Kitabı oxu: «La organización desterritorializada»



Rojas Rojas, William
La organización desterritorializada / William Rojas
Rojas, Héctor L. Bermúdez.
Cali : Programa Editorial Universidad del Valle, 2020.
180 páginas ; 24 cm-- (Colección Ciencias de la Administración - Nuevo pensamiento administrativo)
1. Organizaciones empresariales - 2. Desterritorialización - 3. Cambio generacional - 4. Éxito en la administración - 5. Competitividad - 6. Análisis del discurso -7. Entorno organizacional
658.409 cd 22 ed.
R741
Universidad del Valle - Biblioteca Mario Carvajal
![]() | La organización desterritorializada© Universidad del Valle© Facultad de Ciencias de la Administración© Fernando Cruz Kronfly, Vanina Papalini, Elvira Narvaja de Amoux, Yvon Pesqueux, Rafael Carvajal Baeza, Gilberto Cardozo, Jorge Manuel GilISBN 978-958-5168-94-7 Primera edición, mayo 2021 UNIVERSIDAD DEL VALLE |
Comité de publicaciones de la Facultad de Ciencias de la Administración
Edgar Varela Barrios Ph.D.
Rector Universidad del Valle
Omar de Jesús Montilla Galvis
Decano y Presidente del Comité de Publicaciones
Carlos Arango Pastrana
Vicedecano de Investigaciones y Posgrados
Carlos Hernán González Campo
Editor Revista Cuadernos de Administración
Bairon Otálvaro Marín
Representante Departamento de Administración y Organizaciones
Alvaro Pio Gómez
Representante Departamento de Administración y Organizaciones
Jorge Alberto Rivera Godoy
Representante Departamento de Contabilidad y Finanzas
Maritza Rengifo Millán
Representante Departamento de Contabilidad y Finanzas
Sara Alejandra Alzate
Técnico de apoyo del Comité de Publicaciones
Facultad de Ciencias de la Administración
Calle 4B No 36-00
Sede San Fernando, Edificio 124.
http://administracion.univalle.edu.co/
Cali, Valle del Cauca
Colombia
Carátula
‘De la serie “Bajo la luna”, detalle.
Luis Fernando Peláez 2009
Fotografía, Carlos Tobón’
Diagramación, corrección de estilo e impresión
Artes Gráficas del Valle S.A.S.
Tel: 333 2742
Cali, Valle del Cauca
Colombia
El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera su responsabilidad frente a terceros. El autor asume la responsabilidad por los derechos de autor y conexos contenidos en la obra, así como por la eventual información sensible publicada en ella. Este libro, o parte de él, no puede ser reproducido por ningún medio sin autorización escrita de la Universidad del Valle.
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
TABLA DE CONTENIDO
PRESENTACIÓN
1. EL TIEMPO, LAS GENERACIONES, LAS ORGANIZACIONES Y EL TRABAJO
Fernando Cruz Kronfly
2. LA GESTIÓN DEL ÉXITO Y SUS RITUALES
Vanina Papalini
3. ANÁLISIS DEL DISCURSO: UNA PERSPECTIVA TRANSDISCIPLINAR EN LAS CIENCIAS HUMANAS Y SOCIALES
Elvira Narvaja de Amoux
4. EL TERRITORIO COMO NUEVA FRONTERA DE LAS ORGANIZACIONES
Yvon Pesqueux
5. LA ESTRUCTURA ORGANIZACIONAL INTERROGADA. A PROPÓSITO DEL MENOSPRECIO
Rafael Carvajal Baeza
6. EN ARGOS LA REALIDAD LABORAL CAMBIA. DE LA RUPTURA DE LA MASACRE DE SANTA BÁRBARA AL ACUERDO DE LA CONVENCIÓN COLECTIVA ÚNICA
Gilberto Cardozo
7. ¿PUEDE LA CONTABILIDAD CRÍTICA AMPLIAR LOS HORIZONTES DEL PENSAMIENTO ADMINISTRATIVO?
Jorge Manuel Gil
NOTAS AL PIE
PRESENTACIÓN
La organización desterritorializada es un nuevo libro de la colección dirigida por el Grupo de Investigación Nuevo Pensamiento Administrativo. Es de resaltar que la colección sigue cumpliendo su objetivo de divulgación de trabajos investigativos con el auspicio de las directivas de la Universidad del Valle y especialmente de la Facultad de Ciencias de la Administración. Agradecemos a los (as) autores (as) que contribuyen a que el Grupo de Investigación continúe mostrando una perspectiva crítica de ciertos fenómenos actuales inherentes a la organización y al pensamiento administrativo, como la mutación del tiempo en la hipermodernidad, la gestión del éxito, el examen crítico del discurso, la organización como territorio, el menosprecio, las relaciones laborales y la problematización de las concepciones de contabilidad y administración, entre otros.
Heredero de la ingeniería, el management, desde sus orígenes, se ha preocupado por comprender la estructura de la organización. De lo contrario, ¿cómo dirigirla? Históricamente, el material de ideas con el que está construido incluye siempre esa postura epistemológica. Por eso, los estudiosos de las ciencias de la dirección y de la organización deliran con los conceptos de estructura, sistema, forma, procesos, etc. No echar mano de ellos es el caos, y el caos es la antítesis de la administración. La organización tiene que parecerse entonces a un territorio, tanto en lo macro, como en lo micro es decir, esta tiene que ser un terreno concreto, delimitable, localizable. No importa si se trata de las grandes firmas multinacionales, de los enormes chaebols, de las redes de franquicias, de las PYMES o las microempresas. A pesar de la globalización de los mercados, de la deslocalización de la producción y la atomización de la distribución, etc., algo deberá constituir la identidad de las empresas, llámese la marca, la impronta, el distintivo, etc.
Sin embargo, la mencionada globalización de los mercados, en paralelo con la revolución de las comunicaciones, ha conducido, en tiempos de vértigo, a lo que hace ya medio siglo, en su Anti-Edipo, Gilles Deleuze y Félix Guattari (1972) llamaron “la desterritorialización” de todo tipo de flujos, lo cual, desde luego, ha revolucionado igualmente el universo de las organizaciones, protagonistas de la sociedad desde la industrialización del capitalismo. Las maneras ortodoxas de dirigir las empresas se vieron obligadas a ceder el paso a nuevas figuras de dominación que exigen ser estudiadas también desde nuevas perspectivas.
Así, el primer capítulo de este libro, El tiempo, las generaciones, las organizaciones y el trabajo, de autoría de Fernando Cruz Kronfly, resulta importante para los gerentes, académicos y consultores, porque facilita pensar los problemas de gestión que emergen en la organización de nuestros tiempos y que no tienen una única explicación ni salida. Se acepta que la organización necesita de una subjetividad comprometida con el trabajo, sin embargo, el autor advierte que el mercado –y especialmente la ideología del consumo– ha resultado un “embudo” que atrapa a las generaciones que asumen un cierto desencanto con los valores modernos y la cosmovisión que entendía el compromiso con la empresa moderna. Entonces, plantea la tesis según la cual resulta fundamental entender que, en la organización, hay un encuentro complejo entre mentalidades, fruto de diversas formas de comprender y representarse el trabajo y la relación de subordinación. El autor advierte que la organización contemporánea está en presencia de un nuevo tipo de subjetividad que necesita pensarse y re-proyectarse en el marco de un encuentro complejo: el respeto a la individualidad hipermoderna y las obligaciones postuladas al sujeto trabajador moderno. Las organizaciones en las que se exige el trabajo disciplinado, comprometido y esforzado, deben entender que el pensar-vivir contemporáneo se ha alejado del sujeto que caía de hinojos ante los programas de motivación e intervención psíquica que prohijaba el frenesí ante el trabajo, es decir, frente a las lógicas de lealtad y compromiso duradero que se suponía en el capitalismo sólido. Salirse de lo instrumental y beber de la sociología, la antropología cultural (urbana) y el psicoanálisis, es la apuesta teórica del autor para pensar los derechos y las obligaciones en el trabajo actual.
Vanina Papalini es la autora del segundo capítulo, titulado La gestión del éxito y sus rituales. En su trabajo advierte que en la conceptualización managerial, que cose la vida organizacional, hay una premisa sobre el éxito que necesita ser problematizada. En sintonía con el primer capítulo, la autora se refiere al sujeto, pues es a él a quien se le hace responsable de los logros y pérdidas relacionadas con su trabajo. La importancia de este texto se puede resumir en que filosófica y sociológicamente se muestra que los postulados manageriales se presentan como higiénicos y esterilizados en la promoción y control del éxito (exitismo) que se demanda en nuestros tiempos. Entonces, la investigación se enfrenta a desenmarañar la algarabía sobre la cual y desde la cual la persona trabajadora es invitada y evaluada, bajo el amparo de constituirse objetivamente en un “empresario de sí mismo”. El conjunto de ideas y el camino que se traza para revelar el “sujeto ideal” que requiere o exige el éxito, se decanta en un llamado implícito para entender las aporías antinaturales. Entonces, la autora, recorriendo teorías del psicoanálisis, la socio-psicología clínica, la filosofía y los estudios culturales, invita a pensar cómo la empresa, los managers y el espíritu del capitalismo pueden desnaturalizar la vida y los procesos de subjetividad que daban identidad a la empresa que se proyectó como cuidadora de la dignidad humana y social.
El tercer capítulo, denominado El análisis del discurso: una perspectiva transdisciplinar en las ciencias humanas y sociales, elaborado por Elvira Narvaja de Arnoux, es fundamental para pensar desde una orilla transdisciplinar lo que pasa, se obvia y se puede esconder en los estudios organizacionales que no tienen en cuenta la “carne” inmanente al discurso. Con rigor, la autora demuestra que el análisis del discurso se ha constituido como un campo académico apoyado en disciplinas lingüísticas y no lingüísticas, que aborda de manera crítica la dimensión discursiva de las actividades sociales y de los modos de comunicación (organizacionales). La discursividad empresarial nunca podrá considerarse monodisciplinar, de ahí que en este texto se entienda que puede ser humanamente muy tóxico asumir al discurso empresarial y gerencial como un mero instrumento con el que se busca objetivar el trabajo y la gestión. Dicho de otro modo, el trabajo de la investigadora facilita entender que el pensar las prácticas organizacionales requiere de desterritorializaciones que solo emergen de categorías transdisciplinares que indagan la fuerza, técnica e intencionalidad.
El territorio como nueva frontera de las organizaciones, de Yvon Pesqueux, es el cuarto capítulo de esta obra, el cual problematiza las concepciones inherentes a una noción como la de desterritorialización. El autor no desfallece ante el aparente consenso con el cual se ha aceptado y cultivado la ampliación del concepto de territorio en la modernidad y la hipermodernidad, pues considera que hacerlo contribuye a la legitimación de una “monstruosidad democrática”, que promueve consensos en torno a la indiferenciación que exige la globalización económica del mercado. Pesqueux desdobla el resultado de su pesquisa para demostrar que es necesario huir de la noción de territorio como un espacio de reconocimiento neutral. Recurriendo a la filosofía, el autor muestra que el territorio ha sido un concepto que se transforma en procesos de inclusión y exclusión, propios de un espíritu capitalista homogeneizador e innovador.
