Kitabı oxu: «El caballero que cayó al mar»

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Índice de contenido

Cubierta

Portada

Dedicatoria

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

Posfacio

I

II

III

Herbert Clyde Lewis

Copyright


A Gita

I

CUANDO HENRY PRESTON STANDISH CAYÓ DE CABEZA AL OCÉANO PACÍFICO, el sol empezaba a trepar por el horizonte oriental. El mar estaba calmo como una laguna; el clima tan templado y la brisa tan suave, que era imposible no sentirse gloriosamente triste. En esa parte del Pacífico, el amanecer se realizaba sin fanfarria: el sol simplemente colocaba su bóveda naranja en el borde lejano del gran círculo y se impulsaba hacia arriba, lento pero persistente, dándoles a las débiles estrellas tiempo de sobra para difuminarse con la noche. De hecho, Standish estaba pensando en la enorme diferencia entre la salida y la puesta del sol cuando dio el desafortunado paso que lo mandó al agua salada. Pensaba que la naturaleza prodigaba toda su generosidad a los magníficos atardeceres, pintando las nubes con haces de colores tan brillantes que nadie con un mínimo sentido de belleza sería capaz de olvidar. Y pensaba que por algún motivo incomprensible la naturaleza era extraordinariamente tacaña con sus amaneceres sobre aquel mismo océano.

El buque de vapor Arabella avanzaba, puntual, desde Honolulu hacia la zona del Canal; en ocho días con sus noches llegaría a Balboa. Pocos barcos hacían el trayecto entre Hawai y Panamá; ese único barco de pasajeros y algún que otro carguero de servicio irregular. Las naves extranjeras rara vez tenían motivo para pasar por allí, ya que Estados Unidos controlaba la mayor parte del comercio con las islas y casi todo el tráfico se dirigía a San Pedro, San Francisco y Seattle. En los trece días con sus noches que el Arabella había pasado en alta mar se había avistado un solo barco, en dirección opuesta, hacia Hawai. Standish no lo había visto. Estaba en su camarote leyendo una revista; pero el jefe de cubierta, el señor Prisk, se lo contó más tarde. Era un carguero con algún tipo de nombre escandinavo que olvidó de inmediato.

Hasta el momento el viaje había sido tan afablemente plácido que Standish no se cansaba de agradecerle a su estrella de la suerte por haber decidido viajar en el Arabella. En una vida abrumada por cuidados y deberes, como correspondía a alguien de su posición, aquel viaje siempre se destacaría como algo simple y bueno. Si nunca volviera a experimentar tranquilidad no se preocuparía, porque ahora sabía que existía tal cosa. Su estrella era la Estrella Polar, baja en el cielo en aquella latitud, y la había elegido de entre todas las demás porque no sabía mucho de estrellas y esa era la más fácil de localizar y recordar.

En realidad, el Arabella era un carguero con unas pocas plazas para pasajeros. Había ocho pasajeros a bordo además de Standish. Estaba la productiva señora Benson, que le había obsequiado a su marido cuatro niños en poco más de cuatro años y medio. El propio señor Benson no estaba presente, pero sí lo estaban cuatro de sus imágenes, tres niñas y un niño cuyas edades iban de casi cero a tres años y ocho meses. Y el señor Benson era casi como si estuviera, con todo lo que la señora Benson le contaba sobre él. El señor Benson trabajaba para un banco como auditor itinerante; por algún motivo habían quedado separados y ahora la señora Benson iba a reunirse con él en Panamá.

De los tres pasajeros restantes dos eran misioneros, unos tales señor y señora Brown, que parecían levantar una barrera cada vez que Standish se les acercaba, como sugiriendo que sabían tanto más sobre Dios que no tenía sentido tratar de hacerse amigos. El último de sus compañeros era un granjero norteño de setenta y tres años llamado Nat Adams, que no tenía una explicación sensata para estar donde estaba. Después de toda una vida de honesta labor, dos cosas trascendentales le habían sucedido al mismo tiempo: una buena cosecha de papas y un fuerte ataque de ansias de viajar. Había dejado el arado y comprado los pasajes al azar; ahora, a bordo del Arabella, era el amigo leal de Standish, incansable al exponer las virtudes de sus dientes postizos, que se sacaba de la boca y exhibía con orgullo ante la menor provocación.

