Kitabı oxu: «Cicatrices»

Título original: Møt meg i paradi
© Heine T. Bakkeid, 2018.
© de la traducción: Ana Flecha, 2021.
© de esta edición digital: RBA Libros S.A., 2021.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO859
ISBN: 9788491878070
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Portada
Portadilla
Créditos
El último día de trabajo de Robert Riverholt
Primera parte. Los que extrañan
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Segunda parte. Los que mienten
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Tercera parte. Los que no vuelven nunca
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Cuarta parte. Los que aman
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Quinta parte. Los que juegan
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Sexta parte. Los que matan
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Epílogo
Kripos, el Servicio Nacional de Investigación Criminal de Noruega, es responsable del registro central de personas desaparecidas del país. Cada año reciben unos mil ochocientos casos nuevos, es decir, que se registran cinco desapariciones al día. En los casos de personas desaparecidas, se trabaja siempre a partir de cuatro escenarios distintos: los que se quitan la vida, los que sencillamente se van, los que han sufrido un accidente y los secuestrados.
EL ÚLTIMO DÍA DE TRABAJO
DE ROBERT RIVERHOLT
—Bueno, ¿qué opinas?
Milla Lind estaba sentada con las piernas muy juntas. Llevaba un traje de chaqueta y ese día había elegido un peinado que Robert Riverholt recordaba haber visto en las solapas de sus libros. Su tono de voz era suave y agradable. No era tan asertiva ni habladora como el resto de su clientela. Sus preguntas nunca resultaban mecánicas, un puente entre las cuestiones relevantes de la conversación. Milla Lind siempre preguntaba porque le interesaba oír la respuesta. Eso es lo que más le gustaba de ella. Eso... y sus ojos.
—Me gusta. —Él le devolvió el manuscrito y se reclinó en la silla. Se pasó la mano por el pelo y sonrió—. Me apetece leer la continuación.
—¡Genial!
El agente sueco de Milla, Pelle Rask, asintió con entusiasmo desde un sofá situado al fondo del ático. No levantó la vista del iPad para hablar. Robert constató que Pelle había copiado su estilo a los vendedores de viviendas en régimen de tiempo compartido de Gran Canaria, con su media melena engominada y peinada hacia atrás y su camisa ajustada con los dos primeros botones abiertos.
Milla se giró hacia el sofá sin decir nada, y después se volvió de nuevo hacia Robert.
—Me apetece cerrar la serie cuando Gjertrud entra en la vida de August Mugabe —dijo, se agarró un mechón de pelo y le dio vueltas entre los dedos—. El momento en el que todo cambió.
Cuando Robert conoció a Milla, interpretó esa costumbre suya como una muestra de inseguridad. Estaba convencido de que sufría de una torpe timidez que la llevaba a toquetearse el pelo con las manos. Ahora ya sabía que no era así.
—Eso fue cuando desapareció su hija, ¿verdad?
—Sí —respondió Milla.
Robert paseó la mirada hasta una de las ventanas del techo, hacia el cielo despejado de Oslo.
—Creo que será un final digno para el proyecto.
—August me recuerda a ti. —Milla se soltó el mechón de pelo y se puso un bolígrafo amarillo entre los labios. Lo dejó allí unos segundos, y después lo volvió a agarrar y se dio unos golpecitos contra la pernera del pantalón—. Cada vez más.
—Pues estamos apañados.
Robert se rio con ganas.
«He dejado que vaya demasiado lejos —pensó y tensó los músculos de la cara—. Demasiado, demasiado lejos».
Milla siguió mirándolo.
—No sé si siempre me ha recordado a ti o si fui yo quien hizo que sea así.
—Bueno, no se lo digas a nadie. —Robert parpadeó y se golpeó los muslos antes de levantarse. Se despidió de Pelle, que seguía sentado en el sofá, con un cabeceo y se dirigió al pasillo, donde se detuvo y se giró de nuevo—. Nos vemos en Tjøme esta noche. Has convocado a las tropas, ¿verdad?
—Sí. —Milla se le acercó con el manuscrito en las manos—. Vienen todos. —Se detuvo y tomó aire—. ¿Has descubierto algo? ¿Alguna novedad?
—Esta noche, Milla. Esta noche lo hablamos.
Fuera, el sol inundaba el cielo. Caía entre las casas y engalanaba las calles de la capital. Robert Riverholt se había sumergido de lleno en la ciudad cuando salió de la rueda de hámster en la que estaba atrapado y empezó a trabajar por cuenta propia. Estaba tan absorbido por la arquitectura y la acústica que no reparó en los pasos que lo seguían ni en la sombra que se cernía sobre él cuando dobló la esquina hacia una calle flanqueada por árboles centenarios. Lo único que sintió fue el cañón contra la nuca y el sonido metálico del percutor contra el cartucho. Después de eso, el sol se desvaneció.
primera parte
1
Nunca me ha gustado el paso del invierno a la primavera. Los árboles están retorcidos, desnudos, y parecen mutaciones de plantas silvestres que salen del suelo tras una guerra nuclear. Todo Stavanger se ahoga en lluvias interminables que tiñen la ciudad de verde y de gris.
La oficina de empleo de Klubbgata, en el centro mismo de la ciudad, tiene más afluencia de usuarios que antes. El sofá de la sala de espera está lleno; los rostros, rígidos y hundidos por una sensación de derrota.
—Thorkild Aske. —El apretón de manos de Iljana no ha cambiado desde la última vez. De haberlo hecho, se podría decir que ahora es aún más flojo y su tacto, más frío, como si le estuviera estrechando la mano a un cadáver en una cámara frigorífica—. Un placer —dice ella sin ninguna convicción y se deja caer en una nueva silla de oficina azul con respaldo alto.
—Sí, un verdadero placer —respondo y me siento.
—¿Recuerda su número de identificación?
—Por supuesto.
Entre nosotros está el frutero con los plátanos de plástico, tan deprimente como de costumbre. Veo que ahora los acompaña un racimo de uvas negras, también de plástico, y una pera artificial, y aun así la oficina no tiene un aire más frutal que cuando en el frutero solo estaban los plátanos de imitación.
—¿Le importaría decírmelo? —pregunta, y se balancea algo molesta de atrás adelante en la silla.
Le dicto la ristra de números e Iljana aparta por fin la vista de mi cara deformada y vuelve a centrarse en la pantalla del ordenador.
—Entonces, ya no quiere pedir la prestación por desempleo, sino que le busque un subsidio por discapacidad, ¿no es cierto?
—Eso es. —Le entrego el sobre que he traído—. En la terapia de grupo me han dicho que es la única opción que tengo.
Iljana se quita las gafas.
—Después de lo que ocurrió cuando...
—Cuando visité a mi hermana en el norte el otoño pasado, sí.
— Cuando intentó... quitarse la vida —dice Iljana y me mira con gesto titubeante.
Asiento con la cabeza.
—Dos veces, además. Tiene todo mi historial dentro del sobre.
Iljana carraspea y mira los documentos.
—Sí. Una de esas veces, con ayuda de... —Levanta la vista del historial—. ¿Un arpón?
—Tenía demasiada presión.
—¿Por nuestra parte? ¿De la oficina de empleo?
Vuelvo a asentir.
Ulf, mi amigo y psiquiatra, ha decidido que ha llegado el momento de ir a por todas. Prestación completa por discapacidad. Ulf y mi médico de cabecera, además, han escrito al alimón una carta en la que aseguran que fue la presión de la oficina de empleo para que aceptara el trabajo de teleoperador en Forus lo que me llevó a cometer dos intentos de suicidio, en uno de los cuales me tiré al mar y en el otro me disparé un arpón que me atravesó la mano y se me clavó en el pecho. No mencionamos el caso que fui a investigar al norte. Además, Ulf amenazó con emitir comunicados de prensa si la oficina de empleo seguía presionando a su paciente, que padecía lesiones cerebrales y tendencias suicidas.
—Bueno. —Iljana mira los papeles—. Por nuestra parte, creo que tenemos todo lo que necesitamos.
Ordena los papeles y los vuelve a meter en el sobre. Después entrelaza las manos y las apoya en el regazo.
—Y ahora, ¿qué?
Me acaricio con un dedo la cicatriz que tengo en la palma de la mano. Todavía me duele donde se me clavó el arpón, sobre todo cuando llueve. Y en Stavanger eso sucede muy a menudo.
—Bueno. —Iljana suspira y junta los pulgares—. El siguiente paso es una evaluación neuropsicológica.
—¿En qué consiste eso?
Gira la cabeza hacia mí y evita que nuestras miradas se crucen.
—Se trata de una serie de pruebas cognitivas. Recibirá un aviso en algún momento, antes de que llegue el verano.
—Gracias —digo, y me pongo de pie.
Iljana dibuja una sonrisa artificial que no se corresponde con lo que dicen sus ojos y se inclina sobre el frutero.
—Quédese tranquilo, Aske. Respete sus propios límites. Nada de viajes mientras duren las pruebas.
—Nunca más —digo—. A partir de ahora solo habrá noches tranquilas en casa, me dedicaré a la vida contemplativa y pensaré sobre la oficina de empleo, la vida en general y las cosas que nos pasan desapercibidas.
Iljana sacude la cabeza con suavidad y vuelve a mirar la pantalla mientras yo me doy la vuelta y me voy.
Antes de salir del edificio me suena el móvil.
—¿Has terminado? —Ulf parece tenso. De fondo, oigo vibrar un motor. Arja Saijonmaa canta Gracias a la vida en sueco.
—He terminado.
—¿Y bien?
—Me van a llamar para hacerme unas pruebas neuropsicológicas esta primavera.
—Muy bien —declara Ulf—. Entonces, vamos por buen camino. Bien, bien. —Sobreviene una pausa y oigo a Ulf activar el intermitente mientras tararea y masca, desesperado, otro chicle de nicotina—. «Me ha dado la risa y me ha dado el llanto. Así yo distingo dicha de quebranto».
Cuando volví de Tromsø, Ulf me quitó los medicamentos y, para dar ejemplo, le dijo adiós a su paquete de Marlboro. El resultado ha sido un flagrante abuso de los parches y los chicles de nicotina. Enseguida nos dimos cuenta de que Ulf se había metido en un buen lío con esa decisión. Ahora no podía sucumbir al mono sin reevaluar mi régimen farmacológico. Todo esto ha dado lugar a una guerra táctica en la que yo espero y Ulf mastica.
—¿Has hecho la maleta para mañana? —pregunta Ulf antes de dejarme colgar.
—Sí. Hecha y cerrada.
—Esta vez, nada de cafeteras ni demás tonterías inútiles. No te puedes permitir volver a cagarla, Thorkild.
—Solo ropa y buenas intenciones.
—Puede que esta oportunidad con Milla Lind sea la última...
—Lo juro.
—Por cierto, Doris tiene ganas de conocerte. No conoce a ningún islandés.
—Bueno, yo soy solo medio islandés —respondo—. Ya lo sabes. Y llevo más de veinte años sin ir a Islandia.
—¿Qué más dará? El caso es que tiene ganas de conocerte.
—Ulf —digo, y cierro los ojos cuando el fuerte sol primaveral se cuela entre las nubes, sobre el edificio de la oficina de empleo del centro de Stavanger—, en cuanto a lo de la cena...
—Ni hablar. Te he invitado y vas a acudir. Esta vez no hay excusas. «Y el canto de ustedes que es mi mismo canto...». Ah, por cierto —prosigue Ulf, como si estuviera haciendo un dueto con Arja—. Compra perifollo.
—¿Qué?
—Perifollo. Trae perifollo.
—¿Qué es eso?
—Perifollo —gruñe y aprieta muy fuerte la mandíbula—. Se parece al perejil. Pasa por el súper cuando vengas. Y compra un poco.
—¿Tengo que hacerlo?
—«Y el canto de todos que es mi propio canto...». Sí —dice Ulf, y cuelga el teléfono.
2
—Ulf me ha dicho que eres impotente.
Doris me mira con curiosidad desde el otro lado de la mesa de la cocina del chalé que Ulf tiene en el barrio de Eiganes. Su nueva novia es una sexóloga, columnista y bloguera alemana de cincuenta y siete años. La conoció en una conferencia en Bergen.
—No he dicho que lo sea. He dicho que creo que lo es.
Ulf está en la isleta de la cocina, justo a nuestro lado. Corta el perifollo como si le fuera la vida en ello. Lleva una túnica ancha y sin mangas, y tres parches de nicotina en el brazo.
Doris parte un bollito con los dedos y pone los trozos en un plato, junto al bol de sopa. Enseguida llega Ulf con un puñado de perifollo y lo espolvorea en el bol de Doris, que coge un trocito de pan y lo usa para hundir el perifollo en el caldo turbio. Se lo lleva a la boca y mastica con ansia.
—Dime. ¿Te masturbas a menudo?
Miro fijamente el bol de sopa y hago como que no he oído la pregunta.
—Thorkild no se masturba —interviene Ulf, con tono complaciente. Nos sirve un poco de vino y luego se sienta con nosotros.
Doris hunde otro pedazo de pan en el caldo con perifollo y me mira con los ojos entornados.
—Entonces, ¿cómo lo sabes?
—De eso se trata. —Ulf se chupa los dedos para limpiarse el verde—. No lo sabe. Se crea barreras, obstáculos insalvables para evitar el contacto con el mundo exterior. Aske huye de cualquier cosa que se parezca remotamente a una interacción humana.
—El eremita moderno —digo en un intento desesperado por mostrarme espontáneo en esta pesadilla de reunión social. Me llevo el vaso a la boca y lo vacío de un trago.
Doris se apoya la barbilla en las manos. Tiene el pelo corto, teñido de rojo y disparado en todas las direcciones con un corte moderno que recuerda al tipo de arreglo floral que podría crear un florista maniaco depresivo. Tiene los labios finos, muy rojos, y la pálida piel le cuelga en pliegues, aunque no parece estar flácida ni tener sobrepeso. Más bien da la impresión de que acaba de adelgazar y la piel sobrante aún no ha tenido tiempo para adaptarse. Parece satisfecha, tanto consigo misma como con el escotadísimo atuendo que ha elegido para el interrogatorio al que me está sometiendo esta noche.
—¿Has intentado imaginarte una escena de carácter sexual?, ¿visualizar a una persona que normalmente pueda despertarte el deseo y, en consecuencia, también una erección?
—No sé... —respondo, tenso, y vuelvo a bajar la mirada al bol de sopa que tengo delante. El olor dulce y el líquido verde y aceitoso me recuerdan al agua salobre cubierta de algas— qué decir.
Doris saca un cigarrillo del bolso cuando termina de comer y lo enciende, y Ulf mira con rabia y con ansia la punta candente del cigarro.
—Debes atreverte a tener fantasías —dice Doris—. Deja que el deseo fluya de nuevo. —Se inclina hacia delante y exhala una nube de humo hacia el techo—. A veces las reprimimos y pensamos que ya no están a nuestro alcance. La represión sexual no es exclusiva de las mujeres, ni tampoco tiene por qué venir impuesta por terceras personas. —Aspira el humo y lo expulsa, satisfecha—. Puedo darte unos ejercicios que deberías probar cuando estés a solas.
—Gracias —murmuro mientras doy vueltas a la sopa con la cuchara sin ton ni son—. Muy amable de tu parte.
Ulf se retira molesto de Doris y su cigarro mientras se acaricia los parches del brazo con la mano.
—¿Y si le damos una última vuelta a lo que te espera mañana en Oslo?
—De acuerdo —respondo, encantado de cambiar de tema y de ver que Ulf lo pasa tan mal como yo.
—Me encantan sus libros —apunta Doris, feliz—. Poca gente ha sido capaz de crear un antagonista mejor que Gjertrud, la esposa de August Mugabe. ¿Has leído alguno de los libros de Milla?
Sacudo la cabeza.
—Bueno —prosigue Doris, y usa el bol de sopa como cenicero—. Milla Lind no solo es la reina indiscutible del género negro nórdico, sino que también es muy conocida en Alemania.
Ulf interviene mientras da buena cuenta de la sopa.
—Ha escrito una serie de doce libros sobre un comisario melancólico con el jugoso nombre de August Mugabe, cuya esposa ha intentado matarlo por lo menos en dos ocasiones.
—Tres —corrige Doris.
—¿Qué? —Ulf suelta la cuchara y mira molesto a Doris y a su cigarrillo—. No, dos. La primera...
—La mujer de Mugabe lo ha intentado matar tres veces. —Doris se sirve más vino—. En el primer libro, lo envenena; en el cuarto, incendia la casa de campo mientras él duerme drogado en el piso de arriba, y en el octavo...
—No, no —la interrumpe Ulf—. Al sicario que lo intenta matar en el octavo libro lo contrata el jefe corrupto de Mugabe: Brandt. Él mismo lo dice antes de apretar el gatillo, que se trata de un saludo de alguien con quien tuvo una relación de amistad. Si lo hubiera contratado Gjertrud, le habría dicho que el saludo es de alguien a quien August ha amado.
Ulf me mira y asiente con un cabeceo para pedirme que confirme su teoría. Me niego a reconocer las teorías del hombre que se interpone entre mis pastillas y yo, por lo que miro a otro lado y vuelvo a dirigirme hacia Doris.