El autor señala que las organizaciones se pueden desterritorializar en nombre de la libertad e integración, empero, tal pretensión no evita el trazado de fronteras que les es inmanente; comprender el borrado y el remarcado de los límites facilita entender que la organización ocupa y explota espacios y culturas vecinas. En general señala la necesidad de pensar el entretejido de ciertas dinámicas organizacionales que polarizan y delimitan a la fuerza el arraigamiento de grupos y sociedades humanas que, de una u otra manera, se han visto expuestas al “tecno-mestizaje”. Con la reflexión sobre la noción de territorio, el autor problematiza el concepto de límite, pues es desde él que se puede hacer visible la aparición y reaparición de nuevas restricciones, barreras y censuras, que modifican y erosionan el orden de las significaciones que entronizan la civilización científico-tecnológica, centrada en la creatividad de espacios para el mercado. Como lo sostiene Pesqueux, “el territorio es el que autoriza la dualidad ‘identidad-alteridad’ donde el límite es el que permite abrir ese juego”. Juego que deshumaniza muy sutilmente la identidad que reconocía la alteridad, por tanto, la diferencia humana.
Rafael Carvajal Baeza es el autor del quinto capítulo, titulado La estructura organizacional interrogada. A propósito del menosprecio. El trabajo se propone demostrar que en el seno de la estructura organizacional –representada en los organigramas– emana y se cultiva el menosprecio a la vida humana. Para abordar el tema el autor recurre a los factores socioeconómicos que para Marx median entre una disposición administrativa mercantilizada –la estructura orgánica de la empresa– y la erosión de la dignidad humana. Resulta interesante observar cómo Carvajal Baeza problematiza la estructura orgánica como un núcleo paradigmático que, en el marco del mercado desregulado, muy pocos investigadores se atreven a cuestionar. Bajo la rejilla de la economía de la organización industrial, se sostiene que la organización se potencia haciendo permanentes reconfiguraciones de la estructura que, si bien la mantienen e incrementan su fuerza en el mercado, también facilitan la emergencia de prácticas y acuerdos colusorios que resultan tóxicos para la dignidad de muchas personas que soportan y sufren la economía de mercado. El autor se compromete a demostrar que la mirada objetivista y neutra de la estructura orgánica del diseño empresarial y de control implica un enceguecimiento frente a las variables sociales, económicas, legales y éticas que deslegitiman y legitiman el quehacer organizacional.
En el capítulo sexto, denominado En Argos la realidad laboral cambia: de la ruptura de la masacre de Santa Bárbara al acuerdo de la Convención Colectiva Única, Gilberto Cardozo hace gala de su experiencia como gerente de personal, al alzar su pluma para la reconstrucción de un caso muy importante para el pensamiento organizacional colombiano. Reconstruir desde un conocimiento reflexivo directo facilita visibilizar la transformación de las relaciones de trabajo durante cerca de 20 años en Cementos Argos. El autor muestra que el imaginario gerencial que no pierde la orientación humanista y crítica, puede lanzarse a entender un acontecimiento que marcó un punto de inflexión para defender y promover relaciones humanas respetuosas de diferencias propias de la relación de subordinación. Resulta interesante observar cómo el autor se empeña en demostrar que ampararse en principios y valores dignificantes facilita el encuentro sindicato-empresa. Por supuesto, su pensamiento contribuye a entender cómo las políticas de relaciones laborales pueden tejer de manera compleja el accionar de una empresa capitalista ortodoxa (conservadora y en expansión) con las reivindicaciones de los trabajadores que se sindicalizan.
Finalmente, en el capítulo siete el profesor Jorge Manuel Gil presenta su trabajo titulado ¿Puede la contabilidad crítica ampliar los horizontes del pensamiento administrativo? Allí el autor parte de reconocer que para él los enfoques ortodoxos, clásicos y positivistas del pensamiento administrativo y contable consolidan el establishment y el espíritu universitario contemporáneo. Sin embargo, se considera fundamental el pensamiento crítico para el desarrollo de una postura que trata de obturar un pensar difuso que parece anclarse en lo instrumental, que no problematiza el método y las consecuencias del sistema capitalista. El balcón desde el cual se despliega este trabajo es el de reconocer que todo conocimiento profesional humanista requiere debatir los postulados y prácticas que ordenan y afectan la vida en sociedad y el entorno natural. Reconociendo que la administración estructura una forma de acción ex ante y que la contabilidad orienta la interpretación ex post, el autor desafía la objetividad con la que aparentemente se decide y se actúa en el mundo actual. Y es desde allí que se atreve, filosóficamente, a revivir el debate que abren Changeaux y Ricoeur respecto de la naturaleza y norma en relación con la suerte que se le define al pensar y actuar social. Resaltando la centralidad de la sociedad, el autor propone un cavilar dialéctico que facilite identificar que, tanto la administración como la contabilidad, se encuentran condicionadas, más no por eso tendrían que quedarse en el cerrojo finito de las instituciones y sus significaciones más instrumentales.
Esperamos, con este libro, mostrar a los lectores que el Grupo de Investigación Nuevo Pensamiento Administrativo avanza en las preocupaciones en busca de un pensamiento organizacional, y que se aferra a corrientes intelectuales que ensayan a comprender lo que determina la crisis de lo social y lo humano en nuestros tiempos. Esto implica continuar creando reflexiones que se rebelen frente al pensamiento de aquellos que consideran ineludible la erosión de la dignidad humana –como si fuera una fatalidad– en la permanente desterritorialización moral que impone el mercado.
En esta oportunidad el grupo de investigación ha invitado como co-editor al profesor Héctor L. Bermúdez, porque considera que su trabajo ha permitido ampliar la difusión del pensamiento que busca movilizarse en torno a deconstrucciones ortodoxas que paralizan, en medio del declive de la dignificación de la humano-organizacional.
William Rojas Rojas
Profesor. Grupo de Investigación Nuevo Pensamiento Administrativo
Universidad del Valle
Héctor Bermúdez.
Profesor. Grupo de Investigación Comportamiento Humano Organizacional
Universidad de Antioquia
1. EL TIEMPO, LAS GENERACIONES, LAS ORGANIZACIONES Y EL TRABAJO
Fernando Cruz Kronfly
1.1 RESUMEN
Se pretende demostrar que no es el simple paso del tiempo la causa principal de las líneas que separan las generaciones. Hubo épocas históricas en que el tiempo parecía estar quieto y la humanidad vivía inmersa en tradiciones inamovibles. Pasaban siglos y las generaciones solo se diferenciaban por las edades pero no por su modo de representarse el mundo. Los padres legaban a sus hijos sus mismas cosmovisiones y modos de pensar y de vivir. Y la voz hegemónica de Dios estaba detrás de la quietud del mundo y el orden establecido. Pero hubo un momento en la historia de Occidente en que el tiempo se puso en marcha y empezaron a modificarse las representaciones del mundo. Detrás de estas transformaciones y nuevas velocidades estuvo la economía, la ciencia y la técnica, las cuales produjeron un cambio en la mentalidad y el modo de representarse el mundo y vivir. Es decir, un nuevo tipo de subjetividad. Se pretende, entonces, demostrar que la línea de separación, cada vez más profunda entre las generaciones, no la produce el simple paso del tiempo, sino el advenimiento de nuevas subjetividades, entendidas como modos de representarse el mundo, y desde allí nuevas formas de actuar y de vivir.
1.2 EL TIEMPO
Hubo una época en que el tiempo era una embarcación a remo en un mar sin término. Los días, los meses, los años y los siglos parecían estar quietos. La moda, señala Lipovetski, no consistía en la velocidad innovadora de lo mismo, sino en vestirse siempre calcando la manera de hacerlo de los antepasados. La agricultura se repetía a sí misma en los procedimientos y los artesanos trabajaban cantando en los talleres, con el fin de producir justo lo necesario para presentarse a las ferias locales a intercambiar sus productos en diferentes formas de trueque. La velocidad de las caravanas de los mercaderes que iban de feria en feria, digamos de Florencia a Gante, con sus pies polvorientos, no superaba los diez kilómetros diarios, y nadie se preocupaba de aquella lentitud que, además, ningún comerciante veía negativamente, como algo posible de ser modificado. El mundo tenía el ritmo de las cosas sabiamente dispuestas por Dios. Todo alrededor se suponía gobernado desde afuera del mundo humano, por una especie de voluntad, intención e inteligencia extra-mundana que sabía lo que hacía, por qué lo hacía y, ante todo, cómo lo hacía. Acerca de esta especie de destino los seres humanos nada podían hacer.
La subjetividad humana derivada de esta manera de ocurrir el tiempo, no se preocupaba más de lo debido de las cosas de este mundo, porque el destino humano consistía, ante todo y por sobre todo, en salvar el alma. Este era el proyecto esencial. Crear riqueza y apegarse a ella y a lo material, equivalía a un desvío de lo fundamental y a un evidente alejamiento de Dios. El dinero era definido como el “excremento del demonio”, y la ganancia en los pequeños intercambios y trueques ocurridos de las ferias era vista como un desequilibrio inmoral. En el siglo XIII, Santo Tomás, en su obra Del gobierno de los príncipes, considera inconveniente a los ojos de Dios, el comercio o intercambio de objetos del cual se derive una ganancia a favor de alguno de los intercambiantes en las ferias.
Paralela a esta mirada y voz monofónica del dogma sobre lo humano y sus asuntos, hacia el siglo XIV, y al ritmo de las ferias, empieza a observarse una dinámica comercial de relativa importancia. Este mundo encarnaba a su modo la ambivalencia humana, pues, mientras el comercio y la ganancia eran mal vistos a los ojos de Dios, y las monedas sonaban en las alforjas de los comerciantes como la sucia ebullición del estiércol del demonio, iba naciendo de este proceso una nueva clase social, diferente de la basada en la nobleza de los linajes y apellidos. Esta nueva clase social, de origen plebeyo en términos sociológicos, terminó por crecer y por consolidarse en paralelo con la aristocracia.
1.3 LOS PRELUDIOS DEL RENACIMIENTO
Estamos en los preludios del denominado Renacimiento, período en el cual empieza a surgir y consolidarse lo que Alfred Von Martin, en su estudio de caso sobre Florencia, denomina como una “nueva mentalidad”. Esta nueva mentalidad, que se desarrolla en paralelo con la mentalidad tradicional que venía de la denominada Edad Media en descomposición, empieza a representarse el mundo de una manera absolutamente diferente. Sobre todo, y de manera fundamental, aunque no única, el mundo económico y la generación de riqueza. Dicho de otro modo, el mundo económico, científico y técnico del Renacimiento da origen a un nuevo tipo de subjetividad. Entendida esta nueva subjetividad, entendida esta como un nuevo tejido de representaciones del mundo en las cuales se instalan a vivir los hombres y mujeres del Renacimiento, y desde donde actúan y deciden redefinir sus existencias. Nace entonces en el Renacimiento, entendido como una ruptura aguda de paradigmas y cosmovisión del mundo una nueva generación humana con la cual empieza en Occidente la modernidad mental.