Los propietarios del Arabella no ganaban dinero con el viaje; se comentaba que el servicio entre Panamá y Hawai sería interrumpido el año entrante. La carga era escasa en aquella travesía, y el buque viajaba parcialmente en lastre. El señor Prisk estaba francamente preocupado, porque él envejecía y sus dos hijos, allá en Baltimore, crecían. Hacía tres años que no veía a sus hijos ni a su esposa, pero la empresa le enviaba a la señora Prisk, automáticamente, el ochenta por ciento de su sueldo como primer oficial de cubierta, y a él solo le quedaba lo justo como para tabaco e impermeables.

El capitán Bell no les prestaba atención a sus pasajeros. Cenaba con ellos la primera noche en alta mar. Luego se retiraba a su camarote y pasaba en reclusión los días subsiguientes. El señor Prisk decía que el patrón era fanático de los barcos a escala y durante los últimos tres viajes había estado reproduciendo una goleta de cuatro mástiles en miniatura. El segundo y el tercer oficial de cubierta, así como los ingenieros y radiotelegrafistas, eran todos tipos sociables que llevaban adelante, a toda máquina, una clase particular de torneo de bridge; el que dejaba la guardia retomaba la mano del que debía suplantarlo. Eran amables con los pasajeros y el señor Travis, jefe de máquinas, le mostraba a quien lo solicitara las profundidades de la sala de máquinas; pero el bridge siempre estaba primero. El señor Prisk, que había llegado a jefe de cubierta por medio del antiguo expediente de comenzar como marinero común para luego ir subiendo de rango, no sabía jugar al bridge, salvo por el innombrable “bridge de subasta”. Se veía así obligado, a fuerza de soledad, a mezclarse con los pasajeros de vez en cuando.

Standish la pasó bien desde el primer momento. Sin resultar demasiado misterioso, se las arregló para restringir al mínimo las averiguaciones sobre su propia vida, entrometiéndose con ingenio en la vida de los demás. No era nada difícil; todos (excepto los misioneros) estaban más que dispuestos a desahogarse. Standish observó que tenía un urgente afán por descubrir tanto como pudiera sobre aquella gente; por primera vez en su vida estaba de verdad interesado en seres humanos desconocidos. Pasaba horas contemplando la cara marchita de Nat Adams, o examinando los ojos azules y satisfechos de la señora Benson. Y los niños Benson eran una ilimitada fuente de deleite. Standish reconocía que le proporcionaban más placer los pequeños Jimmy y Gladys Benson que el que jamás le habían proporcionado sus propios hijos allá en Nueva York, aunque bien sabía Dios que los amaba tanto como cualquier padre. Con Jimmy y Gladys no jugaba; solo los observaba desde su cómoda reposera mientras ellos hacían todo tipo de locuras. Sus cómicas risas, sus cuerpos saludables y esa piel tan bellamente bronceada lo llenaban de una agradable forma de melancolía.

El viaje en su totalidad era realmente espléndido. Después del primer día de navegación, en que el mar estuvo un poquito agitado, el agua se puso tan increíblemente tersa que era como navegar por un océano de cristal. El clima era perfecto; era esa la única palabra que Standish podía pensar para describirlo. De hecho, los superlativos más comunes le bastaban a Standish para describir mentalmente el viaje. Había cosas que no podían ponerse en palabras, como los colores del atardecer, el suave oleaje del mar y la galaxia de estrellas en los cielos por la noche. En cuanto al resto: el camarote que le habían asignado, la comida, el aire, la litera no muy blanda con sus sábanas limpias y sus mantas fragantes, todo le parecía maravilloso, magnífico y fantástico. Comía mucho y hacía ejercicio en la piscina de lona que habían instalado en la cubierta, y por las noches simplemente se sentaba a fumar sus cigarrillos y escuchar a Nat Adams, que intentaba explicar cómo las ansias de ver mundo habían asaltado de un momento a otro a un frugal granjero de Nueva Inglaterra.

