero de vez en cuando.
Eché un vistazo por el cristal. Shanta Newlin me vio y levantó un dedo, indicándome un minuto. Asentí y esperé. La puerta se abrió cinco minutos más tarde y los alumnos salieron uno tras otro. Shanta se situó en el umbral. Cuando los alumnos se fueron, me dijo:
—Vamos caminando. Tengo que ir a un sitio.
La acompañé. Shanta Newlin tenía uno de los currículos más impresionantes que había visto. Tras licenciarse en Oxford había pasado con una beca Rhodes de posgrado a Stanford, y luego había estudiado derecho en la Universidad de Columbia. Después había trabajado tanto para la CIA como para el FBI, hasta acabar como subsecretaria de Estado para el gobierno anterior.
—¿Qué hay?
Como siempre, era directa. Poco después de que llegara al campus, un día habíamos quedado para cenar. No era una cita. Era una «cita para ver si queríamos una cita». Hay una sutil diferencia. Tras la cita, decidió no seguir adelante, y a mí me pareció bien.
—Necesito un favor —dije yo.
Shanta asintió, invitándome a plantearle mi petición.
—Estoy buscando a alguien a quien hace tiempo que no veo. He usado todos los métodos habituales: Google..., llamar a la familia... Todo. No encuentro ni la dirección.
—Y has pensado que, con mis viejos contactos, podría ayudarte.
—Algo así —admití—. Bueno, sí, eso, exactamente.
—¿Y cómo se llama la chica?
—No he dicho que fuera una chica.
Shanta frunció el ceño.
—¿Nombre?
—Natalie Avery.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste o que sabías dónde vivía?
—Hace seis años.
Shanta siguió caminando con paso militar, muy rápido.
—Es ella, ¿no, Jake?
—¿Cómo dices?
Sus labios se curvaron en una leve sonrisa.
—¿Sabes por qué nunca quise una segunda cita contigo?
—En realidad, aquello no fue una primera cita. Era más bien una «cita para ver si queríamos una cita».
—¿Qué?
—No tiene importancia. Supuse que no querrías volver a quedar porque no tenías interés.
—Pues no. Esto es lo que vi esa noche: eres un tipo estupendo, divertido e inteligente, tienes un trabajo estable y unos ojos azules para morirse. ¿Sabes cuántos hombres heterosexuales y solteros podía encontrar que cumplieran esos criterios?
No estaba seguro de qué decir, así que callé.
—Pero lo notaba. Quizá sea por mi formación como investigadora. Estudio el lenguaje corporal. Busco los detalles.
—¿Qué es lo que notaste?
—Que tienes tara.
—Vaya, gracias.
Shanta se encogió de hombros.
—Algunos hombres van por ahí con la antorcha de un viejo amor en la mano, y luego hay otros (no muchos, pero los hay) que se dejan consumir completamente por la llama de su antorcha, con lo que no son más que una fuente de problemas constante para las que vienen detrás.
No dije nada.
—Así que esta Natalie Avery a quien de pronto quieres encontrar de manera tan desesperada... ¿Es ella esa llama?
¿Qué sentido tendría mentir?
—Sí.
Se detuvo y me miró a los ojos.
—¿Y te dolió mucho?
—No tienes ni idea.
Shanta Newlin asintió y se puso en marcha de nuevo, dejándome allí.
—A última hora del día tendrás la dirección.
7
En la televisión, el investigador siempre regresa a la escena del crimen. O, pensándolo mejor, quizá sea el criminal el que lo hace. Yo estaba en un callejón sin salida, así que pensé que quizá valiera la pena volver adonde había sucedido todo.
Los refugios de Vermont.
Lanford estaba a solo tres cuartos de hora de la frontera con Vermont, pero desde allí había dos horas más hasta donde nos habíamos conocido Natalie y yo. El norte de Vermont es una zona rural. Yo me había criado en Filadelfia y Natalie era del norte de Nueva Jersey. Aquel entorno tan rural era nuevo para nosotros. Sí, un observador objetivo podría señalar que un lugar tan apartado de todo el amor se prestaba a que el amor floreciera de un modo poco realista. Yo podría estar de acuerdo, o podría señalar que, en ausencia de otras distracciones —o de cualquier otra cosa—, el amor podría asfixiarse bajo el peso de tanto estar juntos, lo que demostraría que aquello había sido mucho más que un lío de verano.
El sol estaba empezando a caer cuando pasé por delante de mi viejo refugio, en la carretera 14. Aquella «granja autosuficiente» de dos hectáreas y media la gestionaba la escritora residente Darly Wanatick, quien ofrecía críticas del trabajo de los artistas y profesionales alojados. Para quien no lo sepa, una granja autosuficiente es la que practica la agricultura de subsistencia, con la que se obtiene lo necesario para el granjero y su familia, sin excedentes para comerciar. Básicamente, tú te lo cultivas y tú te lo comes, pero no lo vendes. Para quien no sepa qué es un escritor residente o qué le cualifica para criticar los escritos de nadie, eso significaba que Darly era la propietaria de la granja y que escribía una columna semanal sobre comercio local en el periódico gratuito del lugar, el Kraftboro Grocer. La granja tenía capacidad para seis escritores. Cada uno disponía de un dormitorio en la casa principal y una cabaña o «casa de trabajo» en la que escribir. A la hora de cenar nos reuníamos todos. Y ahí se acababa la cosa. No había ni internet, ni televisión, ni teléfonos. Luz, sí, pero nada de coches. Ningún lujo. Por la propiedad paseaban las cabras, las ovejas y los pollos. Al principio era relajante, y disfruté de aquella sensación de desconexión y de soledad durante unos... tres días, hasta que mis neuronas empezaron a oxidarse y corroerse. Supongo que el planteamiento era que, si haces que un autor se aburra hasta el aturdimiento, al final buscará la salvación en su libreta o su ordenador portátil y se pondrá a producir páginas como loco. Durante un tiempo funcionó, pero luego fue como si me hubieran condenado a una pena de aislamiento. Pasé una tarde entera observando a una colonia de hormigas que trasladaba un trozo de pan de una punta a otra del suelo de mi «casa de trabajo». Tan encantado estaba con aquel entretenimiento que acabé colocando trozos de pan en varias esquinas, organizando carreras de relevos de insectos.
