Kitabı oxu: «Reconstrucción»
Esta obra ha sido escrita con la complejidad de la sencillez y sin la trampa de la simpleza, y ha sido lograda con un lenguaje que nombra la realidad sin distorsionarla y sin juzgarla, sin retorcerla para que parezca importante o llamativa a los ojos del lector. En ella se nos presenta y se nos hace sentir la existencia con múltiples y contrarios valores; como un sinsentido que atrapa y cautiva, como un compromiso incomprensible, como incertidumbre que envuelve, como sorpresa que aguarda entre los rincones y nos ausculta, como acto de fe, como esfuerzo vano, como viaje perpetuo y movimiento pendular en el que se pierden las cosas, el tiempo, las certezas.
Arturo Alonso Galeano
En el libro Reconstrucción de Henry Benjumea Yepes, se percibe una muy buena factura en el traje que cobija los poemas. Así la experiencia del lector va desde lo íntimo del hombre (...) pasando por una experiencia propia que se hace universal en la medida que se reconocen en esas líneas al ser humano del planeta, hasta terminar en unos poemas que tienen el tinte del pensador, del filósofo, del mundo, de alguien que además de usar la ironía como el filo que corta los días, reflexiona sobre la existencia misma a partir de un filtro intelectual.
Darío Sánchez Carballo

Titulo original: reconstrucción
Dirección editorial: Jaime Fernández Molano
Producción: Entreletras
Portada: Torre de Babel. Tomada de wuww.nuestraflordeloto.blogspot.com
Concepto de Portada: h.m.
Diseño y diagramación: Diego Torres
Colección: Árbol Ávido
Serie: Poesía
Primera edición: agosto de 2009
© henry benjumea yepes
© Para la presente edición:
Corporación Cultural Entreletras
Villavicencio, Meta, Colombia S.A.
ISBN 978-958-98707-1-6
Hecho el depósito legal
Se prohíbe la reproducción parcial o total de este libro por cualquier medio posible sin la autorización expresa escrita del editor.
Preprensa digital, diseño e impresión: Entreletras
prólogo
En reconstrucción, su primera obra poética publicada –luego de aventurarse en los intrincados caminos del ensayo, la historiografía y la investigación educativa- Henry Benjumea ha logrado crear un universo, una realidad circular en la que la vida es poesía cotidiana y la poesía sólo se entiende como síntesis de la vida; en la que la vida se cimenta en la palabra que la puede nombrar y la palabra sólo se entiende como síntesis de la experiencia. Cuerpo, Casa, Mundo, son metáforas de los espacios en que habita el ser humano y constituyen los puntos de partida y de llegada en la escritura. Los tres son infinitos en su pequeñez o en su grandeza; distantes y, a la vez, cercanos.
Hay, en este universo poético, un sentido testimonio humano desde lo cotidiano, sin pretensiones de profundidad intelectual, de visiones mesiánicas, de artilugios de estilo (no tengo mujer ni hijos/solamente algunas deudas/que he sabido sostener/durante años/….. /no tengo novias ni amantes/de vez en cuando alguna incauta/que no alcanza a avergonzarse/de mi imagen). Quizá –si es que existe en la obra- la única pretensión es la de evitar el esquema, la monotonía (ignoro lo que sucede casi siempre/repelo la continuidad de los sucesos/la regularidad que embota los sentidos).
Esta obra ha sido escrita con la complejidad de la sencillez y sin la trampa de la simpleza, y ha sido lograda con un lenguaje que nombra la realidad sin distorsionarla y sin juzgarla, sin retorcerla para que parezca importante o llamativa a los ojos del lector (enfrentar la realidad a lo real/nombrar esta mesa, este perro/este agujero/calentar este pozo de hielo/que amordaza/que agrava sin querer/la ansiedad/el desvarío). En ella se nos presenta y se nos hace sentir la existencia con múltiples y contrarios valores; como un sinsentido que atrapa y cautiva, como un compromiso incomprensible, como incertidumbre que envuelve, como sorpresa que aguarda entre los rincones y nos ausculta, como acto de fe, como esfuerzo vano, como viaje perpetuo y movimiento pendular en el que se pierden las cosas, el tiempo, las certezas (ahora es a otro precio/nadie asume su oficio/ el carpintero no asierra la madera/ni los muertos acuden a la cita/para tranquilidad de los verdugos). Por momentos nos recuerda al dolido César Vallejo (el hombre/busca en sus bolsillos/se fuma la tristeza), o a Fernando Pessoa con su desasosiego perturbador y lúcido que nos provoca vértigo y reflexión.