—Lo dice por eso mismo, porque sabemos que quien ha contratado al sicario es Gjertrud —interviene Doris—. Esas palabras no son más que un último insulto de esa mujer casi septuagenaria que tanto desprecia al hombre que se negó a darle un hijo. Pasa lo mismo que con las patatas frías que siempre le ponía para cenar. El simbolismo feroz de una mujer sin hijos, sumida en el dolor y en un amargo arrepentimiento.
Ulf mastica con energía.
—Bueno, tal vez tengas razón —dice, y vuelve a girarse hacia mí—. Como ya sabes, al antiguo consultor de Milla, Robert Riverholt, lo asesinó a tiros su exmujer en plena calle hace unos seis meses. A Milla le afectó mucho y lleva sin trabajar desde entonces. Conocí a su psiquiatra de cabecera en un seminario sobre terapia del duelo en Fornebu. Milla y su anterior consultor acababan de comenzar el trabajo de investigación cuando murió él, y necesita ayuda para llevarlo a cabo antes de ponerse con el último y definitivo libro sobre August Mugabe. Los lectores de todo el mundo están esperando este libro, Aske.
—¿Y aquí es donde entro yo? —concluyo—. Como consultor del género negro, sea lo que sea eso.
—Diez días con la escritora de novela negra más importante de todo el país, por tres mil quinientas coronas al día —añade Ulf, y alza la copa en un brindis silencioso.
—Es mejor que fabricar velas en una empresa de Auglendsmyrå gracias a la oficina de empleo —respondo.
—De todos modos, todavía faltan unas semanas hasta que se efectúe el reconocimiento neuropsicológico, y se me ocurren pocas cosas más seguras y tranquilas que este plan. Irse de viaje con la mismísima Milla Lind no es algo que pueda recetarse a todos mis pacientes.
—Gracias —es mi sucinta respuesta. Apuro la copa de vino—. Necesito el dinero.
—¡Pues claro que sí, joder! —exclama Ulf, y se dirige a Doris—. Por cierto, creo que Gjertrud tratará de asesinar a August Mugabe por última vez en el último libro, y que la serie terminará cuando lo consiga. ¿Qué te parece? No estaría mal, ¿verdad?
—Estaría muy bien —conviene Doris, y se enciende otro cigarro—. No me espero menos de ella.
Resignado, Ulf se reclina en la silla con la sopa en las manos y se bebe lo que le queda directamente del bol.
—Quedarás con ellos mañana a la una en el Bristol —continúa después de acabársela. Se saca un paquete de chicles de nicotina del bolsillo del pantalón y se lleva un par a la boca—. El vuelo a Oslo sale a las ocho y media, así que sé bueno y ponte el despertador. Te llamaré de todas formas para ver si estás preparado. Si quieres, también podemos repasar la lista de medicamentos, por si hubiera alguna cosa de la que quisieras hablar.
—Ya sabes lo que quiero —digo con frialdad y dejo la copa a un lado.
—Esos tiempos ya han terminado —responde Ulf, y se pasa la lengua por el interior de la boca mientras tamborilea con los dedos en el bol de porcelana—. Para los dos. —Después se incorpora y empieza a quitar la mesa—. Te encargaste muy bien de que así fuera cuando estabas en Tromsø. Pero si no estás preparado para esto, lo respeto por completo. Después de todo, no han pasado ni seis meses desde aquello y podemos...
—No, quiero hacerlo —respondo—. Solo creo que podría estar bien llevarme algo por si acaso, tal vez una caja de oxicodona por lo menos, o...
—Ni lo sueñes. Neurontin, Risperdal y Cipralex para la ansiedad. Nada de oxazepam ni oxicodona. Ese es el trato.
—El Cipralex es para bebés.
Ulf hace una mueca, escupe el chicle en el fregadero y saca otros dos del paquete.
—Bueno, ¿y qué coño te crees que es esto? —exclama y me muestra los chicles que tiene en la palma de la mano—. Los dos hemos decidido sacrificar algo por nuestra propia salud. Si yo puedo hacerlo, tú también.
—¿Y si no puedo dormir?
—Te tomas una manzanilla y escribes un poema sobre el insomnio.
Doris apoya el cigarrillo candente en el bol de sopa.
—¿No es un poco arriesgado mandarlo hasta allá solo con Cipralex, Ulf?
El aludido resopla y se mete un chicle en la boca.
—Por supuesto que no. Precisamente por lo que pasó la última vez, no pienso darle ninguna de las pastillas que me pide.
Sacudo enérgicamente la cabeza y me pongo de pie para marcharme. Doris se acerca a mí y me apoya la mano en el hombro.
—En cuanto a lo que estábamos hablando antes, tal vez deberías sacar un tiempo para intentar encontrar el camino de vuelta a tu propia sexualidad ahora que vas a estar de viaje. Ver si te atreves a curiosear, a tener fantasías y a pensar en ellas. —Se detiene un instante y me mira con media sonrisa antes de hacerme la siguiente pregunta—: ¿Te apetece?
—Ulf dice que las fantasías son peligrosas para mí.
—Bueno. —Aprieta los labios y las comisuras se le contraen ligeramente—. Siempre hay que pensar adónde nos lleva la propia fantasía y, por supuesto, comprender a qué fantasías nos entregamos. Pero también podemos guardárnoslas dentro, ¿sabes? Siempre y cuando creas que te aportan algo y que no hacen daño ni a ti ni a los demás.
—Tienes razón —convengo, y le dedico una especie de sonrisa y un breve apretón de manos—. Siempre y cuando no le hagan daño a nadie.
3
En el autobús número 9 que va hasta Tananger viajamos solo el conductor y yo. Fuera está oscuro, la luz amarilla de las farolas se desliza por las ventanillas y el autobús se mece ligeramente hacia los lados, como si fuera un barco que avanza en la suave noche de primavera. A los árboles ya les han salido hojas nuevas, los dientes de león asoman por el borde entre la acera y la carretera a medida que nos alejamos de la ciudad y hacia el oeste.
Me bajo en la parada que está justo enfrente de la antigua capilla. El aparcamiento está vacío. Unas lucecitas brillan entre los setos, detrás de los edificios.
Me detengo nada más llegar al camino que conduce al cementerio. Veo frente a mí montones recién hechos de tierra con flores, lápidas con letras doradas, ángeles y pájaros iluminados con la luz tenue de farolas de vidrio y las antorchas. En el cielo sin luna, unas nubes negras se acercan deprisa desde el mar. He estado aquí muchas veces desde que volví de Tromsø. La primera vez me quedé aquí de pie. No llegué a entrar en el cementerio.
Camino por la parte de fuera, sigo el sendero entre las lápidas hasta que llego al lugar adecuado. Una suave ráfaga de viento hace que me detenga cuando veo su lápida. Es la cuarta desde donde me encuentro y tiene una luz a cada lado. Solo una de ellas está encendida. Me quedo de pie, inmóvil, y miro fijamente la piedra negra.
—Es más bonito cuando está oscuro —dice de repente una voz detrás de mí.
—¿Qué? —Me vuelvo de golpe y miro al anciano de ojos entornados, abrigo marrón y sombrero que está un paso detrás de mí, con un perro despeluchado atado a una correa—. Disculpe, ¿cómo dice?
—El cementerio —responde con suavidad—. Yo también prefiero venir por las tardes. No parece tan desangelado cuando está oscuro. Además, me parece que las luces le dan un encanto especial, incluso cuando llueve y hace viento.
—Sí —digo y me subo el cuello de la chaqueta—. Son bonitas.
—¿Tienes familia aquí?
—No, ella... —empiezo a decir, pero me detengo a media frase.
—Mi mujer. —El hombre señala con la cabeza una de las filas de lápidas del otro lado—. Viudo desde hace casi siete años. Mi hija me dijo que me vendría bien tener un perro —añade, y mira con una sonrisa al animal que tiene a los pies—. Para que me haga compañía. Está muy bien tener a alguien que llene el vacío, hasta que volvamos a vernos. —Me mira con los ojos llenos de fe—. En el paraíso.
Asiento despacio con la cabeza.
—¿Tienes perro?
—¿Qué?
—Perro, que si tienes...
—No, pero tengo pastillas.
—Ah, ¿y te ayudan?
—No estoy seguro —murmuro mientras busco la tumba de Frei con la mirada.
—Bueno —empieza a decir el hombre cuando el perro deja de tirar de la correa, y ambos desaparecen en la oscuridad.
Espero un rato antes de dar un paso adelante, hacia el césped mullido. Enseguida noto el suelo más frío, como si el invierno no se hubiera marchado del todo de aquí, y me apresuro a volver al camino. Salgo corriendo del cementerio hasta que llego de nuevo al aparcamiento.
4
Oslo es húmedo y el viento primaveral es más frío que en Stavanger, donde el olor a estiércol de vaca que proviene del distrito de Jæren ya ha empezado a inundar la ciudad. En el restaurante del hotel Bristol me indican que me dirija al guardarropa, donde una mujer cuelga mi abrigo en una percha y me da un recibo para que lo recoja más tarde. Vuelvo a dirigirme hacia la entrada. El jardín de invierno y el bar del hotel están casi a rebosar, hay música de piano y un penetrante aroma a granos de café tostados y hamburguesas con cebolla. Paseo la mirada por la multitud hasta que veo a una mujer y dos hombres en una mesa medio escondida tras una fila de macetas. La mujer sonríe y me saluda con la mano, mientras los dos hombres me observan con medida curiosidad.
Le devuelvo el saludo con torpeza y me dirijo hacia ellos.
—Tú debes de ser Aske —dice la mujer, y se levanta cuando me acerco a su mesa—. Te estábamos esperando.
Asiento con la cabeza y nos damos un apretón de manos.
—Eva —se presenta ella—. Soy la editora de Milla.
—Thorkild Aske.
—Pelle Rask —dice el hombre más joven sin levantarse de la silla—. Soy el agente de Milla. Nosotros, la agencia Gustavsson, nos ocupamos de los derechos internacionales.
—Halvdan —me saluda el segundo hombre, que se ha levantado de la silla—. Director editorial.
—Después irás a Tjøme, ¿verdad? —pregunta Eva cuando ya nos hemos sentado en nuestro sitio.
—Sí —le respondo—. Ese es el plan.
—Bien, bien. —Halvdan coge el tenedor y ataca un milhojas de dos pisos—. Todo irá muy bien, ya verás.
—Creo que se alegrará de conocerte —interviene Eva—. Pero hemos pensado que, de todas formas, resultaría conveniente que entre los cuatro repasáramos algunas cosas antes.
Un camarero se acerca con una cafetera pequeña y una taza que apoya frente a mí.
—Bueno —comienza Halvdan entre un bocado y otro—. Así que antes eras jefe de interrogatorios de la Oficina de Investigación de Asuntos Policiales.
Sujeta el tenedor en el aire y me mira por debajo de sus pobladas cejas, a la espera de mi respuesta.
—Eso es. Pero ya no —añado. Los tres me miran atentos y asienten. Es evidente que están al corriente de los cambios en mi carrera profesional—. Me destituyeron después de un episodio que tuvo lugar hace unos años, y por el que cumplí una condena de algo más de tres años en la cárcel de Stavanger.
—Y ahora eres autónomo —concluye el director editorial antes de entregarse de nuevo al milhojas, darle otro bocado y señalar a Eva con el tenedor—. ¿Fue Viknes-Eik quien escribió un ensayo sobre cumplir condena por los pecados?
—Sí. Caído en desgracia —responde Eva, y agarra una copa de vino—. Impresionante.
—Caído en desgracia, eso. Una lectura fascinante —dice, y mueve el tenedor como si de un cetro se tratara—. ¿Lo has leído?
Digo que no con la cabeza. Podría haber comentado que tengo algo de idea sobre caerse de bruces y cargarse tanto la vida profesional como la espiritual, que mi psiquiatra de Stavanger opina que sigo cayendo, pero no estoy de humor para hacer bromas sin gracia en la primera cita y dudo de que el jardín de invierno o el bar del hotel sean los lugares adecuados para hacer gala de una sinceridad descarnada disfrazada de conversación ligera con un toque de humor negro.
El director editorial gira el tenedor despacio alrededor de su propio eje y cierra los ojos.
—Muestra su profunda desconfianza hacia el sistema carcelario y el castigo, así como una visión romántica de una sociedad en la que el concepto de penitencia viene de dentro de uno mismo.
—En mis ojos verás mis barrotes —añade Eva.
—Sí, sí —dice el director editorial con un tono cantarín—. Eso es.
—Tendrás que firmar un acuerdo de confidencialidad —dice la agente sueca de Milla—. Y eso incluye no solo una confidencialidad total con respecto a toda la información que recibas sobre el próximo libro de Milla y su argumento, sino también en lo que respecta a la información que tengas que recabar sobre ella y su vida privada.
Asiento.
—Habladme de Robert Riverholt —digo y le doy un sorbo al café—, el antiguo consultor de Milla. Entiendo que...
—Le pegaron un tiro —se apresura a decir el director editorial—. Un asunto espantoso. Nos afectó mucho a todos.
—Riverholt era un expolicía con una vida privada bastante compleja. —Pelle acaricia con un dedo el asa de la taza de café—. Su mujer estaba enferma. Le disparó en medio de la calle y después huyó en coche y se quitó la vida en un aparcamiento junto al lago de Maridalsvannet.
Eva apoya una mano sutilmente sobre la mía.
—La tragedia no tuvo nada que ver ni con la editorial ni con Milla. Pero entiendo que estés preocupado. A Milla también le afectó. No ha escrito ni una sola...
—Bueno. —Pelle Rask carraspea y saca otro taco de papeles que extiende sobre la mesa—. Échales un vistazo y fírmalos para que podamos continuar.
Cojo los papeles y empiezo a leer. El director editorial saluda con la cabeza a un grupo de hombres que pasan por delante de nuestra mesa.
—En principio, estaríamos hablando de una semana —dice Pelle cuando termino. Me pasa un bolígrafo—. Pagamos la mitad de los honorarios por adelantado, y el resto cuando termine el tiempo que se establece en el acuerdo. Si se produjera algún retraso o si Milla te necesitara durante más tiempo, continuaríamos con las mismas condiciones, si te parece bien. Los viajes también están incluidos, así que guarda todos los recibos.
—Bueno —tercia el director editorial y deja el tenedor en el cenicero cuando firmo y le devuelvo el acuerdo de confidencialidad—. Seguro que tienes ganas de ver de qué va todo esto, ¿no?
Asiento. Tengo muchas ganas de ver qué espera Milla Lind de mí, en qué puedo ayudarla. Pero, sobre todo, me muero por ver qué espero yo que ocurra cuando acabe el trabajo. De verdad creo que Ulf irá a buscarme al aeropuerto con los bolsillos llenos de recetas y que me dirá: «Este es mi Thorkild, un buen chico. Aquí tienes tu oxazepam y tu oxicodona. Relájate, saluda a Frei, disfruta de tu piso y nos vemos al otro lado». Porque ese es el único motivo que tengo para salir de casa, porque creo que cambiará algo las cosas.
—¿Estás familiarizado con los libros sobre August Mugabe?
—No, la verdad es que no.
—Bueno. Milla Lind es una de nuestras escritoras de mayor éxito. Sus libros se han publicado en más de treinta países y ha vendido más de diez millones de copias en todo el mundo. Cuando lanzamos su anterior novela, Corazón de golondrina, nosotros, la editorial, emitimos una nota de prensa en la que anunciamos que Milla había empezado a trabajar en el último libro de la serie de August Mugabe. Acababa de empezar el proyecto cuando murió Robert.
—No ha escrito nada desde entonces —dice Eva—. Milla cayó en una depresión profunda, y hasta hace muy poco no ha reunido las fuerzas necesarias para retomar el proyecto.
—Milla y Robert se iban a basar en un caso real de desaparición —añade Pelle—. Lo iban a usar para ambientar la novela.
—¿Qué caso? —pregunto.
—Dos chicas de quince años desaparecieron en otoño del año pasado de un centro de acogida y rehabilitación de menores a las afueras de Hønefoss. Una mañana se metieron en un coche que estaba frente a la institución, y nadie las ha vuelto a ver desde entonces. La policía cree que se dirigían a Ibiza, adonde ya habían huido el año anterior.
—Es bastante ingenioso —dice el director editorial con la voz ronca—. Parece que, en el libro de Milla, ese caso está directamente relacionado con la trama entre August Mugabe y su mujer, que ha intentado matarlo al menos en dos ocasiones.
—¿No eran tres?
—Así que lo has leído —observa el director editorial y suelta una carcajada—. La cosa es que ni la propia Milla quiere ni confirmar ni desmentir si quien estaba detrás del disparo de Una cama de violetas era su mujer.
—Todo se ha quedado un poco en el aire desde que asesinaron a Robert —comenta Eva para reconducir la conversación—, y es importante que Milla se vuelva a poner en marcha.
—Y aquí es donde entras tú —añade Pelle—. Ocuparás el puesto de Robert, que consiste en interpretar informes policiales, ayudar con asuntos técnicos y demás. Es importante señalar que no es un trabajo de investigación policial, sino de investigación a secas, para el libro de Milla.
