Kitabı oxu: «Solo una mirada»
Título original: Just One Look
© Harlan Coben, 2004.
© de la traducción: Isabel Ferrer y Carlos Milla, 2005.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO300
ISBN: 9788490067734
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
TRES MESES DESPUÉS
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EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
HARLAN COBEN. MYRON BOLITAR
OTROS TÍTULOS DE HARLAN COBEN EN RBA
NOTAS
ESTE LIBRO ES PARA JACK ARMSTRONG,
PORQUE ES DE LOS BUENOS
Cariño, dame tus mejores recuerdos,
pero que no sean como la tinta clara.
Proverbio chino adaptado para la canción Pale Ink
de la Jimmy X Band, JAMES XAVIER FARMINGTON
Scott Duncan estaba sentado frente al asesino.
En la habitación sin ventanas, gris como una nube de tormenta, el ambiente era tenso y silencioso, atrapado en ese paréntesis en que empieza a sonar la música y ninguno de los dos desconocidos sabe bien cómo dar comienzo al baile. Scott asintió con la cabeza, sin comprometerse a nada. El asesino, engalanado con el uniforme carcelario de color naranja, se limitaba a mirarlo fijamente. Scott entrelazó las manos y las puso sobre la mesa metálica. El asesino —según su expediente, se llamaba Monte Scanlon, pero desde luego no era ese su verdadero nombre— quizás habría hecho lo mismo si no hubiese tenido las manos esposadas.
«¿Por qué estoy aquí?», se preguntó Scott una vez más.
Su especialidad era el procesamiento de políticos corruptos —lo que parecía una pujante industria artesanal en su estado natal de Nueva Jersey—, pero tres horas antes, Monte Scanlon, un verdugo en serie a todas luces, había roto por fin su silencio para plantear una petición.
¿Qué petición?
Una reunión privada con el ayudante de la fiscal Scott Duncan.
Eso era poco común por varias razones, entre ellas por estas dos: en primer lugar, un asesino no debería estar en posición de pedir nada; segundo, Scott no conocía ni había oído hablar siquiera de Monte Scanlon.
Scott rompió el silencio.
—¿Quería verme?
—Sí.
Scott asintió y esperó a que añadiera algo más. Scanlon no dijo nada.
—¿Y en qué puedo ayudarlo?
Monte Scanlon le sostuvo la mirada.
—¿Sabe por qué estoy aquí?
Scott miró alrededor. Además de Scanlon y él, había otras cuatro personas en la sala. Linda Morgan, la fiscal, se hallaba reclinada contra la pared del fondo intentando aparentar el despreocupado aspecto de Sinatra apoyado contra una farola. De pie detrás del preso, había dos fornidos celadores, casi idénticos, con brazos que parecían tocones de árbol y pechos como armarios antiguos. Scott ya conocía a esos dos bravucones; los había visto llevar a cabo su cometido en otras ocasiones con la serenidad de monitores de yoga. Pero ese día, aun con el preso esposado, incluso ellos tenían los nervios a flor de piel. Completaba el grupo el abogado de Scanlon, un hurón que apestaba a colonia barata. Todas las miradas permanecían fijas en Scott.
—Mató a gente —contestó Scott—. A mucha gente.
—Era lo que suele llamarse un sicario. Era... —Scanlon hizo una pausa—... un asesino a sueldo.
—En casos en los que yo no he intervenido.
—Cierto.
Scott había tenido una mañana bastante normal. Había estado redactando una citación para un directivo de una planta de eliminación de residuos acusado de sobornar al alcalde de un pueblo. Un caso de rutina. Un chanchullo más en el verde estado de Nueva Jersey. Y de eso hacía... ¿cuánto? ¿Una hora, una hora y media? Ahora estaba sentado a aquella mesa atornillada al suelo frente a un hombre que había asesinado —según el cálculo aproximado de Linda Morgan— a cien personas.
—¿Y por qué ha preguntado por mí?
Scanlon parecía un playboy envejecido que podía haber cortejado a una de las hermanas Gabor en los años cincuenta. Pequeño y demacrado, tenía el pelo cano peinado hacia atrás, los dientes amarillos por el tabaco, la piel reseca por el sol del mediodía y demasiadas largas noches en demasiados clubes oscuros. Ninguno de los presentes en la sala conocía su verdadero nombre. Cuando lo detuvieron, su pasaporte lo identificaba como Monte Scanlon, de nacionalidad argentina, cincuenta y un años. Solo la edad parecía correcta. Sus huellas dactilares no constaban en la base de datos del Centro Nacional de Información Criminal. Los programas de reconocimiento facial no habían dado el menor resultado.
—Tenemos que hablar a solas.
—Yo no llevo este caso —repitió Scott—. Ya le han asignado una fiscal.
—Esto no tiene nada que ver con ella.
—¿Y sí conmigo?
Scanlon se inclinó hacia delante.
—Lo que estoy a punto de contarle —dijo— va a cambiar su vida por completo.
Una parte de Scott quería agitar los dedos delante de la cara de Scanlon y decir: «Oooooh». Estaba acostumbrado a la mentalidad del criminal capturado: sus retorcidas maniobras, sus intentos de sacar ventaja, sus búsquedas de escapatoria, su exagerado sentido de la propia importancia. Linda Morgan, tal vez adivinando sus pensamientos, le lanzó una mirada de advertencia. Antes le había contado que Monte Scanlon había trabajado durante casi treinta años para varias familias estrechamente relacionadas. La ley RICO anhelaba su colaboración con la avidez de un hombre famélico ante un buffet libre. Desde su detención, Scanlon se había negado a hablar. Hasta esa mañana.
Así que allí estaba Scott.
—Su jefa... —dijo Scanlon, señalando a Linda Morgan con la barbilla—... espera que yo colabore.
—Van a ponerle la inyección —contestó Morgan, todavía intentando aparentar despreocupación—. Nada de lo que diga o haga cambiará eso.
Scanlon sonrió.
—Por favor. Usted teme perder lo que tengo que decir mucho más de lo que yo temo la muerte.
—Ya. Otro hombre duro que no teme la muerte. —Se apartó de la pared—. ¿Quiere saber una cosa, Monte? Son siempre los hombres duros los que se manchan los pantalones cuando los atan a la camilla.
De nuevo Scott reprimió el deseo de agitar los dedos, esta vez ante su jefa. Scanlon seguía sonriendo. No apartó la mirada de los ojos de Scott en ningún momento. A Scott no le gustó lo que vio. Sus ojos eran, como cabía esperar, negros, brillantes y crueles. Pero —aunque quizá solo fueran imaginaciones suyas— creyó ver también otra cosa. Algo que iba más allá de la habitual ausencia de expresión. Parecía haber un ruego en esos ojos; Scott no podía desviar la mirada. Tal vez había en ellos arrepentimiento.
Incluso remordimientos de conciencia.
Scott alzó la vista hacia Linda y asintió. Ella frunció el entrecejo, pero Scanlon la había puesto en evidencia. Linda tocó en el hombro a uno de los guardias y les hizo señas para que salieran de la sala. Al levantarse de su asiento, el abogado de Scanlon habló por primera vez.
—No se podrá emplear nada de lo que diga contra él.
—Quédese con ellos —ordenó Scanlon—. Quiero estar seguro de que no nos escuchan.
El abogado cogió su maletín y siguió a Linda Morgan hacia la puerta. Pronto Scott y Scanlon estaban solos. En las películas, los asesinos son omnipotentes; en la vida real, no. No se libran de las esposas en medio de un centro penitenciario federal de alta seguridad. Los fornidos celadores, como Scott sabía, vigilarían desde detrás del espejo unidireccional. Aunque, por orden de Scanlon, apagarían el interfono, todos estarían mirando.
Scott se encogió de hombros en un gesto de interrogación.
—No soy el típico asesino a sueldo.
—Ya.
—Tengo reglas.
Scott esperó.
—Por ejemplo, solo mato a hombres.
—Vaya —dijo Scott—. Es usted un príncipe.
Scanlon hizo caso omiso del sarcasmo.
—Esa es mi primera regla. Solo mato a hombres. No a mujeres.
—Bien, y dígame, ¿tiene la regla número dos algo que ver con no echar un polvo hasta la tercera cita?
—¿Cree que soy un monstruo?
Scott se encogió de hombros como si la respuesta fuera obvia.
—¿No respeta mis reglas?
—¿Qué reglas? Usted mata a gente. Inventa esas supuestas reglas porque necesita hacerse la ilusión de que es humano.
Scanlon pareció pensárselo.
—Es posible —admitió—, pero los hombres a los que he matado eran canallas. Me contrataban canallas para matar a canallas. No soy más que un arma.
—¿Un arma? —repitió Scott.
—Sí.
—Monte, a un arma no le importa a quién mata. A hombres, mujeres, abuelitas, niños. Un arma no distingue.
Scanlon sonrió.
—Tocado.
Scott se frotó las palmas de las manos en las perneras del pantalón.
—No me ha pedido que viniera aquí para una clase de ética. ¿Qué quiere?
—Usted está divorciado, ¿verdad, Scott?
No contestó.
—Sin hijos, una separación amistosa, tiene una buena relación con su ex.
—¿Qué quiere?
—Explicar.
—Explicar ¿qué?
Scanlon bajó la vista, pero solo por un instante.
—Lo que le hice.
—Ni siquiera lo conozco —repuso Scott.
—Pero yo sí lo conozco a usted. Lo conozco desde hace mucho tiempo.
Scott dejó que se hiciera el silencio. Miró el espejo. Linda Morgan debía de estar detrás del vidrio, preguntándose de qué hablaban. Quería información. Scott se preguntó si habrían ocultado micrófonos en la sala. Probablemente. En cualquier caso, le convenía hacer hablar a Scanlon.
—Usted es Scott Duncan. Treinta y nueve años. Estudió en la Facultad de Derecho de Columbia. Podría ganar mucho más dinero en el sector privado, pero eso le aburre. Hace seis meses que trabaja en la fiscalía. Sus padres se mudaron a Miami el año pasado. Tenía una hermana, pero murió en la universidad.
Scott se revolvió en su asiento. Scanlon lo observó.
—¿Ya ha acabado?
—¿Sabe cómo funciona mi negocio?
Cambio de tema. Scott esperó un momento. Scanlon pretendía crear una ilusión óptica, con la intención de desconcertarlo o alguna tontería semejante. Y Scott no iba a caer en la trampa. Nada de lo que había «revelado» acerca de la familia de Scott lo sorprendía. Para encontrar esa información bastaba con saber pulsar unas cuantas teclas y hacer un par de llamadas.
—Por qué no me lo cuenta —contestó Scott.
—Imaginemos que usted quiere que muera alguien —dijo Scanlon.
—De acuerdo.
—Se pondría en contacto con un amigo, que conoce a un amigo, que conoce a un amigo, que me llamaría a mí.
—¿Y a usted solo lo conocería ese último amigo? —preguntó Scott.
—Algo así. Solo tenía un intermediario, pero tomaba mis precauciones incluso con él. Nunca nos veíamos cara a cara. Usábamos nombres en clave. Los pagos siempre se ingresaban en cuentas extranjeras. Abría una cuenta para cada... llamémoslo transacción..., y la cerraba tras concluir la transacción. ¿Me sigue?
—No es tan complicado —dijo Scott.
—No, supongo que no. Pero, verá, últimamente nos comunicábamos por correo electrónico. Abría una cuenta de correo provisional en Hotmail o Yahoo o donde fuera, con nombres falsos. Imposible de rastrear. Pero aunque se pudiera, aunque llegara a averiguarse quién había enviado un mensaje, ¿adónde conducía? Todos se enviaban o leían en bibliotecas o lugares públicos. Estábamos totalmente a cubierto.
Scott se abstuvo de mencionar que, a pesar de esa total cobertura, había acabado con el culo en la cárcel.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—A eso voy —contestó Scanlon, y Scott advirtió que iba animándose a medida que hablaba—. Antes, y cuando digo antes me refiero a hará unos ocho o diez años, lo hacíamos casi todo por teléfono público. Nunca veía el nombre escrito. Él simplemente me lo decía por teléfono.
Scanlon calló y se aseguró de que tenía toda la atención de Scott. Suavizó un poco el tono, ahora ya menos frío.
—Ahí está el quid de la cuestión, Scott. Se hacía por teléfono. Solo oía el nombre por teléfono; no lo veía escrito.
Miró a Scott con expectación. Scott no tenía ni idea de qué intentaba decir, así que asintió:
—Ajá.
—¿Entiende por qué recalco que se hacía por teléfono?
—No.
—Porque una persona como yo, una persona con reglas, podría cometer un error por teléfono.
Scott pensó por un momento.
—Sigo sin entender.
—Nunca mato a mujeres. Esa era la primera regla.
—Eso ha dicho.
—De modo que si usted quería cargarse a alguien que se llamaba Billy Smith, yo habría deducido que Billy era un hombre. Ya sabe, con i griega. Nunca pensaría que Billy era una mujer. Con «ie» al final. ¿Lo entiende?
Scott se quedó absolutamente inmóvil. Scanlon se dio cuenta. Dejó de sonreír. Hablaba en voz muy baja.
—Antes hemos hablado de su hermana, ¿no, Scott?
Scott no contestó.
—Se llamaba Geri, ¿verdad?
Silencio.
—¿Ve el problema, Scott? Geri es uno de esos nombres. Al oírlo por teléfono, uno supondría que se escribía Jerry. La cuestión es que hace quince años recibí una llamada. De ese intermediario del que le hablaba...
Scott movió la cabeza en un gesto de negación.
—Me dieron una dirección. Me dijeron la hora exacta a la que «Jerry» —Scanlon trazó con los dedos unas comillas imaginarias— estaría en casa.
—Se dictaminó que fue un accidente —dijo Scott, y le pareció oír muy lejos su propia voz.
—Eso mismo ocurre con la mayoría de los incendios provocados, si uno hace bien su trabajo.
—No le creo.
Pero Scott volvió a mirar aquellos ojos y sintió que se le tambaleaba el mundo. Las imágenes acudieron a raudales: la sonrisa contagiosa de Geri, el pelo despeinado, los aparatos en los dientes, la manera como le sacaba la lengua en las reuniones familiares. Se acordó de su primer novio de verdad (un papanatas llamado Brad), de cuando nadie la invitó a ir al baile del instituto, del discurso exaltado que pronunció cuando se presentó para el cargo de tesorera del consejo escolar, de su primer grupo de rock (era malísimo), de la carta de aceptación de la universidad.
Scott sintió que se le anegaban los ojos.
—Solo tenía veintiún años.
Silencio.
—¿Por qué?
—A mí no me interesan los porqués. Solo soy un asesino a sueldo...
—No, no me refiero a eso. —Scott alzó la mirada—. ¿Por qué me lo cuenta ahora?
Scott observó su reflejo en el espejo. Habló en voz muy baja.
—Tal vez tenga razón.
—¿En qué?
—En lo que ha dicho antes. —Se volvió hacia Scott—. Quizás, en definitiva, necesito hacerme la ilusión de que soy humano.
TRES MESES DESPUÉS
1
De pronto se producen desgarros. Asoman lágrimas en tu vida, profundas heridas de cuchillo que te atraviesan la carne. Tu vida es de una manera y de repente se hace trizas y se convierte en otra cosa. Se viene abajo como si la destripasen. Y también existen esos momentos en que tu vida simplemente se deshilacha. Alguien tira de una hebra suelta. Cede una costura. Al principio el cambio es lento, casi imperceptible.
Para Grace Lawson, empezó a deshilacharse en Photomat.
Se disponía a entrar en la tienda de revelado cuando oyó una voz vagamente familiar.
—¿Por qué no te compras una cámara digital, Grace?
Grace se volvió hacia la mujer.
—No se me dan bien los aparatos modernos.
—Vamos, pero si la tecnología digital es tan fácil como chasquear los dedos. —La mujer levantó la mano y chasqueó los dedos, por si Grace no conocía el significado de la palabra—. Y las cámaras digitales son muchísimo más prácticas que las convencionales. Solo tienes que borrar las fotos que no quieres. Como los archivos del ordenador. Para nuestra tarjeta de Navidad..., bueno, Barry debió de sacar un millón de fotos a los niños; ya sabes, una porque Blake parpadeó, otra porque Kyle miraba hacia donde no debía, lo que fuera, pero es que cuando sacas tantas, pues al final, como dice Barry, seguro que una te saldrá bien, ¿no?
Grace asintió. Intentaba rescatar del fondo de la memoria el nombre de la mujer, pero no lo conseguía. La hija —¿era Blake?— iba a la misma clase que el hijo de Grace, que estaba en primero. O tal vez habían coincidido el año anterior en el parvulario. Era difícil llevar la cuenta. Grace mantuvo la sonrisa fija en el rostro. La mujer era amable, pero se confundía con las demás. Grace se preguntó, no por primera vez, si también ella se confundía con el resto, si su antigua gran individualidad se había integrado en el desagradable torbellino de la uniformidad suburbana.
La idea no era reconfortante.
La mujer siguió hablando de las maravillas de la era digital. A Grace empezó a dolerle la sonrisa fija. Miró el reloj, confiando en que la tecnomamá captase la indirecta. Las tres menos cuarto. Casi la hora de recoger a Max en la escuela. Emma tenía clase de natación, pero ese día la llevaba otra madre. «El rebaño a darse un baño», como había comentado jocosamente la madre en exceso jovial con una risita. Sí, muy graciosa.
—Tenemos que vernos —sugirió la mujer cuando ya se le acababa la cuerda—. Con Jack y Barry. Creo que se llevarían bien.
—Claro.
Grace aprovechó la pausa para despedirse con la mano, abrir la puerta y entrar en Photomat. La puerta de cristal se cerró con un chasquido y sonó una campanilla. Lo primero que le llegó fue el olor a productos químicos, parecido al del pegamento. Se preguntó cuáles serían los efectos a largo plazo de trabajar en semejante entorno y decidió que los efectos a corto plazo ya eran bastante molestos.
El chico que trabajaba detrás del mostrador —y en este caso el uso por parte de Grace de la palabra «trabajar» era más bien generoso— tenía una pelusilla blanca debajo de la barbilla, el pelo teñido de un color que habría intimidado a Crayola y suficientes piercings para hacer las veces de un instrumento de viento. Llevaba enroscado un par de auriculares. La música estaba tan alta que Grace la sintió en el pecho. Tenía tatuajes, muchos. En uno se leía PIEDRA, en otro AGUAFIESTAS. Grace pensó que debería llevar otro que rezara ZÁNGANO.
—¿Disculpe?
No alzó la vista.
—¿Disculpe? —dijo, levantando un poco la voz.
Tampoco contestó.
—¡Eh, tú, tío!
Eso sí que captó su atención. Soltó un gruñido y entrecerró los ojos, ofendido por la interrupción. Se quitó los auriculares a regañadientes.
—La papeleta.
—¿Cómo?
—La papeleta.
Ah. Grace le dio el resguardo. A continuación, El Pelusilla le preguntó cómo se llamaba. Eso recordó a Grace las líneas de atención al cliente, que te piden que marques tu número de teléfono y luego, en cuanto se pone una persona real, vuelven a preguntarte el mismo número. Como si la primera vez que lo solicitan fuese solo para practicar.
El Pelusilla —a Grace empezaba a gustarle el apodo— hurgó en un fichero lleno de paquetes de fotos y por fin sacó uno. Arrancó la etiqueta y le dijo un precio desorbitado. Ella le dio un cupón de ValPak, que desenterró de su bolso tras una excavación equiparable a la búsqueda de los manuscritos del Mar Muerto, y vio cómo el precio se reducía a algo más razonable.
El chico le entregó las fotos. Grace le dio las gracias, pero él ya había vuelto a conectarse la música al cerebro. Ella se despidió con un gesto.
—No he venido por las fotos —dijo Grace—, sino por la amena conversación.
El Pelusilla bostezó y cogió su revista. El último número de Modern Slacker, «el Zángano Moderno».
Grace salió a la calle. Hacía fresco. El otoño había desplazado al verano con su ímpetu característico. Las hojas aún no habían empezado a caer, pero ya flotaba en el aire ese regusto a sidra. Los escaparates habían empezado a exhibir los adornos de Halloween. Emma, su hija de tercero, había convencido a Jack para que comprara un globo de dos metros y medio con Homer Simpson disfrazado de Frankenstein. Grace tenía que reconocer que era genial. A sus hijos les gustaban Los Simpson, lo que significaba que, pese a todos sus esfuerzos, quizá Jack y ella les estaban dando una buena educación.
