Kitabı oxu: «Luis Simarro»
LUIS SIMARRO
DE LA PSICOLOGÍA CIENTÍFICA
AL COMPROMISO ÉTICO
LUIS SIMARRO
DE LA PSICOLOGÍA CIENTÍFICA
AL COMPROMISO ÉTICO
Helio Carpintero
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Del texto: Helio Carpintero, 2014
© De esta edición: Universitat de València, 2014
Coordinación editorial: Maite Simón
Maquetación: Inmaculada Mesa
Cubierta:
Ilustración: Joaquín Sorolla, Una investigación, óleo sobre lienzo, 122 × 151 cm.
Firmado: J. Sorolla Bastida, 1897. Museo Sorolla, n.º inv. 417
Diseño: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Communico C. B.
ISBN: 978-84-370-9355-0
Edición digital
ÍNDICE
PRÓLOGO de Rubén Ardila
AGRADECIMIENTOS
1. LA FORMACIÓN DE UN REBELDE
Introducción
Estudiante y conferenciante
La conferencia sobre la ciencia de 1872
Hacia una medicina social
El entorno médico
2. EL DESPEGUE DE LAS TRAYECTORIAS
Su doctorado en Medicina
La memoria de tesis
Su contexto intelectual
Organismo y medio
El evolucionismo
El modelo de la piel
Los trabajos de un joven médico
La Institución Libre de Enseñanza
El Ateneo de Madrid
El científico Simarro. Sus primeras ideas sobre el sistema nervioso
3. LA SEGUNDA NAVEGACIÓN
Una estancia de estudios en París
Los nuevos maestros parisinos
De nuevo en Madrid
El Museo Pedagógico Nacional
Informando a los tribunales
Un intermedio sentimental
4. DE LA CÁTEDRA A LA POLÍTICA
I. DE LA CÁTEDRA…
Simarro y Cajal
El caso Ferrán. Polémicas sobre la vacuna
Catedrático de Psicología
Los temas psicológicos de su oposición
El curso del Ateneo
El curso de 1905 y los apuntes de Viqueira
Conclusión
II. … A LA POLÍTICA
Un científico en la sociedad
La ciencia y la sociedad. La conferencia de 1903
Las ideas de Simarro
Su visión de Estados Unidos
Conclusión
III.
Dialogando con Hispanoamérica
5. CIUDADANO CRÍTICO ANTE EL PROCESO FERRER
Introducción
El estudio del proceso Ferrer
Ferrer y la Semana Trágica
El contexto
El problema del proceso
El proyecto del intelectual europeísta comprometido
El trabajo de Simarro
El volumen editado
El libro que escribe Simarro
El tema político
El libro psicológico
Un modelo de acción
La trama conceptual
El sentido de la obra
Consecuencias
Liga para la Defensa de los Derechos del Hombre
La Junta para Ampliación de Estudios
Otras empresas culturales
Trabajos sobre locura y delincuencia. Manicomios. La Escuela de Criminología
Conclusión
7. LA OBRA DE MADUREZ
Prólogo a la obra de Ziehen
Los problemas de las localizaciones cerebrales
Algunas andanzas de un candidato a diputado
Las andanzas de la cátedra
Los colaboradores del profesor
8. AMIGOS Y DISCÍPULOS
Francisco Giner, amigo y maestro
La amistad con Joaquín Sorolla
La amistad con Juan Ramón Jiménez
9. EN LA RECTA FINAL
Apoyo a las reivindicaciones sociales
Simarro y la Rusia soviética (1919)
Un peritaje nobiliario
Relaciones con Unamuno. El apoyo en 1920
El declive vital
¿Quién era el doctor Simarro?
BIBLIOGRAFÍA
PRÓLOGO
El profesor Dr. Helio Carpintero ha escrito un libro que tendrá gran influencia en España, en Iberoamérica, en la historia de la psicología en el contexto internacional y en la historia de la cultura. Es un análisis de la vida, la obra, la época y el ambiente sociocultural de Luis Simarro (1851-1921), que fue el primer catedrático de Psicología en España. El presente libro, Luis Simarro. De la psicología científica al compromiso ético, es un trabajo muy bien documentado, con descripciones y análisis críticos que demuestran la gran erudición del profesor Helio Carpintero y su profundo conocimiento de Luis Simarro y de los orígenes de la psicología en España. El Dr. Carpintero había publicado otros trabajos sobre este destacado pionero de la psicología española y lo incluye en un lugar muy destacado en su obra sobre Historia de la Psicología en España (1994), como era de esperar.
Simarro fue un hombre que tuvo una vida muy variada y pintoresca. Hijo de un destacado pintor español, nació en Roma. Quedó huérfano de padre y madre a los tres años, y fue criado por un tío en España. Estudió Medicina en la Universidad de Valencia en 1868, en una época de grandes transformaciones políticas, cuando las ideas del evolucionismo (o «transformismo» como se decía en ese tiempo) estaban en el aire y causaban innumerables controversias con la Iglesia católica y con el estamento político. Simarro se alió con el nuevo espíritu de los tiempos; fue un joven rebelde, que se opuso al fundamentalismo religioso, político y social. Estas ideas progresistas, de avanzada y revolucionarias, eran muy mal recibidas en la España de las últimas décadas del siglo XIX. En esos tiempos de gran efervescencia intelectual, los temas de las relaciones entre religión y ciencia, entre mente y cerebro, la frenología, el problema de las localizaciones cerebrales, eran muy centrales entre los científicos españoles y los filósofos, e influían en la educación y en la política.
El joven Simarro tuvo serias polémicas conceptuales con uno de sus profesores de Medicina de la Universidad de Valencia; a consecuencia de ello tuvo que dejar la Facultad y viajó a Madrid para terminar su carrera. Se graduó en 1873 y se doctoró en 1875, especializándose en neuropsiquiatría y mostrando desde temprano un gran interés por la psicología experimental y la psicología fisiológica. En Madrid trabajó mucho, estudió de manera autodidacta, discutió, creó polémicas y tuvo una exitosa labor profesional. Los centros culturales más importantes de la época eran el Ateneo de Madrid, la Institución Libre de Enseñanza y, en el caso específico de la medicina, la Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía. Simarro trabajó en varias instituciones y fue director del Manicomio Santa Isabel de Leganés de Madrid. Allí se repitió la historia de los conflictos que había tenido previamente en la Universidad de Valencia por asuntos científicos y religiosos y, tras desavenencias con las autoridades eclesiásticas de la institución, renunció en 1879.
España estaba en un periodo de ebullición intelectual muy importante, pero todavía se encontraba relativamente aislada del resto de Europa, y el joven Luis Simarro consideró que era importante viajar a la «Meca del conocimiento», a París, la Ciudad de la Luz, para seguir progresando en su instrucción. Sus conocimientos de histología, evolución y neuropsiquiatría habían avanzado mucho en este lustro, pero consideraba que tenía mucho que aprender.
Entre 1880 y 1885 residió en París, dedicado a leer, asistir a conferencias, tomar cursos, reunirse con algunos de los principales intelectuales de la gran ciudad –entre ellos varios destacados exilados españoles– y aprendiendo mucho. Escribió unos pocos trabajos, aunque, en general, no puede decirse que Luis Simarro fuera un escritor tan prolífico como podría esperarse. Era un joven muy crítico con sus conocimientos, muy exigente consigo mismo y muy deseoso de saber y de hacer aportaciones a la ciencia, en su caso a la neurofisiología. En París se vinculó con la Salpêtrière, conoció a Charcot y entró en contacto con los altos círculos de la ciencia médica de la época.
En Francia llegó a la conclusión, como lo había hecho anteriormente en España, de que los libros, las autopsias de cadáveres y demás procesos de la medicina, no bastaban para encontrar respuestas a los problemas de la investigación biomédica. Era preciso organizar laboratorios, gabinetes de experimentación, un poco en la dirección de la psicología experimental alemana que comenzaba a surgir en esa época con Wundt, Fechner, Weber, Helmholtz y otras «luminarias» de la ciencia.
París era el centro mundial de la cultura, de la ciencia y de todas las manifestaciones del intelecto humano. No solo Charcot, sino también Victor Hugo, los principales pintores, escritores, científicos, brillaban con luz propia en la Ciudad de la Luz. Luis Simarro pasó en ese ambiente intelectual un importante periodo de su vida, entre los 30 y los 35 años de edad. Regresó a Madrid con nuevos conocimientos, nuevos planes y nuevas incógnitas por resolver.
En Madrid se estableció y tuvo éxito como médico, psiquiatra e investigador. En su casa fundó un laboratorio y reunió una enorme biblioteca con temas de ciencia, filosofía, cultura y política que compartía con amigos, colegas y estudiantes. Se convirtió en un centro de irradiación cultural para médicos, científicos y filósofos. En 1887, a los 36 años de edad, se casó, a una edad que resultaba un poco tardía para la época. Su matrimonio terminó cuando murió su esposa, en 1903, lo cual fue un trauma de gran intensidad para Simarro.
Las actividades políticas ocuparon gran parte de sus energías y de su tiempo. Se involucró en las luchas sociales, en la defensa de los derechos, en la Institución Libre de Enseñanza, que tenía una orientación claramente europeizante, y en el reformismo social.
El llamado «Proceso Ferrer Guardia» fue uno de los asuntos en los que más se involucró y dio origen a su único libro publicado, El proceso Ferrer y la opinión europea. Luis Simarro escribió poco, solamente una docena de artículos científicos y este libro de carácter político. Su obra escrita es bastante magra, como señala Helio Carpintero. Sus alumnos afirman que hablaba mucho, pero escribía muy poco, y su gran influencia se produjo a través de sus conferencias universitarias, sus intervenciones de carácter político, social, de justicia y reivindicación, en una época turbulenta tanto en España como en otras naciones europeas.
Simarro perteneció a la masonería, que había sido un movimiento importante en el pensamiento liberal desde el siglo XVIII y que propugnaba la hermandad entre sus miembros. A esta pertenecieron también destacadas figuras del mundo político y social. En la masonería Luis Simarro alcanzó el grado 33 y fue el Gran Maestre y Presidente del Gran Consejo de la Orden hasta su muerte, acaecida en el año 1921.
Su trabajo científico continuó al lado de figuras destacadas de la ciencia de la época, entre ellas Santiago Ramón y Cajal, a quien mostró el método Golgi, de gran importancia en histología. Simarro defendió el darwinismo y el evolucionismo y estuvo de acuerdo con la afirmación de que «Toda acción del sistema nervioso puede considerarse como una suma de actos reflejos simples». La psicología tenía un claro sustrato fisiológico, de arcos reflejos, sinapsis y uniones neuronales (en la dirección de Cajal). Las polémicas con la Iglesia católica continuaron a lo largo de toda su vida y lo mismo su acción política y su preocupación europeísta.
La Cátedra de Psicología Experimental la obtuvo por oposición en 1902, en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Madrid. Fue la primera cátedra propiamente de Psicología que se organizaba en España. Una preocupación de Simarro fue organizar un laboratorio de psicología experimental, labor que encontró muchos obstáculos, tardó muchos años y tuvo un éxito limitado. El laboratorio que tenía en su casa cumplió esta función durante mucho tiempo. En la cátedra de Psicología Experimental, Simarro utilizó el libro de Wundt Compendio de psicología, traducido al español, y más tarde el libro Compendio de psicología fisiológica de Ziehen. A este último le escribió un prólogo.
Simarro trabajó como perito forense y se preocupó por la psicología jurídica, implicándose en complicados procesos. Siempre defendió la perspectiva científica, la justicia social, los derechos humanos, las ideas modernas («europeizantes») y la educación progresista. Fue amigo de Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, los principales científicos españoles de la época, admirador de Estados Unidos (y también de la Rusia soviética…) y colaborador de varios pensadores hispanoamericanos.
Para este destacado español, sus intereses investigativos y sus compromisos políticos (la llamada «cosa pública») entraron en conflicto en lo que se refiere a tiempo y energías. Fue un verdadero «testigo de su tiempo», un hombre de ciencia, gran investigador, gran pensador y profundamente involucrado en la España de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del siglo XX, época de enormes transformaciones en la sociedad, la política, la ciencia y la psicología.
El presente libro es el análisis de la obra de un gran científico y un hombre comprometido con su tiempo. Es también la descripción crítica de una época de gran importancia en la historia de Europa, la sociedad española, la descripción de los orígenes de la nueva ciencia psicológica y su inserción en ese país: los avatares del evolucionismo de Darwin, Haeckel y Spencer, las polémicas acerca de las localizaciones cerebrales de las funciones psicológicas y, como telón de fondo, una civilización que cambiaba a grandes saltos y que iba a producir enormes conflagraciones en el nuevo siglo.
Todo esto va narrado con la pluma magistral de Helio Carpintero, lo cual hace que el libro sea un placer de leer.
RUBÉN ARDILA
Universidad Nacional de Colombia
AGRADECIMIENTOS
Este libro es el resultado de una larga serie de estudios precedentes en los que he venido trabajando ya desde hace años. Debe mucho a algunos colegas, varios de ellos compañeros míos en la Sociedad Española de Historia de la Psicología, en cuyas reuniones ciertos temas fueron presentados, y se enriquecieron con las críticas de aquellos.
En particular, debo mencionar a Javier Campos, que ha venido cuidando del legado de Simarro en la Universidad Complutense de Madrid. Junto con él y con Javier Bandrés dediqué muchas horas a preparar una exposición consagrada a la obra y la persona de Simarro, en 2002, celebrada en la Universidad Complutense primero y luego en la Universitat de València.
También ha sido muy enriquecedora para mí la colaboración con Emilio García, con quien edité la tesis de Simarro y publiqué algunos artículos, también en 2002, en la Revista de Psicología General y Aplicada, así como en la Revista de Historia de la Psicología. Estos me han servido de base para las consideraciones que dedico al tema aquí.
Mi gratitud también a Antonio Heredia, de la Universidad de Salamanca, y a Consuelo Luca de Tena, directora del Museo Sorolla de Madrid, a los que debo el haber podido disponer de las correspondencias con Unamuno y con Sorolla, al tiempo que he de agradecer muy de veras a Javier Fernández, director de la Biblioteca de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense, las facilidades que me proporcionó para acceder a la documentación de Simarro que allí se guarda. Y no debo dejar de mencionar a Pablo Ramírez, director de la Biblioteca de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de Madrid, por sus muchas gestiones para facilitar mi conocimiento de artículos y obras de difícil localización.
Mi agradecimiento, en fin, a la Universitat de València, y su Servei de Publicacions, que ha querido incorporar este libro a su catálogo. Mi deuda con esta universidad y sus miembros no ha dejado de crecer desde que llegué a ella como profesor en 1971, y a la que, desde la distancia, he seguido vinculado con la memoria y el afecto.
