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Vagamundos: historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936

Vagamundos: historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936
Hermes Osorio Cossio

Dedicatoria
A la memoria de mis tías Luz Elena y María Eugenia
Agradecimiento
A Felipe Gutiérrez, quien me acogió en la Universidad Nacional de Colombia y me persuadió de tomar las sendas de la historia; y a los demás profesores de la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas que en distintos momentos aportaron con ideas, preguntas y sugerencias para la realización de este trabajo.
A la profesora Susana Sosenski del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, por acompañarme durante la pasantía y plantearme las preguntas precisas para producir la crisis que echó a andar la investigación.
Al director de tesis Óscar Calvo, por su sapiencia para no dejarme perder en los encantos del archivo.
A todos los encargados de los distintos archivos y bibliotecas que me brindaron los materiales y el espacio propicio para investigar.
A los compañeros del doctorado con quienes compartí la pasión por la historia y las vicisitudes de elaborar una tesis.
A mi familia por la confianza inagotable que me prodigan. A mi hijo, cuya sonrisa calma es un oasis en mi existencia.
La realización de la investigación doctoral contó con el apoyo de la beca de Colciencias Convocatoria 617 de 2014.
Resumen
Este libro es una historia social de la infancia en Antioquia (Colombia) entre 1892 y 1936, cuyo propósito es dar cuenta del lugar que ocuparon los niños en la sociedad. El recorrido por los espacios de la infancia muestra una población diversa que cumplía variados papeles, los niños se integraban temprano a la sociedad, sin una separación tajante para su formación del mundo de los adultos. Empero, los niños preferían deambular sin rumbo fijo y habitar espacios que les permitiera estar alejados de los adultos.
Detener la movilidad, atacar la vagancia y encerrar a los niños surgió entonces como consigna. Una de las estrategias más representativas en esta dirección fue la creación y consolidación de la Casa de Menores y Escuela de Trabajo de Antioquia. Antes que proteger la infancia, la institución buscaba que los niños se convirtieran en cuerpos dóciles para la producción.
Frente a las estrategias de encierro y domesticación del cuerpo, la respuesta de los niños no siempre fue pasiva, también actuaron de manera independiente, creativa y audaz. Las experiencias de los niños las encontramos precisamente en las tácticas que idearon para salir de los lugares donde se prescribía o proscribía lo que debería ser y hacer un niño. El análisis desde las tácticas derivó en una comprensión de la infancia más allá de la carencia o la dependencia, y en un rescate de su positividad: símbolo de un nuevo comienzo, de la posibilidad latente de transformación.
El desconocimiento del lugar que culturalmente deberían ocupar los niños en el presente obedece a que los adultos, desde sus expectativas, han querido asignarles un lugar sin tener en cuenta sus experiencias. Incluirlas en la vida social enriquecería la experiencia de los adultos y abriría en el horizonte otras formas posibles de relacionarnos.
Palabras clave: infancia, niños, historia social, gobernabilidad, Antioquia.
| ¿Cómo citar este libro? / How to cite this book?Osorio Cossio, H. (2021). Vagamundos: historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936. Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia. https://doi.org/10.16925/9789587603019 |
Abstract
This book presents a social history of childhood in Antioquia (Colombia) between 1892 and 1936. It describes the place that children used to have in Antioquia´s society. The analysis of the spaces children inhabited, their behavior, and daily practices made visible a diverse population that fulfilled different roles. Children were not kept apart from adults’ world they usually were integrated into society. But children had a preference for wandering and inhabiting spaces that allowed them to be away from adults.
These freewheeling children were presumed to be a social nuisance, then confronting their laziness, limiting their mobility, and locking them up emerged as a viable policy. The creation and consolidation of the institution Casa de Menores y Escuela de Trabajo of Antioquia was the most representative strategy of these new policies. The institution leadership implemented actions to stop children behaving like children and to carve them into what society expected them to be, docile bodies of production.