Veamos:
Pico de la Mirandola abre un capítulo de confianza en la razón humana, en cuanto inteligencia capaz de construir un mundo humano con relativa autonomía frente a la inteligencia divina. Esta inteligencia o razón intramundana, puesta en marcha por los seres humanos, se supone capaz de fundar un mundo humano a su medida. Un mundo de pensamiento, de acción y de construcción humana, paralelo al divino. La Razón subjetiva humana toma confianza en sí misma y he ahí un componente sustancial del Renacimiento. Maquiavelo piensa la política por fuera de la mano de Dios, que quita y pone a su antojo príncipes y reyes. Descartes refunda la filosofía desde la tabula rasa que se propuso, para decir “pienso, luego existo”. Leonardo Da Vinci recupera a María Magdalena como el apóstol brazo derecho de Cristo y compañera suya. De la mano de un telescopio hecho con las uñas, y guiado por la matemática, Copérnico rompió el paradigma geocéntrico de siglos, donde el tiempo no pasaba linealmente como tiempo histórico, sino míticamente en busca del origen, y, como dice Thomas Kuhn, copernizó la mirada sobre el mundo, y el cielo de antes empezó a ser espacio. Gütemberg puso en marcha la imprenta y permitió la lectura individual y solitaria; la lectura ensimismada que fortaleció la maduración del principio de individuación. Cervantes puso a caminar a don Alonso Quijada, no hacia el bien y la salvación de su alma, sino hacia el azar y la casualidad del mundo, con lo cual dio origen a la novela como un nuevo género literario de la modernidad. Shakespeare hizo que Hamlet hablara consigo mismo, de tal manera que a través de este hablar interior se auto-transformara y descubriera parte sustancial de la compleja condición humana. Montaigne, al escribir sobre sus propios puntos de vista y no acerca de los puntos de vista de la tradición sagrada, fundó el ensayo como género. Y, a propósito he dejado de últimos a Calvino y Lucero, reformadores religiosos, tema del cual se ocupa el sociólogo Max Weber en su demostración sobre la relación existente entre el desarrollo y consolidación de la modernidad capitalista y la reforma moral que Calvino y Lucero se propusieron y lograron.
La apretada síntesis que precede solo pretende dar cuenta de lo que se presenta a continuación.
1.3.1 DERIVACIONES DE LA RUPTURA PARADIGMÁTICA MODERNA
En el Renacimiento ha surgido una “nueva mentalidad”. Esta nueva mentalidad es la moderna. La ruptura paradigmática que esto significa instaló una brecha generacional de las más profundas dimensiones, y el tiempo se puso en movimiento. Esta mentalidad moderna aboga por el conocimiento humano y su aplicación en la transformación del mundo a través de la ciencia y la técnica. Deja atrás los prejuicios morales sobre el apego a los bienes denominados materiales y formula una nueva ética acerca de la ganancia y el apego a los bienes materiales. Sin esta ruptura en los paradigmas morales de la tradición religiosa precedente, el capitalismo no hubiese logrado ser legítimo y posible.
El trabajo humano ahora deja de ser representado como aquel castigo infringido por Dios por los días míticos de la pérdida del Edén, y empieza a ser considerado como aquello que da sentido a la existencia y otorga dignidad a la vida.
El pasado ya no es la dimensión sagrada del tiempo del origen, sino la época oscura del atraso que debe ser en todo momento superado. El futuro se convierte en el horizonte del tiempo hacia donde es preciso marchar, porque al final de ese horizonte se otea una especie de salida liberadora de las penurias humanas que el conocimiento, la ciencia, la técnica y la economía habrán de producir.
Surge así la mítica moderna del “progreso” material y moral de la humanidad, consistente en suponer, en primer lugar, que la humanidad avanza desde el atraso originario hacia metas de liberación y felicidad como logros derivados de la progresión material misma, y en segundo lugar, que la humanidad avanza hacia el triunfo definitivo y sostenido del bien sobre mal, y el trabajo humano es el camino y el método para alcanzar esas metas. La idea de progreso y su mítica obraron sobre los cinco siglos del mundo moderno occidental como un imán poderoso detrás del cual se organizó y puso en marcha el proyecto moderno en su conjunto, tanto en sus componentes económicos y técnicos, gobernados por la racionalidad productiva instrumental de medios y fines, como el componente cultural de la modernidad, en términos artísticos, filosóficos y científicos.
Ha llegado el momento de hacer las siguientes precisiones preliminares que considero fundamentales.
1.3.2 PRECISIONES PRELIMINARES
a. La primera es que el motor de fondo que impulsa y aúpa esta nueva mirada sobre el mundo, es decir esta novedosa mentalidad que funda la generación mentalmente moderna, es el motor económico. Este pone en movimiento el tiempo estable y congelado de la Edad Media y obliga a agilizar las operaciones mercantiles porque, desde aquellos días, el tiempo es oro. Pero no solo la idea acerca del tiempo necesita redefinirse. El espacio donde ocurre el comercio, debido al mal estado de las vías, requiere mejoramiento con el fin de garantizar la nueva velocidad de las caravanas. Espacio y tiempo ya no son categorías inamovibles e intocables por la mano del hombre, definidas por Dios desde afuera de este mundo humano, sino que, por el contrario, pasan a convertirse en algo susceptible de hechura humana, de obra humana. Los hombres del comercio y la burguesía naciente se apoderan del tiempo y del espacio y lo hacen suyo. Los moldean y los configuran a su medida, según sus necesidades.
b. La segunda consideración, de absoluta importancia, es que en todo lo dicho hasta ahora ha quedado implícito el tema de que estamos en presencia de un proceso histórico que devino desde entonces en una sostenida carrera conducente a la frenética puesta en movimiento del tiempo. Tiempo que en el presente contemporáneo, denominado hipermoderno, se ha vuelto exhalación.
La vida humana ha quedado convertida en un perpetuo instante. Igualmente, asistimos a la casi desaparición del espacio. Tiempo y espacio se licuan. Pierden todo tipo de consistencia y solidez. Ambos desaparecen del mundo humano hipermoderno contemporáneo, como los “antiguos” limitantes y barreras que en otros tiempos fueron.
c. En tercer lugar, y como derivación de lo anterior, es posible concluir que la demolición del tiempo y espacio como dimensiones objetivamente limitantes, conduce al advenimiento de un nuevo tipo de subjetividad, en este caso la hipermoderna. En el entendido de que la subjetividad se define, para los fines de esta reflexión, como un determinado modo de representarse el mundo sin tiempo ni espacio, de instalarse en dichas representaciones y de vivir la vida y entablar relaciones con los demás a partir de allí.
1.3.3 CONSIDERACIONES COMPLEMENTARIAS
La puesta en velocidad del tiempo y el espacio durante las diferentes modernidades de los siglos XVIII, XIX y XX, en cuanto barreras y límites, la mitología moderna sobre el progreso material y moral de la humanidad como un axioma cultural indiscutible, la organización de la vida alrededor de la racionalidad productiva instrumental, el trabajo humano como dimensión liberadora capaz de otorgar dignidad a la vida y sentido a la existencia, en fin, todo esto ingresó a la subjetividad moderna como marco básico de representación del mundo, como estructura dentro de la cual el ser humano moderno se vino a vivir la vida a manera de nueva morada de refugio.
Dentro de esta nueva subjetividad moderna, el trabajo y la generación de ingresos personales pasó a convertirse en un motor de generación de individualidad que llenó de sentido la existencia. Para las mujeres, sobre todo, el trabajo, por duro que fuese, pasó a convertirse en un factor fundamental, relacionado con su emancipación de los dominios masculinos. Desde el trabajo, hombres y mujeres decidieron vivir con dignidad y gozar racionalmente la vida. El trabajo como un valor emancipador fue la morada del hombre moderno desde mediados del siglo XVIII hasta la primera mitad del siglo XX. Pero, en el sistema de representaciones mentales contemporáneo hipermoderno, ha ocurrido un cambio sustancial. Estas nuevas representaciones del mundo, que incluyen el trabajo, son vistas por algunos estudiosos como una especie de “mutación” generacional. Una mutación provocada, inducida, precipitada por los mass media y por las ideologías ligadas o anexas al consumismo.
Pero, volvamos un poco atrás. Esta nueva subjetividad moderna posrenacentista produjo una generación de hombres y mujeres definida, mucho más en razón de la configuración de su subjetividad, que por consideraciones y coordenadas de edad. Los hombres y mujeres modernos se unificaron como generación a partir de esta nueva mentalidad que, si bien se inició en el Renacimiento, maduró y se volvió casi hegemónica después de la segunda mitad del siglo XVIII y hasta mediados del siglo XX. Los hombres y mujeres modernos tuvieron esperanza y confianza suprema en la mítica moderna del progreso material y moral de la humanidad. Fueron optimistas antropológicos y creyeron en el futuro. Ligaron su sentido de vivir a esta esperanza y encontraron en el trabajo humano aquello que les daba dignidad, libertad y sensaciones de emancipación.
Sin embargo, las cosas son hoy muy diferentes. Dominique Méda, en su libro sobre el trabajo como un valor en extinción, hace énfasis en que para las nuevas generaciones el trabajo ya no es un valor, sino apenas una forma de ganarse la vida para gozar el presente en términos hedonistas.
Y, es aquí donde el concepto de generación vuelve a quedar problematizado, cuando se lo piensa en términos exclusivamente cronológicos, motivo por el cual es preferible utilizar para el análisis otro paradigma diferente, pues el simple referente cronológico lo reduce todo al mero paso del tiempo y no deja ver las transformaciones tan profundas que han ocurrido en la subjetividad hipermoderna contemporánea. Y no tanto esas transformaciones, sino los motores que las están causando.
Me refiero al paradigma conceptual denominado subjetividad, entendido como ese campo de representaciones del mundo propias del mundo contemporáneo, en el que los seres humanos se han instalado a vivir la vida y a relacionarse con los demás, pues lo que define, a mi entender, a las nuevas generaciones denominadas hipermodernas, es precisamente ese nuevo campo psíquico y cultural de representaciones del mundo que ha surgido con posterioridad a la mitad del siglo XX, y que se ha venido agudizando hasta nuestros días. Un paralelo con la subjetividad moderna podría en este momento ser útil, por lo tanto, se presenta a continuación.
Para el sujeto moderno posrenacentista la dimensión del tiempo más importante es el futuro, el cual es representado como horizonte de salida del progreso humano, para dirigirse hacia él y darle sentido secular a la existencia. Esto hace al sujeto humano moderno previsivo y ahorrativo de vida y de dinero. La vida queda futurizada.
En cambio, para el sujeto hipermoderno contemporáneo la dimensión del tiempo más importante es el presente. Para él, el futuro no existe aún, es por demás incierto e inasible y el pasado ya se fue. El presente es representado mentalmente como la dimensión temporal del goce de la vida, ya mismo y ahora mismo. La vida no debe ahorrarse ni diferirse, sino, por el contrario, gastarse ahora mismo en el advenimiento y provocación de sucesivos instantes veloces e intensos.
Para el sujeto moderno, su Yo psíquico deviene como una construcción profundamente derivada de la relación con la otredad. Dany-Robert Dufour define este Yo moderno como esencialmente binario. En tanto que el Yo propio de la subjetividad hiper-moderna es sustancialmente unario, en cuanto se configura a partir de una relación de desapego respecto del Otro, que sigue siendo necesario pero cada vez menos. Esa otredad es cada vez más virtual, ya que el sujeto contemporáneo quiere ser cada vez más autónomo y libre respecto de los límites, apegos y deberes que la presencia real del Otro impone. El Otro queda convertido, de esta manera, en una especie de espejo donde mirarse sin comprometerse.
