Kitabı oxu: «La ciudad que nos inventa»

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La ciudad que nos inventa

1509
El cuento de espantos más antiguo

En muchos edificios antiguos del Centro Histórico existen fosos rectangulares, cubiertos por una capa de cristal o bien rodeados de barandales, a los que los arqueólogos han llamado «ventanas arqueológicas». Esas ventanas permiten asomarse a los primeros días de la ciudad: son elevadores en cuyos botones hay siglos en lugar de plantas: conducen a muros y fuentes que quedaron sepultados, a fragmentos de azulejo y restos de pinturas murales que sobrevivieron el andar del tiempo.

Esas «ventanas» se vislumbran en el atrio de la Catedral, en el Palacio del Arzobispado, en el Museo de la Caricatura, en la casa del Marqués del Apartado. En algunas de ellas se vislumbran entierros, osamentas, pisos que pertenecieron a la otra ciudad, México-Tenochtitlan, la ciudad prehispánica.

En ninguna «ventana» es posible hallar, sin embargo, lo que ofrece un foso ubicado en uno de los corredores del Palacio Nacional. En el verano más caluroso que recuerdo decidí visitarlo.

Crucé los patios cargados de historia de ese edificio, «galerías de ecos, entre imágenes rotas», escribió Octavio Paz. Aferrado a un barandal, me «asomé» al pasado.

Vi lo que queda de la famosa Casa Denegrida, el aposento sin ventanas, de paredes negras y piso de basalto oscuro, en donde sucedió el cuento de espantos más antiguo.

La Casa Denegrida, el aposento al que Moctezuma ii solía retirarse a reflexionar, formó parte de un conjunto integrado por cinco palacios que se comunicaban entre sí a través de grandes plataformas. Los conquistadores llamaron a aquel complejo «las casas nuevas de Moctezuma». Sobre aquellos edificios se levantó más tarde, cuando Tenochtitlan no era más que un puñado de piedras, la sede del gobierno virreinal.

La tarde de mi visita, lo he dicho ya, hacía en el centro un calor maléfico. Pero al mirar aquello, la sensación que me acometió fue cercana al frío: la Casa Denegrida era el origen de todo, del país, de la ciudad, de nosotros mismos. Allí se encerraba Moctezuma ii a meditar cada que aparecían bajo el sol de Anáhuac las cosas «maravillosas y espantosas» que le anunciaron el fin del mundo azteca: los ocho augurios que según fray Bernardino de Sahagún precedieron a la llegada de los españoles.

Moctezuma pisó las lajas de basalto de la Casa Denegrida la noche en que una llama de fuego, «muy grande y muy resplandeciente», iluminó el firmamento oscuro «con tanto resplandor que parecía de día». Era 1509, faltaban diez años para el arribo de los conquistadores, y aquel fenómeno se repitió noche tras noche, por espacio de un año. «Toda la gente gritaba y se espantaba; todos sospechaban que era señal de algún mal», relata el padre Sahagún.

Moctezuma entró de nuevo en el aposento el día en que se incendió sin motivo el templo de Huitzilopochtli y la gente quiso apagar el fuego con cántaros de agua: mientras más agua lanzaban contra el fuego, éste, «más se encendía».

Volvió Moctezuma a este sitio:

–Cuando cayó el rayo que quemó el templo de Xiuhtecuhtli.

–Cuando cruzaron el cielo «tres estrellas juntas que corrían a la par muy encendidas».

–Cuando hirvió el agua de los lagos y las olas entraron a las casas.

–Y cuando se escuchó, desgarrando la noche, un grito que varios siglos después llegaría hasta nosotros bajo la forma de una leyenda.

El grito era este: «¡Oh, hijos míos, ya nos perdimos! ¡Oh, hijos míos, a dónde os llevaré!». Ese grito se transformó durante la Colonia en el «¡Ay, mis hijos!», de La Llorona.

Moctezuma ii se hallaba meditando en la Casa Denegrida cuando unos cazadores le llevaron un ave prodigiosa que tenía en la cabeza un espejo redondo, a través del cual él vio con horror «una muchedumbre de gente junta que venían todos armados encima de caballos». (¿Qué habrá ocurrido con ese pájaro maravilloso?)

Poco antes de acudir en busca de refugio al reino de los muertos –tenía miedo del fin: no quería ver el apocalipsis del mundo azteca–, antes de encaminarse a la temible gruta de Chapultepec por la que se entraba al inframundo, Moctezuma ii pisó una vez más las lajas de basalto que aquella tarde yo tenía ante mis ojos: sus ayudantes le habían llevado varios «monstruos en cuerpos monstruosos», seres deformes, enanos con dos cabezas, que -desaparecían en cuanto el gobernante los miraba.

Todo este relato de horror que es, en realidad, el origen entre nosotros del cuento de espantos, gravita como eco alrededor de estas piedras. No hay una máquina que recupere los pensamientos, pero si la hubiera el primer lugar donde me gustaría probarla sería en este sitio.

No existe tampoco modo de saber cuándo fue la última vez que Moctezuma visitó el aposento. De la Casa Denegrida sólo quedan ahora fragmentos de pisos, de muros. Salgo del viejo palacio de los virreyes, vuelvo a la calle de Moneda y pienso en las dolidas palabras de fray Toribio de Benavente sobre el fin de Tenochtitlan:

La séptima plaga fue la edificación de la gran ciudad de México, en la cual los primeros años andaba más gente que en la edificación del templo de Jerusalem; porque era tanta la gente que andaba en las obras, que apenas podía hombre romper por algunas calles y calzadas, aunque son muy anchas; y en las obras a unos tomaban las vigas, otros caían de lo alto, a otros tomaban debajo los edificios que deshacían en una parte para hacer en otra, en especial cuando deshicieron los templos principales del demonio. Allí murieron muchos indios, y tardaron muchos años hasta los arrancar de cepa, de los cuales salió infinidad de piedra.

Qué horrible calor hay en la calle. Estoy temblando.

1519
El fantasma del Correo

La primera carta que se escribió en México comenzaba de este modo: «Muy altos y muy poderosos, Excelentísimos Príncipes, Muy Católicos y Muy Grandes Reyes y Señores». El autor era Hernán Cortés. Fue firmada una tarde, tal vez una noche de 1519, y despachada a caballo a la Villa Rica de la Veracruz para que una flota la condujera al otro lado del mar.

Ese documento inauguró entre nosotros, con el género epistolar, una edad en la que el país iba a vincularse emocionalmente con el mundo a través de cartas. Cartas que pedían amor, cartas que pedían ayuda, cartas que pedían dinero. La gente dejaba en ellas un poco de su vida, un poco de su alma.

El Archivo General de Indias resguarda la correspondencia que los primeros pobladores de la Nueva España enviaron a sus familiares, allá en la península. La vida corre a torrentes en aquellas hojas de papel adelgazadas por el tiempo, y en las que un ejército de seres sin rostro continúa narrando sus cuitas, sus problemas, las hazañas de la vida diaria:

Veinte y tantos años que ha que estoy en esta tierra y no he visto carta alguna de v.m. ni menos he sabido de v.m., que estoy con pena. Yo, bendito Nuestro Señor, quedo con mucha salud y viuda con un hijo. De mi marido quedaron ocho a diez mil pesos en posesiones y haciendas, las cuáles no me he atrevido a deshacer hasta saber primero de vuestras mercedes… [Carta de Irene Solís a su hermana Ángela, 1574.]

Qué poder tendrían esas misivas que la ciudad entera solía aguardarlas con el corazón temblando. Las crónicas, los diarios de sucesos notables de la época, registran invariablemente el momento en que los vecinos asistían a la Plaza Mayor a presenciar la llegada de los «cajones de cartas», unos fornidos e imponentes baúles de madera, sellados con chapas de hierro, que contenían noticias de temblores, de tifones, de incendios; relaciones de flotas que se perdían en el mar; expresiones de afecto, de resentimiento, de vicisitudes:

En lo que me dices de mis hermanos y parientes, son unos perros que me han comido cuanto han podido y aunque Dios me diera caudal, primero se lo dejara al más extraño que a ninguno de mis parientes. [Carta de Marcos Ortiz a su padre, 1589.]

Me detengo, quinientos años más tarde, ante la escalinata del Edificio de Correos de la Ciudad de México, el opulento palacio de estilo ecléctico que el general Porfirio Díaz inauguró en 1907 y el arquitecto Adamo Boari bañó con vitrales y bronces y mármoles florentinos. Enorme, grandioso, excepcional, el palacio expresa la importancia que tuvieron las cartas en un mundo en donde el teléfono era aún privilegio de los ricos.

Todo eso terminó. Ahora, el palacio recuerda un cementerio abandonado, un museo al que no asiste la gente. Hay algunos empleados, pero no encuentro carteros, ni cartas, ni público. ¿Quién gastaría su tiempo escribiendo misivas que tardarán un mes en llegar o acaso no llegarán nunca? El nobilísimo arte al que Erasmo dedicó el más leído de sus tratados, finalmente fue asesinado por el .com.

En 1580, medio siglo después de que Hernán Cortés escribiera la primera de sus Cartas de Relación, el grueso flujo de correspondencia entre el viejo continente y la capital de la Nueva España originó la creación de un incipiente sistema postal compuesto por jinetes, cabalgaduras y peones encargados de tareas diversas. Ese año, un hombre del que no queda siquiera un retrato, Martín de Olivares, fue nombrado Correo Mayor de la Nueva España. Sus oficinas, situadas en una casa cercana al palacio virreinal, se volvieron un referente que terminó por dar nombre a cierta importante arteria de la capital: Correo Mayor. Olivares recibía cada tantos meses los cajones de cartas y clavaba en lugar visible una lista con los nombres de los vecinos a los que había llegado correspondencia. No es difícil imaginar a los interesados, atravesando a grandes zancadas las calles de tierra de aquella ciudad misteriosa para romper los sellos de la carta, y recibir las nuevas que se habían esperado temblando.

Tuvieron que pasar otros cincuenta años –1628– para que se formara al fin un servicio de carteros que entregara la correspondencia a domicilio. Tampoco en este caso hay que hacer un gran esfuerzo para ver pasar a los carteros, judíos errantes de la urbe, con un pesado saco al hombro, buscando «destinatarios» en calles que aún carecían de nombre, y en casas adonde la numeración iba a tardar más de otro siglo en llegar.

En 1522, Erasmo de Rotterdam publicó su célebre manual de epistolografía, De conscribendis epistolis, con ejemplos que ayudaban a escribir una carta con virtuosismo. Aunque Hernán Cortés había escrito varias cartas perfectas antes de que la obra de Erasmo fuera publicada, para la gente común la escritura de una carta no resultaba algo sencillo. Ángel de Campo –el imprescindible Micrós– relató en una crónica que en el siglo xix este trabajo podía llevar un día entero:

La dama, péñola en ristre, usaba «falsa», goma, cuchillo, rascábase la coronilla, probaba los puntos, mojábalos en saliva, dibujaba una letra, se le iba el santo al cielo, derramaba el tintero, se manchaba el vestido, regañaba a la criada, tomaba dos vasos de agua para calmarse, preguntaba de uno a otro balcón a su prima la profesora si anhelo llevaba una, dos, o cuántas haches; aclarada la duda volvía al suplicio, y le faltaba el papel…

Y sin embargo, todo mundo las escribía. El mundo se comunicaba en cartas. Un caudal de la literatura se hizo con relatos, cuentos y novelas que comenzaban con la llegada o el hallazgo de una carta.

En las primeras décadas del siglo xx, Salvador Novo anunció que el teléfono militaba victoriosamente contra el género epistolar, sostuvo que la Larga Distancia atentaba contra la duradera belleza testimonial que poseía una carta. El «¿Con quién hablo?» remplazaba al «Estimado señor».

Novo murió en el año 74. En una época en la que el iPhone milita victoriosamente, los armatostes telefónicos que a él le preocuparon son piezas de museo, el Edificio de Correos está completamente vacío, y de todo aquello sólo quedan recuerdos.

Asciendo como un fantasma por la escalinata solitaria del palacio postal. No veo a nadie más. Aquí no hay nadie más.

Soy el fantasma del Correo.

1519
La prodigiosa aventura del conquistador Montaño

En 1519, Hernán Cortés pasó entre las cimas que resguardan el valle de México. A él se debe el primer relato español sobre la existencia de los volcanes. El Popocatépetl se hallaba entonces en un periodo de actividad febril. Según Cortés, del cráter salía a toda hora un «gran bulto de humo» que llegaba «hasta las nubes tan derecho como una vira». «Es tanta la fuerza con que sale» –escribió, admirado, el conquistador–, «que aunque arriba en la sierra anda siempre muy recio viento, no lo puede torcer».

Cortés eligió a diez hombres y los envió al volcán con la orden de averiguaran «el secreto de aquel humo, de dónde y cómo salía». Diego de Ordaz quedó al frente de la expedición. Cortés escribe que el grupo no pudo llegar al cráter «a causa de la mucha nieve que en la sierra hay, y de los muchos torbellinos que de las cenizas que de ahí salen andan por la sierra, y también porque no pudieron subir por la gran frialdad que arriba hacía».

La expedición vio desde aquella altura la gran Ciudad de México «y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados» y regresó con trozos de carámbanos y nieve, para que sus compañeros los vieran.

En el siglo xix, el barón de Humboldt describió científicamente aquellos volcanes. Los artistas viajeros Daniel Thomas Egerton, Carl Nebel y Johann Moritz Rugendas iniciaron con ellos el registro visual de la naturaleza mexicana –e inauguraron acaso «lo pintoresco». Las cúpulas heladas del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl habitaron los cuadros de José María Velasco, Eugenio Landesio, Saturnino Herrán, Adolfo Best Maugard, Joaquín Clausell, Diego Rivera, Luis Nishizawa y Jesús Helguera. El fantástico Doctor Atl, quien dedicó su vida a pintarlo, tuvo en una cueva del Popo su «habitación habitual».

Los volcanes están en las fotos de Hugo Brehme, Michael Calderwood, Manuel Ramos y Charles B. White; es posible hallarlos en los poemas de José María Heredia y José Santos Chocano… Están incluso en el telón de vidrio opalescente que la casa Tiffany hizo para el Palacio de Bellas Artes.

Y sin embargo, cuando los miro, solo puedo pensar en la inaudita audacia del conquistador Francisco Montaño.

Acababa de caer Tenochtitlan y el ejército de Cortés se había quedado sin pólvora. Cortés se volvió a mirar el gran bulto de humo que salía del Popo como una vira, y ordenó a algunos soldados –el padre Andrés Cavo los identifica como Montaño, Larios y Mesa– «que subieran al volcán por piedra azufre». A fin de que se hiciera público el arrojo de los españoles (era obvio que los indios le temían al volcán: el recuerdo de bestiales erupciones seguía ardiendo en la figura ubicua del dios viejo del fuego), el capitán hizo que un ejército indígena los acompañara.

En 1519, la expedición de Diego de Ordaz se las había visto negras. El volcán arrojó piedras quemadas y mucha ceniza; luego comenzó a temblar de tal modo que los soldados «estuvieron quedos sin dar más paso adelante hasta de allí a una hora». No era fácil la encomienda que Cortés hacía a Mesa, Larios y Montaño.

Los soldados salieron de madrugada. Al anochecer, no habían logrado aún alcanzar la cumbre. El padre Cavo cuenta que tuvieron que subir a gatas, afianzándose con unos clavos que llevaban en las manos. Uno de los soldados resbaló y cayó varios metros; «de no haberse atajado entre los carámbanos duros como acero, se hubiera despeñado».

El frío les picaba como el diablo. Abrieron en la nieve unas cuevas para guarecerse, pero entonces el hedor del azufre y el humo que salía por los poros de la tierra les impidieron ya no digamos conciliar el sueño, incluso respirar.

Bien entrada la mañana, pisaron al fin la boca del volcán. El espectáculo de aquel caldero ardiente debió estremecerlos. Dejaron que la suerte resolviera quién iba a bajar. Perdió Francisco Montaño. El soldado se despidió con un apretón de manos y se descolgó, con ayuda de una cuerda, llevando un costal ceñido a la espalda. Según Cavo, bajó «catorce estados» –Cortés escribe que bajó «setenta u ochenta brazos»–, llenó el costal con fino azufre y volvió a la superficie. Para juntar ocho arrobas, tuvo que bajar siete veces más. Larios bajó seis veces y extrajo un quintal.