La cena con mis compañeros de retiro tampoco me suponía un gran alivio. Eran todos seudointelectuales engreídos convencidos de estar a punto de escribir la nueva gran novela americana, y cuando salía a relucir el asunto de mi disertación no literaria, caía sobre la vieja mesa de la cocina con el mismo ruido sordo con el que cae al suelo una boñiga de burro. A veces aquellos grandes novelistas del futuro hacían lecturas de su propia obra con una gran puesta en escena. Las obras eran pretenciosas, aburridas y egocéntricas, y estaban escritas en una prosa que, siendo generosos, se podía describir como: «¡Miradme! ¡Por favor, miradme!». Yo nunca dije nada de eso en voz alta, claro. Cuando leían, me sentaba con una estudiadísima expresión de arrebato emocional, y asentía de tanto en tanto para dar una imagen de sabiduría e interés, y también para evitar negar con la cabeza en un movimiento reflejo. Un tipo llamado Lars estaba escribiendo un poema de seiscientas páginas sobre los últimos días de Hitler en el búnker desde el punto de vista del perro de Eva Braun. Su primera lectura consistió en diez minutos de ladridos.
—Es para crear el ambiente —explicó, y tenía razón..., si quería crear un ambiente en que vinieran ganas de darle un puñetazo en los morros.
El refugio de artistas de Natalie era diferente. Se llamaba Creative Recharge y tenía un ambiente decididamente más hippy, kumbayá, de porro y galleta de avena. Cuando querían desconectar trabajaban en un huerto ecológico donde no solo eran verduras lo que se cultivaba. Se reunían en torno al fuego por la noche y cantaban canciones de paz y armonía que le darían arcadas a la misma Joan Baez. Curiosamente, se mostraban precavidos ante los extraños (quizá por sus «cultivos ecológicos») y parte del personal mostraba una actitud de prevención y desconfianza. La finca tenía más de cuarenta hectáreas, con una casa principal, casitas de verdad con chimenea y porche, una piscina diseñada para que pareciera un estanque, una cafetería con un café fantástico y una amplia variedad de bocadillos que sabían invariablemente a brotes de soja cubiertos de astillas de madera y, en el límite con el pueblo de Kraftboro, una capilla blanca donde uno, si lo deseaba, podía incluso casarse.
Lo primero que observé era que la entrada ya no estaba señalizada. Había desaparecido el cartel «CREATIVE RECHARGE», pintado con vivos colores, que recordaba un poco un campamento de verano juvenil. Una gruesa cadena me impedía entrar en el camino de acceso. Aparqué, apagué el motor y salí del coche. Había varios carteles de «PROHIBIDO EL PASO», pero siempre habían estado allí. Eso sí, con la nueva cadena y sin el cartel de bienvenida, los carteles de prohibido pasar adquirían un tono más grave.
No estaba seguro de qué hacer.
Sabía que la casa principal estaba a unos cuatrocientos metros. Podía dejar allí el coche y caminar, a ver. Pero ¿de qué serviría? Hacía seis años que no iba por ahí. Tal vez los dueños del refugio hubieran vendido el terreno, y el nuevo propietario seguramente querría intimidad. Eso explicaría todo aquello.
Aun así, había algo que no me cuadraba.
Pensé que no haría ningún daño a nadie presentándome en la casa principal y llamando a la puerta. No obstante, la gruesa cadena y los carteles de «PROHIBIDO EL PASO» no eran precisamente felpudos de bienvenida. Aún estaba intentando decidirme cuando un coche patrulla de la policía de Kraftboro se paró al lado del mío. Salieron dos agentes. Uno era bajo y corpulento, con músculos hinchados de gimnasio. El otro era alto y delgado, con el cabello engominado hacia atrás y un bigotito de película muda. Ambos llevaban gafas de aviador, de modo que no se les veían los ojos.
El bajito fornido se subió un poco los pantalones y dijo:
—¿Puedo ayudarle?
Ambos me miraron con dureza. O al menos eso me pareció. En realidad, no les veía los ojos.
—Tenía interés en visitar el refugio Creative Recharge.
—¿El qué? —preguntó Fornido—. ¿Para qué?
—Bueno, porque necesito una recarga de creatividad.
—¿Se está haciendo el listillo conmigo?
Lo dijo subrayando las palabras más de lo necesario. No me gustaba su actitud. Y tampoco la entendía, salvo porque eran polis de pueblo y probablemente yo era el primero que encontraban con quien meterse, aparte de los menores a quienes pillaban bebiendo alcohol.
—No, agente.