Lo anterior conduce a la siguiente consideración adicional:
El sujeto moderno vive un relativo equilibrio entre los derechos que reclama y los deberes a los que se siente vinculado y obligado respecto de la alteridad. En cambio, en el sistema de representaciones del sujeto hipermoderno, hedonista y presentista, en el que el peso de la otredad ha palidecido, se observa un claro desequilibrio de la balanza entre derechos y deberes, de tal manera que pesan más para él los derechos que exige y espera, que los deberes que lo limitan.
La ética del sujeto hipermoderno no es pues “sacrificial”, como la define Lipovetski, puesto que no está dispuesto a sacrificarse por nada ni por nadie, en cuanto ha devenido como sujeto en extremo narciso e hiperindividualista.
El sociólogo norteamericano Richard Sennett, en su libro La corrosión del carácter, lleva a cabo un paralelo comparativo entre los obreros y empleados de una generación a la siguiente, para concluir en una radical diferencia generacional entre los padres y los hijos. La pregunta que uno se hace es a qué podría deberse esta radical diferencia de apenas una generación a la siguiente, habida cuenta de que en épocas anteriores el tiempo era más lento y las generaciones de hijos eran tan similares a las de sus padres.
¿Qué es lo que hace, entonces, que una generación termine siendo tan diferente a la que inmediatamente la precede en el tiempo?
¿Esto lo produce, automáticamente, el simple paso del tiempo? Veamos:
Por supuesto que todo proceso histórico de la humanidad, mental y material, así como todo proceso de la naturaleza y de la materia en sí misma, están instalados en el tiempo. Pero, hay algo más en el mundo humano, diferente del simple paso del tiempo en cuanto medición humana del movimiento, capaz de producir tan profundas mutaciones y casi abismos entre una generación y la siguiente, como ocurre en el caso del sujeto hipermoderno contemporáneo.
Este algo más es, sin lugar a dudas, la emergencia de un nuevo sistema de representaciones del mundo en el que los “jóvenes”, desde mediados del siglo XX, se instalaron para vivir la vida y desde allí actuar, comportarse y entrar en relaciones con la alteridad.
1.4 LA FÁBRICA SOCIAL DE UN NUEVO CAMPO DE REPRESENTACIONES
Todo indica que estas nuevas representaciones del mundo parecen haber sido fabricadas intencionalmente. Algunos autores sostienen que estamos en presencia de una actual producción industrial de representaciones del mundo a las que las “nuevas generaciones” son inducidas y donde ellas se instalan. Una de estas representaciones, quizás la más fuerte, aunque no la única, es la que surge de la ideología que lleva al consumo como escenario de realización feliz y lograda de la vida. Consumir en vivir. La intensa experiencia de la vida es casi imposible por fuera del consumo. Consumir permite gozar ya mismo. El consumo tiene el poder de producir psíquicamente sensaciones ciertas de vida ahora mismo. Sensaciones de inclusión social, además, para sentirse in y no out. El poder simbólico de las marcas suma a este mundo de representaciones y el cuerpo se convierte en el representante del Yo. Es decir, el cuerpo es el lugar donde el Yo psíquico se traslada a vivir. Templo y objeto de culto estético inducido y provocado, el cuerpo ha devenido en el lugar del goce de la vida y de la individualidad extrema narcisista.
Esta constelación de representaciones, que constituye un campo psíquico y cultural en el que se instala a vivir y a relacionarse con el mundo la subjetividad hipermoderna, nada tiene de ingenua ni de espontánea. Parece ser un campo de representaciones mentales inducido, provocado y auspiciado desde las fábricas de producción de subjetividad.
1.5 SUBJETIVIDAD HIPER-MODERNA Y TRABAJO
Instalados en este nuevo campo psíquico y cultural, los sujetos hipermodernos devienen especialmente difíciles para la vida organizacional y del trabajo disciplinado y esforzado. Estos sujetos contemporáneos son ideales, es cierto, para el consumo ansioso y el uso y abuso del dinero plástico, pero apenas funcionales para el trabajo disciplinado.
En consecuencia, el abismo generacional en nuestro tiempo es demasiado profundo y se muestra casi intempestivo. Hay autores que, incluso, hablan de una “mutación” en la subjetividad contemporánea, siempre en el entendido de que no se trata de una mutación en términos genéticos o biológicos, sino del campo o constelación del mundo de las representaciones mentales al que las nuevas generaciones se vinieron a vivir y desde las cuales no solo ven el mundo, sino que actúan en él y se relacionan con los demás.
Lo que me he propuesto es, entonces, situar el tema de las generaciones actuales y el mundo del trabajo, en coordenadas diferentes del simple paso natural del tiempo. Los cambios en la subjetividad actual, que permiten hablar de la hipermodernidad, han sido al parecer inducidos y provocados por la ideología del consumo, principalmente. Ideología instalada en un mundo “mass mediático” y en una tecnología que ha triturado las dimensiones tradicionales del tiempo y el espacio. Esta ideología ha provocado una mutación cultural narcisista y hedonista, unaria y presentista, que se interiorizó como un nuevo tipo de subjetividad diferente de la moderna, sin desprenderse por completo de la matriz moderna. Y la tecnología ha permitido la conversión de la realidad objetiva y real en virtual, de tal manera que los apegos y compromisos con la alteridad se debilitan y los seres humanos con los que se entra en relación terminan convertidos apenas en imágenes de pantalla, en lejanos receptores de mensajes que no incomodan ni limitan, es decir en apenas medios útiles para el goce y afirmación del Yo narciso. En los “perfiles” y en el facebook los sujetos hipermodernos gritan y dicen al mundo quienes son a partir de sí mismos y desde su propio ensimismamiento, sin que en la generación de esta imagen apenas autoconstruida haya participado la alteridad. Dicho de otro modo, la tecnología ha profundizado el camino del ensimismamiento y de la casi eliminación del peso de la alteridad.
1.6 IMPLICACIONES DE LA SUBJETIVIDAD HIPER-MODERNA EN EL TRABAJO
Si intentamos ahora un resumen, que permita relacionar los rasgos de la subjetividad hipermoderna contemporánea como, una generación y el trabajo, podría concluirse:
a. El trabajo ya no es un valor que otorga sentido a la existencia, sino apenas una forma de obtener ingresos para vivir y gozarse la vida de modo narcisista. Dominique Méda se refiere a este punto diciendo que el trabajo es un valor en extinción. No es que el trabajo en sí mismo se encuentre en extinción, sino la representación psíquica y cultural de él como un valor capaz de dar sentido a la existencia.
b. La ética del sujeto hipermoderno no tiende a ser sacrificial, pues este no está dispuesto a sacrificarse por nada ni por nadie. Esta ética, expresada en el mundo del trabajo, conduce a convertir la actitud del menor esfuerzo en una especie de principio rector de la vida laboral y, por extensión, de la vida en general.
c. El sujeto contemporáneo hiper-moderno no tiene esperanza clara en nada. Vive el día a día. Para él declinaron las utopías políticas que daban esperanza y que movilizaron a los sujetos modernos del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Todo esto se derrumbó y, por lo tanto, el futuro prácticamente desapareció de sus ilusiones y preocupaciones. Su representación del mundo se ancló en el presente y su preocupación consiste en gozarse la vida intensamente.
d. En el mundo de las organizaciones y del trabajo disciplinado y esforzado, si bien esta des-ideologización y despolitización de la vida constituye una ventaja, de otra parte es fuente de pérdida de las ilusiones y afecta el sentido de vivir de las personas que laboran en las organizaciones, incluyendo a los ejecutivos de mediano y alto rango. La depresión, ansiedad, sensaciones de vacío e inutilidad de la vida, que se traducen en desmotivación, son tema constante de nuestro tiempo. Todo esto debe ser “corregido” por las organizaciones mediante fuertes programas de motivación e intervención psíquica, pues, si la gente necesita ser motivada intencionalmente, es porque los sujetos contemporáneos padecen de una especie de desmotivación y desesperanza de época, la cual afecta severamente el vínculo laboral y el sentido de pertenencia. Las organizaciones deben invertir en motivación hoy en día lo que antes no era necesario porque el trabajo en sí mismo otorgaba sentido a la vida, daba dignidad y llenaba de alegría la existencia por esforzado que fuese.
e. La subjetividad contemporánea tiende al desapego. El sujeto de nuestro tiempo hipermoderno propende a entablar con las cosas y las personas relaciones y vínculos “líquidos”, contrario de “sólidos”, y comprometidos, para utilizar el lenguaje de Zigmunt Bauman. En el trabajo, en consecuencia, el sujeto de nuestro tiempo no desarrolla vínculos de afecto comprometido y duradero. A esto contribuye el tipo de contratación laboral de corta duración, por terceros o mediante cooperativas. No es fácil para las organizaciones retener hoy en día a los subordinados, porque este desapego los suele convertir en nómadas. Dicho desapego y nomadismo afectivo suele expresarse también en la amistad y en las relaciones sentimentales. Todo en nuestro tiempo, hasta las relaciones humanas, nacen con fecha de vencimiento.
f. El sujeto moderno se configuraba de modo binario, aceptando como parte de su mundo moral los límites que la otredad imponía. Pero el sujeto hipermoderno contemporáneo ha pasado a configurarse de manera unaria, tal como lo sostiene Dany-Robert Dufour, en cuanto tiende a configurarse predominantemente a partir de sí mismo. Es cierto que la otredad es imposible de eliminar, pero su peso es cada vez menor e incluso toma la forma de otredad virtual, que si es del caso se puede hacer desaparecer oprimiendo tan solo un dispositivo en el teclado. En el mundo del trabajo y de las organizaciones, este unarismo psíquico, constitutivo del sujeto contemporáneo, concuerda con su desapego respecto de la otredad, tanto como con la ley del menor esfuerzo convertido en principio de vida.
g. El sujeto hipermoderno ha exagerado el narcisismo y el enamoramiento de sí, en comparación con lo que fue el sujeto moderno tradicional. Este narcisismo ha llevado al sujeto contemporáneo a ensimismarse, y a trasladar su Yo al cuerpo para que él hable en su nombre y lo represente. Esto explica cómo el cuerpo ha devenido en objeto de culto especial. Él dice quién es uno. El cuerpo es hoy el resultado de intervenciones estéticas masivas o invasivas. A través de la estetización del cuerpo, las organizaciones se erotizan. Pero, el cuerpo no se convierte en objeto estético para ser tocado, sino solo para ser visto y admirado como expresión de la “personalidad”. La “personalidad”, por lo tanto, se va al cuerpo. Las ideas y el mundo mental en el mundo hipermoderno ya no dicen quién es uno. Es el cuerpo el que lo dice. El mundo de la farándula no es un mundo mental ni de ideas y de pensamiento, sino apenas de figuras estéticas. Este mundo de valores de la vida alrededor de la estetización del cuerpo es provocado, inducido y exaltado por las fábricas contemporáneas de producción de subjetividad, en el entendido de que la subjetividad, insisto, es aquel campo de representaciones mentales de los seres humanos en las que estos se vienen a vivir y desde el cual actúan y entran en relación.