Madrid, diciembre de 2013
Capítulo 1
LA FORMACIÓN DE UN REBELDE
INTRODUCCIÓN
Don Luis Simarro Lacabra, como luego sería conocido, vino al mundo en Roma, el 6 de noviembre de 1851, cuando el siglo iniciaba la andadura de su segunda mitad.
Eran tiempos revueltos. La revolución de 1848 puso en cuestión los gobiernos liberales europeos. Las barricadas revolucionarias levantadas con gran violencia en París dieron al traste con la monarquía de Luis Felipe, mientras corrían vientos de socialismo revolucionario por el mundo europeo. En aquellos días, dos jóvenes alemanes que iban a tener una larga influencia en la historia, Karl Marx y Friedrich Engels, dieron expresión a los nuevos sentimientos, al tiempo que lo dejaban claro en las primeras líneas de su Manifiesto comunista. Decían allí: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa se han unido en una santa alianza para acorralar a ese fantasma…». Al tiempo que se extendía por el mundo occidental aquel dichoso fantasma, que aspiraba a promover un gran movimiento internacional, surgieron también vientos de nacionalismo impulsados por otros grupos, sobre todo en Italia y Alemania, que buscaban establecer como naciones unos países fragmentados que aspiraban a unificarse con todas sus energías.
De esa agitación no se libró la ciudad de Roma, que era entonces el centro de los Estados Pontificios. Allí, el papa Pio IX tenía su reino temporal, además de su trono espiritual. Italia se hallaba dividida en pequeños estados fuertemente controlados por el emperador de Austria, mientras se iba dejando sentir la pasión por unificar el país. Un sardo, el rey Carlos Alberto de Sicilia, diría con confianza: «Italia fará da se» –‘Italia sabrá cuidarse sola’–, y tras él, su hijo, Victor Manuel II, llegaría unos años después a coronarse como rey de Italia, derrotando al Imperio y al Papado, y culminando el proceso de integración.
Con todo, hacia 1850 Roma era el centro espiritual de Italia, y en gran medida también lo era del arte de la época. Tras el imperio del rigor neoclásico, habían surgido nuevos fervores románticos. Frente al intento napoleónico de un imperio universal, crecieron los deseos de escapar a la uniformidad y exaltar la propia tierra, las tradiciones locales, los cuadros de historia, los paisajes llenos de sentimiento y pasión por la naturaleza, y el cultivo del retrato personal.
Ramón Simarro, un valenciano atraído como muchos otros por la fama artística del mundo romano, se había trasladado allí para ampliar estudios de pintura. Al parecer, iba becado para enriquecer la iconografía valenciana pintando los retratos de los dos papas Borja, o Borgia, nacidos en Xàtiva –patria también del propio pintor–: Calixto III, o Alonso de Borja, y Alejandro VI, o Rodrigo de Borja, dos figuras centrales de la historia del siglo XVI. En su estancia en aquel centro mundial del arte se encontró con artistas e hizo amistades, entre otras con uno de los hijos del notable pintor neoclásico José de Madrazo. Se trataba de Luis, pintor, que era hermano de Federico; este último llegaría a ser el gran retratista del reinado de Isabel II.
Ramón ha dejado dibujos en los que traza con finura los retratos de su mujer, también valenciana, Cecilia Lacabra, y de su hijo Luis. Ella posa con el peinado de rodetes típicamente valenciano, sentada, envuelta en un chal y con un abanico en la mano; el hijo, que aún no ha cumplido un año, se cubre con un gorro la cabeza y mira tranquilo hacia uno de los lados. Así que, junto a la pintura oficial histórica, cultivaba sin duda otra centrada en los apuntes del natural, ágiles y precisos, con los cuales reflejaba el mundo afectivo que le rodeaba. Con los pinceles debió de lograr cierta aceptación y reconocimiento. Se sabe que algún cuadro religioso suyo figuraba en la iglesia parroquial de Enguera (Valencia), junto a algún otro de Vicente López (Tormo, 1923: 217), y también fueron suyos los techos del Teatro Principal de Valencia, luego destruidos durante la Guerra Civil española (Vidal, 2007: 21).
El Romanticismo, se dijo, no era sino el liberalismo en poesía. Los artistas, como Ramón, nacidos hacia 1820 sentían sin duda la llamada del Romanticismo. Sin embargo, en un país como España, en el que Fernando VII gobernaba con mano dura, se ponían trabas a toda expresión de libertad. En tales circunstancias, muchos pensaron que era preferible atenerse a la pintura histórica para no tener problemas, y hubo que esperar a la muerte del rey para que los nuevos temas comenzaran a circular. Pero en el caso de Ramón el drama vino de otro lado, vino de su mala salud.
Enfermó, como tantos otros artistas de la época, de tuberculosis. Entonces, su mujer y su hijo retornaron a España para recibir el apoyo protector de la familia con que hacer frente a la nueva situación. Algún tiempo después se reunió con ellos el padre. Pero aquello no duró. En mayo de 1855, antes de que el niño tuviera cuatro años, el padre, a los treinta y tres años de edad, falleció a resultas de su enfermedad. Lo que luego sucedió lo discuten los biógrafos, pero, según varias de las fuentes que se conocen, parece que la madre, al día siguiente de la muerte del marido, envolvió al niño en su chal, y con él en los brazos, se lanzó al vacio por un balcón de su casa, deseosa de reunirse con el marido en el otro mundo. Ella tal vez lo logró, pues falleció a consecuencia del golpe. Por su parte, el niño quedó vivo aunque maltrecho, y desde aquel momento vino a tener una leve cojera que le acompañó de por vida. Así lo cuenta, entre otros, Juan Vicente Viqueira, uno de sus discípulos próximos, que dejó de él interesantes recuerdos (Viqueira, 1930: 52) y que confirma el suceso.
De este modo, en 1855, quedó convertido en un huérfano solitario. Los apoyos familiares fueron limitados. Habría de aprender a valerse por sí mismo y a aceptar las ayudas de los demás, aunque su orgullo personal sufriera con ello.
Tuvo primero que vivir con unos tíos en la ciudad de Xàtiva. Llena de historia, con castillo y una noble colegiata, antiguas iglesias y palacios, Xàtiva era cuna de papas, y también de artistas grandes, como Jusepe de Ribera, el Españoleto, el que fuera, según Lafuente Ferrari, «el verdadero orientador de la pintura española del siglo XVII» (Lafuente Ferrari, 1953: 255). Durante el siglo XVIII la ciudad vio cambiado su nombre por el de San Felipe, como consecuencia de su derrota en la Guerra de Sucesión tras la muerte de Carlos II, pero en las Cortes de Cádiz pudo recuperar el antiguo de Xàtiva. Rica en agua, con numerosas fuentes, una con veinticinco caños, cultivaba y regaba una espléndida huerta, base de su economía.
Allí, el niño hubo de recibir su primera formación. Al parecer, ingresó en el Colegio de Damas Nobles, que mantenía una actividad educadora, donde pronto dio muestras de unas excepcionales condiciones para el estudio y atrajo la atención de sus maestros.
Los estudios secundarios los realizó en Valencia. Allí ingresó, en 1866, en un nuevo internado, el Colegio de San Pablo, que había sido vinculado al Instituto General y Técnico, creado pocos años antes en la capital e instalado luego en los locales de lo que antes había sido colegio jesuítico, siendo por aquellos días su director Vicente Boix, quien se convirtió en su nuevo protector.
Boix (1813-1880) era espíritu inquieto, escritor y erudito, y estaba muy interesado por la cultura y la política. Procedía de una familia modesta. Había sido escolapio, pero luego, cuando se suprimieron las órdenes religiosas, y entre ellas la suya (1836), orientó su vida hacia el periodismo y la enseñanza. Le inspiraba un fuerte radicalismo político, y dedicó gran parte de su esfuerzo a la historia valenciana, al estudio de sus fueros y a su literatura, impulsando el naciente valencianismo romántico, que animó y dio vida al renacimiento cultural o Renaixença. Firmaba sus escritos como «lo Trobador del Turia» (‘el trovador del Turia’), y publicó notables estudios de historia, así como novelas también de tema histórico. Este interés por la historia y la cultura dejó probablemente una huella consistente en el espíritu de su joven discípulo.
No fueron pacíficos estos cambios. En la España isabelina, al tiempo que crecía la economía, había una fuerte inestabilidad social y política, y a las tensiones entre moderados y progresistas se vino luego a unir el naciente conflicto en el norte de África, donde fueron atacadas las plazas de soberanía española allí establecidas –Tetuán, Ceuta, Melilla…–, conflicto que iba a tener largas consecuencias en el tiempo posterior. Se fue agudizando la crisis en la que Valle-Inclán llamara «la corte de los milagros», donde la monja Sor Patrocinio y el confesor de la reina, San Antonio M. Claret, ejercían una profunda influencia sobre la reina. En 1868 se produjo la Revolución de Septiembre, o «septembrina», que puso término al reinado. Isabel II abandonó el país.
Se desataron con fuerza los vientos republicanos de reforma, libertad y democracia. «¡Viva la libertad! ¡Viva la soberanía nacional! ¡Abajo los Borbones!». Con tales gritos termina la proclama que dirigió la Junta revolucionaria superior de la provincia al pueblo de Valencia, y que fue publicada el 29 de septiembre de 1868 (Bozal, 1968: 87). Los revolucionarios, entre otras cosas, cerraron el Colegio de San Pablo y expulsaron a los internos, sin duda como medida democratizante. Simarro había terminado su bachillerato en 1867 y se encontró ahora en la calle. Hubo de acogerse a la generosidad, primero del conserje del centro, y luego de un caballero, Jaime Banús Castellví, que le ofreció su casa y después le buscó un colegio donde dar unas clases y empezar a ganar algún dinero. El joven bachiller se vio así envuelto en el vendaval del cambio de régimen hacia una democracia, por el que habían trabajado muchos espíritus radicales y soñadores.
La Junta revolucionaria, encabezada por Josep Peris i Valero (1821-1877), recibió en la ciudad al general Prim a principios de octubre de ese año. Mientras muchos buscaban una nueva monarquía democrática que ocupara el trono vacante, otros procuraban favorecer la llegada de una república que pusiera fin a los abusos y corruptelas que habían abundado en la vida de la corte. La agitación no cesó. En septiembre de 1869, un año después de la caída de los Borbones, el Gobierno provisional del general Serrano trató de disolver las Milicias Nacionales a fin de consolidar el poder central. Las Milicias habían llegado a reunir un poder considerable y en muchos lugares se sublevaron buscando su permanencia.
En Valencia, las calles de la ciudad se vieron envueltas en una batalla campal entre milicianos republicanos que pretendían forzar el cambio y las tropas del ejército, que buscaba imponer el orden de acuerdo con el Gobierno. Simarro aparece como uno de los jóvenes dirigentes de la juventud republicana, y debió de participar muy activamente en todo el episodio de agitación ciudadana. Con clases y conferencias animó la actividad popular de las gentes republicanas. Eduardo Pérez Pujol, rector de la Universidad y una de las figuras que luego se integraría desde su creación en 1876 en el amplio grupo de impulsores de la Institución Libre de Enseñanza, le nombró tesorero de la Junta revolucionaria. Desde esta época se fueron consolidando las convicciones políticas de republicanismo y democracia que luego le caracterizarían, al tiempo que su personalidad se afirmaba y distinguía con un perfil propio.
La construcción de un nuevo régimen no gozó de la calma que hubiera posibilitado la edificación de un nuevo marco político sólido. Un gobierno provisional, con figuras como Práxedes Sagasta, Manuel Ruiz Zorrilla y Laureano Figuerola, reunió Cortes y buscó entre personalidades de las dinastías europeas de la época a un rey que pudiera venir a ocupar el trono hispano vacante. Creyeron hallarlo en el príncipe italiano don Amadeo de Saboya (1845-1890), hijo segundo del rey de Italia, Victor Manuel II. Su nombre obtuvo el apoyo mayoritario de las Cortes, que votaron entre los distintos candidatos. El nuevo monarca iba a tener en contra a los republicanos, federales y no federales, a los alfonsinos, partidarios de don Alfonso, el hijo de Isabel II, a los partidarios del duque de Montpensier y a los que estaban a favor de darle la corona al general Espartero, y en fin, a los carlistas, que rechazaban la decisión de las Cortes. Mientras venía, fue nombrado regente el duque de la Torre y presidente del Consejo de Ministros el general Prim. Pero cuando don Amadeo llegó a España a ocupar el trono que se le había ofrecido, se encontró con que su principal valedor, don Juan Prim, había caído asesinado en diciembre de 1870. Había estallado la guerra en Cuba, donde los grupos influyentes buscaban la independencia; la internacional socialista buscaba penetrar en la sociedad y los carlistas se sublevaban iniciando la Segunda Guerra Carlista y forzando la represión militar. Todos esos factores terminaron por impulsarle a renunciar al trono y abandonar el país. Así se llegó a la creación de la Primera República, en sesión de Cortes de 11 de febrero de 1873.
Políticamente, la república fue un fracaso. Vivió sin un día de paz, agitada por la rebelión de los carlistas, la sublevación de Cuba, los movimientos separatistas y los intentos de implantar cantones independientes en diversos lugares de Andalucía y Levante. Hubo, además, fuertes movimientos obreros y los grupos anarquistas adquirieron un peso creciente y un fuerte arraigo entre ciertos sectores sociales. El nuevo régimen duró un año, desde febrero de 1873 al 3 de enero de 1874, fecha en la que el general Pavía dio un golpe de estado con el que puso fin al Gobierno que entonces presidía el cuarto presidente, Emilio Castelar (1832-1899), que había sido precedido en los meses previos por Estanislao Figueras, Francisco Pi y Margall y Nicolás Salmerón, figuras notables y valiosas, pero con un efímero poder.
También en este tiempo se vio el joven Simarro envuelto en las andanzas cantonales que se desarrollaron en Valencia en el verano de 1873, de forma paralela a lo que también ocurriera en Alcoy, en Castellón y en otros lugares, como Cádiz, Sanlúcar o Cartagena. Al final, el general Martínez Campos terminó dominando la insurrección y restableciendo el orden. Simbólicamente, buena parte de las murallas de la ciudad, construidas en el siglo XIV y ya en parte derribadas en 1865, terminaron por desaparecer (Barón, 1994). El cantonalismo dejaba paso, al rendirse, a la construcción de un estado nacional.
De todas esas aventuras juveniles guardó un permanente recuerdo. Todavía en 1914, en algún mitin político, hizo alusión a su presencia en las barricadas de 1869 y de 1873, así como a sus «primeros entusiasmos revolucionarios» (Simarro, 1914b: 1).
Las algaradas y las barricadas no impidieron al joven bachiller, ya estudiante de medicina, reflexionar sobre las cuestiones punzantes del conocimiento y del saber, y pensar en su futuro. Se dedicó con nuevo ahínco a su carrera.