Fornido miró a Flacucho. Flacucho se quedó en silencio.
—Debe de tener mal la dirección.
—Estoy bastante seguro de que es aquí —insistí.
—El refugio Creative Recharge ya no existe. Cerró.
—Entonces, ¿con cuál de las dos respuestas debo quedarme?
—¿Cómo dice?
—¿Tengo mal la dirección, o el refugio Creative Recharge cerró?
A Fornido no le gustó la respuesta. Se quitó las gafas de sol con una mano y las usó para señalarme.
—¿Está intentando quedarse conmigo?
—Estoy intentando encontrar mi refugio.
—Yo no sé nada de ningún refugio. Este terreno es propiedad de la familia Drachman desde hace..., ¿cuánto, Jerry, cincuenta años?
—Por lo menos —corroboró Flacucho.
—Yo estuve aquí hace seis años.
—Yo de eso no sé nada —dijo Fornido—. Lo único que sé es que está en una propiedad privada y que si no sale de aquí, lo meto en el calabozo.
Me miré a los pies. No estaba en el camino de entrada ni en ninguna propiedad privada. Estaba en la carretera.
Fornido se me acercó, invadiendo mi espacio personal. Confieso que me dio miedo, pero en mis años de gorila en los bares había aprendido algo: nunca hay que demostrar miedo. Eso es algo que uno oye siempre relacionado con el reino animal, y creedme, no hay animales más salvajes que los humanos que se «sueltan» por las noches en los bares. Así que, aunque no me gustaba lo que estaba pasando, aunque no tenía nada a lo que agarrarme y lo único que buscaba era un modo de escapar de todo aquello, no me eché atrás cuando Fornido se me pegó. A él no le gustó. Me quedé donde estaba y bajé la vista para mirarle a los ojos. La bajé mucho. Eso le gustó aún menos.
—Enséñame tu documentación, figura.
—¿Por qué?
Fornido se dirigió a Flacucho:
—Jerry, pasa el número de matrícula por el sistema.
Jerry asintió y se volvió al coche patrulla.
—¿Para qué? —pregunté—. No entiendo. Yo solo vengo buscando un refugio.
—Tiene dos opciones —dijo Fornido—. Una —añadió, y alzó un dedo rechoncho—, te dejas de charlas y me enseñas tu documentación. Dos —sí, otro dedo rechoncho—, te arresto por invasión de propiedad privada.
Todo aquello carecía de sentido. Eché la mirada atrás y, junto a un árbol, vi lo que parecía una cámara de seguridad enfocada directamente hacia nosotros. Aquello no me gustaba. No me gustaba en absoluto, pero ponerme en contra a un poli no me iba a ayudar en nada. Tenía que mantener la bocaza cerrada.
Me metí la mano en el bolsillo para sacar la cartera cuando Fornido levantó una mano y dijo:
—Despacio. Poco a poco.
—¿Qué?
—Mete la mano en el bolsillo, pero no hagas movimientos bruscos.
—Está de broma, ¿no?
Poco había durado lo de tener la bocaza cerrada.
—¿Tengo pinta de estar de broma? Usa dos dedos. El pulgar y el índice. Despacio.
La cartera estaba en lo hondo del bolsillo delantero. Sacarla con dos dedos me costó más de lo normal.
—Estoy esperando.
—Deme un segundo.
Por fin cogí la cartera y se la entregué. Empezó a mirar dentro, como una rapaz en busca de carroña. Se paró al ver mi carné del Lanford College, miró la fotografía, me miró a mí y luego frunció el ceño.
—¿Este eres tú?
—Sí.
—Jacob Fisher.
—Todo el mundo me llama Jake.
Volvió a mirar la foto y a fruncir el ceño.
—Ya —dije yo—. En fotografía es difícil distinguir mi irrefrenable magnetismo animal.
—Aquí tienes un carné universitario.
No era una pregunta, así que no respondí.
—Pareces bastante mayor para ser estudiante.
—No soy estudiante. Soy profesor. ¿Ve donde dice «personal»?
Flacucho regresó del coche. Meneó la cabeza. Supuse que la búsqueda de la matrícula no había dado resultados.
—¿Y qué trae a una eminencia como tú por nuestro pueblecito?
Recordé algo que había visto una vez en la televisión.
—Tengo que volver a meter la mano en el bolsillo. ¿Puedo?
—¿Para qué?
Saqué el smartphone.
—¿Para qué quieres eso? —preguntó Fornido.
Apunté hacia él y apreté el botón de grabación de vídeo.
—Esto transmite directamente a mi ordenador de casa, agente. —Era mentira. Solo estaba grabando en el teléfono, pero qué narices—. Todo lo que diga lo pueden ver mis colegas. —Más mentiras, pero buenas—. Me gustaría mucho saber por qué necesita mi documentación y por qué me hace tantas preguntas personales.
Fornido se volvió a poner las gafas como si con aquello pudiera ocultar la rabia. Apretó los labios con tanta fuerza que le temblaban. Me devolvió la cartera y dijo:
—Hemos recibido una llamada informando de que estaba invadiendo una propiedad. A pesar de encontrarle en una propiedad privada y de escuchar una historia extraña sobre un refugio inexistente, hemos decidido dejarle en libertad con tan solo una advertencia. Por favor, abandone esta propiedad. Que pase un buen día.
Fornido y Flacucho volvieron a su coche patrulla. Se sentaron en sus sitios y esperaron a que yo estuviera en el mío. Allí no había nada más que hacer. Me metí en mi coche y me alejé de allí.