Cavo afirma que «alegres los españoles, por camino menos fragoso, volvieron a Coyoacán». Los mexicanos los seguían, mirándolos con estupor: sólo quien lo ha hecho sabe lo que significa alcanzar una cumbre. Cortés salió eufórico a recibirlos y prometió premiarlos.

Después del Popo, Montaño conquistó otras cosas. Participó en las expediciones de Michoacán, Pánuco y las Hibueras, y recibió encomiendas en el obispado de Tlaxcala –que luego Cortés le quitó «sin causa alguna», y también sin remuneración alguna.

Cuando una masa de viento extrae del smog la cúpula helada del Popo, la caravana de nieve del Iztaccíhuatl, pienso en Montaño. En la sencilla y prodigiosa aventura del conquistador Montaño.

1520
La noche de Blas Botello

En la lista de libros perdidos en la noche de la Historia –el arqueólogo Eduardo Matos sostiene que Hernán Cortés extravió durante la Noche Triste el diario en el que consignaba minuciosos pormenores de la expedición de conquista– acaso el más inquietante es el del nigromante Blas Botello.

Botello era el astrólogo de Cortés. De acuerdo con Torquemada, varias veces le anticipó al conquistador cosas que, efectivamente, más tarde ocurrieron. Bernal Díaz del Castillo lo describe como «muy hombre de bien y latino». «Decían que era nigromántico, otros decían que tenía “familiar” (tratos con un espíritu) y algunos le llamaban astrólogo», apunta Bernal.

Según Francisco Cervantes de Salazar, este nigromante indicó a Cortés la hora en que debía atacar a Pánfilo de Narváez, «para quedar señor del campo». Francisco de Aguilar dice que Botello anunció también que Pedro de Alvarado se hallaba cercado, y a punto de morir, en la batalla de Cempoala. Gonzalo Fernández de Oviedo recuerda que el astrólogo «echaba conjuros y presumía de pronosticar algunas cosas futuras».

El 30 de junio de 1520, sitiados los conquistadores en las casas viejas de Moctezuma, el capitán Alonso de Ávila se retiró a descansar al aposento que compartía con Botello. Encontró al astrólogo tumbado en una estera, llorando en silencio. Botello le dijo: «Sabed que esta noche no quedará hombre de nosotros vivo, si no se tiene algún medio para poder salir».

Alonso de Ávila le habló de esa profecía a Pedro de Alvarado. La noticia cundió rápidamente entre las tropas. Cortés no quería abandonar Tenochtitlan. «No caigan en agüeros» –decía– «que será lo que Dios quisiere». Él mismo recordó: «De todos los de mi compañía fui requerido muchas veces que me saliese, y porque todos o los más estaban heridos y tan mal que no podían pelear, acordé hacerlo aquella noche».

Había granizado en Tenochtitlan. Caía sobre la ciudad una lluvia fuerte y persistente. Bajo esa lluvia comenzó la Noche Triste, la huida en que la mitad de las tropas españolas pereció, y en la que se perdieron «en las puentes» las monturas, las armas, el quinto que pertenecía al Rey, y el tesoro saqueado en las cámaras de Moctezuma.

Cortés logró alcanzar tierra firme, más allá del que luego sería conocido como Puente de Alvarado. Al comprobar que eran muchos los soldados que faltaban, volvió grupas y fue a buscarlos. Unos doscientos españoles no habían logrado cruzar los canales: regresaron al palacio de Moctezuma y se encerraron a piedra y lodo. Los días de todos ellos terminaron en el Gran Teocalli, frente a la piedra de los sacrificios.

Blas Botello fue uno de los que murieron en el camino. Uno de sus compañeros localizó su petaca. Contenía un talismán –un falo de cuero– y «unos papeles como libro, con cifras y rayas y apuntamientos». El astrólogo había trazado ahí esta pregunta: «¿Si me he de morir aquí en esta triste guerra en poder de estos perros indios?».

Relata Bernal: «Más adelante decía en otras rayas y cifras: “No morirás”. Y tornaba a decir en otras cifras y rayas y apuntamientos: “Sí morirás”. Y decía en otra parte: “¿Si me han de matar también a mi caballo?” Decía adelante: “Sí matarán”. Y de esta manera tenía unas como cifras a manera de suertes que hablaban unas letras contra otras, en aquellos papeles que eran como libro chico».

Al menos siete cronistas narran las angustiosas predicciones de Botello. Ninguno explica cuál fue el destino de su libro. Resulta interesante ese silencio.

En un ejército que creía en lo sobrenatural, con soldados que caían en agüeros y juraban ver «visiones y cosas que ponían espanto», ¿no habría querido alguno conservar para sí aquel libro prodigioso?

La Historia no vuelve a mencionar el libro mágico de Botello. A pesar del oscuro silencio, el libro merecía seguir rodando, pasar de mano en mano a lo largo de los siglos, alumbrando a las generaciones –a todas las generaciones que nos separan de la Conquista, el fatal augurio de su destino.

1521
La primera casa que hubo en México

Hace unos años, el Centro Cultural España, en Guatemala número 18, intentó ampliar sus instalaciones. Al reventar el piso de un antiguo estacionamiento, en un predio que había pasado el siglo xx sin sufrir apenas modificación alguna, salieron a la luz los restos de una construcción prehispánica, una banqueta pequeña, el arranque de una escalinata, varias pilastras demolidas, las ruinas de una habitación de estuco y el eco de lo que fue alguna vez un patio con piso de lajas. Acababa de aparecer, después de casi 500 años sepultado en el lodo, lo poco que queda del Calmécac, la escuela donde se entrenaban para gobernar los hijos de los nobles mexicas.

Qué extraño mirar esas piedras que en 1521 quedaron sumergidas en la oscuridad, en medio de un silencio que nada rompió nunca. Mientras caminaba por el recinto tuve la impresión de que la Ciudad de México acababa de abrir el baúl de sus recuerdos: yo miraba exactamente lo mismo que un día vieron Cortés, Sandoval, Alderete, Alvarado. Lo mismo que vio Bernal la tarde del siglo xvi en que cayeron los últimos vestigios de un esplendor irrepetible; el día en que la antigua soberana de los lagos, calle por calle, casa por casa, al fin fue demolida.

Esto mismo debió tener enfrente el buen Motolinia cuando escribió uno de los episodios más inolvidables de la crónica mexicana, el de la séptima plaga y la destrucción de México, «cuando se deshicieron los templos principales del demonio».

Guatemala resulta una de las calles más antiguas de la urbe. En ella, llamada en 1524 calle de los Bergantines, Cortés repartió los primeros solares entre sus hombres. Fue en Guatemala donde los conquistadores levantaron la primera casa que hubo en la ciudad, la construcción conocida como las Atarazanas, una fortaleza en donde se depositaron los trece bergantines empleados en el asalto a Tenochtitlan.

Cuando abandono las sombras, las entrañas del Calmécac, sigo de largo entre los edificios hundidos, las fachadas de tezontle, las hornacinas con santos y los sillares de cantera. Intento ubicar el punto donde se alzó la primera casa de México.

Como prolongación natural de México-Tacuba, Guatemala forma parte de la calle más antigua de América. Hacia el oriente, la suciedad y el descuido la vuelven, paradójicamente, misteriosa y bella.

No se sabe a punto fijo dónde estuvieron las Atarazanas. Manuel Orozco y Berra cree que más allá del Hospicio de San Nicolás, en los bordes de la apartada plazuela de la Santísima. Cortés consideró aquella casa «la que más conviene que estuviese guardada». En una carta dirigida al Rey, le explicó que requería de una fortaleza en la que pudiera tener los bergantines seguros, y desde la que fuera posible huir, o llegado el caso, «ofender» la ciudad con rapidez.

En el interior de ese edificio había pertrechos y piezas de artillería.

Cortés vivió en las Atarazanas durante un tiempo, mientras ponía en marcha el gobierno de la ciudad apenas reconstruida. «Hecha esta casa me pasé a ella con toda la gente de mi compañía, y se repartieron solares para los vecinos», escribió.

En 1535, sin embargo, el nivel del lago bajó en forma dramática y los bergantines quedaron imposibilitados para navegar. En tanto la ciudad se extendía al poniente, sobre terrenos más secos y menos insalubres, la fortaleza fue adquiriendo un estado ruinoso. Sobre esas ruinas se levantó el hospital de San Lázaro, primer leprosario de la capital.

Guatemala deja caer a cada instante el peso del tiempo. Atravieso Margil, la pequeña calle de San Marcos. La versión moderna de la lepra, el abandono, sigue envolviendo a los indigentes, los borrachines de pantalones orinados que roncan frente al mercado de Mixcalco. Hay ruido, gente, anuncios. Chamarras Profox, Telas El Barrigón, Camisería Pepe El Flaco, El Sueterero de Mixcalco.

En uno de esos predios debió estar la inimaginable fortaleza –¿de piedra, de madera?– que prefiguró el nacimiento de la nueva Ciudad de México.

Cierto memorial recuerda que a principios del siglo xvii la construcción se hallaba ya «en el abandono y toda apuntalada». Alzo la vista. Encuentro otro anuncio:

Polymoda. La primera casa de las colchas.

No sé lo que significa. Cruzo Circunvalación y dejo atrás el ruido, los puestos, la música.

1522
Panadería

Un día, una esquina olió a pan. Era 1522 y había llegado a la ciudad el más entrañable de los aromas urbanos. Puede ser que aquella mañana, en aquel preciso instante, con un conjunto de hombres barbados aspirando en calles como espejos el santo olor de la panadería, la Ciudad de México quedó debida, definitivamente fundada.

El hombre al que debemos el olor a pan, esa forma de la epifanía, era un conquistador negro: «a un negro y esclavo se debe tanto bien», escribió Francisco López de Gómara. Su nombre era Juan Garrido. Nadie lo recuerda ya, aunque –prosigue Gómara– obsequió a esta ciudad «muchas y regaladas cosas».

Lo que se sabe de él es que nació en África y de ahí pasó a Lisboa. Lo que no se sabe de él es cómo reapareció en Sevilla convertido en «negro horro», es decir, en un esclavo liberto.

En 1502 Garrido embarcó hacia el Nuevo Mundo en la flota de Nicolás de Ovando. Recorrió Santo Domingo, Puerto Rico, la Florida. Tras una experiencia de dieciséis años en viajes de exploración y guerras de conquista, apareció en 1520 entre los hombre de Cortés. Fue uno de los soldados que al acercarse a México-Tenochtitlan quedaron admirados porque aquello se parecía a las cosas de encantamiento que se cuentan en el libro de Amadís.

En las casas viejas de Moctezuma debió escuchar los relatos de aquel soldado enloquecido que soñaba que los indios les cortaban las cabezas a los conquistadores, mientras los pies de éstos brincaban en los patios, sin necesidad de piernas.

Estuvo también en la Noche Triste, en «las tristes puentes» de la calzada México-Tacuba, donde murieron cientos de españoles «y con trabajos se salvaron los restantes».

Cuánto dolor y cuánta muerte habrá visto Juan Garrido aquella noche, puesto que a la caída de Tenochtitlan pidió permiso a Hernán Cortés para fundar una ermita que perpetuara, en el sitio de su martirio, la memoria de sus compañeros. De ese modo alzó un modesto templo, la Ermita de los Mártires, donde los huesos de los conquistadores caídos fueron sepultados. Ahí se yergue en la actualidad el hermoso templo barroco de San Hipólito y San Casiano.

Bernal Díaz escribió mucho tiempo después que «los negros y los caballos» que hicieron la Conquista «valían su peso en oro». Durante los tres siglos que siguieron, cada 30 julio, con una procesión que iba de la Plaza Mayor a la Ermita de los Mártires –en el siglo xviii se levantó en lugar de ésta el templo que hoy conocemos–, los españoles recordaron «a las ánimas de los que allí habían muerto». Nadie recordaba, sin embargo, al «negro horro» al que se debía esa conmemoración luctuosa.

Cuenta López de Gómara que en los días que siguieron a la toma de la capital mexica, cuando la destruida ciudad indígena aún hedía y humeaba, Cortés recibió del puerto de Veracruz un cargamento de arroz y encomendó a Juan Garrido la tarea de limpiar los granos. Garrido halló en uno de los sacos tres pequeños granos de trigo, y los sembró.

La leyenda afirma que de aquellos granos se perdieron dos. Del tercero surgieron, sin embargo, cuarenta y siete espigas doradas. Había llegado el pan. Un día de 1522, Cortés y sus soldados pudieron comer al fin «pan como el de Europa».

Comenzaba la tradición del pan bazo y el pan floreado, del birote, del chimistlán, del cocol, del hojaldre. En el Códice Florentino los informantes de fray Bernardino de Sahagún dibujaron vendedores de diversos productos: todos poseían rasgos indígenas, a excepción de los vendedores de pan, que fueron dibujados con apariencia de españoles.

El conquistador negro murió en 1530. Años antes, Nuño de Guzmán –a quien Vicente Riva Palacio llamó «el aborrecible gobernador de Pánuco y quizás el hombre más perverso de cuantos pisaron la Nueva España»– había establecido en las cercanías del río Tacubaya el primer molino de trigo, llamado Molino de Abajo o de los Delfines. Una ordenanza expedida por Cortés exigía que el pan, bien cocido y seco para que no se descompusiera, fuera vendido únicamente en la Plaza Mayor: nuestro Zócalo fue la primera, gigantesca panadería.

Desde que rayaba el alba, los panaderos acercaban sus productos a la plaza. En su trayecto cotidiano fijaron una imagen proverbial: la del vendedor del pan que lleva en la cabeza un cesto incrustado de piezas. Muchos siglos después, yo la contemplé de niño.

Esa imagen ya no existe. Se la ha llevado el tiempo –como ocurre, a ciertas horas, con el santo olor del pan.

1526
Mesones de paso

En el DF, señoras y señores, la vida pasa tarde o temprano por un hotel de paso. No hay rumbo en el que no cintilen las luces de neón que acotan el paisaje, la geografía orgásmica de la ciudad: Hotel Maga, Bonampak, Monarca, Aranjuez, Manolo, Atlante:

Amiga a la que amo: no envejezcas.

Que se detenga el tiempo sin tocarte.

No importa dónde estén, todos los hoteles se parecen y todos huelen a lo mismo. Ahí hay pasillos sospechosamente silenciosos a los que pueblan voces apagadas, y a los que llegan, ¿qué?, risas, murmullos, gemidos. Esas habitaciones en penumbra que huelen a desinfectante; esas colchas y cortinas floreadas; esos muebles que, diría Vicente Leñero, conservan quemaduras de cigarro. Los espejos que lo escudriñan todo, las bocinas empotradas en el techo, en donde se oyen canciones de Radio Joya:

Amor, lo nuestro fue casualidad:

la misma hora, el mismo boulevard…

En el siglo xx, la ciudad desató sobre los amantes feroces campañas moralizadoras que prohibían el beso y las caricias en la calle. Los hoteles fueron durante la mayor parte de ese siglo el único puerto del rencoroso amor; en ellos se forjó, en función de la prisa, la urgencia, las limitaciones financieras e incluso los problemas de tránsito, la fraternidad consoladora de lo que Salvador Novo llamó «el equipo congenital».

En 1526, un vecino de la Ciudad de México, Pedro Hernández Paniagua, solicitó licencia para abrir un mesón en la capital de la Nueva España. Además de alojamiento para los viajeros, «dándoles cama e ropa limpia», Hernández se proponía ofrecerles «de comer o cenar dándole(s) asado e cocido e pan e agua». La calle donde instaló su negocio, hacia lo que entonces era el sur de la capital, se habrá poblado rápidamente –según los usos la ciudad gremial– con esa clase de establecimientos que durante cinco siglos han servido para identificarla: Mesones. Hernández se convirtió en padre de la hotelería nacional; a los establecimientos de que fue precursor, Luis González Obregón los describió de este modo:

Los viejos mesones fueron el lugar de descanso de nuestros abuelos en sus penosos viajes; ahí encontraron siempre techo protector, aunque muchas veces dura cama y mala cena; en esos mesones hacían posta los hoy legendarios arrieros con sus recuas, los dueños de carros, de bombés y de guayines, los que conducían las tradicionales conductas de Manila y del interior del país, y los que llevaban las platas de S. M. el Rey.