ESTUDIANTE Y CONFERENCIANTE
Medicina era una carrera de seis años, que incluía varias materias de la Facultad de Ciencias, además de las propias de la licenciatura. En Valencia sus estudios se hacían en locales del Hospital General, pues hasta 1885 no tendría un edificio propio (Barona, 1998: 58). La facultad contaba con dos departamentos, uno de Anatomía y otro de Fisiología, y con una serie de museos y dependencias, en los que enseñaban catorce catedráticos y varios auxiliares. Los estudios se podían orientar hacia la clínica médica, la quirúrgica o las enfermedades de la mujer y el niño (Vidal, 2007: 26). Sus medios limitados no impidieron que en sus aulas se introdujeran las nuevas ideas que circulaban por Europa, aunque no sin resistencias. Así, en 1867, el catedrático de Fisiología José Ortalá fue separado de su cátedra por haber defendido en ella públicamente las tesis darwinistas, pero con la llegada de la revolución, la Junta revolucionaria acordó reponerle, prestando así apoyo a las tesis progresistas. Otra notable figura de aquel tiempo es Peregrín Casanova (1849-1919), catedrático de Anatomía entre 1875 y 1919; su obra representó un importante impulso a favor de las tesis del monismo evolutivo de Ernst Haeckel, famoso profesor de la Universidad de Jena, defensor del evolucionismo, con quien el valenciano mantuvo una buena relación epistolar. Además, sostenía la relevancia singular de la química biológica, que era para él «el verdadero ligamento… de lo inorgánico y de lo orgánico», pues en los procesos químicos veía la base de los actos y funciones biológicos (Casanova, 1877: 7). Algunas de estas ideas iban a dejar su huella en los primeros trabajos de Simarro.
Entre las figuras influyentes de la docencia de aquella Facultad se cuenta José Monserrat y Riutort (1814-1881), que promovió los estudios de química y análisis químico médico, y sobre todo, Juan Bautista Peset y Vidal (1821-1885), gran clínico práctico, que además impulsó la creación del Instituto Médico Valenciano, fundado en 1841, y el desarrollo y la mejora de la Facultad, donde promovió los estudios clínicos, la psiquiatría y la historiografía médica (López Piñero et al., 1983).
Peset poseía una mentalidad anatomo-clínica. Con un sentido claramente positivista, buscaba los signos físicos de la lesión que afectaba a la organización anatómica del paciente y generaba el trastorno patológico; llegado el caso, la autopsia post mortem habría de confirmar la corrección del juicio médico.
De esta suerte, Simarro pudo encontrar en la Facultad valenciana algunas de las ideas que iban a marcar luego su desarrollo intelectual: el positivismo científico y metodológico, y el evolucionismo biológico.
Aquel tiempo en torno a la Primera República fue, intelectualmente, una época de gran fermentación intelectual. El país, que había sufrido un grave desajuste cultural respecto del entorno europeo en los años del absolutismo de Fernando VII y había tenido solo un principio de apertura con el reinado de Isabel II, iba a alcanzar la libertad social y política en los tiempos revolucionarios. Los nuevos aires encontraron cabezas bien dispuestas –lo que alguna vez se ha llamado la «generación de sabios»– que vivían los días de su primera juventud. Eran las gentes nacidas en torno a 1840 y 1850, que entraban en el mundo histórico respirando el aire libre del republicanismo de 1873.
En este nuevo clima de ideas, habían por fin hallado medio de entrar en nuestra sociedad las doctrinas positivistas. Basadas en la creación filosófica del pensador francés Augusto Comte (1798-1857), estas ideas habían alcanzado a impregnar la reflexión de científicos y filósofos de la época. Representaban el reconocimiento de la primacía del conocimiento científico sobre las demás formas del saber. Junto a ellas, llegaban también las teorías materialistas, en franca contradicción con el espiritualismo que había venido dominando en España, apoyado en las fuertes creencias religiosas que dominaban en la sociedad; y venían las nuevas ideas del evolucionismo o «transformismo», como entonces se llamó a las doctrinas de Charles Darwin, T. Huxley, E. Haeckel y tantos más. Los nuevos datos sobre la evolución de los organismos habían conmocionado muy recientemente no solo al mundo de la biología y de la antropología, sino también a los de la filosofía y la religión, al establecer una esencial continuidad entre el animal y el hombre, cuestionando la naturaleza espiritual de este último.
En definitiva, se había levantado la veda de ideas y creencias que antes aprisionaban las cabezas de muchos jóvenes curiosos y reflexivos. Lo divino y lo humano estaban al alcance de los espíritus discutidores e inquietos, y por primera vez las dudas y discusiones sobre todos esos temas encontraban un clima de libertad alrededor. Ello no se haría sin resistencia por parte de los partidarios de las antiguas creencias. Pero aquellos que venían de las barricadas revolucionarias difícilmente podían detenerse ante el gesto censor o la reprimenda del profesor de ideas anticuadas. Era un tiempo especialmente idóneo para ir adelante sin ceder a los obstáculos.
Este aire se refleja bien en unos recuerdos juveniles del químico José Rodríguez Carracido (1856-1928), contemporáneo estricto de Simarro y uno de los más relevantes científicos positivos de finales del siglo XIX. Al referirse a su experiencia de estudiante en la Universidad de Santiago, escribe:
La revolución del año 1868 fue un poderoso excitador de la mentalidad española. La violencia del golpe político rompió súbitamente muchas trabas, y los anhelos antes contenidos se lanzaron al examen y discusión de lo humano y lo divino, pasando por encima de todos los respetos tradicionales. En periódicos, folletos y libros se publicaban diariamente las mayores audacias de pensamiento, y en multitud de círculos se disertaba con la más absoluta libertad sobre materias filosóficas y religiosas: no sólo la política, sino también la conciencia se colocaron entonces en período constituyente (Rodríguez Carracido, 1917: 273).
También Santiago Ramón y Cajal experimentó, en los días que siguieron a la Revolución, un «peligroso recrudecimiento» de lo que él mismo llamó su «manía razonadora». En sus recuerdos cuenta cómo se dio a leer las obras metafísicas que había en la biblioteca de la Universidad de Zaragoza, para hacerse por entonces un «ferviente y exagerado espiritualista» (Ramon y Cajal, 1923: 121). Y por su lado, para no ser menos, Simarro se declaró a favor del positivismo en una conferencia que fue muy sonada en Valencia y que incluso logró ver publicada de inmediato.
LA CONFERENCIA SOBRE LA CIENCIA DE 1872
Uno de sus primeros trabajos, y de los pocos suyos publicados, es una conferencia sobre la ciencia que acabó viendo la luz en una interesante revista valenciana, el Boletín Revista del Ateneo de Valencia. Tempranamente, en 1872, a sus veintiún años, Simarro dejó plasmadas sus convicciones de científico positivista, a las que ya nunca renunciaría, aunque pudiera matizar en uno u otro punto algunas tesis.
Gracias a esas páginas sabemos algo de lo que ya por entonces pensaba, así como cuáles fueron sus convicciones básicas de partida. Se trata de unas reflexiones sobre «La ciencia», que se apresuró a subtitular como «ensayo de filosofía positiva» (Simarro, 1872).
Allí se queja de que no hay una «filosofía española» que pueda servir de remate a los logros culturales y artísticos que nuestro país ha producido. Frente al pensamiento moderno de empiristas y enciclopedistas, que en el mundo europeo ha hecho adelantar «las ciencias médicas, exactas y naturales», asegura que hubo en nuestro país una política que mantuvo a «España sumida en la más profunda ignorancia y en el más estúpido fanatismo», de modo que
no sólo permanecía estraña al movimiento científico iniciado en Europa; no sólo miraba impasible los titánicos esfuerzos que por la libertad de los hombres y la dignidad de la raza humana hacía un grupo de valerosos patriotas e inmortales pensadores; no sólo dejaba de tomar parte en el himno de admiración y agradecimiento que la humanidad entonaba en honor de los filósofos del siglo XVIII, sino que despreciando los más prácticos y elementales conocimientos, por entregarse a las fútiles y ridículas sutilezas teológicas, proscribía de las universidades las ciencias útiles tan completamente, que D. Diego de Torres descubrió por casualidad existiesen matemáticas, y Blanco White, que estudiaba en Sevilla, supo con admiración que había literatura… (íd.: 75-76).
Y añade: «Imposible es de todo punto hablar de esta era de la historia española sin sentir que la vergüenza sube al rostro y la misantropía se apodera del corazón» (íd.: 76).
En estas pocas palabras, encontramos recogido y sintetizado el espíritu renovador, reformista, que animaba a Simarro y que le llevaba a criticar de modo implacable la historia moderna de nuestro país y su alejamiento de la ciencia moderna y de la filosofía. En su discurso, se anticipaba a la gran polémica sobre «la ciencia española» que se desencadenó en 1876 entre los espíritus críticos sobre la aportación científica española en la Edad Moderna. Gumersindo de Azcárate, Manuel de la Revilla y otros veían frustrada esa posible ciencia por la presión de la Inquisición y la ortodoxia eclesiástica durante la modernidad, mientras surgía la defensa a ultranza de la labor de la Iglesia católica, hecha desde posiciones conservadoras por Gumersindo Laverde y Marcelino Menéndez Pelayo. Simarro, claramente alineado con las posiciones progresistas, echa de menos una ciencia moderna y una filosofía en nuestra historia, por culpa de un potente espíritu inquisitorial que ha impedido la reflexión en libertad. Su crítica, sin embargo, salva muchos nombres que no siempre fueron adecuadamente valorados.
En efecto, en este panorama que siente como desolador, Simarro encuentra algunos nombres españoles a los que rinde tributo de admiración; entre ellos se cuentan los del P. Feijoo, el conde de Aranda, Olavide, Azara, Campomanes, Jovellanos. No obstante, lamenta que todavía haya quien alabe aquella «ominosa época» (íd.: 76). También valora positivamente la Constitución de 1812 y el liberalismo que la hizo posible, pues trajeron libertad y cultura, gracias a figuras como los «Quintanas y Esproncedas (…) los Martínez de la Rosa y Torenos (…), los Argüelles y Galianos…» (íd.: 78). Gracias al liberalismo, dirá, se logró disipar el fanatismo y la ignorancia, y ha mejorado la cultura –como lo prueban los nombres de muchos contemporáneos, artistas y políticos del mundo isabelino: Hartzenbusch, el duque de Rivas, Modesto Lafuente, Campoamor, Pi i Margall, Cánovas, Castelar y muchos más (íd.: 79-80). Hallamos aquí una sorprendente valoración positiva del tiempo inmediatamente anterior, en labios de un joven que participaba de los ideales republicanos y había andado en las barricadas.
Pero sobre todo, se queja de que no haya una auténtica filosofía española. (Era una queja importante, hecha por un joven que creía que la filosofía había de ser la coronación de una cultura fuertemente apoyada en la ciencia y el saber natural). Se ha intentado, dice el conferenciante, traer pensamiento de fuera, recurrir a la importación –tal sería el caso de «Balmes, Sanz del Río, Nieto» (íd.: 105)–, pero ha sido sin éxito. De esta suerte, en el mundo de la filosofía española no hay sino «una confusa mezcla de reminiscencias escolásticas con teorías Yoístas, de eclecticismo francés con ultramontanismo católico y de ininteligibles traducciones alemanas con el racionalismo revolucionario» (íd.: 105). Lo que hay en el fondo, dice con fórmula muy personal y sugestiva, es simplemente «el neo-platonismo y el neo-catolicismo (…) filosofía cristiana y sistema ecléctico…» (íd.: 107), dos sistemas que, en su opinión, ya habrían sido ampliamente superados en el resto de Europa. Filosóficamente, estaríamos viviendo todavía en el pasado.
En efecto, hacía tiempo ya que en Europa vino a suceder a la Ilustración una reacción espiritualista, bajo esas dos formas del «neo-platonismo» y «neocatolicismo», que ahora estarían ocupando la escena española. Considera que ambas son unas «doctrinas místicas, trascendentales e idealistas» (íd.: 108), principalmente francesas, alejadas de la experiencia real, que han dejado «en el vacío a la razón» (íd.: 109). Esta habría sido la obra de Cousin, Jouffroy, Maine de Biran y otros nombres análogos. Pero en Francia, al fin y al cabo, todas estas elucubraciones vinieron a propiciar una reacción que ha traído la vuelta al «antiguo hogar de la filosofía positiva», o sea, que ha forzado al sabio a volver al laboratorio, a los anfiteatros de anatomía y a los gabinetes de física. Gracias a ello, en Europa se ha acertado a rectificar, y con ello ha ido creciendo y avanzando el positivismo.
Para Simarro, el surgimiento de esta doctrina ha dado nueva fuerza a la experiencia y al sentido común. Se vuelve de nuevo a emplear la inducción y la observación, se razona a posteriori, se «proclama la relatividad de todas las teorías, la libertad de todas las ideas y el respeto a todas las opiniones» (íd.: 109). Ahora, además, en vez de fantasear, el filósofo prefiere «ignorar determinados asuntos» (íd.: 110) donde su método no le permite trabajar con evidencias, para no caer en el error. Este es el nuevo espíritu que la Revolución parece haber traído a nuestra patria, donde habría arrancado «de los labios de la ciencia el impío sello que la mano de la reacción colocara» (íd.: 111). Y ahora la razón «vuelve, cual hijo pródigo, por la senda del sentido común al antiguo hogar de la filosofía positiva» (íd.: 109). Este es el mensaje que el conferenciante quiere trasmitir a sus oyentes: la buena nueva del positivismo y la recuperación del espíritu positivo.
Simarro cree que este cambio no es una pura variación en el campo de las ideas, sino que es la llegada de un nuevo modo de pensar, del que se ha de beneficiar la sociedad y en general la vida española. Esta nueva manera de ver las cosas, esta nueva mentalidad, es lo que nuestra sociedad necesita, y es justamente lo que aún nos falta consolidar. Simarro recuerda las obras de los autores alemanes, como Virchow, Moleschott, Vogt, Büchner –todos ellos autores fuertemente materialistas–, y las de los pensadores franceses de la nueva escuela positivista –Littré, Comte, Fleury o Leuret–, al tiempo que critica las de nuestros pensadores místicos y espiritualistas. Estos últimos, añade con fraseología romántica, «caerán en el ridículo de los perros que ladran a la Luna si tratan de oponerse a la majestuosa marcha de la humanidad que recorre impasible la órbita de su destino» (íd.: 108).
La nueva filosofía, el positivismo científico, representa una nueva manera de ver las cosas. Es una manera de pensar que nuestra sociedad necesita implantar para estar a la altura de los tiempos. El joven intelectual valenciano, en los días inquietos de la república, se siente obligado a realizar esta labor de apostolado del pensamiento científico. La nueva mentalidad nos obliga a atenernos a la experiencia sensible y concreta, que se muestra a través de un mundo de fenómenos, por debajo del cual no sabemos, ni podemos saber, lo que hay. Se ponen en cuestión las supuestas bases metafísicas de la experiencia y se toma la ciencia como saber seguro y fundamental.