But children did not always react submissively to adults’ strategies of confinement and body domestication. They were independent, creative, and bold in their tactics for circumventing those strategies. The analysis of the tactics used for getting out of the places where they were proscribed and confined showed the complexity of the experiences they had. The experience of childhood can be better understood, not only by focusing on its negativity, on what they lack, or it is missing, but from its positivity; childhood took as a symbol of new beginnings and the latent possibility of transformation.
The problems to fully comprehend what place in society children should occupy are related to the fact that adults impose them a role without taking their experiences into account. Adults’ understanding of children’s experiences in social life will enrich their own, opening new ways for improving the complicated relationship that children and adults have.
Keywords: Social history, childhood, public policy, Antioquia.
Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
| Osorio Cossio, HermesVagamundos : historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936 / Hermes Osorio Cossio. -- Bogotá : Universidad Cooperativa de Colombia, 2021.p. – (Investigación en psicología)Incluye reseña del autor. -- Contiene bibliografía. -- Texto en español con resumen en inglés.ISBN 978-958-760-299-91. Infancia - Historia - Antioquia 2. Niños - Condiciones sociales - Historia - Antioquia I. Título II. SerieCDD: 305.230986126 ed. 23CO-BoBN– a1082356 |
Vagamundos: historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936
© Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia, Bogotá, abril del 2021
© Hermes Osorio Cossio
ISBN (impreso): 978-958-760-299-9
ISBN (PDF): 978-958-760-300-2
ISBN (EPUB): 978-958-760-301-9
DOI: https://doi.org/10.16925/9789587603019
Colección Investigación en psicología
Proceso de arbitraje doble ciego
Recepción: 5 de noviembre de 2019.
Evaluación de contenidos: 9 de febrero de 2020.
Corrección de autor: 28 de abril de 2020.
Aprobación: 4 de junio de 2020
Fondo Editorial
Director Nacional Editorial, Julián Pacheco Martínez
Especialista en Producción Editorial (libros), Camilo Moncada Morales
Especialista en Producción Editorial (revistas), Andrés Felipe Andrade Cañón
Especialista en Gestión Editorial, Daniel Urquijo Molina
Analista Editorial, Claudia Carolina Caicedo Baquero
Asistente Editorial: Héctor Gómez
Proceso editorial
Corrección de estilo y lectura de pruebas: Karen Grisales Velosa
Diagramación: Mauricio Salamanca
Diseño de portada: Fiorella Ferroni
Impresión: Imageprinting Ltda.
Impreso en Bogotá, Colombia. Depósito legal según el Decreto 460 de 1995.
Nota legal
Todos los derechos reservados. Ninguna porción de este libro podrá ser reproducida, almacenada en algún sistema de recuperación o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio –mecánicos, fotocopias, grabación y otro–, excepto por citas breves en obras académicas, sin la autorización previa y por escrito del Comité Editorial Institucional de la Universidad Cooperativa de Colombia.
Contenido
Prólogo
Introducción: el lugar de la infancia
Entre la amenaza y la libertad
En el río
Por calles y caminos
Cuidado con el monte
La casa, donde todo puede empezar… o terminar
¿Quién quiere ir a la escuela?
Ante la ley
Salvar para el trabajo: Casa de Menores y Escuela de Trabajo
Primeros pasos: una interrogación por el hecho criminal
Los “chicos de la calle”
Los cambios de énfasis
Configuración del espacio y distribución del tiempo
El personal, los premios y… los castigos
Clasificación psico-moral y modelos pedagógicos
Mano de obra o cuerpos dóciles
Un laboratorio de almas
Las artes del débil
El mundo de los niños
Fantasear y profanar
“Yo aquí no me quedo”
La interacción entre dos mundos
¿Un fin de la infancia?