A mediados del siglo xix, el hotel llegó a la ciudad, dispuesto a conquistar el favor de los viajeros. En 1842 funcionaban el Hotel Vergara (en la actual Bolívar) y el de La Gran Sociedad (en 16 de Septiembre). Según el secretario de la legación estadounidense, Brantz Mayer, estos hoteles representaban apenas un pequeño progreso sobre las fondas y mesones del antiguo México. Escribía Mayer:

Esto tiene por causa que viajar es cosa que data aquí de época reciente; es como si dijéramos una novedad en México. En otros tiempos, las mercancías se confiaban al cuidado de los arrieros, quienes se contentaban con el alojamiento que les ofrecía una taberna ordinaria […] Cuando gente de categoría superior juzgaba necesario hacer una visita a la capital, encontraba abierta la casa de algún amigo; y he aquí cómo la hospitalidad fue obstáculo para la creación de una honrada estirpe de «bonifacios» que diesen buena acogida al fatigado viajero.

En un pasaje de El sol de mayo, Juan A. Mateos demuestra que estas instituciones eran usadas por los caballeros de ese tiempo (1868) para llevar a cabo ciertos lances amorosos. De modo que Hernández Paniagua fue también un precursor involuntario de la relación entre el amor y la urbe.

En la Novísima Guía Universal de 1901, la lista de hoteles capitalinos es infinita: Hotel América, Hotel Buenavista, Hotel del Comercio, Hotel Esperanza, Hotel Gillow, Hotel Humboldt, Hotel Juárez, Hotel San Carlos, Hotel del Seminario, Hotel Trenton. Al llegar la década de los veinte, los tubos de neón alumbrando zonas de la noche se habían convertido «en el icono urbano por excelencia». Pero la ciudad del deseo necesitaba alejar el amor furtivo de los inconvenientes del centro, en donde se corría el riesgo de encontrarse a «todo mundo». Asi, el paisaje erótico fincó en las afueras la inmensidad de sus columnas vertebrales: la calzada de Tlalpan, la salida a Cuernavaca, el camino a Toluca, la carretera a Texcoco. El cronista Armando Jiménez ha señalado que fue justamente en la calzada de Tlalpan en donde se inauguró, en 1935, el primer motel de la ciudad. Su nombre es inolvidable: El Silencio.

Ramón López Velarde escribió que en un hotel se descubre que hay jornadas luctuosas y alegres en el mundo. En esas habitaciones los hombres del alba del poema de Efraín Huerta habrán descubierto que existen «lecciones escalofriantes» y «modos envenenados de conocer la vida» –aunque también hay «lluvias nocturnas» y «pájaros entre hebras de plata»: amaneceres de los que se surge, decía Efraín, «con la cabeza limpia y el corazón blindado».

1527
La vieja calle del Seminario

Seminario es una de las calles más breves del Centro. Como a Guatemala, el hallazgo de la Coyolxauhqui le arrebató un largo tramo, bajo el que aparecieron las ruinas desvaídas de Tenochtitlan. La piqueta sacrificó construcciones de los siglos xvii y xviii e hizo de Seminario, no una calle, sino una especie de antigua litografía compuesta por cinco o seis casonas en donde la Historia sobrevive en condiciones de hacinamiento.

Prolongación de la vieja calzada de Iztapalapa, por la que entraron los conquistadores; a un tiro de ballesta de la Catedral y a sólo unos pasos del antiguo palacio de los virreyes, Seminario fue una calle codiciada por los primeros pobladores. En una ciudad estratificada en la que la posición social se diluía a medida que las casas se alejaban del centro, esta calle estuvo reservada para los personajes que habían ocupado lugar relevante en la guerra de conquista.

Cortés la repartió entre algunos hombres de confianza: allí levantaron sus casas Pedro de Maya, alguacil mayor de la ciudad y funcionario encargado del abastecimiento de carne; Hernando Alonso, primer herrero que hubo en la metrópoli, y Pedro González Trujillo, uno de los trece jinetes que formaron la avanzada del ejército conquistador.

Situada sobre los restos del templo de Hutzilopochtli, la calle ofrecía a sus moradores gran abundancia de materiales de construcción: muchas de las casas de Seminario aún conservan en sus muros bloques de piedra procedentes de la legendaria ciudad azteca (poner la mano en ellas es una experiencia perturbadora).

A pesar de sus continuas destrucciones, México posee una memoria portentosa. El historiador Salvador Ávila logró averiguar los nombres de los habitantes de la calle del Seminario desde el siglo xvi hasta la fecha. Averiguó también que los primeros colonos de la calle no lograron disfrutarla mucho tiempo. Pedro González Trujillo fue ahorcado por Nuño Guzmán en 1527, a consecuencia de una «disputa de indios». A Hernando de Alonso lo quemó la Inquisición en el auto de fe de 1528, después de llevarlo a proceso «por judaizante»: el primer herrero de la urbe se convirtió, así, en el primer mártir religioso del México colonial.

En el sitio donde estuvo la casa de Pedro González Trujillo se fundó la Real y Pontificia Universidad de México, que el doctor Francisco Cervantes de Salazar describe en sus deliciosos Diálogos latinos. En ese mismo predio abrió sus puertas, toda una vida más tarde, la cantina El Nivel (1872) que fue hasta su desaparición la más antigua de la capital.

Un informe del Ayuntamiento señala que en 1790 algunas de las casas que formaban la calle se hallaban «vacías, y sin ninguna cosa ni gente» –¿en la Nueva España habría casas habitadas por cosas? Desde que los dueños originales fueron ahorcados y quemados, dichos predios sirvieron como vecindades. A lo largo del siglo xx habrían de convertirse en reposterías, restaurantes, tiendas de anteojos, librerías, relojerías, nuevas vecindades y casas de huéspedes. En fotos y litografías estas casas aparecen, una y otra vez, como mudando de traje, pintadas de diversos colores.

Han visto pasar carruajes, calesas, simones, tranvías y autobuses urbanos. Remozadas incesantemente, han estado allí desde siempre.

Una placa empotrada en un muro recuerda que en esa calle fue acribillado durante la Decena Trágica el médico de la Cruz Blanca, Antonio Márquez, «mientras hacía la curación de un herido».

Si la ciudad cabe en una calle, México está en Seminario, esa calle tan breve y tan vieja y tan deshecha.

1532
Noticias de la Catedral primitiva

Una tarde, inesperadamente, fui autorizado a bajar por una de las «ventanas arqueológicas» que hay en el atrio de la Catedral. En una ciudad construida sobre las ruinas de otra, esas «ventanas» parecen hechas para que uno se sienta como el personaje de aquel cuento de Pacheco, «La fiesta brava», en el que un hombre entra a los túneles del Metro y encuentra que Tenochtitlan sigue existiendo bajo la tierra.

Descendí algunos metros y en el mundo de abajo encontré lo que cualquier habitante de esta urbe habría soñado encontrar: lo único que queda de la Catedral primitiva, la primera Catedral que hubo en la Ciudad de México. Ahí estaban los restos de varios muros pintados de rojo, y ahí estaban los peldaños de una escalinata, decorada con unos –casi diabólicos– rostros de ángeles, que datan de los primeros años del siglo xvi.

El cronista Antonio de Herrera afirma que Hernán Cortés edificó la entonces llamada iglesia mayor, «poniendo como basas de los pilares las piedras esculpidas de un adoratorio azteca». A la fecha es posible contemplar esas basas, con restos de relieves prehispánicos, arrumbadas bajo el sol en la esquina suroeste del atrio. Se afirma que la obra fue terminada por fray Juan de Zumárraga hacia 1532.

Aquella Catedral primitiva, cuya portada principal no daba a la plaza de armas, sino a donde se halla actualmente el edificio del Monte de Piedad, no gustó ni convenció a nadie. Era demasiado pobre, demasiado baja, demasiado húmeda. En 1585, atendiendo a «su ruin mezcla», y a que a causa del deterioro se hallaba a punto de desplomarse, el arzobispo Pedro Moya de Contreras ordenó remozarla.

En la reparación intervinieron los artistas más señalados de aquel momento. El arquitecto Claudio de Arciniega diseñó el proyecto; los canteros Martín Casillas y Hernán García de Villaverde fueron los encargados de ejecutarlo.

La historia relata que en 1625-1626 fue demolido el edificio original y se inició la construcción de la suntuosa Catedral que hoy conocemos. Lo que yo miraba aquella tarde bajo el atrio eran las escalinatas que pisaron los primeros habitantes de la noble Ciudad de México.

Olvidamos la historia de las cosas. Algunas veces, esa historia se pierde para siempre. Otras, permanece dormida en lo que Artemio de Valle-Arizpe solía llamar «los papeles de entonces»: legajos sepultados por siglos en algún archivo.

Contra lo que solemos creer, la primitiva Catedral no fue arrasada totalmente. Claudio de Arciniega, Martín Casillas y Hernán García de Villaverde habían logrado construir una portada extraordinaria –la portada principal–, y las autoridades novohispanas…, decidieron preservarla.

Pero eso no se supo hasta 1985, año en que la historiadora María Concepción Amerlinck localizó un documento que señala que la portada de la primera Catedral –se le llamaba «Portada del Perdón» porque daba acceso al retablo del mismo nombre– fue vendida en 1625 al convento de Santa Teresa la Antigua «para que éste adornara la fachada de su templo». El cantero Manuel Sánchez la condujo, piedra por piedra, un par de cuadras, hasta el convento.

Se sabe que aquella portada fue retirada en 1691 y su lugar ocupado por la que vemos en la actualidad. Pero olvidamos que la historia de las cosas permanece, algunas veces, sepultada en «los papeles de entonces». Claudio de Arciniega, Martín Casillas y Hernán García de Villaverde habían logrado construir una portada extraordinaria y, nuevamente, las autoridades novohispanas decidieron preservarla.

Pero eso no se supo hasta 2008.

Ese año, Guillermo Tovar de Teresa dio a conocer un documento de 1691, hallado en el Archivo General de la Nación, que indica que el maestro de arquitectura Juan Durán firmó un contrato para desmontar, piedra por piedra, la portada del templo de Santa Teresa la Antigua, «y llevarla a su costa y asentarla en la puerta principal de la iglesia de la Limpia Concepción».

La iglesia de la Limpia Concepción no es otra que la Iglesia de Jesús Nazareno, que se ubica en República del Salvador, entre 20 de Noviembre y José María Pino Suárez. La que en 1691 era la «entrada principal» de ese templo, hoy día se ha convertido en la entrada lateral del mismo. Allí puede verse, a casi cinco siglos de su construcción, intacta, misteriosa, extraordinaria, ¡la portada principal de una catedral que se creía desaparecida: la que los cronistas llamaron «la primitiva Catedral de México»!

La noticia era de ocho columnas, pero quedó sepultada en una revista del Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah). Lo que vi aquella tarde en el atrio no era lo único que quedaba de la vieja iglesia mayor. Pero olvidamos la historia de las cosas.

Y ahora quiero mirar esa fachada. Quiero atravesar la ciudad «fastidiosa nada más, sencillamente tibia», para oír el silencio que habita en esas piedras. Las piedras primitivas donde aún existe la ciudad de entonces.

1535
La agencia de contrataciones

El atrio de la Catedral es, como se sabe, la agencia de contrataciones de la urbe: herreros, plomeros, albañiles y pintores –los he visto casi siempre con un aire descorazonado– aguardan de sol a sol la llegada de improbables clientelas. Más allá, nubes de turistas gringos retratan el Sagrario –hermano deforme de la Catedral, lo llamaba Novo–, mientras un chamán azteca realiza «limpias» que se pronuncian en náhuatl, o mejor dicho, en chilango náhuatl.

Un habitante del siglo xvi que pasara frente a la portada de lo que entonces era la Catedral, en lugar de herreros, plomeros, albañiles y pintores, hallaría un conjunto más o menos lóbrego de tumbas: ahí se alzó el primer cementerio que existió en la ciudad. A dicho sitio iban a parar, desde 1535, los huesos de los conquistadores y de sus descendientes, los primeros habitantes de la urbe. Un caminante de nuestros días sólo encuentra elotes, sopes, billetes de lotería, música de organillo y –vaya usted a saber por qué– un puesto en el que se expenden ejemplares del Manifiesto del Partido Comunista: convertimos el atrio de la Catedral en uno de los sitios más inhóspitos y aburridos de la metrópoli.

No siempre fue así. En 1797, el virrey de Branciforte, considerado el más corrupto de la etapa colonial (para que Enrique iv perdonara sus trapacerías le encargó a Tolsá la célebre estatua ecuestre del monarca), eliminó el tristísimo cementerio y mandó instalar frente a las rejas del atrio una serie de postes unidos entre sí por elegantes cadenas de hierro. Marroqui relata que años más tarde, por orden del presidente del Ayuntamiento, José Mejía, fue plantada junto a las cadenas, en la orilla de la banqueta antigua del atrio, una serie de fresnos de copa espesa: sin haberse visto nunca, Branciforte y Mejía hicieron nacer uno de los paseos adorados por los capitalinos. Casimiro Castro lo inmortalizó en su litografía más celebrada: El Paseo de las Cadenas a la luz de la luna (1855-56). Una nota publicada el 14 de febrero de 1910 en El Imparcial, sostuvo que en aquel lugar «comenzaron la mayor parte de los idilios de aquella época». Para el anónimo redactor de la nota, aquel paseo era «un mundo de ensueño, de conversaciones románticas, de felicidad hurtada a los vaivenes políticos»:

En las noches de luna, las familias, por tácito acuerdo, se reunían en el jardín del atrio a comentar los sucesos políticos o los chismes de las damas palaciegas. Los elegantes de entonces se colocaban en las orillas de las banquetas y, sentados en las cadenas, se balanceaban displicentemente, lanzando a las muchachas que paseaban miradas más brillantes que las fosforescencias del viejo panteón, vecino lúgubre cuyo recuerdo no logró amenguar la alegría de los paseantes ni lo subido de color de las conversaciones.

Un designio de la ciudad ha consistido en asesinar lo bello. El Paseo de Casimiro Castro no podía perdurar. Antes que finalizara el siglo xix las 125 cadenas de hierro fueron retiradas (permanecieron en una bodega hasta 1969, en que algunas de ellas fueron exhumadas y enviadas a adornar la plaza de Santa Catarina) y al poco tiempo alguien protestó porque los árboles entorpecían la vista de la Catedral y poblaban de hojas muertas el embaldosado. Los fresnos fueron talados. Del legendario paseo quedó una litografía, hermosa y célebre, y sucesivas imágenes plasmadas en crónicas, cuentos, novelas:

–¿Me permite usted que la acompañe, mialma?

El imprescindible Ángel de Campo retrata en la crónica respectiva a un grupo de señoras con el rosario enredado al cuello, que al salir de misa se plantan en el atrio a chismorrear; a vendedores de nieve, globos y aguas frescas, que vocean sus productos; a músicos, cantantes y cilindreros encargados de llevar a cuestas el clima anímico de la noche; a ociosos en busca de conocidos, y a glotones que mordisquean tamales, turrones, castañas. Arturo Sotomayor afirma que todavía en los años treinta del siglo pasado el atrio era el merendero más democrático de la urbe, y rememora con pasión gastronómica las tortas de chorizo y milanesa que al declinar la tarde hacían, desde un carromato jalado por tracción humana, las delicias de los paseantes.

Si el atrio era un lugar para estar, ahora es, simplemente, un lugar para pasar. No estoy totalmente seguro, pero parece que la ciudad volvió a dejar que algo se le escurriera entre las manos, mientras el herrero, el plomero, el albañil y el pintor esperan, y el curandero «indígena» hace sonar un caracol, y un turista gringo exclama: «Fantastic!», antes de pulsar otra vez el obturador de su cámara.

1549
Una historia de la cerveza

Porfirio Díaz intentó blanquear el gusto de los mexicanos mediante el destierro del pulque. Aunque logró apartar esa bebida «vil y pestilente» del catálogo gastronómico nacional (sólo era consumida por las clases “bajas”) don Porfirio no pudo imponer la costumbre del champán. A cambio, el máximo emblema de su gobierno, el ferrocarril, hizo de México el país que más cerveza consume en el continente.

Hasta fines del siglo xix, el pulque fue la bebida nacional por excelencia. En 1845 comenzó a circular una cerveza llamada Pila Seca, del suizo Bernhard Bolgard, y en 1869 el alsaciano Emil Dercher sacó a la venta la cerveza Cruz Blanca. Como aún no se habían inventado máquinas que fabricaran hielo, el gusto por esta bebida no creció. Nada peor que una cerveza sin fuerza, y la cerveza tibia carece de ésta.