Dice el joven apóstol del positivismo:
El positivismo surge armado como Minerva del cerebro de la civilización moderna (…) brilla en sus ojos el entusiasmo de la ciencia, y en los severos contornos de sus labios parece leerse la inmortal frase de Sócrates: «sólo sé que nada sé» (íd.: 109).
Recogía así la tesis de uno de los grandes promotores de la nueva visión del mundo científico-positivo, Herbert Spencer, quien como es bien sabido, consideró como «incognoscible» el supuesto fundamento metafísico de todo lo real, algo que tal vez pensamos, pero que no podemos probar ni llegamos a alcanzar a través de nuestros sentidos (Gaup, 1930). También en Alemania otro científico famoso, Emil DuBois-Reyrnond (1818-1896), iba a afirmar casi por los mismos días que Simarro –en 1872, también– que la ciencia debía ceñirse al estudio de los fenómenos, y que, frente a todo lo que esté más allá de estos últimos, sea o no su soporte o fundamento, solo cabía decir tres palabras: «Ignoramus et ignorabimus» –o sea, que ignoramos y que habremos de seguir ignorando en el futuro–. Estas palabras de su Ueber die Grenzen des Naturerkennens (1872) se convertirían en lema del agnosticismo metafísico moderno, ampliamente aceptado por científicos e intelectuales de la época. Ahí estaba situado el joven estudiante de medicina de Valencia, y esas eran las ideas que quería ver implantarse en su país.
En esta conferencia juvenil parece que su autor había hecho suya esa mentalidad positiva que Comte y Spencer habían conseguido imponer en el mundo de la ciencia, y desde este, en el de la filosofía. De acuerdo con esos nuevos principios, él también iba a mantener que hay que «ignorar determinados asuntos», para no caer en el error de querer ir más allá de los límites que alcanzan a la experiencia y la razón. También para él los ideales intelectuales del investigador moderno se habían de centrar en el laboratorio, el gabinete experimental y el anfiteatro anatómico.
A través de estas páginas vemos que su joven autor se sitúa personalmente, dentro de este debate, a favor claramente del nuevo espíritu de los tiempos. Estará, desde entonces y en el porvenir, a favor del positivismo y del evolucionismo o «transformismo», como acabamos de ver. La declaración de principios en que la conferencia consiste la irá revalidando en sucesivas ocasiones a lo largo de su vida. Procurará atenerse a los hechos, especialmente a los hechos concretos y positivos captados mediante la observación y puestos en relación mediante la experimentación; será además partidario de una concepción causal determinista, que asuma la evolución y la complejidad creciente de la vida orgánica, regida por los valores de la utilidad y la adaptación. El relativismo de las ideas irá unido en su espíritu al reconocimiento y la defensa de la libertad personal, y todo ello le enfrentará enérgicamente a cualquier dogmatismo y fundamentalismo religioso, político y social.
El texto de aquella conferencia no llega mucho más lejos intelectualmente, pero como gesto público es una obra que da expresión a una fuerte crítica hacia las presiones censoras de la libertad de pensamiento que Iglesia y Estado impusieron en los siglos de la modernidad, y representa también una enérgica defensa de la acción social del intelectual, llamado a criticar los errores y presiones. Es una llamada a favor del pensamiento moderno que se estaba afirmando en aquellos días fuera de nuestras fronteras, así como una enérgica declaración de europeísmo, como vía para transformar la sociedad.
La conferencia trajo sin duda algunas consecuencias desagradables a su autor, por el hecho de mantener las ideas que acabamos de resumir. Muy probablemente, la familiaridad y el aprecio que aquí se descubren hacia estas doctrinas, y sin duda, el gesto público de dar a la imprenta esta proclama positivista, pudieron constituir un factor, tal vez el principal, que determinara su choque académico y personal con uno de los catedráticos más poderosos de la Facultad de Medicina valenciana, hecho que tuvo efectos.
En efecto, el joven Simarro terminó enfrentándose al catedrático de cirugía Enrique Ferrer Viñerta (1830-1891) y, de resultas de este choque, optó por trasladarse a Madrid para terminar sus estudios.
Ferrer era un gran cirujano, que además ocupaba un puesto central en el mundo académico de la Facultad, de la que fue decano muchos años. Tenía prestigio en las aulas y también en la ciudad. Ideológicamente, era un vitalista enfrentado directamente con el mecanicismo propio de las ideas transformistas. En 1872, el mismo año de la conferencia de su alumno, en pleno trasiego de ideas progresistas, ocupó la tribuna del Instituto Médico Valenciano para pronunciar una lección de tema polémico: «La vida es independiente de las leyes de la materia inerte», sin duda una defensa del vitalismo frente a los materialismos. Este mismo curso 1872-1873, el estudiante estaba matriculado como alumno libre y aprobó todas las asignaturas excepto la Clínica quirúrgica, que impartía Ferrer. El profesor vitalista y el alumno evolucionista mantenían posiciones incompatibles entre sí, no solo en lo científico, sino también en lo político. El choque trascendió los límites estrictos del aula universitaria. Simarro suspendió, irremediablemente, la asignatura de Ferrer. Un sentido pragmático le aconsejó cambiarse de facultad para terminar una carrera por la que ya sentía una atracción creciente.
HACIA UNA MEDICINA SOCIAL
Aquel médico en ciernes que aún era había aprendido en su propia carne lo importante que es la acción de los individuos en la sociedad y la eficacia de una presencia personal en tribunas e instituciones públicas. Había estado implicado en la Junta revolucionaria y establecido contactos con prohombres del progresismo valenciano. Su sentido de responsabilidad social le animó a impartir lecciones de higiene laboral en el Centro Republicano de la clase obrera de Valencia, ya en 1870. Sin duda pensaba que el saber había de estar puesto al servicio de los demás, y muy particularmente al servicio de las clases más menesterosas. En particular, los temas de la higiene tenían entonces una innegable actualidad, especialmente en lo relativo a la prevención de la lepra, el cólera y el paludismo. Pocos años después, iba a conmocionarse la conciencia de los ciudadanos y de los hombres de ciencia ante el hallazgo, no sin problemas ni dificultades, de la vacuna del cólera por el médico catalán Jaime Ferrán (1885), como después veremos.
Su preocupación encajaba con los objetivos y esfuerzos que desde mediados de la década de 1850 había ido adquiriendo un movimiento defensor del «higienismo», en el que convergían figuras de la medicina, la sociedad y la política. Se pretendía promover la salud desde la sociedad.
La medicina se fue abriendo a esta perspectiva social en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente al desarrollarse los aspectos de prevención de la enfermedad, que vinieron a ordenarse en un cuerpo teórico-práctico de «higiene pública». Precisamente en 1875 Max von Pettenkofer (1818-1901), profesor en Múnich (Alemania), logró establecer el primer Instituto de Higiene que se conoce. La salud se iba convirtiendo en un tema colectivo, social, más allá de lo puramente personal, aunque en medio de dificultades sorprendentes. A comienzos de la década de 1860, todavía fracasó el médico húngaro Philippe-Ignace Semmelweis (1818-1865) en su lucha a favor de la limpieza y la esterilización de manos e instrumentos médicos en la práctica obstétrica. Semmelweis fue un descubridor no atendido que trataba de alertar sobre los riesgos que tenía la infección clínica que azotaba las salas de parto de los hospitales, donde innumerables mujeres parturientas morían de fiebres puerperales. Solo cuando los hallazgos de Louis Pasteur (1822-1895) y de Robert Koch (1843-1910) pusieron más allá de toda duda razonable la existencia de microbios, organismos microscópicos cuya acción sobre los organismos era patógena, cobraron nueva fuerza las tesis del médico húngaro, quien a raíz de su fracaso había terminado sus días en un manicomio. Los hallazgos de los microbios, de las vacunas, la lucha contra las epidemias, las técnicas de esterilización e higiene, no eran simples hallazgos de una ciencia en expansión, sino un conjunto de factores que determinarían la emergencia de una nueva mentalidad médica: la «mentalidad etiopatológica», que vino a sustituir a la anatomo-patológica precedente.
Fue un cambio esencial. Como ha escrito Laín,
no (…) es fácil imaginar la fabulosa impresión que en los médicos del último cuarto del siglo XIX produjo (la) larga serie de hallazgos etiológicos. La idea, por demás fundada, de que la medicina entraba en una etapa histórica nueva, y la ilusión, harto más discutible, de que la enfermedad infecciosa iba a desaparecer pronto de la superficie del planeta, alentaron en casi todas las mentes. No debe sorprender que se intentase construir una nosología etiopatológicamente orientada, rival de las que anatomopatólogos y fisiopatólogos habían propuesto en los decenios anteriores a Pasteur y Koch (Laín, 1963: 586-587).
Todo esto era lo que estaba en juego, por debajo de las preocupaciones higienistas de Simarro. No solo el cumplimiento de un importante deber del médico para con la sociedad, tratando de librarla de enfermedades y de padecimientos, y defendiendo y promoviendo la causa de la salud individual y colectiva, sino también un modelo teórico médico de fondo, desde el cual había que pensar los problemas de la salud y la enfermedad de un modo sólidamente fundado en los hechos positivos que la investigación iba esclareciendo.
En último término, lo que en todos estos temas quedaba puesto en cuestión era el proyecto de médico, como hombre de ciencia, que el joven estudiante terminaría por asumir. Estaba en juego una idea de terapeuta de enfermedades que había de ser a la vez un higienista con sentido social. Desde su juventud parece Simarro haber vivido este doble compromiso, que lo ligaba a la vez con la ciencia y con la sociedad. Al discrepar muy a fondo de su maestro Ferrer Viñerta, optó sin duda por mantener la fidelidad a las convicciones propias, al tiempo que adoptaba la solución práctica de trasladar su expediente académico a la Universidad Central, en Madrid.
EL ENTORNO MÉDICO
Había entonces un cierto caos en el mundo universitario y, en particular, en el de estas enseñanzas médicas. En 1871, en un informe del ministro de Fomento, se hablaba de que la Facultad de Medicina se hallaba en «estado anómalo», lo que ocasionaba «frecuentes disgustos, conflictos y dificultades» (Albarracín, 1998: 43). Este estado de cosas empezaría a cambiar con la Restauración, pero, entre tanto, el joven estudiante valenciano braceó como mejor supo en su nueva escuela para mantenerse a flote en medio de aquella agitación.
Su traslado a Madrid parece haber ido unido a la obtención de la matrícula extraordinaria para agilizar el término de su carrera. Ello le permitió aprobar su asignatura quirúrgica pendiente en una facultad que trataba de encontrar una estructura satisfactoria para la alta misión que había de cumplir, que era formar a buenos médicos.
La caída de Isabel II había traído, entre otras consecuencias, un sinnúmero de reformas y cambios en muchos órdenes de la vida, entre ellos en el de la universidad. Se quería olvidar la reglamentación anterior. La mentalidad progresista quería suprimir barreras y limitaciones administrativas. Entre las nuevas medidas adoptadas se incluyó la de que se diera autorización para establecer nuevas escuelas de medicina, como corolario de la doctrina de libertad en la enseñanza cuya primacía se admitía sin discusión. «Sirviendo la enseñanza para propagar la verdad, cultivar la inteligencia y corregir las costumbres, es absurdo encerrarla dentro de los estrechos límites de los establecimientos públicos». Así decía un decreto que hizo publicar el ministro radical Manuel Ruiz Zorrilla el 27 de octubre de 1868. A partir de ese momento la libertad de enseñanza iba a crear mil confusiones y problemas.
El cambio político afectó ampliamente al mundo del profesorado. Así, una serie de profesores supuestamente «reaccionarios» fueron destituidos, al tiempo que se nombró a otros nuevos. En el caso de Medicina, se eligió a una serie de profesionales entre los médicos del Hospital y aquellos que «daban repasos libres (como Pedro González de Velasco)» (Albarracín, 1998: 43). También se crearon nuevas escuelas cuyos títulos fueron ahora reconocidos. Una fue la Escuela Libre Teórico-Práctica de Medicina y Cirugía, creada por los facultativos de la Beneficencia provincial madrileña, en donde intervino Ezequiel Martín de Pedro; otra fue la Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía, de Pedro González de Velasco. Esta última se convirtió pronto en un centro con considerable relevancia en el ámbito científico. En ella colaboraron figuras como el clínico Carlos María Cortezo y el paleontólogo Juan Vilanova, entre otros, y consiguió dar a la luz una importante publicación, El Anfiteatro Anatómico Español, entre los años 1873 y 1880 (Velasco, 1998). Estuvo establecida en el Museo Antropológico, que había fundado y dirigía el propio González de Velasco en Madrid. Este era persona internacionalmente conocida en el campo de la antropología, bien relacionado con investigadores como el francés Paul Broca, descubridor del centro cerebral del lenguaje motor, localizado en el «área de Broca», así llamada en su honor. Sus relaciones le habían permitido familiarizarse con el estado de las enseñanzas médicas en varias naciones europeas, y se esforzó por establecer una enseñanza clínica rigurosa y moderna, vinculada directamente con la investigación. Con esta mantendrá Simarro estrechas relaciones al establecerse en la capital.
En 1874, superado al fin el conjunto total de asignaturas que formaban la licenciatura, se convirtió en licenciado en Medicina. Pero sus intereses teóricos no podían sentirse satisfechos sin redondear el esfuerzo con la obtención del doctorado, máximo nivel de los estudios, cuya concesión estaba entonces reservada a la Universidad de Madrid o Universidad Central, como entonces se la llamaba. Y, de hecho, al año siguiente lo dejó todo resuelto sin dificultad, como ahora veremos.
Capítulo 2
EL DESPEGUE DE LAS TRAYECTORIAS
Cuando Simarro llegó a Madrid para terminar sus estudios y establecerse profesionalmente, le movía sin duda el deseo de llegar a ser médico, y de serlo dentro de una determinada especialidad en la que destacar y lograr reconocimiento. Pero también algunos otros cuidados e intereses buscaban también tener algún grado de realización. Su vida, como la de todo hombre, estaba organizada según una diversa serie de metas y propósitos, de peso y condición diversos, a los que fue dedicando sus trabajos y sus sueños.
Julián Marías ha hecho mucho hincapié en que la estructura de una vida humana no es la propia de una línea recta, sino más bien la de una figura arborescente. La vida, como los árboles, va creciendo en varias líneas, más o menos relacionadas, apuntando en varias direcciones y con una variable frondosidad. De este modo, cada uno de nosotros desarrolla a lo largo del tiempo varios argumentos, aunque según sean los tiempos y los lugares son unos u otros los fines que tienen un papel principal.