Grace quería abrir el sobre allí mismo. Un carrete de fotos recién revelado siempre despertaba cierta emoción, esa expectación de cuando uno va a abrir un regalo, esa precipitación hacia el buzón a pesar de que nunca hay más que facturas, sensaciones que la fotografía digital, por práctica que fuese, nunca igualaría. Pero no tenía tiempo antes de la salida de la escuela.
Al subir por Heights Road al volante de su Saab, dio un pequeño rodeo para pasar por el mirador del pueblo. Desde allí se veían los edificios de Manhattan, sobre todo por la noche, extendidos como diamantes sobre terciopelo negro. La invadió la añoranza. Le encantaba Nueva York. Hasta cuatro años antes, esa maravillosa isla había sido su hogar. Tenían un loft en Charles Street, en el Village. Jack trabajaba en el equipo de investigación médica de un laboratorio farmacéutico. Ella pintaba en el taller de su casa al tiempo que se burlaba de sus homólogos de los suburbios, con sus cuatro por cuatro, sus pantalones de pana y sus conversaciones sobre niños. Ahora era ya uno de ellos.
Grace aparcó detrás de la escuela con las demás madres. Apagó el motor, cogió el sobre de Photomat y lo abrió. El carrete era del viaje anual a Chester para la cosecha de la manzana, que habían hecho la semana anterior. Jack no había parado de sacar fotos. Le gustaba ser el fotógrafo de la familia. Lo consideraba una obligación paterna y viril, eso de tomar fotos, como si fuera un sacrificio que todo padre debía realizar por su familia.
La primera imagen era de Emma, su hija de ocho años, y Max, su hijo de seis, en un carro lleno de paja, con los hombros encorvados, las mejillas sonrosadas por el viento. Grace se quedó mirándolos un momento. La asaltaron sentimientos de... sí, ternura maternal, primitiva y evolutiva a la vez. Eso era lo que ocurría con los niños. Esas eran las pequeñas cosas que le llegaban al alma. Se acordó de que ese día hacía frío. El manzanar, lo sabía, estaría abarrotado de gente. Al principio no quería ir. Ahora, al ver la foto, se replanteó con asombro la idiotez de sus propias prioridades.
Las demás madres se agolpaban ante la valla de la escuela, parloteando y poniéndose de acuerdo a fin de que sus hijos se vieran para jugar. Era, por supuesto, la era moderna, el Estados Unidos posfeminista, y sin embargo, entre alrededor de ochenta personas que esperaban a sus niños, solo había dos hombres. Grace sabía que uno era un padre que llevaba más de un año en el paro. Se le notaba en la mirada, el andar lento, el mal afeitado. El otro era un periodista que trabajaba en casa y siempre parecía demasiado interesado en hablar con las madres. Tal vez se sentía solo. U otra cosa.
Alguien llamó a la ventanilla del coche. Grace alzó la vista. Cora Lindley, su mejor amiga del pueblo, le hizo señas para que abriera la puerta. Grace obedeció. Cora se sentó a su lado.
—¿Cómo fue tu cita de anoche? —preguntó Grace.
—Un desastre.
—Lo siento.
—El síndrome de la quinta cita.
Cora era una mujer divorciada y, en medio de todas aquellas «señoras que quedan para comer» nerviosas y excesivamente protectoras, resultaba un poco demasiado sexy. Vestida con una blusa escotada de piel de leopardo, malla de Spandex y zapatillas de color rosa, no encajaba en absoluto con el torrente de pantalones caquis y jerséis holgados. Las demás madres la miraban con recelo. Los residentes adultos de los suburbios pueden parecerse mucho a los adolescentes.
—¿Y cuál es el síndrome de la quinta cita?
—Tú no tienes muchas citas, ¿eh?
—Pues no —contestó Grace—. Un marido y dos hijos me han cortado bastante el vuelo.
—Lástima. Verás, y no me preguntes por qué, pero en la quinta cita, los tíos siempre sacan el tema... ¿cómo decirlo con delicadeza?... del trío.
—Por favor, dime que no hablas en serio.
—Te hablo totalmente en serio. La quinta cita. Como muy tarde. El tío va y me pregunta, en plan puramente teórico, qué pienso de los tríos. Como si hablara de la paz en Oriente Medio.
—¿Y tú qué contestas?
—Que en general me lo paso bien, sobre todo cuando los dos hombres se morrean.
Grace se echó a reír y las dos salieron del coche. A Grace le dolía la pierna mala. Aunque después de más de una década ya no debería sentirse cohibida por eso, seguía molestándole que la vieran cojear. Se quedó junto al coche y miró cómo se alejaba Cora. Cuando sonó el timbre, los niños salieron corriendo como disparados por un cañón. Al igual que las demás madres, Grace solo veía a los suyos. El resto de la manada, por poco benévolo que pudiera parecer, era puro paisaje.
Max apareció en el segundo éxodo. Cuando Grace vio a su hijo —con el cordón de una zapatilla desatado, la mochila de Yu-GiOh! demasiado grande para él, el gorro de lana de los Rangers de Nueva York ladeado como la boina de un turista—, volvió a invadirla el sentimiento de ternura. Max bajó por la escalera, ajustándose la mochila sobre los hombros. Ella sonrió. Al verla, Max le devolvió la sonrisa.
Se subió al asiento trasero del Saab. Grace lo ató a la sillita y le preguntó cómo le había ido el día. Max contestó que no lo sabía. Ella le preguntó qué había hecho. Max contestó que no lo sabía. ¿Había aprendido algo de matemáticas, inglés, ciencias, arte? Como única respuesta, Max se encogió de hombros y dijo que no lo sabía. Grace asintió con la cabeza. Un caso típico de la epidemia conocida como el Alzheimer de la escuela primaria. ¿Acaso drogaban a los niños para que se olvidaran de todo o los obligaban a jurar que no hablarían? Misterios de la vida.
Hasta que llegó a casa y dio a Max su Go-GURT para merendar —imaginen un yogur en un tubo que se aprieta como un tubo de pasta de dientes—, Grace no pudo ver el resto de las fotos.
La luz del contestador parpadeaba. Un mensaje. Comprobó el identificador de llamadas y vio que era un número anónimo. Apretó el botón para escuchar el mensaje y se llevó una sorpresa. La voz pertenecía a un viejo... amigo, supuso. Describirlo como «conocido» era demasiado superficial. Quizá sería más preciso decir «figura paterna», pero en un sentido muy poco común.
«Hola, Grace. Soy Carl Vespa».
No le hacía falta decir quién era. Habían pasado años, pero ella siempre reconocería su voz.
«¿Podrías llamarme cuando tengas un rato? Necesito hablar contigo».
El contestador emitió otro pitido. Grace no se movió, pero sintió una antigua palpitación en el estómago. Vespa. Carl Vespa, pese a la amabilidad con que siempre la había tratado, no era de quienes se andaban con charlas ociosas. Se planteó si devolverle la llamada y al final decidió que de momento no lo haría.
Grace entró en la habitación que había convertido en su taller improvisado. Cuando pintaba bien —cuando estaba, como cualquier artista o atleta, «en vena»— veía el mundo como si estuviera a punto de plasmarlo en el lienzo. Miraba las calles, los árboles, la gente, e imaginaba el tipo de pincel que usaría, las pinceladas, la mezcla de colores, las distintas luces y los tonos de sombras. Su obra debía reflejar lo que ella quería, no la realidad. Eso era arte para ella. Todos vemos el mundo a través de nuestro propio prisma, por supuesto. El mejor arte retorcía la realidad para mostrar el mundo del artista, lo que ella veía o, más concretamente, lo que ella quería que los demás viesen. No siempre era una realidad más hermosa. A menudo era más provocadora, tal vez más fea, más apasionante y magnética. Grace buscaba una reacción. Uno puede disfrutar con una hermosa puesta de sol, pero Grace quería que el espectador se sumergiera en su puesta de sol, que temiera apartarse de ella, que temiera no apartarse de ella.
Grace había pagado un dólar de más y pedido un segundo juego de fotos. Metió los dedos en el sobre y las sacó. Las dos primeras eran las de Emma y Max en el carro de paja. Luego había una de Max con el brazo extendido para coger una manzana Gala. Luego la habitual mancha borrosa de carne, la foto en la que Jack había acercado la mano demasiado a la lente. Su tontorrón. Había varias más de Grace y los niños con diversas manzanas, árboles, cestos. Tenía los ojos húmedos, como siempre que miraba fotos de sus hijos.
Los padres de Grace habían muerto jóvenes. Su madre había fallecido a causa de un camión articulado que atravesó la mediana en la Carretera 46 de Totowa. Grace, que era hija única, tenía entonces once años. La policía no llamó a la puerta como en las películas. Su padre se enteró de lo sucedido por una llamada. Grace todavía se acordaba de cómo su padre, con su pantalón azul y chaleco de lana gris, contestó al teléfono con su voz musical, se quedó lívido y de pronto se desplomó y empezó a emitir sollozos primero ahogados y después quedos, como si no pudiese aspirar suficiente aire para expresar su dolor.
El padre de Grace la crio hasta que su corazón, debilitado por una fiebre reumática padecida en la infancia, falló cuando Grace cursaba su primer año de la universidad. Un tío de Los Ángeles se ofreció a acogerla, pero Grace ya era mayor de edad. Decidió quedarse allí y seguir sola.
Las muertes de sus padres fueron devastadoras, por supuesto, pero también infundieron a la vida de Grace una sensación de apremio. Los vivos quedaban imbuidos de un sentimiento de patetismo. Esas muertes realzaban lo trivial. Grace quería llenarse de recuerdos, saciarse de los momentos de la vida y —por morboso que parezca— asegurarse de que sus hijos tuvieran suficientes recuerdos de ella cuando ya no estuviera.
Fue entonces —cuando pensaba en sus padres, en lo mayores que se veían Emma y Max en comparación con la colección de fotos de la cosecha de manzanas del año anterior— cuando se topó con aquella foto extraña.
Grace frunció el entrecejo.
La foto estaba más o menos en la mitad de la pila. Tal vez más hacia el final. Era del mismo tamaño, y encajaba perfectamente con las demás, aunque el papel era más delgado. Más barato, pensó. Tal vez como una fotocopia de buena calidad.
Grace miró la siguiente foto. Para esta, no había duplicado. Era raro. Una sola copia. Se quedó pensando. La foto debía de haberse traspapelado, procedente de otro carrete.
Porque esa foto no era de ella.
Era un error. Esa era la explicación obvia. Si pensaba por un instante en la posible aptitud para el trabajo de, digamos, El Pelusilla... Sin duda era muy capaz de cometer un error, ¿no? De introducir la foto en el paquete que no debía.
Lo más probable era eso.
La foto de otra persona se había mezclado con las suyas.
O tal vez...
La foto parecía antigua: no en blanco y negro o en sepia. No, nada de eso. La instantánea era en color, pero los tonos parecían... como apagados: saturados, deslucidos por el sol, sin el brillo que cabía esperar en estos tiempos. La misma impresión daban las personas que aparecían en ella. La ropa, el pelo, el maquillaje: todo desfasado. De hacía quince, tal vez veinte años.
Grace la dejó en la mesa para observarla más detenidamente.
Las imágenes eran un poco borrosas. Había cuatro personas —no, un momento, asomaba otra en la esquina—, cinco personas. Dos hombres y tres mujeres, todos de unos veinte años; al menos los que se veían bien parecían aproximadamente de esa edad.
Estudiantes universitarios, pensó Grace.
Tenían los vaqueros, las sudaderas, el pelo despeinado, la actitud, la postura despreocupada de la independencia en ciernes. Parecía que les habían tomado la foto cuando no estaban del todo listos, mientras se preparaban para posar. Algunas cabezas estaban de lado y solo se las veía de perfil. A una chica morena, justo en el borde de la foto, solo se le veía de hecho la parte de atrás de la cabeza y una chaqueta vaquera. Junto a ella había otra chica, esta con el cabello rojo intenso y los ojos muy separados.
Cerca del centro, una chica rubia tenía... Dios santo, ¿y eso qué era? Habían trazado una gran cruz sobre su rostro. Como si alguien la hubiera tachado.
¿Cómo había llegado esa foto...?
Mientras Grace seguía mirando, sintió una punzada en medio del pecho. No reconoció a ninguna de las tres mujeres. Los dos hombres se parecían bastante: misma estatura, mismo pelo, misma actitud. Al que estaba en el extremo izquierdo tampoco lo conocía.
Estaba segura, sin embargo, de que reconocía al otro hombre. O chico. No tenía edad suficiente para llamarlo hombre. ¿Tenía edad suficiente para alistarse en el ejército? Claro. ¿Tenía edad suficiente para llamarlo hombre? Estaba en medio, al lado de la rubia con el aspa en la cara...
Pero no podía ser. De entrada, tenía la cabeza vuelta. Una fina barba de adolescente le cubría buena parte de la cara...
¿Era su marido?
Grace se acercó más. Era, en el mejor de los casos, una foto de perfil. Ella no conoció a Jack tan joven. Su relación había empezado trece años antes en una playa de la Costa Azul, en el sur de Francia. Tras más de un año de operaciones y rehabilitación, Grace todavía no estaba del todo recuperada. Seguía con los dolores de cabeza y la pérdida de memoria. Cojeaba —como ahora— pero, agobiada por tanta publicidad y por la atención suscitada por aquella noche trágica, Grace había querido alejarse de todo durante un tiempo. Se matriculó en la Universidad de París para estudiar arte en serio. Fue en unas vacaciones, tumbada al sol en la Costa Azul, cuando conoció a Jack.
¿Seguro que era Jack?
Allí se le veía distinto, de eso no cabía duda. Tenía el pelo mucho más largo, y barba, aunque, a tan corta edad y con ese rostro de niño, todavía no le crecía demasiado poblada. Llevaba gafas. Pero había algo en la postura, la inclinación de la cabeza, la expresión.
Era su marido.
Miró rápidamente el resto de las fotos. Más carros, más manzanas, más brazos estirados. Vio una que le había sacado a Jack, la única vez que él le había dejado coger la cámara, con esa manía suya de controlarlo todo. Tenía los brazos tan estirados hacia arriba que se le había levantado la camisa y le quedaba el vientre al descubierto. Emma le había dicho: «¡Agh, qué asco!». Cosa que, por supuesto, indujo a Jack a levantarse más la camisa. Grace se rio. «¡A ver ese movimiento, cariño!», dijo entonces ella, y tomó la siguiente foto. Jack, para mayor tormento de Emma, obedeció y se contoneó.
—¿Mamá?
Grace se volvió.
—¿Qué pasa, Max?
—¿Puedo comer una barrita de cereales?
—Cojamos una para el coche —dijo ella, levantándose—. Tenemos que salir.
El Pelusilla no estaba en Photomat.
Max miró los marcos de fotos sobre distintos temas: «Feliz cumpleaños», «Te queremos, mamá», esas cosas. El hombre que estaba detrás del mostrador, deslumbrante con su corbata de poliéster, su protector del bolsillo para evitar las manchas de tinta de los bolígrafos y la camisa de manga corta lo bastante fina para transparentarse debajo la camiseta de cuello en pico, llevaba una placa que informaba a todo el mundo que él, Bruce, era el subdirector.
—¿En qué puedo ayudarla?
—Busco al joven que estaba aquí hace un par de horas —contestó Grace.
—Josh ya se ha ido. ¿Puedo hacer algo por usted?
—He recogido un carrete antes de las tres...
—¿Sí?
Grace no sabía cómo decirlo.
—Había una foto que no se correspondía.
—Sintiéndolo mucho, no la entiendo.
—Una de las fotos. No la hice yo.
El hombre señaló a Max.
—Veo que tiene hijos pequeños.
—¿Perdón?
El subdirector Bruce se reacomodó las gafas sobre el puente de la nariz.
—Sencillamente me he permitido observar que tiene hijos pequeños. O al menos, uno.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—A veces un niño coge la cámara. Cuando el padre o la madre no mira. Saca una foto o dos. Y luego vuelve a dejar la cámara donde estaba.
—No, no es eso. Esta foto no tiene nada que ver con nosotros.
—Ya veo. Bueno, lamento las molestias. ¿Tiene todas las fotos que tomó?
—Creo que sí.
—¿No le falta ninguna?
—No lo he comprobado, pero creo que están todas.
El hombre abrió un cajón.
—Tenga, esto es un vale. El próximo carrete le saldrá gratis. Para fotos de siete por doce centímetros. Si las quiere de diez por quince, tendrá que pagar un pequeño recargo.
Grace hizo caso omiso de la mano tendida.
—El cartel en la puerta dice que revelan todas las fotos aquí mismo.
—Exacto. —Bruce dio unas palmadas a la gran máquina situada detrás de él—. Nos las hace la vieja Betsy.
—¿Mi carrete, pues, se reveló aquí?
—Claro.
Grace le dio el sobre de Photomat.
—¿Podría decirme quién reveló este carrete?
—Estoy seguro de que fue un error involuntario.
—No estoy diciendo eso. Solo quiero saber quién reveló mi carrete.
Miró el sobre.
—¿Puedo preguntarle por qué quiere saberlo?
—¿Fue Josh?
—Sí, pero...
—¿Por qué se ha ido?
—¿Perdón?
—He recogido las fotos poco antes de las tres. Cierran a las seis. Y son casi las cinco.
—¿Y?
—Me extraña que un turno acabe entre las tres y las seis en una tienda que cierra a las seis.
El subdirector se enderezó un poco.
—A Josh le ha surgido una urgencia familiar.
—¿Qué clase de urgencia?
—Mire, señora... —consultó el sobre—... Lawson, lamento el error y las molestias. Estoy seguro de que una foto de otro carrete se traspapeló entre las suyas. No recuerdo que haya pasado nunca, pero nadie es perfecto. Ah, espere.
—¿Qué pasa?
—¿Me permite ver la fotografía en cuestión, por favor?
Grace temió que quisiera quedársela.
—No la he traído —mintió.
—¿De qué era la foto?
—Un grupo de gente.
El hombre asintió.
—Ya veo. ¿Y esa gente estaba desnuda?
—¿Cómo? No. ¿Por qué lo pregunta?
—Está alterada. He supuesto que la foto la había ofendido por algo.
—No, no es eso. Solo necesito hablar con Josh. ¿Podría decirme su apellido o darme su número de teléfono?
—De ninguna manera. Pero estará aquí mañana a primera hora. Puede hablar con él entonces.
Grace decidió no protestar. Dio las gracias al hombre y se marchó. Tal vez era mejor así, pensó. Había ido hasta allí movida por un impulso. Debía tener eso en cuenta. Seguramente se había excedido en su reacción.
Jack volvería a casa al cabo de un par de horas. Se lo preguntaría entonces.
Le tocaba a Grace recoger a las niñas de la clase de natación. Eran cuatro, de ocho y nueve años, todas con una energía encantadora. Subieron al monovolumen, dos en el asiento de atrás y las otras dos en el de «atrás, atrás» de todo. Un remolino de risas y saludos acompañado del olor a pelo mojado, el suave aroma del cloro de la piscina y el chicle, el ruido de las mochilas al quitárselas, los chasquidos de los cinturones de seguridad al atárselos. Los niños no podían viajar delante —las nuevas normas de seguridad— pero a Grace, pese a la sensación de chófer o tal vez debido a ella, le gustaba llevar y traer a los niños. Estas hablaban con entera libertad en el coche; el conductor adulto bien podría no estar atento. Pero un padre o una madre podía enterarse de muchas cosas. Podía enterarse de quién molaba, quién no, quién era popular, quién no lo era, qué profesor era realmente guay y cuál no lo era en absoluto. Podía, si escuchaba con suficiente atención, descifrar qué lugar ocupaba un hijo en la jerarquía.
Por otra parte, era de lo más entretenido.
Como Jack saldría otra vez tarde del trabajo, cuando llegaron a casa Grace preparó rápidamente la cena para Max y Emma —hamburguesas vegetarianas (supuestamente más sanas, y si se les echaba ketchup, los niños no notaban la diferencia), buñuelos de carne y mazorcas de maíz congeladas. De postre, Grace peló dos naranjas. Emma hizo los deberes: una carga demasiado pesada para una niña de ocho años, pensó Grace. En cuanto dispuso de un momento, Grace recorrió el pasillo y encendió el ordenador.
Aunque a Grace no le interesase la fotografía digital, entendía la necesidad e incluso las ventajas de los gráficos por ordenador y de Internet. Tenía su propia página, donde exponía su obra y explicaba cómo comprarla, cómo encargar un retrato. Al principio le había parecido demasiado mercantil pero, como le recordó Farley, su agente, Miguel Ángel pintaba por dinero y por encargo. Igual que Leonardo da Vinci, Rafael y casi todo gran artista que ha conocido el mundo. ¿Quién era ella para ponerse por encima?