El bar room del porfiriato es uno de los ambientes principales en las crónicas de Ciro B. Ceballos y José Juan Tablada. En esas mismas crónicas, la cerveza es uno de los personajes centrales del bar room. Los poetas modernistas se reunían cada tarde a consumirla en grandes tarros helados. Entre 1890 y 1910, aquel espumoso brebaje vivió su apoteosis, el instante supremo de su deificación. Nadie habría creído que la primera cerveza se había bebido en México trescientos cincuenta años antes, en el lejano 1549.

Hay una versión que indica que la historia de la cerveza está ligada con la colonia Portales, que en aquel tiempo era una hacienda pegada a dos calzadas: Tlalpan e Iztapalapa. La hacienda recibió ese nombre, Hacienda de los Portales, porque en su fachada exterior poseía unos «muy grandes y sombreados» . Luis Rubluo asegura que en 1932 todavía quedaban en la despoblada calzada de Tlalpan vestigios del antiguo casco de la hacienda.

El dueño de aquella finca se llamaba Alonso de Herrera. El virrey Luis de Velasco le autorizó a establecer en ella la primera fábrica de cerveza que hubo en la Nueva España. Una segunda versión afirma que la Hacienda de los Portales estuvo en realidad en Amecameca. En todo caso, el virrey consintió la instalación de la fábrica con unas líneas que harían desmayar de gozo al entrañable Artemio de Valle-Arizpe:

Haríades cerveza y aceite de nabo, jabón y rubia, y para ello trairíades a esta Nueva España los maestres, calderas y aparejos y otras cosas convenientes para el beneficio de todo lo susodicho.

En una carta que por esos días dirigió al virrey, Herrera anotó que la bebida que manaba de su fábrica «la bebían bien los españoles y los naturales», y estimó que la industria de que era precursor «tenía mucho provenir, como la del pastel» (sic).

Estaba equivocado porque tres siglos después el pastel provocaría una guerra, y en cambio las dificultades que en 1549 había en México para cosechar trigo y cebada volverían inaccesible el precio de la cerveza. No sabremos jamás a qué supo el primer trago de este producto. Sólo sabemos que a los naturales no les gustó, que no pudo competir con la variedad de bebistrajos de origen prehispánico que habían arraigado entre las clases populares, y que por tanto fue de consumo exclusivo de los peninsulares. La cerveza llegaba a Nueva España por los puertos, debidamente embotellada. ¿Cómo serían, por Dios, aquellos frascos?

En las novelas mexicanas del siglo xix, la gente bebe pulque, chinguirito y aguardiente. Aunque en 1821 hubo una cerveza llamada Hospicio de Pobres (era fabricada en las cercanías de esa institución, ubicada en la actual Avenida Juárez), la protagonista de esta crónica no aparece como motivo literario hasta que el ferrocarril porfiriano permite la importación de cerveza desde Estados Unidos, y facilita la llegada de nuevas maquinarias, así como la instalación de las primeras fábricas de hielo.

Todo se precipita: Santiago Graf lanza en 1875 las cervezas Toluca y México. Siete años más tarde (1883), la invención de la Toluca lager, y la posterior introducción de la cerveza Victoria, convierten a este empresario en el rey de la industria.

En las célebres cartas enviadas durante su residencia en México, Madame Calderón de la Barca narró los años en que el pulque era la bebida favorita de la aristocracia. Hasta antes de la «ferrocarrilización» de México, el neutle era la primera bebida a la que tenían acceso los jóvenes: lo hallaban cada día en la mesa familiar; las madres cometían, incluso, la barbaridad de destetar a los niños con pulque. Hoy, el ferrocarril es un fantasma del pasado, pero la primera bebida a la que tienen acceso los jóvenes es la que fabricó Alonso de Herrera. Da lo mismo si fue en Amecameca o en la colonia Portales.

1554
La primera crónica urbana

La Crónica que describió por primera vez las calles, las plazas y los edificios de la Ciudad de México estuvo perdida durante tres siglos. Lucas Alamán consideró, en 1844, que no quedaba ya posibilidad alguna de localizarla. Sólo se conservaba el registro de su título en algunos antiguos catálogos bibliográficos novohispanos. El doctor Francisco Cervantes de Salazar, profesor de la Real y Pontificia Universidad de México, la había escrito, más que para cantar la gloria de la ciudad recién fundada, para difundir el uso del latín entre sus estudiantes. De modo accidental, Cervantes de Salazar había legado un retrato vívido, extraordinario, de la niñez de la ciudad.

El libro, Diálogos latinos (hoy se le conoce como México en 1554) salió justo ese año de la imprenta del célebre Juan -Pablos. Ignoro de cuántos ejemplares constó la edición; lo cierto es que casi todos se perdieron: habían ido a parar a las manos destructoras de los estudiantes, a quienes poco ha importado -desde siempre conservar sus libros de texto. Unos años más tarde sólo quedaba la memoria más o menos vaga de que México en 1554 había existido. En aquel libro se cumplía el destino de la mayor parte de las obras coloniales que, según el bibliófilo Joaquín García Icazbalceta, cuando no se perdían para siempre en los fragores de la vida diaria, llegaban al futuro incompletas, rotas, sucias, manchadas, podridas, apolilladas «y con letrerotes manuscritos».

El doctor Cervantes de Salazar fue acusado por sus contemporáneos de vanidoso y «sediento de honra». Más tardó en morir que en ser olvidado.

A mediados del siglo xix, una generación extraordinaria determinó que su vocación no consistía en escribir nada nuevo, sino en regenerar la memoria, arrancar al pasado materiales olvidados para que otros autores escribieran sobre éstos. José Fernando Ramírez, José María Andrade, Manuel Orozco y Berra y Joaquín García Icazbalceta formaron parte de ese grupo que se pasó la vida husmeando en bibliotecas y escarbando en los depósitos de los conventos, en busca de libros y manuscritos antiguos. Estos personajes exhumaron la mejor colección de obras documentales que se ha publicado en México.

Encontrar la crónica perdida se convirtió en su obsesión. Pero Lucas Alamán había sepultado toda esperanza.

En 1849 –estremece pensar que habían transcurrido 295 años desde que el libro saliera del taller de Juan Pablos–, José María Andrade, quien decía estar enfermo de «bibliofilia acusada», encontró un ejemplar de México en 1554 en la biblioteca de un difunto, el botánico Vicente Fernández. El libro estaba trunco y muy maltratado. Le faltaban las páginas 289 y 290. No importaba, Andrade brincó de felicidad. Atravesó la ciudad hasta la casa de Joaquín García Icazbalceta, en la Ribera de San Cosme, y le obsequió el volumen con la condición de que lo tradujera.

En esos instantes, la vida de Icazbalceta estaba en vías de convertirse en un desastre. Primero perdió a su esposa, luego perdió su fortuna, entró en bancarrota moral y acabó hundido en un letargo que le hizo postergar la traducción durante… 25 años.

Torturado por la idea de que el libro estaba incompleto, el historiador aprovechaba los instantes en que volvía a la acción para cartearse con corresponsales a los que comprometía a buscar en bibliotecas europeas algún ejemplar de México en 1554. En 1866, el ansiado ejemplar apareció por fin. Se hallaba hecho pedazos, pero conservaba intacta la página 290, que Icazbalceta se apresuró a copiar. El hallazgo lo decidió a ponerse a trabajar. En 1875 llevó a la imprenta la traducción. Habían pasado 321 años desde el momento en que Juan Pablos pusiera el libro en manos de Cervantes de Salazar –y éste, en las manos destructoras de sus estudiantes. La primera crónica urbana, el texto más antiguo sobre la ciudad que refundó Cortés abandonaba al fin un sueño de tres siglos.

Tal vez no sabremos nunca lo que dice la página 289. Como en el poema de José Emilio Pacheco, es posible que en esas líneas que no leeremos jamás se encuentren «la verdad y la cifra». El resto de México en 1554 rescata, sin embargo, las visiones, el espacio, los sonidos de un mundo remoto y alucinante: el retrato vivo, transparente, colorido, de un día en la vida de la ciudad. Un día del que no quedaba ya alguna memoria.

1590
Los lentes: ojos para una segunda vida

Los lentes: se decía que con aquellos oculi de vitro cum capsula Roger Bacon podía mirar, desde Oxford, lo que estaba sucediendo en París. Las personas se detenían en la calle para mirar aquel objeto extraño que Bacon solía anteponerse en el rostro: una horquilla construida en forma tan ingeniosa que podía montarse en la nariz «como el jinete en el lomo de un caballo». Por los monasterios corría el rumor de que los lentes permitían leer manuscritos redactados en letra pequeñísima; en las universidades se propalaba la noticia de que los sabios, muertos después de los cincuenta para la lectura y la escritura, adquirían, gracias a ellos, una segunda vida.

Los lentes son un invento del siglo xiii. Surgieron en los talleres de vidrio de Murano, en Venecia, y despertaron con rapidez el asombro de las masas: en la edad de la sombra y las tinieblas, traían de nueva cuenta la luz.

En El nombre de la rosa, una novela irrepetible, Umberto Eco describe cómo esos trozos de vidrio cambiaron la vida de la gente: «Con aquello delante de sus ojos, Guillermo solía leer, y decía que le permitía ver mejor que con los instrumentos que le había dado la naturaleza, o, en todo caso, mejor de lo que su avanzada edad, sobre todo al mermar la luz del día, era capaz de concederle».

En 1352 unos lentes aparecieron por primera vez en una pintura. Tomás de Modena recibió el encargo de hacer el retrato del cardenal Hugo de Provenza. Lo pintó inclinado sobre su escritorio, redactando un documento con la mano izquierda, y portando unas raras gafas que son sólo dos pequeños aros. Ya desde entonces, ser miope y ser zurdo resultaba una costumbre entre cierta gente.

Además de objetos modernísimos, los lentes eran entonces objetos sólo utilizados por hombres mayores y de cierto nivel intelectual. Al vulgo le parecían ridículos. Mortificaban a quien los llevaba con toda clase de burlas.

Los españoles los llamaban antojos. Un estudio de Agustín González-Cano señala que los lentes aparecen por vez primera en la poesía española en el siglo xvi, en unos versos de Alfonso de Villasandino:

Mal oyo e bien non veo.

¡Ved, señor, qué dos enojos!

¡Mal pecado! Sin antojos

Ya non escrivo nin leo.

González-Cano afirma que los lentes bañaron la poesía española, en especial durante el Siglo de Oro: salpican varias páginas de Lope de Vega, y también de su rival, Miguel de Cervantes. Góngora se burlaba de los lentes de Quevedo, y en clave escatológica le dedicó estos versos:

Con cuidado especial vuestros antojos

dicen que quieren traducir del griego

no habiéndolo mirado vuestros ojos

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,

porque a la luz saque ciertos versos flojos,

y entenderéis cualquier gregüesco luego.

En 1590 desembarcó en Veracruz don Luis de Velasco, decimoprimer virrey de la Nueva España. Sólo hay en el mundo una pintura suya: dicha obra posee un valor incalculable, pues es la primera referencia sobre el uso de lentes en la Nueva España. En un estudio sobre el empleo de estas herramientas en las colonias del Nuevo Mundo, María Luisa Calvo y Jay M. Enoch describen los lentes de este modo: «[tienen] montura metálica o de material rígido, contorno redondo, con una pinza pronunciada para sujetarlas a la altura de la nariz, y un sistema a modo de varilla no rígida formada por un cordel que bien puede ser material de fibra vegetal u orgánico. La forma redondeada del puente recuerda la de los quevedos, aparecida en el siglo xv».

Cuando don Luis de Velasco desembarcó con aquel raro instrumento montado sobre la nariz, debió dar la impresión de que se trataba de un funcionario que podía ver con claridad realidades de otro modo ocultas. Los miembros de su corte debieron pensar que al nuevo virrey no iba a pasarle lo que a su señor padre, el primer Luis de Velasco, a quien los criollos le montaron una conspiración destinada a asesinarlo. Don Luis lo hizo bien, al parecer. Del virreinato de México lo enviaron al del Perú, donde consta que leyó, tal vez con los mismos lentes del cuadro, la primera edición de El Quijote. Es fácil sospecharle una sonrisa al encontrar esta frase de Sancho: «Que el amor, según yo he oído decir, mira con unos antojos que hacen parecer oro al cobre, a la pobreza, riqueza, y a las lagañas, perlas».

1592
Prehistoria de Avenida Juárez

Según El Monitor Republicano, a mediados del siglo xix una plaga feroz de mosquitos ahuyentó a los paseantes que por las tardes salían a disfrutar de la Alameda. La actual Avenida Juárez no era aún una avenida, sino una sucesión de calles lodosas llamadas Corpus Christi, Calvario y Patoni. No era extraño que los mosquitos hubieran tomado posesión de esa zona, pues en las citadas calles no había más que aguazales, charcos y malpasos: los restos de los lagos que los primeros colonos de la Nueva España habían desecado tres siglos antes, y que lejos de extinguirse, amenazaban con resurgir cada nueva temporada de lluvias.

El rumbo aquel era uno de los más solitarios, de los menos habitados de la ciudad. Había sido así desde el siglo xvi, en que el virrey Luis de Velasco dispuso la creación de la Alameda, el jardín más antiguo de la urbe (fue trazado en 1592). Una calle fue abierta ex profeso, para que la gente pudiera visitar el nuevo paseo. Pero por alguna causa, esa calle no era recorrida más que por unos cuantos. De acuerdo con las crónicas más antiguas, sólo la aprovechaban los habitantes del cercano convento de San Francisco, para escenificar ahí el Vía Crucis, cada viernes de Cuaresma. Los frailes avanzaban penosamente en el lodo, hasta la capilla conocida como el Humilladero, a la que más tarde se llamó del Calvario, y que se encontraba del lado poniente de la Alameda.

Mientras el resto de la ciudad crecía, se extendía, se poblaba, la bisabuela de la Avenida Juárez era una calle dedicada sólo al ejercicio de la fe. En vez de casas, a lo largo de ésta se fueron levantando diversas capillas. Llegaron a existir nueve, que recordaban las estaciones de Cristo rumbo al Calvario.

Una crónica del siglo xviii cuenta que por las noches aquella parte de la ciudad quedaba tan sola y tan oscura que no tardó en convertirse en sitio favorito para el encuentro de hombres y mujeres deseosos de «cometer torpezas». Las «torpezas», ya se sabe, era el nombre que le daban al sexo los púdicos novohispanos.

Día tras día, al terminar las oraciones, una procesión de figuras discretas y embozadas cruzaba el puente de San Francisco hacia esa zona de rincones umbríos: los muros de las capillas resultaban espléndidos para el encuentro de los amantes. El arzobispo Juan Pérez de la Serna llegó a denunciar desde el púlpito a los ciudadanos descocados que en coches y a caballo acudían cada noche a profanar, «con ruidos y chacotas», la calle que recordaba el trágico martirio de Jesús.

El Alamedero era el único habitante de esa vía. Dicho funcionario habitaba una casa situada en donde hoy se alza el Hemiciclo a Juárez. Ahí guardaba las herramientas necesarias para el cuidado del paseo.

A mediados del siglo xviii la calle, que según José María Marroqui desde su fundación «había permanecido estacionaria», observó un cambio repentino: en pocos años se levantaron allí dos importantes edificios públicos: el Hospicio de Pobres y la Cárcel de la Acordada (ambos, en las cercanías de la actual Balderas).

En 1824, los vecinos que a tres siglos de la refundación de la ciudad apenas iban poblando aquella región pantanosa, se quejaron de la inmundicia y la inseguridad que rodeaban las capillas. El primer presidente de México, Guadalupe Victoria, ordenó demolerlas. Sólo sobrevivió la del Calvario, derribada años más tarde bajo el pretexto de que se había quedado sin culto: durante el último medio siglo, sólo abría sus puertas las mañanas en que algún reo de la Acordada iba a ser ejecutado. El toque lóbrego de las campanas que acompañaba a los sentenciados en su camino al cadalso era tan aterrador, que no sólo hacía temblar a los criminales, sino a la capital entera.

En 1858, dos escritores liberales, Ignacio Ramírez y Francisco Zarco, fueron encerrados en la Acordada. Cuando oyeron aquel tañido lento, sufrieron tal desazón que se prometieron, en caso de recobrar la libertad, hacer todo lo posible para que la capilla fuera derruida. Cumplieron su promesa al finalizar la Guerra de Tres Años, cuando Ramírez fue nombrado ministro de Justicia del gobierno de Juárez. En el sitio donde alguna vez había existido el Humilladero, se abrió un local que vendía carruajes y también un jardín dedicado al comercio de plantas.