A cada vida pertenece una pluralidad de trayectorias, con desiguales grados de realización: (…) la trayectoria, tomada en su efectividad, no es una línea sino una arborescencia, a veces sumamente intrincada y con muy diversos grados de continuidad, intensidad y autenticidad (Marías, 1983: 25).
Esta metáfora vegetal se ajusta bien al drama vital de nuestro personaje.
El país se recuperaba, en el comienzo de la Restauración, de las agitaciones vividas en los tiempos que acababan de pasar. Uno de los protagonistas de aquellos días, Emilio Castelar (1832-1899), que fue uno de los cuatro presidentes de la Primera República, gran orador e importante historiador, resumió en unas cuantas líneas la experiencia acumulada a través de aquella frustrada experiencia. Este es un pequeño cuadro literario suyo escrito en 1874 y tomado sin duda del natural, que resume bien el clima de aquellos días. Dice así:
Evoquemos el período nunca con bastante insistencia evocado, evoquemos el 73. Hubo días de aquel verano en que creíamos completamente disuelta nuestra España. (…) De provincias llegaban las ideas más extrañas y los principios más descabellados. Unos decían que iban a resucitar la antigua Corona de Aragón, como si las fórmulas del derecho moderno fueran conjuros de la Edad Media. Otros decían que iban a constituir una Galicia independiente bajo el protectorado de Inglaterra. Jaén se apercibía a una guerra con Granada. Salamanca temblaba por la clausura de su gloriosa Universidad y el eclipse de su predominio científico en Castilla. Rivalidades mal apagadas por la unidad nacional en largos siglos surgían como si hubiéramos retrocedido a los tiempos de zegríes y abencerrajes, de agramonteses y beamonteses, de Castros y Laras, de capuletos y montescos; la guerra universal…
Y entonces vimos lo que quisiéramos haber olvidado: motines diarios, asonadas generales, indisciplinas de militares; republicanos muy queridos del pueblo muertos a hierro por las calles; poblaciones pacíficas excitadas a la rebelión y presas de aquella fiebre; dictadura demagógica en Cádiz; rivalidades sangrientas de hombres y familias en Málaga que causaban la fuga de la mitad casi de los habitantes, y la guerra entre las facciones de la otra mitad; desarme de la guarnición de Granada, después de cruentísimas batallas; bandas que salían de unas ciudades para pelear o morir en otras ciudades sin saber para qué ni por qué, seguramente, como las bandas de Sevilla y Utrera; incendios y matanzas en Alcoy, anarquía en Valencia; partidas en Sierra Morena; el cantón de Murcia entregado a la demagogia; y el de Castellón, a los «apostólicos»; pueblos castellanos llamando desde sus barricadas a una guerra de las Comunidades (…); la ruina de nuestro suelo; el suicidio de nuestro partido; y el siniestro relampagueo de tanta demencia, en aquella caliginosa noche, la más triste de nuestra Historia contemporánea surgiendo, como nocturnas aves rapaces de los escombros, las siniestras huestes carlistas, ganosas de mayores males, próximas a consumar nuestra esclavitud y nuestra deshonra y a repartir entre el absolutismo y la teocracia los miembros despedazados de la infeliz España (citado en Stanley G. Payne, 1977, pp. 65-66).
A semejante tormenta política vino a poner fin el acto decidido del general Martínez Campos, en Sagunto, quien a la cabeza de sus tropas, proclamó a D. Alfonso de Borbón, hijo de Isabel II, como rey de la nación. Era el 29 de diciembre de 1874. El nuevo rey, Alfonso XII, entró en Madrid el 14 de enero del año siguiente. Así se inicia una época de pacificación y reorganización del país. Antonio Cánovas, líder del partido conservador, y Práxedes M. Sagasta, cabeza del partido liberal, iban a alcanzar un acuerdo fecundo, el llamado Pacto del Pardo, por el que se comprometían a gobernar alternativamente el país, superando las discrepancias en bien de la comunidad general.
Había muchas cosas por hacer: había que consolidar el nuevo sistema político, creando una democracia y desarrollando una conciencia cívica entre los ciudadanos para que la fortalecieran. Había que educar a una sociedad dominada por el analfabetismo, y era preciso modernizarla, de modo que lograra una nueva mentalidad con la que poder hacer ciencia y crear técnicas, dos grandes rasgos característicos de las naciones de la Europa moderna. Además, era preciso desarrollar una industria que transformara nuestra sociedad estamental y la convirtiera, de básicamente agraria, en una sociedad moderna técnica y productiva.
Para el joven Simarro, recién instalado en Madrid, era preciso encontrar aquellos grupos de referencia dentro de los cuales pudiera sentirse comprendido y estimulado y con los que compartir sus ideales científicos y europeístas.
Baroja, recreando el mundo de los estudiantes de medicina del final del siglo XIX, cuenta que los que llegaban a Madrid procedentes de provincias venían «con un espíritu donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar, perseguir a las mujeres», y mientras tanto, los periódicos y las noticias que circulaban hacían que el país viviera «en un ambiente de optimismo absurdo; todo lo español era lo mejor», y este mundo ilusorio y de mentira contribuía «al estancamiento, a la fosilificación de las ideas» (Baroja, 1998, II: 452). No parece haber sido este el modelo adoptado por el joven valenciano.
A fin de reforzar sus propios planes y deseos, recurrió al trato y a la convivencia estrecha con algunos grupos que trataban de salvarse del clima de habitación cerrada que se había formado en el país debido a la calma y el tono satisfecho de la vida de la Restauración.
Cada uno de los grupos con los que entró en contacto venía a representar una cara, un lado de su vida, y hacia estos lados diferentes encontró modo de expresar su persona con rasgos propios, orientándose de acuerdo con metas y expectativas diversas. Uno es su lado profesional, propio de un médico; una segunda faceta es la del hombre interesado por la cultura y el pensamiento.
Por lo pronto, será un médico que ejerza como tal, que establecerá una consulta y que se integrará en servicios clínicos en los que se forma y adquiere madurez y experiencia. Su condición de galeno, interesado por el estudio y la investigación en el campo de la salud, marcó de manera honda su personalidad. A través de ciertos grupos médicos y de servicios hospitalarios fue cobrando forma esta dimensión de su vocación. La práctica en él va unida a la ciencia: su quehacer profesional hubo de combinarse, en proporciones variables según los tiempos, con el estudio y el análisis.
Por otro lado, a través de la cultura logró dar expresión a su preocupación social y patriótica, atraído por la reforma de la sociedad española, cuyas limitaciones y defectos percibía intensamente. Sus colaboraciones con la Institución Libre de Enseñanza y con el Ateneo de Madrid dieron cuerpo a este conjunto de inquietudes y esperanzas.
Y en sus días de juventud y en los de madurez, junto a estas metas, estuvo muy presente en él la preocupación social y política. De ello hablaremos después. Examinemos más de cerca ahora estas dos primeras trayectorias iniciales, siguiendo sus pasos, sus logros y dificultades.
SU DOCTORADO EN MEDICINA
El doctorado siempre ha representado la culminación de una carrera universitaria. Y en medicina, entre nosotros, se hicieron popularmente equivalentes la condición de médico y la de doctor. En el Diccionario de la Real Academia Española se incluye como una de las acepciones que la palabra doctor tiene en nuestra lengua precisamente el significado de ‘médico’ en general. El médico ha sido para nuestro pueblo, fuera cual fuera su preciso título académico, un «doctor», esto es, una persona cuyo saber se respeta y reverencia.
Con los cambios académicos que trajo la revolución del 68, el grado de doctor se extendió con rapidez entre los profesionales de la medicina. Muchos de ellos estaban sin duda deseosos de consolidar su doctorado popular con el título obtenido a través de un procedimiento administrativo universitario. La liberalización de los estudios, que había llegado a generar escuelas libres, también extendió la posibilidad de hacer doctores a unas universidades de provincias que antes carecían de esta autorización. Con tal motivo, en los tres años que siguieron a la caída de la monarquía parece que se llegó a nombrar a más de tres mil doctores, reconociéndose este título también a cirujanos cuya titulación había sido tradicionalmente inferior a la de médico y que empezó desde entonces a ser socialmente reconocida (Albarracín, 1998).
Con la nueva situación se habían suavizado los procedimientos y las exigencias. El núcleo del doctorado había consistido, en los años precedentes, en la realización de una tesis que tenía la estructura de un discurso o lección magistral. La facultad respectiva de la Universidad Central señalaba una serie de temas cada año para que sirvieran de argumento al trabajo que el doctorando había de presentar. Pero con los cambios revolucionarios, se convirtió en un examen al final del curso de doctorado que se redactaba en el momento de su presentación. No había ejemplares múltiples del trabajo, sino las páginas, casi siempre manuscritas, que el doctorando escribía y luego leía al tribunal.
Conocemos una curiosa instancia que nuestro doctor dirigió en 1902 a las autoridades académicas –de hecho, iba dirigida al ministro de Instrucción Pública–, cuando estaba preparando las oposiciones a la cátedra de Psicología Experimental de la Universidad de Madrid, cátedra que como veremos obtuvo y en la que permaneció hasta el final de sus días.
Organizando los documentos que se le requerían para tomar parte en el concurso oposición, advirtió que no podía presentar los ejemplares de su tesis doctoral porque, en la época en que se doctoró, tal cosa no estaba contemplada por las normas en vigor.
En dicha instancia dice lo siguiente al ministro (cf. Carpintero y García, 2002):
Excmo. Sr.:
Luis Simarro Lacabra, graduado doctor en medicina, deseando obtener el título de este grado, cuyos ejercicios realizó el 2 de julio de 1875, se halla en la imposibilidad de cumplir la disposición que prescribe: presentar treinta ejemplares de la memoria o tesis doctoral. Pues, como en dicha época no existía tal prescripción, y bastaba presentar la tesis manuscrita, así lo hizo entonces; y al buscar ahora en el Archivo de la universidad el expediente correspondiente no se encuentra dicha tesis (aunque consta que fue presentada, y leída y aprobada).
No puede por tanto el que suscribe hacer imprimir dicha tesis, ni puede ser responsable de su pérdida y falta en el archivo de la Universidad, y por esto
Suplica a VE se sirva dispensarle del cumplimiento de la disposición relativa a la presentación de treinta ejemplares impresos de la tesis del doctorado y al mismo tiempo suplica también que se le dispense de la ceremonia de la investidura.
Madrid 3 de mayo de 1902
Luis Simarro.
La tesis, entonces al parecer perdida, fue al cabo encontrada, y en un trabajo nuestro precedente (Carpintero y García, 2002) la recuperamos y estudiamos. Las presentes consideraciones se basan en aquel estudio. El manuscrito se conserva con todo cuidado en los Archivos de la Universidad Complutense de Madrid.
Defendió su tesis doctoral en la Universidad Central, como acabamos de ver, el 2 de julio de 1875. Componían el tribunal los siguientes catedráticos: presidente, D. Julián Calleja Sanchez, que era catedrático de Anatomía; eran vocales D. José G. Olivares, D. José Montero Ríos y D. Carlos Quijano López-Malo; era secretario D. Rafael Martínez.
El presidente, Calleja (1836-1913), era una figura notable de la vida intelectual y social. Se había incorporado a la Facultad en 1871, procedente de Valladolid, y fue elegido en 1877 decano de la Facultad, la cual rigió durante bastantes años, al tiempo que era nombrado senador. También fue el primer presidente del Colegio de Médicos de Madrid, contribuyendo notablemente a su puesta en marcha (Albarracín, 2000). Políticamente, se hallaba muy lejos de la ideología progresista y crítica del doctorando. Ramón y Cajal ha dejado en su autobiografía un retrato mínimo del personaje, con bastantes sombras y algunas luces. Lo considera un cacique de la medicina de entonces y le llama «el dictador de San Carlos» –porque el Hospital y la Facultad estaban en el edificio de San Carlos, cercano a Atocha, en Madrid–; también dice de él que era «el inevitable arreglador de jurados médicos» (Ramón y Cajal, 1923: 159-160), lo que quiere decir que hacía y deshacía a su gusto en los tribunales de oposiciones. Con todo, la tesis fue aprobada con sobresaliente y su autor debió de hacer una exposición sólida y conceptualmente brillante. Ya había ido adquiriendo renombre como sólido argumentador y polemista en varias tribunas madrileñas de la época, como en seguida veremos.
LA MEMORIA DE TESIS
Se trata de un trabajo breve, como lo eran muchas tesis de la época. Ocupa treinta cuartillas escritas a mano, y lleva por título Ensayo de una exposición sistemática de las relaciones materiales entre el organismo y el medio como fundamento de una teoría general de Higiene (Carpintero y García, 2002: 6-12). No tiene bibliografía, ni referencias, ni citas textuales, que son elementos clásicos de toda tesis doctoral. Aquí hay un puro discurso del autor, que piensa y expone sus ideas a propósito de las cuestiones básicas de la biología.
Este trabajo permite dibujar bastante bien el continente ideológico en el que se hallaba situado su autor en los comienzos de su carrera. Puede servirnos muy bien para aproximarnos a su personalidad científica de juventud.
La tesis, muy resumidamente, viene a decir lo siguiente: La higiene es en realidad «la ciencia de las relaciones materiales entre el organismo y el medio en que vive» (cf. Carpintero y García, 2002: 7). Como tal ciencia, busca ordenar y clasificar estas relaciones. Para construir este sistema conceptualmente, convendrá partir de aquella relación que sea elemental y básica.
Pero ¿cuál es el fenómeno prototípico del ser vivo? O sea, ¿cuál es el fenómeno vital más básico? ¿Acaso es un acto que relacione a un organismo simple con su medio específico? No, dirá este joven doctorando: el fenómeno más sencillo es la fermentación, y también el conjunto de relaciones que tienen lugar entre organismo y medio a través de la «piel» (en suma, unas relaciones en las que no interviene el sistema nervioso, ni conecta el organismo con su medio específico o milieu, sino la relación que existe entre un cuerpo material y el entorno físico que le rodea, por el hecho de estar ocupando una parte de ese medio).
Asume Simarro, en efecto, que los organismos actúan sobre su medio, recibiendo elementos y retornando otros, con una actividad que produce cambios; a la vez, el medio también influye sobre el organismo y modula las apariencias con que este se muestra.
Todas esas interacciones están regidas por la ley de conservación de la energía, pero a la hora de clasificarlas, vendrían a agruparse en dos grandes tipos: bien las que suponen intercambio de materia, como es el caso de las relaciones de alimentación y respiración, o bien aquellas otras en las que lo cambiado es solo energía, movimiento, dinamismo en suma. A la vista de lo cual, se vuelve a preguntar: ¿qué fenómeno podría ser considerado como prototipo?