Todas las noches se acostaba muy temprano, y eso explica por qué estaba donde estaba cuando cayó al océano. Habiéndolo despertado, a las cuatro de la madrugada, el tintineo de ocho campanillas en el lejano puente delantero, Standish permaneció veinte minutos entre las sábanas limpias, sintiéndose voluptuosamente despierto. Se había acostado a las nueve en punto de la noche y, dado que eran las cuatro y veinte, supo que no podría volver a dormirse. La portilla sobre su litera estaba abierta de par en par. Se incorporó y apoyó el mentón sobre el bronce frío. Era una sensación extraña; deliciosos escalofríos le corrieron por la columna vertebral. Por último asomó la cabeza y dejó que el aire marino le pegara en la cara. Un poco más abajo el barco, abriéndose paso en el mar, hacía un sonido constante y quejoso. Las estrellas, rodeándolo, lo llenaron de admiración. Todo era tan magnífico que Standish se sintió como un niño.

Volvió a meter la cabeza y decidió levantarse y vestirse. Se había afeitado por la noche, y el baño podía esperar hasta después del desayuno, antes de ir a nadar. Simplemente se vestiría y saldría a dar una vuelta y vería la salida del sol.

Incluso en aquel barco informal Standish se vestía con decoro. Por alguna razón, no se veía usando pantalones flojos o estrafalarias prendas deportivas. Durante todo el viaje se había puesto trajes clásicos. Tenía cinco en total, y después de encender la luz eléctrica sacó uno gris del amplio baúl ropero que estaba abierto, de pie, en un rincón. Pero primero se sacó el pijama y, con la piel desnuda, se lavó los dientes, las manos y la cara en el lavabo de su habitación. A continuación se peinó el cabello oscuro, opaco, lacio y obediente. Una vez vestido, extrajo con cuidado el dinero, las llaves y la billetera con sus papeles del traje marrón que había usado el día anterior y los introdujo en los correspondientes bolsillos del gris.

Ya en el pasillo, tuvo esa sensación que tenía con frecuencia a bordo del Arabella: la de ser un niño travieso a punto de hacer alguna diablura. La situación era tan serena que el zumbido de la sala de máquinas le volvió a dar escalofríos. Caminó en puntas de pie, como si las pisadas de sus zapatos sobre las placas de acero pudieran ser un sacrilegio. El mundo entero permanecía tan silencioso que Standish se desconcertó. El barco solitario abriéndose camino a través del ancho mar, la miríada de estrellas desvaneciéndose en el amplio firmamento… eran cosas elementales que lo calmaban y al mismo tiempo lo inquietaban. Como si por primera vez se diera cuenta de que todos los molestos problemas de su vida eran irrelevantes e intrascendentes; y aun así se avergonzaba de haberlos tenido en el mismo mundo que ahora creaba una situación como esa.

Standish llegó hasta el comedor desierto y se sirvió una taza de café negro; la cafetera quedaba encendida durante toda la noche. Lo tomó sin azúcar, dejando que el líquido amargo y caliente fuera despertando su cuerpo interno. Luego fumó su primer cigarrillo, inhalando profundamente. El aire de mar había hecho maravillas por su salud; la áspera tos de fumador que tenía al huir de su mujer varios meses atrás había desaparecido por completo. Habiendo sido siempre un hombre fuerte y muy cuidadoso de su cuerpo, Standish supo que estaba en la cima de su estado físico. Tenía treinta y cinco años y nunca en su vida se había sentido mejor.

Eran casi las cinco y el sol estaba por salir. En puntas de pie, Standish fue hasta la cubierta y se sentó unos minutos sobre la lona húmeda que cubría la escotilla. Después, agitándose sin razón aparente, como recordó vívidamente más tarde, atravesó la puerta antiincendios y avanzó por el pasillo de entrecubierta, al que daban la cocina, el comedor para la tripulación, el alojamiento de los camareros y otras habitaciones del estilo. El cocinero, un negro estadounidense, encendía, somnoliento, el fuego en la cocina.

Standish le dijo buenos días, aunque no quería hacerlo; las voces humanas, incluida la suya, volvían menos cautivadora la circunstancia. El cocinero sonrió y le respondió el saludo, agregando algún cliché sobre lo temprano que se había levantado el señor Standish. “Ah, sí”, dijo Standish, y siguió caminando unos veinte metros más. Era ese su lugar favorito en todo el Arabella para estar bien temprano. Su lugar favorito para el atardecer era en la cubierta de botes, detrás de un bote salvavidas, donde podía sentarse a solas y mirar cómo bajaba el sol en el espléndido cielo. Pero la ubicación que eligió esa mañana era particularmente original. Era una abertura en el casco del Arabella; el pasillo hacía una leve curva antes de continuar hacia estribor, y luego había dos sólidas puertas antiincendio con más pasadores que una bóveda para cajas fuertes. Dado que el Arabella navegaba por un mar tan calmo, con reportes meteorológicos favorables, aquellas puertas se mantenían abiertas día y noche. Era allí donde más cerca se estaba del mar. Era posible agarrarse de uno de los muchos soportes e inclinarse bien hacia delante para mirar el agua. Allí estaba el océano Pacífico, menos de cinco metros hacia abajo; el mar en la línea de flotación del Arabella, espumando y burbujeando en distintos colores según el momento del día. Mareaba un poco si se lo miraba mucho tiempo, que fue exactamente lo que Standish hizo. No fue esa, sin embargo, la razón de su desgracia. Normal en todos los sentidos, Standish no era propenso a los desmayos.