1.7 CONCLUSIÓN
Bastan las anteriores anotaciones para concluir que la sociedad está produciendo, exaltando, provocando e induciendo un tipo de subjetividad contraria al mundo económico productivo disciplinado y esforzado. Hay en el mundo contemporáneo una especie de doble vía. Se entiende así que las organizaciones en las que ocurre el trabajo disciplinado, comprometido y esforzado, deban invertir sumas y esfuerzos significativos en la recaptura de este sujeto hipermoderno que, en razón de su conformación psíquica y cultural, termina siendo disfuncional para este tipo de trabajo, aunque ideal como habitante de los centros comerciales convertidos en pasarelas; programas de motivación e intervención psíquica capaces de producir frenesí o entusiasmo coyuntural para el trabajo, pero difícilmente lealtad o compromiso y sentido de pertenencia duraderos y sostenidos.
Estamos, entonces, en presencia de una nueva generación producida, inducida, provocada y aupada por los mass media y la tecnología y no por el simple paso del tiempo. Una generación hipermoderna que se empezó a desgajar del núcleo moderno prototípico a mediados del siglo XX y que, según algunos analistas en el campo de la sociología y la antropología cultural, lo que desea es ante todo gozarse la vida y desprenderse de todo tipo de apego, esfuerzo y compromiso. Es evidente que todo esto afecta el mundo del trabajo en la actualidad.
Referencias
Aquino, S.T. (1964). Del gobierno de los príncipes. Editorial Losada.
Bauman, Z. (2015). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
Dufour, D. (2003). El arte de reducir cabezas: sobre la servidumbre del hombre liberado en la era del capitalismo total. Paidós.
Martin. A. (2005) Sociología del renacimiento. Fondo de Cultura Económica.
Méda, D. (1998). El trabajo: un valor en peligro de extinción. Editorial Gedisa.
Sennett, R. (2000). La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Editorial Anagrama.
2. LA GESTIÓN DEL ÉXITO Y SUS RITUALES
Vanina Papalini
2.1 RESUMEN
Pocas premisas del mundo social resultan tan directivas como la del éxito. Entronizada por el management contemporáneo, su consecución parece ser obligatoria, y su pérdida un estigma oprobioso, casi insoportable. Interpelado por distintas vías, el sujeto es invitado a constituirse en un líder triunfador, actuando como un “empresario de sí mismo” y desarrollando competencias y capacidades relativas a su “ser” más que a su “hacer”. La gestión del éxito se presenta ante el sujeto contemporáneo, no solo a través de las consignas y rutinas promovidas desde el ámbito laboral, sino también en diferentes tipos de discursos que circulan ampliamente en la sociedad. En esta exposición se examinan críticamente las metas propiciadas por las tendencias del management dominante, los recursos que ofrecen y los peligros que su mitificación conlleva. El conjunto de aspectos desarrollados permite trazar un retrato sucinto del “sujeto ideal”, implícito en las tendencias de la gestión laboral contemporánea.
2.2 SIGNIFICADOS DEL ÉXITO
La palabra éxito tiene, en español, un significado peculiar. Su raíz etimológica (exitus) nos conduce a un significado muy distinto al que le damos habitualmente; en cambio, el uso que recibe en inglés es más fiel: exit, salida. Por extensión –yo diría que una extensión que aparta bastante del sentido primero- se trata de la salida o finalización de una tarea, con resultados positivos. Para plasmar en una imagen este significado, se podría escoger una banal y cotidiana: un atolladero de tráfico urbano. Éxito podría retener el sentimiento que se produce cuando se logra soltarse de la madeja. Se trata de una salida a una situación intrincada, que consecuentemente produce una sensación efímera: alivio. Se superaron los escollos, nos liberamos de las ataduras que nos retenían. Este sería el significado en español: el éxito es la culminación de una circunstancia, con un desenlace conveniente. Así presentado, entonces, el éxito no pareciera ser gran cosa.
Para adentrarnos en su significación corriente, es necesario recurrir a uno de sus sinónimos: suceso que en español significa “hecho relevante, acontecimiento de cierta importancia”. Lo que entendemos como éxito se aproximan más a esta acepción, cuya traducción es transparente. Succès o success, en francés y en inglés, respectivamente, son términos que significan “éxito” en estas dos lenguas. En este campo semántico, hay términos próximos, como triunfo (que deriva de un término en latín utilizado para designar una condecoración otorgada a los generales romanos que volvían de la guerra), o victoria, que es la cualidad del que vence. El éxito, sin embargo, no se inscribe en la metafórica de la guerra.
Es más bien un acontecimiento notable (un suceso) que supone un pasaje (una salida). El éxito parece ser el cenit de un proceso, el momento mismo en que este se acaba; un resultado efímero, una circunstancia, el desenlace de un proceso –una de sus acepciones incluye el deceso como desenlace–. Señala un momento, un hecho objetivo, un logro, no un sentimiento. Entraña nostalgia: ya comienza la partida.
Para incluir todo este campo de significación en la imagen inicial, se puede imaginar al montañista que llega con gran esfuerzo a la cima, vive por un instante la majestuosa contemplación que se le permite desde lo alto y disfruta haber alcanzado la meta, para iniciar inmediatamente el descenso. El análisis de esta imagen rememora una experiencia frecuente: sabemos que el éxito no dura. Alcanzar el éxito implica el final del desarrollo de una acción y el tránsito hacia lo que sigue. La calificación de exitoso o exitosa no nombra un estado permanente ni parece corresponder a un talento personal innato. No obstante, algunas de las formas en la que el éxito es presentado parecen inducir esa lectura.
Pocas premisas del mundo social resultan tan directivas como la del éxito. Entronizada por el management contemporáneo, su consecución parece ser obligatoria y su pérdida, un estigma oprobioso, casi insoportable. La noción del éxito enfatiza la importancia del logro, del resultado, y no retiene ni parece interesarse por los actos que permitan alcanzar ese colofón. De hecho, existe un sinnúmero de circunstancias que puede hacer que un determinado esfuerzo no fructifique, o a la inversa, se puede suscitar un factor imponderable que produzca beneficios inusitados. Esta discusión entre la sobrevaloración del logro frente a las acciones que buscan alcanzarlo no es una fruslería. Muestra un conjunto de transformaciones fundamentales en el management que no son nuevas, pero que han llegado a una expresión exasperada de consecuencias calamitosas.
El éxito propone un tipo de valoración exterior establecida únicamente a partir de los resultados. Es contingente; no necesariamente produce un saber transmisible. La mayoría de las veces su explicitación se basa en la “experiencia” (intransferible) o en las aptitudes personales (de igualmente dificultosa socialización). Se puede tener éxito por un golpe de suerte, por una transacción dudosa, por un meritorio recorrido. No importa cómo se logre ni qué medios se utilicen para conseguirlo. La idea del éxito no supone más ética que la de los fines. El éxito es un “secreto” dicho a voces, porque solo se consuma si es reconocido. Por eso, los exitosos siempre cuentan su biografía, vidas “ejemplares” que no narran otra cosa que un cambio de estatuto personal merced a una “capacidad especial” en el manejo de situaciones y aprovechamiento de las oportunidades. Para alcanzar el éxito, el foco se desplaza de la dimensión objetiva del hacer, y del saber-hacer, a la dimensión subjetiva: se es exitoso. Veamos qué es lo que esto significa.
2.3 EL RESULTADO POR EL PROCESO
El lugar privilegiado que ocupaba la especialización del trabajo en el imaginario moderno, con el toyotismo tendió a desdibujarse. La flexibilidad del trabajador, pensado como multifuncional, desbarata la posibilidad de perfeccionamiento en una tarea concreta y apunta más bien a capacidades de rápida adaptación tanto a los cambios tecnológicos, como a los funcionales y organizacionales solicitados por la demanda. Vale la pena entonces bucear un poco más en esta transformación, en términos de sus implicancias para el sujeto.
El trabajo es una actividad que involucra saberes, disposiciones, procedimientos: un “hacer” que implica un “saber”. Para esto se requiere formación –es decir, una cualificación personal accesible, que puede adquirirse-, un objetivo, disposiciones organizacionales, recursos materiales y financieros, tiempo y condiciones estructurales. Este escenario puede ser objeto de planificación; se torna por tanto medianamente previsible. También operan imprevistos, contingencias, avatares. El mejor trabajador es el que, frente a ellos, puede dar una respuesta creativa que cumpla, o supere, los objetivos; que satisfaga, o mejore, su performance. Este hacer eficaz puede transmitirse, por ejemplo, cuando se transforma en formación sistemática, parte del acervo común; o puede ser reservado, privado, volviéndose materia de patentes o regulaciones. El trabajo bien hecho proporciona un sentido de dignidad personal y colectiva, y ofrece una identidad unida a la tarea que se desempeña cabalmente. “Yo soy el que fabrica este calzado”, “yo diseño páginas web”, “mi empresa importa y exporta insumos para la explotación agropecuaria”, todas estas frases no hablan de resultados sino de desarrollos en donde la identidad individual, el arraigo expresado en el posesivo “mi”, se ancla en una tarea.
Luc Boltanski y Ève Chiapello proponen que el savoir-faire –la capacidad adquirida de hacer ciertas cosas– está siendo reemplazada por el savoir-être, que se resume en:
[…] enfatizar la polivalencia y la flexibilidad del empleo, la capacidad para aprender y para adaptarse a nuevas funciones más que la posesión de un oficio y las competencias adquiridas, pero también las capacidades de generar confianza, de comunicarse, de ‘identificarse con el otro’. (p. 151) (traducción propia)
Las nuevas características del empleo se montan sobre aptitudes subjetivas, más que capacidades objetivas. Ya no se demanda del trabajador su habilidad, capacidad específica, su calificación, sino que le exige que utilice la totalidad de sus facultades, poniendo en juego fundamentalmente aquello que es, sus cualidades subjetivas e incluso las características de su personalidad. No solo debe accionar le hecho de involucrar SU inteligencia y creatividad, sino también su adaptabilidad, don de gentes, resiliencia –es decir, el umbral de tolerancia al stress-, capacidad para trabajar en equipo, incluso su simpatía, para satisfacer los requerimientos que se le presentan. Se trata de recursos psíquicos y psicosociales que constituyen tempranamente la personalidad y, por tanto, son difíciles de adquirir a posteriori, voluntariamente, en la vida adulta. La empleabilidad, por lo tanto, se asienta en disposiciones adquiridas en un territorio privado; el de los vínculos primarios y las relaciones interpersonales. Ello explica por qué existen numerosos espacios informales que, trabajando sobre dimensiones afectivas o características personales, apuntan al terreno laboral, como el coaching, la programación neurolingüística, y muchas otras. Esta subjetivación del trabajo significa que el trabajador debe estar totalmente implicado; es por esto que el management contemporáneo habla de él como el elemento más importante de la cadena productiva.