—Suena muy emocionante —miento.
—Sí, ¿verdad? —responden los tres a coro.
El director editorial se levanta.
—Pelle, Eva, ocupaos vosotros del resto. Tengo una reunión ahora a las dos —dice y se inclina hacia delante—. Aske, suerte —añade. Me da un fuerte apretón de manos y después se va.
5
El viaje en autobús a Tjøme dura dos horas y media. Hemos quedado en que alguien me irá a buscar y me llevará a la residencia de verano de Milla Lind, un lugar situado en el paisaje rocoso del municipio insular, en la orilla occidental del fiordo de Oslo. Aprovecho el viaje para leer uno de los libros de Milla Lind. Se titula Brazos de pulpo y lo protagonizan el melancólico detective jubilado August Mugabe y su mujer, que vive para odiarlo.
Cuando llegamos al centro de Tjøme, ya he leído más de la mitad del libro y también he establecido una especie de vínculo con el policía andrajoso que merodea encorvado entre los edificios de madera de Sandefjord en busca del hombre que sedujo y secuestró a la única hija de un armador.
—Eh, hola —dice un hombre en una mezcla de sueco y noruego en cuanto salgo del autobús. En una mano lleva dos bolsas de la empresa estatal de venta de bebidas alcohólicas. Sonríe y deja al descubierto dos filas de carillas blancas como la tiza que contrastan con su piel bronceada y tratada con bótox—. ¿Eres Thorkild?, ¿el policía?
—Expolicía. —Le doy un no muy enérgico apretón de manos—. Encantado.
—Joachim —se presenta el hombre con entusiasmo—. Joachim Börlund. La pareja de Milla.
Nos quedamos ahí de pie mirándonos unos segundos, él todavía alegre y sonriente y yo con una amable media sonrisa que llevo ya un tiempo practicando.
—Bueno —dice Joachim, y después se detiene como si se hubiera quedado sin energía—. Estaremos solos —prosigue cuando consigue reponerse—. Es una lástima que aún no se puedan pescar cangrejos. Hasta finales de junio, aunque se pongan trampas, no sale más que agua y porquería, pero hemos comprado unos bastante gordos en el supermercado —añade, y señala un Spar con la cabeza—. Es inconcebible ir a una casa de campo y no comer cangrejos de mar con unas copas de vino blanco, ¿verdad?
—Sería lo nunca visto —comento.
Joachim levanta las bolsas y está a punto de decir algo gracioso sobre el alcohol, pero se arrepiente en el último momento, fuerza una sonrisa, se da la vuelta y señala el coche, un SUV rojo de marca Volvo con las llantas resplandecientes y lacado brillante.
—Bueno, el fin del mundo no está muy lejos —dice Joachim cuando subimos al coche.
—¿Cómo? —pregunto, y me vuelvo hacia él—. ¿Qué has dicho?
—El fin del mundo —responde Joachim, y aprieta un botón para arrancar el motor del coche—. La casa está en el extremo sur de Tjøme, en un sitio que se llama Verdens Ende. El fin del mundo.
—¿En serio?
—Completamente. —Joachim mantiene la respiración, me dedica una sonrisa forzada y agarra el volante con los dedos y después lo suelta. Da la impresión de que siempre está incómodo, o puede que solo lo esté conmigo—. Se llama así, Verdens Ende. El fin del mundo —explica tenso—. Lo juro.
—Qué nombre más raro —le digo, y vuelvo a mirar hacia delante.
—Sí, sí que lo es.
Joachim respira hondo, suelta una mano del volante, arranca y sale con precaución del aparcamiento.
—¿Y a qué te dedicas? —le pregunto cuando pasamos por delante de un campo de golf. El césped está verde, al igual que los árboles que lo rodean. Es como si el verano hubiera llegado hace tiempo a esta parte del país.
—¿Yo? —pregunta, y me mira antes de contestar—. De un tiempo a esta parte me ocupo de organizar todo lo que tiene que ver con el trabajo de Milla. Entrevistas, ruedas de prensa, lecturas, viajes, correos electrónicos de fans de todo el mundo... El trabajo sucio, vamos. Antes llevaba una agencia de viajes en Estocolmo. Viajes organizados a Asia y a Sudáfrica. En uno de esos viajes conocí a Milla hace cinco años.
—¿Amor a primera vista?
—Eso es. Milla es lo mejor que me ha pasado en la vida —responde, y asiente con energía para sí para subrayar lo que acaba de decir.
—Háblame de mi antecesor, Robert Riverholt —le ruego cuando frena y pone el intermitente. Me recuerda a una abuela en un coche tan grande que tiene que agarrarse fuerte al volante mientras conduce.
—Milla llevó muy mal la pérdida de Robert —empieza a decir Joachim. El coche da un tirón cuando pisa el acelerador—. Desde entonces no ha conseguido escribir ni hacer nada, y yo me he tenido que encargar de que todo esto siga funcionando. —Respira hondo—. Pero ahora estás tú. Ahora volvemos a estar preparados.
La casa de campo es un enorme chalé de estilo suizo con un amplio jardín rodeado de árboles altos. A través de las hojas puedo intuir el mar y las rocas de la orilla.
—Ven —me indica Joachim cuando me detengo frente a la escalera de piedra que conduce a la entrada principal—. Vamos a ver si encontramos a Milla.
El suelo es de baldosa y las paredes tienen un zócalo de madera a media altura. Más adelante, veo varias habitaciones grandes, llenas de la luz que entra por los ventanales. Los muebles son o nuevos y blancos o viejos y sin tratar. Todas las estancias irradian un estilo rústico puro que solo se puede conseguir con dinero y con la ayuda de un diseñador de interiores.
Sigo a Joachim hasta el salón, con su mesa de comedor, su chimenea y sus puertas de cristal, y caminamos hasta la cocina, que tiene su propia salida a la parte trasera del chalé. Joachim deja las bolsas de la compra en la encimera y coloca las botellas de vino junto a las demás, justo al lado.
—Ya has vuelto —dice una voz suave detrás de mí.
Me vuelvo hacia la puerta que da a la parcela y veo a una mujer de mi edad, delgada, guapa, con el pelo recién teñido en distintas tonalidades de rubio. Hay algo en su mirada que no encaja con el resto de su aspecto. Me mira sin mirarme del todo.
—Sí. —Joachim se acerca a ella y le coge las manos—. Este es Thorkild Aske —le explica, y la dirige hacia mí.
—Hola, Thorkild —me saluda ella. Después se vuelve hacia las botellas de vino blanco, coge una y lee la etiqueta—. Todo el mundo está esperando un libro —dice sin dejar de mirar la botella—. Pero llevo mucho tiempo mal y no consigo reunir las fuerzas necesarias para sacar ningún proyecto adelante.
—Te entiendo perfectamente —le digo.
Milla me mira con curiosidad.
—Ah, ¿sí?
Asiento.
—A veces suceden cosas que hacen que el tiempo transcurra más despacio o que se detenga del todo, y entonces es difícil saber qué conseguirá que el reloj siga marcando las horas.
Ella sacude la cabeza despacio, sin quitarme ojo de encima.
—¿Y qué se hace entonces?
Me encojo de hombros.
—Encontrar una manera de aguantar el tiempo que dure la espera.
Siento cómo se me extiende por la boca el sabor a gelatina solo de pensar en las pastillas que en una ocasión tuve a mano. Podría haber añadido que pocas cosas hacen más llevadera la espera que los fármacos, pero sus pupilas contraídas, sus movimientos amortiguados y el tono de su voz me hacen ver que ya lo sabe.
—He oído que has estado enfermo. —Milla deja la botella de vino y se apoya en la isla de la cocina—. Por culpa de una mujer que murió, ¿no es cierto?
—Sí.
—Tal vez piensen que contigo todo va a ser distinto. Que, como dicen en inglés, dos errores suman un acierto. ¿A ti qué te parece?
Estoy a punto de responder, pero Milla Lind ya se ha dado la vuelta.
—Esta la puedes devolver —le dice a Joachim mientras señala una de las botellas de vino—. No es un buen vino.
Entonces se dirige de nuevo hacia mí, me agarra del brazo y me lleva hacia la puerta de cristal y de ahí, a una espaciosa terraza.
—Hay un montón de gente que espera un libro para saber qué le pasará a un personaje que he creado. Mientras tanto, Robert está en un cementerio, a menos de un metro de la mujer que lo mató. Nadie lo entiende —dice, y después me suelta el brazo—. Pero les daré lo que están esperando —prosigue—. Terminaré el trabajo, terminaré el libro. Y luego, después de eso... —Se detiene un segundo y pasea la mirada por los árboles y la superficie agitada del agua a lo lejos—. Se acabó.
Milla se dirige a un anexo que está pared con pared con el edificio principal. Ahora tiene los ojos más abiertos, como si con el paseo hubiera disipado lo que hasta hace un momento se interponía entre nosotros.
—Ven —dice ella—. Te hablaré de Robert y te contaré en qué estoy trabajando.
6
Milla abre las puertas de cristal y me conduce hacia su despacho en el anexo.
—El despacho es mi sitio. —Cierra las puertas, se sienta al escritorio, se atusa el pelo con una mano y enciende el ordenador con la otra—. Robert y yo acabábamos de empezar a investigar para el libro —dice. Se inclina hacia delante y teclea la contraseña. La luz de la pantalla le ilumina la cara—. Habíamos encontrado un caso real de desaparición que íbamos a usar en el libro.
—¿Tiene algo de especial ese caso en particular?
Milla niega brevemente sin levantar la vista de la pantalla.
—Salió en los medios. Aún no han encontrado a las chicas. Se trata de dos jóvenes que huyeron de un centro de acogida y rehabilitación de menores a las afueras de Hønefoss hace siete meses. Nos llamó la atención cuando estábamos repasando casos reales que utilizar en el proceso de investigación, porque las chicas eran muy jóvenes. Solo tenían quince años.
—¿Y con qué puedo ayudarte?
—Vamos a hablar con las familias y con la policía, y tú me ayudarás a interpretar y a explicar cómo se desarrolla un caso como este. Sé que has trabajado como jefe de interrogatorios y creo que esa experiencia puede ser muy útil para el aspecto psicológico.
—¿Y los familiares están dispuestos a hablar con nosotros?
—Robert quedó con los padres de una de las chicas desaparecidas. Valoran mucho toda la ayuda que se les pueda ofrecer y se alegran de que el caso no caiga en el olvido.
—¿Y la otra chica?
Milla sacude la cabeza.
—No tiene familia.
—¿Nadie?
—No. Tengo una carpeta para ti.
La cara de Milla desaparece tras la pantalla y la oigo revolver uno de los cajones del escritorio antes de aparecer de nuevo frente a mí. Titubea un segundo y después me pasa la carpeta.
—¿Por qué lo mató? —pregunto. La carpeta tiene una etiqueta que dice «Robert Riverholt»—. La mujer de Robert, digo. ¿Por qué le pegó un tiro?
Milla está a punto de decir algo, pero sacude la cabeza. Le da vueltas a un mechón de pelo con los dedos.
—Camilla estaba enferma —responde, al fin.
—¿Enferma?
—Tenía ELA, una enfermedad degenerativa que paraliza los nervios de la médula espinal y del cerebro. Se la diagnosticaron cuando Robert aún trabajaba en la policía. Robert me contó que en ese momento ya estaban comenzando los trámites de separación, pero él decidió quedarse a su lado todo el tiempo que le fuera posible. Llegó un momento en que ya no pudo más.
—Entonces, ¿lo mató porque estaba a punto de abandonarla?
—Sí —responde Milla, y se vuelve hacia la estantería—. No podía vivir sin él.
—¿Por qué cree la policía que las dos chicas desaparecidas se han ido a Ibiza? —pregunto mientras echo un vistazo a la carpeta de Robert sobre el caso.
—Las chicas ya se habían escapado una vez. —Milla carraspea cuando nuestras miradas por fin se cruzan—. Y esa vez se fueron a Ibiza.
—De acuerdo. —Sigo mirando los papeles—. ¿Y cuál es el plan?
—Mañana tú y yo iremos a Hønefoss para ver el centro con la madre de Siv, una de las dos chicas. Nos estará esperando.
—¿Por qué?
Dejo la carpeta en la mesa entre los dos.
—¿Cómo?
—Quiero decir que, si no vamos a investigar nada, si lo que vamos a hacer es escarbar en la reputación de estas chicas, ¿para qué me necesitas a mí? ¿Y para qué necesitabas a Robert? ¿Esto no es algo que puede hacer un escritor solo en su despacho?
Milla me mira fijamente y por fin señala la cicatriz que me empieza en el ojo, pasa por el hueco que tengo entre la mandíbula y el pómulo y termina en el labio superior, que nunca llega a tocar del todo el inferior, ni siquiera cuando tengo la boca cerrada.
—¿Cómo te hiciste eso?
—En el accidente. —Me vuelvo de forma que no me pueda ver el lado desfigurado de la cara—. Ulf dice que ya no tengo por qué hablar de eso.
—¿Te duele?
—Solo cuando estoy solo. O cuando estoy con más gente.
Por fin sonríe.
—Tienes razón —dice y se reclina en la silla—. Podría haberlo escrito todo sin salir de aquí, buscar algunos casos de desaparición en Internet para sacar imágenes del subconsciente y darles nombre, cara y una historia. Pero este caso es diferente.
Está a punto de añadir algo, pero coge aire y se vuelve hacia una de las ventanas. Las copas de los árboles se mecen con suavidad en el viento que sopla desde el mar.
—¿Por qué es diferente?
—Porque sí —responde Milla, y parpadea con fuerza varias veces—. Joachim te ha preparado una habitación en el cobertizo para barcos —prosigue, y señala hacia el bosque que se extiende bajo su despacho. Veo la silueta de un edificio blanco junto a las rocas—. Mañana a primera hora empezaremos a trabajar.
7
La sala del cobertizo dispone de un conjunto de muebles de mimbre centrados junto a un ventanal enorme con vistas al mar. Los únicos aperos de barco que hay aquí son algunos adornos que cuelgan de las paredes pintadas de blanco, o de las vigas vistas del techo. Me he sentado en una de las butacas de mimbre a mirar el contenido de la carpeta que me ha dado Milla. Hay recortes de periódicos, fotos de las chicas desaparecidas y demás documentación relativa al caso.
Siv y Olivia tenían quince años cuando desaparecieron del centro de acogida y rehabilitación de menores situado a las afueras de Hønefoss, el 16 de septiembre del año pasado. La última vez que se las vio se estaban subiendo a un coche desconocido en la parada de autobús ubicada junto al centro. La policía creyó que estarían en Ibiza porque las chicas habían huido antes y la policía y los servicios sociales las encontraron allí una semana más tarde. Pero ahora nadie tiene ninguna pista de su paradero desde que se las vio subirse al coche la mañana en que desaparecieron.
Saco las fotografías de las chicas desaparecidas. Siv tiene una melena rubia que le llega por los hombros, el rostro fino y con un exceso de maquillaje; mientras que Olivia lleva el pelo corto, de color negro azabache, rasgos marcados y ojos bonitos resaltados por una raya negra y gruesa. Todas las fotos de Siv y de Olivia son casi idénticas: dos chicas adolescentes ocultas tras cantidades industriales de maquillaje y una actitud pasota que las convierte en imitaciones estáticas e icónicas con morritos de pato y los ojos muy abiertos, como los de una muñeca. Solo las miradas no encajan: son demasiado frías, demasiado inertes, como si ya hubieran visto, vivido y perdido demasiado.
Saber que no vamos a investigar sobre el caso, que se me ha degradado a escarbar en el destino de estas personas en busca de una buena historia, solo empeora las cosas. Me doy cuenta de que esto es lo único que me traerá esta semana con Milla Lind: una extensión del sentimiento de pérdida.
Dejo las fotografías en la mesa y me apoltrono en la butaca. Frei no volvió, ni siquiera cuando me dieron el alta en el hospital de Tromsø y regresé a casa, a Stavanger. Ulf dice que eso demuestra que los daños cerebrales en la amígdala no han empeorado y que el sitio de Frei está donde tiene que estar, que es en la tumba, que no puede ser un trozo de carne congelada que yo pueda invocar con ayuda de la oxicodona y las benzodiazepinas. Cree que la abstinencia de las pastillas y de Frei me hace sentirme solo, que me estoy oxidando por la falta de interacción con otras personas. Yo diría que estoy solo, pero que no me siento solo, que es diferente, pero ambos sabemos que ese no es el problema.
Cuando cambio de postura en la butaca, veo de nuevo las fotografías de Siv y de Olivia sobre la mesa.
—¿Adónde os dirigíais aquel día? —murmuro antes de darme la vuelta y cerrar los ojos.
8
Ha llegado el día que espero desde que tenía tres años. Siv está de pie a mi lado, inquieta. Fuma y agarra el paquete de tabaco vacío y habla sin parar. Ya ha salido el sol y ha empezado a derretir la escarcha que se aferra al césped más abajo de la parada del autobús. Pronto iluminará el aparcamiento, al otro lado de la carretera, donde está el coche del vigilante nocturno, bajo las ventanas de la sala común.