8
No fui muy lejos.
Llegué al pueblo de Kraftboro, al que solo le faltaba una buena inyección de dinero y unas cuantas construcciones para ser un parque temático de la América profunda. Parecía sacado de una película antigua. Casi me esperaba ver un grupo de country con sombreros de paja tocando por la calle. Había un pequeño supermercado (el cartel decía precisamente «supermercado»), un viejo «molino» con un «centro de visitantes» sin nadie dentro, una gasolinera que también albergaba una barbería con una sola silla, y un café-librería. Natalie y yo habíamos pasado muchísimo tiempo en aquel café-librería. Era pequeño, así que no había muchos libros, pero sí tenía una mesita en un rincón a la que nos sentábamos para leer el periódico y tomar café. El local lo gestionaba Cookie, una panadera que había huido de la gran ciudad con su pareja, Denise. Ella siempre ponía Redemption’s Son, de Joseph Arthur, y O, de Damien Rice, discos que —sí, soy patético, lo reconozco— con el tiempo empecé a considerar como «nuestros discos». Me pregunté si Cookie seguiría allí. Cookie hacía unos scones que, según Natalie, eran los mejores scones de todos los tiempos. Por otra parte, a Natalie le encantaba ese tipo de bollo. Yo, en cambio, aún tengo dificultades para distinguir un scone de un panecillo duro.
¿Lo veis? Teníamos nuestras diferencias.
Aparqué a cierta distancia y recorrí a pie el mismo camino por el que había bajado dando tumbos seis años antes. La pasarela de madera que lo cubría se extendía casi cien metros. Al fondo, en el claro, vi la capilla blanca que tan familiar me resultaba, en el límite con la propiedad de la que me acababan de sacar a patadas. Estaba saliendo gente de algún servicio o reunión. Me quedé mirando a la gente, que se protegía del sol al salir. La capilla, por lo que yo sabía, era multiconfesional. Era más utilitaria que unitaria, un lugar de reunión más que un centro de devoción religiosa.
Esperé, sonriendo empáticamente, asintiendo como si fuera el señor Simpático, mientras una docena de personas me pasaban al lado en dirección al pueblo. Observé sus rostros, pero no reconocí a nadie de seis años atrás. No es que fuera una sorpresa.
Una mujer alta con un moño apretado esperaba sobre los escalones de la capilla. Me acerqué, sin dejar de mostrar mi sonrisa de señor Simpático.
—¿Puedo ayudarle? —se ofreció.
Buena pregunta. ¿Qué esperaba encontrar allí? No es que tuviera un plan, precisamente.
—¿Busca al reverendo Kelly? —preguntó—. Porque ahora mismo no está.
—¿Trabaja usted aquí?
—Más o menos. Soy Lucy Cutting, la secretaria. Es un puesto voluntario.
Me quedé inmóvil.
—¿Puedo ayudarle en algo?
—No sé cómo plantearlo... Hace seis años asistí a una boda en esta capilla. Conocía a la novia, pero no al novio.
Sus ojos se entrecerraron un poco, más con curiosidad que con desconfianza. Seguí adelante.
—El caso es que hace poco vi una necrológica de un hombre llamado Todd. Así se llamaba el novio. Todd.
—Todd es un nombre bastante común —dijo ella.
—Sí, claro, pero también había una fotografía del difunto. Parecía... ya sé cómo suena, pero parecía el mismo hombre que se casó con mi amiga. El problema es que nunca supe el apellido de Todd, así que no sé si es él o no. Y si lo es... Bueno, me gustaría darle el pésame.
Lucy Cutting se rascó la mejilla.
—¿Y no puede llamar y ya está?
—Ojalá pudiera, pero no. —En eso estaba siendo sincero. Y me sentí a gusto por ello—. En primer lugar, no sé dónde vive ahora Natalie, que así se llama la novia. Creo que adoptó el apellido de su marido. Así que no puedo encontrarlos. Y por otra parte, para ser sincero, con ella tenía un pasado.
—Ya veo.
—Así que si el hombre que vi en la necrológica no era su marido...
—Puede que dar el pésame quede especialmente fuera de lugar —terminó la frase.
—Exactamente.
Se quedó pensativa.
—¿Y si fuera su marido?
Me encogí de hombros. Ella se rascó la mejilla de nuevo. Intenté poner cara de inocente, incluso de tímido, lo cual no encaja mucho con mi corpulencia. Solo me faltaba mover las pestañas cándidamente.
—Yo no estaba aquí hace seis años.
—Oh.
—Pero podemos consultar el registro de celebraciones. Siempre lo han mantenido inmaculado: cada boda, bautizo, comunión, circuncisión o lo que sea.
¿Circuncisión?
—Eso sería estupendo.
Se puso en marcha, indicándome el camino.
—¿Recuerda la fecha de la boda?
Me acordaba, por supuesto. Le di la fecha exacta.
Llegamos a una oficina pequeña. Lucy Cutting abrió un archivo, buscó dentro y sacó un libro de registro contable. Mientras lo hojeaba, vi que tenía razón. Los registros estaban inmaculados. Había columnas para la fecha, para el tipo de evento, para los participantes, hora de inicio y de final... Todo escrito con una caligrafía preciosa.
—A ver qué encontramos aquí...