Grace escaneó sus tres fotos preferidas de la cosecha de la manzana para guardarlas y, más por capricho que por otra cosa, decidió escanear también la extraña foto. A continuación, fue a bañar a los niños. Primero le tocó a Emma. Justo cuando su hija salía de la bañera, Grace oyó la llave en la puerta de atrás.
—Hola —saludó Jack en un susurro—. ¿Hay por aquí alguna mona cachonda esperando a su semental?
—Los niños —dijo ella—. Los niños están despiertos.
—Ah.
—¿Nos acompañas?
Jack subió los peldaños de la escalera de dos en dos. La casa tembló con su peso. Era un hombre grande, uno ochenta y cinco de estatura, noventa y cinco kilos de peso. A Grace le encantaba su corpulencia cuando dormía a su lado, el movimiento de su pecho al respirar, el olor viril, el suave vello, la manera en que su brazo la rodeaba por la noche, la sensación no solo de intimidad sino también de seguridad. La hacía sentirse pequeña y protegida, y aunque tal vez no fuera políticamente correcto, le gustaba.
—Hola, papá —saludó Emma.
—¿Qué tal, gatita? ¿Cómo ha ido la escuela?
—Bien.
—¿Todavía te gusta ese tal Tony?
—¡Uf!
Satisfecho de la reacción, Jack besó a Grace en la mejilla. Max salió de su habitación, totalmente desnudo.
—¿Listo para el baño, muchachito? —preguntó Jack.
—Listo —contestó Max.
Chocaron las palmas. Jack cogió a Max en brazos mientras este se desternillaba de risa. Grace ayudó a Emma a ponerse el pijama. Le llegaban las risas de la bañera. Jack cantaba con Max una canción sobre una niña llamada Jenny Jenkins que no sabía de qué color vestirse. Jack decía un color y Max tenía que responder con una rima. En ese momento la letra explicaba que Jenny Jenkins no podía vestirse de amarillo porque parecería un «chiquillo». Y al instante los dos volvieron a reírse a carcajadas. Repetían más o menos las mismas rimas cada noche. Y cada noche se morían de risa.
Jack secó a Max, le puso el pijama y lo acostó. Le leyó dos capítulos de Charlie y la fábrica de chocolate. Max, absorto, no se perdía una sola palabra. Emma ya tenía edad para leer sola. Tendida en su cama, devoraba el último cuento de los huérfanos Baudelaire de Lemony Snicket. Grace se quedaba a dibujar con ella media hora. Era su hora del día preferida: cuando trabajaba en silencio en la misma habitación que su hija.
Cuando Jack acabó, Max le rogó que le leyera otra página. Jack se mantuvo firme. Era tarde, dijo. Max desistió a regañadientes. Conversaron un poco más sobre la inminente visita de Charlie a la fábrica de Willy Wonka. Grace los escuchaba.
Roald Dahl, coincidían sus dos hombres, era el no va más.
Jack atenuó la luz —tenían un regulador de intensidad porque a Max no le gustaba la oscuridad absoluta— y luego fue a la habitación de Emma. Se agachó para darle un beso de buenas noches. Emma, que era una auténtica niña de su papá, tendió los brazos, lo cogió por el cuello y se negó a soltarlo. Jack se derretía con la táctica que empleaba Emma cada noche para demostrar su afecto y aplazar la hora de irse a dormir.
—¿Alguna novedad en el diario? —preguntó Jack.
Emma asintió. Tenía la mochila junto a la cama. Metió la mano y sacó su diario de la escuela. Pasó las páginas y se lo dio a su padre.
—Estamos haciendo poesía —dijo Emma—. Hoy he empezado una.
—Qué bien. ¿Quieres leerla?
Emma estaba radiante. Jack también. Se aclaró la garganta y empezó a recitar:
Pelotita, pelotita,
¿por qué eres tan redonda?
Y tanto como botas,
te quedas monda y lironda.
Pelotita, pelotita,
¿por qué sales tan lanzada?
Cuando te golpean con fuerza,
¿acabas muy mareada?
Grace observó la escena desde la puerta. Últimamente Jack llegaba muy tarde. En general a Grace no le importaba. Los momentos de tranquilidad escaseaban cada vez más. Necesitaba ese solaz. La soledad, precursora del aburrimiento, es propicia para el proceso creativo. En eso consistía la meditación artística: en aburrirse hasta tal punto que por fuerza tenía que surgir la inspiración, aunque solo fuese para conservar la cordura. Un escritor amigo suyo le explicó una vez que la mejor cura para el bloqueo del escritor era leer una guía de teléfonos. Si uno se aburría lo suficiente, la Musa se vería obligada a abrirse paso incluso por las arterias más obstruidas.
Cuando Emma acabó, Jack se reclinó y exclamó:
—¡Vaya!
Emma puso la cara que acostumbraba cuando se enorgullecía de sí misma pero no quería que se le notara. Se mordió el labio inferior.
—Es el mejor poema que he oído en la vida —dijo Jack.
Emma se encogió de hombros y agachó la cabeza.
—Solo son las dos primeras estrofas.
—Pues son las dos mejores estrofas que he oído en mi vida.
—Mañana escribiré uno sobre hockey.
—Por cierto...
Emma se irguió.
—¿Qué?
Jack sonrió.
—He comprado entradas para ver a los Rangers en el Garden este sábado.
Emma, perteneciente al grupo de seguidoras del equipo de hockey, rival del grupo que idolatraba al último conjunto musical de chicos, dio un grito de alegría y tendió las manos para abrazarlo otra vez. Jack puso los ojos en blanco y lo aceptó. Hablaron del último partido del equipo y de sus posibilidades de ganar a los Minnesota Wild. Poco después Jack se liberó de su abrazo. Le dijo a su hija que la quería. Ella le respondió que también lo quería. Jack se dirigió a la puerta.
—Tengo que comer algo —susurró a Grace.
—Hay sobras de pollo en la nevera.
—¿Por qué no te pones algo más cómodo?
—La esperanza es lo último que se pierde.
Jack enarcó una ceja.
—¿Sigues temiendo no ser suficiente mujer para mí?
—Ah, por cierto, tengo que contarte algo.
—¿Qué?
—Algo sobre la cita de Cora de anoche.
—¿Interesante?
—Enseguida bajo.
Jack enarcó la otra ceja y bajó silbando. Grace esperó a que la respiración de Emma fuera más profunda antes de seguirlo. Apagó la luz y se quedó mirando un momento. Esa era función de Jack. Por las noches recorría los pasillos, insomne, vigilándolos en sus camas. A veces ella se despertaba en plena noche y se encontraba con el espacio a su lado vacío. Jack estaba junto a alguna de las puertas, con los ojos vidriosos. Ella se acercaba y él decía: «Los quiere uno tanto...». No necesitaba decir nada más. Ni siquiera necesitaba decir eso.
Jack no la oyó acercarse, y por alguna razón, una razón que Grace no desearía expresar con palabras, ella procuró no hacer ruido. Jack estaba de pie con la cabeza agachada, tenso, de espaldas a ella. Eso resultaba insólito. Por lo general, Jack era un hombre muy activo, en continuo movimiento. Al igual que Max, era incapaz de estar quieto. No paraba de moverse. Cuando se sentaba, le temblaba la pierna. Era pura energía.
Pero en ese momento mantenía la mirada fija en la encimera de la cocina —en la extraña fotografía concretamente—, inmóvil como una estatua.
—¿Jack?
Él se enderezó, sobresaltado.
—¿Y esto qué coño es?
Tenía el pelo, advirtió Grace, un poco más largo de lo debido.
—Dímelo tú.
Jack no contestó.
—Ese eres tú, ¿no? ¿El de la barba?
—¿Qué? No.
Ella lo miró. Él parpadeó y desvió la vista.
—Hoy he ido a recoger las fotos —explicó ella—. A Photomat.
Él no dijo nada. Ella se acercó.
—Esa foto estaba con las demás.
—Un momento. —Jack levantó la mirada repentinamente—. ¿Estaba con nuestras fotos?
—Sí.
—¿Qué fotos?
—Las que sacamos en el manzanar.
—Eso es absurdo.
Ella se encogió de hombros.
—¿Quiénes son las personas de la foto?
—¡Y yo qué sé!
—La rubia a tu lado —dijo Grace—. Con el aspa en la cara. ¿Quién es?
Sonó el móvil de Jack. Lo sacó como un pistolero que desenfunda su arma en un duelo. Murmuró un saludo, escuchó, tapó el micrófono con la mano y dijo: «Es Dan». El investigador con el que trabajaba en el Laboratorio Pentocol. Agachó la cabeza y se dirigió a la leonera.
Grace subió a su habitación. Empezó a prepararse para irse a la cama. Lo que había empezado como una ligera molestia se volvía más intenso, más persistente. Recordó los años que vivieron en Francia. Él nunca quiso hablar de su pasado. Tenía una familia rica y un fondo de fideicomiso, eso ella lo sabía, pero él no quería saber nada de ninguna de las dos cosas. Había una hermana, una abogada en Los Ángeles o San Diego. Su padre vivía pero era de edad muy avanzada. Grace deseaba saber más, pero Jack se negaba a dar más explicaciones, y ella, guiándose por una premonición, tampoco insistió.
Se enamoraron. Ella pintaba. Él trabajaba en un viñedo en Saint-Emilion, en Burdeos. Vivieron en Saint-Emilion hasta que Grace se quedó embarazada de Emma. Entonces algo despertó en ella el deseo de volver a casa, el deseo, por cursi que pudiera parecer, de criar a sus hijos en la tierra de los hombres libres y la patria de los valientes. Jack quería quedarse, pero Grace insistió. Ahora Grace se preguntaba por qué.
Pasó media hora. Grace se acostó y esperó. Al cabo de diez minutos, oyó el motor del coche. Grace miró por la ventana.
El monovolumen de Jack se alejaba.
A Jack le gustaba ir de compras por la noche, Grace lo sabía: ir al supermercado cuando había poca gente. De manera que no era raro que saliera así. Solo que, claro, no le había avisado ni le había preguntado si necesitaba algo.
Grace intentó llamarlo al móvil, pero le salió el buzón de voz. Se sentó y esperó. Nada. Intentó leer. Las palabras pasaban ante ella en una nebulosa carente de significado. Al cabo de dos horas, Grace intentó llamar otra vez al móvil. De nuevo el buzón de voz. Fue a ver a los niños. Dormían profundamente, ajenos a todo, y mejor así.
Cuando ya no pudo más, Grace bajó. Buscó en el paquete de fotos.
La extraña fotografía había desaparecido.
2
La mayoría de la gente consultaba los anuncios personales de Internet en busca de una cita. Eric Wu buscaba víctimas.
Tenía siete cuentas distintas con siete personalidades falsas: unas de hombres, otras de mujeres. Procuraba mantenerse en contacto por correo electrónico con unas seis «citas potenciales» por cada cuenta. Tres de las cuentas eran para anuncios heterosexuales de cualquier edad. Dos eran para solteros mayores de cincuenta años. Una era para gais. La última página reclutaba a lesbianas que querían un compromiso serio.
En circunstancias normales, Wu flirteaba por Internet con hasta cuarenta o incluso cincuenta de estos desesperados. Iba conociéndolos poco a poco. La mayoría se mostraban cautos, pero eso no le importaba. Eric Wu era un hombre paciente. Al final le proporcionaban suficiente información para saber si debía seguir con la relación o dejarlos ir.
Al principio solo trataba con mujeres. Partió de la teoría de que serían las víctimas más fáciles. Pero Eric Wu, que no obtenía la menor gratificación sexual con su trabajo, se dio cuenta de que estaba desaprovechando todo un mercado que no se preocuparía tanto por su seguridad en Internet. Un hombre, por ejemplo, no teme que lo violen. No teme que lo acosen. Un hombre es menos cauto, y eso lo vuelve más vulnerable.
Wu buscaba a solteros con pocos lazos. Si tenían hijos, no le servían. Si tenían familiares que vivían cerca, no le servían. Si tenían compañeros de habitación, trabajos importantes, demasiados amigos íntimos, lo mismo. Wu los quería solitarios, sí, pero también aislados, sin los numerosos lazos y vínculos que nos unen a algo situado por encima del individuo. Y en ese momento quería también a alguien que viviera cerca de la casa de los Lawson.
La víctima propicia fue Freddy Sykes.
Freddy Sykes trabajaba en una asesoría fiscal de Waldwick, Nueva Jersey. Contaba cuarenta y ocho años. Sus padres habían muerto. No tenía hermanos. Según sus flirteos en HombresBi.com, Freddy se había ocupado de su madre y no había tenido tiempo para una relación. Cuando ella murió dos años antes, Freddy heredó la casa en Ho-Ho-Kus, a apenas cinco kilómetros de la residencia de los Lawson. Su fotografía en Internet, una foto de carnet, sugería que Freddy tendía a obeso. Tenía el pelo negro como el betún, lacio, con la clásica raya al lado. La sonrisa parecía forzada, poco natural, como una mueca antes de una bofetada.
Freddy llevaba tres semanas flirteando por Internet con un tal Al Singer, un directivo jubilado de Exxon, de cincuenta y seis años, que tras veintidós de matrimonio había reconocido que le interesaba «experimentar». El personaje de Al Singer todavía quería a su mujer, pero ella no entendía su necesidad de estar con hombres y mujeres. A Al le interesaba viajar por Europa, comer bien y ver deportes por televisión. Para el personaje de Singer, Wu había usado una foto que había encontrado en un catálogo de la YMCA colgado en Internet. Su Al Singer era atlético pero no demasiado guapo. Un hombre demasiado atractivo podía despertar las sospechas de Freddy. Wu quería que se tragara la fantasía. Eso era lo más importante.
Los vecinos de Freddy Sykes eran casi todos familias jóvenes que no se fijaban en él. Su casa era igual a las demás de la manzana. Wu se quedó mirando cuando la puerta del garaje de Sykes se abrió electrónicamente. El garaje estaba adosado a la casa. Se podía entrar y salir del coche sin que lo vieran desde la calle. Perfecto.
Wu esperó diez minutos y después llamó al timbre.
—¿Quién es?
—Un paquete para el señor Sykes.
—¿De quién?
Freddy Sykes no había abierto la puerta. Eso era raro. Los hombres solían hacerlo. Eso también formaba parte de su vulnerabilidad, parte de la razón por la que eran una presa más fácil que las mujeres. Se sentían demasiado seguros de sí mismos. Wu vio la mirilla. Seguro que Sykes estaba escudriñando al coreano de veintiséis años con pantalones holgados y una constitución compacta, achaparrada. Quizá veía el pendiente de Wu y se lamentaba de cómo la juventud de hoy se mutilaba el cuerpo. O tal vez su complexión y el pendiente excitaban a Sykes. ¿Quién sabía?
—De Bombones Topfit —dijo Wu.
—No, me refiero a quién los envía.
Wu hizo ver que volvía a leer la nota.
—Un tal señor Singer.
Eso fue decisivo. Se oyó descorrerse el pestillo. Wu miró alrededor. Nadie. Freddy Sykes abrió la puerta con una sonrisa. Wu no vaciló. Formando una lanza con los dedos, se precipitó hacia la garganta de Sykes como un pájaro en busca de comida. Freddy se desplomó. Wu se movió a una velocidad que habría parecido imposible en un hombre de semejante corpulencia. Entró y cerró la puerta detrás de él.
Freddy Sykes, tumbado de espaldas, se llevó las manos al cuello. Intentó gritar, pero solo consiguió emitir leves sonidos, como si graznase. Wu se agachó y lo puso boca abajo. Freddy forcejeó. Wu levantó la camisa a su víctima. Freddy pataleó. Con sus dedos expertos, Wu recorrió la columna hasta que encontró el lugar exacto entre la cuarta y la quinta vértebra. Freddy seguía pataleando. Empleando el índice y el pulgar como bayonetas, Wu clavó los dedos en el hueso, casi rasgando la piel.
Freddy se puso rígido.
Wu presionó un poco más y dislocó las facetas auriculares. Hundiendo los dedos cada vez más entre las dos vértebras, apretó con fuerza y tiró. En la columna de Freddy, algo se partió como una cuerda de guitarra.
Cesó el pataleo.
Cesó todo movimiento.
Pero Freddy Sykes estaba vivo. De eso se trataba. Eso era lo que Wu quería. Antes los mataba de inmediato, pero ahora sabía que no le convenía. Vivo, Freddy podía llamar a su jefe y decirle que se tomaba unos días de fiesta. Vivo, podía darle su contraseña si Wu quería sacar dinero del cajero. Vivo, podía responder a los mensajes si alguien llamaba.
Y vivo, Wu no tendría que preocuparse por el olor.
Wu amordazó a Freddy y lo dejó desnudo en la bañera. La presión en la columna había desplazado las facetas auriculares. Al dislocarse las vértebras, la médula espinal se había contusionado en lugar de partirse. Wu comprobó el resultado de su trabajo. Freddy no podía mover las piernas en absoluto. Quizá le respondiesen los deltoides, pero no las manos ni la parte inferior del brazo. Y lo más importante era que podía respirar.
A efectos prácticos, Freddy Sykes estaba paralizado.
Si tenía a Sykes en la bañera, le era más fácil limpiar la suciedad. Freddy tenía los ojos un poco demasiado abiertos. Wu ya había visto esa mirada: más allá del terror pero sin llegar a la muerte, un vacío situado en ese terrible vértice entre lo uno y lo otro.
Obviamente no era necesario atarlo.
Wu se quedó sentado a oscuras y esperó a que anocheciera. Cerró los ojos y dejó que su mente retrocediera en el tiempo. En Rangún había cárceles donde estudiaban las fracturas de la espina dorsal después de los ahorcamientos. Aprendían dónde debían poner el nudo, dónde aplicar la fuerza, cuáles eran los efectos de cada posible colocación. En Corea del Norte, en la cárcel de presos políticos que había sido el hogar de Wu desde los trece hasta los dieciocho años, llevaban esos experimentos un poco más lejos. A los enemigos del Estado los mataban de maneras creativas. Wu había eliminado a muchos solo con sus manos. Se las había endurecido a fuerza de golpear piedras con los puños. Había estudiado la anatomía del cuerpo humano de una manera que envidiarían muchos estudiantes de medicina. Había hecho prácticas con seres humanos, perfeccionado las técnicas.
El punto exacto entre la cuarta y la quinta vértebra. Esa era la clave. Un poco más arriba y la víctima quedaba paralizada por completo, lo que le provocaba la muerte en poco tiempo, ya que, además de brazos y piernas, perdían sus funciones también los órganos internos. Un poco más abajo y solo afectaba a las piernas. Los brazos seguían moviéndose. Y si presionaba demasiado, se partía la columna por completo. Era un ejercicio de precisión. Consistía en encontrar la justa medida. Se reducía a una cuestión de práctica.
Wu encendió el ordenador de Freddy. Quería mantenerse en contacto con los demás solteros de su lista, porque nunca sabía cuándo necesitaría un lugar nuevo para vivir. Cuando acabó, se permitió dormir. Al cabo de tres horas despertó y fue a comprobar cómo seguía Freddy. Tenía los ojos más vidriosos, fijos en el techo, y parpadeaba con la mirada vacía.
Cuando el contacto de Wu lo llamó al móvil, eran casi las diez de la noche.
—¿Ya te has instalado? —le preguntó.
—Sí.
—Ha surgido una complicación.
Wu esperó.
—Tenemos que acelerar un poco las cosas. ¿Te supone algún problema?
—No.
—Hay que llevarlo ahora.
—¿Tienes algún sitio?
Wu escuchó, memorizando las señas.
—¿Alguna pregunta?
—No —contestó Wu.
—¿Eric?
Wu esperó.
—Gracias, tío.
Wu colgó. Encontró las llaves del coche y se marchó con el Honda de Freddy.
3
Grace no podía llamar aún a la policía. Tampoco podía dormir.
El ordenador continuaba encendido. El salvapantallas era una foto de la familia tomada el año anterior en Disneylandia. Los cuatro posaban con Goofy en Epcot Center. Jack llevaba puestas unas orejas de ratón. Sonreía de oreja a oreja. La sonrisa de ella era más remisa. Se había sentido tonta, y eso había servido de acicate a Jack. Grace tocó el ratón —el otro ratón, el ratón del ordenador— y su familia desapareció.
Marcó el icono nuevo y apareció la extraña foto de los cinco universitarios. La imagen estaba en Adobe Photoshop. Grace se quedó varios minutos escrutando esas caras jóvenes, buscando... no sabía qué, acaso una pista. Desplazó el cursor a cada rostro y amplió la imagen a un tamaño de diez por diez centímetros. Si las agrandaba más, las caras, ya de por sí borrosas, se volvían indescifrables. El papel de calidad ya estaba en la impresora a color de chorro de tinta, de modo que dio la orden de imprimir. Cogió una tijera y se puso manos a la obra.