El 15 de julio de 1867, con Benito Juárez a la cabeza, el triunfante ejército liberal entró en la Ciudad de México. Lo hizo por la calle que años más tarde llevaría el nombre del Benemérito. La ciudad entera lo aclamó. Juárez fue agasajado con un banquete servido en el mismo sitio donde, años después, Porfirio Díaz habría de dedicarle su famoso Hemiciclo.

Comenzaba una nueva era. El resto era prehistoria.

1594
Alameda sin álamos

Hace poco tiempo, el paseo más antiguo de la ciudad fue sumergido en un complejo proceso de remozamiento que lo dejó, temporalmente, fuera de la vista de los caminantes. Un largo muro de lona, que reproducía escenas del mural Sueño de una tarde de domingo en la Alameda, lo envolvió hasta invisibilizarlo. Aquel proceso de ocultación se llevó por unos días uno de los referentes urbanos más solicitados. De la noche a la mañana, el paseo que había acompañado la vida de la ciudad, ya no estaba.

Oscar Wilde recomienda no resistirse nunca a una tentación. Atravesé la calle y busqué una rendija desde dónde mirar. Qué sensación extraña la de no hallar adentro una sola alma, una sola voz. El quiosco, el hemiciclo, las fuentes, las avenidas: todo estaba abandonado, todo sumergido en una luz inédita.

No era la primera vez que por razones de embellecimiento las autoridades mandaban cerrar la Alameda. En 1598 –a sólo seis años de su apertura– la hicieron cerrar para impedir el paso de «caballos, mulas y otras bestias» que cotidianamente pisoteaban las plantas y arruinaban los árboles. En esa ocasión, el virrey Gaspar de Zúñiga y Acevedo ordenó la construcción de una cerca que, con modificaciones y remodelaciones diversas, se mantuvo en pie hasta 1868. ¡Así que la Alameda fue un espacio cerrado durante casi tres siglos! De hecho, para evitar también la reunión de «vagabundos españoles, mestizos y mulatos facinerosos», el virrey de Zúñiga hizo construir en el costado que da al actual Palacio de Bellas Artes una puerta que debía contar con «llave y cerradura fija, segura y permanente».

El archivo que contenía los documentos relacionados con el origen de la Alameda desapareció en un incendio. En 1874, sin embargo, mientras plantaba nuevos árboles en el paseo, el regidor Ignacio Cumplido encontró la piedra que señalaba el año en que el paseo fue terminado. Tenía labrada esta leyenda: «Reinando en las Españas Indias Orientales y Occidentales la Majestad Católica del Rey D. Felipe iii… esta obra fue concluida en 1620».

Cumplido quiso empotrar aquella piedra en un monumento adecuado, pero el proyecto nunca se realizó y las autoridades volvieron a enterrarla en el mismo lugar en que había sido hallada. Sigue ahí, en algún punto.

Aunque la Alameda es uno de los paseos más manoseados por el género de la crónica, permanecen desconocidos los detalles más elementales de su historia. José María Marroqui tuvo que revisar miles de infolios para descubrir que el hombre que la diseñó se llamaba Cristóbal de Carballo. Carballo era el alarife de la urbe en 1592.

Marroqui descubrió también que para dotar a la ciudad del jardín que le daría ornato, y a sus habitantes de un sitio de recreo, el virrey de Velasco expropió las propiedades de un tal Alonso Morcillo: don Alonso hizo tal berrinche que entabló un juicio contra la ciudad, el cual se prolongó durante largos años.

Los primeros árboles del paseo fueron plantados por el guarda Francisco Vázquez en 1592. A Vázquez le fue encargada la tarea de regarlos y cultivarlos. Los álamos, sin embargo, tardaban mucho en crecer y al hacerlo tenían un aire triste. En 1594, el virrey de Velasco hizo plantar «árboles corpulentos y coposos». La Alameda perdió entonces sus álamos, y se pobló de sauces y fresnos.

La puerta del virrey causó grandes molestias entre la población. Era tan estrecha que exigía a los cocheros gran destreza en el manejo de carruajes. A la hora del paseo, por lo demás, hacía que la gente se amontonara en la entrada, quedando a merced de robapañuelos y arrebatacapas. Las cosas llegaron al colmo la tarde en que el virrey de Casa Fuerte estrenó un coche ancho, y se quedó atorado en la entrada, «sin poder entrar ni salir».

En 1629, la Alameda se había convertido en lo que iba a ser durante los cuatro siglos siguientes: acaso el mayor centro de ligue, de coqueteo y cortejo que ha habido en la ciudad. «Los galanes se lucen todos los días como a las cuatro de la tarde» –escribía, ese año, el viajero Thomas Gage–; «a la Alameda van alrededor de dos mil coches llenos de mancebos, damas y ciudadanos que quieren ver y ser vistos, cortejar y ser cortejados».

Según Gage, quienes en verdad triunfaban en aquel paseo no eran las damas de alcurnia, sino las esclavas, negras y mulatas, cuyos «atuendos atrevidos y actitudes tentadoras» hacían «que muchos españoles desdeñaran por ellas a sus esposas».

Cuatro siglos más tarde, la tradición se interrumpe. No hay domingo en la Alameda. Sólo árboles, sólo luz. Sólo el silencio que pasa.

1604
Escaleras que llevan a ninguna parte

En el patio trasero de un viejo palacio colonial, la Casa Talavera del barrio de la Merced, hay una escalera trunca. Sus peldaños descienden, se hunden en la tierra, se pierdan en la nada. Es una escalera que va a ninguna parte.

En Estados Unidos y Europa es frecuente hallar escalinatas de este tipo. Todas tienen una historia de fantasmas: fueron hechas para que los espíritus se confundan y se pierdan. Las escaleras de la Casa Winchester, en San Jose, California, son las más célebres del mundo. Las hizo construir la viuda del inventor del rifle de repetición que facilitó la conquista del Oeste y el exterminio de los pueblos indios, Oliver Winchester. La viuda creía que su casa estaba tomada por los espíritus, especialmente los de la gente que la carabina Winchester había matado, así la pobló de escaleras sin destino.

La Casa Talavera fue construida a principios del siglo xvii. La tradición afirma que perteneció al rico marqués de Aguayo. Como toda casa antigua que se respete, posee una interesante dotación de historias de fantasmas.

Las escaleras del patio trasero son ellas mismas el fantasma de otra cosa, el espectro de una ciudad que se fue.

Resulta difícil imaginar que el desierto de asfalto que hoy llamamos Centro Histórico estuvo alguna vez surcado por siete acequias o canales que corrían en todas direcciones, caracoleando a orilla de las casas. El autor de Grandeza mexicana, Bernardo de Balbuena, escribió en 1604 que esos canales formaban calles de agua «que cual sierpes cristalinas / dan vueltas y revueltas deleitosas».

Durante aquellos siglos lejanos, misteriosamente remotos, las casas de la ciudad, contrariando quizá la sentencia de Pedro Calderón de la Barca, tuvieron siempre dos puertas. Una daba a la «calle de tierra», por la que corrían carruajes y cabalgaduras; la otra, que era siempre la trasera, daba a la «calle de agua» y funcionaba como desembarcadero. Allí guardaban los propietarios sus canoas, por ahí (a la puerta trasera le llamaban «puerta falsa») entraba a los domicilios el aprovisionamiento de comestibles adquiridos en el pequeño puerto interior que se ubicaba en la calle de Roldán (frutas, legumbres, etcétera).

¿No es sorprendente enterarse de que la acequia principal pasaba frente al Palacio del Ayuntamiento, a un costado del Zócalo, y continuaba por nuestra actual 16 de Septiembre hasta perderse en las inmediaciones de San Juan de Letrán?

¿Cómo sería esa ciudad? Para el poeta Balbuena era un vergel. Para el resto de los mortales –las mujeres debían salir a la calle cubriéndose la nariz con un pañuelo impregnado de benjuí– la capital era sucia y nauseabunda, como lo fue Venecia: en los canales flotaban desperdicios, inmundicias y animales muertos. Una ordenanza de 1677 obligaba a los vecinos a no echar «basura ni cosa muerta» en las acequias e imponía penas de treinta azotes al «negro o negra, indio o india que la echare».

Entre 1753 y 1781 se determinó eliminar lo que se había convertido en una fuente perenne de malos olores y epidemias. Los canales fueron aterrados. Los puentes que servían para cruzarlos perdieron su razón de ser y pronto se les demolió. Durante muchos años, sin embargo, dejaron su huella en el nombre de las calles: Puente Quebrado, Puente de la Leña, Puente del Cuervo.

La ciudad lacustre entró de ese modo en una agonía que se prolongó hasta 1921, año en que el último vergel, el canal de la Viga, fue asfaltado.

En la Casa Talavera –se le llama de ese modo por un taller de cerámica de talavera que funcionó en sus habitaciones en algún momento del siglo xviii–, las escaleras que llevan a ninguna parte, y que alguna vez bajaron lamidas por las aguas hasta el extinto desembarcadero familiar, son el único vestigio que hoy existe en el Centro Histórico de aquella ciudad inverosímil.

Llevan a ninguna parte, es cierto. Pero a diferencia de otras escaleras, cuando uno cierra los ojos, las de la Casa Talavera le hacen atravesar el tiempo, caminar los siglos. Más que escaleras son una puerta de entrada. Ahí comienza la ciudad invisible de la que hablan los libros: la ciudad de las acequias, de los canales. La ciudad de las puertas falsas.

1605
El Quijote en México

El 12 de julio de 1605, la nao Espíritu Santo partió de Cádiz con muchos pasajeros y un cargamento de 160 libros. El viaje duró dos meses; no hubo novedades: la tripulación cantaba en las tardes la letanía; se invocaba, según el caso, a San Lorenzo o a San Telmo, y cada sábado en la mañana se entonaba a voz en cuello el Salve Regina. El escribano Alonso de Bassa juró ante la Inquisición que dos veces al día se impartía la doctrina a los niños que viajaban en el barco.

Cuando la nao llegó a Veracruz, el 28 de septiembre de 1605, un comerciante llamado Clemente Valdés se acercó a reclamar el cargamento de libros. Declaró que tenía pensado llevarlos a la Ciudad de México para venderlos «a doze Reales». Las autoridades portuarias le entregaron los volúmenes. Venían repartidos en dos cajas: una tenía 76 ejemplares; en la otra había 84. Valdés firmó un documento que comprobaba que se le habían entregado 160 «libros del Ingenioso hidalgo Don quixote de la Mancha».

El más sublime de los libros que han escrito los hombres, de acuerdo con la definición de Julián Amo, había llegado a América. Hacía sólo ocho meses que Juan de la Cuesta lo había publicado en España.

Esa tarde que los comisarios de la Inquisición abordaron el Espíritu Santo para comprobar que no hubiera libros prohibidos, le preguntaron a Alonso de Bassa en qué se entretenía la gente durante la tediosa travesía. De Bassa respondió: «Traían las dos partes del Pícaro y Don Quixote de la Mancha y Flores y Blancaflor». (Se refería a El pícaro Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, y a la muy traducida historia francesa de amor cuya primera versión es de 1147.)

El autor de El Quijote, Miguel de Cervantes, intentó alguna vez viajar a América. Su Majestad no autorizó la travesía y le mandó decir «que busque por acá en qué se le haga merced». Seduce la idea de que su libro haya realizado el viaje que a él se le negó, y que lo haya hecho habitando la mente de quienes surcaron el mar a bordo de una nao. Aquellos pasajeros anónimos fueron los primeros lectores de El Quijote. No sería nada extraño que la fama de esta obra se hubiera comenzado a extender como una novedad que traían en la boca los pasajeros de Indias. Cada uno de esos 160 libros siguió un camino que ignoramos, pero que por fuerza ayudó a construir la inmortalidad de Cervantes.

En 1621 el gremio de los plateros hizo una mascarada en honor de San Isidro Labrador en calles de la Ciudad de México. El desfile avanzó por las avenidas más importantes. Quienes participaban, iban disfrazados de caballeros andantes, de personajes de libros de caballería: «Don Belanis de Grecia, Palmerín de Oliva, El Caballero del Febo, yendo el último, como más moderno, Don Quijote de la Mancha […] y últimamente Sancho Panza y Doña Dulcinea del Toboso, que a rostros descubiertos los representaban dos hombres graciosos, de los más fieros rostros y ridículos trajes que se han visto».

¡Cómo querría haber presenciado aquel desfile! A sólo dieciséis años de la llegada del Espíritu Santo a Veracruz, Don Quijote cabalgaba en las calles de México, reconocido no sólo por el gremio de los plateros, sino identificado por un anónimo cronista como el personaje más «moderno» de la literatura.

El Espíritu Santo era parte de una flota en la que venían, entre otros barcos, Nuestra Señora de los Remedios y el San Cristóbal. En 1911 se descubrió que en dichas naos venían otros 102 ejemplares que tal vez fueron a parar a la librería de Pedro Arias, ubicada en pleno Zócalo –es decir, en plena Plaza Mayor–«frente a la Puerta del Perdón de la Yglefia Mayor de México». Los comisarios de la Inquisición tuvieron noticia de que en esos barcos viajaban dos sevillanos que guardaban en su equipaje sendos ejemplares de El Quijote. Se llamaban Juan Ruiz de Gallardo y Alonso López Tríos. No sabemos nada de sus vidas, salvo esto: que se nos adelantaron en el acto de reír y gozar y maravillarse, en el acto de leer sin poder parar las páginas hermosas y sublimes «del Ingenioso hidalgo Don quixote de la Mancha».

1620
El santo de los secuestrados

En la capilla de Nuestra Señora de la Antigua, en la Catedral Metropolitana, hay una escultura misteriosa alrededor de la cual suelen congregarse hombres y mujeres que lloran. Es un Santo Niño que tiene las manos esposadas. Llegó a la Catedral hace cuatro siglos, pero su culto creció recientemente, a consecuencia de la inseguridad. Le llaman el Santo Niño Cautivo. Sus fieles son personas que tienen familiares secuestrados o que purgan sentencias injustas. En los últimos años, su devoción ha crecido al punto de desplazar a la de la figura principal de la capilla, Nuestra Señora de la Antigua.

El Santo Niño Cautivo es una pequeña escultura de madera realizada en España en 1620, que se atribuye al artista sevillano Juan Martínez Montañés. Su dueño, Francisco Sandoval de Zapata, se embarcó con ella dos años más tarde, luego de ser nombrado racionero de la Catedral de México.

Ni Sandoval de Zapata ni la escultura lograron llegar a la Nueva España. Los piratas berberiscos que asolaban el Mediterráneo se apoderaron del barco y lo llevaron a Argel. Pidieron por el racionero un rescate de dos mil pesos.

La burocracia española era un laberinto semejante al del poema de Borges: «No habrá nunca una puerta… / No existe. Nada esperes». El rescate tardó siete años en llegar, y para entonces Sandoval de Zapata había muerto. Los piratas entregaron sus huesos, y también la escultura que traía en su equipaje.

Los restos del racionero fueron enterrados en el templo de San Agustín, que se incendió el 11 de diciembre de 1676, a las siete de la noche. La escultura anduvo rodando durante un tiempo. Pasó una temporada en el altar de los Reyes, y otra en el de San José.

Entre 1653 y 1660 los músicos de la Catedral, encabezados por el primer organista, lograron que se construyera una capilla para ellos, y colocaron en el altar principal la imagen de Nuestra Señora de la Antigua, una deslumbrante y dorada pintura bizantina. Bajo esa virgen, los músicos colocaron la escultura del Santo Niño. En recuerdo de su cautiverio en Argel, le colocaron unas esposas de plata en las manos.

La imagen de Nuestra Señora –copia de otra pintada en la Catedral de Sevilla– llevaba tras de sí una leyenda impactante. Cuando los moros tomaron Sevilla, y Muza degolló a la población y luego destruyó los objetos del culto religioso, la imagen de la Virgen no pudo ser borrada. Por el contrario, «mientras los moros más raspaban la pared, la imagen se mostraba cada vez más bella».

El Santo Niño Cautivo no logró rivalizar con el culto de Nuestra Señora, pero a lo largo del virreinato se fue imponiendo como protector de los niños a los que la enfermedad había hecho presos. Las madres novohispanas solían acudir a él cuando algún pequeño tardaba en empezar a hablar. Al paso del tiempo se le empezó a rogar también para que liberara a las personas a las que el alcohol o la droga mantenían en cautiverio.