2.4 EL YO COMO EMPRESA
Si los fundamentos del éxito están en el yo, entonces el sí mismo debe constituirse como una empresa: establecer metas, planificar acciones, calcular potenciales beneficios. “Empresa-pasión es el mensaje principal de los clérigos de la performance”, resume Alain Ehrenberg (2005, p. 171) (traducción propia). Bajo esta nueva lógica, el término “empresa” no designa una actividad productiva particular o un espacio del trabajo, sino que constituye un “espíritu”, un “credo”; invisible para el razonamiento corriente. A fin de restarle connotaciones religiosas, podemos decir, como Deleuze (1991), que se comporta como un “gas” (p. 19). Se trata de una modulación dúctil –a diferencia de los moldes rígidos y las matrices constrictivas de los antiguos modelos del trabajo- que constituye la subjetividad de una manera distinta al régimen disciplinario conocido. Se infunde casi por inhalación, sin dejar marcas ostensibles sobre los cuerpos. La empresa emite y esparce un mensaje sutilmente persuasivo que destaca algunas proposiciones: el valor de la competencia, de la realización, de la iniciativa; la importancia de la velocidad, de la flexibilidad, de la asunción de riesgos; empuja, pero no solicita manifiestamente la adhesión. La coacción no se trasluce. Como un nuevo deporte, donde la adrenalina no tensa los músculos sino el sistema nervioso, el modo de hacer empresarial constituye un modelo de relaciones y un modelo de acción universal que se aplica a todos los ámbitos de la vida social capitalista.
El sujeto que encarna este modelo, el “empresario emprendedor”, persigue la autotransformación como una acción práctica, casi como una inversión. Esta preocupación por uno mismo está supeditada a fines en los que subyace la idea de éxito. El empresario de sí es un sujeto auto construido merced a una “iniciativa individual” con arreglo al ideario capitalista.
Nikolas Rose (1990), retomando la idea del “empresario de sí” de Michel Foucault (2007),1 lo describe de esta manera:
[…] la [noción de] empresa forja un vínculo entre las formas que somos gobernados por otros y las formas en que nos deberíamos gobernar a nosotros mismos. “Empresa” aquí designa a un conjunto de reglas para la conducta de la existencia cotidiana: energía, iniciativa, ambición, cálculo y responsabilidad personal. El self emprendedor hará de su vida una iniciativa, proyectará un futuro para sí mismo y buscará modelarse para convertirse en lo que quiere ser. El self emprendedor es por lo tanto un self calculador, un self que calcula sobre sí mismo y que trabaja sobre sí mismo para mejorarse a sí mismo. “Empresa” designa una forma de gobierno que es intrínsecamente ‘ética’: el buen gobierno se arraiga en las formas en que las personas se gobiernan a sí mismas.2 (p. 6) (traducción propia)
La noción de empresa indica entonces una ética del yo, un modo de regulación de las conductas, que en su faz proactiva exhibe el rostro del “empresario de sí” y en su faz represiva demanda un “homo prudens” que se fiscalice a sí mismo (O’Malley, 1996). Así, el nuevo capitalismo descansa sobre los recursos personales tanto como en la autovigilancia. Según Paul Du Gay (2003), las formas organizacionales emergentes otorgan “prioridad ontológica a una categoría particular de persona -el ‘hombre de negocios’ o ‘empresario’” (p. 252)-, como un tipo de disposición particular que excede el mundo empresarial o de los negocios.
Colin Gordon (1987) utiliza en cambio la expresión “empresario del yo” –un sujeto altamente receptivo a las modificaciones de su ambiente ambiente (p. 300)– para señalar que la gubernamentalidad neoliberal compone al sujeto como un tipo particular de persona, prescindiendo de la condición en la que ella se encuentre concretamente. La forma-empresa ha sido extendida a la totalidad de lo social. Por ello numerosas terapias, procedimientos y tecnologías del yo (Foucault, 1990) tienen como objetivo mejorar el desempeño y superar los malestares causados por sus propias condiciones, de las que se vuelve responsable (Ehrenberg, 2005). Las técnicas, fácilmente accesibles, sirven tanto para la interpretación de los síntomas que el sujeto experimenta como para ayudarle a reconocerse a fondo y explotar todo su potencial.
2.5 LA GESTIÓN DEL ÉXITO I: TIEMPO, COMUNICACIÓN
La intención de dominar, de “amaestrar” el tiempo, es uno de los ejemplos más formidables de las fantasías humanas: las aspiraciones abarcan un amplio rango que se extiende desde retroceder al pasado hasta la mucho más seductora pretensión de viajar al futuro. Estas fantasías intentan traspasar la barrera del tiempo, que establece límites, que deja huellas en nosotros. El tiempo es exiguo, se agota: manifiesta la finitud de la vida. Sin ingresar en profundidad en la concepción occidental moderna del tiempo, alejada de los ciclos naturales en relación con los cuales cobraba sustancia, el tiempo abstracto del cronómetro se instituye como un dato cuantificable; es medido y regulado con independencia de los meandros vitales (Coriat, 1985). Una de las metáforas más conocidas del capitalismo sentencia: “Time is money”. Según Benjamin Franklin (1791), esta es una de las lecciones fundamentales que deben aprender quienes quieran hacerse ricos. Time is money es una de las reglas de oro de la producción capitalista: a más productividad en menor tiempo, mayor rendimiento; las ganancias dependen de esta ecuación.
La idea de planificación, tan cara al capitalismo, no constituye otra cosa que la pretensión de apropiarse del tiempo, la ilusión de dar existencia a lo inexistente. Un paso más adelante de la lógica productivista simple, la proyección estratégica comercial y financiera avanza sobre el futuro y actúa como si fuera una pertenencia más, concreta y privada y por lo tanto, transable. Las mayores conquistas especulativas surgen de la programación y comercialización de lo que aún no es. Se reproduce y amplifica así la racionalidad conocida, que mediante la planificación se manifiesta capaz de abarcar también lo intangible y lo virtual. El capitalismo repite una y otra vez el gesto de establecer perímetros –los antiguos alambrados plantados en suelos comunales que dieron origen a la acumulación originaria- pero no ya sobre tierras sino sobre el tiempo futuro, apoderándose de él y extrayendo valor.
Desde el punto de vista del trabajo, los sujetos no pueden doblegar ni trascender el tiempo, aunque encuentren algunos modos de “domesticarlo”, de organizarlo productivamente. Las tecnologías han permitido reducir los “tiempos muertos”, los tiempos improductivos. Sin sindicato que las defienda, pueden funcionar en la noche, en día de descanso, en cualquier momento. Pueden despreocuparse de los horarios. La desterritorialización del trabajo permite que un operario, situado a miles de kilómetros en un punto donde todavía la jornada laboral establece un segmento hábil, pueda inclusive controlar su funcionamiento y hasta modificar su programa. La producción no siempre depende de un trabajador, y si efectivamente hay vigilancia humana, esta puede ser a distancia. La velocidad de la vida contemporánea se refiere a una misma variable, en dos inflexiones: más cosas y acciones en menos tiempo, o más distancia en menos tiempo. Esta última implica la virtual supresión del espacio. La distancia ya no es un obstáculo. La instantaneidad de la comunicación permite resolver eficazmente este problema. La aceleración es una medida de la cantidad de cosas realizables en un período, que crece en volumen mientras que se reducen los plazos de espera. Es una sociedad de impaciencia, de “demora cero”. La urgencia, dice Nicole Aubert (2003), es “fabricada por la organización y destinada a generar más presión y aumentar la productividad en un contexto donde el tiempo constituye una ventaja competitiva decisiva” (p. 101) (traducción propia).
La proliferación de dispositivos de comunicación y localización -teléfonos celulares, transportes veloces, mensajería instantánea, flujos virtuales de datos, telecomando- genera una sensación de inmediatez, pero al mismo tiempo desdibuja los límites de la intimidad, los momentos de “no trabajo”. La sociedad de la urgencia es presa de una compulsión de velocidad autoimpuesta, definida en función de la cantidad de tareas realizadas. El “efecto cronómetro” se traslada a la biografía, pensada como una sumatoria de actos aislados.
La forma de historia vital abstracta, contenida en una hoja de vida o curriculum vitae, resume “lo que se hace”. Esta manera de comprender el tiempo regresa una vez más sobre la lógica del éxito: es el resultado (el suceso), por el proceso (el vivir). De esta atomización de la vida no surge una totalidad con sentido; muy por el contrario, la trayectoria equivale a un conjunto de instantáneas en donde el sentido general se escabulle. Cuando se vive para construir la carrera profesional, y esta, además, se piensa como sucesión de obstáculos o mojones a salvar, se presupone que la mayor velocidad permitirá alcanzar un número mayor de hitos, eventos o sucesos. Pero, pensado de otra manera, cuanto más rápidamente se alcanza la meta, menos se “vive”. La densidad de la vida no guarda proporción con su velocidad, ni el sentido es una meta establecida en un futuro evanescente. La planificación “empresarial” de la propia vida atenta contra ella.
Al responder al principio de “hacer cada vez más en menor tiempo”, esto es, la consigna básica de la productividad, se exhiben vidas rebosantes de movimiento. Se trata de otra forma de responder a exigencias externas, de ser sujetado: los “soportes invisibles” (Martuccelli, 2005, pp. 66-73) están naturalizados, es decir, son socialmente legítimos e incluso constituyen una marca de distinción, devolviendo una imagen del yo conformada a semejanza del modelo de la independencia y autosuficiencia. La sobreactividad, la sobrecarga laboral, la continuidad del trabajo en la vida cotidiana, paradojalmente se interpreta como un rasgo emancipador. Puede ser, en ocasiones, expresión de un malestar que deviene justamente de experimentar la vacuidad de la vida, oculta bajo la exigencia de cumplir con numerosas actividades a la máxima velocidad posible. Hay, pues, una sobrevaloración de la acción y una definición de la persona en relación con su capacidad de sostener esa sobrecarga. La impresión de vértigo no deriva de una “aceleración” del tiempo; es más bien la sensación que genera la tiranía del trabajo urgente. La tensión extrema que padecen los sujetos surge de la relación entre cantidad de tareas-tiempo de realización.
Una parte muy importante de estos apremios tiene que ver con la comunicación, en dos de sus formas. En la primera, la comunicación representa principalmente información para la toma de decisiones a alta velocidad y el control constante del entorno por vía del contacto. La hiperabundancia de información y el constante flujo comunicativo se ha convertido en un problema a resolver en términos de gestión. Esta actividad exige destinar una importante porción del día a dar respuesta a los numerosos mensajes y llamadas que se reciben a diario, en crecimiento exponencial. Existen ya numerosos dispositivos y software que ayudan a trabajar con grandes volúmenes de información; el peligro que sigue latente es que la dificultad de apreciar el conjunto, de construir la imagen completa, a partir de fragmentos.
En la segunda de sus formas, la comunicación está en directa vinculación con la evitación de conflictos y la cohesión y estímulo interno. “Comunicarse más para comprenderse mejor” podría ser la síntesis de esta consigna. En el management la comunicación es el ingrediente fundamental del modelo de trabajo participativo. La posibilidad de expresión y diálogo parecería aliviar tiranteces. Aquí la comunicación no es entendida ni como información ni como contacto, sino como relación. El acuerdo, e incluso el éxito, parecen depender de una buena comunicación. Para la posición “comunicativista”, la porción más amplia de las diferencias surgen por malos entendidos. Las discrepancias, a su vez, provienen de no compartir las mismas malentendidos. Es necesario, entonces, un trabajo que amplíe esta base de acuerdos, la confianza y la pertenencia. De allí que las empresas se esfuercen por construir identidades corporativas, culturas organizacionales, apoyándose en estrategias de motivación e incorporación de valores comunes. Los textos de management llegan a hacer del “manager” un “psy”, un profesional especialmente capacitado para... hacer que los demás piensen de acuerdo con lo que la compañía necesita o lo que el jefe desea. Cuando se prefiere la categoría “problemas de comunicación” a otras definiciones de una situación crítica, el término adquiere un sentido eufemístico. Aunque aparente ser la manera de aminorar un problema, la falta de reconocimiento de desacuerdos o conflictos puede complicar las cosas más adelante.