El poeta -el hombre cotidiano- no pertenece, para Henry Benjumea, a ninguna especie en particular (he decidido no ser hombre ni camello/y en el punto exacto del cenit/recobrar mi sombra inhabitada); ambas cosas no son muy diferentes entre si. El poeta es sólo aquel que escribe poemas, el que soliloquia, el testigo de aconteceres vanos, aún así llenos de un misterio maravilloso que sólo puede traducirse en palabras.
El ser humano no tiene memoria de sí mismo, ni grandes recuerdos que lo enorgullezcan (no tengo vivencias perdurables/todas huyen/al reclamo/de unos ojos sin reflejo); no tiene padre, su existencia ha sido refundida en el tiempo, y quizá valgan más los amigos, el corazón (intruso vegetal/explorador secreto de mundos inviolados), la soledad, pero no la de los muertos; sí la que, bajo el oficio diario y minucioso del poeta, condensa en la palabra el efímero, pasajero y casi imposible sentido del mundo.
El hombre -el poeta cotidiano- se debate, para Henry, entre la ciencia y la poesía, como entre dos abismos insondables (donde se estrecha la intuición/aparecen la disección y los teoremas/donde no llega el escalpelo de la ciencia/resurge con vehemencia la poesía). Sospecha del conocimiento y renuncia a él. Declara su impotencia y hace su manifiesto en el que importa, sobre todo, la búsqueda de palabras.
En síntesis –y sin ninguna pretensión de brindarnos alguna moraleja, algún conocimiento profundamente misterioso, o alguna edificante lección para la vida–, para Henry, cada cual debiera dedicarse a lo suyo (que se mezcle el licor/con el veneno/que afloren sin temor/los instintos en forma de langosta/que vengan de todos los confines/a preguntar al oráculo/mientras la pitonisa/se agita en oraciones). A nosotros, los desocupados lectores –cómplices silenciosos del acto de escribir– también nos corresponde nuestra parte: (a cantar/ a vivir con desafuero).
Arturo Alonso Galeano
Bogotá, D.C., abril de 2009
capítulo uno
cuerpo
testimonio
cada día amanece un poco antes
en mi reloj siempre es hora de levantarse
y sin embargo
me quedo tendido panzarriba
pensando en mil buenas razones
para prolongar la duermevela
no tengo mujer ni hijos
solamente algunas deudas
que he sabido sostener
durante años
no soy viejo ni joven
de suerte que el tiempo
ha pasado a importarme
un poco menos
no tengo novias ni amantes
de vez en cuando alguna incauta
que no alcanza a avergonzarse
de mi imagen
mi madre pide que me ajuicie
sólo un poco
dice
“para morirme más tranquila”
alguien fuma a deshoras
el hastío se filtra
por las costuras
de la luz
el hombre
busca en sus bolsillos
se fuma la tristeza
ni hombre ni camello
si yo fuera camello
habitaría el septentrión
pero soy hombre
sudo cada día
me alegra pescar en las mañanas
y lavar mi camisa en las albercas
si yo fuera camello
o animal de costumbres sedentarias
y viviera en estocolmo o en helsinki
ahuyentaría la sed con la mirada
pero soy animal de mediodía
de la hora en que a la tierra
la refresca un concierto de cigarras
he decidido no ser hombre ni camello
y en el punto exacto del cenit
recobrar mi sombra inhabitada
tiempo perdido
todas las cosas se han dicho
pero nadie las escuchó
de modo que estamos
de nuevo en el principio
“en el principio
era el verbo
y el verbo
se hizo carne”
por fortuna
además de sordos
somos vegetarianos
cuestión de fe
necesito un corazón grande
para creer en lo que veo
es posible que el día
que me aguarda
sea un sueño
que esta mujer
no sea la que espero
el instante que acecha
detrás de la cortina
es lo único que queda
esfuerzo
es necesario pedalear
prolongar el esfuerzo
sudar de vida
para que alguien mire
acercar el camino a la memoria
encorvarse un poco más
sólo los ojos darán razón
del deseo que se marcha
y de la tristeza que queda
sorpresa
tengo una mujer curiosa
ha revolcado casi todo
pero sigue insistiendo
aunque no sabe lo que busca
continúa insistiendo
un día de estos me encuentra
deseo
voy a estirar el día
hasta la puerta de tu casa
para que bajes por él
y domestiques el último deseo
te sobrevendrá el recuerdo del caminante
que anunciaba el plenilunio
y un deseo de bailar hasta el cansancio
anhelarás el sueño fácil
pero la luna no sabrá de ti
y hollarás, ciega, la noche
Pulsuz fraqment bitdi.