Según el sacristán mayor de la Catedral, el auge del secuestro imprimió al culto un giro inesperado. A partir del año 2000, el Santo Niño Cautivo se convirtió en patrón de los secuestrados.

Es domingo y la Catedral parece hervir con la misa de once. Frente a la capilla de Nuestra Señora de la Antigua, doce o quince fieles oran. Tienen la cabeza inclinada, los ojos cerrados. Algunos están de rodillas. No deben llevar en las espaldas historias tranquilizadoras. Una mujer llora en silencio y una oración colocada en la alcancía de las limosnas invita a rogar por los que «son presa de la enfermedad, del miedo, de la violencia, del odio».

El país y sus laberintos los han traído hasta aquí. Victor Hugo escribió que rezar es poner en contacto el infinito de abajo con el infinito de arriba. Pero yo pienso en el laberinto, aquel poema de Borges, y no me gusta lo que siento.

Para colmo es un día nublado.

1670
Sucedido en la calle del Perú

Protesto bajo mi palabra de honor que el suceso «formidable y espantoso» que voy a referir está consignado en el capítulo octavo, páginas 40 a 41, de la Vida del padre Don José Vidal, impresa en 1752 en el antiguo Colegio de San Ildefonso.

De este modo comienza don Luis González Obregón el relato de una oscura leyenda urbana, un terrible «sucedido» de la época virreinal que según el autor de Las Calles de México provocó que la antigua calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo (hoy República del Perú) fuera rebautizada por el vulgo como calle de la Mujer Herrada.

En el México de 1752 sólo unas cuantas personas se habrán tomado el trabajo de leer la voluminosa Vida del padre José Vidal. Algunos religiosos jesuitas, sin embargo, solían exprimir los pasajes culminantes de esa obra para incluirlos en sus sermones. En la cuaresma de 1760, en una homilía pronunciada en el templo de la Profesa, el cronista Francisco Sedano oyó por primera vez la historia de la mujer herrada.

El relato impresionó tanto a los fieles que aquel día asistían a la Profesa, que Sedano decidió incorporarlo en un libro extravagante y arbitrario, poblado de chismes, datos curiosos y descripciones inútiles, que se titula Noticias de México. Viajando a bordo de las páginas de ese libro, la leyenda atravesó los siglos: yo la encontré en la mesilla de la peluquería El Bosque, bajo la forma de una inolvidable historieta de color sepia: Tradiciones y leyendas de la Colonia.

Extraño, a veces, ese tiempo. Semana a semana –sombras, arrastrar de cadenas, aullidos de almas en pena–, Tradiciones y leyendas abrió para los niños de mi generación las puertas de una ciudad desconocida: la vieja ciudad en la que la gente creía en los espantos, los espectros, los aparecidos.

En 1670, en la calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo número 3 –hoy República del Perú número 100– vivió, «no honesta y honradamente como Dios manda», sino amancebado con una mujer, un clérigo cuyo nombre nunca fue revelado.

No muy lejos de allí, pero tampoco muy cerca, cuenta González Obregón, se hallaba el domicilio de un herrador, cuyo nombre tampoco trascendió, quien solía reclamar al clérigo descarriado (eran compadres y amigos) la forma de vida a que lo había conducido «su ceguedad».

Cierta madrugada, un par de esclavos negros llamó a la puerta del herrador. Los esclavos jalaban las riendas de una mula, negra también, que su amigo el clérigo le enviaba para que la herrara con urgencia. De mal modo, por lo impropio de la hora, el herrero clavó cuatro casquillos en las patas del animal.

A la mañana siguiente fue muy intrigado a la casa de su compadre: quería saber por qué se le había hecho trabajar con tal premura. El clérigo le abrió la puerta sorprendido. «No he mandado herrar mi mula», dijo. ¿Habría querido alguien correrle alguna broma al buen quincallero?

González Obregón relata que el clérigo fue a despertar a la mujer con quien vivía «para celebrar la chanza». Pero la mujer había muerto. Previsiblemente, tenía en cada una de las manos y cada uno de los pies, las mismas herraduras que la noche anterior el amigo del clérigo había clavado.

La leyenda dice que el padre jesuita José Vidal fue llamado a atestiguar aquel suceso atroz, y que el padre Vidal observó que la mujer tenía, además, un freno en la boca. No se sabe por qué, el jesuita hizo jurar a los dos amigos que callarían el suceso para siempre. Él mismo, sin embargo, lo consignó en sus memorias, que fueron encontradas y publicadas un siglo más tarde.

En las inmediaciones de la Puerta Falsa de Santo Domingo terminaba, en su parte norte, la Ciudad de México. A partir de ahí las últimas casas se iban diluyendo entre canales, zonas salitrosas y capillas olvidadas. Era una zona de la ciudad en la que podía ocurrir cualquier cosa.

La Reforma demolió los muros del convento de Santo Domingo y años más tarde Álvaro Obregón cambió la nomenclatura de las calles del centro. Pero en República del Perú existen rincones en los que nada ha cambiado: todavía puede suceder allí cualquier cosa.

Salgo a buscar la casa de la mujer herrada, el número 100 de la vieja República del Perú: una colección de casonas en ruinas, muchas de las cuales proceden de otros siglos.

Atravieso imprentas, talleres, distribuidoras. «Trabajos -ur-gentes», «Tortas Perú», «Novias Ivonne». Cerca de la legendaria Arena Coliseo aparece una vecindad de estilo neocolonial que debió ser fincada en las primeras décadas del siglo xx. En ese predio nació la leyenda que Vidal escribió y Sedano escuchó en la Profesa una mañana o una noche misteriosa de 1670.

Hay algo viejo y olvidado y descompuesto en esta calle. Tatuajes, motonetas, mugre y basura. Una sensación punzante de inseguridad. Entraré en el número 100, aunque algo me dice que ser herrado es lo menos grave que ha pasado nunca en esta calle.

1676
La Casa de la Custodia

Ítalo Calvino afirma que las ciudades no dicen su pasado, pero lo contienen como las líneas de una mano, «escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras».

Durante casi tres siglos, la plazuela de Loreto fue la última plaza de la ciudad. Incontables virreyes la emplearon como muladar o como estercolero, pero en el siglo xviii se hizo lo posible por embellecerla. Todo resultó en una combinación inquietante: Loreto tiene la belleza de una muchacha enferma.

A unos pasos de ese sitio se alza una casona de tezontle color vino que procede del siglo xvii. Decir que se alza es mucho decir, porque está tan ruinosa que apenas puede sostenerse en pie. En su fachada está escrito un relato: ese antiguo inmueble, se le conoce como Casa de la Custodia, lleva siglos narrando a los caminantes una de las peores tragedias que ha vivido esta ciudad.

La casa se halla en el segundo tramo de la calle Justo Sierra. Una placa informa que el capitán Juan de Chavarría murió en ese lugar el 29 de noviembre de 1682. A diferencia de otras casas coloniales, entregadas a la potestad de las vírgenes y los santos, en el pequeño nicho que corona su fachada no hay imagen religiosa alguna: las palomas se posan en un extraño brazo esculpido en piedra: un extraño brazo que parece sostener con fuerza una custodia.

Ha pasado tanto desde que el altorrelieve fue empotrado en aquel nicho, que es necesario mirarlo con extrema atención para distinguir su forma. Los cronistas de México, José María Marroquí, Luis González Obregón, Artemio de Valle-Arizpe, se detuvieron a observarlo alguna vez. Gracias a ellos conocemos su historia.

El viernes 11 de diciembre de 1676 un incendio devoró en menos de dos horas el templo de San Agustín (en la esquina de nuestras actuales Venustiano Carranza e Isabel la Católica). Un diario de sucesos notables de la época dice que se trató de «una noche lúgubre»: se celebraba el aniversario de la aparición de la Virgen de Guadalupe, la ciudad entera participaba en las fiestas; de pronto, el fuego bajó por una de las torres.

En el xviii, la única posibilidad real de evitar que un incendio se comunicara a las casas cercanas consistía en provocar el derrumbe del edificio que ardía. Acarrear agua desde las fuentes públicas resultaba tan inútil como la práctica de sacar de los templos las imágenes religiosas y llevarlas al lugar del siniestro, o la de arrojar a las llamas cartas en las que los santos mandaban que el incendio cesara de inmediato.

Mientras el público huía de la quemazón, el capitán Juan de Chavarría, un noble que se pasó gran parte de la vida fundando iglesias y obras pías, se abrió paso entre las llamas y salvó una de las piezas más preciadas del templo: la Custodia del Divinísimo.

La primera piedra de San Agustín fue colocada por el virrey Antonio de Mendoza en 1541. Una obra de ciento treinta años se perdió en el incendio. La Custodia fue lo único que se salvó.

La tradición sostiene que a manera de homenaje, la ciudad hizo colocar en lo alto de la casa del capitán Chavarría un altorrelieve de piedra que perpetuaba su hazaña. A la muerte del militar se puso junto a su tumba una estatua que lo representaba, hincado, en actitud devota. Pero ese monumento sepulcral –Chavarría fue enterrado en el templo de San Lorenzo– ha desaparecido.

Quiero ver el interior de la casa de Chavarría, caballero de la Orden de Santiago, marido de la condesa del Valle de Orizaba. Así que camino por el centro hasta la plazuela de Loreto: hay una fuente labrada por Manuel Tolsá, que hasta 1925 adornó una glorieta de la avenida Bucareli. En esta parte del centro todo es muy antiguo. Me voy como sumergiendo en las calles del rumbo: iglesias inclinadas por el hundimiento, marquesinas de comercios que dejaron de existir hace varias décadas, vecindades que antes fueron palacios y pertenecieron a individuos de apellidos apergaminados.

Hay tardes en las que tengo suerte. Cuando toco el viejo portón de madera (en una parte restaurada y habitable de la casa se hallan las oficinas de una sociedad mutualista), el hombre que me recibe, un viejo maestro normalista, accede a mostrarme la parte impresentable de la residencia: un ala en la que los techos se han derrumbado, en el que las grietas muestran restos de pintura de épocas diversas y en donde la hierba va comiendo brutalmente todo espacio: incluso han crecido árboles en el antiguo salón, bajo cuyos techos derrumbados alguna vez transcurrió la vida.

Desde el incendio de 1676, el brazo de Chavarría contó a los caminantes una historia. Pero aquella generación murió, y las siguientes la olvidaron. El brazo perdió su significado y el altorrelieve, manchado por las palomas, se va borrando también.

Las ciudades no dicen su historia, aunque a veces los despojos hablan.

1684
El fuego de Sigüenza

A unas calles del Palacio Nacional, como un barco despedazado que se negara a naufragar bajo las aguas del tiempo, flotan los muros cenizos del convento de Jesús María. En 1597, sobre los muros de la portería, se esculpió una inscripción que todavía se conserva: Aducentur regi Virgines. Aducentur in templum regis («Las vírgenes son llevadas al Rey, son llevadas al templo del Rey»). Los mil doscientos metros cuadrados que conformaron el convento se hallan en el abandono desde 1985, el año siniestro para la ciudad: el año en que vino el terremoto.

He estado rondando las puertas de metal que lo sellan, en busca de una rendija. De plano me pongo pecho a tierra sobre la banqueta y alcanzo a ver por fin, desde un agujero minúsculo, algunas franjas del claustro. Ver es un decir. Ahí no hay más que muros y arquerías en ruinas y en sombras. La vieja estructura se sostiene apenas, malamente apuntalada por unas vigas.

Lo primero que me llega a la cabeza es la leyenda de fantasmas que en el siglo xvii se tejió en este convento. El primero en relatarla fue el sabio novohispano Carlos de Sigüenza y Góngora. La historia figura en un pasaje del Paraíso Occidental –que el impresor Juan de Ribera publicó en 1684. Las monjas de Jesús María afirmaban que el espectro de un clérigo ascendía noche con noche la escalinata oscura del claustro. Nadie les creyó hasta que el alma en pena del sacerdote se apersonó en los sueños de una monja, Tomasina Guillén, y le pidió que orara por él, y en prueba de su existencia le dejó en el brazo la huella de unos dedos que parecían marcados con fuego.

Relata Sigüenza que la historia creó tal alarma en la ciudad que el virrey decidió ir al convento para cerciorarse que aquel fuego «no era del usado en este mundo». Cuenta Sigüenza que las quemaduras duraron treinta años y se curaron de golpe la noche misma en que el clérigo salió, luego de tres décadas de oraciones, de los horribles padecimientos que sufría en el Purgatorio. Cuenta Sigüenza que él mismo llegó a ver y tocar las escaras (pero Sigüenza, ya se sabe, se hallaba dominado por un ciego misticismo).

Pienso también en las historias del más acá, que siempre suelen ser las peores.

Jesús María fue fundado en 1582 para albergar a las hijas y nietas de los conquistadores que hubieran caído en desgracia. Sólo «las más nobles, las más desamparadas y las más expuestas por su mayor belleza» podían cruzar sus puertas. Era, por lo tanto, el único convento que no cobraba dote entre sus monjas. Según las crónicas de la época, esto hizo que se convirtiera en una de las instituciones más pobres del virreinato.

Las monjas vivían en tal estado de precariedad, que el fundador, Pedro Tomás Denia, se vio obligado a viajar a España para implorar la protección real. Felipe ii escuchó sus súplicas con liberalidad magnífica, y le entregó 20 mil ducados. Le entregó también –y aquí aparece la historia de horror– a una hija ilegítima que había tenido con la hermana del inquisidor Pedro Moya de Contreras, y le ordenó que la escondiera del mundo, recluyéndola para siempre en aquel convento.

No se sabe si la niña –de dos años de edad– perdió la razón al llegar a Nueva España, o si esto ocurrió poco después, en el departamento «especial y cómodo» que las monjas le destinaron. Sólo se sabe que la hija de Felipe ii murió completamente loca en México, a la edad de 17 años. Sólo se sabe que, cuando expiró, Jesús María había logrado convertirse, gracias a las regias aportaciones del monarca, en el sitio más exclusivo del virreinato.

La pompa era tan ostentosa, que las monjas, reza una crónica, se volvieron «tibias en la oración, remisas en la observancia de las reglas, aficionadas al lujo, y amargadas por la envidia, rencillosas y vengativas». Todas ellas portaban en las muñecas suntuosas pulseras de azabache.

Vino una nueva historia de horror cuando una monja vieja y enfermiza, Marina de la Cruz, que antes de tomar los hábitos se había casado dos veces, las delató ante un confesor. Según Sigüenza, sus compañeras se vengaron, obligándola a que barriese los corrales, a que matase y desollase los carneros que la comunidad consumía; la tachaban de incontinente por sus dos matrimonios, la obligaban a purgar los lugares comunes y los vasos inmundos, y evitaban su presencia «con melindres». «Acompañaban esos desaires con risotadas, empellones, apodos y vituperios», escribe don Carlos.

Marina de la Cruz murió también en este claustro, empuñando una escoba, entre esas risotadas y esos empujones. Todo eso vieron estos muros negros y no sé cuánto queda.

Sigo ahí, en el piso, mirando ridículamente desde un agujero. En esta ciudad que todo lo abandona, a veces sólo así es posible pescar una historia.

1696
En el galeón de Manila

Estamos en medio del Océano Pacífico a finales de septiembre de 1696. El galeón de Manila ha atravesado mares inmensos, del tamaño de la mitad del mundo, entre vientos contrarios y tempestades sin cuento. La tripulación va arrojando al mar los cuerpos de los viajeros que no sobreviven a las exigencias del viaje. Una estela de enfermedades acecha a los sobrevivientes. En cada bocado que se llevan a la boca aparecen gusanos y gorgojos. Los peroles del caldo son un cementerio de moscas. El tasajo es tan duro que hay que golpearlo una y otra vez con un palo. Las chinches infestan las bodegas, las camas, los baúles de los pasajeros.

Los rudos y curtidos navegantes llorarán de felicidad, abrazándose como niños, el día en que el galeón divise el puerto de Acapulco, «primer mercado del mar del Sur y escala de la China», luego de una travesía de ocho meses. Para entonces, el mes de enero de 1697 se estará acercando a su fin.

Del galeón, que lleva el nombre de San José, desciende el primer turista de la historia, el doctor en derecho Giovanni Francesco Gemelli Careri. En Italia, su país natal, debido a que carece de linaje aristocrático, a Gemelli se le ha cerrado el acceso a los cargos públicos. Harto de recibir «vejámenes y humillaciones», el abogado decide completar una vuelta al mundo del mismo modo en que lo hacen los turistas de hoy: por sus propios medios, pagando su pasaje para ir de un sitio a otro –y no como lo hacían los aristócratas de entonces, moviéndose en carrozas particulares, con troncos de mulas y caballos propios.