Abro la mochila. Está casi vacía. Siv ha llenado la suya de ositos de peluche, maquillaje y ropa, pero yo no llevo casi nada en la mía, porque sé que esta noche, cuando caiga el sol, toda esa mierda carecerá ya de sentido. Este día de otoño es lo único que cuenta, porque es el primero y el último al mismo tiempo.
—Bueno. —Siv apaga el cigarro contra la parada del autobús cuando un coche negro aparece por la curva y se dirige hacia nosotras. Tira el paquete de tabaco vacío y coge la mochila—. ¿Estás?
—Sí —respondo, y miro por última vez el edificio del otro lado de la carretera—. Estoy.
9
Debo de haberme quedado dormido en la butaca. Cuando me despierto, se ha ido el sol. La superficie del mar se compone de líneas irregulares que bañan las rocas de la orilla. Los árboles crujen y sacuden las ramas. Tengo frío, estoy triste y echo de menos Stavanger y mi apartamento.
Me pongo los zapatos, salgo y me dirijo a la casa. Ya casi he pasado el grupo de árboles que se yerguen entre el cobertizo y la parcela cuando de repente veo a Milla en su oficina. Está tumbada sobre el escritorio con la cara hacia abajo y los brazos hacia delante. Tiene los ojos muy abiertos y boquea como si estuviera sufriendo convulsiones.
Estoy a punto de salir de entre los árboles cuando veo una sombra detrás de ella. La levanta arrastrándola del pelo, la sostiene unos segundos y la tira contra la mesa. La expresión de Milla parece oscilar entre el terror y el éxtasis. Cuando vuelve a tirar de ella, se le abre la blusa y se le sale un pecho. Joachim lo agarra fuerte con la mano que tiene libre.
De repente es como si Milla me estuviera mirando. Joachim le suelta el pecho y le lleva la mano al cuello. Milla ahoga un grito y tensa el cuerpo. Justo cuando parece que está a punto de desmayarse, Joachim le suelta el cuello. La agarra fuerte del pelo con la otra mano, de forma que Milla se queda colgando con la cara hacia el escritorio.
Solo en ese momento comprendo que no me está mirando a mí, sino que mira más allá, hacia la oscuridad que se cierne a mis espaldas. Joachim le suelta el pelo y Milla vuelve a caer contra el escritorio, mientras Joachim retrocede y desaparece entre las sombras. Me quedo ahí de pie un instante hasta que por fin emprendo el camino a la casa. A través de la puerta de cristal que conduce a su despacho vuelvo a ver a Milla. Se está abrochando la blusa, y se da la vuelta al verme.
—¿Necesitas algo?
Joachim se pasa las manos por el pelo escaso y recién decolorado cuando asoma por el hueco de la puerta.
—La maleta —respondo—. Me la olvidé en la entrada.
—Espera aquí —me dice, y desaparece por la puerta de la cocina hacia el edificio principal.
Doy un paso hacia el despacho, pero me detengo cuando veo a Milla a través de la puerta de cristal. Baja la persiana y oigo que echa el pestillo. Joachim viene enseguida con mi maleta.
—Lo siento —me disculpo—. No quería...
—No tenéis ni idea de cómo es —dice Joachim—. De lo que necesita.
—¿Y qué necesita? —pregunto cuando llegamos a los árboles que están entre la casa y el cobertizo.
Joachim se detiene frente a mí en un montículo de hierba que lo sitúa casi a mi altura. Sonríe. Los dientes le brillan en la penumbra.
—Perder el control.
Al ver que no digo nada, sacude la cabeza. Entonces se baja del montículo y prosigue.
—Las mujeres como Milla Lind necesitan un tipo muy concreto de hombre, no...
—Sí, me queda claro —respondo—. No tipos como yo.
Joachim sigue caminando entre los árboles sin responderme.
—Ni como Robert —añado.
—¿Cómo? —Se para en seco. Esta vez no encuentra ningún montículo al que subirse, pero da un paso más, para nivelar la diferencia de altura—. ¿Qué has dicho?
—Antes has dicho «tenéis» —respondo—. «No “tenéis” ni idea de cómo es». Supongo que te referías a Robert y a mí.
—Enseguida me di cuenta de qué tipo de persona era Robert. Era como un libro abierto.
—Entonces, se podría decir que eres un experto conocedor del género humano.
—No vas a estar aquí el tiempo suficiente para saberlo, compañero. Ten. —Joachim deja la maleta en el suelo, entre nosotros—. El resto te toca a ti —añade, y emprende el camino de vuelta a la casa.
10
Joachim y yo no intercambiamos ni una palabra a la mañana siguiente durante el desayuno, solo una mirada furtiva y un apretón de manos en la entrada cuando Milla y yo nos disponemos a marcharnos.
—Bueno, pues estamos los dos solos —dice Milla cuando nos sentamos en el coche para ir a Hønefoss.
—Sí —asiento, y agarro el volante.
No conducía desde que me quitaron el carné hace más de tres años, pero no he sido capaz de decírselo a Milla cuando me dio las llaves después de desayunar.
—Antes me encantaba viajar. —Milla se vuelve hacia mí y sonríe—. Visitar ferias del libro por todo el mundo, ir de compras, hacer escapadas de fin de semana a grandes ciudades.
—Háblame de tu libro.
He llegado a la conclusión de que me gusta mucho la voz de Milla. Es suave y madura y no se impone en la conversación. Milla no parece el tipo de persona que necesita que le prestes toda tu atención mientras habla. Aun así, le gusta que estés ahí, que escuches, a tu manera.
—Tratará de la juventud de August Mugabe —comienza Milla.
El asfalto se enrosca como una culebra por un bosque y unos trigales bajo un cielo de nubes grises.
—Me apetece mostrarles a los lectores cómo era antes de conocer a Gjertrud. El tiempo que pasó con la mujer con la que tuvo un hijo, pero que no quería estar con él. Se llevó a su hijo y lo abandonó antes de que él le pidiera matrimonio.
—Interesante —mascullo.
—Creo que quiero que se parezca un poco a ti.
Milla se vuelve hacia mí, sigue sonriendo mientras me examina la parte desfigurada de la cara, en espera de una reacción por mi parte.
—Ah, ¿sí? —pregunto sin dejar de mirar la carretera.
—Pero una versión más joven. —Milla se ríe bajito—. Con el pelo corto y los ojos grises como las nubes de lluvia de ahí fuera. —Ríe de nuevo—. Como me imagino que un día fueron los tuyos. Antes de que te volvieras tan serio.
—¿Antes de las cicatrices?
Detiene la mirada en el surco irregular de mi rostro.
—Me gustan las cicatrices —observa, y estira la mano para rozarme la cara con la punta de los dedos—. Tanto las que se ven como las que se llevan dentro.
—Algunas preferiría no tenerlas.
—¿Cómo? —pregunta, y me quita la mano de la cara—. ¿Cuáles?
—Camilla, la mujer de Robert —le digo, y veo cómo a Milla se le endurece la mirada y me gira la cara—. ¿La conocías?
—Algo así. —Milla mira por la ventanilla—. Vimos a Camilla alguna vez. Robert la llevó a la casa de campo de Tjøme; pero conocerla, lo que se dice conocerla, no la llegué a conocer.
—Dijiste que no podía vivir sin él.
—Sí. Robert se acababa de ir de casa. Había encontrado un piso. Era un buen hombre. No era de esos que desaparecen cuando enferma su mujer. No creas que lo era. Lo intentó todo lo que pudo. Al final no pudo aguantar más. Dijo que no podía quedarse ahí a esperar a que ella muriese. No era justo para ninguno de los dos.
Acerca un poco más la cabeza hacia la ventanilla como si estuviera buscando entre los árboles otra cosa en la que centrar su atención.
—Quería llevárselo consigo al otro barrio. A jugar a las cartas y a tomar el té con los espíritus.
—No digas eso —me dice, y veo que la boca le dibuja una mueca hacia abajo.
—Lo siento —me disculpo mientras pasamos por una zona menos industrializada donde las cunetas están húmedas y la hierba, cubierta de una capa gris de polvo de asfalto.
—Robert y yo teníamos un juego —dice Milla y apoya la cabeza contra la ventanilla. Unos campos más extensos y recién sembrados aparecen al lado derecho, salpicados por fincas con establos, casas de herramientas, maquinaria, silos y alguna que otra bala de paja apoyada en la linde de la finca, con el contenido asomando por los extremos.
—«Qué pasaría si», lo llamábamos. Revisábamos los sucesos y los exprimíamos por si encontrábamos algo que pudiéramos usar como argumento para mi libro.
—¿August Mugabe también está buscando a dos chicas desaparecidas de un centro de menores?
—No. Está buscando a su hija. Desapareció cuando tenía diecisiete años, en la época en la que August conoció a Gjertrud. August no la conocía. La madre de la niña le negó todo tipo de contacto con ella, pero August la había seguido de lejos, sin atreverse a acercarse a ella. Y cuando por fin estaba preparado para dar el paso y conocerla, ella desapareció. El último libro se desarrolla en dos planos: uno, en el que August es más joven, en la época en la que desapareció su hija, y otro, en el ahora, veinte años más tarde, cuando la empieza a buscar.
—¿Y la encuentra?
El olor a primavera y a tierra removida se cuela por el sistema de ventilación del coche.
Milla se vuelve hacia mí y dibuja una especie de sonrisa.
—Todavía no he decidido cómo va a terminar el libro —me responde.
—El que nadie haya oído nada de estas chicas en casi siete meses... —digo, y bajo el aire acondicionado— no pinta nada bien.
—Entonces, ¿crees que están muertas?
De repente, su tono de voz adquiere un matiz cortante.
—¿Acaso importa?
Milla me mira de nuevo.
—Sí.
—¿Por qué?
Se queda mirando fijamente los surcos y las cicatrices de la parte destrozada de mi rostro.
—Háblame de ella, de la mujer que se mató en tu coche. ¿La querías?
Niego con la cabeza.
—Ya no pienso en ella —le contesto, aunque sea una mentira como una catedral.
Hace seis meses intenté irme al lado de Frei y fracasé en el intento. Han pasado seis largos meses desde que vi y sentí por última vez su frío contra mi piel, pero eso no significa que haya dejado de pensar en ella. El tiempo pasa, no porque la nostalgia se marchite o se desvanezca, sino porque duele querer morir, y uno necesita medicinas para anestesiar el dolor que se sufre al descender por la espiral. Ha habido días, noches solo de madrugada en el piso en las que he fantaseado, he intentado encontrar la puerta a esa espiral y no he conseguido llegar a ella antes de que la luz del amanecer ilumine de nuevo la colcha que cuelga en la parte de fuera de la ventana del salón.
Ulf dice que ese es un claro indicio de que estoy mejor, aunque yo creo que todo se debe a una falta de motivación.
—No te creo —susurra Milla y se inclina hacia mí—. Sé cómo son las cosas, Robert...
—Yo no soy Robert Riverholt —respondo con frialdad y agarro el volante más arriba para que el hombro me tape las cicatrices.
Milla me mira fijamente.
—No —susurra y desliza la mirada hacia la ventanilla—. No lo eres.
segunda parte
11
—¿Por qué han accedido a hablar con nosotros? —pregunto, y pongo el intermitente cuando veo la señal que dice «Åkermyr», que es el nombre del centro.
Apenas nos hemos dirigido la palabra durante la segunda parte del viaje. Milla parece tensa, nerviosa, pero no por la conversación que tuvimos antes, sino por otro motivo, y me doy cuenta de que cada kilómetro que recorremos me resulta más y más frustrante, no solo porque responde a mis preguntas con otras preguntas, sino también porque este plan, este viaje tiene algo que me molesta, que no tiene sentido, y me irrita ser incapaz de identificar el qué.
—Porque creen que los puede ayudar —responde mientras aparco frente a la entrada principal y apago el motor—. Es una manera de mantener vivo el caso, de no perder la esperanza.
—¿Qué opinan de todo esto quienes están investigando el caso?
Milla se quita el cinturón de seguridad y agarra la manilla de la puerta.
—Les parece genial —responde.
—¿De verdad? A la policía, o por lo menos a los policías que yo conozco, no les suele hacer gracia que la gente se entrometa de esta forma.
—Pues estos no tienen ningún problema.
Sacudo la cabeza ante la falta de interés de Milla de contarme las cosas.
—¿Hablaremos también con ellos hoy?
—Puede —responde, y se apea del coche.
El centro de acogida y rehabilitación de menores Åkermyr es un edificio de una sola planta que se encuentra al final de una salida a unos quince metros de la carretera nacional 7 con dirección a Veme y a Sokna. En la escalera nos espera una mujer alta y delgada de unos cincuenta años. Se llama Karin, tiene arrugas de fumadora, el pelo rubio nicotina y un peinado estilo bob que le alarga la cara y hace que parezca que tiene los ojos demasiado juntos.
—Eres... Milla Lind, ¿verdad? —pregunta Karin, y le tiende la mano a Milla despacio.
Milla sonríe y las arrugas de Karin se estiran al compás de su sonrisa.
—Pasad, pasad —dice, y nos conduce a la entrada del edificio—. Vamos a la sala común. En el periodo lectivo no la usa nadie.
—¿Viven muchos chavales aquí? —pregunto mientras avanzamos por un pasillo ancho y pasamos por delante de una sala de actividades y un aula de música, según indican los carteles de las puertas.
—Tenemos un departamento de cuidados y otro de emergencias. —Karin se detiene junto a una puerta entornada—. Ahora mismo, seis de las habitaciones están ocupadas. —Toma aire por la nariz y abre la puerta del todo—. Aquí está la sala común. Pasad.
Dentro hay una minicocina con una cafetera que borbotea en la encimera. Más allá hay una mesa de comedor y una zona para sentarse con sofás y butacas de piel marrón alrededor de una mesa baja de Ikea. La sala común tiene un aspecto moderno, pero el olor me recuerda a la cárcel o al psiquiátrico; incluso mi piso cerca del puente en Stavanger tiene un olor similar. Creo que la falta de algún tipo de ingrediente hace que siempre huela igual en los sitios en los que entra y de los que sale demasiada gente.
—¿Trabajabas aquí cuando desaparecieron las chicas? —le pregunto cuando nos sentamos cada uno en nuestro sitio, Karin a un lado y Milla y yo al otro.
—Sí; de hecho, era la responsable —responde Karin—. Por cierto, ¿queréis café? Creo que ya está hecho.
Asiento y Milla dice que no, gracias. Karin se levanta y se dirige a la minicocina, coge dos tazas de color amarillo pollo y sirve el café.
—¿Qué nos puedes contar de las chicas? —pregunto con una sonrisa cuando me da una taza antes de volver a sentarse.
Karin fija la mirada en Milla. Apoya los codos contra las rodillas y sujeta la taza de forma que el vapor parece colársele directamente por los orificios nasales.
—Siv y Olivia se hicieron buenas amigas cuando se conocieron aquí en el centro. Siv llegó más tarde. Alternaba periodos en el centro con otros en casa de sus padres en Hønefoss.
—Y ya se habían marchado en una ocasión, ¿verdad? —continúo—. A Ibiza, ¿no?
—Sí, eso es. El año anterior. Pero aquella vez llamaron una semana después de marcharse. Supongo que se asustaron un poco. Sea como fuere, estaban contentas cuando fuimos a buscarlas.
—¿Nos puedes contar lo que recuerdas del día en que desaparecieron? —pregunto, y le doy un sorbo al café—. Me refiero a esta última vez, en otoño del año pasado.
—No reparamos en que no estaban hasta por la tarde, cuando no volvieron del colegio —responde Karin—. Más tarde supimos que las habían visto subirse a un coche, justo delante de la parada de autobús. Las vio un chico de los nuestros.
—¿Habían hecho las maletas? ¿Se habían llevado algo más de lo indispensable para un día de diario?
Le echo un vistazo a Milla. No parece que esté escuchando. Solo está ahí sentada, inmóvil en el sofá que hay a mi lado, sin decir nada, con la mirada fija en la ventana de detrás de Karin, a través de la cual se ve el cielo, cada vez más azul.
—Solo algo de ropa y objetos personales —dice Karin—, pero no tantos como la vez anterior.
—¿Qué hicisteis cuando os disteis cuenta de que se habían marchado?
—Bueno, llamé a la policía, por supuesto.
—El chico que las vio —prosigo—, ¿sigue viviendo aquí?
Me doy cuenta de que hago preguntas sin ton ni son, que mis preguntas no siguen un orden lógico y que son demasiado limitadas. Espero que Milla se una a mis esfuerzos, que pregunte y que hable de lo que necesita para el libro, pero no dice nada. Está ahí quieta, con una expresión entre asustada y ausente. Está aquí, pero hay algo que la mantiene lejos de nosotros.
—Sí —responde Karin. Mira a Milla antes de apoyar la taza en la mesa—. Pero ahora está en el colegio —añade, y parece fijarse en lo incómoda que está Milla.
Como Milla no da señales de querer participar en la conversación, decido seguir preguntando por mi cuenta, al menos para satisfacer mi propia curiosidad.
—Has dicho que habías hablado con el anterior consultor de Milla, Robert Riverholt, ¿verdad? ¿Fue justo cuando desaparecieron las chicas?