Consideraciones finales
Referencias
Manuscritas
Periódicos y revistas
Fuentes orales
Impresas
Bibliografía
Sobre el autor
Índice de tablas
Tabla 1. Lugar de procedencia internos CM
Tabla 2. Causas de ingreso a la CM
Índice de figuras
Figura 1. Francisco Antonio Cano. Paisaje de Medellín, óleo sobre lienzo, Medellín, 1895
Figura 2. Benjamín de la Calle, Parque Berrío, Medellín, 1928
Figura 3. Mapa de Medellín de 1932
Figura 4. Benjamín de la Calle, Obreros de la Trilladora Ángel López, Medellín, 1923
Figura 5. Fotografía Rodríguez, Fabio Arias, Medellín, 1932
Figura 6: Detalle del “Sumario por circulación de moneda falsa”, Medellín, 1917.
Figura 7: “Taller de mecánica”
Figura 8. “Taller de encuadernación. Trabajos expuestos y obreros premiados”
Figura 9: “Primer número de Estudio y Trabajo”, 29 de mayo de 1920
Figura 10. Gabriel Carvajal, Típicas de Medellín. Picao de fútbol, Medellín, s. f.
Figura 11. Daniel Mesa, Arrieros, 1920
Figura 12. Gonzalo Escovar, “Carrera Palacé cruce con Maracaibo”, Medellín, 1908
Figura 13. Gabriel Carvajal, Caminos, Marinilla, s. f.
Prólogo
Una pregunta formulada con ingenuidad puede explotar senderos de investigación y reflexión insospechados. ¿Dónde deben estar los niños? Si esta pregunta se le formulase a un grupo de profesionales de las ciencias médicas y humanas, la respuesta probablemente sería que deben estar en la escuela y con la familia (o en orden inverso), y para sustentarla podrían valerse de teorías populares acerca de la educación, la crianza, el desarrollo y, tal vez, la religión. Si acaso se le hiciese la misma pregunta no a un grupo de profesionales sino a legos en la materia, de seguro el núcleo de sentido de las respuestas no diferiría.
Pocas veces un profesional de las ciencias humanas o de la salud invoca la historia para dar respuesta a concepciones del presente en términos de las relaciones entre las instituciones y nuestras prácticas. Es como si considerásemos que el ahora de las disciplinas (psicología, pedagogía, psiquiatría, medicina) se encuentra depurado y esmerilado por el tiempo para entregar la mejor respuesta, la más cercana a la verdad, acerca de casi cualquier interrogante que nos planteemos. ¿Alguien podría pensar en un estado mejor que el que brinda el conocimiento en contraste con la ignorancia? ¿Hay un lugar más conveniente que la escuela para transmitir el conocimiento a un niño? ¿No es mucho mejor confinar que dejar en libertad para que adquieran los niños los saberes necesarios para su formación? Nuestra línea de pensamiento incorpora la idea de progreso como una mejora en la aproximación a la verdad representada en el cuerpo de conocimiento de cualquiera de las disciplinas que se encarga de establecer un orden entre lo que debe ser un niño y la sociedad.
La respuesta desde la historia puede venir, en cambio, a modo de interrogación a nuestras prácticas cotidianas de pensamiento. Y en este punto se ubica el presente libro. Antes de dar por sentado que los niños deben estar aquí o acullá y de involucrar la noción de bienestar (motor oculto de cualquier discurso actual acerca de la niñez) como núcleo de reflexión, en lugar de emitir juicios de valor con respecto a la propiedad del discurso acerca del desarrollo y la noción de futuro que entraña, Hermes Osorio estaciona la mirada en el proceso de extrañamiento que parece acrecentarse en un poblado semirrural colombiano de finales del siglo XIX (Medellín) respecto del lugar que ocupaban o debían ocupar los niños. Y mirar hacia allí levanta el polvillo de todas las concepciones de la época acerca de los niños, las condiciones que guiaban la interpretación de sus acciones y los espacios diseñados para contener y gobernar su conducta.