En un viaje que mucho tiempo después inspirará la novela de Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, Gemelli recorre Francia, Hungría , Alemania, Egipto, Constantinopla. Atraviesa la India, visita la Gran Muralla China, cruza Macao y recala en Filipanas. Ahí aborda el galeón que lo lleva hasta Acapulco. Gemelli no puede creer que aquella horrible aldea de pescadores reciba el nombre de «ciudad». Sólo encuentra «casas bajas y viles, hechas de madera, barro y paja» en las que, dice, «no habitan más que negros y mulatos».

En 1697, cada vez que llega la Nao de China, Acapulco se convierte en un mercado formidable. Pero luego de comprar, recibir o gravar las mercaderías codiciadas y exóticas que el navío ha traído en sus bodegas, los comerciantes españoles y los oficiales reales abandonan la aldea, dejándola enteramente despoblada y a merced de un calor infernal. Sólo los soldados que vigilan la bahía deambulan como fantasmas por las callecijuelas desiertas del puerto.

¡Acapulco a fines del siglo xviii! Las habitaciones, cuenta Gemelli, son calientes e incómodas; los alimentos, demasiado caros, pues «hay que llevar de otros lugares los víveres». En el libro de sus viajes –Giro del Mondo, publicado en 1700–, el abogado relata que el párroco de Acapulco se ha hecho rico porque se hace pagar muy cara la sepultura de los forasteros, que en ese clima caen a montones, y cuenta que las naves que conducen mercaderías prohibidas, en lugar de entrar a la bahía, van a desembarcarlas al cercano Puerto Marqués (el primer paraíso de la «piratería»).

Fastidiado del «gran daño del calor intolerable y de los mosquitos», Gemelli decide viajar entonces «hasta la imperial ciudad de México».

¿Cómo es el viaje por la Autopista del Sol del siglo xvii? Sólo llegar a Chilpancingo toma seis días, «habiendo subido y bajado altísimos montes» en donde «me chupó allí la sangre una legión de moscos». Gemeli avanza bajo el sol calcinante. En el abrasador Cañón del Zopilote, sólo es posible reanudar la marcha en las tardes, cuando el aire refresca. El viajero cruza a nado el río Papagayo. En el camino sólo ha encontrado un puesto de guardias que revisan las «boletas» de viaje que deben llevar los caminantes. La ruta está llena de ecos que han llegado hasta nosotros: Zumpango, Mezcala, Amacuzac, Ahuacuotzingo, Cuernavaca, Xuchitepec, Huichilaque…

Más allá de Cuernavaca, el clima cambia. Gemelli emprende el ascenso por «una áspera montaña de pinos» en la que no hay «más que hierba seca que quemaban los aldeanos para abonar el terreno». El frío arrecia de tal modo que una mañana Gemelli encuentra su colcha de viaje cubierta de hielo.

Aparece por fin Tlalpan, que entonces se llamaba San Agustín de las Cuevas: los viajeros deben pagar al guardia que custodia la caseta de entrada un real por cada mula que lleven. Bajo un aguacero y fuertes rachas de viento, Gemelli es conducido «por una calzada o terraplén, hecho laguna», hacia el edificio de la Aduana. Allí le registran los baúles de viaje. Los oficiales advierten que es extranjero y tienen «la atención» de mirar sólo por encima lo que va dentro de ellos. Es el sábado 2 de marzo de 1697. La Aduana se encuentra entonces sobre la calle de la Monterilla, nuestra actual 5 de Febrero. La capital luciría desierta a causa de la lluvia, las mangas de agua dejarían a Gemelli adivinar apenas el contorno de los edificios.

Una vez cumplido el trámite, el viajero debe buscar dónde hospedarse: camina sólo unos pasos, supongo que a la inmediata calle de Mesones, en donde encuentra un hostal «muy mal servido».

Desde su salida de Manila, nueve meses atrás, no ha dejado de sufrir, de padecer, de esforzarse. Y sin embargo, las frívolas pinceladas que aquel hombre de 46 años plasma en su libro, están llenas de color.

Amanece el domingo 3 de marzo de 1697. Giovanni Francesco Gemelli Careri sale a la calle. Ese día hay función en la Catedral. Ese día conocerá el espectáculo que es la calle de Plateros. Caminará por Tacuba, se acercará a la Alameda, contemplará las acequias: se inmergirá en la ciudad que Bernardo de Balbuena llamó «centro de perfección, del mundo el quicio».

Si cierro los ojos, puedo saber lo que vio.

1722
Los dueños de la mañana

Durante los años en que dirigió Ovaciones, Jacobo Zabludovsky se impuso la costumbre de mostrar el primer ejemplar que salía de la rotativa a los voceadores que aguardaban la remesa del día a las puertas del periódico. Zabludovsky dice que podía saber si una edición iba a venderse o no con sólo observar la reacción de esos sinodales. Nadie como los voceadores para tomar el pulso de un encabezado o de una noticia: último eslabón de un ciclo que comienza con la redacción de una nota y llega a su culminación al momento de entregarla impresa a los lectores, los voceadores conocen a su público más que los propios periodistas. No en vano andan voceando cosas por la calle desde que en 1541 un impreso ofreció la «relación del espantable terremoto que agora nuevamente ha acontecido en las Yndias, en una ciudad llamada Guatimala».

Medio milenio después los voceadores pueden preciarse de haber acompañado el desarrollo de la prensa mexicana. Por sus manos manchadas de tinta han pasado todas las publicaciones editadas en el país, desde la fundación en el siglo xviii del primer periódico «formal», la Gazeta de México (1722), hasta la llegada de diarios como El Universal, Milenio y Reforma.

Rafael Cardona los ha definido como «dueños de la mañana y señores de la última verdad». Tomando como punto de partida las montañas de papel que han delimitado su territorio histórico –Humboldt, Artículo 123, Donato Guerra, Iturbide–, los voceadores, dice Cardona, van clavando puñales en el corazón de la gente: no de otro modo distribuyeron los 385 mil ejemplares que en 1957 vendió la muerte de Pedro Infante; no de otra forma se agotó la edición que mostraba las fotos de un mundo en ruinas, en el ya lejano septiembre del 85.

¿Cuántas albas despertó la Ciudad de México con sus gritos? El investigador José Luis Camacho rescata uno de los más memorables: «¡La muerte del emperador de Alemania que está muy malo!».

Hace unos años, la Unión de Expendedores y Voceadores de los Periódicos de México presentó, con un centenar de fotografías exhumadas de los fondos Casasola y Nacho López , así como una veintena de artículos entresacados de diarios y revistas del pasado, un libro, Voces de la libertad, que traza a grandes saltos la historia de uno de los gremios más antiguos de la urbe. Lo mejor de ese libro, su recorrido visual, inicia con una imagen de 1895 en la que gendarmes porfirianos se lanzan contra un grupo de «papeleritos» a un costado del Zócalo. La imagen procede de unos días en los que el régimen porfirista había decidido prohibir el voceo en las calles, pues, cuenta Ciro B. Ceballos en Panorama de México, «para inflar noticias aquellos muchachuelos endiablados no había reputación que no hicieran añicos ni crimen que no elevaran al máximo horror».

El viaje prosigue con una extensa galería de niños voceadores de El Nacional y El Demócrata (1925), que parecen ajustarse a la estampa que en julio de 1893 hizo un redactor de El Siglo Veinte:

Aquí tienen ustedes al granuja

más simpático de la población.

Es una abeja que recorre la

ciudad en todas direcciones,

voceando su periódico.

Maltratado, hecho pedazos, con

la oreja saliéndose entre la copa

y el ala del sombrero. Alegre,

peleonero, decidor y más vivo

que una ardilla.

Las noventa fotografías que completan el libro narran la transformación de una urbe que se va poblando de autos y rascacielos y en la que «los granujas más simpáticos de la población» –niños en ruinas, arrollados siempre por la urbe– siguen voceando en los amaneceres negros «de un día que al cabo de las horas se transformará en ayer y después en Historia», como solía decir José Emilio Pacheco.

Entre 1823 y 1828 se prohibió varias veces el pregón de noticias en plazas, calles y lugares públicos. En esos años, los voceadores fueron reprimidos y algunos de ellos incluso asesinados. En 1853 se les ordenó «gritar» sólo el título de los diarios y no el contenido de las noticias; en 1895, cuando ya se desencadenaban los años crudos del crepúsculo porfirista, padecieron cárceles y persecuciones al lado de los redactores de El Diario del Hogar y El Demócrata. Voces de la libertad: este gremio «perjudicial, escandaloso e intolerable», asociado desde siempre a la vida de la urbe, sería una pieza clave en la libre circulación de ideas, en algunas de las conquistas que hoy nos resultan imprescindibles y naturales.

1754
Baños de vapor

En esta ciudad el baño de vapor fue durante siglos la ventana por la que se asomaban los domingos. Paredes de azulejo, mesa de masajes, toallas y sábanas percudidas, brillantinas, lociones, hojitas de rasurar: todo lo que habita en las crónicas que periodistas como Ricardo Cortés Tamayo dedicaron a estos establecimientos. La tradición del «vaporazo», forma suprema del baño público («Una restregadita con sal, por favor», «¡Ropa para el 9! ¡Jabón y zacate para el 12!»), comienza a extinguirse, sin embargo. De mil quinientos baños públicos a principios de los años ochenta, no quedan en la actualidad sino unos doscientos, en buena parte consagrados como centros de ligue de la comunidad homosexual.

Los baños públicos más antiguos de que se tiene registro estuvieron en las caballerizas del convento de San Camilo, ubicado en la calle de Regina. Nada de este edificio –construido en 1754– se mantiene en pie. En los años posteriores a la Reforma se levantaron sobre sus ruinas las instalaciones del Seminario Conciliar, en donde años después funcionó –y funciona hasta la fecha– la primera secundaria que hubo en el país (la secundaria 1, César A. Ruiz). Una parte del convento de San Camilo se conservó hasta hace poco tiempo, pero el gobierno de Marcelo Ebrard la demolió injustificadamente para entregar el predio a vendedores ambulantes.

En ese sitio victimizado por políticas clientelares del gobierno de la capital, los frailes camilos habían acondicionado un baño público, en el que además de practicar la natación era posible lavar las cabalgaduras. El negocio no debió rendir grandes dividendos, porque en ese tiempo el aseo personal era cosa que se postergaba tanto, o más, que el pago de los impuestos. De hecho, para sostener los gastos del convento, los frailes de la religión agonizante (se les llamaba de ese modo, pues su misión consistía en ayudar a bien morir a los enfermos) tuvieron que abrir, a un lado de los baños, un juego de pelota que se alquilaba por hora a los comerciantes vascos.

La historiadora Mónica Verdugo afirma que en 1856 existían en la Ciudad de México dos clases de baños públicos: los destinados a las personas «decentes», situados en las calles más céntricas y elegantes –San Agustín, Vergara, Coliseo y Betlemitas–, y aquellos destinados a cubrir las necesidades del pueblo, abiertos en las orillas y en calles de los barrios más tristes: Delicias, Jordán, Pescaditos, San Camilo, Perpetua y Puente Quebrado.

Antes de que el efímero gobierno de Francisco I. Madero inaugurara el servicio que llevó a los domicilios «el agua de la llave» (1912), quien deseara bañarse en su propia casa debía mandar por agua a las fuentes públicas o pagar a los aguadores el precio fijado por cada cántaro que transportaban. Los baños públicos cumplían entonces una función vital: eran opciones cómodas, rápidas, baratas.

En 1850, el empresario italiano Sebastián Pane introdujo en México una técnica para perforar pozos artesianos. En pocos meses dejó listos veinticuatro pozos para riego y ciento veinte para el servicio de casas particulares. Por primera vez en la historia de la urbe, algunas casas tuvieron agua al alcance de la mano. Pane se enriqueció. Para 1872 había amasado una de las grandes fortunas de su tiempo. Ese año, ofreció a los habitantes de la ciudad un mundo hasta entonces impensable: la Alberca Pane, un suntuoso balneario que se ubicaba en pleno Paseo de la Reforma (frente a la estatua de Colón) dotado con jardines, baños hidroterápicos, escuela de natación y alberca alimentada por fuentes brotantes. Agua para tirar para arriba: una orquesta «lisonjeaba los oídos de los bañistas», que podían elegir entre baño turco, vapor o regadera. Había además «terapia de choques eléctricos curativos» y se llevaban a cabo toda clase de concursos: «El que atraviese la alberca sentado en el toro respingón sacará un premio de diez boletos de baño», se leía en un anuncio publicado en El Siglo Diez y Nueve. No sólo eso: un sistema de tranvías de mulitas – pagado por el propio Pane– conducía a los clientes desde el centro de la ciudad hasta las puertas mismas del balneario.

Durante los treinta años siguientes, la Alberca Pane fue el polo de atracción de los fines de semana. Antiguas fotografías muestran la alberca a reventar. En una nota cargada de sarcasmo, Ángel de Campo recoge un puño de escenas características de aquel balneario:

–Gordos que nadaban de a muertito.

–Viejos que medían la temperatura del agua con la punta del pie.

–Padres que enseñaban a sus hijos «a hacerse hombres», lanzándolos de golpe a «las aguas procelosas».

–Venus que intentaban emerger arrobadoramente de las espumas.

–Individuos sofocados, que pataleaban hacia la orilla con los ojos abiertos de espanto.

La alberca cerró en 1906. Cuando Madero llevó el drenaje a los domicilios, los baños públicos padecieron la primera embestida. Muchos de ellos conservaron, sin embargo, una clientela alentada por los supuestos poderes curativos del vapor, «que expulsa las toxinas que nos achicopalan y taran el cuerpo». Esa aduana que hacía que los crudos regresaran al mundo, y contenía todo cuanto necesitaba «un sobreviviente de una noche de onomástico», ha sido cercenada, casi por completo, de la vida urbana.

Ropa para el 9, zacate para el 12. Los viejos anuncios de los baños públicos se caen como los dientes en la boca de una anciana: la ciudad díscola y aparatosa, del poema de Efraín Huerta.

1755
La fuente más antigua de México

La hallé, olvidada de todos, a las puertas del Metro Chapultepec. Los puestos ambulantes y el autotransporte urbano la habían invisibilizado; el Circuito Interior la mantenía aislada en el centro de un jardín seco y minúsculo. Tuve lástima de ella: la fuente más antigua que hay en la ciudad; más vieja que la fuente de la Victoria que Manuel Tolsá alzó en una de las glorietas de Bucareli– y hoy preside la plazuela de Loreto–; más antigua que cualquiera de las fuentes de la Alameda; más rancia que las que uno podría hallar en cualquier rincón del Centro.

Oculta por los vendedores de cepillos, de pilas, de mochilas, de gorras, de tacos, de hot-dogs, la fuente más vieja de la ciudad vuelve a ser visible los domingos, como un pariente decrépito que sólo sale de su habitación cuando no hay visitas en la casa.

La llamaría suntuosa y magnífica. Debió serlo así en algún tiempo, pero ahora su caja de agua está rajada en dos y luce chueca, rota, desgastada. Con rastros de graffiti.

En esta fuente comenzaba, hace siglos, el vistoso acueducto de Chapultepec. De aquí partían los 902 arcos coloniales que Porfirio Díaz hizo derruir en 1896, y que luego de correr cuatro kilómetros desembocaban graciosamente en el tazón de piedra del célebre Salto del Agua.

Si la fuente terminal del acueducto –la de Salto del Agua– se ha convertido en todo un referente urbano –fue uno de los motivos más retratados durante el siglo xix–, de la fuente inicial se desconocen detalles básicos como el nombre de su autor y la fecha de su inauguración (el autor de la otra es Ignacio Castera; comenzó a funcionar en 1779). Se cree que el virrey Agustín de Ahumada y Villalón, marqués de las Amarillas, debió inaugurarla entre 1755 y 1760; se sabe que en aquellos días la fuente se hallaba un poco más al poniente, a la entrada del Bosque de Chapultepec en donde surgían los manantiales que alimentaban de «agua gorda» a los habitantes de la metrópoli. (El «agua gorda» era más salitrosa que la «delgada» que llegaba desde Santa Fe por el acueducto de San Cosme: se usaba, por lo general, en labores de limpieza.)