—Sí, apenas habrían pasado un par de días. Me dijo que tal vez se hiciera un programa de televisión sobre ellas, y que la mismísima Milla Lind quería... —Carraspea, coge la taza y se la acerca a la boca—. Fue terrible lo que le pasó. Solo lo vi esa vez, antes de...
—¿Aún tenéis sus cosas? —interrumpe Milla de repente. Las arrugas se le dibujan como ríos secos en el rostro. Es como si a la piel le faltara humedad y se le hubiera contraído durante los últimos minutos.
—¿Que si tenemos las cosas de quién? —pregunta Karin, sorprendida.
—De Olivia.
—Ah, sí. Creo que sí, pero...
—¿Puedo ver su habitación?
—Eh... —Karin toma aire e inclina ligeramente la cabeza—. ¿Por qué? Kenny me dijo que solo...
—¿Quién es Kenny? —pregunto sorprendido, y me vuelvo hacia Karin.
—Lo siento —resuella Milla, y se levanta de golpe del sofá—. No puedo hacer esto.
Acto seguido se va corriendo hacia el pasillo y desaparece por la puerta.
—¿Qué ha pasado? —le pregunto cuando la alcanzo otra vez junto al coche, en el aparcamiento—. ¿Seguimos investigando?
—No. —Milla se vuelve de repente hacia mí. Tiene la cara pálida y los ojos llorosos, a punto de desbordarse—. Pero si siguiéramos, si... —Milla se muerde fuerte el labio inferior y vuelve la vista a la parada de autobús.
—Diría que es un poco raro —le respondo al fin.
—¿Qué? —Milla se queda ahí de pie y mira la parada del autobús con las manos pegadas al pecho, como si hubiera algo ahí abajo que solo ella puede ver. Algo que le da miedo—. ¿Qué es raro?
—Que dos chicas de quince años se suban al coche de un desconocido y desaparezcan. Que se suponga que han llegado a España sin dejar ni una sola huella por el camino. Que no hayan usado el móvil desde que desaparecieron —respondo, y asiento antes de continuar—. Que todo esto solo lo hayáis investigado Robert y tú para escribir un libro.
Milla está a punto de decir algo, pero cambia de idea.
—Vamos —dice al fin—. Tenemos que hablar con la madre de Siv antes de que se haga tarde.
Entonces se dirige al coche y se acomoda en el asiento del copiloto.
El sol de primavera ilumina los abetos y la tierra del camino. Respiro hondo y me lleno los pulmones de aire fresco, siento cómo se desliza por el sistema respiratorio como si nada. Después me subo al coche. Es evidente que Milla me oculta algo, y no sé durante cuánto tiempo más podré seguir con este teatro antes de subirme a un avión y pirarme a casa, pero al mismo tiempo no me gusta la idea de marcharme sin saber lo que estoy dejando atrás.
12
Siv está sentada detrás de mí en el coche, inclinada hacia delante. La veo reflejada en el retrovisor. Mira fijamente el móvil mientras coches, autobuses, camiones, furgonetas de mensajería, trabajadores y padres estresados que tienen que dejar a sus hijos en el colegio antes de dirigirse finalmente a la oficina llenan los carriles en ambos sentidos. En realidad, no me gusta viajar. Me hace pensar en los animales a los que transportan en camiones oscuros sin saber lo que les espera al otro lado. Pero esta vez todo es distinto.
—¿Estás nerviosa? —me pregunta Siv, y levanta la vista del móvil.
—Sí —respondo cuando pasamos por delante de un camión aparcado en el arcén. El conductor está acuclillado, mirando entre las ruedas.
Aún me acuerdo del primer viaje, el más difícil de todos. Estábamos sentadas a la mesa de la cocina, el sol entraba por la ventana y hacía calor en el piso. La miré y me di cuenta de que algo iba mal. Estaba en otra parte, a pesar de estar a mi lado. Se quedó en las escaleras cuando el hombre me llevó hasta el coche. Era como si su rostro, sus ojos castaños y sus manos cálidas se ahogaran bajo el sol. Mamá, nunca llegué a preguntártelo: ¿sonreías porque estabas triste o porque estabas contenta?
13
Los padres de Siv viven en una casa de los años ochenta pintada de rojo, con tejado a cuatro aguas y un sótano que solo asoma medio metro por encima del nivel del suelo. En la puerta nos recibe la madre de Siv, que tiene el pelo corto y teñido de negro. Me recuerda a Liz, pero no muestra ninguna de las reacciones de terror características de mi hermana cuando se encuentra con un hombre desconocido a la puerta de casa.
—Hola, soy Synnøve —se presenta. Le tiende la mano a Milla y le brillan los ojos cuando la reconoce.
—Thorkild Aske —digo cuando por fin deja de mirar a Milla.
—Muy bien —asiente Synnøve—. Bienvenidos. Perdonad el desorden. Mi marido está trabajando. He hecho café. También hay agua caliente, si preferís una infusión. Mi marido insistió en que os ofreciera un té porque a los artistas les gusta más que el café solo. He comprado muchos tipos de té e infusiones —añade, y se apoya las manos en el pecho y se queda de pie entre el pasillo y el salón.
—Gracias, suena estupendo —dice Milla cuando por fin se ha quitado el abrigo y camina con Synnøve hasta una mesa con un enorme bol de cristal rebosante de bolsas de té de todos los colores del mundo.
En el suelo hay un barreño lleno de ropa sin lavar, que también cuelga de las sillas que rodean la mesa del comedor. El salón huele a una mezcla de cítricos y ropa sucia.
—Siv es mi hija mayor —explica Synnøve mientras nos sirve el té y señala con la cabeza el plato con rodajas de limón recién cortadas—. Fue hija única hasta que empezó a ir al colegio, y entonces nacieron los gemelos. —Titubea un segundo y baja la mirada mientras piensa. Después vuelve a mirar hacia arriba, hacia Milla—. Entonces fue cuando empezó a cambiar. Se volvió difícil, siempre estaba enfadada.
—¿Qué quieres decir? —pregunto.
Milla tiene de nuevo ese brillo en los ojos y busca algo en lo que centrar la atención, como si luchara por mantener el control de los estímulos.
—No soportaba a sus hermanos —prosigue Synnøve—. No quería jugar con ellos, se enfadaba y le entraban celos cuando les daba de mamar. Con el tiempo, todo fue a peor. Se volvió agresiva, no solo con los niños, sino también en el colegio, y al final tuvimos que pedir ayuda. Le diagnosticaron un trastorno de la conducta con siete años. Cuando iba a empezar tercero, ya no pudimos más. Los servicios de protección de menores le concedieron una plaza en el centro de Åkermyr. Se quedaba allí los días de diario y venía a casa los fines de semana. —Respira hondo—. No mejoró. No podíamos tenerla en casa. No éramos capaces. Los niños tenían miedo cuando venía y..., y...
Synnøve suspira de nuevo y tuerce la boca en una mueca.
—No deberían pasar estas cosas —dice—. No con nuestros propios hijos. Pensaréis que soy una madre horrible que no es capaz de cuidar a su propia hija, pero... Ni mi marido ni yo sabemos de dónde le viene esa rabia, qué hemos hecho para que siempre esté tan enfadada con nosotros.
Milla sacude la cabeza.
—No debe de haber sido fácil —dice.
—¿Tienes hijos? —Synnøve inclina la cabeza hacia un lado.
—No —susurra Milla tan bajo que resulta casi inaudible, y por un momento temo que vaya a salir corriendo y me vuelva a dejar ahí sentado como un imbécil.
—Un momento.
Synnøve se levanta y se mete en la cocina, donde suena un teléfono.
—¿Qué te pasa? —pregunto, y me inclino hacia Milla mientras Synnøve habla por teléfono en la cocina. De vez en cuando asoma la cabeza por la puerta para asegurarse de que no nos vayamos de allí.
Milla se apoya las manos en el regazo, respira hondo y se vuelve hacia mí.
—Lo siento —se disculpa mientras se frota una mano contra la otra—. Voy a intentar animarme.
—¿Animarte? No entiendo qué...
—Era mi marido. —Synnøve acaba de asomarse por la puerta—. Quería saber si había venido Milla. Le he dicho que está aquí, en el salón, tomándose un té. ¡Ay, Dios! —exclama, y sostiene el móvil frente a sí como un trofeo—. Es que casi no me lo creo.
Milla parpadea varias veces y por fin fuerza una sonrisa y se vuelve hacia Synnøve.
—Salúdalo de nuestra parte —dice.
—¿Vosotros también creéis que las niñas están en España? —le pregunto a Synnøve cuando se sienta de nuevo en su butaca.
Synnøve asiente con energía y sonríe.
—Nos llamará cuando esté preparada para volver a casa. Estoy segura. Es lo que hizo la última vez. Le entró miedo y llamó llorando a papá y a mamá y nos pidió que la fuéramos a buscar.
Synnøve vuelve a sonreír. La sonrisa me recuerda a una máscara que uno se pone para ocultar la rabia que bulle bajo la piel.
—Nos llamó cuando vio que nos necesitaba. Dadle tiempo y llamará. Tanto Jens como yo tenemos el móvil encendido en todo momento. Al final llamará, ya lo veréis.
—Supongo que hablarías con el anterior consultor de Milla, Robert Riverholt, cuando desapareció Siv —le digo cuando parece que la conversación está a punto de apagarse.
Synnøve se sirve más té, aprieta seis veces el botón del dispensador de sacarina y remueve el contenido de la taza con una cuchara.
—Sí, vino a casa. Un hombre muy agradable. Pero después no volví a saber nada de vosotros.
—Robert murió —le aclara Milla, y cambia de postura. Se pone recta y se estira para agarrar la taza de té que hasta ese momento no había levantado de la mesa. Tiene la piel blanca donde ha tenido apoyados los dedos y las uñas de la otra mano.
—¡Uf! —Synnøve abraza la taza con las manos, pero la vuelve a dejar en la mesa y arruga la nariz—. Debería haberme imaginado que le había ocurrido algo cuando vino aquel policía.
—¿Un policía? —pregunto, movido por la curiosidad.
—Acabábamos de llegar de Bulgaria. Ya habíamos pagado las vacaciones cuando las chicas desaparecieron, así que no podíamos... Pero estábamos pendientes del teléfono —añade como si eso compensara el hecho de que se fueran de vacaciones mientras su hija estaba desaparecida—. El caso es que el policía vino un día y dijo que sabía que yo había hablado con Robert después de la desaparición de las chicas, y que quería saber de qué habíamos hablado.
—¿Te acuerdas de cómo se llamaba?
—No, lo siento.
—¿Y tú? —le pregunto a Milla—. ¿Sabes quién es ese policía?
Niega sin mirarme.
—Seguro que estaba investigando su asesinato —aventura—. Al fin y al cabo, le pegaron un tiro cuando estábamos estudiando este caso.
—¿Le pegaron un tiro? —pregunta Synnøve con los ojos como platos—. ¡Qué horror!
—Sí —respondo—. Su exmujer. Caso cerrado antes de abrirse siquiera, parece. —Sacudo la cabeza al darme cuenta de que Milla evita mirarme y me dirijo de nuevo a Synnøve—. ¿Recuerdas que ocurriera algo especial cuando desaparecieron las chicas?, ¿algo fuera de lo normal?
—Habíamos decidido intentar de nuevo lo de las visitas de fin de semana, que Siv viniera a casa un fin de semana sí y otro no, como habíamos hecho antes. Ya lo habíamos probado un par de veces y se había portado bien, pero el resto de la semana estaba con esa chica, Olivia. —A Synnøve se le endurece el gesto de repente—. Cuando vino la primera vez, les dije a los del centro que no quería que mi hija estuviera con ella. Que esa chica le iba a traer problemas, pero no me hicieron caso.
—¿La conociste en persona? —pregunta Milla con ansia por escuchar la respuesta. De repente parece que algo le haya despertado la curiosidad—. A Olivia, digo.
Synnøve asiente.
—Siv la trajo unas cuantas veces. Venían a pedir dinero, o comida si se habían ido del colegio. Teníamos que llamar y pedir que las fueran a buscar. Esa chica no me gustaba nada. Sabía qué tipo de persona era.
Milla se mueve inquieta.
—¿Qué era lo que no te gustaba de ella?
Synnøve suspira.
—Siv me contó que su madre la abandonó cuando era pequeña. Pobre. No tenía a nadie que pudiera guiarla y ayudarla como nosotros a Siv, y eso se notaba. Uno la calaba rápido. Ya se lo dije a Siv, que esa chica le traería problemas. Pero no me hizo caso, no quiso escucharme, y ahora..., y ahora... —Resuella—. Cuando me llame se lo diré, y esta vez sí que me va a escuchar.
—¿Qué es lo que va a escuchar? —pregunto sorprendido.
—Que si deja de juntarse con esa chica podrá volver a casa.
14
—He tomado una decisión —digo mientras caminamos de la casa de la madre de Siv al coche. Una corriente de aire que viene del río cruza las vías del tren y llega a la zona residencial en la que nos encontramos—. Me vuelvo a Stavanger.
—¿Qué? —Milla baja el ritmo y se cruza la chaqueta—. Pero si acabamos de empezar...
—¿Cómo puedo ayudarte si no tengo ni idea de lo que estamos haciendo?
—Estamos haciendo un trabajo de investigación —dice no muy convencida cuando llegamos al coche—. Para escribir un libro.
—Mira, mi detector de mentiras lleva pitando desde que nos conocimos. Este viaje, Robert Riverholt, todo esto... Hay algo que no me estás contando.
Milla sacude la cabeza.
—No sé por qué estás tan obsesionado con Robert. Lo que le pasó no tiene nada que ver con lo que estamos haciendo ahora.
—Este juego de «qué pasaría si» del que me has hablado es algo que usa la policía para expresar con palabras las cosas que les preocupan, que no encajan. Si el espíritu de Robert estuviera aquí ahora y jugáramos a ese mismo juego con su asesinato, ¿qué crees que habría dicho él de su propia muerte?
—Para —susurra Milla. Tiene los ojos opacos, como dos velas a punto de apagarse—. Por favor...
Ya no me importan sus objeciones. Estoy cansado de esperar y escarbar en vidas ajenas sin motivo, harto de que me traten como si fuera tonto.
—Creo que se preguntaría por qué Camilla lo mató sin mirarlo a los ojos. Diría que disparar a alguien por la espalda en plena calle es la forma menos íntima de hacerlo. Un asesinato frío e impersonal.
—Ah, ¿sí? —Milla se apoya en el lado del copiloto y cruza los brazos sobre el pecho—. ¿Y qué habrías hecho tú, el experto, con Robert si fueras Camilla?
Sacudo la cabeza al ver su expresión, dura y teñida de desdén.
—Me habría enfrentado a él. Le habría dicho todo lo que le tuviera que decir, todo lo que él tuviera que escuchar, en mi coche, en su piso o en el hogar que habíamos compartido, y entonces me habría acercado mucho a ella, todo lo que pudiera, me habría metido la pistola en la boca y habría apretado el gatillo. ¡Bang! Juntos para siempre.
—¿Ella?
—¿Qué?
—Has dicho «ella».
—¿Y qué más da? Si tuviera que apostar, diría que tu agente, Pelle, y tal vez también la editorial son quienes han organizado este viaje. Están dispuestos a cualquier cosa con tal de que te pongas a escribir el libro. Pero tú, Milla, creo que estás aquí por otro motivo.
—No es lo que piensas —replica Milla y me da la espalda.
Detrás de los árboles, del lado de las casas, se oye una voz que declama por megafonía que el tren con destino a Bergen saldrá de la vía cinco en un minuto.
—¿Y qué es lo que pienso?
—Que estamos buscando al asesino de Robert —susurra.
—¿A quién te refieres con ese «estamos»?
—A mí, a Kenny y a Iver.
—¿Son policías?
—Sí.
—¿Fue uno de ellos el que vino cuando murió Robert?
—Sí.
—¿Y no vino para investigar la muerte de Robert?
Milla niega con la cabeza.
—Entonces, ¿por qué vino? ¿Qué os traéis entre manos?
Por fin se vuelve hacia mí.
—Ven conmigo a Drammen.
—¿Qué hay en Drammen?
—Ven conmigo —susurra—. Por favor.
Algo me pasa cuando la gente que me rodea insiste en que estamos en el mismo equipo, pero a la vez guarda un secreto que no quiere revelar. Cada conversación es una lucha. Estas situaciones me despiertan algo, me dan curiosidad y me hacen querer saber por qué tienen que ser así las cosas. Es un juego que me encantaba antes de acabar solo en mi piso debajo del puente de Stavanger. Echo un vistazo rápido en dirección a la casa de la que acabamos de salir y veo las vías del tren que están más allá de los árboles. En una de las ventanas de la casa, la madre de Siv está fumando un cigarrillo y sostiene un cenicero con la otra mano.
—De acuerdo, Milla Lind —suspiro al fin y le abro la puerta del coche—. Vamos a Drammen.
15
Aparcamos frente a la comisaría de Drammen y nos dirigimos a la entrada principal. En el recibidor, vemos a un agente. Medirá alrededor de un metro ochenta, es delgado y se mueve como un ladrón. Balancea los brazos, da pasos exageradamente largos y camina de un lado a otro hasta que nos ve y se acerca a la puerta.