Poco después tenía cinco retratos independientes, uno de cada persona de la instantánea. Volvió a examinarlos, esta vez fijándose más detenidamente en la rubia que aparecía al lado de Jack. Era guapa, con una tez fresca y natural, pelo largo y muy rubio. Miraba fijamente a Jack, y no era ni mucho menos una mirada de despreocupación. Grace sintió una punzada... ¿de qué? ¿Celos? A ella misma le causó extrañeza. ¿Quién era esa mujer? Obviamente una antigua novia, una novia a quien Jack nunca había mencionado. Pero ¿y qué? Grace tenía un pasado. Jack también. ¿Por qué la mirada de esa chica en una foto habría de molestarla?
¿Y ahora qué?
Tendría que esperar a Jack. Cuando volviera a casa, le exigiría respuestas.
Pero ¿respuestas a qué?
«Recapitulemos un momento», se dijo. ¿Qué estaba pasando? Una vieja fotografía, probablemente de Jack, había aparecido entre sus fotos. Era raro, desde luego. Incluso resultaba un tanto escalofriante, viendo a esa rubia con la cara tachada. Y Jack ya había salido hasta tarde otras veces sin llamar. ¿A qué venía, pues, tanto alboroto? Casi con toda seguridad se había disgustado por algo relacionado con la foto. Había apagado el móvil y debía de estar en un bar. O en casa de Dan. Todo eso no debía de ser más que una broma extraña.
«Sí, claro, Grace —pensó—. Una broma. Igual que lo del “rebaño a darse un baño”».
Sentada a solas en la habitación a oscuras salvo por el resplandor del monitor, Grace buscó más explicaciones lógicas a lo que sucedía. Dejó de hacerlo al caer en la cuenta de que solo había conseguido asustarse más.
Grace marcó con el ratón la cara de la joven, la que miraba a su marido con anhelo, y la amplió para verla mejor. Miró el rostro fijamente, muy fijamente, y un cosquilleo de pavor le recorrió el cuero cabelludo. Grace no se movió. Se limitó a mirar la cara de la mujer. No sabía dónde, cuándo ni cómo, pero en ese momento tomó conciencia de algo con una certeza aplastante.
Grace ya había visto antes a esa joven.
4
Rocky Conwell se apostó junto a la residencia de los Lawson.
Intentó ponerse cómodo en su Toyota Celica de 1989, pero era imposible. Rocky era demasiado corpulento para aquella mierda de coche. Dio tal tirón a la maldita palanca del asiento que casi la arrancó, pero ya no podía echarlo más atrás. Tendría que conformarse. Se arrellanó lo más que pudo y dejó que se le cerrasen los ojos.
¡Dios, qué cansado estaba! Tenía dos empleos. El primero, el oficial para contentar al asistente social, era un turno de diez horas en la cadena de montaje de Budweiser. El segundo, sentado en ese coche, era totalmente extraoficial.
Rocky oyó un ruido y, sobresaltado, se enderezó. Cogió los prismáticos. Alguien había puesto en marcha el motor del monovolumen. Enfocó. Jack Lawson iba a salir. Bajó los prismáticos, arrancó y se dispuso a seguirlo.
Rocky tenía dos empleos porque necesitaba dinero desesperadamente. Lorraine, su ex, empezaba a dar señales de una posible reconciliación. Pero mostraba aún ciertas dudas. El dinero, como Rocky bien sabía, podía inclinar la balanza a su favor. Él quería a Lorraine. Deseaba volver a su lado a toda costa. Se sentía en deuda con ella por muchos buenos momentos. Y si para conseguirlo tenía que matarse a trabajar, pues bien, al fin y al cabo había sido él quien la había pifiado. Era un precio que estaba dispuesto a pagar.
Las cosas no siempre habían sido así para Rocky Conwell. Durante su etapa en el instituto de Westfield había llegado a jugar como defensa lateral de la selección del estado. La Universidad Estatal de Pensilvania —mediante Joe Paterno en persona— lo había reclutado y convertido en un brioso jugador de segunda línea. Con su metro noventa y cinco y sus ciento veinte kilos, y agresivo por naturaleza, Rocky había destacado durante cuatro años, llegando a situarse entre los diez mejores jugadores universitarios en dos ocasiones. Los Rams de San Luis lo contrataron en la octava ronda.
Durante un tiempo pareció que el mismísimo Dios había planeado su vida desde el principio. Rocky era su verdadero nombre, pues sus padres lo llamaron así cuando su madre, en verano de 1976, se puso de parto mientras veían la película Rocky. Si uno va a llamarse Rocky, más le vale ser grande y fuerte. Más le vale estar dispuesto a hacer ruido. Y allí estaba él, un jugador de fútbol incorporado a un equipo profesional y con ganas de jugar. Conoció a Lorraine —una mujer despampanante que no solo podía detener el tráfico sino incluso hacerlo retroceder— durante su tercer curso de carrera. Se enamoraron perdidamente. La vida era maravillosa.
Hasta que dejó de serlo.
Rocky fue un excelente jugador universitario, pero existía una diferencia abismal entre el fútbol amateur y la liga profesional. A los técnicos que entrenaban a los novatos de los Rams les encantaba su empuje. Les encantaba su ética de trabajo. Les encantaba cómo se jugaba el físico en cada jugada. Pero no así su velocidad, y en el fútbol de hoy, con la vital importancia del pase y la cobertura, Rocky simplemente no daba la talla. O eso dijeron. Rocky no se dio por vencido. Empezó a tomar más esteroides. Aumentó de tamaño pero no lo suficiente para ocupar un puesto en la delantera. Consiguió seguir otra temporada jugando en los equipos especiales de los Rams. Al año siguiente se quedó en la calle.
Pero el sueño no murió. Rocky no lo permitió. Se dedicó a levantar pesas. Pasó a consumir esteroides en serio. Siempre había tomado algún tipo de suplemento anabólico. Lo hacen todos los atletas. Pero la desesperación lo había vuelto menos cauto. Dejó de atenerse a los ciclos y las dosis recomendados. Su única obsesión era conseguir más masa. Se le agrió el carácter, ya fuera por los fármacos o por la decepción, o más probablemente por la poderosa mezcla de ambas cosas.
Para llegar a fin de mes, Rocky empezó a trabajar para la Federación de Lucha Extrema. Muchos recuerdan sus encarnizados combates en los cuadriláteros. Durante un tiempo causaron furor en la televisión de pago: auténticas peleas sangrientas, sin limitación alguna. Rocky era grande y fuerte, con dotes naturales para la lucha. Tenía aguante y sabía agotar al adversario.
Con el tiempo, la violencia en el cuadrilátero acabó siendo excesiva para la sensibilidad del público. Algunos estados prohibieron la lucha extrema. Algunos púgiles empezaron a pelear en Japón, donde seguía siendo legal —Rocky supuso que allí debían de tener una sensibilidad distinta—, pero él no fue. Rocky creía que la Liga Nacional de Fútbol todavía estaba a su alcance. Solo tenía que trabajar con mayor ahínco. Aumentar un poco más de volumen, estar un poco más fuerte, ser un poco más rápido.
El monovolumen de Jack Lawson tomó la Carretera 17. Rocky tenía instrucciones claras: seguir a Lawson; anotar adónde iba, con quién hablaba, todos sus pasos hasta el último detalle, pero nunca —nunca— hablar con él. Debía observarlo. Nada más.
Ningún problema. Dinero fácil.
Dos años atrás, Rocky se enzarzó en una pelea en un bar. Lo típico. Un tipo miró a Lorraine más de la cuenta. Rocky le preguntó qué miraba y el otro contestó: «Nada del otro mundo». En fin, lo de siempre. Solo que Rocky iba muy acelerado por los esteroides. Hizo picadillo a aquel fulano —lo dejó realmente hecho puré— y lo trincaron por una denuncia de agresión. Pasó tres meses en la cárcel y ahora estaba en libertad condicional. Para Lorraine, eso fue la gota que colmó el vaso. Lo llamó perdedor y se marchó de casa.
Así que ahora Rocky intentaba compensarla.
Rocky había dejado los esteroides. Los sueños no se desvanecen fácilmente, pero esta vez tomó conciencia de que la Liga Nacional de Fútbol no iba a poder ser. Pero Rocky tenía talento para otras cosas. Podía ser entrenador. Sabía motivar. Un amigo suyo tenía un contacto en su antiguo instituto, el Westfield. Si Rocky conseguía que le limpiaran los antecedentes, lo nombrarían coordinador de la defensa del equipo preuniversitario. Lorraine quizás encontrase allí un empleo como orientadora vocacional. Entonces estarían bien encaminados.
Solo necesitaban un poco de dinero para empezar.
Rocky, al volante del Celica, se mantenía a una distancia prudencial del monovolumen. No le preocupaba demasiado la discreción. Jack Lawson era un aficionado. No estaría pendiente de si lo seguían. Eso le había dicho su jefa.
Lawson cruzó la frontera de Nueva York y cogió la autopista hacia el norte. Eran las diez de la noche. Rocky se preguntó si no debía dejarlo ya, pero no, todavía no. De momento no tenía nada de qué informar. El hombre había salido a dar una vuelta. Rocky lo seguía. Ese era su trabajo.
Rocky sintió que se le acalambraba la pantorrilla. ¡Cómo deseaba que aquel trasto tuviese más espacio para las piernas!
Al cabo de media hora, Lawson se detuvo junto a Woodbury Commons, uno de esos enormes centros comerciales donde en principio todas las tiendas vendían restos de serie de grandes marcas. Estaban todas cerradas. El monovolumen se desvió por una carretera oscura. Rocky disminuyó la velocidad. Si lo seguía allí, Lawson lo vería sin duda.
Rocky encontró un lugar a la derecha, aparcó, apagó los faros y cogió los prismáticos.
Jack Lawson detuvo el monovolumen, y Rocky lo observó bajar. Había otro coche no muy lejos. Debía de ser la amiguita de Lawson. Un lugar extraño para una cita romántica, pero nunca se sabía. Jack miró a ambos lados y luego se dirigió hacia la zona boscosa. Maldición. Rocky tendría que seguirlo a pie.
Dejó los prismáticos y bajó del coche. Todavía estaba a setenta, ochenta metros de Lawson. Rocky no quería acercarse más. Se agachó y volvió a mirar con los prismáticos. Lawson dejó de caminar. Se volvió y...
Pero ¿qué ocurría?
Rocky dirigió los prismáticos hacia la derecha. Había un hombre a la izquierda de Lawson. Rocky lo miró más detenidamente. Llevaba un uniforme de faena de los excedentes del ejército. Era bajo y recio, como un cuadrado perfecto. Se notaba que hacía ejercicio, pensó Rocky. El hombre —parecía chino o algo así— estaba inmóvil, como una estatua.
Al menos lo estuvo durante unos segundos.
Suavemente, casi como si tocara a un amante, el chino tendió la mano y la apoyó en el hombro de Lawson. Por un momento Rocky pensó que había sorprendido a dos gais en una cita. Pero no era eso. No era eso en absoluto.
Jack Lawson se desplomó como un títere con los hilos cortados.
Rocky ahogó una exclamación. El chino miró el cuerpo caído. Se agachó y cogió a Lawson por... demonios, parecía que lo cogía por el cuello. Como si fuera un cachorro o algo así. Por el pescuezo.
«Maldita sea —pensó Rocky—. Más vale que intervenga».
Sin el menor esfuerzo, el chino llevó a Lawson hacia el coche. Con una mano. Como si fuera un maletín o algo así. Rocky hizo ademán de coger el móvil.
Mierda, se lo había dejado en el coche.
«Vale, piensa, Rocky», se dijo. El coche del chino era un Honda Accord, con matrícula de Nueva Jersey. Rocky intentó memorizar el número. Vio al chino abrir el maletero. Metió a Lawson dentro como si fuera un fardo de ropa sucia.
«Joder, ¿y ahora qué?», se preguntó Rocky.
Las órdenes que había recibido eran categóricas: «no hables». ¿Cuántas veces lo había oído? «Hagas lo que hagas, solo debes observar. No hables».
No sabía qué hacer.
¿Debía limitarse a seguirlos?
No, imposible. Jack Lawson estaba en el maletero. En cualquier caso, Rocky no conocía a ese hombre. No sabía por qué tenía que seguirlo. Había supuesto que la razón por la que lo habían contratado para seguir a Lawson era la de siempre: su mujer sospechaba que tenía una aventura. Eso era una cosa. Seguirlo y probar la infidelidad. Pero ¿esto...?
Lawson había sido agredido. ¡Por amor de Dios, ese chino, esa masa de músculos, lo había metido en el maletero! ¿Podía Rocky quedarse de brazos cruzados, sin más?
No.
Al margen de lo que Rocky hubiera hecho en el pasado, al margen de en qué se hubiera convertido, no iba consentir algo así. ¿Y si perdía al chino? ¿Y si no había bastante aire en el maletero? ¿Y si Lawson estaba gravemente herido y agonizando?
Rocky tenía que hacer algo.
¿Debía llamar a la policía?
El chino cerró el maletero. Se dirigió hacia el asiento del conductor.
Demasiado tarde para llamar a nadie. Tenía que actuar de inmediato.
Rocky era al fin y al cabo un hombre de un metro noventa y cinco de estatura y ciento veinte kilos de peso, fuerte como un roble. Era un luchador profesional. No un boxeador de pacotilla. No un pseudoluchador que montaba el número en un cuadrilátero. Él era un luchador de verdad. No iba armado, pero sabía cuidarse.
Rocky echó a correr hacia el coche.
—¡Oiga! —gritó—. ¡Oiga! ¡Deténgase ahora mismo!
El chino —al acercarse, Rocky vio que parecía un crío— alzó la vista. No cambió de expresión. Simplemente se quedó mirando a Rocky mientras corría hacia él. No se movió. No intentó meterse en el coche para marcharse. Esperó con paciencia.
—¡Oiga!
El chino permaneció inmóvil.
Rocky se detuvo a un metro de él. Sus miradas se cruzaron. A Rocky no le gustó lo que vio. Había jugado al fútbol contra auténticos chiflados. Había peleado contra masoquistas dementes en los combates de lucha extrema. Había mirado a los ojos a verdaderos psicópatas: individuos que disfrutaban haciendo daño a la gente. Aquello era distinto. Aquello era como mirar a los ojos de... de algo que no estaba vivo. Tal vez una roca. Un objeto inanimado. Allí no había miedo, ni misericordia, ni razón.
—¿Puedo ayudarlo en algo? —preguntó el joven chino.
—He visto... Saque a ese hombre del maletero.
El chino asintió.
—Por supuesto.
El chino miró el maletero. Rocky también. Y en ese momento Eric Wu atacó.
Rocky no vio el golpe. Wu se agachó, giró la cintura para tomar impulso y hundió el puño en el riñón de Rocky. Este había encajado muchos puñetazos. Lo habían golpeado en los riñones hombres el doble de grandes. Pero nunca así. El puño impactó en su cuerpo como un mazo.
Se le cortó la respiración pero permaneció de pie. Wu se acercó más y le clavó algo en el hígado, algo que parecía un espetón. El dolor estalló dentro de él.
Rocky abrió la boca, pero de su garganta no salió ningún grito. Cayó al suelo. Wu se agachó a su lado. Lo último que vio Rocky —lo último que vería en su vida— fue la cara de Eric Wu, tranquila y serena, cuando colocó las manos bajo la caja torácica de Rocky.
«Lorraine», pensó Rocky. Y luego nada más.
5
Grace contuvo un grito. Sobresaltada, se incorporó. La luz del pasillo seguía encendida. Una silueta se recortaba en el resplandor de la puerta. Pero no era Jack.
Despertó, aún con la respiración entrecortada. Un sueño. Lo sabía. Ya mientras soñaba tenía la vaga sensación de que era solo un sueño. Había soñado eso mismo otras veces, muchas, pero no desde hacía tiempo. «Debe de ser por el aniversario que se avecina», pensó.
Intentó tranquilizarse. Eso no iba a ocurrir. El sueño siempre empezaba y acababa igual. Las variaciones se producían hacia la mitad.
En el sueño, Grace estaba otra vez en el Boston Garden, con el escenario justo enfrente. Tenía delante una barrera de acero, no muy alta, tal vez le llegaba a la cintura, algo que podía servir para sujetar la bicicleta con un candado. Se apoyó en ella.
Por los altavoces se oía Pale Ink, pero eso era imposible porque el concierto ni siquiera había empezado. Pale Ink era el gran éxito del grupo de Jimmy X, el single más vendido del año. Todavía se oye por la radio a todas horas. Lo escucharían en directo, no en una grabación durante el tiempo de espera. Pero si ese sueño era como una película, Pale Ink era, por así decirlo, la banda sonora.
¿Estaba Todd Woodcroft, el chico con el que salía, de pie a su lado? A veces imaginaba que lo cogía de la mano —aunque nunca fueron el tipo de pareja que se cogía de la mano— y luego, cuando todo se precipitaba, la invadía la angustiosa sensación de que su mano se le escapaba. En la realidad, Todd seguramente estaba al lado de ella; en el sueño, solo a veces. Esta vez, no, no estaba allí. Aquella noche Todd salió ileso. Ella nunca lo culpó por lo que le había sucedido. Todd no habría podido hacer nada. Ni siquiera había ido a verla al hospital. Ella tampoco lo culpó por eso. Lo suyo no había sido más que un amor de juventud, no una relación entre dos almas gemelas, y por entonces ya había empezado a hacer aguas. ¿Quién necesitaba una escena a esas alturas? ¿Quién querría ir a ver a una chica ingresada en un hospital para romper con ella? Mejor para los dos, pensó, dejar que las cosas se apagaran solas.
En el sueño, Grace sabía que estaba a punto de ocurrir una tragedia, pero no hacía nada para evitarlo. Su yo del sueño no lanzaba una advertencia ni intentaba huir. A menudo se preguntaba por qué, pero ¿acaso los sueños no eran así? Uno no puede hacer nada aunque adivine lo que va a pasar, obedece a una especie de programación subconsciente. O tal vez la respuesta fuese más sencilla: no había tiempo. En el sueño, la tragedia se desencadenaba en cuestión de segundos. En la realidad, según los testigos, Grace y los demás habían pasado delante del escenario más de cuatro horas.
La multitud había pasado del entusiasmo inicial a la inquietud, luego al nerviosismo y por último a una manifiesta hostilidad. Jimmy X, cuyo verdadero nombre era James Xavier Farmington, el rockero guapísimo de maravillosa melena, tenía que subir al escenario a las ocho y media de la noche, aunque en realidad nadie lo esperaba antes de las nueve. Y estaban a punto de dar las doce. Al principio, la muchedumbre canturreaba el nombre de Jimmy. A esas alturas se había desatado un coro de abucheos. Mil seiscientas personas, incluidas las que, como Grace, habían tenido la suerte de encontrar entradas de primera fila en el foso de la orquesta, se levantaron como un solo hombre, exigiendo la actuación. Transcurrieron diez minutos más hasta que por fin los altavoces dieron una respuesta. La multitud, recuperando su anterior entusiasmo enfebrecido, enloqueció.
Pero la voz que habló por el sistema de megafonía no presentó al grupo. Con tono monocorde, anunció que la actuación volvía a retrasarse al menos una hora. Sin más explicación. Por un instante nadie se movió. Se hizo el silencio en el pabellón.
Ahí empezaba el sueño, en ese momento de calma antes de la devastación. Grace volvía a estar allí. ¿A qué edad? Entonces tenía veintiún años, pero en el sueño parecía mayor. Era una Grace distinta, paralela, una Grace casada con Jack y madre de Emma y Max, y sin embargo todavía estaba en ese concierto en su último año de universidad. Eso también era propio de los sueños, esa realidad doble, el yo paralelo que se superponía al real.
¿Todo eso, esos momentos del sueño, salía de su subconsciente o de lo que había leído después sobre la tragedia? Grace no lo sabía. Probablemente era una mezcla de las dos cosas, o a esa conclusión había llegado hacía tiempo. Los sueños reavivan los recuerdos, ¿no? Cuando estaba despierta, no se acordaba de esa noche en absoluto, ni siquiera de los días anteriores. Lo último que recordaba era haber estudiado para un examen final de ciencias políticas que había tenido cinco días antes. Eso era normal —le aseguraron los médicos—, por el tipo de traumatismo cerebral que había sufrido. Pero el subconsciente era un territorio extraño. Tal vez los sueños eran en realidad recuerdos, tal vez imaginaciones. Aunque más probablemente, como ocurre con la mayoría de los sueños e incluso con los recuerdos, eran una combinación de las dos cosas.