La configuración del libro forma un entramado particular que va de lo exterior a lo interior en una especie de movimiento comprensor de la temática del texto. En el primer capítulo la mirada del lector campea por espacios que los niños acostumbraban a habitar: el río, el monte y las calles son lugares abiertos que permiten al autor cimentar los argumentos con base en la descripción de las interacciones que tenían los niños con los adultos. Más adelante, entre tanto, los espacios adquieren la forma de una modernización que configura las industrias y las escuelas como nuevos sitios para el emplazamiento de la figura niño y su rol en el desarrollo económico de la región. Las fotos e ilustraciones que acompañan este capítulo enriquecen y apoyan las aserciones que Osorio va enhebrando hasta abrir el mapa de su investigación.
El segundo capítulo, quizás un poco más denso y combativo, reconstruye el funcionamiento de la Casa de Menores y Escuela de Trabajo de Antioquia a partir de profusas fuentes primarias. En este, el lector asiste al levantamiento de los ladrillos epistemológicos, políticos, médicos y sociales que sostienen el discurso acerca de la conjunción entre el encierro productivo y formativo de la infancia, la prevención del crimen y la corrección de la conducta, basado en la teoría criminalística propagada en Europa y Estados Unidos desde finales del siglo XIX.
Una muestra de cómo el discurso histórico sirve para iluminar nuestro presente se hace manifiesto en este capítulo. La manera en la cual está construido, al alimón con las citas textuales agudamente elegidas de ordenanzas, tesis de grado e informes legales, nos hace entrever que algunas de las concepciones actuales acerca de la necesidad del confinamiento y la educación están cimentadas en ideas decimonónicas, y es necesario remover solo algunas rocas para descubrir los intereses económicos y políticos tras su supuesta necesidad.
El tercer capítulo cierra el círculo de interioridad mencionado anteriormente. Osorio considera que es posible interpretar algunas acciones infantiles como tácticas desplegadas por los niños para hacer frente a las estrategias, diseñadas por los adultos, que buscan imponerles un mundo de orden y trabajo. En este contexto aparece el término experiencia como el concepto articulador entre las vivencias de los niños y la interpretación que hacen de las mismas. Ya en la introducción del libro es llamativo que el autor retome a Walter Benjamin para definir el concepto experiencia, y el capítulo se inaugura con una cita del mismo filósofo. El juego, la sexualidad, la superposición del mundo adulto con el infantil y la fuga son explorados aquí con base en entrevistas y transcripciones entresacadas de los archivos históricos. Es esta última —la fuga— la que permite cerrar el sentido de la obra y comprender a cabalidad el sustantivo vagamundos que la nombra.
Como lector académico analizo cuatro aspectos de un texto: las preguntas que lo instigan, el método elegido para responderlas, los datos obtenidos a través de dicho método y la interpretación que los investigadores hacen de estos últimos. El equilibrio de los cuatro aspectos satisface para mí el mérito de lo académico en esta obra. No podría decir que comparto todas las interpretaciones adelantadas en el libro, pero es evidente que Hermes Osorio ha dado un paso en la historiografía colombiana relanzando preguntas que otros podrían soslayar con respuestas comunes signadas por el deseo de esquivar el debate y apaciguar la discusión acerca del lugar de los niños en la sociedad. Con seguridad, el lector encontrará una obra minuciosa, sólida en lo conceptual, agradable en su lectura y, sobre todo, nada condescendiente con el pensamiento al uso acerca de la infancia. Creo que Vagamundos: historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936 llegará a ser una lectura ineludible para los investigadores del tema de la infancia en Colombia y en Latinoamérica.
William Tamayo-Agudelo
Universidad Cooperativa de Colombia
Introducción: el lugar de la infancia
Tal vez un relato de infancia disipe la extrañeza que puede generar el título de este libro. En aquel momento, desde hacía varios días escuchaba en la radio y en la televisión que se aproximaba a la Tierra el cometa Halley. En mi maravilloso álbum de chocolatinas Jet encontré una sucinta explicación sobre los cometas que avivó mi curiosidad. Lo llamativo de dicha visita, además de la fácil visibilidad pronosticada, era que acontecía tan solo cada setenta y seis años. Este detalle saturó mi mente de elucubraciones y preguntas que alcanzaron a turbarme: ¿hacia dónde seguía Halley en su viaje luego de pasar por la Tierra?, ¿por qué si viajaba a una gran velocidad se demoraba tanto para volver?, ¿qué tan grande podía ser el universo?, ¿cuántos años podía tener ese cometa?, y tal vez la más aterradora, ¿podría volver a verlo otra vez? Ante la incertidumbre generada por estas preguntas, sobre todo la última, me propuse ver a Halley cuando pasara ese 11 de abril de 1986.