—Me alegro de volver a verte, Milla —dice cuando abre y nos invita a pasar.
El policía tiene el pelo de color gris, rapado por la nuca y cortado a capas y disparado hacia un lado, como el tejado de la comisaría. Tiene la cara estrecha y la piel clara, casi rosácea; la boca demasiado pequeña, con los labios carnosos, como un pez.
—Iver Isaksen —dice mientras me tiende la mano—, inspector —prosigue y me aprieta fuerte la mía.
—Encantado —respondo.
—Bueno, ahora que el distrito de Søndre Buskerud forma parte del distrito de Sør-Øst con sede en Tønsberg, lo de que soy inspector solo lo dice el título, pero el caso es que la administración ha decidido mantener los títulos después de la reestructuración.
Su propia reflexión le dibuja una sonrisa de oreja a oreja, y me aprieta más fuerte la mano. Iver Isaksen me recuerda a un edificio entre muchos otros edificios. Parece uno de esos policías domésticos, de interior, que solo salen del despacho en caso de incendio. Un policía político, un hombre de manual que se pone multas de aparcamiento a sí mismo y siempre santifica las fiestas.
—Así que eres el sustituto de Robert —comenta Iver de camino al ascensor.
—¿Lo conocías? —le pregunto con curiosidad.
—Sí. Trabajaba aquí, de hecho.
—¿Sí? ¿Cuándo?
—Venía de Kripos y estuvo con nosotros hasta el 2011, cuando solicitó el traslado a la jefatura de policía de Grønlandsleiret, al departamento de investigación.
Subimos unos cuantos pisos en el ascensor y seguimos a Iver hasta un despacho al fondo de un pasillo abierto.
—¿Cuándo hablaste con él por última vez? —pregunto cuando ya estamos sentados en su despacho.
Los libros en las estanterías, las cosas del escritorio, los carteles de antiguas campañas y las fotos con compañeros en uniforme en las paredes. Todo tiene su sitio en la sala y está colocado con absoluta precisión.
—Bueno. —Iver se acomoda en la silla, apoya las manos en la mesa y gira un pulgar sobre el otro mientras me mira con los ojos entornados—. Creo que sería más o menos cuando murió, pero no me acuerdo bien y para estas cosas conviene andarse con pies de plomo.
—Estás sentado.
—¿Cómo? —pregunta, y deja de dar vueltas a los pulgares—. ¿Qué quieres decir?
—Has dicho que conviene andarse con pies de plomo y estás sentado. Y los policías que no se acuerdan de algo... —digo, y dejo la frase a medias.
Iver se reclina en el asiento y sonríe.
—¿Qué pasa con ellos? —me pregunta con tono desafiante.
De repente me doy cuenta de que Iver es algo más que un policía serio que no sale de la comisaría, al contrario de lo que me había parecido al principio.
—Pasa que no existen —respondo, y añado—: ¿Quién es Kenny?
—Eh... —Iver mira a Milla, que está sentada a mi lado. Parece nerviosa e inquieta—. Kenny llegará enseguida. Le entró hambre y salió a comprar algo de comer.
—¿Rosquillas?
—¿Eh? No, creo...
—Dilo —susurra Milla, y hace un gesto con la cabeza sin levantar la vista de su regazo—. Cuéntaselo todo.
Iver se revuelve en el asiento.
—Pero...
—Lo sabe —responde Milla, y de nuevo mueve la cabeza sin mirarnos a ninguno de los presentes.
—Vale, vale. —Iver se pone recto y carraspea—. Lo que te voy a contar forma parte del acuerdo de confidencialidad que firmaste al aceptar el trabajo, ¿de acuerdo?
—Sí.
—Milla y Robert no estaban investigando solo para el libro. Milla no lo contrató para eso.
—Me lo imaginaba.
—Lo contrató para buscar a alguien.
—Las dos chicas del centro de menores —concluyo—. ¿Por qué?
—Olivia —susurra Milla—. Es mi hija. Robert la iba a encontrar.
—¿Qué?
—Es mi hija —repite Milla, y es como si se lo dijera tanto a sí misma como al visionario de medio pelo que tiene al lado—. Tengo una hija. No —susurra—. La tenía. Hasta que me tuve que separar de ella.
Algo le cambia en el rostro. Le han salido arrugas alrededor de los ojos y de los labios, bajo la fina capa de maquillaje. Puede que siempre hayan estado ahí, aunque yo no las haya visto.
—Hace diecisiete años me violaron. Me quedé embarazada. Intenté ser una madre para ella, lo intenté todo el tiempo que pude, pero, al final..., al final tuve que desprenderme de ella.
—Y la violación, ¿qué...?
—Cosas que pasan. —Milla se agarra fuerte las manos—. Una noche que volvía a casa después de dar un paseo por la ciudad con unos compañeros de trabajo. En otoño del año pasado, por fin tomé la decisión de buscarla. Contraté o, bueno, contratamos a Robert para que me ayudara y él la encontró, pero antes de poder hablar con ella, de decirle quién era, desapareció.
—¿Así que no contrataste a Robert para buscarla porque estaba desaparecida? —pregunto atónito.
—No. Porque es mi hija. En realidad, no se nos permite hacerlo. Los hijos son los únicos que pueden pedir que les digan quiénes son sus padres al cumplir los dieciocho años. Pero yo no podía esperar más. Hablé con Iver y él me puso en contacto con Robert.
Sacudo la cabeza y dirijo la mirada hacia Iver.
—¿Y tú de qué conoces a Milla?
—Fui yo quien llevó su caso de violación. También fui el primero en llegar a..., al lugar de los hechos. Varios años más tarde, Milla se puso en contacto conmigo. Se había mudado a Oslo y me contó que había empezado a escribir. Me preguntó si podía ayudarla con cuestiones policiales para su libro. Poco a poco, a medida que pasaban los años y se publicaban más y más libros sobre August Mugabe —dice, y mira a Milla con cariño—, nos fuimos conociendo de verdad. No, ¿Milla?
Milla le devuelve la mirada, sonríe y asiente.
—¿Sabías que había nacido una niña, fruto de la violación?
—Lo supe tiempo después —responde Iver—. Y, cuando me lo contó, cuando me dijo que quería encontrar a Olivia y explicarle que..., bueno, traté de ayudarla como pude; pero, como sabes, a los que seguimos en activo no se nos permite...
—Y el tercero en discordia, Kenny —digo tras una larga pausa—, ¿cómo encaja en todo esto?
En ese momento se oye un ruido en el pasillo y alguien abre la puerta con cuidado.
—Puedes preguntárselo a él directamente —responde Iver, y se pone de pie.
16
—Hola —dice el hombre que se asoma por la puerta y se acerca a nosotros—. Kenneth Abrahamsen. Kenny, para los amigos.
Tiene unos cincuenta y tantos años, el pelo gris y rizado, entradas generosas y una mata de pelo en el pecho que le asoma por el cuello de un jersey demasiado ajustado. Parece un adonis griego vestido de policía treinta años después de haber estado de fiesta en la playa.
—Thorkild Aske —le digo, y le devuelvo el saludo—. Antes de que sigamos adelante y de que yo diga que sí a cualquier cosa, comencemos por el principio. Iver, ¿cómo empezó todo?
—Milla contrató a Robert para buscar a Olivia en septiembre del año pasado —responde Iver—. Así fue como empezó todo.
—Vale —replico, y me vuelvo hacia Milla—. ¿Cuándo supo Robert dónde estaba tu hija?
—Diez días más tarde —me responde ella.
—¿Y desapareció una semana después de que la localizarais?
—Sí.
—¿Por qué?
Milla sacude la cabeza.
—No lo sabemos.
—¿Sabía que la estabais buscando?
—No. Robert y yo fuimos a su colegio. Robert me la señaló en un recreo. Yo volví al colegio unos días más tarde. Sola. Lo único que quería era volver a verla mientras pensaba en cómo proceder, pero no estaba. Al día siguiente tampoco. Entonces me llamó Iver y me dijo que..., que había desaparecido.
—Bien. ¿Y por qué no me contaste todo esto desde el principio?
—Lo siento —se disculpa. Tiene los brazos cruzados y pegados al cuerpo, como si se estuviera helando de frío, y los ojos vacíos y oscuros como cuando la vi en su despacho con Joachim desde fuera, entre los árboles—. Pero ahora ya lo sabes todo de mí, Thorkild —concluye en voz queda.
—Todo no —respondo—. Pero por algo se empieza.
—Entonces, ¿contamos contigo? —Iver dibuja una leve sonrisa—. ¿Tú también has mordido el anzuelo?
La verdad es que había decidido cómo iba a acabar el día en que me desperté en el cobertizo de Milla esta mañana. Investigar para escribir un libro y un caso real de desaparición no eran lo mío. Después de la visita a Åkermyr y a la casa de la madre de Siv, lo único que faltaba era despedirme, dar las gracias, lidiar con las amenazas de Ulf de ponerme a fabricar velas en una empresa de Auglendsmyrå financiada por la oficina de empleo y coger el primer vuelo de vuelta a Stavanger.
El aire de la oficina está viciado y me cuesta respirar. No estoy acostumbrado a estar en un despacho cerrado si no se trata del médico, Ulf o los trabajadores de la oficina de empleo. Trato de comprender por qué no me subo a un avión ahora mismo, y reparo en que no es porque ahora estemos en medio de una investigación, ni porque estemos buscando a la hija de Milla, sino porque hay algo que me chirría.
—Todavía no hemos hablado de una cosa —digo después de poner en orden todos mis pensamientos y llegar a una conclusión—. Robert Riverholt. Le pegaron un tiro en plena calle cuando estaba trabajando en este caso.
—Le disparó su exmujer —responde Kenny—. Estaba enferma —añade.
—Como ya hemos hablado, Aske —toma la palabra Iver—, nada apunta a que la muerte de Robert tuviera relación alguna con esto. Por un momento temimos que sí, pero la policía de Oslo y nuestras propias investigaciones demostraron que había que descartar esa teoría. Lo mató su exmujer, de eso no nos cabe ninguna duda.
—Ya veo. —Me acaricio la cicatriz de la cara con los dedos para ver si aún me duele—. Solo en los libros y en las películas la gente se muere cuando está metida hasta las trancas en un caso. Y sabéis lo que le pasa al sustituto cuando empieza a sacar los trapos sucios de los demás, ¿verdad?
—Nosotros también estamos metidos en esto, Thorkild —objeta Kenny con brusquedad.
—Mal de muchos, consuelo de tontos —respondo, y me aprieto más fuerte los dedos contra la piel áspera de la cara.
—Bueno —dice Iver, que está a punto de levantarse de la silla—. ¿Tienes alguna otra pregunta?
—Muchísimas —respondo. Me quito la mano de la cara y me la apoyo junto a la otra en el regazo—. Una puta barbaridad de preguntas. ¿En qué andabais metidos cuando le pegaron el tiro a Robert? ¿Qué habéis descubierto hasta ahora sobre la desaparición? ¿Alguien más aparte de los presentes sabía lo que os traíais entre manos? Y, por último pero no por ello menos importante, ¿qué creéis que puedo hacer yo seis meses más tarde que no hayáis hecho ya vosotros?
Iver toma aire y se apoltrona de nuevo en la silla.
—En cuanto a Robert, comprendo que estés preocupado, porque estás en su pellejo, si se me permite la expresión.
—Se te permite —le respondo.
—Pero no hay ningún motivo para pensar que su muerte esté relacionada con todo esto. Su mujer estaba enferma y él tenía una vida privada accidentada que desembocó en un trágico final. Los tres conocíamos a Robert y nos afectó mucho lo ocurrido. Pero me gustaría remarcar que lo ocurrido fue algo entre él y su mujer. Un suceso trágico. Ni más, ni menos.
—En cuanto a lo que nos ocupa —prosigue Kenny—, Robert, Milla y yo acabábamos de volver de España la semana antes de que muriera Robert. Habíamos ido a Ibiza a buscar a Olivia y a Siv, pero no sacamos nada en claro. Estábamos completamente desolados y nos íbamos a tomar unos días libres para reunir fuerzas antes de continuar. De hecho, la tarde en que le pegaron el tiro a Robert teníamos la intención de reunirnos en Tjøme, en casa de Milla, para pensar en cómo procederíamos en lo sucesivo.
—¿Y desde entonces? ¿Qué habéis descubierto desde entonces?
—Estamos atascados —suspira Iver.
—¿Has hablado con la madre de Siv? —le pregunto a Kenny.
Kenny asiente.
—¿Y?
—¡Menuda madre! Va y se lleva a su marido y a sus hijos de vacaciones mientras su hija está desaparecida —dice furioso, y después mira a Milla—. Lo siento, Milla. No quería... —se disculpa y aprieta fuerte los labios.
—¿Quién sabe lo que estáis haciendo?
—Nadie —responde Kenny.
—Bueno... —Iver mira a Kenny—. Eso no es del todo correcto.
—¿A qué te refieres? —pregunto.
—Milla dio una entrevista en la tele antes de que fuerais a España —explica Iver—, y habló del próximo libro de August Mugabe y dijo que la trama iba a girar en torno a una desaparición y que iba a usar el caso de Siv y Olivia a modo de documentación. Era una buena tapadera para cubrir el hecho de que mediante esa investigación también estaba buscando a su hija.
—Y, en concreto, ¿qué creéis que puedo hacer yo?
—Queremos que nos ayudes a encontrar a Olivia —responde Milla—. Descubrir qué le ha ocurrido y traerla de vuelta a casa.
—¿A casa? —Los miro a los tres—. ¿Os estáis oyendo? Las chicas llevan más de seis meses sin dar señales de vida. No habéis sacado absolutamente nada en claro.
—Thorkild —susurra Milla—. Por favor. Necesito ayuda. No puede haberse ido para siempre. Esto no puede terminar así.
Milla se enjuga las lágrimas y me tiende la mano, Iver se balancea despacio en la silla y Kenny me mira con suspicacia.
—Vale —suspiro, y le agarro la mano—. Cuenta conmigo.
—¡Genial! —Iver se levanta de un salto de la silla—. ¿Qué os parece si nos vemos los cuatro mañana después del trabajo, tal vez en tu casa, Milla, y hablamos de lo que vamos a hacer a partir de ahora?
—No —digo.
—¿Qué? —Iver se pone la chaqueta y apaga el ordenador en un solo movimiento. Me mira atónito.
—Tenemos que volver al centro de menores. Tengo que hablar con el testigo, el chaval que vio a las chicas cuando estaban en la parada del bus la mañana en que desaparecieron. Necesito que un policía con licencia me acompañe.
—¿Kenny? —Iver mira inquisitivamente a su subordinado—. ¿Puedes ir tú?
—Yo me quedo aquí —se apresura a decir Milla—. No me apetece volver. Estoy cansada y...
Kenny suspira y se encoge de hombros.
—Estupendo —dice, y busca las llaves del coche—. Vamos.
El dolor de estómago y la falta de aire fresco no son lo único que me incomoda cuando por fin me levanto para marcharme. Iver y Kenny son policías que han investigado un caso junto con la madre de una de las chicas desaparecidas. Deberían saber que con eso entran de lleno en una zona gris con respecto a lo que se podría considerar el trabajo normal de la policía. Aparte de que quieran ayudar a Milla a arreglar su pasado, no se me ocurre ni una buena razón por la que les pueda parecer bien que Milla quiera implicar también en este asunto a alguien como yo, con experiencia en la Oficina de Investigación de Asuntos Policiales. Y cuanto más lo pienso mientras camino con Kenny hacia el ascensor, más seguro estoy de que debería despedirme y volver a casa ahora que aún puedo hacerlo.
17
Fuera empieza a anochecer, se han encendido las farolas que junto con las luces de la ciudad tiñen el cielo de un azul blanquecino que se vuelve más suave y más profundo más arriba. El ambiente que reina en el coche es tan alegre como el de una sesión de mediación en una consulta de terapia familiar.
—¿De qué conoces a Milla? —le pregunto a Kenny cuando se detiene en un semáforo.
—Iver y yo fuimos los primeros en llegar al lugar de los hechos —responde Kenny, y tamborilea con los dedos en el volante mientras esperamos a que el semáforo cambie de color— cuando la violaron.
—¿Y después de eso?
—Volvimos a verla unos años después. Ya había empezado a escribir.
—¿Llegaste a conocer a su hija? Antes de que la entregara a los servicios sociales, me refiero.
Niega con la cabeza.
—¿Nunca?
—Nop. —Kenny acelera en cuanto se puede volver a circular—. Milla se fue a vivir a Oslo. No nos dijo que se había quedado embarazada y había tenido una hija hasta mucho tiempo después.
—¿Por qué no la ayudasteis vosotros mismos a buscar a su hija?
Me mira y sonríe.
—No nos está permitido.
—¿Os lo pidió?
—¿El qué?
—Que la ayudarais.
—Sí.
—Y en lugar de hacerlo vosotros, le presentasteis a un antiguo compañero que trabajaba de detective. Encontró a Olivia, se la señaló a Milla en el patio del colegio y entonces ella desapareció del mapa.
Kenny se agita incómodo en el asiento del conductor.