En cualquier caso, ya fuera por los recuerdos o por los artículos de la prensa, fue en ese momento cuando alguien disparó un tiro. Y luego otro. Y otro.
Ocurrió antes de que se instalasen detectores de metales en las entradas de los auditorios. Cualquiera podía ir armado. Durante un tiempo, se habló mucho sobre el posible origen de los disparos. Los obsesos de las conspiraciones seguían debatiendo al respecto, como si aquí, como en el asesinato de Kennedy, hubiese en el pabellón algún montículo de hierba donde apostarse un segundo asesino. En todo caso, la muchedumbre de jóvenes, ya exaltados, se desmandó por completo. Gritaron. Se dispersaron. Corrieron hacia las salidas.
Corrieron hacia el escenario.
Grace estaba en el peor lugar posible. La barrera le oprimió la cintura, se le hincó en el vientre. No podía zafarse. La multitud chilló y avanzó en masa. A su lado, un chico —después Grace se enteró de que tenía diecinueve años y se llamaba Ryan Vespa— no levantó las manos a tiempo, cayó sobre la barrera y se golpeó en un mal ángulo.
Grace vio —tampoco sabía si eso ocurría solo en el sueño o también en la realidad— salir un chorro de sangre de la boca de Ryan Vespa. Al final, la barrera cedió. Se inclinó. Grace cayó al suelo. Intentó mantener el equilibrio, permanecer en pie, pero la ruidosa avalancha de seres humanos la derribó.
Esta parte era real, eso le constaba. Esta parte —el momento en que quedaba enterrada bajo una masa humana— no solo la perseguía en sueños.
La desbandada siguió. La gente pasaba por encima de ella. Le pisoteaba los brazos y las piernas. Tropezaba y caía sobre ella como losas. El peso iba en aumento. La aplastaba. Docenas de cuerpos desesperados forcejeaban y se deslizaban tumultuosamente por encima de ella.
Los gritos llenaban el aire. Grace estaba debajo. Enterrada. Ya no había luz. Tenía demasiados cuerpos encima. Era imposible moverse. Imposible respirar. Se ahogaba. Como si la hubieran enterrado en cemento. Como si se hundiese en el agua arrastrada por un lastre.
Tenía demasiado peso encima. Parecía que una mano gigantesca le apretase la cabeza, le aplastase el cráneo como si fuera espuma de poliestireno.
No había escapatoria.
Y en ese momento, por suerte, acababa el sueño. Grace despertaba, todavía sin aliento.
En la realidad, Grace había despertado cuatro días después y casi no se acordaba de nada. Al principio pensó que era la mañana de su examen final de ciencias políticas. Los médicos se tomaron su tiempo para explicarle la situación. Había sufrido heridas muy graves. Para empezar, tenía una fractura de cráneo. Eso, suponían, explicaba los dolores de cabeza y la pérdida de memoria. No era un caso de amnesia, de memoria reprimida, ni siquiera un trastorno psicológico. Tenía una lesión en el cerebro, lo que no era raro tras producirse un traumatismo craneal de aquella magnitud con pérdida de conocimiento. Olvidar horas, incluso días, no era extraño. Grace también se había fracturado el fémur, la tibia y tres costillas. La rodilla se le había partido por la mitad. Se le había dislocado la cadera.
En medio de una nebulosa de analgésicos, supo por fin que había tenido «suerte». Dieciocho personas, de entre catorce y veintiséis años, habían muerto en la desbandada que los medios llamaron la Matanza de Boston.
La silueta que se recortaba en la puerta dijo:
—¿Mamá?
Era Emma.
—Hola, cariño.
—Estabas gritando.
—Estoy bien. A veces hasta las mamás tienen pesadillas.
Emma se quedó entre las sombras.
—¿Dónde está papá?
Grace miró el despertador. Eran casi las cinco menos cuarto de la mañana. ¿Cuánto había dormido? No más de diez, quince minutos.
—No tardará en llegar.
Emma no se movió.
—¿Estás bien? —preguntó Grace.
—¿Puedo dormir contigo?
«Se ve que esta es la noche de las pesadillas», pensó Grace. Apartó la manta.
—Claro, cariño.
Emma se metió en la cama por el lado de Jack. Grace la volvió a tapar y la abrazó. Mantuvo la mirada fija en el despertador. A las siete en punto —justo cuando vio el reloj digital pasar de las 6:59— dejó que la invadiera el pánico.
Jack nunca había hecho algo así. Si hubiese sido una noche normal, si él hubiese subido y dicho que se iba de compras al supermercado, si antes de irse hubiese hecho en broma algún torpe comentario con doble sentido sobre melones y plátanos, algo gracioso y tonto, Grace ya habría avisado a la policía.
Pero la noche anterior no había sido normal. Ocurrió lo de la foto. Su reacción. Y no hubo un beso de despedida.
Emma se movió a su lado. Max entró frotándose los ojos pocos minutos después. Normalmente preparaba el desayuno Jack. Él era el más madrugador. Grace improvisó rápidamente la primera comida del día —cereales Cap’n Crunch con rodajas de plátano— y eludió las preguntas sobre la ausencia de su padre. Mientras estaban ocupados devorando el desayuno, Grace se escabulló a la leonera para intentar llamar a la oficina de Jack, pero nadie cogió el teléfono. Todavía era temprano.
Se puso un pantalón de chándal Adidas de Jack y los acompañó a la parada del autobús. Antes Emma siempre la abrazaba al despedirse, pero ya era demasiado mayor para eso. Se subió a toda prisa, antes de que Grace pudiera dejar caer alguno de esos estúpidos comentarios maternos, como que Emma era demasiado mayor para abrazos pero no para visitar la habitación de su madre cuando tenía miedo por la noche. Max todavía la abrazaba, pero muy deprisa y con poco entusiasmo. Los dos desaparecieron en el interior y la puerta del autobús se cerró como si los hubiese engullido.
Grace se protegió los ojos del sol con la mano y, como siempre, se quedó mirando el autobús hasta que giró por Bryden Road. Incluso ahora, incluso después de tanto tiempo, sentía aún deseos de subirse al coche y seguirlos solo para asegurarse de que esa caja de lata amarilla de apariencia frágil llegaba a la escuela a salvo.
¿Qué le había pasado a Jack?
Se encaminó hacia la casa, pero de pronto, cambiando de idea, se dirigió al coche y partió. Grace alcanzó el autobús en Heights Road y lo siguió el resto del camino hasta la escuela Willard. Aparcó y vio bajar a los niños. Cuando aparecieron Emma y Max, cargando las mochilas, sintió el familiar cosquilleo. Se quedó esperando hasta que los dos recorrieron el sendero, subieron la escalera y desaparecieron por la puerta de la escuela.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, Grace rompió a llorar.
Grace esperaba ver llegar a policías de paisano. Y esperaba a dos. Así era siempre en televisión. Uno, el veterano brusco; el otro, joven y guapo. La policía del pueblo había enviado a un agente uniformado, de los que ponían multas por exceso de velocidad, en el correspondiente coche.
Se había presentado como agente Daley. Desde luego era joven, muy joven, con una erupción de acné en la lustrosa cara de niño. Tenía el físico musculoso de un asiduo del gimnasio. Las mangas cortas parecían torniquetes en torno a los grandes bíceps. El agente Daley hablaba con una paciencia irritante, con la voz monótona de un poli suburbano, como si aleccionara a una clase de primero sobre la seguridad vial en bicicleta.
Había llegado diez minutos después de que ella llamara al número de la policía para casos no urgentes. En circunstancias normales, le explicó la persona que la atendió, le habrían pedido que acudiera a la comisaría y rellenara un impreso. Pero casualmente el agente Daley estaba en la zona, así que pasaría por su casa. Por suerte para ella.
Daley sacó una hoja del tamaño de una carta y la puso en la mesita de centro. Abrió el bolígrafo pulsando el botón del extremo y se dispuso a formular preguntas.
—¿Cómo se llama el desaparecido?
—John Lawson. Pero todos lo llaman Jack.
El agente consultó la lista.
—¿Dirección y número de teléfono?
Grace se los dio.
—¿Lugar de nacimiento?
—Los Ángeles, California.
Preguntó por la estatura, el peso, el color de ojos y pelo, el sexo (sí, en serio). Preguntó si Jack tenía cicatrices, señales o tatuajes. Preguntó adónde podía haber ido.
—No lo sé —repuso Grace—. Por eso los he llamado.
El agente Daley asintió.
—Supongo que su marido es mayor de edad.
—¿Cómo?
—Que tiene más de dieciocho años.
—Sí.
—Eso complica las cosas.
—¿Por qué?
—Hemos recibido nuevas normas para rellenar los informes de desapariciones. Las han actualizado hará un par de semanas.
—No sé si lo entiendo.
El agente suspiró de manera teatral.
—Verá, para introducir a alguien en el ordenador, tiene que cumplir ciertos criterios. —Daley sacó otro papel—. ¿Está su marido incapacitado?
—No.
—¿En peligro?
—¿A qué se refiere?
Daley leyó el papel.
—«Una persona mayor de edad desaparecida y acompañada de otra persona en circunstancias que inducen a pensar que su integridad física corre peligro».
—No lo sé. Ya se lo he dicho. Se fue de aquí anoche...
—Eso significa que no —dedujo Daley. Volvió a consultar el papel—. Tres. Desaparición involuntaria. Como por secuestro o rapto.
—No lo sé.
—Ya. Cuatro. Víctima de una catástrofe. Como un incendio o un accidente de avión.
—No.
—Y la última categoría. ¿Es menor? Bueno, eso ya ha quedado claro. —Dejó el papel—. Ya está. No se puede introducir a la persona en el sistema si no pertenece a una de estas categorías.
—O sea, que si alguien desaparece, ¿ustedes no hacen nada?
—Yo no lo diría así, señora.
—¿Cómo lo diría?
—No tenemos ninguna prueba de actuación delictiva. Si nos llega alguna, empezaremos a investigar en el acto.
—¿Así que de momento no harán nada?
Daley dejó el bolígrafo. Se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en los muslos. Respiró hondo.
—¿Puedo hablarle con franqueza, señora Lawson?
—Se lo ruego.
—En la mayoría de los casos, más aún, en el noventa y nueve por ciento de los casos, el marido simplemente anda correteando por ahí. Hay problemas conyugales. Hay una amante. El marido no quiere que lo descubran.
—No es este el caso.
El agente asintió.
—Y en el noventa y nueve por ciento de los casos, eso es lo que dice la mujer.
El tono condescendiente del policía empezaba a irritar a Grace. Ese joven no le había inspirado confianza suficiente. Se había callado cosas, como si temiera que contar toda la verdad fuera una traición. Además, pensándolo bien, ¿cómo quedaría? «Bueno, verá, encontré una foto extraña de Photomat en medio de las mías del manzanar, en Chester, ¿sabe?, y mi marido dijo que no era él, y en realidad tampoco lo sé muy bien porque la foto es antigua y luego resulta que Jack se marchó de casa...».
—¿Señora Lawson?
—Sí.
—¿Entiende lo que estoy diciéndole?
—Creo que sí. Que soy una histérica. Mi marido se ha fugado y estoy intentando usar a la policía para obligarlo a volver. ¿Es eso más o menos?
Él seguía impertérrito.
—Debe entenderlo. No podemos iniciar una investigación hasta que tengamos pruebas de que se ha cometido un delito. Esas son las reglas del CNIC. —Señaló el papel otra vez y añadió con tono muy serio—: Es el Centro Nacional de Información Criminal.
Grace casi puso los ojos en blanco.
—Aunque encontráramos a su marido, no le diríamos dónde está. Este es un país libre. Él es mayor de edad. No podemos obligarlo a volver.
—Eso lo sé.
—Podríamos hacer unas cuantas llamadas, tal vez alguna que otra indagación discreta.
—Bien.
—Necesito saber el modelo del coche y el número de matrícula.
—Es un Ford Windstar.
—¿Color?
—Azul oscuro.
—¿Año?
No se acordaba.
—¿Matrícula?
—Empieza por M.
El agente Daley alzó la vista. Grace se sintió estúpida.
—Arriba tengo una copia del certificado —dijo—. Puedo ir a verlo.
—¿Tienen un tac para los peajes?
—Sí.
El agente Daley asintió y lo anotó. Grace subió y buscó la carpeta. Hizo una copia con el escáner y se la entregó al agente Daley. Él anotó algo. Preguntó un par de cosas más. Ella se ciñó a los hechos: Jack volvió a casa del trabajo, ayudó a acostar a los niños, salió, probablemente al supermercado..., y nada más.
Tras unos cinco minutos, Daley parecía satisfecho. Sonrió y le dijo que no se preocupara. Ella se quedó mirándolo.
—Nos pondremos en contacto con usted dentro de unas horas. Si para entonces no sabemos nada, hablaremos un poco más.
Se fue. Grace volvió a llamar a la oficina de Jack. Tampoco contestaron. Miró el reloj. Eran casi las diez. Photomat abriría pronto. Bien.
Tenía un par de preguntas para Josh el Pelusilla.
6
Charlaine Swain se puso su ropa interior nueva —un camisón corto con un tanga a juego de Regal Lace— y levantó el estor de su dormitorio.
Ocurría algo extraño.
Era martes. Eran las diez y media. Los hijos de Charlaine estaban en la escuela. Su marido Mike se hallaría ante su escritorio en la ciudad, con el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja, enrollando y desenrollando las mangas de la camisa con los dedos, el cuello cada vez más apretado porque su ego le impedía reconocer que necesitaba una talla más.
Su vecino, el bicho raro llamado Freddy Sykes, debía de estar en casa a esa hora.
Charlaine echó una mirada al espejo. No lo hacía a menudo. No necesitaba recordarse que tenía más de cuarenta años. La imagen que le devolvió la mirada desde el espejo presentaba aún unos contornos bien proporcionados, supuso, gracias en parte sin duda a las asas del sostén; pero lo que en su día se había considerado curvilíneo y turgente se había debilitado y reblandecido. Aunque también era cierto que Charlaine hacía ejercicio. Iba a clase de yoga —siendo el yoga este año el sustituto del tae bo o el step— tres días por semana. Se mantenía en forma, luchando contra lo evidente y lo invencible, sin cejar siquiera al ver que se le escapaba de las manos.
¿Qué le había pasado?
«Olvídate del físico por un instante», se dijo. De joven, Charlaine Swain derrochaba energía. Disfrutaba de la vida. Era ambiciosa e iba a por todas. Lo decía todo el mundo. Siempre había una chispa en Charlaine, una electricidad en el aire cerca de ella, y eso en algún momento, por alguna razón, la vida —el simple hecho de vivir— se lo había apagado.
¿La culpa era de los niños? ¿De Mike? En otros tiempos él nunca se saciaba de ella, y al verla con un modelo como ese se le habría hecho la boca agua y habría abierto los ojos de par en par. Ahora él apenas si alzaba la vista cuando ella pasaba por su lado.
¿Eso cuándo había empezado?
No podía precisarlo. Sabía que el proceso había sido gradual, el cambio muy lento, apenas discernible, hasta convertirse lamentablemente en un hecho consumado. No había sido solo culpa de él. Eso ella lo sabía. Su propio deseo había menguado, sobre todo durante los embarazos, la lactancia, el posterior agotamiento de la crianza. Era normal, suponía. Todo el mundo pasaba por eso. Aun así, lamentaba no haberse esforzado más antes de que los cambios pasajeros se consolidasen en forma de apatía crónica.
Los recuerdos, sin embargo, seguían allí. Mike antes la cortejaba. La sorprendía. La deseaba. Antes —y sí, esto puede parecer ordinario— arremetía contra su cuerpo. Ahora lo que quería era eficacia, algo mecánico y preciso: la oscuridad, un gruñido, un desahogo, dormir.
Cuando hablaban, era sobre los niños: los horarios de las clases, las horas de recogida, los deberes, las visitas al dentista, los partidos de la liga infantil, el programa de baloncesto, las citas con los amigos. Pero eso tampoco era solo culpa de Mike. Cuando Charlaine tomaba un café con las mujeres del barrio —los encuentros de mamás en el Starbucks—, las conversaciones eran tan empalagosas, tan aburridas, tan circunscritas a los niños, que le entraban ganas de gritar.
Charlaine Swain se estaba asfixiando.
Su madre —la ociosa reina de las comidas en el club de campo— le dijo que así era la vida, que Charlaine tenía todo lo que podía desear una mujer, que sus expectativas simplemente no eran realistas. Lo más triste era que Charlaine se temía que su madre no andaba desencaminada.
Se miró el maquillaje. Se puso más lápiz de labios y colorete y luego se echó hacia atrás y se examinó. Sí, parecía una puta. Cogió un Percodan, el equivalente para las mamás de un aperitivo, y se lo tragó. A continuación se miró más atentamente en el espejo, incluso entrecerrando los ojos.
¿Seguía allí, en alguna parte, la Charlaine de antes?
Se acordó de una mujer que vivía a dos manzanas, una encantadora madre de dos hijos como Charlaine. Dos meses atrás, esa encantadora madre de dos hijos se acercó a las vías de ferrocarril de Glen Rock y se suicidó plantándose delante del tren de las once y diez de la mañana de la línea de Bergen en dirección sur. Una historia horrenda. Todo el mundo habló de ello durante semanas. ¿Cómo pudo esa mujer, esa encantadora madre de dos hijos, abandonarlos así? ¿Cómo pudo ser tan egoísta? Y sin embargo, mientras Charlaine la criticaba con sus compañeras de las zonas residenciales, sintió una pequeña punzada de celos. Para esa encantadora madre todo había acabado. Eso debía de representar cierto alivio.
¿Dónde estaba Freddy?
De hecho, Charlaine esperaba con impaciencia los encuentros de los martes a las diez, y tal vez eso fuera lo más triste. Su primera reacción al descubrir que Freddy la espiaba fue de asco y rabia. ¿Cuándo y cómo se convirtió eso en aceptación e incluso, que Dios la perdonase, en excitación? No, pensó. No era excitación. Era... algo. Solo eso. Era una chispa. Era algo que podía sentir.
Esperó a ver levantarse el estor de Freddy.
No se levantó.
Era extraño. Pensándolo bien, Freddy Sykes nunca bajaba los estores. Los jardines traseros de ambas casas eran colindantes, de modo que solo ellos se veían por las ventanas. Freddy nunca bajaba el estor de atrás. ¿Para qué?
Miró las demás ventanas. Todos los estores estaban bajados. ¡Qué curioso! Las cortinas de lo que suponía que era la leonera —nunca había pisado esa casa, claro— estaban corridas.
¿Se habría marchado Freddy de viaje?
Charlaine Swain vio su reflejo en la ventana y sintió una nueva oleada de vergüenza. Cogió una bata —el albornoz raído de su marido— y se la puso. Se preguntó si Mike tenía una amante, si otra mujer había consumido ese impulso sexual que antes era insaciable, o si simplemente ella había dejado de interesarle. Se preguntó qué era peor.
¿Dónde estaba Freddy?
¡Y qué degradante, qué patético, qué bajo había caído para que una cosa así significase tanto para ella! Se quedó mirando la casa.
Algo se movió.
Muy ligeramente. Una sombra se había deslizado por un estor. Sin duda era un movimiento. Tal vez, solo tal vez, Freddy estaba espiando, aumentando, por así decirlo, su nivel de excitación. Podía ser eso, ¿no? Muchos mirones se excitaban con los aspectos furtivos de su acción, con el espionaje en sí. Tal vez él no quería que ella lo viera. Tal vez la estaba mirando en ese mismo momento, a escondidas.
¿Sería eso?
Se desató el albornoz, se descubrió los hombros y lo dejó caer. Olía a sudor de hombre y a los vestigios de la colonia que le había regalado a Mike hacía... ¿cuánto? ¿Ocho, nueve años? Charlaine sintió que le ardían los ojos por las lágrimas. Pero no apartó la mirada.
De pronto apareció otra cosa entre los estores. Algo... ¿azul?
Entornó los ojos. ¿Qué era?
Los prismáticos. ¿Dónde estaban? Mike tenía una caja llena de cachivaches en su armario. La encontró, buscó entre un revoltijo de cables y enchufes, y desenterró los Leica. Se acordó de cuando los compraron. Fue en un crucero por el Caribe. Habían hecho escala en una de las islas Vírgenes —no recordaba cuál— y la compra había sido espontánea. Por eso se acordaba de la compra de los prismáticos, por la espontaneidad de un acto tan trivial.