Estuvo allí parado largo rato, tal vez unos quince minutos, escuchando el melancólico burbujeo del agua y el zumbido de las máquinas del barco, respirando tranquilo el aire suave y tratando de seguir, con mirada alerta, la imperceptible fusión de la noche con el día. Sin embargo, como sucede con tantas otras cosas, era aquel un placer del que un adulto se cansaba si se entregaba a él por demasiado tiempo. La emoción de estar tan peligrosamente cerca del océano se fue difuminando, haciéndolo sentir un poco tonto. La razón por la que se sintió tan tonto, comprendió muchas horas después, fue que estaba excitado como un niño, y eso es algo que los hombres adultos rechazan de solo pensarlo.

Standish decidió abandonar el lugar, aunque de pronto se dio cuenta de que no podría volver a pararse allí muchas veces más. La semana siguiente, Balboa; luego otro barco en el que probablemente hubiera que arreglarse para ir a cenar: camino a Nueva York y a los niños y a Olivia. Le habría gustado sentarse un rato en la cubierta y dejar los pies colgando por sobre el borde del Arabella, pero había varias manchas de grasa alrededor. Desde allí, todas las noches, los mozos arrojaban los residuos por la borda. Aparentemente, la noche anterior no habían sido muy cuidadosos; había cáscaras de papa y otros restos de basura en la cubierta, con un poco de olor, si bien no tanto como para arruinarle el placer a Standish. Unos minutos más tarde, supuso Standish, los marineros fregarían la cubierta.

Aferrándose a un soporte seguro, Standish contempló por una última y larga vez el sol naciente y el plácido océano. Imaginó que nunca olvidaría la intensidad de ese momento. El mundo se llenó de dignidad. Dignidad era lo que se necesitaba para vivir tranquilo y en paz.

Por último, Standish se puso a pensar, sin razón aparente, en la asombrosa diferencia entre la aurora y el ocaso. Decidió tomar otra taza de café. Dio un paso atrás con el pie izquierdo y sacó la mano del soporte. Al moverse hacia atrás, la suela de su zapato izquierdo se topó con una mancha de grasa. Standish hizo un intento desesperado por volver a agarrar el soporte y aferrarse al piso con el pie derecho. Pero le erró al soporte, y apoyó el pie derecho en otra mancha de grasa, o tal vez en la misma; Standish nunca lo supo. La mancha de grasa era engañosa. De superficie áspera y gomosa, a simple vista no podía sospecharse su peligrosidad. Pero con una presión repentina, como la que había aplicado Standish, se volvía resbaladiza como el hielo.

II

LO PRIMERO QUE STANDISH PENSÓ AL CHOCAR CONTRA EL AGUA fue que tenía que evitar ser destrozado por la hélice. Como si toda su vida hubiera estado estudiando qué hacer en caso de caer al océano Pacífico. El instinto de supervivencia bramó con fuerza en su pecho, y Standish hizo lo que había que hacer. Muchos años atrás, cuando era apenas un muchacho, el tercer oficial de un barco que iba de Francia a Nueva York le había dicho, en medio de una conversación cualquiera, que no tantos de los que caían por la borda eran destrozados por la hélice, como suponía el hombre común. Standish había olvidado cómo se llamaba el tercer oficial, pero minutos más tarde tuvo que concluir que, a juzgar por su propia experiencia, el hombre sabía lo que decía.

El Arabella era un barco de una sola hélice, que avanzaba a la mísera velocidad de diez nudos. El mar estaba calmo como un lago artificial. Fue una zambullida torpe y desgarbada. Primero entraron los brazos, después la cabeza y por último el resto del cuerpo, con los pies doblándose al dar con el agua.