Sacó las gafas de ver y se las puso. Se mojó el dedo índice con la ceremonia de una institutriz, pasó unas páginas más y encontró la que quería. Recorrió la página con el dedo, de arriba abajo. Cuando frunció el ceño, pensé: «Oh, oh».
—¿Está seguro de la fecha? —me preguntó.
—Sin ninguna duda.
—Pues no veo ninguna boda ese día. Hubo una dos días antes. Larry Rosen se casó con Heidi Fleisher.
—Esa no es —aseguré.
—¿Puedo ayudarles?
La voz nos sorprendió a los dos.
—Oh, hola, reverendo —dijo Lucy Cutting—. No le esperaba tan pronto.
Me giré, vi a aquel hombre y me entraron ganas de abrazarle de la alegría. Bingo. Era el mismo sacerdote de cabeza afeitada que había celebrado la boda de Natalie. Me tendió la mano para estrechar la mía, con una sonrisa ensayada ya a punto, pero cuando me vio la cara la sonrisa le tembló por un momento.
—Hola —dijo—. Soy el reverendo Kelly.
—Jake Fisher. Ya nos hemos visto antes.
Puso cara de escepticismo y se giró hacia Lucy Cutting.
—¿Qué pasa, Lucy?
—Estaba buscándole un registro a este caballero —explicó ella. Él escuchó con paciencia. Escruté su rostro, pero no estaba seguro de lo que veía; tan solo me pareció que, de algún modo, intentaba controlar sus emociones. Cuando Lucy acabó, se giró hacia mí y levantó las palmas de las manos—. Si no está en el registro...
—Usted estaba allí —dije yo.
—¿Perdone?
—Usted celebró la boda. Allí fue donde coincidimos.
—No lo recuerdo. Lo entenderá... Son muchas ceremonias.
—Tras la boda, usted estaba frente a la capilla, con la hermana de la novia. Una mujer llamada Julie Pottham. Cuando me acerqué, me dijo que era un día precioso para una boda.
El reverendo arqueó una ceja.
—¿Cómo podría haber olvidado algo así?
El sarcasmo no suele quedarles bien a los hombres de la Iglesia, pero al reverendo Kelly le quedaba que ni pintado. Insistí.
—La novia se llamaba Natalie Avery. Era pintora, y estaba en el refugio Creative Recharge.
—¿El qué?
—El Creative Recharge. Son los dueños de este terreno, ¿no?
—¿De qué está hablando? Este terreno es propiedad del municipio.
No quería discutir sobre propiedades y límites en aquel momento. Intenté otra vía.
—La boda. Fue casi improvisada. Quizá por eso no figura en el registro.
—Perdone, señor...
—Fisher. Jake Fisher.
—Señor Fisher, en primer lugar, aunque fuera una boda de última hora, sin duda estaría registrada. En segundo... Bueno, no entiendo muy bien qué es lo que busca.
Lucy Cutting respondió por mí.
—El apellido del novio.
—Esto no es un servicio de información, señorita Cutting —dijo él, echándole una mirada.
Ella bajó la vista, escarmentada.
—Tiene que recordar la boda —insistí yo.
—Lo siento, no la recuerdo.
Me acerqué a él, mirándole fijamente.
—Sí la recuerda. Sé que la recuerda.
Oí la desesperación en mi propia voz, y no me gustó. El reverendo Kelly intentó sostenerme la mirada, pero no lo conseguía.
—¿Me está llamando mentiroso?
—La recuerda —dije yo—. ¿Por qué no quiere ayudarme?
—No la recuerdo —repitió él—. Pero ¿por qué está tan interesado en encontrar a la mujer de otro hombre o, si su historia es cierta, a una viuda reciente?
—Para darle el pésame —dije yo.
Mis palabras, huecas, se quedaron flotando en el aire como gotas de humedad. Nadie se movió. Nadie habló. Por fin el reverendo Kelly rompió el silencio.
—Cualesquiera que sean sus motivos para encontrar a esta mujer, no tenemos ningún interés en formar parte de este asunto. —Se apartó y me mostró la puerta—. Creo que lo mejor será que se vaya de inmediato.
Una vez más, afligido por la traición y el desengaño, recorrí el camino hacia el centro del pueblo. Casi entendía la postura del reverendo. Si recordaba la boda —y yo sospechaba que sí—, no querría darle al novio abandonado de Natalie ninguna información que no tuviera ya. Parecía una hipótesis extrema por mi parte, pero al menos tenía cierto sentido. Lo que yo no podía entender, lo que no tenía ningún sentido, era que Lucy Cutting no hubiera encontrado nada en los registros, puntillosos de puro impecables, sobre la boda de Natalie y Todd. ¿Y por qué demonios nadie había oído hablar del refugio Creative Recharge?
Nada encajaba.
¿Y ahora qué? Había llegado allí con la esperanza de... ¿De qué? En primer lugar, de enterarme del apellido de Todd. Aquello habría aclarado las cosas enseguida. O si no, de alguien que aún siguiera en contacto con Natalie. Aquello también habría arreglado las cosas enseguida.
«Prométemelo, Jake. Prométeme que nos dejarás en paz».
Aquellas habían sido las últimas palabras que me había dirigido el amor de mi vida. Las últimas. Y ahí estaba yo, seis años más tarde, volviendo al lugar donde había empezado todo, para romper mi palabra. Aquel pensamiento podía resultar irónico, pero a mí no me lo parecía.