Charlaine se llevó los prismáticos a los ojos. Enfocaban automáticamente, así que no tuvo que ajustarlos. Tardó un poco en encontrar la rendija entre la ventana y el estor. Pero la mancha azul estaba allí. Vio el parpadeo y cerró los ojos. Tenía que haberlo adivinado.
La televisión. Freddy había encendido la televisión.
Estaba en casa.
Charlaine permaneció inmóvil. Ya no sabía cómo se sentía. Estaba otra vez embotada. Su hijo Clay cantaba una canción de la película Shrek de alguien que se dibujaba una P con los dedos en la frente. Perdedor. Eso era Freddy Sykes. Y ahora Freddy, ese bicho raro, ese perdedor con una P mayúscula en la frente, prefería ver la televisión a contemplar su cuerpo en ropa interior.
Pero allí seguía habiendo algo raro.
Todos esos estores bajados. ¿Por qué? Hacía ocho años que vivía junto a la casa de los Sykes. Ni siquiera cuando vivía la madre de Freddy bajaban nunca los estores, ni corrían las cortinas. Charlaine volvió a mirar por los prismáticos.
La televisión se apagó.
Bajó los prismáticos, esperando que sucediera algo. Freddy había perdido la noción del tiempo, pensó. El estor se levantaría en cualquier momento. Empezarían su ritual perverso.
Pero no fue eso lo que ocurrió.
Charlaine oyó el suave zumbido y supo enseguida qué era. La puerta eléctrica del garaje se estaba abriendo.
Se acercó a la ventana. Oyó arrancar un coche y luego salió el Honda destartalado de Freddy. El sol se reflejó en el parabrisas. El resplandor la obligó a entrecerrar los ojos. Se los protegió con la mano.
El coche avanzó y el resplandor disminuyó. En ese momento vio al conductor.
No era Freddy.
Algo, algo vil y primitivo, indujo a Charlaine a agacharse y esconderse. Obedeció al impulso. Se tiró al suelo y se arrastró hacia el albornoz. Se abrazó a la tela de felpa. El olor —esa combinación de Mike y colonia pasada— le resultó de pronto curiosamente reconfortante.
Charlaine se acercó a un lado de la ventana. Con la espalda contra la pared, miró.
El Honda Accord se había detenido. El conductor —el asiático al volante— miraba hacia su ventana.
De inmediato Charlaine se apretó más contra la pared. Se quedó quieta, conteniendo al aliento. Permaneció así hasta que oyó que el coche se ponía otra vez en marcha. Y entonces, por si acaso, siguió oculta otros diez minutos.
Cuando volvió a mirar, el coche ya no estaba.
La casa de al lado se hallaba en silencio.
7
A las diez y cuarto en punto, Grace llegó a Photomat.
Josh el Pelusilla no estaba allí. De hecho, no había nadie. En el escaparate de la tienda, un cartel, colgado probablemente la noche anterior, rezaba: CERRADO.
Consultó el horario impreso. Abrían a las diez. Esperó. A las diez y veinte, la primera clienta, una mujer agobiada de treinta y tantos años, vio el cartel de CERRADO, consultó el horario y probó la puerta. Lanzó un exagerado suspiro. Mirándola, Grace se encogió de hombros en un gesto de comprensión. La mujer se marchó molesta. Grace esperó.
A las diez y media, la tienda seguía sin abrir, y Grace supo que eso no era buena señal. Decidió volver a llamar a la oficina de Jack. Otra vez saltó el contestador de su extensión —se estremeció al oír la voz grabada y formal de Jack—, así que probó la extensión de Dan. Al fin y al cabo, los dos habían hablado la noche anterior. A lo mejor Dan podía proporcionarle alguna pista.
Marcó el número de su despacho.
—¿Diga?
—Hola, Dan, soy Grace.
—¿Qué tal? —saludó él, quizá con demasiado entusiasmo—. Estaba a punto de llamarte.
—¿Ah, sí?
—¿Dónde está Jack?
—No lo sé.
Dan vaciló.
—Cuando dices que no lo sabes...
—Anoche lo llamaste, ¿verdad?
—Sí.
—¿De qué hablasteis?
—Esta tarde tenemos una presentación. Sobre los estudios del Fenomitol.
—¿De algo más?
—¿Cómo que «de algo más»? ¿A qué te refieres?
—¿De qué más hablasteis?
—De nada. Quería preguntarle por una diapositiva de PowerPoint. ¿Por qué? ¿Qué pasa, Grace?
—Después de eso, salió.
—¿Y?
—No he vuelto a verlo.
—Un momento, cuando dices que no lo has visto...
—O sea, que no ha vuelto a casa, no ha llamado, no tengo ni idea de dónde está.
—Vaya, ¿y has llamado a la policía?
—Sí.
—¿Y?
—Y nada.
—Dios mío. Oye, voy para allá. Enseguida estoy allí.
—No —dijo ella—. Estoy bien.
—¿Seguro?
—Sí. Tengo cosas que hacer —dijo de manera poco convincente. Se pasó el teléfono al otro oído, sin saber muy bien cómo decirlo—. ¿Jack se ha comportado normalmente en los últimos tiempos?
—¿En el trabajo, quieres decir?
—En el trabajo, o en cualquier sitio.
—Sí, claro. Jack es Jack, ya lo conoces.
—¿No has notado ningún cambio?
—Los dos hemos andado muy estresados con los ensayos de este medicamento, si lo dices por eso. Pero nada fuera de lo habitual. Grace, ¿seguro que no debería acercarme?
Se oyó un pitido en el teléfono. Una llamada en espera.
—Tengo que colgar, Dan. Me llaman por la otra línea.
—Será Jack. Telefonéame si necesitas algo.
Colgó y miró el número en el identificador. No era Jack. O al menos no era su móvil. Era un número anónimo.
—¿Diga?
—Señora Lawson, soy el agente Daley. ¿Ha sabido algo de su marido?
—No.
—La hemos llamado a su casa.
—Ya, he salido.
Se produjo una pausa.
—¿Dónde está?
—En el centro.
—En el centro, ¿dónde?
—En la tienda de Photomat.
Una pausa más larga.
—No pretendo entrometerme, pero ¿no le parece un lugar extraño para ir si tan preocupada está por su marido?
—¿Agente Daley?
—¿Sí?
—Hay un invento nuevo. Se llama teléfono móvil. De hecho, usted está hablando conmigo por uno de esos aparatos.
—No quería...
—¿Ha averiguado algo sobre mi marido?
—Por eso la llamo. Mi capitán está aquí y le gustaría verla para hacerle unas preguntas de seguimiento.
—¿De seguimiento?
—Sí.
—¿Eso es normal?
—Claro. —Lo dijo como si fuera cualquier cosa menos eso.
—¿Ha encontrado algo?
—No, o sea, nada que pueda ser motivo de alarma.
—¿Y eso qué significa?
—Solo que el capitán Perlmutter y yo necesitamos más información, señora Lawson.
Otra clienta de Photomat, una rubia con mechas recientes de aproximadamente la misma edad que Grace, se acercó a la tienda vacía. Ahuecó las manos en torno a los ojos y miró adentro. También ella frunció el entrecejo y se marchó malhumorada.
—¿Están los dos en la comisaría? —preguntó Grace.
—Sí.
—Pasaré por allí dentro de tres minutos.
—¿Cuánto tiempo hace que su marido y usted viven aquí? —preguntó el capitán Perlmutter.
Estaban apretujados en un despacho más propio del portero de la escuela que del capitán de policía del pueblo. La comisaría de Kasselton había sido trasladada a la antigua biblioteca, un edificio con historia y tradición pero con escasas comodidades. Al hacer la primera pregunta, el capitán Stu Perlmutter, sentado tras su escritorio, se reclinó en la butaca y cruzó las manos sobre la pulcra barriga. El agente Daley permanecía apoyado en el marco de la puerta, haciendo ver que estaba cómodo.
—Cuatro años —contestó Grace.
—¿Le gusta esto?
—Bastante.
—Bien. —Perlmutter le sonrió, como un profesor dando su aprobación a la respuesta—. Y tiene hijos, ¿no?
—Sí.
—¿De qué edad?
—Ocho y seis.
—Ocho y seis —repitió con una sonrisa nostálgica—. Son unas edades maravillosas. No son bebés, y todavía no son adolescentes.
Grace decidió tomárselo con paciencia.
—Señora Lawson, ¿su marido ya había desaparecido alguna vez?
—No.
—¿Tienen problemas conyugales?
—Ninguno.
Perlmutter la miró con escepticismo. No guiñó un ojo, pero casi.
—Les va todo de maravilla, ¿eh?
Grace guardó silencio.
—¿Cómo se conocieron su marido y usted?
—¿Perdón?
—He preguntado...
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Solo pretendo formarme una idea de la situación.
—¿De qué situación? ¿Ha averiguado algo o no?
—Por favor. —Perlmutter intentó esbozar lo que debía de considerar una sonrisa irresistible—. Simplemente necesito un poco de información. Los antecedentes, ¿entiende? ¿Dónde se conocieron Jack Lawson y usted?
—En Francia.
Lo anotó.
—Usted es artista, ¿no es así, señora Lawson?
—Sí.
—¿Estaba estudiando arte en el extranjero, pues?
—¿Capitán Perlmutter?
—Sí.
—No quiero ofenderlo, pero estas preguntas son muy extrañas.
Perlmutter dirigió una mirada a Daley. Se encogió de hombros para dar a entender que no albergaba malas intenciones.
—Tal vez tenga razón.
—¿Ha averiguado algo o no? —repitió Grace.
—Creo que el agente Daley ya le ha explicado que su marido es mayor de edad y que no estamos obligados a decirle nada, ¿no es así?
—Sí.
—Bien, pues no creemos que haya sido víctima de ninguna acción delictiva, si es eso lo que la preocupa.
—¿Por qué lo dice?
—No hay pruebas de ello.
—¿Eso significa que no han encontrado manchas de sangre ni nada por el estilo? —preguntó ella.
—Exacto. Pero, más que eso —Perlmutter volvió a mirar a Daley—, el hecho es que sí encontramos algo que... bueno, tal vez no deberíamos contarle.
Grace se reacomodó en la silla. Intentó por todos los medios mirarlo a los ojos, pero él la eludía.
—Le agradecería mucho que me dijera lo que saben.
—No es gran cosa —dijo Perlmutter.
Grace esperó.
—El agente Daley ha telefoneado a la oficina de su marido. No ha ido por allí, claro. Seguramente ya está usted enterada de eso. Tampoco ha llamado para avisar que estaba enfermo. Así que hemos decidido investigar un poco más. De manera extraoficial, por supuesto.
—Ya.
—Usted ha tenido la amabilidad de facilitarnos el número del tac de su coche. Lo hemos introducido en el ordenador. ¿A qué hora dijo que salió su marido anoche?
—A eso de las diez.
—¿Y pensó que tal vez había ido al supermercado?
—No lo sabía. No me dijo nada.
—¿Simplemente cogió y se largó?
—Sí.
—¿Y usted no le preguntó adónde iba?
—Yo estaba arriba. Oí el motor del coche.
—Bien, pues esto es lo que necesitamos saber. —Perlmutter apartó las manos de la barriga. La butaca crujió cuando se inclinó hacia delante—. Usted lo llamó al móvil. Casi enseguida. ¿No es así?
—Sí.
—Pues verá, ahí está el problema. ¿Por qué no le contestó? O sea, si quería hablar con usted...
Grace vio adónde quería ir a parar.
—¿Cree que su marido... esto... sufrió un accidente en cuanto salió? ¿O tal vez alguien lo secuestró minutos después de marcharse de casa?
Grace no lo había pensado.
—No lo sé.
—¿Alguna vez usa usted la autopista de Nueva York?
El cambio de tema la desconcertó.
—No mucho, pero sí, la he usado.
—¿Ha ido alguna vez a Woodbury Commons?
—¿El centro comercial de restos de serie?
—Sí.
—Sí, he estado allí.
—¿Cuánto tiempo cree que se tarda en llegar?
—Media hora. ¿Fue allí?
—Lo dudo, no a esa hora. Las tiendas están cerradas. Pero usó su tac en el peaje de esa salida a las diez y veintiséis. Eso lleva a la Carretera Diecisiete y... diablos, es la que yo tomo para ir a los Poconos. Si calculamos diez minutos más o menos, cabe suponer que su marido fue derecho allí en cuanto salió de casa. Y de allí, en fin, ¿quién sabe adónde fue? La Interestatal Ochenta está a cincuenta kilómetros. Desde allí uno se puede ir a California.
Grace permaneció inmóvil.
—Así que saque sus propias conclusiones, señora Lawson. Su marido se marcha de casa. Usted lo llama de inmediato. Él no contesta. Al cabo de más o menos media hora, según sabemos, viaja en coche por Nueva York. Si alguien lo hubiera atacado o si hubiera sufrido un accidente... bueno, es imposible que lo secuestrasen y luego empleasen su tac en un plazo tan breve de tiempo. ¿Entiende lo que quiero decir?
Grace le devolvió la mirada.
—Que soy una histérica abandonada por su marido.
—No es eso ni mucho menos. Solo que... Bueno, ya no podemos seguir investigando. A no ser... —Se acercó un poco más—. Señora Lawson, ¿hay algo más que, a su juicio, podría servirnos de ayuda?
Grace procuró no mostrarse abochornada. Echó una ojeada detrás de ella. El agente Daley no se había movido. Tenía una copia de la foto extraña en su bolso. Se acordó de Josh el Pelusilla y de que la tienda no había abierto. Había llegado el momento de contarlo. En realidad, tenía que habérselo contado a Daley cuando fue a su casa.
—No sé si viene al caso —empezó a decir mientras cogía el bolso. Sacó una copia de la foto y se la entregó a Perlmutter.
El capitán cogió unas gafas de leer, las limpió con el faldón de la camisa y se las puso. Daley se acercó y se inclinó por encima de su hombro. Grace les explicó que había encontrado la foto entre las demás. Los dos policías la miraron como si hubiera sacado una navaja y hubiera empezado a afeitarse la cabeza.
Cuando Grace acabó, el capitán Perlmutter señaló la foto y preguntó:
—¿Y está segura de que ese es su marido?
—Eso creo.
—Pero ¿no está segura?
—Estoy bastante segura.
Él asintió como hace uno cuando cree estar hablando con un loco.
—¿Y las otras personas de la foto? ¿La joven con la cara tachada?
—No las conozco.
—Pero su marido... Dijo que no era él, ¿no?
—Sí.
—Así que si no es él..., bueno, esta foto sería intrascendente. Y si es él... —Perlmutter se quitó las gafas—. Pues le mintió. ¿No es así, señora Lawson?
Sonó el móvil. Grace lo cogió en el acto y miró el número.
Era Jack.
Por un momento no se movió. Grace quería disculparse, pero Perlmutter y Daley la observaban. Dadas las circunstancias, no podía pedir que la dejaran sola. Pulsó el botón para responder y se acercó el teléfono al oído.
—¿Jack?
—¿Qué tal?
Al oír su voz, debería haber sentido un profundo alivio. Pero no fue así.
—Te he llamado a casa. ¿Dónde estás? —preguntó Jack.
—¿Que dónde estoy yo?
—Oye, no puedo hablar mucho tiempo. Siento haberme marchado así.
Intentaba hablar con naturalidad, pero no lo conseguía.
—Necesito unos días —dijo él.
—Pero ¿qué dices?
—¿Dónde estás, Grace?
—En la comisaría.
—¿Has llamado a la policía?
Grace cruzó una mirada con Perlmutter. Él le hizo una seña como si dijera: «Deme el teléfono, señora. Ya me ocuparé yo».
—Oye, Grace, solo te pido unos días. Yo... —Jack calló. Y a continuación dijo algo que aumentó su pavor—. Necesito espacio.
—Espacio —repitió ella.
—Sí, un poco de espacio. Eso es todo. Por favor, dile a la policía que me disculpe. Tengo que colgar. ¿De acuerdo? Volveré pronto.
—¿Jack?
No contestó.
—Te quiero —dijo Grace.
Pero se había cortado la comunicación.
8
Espacio. Jack dijo que necesitaba espacio. Y eso significaba que algo iba mal.
Poco importaba que «necesitar espacio» fuera una de esas expresiones New Age pobres, empalagosas y cursis, vacías de significado, y que «necesitar espacio» fuera un eufemismo espantoso para decir «estoy taaaan harto». Eso habría podido ser una pista, pero en este caso iba mucho más allá.
Grace ya estaba en su casa. Había murmurado unas disculpas a Perlmutter y Daley. Los dos hombres la miraron con cara de pena y le dijeron que esas cosas formaban parte de su trabajo y que lo sentían. Grace movió la cabeza en un solemne gesto de asentimiento y se dirigió a la puerta.
Con esa llamada, había averiguado algo crucial.
Jack tenía problemas.
Grace no había exagerado. La desaparición de Jack no se debía a que hubiera huido de ella o al miedo al compromiso. No había sido algo planeado ni esperado. Tampoco había ocurrido por casualidad. Ella había recogido la foto en la tienda. Jack la había visto y se había ido corriendo.
Y ahora estaba en grave peligro.
Le habría sido imposible explicárselo a la policía. Para empezar, no la habrían creído. Le habrían dicho que deliraba o que era de una ingenuidad rayana en la deficiencia mental. Tal vez no a la cara. Tal vez le habrían seguido la corriente, y eso habría sido, además de irritante, una pérdida de tiempo. Ya presuponían que Jack la había abandonado antes de la llamada. Su explicación no los habría hecho cambiar de opinión.
Y tal vez mejor así.
Grace intentó leer entre líneas. Jack mostró preocupación cuando supo que había intervenido la policía. Eso era evidente. Cuando ella dijo que estaba en la comisaría, el pesar en su voz fue real. No lo fingió.
Espacio.
Esa era la principal pista. Si él simplemente le hubiese dicho que iba a pasar unos días fuera, porque necesitaba poner en orden sus ideas, o que se había fugado con una cabaretera que había conocido en el Satin Dolls, bueno, quizá no le hubiese creído, pero habría estado dentro de lo posible. Pero Jack no había dicho eso. Había dado razones específicas para su desaparición. Incluso se había repetido.
Jack necesitaba espacio.
Los códigos de parejas. Todas los tienen. La mayoría eran bastante absurdos. Por ejemplo, había una escena de una película de Billy Crystal, El showman de los sábados donde el cómico al que interpretaba Crystal —Grace no se acordaba del nombre, apenas se acordaba de la película— señalaba a un viejo con un peluquín espantoso y decía: «¿Eso es un peluquín? Yo sin ir más lejos creía que era su pelo auténtico». Así que ahora, cada vez que Jack y ella veían a un hombre que tal vez llevaba peluquín, uno se volvía hacia el otro y preguntaba: «¿Yo sin ir más lejos?». Y el otro coincidía o no. Grace y Jack empezaron a usar «Yo sin ir más lejos» para otras mejoras estéticas: operaciones de nariz, implantes de pecho, cualquier cosa.
El origen de «Necesito espacio» era un poco más subido de tono.
Pese al apuro en que se encontraba, Grace no pudo evitar sonrojarse al recordarlo. El sexo siempre había ido bien con Jack, pero en toda relación larga se producen altibajos. Esto sucedió dos años antes, en una época... bueno, una época de considerable auge. Un periodo de una mayor creatividad corpórea, por llamarlo de algún modo. De creatividad pública, para ser más concretos.
Habían echado un polvo rápido en el vestuario de una de esas peluquerías elegantes. Se habían magreado debajo de los abrigos en un palco privado durante un fastuoso musical de Broadway. Pero fue en medio de un encuentro especialmente atrevido en una cabina de teléfono roja al estilo inglés situada nada menos que en una tranquila calle de Allendale, en Nueva Jersey, cuando de pronto Jack dijo jadeando:
—Necesito espacio.
Grace lo miró.
—¿Cómo dices?
—Lo digo literalmente. ¡Apártate! ¡Se me está clavando el auricular del teléfono en el cuello!
Los dos se echaron a reír. Ahora Grace cerró los ojos, con una tenue sonrisa en los labios. Fue así como «Necesito espacio» se sumó a su lenguaje conyugal privado. Jack no había usado esa frase porque sí. Le estaba enviando un mensaje, advirtiéndole, comunicándole que estaba diciendo algo que no era verdad.
Bien, pero ¿qué había querido decir entonces?
Para empezar, Jack no podía hablar libremente. Alguien lo escuchaba. ¿Quién? ¿Había otra persona con él? ¿O se asustó porque ella estaba con la policía? Esperaba que fuera esto último, que estuviera solo y simplemente no quisiera que la policía interviniese.
Pero tras analizar las circunstancias, esa posibilidad le pareció poco probable.