Se sintió de inmediato en un hostil remolino. El Arabella intentaba volver a atraerlo hacia su amplio seno, y el mar trataba de alejarlo. Aunque tenía los ojos bien cerrados debajo del agua, Standish pataleó instintivamente en la dirección correcta. Con toda la fuerza de sus brazos y sus bíceps impulsó su cuerpo hacia la superficie, alejándolo del barco. Una vez más el Arabella lo succionó como un imán gigante, y una vez más él golpeó con furia el agua espumosa. A continuación sintió que lo arrojaban con gran fuerza. “¡Oh, Dios! —se dijo Standish—. ¡Oh, Dios!” Sabía que estaba al costado de la popa y su intuición le dijo que era inútil luchar durante los siguientes instantes fatídicos. De modo que se abandonó a su suerte y sintió que realizaba varias volteretas submarinas y otras contorsiones acrobáticas contra su voluntad. Cuán cerca estuvo, durante aquellos giros, de la agitada hélice del barco Standish nunca lo supo. De pronto se sintió zarandeado sin piedad, como si dos manos gigantescas lo estuvieran abofeteando de ida y vuelta. Fue enviado a las profundidades, tan abajo que le dolieron los oídos por el cambio de presión. Pero por lo demás estaba ileso. Contuvo la respiración durante toda la ordalía, apretando los ojos y la boca, y cuando apareció en la superficie un momento después, en el centro de la estela salobre del Arabella, ni siquiera había tragado agua.

Los pensamientos de Standish durante esos segundos tuvieron que ver, y esto es bastante extraño, más con la vergüenza que con el temor. Los hombres como Henry Preston Standish no andaban cayéndose de barcos en medio del océano; eso, sencillamente, no se hacía. Era algo estúpido, infantil y de mala educación, y si hubiera habido a quien pedirle perdón, Standish lo habría hecho. En Nueva York, los que lo conocían sabían que era un hombre afable. Su crianza y su educación habían hecho hincapié en la afabilidad. Incluso siendo adolescente, Standish siempre había hecho lo que había que hacer. Sin ser en absoluto esnob ni hacer un culto de las buenas maneras, Standish era realmente un caballero, en el buen sentido, del tipo discreto. Caerse de un barco causaba muchas molestias a los demás. Tenían que arrojar un salvavidas. El capitán y el jefe de máquinas tenían que detener el barco y hacerlo girar. Tenía que bajarse un bote salvavidas; y luego vendría el espectáculo de Standish, empapado y desaliñado, siendo devuelto a la seguridad del barco, con todos los pasajeros a lo largo de la baranda, alentándolo con una sonrisa y más tarde, sin duda, ofreciéndole toda clase de anécdotas sobre percances similares. Caerse de un barco era mucho peor que volcarle la bandeja a un camarero o pisarle la cola a una dama. Era aun más embarazoso que lo de aquella chica de alta sociedad que, en Nueva York, tropezó y cayó por las escaleras cuando hacía su gran entrada, la noche de su debut. Era humillante, mortificante. Era para insultarse por idiota; como para darse a sí mismo una patada. Cuando se ve a otros cometer esos errores bufonescos, en el fondo, no se los perdona; no hay compasión ante su incomodidad.

Ese tipo de pensamientos pasaban por la mente de Standish incluso mientras daba las bruscas volteretas debajo del agua y se acercaba Dios sabe cuánto a las furiosas cuchillas de la hélice del Arabella. Después, cuando salió disparado hacia la superficie, desesperado por una bocanada de aire, dos nuevas líneas de pensamiento se impusieron en su cerebro. Una era que debía informar de inmediato al Arabella sobre su situación. La otra era que todo aquello resultaba tremendamente divertido: un hombre de su edad, cayéndose de un barco.

Sin embargo, la primera idea tenía más fuerza que la segunda. Cuando su cabeza apareció entre el agua espumosa, abrió la boca y respiró profundo. Al mismo tiempo comenzó a gritar en dirección al barco.