—Eso es.
A los policías no les gusta contestar preguntas: prefieren plantearlas ellos. Y Kenny no es una excepción.
—¿Cuándo supisteis que Robert la había encontrado?
—Unos días antes de que desapareciera.
—¿Y entonces? ¿Qué pasó?
—Trabajo en el servicio de orden público y en cuanto llegó el aviso de desaparición salimos a hablar con los jóvenes de Drammen.
—¿Descubristeis algo?
—Las chicas entraban y salían del ambiente de las drogas de Drammen, pero nadie sabía nada de ellas desde hacía tiempo.
—Vale. ¿Y conocías a Robert de antes?
—No en persona. Los dos trabajamos en Drammen en la misma época, pero Robert tenía un puesto más alto y estaba en otro departamento.
—O sea, que tú eres lo que podríamos llamar un soldado raso. —Pasamos por delante de una gasolinera donde un grupo de chicos jóvenes en vaqueros y camiseta están sentados en el capó de sus coches fumando y echando el humo a un cielo cada vez más frío y oscuro—. Los que hacen el trabajo sucio.
De nuevo, Kenny se agita en el asiento.
—Llámalo como quieras —gruñe.
—¿Por qué trabajas en el servicio de orden público?
—Me gusta estar en la calle, con la gente.
—Vamos, que, en otras palabras, no te importa el desarrollo profesional.
Kenny sonríe para sí.
—¿Tú no eras uno de los peces gordos hace tiempo? ¿Uno de los tipos de la Oficina de Investigación de Asuntos Policiales, vestido de traje, con camisa de hilo y corbata que deambulaban por ahí haciéndonos la vida imposible a los demás?
—A vosotros no —replico, y le guiño un ojo. Ya hemos salido del centro de la ciudad. Los grupos de casas y las tiendas que nos rodeaban han dado paso a parcelas verdes y grises, campos recién sembrados salpicados de casitas—. Solo a los agentes malos. Las moscas en la sopa de la policía.
—Las moscas en la sopa de la policía. —Suelta una carcajada y pone las largas—. ¿Así nos llamabais?
—Dípteros o arañas —le respondo, y añado—: pero solo a los malos, como ya te he dicho.
Me mira de nuevo.
—¿Te gustaba? ¿Disfrutabas cuando te cargabas la carrera de tus compañeros? ¿Y cuando rebuscabas errores y negligencias en lugar de trabajar como policía?
—Me encantaba —respondo—. Cuando encontrábamos cualquier detalle que imputaros, por pequeño que fuera, lo celebrábamos por todo lo alto.
—Joder —suspira Kenny, cegado de nuevo por las luces de un camión que viene en sentido contrario—. Te pareces a Robert más de lo que te imaginas.
18
Karin nos vuelve a recibir en la puerta cuando aparcamos el coche frente a la entrada del centro.
—Hola, Kenny —lo saluda con una amplia sonrisa—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Aske quiere hablar con André —responde él, y vamos con Karin a su despacho.
—Ahora mismo está haciendo los deberes —nos dice—. Pero podemos ir a ver qué nos cuenta.
—Genial. —Kenny da vueltas a las llaves del coche entre los dedos—. Vamos.
—Yo solo —digo—. ¿Puedo hablar con él yo solo?
—Sí, claro. —Kenny mira a Karin—. ¿Karin? Yo no tengo inconveniente.
—No lo sé —responde Karin—. Cuando estuviste aquí no me quedó claro qué tienes que ver con todo esto.
—Aske es jefe de interrogatorios —interviene Kenny—. Nos está ayudando.
—Ah —dice Karin—. Bueno, en ese caso...
Kenny me guiña el ojo cuando Karin y yo salimos del despacho. Karin me conduce por un pasillo largo hasta una puerta con un letrero con un nombre en la pared. Llama con cuidado y la abre.
—¿André? —dice mientras asoma la cabeza—. Ha venido un señor. De la policía. Quiere hablar de Siv y Olivia. ¿Te parece bien?
Oigo que el chico balbucea una respuesta y después Karin se hace a un lado y me invita a pasar.
—Cuando acabéis puedes volver a mi despacho.
Entro en la habitación y me quedo en la puerta hasta que oigo cómo los pasos de Karin se alejan por el pasillo. Estoy en el típico cuarto de un chico. El chaval que está sentado al escritorio frente a una pila de libros tiene una media melena castaña, la cara estrecha y rasgos bonitos. Me da parcialmente la espalda, juega con un lápiz y hace como que lee uno de los libros.
—¿Qué asignatura es? —le pregunto desde la puerta.
—Mates —me responde sin moverse.
—Ah —digo, y echo un vistazo a mi alrededor—. ¿Por qué no tienes pósteres en las paredes? Alguna banda de rock, chicas en bikini, fórmulas matemáticas o cualquier otra cosa divertida.
Esboza una sonrisa tímida.
—No nos dejan.
—Vaya, pues mi habitación estaba llena de pósteres de cantantes, mujeres con grandes... —hago una pausa dramática antes de continuar— voces. Samantha Fox, Sabrina, Sandra... Creo que casi todas tenían un nombre que empezaba por S.
De nuevo me sonríe con timidez, solo un segundo.
—¿Las has oído cantar?
—No.
—Vaya, pues lo siento por ti. En serio. Es difícil encontrar... voces así de potentes.
Esta vez no consigue evitar sonreír de oreja a oreja.
—Sé quiénes son —dice, y asiente—. Mi padre me ha hablado de ellas.
—¿Y has visto las fotos de las que te hablo?
—No —responde, no muy convencido.
—Regalos del cielo —le digo—. Las voces, digo.
Me da la risa cuando por fin me mira. Después se vuelve de nuevo hacia el libro de mates, pero veo que sigue sonriendo.
—¿Eres policía?
—Antes lo era.
—¿Antes?
—Me echaron.
Nos miramos de nuevo. Esta vez el contacto dura un poco más que la vez anterior.
—¿Por qué?
—Maté a una mujer con el coche por conducir bajo los efectos de las drogas.
—¿Fuiste a la cárcel?
—Tres años y seis meses.
—¿Cómo era estar en la cárcel?
André por fin se ha olvidado del libro de mates y se ha dado la vuelta hacia mí.
—Un aburrimiento. Lo mismo todos los días.
—Igual que aquí —observa, y golpea la goma del lápiz con el dedo.
—Bueno —le digo, y apoyo la espalda contra la puerta—. A tu edad todo es aburrido.
—¿Qué te ha pasado en la cara?
Me señala con el lápiz la cicatriz que me llega del ojo a la boca.
—El accidente.
—¿Te dolió?
—No me acuerdo —respondo, y me siento en el borde de la cama.
—¿Quién era? —pregunta André, y me sigue con los ojos hasta que nuestras miradas vuelven a cruzarse—. ¿Quién era la mujer a la que mataste?
—Alguien a quien amaba.
—¿La echas de menos?
—Cada segundo que pasa.
André está inclinado hacia delante con los codos apoyados en los muslos y gira el lápiz entre los dedos. Su habitación me recuerda a otra, a la que yo tenía en la Oficina de Investigación de Asuntos Policiales de Bergen. En una habitación como esta puedes oír tus propios pensamientos. Todo se reduce a nosotros dos, a una conversación particular, y lo demás se desvanece a nuestro alrededor. De repente me doy cuenta de lo mucho que he echado de menos esa estancia, esa parte de mí mismo.
—¿Las conocías bien? —le pregunto por fin, y me inclino hacia el borde de la cama.
—No muy bien —responde, y deja de juguetear con el lápiz un instante antes de proseguir—. Íbamos a la misma clase, pero...
—Pero los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, ¿verdad?
Suelta una carcajada nerviosa.
—Algo así.
—Cuéntame algo del día en que desaparecieron, desde tu punto de vista. ¿Qué hiciste ese día?
—Me levanté, desayuné y volví a la habitación. Ese día teníamos un examen.
Mientras habla, saco una libreta y empiezo a tomar notas.
—¿De qué asignatura?
—Mates.
—¿Siv y Olivia también tenían examen ese día?
—Sí. Pero..., pero a ellas les daba igual el colegio.
—¿Y qué les interesaba?
André se encoge de hombros.
—No lo sé.
—¿Los chicos?
—Claro.
—¿Alguno en especial?
—No creo.
—Vale. ¿Y qué pasó?
—Me gusta ir con tiempo al autobús. Los demás suelen bajar más tarde, justo antes de que llegue. Preparé la mochila y fui a la lavandería a buscar la ropa de deporte. Entonces las vi por la ventana.
—¿Dónde estaban?
—Ahí abajo —contesta, y señala con el dedo—, en la parada del bus. Ya habían bajado.
—¿Siv y Olivia solían llegar pronto al autobús?
—No, siempre llegaban las últimas —responde con una risotada—. Muchas veces las tenía que llevar al colegio alguien del centro porque lo perdían.
—Pero ese día salieron temprano.
—Sí.
—¿Recuerdas qué hacían ahí abajo?
—Estaban al lado de un coche. La puerta del copiloto estaba abierta y hablaban con el conductor. —Respira hondo y agarra fuerte el lápiz—. Entonces se subieron al coche, que arrancó y se fue.
—¿Qué tipo de coche era?
André respira más pesadamente y vuelve a juguetear con el lápiz.
—No sé mucho de coches.
—¿Recuerdas de qué color era?
—Negro.
—¿Puedes decirme algo más del coche?
—Parecía nuevo. Estaba muy limpio, además.
—¿Viste al conductor?
Niega con la cabeza.
—Pero ¿estás seguro de que eran Siv y Olivia?
—Sí.
—Tienes muy buena memoria, André —lo animo—. ¿Alguna de las dos se sentó delante?
—Sí. Olivia. Siv se sentó en la parte de atrás.
—¿El coche tenía cuatro puertas?
—Sí.
—¿Sabes distinguir un SUV de un coche familiar?
—Era un coche familiar.
—¿Estás seguro?
—Sí. La policía me enseñó fotos de distintos coches.
—Ya veo. —Sonrío—. ¿Qué hiciste cuando las viste marcharse en el coche?
—Acabé de preparar la mochila con la ropa de deporte y bajé al bus. Esa fue la última vez que las vi.
—¿No estabas preocupado?
—Muchas veces hacían dedo cuando no tenían dinero para el autobús.
—Vale. ¿Paso alguna otra cosa fuera de lo común esa mañana además de que salieran antes de lo normal?
André niega con la cabeza.
—¿Y la tarde anterior?
—Vimos una peli en la salita.
—¿Quiénes?
—Olivia, Siv y yo.
—¿Recuerdas si pasó algo especial?
—Nooo —dice, alargando la o.
—Lo que sea. Si piensas en esa tarde, ¿qué es lo primero que te viene a la cabeza?
—Olivia estaba de buen humor.
—¿Más de lo normal?
—Sí.
—¿En qué sentido?
—No, bueno... No lo sé. Por lo general era más puñetera. —Se encoge de hombros y añade—: Se reía.
—¿Por qué crees que estaba de tan buen humor?
—No lo sé —me responde.
—Gracias por tu ayuda, André. —Me vuelvo a guardar la libreta y el boli en el bolsillo de la chaqueta—. Por cierto, ¿dónde crees que están?
André se queda mirándome y da vueltas en la silla.
—Pues en España —dice por fin.
—¿En Ibiza?
Se encoge de hombros.
—¿Dónde si no?
Después se vuelve hacia el escritorio.
De camino al despacho de Karin pienso en lo bueno que es hablar con otras personas, hablar sobre otras personas, descansar de uno mismo. Cuando todavía estaba casado con Ann-Mari, también fue mi cura durante su enfermedad. Los interrogatorios se convirtieron en un lugar al que podía escaparme tras una agotadora noche en casa o después de pasarme varios días con ella en el hospital. Los tumores del útero de mi mujer desaparecían cuando cerraba la puerta de la sala de interrogatorios. Cuando los médicos le dijeron que nunca sería madre, después de la operación y del divorcio, me fui a Estados Unidos para alejarme aún más, y, cuando por fin regresé, nuestra habitación se había convertido en una cárcel.
Cuando llego a la puerta del despacho de Karin ya he decidido que ayudar a Milla a buscar a Siv y a Olivia puede ser mi salvación, al menos durante un rato.
—Todo el mundo necesita una vía de escape —murmuro para mis adentros, agarro el pomo de la puerta, la abro y entro.
19
—Tienes ojeras —dice Siv, y clava una cuchara en el helado.
Estamos en una cafetería, no muy lejos del río Drammen. Un grupo de chavales pasa por la calle de camino al instituto. Me gusta esta cafetería, aunque es la primera vez que entro. Supongo que es porque he pasado muchas veces por delante y he visto la cara de la gente, a este lado del cristal; los he visto sentados cerca unos de otros, alrededor de estas mesitas.
—Ojeras de puta cansada —añade Siv y se ríe.
—Gracias —le respondo y le hago una mueca. Siv mira a su alrededor y me la devuelve.
—¿Crees que será rica? —Siv echa un vistazo a los baños—. ¿Rica como Jo Nesbø?
Me encojo de hombros y empujo la copa de helado lejos de mí. Siv coge la última media bola de helado que queda en la suya con la cuchara.
—Creo que es una zorra —contesta Siv—. Tiene que serlo. ¿Qué tipo de persona se deshace de su hija?
—Me está buscando.
—¿Estás segura?
Siv vuelve a mirar hacia los baños, que están situados en una esquina de la cafetería, mientras chupa y chupa la cuchara. Entonces se abre una puerta y sale un hombre. Sonríe a la señora que está detrás del mostrador y a continuación se dirige hacia donde estamos sentadas.
—Sí, estoy totalmente segura —le digo, y me acerco a la ventana—. Me lo dijo él.
20
—¿Qué tal ha ido? —Karin se levanta cuando regreso al despacho en el que me esperan ella y Kenny.
—Es un buen chico —respondo, y le indico a Kenny con un gesto que podemos marcharnos.
El sol se ha escondido y ha dado paso a una penumbra que crece y se abre camino contra los campos y las ramas de los árboles. Me detengo en medio del camino y miro la parada del autobús, donde André vio por última vez a Olivia y a Siv hace más de medio año.
—Salieron temprano ese día —comienzo a reconstruir los hechos cuando Kenny consigue alcanzarme—. Se subieron a un coche, se fueron a Ibiza y desde entonces nadie ha vuelto a saber nada de ellas. ¿Es esa la teoría de la que partimos?
—Sí —contesta Kenny.
—El día en que asesinaron a Robert —prosigo—, ¿hablaste con él?
—No. El día anterior.
—¿Qué te dijo?
—Quería que nos viéramos al día siguiente por la tarde en Tjøme, en casa de Milla.
—¿Por qué?
—Tal vez quería aparcar la teoría de Ibiza y que considerásemos otras posibilidades.
Asiento.
—En los casos de desaparición se trabaja sobre cuatro posibles escenarios, ¿no? Los que se marchan por su propia voluntad, los que se suicidan, los que han sufrido un accidente y los casos en los que se sospecha que la desaparición se debe a un acto delictivo.
—Supongo que no quieres hablar de accidentes o de suicidios justo ahora.
Kenny arruga la nariz y da patadas a la grava del suelo.
Niego con la cabeza.
—Un delito, entonces.
—Tú mismo lo has dicho: Robert quería aparcar la teoría de Ibiza. Y en cualquier delito hay uno o varios delincuentes. En casos como este podemos dividirlos en dos categorías...
—Joder, Thorkild. Ya me sé todo esto, ya sé...
—... o bien se trata de una persona desconocida —prosigo, haciendo caso omiso a las objeciones de Kenny—, o bien de alguien conocido o que la víctima había visto antes. En el caso de Olivia, esta definición también afecta a aquellas personas que conocían a su madre y sabían que Milla había contratado a Robert para encontrar a su hija.
—¿De verdad lo crees? —Está tan cerca que siento su respiración en las mejillas, pero no giro la cara—. ¿Te sigue poniendo tan cachondo cargarte la carrera de otros policías que piensas que Iver o yo podríamos...?
—Lo único que digo —protesto, y me doy la vuelta de modo que por fin estamos frente a frente— es que me parece que habéis decidido descartar todas las posibilidades salvo la de que las chicas se fueron a España por su propia voluntad, cuando lo único que sabemos es que salieron por la puerta de atrás, siguieron el camino en el que estamos ahora hasta ahí abajo —señalo la parada del autobús— y se subieron a un coche. No sabemos si conocían al conductor o si estaban haciendo dedo y las recogió una persona cualquiera. Pero sabemos que menos de un mes más tarde a Robert le pegaron un tiro en la nuca el mismo día en que llamó para hablar con todas las partes implicadas sobre un posible cambio de rumbo de la investigación.
—La muerte de Robert no tuvo nada que ver con esto.
Echo un último vistazo a la carretera y al arcén.
—No —digo con un suspiro, y me acerco al coche—. Es lo que me decís todos cada vez que pregunto.
21
Media hora más tarde aparcamos delante de la casa de Iver, una residencia bifamiliar de dos pisos situada al sudoeste de Drammen. Allí nos esperan Milla e Iver. Kenny entra en la vivienda y se quita los zapatos en el recibidor. Hago lo propio.