La respuesta que aquí se nos ofrece es doble. Primero, como ya se ha dicho, el autor propone que consideremos como fenómeno base la «fermentación», tomando la célula como unidad para estudiar. En un segundo momento, propone otro modelo, que estaría referido a la piel y su actividad. Veamos.
Sabemos hoy que la vida es la actividad de un organismo que opera sobre su entorno mientras él mismo se mantiene estable. Es, como ya viera Claude Bernard, una actividad que ajusta el organismo al medio mediante una interacción entre ambos, haciendo posible la situación homeostática del primero. El organismo se automantiene estabilizado, al tiempo que descompone, sintetiza, integra o modifica el medio que halla en su derredor. A este propósito Simarro recuerda que, en frase de Helmholtz, los organismos animales trabajan generalmente reduciendo, oxidando (íd., 2002: 9). Y esto sin duda hace que piense en los procesos de «fermentación» como un caso prototípico.
Tratemos de aclarar lo que esto significa. El Diccionario de la Real Academia Española dice que, al fermentar, tiene lugar un proceso químico «por la acción de un fermento que aparece íntegramente al final de la serie de reacciones químicas sin haberse modificado». Si bien la mayoría de los organismos transforman la materia de su entorno mediante la oxidación gracias a la respiración, hay no obstante algunos que no operan con oxígeno, sino que lo hacen mediante otros procedimientos químicos, mediante fermentaciones, como ocurre en el caso de las levaduras o los champiñones. En este último caso, el fermento no varía, pero en cambio sí lo hacen las sustancias que fermentan. En cualquiera de los casos, hay un cambio o descomposición en el entorno del organismo, al tiempo que se mantiene este estabilizado. Por eso probablemente vio Simarro en ese proceso de fermentación la esencia misma de la actividad vital orgánica –cambio por un lado, permanencia por el otro.
Pero su reflexión teórica va más allá. Y es que considera que hay otro protofenómeno que también parece condensar y sintetizar todas las interacciones vitales mencionadas. Es precisamente lo que sucede en el caso de la «piel», el tegumento que envuelve al organismo y que mantiene una actividad básica con el entorno. En efecto, por un lado, realiza funciones materiales, como son las propias de la alimentación (absorción y excreción); por ejemplo, la piel absorbe grasas, pomadas, etc., y excreta sudor. También cumple otras propias de la respiración (en efecto, transpira, y la destrucción de esta función, por ejemplo como resultado de grandes quemaduras, acarrea la muerte del organismo). Por otro lado, también presenta relaciones puramente dinámicas, puesto que recibe y transmite estímulos, movimientos, radiaciones, es decir, procesos energéticos. De este modo resultaría que, en definitiva, en la piel hallaríamos reunidos y ejemplificados tanto los fenómenos de relación material como los de relación dinámica que forman la trama vital que se establece entre un organismo y su medio. De ahí que en esta tesis se la venga a considerar como prototipo de todas las interacciones vitales. Y por ello termina diciendo su autor:
… considerando que la piel o tegumento esterno que separa el organismo del medio debe ser necesariamente el intermedio (de) sus mutuas relaciones, podrá decirse sin que parezca paradoja que la Higiene o ciencia de las relaciones del organismo y el medio es simplemente la ciencia de las funciones de la piel y sus anejos (cf. Carpintero y García, 2002: 12).
Hasta aquí el núcleo argumental del trabajo. Convendrá, no obstante, que, para lograr una comprensión más cabal de lo que allí se nos dice, situemos estos pensamientos dentro del contexto intelectual en que se pensaron.
SU CONTEXTO INTELECTUAL
Consideremos primero, para iluminar el tema escogido por el autor para su trabajo, la nueva relevancia de la higiene en aquellos días. Ya hemos visto antes que, en relación con esta disciplina, se estaban planteando entonces problemas muy profundos de teoría biológica y de modelo médico. Un hecho muy preciso hizo que se produjera el cambio. Durante la primera mitad del siglo XIX, el hallazgo de los microbios vino a replantear la concepción médica de la enfermedad, así como la de la naturaleza de la acción terapéutica. Aquel hallazgo también había venido a poner en primer plano la importancia tremenda de la infección, el contagio y la esterilización, así como la necesidad de implantar una política de prevención y limpieza que evitara los desarrollos de las epidemias, así como los procesos de la infección quirúrgica y hospitalaria.
Una serie de investigadores fueron sentando las bases de la nueva concepción, estableciendo morfologías y taxonomías de estas entidades patógenas, pero, como dice Laín Entralgo,
la enorme importancia potencial de esos estudios no comenzará hasta que L. Pasteur y R. Koch demuestren la esencial relación de tantos y tantos de esos microbios con las enfermedades humanas, y E. Klebs, con evidente exageración doctrinaria, establezca los principios de una patología general de carácter microbiológico (Laín, 1988: 86).
Esos jalones vinieron a marcar el comienzo de la mentalidad etiopatológica, y con ello una nueva manera de ver la enfermedad y la curación.
(Nótese que la obra fundamental de Pasteur, su Théorie des germes et ses applications à la médecine et à la chirurgie, es de 1878-1880; la de Koch, sobre la especificidad de las enfermedades infecciosas, es de 1882, año en el que da a conocer su descubrimiento del bacilo de la tuberculosis, y la Allgemeine Pathologie de Klebs es de 1887: estas fechas nos ayudan a valorar el carácter novedoso y «moderno» que tenían las páginas de Simarro, de 1875).
Pero aquí, en la idea de higiene, se da a mi juicio un paso más. Pues, generalizando esos procesos patológicos que surgen del contacto del organismo con su medio, se va a considerar la teoría higienista como una concepción directamente centrada en el estudio de la relación organismo-medio. Al hacerlo, este campo nuevo de la ciencia médica, la higiene, se convierte en una parte sustancial del problema teórico más general que es el estudio del ser vivo y su relación con el medio, o sea, que se plantea el tema como núcleo básico de la misma biología.
ORGANISMO Y MEDIO
Estas ideas, por lo pronto, tienen una fuerte base positivista. Esto no se puede olvidar. En efecto, esa preocupación por centrar el estudio biológico en el tema de las relaciones del organismo y el medio había sido ya una tesis básica de la filosofía positivista de Augusto Comte (1798-1857), de la que Simarro, como ya hemos visto, se había declarado públicamente partidario en su conferencia juvenil valenciana que ya hemos examinado. En este positivismo se halla, sin duda, una de las bases sobre la que se apoyaban las elucubraciones del doctorando.
Recuérdese que, para Comte, la filosofía debía ser una simple reflexión sobre la ciencia, y que esta era el instrumento adecuado para conocer la realidad que se nos muestra a través de los sentidos. El hombre solo percibe fenómenos, y ha de tratar de relacionarlos entre sí, intentando descubrir aquellas relaciones que son estables y repetidas, y buscando luego formular dichas relaciones mediante enunciados que tienen ya el carácter de leyes, tarea en la que consiste fundamentalmente la ciencia positiva.
Al ordenar el mundo de la ciencia, clasificó los saberes según los distintos niveles de complejidad que presentaban los fenómenos estudiados. En uno ya muy elevado situó la biología, la ciencia de los fenómenos biológicos. Consideraba que estos se refieren a actos de naturaleza física y química, pues los organismos son seres materiales y su materia prima la ponen las células, cuya actividad es físico-química. Sus actos serán pues de naturaleza física y química, pero, no obstante, lo más característico es que se trata de actos que tienen lugar en la interacción del organismo con su medio. En su Curso de filosofía positiva, la gran construcción intelectual que su autor publicó entre 1830 y 1842, al referirse a una definición suficiente del fenómeno de la vida, dice que, de acuerdo con el zoólogo y anatomista Henri de Blainville, se puede caracterizar «ese gran fenómeno por el doble movimiento intestino, a la vez general y continuo, de composición y de descomposición, que constituye en efecto su verdadera naturaleza universal». Y agrega que solo habría que añadir algo que en esa fórmula él echa de menos, a saber, «una indicación más directa y más explícita de estas dos condiciones fundamentales correlativas, necesariamente inseparables del ser vivo, un organismo determinado y un medio conveniente» (Comte, 1908, III: 155).
La reflexión de Comte abría todo un campo de investigación y discusión. Los fenómenos biológicos, que forman la vida, ¿no son más que procesos de tipo físico-químico? ¿O es la vida algo más, irreductible a los intercambios químicos de la materia y la energía, algo que tiene una singularidad propia? En otras palabras, ¿era posible una ciencia de la vida puramente materialista? ¿O había que admitir algo nuevo, superior a toda la materia físico-química, que sería lo específicamente «vital»?
Probablemente el lector recordará que este y no otro debió de ser, en última instancia, el fondo del enfrentamiento que surgió en Valencia entre el joven Simarro, estudiante revolucionario, positivista y evolucionista, y el catedrático Ferrer, riguroso y firme partidario del vitalismo innovador y teórico opuesto a todos los materialismos. El tema de la tesis, pues, parece que era un eje central en la ideología de su autor, y así se entiende que lo escogiera para su trabajo.
Por supuesto, aquí se abría todo un campo de investigación y discusión. Parecería que estamos ante una disyunción filosófica entre materia y espíritu, entre materialismo y espiritualismo, entre fisicalismo y vitalismo. Y, sin embargo, no es así, y la tesis desde luego no lo plantea. Y no lo es porque, de acuerdo con el positivismo, el científico no se ha de ocupar ni ha de tratar con «esencias», ni sustancias, ni entidades metafísicas; el científico no tiene que enredarse en metafísicas ya superadas, a juicio del positivismo. Solo analiza y estudia fenómenos más o menos complejos, sometidos a unas u otras leyes específicas. El problema, por tanto, no puede ser «metafísico». Lo que aquí está en cuestión no es la «esencia de la vida», sino el conjunto y tipo de funciones, y por lo tanto de leyes, con que cabe describir esas relaciones organismo-medio que importan a la nueva ciencia. ¿Pero de qué funciones puede tratarse? Aquí entra en juego el segundo pilar sobre el que se venía apoyando la doctrina de Simarro: la teoría evolucionista.
EL EVOLUCIONISMO
Para la ciencia natural de finales del siglo XIX no cabía ya pensar en una generación espontánea de los organismos. Louis Pasteur (1822-1895) demostró convincentemente que la aparición de organismos vivos en cultivos preparados en el laboratorio para su estudio se debía simplemente a la existencia de gérmenes que se hallan circulando libremente por nuestro entorno y se depositan de modo imperceptible en las preparaciones mencionadas. Lo formuló luego Rudolf Virchow (1821-1902) con toda claridad: «toda célula procede de otra célula (omnis cellula, e cellula)», por tanto, no hay creación espontánea de la vida. Por otro lado, los científicos positivos generalmente fueron admitiendo la teoría de la evolución. Y ello significaba que en la naturaleza había un movimiento por el cual, a partir de una situación previa de homogeneidad, se iba diversificando y generando lo heterogéneo, apareciendo formas de vida cada vez más complejas. Es lo que afirmó Herbert Spencer (1820-1903): había que entender la evolución como el proceso que lleva de lo simple a lo complejo, de lo homogéneo a lo heterogéneo.
Aquí se ve la importancia que tenía el establecer la función básica y determinante de los seres vivos, cuestión a la que la tesis trataba de contestar, aunque de un modo más bien encubierto y disimulado.
Por una parte, había pensadores vitalistas que creían que la evolución no era posible sin la aparición de elementos nuevos, irreductibles a la naturaleza físico-química, que serían los causantes de la complejidad mediante un proceso misterioso de creación de novedades. Para los materialistas, en cambio, bastaría con que la evolución asegurase la aparición de variaciones en la materia de las que surgiera la heterogeneidad. Bajo esta tensión científica, seguía latiendo otra más honda que separaba, enfrentándolos, a materialistas y creacionistas. Y esto es lo que daba su tensión y peligro a la discusión sobre la evolución, especialmente en el seno de una sociedad como la española, que estaba conformada por unas creencias religiosas de siglos, que el catolicismo había mantenido y defendido contra viento y marea frente a las sucesivas amenazas de heterodoxia.
La tesis de Simarro se inscribe en este espacio temático, pero lo hace dándole una expresión difuminada y vaga, que lo convierte en algo aparentemente inocuo, aceptable, no agresivo y compatible con los hábitos intelectuales de un mundo conservador. Parece que se trata de higiene, aunque en el fondo de lo que se trata es de cómo son y operan los seres vivos, y de cuáles son sus funciones básicas, esto es, aquella vida básica de la que el resto habrá ido derivando por evolución.
Ya hemos visto que su respuesta es doble. Primero, dice, podríamos considerar como tal la fermentación. Luego hace una segunda propuesta: la piel. ¿Cómo podemos entender esas respuestas?
Para empezar, examinemos qué papel juega aquí la fermentación.
La fermentación tenía en este tiempo una importancia extraordinaria. Señalemos, por ejemplo, que para Wilhelm Wundt, en sus Elementos de fisiología humana (Wundt, 1865-1882), los «fermentos» son ciertos cuerpos que tienen una singular propiedad: hacen que las sustancias con las que entran en contacto se descompongan, pero ellos, en cambio, no se modifican; incluso cabe que aumenten de volumen porque formen «elementos semejantes a los suyos». Con un concepto de esta índole cabe pensar que este proceso de la fermentación coincide punto por punto con la vida de las células y sus procesos metabólicos.
En efecto, ¿qué hace la célula? La célula toma materias o nutrientes del entorno, los descompone, fabrica estructuras semejantes a las que ella posee y elimina los elementos de deshecho que le resultan inútiles. Pero, lo que interesa aquí es que al cabo de todo ese proceso, el organismo, la célula, consigue permanecer y conservarse de modo estable mientras cambia su entorno. Por eso llega a decir Wundt que todo este proceso «nos permite ya considerar a la célula como un fermento y su actividad como una fermentación» (Wundt, 1882: 85). De manera que la idea de Simarro de la vida como fermentación ya la encontramos claramente preludiada en la obra fisiológica de Wundt, que había aparecido en 1864 y que, además, fue traducida al español en 1882 (Wundt, 1882).
Eran muchos los que veían estas cosas de un modo semejante. La vida, decía Comte, es un doble movimiento de composición y descomposición (Comte, 1908, III: 155); incluso alguno llegó a decir, siguiendo con estas imágenes, que «la vida es una putrefacción» (Mitscherlich), dado que este proceso produce una combustión (Béaunis, 1885, I: 345).
Henri Béaunis, en su tratado de fisiología de 1885, presenta un cuadro bastante completo del tema. La vida celular consiste en movimiento y los fenómenos fisiológicos no son sino movimiento, y ese movimiento interrelaciona al organismo con el medio (Béaunis, 1885, I: 45). El medio envía materiales a la célula; esta los metaboliza y transforma; al cabo, el organismo retorna al medio, mediante una repuesta suya, la energía con que fue excitado. El organismo se automantiene de modo estable, como organización homeostática, mientras que su entorno cambia. De acuerdo con el modelo que acabamos de ver, vivir sería un caso máximo de «fermentación» –permanencia del organismo y cambio en su alrededor–. Por ello el estudio de esta equivaldría a estudiar el prototipo de la vida, tanto del hombre como de los animales, dada la esencial comunidad de todos ellos basada en una evolución común (Béaunis, 1885, I: 47).