Pero no salió palabra de sus labios. Pedaleando en el agua para permanecer a flote, Standish abrió los ojos y se encontró con la visión más aterradora que hubiera visto nunca; tan aterradora era que su mente se paralizó por un instante. No de miedo, sino de asombro. Eran las nalgas indecentemente grandes y desnudas del Arabella, contemplándolo ominosas con sus ojos de buey, mientras se alejaban en un océano de espuma. Standish nunca había imaginado que un barco, ni ninguna otra cosa, pudiera verse así. Gracias a sus viajes, conocía mucho sobre la forma de los barcos; podía darse cuenta si un barco era lindo o feo. En Honolulu, al ver el Arabella desde cierta distancia meciéndose en el muelle, lo admiró de inmediato. Era largo y no demasiado ancho, no tenía incongruencias de caños o chimeneas, estaba pintado de un gris modesto, el puente no sobresalía y la cubierta contribuía a una elegante terminación. El Arabella daba la impresión de combinar fuerza con delicadeza… en Honolulu. Podía haberse llamado “señorita” Arabella; una señorita pechugona y autosuficiente, pero señorita al fin.

Pero ahora Standish comprendía cuán errado había estado. Los ojos se le desorbitaron un poco en esos breves momentos en que se quedó observando, fascinado y horrorizado, la nauseabunda visión. Una vez, en el zoológico de Nueva York, había visto el trasero sin adornos de un mandril adulto, y por unos momentos había quedado fascinado. Luego su costado más fino, imponiéndose sobre el ordinario, le había indicado darse vuelta e ir a ver los elefantes. La popa del Arabella le recordó las nalgas de aquel mandril. La hélice, revolviendo el agua, hacía un ruido persistente que Standish nunca antes había oído. Desde la cubierta posterior, donde esos ojos de buey lo observaban solemne y misteriosamente, la popa se curvaba hacia dentro y descendía hacia el timón, casi proclamando, con esas líneas en repliegue, que eran aquellas sus partes privadas, de las que un hombre pudoroso debería desviar la mirada. En el centro, debajo de los ojos de buey, se había tatuado en la carne, en letras monstruosamente grandes:

ARABELLA - NUEVA YORK

Si hubiera podido elegir, Standish no habría mirado ese tatuaje hasta después de haber convivido muchos años con el Arabella.

Tan grande era la popa del barco y tan pequeño él, que se quedó sin habla. Era como si, caminando por el Central Park y contemplando los rascacielos con sus cúpulas doradas, se encontrara uno de repente, cara a cara y a la vuelta de un arbusto, con un dinosaurio de grandes cuernos. Sería tan tremendo el susto que pasaría un buen rato hasta lograr lanzar un grito. Muchas horas después, Standish pudo razonar todo esto y, aun siendo incapaz de perdonarse ese silencio, aceptó que había sido inevitable.

El Arabella, mientras tanto, había avanzado unos buenos cien metros; treinta, por lo menos, antes de que Standish saliera a la superficie, y unos setenta más mientras miraba enmudecido. Por fin su mente comprendió con espanto la cantidad de tiempo que estaba perdiendo. En furiosa batalla contra sí mismo, Standish intentó recuperar la compostura: esa fue, tal vez, su perdición. Porque logró, con un esfuerzo tremendo, volver a ser una persona racional. Si su horror hubiera llegado al miedo extremo, podría haber gritado enardecido para pedir ayuda; habría chillado y despotricado. Y quizás alguien, a bordo del Arabella, habría escuchado sus alaridos, aunque hasta eso era dudoso, debido a las peculiares circunstancias que tenían lugar en la cubierta de proa en ese instante.

Dadas las circunstancias, Standish estaba condenado por su educación a ser un caballero incluso en ese momento. Los Standish no eran gritones; tres generaciones de caballeros habían convertido la trompeta de la antigua laringe Standish en un melodioso violoncello. Ni siquiera había sido necesario enseñarle al niño Henry Preston Standish a no gritar; instintivamente había sabido que el fuerte de los Standish era una voz modificada con un tono circunspecto, uno de los tantos rasgos suavizados que habían permitido que los Standish prosperaran en el mundo cosmopolita.

De modo que después de volverse tan racional como podría haberlo hecho cualquier caballero que acabara de caerse de un barco, Standish le informó al Arabella sobre su indiscreción.

—¡Hombre al agua! —gritó—. ¡Hombre al agua!

Solo que se dio cuenta —y le dio mucha gracia— de que no estaba gritando. Era necesario lanzar un tremendo alarido para hacer mella en el océano Pacífico, y Standish tuvo la ridícula sensación de que solo estaba susurrando.