Ese día, como era habitual, caminaba hacia la escuela tomado de las manos de mis tías María Eugenia y Luz Helena. Ir en medio de ellas, conducido por sus pasos, me permitía mirar de extremo a extremo el firmamento a la espera de la señal. Ya estaba cerca de la escuela, al inicio del repecho que daba a la entrada, cuando divisé por instantes un fulgor que cruzó el cielo. Hoy no podría asegurar que lo que vi esa mañana fuese el cometa Halley. Lo importante es que, desde entonces, este astro fascinante que recorre distintos mundos sin quedarse en ninguno fue la imagen poética que, sin saberlo, guio mis derivas investigativas. Halley quedó en mi memoria como un símbolo del viaje, del trasegar, de la fuga, acciones que en el trascurso de esta investigación se fueron asociando a la experiencia de los niños. Al fin vengo a descubrir que, en mi recuerdo, Halley es una representación de los niños. Una palabra entonces los define a la perfección: vagamundos.
Desde principios del siglo XIX, en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE), la voz “vagamundo” perdió su significado propio, remitiendo a la entrada “vagabundo”, de ahí en adelante, más que sinónimos, ambos lexemas son equivalentes. Tenemos que remontarnos al DRAE de 1739 para encontrar el sentido particular de este nombre compuesto por la unión de un verbo (vagar) y un sustantivo (mundo). En la primera acepción, tiene el mismo significado que vagabundo: “Holgazan ú ocioso que anda de un lugar en otro, sin tener determinado domicilio, ó sin oficio, ni beneficio” (Real Academia Española, 1739/s. f., p. 409), una connotación claramente negativa. Pero en la segunda acepción se introduce un matiz que indica la presencia de un sentido en ese trasegar en apariencia inmotivado: “Se aplica tambien al sugeto que anda vagando de un sitio, ú de un lugar en otro, sin detenerse en ninguno, aunque lleve fin, ú intento” (Real Academia Española, 1739/s. f., p. 912). Desde una mirada adulta las experiencias de los niños pueden ser vistas como sin oficio ni beneficio, este libro muestra por el contrario que están plenas de sentido1. El título recoge entonces lo que podríamos denominar la positividad de la infancia.
La crudeza de lo real, expuesta casi a diario en los titulares de prensa, en la radio o por otros medios masivos, muestra a los niños como destinatarios de una violencia incomprensible. Sin embargo, concebir a los niños solo como sujetos susceptibles de ser vulnerados deja por fuera gran parte de la vivencia de la infancia. La intuición de que era necesario pensar a los niños más allá de la efectiva y sistemática vulneración a la que son sometidos, una idea formada durante mi ejercicio como psicólogo en un programa de atención a niños y niñas vulnerables, persistió hasta tomar forma en una investigación. Me animaba creer que si se concebía a los niños de otra manera, tal vez podrían emerger otras formas de abordar el problema social de la infancia.
***
Los niños pasaron de ser un grupo social no diferenciado, a convertirse en la actualidad en foco de diversas y especializadas intervenciones estatales, incluso trasnacionales. La Convención Internacional de los Derechos del Niño (CIDN) aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 1989 es el instrumento político y jurídico que, en teoría, regula el campo de la infancia y la adolescencia. Ha sido llamada “la primera ley de la humanidad”, ya que es el tratado internacional que más ratificaciones ha tenido a lo largo de la historia, 191 países, incluido Colombia2. La existencia de una legislación que los reconoce como sujetos, el surgimiento de saberes especializados para su comprensión y cuidado, y la proliferación en el mercado de productos y servicios exclusivos para esta población dan cuenta del protagonismo que los niños han alcanzado en las sociedades contemporáneas. Varios autores incluso apodaron la centuria pasada como el siglo del niño.