En la cocina están Iver, con la espalda apoyada en el frigorífico, y Milla, sentada a la mesa. Ambos nos miran impacientes cuando entramos.
—Thorkild quiere decir algo.
Kenny se sienta en una de las sillas que están frente a Milla.
—¿Sí? —Iver me mira con curiosidad—. ¿Habéis descubierto algo? ¿Algo útil?
—Las chicas habían planeado fugarse —respondo, y me siento también a la mesa. Iver se queda de pie junto al frigorífico—. Esa parte os la compro. O bien estaban esperando ese coche, o bien hicieron dedo, pero no pensaban ir a clase ese día, creo que de eso podemos estar seguros. El chaval con el que hablé me dijo que Olivia estaba de buen humor la noche anterior, de mejor humor que de costumbre. Eso también encaja con el escenario que habéis planteado vosotros, pero... —añado.
—Pero... —pregunta Milla, tensa, mientras me agarra fuerte la mano.
—Si hicieron dedo, ¿dónde está el conductor que las recogió? ¿Por qué no ha dicho nada? Tenemos que valorar todas las posibilidades, y eso incluye la de que esa persona en cuestión sea el motivo por el que desaparecieron. Estaríamos hablando, pues, de un secuestro que en el peor de los casos acaba en asesinato. Otra cosa que es segura es que habéis investigado desde el extremo equivocado.
—¿Cómo? —me interrumpe Iver y cruza los brazos sobre el pecho. Su tono de voz se vuelve más grave y autoritario—. ¿Qué quieres decir?
—Todas las huellas van a morir a la parada de autobús. Es cierto que llegaron hasta Ibiza una vez, pero habéis tomado una suposición como punto de partida y esa no es la mejor manera de hacer las cosas.
—No empezamos por Ibiza —se defiende Iver, y golpea nervioso el suelo con un pie—. Seguimos las pistas y esa posibilidad es la que nos pareció más plausible.
—Robert dijo lo mismo cuando volvimos a casa —interviene Milla—. Que iba siendo hora de buscar otras alternativas. Creo que por eso quería que nos reuniéramos el día en que murió. Para empezar de cero.
—¿Os contó por qué? —pregunto.
—No —responde, y me aprieta la mano—. No le dio tiempo.
—Creo que Robert sabía algo —expongo—. Siv y Olivia se habían llevado cosas para muy poco tiempo, una excursión de un día o, en cualquier caso, un viaje del que pensaban volver. Y esto choca con la teoría de que se fueron a Ibiza para quedarse allí para siempre.
—¿Y qué propones que hagamos? —pregunta Kenny, quien hasta ahora había seguido la conversación sin decir nada—. ¿Cuál es el plan?
—Quiero tirar del hilo, pensar en la posibilidad de que esto no estuviera planeado. Para saber dónde están ahora, tenemos que descubrir adónde se dirigían, qué cambió y, por último, si ese cambio fue voluntario o si se debió a causas ajenas a ellas.
Iver asiente con la mirada hacia al suelo y después vuelve la vista hacia Milla.
—¿Qué os parece si nos vemos mañana después del trabajo y hablamos de qué podemos hacer a partir de ahora?
—¿Venís a mi apartamento de Oslo? —pregunta Milla—. Mañana tengo una reunión con mi editorial y no me veo capaz de volver a Tjøme esta noche.
Iver vuelve a asentir.
—Tenemos un plan, ¿no?
—Muy bien —zanjo, y me pongo de pie—. Vamos.
Cuando volví a Noruega hace algo más de cuatro años, después de pasar un tiempo con el doctor Ohlenborg interrogando a policías que han cometido delitos y cumplen condena en las cárceles estadounidenses, estaba destrozado, pienso mientras Milla y yo nos calzamos y nos ponemos el abrigo en el recibidor, completamente roto, tanto física como mentalmente. Es importante que ahora que siento que mi cerebro de policía se está despertando no olvide lo que sucedió cuando regresé, lo que me ocurre cuando me implico demasiado en un caso y las consecuencias que todo eso puede acarrearnos a mí y a quienes me rodean.
22
Cuando aparcamos el coche frente al apartamento de Milla en St. Hanshaugen, al lado de la plaza de Alexander Kielland, ya es de noche. Parece que está a punto de ponerse a llover. En algunos árboles, al fondo de la calle, veo sombras negras que se mueven entre las hojas jóvenes y oigo el aleteo de los pajarillos que se están acomodando para pasar allí la noche.
—¿Fue aquí? —pregunto cuando acabamos de sacar el equipaje del coche—. ¿Aquí fue donde murió Robert?
—Allá.
Milla deja una bolsa en el suelo y se dirige a la acera de la esquina de la calle donde los pajarillos pían en la penumbra. Se detiene y se queda ahí de pie, con los brazos caídos y la mirada fija en el suelo.
Me acerco hacia ella y me quedo a su lado.
—¿Os lo encontrasteis vosotros?
—En cuanto oí el batacazo pensé en Robert. No sé por qué, solo fue un golpe y podría haber sido cualquier cosa, pero el ruido se me clavó en el corazón. Cuando salimos, la gente ya se había empezado a arremolinar a su alrededor. Estaba ahí, boca abajo, con las manos bajo el cuerpo. —Milla toma aire por la boca entreabierta—. Todo el mundo comenta que los muertos parecen estar dormidos. —Me mira—. No es así.
—No —respondo—. No lo es.
—Robert era distinto —dice, y sonríe de repente—. Ojalá lo hubieras conocido. Robert era tierno y cariñoso, hasta su respiración transmitía calma, libertad, incluso cuando Camilla empeoraba y teníamos que ayudarla.
—¿La conocías bien?
—No, pero la llevó a Tjøme alguna vez al principio. Comimos todos juntos, hablamos un poco, pero ella se cansaba enseguida, estaba deprimida, y al final Robert dejó de llevarla.
—¿Y eso fue antes o después de que Robert y tú empezarais a acostaros?
Se le corta la respiración, intenta recomponerse y está a punto de decir algo cuando se derrumba de nuevo.
—No fue así, no lo hicimos a espaldas de Camilla. Él se había ido de casa y... Solo ocurrió un par de veces. Habíamos conectado desde el principio. El caso es que pasó y lo gestionamos como personas adultas. No tenía nada de malo; aun así, no tendría que haber sucedido.
—¿Y Joachim?
—No tenía por qué saberlo.
—O sea, que ahora ya lo sabe, ¿no?
—Sí. Se lo conté más adelante. Después del entierro.
—¿Y bien?
—Nada. Estuvo un par de días enfurruñado y después se le pasó. —Se le endurece el gesto—. No es la primera vez. Joachim me conoce, sabe por lo que he pasado y ha encontrado la manera de gestionarlo.
—¿Pescando cangrejos?
Milla se sube el cuello del abrigo y se da la vuelta.
—Ven —me dice.
El apartamento de Milla está en el piso de arriba. Tiene una decoración minimalista que roza lo aséptico. Junto al sofá hay cuatro ventanales que dejan pasar la claridad y crean la ilusión de que estamos en el tejado. Milla se va a la cocina y regresa con una botella de vino y dos copas.
—He pensado que deberíamos aprovechar para conocernos mejor —dice, y sirve vino en las copas— ahora que sabes qué estamos haciendo.
—Háblame de la violación.
—Directo al grano, ¿eh?
Milla levanta la copa y me invita a brindar con ella con un gesto carente de toda carga emotiva. Le correspondo y pruebo el vino.
—Acababa de conseguir un trabajo de peluquera en Drammen. Había salido de fiesta con unos amigos. No me di cuenta de que alguien me seguía y de pronto sentí un golpe en la sien. Cuando me desperté, estaba en el suelo de un portal. Tenía un hombre encima y otro me sujetaba los brazos. —Baja la mirada hacia su propio cuerpo—. Recuerdo que cerré los ojos y los mantuve cerrados hasta que dejé de sentir presión en los brazos, en el torso y en el pubis. Cuando los abrí de nuevo, habían desaparecido y era casi de día. Pronto paró un coche a mi lado, y enseguida otro más. Empezaron a asomar varios rostros, cada vez más, a mi alrededor. Por fin se acercó un policía y se puso en cuclillas a mi lado. Me preguntó algo y me tapó con su chaqueta y les pidió a todas esas caras que se dispersaran y nos dejaran solos hasta que llegara la ambulancia. —Milla vuelve a mirar hacia arriba, se sirve más vino y se lleva la copa a los labios—. Así es como conocí a Iver y a Kenny.
—¿Encontraron a los culpables?
—¿Cambiaría eso en algo las cosas? —me pregunta Milla, y me mira con los ojos llorosos—. Lo intenté, Thorkild —dice, y se sirve más vino—. Intenté ser una madre para ella durante tres años. Una mitad de ella era mía, pero no fui capaz vivir con esa otra mitad tan cerca de mí. Después del parto, no, después de la violación y a lo largo de todo el embarazo y aún más tarde yo era otra persona muy distinta de lo que soy ahora.
—¿En qué sentido?
Milla se retira el pelo de la cara y bebe más vino.
—Pastillas, vino y uno... o dos... o tal vez tres intentos de suicidio. Cuando se la entregué a los servicios sociales empecé a escribir, creé a August Mugabe y encontré la salida o, más bien, el camino. —Me mira y después agarra la copa de vino—. Estás pensando en lo que viste el primer día, ¿verdad? En mí y en Joachim. Crees que también hay algo de eso que viste desde los árboles, ¿no?
—¿Y es así?
Milla sonríe de medio lado y juega con la copa de vino, acaricia el borde con la yema de los dedos y vuelve a cerrar los ojos casi del todo.
—Había momentos en que estaba con Olivia y sentía que si no la apartaba de mi lado le haría daño. —Vuelve a sacudir la cabeza para volver a enterrar esas imágenes en la oscuridad—. Puede que ya hubiera empezado a hacerlo —susurra—. Puede que ese fuera el motivo. —Asiente para sí y sigue acariciando la copa con los dedos—. Sí, creo que sí. —Por fin abre los ojos—. ¿Crees que se acuerda? ¿Se acordará aún de cómo me porté con ella?
—No lo sé —le respondo.
Me doy cuenta de que alterna una sinceridad absoluta con muros inquebrantables, incluso en la misma frase, y sus ojos funcionan como puertas abatibles. Lo único que no tengo claro es si es ella quien maneja las puertas o si son las puertas las que la manejan a ella. Si se abren y descubren su interior en contra de su voluntad como me sucede a mí.
—Con el tiempo, todo fue más fácil. Me mudé a Oslo, empecé a escribir, encontré la manera de distanciarme de ella y de todo lo ocurrido. August Mugabe entró en mi vida, se convirtió en una especie de sustituto, cargó con mi dolor para que yo pudiera vivir a través de él, a su lado. Hasta que ya no era suficiente, hasta que la empecé a echar demasiado de menos y comprendí que había llegado el momento de enfrentarme cara a cara a lo que había ocurrido y pedir perdón. Ver si, a fin de cuentas, podía haber algo bueno en todo esto.
—¿Por qué yo? —pregunto tras una larga pausa en la que ninguno de los dos media palabra—. De entre todas las personas a quienes podríais haber llamado para que os ayudaran, ¿por qué yo?
Milla se sirve más vino.
—Me habló de ti mi psicóloga. Me dijo que conocía a un psiquiatra en Stavanger que te estaba tratando. Sentí algo dentro cuando dijo tu nombre. Algo que me dijo que serías tú quien la encontraría. Una señal. —Milla suelta una carcajada y sacude la cabeza—. ¿Tú crees en esas cosas?
—Puede —respondo, y me vuelvo hacia otro lado—. ¿Qué dijeron Iver y Kenny cuando les contaste que me habías contratado para ayudarte?
—A Iver no le hizo gracia. Me contó lo que había pasado con la chica de Stavanger. Dijo que estabas enfermo y que no eras de fiar, pero yo...
—Tiene razón —la interrumpo—. Estoy enfermo.
—Tienes una lesión, ¿no? —Me busca con los ojos, como si quisiera recuperar la intimidad de hace un segundo—. Por un intento de suicidio.
—Sí —respondo al fin—. Del primero.
—¿Qué pasó?
—Falta de oxígeno en el cerebro. Cuando uno se ahorca, deja de llegarle oxígeno al cerebro. Estuve tanto tiempo colgado que me causé una lesión en la amígdala, que es la parte del cerebro que se ocupa de los estímulos sensoriales. A veces percibo cosas, personas, olores y demás como si fueran reales y los tuviera delante, pero no es así, solo son consecuencias de la lesión cerebral, que me juega malas pasadas.
—¿Te medicas?
—Mucho, pero no lo suficiente.
—¿Cómo?
—No es fácil encontrar el equilibrio —le respondo incómodo.
—¿Qué tomas?
—Cipralex.
—¿Pastillas de la felicidad?
Asiento.
—Tienes razón —dice Milla—. No funcionan. Empecé la terapia al entregar a Olivia a los servicios sociales. Mi terapeuta me habló de una clínica de aquí de la capital donde podrían ayudarme. —Milla pasea los dedos sobre la copa de vino mientras me mira. No deja de sonreír hasta que por fin para de mover los dedos y apoya la copa en la mesa—. ¿Has oído hablar del carisoprodol?
—No.
Oigo gotas aisladas de lluvia caer contra el tragaluz.
—Funciona, Thorkild —me asegura Milla, y coge un mando a distancia con el que baja las luces del techo de forma que la oscuridad de la calle se difumina y se mezcla con la de dentro del salón—. Lo retiraron del mercado en 2008, pero en el grupo de apoyo somos muchos y mi terapeuta, la doctora Aune, nos ayuda a conseguir recetas. Tal vez le pueda pedir que le hable a Ulf de la clínica.
—Ahora mismo, Ulf no está de humor para hablar de alternativas a las pastillas de la felicidad.
—Ya, bueno —responde Milla—. Tal vez yo pueda ayudarte cuando nos conozcamos mejor.
—Sí —convengo—. Tal vez. —Noto las yemas de los dedos húmedas cuando me acaricio la cicatriz de la cara—. Es tarde —añado, y me levanto del asiento.
—Puedes quedarte —dice Milla.
—No, gracias —respondo—. He reservado una habitación en un hotel no muy lejos de aquí.
—Estoy muy contenta de que hayamos podido hablar un poco nosotros dos y de que quieras seguir con esto. —Se reclina en el sofá y sonríe cansada—. Muy contenta —repite.
Me quedo de pie en la puerta que da paso al salón desde el pasillo.
—Descubro secretos, Milla. Es lo mío. Los tuyos, los de Joachim, los de Kenny e Iver, los de Robert, los de Siv y Olivia; los de todo el mundo.
—Lo sé —dice ella en voz baja.
—Me vais a acabar odiando.
—No —replica Milla, y se inclina hacia delante en el sofá. En la oscuridad, parece que la cara se le tiñe de color gris.
—Que sí —insisto y le hago un gesto para que no se levante—. Antes o después me vais a acabar odiando todos.
—¿Por qué?
—Porque —suspiro y apoyo la cabeza y el lado de la cara deformado en la jamba de la puerta— una vez que empiezo no puedo parar.
El final de la frase es más que nada una advertencia para mí mismo.
23
Casi no se lo ve a través de los árboles. Tras él, los coches pasan rugiendo en ambas direcciones. Siv está acuclillada a mi lado, con los pantalones por las rodillas.
—¿Tienes papel? —me pregunta cuando acaba.
—No —le respondo.
Me mira resignada.
—¿Qué pasa? —pregunto, y le hago una mueca—. Límpiate con musgo, yo qué sé.
—¡Puaj! —Siv mira a su alrededor y después vuelve a mirarme—. ¡Qué asco!
—Pues con la manga.
—¡No! —grita enfadada.
—¿Con la mano?
—Basta. —A Siv le entra el hipo de la risa e intenta no perder el equilibrio—. No quiero llenarme la mano de pis.
—Pues habértelo pensado mejor cuando quisiste venir hasta aquí. Podías haber hecho pis en la cafetería de Drammen o te podías haber esperado a que llegáramos a Tønsberg.
Siv se apoya en el tronco de un árbol y mira fijamente al coche que nos espera parado en la carretera a través de los setos.
—¿Puedes preguntarle a él?
—Pregúntaselo tú.
—¡No! —exclama Siv e intenta agarrarme del jersey con una mano sin caerse al suelo—. ¡Que tengo el culo al aire, joder!
—Se siente —digo riendo, y me retiro a un lado para que no pueda agarrarme.
—Olivia —lloriquea Siv mientras se agarra los pantalones y al tronco del árbol al mismo tiempo.
De repente oímos cómo se abre la puerta del coche y vemos que el conductor lo rodea por delante y se queda parado en el arcén.
—¿Todo bien por ahí? —exclama para hacerse oír por encima del ruido de los coches.
—No —respondo, y Siv me agarra del jersey y tira de mí hacia ella—. Necesita algo para limpiarse.
El conductor asiente y se mete en el coche. Cuando sale, tiene un paquete de toallitas en la mano. Se vuelve un momento hacia los coches antes de dirigirse al bosque, donde estamos nosotras.
Pulsuz fraqment bitdi.