—¡Hombre al agua! —dijo por tercera vez, haciendo un esfuerzo adicional por hacer oír su voz. Pero aparentemente el Arabella era indiferente a su queja; aquel trasero observaba con rostro inescrutable al hombre en el océano.

—¡Oigan! —dijo Standish, viendo cómo el Arabella se alejaba otros diez, veinte, treinta metros—. ¡Oigan, les digo! ¡Hombre al agua, al agua, al agua! ¡Oigan…! ¡Oigan!

Ignorando que uno de sus huéspedes se debatía en el mar, el Arabella seguía su debido curso. Las voces llegan lejos cuando el mar está calmo, pero algo conspiraba contra Standish: cierta falibilidad humana en el castillo de proa del barco.

El castillo de proa tenía dos sectores: uno en estribor, donde dormían los marineros, y otro en babor para los fogoneros, los engrasadores y los limpiadores. Uno de los marineros era un finlandés llamado Bjorgstrom a quien Standish nunca había visto. Bjorgstrom era un buen hombre, de modales humildes, capaz de permanecer respetuoso y sonriente ante sus superiores… si estaba sobrio. Pero no entendía que su raza no estaba hecha para beber, y había escondido en su armario un okolehao comprado en Honolulu. Durante toda la noche, enojado temporariamente con la vida, había estado tomando okolehao; y ahora el potente líquido estaba en el pico de su efecto. Cuando Standish realizó su ineficiente pedido de ayuda, Bjorgstrom armaba tremendo escándalo en el castillo de proa. Había estado cantando y hablando solo en voz muy alta; finalmente otro marinero llamado Gaskin, que intentaba dormir, le había pedido que se callara: Bjorgstrom se había negado rotundamente y se había puesto muy agresivo. Una palabra llevó a la otra y pronto los dos hombres estaban a punto de llegar a los golpes. Bjorgstrom tenía la lengua floja por el alcohol y Gaskin era naturalmente locuaz, con lo que cayeron en una estrepitosa discusión que no dejaba de subir de tono y de volumen. Si no la escucharon los pasajeros ni los oficiales, sí lo hizo la tripulación de ambos sectores del castillo de proa. El ruido despertó a todos los que descansaban, que agregaron sus gritos iracundos a la vorágine de sonidos, exigiendo silencio total para poder seguir durmiendo.

Pronto una batahola de abucheos, silbidos y reclamos a todo pulmón reverberó entre las placas de acero del castillo de proa del Arabella. Durante esos momentos tan angustiosos para Standish, las cosas finalmente llegaron a tal punto que Bjorgstrom sacó un cuchillo y Gaskin se vio forzado a dejarlo inconsciente pegándole en la cabeza con un zapato viejo. Bjorgstrom se disculpó con Gaskin más tarde, cuando se despertó después de un largo sueño, tomó varios litros de agua y volvió a estar sobrio. Los dos hombres se dieron la mano, se palmearon la espalda y son amigos hasta el día de hoy. Sin embargo, es fácil entender que con toda la batahola fue imposible escuchar la débil voz de Standish clamando en el agua.

Standish, por supuesto, no era consciente de estas circunstancias. Cuando vio que el Arabella seguía alejándose, le ocurrió lo que debía haberle ocurrido unos minutos antes. Se dio cuenta de cuál era su destino, perdió la razón y recuperó su verdadera voz. Profirió unos gritos tan feroces y cargados de terror que el primero de los Standish, establecido en suelo americano alrededor de 1650, habría hecho un gesto de entusiasta aprobación de haber podido oírlos en su tumba.

—¡Hombre al agua! —gritó Standish—. ¡Hombre al agua, hombre al agua, hombre al agua!

Diez, veinte, treinta veces repitió Standish la cantinela hasta que se puso levemente morado y empezó a jadear. Pero el Arabella prefirió hacer oídos sordos mientras continuaba su camino. El tercer oficial estudiaba cartas de navegación en la cabina del piloto; el cabo soñaba despierto, los ojos sobre la brújula y las manos apenas sobre el timón; el capitán Bell tomaba café en su camarote, mirando orgulloso su goleta de cuatro mástiles, casi terminada; el cocinero fregaba platos en la cocina, y todos los demás trabajaban abajo o bien dormían.

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Litresdə buraxılış tarixi:
23 yanvar 2025
Həcm:
112 səh. 5 illustrasiyalar
ISBN:
9789871739271
Tərcüməçi:
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Bookwire
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