No obstante el aumento de los medios disponibles para la protección y defensa de sus derechos, los niños en el siglo XXI siguen encabezando la lista de la población más vulnerable y vulnerada3. Mejorar su situación es una de las metas para el nuevo milenio que Colombia, a pesar de los esfuerzos, sigue lejos de alcanzar. En el reciente informe de la Unicef, publicado el 20 de junio de 2018, Roberto De Bernardi, su representante en Colombia, destaca lo trascendental que es para la región y para Colombia haber puesto fin al conflicto armado más antiguo del continente; el cual dejó un saldo de 8.3 millones de víctimas registradas, de las cuales el 31 % fueron niños, niñas y adolescentes. Más allá de las alarmantes cifras, conocer los efectos que deja la guerra en la experiencia de un niño puede ser aún más aterrador4. Los efectos del conflicto armado en los niños de la población civil y en los mismos combatientes dejan secuelas que dificultan su inserción a la vida social, recuperar su condición de niños para muchas víctimas del conflicto es casi imposible5.
Aún con las perspectivas que abre la posibilidad de una salida negociada del conflicto, y la esperanza de que el reclutamiento de menores por parte de grupos armados al menos disminuya, el panorama en materia social para los niños sigue siendo sombrío. La tasa de trabajo infantil para el trimestre de octubre-diciembre de 2017 fue la más baja de los últimos seis años, 7,3 %, en 2012 fue de 10,2 %; sin embargo, si esta actividad se amplía a los oficios del hogar, la cifra ascendería a 11,4 %. Es decir, que en Colombia trabajan aproximadamente 793.000 niños; de los cuales un 70 % recibe también educación y un 54 % lo hace sin remuneración alguna. A pesar de estar expresamente prohibido en la Constitución, la explotación de la fuerza de trabajo de los niños sin ninguna o poca remuneración es una práctica inveterada en nuestro país (Departamento Administrativo Nacional de Estadística [DANE], 2018).
Un estudio de 2016 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, 2016) sobre la educación en Colombia revela unos datos llamativos sobre la situación de los niños en general. En los últimos años se ha reducido la pobreza, lo que ha generado mayor acceso a los servicios de salud, educación, recreación y justicia a los sectores más necesitados de la sociedad, sin embargo, en las zonas rurales y en las regiones donde prevalecen las poblaciones de grupos indígenas y afrodescendientes las condiciones son aún críticas6. En este contexto, en Colombia diariamente están muriendo niños de hambre y de enfermedades prevenibles o curables por los cuales nadie responde; así, estos niños entran en la categoría del homo sacer, definida por Giorgio Agamben (2003) como “aquel a quien cualquiera puede matar sin cometer homicidio” (p. 93).
Las políticas educativas recientes han contribuido a ampliar la cobertura de la educación en Colombia, en particular en aquellos niveles más descuidados: entre 2000 y 2013 la proporción de niños matriculados en educación preescolar se incrementó del 36 % al 45 %, a pesar del aumento, la cifra es aún muy inferior al promedio de la OCDE (84 %). Situación similar acontece con la secundaria, en el mismo periodo, las tasas netas de matriculados aumentaron del 59 % al 70 % en básica secundaria y del 30 % al 41 % en educación media; empero, aproximadamente uno de cada cinco estudiantes en Colombia no continúa estudiando después de la primaria, y solo el 30 % de los jóvenes hace la transición del colegio a la educación superior; y una proporción aún más baja logra culminar los estudios (OCDE, 2016).