2.5.1 Estigmas del fracaso: vejez, obesidad
Las condiciones del éxito guardan en su reverso un conjunto de atributos desvalorados. A la velocidad y la capacidad de acción, se opone la lentitud y la duda reflexiva. La lentitud no está atada necesariamente a las aptitudes físicas - Stephen Hawking sería un ejemplo de esta posible disección entre mente ágil y cuerpo imposibilitado -, pero en general se propone la asociación con un cuerpo en forma y una imagen saludable. La generalización del fitness señala la importancia de tales capacidades.3
El sujeto exitoso, sea hombre o mujer, ostenta la juventud, el vigor, la disposición deportiva, una apariencia atractiva y esbelta. Las contrafiguras que personifican el fracaso suelen exhibir atributos negativos, como la obesidad o la vejez. Estos estereotipos condensan las debilidades y características no deseables; la presencia de estos rasgos involucra un demérito subjetivo. Así como la maldad se expresa icónicamente como la fealdad, el fracaso, exhibido bajo la forma de la obesidad, supone flaquezas tales como el exceso, la pereza, la autocomplacencia, la falta de iniciativa. La ancianidad, por su parte, evoca la pasividad, decrepitud, lentitud, imprecisión, vacilación. Los dos casos revelan sujetos disfuncionales y prescriben el modelo de sujeto que, por oposición, está más cerca del éxito.
En cuanto a las dificultades en el terreno de la comunicación, su calificación es más cruel. En una cultura fuertemente interaccional, una persona que manifieste una actitud introspectiva o temor a hablar en público se hace sospechosa de padecer alguna de las nuevas patologías sociales. Agorafobia o pánico social son dos de las más frecuentes – y menos estigmatizantes-; su forma más profunda es la depresión. Así, además de los manuales de management para la comunicación eficiente, proliferan los libros que ayudan a superar la timidez, al tiempo que comienza a generalizarse la idea de que las limitaciones en la capacidad de comunicación son anómalas. En este sentido, plenamente, la comunicación se convierte en una regla social: quien no atina a comunicarse fluidamente pasa a cargar un estigma que, como una enfermedad, requiere tratamiento.
2.6 LA GESTIÓN DEL ÉXITO II: COMPETENCIA, FLEXIBILIDAD
La organización del trabajo ha reemplazado el modelo de la “calificación del empleo” por el de la “competencia.” La calificación suponía el conocimiento de una profesión u oficio, el aprovechamiento y la aplicación de conocimientos teóricos y los recursos adquiridos en la práctica, la formación y especialización permanente por vías formales e informales, la experiencia laboral. La competencia, personificada en el líder, demanda atributos distintos de los requeridos por el “buen hacer”. Se basa en la iniciativa individual, la utilización de tácticas eficaces para la solución de un problema; la capacidad de obtener mayor rendimiento del equipo humano; la visión estratégica frente a los competidores. Aunque el o la líder no sea inevitablemente inescrupuloso (a), puede aplicar recetas non-sanctas. La meta es la ganancia –en términos de la empresa- y el éxito –en términos personales. Los medios, por tanto, carecen de importancia.
Bajo la concepción moderna taylorista o fordista, el trabajo era concebido desde la producción; el stock o la provisión de servicios estaban “a la espera”. La “iniciativa”, en el modelo de la competencia, significa que la pauta productiva sigue las proposiciones del cliente, diseñando bienes y servicios “a medida”. El ejecutivo de empresa, por su parte, debe buscar la manera de satisfacerlo. Y si la demanda se reduce, sale a movilizarla, propiciando innovaciones en sus productos, procurando agrandar el mercado, fomentando el consumo merced a la publicidad. Aunque la competencia es una preocupación del marketing, a nivel del management se traduce como talento, creatividad y empuje, que proporcionan la ventaja comparativa frente a los competidores.
A través del modelo de la competencia se impone una lógica organizacional donde la disputa por la posición en el mercado es constante. Incluso ocupando la posición más encumbrada la batalla continúa: ningún lugar es estable mientras haya otros participantes. La tendencia es monopólica, hasta totalitaria, porque ante cualquier atisbo de la emergencia de un potencial competidor, se desencadenan acciones para su cooptación o destrucción. Esta lógica se traslada a las relaciones entre los sujetos, por ello resulta difícil establecer un marco de relaciones solidarias y cooperativas hacia el interior de una organización, cuando todo el tiempo se predica y arenga en términos de guerra. “La competencia –dice Ehrenberg- es una pedagogía de masas (2005, p. 16).
Una de las razones que hacen que esta guerra sea total y absolutamente impredecible, es la labilidad de fronteras, demarcaciones, límites. El escenario de la globalización amplía las posibilidades y multiplica exponencialmente las ocurrencias. El proceso de desanclaje territorial exige flexibilidad, es decir, adaptación constante. Estos cambios pueden tener que ver con los horarios, las tareas, la movilidad del lugar de trabajo y, consecuentemente, el desapego.
No es mucho lo que puede retenerse si se está en disponibilidad; no es mucho lo que puede construirse y arraigar. De hecho, el teletrabajo ofrece una solución que ayuda a mantener los lugares de residencia. En los casos en los que optar por esta alternativa no es posible, algunos empleados deciden dejar su compañía cuando se les impone un traslado. La decisión a tomar es qué se retiene, y qué se abandona, pero no se puede evitar “perder algo”.
El desanclaje es territorial y social. Las asociaciones y organizaciones espacialmente aglutinadas en torno a un establecimiento, y profesionalmente reunidas en torno a sindicatos, se desbaratan: la flexibilidad abre una puerta a la contratación individualizada donde hay ventajas y tentadoras promesas, pero también orfandad. La estabilidad y las garantías se esfuman y el sujeto se encuentra cara a cara con un destino solitariamente personal, sin instancias intermediarias.
La flexibilidad emerge como el reino de la libertad, sobre todo en términos de las rutinas y esquemas laborales fijos. Sin embargo, esta aparente liberación de controles requiere un ejercicio de auto organización mucho mayor y reclama un mayor gasto en la economía subjetiva, absorbiendo recursos que podrían invertirse en espacios íntimos o incluso, en una mayor implicación laboral. Además, impide precisar la cantidad de horas de trabajo; esta mayor “libertad”, paradójicamente, puede entrañar mayor esclavitud, convirtiendo a cada trabajador o trabajadora en su propio tirano.
La ausencia de una pauta prefijada para la acción y la asunción solitaria de riesgos genera la ansiedad de no saber qué caminos seguir, ni las consecuencias que tendrán las elecciones individuales a las que debe someterse el sujeto en cada encrucijada. Esta aparente mayor autonomía encubre mecanismos complejos, que tienden a distribuir democráticamente los perjuicios de los “caminos erróneos” con la consecuente socialización del fracaso, y a concentrar en unos pocos los beneficios del éxito. La incertidumbre, por lo tanto, no es coyuntural, ni es consecuencia solo de la transformación de la estructura social o del régimen estatal. Estas transformaciones repercuten de manera subjetiva y se manifiestan como angustia, miedo, incertidumbre, stress.
2.6.1 Las crisis y sus cauciones
En cualquiera de sus formas -es decir, vista como tradicionalismo o conservadurismo, como apego o como cobardía-, la resistencia al cambio es pensada negativamente. El cambio es postulado como un riesgo preñado de posibilidades. Esta aseveración es parte de un sentido común largamente elaborado, que justifica el régimen de contratación flexible americano, en contra de los modelos de trabajo un poco más atados a legislaciones protectoras de derechos de Alemania y Francia.
El horizonte del trabajo está lejos de ser fijo, siquiera estable. No sirve de norte ni de orientación; es mutable. La condición subjetiva necesaria es la adaptación, pero esta implica que los objetivos, que las directivas, sean de los otros; que haya poco margen de organización o control del entorno. Es una suerte de intemperie existencial. Todo puede perderse. Por eso, la actitud “saludable” es no apegarse. Las problemáticas subjetivas más frecuentes que se suscitan bajo estas circunstancias son la angustia y la ansiedad, los consumos compulsivos y la sensación de vacío existencial.
Pero el contexto de competencia furiosa no da demasiados permisos y la continua exigencia, bajo estos parámetros, puede volverse cada vez más perjudicial. El stress continuo puede desembocar en burn out o en depresión, o hacer añicos la vida familiar. El sujeto se percibe como “insuficiente”: la vara está demasiado alta y no llega a transpasarla, y el exceso de acción se revierte en inacción. Las versiones más humanizadas del management – o más eficientes, pues buscan reducir estos daños - postulan un cierto equilibrio y recomiendan prácticas de relajación y armonización, como el yoga. El modelo de la competencia se quiebra si no hay un sujeto capaz encarnarlo.
2.7 FAZ REPRESIVA: OBLIGADOS A SER
La obediencia consentida a estos rituales se ata a la promesa de éxito. La diferencia con los modelos del management tradicional estriba en que controles sutiles reemplazan a los regímenes disciplinarios coercitivos. El control y la vigilancia, en gran medida, son autoaplicados, y por eso mismo parecen ser inexistentes. El reino de la libertad pregonado es aquel en el que los controles mejor se esconden, introduciéndose en los espacios más recónditos de la subjetividad.
Las técnicas de gestión contemporáneas reposan en un proceso de autovigilancia y autocontrol, que hacen del sujeto que trabaja, una herramienta eficaz. Para alcanzar la meta del éxito, se solicitan altas cualificaciones en términos de buena comunicación, manejo del tiempo y reacción veloz, al igual que aptitudes para la competencia y alta flexibilidad. En su faz política, esta lógica se traduce como “neoprudencialismo” (O’Malley, 2006), lo cual se refiere a un sujeto que se autorregula y autoprovee, que hace de la previsión y la precaución una constante (Sepúlveda Galeas, 2011).
El neoprudencialismo se convierte en una nueva modulación de la gubernamentalidad que desplaza las funciones públicas y las vuelve objeto de acciones privadas, enmascara los condicionamientos estructurales y las determinaciones sociales que limitan al sujeto y, al mismo tiempo, enfatiza su capacidad para resolver, con sus recursos personales, las múltiples contingencias que se le presentan. Los principios de voluntad y autonomía en los que se basa esta lógica expresan una ética en la que cada uno es responsable de sí mismo. Pero también la seguridad, el empleo, la felicidad, la estabilidad, la salud, las condiciones de vida, son un asunto que atañe al sujeto y que este es responsable de resolver.
El sujeto está librado a sí mismo en una situación sin reglas fijas ni un marco estable, en la que se le reclama “asumir una responsabilidad específica, en situación, saber tomar la decisión correcta rápidamente, frente a un acontecimiento que es él mismo una expresión condensada de la incertidumbre” (Zarifian, 2004, p. 19) (traducción propia).