Para terminar de redondear el tema, mencionemos aquí una idea del propio Herbert Spencer. Este, puesto a hablar de las formas más simples de la vida, también llegó a identificarlas con la actividad de levaduras y ciertos hongos. Dice Spencer:
… la vida más baja se encuentra en los medios de una simplicidad singular (…) Entre las clasificadas en el reino vegetal, se pueden citar la levadura y el hongo llamado protococus nivalis. Entre aquellas a que se atribuye naturaleza animal, pueden tomarse como ejemplificaciones la gregarina y la hydatida (Spencer, s. a. II
Así que también Spencer equiparaba la vida de la célula con la acción de un fermento, y ello indica a las claras que la teoría defendida por Simarro en la tesis se ajustaba al núcleo mismo de la discusión sobre la concepción del ser vivo y de la biología que mantenían las mentes de positivistas y evolucionistas. Estas coincidencias de Simarro con Wundt y con Spencer que aquí señalamos muestran el verdadero contexto intelectual del trabajo, sus raíces científicas y los modelos teóricos a los que respondía –por cierto, sin citarlos explícitamente en sus páginas.
EL MODELO DE LA PIEL
Pero ya vimos que esta idea de la fermentación no es la respuesta final. Simarro presenta en su trabajo una segunda propuesta según la cual el prototipo de funciones biológicas lo ejemplificaría de modo eminente la estructura de la piel. Procuremos ahora aclarar esta propuesta.
En realidad, si la vida supone un proceso de continua interacción entre un organismo, que se mantiene homeostáticamente, y el medio en el que se halla sumergido y del que está separado, entonces resultará que el elemento que establece este contacto y esta separación es precisamente la piel. Por ello a esta le corresponde un papel prioritario, esencial. Es precisamente a través de la membrana, del tegumento que envuelve al organismo, como llegan alimentos, estímulos, información, y luego salen elementos de deshecho y se producen reacciones de cara al entorno. Estamos ante el nivel básico de las funciones vitales que andábamos examinando.
También aquí hallamos una nueva coincidencia básica de Simarro con Spencer. Este, en efecto, ya había advertido esta importancia central de la piel a la hora de comprender el fenómeno de la vida. Por ello había dicho ya en sus Principios de Psicología que
por un resultado necesario de su posición, la piel no se encarga solamente del oficio constante de absorber las materias y de mantener así el movimiento vital de integración y de desintegración y de excretar en seguida los productos inútiles, sino que también asume, de una manera permanente, el oficio de recibir todas las impresiones que forman la materia bruta de la inteligencia (…) Siendo la piel la parte inmediatamente sometida a las diversas especies de estímulos externos, necesariamente llega a ser la parte en que toman nacimiento los cambios psíquicos (Spencer, s. a. II: 142).
A mi juicio, estas ideas arrojan luz nueva sobre las fórmulas, en principio un tanto paradójicas, a las que llegó Simarro en su tesis reflexionando sobre el problema de la vida y la biología. Al ver la vida como una interacción continua con el medio, por debajo de la variedad asombrosa de sus formas y tipos en el mundo de animales y vegetales, se comprende que haya buscado formas muy elementales de interacción, para determinar los escalones básicos de la escala evolutiva, y que este modelo de la piel le haya parecido a la postre preferible para ser elevado a categoría biológica básica interpretativa. La piel une y separa organismo y medio, y lo hace de modo dinámico, funcional, en suma vital.
Semejante idea, por otra parte, tiene pleno sentido cuando se la ve desde nuestro presente. La biología celular de nuestro tiempo ha reconfirmado la enorme importancia de «la piel», o si se prefiere, de la membrana de las células, como elemento esencial para el desarrollo de su vida. Como ha escrito J. D. Robertson, «es necesario algo que envuelva a la célula para poder mantener la integridad de su blando aunque no informe protoplasma en su medio ambiente líquido y para controlar el constante intercambio de materiales entre el interior y el exterior» (Robertson, 1965/1962). Resulta por ello que la piel es una clave esencial para entender la estructura de este continuo intercambio dinámico sujeto-medio en el que la vida parece consistir.
Diríamos que no andaba desencaminado el joven Simarro al pensar que la realidad de la vida, concebida como continua interacción entre yo y mi mundo, vendría a condensar su condición interactiva justamente en la piel, esa realidad inmensamente delicada y a la vez consistente y resistente que nos configura y nos hace ser una totalidad definida. Vemos la piel como una realidad material que a la vez «cierra» y unifica al organismo, al tiempo que lo «abre» y comunica con su mundo, con lo que no es él. Esta era la sugerencia brillante que se contiene en el puñado de páginas de esta tesis, fuertemente arraigada en las ideas positivistas y evolucionistas de su tiempo.
La tesis, ciertamente no tenía datos biológicos ni psicológicos que supusieran una novedad, pero tenía imaginación y creatividad intelectual, y contribuía a promover una visión natural y funcional de la vida, sin compromisos metafísicos expresos, pero radicalmente conforme con los principios de la ciencia positiva de su tiempo. El tribunal se la aprobó con sobresaliente. Convertido en doctor en medicina, y también, en cierto modo, en filósofo, en pensador, iba a desplegar una actividad en múltiples direcciones en un mundo madrileño en el que se instaló definitivamente.
LOS TRABAJOS DE UN JOVEN MÉDICO
Sus inquietudes de joven médico no fueron ajenas al concepto del mundo y de la ciencia que había ido inspirando sus acciones desde sus días de escolar. Precisamente por defender sus convicciones había tenido el encontronazo que le enfrentó a su profesor valenciano, aquel que le llevó a abandonar la facultad valenciana y trasladarse a Madrid.
Se comprende, pues, que al llegar a la capital buscara el modo de unirse a un grupo que, interesado por el saber médico, se moviera dentro de aquellas mismas coordenadas de positividad y cientificidad que había exigido desde los comienzos de su carrera y le habían significado en la facultad como estudiante, sirviéndole en cierto modo de señas de identidad.
Tuvo suerte. Encontró precisamente a un grupo que defendía y practicaba este modelo de positividad y experimentalidad en la medicina. Ello le animó a trabajar en el mundo de sus sueños profesionales. El grupo al que me refiero era uno que se había creado en tomo a la figura de Pedro González de Velasco (1815-1882), fundador y director del Museo Antropológico de Madrid, quien también había aprovechado la movilización que produjo la revolución en el campo de las enseñanzas, al liberalizarlo, para crear la Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía, creada con objeto de establecer un centro que respondiera a los modernos criterios de la ciencia médica tal y como se concebía y practicaba en Europa, libre de toda rémora del pasado administrativo que gravitaba sobre las facultades tradicionales. En aquel momento representaba, en el campo de la medicina, el modelo de formación y estudio que defendía el rigor propio del estudio y la experimentación.
González de Velasco había llegado a ser un famoso cirujano y promotor de los estudios en torno al hombre. Mantuvo en todo ello una orientación que se hallaba centrada en la experimentación. En el museo por él creado, que en realidad se llamaba Museo Anatómico, reunió cráneos, incorporó momias guanches y esqueletos, junto a piezas etnológicas y otras antigüedades. Él mismo costeó su construcción, cerca del jardín botánico madrileño, y, una vez inaugurado en 1875, decidió emplear parte de sus instalaciones para dedicarlas a la formación de médicos dentro de un programa de enseñanza muy orientado por las doctrinas positivas y experimentales, con las que se había familiarizado viajando por Europa y tratando a eminentes especialistas extranjeros. Por ejemplo, mantenía estrechos contactos con Paul Broca, el médico y antropólogo francés que descubriera en el cerebro el centro motor del lenguaje en la famosa área a la que dio nombre, y de esta suerte, había llegado a concebir una medicina más directamente vinculada a la investigación y la experimentación.
Completó este proyecto con la edición de una revista, El Anfiteatro Anatómico Español (1873-1880), que durante unos años fue una publicación relevante abierta a los distintos campos de la medicina (Velasco, 1998).
Contó con colaboradores notables, como el cirujano Federico Rubio y Gali; un pionero de la otorrinolaringología, Rafael Ariza; el médico higienista Carlos María Cortezo, y un destacado geólogo, Juan Vilanova, entre otros. A este grupo es al que se vino a unir Luis Simarro, a quien le encargaron la enseñanza de la higiene, el tema de su tesis. Allí posiblemente comenzó a trabajar intensamente en el campo de la anatomía microscópica.
El Dr. Velasco, aparte de establecer contacto con destacados grupos de investigación en Europa, terminó por convertirse en una figura singular, conocida y criticada por todos, y al cabo, sin el relieve intelectual y científico del que había gozado tiempo atrás. Dio pie al cambio el surgimiento de una leyenda que parece haber circulado ampliamente por Madrid al final de su vida. Había tenido una hija, que falleció muy joven, y el padre, deseando no perderla del todo, decidió embalsamar su cadáver, manteniéndolo en su domicilio y haciéndole tomar parte en su vida cotidiana y familiar. Circuló entonces el rumor de que lo sentaba a su mesa y lo llevaba en su carruaje a pasear, y ello envolvió al médico en una aureola de desvarío que sin duda contribuyó a que se vinieran abajo sus empresas científicas, teniendo incluso que hacer frente a la ruina personal.
A Simarro debieron serle útiles los contactos allí realizados. Para empezar, alguno de los nuevos compañeros allí encontrados debió de facilitarle el camino para llegar a tener una plaza de médico del hospital de la beneficencia.
En efecto, el Dr. Cortezo, compañero en aquella escuela, era médico numerario en el Hospital de la Princesa de Madrid, del que incluso fue nombrado decano en 1877. Dio un fuerte impulso a la modernización del centro, que había sido fundado a mediados de siglo, a petición de Isabel II. Tanto él como Simarro estaban interesados en temas de higiene. Aquel mismo año Simarro logró ingresar en el hospital por oposición, primero como supernumerario y luego ya como numerario, en el cuadro médico del centro. Pero no debió de acabar de satisfacerle este trabajo hospitalario, ni tampoco la dedicación a la medicina general. Cortezo, que dejó unos interesantes recuerdos del amigo al fallecer este, comenta:
Simarro entró en la Princesa; pero bien a las claras se veía que no era aquel el escenario de sus seguros triunfos futuros.
La medicina general le hastiaba en la mayor parte de los casos, hasta el punto de pasar la visita sin interrumpir la lectura del volumen o de la revista que, al entrar en el hospital, iba leyendo; y sólo cuando los inteligentes ayudantes que le rodeaban llamaban su atención sobre algún punto de interés, volvía hacia el enfermo sus enormes, inteligentes ojos, y dictaba una prescripción con aforística certeza (Cortezo, 1926: 16).
Vino a resolver, al menos aparentemente, su destino la aparición de un puesto especializado en psiquiatría, disciplina que estaba mucho más cerca de sus intereses personales y científicos. En efecto, quedó vacante por aquel tiempo la dirección del Manicomio de Santa Isabel de Leganés. Cortezo le recomendó que solicitara el puesto y, paralelamente, cambiaron sus intereses, que ahora le iban a conducir hacia la especialización en psiquiatría, como enseguida veremos.
Otra de las figuras que colaboraban con Velasco en su escuela era el cirujano Dr. Federico Rubio y Gali. Este, que llegó a ser embajador de la Primera República en el Reino Unido, país donde había vivido un tiempo mientras ampliaba estudios, también organizó un instituto quirúrgico en el Hospital de la Princesa, donde intensificó su contacto con Simarro. Rubio, además, parece haberle facilitado algunos contactos con uno de los núcleos de cultura más importantes de la época, que haría posible el desarrollo de otra de sus trayectorias. Me refiero a la Institución Libre de Enseñanza (ILE), que llegaría a ser una pieza clave en su vida.
LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA
En 1876 se funda en Madrid una institución dedicada a la enseñanza que se definía como «libre», esto es, independiente de la administración educativa del Estado. La hizo posible un capital formado por acciones suscritas por particulares. El centro vino a ser el gran fermento cultural del país en el tránsito del siglo XIX al XX.
En su documento fundacional de Bases se declaraba que su finalidad era el «cultivo y propagación de la ciencia». También allí se marcaban sus diferencias con otros centros análogos, al decir que «es completamente ajena a todo espíritu o interés de comunión religiosa, escuela filosófica o partido político». Al tiempo declaraba que se atendría solo al «principio de la libertad e inviolabilidad de la ciencia y de consiguiente independencia a su indagación y exposición respecto de cualquiera otra autoridad que la de la propia conciencia del Profesor» (Jiménez Landi, 1996, 1: 377-378).
La Restauración había reabierto el conflicto que se venía arrastrando desde los días del reinado isabelino entre la libertad de pensamiento y de cátedra, por un lado, y la exigencia de la jerarquía católica de inspeccionar e imponer la ortodoxia religiosa en la enseñanza, por otro. Esta demanda de control de cuanta enseñanza estuviera promovida por la monarquía se daba como resultado del acuerdo o Concordato vigente que había firmado Isabel II con el Vaticano en 1851. Ya habían chocado algunos profesores con el ministerio antes de la Revolución, como fue el caso de Julián Sanz del Río. Ahora, de nuevo, los discípulos krausistas de Sanz del Río se opusieron a semejante imposición externa sobre la libertad de cátedra y decidieron abandonar la enseñanza de la universidad oficial. Por ello las Bases fundacionales aparecen firmadas por una serie de profesores que se denominan a sí mismos exprofesores de instituciones estatales. Entre ellos figura el iniciador del proyecto y líder indiscutible de la nueva empresa, Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), junto a otros nombres muy conocidos del momento, como el filósofo Nicolás Salmerón, Laureano Figuerola, Gumersindo de Azcárate, Segismundo Moret y los científicos Laureano Calderón y Augusto González de Linares, entre otros.
Su concepción respondía a un modelo europeo, la Universidad Libre de Bruselas. Esta, creada con el apoyo decidido de la masonería en 1835 como alternativa a la enseñanza católica que impartía en el país la Universidad de Lovaina, ya se había consolidado como centro prestigioso, en medio de grandes dificultades habidas con las autoridades religiosas y académicas belgas, celosas del nuevo espíritu que promovía aquella. La nueva institución madrileña compartía plenamente con el modelo belga la afirmación de la libertad de pensamiento, de investigación y de cátedra, y marcaba una línea de independencia frente al control ejercido por la Iglesia sobre la enseñanza civil.