Si Jack hubiese podido hablar con entera libertad, ¿por qué no había vuelto a llamarla? Sin duda sabía que ella se habría ido ya de la comisaría. Si hubiese estado bien, si hubiese estado solo, Jack habría vuelto a llamarla, solo para explicarle qué ocurría. Y no lo había hecho.
Conclusión: Jack estaba con alguien y en un serio apuro.
¿Quería que ella reaccionara o que no se mantuviera al margen? De la misma manera que ella conocía a Jack —de la misma manera que sabía que él le había enviado una señal—, Jack imaginaría que Grace no se quedaría de brazos cruzados. Ella no era así. Eso Jack lo sabía. Ella intentaría encontrarlo.
Jack debía de contar con eso.
Pero todo eso no eran más que conjeturas, claro. Conocía bien a su marido —¿o tal vez no?—, y por tanto sus conjeturas no eran solo fruto de su imaginación. Pero quizá sí lo fueran en parte y simplemente intentaba justificar su decisión de actuar.
Daba igual. En cualquier caso, estaba involucrada.
Grace pensó en lo que sabía. Jack había llegado en coche hasta la autopista de Nueva York. ¿A quién conocían por esa zona? ¿Por qué había ido hasta allí a esas horas de la noche?
No tenía ni idea.
Un momento.
Volvamos al principio: Jack llega a casa. Ve la foto. Ese fue el desencadenante. La foto. La ve en la encimera de la cocina. Ella le pregunta al respecto. Él recibe una llamada de Dan. Y se va a su despacho...
Alto ahí. El despacho.
Grace recorrió el pasillo a toda prisa. Describir como «despacho» aquel porche cerrado y reconvertido era mucho decir. El yeso presentaba grietas en distintos sitios. En invierno siempre había corrientes y en verano una ausencia sofocante de aire. Contenía fotos de los niños en marcos baratos y dos de sus cuadros en marcos caros. A ella ese despacho le parecía curiosamente impersonal. Nada allí reflejaba el pasado de su principal ocupante: ningún recuerdo, ninguna pelota firmada por los amigos, ninguna foto de cuatro personas en un campo de golf. Salvo los regalos de algún que otro laboratorio farmacéutico —bolígrafos, cuadernos, un sujetapapeles—, no había la menor pista acerca de quién era realmente Jack, aparte de marido, padre e investigador.
Pero tal vez no tenía por qué haber nada más.
Fisgoneando allí, Grace se sintió extraña. Se habían mantenido firmes, pensó, en su respeto por la intimidad del otro. Cada uno tenía una habitación propia que excluía al otro. A Grace siempre le había parecido bien. Incluso se había convencido de que era sano. Ahora se preguntaba si no había preferido mirar en otra dirección. Se preguntaba si había sido por el deseo de dejar intimidad a Jack —¡porque necesitaba espacio!— o por miedo a hurgar en un avispero.
El ordenador estaba encendido y conectado a Internet. La página por defecto de Jack era la web oficial de Grace Lawson. Grace se quedó mirando la silla un momento, la silla gris ergonómica de la tienda local de Staples, e imaginó a Jack sentado allí, encendiendo el ordenador cada mañana, con la cara de ella saludándolo. La página de inicio tenía una foto espléndida de Grace junto con varias muestras de su obra. Farley, su agente, había insistido recientemente en que incluyera la foto en todo el material de venta porque, como dijo, «eres una monada». Ella aceptó a regañadientes. En el arte siempre se había utilizado la imagen personal para promocionar la obra. En teatro y en cine, la importancia del aspecto físico era evidente. Incluso los escritores, con sus retratos retocados, los ojos oscuros y apasionados del último prodigio de la literatura, comerciaban con la imagen. Pero el mundo de Grace —la pintura— se había mantenido bastante inmune a esa presión, pasando por alto la belleza física del creador, tal vez porque el medio en sí tenía que ver con lo físico.
Pero eso ya no era así.
Un artista valora la importancia de lo estético, obviamente. La estética no solo altera la percepción; altera la realidad. Un buen ejemplo: si Grace hubiese sido gorda o fea, los equipos de televisión no habrían estado tan pendientes de sus constantes vitales después de salir con vida de la Matanza de Boston. Si no hubiese sido físicamente atractiva, nunca la habrían adoptado como la «superviviente del pueblo», el «Ángel Aplastado» inocente, como la llamaron en el titular de un periódico. Cada vez que los medios daban el parte médico, difundían su imagen. La prensa —no, el país— exigía información continua sobre su estado. Las familias de las víctimas la visitaban en su habitación, le hacían compañía, buscaban en su cara la presencia fantasmal de sus propios hijos perdidos.
¿Habrían hecho lo mismo si ella no hubiese sido guapa?
Grace no quería especular. Pero como le había dicho un crítico de arte demasiado sincero: «No nos interesa una pintura que no atraiga estéticamente. ¿Por qué habría de ser distinto con una persona?».
Grace quería ser artista ya antes de la Matanza de Boston. Pero le faltaba algo: algo esquivo e imposible de explicar. Esa experiencia la ayudó a llevar su sensibilidad artística a un nivel superior. Sí, sabía que eso sonaba pretencioso. Antes desdeñaba las disquisiciones de las escuelas de arte al respecto: si el artista tiene que sufrir por su arte, si necesita una tragedia para dar textura a su obra. Siempre le había parecido un discurso vacuo, pero ahora entendía que tenía algo de cierto.
Sin cambiar de punto de vista de manera consciente, su obra desarrolló ese vago elemento intangible. Transmitía más emoción, más vida, más... convulsión. Su obra se volvió más oscura, furiosa, vívida. La gente a menudo se preguntaba si había pintado escenas de ese terrible día. La respuesta más simple era aludir a un único retrato —un rostro joven, tan lleno de esperanza que uno sabía que se truncaría—, pero si debía contestar con mayor sinceridad, lo cierto era que la Matanza de Boston teñía y coloreaba todo aquello que ella tocaba.
Grace se sentó ante el escritorio de Jack. Tenía el teléfono a la derecha. Tendió la mano cuando decidió hacer primero lo más sencillo: pulsar el botón de rellamada. El aparato —un modelo nuevo de Panasonic que Grace había comprado en un Radio Shack— incorporaba una pantalla LCD donde se mostraba el número marcado. El prefijo 212. Nueva York. Esperó. Al sonar por tercera vez, respondió una mujer y dijo:
—Burton y Crimstein, bufete de abogados.
Grace no supo qué hacer.
—¿Diga?
—Soy Grace Lawson.
—¿Con quién desea hablar?
Buena pregunta.
—¿Cuántos abogados trabajan en el bufete?
—No sabría decirle. ¿Quiere que le ponga con uno?
—Sí, por favor.
Se produjo una pausa. La voz adquirió ese tono de impaciencia de quien intenta ser atento.
—¿Con alguno en particular?
Grace miró la pantalla del teléfono. Había demasiados números. Ahora lo veía. Los números para las llamadas interurbanas solían ser de once cifras. Pero aquí había quince, incluido un asterisco. Se quedó pensando. Si Jack había hecho esa llamada, habría sido tarde por la noche. Las recepcionistas ya se habrían marchado. Jack debió de pulsar el asterisco y el número de la extensión.
—¿Señora?
—Póngame con la extensión cuatro seis tres —dijo, leyendo los números en la pantalla.
—Le paso.
El teléfono sonó tres veces.
—Línea de Sandra Koval.
—Con la señora Koval, por favor.
—¿De parte de quién?
—Me llamo Grace Lawson.
—¿Y cuál es el motivo de su llamada?
—Mi marido, Jack.
—Un momento, por favor.
Grace apretó el auricular. Al cabo de medio minuto, la voz volvió a hablar.
—Lo siento. La señora Koval está reunida.
—Es urgente.
—Lo siento...
—Solo necesito que me conceda un minuto. Dígale que es muy importante.
Siguió un suspiro intencionadamente audible.
—Un momento, por favor.
La música de espera era una versión para hilo musical de Smells Like Teen Spirit de Nirvana. Resultaba curiosamente relajante.
—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó una voz con profesional laconismo.
—¿Señora Koval?
—¿Sí?
—Soy Grace Lawson.
—¿Qué desea?
—Mi marido Jack Lawson llamó ayer a su despacho.
Ella no contestó.
—Ha desaparecido.
—¿Cómo?
—Mi marido ha desaparecido.
—Lo siento, pero no veo...
—¿Sabe usted dónde está, señora Koval?
—¿Y yo cómo quiere que lo sepa?
—Anoche hizo una llamada. Antes de desaparecer.
—¿Y?
—He pulsado el botón de rellamada y me ha salido su número.
—Señora Lawson, en este bufete trabajan más de doscientos abogados. Pudo haber llamado a cualquiera de ellos.
—No. Aquí consta su extensión, en la pantalla del aparato. La llamó a usted.
Silencio.
—¿Señora Koval?
—Estoy aquí.
—¿Por qué la llamó mi marido?
—No tengo nada más que decirle.
—¿Sabe dónde está?
—Señora Lawson, ¿conoce usted el compromiso de confidencialidad de un abogado con su cliente?
—Por supuesto.
Más silencio.
—¿Me está diciendo que mi marido la llamó para que lo asesorara?
—No puedo hablar de esto con usted. Adiós.
9
Grace no tardó en atar cabos.
Internet puede ser una herramienta maravillosa cuando se usa bien. Grace había tecleado las palabras «Sandra Koval» en Google, buscando por páginas web, grupos de noticias e imágenes. Consultó la página de Burton y Crimstein. Incluía biografías de todos sus abogados. Sandra Koval cursó sus primeros años de carrera en Northwestern y obtuvo el título de abogada en la Universidad de California, en Los Ángeles. Calculando a partir del año de licenciatura, Sandra Koval debía de rondar los cuarenta y dos años. Según la página, estaba casada con un tal Harold Koval. Tenían tres hijos.
Vivían en Los Ángeles.
Eso había sido la señal delatora.
Grace había investigado un poco más, en parte de la manera tradicional: por teléfono. Las piezas empezaron a encajar. El problema era que la imagen resultante no tenía sentido.
En coche, tardó menos de una hora en llegar a Manhattan. La recepción de Burton y Crimstein estaba en la quinta planta. La recepcionista y guardia de seguridad le sonrió con la boca cerrada.
—¿Sí?
—Soy Grace Lawson y quiero ver a Sandra Koval.
La recepcionista llamó por teléfono y habló en voz muy baja, apenas un susurro. Poco después dijo:
—La señora Koval la atenderá enseguida.
Grace se sorprendió. Iba preparada para lanzar amenazas o soportar una larga espera. Sabía qué aspecto tenía Koval —había visto una foto suya en la página de Burton y Crimstein—, así que incluso había aceptado la posibilidad de tener que abordarla cuando se marchase.
Al final, Grace había decidido arriesgarse e ir a Manhattan sin previo aviso. No solo creía que necesitaba el factor sorpresa, sino que realmente quería enfrentarse con Sandra Koval cara a cara. Movida por la necesidad, o por la curiosidad, Grace tenía que ver a esa mujer con sus propios ojos.
Todavía era pronto. Emma iba a casa de una amiga después de la escuela y Max asistía a un «taller de enriquecimiento» extraescolar. No tenía que recoger a ninguno de los dos hasta pasadas varias horas.
La recepción de Burton y Crimstein era en parte el clásico entorno de abogados al estilo europeo —suntuosos muebles de caoba, una moqueta magnífica, sillas tapizadas, en suma la clase de decoración que anuncia el nivel de la minuta— y en parte una especie de réplica de la pared de famosos del restaurante Sardi. Adornaban las paredes numerosas fotografías, en su mayoría de Hester Crimstein, la famosa abogada de televisión. Crimstein tenía un programa en el canal especializado en temas judiciales al que sagazmente habían titulado Crimstein sobre el crimen. Las fotos mostraban a la señora Crimstein con diversos actores, políticos, clientes y distintas combinaciones de los tres.
Mientras Grace miraba una foto de Hester Crimstein de pie junto a una atractiva mujer de piel aceitunada, una voz dijo a sus espaldas:
—Es Esperanza Díaz, una luchadora profesional acusada falsamente de asesinato.
Grace se volvió.
—La Pequeña Pocahontas —dijo.
—¿Cómo?
Grace señaló la foto.
—Su nombre de luchadora. Era Pequeña Pocahontas.
—¿Y cómo lo sabe?
Grace se encogió de hombros.
—Soy un cúmulo de datos inútiles.
Grace se quedó mirando fijamente a Sandra Koval por un momento. Esta se aclaró la garganta y consultó su reloj con un gesto ostensible.
—No tengo mucho tiempo. Acompáñeme, por favor.
Ninguna de las dos habló mientras recorrían el pasillo y entraban en una sala de reuniones. Había una mesa larga, unas veinte sillas y, en medio, uno de esos teléfonos de manos libres grises que se parecen sospechosamente a un pulpo. En un rincón, un aparador ofrecía diversos refrescos y agua mineral.
Sandra Koval mantuvo las distancias. Se cruzó de brazos e hizo un gesto que daba a entender: «¿Y bien?».
—La he investigado —dijo Grace.
—¿Quiere sentarse?
—No.
—¿Le importa si me siento yo?
—Usted misma.
—¿Quiere tomar algo?
—No.
Sandra Koval se sirvió una coca-cola light. Más que guapa, era lo que se llamaría una mujer atractiva. Su pelo encanecía de una manera que le sentaba bien. Tenía una figura esbelta, labios carnosos. Adoptaba la pose de quien se come el mundo, como quien insinúa a sus adversarios que se siente cómoda consigo misma y está más que dispuesta a entablar una batalla.
—¿Por qué no está en su despacho? —preguntó Grace.
—¿No le gusta esta sala?
—Es un poco grande.
Sandra Koval se encogió de hombros.
—Usted no tiene un despacho aquí, ¿verdad?
—Dígamelo usted.
—Cuando he llamado, me han contestado «Línea de Sandra Koval».
—Ya.
—Han dicho «línea». No despacho.
—¿Y eso tiene que significar algo?
—En sí mismo, no —contestó Grace—. Pero he consultado la página web del bufete. Usted vive en Los Ángeles. Cerca de la oficina de Burton y Crimstein en la costa oeste.
—Cierto.
—Esa es su base. Aquí está de visita. ¿Por qué?
—Por un caso que llevo —dijo la abogada—. Un hombre inocente acusado injustamente.
—¿No lo son todos?
—No —contestó despacio Sandra Koval—. No todos.
Grace se acercó más a ella.
—Tú no eres la abogada de Jack —dijo—. Eres su hermana.
Sandra Koval fijó la mirada en su coca-cola.
—He llamado a tu facultad de derecho. Han confirmado mi sospecha. Sandra Koval es tu nombre de casada. La mujer que se licenció allí era Sandra Lawson. Lo he comprobado en LawMar Securities, la empresa de tu abuelo. Sandra Koval figura como miembro del consejo de administración.
Sandra Koval sonrió sin alegría.
—Vaya, veo que eres una pequeña Sherlock.
—Así que, ¿dónde está? —preguntó Grace.
—¿Cuánto tiempo lleváis casados?
—Diez años.
—¿Y en todo ese tiempo cuántas veces ha hablado Jack de mí?
—Prácticamente nunca —admitió Grace.
Sandra Koval extendió las manos.
—Pues ahí tienes. ¿Por qué habría de saber dónde está?
—Porque te llamó.
—Eso es lo que tú dices.
—Pulsé el botón de rellamada.
—Ya, es lo que me has dicho por teléfono.
—¿Quieres decir que no te llamó?
—¿Cuándo se supone que tuvo lugar esa llamada?
—¿Se supone?
Sandra Koval se encogió de hombros.
—Siempre tiene que salir la abogada.
—Anoche —dijo Grace—. A eso de las diez.
—Pues ya tienes la respuesta. Yo no estaba aquí.
—¿Dónde estabas?
—En mi hotel.
—Pero Jack llamó a tu extensión.
—Si lo hubiese hecho, nadie habría descolgado. No a esa hora. Habría saltado el contestador.
—¿Hoy has escuchado los mensajes?
—Claro. Y no, no había ninguno de Jack.
Grace intentó asimilarlo.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con Jack?
—Hace mucho tiempo.
—¿Cuánto?
Apartó la mirada.
—No hemos vuelto a hablar desde que se fue al extranjero.
—De eso hace quince años.
Sandra Koval bebió otro sorbo.
—¿Cómo es que sabía tu número de teléfono? —preguntó Grace.
No contestó.
—Vivís en el doscientos veintiuno de North End Avenue, Kasselton. Tenéis dos líneas de teléfono, una de voz y otra de fax. —Sandra repitió los dos números de memoria.
Las dos mujeres se miraron fijamente.
—Pero ¿nunca has llamado?
—Nunca.
El teléfono de manos libres chirrió.
—¿Sandra?
—Sí.
—Hester quiere verte en su despacho.
—Ahora voy. —Sandra Koval apartó la mirada—. Tengo que irme.
—¿Por qué intentó llamarte Jack?
—No lo sé.
—Tiene problemas.
—Eso dices tú.
—Ha desaparecido.
—No por primera vez, Grace.
Ahora la sala parecía más pequeña.
—¿Qué pasó entre Jack y tú?
—No soy yo quien debe contarlo.
—Y una mierda.
Sandra cambió de posición en la silla.
—¿Has dicho que ha desaparecido?
—Sí.
—¿Y Jack no te ha llamado?
—Pues de hecho, sí.
Eso la desconcertó.
—Y al llamar, ¿qué ha dicho?
—Que necesitaba espacio. Pero no quería decir eso. Era en clave.
Sandra hizo una mueca. Grace sacó la foto y la puso en la mesa. La sala pareció quedarse sin aire. Sandra Koval bajó la mirada y Grace advirtió que daba un respingo.
—¿Y esto qué coño es?
—¡Qué curioso! —exclamó Grace.
—¿Qué?
—Jack dijo exactamente lo mismo cuando la vio.
Sandra seguía mirando la foto.
—Es él, ¿no? —preguntó Grace—. ¿En medio, con barba?
—No lo sé.
—Claro que lo sabes. ¿Quién es la rubia que está a su lado?
Grace puso la foto ampliada de la joven en la mesa. Sandra Koval alzó la vista.
—¿De dónde las has sacado?
—De Photomat —se apresuró a responder Grace. A Sandra Koval se le ensombreció el rostro. No se lo creyó—. Es Jack, ¿sí o no?
—La verdad es que no lo sé. Nunca lo he visto con barba.
—¿Por qué te llamó justo después de ver esta foto?
—No lo sé, Grace.
—Mientes.
Sandra Koval se puso en pie con un esfuerzo.
—Tengo una reunión.
—¿Qué le ha pasado a Jack?
—¿Por qué estás tan segura de que no se ha fugado?
—Estamos casados. Tenemos dos hijos. Sandra, tienes una sobrina y un sobrino.
—También tenía un hermano —replicó ella—. Tal vez ninguna de las dos lo conozcamos bien.
—¿Lo quieres?
Sandra se quedó inmóvil, con los hombros encorvados.
—Déjalo estar, Grace.
—No puedo.
Meneando la cabeza, Sandra se dirigió hacia la puerta.
—Pienso encontrarlo —dijo Grace.
—No cuentes con ello.
Y salió.
10
«Vamos —pensó Charlaine—, no te metas donde no te llaman».
Corrió las cortinas y volvió a ponerse los vaqueros y el jersey. Guardó el camisón en el fondo del cajón después de doblarlo parsimoniosamente, con mucho cuidado, sin saber muy bien por qué. Como si Freddy fuera a darse cuenta de que estaba arrugado.
Cogió una botella de agua con gas y la mezcló con un poco de zumo Twister de su hijo. Charlaine se sentó en un taburete junto a la encimera de mármol. Se quedó mirando el vaso. Trazó curvas con el dedo en la superficie empañada. Echó un vistazo a la nevera empotrada, el nuevo modelo 690 con puerta de acero inoxidable. No había nada en ella: ningún dibujo de los niños, ninguna foto de la familia, ni manchas de dedos, ni siquiera imanes. Cuando tenían la vieja Westinghouse amarilla, la puerta estaba cubierta de cosas. Había vitalidad y color. La cocina reformada, la que tanto había anhelado, ahora se le antojaba estéril, mortecina.
¿Quién era el asiático al volante del coche de Freddy?
No es que lo tuviese vigilado, pero desde luego Freddy recibía muy pocas visitas. De hecho, no recordaba haber visto nunca a nadie. Eso no significaba que no recibiera ninguna, claro. Ella no se pasaba todo el día atenta a lo que ocurría en la otra casa. No obstante, un barrio tenía su propia rutina. Unas determinadas vibraciones, por así decirlo. Un barrio era una entidad, un cuerpo, y cuando había algo fuera de lugar, se notaba.