Al llegar al centro del pueblo, el suave aroma de pastas frescas me hizo parar. El Kraftboro Bookstore Café. Los scones favoritos de Natalie. Pensé en ello y decidí que valía la pena intentarlo.
Cuando abrí la puerta, sonó una campanilla, pero aquel sonido enseguida pasó a un segundo plano. Elton John estaba cantando que el niño se llamaba Levon, y que sería un buen hombre. Sentí un escalofrío. Ambas mesas estaban ocupadas; entre ellas, por supuesto, nuestra favorita. Me la quedé mirando, como un tonto, y por un momento tuve la impresión de que oía la risa de Natalie. Un hombre con una gorra de béisbol granate entró detrás de mí. Yo seguía bloqueando el paso.
—Uh, perdone —dijo.
Me eché a un lado para dejarle pasar. Los ojos se me fueron a la barra. Había una mujer con una melena rubia y rizada que llevaba una camiseta teñida de violeta. Estaba de espaldas, pero no había duda. Era Cookie. El corazón me dio un salto. Se giró, me miró y sonrió.
—¿Qué te puedo ofrecer?
—Hola, Cookie.
—Hola.
Silencio.
—¿Te acuerdas de mí?
Ella se estaba limpiando el azúcar lustre de las manos con un trapo.
—Se me dan mal las caras, pero peor aún los nombres. ¿Qué te pongo?
—Yo solía venir por aquí —dije—. Hace seis años. Mi novia se llamaba Natalie Avery. Solíamos sentarnos en la mesa de la esquina.
Asintió, pero no como si recordara. Asintió como quien le da la razón a un lunático.
—Por aquí vienen muchos clientes. ¿Café? ¿Un dónut?
—A Natalie le encantaban tus scones.
—Pues un scone, entonces. ¿De arándanos?
—Me llamo Jake Fisher. Estaba escribiendo mi disertación sobre el imperio de la ley. Tú solías preguntarme por ella. Natalie era una artista, estaba en el refugio para artistas. Solía sacar su bloc de dibujo en aquella esquina. —Señalé hacia aquel lugar, como si aquello importara—. Hace seis años. En verano. ¡Pero si fuiste tú quien hiciste que me fijara en ella!
—Ya —dijo ella, jugando con las cuentas de su collar como si fueran cuentas de un rosario—. ¿Sabes? Eso es lo bueno de llamarse Cookie. La gente no olvida un nombre como Cookie. Se queda en la mente. Pero lo malo es que, como todo el mundo recuerda tu nombre, se creen que tú también recordarás el suyo. ¿Entiendes?
—Entiendo —asentí. Y luego—: ¿De verdad no te acuerdas?
No se molestó en responder. Paseé la mirada por el café. La gente empezaba a mirar desde las mesas. El tipo con la gorra de béisbol granate estaba mirando las revistas, fingiendo que no oía nada. Me giré hacia Cookie.
—Un café corto, por favor.
—¿No quieres un scone?
—No, gracias.
Cogió una taza y empezó a llenarla.
—¿Aún sigues con Denise? —le pregunté.
Se puso rígida.
—Ella también solía trabajar en el refugio en la colina —le expliqué—. Así es como la conocí.
Vi que Cookie tragaba saliva.
—Nunca trabajamos en el refugio.
—Claro que sí. El Creative Recharge, subiendo por el camino. Denise repartía el café y tus scones.
Acabó de servir el café y me lo puso enfrente, sobre la barra.
—Mira, lo siento, tengo trabajo que hacer.
Me acerqué más a ella.
—A Natalie le encantaban tus scones.
—Ya me lo has dicho.
—Las dos hablabais mucho de ellos, todo el rato.
—Yo hablo con mucha gente sobre mis scones, ¿vale? Siento no acordarme de ti. Probablemente habría tenido que ser más educada y fingir que sí, decir: «Ah, sí, tú y tu novia, a la que tanto le gustaban los scones, ¿cómo os va?». Pero no lo he hecho. Aquí tienes el café. ¿Puedo ofrecerte algo más?
Saqué mi tarjeta, con todos mis números.
—Si recuerdas algo...
—¿Puedo ofrecerte algo más? —repitió, con la voz algo más crispada.
—No.
—Entonces me debes un dólar con cincuenta. Que pases un buen día.
9
Ahora entiendo lo que pasa cuando alguien dice que tiene la sensación de que le siguen.
¿Cómo lo supe? Intuición, quizá. La parte reptiliana de mi cerebro no notaba. Lo sentía, casi de un modo físico. Eso sin tener en cuenta que una furgoneta Chevrolet gris con matrícula de Vermont me estaba siguiendo desde Kraftboro.
No podría jurarlo, pero me pareció que el conductor llevaba una gorra de béisbol de color granate.
No estaba seguro de qué hacer al respecto. Intenté leer la matrícula, pero ya estaba demasiado oscuro. Si bajaba la velocidad, él bajaba la velocidad. Si aceleraba, bueno, pues eso. Se me ocurrió una cosa. Me paré en una zona de descanso para ver qué hacía. Vi que reducía la marcha y luego seguía adelante. A partir de entonces, no volví a ver la furgoneta.
Así que a lo mejor no me estaba siguiendo.
Me faltaban unos diez minutos de llegar a Lanford cuando me sonó el móvil. Lo tenía conectado por Bluetooth al coche —algo que me había costado un considerable esfuerzo—, así que en la pantalla de la radio vi que era Shanta Newlin. Me había prometido que me daría la dirección de Natalie aquel mismo día. Respondí a la llamada apretando un botón del volante.