Interpretar los modos de operar de este régimen de gubernamentalidad impone un ejercicio sociológico, genealógico y psicológico sutil. El “panóptico” foucaultiano se desperdiga en una multiplicidad de microtécnicas en donde la mentalidad económica se aplica también al control de las poblaciones. La modalidad de gobierno y ejercicio del poder se vuelven despersonalizados; no importa tanto quién sea el que ejecute la acción sino que haya alguien que asuma la responsabilidad –fundamentalmente, económica- por las consecuencias (O’Malley, 2009). Así, que alguien “pague” por los perjuicios significa un régimen curioso de socialización de las pérdidas y los gastos a solventar, y la privatización de los dividendos. Solo tiene nombre el que gana. Por ello, las biografías que se editan y venden son de quienes han tenido “éxito”.
2.8 CONCLUSIONES
La sociedad contemporánea se caracteriza por su dinamismo. En los discursos más difundidos, el sujeto que la puebla es, en algún sentido, un “innovador”, capaz de romper con el pasado y liderar una gesta unipersonal de conquista de lo desconocido. La acción del individuo proteico, que evoluciona en cada cambio, perfila así un horizonte de ilimitadas posibilidades. En esto ha consistido el proyecto de autonomía de la modernidad, basado en un sujeto independiente, creativo, cuyas capacidades se despliegan en la ciencia, la política y el arte, que se afirma y construye su destino.
Junto con la figuración utópica que impulsó el proyecto de autonomía, también crece un proyecto de dominio racional, atado a un orden de relaciones de instrumentalidad pura y bajo la lógica de costo-beneficio, cuya institución emblemática es la empresa. El proyecto de dominio racional, que propició el control de la naturaleza con el desarrollo de la técnica, se expandió para abarcar también a los seres humanos. La concepción managerial expresa esta racionalidad; considera a los sujetos como recursos necesarios para la actividad económica y la producción de ganancias. Los “recursos humanos”, sin rostro, son un insumo para la productividad. Las modificaciones genéticas son hijas de este proyecto de optimización y perfeccionamiento del “recurso humano”.
La experiencia social de estos años ha mostrado justamente lo que significa el éxito en esta acepción de alcanzar resultados, en relación con la explotación de los recursos naturales: la catástrofe ambiental es consecuencia de tal “logro”. Esta constatación debería servir de advertencia y precaver la explotación de recursos, incluyendo al “humano”.
Dentro del nuevo esquema managerial proliferan las buenas intenciones. Para muchos la conquista del éxito se inscribe en el proyecto emancipatorio; la autonomía es mencionada constantemente como uno de sus logros. La iniciativa, el empoderamiento y la creatividad proclamados, sin embargo, habilitan procesos de control y autocontrol de la gubernamentalidad neoprudencialista. La adaptación supone aceptar condiciones cambiantes y desarrollar prácticas acordes con ellas. La flexibilización implica acceder a trabajar en escenarios inciertos, personales y familiares, bajo peligros y amenazas permanentes y con una sensación subjetiva de desamparo, en un contexto de competencia furiosa que se condice con una situación objetiva de clara desprotección.
Como ya se ha dicho, la subjetivación del trabajo significa la implicación total; un modelo de relaciones y un modelo de acción universal economicista que se aplica a todos los ámbitos de la vida social. En la gestión del éxito se produce el cumplimiento de una serie de rituales, una serie de acciones performadas por un culto, cuyos preceptos son la creatividad, la comunicación, la iniciativa, la proactividad, la flexibilidad, el autocontrol, el buen estado físico, la velocidad, la planificación de la propia vida y su dirección como si fuera una empresa, el desapego, la autonomía, la resiliencia, el cálculo, la disponibilidad, la competitividad. El valor de cumplirlos es principalmente simbólico, ya que los resultados no están garantizados.
Si es un credo, su validez no se cuestiona. Su cumplimiento es inercial. La duda, la herejía, consiste en preguntarse qué es lo que importa. ¿Son los resultados, o es el proceso, que genere un saber que puede socializarse, que ejecute acciones que puedan replicarse? ¿Depende del líder o del conjunto? La “orientación al éxito” demanda un sujeto completamente comprometido con objetivos que no siempre son los suyos, y cuando lo son, lo exponen de forma impiadosa al sentimiento de fracaso. Dentro de esta fe, no hay miramientos. En tanto el éxito se erija en “virtud”, así sea efímera, el fracaso se experimentará como condena y estigma. Pero puede haber rituales sin fe, y esto constituye un primer distanciamiento que abre interrogantes. Profundizar esos interrogantes y encontrar otros caminos: esa la actividad de la crítica. Pues, como dicen los versos de Patmos, de Hölderlin (año), “[…] donde hay peligro / crece también lo que nos salva”.
Referencias
Aubert, N. (2003). Le culte de la urgence. Flammarion.
Boltanski, L., y Chiapello, È. (1999). Le nouvel esprit du capitalisme. Paris: Gallimard.
Coriat, B. (1985). El taller y el cronómetro (2 ed.). Siglo XXI Editores.
Deleuze, G. (1991). Posdata sobre las sociedades de control. En C. Ferrer (comp.), El lenguaje libertario II. Filosofía de la protesta humana. Nordan, Comunidad.
Du Gay, P. (2003). Organización de la identidad: gobierno empresarial y gestión púbica. En S. Hall y P. Du Gay (Eds.), Cuestiones de identidad cultural. Amorrortu.
Ehrenberg, A. (2005). Le culte à la performance (4 ed.). Hachette.
Foucault, M. (1990). Tecnologías del yo y otros textos afines. Paidós, Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Foucault, M. (2007) Nacimiento de la biopolítica. Curso en el Collège de France (1978-1979). Fondo de Cultura Económica.
Franklin, B. (1791). Mémoires de la vie privée de Benjamin Franklin écrits par lui-méme, et adressés a son fils; suivis d’un précis historique de sa vie politique, et de plusieurs pièces, relatives à ce père de la liberté. F. Buisson Libraire.
Hölderlin (1977/1995). Poesía Completa. Edición bilingüe (F. Gorbea, ed.). Ediciones 29. Recuperado desde http://es.slideshare.net/aladiobruno/holderlin-friedrich poesiacompletaedicionbilingue.pdf
Illouz, E. (2006). Les sentiments du capitalisme. Edicións du Seuil.
Landa, M. I. (2009). Subjetividades y consumos corporales: un análisis de las prácticas del Fitness en España y Argentina. Razón y Palabra, 69.
O’ Malley, P. (2009). The currency of justice. Fines and damages in consumer societies. Routledge-Cavendish.
O’Malley, P. (2006). Riesgo, neoliberalismo y justicia penal. Ad- hoc.
O’Malley, P. (1996). Risk and responsibility. En A. Barry, T. Osborne y N. Rose (eds.), Foucault and political reason. Liberalism, neoliberalism and rationalities of government. University of Chicago Press.
Rose, N. (1990). Governing the enterprising self. Conference on the values of the enterprise culture. Conferencia, University of Lancaste. En P. Heelas y P. Morris (eds.), The values of the enterprise culture. The moral debate. Unwin Hyman.
Sepúlveda Galeas, M. (2011). El riesgo como dispositivo de gobierno: neoprudencialismo y subjetivación. Revista de Psicología de la Universidad de Chile, 20(2), 103-124.
Zarifian, P. (2004). Le modèle de la compétence. Éditions Liaisons.
3. ANÁLISIS DEL DISCURSO:UNA PERSPECTIVA TRANSDISCIPLINAR EN LAS CIENCIAS HUMANAS Y SOCIALES
Elvira Narvaja de Arnoux
Instituto de Lingüística, Universidad de Buenos Aires
3.1 RESUMEN
El análisis del discurso constituye, por un lado, un campo académico en el que participan diferentes disciplinas lingüísticas y no lingüísticas que abordan la discursividad. Por otro lado, es una práctica interpretativa interdisciplinaria y crítica que responde a problemas que se plantea el investigador o que le sugieren otros profesionales. Finalmente, es un espacio que estudia la dimensión discursiva de diferentes actividades sociales y puede orientar, cuando se lo solicita, respecto de los modos de comunicación más adecuados, atendiendo al tipo de tareas, soportes, destinatarios o afectados. La exposición considerará estos tres ámbitos y se detendrá en los modos actuales de disciplinamiento de los discursos, que tienden a que los sujetos modifiquen sus prácticas a partir de dispositivos normativos que integran, entre otros, manuales, orientaciones, preceptivas institucionales, advertencias y ejercicios en instancias de formación. Además, focalizará las guías de lenguaje inclusivo de género, las orientaciones respecto del lenguaje en el sector de servicios y las normas para la escritura en internet.
Diversos son los campos de estudio, las prácticas profesionales y los ámbitos institucionales que recurren al análisis del discurso, tal como se ha elaborado desde una perspectiva lingüística, para complementar sus herramientas metodológicas, profundizar en el análisis de materiales semióticos de diferente tipo, o para pensar desde el lenguaje las interacciones verbales y establecer pautas para su ejercicio en relación con determinadas tareas o espacios (relación entre médico y paciente, en el ámbito de la salud, por ejemplo).
Lo que se ha llamado tempranamente el “giro lingüístico” (Rorty, 1990) - y, fundamentalmente, “discursivo”- en las ciencias humanas y sociales, ha sido estimulado en los últimos tiempos por la importancia creciente que han adquirido los medios audiovisuales y electrónicos y el desarrollo de la “nueva economía”, con la expansión del área de servicios y la multiplicación de las interacciones verbales que la acompañan. En el campo académico, diferentes disciplinas como Historia, Psicología, Filosofía, Antropología y Sociología, o algunas ramas de la Economía o de la Administración atienden también a los discursos desde sus propias perspectivas aunque nutriéndose de lo que las ciencias del lenguaje han elaborado, lo que se expone en las categorías que utilizan y las zonas en las que se interesan. El diálogo entre las teorías –algunas de ellas designadas como críticas- surgidas de estos enfoques con las disciplinas lingüísticas que abordan la discursividad ha llevado a que se hable del análisis del discurso como un campo transdiciplinar, nutrido por experiencias y reflexiones diversas. Esto resulta también de un proceso global que genera “culturas científicas híbridas” (Angermüller, 2013) borrando las fronteras de tradiciones teóricas antes separadas.
Esta hibridez posiblemente tenga que ver también con la erosión de los límites entre las prácticas discursivas o la proyección de una discursividad dominante sobre las otras. Es el caso del pasaje de la discursividad empresarial a los campos de la política y la educación, a lo que atenderé en el primer punto de la exposición. Luego me centraré en el análisis del discurso como campo académico integrado por distintas disciplinas lingüísticas y no lingüísticas a las que se apela en el análisis. En un tercer momento focalizaré el análisis del discurso como práctica interpretativa que se despliega a partir de problemas que se ha propuesto el mismo investigador o que le ha planteado otro profesional. En relación con esta última situación, señalaré cómo el analista del discurso puede responder profesionalmente a demandas de otras áreas. Finalmente, considerando las categorías de “tecnologización del discurso” (Fairclough, 2000 [1992]) y “reflexividad” (Giddens, 2012 [1993], 2015 [1884]), me detendré en prácticas actuales de control de la discursividad. Todos los casos los ilustraré con estudios particulares realizados por mí o por otros investigadores.
Pulsuz fraqment bitdi.