El hielo de su bebida se fundía. Charlaine aún no había tomado siquiera un sorbo. Debía ir al supermercado. Las camisas de Mike estarían listas para recoger en la lavandería. Había quedado a comer con su amiga Myrna en el Baumgart’s de Franklin Avenue. Clay tenía karate con el maestro Kim después de la escuela.
Pensó en la lista de tareas pendientes e intentó fijarse un orden. Todo trivialidades. ¿Le daría tiempo de ir al supermercado y volver a casa antes de comer? Seguramente no. Y los congelados no podían quedarse en el coche. Eso tendría que esperar.
Dejó de darle vueltas a eso. Ya estaba bien.
A esas horas Freddy ya debía de estar en el trabajo.
Siempre había sido así. Su perverso baile duraba desde las diez hasta las diez y media más o menos. A las once menos cuarto, Charlaine oía abrirse la puerta del garaje y veía salir el Honda Accord. Freddy trabajaba, como Charlaine sabía, en H&R Block. La oficina se hallaba en el mismo centro comercial que el Blockbuster donde ella alquilaba los DVD. Tenía el escritorio junto a la ventana. Ella evitaba pasar por delante, pero a veces, cuando aparcaba, veía a Freddy mirar por la ventana, abstraído, con un lápiz apoyado en los labios.
Charlaine encontró las páginas amarillas y buscó el número de teléfono. Un hombre que se identificó como el supervisor dijo que el señor Sykes no había llegado pero lo esperaban de un momento a otro. Ella fingió decepción.
—Me dijo que estaría a esta hora. ¿No suele llegar a las once?
El supervisor reconoció que sí.
—¿Y dónde está? Realmente necesito esas cifras.
El supervisor se disculpó y le aseguró que el señor Sykes la llamaría en cuanto llegara a la oficina. Charlaine colgó.
¿Y ahora qué?
Presentía aún que allí ocurría algo raro.
Pero ¿qué más daba? En todo caso, ¿qué significaba Freddy Sykes para ella? Nada. En cierto modo, menos que nada. Era un recordatorio de sus fracasos. Era un síntoma de lo patética que se había vuelto. No le debía nada. Además, ¿y si por curiosear acababan descubriéndola? ¿Si de algún modo la verdad salía a la luz?
Charlaine miró hacia la casa de Freddy. Si la verdad saliera a la luz...
Por alguna razón, eso ya no le preocupaba tanto.
Cogió su abrigo y se dirigió hacia la casa de Freddy.
11
Eric Wu había visto a la mujer en camisón junto a la ventana.
La noche anterior había sido larga para Wu. No había previsto intromisiones, y si bien el hombre corpulento —según el billetero se llamaba Rocky Conwell— no había representado ninguna amenaza, Wu ahora tenía que deshacerse del cadáver y de otro coche. Eso significaba volver a Central Valley, en Nueva York.
Lo primero era lo primero. Metió a Rocky Conwell en el maletero de su Toyota Celica. A Jack Lawson, a quien había dejado antes en el maletero del Honda Accord, lo pasó al del Ford Windstar. Tras esconder los cuerpos, Wu cambió las placas de las matrículas, se deshizo de los tacs y volvió a Ho-Ho-Kus al volante del Ford Windstar. Aparcó el monovolumen en el garaje de Freddy Sykes. Tuvo tiempo de sobra de coger un autobús de regreso a Central Valley. Allí registró el coche de Conwell. Tras eliminar toda posible seña de identidad, lo llevó al aparcamiento suburbano de la Carretera 17. Encontró una plaza apartada cerca de la valla. Un coche aparcado allí varios días seguidos, incluso semanas, no era nada fuera de lo normal. Al final, el olor llamaría la atención, pero eso no ocurriría de manera inmediata.
El aparcamiento estaba a solo cinco kilómetros de la casa de Sykes en Ho-Ho-Kus. Wu volvió a pie. A primera hora de la mañana siguiente, se levantó y cogió el autobús de vuelta a Central Valley. Recogió el Honda Accord de Sykes. En el camino de vuelta, dio un pequeño rodeo para pasar por delante de la casa de los Lawson.
Había un coche de la policía estacionado en el camino de entrada.
Wu se quedó pensando. No le preocupaba demasiado, pero tal vez debía atajar de buen principio toda intervención policial. Sabía exactamente cómo hacerlo.
Volvió a casa de Freddy y encendió el televisor. A Wu le gustaba la televisión de horario diurno. Le encantaban los programas de entrevistas como Springer y Ricki Lake. Mucha gente los despreciaba, pero Wu no. Solo una sociedad realmente genial, una sociedad libre, podía permitir que se emitiesen semejantes tonterías. Pero sobre todo era porque la estupidez hacía feliz a Wu. Las personas eran como ovejas. Cuanto más débiles, más fuerte se sentía él. ¿Qué podía haber más reconfortante y entretenido?
Durante la publicidad —el tema del programa, según un rótulo en el borde inferior de la pantalla, era: «¡Mamá no me deja ponerme un arete en el pecho!»—, Wu se levantó. Había llegado el momento de ocuparse del problema potencial con la policía.
Wu no tuvo que tocar siquiera a Jack Lawson. Le bastó con pronunciar una sola frase: «Sé que tienes dos hijos».
Lawson cooperó. Llamó al móvil de su mujer y le dijo que necesitaba espacio.
A las once menos cuarto —mientras veía pelearse a una madre y una hija en un escenario ante una multitud que coreaba «¡Jerry! ¡Jerry!»— recibió una llamada de un conocido de la cárcel.
—¿Todo bien?
Wu dijo que sí.
Luego sacó el Honda Accord del garaje. Mientras lo hacía, vio a la vecina de pie junto a la ventana. Llevaba un camisón corto. Wu no le habría dado mayor importancia a ese hecho —una mujer en prendas íntimas a las diez de la mañana— si no hubiese sido por que ella de repente se agachó...
Podría haber sido una reacción natural: una persona se pasea en ropa interior, olvidándose de correr la cortina, y de pronto ve a un desconocido. Mucha gente, quizá la mayoría, se apartaría o taparía. Así que tal vez no era nada.
Pero la mujer se había movido muy deprisa, como asustada. Más aún, no se había movido cuando salió el coche, sino solo cuando vio a Wu. Si hubiese temido que la viesen, ¿no habría corrido la cortina o se habría agachado en cuanto oyó o vio el coche?
Wu caviló. De hecho, llevaba todo el día cavilando.
Cogió el móvil y pulsó el botón para marcar el número de la última llamada recibida.
—¿Algún problema? —preguntó una voz.
—No lo creo. —Wu dio media vuelta y se encaminó otra vez hacia la casa de Sykes—. Pero es posible que me retrase.
12
Grace no quería hacer la llamada.
Seguía en Nueva York. Estaba prohibido hablar por un móvil mientras se conducía a menos que fuese un manos libres, pero no era ese el motivo de sus dudas. Sujetando el volante con una mano, buscó a tientas con la otra por el suelo del coche. Encontró el auricular, consiguió desenredar el cable y se lo introdujo en el oído.
¿Se suponía que eso era más seguro que el móvil?
Encendió el teléfono. Aunque hacía años que Grace no llamaba a ese número, todavía lo tenía en su agenda. Para emergencias, suponía. Como esa.
Descolgaron tras sonar una sola vez.
—Diga.
Ningún nombre. Ningún saludo. Ninguna identificación de empresa.
—Soy Grace Lawson.
—Un momento.
No tuvo que esperar mucho. Primero Grace oyó interferencias y luego:
—¿Grace?
—Hola, señor Vespa.
—Por favor, llámame Carl.
—Sí, Carl.
—¿Has oído mi mensaje? —preguntó él.
—Sí. —No le dijo a Carl Vespa que no era esa la razón de su llamada. Se oía un eco en la línea. Preguntó—: ¿Dónde estás?
—En mi avión privado. Estamos a una hora de Stewart, más o menos.
Stewart era una base aérea militar y un aeropuerto civil situado aproximadamente a una hora y media de la casa de Grace.
Silencio.
—¿Ocurre algo, Grace?
—Me dijiste que te llamara si alguna vez necesitaba algo.
—Y ahora, después de quince años, ¿necesitas algo?
—Creo que sí.
—Bien. No habrías podido ser más oportuna. Quiero enseñarte algo.
—¿Qué es?
—Oye, ¿estás en casa?
—A punto de llegar.
—Te recogeré dentro de dos horas o dos horas y media. Hablaremos entonces, ¿de acuerdo? ¿Tienes a alguien que te cuide los niños?
—Encontraré a alguien.
—Si no, puedo dejar a mi ayudante en tu casa. Hasta luego.
Carl Vespa colgó. Grace siguió conduciendo. Se preguntó qué querría Carl Vespa ahora. Se preguntó si, para empezar, había hecho bien en llamar. Volvió a pulsar el primer número de las llamadas automáticas —el móvil de Jack—, pero siguió sin contestar.
A Grace se le ocurrió otra idea. Llamó a su amiga «antitríos», Cora.
—¿Verdad que saliste con un tío que se dedicaba al envío de spam por correo electrónico? —preguntó Grace.
—Pues sí —contestó Cora—. Un obseso que se llamaba... no te lo pierdas... Gus. No sabes lo que me costó quitármelo de encima. Tuve que usar mi propia versión de arma antibúnker.
—¿Y qué hiciste?
—Le dije a Gus que tenía el pito pequeño.
—Uf.
—Como te decía, el arma antibúnker. Es infalible, pero suele haber... esto... daños colaterales.
—Puede que necesite su ayuda.
—¿Cómo?
Grace no sabía cómo explicarlo. Decidió centrarse en la rubia de la cara tachada, la que estaba segura de haber visto antes.
—Encontré una foto... —empezó.
—Ya.
—Y sale una mujer, de unos veinte años.
—Ajá.
—Es una foto vieja. Tendrá unos quince o veinte años. La cuestión es que necesito averiguar quién es esa chica. He pensado que a lo mejor podría enviarla a través de un spam, preguntando si alguien puede identificar a la chica para un proyecto de investigación o algo así. Sé que la mayoría de la gente borra esos mensajes, pero si unos pocos lo ven... no sé, a lo mejor alguien contesta.
—Es una posibilidad entre mil.
—Sí, lo sé.
—Y además, hablando de obsesos que salen como setas, ya te puedes imaginar las respuestas.
—¿Se te ocurre alguna idea mejor?
—No, la verdad es que no. Podría dar resultado, supongo. Por cierto, ¿te has fijado en que no te he preguntado por qué necesitas averiguar la identidad de una mujer de una foto de hará quince o veinte años?
—Sí.
—Solo quería que te constase.
—Me consta. Es una historia muy larga.
—¿Necesitas contársela a alguien?
—Es posible. También es posible que necesite que alguien se quede con los niños un par de horas.
—Estoy disponible y sola. —Pausa—. Diablos, tengo que dejar de decir eso.
—¿Dónde está Vickie? —Vickie era la hija de Cora.
—Esta noche duerme en la McMansión con mi ex y la cara de caballo de su mujer. O como yo prefiero decir, duerme en el búnker de Adolf y Eva.
Grace consiguió esbozar una sonrisa.
—Tengo el coche en el taller —dijo Cora—. ¿Puedes venir a buscarme de camino?
—Pasaré después de recoger a Max.
Grace fue a buscar a su hijo a la salida del taller de enriquecimiento Montessori. Max estaba al borde de las lágrimas porque había perdido varios cromos de Yu-Gi-Oh! en un juego tonto con un compañero de clase. Grace intentó animarlo, pero él no estaba de humor. Desistió. Lo ayudó a ponerse la chaqueta. Le faltaba el gorro. También un guante. Otra madre sonreía y silbaba mientras envolvía a su niño en una bufanda, un gorro y, cómo no, unos guantes de lana a juego de varios colores (todo tejido a mano, seguro). Miró a Grace y fingió una sonrisa comprensiva. Grace no conocía a esa mujer, pero le despertó una profunda antipatía.
Ser madre, pensó Grace, se parecía mucho a ser artista: una se sentía siempre insegura, falsa, sabía que las demás son mejores. Esas madres que prodigaban obsesivas atenciones a sus hijos, esas que realizaban sus monótonas tareas con una sonrisa de mujer perfecta en los labios y una paciencia sobrenatural, en fin, esas madres que siempre, siempre, tenían a mano el material adecuado para la actividad extraescolar ideal... eran, sospechaba Grace, mujeres profundamente trastornadas.
Cora esperaba en el camino de entrada de su casa, pintada de un rosa chicle. Todos los vecinos de la calle detestaban el color. Una en particular, una cursi llamada muy apropiadamente Missy, se dedicó durante una época a recoger firmas para exigirle a Cora que cambiase de color. Grace encontró a Missy la Cursi pasando la hoja en un partido de fútbol del primer curso, le pidió que se lo enseñara y lo rompió, tras lo cual se dio media vuelta y se fue.
El color tampoco entusiasmaba a Grace, pero las Missys de este mundo debían tomar buena nota: más les valía enmendarse.
Cora se acercó tambaleándose con sus tacones de aguja. Iba vestida con un poco más de recato —una sudadera encima de unos leotardos— pero en realidad daba igual. Algunas mujeres rezumaban sexo aunque se vistieran con un saco de arpillera. Cora era una de ellas. Cuando se movía, se formaban curvas nuevas incluso mientras desaparecían las anteriores. Cada frase pronunciada con su voz ronca, por inofensiva que fuera, parecía tener doble sentido. Cada movimiento de la cabeza parecía una invitación.
Cora entró en el coche y se volvió hacia Max.
—Hola, guapetón.
Max gruñó, sin alzar la vista.
—Igual que mi ex. —Cora se dio la vuelta—. ¿Tienes la foto?
—Sí.
—He llamado a Gus. Lo hará.
—¿Le has prometido algo a cambio?
—¿Te acuerdas de lo que te dije sobre el síndrome de la quinta cita? Bien pues... ¿estás libre el sábado por la noche?
Grace la miró fijamente.
—Es broma.
—Ya lo sabía.
—En fin, la cuestión es que Gus me ha dicho que escanees la foto y se la envíes por e-mail. Puede abrirte una cuenta con una dirección de correo electrónico anónima para que recibas las respuestas. Nadie sabrá quién eres. Lo acompañaremos de un texto muy escueto; solo diremos que un periodista está escribiendo un artículo y necesita conocer el origen de la foto. ¿Te parece bien?
—Sí, gracias.
Llegaron a la casa. Max subió al primer piso y luego gritó:
—¿Puedo ver la tele?
Grace accedió. Como todos los padres, Grace imponía estrictas reglas respecto a la televisión, prohibiendo a sus hijos verla durante el día. Como todos los padres, sabía que las reglas estaban hechas para incumplirlas. Cora fue derecha al armario de la cocina y preparó café. Grace se preguntó qué fotografía podía enviar y decidió usar la ampliada de la derecha, la de la rubia con el aspa en la cara y la pelirroja a su izquierda. No incluyó la imagen de Jack (en el supuesto de que fuera realmente Jack). No quería involucrarlo todavía. Decidió que si había dos personas en la foto tenía más posibilidades de que las identificaran y su solicitud no parecería obra de un acosador demente.
Cora miró la foto original.
—¿Me permites que haga una observación?
—Sí.
—Esto es muy raro.
—Ese hombre —Grace lo señaló—, el de la barba, ¿a quién se parece?
Cora entornó los ojos.
—Supongo que podría ser Jack.
—¿Podría ser o es?
—Dímelo tú.
—Jack ha desaparecido.
—¿Cómo dices?
Grace contó a Cora lo sucedido. Cora escuchó, tamborileando en el mantel con una uña demasiado larga pintada con laca Rouge Noir de Chanel, un color muy semejante al de la sangre. Cuando Grace acabó, Cora dijo:
—Ya sabes, claro, que tengo una mala opinión de los hombres.
—Lo sé.
—Creo que la gran mayoría está dos pisos por debajo de las cagadas de perro.
—Eso también lo sé.
—Así que la respuesta evidente es que sí, es una foto de Jack. Que sí, esa rubita, la que lo mira como si fuera el Mesías, es un viejo amor. Que sí, Jack y María Magdalena tienen una aventura. Que alguien, tal vez su marido actual, quería que te enteraras y por eso te envió la foto. Y que se lio todo cuando Jack se dio cuenta de que lo habías descubierto.
—¿Y por eso se marchó?
—Exacto.
—Eso no tiene sentido, Cora.
—¿Tienes una teoría mejor?
—Estoy en ello.
—Menos mal —dijo Cora—, porque a mí tampoco me convence. Solo hablo por hablar. La regla es la siguiente: los hombres son todos unos cerdos. Sin embargo, siempre he creído que Jack era la excepción que confirmaba la regla.
—Te quiero, lo sabes.
Cora asintió.
—Todo el mundo me quiere.
Grace oyó un ruido y miró por la ventana. Una limusina negra y reluciente se detuvo en el camino de entrada con la suavidad de una corista de la Motown. El chófer, un hombre con cara de rata y la complexión de un galgo, se apresuró a abrir la puerta trasera.
Había llegado Carl Vespa.
Pese a su supuesta vocación, Carl Vespa no se vestía de terciopelo al estilo de la familia Soprano, ni con trajes tan relucientes como si llevasen encima una capa de sellador. Prefería los pantalones caquis, los abrigos deportivos de Joseph Abboud y mocasines sin calcetines. Contaba unos sesenta y cinco años pero parecía diez años más joven. El pelo le rozaba los hombros, y era de un tono rubio canoso. Tenía el rostro tostado por el sol, de una suavidad cérea en la que parecía adivinarse el uso de algún cosmético inyectable, como el Botox. Tan notable era la intervención del dentista en su boca que daba la impresión de que sus incisivos hubiesen tomado hormonas del crecimiento.
Con un gesto, dio una orden al conductor con aspecto de galgo y se acercó a la casa solo. Grace abrió la puerta para recibirlo. Carl Vespa le dedicó una radiante sonrisa. Grace se la devolvió, alegrándose de verlo. Él la saludó con un beso en la mejilla. No cruzaron una sola palabra. No hacía falta. Él le cogió las dos manos y la miró. Ella vio que se le humedecían los ojos.
Max apareció a la derecha de su madre. Vespa le soltó las manos y retrocedió un paso.
—Max —dijo Grace—, este es el señor Vespa.
—Hola, Max.
—¿Ese coche es tuyo?
—Sí.
Max miró el coche y luego a Vespa.
—¿Tiene una tele?
—Sí.
—¡Qué guay!
Cora se aclaró la garganta.
—Ah, y esta es mi amiga Cora.
—Encantado —saludó Vespa.
Cora miró el coche y luego a Vespa.
—¿Eres soltero?
—Sí.
—¡Qué guay!
Grace repitió las instrucciones a Cora por sexta vez. Cora fingió escuchar. Grace le dio veinte dólares para que pidieran unas pizzas y ese pan con queso que a Max le gustaba tanto últimamente. A Emma la llevaría a casa la madre de una compañera de clase al cabo de una hora.
Grace y Vespa se dirigieron a la limusina. El chófer con cara de rata ya tenía la puerta abierta y estaba esperando.
—Te presento a Cram —dijo Vespa, y señaló al conductor. Cuando Cram le estrechó la mano, Grace tuvo que contener un grito.
—Encantado —dijo Cram. Su sonrisa sugería imágenes de un documental de Discovery Channel sobre depredadores marinos. Grace entró en el coche y Carl Vespa la siguió.
Había vasos de Waterford y una licorera a juego medio llena de un líquido de color caramelo y aspecto caro. Tenía, efectivamente, un aparato de televisión. Encima del asiento de Grace estaban el DVD, un compact disc de carga múltiple, los mandos del climatizador y botones suficientes para confundir a un piloto de aviación. Todo ello —los vasos, la licorera, la electrónica— resultaba excesivo, pero tal vez eso era lo que se esperaba en una limusina.
—¿Adónde vamos? —preguntó Grace.
—Es un poco difícil de explicar. —Estaban sentados uno al lado del otro con la vista al frente—. Preferiría enseñártelo, si no te importa.
Carl Vespa había sido el primer padre afligido que apareció junto a su cama del hospital. Cuando Grace salió del coma, la primera cara que vio fue la suya. No tenía ni idea de quién era, de dónde estaba, ni de qué día era. Más de una semana se había borrado de su banco de memoria. Carl Vespa se pasó días y días sentado en la habitación del hospital, durmiendo en la silla a su lado. Se aseguró de que tuviera una buena vista, música relajante, suficiente medicación para el dolor, enfermeras privadas. Se aseguró de que, en cuanto Grace pudo comer, el personal del hospital no le diera la típica bazofia.
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