—Soy Shanta —dijo.
—Sí, ya sé. Tengo el identificador de llamadas ese.
—Y yo que pensaba que los años pasados en el FBI me hacían especial... ¿Dónde estás?
—Voy en coche. Estoy volviendo a Lanford.
—¿Volviendo de dónde?
—Es largo de contar —dije—. ¿Has encontrado su dirección?
—Por eso te llamo —respondió, y oí un ruido de fondo, quizá la voz de un hombre—. Aún no la tengo.
—¿Oh? —respondí yo, porque no había otra cosa que pudiera decir—. ¿Hay algún problema?
—Necesito que me des tiempo hasta mañana por la mañana. ¿Vale?
—Claro —dije yo. Y luego repetí—. ¿Algún problema?
Hubo una pausa prolongada, quizá demasiado.
—Tú dame tiempo hasta mañana —insistió. Y colgó.
¿Qué demonios?
No me gustaba aquel tono. No me gustaba el hecho de que una mujer con importantes contactos en el FBI necesitara hasta la mañana para encontrar la dirección de una mujer cualquiera. Mi smartphone emitió un tintineo, lo que indicaba que tenía correo nuevo. No hice caso. No soy ningún santo, pero nunca escribo mensajes mientras conduzco. Dos años atrás, un estudiante de Lanford había sufrido graves heridas en un accidente que había tenido por enviar mensajes al volante. La chica que le acompañaba, de dieciocho años, murió. Era estudiante de primer curso. Iba a mi clase sobre el imperio de la ley. Incluso antes de que ocurriera aquello, y pese a la cantidad de advertencias que recibimos sobre la evidente estupidez —por no decir negligencia criminal— que supone escribir mientras se conduce, tampoco era un gran amante de esta práctica. Me gusta conducir. Disfruto con la sensación de soledad y la música. A pesar de mis antiguos recelos sobre el aislamiento tecnológico, todos necesitamos desconectar más a menudo. Me doy cuenta de que sueno a viejo gruñón cuando me quejo al ver una mesa con «amigos» de la universidad en la que todos están, inevitablemente, escribiendo mensajes a personas no presentes, buscando, siempre buscando, supongo, algo mejor, en una búsqueda tan constante como inútil, intentando oler rosas de otros jardines aunque ello suponga renunciar a las del nuestro propio. Yo raramente me siento más en paz, mejor conmigo mismo, más zen, por llamarlo así, que cuando me obligo a desconectar.
En aquel momento estaba buscando una emisora, para parar por fin en una que ponía música alternativa de los ochenta. Los General Public preguntaban dónde está la ternura. Y, ya puestos, ¿dónde estaba Natalie?
Me estaba empezando a volver chiflado.
Aparqué delante de mi piso. Se había hecho de noche, pero al encontrarme en el campus había abundante iluminación artificial. Comprobé el correo entrante y vi que era de la señora Dinsmore. La línea de asunto decía: «Aquí tiene la ficha del alumno que me ha solicitado».
«Buen trabajo, bombón», pensé. Hice clic en el mensaje y lo leí entero.
Un buen trabajo de síntesis. ¿Qué más había que decir, salvo «Aquí tiene la ficha del alumno que me ha solicitado»?
La respuesta evidente era que nada.
La pantalla de mi teléfono era demasiado pequeña para ver el adjunto, así que subí a la carrera para verlo en el ordenador portátil. Introduje la llave en la cerradura, abrí la puerta de entrada y encendí las luces. Por algún motivo, me esperaba, no sé, encontrar la casa toda revuelta, arrasada. Demasiadas películas. Podía decirse, siendo generosos, que mi apartamento mantenía su aspecto impersonal.
Fui corriendo al ordenador y abrí el correo. Abrí el mensaje de la señora Dinsmore y descargué el archivo adjunto. Como ya he mencionado, años atrás había visto mi ficha de estudiante. Resultó algo inquietante leer comentarios de profesores que no me los habían hecho en su momento. Supongo que en algún instante la facultad había decidido que había demasiado que archivar, de modo que habían escaneado todos aquellos registros en soporte digital.
Empecé por el primer curso de Todd. No había nada especialmente espectacular, salvo que Todd era, bueno, espectacular. Dieces en todas las asignaturas. Ningún alumno de primero sacaba diez en todo. El profesor Charles Powell comentaba que Todd era «un estudiante excepcional». La profesora Ruth Kugelmass lo calificaba de «un chico excepcional». Incluso el profesor Malcolm Hume, que no solía darse a los halagos, comentaba: «Todd Sanderson tiene un talento casi sobrenatural». Vaya. Me pareció extraño. Yo había sido buen estudiante, y la única nota que había encontrado en mi ficha era negativa. Las únicas que yo había escrito como profesor eran negativas. Si el alumno iba bien, el profesor normalmente no se metía y dejaba que la nota lo dijera todo. La norma básica en las fichas de estudiantes parecía ser: «Si no tienes nada negativo que decir, no digas nada».
Pero no era ese el caso del bueno de Todd.
El primer semestre del segundo curso seguía el mismo patrón —unas notas increíbles—, pero entonces las cosas cambiaban de pronto: junto al segundo semestre había un gran «ACP».
Ausencia con permiso.
Humm. Busqué el motivo, pero solo decía: «Personal». Eso era extraño. Raramente, suponiendo que se haga, indicamos como motivo «personal» en una ficha de estudiante, porque la ficha queda cerrada y es confidencial. O se supone. En la ficha solemos escribir abiertamente.