De febrero de 2016 al mismo mes en 2017, el ICBF recibió más de 28.000 niños y jóvenes en sus instalaciones debido al maltrato físico y psicológico del que fueron víctimas por parte de su círculo familiar. Debido a esta problemática, en la actualidad, más de 12.000 menores de edad viven en hogares de paso de la entidad. Los niños, y en especial las niñas, son las principales víctimas de violencia sexual, la cual suele acontecer, como lo señalan los reportes, en la propia vivienda, y los agresores son personas cercanas, familiares o conocidos. En 2016, “hubo 21.399 casos de exámenes médico-legales por presunto delito sexual. El 86 % de las valoraciones fueron realizadas a niños, niñas y adolescentes (18.416 casos) y de estas víctimas, aproximadamente, 8 de cada 10 fueron niñas” (Unicef, 2018, p. 10)7.
La vulneración sistemática de la integridad de los niños en Colombia, según Ángela María Rosales, directora de Aldeas Infantiles SOS8, obedece a dos razones. La primera razón es logística, Colombia carece de una red de servicios adecuados para el apoyo temprano de las familias, la intervención del Estado llega la mayoría de las veces cuando ya ha ocurrido la vulneración de los niños. La otra razón, más fundamental para la directora y pertinente para nuestros fines, es cultural: “No tenemos claro el lugar que debe ocupar la infancia en la sociedad” (“En Colombia no tenemos claro”, 2017). Hay una violencia que tiene que ver con la carencia de condiciones materiales mínimas de existencia, y otra violencia menos visible, simbólica en términos de Bourdieu, que tiene que ver con el reconocimiento: ¿cuál es el lugar de los niños en la sociedad?
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El análisis histórico como recurso para afrontar los problemas sociales del presente arranca con una interrogación por las condiciones que hicieron posible su aparición en el pasado. En consonancia con el interrogante anterior, ¿en qué momento la sociedad no supo darle un lugar al niño? O, de manera más expedita, ¿qué cambios sociales hicieron preciso destinarle un lugar específico a la infancia en el entramado social? Para proyectar la pregunta es necesario un recorrido rápido por la condición social del niño en la historia de Colombia.
En el siglo XVII, las intervenciones sobre la infancia estaban concentradas en resolver el destino de la cantidad de niños expuestos y abandonados, tanto por los indígenas y negros como por los españoles. La desintegración de los resguardos y la extensión del mestizaje hicieron que comunidades religiosas crearan instituciones para criar a los lactantes e instruir a los niños. Alcanzada la edad de seis años, los niños negros eran comercializados como esclavos y los descendientes de blancos pobres y, sobre todo, de indios y mestizos eran ofrecidos en adopción a familias que los utilizaban para el trabajo, o en el mejor de los casos eran puestos a disposición de un maestro artesano para que aprendieran un oficio (Restrepo Zea, 2007).
A mediados del siglo XVIII, las intervenciones de las políticas ilustradas sobre la infancia estuvieron dirigidas a enfrentar los perniciosos efectos de la vagancia de los niños que sin provecho ni labor deambulaban por las ciudades. Luego de las guerras de independencia, el objetivo estuvo centrado en encerrar a los niños para que se enmendaran de las faltas cometidas y reformaran sus costumbres a través de la destreza en un oficio. En estas casas refugio, los menores convivían con penados, enfermos crónicos, viejos e incapaces.
En los albores de la modernización del país, a finales del siglo XIX, en el contexto político de la Regeneración, la intervención sobre la infancia estuvo centrada en separar a los niños de los espacios en que compartían la socialización con los adultos. Hasta entonces, cuando cumplían cierta edad, alrededor de los siete años, los niños compartían las mismas condiciones y, sobre todo, las mismas obligaciones, en escenarios como el trabajo y la guerra, que el resto de la población. En contravía de estas costumbres, desde finales del siglo XIX empezaron a implementarse una serie de estrategias y a diseñar y consolidar espacios específicos para diferenciar el mundo de los niños del mundo de los adultos. La pregunta por el lugar que les corresponde a los niños en la sociedad surgió cuando el niño empezó a ser estudiado por una serie de saberes interesados en conocer su particularidad.