En su plan se contaba con promover la enseñanza en todos sus niveles, incluidas las conferencias, tanto científicas como populares. Sin embargo, en la práctica hubo de comenzar centrándose en la enseñanza primaria y media, y muchos de sus miembros, ante el nuevo clima de libertad que fue propiciando la Restauración, terminaron por reintegrarse a las filas de la universidad oficial, con un espíritu libre que los llevó a impulsar en muchos lugares la creación de lo que se llamaron «universidades populares», centros para la difusión del saber entre el público general, en busca de una elevación del nivel cultural del país.
La Institución había asumido los principios de renovación pedagógica propios de la llamada Escuela Nueva. Esta, desarrollando principios educativos que ya formularon Rousseau y Pestalozzi, hacía de la actividad y de los intereses infantiles el eje de la educación, al tiempo que concedía un gran relieve al amor a la naturaleza y el conocimiento del país, y buscaba el desarrollo de un clima moral de libertad y responsabilidad. Era respetuosa con todas las creencias pero no se hallaba comprometida con ninguna religión en particular.
Desde muy pronto tuvo un alumnado muy selecto, y en gran medida vinculado a la clase intelectual. Antonio y Manuel Machado, por ejemplo, y otros muchos más, se formaron allí, y luego difundieron los nuevos ideales. Así, se logró hacer de aquel núcleo intelectual un foco de renovación espiritual y científica. Como dijo Salvador de Madariaga, «así nació la verdadera alma mater de la España contemporánea» (Madariaga, 1979: 81).
Simarro entró en el nuevo centro educativo como profesor de Física. Sabemos que tenía clase diaria todas las tardes con los alumnos de enseñanza media, y que también daba Física experimental para los estudiantes del curso preparatorio de medicina y farmacia (Jiménez Landi, 1996, II: 122-123). Consta que hizo donativos de tubos de ensayo para el laboratorio y que dio conferencias populares, pero sobre todo que se integró muy a fondo en el núcleo intelectual, de modo que enseguida empezó a publicar pequeñas notas en la revista que se fundó allí, en 1877, el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza (BILE), publicación que pronto se convirtió en una de las revistas culturales más interesantes de su época.
La física que enseñaba debió de responder a las mismas convicciones científicas que inspiraron en su día su tesis doctoral: un monismo dinamicista y evolutivo. Así, consta en la Memoria del centro, relativa a los primeros cursos que en estas clases se trataban cuestiones como «el aspecto mecánico de la Naturaleza» y el principio de conservación de la energía, y se atendía a presentar las diversas fuerzas –la gravedad, el calor, la electricidad, la energía radiante e incluso la fisiológica, que parecía ser la relativa a los procesos sensoriales (íd.: 196)–. También parece que se ocupó de fenómenos curiosos, como los fenómenos vibratorios en líquidos, publicando una pequeña nota sobre las «llamas sensibles y cantantes» en el BILE en 1877 (Simarro, 1877).
Su vinculación rebasaba la simple dedicación propia de un profesor. Fue pronto accionista, participando en las asambleas y sugiriendo soluciones a las consultas planteadas. Al mismo tiempo, fue ganándose el respeto y consideración de Giner como médico psiquiatra, y hay toda una serie de testimonios que evidencian el interés de este por tener la opinión médica de aquel sobre algunos casos próximos, así como su disposición a recomendarle a personas de su entorno que precisaban de una atención especializada.
Con todo, en este tiempo parece haberse ido consolidando su vocación hacia la enseñanza y posiblemente también un sentimiento íntimo de insatisfacción con su propia formación, que le había de llevar a dedicar de nuevo su tiempo al estudio. Es lo que al fin le impulsaría a dedicar unos años a ampliar sus saberes en París.
Su vida y sus quehaceres culturales no se redujeron a su actividad en la Institución. Al tiempo que era profesor allí, frecuentó también el otro gran centro cultural de aquella época, que era el Ateneo de Madrid.
EL ATENEO DE MADRID
Desde su fundación en 1835, con sus altibajos inevitables, el Ateneo de Madrid ha sido durante más de siglo y medio un centro de cultura, libertad y discusión, que ha dado aliento a las ideas y ha hecho posible la fama y el prestigio de muchos intelectuales.
En los años en los que lo comenzó a frecuentar Simarro se hallaba todavía en la madrileña calle de la Montera, no lejos de la Puerta del Sol, de donde en 1884 vino a pasar a su lugar actual, en la calle del Prado, en el entorno del Palacio del Congreso de los Diputados.
Como asociación de carácter cultural, albergó desde muy pronto una importante biblioteca, una sala de actos y conferencias y un café, la Cacharrería, donde han ido encontrando acogida innumerables tertulias en las que se ha hablado de todo lo divino y humano.
Unamuno ha dejado trazada una semblanza sugestiva de este. Recordando algunos momentos del pasado de aquella casa, dice que era «la institución de cultura más famosa de España; más que cualquiera de sus universidades». Y añade:
Hubo también un tiempo en que se le llamó a ese Ateneo «la Holanda de España», el refugio de la libertad de pensamiento, y cuéntase que en la época de la llamada Restauración (…) después de 1876, Cánovas del Castillo (…) sostenía que en el Ateneo se podía decir todo lo que fuera de él no era permitido se dijera.
Filosofía, parapsicología, literatura y, desde luego, política, ocuparon el tiempo y quehacer de aquellas tertulias. Unamuno escribía sus comentarios en 1915, al tiempo que recordaba la vida madrileña como la de «una gran aldea» llena de chismes, murmuraciones e historias, a la que los hombres del 98 y la generación siguiente procuraron enérgicamente encarrilar por las vías más amplias de la modernidad (Unamuno, 1959, 1: 183).
Aquella casa fue en los años que siguieron a la Revolución un espacio abierto a las corrientes intelectuales hasta entonces rechazadas por la ideología conservadora, así como un campo de batalla en el que se presentó con fuerza el complejo de doctrinas positivistas y cientificistas que pugnaban por lograr el dominio cultural. La Restauración, que llevó consigo una reafirmación conservadora y el rechazo de muchas de las ideologías que habían dominado en los días republicanos, hubo de respetar la libertad que reinaba en el mundo ateneísta. Esta encontraba en el naciente fenómeno de la Institución un movimiento más o menos similar y fraterno. No hay que olvidar que algunos de los fundadores de la ILE, como Laureano Figuerola o Segismundo Moret, fueron también presidentes del Ateneo. La vida cultural del país daba pasos hacia delante en busca de libertad.
El Ateneo tenía varias secciones: Ciencias Morales y Políticas; Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y Literatura. Luego se añadirían algunas más. En la de Ciencias, debió de encontrar nuestro joven médico un lugar idóneo para dar expansión a sus convicciones y a sus dotes dialécticas.
Muchos temas de actualidad atrajeron la atención de los asistentes a las discusiones ateneístas en la sala de «La Cacharrería» o en «el Senado», lugares de tertulia, la primera más bien dominada por la juventud y la segunda, como el nombre sugiere, por los talentos maduros ya consagrados.
La antropología científica, la biología evolucionista y las nuevas doctrinas psicológicas se fueron convirtiendo poco a poco en argumentos sólidos para defender la necesidad de cambiar las concepciones del mundo que hasta entonces dominaban en nuestro país (Mateos et al., 1997: 74).
En el curso de 1875-1876, y precisamente en la sección de Ciencias, hubo, entre otras, una amplia polémica que ha pasado a las páginas de los libros de historia de la ciencia (Núñez, 1975: 204). La cuestión a debate era «si puede y debe considerarse la vida de los seres organizados como transformación de la fuerza universal» (Núñez, 1977: 35). El tema podría haberlo diseñado el propio Simarro. Ya hemos visto que en su tesis, leída aquel mismo año de 1875, había defendido cuestiones directamente relacionadas con ese tema, y había llegado a mantener que los fenómenos dinámicos de los seres vivos podían ser entendidos como procesos de estructuras materiales, bien como una fermentación, o bien como la actividad de la piel.
Desde luego, él mismo y algunos amigos se vieron envueltos en la discusión de aquel asunto, compartiendo con su amigo el doctor Carlos M. Cortezo la responsabilidad de defender las doctrinas positivistas. Este último recuerda que, en esta y alguna otra discusión, él tomó «modesta parte», al tiempo que
tomó luego la dirección, y constituyó el espíritu de sus discusiones, mi pobre amigo Luis Simarro, uno de los hombres de más extraordinaria inteligencia, de mayor erudición y cultura, y de convencimientos más firmes que ha tenido la España de fines del siglo XIX y principios del XX.
Y sigue diciendo en estas páginas de recuerdos:
Defendíamos Simarro y yo las ideas positivistas, entonces muy poco cultivadas en España; él, con un espíritu absolutamente radical y spenceriano, y yo, con menos trascendentales tendencias, inspiradas en Augusto Comte (Cortezo, 1923: 305).
Pero desde sus primeras batallas dialécticas en pro del positivismo, nuestro doctor había aprendido a no invadir desde el espacio propio de la ciencia el campo de la metafísica y de los dogmas religiosos. Antes hemos recordado ya el célebre «ignorabimus» de Du Bois-Reymond, en relación con la posible realidad fundamental del universo. La posición de Simarro era sin duda similar.
En efecto, a raíz de aquella discusión ateneísta, donde estaba en juego en el fondo la validez de una doctrina evolucionista que invalidara el creacionismo defendido por la Iglesia, se publicaron diversas notas en las revistas buscando reflejar el nuevo clima de ideas que las doctrinas de la nueva biología habían desencadenado a lo largo del mundo culto de occidente.
Por todas partes los científicos, los intelectuales, los profesores y hasta los cardenales de la Iglesia estaban agitados ante la difusión que iba alcanzando la doctrina de la evolución o transformismo. Con los nuevos aires de la Revolución habían surgido los debates, a las veces provocados por los seguidores de las nuevas ideas, debates que fueron seguidos, en muchas ocasiones, por las condenas y las críticas.
Entre los casos más notables está el de un catedrático del Instituto de Granada, Rafael García Álvarez, excelente conocedor de las nuevas teorías y autor de un buen libro sobre estas. Con objeto de difundir su tesis, había aprovechado en su Instituto la lección de apertura del curso de 1872 para exponer y argumentar a favor del transformismo. En respuesta a lo que consideró una provocación, el arzobispo de aquella ciudad rápidamente había convocado un sínodo local en el que naturalmente fue condenado el discurso, y se ordenó que fueran destruidos sus ejemplares en un fuego purificador que se encendió junto a la Catedral, en la plaza de las Pasiegas (Carpintero, 2006). O en Santiago de Compostela, aquel mismo año, en otra apertura de curso, Augusto González de Linares –que luego sería uno de los fundadores de la Institución– explicó y defendió el sentido del transformismo, viéndose interrumpido y combatido por un catedrático de Medicina que argumentaba en contra con doctrinas de Santo Tomás de Aquino. Rodríguez Carracido, que recuerda este incidente, añade:
Con el mismo calor con que se venían discutiendo la soberanía nacional y la separación de la Iglesia y el Estado, empezó a discutirse en los círculos intelectuales la mutabilidad de las especies y el origen simio del hombre (Rodríguez Carracido, 1917: 276).
En la mayoría de los casos, los defensores del evolucionismo eran respetuosos con los límites de la ciencia, y tendían a ver en esta un saber que no excluía las creencias religiosas, sino que aclaraba en todo caso cómo habría sido el despliegue del universo, algo que podía ser compatible con la existencia de un creador.
En el Ateneo, Simarro parece haber mantenido esa misma posición que ya defendiera en Valencia al hablar del positivismo. Uno de los ensayistas filosóficos más abiertos y liberales de la época, Manuel de la Revilla, promotor de las nuevas doctrinas positivas, recogió en la Revista Contemporánea que él editaba, en 1876, en un artículo presentado como «Revista crítica», las ideas que al parecer aquel había defendido en la polémica famosa.
Según de la Revilla, el médico habría afirmado una clara compatibilidad entre la ciencia y la religión. Convenía en que aquella busca conocer la realidad, pero reconociendo al mismo tiempo que hay un «misterio» en el fondo de lo real –el «ignorabimus» famoso que repetían muchos científicos– y que por ello el científico en modo alguno pretendería invadir el terreno del hombre de fe, porque carecía de método para ello; por otra parte, la religión afirmaría también ese «misterio» en torno al ser fundamental, al tiempo que trataría de penetrar en él por otros caminos distintos a los de la pura razón, sin duda los caminos de las creencias y el sentimiento.
Sin embargo, Simarro se daba cuenta de que religión y ciencia, no obstante, están para la mayoría de las gentes en conflicto. Ambas posiciones quieren invadir el terreno ocupado por la otra. La religión, además, actúa con «intransigencia» porque aspira a «la dirección de la sociedad». Pero para el joven médico, ambas son dimensiones necesarias para satisfacer la exigencia de saber del hombre. Por ello afirmaba que es «horrible tortura ver puestas en contradicción la ciencia y la fe; la ciencia, sin la cual apenas fuera digno de llamarse racional; la fe, sin la cual no hay para él esperanza ni ventura».
Por otra parte, no deja de parecerle que hay una solución clara y factible.
Dividido el campo de la realidad entre ambas esferas de la vida, a la ciencia compete exclusivamente el mundo de lo cognoscible, la región de lo experimental, el orden de los fenómenos; a la religión, el mundo, harto más dilatado, de lo incognoscible, de la idea pura, de los nóumenos…
Se trata, por ello, de que «la teología no pretenda ser biología, geología, física, química, etc., y la ciencia renuncie a ser teología» (Núñez, 1977: 162). Cuando esto suceda, ciencia y religión podrán no solo repartirse «el campo de la inteligencia humana», sino también contribuir al «mejoramiento de la humana vida» (ibíd.).
Aparece aquí con toda nitidez este importante núcleo de sus convicciones sobre el hombre. Era, sin duda, respetuoso con la doctrina evolucionista del universo, y al mismo tiempo reconocía la limitación propia del método de la ciencia a la hora de tratar de alcanzar el núcleo profundo de la realidad. De esta suerte, lo que a su juicio se imponía era la aceptación de un cierto «nóumeno» bajo las apariencias, un algo que pensamos como fundamento de nuestro mundo, pero que no podemos llegar a conocer, y menos aún probar que existe, pero al que cabe llamar lo «incognoscible».
Simarro, ya lo vimos, sabía que al hacer esto se situaba al lado del filósofo inglés Herbert Spencer, quien, en sus First Principles (Primeros Principios) (1862), planteó ya la existencia de lo Incognoscible como ámbito de la religión, y de lo Cognoscible como campo de la ciencia. Así lo vio también su amigo Cortezo, como ya comentamos. Y no hay ya que repetir que este era el sentido de la sentencia de De Bois Reymond sobre que habremos por siempre de ignorar (ignorabimus) lo que sea esta realidad incognoscible, en el supuesto caso de que la haya.
Pulsuz fraqment bitdi.