Así, pues, ¿por qué fueron tan escuetos con el permiso de Todd?
Normalmente el motivo «personal» tiene que ver con algún problema económico o una enfermedad, del estudiante o de un familiar próximo, sea física o mental. Pero este tipo de motivos siempre se indican en la ficha privada del estudiante. Aquí no se indicaba nada.
Interesante.
O no. En primer lugar, probablemente fueran más discretos en cuanto a asuntos personales veinte años atrás. Y en segundo... Bueno, ¿a quién le importaba? ¿Qué podía tener que ver la ausencia de Todd en su segundo año de facultad con el que se casara con Natalie y luego dejara una viuda diferente?
Cuando Todd regresó a la universidad, hubo otro tipo de comentarios de los profesores: no de los que le gustan a los estudiantes. Un profesor lo describía como «distraído». Otro decía que Todd tenía un «carácter amargo» y que «no era el mismo». Otro sugería que Todd debería tomarse más tiempo para afrontar «la situación». Nadie mencionaba cuál era la situación.
Pasé a la página siguiente. Todd había tenido que presentarse ante el comité disciplinario. Algunas universidades hacen que los propios estudiantes se ocupen de los asuntos disciplinarios, pero nosotros tenemos un comité rotatorio de tres profesores. Yo lo hice durante dos meses el año pasado. La mayoría de los casos a los que nos enfrentamos tenían que ver con dos típicas epidemias de los campus: consumo de alcohol en menores de veintiún años y alumnos que copian en los exámenes. El resto fueron algunos hurtos, amenazas de violencia o algún tipo de avance sexual que legalmente no podía considerarse acoso.
El caso que se presentó ante el comité disciplinario se debía a un altercado entre Todd y otro estudiante llamado Ryan McCarthy. McCarthy acabó hospitalizado, con contusiones y la nariz rota. La facultad solicitaba una expulsión temporal prolongada o incluso definitiva, pero el comité de tres profesores absolvió a Todd por completo. Aquello me sorprendió. No había detalles ni minutaje sobre la vista o las deliberaciones posteriores. Aquello también me sorprendió.
En la ficha se había incluido la decisión, escrita a mano y escaneada:
Todd Sanderson, miembro destacado de la comunidad del Lanford College, ha sufrido un duro golpe de la vida, pero consideramos que está volviendo a ser quien era. Recientemente ha trabajado con un miembro del profesorado en la creación de una organización benéfica para reparar sus acciones. Entiende las consecuencias de lo que ha hecho y, debido a las extraordinarias circunstancias atenuantes del caso, acordamos que Todd Sanderson no debe ser expulsado.
Los ojos se me fueron hasta el final de la página para ver quién había sido el profesor que había firmado la decisión del comité. Eban Trainor. Vaya. Conocía bien a Trainor. No éramos precisamente amigos.
Si quería enterarme de cuál había sido aquel «duro golpe» o el porqué de aquella decisión, tendría que hablar con Eban. Y no me apetecía nada.
Era tarde, pero no me preocupaba despertar a Benedict. Él solo tenía teléfono móvil, y lo apagaba cuando se iba a dormir. Respondió al tercer tono.
—¿Qué hay?
—Eban Trainor —dije yo.
—¿Qué le pasa?
—¿Aún me tiene entre ceja y ceja?
—Supongo que sí. ¿Por qué?
—Necesito preguntarle por mi colega Todd Sanderson. ¿Crees que puedes suavizar la cosa?
—¿Suavizar la cosa? Claro. ¿Por qué crees que me llaman Terciopelo?
—¿Porque eres tan blando que los estudiantes se te duermen?
—Tú sí que sabes hacerle la pelota a un tío cuando le pides un favor. Te llamo mañana por la mañana.
Colgamos. Me recosté en la silla, pensando en qué hacer a continuación, cuando sonó una alerta en mi monitor indicándome que tenía correo electrónico. No iba a hacer caso. Al igual que la mayoría de mis conocidos, recibía demasiados mensajes irrelevantes a todas horas del día. Este, sin duda, sería otro de esos.
Entonces vi la dirección del remitente: «RSdeJA@ymail. com».
Me la quedé mirando hasta que los ojos me lagrimearon. Sentí un zumbido en los oídos. Todo a mi alrededor estaba en silencio e inmóvil. Seguí mirando, pero las letras no cambiaron: «RSdeJA».
No tardé nada en deducir lo que significaban aquellas letras: Redemption’s Son, de Joseph Arthur, el álbum que Natalie y yo escuchábamos en el café.
La línea de asunto estaba vacía. Mi mano dio con el ratón. Intenté colocar el cursor sobre el mensaje para abrirlo, pero antes que nada tenía que combatir y frenar aquel temblor. Respiré hondo e hice un esfuerzo por controlar la mano. En la habitación seguía reinando el silencio, un silencio casi de expectación. Moví el cursor, hice clic sobre el mensaje y lo abrí.
Al leerlo se me paró el corazón por un momento.
Ahí, en mi pantalla, había tres palabras. Eso era todo, tres palabras, pero aquellas tres palabras me perforaron el pecho como la daga de un asesino, dejándome sin respiración. Volví a desplomarme sobre la silla, perdido, como si las tres palabras de la pantalla me miraran:
«Hiciste una promesa».
Pulsuz fraqment bitdi.