Durante más de un siglo, esta vieja fuente surtió a los habitantes de San Miguel Chapultepec: algunas imágenes la muestran rodeada de aguadores que cargan sobre la espalda las tradicionales vasijas de barro conocidas como «chochocoles». En 1921, un arquitecto de moda, Roberto Álvarez Espinosa, autor de la estatua de la Corregidora que se halla en la plaza de Santo Domingo, la cambió de sitio para agrandarla y colocarle vertederos movidos por electricidad. Para entonces, el acueducto había sido demolido. Sólo quedaban, para el recuerdo, los veinte arcos que embellecen la avenida Chapultepec a las afueras de la estación Sevilla.

La fuente se convirtió en un simple elemento decorativo que pronto se vio alcanzado y devorado por esa forma de la equivocación que a veces llamamos modernidad.

En el último tercio del siglo xx, tras la acometida que significaron las obras del Metro, el Circuito Interior y los ejes viales, la fuente original del Salto del Agua fue rescatada y conducida a las huertas del convento de Tepozotlán; en su lugar se dejó una copia, tan bella y perfecta como la virreinal.

La fuente más vieja de la ciudad no corrió con la misma suerte. Los altorrelieves de niños con jarrones y motivos florales que la decoran se van desdibujando bajo el sol. En unos años serán manchones irreconocibles en una metrópoli que no conoce sus tesoros, que no sabe, muchas veces, qué demonios hacer con sus joyas.

1757
Arqueología del asfalto

La primera calle empedrada que hubo en la Ciudad de México fue la de los Cereros. Ahora esa calle se llama Monte de Piedad. Ahí estuvieron alguna vez las casas del conquistador Hernán Cortés, las cuales, según las crónicas, eran tan grandes y bien plantadas que parecían una ciudad dentro de la ciudad. Durante los primeros años de la Conquista, en los bajos de aquellas casas se establecieron talleres de guarnicioneros, silleros, espaderos y talabarteros. Como a las puertas de la residencia de Cortés había siempre una guardia, la calle se llamó, también, calle de la Guardia.

Hacia 1750 estaba ocupada por vendedores de cirios y de velas, y tal vez como una deferencia a los herederos del conquistador el gobierno virreinal había procedido a empedrarla. José María Marroqui localizó un documento fechado en 1757, en el que se habla ya de la calle del Empedradillo. Artemio de Valle-Arizpe afirma que el nombre surgió «desde que la vio la gente con su buen piso de piedra».

En los años anteriores a aquel instante fundacional, la ciudad se hallaba compuesta por calles de tierra en las que, sigue don Artemio, «el viento se daba amplio gusto alzando enormes polvaredas». En una crónica titulada «La pavimentación», Valle-Arizpe relata cómo aquella «trascendental mejora» fue tan bien recibida por el público, que el gobierno se puso a empedrar una calle tras otra.

Desde 1771, el empedrado se retiró de algunas avenidas principales, como Plateros y San Francisco –las niñas consentidas de la metrópoli–, a las que se adoquinó con piedra de recinto. Aunque este adoquín jamás volvió a ser repuesto, y al paso de los años en todos los rumbos de la ciudad existían hoyos, piedras sueltas y desniveles, durante un tiempo pareció que la capital del virreinato rivalizaba con las mejores ciudades españolas. Valle-Arizpe cuenta que, tras la llegada al virreinato del segundo conde de Revillagigedo, «hasta los más sórdidos callejones tuvieron su empedrado».

La literatura, los daguerrotipos y las primeras placas fotográficas muestran, sin embargo, una ciudad lodosa y polvorienta: calles donde han quedado impresas las huellas de los carruajes, las herraduras de los caballos. El escritor Ciro B. Ceballos relata que en los años más fuertes de la «europeización» de la Ciudad de México, el gobierno de Porfirio Díaz reemplazó los adoquines coloniales por maderos embadurnados de chapopote. Así se usaba en París y en Berlín: los carruajes parecían correr con tersura, se apagaba el chocar de las ruedas contra la piedra, y todo mundo se sentía habitante de alguna capital europea. Hasta que vino la primera lluvia.

La humedad provocó la dilatación del entarugado. Algunos maderos se abombaron y otros se desprendieron de su sitio, «echándose a nadar sobre las aguas como los restos de un naufragio» (Ciro B. Ceballos). Se afirma que Miguel Ángel de Quevedo remedió aquello, y trajo al país el asfalto. La fecha: 1901. Miguel Ángel de Quevedo era entonces regidor de Obras Públicas. Gracias a él, la «jungla de asfalto» de la que habla el cliché nació en las calles de Coliseo, Refugio y Tlapaleros. Hoy las tres tienen el mismo nombre, 16 de Septiembre.

El asfalto se había empleado por primera vez en París en 1824 (la primera calle pavimentada del mundo: los Campos Elíseos). En 1905, Micrós reportó en su columna de El Imparcial el arribo a la ciudad del asfalto laminado. Según él, los autos rodaban con gran facilidad, aunque el nuevo pavimento tenía el inconveniente de privar al peatón de piedras, útiles antiguamente en caso de riña o ataque de perro.

Acabo de escribir que debemos a Miguel Ángel de Quevedo el nacimiento de la jungla de asfalto, y sin embargo ahora debo desdecirme, porque la jungla de asfalto es obra, en realidad, del presidente Plutarco Elías Calles y algunos distinguidos miembros de su gabinete, Aarón Sáenz entre ellos.

Calles fomentó el que sería el gran negocio de los gobiernos postrevolucionarios: la concesión y construcción de obras públicas. En 1924 se hizo socio de las compañías cementeras Anáhuac y fyusa, a las que entregó contratos para que asfaltaran calles y caminos de México. Un ex secretario de Comunicaciones, Juan Andrew Almazán, confesó alguna vez que por órdenes de Calles visitó a representantes de la Standard Oil.

–¿A ustedes les conviene que se gaste mucha gasolina, verdad? –les preguntó.

–Pues claro.

–Bueno, pues para que se gaste mucha gasolina, necesitamos hacer muchos caminos.

Almazán salió de la reunión con un crédito de varios millones para la construcción de calles y carreteras. Y como Anáhuac y fyusa monopolizaban la producción de asfalto, el dinero cayó a manos llenas en los bolsillos del Jefe Máximo.

El asfalto, en consecuencia, llovió también a manos llenas sobre la ciudad. Surgió la sociedad del asfalto, la mancha urbana que treparía vorazmente las lomas, las cuestas, los cerros. La ciudad se volvía gris y Valle-Arizpe terminaría por describir de este modo el nuevo horizonte: «asfalto por todos lados».

1763
Manuscrito del que lo vio todo

En 1763, un viajero tardaba ochenta días y debía recorrer casi dos mil leguas para ir de Cádiz al puerto de Veracruz. El mar comenzaba siendo azul claro e iba mudando de color, según la variedad del fondo. A la altura de la Martinica se hacía verdinegro. A veces, la marcha era interrumpida por el avistamiento de fragatas corsarias. La tripulación padecía por los intensos calores y la excesiva calma del viento. Los pilotos le temían a «los Caimanes», dos islas despobladas, rodeadas de corrientes asesinas, y también a «los Alacranes», una zona de arrecifes que mordían sin piedad a las embarcaciones que se acercaban demasiado.

–Durante los ochenta días del viaje–, cada media hora un oficial de la guardia de popa llamaba a la guardia de proa: «¡Ah de la proa! ¡Ah!». La tripulación entera replicaba: «¿Qué dirán? ¿Qué dirán?». El oficial de la guardia de popa insistía: «¡Alerta la buena guardia!». La guardia de proa contestaba al fin: «¡Alerta está!».

En julio de ese año de gracia de 1763, mareado a tal punto que la tripulación pensó que no iba a sobrevivir al viaje, el fraile Francisco de Ajofrín se dirigía a Nueva España, con la misión de recabar limosnas para que un grupo de frailes capuchinos pudiera cumplir labores evangelizadoras en el Tibet.

El mareo le pegaba «con exceso y ansias mortales». Ajofrín, sin embargo, se las ingeniaba para anotar en un diario los sucesos más significativos de la travesía; dibujaba incluso, con hermosos detalles, el perfil de las islas que la fragata La Perla iba encontrando.

El manuscrito del fraile fue descubierto en 1936 en la Biblioteca Nacional de Madrid. Para entonces, salvo las islas, los arrecifes y las marejadas, nada quedaba en el mundo de lo que Ajofrín describió. Pese a todo su crónica era tan viva, tan fina, tan extraordinaria, que permitía a los lectores volver a mirar aquel mundo perdido. El diario de Ajofrín consta de siete tomos. Las páginas que dedicó a la capital de la Nueva España son un clásico de la crónica mexicana. En 2014, aún podemos acompañar al fraile: podemos entrar con él por calles perfectamente trazadas y repartidas, en las que la fragilidad del subsuelo hace, sin embargo, que los edificios naufraguen como buques: «He visto casas en la calle de Tacuba, frente a Santa Clara, sepultada enteramente la primera vivienda», escribe en su diario.

Caminando a su lado, podemos conocer la extrañeza que provocaba en los europeos el modo de saludarse de los habitantes de la Nueva España:

«Aunque sea hombre con mujer, se dicen: Adiós, mi alma; adiós, mi vida; adiós, mi consuelo; adiós, espejo mío. Es usted mi honra; es usted todo mi querer; es usted mi almita; es usted mi vida… Es usted mi amo; es usted mi señor.»

A Ajofrín le sorprendía que al encontrarse en la calle, la gente se preguntara de corrido, «sin hacer coma ni punto»: «¿Cómo está usted? ¿Cómo lo pasa usted? ¿Cómo le va a usted? ¿Cómo se halla usted?.» Se le hacía rarísimo que cuando alguien preguntaba: «¿Qué hora es?», le respondieran con un «Quién sabe.»

Españoles, indios, negros y mestizos deambulaban por calles pletóricas y abigarradas. También caminaban por ellas las «varias castas de gentes»: los mulatos, los moriscos, los barcinos, los alvarasados, los castizos. «Los lobos, cambujos y coyotes –escribía Ajofrín– son gente fiera y de raras costumbres. Los albinos se llaman así porque son sumamente blancos, hasta el cabello; son cortos de vista y se ha observado que viven pocos años. Torna atrás o Salva atrás llaman porque vuelve al color pardo de sus antecesores. Tente en el aire, porque ni es blanco ni es negro».

Hombres y mujeres fumaban tabaco a rabiar, «siendo su consumo exorbitante, pues apenas dejan el cigarro de la mano en todo el día»; incluso cuando iban de visita, a mitad de la conversación sacaban de sus bolsas eslabón, pedernal y yesca para encender sus cigarros y seguir fumando. Chicos y grandes, ricos y pobres, todos usaban gorros blancos y con ellos asistían a procesiones, entierros y funciones públicas: «Ayudan a misa con gorro… se ponen en el comulgatorio con gorro, y sólo se lo quitan al tiempo de recibir a Su Majestad [el virrey], e inmediatamente se lo vuelven a poner… todos traen su gorro muy empingorotado».

El panorama de México, decía Ajofrín, era bello y contradictorio: ¡en vez de fuego los volcanes tenían nieve! Las casas eran vistosas –«hay tanta grandeza en México, caballeros tan ilustres, personas ricas, coches, carrozas, galas y extremada profusión»–, y sin embargo la miseria era aterradora: «Es el vulgo en tan crecido número, tan despilfarrado y androjoso, que lo afea y mancha todo –escribió–. De cien personas que encuentres en las calles, apenas hallarás una vestida, y calzada. Ven a verlo. De suerte que en esta ciudad, se ven dos extremos diametralmente opuestos: mucha riqueza y máxima pobreza; muchas galas y suma desnudez; gran limpieza y gran porquería».

Camina Francisco de Ajofrín por la Ciudad de Méxco. Los descalzos venden zapatos, los desnudos venden vestidos. Las indias no traen a sus hijos en brazos, «sino atrás, en las espaldas». Las lagunas no dan peces, sino patos. «Todo es aquí al revés de la Europa».

Camina Ajofrín por la ciudad: le sorprende el entendimiento de los naturales en «todas facultades y ciencias». Lamenta, sin embargo, que a los treinta años entran todos en decadencia «por falta de fomento y plazas en qué acomodarse». La Nueva España eterna: el fraile mira la ciudad. Y una tarde, anota en su diario: «Muchos siempre a caballo por las ciudades, sin saber dar un paso a pie; muchos siempre a pie por no tener jamás un caballo».

–La ciudad que no cambia.

1775
¿A qué nombre?

Están en la fila con bultos diminutos o con el puño apretado en el bolsillo del saco. En esa fila se adivinan destellos de plata, chispazos de oro. Ir al Monte de Piedad pasado el 6 de enero, no importa de qué año, constituye el colofón de un extraño periodo de fiesta conocido en México como «el Guadalupe-Reyes».

Lo que sigue al «Guadalupe-Reyes» se parece al Nemontemi de los aztecas: unos días secos y vacíos, posteriores a la última ceremonia ritual, en los que sólo existe un ayuno prolongado, lacerante, general.

Esa fecha fatal en la historia de México estuvo ahí, ha estado ahí, no se sabe desde cuándo. Sobrevivió a los mexicas y sobrevivió a la Colonia. En las novelas mexicanas del siglo xix –canta, ¡oh, Payno!–, los personajes rezan. Y si esto no da resultado van al Monte a empeñar sus sables, sus sarapes, sus calzones, sus guitarras, sus sombreros, sus toquillas.

La primera novela mexicana, El Periquillo Sarniento, cuenta la historia de un individuo que asistía al Monte de Piedad cada vez que era necesario enfrentar la adversidad (el resto parecen capítulos incidentales). Y es que en términos de la beneficencia pública, El Monte siempre ha sido más efectivo que Dios, más confiable que el Estado.

El sábado 25 de febrero de 1775, don Francisco Carabantes fue el primer ciudadano de la Nueva España que hizo fila frente a una ventanilla del Nacional Monte de Piedad. Carabantes iba a poner en práctica un verbo extraño: pignorar («dar o dejar en prenda»).

Ese día, la casa fundada por el gran magnate de la Colonia, el conde de Regla, abriría sus puertas «para proporcionar alivio a la población menesterosa». Se había hecho tal propaganda que quinientos o seiscientos vecinos hicieron fila frente a la institución, que por entonces se hallaba más allá de la calle de San Ildefonso, por el colegio de San Pedro y San Pablo.

Carabantes pignoró aquella mañana un aderezo de diamantes. Con ese simple acto inauguró el futuro nacional: un país de pignorantes.

Cuando Guerrero, Iturbide y el Ejército Trigarante avanzaron por Plateros, y se acantonaron en la Plaza Mayor para proclamar la Independencia, el Nacional Monte de Piedad llevaba ya 46 años de arraigo en las estructuras más profundas de la vida cotidiana. Entonces el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas. Tal vez a eso se debe que en las primeras boletas de empeño los valuadores mencionaran que tal prenda había sido pignorada por «el hijo del alcalde», y que tal joya había sido empeñada por «la muertecita», o acaso por «la madre de la güera».

Dos siglos, tres décadas y tres años después, los descendientes del hijo del alcalde, la muertecita y la madre de la güera siguen agolpados frente a las ventanillas. Se fueron los virreyes. La ciudad creció y se arruinó. El Monte cambió de domicilio (desde 1836 se estableció donde lo conocemos: en la calle del Empedradillo), y desde entonces es uno de los poderes que se disputan el centro ritual, el Zócalo de México.

Hoy 13 mil personas enfrentan diariamente esa otra institución: la llamada «cuesta de enero». Antes se empeñaban zapatos, calzones, pistolas, hebillas, bacinicas, fajas, fondos, catres, ropa de cama, libros, guitarras y violines. Hubo un tiempo en que las teles, los radios, las licuadoras y las batidoras (¡oh, modernidad!) fueron los bienes más ofrecidos por los pignorantes. Ahora, el tiempo de los «artículos varios» ha pasado: 96% de la gente (cifras de la propia institución) lleva a empeñar relojes, aretes, pulseras, cadenas y esclavas.

Avanza una mañana más. Una fila desesperada y desesperante se disputa los 905 millones de pesos que el Monte prestará en la «cuesta de enero». El mundo es tan viejo que todas las cosas poseen un nombre, y para mencionarlas no hay que señalarlas con el dedo: ya todos somos pignorantes.

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Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
30 avqust 2024
Həcm:
340 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9786078564439
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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